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Lesiones Punzantes en el Cuero Cabelludo

El documento analiza las lesiones punzantes visibles en el Sudario de Oviedo y la Síndone de Turín, atribuidas tradicionalmente a la Corona de Espinas de Jesucristo. Discute las posibles plantas utilizadas para la corona, como el Ziziphus spina-christi o la Acacia nilótica. También examina los relatos bíblicos de la coronación con espinas y su propósito como burla y castigo por parte de los soldados romanos.
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Lesiones Punzantes en el Cuero Cabelludo

El documento analiza las lesiones punzantes visibles en el Sudario de Oviedo y la Síndone de Turín, atribuidas tradicionalmente a la Corona de Espinas de Jesucristo. Discute las posibles plantas utilizadas para la corona, como el Ziziphus spina-christi o la Acacia nilótica. También examina los relatos bíblicos de la coronación con espinas y su propósito como burla y castigo por parte de los soldados romanos.
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Las lesiones punzantes en el cuero cabelludo

Alfonso Sánchez Hermosilla


Antonio Gómez Gómez

INTRODUCCIÓN

Si observamos el Sudario de Oviedo y la Síndone de Turín, descubriremos la presencia de un


elevado número de manchas y regueros de sangre, compatibles con un mecanismo lesional que
implicaría la presencia en el cuero cabelludo de la persona torturada de multitud de lesiones
punzantes, ocasionadas presumiblemente, por un número indeterminado de objetos con forma
alargada, y aguzados en su extremo distal. De forma tradicional, estas lesiones se han atribuido a la
Corona de Espinas que hacen mención los Evangelios a propósito de la Pasión de Jesucristo, algo
en lo que también concuerda la Tradición.

Debemos hacer notar que dichas manchas de sangre, no representan fielmente el aspecto que
debieron tener de las lesiones punzantes que las ocasionaron sobre el cuero cabelludo, tan sólo son
un reflejo de la forma y tamaño de los abundantes regueros de sangre que dichas lesiones
ocasionaron, aunque de hecho, tampoco podemos estar seguros de que el resto de las manchas de
sangre de los lienzos se correspondan con absoluta fidelidad con la forma y tamaño de las manchas
de sangre que debieron existir sobre la superficie corporal y el cuero cabelludo del condenado, toda
vez que para que aparezcan manchas de sangre en los lienzos, el fluido hemático responsable de
dichas manchas, debía estar aún líquido. Si estaba coagulado, en el caso de ser sangre vital, o seco,
en el caso de ser sangre postmortem, no dejaría su impronta en los lienzos, a no ser que se rehidrate
de nuevo por cualquier mecanismo con posterioridad a su secado. A tales efectos, podría ser
suficiente el propio sudor del condenado, quien a pesar de sufrir una deshidratación intensa como
consecuencia de las hemorragias secundarias a la profusión de heridas sangrantes que presentaba, la
muerte por asfixia, consecuencia de la crucifixión, habría ocasionado sudoración en mayor o menor
grado, y este sudor podría muy bien haber rehidratado total o parcialmente algunos coágulos de
sangre, permitiendo así que dejasen su impronta en los lienzos.

En el caso de no rehidratar las costras de sangre seca, o los coágulos, todo lo más que puede ocurrir
es que algunas partículas de dicha sangre, pueden permanecer cierto tiempo sobre los lienzos
funerarios, pero en ningún momento se adherirán suficientemente a los mismos por sus propios
medios, a no ser, como ya se ha dicho, que se rehidraten, en ese caso, por un mecanismo de
capilaridad, si se podrían adherir a los lienzos, dejando así su impronta. Si no se adhieren
íntimamente a las fibras textiles, con el paso del tiempo, cada vez que se manipulasen dichos
lienzos, las partículas de sangre se desprenderían y caerían, por lo que, como es de suponer, al cabo
de unas pocas interacciones, y para ello bastaría el movimiento ocasionado por un simple viaje
desde una población a otra, incluso sin llegar a desembalar los lienzos en ningún momento, la
presencia de sangre sería puramente testimonial y sólo podría detectarse con técnicas forenses de
última generación, pero no a simple vista en forma de manchas de sangre macroscópicas.

1
Pretender pues que las improntas de sangre que pueden observarse en el Sudario y en la Síndone
son reflejo fiel de las lesiones sufridas y su correspondiente sangrado, es pedirles más información
de la que pueden darnos por sí mismas.

¿QUÉ SABEMOS EN REALIDAD DE LA CORONA DE ESPINAS?

Con respecto a las preguntas ¿cómo? y ¿por qué? se utilizó este método de tortura, por primera vez
en la larga historia del maltrato físico sobre seres humanos, podemos obtener la respuesta en la
información que nos proporcionan los cuatro evangelistas.1

Mateo 27, 27-31, nos dice que “27 Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al
pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte: 28 lo desnudaron y le pusieron un manto de
color púrpura 29 y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una
caña en la mano derecha. Y doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: «¡Salve, Rey de
los judíos!»; 30 Luego le escupían, le quitaban la caña y lo golpeaban con ella la cabeza. 31 Y
terminada la burla, le quitaron el manto. Le pusieron la ropa y lo llevaron a crucificar.”

Marcos 15, 16-20, tampoco añade más información, “16 Los soldados se lo llevaron al interior del
palacio –al pretorio- y convocaron a toda la compañía. 17 Lo visten de púrpura, le ponen una
corona de espinas que habían trenzado, 18 y comenzaron a hacerle el saludo: «¡Salve, Rey de los
judíos!» 19 Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se
postraban ante él. 20 Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron sus ropas. Y lo
sacan para crucificarlo.”

Por su parte, Lucas, no hace mención alguna de la coronación de espinas, pero tampoco lo hace,
sorprendentemente, de la flagelación.

Juan 19, 1-5, nos da algo más de información: “1 Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar.
2 Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por
encima un manto color púrpura; 3 y, acercándose a él, le decían: «Salve, Rey de los judíos.» Y le
daban bofetadas. 4 Pilato salió otra vez fuera y les dijo: «Mirad, os lo saco afuera para que sepáis
que no encuentro en él ninguna culpa.» 5 Y salió Jesús afuera llevando la corona de espinas y el
manto color púrpura. Pilato les dijo: «He aquí al hombre.»”

Por lo tanto, la coronación de espinas no fue tan sólo una diversión macabra de la soldadesca con un
prisionero desvalido sin el conocimiento de sus superiores jerárquicos, toda vez que, finalizada la
burla, conservó la corona en presencia de Pilato, y así fue presentado al pueblo judío con la
esperanza de despertar su misericordia y conseguir su perdón, algo que, como es sabido, finalmente
no ocurrió.

Aun así, no sabemos con certeza la forma exacta de la corona, su diseño, de que modo le fue
colocada, ni hasta cuando la llevó puesta.

1
Sagrada Biblia, Versión Oficial de la Conferencia Episcopal Española. Biblioteca de Autores Católicos, Madrid,
2010.

2
Otra versión más actual de estos mismos hechos, podemos encontrarla en la siguiente cita del Dr.
José De Palacios Carbajal: “De esta suerte, sangrando, dolorido, no totalmente consciente, los
verdugos ponen en pie a Jesús y para escarnecerlo aún más, le escupen y abofetean. Muy
probablemente, las palabras de Jesucristo declarándose Rey incitaron a los soldados de la
guarnición romana a transformarlas en una terrible broma, en una cruel ironía; y ya que todo Rey
necesita una corona, trenzan unas ramas de espino y se la encajan fuertemente en la cabeza; le
colocan un manto púrpura, símbolo de realeza, y una caña en la mano, para simbolizar el cetro o
bastón de mando. La planta que emplearon los soldados para hacer la corona tenía espinas largas
y anchas de punta muy aguda.”2

En cuanto a la especie vegetal de la que se obtuvieron las espinas necesarias para ocasionar estas
lesiones, los distintos autores que han abordado esta cuestión no parecen ponerse de acuerdo, y a lo
largo de la historia de las publicaciones sobre este tema, se han invocado varias especies vegetales.
En la bibliografía encontramos las siguientes candidatas:
• Ziziphus sp.: la especie candidata más probable sería Ziziphus Lotus Israel, pues posee unas
espinas con la morfología y dureza adecuadas, y su distribución geográfica coincide con el
lugar en que ocurrieron los hechos. Algunos autores consideran que pudo ser otra especie
también rhamnácea, el Ziziphus Spina-Christi (Linneo), más conocido como Espina de
Cristo Siria, mientras que otros apuntan la posibilidad de que fuese el Ziziphus Paliuris
Christi, o Espina de Cristo de Thorn, algunos autores han invocado incluso la posibilidad de
que se usase otra ramnácea, el Rhamnus Lycioides. En opinión de R. Fleury (1870), para
confeccionar la corona de espinas, se usaron conjuntamente ramas de Rhamnus Lycioides, y
Ziziphus Spina Christi, especies a las que el botánico israelí Avinoam Danin, más
recientemente, añade la Goundelia Tournerfortii3,4.
• Acacia Nilótica: también conocida como Acacia Espinosa, que crece profusamente en las
colinas que rodean Jerusalén. De hecho, según apunta el Dr. Frederick T. Zugibe, en una
excavación arqueológica en Israel, procedente de un sarcófago datado en los alrededores del
año 1189 después de Jesucristo, y que contenía los restos momificados de un caballero de la
Orden del Temple, junto con una corona de espinas confeccionada con ramas de esta especie
de acacia, y una inscripción que decía “este hombre salvó la corona de espinas de manos de
los infieles.”5
• Poterium Spinosum (Linneo): Lytton John Musselman, sugiere que esta planta pudo ser
utilizada para confeccionar la corona de espinas en su libro titulado “Las plantas de la Biblia
y el Corán”, posee unas largas espinas, es flexible y fácil de tejer6.
• Goundelia Tournefortii: planta emparentada con nuestros cardos, y de la que el Botánico
israelí Avinoam Danin ha encontrado granos de polen en la proximidad de la imagen de la

2
J. DE PALACIOS CARBAJAL. La Sábana Santa. Estudio de un cirujano, Ediciones Espejo de Tinta, Madrid, 2007,
p. 111.
3
A. DANIN. The Botany of Bible Lands: An Interview with Prof. Avinoam Danin.
[Link] [consultado 2012.01.15]
4
A. DANIN. The Botany of the Shroud, The Story of Floral Images on the Shroud of Turin, Printiv, Jerusalem, 2010.
5
F.T ZUGIBE. “Forensic Clinical Knowledge of the Practice of Crucifixion”. [Link]
[Link]/[Link] [consultado 2011.09.27]
6
L.J. MUSSELMAN. Plants of de Bible and de Quran
[Link] [consultado 2010.01.15]

3
cabeza en la Síndone de Turín7. Es de destacar que la Pasión de Jesucristo, muy
probablemente, tuvo lugar durante el mes de abril, coincidiendo así con el periodo de
floración de gran parte de la vegetación presente en las proximidades de Jerusalén, y más
concretamente con la de esta especie de planta.

Ziziphus Lotus Israel Goundelia Tournefortii

Ante la dificultad para identificar fuera de toda duda la especie vegetal de la que se obtuvieron las
ramas espinosas necesarias para trenzar la corona de espinas, debemos considerar cuales son los
requisitos que deben reunir las especias candidatas. En primer lugar, debe tratarse de una especie
que pudiese haberse encontrado sin demasiado esfuerzo en las proximidades de Jerusalén, bien
creciendo de forma espontánea, o bien cultivada en el mismo territorio, o sus aledaños, durante el
primer siglo de nuestra era, y además, sus ramas deben estar dotadas de un notable número de
espinas lo suficientemente largas y aguzadas para penetrar entre los cabellos ensangrentados,
atravesar la piel del cuero cabelludo, y llegar con su poder lacerante hasta los huesos de la bóveda
craneana, es decir, deben tener más de un centímetro de longitud. Si alguna de las especies
invocadas no cumple alguno de estos criterios, puede ser desestimada como candidata. Por tales
motivos, el Dr. Frederick T. Zugibe considera improbable que fuesen responsables especies como
Goundelia Tournefortii8, pues sus espinas no poseen las cualidades mecánicas necesarias para
producir las lesiones que se evidencian en el Sudario de Oviedo y en la Síndone de Turín.

Indudablemente, conocer la especie, o especies vegetales utilizadas para confeccionar la corona de


espinas, tiene un gran interés para cualquier investigador, sin embargo, desde el punto de vista
Médico, y Patológico, dicho conocimiento resulta de menor importancia, toda vez que cualquier
especie vegetal dotada de espinas del tamaño, morfología y dureza adecuadas, ocasionará unas
lesiones muy similares, prácticamente idénticas, tal y como se demuestra en las experiencias
realizadas por los autores de esta comunicación:“Al utilizar espinas de dos especies vegetales
diferentes, se ha podido constatar que a pesar de que la morfología de las espinas es diferente, el
aspecto de las lesiones que ocasionan, es tan similar, que no resulta posible diferenciar cuales han
sido producidas por espinas de limonero, y cuales por espinas de Ziziphus.”

Si la especie vegetal de la que se obtuvieron las ramas espinosas es una incógnita, no lo es menos el
modo y manera en que estas se trenzaron para remedar grotescamente una corona de espinas, sobre
este tema en particular, la imaginación de los investigadores ha volado casi tanto como la de los

7
A. DANIN, U. BARUCH. “Floristic Indicators for the Origin of the Shroud of Turin”
8
F.T. ZUGIGE. “Forensic Clinical Knowledge of the Practice of Crucifixion”. [Link]
[Link]/[Link] [consultado 2011.09.27]

4
artistas que se han enfrentado a este vacío de información. No encontraremos ninguna descripción
de la Corona de Espinas, ni en los Evangelios, ni en la Tradición, ni en ninguna referencia
bibliográfica más o menos coetánea con los hechos estudiados. Encontramos autores que consideran
que la corona no era más que un manojo de espinos trenzado someramente sin arte alguno, y
colocado apresuradamente sobre la cabeza del condenado; pero en el extremo opuesto, también
encontramos autores que opinan todo lo contrario, que la corona se tejió cuidadosamente, y se
colocó del mismo modo, no por demostrar un proceder humanitario, o un carácter minucioso, sino
más bien, para ocasionar el mayor perjuicio posible físico, anímico y moral al condenado. Como
ejemplo, podemos citar al Dr. José De Palacios Carbajal: “La colocación del casquete de espinas
sobre la cabeza del condenado no era fácil. Para encajarlo con fuerza y que las espinas
atravesaran el pelo y cuero cabelludo hacía falta hacerlo con mucha energía; tal maniobra sin
duda hería seriamente las manos del verdugo. Existen antiguos dibujos que demuestran cómo se
hacía: el casquete tenía una base, o banda, o cinta ancha, sobre la que se había tejido el bonete de
espinas que rodeaba la cabeza. En la cinta se colocaban luego unas cuerdas péndulas, colgando en
derredor, y tirando con fuerza de las cuerdas de esta forma las espinas se clavaban en el cuero
cabelludo, y se conseguía encajar fortísimamente el casquete espinoso.”
“El cuero cabelludo es deslizable sobre el plano óseo subyacente, como es de sobra conocido; está
muy bien vascularizado e inervado, de ahí que las heridas sean dolorosísimas y muy sangrantes.”
(…)
“Tal y como hemos descrito, al impactar en la cabeza de Jesús, el casquete de espinas produjo un
dolor intenso, dada la riqueza de terminaciones nerviosas sensitivas que existen en esa región
cutánea pendientes de distintos troncos nerviosos. En la frente, los nervios supraorbitarios
(procedentes de la primera rama del nervio trigémino) y los nervios frontales (procedentes del
quinto par craneal) llegan a inervar, aproximadamente, hasta el bregma (en el centro del cráneo).
Mientras que las caras laterales de la cabeza están inervadas por los nervios aurículo-temporales,
y la cara posterior por el nervio occipital mayor, el occipital menor y los nervios
retroauriculares.”
“La hemorragia que se aprecia en la Síndone, considerando tanto la penetración como el tamaño y
agudeza de las especies espinosas propuestas para confeccionar la corona, significa graves
lesiones arteriales y venosas en el cráneo. La pérdida de sangre tuvo que ser abundante. En su
frente están lesionadas todas las ramas de las arterias frontales, que a su vez lo son de las
supraorbitarios, y éstas de la arteria facial, todas las arterias interesadas por espinas son también
ramas de la carótida externa, al igual que las de la cara posterior de la cabeza. Y lo mismo ocurre
con el sistema de retorno venoso, que drena en las dos yugulares, interna y externa, y en la vena
ázigos dorsal, que desciende por el centro de la nuca”9

ESTADO ACTUAL DE LAS HIPÓTESIS Y LOS CONOCIMIENTOS MÉDICO


FORENSES SOBRE LAS LESIONES OCASIONADAS POR LA CORONA DE ESPINAS

Para conocer la morfología que presumiblemente podrían haber presentado las lesiones corporales
ocasionadas por la corona de espinas, vale la pena que leamos descripciones ya clásicas, como por
ejemplo, la del Dr. Giovanni Judica Cordiglia: “Singulares calcos de gotas de sangre interesan la

9
J. DE PALACIOS CARBAJAL. La Sábana Santa. Estudio de un cirujano, Ediciones Espejo de Tinta, Madrid, 2007,
pp. 112-114.

5
región frontal, parieto-temporal y occipital. Son la expresión de lesiones sobre el cuero cabelludo.
Considerando su distribución a modo de aureola, debemos deducir que han sido causadas por
objetos puntiagudos, aguijonados, clavados y frotados sobre el copiosamente regado cutis de la
cabeza, en forma de corona o cofia de espinas.”10

Aún más explícita es la descripción del Dr. Rodante Sebastiano: “Puesto que las lesiones llegan
hasta las regiones parieto-occipitales, podemos suponer que la corona de espinas tuviera forma de
cofia”11

El Dr. Pierre Barber aún especifica más: “La corona consistió en una especie de casquete formado
por ramitas espinosas trenzadas, y no por una banda (en torno a la cabeza).”12

Mancha en Épsilon Lesiones en región occipital

Algunos autores incluso creen poder deducir el sentido en que las espinas ocasionaron estas
lesiones, concretamente el Dr. Giuseppe Caselli, observando los regueros de sangre de la parte
posterior del cráneo, considera que la dirección en que empujaron las espinas, fue de delante hacia
atrás. Aunque sobre esta circunstancia, podemos observar discrepancias en la bibliografía.

Queda fuera de toda duda considerar que la corona de espinas no pudo tener la forma de aro que
rodea la totalidad de la cabeza, pero deja expuesta la convexidad de la misma, tal y como la han
representado a lo largo de toda la historia del arte la inmensa mayoría de los artistas que han
interpretado la Pasión de Jesucristo. Y no sólo prestando atención a la distribución de las lesiones

10
G.J. CORDIGLIA. L´Uomo Della Sindone è Gesù dei Vangeli?, Ediz. Fond. Pellizza, Chiari. (Brescia) 1974, p. 70.
11
R. SEBASTIANO. La coronazione di spine alla luce Della Sindone, Sindon, número 24, pp. 16-30.
12
P. BARBET. La Passion du Crist selon le chirurgie,. Apostolat des Editions, París, 1965 (Séptima Edición), p. 123.

6
que ocasionó, sino también al hecho de que “las coronas reales en Oriente eran a manera de
mitras o casquetes preciosos, no un aro en torno a la cabeza.”13

Si nos queda alguna duda, no tenemos más que consultar las representaciones de los faraones
egipcios, o de cualquiera de los reyes mesopotámicos, por poner ejemplos de todos conocidos en un
ámbito geográfico, histórico y antropológico próximo a la Judea de principios de la Era Cristiana.

En opinión de algunos autores, la corona, además de las espinas, pudo estar constituida por otra, u
otras especies vegetales, concretamente, el Dr. Pierre Barbet considera que “este casquete era
preciso fijarlo sobre la cabeza con alguna atadura”, concretamente, con un manojo de juncos.

Es un hecho ampliamente conocido que cualquier herida en el cuero cabelludo o la cara, por
pequeña e insignificante que resulte, no sólo sangra profusamente, de un modo absolutamente
desproporcionado a su tamaño y gravedad, sino que además, resulta más dolorosa que otra de
características similares localizada en cualquier otro lugar de la superficie corporal, tal y como nos
relata el Dr. Luis Enrique Palacios Ruiz en su obra “Autopsia del Crucificado”: “En razón de su
rica irrigación vascular, el cuero cabelludo sangra profusamente con cualquier herida. La
hemorragia cubre toda la cabeza y la sangre que cae, baña la cara y dificulta la visión. Se
producen además hematomas internos, que no sólo deforman la cabeza que luce hinchada, sino que
al colectarse la sangre entre la superficie del hueso y el cuero cabelludo, contribuye a su
separación y en consecuencia aumenta el escalpamiento.” Indudablemente, este escalpamiento, es
decir, esta separación entre el cuero cabelludo y el plano óseo que lo sustenta, está ocupado por
sangre vertida fuera del torrente circulatorio, y además está a una tensión relativamente elevada, lo
que no solamente aumenta la sensación dolorosa, sino que al retirar la corona de espinas, ocasiona
un nuevo y copioso vertido de sangre por las heridas punzantes hacia el exterior, manchando aún
más la cabellera y rostro del condenado, e incluso, cayendo sobre hombros, pecho y espalda para al
final, llegar hasta el suelo. Añadiendo así nuevos regueros de sangre que cubrirían parcialmente a
los ya existentes.

Sobre este hecho, coinciden de forma mayoritaria los Médicos que han estudiado estas lesiones, así,
el Dr. Robert Bucklin en la página 124 de “Actas II”, opina que “Es sabido que cualquier pinchazo
sobre el cráneo produce una copiosa salida de sangre por la retractilidad de los vasos lacerados.”
De forma concordante, el Dr. Pierre Barbet, considera que “Una corona semejante hubo de herir el
cráneo en toda su superficie.” Bien considerado que no se refería a lesiones sobre los huesos de la
cabeza, sino al cuero cabelludo. En realidad, las espinas vegetales de las especies botánicas que
podrían haber estado implicadas en la confección de la corona de espinas, carecen de la capacidad
lesiva suficiente para atravesar los huesos que constituyen la bóveda craneal de un hombre adulto y
por lo demás sano, sin embargo, excepcionalmente, si podría darse la circunstancia de que alguna
de ellas pudiese haber penetrado a través de las articulaciones existentes entre ellos, las
denominadas sinostosis o suturas craneales, es decir, entre las líneas articulares que separan los
distintos huesos que constituyen el cráneo. Si tal cosa ocurriese, y después de atravesar el estuche
óseo de la bóveda craneal, si la espina conservase suficiente poder de penetración, podría haber
provocado hemorragias en las estructuras vasculares y meníngeas que cubren el encéfalo, y si

13
S.J. M. SOLÉ. La Sábana Santa de Turín. Su autenticidad y trascendencia, Ediciones Mensajero, Bilbao, 1985, p.
220.

7
hubiesen sido capaces de atravesar incluso las meninges, podrían haber ocasionado lesiones
neurológicas por traumatismo directo de las propias espinas, lesiones indirectamente ocasionadas
por el sangrado sobre el frágil parénquima cerebral, e incluso infecciones del tipo de meningitis,
encefalitis, o ambas a la vez. Todo esto, habría producido graves e inmediatos síntomas
neurológicos que, aun careciendo de conocimientos médicos, dada su espectacularidad, no hubieran
pasado desapercibidos para las personas que contemplaron el suplicio, por lo que de alguna manera,
encontraríamos la descripción de dichos síntomas neurológicos en los Evangelios, algo que no
parece haber ocurrido. Por tal motivo, puede rechazarse la hipótesis de que la corona de espinas
pudiese haber ocasionado lesiones tan profundas que pudieran haber interesado el sistema nervioso
central, especialmente el cerebro.

Arterias, Venas y Nervios de cabeza, cara y cuello

Si observamos la Síndone de Turín, no encontramos la impronta de las lesiones punzantes, ni en la


parte superior de la cabeza, lo que ha sido atribuido por algunos autores a la presencia de otro lienzo
usado como mentonera para contribuir a que la boca del cadáver permaneciese cerrada, ni tampoco
se observan en las regiones parieto-temporales, tal y como apunta el Dr. Sebastiano Rodante, por la
sencilla razón de que en la Síndone no han dejado su impronta las regiones laterales del cuerpo del
condenado, incluida su cabeza.

8
Sin embargo, en el Sudario de Oviedo, si encontramos estas improntas en estas localizaciones
mudas para la Síndone de Turín, la causa en bien sencilla, el Sudario de Oviedo se colocó sobre la
cabeza del condenado poco tiempo después de su muerte, cuando la sangre aún estaba fresca, y en
gran parte, se trasfirió al tejido dejando su impronta, con el paso del tiempo, esta sangre pudo
secarse lo suficiente como para no poder impregnar la Síndone de Turín, y por otra parte, la sangre
que ya estaba presente en el Sudario, no podía trasvasarse por sí sola a la Síndone, y hasta donde
sabemos, en ningún momento, ambos lienzos cubrieron de forma simultánea ninguna parte del
cadáver.

Pero volvamos a las opiniones del Dr. Sebastiano Rodante para poder comprender la importancia de
estas lesiones punzantes. Si atravesamos un vaso sanguíneo con un instrumento punzante, y luego,
retiramos dicho instrumento, se produce una efusión de sangre, que según sea el tipo de vaso, será
de naturaleza capilar, arterial, o venosa, y todo ello hasta que los mecanismos de defensa del
organismo cohíben dicha hemorragia; entre estos mecanismos, debemos destacar la coagulación de
la sangre, que formará un coágulo y taponará así la herida, con lo que se detiene la hemorragia.
Otros mecanismos involucrados en la intención de evitar en la medida de lo posible la pérdida de
sangre en presencia de heridas, es la propia capacidad de retracción de los vasos sanguíneos y
tejidos lesionados, así como las plaquetas presentes en la sangre, que intentarán adherirse a la
superficie de los vasos dañados, formando un verdadero “tapón plaquetario”, y que si el vaso no es
demasiado grueso, suele ser suficiente para cohibir la hemorragia en breve plazo de tiempo sin
necesidad de recurrir a la coagulación propiamente dicha, pero si el vaso es más grueso, estos
mecanismos por sí solos no son suficientes para detener la hemorragia, y se precisa la participación
de los mecanismos de coagulación de la sangre de los que ya se hizo mención anteriormente. Estos
mecanismos actúan en unos pocos minutos. Sin embargo, si el instrumento punzante no es retirado
de forma instantánea a producirse la lesión, sino que por el contrario, permanece dentro de la herida
durante un periodo de tiempo suficientemente largo, aunque la víctima continúe con vida, y sus
mecanismos de defensa se mantengan operativos, el propio instrumento punzante impide en gran
medida que se produzca una efusión de sangre, al taponar parcialmente la herida, pero si se mueve,
aunque sea mínimamente, vuelve a abrirse la herida, y se produce una nueva efusión de sangre, y
esto ocurrirá tantas veces como se mueva el instrumento sin ser retirado de su emplazamiento, pues
su presencia dificulta en gran medida la hemostasia y el resto de mecanismos de regeneración
tisular.

En el caso que nos ocupa, no es descabellado considerar que el dolor ocasionaría espasmos en los
músculos craneales y faciales, especialmente en el músculo frontal, lo que ocasionaría movimientos
de las espinas, y por tanto, repetidas efusiones de sangre.14 Y todo ello, sin necesidad de que la
corona de espinas se moviese de forma externa por cualquier otro medio.

Cabe esperar que si los vasos lesionados eran venas, las características de las hemorragias serían de
forma más o menos continua, aunque sufriendo modificaciones ocasionadas por los movimientos
faciales, en un flujo pausado y relativamente lento, aunque continuo.

Si por el contrario eran arterias, las hemorragias serían de carácter pulsátil, lo que a su vez,
movilizaría las espinas, contribuyendo así a que no se cerrasen las heridas y aumentase la efusión de

14
M. S.J. SOLÉ. La Sábana Santa de Turín. Su autenticidad y trascendencia, Ediciones Mensajero, Bilbao, 1985, pp.
220-221.

9
sangre. Esto evitaría, no sólo la formación del coágulo sanguíneo, sino también la formación del
trombo plaquetario, y la vasoconstricción del vaso lesionado, mecanismos todos que, como ya se ha
mencionado, también contribuyen de forma notoria a impedir la hemorragia de una herida
penetrante en un vaso sanguíneo.

De nuevo volvemos a la clásica descripción de las improntas de las lesiones del Dr. Sebastiano
Rodante: “Echando, pues, una mirada de conjunto a la frente del Hombre de la Síndone,
advertimos que hay en ella coágulos aislados o agrupados y coágulos que siguiendo el movimiento
de la cabeza y partiendo del punto de la herida sobre la piel, se dirigen en regueros hacia abajo,
verticalmente o casi, o bien divergen hacia la derecha o hacia la izquierda. Los coágulos aislados
fueron producidos, por su exigüidad, por lesiones de capilares cutáneos. Los coágulos reagrupados
de dimensiones mayores fueron producidos por la lesión de vasos más grandes situados entre el
caparazón óseo, el tejido muscular y la piel. En la Síndone se distinguen entre los cabellos. En fin,
los coágulos con recorrido a derecha o a izquierda fueron producidos por la lesión de la pared de
vasos de un cierto calibre situados en una zona libre de cabello, lo que favoreció la salida de
sangre en reguerillos.”
“Es lógico que cada perforación vasal fuera determinada por al menos un aguijón del entramado,
pero no se puede excluir que algún coágulo pudiera ser causado por la perforación de dos espinas
casi contiguas.”
“Sobre toda la frente y sobre las lesiones fronto-temporales de derecha e izquierda, hay señal de
perforación de al menos trece (13) aguijones.”
“Los de la parte posterior de la cabeza no pueden ser individualizados todos. No es posible
distinguir los reguerillos escondidos en la espesa cabellera. Complementando (no obstante) el
contaje de los coágulos, llego a la conclusión de que al menos veinte espinas se le clavaron sobre
la región occipital.”15

Siempre según el Dr. Rodante, y teniendo en cuenta que es más que probable la presencia de
lesiones en las áreas cráneo-faciales que no son visibles en la Síndone, tales como la región superior
de la cabeza, así como las regiones parieto-temporales, “al menos una cincuentena de espinas
torturaron la cabeza del crucificado.” Sin embargo, a pesar de tener visos de aproximarse a la
realidad, este dato no deja de ser una estimación, una hipótesis, no un dato matemático
contabilizado y contrastado.

Una vez justificada la abundante presencia de sangre ocasionada por estas heridas, conviene hacer
mención del hecho de que estas mismas heridas ocasionaban una sensación dolorosa exacerbada, tal
y como menciona el Dr. F. La Cava en su obra “La Passione e la morte di N. S. Gesú Cristo
illustrata Della Scienza Médica” en sus páginas 18 y 19. La causa no es otra que la abundante
inervación sensitiva de esta región corporal, esta inervación es recogida por el nervio trigémino y en
menor medida por los nervios cervicales, para conducirla al área cerebral responsable de procesar la
sensibilidad táctil y dolorosa. De este modo, estas regiones del cuero cabelludo se convierten en uno
de los territorios corporales que disponen de una sensibilidad al dolor más exquisita, casi tanto, por
poner un ejemplo, como la punta de la lengua, o el extremo distal de dedo índice de la mano.

Muchos autores comparten la opinión de que la colada de sangre en forma de épsilon que puede
observarse en la frente de la imagen sindónica, posee el rango de “sello de autenticidad” de la

15
S. RODANTE. La coronazione di spine alla luce Della Sindone, in Sindon, número 4, pp, 16-30.

10
Síndone, entre ellos, el Dr. Francesco Zoara “Esta famosa gota de sangre que descendió
sinuosamente por las arrugas de la frente y se coaguló formando en el fondo un grumo circundado
por un halo de suero, es tan real, tan imposible de pintar, que ella sola es un sello de autenticidad
de la Síndone.”16

Conviene hacer notar que el fenómeno de coagulación de la sangre, explicado de forma


simplificada, es la polimerización de una serie de proteínas presentes en la propia sangre, que, ante
el estímulo adecuado, reaccionan formando una especie de red que retiene los elementos formes de
la sangre, en su mayoría glóbulos rojos, formando el coágulo propiamente dicho, pasado cierto
tiempo, este coágulo experimenta un fenómeno de retracción que le hace reducir parcialmente su
tamaño, expulsando así los restos de suero sanguíneo, que presenta un color ambarino, esta es la
causa de la presencia de suero alrededor de las coladas de sangre. Ciertamente, que sepamos,
ningún artista ha reflejado la presencia de suero sanguíneo alrededor de los coágulos en ninguna
obra que represente la Pasión de Jesucristo.

Pero volvamos a las coladas que se aprecian en la zona de la nuca, el Dr. Giuseppe Caselli las
describe del siguiente modo: “Es un líquido denso que se ha abierto camino a través del obstáculo
de la cabellera donde se ha coagulado más tarde. Son bien visibles por su espesor, gracias a las
fotografías de siete aumentos y a tamaño natural, circulitos claros, de pocos milímetros, que se
formaron al coagularse la sangre por la separación del suero. Un hallazgo muy interesante es que
la comprobación de manchas hemorrágicas, más evidentes en la parte alta, que van desde el
occipital hasta el vértice de la cabeza, producidas por las ramas que formaban la corona de
espinas y surcaban la cabeza de delante hacia atrás.”17

Pero continuemos con el Dr. Giuseppe Caselli, puesto que a él debemos la distinción entre coladas
de sangre de naturaleza arterial y las de naturaleza venosa, en función del tipo de vaso lesionado por
las espinas: “Analizando estas lesiones, vemos sobre la sien derecha, en la raíz de los cabellos, una
pequeña herida puntiforme de la cual parten dos reguerillos de sangre. Uno de ellos, inclinado,
desciende a lo largo de la cabellera hasta el hombro, el otro baja verticalmente por sobre la frente
hasta la sobreceja. La espina ha lesionado la rama frontal de la arteria temporal superficial. La
sangre, de hecho, tiene carácter netamente arterial.”18

De la misma opinión es el Dr. Sebastiano Rodante, quien, después de citar al Dr. Giuseppe Caselli,
apostilla lo siguiente: “Añadamos a esta consideración verdaderamente importante como la
sangre, partiendo del punto de infixión de la espina A1, brota y baja como un reguero a lo largo de
la cornisa de los cabellos, mantenido por la pulsación de la arteria. La onda esfígmica, en su
progresión por el interior del vaso, al llegar al punto de infixión del aguijón, por la elasticidad de
la pared y por la presión arterial, mantiene rítmicamente viva la herida en torno a la espina,
favoreciendo la salida de sangre.”
“Mirando en cambio hacia el medio de la frente, -continúa el Dr. Caselli- un poco hacia el lado
izquierdo de la línea media, vemos una breve hemorragia en forma de épsilon, cuya sangre densa,
de tinte homogéneo, uniforme, opaco y muy oscuro, tiene netos caracteres de sangre venosa, que la
diferencian bien de aquella de la sien derecha poco ha descrita. La espina aquí ha lesionado

16
F. ZOARA. Le Reliquie Della Passione, p. 129.
17
G. CASELLI. Note médico-legali sulla S. Sindone, in Revista Forze Sanitaire, Roma, 30 de abril de 1940, p. 558.
18
G. CASELLI. Le Constatazioni della medicina moderna sulle impronte della S. Sindone. La S. Sindone nelle ricerche
moderne, Lice, Turín, 1941, p. 29.

11
ciertamente la vena frontal, llamada por los anatomistas “vena preparada”, a veces única,
generalmente doble como es este caso… El curioso aspecto de la épsilon de tal reguerillo se debe
tal vez al arrugamiento, bajo el espasmo del dolor, del músculo frontal.” Se trata de la misma
colada de sangre que tan relevante resultaba tanto para el Dr. Pierre Barbet, como para el Dr.
Sebastiano Rodante, quien junto al espasmo doloroso del músculo frontal, invoca otras causas que
justifiquen tan inusual forma en una colada hemática, concretamente, consideraba que la cabeza
había experimentado una serie de cambios de posición, inclinándose hacia la derecha y hacia la
izquierda.

Esta sospecha se confirma si dejamos caer cuidadosamente con una pipeta unas gotas de sangre
sobre la región frontal de la cabeza de un voluntario que marque las arrugas de la frente,
indefectiblemente, comprobaremos que la colada de sangre no adopta esta curiosa disposición en
forma de épsilon, luego es necesario algo más que fruncir el ceño para que la impronta hemática
adopte esta forma.

Pero continuemos con la descripción clásica del Dr. Sebastiano Rodante: “Después de esta
sorprendente correspondencia anatómica, a mí me parece más próximo a la realidad diferenciar
las características de la sangre venosa, no tanto por la densidad de la sangre o de su homogénea
uniformidad, como ha hecho el Dr. Caselli en un serio estudio, cuanto por la modalidad de
coagulación de la misma, expuesta magistralmente por el Dr. Barbet. Él, en efecto, analizando el
coágulo de sangre en forma de tres invertido dice que es sangre con caracteres venosos porque
tiene un flujo lento y continuo. Y puesto que la coagulación de la sangre requiere algunos minutos
para producirse, sólo una pequeña parte de ellas se coagula en las cercanías de la herida. Cuanto
más se aleja de ella, reguero abajo, tanto mayor es la cantidad de sangre que llega a su punto de
coagulación. Si aquella continúa fluyendo, se acumulan los coágulos unos sobre otros en estratos
sucesivos. La masa del coágulo es, por lo tanto, más espesa y más ancha cuanto más abajo está. Y
tanto más si la sangre ha encontrado obstáculos como aquí.”
“Si después de esta precisa descripción del cirujano francés, observamos atentamente este
coágulo, veremos efectivamente como es más estrecho y menos espeso junto a la herida; después,
alejándonos del punto de infixión sobre la piel, el coágulo se vuelve más espeso, más ancho –como
en el nivel medio o codo del 3-, y todavía más al alejarnos mas –en la parte terminal o del recodo
del 3-, tanto que una gota de sangre ha caído sobre la ceja izquierda.”
“He observado atentamente sobre diversos mapas anatómicos la posición de la vena frontal y de la
arteria temporal superficial en relación con la posición de los dos regueros que acabamos de
estudiar. La perfecta correspondencia de ambos coágulos de sangre… impresos sobre la Sábana…,
con la vena y la arteria estudiadas, nos da la certeza de que esta tela ha envuelto el cadáver de un
hombre, que en vida ha padecido la lesión de estos vasos sanguíneos.”
“Nunca se podrá formar un coágulo de sangre en forma de 3. Se sabe de hecho que tal figura ha
sido determinada por la contracción espástica del músculo frontal como reacción al dolor
provocado por la lesión de las finísimas terminaciones nerviosas sensitivas, en las cuales es rico el
cuero cabelludo… Un muerto no reacciona al dolor. Tampoco podría obtener el coágulo de sangre
arterial en la región fronto-temporal, que llega hasta el hombro a lo largo de la cabellera, pues
éste ha sido empujado por la pulsación de esta arteria <<viviente>>.” (…)
“Estudio esta Sábana, o mejor, me limito sólo a hacer un examen objetivo de las manchas de
sangre de la frente, producidas por una corona de espinas. Y llego a la conclusión de que la
perfecta correspondencia de los coágulos de sangre de la frente impresos en el lienzo, que se

12
sobreponen claramente a la vena y a la arteria estudiadas, nos da la certeza de que aquella tela ha
envuelto el cadáver de un hombre que en vida ha sufrido la lesión de estos vasos sanguíneos.”
“Ahora bien, puesto que la circulación de la sangre –es decir, la diferencia entre la sangre arterial
y la venosa- fue descubierta por Andrés Cesalpino en 1593, por consiguiente, sesenta años después
del incendio (de Chambery), nadie en tiempos anteriores al incendio pudo jamás tener la noción
precisa de la diversa modalidad de coagulación, sobre la piel, de la sangre arterial y de la
venosa.”

Sobre esta afirmación en particular, debemos aclarar que Miguel Servet, célebre Médico español,
pero además humanista, teólogo, etnógrafo y geógrafo entre otras actividades, fue quemado vivo
por Calvino en el año 1553 por atreverse a publicar su obra “De Christinismi restitutione” en el año
1546, obra en la que ya describía la circulación pulmonar, también llamada circulación menor. Se
trata del recorrido que hace la sangre de retorno de todo el organismo desde el ventrículo derecho
del corazón, hasta los pulmones, para un vez allí, oxigenarse y descargar su contenido de dióxido de
carbono, volviendo de nuevo al corazón, concretamente a la aurícula izquierda, desde aquí al
ventrículo izquierdo, y a través de la aorta, aportar oxígeno y nutrientes a todo el organismo. Todo
esto ocurrió pues con posterioridad al incendio de Chambery en el año 1532.

En opinión de algunos arabistas, Miguel Servet pudo obtener sus conocimientos basándose en los
descubrimientos de un médico de Damasco llamado Ibn al-Nafis, quien investigando en los escritos
de Avicena datados dos siglos antes, ya hacía mención de la circulación pulmonar.

Por su parte, Andrés Cesalpino describió la circulación mayor de la sangre, es decir, aquella que a
través de la aorta recorre todo el organismo en forma de sangre arterial rica en oxígeno y nutrientes,
para regresar al corazón a través de las venas cavas, convertida en sangre venosa pobre en oxígeno
y rica en dióxido de carbono, dispuesta a hacer en los pulmones el intercambio gaseoso que resulta
fundamental para mantener un metabolismo aeróbico, y por lo tanto, la vida humana tal y como la
conocemos. De hecho, Cesalpino fue el primero en usar el concepto Circulación.

Años más tarde, concretamente en 1692, el Médico Inglés William Harvey describió de forma muy
exacta y completa los mecanismos de la circulación sanguínea en sus circuitos mayor y menor, todo
ello en su obra titulada Exercitatio Anatómica de cordis et sanguis in animalibus.

Todas estas circunstancias, llevaron a Sebastiano Rodante a considerar la Síndone de Turín un


Documento médico legal en sí mismo.

Sin distanciarse sustancialmente de estas opiniones, el Dr. Giovanni Judica Cordiglia considera que
esta colada de sangre en forma de tres, se pudo producir en dos tiempos: “La sangre se ha abierto
camino entre las arrugas de la frente en dos tiempos: primero cuando se contrajeron los músculos
de la piel en el espasmo del dolor (al colocarle la corona sobre la cabeza), y luego en su
relajamiento final en el momento de la muerte.”19 Esta opinión no debe ser descartada en la
creencia de que los cadáveres no sangran, pues esto no es cierto, recodemos que el Dr. G.J.
Cordiglia era Forense, y sabía que las heridas abiertas de los cadáveres continúan permitiendo la
efusión de sangre mucho tiempo después de la muerte, sobre todo si esta efusión se ve facilitada por
la posición declive de las lesiones a favor de la gravedad, y tanto más si se moviliza el cadáver.

19
G.J. CORDIGLIA. L´Uomo Della Sindone è Gesu dei Vangeli? Ediz. Fond. Pellizza, Chiari (Brescia) 1974, p. 70.

13
Otro dato de interés es que las coladas de sangre que se observan en la región de la nuca, presentan
una dirección preeminente orientada hacia la izquierda, concretamente, siete de ellas se dirigen
hacia la izquierda, cinco hacia la derecha, y finalmente, dos de ellas son prácticamente verticales
durante la mayor parte de su recorrido. Esta circunstancia ya fue observada por Mns. Ricci, quien, a
pesar de no ser médico, sus observaciones sobre estos regueros de sangre no carecen de valor, de
entre ellas, mencionaremos las siguientes:
“Parece extraño que precisamente los mechones de la cabellera izquierda aparecen más
empapados de sangre, como lo demuestran las fotografías a rayos ultravioletas y las elaboradas
por Jackson y Jumper.”(Gazzetta, p.21 a) (…)
“Toda la calota, desde el occipucio al bregma (punto de unión del hueso frontal con los dos
parietales, en el centro de la cubierta craneal) está atormentada por regueros de sangre, mientras
el bruñido de la misma zona hace pensar en el sudor mezclado con la sangre que invadía la masa
de cabellos.” (La Sindone Sta., pp. 81-82)
“De las ocho heridas de la nuca parten… doce regueros en varias direcciones, con preferencia
hacia la izquierda.”
“En cambio la cara presenta sólo pocas coladas de sangre y solamente en dos direcciones bien
definidas: una vertical y otra inclinada hacia la derecha.”

En realidad, si no tenemos en cuenta la colada en forma de épsilon descrita de forma magistral por
el Dr. Barbet, ninguna de las improntas de sangre presentes en la región frontal de la cara atribuidas
a la corona de espinas se dirige hacia la izquierda.

En opinión de Mns. Ricci, esto pudo deberse a que en algún momento pudo enjugarse el rostro del
condenado, pero no la región occipital, por lo que al continuar el sangrado, y obligados por los
movimientos de la cabeza, y por la ley de la gravedad, se formaron nuevas coladas de sangre que
adoptaron estos recorridos divergentes respecto a los observados en la nuca. Por ese motivo, afirmó:
“Por ahora me atengo a la lógica explicación de una cara enjugada antes de la crucifixión, que,
mientras ha dejado intactos los regueros de sangre de la nuca, nos explica que la… cara debió
estar recubierta, antes de ser limpiada, de otros reguerillos en todas las direcciones. Si durante la
crucifixión y la agonía no fue de nuevo cubierta por tales reguerillos, se debe a la técnica
particular usada en su crucifixión que obligaba al cuerpo, en su movimiento de elevación, a
doblarse hacia la derecha. De esto la Síndone nos ofrece abundante documentación.” (La Sindone
S. p. 84)

En la bibliografía podemos comprobar como este significativo reguero de sangre es descrito por
algunos autores como “en forma de épsilon”, mientras que otros lo describen como “en forma de
tres”, el motivo de esta discrepancia es tan simple como el tipo de fotografía en el que el
investigador realizó sus observaciones, si usó una imagen en positivo, verá una colada de sangre en
forma de épsilon, y si usa una imagen en negativo, la verá en forma de tres. Sobre esta
circunstancia, resulta clarificadora la explicación del Dr. Pierluigi Baima Bollone: “En la parte
correspondiente al cuero cabelludo, zona parietal frontal, y a la frente glabra, se observan al
menos trece imágenes de puntitos redondos, como otras heridas de punta.”
“De estas se separan y van hacia abajo, entre el pelo y sobre el cutis, numerosas manchas de
sangre. Han sido individualizadas diferencias entre las diversas coladuras referidas a la respectiva
procedencia, de arterias precapilares o de venillas postcapilares. En la parte correspondiente con
la zona medio-frontal izquierda y derecha hay dos hilos de sangre, que se dirigen hacia abajo,

14
respecto a una persona en posición erguida, divergen entre ellos en un ángulo de unos quince
grados. En efecto se habría podido producir fácilmente en el supuesto de que la cabeza hubiera
tenido dos posiciones diferentes. Es además evidente una coladura de sangre con forma de épsilon,
correspondiente a la parte de la región medio-frontal. La disposición de esta coladura permite
verificar a simple vista, si una reproducción fotográfica en blanco y negro de la Sábana Santa es
una imagen positiva o negativa. De hecho, mientras que en el positivo se observa que la coladura
medio-frontal tiene una configuración con forma de épsilon, en el negativo se transforma en un
tres. Como se ha anticipado es indicativo que la sangre, dirigiéndose hacia abajo, haya asumido
una disposición parecida, porque ha superado dos pliegues de la frente intensamente arrugada.”20

El Dr. Sebastiano Rodante también está de acuerdo con esta circunstancia: “Podemos estar ciertos
de que los tres (dobles) regueros de sangre (de la frente) se formaron (estando el reo) sobre la
cruz… producidos por la corona de espinas que el condenado llevó incluso sobre la cruz… Si las
tres heridas hubieran sido producidas por la corona de espinas antes de la crucifixión… la sangre
habría debido formar sobre la frente, indiscriminadamente, regueros hacia la derecha y hacia la
izquierda, conforme a los movimientos de la cabeza que el condenado hubo de adoptar mientras los
verdugos le sacaban de los brazos y de la cabeza la túnica (al desnudarlo).” (…) “Por la
abundancia de coágulos de sangre sobre la nuca estamos seguros de que el crucificado llevó la
corona de espinas a lo largo del camino hacia el lugar del suplicio. Si no hubiera estado (allí) la
corona, el patíbulo (o palo transversal, atado a la parte alta de las espaldas), durante las caídas
que ciertamente padeció el Hombre de la Síndone durante su marcha, yendo a golpear fuertemente
la región occipital, habría determinado allí un empaste uniforme y oscuro y un cúmulo amorfo de
coágulos. La corona, en cambio, actuando de aislante entre la nuca y el patíbulo, ha permitido que
los coágulos se mantuvieran tan limpios y nítidos que se pueden contar.”21

El Dr. Rudolf W. Hinek también está convencido de que el condenado llevó la corona de espinas
más allá de las dependencias del procurador romano Poncio Pilatos: “Si como opinan algunos, le
hubieran quitado la corona antes de la crucifixión, los hilillos de sangre no se hubieran marcado
tan nítidamente en la Síndone, sino que la cabellera, toda ella reblandecida por la sangre, hubiera
formado una única masa sanguinolenta.”22

Otro tanto ocurre con el Dr. G. Judica Cordiglia: “En la nuca son bien visibles las lesiones de vasos
más gruesos –arteria y vena occipitales- con grandes hemorragias debidas, quizás, a la fuerte
opresión de la nuca, recubierta de espinas, contra el brazo de la cruz”23 Refiriéndose a la posición
relativa de cabeza y miembros superiores durante el tiempo que el condenado estuvo en la cruz.

Más recientemente, el Dr. José de Palacios Carbajal también se muestra de acuerdo sobre esta
circunstancia: “Jesús tuvo colocada la corona sobre la cabeza casi todo el tiempo que duró su
Pasión. La llevó desde la flagelación hasta la muerte, hiriéndole más y más. Cada movimiento que
Jesús hacía en el trayecto hasta el Gólgota perjudicaba todavía más las estructuras vasculares y
nerviosas cercanas a la punta de cada espina. Sobre la frente se pueden observar al menos 13
perforaciones; y en región occipital, al menos 20. Teniendo en cuenta que ciertas regiones de la

20
P. BAIMA BOLLONE. El Misterio de la Sábana Santa, Algaida Editores, Sevilla, 2009, pp. 61-62.
21
S. RODANTE. La coronazione di spine alla luce Della Sindone, in Sindon, Número 24, pp. 16-30.
22
R.W. HINEK. Lo que revela el Santo Sudario a un convertido. Cuestiones médicas y reflexiones piadosas, Biblioteca
Sindoniana n. 10, Barcelona, 1951, p. 32.
23
G.J. CORDIGLIA. L´Uomo Della Sindone è Gesu dei Vangeli? Ediz. Fond. Pellizza, Chiari (Brescia), 1974, p. 54.

15
cabeza no dejaron huella en la Síndone (por la propia mecánica de superposición de la mortaja y
por la densa cabellera) el doctor Sebastiano Rodante, patólogo anatómico en la Universidad de
Siracusa, deduce que hay al menos 50 espinas torturando la cabeza del crucificado, y que éstas
incidieron en vasos sanguíneos importantes.”24

En el caso de que los autores mencionados estuviesen en lo cierto, se nos presentan dos
posibilidades, la primera de ellas nos describe un escenario en el que las tropas de la guarnición
romana, movidas por su intención de divertirse escarneciendo al condenado, le colocan la corona de
espinas para no volver quitársela hasta su muerte en la cruz, o por el contrario, cuando terminaron
su parodia de la coronación regia, y una vez vestido, viéndose en la necesidad de quitársela para
poder colocarle su túnica, volvieron a ponérsela de nuevo, para quitársela nuevamente al llegar al
lugar de la ejecución, desnudarlo, crucificarlo, y colocársela por enésima vez para que la llevase
mientras durase el suplicio de la cruz. Bien es cierto que cabe aún una última posibilidad, que una
vez retirada la corona para vestirlo, ya no se le volviese a poner de nuevo en ningún momento.

Junto con otros autores, Mns. Giulio Ricci, considera que vestir y desvestir al condenado, resulta
engorroso a causa de la propia corona de espinas, pues la túnica poseía un cuello estrecho, y no
estaba dotada de ningún dispositivo que permitiese ampliar su apertura, por lo que parece juicioso
considerar que una vez finalizada la escenificación burlesca de la coronación regia por parte de la
tropa, se le quitó definitivamente la corona de espinas antes de vestirlo y emprender el camino hacia
el suplicio.25 26

Por el contrario, el Dr. Sebastiano Rodante opina que el condenado llevó necesariamente la corona
de espinas durante el suplicio de la cruz, y que le fue retirada en dos ocasiones de forma
momentánea para vestirlo antes de conducirlo por la vía dolorosa, y desnudarlo a continuación en el
calvario, para volvérsela a poner inmediatamente. Con la intención de comprobar la veracidad de
esta hipótesis, “el Dr. Sebastiano Rodante realizó el siguiente experimento: cogió una calavera
humana y la revistió de unas especie de plastilina de unos cinco milímetros de espesor para
simular las partes blandas de la cabeza; y acto seguido, tomó espinos mediterráneos, de los áridos
campos de Siracusa y, entrelazando sus ramas, confeccionó una burda corona que encasquetó
sobre la calavera. Siguiendo el relato evangélico, asestó varios golpes a la corona, y comprobó que
su experiencia concordaba estadísticamente con las huellas aparecidas en la Síndone. Las espinas
desgarraron el revestimiento de plastilina en trece puntos en la región frontal y en una veintena en
la parte occipital, o sea, el mismo número que se puede contar en la Síndone. Puesto que no se ha
grabado en ella la parte lateral del cuerpo, si contáramos las perforaciones que no aparecen en el
lienzo su número ascendería a cincuenta.”27

24
J. DE PALACIOS CARBAJAL. La Sábana Santa. Estudio de un cirujano, Ediciones Espejo de Tinta, Madrid, 2007,
p. 114.
25
MNS. G. RICCI. La Sindone Santa, Editorial Centro Romano di Sindonologia, Roma, 1976, p. 89.
26
MNS. G. RICCI. In Sindon, Número 19, p. 31.
27
J. DE PALACIOS CARBAJAL. La Sábana Santa. Estudio de un cirujano. Ediciones Espejo de Tinta. Madrid. 2007.
Página 114.

16
Sobre este punto en particular, como ya ha podido comprobarse, no todos los autores se muestran de
acuerdo, especialmente aquellos que han tenido la curiosidad de hacer pruebas con réplicas de la
corona de espinas. Lo cierto y verdad es que no podemos estar seguros de si el condenado llevó la
corona de espinas durante el trayecto por la vía dolorosa, ni durante todo el tiempo que duró la
crucifixión. Nuestra experiencia demuestra que si se retira la corona, y se vuelve a colocar, aun
procurando que el mayor número de espinas asiente sobre las mismas lesiones que ocasionaron con
anterioridad, (circunstancia bastante compleja de realizar, pero además, es muy improbable que los
verdugos se preocupasen por esta circunstancia), vuelven a provocarse nuevas lesiones que se
suman a las ya presentes.

En cualquier caso, conviene recordar que los regueros de sangre presentes en Sudario de Oviedo y
Síndone de Turín, son sólo el reflejo de la sangre que aún estaba fresca en el cuerpo del condenado
cuando se aplicaron sobre él los lienzos, por el contrario, la sangre seca, si no se rehidrató por algún
procedimiento, no dejó ningún tipo de impronta, y desde luego, sobre el cuerpo había mucha más
sangre de la que hoy en día es visible en los lienzos, solo que no le fue posible trasferirse a ellos en
su totalidad, pues ya estaba seca. Es posible pues que el condenado no llevase la corona de espinas
durante el camino al patíbulo, ni durante el tiempo que estuvo crucificado.

Lo cierto y verdad es que en la Síndone de Turín se aprecia claramente que tanto los cabellos, como
el bigote y la barba aparecen completamente cubiertos de sangre, y aunque a simple vista no parece

17
tan evidente, con el rostro ocurre lo mismo, tal y como rebelaron las experiencias de fotografía
tridimensional de la imagen sindónica. Otro tanto ocurre con el Sudario de Oviedo, donde se
descubre sangre en la práctica totalidad de su superficie, y no sólo en lo que de forma evidente son
manchas de sangre.

En concreto, el Profesor Tamburelli, a la sazón Catedrático de Comunicaciones Electrónicas de la


Facultad de Ciencias de la Universidad de Turín, y Director del CSELT (Centro Studi e Laboratori
Telecomunicazioni del grupo IRI-STET), describe multitud de pequeños reguerillos de sangre que
cubren todo el rostro, formando grumos sobre los párpados, la mejilla izquierda, el bigote y los
labios, entre otras estructuras faciales, para perderse finalmente en la barba. Este autor considera
que el hecho de que haya podido servirse de una sola transformación matemática para calcular el
relieve, tanto de las regiones cubiertas por reguerillos y coágulos como de aquellas que carecen de
ellos, le induce a creer que la sangre que impresionó la tela debía estar presente en todo el rostro,
como si le hubieran embadurnado de sangre toda la cara antes de formársele sobre ellas los regueros
y grumos descritos. El posible origen de esta sangre, lo atribuye a la hematidrosis que sufrió antes
de ser detenido en el huerto de los olivos, lo que sería poco menos que un certificado de
autenticidad sobre la identidad del condenado, al fin y al cabo, la hematidrosis no es un fenómeno
que se dé frecuentemente en seres humanos, tal y como menciona en la página 183 de Actas II: “El
hecho de que algunas de estas particularidades hayan salido a flote sólo después de la elaboración
tridimensional excluye definitivamente la posibilidad de cualquier intervención manual en la
formación de la imagen de la Síndone”

El propio carácter de la tridimensionalidad de la imagen sindónica también hizo pensar a los


miembros del STURP que investigaron la Síndone, ponía de manifiesto la imposibilidad de que se
tratase de una falsificación.

Por otra parte, cuando se comparan entre sí la Síndone y el Sudario, llaman poderosamente la
atención las diferencias existentes entre ellos, para empezar, en el Sudario de Oviedo sólo
apreciamos sangre y otros fluidos corporales, no aparece ningún tipo de imagen, similar o no a la
que encontramos en la Síndone. Sin embargo, estas diferencias no deben desviar nuestra atención de
sus también llamativas semejanzas, como ya descubrió en su momento Mons. Giulio Ricci, y sobre
las que ha investigado en profundidad el EDICES: “Al presentar ahora nuestro trabajo conviene,
como hemos hecho en nuestras exposiciones, dejar claras una serie de cuestiones para evitar
interpretaciones equivocadas o simplemente confusas. Hemos visto que Ricci comparó la
morfología y accidentes de ambos rostros superponiéndolos sobre un plano. Nosotros también
hemos comenzado así nuestros análisis y es lo que se mostró en la ponencia que presentamos al
Congreso de Cagliari en 1990.” –El Sudario de Oviedo y la Síndone de Turín, ¿dos reliquias
complementarias?, <<Datazione Della Síndone>>. Cagliari. 1990-
“Pero ahora es el momento de dar un nuevo paso en este estudio. Para hacerse una primera idea, y
efectivamente llamar la atención sobre su similitud, puede darse por válida esta comparación. Pero
no puede pasar de ser una primerísima aproximación porque las manchas de ambos rostros no
tienen por qué coincidir en un plano. Manchas producidas por un mismo rostro en dos lienzos y
momentos distintos pueden mostrar, al desarrollar y extender sobre un plano dichos lienzos,
posiciones diferentes no superponibles. Eso suponiendo que ambos lienzos se colocan con todo
cuidado, permanecen inmóviles mientras se forman las manchas y el modo de transferirse del
rostro a los lienzos es perfectamente conocido. Nada de eso ocurre en este caso. En el lienzo de

18
Oviedo se aprecian movimientos en sentido transversal a la frente del cadáver, que muestran las
mismas manchas desplazadas, trasladadas. Por otro lado, en el lienzo de Turín ya hemos indicado
anteriormente las dificultades que existen a la hora de comparar las manchas de sangre e imagen.
Sin querer extendernos en consideraciones de este tipo, baste decir que el mismo rostro puede dar
manchas diferentes (y más en diferentes lienzos) y rostros distintos pueden dar manchas muy
parecidas en diferentes lienzos. Por tanto, los análisis comparativos sobre un plano sólo sirven
como primera aproximación al estudio de ambos rostros y sus accidentes.”28

El maridaje entre analogías y diferencias entre ambos lienzos puede llegar al grado de lo sublime,
como ocurre en el caso de la mancha de sangre en forma de épsilon que tanto llamó la atención en
su momento a autores como Sebastiano Rodante, Judica Cordiglia, Pierre Barbet y otros, tal y como
se describe en la página 154 de la referencia bibliográfica reseñada anteriormente: “Si observamos
el área frontal derecha, podemos comprobar que la gota de sangre que se halla sobre la ceja
izquierda, es compatible desde el punto de vista geométrico con la manchas que se observa en
idéntica zona en el Sudario de Oviedo. Ambas áreas son de 80 mm2 y su posición relativa es
prácticamente la misma en ambos lienzos. Interesa destacar que en el Sudario de Oviedo esta
mancha se ve en dos posiciones, indicio claro de que el lienzo se movió trasladándose en sentido
transversal sobre el rostro.” Para continuar poco más allá en la página 155: “Aquí se da un notable
correspondencia entre ambos lienzos, porque las manchas de la zona occipital del lienzo de Turín
se corresponden con las del lienzo de Oviedo, en tamaño, posición relativa y génesis (ambas sangre
vital) y ambos lienzos se mantienen ensangrentados en toda el área correspondiente a la mejilla
izquierda. Los valores obtenidos para ambas manchas en ambos lienzos son 245,5 mm2 en la
Síndone y 267 mm2 en el Sudario de Oviedo, siendo el área que se halla en el Sudario de Oviedo
prácticamente superponible, con sus correspondientes manchas de la Síndone encajando así la
parábola craneal descrita en el capítulo anterior en el Sudario de Oviedo con la que se observa en
la zona dorsal de la Síndone siguiendo las manchas de sangre, de forma que ambas son casi
superponibles.”

El estudio Médico Forense de las manchas de sangre, puede rebelar datos insospechados como
puede comprobarse en las investigaciones realizadas por el Dr. José Delfín Villalaín Blanco y D.
Guillermo Heras Moreno, quienes, con respecto al mecanismo de producción de lo que
denominaron “manchas puntiformes” presentes en la zona del Sudario de Oviedo que estuvo en
contacto con la región occipital del condenado, opinan lo siguiente: “La investigación de las
manchas puntiformes y redondeadas ofreció grandes dificultades, dada su aparente extraña
morfología. Se trata de pequeñas manchas originadas por hemorragias puntiformes o depósitos
goticulares en torno a un núcleo central, y rodeadas de un halo más claro.”
“Para determinar el mecanismo de formación, procedimos a realizar, sobre un soporte vitrificado,
pequeñas manchas de sangre en forma goticular, sobre las que se ponían tiras de tela de lino en
series sucesivas.”
“Independientemente de la cantidad, soporte y tiempo de aplicación, las manchas formaban sobre
la tela manchas redondeadas y homogéneas, netamente diferentes a las estudiadas.”

28
J.M. RODRÍGUEZ ALMENAR, G. HERAS MORENO, J.D. VILLALAÍN BLANCO, F. MONTERO ORTEGO, J.
IZQUIERDO GÓMEZ, M.S. MANTILLA DE LOS RÍOS ROJAS. El Sudario de Oviedo. Hallazgos recientes, Centro
Español de Sindonología, Valencia, 1998, pp. 151-152.

19
“Comprendimos que este hecho podía deberse a la misma naturaleza de la sangre utilizada,
procedente de cadáver o del banco de sangre del Hospital Clínico de Valencia, por lo tanto sangre
incoagulable.”
“Procedimos entonces a experimentar con sangre procedente, directamente del propio
experimentador, sin aditivo alguno. Pudimos comprobar así cómo el proceso de coagulación era el
responsable de que la mancha aparezca estructurada formando halos concéntricos de distinta
densidad, y pudimos ver que esta morfología variaba también con el tiempo que transcurría desde
el momento de la hemorragia hasta que se colocaba el lienzo sobre las manchas.”
“De tal modo resultó exacto el proceso en las series que se realizaron que puede afirmarse que
estas manchas están originadas por sangre vital, esto es, derramada en vida, a partir de numerosos
focos sangrantes puntiformes y que la tela se aplicó sobre ellos, a los sesenta minutos,
aproximadamente, de haber sido derramada.”
“Pues bien, si consideramos una cabeza humana de dimensiones medias, esto es, 26 cm.,
observamos que ese grupo de manchas se sitúa sensiblemente sobre la zona suboccipital izquierda
de la misma, apareciendo las manchas puntiformes en el arranque del cuello.”
“La naturaleza del instrumento que las originó, dada su morfología punticéntrica, parece
corresponder a una serie de objetos punzantes que se aplicaron siguiendo la línea parabólica de
las lesiones.”
“La posición de estas manchas no es compatible con el hecho de que el lienzo rodeara la cabeza
del cadáver y se sujetase al pelo, mediante una serie de objetos punzantes de pequeño calibre que
originaron las filas de orificios que se han encontrado en esa zona, ya que estos orificios
puncionan la tela pero no la manchan de sangre. Es más, una de de las manchas, necesariamente,
tiene que ser anterior a la sujeción de la tela, ya que la puntura perfora la costra que forma el
coágulo sobre la tela.”
“Por último, la línea parabólica que aparece impresa en el lienzo nos proporciona otro dato
antropométrico como es la curvatura de la cabeza a la que estuvo ceñido.”29

Para algunos autores, la propia presencia de estas lesiones compatibles con la coronación de
espinas, ya constituyen poco menos que un certificado de autenticidad: “Es curioso que le
colocaran una corona de espinas a Jesús, y solamente a Jesús, cuando jamás se ha visto ni se vio
después en ningún crucificado. Hay documentadas miles de crucifixiones, con o sin flagelación
previa, pero no se sabe de ninguna otra en la que además se colocara al reo una corona de
espinas. Este caso único es, por tanto, otro detalle para valorar el reconocimiento del Hombre de
la Síndone como Jesucristo. Jamás en la historia se había dicho, sabido o escrito que a alguien se
le hubiera puesto en la cabeza una corona de espinas. <<No hay ningún documento donde conste
la coronación de espinas, -dice en su libro La Sábana Santa: el misterio de una impronta de hace
2000 años la historiadora María Grazia Siliato-, ni entre los romanos, ni en ningún otro
pueblo>>. La corona no tenía forma de tal sino que tenía la morfología de un bonete o de un
casco, ya que las heridas punzantes están repartidas por todo el cráneo, tanto en sus caras
periféricas como en el centro.”30

29
J.M. RODRÍGUEZ ALMENAR, G. HERAS MORENO, J.D. VILLALAÍN BLANCO, F. MONTERO ORTEGO, J.
IZQUIERDO GÓMEZ, M.S. MANTILLA DE LOS RÍOS ROJAS. El Sudario de Oviedo. Hallazgos recientes, Centro
Español de Sindonología, Valencia, 1998, pp. 83-86.
30
J. DE PALACIOS CARBAJAL. La Sábana Santa. Estudio de un cirujano, Ediciones Espejo de Tinta, Madrid, 2007,
pp. 111-112.

20
Es cierto que entre las posibles condenas aplicables a un reo según el código de derecho romano, no
aparece este castigo, tampoco era costumbre entre los israelitas, siempre reacios a verter sangre
humana, ni queda constancia documental de que ninguna otra cultura, en aquella época usase este
método de castigo, ni siquiera de forma incidental y anecdótica. Pero posiblemente, pretender que
esta circunstancia, por sí sola sea una prueba irrefutable de autenticidad, sea tal vez pedirle
demasiado. Evidentemente es un dato añadido de primer orden, con un gran peso específico, sobre
todo, porque no existe discordancia entre lo que cabría esperar desde el punto de vista Médico-
Forense, antropológico y cultural, y lo que nos encontramos en el Sudario de Oviedo y en la
Síndone de Turín. La realidad es que este dato, junto con el resto de hallazgos y concordancias, nos
aporta una elevadísima posibilidad de que así sea.

Uno de estos datos, a pesar de su relevancia, pasa con frecuencia desapercibido, se trata de la
cabellera del condenado: “Es sorprendente observar que las manchas de sangre, que tan
abundantes son en el rostro y en la cabeza del Nazareno, no se observan en la nuca ni en el centro
de la región de las escápulas. Y sin embargo donde nace la nuca la sangre es abundantísima.
Según el sindonólogo Julio Marvizón, el hombre de la Sábana Santa lucía una hermosa coleta de
pelo que llevaba recogida la cabellera y colgaba hasta el centro de la espalda, entre los omóplatos.
El historiador británico Ian Wilson llamó la atención sobre este detalle: <<Es la característica
más sorprendentemente judía en la Sábana Santa>>. En los tiempos de Jesús era usual entre los
judíos llevar el pelo sujeto a la altura del cuello en forma de coleta, que es costumbre que los
rabinos confirman. En el siglo XIV la imagen aceptada de Jesús, como lo demuestra la pintura
antigua, no podía estar más alejada de la de pintarlo portando una larga coleta.”31

HIPÓTESIS SOBRE LA CORONA DE ESPINAS

Tras la consulta de la bibliografía especializada sobre las lesiones que podemos encontrar en la
cabeza y región facial de la Imagen Sindónica, así como en el Sudario de Oviedo, podemos destacar
las siguientes hipótesis:
• La corona de espinas tenía forma de casquete o capacete, no de aro.
• El material con que estaba confeccionada eran ramas vegetales de una planta de las
Ramnáceas, probablemente alguna variedad de Ziziphus.
• La corona se colocó sobre Jesús de Nazaret cuando aún estaba vivo.
• La posición de la corona pudo haber sido asegurada sobre la cabeza una vez colocada con
algún tipo de dispositivo, presumiblemente textil.
• Jesús de Nazaret pudo llevar la corona puesta durante toda la pasión hasta su muerte en la
cruz, no siéndole retirada hasta su descendimiento, inmediatamente antes de ser enterrado en
el sepulcro.

¿QUÉ TIPO DE LESIONES PUDO PROVOCAR LA CORONA DE ESPINAS?


31
J. DE PALACIOS CARBAJAL. La Sábana Santa. Estudio de un cirujano, Ediciones Espejo de Tinta, Madrid, 2007,
p. 116.

21
Desde el punto de vista de la Medicina Forense, las espinas de las especies vegetales invocadas,
trenzadas entre sí en forma de capacete o casquete, es de prever que habrían ocasionado lesiones
punzantes en el cuero cabelludo y cara, pero también es probable que hayan ocasionado
laceraciones más o menos extensas y profundas, desgarrando la piel en todo su espesor, y llegando
incluso a ocasionar marcas identificables macroscópicamente en la tabla externa de los huesos de la
bóveda craneal, aunque sin llegar a atravesarlos.

La posibilidad de que las espinas llegasen a penetrar dentro de la cavidad craneal es bastante
remota.

Lo que sí podría haber ocurrido es que lesionase uno o ambos globos oculares, algo de lo que no se
encuentran evidencias en el Sudario de Oviedo, ni en la Síndone de Turín, ni tampoco encontramos
referencias en los Evangelios, ni en la Tradición. En cualquier caso, convendría buscar activamente
en estos lienzos la presencia de humor vítreo y humor acuoso, ambos fluidos presentes en el interior
de los globos oculares, de confirmarse su presencia, se concluiría que el efecto lesivo de la corona
de espinas fue considerablemente mayor de lo que se suponía hasta la fecha, llegando a extremos
insospechados.

En resumen, no se trataría de pequeñas aunque numerosas lesiones punzantes más o menos


sangrantes, sino de graves lesiones con anfractuosos y extensos desgarros cutáneos, así como
grandes extravasaciones de sangre coleccionados entre la piel y los huesos del cráneo, dispuestas a
sangrar profusamente por cualquier lesión penetrante que alcanzase estas colecciones hemáticas en
cuanto se le permitiese. Muy probablemente, al retirar la corona de espinas de la cabeza del
condenado, estas heridas volvieron a sangrar de nuevo, y en abundancia, independientemente de si
estaba aún con vida, o ya había fallecido, pues la sangre emitida no procedía ya de los vasos
sanguíneos, sino de estas colecciones hemáticas localizadas entre el cuero cabelludo y los huesos de
la bóveda craneal.

Es juicioso suponer que estas lesiones ocasionaron una aparatosa pérdida de sangre que debía cubrir
la práctica totalidad del cabello, cara, cuello, hombros, y parte superior del tórax.

¿CONCUERDAN LOS HALLAZGOS ENCONTRADOS EN EL SUDARIO DE OVIEDO Y


LA SÍNDONE DE TÚRÍN CON EL TIPO DE LESIONES QUE CABRÍA ESPERAR SI SE
HUBIESE UTILIZADO UNA CORONA DE ESPINAS?

La observación del rostro sindónico muestra una conspicua mancha de sangre en forma de épsilon
que llama inmediatamente la atención de quien la observa, y como no podía ser de otra manera,
dicha mancha muestra su equivalencia en el Sudario de Oviedo, como podemos comprobar en la
siguiente cita: “Si observamos el área frontal derecha, podemos comprobar que la gota de sangre
que se halla sobre la ceja izquierda, es compatible desde el punto de vista geométrico con la
mancha que se observa en idéntica zona en el Sudario de Oviedo. Ambas áreas son de 80 mm y su 2

posición relativa es prácticamente la misma en ambos lienzos. Interesa destacar que en el Sudario

22
de Oviedo esta mancha se ve en dos posiciones, indicio claro de que el lienzo se movió
trasladándose en sentido transversal sobre el rostro.”32

En definitiva, los hallazgos encontrados en el Sudario de Oviedo, y en la Síndone de Turín, son


absolutamente concordantes con lo que cabría esperar encontrar como consecuencia de las lesiones
ocasionadas por una corona de espinas usada tal y como se describe en los Evangelios. Pero
además, dichos hallazgos, son asimismo concordantes en ambos lienzos, lo que supone una prueba
más de que cubrieron el mismo rostro.

Desde el punto de vista Médico Forense, las improntas de las lesiones atribuidas a la coronación de
espinas son tal y como cabría esperar que fuesen, sobre este tema en particular, no se han producido
hallazgos inesperados que precisen de elaboradas hipótesis explicativas.

EXPERIENCIAS CON LA CORONA DE ESPINAS

Tras conocer el estado actual de los conocimientos científicos relacionados con las lesiones
punzantes presentes en el cuero cabelludo, se desprende la opinión de que, a fecha de hoy, es mayor
el número de preguntas sin resolver que el de respuestas. Por tal motivo, convenía continuar las
experiencias que en su día iniciara el Dr. Sebastiano Rodante, y que en opinión de los autores de
estas líneas resultaban inconclusas.

A tales efectos, se confeccionó una primera corona de espinas con ramas de limonero, dada la
similitud morfológica de sus ramas y espinas con las de la Acacia Nilotica, lo que resultó
extremadamente dificultoso, pues a pesar de usar ramas verdes recién cortadas y relativamente
elásticas y moldeables, no era posible conseguir que las ramas permaneciesen por sí mismas en la
posición en la que eran trenzadas, por el contrario, era necesario mantener la posición que se les
asignaba usando alambre de jardinería, que una vez colocado, no era posible retirar sin que se
deformase la corona a pesar de esperar todo un año para que se secase completamente.

Por otra parte, y a pesar de usar gruesos guantes de cuero, las agudas espinas, incluso extremando la
atención, ocasionaban frecuentes y dolorosas heridas en las manos de quienes manipulaban las
ramas de limonero.

Corona de espinas confeccionada con ramas de limonero

32
G. HERAS MORENO, J.D. VILLALAÍN BLANCO. El Sudario de Oviedo ¿Envolvió la cara de Jesús?, El Sudario
de Oviedo, Hallazgos Recientes, Centro Español de Sindonología, Valencia, 1998, pp. 154/370.

23
Con el fin de obtener una corona aceptable en cuanto a sus dimensiones y forma, en todo momento,
se usó un modelo de cráneo humano que hizo las veces de horma, con la pretensión de dar la
disposición más adecuada a las espinosas ramas.

El resultado final era estéticamente aceptable, pero no superaba una inspección visual cuidadosa, al
descubrirse con facilidad los segmentos de alambre de jardinería que había sido necesario utilizar.

Por tal motivo, se confeccionó una segunda corona de espinas, en esta ocasión, utilizando ramas de
ziziphus sp. Sus espinas eran menos largas que las de limonero, pero su forma ligeramente
arqueada, permitía trenzarlas sin ningún problema, y además, las propias espinas, enganchadas unas
con otras, facilitaban que cada rama mantuviese la posición que se les asignaba sin desplazarse en
lo más mínimo, de forma que en pocos minutos, una sola persona, sin usar guantes protectores, sin
experiencia previa en artes como la cestería y la cordelería, y sin sufrir demasiadas lesiones, ni
demasiado graves en la piel de sus manos, pudo confeccionar una corona de espinas muy similar a
la que se cree pudo ser usada en el caso del Hombre de la Síndone, según los conocimientos
científicos actuales. El sistema de espinas de Ziziphus facilita esta maniobra pues no crecen de
forma aislada, sino pareadas, es decir, de dos en dos, junto a una larga y aguzada espina de
alrededor de tres centímetros de longitud, y cuya trayectoria es perpendicular al eje de la rama,
crece otra de dimensiones más modestas, y en forma de garfio, cuya punta suele disponerse, una vez
finalizado su crecimiento en longitud, en posición prácticamente paralela al tallo, pero en sentido
opuesto al del sentido de crecimiento vegetativo del mismo, por tal motivo, estas espinas resultaron
ser extremadamente útiles para mantener las ramas en la posición en la que eran colocadas.

En esta segunda ocasión, también se usó el mismo modelo de cráneo humano para ahormar las
espinosas ramas durante la confección de la nueva corona. Se comprobó que no era necesario
colocar una especie de cincha en forma de diadema en material textil, ni de cordura, para mantener
la posición de las ramas espinosas, tal y como defienden algunos autores.

Una vez obtenida una corona de espinas aceptable, se procedió a hacer pruebas con un maniquí
confeccionado en Porexpan y pintado en color negro con la intención de poder identificar
fácilmente los daños que pudiesen ocasionar las espinas en dicho maniquí, al contrastar el color
negro de la superficie, con el color blanco del interior del maniquí en el caso de ser dañado.

Corona de espinas confeccionada con ramas de Ziziphus y detalle de las mismas

Previamente, se dispuso alrededor del cuello del propio maniquí una larga estola de lino que
remedaba una túnica, con la intención de comprobar si era factible vestir y desvestir el maniquí con
la corona de espinas puesta.

24
A continuación, se dispuso la corona de espinas sobre el maniquí, y se asentó con varios golpes
contundentes practicados con una vara de madera no especialmente grande, ni pesada, compatible
con una rama de árbol cogida de forma circunstancial con esta pretensión, aunque también
compatible con las dimensiones y peso de una vara de mando usada por cualquier militar con cierto
rango.

En todo caso, era necesario asentar la corona, pues su sola disposición sobre el maniquí, no permitía
que se encajase de forma satisfactoria, y el menor movimiento, hacía que cayese de su posición sin
ocasionar daños macroscópicos apreciables en el propio maniquí.

Por el contrario, una vez asentada con los golpes, la corona soportaba fuertes sacudidas sin que se
modificase su posición.

Sin embargo, cuando se procedió a retirar la estola de lino, a pesar la atención con la que se realizó
esta maniobra, la corona se desprendió sin demasiado esfuerzo del maniquí, resultando de todo
punto imposible retirarla sin desplazar completamente la corona de su ubicación. Una vez finalizada
la maniobra, en la estola de lino no se apreciaron macroscópicamente grandes daños en el tejido.

Como resultado de todas estas manipulaciones, una espina de gran tamaño se desprendió de la
corona y permaneció profundamente clavada en el maniquí.

Todas estas maniobras se repitieron en un segundo maniquí con la corona de espinas confeccionada
con ramas de limonero, a pesar de que no parecía ser el material más adecuado por los motivos
reseñados.

Por todo lo demás, las observaciones realizadas fueron idénticas a las obtenidas con la corona
confeccionada con ramas de ziziphus. Incluida la circunstancia de que se desprendió una espina que
permaneció profundamente clavada en el maniquí tras retirar la estola del conjunto corona-maniquí.

En cualquier caso, no conformes con los resultados, se decidió repetir las mismas pruebas sobre
otro modelo que resultase más parecido a las estructuras corporales de una víctima humana, así que,
usando de nuevo nuestro sufrido modelo de cráneo humano, se cubrió de una capa de masa para
modelar (plastilina) en color blanco, y con un grosor homogéneo de ocho (8) milímetros. Dicha
capa es algo más gruesa que la piel y tejido celular subcutáneo que cubre un cráneo humano, pues
dicho grosor, en condiciones normales, se estima en unos cinco (5) milímetros, pero en este caso, se
aumento dicho grosor para compensar el espacio añadido por la capa de cabello embadurnado con
sangre y que, según todas las observaciones realizadas, pudo estar presente en el caso del hombre de
la Síndone.

Una vez finalizado este segundo maniquí, se repitieron las mismas pruebas realizadas anteriormente
con los maniquíes de Porexpan.

En general, los resultados obtenidos eran los mismos, las espinas no penetraban significativamente
en el maniquí si no se asentaba la corona con algunos golpes dados con nuestra ya habitual vara de
madera. Una vez colocada y asentada la corona, era de todo punto imposible retirar la estola de lino,
colocada a modo de túnica, sin desprender la corona de su emplazamiento en el cráneo, por lo que
25
para volver a colocarla, era necesario asentarla con nuevos golpes, y a pesar de que se intentó
colocarla en la misma posición, volvieron a producirse nuevas lesiones punzantes añadidas a las ya
existentes.

Cada vez que se desvestía el maniquí, se repetía el mismo resultado, con la consecuencia de que
cada vez aumentaba el número de lesiones.

En general, la corona de ziziphus dio muestras de ser muy resistente, a pesar de estar confeccionada
más de doce meses antes de estas pruebas, y no sufrió daños importantes, tan sólo se fragmentaron
algunas de las espinas más pequeñas de la convexidad de la corona.

Nuevamente, una de las espinas se desprendió y quedó incrustada en la convexidad del cráneo, lo
que parecía ser una tónica habitual. Estas espinas desprendidas resultaban fáciles de recoger por
parte de terceras personas y eran susceptibles de ser guardadas y usadas como reliquias.

Es de reseñar que al retirar la corona, algunas espinas desgarraban de forma significativa la pasta de
modelar, que en parte permanecía adherida a las espinas, pero también en parte, caía del cráneo y se
depositaba en la superficie sobre la que estaba colocado, en forma de jirones de pasta de tamaño
variable.

Otro hallazgo importante es la forma de penetrar las espinas en la pasta para modelar. De forma
genérica, se observó que cuanto más cerca del eje de simetría del cráneo penetraba una espina, más
perpendicular era su trayectoria, remedando una herida punzante más o menos profunda, pero no
demasiado extensa, ni grave. Por el contrario, cuanto mayor era la distancia que separaba a una
espina de dicho eje corporal, mayores eran los daños que ocasionaba en la pasta de modelar,
ocasionando extensos desgarros aun tratándose de una sola espina, y no necesariamente de la acción
combinada de varias espinas muy próximas. Asimismo, en la convexidad se encontraban
proporcionalmente pocas lesiones, que aumentaban en número y gravedad paulatinamente
conforme nos alejábamos del eje corporal central, siendo su número máximo allí donde terminaba
la corona, especialmente en la región frontal, región occipital, y en menor medida, en las regiones
parieto-temporales.

Colocación y “asiento” de la corona de espinas

Las causas de este comportamiento no homogéneo de las espinas, a pesar de que su distribución sí
lo era sobre el cuero cabelludo, se debe a dos motivos:
• El primero de ellos es de tipo geométrico, pues la forma del cráneo, y por tanto de la cabeza,
no puede considerarse esférica, sino más bien ovoide, con un diámetro antero-posterior (o

26
fronto-parietal) mayor que el diámetro izquierda-derecha (o bitemporal), por el contrario, las
ramas de la corona de espinas tienden a mantener una posición curva que si se aproxima a
segmentos de circunferencia, por lo que las espinas situadas en la proximidad de los
diámetros menores del cráneo, quedaban más alejadas de la pasta de modelar, lo que hacía
que disminuyese su lesividad, mientras que las que se encontraban en la proximidad de los
diámetros mayores, estaban a tensión, y por tanto en contacto directo con el cuero cabelludo,
con lo que penetraban en su práctica totalidad en la pasta de modelar, ocasionando mayores
daños que en el caso anterior.
• En la convexidad del cráneo la situación es algo más compleja, pues al mecanismo antes
descrito, se añade un segundo mecanismo. Las espinas situadas cerca del eje del cráneo, en
la convexidad de la bóveda craneal, penetran en la pasta de modelar siguiendo trayectorias
más o menos rectilíneas, sin experimentar grandes tensiones, ni modificaciones, por lo que
remedan lesiones punzantes simples, por el contrario, cuanto más nos alejamos del eje y de
la convexidad, a estas lesiones simples, se suman las ocasionadas por las espinas localizadas
en posición más caudal, y que comenzaron a ocasionar daños antes de terminar de asentarse,
produciendo en esta ocasión, no ya lesiones punzantes simples, sino profundos y extensos
desgarros, en ocasiones de trayectoria anfractuosa, pues una vez atravesada la pasta de
modelar, y conservando aún suficiente energía para continuar penetrando, la punta de las
espinas resbalaba sobre la superficie externa de los huesos del cráneo, que resistían el
empuje sin ser penetrados, pero esa energía cinética continuaba actuando y desgarraba
aquellos materiales de menor resistencia, como es el caso de la plastilina.
• Las espinas que penetraban en direcciones paralelas al eje mayor del cuerpo ocasionaban
lesiones penetrantes punzantes, pero cuanto más se alejaba esta dirección de dicho eje,
cuanto más perpendicular al mismo, mayores, más extensas, profundas y graves eran las
lesiones.

Al utilizar espinas de dos especies vegetales diferentes, se ha podido constatar que a pesar de que la
morfología de las espinas es muy distinta, el aspecto de las lesiones que ocasionan, por el contrario,
eran tan similares, que no resulta posible diferenciar cuales habían sido producidas por espinas de
limonero, y cuales por espinas de Ziziphus.

No del todo satisfechos con los resultados obtenidos, se confeccionó una nueva corona de espinas,
usando ramas de Ziziphus, se trenzaron sobre una especie de diadema confeccionada con cuerda de
cáñamo de ocho (8) milímetros de grosor. Dada la nula experiencia de los investigadores en el
noble arte de la cestería, para facilitar la confección, volvió a utilizarse un nuevo maniquí de
Porexpan. Una vez finalizada la corona, se trasladó a nuestro sufrido modelo de cráneo humano
revestido de plastilina, como es lógico suponer, de forma previa, se habían hecho desaparecer los
daños ocasionados con los experimentos anteriores.

27
Detalle de los daños ocasionados en la pasta de modelar por las espinas

Detalle de los daños ocasionados en la pasta de modelar por las espinas

Esta maniobra no era posible realizarla por una sola persona, pues las ramas de Ziziphus tendían a
descolocarse. Era imprescindible que un investigador mantuviese la posición de la diadema de
cordura de cáñamo, y simultáneamente, otro hiciese lo mismo con las ramas espinosas, de forma
coordinada con el primero. De no hacerse de esta manera, la corona de espinas se deshacía de forma
inevitable.

Una vez colocada en el modelo de cráneo recubierto de plastilina, se apretó fuertemente la cuerda
de cáñamo, y se aseguró en su posición con algunos nudos, seguidamente, se asentó la corona al
cráneo con algunos golpes administrados con nuestra ya conocida vara de madera.

Seguidamente, se intentó retirar la corona de espinas sin aflojar los nudos de la cuerda, con el
sorprendente resultado de que se desprendía sin demasiado esfuerzo, es decir, que a pesar de atar
fuertemente la cuerda, y de que las espinas habían penetrado profundamente en la plastilina, al
intentar retirar la corona, ésta se desprendía fácilmente del cráneo, y era posible retirarla sin hacer
ningún esfuerzo.

Estudiando las lesiones ocasionadas en la plastilina, tras retirar la corona, fue fácil descubrir el
motivo. En esta ocasión, se habían producido menos lesiones, y menos llamativas que con el
anterior modelo de corona, pero además, se habían producido de forma exclusiva en la región
perimetral de la corona, en las áreas frontal y occipital, con ausencia de lesiones en las áreas
temporo-parietales, donde tan sólo había dejado su impronta la cuerda, pero con ausencia total de
lesiones punzantes. En la convexidad del cráneo, si existían lesiones punzantes, e incluso
laceraciones, pero en todo similares al modelo anterior de corona, desprovisto de cuerda de cáñamo.

28
Una vez retirada la corona, ésta perdió su forma, y sin llegar a disgregarse cada rama por su parte, si
que dejaba de ser una corona de espinas reconocible como tal.

Corona de espinas simple asegurada con cordura

Con los mismos materiales, se confeccionó una nueva corona de espinas, aunque con un diseño
completamente diferente, siempre usando un nuevo maniquí de Porexpan.

El motivo de usar un maniquí nuevo en cada ocasión, permitía observar los posibles daños que se
producían en el mismo, tan sólo con la propia confección de la corona, y todo ello, ante la
posibilidad de que la corona de espinas que se utilizó en el caso del Hombre de la Síndone, se
tejiese directamente usando su propia cabeza como horma.

En esta ocasión, se confeccionó primero una especie de diadema con espinas de Ziziphus que
rodeaba holgadamente todo el perímetro de la cabeza del maniquí, para a continuación, tejer con
nuevas ramas espinosas el resto de la corona, el resultado, estéticamente, era muy similar a la
primera corona de espinas de Ziziphus, pero en este caso, una vez finalizada, se trasladó al modelo
de cráneo recubierto de plastilina blanca nuevamente alisada, y se aseguró en su posición, dándole
alrededor de su perímetro, dos vueltas de cuerda de cáñamo de ocho (8) milímetros de grosor, y
finalmente, asegurarlas en su posición fuertemente con varios nudos sencillos. En esta ocasión,
también se asentó la corona en su posición con varios golpes administrados con nuestra conocida
vara de madera.

Una vez finalizada la prueba, se intentó retirar la corona de espinas, y no fue posible.

Se hizo necesario soltar los nudos y retirar la cuerda de cáñamo, y aun así, fue necesario un
considerable esfuerzo para desprender la corona de espinas del cráneo. Se trataba de un hallazgo
inesperado, pues, a pesar de haber retirado la cuerda de cáñamo, la corona mantenía la tensión que
se le había aplicado, sin aflojarse en lo más mínimo, gracias a que sus propias espinas se
engarzaban unas con otras y aseguraban la nueva posición de la corona fuertemente enclavada en el
modelo utilizado. Se hizo necesario emplearse a fondo para poder retirar la corona de espinas, a
pesar de que ya no estaba asegurada, ni atada con cuerdas.

Es decir, con este tipo de corona de espinas, si era posible vestir y desvestir al Hombre de la
Síndone las veces que fuese necesario sin necesidad de quitarle previamente la corona, y sin que
esta se desplazase de su posición a pesar de estas maniobras, e incluso de las caídas que pudiese
sufrir el condenado.

29
Por el contrario, si en vez de usar cordaje para asegurar la corona de espinas, se usaba algún tipo de
material textil, una vez dispuesto en forma de cinta alrededor del conjunto maniquí-corona de
espinas, cuando se intentaba apretar el dispositivo, no era tan cómodo, ni sencillo que cuando se
usaba cordelería, por la sencilla razón, de que las espinas dificultaban el deslizamiento del material
textil, entorpeciendo extremadamente el rendimiento del proceso y su anudado definitivo, a la vez
que se ocasionaban daños macroscópicos, tanto en el propio material textil, como en la corona de
espinas, que sufría fractura de sus ramas, y perdida de espinas, que quedaban con frecuencia
engarzadas en el material textil. Nada de esto ocurría cuando se usaban cuerdas de cáñamo, que se
deslizaban fácilmente entre las espinas sin sufrir daños ellas mismas, ni ocasionarlos en la corona de
espinas.

Corona de espinas sobre una base de aro, trenzado y asegurada con cordura

La secuencia de acontecimientos más probable, es que la soldadesca colocase la corona de espinas


sobre la cabeza del condenado, sin embargo, descubrieron que ésta no se mantenía en su posición
por sí misma, con lo que al mofarse del mismo, se desplazaba continuamente, e incluso se caía, esto
pudo ser en sí mismo un nuevo motivo de diversión, obligando a la tropa a volver a colocar la
corona, e incluso a intentar asentarla en su posición dándole vigorosos golpes con una vara.

Nada de esto importaba, a pesar de todos los esfuerzos, la corona de espinas se caía una y otra vez.

Hasta que alguien tuvo la idea de asegurarla en su posición atándola fuertemente, y por si acaso,
volviendo a asentarla con varios golpes, puesto que las espinas colocadas sobre la convexidad de la
cabeza casi no ocasionaban daños por sí mismas, a no ser que se forzase su poder lesivo mediante
golpes contundentes.

Esta vez si que se mantenía en su posición a pesar de las burlas, zarandeos y maltrato físico, por no
decir tortura, a que fue sometido el Hombre de la Síndone.

Ante el hecho de que la pasta de modelar no posee las mismas cualidades físicas de la piel y tejidos
humanos, es juicioso suponer que no es adecuado proponer la hipótesis de que los daños observados
en estas experiencias, como consecuencia de colocar una corona de espinas en los maniquíes
utilizados, son un fiel reflejo de lo que debió ocurrir en la realidad.

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Por ese motivo, se realizó una nueva prueba, ante la imposibilidad ética y legal de realizar este tipo
de experimentos con cadáveres humanos, ni tampoco con seres humanos vivos voluntarios, en esta
ocasión, se dispuso directamente sobre la superficie del cráneo una porción de piel de procedencia
porcina, esta vez, sin utilizar pasta de modelar, y se repitió el proceso de colocar la corona de
espinas, asegurarla con cuerdas, y asentarla en su posición con vigorosos golpes propinados con la
misma vara de madera usada en ocasiones precedentes.

Espinas desgajadas y Prueba con prenda de lino


restos de pasta de modelar………… ………….………………………………..

Sorprendentemente, las mismas espinas que ocasionaron graves daños en la pasta de modelar, no
fueron capaces de penetrar en la piel porcina, ni de ocasionar daños macroscópicos superficiales, y
todo ello a pesar de que, al menor descuido, si producían profundas y dolorosas heridas en las
manos y dedos de los investigadores que manipulaban las ramas espinosas.

Resulta pues evidente que la piel porcina, a los efectos de estas experiencias, no es un buen sustituto
de la piel y tejidos humanos, pues resulta mucho más resistente, como consecuencia de poseer una
trama de fibras conjuntivas considerablemente más densa y gruesa que la piel humana.

El también miembro del EDICES, don Juan Manuel Miñarro, elabora las coronas de espinas que
coloca a sus Cristos Sindónicos con ramas de Ziziphus que trenza con mínimo esfuerzo y en poco
tiempo, usando como horma la réplica de un casco de legionario romano vuelto del revés, otra
posibilidad a tener en cuenta, dada la facilidad de la soldadesca para usar uno de sus propios cascos
para estos menesteres. Una vez confeccionada la corona, bastaba con colocar el conjunto corona-
casco sobre la cabeza del condenado, y asentarla haciendo presión sobre el casco, sin que quien lo
hiciese sufriese el más mínimo daño ocasionado por las espinas.

A estos efectos también podría ser útil cualquier utensilio de cocina o recipiente de madera, metal,
barro o piedra del tamaño adecuado, e incluso un simple cesto confeccionado con fibras vegetales
sería suficiente a estos efectos.

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CONCLUSIONES

La hipótesis de que las improntas de sangre que podemos observar en el Sudario de Oviedo y la
Síndone de Turín han sido ocasionadas por el uso de una corona de espinas es compatible con los
resultados de las experiencias realizadas. Incluso el aspecto y número de las lesiones, así como su
distribución sobre el cuero cabelludo y la cara son plenamente concordantes.

Aunque las experiencias se realizaron en su mayor parte con ramas de ziziphus, conviene recordar
que si las espinas utilizadas poseen el suficiente grosor, longitud, y resistencia, producen lesiones
que resultan indiferenciables sea cual sea la especie vegetal de la que tomemos sus ramas espinosas.

La accesibilidad a este tipo de vegetación espinosa en una dependencia militar localizada en


Jerusalén durante el siglo I de nuestra era es más que segura, pues se trata de especies muy comunes
en la zona, incluso a fecha de hoy son fáciles de localizar en las inmediaciones de la ciudad, e
incluso en cualquier solar que lleve algún tiempo abandonado, con el añadido de que al tratarse de
un medio semidesértico, la presencia de especies arbóreas de gran porte es testimonial, y su
explotación, se reservaba para usos de mayor consideración, tales como la construcción, carpintería
y ebanistería. Esta vegetación espinosa es susceptible de ser utilizada como leña para el fuego, tanto
con propósitos culinarios, como para protegerse de los descensos térmicos, toda vez que, según
nuestra experiencia, (las ramas sobrantes de la construcción de las coronas de espinas fue utilizada
para alimentar una barbacoa), genera un fuego con poder calórico relativamente elevado, aunque
con el problema de que al tratarse de ramas de pequeño grosor, se consumen con mucha rapidez y
es preciso alimentar el fuego con cierta periodicidad, de lo contrario, se extingue fácilmente. Quiere
esto decir que se necesitan grandes cantidades de este tipo de leña para cubrir las necesidades
domésticas de un pequeño grupo de población, por lo que parece juicioso suponer que la guarnición
romana acampada en Jerusalén debía disponer de una considerable cantidad de leña de este tipo
para cubrir sus necesidades cotidianas.

El transporte y manipulación de la leña, suele hacerse desde tiempo inmemorial en forma de


gavillas de fácil manejo, atadas mediante algún tipo de cordaje vegetal para evitar que se deshagan
con su manipulación, dificultando así este tipo de labores. Esta circunstancia ponía al alcance de la
mano de la soldadesca, tanto las ramas espinosas para confeccionar la corona de espinas, como la
cordelería necesaria para asegurarla, una vez colocada, sobre la cabeza del condenado. No era pues
necesario desarrollar un gran esfuerzo, ni desplazarse fuera de las dependencias militares para
conseguir los materiales necesarios.

En nuestra experiencia, independientemente de cual fuese el diseño de la corona y procedencia


vegetal de las espinas, la distribución de las lesiones ocasionadas por las coronas de espinas
utilizadas no ha sido homogénea por todo el cuero cabelludo en ningún caso. Por el contrario, en la
convexidad craneal se ocasionaban pocas lesiones, y cuanto más nos alejamos del eje del cráneo,
mayor era el número, profundidad y gravedad de las lesiones ocasionadas. El mayor daño se
producía en la zona perimetral de la corona, especialmente, en las regiones frontal y occipital, y en
menor medida, en las regiones parieto-temporales. Esta circunstancia se debe a que la forma del
cráneo, en un plano perpendicular al eje del cuerpo, no es de sección redondeada, sino elíptica, por
tal motivo, la presión de la corona de espinas sobre la cabeza es máxima en la región frontal y
occipital, pues el diámetro antero-posterior es mayor que el diámetro bitemporal o lateral, y mínima
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en las regiones parieto-temporales, pues aquí, el diámetro es menor que el fronto-occipital, esta
circunstancia obliga a las ramas situadas en la frente y la nuca del condenado, a soportar una mayor
tensión, lo que en definitiva se traduce en mayor penetración de las espinas en su cuero cabelludo.
Estos resultados son plenamente concordantes con lo que puede apreciarse en el Sudario de Oviedo
y la Síndone de Turín.

Corona Clásica Corona en Casquete

Corona Simple con cordura Corona en Casquete con cordura

Las lesiones que pudo producir la corona de espinas, probablemente fueron mucho más graves,
profundas, extensas, lesivas y dolorosas de lo que hasta este momento se suponía, y desde luego,
sangraron considerablemente más de lo que se ha representado a lo largo de la historia del arte en
relación con la pasión de Jesucristo.

Muy probablemente, la corona de espinas utilizada tuvo forma de casco, y pudo ser asegurada su
posición tras ser colocada usando un trozo de cuerda, de este modo, la corona se mantenía en su

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lugar aunque el condenado moviese violentamente su cabeza, incluso permitía que pudiese ser
vestido y desvestido sin necesidad de retirarla y volver a colocarla en su posición.

Esta circunstancia, no demuestra en sí misma que el condenado llevase la corona de espinas desde
que finalizó el proceso judicial romano, hasta que se produjese su muerte en la cruz.

En cualquier caso, aunque la corona de espinas se retirase de la cabeza del condenado, es más que
probable que alguna, o algunas de las espinas se desprendiesen de la corona y continuasen clavadas
en el cuero cabelludo.

La retirada de la corona de espinas, independientemente de si se produjo estando el condenado aún


con vida, o siendo ya cadáver, indefectiblemente ocasionaba nuevas lesiones, e incluso
desprendimientos de porciones de piel y tejido subdérmico de tamaño variable, cuantas más veces
se pusiese y quitase la corona, mayor número de estas lesiones se producirían, con la consiguiente
caída y pérdida subsecuente de sangre, porciones de piel y tejido corporal, que en parte quedaban
engarzados en forma de jirones en las propias espinas, y en parte caían al suelo completamente
desprendidos, a no ser que alguien se tomase la molestia de recogerlos, circunstancia sobre la que
no se dispone de ninguna constancia.

Por el contrario, si existen multitud de reliquias de lo que se considera auténticas espinas


procedentes de la corona de espinas de Jesucristo, por ejemplo, en la Cámara Santa de la Catedral
de Oviedo, junto al Sudario objeto de nuestro estudio. La mayoría de estas espinas no han sido
convenientemente estudiadas, pero cabe la posibilidad de que alguna de ellas tenga su origen en
aquellas que pudieron haberse desprendido de la corona, y quedaron incrustadas en la epidermis del
condenado, o enredadas en su cabello, que, al estar completamente embadurnado de sangre, podía
muy bien retenerlas con facilidad impidiendo su pérdida una vez desprendidas, y facilitando que
alguien pudiese recogerlas durante las maniobras de amortajamiento, o incluso tras la desaparición
del cadáver, descubriéndolas fácilmente en la Síndone de Turín y en el sepulcro vacío. Espinas que,
recordemos, no sólo contenían sangre, sino también fragmentos de piel y cabellos.

Del estudio del Sudario de Oviedo y de la Síndone de Turín, se deduce que el condenado fue
amortajado sin llevar la corona de espinas, pues sin duda se le retiró en algún momento antes de su
enterramiento.

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