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El giro lingüístico en la filosofía contemporánea

El documento describe el "giro lingüístico" en la filosofía contemporánea, donde el lenguaje ha reemplazado a la razón y las ideas como el objeto central de reflexión filosófica. Esto implica un cambio tanto en el objeto de estudio, con un enfoque en los conceptos en lugar de las ideas, como en el método, con el análisis del lenguaje como enfoque filosófico principal. El giro lingüístico ha influido en corrientes como el análisis filosófico, el neopragmatismo

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El giro lingüístico en la filosofía contemporánea

El documento describe el "giro lingüístico" en la filosofía contemporánea, donde el lenguaje ha reemplazado a la razón y las ideas como el objeto central de reflexión filosófica. Esto implica un cambio tanto en el objeto de estudio, con un enfoque en los conceptos en lugar de las ideas, como en el método, con el análisis del lenguaje como enfoque filosófico principal. El giro lingüístico ha influido en corrientes como el análisis filosófico, el neopragmatismo

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GIRO LINGÜÍSTICO

Cristina Bosso

Publicado en el libro Conceptos para pensar el arte contemporáneo”, Griselda Barale y María
Gallo (compiladoras), Editorial Humanitas, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad
Nacional de Tucumán, 2018

Somos los primeros hombres que se han vuelto completamente conscientes del
lenguaje. Aquello que las generaciones pasadas han pensado como Dios, ser, espíritu,
inconsciente, por primera vez nosotros lo vemos como lo que son: nombres del lenguaje.
Giorgio Agamben

Uno de los cambios más notables que podemos señalar en la filosofía contemporánea es el
que se ha producido con respecto al modo de concebir el lenguaje, que ha desplazado a la
razón y a las ideas del lugar central que estas tradicionalmente ocuparon, para instalarse
como objeto privilegiado de la reflexión filosófica. Según señala Richard Rorty (1996), tiempo
atrás se seguía a Aristóteles y se pensaba que la importancia estaba en las cosas; luego se
siguió a Kant pensando que la necesidad procedía de la estructura de nuestras mentes; ahora
el lenguaje ha ocupado este lugar.
Este viraje hacia el lenguaje trae aparejada una radical renovación en el modo de
concebir la filosofía y el conocimiento, operando un proceso de transformación de tal
magnitud que hablamos de un giro hacia el lenguaje para dar cuenta de un cambio de
orientación en la dirección del pensamiento, que pone en cuestión todo un sistema de ideas
tradicionalmente aceptadas. Sus consecuencias imponen un nuevo rumbo a la filosofía y
desencadena una revisión de categorías y conceptos, y una resignificación del enfoque de los
problemas tradicionales, la superación de algunos y la aparición de otros, lo que conduce a
una reestructuración de todo el campo conceptual cuyos efectos se extienden a otras
disciplinas y a la cultura en general.
No existe unanimidad de opiniones en el modo de entender el giro lingüístico; se trata
de un concepto abierto, de bordes difusos y diferentes alcances. Es por ello que, sin
pretender definirlo, me propongo mostrar que este implica un viraje tanto en el objeto como
en el método de la filosofía; estas dos direcciones, que se superponen y se complementan
entre sí, nos permitirán esbozar una caracterización de este fenómeno en sentido amplio.
Hablamos de un cambio en el objeto de estudio en la medida en que el interés por el
lenguaje comienza a reemplazar a la preocupación por la razón y por las ideas que caracterizó
a la filosofía. Sin lugar a dudas, en la modernidad las ideas constituyeron el objeto central de

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reflexión, en torno al cual giraron y se desarrollaron las preocupaciones de los pensadores
de ese momento y sus escritos más relevantes, puesto que consideraban que en ellas residía
la posibilidad de conocer, de encontrar fundamentos, de acceder a la verdad. (Resulta
interesante advertir que no solo los racionalistas se ocuparon de ellas, también los empiristas
se empeñaron en explicar su origen y sus relaciones. Una rápida lectura nos muestra la
cantidad de veces que aparece la palabra “idea” en las obras de estos pensadores).
En este escenario, al lenguaje solamente le cabe un papel secundario; es por esto que,
en este período, si bien encontramos numerosos escritos sobre el lenguaje, aparece como
un tema colateral. El lenguaje es entendido como el vehículo de comunicación de las ideas,
que en su inexacto desempeño se convierte en fuente de confusión y error de los que
debemos liberarnos. Como sostiene García Baró (citado por Mercedes Risco, 2007, p. 53),
subyace en este período el convencimiento de que la tarea de la filosofía consiste en
descorrer la cortina del lenguaje que media entre nuestra inteligencia y las cosas mismas. El
lenguaje aparece, así, como un obstáculo a superar. Por ello señala Ian Hacking (1975) que,
en el mejor de los casos la tarea del filósofo del siglo XXVII consistió en escapar de las redes
del lenguaje para llegar a las ideas. Esta es una concepción que con muy pocas variantes se
mantiene a lo largo de la historia de la filosofía. Es en este punto en donde advertimos el
viraje que se produce en el pensamiento contemporáneo, en el que se traslada la atención
de las ideas al lenguaje.
El giro lingüístico implica el pasaje del lenguaje al centro de la escena filosófica: implica
dejar de lado la pregunta por las ideas, por la esencia de las cosas y los principios a priori de
la razón para reemplazarla por la pregunta por los conceptos; implica dejar de preguntar por
la naturaleza de las cosas para comenzar a preguntar por el significado de los conceptos. El
lenguaje comienza a ocupar un lugar protagónico y se convierte en el objeto central de las
indagaciones filosóficas.
Podemos encontrar el germen de esta transformación en el pensamiento de
Wittgenstein, quien en el Tractatus logico-philosophicus (1922) propone sustituir la teoría del
conocimiento por una crítica del lenguaje. Si bien en este proceso confluye la labor de
eminentes personalidades que a principios de siglo comenzaron a orientar sus indagaciones
hacia el lenguaje (podemos señalar a pensadores de la talla de Frege, Russell, Moore, Ogden
y Richards, entre otros), a mi juicio ninguno de ellos sindicaliza la importancia del lenguaje
con el énfasis que lo hace Wittgenstein. Resulta sumamente significativo el relato de Moore,
quien cuenta su sorpresa cuando escuchó a Wittgenstein –muy joven aún– afirmar que se
estaba dedicando a un nuevo tema que no era simplemente un estadio en el desarrollo
continuo de la filosofía, sino un viraje en el desarrollo del pensamiento humano comparable

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a lo que había ocurrido cuando Galileo y sus contemporáneos inventaron la dinámica (Moore,
1984).
No se equivocaba; el giro hacia el lenguaje provoca una revolución que no conoce
precedentes en el marco de la historia de la filosofía, influyendo en el desarrollo de algunas
de las corrientes filosóficas más vigorosas e influyentes de la actualidad: la filosofía analítica,
que con diferentes vertientes es la que con mayor énfasis asume las tesis wittgensteinianas
de la filosofía como análisis del lenguaje; el neopragmatismo, que incorpora a las tesis del
pragmatismo tradicional las indagaciones sobre el lenguaje; las corrientes hermenéuticas
(que se desarrollan bajo la impronta de Nietzsche), que pondrán el acento en el poder del
lenguaje para construir sentidos y en la importancia de la interpretación.
El giro lingüístico implica asumir que la filosofía no se interesa por objetos físicos –
puesto que sus preguntas no son empíricas ni pueden resolverse por métodos
experimentales–, pero tampoco puede dedicarse a la búsqueda de inaccesibles objetos
ideales; entiende, así, que su objeto son los conceptos. Como señala Peter Winch (1990),
cuando preguntamos desde la filosofía: “¿Qué es lo real?”, no sirve como respuesta una
enumeración de objetos empíricos, tampoco una generalización de ejemplos particulares.
Estamos preguntando por el significado que le asignamos al término “real”, estamos
preguntando por la validez y el alcance del concepto de realidad.
Advertimos así que el lenguaje es la materia con la que trabaja la filosofía. Como señala
Manuel Cruz (1988), las palabras mayores del lenguaje filosófico –libertad, hombre, ser,
espíritu– no tienen como referencia entidades que puedan designarse sin ambigüedad; y si
hubiera una realidad extralingüística por alcanzar, esta lo sería en su nivel más gaseoso:
relaciones, conceptos, ideas. Por eso, para él, podemos decir que los textos filosóficos hablan
de palabras.
También Michel Foucault (2005) observa que nuestro objeto de análisis son los
conceptos cuando señala que Marx no interpreta la sociedad burguesa, sino la interpretación
burguesa de la sociedad; Freud no interpreta el sueño del paciente, sino el relato que el
paciente hace de su sueño; Nietzsche no interpreta la moral de Occidente, sino el discurso
que Occidente ha construido sobre la moral.
Esto permite dar cuenta de que los problemas filosóficos versan, en buena medida,
acerca del uso correcto de ciertas expresiones lingüísticas, de la elucidación de conceptos y
de la aclaración de confusiones. Desde este punto de vista, el lenguaje comienza a ser
entendido como el objeto privilegiado de análisis y la filosofía como una indagación
conceptual, como la pregunta por la validez de los conceptos.

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Como señala Ian Hacking, comenzamos a pensar que es el discurso –y no las ideas– lo
que funciona como conexión entre el sujeto cognoscente y el mundo. A su juicio, esto da
cuenta de la auténtica dimensión del viraje que se ha producido en el pensamiento
contemporáneo, en el que el discurso ya no es entendido como una mera herramienta para
compartir experiencias: muy por el contrario, constituye ahora el conocimiento humano
(Hacking, 1975). Podemos afirmar, como sostiene Karl-Otto Apel (1985), que asistimos a una
transformación de la filosofía en la cual la preocupación por el lenguaje ha sustituido a la
preocupación de los filósofos por la propia conciencia, característica de la modernidad.
El cambio en el objeto de estudio trae aparejado un nuevo método, que introduce la
propuesta del análisis del lenguaje como método filosófico. Es por esto que, para Gustav
Bergman, el giro lingüístico consistiría en un viraje de corte metodológico (citado por Rorty,
1999). Esto, desde luego, no es un dato menor: la historia de la filosofía, signada por
revoluciones contra prácticas de los filósofos precedentes, nos muestra una y otra vez que
nuevos modos de pensar surgen, en una gran cantidad de casos, bajo la forma de
innovaciones metodológicas. En este caso, el análisis del lenguaje introduce un nuevo
método que no conoce precedentes en la historia de la filosofía.
Esto trae aparejada una transformación sustancial de la filosofía, que ya no pretenderá
definir lo que las cosas son, sino de qué modo las concebimos. Desde aquí dejamos de lado la
pregunta ontológica –¿qué es?– que pretende indagar la naturaleza de las cosas, para
comenzar a indagar por el alcance de nuestros conceptos: ¿qué significa?
Esta transformación, en apariencia inocente, trastoca toda una concepción del
conocimiento. Como señala Winch (1990), se abre una nueva vía de investigación alternativa
que no es empírica –a la manera de las ciencias naturales–, ni racional –a la manera de la
filosofía tradicional–, sino eminentemente conceptual. Resalta, acertadamente, que el giro
lingüístico comparte la postura inmanentista del empirismo, puesto que renuncia a la
búsqueda de respuestas trascendentales y a la búsqueda de esencias, distanciándose de las
aspiraciones fundacionalistas del racionalismo, pero a la vez evita caer en el encierro en el
subjetivismo, puesto que los significados son construcciones intersubjetivas. En esta misma
dirección señala José Hierro Sánchez-Pescador (1997) que instalar el lenguaje como objeto
de estudio ofrece la posibilidad de objetivar el pensamiento sin necesidad de colocarlo ni en
un ámbito platónico de entidades abstractas, ni en el ámbito subjetivo de los fenómenos
mentales o psicológicos, por lo cual resulta una perspectiva superadora.
En la base de esta propuesta se encuentra –implícita o explícitamente– la renuncia a la
búsqueda de respuestas metafísicas. La vía del lenguaje como camino para la reflexión se
instala asumiendo que renunciamos a la pretensión de descubrir la esencia, lo que es la

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belleza, el bien o la verdad. Desde este punto de vista, asumimos que la filosofía solo puede
mostrarnos lo que estos términos significan y han significado para los hombres; nos
quedamos por eso en el marco de la indagación conceptual, que no se resuelve en una
ontología.
La filosofía contemporánea comienza a desarrollarse bajo el signo de este viraje. Por
eso, Umberto Eco (2004), por ejemplo, no se pregunta ya qué es la belleza, no pretende
capturar la idea de belleza ni descubrir su esencia, sino indagar el significado que se le ha
otorgado a este concepto a lo largo de la historia. Propone, entonces, una historia de la
belleza en la que no pretende definirla ni dar cuenta de su naturaleza, sino mostrar los
innumerables matices que posee, que no pueden resolverse en una Idea de belleza.
Por ello sostiene Apel (1985) que en nuestro siglo la filosofía del lenguaje ha
reemplazado a la teoría tradicional del conocimiento, y no como tematización del objeto
“lenguaje” entre otros posibles objetos de conocimiento, sino como reflexión sobre las
condiciones lingüísticas de posibilidad del conocimiento.

Bibliografía
Apel, Karl-Otto (1985). La transformación de la filosofía (t. II). Madrid: Taurus.
Cruz, Manuel (1988). Del pensar y sus objetos. Sobre filosofía y filosofía contemporánea.
Madrid: Tecnos.
Eco, Umberto (2004). Historia de la belleza. Barcelona: De Bolsillo.
Foucault, Michel (2005). “Nietzsche, Freud, Marx”, Revista Eco, 113.
Hacking, Ian (1975). ¿Por qué el lenguaje importa a la filosofía? Buenos Aires: Sudamericana.
Hierro Sánchez-Pescador, José (1997). “El análisis filosófico después de la filosofía analítica”.
En Javier Muguerza y Pedro Cerezo (eds.), La filosofía hoy. Barcelona: Crítica.
Moore, George (1984). Defensa del sentido común y otros ensayos. Buenos Aires:
Hyspamérica.

Risco, Mercedes (2007). “Representación y lenguaje en el empirismo inglés: Locke y


Berkeley”. En Susana Maidana (comp.), Filosofía y lenguaje en la modernidad. San
Miguel de Tucumán: Facultad de Filosofía y Letras, UNT.
Rorty, Richard (1996). Consecuencias del pragmatismo. Madrid: Tecnos.
Rorty, Richard (1999). El giro lingüístico. Barcelona: Paidós, 1999.
Winch, Peter (1990). Ciencia social y filosofía. Buenos Aires: Amorrortu.

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