miércoles, 15 de abril de 2026

Aunque aparezca una mayor. Silvio y Chico, crónica ampliada del reencuentro

 Kaloian Santos Cabrera 

Saudade. No hay traducción exacta para esa palabra portuguesa. Se le interpreta como “nostalgia”, “añoranza”, “ausencia”, pero ninguna de ellas termina de contenerla. Saudade es otra cosa: quizá, una forma de presencia de lo que falta. Y eso es, precisamente, lo que durante décadas ha sentido Chico Buarque (Río de Janeiro, 1944) por Cuba, su gente, sus músicas, algunas amistades que resistieron el tiempo.

Siempre lo dijo, aunque no siempre de la misma manera. A veces en entrevistas; otras, en canciones. “Casualmente”, incluida en Caravanas (2017), es un bolero melancólico, cantado casi en susurro, como si la voz no quisiera romper el recuerdo. 

La letra —una ficción que muchos leen como confesión por la verdad emocional que desprende— reconstruye un instante en La Habana: un encuentro fugaz, una mujer, una canción en un bar. Y, sobre todo, la certeza de que ese momento, perfecto por efímero, no puede repetirse. “Hasta el mar de La Habana es lo mismo, pero / no es igual”, canta al final, en un guiño directo a “Pequeña serenata diurna”, de Silvio Rodríguez.

Ese intertexto no es ornamental. Es una marca de pertenencia. La canción de Silvio, publicada en Días y flores (1974), fue grabada luego por Chico y apareció en su disco Chico Buarque (1978), el mismo que contiene himnos como “Cálice” y “Apesar de você”. 

Meses antes, mientras ese álbum empezaba a tomar forma, Chico llegó por primera vez a Cuba en 1978. No iba como cantante, sino como jurado del Premio Literario de Casa de las Américas, por su faceta de dramaturgo y novelista. Allí conoció a Silvio Rodríguez, a Pablo Milanés, a Noel Nicola y a otros integrantes de la Nueva Trova y del Grupo de Experimentación Sonora (GES) del Icaic. Lo que comenzó en el terreno del arte derivó rápidamente en amistad.

Hijo del historiador Sérgio Buarque de Hollanda y de la pianista Maria Amélia Cesário Alvim, Chico irrumpió en la escena musical de los años 60 con un tipo de canción popular sofisticada, urbana, de una densidad poética poco frecuente. 

Luego se convirtió en una de las voces más lúcidas de la resistencia cultural a la dictadura militar brasileña. Varias de sus obras fueron censuradas; su nombre, vigilado. En 1969, tras haber sido detenido el año anterior, se exilió en Italia y se instaló en Roma —ciudad donde había vivido en su infancia—. Allí siguió escribiendo y componiendo, mientras la distancia y el desarraigo empezaban a filtrarse en su obra. 

Cuando regresó a Brasil, en 1970, no se replegó: convirtió esa presión en canciones que burlaban la censura con inteligencia e ironía. “Apesar de você” se volvió himno. “Construção”, una cima. Desde entonces, su obra quedó marcada por una combinación infrecuente: rigor formal, sensibilidad política y una capacidad extraordinaria para construir escenas y personajes.

Tras aquella primera visita a Cuba, Chico no pasó inadvertido. Brasil seguía bajo dictadura y no mantenía relaciones diplomáticas con el gobierno cubano. Apenas aterrizó de regreso en Río de Janeiro, fue detenido por la Policía Federal y trasladado a una dependencia del Departamento de Ordem Política e Social, uno de los engranajes centrales del aparato represivo. 

Lo interrogaron, lo amenazaron, lo hostigaron durante horas. No sirvió de escarmiento. Al año siguiente, en 1979, volvió a Cuba, y esta vez no lo hizo solo, sino acompañado por otros nombres mayores de la música brasileña. También esa fue una forma de insistencia: cultural, política, afectiva.

Regresaría varias veces durante los años ochenta y hasta 1992. Entre los grandes artistas brasileños, fue uno de los que más frecuentó la isla. Cantó en el teatro Karl Marx junto al GES, participó en ediciones del Festival de la Canción de Varadero e hizo de puente para acercar a otros artistas. Después, por los vericuetos de la vida, pasarían treinta y cuatro años antes de que volviera a pisar Cuba. Pero la saudade no prescribe.

Hace unas semanas, la idea del regreso empezó a golpear a su puerta. Ya no quiso postergarla. La chispa fue externa. En marzo, Donald Trump describió Cuba como una “nación fallida” y afirmó con prepotencia que podría hacer “lo que quisiera” con ella. Lo dijo mientras endurecía las presiones económicas y agravaba la asfixia energética que, desde comienzos de año, ha puesto a la población contra la pared.

Por esos mismos días, Chico volvió a escuchar “Sueño con serpientes”, de Silvio, en la versión antológica que Mercedes Sosa y Milton Nascimento grabaron en 1980. Estaba con Carol, su compañera, que contaría en La Habana que, después de oírla, Chico quedó largo rato en silencio. No era un silencio vacío. Ya estaba pensando en grabarla junto a Silvio.

La canción, escrita cuando el cubano apenas superaba los 20 años, nació —como tantas cosas decisivas— de un sueño. El trovador ha contado que por entonces dormía con una guitarra y un grabador al lado de la cama: se despertó sobresaltado y, de un tirón, escribió letra y melodía. 

Atravesada por una atmósfera onírica y una cadencia que mezcla el son cubano con resonancias árabes, “Sueño con serpientes” es una metáfora sobre la resistencia, la esperanza y la capacidad de enfrentar adversidades crecientes sin ceder en lo esencial.

Chico evaluó primero una grabación a distancia. También pensó en invitar a Silvio a Brasil. Pero la saudade inclinó la balanza.

—Voy yo a Cuba. ¿Quieres ir a Cuba, Carol?

Ella lloró de emoción. Después, Chico me lo contaría con humor:

—Hay veces que me han gritado en la calle, despectivamente: “Chico, vete para Cuba”, por mi forma de pensar… Así que les hice caso.

Sus hijas creyeron que con los días cambiaría de idea, sobre todo por razones de salud. A sus 81 años, había sido intervenido quirúrgicamente en junio de 2025 por una hidrocefalia de presión normal. Antes había atravesado una cirugía de columna, en 2021, y una artroscopia de rodilla, en 2023. A fines de diciembre, además, sufrió una fisura de costillas que lo obligó a guardar reposo. Y aunque no se ha retirado de los escenarios —todavía aparece como invitado en conciertos de colegas—, hace tiempo que no ofrece recitales propios ni emprende giras.

Pero la decisión estaba tomada.

—Me llamó y ya lo tenía todo decidido. Ese es Chico: de acción. Es su manera. Un gesto para nuestro pueblo en un momento muy complejo —cuenta Silvio.

En la madrugada del 7 de abril, Francisco Buarque de Hollanda tomó un vuelo desde Río de Janeiro rumbo a La Habana. Lo acompañaban su esposa, la abogada y académica brasileña Caroline Proner, y el fotógrafo Francisco Proner, que registraría el viaje para un documental sobre este reencuentro entre dos figuras centrales de la música latinoamericana.

Un abrazo que no había terminado

El avión tocó pista en La Habana en uno de los momentos más duros que se recuerdan en la isla en décadas: crisis económica, apagones, desgaste acumulado, un país entero tensionado por la incertidumbre. El propio Buarque lo resumió en sus redes sociales: viajaba “en medio de las sanciones más duras contra la isla y el agravamiento de la crisis económica y energética”, y lo hacía “en solidaridad con la gente del país”.

No había cálculo capaz de anticipar lo que vendría después. Ni mis notas apresuradas ni las fotografías de esos días llegan a contener la intensidad de lo que ocurrió.

A la salida del avión, apenas cruzado el umbral, estaba Silvio Rodríguez esperándolo. El abrazo fue inmediato. No habían perdido el contacto en todos estos años, pero la última vez que se habían visto cara a cara —en el estadio de Ferro, en Buenos Aires, en 1997, durante un multitudinario concierto en homenaje al Che Guevara— quedaba demasiado lejos.

El video de ese recital circula en Internet. Es una escena emotiva: Chico canta “Pequeña serenata diurna” y, en la segunda estrofa, para sorpresa de las miles de personas presentes, entra Silvio a acompañarlo. Los aplausos de la multitud hacen ola. Al final, se funden en un abrazo tan apretado como el que acaban de darse ahora, décadas después.

No había pasado un minuto y ya conversaban como si el tiempo no hubiera transcurrido. Como si los treinta y cuatro años de ausencia hubieran sido apenas un paréntesis. En la escena —íntima, casi doméstica— flotaba algo profundo: la complicidad de dos hombres que no solo comparten canciones, sino una historia sentimental y política del continente.

Además de la puesta al día —la familia, los amigos comunes, el presente de Cuba—, había un rasgo que se volvería visible y constante con el correr de los días: la risa mutua. Se ríen mucho estos dos. Se entienden riéndose.

En el ajetreo del aeropuerto —entre cintas de equipaje, anuncios superpuestos y trámites fronterizos— lo primero que emerge no es el cansancio, sino la música. Hablan de la canción que van a grabar: los tonos, el clima, el arreglo, el formato (Niurka González en la flauta, Jorge Reyes en el contrabajo, Malva Rodríguez al piano, Oliver Valdés en la batería, con arreglos de Jorge Aragón).

—¿Ya grabamos hoy? —pregunta Chico, con una ansiedad que desarma cualquier protocolo.

—Hoy ensayamos nosotros —responde Silvio—. Tú descansa… y mañana arrancamos.

—¿Estás cansado? —insiste el autor de “Ojalá”, consciente del viaje largo.

—No tanto —dice Chico, conmovido por estar en Cuba, por el reencuentro. 

—Me ves bien, ¿no? Estoy flaco… con barriga.

—Barrigiña —bromea Silvio en portuñol.

Chico se ríe y, como si ese comentario fuera una puerta, se va atrás en el tiempo.

—La primera vez que vine, en 1978, como jurado de Casa de las Américas… Fuimos a sesionar a Santa Clara. Esos días tenía que leer, leer, leer… y comer, comer, comer. Cuando volví a La Habana, Silvio me miró y me dijo que era un flaco… con barriga.

—Te lo decía por un problema de identidad —remata Silvio—. Yo estaba igual por entonces.

Se ríen. La escena se distiende.

—Ayer jugó fútbol —acota Carol.

—Sigo jugando fútbol, pero ahora me dejan ganar —se lamenta Chico, y la risa vuelve a estallar.

El fútbol —una pasión que, ha confesado, a veces compite con la música—. Es hincha de Fluminense y fundador de su propio equipo, el Politheama. Tiene incluso una cancha en las afueras de Río llamada Vinicius de Moraes, en homenaje a uno de los pilares de la bossa nova.

Los recuerdos empiezan a agolparse, sin orden.

Chico vuelve a 1978, a otra escena: cuando estaba por grabar “Pequeña serenata diurna”. Tenía una duda con un verso. En aquella época, llamar por teléfono era casi una proeza.

—¿Te acuerdas, Silvio? Yo te gritaba desde el otro lado: “¡Silvio, no entiendo cuando dice ‘como cuadre a un hombre perfecto’!”… y Silvio apenas me escuchaba.

—Claro —le responden ahora, todavía riéndose—, es una expresión muy nuestra.

—Ese “como le cuadra”… ¿sería como “como le conviene”? —pregunta Chico.

—Sí… también podría ser “como le gusta”.

La memoria compartida sigue tirando de ellos. Intentan precisar la última vez de Silvio en Brasil.

—Hace más de treinta años —dice el cubano—. Yo estaba en Buenos Aires y viajamos a Río de Janeiro para participar en aquel programa de televisión que hacías junto a Caetano Veloso.

—Fuiste con una banda grande… —apunta.

—Claro, Afrocuba —completa Silvio. 

En efecto, en ese ir y venir de recuerdos, aparece inevitablemente el paso de Silvio por Brasil en 1986, cuando participó junto a Afrocuba en el último programa de Chico & Caetano, el emblemático ciclo de la Rede Globo. 

Emitido mensualmente entre abril y diciembre de ese año —nueve episodios en total, grabados en el Teatro Fênix de Río de Janeiro—, el programa combinaba actuaciones musicales con conversaciones informales, sostenido por la complicidad entre sus anfitriones. 

Aquella emisión final quedó marcada por una interpretación desbordante de “Sueño con serpientes”, en un arreglo poderoso, casi desmesurado, que todavía resuena en la memoria de quienes lo vivieron. 

El ciclo, que reunió a figuras como Tom Jobim, Milton Nascimento, Gal Costa, Gilberto Gil, Astor Piazzolla, Mercedes Sosa y Pablo Milanés, entre otros, se convirtió en un hito cultural: una plataforma de apertura latinoamericana y, al mismo tiempo, un espacio de celebración y resistencia tras el fin de la dictadura militar en Brasil.

—Pablito… —dice Chico, con una ternura que baja el volumen de todo al referirse a Pablo Milanés. El nombre queda suspendido un instante. Será, quizá, el nombre más repetido en los días que siguen. Su presencia sobrevuela inevitable. 

La relación de Chico con Cuba es tan raigal que no podía faltarle una buena cubanada. Es famoso el episodio en el Teatro América, cuando el presentador, con la mejor de las intenciones, anunció: “Estimado público, recibamos con un fuerte aplauso a Chico… ‘Walter’… de Italia… no, perdón, ¡de Holanda!”. El desliz fue antológico, pero lo mejor no fue el tropiezo geográfico, sino la convicción con que lo corrigió: como si el problema fuera, simplemente, haber errado el país y no el nombre. 

Y no fue la única. El mismo Chico me cuenta que en su segundo viaje a Cuba, en 1979, llegó acompañado por una constelación de artistas —Zezé Motta, Simone, Djavan, Gonzaguinha y Marieta Severo—, y en el aeropuerto los recibió un funcionario con un cartel impecable… salvo por un detalle: donde debía decir Djavan, alguien había escrito “Jazz Band”. Lo que esperaban no era a un cantautor, sino a una orquesta entera. Durante unos segundos, la escena quedó flotando entre la lógica burocrática y el absurdo perfecto: un solo músico frente a un error coral. En Cuba, incluso las confusiones parecen tener swing.

Las maletas finalmente aparecen. La conversación se corta a medias, como si fuera a continuar enseguida. Están listos para salir. Chico y Carol llevan varias maletas. Las suyas son pequeñas, discretas. En otras más grandes cargan medicamentos para donar. Un gesto mínimo, dicen. Pero no improvisado: a finales de febrero participaron, junto al Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra, en el envío de un primer cargamento de 1,7 toneladas de medicamentos a hospitales de Santiago de Cuba.

La canción toma cuerpo

Antes de que Chico llegase a los Estudios Ojalá, ya medio mundo sabía que estaba en La Habana y que va a grabar con Silvio.

Una fotografía de ambos en el Malecón —tomada casi como una prueba silenciosa de la llegada del carioca a la isla— irrumpe en la web y salta rápidamente a los medios. En cuestión de minutos, la noticia se vuelve viral. La imagen de los dos íconos juntos activa un deseo colectivo: que el reencuentro no quede limitado a la intimidad de una grabación o de una visita, sino que se proyecte a los escenarios. Sobre todo, se repite un reclamo: ver a Silvio en Brasil.

Los estudios son, además de un espacio de trabajo, terreno de conspiración creativa. Durante dos jornadas, con Chico, Silvio, músicos y técnicos, el lugar se vuelve laboratorio: allí las canciones no se fabrican, se elaboran; se piensan, se discuten, se tensan y se afinan hasta encontrar su forma.

Allí, apretados en un sofá de la cabina de control, repasaron la letra como si no estuvieran entrando a una grabación histórica, sino a una conversación largamente demorada. Silvio, guitarra en mano. Chico, atento a cada acorde. 

“Sueño con serpientes” no es un territorio ajeno. Es uno de los clásicos del vasto repertorio de Silvio Rodríguez y ha tenido múltiples versiones a lo largo del tiempo: desde la de Mercedes Sosa, con arreglos de Charly García; pasando por interpretaciones en vivo a dúo con Luis Eduardo Aute; hasta lecturas más recientes, como la de León Gieco junto a la murga uruguaya Agarrate Catalina, o la de la banda española de indie-pop Bruna. 

Incluso ha sido traducida a otros idiomas, como el alemán. Forma parte, además, del repertorio habitual de Silvio. Pero esta vez exige otra arquitectura. No se trata de repetirla, sino de abrirle espacio a una nueva voz sin que la canción pierda identidad. Ahí comienza el trabajo fino: encontrar la tonalidad, el pulso, la respiración.

Cada decisión responde a una lógica narrativa: quién entra primero, dónde respira la frase, cómo se tensa el sentido. La estructura se define con nitidez: cada uno canta una estrofa. Abre Chico, sigue Silvio y, en la tercera, las voces se intercalan en pares de versos. No será un dúo. Será un diálogo.

Equipos listos. Micrófonos en espera. Músicos orbitando una idea todavía en formación. Entonces sí: contrabajo, piano y batería entran juntos a grabar. La base se arma con precisión y sobriedad. Niurka González, en el máster, encuentra un sitio en el sofá; flauta en mano, prueba climas, bordea el aire con su sonido. Más tarde llegará su turno para grabar. También el de Silvio para poner la guitarra.

Había que ver los ojos de Chico: esos verdes tornasolados, cargados de una emoción serena. Miraba lo que ocurría como quien disfruta y reconoce algo esencial. Cruzaba miradas con Silvio y ambos sonreían. Sin subrayados. Sin teatralidad.

En pocas tomas, la base queda. Toca escuchar. Todos apretados, como si también eso formara parte del arreglo.

La segunda jornada queda reservada para las voces. Antes de grabar, Silvio y Chico repasan la letra una y otra vez. En el estudio, la ingeniera de sonido Olimpia Calderón —habituada a los códigos de trabajo de Silvio— admite que, aun con experiencia, la presencia de Chico despierta en ella un nerviosismo inevitable. Le pregunta cómo prefiere grabar, si por fragmentos o en tomas completas. Chico responde que hará varias y luego elegirán. Y agrega, casi en voz baja, que se considera “un diletante de la música”.

Desde el fondo, Silvio replica. —¡Yo también!

El cruce no es una pose. Es ética. La modestia como motor creativo. La conciencia de que incluso los más grandes siguen aprendiendo. Para Olimpia, ese instante desarma la tensión: detrás del rigor, hay humanidad.

El trabajo con la palabra es minucioso. Chico quiere que cada sílaba en español suene clara. Empieza: “Sueño con serpientes, con serpientes de mar,/ con cierto mar, ay, de serpientes sueño yo./ Largas, transparentes, y en sus barrigas llevan/ lo que puedan arrebatarle al amor”.

Avanza despacio. Pero hay una palabra que se traba: arrebatarle.

La repite. La paladea. La prueba.

En el portugués carioca, la “rr” nace en la garganta; en el español, vibra contra los dientes. Olimpia lo advierte y corrige con precisión: “La lengua hacia adelante, que vibre”. Chico escucha, ajusta y vuelve a intentar.

La palabra aparece. Limpia. Exacta.

Frente al micrófono —un condensador de diafragma grande, apenas por encima de la boca—, bajo una luz tenue, Silvio y Chico entran en estado. Con auriculares, y sin haberlo acordado, ambos dejan levemente la oreja derecha casi libre del audífono, como si necesitaran oír también el aire. Solo entonces advierten que es un hábito que comparten.

Chico se acerca con economía de gestos. Precisión pura. Décadas de oficio. Escucha la referencia musical. Asiente. Silvio le señala el momento exacto para entrar. Cuando canta, lo hace como si la canción naciera ahí mismo.

La primera toma es un tanteo.

—Vamos de nuevo —dice Silvio.

No hay correcciones bruscas. Apenas ajustes: una pausa que se estira, una palabra que cae más atrás, una respiración que gana espacio. No hay click track. Prefieren el pulso humano, levemente inestable, vivo.

Se entienden con miradas, un ejercicio natural. Hay errores, pausas, reinicios. La risa irrumpe y los detiene. En plena toma, en la tercera estrofa que canta Chico —“Ésta al fin me engulle, y mientras por su esófago / paseo, voy pensando en qué vendrá”—, el brasilero se tienta entre risas a preguntarle:

—¿Cómo se te ocurrió usar la palabra esófago?

Silvio intenta responder, pero la carcajada lo desarma. No puede. Y, en ese instante, toda solemnidad se desvanece.

Escuchan las tomas en silencio. Chico inclina la cabeza para afinar el oído; Silvio sigue la voz como si la dibujara en el aire.

—Probemos una más —dice Chico. No lo convence cómo ha quedado su voz.

Vuelve a la cabina. Esta vez graba de pie. De pronto, se corta la corriente. Estamos en Cuba. Silencio. Un segundo suspendido. Arranca la planta. Todo vuelve.

No podía ser más preciso: una canción como esta, grabada en una isla sitiada, interrumpida por un apagón.

Silvio mira a través del cristal. Chico, graba otra vez su parte. Hace un solo pase. Se quita los auriculares. Se miran. Apenas una sonrisa. Ha quedado.

La ciudad, a la intemperie

Chico, Carol y Francisco salen a caminar por La Habana. Son apenas cinco días de estancia en la capital cubana, y hay una necesidad impostergable: tocar, aunque sea por fragmentos, la realidad de la calle. 

Chico no deja de ser carioca ni ahí. Hace calor. Sale con chancletas, bermudas y un pullover gris, con la palabra fútbol en varios idiomas. Va liviano, sin blindajes. Camina, mira, se detiene, conversa con la gente que lo intercepta sin saber quién es.

En una esquina, un hombre en muletas le pide dinero y le cuenta su historia. Chico lo escucha, le apoya una mano en el hombro, sostiene la mirada y, antes de despedirse, le deja unos billetes. No hace falta andar demasiado para percibir el espesor de la vida cotidiana en Cuba: la dificultad asoma en cada esquina, en cada diálogo breve, en cada gesto mínimo que deja ver lo que cuesta sostener el día.

Otro día atraviesa La Habana Vieja junto a Silvio, Niurka, Malva y Frank. Cruzan la plaza de la Catedral, casi desierta. Se detienen ante una tarja dedicada a Haydée Santamaría, fundadora de Casa de las Américas y una de las personas más entrañables en la memoria de Silvio. Chico reconoce el apellido y recuerda que la conoció en aquel primer viaje, cuando fue jurado del Premio Casa.

A Silvio, que juega de local, lo saluda la gente al pasar. Unos músicos callejeros le piden una foto, y el trovador accede con naturalidad. Chico, en cambio, que juega de visitante, camina a sus anchas: casi anónimo, como no puede hacerlo en Brasil, donde cada paso suele interrumpirse entre pedidos de fotos y abrazos.

Aparece entonces, inevitable, en una sobremesa, el episodio del fusil cuando hace unas semanas Silvio escribió en su blog, a propósito de unas declaraciones amenazantes de Trump hacia Cuba: “Exijo mi AKM si se lanzan. Y conste que lo digo muy en serio”. Lo que comenzó como un gesto genuino de civismo, de defensa soberana, se extendió en una entrega simbólica del arma por parte de las Fuerzas Armadas.

—Me dieron un papelito con mi nombre, el número de serie del fusil asignado y la unidad militar a la que debería acudir a buscarlo en caso de una agresión —cuenta.

Carol recuerda que, al leer la noticia, Chico ironizó:

—Yo también quiero el mío… 

Y ahí Chico, rápido de reflejos y acorde a la ocasión, suelta: “para matar serpientes”.

Los temas saltan. Silvio le dice a Chico que Niurka es admiradora de sus novelas. A ella se le iluminan los ojos y menciona dos de sus favoritas: Leche derramada y Budapest.

Sobre el Chico escritor asoma una anécdota que completa el cuadro. A comienzos de los 90, Silvio le envió “Quién fuera”. Entre los nombres que aparecen en la canción, Chico era el único con quien mantenía un intercambio epistolar. La respuesta llegó con humor: le señaló que había acertado al ubicarlo entre cantores muertos, ya que llevaba años sin grabar y estaba entregado a la escritura de una novela. 

El comentario dejó en Silvio una incomodidad persistente: la sensación de haber rozado, sin querer, los fantasmas de una sequía creativa. Esa inquietud se disipó meses después, cuando supo del éxito del libro.

La historia quedó registrada en los textos que acompañan el disco titulado Silvio.

Volver a Casa

La idea fue de Silvio. De un día para el otro se armó el encuentro.

El 10 de abril, en la sala Manuel Galich de la Casa de las Américas, Chico Buarque regresó a un espacio que no le resulta ajeno. Llegó con esa mezcla de discreción y proximidad que lo define. Y antes de cualquier palabra, antes de cualquier discurso, hizo lo esencial: saludar uno por uno a los presentes.

La reunión —conducida por la musicóloga María Elena Vinueza— congregó a músicos y amigos en un ambiente atravesado por la memoria. Estaban, entre otros, José María Vitier, Silvia Rodríguez, Frank Fernández, Carlos Alfonso, Ele Valdés y Augusto Blanca.

Muchos de los asistentes no eran solo admiradores de su obra. Habían estado allí décadas atrás, en aquellas primeras visitas y conciertos de Chico que hoy forman parte de la memoria viva de la institución. Músicos, amigos, cómplices de una época en la que la canción latinoamericana también se pensaba como un modo de pertenecer.

En ese clima, familiar e improvisado, la memoria empezó a circular sin esfuerzo.

Frank Delgado le regaló a Chico una fotografía de los años ochenta. En la imagen, un joven Buarque aparece rodeado por trovadores de la llamada Generación de los topos, también conocida como la segunda generación de la Nueva Trova cubana. 

La sorpresa fue genuina: era una foto que no conocía. Desde los archivos de Casa de las Américas hicieron lo suyo y le entregaron copias de imágenes de su primera visita, en 1978, cuando participó como jurado del Premio Casa.

Las intervenciones fueron acumulando recuerdos: conciertos, estancias, anécdotas. Pero también agradecimiento. Por la obra, sí, aunque no solo por la obra. También por algo menos visible y más persistente: una ética.

En ese contexto, Chico habló con emoción contenida.

—Estoy feliz. Son momentos muy emocionantes para mí. Gracias a todos por venir.

Luego se detuvo en la selva del recuerdo.

—Esa memoria, para mí, es particularmente fuerte. Está muy presente todavía, muy viva en mi cabeza.

Y entonces apareció la palabra que atraviesa toda esta historia: 

—Hay una palabra, saudade, que no tiene traducción exacta. Yo tengo saudade. Saudade de toda la gente que conocí aquí.

Una de las intervenciones más hondas fue la del compositor y pianista, Premio Nacional de Música, José María Vitier: 

“Todos los recuerdos que tengo asociados a la música de Chico, a lo largo de casi cincuenta años, son profundamente íntimos. Su obra ha acompañado también nuestra historia personal como pareja, con Silvia. Llevamos 53 años juntos, y esas canciones han estado ahí, atravesando ese tiempo”, señaló.

Vitier fue más allá de la memoria afectiva y se detuvo en el valor artístico de esa obra. “Como músico, me interesa subrayar la manera en que Chico integra música y poesía. En sus canciones hay una confluencia natural entre ambas dimensiones, un diálogo orgánico que resulta esencial para la canción latinoamericana y que, en el caso cubano, conecta directamente con la tradición de la trova”.

Esa fusión —explicó— no es un recurso, sino una forma de habitar la creación: “Es la sensación de que la música y la poesía viven en el mismo espacio, en una misma morada. Para nosotros, eso es fundamental”.

También destacó su dimensión emocional. 

“Hay mucha música brasileña alegre, luminosa, extraordinaria. Pero en Chico también hay una fuerte presencia de la saudade, de la nostalgia, incluso de la tristeza. Y, sin embargo, esas canciones transforman esa emoción en una energía positiva”. Decía mi madre que ‘La belleza nunca es triste'”.

En un aparte, Vitier me profundizó en ese vínculo:

“Mi primer concierto con el grupo que fundé en los años ochenta incluía un tema suyo, ‘La novia de la ciudad’, con un arreglo mío. Y Silvia, con los años, volvió sobre esa misma imagen en su obra visual. Es decir, la música de Chico no solo nos acompañó: se volvió materia de nuestra propia creación”.

Luego regresó a una idea central: “Mientras más complejas y oscuras son las circunstancias que vivimos, más valor adquiere esa música. Muchas de esas canciones fueron creadas en contextos difíciles y, aun así, lograron convertir esa carga en belleza y esperanza”.

Y entonces apareció la dimensión más íntima del encuentro:

“Nos parece que lo conocemos de siempre. Y, sin embargo, nunca lo había visto personalmente. Cuando lo tuve delante, sentí que estaba saludando a alguien de mi familia. Fue muy emocionante”.

Chico, asere

El último día de la visita, Silvio llevó a Chico, Carol y Francisco a San Antonio de los Baños. Quiso mostrarles su patria chica: el pueblo donde creció, el río donde aprendió a nadar, el paisaje íntimo que lo formó, ese lugar al que se vuelve no solo con los pies, sino con la memoria. 

Después volvieron a la ciudad cuando la tarde caía sobre el Malecón. Esa luz dorada —que en otras geografías parecería irrepetible— aquí se vuelve costumbre y, aun así, milagro.

Chico cruzó la avenida con Carol y Francisco como quien entra en una escena conocida y nueva al mismo tiempo. En Río, a pocos minutos de su casa, el Arpoador le regala atardeceres de una intensidad parecida. Pero esto era otra cosa. Aquí no había venido a ver caer el sol, sino a rozar ese pulso invisible que hace de La Habana algo más que una ciudad.

Fue a caminar. A respirar sal. A mezclarse.

El Malecón no es solo una franja de concreto frente al mar. Es un territorio humano. Y en ese territorio viven —y resisten— como en la canción “Mambembe” de Chico, esos artistas sin escenario fijo, sin recursos, con lo justo y a veces ni eso, pero con la música como único capital.

Y entonces ocurre.

Tres músicos callejeros se le acercan sin reconocerlo. Guitarra y maraca en mano, lo leen como a uno más de los pocos turistas que todavía se dejan ver. Pero alguien, desde atrás, suelta el dato: —Ese es Chico Buarque.

Y el aire cambia.

Uno de ellos lo nombra completo, como se nombran las cosas importantes: Chico Buarque de Hollanda.

Otro le suelta: “Oh, qué será”, como si bastara esa línea para condensar toda una historia. Aquella canción —popularizada en la película Doña Flor y sus dos maridos— que, detrás de su aparente ligereza, cargaba la tensión de los años más duros de la dictadura brasileña: censura, persecución, desapariciones. Ironía fina para decir lo indecible. Música como refugio y como denuncia.

La emoción no pide permiso.

Lo rodean, cantan, se entusiasman. No es un homenaje preparado: es una serenata diurna, improvisada, de esas que solo pueden darse en una ciudad donde la música no necesita escenario. Cantan a Silvio con su “Pequeña serenata diurna”. Ese himno del que ya se habló antes, pero que ahí, en la voz de tres trovadores errantes, de tres mambembes, sonaba más urgente, más verdadera.

Casi al final, el guitarrista se adelantó a terminar el acorde, rompió la distancia y le dijo: 

—Coño, mi hermano, déjame abrazarte.

Y lo abrazaron los tres. Un abrazo sin cálculo, sin ceremonia.

Entonces llegó la frase perfecta: —¡De pinga, asere!

Habrá quien la escuche y la reduzca a una vulgaridad. Pero ahí, en ese contexto, es otra cosa. Es lo que el escritor argentino Roberto Fontanarrosa defendió en 2004, ante la solemnidad del III Congreso Internacional de la Lengua Española: que no existen “malas palabras”, y que hay términos irreemplazables porque guardan una fuerza expresiva, una música y una verdad que ningún eufemismo alcanza.

Y cuando ese mismo músico, todavía agitado, le dijo “Oye, Chico, Cuba te quiere”, no hablaba en nombre de ninguna institución. No había un ministerio detrás, ni protocolo. Hablaba desde la intemperie. Desde la supervivencia. Desde ese país real que no cabe en los discursos, pero sostiene la vida con una mezcla feroz de belleza y esperanza.

Ahí está la clave.

El reconocimiento no vino desde arriba, sino desde abajo. Desde el que toca por unas monedas, desde el que inventa para vivir, desde el que no tiene otra cosa que su guitarra y, aun así, ofrece una canción.

Ese pueblo no recibió a Chico como figura internacional ni como leyenda. Lo recibió como hermano.

El sol ya había terminado de caer cuando se separaron. La luz dorada se volvió sombra. El apagón cotidiano se impuso. El Malecón siguió siendo el Malecón. Los mambembes volvieron a su sitio. Chico, Carol y Francisco siguieron caminando.

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Motos, ciclomotores y peatones concentran el 74 % de los accidentes de tránsito en Cuba

 Susana Antón Rodríguez

A pesar de la disminución de la movilidad de los vehículos de combustión, continúa incrementándose en el país la circulación de motos, ciclomotores y triciclos eléctricos como alternativa de transportación, medios que figuran entre los más vulnerables en materia de seguridad vial.

En este contexto, como resultado de las acciones de prevención y enfrentamiento, en el primer trimestre del año disminuyeron los accidentes de tránsito, así como el número de lesionados y fallecidos.

Durante el encuentro de la Comisión Nacional de Seguridad Vial, el teniente coronel Chetty Carlos Lastre Rodríguez, jefe del órgano especializado de Tránsito de la Dirección General de la Policía Nacional Revolucionaria, informó que entre enero y marzo se registraron 1 234 accidentes, con saldo de 153 fallecidos y 1 154 lesionados.

En presencia del vice primer ministro Jorge Luis Tapia Fonseca, el oficial precisó que las motos, ciclomotores y peatones estuvieron involucrados en el 74 % de los siniestros y señaló la disminución de los accidentes ocasionados por desperfectos técnicos, así como aquellos en los que participaron vehículos de tracción animal o animales sueltos en la vía.

Entre las principales causas de los accidentes se mantienen la falta de atención a la conducción, el irrespeto al derecho de vía y el exceso de velocidad, y si bien en todas las provincias disminuyeron los accidentes, se reportó un incremento en el número de fallecidos en territorios como Las Tunas, Sancti Spíritus, La Habana, Villa Clara y Guantánamo.

Agregó que el sector estatal continúa siendo el de mayor incidencia, con responsabilidad en la mitad de los hechos registrados, un comportamiento que se acentúa en los casos con consecuencias graves, en los que su participación alcanza el 86 %.

Lastre Rodríguez indicó que, aunque los accidentes asociados al consumo de alcohol disminuyen, estos mantienen un alto nivel de peligrosidad.

Añadió que las acciones de prevención y enfrentamiento han sido ajustadas a las particularidades de cada territorio, con énfasis en los medios más vulnerables y la ampliación de horarios y sistemas de control para incrementar la presencia en las vías.

Subrayó que, si bien el factor humano continúa siendo determinante, el crecimiento del parque vehicular, especialmente de motos y ciclomotores, incide de manera significativa en la accidentalidad, lo que puede elevar los niveles de riesgo.

Por su parte, el vice primer ministro Jorge Luis Tapia Fonseca destacó que el funcionamiento de las comisiones municipales y provinciales de seguridad vial seguirá siendo una prioridad en 2026, con énfasis en la evaluación sistemática de sus resultados y su impacto en la población.

Asimismo, insistió en la necesidad de dar seguimiento a cada una de las tareas propuestas, con el objetivo de medir su efectividad y ajustar las acciones en función de los resultados alcanzados.

De igual forma, el titular de Transporte, Eduardo Rodríguez Dávila, refirió que el factor humano continúa siendo la principal causa de los accidentes de tránsito en Cuba, por lo que instó a redoblar las acciones de prevención y control.

Anunció que en los próximos meses se desplegará un grupo de acciones orientadas a fortalecer la seguridad vial; entre ellas, la implementación de proyectos vinculados al uso de medios de protección, la realización de un nuevo proceso de homologación de vehículos, que actualmente circulan sin matrícula, y el fortalecimiento de las escuelas de conducción, mediante la incorporación de simuladores y otros medios que contribuyan a mejorar la preparación de los conductores y atender la creciente demanda de licencias.

https://www.granma.cu/cuba/2026-04-14/motos-ciclomotores-y-peatones-concentran-el-74-de-los-accidentes-de-transito-en-cuba-13-04-2026-20-04-35

martes, 14 de abril de 2026

Una Cuba americana y otras distopías

 Rafael Hernández

Imaginemos un solo instante que Cuba se hubiera convertido en el sueño americano. 

Esa Cuba se habría reencontrado, finalmente, consigo misma, después de haberse desviado de su curso normal por una especie de gran falta de ortografía en la escritura de su historia llamada “la Revolución”.      

La Habana volvería a ser, como antes, una ciudad rutilante, colmada de bares, night clubs, casinos, donde negros, mulatos y blancos, vestidos de lino y jipijapas, exhibían su elegancia ante los deslumbrados visitantes del Norte, como se puede ver en tantas películas de los años 40 y 50.  Un sitio encantado donde una joven empleadita (Weekened in Havana, 1941) o una misionera religiosa (Guys and Dolls, 1955) viven un romance en medio de noches de luna, vistas del malecón, música pegajosa y gente sensual que baila sin cesar. 

Renacería esa capital bulliciosa y picante, especie de Casablanca del Caribe, que compite en candilejas con Las Vegas, colmada de artistas del showbiz, donde estrellas de Hollywood como George Raft en el Hotel Capri y hombres de negocios visionarios como Meyer Lansky en el Havana Riviera les abrían las puertas de sus casinos a quienes quisieran vivir la emoción del juego, no importa su origen, clase o color de la piel; ni si eran ricos o no, pues había sitio para todos.  

De manera que, en vez de un millón de visitantes del Norte, como en 2016, descenderían varios millones sobre la isla, aprovechando la cercanía que nos reúne prácticamente como regiones de un mismo país. Podría ser por apenas un fin de semana, un viernes o un sábado, a disfrutar de ese lujo tropical, y a darle vacaciones a la conciencia, con ciertos placeres no bien vistos allá; y retornar el domingo a sus iglesias evangélicas, vidas familiares, vecindarios suburbanos de clase media, donde todo el mundo se sonríe, respeta la ley y se comporta de manera decorosa.

A esta Cuba habrían retornado, en primer lugar, todos aquellos negocios de EE.UU. que se habían tenido que ir, arrastrados por un conflicto en espiral que había rebasado el punto de no retorno en el camino de la guerra, con la aprobación del plan de invasión por Bahía de Cochinos, seis meses antes de las nacionalizaciones masivas. 

Estas propiedades abarcaban dos tercios de la economía cubana, consistente en 90 % de la electricidad, toda la telefonía, la mayoría de la industria minera, refinerías de petróleo, embotelladoras, almacenes, junto a 809 500 hectáreas de tierra, que incluían 80 % de las mejores plantaciones de caña de azúcar. Además de hoteles, propiedades comerciales, residencias privadas, cuentas de banco, barcos. 

La indemnización por las propiedades nacionalizadas en 1959-60, según preveían las leyes cubanas de entonces, alcanzaba los 956 millones de dólares, valorización calculada por Cuba con base en el valor de la declaración fiscal de las corporaciones y reconocida por el Departamento de Comercio de EE.UU. 

Sin embargo, el gobierno de EE.UU. habría pactado con el nuevo gobierno de la isla un trato muchísimo más ventajoso, en los términos de la Cuban Liberty and Democratic Solidarity (Libertad), más conocida como Ley Helms-Burton: su devolución íntegra a las más de 8 mil empresas nacionalizadas, equivalentes a 9 mil millones, según cálculo de EE.UU. en 2024, incluyendo intereses por los daños y perjuicios causados, las ganancias dejadas de obtener, así como por la demora en hacerlo. 

En esta nueva Cuba, el principal organismo económico asesor del gobierno sería el Consejo Supremo del Exilio Patriótico Cubano-Americano, SUCOCAPAX (por sus siglas en inglés, Supreme Council of Cuban-American Patriotic Exile), formado por una representación de 25 empresarios, banqueros, comerciantes de bienes raíces, brokers de la NY Stock Exchange, listados por la revista Forbes entre los principales multimillonarios de origen cubano, residentes en EE.UU. y en Cuba. 

Los golden boys de la SUCOCAPAX, como los llamaría jocosamente el pueblo, se encargarían de orientar la primera etapa de la transición (2026-2050), así como de depurar del Estado cubano todos los vestigios del sistema comunista.        

En efecto, la transición cubana tendría como premisa, según la letra de la Helms-Burton en su título 2, la disolución de los aparatos de seguridad del MININT, equivalentes al FBI y la CIA; de los CDR y demás “organizaciones de masas” del régimen; además del reintegro de todas las propiedades nacionalizadas a los cubanos, sus residencias particulares, clínicas, colegios, edificios de apartamentos, medios de prensa, estaciones de TV y radio, clubes y playas privadas, fincas, fábricas… 

Aparte de los cubanos afectados por las nacionalizaciones desde la Reforma Agraria (mayo 1959), recuperarían sus propiedades perdidas todos los perjudicados por el Estado totalitario desde enero de 1959, según dicta la propia Ley. 

Es decir, todos aquellos cuyos bienes fueron confiscados por aquel Estado, con el argumento de haber sido malversados, incluyendo los de las familias del presidente Fulgencio Batista y sus colaboradores más cercanos, entre ellos algunos tan ilustres como los Díaz-Balart. 

Las agencias que combaten el narcotráfico en EE.UU. les enseñarían a los nuevos aparatos de seguridad cubanos cómo combatir los cárteles de la droga; y el gobierno de EE.UU. enviaría a Cuba a los Cuerpos de Paz (Peace Corps) para ayudar a recuperarse a las comunidades campesinas y a los que sufren pobreza, analfabetismo, atraso, enfermedades. 

Un paso primordial en la transición hacia esa nueva Cuba sería la constitución de un sistema multipartidista. Este no discriminaría a ningún partido por razones ideológicas, bajo la regla de oro de la competencia electoral, especialmente los surgidos al calor de la lucha por la libertad, pero también los viejos, que en los años de la República mantuvieron una vocación democrática, lo mismo liberales que conservadores, auténticos que demócratas-cristianos. 

Los que sí estarían definitivamente excluidos de este sistema pluralista serían los castrocomunistas, así como todos los que avalaron con su respaldo al antiguo régimen, aunque no militaran en sus filas. Ninguno de ellos merecería contarse entre las filas del “con todos y para el bien de todos” que decía el Apóstol. 

Un caso aparte sería el de aquellos que tuvieron responsabilidades en aquellas organizaciones criminales, como el PCC, o los militares que controlaban la economía cubana, pues el peso de la justicia caería sobre ellos. Ninguno quedaría impune. Como lección para que ninguna ideología izquierdista pudiera entronizarse de nuevo en nuestra patria.  

Los que sí merecerían reconocimiento, por sus extraordinarios méritos a la causa de la democracia y la libertad, serían los anticastristas que se mantuvieron activos en la lucha contra el régimen, no importa cuál haya sido su peso real y convocatoria. Ese reconocimiento y la autoridad que se deriva de su ejemplo cívico y político serían inseparables de su lugar en la nueva Cuba. 

Acorde con los postulados de la Cuban Liberty and Democratic Solidarity, de lasbanderas de la oposición anticastrista y, en particular, de los juristas pioneros que anticiparon una próxima Cuba democrática y liberal, resultaría imprescindible una nueva Constitución, en consonancia con todos estos cambios de fondo. 

Para prevenir que ese nuevo orden se apartara de su curso normal, y volviera a caer, aprovechando el pluralismo democrático, en la seducción populista que caracteriza a las izquierdas, esta Constitución blindaría los resguardos constitucionales que mantendrían a Cuba en un régimen republicano liberal. 

Entre esos resguardos estaría la articulación especial que la ligaría con los EE. UU. Según el artículo 5, que algunos llaman la “Enmienda Rubio”, en honor a uno de los mentores de esta nueva Cuba americana, la nueva república estaría estructuralmente ligada a su Big Brother del Norte. 

No a la manera de la tan vilipendiada Enmienda Platt, ni al modo de un estado libre asociado, como Puerto Rico. Aunque ambos paradigmas pueden reunir muchas más virtudes que defectos. 

No olvidar que los cubanos del primer tercio del siglo XX vivieron el periodo de mayor expansión económica que se recuerda desde el boom azucarero-esclavista de 1790-1830, precisamente a la sombra de la Enmienda Platt y el Tratado de Reciprocidad (1903); y que esa feliz etapa de vacas gordas naufragó en el caos de la revolución comunista de 1930. Tampoco olvidar que Puerto Rico ha sido el estado más próspero del Caribe, gracias a su vínculo especial con EE. UU., adonde todos los boricuas pueden viajar sin necesidad de visa.

La nueva Cuba americana no estaría asociada o anexada a la Unión, sino más bien a la inversa: EE.UU. volvería a ser parte de la economía, la civilización tecnológica, la modernidad y los adelantos sociales, culturales y urbanísticos que una vez caracterizaron a la isla. Los que la convirtieron en una nación cosmopolita y un modelo de progreso en las Américas.

Cuba no perdería un ápice de su independencia y soberanía, sino seguiría siendo un faro de desarrollo autónomo, en alianza con el capital de EE.UU., y con una clase política fuerte y democrática, como la brotada del retoño cubano en el exilio e injertada en el tronco de la gran nación americana.      

A cambio de este arraigo en suelo cubano, Cuba le aportaría a EE.UU. el carácter de un aliado excepcional, como parte de esta renovada special relationship

Como botón de muestra, se renegociaría el Tratado de 1934 sobre Guantánamo, de manera que la base aeronaval se extendiera al conjunto de la bahía y algunos terrenos adyacentes, para crear el enclave estratégico militar más potente y el polígono de pruebas de las tecnologías de última generación más avanzado. Donde las flotas de superportaviones nucleares llamados “bases flotantes”, las divisiones de aviones tripulados por IA llamados “Skywalker robots” y los sistemas de armas aeroespaciales y de guerras cibernéticas tendrían su cuartel general. 

Desde esa base de Guantánamo corregida y aumentada, EE. UU. desplegaría la reconquista de las Américas, con el concurso de Cuba.

Para el final queda el tema de la revolución cultural. 

Toda la historia de Cuba, no solo la de los últimos 67 años, tendría que expurgarse y reescribirse, para corregir la gigantesca tergiversación de nuestro legado cultural, puesto en función de la ideología del régimen. 

El olvido de nuestros músicos que no se sometieron a esos dictados y partieron al exilio, desde Ernesto Lecuona hasta Bebo Valdés. La censura de artistas plásticos, desde Cundo Bermúdez hasta Tomás Sánchez; de narradores como Enrique Serpa o Uva de Aragón; de poetas como Agustín Acosta o Gastón Baquero. Ninguno de esos grandes artistas ha estado al alcance de las diez últimas generaciones de cubanos. 

Esa ingente tarea empezaría desde abajo, en las escuelas primarias, donde los nuevos libros de texto recuperarían los valores culturales esenciales de esa Cuba americana que regresaría, junto con todo lo demás.    

Nota bibliográfica: 

Aunque este artículo cultive el género de política-ficción, en su mayor parte se basa en fuentes realmente existentes. 

Las principales son la Ley Helms-Burton (1996), los informes de la Commission for Assistance to a Free Cuba (2003, 2004), las declaraciones del presidente Trump y el secretario de Estado Rubio, así como el “Acuerdo de Liberación” firmado por organizaciones del exilio (2 de marzo, 2026). 

El papel de la élite cubanoamericana en la nueva Cuba se basa en reportes de TV acerca de encuentros recientes de “multimillonarios para definir su papel en la Cuba postcomunista”así como en entrevistas a algunos de sus principales líderes

En cuanto a la imagen de la Cuba anterior a 1959, modelo ideal al que se proyecta regresar, resumo imágenes de numerosos reels, minidocumentales, clips que circulan ahora mismo en redes sociales. 

Como dicen por ahí: “Hay para comer y para llevar”.

https://oncubanews.com/opinion/columnas/con-todas-sus-letras/una-cuba-americana-y-otras-distopias/