La ciencia como producto social: Kreimer
La ciencia como producto social: Kreimer
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ÍNDICE
Acerca del autor
Publicar y castigar.
Luego de tanto tiempo de investigar animales, bacterias, plantas o rocas, puede resultar muy extraño sentirse uno mismo objeto de
investigación. Pero de eso se trata este libro: de estudiar a esos bichos raros, que suelen aparecer despeinados, de guardapolvo, con
moscas en la cabeza y un anotador en el bolsillo por si se les ocurre alguna idea genial mientras viajan en el colectivo. Se trata, en
definitiva, de entender un poco a los científicos y a la ciencia, esa mirada tan especial que tienen para conocer el mundo.
Veamos en detalle qué es esto de la “sociología del laboratorio” y quiénes son sus protagonistas. Están entre nosotros, nos es-pían
mientras parecen tan quietecitos en un rincón de la mesada… Pasan mucho tiempo en laboratorios –sus favoritos son los de
bioquímica y biología molecular– y hacen observaciones como la siguiente: “Los científicos pasan una enorme parte de su tiempo
mirando los números que salen de sus aparatos”.
¿Y quiénes son estos espías –y el mismísimo Pablo Kreimer es uno de ellos, así que tengan cuidado– que se meten en nuestros
laboratorios disfrazados de balanzas o de percheros –son habilísimos– para usarnos como objeto de estudio? Hasta se atreven a
dudar de los hechos: “Los hechos son como las vacas; si se los mira fijamente a los ojos, en general salen corriendo” ¡Horror! ¿Qué
hacemos entonces con las montañas de hechos que hemos estado acumulando a lo largo de tanto tiempo? ¿Y qué les decimos a
nuestros estudiantes de doctorado: váyanse a rumiar a otra parte?
Lo cierto es que tanto para los que quieran saber qué es esa cosa llamada ciencia como para quienes estamos del otro lado del
mostrador –o del microscopio, en este caso– este libro resulta verdaderamente sorprendente y necesario. No es una novedad el
hecho de que los resultados científicos deben ser vistos en el contexto de la sociedad –científica o “civil”– en que fueron interpretados
e incluso obtenidos, pero Kreimer va más allá, y no deja aspecto del proceso científico con cabeza, ni siquiera a la historia de la
ciencia, los roles del científico en la sociedad, los papers y la aventura de hacer investigación acá en la periferia del mundo y del
conocimiento.
Por lo menos, salimos bastante bien parados: el libro llega a la conclusión de que el científico también es un ser humano. Lo que no
es poco.
Esta colección de divulgación científica está escrita por científicos que creen que ya es hora de asomar la cabeza fuera del
laboratorio y contar las maravillas, grandezas y miserias de la profesión. Porque de eso se trata: de contar, de compartir un saber
que, si sigue encerrado, puede volverse inútil.
Ciencia que ladra... no muerde, sólo da señales de que cabalga.
Diego Golombek
Nació en Buenos Aires y estudió sociología en la Universidad de Buenos Aires. Luego, se metió con la ciencia, un tema excéntrico
para los sociólogos: hizo el doctorado en Ciencia, Tecnología y Sociedad en el Centre Science, Technologie et Société de París, ya
que en esa época remota (fin de los años ochenta del siglo pasado) no existía ninguna formación en este campo en la Argentina.
Pasó varios años en laboratorios de Francia, Inglaterra y la Argentina, con el pretexto de observar lo que hacían allí adentro las
“tribus” de científicos que producían conocimientos. Algunos dicen, sin embargo, que intentó compensar así una vocación
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frustrada por la investigación. Escribió varios libros: “De probetas, computadoras y ratones: la construcción de una mirada
sociológica sobre la ciencia” y “L’Universel et le contexte dans la recherche scientifique”, ambos de 1999; “Producción y uso
social de conocimientos” (2004); “Culturas científicas e investigación agrícola en América Latina” (2005); “Ciencia y periferia.
Nacimiento, muerte y resurrección de la biología molecular en la Argentina. Aspectos sociales, políticos y cognitivos” (2008, por el
que obtuvo una de las menciones del Primer Concurso Nacional de Ciencias). Publicó también cerca de un centenar de artículos
en español, inglés, francés, portugués y árabe (¡¡¡papers, bah!!!).Sus preocupaciones se orientan a comprender el papel social de
las ciencias, en particular en los países periféricos; a reconstruir la historia de las investigaciones; a analizar los procesos de
globalización de la investigación científica, y a plantear las relaciones entre problemas sociales y problemas científicos. Además,
es investigador del Conicet, profesor titular de la Universidad Nacional de Quilmes, donde dirige actualmente el Instituto de
Estudios sobre la Ciencia y la Tecnología, y de la Maestría en Ciencia, Tecnología y Sociedad. También, es el editor de REDES.
Revista de Estudios Sociales de la Ciencia.
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Capítulo 1
1 No se asusten por el uso de la palabra “fabricado”. Como veremos más adelante, para la sociología de la ciencia, el conocimiento
se puede fabricar.
2 En la medida en que hay una controversia, los sociólogos nos restregamos las manos: ¡si todos están de acuerdo, el trabajo
sociológico es muy aburrido!
El desafío es mayúsculo: hoy en día, tanto intelectuales como políticos, en especial en los países más desarrollados (la
Unión Europea y los Estados Unidos en particular), están hablando de una “sociedad del conocimiento” (ya sea de
“aquello que se viene” o de lo que ya vivimos hoy). A partir de aquí, aquel que se atreva a penetrar en los santuarios del
conocimiento hasta sus raíces se arriesga a ser acusado de estar socavando las bases mismas de la sociedad, nada
menos. (3).
La noción de “sociedad del conocimiento” (knowledge society) surgió hacia finales de la década de 1990 y es empleada
en particular en medios académicos como alternativa a la “sociedad de la información”. Según el sociólogo Manuel
Castells (La era de la información, 2001), en esta sociedad “las condiciones de generación de conocimiento y
procesamiento de información han sido sustancialmente alteradas por una revolución tecnológica”.
Hay versiones pesimistas y optimistas. Según la Unesco, “se suele hablar de sociedad mundial de la información y de
una ‘red extendida por todo el mundo’ pero en realidad sólo un10% de las conexiones con Internet del planeta
provienen del 82% de la población mundial” (Hacia las sociedades del conocimiento, 2005). Respecto del papel de la
ciencia y la tecnología en el desarrollo social, hay una larguísima discusión acerca de qué sucedió primero: si el
desarrollo de la ciencia y la tecnología fue la causa de la riqueza, si los países invirtieron en ciencia y tecnología porque
eran ricos, o si ambos motivos son las dos caras de la misma moneda. (Vamos a discutir algo de esto en el próximo
capítulo). En todo caso, lo que sí queda claro es que el papel del conocimiento nunca fue tan crucial como en la
actualidad, y en particular el conocimiento científico. Así, el desafío de mostrar el carácter profano-social de la ciencia es
interesante justamente porque es riesgoso: si realmente vivimos en una sociedad del conocimiento, intentar desnudar
sus bases sociales podría ponernos en el lugar de rebeldes o de herejes. Por suerte, la cosa no llega tan lejos: como las
bases de la ciencia no se sostienen sólo en su enorme poder social, sino también en la “demostración” de su eficacia
como sistema de pensamiento y en el “convencimiento” de los profanos desde su más tierna infancia (por ejemplo, por
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medio de la educación científica), quienes indagan sus cimientos sociales sólo corren el peligro de la polémica y el
debate, que, por cierto, son formas mucho más civilizadas que la guerra para dirimir los desacuerdos.
3) Si en las sociedades monárquicas en donde el poder de los soberanos “emana de los dioses” alguien pretende interroga Si en las
sociedades monárquicas en donde el poder de los soberanos “emana de los dioses” alguien pretende interrogar se acerca de la
existencia misma de Dios, lo que se pone en juego es todo el fundamento de esa sociedad. La legitimidad de los monarcas se
sostiene por las dos formas más o menos clásicas: o bien la enorme mayoría de la población efectivamente cree que los soberanos
responden a los designios divinos, o bien las hogueras tienen mayor capacidad de persuasión para quienes no están convencidos.
Algunas preguntas.
Es difícil imaginarnos un mundo sin ciencia. La tenemos tan incorporada que, en general, ni siquiera pensamos en ella de
un modo problemático: disfrutamos “naturalmente” de sus beneficios, esperamos sus resultados o nos impacientamos
cuando tardan mucho (como en el caso de los medicamentos). Pero: ¿en qué consiste la ciencia? ¿Es una larga historia
de descubrimientos hechos por hombres brillantes? ¿Es el trabajo de individuos curiosos que se encierran para descubrir
los enigmas del mundo físico y natural?¿Por qué hace falta plata para investigar? ¿Quién financia los trabajos de los
científicos: el Estado o mecenas privados que tienen amor por el conocimiento? ¿La ciencia es conocimiento puro o
tiene alguna utilidad para la sociedad? ¿En dónde se hace la ciencia? ¿Y quiénes son, al fin de cuentas, esas personas
que están adentro de los laboratorios? ¿Cómo se organizan? ¿Quién decide “qué” investigar? ¿Por qué? ¿Todas las
sociedades tienen y/o tuvieron algo llamado “ciencia”? ¿Es la ciencia una actividad universal? No desesperen, porque
este libro se ocupa de algunos de estos interrogantes.
Estas preguntas, y muchas otras, son sólo algunos ejemplos del punto de partida para pensar el papel y el carácter de la
ciencia en la sociedad moderna. Corresponden a una disciplina relativa-mente nueva, que se ha denominado, desde
hace algunas décadas, “estudios sociales de la ciencia”. Y, como todo campo del conocimiento, comienza con una serie
de preguntas que organiza aquello que se pretende conocer, describir y explicar.
A comienzos del siglo XXI, decir que la ciencia y la tecnología presentan “aspectos sociales” puede parecer obvio. Si
pensamos en las terribles consecuencias de la central nuclear de Chernobyl, en la ex Unión Soviética, o en las maravillas
de los estudios de ADN, que permiten pensar en el tratamiento de enfermedades que hasta hace poco eran incurables,
las consecuencias sociales de la ciencia saltan a la vista. Sin embargo, cuando pensamos cómo la sociedad moderna
interpreta el conocimiento científico y el desarrollo tecnológico, estas “dimensiones socia-les” parecen mucho menos
claras y evidentes.
Muchos historiadores hablan de la Grecia antigua como del lugar de origen de un pensamiento científico. No vale la
pena que discutamos aquí si hay o no una continuidad entre lo que se hacía en el siglo V a.C. y lo que ocurrió a partir del
siglo XVII (además de que hay toneladas de papel que se han ocupado del tema).En realidad, hay un doble movimiento
que condujo a la ciencia moderna: el abandono del principio de autoridad (según el cual algo es cierto de acuerdo con
quien lo diga, sobre todo si es un Gran Maestro) y el recurso al método experimental, ligado a una comprensión de la
naturaleza a la que se hace “hablar a través del lenguaje de las matemáticas”.(4)
Una breve biografía de la ciencia moderna podría incluir tres etapas: institucionalización, profesionalización,
industrialización, que se fueron desplegando de un modo sucesivo durante los últimos cuatro siglos, pero únicamente en
los que hoy son países industrializados, en particular los de Europa occidental y, algo más tarde, en los Estados Unidos.
Veamos cómo empezó todo.
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El proceso de institucionalización comienza en las Academias, que aparecen por primera vez en Italia. Allí comienza la
separación entre lo que pertenece al campo de los hechos y de la prueba científica y aquello que depende de la fe, de la
creencia o de la convicción, algo que podríamos llamar “laicización” del mundo moderno. Este pasaje es importante,
porque aunque hoy nos parezca natural el hecho de que la ciencia no tenga nada que ver con el pensamiento religioso,
mágico o especulativo, es bueno recordar que esto no fue siempre así. Desde el comienzo, la institución científica estuvo
ligada al poder político: “dame protección y apoyo” (dice la ciencia), “dame resultados útiles y utilizables” (dice el poder
político). A partir de esta relación se va gestando, en los países de Europa occidental, lo que podríamos llamar un
“contrato ciencia-sociedad”, algunas veces implícito, y muy a menudo explícito: cada parte tiene obligaciones y
beneficios para ofrecer y para obtener de este “contrato”. Para situarnos en la historia, el proceso de institucionalización
de la ciencia moderna va desde el siglo XVII al XVIII. Durante ese lapso, el trabajo de los investigadores se desplaza hacia
una nueva institución que los alberga: las Academias. Hasta entonces, los hombres de ciencia (los “sabios”) trabajaban
en sus propias casas (en el garaje o el desván), donde construían su propio taller y sus propios instrumentos o, cuando
trabajaban en algún espacio institucional, no se trataba de lugares dedicados exclusivamente a la “producción de
saberes”. Esto implicó, al mismo tiempo, el pasaje de lo privado a lo público. Notemos, al pasar, que el carácter público
de la ciencia–con el cual muchos investigadores, en general bien intencionados, se llenan la boca– se debe más a una
construcción social en determinado momento de la historia (cuando, dicho sea de paso, la distinción entre lo público y lo
privado cobra sentido) que a una condición “natural” (y, por lo tanto, intrínseca) de la ciencia como actividad. Aunque
resulte duro admitirlo, la ciencia podría haberse convertido en una más de las actividades pertenecientes a la esfera de
lo privado. Las primeras instituciones significativas fueron, por un lado, la Royal Society, creada en 1662 por la reina
Isabel en estrecha asociación con la figura de Isaac Newton y, cuatro años más tarde, en 1666, como los franceses se
pusieron celosos, crearon la Académie Royale des Sciences (naturalmente, sólo fue Royale hasta la Revolución Francesa)
por iniciativa de Colbert. Una vez que la ciencia logró establecerse en espacios institucionales específicos para
desarrollar su actividad, se comenzó agestar el proceso de profesionalización de la investigación. Para que exista una
profesión, resultan fundamentales dos requisitos: en primer lugar, la existencia de una carrera cuyo ingreso o rito de
iniciación esté determinado con claridad por reglas conocidas y aceptadas por todos y, en segundo lugar, la existencia de
recursos (¡plata!) que provean los medios de subsistencia. Paulatinamente, se fueron estableciendo los criterios que
regulan el ingreso a la carrera científica: en vez de basarse en libros de texto, el eje fue la experimentación. Desde
entonces, para acceder al estatus de “científico”, los investigadores noveles deben atravesar la práctica experimental en
los laboratorios creados para tal fin, bajo la dirección de científicos experimenta-dos, verdaderos “maestros”, si
queremos hacer un paralelo con los profesionales y los artesanos de la época feudal. Los medios de ascenso y el
reconocimiento a lo largo de la carrera también se van estableciendo de un modo gradual hasta conformar un conjunto
de reglas bien definidas, que se van incorporando luego como verdaderos reglamentos en las instituciones dedicadas a
la investigación científica. Entre todas ellas, la que va adquiriendo una importancia cada vez mayor es el mandato de
publicar los resultados de la investigación. Esto llega a tal punto que hoy es común que la evaluación del trabajo delos
científicos se realice, sobre todo, a través del análisis de los artículos (de su cantidad y de su “impacto”, es decir, cuántos
los leen) publicados por los investigadores en las revistas especializadas.
4) Estas cuestiones las plantea Jean - Jacques Salomón en su libro Los científicos. Entre saber y poder, Buenos Aires, Editorial
Universidad de Quilmes, 2008.
Un punto de inflexión fundamental para el pasaje de una ciencia amateur a una profesional es el surgimiento de una
relación contractual: el científico, como consecuencia de este pro-ceso, va a comenzar a recibir un salario por su trabajo.
Esto, que leído desde el presente puede parecer común, no lo era en absoluto en épocas pasadas. De hecho, durante el
período de institucionalización, en particular en las academias, los investigadores solían recibir una cantidad de recursos
variable, de acuerdo con la influencia que pudiera ejercer cada uno de ellos sobre quienes detentaban el poder político y
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económico. Se trataba de un modelo que –trazando un paralelo con el campo del arte– se basaba en algo parecido al
mecenazgo, y no en una relación de tipo profesional. A partir del establecimiento de un salario, se cristaliza una relación
contractual: cada parte tiene derechos y obligaciones. El Estado brinda recursos para los laboratorios y asigna sueldos
para los investigadores. Éstos, a su vez, se comprometen a dedicarse únicamente a generar conocimientos y a darlos a
conocer públicamente, es decir, a divulgarlos, a interactuar con otros colegas y a formar a las nuevas generaciones de
científicos. En suma, a proporcionar a la sociedad conocimiento útil para sus necesidades y, en particular –como cláusula
no escrita–, a satisfacer las demandas de conocimiento que provienen del poder político del Estado. Al mismo tiempo,
las profesiones van “pintando su raya” para demarcar quién está adentro y quién está afuera, y generan mecanismos de
identificación colectiva: “nosotros, los científicos”. Así, se van creando foros internacionales, revistas especializadas
donde se publican los trabajos, se organizan congresos, seminarios y simposios internacionales para discutir las
investigaciones. Es decir, espacios sociales de interacción, de encuentro, de legitimación. Finalmente llegamos a la
industrialización de la ciencia, quede ninguna manera se debe confundir con la investigación industrial (la asociación de
los laboratorios con las fábricas se desarrolla a partir de la segunda mitad del siglo XIX). Este proceso so-mete las
actividades científicas mismas a los métodos de gestión de la industria, y coincide con el desarrollo de los grandes
equipos. La época de la industrialización de la ciencia ha sido llamada “Gran ciencia” (Big Science), frente al modelo
anterior, que se desarrollaba a escala más pequeña y que estaba centrado en la utilización de pequeños equipos,
muchas veces fabricados por los propios investigadores. Es lo que los franceses llaman el científico bricoleur o artesano.
La industrialización de la investigación es la etapa más reciente, y su origen se remonta a la Segunda Guerra Mundial,
cuando la investigación se convierte en una actividad a gran escala, cada vez más intensiva en capital. Asimismo, se
acortan los plazos y se achican las incertidumbres y, además, la investigación se orienta hacia resultados específicos, de
modo que el margen que queda para la investigación “libre” (es decir, la que sólo depende de las decisiones de los
propios investigadores) se estrecha cada vez más. Es fundamental señalar que éste es un proceso propio de los países
más desarrollados. Precisamente, uno de los problemas que se señala muy a menudo respecto del desarrollo científico y
tecnológico en los países en desarrollo es la ausencia o la precariedad de esta última etapa. Por supuesto, las causas de
esta distinción sustantiva entre países de diferente desarrollo relativo son muy variadas, y los análisis que pretenden
explicarlas, también.
Las ideas surgen alguna vez; luego, cuando las incorporamos, parecen “naturales”. En este caso, alguien se puso a
pensar que la emergencia de la ciencia, el desarrollo de la tecnología y la sociedad industrial ocurrieron a lo largo de un
período que coincide en el tiempo. Y fue el sociólogo estadounidense Robert Merton quien propuso, por primera vez, la
asociación de estas tres palabras, de estos tres conceptos, en su tesis doctoral publicada en1937: Ciencia, tecnología y
sociedad en la Inglaterra del siglo XVII.
En los años treinta, Merton era un joven sociólogo formado en la “escuela funcionalista” que tenía en la cabeza (o
donde sea que se almacenen las ideas sociológicas) un conjunto de conceptos muy novedosos para la época:
a) la propuesta de que existe una relación entre el conocimiento científico, el desarrollo tecnológico y las condiciones
sociales, económicas, culturales, políticas;
b) la suposición de que la ciencia es autónoma de otros espacios sociales, y si no lo es, esto se debe a la intromisión
indebida de “alguien”;
c) la consideración de que la ciencia es una actividad acumulativa: se trata de un gran edificio colectivo en donde cada
uno se apoya en sus predecesores, y aporta un ladrillo para que los que nos siguen produzcan más y mejores
conocimientos.
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La primera idea es, seguramente, la más original: aunque hoy nos parezca redundante pensar en esa triple relación, eso
no era para nada así en las primeras décadas del siglo XX. En principio, la ciencia pertenecía, en las concepciones de la
época, a un conjunto de prácticas y a un espacio muy diferente de las técnicas, del mundo de las aplicaciones
industriales. Simplificando, se podría decir que una se correspondía con la búsqueda de la verdad; la otra, con la
generación de aplicaciones concretas. Y, si bien parecía fácil pensar que el desarrollo de conocimientos había
transformado a la sociedad (los ejemplos son tantos que aburren), era mucho más difícil de imaginar que la sociedad
había influido en el desarrollo de los conocimientos (No es exagerado decir que tanto los antibióticos como la
masificación dela energía nuclear para los “buenos” y para los “malos” usos, son productos, en su forma y en su fondo,
de la Segunda Guerra Mundial). Las otras dos ideas de Merton están estrechamente relacionadas, y forman parte de lo
que podríamos llamar un “aire de la época”: los científicos son –o deben ser– autónomos de cualquier otro poder que
no sea el de la libre elección de sus temas y, sobre todo, de sus métodos. Porque cuando están libres de toda presión (si
esto fuera posible) se pueden dedicar a producir los conocimientos que luego se “derramarán” en la sociedad. Y es así,
gozando de libertad y de autonomía, que pueden acumular unos sobre otros los conocimientos verdaderos (más
adelante veremos cómo lo hacen). Sin embargo, lo que está en el aire de la época es, precisamente, el peligro que
acecha, no sólo para los científicos, sino para toda la sociedad: la presión, la intervención, el control, e incluso la
violencia de individuos ajenos al mundo científico, que rompen con el ideal de autonomía necesario para producir
verdades. Merton comenzó sus trabajos a comienzos de los años cuarenta, cuando la Alemania nazi había decretado la
existencia de una ciencia “legítima”, que representaba las verdaderas raíces del país, y que estaba identificada con la
física experimental, ligada “a las cosas” y no “a las teorías”. Frente a ella, había una ciencia “impura”, ilegítima, ligada a
la física teórica y a la relatividad, cuyas cabezas visibles eran gente indeseable como Albert Einstein o Niels Bohr. ¡Cómo
disentir con Merton si leemos la siguiente frase de Philipp Lenard, uno de los físicos preferidos del Tercer Reich!: La
ciencia, lejos de ser internacional, está condicionada por la raza y la sangre; si la ciencia judía no fue hasta ahora
denunciada en todos lados, es porque ha avanzado oculta por su estilo internacional; ella es indiferente a la verdad,
mientras que la ciencia aria se caracteriza por su “voluntad de verdad”. La prioridad que la ciencia judía le otorga a las
“matemáticas oscuras” es el signo de su gusto por la abstracción y por su rechazo de la realidad experimental. Esta
historia no tendría tanta repercusión si no fuera porque, durante más de diez años, a los científicos que adherían a la
“ciencia judía” les esperaban los severos castigos que el régimen nazi les tenía reservados (obviamente, esto era
extensivo a los científicos que además eran judíos, más allá de las ideas que profesaran). El otro caso resonante que
Merton tiene presente es el llamado “caso Lysenko”. Trofim Lysenko comenzó, en 1936, sus ataques a la llamada
“ciencia burguesa”, encarnada en particular por las teorías de Mendel sobre la herencia y las leyes que la gobiernan.
Lysenko propuso, en cambio, una teoría según la cual, al modificar los nutrientes de las plantas, sus condiciones de
sembrado y su desarrollo, se podía también cambiar sus caracteres hereditarios. O, dicho de otro modo, que los
caracteres adquiridos pueden ser transmitidos por vía de la herencia. Y, para ello, hizo una serie de experimentos para
sembrar en primavera semillas de cereales que normalmente se siembran en invierno, a fin de mostrar que igual pueden
generar espigas. El experimento podría haber pasado a la historia como una mera curiosidad si no hubiera sido elevado,
por el camarada Stalin, a la estatura de “ciencia proletaria” y si Lysenko no hubiera sido nombrado presidente de la
Academia Lenin de Ciencias Agrícolas. De más está decir que quienes osaban –y al principio eran unos cuantos– seguir
defendiendo la genética mendeliana podían pasar unas largas vacaciones en Siberia. Así que, hacia los años cuarenta, la
defensa de la autonomía, además de estar en los “aires de la época”, era algo muy útil y necesario. Merton fundó, de
hecho, el primer programa sociológico de investigaciones sistemáticas sobre la ciencia, y sus estudios, en particular
sobre la dinámica de la comunidad científica y las normas que la regulan, son una referencia fundamental para todos los
que se interesen por estas cosas. El contexto cambia…La perspectiva propuesta por Merton funcionó muy bien hasta
que... una nueva generación de sociólogos la puso en cuestión. Pero eso fue alrededor de treinta años más tarde, en la
segunda mitad de los años setenta. Antes habían pasado varias cosas en la sociedad, que podemos resumir brevemente
(cada una de ellas daría lugar a un largo tratado).
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La toma de conciencia de que la ciencia no sólo acarrea efectos “positivos”
Esto ya se había puesto de manifiesto de un modo violento luego del desarrollo del llamado Proyecto Manhattan, es
decir, la fabricación de la bomba atómica. Pero luego surgieron diversos movimientos críticos, sobre todo en Europa y en
los Estados Unidos, entre los años sesenta y setenta, que cuestionaron el papel de la ciencia por su relación con el
desarrollo de la sociedad capitalista industrial y sus efectos indeseables: híper consumo, degradación del medio
ambiente, deshumanización, etc. Por ejemplo, desde el movimiento hippie al Mayo francés, pasando por el surgimiento
de los primeros grupos de “ecología política”, el cuestionamiento a la sociedad industrial basada en la ciencia se
extendió urbi et orbe.
Junto con el cuestionamiento anterior se comienza a percibir que la realidad desmiente la creencia de que “la ciencia y
la tecnología modernas acarrean problemas, pero también generan las soluciones para esos mismos problemas”. La
utopía positivista de un progreso eterno se ve cuestionada por las enormes zonas grises que ya no es posible solucionar
simplemente con “más conocimiento científico”, sino que se requiere, de un modo muy urgente, la participación de los
ciudadanos en la toma de decisiones. Por primera vez, la propia ciencia parece impotente para resolver los problemas
que ella misma produjo. Para muchos (como el sociólogo francés Pierre Bourdieu, por ejemplo), éste es “el comienzo del
fin del ideal de autonomía” (aunque debemos admitir que el ideal ya se había puesto en cuestión mucho antes).
Volveremos sobre este tema porque, como diría Borges, nos lo exige “la estética de la inteligencia”.
Ese año, además de la muerte de los tres Pablos (Neruda, Casalz y Picasso) y de los golpes de Estado en Chile y
Uruguay, se pro-dujo una alarma repentina: las reservas de petróleo existente podrían no ser suficientes para llegar al
año 2000, de acuerdo con los niveles de consumo de la época, las hipótesis de crecimiento y las nuevas necesidades de
energía. El hecho de que eso engendrara un movimiento liderado por países en desarrollo (la Organización de Países
Productores de Petróleo) y un aumento feroz de los precios no contribuyó, precisamente, a aquietar las aguas. El
razonamiento consiguiente se hizo visible: ¿qué hizo la ciencia para aliviarnos de esta pesadilla que ahora nos sacude en
la mitad de una plácida siesta? Y se respondieron: “Nos propuso como alternativa la energía nuclear, la misma con la
que se fabrican las bombas de destrucción masiva”. En todo caso, esto impulsó a diversas fuerzas y actores sociales a
plantear nuevas ideas sobre la energía, su producción, su uso, su naturaleza. Y a poner, nuevamente, al desarrollo
científico bajo la lupa de la sociedad.
En el marco de una sociedad “moderna” que se veía profunda-mente convulsionada, algunos sociólogos comenzaron a
cuestionar la mirada “ingenua” que Merton tenía sobre la ciencia. El problema fundamental era que Merton y sus
discípulos habían orientado su lupa hacia “los científicos” vistos “desde afuera”: cómo se organizaban y vinculaban entre
ellos, qué recursos utilizaban, qué y cómo publicaban y evaluaban sus publicaciones, etc. Pero eso no tenía nada que ver
con lo que los científicos hacían todos los días en sus lugares de trabajo: para ellos, adentro de sus laboratorios, los
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investigadores se limitaban a poner en práctica “un método” (el método), libres de toda injerencia externa. Como no
había ningún aspecto social en esas tareas, que eran consideradas un espacio de racionalidad profunda, los sociólogos
no tenían nada que observar ni, mucho menos, motivos para aventurarse a meter sus sucias narices en tan impoluto
lugar. Los sociólogos que decidieron entrar por primera vez en los laboratorios, hace alrededor de treinta años, tenían
mucha curiosidad: como ellos también se creían científicos, querían estudiar la ciencia “científicamente”, como si los
laboratorios fueran equivalentes a cualquier otro lugar social: una fábrica, una escuela, un club deportivo, una
asociación sindical, un regimiento. Comenzaron a hablar de lo que ocurría en el interior de los laboratorios como si
fueran “cajas negras” de las que sólo se sabía lo que entraba (recursos, por ejemplo) y lo que salía (publicaciones, papers
en la jerga científica), pero no lo que había adentro.
Y “acusaban” a la escuela mertoniana de haber separado los aspectos “externos” (las instituciones, las comunidades
científicas, las culturas) de los aspectos “internos” al conocimiento (los procesos de experimentación, las técnicas, los
métodos, las teorías).
La reacción que emprendieron fue violenta. David Bloor propuso, desde Edimburgo, un programa “fuerte” que debía
mostrar el carácter completamente social de todo conocimiento científico. En un libro que publicó en 1976
(Conocimiento e imaginario social), Bloor se dedicó a provocar a diestra y siniestra: afirmó que las matemáticas, base de
la ciencia moderna, “son sociales por donde se las mire”; que los conocimientos científicos “son creencias sociales como
cualquier otra”, y que, por lo tanto, las “creencias o estados del conocimiento tienen causas sociales que los sociólogos
deben identificar”.
Rápidamente se sumaron otros sociólogos a la movida, y la familia se agrandó. (5) La mayoría de ellos retomó un libro
(hoy clásico) de Thomas Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas, para mostrar que todo colectivo científico
tiene una doble existencia: social (sus formas de identificación grupal, de organización, etc.) y cognitiva (el contenido de
los conocimientos que producen, con sus métodos y teorías bajo el imperio de lo que Kuhn llamó paradigma). Y, lo más
importante, que ambas son indisociables.
Con este argumento, afirmaron que toda la ciencia que conocemos es una ciencia hecha y que, como tal, se nos
presenta naturalmente como verdadera. Pero que, en realidad, la ciencia, como práctica social de un conjunto de
individuos que pertenecen a una cultura y por tanto a un lenguaje, que tienen intereses, que negocian, que se buscan
aliados y adversarios, es una fabricación social. En consecuencia, hay que dejar de lado esa ciencia hecha y observar,
investigar, analizar, interpretar la “ciencia mientras se hace”, porque es allí donde se pueden encontrar las raíces de lo
que luego será presentado como verdad al resto de la sociedad. Es más, muchos argumentos apuntaron a mostrar que
no existe ninguna separación importante entre los tres términos que había propuesto el propio Merton varias décadas
antes: ciencia, tecnología y sociedad. Porque la ciencia y la tecnología son en sí mismas procesos sociales como cualquier
otro. Así, hacia fines de los años setenta, los primeros sociólogos se decidieron a entrar en los laboratorios y observar
qué pasaba allí.
5) Nombremos algunos personajes a los que más adelante volveremos: Harry Collins, Steve Shapin, Michel Callon, Bruno Latour,
Steve Woolgar, John Law, David Edge, Michael Lynch, Karin Knorr-Cetina, entre otros.
Es decir, los intrusos franquearon la puerta, ante la mirada atónita (y tal vez un poco ingenua) de los propios científicos,
que no entendían muy bien qué iban a observar los sociólogos en ese lugar. Bruno Latour, el más provocador entre
provocadores, fue quien le puso como título a uno de sus artículos: “Dadme un laboratorio y moveré el mundo”. Pero
qué vieron, cómo lo contaron y cómo movieron el mundo serán temas de otros capítulos. De hecho, cuando el autor de
estas líneas entró por primera vez a un laboratorio, el director (un francés), que por entonces era muy amable, le (me)
dijo, con el ceño fruncido: “Lo que no entiendo es qué cosa interesante quiere usted observar aquí... y qué puede
entender de lo que nosotros hacemos”. Le expliqué que se trataba de observar cómo definían sus problemas de
investigación, cómo los discutían, cómo utilizaban sus máquinas, cuándo decidían que “algo” merecía ser publicado, etc.
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Me respondió: “¿Pero entonces usted quiere hacer con nosotros lo mismo que nosotros hacemos con los ratones?”. En
ese momento yo era un joven sociólogo un poco atrevido, y le respondí: “Más o menos... sólo que los ratones no
hablan...”. Su mirada me fulminó, y me dije que ése iba a ser, en el futuro, el título de mi libro: “Ratones que hablan”.
Los años me enseñaron que no sólo hablan, sino que también pueden morder, así que me decidí por un título más
romántico y académico: “Lo universal y el contexto en la investigación científica”. En fin... Ahora recuperé ese título
controvertido y, ya menos pretencioso, se lo adjudiqué al segundo capítulo de este libro.
¿Ciencia y sociedad?
6) Varsavsky fue un químico y ensayista argentino, muy comprometido con el proyecto de desarrollar una ciencia útil para la
sociedad, contrapuesta a lo que descalificaba como prácticas “cientificistas”. Volveremos a referirnos a él más adelante.
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Luego de varias décadas, la cuestión acerca de la función social de la ciencia adquirió otra forma, bien diferente:
mientras Bernal se refería a las sociedades –como Inglaterra– más desarrolladas, hacia la década de 1960 (y un poco
antes también) se planteó con mucha fuerza el problema de los países subdesarrollados, a los que con un creativo
eufemismo se los llamó “en vías de desarrollo”. La cuestión del desarrollo es, por supuesto, muy complicada, en la
medida en que intervienen muchos elementos de orden diverso en cada país, como los recursos naturales (tipo de
suelos, de climas, recursos minerales, etc.), la historia, la cultura y la estructura de cada sociedad.
Las teorías más “clásicas” partían de la suposición de que los procesos de desarrollo seguidos por todos los países eran
más o menos similares, es decir, que había una especie de “camino” que las naciones habían recorrido, desde la
Revolución Industrial, para llegar a conformar sociedades y economías “modernas”. El más conocido de estos modelos
fue el del “despegue”, propuesto por el economista norteamericano Walt W. Rostow, quien define cinco fases en el
proceso de crecimiento: 1) la sociedad “tradicional y arcaica”; 2) la preparación del arranque; 3) la fase en la cual la
economía ve duplicada su tasa de inversión(al igual que el avión, la economía despega después de haber ro-dado a una
velocidad crítica); 4) la “marcha hacia la madurez”(caracterizada por una penetración ampliada del progreso técnico), y
5) la era del “consumo de masas”. Para Rostow, la fase decisiva es el “despegue”, donde el crecimiento se transforma en
un fenómeno normal. Esta teoría, que tuvo bastante éxito en su tiempo, fue muy discutida por dos motivos: en primer
lugar, porque supone una suerte de “camino único” que todos deberían seguir (es lo que pasa muy a menudo con los
“modelos” que divierten tanto a los economistas); en segundo lugar, porque presenta al subdesarrollo como si se tratara
de un “atraso histórico”, una etapa que, luego de superada (según los diferentes esta-dios), llevará naturalmente al
desarrollo.
Preguntarán: ¿pero qué tiene que ver esto con la ciencia? Tengan un poco de paciencia, que en los próximos párrafos
volveremos sobre el tema…
(7) Como dicha petición estaba dirigida principalmente a Inglaterra y los Estados Unidos, y se refería sobre todo al desarrollo de la
investigación en física e ingeniería nuclear que dio origen a las primeras bombas, lo más factible es que los líderes de dichos países,
conociéndolas simpatías comunistas de Bernal, soltaran ruidosas carcajadas…
Desde el fin de la posguerra, se propuso lo que luego sería conocido como el “modelo lineal de innovación”. Tuvo su
origen en un informe, “Ciencia, la frontera sin fin”, que el ingeniero y científico Vannevar Bush, director de la Oficina
para el Desarrollo de la Investigación Científica de los Estados Unidos, le entregó en 1945 al presidente de ese país. Allí
encontramos la idea de que la investigación básica es esencial en todo Estado moderno para el logro de sus objetivos
nacionales. Pero también dice que el saber engendrado por la investigación básica sigue una suerte de trayectoria lineal
que va de la investigación al desarrollo, y luego a la innovación. Podemos representarlo con el siguiente esquema:
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Ciencia aplicada
^
I
Ciencia básica
----------------------------------
^^^
IIII
RECURSOS
En la parte inferior de este esquema tenemos una especie de fuego, que simboliza el dinero que el Estado debe invertir
para comenzar a calentar la “olla”. En el “fondo de la olla” está la ciencia básica o fundamental. Si avivamos el fuego, es
decir, si ponemos bastante plata, deberíamos obtener un conjunto de conocimientos fundamentales: aquellos que no
son útiles en sí mismos pero que nos explican cómo funcionan diversos aspectos del mundo físico, natural o social.
Siguiendo con el esquema, primero se inyectan los recursos a la ciencia básica y, cuanta más se produzca, se va a
generar una suerte de stock de conocimientos que permitirá un pasaje hacia una ciencia aplicada. Al avivar el fuego,
agregar recursos, calentar más el contenido, se podrá pasar a la etapa siguiente para que el conocimiento aplicado se
vuelva desarrollo experimental, es decir, para que comience a existir un proceso de industrialización de ese
conocimiento. Así, en algún momento, todo esto desbordará y se “derramarán” innovaciones en el conjunto de la
sociedad. Este modelo fue llamado “ofertista-lineal”, puesto que el eje está focalizado en la oferta de conocimientos que
funcionarán como el motor de lo que más tarde se llamará “sistema de innovación”. Muchos criticaron –con razón– este
modelo, ya que es prácticamente falso: si uno mira la historia de la ciencia y la tecnología, muy pocas innovaciones han
seguido este camino lineal. Sin embargo, parece haber funcionado muy bien en el contexto de la Guerra Fría, facilitando
la aparición de políticas de ciencia y tecnología. Como ese modelo sugería que los beneficios sociales de la ciencia eran
proporcionales al apoyo que se le ofrecía a la investigación básica, el estímulo de la confrontación entre los dos bloques
y las amenazas de una guerra atómica contribuyeron ampliamente a difundir la idea de que “todo aquello que es bueno
para la ciencia es bueno para la sociedad”. En América Latina, personas muy preocupadas por el desarrollo de esta
región e influidas por las ideas de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), se preguntaron cómo
se debía convertir a la ciencia y a la tecnología en instrumentos del desarrollo latinoamericano. Quienes conformaron
esta corriente fueron, en general, ingenieros y científicos preocupados por estos temas, como Amílcar Herrera, Jorge
Sábato y Oscar Varsavsky, en Argentina; José Leite Lopes, en Brasil; Miguel Wionczek, en México; Francisco Sagasti, en
Perú; Máximo Halty Carrere, en Uruguay; Marcel Roche, en Venezuela, entre otros. Las preocupaciones de todos ellos
no eran sólo intelectuales, sino sobre todo políticas, y comenzaban criticando, precisamente, el modelo lineal de
innovación, al que juzgaban como perverso e inadecuado para resolver los problemas de América Latina. Estas
personalidades fueron conformando un “pensamiento latinoamericano en ciencia, tecnología, desarrollo”, (8) es decir,
intentaron un camino propio, criticando las perspectivas “lineales” y proponiendo generar conocimientos y tecnología
adaptados al contexto latinoamericano, para reducir la dependencia respecto de los países ricos. Durante esos años, la
mayor parte de los países de la región puso en marcha organismos nacionales de política y planificación de la ciencia y la
tecnología, y comenzaron a implementarse estudios y discusiones acerca de ellas. Los objetivos giraban en torno a la
búsqueda de la movilización de la ciencia y la tecnología como palancas del desarrollo económico y social.
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(8) El pensamiento latinoamericano en “ciencia, tecnología, desarrollo” toma su nombre del libro homónimo editado en
1975 por Jorge Sábato y Natalio Botana.
Queda más o menos claro que, a lo largo de la historia, la ciencia ha sido utilizada, tanto de manera deliberada como por
la propia dinámica de las relaciones “ciencia-sociedad”, para atender problemas sociales. Cuando se dispara una
epidemia, por ejemplo, se lanzan muchos programas de investigación con el objetivo de generar vacunas o
medicamentos para combatirla; cuando se produjo la mencionada “crisis del petróleo” en los años setenta, la mayor
parte de los países industrializados (y varios de los países en desarrollo) emprendieron programas de investigación para
tratar de producir energías alternativas. Dicho de otro modo, cuando surgen problemas sociales, los diferentes actores,
y en particular el Estado, tienen siempre diversas alternativas de acción para abordarlos. Y una de esas alternativas es
promover la producción y el uso de conocimientos científicos. Pero ¡ojo! En términos de una sociedad, la decisión de
generar conocimiento nunca es la única posible, aunque aparezca como la más deseable. (9). Veamos esto con más
claridad mediante un ejemplo muy conocido en nuestra región.
El mal de Chagas es una “enfermedad latinoamericana”, ya que afecta a casi toda la región, desde México hasta la
Patagonia, al sur de la Argentina y de Chile. La sufren, en particular, las personas pobres que viven en ámbitos rurales, ya
que es en los ranchos, viviendas precarias de barro, donde se aloja la vinchuca, (10) el insecto que transmite el parásito
causante de la enfermedad (Tripanosoma cruzi). Generar conocimiento científico para luchar contra la enfermedad
pareció algo evidente, según el siguiente esquema:
(9) En realidad, la sociedad nunca tiene soluciones únicas, pero eso es otra historia…
(10) El insecto que transmite el parásito puede ser diferente en cada país: en Brasil es el “barbeiro” (triatoma infestans, al igual que
la vinchuca), en Colombia y Venezuela es el “chipo” o “pito” (cuya denominación es Rhodnius prolixus).
Este esquema tiene dos problemas: el primero es que considera que la producción de conocimiento es la única
estrategia posible. El segundo es que supone que el problema social es algo “dado”. Veamos qué se puede responder al
primer problema de un modo provocador, teniendo en cuenta las diversas alternativas que existirían para luchar contra
esta enfermedad:
a) quemar todos los ranchos;
b) construir edificios de cemento como viviendas rurales;
c) fumigar con todos los insecticidas disponibles, tanto las casas como los corrales;
d) erradicar a todas las poblaciones que habitan en esas zonas;
e) generar conocimiento científico para producir una vacuna;
f) generar conocimiento científico para producir un medicamento;
g) generar conocimiento científico para producir nuevos insecticidas que se puedan usar tanto en las casas como en los
corrales; etc.
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Como vemos, la decisión de generar conocimiento científico es una de las múltiples alternativas posibles. Y, además,
habría diferentes tipos de conocimiento que podríamos producir. En un esquema, esto tendría la siguiente forma:
Este esquema está un poco mejor. Pero igual tiene inconvenientes, porque supone que un problema social es “una cosa
que ya está dada”, objetiva y estable. Y, en realidad, ningún problema social existe como tal si no es porque “alguien” lo
define como tal, y convence a otros grupos sociales de que es, en efecto, un problema. Una prueba histórica
relativamente fácil: ¿cuáles fueron problemas en el pasado y hoy ya no lo son? Por ejemplo, el divorcio. Otro ejemplo: el
desempleo. Hace mucho tiempo, si alguien no tenía trabajo, era “su” problema (la forma autóctona y reaccionaria de
decirlo era “aquí no trabaja el que no quiere”). Hoy, el desempleo es, en la mayor parte de las sociedades, un problema
público. Podemos llegar a un elemento crucial: la ciencia no sólo es un recurso para resolver problemas sociales, sino
que también “participa” (a menudo de manera activa) en la definición de los problemas sociales. Así, una parte
importante de éstos han sido construidas por diversos actores sociales, incluso por los científicos mismos. Los ejemplos
son muy numerosos. El sociólogo Joseph Gusfield analizó de qué manera los propios investigadores establecieron la
relación (hoy obvia) entre el consumo de alcohol y los accidentes de tránsito. Lo mismo podemos decir acerca del
debilitamiento de la capa de ozono y de todas las políticas –nacionales, supranacionales– que le siguieron. Esta mirada
es irremediablemente menos ingenua: a menudo los modos de resolución de un problema están muy ligados al modo
en que éste fue construido. Así, la enfermedad de Chagas puede definirse alternativamente como “un problema de
salud”, “un problema de vivienda”, “un problema de la industria de medicamentos”, “un problema de distribución del
ingreso”, como “de localización geográfica”, o sostener que “no es un problema en lo más mínimo”. En consecuencia, el
tipo de decisiones que tomemos para abordar la cuestión dependerá directamente del modo en que la instituyamos
como “problema” (incluida la posibilidad de ignorarlo como tal). Pero la cosa no termina aquí. Hay un inconveniente
adicional: ningún conocimiento “cura una enfermedad”, ni “genera más energía”, ni “produce más agua potable”, ni
“mejora la alimentación”. Para que ello ocurra, es decir, para que un conocimiento tenga una utilidad social efectiva, es
necesario que se “objetive”, que se pueda encarnar en un producto, proceso o práctica social (y, en general, también
económica). Ese proceso de transformación de un conocimiento puede llamarse “industrialización”,
independientemente de si lo lleva acabo una industria vivita y coleando, un programador de software o una institución:
podría ser un hospital, un municipio que potabiliza el agua o una empresa industrial. Cuando se ignora el proceso de
industrialización del conocimiento estamos frente a una suerte de “pensamiento mágico” que cree –o les hace creer a
los demás– que el desarrollo de conocimientos puede ser una condición suficiente para resolver un problema social. A
ese pensamiento mágico lo podemos llamar “ficción”, y muchas veces el sentido común está impregnado de él. Esto no
es tan grave en la vida cotidiana, pero sí lo es cuando las acciones para resolver problemas sociales (y las políticas
públicas orientadas a producir conocimiento para atenderlos) se sustentan en la ficción de una relación directa entre
conocimiento y sociedad.
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