Ensayo del libro
Alumno: Flores López Arturo
Matricula: 2162026933
Módulo: Energía y consumo de substancias fundamentales
Trimestre: III° trimestre
Grupo: BC06B
Profesores:
Dr. Rutilio Ortiz Salinas
Dr. Arturo Camilo Escobar Medina
Libro “El mono obeso”
Autor: José Enrique Campillo
27 de marzo del 2017
Introducción
De forma breve y precisa podríamos decir que éste es un libro que afronta
el llamado “Síndrome Metabólico”: el hecho de que buena parte de la
población actual mayor de cincuenta años sufra tres problemas de salud
conjuntamente: obesidad-colesterol, diabetes e hipertensión; lo que
desemboca en la arterioesclerosis, el infarto de miocardio, la angina de
pecho u otros problemas derivados de la oclusión arterial, como el “ictus”
(accidente cerebrovascular, también conocido como embolia o
trombosis, aunque éstos son dos tipos distintos de ictus).
El síndrome metabólico es un grupo de condiciones que ponen en riesgo a
las personas de desarrollar una enfermedad cardiaca y diabetes tipo 2.
Estas condiciones son:
Hipertensión arterial
Glucosa (un tipo de azúcar) alta en la sangre
Niveles sanguíneos elevados de triglicéridos, un tipo de grasas
Bajos niveles sanguíneos de HDL, el colesterol bueno
Exceso de grasa alrededor de la cintura
No todos los médicos están de acuerdo con la definición o la causa del
síndrome metabólico. La causa puede ser resistencia a la insulina.
Lo novedoso de este ensayo es que no pretende buscar las causas en la
enfermedad tal y como se manifiesta hoy día. Intenta comprender esta
epidemia de nuestras sociedades actuales como una consecuencia de la
evolución: una característica genética que nos ha permitido sobrevivir en
las condiciones que se dieron en el pasado (principalmente la escasez de
alimentos, las grandes hambrunas). Pero que, hoy día, con una
abundancia de alimentos a nuestro alcance y una vida sedentaria y sin
grandes peligros ni sobresaltos, resultaría dañina y enfermiza. Esta
característica es la “insulinorresistencia”.
Es éste un concepto clave del libro, que el alumno debe intentar
comprender bien antes de adentrarse en sus capítulos. No obstante, no es
complicado entenderlo y con un poco de atención a los conceptos y
mecanismos fisiológicos explicados en el capítulo primero será suficiente.
Capítulo 1: “Síndrome X”
Aunque este primer capítulo no sea lo más ameno del libro, conviene
prestarle especial atención ya que explica los conceptos fundamentales
de que se va a servir posteriormente el desarrollo de la obra y plantea los
principios de dicho desarrollo. Antes de seguir conviene que aclaremos dos
cosas.
Un SÍNDROME (del griego syndromé, concurso, concurrencia) es
como se designa en medicina al conjunto de síntomas que
manifiesta una determinada enfermedad. A menudo el término
síndrome tiende a sustituir o alternar con el de síntoma, sin embargo,
técnicamente ya hemos visto que no son lo mismo. El síndrome
metabólico quiere decir, pues, el conjunto de síntomas relacionados
con la enfermedad metabólica. ¿Y eso qué es?
El METABOLISMO (del griego metabolé, cambio) es el conjunto de
reacciones químicas que efectúan constantemente las células de los
seres vivos con el fin de sintetizar sustancias complejas a partir de
otras más simples, o degradar aquéllas para obtener éstas.
Lógicamente el Síndrome Metabólico no se refiere a todo el
metabolismo implicado en nuestras células, pero se denomina así
porque, en efecto, es un mal derivado de mecanismos diversos y
complejos de este tipo. Conviene tener claros los principales
conceptos aquí definidos, es decir:
Diabetes: hiperglucemia o exceso de azúcar en sangre.
Hiperlipemia y obesidad, el exceso de almacenamiento de grasa en
el riego sanguíneo y exceso de almacenamiento de la misma en el
cuerpo.
Hipertensión: tensión arterial por encima de los límites adecuados.
Arterioesclaerosis: placas que se forman en las paredes interiores de
las arterias y vasos llegando en ocasiones a cerrarlos por completo
impidiendo el paso del flujo sanguíneo, con el consiguiente
accidente vascular.
Es bueno tener en cuenta algunas raíces grecolatinas que ayudarán a
comprender mejor los tecnicismos médicos del libro. Así “hiper”,
superioridad o exceso, su término latino, más comprensible, es “super”.
Vascular (y sus compuestos, cerebrovascular, cardiovascular), del latín
vasculum, referido a las arterias, venas y vasos sanguíneos. Glucemia,
lipemia, derivan de los conceptos de glúcido y lípido, es decir, azúcar y
grasa. Junto a las proteínas son los tres componentes de cualquier ser vivo:
proteínas (carne), lípidos (grasas), glúcidos (azúcares).
A continuación, se introduce el concepto clave: la insulina. Es una
hormona, es decir, un regulador de ciertas funciones orgánicas. En
concreto se secreta 1 desde el páncreas, y está implicada en la apertura
de los canales de la membrana celular que admiten la entrada de glucosa
a la célula. La glucosa es el combustible celular. El autor compara esta
hormona con una llave que abriera puertas de entrada en la célula para
el paso de dicha glucosa.
Existen algunos tejidos que no necesitan de esta llave dado que poseen
células especialmente dotadas para admitir la entrada de glucosa sin
necesidad de insulina, uno de esos tejidos es el cerebro. Finalmente, se
explica que existen individuos en la especie humana en los que la insulina
no funciona como debiera a la hora de poner en funcionamiento estas
llaves celulares. Sus células están “sordas” a la llamada de la insulina para
abrirse. Son los “insulinorresistentes”.
Ello provoca que la glucosa no se asimile adecuadamente en las células y
perdure en el riego sanguíneo, provocando una hiperglucemia
continuada, lo que lleva a su transformación en grasa para almacenarla
en los depósitos energéticos del cuerpo, y a la formación de placas en las
paredes internas de las arterias, debidas al colesterol2 y las adherencias
varias que se forman, un problema que con los años desemboca en la
arterioesclerosis. He ahí el Síndrome Metabólico.
Capítulo 2: “Mirar al pasado para comprender mejor el
presente”
En efecto, esta es la pretensión del libro: intentar explicarse la incidencia
del Síndrome Metabólico desde el punto de vista evolutivo.
¿Por qué acudir a la evolución? Porque el Síndrome se manifiesta en una
amplia mayoría de la población actual y es una característica hereditaria.
Eso quiere decir que ha pasado de unos individuos de generación en
generación. ¿Cómo ha podido perpetuarse en una mayoría de individuos
un rasgo hereditario de carácter supuestamente enfermizo?
Nosotros sabemos hoy en día como funcionan ciertos mecanismos de la
evolución en el desarrollo de las especies. Uno de los principios de ese
mecanismo es la llamada “Selección Natural”. Las diferencias que
observamos de unas especies a otras, e incluso de unos individuos a otros
dentro de la misma especie, se deben a cambios que existen en sus genes.
Estos cambios se producen por las variaciones en la estructura del ADN.
Sus elementos están montados sobre cadenas helicoidales (en forma de
doble hélice). Estas hélices forman segmentos llamados genes. Los distintos
genes van a su vez dispuestos sobre estructuras filiformes llamadas
cromosomas. Cada especie tiene un número determinado de
cromosomas en sus células (46 en la especie humana). Estos cromosomas
están duplicados: no son 46 cromosomas, sino 23 pares, ya que cada
cadena cromosómica se repite: en el par 1 tenemos el 1 de nuestro padre
y el 1 de nuestra madre, así hasta 23. Las cadenas de genes son idénticas
en cada par de cromosomas, en cuanto a orden y disposición de los
mismos, pero no lo son necesariamente los genes colocados en ellas. En un
par determinado puede que el gen de color de pelo tenga una variante
pelo-moreno en uno de sus cromosomas y otra pelorubio en el otro.
A esa característica externa se la denomina fenotipo. ¿Podré tener hijos
rubios a pesar de ser yo moreno? Por supuesto, si un espermatozoide del
padre con gen rubio fecundara un óvulo de la madre con gen también
rubio ese niño o esa niña tendrían un fenotipo rubio. Pues bien, a qué se
deben estas variaciones: a los cambios en la estructura del ADN,
simplemente. ¿Cómo se producen esos cambios? No son sino el resultado
del azar. En efecto, al transmitirse las cadenas de ADN pueden sufrir
transformaciones debidas a fallos en la estructuración química, a
recombinaciones de elementos de un progenitor con los del otro, etc.
Recordemos que estos elementos no son sino átomos enlazados
químicamente, estos enlaces pueden fallar o variar por múltiples
circunstancias y recombinarse de forma novedosa, quedar anulados, etc.
Pero estos cambios son genéticos, es decir, perduran en el genotipo, en el
material genético que nuestros descendientes transmitirán.
Así una mutación puede provocar que nuestros descendientes tiendan a
desarrollar colmillos largos. Habrá descendientes con colmillos largos (al
principio muy pocos) y otros con colmillos normales. ¿Qué ocurriría si por
cambios en el ecosistema los miembros dotados de colmillos largos
tuvieran mejor acceso a la comida que el resto? Si nuestra dieta pasara a
ser exclusivamente carnívora, por ejemplo. Suponte que ocurriera una
glaciación o que nos viéramos obligados a emigrar a los alrededores del
Ártico y sólo dispusiéramos de caza y apenas de vegetales.
Los individuos dotados de colmillos largos cazarían y devorarían la carne
mejor que los dotados de colmillos normales, que, en nuestra especie,
apenas sirven para desgarrar la carne y menos aún para apresar y cazar.
En un hábitat así los individuos con colmillos largos tenderían a sobrevivir
más tiempo, teniendo por ello más tiempo también para fecundar y
transmitir su genotipo de colmillos largos. Cada vez, generación a
generación, los individuos con colmillos largos serían más numerosos y,
además, es muy posible que mejor aceptados para el apareamiento ya
que se tendería a percibir en ellos valores de supervivencia de los que los
demás carecerían.
Al final de un proceso así los individuos con colmillos normales habrían
prácticamente desaparecido. Se explica por ello que, sin un plan
prefigurado, la selección natural va marginando las novedades menos
exitosas en la adaptación al medio, y privilegiando las más eficaces. Ese
principio explica que la incidencia del melanoma maligno (cáncer de piel)
y otras circunstancias haya establecido diferencias en el grado de
melanina en la piel (lo que da un color más o menos oscuro) en una misma
especie, la especie humana: desde las sabanas africanas de gran
exposición solar e individuos de piel oscura a los habitantes del norte de
Europa de piel muy clara.
El profesor Campillo explica muy bien los dos mecanismos por los que se
puede producir esta variación en el genotipo de los individuos: la mutación
(cambio de la secuencia del ADN) o recombinación (mezcla del material
genético de los dos progenitores en la nueva célula del descendiente).
Recordemos una vez más que estos cambios son aleatorios, es decir, se
producen por casualidad. Lo que no es aleatorio es la selección que el
mecanismo de la supervivencia efectúa sobre ellos, ya que se perpetúan
aquellos que más número de veces se transmiten, y se transmiten aquellos
que dotan a los individuos de mejores condiciones para adaptarse al
medio. Lo que no implica que deban ser los que aporten mejores
características, es decir, no es un asunto de perfección, quede claro.
Puede suceder que sobrevivan mejor aquellos individuos con una variante
“enfermiza”. El libro lo aclara muy bien mediante un ejemplo tomado de la
realidad histórica: la anemia falciforme. Préstese atención a este ejemplo si
se quiere comprender a fondo el mecanismo que conocemos como
“Selección Natural”.
Una vez establecido este principio motor de la evolución el libro echa la
mirada atrás el tiempo y busca la línea evolutiva de nuestros ancestros.
¿Qué somos en cuanto especie?
Orden de los primates, familia hominidae, género homo y especie homo
sapiens.
Para situarse en el ancestro que nos interesa y de cuya evolución
provenimos junto con otros homínidos, el libro se remonta a las selvas
tropicales húmedas (las pluvisilvas, selvas lluviosas) abundantes en
alimentos vegetales y frutales, sin problemas de obtención de agua, y con
temperaturas templadas y sin grandes variaciones. Algo así como las
actuales selvas del Congo o el Amazonas, pero extendidas a lo largo de
toda la franja central del planeta en los terrenos emergidos. Es lo que el
libro denomina “El Paraíso Terrenal”. Los alimentos eran abundantes y
estaban al alcance de la mano.
Poco a poco el clima se va haciendo más seco y estas selvas entran en
retroceso. La sabana avanza. El alimento empieza a escasear y hay que
adaptarse a otro tipo de comidas como complemento de la dieta
anterior: raíces, bulbos, tallos duros, tubérculos, etc. Además, ahora no
basta con extender el brazo de una rama a otra, hay que desplazarse de
unos bosquecillos a otros, cruzar zonas de sabana y pastizales, etc.
El clima se extrema y desertiza cada vez más, hay que comenzar a comer
lo que sea: incluidas las carroñas que los depredadores dejan
abandonadas después de su festín. Poco a poco el aparato digestivo se
adapta a la dieta carnívora. Con las migraciones que lo empujan fuera de
África la dieta carnívora cobra mayor importancia, pues en Europa y el
Norte de Asia sobreviene el período glacial, en el que la vegetación
escasea y el alimento más a mano es la carne procedente de la caza o las
carroñas.
Finalmente, el desarrollo de la ganadería y la agricultura en el neolítico
procuran de nuevo una suerte de paulatino regreso al paraíso de la
abundancia, pero con una dieta omnívora muy distinta a la de nuestros
ancestros de las pluvisilvas del Mioceno. Ese paraíso de la abundancia es el
que vivimos en nuestras sociedades actuales. Y en el que el Síndrome
Metabólico arrecia.
Capítulo 3: “El paraíso terrenal”
Se comprende que a partir de aquí el libro se dedicará a seguir esas
etapas evolutivas según los distintos ecosistemas y las distintas dietas que
cada nicho ecológico ha obligado a desarrollar en nuestra especie.5 Se
remonta a 20 millones de años, a las selvas húmedas del Mioceno hasta su
decadencia a principios del Pleistoceno. El ancestro que en esta época
hallamos es el Ardipithecus ramidus. ¿Cómo era su dieta, su aparato
digestivo, su dentadura?
Sin duda la dentadura es determinante para la mejor o peor adaptación a
determinadas circunstancias. Ahí debe entenderse bien por qué es tan
decisiva la transformación de los caninos o colmillos, que se hacen más
pequeños y planos, menos dotados para prender y desgarrar, pero que
permiten una masticación con movimientos horizontales y el uso de las
muelas como trituradoras de unos alimentos cada vez más duros:
tubérculos, raíces... Es la adaptación a la sabana frente a la selva lluviosa.
A continuación, se hace un estudio de la función que las bacterias
desempeñan en nuestra digestión. El tubo digestivo, en efecto, contiene
millones de estas bacterias que promueven la fermentación de los
alimentos. Ello es fundamental a la hora de poder digerir alimentos de
origen vegetal, sobre todo. Y al respecto es decisivo comprender la
función del intestino grueso de los grandes animales vegetarianos a la hora
de servirles de cámara de fermentación. Lo que les permite digerir
azúcares muy complejos como la celulosa, presente en los vegetales
leñosos, por ejemplo. Eso explica que los gorilas puedan comer ramas de
árboles y nosotros no. ¿Por qué se ha ido reduciendo nuestra cámara de
fermentación, por qué nuestro intestino grueso ha ido siendo
paulatinamente más corto y pequeño?
Al respecto conviene que el alumno comprenda bien toda la explicación
que el libro da de los hidratos de carbono rápidos y lentos, así
denominados por su mayor o menor dificultad para ser asimilados por el
aparato digestivo. Del mismo modo se deben entender bien (aunque
esencialmente, no se trata de que nos convirtamos en bioquímicos todos)
las características y funciones de las proteínas, las grasas y sus tipos;
atención al valor y función de los ácidos grasos (monoinsaturados,
poliinsaturados), las vitaminas y los minerales.
Conviene también comprender el problema energético que se presenta
en todo ser vivo: la relación entre la energía que obtengo, por un lado, y la
que consumo para obtenerla, por otro. Para que salgan las cuentas: si
tengo que correr detrás de un conejo debo asegurarme de que la energía
que gaste en cazarlo, masticarlo y digerirlo sea inferior a la que su carne
me procura. Además, debo poseer un adecuado equilibrio entre el
consumo energético de mis distintos tejidos. ¿Cuánta energía consume el
sistema muscular?, ¿y el cerebro?, ¿y el tubo digestivo? ¿Cómo puedo
conservar una relación adecuada entre el tamaño del tubo digestivo y el
cerebro sí sé que son dos de los sistemas que más energía gastan? ¿Por
qué desarrollamos un cerebro tan grande y gastoso?, ¿tuvo algo que ver
eso con la disminución evolutiva del aparato digestivo?
Otro dato que debemos tener presente es el de los mecanismos que
regulan las sensaciones de hambre y saciedad, pues intervienen
directamente en el impulso del animal a buscar alimento, ingerirlo y dejar
de hacerlo cuando se sienta saciado. En ello es fundamental el
funcionamiento del hipotálamo. Fundamental entender la fig. 3.4. del libro,
página 85.
Capítulo 4: “La expulsión del paraíso”
Para comprender el siguiente período de adaptación de nuestra dieta es
necesario tener en cuenta la transformación que para los simios situados
en la parte oriental de África del Sur supuso la formación del valle del Rift,
una amplia depresión que corre de norte a sur a lo largo del costado
sureste del continente. Esta depresión deja elevaciones montañosas al
oeste del valle. Dichas montañas fueron impidiendo, a medida que se
alzaban, el paso de los vientos húmedos atlánticos y, en consecuencia, de
las abundantes lluvias que mantenían los hábitats selváticos propios de
toda esta parte de África: aún hoy día los territorios occidentales, como las
selvas del río Congo, por ejemplo, conservan estos ecosistemas de
pluvisilvas.
Atiéndase a los emplazamientos en que se supone que vivió Lucy, el
ejemplar de hembra de Australopithecus afarensis. Lucy nos confirma que
poseía ya un evolucionado bipedalismo (caminaba erguida sobre dos pies
como los humanos actuales). ¿Qué consecuencias energéticas y
nutricionales tuvo este bipedalismo? ¿Por qué la Selección Natural actuó
favorablemente sobre este rasgo en los simios como Lucy de África oriental
y no en los de África occidental (actuales chimpancés y gorilas, sin
bipedalismo ni postura erguida y con una dieta casi exclusivamente
vegetariana)? ¿Por qué fueron tan decisivos la carrera y el
desplazamiento? ¿Por qué la Selección Natural favoreció la pérdida de
pelo y el mecanismo de refrigeración por sudor?
Más preguntas: ¿podría un chimpancé aguantar una carrera al trote
durante más de una hora a través de la sabana? La respuesta es no. Sin
embargo, Lucy, el Australopithecus afarensis sí lo hacía: lo sabemos entre
otros datos por las huellas de esta especie halladas en la ceniza volcánica
petrificada de Laetoli. Preste atención el alumno a la epopeya de
supervivencia que el profesor Campillo explica en las páginas 103 y
siguientes, intente comprender el mecanismo de adaptación metabólica
al trote de larga duración (véase el esquema de la fig. 4.2., pág. 104), y
comprenderá por qué los profesores de educación física se empeñan en
que podemos aguantar corriendo más de lo que nos creemos.
Por último, se analiza el llamado genotipo ahorrador: la dotación genética
exitosa evolutivamente por la que los individuos eran capaces de ahorrar
gran cantidad de energía en forma de grasa y subsistir así en unos nichos
ecológicos en los que se alternaban los períodos de hambruna y los
festines de carroña o vegetales.
Capítulo 5: “Vagabundos y carroñeros”
Estamos ya a un millón ochocientos mil años. Inicio del Pleistoceno, la Tierra
comienza a enfriarse y se acabaron las vacaciones tropicales. Los períodos
glaciales comienzan a sucederse intercalados por descansos interglaciares
más o menos extensos. El género Homo aparece en la evolución, primero
el Homo hábilis, después el Homo ergaster. El Homo ergaster está presente
sobre todo en los restos fósiles del llamado “Niño de Turkana”, un resto fósil
de un individuo de edad infantil hallado cerca del lago Turkana, en Kenia,
es decir, de nuevo el valle del Rift, los mismos parajes por donde Lucy
anduvo dos millones de años antes.
Las condiciones extremas de las praderas que le tocaron habitar, sin
embargo, fueron mayores que las de sus antecesores. La solución a la
hambruna fue el incremento en la dieta de los alimentos de origen animal.
El libro hace un estudio de las características del aparato digestivo de este
homínido, y llega a la conclusión de que es la fase en la que se desarrolla
más propiamente la adaptación a una dieta carnívora. Supone que a
partir de la carroña, no de la difícil e improbable caza.
Era un animal sin colmillos largos, sin garras, sin posibilidad de atrapar a sus
piezas por sus propios medios, y, al mismo tiempo, aún no había
desarrollado instrumentos de caza suficientemente sofisticados como para
ser eficaces en dicha tarea, por lo que es poco probable que esta
actividad pudiera reportarle alimento alguno. Nuestra afición a la carne
debió de empezar por el gusto de la carroña más que por el de la chuleta
fresca. Se analiza entonces la ventaja que aportan los alimentos animales
en la dieta. Al respecto conviene atender también a la escasa influencia
que las legumbres y cereales, hoy tan presentes en nuestra mesa, tuvo en
la evolución de nuestros ancestros, hasta la aparición, muy reciente, de la
agricultura.
La explicación del funcionamiento adaptativo a la dieta carnívora es
sumamente interesante, aunque algo compleja: basta que se entienda su
mecanismo grosso modo (en general).
La vitamina B 12, indispensable en los componentes de la sangre.
La taurina, un aminoácido indispensable para las células, que los
herbívoros sintetizan en cantidad suficiente, pero que los carnívoros
obtienen de la dieta: las víctimas herbívoras que cazan y devoran.
La vitamina A, de nuevo una sustancia indispensable que los
herbívoros sintetizan, pero no los carnívoros, que han de obtenerla
de la dieta.
Especialmente destacado es el asunto de los ácidos grasos poliinsaturados.
Qué nos aportan, en qué tejidos y funciones participan y de dónde los
obtenemos. En todo ello tiene especial relieve la presencia o no de
enzimas como la elongasa y la desaturasa.
Se podrá comprobar cómo sintetizamos en pequeñas cantidades
sustancias que los herbívoros sintetizan con profusión, pero de las que los
carnívoros carecen, teniéndolas que obtener de la carne de los animales
que consumen. Nosotros somos un término medio (entre el tigre y la vaca,
por ejemplo): las sintetizamos, pero no en suficientes cantidades. Lo que
habla en favor de un pasado herbívoro que fue transformándose en
carnívoro paulatinamente.
La pregunta más graciosa del libro y que el alumno podrá responder sin
problemas si ha entendido lo anterior es: ¿por qué no se desmaya un tigre
después de zamparse una gacela? Le proponemos por ello un ejercicio
sencillo: explique por qué no se desmaya un tigre después de zamparse
una gacela.
Capítulo 6: “La carroña y el pescado nos hicieron inteligentes”
Vamos terminando nuestro recorrido por el proceso de evolución humana.
El libro afronta el problema derivado del consumo de energía por parte de
ciertos tejidos y órganos. ¿Cuánta energía consumen los distintos órganos
del cuerpo? Es una pregunta importante. Porque el cerebro consume
mucha energía y posee una actividad metabólica considerable. Creció
mucho durante el desarrollo de los homínidos.
Como el libro muestra, a una velocidad progresivamente acelerada desde
la aparición del género Homo. Atiéndase a las medidas y progresos de
volumen encefálico de las págs. 139 y ss. Todo ello a costa de recibir un
aporte energético mayor. ¿De dónde lo obtuvo? El libro echa mano de la
hipótesis de sir Arthur Keit acerca de la proporción inversa del tamaño del
intestino y el cerebro en los primates: a mayor intestino menor cerebro, a
mayor cerebro menor intestino. Dicho de otro modo, el cerebro de nuestros
ancestros pudo crecer gracias a la reducción de su intestino, y transferir, en
consecuencia, esa energía sobrante al cerebro.
El capítulo sigue con el estudio de las necesidades peculiares de las células
y tejidos neuronales y la influencia de la dieta (carroña y pescado) en la
evolución cerebral. Atención a la sección titulada “Los ladrillos del
cerebro” y a la importancia constitutiva de los ácidos grasos
poliinsaturados. El capítulo termina explicando el modelo del homo
ergaster.
Capítulo 7: “Y aparecimos nosotros”
En efecto, el Homo Sapiens. Repe, vamos. Esa peculiar designación
repitiendo el término prestigioso de “sapiens” se debe a la diferencia que
algunos paleontólogos hacen entre los neanderthales y nosotros. Dado
que en un principio la paleontología consideraba a los neanderthales
como antecesores primitivos de nuestra misma especie, Homo Sapiens; al
descubrirse posteriormente que acaso fueran una rama diferenciada,
aunque dotados intelectualmente tanto como nosotros mismos, al menos
sin grandes diferencias cuantitativas, se los denomina Homo Sapiens
Neanderthalensis. Así tendríamos dos tipos de Homo Sapiens: el Sapiens y el
Sapiens Neanderthalensis. Mera terminología.
Ahora la Tierra entra en una larga glaciación con distintos períodos
glaciares de alternancia de temperaturas, presencia de glaciares y
océanos helados en latitudes muy bajas, etc. En concreto Eurasia sufrió
especialmente el rigor de estas condiciones climáticas. Atiéndase bien a
los espacios de tiempo especificados en las págs. 162 y ss.
Tras comprender cómo pudieron enfrentarse fisiológicamente y
metabólicamente nuestros ancestros a lo crudo de la glaciación, asistimos
a algunas de las páginas más curiosas del libro. El alumno no necesitará
demasiada explicación para poder seguir sin grandes dificultades las
aclaraciones del autor. Nos referimos a la descripción del proceso de
gestación y nutrición del feto, parto, cuidado y alimentación del recién
nacido. ¡El bebé con más grasa de todos los mamíferos, incluida la ballena
o la morsa! ¿No es curioso? Por eso parecen bolitas de sebo.
¿Sabías que una dieta estricta en grasas a partir de cierto nivel de
carencia resulta un eficaz anticonceptivo? No es que sea aconsejable,
claro, se trata de un mecanismo de defensa de la especie, no de un
modelo de belleza física o un medio de anticoncepción entre gente con
mucho que llevarse a la boca. Atiéndase por tanto a las páginas 165 y ss.
Capítulo 8: “El retorno al edén”
Llegados hasta aquí no tendremos mayor dificultad en entender las
conclusiones del libro. Pues ciertamente nos hallamos en el capítulo de
resumen: el recorrido por el metabolismo evolutivo de nuestros ancestros
explica ahora por qué seres sedentarios y atiborrados de comida como
nosotros (pero descendientes de las grandes hambrunas prehistóricas)
padecemos el Síndrome Metabólico.
Interesante es a este respecto ver lo reciente de algunos productos de
nuestra dieta, hoy muy habituales, como las legumbres y los cereales. Tan
recientes que aún no nos hemos adaptado del todo a ellos, y no son tan
adecuados como a menudo suponemos. ¿Sabías que algunas legumbres
pueden consumirse debido al hecho de que lo hacemos tras cocinarlas,
ya que en crudo resultarían tóxicas? Curioso, ¿verdad? Y es que el control
del fuego y su aplicación culinaria nos permitió una vez más aumentar el
abanico de nuestro menú evolutivo.
Capítulo 9: “Cómo reajustar nuestro diseño”
Lo que sucede cuando comemos demasiado son niveles altos de insulina
durante toda la vida, año tras año, debido a una sobreabundancia de
hidratos de carbono de rápida asimilación y proteínas que acaban
convirtiéndose en grasas que se guardan para la próxima hambruna.
Nuestros genotipos ahorradores no pueden hacer otra cosa que reservar
los excesos que no pueden ser consumidos en su baja actividad física y
depositarlos en los adipocitos de la grasa subcutánea y en otros lugares no
tan neutrales (las arterias), se trata de la conocida arteriosclerosis que
deposita grasa en la luz de las arterias y las obstruye a largo plazo.
La alimentación ha estado en constante evolución junto con nosotros, ya
que, al principio solo comíamos frutas, verduras y algunas semillas, después
empezamos a alimentarnos de leche y sus derivados, posteriormente carne
y sus grasas junto con el alcohol, la siguiente imagen muestra la evolución
Darwiniana de la alimentación, ubicada en la página 208 y figura 9.1.
Esta evolución de la alimentación ha generado varios problemas de salud
al homo sapiens, por lo que se ha optado por proponer alternativas, entre
ellas se encuentra el decálogo para ajustar nuestro estilo de vida a la
alimentación que llevamos, esta es la tabla 9.1 de la página 216.
Conclusión
La medicina evolucionista señala que el sedentarismo, el exceso de
calorías en nuestra alimentación, el abuso de hidratos de carbono de
absorción rápida (cereales refinados), de elevado índice glucémico
(azúcar) y el exceso de grasas saturadas (carnes) son circunstancias que
nos alejan de nuestro diseño, elaborado a lo largo de millones de años de
evolución y en consecuencia derivan en enfermedad. Según la medicina
darwiniana, nuestros genes y nuestras formas de vida ya no están en
armonía y una de las consecuencias de esta discrepancia, entre otras más,
es la obesidad.
La prevención y el tratamiento, según los preceptos de la medicina
darviniana, pasarían por adaptar nuestra alimentación y nuestro estilo de
vida, dentro de lo posible, a las condiciones en la que prosperaron nuestros
antecesores, a nuestro diseño. Esta sería la única manera de poner en paz
nuestros genes paleolíticos con nuestras formas de vida de la era espacial
y prevenir así el desarrollo de la obesidad.
A lo largo de este ensayo se pueden dar a conocer las causas que
generan el tan mencionado síndrome metabólico, de igual manera se
habló de la evolución del ser humano, y con ello de la evolución de la
alimentación y con ello también una evolución de las enfermedades o
problemas de salud generados a través de la alimentación.
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