El misterio del sótano
Jorge Eslava
Ilustraciones de Felipe Morey
El misterio del sótano
Primera edición digital: octubre de 2020
Coordinación editorial: Rubén Silva
Corrección de estilo: Anna Maria Lauro
Jefa de arte: Laura Escobedo
Diagramación: Ana Maria Lauro
Ilustraciones: Felipe Morey
© del texto: Jorge Eslava, 2020
© de esta edición: Ediciones SM S. A. C.
Micaela Bastidas 195, San Isidro. Lima, Perú
Teléfono: (51 1) 614 8900
contacto@[Link]
[Link]
[Link]
ISBN: xxx-xxx-xxx-xxx-x
Hecho el Depósito Legal
en la Biblioteca Nacional del Perú: 2020-xxxxx
Todos los derechos reservados. Queda prohibida cualquier forma
de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación
de esta obra sin el permiso previo y por escrito de los titulares de los
derechos de propiedad intelectual.
Para los niños solitarios,
como tú o como yo,
que descubren estar acompañados.
• Introducción
Unos tristes fantasmas
Despuntaba el amanecer, cuando Luciano
dio unos pasos sin dejar de mirar atrás. Caminó
despacio, como quien no quiere apartarse. Tenía
un brazo levantado haciendo adiós y la sonrisa
congelada en el rostro; aunque partía silencioso,
llevaba un montón de palabras hirviendo en su
garganta. Las sentía burbujear y deslizarse por su
cuello, quemándole hasta las tripas.
Ciertamente se alejaba entristecido, sabía que
estaba dejando a sus espaldas a unos personajes
que jamás olvidaría. «Tal vez no vuelva a verlos
nunca», pensó sin proponérselo; y ese fulmi-
nante sentimiento lo apenó más.
Había pasado un tiempo sin relojes al lado de
una tropa de marineros, por debajo del mundo
de arriba, perdido en unos laberintos subterrá-
neos que solo tenía escaleras para bajar y pen-
7
dientes que descendían al abismo. ¿Cómo había
caído en este pozo profundo y sin salida?
Hizo un puño con la mano que tenía abajo y
sintió clavarse sus uñas en la palma. Apretó muy
fuerte y tuvo la certeza de que no soñaba, enton-
ces le dio rabia no saber si estaba haciendo bien
en abandonar ese lugar tan hondo. «Y si después
me arrepiento…, ¿qué hago?», se preguntó ate-
morizado.
Porque no solo había pasado la mejor tempo-
rada de su vida, agitado por momentos terrible-
mente emocionantes, sino que había tenido la
buena suerte de conocer a unos bárbaros nave-
gantes de parche en el ojo, que despedirse de ellos
sin navegar ni correr mil aventuras a su lado,
cuando nadie se encuentra con viejos piratas en
pleno siglo XXI, podía ser la peor equivocación
que cometiera en su vida.
Eso le produjo un brutal escalofrío, porque si
bien era un niño de solo nueve años, de pronto
empezaba a sentirse mucho mayor. Como si hu-
biera estado extraviado no una o dos semanas,
sino un largo tiempo. ¿Cuánto?, no lo podía de-
terminar, pero ahora entendía mejor que lejos de
ahí, en el mundo adonde se dirigía sin muchas
ganas, todas las cosas que pasaban estaban llenas
8
de tristeza e incomprensión. Bajó la mirada y vio
a su gato fiel.
—Después de todo…, quizás ni me esperen
—le dijo resignado.
Soñador soltó un maullido como respon-
diendo.
Recordó a sus padres y abuelos malhumora-
dos, la enorme casona familiar donde vivía y a
los dos eternos empleados, tan apáticos y humil-
des; también a los pocos amigos del colegio que
jamás visitaba… y era como si los viera en una
danza de sombras entre la niebla. Siluetas sin
rostro deslizándose a su lado sin tocarlo. Solo
contornos oscuros, como unos tristes fantasmas.
Pero por qué venían ahora estas imágenes pa-
sadas, si llevaba una cadena de días y noches pal-
pitantes y recorriendo impaciente los más diver-
sos paisajes. Se sentía tan dichoso o algo parecido,
sin embargo, le punzó una curiosidad: cómo de-
monios había dejado el mundo de arriba. Hizo
un esfuerzo y escuchó su propia voz:
«Sí, fueron los ruidos, los ruidos… los ruidos
extraños que venía de abajo y no me dejaban dor-
mir. Pero ellos solo me llevaron a bajar al sótano
de mi casa y, cuando quise salir, no pude encon-
trar la puerta hasta el día de hoy. ¿Era una
9
10
puerta? No, era simplemente una tarima de tablas
viejas, con una antigua empuñadura de fierro».
Luciano volvió a dudar. Sacudió la cabeza
para espantar sus malos pensamientos y pre-
guntó en voz baja:
—¿Tú crees que esto es la realidad?
Soñador ronroneó y se frotó en su pierna.
Luciano levantó la mirada y entrecerró los
ojos para observar mejor el horizonte. Era cu-
rioso, parecía que algo hubiera alejado a los pira-
tas, aunque todavía podía distinguirlos al borde
de las rocas. Ahí estaban esos hombres y mujeres
de pellejo tostado por el sol y cara dura como
madera tallada a machetazos. Cubiertos con un
traje de harapos y el cinturón rebosante de puña-
les cortos y pistolones con empuñadura de
bronce.
Aún agitaban sus brazos y gritaban a voz en
cuello, pero ya no entendía sus bramidos. Com-
probó que en verdad tenían una apariencia feroz
y temible, aunque sabía que en el fondo eran
gente de buen corazón. ¿Acaso no lo habían valo-
rado como nadie lo había hecho antes? ¿No ha-
bían escuchado cada una de sus opiniones e in-
cluso lo habían aclamado como cabecilla de la
tropa?
11
Su gato arqueó el lomo y alzó la cola.
—Ey, amigo —exclamó Luciano con una
sonrisa—, tú has estado conmigo. No vas a ne-
garlo, ¿no?
12
• CAPÍTULO I
Laberinto de cuevas
Cuando Luciano levantó la vista, los
personajes rudos y aventureros habían desapare-
cido del horizonte. No solo ellos, sino también el
brillo del alba. Ahora había caído una oscura no-
che en el paisaje y él comprendió que probable-
mente había transcurrido un día completo en los
pocos instantes que llevaba de pie en ese sitio.
Hasta hacía un momento le pareció estar en
una playa desierta, por las piedras y roquedales
que había recorrido con tanto coraje, al lado de
los indomables piratas, antes de despedirse de
ellos como grandes amigos. El inmenso manto
de arena que resplandecía en cada escondrijo del
camino, se había hundido de pronto en una pe-
numbra de caverna.
Se quedó paralizado, sin saber qué hacer. Sin-
tió que no podía pensar en nada y que sus ojos
13
apenas lo ayudaban, porque en esa cerrada oscu-
ridad no podía ver más allá de sus propias ma-
nos. Se concentró cuanto pudo y solo percibió el
ronquido agitado de su pecho. Contuvo la respi-
ración unos segundos y sus oídos tampoco pare-
cían servirle de mucho, porque ya no escuchaba
el rumor del agua cuando arrastraba las piedras
de la orilla.
—Todo esto es muy extraño —le murmuró a
su gato, mientras sacaba con esfuerzo una de sus
zapatillas del fango—. Ya no estamos en el lugar
ni en el tiempo en que estábamos.
Ahora el piso había perdido la solidez de antes
y había adquirido una consistencia lodosa, resba-
ladiza y fofa. Y sobre su cabeza parecía curvarse
un techo opaco e impenetrable.
Soñador lo miró fijamente con esas dos cande-
las amarillas que tenía a cada lado del hocico y
Luciano vio entonces, en el centro de esas pupi-
las incandescentes, pasar su vida como una pelí-
cula proyectada a toda velocidad. Desde que era
un niño feliz hasta sus años recientes; sobre todo,
desde la época que jugaba alegremente con su pa-
dre hasta la indiferencia y el desaliento que su-
fría últimamente.
14
¿Qué había pasado en su vida? ¿Dónde y por
qué había nacido ese malestar de sentirse igno-
rado por su familia? ¿Acaso no era posible supe-
rarlo? Si bien eran demasiadas preguntas para el
momento que estaba pasando, él comprendió
que valía la pena luchar para salir de ese tor-
mento…; que, aunque le hubieran tocado esos
padres insensibles y esos abuelos malgeniados,
en cada uno de ellos latía la misma sangre que la
suya.
«Me guste o no es mi propia familia», se dijo y
resolvió no pensar más. Intentó dar el primer
paso para volver al mundo de arriba, pero no te-
nía la menor idea de cómo encontrar el camino
de regreso.
Soñador maulló de forma quejosa.
—Sí, amigo —respondió Luciano—. Vamos a
extrañarlos.
Volvió a maullar, esta vez fueron como dos o
tres frases.
—También lo sé, amigo —dijo Luciano—.
Abandonar a los piratas podría ser el peor error
de mi vida, aunque también debes reconocer que
ir con ellos es una verdadera locura.
Soñador pareció estar de acuerdo, porque sin
más empezó a andar hacia la zona más oscura de
15
la gruta. Luciano lo siguió y procuró mantenerse
lo más cerca de los pasos que daba su gato, pues
para él era imposible distinguir más allá de cada
huella. Por eso caminaba aterrado en esos corre-
dores húmedos de paredes rocosas. Sin embargo,
iba confiado en los ojos poderosos de su gato.
Había recordado que tenían una membrana
que es una especie de superespejo, donde se re-
fleja la luz y que por eso le brillan los ojos… le
bastó esa distracción de dos segundos para que
perdiera a su gato. ¿Dónde se había metido?
—¡Soñador! —gritó asustado—. ¡Soñador!
Y la caverna solo le devolvió el eco de su voz.
Luciano insistió con sus llamadas, una y otra
vez. Caminó con prudencia a un lado y a otro.
Cuatro o cinco pasos, no más y volvía a su punto
de partida. No quería extraviarse más, tenía la es-
peranza de que Soñador volvería en algún mo-
mento. Lo conocía bien, así era en su casa: le gus-
taba alejarse, explorar por los techos del
vecindario y, por la noche, calladito entraba a su
habitación y se acomodaba a sus pies.
Ajustó los ojos y no vio más que un manto ne-
gro a su alrededor. Sintió una presencia, como si
estuviera vigilado por alguien. Agitó los brazos y
no traspasó sino el aire. Giró hacia atrás con vio-
16
17
lencia, porque podría haber jurado que alguien
respiraba detrás de él.
—¡Salga! —gritó—. ¡¿Quién está ahí?!
Entonces un chillido rompió la rara quietud
del entorno y algo parecido a un pájaro, de enor-
mes alas siniestras, cruzó ante él y ennegreció
totalmente su visión. Luego surgió otro chillido
que, acompañado de la misma sensación, atra-
vesó también su mirada; enseguida otro y otro
aullido, cada vez más amenazante, rozaron con
sus alas la cabeza y los brazos de Luciano.
Él se dejó caer al piso y se recogió en un rin-
cón como un fardo funerario, inmóvil y silen-
cioso, sin oponer ninguna resistencia a eso que
parecía ser una advertencia de sabe dios qué cria-
turas aladas del submundo.
18
19