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Contra el espacio:

lugar, movimiento, conocimiento*

Tim Ingold**

Quiero discutir, en este capítulo, contra la noción de espacio. De todos los


términos que usamos para describir el mundo en que vivimos, este es el más
abstracto, el más vacío, el más indiferente a las realidades de la vida y la expe-
riencia. Consideremos las alternativas. Los biólogos dicen que los organismos
vivos habitan en el ambiente, no en el espacio, y como quiera que pueda ser,
los seres humanos somos sin duda organismos. A lo largo de la historia, tanto
cazadores y recolectores, como agricultores y pastores, las personas han rea- 9
lizado una vida en la tierra, no en el espacio. Los agricultores siembran sus
cultivos en el suelo, no en el espacio, y realizan la siega en el campo, no en el
espacio. Sus animales pastorean en el prado, no en el espacio. Los viajeros ha-
cen sus travesías a través del país, no del espacio, y en su recorrido posan sus
pies sobre el terreno, no en el espacio. Los pintores colocan sus caballetes en un
paisaje, no en el espacio. Cuando estamos en casa, estamos adentro, no en el
espacio, y cuando salimos estamos afuera, no en el espacio. Llevamos la mirada
hacia arriba y vemos el cielo, no el espacio, y en un día ventoso sentimos el
aire, no el espacio. El espacio no es nada, y porque no es nada este no puede
realmente ser habitado en absoluto.
¿Cómo es que llegamos a semejante concepto abstracto y rarificado para
describir el mundo en que vivimos? Mi discusión apunta a que es el resultado
de una operación de una lógica particular que tiene su centro en la estructura
del pensamiento moderno. La llamo la lógica de la inversión (Ingold, 1993). Lo
que hace, en pocas palabras, es convertir los caminos en los que la vida es vivida

* Versión original: “Against Space: Place, Movement, Knowledge”. Publicado en Boundless worlds: an
anthropological approach to movement, 2011. Reproducido con permiso de Berghahn Books.
Este artículo fue traducido por Florencia Boasso y Michael Uzendosky (FLACSO Ecuador).
** Antropólogo e intelectual británico. Su primer trabajo de campo lo desarrolló entre los pastores de renos
en Siberia, logrando crear una perspectiva teórica de inmensa creatividad. Su relevancia en la actualidad
radica en entender la condición humana y al ser humano en su contexto antropológico, uno de los puntos
fundamentales de Ingold es la de eliminar la noción de que el ser humano nació moderno.

mundosplurales
Revista Latinoamericana de Políticas y Acción Pública • Vol.2 No 2
FLACSO Sede Ecuador • ISSN 1390-9193 • pp. 9-26
Tim Ingold

dentro de límites en los que quedan encerrados. La vida, de acuerdo con esta lógica,
es reducida a la propiedad interna de las cosas que ocupan el mundo pero que, pro-
piamente dicho, no lo habitan. Un mundo que es ocupado pero no habitado, que
está lleno de cosas vivientes, más que de un entretejido de redes de nacimientos, es
un mundo de espacio. En lo que sigue, iré mostrando cómo la lógica de la inversión
transforma nuestra comprensión: primero del lugar, segundo del movimiento, y
tercero del conocimiento. Emplazamiento se transforma en encerramiento, viaje
se transforma en transporte, y modos de conocer se transforman en transmisión
cultural. Poniendo todo eso junto, somos llevados hacia una concepción peculiar
y modular del ser, que es un rasgo saliente de la modernidad, dentro de la que el
concepto de espacio es el corolario lógico.

10
Lugar

No tengo nada contra la idea de lugar. Pienso, sin embargo, que hay algo equivo-
cado en la noción de que los lugares existen en el espacio. El hábito persistente de
contraponer espacio y lugar, como Doreen Massey reclama, nos lleva a imaginar
que la vida es vivida dentro de un torbellino del que la única vía de escape es ele-
varse y salir de la experiencia real, hacia niveles mucho más altos de abstracción
(Massey, 2005: 183). Una y otra vez, los filósofos nos han asegurado que como
seres terrenales, sólo podemos vivir y conocer en lugares (p.e. Casey, 1996:18).
Yo no vivo, sin embargo, en la sala de estar de mi casa. Cada día ordinario me
traslado entre la sala de estar, el comedor, la cocina, el baño, el dormitorio, el
escritorio y así, además del jardín. No me quedo confinado en mi casa, sino que
viajo diariamente a mi lugar de trabajo, a las tiendas y a otros lugares comerciales,
mientras mis niños van a la escuela. A esto los filósofos del lugar responden que,
por supuesto, los lugares existen como las muñecas rusas, en muchos niveles de
series anidadas, y que sea cual sea el lugar que uno pueda elegir, a él se le aplica la
calidad de contenedor de un número de lugares de menor nivel, al lado de otros
lugares de su nivel, contenidos dentro de un lugar de nivel mayor. Por lo tanto
mi casa es un lugar que contiene pequeños lugares comprendidos por los cuartos
y el jardín y es contenido dentro del espacio mayor de mi vecindario y del pue-
blo. Como J.E. Malpas escribe, “los lugares están siempre abiertos a revelar otros
lugares dentro de ellos, mientras desde dentro cualquier lugar particular puede
mirar hacia afuera para encontrarse a sí mismo dentro de uno de mucha mayor
envergadura (como uno puede ver desde el cuarto de la casa en el que uno vive)”
(1999: 170-71).

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¡Solamente un filósofo puede mirar desde su sala de estar y ver su casa com-
pleta! Para sus residentes comunes, la casa o departamento se va revelando proce-
sionalmente, como una serie temporal de perspectivas, oclusiones y transiciones
desplegadas a lo largo de la miríada de caminos que ellos tomen, de cuarto en
cuarto y de una a otra puerta, tal como ellos van a lo largo de sus tareas diarias.
Malpas, sin embargo, describe la salida desde su cuarto a su departamento, de su
departamento a su edificio y del edificio al vecindario en la ciudad en la que vive
como si pensara que cada paso de su camino no fuera un trayecto a lo largo de,
sino hacia arriba, de nivel en nivel, desde espacios pequeños y más exclusivos a
otros más grandes e inclusivos. Y mientras más él sube, tanto más alejado se siente
del fundamento del lugar y más atraído por un sentido abstracto del espacio. In-
versamente, al viaje de regreso al hogar lo toma como un movimiento descenden-
te, a través de niveles, desde el espacio de regreso al lugar (1999:71). Cada nivel, 11
aquí, es como una línea en una dirección que permite al cartero eventualmente
entregar la carta dentro del buzón en el nivel bajo en el que se encuentra aposta-
do. Cuando la carta baja hacia la puerta de entrada del filósofo es como si también
bajara un nivel, desde la calle hasta la casa. Y cuando él la recoge y la lleva a través
de su living (o da lo mismo decir su cocina), baja incluso a otro nivel. Aunque en
realidad la carta llegó a sus manos por haber sido vinculada en una red de trayec-
tos que se han tocado entre sí en varios lugares a lo largo del camino, tales como
el buzón, la oficina de correos y cosas así, la impresión es que su transporte se
la ha traído “abajo”, a través de una refinada escala progresiva del espacio, desde
cualquier parte a alguna parte, o desde el espacio al lugar.
Abriendo la carta en su living room, él puede detenerse a reflexionar sobre
cómo los conceptos de “vida” y “cuarto” han venido a aunarse en la denominación
de esa área de su casa. En inglés vernacular la palabra “cuarto”, en este contexto,
simplemente significa una parte interior del edificio encerrado dentro de paredes,
piso y techo. Y living significa un lugar de actividades comunes dentro de la casa
que pueden asumir los ocupantes de ese cuarto particular. Pero como Kenneth
Olwig ha señalado, cuando la “vida” y el “cuarto” son unidos en alemán, eso im-
plica un concepto completamente diferente, propiamente “lebensraum” (Olwig,
2002:3). Aquí el significado de la vida está cercano a lo que el filósofo Martin
Heidegger identificó como el sentido fundacional de la vivienda: no la ocupación
de un mundo ya construido, sino el proceso de habitar la tierra. La vida, en ese
sentido, es vivida al aire libre, más que contenida en estructuras del ambiente
construido (Heidegger, 1971). De allí también que el “cuarto” del “lebensraum”
no está cerrado sino abierto, y proporciona la libertad para crecer y moverse. No
tiene paredes, solo horizontes que se abren progresivamente al viajero conforme

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va pasando por el sendero; no tiene piso, solamente el suelo bajo sus pies; no tiene
techo, solamente el cielo pesando sobre su cabeza.
Mi razón para esta digresión sobre el significado de “cuarto” es abordar un pecu-
liar problema de traducción. El alemán “raum” o su pariente “rum” en las lenguas
escandinavas es en el presente el equivalente aceptado del concepto anglo america-
no de espacio. Aún cuando sus connotaciones están lejos de ser idénticas. En inglés
“espacio” y “cuarto” son completamente distintos, donde cuarto es concebido como
un compartimiento que contiene vida altamente localizado, dentro de la totali-
dad ilimitada del espacio. Sin embargo parece que su traducción como “espacio”,
“raum”/”rum” nunca pierde enteramente el sentido de contención o encierro que
corrientemente acompaña la noción de lugar. Quizás es por eso que, como sugiere
Olwig, una geografía que tiene sus raíces en las tradiciones intelectuales de los paí-
12 ses nórdicos y Alemania frecuentemente hace correr juntos espacio y lugar. En el
concepto moderno de “raum/”rum”, pareciera que las dos connotaciones contradic-
toras de apertura y encierro, de espacio absoluto y cuarto confinado (Olwig 2002:
7) están combinadas. Fue esta duplicidad la que permitió al propagandismo nazi,
avanzada la Segunda Guerra Mundial, aprovecharse de la noción de “lebensraum”
como justificación para la expansión ilimitada, al mismo tiempo que de la autosu-
ficiencia dentro de los límites de la nación germana.
Incluso el propio Heidegger, cómplice en esa empresa, pensaba al “raum” como
algo claro para la vida que tenía sin embargo sus límites. Pero inmediatamente iba a
la explicación de que esos límites no eran una frontera sino un horizonte, “no algo
que pudiera detener sino... desde lo que algo comenzaba su presencia” (Heidegger
1971: 154). Parece que en la transición desde su antiguo sentido de claridad, aper-
tura o “abrirse paso”, al oxímoron moderno de “espacio y lugar”, el concepto “cuar-
to” ha sido llamado a realizar la trampa de la inversión, virando desde la morada
abierta a lo largo del sendero, a una cápsula cerrada para la vida, suspendida en el
vacío. La idea de que los lugares están situados en el espacio es producto de esa in-
versión y no está previamente determinada. En otras palabras, lejos de ser aplicado a
dos aspectos opuestos y aún complementarios de la realidad –el espacio y el lugar–,
el concepto de “cuarto” (room) está implicado centralmente en la configuración
de la distinción entre ambos. Esta no es una distinción que sea inmediatamente
reconocible a nuestra experiencia, la que como ahora estoy argumentando, se basa
en las vidas que no están nunca exclusivamente aquí o allí, vividas en este espacio o
aquél, sino que siempre van de un lugar a otro.
Déjenme introducir el argumento mediante un simple experimento. Tome un
pedazo de papel y un lápiz y dibuje un tosco círculo. Puede parecer algo como esto:
¿Cómo podríamos interpretar esta línea? Estrictamente hablando, es el trazo deja-

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do por el gesto de su mano que ha sostenido el lápiz, está posado en el papel y da


una vuelta antes de continuar su camino a donde sea que pueda ir y donde sea que
pueda hacerlo de nuevo. Sin embargo, viendo la línea como una totalidad, recién 13
dibujada sobre la página, podemos estar más inclinados a interpretarlo de manera
completamente diferente: no como una trayectoria de movimiento sino como un
perímetro estático, delineando la figura de un círculo contra un plano vacío. Del
mismo modo, tendemos a identificar trazos de movimientos de circulación que
conducen a un lugar existente, con límites que demarcan ese lugar desde su espacio
circundante. Sea sobre el papel o sobre el suelo, los trayectos o los senderos a lo
largo de los cuales avanzamos son percibidos como límites dentro de los que son
contenidos. Ambos casos ejemplifican cómo trabaja la lógica de la inversión, trans-
formando el modo de “pasar” por la senda, a un lugar contenido en el espacio. Esto
se ilustra abajo

Mi opinión es que las vidas no están dirigidas dentro de un lugar, sino a través, alre-
dedor hacia y desde él, desde y hacia lugares en cualquier parte (Ingold 2000:229).
Usaré el término caminante para describir la experiencia encarnada de este movi-
miento ambulatorio. Es como caminantes, entonces, que los seres humanos ha-

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bitamos la tierra. Por lo mismo, la existencia humana no está fundamentalmente


restringida a un lugar, como Christopher Tilley (1994: 25) sostiene, sino amarado a
un lugar. Esta se despliega no en lugares sino a lo largo de las caminos o rutas. En
el proceso a lo largo de esa trayectoria, cada habitante hace una senda. Donde los
habitantes se reúnen, los caminos se entrelazan, como la vida de cada uno está atada
a la del otro. Cada entrelazamiento es un nudo, y cuanto más las líneas de la vida se
entrecruzan, mayor la densidad del nudo.

14

Los lugares, entonces, son como nudos, y los hilos con los que están atados son lí-
neas de caminantes (wayfaring). Una casa, por ejemplo, es un lugar donde las líneas
de sus residentes están fuertemente tejidas entre sí. Esas líneas están tan contenidas
dentro de la casa, como lo están los hilos dentro del nudo. Ellas más bien dejan una
huella que se extiende más allá, solo para quedar atrapadas con otras líneas en otros
lugares, como sucede con los hilos en otros nudos.
Juntos ellos hacen lo que llamaré una malla de red (meshwork). Tomo prestado el
término de Henri Lefebvre, quien habla de los “patrones reticulares dejados por los
animales, tanto salvajes como domésticos, y por la gente (dentro y alrededor de las
casas del barrio, del pueblo, como de los pueblos vecinos)”, juntos crean la textura
del mundo. Atrapado en esas redes, el ambiente construido es más arqui-textural
que arquitectural (Lefebvre 1991:117-18).
Los lugares, entonces, son delineados por el movimiento, no por los límites ex-
ternos al movimiento. De hecho, es por esa precisa razón que he elegido referirme a

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la gente que frecuenta los espacios como “habitantes” antes que “locales”, y por eso
puede ser erróneo suponer que esa gente está confinada dentro de un lugar particular
o que su experiencia está circunscrita por horizontes restringidos, o una vida vivida
solo allí dentro. Los habitantes pueden de hecho haber viajado extensamente, como
descubrió David Anderson por ejemplo, en su trabajo de campo entre los pastores
de renos Evenki en Siberia. Cuando preguntó a su anfitrión sobre la localización de
las tierras originarias de su clan, él le respondió que en el pasado la gente viajaba –y
vivía– no en “alguna parte”, sino en “todas partes”. En el pasado los pastores Even-
ki no vivían en el espacio sino más bien en el lugar. Tuvimos una ilusión producto
de nuestras convenciones cartográficas que nos permitió imaginar la superficie de la
tierra dividida dentro de unas áreas mosaico, cada una ocupada por una nación con
nombre o grupo étnico. ¡Sobre un mapa dibujado de acuerdo con esas convenciones,
unos pocos miles de Evenki aparecen ocupando un área de casi el doble del tamaño de 15
Europa! Los Evenki, sin embargo, no ocupaban su país, lo habitaban. Y mientras que
la ocupación es en área, la habitación es lineal. Es decir, requiere que la gente no atra-
viese la superficie de la tierra, sino que transite los caminos que la llevan de un lugar a
otro. Desde esta perspectiva de los habitantes, por lo tanto, “todas partes” no está en el
espacio. Esta es la malla (meshwork) de senderos entrelazados por la que la gente lleva
adelante su vida. Mientras uno esté en el camino, está siempre en alguna parte. Pero
cada “alguna parte” está en el camino hacia alguna otra parte. Este es un momento
apropiado, por lo tanto para girar desde el lugar hacia el movimiento. ¿Cómo ha sido
transformada nuestra comprensión del movimiento por la lógica de la inversión?

Movimiento

En su contemplación del Ártico en Playing Dead (1989), el escritor canadiense


Rudy Weibe compara la comprensión del movimiento y el viajar sobre la tierra o
el mar congelado de los nativos Inuit, con el de los marineros de la Marina Real
en su búsqueda del pasaje marítimo a Oriente por el elusivo Paso del Noroeste.
Para los Inuit, tan pronto una persona se mueve, comienza una línea. Para cazar
un animal o para encontrar a otro ser humano que puede estar extraviado, dejas
una línea de huellas a través de la inmensidad, buscando señales de otra línea
de movimiento que pueda llevarte a tu objetivo. De modo que todo el país es
percibido como una malla de líneas, antes que como un espacio continuo. Los
marineros británicos, sin embargo, “acostumbrados al mar sin caminos, fluido, se
movían en términos de área” (1989: 16). El buque, aprovisionado para la travesía
antes de zarpar, era concebido como un punto en movimiento sobre la superficie

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del mar, su posición siempre se establecía por la latitud y la longitud. Nosotros


ya hemos encontrado esta diferencia entre el movimiento lineal a lo largo de
caminos de viaje y el movimiento lateral a través de una superficie, en nuestra
comparación entre “todas partes”, con habitación y ocupación respectivamente.
Me he referido al movimiento en el primer caso como el del caminante (wayfa-
ring). Al movimiento de la segunda clase lo llamo transporte. Ahora mostraré que
la inversión que representa el mundo habitado como espacio, también convierte
al caminante dentro del transporte.
El caminante está continuamente en movimiento. Más estrictamente el es su
movimiento. Como con los Inuit presentados en el ejemplo anterior, el caminante
es inmediato al mundo como una línea de viaje. Esta es una línea que avanza desde
la punta mientras él presiona en un proceso continuo de crecimiento y desarrollo,
16 o de autorenovación. A medida que avanza, sin embargo, el caminante tiene que
sostenerse a sí mismo tanto perceptual como materialmente, mediante un compro-
miso activo con la tierra que se despliega ante su paso1. Aunque de vez en cuando
debe detenerse para descansar y puede incluso regresar repetidamente al mismo
lugar para hacerlo, cada pausa es un momento de tensión que –como si retuviera
la respiración– se torna aún más intenso y menos sostenible mientras más tiempo
pasa. De hecho, el caminante no tiene un destino final; donde sea que esté, y tan
larga como sea su vida, hay otro lugar al que puede ir.
El transporte, por el contrario, es esencialmente un destino orientado (Wallace,
1993: 65-66). No hay demasiado desarrollo en un estilo de vida que cruza de es-
tancia en estancia, de personas y bienes, que mantiene su naturaleza sin afectar. En
el transporte, el viajero no se mueve él mismo. Más bien es movido, transformado
en un pasajero en su propio cuerpo, si no lo es en algún buque que puede extender
o reemplazar los poderes de propulsión del cuerpo. Mientras está en tránsito, tiene
sus restos encerrados dentro de su buque, dibujando los propios suministros para su
sostenimiento y celebrando el curso predeterminado. Sólo al llegar a su destino, y
cuando piensa que el transporte se ha interrumpido, es cuando el viajero comienza
a moverse. Pero este movimiento, confinado dentro de un lugar, está concentrado
en un punto. Es por eso que los mismos lugares donde el habitante que camina se
detiene a descansar son, para el pasajero transportado, sitios de ocupación. Entre los
sitios, él apenas roza la superficie del mundo.
Un segundo experimento puede servir para iluminar el contraste. Tome su lápiz
nuevamente y, esta vez, dibuje una línea continua libre hecha a pulso. Como el cír-

1 Basado en el trabajo de campo entre los Inuit de Igloolik, Claudio Aporta escribe que viajar no es una acti-
vidad transicional de un lugar a otro, sino un modo de ser... Uno se encuentra con otros viajeros, los niños
nacen, y se caza, se pesca y se realizan otras actividades de subsistencia (Aporta, 2004: 13).

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culo que usted dibujó antes, la línea permanece como el trazo de su gesto manual.
En la memorable frase del pintor Paul Klee, su línea se ha ido a caminar (Klee,
1961:105).

Pero ahora quiero que dibuje una línea de puntos. Para hacerlos usted tiene que
acercar su lápiz hasta entrar en contacto con el papel en un punto predeterminado
y entonces hacer una pequeña pirueta allí para formar el punto. Toda la energía y
todo el movimiento está focalizado abajo, en el punto, casi como si usted estuviera 17
en un agujero. Entonces usted tiene que mover su lápiz por el papel y cruzar al
siguiente punto donde hará lo mismo y así sucesivamente hasta que usted haya
marcado el papel con una serie de puntos.

¿Pero dónde, en esa serie, está la línea? No se ha generado como un movimiento,


ni siquiera como el trazo de un movimiento, desde que todo el movimiento es en
puntos. Cualquiera sea el movimiento que usted pueda hacer entre cada uno sirve
solamente para llevar la punta de su lápiz de un punto al siguiente, y es comple-
tamente incidental para la línea en sí misma. Durante esos intervalos el lápiz está
inactivo, fuera de uso. De hecho usted puede incluso descansar en su escritorio por
cualquier cantidad de tiempo antes de tomarlo nuevamente y retornar a la superfi-
cie del papel.
La línea de puntos, en resumen, no está definida por un gesto sino como una
secuencia conectada de puntos fijos. Ahora, como en un dibujo en el que la línea
es trazada por un movimiento de sus manos, del mismo modo el caminante en
sus deambulaciones dibuja una marca sobre la tierra en forma de rastros, senderos
y huellas. Por eso, al escribir sobre los Walbiri –un pueblo indígena del Desierto
Central de Australia–, Roy Wagner señala que “la vida de una persona es la suma
de sus huellas, la inscripción total de sus movimientos, algo que puede ser rastreado
a lo largo de la tierra” (Wagner, 1986: 21). La lógica de la inversión, sin embargo,

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convierte cada huella o sendero en el equivalente de una línea de puntos, dividién-


dola primero en tramos,

y luego enrollando y empaquetando cada tramo dentro de los confines de un


18 destino.

Las líneas enlazan esos destinos. Como en las de un mapa de carretera o aéreo, no
son trazos del movimiento, sino conectores de punto a punto. Esas son las líneas del
transporte. Y mientras el caminante afirma su presencia en la tierra con la creciente
suma de sus senderos, el pasajero transporta su firma sobre él mientras se transporta
de un lado a otro. Donde sea que él pueda estar, debe ser capaz de replicar este ges-
to en miniatura, altamente condensado, como una marca de su identidad única e
inmodificable. Una vez más encontramos la lógica de la inversión trabajando aquí,
transformando los caminos por los cuales la gente conduce sus vidas en propiedades
internas de los individuos auto-contenidos, limitados. Siempre que el individuo es
requerido a firmar sobre la línea de puntos, esta inversión es representada. Un ocu-
pante de cualquier lugar y un habitante de ninguna parte, el firmante declara por
ese acto su lealtad al espacio.
Como ya he sugerido, la ocupación se hace en áreas mientras que habitar es li-
neal. Se entiende que los varios destinos son vinculados en un sistema de transporte
para ser distribuidos sobre una superficie isotrópica, cada ubicación especificada
por coordenadas globales. Las que conectan esos destinos comprenden una red que
se extiende cruzando la superficie y “atrapada” por cada uno de esos nodos. Para el

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caminante (wayfarer), sin embargo, el mundo no se presenta como una superficie a


ser recorrida. En sus movimientos, él enhebra su camino por este mundo más que
encaminarse a través de él, de un punto a otro. Por supuesto el caminante es un
ser terrestre, y debe forzosamente viajar sobre la tierra. Las superficies de la tierra,
sin embargo están en el mundo, no son del mundo (Ingold, 2000: 241). Y tejidas
dentro de la misma trama de esas superficies están las líneas de crecimiento y mo-
vimiento de los habitantes. Lo que ellas forman, como ya hemos visto, no es una
red de conexiones entre puntos, sino una enredada malla de tejidos entrelazados y
complejamente anudada por hilos. Cada hilo es una forma de vida, y cada nudo un
lugar. De hecho es algo como una red en su sentido original, de una tela de malla
de cuerdas entrelazadas o anudadas. Pero por su extensión metafórica a los reinos
del transporte moderno y las comunicaciones, y especialmente la tecnología de la
información, el sentido de “la red” ha cambiado2. Nosotros estamos ahora más in- 19
clinados a pensarla como un complejo de puntos interconectados que como líneas
entretejidas. Por esta razón encuentro necesario distinguir entre la red de transporte
y la malla del caminante. La clave de esta distinción está en el reconocimiento de
que las líneas de la malla no están conectadas. Ellas son los senderos a lo largo de los
cuales la vida es vivida. Y es en las ataduras entre las líneas, no en la conexión de los
puntos, en que la malla se constituye.

2 Para mí, como usuario relativamente inexperto, navegar en el internet es materia de una activación de secuen-
cias de vínculos que me llevan, casi instantáneamente, de sitio a sitio. Cada vínculo es un conector, y la web
misma es una red de sitios interconectados. Viajar por el ciberespacio, así, se parece al transporte. Los usuarios
expertos, sin embargo, me dicen que ellos “surfean” la red, ellos siguen senderos como los caminantes, con
ningún destino particular en mente. Para ellos, la web puede parecer más como un enredo que una red. Cómo,
precisamente, ellos pueden entender “movimiento” por la internet es una cuestión interesante, pero está más
allá del ámbito de este capítulo, y ciertamente más allá de mi propia competencia, para abordarlo aquí.

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He argumentado que el del caminante es nuestro modo fundamental de ser en el


mundo. ¿Esto significa que la posibilidad de un transporte genuino está a la par,
sino de un sueño, de la ilusión de que los lugares que este conecta están fijados
en el espacio? Si es así, entonces debemos también reconocer que las sociedades
metropolitanas modernas han hecho mucho para volver este sueño realidad. Ellas
han creado sistemas de transporte que se extienden por el globo en una vasta ca-
dena de conexiones de destino a destino. Y ellas han convertido el viaje, de una
experiencia de movimiento en la que la acción y la percepción están íntimamente
acopladas, a una inmovilidad forzada y a una privación sensorial. El pasajero,
atado a su asiento, ya no tiene la percepción del “alrededor”, de la tierra que se
extiende sin interrupción desde el suelo bajo sus pies hasta el horizonte. Más bien
aparece como un escenario proyectado sobre pantallas verticales, más o menos
20 distantes, que simulan diapositivas que pasan de una a otra debido a la operación
de paralaje. Este aplanamiento y estratificación del paisaje puede, como Orvar
Löfgren ha observado (2000:24), tener mucho más que ver con los efectos de
los viajes a velocidad sideral, que con el anclaje de la visión en un lugar fijo. Sin
embargo, la esencia de la velocidad puede estar menos en la proporción real de
la distancia recorrida por el tiempo transcurrido, que en la desvinculación, en el
transporte, de la percepción y la movilidad.
Una vez que la desvinculación ha sido efectuada –esto es, una vez que el mo-
vimiento es reducido a un puro desplazamiento mecánico– la velocidad del trans-
porte puede, en principio, ser incrementada indefinidamente. Idealmente esto
puede tomar muy poco tiempo. Esto es porque las líneas de las redes de transpor-
te, confluyen en un continuum de espacio, carente de duración. Por los puntos
conectados de una red, o “unión de puntos”, el posible viajero puede llegar vir-
tualmente a su destino, aún antes de establecerlo. Como un artefacto cognitivo
o montaje, el plan de ruta preexiste a su puesta en acto física. Aun cuando en la
práctica lleva tiempo llegar allí, incluso por medios veloces. El transporte per-
fecto es imposible por la misma razón que uno no puede estar en dos lugares, ni
de hecho en todas partes, simultáneamente. Como todo viaje es movimiento en
tiempo real, una persona nunca puede ser completamente la misma en el lugar de
destino que cuando partió: algún recuerdo de la jornada, aun cuando atenuado,
permanecerá, y a su vez condicionará su conocimiento del lugar. Podemos desear
que fuera de otro modo: es así que se les aconseja rutinariamente a los investiga-
dores no permitir que las penurias que supone obtener acceso al campo se inmis-
cuyan con sus observaciones, para que esto no distorsione la recolección de datos
y comprometa su objetividad. Pero la objetividad total es tan imposible como
el ideal del transporte perfecto. No podemos ir de un lugar a otro del mundo a

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grandes saltos. O, en las sabias palabras de la canción de cuna Vamos a la caza de


un oso, “No podemos pasar por arriba de ella, no podemos pasar por abajo de ella,
¡oh, no!, tenemos que ir a través de ella”.

Conocimiento

Un grupo de científicos ha expuesto su investigación sobre los cambios en la ecolo-


gía y la hidrología de la tundra del ártico, en particular del Norte de Rusia3. Ellos
querían determinar los factores fundamentales de esos cambios, incluyendo el ca-
lentamiento global y la polución industrial. Sobre un mapa de la región han trazado
una línea recta de doce puntos, espaciadas por intervalos iguales de un centímetro
(correspondientes a cincuenta kilómetros en el mapa). Cada uno de esos puntos 21
marca un sitio donde el equipo se propuso recolectar muestras de suelo y agua,
registrar la vegetación y tomar cualquier medición necesaria, por ejemplo la acidez
del suelo o remanentes de radiación. Como el viaje por tierra es lento y peligroso
en esa región, que en verano está llena de mosquitos infectados de las ciénagas, ríos
meandrosos sin rumbo, charcos estancados, el grupo debió contratar un helicóptero
para transportarlos a ellos y a su equipo de un lugar al siguiente. En efecto, esos
viajes aéreos recrean el dibujo a gran escala de la línea de puntos en un mapa. Así
como la punta del lápiz ha estado reducida a una sucesión de puntos a fin de marcar
la superficie del papel del mapa, del mismo modo el helicóptero con su carga de
científicos e instrumentos se “deja caer” de un sitio a otro, permitiéndoles tomar
sus lecturas sobre la superficie actual de la tundra. Aún cuando pueda ser de otra
manera para el piloto, quien tiene que guiar la máquina al lugar preciso y encontrar
un lugar adecuado para aterrizar, en la medida en que los científicos están preocupa-
dos por su transporte en helicóptero, su actividad primaria de recolección de datos
está completamente subordinada. De hecho, mientras el piloto, un habitante de la
región, está preocupado por encontrar el lugar para su próximo aterrizaje, los cientí-
ficos tienen poco más que hacer que admirar la vista desde la ventanilla. Solamente
cuando el piloto toma un descanso, los científicos pueden continuar con el trabajo
de hacer sus observaciones.

3 El ejemplo que sigue está ligeramente basado en un proyecto del que participé marginalmente. Este fue el
proyecto financiado por los Estados Unidos TUNDRA (por sus siglas en inglés de Degradación de la Tundra
en el Ártico Ruso), que se llevó a cabo por tres años desde 1998 a 2000, coordinado por la Universidad del
Ártico Central de Laponia. El proyecto presenta una evaluación de la retroalimentación del ártico ruso al sis-
tema climático global, a través de los cambios por las emisiones de los gases invernadero y las pérdidas de agua
dulce, y la comprensión de las relaciones entre cambio climático, ciclos del carbón e hidrológicos, polución
industrial y conciencia social. El estudio se llevó a cabo en la cuenca del río Usa, en el noreste de la república
de Komi, justo al oeste de los Montes Urales.

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En este ejemplo, los datos se están recolectando de una serie de locaciones fi-
jas. Para el grupo de científicos esas locaciones comprenden un transecto de mil
kilómetros que corta a través de la superficie de la tierra. Pero el transecto no es un
camino: no es el rastro de un movimiento sino una cadena de conexiones punto a
punto. Unidas por esas conexiones, las locaciones constitutivas del transecto están
–podríamos decir– integradas lateralmente. Pero ¿qué de los datos obtenidos? Todo
dato es una “cosa dada”, un hecho. Aún cuando descubierto entre los contenidos
de un lugar, dónde está, o cómo fue a llegar allí, no forma parte de lo qué es. Como
un ejemplo o espécimen, cada hecho es considerado como algo de una clase. Y su
significado no radica en el relato de su descubrimiento sino en su yuxtaposición
y comparación con hechos de una clase similar –o cuyas propiedades intrínsecas
pueden ser medidas con el mismo patrón– que fueron recolectados en otros sitios.
22 Por lo tanto, el trabajo de campo de la temporada está completado, los miembros
del equipo enviarán los datos que han recogido a sus respectivos laboratorios, don-
de alimentarán una base de datos que, a su vez, les permitirá buscar correlaciones
sistemáticas con las cuales poder predecir modelos de cambio del ecosistema y cli-
máticos. Los datos, en efecto, son trasmitidos “hacia arriba” para el análisis, donde
alimentan marcos progresivamente más grandes y en última instancia universales.
En la construcción de una base de datos, en su clasificación y tabulación, los cientí-
ficos encuentran –podríamos decir– que están verticalmente integrados. A través de
ese proceso de integración, se produce el conocimiento.
En definitiva, a las locaciones geográficas lateralmente integradas, les corres-
ponde una clasificación integrada verticalmente de las cosas encontradas allí. Las
primeras están encadenadas a redes de conexiones punto a punto, las últimas por
las agregaciones taxonómicas y las divisiones de la base de datos. Pero ¿qué del co-
nocimiento de los habitantes? ¿Cómo es integrado eso? Consideremos el piloto del
helicóptero de nuestro ejemplo. Ha acumulado una buena cantidad de experiencia
de vuelo en aquellas partes. A diferencia de los científicos visitantes, el conoce el
terreno y cómo encontrar su camino bajo condiciones climáticas variables. Pero ese
conocimiento no deriva de las locaciones. Proviene en cambio de una historia de
vuelos previos, de despegues y aterrizajes, y de incidentes y encuentros en la ruta.
En otras palabras, ha sido forjado en el movimiento, “en el paso de lugar a lugar y
el cambio de horizontes a lo largo del camino” (Ingold, 2000: 227). Por eso, como
habitante, el conocimiento geográfico del piloto no está lateralmente integrado, del
mismo modo que los lugares para él no son locaciones espaciales, ni están unidas
por conexiones punto a punto. Son más bien temas, que se suman a los escritos en
diarios de viajeros. Su conocimiento de las cosas no está verticalmente integrado.
Para el habitante las cosas que conoce no son hechos. Un hecho simplemente existe.

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Contra el espacio: lugar, movimiento, conocimiento

Para los habitantes, las cosas no tanto existen como ocurren. Puestas en la confluen-
cia de acciones y respuestas, no son identificadas por sus atributos intrínsecos sino
por los recuerdos que pueden convocar. Por eso las cosas no son clasificadas como
hechos o tabuladas como datos, sino narradas como historias. Y cada lugar, como
una reunión de cosas, es un nudo de historias.
Los habitantes, en pocas palabras, saben como ir, en su viaje por el mundo a lo
largo de su ruta. Lejos de estar subordinado a una colección de datos punto a punto
que deben ser aprobados para su posterior procesamiento como conocimiento, el
movimiento es en sí mismo el modo de conocer del habitante. He rastreado en el
vocabulario inglés para encontrar una palabra, gramaticalmente equivalente a late-
ralmente y verticalmente, que pueda transmitir ese sentido de conocer “a lo largo”
más que “a través” o “sobre”. Pero no hallé nada. Tengo entonces que recurrir a un
neologismo raro. El conocimiento del habitante –podríamos decir– está integrado 23
enlargadamente4. Por eso, en lugar de la complementariedad de una ciencia de
la naturaleza verticalmente integrada, y una geografía de la locación lateralmen-
te integrada, el caminante produce un conocimiento integrado atravesadamente,
práctico, del mundo viviente. Semejante conocimiento ni es clasificado ni tampoco
conectado, sino en-mallado5.
En realidad, por supuesto, los científicos son humanos como cualquier otro. Y
también, como cualquiera, son caminantes. Por eso la foto presentada de la práctica
científica en el ejemplo de arriba está un tanto idealizada. Corresponde, si ustedes
quieren, a la mirada “oficial” de lo que se supone que pasa. En las investigaciones
científicas que se conducen actualmente, la investigación de los materiales recolec-
tados en el campo son enviados no hacia “arriba”, sino “a lo largo” al laboratorio,
que es, después de todo, sólo otro lugar donde se hace el trabajo. Más aún, no hay
marcos unificados dentro de los que las observaciones de toda clase y todos los con-
textos puedan ser acomodadas. La mayor parte de la labor científica, pareciera, yace
en intentar establecer la conmensurabilidad y conectividad que permita traducir
procedimientos desarrollados y resultados obtenidos en un lugar, para aplicarlos
a otro. Como el sociólogo David Turnbull (1991) ha mostrado, el conocimiento
científico no está integrado dentro de un gran edificio, sino más bien crece en un
campo de prácticas, constituido por los movimientos de los practicantes, aparatos,
mecanismos, medidas y resultados de un laboratorio a otro. “Todo conocimien-
to”, escribe Turnbull, “es como viajar, como un trayecto entre las partes dentro de
una matriz” (1991: 35). Así, contrariamente a la visión oficial, lo que vale para el
conocimiento del habitante, también vale para la ciencia. En ambos casos, el co-

4 Alongly en el original.
5 Meshworked en el original.

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nocimiento está integrado no a través de datos locales ajustados en abstracciones


globales, sino en el movimiento de un lugar a otro, en el caminante. Las prácticas
científicas tienen las mismas vinculaciones (pero no las mismas ataduras) que las
prácticas de los habitantes. La ciencia también es en-mallada.
Esta es, por supuesto, la lógica de la inversión que coloca a los fundamentos
epistemológicos de la ciencia oficial transformando sucesos en hechos discretos,
autónomos, y ellos adquieren lugar mediante la ocupación de lugares cerrados. Más
aún, la misma lógica sustenta la visión ortodoxa del conocimiento del habitante
como una clase de ciencia “al revés” que no trabaja a través de la exportación de
datos observacionales de lugares específicos para el procesamiento de datos en altos
niveles, sino a través de la importación hacia adentro de un sistema de conceptos y
categorías para ordenar los datos de la experiencia. Se supone que esos conceptos y
24 categorías no son tanto “construidos” como “transmitidos”, ya hechos, parte de una
tradición recibida. Así pues, los lugares son construidos como contenedores para
personas, por ende esa gente –o sus mentes– viene a ser vista como contenedores de
los elementos de la tradición que ha pasado a ellos desde sus ancestros, y que ellos a
su vez pasarán a sus descendientes. Es por eso que el conocimiento tradicional tan
frecuentemente es asumido como local. Es conocimiento en las mentes de la gente
local –y por tanto localizado– (Ingold y Kurttila, 2000:194). Convencionalmen-
te, este conocimiento adquiere el nombre de cultura. Es convencional, también,
contrastar cultura y ciencia, la que –debido a que está fundada en la exportación
de datos más que en la importación de un esquema para organizarlos– reclama un
alcance global, y apela a principios de análisis racional de alcance universal. De allí
que la cultura parece estar en un lugar y la ciencia en el espacio. La misma operación
lógica que bifurca al cuarto dentro del lugar y el espacio, bifurca también al cono-
cimiento dentro de la cultura y la ciencia.
Esta operación, para concluir, convierte gradualmente la expansión del co-
nocimiento del habitante a lo largo de los múltiples caminos de la red, en un
relleno para las capacidades de la mente con un contenido cultural. La conversión
es efectuada a través de un proceso doble que Paul Nadasdy (1999) ha llamado
“destilación” y “compartimentación”. La destilación rompe los vínculos que unen
cualquier suceso a su contexto nativo; la compartimentación inserta las entidades
y eventos así deslindados en diversos grupos de clasificación. En este sentido,
el conocimiento del caminante integrado enlargadamente es forzado dentro del
molde de un sistema integrado verticalmente, cambiando los modos a lo largo de
los cuales la vida es vivida dentro de límites categoriales con los cuales es constre-
ñida. Las historias se transforman en repositorios de información clasificada; el
caminante se convierte en la aplicación de una ciencia ingenua. He argumentado,

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Contra el espacio: lugar, movimiento, conocimiento

al contrario, que el conocimiento del habitante no se forja ajustando los datos


de la observación dentro de compartimientos de una clasificación dada, sino a
través de las historias del caminante. Desenmarañar la red y reunir los fragmentos
resultantes sobre la base de sus similitudes y diferencias intrínsecas, es destruir sus
verdaderos significados y coherencia. Más que tratar a la ciencia y la cultura como
opositoras equivalentes –alineadas en cada lado por una división arbitraria entre
espacio y lugar, y entre razón y tradición– la mejor manera de superarlo –sugiero–
puede ser reconocer que el conocimiento científico, tanto como el conocimiento
de los habitantes, está generado dentro de las prácticas del caminante. Para los
científicos que son gente también, y para los habitantes del mismo mundo como
del resto de nosotros.

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