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Cuento de Caperucita Roja y Moraleja

La leyenda de la Llorona cuenta la historia de una mujer que perdió a sus hijos y ahora vaga eternamente en su búsqueda, llorando por ellos. Se le describe vestida de blanco y con el rostro cubierto, apareciéndose cerca de fuentes de agua donde desaparece, aterrorizando a quien escuche su llanto. Es uno de los mitos más populares de Guatemala.

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Cuento de Caperucita Roja y Moraleja

La leyenda de la Llorona cuenta la historia de una mujer que perdió a sus hijos y ahora vaga eternamente en su búsqueda, llorando por ellos. Se le describe vestida de blanco y con el rostro cubierto, apareciéndose cerca de fuentes de agua donde desaparece, aterrorizando a quien escuche su llanto. Es uno de los mitos más populares de Guatemala.

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Cuento de Caperucita Roja

Érase una vez una niñita que lucía una hermosa capa de color rojo. Como la niña
la usaba muy a menudo, todos la llamaban Caperucita Roja.
Un día, la mamá de Caperucita Roja la llamó y le dijo:
—Abuelita no se siente muy bien, he horneado unas galleticas y quiero que tú se
las lleves.
—Claro que sí —respondió Caperucita Roja, poniéndose su capa y llenando su
canasta de galleticas recién horneadas.
Antes de salir, su mamá le dijo:
— Escúchame muy bien, quédate en el camino y nunca hables con extraños.
—Yo sé mamá —respondió Caperucita Roja y salió inmediatamente hacia la casa
de la abuelita.
Para llegar a casa de la abuelita, Caperucita debía atravesar un camino a lo largo
del espeso bosque. En el camino, se encontró con el lobo.
—Hola niñita, ¿hacia dónde te diriges en este maravilloso día? —preguntó el lobo.
Caperucita Roja recordó que su mamá le había advertido no hablar con extraños,
pero el lobo lucía muy elegante, además era muy amigable y educado.
—Voy a la casa de abuelita, señor lobo —respondió la niña—. Ella se encuentra
enferma y voy a llevarle estas galleticas para animarla un poco.
—¡Qué buena niña eres! —exclamó el lobo. —¿Qué tan lejos tienes que ir?
—¡Oh! Debo llegar hasta el final del camino, ahí vive abuelita—dijo Caperucita con
una sonrisa.
—Te deseo un muy feliz día mi niña —respondió el lobo.
El lobo se adentró en el bosque. Él tenía un enorme apetito y en realidad no era
de confiar. Así que corrió hasta la casa de la abuela antes de que Caperucita
pudiera alcanzarlo. Su plan era comerse a la abuela, a Caperucita Roja y a todas
las galleticas recién horneadas.
El lobo tocó la puerta de la abuela. Al verlo, la abuelita corrió despavorida dejando
atrás su chal. El lobo tomó el chal de la viejecita y luego se puso sus lentes y su
gorrito de noche. Rápidamente, se trepó en la cama de la abuelita, cubriéndose
hasta la nariz con la manta. Pronto escuchó que tocaban la puerta:
—Abuelita, soy yo, Caperucita Roja.
Con vos disimulada, tratando de sonar como la abuelita, el lobo dijo:
—Pasa mi niña, estoy en camita.
Caperucita Roja pensó que su abuelita se encontraba muy enferma porque se
veía muy pálida y sonaba terrible.
—¡Abuelita, abuelita, qué ojos más grandes tienes!
—Son para verte mejor —respondió el lobo.
—¡Abuelita, abuelita, qué orejas más grandes tienes!
—Son para oírte mejor —susurró el lobo.
—¡Abuelita, abuelita, que dientes más grandes tienes!
—¡Son para comerte mejor!
Con estas palabras, el malvado lobo tiró su manta y saltó de la cama. Asustada,
Caperucita salió corriendo hacia la puerta. Justo en ese momento, un leñador se
acercó a la puerta, la cual se encontraba entreabierta. La abuelita estaba
escondida detrás de él.
Al ver al leñador, el lobo saltó por la ventana y huyó espantado para nunca ser
visto.
La abuelita y Caperucita Roja agradecieron al leñador por salvarlas del malvado
lobo y todos comieron galleticas con leche. Ese día Caperucita Roja aprendió una
importante lección:
“Nunca debes hablar con extraños”.
En el corazón del bosque vivían los tres cerditos, que eran hermanos.

Resulta que estos cerditos siempre eran perseguidos por un lobo que se los
quería comer.

Para escapar de este lobo, los cerditos decidieron hacerse una casa.

El pequeño la hizo de paja, para acabar antes y poder irse a jugar.

Por su parte, el mediano, construyó una casita de madera.

Pero Al ver que su hermano pequeño había terminado ya, se dio prisa para irse a
jugar con él.

Mientras tanto, el cerdito mayor trabajaba en su casa de ladrillo.

─Ya verán lo que hace el lobo con sus casas─, dijo a sus hermanos el cerdito
mayor mientras éstos se divertían.

¿Qué le pasó a los tres cerditos?

En ese momento apareció el lobo y salió detrás del cerdito pequeño.

Él corrió hasta su casita de paja, pero el lobo sopló y sopló y la casita de paja
derrumbó.

El lobo persiguió también al cerdito por el bosque, que corrió a refugiarse en casa
de su hermano mediano.

Pero el lobo sopló y sopló y la casita de madera derribó.

Los dos cerditos salieron corriendo despavoridos de allí.

Casi sin aliento, con el lobo pegado a sus talones, llegaron a la casa del hermano
mayor.

Los tres se metieron dentro y cerraron bien todas las puertas y ventanas.

Entonces, el lobo se puso a dar vueltas a la casa, buscando algún sitio por dónde
entrar.

Con una escalera larguísima trepó hasta el tejado, para colarse por la chimenea.
Pero el cerdito mayor puso al fuego una olla con agua.

El lobo comilón descendió por el interior de la chimenea, pero cayó sobre el agua
hirviendo y se quemó.
Escapó de allí dando unos terribles aullidos que se oyeron en todo el bosque.

Se cuenta que este lobo nunca jamás quiso volver comer cerditos.

Cuento de Blancanieves y los si

Érase una vez una joven y bella princesa llamada Blancanieves que vivía en un
reino muy lejano con su padre y madrastra.
Su madrastra, la reina, era también muy hermosa, pero arrogante y orgullosa. Se
pasaba todo el día contemplándose frente al espejo. El espejo era mágico y
cuando se paraba frente a él, le preguntaba:
—Espejito, espejito, ¿quién es la más hermosa del reino?
Entonces el espejo respondía:
— Tú eres la más hermosa de todas las mujeres.
La reina quedaba satisfecha, pues sabía que su espejo siempre decía la verdad.
Sin embargo, con el pasar de los años, la belleza y bondad de Blancanieves se
hacían más evidentes. Por todas sus buenas cualidades, superaba mucho la
belleza física de la reina. Y llegó al fin un día en que la reina preguntó de nuevo:
—Espejito, espejito, ¿quién es la más hermosa del reino?
El espejo contestó:
—Blancanieves, a quien su bondad la hace ser aún más bella que tú.
La reina se llenó de ira y ordenó la presencia del cazador y le dijo:
—Llévate a la joven princesa al bosque y asegúrate de que las bestias salvajes se
encarguen de ella.
Con engaños, el cazador llevó a Blancanieves al bosque, pero cuando estaba a
punto de cumplir las órdenes de la reina, se apiadó de la bella joven y dijo:
—Corre, vete lejos, pobre muchacha. Busca un lugar seguro donde vivir.
Encontrándose sola en el gran bosque, Blancanieves corrió tan lejos como pudo
hasta la llegada del anochecer. Entonces divisó una pequeña cabaña y entró en
ella para dormir. Todo lo que había en la cabaña era pequeño. Había una mesa
con un mantel blanco y siete platos pequeños, y con cada plato una cucharita.
También, había siete pequeños cuchillos y tenedores, y siete jarritas llenas de
agua. Contra la pared se hallaban siete pequeñas camas, una junto a la otra,
cubiertas con colchas tan blancas como la nieve.
Blancanieves estaba tan hambrienta y sedienta que comió un poquito de vegetales
y pan de cada platito y bebió una gota de cada jarrita. Luego, quiso acostarse en
una de las camas, pero ninguna era de su medida, hasta que finalmente pudo
acomodarse en la séptima.
Cuando ya había oscurecido, regresaron los dueños de la cabaña. Eran siete
enanos que cavaban y extraían oro y piedras preciosas en las montañas. Ellos
encendieron sus siete linternas, y observaron que alguien había estado en la
cabaña, pues las cosas no se encontraban en el mismo lugar.
El primero dijo: —¿Quién se ha sentado en mi silla?
El segundo dijo: —¿Quién comió de mi plato?
El tercero dijo: —¿Quién mordió parte de mi pan?
El cuarto dijo: —¿Quién tomó parte de mis vegetales?
El quinto dijo: —¿Quién usó mi tenedor?
El sexto dijo: —¿Quién usó mi cuchillo?
El séptimo dijo: —¿Quién bebió de mi jarra?
Entonces el primero observó una arruga en su cama y dijo: —Alguien se ha metido
en mi cama.
Y los demás fueron a revisar sus camas, diciendo: —Alguien ha estado en
nuestras camas también.
Pero cuando el séptimo miró su cama, encontró a Blancanieves durmiendo
plácidamente y llamó a los demás:
—¡Oh, cielos! —susurraron—. Qué encantadora muchacha
Cuando llegó el amanecer, Blancanieves se despertó muy asustada al ver a los
siete enanos parados frente a ella. Pero los enanos eran muy amistosos y le
preguntaron su nombre.
—Mi nombre es Blancanieves —respondió—, y les contó todo acerca de su
malvada madrastra.
Los enanos dijeron:
—Si puedes limpiar nuestra casa, cocinar, tender las camas, lavar, coser y tejer,
puedes quedarte todo el tiempo que quieras—. Blancanieves aceptó feliz y se
quedó con ellos.
Pasó el tiempo y un día, la reina decidió consultar a su espejo y descubrió que la
princesa vivía en el bosque. Furiosa, envenenó una manzana y tomó la apariencia
de una anciana.
— Un bocado de esta manzana hará que Blancanieves duerma para siempre —
dijo la malvada reina.
Al día siguiente, los enanos se marcharon a trabajar y Blancanieves se quedó
sola.
Poco después, la reina disfrazada de anciana se acercó a la ventana de la cocina.
La princesa le ofreció un vaso de agua.
—Eres muy bondadosa —dijo la anciana—. Toma esta manzana como gesto de
agradecimiento.
En el momento en que Blancanieves mordió la manzana, cayó desplomada. Los
enanos, alertados por los animales del bosque, llegaron a la cabaña mientras la
reina huía. Con gran tristeza, colocaron a Blancanieves en una urna de cristal.
Todos tenían la esperanza de que la hermosa joven despertase un día.
Y el día llegó cuando un apuesto príncipe que cruzaba el bosque en su caballo, vio
a la hermosa joven en la urna de cristal y maravillado por su belleza, le dio un
beso en la mejilla, la joven despertó al haberse roto el hechizo. Blancanieves y el
príncipe se casaron y vivieron felices para siempre
Leyenda de la Llorona
Una de las leyendas más populares de Guatemala es la leyenda de la Llorona. Se le
describe como una mujer que perdió a sus hijos. Luego se convirtió en alma en pena que los
busca en vano para toda la eternidad, aterrorizando con su llanto a todo el que la escucha.

Según el mito, la Llorona se aparece vestida de blanco y con el rostro cubierto por un
velo. Camina de forma lenta hasta acercarse a un lugar con agua, en el cual desaparece.

En una de las versiones de la leyenda, se afirma que el nombre de dicha mujer era María. Ella
pertenecía a la alta sociedad y estaba casada con un hombre adinerado y bastante mayor que
ella. Además, erra costumbre de esta mujer despilfarrar las riquezas de su esposo y divertirse
frecuentemente en fiestas y eventos sociales. Durante sus años de matrimonio, la pareja tuvo
dos hijos.

Inesperadamente, el esposo de María falleció y la riqueza se fue terminando. Luego de vender


sus pertenencias, la mujer no halló forma de seguir alimentando a sus hijos. Por lo que un día
les hizo creer que los llevaría de paseo.
Al llegar al lugar que tenía planeado, arrojó a los menores a un caudaloso río en el que
murieron. La mujer abandonó el lugar, pero el remordimiento la hizo regresar y tirarse también
al río.

Continúa la leyenda afirmando a partir de la medianoche, su alma deambula por las calles
de Guatemala llorando y gritando ¡Aaaay mis hijos! Existen quienes afirman haberla visto
cerca de cualquier lugar en donde haya agua.

Leyenda de El Sombrerón
Se afirma en la tradición oral que El Sombrerón recorre las calles y los barrios de Guatemala
acompañado de cuatro mulas. Su propósito es enamorar a jóvenes mujeres, especialmente
a las de ojos grandes y cabello largo. Las enamora y atrae interpretando canciones con su
dulce voz y los mejores acordes de su guitarra.

Se dice que este ser concreta su hechizo al amarrar las cuatro mulas frente a la casa de la
joven de la cual se ha enamorado. Las jóvenes al notar la presencia de El Sombrerón, quedan
embrujadas e hipnotizadas por él, quien luego las persigue, les trenza el cabello, no las deja
comer ni dormir.

El final para quienes caen en el hechizo de El Sombrerón es la muerte.


Leyenda de El Cadejo
 

El Cadejo, según la tradición guatemalteca, es un perro protector de quienes


beben mucho alcohol. Aunque suena extraño, no creas que los ebrios la tienen
tan fácil: según la leyenda, hay dos tipos de cadejo: uno blanco que protege y
uno negro que maldice.

Aunque parecen perros, tienen los ojos rojizos, cascos de cabra y mucho
pelaje. El “bueno” deambula por las calles durante las madrugadas y ayuda a
los borrachos a encontrar el camino a casa sin que les suceda nada. Hay
quienes dicen que hasta cuida a niños que están solos por la noche.

  El “malo”, sin embargo, tiene una mirada feroz y lame la boca de la persona y
con eso la maldice de forma en que nunca más vuelve a estar sobrio.

Por si fuera poco, queda condenado a que el cadejo lo aceche durante nueve
días seguidos hasta que finalmente muere.

Nadie puede tocar al cadejo, incluso algunos dicen que no lo llegan a ver, pero
que “sienten” su presencia y tienen la certeza de que está allí.

También es posible que ambos cadejos deambulen juntos y al toparse con un


borracho, luchan entre sí, uno para protegerlo y otro para atacarlo.
 El cadejo blanco, sin embargo, nunca cuidará a una persona que se
emborrache con malas intenciones.

Fábula El León y la liebre

Sorprendió un león a una liebre que dormía tranquilamente. Pero cuando estaba


a punto de devorarla, vio pasar a un ciervo. Dejó entonces a la liebre por perseguir
al ciervo.

Despertó la liebre ante los ruidos de la persecución, y no esperando más,


emprendió su huida.

Mientras tanto el león, que no pudo dar alcance al ciervo, ya cansado, regresó a
tomar la liebre y se encontró con que se había escapado.

Entonces se dijo el león:

-Bien me lo merezco, pues teniendo ya una presa en mis manos, la dejé para ir
tras la esperanza de obtener una mayor.

Moraleja: Si tienes un pequeño beneficio no lo abandones por uno mayor, ya que


podrías perderlo todo.
La liebre y la tortuga. Fábula para niños sobre el esfuerzo

En el mundo de los animales vivía una liebre muy orgullosa y vanidosa, que no


cesaba de pregonar que ella era el animal más veloz del bosque, y que se pasaba
el día burlándose de la lentitud de la tortuga.

- ¡Eh, tortuga, no corras tanto! Decía la liebre riéndose de la tortuga.

Un día, a la tortuga se le ocurrió hacerle una inusual apuesta a la liebre:

- Liebre, ¿vamos hacer una carrera? Estoy segura de poder ganarte.

- ¿A mí? Preguntó asombrada la liebre.

- Sí, sí, a ti, dijo la tortuga. Pongamos nuestras apuestas y veamos quién gana la
carrera.

La liebre, muy engreída, aceptó la apuesta prontamente.

Así que todos los animales se reunieron para presenciar la carrera. El búho ha
sido el responsable de señalizar los puntos de partida y de llegada. Y así empezó
la carrera:
Astuta y muy confiada en sí misma, la liebre salió corriendo, y la tortuga se quedó
atrás, tosiendo y envuelta en una nube de polvo. Cuando empezó a andar, la
liebre ya se había perdido de vista. Sin importarle la ventaja que tenía la liebre
sobre ella, la tortuga seguía su ritmo, sin parar.

La liebre, mientras tanto, confiando en que la tortuga tardaría mucho en


alcanzarla, se detuvo a la mitad del camino ante un frondoso y verde árbol, y se
puso a descansar antes de terminar la carrera. Allí se quedó dormida, mientras
la tortuga seguía caminando, paso tras paso, lentamente, pero sin detenerse.

No se sabe cuánto tiempo la liebre se quedó dormida, pero cuando ella se


despertó, vio con pavor que la tortuga se encontraba a tan solo tres pasos de la
meta. En un sobresalto, salió corriendo con todas sus fuerzas, pero ya era muy
tarde: ¡la tortuga había alcanzado la meta y ganado la carrera!

Ese día la liebre aprendió, en medio de una gran humillación, que no hay que
burlarse jamás de los demás. También aprendió que el exceso de confianza y de
vanidad, es un obstáculo para alcanzar nuestros objetivos. Y que nadie,
absolutamente nadie, es mejor que nadie.
Fábula de la lechera para los niños sobre la frustración y
ambición

Había una vez una niña, hija de un granjero, que ayudaba a sus padres en
las tareas de casa y en el cuidado de los animales de la granja.

Una mañana, tras recoger la leche de las vacas, la madre de la niña se sintió mal
y no se encontraba bien para salir de casa. Entonces, pidió a su hija que llevara la
leche al mercado para venderla. La niña, muy responsable, le contestó muy
contenta que sí. Y más contenta se quedó cuando su madre le prometió que
todo el dinero que ella ganase con la venta de la leche, sería para ella.

La niña cogió el cántaro lleno de leche y salió de la granja en dirección al pueblo.


Por el camino, ella empezó a hacer planes futuros con lo que ganaría:

- Cuando yo venda esta leche, compraré trescientos huevos. Los huevos,


descartando los que no nazcan, me darán al menos doscientos pollos.
Los pollos estarán listos para mercadearlos cuando los precios de ellos estén en lo
más alto, de modo que para fin de año tendré suficiente dinero para comprarme el
mejor vestido para asistir a las fiestas.

Y seguía ensimismada en sus pensamientos:


- Cuando esté en el baile todos los muchachos me pretenderán, y yo los valoraré
uno a uno.

Pero en ese momento la niña se despistó y no se dio cuenta de que había


una piedra en el medio del camino y acabó tropezando en la piedra y
cayendo en el suelo. El cántaro voló por el aire y se rompió derramando toda la
leche al suelo.

La niña, decepcionada y herida, se levantó y lamentó:

- ¡Qué desgracia! Ya no tengo nada que vender, no tendré huevos, ni pollitos,


ni vestido... eso me pasa por querer demasiado.

Y fue así como la niña, frustrada, se levantó, volvió a la granja y reflexionó sobre la


oportunidad que tuvo y que la derramó por el suelo.

Moraleja:
No seas ambiciosa de mejor y más próspera fortuna, que vivirás ansiosa sin que
pueda saciarte cosa alguna.
No anheles impaciente el bien futuro, mira que ni el presente está seguro. 

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