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Apocalipsis (Devocionario Exegético)

El libro de Apocalipsis, a menudo malinterpretado y temido, es una revelación divina que se centra en la gloria de Cristo y ofrece bendiciones a quienes lo leen y obedecen. Escrito por el apóstol Juan alrededor del año 95 d.C., Apocalipsis fue dirigido a iglesias que sufrían persecución, brindándoles esperanza y recordándoles la soberanía de Dios. A pesar de su complejidad, su mensaje es relevante para los creyentes contemporáneos, instándolos a comprender la naturaleza de Dios y su plan a lo largo de la historia.

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Apocalipsis (Devocionario Exegético)

El libro de Apocalipsis, a menudo malinterpretado y temido, es una revelación divina que se centra en la gloria de Cristo y ofrece bendiciones a quienes lo leen y obedecen. Escrito por el apóstol Juan alrededor del año 95 d.C., Apocalipsis fue dirigido a iglesias que sufrían persecución, brindándoles esperanza y recordándoles la soberanía de Dios. A pesar de su complejidad, su mensaje es relevante para los creyentes contemporáneos, instándolos a comprender la naturaleza de Dios y su plan a lo largo de la historia.

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INTRODUCCIÓN A APOCALIPSIS

Apocalipsis es uno de los libros menos leídos del Nuevo Testamento, y la razón por
ello es que el relato de los juicios de Dios sobre la Tierra, sumado a las imágenes
de dragones y bestias, genera mucho temor en los lectores. La otra razón es que la
mayoría de los creyentes no saben cómo interpretar Apocalipsis. Esa falta de
entendimiento es muy triste porque el libro de Apocalipsis es la última revelación de
Dios a la humanidad y es el único libro en la Biblia que lleva una doble promesa de
bendición para los que leen y obedecen las enseñanzas contenidas en él (Apo. 1:3;
22:7). Por eso, Apocalipsis debería ser uno de los libros favoritos de los hijos de
Dios y el más leído en toda la Biblia.

Los que logran vencer su temor del libro y hacen un esfuerzo por leer Apocalipsis
enfrentan otro tipo de problema, y es el de enfocarlo correctamente. Casi todos los
que leen Apocalipsis piensan que el tema central del libro es el juicio de Dios
relacionado con el fin del mundo, cuando en realidad el tema principal es la gloria
de Cristo. Por lo tanto, en este comentario devocional de Apocalipsis nos
concentraremos más en la revelación de la gloria del Señor Jesús que en las
profecías de los últimos tiempos. De ese modo, nuestro deseo es animar a los
lectores a volver a leer Apocalipsis en el espíritu en el cual fue escrito, para así
disfrutar la bendición que Dios tiene para aquellos que se dedican a estudiar este
último libro de la Biblia.

Aunque no es necesario leer esta Introducción, el que lo hace entenderá mucho


mejor Apocalipsis. El libro que lleva ese nombre es una carta escrita a siete iglesias
en Asia (Apo. 1:4), por lo tanto podríamos llamarlo: “La Carta de Juan a los
Asiáticos”, o simplemente “Asiáticos” (como los libros de “Efesios”, “Filipenses” o
“Colosenses”). En ella, Juan se dirige a los creyentes que estaban experimentando
mucho sufrimiento por su fe cristiana. Las iglesias a las que asistían eran oprimidas
por el poder imperial de Roma, que usaba su fuerza para atacar a los creyentes. Por
consiguiente, los cristianos temían por sus vidas y también por el futuro de la
Iglesia de Cristo.

A tales personas, la carta de Juan vino como un manantial de agua fresca, para
aliviar su sed espiritual y levantar sus ánimos decaídos. El aire de triunfo y victoria
que se respira en Apocalipsis llenó sus corazones de alegría espiritual. En las
páginas de este libro leyeron de visiones gloriosas de Cristo, y escucharon
reiteradas promesas de Su poder y victoria sobre todas las fuerzas del mal.
Recordaron que Cristo no solo estaba vivo, sino que reinaba en el cielo, ordenando
todas las cosas para el bien de Su pueblo, con el fin de garantizar la victoria del
evangelio. Al leer Apocalipsis, los creyentes del primer siglo tomaron conciencia de
que detrás del aparente triunfo del mal estaba la mano de Dios, obrando
soberanamente en todas las circunstancias para asegurar la victoria final. Era un
mensaje necesario y oportuno, para concederles “gracia y paz”, como lo afirma al
inicio del libro (Apo. 1:4). Por lo tanto, es el único libro de la Biblia que contiene
una promesa explícita de bendición espiritual para el que lo lea: “Bienaventurado el
que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guarden las cosas en ellas
escritas” (Apo. 1:3).

Si el libro de Apocalipsis era pertinente para los creyentes que vivían al fin del
primer siglo, cuanto más lo es para los creyentes que viven en el siglo XXI. Luego
de haberse extendido por todo el mundo, la Iglesia nuevamente enfrenta mucha
persecución. El poder del mundo globalizado se levanta contra ella, amenazando
destruirla, y el secularismo radical se opone tajantemente a Dios y a toda creencia

1
espiritual. El mensaje central de Apocalipsis necesita ser escuchado por una nueva
generación de creyentes y esperamos que este comentario contribuya a ello. Los
cristianos del siglo XXI necesitan recordar que Cristo es “el soberano de los reyes
de la tierra” (Apo. 1:5), y que Él “viene con las nubes, y todo ojo le verá…y todos
los linajes de la tierra harán lamentación por Él” (Apo. 1:7). Además, Él es “el Alfa
y la Omega, el principio y el fin…el que es y que era y que ha de venir, el
Todopoderoso” (Apo. 1:8).

AUTOR Y FECHA

El libro afirma que fue escrito por el apóstol Juan, en la isla de Patmos.
Probablemente fue escrito or el año 95 d.C.

LA NATURALEZA DEL LIBRO

Algunos comentaristas tratan el libro de Apocalipsis como si fuera una obra que
nació en el corazón de Juan, quien decidió usar el género apocalíptico para trasmitir
sus enseñanzas a las iglesias que estaban bajo su jurisdicción. Según esa
interpretación, Apocalipsis sería como El Progreso del Peregrino, en la que el autor,
Juan Bunyan, narra su libro en la forma de un sueño ficticio. Los que adoptan esa
manera del leer Apocalipsis niegan que Juan realmente tuvo visiones celestiales, y
afirman que las visiones descritas en Apocalipsis son invenciones de Juan, quien
decidió usar el estilo literario de Daniel y Zacarías para animar a los cristianos que
vivían a fines del primer siglo.

El problema con esa forma de leer el libro de Apocalipsis es que pasa por alto la
realidad histórica de las visiones en Daniel y Zacarías. Por lo tanto, rechazamos ese
concepto del libro de Apocalipsis, y afirmamos que el último libro de la Biblia no
nació en el corazón de Juan sino en el corazón de Dios, tal como leemos en
Apocalipsis 1:1. Dios usó visiones para comunicarle a Juan las cosas que Él quería
que escribiera a las iglesias. Sin embargo, aunque las visiones originaron en la
mente de Dios, Él se acomodó a la mente de Juan, y usó conceptos y vocabulario
del Antiguo Testamento para trasmitirle las verdades que él necesitaba saber para
animar a los creyentes del primer siglo. Por consiguiente, para entender Apocalipsis
forzosamente tendremos que estudiar mucho el Antiguo Testamento, y tomarlo en
cuenta en nuestra interpretación del último libro de la Biblia.

En realidad, Apocalipsis contiene un resumen inspirado por Dios de toda la


enseñanza de la Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. En este libro
tenemos ecos del huerto de Edén (Apo. 22:1-3), la historia de los Patriarcas (Apo.
12:1), el éxodo de Egipto (Apo. 11:6; 12:6, 14), la nación de Israel (Apo. 7:1-8;
21:12), y la época de los profetas (Apo. 11:5-6). También tenemos detalles del
nacimiento de Cristo (Apo. 12:1-2), la persecución de Herodes (Apo. 12:4-6), la
expiación del pecado (Apo. 12:10-12), la predicación del evangelio (Apo. 10:8-11),
el reino de Dios (Apo. 20:1-3), la apostasía final (Apo. 20:7-9) y la manifestación
del Anticristo y el falso profeta (Apo. 13). Por lo tanto, es sumamente apropiado
que Apocalipsis ocupe el último lugar en el canon de la Biblia. Con este libro se
acaba la revelación especial que produjo las Escrituras. Lo único que quedó por
hacer fue la implementación del plan de Dios revelado en este libro, algo hasta el
momento ha llevado casi 2000 años.

EL DESAFÍO DE APOCALIPSIS

2
Si el libro de Apocalipsis contiene tanta enseñanza espiritual, ¿por qué pocos
creyentes lo leen? ¿Cuál es el desafío que presenta Apocalipsis al lector cristiano?
Podemos contestar esa pregunta en varias maneras.

1.​ En primer lugar, existe el concepto que Apocalipsis es un libro misterioso y


difícil de entender, y la conclusión a la que muchos llegan es que si uno no
puede entender Apocalipsis entonces no será de provecho espiritual leerlo.
La manera de contrarrestar esa conclusión es afirmando que si el libro es
“misterioso” será porque los temas que trata son increíblemente gloriosos y
sublimes. Visto de esa perspectiva, lo misterioso del libro se vuelve una
fuente de gran bendición espiritual. Lo que debemos hacer es tratar de
captar la grandeza de los temas que Juan presenta en Apocalipsis, y dejar
que ellos nos humillen delante de Dios al discernir que la dificultad que
tenemos de entenderlos se debe a nuestra condición humana. Somos pobres
criaturas del polvo, rebeldes contra el Dios Altísimo, y nos cuesta entender
la grandeza de Cristo y la absoluta soberanía que Él ejerce sobre toda la
creación. Como un autor ha dicho, la mejor manera de humillar un corazón
orgulloso y ayudarle a ocupar el lugar que debe tener al pie del trono de
Dios, es por medio de una revelación que afirma que toda la historia
humana es el desarrollo del plan eterno de Dios, cuyos propósitos son
demasiados profundos para la mente humana1.

2.​ En segundo lugar, hay personas que dicen que si las profecías de Apocalipsis
no se podrán entender hasta que se cumplan en los últimos tiempos,
entonces no tiene sentido leerlas y estudiarlas ahora. Según ese concepto, el
propósito principal de Apocalipsis es fortalecer la fe de los creyentes que
vivirán en los últimos tiempos, porque el cumplimiento de las profecías
confirmará la existencia de Dios y la naturaleza divina de las Escrituras.
Según ese argumento, si hoy en día no podemos saber cómo se cumplirán
las profecías de Apocalipsis, no tiene sentido leer y estudiar el libro. La
respuesta que debemos dar a esa objeción es que el propósito de las
profecías bíblicas no es solo predecir los eventos que ocurrirán en el futuro
sino establecer los principios universales que rigen el gobierno de Dios en
este mundo. Por lo tanto, sería un grave error leer Apocalipsis solo para
saber qué va a pasar en el futuro; más bien, debemos leer Apocalipsis para
entender lo que Dios está haciendo ahora y lo que Él piensa de la rebeldía
humana actual. En otras palabras, debemos leer Apocalipsis no para saber el
futuro sino para llegar a conocer más al Dios Trino: Padre, Hijo y Espíritu
Santo.

3.​ En tercer lugar, a lo largo de los años, muchos creyentes consideraron que
los símbolos misteriosos en Apocalipsis hallarían su cumplimiento
únicamente en ciertos eventos particulares en la historia de este mundo, y
eso les llevó a tratar de relacionar los símbolos en Apocalipsis con eventos
que estaban ocurriendo en su tiempo. Por ejemplo, durante la Reforma
Protestante, los grandes líderes del siglo XVI, como Martin Lutero y Juan
Calvino, interpretaron la Gran Ramera de Apocalipsis 17 y 18 a la luz de la
Iglesia Católica Romana, y afirmaron que el Anticristo de Apocalipsis 13 era
el Papa. Más adelante, durante de Guerra Fría entre los EE.UU. y Rusia
(1950-1980), muchos pastores en los EE.UU. afirmaron que el Anticristo
sería un líder comunista y que la batalla de Armagedón sería una lucha entre
Rusia y los EE.UU. El fin de la Guerra Fría y luego la expansión de la Unión
Europea a más de diez naciones, desarticuló esas interpretaciones de
Apocalipsis y confirmó en la mente de muchos la imposibilidad de interpretar

1
James Ramsey, Revelation: An Exposition of the First Eleven Chapters, Banner of Truth, 1995 (primera
edición, 1873), p. 27.

3
correctamente los personajes y los eventos simbólicos descritos en
Apocalipsis.

No pretendemos negar que un día habrá un cumplimiento histórico de cada


símbolo presentado en Apocalipsis, sin embargo sería un error limitarnos a
ese cumplimiento. Más bien, lo que debemos entender es que una de las
razones por la que Dios ha revelado en forma simbólica las cosas que iban a
ocurrir en el futuro, desde la perspectiva de Juan en el primer siglo, es que
nos permite considerar múltiples niveles de cumplimiento de lo que leemos
en Apocalipsis. En otras palabras, el último libro de la Biblia fue escrito bajo
la inspiración del Espíritu Santo, en tal manera que es un libro para todo
tiempo. Por ejemplo, estamos convencidos que un día habrá una figura
histórica que cumplirá todos los detalles del Anticristo en Apocalipsis 13, sin
embargo Dios presenta a ese personaje en la forma general de una bestia
para que podamos entender que a lo largo de la historia hubieron muchos
anticristos, como lo afirma Juan (1 Jn. 2:18). Por eso, todos los anticristos2
que han surgido a lo largo de la historia de la Iglesia tienen algo de la bestia
de Apocalipsis 13, y lo mismo es cierto de los falsos profetas3 (Apo. 13) y los
sistemas mundiales anticristianos4 (Apo. 17-18). Si queremos entender
mejor los peligros que esos anticristos, falsos profetas, y sistemas
económicos y políticos representaron para la Iglesia en su época, debemos
estudiar el libro de Apocalipsis.

4.​ En cuarto lugar, debemos recordar las palabras de Cristo cuando dijo: “Te
alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de
los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños” (Mt. 11:25).
Muchos eruditos han estudiado Apocalipsis y han elaborado sus teorías e
interpretaciones acerca del libro, pero no han logrado edificar
espiritualmente a los creyentes. Si queremos sacar provecho espiritual de
Apocalipsis, el requisito principal que debemos cumplir es tener un corazón
sencillo y humilde delante de Dios. Apocalipsis no fue escrito tanto para
grandes teólogos y exégetas, sino para creyentes sencillos del primer siglo.

James Ramsey, en su comentario sobre los primeros once capítulos de


Apocalipsis, cuenta de una experiencia que tuvo cuando trabajaba entre una
tribu indígena de los EE. UU. conocida como los choctaw, en el siglo XIX. Él
estuvo presente cuando algunos creyentes de esa tribu recibieron las
primeras copias del Nuevo Testamento en su idioma y fue testigo de la
manera en que se emocionaron al leer los últimos capítulos de Apocalipsis.
Los nativos no sabían nada acerca de cómo interpretar literatura simbólica o
de los varios esquemas escatológicos de la teología cristiana, sin embargo se
llenaron de alegría y comentaron en forma animada entre ellos acerca de la
recompensa que Dios tenía preparada para ellos más allá de la muerte.
Ramsey concluye su testimonio diciendo: “No creo que ningún comentarista,
por erudito que sea, haya jamás entendido el verdadero espíritu y
significado de las imágenes que Juan presenta en esos capítulos que dichos
creyentes nativos”5.

2
Como el emperador Nerón (siglo I), los Papas del silgo XVI, y líderes comunistas del siglo XX como
Joseph Stalin (Rusia), Mao Tse Tung (China) y Kim Il-Sung (Corea del Norte).
3
Como los Papas de los siglos XIX y XX, y los fundadores de algunas sectas como los Mormones (Joseph
Smith), los Testigos de Jehová (Charles Russell), y los Israelitas del Nuevo Pacto (Ezequiel Ataucusi).
4
Como el comunismo, el materialismo, el secularismo y la globalización.
5
James Ramsey, op. cit., p. 31.

4
​ Dios nos conceda un corazón sencillo como el de los choctaw, para poder
estudiar Apocalipsis y sacar el máximo provecho espiritual del libro.

LA INTERPRETACIÓN DE APOCALIPSIS

Aunque debemos leer Apocalipsis con el menor “bagaje” posible de ideas


preconcebidas, hay ciertas pautas que nos ayudarán a sacar el mayor provecho del
último libro de la Biblia.

1.​ Es un libro empapado del Antiguo Testamento

Más que cualquier otro libro del Nuevo Testamento, Apocalipsis está lleno de citas,
referencias, alusiones y ejemplos tomados del Antiguo Testamento. Mucho del
vocabulario, y hasta los modismos que encontramos en Apocalipsis, vienen del
Antiguo Testamento. Esa característica no se debe a que Juan es el autor del libro,
sino al conocimiento que Dios tuvo de la mente de Juan y a la manera en que Él se
acomodó al pensamiento de Juan para revelar las visiones. Desde niño, Juan
aprendió las historias del Antiguo Testamento y tenía una mente empapada de las
escrituras judías. Por eso Dios se acomodó al conocimiento de Juan y reveló las
visiones en tal manera que las podía entender a la luz del Antiguo Testamento.

El problema para nosotros es que no conocemos el Antiguo Testamento tan bien


como Juan, y eso dificulta nuestro entendimiento de las visiones en Apocalipsis. Por
lo tanto, para lograr una interpretación correcta de las visiones que Dios le reveló a
Juan tendremos que volver constantemente al Antiguo Testamento y leer los
pasajes que Dios tenía en mente cuando elaboró las visiones que posteriormente
reveló a Juan.

2.​ Es un libro altamente simbólico

Todos los estudiosos concuerdan que Apocalipsis es un libro con un alto contenido
simbólico. Ningún cristiano cree que Satanás es un dragón (Apo. 12:3, 7,13; 20:2),
o que el anticristo será una bestia con siete cabezas (Apo. 13:1), o que el falso
profeta será un animal (Apo. 13:11). Una de las claves para entender Apocalipsis es
identificar los símbolos e interpretarlos correctamente. Eso no será fácil, y por lo
tanto presentamos unos ejemplos de los símbolos que existen en Apocalipsis para
que aprendamos a identificarlos en el libro.

a.​ El Número Siete

El libro de Apocalipsis está dominado por el número siete.

-​ Hay siete iglesias (Apo. 1:4a, 11).


-​ Siete espíritus de Dios (Apo. 1:4b; 3:1; 4:5; 5:6).
-​ Siete lámparas (Apo. 1:12; 2:1).
-​ Siete estrellas (Apo. 1:16; 2:1; 3:1).
-​ Siete ángeles de las iglesias (Apo. 1:20).
-​ Siete cartas a las iglesias (Apo. 2-3).
-​ Siete sellos (Apo. 5:1; 6:1 – 8:1).
-​ Siete cuernos del Cordero (Apo. 5:6).
-​ Siete ojos del Cordero (Apo. 5:6).
-​ Siete atributos de Dios (Apo. 5:12).
-​ Siete trompetas (Apo. 8:2; 8:6 – 11:15).

5
-​ Siete truenos (Apo. 10:3-4).
-​ Siete mil muertos (Apo. 11:13).
-​ Siete copas de ira (Apo. 15:7; 21:9).
-​ Siete plagas finales (Apo. 15:1, 6).
-​ Siete cabezas del dragón (Apo. 12:3).
-​ Siete coronas del dragón (Apo. 12:3).
-​ Siete cabezas de la bestia (Apo. 13:1).
-​ Siete cabezas de la bestia escarlata (Apo. 17:3).
-​ Siete montes (Apo. 17:9).
-​ Siete reyes (Apo. 17:10).

EL VALOR ESPIRITUAL DE APOCALIPSIS

Si el Espíritu Santo le guio a Juan a pronunciar una bendición especial sobre cada
persona que lee Apocalipsis (Apo. 1:3), debe ser porque el libro contiene gran valor
espiritual. Puntualicemos algunas de esas bendiciones.

1.​ El libro de Apocalipsis describe cosas y trata temas que son muy pertinentes
a cada creyente, porque como Juan afirma: “el tiempo está cerca” (Apo.
1:3b). Esas palabras indican que Apocalipsis no trata asuntos meramente
históricos ni asuntos que ocurrirán en un futuro tan lejano que resultan ser
de poco interés o utilidad para los hijos de Dios. Más bien, aunque algunas
cosas ya ocurrieron hace mucho tiempo, y otras ocurrirán al fin de los
tiempos, cada capítulo de Apocalipsis describe principios espirituales de valor
universal. La lucha contra las huestes espirituales de maldad, la protección
del Dios Todopoderoso, los juicios de Dios sobre la tierra y el triunfo del
pueblo de Dios son temas constantemente actualizados. Por consiguiente,
más que cualquier otro libro de la Biblia, Apocalipsis analiza asuntos que
afectan la vida cotidiana del creyente en cualquier época de la Iglesia. Por
eso es un libro de tanto valor espiritual.

2.​ El título del libro señala otro aspecto del valor espiritual de Apocalipsis,
porque indica que se trata de una “revelación de Jesucristo” (Apo. 1:1). La
palabra “revelación” señala que un velo será removido con el fin de que lo
que antes estuvo escondido salga a la luz. Cuando se guarda un asunto en
secreto por ser de mucha importancia, eso genera curiosidad y estimula el
esfuerzo de aquellos que anhelan saber de qué se trata. Por ejemplo, los
grandes secretos del universo han incentivado a los astrónomos a esforzarse
por estudiarlos con el fin de revelar lo que las miríadas de luces nocturnas
significan. De igual modo los científicos estudian las maravillas de la vida
botánica y acuática en todo el planeta con el fin de revelar sus secretos.
Ellos hacen enormes esfuerzos y no escatiman los gastos para lograr sacar a
la luz las cosas escondidas en la naturaleza. Por su parte, los mineros cavan
hasta el fondo de la tierra buscando extraer los preciosos minerales y las
exquisitas joyas escondidas en las profundidades de la tierra, con el fin de
revelarlas al público y venderlas al mejor postor.

El libro de Apocalipsis representa para el creyente un tesoro mucho más


valioso que cualquier secreto de Estado, o todas las maravillas del mundo
natural y mineral. En este libro tenemos una revelación del eterno Hijo de
Dios, de Su control sobre la historia, de las fuerzas del mal y sus estrategias
por atacar al pueblo de Dios, de la manera en que Dios protege a Su pueblo,
la victoria final que tendrá sobre todos Sus enemigos, y la gloria que espera
a los que aman a Cristo. Por lo tanto, leer Apocalipsis y aprender todas las

6
cosas que Dios ha revelado para el bien de Su pueblo, es un privilegio
increíble.

3.​ Lo que brinda aun mayor valor al libro de Apocalipsis es que consiste de una
revelación dada por Dios el Padre a Su Hijo, el Señor Jesús, en Su capacidad
de Cabeza de la Iglesia y la Persona por quien Dios revela Sus secretos al
pueblo que redimió. Por ende, lo que tenemos en los veintidós capítulos de
Apocalipsis es una revelación comunicada a Dios el Hijo para que Él cumpla
Su papel de Mediador, comunicando las verdades divinas a la Iglesia. Un
libro de esa naturaleza, preparado desde antes de la fundación del mundo
en el consejo eterno de Dios y otorgado al Hijo de Dios como recompensa
por Su muerte redentora, debe ser altamente valorado por cada creyente y
estudiado con el mayor cuidado posible.

4.​ Otro aspecto del valor de Apocalipsis es que en este libro el elemento
humano es reducido a lo más mínimo. La revelación divina en Apocalipsis no
pasa primero por la mente humana antes de ser escrita, como ocurre con los
demás libros canónicos. Más bien, en Apocalipsis, las grandes enseñanzas
son comunicadas primero por Dios el Padre a Dios el Hijo, quien comisiona a
un ángel cuya tarea es revelar esas enseñanzas por medio de ciertas
imágenes. Lo único que Juan hizo fue contemplar las visiones y redactarlas,
para el bien de los lectores. Él no trató de entenderlas primero, antes de
escribirlas. Por consiguiente, todo el libro de Apocalipsis es de origen divino,
desde la revelación de Cristo en el primer capítulo (ver Apo. 2:1 – 3:22),
hasta la visión de la ciudad celestial que el ángel le muestra al apóstol (Apo.
21:9-10). Casi lo único que origina en la mente de Juan es la introducción al
libro (Apo. 1:1-10) y la conclusión (Apo. 22:18-21).

5.​ El propósito principal del libro de Apocalipsis no es el de presentar una


descripción detallada de los eventos que ocurrirán al fin de los tiempos sino
el de orientar al lector acerca de los principios generales del gobierno de
Dios sobre este mundo entre la primera y segunda venida de Cristo. Por
ejemplo, el libro muestra cómo Dios protege a la Iglesia a lo largo del
conflicto entre el mundo y Su pueblo, indicando los diversos poderes que se
oponen a la Iglesia, la manera en que Dios los derrota, y la gloria que
brindará a la Iglesia luego de haber derrotado a todos Sus enemigos. El
deseo principal en el corazón de Dios era dar a Su pueblo un libro que les
animaría a lo largo de los siglos, para fortalecer su fe en momentos de gran
sufrimiento. Por consiguiente, en cada época de la Iglesia, el creyente puede
tomar el libro de Apocalipsis y leerlo para sacar provecho espiritual de sus
enseñanzas.

“Por lo tanto, a la par que la Iglesia avanza de siglo en siglo


transitando por el camino de conflicto, lágrimas y sangre, rodeado por
todos los poderes mundiales que triunfan sobre ella, menospreciando
su origen divino, su gloria y su destino, ella puede alzar la mirada y
contemplar a través de esa ventana que Juan vio abierto en el cielo y
por medio de ella recibir nueva fuerza y gozo en medio de sus más
profundas tribulaciones. Por medio de esa visión celestial, la Iglesia
aprende a no sorprenderse del fuego de prueba que experimenta sino
a entender que es el destino que Dios ha trazado para ella en su
camino hacia la gloria eterna. En Apocalipsis ella ve los poderes del
mundo endiosados y adorados; poderes políticos, filosóficos,
científicos y paganos, representados como bestias que se enseñorean
de la tierra por un tiempo hasta que luego de haber acabado todas
sus estrategias malévolas y diabólicas contra la Iglesia serán
derrotados por Dios y echados al lago de fuego y azufre. Allí escuchan

7
el grito triunfal: “Aleluya, el Señor Todopoderoso reina”. Con razón
Juan afirma: “Bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras
de este libro”.

ANÁLISIS Y CONTENIDO DE APOCALIPSIS

8
Ap. 1:1-2 Día 1

“La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a Sus siervos
las cosas que deben suceder pronto; y la declaró enviándola por medio de
Su ángel a Su siervo Juan, que ha dado testimonio de la palabra de Dios, y
del testimonio de Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto.”

La Biblia empieza afirmando lo que Dios hizo en el principio (Gn. 1:1) y termina
anunciando lo que Dios hará en el futuro (Ap. 1:1). De esa manera, las Escrituras
declaran la soberanía de Dios sobre este planeta. Nada ocurre en la Tierra sin que
Dios lo sepa, no solo porque Él es eterno y sabe todo lo que va a pasar, sino porque
es soberano y determina todo lo que ocurre en este mundo.

Escribiendo bajo la revelación directa del Señor Jesús, Juan hace un resumen
inspirador de la historia de la Iglesia y del mundo, desde el nacimiento de Cristo
(Ap. 12:1-5) hasta el fin del tiempo (Ap. 6:12-17; 11:15-19; 14:15-20; 19:1-21;
21:1-8), anunciando de antemano la lucha que el pueblo de Dios tendrá con
Satanás en medio de un mundo hostil al Señor. Es una revelación que nace en el
corazón de Dios y tiene como propósito animar a los creyentes a ser fiel a Cristo en
medio de las luchas y tentaciones que enfrentarán en su peregrinaje espiritual,
sabiendo que la victoria del Señor ya está determinada de antemano por Dios el
Padre.

Juan comienza el libro con una palabra que nos anima a leerlo con mucha
expectativa, porque es una “revelación”. La palabra en griego es ‘apokalupsis’ y
eso explica el nombre del libro en nuestras Biblias en español. El sustantivo en
griego viene del verbo ‘apokalupto’ que significa “quitar el velo”. Eso indica que el
propósito de Apocalipsis es revelar algo. La intención de Dios no fue darnos un libro
complicado y misterioso, difícil de entender, sino uno que nos enseñaría grandes
verdades espirituales que fortalecerán nuestra fe y nos ayudarán a vivir en los
últimos tiempos.

Muchos libros de la Biblia, a pesar de ser escritos bajo la inspiración del Espíritu
Santo, originaron en la mente de sus autores, tal como leemos en Lucas 1:1-4,
Hechos 1:1, y Judas 3. Apocalipsis es diferente, porque lo que Juan escribió tuvo su
origen en la mente de Dios. Fue Dios el Padre quien tomó la iniciativa y decidió
revelar ciertas cosas de antemano a Sus siervos, comunicándolas por medio de
Juan. Al leer y estudiar este libro, el propósito de Dios se cumplirá y los que
vivimos en el siglo XXI tendremos la oportunidad de saber lo que Dios quiere que
sepamos mientras esperamos la Segunda Venida de Cristo.

En los versículos 1 y 2, Juan menciona las cuatro etapas de la revelación divina que
produjo el libro de Apocalipsis.

1.​ Dios el Padre determinó revelar ciertas verdades espirituales para el bien de
la Iglesia (“La revelación de Jesucristo, que Dios le dio…”, v.1a).

2.​ El Padre concedió la revelación de esas verdades primero a Su Hijo, el Señor


Jesús, porque Él es quien revela las cosas de Dios a la humanidad, como el
intermediario entre Dios y los hombres (ver Jn. 5:20; 8:28; 1 Ti. 2:5). Las
palabras, “La revelación de Jesucristo” no significan que el tema central de
Apocalipsis es Cristo, aunque eso es cierto, sino que las revelaciones que
Juan describe en el libro de Apocalipsis le pertenecen a Cristo, porque el
Padre se las dio.

9
3.​ El Señor Jesús encargó a un ángel la tarea de manifestar a Juan la
revelación que Dios el Padre le había dado (“y la declaró enviándola por
medio de Su ángel a Su siervo Juan”, v.1b).

4.​ Finalmente, Juan tuvo la responsabilidad de redactar todas esas revelaciones


en un libro para que los demás siervos de Dios puedan enterarse de las
cosas que Dios quería revelar. Por eso Juan afirma en el v.2 que, al escribir
el libro de Apocalipsis, él dio “testimonio de la palabra de Dios, y del
testimonio de Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto”.

REFLEXIÓN: Cada creyente tiene la misma responsabilidad que Juan tuvo, de ser
un testigo de la revelación de Dios (Hch. 1:8). La Biblia es la palabra de Dios y el
creyente debe ser testigo de lo que Dios nos dice por medio de ella. El tema central
del libro de Apocalipsis, al igual que los demás libros de la Biblia, es la Persona y
Obra de Cristo, y como hijos de Dios somos llamados a testificar de Él, a pesar de
la hostilidad del mundo. ¿Lo estamos haciendo? ¿Estamos transmitiendo lo que Dios
nos ha revelado a otras personas o lo guardamos para nosotros mismos? Si Juan
hubiera hecho eso, no estaríamos estudiando el libro de Apocalipsis. Dios nos ayude
a vivir en tal manera que nuestras vidas y nuestros labios anuncian la revelación de
Cristo.

Según Juan, las revelaciones de Apocalipsis tienen que ver con “las cosas que
deben suceder pronto” (v.1b). A la luz de esas palabras, muchos comentaristas
afirman que el libro de Apocalipsis contiene revelaciones de cosas que sucedieron
hace muchos años, durante los primeros siglos de la Iglesia. Sin embargo, una
lectura del libro indica que la gran mayoría de las cosas reveladas a Juan no han
sucedido todavía. Por lo tanto, ¿cómo explicamos esta afirmación que dice que las
cosas que él describe en Apocalipsis “deben suceder pronto”?

El término, “pronto”, es ‘tajos’, y aunque a veces esa palabra señala algo que
sucederá dentro de un lapso breve, en algunos contextos la palabra indica algo que
ocurrirá “rápidamente”. Por ejemplo, cuando Pablo visitó a Jerusalén y su vida
estaba bajo amenaza, Dios le dio una visión en la que escuchó las palabras: “Date
prisa, y sal prontamente [‘tajos’] de Jerusalén, porque no recibirán tu testimonio
acerca de Mi” (Hch. 22:18). Al decirle eso, Dios no le estaba indicando que debía
salir de la ciudad “pronto” sino “rápidamente”. De igual modo, cuando Pedro estuvo
encarcelado bajo la amenaza de muerte, un ángel del Señor se manifestó en la
cárcel, despertó a Pedro y le dijo: “Levántate pronto [‘tajos’]” (Hch. 12:7); es
decir, “rápidamente”. Un tercer ejemplo viene de los Evangelios. Luego de narrar la
parábola del juez injusto, quien aceptó tratar el caso de la viuda que le estaba
molestando, Cristo afirmó “¿Y acaso Dios no hará justicia a Sus escogidos, que
claman a Él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto [‘tajos’]
les hará justicia” (Lc. 18:7-8). Es decir, lo hará rápidamente, no como el juez
injusto.

En esos tres casos, la palabra ‘tajos’ significa una acción que se debe hacer o se
hará “rápidamente”. Si aplicamos ese significado al texto de Apocalipsis, podemos
afirmar que lo que Juan está diciendo no es que las cosas que él describe en este
libro van a suceder en unos cuantos años, sino que cuando llegare el tiempo
determinado por Dios, las profecías de Apocalipsis sucederán rápidamente.

REFLEXIÓN: ¿Estamos listos para la Segunda Venida? ¿Conocemos bien las señales
de los tiempos? Lo triste será que después de esperar tantos siglos, la Iglesia esté
dormida cuando Cristo venga (Mt. 25:1-5). Al estudiar Apocalipsis pidamos a Dios
que grabe bien las enseñanzas del libro en nuestros corazones para que estemos
listos para el tiempo del fin.

10
Ap. 1:3 Día 2

“Bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras de esta profecía,
y guardan las cosas en ella escrita; porque el tiempo está cerca.”

Dios sabía de antemano que muchos creyentes tendrían una actitud negativa hacia
el libro de Apocalipsis y que no lo leerían muy a menudo. Por eso pronunció una
bendición particular sobre los lectores y oyentes, con un énfasis sobre la
importancia de obedecer la Palabra de Dios.

La palabra “Bienaventurados” significa “feliz”, “dichoso”, “digno de ser felicitado”. Es


el término que Cristo usó para describir a Sus seguidores, en el Sermón del Monte,
“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”
(Mt. 5:3). Aquí en Apocalipsis 1:3, la palabra describe la bendición espiritual que
experimentarán aquellos que leen cuidadosamente este libro.

Es interesante notar que la bendición que Juan promete va dirigida a tres grupos:

i.​ “el que lee”. En el primer siglo, pocas personas sabían leer. El libro de
Apocalipsis era una carta que iba a ser llevada inicialmente a siete iglesias
de Asia (Ap. 1:4). En cada iglesia, la carta sería leída públicamente, y la
primera bendición prometida era para aquella persona que la leía delante de
la congregación, como un acto de amor y servicio a los demás. El autor de
Apocalipsis era un prisionero del Imperio Romano, por lo tanto, leer su carta
en público sería interpretado como un acto subversivo, especialmente a la
luz de los pasajes que describen el juicio de Dios sobre las autoridades
humanas que persiguen a la Iglesia. El deseo y la disposición de servir a los
hermanos en la fe, leyendo en voz alta esta carta, sería premiado con una
bendición especial por parte de Dios. Si Cristo prometió dar una recompensa
a las personas que dieran un vaso de agua fría a un hermano en la fe (Mt.
10:42), cuanto más recompensaría a aquellas personas que leyeran el
mensaje del Señor dirigido a una congregación que estaba experimentando
la persecución.

ii.​ “los que oyen”. Al llegar a cada una de las siete iglesias con la carta de Juan,
el mensajero entregaría el libro de Apocalipsis al líder de la congregación
quien reuniría a los hermanos para escuchar la lectura de la carta. En ese
tiempo, era peligroso para los creyentes reunirse con sus hermanos en la fe,
y no sería fácil concentrarse en escuchar la lectura de los veintidós capítulos
del libro de Apocalipsis. Por eso, Juan pronuncia una bendición al inicio de la
carta para animar a los creyentes a tomar interés en la lectura del libro.

iii.​ “y guardan las cosas en ella escrita”. Dios no reveló el libro de Apocalipsis
para satisfacer la curiosidad de Sus hijos acerca de los eventos que ocurrirán
al final de los tiempos, sino para animarlos a vivir para Dios en un mundo
hostil al Señor y a Su evangelio. Juan escribe desde la isla de Patmos, donde
estaba encarcelado, y muchos otros creyentes estaban siendo perseguidos
por su fe. El apóstol sabía que la situación no iba a cambiar, sino que la
persecución incrementaría y con ella la tentación de abandonar la fe
cristiana. Por eso era importante animar a los creyentes a ser fiel al Señor.

Las palabras de Juan nos hacen recordar que Dios no bendice una simple profesión
de fe sino una verdadera obediencia al evangelio. En Mateo 7:22, Cristo advirtió
que en el día del juicio final muchos dirán: “Señor, Señor”; es decir, profesarán ser
discípulos Suyos. No obstante, la respuesta de Dios será: “Nunca os
conocí…hacedores de maldad” (Mt. 7:23). El problema con las personas que Cristo
menciona es que no obedecían al Señor. Conocían la Palabra de Dios, pero no había

11
en ellos una obediencia a la fe. La carta a los Romanos comienza y termina con un
énfasis sobre la importancia de la obediencia (Ro. 1:5; 16:26), y el libro de
Apocalipsis sigue el mismo esquema (Ap. 1:3; 22:7). La obediencia a Dios es “el
alfa y la omega” de la vida cristiana, el comienzo y el final. Como dijera Pablo, no
somos salvos por medio de las buenas obras (Ef. 2:9), pero indudablemente somo
salvos para hacer buenas obras (Ef. 2:10).

REFLEXIÓN: Evaluemos nuestras vidas a la luz de estas tres categorías. ¿Estamos


dispuestos a servir al Señor, como lo hacían los lectores del libro de Apocalipsis,
aunque eso conlleve riesgos, peligros y sacrificios? ¿Estamos dispuestos a hacer un
esfuerzo por leer y estudiar la Palabra de Dios como lo hacían los creyentes del
primer siglo? ¿Estamos dispuestos a ir más allá de una profesión de fe, y vivir una
vida de obediencia a la revelación divina? Tomemos un momento ahora para
meditar sobre esas tres preguntas.

Antes de seguir con el estudio de Apocalipsis debemos notar que el libro contiene
siete bendiciones:

1.​ “Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y
guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca.” (Ap. 1:3)

2.​ “Oí una voz que desde el cielo me decía: Escribe: Bienaventurados de aquí
en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu,
descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen.” (Ap.
14:13)

3.​ “He aquí, yo vengo como ladrón. Bienaventurado el que vela, y guarda sus
ropas, para que no ande desnudo, y vean su vergüenza.” (Ap. 16:15)

4.​ “Y el ángel me dijo: Escribe: Bienaventurados los que son llamados a la cena
de las bodas del Cordero. Y me dijo: Estas son palabras verdaderas de
Dios.” (Ap. 19:9)

5.​ “Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la


segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de
Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años.” (Ap. 20:6)

6.​ “¡He aquí, vengo pronto! Bienaventurado el que guarda las palabras de la
profecía de este libro.” (Ap. 22:7)

7.​ “Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener derecho al árbol de la
vida, y para entrar por las puertas en la ciudad.” (Ap. 22:14)

Las siete promesas de bendición espiritual indican que el libro de Apocalipsis


contiene la plenitud de la bendición de Dios. Leyendo este libro, los creyentes del
primer siglo alimentaron sus almas cuando se reunían en secreto por temor al
emperador, para orar y adorar al Señor. Nadie hoy en día puede dejar de estudiar
Apocalipsis, bajo el pretexto que es difícil hacerlo, por la sencilla razón que
Apocalipsis trae enormes bendiciones para cada persona que lo lee.

REFLEXIÓN: Dios anhela que seamos felices. Por eso la Biblia está llena de
bienaventuranzas (ver Sal. 1:1; Mt. 5:3-12). Examinemos nuestras vidas a la luz
de las siete bienaventuranzas de Apocalipsis y pidamos a Dios que nos ayude a
cumplir todos los requisitos para ser personas verdaderamente felices en este
mundo.

12
Ap. 1:4 Día 3

“Juan, a las siete iglesias que están en Asia: Gracia y paz a vosotros, del
que es y que era y que ha de venir…”

Estas palabras marcan el inicio formal del libro e indican que, además de ser una
“profecía” (Ap. 1:3), Apocalipsis es una carta apostólica dirigida a un grupo de
iglesias en la región de “Asia”. La conclusión del libro confirma eso, porque Juan
termina su obra literaria con las siguientes palabras: “La gracia de nuestro Señor
Jesucristo sea con todos vosotros” (Ap. 22:21), tal como lo hace Pablo al fin de sus
cartas (ver 1 Co. 16:23; 2 Co. 13:14; Ga. 6:18; Ef. 6:24). Eso significa que
podríamos llamar el libro de Apocalipsis: “La Epístola a los Asiáticos”, afirmando que
el contenido es de tanta vigencia para la Iglesia contemporánea como lo son las
demás epístolas del Nuevo Testamento.

La palabra “Asia” indica la provincia romana del primer siglo que llevaba ese
nombre. Fue establecida por el emperador Augusto unos veinte años antes del
nacimiento de Cristo y en señal de agradecimiento al emperador romano, las
ciudades de Asia establecieron templos en honor a su nombre. De ese modo la
provincia de Asia llegó a ser un centro de culto al emperador.

La provincia de “Asia” abarcaba el territorio occidental del actual país de Turquía


(ver Hch. 16:6-7). Su nombre significa “amanecer”, y se debe a que, desde la
perspectiva de Grecia, el sol nacía en esa parte del mundo. Por eso, cuando los
griegos miraban hacia el este, hablaban del territorio del amanecer y lo llamaron,
“Asia”.

Las siete iglesias a las que Juan dirige esta carta son Éfeso, Esmirna, Pérgamo,
Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea (ver Ap. 1:11). Eran iglesias reales, que Juan
conocía y sobre las que ejercía autoridad como apóstol. Existían otras iglesias en la
provincia de Asia, pero Juan escribe a éstas porque el Señor las seleccionó como
destinatarios de la carta profética y apocalíptica que Juan estaba por redactar (ver
Ap. 1:11b).

En el Antiguo Testamento, el número siete representa la totalidad de algo. Por


ejemplo, siete días forman una semana (Gn. 1:31 – 2:3); siete años de servicio
constituyen un pago completo (Gn. 29:18); las siete lámparas del candelabro en el
tabernáculo simbolizaban una luminosidad perfecta (Ex. 25:31-37); y el acto de
rociar la sangre siete veces sobre el velo indicaba una expiación total del pecado
(Lv. 4:6 y 17). Aplicando ese principio a las siete iglesias de Apocalipsis, podemos
decir que además de ser siete iglesias históricas, ellas en su conjunto representan
toda la Iglesia de Cristo a lo largo de los años.

El autor del libro de Apocalipsis se describe a sí mismo como “Juan” y la ausencia


de más detalles indica que era una persona muy conocida a fines del primer siglo.
No hay lugar a duda que el autor es la misma persona que escribió el evangelio y
las tres cartas que llevan su nombre. Todos los escritos de Juan comparten una
misma característica: un profundo amor por el Señor Jesús y un deseo que las
personas conozcan Su gloria.

REFLEXIÓN: ¿Cuál es la característica principal de nuestra forma de hablar y


escribir? El Señor dijo que de la abundancia del corazón habla la boca. Sería bueno
que nuestro discurso sea caracterizado por un profundo amor por Cristo y un
anhelo que Su nombre sea glorificado en toda la Tierra. Ese “fruto” nos marcaría
como verdaderos hijos de Dios.

13
El fundamento del evangelio es la misericordia de Dios, y Juan resume esa
misericordia saludando a las iglesias, diciendo: “gracia” y “paz” (v.4b). La palabra
“gracia” significa “el amor inmerecido de Dios”, que indica el origen del evangelio
(Ef. 2:8), mientras que el término “paz” apunta al resultado del evangelio (Ro. 5:1).

La paz de la cual el apóstol Juan habla es una paz que sobrepasa todo
entendimiento (Fil. 4:7). Es la paz que fortalece y consuela nuestros corazones en
los momentos más difíciles de la vida. Los que no conocen a Dios jamás
experimentarán esa paz porque, como afirma el profeta Isaías, “No hay paz…para
los impíos” (Is. 57:21). Sin embargo, aquellos que reconocen su pecado y se
vuelven a Dios en arrepentimiento disfrutarán una paz eterna. Dichas personas
llegan a conocer a Dios, entran en comunión con Él, experimentan la presencia y la
protección de Dios en esta vida, y tienen la seguridad de ser recibidos en gloria
cuando se acabe su carrera terrenal (Sal. 73:23-26).

REFLEXIÓN: ¿Estamos disfrutando esa paz con Dios? El pecado nos ofrece toda
clase de felicidad, pero contamina nuestras conciencias y nos quita la paz. Si hemos
andado en el pecado y hemos perdido la paz interior, pidamos a Dios la gracia para
dejar el pecado y volver a disfrutar la paz del Señor.

La gracia y paz que Juan deseaba para las iglesias de Asia tenían su origen en la
Trinidad: Dios el Padre, Hijo y Espíritu Santo (vv.4b-5a). Las tres Personas no son
mencionadas por nombre sino a través de una serie de descripciones que apuntan a
la naturaleza o el ministerio de cada una de ellas. El Padre es presentado como: “el
que es y que era y que ha de venir” (v.4b); el Espíritu Santo, como “los siete
espíritus que están delante de Su trono” (v.4c); y el Hijo, como “Jesucristo el
testigo fiel, el primogénito de los muertos y el soberano de los reyes de la tierra”
(v.5a).

La descripción del Padre hace eco del nombre con el que Dios se reveló a Moisés en
Éxodo 3:14, “YO SOY EL QUE SOY”. La triple clausula, “el que es y que era y que ha
de venir”, es una expansión de ese nombre divino, “Jehová”. El profeta Isaías hace
algo similar cuando presenta a Dios diciendo, “Yo mismo soy; antes de Mí no fue
formado dios, ni lo será después de Mí” (Is. 43:10). Luego añade, “Yo soy el
primero, y Yo soy el postrero, y fuera de Mí no hay Dios” (Is. 44:6).

Al usar esa frase para describir a Dios el Padre, Juan está resaltando la
inmutabilidad de Dios. Él no cambia porque es el mismo “hoy, ayer y por los siglos”
(Heb. 13:8). Como lo afirma por medio del profeta Malaquías, “Yo soy Jehová, no
cambio” (Mal. 3:6). El apóstol destaca la inmutabilidad de Dios para animar a los
creyentes. En tiempos de prueba y sufrimiento, es de gran aliento saber que el
eterno Dios está con nosotros, y si Él está a favor nuestro, el ser humano, que es
transitorio como la flor del campo (Is. 41:12-13), no nos puede dañar.

Sin embargo, no debemos limitar la frase, “que ha de venir”, a una expresión que
proclama la eternidad de Dios, porque en el libro de Apocalipsis dicha frase indica
que Dios intervendrá en forma definitiva en la historia de este mundo para acabar
con esta etapa de la historia humana y establecer Su reino eterno. Lo hará en la
Persona de Su Hijo, el Señor Jesús, y por eso a lo largo de este último libro de la
Biblia hay un énfasis sobre la venida de Dios:

-​ “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá” (Ap. 1:7).
-​ “He aquí, Yo vengo pronto” (Ap. 3:11).
-​ “He aquí, Yo vengo como ladrón” (Ap. 16:15).
-​ “He aquí, vengo pronto” (Ap. 22:7).
-​ “He aquí Yo vengo pronto, y Mi galardón conmigo” (Ap. 22:12).

14
Este énfasis tiene como meta animar y consolar a los creyentes que sufren ahora
por seguir a Cristo y al mismo tiempo sirve como advertencia a todos Sus enemigos

REFLEXIÓN: Tomemos un momento ahora para meditar sobre la Segunda Venida,


reflexionando sobre lo que pasará cuando el Señor vuelva a la Tierra. ¿Qué nos
gustaría estar haciendo cuando Él retorne? ¿Estamos listos para la Segunda Venida?
Él vendrá “como ladrón”, sin aviso, así que es necesario estar alerta y preparado
para ese magno evento que cambiará nuestra existencia para siempre.

Apo. 1:4b​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Día 4

“… y de los siete espíritus que están delante de Su trono.”

Luego de hablar de Dios el Padre, uno pensaría que Juan procedería a mencionar al
Señor Jesús, la segunda Persona de la Trinidad. Sin embargo, no lo hace. El apóstol
pasa del Padre al Espíritu Santo, dejando a la segunda Persona de la Trinidad para
el final. No lo hace porque menosprecia al Señor Jesús sino porque desea exaltarlo.
Al mencionarlo al final, Juan tiene la posibilidad de ampliar significativamente lo que
dice de Él, y lo hace a lo largo de dos versículos (vv.5-6).

Juan describe al Espíritu Santo con una frase inusual: “los siete espíritus que están
delante de Su trono” (v.4c). La Reina Valera escribe la palabra “espíritus” con
minúscula, así como lo hace la Nueva Versión Internacional. Sin embargo, otras
traducciones emplean la palabra con mayúscula. Por ejemplo, la Biblia de las
Américas traduce, “de los siete Espíritus”; de igual modo, la Nueva Traducción
Viviente. El texto original en griego no distingue entre mayúsculas y minúsculas, sin
embargo, el contexto de los vv.4-6 indica claramente que se trata del Espíritu
Santo.

La identificación de los “siete espíritus” con el Espíritu Santo es confirmado en los


dos pasajes de Apocalipsis donde encontramos la misma frase. En Apocalipsis 3:1
leemos de “El que tiene los siete espíritus de Dios”, que claramente apunta al
Espíritu Santo. Además, el capítulo cinco menciona los “siete ojos” de Cristo y
afirma que son “los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra” (Apo. 5:6).

El número siete es simbólico y destaca la perfección del Espíritu Santo. Juan no


está diciendo que el Espíritu Santo existe en siete personas o en siete expresiones
distintas, sino que Su poder es absoluto y Su obra perfecta. Muchos comentaristas
relacionan esta frase con Isaías 11:2, que enseña que el Espíritu que reposará
sobre el Mesías será un “espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo
y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová”. En ese caso, Isaías por
razones de estilo literario menciona seis manifestaciones o expresiones del
ministerio del Espíritu Santo, distribuidas en tres pares de atributos. Juan menciona
siete, no porque quería decir que al profeta Isaías la faltó señalar una, sino para
resaltar la perfección del ministerio del Espíritu Santo6.

6
Cabe mencionar que el texto en hebreo, y en particular la traducción del texto al idioma griego,
conocida como la Septuaginta o la LXX, antecede los tres pares de atributos del Espíritu Santo con la
frase: “El Espíritu de Jehová”, sumando así un total de siete. Por eso el comentarista Alec Motyer
comenta: “La séptupla descripción del Espíritu y de Su obra comienza con Su personalidad divina como
el Espíritu del Señor, y continúa con tres pares de características” (La Profecía de Isaías, p. 122, versión
inglesa).

15
El emplear esta frase para describir al Espíritu Santo, Juan está señalando las
multiformes operaciones y ministerios de la tercera Persona de la Trinidad. El
Espíritu Santo es uno; sin embargo, obra en una variedad de maneras y manifiesta
una variedad de talentos y dones espirituales, tanto en los inconversos como en los
creyentes. En los inconversos, el Espíritu Santo obra, otorgando talentos y
habilidades especiales a cada ser humano, en lo que teólogos llaman “la gracia
común”. Lo hace para hermosear la creación y para dar a los seres humanos la
capacidad de ganarse la vida. Por eso algunos son buenos carpinteros, músicos,
chefs, docentes, cantantes, artistas, futbolistas, etc. El hecho que algunos usen sus
talentos en formas anti cristianas y para enorgullecerse no niega la realidad que sus
habilidades vienen de Dios.

En los creyentes, el Espíritu Santo se manifiesta


por medio de los dones espirituales que son
otorgados para la edificación del cuerpo de
Cristo. Por eso Pablo afirma que, aunque hay
una variedad de dones espirituales, el Espíritu
que los reparte es uno (1 Co. 12:4).

Al inicio del libro de Apocalipsis, Juan escoge


resaltar, no tanto la unidad de la Persona del
Espíritu Santo, sino la variedad de Sus
operaciones y ministerios, y lo hace porque
quiere que los lectores sepan que el Espíritu Santo será más que suficiente para
ayudarles a enfrentar todas las luchas que tendrán en su vida terrenal, mientras
esperan la Segunda Venida del Señor. Él es el gran Consolador, y en la perfección
de Sus operaciones, representada por el número siete, está completamente
preparado para fortalecer a los hijos de Dios en su lucha contra Satanás, el mundo
y la carne.

La descripción del Espíritu Santo como “los siete espíritus que están delante de Su
trono” debe ser interpretada a la luz de Zacarías 4:2-7, donde leemos de un
candelabro con siete tubos o brazos (Zac. 4:2). Ese candelabro simboliza el Espíritu
Santo (Zac. 4:5-6), quien ilumina y concede gracia a los dos “olivos” (Zac. 4:3 y
11-14), que son Josué y Zorobabel (Zac. 3:1 y 4:6), el sumo sacerdote y el líder
cívico respectivamente, los dos representantes del pueblo de Dios en el tiempo de
Zacarías. En Apocalipsis 1, Juan indica que el Espíritu Santo ministra gracia y paz a
los integrantes de las siete iglesias (v.4a), que representan el pueblo de Dios en el
Nuevo Testamento. Apocalipsis 4:5 justifica esa interpretación, porque relaciona el
Espíritu de Dios con las “siete lámparas de fuego”.

Zacarías vio al Espíritu Santo en la forma de un candelabro delante de los dos olivos
(Zac. 4:2-3), porque Dios le estaba indicando que Su Espíritu está presente con el
pueblo de Dios inspirando a los hijos de Israel a servir a Jehová en medio de
muchas dificultades, mientras reconstruían el templo después del exilio en Babilonia
(ver Esd. 5:1; 6:14). En el caso de Apocalipsis, el Espíritu Santo está “delante de
Su trono”, para señalar que está a las órdenes de Dios el Padre, listo para ser
enviado a ministrar gracia y paz a las siete iglesias (ver Ap. 3:1), que representan
al pueblo de Dios que vive en medio de muchas luchas (Ap. 5:6), mientras procura
construir el nuevo templo de Dios en la Tierra, que es la Iglesia de Cristo.

Si tomamos las descripciones del Espíritu Santo que tenemos en Zacarías 4:2-7 y
Apocalipsis 5:6, y las relacionamos con la gracia y paz que Juan desea a sus
lectores (v.4a), concluimos que la gracia y paz que el apóstol deseaba para las siete
iglesias era infinitamente eficaz y totalmente suficiente para sus necesidades,
porque provenía no solo del Dios eterno, sino también del múltiple ministerio del
Omnipotente Espíritu de Dios.

16
REFLEXIÓN: ¿Estamos experimentando la plenitud del Espíritu Santo en nuestros
corazones? Él quiere reproducir todo Su fruto en nuestras vidas: “amor, gozo, paz,
paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Ga. 5:22-23).
Meditemos sobre cada una de esas manifestaciones de los atributos de Dios y
preguntémonos si se pueden ver en nuestras vidas. Pidamos a Dios que nos llene
más y más de Su Espíritu para que le glorifiquemos aquí en la Tierra por medio de
vidas marcadas por gracia y paz.

Ap. 1:5a​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Día 5

“Y de Jesucristo el testigo fiel…”

La gracia y paz que Juan deseaba para sus lectores venía no solo de Dios el Padre y
Dios el Espíritu Santo, sino también de Dios el Hijo, a quien el apóstol describe
como “Jesucristo el testigo fiel” (v.5a). Es la primera de tres grandes afirmaciones
que Juan hace acerca de la segunda Persona de la Trinidad – tres afirmaciones que
apuntan al triple oficio de Cristo: Profeta, Sacerdote y Rey. Como Profeta, Jesucristo
es “el testigo fiel” (v.5a); como Sacerdote, es “el primogénito de los muertos”
(v.5b); y como Rey, es “el soberano de los reyes de la tierra” (v.5c).

Cuando Dios el Hijo se encarnó y nació en Belén, sus padres terrenales le dieron el
nombre “Jesús”, porque como afirmó el ángel: “Él salvará a Su pueblo de sus
pecados” (Mt. 1:21). “Jesús” es la forma griega del nombre hebreo “Josué”, que
significa “Jehová salva”. Su nombre indica la tarea que vino a cumplir, por la gracia
de Dios (Ef. 2:8a). La paz que disfrutamos es el resultado de esa gran salvación
(Ro. 5:1; 8:1-6).

La palabra “Cristo” no es el segundo nombre de Jesús, sino un título que significa


“ungido”, y es la traducción al griego de la palabra hebrea, “mesías”. Por lo tanto, la
forma correcta de llamar a nuestro Salvador es “Jesús el Cristo”. Él es el Siervo de
Jehová, el Ungido de Dios (Is. 42:1; 61:1). La Reina Valera junta las dos palabras
en griego y hace de ellas un solo término: “Jesucristo”, que describe no solo la
misión salvífica que Dios el Hijo vino a la Tierra para efectuar, sino también el poder
del Espíritu Santo que le ayudó a cumplir esa misión, como el Ungido de Dios.

Lo primero que Juan afirma acerca de Jesús el Cristo es que Él es “el testigo fiel”
(v.5a). En Apocalipsis 3:14, esa descripción se expande: “el testigo fiel y
verdadero”. El Hijo de Dios vino a este mundo para cumplir dos propósitos: enseñar
a los hombres la verdad acerca de Dios y entregar Su vida por los pecadores. La
palabra, “testigo”, apunta a la primera tarea. A lo largo del Antiguo Testamento,
Dios se manifestó al pueblo de Israel por medio de los profetas y ellos dieron
testimonio de lo que Dios les reveló (Heb. 1:1). Aunque fueron inspirados por Dios,
los mensajes que compartieron eran incompletos, y el Señor Jesús vino a este
mundo para completar lo que faltaba en el ministerio profético del Antiguo
Testamento (Heb. 1:2).

La superioridad de la revelación de Cristo se debió a que Él es el Hijo de Dios (Heb.


1:2), como Juan mismo afirma en la introducción a su Evangelio (Jn. 1:1-18). Por
ser la segunda Persona de la Trinidad y por haber disfrutado una íntima con Dios el
Padre desde la eternidad (Jn. 1:1), Jesucristo estaba perfectamente calificado para
dar testimonio acerca del Padre. Por eso Juan afirmó: “A Dios nadie le vio jamás; el
unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, Él le ha dado a conocer” (Jn. 1:18). El

17
verbo para “dar a conocer” es ‘exegeomai’, que significa “declarar
completamente”. Según Juan, Jesucristo testificó de Dios en forma completa por
medio de Sus palabras y acciones. Por eso el apóstol pudo afirmar: “vimos Su
gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn. 1:14).

Aunque Jesucristo fue por naturaleza un “testigo fiel”, los seres humanos no
respondieron bien a Su testimonio. Él vino como la Luz de Dios, pero los hombres
prefirieron las tinieblas del pecado y lo rechazaron (Jn. 1:5, 9-11). Dirigiéndose a
Nicodemo como representante de la nación de Israel, Jesús dijo: “De cierto, de
cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos, y
no recibís nuestro testimonio” (Jn. 3:11). No recibieron Su testimonio acerca de las
verdades espirituales por dos razones: la falta de fe (Jn. 3:12) y porque “amaron
más las tinieblas que la luz” (Jn. 3:19). Jesucristo habló la verdad de Dios por tres
años, enseñando con mucho amor y paciencia, como el “testigo fiel”, sin embargo,
los líderes judíos se opusieron a Él y al final lo colgaron sobre una cruz. A pesar de
ello, Jesucristo cumplió fielmente Su llamado a testificar de la palabra de Dios, y lo
hizo porque como Él mismo dijo: “…para esto he nacido, y para esto he venido al
mundo, para dar testimonio a la verdad” (Jn. 18:37). Lo hizo aun delante de Pilato,
cuando fue presionado por las autoridades judías, como Pablo reconoce en 1
Timoteo 6:13.

Juan comienza el libro de Apocalipsis destacando la fidelidad del Señor como testigo
de la verdad de Dios porque escribía a creyentes en el primer siglo que sufrían por
su fe en Jesucristo y eran llamados a dar testimonio en el contexto de la
persecución romana. En la ciudad de Pérgamo, un creyente llamado Antipas sufrió
el martirio por mantenerse fiel al Señor y dar testimonio de Él (Ap. 2:13). Juan
sabía que los cristianos necesitaban ser valientes para no negar al Señor en los días
difíciles que vivían, y por eso describió a Cristo como “el testigo fiel”, cuyo ejemplo
es digno de ser seguido por todos los creyentes.

La fidelidad de Cristo fue absoluta. Él fue fiel a Su misión, fiel a Su Padre, fiel a Su
mensaje, fiel en hablar a los hombres y fiel en dar testimonio de Dios hasta la
muerte. Pablo afirma que todo siervo de Dios debe tener esa característica: “Ahora
bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel” (1 Co. 4:2).
Puesto que Cristo nos llama a ser Sus testigos (Hch. 1:8) y Sus embajadores (2 Co.
5:20), nuestra responsabilidad es dar un testimonio fidedigno de lo que Él hizo hace
2000 años y también de lo que hace en nuestras vidas. Si lo hacemos, un día le
escucharemos decir: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre
mucho Te pondré” (Mt. 25:21, 23)!

REFLEXIÓN: ¿Estamos dispuestos a servir al Señor, dando testimonio de Él, aunque


suframos por hacerlo? Isaías afirmó que la misión del Siervo de Jehová sería la de
dar testimonio de Dios y que no se desmayaría al hacerlo, sino que sería fiel a Su
llamado (Is 43:10-13). Él sea nuestro ejemplo en la vida cristiana. Tomemos un
momento para pedirle al Señor que nos ayude a ser fiel en todo lo que Él nos
manda hacer.

18
Apo. 1:5b​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Dia
6

“…el primogénito de los muertos…”

El primer título que Juan aplicó al Señor, “testigo fiel”, destacó Su ministerio
terrenal, particularmente el ministerio de la enseñanza. El segundo título que Juan
usa para el Señor es “el primogénito de los muertos”, que apunta a Su muerte,
resurrección y exaltación.

En el idioma original, la palabra “primogénito” es ‘prototokos’, que generalmente


significa “el primer hijo”. Por ejemplo, Mateo describe a Cristo como el hijo
“primogénito” de María (Mt. 1:25; ver también Lc. 2:7). Sin embargo, en otros
textos la palabra señala una prioridad de rango o de honor, no de nacimiento. En la
carta a los Romanos, Pablo escribe: “para que Él sea el primogénito entre muchos
hermanos” (Ro. 8:29), indicando que Cristo tiene autoridad sobre todos los
creyentes, a pesar de que ellos son Sus hermanos espirituales (ver Heb. 2:11, 17).
La idea de rango u honor, que se encuentra en forma implícita en la palabra
“primogénito”, se debe a la tradición judía de dar mayor honra al hijo primogénito.

En Colosenses 1, Pablo usa la palabra dos veces. Primero afirma que Jesucristo es
“la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación” (Col. 1:15), y luego
habla de Cristo como “el primogénito de entre los muertos” (Col. 1:18)7. Aunque
otras personas resucitaron antes que Cristo, en el caso de ellos, la muerte no fue
anulada sino postergada; resucitaron para volver a morir. Cristo fue el primer ser
humano que resucitó con un cuerpo glorificado, totalmente libre de la muerte. Por
medio de la resurrección, el Señor venció el poder de la muerte y triunfó sobre ella
para siempre, tal como Pablo lo expresa en la carta a los Romanos: “sabiendo que
Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se
enseñoreará más de Él” (Ro. 6:9). Por lo tanto, Él es el primogénito de los muertos
que serán resucitados y glorificados eternamente, y va delante de ellos, como el
Capitán de las huestes celestiales – los que el autor de Hebreos llama, “los espíritus
de los justos hechos perfectos” (Heb 12:23). Como el primogénito de los muertos,
El Señor es el Príncipe de vida (Hch. 3:15)8.

En el idioma original, la palabra “primogénito” es ‘prototokos’ y está relacionada


con el verbo ‘tikto’ que significa “engendrar”. En el Salmo 2:7, Dios el Padre dice
del Mesías, “Yo te engendré hoy”. Aunque muchos teólogos afirman que esas
palabras apuntan a la eterna generación de Dios el Hijo, el apóstol Pablo las
relaciona con la resurrección de Cristo (Hch 13:33). Así que, fue en el día de la
resurrección, cuando Cristo venció la muerte y salió de la tumba, que fue declarado
Hijo de Dios con poder y el Padre pronunció las palabras: “Yo te he engendrado
hoy” (Ro. 1:4).

Aunque Cristo fue el primero en resucitar con un cuerpo glorificado, habría que
enfatizar que aquí en Apocalipsis 1:5, como también en Colosenses 1:18, Pablo no
está usando la palabra “primogénito” en un sentido cronológico sino en un sentido

7
Es interesante notar que hay una pequeña diferencia en el idioma original. En Apocalipsis 1:5, el texto
en griego es: ‘jo prototokos ton nekron’ (“el primogénito de los muertos”), mientras que en Colosenses
1:18, el texto original es ‘prototokos ek ton nekron’ (“el primogénito de entre los muertos”).
8
Aunque la RV60 traduce, “Autor de la vida”, la palabra en griego es ‘arjegos’ que significa “líder” o
“príncipe”. La RV60 traduce el término correctamente en Hechos 5:31

19
honorífico. Cristo es el “primogénito de entre los muertos”, no porque Él fue el
primero en resucitar de esa manera, sino porque Él está por encima de todos los
que resucitarán con cuerpos glorificados. Eso queda claro de la siguiente frase en
Colosenses 1:18, “para que en todo tenga la preminencia”.

Al igual que es “el primogénito de entre los muertos”, Cristo es también el


“primogénito de toda creación” (Col. 1:15). Eso no significa que Él es la primera
creación de Dios, como enseñan los Testigos de Jehová, sino que es la persona que
tiene la preminencia sobre todo lo creado. Cristo tiene esa categoría porque, como
afirma Pablo cuando escribe a los creyentes en Colosas, “en Él fueron creadas todas
las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles;
sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado
por medio de Él” (Col. 1:16).

En la Iglesia apostólica, los predicadores y maestros usaron con tanta frecuencia la


palabra “primogénito” como un adjetivo para describir al Señor Jesús que
finalmente llegó a ser considerado un título de Cristo, tal como leemos en Hebreos
1:6, “cuando introduce al Primogénito en el mundo”. Como podemos observar, la
Reina Valera escribe la palabra con mayúscula, dando a entender que a su criterio
la palabra “Primogénito” es un título formal de Cristo.

La pregunta que enfrentamos en Apocalipsis 1:5 es acerca del significado de la


palabra “primogénito” en la frase, “el primogénito de los muertos”. El contexto nos
lleva a afirmar que Juan está usando el término para señalar la gloria de Cristo,
recalcando que Él está por encima de todos los que han muerto, porque no solo
murió, sino que también resucitó. Es interesante notar que la frase de Juan, en
griego, es exactamente la misma que Pablo escribe en Colosenses 1:18, aunque la
Reina Valera traduce ese versículo un poco diferente: “el primogénito de entre los
muertos”.

No podemos separar este segundo título de Cristo del tercero, “el soberano de los
reyes de la tierra” (v.5c), porque ambos tienen su raíz en el Salmo 89:27,

​ “Yo también le pondré por primogénito,


​ El más excelso de los reyes de la tierra”.

El contexto del Salmo 89 indica que el Salmista está usando la palabra,


“primogénito”, como un título que señala la grandeza de rey mesiánico. A la luz de
eso, podemos afirmar que cuando Juan describe al Señor como el “primogénito de
los muertos”, está reconociendo que Él es el eterno Hijo de Dios, engendrado antes
de la creación del mundo y a quien se le concedió el derecho de tener autoridad
sobre todos los reyes de la tierra (ver Sal. 2:7-12). Esa autoridad se debe a que
Cristo vino a este mundo a entregar Su vida por los pecadores (ver Fil. 2:6-11). Su
resurrección, con cuerpo glorificado, marcó la inauguración de una nueva creación
sobre la cual Él tendría autoridad absoluta.

Los creyentes a quienes Juan escribe este libro estaban sufriendo por su fe en
Cristo, y en algunos casos estaban muriendo por esa fe. El apóstol les anima con la
declaración contundente de que ellos estaban sufriendo por causa de Alguien que
ya estaba reinando sobre toda autoridad y que era la Persona de mayor rango en
todo el universo. Como tal, era capaz de concederles gracia y paz en abundancia,
para cada una de sus necesidades.

REFLEXIÓN: ¿Tenemos ese concepto de la grandeza de Cristo, que Él es el


Primogénito sobre toda la creación? Tomemos un tiempo ahora para meditar sobre
esa gran verdad y dejemos que el Espíritu Santo nos anime, al meditar sobre la
grandeza de nuestro Salvador.

20
Apo. 1:5c​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Dia 7

“…el soberano de los reyes de la tierra.”

Juan concluye su magnífica e inspirada descripción de nuestro Salvador con una


afirmación que proclama Su soberanía absoluta sobre todos los poderes terrenales.
La palabra, “soberano”, es ‘arjon’ que significa “primero”. En este contexto, el
término en griego tiene el sentido de “primero en rango o poder”, e indica aquella
persona que ocupa el primer lugar en una jerarquía. El Señor Jesús es soberano
sobre los reyes de la tierra por tres razones: por creación, por decreto y por
victoria.

Cristo es soberano sobre los gobernantes de este mundo, en primer lugar, porque Él
es el Creador y como tal tiene el derecho de ejercer autoridad sobe todo lo que
creó. Al inicio de Génesis leemos de la creación de Adán y Eva. Génesis 1:26 indica
que Dios concedió a nuestros primeros padres el derecho de gobernar sobre toda la
creación, diciendo: “señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las
bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra”. Adán y
Eva fueron los primeros reyes de la tierra, pero ejercieron esa autoridad bajo el
gobierno del Hijo de Dios, el Creador y Sustentador del universo (Heb. 1:2-3).

Mientras se sometieron a Dios, todo era hermoso en el paraíso. Sin embargo,


cuando Adán y Eva se rebelaron contra Dios y cayeron en el pecado, ellos
entregaron el mundo a Satanás, quien vino a ser el “príncipe [‘arjon’] de este
mundo” (Jn. 12:31; ver Jn. 14:30; 16:11). A partir de ese momento, Satanás
ejerció su autoridad sobre los seres humanos, llevándolos a cometer toda clase de
pecado con el fin de generar desorden en la sociedad humana. Un ejemplo de ello
es lo que leemos en Génesis 6:5, “la maldad de los hombres era mucha en la
tierra…todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo
solamente el mal”. Como afirma Pablo, ellos estaban “siguiendo la corriente de este
mundo, conforme al príncipe [‘arjon’] de la potestad del aire, el espíritu que ahora
opera en los hijos de desobediencia” (Ef. 2:2).

Con el fin de evitar un mayor desorden en la creación, Dios en Su gracia determinó


establecer reyes sobre las naciones y les dio el poder de la espada, como lo expresa
Pablo en Romanos 13:1-4. En esa manera, a pesar de que Satanás era el ‘arjon’ de
la tierra, Dios demostró Su absoluta soberanía como Creador, usando a los reyes de
la tierra para frenar la maldad de Satanás. Por eso, en la carta a los Romanos,
Pablo afirma que la autoridad secular “es servidor de Dios…para castigar al que
hace lo malo” (Ro. 13:4).

Lamentablemente, los reyes de la tierra, lejos de someterse al Señor Jesús como el


Creador, se rebelaron contra Él, según lo afirma David en el Salmo 2.

​ “Se levantarán los reyes de la tierra,


​ Y príncipes consultarán unidos
​ Contra Jehová y contra Su Ungido, diciendo:
​ Rompamos Sus ligaduras,
​ Y echemos de nosotros Sus cuerdas”.

21
​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Salmo 2:2-3

La reacción de Dios fue clara y enérgica. Él decretó que Su Hijo, el Señor Jesús,
sería el Rey sobre las naciones: “Yo he puesto Mi Rey sobre Sion” (Sal. 2:6). De ese
modo, a través de Su muerte y resurrección, Cristo vino a ser “el soberano de los
reyes de la tierra” por decreto divino.

Aunque Dios exhortó a los reyes de este mundo a someterse al Rey divino (Sal.
2:10-12), no lo hicieron. Por eso, cuando el Hijo de Dios vino a la Tierra para
establecer Su reino, los líderes judíos y las autoridades romanas no se sometieron a
Él. A pesar de tener a Cristo como su Creador y a pesar del decreto divino, ellos
prefirieron someterse a Satanás. Por eso Cristo derrotó a Satanás, al morir en la
cruz (Col. 2:15), cumpliendo Su promesa de echar fuera al “príncipe [‘arjon’] de
este mundo” (Jn. 12:31). En esa manera, el eterno Hijo de Dios, el Creador de los
cielos y la Tierra, llegó a ser “el soberano [‘arjon’] de los reyes de la tierra” por
conquista.

Dios el Padre honró la obra de Su Hijo, exaltándolo a Su diestra y concediéndole


“un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble
toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra, y
toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor” (Fil. 2:9-11). La victoria de Cristo
en la cruz del Calvario le otorgó el derecho de ser soberano sobre toda la creación.

A la luz de esta triple soberanía de Cristo, por creación, por decreto y por victoria,
surge una pregunta importante: ¿por qué estaba Juan encarcelado en Patmos? La
pregunta es importante porque, si Cristo era soberano sobre el emperador romano,
¿por qué había persecución contra la Iglesia de Cristo a fines del primer siglo?

Hay tres respuestas que podemos dar a esa interrogante.

-​ Aunque Jesucristo ya estaba reinando en los cielos, la lucha espiritual


continuó en la Tierra, y la Iglesia se vio inmersa en esa contienda. El Señor
a veces permite que la Iglesia experimente tiempos de persecución para que
ella se acuerde que la victoria final aún no se ha dado.

-​ Los tiempos de persecución brindan a la Iglesia la oportunidad de expresar


su lealtad al verdadero Rey. Es fácil ser un creyente cuando está de moda
serlo, pero la verdadera lealtad a Cristo se demuestra en tiempos de
persecución.

-​ Por medio del sufrimiento, la Iglesia también afirma su amor por Su Esposo,
el Señor Jesús. Él sufrió por ella, y cuando ella sufre a manos de las
autoridades terrenales, la Iglesia tiene la oportunidad de expresarle al Señor
cuánto lo ama.

Al afirmar que el Señor Jesús es “el soberano de los reyes de la tierra”, Juan estaba
indicando que un día Él derrotará a todos los reyes que se oponen a Él, y reinará
para siempre con Su Novia, la Iglesia, tal como lo declara el libro de Apocalipsis.
Por ejemplo, en el capítulo diecisiete, Juan describe la victoria de Cristo sobre la
Gran Babilonia. Aunque ese sistema mundial anticristiano tendrá diez reyes
poderosos peleando contra el Señor Jesús, bajo la autoridad del Anticristo, “el
Cordero los vencerá, porque Él es el Señor de señores y Rey de reyes” (Apo.
17:14).

Cuando Cristo venga en poder y gloria, derrotará a todos los reyes de este mundo,
y las naciones lo verán exhibiendo un título impresionante sobre Su ropa: “REY DE
REYES Y SEÑOR DE SEÑORES” (Apo. 19:16). De ese modo, Juan anima a los

22
creyentes del primer siglo, declarando la absoluta soberanía de Cristo sobre los
poderes terrenales. El sufrimiento de la Iglesia no se debe a que Cristo no tiene
poder, sino que Él está ejerciendo Su autoridad sobre el mundo, permitiendo al
emperador romano perseguir a los creyentes dentro del marco de Sus propósitos.
Cuando los propósitos divinos se hayan logrado, el Señor derrotará al emperador y
dará a Su pueblo la victoria. Eso ocurrió dos siglos después, cuando el emperador
Constantino se convirtió al cristianismo y abrazó la fe cristiana. Lo hizo por la
sencilla razón que el Señor produjo tal crecimiento de la Iglesia que el Imperio
Romano se llenó de cristianos. Bajo la soberanía de Cristo, la Iglesia venció al
imperio más grande que el mundo había conocido hasta esa fecha.

REFLEXIÓN: Si el Señor es “el soberano sobre los reyes de la tierra”, vale la pena
preguntarnos si estamos viviendo en obediencia a Él. Cada creyente pertenece a
Cristo por tres razones: por creación, por la conquista espiritual y por el nuevo
nacimiento. Lo que el Señor desea es que nos sometamos a Él voluntariamente. Por
lo tanto, pidamos a Dios la gracia para rendirnos a Su autoridad en cada área de
nuestras vidas, reconociendo la validez de Su título de “Señor”.

Apo. 1:5d​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Día 8

“Al que nos amó…”

Pasamos ahora de la fuente del evangelio, que es el Dios Trino (vv.4b-5c), al precio
del evangelio, que es la sangre de Cristo. El contexto de las palabras, “Al que nos
amó”, es la alabanza dirigida al Señor en el v.6b, “a Él sea la gloria e imperio por
los siglos de los siglos, Amén”. El que merece toda la gloria y alabanza es Aquel que
hizo dos cosas por nosotros: “nos lavó de nuestros pecados con Su sangre” (v.5d) y
“nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, Su Padre” (v.6a), y lo hizo todo por una
simple razón – “nos amó”.

El amor de Cristo es algo precioso que nos hará bien meditar porque uno de los
grandes peligros en la vida cristiana es el de menospreciar el amor del Señor. El
libro de Cantares es una hermosa composición cuyo tema central es el amor entre
Cristo y Su Novia, la Iglesia. Una de las secciones más conmovedoras es Cantares
5:2-8, donde leemos del incidente en que la Novia estaba en la cama descansando
cuando llegó el Novio, lleno de amor por ella. En ese momento, la mujer
menospreció el amor del Novio y permaneció en la cama en vez de levantarse para
abrirle la puerta. Cuando por fin venció su ociosidad y letargo, y se levantó para
abrirle la puerta al Novio, encontró que Él ya no estaba. Aunque salió a buscarlo,
era demasiado tarde, y ella sufrió muchos golpes buscando a Aquel cuyo amor
menospreció. De igual modo, nosotros muchas veces menospreciamos el amor de
Dios y sufrimos a consecuencia de ello.

Para ayudarnos a entender el amor de Cristo y valorarlo como lo debemos hacer,


consideremos los siguientes puntos.

1.​ El que nos amó no es alguien insignificante. No es un simple ser humano; ni


siquiera es un monarca terrenal. Es Dios mismo, la segunda Persona de la
Trinidad, quien se encarnó en la persona de Jesús de Nazaret. En cambio,
nosotros, las personas amadas por Él, somos hechos del polvo de la tierra.
El que nos ama es eterno, nosotros efímeros; Él es poderoso, nosotros
débiles; Él es santo, nosotros pecadores. Mientras más meditemos en Su
gloria, grandeza y hermosura, más le amaremos y valoraremos Su amor por
nosotros.

23
2.​ Otro aspecto impresionante del amor de Cristo es la duración de Su amor. Él
nos amó desde la eternidad y nos amará hasta la eternidad. Los poetas de
este mundo cantan de un “Amor Eterno”, pero los sentimientos que
describen son efímeros y pasajeros. El único amor eterno es el amor de
Cristo por la Iglesia. “Con amor eterno te he amado”, dice el Señor (Jer.
31:3). Él amó a Su Pueblo desde antes de la fundación del mundo y nos
amará mucho después que este mundo haya acabado, con toda su vanidad.

Debemos notar que, aunque la Reina Valera traduce el verbo en el tiempo pasado,
“nos amó”, el verbo en griego está en el tiempo presente y debe ser traducido, “nos
ama”, tal como lo hacen la Biblia de las Américas y la Nueva Versión Internacional.

3.​ Si nos preguntamos por qué Alguien tan glorioso como el Hijo de Dios nos
amó, la respuesta tiene que ver con Su corazón no con nuestros méritos. No
había nada en nosotros que merecía ser amado. Cristo nos amó
simplemente porque determinó hacerlo. Nos amó por gracia, cuando aún
éramos enemigos y no nos interesaba Su amor. Nunca se nos ocurrió pedirle
que nos amara, porque preferíamos el pecado que la santidad. Queríamos
más a Satanás que a Dios. Como Juan afirma, el Señor nos amó porque Él
es amor (1 Jn. 4:8, 16), y Su corazón está lleno de amor y compasión por
los pecadores.

4.​ Quizá lo más maravilloso del amor de Cristo es cómo lo expresó. Lo hizo, en
tres maneras. En primer lugar, dejó la gloria celestial donde era adorado por
los ángeles y se encarnó en el vientre de María. Luego, se sometió a la ley
de Dios y en humildad se dedicó a una vida de obediencia humana para el
bien de aquellos a quien amaba (Ga. 4:4). Finalmente, se entregó a las
autoridades humanas para ser crucificado y morir en el lugar de los que amó
desde la eternidad. Ningún hombre jamás se sacrificó por una mujer como
Cristo lo hizo por la Iglesia. Ninguna madre jamás sufrió por sus hijos como
el Señor padeció por nosotros, los hijos de Dios. El único amor que se
compara con el Suyo es el amor del Padre hacia Él, el Hijo de Su deleite:
“Como el Padre Me ha amado, así también Yo os he amado” (Jn. 15:9). ¡Qué
privilegio ser amado de esa manera por el eterno Hijo de Dios!

5.​ Habiéndonos amado desde la eternidad, el Señor nos amará hasta el fin (Jn.
13:1). Su amor nunca dejará de ser.
Nada que podemos hacer le hará
desistir de Su amor. Su amor nunca
se enfriará; nunca se acostumbrará
de amarnos; nunca decidirá amar a
otros. Como declara Pablo, nada nos
separará del amor de Cristo (Ro.
8:35). Por eso pudo afirmar con toda
confianza: “Por lo cual estoy seguro
de que ni la muerte, ni la vida, ni
ángeles, ni principados, ni
potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni
ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es Cristo
Jesús Señor nuestro” (Ro. 8:38-39).

En medio de la persecución, Juan deseaba animar a los creyentes, y no había mejor


forma de hacerlo que recordándoles del gran amor de Cristo. Por lo tanto, aunque
estaban sufriendo persecución, el apóstol quería que tomen en cuenta que lo hacían
por Aquel que los amó y entregó Su vida por ellos (Ga. 2:20).

24
REFLEXIÓN: Tomemos un tiempo ahora para meditar sobre todo lo que hemos leído
del amor de Cristo y pidamos al Espíritu Santo que derrame Su amor en nuestros
corazones. Si aprendemos a amar mucho a Cristo, disfrutaremos más la vida
cristiana y nos deleitaremos en tener comunión íntima con el Señor.

Apo. 1:5d​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Día 9

“…y nos lavó de nuestros pecados con Su sangre.”

En esta frase tenemos el corazón del evangelio. En palabras breves y sencillas, al


estilo propio de Juan, el apóstol nos expresa la primera manifestación del amor de
Cristo. Sus palabras abarcan tres de los temas centrales del evangelio: la condición
humana – “nuestros pecados; nuestra necesidad espiritual – “nos lavó”; y el precio
de la salvación – “con Su sangre”.

Desde el momento que Adán y Eva desobedecieron a Dios en el huerto de Edén, la


condición humana ha sido caracterizada por el pecado. La palabra en griego que
Juan usa para “pecados” es ‘jamartia’ y se deriva de un verbo que significa “errar”
o “desviarse”. Eso significa que cometer un pecado es “equivocarse”, sea en
nuestras acciones, palabras, pensamientos, actitudes o reacciones. Algunas veces
nos equivocamos por ignorancia o debilidad, pero mayormente nuestros pecados
son la manifestación de una actitud hostil hacia Dios, que nos lleva a desviarnos a
propósito de la vida que Dios desea o exige de nosotros. Por eso Juan afirma que
“el pecado es infracción de la ley” (1 Jn. 3:4).

El pecado produce dos resultados: uno en Dios y el otro en los seres humanos. En
Dios, el pecado provoca Su ira y Su alejamiento de nosotros (Ro. 1:18; Is. 59:1-2),
mientras que, en el ser humano, el pecado produce contaminación, culpabilidad,
esclavitud, ceguera y muerte espiritual (Mc. 7:20-23; Ro. 3:19-20; 6:16-17; 2 Co.
4:4; Ef. 2:1-3). Eso significa que la necesidad más grande que tenemos es la de ser
librados del pecado. Aunque la Reina Valera traduce el texto en griego, “nos lavó”,
muchos manuscritos antiguos tienen el verbo ‘luo’9 que significa “soltar” o “liberar”
(ver Mt. 21:2). Por eso, la Biblia de las Américas traduce esta frase: “nos libertó de
nuestros pecados”. De igual manera, la Nueva Versión Internacional traduce, “nos
ha librado de nuestros pecados”.

Muy aparte de un análisis de los manuscritos antiguos en griego, podemos afirmar


que ambos verbos – ‘luo’ y ‘louo’, cuentan con apoyo teológico y bíblico. El verbo
‘luo’ significa “soltar” o “liberar”, y es la raíz de los términos ‘lutron’ y ‘antilutron’
que significan “rescate”. En Mateo 20:28, el Señor afirma: “el Hijo del Hombre no
vino para ser servido, sino para servir, y para dar Su vida en rescate [‘lutron’] por
muchos”. De igual modo, escribiendo a Timoteo, Pablo declara: “el cual se dio a Sí
mismo en rescate [‘antilutron’] por todos” (1 Ti. 2:6).

Cuando Cristo estuvo en la Tierra Él soltó a muchas personas de sus ataduras


físicas y espirituales (ver Lc. 13:11-12, 16). Lo hizo por medio del poder del
Espíritu Santo, atando al “hombre fuerte” y liberando a sus cautivos (Mt.

9
La Reina Valera traduce de una versión del texto en griego que tiene el verbo ‘louo’ que significa
“lavar”. Manuscritos más antiguos tienen el verbo ‘luo’ que significa “soltar” o “liberar”. Al parecer,
algún copista del texto original cambió el verbo ‘luo’ por ‘louo’ a la luz de la frase “con Su sangre”,
pensando que “lavar con Su sangre” era más entendible que “soltar con Su sangre”.

25
12:28-29). Sin embargo, para soltar a los seres humanos de sus pecados, el Señor
tuvo que hacer otra clase de obra; no tanto una obra poder, manifestando Su
omnipotencia, sino una obra de sacrificio, entregando Su vida, porque Cristo nos
soltó de los pecados “con Su sangre”.

Si nos regimos a la traducción de la Reina Valera, el verbo “lavó” trae a la mente


toda una serie de pasajes que presentan el perdón de los pecados en términos de
un lavamiento espiritual. Por ejemplo, luego del pecado que cometió en el asunto
de Bestabé y Urías, David exclamó, “Lávame más y más de mi maldad, y límpiame
de mi pecado” (Is. 51:2), y en Isaías 1:16, Dios exhorta al pueblo de Judá, “Lavaos
y limpiaos”. En su primera epístola, Juan expresa la promesa central del evangelio
que afirma: “y la sangre de Jesucristo Su hijo nos limpia de todo pecado” (1 Jn.
1:7), mientras que ante su pregunta acerca de la identidad de la gran multitud en
Apocalipsis 7, el ángel le responde: “Estos son los que han salido de la gran
tribulación, y han lavado sus ropas y las han emblanquecido en la sangre del
Cordero” (Ap. 7:14).

La sangre de Cristo representa Su muerte en la cruz. Cuando el Señor Jesús murió,


derrotó a Satanás y rescató a los que estaban sujetos a su dominio (Col. 2:14-15;
1:13-14). Es interesante notar que Juan no habla de la muerte de Cristo sino de Su
“sangre”, y lo hace porque la sangre de Cristo cumple una función muy especial en
relación con el pecado. En el Antiguo Testamento, la ley de los sacrificios enseña
que el papel de la sangre es expiar el pecado. Por lo tanto, para que la muerte de
un animal sirva para librar al pecador del juicio de Dios, la sangre tiene que ser
aplicada. Sin la aplicación de la sangre, la muerte del animal carecía de valor. Es
igual con Cristo, el Cordero de Dios. Su muerte no salva a nadie, si no se usa
correctamente la sangre del Calvario. Es la aplicación de la sangre que libera al
pecador de los efectos nocivos del pecado.

El apóstol Pedro indica que la sangre de Cristo es de infinito valor (1 P. 1:18-19). Es


una “sangre preciosa” porque provino de la muerte de “un cordero sin mancha y sin
contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo” (1 P. 1:20).

En el idioma original, el verbo “lavó” (“liberó”) es un aoristo, que es una forma


verbal en griego que indica una acción completada en un momento específico. Eso
contrasta con el verbo, “nos amó”, que en el texto original en griego está en el
tiempo presente, como ya hemos notado. Juan está haciendo un contraste entre el
amor del Señor, que es algo permanente y continuo, y el acto de liberarnos del
pecado, que se hizo una vez para siempre. Cuando Cristo ascendió al cielo,
presentó Su sangre ante el Padre para expiar los pecados de Su pueblo (Heb.
9:11-14, 23-26). Luego, el Espíritu Santo se encarga de obrar en el corazón de los
pecadores, generando convicción de pecado y fe en Cristo. Fruto de esa obra del
Espíritu Santo, el pecador clama a Cristo pidiendo salvación, y el Señor responde
aplicando Su sangre al corazón del pecador y soltándole de la esclavitud y el poder
del pecado. Esa es la manera en que Dios nos salva.

Juan usa el pronombre, “nos”, para indicar que tanto él como las personas a
quienes dirigía esta carta estaban en la misma condición espiritual delante de Dios.
Todos necesitan ser liberados de la culpa y la contaminación del pecado, desde el
recién nacido hasta el hombre más anciano, y Cristo nos ama a todos por igual y
nos ofrece la misma salvación. Por eso, todos tenemos lo que Pedro llama, “una fe
igualmente preciosa” (2 P. 1:1).

REFLEXIÓN: ¿Valoramos el amor de Cristo y el sacrificio que hizo por nosotros en la


cruz? Si es así, lo debemos evidenciar en tres maneras concretas: viviendo vidas de
santidad, sirviendo a Dios en la Iglesia y compartiendo nuestra fe con otros.

26
Meditemos sobre estas tres cosas y pidamos a Dios que nos ayude a cumplirlas
fielmente.

Apo. 1:6a​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Día 10

“…y nos hizo reyes…para Dios, Su Padre”

Esta frase señala la segunda obra que Cristo hizo a favor de los que Él amó. No solo
nos liberó del yugo del pecado, sino que lo hizo con el fin de hacernos “reyes y
sacerdotes” delante de Dios. En el Antiguo Testamento, cuando Dios liberó a los
hijos de Israel de Egipto, Su propósito era convertirlos en “un reino de sacerdotes”
(Ex. 19:6). En el Nuevo Testamento, ese privilegio pasa a ser de la Iglesia, como lo
afirma Pedro: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio…” (1 P. 2:9). Juan
confirma lo que dice Pedro, indicando que los creyentes ya son “reyes y
sacerdotes”. Una vez más, el apóstol usa el verbo en el aoristo, “nos hizo”,
indicando que es una acción puntual y no un proceso. Cuando Dios el Hijo nos
libera del pecado, en ese preciso momento nos concede el privilegio de ser “reyes y
sacerdotes”.

Antes de analizar lo que Juan quiso decir con esas palabras, debemos notar un
asunto de traducción. En el texto original, el término en griego no significa “reyes”
sino “reino”10, como lo traduce la mayoría de las versiones de la Biblia en español.
Por ejemplo, la Nueva Versión Internacional dice: “ha hecho de nosotros un reino,
sacerdotes al servicio de Dios Su Padre”. Carballosa observa que la primera palabra,
“un reino”, describe lo que el Señor hizo por la Iglesia en forma colectiva, mientras
que la segunda palabra, “sacerdotes”, indica lo que hizo por cada creyente en forma
individual.

La traducción de la Reina Valera pone el mismo peso sobre cada palabra: “reyes” y
“sacerdotes”, mientras que, según el texto original, el énfasis de Juan recae sobre
“reino”. Cristo vino a este mundo como Rey y anunció la llegada del reino de Dios
(Mc. 1:14-15), evidenciándolo por medio de los milagros y señales que hacía en el
poder del Espíritu Santo (Mt. 12:28). Aunque los judíos crucificaron al Rey, no
pudieron extinguir Su reino, y una vez que se estableció la Iglesia, el reino de Dios
se extendió por toda la Tierra. Por lo tanto, cada persona que se arrepiente y pone
su fe en Cristo es trasladado del reino de Satanás al reino de Cristo (Col. 1:13-14).

En la carta a los Efesios, Pablo afirma que cuando Dios el Padre nos da vida
juntamente con Cristo, también nos hace “sentar en los lugares celestiales con
Cristo Jesús” (Ef. 2:6). Puesto que Cristo está sentado a la diestra del Padre,
reinando sobre todo el universo, los que están “en Cristo” están sentados en el
mismo lugar, ocupando la misma autoridad. Los veinticuatro tronos que Juan vio en
el cielo (Ap. 4:4) confirman esta enseñanza de Juan y anticipan el cumplimiento de
la profecía en Daniel 7.

10
La Reina Valera traduce de un texto que tiene la palabra ‘basileus’ que significa “rey”. Sin embargo,
casi todos los manuscritos griegos antiguos tienen la palabra ‘basileia’ que significa “reino”.

27
​ “…hasta que vino el Anciano de días, y se dio el juicio a los santos del
Altísimo; y llegó el tiempo, y los santos recibieron el reino… y que el reino, y el
dominio y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo, sea dado al pueblo de
los santos del Altísimo, cuyo reino es reino eterno, y todos los dominios le servirán
y obedecerán”.
Daniel 7:22, 27

En Mateo 19:28, el Señor trató el mismo tema, cuando dijo:

​ “De cierto os digo que, en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se


siente en el trono de Su gloria, vosotros que me habéis seguido también os
sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel”.

Para los creyentes del primer siglo, las palabras de Juan fueron de mucho aliento
espiritual. Era reconfortante saber que, aunque estaban sufriendo por la fe, en
realidad estaban reinando con Cristo. Lo que sufrían como creyentes parecía negar
esa verdad, no obstante, había una enorme diferencia entre la apariencia y la
realidad, tal como Juan lo expresó en su primera carta: “Amados, ahora somos
hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser” (1 Jn. 3:2). Los
integrantes de las iglesias a las que Juan envía el libro de Apocalipsis eran personas
sencillas, que sufrían persecución a mano de las autoridades romanos, pero en
realidad eran hijos e hijas de Dios, príncipes y princesas espirituales que
conformaban el reino eterno de Dios. El emperador romano podía perseguirles por
un breve tiempo, pero ya eran integrantes de un reino eternal, y luego que el
Imperio Romano dejara de existir, el reino de Cristo continuaría por toda la
eternidad.

Si nos preguntamos cómo están reinando los creyentes ahora, es difícil responder
con exactitud. No obstante, una cosa es cierta, reinamos en la misma manera que
lo hizo el Señor Jesús: en medio de mucha humildad y sufrimiento. Como Pablo
afirmó: “Si sufrimos, también reinaremos con Él” (2 Ti. 2:12). Los creyentes del
primer siglo tenían que recordar eso, para animarse en el Señor. Si Cristo ascendió
a Su trono por medio de la cruz, sería un error pensar que nosotros podemos entrar
en nuestro reino sin experimentar dolor y sufrimiento.

REFLEXIÓN: Como creyentes, vivimos por fe, porque todavía no se ha manifestado


todo lo que somos y lo que hemos de ser. Aunque nuestras vidas parezcan muy
ordinarias, la verdad es que ya estamos reinando con Cristo en los lugares
celestiales. Lo que tenemos que hacer es pedir a Dios que nos ayude a entender y
creer eso, para que vivamos en triunfo en medio de las luchas y las dificultades de
la vida diaria.

Apo. 1:6a​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Día 11

“…nos hizo…sacerdotes…”

El creyente no solo tiene la honra de estar reinando con Cristo ahora, sino que es
llamado a ser un sacerdote para Dios. Cuando Dios sacó a Israel de Egipto, Su
deseo era que todos los hijos de Israel sean sacerdotes, al igual que sus
antepasados lo fueron. En el libro de Génesis leemos que Abraham, Isaac y Jacob
ofrecieron sacrificios a Dios, y tuvieron el privilegio de acercarse a Él (Gn. 12:7;
15:9-10; 18:22; 26:2-5, 24-25; 35:1, 7, 9-15). Sin embargo, aunque Dios dijo a
los hijos de Israel: “vosotros Me seréis un reino de sacerdotes” (Ex. 19:6), no

28
confirió ese privilegio a toda la nación, sino que escogió a una tribu, a los hijos de
Leví, y les dio a ellos el privilegio de acercarse a Él.

Sin embargo, cuando Dios estableció el nuevo pacto, implementó el concepto del
sacerdocio de todos los creyentes. Aunque hay un solo Sumo Sacerdote, el Señor
Jesús, cada creyente tiene el privilegio de acercarse a Dios por medio de la sangre
del Cordero de Dios para ofrecer sacrificios de alabanza a Dios, tal como lo afirma
el autor de Hebreos (Heb. 13:15).

El Sumo Sacerdote divino entró al Lugar Santísimo, cumpliendo a favor nuestro


todo el simbolismo del Antiguo Testamento (Heb. 9:11-12). Eso genera una nueva
situación que el escritor sagrado describe en el Hebreos 10.

​ “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por
la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que Él nos abrió a través del
velo, esto es, de Su carne, y teniendo un gran Sacerdote sobre la casa de Dios,
acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los
corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura”.

Hebreos 10:19-22

El sacerdocio de los creyentes se basa sobre la obra de nuestro gran Sumo


Sacerdote, y es por medio de Él que podemos acercarnos “confiadamente al trono
de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”
(Heb. 4:16). Además, como sacerdotes podemos ofrecer, por medio de Cristo,
“sacrificios de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan Su nombre” (Heb.
13:15).

Durante la Edad Media, la Iglesia Católica Romana otorgó al clero el derecho


exclusivo de ser sacerdotes. Según la Iglesia Católica, solo los sacerdotes pueden
acercarse a Dios, y lo hacen para orar y también para ofrecer el sacrificio de la
misa. La Reforma Protestante insistió que todos los creyentes tienen el derecho de
acercarse a Dios personalmente y que no necesitan un intermediario humano,
porque el único intermediario entre Dios y los hombres es Jesucristo (1 Ti. 2:5).

Nuestros deberes y privilegios como sacerdotes espirituales incluyen los siguientes:

-​ Acercarnos a Dios personalmente sin intermediarios humanos.


-​ Ofrecer a Dios sacrificios de alabanza y adoración.
-​ Interceder delante de Dios a favor de otros.

Con el fin de cumplir cabalmente esas responsabilidades, debemos reflexionar


constantemente sobre lo que Dios exigía de los sacerdotes en el Antiguo
Testamento. Tenían que vestirse en cierta manera (Ex. 28) y consagrarse por medio
de un lavamiento ceremonial (Ex. 29). Dicha preparación, que tenía que cumplirse
literalmente, aunque en realidad era algo simbólico, nos enseña que acercarse al
Dios eterno es un asunto muy serio.

REFLEXIÓN: Dios no quiere que nos acerquemos a Él liviana y superficialmente.


Aunque tengamos la libertad de entrar a la presencia de Dios por medio del
sacrificio de Cristo, el Cordero de Dios, no lo debemos hacer en forma irrespetuosa.
Debemos reconocer el alto privilegio que Dios nos concede de ser sacerdotes para
nuestro Dios, y debemos acercarnos a Él con temor y temblor. Para ello, nos
ayudaría mucho reflexionar sobre pasajes como Salmos 15 y 24, e Isaías 33:14-17.
¿Estamos listos para ser sacerdotes delante de Dios? ¿Estamos haciendo buen uso
del privilegio que tenemos de acercarnos a Dios personalmente?

29
Como veremos a lo largo de Apocalipsis, Dios le mostró a Juan varias escenas en
las que contempló a los creyentes cumpliendo las dos funciones de reyes y
sacerdotes. En los capítulos cuatro y cinco, Juan describe la visión de la adoración
celestial ante el trono de Dios. Primero ve a los creyentes sentados sobre tronos,
reinando con Cristo (Apo. 4:4), y luego los ve postrados sobre sus rostros,
adorando al Cordero y cumpliendo su papel de sacerdotes (Apo. 5:8-9). El clamor
de los creyentes es: “nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y
reinaremos sobre la tierra” (Apo. 5:10). Según Apocalipsis 20, los hijos de Dios
cumplen esas funciones durante el milenio (Apo. 20:6), aunque las cumplirán por
toda la eternidad en la nueva creación (Apo. 22:5). Demos gracias a Dios por ese
tremendo destino que tenemos como hijos de Dios.

Al fin del libro de Apocalipsis, leemos que la Nueva Jerusalén no tiene templo,
“porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella” (Ap. 21:22). La inferencia
es que esto se debe a que los habitantes de la Nueva Jerusalén están “en Cristo” y
son “sacerdotes”, indicando que la ciudad eterna es un “templo”, anulando de ese
modo y para siempre la distinción entre lo ‘sagrado’ y lo ‘profano’, tal como lo indica
Zacarías 14:20-21. Seremos un “reino” y un “templo” compuesto por reyes y
sacerdotes, reinando con Cristo y sirviendo a Dios por toda la eternidad.

Apo. 1:6b​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Día 12

“a Él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.”

Esta exclamación por parte de Juan viene luego de haber descrito las tres grandes
cosas que Cristo hizo por los creyentes: los amó, los liberó de sus pecados y los
hizo reyes y sacerdotes (v.6a). Por consiguiente, el anhelo de Juan es que Cristo
reciba “gloria e imperio”, y que lo haga “por los siglos de los siglos” (v.6b); ver
Apocalipsis 5:9-10.

En este caso, la exclamación o “doxología” de Juan tiene dos elementos: “gloria” e


“imperio”. Es interesante notar que a la par que avanzamos por el libro de
Apocalipsis, las doxologías se amplían. Por ejemplo, en el capítulo cuatro, las
doxologías se extienden a tres elementos: “gloria”, “imperio” y “acción de gracias”
(Ap. 4:9), y “gloria”, “honra” y “poder” (Ap. 4:11). Luego, en el capítulo cinco, la
doxología tiene cuatro componentes: “alabanza”, “honra”, “gloria” y “poder” (Ap.
5:13), mientras que en el capítulo siete, la doxología alcanza su máxima expresión
con siete elementos: “bendición”, “gloria”, “sabiduría”, “acción de gracias”, “honra”,
“poder” y “fortaleza” (Ap. 7:12). La exaltación de Cristo va de menos a más hasta
alcanzar su máxima expresión en el coro celestial de todos los redimidos. Como
afirma el autor de Hebreos, ahora, en este tiempo, “vemos a Aquel que fue hecho
un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra” (Heb. 2:9).
Los que vemos a Cristo así ahora somos los creyentes, y esa visión alcanzará su
apogeo cuando el Señor Jesús venga por segunda vez “para ser glorificado en Sus
santos y ser admirado en todos los que creyeron” (2 Ts. 1:10). No obstante, la
Segunda Venida dará lugar a un mayor grado de exaltación, porque como Pablo
declara a los filipenses, un día toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que
Jesucristo es el Señor, para la gloria de Dios el Padre (Fil. 2:11).

La palabra “gloria” (griego, ‘doxa’) significa “honor” o “exaltación”. Puesto que


Cristo fue quien efectuó la obra de salvación, Él merece recibir toda la honra y el
crédito por nuestra redención. En Apocalipsis 4, Juan escucha la alabanza dirigida a
Dios el Padre, el Creador de todo cuanto existe (Apo. 4:9-11), pero en el siguiente

30
capítulo la alabanza es dirigida al Cordero de Dios (Apo. 5:11-14). Notemos algunas
características de esa alabanza en la que se rinde gloria a Cristo:

-​ Es una alabanza universal (v.11). Los que rinden gloria a Dios el Hijo son los
ángeles, los seres vivientes y los ancianos, que representan a todo el pueblo
de Dios, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Con razón suman
“millones de millones” (v.11b). Qué privilegio para Juan escuchar a la
creación alabar al Señor Jesús (v.13).

-​ Es una alabanza enérgica. El número incontable de criaturas y personas


estaban dando gloria al Cordero de Dios, y lo hacían “a gran voz” (v.12a). El
sonido debió haber sido ensordecedor.

-​ Es una alabanza detallada. Con el fin de rendirle la gloria debida a Su


nombre, las criaturas decían: “El Cordero que fue inmolado es digno de
tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la
alabanza” (v.12b). Luego, el resto de la creación complementó la adoración
celestial, exclamando: “Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la
alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos” (v.13).

REFLEXIÓN: A la luz de esa doxología celestial, ¿cómo se compara nuestra alabanza


y adoración? ¿Le damos a Dios la gloria debida a Su nombre cada día de nuestra
existencia? Nuestra salvación y vida eterna vienen de Él, y por lo tanto lo menos
que podemos hacer es glorificarle diariamente de todo corazón.

Además de merecer toda la gloria, el Señor Jesús merece todo el “imperio”. La


palabra en griego es ‘kratos’ que significa “poder” o “dominio”. El apóstol Pedro
expresa el mismo sentimiento acerca del Señor en su carta. Primero exclama: “a
quien pertenecen la gloria y el imperio” (1 P. 4:11), y luego concluye su carta
declarando: “A Él sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos” (1 P. 5:11).
Cristo merece ejercer el dominio y la autoridad sobre todo lo creado, no solo porque
es el Creador sino también por lo que Él hizo a favor del pueblo de Dios en la cruz
(ver vv.5b-6a).

En Mateo 28:18, el Señor afirma: “Toda potestad Me es dada en el cielo y en la


tierra”. El término, “potestad”, es ‘exousia’ y tiene el sentido de “autoridad”. La
autoridad de Cristo para gobernar sobre toda la creación se debe al poder
(‘kratos’) que Dios el Padre le concedió cuando resucitó de los muertos y ascendió
al cielo. Pablo habla de ello en la siguiente manera: “y cual la supereminente
grandeza de Su poder [‘dunamis’] para con nosotros los que creemos, según la
operación del poder de Su fuerza [‘kratos’]” (Ef. 1:19). Gracias a ese poder, Cristo
gobierna y ejerce Su autoridad, y lo hará hasta que haya sometido todos Sus
enemigos debajo de Sus pies (1 Co. 15:24-28).

La doxología al fin del v.6 surge como el desborde de todas las emociones que Juan
sintió al describir a Cristo y lo que Él hizo por nosotros (vv.5-6a). Pero al mismo
tiempo, el apóstol estaba pensando en sus lectores, queriendo animarlos. Él quería
que ellos entendieran que la persecución que estaban experimentando, y aun el
encarcelamiento suyo en Patmos, no se debió a la impotencia de Cristo, sino que
era parte de Su soberano plan. Como el Señor le dijo a Pablo por medio de
Ananías: “Yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por Mi nombre” (Hch.
9:16). Pablo sufrió mucha persecución durante su ministerio apostólico porque así
lo determinó Aquel que ejerce el dominio absoluto sobre toda la creación. Lo mismo
es cierto del sufrimiento de la Iglesia a lo largo de los siglos, tal como Juan lo
describe en el libro de Apocalipsis. Las diversas experiencias del pueblo de Dios se
deben al dominio de Cristo, y a Su criterio acerca de cómo gobierna y ejerce

31
autoridad sobre todo lo creado. Él permite el sufrimiento de Su Iglesia para lograr
dos grandes propósitos: resaltar la maldad de los seres humanos y purificar a la
Iglesia por medio de sus sufrimientos.

REFLEXIÓN: Si estamos sufriendo en alguna manera por ser creyentes,


reconozcamos que esos sufrimientos vienen por orden del Señor Jesús, quien
gobierna sobre toda la creación para el bien de la Iglesia. Lo que debemos hacer es
pedir a Dios la gracia para soportar esos tiempos de dolor, dándole la gloria y la
honra que Él merece.

Además de ser parte de una doxología, las dos palabras, “gloria e imperio”, apuntan
a los propósitos principales de nuestra salvación, que son glorificar a Dios y
devolverle el dominio sobre la tierra. Pablo destaca el primer propósito en Efesios
1:3-14, cuando habla de las bendiciones espirituales que tenemos en Cristo y
enfatiza que el plan de salvación es “para alabanza de la gloria de Su gracia” (Ef.
1:6, 12, 14). En última instancia, Dios no nos salva para nuestro bien sino para Su
gloria, y es muy importante recordar eso. En segundo lugar, Dios obra nuestra
salvación con el fin de restablecer Su reino en la tierra. Pablo lo menciona en 1
Corintios 15:24, “Luego, el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando
haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia” (ver también el v.26).
Demos gracias a Dios que nuestras vidas sirven para cumplir esos dos grandes
propósitos divinos.

Apo. 1:7a​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Día 13

“He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá”

A lo largo de los siglos, aunque la Iglesia se ha extendido a todo el mundo, la


mayoría de la raza humana rechaza el evangelio de Cristo. Los seres humanos
prefieren vivir en el pecado y la rebeldía espiritual antes que arrepentirse y volver a
Dios. Es más, se burlan del concepto de la Segunda Venida del Señor y el juicio
final, diciendo: “¿Dónde está la promesa de Su advenimiento? Porque desde el día
en que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el
principio de la creación” (2 P. 3:4). Sin embargo, Juan declara categóricamente al
inicio de Apocalipsis: “He aquí que viene…” (v.7a). Esta es la primera vez que Juan
usa la frase, “He aquí”, que repetirá a lo largo del libro de Apocalipsis. La palabra en
griego es ‘idou’, que es el imperativo del verbo ‘eido’ y quiere decir, “mira”. Es un
término que llama la atención y nos invita a contemplar o a pensar en algo
importante. Juan usará esta palabra veintinueve veces más en Apocalipsis (Apo.
1:18; 2:10, 22; 3:8, 9; etc.).

El que viene es el Príncipe de los reyes de la tierra (v.5), a quien pertenecen gloria
y poder (v.6b). La forma verbal que Juan usa significa “está viniendo”, y da a
entender que el glorioso Señor ya está en camino y pronto llegará. Llegará para
juzgar el mundo y hacer justicia entre las naciones. Como afirma el salmista en
repetidas ocasiones: “Jehová reina” (Sal. 99:1; ver 93:1-2; 96:10-13), añadiendo:
“Temed delante de Él, toda la tierra” (Sal. 96:9). “Las revoluciones que sacuden las
naciones, y llenan el mundo de sangre y desolación, son las pisadas de Su
providencia. El Señor allana los montes y eleva los valles, preparando el camino
para la llegada de Su reino. El cumplimiento de Sus planes es terrible para Sus
enemigos. Él pone a un lado todas las esperanzas humanas, y destruye las
expectativas de los altivos, escribiendo “Vanidad” sobre todos los esquemas
humanos. Para aquellos que no tienen parte ni suerte en la gracia y la paz del
evangelio, el obrar de la providencia divina es algo espantoso” (Ramsey).

32
Los pecadores no quieren que el Señor venga, pero Él va a venir y los
desobedientes no podrán hacer nada para detenerlo. Cristo viene para quitar todos
los obstáculos que han obstruido Sus triunfos y para eliminar todos aquellos
sistemas de pensamiento que se levantan contra el conocimiento de Dios. Además,
viene para erradicar toda injusticia y toda apostasía espiritual, para quebrantar
todos los poderes orgullosos de este mundo, y para llenar la Tierra de Su gloria.

Es más, Él vendrá “con las nubes, y todo ojo le verá”. Cristo mismo lo recalca al fin
de Apocalipsis: “He aquí Yo vengo pronto, y Mi galardón conmigo, para
recompensar a cada uno según su obra” (Apo. 22:12). Hay muchos ateos ahora,
pero no habrá ningún ateo cuando Cristo venga por segunda vez, porque todo ojo
lo verá, toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor
(Fil. 2:10-11).

En el libro de los Hechos leemos que cuando Cristo volvió al cielo “fue alzado, y le
recibió una nube que le ocultó de sus ojos” (Hch. 1:9). Juan fue testigo de ello, y
escuchó las palabras de los ángeles que dijeron a los apóstoles: “Este mismo
Jesús…vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hch. 1:11). Se fue en una nube y
volverá “con las nubes”, como el apóstol afirma en este versículo.

Las palabras de Juan revisten mayor significado cuando consideramos otros pasajes
que relacionan la manifestación de Dios con las nubes. Por ejemplo, cuando Israel
salió de Egipto, Moisés testifica que “Jehová iba delante de ellos en una columna de
nube” (Ex. 13:21). Posteriormente, cuando Dios quiso resaltar Su gloria y poder, se
manifestó en una nube resplandeciente. Moisés lo advirtió de antemano, diciendo:
“a la mañana veréis la gloria de Jehová” (Ex. 16:7), y así ocurrió. Moisés dio
testimonio de ello: “he aquí la gloria de Jehová apareció en la nube” (Ex. 16:10).
Unas semanas después, Dios se manifestó otra vez ante el pueblo de Israel en una
nube espesa, en el monte Sinaí (Ex. 19:9, 16). A partir de ese momento, los hijos
de Israel relacionaron la presencia de Dios con las nubes del cielo, considerando
que ellas representan la gloria y la majestad de Dios (ver Ex. 24:16; 40:34; 1 R.
8:11; Sal. 18:12; 97:2). Tal es la grandeza de Dios que el profeta Nahum afirma
que “las nubes son el polvo de Sus pies” (Nah. 1:3); es decir, Dios camina por los
cielos cual gigante, generando nubes al pasar, tal como las pisadas de una persona
generan pequeños movimientos de polvo en la tierra.

A la luz de esos versículos, las siguientes palabras de Daniel, que describen


anticipadamente lo que sucederá después de la derrota del Anticristo, revisten
mucha importancia: “con las nubes venía uno como un hijo de hombre, que vino
hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de Él” (Dn. 7:13). La
referencia a las “nubes” apunta a la gloria y majestad de la Persona que se acercó
al Anciano de días. No era un simple ser humano. El Señor citó ese pasaje en Mateo
26:63-64, cuando fue presionado a declarar Su identidad (ver Mt. 24:30). Al citar
las palabras de Daniel 7:13, Jesús se identificó como el Hijo de Hombre celestial
que un día vendría con las nubes para acabar con la historia de este mundo y
juzgar a los pecadores (ver Apo. 14:14). Su afirmación fue tan radical que las
autoridades judías lo condenaron a morir (Mt. 26:65-66).

A la luz de todo lo expuesto, podemos afirmar que la frase “con las nubes” no debe
ser tomada literalmente, sino como un sinónimo de “la gloria de Dios”. Juan no está
diciendo que cuando Cristo venga por segunda vez, lo hará en medio de una
situación climatológica de mucha nubosidad, sino que vendrá rodeado de gloria y
esplendor. Eso queda confirmado por lo que el Señor dijo en Mateo 16:27, “Porque
el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de Su Padre con Sus ángeles” (ver los
pasajes paralelos en Mc. 8:38 y Lc. 9:26). En dichos pasajes paralelos, las palabras
“en la gloria de Su Padre” son reemplazadas por la frase “en las nubes”. Mateo

33
25:31 y los pasajes paralelos en Marcos y Lucas lo confirman, porque aunque el
pasaje en Mateo omite la referencia a las nubes, afirmando: “Cuando el Hijo del
Hombre venga en Su gloria, y todos los santos ángeles con Él”, los otros dos
Evangelios los mencionan: “Entonces verán al Hijo del Hombre, que vendrá en una
nube con poder y gran gloria” (Lc. 21:27; Mc. 13:26)11. Eso indica que las dos
frases son complementarias, y nos llevan a la conclusión que cuando Cristo venga
por segunda vez no será rodeado necesariamente de nubes, sino que vendrá con
gran gloria.

Cuando Cristo vino por primera vez, Él nació en la pequeña aldea de Belén y Su
venida pasó casi por desapercibido. Sin embargo, cuando el Señor venga por
segunda vez “todo ojo le verá”. Su venida será como el relámpago que ilumina a
todos, y nadie se escapará de Su presencia. El Señor vendrá en tal manera que
todo ser humano tendrá que reconocerlo. No está claro cómo eso ocurrirá, puesto
que Cristo vendrá con cuerpo glorificado y Su presencia estará localizada en alguna
parte de la Tierra. Algunos suponen que la manifestación universal de Cristo será
gracias a los medios de comunicación vigentes en ese tiempo. Sea como fuera, lo
importante no es cómo ocurrirá, sino el hecho que Su venida será universalmente
reconocida. Nadie podrá escaparse de la realidad de la Segunda Venida del Hijo del
Hombre a la Tierra. Será algo tan impactante que, como testifica Juan
posteriormente en Apocalipsis: “los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los
capitanes, los poderosos, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas y
entre las peñas de los montes, y decían a los montes y a las peñas: “Caed sobre
nosotros, y escondednos del rostro de Aquel que está sentado sobre el trono, y de
la ira del Cordero” (Apo. 6:15-16). Cuando el Señor retorne a la Tierra, los que hoy
en día se burlan de la fe cristiana y niegan la existencia de Dios, harán todo lo
posible por huir de la presencia de Dios. Sin embargo, no podrán hacerlo, sino que
tendrán que mirar a Dios cara a cara, y lo harán con gran temor y temblor.

REFLEXIÓN: ¿Cuál es nuestra actitud hacia el Señor Jesús? ¿Sentimos una


reverencia ante Su presencia o lo tratamos como si fuera nuestro siervo, llamado a
cumplir todos nuestros anhelos y deseos? Dios nos ayude a meditar sobre la gloria
y la majestad del Rey de reyes, y vivamos en tal manera que Su Segunda Venida
no nos llene de temor, sino de gran gozo y alegría.

Apo. 1:7c​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Día 14

“y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por Él.
Sí, amén”

Estas palabras son tomadas de Zacarías 12:10-12, donde el profeta describe los
eventos relacionados con el juicio de Dios sobre los enemigos de Su pueblo (Zac.
12:7-9). En el contexto de Zacarías 12, el lamento es el resultado de la gracia de
Dios obrando en Israel y generando un espíritu de arrepentimiento: “derramaré
sobre la casa de David y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de
oración” (Zac. 12:10a). Por lo tanto, el llanto que Zacarías describe es uno de
arrepentimiento, expresando tristeza por haber crucificado al Mesías. En otras

11
Es interesante notar el uso de diferentes preposiciones para relacionar la venida de Cristo con las
nubes. En Apocalipsis 1:7, Juan usa la preposición ‘meta’, que significa “con”; sin embargo, en Mateo
24:30; 26:64 y Apo. 14:14, la preposición es ‘epi’, que significa “sobre”, mientras que en Marcos 13:26 y
Lucas 21:27, la preposición es ‘en’, que significa “en”.

34
palabras, lo que Zacarías 12:10-12 describe es el cumplimiento de la profecía de
Pablo en Romanos 11:25-26 acerca de un avivamiento espiritual entre los judíos en
los últimos tiempos.

Juan adapta las palabras de Zacarías, las universaliza y las aplica al lamento de las
naciones cuando Cristo venga por segunda vez. En el contexto histórico de
Zacarías, el “linaje” (Zac. 12:12-14) es el conjunto de personas que integran las
diversas tribus de Israel, mientras que aquí en Apocalipsis 1:8 los que lamentan
son “todos los linajes de la tierra”. El lamento de los gentiles no proviene de una
convicción de pecado, como en el caso de los judíos que se convertirán en los
últimos tiempos, sino de una conciencia que los condena. La interpretación que
Juan hace del pasaje en Zacarías se basa sobre las palabras del Señor en Mateo
24:30, cuando Él cita el mismo pasaje de Zacarías y lo universaliza, aplicándolo a
los gentiles.

A primera vista, la frase, “los que le traspasaron”, señala el grupo de personas


responsables por la muerte del Mesías sobre la cruz, y específicamente a los
soldados romanos que abrieron el costado del Señor con una lanza (Jn. 19:34-37).
En el evangelio que lleva su nombre, Juan cita las palabras de Zacarías 12:10,
“mirarán a Mí, a quien traspasaron”, y las aplica a la muerte de Cristo: “Mirarán al
que traspasaron” (Jn. 19:37)12. Sin embargo, aquí en Apocalipsis 1:7, la frase tiene
un significado más amplio, tal como en Zacarías 12:10-14, y apunta no solo a los
que participaron personalmente en la crucifixión de Cristo, sino a toda la nación de
Israel.

En Mateo 27:54 leemos de un hombre que se arrepintió de haber participado en la


muerte de Cristo. Se trata del centurión romano quien, luego de presencia los
eventos relacionados con la muerte del Señor, exclamó: “Verdaderamente éste era
Hijo de Dios”. Posteriormente, a partir del Día de Pentecostés, muchos judíos
también se arrepintieron (Hch. 2:37-41; 4:4; 5:14; 6:7). No obstante, será en los
últimos tiempos que la mayoría de la nación de Israel se lamentará de lo que sus
conciudadanos hicieron, y se arrepentirá en medio de gran dolor y lamento.

A pesar de ello, cuando el Señor venga por segunda vez, la mayoría de los gentiles
se habrá endurecido espiritualmente y habrá rechazado el evangelio. Por eso
leemos que cuando Cristo se manifieste en gloria y majestad, “todos los linajes de
la tierra harán lamentación por Él” (v.7b). En Apocalipsis 6:15-16 leemos de ese
gran lamento, cuando toda la población humana procurará esconderse de la ira del
Cordero. En el idioma original, el verbo traducido “harán lamentación” es ‘kopto’
que significa “golpear” o “cortar”, y se usa de lamentar la muerte de un ser querido
(Lc. 8:52).

Aunque algunos comentaristas interpretan el lamento de las naciones como un


lamento de arrepentimiento, conforme al contexto de Zacarías 12:10-12, las
palabras de Cristo en Mateo 24:30 contradicen esa interpretación. En ese pasaje, el
Señor enseña que cuando Él vuelva a la Tierra habrá muy pocos creyentes
esperándolo (Mt. 24:37-39; Lc. 18:8). Por lo tanto, la Segunda Venida será un día
de lamento universal. La mayor parte de la población humana, particularmente los
gentiles, llorará amargamente porque se dará cuenta de la verdad del evangelio y
de su insensatez por haber rechazado la gracia de Dios. Sin embargo, al mismo
tiempo un gran número de judíos llorará con lágrimas de arrepentimiento, afligidos
por haber crucificado al Mesías, pero aceptándolo como su Rey y Salvador, en el
contexto de la Gran Tribulación de los últimos tiempos.

12
En el Salmo 22:16 leemos, “Horadaron Mis manos y Mis pies”, y en Isaías 53:5 dice, “Mas Él herido fue
por nuestras rebeliones”.

35
Para recalcar la certeza de ese evento, Juan concluye el párrafo escribiendo: “Sí,
amén”, que significa “Categóricamente sí, así será”. Al hacerlo, Juan junta una
expresión griega y una expresión hebrea para declarar enfáticamente su
conformidad con lo que el Espíritu Santo le inspiró a escribir. La palabra ‘nai’ es la
forma griega de decir “sí” (ver Apo. 14:13; 16:7, “Ciertamente”; y 22:20),
mientras que la palabra ‘Amen’ es la transliteración de un término hebreo que
significa, “Así es”.

REFLEXIÓN: Es muy importante que estemos preparados para el retorno del Señor.
Si no queremos lamentarnos cuando vuelva, debemos dedicarnos a Su causa y
cumplir las tareas que Él nos encomendó hacer (Mt. 24:45-51). Tomemos un
momento ahora para preguntarnos: “Si el Señor volviera en este momento, ¿será
motivo de gozo o de preocupación para nosotros?” Vivamos en tal manera que se
pueda decir de nosotros: “Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor
venga, le halle haciendo así. De cierto os digo que sobre todos sus bienes le
pondrá” (Mt. 24:46-47).

El libro de Apocalipsis anima a todo ser humano a alzar su mirada al cielo y meditar
sobre aquel momento en que Cristo vendrá en gloria para juzgar a los vivos y a los
muertos. Si somos creyentes, la mirada hacia el cielo nos animará a dedicarnos
más a las cosas de Dios y alejarnos de las distracciones del mundo; pero si no
somos creyentes, la mirada hacia el cielo nos desafiará a evaluar nuestras vidas y
reconocer nuestros pecados delante de Dios. Pidamos al Señor la gracia necesaria
para meditar profundamente sobre el fin del mundo, no solo para nuestro bien
espiritual, sino para motivarnos a animar a los que nos rodean a hacerlo también,
para su bien espiritual.

Será sumamente triste para la raza humana lamentar la manifestación de Aquel


que entregó Su vida por nosotros, los pecadores. Llorarán amargamente por haber
menospreciado un Salvador tan glorioso, por haber rechazado una salvación tan
grande, y por haber malgastado el tiempo de la gracia. En ese día, lo único que les
quedará por delante será “una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego
que ha de devorar a los adversarios”, porque “Horrenda cosa es caer en manos del
Dios vivo” (Heb. 10:27 y 31).

Apo. 1:8​ ​ ​ ​ ​
​ ​ ​ ​ Día 15

“Yo soy el Alfa y la Omega, principio y


fin, dice el Señor, el que es y que era y
que ha de venir, el Todopoderoso.”

Las palabras de Juan en los vv. 4 al 7 dan lugar a estas palabras de Cristo, en el
v.8, que marcan el fin de la introducción al libro de Apocalipsis. El apóstol concede
al Señor la última palabra, para que los lectores escuchen lo que el glorioso Rey
tiene que decir, el que vendrá con las nubes en gran gloria y majestad.

Las palabras del Señor constituyen una descripción de quién Él es: “Yo soy el Alfa y
la Omega, principio y fin…el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso”
(v.8). Como ya hemos visto, el v.5 describe al Señor y pone el énfasis sobre la
identidad de Cristo en Su accionar (“el testigo fiel…”). Sin embargo, en este
versículo, el Señor se describe a Sí mismo en Su esencia, haciendo referencia a lo
que Él es por encima de lo que Él hace. En términos teológicos, el v.5 describe a

36
Cristo en Su “economía”, lo que Él hace, mientras que aquí en el v.8, tenemos la
“ontología” de Cristo; es decir, lo que Él es en Su esencia divina.

Al igual que un rayo de luz está compuesto por varios colores, Cristo tiene muchos
títulos, y el v.8 nos permite ver algunos de los matices que en su conjunto
conforman la grandeza de la Persona del eterno Hijo de Dios.

Las palabras “Alfa” y “Omega” señalan la primera y la última letra del alfabeto
griego, equivalente a la “a” y la “zeta” del abecedario español. La Reina Valera
coloca ambas palabras con mayúscula, dando a entender que son nombres o títulos
de Cristo. Sin embargo, es mejor tomar la frase como un modismo hebreo,
sinónimo de “principio y fin”. El profeta Isaías usó esa forma de hablar de Dios,
diciendo: “Yo soy el primero, y Yo soy el postrero” (Is. 44:6; ver también Is.
48:12). Apocalipsis 22:13 reúne todas esas características, cuando el Señor
declara: “Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último”.

En el tiempo de Cristo, cuando los rabinos querían expresar el inicio y el final de


cualquier asunto usaban la primera y la última letra del alfabeto hebreo: ‘alef’ y
‘tau’ (ver Sal. 119:1 y 169). Por lo tanto, en la cultura judía, decir: “del ‘alef’ al
‘tau’”, equivalía a decir: “la totalidad de algo” o “la suma del asunto”. Por ejemplo,
la frase rabínica: “Adán transgredió toda la ley de Dios de alef a tau” significa que
quebrantó la ley de Dios en su totalidad. De igual modo, la frase: “Abraham guardó
la ley de Dios de alef a tau”, significa que la guardó completamente. Un tercer
ejemplo sería el uso de esa frase en la expresión: “Cuando el Dios bendito
pronunció una bendición sobre Israel, lo hizo desde alef a tau”, que significa,
perfectamente.

Puesto que Juan escribió el Apocalipsis en griego, simplemente sustituyó las letras
hebreas por las griegas. Eso significa que al decir que Él era “el Alfa y la Omega,
principio y fin”, el Señor estaba diciendo mucho más que simplemente: “Yo estuve
en el comienzo y estaré al final de todas las cosas”. Las palabras de Cristo significan
que Él es el principio y el fin de todas las cosas, y que todo lo que existe está en Él.
El eterno Hijo de Dios abarca todas las cosas que existen, tanto en el mundo
material como en el mundo espiritual. Todo cuanto existe tuvo su comienzo en Él y
alcanzará su fin en Él, y todo lo que ocurre entre el comienzo y el final de la
creación se debe a Él. No hay mejor forma de afirmar, en forma sucinta, tres
grandes verdades acerca de Cristo: Su eternidad, Su infinidad y Su absoluta
soberanía. Por consiguiente, la declaración, “Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin”,
es una confirmación de la deidad de Jesucristo.

REFLEXIÓN: Si Cristo es “el Alfa y la Omega, el principio y el fin”, entonces Él debe


ser el Señor absoluto de nuestras vidas. ¿Lo entendemos así? ¿Estamos dispuestos
a reconocer que nuestras vidas están escondidas con Cristo en Dios (Col. 3:3), y
que todo lo que hacemos, lo debemos hacer en obediencia a las órdenes del Señor?
La esencia del pecado es actuar independientemente de Dios, y la esencia de la
vida cristiana es decir con Pablo, “ya no vivo yo mas vive Cristo en mí; y lo que
ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se
entregó a Sí mismo por mí” (Ga. 2:20). ¿Estamos viviendo a la luz de estos
principios?

Luego de citar las palabras de Cristo, Juan concluye la introducción recalcando la


divinidad de Jesús. Lo hace en dos maneras: primero emplea una frase que usó
anteriormente (v.4) para describir a Dios el Padre, “el que es y que era y que ha de
venir” (v.8b), y luego afirma que Cristo es “el Todopoderoso” (v.8b). Este segundo
título viene del Antiguo Testamento, donde los autores sagrados lo aplican a Dios
(ver Gn. 17:1; 28:3; Rt. 1:20-21; Job 5:17; Is. 13:6; etc.), usando el término
‘shadai’. La versión del Antiguo Testamento en griego, conocida como la

37
Septuaginta, traduce esa palabra en diversas maneras, pero en ciertos pasajes usa
la palabra que Juan emplea aquí: ‘pantokrator’ (ver Job 5:17; 15:25; 22:25).

En el Nuevo Testamento, las únicas dos personas que usan ese título son Pablo y
Juan. Pablo lo menciona en solo una oportunidad, cuando cita un pasaje del Antiguo
Testamento (2 Co. 6:18)13, mientras que Juan lo usa nueve veces en Apocalipsis
(Apo. 1:8; 4:8; 11:17; 15:3; 16:7, 14; 19:6, 15; 21:11). Eso señala el deseo de
Juan de enfatizar la deidad de Cristo, que es uno de los pilares de la doctrina de la
Trinidad.

NOTA ADICIONAL

La Trinidad en Apocalipsis

Es significativo que el último libro de la Biblia comienza con una serie de


afirmaciones que apuntan a la doctrina de la Trinidad (Apo. 1:4-8). Eso se debe al
contexto histórico en que Juan escribió Apocalipsis. Lo hizo a fines del primer siglo,
cuando una secta llamada los ebionitas estaba afectando la Iglesia. Los ebionitas
eran judíos que creían que Jesús era el Mesías, pero negaban Su divinidad, y
también negaban la personalidad del Espíritu Santo. Dios usó al apóstol Juan para
afirmar la deidad del Señor Jesús y al mismo tiempo identificar al Espíritu Santo
como una Persona distinta al Padre y al Hijo. Esa es una de las razones por la que
Juan es conocido como “el Teólogo”, porque en sus escritos tenemos un mayor
número de pasajes que apuntan a la Trinidad que en el resto del Nuevo
Testamento.

Por ser una parte esencial de la gloria de Dios, tomaremos un momento para
sustentar la doctrina de la Trinidad a la luz del libro de Apocalipsis, entendiendo que
ese libro fue escrito para exaltar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

1.​ LA AFIRMACIÓN DE LA DOCTRINA

La doctrina de la Trinidad se podría definir de la siguiente manera: “Tal como Dios


es uno solo en esencia, la Deidad está conformada por tres Personas que son a la
vez distintas la una de la otra, pero igual en dignidad y esencia. Esas Personas son
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y ellos subsisten y trabajan en perfecta unidad
y coordinación”.

La unidad esencial de la Trinidad se expresa por el uso singular de la palabra “Dios”


en Apocalipsis. Sin embargo, al mismo tiempo ese único y perfecto Dios existe en
tres Personas, como vemos en cada una de las cartas a las siete iglesias. Cada
carta nace en el corazón del Padre, como inferimos de Apocalipsis 1:1; sin
embargo, es enviada por medio de Dios el Hijo, quien le indica a Juan lo que debe
escribir (Apo. 1:11; 2:1, 8, 12, 18, etc.). Además, cada carta concluye con una

13
El pasaje que Pablo cita es 2 Samuel 7:14, aunque habría que notar que el apóstol cambia el singular,
“Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo”, por una forma plural: “Yo seré para vosotros por Padre, y
vosotros me seréis hijos e hijas”, bajo la influencia de textos como Jeremías 31:1 y Oseas 1:10. Sin
embargo, la frase, “Señor Dios Poderoso” viene de 2 Samuel 7:8, y es la traducción al griego del nombre,
“Jehová de los ejércitos”, tal como está en la Septuaginta.

38
afirmación a prestar atención a lo que “el Espíritu dice a la iglesia” (Apo. 2:7, 11,
17, etc.).

Lo que está implícito en cada carta, se nota con mayor claridad en la carta a la
iglesia en Sardis, que comienza con las palabras: “El que tiene los siete espíritus de
Dios…dice esto” (Apo. 3:1). El que está hablando es Dios el Hijo, y Él afirma tener
al Espíritu Santo; sin embargo, ese Espíritu es descrito como “los siete espíritus de
Dios”, es decir, es el séptuple Espíritu de Dios el Padre.

Tenemos algo parecido en la carta a Filadelfia, porque en Apocalipsis 3:12 leemos:


“Al que venciere, Yo le haré columna en el templo de Mi Dios…y escribiré sobre él el
nombre de Mi Dios…”. Una vez más, el que habla es Dios el Hijo y Él hace referencia
a “Mi Dios”, que obviamente es Dios el Padre. Al mismo tiempo, la carta concluye
con una referencia a Dios el Espíritu Santo (Apo. 3:13).

De igual modo, la carta a Laodicea apunta a la Trinidad (Apo. 3:14-22). En el v.14,


Dios el Hijo se presenta como “el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la
creación de Dios”. Sin embargo, en el v.21 el Hijo habla de Dios el Padre, al decir:
“como Yo he vencido y Me he sentado con Mi Padre en Su trono”. Una vez más, la
carta termina con una referencia a la tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu
Santo (v.22).

Finalmente, el cuadro del trono celestial, en Apocalipsis 4-5, distingue claramente


entre las tres Personas de la Trinidad. Por un lado, tenemos a Dios el Padre sentado
sobre Su trono (Apo. 4:2-3), distinguido de Dios el Espíritu Santo quien está
delante del trono (Apo. 4:5). Luego en el capítulo cinco tenemos a Dios el Hijo
acercándose para tomar el rollo de la mano de Dios el Padre (Apo. 5:5-7).

De esa manera, el libro de Apocalipsis da testimonio de la existencia de la Trinidad.


Juan afirma que cada una de las tres Personas comparte la misma esencia de Dios
y los mismos atributos divinos, sin embargo, las tres Personas se distinguen entre
ellas y ninguna Persona es más Dios que los otros.

Teológicamente, las tres Personas se distinguen en Su modo de existencia. El Padre


subsiste por Sí mismo, y a la vez engendra a Dios el Hijo en la eternidad, en tal
manera que siempre fue Padre y nunca estuvo sin Su Hijo. Por Su parte, el Hijo no
se engendró a Sí mismo, sino que fue engendrado por Dios el Padre, y existe como
la segunda Persona de la Trinidad. El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo,
por eso se le llama el Espíritu de Dios, y está delante del trono del Padre; sin
embargo, al mismo tiempo se dice de Cristo que Él tiene los siete espíritus de Dios
(Apo. 3:1). El Espíritu Santo subsiste como la tercera Persona de la Trinidad. Él no
engendra, sino es engendrado por el Padre y por el Hijo, en la eternidad, en tal
manera que el Padre y el Hijo nunca estuvieron sin Su Espíritu.

2.​ LA IMPORTANCIA DE LA DOCTRINA DE LA TRINIDAD

A lo largo de la historia de la Iglesia algunos cristianos han negado la importancia


de la doctrina de la Trinidad, alegando que carece de importancia porque no está
explícitamente definida en la Biblia. Sin embargo, creemos que negar la realidad de
la Trinidad y restar importancia a esa doctrina es un grave error, por las siguientes
razones.

a.​ La declaración que Juan hace de las tres Personas de la Trinidad, en


Apocalipsis 1:4-5, sumado a todos los textos citados de las cartas a las siete
iglesias y la descripción que tenemos del trono celestial en Apocalipsis 4 y 5,

39
indican que la doctrina de la Trinidad goza de mucho sustento bíblico. La
enseñanza que hallamos en Apocalipsis, se encuentra en el resto del Nuevo
Testamento.

b.​ Por ser una doctrina que afecta directamente nuestro concepto de Dios debe
ser considerada una de las doctrinas más importantes de la fe cristiana. Por
lo tanto, lejos de menospreciarla o considerarla de poca importancia,
debemos tomarla muy en alto y proclamarla constantemente. Nada menos
que la gloria de Dios y la veracidad de la revelación divina está en juego.

c.​ Si negamos la doctrina de la Trinidad, ¿cómo podemos creer en Dios y


adorarle? Nuestra comunión con Él depende de tener un conocimiento
verdadero de quién Él es, tal como se ha revelado en las Escrituras. Si
negamos la doctrina de la Trinidad estamos negando la veracidad de la
Biblia, y por lo tanto estamos cuestionando la confiabilidad de Dios, quien
reveló las Escrituras.

d.​ La doctrina de la Trinidad afecta directamente nuestra salvación, porque


nuestra salvación depende de la deidad del Salvador. Si le quitamos Su
deidad, debilitamos la obra de salvación de tal modo que la eliminamos por
completo. ¿Cómo podemos acercarnos a Dios a través del Mediador, si el
Mediador es una criatura, igual que nosotros?

e.​ El bautismo cristiano exige la afirmación de la Trinidad, porque somos


bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

f.​ Si negamos o cuestionamos la doctrina de la Trinidad, estamos negando o


cuestionando la revelación divina, y eso es sumamente peligroso. No hay
duda que la Trinidad es una doctrina profunda y difícil de entender
cabalmente, pero negarla o minimizarla no es correcto, porque Dios exige
que nos sometamos a Su revelación tal como está en las Escrituras, y no
debemos negar la Trinidad simplemente porque no podemos entenderla.

Apo. 1:9a​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Día 16

“Yo Juan, vuestro hermano y copartícipe vuestro en la tribulación, en el reino y


en la paciencia de Jesucristo…”

Luego del prólogo (vv.1-3) y el saludo (vv.4-8), el apóstol Juan comienza el cuerpo
del libro, y lo hace presentándose a sí mismo (v.9) y describiendo el contexto en el
que escribe esta carta. El único autor de la Biblia que se presenta de esa manera es
Daniel (Dn. 9:2 y 10:2), un hecho que constituye uno de los muchos puntos de
convergencia entre Daniel y Apocalipsis.

Juan no se presenta formalmente como un apóstol, sino en términos muy sencillos,


describiéndose como “vuestro hermano”. La edad que tenía, sumado al prestigio de
ser el único apóstol que seguía con vida, hizo innecesario reclamar su autoridad
apostólica. Más bien, la humildad con que se presentó confirmó su identidad,
porque tanto en sus cartas como en su evangelio, el apóstol Juan evidenció gran
humildad y sencillez de corazón. En el Evangelio que lleva su nombre, se presenta
como un “discípulo” (Jn. 21:24), y en sus cartas, se describe simplemente como el
“anciano” (2 Jn. 1; 3 Jn. 1).

40
Al usar el término, “hermano”, Juan estaba colocándose al mismo nivel que los
lectores. La época apostólica ya había pasado y Juan valoraba más la relación que
tenía con su familia espiritual, la Iglesia, que la posición que ejercía sobre ella. Para
él era más importante ser un verdadero hijo de Dios que ser un apóstol.

REFLEXIÓN: ¿Qué es lo más importante en nuestra vida? Podemos tener muchas


bendiciones de parte de Dios, pero de todas ellas la más importante es nuestra
salvación. En cuanto a la salvación, todos somos iguales, porque nadie es más salvo
que otro. Por lo tanto, valoremos esa igualdad que tenemos como hermanos en
Cristo y evitemos jactarnos de aquellas cosas que son secundarias.

Una de las características de buenos hermanos es que comparten todas las cosas
con sus familiares. Juan era así. Aunque estaba en Patmos por causa del evangelio,
eso no lo hacía alguien especial. Los demás creyentes también estaban sufriendo, y
Juan se describe a sí mismo como “copartícipe vuestro en la tribulación, en el reino
y en la paciencia de Jesucristo”. En esa descripción tenemos tres temas importantes
que se irán repitiendo a lo largo del libro de Apocalipsis: sufrimiento, reino y
paciencia.

Antes de analizar esos temas en mayor detalle, debemos notar en las palabras de
Juan el cumplimiento de una advertencia que Cristo le dio años atrás. Durante Su
ministerio terrenal, Juan y su hermano, Jacobo, pidieron al Señor el privilegio de
ocupar los puestos de mayor importancia en el reino de Dios (Mr. 10:35-37). Ante
ese pedido, el Señor les preguntó, “¿Podéis beber del vaso que Yo bebo o ser
bautizado con el bautismo con que Yo soy bautizado?” (Mr. 10:38). Es decir,
“¿Podrán soportar la clase de sufrimiento que Yo enfrentaré, al morir en la cruz,
para establecer el reino de Dios?”. Ellos, sin entender lo que estaban afirmando,
respondieron: “Podemos”, y el Señor confirmó que eso era lo que iba a pasar (Mr.
10:39). Jacobo enfrentó su momento de tribulación cuando fue ejecutado por
Herodes (Hch. 12:1-2) y ahora le tocaba a Juan sufrir. Seguramente había sufrido
mucho antes, pero este tiempo en Patmos fue muy duro para él, y lo llama un
tiempo de “tribulación”.

La palabra, “tribulación”, es ‘thlipsis’, y es un término dramático porque significa el


dolor causado cuando un gran peso es colocado sobre alguien con el fin de
aplastarlo. En Apocalipsis 2:9-10, Juan usa esa palabra para describir el sufrimiento
que los creyentes en Esmirna estaban experimentando bajo la opresión de Satanás.
Posteriormente, Juan afirma que los últimos tiempos serán marcados por una “gran
tribulación” (Ap. 7:14) porque Satanás será suelto (Ap. 20:7). Eso dará lugar a un
período de sufrimiento generalizado, como leemos en Apocalipsis 9:1-6. Durante
ese tiempo, los creyentes sufrirán una persecución particular, por parte del
Anticristo y todo el sistema “babilónico” (Ap. 13:7; 17:5-6). Así que, la persecución
que Juan y los creyentes del primer siglo estaban sufriendo era solo un anticipo de
toda la tribulación que la Iglesia experimentaría a lo largo de su existencia aquí en
la Tierra.

La palabra, “reino”, señala un segundo tema importante en Apocalipsis, y explica


por qué la Iglesia sufre en este mundo. La Iglesia representa el reino de Dios que
Cristo está estableciendo, un reino que Satanás odia y quiere aplastar. A partir de
Su primera venida, y especialmente por medio de Su muerte y resurrección, el
Señor comenzó a establecer Su reino en la Tierra. Luego de hacerlo, ascendió a la
diestra del Padre para reinar desde allí sobre toda la creación (Ap. 12:10; 1 Co.
15:24-25). Sin embargo, Satanás se opone al reinado de Cristo y constantemente
ataca al pueblo de Dios. El libro de Apocalipsis indica que la rebeldía satánica
alcanzará su apogeo durante el breve reinado del Anticristo (Ap. 17:12-13, 17-18).
A pesar de ello, el Señor derrotará a todos Sus enemigos y conquistará los reinos

41
de este mundo (Ap. 11:15). Por mientras, la Iglesia sufre la “tribulación” causada
por Satanás y su reino, aunque su confianza es que un día ella será victoriosa.

El tercer tema de Apocalipsis es la paciencia de los santos. Todos los creyentes,


desde los líderes más destacados hasta el recién convertido, son miembros del
reino de Dios, y la naturaleza de ese reino exige “paciencia” (griego,
‘jupomone’14). A lo largo del Nuevo Testamento, los autores enfatizan la
importancia de la paciencia en la vida cristiana. Por ejemplo, el autor de Hebreos
nos exhorta a correr la carrera cristiana con paciencia (Heb. 12:1). Además, el
Señor afirma que debemos llevar fruto espiritual con paciencia (Lc. 8:15,
“perseverancia”). Pablo habla de servir a Dios con paciencia (2 Co. 6:4; 2 Ti. 3:10),
y los dos exhortan al creyente a soportar la persecución por causa del evangelio
con paciencia (Lc. 21:19; 2 Ts. 1:4). El mayor ejemplo de la paciencia es el mismo
Señor Jesús, y por eso el autor de Hebreos nos anima a fijar nuestra mirada en Él
(Heb. 12:2-4). Eso es exactamente lo que Juan hace aquí, al hablar de la “paciencia
de Jesucristo”, porque Su ejemplo de paciencia bajo tribulación es el modelo para
cada creyente.

La vida de Cristo, tal como la tenemos en los Evangelios, indica que trabajar a favor
del reino de Dios implica sufrimiento. Cristo entró en Su reino por medio del
sufrimiento de la cruz, y así será para todo verdadero creyente. Como declara
Pablo, “Si sufrimos, también reinaremos con Él” (2 Ti. 2:12). Hay algunos líderes
cristianos que hablan mucho de reinar, pero no aceptan la realidad del sufrimiento
aquí en la Tierra. Eso contradice la enseñanza bíblica. Las dos cosas van de la
mano, el reinado y el sufrimiento, por la sencilla razón que el reino de Cristo
coexiste por el momento con el reinado de Satanás, quien ataca implacablemente a
los integrantes del reino de Dios. Por lo tanto, la evidencia de ser un integrante del
reino de Cristo es que sufrimos en una manera u otra en esta vida. El que procura
evitar ese sufrimiento está negando su membresía del reino de Dios (2 Ti.
2:11-13).

No hay lugar a duda que las palabras de Juan fueron de mucho aliento para los
lectores del primer siglo, que estaban siendo perseguidos por su fe en Cristo. Fue
muy motivador para ellos recibir una carta del último de los apóstoles, en la que les
escribe como un hermano más y reconoce que ellos sufrían en la misma manera
que él lo hacía. El Espíritu Santo le inspiró a Juan a escribir, “Bienaventurado el que
lee, y los que oyen las palabras de esta profecía” (v.3), porque al leer textos como
el v.9, los integrantes de las siete iglesias comenzarían a sentirse alentados
espiritualmente.

Un comentarista afirma lo siguiente: “El libro de Apocalipsis revela que el reinado


de los santos, al igual que el reinado inicial de Cristo, consiste en la habilidad de
vencer por medio de no comprometer su testimonio cristiano ante las adversidades
(Apo. 2:9-11, 13; 3:8; 12:11). Lo que los creyentes deben hacer es vencer los
poderes del mal (Apo. 6:9-11), conquistar el pecado en sus vidas (Apo. 2-3), y
comenzar a reinar sobre Satanás y la muerte por medio de su unión con Cristo. Su
perseverancia en la vida cristiana, a pesar de las tribulaciones, es parte del proceso
de lograr la victoria. La tribulación es una realidad actual y seguirá siendo así para
las iglesias a corto plazo (Apo. 2:10, 22). Los tiempos difíciles exigen una fe que
persevera (Apo. 13:10; 14:12), y tal fe es necesario para evitar que las doctrinas
falsas ingresen a la Iglesia o que las diversas pruebas lleven a los creyentes a
comprometer su lealtad a Cristo (Apo. 2:2-3; 3:10)”15.

14
La palabra en griego para “tribulación” (v.9) es ‘thlipsis’ que significa “la presión producida por un gran
peso”. El término ‘jupomone’ apunta a la habilidad de resistir bajo el peso de una prueba. La esperanza
generada por la fe engendra paciencia en el creyente (Ro. 5:3; Stg. 1:3-4).
15
G. K. Beale, The Book of Revelation, pp. 201-202 (traducción personal).

42
REFLEXIÓN: Si estamos sufriendo en la vida cristiana, recordemos que tenemos
hermanos espirituales que sufren lo mismo o peor que nosotros. Recordemos
también que somos integrantes del reino eterno de Dios, y que compartimos, por la
gracia de Dios, la misma paciencia que tuvo el Señor Jesús, nuestro Hermano
Mayor. Es un gran honor ser un hijo de Dios, y no debemos desanimarnos por las
pruebas que nos vienen como creyentes. Más bien, tomemos un momento para
darle gracias a Dios por ser Sus hijos y el privilegio de ser partícipes del reino de
Cristo.

Apo. 1:9b​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Día


17

“…estaba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios y el


testimonio de Jesucristo.”

Juan pasa ahora a detallar las circunstancias particulares que vivía y que fueron el
contexto en el cual escribió el libro de Apocalipsis. En primer lugar, afirma que
“estaba en la isla de Patmos”. Patmos es una isla pequeña en el Mar Egeo, situada a
unos ochenta kilómetros al sur oeste de Éfeso, cerca de la costa de lo que ahora es
el país de Turquía. La isla medía apenas catorce kilómetros de largo y cuatro de
ancho, y habría pasado al anonimato a no ser por el encarcelamiento de Juan y la
revelación que Dios le dio en ese lugar, que resultó inmortalizando la isla. En sí,
Patmos era un lugar insignificante, rocoso, que las autoridades romanas usaban
para desterrar a los malhechores y hacerles trabajar en las minas de piedra.

Juan era un prisionero muy diferente a los demás. No era un malhechor, sino que
estaba en la isla de Patmos “por causa de la palabra de Dios y el testimonio de
Jesucristo”. Esas palabras indican que Juan soportó la presión angustiosa del
arresto y el trabajo forzado en la isla de Patmos antes que comprometer su fe en el
Señor Jesús. No se quejó de lo que estaba sufriendo, sino que evidenció su
paciencia y perseverancia escribiendo a las iglesias para animarlas y transmitir las
nuevas revelaciones que Dios le dio en la isla de Patmos.

Según Eusebio, el historiador cristiano, Juan fue arrestado por orden del emperador
Domiciano a fines del primer siglo, quien, luego de torturarlo, lo envió a Patmos. Es
difícil entender porque el Señor Jesús, siendo el soberano de los reyes de la tierra
(v.5), haya permitido que Su siervo amado fuese maltratado de esa manera por un
hombre pagano. Sin embargo, como ya hemos notado, el sufrimiento y la
persecución son parte de la realidad de los integrantes del reino de Dios en este
mundo, en el cual Dios nos llama a resplandecer como luminares, como lo expresa
Pablo en Filipenses 2:15.

Estar exiliado en Patmos fue una gran prueba para Juan. Era un lugar aislado,
donde poca gente llegaba. La vida en esa isla era muy difícil, por la escasa
vegetación y la falta de comodidades; es más, según la tradición de la Iglesia, Juan
vivía en una cueva. Para el apóstol de amor, acostumbrado a estar en contacto con
las personas, era muy difícil estar en un lugar remoto y poco frecuentado.
Extrañaba a los hermanos de las iglesias, como también la oportunidad de predicar
y hablar del Señor Jesús. Sin embargo, Juan aprovechó el exilio para meditar en el
Señor, y así se preparó para recibir nuevas revelaciones espirituales que serían de
gran aliento para el pueblo de Dios. Por la gracia de Dios, el lugar triste e inhóspito
vino a ser el sitio donde Juan recibió la más gloriosa revelación del reino de Dios y

43
de Sus propósitos para el planeta Tierra, incluyendo el destino de toda la
humanidad. Así, por 2000 años, generaciones de creyentes han sido desafiados y
bendecidos leyendo el libro de Apocalipsis. El sufrimiento de Juan produjo grandes
frutos para la gloria del Señor, y comprobó una vez más la veracidad de Romanos
8:28, que afirma que para los que aman a Dios todas las cosas ayudan para bien.

Por la maldad de Domiciano, Juan perdió la oportunidad de seguir predicando y


pastoreando la grey del Señor. El emperador Romano lo hizo a propósito, pensando
debilitar la Iglesia de Cristo. Sin embargo, puesto que Jesucristo es el soberano de
los reyes de la tierra, Domiciano descubrió que lo que él hizo con el fin de dañar el
reino de Jesús, resultó fortaleciendo ese reino, porque durante el exilio en Patmos,
Juan recibió revelaciones del futuro que sirvieron para fortalecer innumerables
generaciones de creyentes en todo el mundo. Lo que Juan no pudo hacer a favor de
las iglesias en Asia, debido a su exilio en Patmos, fue más que compensado por la
bendición de poder redactar el último libro de la Biblia. Como dice el salmista, la
soberanía de Dios es tal que hasta la ira de los hombres promueve los planes
divinos y abunda para la gloria de Dios (Sal. 76:10).

Escuchemos las palabras de un comentarista sobre este asunto:

​ “Experimentar la soledad por causa de Cristo no es lo peor que nos podría


pasar. El Señor puede hacer que eso obre para bien, porque si fuera necesario
quitar a un ministro de Dios de sus deberes públicos, Él puede convertir eso para el
beneficio personal del ministro y también para el bien de Su Iglesia. Juan no perdió
nada por su exilio en Patmos, porque en esa isla halló dulce comunión con Cristo y
recibió mayores revelaciones de los propósitos del Señor. Si creyéramos que eso
fuera cierto también para nosotros, nunca procuraríamos evitar la voluntad de Dios
para nuestras vidas. Si al Señor le place ponernos a un lado y dejarnos sin
ministerio, Él sabrá cómo usar esa circunstancia para nuestro bien y para el
beneficio de Su pueblo. La Iglesia de Cristo se benefició tanto por las epístolas que
Pablo escribió en la cárcel como por lo que predicó cuando estuvo libre.

Muchas veces, el sufrimiento por Cristo produce nuevas y más claras


manifestaciones del Señor. Aquellos que se mantienen fiel, y perseveran en cumplir
sus responsabilidades en medio del sufrimiento, no pierden nada, sino que ganan
mucho, conforme a las palabras de Pedro: “Si sois vituperados por el nombre de
Cristo, sois bienaventurados, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre
vosotros” (1 P. 4:14).”16

REFLEXIÓN: ¿Estamos pasando por un tiempo de sufrimiento, como creyentes? Si


es así, pidamos a Dios la gracia necesaria para tener paciencia y perseverar.
Procuremos que este tiempo de dolor personal resulte en una mayor revelación de
la gloria y el poder de Cristo, para que de ese modo seamos fortalecidos
espiritualmente y seamos de mayor bendición para otros en la fe.

Apo. 1:10a​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Día 18

“Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor”

16
James Durham, p. 43.

44
Luego de describir la situación física en la que estaba cuando escribió el libro de
Apocalipsis (v.9), Juan procede a describir su condición espiritual: “Yo estaba en el
Espíritu en el día del Señor” (v.10a). La frase, “el día del Señor”, es un término
técnico para describir el primer día de la semana, el día en que los cristianos se
reunían para adorar al Señor Jesús. La palabra normal para “Señor”, en griego, es
‘kurios’, pero en este caso Juan usa la palabra ‘kuriakos’, que tiene el sentido de
“imperial”. Dicha palabra se usa solo aquí y en 1 Corintios 11:20, con relación a la
cena del Señor. El domingo es el día ‘kuriakos’ porque el Señor separó ese día de
los demás días de la semana para que pudiésemos recordar Su resurrección. De
igual modo, la Cena del Señor es una cena ‘kuriakos’ porque el Señor la separó de
las demás cenas para que pudiésemos recordar Su muerte.

En el Antiguo Testamento, la frase “el día del Señor” se usa con mucha frecuencia y
significa el día escatológico de la intervención de Dios en este mundo (ver Is. 2:12;
Am. 5:18; Jl. 2:1; etc.). Sin embargo, en la traducción del Antiguo Testamento al
idioma griego, nunca se usa la palabra ‘kuriakos’ para describir ese día. Además,
cuando Juan quería referirse al día escatológico del Señor, usaba la expresión:
“aquel gran día del Dios Todopoderoso” (Apo. 16:14). Por lo tanto, es difícil
sostener, como algunos comentaristas lo hacen, que la frase “el día del Señor”
tenga referencia a los últimos tiempos. Más bien, la palabra ‘kuriakos’ se usó
posteriormente por los líderes de la Iglesia Primitiva para hablar del primer día de
la semana, tomando como ejemplo el uso de la palabra aquí por parte del apóstol
Juan.

El Señor marcó el primer día de la semana como un día especial por medio de la
resurrección de los muertos. Por eso los primeros creyentes, bajo la dirección de los
apóstoles, comenzaron a reunirse ese día para recordar la resurrección de Cristo
(Hch. 20:7; 1 Co. 16:2). Aunque Juan estaba exiliado en Patmos, aprovechó ese
día para meditar profundamente sobre su Salvador, y en particular sobre la
resurrección del Señor. Reflexionó sobre el cumplimiento de las profecías del
Antiguo Testamento acerca de la venida del Mesías y las glorias que serían
reveladas después (1 P. 1:11), particularmente aquellas profecías que se
encuentran en los libros de Daniel, Ezequiel y Zacarías. Eso preparó su mente y
corazón para recibir las nuevas revelaciones de Cristo que complementaron y
ampliaron las revelaciones del Antiguo Testamento.

REFLEXIÓN: ¿Cómo usamos los domingos? Si es el día que pertenece al Señor, no


debemos usarlo para nuestros fines personales, sino para honrar al Señor Jesús.
Los judíos usaban los sábados para descansar e ir a la sinagoga o al templo, y los
creyentes debemos hacer lo mismo, aprovechando los domingos no solo para
descansar sino también para servir al Señor. Pidamos a Dios que nos muestre qué
es lo que Él quiere que hagamos los domingos. Procuremos hacer del domingo un
verdadero “día del Señor”.

El bueno uso que Juan hizo del domingo resultó en una experiencia espiritual muy
especial, que el apóstol describe como estar “en el Espíritu” (v.10a). En cierto
sentido, cada creyente está “en el Espíritu” todo el tiempo porque es “espiritual” (1
Co. 2:14-15), es “guiado por el Espíritu” (Ro. 8:14), “anda en el Espíritu” (Ga.
5:16) y “vive en el Espíritu” (Ga. 5: 25). Sin embargo, las palabras de Juan indican
una experiencia espiritual fuera de lo común, en la que todos sus sentidos estaban
bajo la dirección del Espíritu Santo con el fin de poder recibir revelaciones
especiales (ver Ap. 4:2 y 22:10).

No está claro exactamente qué fue lo que Juan experimentó; sin embargo, habría
que enfatizar que no fue un éxtasis espiritual, como un trance, porque Juan
mantuvo el control de sus facultades auditivas y motrices (vv.10b, 12). Lo más
probable es que fue un sentir especial de la presencia de Dios y un alto grado de

45
sensibilidad espiritual. Aunque Juan estaba en la isla de Patmos, lejos de la
compañía de otros creyentes y sin el privilegio de escuchar la Palabra de Dios, el
Señor le concedió una profunda experiencia espiritual. Lo que el apóstol
experimentó ese día nos enseña que Dios es capaz de manifestarse a Sus hijos en
una manera especial, aunque estén pasando por momentos difíciles. Como un
comentarista lo expresó, usando los términos en griego: “En ‘Patmos’ sufrimos,
pero en ‘pneumati’ (= “en el Espíritu”) reinamos” (Wilcock). No importa si estamos
en nuestro propio “Patmos”, si vivimos en el Espíritu, Su gracia será más que
suficiente para nuestras necesidades y el Espíritu Santo puede consolarnos en los
momentos de tribulación o angustia.

Escuchemos el comentario que hace Marcus Loane al respecto:

​ “El día del Señor fue altamente simbólico. Los únicos compañeros de Juan
eran los demás prisioneros, y lo más probable es que hubo pocos creyentes entre
ellos, pocos amigos genuinos con quienes Juan podía compartir sus anhelos y
aspiraciones cristianas. Además, en Patmos no se descansaba el domingo, no había
un alto en la rutina diaria del trabajo forzado. Menos había la oportunidad para
adorar al Señor Jesús. Aunque era el día del Señor, el mar que rodeaba Patmos le
impedía a Juan disfrutar compañerismo espiritual con los creyentes en las iglesias
de Asia. Ese día su mente se llenaría de nostalgia, al sentir el apego de la soledad
personal y espiritual, y el sufrimiento del exilio. Sin embargo, fue en ese preciso
momento que se sintió levantado de la tierra y transportado más allá del espacio y
el tiempo. Fue trasladado en espíritu, por medio de una visión celestial. Juan no
estaba soñando; estaba completamente despierto, y con cada fibra de su ser sentía
el impacto de la revelación divina”.17

REFLEXIÓN: Tomemos un tiempo para evaluar nuestra vida espiritual. ¿Cuándo fue
la última vez que disfrutamos un sentir de la presencia de Dios? ¿Estamos viviendo
en la llenura del Espíritu Santo o será que nuestra vida cristiana ha caído en una
rutina religiosa? No esperemos que Dios nos envíe tiempos difíciles para aprender a
buscarle en oración. Aprovechemos los tiempos de tranquilidad emocional y física
para fortalecer nuestra vida espiritual.

NOTA ADICIONAL: “EL DÍA DEL SEÑOR”

Puesto que hay ciertas discrepancias acerca de cómo debemos guardar el domingo
y la relación que ese día tiene con el sábado judío, acotaremos los siguientes
puntos.

1.​La Institución del Domingo

El Nuevo Testamento indica que en el tiempo de


los apóstoles el domingo fue separado de los
demás días de la semana para el culto al Señor
(Hch. 20:7; 1 Co. 16:2). Los apóstoles no
habrían hecho eso a no ser que el Señor les
hubiera indicado hacerlo, porque al desarrollar
la vida de la Iglesia Cristiana, los apóstoles no
estaban inventado una nueva adoración a Dios sino simplemente poniendo en
práctica todo lo que Cristo les mandó hacer.

17
Marcus Loane, op. cit, p. 23.

46
El nombre que Juan usa aquí, “el día del Señor” (‘kuriakos’), indica que el domingo
fue un día instituido por el Señor, al igual que lo fue la Santa Cena. Afirmamos eso
porque el 1 Corintios 11:20 Pablo usa la misma palabra para describir “la cena del
Señor” (‘kuriakos’). Si aceptamos que la Santa cena fue algo instituido por Dios, lo
mismo sería cierto del domingo como el día de descanso semanal.

No sabemos cuándo o cómo el Señor instituyó el domingo para el ser el día del
culto cristiano, pero lo más probable es que fue durante los cuarenta días de
enseñanza entre la resurrección y la ascensión de Cristo (Hch. 1:3). La otra
posibilidad es que el Señor ordenó la celebración de ese día por medio de Su Santo
Espíritu hablando a los apóstoles, indicándoles cómo ordenar la vida de la Iglesia
cristiana (ver 1 Co. 11:23). Los apóstoles no hacían nada por iniciativa propia, sino
bajo la dirección de Dios, especialmente en lo que concierne el culto a Dios. Por lo
tanto, concluimos que fue el Señor mismo quien reveló la necesidad de separar el
domingo para la adoración cristiana.

2.​ La Santificación del Domingo

Aunque la Biblia no indica cómo debemos celebrar el domingo, hay cuatro cosas
que podemos afirmar categóricamente.

i.​ El domingo debemos abstenernos de hacer las cosas cotidianas, aunque


sean legítimas, con el fin de tener el tiempo necesario para adorar y
servir a Dios.

ii.​ Debemos usar el día domingo para cumplir aquellos deberes espirituales
que nos ayudarán a adorar a Dios y a fortalecer nuestra vida espiritual.
Esas cosas incluyen leer las Escrituras, orar, cantar al Señor y celebrar la
Santa Cena. En particular, debemos dedicar tiempo para recordar la
resurrección de Cristo y todas las bendiciones espirituales que recibimos
por medio de ella, tal como lo hacían los apóstoles (Ro. 1:4; 4:25; 1 Co.
15:14-26; Ef. 2:5-6; 1 P. 1:3).

iii.​ Aunque debemos dejar de hacer nuestro trabajo cotidiano, podemos


aprovechar el domingo para hacer obras de caridad, repartiendo
limosnas y atendiendo a las necesidades físicas de otras personas, para
que sea un día de alegría para ellos y motivo de glorificar a Dios.

iv.​ Finalmente, debemos usar el día domingo para cultivar una vida
espiritual más profunda, procurando usar la tranquilidad del día para
buscar al Señor y desarrollar nuestra comunión con Él.

Si usamos el domingo para apartarnos de las cosas del mundo y dedicarnos a las
cosas del Señor, fortaleceremos nuestra vida espiritual y experimentaremos lo que
Juan describe como “estar en el Espíritu”. De ese modo llegaremos a ser más útil
para Dios y de mayor servicio para el mundo en que vivimos. Por ser “el día del
Señor”, no debemos usarlo como los demás días de la semana, sino como Dios nos
manda hacerlo, dedicándonos a nuestros deberes espirituales y al servicio del Señor
en este mundo. Solo usar dos o tres hora ese día para adorar a Dios no significa
guardar el día del Señor. Todo el día le pertenece, y por lo tanto debemos usar las
horas de ese día conforme Él nos guíe.

47
Apo. 1:10b-11​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Día
19

“y oí detrás de mí una voz como de trompeta, que decía: Yo soy el Alfa y la


Omega, el primero y el último. Escribe en un libro lo que ves, y envíalo a las
siete iglesias que están en Asia: a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis,
Filadelfia y Laodicea.”

El ministerio principal del Espíritu Santo es revelar a Cristo (Jn. 15:26). Eso explica
la relación entre estar “en el Espíritu” (v.10a) y escuchar la voz de Cristo, que fue la
experiencia que Juan tuvo en la isla de Patmos (v.10b). Lo primero que Juan nos
informa es que el Señor le habló a sus espaldas: “detrás de mí” (v.10b). Lo hizo en
forma impresionante, con “una gran voz como de trompeta” (v.10b), cuyo propósito
fue captar la atención de Juan.

El incidente trae a la memoria lo que el pueblo de Israel escuchó en el monte Sinaí


cuando Dios se manifestó en Su gloria (Éx. 19:16; 20:18). Sin embargo, en el caso
de Juan, lo que él escuchó no fue el sonido de una trompeta, sino una “voz como
de trompeta”. Es decir, una voz tan fuerte y ensordecedora que Juan la compara
con una trompeta militar. En el v.15 Juan usa otro símil, comparando la voz de
Jesús con el “estruendo de muchas aguas”, que señala el poder y la majestad de
Cristo.

El Señor escogió manifestarse a Juan en esa manera para enseñarle ciertas cosas:

i.​ La persona que se dirigía a él era el Cristo exaltado, lleno de gloria y


majestad. Su voz correspondía a Aquel que está sentado a la diestra del
Padre, coronado con gran gloria y honra. David describe la voz de Dios
en la siguiente manera:

“Voz de Jehová sobre las aguas;


Truena el Dios de gloria.
Jehová sobre las muchas aguas.
Voz de Jehová con potencia;
Voz de Jehová con gloria.”

Salmo 29:3-4

​ Por lo tanto, la descripción de la voz de Cristo que Juan nos ofrece es una
muestra más de Su divinidad.

ii.​ Aunque Juan pasó tres años con el Señor y reposó sobre Su pecho en la
última cena (Jn. 13:23-25), había ahora una enorme diferencia entre él y
el Cristo glorificado. Era una diferencia tan grande que lo apropiado para
Juan era sentir su debilidad. El Señor quería que Su siervo lo escuche
con humildad y sencillez de corazón, y por eso se reveló en una forma
tan impactante.

iii.​ Una tercera razón por la que Cristo le habló con voz tronante fue que el
Señor quería que Juan prestara mucha atención a lo que Él le iba a decir.
La voz como de trompeta le puso a Juan en alerta y así él escuchó
claramente lo que el Señor le quiso decir.

iv.​ El sonido de una trompeta da a entender que lo que el Señor le iba a


decir no era solamente para informar la mente de Juan, sino para
ponerlo en acción y escribir el libro de Apocalipsis de inmediato.

48
REFLEXIÓN: Cada vez que hablamos con Dios en oración debemos considerar la
grandeza de Su Persona, y dirigirnos apropiadamente a Él con temor y reverencia,
tal como lo hizo Abraham, cuando le dijo a Dios: “He aquí ahora que he comenzado
a hablar a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza” (Gn. 18:27). Evaluemos la manera
en que oramos y la actitud que tenemos hacia el Señor cuando lo hacemos. ¿Qué
cosas debemos aprender de la experiencia de Juan en Patmos?

Aunque la voz que Juan escuchó fue muy fuerte, él pudo captar las palabras
claramente: “Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último”. Esas palabras
confirman que la persona que le hablaba era el Señor Jesús. Para mayores detalles,
repasemos los comentarios sobre el v.8. El Señor se identificó de este modo para
resaltar Su deidad y para que los lectores entendieran que estaban leyendo un libro
no tanto de Juan el apóstol sino del eterno Hijo de Dios.

Luego de identificarse, el Señor le ordenó a Juan: “Escribe en un libro lo que ves”.


En el idioma original, el verbo, “escribir”, no está en el tiempo presente. Es un
aoristo y, por lo tanto, no se trata de una acción que Juan podía hacer en forma
pausada, tomándose el tiempo para reflexionar sobre todo que vio, sino una acción
urgente que tenía que llevarse a cabo inmediatamente. Era como si el Señor le
dijera: “Escribe ya”.
Aunque el verbo “ver” está en el tiempo presente, Juan no había visto nada
todavía. Eso indica que lo que el Señor le estaba diciendo era “Escribe en un libro lo
que vas a ver a continuación”. La tarea de Juan no era la de reflexionar sobre las
visiones, para que escribiese su interpretación de ellas, sino simplemente transmitir
en forma escrita las visiones que Cristo le iba a dar.

Luego de redactar todas las visiones, Juan tenía que enviar el documento “a las
siete iglesias” (v.11b). Ellas son nombradas específicamente, para que Juan supiera
a quien enviar el libro que estaba por escribir. Se trataba de las iglesias de Éfeso,
Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea. Aunque Juan conocía
muchas iglesias en Asia, Dios no le dejó a Su siervo escoger a quien enviar el libro.
Tenía que enviarlo a las iglesias que el Señor señaló.

En el Antiguo Testamento, los profetas comunicaban los mensajes divinos a los


hijos de Israel. Sin embargo, para fines del primer siglo el pueblo de Dios era la
Iglesia, y ella no estaba dividida en tribus consanguíneas, como la nación de Israel,
sino en congregaciones esparcidas por todo el mundo. Esas congregaciones se
ubicaban en ciudades dedicadas a la idolatría y al culto al emperador romano. Por lo
tanto, al ordenar que el libro de Apocalipsis sea enviado a las congregaciones
cristianas en esas ciudades gentiles, el Señor estaba manifestando Su gracia y
anunciando que el evangelio era dirigido a personas que vivían “sin Cristo, alejados
de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin
Dios en el mundo” (Ef. 2:12).

El número siete es simbólico y apunta a la Iglesia universal. Las siete


congregaciones a las que Juan tenía que enviar el libro de Apocalipsis representan
la Iglesia en toda la Tierra y en todas las edades. Aunque algunos dan a entender
que las siete iglesias representan siete etapas de la Iglesia universal, eso es poco
probable. Mucho más acertada es la interpretación que afirma que eran
congregaciones importantes, y que el Señor las menciona según la ruta que el
mensajero iba a seguir llevando la carta de Juan a las iglesias. Geográficamente
hablando, las iglesias de Apocalipsis 2 y 3 formaban un círculo, y la visión de Cristo
en la segunda parte del primer capítulo presenta al Señor parado en medio de las
iglesias, preocupado por ellas y consciente de la realidad que estaban viviendo.

49
REFLEXIÓN: Las siete iglesias de Apocalipsis estaban en una región de Asia que
ahora es parte de Turquía, un país islámico. El Islam se apoderó de esa región
porque las iglesias cristianas abandonaron el evangelio y cayeron en la apostasía
espiritual. Eso nos enseña el peligro de menospreciar la gracia de Dios y la
revelación divina. Si Dios nos está hablando hoy, no despreciemos Su misericordia.
Como dice el autor de Hebreos, “Si oyereis hoy Su voz, no endurezcáis vuestros
corazones como en la provocación” (Heb. 3:7b-8). Tal como el pueblo de Israel
cayó en la apostasía espiritual, y también lo hicieron las siete iglesias de
Apocalipsis, nosotros estamos expuestos al mismo peligro. Por lo tanto,
preguntémonos honestamente: “¿Valoro la Palabra de Dios? ¿Estoy haciendo caso a
lo que Él me revela en las Escrituras?” Si Dios no perdonó a Israel o a las siete
iglesias de Apocalipsis, no nos perdonará a nosotros si nos enfriamos
espiritualmente y abandonamos la fe.

Apo. 1:12-13a ​ ​ ​ ​ ​ Día 20

“Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto, vi siete candeleros
de oro, y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al hijo del
Hombre…”

La voz que sonaba como una trompeta impactó a Juan y él se volvió para ver quién
le estaba hablando. Cuando lo hizo algo dramático ocurrió. La isla del Mediterráneo
quedó atrás y Juan fue transportado en visión a una realidad totalmente diferente
de la que vivía en Patmos.

Lo primero que vio fueron “siete candeleros de oro” (v.12). Algunos relacionan esos
candeleros con el candelabro de oro que brillaba en el Lugar Santo del templo en
Jerusalén y que tenía siete lamparillas (Ex. 25:31-37; Nm. 8:2-4). Sin embargo,
puesto que el Señor estaba de pie “en medio de los siete candeleros” (v.13), esa
interpretación no es factible. Lo que Juan vio no fue un candelero con siete brazos,
que representaba la nación de Israel, sino siete candeleros individuales, separados
el uno del otro, que permitía al Señor estar en medio de ellos. Esos siete candeleros
representan la diversidad de la Iglesia, que está compuesta por personas de toda
tribu, lengua y nación. El número siete señala la perfección del conjunto de iglesias
locales que conforman la Iglesia universal de Cristo. Como dijera el apóstol Pablo,
“son muchos los miembros, pero el cuerpo es uno solo” (1 Co. 12:20).

A diferencia del candelabro del Antiguo Testamento, que brillaba en el Lugar Santo
y permitía a los sacerdotes ver mientras ministraban en el tabernáculo18, los siete
candeleros que Juan vio representaban siete iglesias cristianas que eran llamadas a
brillar en el mundo, para el beneficio de los inconversos, porque los que necesitan
ver la luz no son los santos en el cielo sino los pecadores en la Tierra. Como dijera
el Señor, “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no
se puede esconder… Así alumbre vuestra luz delante de los hombres…” (Mt. 5:14,
16).

Los candeleros eran de oro, un metal que representa pureza y belleza, y que
abunda en el libro de Apocalipsis. Los siguientes elementos eran hechos de oro:

-​ Las coronas de los veinticuatro ancianos (Ap. 4:4).


-​ Las copas de incienso (Ap. 5:8).

18
Cuando se construyó el templo de Salomón, dos candeleros fueron colocados en el Lugar Santo para
iluminar el santuario, y cada candelero tenía cinco lámparas (1 R. 7:49).

50
-​ El incensario en el cielo (Ap. 8:3).
-​ El altar (Ap. 8:3).
-​ La caña de medir (Ap. 21:15).
-​ La Nueva Jerusalén (Ap. 21:18).
-​ La calle de la ciudad (Ap. 21:21).

Este énfasis sobre el uso de oro refleja lo que Dios ordenó para el tabernáculo (Ex.
25:10-11, 17, 18, 23-24, 29 y 38). Todos estos detalles nos dan a entender que el
pueblo de Dios debe estar marcado por pureza espiritual. Dios quiere un pueblo
limpio de todo pecado, y la santidad de la Iglesia es la belleza que Dios anhela ver
en nosotros.

En Zacarías 4:2, el profeta vio un candelabro de oro que tenía “siete lámparas”. Ese
candelabro representaba la nación de Israel, que requería el Espíritu Santo para
cumplir su función de brillar en la oscuridad (ver Zac. 4:3-6). La visión que Dios le
concedió a Juan confirma que la Iglesia es ahora el pueblo de Dios y que ella
también necesita el Espíritu Santo para poder cumplir su ministerio en este mundo
caracterizado por tiniebla espiritual.

REFLEXIÓN: Tomemos un momento para meditar sobre los siete candeleros de oro
que Juan vio, y hagamos una comparación con la congregación a la cual asistimos.
¿Admiramos nuestra congregación? ¿Está hecha de oro puro? Si es así, demos
gracias a Dios por el privilegio de pertenecer a una congregación ejemplar. Pero si
no es así, evitemos la tentación de criticar a los que asisten a la iglesia y pidamos a
Dios que nos ayude a orar más por nuestra congregación, rogando que Él
transforme a los miembros de la congregación en oro puro. Reflexionemos sobre lo
que leemos en Isaías 62:1-7.

Luego de describir los siete candeleros, Juan presenta al que estaba en medio de
los candeleros y lo describe como alguien “semejante al Hijo del Hombre” (v.13). La
palabra, “semejante”, indica que fue difícil para Juan distinguir exactamente lo que
estaba viendo. Tal era la gloria de la Persona delante de Juan que el apóstol tuvo
que mirar bien para tratar de entender lo que estaba contemplando.

Cuando el Señor estuvo en la Tierra, se refirió a Sí mismo como “el hijo del
hombre” (Jn. 1:52; 3:13-14; etc.). Por lo tanto, uno podría pensar que esa fue la
persona que Juan vio aquí. Sin embargo, el texto en griego esconde un detalle
importante. En los Evangelios, la frase “el hijo del hombre” es la traducción de las
palabras en griego, ‘jos juios tou anthropou’, mientras que aquí en Apocalipsis
1:13, Juan escribe, ‘juios anthropou’. Esa frase, que carece de los artículos
definidos (‘jos…tou...’), podría traducirse: “hijo de hombre”, y es la misma forma
de palabras que tenemos en la Septuaginta de Daniel 7:13. El texto de la
Septuaginta, que es la traducción del Antiguo Testamento al idioma griego, nos
lleva a la conclusión que cuando Juan redactó el libro de Apocalipsis, reflexionó
sobre lo que vio y llegó a la conclusión que la visión en Apocalipsis 1 era parecida a
la de Daniel 719. Esos dos detalles, del texto en el idioma original y la traducción de
Daniel 7:13, señalan que la persona que Juan vio en Patmos no era el Cristo que
estuvo en la Tierra, sino el Cristo glorificado; el que está ahora a la diestra del
Padre, lleno de gloria y majestad. Lo que corrobora esa interpretación es que, en
ambas visiones, los siervos de Dios coincidieron en decir que lo que vieron era
alguien “semejante” (Apo. 1:13) o “como” (Dn. 7:13) el Hijo de hombre20.

19
En el Salmo 80:17 leemos, “Sea Tu mano sobre el Varón de Tu diestra, sobre el Hijo de Hombre que
para Ti afirmaste”. En la Septuaginta (LXX), las palabras “Hijo de Hombre” son traducidas, ‘juion
anthropou’.
20
En Ezequiel 1:26, el profeta vio la figura de un trono, y sobre el trono había “una semejanza que
parecía de hombre” (LXX, ‘eidos anthropou’).

51
Sin embargo, cabe la pregunta si lo que Juan vio ese día en Patmos fue realmente
al Señor Jesús o solo una visión de Él. Porque si lo que Juan vio fue literalmente la
presencia corporal de Cristo eso significaría que el Señor Jesús dejó la gloria y
volvió a la Tierra brevemente para manifestarse a Juan. Aunque no es imposible
que haya sido así, parece contradecir lo que leemos en pasajes como Hechos 1:11;
3:21 y 1 Tesalonicenses 1:10, que dan a entender que el Señor quedaría en el cielo
hasta la Segunda Venida. Es más, la descripción que Juan nos da de Cristo parece
ser una visión altamente simbólica, especialmente los vv.14-16. Eso nos lleva a
concluir que lo que tenemos aquí es una visión de Cristo y no la presencia corporal
del Señor, como la tuvieron los apóstoles por cuarenta días después de la
resurrección.

Durante Su ministerio terrenal, el apóstol Juan pasó tres años con el Señor Jesús y
llegó a disfrutar una relación íntima con Él, de bastante confianza, llegando a ser
conocido como “el discípulo amado” (Jn. 13:23-25). Sin embargo, en este momento
cuando vio al Señor glorificado, cayó “como muerto a Sus pies” (Apo. 1:17). La
conclusión a la cual llegamos es que la gloria que Juan vio del Señor durante Su
ministerio terrenal (Jn. 1:14) no se compara con la gloria del Cristo glorificado que
el apóstol vio en Patmos.

REFLEXIÓN: Cada creyente conoce al Señor personalmente y desarrolla una


relación íntima con Él. Sin embargo, no debemos pensar que lo que conocemos del
Señor es todo lo que Él es. La gloria del Cristo glorificado es mayor de lo que hemos
visto todavía, y por lo tanto debemos acercarnos a Él cada día, con temor y
reverencia, con el fin de contemplar más de Su gloria.

Apo. 1:13b-14​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Día 21

“…vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un
cinto de oro. Su cabeza y Sus cabellos como blanca lana, como nieve; sus ojos
como llama de fuego”

La triple representación de Cristo como Profeta, Sacerdote y Rey, en los vv.4-5, es


repetida en esta visión del Señor. La vestimenta de Cristo indica que es un
Sacerdote, el cinto de oro lo señala como Rey, y la espada que sale de Su boca
afirma que es un Profeta (v.16).

Juan comienza su descripción de la persona de Cristo mencionando Su vestimenta.


Tenía puesto “una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un
cinto de oro” (v.13b). En el Antiguo Testamento los sacerdotes usaban un vestido
de lino con un cinto (Ex. 28:39-40), parecido a lo que Juan vio en este momento.
Sin embargo, lo más probable es que la manifestación de Cristo en Patmos refleja
la visión que Daniel tuvo del Señor. “Y alcé mis ojos y miré, y he aquí un varón
vestido de lino, y ceñidos sus lomos de oro de Ufaz” (Dn. 10:5). Como veremos en
los siguientes estudios, los detalles de la visión que Juan tuvo en Patmos encajan
muy bien con la visión de Cristo en Daniel 10 (ver Apo. 1:14-15 y Dn. 10:6).

La túnica de Cristo “llegaba hasta los pies” (v.13b), y eso apunta a la importancia
de Su persona. En los tiempos de Juan, los únicos que llevaban una vestimenta tan
larga eran los reyes u otros dignatarios. El cinto de oro complementa eso, y señala
que la Persona a quien Juan estaba viendo en la visión era alguien de gran
importancia.

52
La vestimenta de Cristo en esta visión contrasta con la ropa que el Señor usó
durante Su vida terrenal, y que Juan estuvo acostumbrado a ver por tres años.
Cuando el Señor Jesús fue a la cruz, lo único que tenía puesto era una túnica
rústica, que no era larga y tampoco tenía un cinto de oro. Esa túnica reflejaba la
humildad que caracterizó la encarnación del Hijo de Dios (Fil. 2:6-8). No obstante,
dado a que Juan lo vio luego de haber sido exaltado por el Padre hasta lo sumo y
otorgado un nombre que es sobre todo nombre (Fil. 2:9-11), la vestimenta de
Cristo era muy diferente a lo que usaba en la Tierra.

REFLEXIÓN: El Señor es nuestro Sumo Sacerdote. Él ha traspasado el velo para


entrar a la misma presencia de Dios, llevando Su sangre para expiar nuestros
pecados (Heb. 9:11-14, 24-26). Demos gracias a Dios que tenemos un gran Sumo
Sacerdote que intercede por nosotros (Heb. 4:14-16). Es gracias a Él que somos
salvos por toda la eternidad (Heb. 7:25). Tomemos un tiempo ahora para meditar
sobre estos versículos y adoremos a nuestro glorioso Salvador.

Durante Su vida terrenal, Cristo probablemente tuvo cabello oscuro, propio de los
judíos. Sin embargo, en la visión de Patmos los cabellos de Cristo eran “como
blanca lana, como nieve” (v.14a), lo que confirma que Juan estaba viendo una
visión simbólica de Cristo. Los cabellos blancos apuntan a una edad avanzada, y
quizá a la sabiduría que acompaña la vejez (ver Pr. 20:29 en la versión Biblia de las
Américas). El color del cabello del Señor trae a la mente la visión en Daniel 7, en la
que el profeta contempla a Dios como el Anciano de días, cuyo cabello era “como
lana limpia” (Dn. 7:9), que simbolizaba Su eternidad.

Si tomamos la eternidad de Cristo en relación con Su sacerdocio, la visión en


Patmos confirma lo que leemos en el Salmo 110, “Tú eres sacerdote para siempre
según el orden de Melquisedec” (Sal. 110:4; ver Heb. 5:6, 10; 6:20; 7:17, 21).
Como el autor de Hebreos reconoce,
humanamente hablando Cristo no podía ser
sacerdote porque no era de la tribu de Leví, sino
de Judá. Sin embargo, obtuvo el sacerdocio
sobre la base de un nuevo criterio: no como
descendiente de Leví sino por el poder de una
vida eterna (“según el poder de una vida
indestructible”, Heb. 7:16).

REFLEXIÓN: La vida eterna de los hijos de Dios está garantizada por la vida eterna
de Cristo. En primer lugar, porque estamos “en Cristo” (Ef. 1:3-4 y 2:4-10), y por
ende recibimos los beneficios de Su resurrección y vida eterna (1 P. 1:3-4); y en
segundo lugar, porque Él vive para interceder por nosotros eternamente (Heb.
7:25). A la luz de esa salvación tan grande, demos gracias a Dios por nuestro
Salvador.

El último detalle en el v.14 tiene que ver con los ojos del Señor. Ellos impactaron a
Juan porque brillaban “como llama de fuego”, similar a la visión en Daniel 10:6. En
la Biblia, el fuego representa muchas cosas, pero en particular el juicio de Dios. Él
es un fuego consumidor (Heb. 12:29), y Cristo vino para juzgar con fuego (Mt.
3:11-12). Por lo tanto, los ojos del Señor en esta visión apuntan a Su función como
Juez, y encajan con pasajes como Salmo 11:4-5, que afirma: “Sus ojos ven, Sus
párpados examinan a los hijos de los hombres. Jehová prueba al justo”. También
encajan con Apocalipsis 19:11-12, donde leemos de Cristo: “con justicia juzga y
pelea. Sus ojos son como llama de fuego”. Los ojos de Cristo no solo penetran cada
ser humano y ven lo que hay en su interior, sino que juzgan todo el pecado que
encuentran allí.

53
REFLEXIÓN: Si los ojos del Señor examinan todo lo que nosotros hacemos,
pensamos, decimos y sentimos, debemos tener mucho cuidado de todo lo que
hacemos. Meditemos sobre algunas cosas en nuestras vidas que no agradan al
Señor, y pidamos Su ayuda para deshacernos de ellas. Es mejor pedir a Cristo Su
ayuda ahora, para santificarnos, que esperar el día del juicio final cuando Él tendrá
que juzgarnos por esos pecados que cometíamos como creyentes en la Tierra.

Apo. 1:15​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Día 22

“y Sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno; y Su


voz como estruendo de muchas aguas”

La vestimenta del Señor llagaba hasta Sus pies, así que no se veían Sus piernas.
Sin embargo, Juan afirma que los pies eran “semejantes al bronce bruñido,
refulgente como en un horno”. El color era semejante al oro, y hace un paralelo con
el cinto de oro que rodeaba el pecho del Señor (v.13b). La apariencia de los pies del
Señor es claramente simbólica, y representa la gloria y majestad del Cristo celestial
(ver Ez. 1:7; Dn. 10:6).

Durante Su ministerio terrenal, los pies del Señor se empolvaron al caminar por los
pueblos de Palestina, predicando la Palabra de Dios. En Él se cumplieron las
palabras del profeta Isaías, quien dijo: “¡Cuán hermosos son sobre los montes los
pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del
bien, del que publica salvación, del que dice a Sion: ¡Tu Dios reina!” (Is. 52:7).
Muchas veces personas tuvieron el privilegio de lavar los pies del Señor antes de
cenar, pero el momento más memorable fue cuando una mujer pecadora lo hizo,
mojando Sus pies con sus lágrimas y luego ungiéndolos con un perfume costoso
(Lc. 7:37-38). Antes de Su muerte, María, la hermana de Lázaro, lo hizo otra vez,
preparando el cuerpo de Cristo para Su sepultura (Jn. 12:3).

El autor de Apocalipsis conocía bien los pies del Señor, pero nunca los vio como
ahora en la visión de Patmos. Los pies que una vez estuvieron empolvados con la
suciedad de la Tierra ahora son transformados en gloria y constituyen parte de la
majestad del Cristo glorificado. Todo lo terrenal se ha convertido en cosas
celestiales. Como dijera el apóstol Pablo, “Porque es necesario que esto corruptible
se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad” (1 Co. 15:53).

REFLEXIÓN: En este mundo nuestra alma está vestida de “corrupción”, y esa


corrupción se hace notar con el paso de los años. Si llegamos a la vejez notaremos
el impacto de esa corrupción, porque tendremos cuerpos que se debilitan, duelen y
comienzan a fallar en muchas maneras. No obstante, la gloria de los pies del Cristo
celestial que Juan vio en Patmos nos anima, sabiendo que un día tendremos un
cuerpo glorioso como el Suyo. En este mundo nuestros cuerpos reflejan “la imagen
del terrenal”, pero en la eternidad nuestros cuerpos tendrán “la imagen del
celestial” (1 Co. 15:49). Los sufrimientos que Pablo experimentó en su vida y
ministerio le hicieron sentir que su cuerpo se iba desgastando (2 Co. 4:16). Sin
embargo, la muerte no le asustaba. Más bien, anhelaba ser desvestido de lo
terrenal para ser revestido de lo celestial, porque sabía que un día su cuerpo sería
como el cuerpo glorioso de Cristo (2 Co. 5:1-8). ¿Cuál es nuestra actitud hacia
nuestros cuerpos? Si somos jóvenes, recordemos que un día la fuerza y belleza de
nuestros cuerpos mortales se disiparán, así que no nos jactemos de esas cosas
externas. Si somos personas de la tercera edad, recordemos que es natural que

54
nuestros cuerpos se debiliten. No nos preocupemos por ello, sino pongamos nuestra
mirada en el hecho que muy pronto seremos revestidos de cuerpos celestiales.

La segunda cosa que Juan describe en el v.15 es la voz del Señor. Lo que le impactó
fue el sonido de Su voz, porque era “como estruendo de muchas aguas” (v.15b). En
Daniel 10:6, la voz del Señor fue como “el estruendo de una multitud”. Por tres
años, Juan tuvo el privilegio de escuchar al Señor enseñar y predicar, y durante ese
tiempo Su voz era normal, como cualquier otro ser humano. Sin embargo, en esta
visión, Juan se percató de un tremendo cambio en la voz del Señor. Ahora era “una
gran voz como de trompeta” (v.10b), y “como estruendo de muchas aguas”
(v.15b). La voz potente que Juan escuchó apunta al poder de la palabra de Cristo y
explicaba cómo pudo hacer milagros durante Su ministerio terrenal. Era la voz de
Aquel que por medio de Su Palabra creó el universo material de la nada, como
leemos en Génesis 1. David lo confirma en uno de Sus Salmos:

​ “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos,


​ Y todo el ejército de ellos por el aliento de Su boca”.
Salmo 33:6

El autor de Hebreos concuerda, diciendo: “Por la fe entendemos haber sido


constituido el universo por la palabra de Dios” (Heb. 11:3), al igual que el apóstol
Pedro: “en el tiempo antiguo fueron hechos por la palabra de Dios los cielos, y
también la tierra” (2 P. 3:5).

El Salmo 29 celebra el tremendo poder de la Palabra de Dios:

​ “Voz de Jehová sobre las aguas;


​ Truena el Dios de gloria.
​ Jehová sobre las muchas aguas.
​ Voz de Jehová con potencia;
​ Voz de Jehová con gloria.
​ Voz de Jehová que quebranta los cedros;
​ Quebrantó Jehová los cedros del Líbano.
​ Los hizo saltar como becerros;
​ Al Líbano y al Sirión como hijos de búfalos.
​ Voz de Jehová que derrama llamas de fuego
​ Voz de Jehová que hace temblar el desierto;
​ Hace temblar Jehová el desierto de Cades.
​ Voz de Jehová que desgaja las encinas,
​ Y desnuda los bosques”.

Salmo 29:3-9

Con razón Juan quedó impactado al oír la voz de Cristo y cayó como muerto a Sus
pies (Apo. 1:17).

REFLEXIÓN: Muchos de nosotros decimos que hemos escuchado la voz del Señor
hablando en nuestros corazones. Pero ¿cuál ha sido nuestra reacción ante la voz del
Señor? ¿Hemos hecho caso a Su palabra? Esa palabra, ¿nos ha dejado anonadados
espiritualmente? ¿Ha generado un profundo temor en nuestros corazones? Esas
preguntas nos ayudarán a reflexionar sobre la realidad de nuestra experiencia
espiritual. Cristo vino a este mundo hace 2000 años y anunció el evangelio de
salvación (Heb. 2:3). Ahora, por medio de Su Palabra y la predicación de Sus
siervos, nos sigue hablando con Su potente voz. Nuestra responsabilidad es hacer
caso a Su palabra, siguiendo el consejo del autor de Hebreos:

55
​ “Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos que
desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si
desecháramos al que amonesta desde los cielos. La voz del cual conmovió entonces
la tierra, pero ahora ha prometido, diciendo: Aun una vez, y conmoveré no
solamente la tierra, sino también el cielo”.

Hebreos 12:25-26

Apo. 1:16b​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Día 23

“…de Su boca salía una espada aguda de dos filos; y Su rostro era como del sol
cuando resplandece en su fuerza”

Dejaremos la frase, “Tenía en Su diestra siete estrellas” (v.16a), por un momento y


nos concentraremos en completar la descripción de la figura del Señor. Las
palabras, “de Su boca salía una espada aguda de dos filos confirma otra vez la
naturaleza simbólica de esta visión. Juan no está viendo a Cristo tal como Él es en
la gloria, sino una representación altamente simbólica de Su Persona.

Hay tres detalles que debemos notar de la espada que salía de la boca del Señor:

i.​ Era una espada larga. Sabemos eso por lo que Juan escribió en el idioma
original. Él usó la palabra ‘romfaia’, que significa una espada larga, la
clase de espada que los soldados montados a caballo usaban cuando
luchaban contra mucha gente (ver Ap. 6:8). Era la espada que el Señor
tenía, en Apocalipsis 19:15, cuando salió para derrotar a todas las
naciones que se oponían a Su reinado. Esta espada contrasta con el
cuchillo que los sacerdotes usaban cuando sacrificaban un animal. Juan
está viendo a Cristo, no solo como un Sacerdote, sino como un Rey.

ii.​ Además, era una espada “aguda” capaz de cortar con tremenda facilidad.
La palabra que Juan usa aquí es la misma que tenemos en Apocalipsis 14
para describir la “hoz aguda” con la cual todos los seres humanos serán
“cosechados” en la Segunda Venida (Ap. 14:14, 17-18). Según esos
pasajes la hoz será tan “aguda” que ningún ser humano se salvará de
ella.

iii.​ Finalmente, Juan observa que era una espada “de dos filos”, indicando
que podía cortar en ambas direcciones, a diestra y a siniestra. Por lo
tanto, en la mano de una persona fuerte y experta, dicha espada podía
causar tremendo daño.

En su conjunto, los tres detalles de la espada de Cristo indican que nadie se salvará
del juicio del Señor. Puesto que la espada no estaba en la mano del Señor sino que
salía de Su boca, entendemos que ella significa la Palabra de Dios, que como el
autor de Hebreos señala, “es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos
filos” (Heb. 4:12).

La voz del Señor no es solo poderosa, “como estruendo de muchas aguas” (v.15),
sino también cortante y penetrante, tal como leemos en Isaías 49 del Siervo de
Jehová, cuya boca era “como espada aguda” (Is. 49:2). Las personas pueden tratar
de resistir la Palabra de Dios, pero cuando el Señor se propone usar Su Palabra
para juzgar a las naciones, ella es invencible. En Hechos 2, el Señor usó Su Palabra
para penetrar el corazón de miles de personas que escucharon el mensaje de

56
Pedro. Por eso leemos que “se compungieron de corazón” (Hch. 2:37). El verbo que
Lucas usó (‘katanusso’) es la forma enfática del verbo que en Juan 19:34 se usa
para la lanza que “abrió” (‘nusso’) el costado del Señor en la cruz. Por lo tanto,
cuando leemos que la multitud de judíos “se compungieron de corazón”, lo que
Lucas está diciendo es que la Palabra de Dios penetró profundamente sus corazones
y conciencias, y como consecuencia, tres mil de ellos fueron convencidos de pecado
y se arrepintieron.

Lamentablemente, no todos los que sienten el poder de la Palabra de Dios


responden en la misma manera. En Hechos 5, el apóstol Pedro volvió a predicar el
mismo mensaje que predicó en Hechos 2 (ver Hch. 5:29-32), pero el resultado fue
muy diferente. Los oyentes sintieron el poder de la Palabra, por eso leemos que “se
enfurecían” (Hch. 5:33). En el idioma original, el verbo es ‘diaprio’, que es la forma
enfática del verbo, ‘prizo’, que significa “cortar” (ver Heb. 11:37, “asserados”). Los
oyentes sintieron el poder cortante de la Palabra de Dios, pero no quisieron
someterse a ella, sino que procuraron matar a los apóstoles (Hch. 5:33). Algo
parecido ocurrió en Hechos 7:54, también, cuando Esteban predicó a los judíos.

En el contexto de esta visión de Cristo, la espada no debe tomarse como simbólico


solo del poder penetrante de la Palabra de Dios, sino también de su fuerza para
juzgar y castigar el pecado. La carta a Pérgamo confirma eso, porque en esa
epístola leemos que “el que tiene la espada aguda de dos filos”, la usará para pelear
contra los malos elementos en la congregación (Ap. 2:12 y 16). Apocalipsis 19
repite lo mismo, porque leemos que “De Su boca sale una espada aguda, para herir
con ella a las naciones” (Ap. 19:15), y al final de la guerra cósmica Juan vio que
“los demás fueron muertos con la espada que salía de la boca del que montaba el
caballo” (Ap. 19:21).

REFLEXIÓN: ¿Hemos sentido el poder cortante de la Palabra de Dios, penetrando


nuestras conciencias y revelando nuestro pecado? Si es así, ¿cómo hemos
respondido? ¿Nos hemos arrepentido de nuestros pecados o persistimos en
cometerlos? Si no hacemos caso a la Palabra de Cristo, cuando Él nos habla en Su
amor y gracia, lo único que nos queda por delante es el juicio destructor de la
Palabra de Dios (Heb 2:1-4; 10:26-31).

El último detalle que Juan nos ofrece de la visión simbólica de Cristo glorificado es
que “Su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza” (v.16b). En la
visión que Dios le dio a Daniel, el rostro del Hijo de Dios “parecía un relámpago”
(Dn. 10:6)21. Una vez más, ese detalle contrasta con el Cristo que Juan conoció en
la Tierra. Durante Sus años de ministerio, la cara de Cristo fue una cara normal,
hasta carente de hermosura, como leemos en Isaías 53:2. Como dice el profeta,
Cristo fue: “Despreciado y desechado entre los hombres…y como que escondimos
de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos” (Is. 53:3). Eso se debió a la
naturaleza de la encarnación. Cristo no vino como una persona imponente, sino que
“se despojó a Sí mismo, tomando forma de siervo” (Fil. 2:7). Solo en una
oportunidad, en el monte conocido como “el monte de la transfiguración”, tres
discípulos vieron algo de la verdadera gloria del Hijo de Dios. Mateo reportó ese
incidente, diciendo: “se transfiguró delante de ellos, y resplandeció Su rostro como
el sol” (Mt. 17:2). Juan fue uno de los tres testigos de ese incidente, y ahora, unos
sesenta años después, en la isla de Patmos, vuelve a presenciar una revelación de
la gloria propia del eterno Hijo de Dios.

21
G. K. Beale observa que la descripción de Juan del rostro de Cristo, en el idioma original, vienen de la
Septuaginta de Jueces 5:31, en la versión LXX B (Beale, p. 212). Beale opina que eso se debe a que Juan
presenta a Cristo como un gran guerrero, que enfrentó y derrotó a la muerte, el pecado y Satanás.

57
REFLEXIÓN: Antes de su conversión, Pablo confiesa que solo conocía a Cristo
“según la carne” (2 Co 5:16). Es decir, lo tomaba como un simple ser humano y no
veía ninguna gloria en Él. Su encuentro personal con Cristo, en el camino a
Damasco, cambió eso para siempre (ver Hch. 9:3-9). Llegó a ver una gloria en
Cristo que engendró en Pablo un tremendo amor por Él (Fil. 3:7-8). ¿Hemos tenido
una experiencia similar? ¿Valoramos al Señor por encima de todas las cosas?
Pidamos a Dios que el estudio del libro de Apocalipsis nos permita ver algo más de
la gloria del Señor Jesús.

Apo. 1:16a​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Día


24

“Tenía en Su diestra siete estrellas”

Hemos dejado esta frase hasta el final porque habla de la obra de Cristo más que
de Su carácter o naturaleza, que es el tema principal de la visión en los vv. 13-16.
Sin embargo, estas palabras al inicio del v.16, apuntan a una de las cosas más
importantes que Juan contempló en la visión simbólica de Cristo. El glorioso Señor,
majestuoso y exaltado, tenía en Su mano derecha a “siete estrellas”. Juan no
describe las estrellas, pero nos imaginamos que fueron siete puntos de luz
intensamente brillantes. En el v.20, el Señor le explica a Juan que las siete estrellas
simbolizan “los ángeles de las siete iglesias”.

Para entender la afirmación de Juan en el v.16a, tenemos que saber quiénes son
estos “ángeles”. La palabra “ángel” es una transliteración del término griego,
‘angelos’, que significa “mensajero”. En la Biblia, tanto en el Nuevo Testamento
como en la Septuaginta22, la palabra ‘angelos’ mayormente se usa para hablar de
los seres espirituales enviados por Dios con un mensaje para los seres humanos.
No obstante, hay algunos textos en la Biblia en los que el término ‘angelos’ retiene
el sentido original de un “mensajero” humano. Por ejemplo, en Mateo 11:10, la
palabra ‘angelos’ se usa para Juan el Bautista, el “mensajero” que fue delante del
Señor Jesús preparando el camino para Su manifestación a Israel. De igual modo,
en Lucas 9:52, el término ‘angelos’ se usa para los discípulos que Cristo envió
como mensajeros a una aldea de los samaritanos. Otros ejemplos de este uso del
término ‘angelos’ incluyen Lucas 7:24; 1 Corintios 12:7 y Santiago 2:25.

En el v.20, como también en las cartas a las siete iglesias (ver Apo. 2:1, 8, 12,
etc.), la Reina Valera y las demás versiones españolas de la Biblia traducen la
palabra ‘angelos’ como “ángel”. Sin embargo, el contexto indica que sería mejor
traducir la palabra, “mensajero”, porque no tiene sentido que el Señor Jesús
ordenara a Juan escribir cartas a seres angelicales (Apo. 2:1, 8, 12, etc.). Es más,
no hay ninguna indicación en el Nuevo Testamento que cada congregación cristiana
tenga un ángel en particular que la cuide y se responsabilice por ella. Ese papel lo
cumple el pastor o uno de los “ancianos” de la congregación (ver Hch. 14:23;
20:17), porque ellos son los “mensajeros” de las iglesias. Como comenta
Carballosa, “Los mensajeros o “ángeles” parecen ser personas designadas por la

22
En la traducción del Antiguo Testamento al idioma griego, la palabra ‘angelos’ se emplea para traducir
la palabra hebrea, ‘malak’, que significa “mensajero”. Mayormente, esa palabra significa “ángel”, en el
sentido de un ser espiritual enviado por Dios a los seres humanos (ver Gn. 19:1; 28:12; etc.). Sin
embargo, hay textos donde la palabra ‘malak’ significa “mensajeros” humanos (ver Nm. 20:14,
“embajadores"; Jue. 6:35; 9:31 etc.). En cada uno de esos textos, la Septuaginta traduce la palabra
‘malak’ con el término ‘angelos’.

58
iglesia local para recibir comunicaciones, aunque no se sabe con exactitud la
identidad o el oficio de dichas personas”23.

Si nos preguntamos, por qué el Señor usó la palabra “ángeles” para hablar de los
líderes de las siete iglesias, en lugar de llamarlos “ancianos”, “pastores” o
“profetas”, la respuesta es que dicha palabra destaca la dignidad del líder y apunta
a la responsabilidad que tenía como el portavoz de Dios para la congregación.
Indirectamente, la palabra también invitaba a los siervos de Dios a evaluar su
obediencia al Señor para ver si se comparaba favorablemente con la de los santos
ángeles que siempre están a las órdenes de Dios y cumplen con exactitud cada
mandato Suyo. En un libro como Apocalipsis, llamar a los líderes de las iglesias
“ángeles” encaja perfectamente bien con la naturaleza del libro y su particularidad
de usar figuras dramáticas para describir verdades espirituales. Como Orígenes,
uno de los Padres de la Iglesia, dijo: “La palabra ‘ángel’ es un término celestial
aplicado a personas terrenales”.

Habiendo establecido la identidad de estos “ángeles”, nos queda ahora aclarar por
qué son presentados en la visión como “estrellas”. El simbolismo viene,
probablemente, de Daniel 12:3, donde leemos que “Los entendidos resplandecerán
como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud,
como las estrellas a perpetua eternidad”. Las “estrellas” brillan con un resplandor
particular, apropiado para aquellos que recibirán una recompensa eterna por haber
servido al Rey de la gloria en la tarea de comunicar Sus mensajes a la Iglesia, la
cual es nada menos que Su Novia aquí en la Tierra.

REFLEXIÓN: ¡Cuán importante es reconocer el valor de aquellas personas que


responden al llamado del Señor y se dedican a velar por el bien de la Iglesia! En
términos humanos, parecen ser personas de poca importancia, y por cierto reciben
muy poca remuneración cuando comparamos su sueldo con el de profesionales
como abogados o médicos. Sin embargo, en los propósitos de Dios ellos son las
personas más importantes en la Tierra. Ellos son las verdaderas “estrellas” de este
mundo.

Cada aspecto de la visión que Juan tuvo de la gloria de Cristo en los vv.13-16 es
impresionante, pero el más impresionante de todos es lo que leemos en este texto.
El glorioso Rey de las edades, el Soberano de los reyes de la tierra, el
Todopoderoso, el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin, tiene a los líderes de la
Iglesia no solo en Su mano, sino “en Su diestra”, que es Su mano de poder y el
lugar de mayor honor. Es difícil comprender la magnitud de lo que Dios le estaba
revelando a Juan, siendo él también uno de los “mensajeros” más destacados de la
Iglesia universal.

Si nos preguntamos por qué Cristo tiene a los líderes de las iglesias así, en Su
mano derecha, la respuesta sería la siguiente.

i.​ En primer lugar, los líderes espirituales enfrentan muchos enemigos y


Satanás los ataca directa o indirectamente en diversas maneras. Si no
fuera por la protección de Cristo, los líderes de las iglesias serían
derrotados fácilmente por sus enemigos.

ii.​ En segundo lugar, la tarea que el líder de la iglesia tiene que cumplir es
compleja. Él debe velar por la grey de Cristo, darles la dirección
espiritual que los creyentes necesitan, y alimentarles constantemente de
la Palabra de Dios. Sin el fortalecimiento de Cristo, el líder de la iglesia
no lograría cumplir la tarea que Cristo le encomienda.

23
Evis Carballosa, p. 55.

59
iii.​ En tercer lugar, los líderes espirituales muchas veces son
menospreciados y marginados por la sociedad en que vivimos, y
fácilmente se desanimarían si no fuera por el sostenimiento espiritual y
anímico de Cristo.

REFLEXIÓN: Si somos pastores o líderes espirituales, debemos reconocer que


dependemos completamente de Cristo. Sin Él no podríamos cumplir el llamado que
Dios nos confirió. Por lo tanto, debemos mantener una relación muy estrecha con
Él, para que experimentemos Su fortalecimiento espiritual cada día. Por otro lado,
los miembros de la iglesia deben valorar mucho a sus líderes espirituales y tenerlos
muy en alto por la labor que cumplen. Si Cristo los tiene “en Su diestra”, ningún
miembro de la iglesia debe menospreciar a sus dirigentes. Más bien, deben orar por
ellos, pidiendo al Señor que los guarde firmemente en Sus manos poderosas.

Apo. 1:17a​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Día 25

“Cuando le vi, caí como muerto a Sus pies. Y Él puso Su diestra sobre mí,
diciéndome: No temas”

La visión que Dios le concedió a Juan de la gloria de Su Hijo fue tan impactante que
el apóstol cayó a Sus pies como muerto. Su reacción fue similar a la de Daniel,
cuando tuvo una visión de la gloria del Hijo de Dios, en Daniel 10. El profeta del
Antiguo Testamento, que tenía una edad avanzada similar a la de Juan, testificó
diciendo: “no quedó fuerza en mí, antes mi fuerza se cambió en desfallecimiento, y
no tuve vigor alguno. Pero oí el sonido de Sus palabras; y al oír el sonido de Sus
palabras, caí sobre mi rostro en un profundo sueño, con mi rostro en tierra” (Dn.
10:8-9).

El contraste entre la infinita majestad de Cristo y la naturaleza humana de Juan fue


demasiado grande para el siervo de Dios. El brillo de la gloria del Señor, sumado a
Su majestad, como el eterno Dios, impactaron a Juan en tal manera que se
desplomó y quedó como muerto. Si nuestros ojos no pueden soportar el brillo del
sol a medio día, menos podrán soportar el brillo de la gloria de Cristo en Su
exaltación. Antes de caer en el pecado, Adán y Eva podían hablar con Dios cara a
cara, pero luego que pecaron, sintieron miedo de Él y tuvieron que esconderse. Aun
en los mejores creyentes queda todavía algo del temor del pecador en la presencia
del Dios santo.

Lo que Juan sintió es lo que toda persona experimenta cuando tiene un encuentro
profundo con Cristo, y lo podemos corroborar de varios ejemplos tomados de la
Biblia.

-​ Cuando Moisés vio al Ángel de Jehová en la zarza que ardía, “cubrió su


rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios” (Ex. 3:6).

-​ Cuando Josué vio al Príncipe del ejército de Jehová, leemos que


“postrándose sobre su rostro en tierra, le adoró” (Jos. 5:14).

-​ También Job, cuando escuchó la voz del Señor desde el torbellino (Job
38:1), reaccionó diciendo: “He aquí que yo soy vil; ¿qué le responderé? Mi
mano pongo sobre mi boca. Una vez hablé, más no responderé; aún dos
veces, más no volveré a hablar” (Job 40:4-5). Luego añadió, “De oídas te

60
había oído; mas ahora mis ojos Te ven. Por tanto, me aborrezco, y me
arrepiento en polvo y cenizas” (Job 42:5).

-​ Hasta el gran profeta Isaías, cuando vio al Señor alto y sublime, sentado
sobre Su trono, dijo: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre
inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios
inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Is. 6:5).

-​ Después de presenciar la pesca milagrosa y darse cuenta que Cristo era más
que solo un hombre, Pedro se cayó de rodillas ante Jesús y exclamó:
“Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador” (Lc. 5:8).

REFLEXIÓN: No importa la madurez espiritual que tengamos o cuánto tiempo


hayamos conocido al Señor, una visión de Su gloria nos quebranta, porque pone en
claro la enorme diferencia entre nuestra humanidad y Su naturaleza divina. Tan
solo un pequeño acercamiento a Dios dejará una profunda huella en nuestras
mentes, y nuestras almas quedarán impregnadas de un sentir de la grandeza de
Dios. Ante esa realidad, ¿qué podemos pensar de personas que dicen que han
tenido una visión de Cristo, pero no dan muestra de un quebranto espiritual en sus
vidas? Es fácil hablar de tener experiencias espirituales, pero la evidencia de un
verdadero encuentro con Cristo es el impacto real que eso tiene en nuestro
carácter. Si no hay humildad y quebranto de espíritu es de dudar que hayamos visto
la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2 Co. 4:6). Por eso Pablo añadió, “Tenemos
este tesoro en vasos de barro” (2 Co. 4:7), porque cuando una persona realmente
conoce a Dios, se da cuenta que no es más que eso: un vaso de barro. Si las
naciones enteras son menos que el polvo delante de Dios (Is. 40:17), ¿qué será un
individuo en la presencia del eterno y omnipotente Dios?

Es importante añadir que, aunque el Señor nos quebranta con una visión de Su
gloria, no nos deja quebrantados. El propósito de manifestarse en nuestras vidas no
es dejarnos postrados, incapaces de hacer nada. Más bien, Su deseo es levantarnos
y usarnos para Su gloria. Por eso el profeta Isaías afirma: “Porque así dijo el Alto y
Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo. Yo habito en la
altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el
espíritu de los humildes y para vivificar el corazón de los quebrantados” (Is. 57:15).

El Señor, luego de manifestarse a Juan, lo reanimó espiritual y anímicamente,


haciendo dos cosas a favor de Su siervo. Primero puso Su mano derecha sobre él,
diciendo, “No temas” (v.17). La mano que sostenía las siete estrellas reposó sobre
el apóstol octogenario, y la voz imponente como de muchas aguas le ordenó a no
tener miedo. ¿Se habrá acordado Juan que esas fueron las mismas palabras que
Cristo le dijo a Pedro, en Lucas 5:10, y también a los tres discípulos, incluyendo a
Juan, en el monte de la transfiguración (Mt. 17:7)? Es interesante notar que en el
monte de la transfiguración Juan también sintió la mano del Señor tocándolo (Mt.
17:7). Ambas acciones, tanto el toque de Su mano como Sus palabras de aliento,
sirvieron para animar a Juan y alistarlo para el servicio. Es lo mismo que leemos en
Daniel 10, cuando el Señor puso Su mano sobre Daniel y le ordenó que no temiera
(Dn. 10:10, 12).

La orden de Cristo a Juan: “No temas”, se debe a cuatro factores:

i.​ No era necesario tener miedo. Aunque la visión de Cristo fue


abrumadora, lo que Juan estaba viendo era simplemente la gloria y la
majestad del Cristo omnipotente, el Cristo que vencería a todos Sus
enemigos, y salvaría a Juan y a la Iglesia. Por eso el Señor dijo, “No
temas”.

61
ii.​ El Salvador era divino. Como Él mismo afirma: “Yo soy el primero y el
último” (vv.17b). Todo el poder del divino Redentor estaría a la
disposición de la Iglesia para protegerla contra sus enemigos. Por lo
tanto, el Señor dijo: “No temas”.

iii.​ La expiación y la intercesión de Cristo eran más que suficiente para


las necesidades de Juan. Cristo afirma: “yo soy…el que vivo, y estuve
muerto, mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén”
(v.18a). Aunque Juan era un pecador, Cristo murió por él, y el Señor
viviría por los siglos para cuidar a Su siervo. Por ende, le exhortó:
“No temas”.

iv.​ Cristo tiene el poder sobre la muerte: “Y tengo las llaves de la


muerte y del Hades” (v.18b). Todos los enemigos físicos y espirituales
de Juan estaban en las manos de Cristo, por eso dijo a Su siervo: “No
temas”.

REFLEXIÓN: ¿Qué cosas generan temor en nosotros? Evaluémoslas a la luz de esos


cuatro criterios. ¿Es justo tener miedo? ¿No es nuestro Salvador divino? ¿Acaso no
tiene el poder para perdonar todos nuestros pecados y salvarnos eternamente? Por
lo tanto, pidamos a Dios la gracia para dejar de temer y poner nuestra confianza
plenamente en Cristo.

Apo. 1:17b-18 ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Día 26

“…Yo soy el primero y el último, y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que
vivo por los siglos de los siglos, amén.”

Al decir, “Yo soy el primero y el último”, el Señor estaba afirmando Su perfecta


deidad (ver Jn. 1:1-2). En el libro de Apocalipsis, el Señor usa la frase tres veces de
Sí mismo (Apo. 1:8, 17; 22:13), al igual que lo hace Jehová en la profecía de Isaías
(Is. 41:4; 44:6; 48:12). En Isaías, la frase apunta a la soberanía que Dios ejerce
sobre la historia con el fin de cumplir las profecías y conducir la historia humana
hacia el cumplimiento de Sus propósitos. Dios trasciende el tiempo y gobierna la
manera en que la historia humana se desarrolla porque Él está en control de Su
incepción y final. Lo que Jehová dice de Sí mismo en Isaías, Cristo lo aplica a Su
persona, confirmando una vez más que Él es Dios.

James Ramsey relaciona la divinidad de Cristo con la exhortación, “No temas”,


diciendo: “La divinidad de nuestro Señor es el fundamento de nuestra esperanza y
la fuente inagotable de toda consolación para un mundo sumido en el pecado”. En
Él está la plenitud de la deidad, y en Él están escondidos todos los tesoros de la
sabiduría y del conocimiento (Col. 2:3). Por lo tanto, si tenemos a Cristo, lo
tenemos todo (2 P. 1:3-4), y no tenemos por qué temer. Dios el Padre lo ha dado
“por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es Su cuerpo, la plenitud de
Aquel que todo lo llena en todo” (Ef. 1:22-23).

Desarrollando ese tema, podemos afirmar que, en primer lugar, Cristo es el


principio y el fin de toda la creación. Todas las cosas fueron hechas por Él y para Él
(Col. 1:16). Eso significa que todas las cosas creadas, incluyendo las leyes
naturales y todos los procesos que obran en la creación, están bajo Su control y
funcionan para el bienestar de Su pueblo. ¿Por qué temer, si nuestro Salvador es
tan poderoso?

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En segundo lugar, Cristo es también el principio y el fin en la providencia. Todo lo
que ocurre en este mundo está bajo Su control, y obra en su conjunto para avanzar
aquellos planes y propósitos que Él trazó en la eternidad. Así que, ¿por qué temer?
Cada detalle, sea grande o pequeño, desde la caída de un gorrión hasta el colapso
de un imperio, ocurre bajo Sus órdenes y expresa Su voluntad. Aun los eventos
catastróficos, que trastornan la creación y generan temor en el corazón de los
hombres, son simplemente la manifestación y el resultado de esa voz de Cristo que
suena como el “estruendo de muchas aguas” (v.15b).

Es más, Él es el primero y el último en la obra de la redención. Desde la eternidad,


Cristo tuvo el propósito de redimir un pueblo escogido por Dios el Padre, para
manifestar Su gracia y misericordia. A lo largo de los siglos, todos los preparativos
para esa gran obra estuvieron bajo Su control. La eficacia de ese plan está en Sus
manos, y Su propósito es formar un pueblo innumerable, unido a Su Persona por
lazos indisolubles forjados por el Espíritu Santo. Por lo tanto, Él es el Alfa y la
Omega de la salvación, y como tal terminará perfectamente la buena obra que Él
comenzó en nosotros, para la gloria del Padre.

REFLEXIÓN: Meditemos sobre la creación, la providencia y la redención que


tenemos en Cristo. Si Él ha hecho tanto por nosotros, ¡cuánto más nos cuidará
ahora! Confiemos en Él y pidamos que Su paz nos ayude a estar tranquilos en
medio de las tormentas de la vida.

Luego de afirmar Su plena deidad, el Señor recalca que vino a este mundo para
entregar Su vida por los pecadores. Las palabras: “vivo, y estuve muerto; más he
aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén” (v.18a) están repletas de
enseñanza que debemos analizar cuidadosamente.

La primera palabra, “vivo”, es interesante, porque en el texto original significa “el


viviente”. Este término apunta no solo a Su eternidad, sino también al hecho de
tener vida en Sí mismo, tal como se usa la palabra en el Antiguo Testamento (Jos.
3:10 y Os. 1:10). Cristo no vive porque fue creado, sino porque tiene vida en Sí
mismo. Él es el eterno YO SOY (Jn. 8:58). Como escribió Juan: “En Él estaba la
vida” (Jn. 1:4). El propio Señor lo explicó en la siguiente manera: “Porque como el
Padre tiene vida en Sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en Sí
mismo” (Jn. 5:26).

La paradoja de la redención es que el Viviente, el que tiene vida en Sí mismo, “vino


a estar muerto”. Eso es lo que la frase “estuve muerto” significa en el idioma
original. El Señor “llegó a estar muerto” no porque lo mataron, sino porque Él
entregó Su vida a favor de los pecadores (Jn. 10:17-18). Si nos preguntamos por
qué el Señor lo hizo, el autor de Hebreos afirma que fue “para destruir por medio
de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos
los que por el temor de la muerte, estaban durante toda la vida sujetos a
servidumbre” (Heb. 2:14-15).

El creyente debe meditar constantemente sobre la muerte de Cristo, porque ella es


otra fuente de consolación espiritual. Nuestras tribulaciones serían más llevaderas
si meditáramos más sobre el gran valor de la muerte de Cristo. Los méritos de esa
muerte se miden por la grandeza de Su persona. Es porque en Él habitaba la
plenitud de la deidad que Su muerte logró eterna redención. El murió para que
todos nuestros pecados sean perdonados. Sufrió sobre el madero en nuestro lugar,
y por medio de Su muerte la justicia de Dios fue satisfecha, asegurando nuestra
salvación. Por medio de Su muerte, hemos sido reconciliados con Dios el Padre, y
ahora nada se interpone entre Dios y nosotros. ¡Qué alegría para el hijo de Dios!
¡Qué aliento en medio de las dificultades y las luchas de la vida!

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Por haber entregado Su vida a favor de otros, Cristo obtuvo el derecho de volver a
tomar Su vida, por eso declara: “he aquí que vivo”. El texto en griego usa la
palabra ‘ido’, que es una exclamación que significa, “miren” o “vean”. Los
traductores de la Reina Valera usan la exclamación: “he aquí”.

El Señor no solo volvió de la muerte, sino que vive eternamente. Como Él mismo le
dijo a Juan, “vivo por los siglos de los siglos”. La vida eterna de Cristo se debe a
dos cosas. En primer lugar, a Su naturaleza: “el poder de una vida indestructible”
(Heb. 7:16); y en segundo lugar, porque Él venció la muerte en la cruz del Calvario.
Gracias a Su vida eterna, el Señor puede cubrir todas las necesidades de Su pueblo.
Nada puede afectar la salvación del creyente, ni en esta vida ni en la venidera,
porque su Salvador jamás morirá. Nuestra vida está escondida en Él, y por lo tanto,
porque Él vive, nosotros también viviremos eternamente (Jn. 14:19b).

REFLEXIÓN: Tomemos un tiempo para reflexionar sobre los diversos atributos de


Cristo que hemos notado en nuestro estudio. Esos atributos nos deben llevar, no
solo a adorar y bendecir Su nombre, sino también a valorarlo y amarlo más por
quién Él es. Demos gracias a Dios el Padre por darnos un Salvador tan grande.

Apo. 1:18b​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Día 27

“…Y tengo las llaves de la muerte y del Hades”

Con estas palabras el Señor concluye Su dramática presentación de Si mismo. Son


palabras que presentan, en forma resumida, el resultado de la muerte y
resurrección de Cristo, y al mismo tiempo apuntan a la máxima exaltación del
Señor como Aquel que tiene plena autoridad sobe todo ser humano.

Lo primero que debemos indagar es acerca del significado de la frase, “tengo las
llaves de”. En Isaías 22:20-22, esa frase se aplica a un hombre llamado Eliaquim,
en una profecía que predice que Dios le daría una posición de autoridad en la corte
del rey de Judá, en Jerusalén, en lugar de Sebna (ver Is. 22:15-19). En ese pasaje,
“la llave de la casa de David” (Is. 22:22a) le concedió la autoridad para tomar
decisiones unilaterales, porque dice a continuación: “y abrirá, y nadie cerrará;
cerrará, y nadie abrirá” (Is. 22:22b).

En Mateo 16:19, el Señor toma esa frase y la aplica a Pedro como representante de
los doce apóstoles, diciéndole: “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos, y
todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en
la tierra será desatado en los cielos”. De ese modo el Señor confirió a los apóstoles
el derecho de ejercer autoridad espiritual en la Tierra, especialmente en el asunto
de la salvación eterna. Por medio de “las llaves” del evangelio, ellos tendrían el
derecho de anunciar el ingreso al reino de Dios a todos los pecadores que se
arrepientan de sus pecados, como también el de anunciar la exclusión del reino de
Dios a todos los que rehúsan dejar sus pecados y creer en Cristo.

Aquí en Apocalipsis 1:18, el Señor afirma que Él tiene “las llaves de la muerte y del
hades”. Las tiene, porque gracias a Su muerte y resurrección, Dios el Padre le ha
dado autoridad sobre todas las cosas (Mt. 28:18; Fil. 2:9-11), incluyendo la muerte
y el Hades. La “muerte” es el destino final de todo ser humano que vive en este
mundo (Heb. 9:27) y, como tal, es un gran enemigo de Dios (1 Co. 15:26). Sin
embargo, el Señor tiene la autoridad absoluta sobre el dominio de la muerte, lo que

64
significa dos cosas: Él determina el momento de nuestra muerte, y tiene la
autoridad para abrir las puertas de la muerte para soltar a los que han sido
encerrados por ella. La muerte es un poder extremadamente fuerte, como dice
Salomón en Cantares 8:6, pero más fuerte que la muerte es el Señor Jesús, el Hijo
de Dios, porque Él tiene “las llaves de la muerte”.

REFLEXIÓN: Demos gracias a Dios que, por medio de Su muerte y resurrección, el


Señor venció el poder de Satanás, tal como lo expresa el autor de Hebreos, cuando
describe la encarnación de Cristo, diciendo: “Él también participó de lo mismo, para
destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al
diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la
vida sujetos a servidumbre” (Heb. 2:14-15). Cada ser humano, consciente de sus
pecados, tiene temor a morir y pasa toda su vida tratando de hacer buenas obras
para salvarse de la muerte eterna. El creyente que ha puesto su confianza en Cristo
ya no tiene temor a la muerte, porque ha sido justificado por el sacrificio de la cruz
y tiene paz con Dios (Ro. 5:1). Tomemos un momento para evaluar nuestros
corazones y ver si todavía tenemos temor a morir. Si es así, pidamos a Dios que
nos aclara la fuente de ese temor, porque como hijos de Dios podemos estar libres
del temor a la muerte.

En segundo lugar, el Señor también tiene las llaves “del Hades”. El Hades es el lugar
de los muertos, específicamente de los que mueren sin Cristo. No es el infierno sino
la antesala del infierno, el lugar donde las almas de los que no se arrepintieron van
para esperar el día del juicio final. Por eso, en la parábola del rico y Lázaro, leemos
que cuando el rico murió, su cuerpo fue sepultado en la tierra, pero su alma
apareció en el Hades (Lc. 16:22-23).

En algunos pasajes, la palabra “Hades”, que es un término griego, se usa como


sinónimo de “muerte”. Por eso en 1 Corintios 15:55, la Reina Valera traduce ese
término con la palabra, “sepulcro”. Sin embargo, hay una diferencia entre los dos
conceptos. La muerte es aquel poder que nos quita la vida, mientras que el Hades
es el lugar que retiene las almas de los muertos hasta el día del juicio final. Lo que
el Señor afirma aquí es que Él ejerce plena autoridad sobre ambas cosas, porque
como leemos en este versículo, Él tiene “las llaves de la muerte y del Hades”. Por lo
tanto, Él no solo decide quién muere y cuándo, y si esa persona queda muerta o
resucita, sino también decide si después de morir va al Hades o al cielo. Cada
aspecto del destino humano está bajo Su control. Ese vasto lugar o dimensión,
llamado el “Hades”, repleto de los grandes, ricos y poderosos de este mundo que
rehusaron someterse a Dios – una dimensión que incluye el “abismo” (Lc. 8:31), o
sea las “prisiones eternas” donde están guardados los ángeles más rebeldes (2 P.
2:424 y Jud. 6), todo está bajo la autoridad de Cristo.

Aunque muchos no se dan cuenta de ello, el temor de la muerte es causado por el


pecado, que nos acusa y nos hace sentir que nos espera un juicio. Pablo habla de
ello cuando escribe a los corintios y hace referencia al aguijón de la muerte. Lo
menciona en la forma de una pregunta que él mismo contesta: “¿Dónde está, oh
muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la
muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley” (1 Co. 15:55-56). El pecado es
un “aguijón” porque nos lleva al “Hades”, a esperar el juicio final; sin embargo,
Cristo murió y descendió a la tumba, para luego salir de ella victorioso, habiendo
derrotado para siempre el poder de la muerte y del “Hades”.

24
En el idioma original, la palabra que la Reina Valera traduce, “infierno”, es ‘tartaros’, que es un término
de la cultura griega sinónimo de “Hades”. En el libro de Enoc, Tártaro es el lugar donde están encerrados
los ángeles caídos.

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REFLEXIÓN: Para los creyentes del primer siglo, que estaban sufriendo mucha
persecución por su fe en Cristo, la descripción que el Señor ofrece de Su Persona y
autoridad debió ser de gran ayuda. Si el Señor tenía plena autoridad, no sólo sobre
los vivos y los muertos, sino también sobre su destino eterno, los creyentes podían
enfrentar la muerte con ecuanimidad y confianza, sabiendo que, aunque Satanás
podía quitarles la vida, su Señor y Rey tenía el poder para protegerles del Hades y
darles la vida eterna luego de la resurrección del cuerpo. A nosotros también nos
haría bien reflexionar sobre la autoridad de Cristo, para que no perdamos la
confianza en Él mientras vivimos en una sociedad que se rebela más y más contra
Dios y Su Palabra. Recordemos las palabras de Cristo, “no temáis a los que matan
el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a Aquel que puede
destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mt. 10:28).

Apo. 1:19-20 ​ ​ ​ ​ ​ Día 28

“Escribe las cosas que has visto, y las que son, y las que han de ser después de
estas. El misterio de las siete estrellas que has visto en Mi diestra, y de los siete
candeleros de oro: las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los
siete candeleros que has visto, son las siete iglesias.”

Cuando Juan vio a Cristo en Su gloria, cayó al suelo como muerto (v.17a). Sin
embargo, el Señor lo fortaleció con el toque de Su mano y las palabras de Su boca
(v.17b). Luego de animarlo, le dio una tarea que cumplir: “Escribe…” La visión que
Cristo le concedió a Su siervo en Patmos no fue solo para su beneficio personal,
para ayudarle a soportar ese tiempo de sufrimiento, sino para el beneficio de las
iglesias en Asia que también estaban sufriendo persecución. Por eso era importante
que Juan redactara la visión, y todas las demás cosas que iba a ver, para la
edificación del pueblo de Dios.

El Señor subdivide lo que Juan tenía que escribir en tres partes:

i.​ “las cosas que has visto”. Esas cosas incluyen la visión de Cristo en
Apocalipsis 1:10-18.

ii.​ “las [cosas] que son”. Esas eran las realidades de las siete iglesias a las
que Juan iba a enviar el libro de Apocalipsis. Él ya las conocía porque era
el líder principal de la Iglesia en Asia y conocía bien a las congregaciones
que estaban bajo su jurisdicción. Sin embargo, cabe la posibilidad que
entre las cosas que el Señor le mandó escribir a cada una de las iglesias,
incluyeron detalles que Juan desconocía.

iii.​ “las [cosas] que han de ser después de estas”. Este tercer elemento
abarca la mayor parte del libro de Apocalipsis, y tiene que ver con las
cosas que Juan vería en visiones a partir del capítulo 4.

Para ayudarle a Juan a entender bien lo que estaba escribiendo, el Señor le


interpreta dos detalles de la visión que acababa de ver: “El misterio de las siete
estrellas que has visto en Mi diestra, y de los siete candeleros de oro” (v.20a).
Notemos que la oración está incompleta, porque faltan palabras como: “es la
siguiente” o “es como sigue”. La Nueva Versión Internacional añade las palabras:
“Esta es la explicación”, para que sea más fácil entender el texto original.

La palabra, “misterio”, es una palabra técnica en griego que significa “algo que el
ser humano no puede conocer aparte de una revelación divina”. Por lo tanto, hay

66
una relación entre el “misterio” (‘musterion’) del v.20 y la “revelación”
(‘apokalupsis’) del v.1. La “revelación” que Dios le concedió a Su glorioso Hijo, el
Señor Jesucristo, incluyó la explicación de los símbolos que Juan vería a lo largo de
Apocalipsis. En este caso, “las siete estrellas” simbolizan “los siete ángeles”, y “los
siete candeleros de oro” representan “las siete iglesias” (v.20).

El Señor usa estos dos símbolos para comunicar ciertas verdades importantes que
merecen nuestra consideración.

1.​ Las estrellas y los candeleros de oro indican que los siervos de Dios y las
iglesias de Cristo tienen una gloria que el mundo no puede ver o entender. El
Imperio Romano perseguía a los líderes de las iglesias porque ante sus ojos
eran personas insignificantes, que no tenían el derecho de oponerse al culto
al emperador. Sin embargo, esos hombres eran, en realidad, estrellas
brillantes ante los ojos de Dios, y tenían gran valor, al igual que las
congregaciones que lideraban, que por pobre que sean (ver Apo. 2:9), eran
candeleros de oro para Dios.

2.​ La Iglesia tiene gran valor para Cristo y para este mundo, porque es Su
“candelero”, llamado a brillar en las tinieblas del mundo. Dios la escogió para
desarrollar esa función y le concede toda la gracia que necesita para cumplir
su cometido. Por lo tanto, la Iglesia no debe preocuparse por su estatus en
este mundo, ni por hacerse de riquezas o por ganar poder político. El único
propósito que sirve la Iglesia es para testificar de la gracia de Dios, y cuando
el sufrimiento y la pobreza material facilitan ese testimonio, Dios lo permitirá
y la Iglesia no debe tratar de impedirlo, sino poner de su parte para dejar
que su luz brille en medio del dolor (ver Hch. 4:23-31).

3.​ Tal como el candelero no puede funcionar sin el aceite, la Iglesia no puede
funcionar sin la presencia del Espíritu Santo (ver Zac. 4:2-6 y 11-14). Por
consiguiente, la preocupación principal de la Iglesia debe ser la de obtener la
llenura del Espíritu Santo y servir a Dios con esa llenura espiritual (Lc.
24:48-49; Hch. 1:8; 2:1-4).

4.​ Los siervos de Dios son representados por estrellas, que simbolizan ángeles.
Ambas cosas apuntan a la autoridad de los líderes espirituales. Los
miembros de las congregaciones no deben fijarse en los aspectos externos o
humanos de sus líderes, que podrían ser muy pobres o débiles, sino en su
realidad interna, que proviene del llamado de Dios. Para Cristo, ellos son las
estrellas y Sus mensajeros, y por lo tanto tienen enorme valor para la
Iglesia. Las estrellas brillan en la noche y fueron creadas para gobernar (Gn.
1:14-18), así también los pastores y líderes son llamados a brillar en las
tinieblas del mundo y señorear sobre las congregaciones.

REFLEXIÓN: La carta a los Hebreos concluye con dos exhortaciones a los creyentes
acerca de su relación con los líderes de las iglesias. “Acordaos de vuestros pastores,
que os hablaron la Palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su
conducta, e imitad su fe” (Heb. 13:7). “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a
ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para
que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque eso no es provechoso” (Heb.
13:17). Meditemos sobre esas dos exhortaciones, a la luz de lo que leemos en
Apocalipsis 1:20 acerca de los líderes de las iglesias. ¿Cuál es nuestra actitud hacia
los pastores de la congregación donde asistimos? ¿Los valoramos como “estrellas” y
“ángeles”, escogidos por Dios y nombrados por Él para gobernar sobre la iglesia?
No hacerlo, no es provechoso para nosotros, porque un día seremos juzgados por
Cristo. Pidamos a Dios la gracia para valorar a los dirigentes de nuestra iglesia y
oremos más por ellos.

67
NOTA ADICIONAL: LAS CARTAS A LAS SIETE IGLESIAS

Antes de comenzar el estudio detallado de las cartas a las siete iglesias, es


necesario notar que ellas tienen una estructura muy particular, conformada por seis
elementos:

-​ una orden divina


-​ una descripción de Cristo
-​ una descripción de la iglesia
-​ una exhortación a la iglesia
-​ una exhortación a prestar atención
-​ una promesa divina.

En su conjunto, las cartas a las siete iglesias presentan un cuadro general de la


condición de la Iglesia del Señor tal como estaba al fin de la época apostólica
cuando se acabaron las manifestaciones especiales del poder de Dios que marcaron
las primeras décadas de la Iglesia; es decir, representan “las [cosas] que son” (Ap.
1:19). Bajo la dirección del Espíritu Santo, y contando simplemente con el poder de
la Palabra y el impacto de su testimonio, la Iglesia cristiana comenzó el largo
período de ministerio y sufrimiento que se extendería hasta el fin de los tiempos.
Las siete cartas de Apocalipsis 2 y 3, además de presentar la situación de la Iglesia
al fin del primer siglo, predicen las virtudes, los defectos, las luchas y los problemas
que el pueblo de Dios enfrentaría a lo largo de su historia antes de la Segunda
Venida. Por eso es importante estudiar las siete cartas a la luz de Apocalipsis 4 al
22, y no aislarlas de su contexto literario. Apocalipsis 2 y 3 forman una parte
integral del libro de Apocalipsis, y el mensaje que ellas contienen es indispensable
para alentar y consolar a los hijos de Dios en el desarrollo de su vida espiritual aquí
en la Tierra.

Las cartas a las siete iglesias también ilustran la enseñanza del Señor en la
parábola del trigo y la cizaña acerca de la naturaleza del reino de Dios en esta
etapa de la historia del mundo. El reino de Dios, en la forma de la Iglesia visible,
será marcado por una mezcla de cosas buenas y malas, la verdad y el error, la
santidad y el pecado. Mientras el Señor va “sembrando” Sus hijos espirituales,
Satanás se encarga de “sembrar” la cizaña, y como consecuencia hay cosas en
todas las iglesias que alegran y entristecen al Señor.

La carta dirigida a la iglesia en Éfeso nos servirá como modelo para ilustrar los seis
elementos que encontramos en cada epístola.

1.​ Una orden divina: “Escribe al ángel de la iglesia en Éfeso” (Ap. 2:1a)

La orden divina que encabeza cada carta indica que el mensaje que contiene no
viene de Juan sino de Cristo. En Apocalipsis 1:11, Cristo le ordenó al apóstol
redactar un narrativo de las cosas que vio en Patmos y le permitió hacerlo con sus
propias palabras, pero en Apocalipsis 2 y 3, el Señor le dicta a Juan lo que debe
escribir a cada iglesia. Eso significa que las siete cartas revisten gran importancia
para el creyente, porque contienen las mismas palabras del Señor, pronunciadas
desde Su trono celestial y dirigidas a Su Iglesia. Por ese motivo, debemos leer cada
carta con mucho interés y reverencia.

2.​ Una descripción de Cristo: “El que tiene las siete estrellas…dice esto” (Ap. 2:1b)

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Las siete cartas comienzan con una descripción del Señor Jesús tomada de
Apocalipsis 1. Las presentamos aquí para tener un cuadro completo de ellas.

-​ “El que tiene las siete estrellas en Su diestra, el que anda en medio de los
siete candeleros de oro” (Ap. 2:1b; ver Ap. 1:12 y 16).

-​ “El primero y el postrero, el que estuvo muerto y vivió” (Apo. 2:8b; ver
Apo. 1:17-18).

-​ “El que tiene la espada aguda de dos filos” (Apo. 2:12b; ver Apo. 1:16).
-​ “El Hijo de Dios, el que tiene ojos como llama de fuego, y pies semejantes
al bronce bruñido” (Apo. 2:18b; ver Apo. 1:14-15).

-​ “El que tiene los siete espíritus de Dios, y las siete estrellas” (Apo. 3:1b; ver
Apo. 1:4 y 16).

-​ “el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y


ninguno cierra, y cierra y ninguno abre” (Apo. 3:7b; ver Apo. 1:18).

-​ “el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios”


(Apo. 3:14b; ver Apo. 1:5 y 8).

En cada caso, la descripción de Cristo encaja con el mensaje del Señor a la iglesia y
nos enseña que la mayor necesidad que el pueblo de Dios tiene es la de conocer a
Cristo. Él es capaz de suplir todas las necesidades de la Iglesia, porque cuenta con
los recursos que ella necesita para cada etapa de su vida. Las características de
Cristo nos enseñan que la seguridad y el consuelo de la Iglesia dependen de su
comunión con el Señor, y que su mayor necesidad es conocer la gloria y el poder de
Cristo. Ese es el mensaje central de todo el libro de Apocalipsis.

3.​ Una descripción de la Iglesia: “Yo conozco tus obras…” (Apo. 2:2)

Luego de la descripción de Cristo viene un análisis de la condición espiritual de la


congregación a la que va dirigida la carta. Aunque el Señor habla de las “obras” del
líder de la iglesia y la congregación, en realidad lo que le interesa es la actitud con
la cual ellos trabajan. En casi todos los casos, la descripción de sus obras es
positiva, aunque algunas cartas señalan aspectos negativos de la iglesia. Las dos
congregaciones que el Señor no critica son Esmirna (Apo. 2:9-10) y Filadelfia (Apo.
3:8-10), mientras que la única iglesia de la que no tiene nada bueno que decir es
Laodicea (Apo. 3:15-20).

Es importante notar que hay una relación estrecha entre las características de cada
iglesia y lo que leemos en el resto del libro, porque Apocalipsis describe el contexto
en que la Iglesia tendrá que vivir y cumplir su misión antes de la Segunda Venida
de Cristo. Por ejemplo, la carta a la iglesia en Éfeso resalta el peligro de perder el
primer amor (Apo. 2:4), y eso se debe a que el intervalo entre las dos venidas de
Cristo será tan largo que la Iglesia experimentará la tentación de enfriarse
espiritualmente.

4.​ Una exhortación a la Iglesia: “por tanto…arrepiéntete, y haz las primeras


obras…” (Apo. 2:5)

En la mayoría de los casos, el Señor exhorta a la iglesia a arrepentirse de sus


pecados y cambiar su comportamiento (ver Apo. 2:16; 3:3). Sin embargo, en

69
Apocalipsis 2:10, Cristo exhorta a la iglesia de Esmirna a ser valiente para enfrentar
un tiempo de persecución. En otros casos, el mensaje del Señor toma la forma de
una advertencia de juicio (Apo. 2:22-23; 3:16).

5.​ Una exhortación a prestar atención: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu
dice a las iglesias” (Apo. 2:7a)

Estas exhortaciones generales tienen dos características interesantes que debemos


notar:

i.​ Cada una hace referencia al Espíritu Santo, porque Él es responsable por
la vida espiritual de las congregaciones.

ii.​ Cada una está dirigida a “las iglesias”, no a “la iglesia”. Eso señala que
las cartas a las siete iglesias constituyen un mensaje general a toda la
Iglesia de Cristo, en forma colectiva. Como afirma Carballosa, “Las siete
iglesias mencionadas en Apocalipsis 2 y 3 eran muestras de la totalidad
del cuerpo de Cristo”.

6.​ Una promesa: “Al que venciere…” (Ap. 2:7b)

Algunas promesas son sencillas: “no sufrirá daño de la segunda muerte” (Apo.
2:11b), mientras que otras son complejas (Apo. 2:17, 26-28; 3:5, 12). Es
interesante notar no solo el orden de las promesas, sino también la relación que
guardan con los últimos capítulos de Apocalipsis. De ese modo, mientras la
descripción de Cristo, que da inicio a cada, carta mira hacia atrás, al primer capítulo
de Apocalipsis, las promesas que vienen al fin de cada carta miran hacia adelante,
al final de Apocalipsis. De ese modo, las cartas a las siete iglesias sirven para
integrar todo el libro.

A Éfeso, “le daré a comer del árbol de la vida” (Ap. 2:7); el árbol que está en
Apocalipsis 22:2.

A Esmirna, “no sufrirá daño de la segunda muerte” (Apo. 2:11); la muerte que es
mencionada en Apocalipsis 21:8.

A Pérgamo, “daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y
en la piedrecita escrito un nombre nuevo” (Apo. 2:17). En Apocalipsis 21:6 el Señor
promete dar de beber al que tiene sed, así que es de suponer que también dará de
comer al que tiene hambre, y esa comida podría ser el fruto del árbol de la vida
(Ap. 22:2), como promete en Apocalipsis 2:7.

A Tiatira, “le daré autoridad sobre las naciones, y las regirá con vara de hierro…y le
dará la estrella de la mañana” (Apo. 2:26-27), que es una referencia al Señor
Jesús, la “estrella resplandeciente de la mañana” (Ap. 22:16).

A Sardis, “será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de


la vida, y confesaré su nombre delante de Mi Padre, y delante de Sus ángeles”
(Apo. 3:5). Apocalipsis 20:15 y 21:27 mencionan ese libro, indicando que es el libro
del Cordero.

A Filadelfia, “le haré columna en el templo de Mi Dios, y nunca más saldrá de allí; y
escribiré sobre él el nombre de Mi Dios, y el nombre de la ciudad de Mi Dios, la
nueva Jerusalén” (Apo. 3:12). Los capítulos 21 y 22 de Apocalipsis describen la
nueva Jerusalén en bastante detalle (ver Ap. 21:2, 10-27; 22:1-5).

70
A Laodicea, “le daré que se siente conmigo en Mi trono” (Apo. 3:21). La nueva
Jerusalén no es un templo, sino una ciudad, la ciudad del gran Rey, donde Cristo
reina eternamente con Su pueblo (Ap. 21:22-23).

REFLEXIÓN: Si el Señor tuviera que enviar una carta a la iglesia donde


congregamos, ¿cuál sería el tenor de la carta? ¿Qué cosas tendría el Señor que
felicitar o criticar? Pidámosle a Dios la gracia para escuchar lo que el Espíritu Santo
dice a la iglesia, aunque no haya una carta de Cristo de por medio.

Ap. 2:1a Día 30

“Escribe al ángel de la iglesia en Éfeso”

El Señor le orden a Juan escribir la primera carta “al ángel de la iglesia en Éfeso”.
Puesto que la palabra “ángel” significa “mensajero” (ver notas sobre Ap. 1:20),
debemos entender que el Señor se dirige a la persona que estaba a cargo de la
iglesia, sea el pastor u “obispo” de la congregación. Sin embargo, al escribir al líder
de la iglesia, Él se está dirigiendo a toda la congregación que el “ángel” lideraba.
Por eso cada carta concluye con la exhortación: “El que tiene oído, oiga lo que el
Espíritu dice a las iglesias” (Apo. 2:7).

En algunas iglesias, el “ángel” ya estaría luchando contra las deficiencias que el


Señor señala en la carta. En esos casos, la epístola divina debe ser tomada como
un apoyo o afirmación del ministerio de ese líder espiritual. No obstante, en algunos
casos, el mensaje del Señor es una censura al líder de la iglesia por permitir las
deficiencias que Él critica. Vemos un ejemplo de ello en Apocalipsis 2:14-15 y 20.

Cuando el apóstol Pablo enviaba una carta a la iglesia en una ciudad, la dirigía a
toda la congregación, como vemos en Romanos 1:7 y Filipenses 1:1. Eso nos lleva
a plantear la pregunta, ¿por qué el Señor dirigió la carta al líder de la iglesia? A
manera de respuesta, podemos señalar cuatro razones:

1.​ El “ángel” de cada iglesia representaba la congregación que lideraba, por lo


tanto, al escribir al “ángel”, el Señor se estaba dirigiendo a toda la iglesia.

2.​ Cada “ángel” no solo representaba la congregación, sino que la lideraba. Así
que, si el Señor quería dirigir una carta a la congregación, era suficiente
enviarla al que estaba a cargo de la iglesia.

3.​ La relación que existe entre el líder de una iglesia y la congregación que
lidera es tal que la iglesia reflejará la condición espiritual del líder. Por
ejemplo, si un líder está frío espiritualmente, también lo estará la
congregación, y si una congregación mantiene la sana doctrina, será porque
el líder lo hace. Por consiguiente, al enviar las cartas a los siete “ángeles”, el
Señor se está dirigiendo a la raíz de la condición espiritual de cada
congregación.

4.​ El término, “ángel”, apunta al orden establecido por Dios en cuanto a cómo
Él se comunica a la Iglesia. El Señor no habla directamente a la
congregación, sino que lo hace por medio del pastor o el “anciano” que Él ha
nombrado para estar al frente de la iglesia. Él es el mensajero o el profeta
de la iglesia. Por consiguiente, cuando el Señor quería comunicar ciertos

71
mensajes a las siete congregaciones del primer siglo, Él se dirigió al líder de
cada iglesia, para no pasar por alto el orden que Él mismo instituyó.

Para interpretar correctamente los mensajes del Señor a las siete iglesias, debemos
tomar en cuenta cuatro niveles de significado:

-​ El significado particular de la carta, que debe ser establecido a la luz de la


condición original de la congregación a la cual fue dirigida la carta.

-​ El significado universal de la carta; es decir, el mensaje que se puede


aplicar en forma general a la Iglesia del Señor en todo tiempo y en todo
lugar.
-​ El significado personal de la carta. Esto tiene que ver con cómo podemos
aplicar el mensaje del Señor a nuestra vida personal en el siglo XXI.

-​ El significado profético de la carta. Eso tiene que ver con lo que podría
pasar a la Iglesia de Cristo en general, antes del fin del mundo.

REFLEXIÓN: Pidamos al Señor que nos conceda oídos para oír lo que el Señor
quiere decirnos a través de estas siete cartas, para que el estudio de Su Palabra sea
de provecho personal.

La primera carta está dirigida a la iglesia en la ciudad de Éfeso, no solo porque era
la principal ciudad de Asia, sino porque era la primera ciudad a donde llegaría el
mensajero llevando el libro de Apocalipsis (ver el mapa de las siete iglesias, p. ).

Éfeso era un gran centro comercial y contaba con una población de unas seiscientas
mil personas. Tenía un puerto que conectaba Asia con Roma, así que muchos
productos de la parte oriental del Imperio Romano pasaban por Éfeso, rumbo a la
parte occidental del Imperio, y viceversa. Además, Éfeso era un centro religioso
muy importante en el primer siglo. La ciudad albergaba un grandioso templo
dedicado a la diosa Diana, que era una de las siete maravillas del mundo antiguo.
Por lo tanto, visitantes llegaban a Éfeso de todas partes del Imperio Romano,
sosteniendo económicamente a un porcentaje importante de la población por medio
de la venta de las imágenes de la diosa Diana (ver Hch. 19:23-27). Dado a que
Diana era conocida como la diosa del amor, el culto a esa deidad incluía sostener
relaciones sexuales con las prostitutas, que cumplían la función de sacerdotisas en
el templo de Diana.

Además de ser un centro comercial y un centro religioso, Éfeso tenía la fama de ser
un centro de ocultismo. Había muchos hechiceros en Éfeso, y las personas viajaban
de cada rincón del Imperio Romano para comprar libros de magia negra, talismanes
y otros elementos relacionados con la brujería. Entre ellos destacaban las “cartas
de Éfeso”, que eran documentos cuyo propósito era maldecir a un enemigo o rival,
con el fin de hacerle algún daño. Lucas confirma esa realidad cuando narra la
fundación de la iglesia en Éfeso y declara que “muchos de los que habían practicado
la magia trajeron los libros y los quemaron delante de todos; y hecho la cuenta de
su precio, hallaron que era cincuenta mil piezas de plata” (Hch. 19:19).

Fue durante su segundo viaje misionero que Pablo llegó a Éfeso por primera vez
(Hch. 18:18-21); no obstante, no se estableció una iglesia allí hasta el tercer viaje
misionero, cuando Pablo tuvo la oportunidad de quedar en Éfeso tres años,
predicando el evangelio y discipulando a muchas personas (ver Hch. 19:1-20;
20:31). Luego de continuar sus viajes misioneros, algunos problemas serios
surgieron en la iglesia y Pablo envió a Timoteo a poner orden en la congregación
(ver 1 Ti. 1:3-4). Posteriormente, el apóstol Juan llegó a la ciudad y estableció su

72
base en Éfeso para desarrollar un ministerio pastoral en toda la provincia de Asia.
De ese modo, la congregación en Éfeso tuvo el privilegio de contar con el ministerio
de varios siervos de Dios, llegando a ser una iglesia muy importante en la región.

REFLEXIÓN: Cada iglesia disfruta de ciertos privilegios y enfrenta ciertos desafíos.


¿Cuáles son los privilegios de la iglesia donde nosotros asistimos y cuáles son los
desafíos que enfrentamos como congregación? Tomemos un tiempo para darle
gracias a Dios por las bendiciones que nos ha dado como iglesia, y pidámosle la
gracia para responder bien a los desafíos que nos enfrentan.

Apo. 2:1b-2a Día 31

“El que tiene las siete estrellas en Su diestra, el que anda en medio de
los siete candeleros de oro, dice esto; 2 Yo conozco tus obras, y tu arduo
trabajo y paciencia…”

La carta empieza con una descripción de Cristo, cuyo propósito era recordar al líder
de la iglesia que la carta no venía de un apóstol, sino del mismo Señor Jesucristo,
la Cabeza de la Iglesia. En esta carta, el Señor resalta dos características Suyas: Él
tiene las siete estrellas en Su mano y anda en medio de los siete candeleros de oro.
Las estrellas representan los “ángeles”, que son los líderes de las iglesias, y los
candeleros, representan las iglesias (Ap. 1:20).

En el idioma original, el verbo, “tiene”, es ‘krateo’ y está relacionado con la palabra


‘kratos’, que significa "poder". En Mateo 14:3, este verbo se usa para describir la
manera en que Herodes arrestó a Juan el Bautista, prendiéndolo (‘krateo’) y
llevándolo a la cárcel. Otros usos ilustrativos de este verbo incluyen Mateo 18:28;
26:50; Hch. 3:11). Al usar el verbo ‘krateo’, lo que el Señor está diciendo es que Él
tiene al líder de la iglesia poderosamente en Sus manos y lo sostiene firmemente
en Su “diestra”, Su brazo de poder.

Estar sostenido por Cristo da seguridad al líder, porque gracias a eso ningún
enemigo, sea humano o espiritual, lo puede arrebatar de las manos de Dios (ver Jn.
10:28-29), como vemos de la experiencia de los dos testigos en Apocalipsis 11:5.
Sin embargo, las palabras del Señor también constituyen una advertencia al líder
de la iglesia, porque le hacen ver que él está en las manos del Rey de reyes, quien
se reserva el derecho de actuar en la vida del pastor conforme a Sus propósitos. La
iglesia no es suya sino del Señor y si el líder no trabaja correctamente, el Señor es
capaz de quitarle la iglesia o cerrarla (v.5b).

La segunda característica que el Señor escoge resaltar en la carta al “ángel” de la


iglesia en Éfeso es que Él “anda en medio de los siete candeleros de oro”. El verbo,
“anda”, significa “caminar”, y en relación con la frase, “en medio de”, da el sentido
de: “caminar por todos lados, de arriba y para abajo, explorando cada aspecto de la
vida de la iglesia”. El verbo está en el tiempo presente, lo que señala que el Señor
se pasea por la iglesia constantemente y no hay aspecto alguno de la vida de la
congregación que Él desconozca, que es a la vez alentador y desafiante. No
podemos esconder nada de los ojos del Señor porque Él sabe exactamente lo que
está pasando en la congregación. Aunque el Señor sea invisible a nuestros ojos, no
está ausente de la iglesia, y por medio de Su Espíritu, anda entre los creyentes
cerciorándose de todo lo que pasa en sus vidas.

REFLEXIÓN: Si el apóstol Pablo pudo decir de una iglesia que él no conocía

73
personalmente, “Porque aunque estoy ausente en cuerpo, no obstante en espíritu
estoy con vosotros, gozándome y mirando vuestro buen orden y la firmeza de
vuestra fe” (Col. 2:5), cuánto más el Señor lo podrá decir de nuestra congregación.
La pregunta que debemos contestar es la siguiente: “¿Estamos alegrando el
corazón del Señor o lo estamos entristeciendo por nuestro comportamiento en la
iglesia?” Dios nos ayude a vivir en tal manera, personalmente, que traigamos
alegría al corazón del Señor.

Puesto que Señor anda en medio de la congregación, Él puede afirmar: “Yo conozco
tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia”. De ese modo, la Cabeza de la Iglesia
anima a los miembros de la iglesia en Éfeso, diciendo que Él sabía todas las cosas
buenas que ellos hacían. El término “obras” es genérico, porque el Señor lo usa en
cada carta (vv.9, 13, 19). Las dos acciones específicas que el Señor reconoce y
felicita a la iglesia en Éfeso son: “tu arduo trabajo y paciencia”. En el idioma
original, la palabra “trabajo” (‘kopos’) apunta a un trabajo cansador, que ocasiona
dolor y fatiga; por eso la Reina Valera añade el adjetivo “arduo”, a pesar de que esa
palabra no está en el idioma original, solo está implícito en el sustantivo ‘kopos’. El
apóstol Pablo emplea el término ‘kopos’ en pasajes como 1 Corintios 15:58 y 2
Corintios 11:23, 27, indicando que el ministerio pastoral es un trabajo arduo y
cansador. La coincidencia en la terminología indica que el líder de la iglesia en Éfeso
trabajaba como lo hizo el apóstol Pablo en Tesalónica:

​ “Porque os acordáis, hermanos, de nuestro trabajo [‘kopos’] y fatiga; cómo


trabajando de noche y de día, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os
predicamos el evangelio de Dios.”

1 Tesalonicenses 2:9

El Señor felicita al líder de la iglesia por trabajar sin desmayar (v.3b), reconociendo
en el v.2 y en el v.3, que lo hacía con “paciencia”. En el idioma original, la palabra
“paciencia” significa “permanecer bajo un peso” y apunta a la habilidad de soportar
la presión generada por el trabajo agotador que hacía, sin derrumbarse emocional,
física o espiritualmente. Evidentemente era un gran pastor o “anciano”, digno de
haber heredado el ministerio de los “ángeles” que le antecedieron, como Pablo,
Timoteo y Juan.

REFLEXIÓN: El trabajo en la iglesia, y especialmente el ministerio pastoral, no es


para los ociosos o débiles, sino para los que están dispuestos a trabajar
arduamente. Sea grande o pequeña la iglesia, el ministerio cristiano es exigente, y
si tenemos algún ministerio en la iglesia debemos evaluarnos, preguntando cómo lo
estamos llevando a cabo. ¿Nos estamos cansando de servir al Señor o lo hacemos
con esmero y paciencia? Oremos por todos aquellos que tienen algún cargo en la
congregación, especialmente por aquellos a quienes vemos muy cansados porque
tienen muchas responsabilidades. Pidamos al Señor que los sostenga fuertemente
en Sus manos.

Una lectura del Nuevo Testamento indica que la obra del pastor o líder de la iglesia
consiste de los siguientes elementos:

-​ Predicar el evangelio y enseñar la Palabra de Dios.


-​ Orar por los miembros de la iglesia y por los que aún no se han convertido.
-​ Conducir la iglesia bajo la dirección del Espíritu Santo.
-​ Visitar a los miembros de la iglesia, especialmente a los que están enfermos
física o espiritualmente.
-​ Proteger la vida espiritual de los que están bajo su cuidado de todas las
artimañas del enemigo, incluyendo las tentaciones del mundo y de la carne.

74
-​ Estar alerta al peligro de los falsos maestros que procuran infiltrarse en la
congregación, en forma física o virtual.
-​ Formar a los creyentes para que la imagen de Cristo se vea en su vida
diaria.
-​ Discipular a los miembros de la iglesia en tal manera que pongan sus dones
espirituales al servicio del Señor.
-​ Organizar la vida de la congregación, velando por la unidad y el fervor
espiritual de la iglesia.
-​ Generar en la iglesia una visión evangelística y misionera.
-​ Corregir a los que se apartan de la fe, sea en doctrina o práctica,
procurando su restauración espiritual.

Cuando consideramos el trabajo que el líder de la iglesia debe llevar a cabo


llegamos a dos conclusiones fundamentales: el pastor debe ser una persona a quien
Dios ha llamado y equipado para el ministerio, y debe buscar trabajar en equipo,
porque nadie es capaz de hacer todo este trabajo solo.

REFLEXIÓN: Oremos por los pastores y líderes de nuestra iglesia, dando gracias a
Dios por sus vidas y ministerios, y pidiendo al Señor que los fortalezca para la tarea
de conducir la iglesia.

Apo. 2:2b-3 Día 31

“…y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que dicen
ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos; y has sufrido, y
has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de Mi
nombre, y no has desmayado.”

En estos versículos, el Señor explica cuál era el trabajo agotador del líder de la
iglesia en Éfeso. No solo predicaba el evangelio y enseñaba la Palabra de Dios, sino
que evaluaba moralmente a los asistentes y probaba a los falsos apóstoles. El
Señor no explica quiénes eran los “malos” o qué hacían, pero la palabra apunta a
personas que se portaban mal y no querían cambiar. La Biblia nos manda soportar a
los débiles en la fe, incluyendo a los que a veces caen en el pecado. Por ejemplo,
Pablo exhorta a los gálatas, “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna
falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre” (Ga.
6:1), añadiendo, “Sobrellevad los unos las cargas de los otros” (Ga. 6:2). Es
importante hacer eso porque la iglesia no es una comunidad de personas sanas,
sino de pecadores que están en el camino hacia la santificación.

El problema surge cuando algunos no quieren reconocer su condición espiritual y no


desean cambiar. Tales personas son los “malos” y constituyen un peligro para el
pueblo de Dios. Por eso, Pablo ordenó la expulsión de la iglesia a un asistente que
vivía abiertamente en el pecado en Corinto (1 Co. 5:1-5). El pastor de la
congregación en Éfeso hizo algo parecido cuando se percató de la presencia de
malos elementos en la congregación y el Señor le felicitó por su actitud.

Años antes, cuando Pablo se despidió de los “ancianos” de la iglesia en Éfeso, les
advirtió de un peligro que surgiría en la congregación:

​ “Porque yo sé que después de mi partida, entrarán en medio de vosotros


lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán
hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos.”
Hechos 20:29-30

75
Para fines del primer siglo, la profecía de Pablo se cumplió y el “ángel” de la iglesia
tuvo que enfrentar a esos “lobos rapaces”. Uno se imagina que no fue fácil para él
hacerlo, porque lo más probable era que dichas personas tenían a sus amigos en la
congregación y el pastor seguramente fue criticado por tratar a los “malos” con la
firmeza necesaria. A los “lobos rapaces” nunca les gusta ser desenmascarados y, al
igual que los demonios, no salen fácilmente del lugar que están ocupando con fines
maquiavélicos. En el caso de la iglesia en Éfeso, el pastor los enfrentó con valentía,
y el Señor reconoce su trabajo y lo felicita por ello.

Además de los “malos”, el líder tuvo que enfrentar a los falsos maestros: “a los que
se dicen ser apóstoles, y no lo son” (v.2b). Eso fue aún más difícil, porque no se
trataba de personas que tenían un mal comportamiento, sino de personas que
deseaban ejercer autoridad sobre la iglesia con el fin de engañar a los creyentes
espiritualmente.

Los “apóstoles” que el Señor menciona aquí no eran personas que reclamaban estar
al nivel de los Doce, porque para fines del primer siglo había muy pocas personas
vivas que habían visto al Señor personalmente y podían alegar ser nombradas por
Él como Sus representantes oficiales (Hch. 1:21-22). Tampoco eran mensajeros
enviados por la iglesia Madre en Jerusalén, como aquellos “judaizantes” que le
hicieron tanto daño a Pablo (Hch. 15:1-2) y que él describe como, “falsos apóstoles,
obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo” (2 Co. 11:13).
Para fines del primer siglo la ciudad de Jerusalén estaba en ruinas y los pocos
creyentes que quedaban allí ya no ejercían mucha influencia sobre las demás
congregaciones cristianas. Los que se autodenominaban “apóstoles” en Éfeso no
eran personas que querían “judaizar” la iglesia, sino “paganizarla”. Lejos de querer
imponer la ley de Moisés sobre los creyentes en Éfeso, lo que ellos deseaban hacer
era eliminar de la vida cristiana toda clase de código moral, con el fin de incentivar
a los cristianos a vivir una vida de sensualidad y libertinaje. Probablemente estaban
vinculados con los “nicolaítas” que el Señor menciona en el v.6.

La actitud del pastor de la iglesia en Éfeso hacia esas personas fue la correcta
porque no los rechazó inmediatamente, sino que los probó para ver qué clase de
mensajeros eran. Cristo no aclara cómo lo hizo, pero indudablemente los evaluó
según dos criterios importantes: los “frutos” de su vida y la enseñanza que
impartían. En Mateo 7:15, Jesús advirtió a los discípulos del peligro de “falsos
profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos
rapaces”. Una forma de distinguir entre los verdaderos siervos de Dios y los falsos
es por lo que Cristo llama, los “frutos” (Mt. 7:16, 20); es decir, la forma de vida y
las actitudes que tienen las personas que dicen ser líderes espirituales. Como el
Señor mismo dijo, en ese contexto, “No todo el que Me dice, Señor, Señor, entrará
en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de Mi Padre que está en los
cielos” (Mt. 7:21).

La segunda forma de evaluar a los que reclaman ser líderes espirituales es por su
enseñanza. El propio apóstol Juan estableció ese criterio en su primera epístola,
escrita unos años antes de su exilio en Patmos y dirigida a los líderes de las iglesias
en Asia.

“Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios;
porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto conoced el
Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne
es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne,
no es de Dios…”.

1 Juan 4:1-3

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En ese caso, las personas que decían ser profetas negaban la realidad de la
encarnación del eterno Hijo de Dios y por lo tanto eran falsos profetas que tenían
que ser desenmascarados.

El pastor de la iglesia en Éfeso hizo todo eso. Aplicó la evaluación teológica y


escritural a las personas que afirmaban ser “apóstoles”, y su evaluación arrojó un
resultado negativo, que llevó al líder de la iglesia a afirmar que los que decían ser
apóstoles de Cristo eran “mentirosos” (v.2b). Como ya hemos comentado, hacer
eso no fue fácil porque los falsos apóstoles tendrían cierta presencia y prestigio, y
seguramente se habían ganado admiradores en Éfeso. Sin embargo, siendo fiel a la
tarea que el Señor le había encomendado, el pastor de la iglesia desenmascaró a
los falsos apóstoles protegiendo así a la congregación.

El Señor Jesús vio esa labor difícil del líder y lo felicitó, diciendo: “Yo conozco tus
obras, y tu arduo trabajo” (v.2a). Es más, el Señor añade las palabras: “has
sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de Mi
nombre, y no has desmayado” (v.3). La tarea de evaluar a los falsos apóstoles no
fue nada fácil y el pastor había “sufrido” por hacerlo. Es más, tuvo que insistir en la
necesidad de evaluar a esas personas y perseverar en su evaluación, mostrando así
mucha “paciencia”. Quizá tuvo poco apoyo y fue necesario trabajo incansablemente
para concluir la evaluación, y por eso el Señor reconoce, “has trabajado
arduamente por amor de Mi nombre”. Finalmente, el Señor lo felicita por no
desmayar, a pesar de toda la oposición que encontró en su trabajo: “no has
desmayado”25. Evidentemente, el “ángel” era un verdadero siervo de Dios y el
Señor lo reconoce públicamente.

REFLEXIÓN: En estos días de tanto engaño espiritual, cuando abundan los falsos
profetas y apóstoles, tenemos que orar por nuestros pastores y líderes, pidiendo al
Señor que los haga hombres de oración y discernimiento espiritual, fieles y
valientes en la tarea de proteger la grey de Cristo de los lobos rapaces. ¿Por qué no
tomamos un momento para llamar a nuestro pastor por teléfono o enviarle un
mensaje de aliento espiritual, indicando que estamos orando por ellos?

Apo. 2:4-5 Día 32

“Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por
tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras;
pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no
te hubieres arrepentido”

A pesar de todas las cosas buenas que el pastor de la iglesia en Éfeso hacía, el
Señor podía ver una gran debilidad en él que amenazaba con afectar a toda la
congregación. Con amor y firmeza, el Señor trata el asunto, y el líder de la iglesia,
que tomó tiempo para evaluar la vida espiritual de los falsos apóstoles ahora
encuentra que él mismo está siendo examinado por el Señor, y tiene que escuchar
una crítica que se le hace de su vida espiritual.

25
En el idioma original, el verbo “no has desmayado” (‘kopiao’) está vinculado con el sustantivo
“trabajo” (‘kopos’) en el v.2, así que lo que el Señor está diciendo es que, aunque el “ángel” había
trabajado hasta cansarse, no se había cansado del trabajo espiritual.

77
A primera vista es una crítica sorprendente, porque como ya hemos notado, el
pastor era un hombre bueno y hacía un excelente trabajo en la iglesia. No obstante,
es importante reconocer que lo que el Señor valora no es solo nuestro trabajo, sino
nuestra actitud y motivación. Él no solo mira lo que hacemos, sino por qué lo
hacemos. El apóstol Pablo trata este tema en la primera carta a los Corintios.

​ “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser


como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese
todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que
trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes
para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no
tengo amor, de nada me sirve.”

1 Corintios 13:1-3

Para Cristo, el amor del creyente es lo más importante, y eso era lo que faltaba en
el corazón del pastor en Éfeso. Aunque la Reina Valera traduce el v.3, “has
trabajado arduamente por amor de Mi nombre”, habría que notar que la palabra
“amor” no está en el texto original. Lo que Juan escribió fue: “has trabajado
arduamente por Mi nombre”, tal como lo tenemos en otras versiones de la Biblia.
Años antes, cuando el pastor se convirtió, amaba mucho al Señor, pero al pasar los
años abandonó su “primer amor” (v.4). Como dice un comentarista, “una
enfermedad invisible pero fatal estaba carcomiendo el corazón del líder de la iglesia
en Éfeso”.

El “primer amor” es ese amor que el pecador siente por el Señor cuando entiende el
evangelio por primera vez y se convierte a Dios. El Señor valora mucho ese “primer
amor” porque es la evidencia de un verdadero arrepentimiento y una conversión
genuina. Por eso, en el Antiguo Testamento Dios reclamó la pérdida del primer
amor de Su pueblo, Israel, diciendo: “Me acuerdo de ti, de la lealtad de tu
juventud, del amor de tu noviazgo, cuando andabas en pos de Mi en el desierto, en
una tierra no sembrada” (Jer. 2:2). Las palabras del Señor quizá sean una
referencia a la reacción de Israel cuando Dios abrió el camino por el Mar Rojo y
luego destruyó al ejército de Egipto. Ese acto de salvación produjo una reacción
profunda en el pueblo de Dios:

​ “Y vio Israel aquel gran hecho que Jehová ejecutó contra los egipcios; y el
pueblo temió a Jehová, y creyeron a Jehová y a Moisés Su siervo. Entonces cantó
Moisés y los hijos de Israel este cántico a Jehová, y dijeron: Cantaré yo a Jehová
porque se ha magnificado grandemente…Jehová es mi fortaleza y mi cántico, y ha
sido mi salvación. Este es mi Dios, y lo alabaré; Dios de mi padre, y lo enalteceré.”

Éxodo 14:1 – 15:2

Lamentablemente, al pasar los años, el amor de Israel se enfrió y al final abandonó


a Dios (ver Jer. 2:5-6, 10-13). El “ángel” de la iglesia en Éfeso no había llegado a
ese extremo todavía, pero estaba en camino a hacerlo. Había perdido el primer
amor, y si no lo recuperaba, fácilmente caería en la apostasía espiritual.

REFLEXIÓN: La gran mayoría de iglesias nacen en el contexto de un avivamiento


espiritual, cuando descubren una gran verdad doctrinal, o cuando la Iglesia de la
cual salieron perdió su primer amor, y menospreció el fervor espiritual de los recién
convertidos y apasionados cristianos. Lo triste es que muchas veces, esas iglesias
que nacieron en el contexto de un gran amor por Dios y Su Palabra, pierden ese
amor y se vuelvan tan frías como aquellas iglesias de las que nacieron. Tomemos
un tiempo para evaluar la condición espiritual de nuestra congregación y pidamos a
Dios que pueda renovar nuestro primer amor.

78
Es importante notar que el problema en Éfeso no era que el “ángel” y la iglesia
habían perdido el primer amor, sino que lo habían “dejado”. En el idioma original, el
verbo significa “poner a un lado” o “alejarse de”. Por consiguiente, lo que el Señor
critica no es que el amor del pastor y de la congregación se fue enfriando poco a
poco, sino que ellos habían decidido poner el amor por el Señor a un lado como si
dicho amor fuese algo de poca importancia. Fue un acto de la mente y de la
voluntad, no algo involuntario o accidental. En Mateo 4:20, el evangelista usa este
mismo verbo para describir la acción de los discípulos cuando dejaron sus redes
para seguir a Cristo. De igual modo, en Juan 4:28, el apóstol usó el mismo término
cuando dijo que la mujer samaritana “dejó su cántaro, y fue a la ciudad”. En ambos
casos, la acción fue consciente y deliberada. Eso da a entender que, aunque el
Espíritu Santo venía hablando al líder de la iglesia de la importancia de su amor por
el Señor, el pastor no hizo caso. Su corazón estaba ocupado en otras cosas, no con
el Señor, y en un momento dado decidió seguir así en el ministerio pastoral,
ignorando la voz del Espíritu Santo.

Lo que le preocupó a Cristo fue ese elemento de decisión o determinación personal,


y por consiguiente le exhorta, diciendo: “Recuerda, por tanto, de dónde has caído,
y arrepiéntete” (v.5a). El Señor le está animando a hacer lo que hizo el Hijo
Pródigo, cuando se acordó de la abundancia de pan que había en la casa de su
padre y se dio cuenta de cuánto había caído en su condición social y material (Lc.
15:17). Cayó de la condición social y material que tenía por ser el hijo de un
hombre rico, y se convirtió en alguien que vivía en peores condiciones que los
siervos en la casa de su padre.

Poner a un lado el primer amor es serio porque implica una caída espiritual, un
enfriamiento en la pasión que el creyente siente por Cristo. El líder espiritual ya no
pasaba tanto tiempo con el Señor en oración y no se alimentaba bien de Su
Palabra. Aunque él hacía muchas cosas buenas y trabajaba incansablemente en la
obra, lo hacía más por obligación o por un sentido de responsabilidad, que por amor
al Señor. Eso indicaba que la situación era sumamente seria, y requería el
arrepentimiento y un retorno al primer amor.

Para el pastor de la iglesia, la forma de volver al primer amor era haciendo “las
primeras obras” (v.5b); es decir, haciendo las obras cómo las hacía antes, al inicio
de su ministerio, cuando trabajaba en el ministerio por amor más que por cualquier
otra cosa. Debemos notar que lo que el Señor pide no es más obras sino “las
primeras obras”, porque lo importante no es la cantidad sino la calidad de nuestro
trabajo. Quizá los miembros de la iglesia no notarían la diferencia, pero el Señor sí
lo haría, porque Él mira el corazón de Sus siervos y no solo las cosas externas que
hacen.

El asunto era tan serio que el Señor advirtió al pastor: “pues si no, vendré pronto a
ti, y quitaré tu candelero de su lugar” (v.5c). Puesto que el candelero representa la
iglesia (Ap. 1:20), el Señor está indicando que, si el líder de la congregación no
cambia, Él cerrará la iglesia. Lo haría por una sencilla razón: cuando el pastor deja
de amar al Señor, la iglesia pronto seguirá su ejemplo; y una iglesia que no ama al
Señor no sirve Sus propósitos (Ap. 3:15-16).

Tenemos un ejemplo de ello en Josué 24:31, donde leemos que Israel sirvió a Dios
todos los días de Josué hasta que surgió una segunda generación de líderes que no
conocieron “las obras que Jehová había hecho por Israel”. A partir de ese momento,
el pueblo dejó de hacer las primeras obras y se volvió a la idolatría (Jue. 2:7-11).
Algo parecido ocurrió en Éfeso, porque para fines del primer siglo la iglesia ya no
estaba bajo el liderazgo de la primera generación de creyentes, sino de una

79
segunda generación de “ancianos” que no amaban al Señor como lo hizo la primera
generación, en los días de Pablo.

La ciudad de Éfeso ya no existe, porque a lo largo de los siglos el puerto se llenó de


lodo y la ciudad perdió el acceso al mar. Lo que ocurrió geográficamente en Éfeso
es una parábola que ilustra el peligro de perder el primer amor. Si tomamos la
decisión de dejar que la acumulación del trabajo sature nuestras vidas, ellas se
llenarán de “lodo” espiritual y pronto perderemos el primer amor. En esa condición
espiritual llegamos a ser inservibles para el Señor, y Él comenzará a usar a otras
personas e iglesias, y nos dejará a un lado hasta que reconozcamos nuestro error y
nos arrepintamos de ello.

REFLEXIÓN: ¿Cómo anda nuestro amor para el Señor? ¿Sentimos esa pasión que
teníamos antes o será que nos hemos enfriado espiritualmente? Dios nos ayude a
examinar nuestros corazones y a volver al primer amor. No sigamos al mal ejemplo
de Marta, seamos como María (Lc. 10:38-42). No saturemos nuestras vidas con
tanto trabajo a tal punto que no tenemos tiempo para estar a los pies de Cristo.

Apo. 2:6 Día 33

“Pero tienes esto, que aborreces las obras de los nicolaítas, las cuales Yo
también aborrezco”

Con la ternura característica del Señor e indicando que esperaba buenas cosas del
líder de la iglesia en Éfeso, Cristo concluye esta primera carta con una felicitación y
una promesa. La felicitación es: “aborreces las obras de los nicolaítas, las cuales Yo
también aborrezco” (v.6), y la promesa que sigue es: “Al que venciere, le daré a
comer del árbol de la vida” (v.7).

Muchos especulan en cuanto a la identidad de los nicolaítas y las obras que hacían,
pero la verdad es que nadie lo sabe a ciencia cierta. Ireneo, uno de los líderes de la
iglesia del segundo siglo, afirma que ellos seguían a una persona llamada Nicolás,
el diácono mencionado en Hechos 6:5, pero sería injusto calumniar a ese siervo de
Dios sin mayor evidencia al respecto.

El comentarista R. T. Trench observa que en el libro de Apocalipsis la mayoría de los


nombres no son literales sino simbólicos; por ejemplo, “Jezabel” (Ap. 2:20),
“Sodoma” (Ap. 11:8), “Egipto” (Ap. 11:8) y “Babilonia” (Ap. 17:5). A la luz de eso,
él opina que el nombre, “nicolaitas”, también es simbólico y que, a la luz de
Apocalipsis 2:14-15, éste debe ser tomado como un sinónimo de “Balaam”.

En el idioma hebreo, el nombre de Balaam es ‘bil’am’. El término ‘am’ significa


“pueblo” y la palabra ‘bil’ viene del verbo ‘bala’ que significa “desgastarse”,
“consumir” o “destruir” 26. Por consiguiente, según Trench, el nombre “Balaam”
significa “destructor del pueblo”. Fue un nombre sumamente apropiado para un
falso profeta, porque por medio de su engaño espiritual, él incentivó a Israel a
“fornicar con las hijas de Moab, las cuales invitaban al pueblo a los sacrificios de
sus dioses” (Nm. 25:1-2), cosa que resultó en la muerte de veinticuatro mil
personas (Nm. 25:9). En ese capítulo, Moisés no menciona el papel que jugó
Balaam en la seducción espiritual de Israel, pero lo aclara posteriormente cuando

26
En Job 13:28, este verbo se aplica al cuerpo humano, en la frase, “mi cuerpo se va gastando, y en
Salmo 49:14 leemos, “Se consumirá [‘bil’] su buen parecer y el Seol será su morada”.

80
describe lo que había que hacer con las mujeres de Moab que sedujeron a los hijos
de Israel: “He aquí, por consejo de Balaam, ellas fueron causa de que los hijos de
Israel prevaricaran contra Jehová en lo tocante a Baal-peor, por lo cual hubo
mortandad en la congregación de Jehová” (Nm. 31:16).

En el Nuevo Testamento, Pedro y Judas toman a Balaam como una figura de los
anticristos del primer siglo que ya estaban afectando a varias congregaciones
cristianas (2 P. 2:15-19; Jud. 11-12). Al inicio de la época apostólica, la Iglesia
enfrentó el peligro de los judaizantes, que querían atrapar a los creyentes en un
legalismo mortal (Hch. 15:1-2). Sin embargo, para el fin de la era apostólica, la
Iglesia enfrentó un peligro mucho más grande: el gnosticismo, que procuraba
atrapar a los creyentes a través del libertinaje sensual, que era el polo opuesto al
legalismo de los judaizantes.

Pedro y Judas mencionan esos grupos en forma anónima, pero el Señor los llama
“nicolaitas”, porque ese nombre parece ser una abreviación de la frase en griego,
‘nikan ton laon’, que significa “vencedor del pueblo” o “conquistador del pueblo”
27
.

Este análisis nos lleva a la conclusión que el nombre, “nicolaitas”, debe ser
interpretado como una forma griega del nombre, “Balaam”, en hebreo. Eso no es
nada extraño en un libro como Apocalipsis, donde encontramos nombres o palabras
en griego puestas al lado de su equivalente en hebreo. Por ejemplo, en Apocalipsis
9:11 el ángel del abismo es llamado “Apolión”, que es la forma griega del nombre,
“Abadon”, mientras que en Apocalipsis 12:9, la palabra “diablo” es la forma griega
del nombre “Satanás”. Otro ejemplo interesante se encuentra en Apocalipsis 1:7,
donde la palabra, “Sí”, es el equivalente en griego de la palabra hebrea, “amén”28.

Tal como Balaam incentivó a los hijos de Israel a entregarse a la idolatría y a la


inmoralidad sexual, lo mismo los hicieron los “nicolaitas”. Bajo el pretexto de la
libertad cristiana y argumentando que lo que el cuerpo hace no afecta el espíritu o
el alma, ellos indujeron a los cristianos a una vida de sensualidad. Al comienzo de
la era apostólica, la Iglesia tuvo que luchar contra el legalismo de los judaizantes,
pero para fines del primer siglo la lucha era contra el libertinaje de los gnósticos.
Pedro habla de ellos en su segunda carta.

​ “Estos son fuentes sin agua, y nubes empujadas por la tormenta,


para los cuales la más densa oscuridad está reservada para siempre. Pues
hablando palabras infladas y vanas, seducen con concupiscencias de la
carne y disoluciones a los que verdaderamente habían huido de los que
viven en el error. Les prometen libertad, y son ellos mismos esclavos de
corrupción”.

​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ 2 Pedro 2:17-19

De igual modo, Judas sintió la necesidad de exponer el peligro de estos


engañadores, a quienes él describe en la siguiente manera:

​ “Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que


desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres
27
El verbo ‘nikao’ significa “vencer” y el sustantivo, ‘laos’, significa “pueblo”. Juan emplea el verbo
‘nikao’ quince veces en Apocalipsis, en frases como “Al que venciere” (Ap. 2:7), “los vencerá y los
matará” (Ap. 11:7) y “ellos le han vencido” (Ap. 12:11).
28
Este fenómeno de usar nombres o palabras en griego en paralelo con nombres o palabras en hebreo
se debe a que Apocalipsis es una revelación escatológica escrita en griego pero sobre la base de una
escatología hebrea, tomada del Antiguo Testamento.

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impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a
Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo…éstos blasfeman de
cuantas cosas no conocen, y en las que por naturaleza conocen, se
corrompen como animales irracionales. ¡Ay de ellos! porque han seguido el
camino de Caín, y se lanzaron por lucro en el error de Balaam, y perecieron
en la contradicción de Coré. Estos son manchas en vuestros agapes, que
comiendo impúdicamente con vosotros se apacientan a sí mismos; nubes
sin agua, llevadas de acá para allá por los vientos, árboles otoñales, sin
fruto, dos veces muertos y desarraigados, fieras ondas del mar, que
espuman su propia vergüenza, estrellas errantes”.

​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Judas4, 10-13

Hacia fines del segundo siglo, Ireneo y Tertuliano confirman que los “nicolaítas”
eran grupos gnósticos que promovían la inmoralidad sexual y la idolatría. La
enseñanza de estos grupos se esparció por el Imperio Romano y causó mucho daño
al pueblo de Dios, así que el pastor de la iglesia en Éfeso hizo bien en odiar las
obras de los nicolaítas. La referencia al mismo grupo, en la carta a Pérgamo, indica
que para fines del primer siglo las enseñanzas de los nicolaítas ya se estaban
expandiendo por las iglesias cristianas (Ap. 2:15).

Es importante notar que el pastor de la iglesia no aborrecía a los nicolaítas sino a


sus obras, tal como lo hacía el Señor. Es una distinción importante que debemos
mantener, porque Dios no odia al pecador sino al pecado que comete. Como afirma
Pablo, nuestra lucha no es contra carne y sangre, sino contra “huestes espirituales
de maldad en las regiones celestes” (Ef. 6:12). Por lo tanto, si vamos a odiar a
alguien, que sea a Satanás no a un ser humano, porque cada ser humano es capaz
de experimentar la gracia de Dios y convertirse de sus malos caminos.

REFLEXIÓN: Aunque no estamos seguros de la identidad de los nicolaítas, lo que


queda claro es que ellos representan el peligro del mundo y de cómo los
pensamientos del mundo pueden entrar a la iglesia. A la luz de ese peligro que
siempre está latente, tendríamos que meditar sobre cuáles son los criterios y
valores del mundo que amenazan con ingresar a la iglesia contemporánea. Por lo
general, serán aquellas formas de pensar que son populares en nuestra sociedad y
que afectan a los creyentes, por medio de su roce con el mundo. Pidamos a Dios
que ayude a los pastores a estar alerta ante ese peligro como lo estuvo el líder de
la iglesia en Éfeso, que odiaba el pensamiento y las obras de los nicolaitas.

Ap. 2:7​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ ​ Día


34

El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que
venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del
paraíso de Dios.”

El v. 7 comienza con una frase que el Señor Jesús usó muchas veces durante Su
vida terrenal: “El que tiene oído, oiga…” (ver Mt. 11:15; 13:9, 43). Aunque el Señor
se estaba dirigiendo al “ángel” de la iglesia en Éfeso, es claro que quería hablar a
toda la congregación, y a través de ellos, a todas las iglesias en Asia, porque pone
la palabra “iglesias” en plural (v.7).

82
Las palabras de Cristo indican que para entender lo que el Señor está diciendo
necesitamos oídos espirituales atentos a la voz del Espíritu Santo (v.7a). El Buen
Pastor nos llama a la salvación y nos guía, y es importante reconocer Su voz (Jn.
10:3-4); pero Él ahora está en el cielo y nos habla por medio del Espíritu Santo,
cuya voz también tenemos que aprender a reconocer.

Todos tenemos oídos naturales y podemos escuchar los sonidos de la naturaleza,


pero para escuchar la voz de Dios necesitamos oídos espirituales. No obstante, por
ser pecadores, no podemos escuchar a Dios aparte de Su obra en nuestras vidas.
Moisés alude a ello cuando dice a Israel, al fin de los cuarenta años en el desierto,
“Pero hasta hoy Jehová no os ha dado corazón para entender, ni ojos para ver, ni
oídos para oír” (Dt. 29:4). Por eso los milagros y las señales que Dios hizo no
fueron de beneficio para ellos (Dt. 29:2-3). El problema era que tenían lo que
Jeremías llama, “oídos…incircuncisos” (Jer. 6:10) y no pudieron escuchar la voz de
Dios. A diferencia de ellos, el Siervo de Jehová, como el verdadero Israel, tuvo
oídos para escuchar la palabra de Dios (Is. 50:4-5), y así es un modelo para todos
los verdaderos creyentes.

Es importante notar que a pesar de ser el Señor que está hablando (ver Ap. 1:17 –
2:1), Él concluye la carta exhortando a todo creyente escuchar “lo que el Espíritu
dice a las iglesias”. El Espíritu Santo no es solo enviado por Dios el Padre sino
también por Dios el Hijo, y por eso es llamado, “el Espíritu de Cristo”. Lo que Él dice
es lo que el Señor dice, y viceversa.

REFLEXIÓN: ¿Tenemos oídos espirituales, capaces de escuchar la voz de Cristo y


del Espíritu Santo? ¿Estamos escuchando Su voz diariamente? Dios nos ayude a
tomar un momento para reflexionar sobre la condición de nuestros oídos
espirituales. El peligro de no escuchar la voz de Dios es que tomaremos decisiones
equivocadas en la vida que traerán mucha tristeza a nuestros corazones y nos
alejarán de los caminos de Dios. Pidamos a Dios que renueva nuestros oídos
espirituales.

Aunque la salvación es un regalo de Dios, la vida cristiana es una lucha espiritual.


Por eso el Señor habla aquí de la importancia de vencer: “El que venciere”. La
victoria a la que el Señor se refiere es aquella que tenemos que lograr sobre todo
enemigo, incluyendo Satanás, el mundo y la carne. El apóstol Pablo presenta la vida
cristiana como una vida de lucha constante y describe al creyente como una
persona que es más que vencedor (Ro. 8:37; 1 Co. 15:57; 2 Co. 2:14). Juan hace
lo mismo (1 Jn. 2:13-14; 4:4; 5:4-5). Para ello, tenemos que aprender a
perseverar en la vida cristiana, amando al Señor, y venciendo toda tentación y
prueba que se nos venga en el camino. La promesa es que si logramos vencer las
luchas espirituales en las que nos encontramos, Dios nos dará el privilegio de
“comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios” (v.7b).

Esa promesa no debe ser interpretada como indicando que la salvación es por
obras, porque eso contradiría la enseñanza bíblica que afirma que la salvación es
por gracia. Más bien, la promesa del Señor es un incentivo para ocuparnos en
nuestra salvación, sabiendo que es Dios quien nos ayudará a hacerlo, como enseña
Pablo en Filipenses 2:12-13. El creyente no está esperando comer del árbol de la
vida para tener la salvación eterna, sino que ya la tiene por medio de la fe en
Cristo.

Es interesante notar que la palabra que el Señor usa en el idioma original para
“árbol”, ‘xulon’, es la misma que Lucas usa en Hechos 5:30 para describir la cruz
de Cristo (“madero”). Cristo murió sobre el “madero” (Hch. 5:30) para que el
creyente pueda comer del “árbol” (‘xulon’) de la vida.

83
Analizando un poco más la promesa, recordemos que según Génesis 2:9, Dios
plantó “el árbol de vida” en el huerto de Edén. Ese árbol simbolizaba la vida eterna,
a la que Adán y Eva podrían haber accedido si es que no hubieran comido del árbol
del conocimiento del bien y del mal. Sin embargo, puesto que Adán y Eva pecaron,
ellos fueron echados del huerto y Dios colocó querubines “para guardar el camino
del árbol de la vida” (Gn. 3:24). De esa manera, la Biblia enseña que los seres
humanos perdieron la vida eterna por causa del pecado.

En el último libro de la Biblia, el árbol de la vida, que desapareció juntamente con el


paraíso terrenal, luego de la entrada del pecado, vuelve a aparecer, pero ya no está
en un huerto como el Edén, sino en medio de una ciudad, la Nueva Jerusalén (Ap.
22:2). Aunque el árbol de la vida desapareció en Génesis, no desapareció de la
mente del ser humano. Por eso Salomón hace referencia a ella cuando describe el
valor de la sabiduría: “Ella es árbol de vida a los que de ella echan mano” (Pr.
3:18). Otros textos que hablan del árbol de vida incluyen Proverbios 11:30; 13:12;
15:4.

Los doce frutos mensuales del árbol de la vida indican que el árbol es simbólico y
representa la vida eterna que tenemos en el Señor. Si las hojas de ese árbol son
para la sanidad de las naciones (Ap. 22:2b), ¡qué sería el impacto de comer el fruto
de ese árbol! En Gálatas 5:22-23, Pablo menciona nueve frutos del Espíritu Santo
que podemos experimentar ahora en la Tierra si nuestra vida cristiana es fuerte y
saludable. En la eternidad, tendremos doce frutos, indicando una calidad de vida
superior a la que tenemos ahora.

REFLEXIÓN: Demos gracias a Dios por el don de la vida eterna que tenemos en
Cristo. Al mismo tiempo, vivamos la vida cristiana en tal manera que no
arriesguemos el derecho que Dios nos da, en Su Hijo, de comer del árbol de la vida
que está en el paraíso de Dios.

Ap. 2:8a Día 35

“Escribe al ángel de la iglesia en Esmirna: El primero y el postrero, el que


estuvo muerto y vivió, dice esto”

De las siete iglesias, la de Esmirna destaca por su espiritualidad. Es una de las dos
iglesias que el Señor no critica, la otra siendo Filadelfia (Ap. 3:7-13). A pesar de su
vigor espiritual, la iglesia en Esmirna era la más pobre, económicamente hablando,
de las siete iglesias, y era la que sufría más persecución, lo que indica que muchas
veces hay una gran diferencia entre la condición externa de una iglesia y su
realidad espiritual. Las congregaciones más pudientes y más grandes
numéricamente no necesariamente son las más espirituales. Por lo tanto, debemos
evitar la tentación de evaluar una iglesia únicamente por el poder económico que
maneja o la cantidad de ministerios que tiene. A veces las congregaciones más
pequeñas y más pobres son las que tienen mayor vigor espiritual y son las que
Cristo más valora. La iglesia de Éfeso dejó de existir hace muchos siglos, pero la
ciudad de Esmirna sigue en pie hasta el día de hoy, y todavía alberga algunas
congregaciones cristianas que siguen sufriendo mucha persecución a manos de los
musulmanes que dominan el país de Turquía.

En el tiempo de Juan, la ciudad de Esmirna, que estaba a sesenta kilómetros al


norte de Éfeso, ya tenía doce siglos de existencia. Era una de las grandes ciudades
de Asia y el centro del culto al emperador romano, porque tenía un templo dedicado
a Tiberio. Durante la época romana, Esmirna creció en importancia y riqueza, a tal

84
punto que recibió el apodo, “La Dorada”. En el tiempo de Juan, Esmirna contaba con
una población de doscientos mil habitantes, entre ellos muchos judíos que eran
sumamente hostiles a los seguidores de Cristo.

Aparte de lo que leemos en esta carta, el Nuevo Testamento no nos brinda más
información acerca de la iglesia de Esmirna, así que no sabemos quién la fundó. Lo
más probable es que el fundador fue uno de los discípulos de Pablo, alguien ahora
desconocido que él envió desde Éfeso a predicar el evangelio en las zonas aledañas
y que tuvo el privilegio de establecer la iglesia en Esmirna.

El “ángel” a quien el Señor escribe esta carta a fines el primer siglo no fue el
fundador de la iglesia en Esmirna, pero es probable que haya sido el destacado líder
cristiano y mártir llamado Policarpo. Cuando Policarpo murió, en el año 155 d.C.,
declaró ante las autoridades romanas que él había servido a Cristo ochenta y seis
años. Eso indica que se convirtió por el año 69 d.C., más de veinte años antes que
Juan escribiera el libro de Apocalipsis. Es más, un líder cristiano llamado Ignacio,
escribiendo en el año 108 d.C., confirma que, en esa fecha, el obispo de Esmirna
era Policarpo. Un tercer dato viene de una carta de Ireneo, uno de los discípulos de
Policarpo. Él declara que cuando era joven habló mucho con Policarpo, y que él le
contó que la persona que lo nombró y estableció como obispo en Esmirna fue el
apóstol Juan. Por consiguiente, estamos bastante seguros que el “ángel” de la
iglesia fue un hombre, que más de cincuenta años después, entregó su vida a la
hoguera por fidelidad a Cristo. Eso brinda mayor interés a esta segunda carta del
Cristo en Apocalipsis.

Por medio de esta carta, el Señor se dirige al líder de la iglesia en Esmirna y resalta
dos características personales que apuntan a Su absoluta supremacía y Su victoria
sobre la muerte: “El primero y el postrero, el que estuvo muerto y vivió, dice esto”.
Cristo escoge resaltar esas dos cualidades a propósito, para animar al líder de la
congregación en su lucha contra la persecución.

Al declarar que Él era “El primero y el postrero”, Cristo estaba afirmando que Él
abarcaba todo lo que existía, tanto en el universo material como en el mundo
espiritual (ver las notas anteriores sobre Apocalipsis 1:8 y 11).

La segunda característica que el Señor resalta de Sí mismo es: “el que estuvo
muerto y vivió”. Dicha característica no solo señala que Él se identificaba con los
que arriesgaban sus vidas por causa del reino de Dios en Esmirna, sino que Su
experiencia servía para animar a los creyentes. Si el Señor de la Iglesia había
vencido la muerte y quitado su aguijón, Sus seguidores no tenían por qué temer la
muerte. Para Cristo, como hombre, la muerte no fue el final, sino el pasaje de una
vida terrenal con muchas limitaciones a una vida eterna en un cuerpo glorificado.
Esa sería la experiencia de cada creyente en Esmirna que entregara su vida por
causa del Señor y Su evangelio.

REFLEXIÓN: En diversas partes del mundo, los creyentes sufren por su fe y muchos
de ellos entregan su vida a la muerte por ser fiel al Señor. Es importante orar por
ellos, pero al mismo tiempo debemos entender que su experiencia los lleva a la
gloria y a la recompensa eterna que tendrán en Cristo. Por lo tanto, lejos de sentir
pena por aquellos creyentes que sufren, debemos tomarlos como un modelo de
vida para nosotros. Aunque no haya persecución en nuestro país, es necesario que
muramos a las cosas del mundo y de la carne, sabiendo que el que servimos tuvo
la misma experiencia que nosotros y salió victorioso de las pruebas de la vida en
esta Tierra.

Cristo solo estuvo muerto tres días, así que Su experiencia de la tumba fue muy
corta a la luz de la eternidad. Lo mismo será cierto de nosotros, si somos hijos de

85
Dios. Aunque estemos muertos y enterrados en una tumba por siglos, la eternidad
es tan larga, que todos los años que nuestros cuerpos estén en la tumba serán
como un abrir y cerrar de ojos.

Apo. 2:8b-9 Día 36

“Yo conozco tus obras, y tu tribulación, y tu pobreza (pero tú eres rico), y


la blasfemia de los que se dicen ser judíos, y no lo son, sino sinagoga de
Satanás.”

La vida de la iglesia en Esmirna no estaba marcada por grandes hazañas y labores


espirituales, como la de Éfeso, sino por pobreza y sufrimiento. El sufrimiento de los
creyentes en Esmirna llegó a tal grado que el Señor lo describe como “tribulación”,
que es el término que Juan usó para describir su propio sufrimiento en Patmos (Ap.
1:9). Durante Su vida terrenal, el Señor advirtió a Sus seguidores que en este
mundo experimentarían sufrimiento y persecución (Mt. 13:21; Jn. 16:33), y que
ese sufrimiento incrementaría antes de la Segunda Venida (Mt. 24:9, 21, 29). La
experiencia de los primeros cristianos lo confirma (1 Ts. 1:6; 3:3).

A la luz de esa realidad, es difícil entender como algunos evangelistas y líderes


cristianos enseñan que la vida del creyente en este mundo debe ser marcada por
prosperidad, sin ningún tipo de sufrimiento. Ducha enseñanza es un engaño
espiritual y una negación de lo que Cristo afirmó. La actitud correcta del creyente
frente al sufrimiento y la tribulación es triunfar sobre esas cosas por medio de la fe
y en el poder del Espíritu Santo. Ese es el énfasis bíblico, especialmente en la
segunda carta de Pablo a los Corintios (2 Co. 1:4; 4:17; 6:4; 7:4; 8:2; ver también
Ro. 5:3; 8:35, 37; 12:12).

Los creyentes en Esmirna no solo eran perseguidos por causa de Cristo, sino que
también eran pobres en términos materiales. En el idioma griego hay dos términos
para pobreza: uno significa carencia material y el otro, pobreza absoluta. El Señor
usa el segundo término, indicando que los creyentes en Esmirna vivían una vida de
pobreza extrema. No sabemos a qué se debía esa pobreza, pero lo más probable es
que estaba relacionada con su vida cristiana. El autor de Hebreos habla de
creyentes que sufrían el despojo de sus bienes materiales (Heb. 10:34). Para los
creyentes en Esmirna era difícil conseguir trabajo, puesto que ellos rehusaban
venerar los dioses de los diversos gremios laborales.

Sin embargo, aunque carecían de bienes materiales, los cristianos en Esmirna


gozaban una tremenda riqueza espiritual. En ese sentido, ellos eran el polo opuesto
de los demás ciudadanos. Mientras la ciudad de Esmirna era materialmente rica y
espiritualmente pobre, la iglesia en esa ciudad era materialmente pobre y
espiritualmente rica, como el Señor afirmó, diciendo: “pero tú eres rico”. El
contexto indica que el Señor está hablando de pobreza y riqueza espiritual. El
Señor miraba a la iglesia y la evaluó, no como lo hacía el mundo, sino con ojos muy
diferentes. Ante la mirada de los ricos y poderoso de Esmirna, los creyentes en esa
ciudad eran pobres y menospreciados, sin embargo, el Señor los declara ricos,
porque fueron enriquecidos por la gracia de Dios, siendo beneficiarios de todas las
promesas y los privilegios relacionados con el evangelio. En las palabras de Pablo,
la paradoja de los discípulos de Cristo es que aunque sean pobres, enriquecen a
muchos, y aunque no tengan nada, lo poseen todo (2 Co. 6:10).

86
En Efesios 1:3-14, Pablo hace una lista de las riquezas espirituales que el creyente
tiene. Además de disfrutar esas cosas, los creyentes en Esmirna tenían paciencia
bajo la tribulación y perseverancia en el evangelio, que produjo en ellos gran
madurez espiritual. La evaluación del Señor indica que lo que Él valora es la
fidelidad y perseverancia en tiempos de sufrimiento y persecución. Para Él, esas
cosas son aún más importantes que el arduo trabajo y la exactitud doctrinal, que
fue lo que caracterizó la iglesia en Éfeso.

REFLEXIÓN: Es mejor ser pobre ante los ojos del mundo y rico delante de Dios que
ser rico ante los ojos del mundo, pero pobre delante de Dios. Según Santiago, esas
son las personas que Dios escoge para la salvación (Stg. 2:5).

La referencia a los judíos da a entender que el sufrimiento de la iglesia se debía por


lo menos en parte a la oposición de los judíos al evangelio de Cristo. La palabra,
“blasfemia”, no significa que ellos hablaban mal de Dios, sino que hablaban mal de
Cristo y de Sus seguidores (Hch. 26:11; 1 Ti. 1:13). Probablemente, hablaban mal
de los cristianos delante las autoridades romanas con el fin de fomentar la
persecución contra ellos. Fue doloroso ser perseguidos por los paganos en Esmirna,
pero mucho más doloroso fue la persecución de aquellos que era los descendientes
de Abraham, de Isaac y de Jacob, y con quienes tenían tanto en común como
herencia espiritual.

La oposición de los judíos fue algo tan fuerte y desnaturalizado que el Señor niega
que hayan sido judíos verdaderos. Según Pablo, el verdadero judío es aquella
persona que ha sido circuncidada espiritualmente (Ro. 2:28-29). Es decir, que ha
experimentado la muerte del viejo hombre y la recepción de una nueva naturaleza
espiritual, creada en santidad y en justicia (Ro. 6:6; 2 Co. 5:17). Los judíos en
Esmirna tenían la marca de la circuncisión física, pero tenían un corazón
incircunciso, hecho de piedra. Sin embargo, la verdadera tragedia de los judíos en
Esmirna no era que perseguían a los cristianos, sino que Aquel a quienes ellos
llamaban “Padre”, no los reconocía como Sus hijos.

Durante Sus tres años y medio de ministerio terrenal, el Señor fue cuestionado y
perseguido por los líderes judíos en tal manera que en un momento dado los llamó
hijos de Satanás (Jn. 8:44-47). Ahora, más de cincuenta años después, algo
parecido estaba ocurriendo en Esmirna. Los judíos estaban persiguiendo a los
seguidores de Jesús de Nazaret, y por lo tanto el Señor vuelve a describirlos como
hijos de Satanás. En este caso, usó la frase “sinagoga de Satanás”. La palabra
“sinagoga” significa “congregación”, y fue el nombre que se dio a los edificios donde
los judíos se reunían para adorar a Jehová. No obstante, la actitud de los judíos en
Esmirna hacia los cristianos puso en claro que cuando ellos se reunían en la
sinagoga formaban una congregación de los hijos del diablo, no de los hijos de
Dios.

La historia de la Iglesia nos enseña que el siguiente siglo, cuando los romanos
decidieron ejecutar a Policarpo, el obispo de Esmirna, los judíos jugaron un papel
preponderante en las acusaciones que se hicieron en su contra. No contentos con
levantar acusaciones contra Policarpo, los judíos se pusieron a gritar a las
autoridades romanas exigiendo la muerte del anciano y cuando se dio la orden,
ellos mismos corrieron llevando la leña a la hoguera. Nada de eso debe
sorprendernos porque el libro de los Hechos documenta la hostilidad de los judíos
contra la Iglesia. En Hechos 13:50 leemos que “los judíos instigaron a mujeres
piadosas y distinguidas, y a los principales de la ciudad, y levantaron persecución
contra Pablo y Bernabé, y los expulsaron de sus límites”, y lo mismo ocurrió en
Iconio (Hch. 14:2-6) y en Tesalónica (Hch. 17:5).

87
REFLEXIÓN: La persecución de los judíos en los primeros siglos de la era cristiana
anticipa la manera en que, a lo largo de los siglos, personas que se llaman
cristianos han perseguido a los verdaderos hijos de Dios. Eso ocurrió, por ejemplo,
durante la Reforma Protestante, cuando la Iglesia Católica persiguió a los creyentes
que predicaban la salvación por fe en Cristo. La Biblia nos advierte que al
acercarnos al fin del mundo llegará lo que Pablo llama “la apostasía” (2 Ts. 2:3),
cuando en diversas partes del mundo personas que dicen ser cristianos atacarán a
los verdaderos hijos de Dios que predican el evangelio de Cristo. Por lo tanto,
debemos aprovechar este tiempo para pedirle a Dios la gracia para soportar las
acusaciones que se lazarán contra nosotros por defender y predicar la “sana
doctrina” (ver 2 Ti. 4:3-5).

Las palabras de Cristo, tanto en los Evangelios como en Apocalipsis, son duras pero
describen una triste realidad: la medida de nuestro acercamiento a Dios es la
medida de nuestro alejamiento de Él, si es que llegamos a abandonar la fe. Lo que
ocurrió a los judíos puede ocurrir también a cristianos, si no permanecen en el
evangelio del Señor. Por eso es tan importante cuidar nuestra vida espiritual y no
alejarnos del Señor. Debemos ocuparnos en nuestra salvación para asegurarnos que
nunca caeremos de ella.
Apo. 2:10-11 Día 37

“No temas en nada lo que vas a padecer. He aquí el diablo echará a


algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados, y tendréis
tribulación por diez días. Se fiel hasta la muerte, y Yo te daré la corona de
la vida. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. El que
venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte”

Como ya hemos mencionado, el Señor no hace ninguna crítica a la iglesia en


Esmirna. En lugar de ello, advierte a los creyentes que vendría un tiempo de mayor
persecución y que ellos no debían reaccionar con temor. Las palabras, “no temas en
nada lo que vas a padecer” (v.10a), indican que el Señor no es como muchos que
andan predicando otro evangelio, prometiendo a las personas una vida sin
sufrimiento y una teología de prosperidad. Él es más honesto y dice las cosas como
son: “vas a padecer”. Como declaró a los discípulos antes de morir, “En este mundo
tendrán aflicción” (Jn. 16:33).

La persecución que la iglesia en Esmirna iba a enfrentar tomaría la forma de una


gran prueba en la que algunos miembros de la congregación serían arrestados y
echados en la cárcel. Los responsables por la persecución serían los pobladores de
Esmirna, incitados por los judíos e inspirados por Satanás.

Aunque el Señor afirma que “el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel”,
debemos aclarar que solo pudo hacerlo porque pidió permiso a Dios el Padre y ese
permiso le fue concedido. El caso de Pedro ilustra eso. Él llegó a negar al Señor tres
veces porque, como Cristo le indicó en el huerto de Getsemaní, “Satanás os ha
pedido para zarandearos como a trigo” (Lc. 22:31). Satanás no puede hacer nada
contra los hijos de Dios sin previo permiso.

El nombre que el Señor usa para Su enemigo es “diablo”, que es el apelativo que
los traductores de la Septuaginta dieron a Satanás y significa “el acusador” (ver Ap.
12:10). Dicho nombre se deriva de la acción de Satanás en pasajes como Job
1:9-11; 2:4-5 y Zacarías 3:1, en los que él acusa a los siervos de Dios. Durante Su
ministerio terrenal, Satanás usó a los judíos para acusar al Señor de toda clase de
injusticia, y lo que hizo con el Maestro, lo hizo también con Sus siervos, desde el
inicio de la persecución en Jerusalén (Hch. 4:1-3).

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El libro de Job nos enseña que una de las razones por la que el Señor permite a
Satanás causar sufrimiento a Sus hijos es para probar su fidelidad espiritual. Eso
era lo que iba a pasar en Esmirna, porque como Cristo declara, lo que el “ángel” y
la iglesia iban a padecer era con el fin de ser “probados”. Cuando Satanás ataca a
los hijos de Dios lo hace por maldad, pero el propósito de Dios siempre es benéfico:
desea que los creyentes evidencien la realidad de su fe y sean purificados de
cualquier elemento carnal o egoísta (1 P. 1:6-7).

Queda claro que Dios estaba en control del sufrimiento de los creyentes en Esmirna
porque Él mismo afirma que la prueba estaría limitada a “diez días” (v.10). Si
Satanás hubiera tenido plena libertad para atacar a los creyentes lo habría hecho
en forma ilimitada, no solo por diez días. Aunque habría que añadir que no
sabemos si los diez días deben ser tomados literalmente o si indican un tiempo
corto y definido de tribulación. Lo más probable es que sea lo segundo, puesto que
una semana y media de sufrimiento parece un lapso muy breve. Sin embargo, a
pesar de la duración exacta del tiempo de sufrimiento, queda claro que es Dios
quien estaba en control de los eventos, no el diablo.

A lo largo de la historia de la Iglesia, los hijos de Dios han sido conscientes de la


lucha espiritual que subyace cada periodo de persecución. Pablo lo aclara en Efesios
6:10-12, cuando afirma que la lucha del creyente no es contra carne y sangre sino
contra huestes espirituales de maldad. Lo que anima al creyente no es que el Señor
le prometa una vida tranquila, libre de sufrimiento, sino que Él estará con nosotros
en cada experiencia de la vida, para sostenernos y defendernos, hasta por fin
librarnos de este mundo malo.

A pesar de la realidad de la lucha espiritual, es interesante notar que el Señor no


indica que el “ángel” de la iglesia en Esmirna debe declararse libre de todo
sufrimiento o pedir que se acorte el tiempo de persecución, sino que le anima a él y
a la congregación a ser fieles al Señor sin importar las consecuencias: “Sé fiel hasta
la muerte, y Yo te daré la corona de la vida” (v.10c). Muchos interpretan la frase,
“Sé fiel hasta la muerte”, como si el Señor estuviera diciendo: “Sé fiel todos los días
de tu vida hasta que mueras”, pero el contexto indica que eso no fue lo que el
Señor quiso decir. La persecución solo iba a durar diez días, así que las palabras del
Señor significan: “Sé fiel durante el tiempo de persecución aún si tuvieras que
entregar tu vida por Mi causa”.

La recompensa prometida es nada menos que la vida eterna, que el Señor describe
por medio de la frase: “la corona de la vida”. En 2 Timoteo 4:8, Pablo habla de “la
corona de justicia”, y en 1 Pedro 5:4, el apóstol hace referencia a “la corona
incorruptible de gloria”. En cada caso, la palabra “corona” debe ser entendida como
sinónimo de “recompensa”. En los juegos griegos y en los deportes romanos, el
vencedor recibía una corona o guirnalda en reconocimiento de su triunfo. De igual
modo, Dios promete al creyente una recompensa si participa en la carrera de la
vida y sale vencedor sobre todos sus enemigos (1 Co. 9:24-27; Fil. 3:12-14; 1 Ti.
6:12).

Luego de la promesa específica al “ángel” de la iglesia en Esmirna, el Señor


concluye la carta con una promesa general, dirigida a cada creyente: “El que
venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte” (v.11). En la primera muerte, que
es la muerte física, el alma se separa del cuerpo por un tiempo limitado, mientras
que en la “segunda muerte”, que es la muerte espiritual, Dios separa al pecador de
Su presencia en forma permanente y eterna (ver Ap. 20:14).

REFLEXIÓN: La promesa del Señor da a entender que la gran mayoría de los seres
humanos no participarán de la vida eterna, sino que estarán expuestos a la

89
segunda muerte. Eso se debe a que el camino a la vida eterna es muy difícil y las
personas prefieren el camino ancho que lleva a la perdición. Si somos cristianos
verdaderos, demos gracias al Señor por Su obra en nuestros corazones y hagamos
cada día un mayor esfuerzo por dejar el pecado y crucificar la carne.

En los años siguientes, la iglesia en Esmirna sufrió mucha persecución y Policarpo,


el obispo de Esmirna, no se salvó de ello. Setenta años después que Juan escribió
Apocalipsis, Policarpo fue arrestado por los romanos. “Maldice a Cristo y te soltaré”,
le dijo el procónsul. La respuesta de Policarpo fue contundente: “Ochenta y seis
años he servido a Cristo y Él nunca me hizo ningún mal. ¿Cómo podría maldecir a
mi Rey y Salvador?”. Indignado, el procónsul lo amenazó, diciendo: “Si no cambias
de opinión, te echaré a las bestias salvajes”. “No cambiaré mi decisión para hacer
algo malo, así que trae a las bestias”, fue la respuesta valiente del obispo de
Esmirna. “¿Menosprecias las bestias? Subyugaré tu espíritu por medio de las
llamas”, dijo el romano. “Las llamas con las que me amenazas”, replicó Policarpo,
“solo durarán unas horas y pronto se extinguirán, pero hay un fuego reservado para
los malvados, que tu desconoces. Es el fuego del juicio eterno”. Sin lugar a duda, lo
que sostuvo a Policarpo en el momento de su prueba fueron las palabras del Señor
en esta carta, que el obispo de Esmirna conocía de memoria.

Él y muchos otros cristianos murieron en Esmirna por su fe en Cristo, pero la iglesia


no se extinguió, y hasta el día de hoy hay una congregación de creyentes que vive
en esa ciudad, testificando de la fe en Cristo, aunque siguen pagando un precio alto
por su fidelidad al Señor. Por ejemplo, en abril del año 2007, tres creyentes fueron
asesinados en la ciudad de Izmir, la Esmirna moderna. Uno era un ciudadano
alemán, los otros dos eran turcos. Los tres trabajaban en una librería que distribuía
libros cristianos. Primero fueron golpeados y torturados, y luego asesinados a
sangre fría. Aunque sufrieron la muerte física, la promesa del Señor se cumplirá y
ellos no participarán de la “segunda muerte”.
Comentando sobre el peligro de la muerte en el ministerio cristiano, el destacado
misionero y mártir contemporáneo, Jim Elliot, dijo lo siguiente: “No es ningún necio
el que entrega lo que no puede guardar, para ganar lo que no puede perder”. Él
murió asesinado por los Aucas en el Ecuador, pero ganó la recompensa de la vida
eterna.

REFLEXIÓN: ¿Estamos dispuestos a sufrir por nuestra fe en Cristo, tal como lo hizo
Policarpo y Jim Elliot? Dios nos ayude a ser fiel hasta la muerte.

Concluimos esta meditación citando las palabras de James Ramsey:

​ “La ofensa de la cruz no ha cambiado. El mundo aún no se ha convertido al


cristianismo; más bien, sigue siendo el ‘mundo’, aunque sea refinado y educado, no
bárbaro y salvaje. El problema es que la Iglesia se ha vuelto mundana, hasta tal
punto que justifica su propia mundanalidad. Cuando ella renuncia las cosas del
mundo y emite un testimonio claro y contundente, por medio de su vida y
enseñanza, denunciando el pecado y ejemplificando una vida de consagración a
Cristo, provocará la enemistad del mundo. Por lo tanto, si el mundo no persigue a
la Iglesia debe ser porque ella se ha corrompido a tal punto que no constituye una
amenaza para el mundo o porque el testimonio de la Iglesia es tan pobre que
simplemente no merece la atención de los incrédulos. La Iglesia que impacta al
mundo no es aquella dotada con muchos bienes materiales y poder político, sino la
que, en medio de mucha pobreza y sufrimiento, mantiene su fidelidad al Señor y
toma Su cruz para seguir en las pisadas del Maestro.”

En Esmirna los judíos rechazaron la cruz de Cristo y se convirtieron en la “sinagoga


de Satanás” (v.9). De ese modo, constituyeron un anticipo de la Iglesia apóstata,
que rechaza el evangelio de Cristo y se acomoda al mundo. Dicha Iglesia gana

90
riqueza y fama terrenal, pero pierde su salinidad y está destinada a ser rechazada
por el Señor. ¡No participemos de dicha iglesia!

NOTA ADICIONAL: Aunque el Señor venció a Satanás en la cruz y ejerce dominio


sobre Él, eso no quita del hecho que él puede atacar a los seres humanos,
incluyendo a los hijos de Dios. Lo hace en las siguientes maneras:

1.​ Obrando sobre nuestros cuerpos, generando enfermedades o malestares


físicos, como lo hizo en el caso de Job (Job 2:7) y la mujer encorvada (Lc.
13:11, 16).

2.​ Afectando nuestros sentidos, como la vista y el oído, haciéndonos ver o


escuchar cosas que no son reales.

3.​ Influenciando nuestro juicio y nuestro razonamiento, cegando el


entendimiento espiritual (2 Co. 4:4).

4.​ Debilitando nuestras memorias y trastornando nuestras emociones,


robándonos la Palabra de Dios (Mt. 13:19) y debilitando nuestro rechazo de
los deseos pecaminosos.

La Biblia contiene varios ejemplos específicos de ataques satánicos:

-​ Satanás puso en el corazón de Judas traicionar a Cristo (Jn. 13:2)


-​ Pidió zarandear a Pedro (Lc. 22:31).
-​ Indujo a Ananías y a Safira a mentir a la Iglesia (Hch. 5:3).
-​ Motivó a David a censar a Israel (1 Cr. 21:1).

Por eso, Pedro nos exhorta a resistir la obra de Satanás (1 P. 5:8-9).

Apo. 2:12 Día 38

“Y escribe al ángel de la iglesia en Pérgamo. El que tiene la espada aguda


de dos filos dice esto:”

La ciudad de Pérgamo quedaba al noreste de Esmirna en el valle del río Bakir,


antiguamente conocido como el río Caicos. Era una ciudad relacionada con la
realeza porque allí gobernaban los antiguos reyes de Lidia. Por eso Pérgamo tenía
edificios públicos muy elegantes y una biblioteca grande que contaba con 200 000
libros en la forma de rollos o pergaminos. La palabra “pergamino” significa “de
Pérgamo” y se debe a la cantidad de pieles que se elaboraban en esa ciudad con el
fin de escribir o copiar libros.

En el primer siglo, la ciudad de Éfeso era más importante que Pérgamo por su gran
movimiento comercial, sin embargo, Pérgamo era la verdadera capital de Asia.
Además de ser la ciudad real y una ciudad letrada, Pérgamo era un centro de
idolatría y paganismo, y la ciudad albergaba una gran variedad de templos, entre
los cuales destacaban:

-​ El templo de Esculapio, también conocido como Asklepio, el dios de la


sanidad física y la terapia, cuyo símbolo era una serpiente. Esculapio era la
deidad principal de la ciudad.

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-​ El templo de Zeus el Salvador, ubicado en la acrópolis de Pérgamo, donde
había un altar grande que tenía la forma de un trono.

-​ El templo de Augusto César, que tuvo la distinción de ser el primer templo


en Asia dedicado al culto al emperador romano.

-​ El templo de Dionisio, el dios de la fertilidad.

La historia de la ciudad más la presencia de un gran número de templos indica que


en Pérgamo había personas de mucha importancia y prestigio. Sin embargo, el
Señor pasa por alto todas esas personas que el mundo consideraba importante y se
dirige al líder de un grupo menospreciado de cristianos en esa ciudad. Para el Dios
de la gloria, las personas importantes en Pérgamo no eran el gobernador o los
líderes de los sindicatos relacionados con los diversos templos paganos, sino la
Iglesia de Cristo, lo que Él mismo llamó, una “pequeña manada” ().

En un terreno espiritual bastante difícil y árido le complació al Señor plantar una


iglesia a la cual ahora se dirige, por medio de Su siervo Juan, dando a entender que
dicha iglesia estaba conformada por las personas realmente importantes en
Pérgamo.

La veneración de tantos dioses paganos generó un ambiente muy hostil al


evangelio. Los cristianos eran vistos como personas extrañas, porque no
participaban en los cultos paganos y tampoco veneraban la gloria del emperador
romano, cuyo culto permeaba cada aspecto de la vida en Pérgamo.

Cuando el Señor envía la carta a Pérgamo, los creyentes de la ciudad ya habían


sufrido un tiempo de persecución en el que murió un hombre llamado Antipas
(v.13). Ese tiempo de persecución generó una fuerte tentación para la iglesia, que
era la de moldearse al mundo para no ser mal vistos por la población y poder
disfrutar una vida más tranquila. En vez de confrontar al mundo, como lo hacía
antes, la iglesia corría el riesgo de desarrollar una amistad con el mundo, o por lo
menos promover una convivencia tranquila con la sociedad pagana para evitar más
sufrimiento y persecución.

REFLEXIÓN: La sociedad moderna se ha paganizado con toda clase de ‘cultos


paganos’ contemporáneos, en la forma del materialismo, el consumismo, el
hedonismo, el consumo del alcohol y las drogas, las discotecas y los clubes
nocturnos. El creyente que no participa en esas cosas es mal visto por la sociedad y
catalogado como antisocial. Por lo tanto, debemos prestar mucha atención a la
carta del Señor al “ángel” de la iglesia en Pérgamo porque la elección que tenemos
por delante es muy simple: ¿confrontaremos el paganismo latente en la sociedad o
nos haremos amigos del mundo? La primera opción nos generaría el rechazo y la
persecución de la sociedad contemporánea mientras que la segunda, nos permitiría
vivir una vida tranquila en el siglo XXI. ¿Qué escogeremos?

En el contexto del paganismo que dominaba la vida en Pérgamo, el Señor se


describe a Sí mismo como “El que tiene la espada aguda de dos filos”. Debemos
observar dos detalles de la espada: tenía dos filos y estaba en la mano del Señor.
Las dos filas dan a entender que el Señor usaría la espada de la Palabra en ambos
sentidos, tanto para juzgar a los enemigos externos como a los enemigos internos
de la Iglesia. Los enemigos externos eran aquellas personas que criticaban o
atacaban a los hijos de Dios por no participar en los cultos paganos, mientras que
los enemigos internos eran aquellos miembros de la iglesia que desarrollaron una
relación muy estrecha con la sociedad pagana, cediendo ante la presión de la
idolatría en Pérgamo y participando en ella (vv.14-15).

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La espada que el Señor menciona aquí es la misma que Juan vio en la visión de
Cristo en el primer capítulo. La diferencia es que en Apocalipsis 1, la espada salía
de Su boca mientras que aquí el Señor la tiene en Su mano, lo que señala que Él
estaba listo para usarla. No era solo una palabra hablada, sino una palabra puesta
en acción con el fin de edificar a Su pueblo o juzgar a Sus enemigos.

El Señor escoge resaltar la espada porque lo que la iglesia en Pérgamo más


necesitaba era la aplicación de la Palabra de Dios con el fin de corregir las falsas
enseñanzas y las malas prácticas que mencionará en esta carta.

Apo. 2:13 Día 39

“Yo conozco tus obras, y dónde moras, donde está el trono de Satanás;
pero retienes Mi nombre, y no has negado Mi fe, aun en los días en que
Antipas mi testigo fiel fue muerto entre vosotros, donde mora Satanás”.

En cada carta, después de las palabras introductorias, “Yo conozco tus obras”, el
Señor identifica una característica resaltante de la iglesia. En el caso de Éfeso, la
característica que el Señor resaltó fue lo que los creyentes hacían: “tu arduo
trabajo y paciencia” (v.2), mientras que, en el caso de Esmirna, la característica
principal que el Señor resalta es lo que ellos experimentaban: “tu tribulación y
pobreza” (v.9). Ahora, en la carta a Pérgamo, el Señor destaca la ubicación
espiritual de la iglesia que era el contexto en que los creyentes vivían y servían a
Dios: “dónde moras, donde está el trono de Satanás”.

En el idioma original, el verbo “moras”, indica “vivir permanentemente”. Eso


significa que los creyentes en Pérgamo no eran transeúntes; tenían que quedar en
esa ciudad y tratar de vivir en la mejor manera posible, a pesar de las dificultades
del caso. Con el fin de animarlos, el Señor inicia esta carta diciendo: “Yo sé
exactamente dónde están viviendo y lo difícil que es vivir allí”. Eran palabras de
consolación para un grupo de creyentes que vivían bajo mucha presión espiritual,
particularmente para el líder de la iglesia en esa ciudad. Ser un pastor en Pérgamo
no era nada fácil, como tampoco lo era ser un discípulo de Cristo.

El Señor felicita a la iglesia en Pérgamo por dos cualidades que resaltaban su


fidelidad espiritual: “retienes Mi nombre, y no has negado Mi fe”. Analicemos estas
dos frases:

-​ “retienes Mi nombre”. El verbo en griego es ‘krateo’, que significa “tener


fuertemente”. Es la misma palabra que el Señor usa en Apocalipsis 2:1,
para describir la forma en que Cristo tiene al líder de las iglesias en Su
mano. A pesar de los intentos del diablo de destruir la fe del “ángel” de la
iglesia, el líder se mantenía fiel al Señor porque Cristo lo tenía en Sus
manos. De igual modo, a pesar de los intentos satánicos de inducir al líder
de la iglesia a negar su fe, él se mantuvo fiel al Señor porque tenía como
meta ‘retener’ el nombre de Cristo.

En el contexto de Pérgamo, retener el nombre de Cristo significaba resistir la


presión de participar en el culto al emperador romano. Ese culto requería del
participante ofrecer un poco de incienso ante una imagen del emperador y declarar:
“Cesar es señor”. Un verdadero creyente no podía hacer eso, porque para él, el
único Señor es Cristo, el Hijo de Dios.

-​ “no has negado Mi fe”. Todo creyente sabe que no hay salvación fuera de
Cristo, por lo tanto, no podía afirmar que el dios Zeus era “Salvador” o que

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el emperador romano lo era. La fe cristiana es exclusiva y esa exclusividad
es parte del “escándalo” del evangelio (1 Co. 1: ).

El Señor valora esas dos características en todo momento y en cualquier lugar, pero
en el caso de la iglesia en Pérgamo eran de especial valor por el contexto en que se
manifestaron: era “donde Satanás tiene su trono” y “en los días en que Antipas mi
testigo fiel fue muerto”. Hay lugares donde ser fiel al Señor es fácil, pero en
Pérgamo te podía costar la vida.

En el Salmo 24, el Salmista afirma que la Tierra es del Señor (Sal. 24:1). Sin
embargo, a partir de la caída de Adán y Eva, Satanás vino a ser el “dios de este
siglo” (2 Co. 4:4) y el “príncipe de este mundo”, el que gobierna sobre los hijos de
los hombres (Jn. 12:31; 14:30; 16:11; Ef. 2:3). Los creyentes en Pérgamo
entendían bien lo que eso significaba, puesto que Satanás tenía su trono allí y
gobernaba desde esa ciudad. A pesar de ello, el propósito del Señor era instaurar
Su reino en esa ciudad, y eso dio lugar a una gran batalla espiritual entre Cristo y
Satanás, una batalla que afectó seriamente las vidas de los creyentes.

En Pérgamo, Satanás no solo reinaba en el corazón de los inconversos, como lo


hace en todo lugar, sino que reinaba en la mente de los magistrados quienes
proponían leyes anticristianas, forzando a la población a adorar a los dioses falsos y
participar en las ceremonias idolátricas.

La fidelidad de los creyentes en Pérgamo se manifestó en una época muy difícil,


cuando la batalla espiritual cobró la vida de un creyente llamado Antipas. No
sabemos nada de él aparte de lo que leemos en esta carta; sin embargo, al parecer
era una persona conocida en las iglesias porque el Señor lo menciona por nombre.
Puesto que Antipas no se avergonzó del Señor y fue fiel hasta la muerte, Cristo lo
honró públicamente describiéndolo como “Mi testigo fiel”. Dichas palabras indican
que Antipas fue más que un simple seguidor de Cristo, fue alguien que llevó la
imagen de Cristo en su ser. En Apocalipsis 1:5, Juan afirma que Cristo es “el testigo
fiel” (Ap. 1:5) y aquí en esta carta a la iglesia en Pérgamo, Cristo indica que
Antipas también lo fue.

El Señor no identifica el “trono de Satanás” con algún lugar en particular. Algunos


comentaristas opinan que se refiere a uno de los templos en Pérgamo o a una
construcción en la ciudad que tenía la forma de un trono. Sin embargo, lo más
probable es que el Señor no está hablando de una realidad física sino de una
realidad espiritual. El “trono de Satanás” no era un lugar sino una atmósfera o un
medio ambiente espiritual en que el pecado abundaba más que en otros lugares, en
tal manera que Pérgamo parecía ser la sede de Satanás en la Tierra. El aire que se
respiraba en Pérgamo parecía ser del mismo infierno.

Hoy en día, los creyentes que viven en países islámicos o en centros de paganismo
y culto a las imágenes saben por experiencia propia lo difícil que es establecer una
iglesia en esos lugares. La lucha espiritual es muy fuerte allí y la oposición al
evangelio es más radical. El líder de la iglesia en Pérgamo sabía eso y el Señor le
anima, indicando que no ignoraba lo que le costaba liderar la obra en una ciudad
como Pérgamo. Sin embargo, el Señor de la Iglesia tenía completa autoridad sobre
todo lo que ocurría aun en ese contexto (Mt. 28:18; Jn. 17:2), porque Dios el Padre
le hizo cabeza sobre todas las cosas precisamente para el beneficio de Su pueblo
(Ef. 1:21-23).

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REFLEXIÓN: A la par que nos acercamos al fin del mundo, Satanás será soltado
otra vez y la Iglesia tendrá que lidiar cada vez más con el deseo del Diablo de
reinar en el planeta Tierra. En ese contexto, ser fiel a Cristo y retener la fe
evangélica será cada vez más difícil y habrá un precio elevado que pagar para
hacerlo. Pidamos a Dios que nos ayude a permanecer en Él, y que Él nos conceda la
gracia de ser fiel hasta la muerte.

Apo. 2:14-15 Día 40

“Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que tienes ahí a los que retienen la
doctrina de Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos
de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer
fornicación. Y también tienes a los que retienen la doctrina de los
nicolaítas, la que Yo aborrezco”.

En el v. 13, el Señor felicita a la iglesia por algunas excelentes cualidades que


tenían; no obstante, también tenían algunos defectos. El Señor las describe como
“unas pocas cosas” no porque eran triviales o de poca monta, sino porque no quería
ser excesivamente duro con los miembros de la congregación. Más bien, quería
animarlos a corregir esas cosas y por eso no las exagera, para no correr el riesgo
de desmoralizarlos espiritualmente, dando la impresión que eran grandes
pecadores.

En Pérgamo, como en las demás ciudades de Asia, había una sola iglesia cristiana.
No había la gama de congregaciones que tenemos hoy en día en las ciudades
grandes – iglesias como la Iglesia Alianza Cristiana y Misionera, la Iglesia Bautista,
las Asambleas de Dios, los Pentecostales, los Presbiterianos y los Hermanos Libres.
Por lo tanto, en las congregaciones del primer siglo había una variedad de
creyentes con una variedad de posturas y actitudes hacia la vida cristiana. En el
caso de la iglesia en Pérgamo, algunos de los miembros, incluyendo el líder
espiritual, retenían firmemente el nombre de Cristo y no negaban la ética de la fe
cristiana. No obstante, también había algunos que sostenían “la doctrina de
Balaam” (v.14) y “la doctrina de los nicolaítas” (v.15).

En el idioma original, el verbo “retienen” es ‘krateo’ y significa “tener firmemente”


(ver notas sobre vv.2 y 13). El uso de ese verbo indica que el problema en Pérgamo
no era simplemente que algunos cristianos retenían ciertas enseñanzas erradas,
como un vestigio de ideas pasadas que no querían soltar, sino que a propósito se
habían aferrado a doctrinas y prácticas no cristianas, e insistían en mantenerlas.

El Señor declara que “la doctrina de Balaam” consistía en “poner tropiezo ante los
hijos de Israel” (v.14). La historia de Balaam se encuentra en Números 22-25.
Balaam reconoció la existencia de Jehová, sin embargo, Balac, el rey de Moab, lo
contrató para maldecir al pueblo de Israel (Nu. 22). Como Balaam no logró
pronunciar una maldición sobre los hijos de Israel, los sedujo espiritualmente por
medio de la inmoralidad y la idolatría (Nu. 31:15-16). Le orientó a Balac a llevar al
campamento de Israel bellas mujeres moabitas y como consecuencia de ello, los
hijos de Israel cayeron en toda clase de pecado sexual, que condujo finalmente a la
idolatría (Nu. 25; 1 Co. 10:8).

Mil quinientos años después, algunos integrantes de la iglesia en Pérgamo estaban


haciendo lo mismo. Frente a la presión de la sociedad, ciertos miembros de la
iglesia afirmaban que no sería un pecado participar en el culto al emperador
romano y venerar a los demás dioses falsos. “¿Qué de malo había”, preguntaron,
“en ofrecer un poco de incienso y recitar ciertas palabras formales? Dios conocía

95
sus corazones y sabría que no creían lo que estaban diciendo, y que lo dirían solo
para cumplir un deber cívico”. Ese criterio se aplicó también a la práctica de ir a los
templos y comer carne ofrecida a los ídolos. Argumentaban que si Pablo ya había
dicho a los corintios que los ídolos no existían (1 Co. 8:4-6), ¿qué de malo había en
ir a un templo pagano y participar allí en una fiesta con sus familiares y amigos?

De ese modo, algunos integrantes de la iglesia estaban animando a los demás “a


comer cosas sacrificadas a los ídolos”, pasando por alto la enseñanza bíblica (Hch.
15:29; 1 Co. 10:6-8, 14-22) y afirmando que no era de gran consecuencia hacerlo;
más bien, se ahorrarían muchos problemas con sus familiares, vecinos y socios, y
quién sabe, ¡hasta podrían compartir el evangelio con ellos! No contentos con
limitarse a eso, los malos elementos en la congregación también incentivaron a los
creyentes “a cometer fornicación” (v.14b); es decir, a tener relaciones sexuales con
las prostitutas que ofrecían sus servicios como parte de los cultos paganos en esos
templos.

La Biblia indica que Balaam sabía que no debía maldecir a Israel, sin embargo,
quería hacerlo por el beneficio económico que eso le traería. Luchó contra los
impulsos internos y externos que afectaban su conciencia, y buscó la manera de
hacer lo que quería, a pesar de la prohibición divina y pasando por alto las
diferentes circunstancias adversas que se presentaron en el camino. Eso era
exactamente lo que ciertos miembros de la iglesia en Pérgamo estaban haciendo,
en el asunto de ir a los templos paganos y tener relaciones sexuales con las
prostitutas. Por eso el Señor lo llama, “la doctrina de Balaam” (v.14).

Lo que iba de la mano con esa práctica, era “la doctrina de los nicolaítas” (v.15). La
manera en que el Señor introduce esta segunda desviación moral indica que estaba
vinculada con la anterior. La iglesia en Éfeso, a pesar de haber dejado su primer
amor, detestaba las obras de los nicolaítas (Ap. 2:6). Lamentablemente, algunos en
Pérgamo, lejos de odiarlas, las promovían y el líder espiritual lo estaba tolerando.
No obstante, el Señor declara categóricamente que Él aborrecía la doctrina de los
nicolaítas (v.15b).

Dirigiéndose en particular al “ángel” de la iglesia, el Señor hace un contraste entre


las palabras “tienes ahí” y “también tienes”, y la afirmación: “Yo aborrezco”. Si el
Señor no toleraba las enseñanzas de Balaam y de los nicolaítas, el líder de la iglesia
debió haber disciplinado a los promotores de dicha enseñanza. La presencia de esas
personas en la congregación indicaba una falta de sensibilidad espiritual en el
“ángel” de la iglesia. Al parecer, estaba dispuesto a tolerar la actividad de personas
en la congregación a quienes Cristo aborrecía.

REFLEXIÓN: Los pastores y líderes de las iglesias cristianas deben tener un corazón
abierto para recibir toda clase de persona. Sin embargo, al mismo tiempo deben
tener la sensibilidad espiritual necesaria para odiar lo que el Señor odia y no
soportar, bajo el falso pretexto del “amor cristiano” y la “tolerancia”, la presencia y
la participación de personas que enseñan cosas que atentan contra el evangelio y el
bienestar del pueblo de Dios.

Hay que reconocer que no siempre es fácil tratar estos asuntos. Poner a un
integrante de la iglesia bajo disciplina no es placentero, especialmente si tiene que
ver con lo que cree o enseña. Es mucho más fácil condenar ciertos pecados, como
el adulterio y la borrachera, que juzgar falsas doctrinas y enseñanzas. No obstante,
el siervo de Dios debe ser celoso en ambas cosas, y aprender a ser sensible a lo
que el Señor siente, no solo acerca de ciertos comportamientos, sino también
acerca de aquellas enseñanzas que son nocivas para la Iglesia.

96
Apo. 2:16-17 Día 41

​ “Por tanto, arrepiéntete; pues si no, vendré a ti pronto, y pelearé


contra ellos con la espada de Mi boca. El que tiene oído, oiga lo que el
Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, daré a comer del maná
escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un
nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe”.

Luego de comentar sobre la presencia de falsos maestros en la iglesia, el Señor


exhorta al líder a arrepentirse. Lo que ocurría en la iglesia era su responsabilidad y
él debía poner orden, disciplinando a los que estaban engañando a los miembros de
la congregación.

Lo primero que el Señor dice es: “vendré a ti pronto”, indicando un acercamiento


para juzgar al líder de la iglesia por no aplicar disciplina eclesiástica. Además,
advierte: “pelearé contra ellos con la espada de Mi boca” (v.16). Si el líder de la
iglesia no juzgaba a los que se aferraban a la doctrina de Balaam y a la doctrina de
los nicolaítas, el Señor mismo lo haría con la espada de Su boca. Cristo no dice qué
pasaría con el líder de la congregación, pero es de suponer que él también
experimentará el juicio de Dios en alguna manera por su falta de responsabilidad
espiritual. Eso nos enseña que, si nos desanimamos en la obra o somos negligentes
en cumplir nuestras responsabilidades, el Señor es capaz de quitarnos del
ministerio o reducir el impacto de nuestro trabajo. Dios nos llama no solo a enseñar
la sana doctrina sino también a impedir la difusión de malas enseñanzas. Es
importante cumplir ambas responsabilidades.

La advertencia del Señor de pelear contra Sus enemigos con la espada de Su boca
fue un anticipo del día del juicio final, cuando el Señor juzgará a las naciones con el
poder de Su Palabra, tal como leemos en Apocalipsis 19, “De Su boca sale una
espada aguda, para herir con ella a las naciones” (Ap. 19:15) – un pasaje que hace
eco de la profecía de Isaías 11:4, donde leemos: “juzgará con justicia…y herirá la
tierra con la vara de Su boca, y con el espíritu de Sus labios matará al impío”.

REFLEXIÓN: Si la Palabra que creó el universo tiene el poder para juzgar a las
naciones, cuánto más podrá juzgar a los falsos maestros en la Iglesia. El mensaje
del Señor es una clara advertencia a todos los que pretenden engañar a la Iglesia
de Cristo, enseñando doctrinas y prácticas erradas. Muy pronto ellos tendrán que
enfrentar a la Cabeza de la Iglesia, y eso será algo sumamente serio.

¿Cómo peleará el Señor contra ellos? La frase, “la espada de Mi boca” puede ser
interpretada en tres maneras. En primer lugar, el Señor usaría la “sana doctrina” de
maestros fieles a la Palabra de Dios para desenmascarar y corregir las enseñanzas
de los herejes. Eso se ha visto en numerosas oportunidades durante la historia de
la Iglesia, especialmente durante la Reforma Protestante, cuando el Señor usó el
ministerio de personas como Martin Lutero y Juan Calvino para corregir las herejías
de la Iglesia Católica Romana.

En segundo lugar, recordemos que un día el Señor peleará contra el Anticristo “con
el espíritu de Su boca” (2 Ts. 2:8), que encaja con lo que Pablo escribe a los Efesios
acerca de “la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios” (Ef. 6:18). Por lo tanto,
podemos afirmar que el Señor resistiría a los falsos maestros en Pérgamo por
medio del obrar del Espíritu Santo, quien tiene el poder para juzgar a los que
atacan la Iglesia, hasta quitándoles la vida (ver Hch. 5:1-11).

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Finalmente, habría que recordar que el Señor ejerce autoridad sobre toda la
creación por medio de “la palabra de Su poder” (Heb. 1:3. Él tiene el derecho de
castigar directamente a los promotores de cualquier herejía, a través de Su
providencia divina, tal como pasó con Balaam (Nm.22:21-35).

Para animar al dirigente de la iglesia y a los demás miembros de la congregación en


Pérgamo, el Señor declara una triple promesa para todos aquellos que resisten la
presión del mundo y procuran vivir una vida de santidad en medio de un mundo
pecaminoso (v.17).

-​ “daré a comer del maná escondido”. Durante el éxodo de Egipto, Dios


sostuvo a Su pueblo en el desierto por medio del maná que proveyó para
Su pueblo diariamente. En el Nuevo Pacto, cada miembro de la Iglesia
experimenta su propio ‘éxodo’, huyendo de la esclavitud del pecado y
viajando hacia la nueva Tierra Prometida. A lo largo de ese peregrinaje, el
pueblo de Dios tiene que luchar contra muchas tentaciones y la promesa de
Cristo es que los que vencen esas tentaciones tendrán como recompensa el
“maná escondido”. No está claro qué significa la palabra “escondido”, pero
probablemente tiene que ver con la gracia de Dios que sostiene al creyente
– una gracia invisible a los ojos del mundo pero que tiene el poder para
sostener a los hijos de Dios y darles una herencia con todos los santos
(Hch. 20:32; 2 Co. 13:14; Jud. 24).

LECCIÓN: El creyente tiene un alimento espiritual que el mundo desconoce, y es un


alimento espiritual que nutre y satisface cada área de nuestras vidas. También es
un anticipo de las maravillas que Dios tiene reservada para Sus hijos en la
eternidad, como Pablo describe en 1 Corintios 2:9.

-​ “le daré una piedrecita blanca”. Nadie sabe el significado de esta piedrita
blanca. Comentaristas ofrecen varias sugerencias derivadas de la cultura
griega y romana, pero puesto que Juan toma casi todas sus imágenes del
Antiguo Testamento, es improbable que él haya usado un elemento de la
cultura pagana para hablar de la recompensa divina.

-​ “en la piedrecita escrito un nombre nuevo”. En la cultura judía el nombre de


alguien estaba ligado a un aspecto de su carácter. En este caso, el “nombre
nuevo” debe significar la obra de Dios en la vida del creyente que solo él
conoce a profundidad y que constituye una bendición muy personal para él
o ella. Varios personajes del Antiguo Testamento recibieron un nombre
nuevo como símbolo de la obra de santificación en sus vidas: Abraham,
Sarah e Israel entre otros. Es lo mismo en el Nuevo Testamento. Dios
convierte y transforma a quienes Él salva, y como consecuencia vienen a
ser una nueva criatura y reciben un nombre nuevo.

REFLEXIÓN: Las personas importantes en este mundo reciben toda clase de


reconocimiento y sus nombres aparecen en placas recordatorias, monumentos y
calles. Sin embargo, como creyentes nos contentamos con la gracia de Dios que
nos sostiene en la lucha espiritual, sabiendo que un día seremos reconocidos
delante del trono de Dios con gran alegría. El nombre eterno que Dios nos dará vale
mucho más que todos los honores pasajeros que este mundo ofrece.

Apo. 2:18 Día 42

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“Y escribe al ángel de la iglesia en Tiatira: El Hijo de Dios, el que tiene ojos como
llama de fuego, y pies semejantes al bronce bruñid, dice esto”

La ciudad de Tiatira no era una ciudad importante como las anteriores. Era una
colonia de Macedonia y eso explica porque Lidia, una mujer oriunda de Tiatira, se
encontraba en la ciudad de Filipos, que, según Lucas, era “la primera ciudad de la
provincia de Macedonia” (Hch. 16:12, 14). Cabe la posibilidad que fue la conversión
de Lidia que abrió la puerta a la evangelización de Tiatira, puesto que ella
seguramente quiso que sus familiares y amigos escuchen el evangelio de Cristo.
Ella se fue de la ciudad para hacer negocios con su mercadería, pero volvió con la
mejor de todas las mercaderías: la perla de gran precio, el Señor Jesús.

Esta es la única carta en la que el Autor se identifica explícitamente, mencionando


uno de Sus títulos: “El Hijo de Dios”. Durante Sus tres años de ministerio terrenal,
el Señor casi siempre se identificó con la frase, “el Hijo de hombre”; sin embargo,
en la carta a Tiatira se presenta a Sí mismo como el Hijo de Dios para señalar Su
autoridad, dado a que tiene duras críticas que hacer a la iglesia. Este título viene
del Salmo 2:7 y 12. Nosotros somos hijos de Dios por adopción, pero Cristo es Hijo
de Dios por generación; nosotros fuimos adoptados en un momento específico,
Cristo es Hijo de Dios desde la eternidad.

El título, Hijo de Dios, destaca Su naturaleza divina. El autor de Hebreos alude a


ello, al hacer un contraste entre todos los profetas del Antiguo Testamento que
transmitieron la revelación divina, y Cristo, el Hijo de Dios, que habló con autoridad
propia (Heb. 1:1-2a). Ellos eran simples voceros de Dios, pero Cristo, como el
eterno Hijo de Dios, estaba en otra categoría. Todo el universo fue creado por
medio de Él y Él es el heredero de todo (Heb. 1:2b). Es más, como el libro de
Hebreos añade, “siendo el resplandor de Su gloria, y la imagen misma de Su
sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de Su poder, habiendo
efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de Sí mismo, se sentó a la
diestra de la Majestad en las alturas” (Heb. 1:3). Juan conoció al Señor durante los
años de Su ministerio terrenal, y ahora era testigo de la gloria de Cristo en Su
ministerio sacerdotal a la diestra del Padre (Ap. 1:12-17).

REFLEXIÓN: ¿Somos debidamente conscientes de la gloria de nuestro Salvador,


como el eterno Hijo de Dios? ¿Tomamos eso en cuenta cuando nos disponemos a
orar, a leer Su Palabra, e ir a los cultos dominicales en nuestra iglesia? Tomemos un
tiempo para meditar sobre Su título “Hijo de Dios”.

Con el propósito de alertar a la iglesia en Tiatira y al mismo tiempo destacar Su


gloria y majestad, el Señor afirma que Él “tiene ojos como llama de fuego, y pies
semejantes al bronce bruñido”. La Biblia declara que los ojos de Dios se pasean por
toda la Tierra, permitiéndole saber lo que pasa en cada rincón del planeta (2 Cr.
16:9). Por eso uno de los amigos de Job asevera: “Porque Sus ojos están sobre los
caminos del hombre, y ve todos sus pasos” (Job 34:21). Para los creyentes que
viven en rectitud, esa es una gran consolación, como lo expresa David, “Los ojos de
Jehová está sobre los justos, y atentos Sus oídos al clamor de ellos” (Sal. 34:15).
No obstante, para los que andan desordenadamente y no obedecen la palabra de
Dios, el conocimiento de Dios es motivo de zozobra: “Porque Mis ojos están sobre
todos sus caminos, los cuales no se Me ocultaron, ni su maldad se esconde de la
presencia de Mis ojos” (Jer. 16:17).

En Tiatira, había una mujer que tenía el nombre simbólico de “Jezabel”, que estaba
enseñando a los creyentes a comer cosas sacrificadas a los ídolos y a cometer
pecados sexuales (v.20). También había creyentes, como el líder de la iglesia, que

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no comulgaba con sus ideas (v.24). El Señor sabía todo ello porque nada se
escondía de Sus ojos.

Un detalle de los ojos de Cristo indica que Él no solo sabía lo que estaba pasando
en Tiatira, sino que estaba listo para juzgar y castigar los pecados de “Jezabel” y
sus seguidores. Por eso el Señor declaró que Sus ojos eran “como llama de fuego”
– penetrantes, juiciosos y severos.

REFLEXIÓN: Un día el Señor sacará a la luz todo lo que ocurre en las iglesias y
juzgará a los que se comportaron mal en ellas, aprovechando su autoridad para
beneficio personal o para tapar el pecado. Él también juzgará a todos aquellos que
coluden con los que usan mal su autoridad, velando por sus intereses personales en
vez de proteger a la grey del Señor de los malos elementos en la iglesia. Eso nos
debe llevar a tener temor y comportarnos con reverencia en la iglesia, que es “la
casa de Dios…la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad” (1 Ti.
3:15).

Es interesante notar que en Su descripción de Sí mismo, el Señor baja de Sus ojos


a Sus pies, los cuales eran “semejantes al bronce bruñido”. Si los ojos representan
el conocimiento del Señor, Sus pies simbolizan la libertad que Él tiene para caminar
de un lado a otro en la congregación, acercándose a cada integrante para animar o
para juzgar según sea necesario. Eso explica por qué Él pasa de Jezabel (Ap.
2:20-23) a los demás miembros de la iglesia en Tiatira que no tenían las malas
prácticas y enseñanzas de esa mujer (Ap. 2:24-25).

Los pies del Señor son hermosos, cuando Él viene, en la persona de Sus siervos,
para predicar el evangelio de salvación (Is. 52:7); sin embargo, son aterradores
cuando Él viene para juzgar el pecado y disciplinar a Su pueblo. El profeta Isaías
habla de ello, cuando interroga al Señor y escucha Su respuesta:

​ “¿Por qué es rojo Tu vestido, y Tus ropas como del que ha pisado en
lagar? He pisado Yo solo el lagar, y de los pueblos nadie había conmigo; los
pisé con Mi ira, y los hollé con Mi furor; y su sangre salpicó Mis vestidos, y
manché todas Mis ropas.”

Isaías 63:2-3

REFLEXIÓN: Nos hará bien recordar constantemente que el Señor no solo está
presente en los cultos, mirando a toda la congregación, sino que se acerca a cada
asistente para examinar su vida y pensamiento. Nada se escapa de Su mirada y
nadie se escapa de Su acercamiento, porque Sus ojos ven y Sus pies caminan,
constantemente. Conociendo el temor de Dios, debemos conducirnos con mucho
cuidado en la casa de Dios. Aunque somos hijos de Dios, nos hará bien recordar
siempre que la Iglesia es Su casa, no la nuestra. Él es el Anfitrión, nosotros somos
los invitados, y Él se reserva el derecho de echar fuera a los que se portan mal en
Su fiesta ( ). La iglesia es Su templo; nosotros somos los sacerdotes no los
dioses, y estamos en la Iglesia para servir no para ser servidos. A la luz de esas
verdades, pidamos a Dios que nos conceda la actitud correcta como creyentes,
cada vez que asistimos a un culto o desarrollamos nuestro ministerio en la
congregación.

Apo. 2:19 Día 43

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“Yo conozco tus obras, y amor, y fe, y servicio, y tu paciencia, y que tus obras
postreras son más que las primeras”

Al igual que en las otras seis cartas, el Señor comienza indicando el conocimiento
general que tiene del comportamiento del líder y de la congregación: “Yo conozco
tus obras”. No obstante, a continuación, señala cinco cosas específicas que Él sabe
de la iglesia en Tiatira: su amor, fe, servicio, paciencia y crecimiento espiritual.
Veamos cada una de ellas en mayor detalle.

1.​ Su amor (griego, ‘agape’)

En las listas de las virtudes cristianas, el amor siempre ocupa un lugar


preponderante. Escribiendo a los creyentes en Tesalónica, Pablo dice:
“acordándonos sin cesar delante del Dios y Padre nuestro de la obra de vuestra fe,
del trabajo de vuestro amor y de vuestra constancia en la esperanza” (1 Ts. 1:3). Él
mismo reconoce que las tres virtudes fundamentales para la vida cristiana son: “la
fe, la esperanza y el amor”, pero el mayor de ellos es el amor (1 Co. 13:13). Por
eso, el Señor valora el amor de la iglesia en Tiatira, que, a pesar de las luchas que
sostenían, seguía creciendo.

La importancia del amor es que indica el cumplimiento de ambas tablas de la ley:


amor a Dios y al prójimo. Según el Señor, el gran mandamiento es “Amarás al
Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”, y el
segundo es semejante al primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt.
22:37-40). Los ojos del Señor vieron ambas manifestaciones de amor en Tiatira, y
Cristo felicita a la iglesia por ello.

2.​ Su fe (griego, ‘pistis’)

La palabra ‘pistis’ tienen dos acepciones: fe en Dios o fidelidad a Dios. Ambas


cosas se complementan, haciendo una distinción entre ellas difícil. La verdadera fe
se manifiesta en fidelidad a Dios y la fidelidad a Dios requiere una fe firme en Él. Si
queremos estar firmes en medio de las vicisitudes de la vida, necesitamos una fe
sólida. No es suficiente creer en Dios, tenemos que saber por qué creemos en Él y
también necesitamos saber que esa fe no es en vano. La fe de los creyentes en
Tiatira se debió a la obra del Espíritu Santo en ellos y también a las diversas
pruebas que sostuvieron (Stg. 1:2-4; 1 P. 1:5-9). Las aflicciones fortalecen y
purifican nuestra fe, y fomentan la fidelidad a Dios. Los creyentes en Tiatira
experimentaron todo ello, y el Señor les felicita por la fe que tenían.

3.​ Su servicio (griego, ‘diakonia’)

Esta es la manifestación externa del amor ‘agape’. El amor no se puede ver; se


manifiesta en palabras y acciones de servicio a los demás. Los creyentes en Tiatria
servían a Dios en el uso de sus dones espirituales y también servían a su prójimo
en el uso de sus bienes materiales, su tiempo y su trabajo.

4.​ Su paciencia (griego, ‘jupomone’)

Si el servicio es la manifestación externa del amor, la paciencia es el resultado de la


fe. Cuando a una persona le falta paciencia en tiempos de prueba, la raíz del
problema es la falta de fe o la debilidad de ella. La fe, al igual que el amor, es la

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base para muchas virtudes cristianas, porque la fe genera la paciencia necesaria
cuando uno está bajo mucha presión, y la paciencia se manifiesta en una serie de
virtudes como la mansedumbre, el dominio propio, la templanza, la paz y el gozo
en adversidad.

Un ejemplo de paciencia es Moisés, de quien el autor de Hebreos dice: “se sostuvo


como viendo al Invisible” (Heb. 11:27). La fe de Moisés fue tan firme que actuó
como si estuviera viendo al Dios invisible, y esa fe le permitió perseverar cuarenta
años al frente del pueblo de Israel durante el viaje por el desierto.

El contexto del libro de Apocalipsis señala que la paciencia de la iglesia en Tiatira


estaba vinculada con la persecución desatada contra los cristianos en Asia. El Señor
miraba desde el cielo y veía la manera en que los creyentes en esa ciudad
soportaban la oposición imperial y les felicita por su paciencia y perseverancia.

5.​ Su crecimiento espiritual

A diferencia de la iglesia en Éfeso, la iglesia de Tiatira estaba creciendo en su vida


espiritual. Sus actos de amor y fe ahora eran mayores que antes, cuando primero
conocieron al Señor, al igual que su fidelidad a Dios y paciencia bajo diversas
presiones espirituales. Lejos de reclamarles por haber perdido su primer amor y
llamarlos al arrepentimiento, como lo tuvo que hacer en el caso de Éfeso (Ap. 2:5),
el Señor felicita a la iglesia de Tiatira, reconociendo que sus “obras postreras son
más que las primeras” (v.19).

Esta característica es la mejor de todas, porque abarca las cuatro anteriores. Los
creyentes en Tiatira no solo amaban a Dios y lo expresaban en actos de servicio a
los demás, no solo eran fieles al Señor y manifestaban tremenda paciencia bajo
sufrimiento, sino que estaban creciendo en cada una de estas cuatro áreas de sus
vidas cristianas. Por supuesto, la explicación de su crecimiento espiritual era la
gracia de Dios que obraba en sus vidas, como lo expresa Pablo: “por la gracia de
Dios soy lo que soy; y Su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he
trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Co.
15:10). Sin embargo, ellos evidentemente cooperaron con la gracia de Dios y por
eso el Señor les felicita.

REFLEXIÓN: ¿Cómo anda nuestra vida espiritual? Evaluémosla a la luz de estas


cinco características. ¿Estamos amando a Dios y a nuestro prójimo con el amor
divino, el amor ‘agape’? ¿Estamos expresando ese amor en actos de servicio a Dios
y a los demás? ¿Somos fieles a Dios en nuestros corazones y mentes? ¿Estamos
perseverando bajo sufrimiento y presión? Sobre todo, ¿estamos creciendo en
nuestra vida espiritual? Recordemos que muchas veces Dios tendrá que permitir
tiempos de sufrimiento y dolor para que aprendamos a crecer en fidelidad y
paciencia. Tomemos un tiempo ahora para orar por nuestra vida espiritual, pidiendo
a Dios que derrame más de Su gracia en nosotros para que podamos seguir
avanzando hacia la madurez espiritual. Luego de evaluar nuestra vida persona,
evaluemos la condición espiritual de nuestra iglesia, y pidamos a Dios que obre más
en nuestra congregación para que podamos seguir el ejemplo de la iglesia en
Tiatira.

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