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La Leyenda del Ave Fénix

Este documento narra la historia del Ave Fénix según la mitología y la leyenda. Cuenta que el Ave Fénix nació originalmente en el jardín del Edén bajo el árbol de la sabiduría. Cada cien años, el Ave Fénix se prende fuego a sí misma y renace de sus propias cenizas. Según la leyenda, anida en Arabia. El documento también describe cómo el Ave Fénix representa la poesía y la inmortalidad a través de las diferentes culturas y épocas.

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La Leyenda del Ave Fénix

Este documento narra la historia del Ave Fénix según la mitología y la leyenda. Cuenta que el Ave Fénix nació originalmente en el jardín del Edén bajo el árbol de la sabiduría. Cada cien años, el Ave Fénix se prende fuego a sí misma y renace de sus propias cenizas. Según la leyenda, anida en Arabia. El documento también describe cómo el Ave Fénix representa la poesía y la inmortalidad a través de las diferentes culturas y épocas.

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El ave Fénix

Hans Christian Andersen

El ave Fénix

En el jardín del Paraíso, bajo el árbol de la sabiduría, crecía un rosal. En su primera rosa nació un
pájaro; su vuelo era como un rayo de luz, magníficos sus colores, arrobador su canto. Pero cuando
Eva cogió el fruto de la ciencia del bien y del mal, y cuando ella y Adán fueron arrojados del
Paraíso, de la flamígera espada del ángel cayó una chispa en el nido del pájaro y le prendió fuego.
El animalito murió abrasado, pero del rojo huevo salió volando otra ave, única y siempre la misma:
el Ave Fénix. Cuenta la leyenda que anida en Arabia, y que cada cien años se da la muerte
abrasándose en su propio nido; y que del rojo huevo sale una nueva ave Fénix, la única en el
mundo.

El pájaro vuela en torno a nosotros, rauda como la luz, espléndida de colores, magnífica en su
canto. Cuando la madre está sentada junto a la cuna del hijo, el ave se acerca a la almohada y,
desplegando las alas, traza una aureola alrededor de la cabeza del niño. Vuela por el sobrio y
humilde aposento, y hay resplandor de sol en él, y sobre la pobre cómoda exhalan, su perfume
unas violetas.

Pero el Ave Fénix no es sólo el ave de Arabia; aletea también a los resplandores de la aurora boreal
sobre las heladas llanuras de Laponia, y salta entre las flores amarillas durante el breve verano de
Groenlandia. Bajo las rocas cupríferas de Falun, en las minas de carbón de Inglaterra, vuela como
polilla espolvoreada sobre el devocionario en las manos del piadoso trabajador. En la hoja de loto
se desliza por las aguas sagradas del Ganges, y los ojos de la doncella hindú se iluminan al verla.

¡Ave Fénix! ¿No la conoces? ¿El ave del Paraíso, el cisne santo de la canción? Iba en el carro de
Thespis en forma de cuervo parlanchín, agitando las alas pintadas de negro; el arpa del cantor de
Islandia era pulsada por el rojo pico sonoro del cisne; posada sobre el hombro de Shakespeare,
adoptaba la figura del cuervo de Odin y le susurraba al oído: ¡Inmortalidad! Cuando la fiesta de los
cantores, revoloteaba en la sala del concurso de la Wartburg.

¡Ave Fénix! ¿No la conoces? Te cantó la Marsellesa, y tú besaste la pluma que se desprendió de su
ala; vino en todo el esplendor paradisíaco, y tú le volviste tal vez la espalda para contemplar el
gorrión que tenía espuma dorada en las alas.

¡El Ave del Paraíso! Rejuvenecida cada siglo, nacida entre las llamas, entre las llamas muertas; tu
imagen, enmarcada en oro, cuelga en las salas de los ricos; tú misma vuelas con frecuencia a la
ventura, solitaria, hecha sólo leyenda: el Ave Fénix de Arabia.
En el jardín del Paraíso, cuando naciste en el seno de la primera rosa bajo el árbol de la sabiduría,
Dios te besó y te dio tu nombre verdadero: ¡poesía!.

FINEl gigante egoísta

Oscar Wilde

El gigante egoísta

Todas las tardes, a la salida de la escuela, los niños se habían acostumbrado a ir a jugar al jardín
del gigante. Era un jardín grande y hermoso, cubierto de verde y suave césped. Dispersas sobre la
hierba brillaban bellas flores como estrellas, y había una docena de melocotones que, en
primavera, se cubrían de delicados capullos rosados, y en otoño daban sabroso fruto.

Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan deliciosamente que los niños interrumpían
sus juegos para escucharlos.

–¡Qué felices somos aquí!– se gritaban unos a otros.

Un día el gigante regresó. Había ido a visitar a su amigo, el ogro de Cornualles, y permaneció con él
durante siete años. Transcurridos los siete años, había dicho todo lo que tenía que decir, pues su
conversación era limitada, y decidió volver a su castillo. Al llegar vio a los niños jugando en el
jardín.

–¿Qué estáis haciendo aquí? – les gritó con voz agria. Y los niños salieron corriendo.

–Mi jardín es mi jardín– dijo el gigante. –Ya es hora de que lo entendáis, y no voy a permitir que
nadie mas que yo juegue en él.

Entonces construyó un alto muro alrededor y puso este cartel: Prohibida la entrada. Los
transgresores serán procesados judicialmente.

Era un gigante muy egoí[Link] pobres niños no tenían ahora donde jugar.
Trataron de hacerlo en la carretera, pero la carretera estaba llena de polvo y agudas piedras, y no
les gustó.

Se acostumbraron a vagar, una vez terminadas sus lecciones, alrededor del alto muro, para hablar
del hermoso jardín que había al otro lado.

–¡Que felices éramos allí!– se decían unos a otros.

Entonces llegó la primavera y todo el país se llenó de capullos y pajaritos. Solo en el jardín del
gigante egoísta continuaba el invierno.

Los pájaros no se preocupaban de cantar en él desde que no había niños, y los árboles se
olvidaban de florecer. Solo una bonita flor levantó su cabeza entre el césped, pero cuando vio el
cartel se entristeció tanto, pensando en los niños, que se dejó caer otra vez en tierra y se echó a
dormir.

Los únicos complacidos eran la Nieve y el Hielo.–La primavera se ha olvidado de este jardín–
gritaban. –Podremos vivir aquí durante todo el año

La Nieve cubrió todo el césped con su manto blanco y el Hielo pintó de plata todos los árboles.
Entonces invitaron al viento del Norte a pasar una temporada con ellos, y el Viento aceptó.

Llegó envuelto en pieles y aullaba todo el día por el jardín, derribando los capuchones de las
chimeneas.

–Este es un sitio delicioso– decía. –Tendremos que invitar al Granizo a visitarnos.

Y llegó el Granizo. Cada día durante tres horas tocaba el tambor sobre el tejado del castillo, hasta
que rompió la mayoría de las pizarras, y entonces se puso a dar vueltas alrededor del jardín
corriendo lo más veloz que pudo. Vestía de gris y su aliento era como el hielo.

–No puedo comprender como la primavera tarda tanto en llegar– decía el gigante egoísta, al
asomarse a la ventana y ver su jardín blanco y frío. –¡Espero que este tiempo cambiará!
Pero la primavera no llegó, y el verano tampoco. El otoño dio dorados frutos a todos los jardines,
pero al jardín del gigante no le dio ninguno.

–Es demasiado egoísta– se dijo.

Así pues, siempre era invierno en casa del gigante, y el Viento del Norte, el Hielo, el Granizo y la
Nieve danzaban entre los árboles.

Una mañana el gigante yacía despierto en su cama, cuando oyó una música deliciosa. Sonaba tan
dulcemente en sus oídos que creyó sería el rey de los músicos que pasaba por allí. En realidad solo
era un jilguerillo que cantaba ante su ventana, pero hacía tanto tiempo que no oía cantar un
pájaro en su jardín, que le pareció la música más bella del mundo. Entonces el Granizo dejó de
bailar sobre su cabeza, el Viento del Norte dejó de rugir, y un delicado perfume llegó hasta él, a
través de la ventana abierta.

–Creo que, por fin, ha llegado la primavera– dijo el gigante; y saltando de la cama miró el exterior.
¿Qué es lo que vio?

Vio un espectáculo maravilloso. Por una brecha abierta en el muro los niños habían penetrado en
el jardín, habían subido a los árboles y estaban sentados en sus ramas. En todos los árboles que
estaban al alcance de su vista, había un niño. Y los árboles se sentían tan dichosos de volver a
tener consigo a los niños, que se habían cubierto de capullos y agitaban suavemente sus brazos
sobre las cabezas de los pequeños.

Los pájaros revoloteaban y parloteaban con deleite, y las flores reían irguiendo sus cabezas sobre
el césped. Era una escena encantadora. Sólo en un rincón continuaba siendo invierno. Era el rincón
más apartado del jardín, y allí se encontraba un niño muy pequeño. Tan pequeño era, no podía
alcanzar las ramas del árbol, y daba vueltas a su alrededor llorando amargamente. El pobre árbol
seguía aún cubierto de hielo y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía en torno a él.

–¡Sube, pequeño!– decía el árbol, y le tendía sus ramas tan bajo como podía; pero el niño era
demasiado pequeño. El corazón del gigante se enterneció al contemplar ese espectáculo.
–¡Qué egoísta he sido– se dijo. –Ahora comprendo por qué la primavera no ha venido hasta aquí.
Voy a colocar al pobre pequeño sobre la copa del árbol, derribaré el muro y mi jardín será el
parque de recreo de los niños para siempre.

Estaba verdaderamente apenado por lo que había [Link] precipitó escaleras abajo, abrió la
puerta principal con toda suavidad y salió al jardín.

Pero los niños quedaron tan asustados cuando lo vieron, que huyeron corriendo, y en el jardín
volvió a ser invierno.

Sólo el niño pequeño no corrió, pues sus ojos estaban tan llenos de lágrimas, que no vio acercarse
al gigante. Y el gigante se deslizó por su espalda, lo cogió cariñosamente en su mano y lo colocó
sobre el árbol. El árbol floreció inmediatamente, los pájaros fueron a cantar en él, y el niño
extendió sus bracitos, rodeó con ellos el cuello del gigante y le besó.

Cuando los otros niños vieron que el gigante ya no era malo, volvieron corriendo y la primavera
volvió con ellos.

–Desde ahora, este es vuestro jardín, queridos niños– dijo el gigante, y cogiendo una gran hacha
derribó el muro. Y cuando al mediodía pasó la gente, yendo al mercado, encontraron al gigante
jugando con los niños en el más hermoso de los jardines que jamás habían visto.

Durante todo el día estuvieron jugando y al atardecer fueron a despedirse del gigante. –Pero,
¿dónde está vuestro pequeño compañero, el niño que subí al árbol?– preguntó. El gigante era a
este al que más quería, porque lo había besado.–No sabemos contestaron los niños– se ha
marchado.

–Debéis decirle que venga mañana sin falta– dijo el gigante.

Pero los niños dijeron que no sabían donde vivía y nunca antes lo habían visto. El gigante se quedó
muy triste.
Todas las tardes, cuando terminaba la escuela, los niños iban y jugaban con el gigante. Pero al niño
pequeño, que tanto quería el gigante, no se le volvió a ver. El gigante era muy bondadoso con
todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y a menudo hablaba de él.

–¡Cuánto me gustaría verlo!– solía decir.

Los años transcurrieron y el gigante envejeció mucho y cada vez estaba más débil. Ya no podía
tomar parte en los juegos; sentado en un gran sillón veía jugar a los niños y admiraba su jardín.

–Tengo muchas flores hermosas– decía, pero los niños son las flores más bellas.

Una mañana invernal miró por la ventana, mientras se estaba vistiendo. Ya no detestaba el
invierno, pues sabía que no es sino la primavera adormecida y el reposo de las flores.

De pronto se frotó los ojos atónito y miró y remiró. Verdaderamente era una visión maravillosa. En
el más alejado rincón del jardín había un árbol completamente cubierto de hermosos capullos
blancos. Sus ramas eran doradas, frutos de plata colgaban de ellas y debajo, de pie, estaba el
pequeño al que tanto quiso.

El gigante corrió escaleras abajo con gran alegría y salió al jardín. Corrió precipitadamente por el
césped y llegó cerca del niño. Cuando estuvo junto a él, su cara enrojeció de cólera y exclamó:

–¿Quién se atrevió a herirte?– Pues en las palmas de sus manos se veían las señales de dos clavos,
y las mismas señales se veían en los piececitos.

–¿Quién se ha atrevido a herirte?– gritó el gigante. –Dímelo para que pueda coger mi espada y
matarle.

–No– replicó el niño, pues estas son las heridas del amor.

–¿Quién eres?– dijo el gigante; y un extraño temor lo invadió, haciéndole caer de rodillas ante el
pequeño.
Y el niño sonrió al gigante y le dijo:–Una vez me dejaste jugar en tu jardín, hoy vendrás conmigo a
mi jardín, que es el Paraíso.

Y cuando llegaron los niños aquella tarde, encontraron al gigante tendido, muerto, bajo el árbol,
todo cubierto de capullos blancos.

FIN

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