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Reglas de Discernimiento Espiritual

Este documento resume las Reglas para el Discernimiento de los Espíritus de San Ignacio de Loyola. Proporciona reglas para distinguir entre las mociones buenas y malas en el alma. Las primeras reglas explican cómo el espíritu malo suele proponer placeres a los pecadores, mientras que el espíritu bueno los remordiencia. Otras reglas describen cómo el espíritu malo causa desolación e inquietud, mientras que el bueno da consuelo y fuerzas. Finalmente, se ofrecen consejos para discern
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Reglas de Discernimiento Espiritual

Este documento resume las Reglas para el Discernimiento de los Espíritus de San Ignacio de Loyola. Proporciona reglas para distinguir entre las mociones buenas y malas en el alma. Las primeras reglas explican cómo el espíritu malo suele proponer placeres a los pecadores, mientras que el espíritu bueno los remordiencia. Otras reglas describen cómo el espíritu malo causa desolación e inquietud, mientras que el bueno da consuelo y fuerzas. Finalmente, se ofrecen consejos para discern
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En el famosísimo libro de los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, el Santo pone a

nuestra disposición innumerables recursos espirituales para la oración, meditación,


conocimiento de sí mismo, contrición, etc. De entre tantos valiosos consejos hemos querido
seleccionar las Reglas para el Discernimiento de los Espíritus, a fin de que cada lector pueda
tener una guía para interpretar la mociones que excitan su alma para saber si son buenas o
malas, sin de olvidar que estas lecturas aprovechan requieren para su buen aprovechamiento
el consejo de un sacerdote. El cual, naturalmente, deberá elegir el fiel cuidadosamente, por
sus dotes y virtudes de asesor espiritual.

Primeras reglas
(más propias de la primera semana)

Para sentir y conocer de alguna manera las diversas mociones que se excitan en el alma, a fin
de admitir las buenas y para rechazar las malas.

314. Primera regla. A las personas que van de pecado mortal en pecado mortal, el enemigo
acostumbra ordinariamente a proponerles placeres aparentes, haciéndoles imaginarse deleites
y placeres sensuales, para [así] conservarlas más en sus vicios y pecados y aumentárselos. En
estas mismas personas, el espíritu bueno emplea una táctica opuesta, aguijoneándoles y
remordiéndoles su conciencia por medio de los reproches de la razón.

315. Segunda regla. En las personas que intensamente van purgando sus pecados y subiendo
de bien en mejor en el servicio de Dios Nuestro Señor, ocurre lo contrario que en la primera
regla: Porque entonces es propio del mal espíritu excitar a los [escrúpulos] y a la tristeza y
poner impedimentos, inquietando con falsas razones, para que uno no pase adelante… y es
propio del bueno dar ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud,
facilitando todo y quitando todos los impedimentos para que uno prosiga adelante en el bien
obrar.

316. Tercera regla. De la consolación espiritual. Llamo consolación espiritual cuando en el


alma se causa alguna moción interior, con la que el alma viene a inflamarse en amor de su
Creador y Señor, y, por consiguiente, cuando a ninguna cosa creada sobre la faz de la tierra
puede amar en sí, sino en el Creador de todas ellas. Igualmente, cuando [uno] derrama
lágrimas que lo mueven a amar a su Señor, sea por el dolor de sus pecados, o de la Pasión de
Cristo Nuestro Señor, o de otras cosas directamente ordenadas a su servicio y alabanza.
Finalmente, llamo consolación a todo aumento de esperanza, fe y caridad y a toda alegría
interna que llama y atrae a las cosas celestiales y a la propia salvación del alma, aquietándola y
pacificándola en su Creador y Señor.

317. Cuarta regla. De la desolación espiritual. Llamo desolación a todo lo contrario de la


tercera regla: como oscuridad del alma, turbación en ella, moción a las cosas bajas y terrenas,
inquietud de varias agitaciones y tentaciones, que la mueven a desconfianza [y la dejan] sin
esperanza, sin amor, hallándose [el alma] toda perezosa, tibia, triste y como separada de su
Creador y Señor. Porque así como la consolación es contraria a la desolación, de la misma
manera los pensamientos que salen de la consolación son contrarios a los pensamientos que
salen de la desolación.
318. Quinta regla. En tiempo de desolación no se ha de hacer ningún cambio, sino que se ha
de estar firme y constante en los propósitos y determinaciones que se tenían el día anterior a
tal desolación, o en la determinación que se tenía en la consolación anterior. Porque así como
en la consolación nos guía y aconseja más el buen espíritu, así en la desolación [nos guía y
aconseja más] el malo, y con sus consejos no podemos tomar camino para acertar.

319. Sexta regla. Dado que en la desolación no debemos cambiar los primeros propósitos, [sin
embargo] es muy provechoso que nosotros mismos nos movamos intensamente contra la
misma desolación, por ejemplo, insistiendo más en la oración, en la meditación, en
examinarnos mucho y en extendernos en algún modo conveniente de hacer penitencia.

320. Séptima regla. El que está en desolación considere cómo el Señor, para probarlo, lo ha
abandonado a sus potencias naturales para que resista a las varias agitaciones y tentaciones
del enemigo… pues puede [resistir] con el auxilio divino, que siempre le queda aunque no lo
sienta claramente, porque el Señor le ha sustraído su mucho fervor, su crecido amor y su
gracia intensa, dejándole, sin embargo, con la gracia suficiente para la salvación eterna.

321. Octava regla. El que está en desolación, trabaje por perseverar en la paciencia, que es
[virtud] contraria a las vejaciones que le vienen, y piense que si pone las [debidas] diligencias
contra tal desolación, como se ha dicho en la sexta regla, pronto será consolado.

322. Novena regla. Tres son las causas principales por las que nos hallamos desolados. La
primera, por ser tibios, perezosos o negligentes en nuestros ejercicios espirituales, y así, por
nuestras faltas, se aleja de nosotros la consolación espiritual. La segunda, porque [Dios] quiere
probarnos lo que somos, y hasta dónde llegamos en su servicio y alabanza, sin tanto estipendio
de consolaciones y gracias abundantes. La tercera, porque [Dios quiere] darnos un verdadero
conocimiento y sentimiento íntimo de que no depende de nosotros adquirir o retener una
gran devoción, un amor intenso, lágrimas o alguna otra consolación espiritual, sino que todo
es don y gracia de Dios Nuestro Señor, y [también] porque [quiere] que en casa ajena no
pongamos nido elevando nuestro espíritu a alguna soberbia o vanagloria, atribuyéndonos a
nosotros la devoción o los otros efectos de la consolación espiritual.

323. Décima regla. El que está en consolación piense cómo obrará en la desolación que vendrá
después, y tome nuevas fuerzas para entonces.

324. Undécima regla. El que está consolado, procure humillarse y abajarse cuanto pueda,
pensando de cuán poca cosa es [capaz] en tiempo de desolación sin tal gracia o consolación.
Por el contrario, el que está en desolación piense que es capaz de mucho con la gracia
suficiente para resistir a todos sus enemigos, tomando fuerzas en su Creador y Señor.

325. Duodécima regla. El enemigo se comporta como una mujer: es débil de fuerza y fuerte de
voluntad. Porque así como es propio de la mujer, cuando riñe con algún hombre, perder ánimo
y emprender la huída cuando el hombre le muestra rostro firme… y, por el contrario, si el
hombre, perdiendo ánimo comienza a huir, la ira, venganza y ferocidad de la mujer es muy
grande y sin medida… del mismo modo es propio del enemigo debilitarse y perder ánimo,
retirando sus tentaciones, cuando el que se ejercita en las cosas espirituales muestra rostro
firme frente a las tentaciones del enemigo, haciendo lo diametralmente opuesto [a lo que él
sugiere]. Por el contrario, si el que se ejercita comienza a tener temor y a perder ánimo al
sufrir las tentaciones, no hay bestia tan fiera sobre la faz de la tierra como el enemigo de la
naturaleza humana en su [encarnizamiento] por conseguir, con tan grande malicia, su perversa
intención.

326. Decimotercera regla. Asimismo [el demonio], se comporta como un vano enamorado, al
querer mantenerse en secreto y no ser descubierto. Porque así como un hombre vano, que
hablando con mala intención solicita a la hija de un buen padre o a la mujer de un buen marido,
quiere que sus palabras y seducciones permanezcan secretas, y por el contrario, le desagrada
mucho que la hija al padre o la mujer al marido le descubran sus vanas palabras y su intención
depravada, porque [entonces] deduce fácilmente que no podrá salir con la empresa
comenzada, del mismo modo el enemigo de la naturaleza humana, cuando propone sus
astucias y seducciones al alma justa, quiere y desea que sean recibidas y mantenidas en
secreto… pero cuando [el alma] las descubre a su buen confesor o a otra persona espiritual,
que conozca sus engaños y malicias, [entonces] le desagrada mucho, porque deduce que, al
ser descubiertos sus engaños manifiestos, no podrá llegar hasta el fin con su malicia
comenzada.

327. Decimocuarta regla. Asimismo, hace como un caudillo para vencer y robar lo que desea.
Porque así como un capitán en campaña, asentando sus reales y mirando las fuerzas y
disposición de un castillo, lo combate por la parte más débil, de la misma manera el enemigo
de la naturaleza humana, rodeándonos, mira por todas partes todas nuestras virtudes
teologales, cardinales y morales, y por donde nos halla más débiles y más necesitados para
nuestra salvación eterna, por allí nos ataca y procura vencernos.

OTRAS REGLAS
(MÁS PROPIAS DE LA SEGUNDA SEMANA)
Para discernimiento de espíritus más [sutiles].

329. Primera regla. Es propio de Dios y de sus ángeles dar en sus mociones verdadera alegría y
gozo espiritual, quitando toda tristeza y turbación que suscita el enemigo. Y de éste es propio
combatir contra tal alegría y consolación espiritual, presentando razones aparentes, sutilezas y
continuos engaños.

330. Segunda regla. Sólo pertenece a Dios Nuestro Señor dar consolación al alma sin causa
precedente, porque es propio del Creador entrar y salir en ella y moverla a que [se inflame]
por entero en amor de su Divina Majestad. Sin causa, quiero decir, sin ningún previo
sentimiento o conocimiento de algún objeto que, mediante los actos del entendimiento y de la
voluntad, haya producido tal consolación.

331. Tercera regla. Cuando hay una causa [precedente], tanto el buen ángel como el malo
pueden consolar al alma, [aunque] por fines contrarios: el buen ángel, para provecho del alma,
para que vaya de bien en mejor… el malo, para lo contrario, para atraerla a su perversa
intención y malicia.

332. Cuarta regla. Es propio del ángel malo, que se transfigura en ángel de luz, entrar en [los
sentimientos del] alma devota y salirse con la suya, es decir, sugerir pensamientos buenos y
santos conforme a esta alma justa, y después, poco a poco, procurar atraer al alma a sus
engaños cubiertos y a sus perversas intenciones.

333. Quinta regla. Debemos advertir mucho el decurso de los pensamientos. Si el principio,
medio y fin [del pensamiento] es todo bueno e inclinado a todo bien, señal es [de que
procede] del buen ángel. Pero si en el decurso de los pensamientos sugeridos [advertimos que
un pensamiento] acaba en alguna cosa mala o distractiva o menos buena que la que el alma
antes se había propuesto hacer, o que debilita, inquieta o conturba al alma quitándole la paz,
tranquilidad y quietud que antes tenía, es señal de que procede del mal espíritu, enemigo de
nuestro aprovechamiento y de nuestra salvación eterna.

334. Sexta regla. Cuando el enemigo de la naturaleza humana fuere sentido y conocido por su
cola serpentina y por el mal fin a que induce, aprovecha a quien por él fue tentado, que mire
enseguida el decurso de los buenos pensamientos que le sugirió y el principio de ellos, y cómo
poco a poco procuró hacerle descender de la suavidad y gozo espiritual en que estaba hasta
llevarle a su intención depravada… para que con esa experiencia conocida y notada, se guarde
en adelante de sus acostumbrados engaños.

335. Séptima regla. En los que proceden de bien en mejor, el buen ángel toca a tal alma dulce,
leve y suavemente, como gota de agua que entra en una esponja… y el malo toca agudamente
y con sonido e inquietud, como cuando la gota de agua cae sobre la piedra. A los que proceden
de mal en peor, dichos espíritus tocan de un modo contrario… y la causa es que la disposición
del alma es contraria o semejante a dichos ángeles: cuando es contraria entran con estrépito y
conmoción, perceptiblemente: y cuando es semejante, entran en silencio como en casa propia
por la puerta abierta.

336. Octava regla. Cuando la consolación es sin causa, dado que en ella no haya engaño
[posible], por ser sólo de Dios Nuestro Señor, como está dicho [330], sin embargo, la persona
espiritual a quien Dios da tal consolación, debe mirar y discernir con mucha vigilancia y
atención el tiempo propio de tal consolación actual, del siguiente en que el alma queda
encendida y favorecida con el favor y residuos de la consolación pasada… porque muchas
veces en este segundo tiempo, ya por su propio razonamiento, [debido] a su [manera] habitual
de razonar y [como] consecuencia de sus conceptos y juicios, ya por el buen espíritu o por el
malo, forma [el alma] diversos propósitos y pareceres que no son dados inmediatamente por
Dios Nuestro Señor… y, por tanto, es menester que sean muy bien examinados antes que se
les dé entero crédito y que se pongan por obra.

REGLAS PARA LA
DISTRIBUCIÓN DE LIMOSNAS

338. Primera regla. Si yo hago la distribución a parientes, a amigos o a personas a quienes


tengo afecto, tendré que considerar cuatro cosas, de las cuales se ha hablado en parte en la
materia de elección. La primera es que aquel amor que me mueve y me hace dar la limosna,
descienda de arriba, del amor de Dios Nuestro Señor… de forma que sienta primero en mí que
el amor más o menos que tengo a las tales personas es por Dios, y que en la causa porque más
las amo reluzca Dios.
339. Segunda regla. Quiero mirar a un hombre que nunca he visto ni conocido… y deseando
yo toda su perfección en el ministerio y estado que tiene, consideraré cómo querría yo que él
tuviese el justo medio en su manera de distribuir, para mayor gloria de Dios Nuestro Señor y
mayor perfección de su alma… y [luego] yo haré así, ni más ni menos, guardando la regla y
medida que para el otro querría y que juzgo ser conveniente.

340. Tercera regla. Quiero considerar, como si estuviese en el momento de la muerte, la


forma y medida que entonces querría haber tenido en el oficio de mi administración… y
reglándome por aquélla, guardarla en los actos de mi distribución.

341. Cuarta regla. Mirando cómo me hallaré el día del juicio, pensar bien cómo entonces
querría haber usado de este oficio y cargo del ministerio… y la regla que entonces querría
haber tenido, tenerla ahora.

342. Quinta regla. Cuando alguna persona se siente inclinada y aficionada a algunas personas,
a las cuales quiere distribuir, se detenga y rumie bien las cuatro reglas sobredichas,
examinando y probando su afección con ellas… y no dé la limosna, hasta que su afección
desordenada respecto a ellas sea totalmente expurgada.

343. Sexta regla. Aunque no hay culpa en tomar los bienes de Dios Nuestro Señor para
distribuirlos, cuando la persona es llamada de nuestro Dios y Señor para el tal ministerio… pero
en el cuánto y cantidad de lo que ha de tomar y aplicar para sí mismo de lo que tiene para dar
a otros, hay duda de culpa y exceso: por tanto, se puede reformar en su vida y estado por las
reglas sobredichas.

344. Séptima regla. Por las razones ya dichas y por otras muchas, siempre es mejor y más
seguro, en lo que a su persona y estado de casa toca, que se cercene y disminuya cuanto más
pueda, para más acercarse a nuestro Sumo Pontífice, dechado y regla nuestra, que es Cristo
Nuestro Señor. Conforme a lo cual el tercer concilio cartaginense (en el cual estuvo San
Agustín) determina y manda que el mobiliario del obispo sea vil y pobre. Lo mismo se debe
considerar en todos [los] modos de vivir, considerando y teniendo en cuenta la condición y
estado de las personas… como en matrimonio tenemos el ejemplo de San Joaquín y Santa Ana,
los cuales, partiendo su hacienda en tres partes, la primera la daban a pobres, la segunda al
ministerio y servicio del templo, y la tercera la tomaban para el sustento de ellos mismos y de
su familia.

REGLAS SOBRE LOS ESCRÚPULOS

Las notas siguientes ayudan a conocer y discernir los escrúpulos


y seducciones [que nos sugiere] nuestro enemigo.

346. Primera nota. Vulgarmente se llama escrúpulo a aquel que procede de nuestro propio
juicio y libertad, por ejemplo, cuando yo libremente me creo que es pecado lo que no es
pecado… como sucede a aquél que, después de haber pisado incidentalmente una cruz de paja,
estima con su propio juicio que ha pecado. Esto es propiamente juicio erróneo y no propio
escrúpulo.
347. Segunda nota. Después que he pisado aquella cruz, o después que he pensado, dicho o
hecho alguna otra cosa, me viene de fuera un pensamiento de que he pecado… y, por otra
parte, me parece que no he pecado, y, sin embargo, siento en esto turbación en cuanto dudo y
en cuanto no dudo: esto es propiamente el escrúpulo y tentación que el enemigo pone.

348. Tercera nota. El primer escrúpulo de la primera nota es muy aborrecible porque todo él
es error, pero el segundo de la segunda nota, durante algún tiempo aprovecha no poco al alma
que se da a ejercicios espirituales… y, más aún, la purifica y limpia en gran manera,
separándola mucho de toda apariencia de pecado, según aquello de San Gregorio: "Es propio
de las almas buenas ver culpa donde ninguna culpa hay".

349. Cuarta nota. El enemigo mira mucho si un alma es negligente o delicada. Si es delicada,
procura hacerla extremadamente delicada, para más [fácilmente] turbarla y desconcertarla…
por ejemplo, si ve que un alma no consiente en sí pecado mortal ni venial, ni apariencia alguna
de pecado deliberado, entonces el enemigo, cuando no puede hacerla caer en cosa que
parezca pecado, procura hacerla juzgar que hay pecado en donde no lo hay, como en una
palabra o pensamiento sin importancia. Si el alma es negligente, el enemigo procura hacerla
más negligente… por ejemplo, si antes no hacía caso de los pecados veniales, procurará que de
los mortales haga poco caso, y si antes les hacía algún caso, que ahora les haga mucho menos
o ninguno.

350. Quinta nota. El alma que desea adelantarse en la vida espiritual, debe proceder siempre
de modo contrario a como procede el enemigo. Es decir, que si el enemigo quiere hacer más
negligente al alma, procure ésta hacerse más delicada… asimismo, si el enemigo procura
hacerla más delicada para llevarla al extremo [contrario], procure el alma afirmarse en el
[justo] medio para en todo mantenerse en paz.

351. Sexta nota. Cuando un alma buena quiere, dentro de las [directivas] de la Iglesia y del
espíritu de nuestros superiores, decir o hacer alguna cosa para gloria de Dios Nuestro Señor, y
le viene de fuera un pensamiento o tentación de que ni diga ni haga aquello, por razones
aparentes de vanagloria o de otra cosa, etc., entonces debe elevar el espíritu a su Creador y
Señor, y si ve que aquello es para su debido servicio, o al menos no lo contradice, debe obrar
de modo diametralmente opuesto a tal tentación, y responder al enemigo con San Bernardo:
"Ni por ti empecé ni por ti acabaré".

[REGLAS PARA SENTIR CON LA IGLESIA]

352. Se deben guardar las reglas siguientes para sentir exactamente lo que debemos en la
Iglesia militante.

353. Primera regla. Depuesto todo juicio [propio], debemos tener el ánimo preparado y
pronto para obedecer en todo a la verdadera Esposa de Cristo Nuestro Señor, que es nuestra
Santa Madre la Iglesia Jerárquica.*

354. Segunda regla. Alabar el confesarse con un sacerdote y recibir el Santísimo Sacramento
[al menos] una vez al año, y mucho más cada mes, y mucho mejor cada ocho días, con las
condiciones requeridas y debidas.
355. Tercera regla. Alabar el oír Misa a menudo… y lo mismo [alabar] cantos, salmos y largas
oraciones en la Iglesia y fuera de ella… [alabar] asimismo las horas destinadas a todo oficio
divino y a toda [otra] oración y [también] las horas canónicas.

356. Cuarta regla. Alabar mucho [las Órdenes y Congregaciones] religiosas, la virginidad y la
continencia, y no [alabar] tanto el matrimonio como estas [cosas].

357. Quinta regla. Alabar votos de religión, de obediencia, de pobreza, de castidad y de otras
perfecciones de supererogación. Y es de advertir que, como el voto es sobre cosas que se
acercan a la perfección evangélica, en las cosas que se alejan de ella no se debe hacer voto,
como por ejemplo, de ser mercader o de casarse, etc.

358. Sexta regla. Alabar las reliquias de los Santos, venerándolas y haciendo oración a ellos…
alabar estaciones, peregrinaciones, indulgencias, jubileos, cruzadas y candelas encendidas en
las iglesias.

359. Séptima regla. Alabar constituciones sobre ayunos y abstinencias, como cuaresmas,
cuatro témporas, vigilias, viernes y sábados. Asimismo [alabar] penitencias, no solamente
internas sino aún externas.

360. Octava regla. Alabar las ornamentaciones y los edificios de las iglesias… asimismo [alabar]
las imágenes y venerarlas según lo que representan.

361. Novena regla. Finalmente, alabar todos los preceptos de la Iglesia, y tener el ánimo
pronto a buscar razones para defenderlos y de ninguna manera [razones] para atacarlos.

362. Décima regla. Debemos estar más dispuestos a apoyar y alabar tanto constituciones
como disposiciones y costumbres de nuestros mayores, [que a criticarlas]… porque dado que
algunas no sean o no fuesen [dignas de elogio], el hablar contra ellas, ya predicando en público
o ya conversando con el vulgo de los fieles, más que provecho engendraría murmuración y
escándalo, y entonces se indignaría el pueblo contra sus mayores espirituales o temporales.
Sin embargo, así como hace daño hablar mal de los superiores al pueblo sencillo en ausencia
de ellos, así puede ser provechoso hablar de las malas costumbres a las personas que pueden
remediarlas.

363. Undécima regla. Alabar la doctrina positiva y la escolástica: porque así como es más
propio de los doctores positivos (como San Jerónimo, San Agustín, San Gregorio, etc.) mover
afectos para amar y servir en todas las cosas a Dios Nuestro Señor, así es más propio de los
escolásticos (como Santo Tomás, San Buenaventura, el Maestro de las Sentencias [Pedro
Lombardo], etc.) definir y aclarar, según las necesidades de nuestros tiempos, las cosas
necesarias para la salvación eterna, para [así] mejor atacar y declarar todos los errores y falsos
razonamientos. Porque como los doctores escolásticos son más recientes [que los positivos],
no solamente utilizan la verdadera inteligencia de la Sagrada Escritura y de los santos doctores
positivos, sino que además, estando ellos iluminados e ilustrados por la virtud divina, se
ayudan de los concilios, cánones y constituciones de nuestra Santa Madre la Iglesia.

364. Duodécima regla. Debemos guardarnos de hacer comparaciones entre los que estamos
vivos y los bienaventurados [del cielo], pues en esto se yerra no poco cuando se dice, por
ejemplo: "Éste sabe más que San Agustín, es otro San Francisco o mayor que él, es otro San
Pablo en bondad, santidad", etc.

365. Decimotercera regla. Para que en todas las cosas lleguemos a la verdad, debemos
mantener [el principio] de creer que lo blanco que yo veo es negro, si la Iglesia Jerárquica así lo
determina, creyendo que entre Cristo Nuestro Señor, Esposo, y la Iglesia, su Esposa, no hay
más que un mismo espíritu, que nos gobierna y rige para la salvación de nuestras almas,
porque nuestra Santa Madre Iglesia es gobernada por el mismo Espíritu y Señor nuestro que
dio los diez mandamientos.

366. Decimocuarta regla. Aunque sea mucha verdad que nadie se puede salvar sin estar
predestinado y sin tener la fe y la gracia, [sin embargo] se ha de mirar mucho el modo de
hablar y discurrir sobre todas estas cosas.

367. Decimoquinta regla. Por costumbre no debemos hablar mucho de la predestinación, pero
si de algún modo y algunas veces se habla, háblese de tal modo que el pueblo no caiga en
error alguno, como algunas veces ocurre [cuando alguno] dice: "Si he de salvarme o de
condenarme ya está determinado, y por mis buenas o malas obras no puede ya suceder otra
cosa", y con este [razonamiento], abandonándose, se descuidan en las obras que conducen a
la salvación y provecho espiritual de sus almas.

368. Decimosexta regla. Del mismo modo se ha de advertir que, por hablar mucho de la fe y
con mucha insistencia, sin distinción ni declaración alguna, no se dé ocasión al pueblo a que
sea torpe y perezoso en el obrar, ya cuando la fe aún no está informada por la caridad, ya
después.

369. Decimoséptima regla. Asimismo, no debemos hablar tan largamente e insistir tanto sobre
la gracia, que se engendre el veneno [del error] que niega la libertad. De manera que de la fe y
de la gracia se puede hablar [tanto] cuanto sea posible mediante el auxilio divino, para la
mayor alabanza de la Divina Majestad, pero no de tal suerte ni de modo que las obras y el libre
albedrío reciban detrimento alguno o se tengan en nada, mayormente en nuestros tiempos
tan peligrosos.

370. Decimoctava regla. Aunque el servir intensamente a Dios Nuestro Señor por puro amor
se ha de estimar sobre todas las cosas, [sin embargo] debemos alabar mucho el temor de la
Divina Majestad… porque no solamente el temor filial es cosa piadosa y santísima, sino que
también el temor servil, cuando el hombre no llega a otra cosa mejor o más útil, ayuda mucho
a salir del pecado mortal, y [una vez que se ha] salido de él, fácilmente se llega al temor filial,
que es enteramente acepto y grato a Dios Nuestro Señor, porque es una misma cosa con el
amor divino.

En el famosísimo libro de los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, el Santo pone a 
nuestra disposición innumera
318. Quinta regla. En tiempo de desolación no se ha de hacer ningún cambio, sino que se ha 
de estar firme y constante en los
sugiere]. Por el contrario, si el que se ejercita comienza a tener temor y a perder ánimo al 
sufrir las tentaciones, no hay
santos conforme a esta alma justa, y después, poco a poco, procurar atraer al alma a sus 
engaños cubiertos y a sus perversas
339. Segunda regla. Quiero mirar a un hombre que nunca he visto ni conocido… y deseando 
yo toda su perfección en el minister
347. Segunda nota. Después que he pisado aquella cruz, o después que he pensado, dicho o 
hecho alguna otra cosa, me viene de
355. Tercera regla. Alabar el oír Misa a menudo… y lo mismo [alabar] cantos, salmos y largas 
oraciones en la Iglesia y fuera
ejemplo: "Éste sabe más que San Agustín, es otro San Francisco o mayor que él, es otro San 
Pablo en bondad, santidad", etc.

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