Poemas y Leyendas de Bécquer
Poemas y Leyendas de Bécquer
Rimas
(selección de 21 poemas)
- IV -
No digáis que agotado su tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira;
podrá no haber poetas; pero siempre
habrá poesía.
Mientras las ondas de la luz al beso
palpiten encendidas;
mientras el sol las desgarradas nubes
de fuego y oro vista;
mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías;
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!
Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista;
mientras la humanidad, siempre avanzando
no sepa a do camina;
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!
Mientras sintamos que se alegra el alma,
sin que los labios rían;
mientras se llore sin que el llanto acuda
a nublar la pupila;
mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan;
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!
Mientras haya unos ojos que reflejen
los ojos que los miran;
mientras responda el labio suspirando
al labio que suspira;
mientras sentirse puedan en un beso
dos almas confundidas;
mientras exista una mujer hermosa
¡habrá poesía!
- VII -
Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueño tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo
veíase el arpa.
¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!
¡Ay! -pensé-. ¡Cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz, como Lázaro, espera
que le diga: «Levántate y anda!»
- XI -
-Yo soy ardiente, yo soy morena,
yo soy el símbolo de la pasión;
de ansia de goces mi alma está llena;
¿a mí me buscas? -No es a ti, no.
-Mi frente es pálida; mis trenzas, de oro;
puedo brindarte dichas sin fin;
yo de ternura guardo un tesoro;
¿a mí me llamas? -No, no es a ti.
-Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz;
soy incorpórea, soy intangible;
no puedo amarte. -¡Oh, ven; ven tú!
- XII -
Porque son, niña, tus ojos
verdes como el mar te quejas:
verdes los tienen las náyades,
verdes los tuvo Minerva
y verdes son las pupilas
de las hurís del profeta.
El verde es gala y ornato
del bosque en la primavera.
Entre sus siete colores
brillante el iris lo ostenta.
Las esmeraldas son verdes,
verde el color del que espera
y las ondas del Océano
y el laurel de los poetas.
Es tu mejilla temprana
rosa de escarcha cubierta,
en que el carmín de los pétalos
se ve al través de las perlas.
Y sin embargo,
sé que te quejas
porque tus ojos
crees que la afean:
pues no lo creas,
que parecen tus pupilas,
húmedas, verdes e inquietas,
tempranas hojas de almendro
que al soplo del aire tiemblan.
Es tu boca de rubíes
purpúrea granada abierta.
que en el estío convida a
apagar la sed en ella.
Y sin embargo,
sé que te quejas
porque tus ojos
crees que la afean:
pues no lo creas,
que parecen, si enojada
tus pupilas centellean,
las olas del mar que rompen
en las cantábricas peñas.
Es tu frente que corona
crespo el oro en ancha trenza,
nevada cumbre en que el día
su postrera luz refleja.
Y sin embargo,
sé que te quejas
porque tus ojos
crees que la afean:
pues no lo eras,
que, entre las rubias pestañas,
junto a las sienes, semejan
broches de esmeralda y oro
que un blanco armiño sujetan.
- XVII -
Hoy la tierra y los cielos me sonríen;
hoy llega al fondo de mi alma el sol;
hoy la he visto..., la he visto y me ha mirado...
¡Hoy creo en Dios!
- XIX -
Cuando sobre el pecho inclinas
la melancólica frente,
una azucena tronchada
me pareces.
Porque al darte la pureza
de que es símbolo celeste,
como a ella te hizo Dios:
de oro y nieve.
- XX -
Sabe, si alguna vez tus labios rojos
quema invisible atmósfera abrasada,
que el alma que hablar puede con los ojos
también puede besar con la mirada.
- XXI -
-¿Qué es poesía? -dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul-.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú.
- XXII -
¿Cómo vive esa rosa que has prendido
junto a tu corazón?
Nunca hasta ahora contemplé en la tierra
sobre el volcán la flor.
- XXIII -
Por una mirada, un mundo;
Por una sonrisa, un cielo;
por un beso... ¡yo no sé
qué te diera por un beso!
- XXIV -
Dos rojas lenguas de fuego
que a un mismo tronco enlazadas
se aproximan y al besarse
forman una sola llama;
dos notas que del laúd
a un tiempo la mano arranca
y en el espacio se encuentran
y armoniosas se abrazan;
dos olas que vienen juntas
a morir sobre una playa
y que al romper se coronan
con un penacho de plata;
dos jirones de vapor
que del lago se levantan
y al juntarse allí en el cielo
forman una nube blanca:
dos ideas que al par brotan,
dos besos que a un tiempo estallan,
dos ecos que se confunden...:
eso son nuestras dos almas.
- XXX -
Asomaba a sus ojos una lágrima
y a mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo y se enjugó su llanto
y la frase en mis labios expiró.
Yo voy por un comino, ella por otro;
pero al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún: «¿Por qué callé aquel día?»
Y ella dirá: «¿Por qué no lloré yo?»
- XXXIII -
Es cuestión de palabras, y, no obstante,
ni tú ni yo jamás,
después de lo pasado, convendremos
en quién la culpa está.
¡Lástima que el amor un diccionario
no tenga donde hallar
cuándo el orgullo es simplemente orgullo
y cuándo es dignidad!
- XXXVIII -
Los suspiros son aire y van al aire.
Las lágrimas son agua y van al mar.
Dime, mujer: cuando el amor se olvida,
¿sabes tú adónde va?
- XLI -
Tú eras el huracán y yo la alta
torre que desafía su poder:
¡tenías que estrellarte o abatirme!...
¡No pudo ser!
Tú eras el Océano y yo la enhiesta
roca que firme aguarda su vaivén
¡tenías que romperte o que arrancarme!...
¡No pudo ser!
hermosa tú, yo altivo; acostumbrados
uno a arrollar, el otro a no ceder;
la senda estrecha, inevitable el choque...
¡No pudo ser!
- LI -
De lo poco de vida que me resta
diera con gusto los mejores años,
por saber lo que a otros
de mí has hablado.
Y esta vida mortal... y de la eterna
lo que me toque, si me toca algo,
por saber lo que a solas
de mí has pensado.
- LII -
Olas gigantes que os rompéis bramando
en las playas desiertas y remotas,
envuelto entre la sábana de espumas,
¡llevadme con vosotras!
Ráfagas de huracán, que arrebatáis
de alto bosque las marchitas hojas,
arrastrando en el cielo torbellino,
¡llevadme con vosotras!
Nubes de tempestad que rompe el rayo
y en fuego ornáis las desprendidas orlas,
arrebatado entre la niebla obscura,
¡llevadme con vosotras!
Llevadme, por piedad, adonde el vértigo
con la razón me arranque la memoria...
¡Por piedad!... ¡Tengo miedo de quedarme
con mi dolor a solas!
- LIII -
Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán;
pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha al contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres,
ésas... ¡no volverán!
Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde, aún más hermosas,
sus flores se abrirán;
pero aquellas cuajadas de rocío,
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer, como lágrimas del día...
ésas... ¡no volverán!
Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará;
pero mudo y absorto y de rodillas,
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido... desengáñate,
¡así no te querrán!
- LVII -
Este armazón de huesos y pellejo,
de pasear una cabeza loca
cansado se halla al fin, y no lo extraño;
pues, aunque es la verdad que no soy viejo,
de la parte de vida que me toca
en la vida del mundo, por mi daño
he hecho un uso tal, que juraría
que he condensado un siglo en cada día.
Así, aunque ahora muriera,
no podría decir que no he vivido;
que el sayo, al parecer nuevo por fuera
conozco que por dentro ha envejecido.
Ha envejecido, sí; ¡pese a mi estrella!
harto lo dice ya mi afán doliente;
que hay dolor que, al pasar, su horrible huella
graba en el corazón, si no en la frente.
- LVIII -
¿Quieres que de ese néctar delicioso
no te amargue la hez?
Pues aspírale, acércale a tus labios,
y déjale después.
¿Quieres que conservemos una dulce
memoria de este amor?
Pues amémonos hoy mucho, y mañana
digámonos ¡adiós!
- LX -
Mi vida es un erial:
flor que toco se deshoja;
que en mi camino fatal,
alguien va sembrando el mal
para que yo lo recoja.
__________________________________________________________________________________
Leyendas
(selección de 5 leyendas de Bécquer)
Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir cualquier cosa con este título.
Hoy, que se me ha presentado ocasión, lo he puesto con letras grandes en la primera cuartilla
de papel, y luego he dejado a capricho volar la pluma.
Yo creo que he visto unos ojos como los que he pintado en esta leyenda. No sé si en sueños,
pero yo los he visto. De seguro no los podré describir tales cuales ellos eran: luminosos, transparentes
como las gotas de la lluvia que se resbalan sobre las hojas de los árboles después de una tempestad de
verano. De todos modos, cuento con la imaginación de mis lectores para hacerme comprender en este
que pudiéramos llamar boceto de un cuadro que pintaré algún día.
I
-Herido va el ciervo... herido va; no hay duda. Se ve el rastro de la sangre entre las zarzas del
monte, y al saltar uno de esos lentiscos han flaqueado sus piernas... Nuestro joven señor comienza por
donde otros acaban... en cuarenta años de montero no
he visto mejor golpe... Pero. ¡por San Saturio, patrón de Soria!, cortadle el paso por esas carrascas,
azuzad los perros, soplad en esas trompas hasta echar los hígados, y hundidle a los corceles una cuarta
de hierro en los ijares: ¿no veis que se dirige hacia la fuente de los álamos; y si la salva antes de morir
podemos darle por perdido?
Las cuencas del Moncayo repitieron de eco en eco el bramido de las trompas, el latir de la
jauría desencadenada, y las voces de los pajes resonaron con nueva furia, y el confuso tropel de
hombres, caballos y perros se dirigió al punto que Íñigo, el montero mayor de los marqueses de
Almenar, señalara como el más a propósito para cortarle el paso a la res.
Pero todo fue inútil. Cuando el más ágil de los lebreles llegó a las carrascas jadeante y
cubiertas las fauces de espuma, ya el ciervo rápido como una saeta, las había salvado de un solo
brinco, perdiéndose entre los matorrales de una trocha que conducía a la fuente.
-¡Alto!... ¡Alto todo el mundo! -gritó Íñígo entonces-; estaba de Dios que había de marcharse.
-Porque esa trocha -prosiguió el montero- conduce a la fuente de los Álamos; la fuente de los
Álamos, en cuyas aguas habita un espíritu del mal. El que osa enturbiar su corriente, paga caro su
atrevimiento. Ya la res habrá salvado sus márgenes; ¿cómo la salvaréis vos sin atraer sobre vuestra
cabeza alguna calamidad horrible? Los cazadores somos reyes del Moncayo, pero reyes que pagan un
tributo. Pieza que se refugia en esa fuente misteriosa, pieza perdida.
-¡Pieza perdida! Primero perderé yo el señorío de mis padres, y primero perderé el ánima en
manos de Satanás, que permitir que se me escape ese ciervo, el único que ha herido mi venablo, la
primicia de mis excursiones de cazador... ¿Lo ves?... ¿Lo ves?... Aún se distingue a intervalos desde
aquí... las piernas le faltan, su carrera se acorta; déjame... déjame... suelta esa brida o te revuelco en el
polvo... ¿Quién sabe si no le daré lugar para que llegue a la fuente? Y si llegase, al diablo ella, su
limpidez y sus habitadores. ¡Sus!, ¡Relámpago!, ¡sus, caballo mío!, si lo alcanzas, mando engarzar los
diamantes de mi joyel en tu serreta de oro.
Caballo y jinete partieron como un huracán.
Íñigo los siguió con la vista hasta que se perdieron en la maleza; después volvió los ojos en
derredor suyo; todos, como él, permanecían inmóviles y consternados.
-Señores, vosotros lo habéis visto; me he expuesto a morir entre los pies de su caballo por
detenerle. Yo he cumplido con mi deber. Con el diablo no sirven valentías. Hasta aquí llega el
montero con su ballesta; de aquí adelante, que pruebe a pasar el capellán con su hisopo.
II
-Tenéis la color quebrada; andáis mustio y sombrío; ¿qué os sucede? Desde el día, que yo
siempre tendré por funesto, en que llegasteis a la fuente de los Álamos en pos de la res herida, diríase
que una mala bruja os ha encanijado con sus hechizos.
Mientras Íñigo hablaba Fernando, absorto en sus ideas, sacaba maquinalmente astillas de su
escaño de ébano con el cuchillo de monte.
Después de un largo silencio, que sólo interrumpía el chirrido de la hoja al resbalar sobre la
pulimentada madera, el joven exclamó dirigiéndose a su servidor, como si no hubiera escuchado una
sola de sus palabras:
Íñigo, tú que eres viejo; tú que conoces todas las guaridas del Moncayo, que has vivido en
sus faldas persiguiendo a las fieras, y en tus errantes excursiones de cazador subiste más de una vez a
su cumbre, dime: ¿has encontrado por acaso una mujer que vive entre sus rocas?
-Sí -dijo el joven-; es una cosa extraña lo que me sucede, muy extraña... Creí poder guardar
ese secreto eternamente, pero no es ya posible; rebosa en mi corazón y asoma a mi semblante. Voy,
pues, a revelártelo... Tú me ayudarás a desvanecer el misterio que envuelve a esa criatura, que al
parecer sólo
para mí existe, pues nadie la conoce, ni la ha visto, ni puede darme razón de ella.
El montero, sin desplegar los labios, arrastró su banquillo hasta colocarle junto al escaño de
su señor, del que no apartaba un punto los espantados ojos. Éste, después de coordinar sus ideas
prosiguió así:
-Desde el día en que a pesar de tus funestas predicciones llegué a la fuente de los Álamos, y
atravesando sus aguas recobré el ciervo que vuestra superstición hubiera dejado huir, se llenó mi alma
del deseo de la soledad.
Tú no conoces aquel sitio. Mira, la fuente brota escondida en el seno de una peña, y cae
resbalándose gota a gota por entre las verdes y flotantes hojas de las plantas que crecen al borde de su
cuna. Aquellas gotas que al desprenderse brillan como puntos de oro y suenan como las notas de un
instrumento, se reúnen entre los céspedes, y susurrando, con un ruido semejante al de las abejas que
zumban en torno de las flores, se alejan por entre las arenas, y forman un cauce, y luchan con los
obstáculos que se oponen a su camino, y se repliegan sobre sí mismas, y saltan, y huyen, y corren,
unas veces con risa, otras con suspiros, hasta caer en un lago. En el lago caen con un rumor
indescriptible. Lamentos, palabras, nombres, cantares, yo no sé lo que he oído en aquel rumor cuando
me he sentado sólo y febril sobre el peñasco, a cuyos pies saltan las aguas de la fuente misteriosa para
estancarse en una balsa profunda, cuya inmóvil superficie apenas riza el viento de la tarde.
Todo es allí grande. La soledad, con sus mil rumores desconocidos, vive en aquellos lugares
y embriaga el espíritu en su inefable melancolía. En las plateadas hojas de los álamos, en los huecos
de las peñas, en las ondas del agua, parecen que nos hablan los invisibles espíritus de la Naturaleza,
que reconocen un hermano en el inmortal espíritu del hombre.
Cuando al despuntar la mañana me veías tomar la ballesta y dirigirme al monte, no fue nunca
para perderme entre sus matorrales en pos de la caza, no; iba a sentarme al borde de la fuente, a buscar
en sus ondas... no sé qué, ¡una locura! El día en que salté sobre ella con mi Relámpago, creí haber
visto brillar en su fondo una cosa extraña... muy extraña...; los ojos de una mujer.
Tal vez sería un rayo de sol que serpeó fugitivo entre su espuma; tal vez una de esas flores
que flotan entre las algas de su seno, y cuyos cálices parecen esmeraldas... no sé: yo creí ver una
mirada que se clavó en la mía; una mirada que encendió en mi pecho un deseo absurdo, irrealizable: el
de encontrar una persona con unos ojos como aquellos.
Por último, una tarde... yo me creí juguete de un sueño...; pero no, es verdad; la he hablado
ya muchas veces, como te hablo a ti ahora...; una tarde encontré sentada en mi puesto, y vestida con
unas ropas que llegaban hasta las aguas y flotaban sobre su haz, una mujer hermosa sobre toda
ponderación. Sus cabellos eran como el oro; sus pestañas brillaban como hilos de luz, y entre las
pestañas volteaban inquietas unas pupilas que yo había visto... sí; porque los ojos de aquella mujer
eran los que yo tenía clavados en la mente; unos ojos de un color imposible; unos ojos...
Fernando le miró a su vez como asombrado de que concluyese lo que iba a decir, y le
preguntó con una mezcla de ansiedad y de alegría:
-¿La conoces?
-¡Oh no! -dijo el montero.- ¡Líbreme Dios de conocerla! Pero mis padres, al prohibirme
llegar hasta esos lugares, me dijeron mil veces que el espíritu, trasgo, demonio o mujer que habita en
sus aguas, tiene los ojos de ese color. Yo os conjuro, por lo que más améis en la tierra, a no volver a la
fuente de los Álamos. Un día u otro os alcanzará su venganza, y expiaréis muriendo el delito de haber
encenagado sus ondas.
-¡Por lo que más amo!... -murmuró el joven con una triste sonrisa.
-Sí -prosiguió el anciano-; por vuestros padres, por vuestros deudos, por las lágrimas de la
que el cielo destina para vuestra esposa, por las de un servidor que os ha visto nacer.
-¿Sabes tú lo que más amo en este mundo? ¿Sabes tú por qué daría yo el amor de mi padre,
los besos de la que me dio la vida, y todo el cariño que puedan atesorar todas las mujeres de la tierra?
Por una mirada, por una sola mirada de esos ojos... ¡Cómo podré yo dejar de buscarlos!
Dijo Fernando estas palabras con tal acento, que la lágrima que temblaba en los párpados de
Íñigo se resbaló silenciosa por su mejilla, mientras exclamó con acento sombrío: -¡Cúmplase la
voluntad del cielo!
III
-¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu patria? ¿En dónde habitas? Yo vengo un día y otro en tu busca, y
ni veo el corcel que te trae a estos lugares, ni a los servidores que conducen tu litera. Rompe una vez
el misterioso velo en que te envuelves como en una noche, profunda. Yo te amo, y, noble o villana,
seré tuyo, tuyo siempre.
El sol había traspuesto la cumbre del monte; las sombras bajaban a grandes pasos por su
falda; la brisa gemía entre los álamos de la fuente, y la niebla, elevándose poco a poco de la superficie
del lago, comenzaba a envolver las rocas de su margen.
Sobre una de estas rocas, sobre una que parecía próxima a desplomarse en el fondo de las
aguas, en cuya superficie se retrataba temblando, el primogénito de Almenar, de rodillas a
Ella era hermosa, hermosa y pálida, como una estatua de alabastro. Uno de sus rizos caía
sobre sus hombros, deslizándose entre los pliegues del velo, como un rayo de sol que atraviesa las
nubes, y en el cerco de sus pestañas rubias brillaban sus pupilas, como dos esmeraldas sujetas en una
joya de oro.
Cuando el joven acabó de hablarle, sus labios se removieron como para pronunciar algunas
palabras; pero sólo exhalaron un suspiro, un suspiro débil, doliente, como el de la ligera onda que
empuja una brisa al morir entre los juncos.
-¡No me respondes! -exclamó Fernando, al ver burlada su esperanza-; ¿querrás que dé crédito
a lo que de ti me han dicho? ¡Oh, no!... Háblame; yo quiero saber si me amas; yo quiero saber si
puedo amarte, si eres una mujer...
-O un demonio... ¿Y si lo fuese?
El joven vaciló un instante; un sudor frío corrió por sus miembros; sus pupilas se dilataron al
fijarse con más intensidad en las de aquella mujer, y fascinado por su brillo fosfórico, demente casi,
exclamó en un arrebató de amor:
-Si lo fueses... te amaría... te amaría, como te amo ahora, como es mi destino amarte, hasta
más allá de esta vida, si hay algo más allá de ella.
-Fernando -dijo la hermosa entonces con una voz semejante a una música-: yo te amo más
aún que tú me amas; yo que desciendo hasta un mortal, siendo un espíritu puro. No soy una mujer
como las que existen en la tierra; soy una mujer digna de ti, que eres superior a los demás hombres.
Yo vivo en el fondo de estas aguas; incorpórea como ellas, fugaz y transparente, hablo con sus
rumores y ondulo con sus pliegues. Yo no castigo al que osa turbar la fuente donde moro; antes le
premio con mi amor, como a un mortal superior a las supersticiones del vulgo, como a un amante
capaz de comprender mi cariño extraño y misterioso.
-¿Ves, ves el límpido fondo de ese lago, ves esas plantas de largas y verdes hojas que se
agitan en su fondo?... Ellas nos darán un lecho de esmeraldas y corales... y yo... yo te daré una
felicidad sin nombre, esa felicidad que has soñado en tus horas de delirio, y que no puede ofrecerte
nadie... Ven, la niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un pabellón de lino... las ondas nos
llaman con sus voces incomprensibles, el viento empieza entre los álamos sus himnos de amor; ven...
ven...
La noche comenzaba a extender sus sombras, la luna rielaba en la superficie del lago, la
niebla se arremolinaba al soplo del aire, y los ojos verdes brillaban en la oscuridad como los fuegos
fatuos que corren sobre el haz de las aguas infectas... Ven... ven... Estas palabras zumbaban en los
oídos de Fernando como un conjuro. Ven... y la mujer misteriosa le llamaba al borde del abismo
donde estaba suspendida, y parecía ofrecerle un beso... un beso...
Fernando dio un paso hacia ella... otro... y sintió unos brazos delgados y flexibles que se
liaban a su cuello, y una sensación fría en sus labios ardorosos, un beso de nieve... y vaciló... y perdió
pie, y calló al agua con un rumor sordo y lúgubre.
Las aguas saltaron en chispas de luz, y se cerraron sobre su cuerpo, y sus círculos de plata
fueron ensanchándose, ensanchándose hasta expirar en las orillas.
Como era natural, después de oírla, aguardé impaciente que comenzara la ceremonia, ansioso
de asistir a un prodigio.
Nada menos prodigioso, sin embargo, que el órgano de Santa Inés, ni nada más vulgar que
los insulsos motetes que nos regaló su organista aquella noche.
Al salir de la Misa, no pude por menos de decirle a la demandadera con aire de burla:
-¿En qué consiste que el órgano de maese Pérez suena ahora tan mal?
-No ha vuelto a parecer desde que colocaron el que ahora les sustituye.
Si a alguno de mis lectores se les ocurriese hacerme la misma pregunta, después de leer esta
historia, ya sabe el por qué no se ha continuado el milagroso portento hasta nuestros días.
-¿Veis ese de la capa roja y la pluma blanca en el fieltro, que parece que trae sobre su justillo
todo el oro de los galeones de Indias; aquél que baja en este momento de su litera para dar la mano a
esa otra señora que, después de dejar la suya, se adelanta hacia aquí, precedida de cuatro pajes con
hachas? Pues ese es el Marqués de Moscoso, galán de la condesa viuda de Villapineda. Se dice que
antes de poner sus ojos sobre esta dama, había pedido en matrimonio a la hija de un opulento señor;
mas el padre de la doncella, de quien se murmura que es un poco avaro... Pero, ¡calle!, en hablando
del ruin de Roma, cátale aquí que asoma. ¿Veis aquél que viene por debajo del arco de San Felipe, a
pie, embozado en una capa oscura, y precedido de un solo criado con una linterna? Ahora llega frente
al retablo.
A no ser por ese noble distintivo, cualquiera le creería un lonjista de la calle de Culebras...
Pues ese es el padre en cuestión; mirad cómo la gente del pueblo le abre paso y le saluda.
Toda Sevilla le conoce por su colosal fortuna. El sólo tiene más ducados de oro en sus arcas
que soldados mantiene nuestro señor el rey Don Felipe; y con sus galeones podría formar una
escuadra suficiente a resistir a la del Gran Turco...
Mirad, mirad ese grupo de señores graves: esos son los caballeros veinticuatros. ¡Hola, hola!
También está el flamencote, a quien se dice que no han echado ya el guante los señores de la cruz
verde, merced a su influjo con los magnates de Madrid... Éste, no viene a la iglesia más que a oír
música... No, pues si maese Pérez no le arranca con su órgano lágrimas como puños, bien se puede
asegurar que no tiene su alma en su almario, sino friéndose en las calderas de Pero Botero...
¡Ay vecina! Malo... malo... presumo que vamos a tener jarana; yo me refugio en la iglesia; pues por lo
que veo, aquí van a andar más de sobra los cintarazos que los Paternóster. -Mirad, Mirad; las gentes
del duque de Alcalá doblan. la esquina de la Plaza de San Pedro, y por el callejón de las Dueñas se me
figura que he columbrado a las del de Medinasidonia. ¿No os lo dije?
Ya se han visto, ya se detienen unos y otros, sin pasar de sus puestos... los grupos se
disuelven... los ministriles, a quienes en- estas ocasiones apalean amigos y enemigos, se retiran...
hasta el señor asistente, con su vara y todo, se refugia en el atrio... y luego dicen que hay justicia.
Vamos, vamos, ya brillan los broqueles en la oscuridad... ¡Nuestro Señor del Gran Poder nos
asista! Ya comienzan los golpes...; ¡vecina! ¡vecina!, aquí... antes que cierren las puertas. Pero ¡calle!
¿Qué es eso? Aún no han comenzado cuando lo dejan. ¿Qué resplandor es aquél?... ¡Hachas
encendidas! ¡Literas! Es el señor obispo.
La Virgen Santísima del Amparo, a quien invocaba ahora mismo con el pensamiento, lo trae
en mi ayuda... ¡Ay! ¡Si nadie sabe lo que yo debo a esta Señora!... ¡Con cuánta usura me paga las
candelillas que le enciendo los sábados!... Vedlo, qué hermosote está con sus hábitos morados y su
birrete rojo... Dios le conserve en su silla tantos siglos como yo deseo de vida para mí. Si no fuera por
él, media Sevilla hubiera ya ardido con estas disensiones de los duques. Vedlos, vedlos, los
hipocritones, cómo se acercan ambos a la litera del prelado para besarle el anillo... Cómo le siguen y
le acompañan, confundiéndose con sus familiares. Quién diría que esos dos que parecen tan amigos, si
dentro de media hora se encuentran en una calle oscura... es decir, ¡ellos... ellos!... Líbreme Dios de
creerlos cobardes; buena muestra han dado de sí, peleando en algunas ocasiones contra los enemigos
de Nuestro Señor... Pero es la verdad, que si se buscaran... y si se buscaran con ganas de encontrarse,
se encontrarían, poniendo fin de una vez a estas continuas reyertas, en las cuales los que
verdaderamente baten el cobre de firme son sus deudos, sus allegados y su servidumbre.
Pero vamos, vecina, vamos a la iglesia, antes que se ponga de bote en bote... que algunas
noches como ésta suele llenarse de modo que no cabe ni un grano de trigo... Buena ganga tienen las
monjas con su organista... ¿Cuándo se ha visto el convento tan favorecido como ahora?... De las otras
comunidades, puedo decir que le han hecho a Maese Pérez proposiciones magníficas; verdad que nada
tiene de extraño, pues hasta el señor arzobispo le ha ofrecido montes de oro por llevarle a la catedral...
Pero él, nada... Primero dejaría la vida que abandonar su órgano favorito... ¿No conocéis a maese
Pérez? Verdad es que sois nueva en el barrio... Pues es un santo varón; pobre, sí, pero limosnero cual
no otro... Sin más parientes que su hija ni más amigo que su órgano, pasa su vida entera en velar por
la inocencia de la una: y componer los registros del otro... ¡Cuidado que el órgano es viejo!... Pues
nada, él se da tal maña en arreglarlo y cuidarlo, que suena que es una maravilla... Como le conoce de
tal modo, que a tientas... porque no sé si os lo he dicho, pero el pobre señor es ciego de nacimiento...
Y ¡con qué paciencia lleva su desgracia!... Cuando le preguntan que cuánto daría por ver, responde:
Mucho, pero no tanto como creéis, porque tengo esperanzas. -¿Esperanzas de ver? -Sí, y muy pronto
-añade sonriéndose como un ángel-; ya cuento setenta y seis años; por muy larga que sea mi vida,
pronto veré a Dios...
¡Pobrecito! Y sí lo verá... porque es humilde como las piedras de la calle, que se dejan pisar
de todo el mundo... Siempre dice que no es más que un pobre organista de convento, y puede dar
lecciones de solfa al mismo maestro de capilla de la Primada; como que echó los dientes en el oficio...
Su padre tenía la misma profesión que él; yo no le conocí, pero mi señora madre, que santa gloria
haya, dice que le llevaba siempre al órgano consigo para darle a los fuelles. Luego, el muchacho
mostró tales disposiciones que, como era natural, a la muerte de su padre heredó el cargo... ¡Y qué
manos tiene! Dios se las bendiga. Merecía que se las llevaran a la calle de Chicarreros y se las
engarzasen en oro... Siempre toca bien, siempre, pero en semejante noche como ésta es un prodigio...
Él tiene una gran devoción por esta ceremonia de la Misa del Gallo, y cuando levantan la Sagrada
Forma al punto y hora de las doce, que es cuando vino al mundo Nuestro Señor Jesucristo... las voces
de su órgano son voces de ángeles...
En fin, ¿para qué tengo de ponderarle lo que esta noche oirá? Baste el ver cómo todo lo
demás florido de Sevilla, hasta el mismo señor arzobispo, vienen a un humilde convento para
escucharle: y no se crea que sólo la gente sabida y a la que se le alcanza esto de la solfa conocen su
mérito, sino que hasta el populacho. Todas esas bandadas que veis llegar con teas encendidas
entonando villancicos con gritos desaforados al compás de los panderos, las sonajas y las zambombas,
contra su costumbre, que es la de alborotar las iglesias, callan como muertos cuando pone maese
Pérez las manos en el órgano... y cuando alzan... cuando alzan no se siente una mosca... de todos los
ojos caen lagrimones tamaños, y al concluir se oye como un suspiro inmenso, que no es otra cosa que
la respiración de los circunstantes, contenida mientras dura la música... Pero vamos, vamos, ya han
dejado de tocar las campanas, y va a comenzar la Misa, vamos adentro...
Para todo el mundo es esta noche Noche-Buena, pero para nadie mejor que para nosotros.
Esto diciendo, la buena mujer que había servido de cicerone a su vecina, atravesó el atrio del
convento de Santa Inés, y codazo en éste, empujón en aquél, se internó en el templo, perdiéndose
entre la muchedumbre que se agolpaba en la puerta.
II
La iglesia estaba iluminada con una profusión asombrosa. El torrente de luz que se desprendía de los
altares para llenar sus ámbitos, chispeaba en los ricos joyeles de las damas que, arrodillándose sobre
los cojines de terciopelo que tendían los pajes y tomando el libro de oraciones de manos de las
dueñas, vinieron a formar un brillante círculo alrededor de la verja del presbiterio. Junto a aquella
verja, de pie, envueltos en sus capas de color galoneadas de oro, dejando entrever con estudiado
descuido las encomiendas rojas y verdes, en la una mano el fieltro, cuyas plumas besaban los tapices,
la otra sobre los bruñidos gavilanes del estoque o acariciando el pomo del cincelado puñal, los
caballeros veinticuatros, con gran parte de lo mejor de la nobleza sevillana, parecían formar un muro,
destinado a defender a sus hijas y a sus esposas del contacto de la plebe. Ésta, que se agitaba en el
fondo de las naves, con un rumor parecido al del mar cuando se alborota, prorrumpió en una
aclamación de júbilo, acompañada del discordante sonido de las sonajas y los panderos, al mirar
aparecer al arzobispo, el cual, después de sentarse junto al altar mayor bajo un solio de grana que
rodearon sus familiares, echó por tres veces la bendición al pueblo.
Transcurrieron, sin embargo, algunos minutos sin que el celebrante apareciese. La multitud
comenzaba a rebullirse, demostrando su impaciencia; los caballeros cambiaban entre sí algunas
palabras a media voz, y el arzobispo mandó a la sacristía a uno de sus familiares a inquirir el por qué
no comenzaba la ceremonia.
-Maese Pérez se ha puesto malo, muy malo, y será imposible que asista esta noche a la Misa
de media noche.
En aquel momento, un hombre mal trazado, seco huesudo y bisojo por añadidura, se adelantó
hasta el sitio que ocupaba el prelado.
-Maese Pérez está enfermo -dijo-; la ceremonia no puede empezar. Si queréis, yo tocaré el
órgano en su ausencia; que ni maese Pérez, es el primer organista del mundo, ni a su muerte dejará de
usarse este instrumento por falta de inteligente.
El arzobispo hizo una señal de asentimiento con la cabeza, y ya algunos de los fieles que
conocían a aquel personaje extraño por un organista envidioso, enemigo del de Santa Inés,
comenzaban a prorrumpir en exclamaciones de disgusto, cuando de improviso se oyó en el atrio un
ruido espantoso.
A estas voces de los que estaban apiñados en la puerta, todo el mundo volvió la cara.
Los preceptos de los doctores, las lágrimas de su hija, nada había sido bastante a detenerle en
el lecho.
-No -había dicho-; ésta es la última, lo conozco, lo conozco, y no quiero morir sin visitar mi
órgano, y esta noche sobre todo, la Noche-Buena. Vamos, lo quiero, lo mando; vamos a la iglesia.
Una nube de incienso que se desenvolvía en ondas azuladas llenó el ámbito de la iglesia; las
campanillas repicaron con un sonido vibrante, y maese Pérez puso sus crispadas manos sobre las
teclas del órgano.
Las cien voces de sus tubos de metal resonaron en un acorde majestuoso y prolongado, que
se perdió poco a poco, como si una ráfaga de aire hubiese arrebatado sus últimos ecos.
A este primer acorde, que parecía una voz que se elevaba desde la tierra al cielo, respondió
otro lejano y suave que fue creciendo, creciendo, hasta convertirse en un torrente de atronadora
armonía.
Era la voz de los ángeles que atravesando los espacios, llegaba al mundo.
Después comenzaron a oírse como unos himnos distantes que entonaban las jerarquías de
serafines; mil himnos a la vez, que al confundirse formaban uno solo, que, no obstante, era no más el
acompañamiento de una extraña melodía, que parecía flotar sobre aquel océano de misteriosos ecos,
como un jirón de niebla sobre las olas del mar.
De cada una de las notas que formaban aquel magnífico acorde, se desarrolló un tema; y unos cerca,
otros lejos, éstos brillantes, aquéllos sordos, diríase que las aguas y los pájaros, las brisas y las
frondas, los hombres y los ángeles, la tierra y los cielos, cantaban cada cual en su idioma un himno al
nacimiento del Salvador.
La multitud escuchaba atónica y suspendida. En todos los ojos había una lágrima, en todos
los espíritus un profundo recogimiento.
El sacerdote que oficiaba sentía temblar sus manos, porque Aquél que levantaba en ellas,
Aquél a quien saludaban hombres y arcángeles era su Dios, era su Dios, y le parecía haber visto
abrirse los cielos y transfigurarse la Hostia.
El órgano proseguía sonando; pero sus voces se apagaban gradualmente, como una voz que
se pierde de eco en eco y se aleja y se debilita al alejarse, cuando de pronto sonó un grito en la tribuna,
un grito desgarrador, agudo, un grito de mujer.
-¿Qué ha sucedido? ¿Qué pasa? -se decían unos a otros, y nadie sabía responder, y todos se
empeñaban en adivinarlo, y crecía la confusión, y el alboroto comenzaba a subir de punto,
amenazando turbar el orden y el recogimiento propios de la iglesia.
-¿Qué ha sido eso? -preguntaban las damas al asistente, que precedido de los ministriles, fue
uno de los primeros a subir a la tribuna, y que, pálido y con muestras de profundo pesar, se dirigía al
puesto en donde le esperaba el arzobispo, ansioso, como todos, por saber la causa de aquel desorden.
-¿Qué hay?
En efecto, cuando los primeros fieles, después de atropellarse por la escalera, llegaron a la
tribuna, vieron al pobre organista caído de boca sobre las teclas de su viejo instrumento, que aún
vibraba sordamente, mientras su hija, arrodillada a sus pies, le llamaba en vano entre suspiros y
sollozos.
III
-Buenas noches, mi señora doña Baltasara, ¿también usarced viene esta noche a la Misa del
Gallo? Por mi parte tenía hecha intención de irla a oír a la parroquia; pero lo que sucede... ¿Dónde va
Vicente? Donde va la gente. Y eso que, si he de decir la verdad, desde que murió maese Pérez parece
que me echan una losa sobre el corazón cuando entro en Santa Inés... ¡Pobrecito! ¡Era un Santo!... Yo
de mí sé decir que conservo un pedazo de su jubón como una reliquia, y lo merece..., pues, en Dios y
en mi ánima, que si el señor arzobispo tomara mano en ello, es seguro que nuestros nietos le verían en
los altares... Mas ¡cómo ha de ser!... A muertos y a idos, no hay amigos... Ahora lo que priva es la
novedad... ya me entiende usarced. ¡Qué! ¿No sabe nada de lo que pasa? Verdad que nosotras nos
parecemos en eso: de nuestra casita a la iglesia, y de la iglesia a nuestra casita, sin cuidarnos de lo que
se dice o déjase de decir...; sólo que yo, así... al vuelo... una palabra de acá, otra de acullá... sin ganas
de enterarme siquiera, suelo estar al corriente de algunas novedades.... Pues, sí, señor; parece cosa
hecha que el organista de San Román, aquel bisojo, que siempre está echando pestes de los otros
organistas; perdulariote, que más parece jifero de la puerta de la Carne que maestro de solfa, va a
tocar esta Noche-Buena en lugar de Maese Pérez. Ya sabrá usarced, porque esto lo ha sabido todo el
mundo y es cosa pública en Sevilla, que nadie quería comprometerse a hacerlo. Ni aun su hija, que es
profesora, y después de la muerte de su padre entró en el convento de novicia. Y era natural:
acostumbrados a oír aquellas maravillas, cualquiera otra cosa había de parecernos mala, por más que
quisieran evitarse las comparaciones. Pues cuando ya la comunidad había decidido que, en honor del
difunto y como muestra de respeto a su memoria, permanecería callado el órgano en esta noche, hete
aquí que se presenta nuestro hombre, diciendo que él se atreve a tocarlo... No hay nada más atrevido
que la ignorancia... Cierto que la culpa no es suya, sino de los que le consienten esta profanación...;
pero así va el mundo... y digo... no es cosa la gente que acude... cualquiera diría que nada ha cambiado
desde un año a otro. Los mismos personajes, el mismo lujo, los mismos empellones en la puerta, la
misma animación en el atrio, la misma multitud en el templo... ¡Ay si levantara la cabeza el muerto!
Se volvía a morir por no oír su órgano tocado por manos semejantes. Lo que tiene que, si es verdad lo
que me han dicho las gentes del barrio, le preparan una buena al intruso. Cuando llegue el momento
de poner la mano sobre las teclas, va a comenzar una algarabía de sonajas, panderos y zambombas
que no hay más que oír... Pero, ¡calle!, ya entra en la iglesia el héroe de la función. ¡Jesús, qué ropilla
de colorines, qué gorguera de cañutos, qué aire de personaje! Vamos, vamos, que ya hace rato que
llegó el arzobispo, y va a comenzar la Misa...; vamos, que me parece que esta noche va a darnos que
contar para muchos días.
Esto diciendo la buena mujer, que ya conocen nuestros lectores por sus ex abruptos de
locuacidad, penetró en Santa Inés, abriéndose, según costumbre un camino entre la multitud a fuerza
de empellones y codazos.
El nuevo organista, después de atravesar por en medio de los fieles que ocupaban las naves
para ir a besar el anillo del prelado, había subido a la tribuna, donde tocaba unos tras otros los
registros del órgano, con una gravedad tan afectada como ridícula.
a los pies de la iglesia se oía un rumor sordo y confuso, cierto presagio de que la tempestad
comenzaba a fraguarse y no tardaría mucho en dejarse sentir.
-Es un truhán, que por no hacer nada bien, ni aun mira a derechas -decían los unos.
-Es un ignorantón que, después de haber puesto el órgano de su parroquia peor que una
carraca, viene a profanar el de maese Pérez -decían los otros.
Y mientras éste se desembarazaba del capote para prepararse a darle de firme a su pandero, y
aquél apercibía sus sonajas, y todos se disponían a hacer bulla a más y mejor, sólo alguno que otro se
aventuraba a defender tibiamente al extraño personaje, cuyo porte orgulloso y pendantesco hacía tan
notable contraposición con la modesta apariencia y la afable bondad del difunto maese Pérez.
Una estruendoso algarabía llegó los ámbitos de la iglesia en aquel instante y ahogó su primer
acorde.
Zampoñas, gaitas, sonajas, panderos, todos los instrumentos del populacho, alzaron sus
discordantes voces a la vez; pero la confusión y el estrépito sólo duró algunos segundos. Todos a la
vez, como habían comenzado, enmudecieron de pronto.
El segundo acorde, amplio, valiente, magnífico, se sostenía aún brotando de los tubos de
metal del órgano, como una cascada de armonía inagotable y sonora.
Cantos celestes como los que acarician los oídos en los momentos de éxtasis; cantos que
percibe el espíritu y no los puede repetir el labio; notas sueltas de una melodía lejana, que suenan a
intervalos traídas en las ráfagas del viento; rumor de hojas que se besan en los árboles con un
murmullo semejante al de la lluvia; trinos de alondras que se levantan gorjeando de entre las flores
como una saeta despedida a las nubes; estruendos sin nombre, imponentes como los rugidos de una
tempestad; coros de serafines sin ritmo ni cadencia, ignota música del cielo que sólo la imaginación
comprende; himnos alados, que parecían remontarse al trono del Señor como una tromba de luz y de
sonidos... todo lo expresaban las cien voces del órgano, con más pujanza, con más misteriosa poesía,
con más fantástico color que lo habían expresado nunca.
Cuando el organista bajó de la tribuna, la muchedumbre que se agolpó a la escalera fue tanta
y tanto su afán por verle y admirarle, que el asistente, temiendo, no sin razón, que le ahogaran entre
todos, mandó a algunos de sus ministriles para que, vara en mano, le fueran abriendo camino hasta
llegar al altar mayor, donde el prelado le esperaba.
-Ya veis -le dijo este último cuando le trajeron a su presencia; vengo desde mi palacio aquí
sólo por escucharos. ¿Seréis tan cruel como maese Pérez, que nunca quiso excusarme el viaje, tocando
la Noche-Buena en la Misa de la catedral?
-El año que viene -respondió el organista-, prometo daros gusto, pues por todo el oro de la
tierra no volvería a tocar este órgano.
El arzobispo se retiró, seguido de sus familiares. Unas tras otras, las literas de los señores
fueron desfilando y perdiéndose en las revueltas de las calles vecinas; los grupos del atrio se
disolvieron, dispersándose los fieles en distintas direcciones; y ya la demandadera se disponía a cerrar
las puertas de la entrada del atrio, cuando se divisaban aún dos mujeres que, después de persignarse y
murmurar una oración ante el retablo del arco de San Felipe, prosiguieron su camino, internándose en
el callejón de las Dueñas.
-¿Qué quiere usarced, mi señora doña Baltasara? -decía la una-, yo soy de este genial. Cada
loco con su tema... Me lo habían de asegurar capuchinos descalzos y no lo creería del todo... Ese
hombre no puede haber tocado lo que acabamos de escuchar... Si yo lo he oído mil veces en San
Bartolomé, que era su parroquia, y de donde tuvo que echarle el señor cura por malo, y era cosa de
taparse los oídos con algodones... Y luego, si no hay más que mirarle al rostro, que según dicen, es el
espejo del alma... Yo me acuerdo, pobrecito, como si lo estuviera viendo, me acuerdo de la cara de
maese Pérez, cuando en semejante noche como ésta bajaba de la tribuna, después de haber suspendido
al auditorio con sus primores... ¡Qué sonrisa tan bondadosa, qué color tan animado!... Era viejo y
parecía un ángel... no que éste ha bajado las escaleras a trompicones, como sí le ladrase un perro en la
meseta, y con un color de difunto y unas... Vamos mi señora doña Baltasara, creame usarced, y
creame con todas veras... yo sospecho que aquí hay busilis...
Comentando las últimas palabras, las dos mujeres doblaban la esquina del callejón y
desaparecían.
IV
Había transcurrido un año más. La abadesa del convento de Santa Inés y la hija de maese
Pérez hablaban en voz baja, medio ocultas entre las sombras del coro de la iglesia. El esquilón
llamaba a voz herida a los fieles desde la torre, y alguna que otra rara persona atravesaba el atrio,
silencioso y desierto esta vez, y después de tomar el agua bendita en la puerta, escogía
un puesto en un rincón de las naves, donde unos cuantos vecinos del barrio esperaban tranquilamente
que comenzara la Misa del Gallo.
-Ya lo veis -decía la superiora-, vuestro temor es sobremanera pueril; nadie hay en el templo;
toda Sevilla acude en tropel a la catedral esta noche. Tocad vos el órgano y tocadle sin desconfianza
de ninguna clase; estaremos en comunidad... Pero... proseguís callando, sin que cesen vuestros
suspiros. ¿Qué os pasa? ¿Qué tenéis?
-Tengo... miedo -exclamó la joven con un acento profundamente conmovido.
-No sé... de una cosa sobrenatural... Anoche, mirad, yo os había oído decir que teníais
empeño en que tocase el órgano en la Misa, y ufana con esta distinción pensé arreglar sus registros y
templarle, al fin de que hoy os sorprendiese... Vine al coro... sola... abrí la puerta que conduce a la
tribuna... En el reloj de la catedral sonaba en aquel momento una hora... no sé cuál... Pero las
campanas eran tristísimas y muchas... muchas... estuvieron sonando todo el tiempo que yo permanecí
como clavada en el dintel, y aquel tiempo me pareció un siglo.
La iglesia estaba desierta y oscura... Allá lejos, en el fondo, brillaba como una estrella
perdida en el cielo de la noche una luz muribunda... la luz de la lámpara que arde en el altar mayor...
A sus reflejos debilísimos, que sólo contribuían a hacer más visible todo el profundo horror de las
sombras, vi... le vi, madre, no lo dudéis, vi a un hombre que en silencio y vuelto de espaldas hacia el
sitio en que yo estaba recorría con una mano las teclas del órgano, mientras tocaba con la otra sus
registros... y el órgano sonaba; pero sonaba de una manera indescriptible. Cada una de sus notas
parecía un sollozo ahogado dentro del tubo de metal, que vibraba con el aire comprimido en su hueco,
y reproducía el tono sordo, casi imperceptible, pero justo.
El horror había helado la sangre de mis venas; sentía en mi cuerpo como un frío glacial y en
mis sienes fuego... Entonces quise gritar, pero no pude. El hombre aquel había vuelto la cara y me
había mirado.., digo mal, no me había mirado, porque era ciego... ¡Era mi padre!
¡Bah!, hermana, desechad esas fantasías con que el enemigo malo procura turbar las
imaginaciones débiles... Rezad un Paternóster y un Avemaría al arcángel San Miguel, jefe de las
milicias celestiales, para que os asista contra los malos espíritus. Llevad al cuello un escapulario
tocado en la reliquia de San Pacomio, abogado contra las tentaciones, y marchad, marchad a ocupar la
tribuna del órgano; la Misa va a comenzar, y ya esperan con impaciencia los fieles... Vuestro padre
está en el cielo, y desde allí, antes que daros sustos, bajará a inspirar a su hija en esta ceremonía
solemne, para el objeto de tan especial devoción.
La priora fue a ocupar su sillón en el coro en medio de la Comunidad. La hija de maese Pérez
abrió con mano temblorosa la puerta de la tribuna para sentarse en el banquillo del órgano, y comenzó
la Misa.
Comenzó la Misa y prosiguió sin que ocurriese nada de notable hasta que llegó la
consagración. En aquel momento sonó el órgano, y al mismo tiempo que el órgano un grito de la hija
de maese Pérez.
¡Miradle! ¡Miradle! -decía la joven fijando sus desencajados ojos en el banquillo, de donde se
había levantado asombrada para agarrarse con sus manos convulsas al barandal de la tribuna.
Todo el mundo fijó sus miradas en aquel punto. El órgano estaba solo, y no obstante, el
órgano seguía sonando... sonando como sólo los arcángeles podrían imitarlo en sus raptos de místico
alborozo.
-¡No os lo dije yo una y mil veces, mi señora doña Baltasara, no os lo dije yo!... ¡Aquí hay
busilis! Oídlo; ¡qué!, ¿no estuvisteis anoche en la Misa del Gallo? Pero, en fin, ya sabréis lo que pasó.
En toda Sevilla no se habla de otra cosa... El señor arzobispo está hecho y con razón una furia... Haber
dejado de asistir a Santa Inés; no haber podido presenciar el portento... y ¿para qué?, para oír una
cencerrada; porque personas que lo oyeron dicen que lo que hizo el dichoso organista de San
Bartolomé en la catedral no fue otra cosa... -Si lo decía yo. Eso no puede haberlo tocado el bisojo,
mentira... aquí hay busilis, y el busilis era, en efecto, el alma de maese Pérez.
Yo no sé si esto es una historia que parece cuento o un cuento que parece historia; lo que puedo decir
es que en su fondo hay una verdad, una verdad muy triste, de la que acaso yo seré uno de los últimos
en aprovecharme, dadas mis condiciones de imaginación.
Otro, con esta idea, tal vez hubiera hecho un tomo de filosofía lacrimosa; yo he escrito esta
leyenda que, a los que nada vean en su fondo, al menos podrá entretenerles un rato.
El rayo de luna
Era noble, había nacido entre el estruendo de las armas, y el insólito clamor de una trompa de
guerra no le hubiera hecho levantar la cabeza un instante ni apartar sus ojos un punto del oscuro
pergamino en que leía la última cantiga de un trovador.
Los que quisieran encontrarle, no lo debían buscar en el anchuroso patio de su castillo, donde
los palafreneros domaban los potros, los pajes enseñaban a volar a los halcones, y los soldados se
entretenían los días de reposo en afilar el hierro de su lanza contra una piedra.
-¿Dónde está Manrique, dónde está vuestro señor? -preguntaba algunas veces su madre.
-No sabemos -respondían sus servidores:- acaso estará en el claustro del monasterio de la
Peña, sentado al borde de una tumba, prestando oído a ver si sorprende alguna palabra de la
conversación de los muertos; o en el puente, mirando correr unas tras otras las olas del río por debajo
de sus arcos; o acurrucado en la quiebra de una roca y entretenido en contar las estrellas del cielo, en
seguir una nube con la vista o contemplar los fuegos fatuos que cruzan como exhalaciones sobre el
haz de las lagunas. En cualquiera parte estará menos en donde esté todo el mundo.
En efecto, Manrique amaba la soledad, y la amaba de tal modo, que algunas veces hubiera
deseado no tener sombra, porque su sombra no le siguiese a todas partes.
Creía que entre las rojas ascuas del hogar habitaban espíritus de fuego de mil colores, que
corrían como insectos de oro a lo largo de los troncos encendidos, o danzaban en una luminosa ronda
de chispas en la cúspide de las llamas, y se pasaba las horas muertas sentado en un escabel junto a la
alta chimenea gótica, inmóvil y con los ojos fijos en la lumbre.
Creía que en el fondo de las ondas del río, entre los musgos de la fuente y sobre los vapores
del lago, vivían unas mujeres misteriosas, hadas, sílfides u ondinas, que exhalaban lamentos y
suspiros, o cantaban y se reían en el monótono rumor del agua, rumor que oía en silencio intentando
traducirlo.
En las nubes, en el aire, en el fondo de los bosques, en las grietas de las peñas, imaginaba
percibir formas o escuchar sonidos misteriosos, formas de seres sobrenaturales, palabras ininteligibles
que no podía comprender.
¡Amar! Había nacido para soñar el amor, no para sentirlo. Amaba a todas las mujeres un
instante: a ésta porque era rubia, a aquélla porque tenía los labios rojos, a la otra porque se cimbreaba
al andar como un junco.
Algunas veces llegaba su delirio hasta el punto de quedarse una noche entera mirando a la
luna, que flotaba en el cielo entre un vapor de plata, o a las estrellas que temblaban a lo lejos como los
cambiantes de las piedras preciosas. En aquellas largas noches de poético insomnio, exclamaba: -Si es
verdad, como el prior de la Peña me ha dicho, que es posible que esos puntos de luz sean mundos; si
es verdad que en ese globo de nácar que rueda sobre las nubes habitan gentes, ¡qué mujeres tan
hermosas serán las mujeres de esas regiones luminosas, y yo no podré verlas, y yo no podré
amarlas!... ¿Cómo será su hermosura?... ¿Cómo será su amor?...
Manrique no estaba aún lo bastante loco para que le siguiesen los muchachos, pero sí lo
suficiente para hablar y gesticular a solas, que es por donde se empieza.
II
Sobre el Duero, que pasaba lamiendo las carcomidas y oscuras piedras de las murallas de
Soria, hay un puente que conduce de la ciudad al antiguo convento de los Templarios, cuyas
posesiones se extendían a lo largo de la opuesta margen del río.
En la época a que nos referimos, los caballeros de la Orden habían ya abandonado sus
históricas fortalezas; pero aún quedaban en pie los restos de los anchos torreones de sus muros, aún se
veían, como en parte se ven hoy, cubiertos de hiedra y campanillas blancas, los macizos arcos de su
claustro, las prolongadas galerías ojivales de sus patios de armas, en las que suspiraba el viento con un
gemido, agitando las altas hierbas.
En los huertos y en los jardines, cuyos senderos no hollaban hacía muchos años las plantas de
los religiosos, la vegetación, abandonada a sí misma, desplegaba todas sus galas, sin temor de que la
mano del hombre la mutilase, creyendo embellecerla. Las plantas trepadoras subían encaramándose
por los añosos troncos de los árboles; las sombrías calles de álamos, cuyas copas se tocaban y se
confundían entre sí, se habían cubierto de césped; los cardos silvestres y las ortigas brotaban en medio
de los enarenados caminos, y en dos trozos de fábrica, próximos a desplomarse, el jaramago, flotando
al viento como el penacho de una cimera, y las campanillas blancas y azules, balanceándose como en
un columpio sobre sus largos y flexibles tallos, pregonaban la victoria de la destrucción y la ruina.
Era de noche; una noche de verano, templada, llena de perfumes y de rumores apacibles, y
con una luna blanca y serena, en mitad de un cielo azul, luminoso y transparente.
La media noche tocaba a su punto. La luna, que se había ido remontando lentamente, estaba
ya en lo más alto del cielo, cuando al entrar en una oscura alameda que conducía desde el derruido
claustro a la margen del Duero, Manrique exhaló un grito leve y ahogado, mezcla extraña de sorpresa,
de temor y de júbilo.
En el fondo de la sombría alameda había visto agitarse una cosa blanca, que flotó un
momento y desapareció en la oscuridad. La orla del traje de una mujer, de una mujer que había
cruzado el sendero y se ocultaba entre el follaje, en el mismo instante en que el loco soñador de
quimeras o imposibles penetraba en los jardines.
-¡Una mujer desconocida!... ¡En este sitio!..., ¡A estas horas! Esa, esa es la mujer que yo
busco -exclamó Manrique; y se lanzó en su seguimiento, rápido como una saeta.
III
Llegó al punto en que había visto perderse entre la espesura de las ramas a la mujer
misteriosa. Había desaparecido. ¿Por dónde? Allá lejos, muy lejos, creyó divisar por entre los
cruzados troncos de los árboles como una claridad o una forma blanca que se movía.
-¡Es ella, es ella, que lleva alas en los pies y huye como una sombra! -dijo, y se precipitó en
su busca, separando con las manos las redes de hiedra que se extendían como un tapiz de unos en
otros álamos. Llegó rompiendo por entre la maleza y las plantas parásitas hasta una especie de rellano
que iluminaba la claridad del cielo... ¡Nadie! -¡Ah!, por aquí, por aquí va -exclamó entonces.- Oigo
sus pisadas sobre las hojas secas, y el crujido de su traje que arrastra por el suelo y roza en los
arbustos; -y corría y corría como un loco de aquí para allá, y no la veía. -Pero siguen sonando sus
pisadas -murmuró otra vez;- creo que ha hablado; no hay duda, ha hablado... El viento que suspira
entre las ramas; las hojas, que parece que rezan en voz baja, me han impedido oír lo que ha dicho;
pero no hay duda, va por ahí, ha hablado... ha hablado... ¿En qué idioma? No sé, pero es una lengua
extranjera... Y tornó a correr en su seguimiento, unas veces creyendo verla, otras pensando oírla; ya
notando que las ramas, por entre las cuales había desaparecido, se movían; ya imaginando distinguir
en la arena la huella de sus propios pies; luego, firmemente persuadido de que un perfume especial
que aspiraba a intervalos era un aroma perteneciente a aquella mujer que se burlaba de él,
complaciéndose en huirle por entre aquellas intrincadas malezas. ¡Afán inútil!
Vagó algunas horas de un lado a otro fuera de sí, ya parándose para escuchar, ya deslizándose
con las mayores precauciones sobre la hierba, ya en una carrera frenética y desesperada.
Avanzando, avanzando por entre los inmensos jardines que bordaban la margen del río, llegó
al fin al pie de las rocas sobre que se eleva la ermita de San Saturio. -Tal vez, desde esta altura podré
orientarme para seguir mis pesquisas a través de ese confuso laberinto -exclamó trepando de peña en
peña con la ayuda de su daga.
Llegó a la cima, desde la que se descubre la ciudad en lontananza y una gran parte del Duero
que se retuerce a sus pies, arrastrando una corriente impetuosa y oscura por entre las corvas márgenes
que lo encarcelan.
Manrique, una vez en lo alto de las rocas, tendió la vista a su alrededor; pero al tenderla y
fijarla al cabo en un punto, no pudo contener una blasfemia.
La luz de la luna rielaba chispeando en la estela que dejaba en pos de sí una barca que se
dirigía a todo remo a la orilla opuesta.
En aquella barca había creído distinguir una forma blanca y esbelta, una mujer sin duda, la
mujer que había visto en los Templarios, la mujer de sus sueños, la realización de sus más locas
esperanzas. Se descolgó de las peñas con la agilidad de un gamo, arrojó al suelo la gorra, cuya
redonda y larga pluma podía embarazarle para correr, y desnudándose del ancho capotillo de
terciopelo, partió como una exhalación hacia el puente.
Pensaba atravesarlo y llegar a la ciudad antes que la barca tocase en la otra orilla. ¡Locura!
Cuando Manrique llegó jadeante y cubierto de sudor a la entrada, ya los que habían atravesado el
Duero por la parte de San Saturio, entraban en Soria por una de las puertas del muro, que en aquel
tiempo llegaba hasta la margen del río, en cuyas aguas se retrataban sus pardas almenas.
IV
Aunque desvanecida su esperanza de alcanzar a los que habían entrado por el postigo de San
Saturio, no por eso nuestro héroe perdió la de saber la casa que en la ciudad podía albergarlos. Fija en
su mente esta idea, penetró en la población, y dirigiéndose hacia el barrio de San Juan, comenzó a
vagar por sus calles a la ventura.
Las calles de Soria eran entonces, y lo son todavía, estrechas, oscuras y tortuosas. Un silencio
profundo reinaba en ellas, silencio que sólo interrumpían, ora el lejano ladrido de un perro; ora el
rumor de una puerta al cerrarse, ora el relincho de un corcel que piafando hacía sonar la cadena que le
sujetaba al pesebre en las subterráneas caballerizas.
Manrique, con el oído atento a estos rumores de la noche, que unas veces le parecían los
pasos de alguna persona que había doblado ya la última esquina de un callejón desierto, otras, voces
confusas de gentes que hablaban a sus espaldas y que a cada momento esperaba ver a su lado, anduvo
algunas horas, corriendo al azar de un sitio a otro.
-No cabe duda; aquí vive mi desconocida -murmuró el joven en voz baja sin apartar un punto
sus ojos de la ventana gótica;- aquí vive. Ella entró por el postigo de San Saturio... por el postigo de
San Saturio se viene a este barrio... en este barrio hay una casa, donde pasada la media noche aún hay
gente en vela... ¿En vela? ¿Quién sino ella, que vuelve de sus nocturnas excursiones, puede estarlo a
estas horas?... No hay más; ésta es su casa.
Cuando llegó el día, las macizas puertas del arco que daba entrada al caserón, y sobre cuya
clave se veían esculpidos los blasones de su dueño, giraron pesadamente sobre los goznes, con un
chirrido prolongado y agudo. Un escudero reapareció en el dintel con un manojo de llaves en la mano,
restregándose los ojos y enseñando al bostezar una caja de dientes capaces de dar envidia a un
cocodrilo.
-¿Quién habita en esta casa? ¿Cómo se llama ella? ¿De dónde es? ¿A qué ha venido a Soria?
¿Tiene esposo? Responde, responde, animal. -Ésta fue la salutación que, sacudiéndole el brazo
violentamente, dirigió al pobre escudero, el cual, después de mirarle un buen espacio de tiempo con
ojos espantados y estúpidos, le contestó con voz entrecortada por la sorpresa:
En esta casa vive el muy honrado señor D. Alonso de Valdecuellos, montero mayor de
nuestro señor el rey, que herido en la guerra contra moros, se encuentra en esta ciudad reponiéndose
de sus fatigas.
-¡No tiene ninguna!... Pues ¿quién duerme allí en aquel aposento, donde toda la noche he
visto arder una luz?
-¿Allí? Allí duerme mi señor D. Alonso, que, como se halla enfermo, mantiene encendida su
lámpara hasta que amanece.
Un rayo cayendo de improviso a sus pies no le hubiera causado más asombro que el que le
causaron estas palabras.
¿Cómo serán sus ojos?... Deben de ser azules, azules y húmedos como el cielo de la noche;
me gustan tanto los ojos de ese color; son tan expresivos, tan melancólicos, tan... Sí... no hay duda;
azules deben de ser, azules son, seguramente; y sus cabellos negros, muy negros y largos para que
floten... Me parece que los vi flotar aquella noche, al par que su traje, y eran negros... no me engaño,
no; eran negros.
¡Y qué bien sientan unos ojos azules, muy rasgados y adormidos, y una cabellera suelta,
flotante y oscura, a una mujer alta... porque... ella es alta, alta y esbelta como esos ángeles de las
portadas de nuestras basílicas, cuyos ovalados rostros envuelven en un misterioso crepúsculo las
sombras de sus doseles de granito!
¡Su voz!... su voz la he oído... su voz es suave como el rumor del viento en las hojas de los
álamos, y su andar acompasado y majestuoso como las cadencias de una música.
Y esa mujer, que es hermosa como el más hermoso de mis sueños de adolescente, que piensa
como yo pienso, que gusta como yo gusto, que odia lo que yo odio, que es un espíritu humano de mi
espíritu, que es el complemento de mi ser, ¿no se ha de sentir conmovida al encontrarme? ¿No me ha
de amar como yo la amaré, como la amo ya, con todas las fuerzas de mi vida, con todas las facultades
de mi alma?
Vamos, vamos al sitio donde la vi la primera y única vez que le he visto... ¿Quién sabe si,
caprichosa como yo, amiga de la soledad y el misterio, como todas las almas soñadoras, se complace
en vagar por entre las ruinas, en el silencio de la noche?
VI
La noche estaba serena y hermosa, la luna brillaba en toda su plenitud en lo más alto del
cielo, y el viento suspiraba con un rumor dulcísimo entre las hojas de los árboles.
Manrique llegó al claustro, tendió la vista por su recinto y miró a través de las macizas
columnas de sus arcadas... Estaba desierto.
Salió de él encaminó sus pasos hacia la oscura alameda que conduce al Duero, y aún no había
penetrado en ella, cuando de sus labios se escapó un grito de júbilo.
Había visto flotar un instante y desaparecer el extremo del traje blanco, del traje blanco de la
mujer de sus sueños, de la mujer que ya amaba como un loco.
Corre, corre en su busca, llega al sitio en que la ha visto desaparecer; pero al llegar se
detiene, fija los espantados ojos en el suelo, permanece un rato inmóvil; un ligero temblor nervioso
agita sus miembros, un temblor que va creciendo, que va creciendo y ofrece los síntomas de una
verdadera convulsión, y prorrumpe al fin una carcajada, una carcajada sonora, estridente, horrible.
Aquella cosa blanca, ligera, flotante, había vuelto a brillar ante sus ojos, pero había brillado a
sus pies un instante, no más que un instante.
Era un rayo de luna, un rayo de luna que penetraba a intervalos por entre la verde bóveda de
los árboles cuando el viento movía sus ramas.
Habían pasado algunos años. Manrique, sentado en un sitial junto a la alta chimenea gótica
de su castillo, inmóvil casi y con una mirada vaga e inquieta como la de un idiota, apenas prestaba
atención ni a las caricias de su madre, ni a los consuelos de sus servidores.
-Tú eres joven, tú eres hermoso -le decía aquélla;- ¿por qué te consumes en la soledad? ¿Por
qué no buscas una mujer a quien ames, y que amándote pueda hacerte feliz?
-¿Por qué no despertáis de ese letargo? -le decía uno de sus escuderos;- os vestís de hierro de
pies a cabeza, mandáis desplegar al aire vuestro pendón de ricohombre, y marchamos a la guerra: en
la guerra se encuentra la gloria.
-¿Queréis que os diga una cantiga, la última que ha compuesto mosén Arnaldo, el trovador
provenzal?
-¡No! ¡No! -exclamó el joven incorporándose colérico en su sitial;- no quiero nada... es decir,
sí quiero... quiero que me dejéis solo... Cantigas... mujeres... glorias... felicidad... mentiras todo,
fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y
corremos tras ellos, ¿para qué?, ¿para qué?, para encontrar un rayo de luna.
Manrique estaba loco: por lo menos, todo el mundo lo creía así. A mí, por el contrario, se me
figuraba que lo que había hecho era recuperar el juicio.
La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas; su tañido monótono y
eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.
Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que
se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decidí a escribirla, como en
efecto lo hice.
-Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la
vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las
Ánimas.
-¡Tan pronto!
-A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo
han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los
Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.
-No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que
has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure
el camino te contaré esa historia.
Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel
montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que
precedían la comitiva a bastante distancia.
-Ese monte que hoy llaman de las Ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves
allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los
árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo
en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido defenderla como solos
la conquistaron.
Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por
algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde
reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos
determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos
con espuelas, como llamaban a sus enemigos.
Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los
otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella
las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos.
Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres, los
lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad
del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los
religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos,
comenzó a arruinarse.
Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de
la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una
cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan,
las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los
descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he
querido salir de él antes que cierre la noche.
La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del
puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después
de incorporárseles los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.
II
Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los
condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor iluminando algunos grupos de damas y caballeros que
alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las
ojivas del salón.
Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso: Beatriz
seguía con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el
reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.
Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.
Las dueñas referían, a propósito de la noche de difuntos, cuentos tenebrosos en que los
espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria
doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.
-Hermosa prima -exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban-;
pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas
y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces,
acaso por algún galán de tu lejano señorío.
Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer se reveló en aquella
desdeñosa contracción de sus delgados labios.
-Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aquí has vivido -se apresuró a añadir
el joven-. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte... Al separarnos, quisiera que
llevases una memoria mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte
devuelto la salud que vinistes a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó
tu atencion. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de
una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar... ¿Lo quieres?
-No sé en el tuyo -contestó la hermosa-, pero en mi país una prenda recibida compromete una
voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo... que aún
puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.
El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que
después de serenarse dijo con tristeza:
-Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos; hoy es día de
ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?
Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir
una palabra.
Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada voz de las viejas
que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el
triste monótono doblar de las campanas.
-Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el
mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él clavando una mirada
en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.
-¿Por qué no? -exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna
cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro... Después, con una infantil
expresión de sentimiento, añadió:
-¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de su
color me dijiste que era la divisa de tu alma?
-Sí.
-¡En el Monte de las Ánimas -murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el sitial-; en el
Monte de las Ánimas!
-Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey
de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes,
he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor,
hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi
mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y
a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche
volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche.... esta noche.
¿A qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del
Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las
malezas que cubren sus fosas... ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más
valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una
hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde.
Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que
cuando hubo concluido exclamó con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde
saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil colores:
-¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una
noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de lobos!
Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de
comprender toda su amarga ironía, movido como por un resorte se puso de pie, se pasó la mano por la
frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme
exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar entreteniéndose en
revolver el fuego:
-¡Alonso! ¡Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer
detenerle, el joven había desaparecido.
A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con
una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel rumor
que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.
Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los
vidrios del balcón y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.
III
Había pasado una hora, dos, tres; la media roche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a
su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.
Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se
durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.
Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la
campana, lentas, sordas; tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído a par de ellas pronunciar
su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de
la ventana.
-Será el viento -dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón, procuró tranquilizarse. Pero su
corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus
goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.
Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación
iban sonando por su orden, éstas con un ruido sordo y grave, aquéllas con un lamento largo y
crispador. Después silencio, un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche, con
un murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras
ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan,
respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia
de algo que no se ve y cuya aproximación se nota no obstante en la oscuridad.
Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían
en todas direcciones; y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada, oscuridad, las sombras
impenetrables.
-¡Bah! -exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del
lecho-; ¿soy yo tan miedosa como esas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una
armadura, al oír una conseja de aparecidos?
Y cerrando los ojos intentó dormir...; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma.
Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las
colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la
alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás
se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio
que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la
cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento.
El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor
eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de la
ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblan tristemente por las ánimas de los difuntos.
Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz.
Al fin despuntó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz.
Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó
las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un
sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas:
sobre el reclinatorio había visto sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la
banda azul que fue a buscar Alonso.
IV
Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de
difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que
viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y
de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un
estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer
hermosa, pálida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror,
daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.
El miserere
Hace algunos meses que visitando la célebre abadía de Fitero y ocupándome en revolver algunos
volúmenes en su abandonada biblioteca, descubrí en uno de sus rincones dos o tres cuadernos de
música bastante antiguos, cubiertos de polvo y hasta comenzados a roer por los ratones.
Era un Miserere.
Yo no sé la música; pero la tengo tanta afición, que, aun sin entenderla, suelo coger a veces la
partitura de una ópera, y me paso las horas muertas hojeando sus páginas, mirando los grupos de notas
más o menos apiñadas, las rayas, los semicírculos, los triángulos y las especies de etcéteras, que
llaman llaves, y todo esto sin comprender una jota ni sacar maldito el provecho.
Consecuente con mi manía, repasé los cuadernos, y lo primero que me llamó la atención fue
qué, aunque en la última página había esta palabra latina, tan vulgar en todas las obras, finis, la verdad
era que el Miserere no estaba terminado, porque la música no alcanzaba sino hasta el décimo
versículo.
Esto fue sin duda lo que me llamó la atención primeramente; pero luego que me fijé un poco
en las hojas de música, me chocó más aún el observar que en vez de esas palabras italianas que ponen
en todas, como maestoso, allegro, ritardando, piú vivo, a piacere, había unos renglones escritos con
letra muy menuda y en alemán, de los cuales algunos servían para advertir cosas tan difíciles de hacer
como esto; Crujen... crujen los huesos, y de sus médulas han de parecer que salen los alaridos; o esta
otra: La cuerda aúlla sin discordar, el metal atruena sin ensordecer; por eso suena todo, y no se
confunde nada, y todo es la Humanidad que solloza y gime, o la más original de todas, sin duda,
recomendaba al pie del último versículo: Las notas son huesos cubiertos de carne; lumbre
inextinguible, los cielos y su armonía... ¡fuerza!... fuerza y dulzura.
Hace ya muchos años, en una noche lluviosa y oscura, llegó a la puerta claustral de esta
abadía un romero, y pidió un poco de lumbre para secar sus ropas, un pedazo de pan con que
satisfacer su hambre, y un albergue cualquiera donde esperar la mañana y proseguir con la luz del sol
su camino.
Su modesta colación, su pobre lecho y su encendido hogar, puso el hermano a quien se hizo
esta demanda a disposición del caminante, al cual, después que se hubo repuesto de su cansancio,
interrogó acerca del objeto de su romería y del punto a que se encaminaba.
-Yo soy músico -respondió el interpelado-, he nacido muy lejos de aquí, y en mi patria gocé
un día de gran renombre. En mi juventud hice de mi arte un arma poderosa de seducción, y encendí
con él pasiones que me arrastraron a un crimen. En mi vejez quiero convertir al bien las facultades
que he empleado para el mal, redimiéndome por donde mismo pude condenarme.
Como las enigmáticas palabras del desconocido no pareciesen del todo claras al hermano
lego, en quien ya comenzaba la curiosidad a despertarse, e instigado por ésta continuara en sus
preguntas, su interlocutor prosiguió de este modo:
-Lloraba yo en el fondo de mi alma la culpa que había cometido; mas al intentar pedirle a
Dios misericordia, no encontraba palabras para expresar dignamente mi arrepentimiento, cuando un
día se fijaron mis ojos por casualidad sobre un libro santo. Abrí aquel libro y en una de sus páginas
encontré un gigante grito de contrición verdadera, un salmo de David, el que comienza ¡Miserere mei,
Deus! Desde el instante en que hube leído sus estrofas, mi único pensamiento fue hallar una forma
musical tan magnífica, tan sublime, que bastase a contener el grandioso himno de dolor del Rey
Profeta. Aún no la he encontrado; pero si logro expresar lo que siento en mi corazón, lo que oigo
confusamente en mi cabeza, estoy seguro de hacer un Miserere tal y tan maravilloso, que no hayan
oído otro semejante los nacidos: tal y tan desgarrador, que al escuchar el primer acorde los arcángeles,
dirán conmigo cubiertos los ojos de lágrimas y dirigiéndose al Señor: ¡misericordia!, y el Señor la
tendrá de su pobre criatura.
El romero, al llegar a este punto de su narración, calló por un instante; y después, exhalando
un suspiro, tornó a coger el hilo de su discurso. El hermano lego, algunos dependientes de la abadía y
dos o tres pastores de la granja de los frailes, que formaban círculo alrededor del hogar, le escuchaban
en un profundo silencio.
-Después -continuó- de recorrer toda Alemania, toda Italia y la mayor parte de este país
clásico para la música religiosa, aún no he oído un Miserere en que pueda inspirarme, ni uno, ni uno, y
he oído tantos, que puedo decir que los he oído todos.
-¿Todos? -dijo entonces interrumpiéndole uno de los rabadanes-. ¿A qué no habéis oído aún
el Miserere de la Montaña?
-¡El Miserere de la Montaña! -exclamó el músico con aire de extrañeza-. ¿Qué Miserere es
ése?
-¿No dije? -murmuró el campesino; y luego prosiguió con una entonación misteriosa-. Ese
Miserere, que sólo oyen por casualidad los que como yo andan día y noche tras el ganado por entre
breñas y peñascales, es toda una historia; una historia muy antigua, pero tan verdadera como al
parecer increíble.
Es el caso, que en lo más fragoso de esas cordilleras, de montañas que limitan el horizonte del valle,
en el fondo del cual se halla la abadía, hubo hace ya muchos años, ¡que digo muchos años!, muchos
siglos, un monasterio famoso; monasterio que, a lo que parece, edificó a sus expensas un señor con los
bienes que había de legar a su hijo, al cual desheredó al morir, en pena de sus maldades.
Hasta aquí todo fue bueno; pero es el caso que este hijo, que, por lo que se verá más adelante,
debió de ser de la piel del diablo, si no era el mismo diablo en persona, sabedor de que sus bienes
estaban en poder de los religiosos, y de que su castillo se había transformado en iglesia, reunió a unos
cuantos bandoleros, camaradas suyos en la vida de perdición que emprendiera al abandonar la casa de
sus padres, y una noche de Jueves Santo, en que los monjes se hallaban en el coro, y en el punto y
hora en que iban a comenzar o habían comenzado el Miserere, pusieron fuego al monasterio,
saquearon la iglesia, y a éste quiero, a aquél no, se dice que no dejaron fraile con vida.
Después de esta atrocidad, se marcharon los bandidos y su instigador con ellos, adonde no se
sabe, a los profundos tal vez.
Las llamas redujeron el monasterio a escombros; de la iglesia aún quedan en pie las ruinas
sobre el cóncavo peñón, de donde nace la cascada, que, después de estrellarse de peña en peña, forma
el riachuelo que viene a bañar los muros de esta abadía.
-Pero -interrumpió impaciente el músico- ¿y el Miserere?
-Aguardaos -continuó con gran sorna el rabadán-, que todo irá por partes. Dicho lo cual,
siguió así su historia:
-Las gentes de los contornos se escandalizaron del crimen: de padres a hijos y de hijos a
nietos se refirió con horror en las largas noches de velada; pero lo que mantiene más viva su memoria,
es que todos los años, tal noche como la en que se consumó, se ven brillar luces a través de las rotas
ventanas de la iglesia; se oye como una especie de música extraña y unos cantos lúgubres y
aterradores que se perciben a intervalos en las ráfagas del aire.
Son los monjes, los cuales, muertos tal vez sin hallarse preparados para presentarse en el
tribunal de Dios limpios de toda culpa, vienen aún del purgatorio a impetrar su misericordia cantando
el Miserere.
Los circunstantes se miraron unos a otros con muestras de incredulidad; sólo el romero, que
parecía vivamente preocupado con la narración de la historia, preguntó con ansiedad al que la había
referido:
-Dentro de tres horas comenzará sin falta alguna, porque precisamente esta noche es la de
jueves Santo, y acaban de dar las ocho en el reloj de la abadía.
-A una legua y media escasa...; pero ¿qué hacéis? ¿Adónde vais con una noche como ésta?
¡Estáis dejado de la mano de Dios! -exclamaron todos al ver que el romero, levantándose de su escaño
y tomando el bordón, abandonaba el hogar para dirigirse a la puerta.
-¿A dónde voy? A oír esa maravillosa música, a oír el grande, el verdadero Miserere, el
Miserere de los que vuelven al mundo después de muertos, y saben lo que es morir en el pecado.
Y esto, diciendo, desapareció de la vista del espantado lego y de los no menos atónitos
pastores.
El viento zumbaba y hacía crujir las puertas, como si una mano poderosa pugnase por
arrancarlas de sus quicios; la lluvia caía en turbiones, azotando los vidrios de las ventanas, y de
cuando en cuando la luz de un relámpago iluminaba por un instante todo el horizonte que desde ellas
se descubría.
-¡Está loco!
-¡Está loco! -repitieron los pastores; y atizaron de nuevo la lumbre y se agruparon alrededor
del hogar.
II
Después de una o dos horas de camino, el misterioso personaje que calificaron de loco en la
abadía remontando la corriente del riachuelo que le indicó el rabadán de la historia, llegó al punto en
que se levantaban negras e imponentes las ruinas del monasterio.
La lluvia había cesado; las nubes flotaban en oscuras bandas, por entre cuyos jirones se
deslizaba a veces un furtivo rayo de luz pálida y dudosa; y el aire, al azotar los fuertes machones y
extenderse por los desiertos claustros, diríase que exhalaba gemidos. Sin embargo, nada sobrenatural,
nada extraño venía a herir la imaginación. Al que había dormido más de una noche sin otro amparo
que las ruinas de una torre abandonada o un castillo solitario; al que había arrostrado en su larga
peregrinación cien y cien tormentas, todos aquellos ruidos le eran familiares.
Las gotas de agua que se filtraban por entre las grietas de los rotos arcos y caían sobre las
losas con un rumor acompasado, como el de la péndola de un reloj; los gritos del búho, que graznaba
refugiado bajo el nimbo de piedra de una imagen, de pie aún en el hueco de un muro; el ruido de los
reptiles, que despiertos de su letargo por la tempestad sacaban sus disformes cabezas de los agujeros
donde duermen, o se arrastraban por entre los jaramagos y los zarzales que crecían al pie del altar,
entre las junturas de las lápidas sepulcrales que formaban el pavimento de la iglesia, todos esos
extraños y misteriosos murmullos del campo, de la soledad y de la noche, llegaban perceptibles al
oído del romero que, sentado sobre la mutilada estatua de una tumba, aguardaba ansioso la hora en
que debiera realizarse el prodigio.
Transcurrió tiempo y tiempo, y nada se percibió; aquellos mil confusos rumores seguían
sonando y combinándose de mil maneras distintas, pero siempre los mismos.
-¡Si me habrá engañado! -pensó el músico; pero en aquel instante se oyó un ruido nuevo, un
ruido inexplicable en aquel lugar, como el que produce un reloj algunos segundos antes de sonar la
hora: ruido de ruedas que giran, de cuerdas que se dilatan, de maquinaria que se agita sordamente y se
dispone a usar de su misteriosa vitalidad mecánica, y sonó una campanada..., dos..., tres..., hasta once.
Parecía como un esqueleto, de cuyos huesos amarillos se desprende ese gas fosfórico que
brilla y humea en la oscuridad como una luz azulada, inquieta y medrosa.
Todo pareció animarse, pero con ese movimiento galvánico que imprime a la muerte
contracciones que parodian la vida, movimiento instantáneo, más horrible aún que la inercia del
cadáver que agita con su desconocida fuerza. Las piedras se reunieron a piedras; el ara, cuyos rotos
fragmentos se veían antes esparcidos sin orden, se levantó intacta como si acabase de dar en ella su
último golpe de cincel el artífice, y al par del ara se levantaron las derribadas capillas, los rotos
capiteles y las destrozadas e inmensas series de arcos que, cruzándose y enlazándose caprichosamente
entre sí, formaron con sus columnas un laberinto de pórfido.
Un vez reedificado el templo, comenzó a oírse un acorde lejano que pudiera confundirse con
el zumbido del aire, pero que era un conjunto de voces lejanas y graves, que parecía salir del seno de
la tierra e irse elevando poco a poco, haciéndose cada vez más perceptible.
El osado peregrino comenzaba a tener miedo; pero con su miedo luchaba aún su fanatismo
por todo lo desusado y maravilloso, y alentado por él dejó la tumba sobre que reposaba, se inclinó al
borde del abismo por entre cuyas rocas saltaba el torrente, despeñándose con un trueno incesante y
espantoso, y sus cabellos se erizaron de horror.
Mal envueltos en los jirones de sus hábitos, caladas las capuchas, bajo los pliegues de las
cuales contrastaban con sus descarnadas mandíbulas y los blancos dientes las oscuras cavidades de los
ojos de sus calaveras, vio los esqueletos de los monjes, que fueron arrojados desde el pretil de la
iglesia a aquel precipicio, salir del fondo de las aguas, y agarrándose con los largos dedos de sus
manos de hueso a las grietas de las peñas, trepar por ellas hasta tocar el borde, diciendo con voz baja y
sepulcral, pero con una desgarradora expresión de dolor, el primer versículo del salmo de David:
Cuando los monjes llegaron al peristilo del templo, se ordenaron en dos hileras, y penetrando
en él, fueron a arrodillarse en el coro, donde con voz más levantada y solemne prosiguieron entonando
los versículos del salmo. La música sonaba al compás de sus voces: aquella música era el rumor
distante del trueno, que desvanecida la tempestad, se alejaba murmurando; era el zumbido del aire que
gemía en la concavidad del monte; era el monótono ruido de la cascada que caía sobre las rocas, y la
gota de agua que se filtraba, y el grito del búho escondido, y el roce de los reptiles inquietos. Todo
esto era la música, y algo más que no puede explicarse ni apenas concebirse, algo más que parecía
como el eco de un órgano que acompañaba los versículos del gigante himno de contrición del Rey
Salmista, con notas y acordes tan gigantes como sus palabras terribles.
Siguió la ceremonia; el músico que la presenciaba, absorto y aterrado, creía estar fuera del
mundo real, vivir en esa región fantástica del sueño en que todas las cosas se revisten de formas
extrañas y fenomenales.
Un sacudimiento terrible vino a sacarle de aquel estupor que embargaba todas las facultades
de su espíritu. Sus nervios saltaron al impulso de una emoción fortísima, sus dientes chocaron,
agitándose con un temblor imposible de reprimir, y el frío penetrar hasta la médula de los huesos.
Los monjes pronunciaban en aquel instante estas espantosas palabras del Miserere:
Al resonar este versículo y dilatarse sus ecos retumbando de bóveda en bóveda, se levantó un
alarido tremendo, que parecía un grito de dolor arrancado a la Humanidad entera por la conciencia de
sus maldades, un grito horroroso, formado de todos los lamentos del infortunio, de todos los aullidos
de la desesperación, de todas las blasfemias de la impiedad; concierto monstruoso, digno intérprete de
los que viven en el pecado y fueron concebidos en la iniquidad.
Prosiguió el canto, ora tristísimo y profundo, ora semejante a un rayo de sol que rompe la
nube oscura de una tempestad, haciendo suceder a un relámpago de terror otro relámpago de júbilo,
hasta que merced a una transformación súbita, la iglesia resplandeció bañada en luz celeste; las
osamentas de los monjes se vistieron de sus carnes; una aureola luminosa brilló en derredor de sus
frentes; se rompió la cúpula, y a través de ella se vio el cielo como un océano de lumbre abierto a la
mirada de los justos.
Los serafines, los arcángeles, los ángeles y las jerarquías acompañaban con un himno de
gloria este versículo, que subía entonces al trono del Señor como una tromba armónica, como una
gigantesca espiral de sonoro incienso:
En este punto la claridad deslumbradora cegó los ojos del romero, sus sienes latieron con
violencia, zumbaron sus oídos y cayó sin conocimiento por tierra, y nada más oyó.
III
Al día siguiente, los pacíficos monjes de la abadía de Fitero, a quienes el hermano lego había
dado cuenta de la extraña visita de la noche anterior, vieron entrar por sus puertas, pálido y como
fuera de sí, al desconocido romero.
-¿Oísteis al cabo el Miserere? -le preguntó con cierta mezcla de ironía el lego, lanzando a
hurtadillas una mirada de inteligencia a sus superiores.
-Lo voy a escribir. Dadme un asilo en vuestra casa -prosiguió dirigiéndose al abad-; un asilo
y pan por algunos meses, y voy a dejaros una obra inmortal del arte, un Miserere que borre mis culpas
a los ojos de Dios, eternice mi memoria y eternice con ella la de esta abadía.
Los monjes, por curiosidad, aconsejaron al abad que accediese a su demanda; el abad, por
compasión, aun creyéndole un loco, accedió al fin a ella, y el músico, instalado ya en el monasterio,
comenzó su obra.
Noche y día trabajaba con un afán incesante. En mitad de su tarea se paraba, y parecía como
escuchar algo que sonaba en su imaginación, y se dilataban sus pupilas, saltaba en el asiento, y
exclamaba: -¡Eso es; así, así, no hay duda..., así! Y proseguía escribiendo notas con una rapidez febril,
que dio en más de una ocasión que admirar a los que le observaban sin ser vistos.
Escribió los primeros versículos y los siguientes, y hasta la mitad del Salmo, pero al llegar al
último que había oído en la montaña, le fue imposible proseguir.
Escribió uno, dos, cien, doscientos borradores; todo inútil. Su música no se parecía a aquella
música ya anotada, y el sueño huyó de sus párpados, y perdió el apetito, y la fiebre se apoderó de su
cabeza, y se volvió loco, y se murió, en fin, sin poder terminar el Miserere, que, como una cosa
extraña, guardaron los frailes a su muerte y aún se conserva hoy en el archivo de la abadía.
Cuando el viejecito concluyó de contarme esta historia, no pude menos de volver otra vez los
ojos al empolvado y antiguo manuscrito del Miserere, que aún estaba abierto sobre una de las mesas.
In peccatis concepit me mater mea
Éstas eran las palabras de la página que tenía ante mi vista, y que parecía mofarse de mí con
sus notas, sus llaves y sus garabatos ininteligibles para los legos en la música.