Crítica decolonial y subalternidad en Grosfogel
Crítica decolonial y subalternidad en Grosfogel
Sostiene que existe un vínculo estructural entre modernidad y colonialismo y que los efectos
del colonialismo europeo no cesaron con los procesos
de descolonización e independencia nacional de los siglos XIX y XX, persistiendo en la cultura y
las formas de pensar (epistemología). Propone un "giro decolonial" para realizar
una descolonización epistemológica que corrija las deformaciones universalistas y ahistóricas
del eurocentrismo y la modernidad, a la que considera en situación de "crisis terminal".
Entre las muchas razones de la escisión del Grupo Latinoamericano de Estudios Subalternos,
había una entre quienes interpretaban la subalternidad como una crítica postmoderna (que
representa una crítica eurocéntrica del eurocentrismo) y quienes la interpretaban como una
crítica descolonial (que representa una crítica del eurocentrismo desde conocimientos
subalternizados y silenciados) (Mignolo, 2000:183-186; 213-214). Para aquellos de nosotros
que tomaron partido por la crítica descolonial, el diálogo con el Grupo Latinoamericano de
Estudios Subalternos hizo evidente la necesidad de trascender epistemológicamente, es decir,
de descolonizar el canon y la epistemología occidentales. Pero al usar una epistemología
occidental y privilegiar a Gramsci y Foucault, constreñían y limitaban la radicalidad de su crítica
al eurocentrismo. Aunque representa diferentes proyectos epistémicos, el privilegio de la
Escuela Sudasiática Subalterna hacia el canon epistémico occidental se superponía con el
sector del Grupo Latinoamericano de Estudios Subalternos que estaba de parte del
postmodernismo. Sin embargo, con todas sus limitaciones, el Grupo Sudasiático de Estudios
Subalternos representa una contribución importante a la crítica del eurocentrismo. Hace parte
de un movimiento intelectual conocido como crítica postcolonial
Crítica epistemológica
Esta estrategia epistémica ha sido crucial para los diseños globales occidentales. Al ocultar el
lugar del sujeto de la enunciación, la expansión y la dominación coloniales
europeas/euroamericanas pudieron construir una jerarquía de conocimiento superior e inferior
y, por lo mismo, de gente superior e inferior en todo el mundo. Pasamos de la caracterización
de «gente sin escritura» del siglo XVI a la caracterización de «gente sin historia» en los siglos
XVIII y XIX, a la de «gente sin desarrollo» en el siglo XX y más recientemente, a la de comienzos
del siglo XXI de «gente sin democracia». Pasamos de «los derechos del pueblo» en el siglo XVI
(el debate de Sepúlveda contra de las Casas en la escuela de Salamanca a mediados de este
siglo), a los «derechos del hombre» en el XVIII (filósofos de la Ilustración), y a los «derechos
humanos» de finales del siglo XX. Todos ellos hacen parte de diseños globales articulados a la
producción y la reproducción simultáneas de una división internacional del trabajo de
centro/periferia que coincide con la jerarquía racial/étnica global de los europeos y no
europeos. Sin embargo, como nos ha recordado Enrique Dussel (1994), el «ego cogito»
(«pienso, luego soy») cartesiano fue precedido en 150 años (desde los comienzos de la
expansión colonial europea en 1492) del «ego conquisto» («conquisto, luego soy» europeo. Las
condiciones sociales, económicas y políticas de posibilidad para que un sujeto asuma la
arrogancia de convertirse en figura divina y se erija como base de todo conocimiento verídico
era el Ser Imperial,
Estos conceptos necesitan la descolonización y esto sólo puede lograrse con una epistemología
descolonial que asuma abiertamente una geopolítica y una cuerpo-política descoloniales del
conocimiento como puntos de partida hacia una crítica radical. Los siguientes ejemplos pueden
ilustrar este punto.
1) una formación de clase global particular donde van a coexistir y organizarse una diversidad
de formas de trabajo (esclavitud, semiservidumbre, trabajo asalariado, producción de
pequeñas mercancías, etc.) como fuente de producción de plusvalía mediante la venta de
mercancías para obtener ganancias en el mercado mundial;
2) una división internacional del trabajo del centro y la periferia donde el capital organizaba el
trabajo en la periferia alrededor de formas represivas y autoritarias (Wallerstein, 1974);
4) una jerarquía racial/étnica global que privilegia a los europeos sobre los no europeos
(Quijano, 1993; 2000);
5) una jerarquía global de género que da primacía a los hombres sobre las mujeres y al
patriarcado europeo sobre otras formas de relaciones de género (Spivak, 1988; Enloe, 1990);
6) una jerarquía sexual que otorga primacía a los heterosexuales sobre los homosexuales y
lesbianas (es importante recordar que la mayoría de los pueblos indígenas en América no
consideraban que la sexualidad entre hombres fuera una conducta patológica y no tienen una
ideología homofóbica);
7) una jerarquía espiritual que da primacía a los cristianos sobre las espiritualidades no
cristianas/no occidentales institucionalizada en la globalización de la iglesia cristiana (católica y
más tarde protestante);
9) una jerarquía lingüística entre las lenguas europeas y las no europeas que hace primar la
comunicación y la producción teórica y de conocimiento en los primeros, subalternizando los
últimos como productores de folclor o cultura solamente pero no de conocimiento ni teoría
(Mignolo, 2000).
Por ejemplo, las diferentes formas de trabajo articuladas a la acumulación capitalista a escala
mundial son asignadas de acuerdo con esta jerarquía racial; el trabajo coercitivo (o barato) es
realizado por personas no europeas en la periferia y «fuerza de trabajo asalariado libre» en el
centro. La jerarquía global de género también se ve afectada por la raza: al contrario de los
patriarcados pre-europeos en los que todas las mujeres eran inferiores a todos los hombres, en
el nuevo patrón de poder colonial (de origen europeo) algunas mujeres tienen un estatus más
elevado y acceso a recursos que algunos hombres (de origen no europeo). La idea de raza
organiza la población mundial en un orden jerárquico de personas superiores e inferiores que
se convierte en un principio organizador de la división internacional del trabajo y del sistema
patriarcal global. Contrario a la perspectiva eurocéntrica, la raza, el género, la sexualidad, la
espiritualidad y la epistemología no son elementos añadidos a las estructuras económicas y
políticas del sistema mundial capitalista, sino una parte constitutiva integral e imbricada del
amplio y entramado «paquete» llamado el sistema mundo europeo moderno/colonial
capitalista/patriarcal (Grosfoguel, 2002). El patriarcado europeo y las nociones europeas de
sexualidad, epistemología y espiritualidad se exportaron al resto del mundo mediante la
expansión colonial como criterio hegemónico para racializar, clasificar y patologizar a la
población del resto del mundo en una jerarquía de razas superiores e inferiores.
3) La antigua división entre cultura y economía política, como se expresa en los estudios post-
coloniales y las perspectivas de la economía política está superada (Grosfoguel, 2002). Los
estudios postcoloniales conceptualizan el sistema mundo capitalista como constituido
principalmente por la cultura, mientras que la economía política pone la determinación
principal en las relaciones económicas. En el enfoque de la «colonialidad de poder», el qué es
primero, «la cultura o la economía», es un falso dilema, un dilema de la gallina o el huevo que
oscurece la complejidad del sistema mundo capitalista (Grosfoguel, 2002).
5) Llamar «capitalista» al actual sistema mundial es, por decir lo menos, engañoso. Dado el
«sentido común» hegemónico eurocéntrico, en el momento en que usamos la palabra
«capitalismo» las personas inmediatamente piensan que estamos hablando sobre la
«economía». Sin embargo, el «capitalismo» sólo es una de las múltiples constelaciones
imbricadas del patrón colonial de poder del «sistema mundial europeo moderno/colonial
capitalista/patriarcal». Es importante, pero no la única. Dada su imbricación con otras
relaciones de poder, destruir los aspectos capitalistas del sistema mundo no sería suficiente
para destruir el actual sistema mundo. Para transformar este sistema mundo es crucial destruir
la totalidad heterogénea histórico-estructural llamada el «patrón colonial del poder» del
sistema.
La mitología de la «descolonización del mundo» oscurece las continuidades entre las jerarquías
coloniales/raciales pasadas y actuales y contribuye a la invisibilidad de la «colonialidad» de hoy
en día. Durante los últimos cincuenta años, los Estados periféricos que en la actualidad son
formalmente independientes, según los discursos liberales eurocéntricos dominantes.
construyeron ideologías de «identidad nacional», «desarrollo nacional» y «soberanía nacional»
que crearon una ilusión de «independencia», «desarrollo» y «progreso». Sin embargo sus
sistemas políticos y económicos fueron configurados por su posición subordinada en un
sistema mundo capitalista organizado alrededor de una división internacional del trabajo
jerárquica (Wallerstein, 1979; 1984; 1995). Los múltiples y heterogéneos procesos del sistema
mundo, junto con la predominancia de las culturas eurocéntricas (Said, 1979; Wallerstein,
1991b; 1995; Lander 1998; Quijano 1998; Mignolo 2000), constituyen una «colonialidad
global» entre los pueblos europeos/euroamerianos y no europeos. Así, la «colonialidad» está
imbricada con la división internacional del trabajo, pero no puede reducirse a ella. La jerarquía
racial/étnica global de europeos y no europeos forma parte integral del desarrollo de la
división internacional del trabajo en el sistema mundo capitalista (Wallerstein, 1983; Quijano,
1993; Mignolo, 1995). En estas épocas de «post independencia» el eje «colonial» entre
europeos/euroamericanos y no europeos se inscribe no sólo en relaciones de explotación
(entre el capital y el trabajo) y en relaciones de dominación (entre los Estados metropolitanos y
periféricos), sino también en la producción de las subjetividades y el conocimiento. En suma,
parte del mito eurocéntrico es que vivimos en una supuesta era «post» colonial y que el
mundo, en particular, los centros metropolitanos, no tienen necesidad de una descolonización.
En esta definición convencional, la colonialidad se reduce a la presencia de administraciones
coloniales. Sin embargo, como lo ha mostrado la obra del sociólogo peruano Aníbal Quijano
(1993, 1998, 2000) con su perspectiva de la «colonialidad del poder»
Con muy pocas excepciones, la mayoría de los teóricos postcoloniales vienen de campos de las
humanidades, como literatura, retórica y estudios culturales. Sólo un reducido número de
intelectuales en el campo de la postcolonialidad viene de las ciencias sociales, en especial de la
antropología. Por otro lado, los académicos del sistema mundo pertenecen básicamente a
disciplinas de las ciencias sociales, como la sociología, la antropología, las ciencias políticas y la
economía. Muy pocos vienen de las humanidades, con excepción de los historiadores, que
tienden a tener más afinidades con el enfoque del sistema mundo, y muy pocos provienen de
la literatura. He hecho énfasis en las disciplinas que predominan en ambos puntos de vista
porque creo que estas limitaciones disciplinarias son constitutivas de algunas de las diferencias
teóricas entre ambas aproximaciones.
Sus partidarios creen que la cultura es el elemento constitutivo que determina las relaciones
económicas y políticas en el capitalismo global (Said, 1979). De otro lado, la mayoría de los
académicos del sistema mundial hacen énfasis en las relaciones económicas a escala mundial
como constitutivas del sistema mundo capitalista. Las relaciones culturales y políticas se
conceptualizan como instrumentales para los procesos de acumulación capitalista o como un
epifenómeno de aquéllos. El hecho es que los teóricos del sistema mundo tienen dificultades
para teorizar la cultura, mientras que los teóricos postcoloniales encuentran dificultades para
conceptualizar los procesos político-económicos. La paradoja es que muchos académicos del
sistema mundo reconocen la importancia de la cultura, pero no saben qué hacer con ella ni
cómo articularla en una forma no reduccionista, mientras que muchos académicos
postcoloniales reconocen la importancia de la economía política pero no saben cómo integrarla
al análisis cultural sin reproducir un tipo de reduccionismo «culturalista». De este modo, ambas
literaturas fluctúan entre el peligro del reduccionismo económico y el peligro del culturalismo.
Los estudios postcoloniales y el análisis del sistema mundial tienen necesidad de una
intervención descolonial
Pienso que la dicotomía cultura contra economía es un dilema del «huevo o la gallina», es
decir, un falso dilema, que proviene de lo que Immanuel Wallerstein ha llamado el legado del
liberalismo del siglo XIX (Wallerstein, 1991a:4). Este legado implica la división de lo económico,
lo político, lo cultural y lo social como arenas autónomas. Según Wallerstein, la construcción de
estas arenas «autónomas» y su materialización en esferas de conocimiento separadas, como la
ciencia política, la sociología, la antropología y la economía en las ciencias sociales, así como las
diferentes disciplinas en las humanidades son un resultado pernicioso del liberalismo como
geocultura del sistema mundo moderno.
«El análisis del sistema mundo pretende ser una ciencia social crítica del siglo XIX. Pero es una
crítica incompleta, inacabada. Aún no ha podido encontrar una forma de superar el legado más
persistente (y falso) de la ciencia social del siglo XIX: la división del análisis social en tres
arenas: tres lógicas, tres niveles: lo económico, lo político y lo sociocultural. Esta trinidad se
mantiene en medio del camino, en granito, bloqueando nuestro avance intelectual. Para
muchos es insatisfactorio, pero en mi opinión nadie ha encontrado aún la forma de prescindir
del lenguaje y sus implicaciones, algunas de las cuales son correctas, pero la mayoría de ellas
probablemente no lo sean» (1991a:4).
Aún debemos desarrollar un nuevo lenguaje descolonial para dar cuenta de los complejos
procesos en el sistema mundo moderno/colonial sin depender del viejo lenguaje liberal de las
tres arenas. Por ejemplo, el hecho de que este teórico defina el sistema mundo moderno como
una economía mundial desorienta a muchas personas en tanto las lleva a pensar que el análisis
de dicho sistema explora la llamada «lógica económica» del sistema. Éste es precisamente el
tipo de interpretación que Wallerstein trata de evitar en su crítica a las esferas autónomas. Sin
embargo, como él mismo lo reconoce, el lenguaje usado en el análisis sobre el sistema mundo
sigue atrapado en el viejo lenguaje de la ciencia social del siglo XIX y prescindir de él es un gran
reto. ¿Qué sucedería si el capitalismo fuera una economía mundial, no en el sentido limitado
de un sistema económico, sino en el sentido del sistema histórico definido por Wallerstein
como «una red integrada de procesos económicos, políticos y culturales, la suma de los cuales
mantiene junto el sistema» (Wallerstein, 1991a:230)? Debemos hallar nuevos conceptos y un
nuevo lenguaje para dar cuenta de la compleja imbricación de las jerarquías de género,
raciales, sexuales y de clase en procesos globales geopolíticos, geoculturales y geoeconómicos
del sistema mundo moderno/colonial donde la incesante acumulación de capital se ve afectada
por estas jerarquías, está integrado por ellas, es constitutivo de ellas y está constituido por las
mismas. Con el fin de hallar un nuevo lenguaje descolonial para esta complejidad, debemos ir
«fuera» de nuestros paradigmas, enfoques, disciplinas y campos de trabajo. Sugiero que
examinemos la noción metateórica de «heterarquias» desarrollada por el teórico social,
sociólogo y f ilósofo griego Kyriakos Kontopoulos (1993), al igual que la noción de «colonialidad
del poder» desarrollada por Aníbal Quijano.
Las heterarquías conservan el uso de la noción de «lógica» sólo con propósitos analíticos con el
fin de hacer ciertas diferenciaciones o abstraer ciertos procesos que una vez integrados o
imbricados en un proceso histórico concreto adquieran un efecto y un significado estructurales
diferentes. El pensamiento heterárquico es un lenguaje para lo que Immanuel Wallerstein
llama una nueva forma de pensamiento que puede romper con las ciencias sociales liberales
del siglo XIX y centrarse en sistemas históricos complejos.
Las ideas de dependencia deben entenderse como parte de la «longue durée» de las ideas de
la modernidad en Latinoamérica. El desarrollo autónomo nacionales es un tema ideológico
central del sistema mundo moderno desde finales del siglo XVIII. Los dependentistas
reprodujeron la ilusión de que la organización y el desarrollo racionales pueden lograrse a
partir del control del Estado-nación. Esto contradecía la posición de que el desarrollo y el
subdesarrollo son resultado de relaciones estructurales dentro del sistema mundo capitalista.
Aunque los dependentistas definieron el capitalismo como un sistema global más allá del
Estado-nación, seguían creyendo que era posible desvincular o romper con el sistema mundo
en el plano del Estado-nación.
Sin embargo, como lo sabemos hoy, es imposible transformar un sistema que opera a escala
mundial privilegiando el control/ administración del Estado-nación (Wallerstein, 1992b).
Ningún control «racional» del Estado-nación alteraría la posición de un país en la división
internacional del trabajo. La planeación y el control «racionales» del Estado-nación contribuyen
a la ilusión desarrollista de que es posible eliminar las desigualdades de un sistema mundial
capitalista desde un plano del Estado-nación.
Para la mayoría de los dependentistas y para el analista del sistema mundial, la «economía» era
la esfera privilegiada del análisis social. Categorías como «género» y «raza» eran ignoradas a
menudo y cuando se usaban se reducían (instrumentalizaban) a los intereses económicos o de
clase. Quijano (1993) es una de las pocas excepciones a esta crítica. La «colonialidad del
poder» es un concepto que busca integrar como parte del proceso heterogéneo estructural las
múltiples relaciones en las que los procesos culturales, políticos y económicos se ven
imbricados en el capitalismo como sistema histórico. Quijano emplea la noción de
«heterogeneidad estructural» que está muy cercana a la de «heterarquía» que se analizó
anteriormente. De manera similar al análisis del sistema mundo, la noción de «colonialidad»
conceptualiza el proceso de colonialización del continente americano y la constitución de una
economía mundial capitalista como parte del mismo proceso imbricado. Sin embargo, al
contrario del enfoque del sistema mundo, la «heterogeneidad estructural» de Quijano implica
la construcción de una jerarquía racial/étnica global de carácter simultáneo, coetáneo en el
tiempo y el espacio, para la constitución de una división internacional del trabajo con
relaciones centro-periferia a escala mundial. Desde la formación inicial del sistema mundo
capitalista, la incesante acumulación de capital estuvo imbricada con ideologías globales
racistas, homofóbicas y sexistas.
Más aún, para Quijano no existe una teleología lineal entre las diferentes formas de
acumulación capitalista (primitiva, absoluta y relativa, en este orden según el análisis
eurocéntrico marxista). Para Quijano, las múltiples formas de acumulación también coexisten
en forma simultánea, son coetáneas en el tiempo.
Pensamiento fronterizo
Las formas de alteridad democrática son rechazadas. Si la población no europea no acepta los
términos euroamericanos de la democracia liberal entonces se les imponen por la fuerza en
nombre de la civilización y el progreso. Es preciso reconceptualizar la democracia en una forma
transmoderna con el fin de descolonizarla de la democracia liberal, es decir, de la forma de
democracia de occidente, racializada y centrada en el capitalismo. Al radicalizar la noción
Levinasiana de la exterioridad, Dussel ve un potencial radical en los espacios relativamente
exteriores no colonizados por completo por la modernidad europea. Estos espacios exteriores
no son puros o absolutos. Han sido afectados y producidos por la modernidad europea, pero
nunca subsumidos o instrumentalizados por completo. Es desde la geopolítica del
conocimiento de esta exterioridad relativa, o estos márgenes, que surge el «pensamiento
fronterizo crítico» como una crítica a la modernidad hacia un mundo transmoderno pluriversal
(Mignolo, 2000) de proyectos ético-políticos múltiples y diversos en los que podría existir un
diálogo y una comunicación horizontales reales entre todos los pueblos del mundo.
La propuesta que hace Quijano (2000) de una «socialización del poder» en oposición a una
«nacionalización estatista de la producción» es crucial aquí. En lugar de de proyectos
«socialistas de Estado» o «capitalistas de Estado» centrados en la administración del Estado y
en las estructuras de poder jerárquicas, la estrategia de la «socialización del poder» en todas
las esferas de la existencia social privilegia las luchas globales y locales de las formas colectivas
de autoridad pública.
Las comunidades, empresas, escuelas, hospitales y todas las instituciones que en la actualidad
regulan la vida social estarían autoadministradas por la gente bajo la meta de extender la
igualdad social y la democracia a todos los espacios de la existencia social. Es un proceso de
empoderamiento y una democratización radical desde abajo que no excluye la formación de
instituciones públicas globales para democratizar y socializar la producción, la riqueza y los
recursos a escala mundial. La socialización del poder implicaría también la formación de
instituciones globales más allá de los límites nacionales o estatales para garantizar la justicia y
la igualdad social en la producción, reproducción y distribución de los recursos mundiales.
Basándose en las antiguas comunidades indígenas de los Andes y en las nuevas comunidades
marginales urbanas en las que la reciprocidad y la solidaridad son las principales formas de
interacción social, Quijano ve el potencial utópico de una alternativa social privada a la
propiedad privada y un público alternativo no estatal que esté por fuera de las nociones
eurocéntricas capitalistas/socialistas de lo público y lo privado. Este público no estatal (en
oposición a la equivalencia de lo estatal y lo público en las ideologías liberal y socialista) no
está, según Quijano, en contradicción con un privado social (en oposición a la propiedad
privada capitalista y corporativa). Lo privado social y su autoridad pública institucional no
estatal no están en contradicción con las libertades personales/individuales y el desarrollo
colectivo. Uno de los problemas con los discursos liberales y socialistas es que el Estado es
siempre la institución de la autoridad pública que está en contradicción con el desarrollo de un
crecimiento alternativo «privado» y de los «individuos».
Los proyectos desarrollistas que se centran en cambios de políticas a nivel del Estado-nación
son obsoletos en la economía mundial de hoy en día y desembocan en ilusiones desarrollistas.
No puede darse una «solución nacional» a un sistema de explotación y dominación que
funciona a escala global como lo hace el sistema mundo capitalista. Un problema global no
puede resolverse en el plano del Estado nación. Requiere soluciones descoloniales globales.
Así, la descolonización de la economía política del sistema mundo moderno/colonial
capitalista/patriarcal requiere la erradicación de la transferencia continua de riqueza del Sur al
Norte y la institucionalización de la redistribución global y la transferencia de riqueza de Norte
a Sur. Después de siglos de «acumulación por expropiación» (Harvey, 2003), el Norte tiene una
concentración de riqueza y recursos inaccesible al Sur. Los mecanismos globales de
redistribución de riqueza de Norte a Sur podrían implementarse mediante la intervención
directa de organizaciones internacionales o imponiendo gravámenes a los flujos globales de
capital. Sin embargo, esto requeriría una lucha de poder descolonial global a escala mundial
cuyo propósito fuera transformar el patrón de poder colonial global y, en consecuencia,
transformar el sistema mundo moderno/colonial capitalista/patriarcal. El Norte es reacio a
compartir la concentración y la acumulación de riqueza producida por el trabajo no europeo
del Sur después de siglos de explotación y dominación de los últimos por parte de los primeros.
Incluso hoy, las políticas neoliberales representan una continuación de la «acumulación por
expropiación»
Sinembargo,frecuentementeenlahistoriografíadelasciencias.
[Link] erró[Link]
sostenerlas siunodcjadeentenderpor cienciauna
seriedeenunciadosylaconcibecomounprocesode producciónenel cual intervienenmuchos
elementos demodo constitutivoydonde,porejemplo,nosepuedenseparartajantemente los
productores dc lo producido. ¿No tenemos que recurrir a toda la paleta de elementos, desde la
lógica del sentido común hasta la historia regionalo nacional especif ica, desde la configuración
par ticu lar del sistcma universitario correspondiente hasta el autoritarismode un régimcn
politice, para comprendercabalmente el cuadro de unadeterminada antropología?
Con variaciones derivadas de las tradiciones políticas y académicas propias de cada una de las
naciones que se repartieron en aquella época el mundo entre si, surgió paulatinamente la
antropofagia como un C3Jl1po de conocimiento propio dentro dcl conjunto de las ciencias
sociales. En sus inicios. esta nueva ciencia se dio a la tareade ordenarlagigantescacantidadde
noticias acerca de otros culturas acumuladas desde hacia siglos en relatos y repones,
bibliotecas. colecciones etnográficas y museos, a las que se agregaban desde fines del siglo
XVIII. caudales crecientes de nuevas informaciones aportadas por marineros y aventureros,
migrantcs y militares, colonos y comerciantes, misioneros y periodistas y finalmente, también
expedicionarios científicos.
Nodejadesercuriosoqueelestablecimientoenelsenodela
civilizaciónnoratlánticadeunacadavezmásprósperayexitosa disciplina
científicadedicadaespecialmentea ladiversidadcul tural haya idoa lapardel
esfuerzomasivoysostenidodeesta mismacivilizaciónporanular tal [Link]
con sus escuelas, suejércitoy sus aparatos administrativos. la dinámicapropiade la
técnicamodernayde laproducciónindus trial«eficiente», lamisión
religiosayelarraigadodespreciopor todoloquedesdelaapreciacióneurocéntricaeinclusoracistadel
progreso sólo puede considerarse como inferior y por tanto destinado a desaparecer-todo esto
seha conjugadodurante generaciones para disminuir e inclusoborrar la heterogeneidad
culturalafavordeunacrecientehomogeneidad a escala planetaria.
Essabidoquetalhomogeneidadcuyosapologetashancelebrado
lasmaravillasdela«globalización»yel«findelahistoria»,nose hadado. Esmás. conel tiempo,
elmismomodelocivilizatorio nomtlánticohacreadonuevasheterogeneidadesanivelmundial.
Hoyendía, lamás honda deéstas, opacada largamentepor el conflictooeste-este,
vuelveaparecercon [Link] ahoramás visiblequeantes, quenonos
encontrarnosanteuna desigualdadpasajeradecaráctertccno-económico,sinoquesetrata
deunadivisiónmuchomás profundayenvolvente,cuyoanálisis
debeincluirnosólolasesferasde10políticoydelomilitar, sino también las relaciones entre los
génerosy las generaciones, la cosmovisiónyelconocimiento, ladinámicadelavidacotidianay
delabúsquedadelsentido. lossentimientosylacorporalidad, las
esperanzasylossueñ[Link],ademásdetratarsedeunadivisión deltrabajo, es
tambiénunadivisióndecarácterculturalaescala
[Link]érminosde la oposicióncivilizaciónysa
lvajismo/barbarie,hasidoposteriormente identificadaenlosbinomiosdesarrollo-
subdesarrollo,modernidad tradición, dominación-dependencia, metrópolis-periferia,
globalización-Iocalismo.
El fuerte economicismo de estos análisis impedía que los aspectos de tipo cultural-simbólico
fueran tomados en cuenta; así. muchos planos de la realidad social y una gran variedad de sus
trasformaciones no se hicieron visibles o conscientes. Uno de los cambios pocotematizados se
refiere a la ciencia en general y a la antropológica en particular. Se trata del hecho de que en
elSur tradicionalmente elhábitat principal de los objetosdeestudio de la antropología-
lascienciasantropológicassearraigarony cobraron vida propia. Aunque hubo en algunos países
antecedentes tempranos,es particularmenteenel últimocuarto delpresentesiglo que en muchas
y cada vez mis partes del Sur se han establecido instituciones académicas, todo tipo de
congresos, periódicos y museos, revistas especializadas y asociaciones profesionales, proyectos
editoriales y programas de investigación de largo aliento.
En vista de esta situación puede recordarse la advertencia de (García Márquez 1986: 174·176)
sobre la «insuficiencia» de las palabras, ya que, cuando nosotros hablamos de un río. lo más
lejos que puede llegar un lector europeo es a imaginarse algotan grandecomo el
Danubioquetiene2.790km. Esdificil que se imagine,si no seledescribe,la realidad del Amazonas
quetiene5.500km. de longitud. Frente a Belén del Paro no se alcanza a ver la otra orilla, y es
más ancho que el mar Báltico. Cuando nosotros escribimos la palabra 'tempestad', los
europeos piensan en relámpagos y truenos pero no es fácil que estén concibiendo el mismo
fenómeno que nosotros queremos representar .Lo mismo ocurre, por ejemplo con la palabra
'lluvia.
Todavía está por verse en qué medida la durante muchos años frecuente impugnación de la
antropología generada en el Norte como «ciencia burguesa», instrumento del imperialismo y
de la contrainsurgcncia, contribuyó a esta restringida y simplista visión de las cosas, a que tan
pocasveces se produjeran críticasdetalladas y a que cuando estas se intentaban, solieran tener
como punto de referencia no tanto la situación empírica concreta del Sury de su ciencia
antropológica. sino determinadascorrientes de pensamiento generadasexactamente enlos
mismospaises del Norte de los cuales provenía el objeto de la critica. Una consecuencia de lo
anterior es que dificilmente las antropologías generadas en el Sur pueden aparecer como
interlocutoras válidas de la antropología hegemónica, como participantes reales cn una
disciplina universal, de la cual forman parte. Al contrario, se actúa como si siguiera existiendo
un único centro de difusión, donde-en sólo dos idiomas- se genera antropología científica,
dejando de lado todas las demás antropologías, desde las que encuentran en la periferia de
Europa hasta las mis lejanas del Sur.
La segundatensión-íntimamente vinculadacon la anterior tiene que ver con el hecho de que las
discusiones antropológicas del Norte llegan no solamente fuera de contexto, sino «por regla
general . . . diez años después de iniciado un movimiento y cuando éste ya está superándose
en las metrópolis» (Miranda 1984:582). Esta situación tiene sus inconvenientes, porque la
generación de conocimientos es un proceso de discusión abierto enelque muchas veces los
propios autores modifican sus enunciados o cambian de opinión, precisamente a causa de
aportesde colegas aldebate. Pero en el Sur a menudo se discuten sólo fragmentos de los
debates desarrollados en elseno del Norte, lo que lleva en ocasiones a que se defiendan o
ataquen ideas que ya ni siquiera sus autores mantienen. A esto se agrega que las bibliotecas de
las instituciones académicas del Sur pocas veces permiten al estudioso elacceso a toda la obra
de un autor, por lo que éste suele identificarse simplementecon la o las obrasque han
sidotraducidas alcastellano. Es decir, no se permite al estudioso latinoamericano introducirse
realmente a una determinada «subcultura»-en términos del profesor Cardoso (1988:167)- de la
antropologia; al contrario. todos sus componentes se tratan precisamente como si no fuesen
parte de una cultura, sino como elementos materiales a-culturales que mantienen su identidad
independicntemente del lugar y del tiempo en el que se encuentran. La tercera tensión
inherente a las antropologías del Sur se encuentra estrechamente ligada a las dos anteriores. Si
en casi todos los países del Sur a veces ya resulta dificil encontrar cursos sob re la historia o el
presente de la antropología nacional, esta situación se agudiza mucho al tratarde encontrar
cursos y especialistas que aborden la generada en otro país dcl mismo Sur.
La última tensión que puede mencionarse aquí es la situación general de las instituciones
académicas, que siguen siendo los principales focosde generación de conocimiento
antropológicoen el Sur. Comoes sabido, a diferencia de casi todos los paises del Norte.
concontadasexcepciones,enAmérica Latinalos profesores universitarios no constituyen un
sector prestigioso, influyente' o siquiera bien pago. Pero más allá de ésto. hay que preguntarse
sobre lo que significan las universidades en América Latina para la población e incluso para los
mismos universitarios. Alcontrario, por doquier enel Sur puedeobservarsedesdehace tiempo
una desvalorización de las universidades: suobjetivono es generarconocimientos, sino
producircgresados; éstos últimos. por su parte, usualmentesoninstruidospor quienes
noparticipan en la generacióndeconocimientosyquienessóloles enseñana «aplican)
conocimientos generados en otra parte del mundo.
Las cinco tensiones inherentes a las antropologías del Sur que se acaban de mencionar,
obviamente, no las caracterizan completamente, pero sí proporcionan pistas importantes para
profundizar en su conocimiento: la tensión entre la pertenencia a una tradición y la
predominancia de procesos de incorporación de sus futuros especialistas. que muchas veces
no permite que esta tradición se convierta en una base disciplinaria efectiva para abordar la
realidad empírica; la tensión entre la necesidad de ubicarseadccuadamcntecneldebate
científico a nivel internacional y la recepción fragmentada y desfasada de la discusión que se
lleva a cabo en los países centrales; la tensión entre el reconocimiento de la cercanía con las
demás antropologías generadas en el Sur y la imposibilidad pr:ietica de informarse al respecto
y de vincularse con ellas; la tensión entre la adscripción de la antropología al campo del
conocimiento científico y la necesidad de cuestionar severamente esta forma de conocimiento.
3- Puntos de partida
En primer lugar hay que reconocer que aunque la antropología hegemónica suele llegar a
América Latina frecuentemente de manera descontextualizada, fragmentada y desfasada, es
importante que nos lleguen prácticamente todas las corrientes de pensamiento antropológico
gencrados en el Norte. Esta situación, por cierto, difiere de la que se da en muchos lugares del
Norte, donde se privilegia a menudo tanto el debate principal del propio país que se pierde de
vista, casi por completo, cualquier antropología más allá de la frontera. En cambio, al Sur llegan
investigadores de campoy conferencistas, libros y revistas provenientes de todas las tradiciones
del Norte y quienes asisten a reuniones académicas y estudian posgrados en los países del
Norte también se convierten en comunicadores de estapolifacética antropología. La riqueza de
información e ideas que de esta forma llega a las comunidades de practicantes del Sur podría
aprovecharse mejor si hubiera mayor trabajo en común para examinar con cuidado, y ante el
trasfondo de la situación propia, todas estas tradiciones o subculturas antropológicas del Norte
con sus posiciones paradigmáticas y propuestas metodológicas.
Conviene adverti r nuevamente que el análisis tendría quc tener mucho cuidado con las
palabras. Para mencionar un ejemplo, en el debate sociocientifico y político europeo actual, se
habla mucho de multiculruralidad y es grande la tentación de «aplicar» este concepto
directamente en los paises latinoamericanos. Sin embargo, aquí la multiculturalidad tiene un
origen totalmente distinto, ya que seencuentraindisolublemente ligadaa la invasióny la
conquista por parte de Europa. Así, a pesar de utilizar una misma palabra, los referentes son
muy diferentes y no debe darse la impresión de hablar de lo mismo. Además, será
precisamente a partir del reconocimiento de estas diferencias que finalmente se terminará
enriqueciendo el debate sobre la multiculturalidad también en los países del Norte.
El segundo punto de partida sería la urgente recuperación de los antecedentes propios, que en
varios países latinoamericanos ya se ha iniciado. Ciertamente la antropología nació en la
civilización noratlántica y no acá. Sin embargo, muchos de los escritos de los viajeros europeos
ylatinoamericanos decimonónicos, o sea, de gente que se interesó por las culturas indígenas y
populares de su país o región en Europa y en América Latina, son bastante semejantes, incluso
con respecto a los autores que con el tiempo fueron
consideradoslosprimerosantropólogospropiamentedichos.
Se trata de la relación particular entre antropología y política. Esta ha sido la causa de muchas
situaciones difíciles y bien conocidas. En las universidades de casi todos los países
latinoamericanos hu bo durante lustros una especie de sobrepolitización e ideologización a la
que seguramente nadie realmente interesado en la generación de conocimiento antropológico
querrá regresar. Sin embargo, nada permite celebrar, como [Link] fuerte tendenciahacia la
despolitizacióncompleta, que hoy se observa en muchas universidades de la región. Si
entendemos «política» no en el sentido pervertido, que le han dadolos ajustes de cuenta
personales y las peleas por puestos, favores e influencias en no pocas instituciones académicas,
sino en su sentido sustantivo, dirigida al bien de la ciudadanía, entonces hablar de la relación
entre antropología y política significa roblar de una determinada relación entre las actividades
de las comunidades antropológicas y el conjunto de los ciudadanos. O sea. hablamos de la
dimensión ética de la creación y difusión de conocimientos antropológicos. También aquí hay,
desde luego, situaciones similares a las que conocemos de la bibliografía generadaenel Norte.
Pero también hay muchas diferencias.
Lacotidianidadnuestrasigueestandoprofundamente
marcadaporelantagonismoentrequienescontrolanelpoderyla
riquezasocialmentecreadasyquienes siguensiendocandidatos permanentesasufrir,
segúnunaexpresióndeBartoloméde las
Casas,«lamuerteantesdetiempo».Denunciarestaescandalosa
situaciónnoimplicaexigirunainstrumcntalizacióninmediatadel trabajocientíficoenantropologíaa
favordeaquellosaquienes estudiamoslamayoríadelasvecesyquesuelensermásvíctimas
quebeneficiarios,ycasinunca, protagonistasdelamodernidad.
Perosírecuerdaqueladefensadeladiferenciaenriquecedorano
debecontribuiraeludirelcombatedcladesigualdadaniquiladora que,de una manera u otra,
constituye también la hipoteca mis pesada de las antropologías del Sur recientes,
Entiendo “nuestras antropologías” como las antropologías que se hacen desde América Latina
y que responden con relevancia política ante las realidades que nos interpelan y constituyen.
Nuestras antropologías no son solo las antropologías que se hacen en América Latina, no son
tampoco las que se hacen sobre América Latina. nuestras antropologías no son simplemente
antropologías que se hacen en (o sobre) América Latina, sino que desde unas Américas Latinas
asumidas como un horizonte ético-político articulado en las márgenes de una geopolítica del
conocimiento y de un sistema mundo de la antropología.
Vidas digitalizadas
El mundo que enfrentamos hoy en América Latina implica una creciente digitalización de
nuestras experiencias y existencias que, con la pandemia del Covid-19, se ha hecho evidente en
múltiples ámbitos de nuestra cotidianidad. Con la irrupción de la pandemia del Covid-19
nuestras vidas se han visto trastocadas, aunque de diferentes maneras y con distintos alcances
dependiendo de marcaciones de generación, clase, raza y lugar. En cuestión de semanas, el
mundo dejó de ser mucho de lo que dábamos por sentado. Una tras otra se fueron cerrando
fronteras, se impusieron confinamientos obligados.
Para una parte de la población, el Covid-19 ha implicado confinamientos, generalización de
teletrabajo y una virtualidad obligatoria en la educación, entre otras súbitas transformaciones
de la vida cotidiana.4 Esto ha supuesto, para muchos, largas horas sentados ante las pantallas
de computadores u otros dispositivos digitales realizando, en estos nuevos entornos,
actividades que antes eran mayoritariamente presenciales. Para otros, tal vez los más, la
pandemia ha traído hacinamiento y hambre, la repentina clausura de las actividades diarias
con las que se ganaban la vida, violencia, violaciones y muerte.
En cuestión de unas décadas, el mundo cambió sustancialmente, y por sus actitudes pareciera
que algunos colegas no se han enterado. Para ellos las implicaciones para las vidas y
subjetividades de los seres humanos con los que solemos estudiar se redujeran a nostálgicas
querellas por unos imaginados tiempos en los que “sí se podía hacer campo de verdad”, de una
fantaseada comodidad epistemológica que hoy se les escapa. . No es simplemente investigar
con ayuda de estos nuevos artefactos y entornos, sino entender lo que estos vienen haciendo
en nuestras vidas. Sus efectos en nuestras experiencias y existencias, no se reduce a tener
acceso o no a los artefactos digitales (como el teléfono inteligente) y entornos digitales (como
las plataformas trasmediáticas). Gústenos o no, la denominada “revolución digital” tiene
efectos materiales concretos en la vida y la muerte de poblaciones, humanas y no humanas.
Más puntualmente, la reinvención de nuestras antropologías hoy pasa por apropiarnos para la
investigación etnográfica de las herramientas ofrecidas por los entornos y artefactos digitales,
no solo para estudiar los emergentes escenarios virtuales sino también para potenciar el
abordaje de temáticas, lugares y gentes que hace tiempo hemos abordado en sus
fisicalidades5. Esto es todavía más pertinente si pensamos tanto en las etnografías de lo digital
(de los mundos virtuales y sus interacciones con nuestras vidas), como la apropiación de lo
digital para complementar las etnografías convencionales. Para recurrir a una metáfora
derivada de la misma web, este doble movimiento implicaría lo que podríamos denominar una
etnografía 2.0. Nacida en un contexto colonial, el modelo de etnografía antropológico
convencional (que ha sido atravesada por una serie de supuestos sobre lugar, desplazamiento,
otredad, exotismo y en una autoridad derivada de “colocar la tienda en el centro de la aldea de
los nativos”) se ha constituido en una traba de la imaginación y práctica etnográfica para
asumir los alcances y retos de las grandes transformaciones asociadas a la creciente
virtualización de nuestras experiencias y existencias. La etnografía 2.0 supone una ruptura con
esas retóricas y nostalgias de un modelo idealizado de etnografía convencional antropológico,
uno que podría ser llamado “complejo malinowskiano-geertziano”
Web 2.0 es el término acuñado para marcar el paso de los primeros sitios que alojaban
contenidos para ser consultados por los internautas, a unos sitios en red que dejan de ser un
simple recipiente de información para convertirse en escenarios de interacción, con diseños
centrados en los usuarios y que hace énfasis en prácticas de colaboración e intercambio. Si
queremos contribuir a entender, desde nuestras antropologías, lo que está en juego con estos
artefactos y entornos digitales, así como sus múltiples y contradictorios efectos en nuestras
experiencias y existencias, no podemos simplemente hacer unos cambios cosméticos a la
etnografía (cfr. Gómez Cruz, 2018; Winocur, 2009).
Cuando hablo de etnografía 2.0 estoy pensando en transformaciones que pasan por cómo
hemos articulado la relación de la figura del etnógrafo, con quienes o lo que es etnografiado en
un marco institucional muy particular que constituye el dispositivo etnográfico. Refiere a una
serie de preguntas como ¿Qué significa en términos de las “políticas y poéticas de la
representación etnográfica” (para usar una conocida expresión de los debates de los años
ochenta) que no sea el etnógrafo quien controle los formatos y narrativas digitales, ni las redes
ni los dispositivos por los que puede circular las representaciones que también lo implican?
Procesos de derechización
Hemos sido testigos de cómo, en nuestros países, se han ido posicionando una serie de
procesos de derechización de los sentidos comunes, cotidianidades y de las estrategias
políticas. Prácticas abiertamente racistas y xenofóbicas, que desprecian la existencia y derechos
de poblaciones racializadas, minorizadas y migrantes, se han articulado en algunos países con
la emergencia y elección de políticos de derecha que se vanaglorian de sus discursos y
estrategias autoritarias e ignorancias. Veloz y atropelladamente, los gobiernos de derecha
desmantelaron programas y mecanismos establecidos durante las pasadas décadas para
socavar las desigualdades económicas y sociales. Los recientes gobiernos de corte más
progresistas han intentado revertir los efectos más nefastos de estas políticas.
Los estallidos de revueltas populares, como en Chile, Bolivia y Colombia, que han aprovechado
las clases políticas en el poder para desplegar los más brutales dispositivos policiales con un
gran saldo de muertos, heridos, mutilados y desaparecidos, también han evidenciado las
ansiedades de las nuevas derechas que se vienen rearticulando y transformando para
responder por la fuerza, requiérase o no, para conservar el statu quo del que derivan sus
privilegios.
Se hace cada vez más frecuente el escarnio público y asesinato a individuos o colectividades
que ponen en riesgo el orden de privilegios y las maquinarias normalizantes. El cuerpo, el
deseo y la cotidianidad son asaltados y desgarrados por la escrutadora mirada de la “gente de
bien”, por quienes se imaginan encarnado sujetos morales adecuados, empresarios de sí y
bulímicos consumistas, que dicen despreciar las regulaciones y dadivas del estado, a menudo
sujetos creyentes que se pliegan a las hordas de los justos. Tiempos en los que la opinión
apresurada es equiparable a la cuidadosa investigación, en los que el encantamiento del
mundo, los fakenews y la “post-verdad” campean como un cada vez más generalizado
sentimiento de abierto anti intelectualismo (Ribeiro, 2017)
Este panorama constituye una serie de desafíos para nuestras antropologías. Nos colocan ante
una disyuntiva que enfrentamos aquí y ahora los antropólogos entre evidenciar con resultados
concretos unas antropologías relevantes social y políticamente ante los múltiples avances de
estos procesos de derechización o caer en la banalización de nuestras antropologías para
entender e interrumpir estos avances. Imaginar o enunciar que no se toma posición frente a
esta encrucijada, es por supuesto asumir una posición. Nuestras antropologías no pueden
esgrimir un cuestionado prurito cientista en aras de no involucrare en las disputas que suponen
estos tiempos sombríos.
Para escapar a la banalización de la antropología no es suficiente, sin embargo, con una abierta
y “correcta” toma partido. No basta con estar del lado de “los buenos”, no es suficiente con
indignarse y movilizarse contra las fuerzas y prácticas de la derechización en particular u otras
que apuntalen la desigualdad social en general. Para que nuestras antropologías sean
relevantes deben hacer contribuciones concretas a conocer más adecuada y densamente los
mundos que habitamos, a entender las fuerzas que los constituyen y que en gran parte
imposibilitan que sean más justos, igualitarios y dignos para más gentes. Esto implica una
ardua labor teórica y empírica, que no se agota en devenir comité de aplausos en narrativas
hegemonizadas de lo políticamente correcto, en reposar cómodamente en lecturas
homogenizantes, idealizadas y moralizantes que suelen circular a nombre de las más disimiles
gentes sufrientes.
Esto, por supuesto, nos permite comprender, desde la perspectiva de las gentes (en su
relacionalidad, heterogeneidad y conflicto), con mayor adecuación qué es lo que realmente se
encuentra en juego con lo que prefiero denominar procesos de derechización. No pretendo
argumentar que estos niveles de abstracción sean irrelevantes. Tampoco busco argüir que en el
juego de perspectivas situadas de las gentes se agota la explicación de un hecho social.
Considero que eso no contemplado transforma lo que conocemos y, en últimas, lo que
podemos hacer para interrumpir las emergencias y efectos de estos procesos de derechización.
Hacer etnografías “hacia arriba” y “hacia los lados”, desnudar etnográficamente los sutiles
mecanismos de la dominación que reproducen la desigualdad social se hace cada vez más vital
para poder comprender cómo se configuran estos procesos de derechización. Para posibilitarlo,
nuestras antropologías deben interrumpir el embrujo de centrarse en otrerizadas indianidades
y romantizadas subalterninidades. El amarre del pecado original colonial de la antropología
expresado en una imaginada antípoda de occidente o de la modernidad requiere ser desatado
desde nuestras antropologías. Si queremos ser relevantes para las urgencias de nuestros
tiempos y los avatares asociados a los procesos de derechización, debemos interrumpir el
lastre de la nostalgia imperial que aun constituye parte importante de la imaginación
antropológica.
Entrampamientos burocráticos
Para este breve artículo quiero indicar algunas transformaciones de lo que significa ganarse la
vida como antropólogo que ha sido contratado por una universidad. Casi todo lo que voy a
decir no aplica solo a los antropólogos, por supuesto; pero encorseta poderosamente lo que
podemos hacer desde la antropología universitaria. Debo partir de señalar que no todos los
antropólogos son contratados en las universidades para ser docentes, aunque esto es lo más
frecuente. Además, no todos antropólogos contratados como docentes cuentan con las
mismas condiciones laborales. En Colombia, por ejemplo, hay dos grandes tipos de
contratación de un docente en una universidad, sea esta universidad pública o privada. Los
profesores de planta con un contrato laboral de tiempo completo o medio tiempo, y los
profesores de cátedra con contratos de servicio para dictar uno o varios cursos, que se les
pagan por horas. Sobre todo los profesores de cátedra son cada vez más precarizados. No se
puede sobrevivir como profesor de cátedra, a menos que se dicten varios cursos a la vez y, a
menudo, en diferentes universidades al tiempo. Como si esto fuera poco, sus contratos de
servicio los ponen en una permanente situación de incertidumbre sobre si van a ser
contratados o no para el siguiente semestre.
Los profesores de planta, por su parte, cargan el creciente peso de una burocracia universitaria
cada vez más envalentonada por modelos gerenciales que han cooptado a las universidades,
públicas y privadas. Con el incremento de la burocracia universitaria, se han ido transformado
las prácticas docentes, investigativas y de extensión que habían definido a las universidades
hasta los años noventa (Krotz, 2011; Graeber, 2015). Un fuerte entramado de regulaciones y
demandas burocráticas han irrumpido en la vida de los docentes, sobre todo si están al frente
de la dirección de un departamento o programa. Estos procedimientos, que estandarizan y
regulan tiempos y prácticas, son diseñados en nombre de grandes palabras como “calidad”,
“eficacia”, “productividad” y “transparencia” (Restrepo, 2019). Suponen, en la práctica, el
posicionamiento de un modelo gerencial que transforma a la universidad en una empresa en la
cual un ejército de burócratas ha adquirido el papel central y las oficinas de mercadeo, con sus
lenguajes y lógicas, son omnipresentes. Bien lo ha indicado David Greaber al plantear que en
esta era de la “burocratización total” de nuestras existencias “La burocracia se ha convertido en
el agua en que nadamos” (2015: 8).
La antropóloga colombiana Myriam Jimeno (2000) acuñó en los años noventa el concepto de
investigador ciudadano para señalar cómo los antropólogos en América Latina usualmente
estudiábamos nuestras propias sociedades en aras de contribuir políticamente, desde nuestra
disciplina, a superar las problemáticas de la desigualdad, racismo y discriminación de nuestras
propias realidades. Este concepto de Jimeno nos recuerda que hacemos antropología no para
contribuir acumular conocimiento disciplinario en abstracto, sino para encarar los avatares de
nuestras propias existencias. Tenemos que contribuir a entender los múltiples efectos del
posicionamiento en nuestras vidas de los artefactos y entornos digitales. No sirve de mucho
aferrarse a inercias y patrioterismos disciplinarios que fetichizan modelos idealizados e
inexistentes de etnografía, con el único resultado de clausurar lo que nos asusta e ignoramos.
Gústenos o no, cualquier etnografía hoy supone hacer etnografía digital. Como lo ha planteado
Edgar Cruz,9 antes que hablar de una etnografía digital en contraste con una que no lo es,
debemos entender que lo digital ha transformado no solo nuestras vidas sino nuestras
maneras de hacer etnografía.
La antropología nace en la atmosfera intelectual de los siglos XVIII y XIX, entre un ambiente de
conflicto entre racionalismo frances de Voltaire y el romanticismo de Herder que es alemán, el
espíritu de las luces contra el espíritu del relativismo histórico, la universalidad contra el
relativismo, el de racionalismo ius naturalista contra el historicismo jurídico con el volkgeist.
Afronto debates como el de la cuestion de la diversidad o pluralidad, esto aparece cuando se
empieza a pensar en función de sociedades totales o parciales. La antropología intenta estudiar
las diversidades. Alli entra el problema con el régimen de autonomía, es decir, como diferentes
identidades están dentro de un estado-nacion, se establece las bases de una sociedad plural.
Existe lo que se puede llamarse una contradicción sociocultural, se habla de compatibilizar los
derechos étnicos, que son particulares y los derechos individuales que son universales. Aquí
entonces toma relevancia el sistema cultural del que derivan, donde se subordinan a los usos y
costumbres. Se trata del empuje de los derechos humanos y los particulares, según Geertz, el
impulso esencialista, y el empuje epocalista, el primero anclándose al pasado y el segundo
allanando hacia el presente.
El liberalismo según Wallerstein surge y triunfa en el siglo XIX, y fue la base de la organización
del capitalismo mundial, donde hay un liberalismo pluralista y uno duro, el primero es mas
relativista, se aferra a la metafisica de la irreductibilidad, y pone en juego la soberanía de la
razón y la autonomía de la voluntad, en contraste pone la cultura sobre la individualidad, en el
lado duro, la guía es la razón, asociación y el contrato. Esta contradicción no se resuelve en el
plano de las ideas, sino que se trata de concepciones con una gran densidad histórica, el
forcejeo provoca consecuencias practicas de enorme trascendencia.
Esta pelea se dio en la antropología, donde alli el primer enfoque mas duro, abarco el periuodo
de desigualdad constitucional de los estado-naciones, triunfo el capitalismo, universalismo
racionalista, y se pensaba a un conjunto de individuos que quieren crear un estado-nacion sin
depender de sus diferencias culturales. Se impone la nación politica no la nación cultural, por
eso la regla es que haya heterogeneidad en el interior de esta composición politica. La segunda
fase de este conflicto se inicia luego de la 2GM, donde alli el culturlaismo sufre un progreso
mayor, ya en low 50`s diferentes antropólogos del UNESCO buscan desmontar argumentos
racistas.
La antropología que tenemos tiene mas herencia romanticista y historicista alemán, que
racionalista frances. Como contrapartida se advierte en ella escaso intees por las comunidades
políticas complejas, particularmente por el estado-nacion. Según los antropólogos de sete
tiempo se caracterizaban por estudiar sociedades simples. Tomando la imagen de un heroísmo
como el de Indiana Jones. Esto se debe a que lo destacable de la antropología es el estudio del
otro, otro diferente, incluso, durante mucho tiempo, lo que se engloba como propio de la
etnicidad, como rpopio del lo étnico es un atributo del otro, como otro simple, primitivo y
nosotros no. En esto vemos su genesis colonialista de esta disciplina. No se hacían en nuestro
propio ámbito estos estudios sino en el de otro.
Otra cosa a tener en cuenta es la entrada del relativismo como herramienta heurística de la
antropología heredada del romanticismo y historicismo, pero pronto se cargo de posición
epistemológica y de aspiraciones políticas y termino por dar a fruto la inconmensurabilidad de
irreductibilidad de las culturas, siendo cada una valida en si. Por ello en la actualidad surgen
posiciones convencidas de que ningun sistema cultural opuede ser evaluado con criterios que
le sean ajenos. Hay muchas practicas de estas que terminan por provocar violaciones a los
derechos humanos o de garantías individuales, pero tales no son llamadas como tales ya que
según estos, responden sus practicas a las lógicas internas de su sistema cultural valido. Por eso
es necesario que en mexico para ver la cuestion de los regímenes de autonomía, se traten
conceptos y se construyan tales desde perspectivas transculturales, que aborden
contradicciones culturales y permitan establecer puentes para el dialogo intercultural.
Podemos verlo desde la hermeneutica diatopica de Boaventura de Sousa Santos, una
interpretación de la cultura que considere tópicos de pares de cultura o de pares de conjuntos
culturales, bajo un principio fundamental, que es la incompletitud de las culturas, y esto rompe
con la idea de la incomensurabilidad y irreductibilidad de las culturas entre si, ya que estos
últimos postulados son marcados desde el hecho de que las culturas son ya de por si,
totalidades de sentido ya articuladas.
Lo que hacen los antropólogos es etnografía, que se practica desde la inducción, y por esa
misma epistemología tiene apariencia de blindaje fuerte que le permite, a final de los sesenta
el inductivismo practiamente ya se había establecido como una especie de creencia religiosa
en un sector influyente del mundo antropologico, donde el dato era el alfa y omega del análisis
antropológico. Por ello saltó Karl Popper sobre la cuestion y planteó que, el metodo no es
objetivo ni infalible. Según Geertz, estas son interpretaciones de segundo y tercer orden, son
ficciones sobre la realidad y formado y compuesto que es la significación de fictio. La idea de
que el conocimiento de toda la cuestion se guarda en esa experiencia, es una idea que solo se
le puede ocurrir a alguien que ha permanecido demasiado tiempo viviendo entre las malezas.
A veces las teorías inductivistas se planteaban desde la cuestion posiciones sociopolíticas,
fundamentalistas, etnicistas,etc.
Entonces todo esto, se lleva a cabo por medio de la elaboración de enfoques teóricos, que
construye conceptos propios para poder meterle a full. Entonces el análisis d ellos conceptos
fuera de marcos teóricos, tiene un gran grado de trivialidad. Se tiene que pensar en la idea de
Antropologia Ficticia y el de Antroplogia real. La primera es una antropología pensada como
una disciplina que tiene un objeto, método y cuerpo conceptual propio distinto al de otras
materias. Pero en el derrotero temporal, antropología siempre fue imbricada y mezclaba
términos distintos. En realidad antropología, es un conjunto de teóricas coexistentes y
sucesivas, y las practicas que se realizan a partir de ellas. En la larga duración, se ve este juego
de como una teoría supera a otra, tomando de la anterior conceptos e ideas que le ayuden a
poder construir una nueva.
Estas disciplinas surgen cuando aparecen, en países centrales, a finales del siglo XVIII y XIX,
cuando estaba la disyuntiva histórica entre fuerzas del pasado y las que empujan los cambios,
aquí los adversarios de la corriente conservadora y la liberal que, en un lapso de relativamente
corto, terminara imponiéndose. Todas se plantean la posibilidad de trascender el antiguo
régimen, asi también como vigilar de reojo las tendencias socialistas, que quieren abolir todas
las clases. En segunda mitad del siglo XIX, se plantea la disputa entre proyectos a futuro y a
cuestion del orden pasa a segundo plano y empieza a jugar mas el concepto de progreso,
logrando entender todo como el evolucionismo, en carácter de sociedades de grado y estadios.
En este tiempo, salió Lewis Morgan y planteaba como Darwin la evolución de las sociedades, y
descubrió que los sistemas de descendencia matrilineales eran mas antiguos que los
patrilineales, por medio de eso, logró ordenarlos en orde evolutivo, además estudio con
terminologías de clasificación y descriptivas, otra cosa mas es que llamo a las sociedades
primitivas no como caóticas, sino con una racionalidad interna que le era inmanente.
Morgan fue mas allá de lo que es la sociedad primitiva, y presto atención a la estructura
productiva de las sociedades y organizaciones mismas. y planteo una idea de salvajismo-
barbarie-civilización. Pero estos conceptos caen cuando empiezan a ser tomados y criticados
en el relativismo estadounidense con Franz boas de tradición romántica y historicista. Así, se ve
este rasgo de critica de Herder, en el cual, formula que dice que no todo en la sociedad es un
pacto consciente y voluntario, sino que estas prerrogativas y instituciones trascienden la
individualidad humana y son creadas antes que el. Y también ver que lo social según Marx
precede a lo individual. De manera que lo que tiene que primar es la misma cultura y su
carácter nacional. Asi surge una escuela que tiene incidencia dentro de Mead, Ruth Benedict,
Linton, Kroeber, forma tambien escuelas en mexico, en la UNM, aparece un programa de
formación antropológica y arqueológica, con personas como Manuel Gamio, que toman
planteos relativistas de Boas. Y alli la cultura, pasa a ser el concepto central del trabajo
antropologico, que es reaccionario a los evolucionistas, que dicen que son creados en contexto
de colonialismo y para explotación. Y para estudiar, se utilizaba el trabajo de campo, para
mayor empatia. Contra esta idea surge el funcionalismo y el estructural-funcionalismo, de
Radcliffe-Brown, Evans Pritchard y Malinowski. Donde la función es la nocion básica, basado en
un organicismo planteado desde la biológica, los sistemas sociales son totalidades en las que
cada parte cumple la función de contribuir al mantenimiento del todo, reotmando la sincronia
sobre la diacronía.
Asi teníamos difusionistas que pensaban en una cantidad limitada de generadores de cultura,
además de haber alli, una opresencia de difusión para explicar los rasgos parecidos en
sociedades diferentes, el evolucionsimo planteaba la explicación de este rasgo en desarrollos
endógenos, producto de las leyes historicas que hacían atravesar a los grupos humanos por
Fases semejantes. Los funcionalistas no estaban interesados en tales leyes historicas. La
función según Radcliffe-Brown es la contribución que hace un cierto elemento a la
permanencia de la estructura social. el funcionalismo es mas holista y puede tomar conceptos
como la homeostasis donde la función es teleológica, ósea es meta de la cultura misma, y la
explicación se formula a partir no de las causas sino del feunomeno que produce, a partir de
los fines que cumple. Pero algo que comparte tanto la culturalista como la funcionalista, es que
se estudia la sociedad desde una predilección por unidades de análisis que se prestan al tipo de
estudio estructural, ósea estudia sociedades en orden, estáticas y armoniosas, por eso estudian
supuestamente microsistemas que son sociedades simples y primitivas. Cosa que repercutio
mucho en como se miraría el objeto de estudio del antropologo por que luego, solo se pensaría
de que en realidad solo el estudioso de estas disciplinas podía inspeccionar aldeas y
microsistemas. Pero ello es falso ya que se puede seguir viendo y estando al tanto de los
pueblos, regiones y naciones como unidades de estudio que trascienden la unidad técnica de
estudio. Cosas como la nocion de autonomía que se demandaba de los pueblos mexicanos
indígenas, que causo shock al ser mencionada debido a que se puede ver que los antropólogos
mismos no tuvieron oportunidad alguna de revisar ello en sus anotaciones de estudio de
campo. Por ello, con este estudio solo de las aldeas o comunidades, con ello se pierde la
indagación en el mundo de la complejidad que aparece. Si los antropólogos seguían viendo a
estas comunidades indígenas como entidades mas o menos homogéneas, armónicas sin
contradicciones internas relevantes, era difícil que pudieran advertir el apetito autonómico que
se les desarrollaba.
Entonces surge el estructuralismo del crack de levi Strauss, que es reacción al inductivismo
imperante, y recupera el papel de las formulaciones teóricas y epistemológicas. Y propone el
estudio desde estructruas incoscientes sacadas de análisis de Saussure. Por lo cual, el enfoque
de Levi, no es las estructuras o las relaciones sociales empíricas sino descubrir el corpus de
relaciones supraempirico y analítico sistematico que surgen. Su teoría de que existen
estructuras mentales elementales que pueden ser estudiadas como aprte de un dispositivo
combinatorio que es universal e innato al hombre es muy discutido. En especial esta tradición
tiene fuerza potente en America lAtina, donde se trata con ello la cuestion indígena, como en
Mexico, donde se trataba la cuestion desde el Indigenismo y el Colonialismo interno, alli se veía
una sociedad con diferentes sstemas culturales indígenas, sociedades nacionales en las que
etnias son explotadas y subordinadas como colonias internas, y para ser democráticos hay que
acabar con toda esta dinámica de colonia. Pero de este planteo se debe criticar que en
realidad, hace un reduccionismo a lo nacional. Desde Gamio y Aguirre Beltran, la idea de
región, era central a los nalisis para la regiones de Refugio, que era una área donde la esfera en
que la acción indigenista debia realizar su tarea integradora, sin que ello im0licara cambios
sustanciales del modelo de nación. Las etnias indias tenían un destino que era la disolución,
mediante su integración a lo nacional. Pero esto en los 70´s se critico con el concepto de
colonialismo interno, para un paradigma nacional-etnico. Esto con la intencion de vencer
puntos de vista integracionistas y etnicistas, y construir una teoría alternativa al enfoque
nacional-etnico; por lo que debia vencer todo tipo de anomalías de las teorías rivales,sin
recurrir al Ad Hoc, que era recurrente en las teorías etnicistas que clasificaban a las sociedades
indígenas como pacificas y sin desajustes, y a las modernas como tumultosas. Para explicar el
desajuste interno en la sociedad indígena, se recurri a pensar ad hoc que los desarreglos
armónicos, se debian a efectos externos de los occidentales, pero que no modificaron la
esencia indígena, pero no se explica la metafisica misma de esta esencia y ni tampoco se logra
entender como se contamina sin ser parte del mismo sistema. Otro problema analizar era la
cuestion del recorrido político que lograría tener estas teorías rivales, es decir, no se trataba
solo de refutar las teorías opuestas, y mediante ello socavar su influencia teorica e ideológica
en la comunidad academica. Sino de ver tambien su influencia politica de medio, mas teniendo
en cuenta que el estado tiene una política Etnofaga.
Aca entra Gramsci con su predicción, donde dice que al realizarla depende de la acción del
sujeto que predice, que es sujeto social y no meramente epistémico, alli es el terreno social
donde los hombres se mueven, luchan y tienen, ideologías arbitrarias o de pura elucubración
individual. Por consiguiente, el éxito de la predicción supone que los sujetos sociales
implicados hagan lo propio, mueve a la acción practica. Se trata de como dice Gonzalez Pablo
Casanova, de construir las circunstancias de lo posible. La idea es que estos indígenas se
transformen en sujetos autonómicos. Los análisis de antropología asi mismo se van desde la
comunidad, al enfoque en lo regional-nacional, con procesos mas globales, y hacia abajo con
dinámica comunitaria, hubo que repensar conceptos como etnia, etnicidad, grupos étnicos,
pueblos indios, etc. pero en todo esto debia aparecer cocneptos como nacionalidad, nación,
estado-nacion, etnia y clase social, tiñendo todo con historicidad.
En este apartado haré una breve descripción de algunas maneras de hacer antropología,
tomando como punto de partida para distinguirlas la división de tareas cognoscitivas y las
relaciones de poder que se dan entre el antropólogo y las personas con quienes trabaja en sus
investigaciones. A riesgo de ser esquemático diré que se puede advertir una contraposición
entre dos grandes modelos. Por un lado está el modelo colonial, en el que hay una clara
distinción entre el conocimiento científico del antropólogo, que está sobrevalorado y ocupa
una posición dominante, y el conocimiento de los llamados “nativos”, al que se asigna un
conjunto de etiquetas negativas (no científico, no sistemático, creencias, supersticiones,
prejuicios, etcétera). El modelo alternativo sería el de la igualdad gnoseológica, que reconoce
distintas formas de conocimiento, pero no establece una distinción sustancial -absoluta,
ontológica- entre el conocimiento del antropólogo y otras formas de conocimiento, tampoco
asigna a priori cualidades positivas o negativas a ninguno de ellos. Entre estos dos modelos
extremos existen muchas otras maneras de hacer etnografía, que representan diversos
intentos de prolongar, modificar, escapar de o romper con el paradigma colonial.
La antropología nació en el contexto de las relaciones coloniales entre los países dominantes
de Occidente y otros pueblos. El carácter vertical de esta relación se expresó también en la
distinción entre el antropólogo, a quien se consideraba científico y civilizado, y los “otros”, a
quienes se estigmatizaba como atrasados y primitivos. Los “nativos” proporcionaban datos,
mientras que el antropólogo elaboraba conceptos y teorías. El antropólogo occidental era el
agente principal de la producción etnográfica, mientras que sus informantes aparecían en
segundo plano, como fantasmas o figuras exóticas de quienes había que obtener información,
misma que no era suficiente ni confiable, debería ser depurada, clasificada y procesada
mediante métodos científicos. Si bien existía una relación intersubjetiva entre ellos, ésta era
presentada como si fuera la interacción entre un sujeto cognoscente (el antropólogo) y un
objeto por conocer (el nativo y su cultura).
En este modelo hay un único o principal sujeto productor de conocimiento (el antropólogo) y
un único tipo de saber válido (el conocimiento científico). Las otras formas de saber y los otros
sujetos cognoscentes eran invisibilizados, demeritados mediante un proceso de exotización o
bien se les asignaba papeles claramente secundarios y subordinados. El modelo colonial
presuponía una desigualdad gnoseológica entre el antropólogo occidental y los pueblos que
éste estudiaba. Con base en este supuesto gnoseológico se construyó una manera de hacer
antropología que excluía a sus sujetos de estudio de cualquier participación epistemológica
relevante: “ellos” sólo podían producir conocimientos subjetivos, parciales, poco sistemáticos,
fragmentados, mientras que sólo nosotros” podíamos generar conocimientos válidos desde el
punto de vista de la disciplina.
Durante 45 años (desde 1888 hasta 1933) Boas trabajó en colaboración con George Hunt, hijo
de inglés y tlingit, educado entre los kwakiutl.? Hoy en día Hunt es considerado etnólogo y
lingúista por propio derecho, pero en aquel tiempo era visto como el ayudante nativo de Boas,
que recogía y escribía información sobre mitos, ritos y otros materiales etnográficos (Boas y
Hunt 1975 [1905]; Boas 1921; Briggs y Bauman 1999). Boas le enseñó a Hunt cómo transcribir
el kwakiutl oral y Hunt escribió para Boas centenares de páginas de textos etnográficos,
incluyendo descripciones de ceremonias de potlach en las que había participado. En varias
ocasiones Boas se expresó despectivamente sobre Hunt, a quien consideraba “increíblemente
torpe” (unbelievably clumsy), “difícil de lidiar con él” (hard to deal with) y “demasiado flojo
para usar su cerebro” (too lazy to use his brain) (ABC Book World 2012). Boas fue el primer
antropólogo famoso que colaboró por largo tiempo con uno de sus informantes, lo entrenó en
técnicas lingúísticas y le asignó tareas etnográficas, lo cual implicó una división del trabajo
distinta a la que había predominado en la antropología. Sin embargo, se trató de una
colaboración asimétrica, en la que Boas se reservaba las tareas de mayor relevancia y prestigio.
En este trabajo etnográfico había otra participante subalterna, más oculta, subordinada no sólo
a Boas, sino quizás también a George Hunt, lo que indica que la relación colonial se
entrecruzaba con la dominación de género. “Much of the information in regard to cookery was
obtained by Mr. Hunt from Mrs. Hunt, who was born in Fort Ruppert and who was thoroughly
familiar with the duties of a good housewife.
Esta posición ha sido criticada desde la antropología académica, señalando los riesgos de
ideologización y sobrepolitización que implica, en detrimento del rigor científico y
metodológico. Más que abonar a favor de ese argumento, lo que me interesa es señalar que la
antropología militante subvierte y a la vez reproduce la división colonial del trabajo
antropológico. Por un lado la subvierte, porque cuestiona la validez del conocimiento
occidental, cuestiona su cientificismo y destaca el valor y la legitimidad de concepciones del
mundo alternativas. No obstante, con frecuencia la antropología militante reprodujo, de otra
manera, la verticalidad de la relación entre el antropólogo y los sujetos subalternos: muchas
veces el antropólogo militante era visto como el poseedor de la verdad revolucionaria que iba a
transmitir a los oprimidos, liberándolos de la ideología dominante. Nuevamente los “otros”
estaban sujetos a una pedagogía civilizadora, aunque ahora de signo ideológico contrario. Con
el argumento de que su cultura estaba impregnada de la ideología capitalista o de visiones
arcaicas, había que elevarlos hacia la conciencia revolucionaria.
La antropología posmoderna
n la década de los años ochenta del siglo pasado se desarrolló, en particular en los Estados
Unidos de América, una corriente de pensamiento antropológico conocida como “antropología
posmoderna” (Geertz et al. 1991), que hizo una profunda crítica de las etnografías clásicas. El
cuestionamiento abarcó varios aspectos de la antropología, entre ellas el positivismo, la
capacidad del antropólogo para conocer otras culturas diferentes a la suya, así como su
autoría, su autoridad y su manera de escribir etnografías. Si bien recupera algunas de las
críticas previas a la antropología colonialista, la preocupación principal de la antropología
posmoderna no es de carácter político o social (la emancipación social, los movimientos de
liberación, la derrota del colonialismo, etcétera), sino más bien cultural y epistemológico.
Partiendo de posturas hermenéuticas cuestiona el positivismo en la antropología, planteando
que no es posible conocer de manera objetiva una cultura distinta a la propia, que a lo más que
puede aspirar un antropólogo es a interpretarla, basándose en las interpretaciones realizadas
por los nativos.
Pese a los aportes que hizo la antropología posmoderna, hay dos problemas que es importante
mencionar. Uno de ellos es el del relativismo y el otro es el de la “culpa” del antropólogo
occidental. Al considerar la antropología como una disciplina meramente interpretativa y
afirmar que todas las personas pueden realizar interpretaciones, la corriente posmoderna
revaloró las capacidades cognitivas de los sujetos, algo muy en línea con la idea de que todos
los hombres son etnógrafos. Sin embargo, la corriente posmoderna también postula que todas
las interpretaciones son igualmente válidas, con lo que se deslizó hacia una postura relativista
de acuerdo con la cual “todo vale”, por lo que no habría criterios para comparar y evaluar las
distintas etnografías.? Por otra parte, parece haber en la antropología posmoderna una especie
de “culpa” por el pasado colonial de la disciplina, culpa que hay que expiar mediante la
negación de la capacidad cognitiva del antropólogo occidental, como si éste no tuviera derecho
a hablar porque sus antecesores suprimieron las voces de los nativos.
Sin ser etnógrafo, Boaventura de Souza Santos ha hecho interesantes aportes al tema de la
relación entre el conocimiento científico y otras formas de conocimiento. Esto se expresa en
particular en lo que el pensador portugués ha denominado “epistemologías del Sur”. Las
Epistemologías del Sur son el reclamo de nuevos procesos de producción, de valoración de
conocimientos válidos, científicos y no científicos, y de nuevas relaciones entre diferentes tipos
de conocimiento, a partir de las prácticas de las clases y grupos sociales que han sufrido, de
manera sistemática, destrucción, opresión y discriminación causadas por el capitalismo, el
colonialismo y todas las naturalizaciones de la desigualdad en las que se han desdoblado
(Santos 2012: 16).
Las propuestas de Boaventura de Souza Santos contienen muchos elementos que son
consistentes con una perspectiva de igualdad gnoseológica: existen diferentes concepciones
del mundo y distintas formas de conocimiento que pueden colaborar en una ecología de
saberes. Afirma también que debe darse “igualdad de oportunidades a las diferentes formas de
saber”. de Souza Santos contradice esa igualdad de oportunidades porque con frecuencia
destaca las características negativas del conocimiento científico al mismo tiempo que resalta
las cualidades positivas de otras formas de conocimiento. Por ejemplo, afirma que el
conocimiento científico es “totalitario”, porque niega el carácter racional de otras formas de
conocimiento. Al mismo tiempo, tiende a sobrevalorar las formas de conocimiento producidas
en el Sur, a las que considera emancipatorias y con mayor impulso para generar innovaciones
cognitivas, en particular si están vinculadas con las luchas de los pueblos indígenas.
Me parece que no es imposible ni inevitable que existan alternativas. Una de ellas es lo que
llamo “etnografía colaborativa con igualdad gnoseológica”” No se trata de cualquier etnografía
colaborativa” en la que se unan esfuerzos de antropólogos y no antropólogos, sino de aquellas
colaboraciones en las que se reconozca que, en lo esencial, todos los hombres y mujeres somos
etnógrafos(as), que todos podemos producir conocimientos antropológicos, sin que el grado de
profesionalización, el origen étnico, la clase social, el género o cualquier otra distinción otorgue
virtudes o defectos cognitivos a priori, lo que se traduce en que todas las formas de
conocimiento y los saberes producidos por todas las personas que intervienen en el proceso
son reconocidos como valiosos, al mismo tiempo que todos son problemáticos, por lo que
todos deben estar sujetos a la crítica y la vigilancia epistemológica, ya que ninguno tiene de
antemano la garantía de ser “objetivo”, “científico” o “emancipador”.
Desde mi punto de vista, la igualdad gnoseológica no depende tanto de qué tan amplio es el
número de personas cuyas voces son presentadas en los textos etnográficos, sino de la calidad
de las relaciones entre las personas que intervienen en todo el proceso de investigación
antropológica. Puede hacerse una etnografía en la que aparezcan los testimonios de decenas
de personas, pero no existir ninguna igualdad gnoseológica porque el autor construyó una
relación autoritaria con sus informantes y presenta su punto de vista como esencialmente
superior al de los demás. A la inversa, puede haber una etnografía escrita a una sola voz, pero
en la que se encuentre una perspectiva de igualdad gnoseológica por la manera en que el
antropólogo trató a las personas durante su trabajo de campo, por la forma en que valoró los
conocimientos de los demás y por su capacidad para incluir distintas perspectivas en el análisis.
Decir que hay que “reconocer a las personas como personas” es una perogrullada, pero a lo
largo de la historia de la antropología (y de la humanidad) las categorías diferenciadoras del
tipo hombre-mujer, negro-blanco, indígena-civilizado, oriente-occidente, norte-sur, primitivo-
moderno, desarrollado-subdesarrollado, etcétera, han tenido tanto peso en la generación de
desigualdades que se hace necesario deconstruir esas categorías, ponerlas entre paréntesis y
recordar que las personas con quienes hacemos trabajo de campo son, ante todo, personas.
Hablando de la desigualdad social, Charles Tilly (2000) sostiene que las principales
desigualdades persistentes son producidas por la combinación de diferencias categoriales,
jerarquías y distribución asimétrica de recursos con base en las categorías jerarquizadas.* Si
trasladamos lo que dice Tilly sobre las desigualdades sociales al terreno gnoseológico, podría
decirse que las categorías diferenciadoras han sido utilizadas para legitimar y deslegitimar,
aprobar y desaprobar, sobrevalorar y demeritar los conocimientos producidos por diferentes
clases de sujetos. Sobre esa base se establece una jerarquía y una división del trabajo
intelectual entre ellos. Así, el conocimiento producido por una persona se considera científico o
no científico, riguroso o caprichoso, prioritario o secundario, valioso o sin valor, profundo o
superficial, meritorio o despreciable, no sólo por su contenido y sus características, sino
también por la categoría a la que pertenece esa persona, es decir, si es un científico o una
persona sin estudios, un doctor o un aprendiz, un antropólogo o un nativo. De esa manera se
reproducen las desigualdades entre los saberes y se coagulan las categorías y las fronteras
entre ellas, esencializando tanto al conocimiento como a las personas que lo producen: los
nativos siempre serán “ingenuos” y sus conocimientos “simples”, mientras que los científicos
siempre serán “críticos y rigurosos” y sus conocimientos serán “sistemáticos y profundos”.
No basta con voltear de cabeza las categorías, revalorando los conocimientos subalternos y
denigrando los conocimientos dominantes, como lo sugieren la antropología militante y las
epistemologías del Sur. El problema está en la manera esencialista en la que se usan las
categorías. De ahí que haya que deconstruirlas y pensar y reconocer las capacidades cognitivas
de las personas en tanto personas, sin atribuirles virtudes o defectos a partir de las categorías
en las que se les ha encasillado. Y digo “encasillado”, porque las relaciones de las personas con
las categorías son fluidas y complejas: nadie es completamente y durante toda la vida
“científico” o “no científico”, “antropólogo” o no antropólogo”, “dominante” o “subalterno”.
Deconstruir las categorías implica una doble ruptura. Por un lado, hay que romper el vínculo
esencialista entre las personas y las categorías, pues una persona puede pertenecer a varias
categorías a la vez; también puede transformarse, ser capaz de cruzar las fronteras
categoriales, etcétera. Por otra parte, significa reconocer que el conocimiento producido por
una persona no es esclavo de sus pertenencias categoriales: puede estar influido por ellas,
pero mantiene una relativa independencia y puede trascenderlas.
Eso no quiere decir que las categorías no sean útiles o que podamos desprendernos de ellas. La
mente humana constantemente categoriza y las sociedades crean categorías diferenciadoras
sin cesar. Estar adscrito a una determinada categoría (ser indígena u occidental, negro o blanco,
hombre o mujer, etcétera) por supuesto que incide en la manera en que se ve el mundo y en la
manera en que uno es visto por el mundo. Lo que propongo es simplemente poner las
categorías entre paréntesis, romper el vínculo esencialista y esencializado entre cierta
categoría de personas y ciertos tipos de conocimiento, reconociendo en todas y en todos
potencialidades y limitaciones cognitivas.
Tratar como seres humanos a las personas con quienes se realiza el trabajo de campo
Muchas veces se piensa que el compromiso del antropólogo con sus sujetos de estudio se
expresa sólo o de manera fundamental en las características y el contenido de los resultados de
sus investigaciones. Como si lo único que importara fueran sus textos, es decir, si los textos que
escribe son “útiles” o “favorables” para el grupo estudiado o si en ellos les da voz a varios
sujetos o “devuelve” al grupo la información que recibió. Si bien esto es importante, me parece
que el compromiso comienza en el trabajo de campo mismo, en la manera en que el etnógrafo
trata a las personas con quienes se encuentra. Puede verlas y tratarlas como lo que son, es
decir, como personas en contextos históricos específicos, que son sus iguales en tanto que son
seres humanos, más allá e independientemente de cualquier etiqueta, categoría o clasificación.
Pero con frecuencia esto no ocurre, se suele verlas y tratarlas de muchas otras maneras no
igualitarias: como objetos que se manipula instrumentalmente para obtener información,
como entes exóticos a quienes se atribuyen estereotipos, como víctimas a quienes se quiere
salvar, como pueblos atrasados a los que se pretende civilizar y desarrollar, como personas
engañadas a quienes hay que ilustrar, como sujetos fabricados por las tecnologías del poder a
quienes hay que liberar, como héroes revolucionarios a quienes hay que acompañar o seguir,
etcétera.
Tratar a las personas como seres humanos en el trabajo de campo es el prerrequisito básico de
una etnografía con perspectiva de igualdad. No hay que esperar varios años a la publicación de
los resultados de la investigación para mostrar un talante igualitario y dialógico. Esto lo ha
señalado con mucho tino el antropólogo español Ángel Díaz de Rada, quien dice que la ética
del etnógrafo no estriba sólo en lo expresado en una distante publicación, sino de manera
primaria en las pequeñas interacciones y en los pequeños compromisos que se hacen en el
trabajo de campo, en esas “bagatelas morales”.
nuestro trabajo de campo, que no son meros informantes o asistentes, sino participantes
cruciales en el proceso de producción del conocimiento antropológico. Afortunadamente, cada
vez se reconoce más que los sujetos de estudio de la antropología no son extranjeros ni seres
exóticos, sino cociudadanos de los antropólogos.
Una de las transformaciones más profundas que experimentaron las ciencias sociales y las
humanidades durante la segunda mitad del siglo xx fue la irrupción de la perspectiva de género
y la presencia masiva y hasta mayoritaria de mujeres en las diversas disciplinas del campo. Fue
un proceso refrescante y enriquecedor, no exento de conflictos. Pienso que en la primera mitad
del siglo xx1, en el caso de la antropología, uno de los procesos más significativos que está
revolucionando la profesión —y con toda seguridad la revolucionará aún más en los próximos
lustros- es la irrupción de las antropologías nativas. No sólo porque son cada vez más los
antropólogos que provienen de los grupos tradicionalmente estudiados por la antropología
(indígenas, afrodescendientes, miembros de las clases subalternas, originarios de países
excoloniales, etcétera), sino también porque son cada vez más los antropólogos que estudian
su propio grupo y porque, afortunadamente, los “sujetos de estudio” cada vez con mayor
frecuencia discuten y cuestionan los estudios que se realizan con ellos, obligando a los
etnógrafos a negociar sus interpretaciones, a ser recíprocos con la comunidad que los acoge y a
devolver los resultados
¿Conseguirán los antropólogos nativos ser plenamente incluidos en la profesión? No fue fácil
para las mujeres lograr su inclusión equitativa en el trabajo académico y aún no la logran por
completo. Quizás la inclusión de los antropólogos nativos sea todavía más compleja, porque a
los estereotipos, prejuicios y discriminaciones se suman fracturas de clase y muchos siglos de
desventajas acumuladas. Existe un riesgo muy fuerte de que los antropólogos nativos sean
considerados profesionistas de segunda clase. Sus etnografías pueden ser vistas más como
“testimonios” que como productos académicos. Este riesgo se agrava porque, al igual que en el
caso de los textos de los primeros antropólogos, muchas de las primeras etnografías nativas
tienen un tono etnocéntrico y manejan una concepción esencializada de las culturas.
Por lo dicho hasta aquí pudiera parecer que tengo una visión idílica del proceso de producción
del conocimiento antropológico, como si fuera una comunidad igualitaria en la que “todos
somos etnógrafos” y no existieran asimetrías y diferenciales del poder. Nada más lejos de mi
intención. Si propongo un enfoque de igualdad gnoseológica es porque considero que existen
enormes desigualdades y porque creo que la investigación antropológica, al igual que todo
proceso social, está atravesado por relaciones de poder. En la práctica, las relaciones entre las
personas que participan en la investigación no corresponden a una “situación ideal de habla”, a
la Habermas (1987), en la que imperan la igualdad y la simetría entre los participantes y todos
aspiran al acuerdo, todos dicen la verdad y en la que la fuerza del argumento vale más que el
argumento de la fuerza. Tampoco corresponde a la “situación original” que propone Rawls
(1997 [1971])), en la que existe un *velo de ignorancia” entre las personas con respecto a sus
talentos, capacidades, clase social, grupo étnico, profesión, etcétera. Por el contrario, se trata
de interacciones en las que los participantes tienen conciencia de sus características -
generalmente diversas—, de sus capacidades y recursos —casi siempre asimétricos- y de sus
intereses -concordantes o discordantes. En suma, se trata de una relación humana inserta en
un entramado de poder. Las relaciones entre los diferentes actores que participan en las
etnografías colaborativas son complejas y tienen dimensiones conflictivas y competitivas.
Decir que todos somos iguales en tanto seres humanos no debe hacer perder de vista que
existen profundas desigualdades entre las personas; hay grandes asimetrías en la distribución
de la riqueza, del poder, del capital cultural y educativo, etcétera. Todos tenemos capacidades
cognitivas para producir saberes etnográficos valiosos y válidos, pero es muy distinta la
situación de alguien que tiene una formación profesional como antropólogo, que tiene un
empleo como investigador en alguna universidad de un país industrializado. En la producción
de conocimientos antropológicos intervienen muchas personas y entre ellas existen asimetrías
y relaciones de poder. Desde una perspectiva de igualdad gnoseológica, éstas no se ocultan, al
contrario, se reconocen, se critican y se procura que las brechas de poder se reduzcan en lugar
de reproducirse y ensancharse. Puede aspirarse a que la relación antropológica se aproxime a
una “situación de habla ideal” con equidad entre los participantes, pero eso no quiere decir
que en la práctica exista esa situación ideal.
Para concluir, quisiera recalcar que afirmar que el enunciado “todos somos etnógrafos” implica
reconocer que todos podemos producir conocimientos etnográficos valiosos, pero también que
todos podemos producir etnografías deficientes y cuestionables. Por eso todo conocimiento
etnográfico debe estar sujeto a la crítica y vigilancia epistemológicas, independientemente de
si lo produce el antropólogo, sus ayudantes, sus sujetos de estudio o quien sea. Todo
conocimiento es incompleto, como dice Boaventura de Souza Santos (2009).
Después de demostrar que todos son filósofos, aun cuando a su manera, inconscientemente,
porque incluso en la más mínima manifestación de una actividad intelectual cualquiera, la del
“lenguaje”, está contenida una determinada concepción del mundo, se pasa al segundo
momento, el de la crítica y el conocimiento, esto es, se plantea el problema de si: ¿Es preferible
“pensar” sin tener conocimiento crítico, de manera disgregada y ocasional, es decir,
“participar” de una concepción del mundo “impuesta” mecánicamente por el ambiente
externo, o sea, por uno de los tantos grupos sociales en los que uno se encuentra incluido
automáticamente hasta su entrada en el mundo consciente (y que puede ser la aldea o la
provincia, que puede tener origen en la parroquia y en la “actividad intelectual” del cura o del
vejete patriarcal cuya “sabiduría” dicta la ley, de la mujercita que ha heredado la sabiduría de
las brujas o del pequeño intelectual avinagrado en su propia estupidez e incapacidad para
obrar), o es mejor elaborar la propia concepción del mundo de manera consciente y crítica, y,
por lo mismo, en vinculación con semejante trabajo intelectual, escoger la propia esfera de
actividad, participar activamente en la elaboración de la historia del mundo, ser el guía de sí
mismo y no aceptar del exterior, pasiva y supinamente, la huella que se imprime sobre la
propia personalidad? (Gramsci 1975 [1948]: 11-12).
Algo similar ocurre con las etnografías. No basta con decir que todos somos etnógrafos o que
hay que hacer un trabajo antropológico que conjunte diferentes saberes, en particular los
conocimientos del antropólogo y los conocimientos de las personas con las que trabajamos.
"Todos tenemos capacidades etnográficas, pero las etnografías que producimos son distintas:
están condicionadas de manera diferente por la dialéctica entre cercanía y distancia con
respecto a la cultura estudiada, pueden variar en cuanto a un conjunto de variables: empatía,
reflexividad, rigor científico, perspectiva crítica, coherencia, profundidad, posición política,
etcétera. Existe una igualdad ontológica y gnoseológica entre todos los seres humanos, pero de
ahí no se infiere que sean iguales los saberes etnográficos que forja cada uno de ellos. La
formación sistemática, la evaluación de pares, la crítica, la discusión constante, el trabajo de
campo meticuloso, la preocupación por el punto de vista de los otros y la búsqueda del rigor
teó-rico y metodológico son contribuciones importantes de la antropología académica, que no
deben menospreciarse. De ningún modo quiero decir que las etnografías producidas por
antropólogos profesionales son mejores, superiores, más certeras o más científicas que las que
realizan otras personas. Esto es algo que habrá que evaluar en cada caso. Igualmente absurdo
sería suponer que las etnografías producidas por los sujetos que estudiamos los antropólogos
siempre serán mejores que las elaboradas por los científicos sociales, o que vivir en un país del
sur o estar en una posición de subordinación social brinda una ventaja cognoscitiva. Habrá que
evaluar en cada caso los alcances y limitaciones de todos los saberes que intervienen en la
producción etnográfica. Si “todos somos etnógrafos”, entonces también todos estamos sujetos
a la vigilancia epistemológica y metodológica. No hay garantías de verdad o de valor
etnográfico: ni el ser profesionales de la antropología, ni “haber estado ahf”, ni haber hecho
trabajo de campo, ni ser miembro de la sociedad o grupo estudiado, ni ocupar una posición
subalterna en las relaciones de poder, ni tener una determinada postura ideológico-política.
Ahora bien, si toda etnografía es susceptible de ser evaluada, son ineludibles preguntas del tipo
¿evaluada por quién?, ¿evaluada desde cuál perspectiva y a partir de qué parámetros?, ¿hay
que utilizar la perspectiva y las costumbres de la comunidad científica o las de la comunidad
que se está estudiando? Me parece que no hay una respuesta única a estas interrogantes y no
creo que nadie pueda esgrimir un criterio absoluto para determinar el valor de los
conocimientos etnográficos. Hay una gran diversidad de opciones para juzgar y evaluar la
producción antropológica. Cada comunidad científica o no científica podrá llegar a acuerdos
para elegir alguna de esas Opciones, pero ninguna puede pretender que esa opción sea la
única posible, además de que esas comunidades no son homogéneas y sus criterios no son
unívocos.
Daza Prado
Introduccion multiples reflexiones desde las practicas
Empieza narrando a eme, que es una argentina, que busca pokemones y tiene un audio
registro de notas, una etnógrafa de lo digital. Desde el interrogante de Arturo Escobar en 2005
sobre esta cuestion, BANG (Bits-atomos-neuronas y genes). La idea es etnografiar los
laboratorios, como Bruno Latour, donde dice que la ciencia es un proceso social de
cosntruccion de comprensiones del mundo que habitamos., de aca sale la cuestion del Actor-
Red.
Cosas como tecnologías hacen surgir cosas como filosofías tecnosociales o sociotécnicas, la
misma denominación abre un debate sobre los significados de las mismas, aportando desde la
tecno-antropologia, antropología visual, o desde perspectivas aplicadas, que implica una
participación de los antropólogos y antropólogas en el diseño de objetos técnicos y sus usos
humanos. Pero siempre alimentándose de conceptos de otras áreas del conocimiento, algo
notorio de la etnografía. Pero siempre la idea es la interdisciplinariedad y la apertura a tales
conceptos y teorías, como los de Simondon y su trabaj0 sobre el modo de existneica de los
objetos técnicos. Tambien se toma en cuenta el Manifiesto Cybrog, de Haraway, donde se
muestra una fidelidad al feminismo, socialismo y materialismo, donde se ve la imagen de un
humano mitad carne, mitad cambio o revolución desde la perspectiva de Haraway. Y ella en un
documental habla de sus fuentes de inspiración, estas llegan a ser cosas como la ciencia ficción,
en la cual reflexióna, desde su storytelling, como forma de comunicar conocimiento, por lo que
es critica a la teoricidad mera de los estudios académicos, y trata de elaborar la idea de que la
inspiración de la ciencia ficción es realizada desde la mania de pensar desde otras lógicas, de
permitir, incorporando una dimension lúdica, ampliar las fronteras de nuestra reflexión, una de
corte teorico-imaginativa incorpora preguntas sobre como experimentamos nuestro trabajo y
como lo narramos. No debemos perder el enfoque critico y tratar de allanar el camino para
nuestros enfoques, y hacerlos notorios y nosotros conscientes de ellos. Tambien dice HAraway,
de promover lo ludico, poetico, político, para que en este antropoceno, de Flavia Costa, nos
logremos tener un progreso mayor y nos ayude a cambiar como humanidad. La necesidad de
todas estas cosas como filosofías nuevas, es necesaria a la hora de criticar a nuestros lentes
conceptuales.
Luego Eme, se pone a copiar datos en su teléfono y logra componer una base de datos a mano,
pero se pone a pensar por que no compró ese software para poder tomar capturas de forma
automática, respondiendo que ella quería experimentar ese copie-y-pegue de forma propia.
Muchas veces se tiende a llegar a una explicación de lo que es lo digital, pero se pierde en los
adjetivos, por ello, aparece que la etnografía digital es definida por Rosana Guber por su
enfoque, método y texto, y lo plantea como un enfoque hibrido, texto transmedia y enfoque
transdisciplinario. Esto implica preguntarse sobre sus prejuicios, subjetividades,
condicionamientos sociales y políticos. la reflexividad debe ser algo fuerte en el proceso de
investigación siempre. No se trata según Estalella, de solamente una Etnografía de lo digital
como entografia digitalizada sino como una etnografía que soporta las tensiones de un objeto
desafiante al mismo tiempo que ensancha su horizonte metodológico, alli los problemas
metodológicos resuenan con la tecnología. pero para la etnografía digital hace falta un
complemento virtual y remoto que se complemente de multiples formas con lo presencial. Lo
que lo caracteriza entonces es un método transdisciplinario y además de ello, un método
cualitativo que sea de eje de abordaje de nuevas formas de indagar y reflexionar, en relaciones
sociales mediadas por tecnología, que se abre a formatos hipertextuales y transmediales, la
idea seria indagar en objetos de estudio atravesados por lo digital, intentando ir mas alla de
aquello de la superficie e ir mas hacia dispositivos digitales que se relacionan de manera
dinámica y continua.
Tambien hay que sacarse que todo lo que debe estudiar las ciencias sociales esta en internet y
alli se encuentra atrapado, aunque sea cierto que tenga mucha incidencia esta cuestion digital,
lo que hacemos en la etnografía digital, es etnografiar el mundo contemporáneo. Y tener en
cuenta el valor de la autoetnografia, como ver las mecánicas y gramáticas que uno habite. No
tratar tampoco de usar la observación participante digital que es Lurkear que es en contra de
tales principios etnográficos. Por ell es observación no participante digital. Pero para Eme, falta
algo como lo que es la vinculacion con la persona de los datos. La pregunta tambien que surge
es si la cuestion de la digitalidad puede proveer alguna salida de estudio de fenómenos mas
globales. Por ello, debemos mantener cosas de la etnografía en nuestra etnografía de lo digital.
Una de esas herencias a debatir es el estuve alli, que se expresa como lapresencialidad, que no
solo debe ser de interacción simétrica que requiere la co-presencia, pero en las nuevas formas
digitales permiten corrimientos espacio-temporales que no solo interpelan a la clásica
antropología de sillon, y sus notas de segunda mano, la etnografía remota se plantea como un
complemento metodologico para abordar objetos multisituados, en tiempos donde la
digitalidad sale de internet y va hacia la cotidianeidad. Por eso a Eme, le gusta hablar mas de
Participacion Observante, mas que de Observacion participante, por eso no hace stalkeo, sino
que acepta su ruedo en este mismo ámbito digital, entendido como un conjunto de redes
digitales, aparatos inteligentes, hardware, software, aplicaciones, realidad virtual,etc. puede
ser un acercamiento hacia un grupo de ancianos aprendiendo a usar las tecnologías.
Las ciencias de los datos tienen varias soluciones a afirmaciones controvertidas, sus
herramientas y metodologías están empaquetadas en aplicaciones prometedoras. Se piensa
que solo se trata de un cursillo de poco tiempo para aprender a usar códigos y aplicaciones y
algoritmos para poder llegar a conocimiento etnografico firme. Pero no solamente esto, sino
que hace falta comunicarse con el observado, indagar en sus mediaciones digitales, en sus
fotografías, audios, tomas de campo, notas de campo, registros nuestros, y necesitamos mucha
claridad en el poder ver realmente como seria la cuestion de construir los entornos digitales en
nuestras investigaciones. La pregunta central seria el pensar como es que lo digital esta
configurando ciertos espacios, ciertos recorridos y gramáticas de lo que estemos estudiando,
asimismo, es pertinente que quienes abordan etnográficamente plataformas online no olviden
insistri con las viejas preguntas en lo que se refiere a poder pactar el punto de vista de los
participantes y los imponderables de la vida cotidiana. Por ello debemos tener en cuenta que
no debemos reemplazar la indagación de los datos desde uno mismo y desde el investigador,
porque al hacerlo otro programa, hace perder la interpretación de la creatividad humana y la
de la invención de categorías, que no es propia de las maquinas. Hay muchos que afirman que
una etnografía digital, es la recolección de observación no participante en comunidades online
o de captura masiva de datos, pero que se pierde la mirada desde adentro. Pero lo que es
general hay un principio de no intervención o cualquier otra estrategia que minimice la
influencia en las dinámicas propias del grupo y contexto estudiado. Pero de por si, estas son
herramientas claves para la recolección de datos, que nos ayudan a identificar tendencias y
comportamientos dinámicos en la comunidad. tambien es importante ver que los trabajos
pueden ser desde diferentes lados del mundo y tambien se pueden contactar nativos interes
que puedan aportar reflexiones a los análisis. Habría tambien que enfocarse en la recolección
de datos, y su pertinencia: teniendo este tipo de campos un carácter experimental que hace
que la lógica del ensayo y error sea recurrente a la hora de probar herramientas e incorporar
aquellas idóneas. No hablamos de incorporar herramientas ya existentes, sino de construir
nuestras propias herramientas a medida de que vamos profundizando mas en las practicas. En
este sentido, hablaremos de inventiva metodológica y nos aventuraremos a decir que la
etnografía tambien surge a partir de esta inventiva metodológica particular, pero toda esta
heterodoxia necesita de reflexividad.
Es posible etnografiar una comunidad digital basada en la imagen virtual y no incluir ninguna
foitografia, captura de pantalla, o enlace a sus producciones, posteo o comentarios. Claro que
no, hoy podemos estudiar y crear imágenes transmediales. Es posible que nos equivoquemos y
que hayan diferentes webs y sitios que tienen limites o políticas que restringen la acción
misma, de los sujetos. Pero en todo esto se puede ver que se realiza el trabajo colectivo con
gente de otros lados, académicos de otros lugares, como el Centro de Antropologia Digital que
dirige Daniel Miller, y subieron un articulo con académicos de 8 paises distintos, llamado ¿Why
we post? Otro es el de Sarah Pink, con Emerging Technologies Research lab en la Monash
University. En Latinoamérica esta la Red latinoamericana de Antropología Digital, que investiga
sobre la relacion entre antropología y tecnologías digitales. Lo ideal es ir a tomar la idea de
Jenkins de transmedia que se trata no solo de comunicar con lo texto escrito sobre
antropología, sino tambien con imágenes,, sentidos, y que sea hipertextual. Aquí hay gran
presencia de divulgación de como hacer etnografía digital pero pocas etnografías digitales. Para
todo este contexto se motiva la creación de herramientas que tengan una open source. Todavía
la antropología esta dominada por producciones de países centrales de estos artículos, dado el
contexto de capitalismo de plataformas, donde dan plataformas y apps pagas que claramente
son inaccesibles a muchos.
Para Elsie Rockwell hace falta para construir conocimiento etnografico el poder dar contenido
concreto a los conceptos que se elaboran, y además establecer relaciones entre los conceptos
en abstracto. Es importante ver como los actores sociales categorizan. Estando estas y las
categorías teóricas siempre en constante acción y choque.
La etnografía digital es multifacética, como virtual, cyber, net, digital, fast, pero no debemos
pensarlo como un mundo separado del mundo real, sino que ambos se imbrican y se logran
traer en conexiones sociales y tecnológicas. Pero hay que definir que es. La etnografía en lo
digital se trata de un estudio descriptivo y cualitativo de lo que es digital y la vida de la gente
alli dentro, si fuese etnografía con lo digital es de uso de herramientas digitales. La etnografía
de lo digital es como el planteamiento de la etnografía cyborg que estudia las maneras de
relacion entre humanos y maquinas digitales. Pero el enfoque que plantean los autores es el
siguiente: segun Hine: es una etnografía conectiva, itinerante o en red, se divorcia de pensar la
conexión a una ubicación especifica y se abre a explorar las conexiones tal como se presentan,
por esto es fundamental para realizar la etnografía en una internet integrada donde las cosas
pueden tener significados muy diferentes en diferentes escenarios. No interesa solo las
pantallas y objetos digitales aislados, sino su relacion de intercambio y sus formas de relacion
de personas que interpretan y asi se conectan.
Otra cosa es la netnografia, mas vinculada con marketing con el enfoque de juntar grandes
cantidades de datos, que es de Kozinetz, pero este trabajo no es de etnografía debido a que
además de usar cuantitativo, no requieren también de participación en el campo, construcción
de vínculos con los actores sociales y solo son observaciones breves en el tiempo. Tales formas
de extracción de datos no son usadas por los académicos y tienen que ver más con los
métodos de información que usan empresas de diseño de productos y estrategias comerciales.
Otra cosa parecida es la autoetnografía que es muy discutida como forma de conocimiento, ya
que se dice que es un registro minucioso de quien investiga, pero detraas de todo esto esta la
idea etica de que hace falta un contraste para estudiarse y autoetnografiarse. Pero tanto en la
netnografia y la autoetnografia se piensan desde la observación no participante, y el registro
de las propias experiencias como fuente de datos se fundamente en la posibilidad de hacer
recorridos por perfiles públicos, abundantes en internet, de modo no intrusivo. Tienen
pretensión de objetividad.
George Marcus dice que estos desafíos metodológicos tal vez solo sean formas de calmar
ansiedades metodológicas. Marcus plantea que la característica de las etnografías
multisituadas proponían seguir no solo a las personas en sus devenires espaciales sino tambien
a los objetos, a las metáforas, tramas, vida misma. La investigación multilocal esta diseñanda l
rededor de conjunto de locaciones en las cuales el etnografo establece alguna forma de
presencia, literal o física, con una lógica explicita de asociación o conexión entre sitios que de
hecho definen el argumento de la etnografía.
Según Rosalia Winocur, dice que los espacios de interacción cambian un montón entre la
computadora y la realidad física, dice que el espacio de integración física y emocional de
conectarse, no se dan en la maquina, sino en el sujeto. Y donde todas estas tramas de sentido y
realidad que el sujeto vive, las encontramos en el ritual cotidiano que recrea internamente su
carácter fundacional, de ahí que se pregunten todods no por el origen del internet sino las
aceptan como algo que debe ser vivido. Aquí vemos como lo digital esta metido como clave de
estudio o parte fundamental de nuevos y viejos objetos de estudio de la etnografía. Un
ejemplo de hibridez era la tessi de Daniel Daza, donde alli trabajo con etnografía sobre
aprendizajes y activismo en redes inalámbricas libres con internet comunitaria en Bs As. Y
genero una forma de devolución de sus informantes, permitiéndoles ver la tesis y criticarla, y
además satisfacer la necesidad de conocimiento de lo que se produjo y del conocimiento
fabricado por el académico, mostrado a sus participantes. Asi las formas de devolución son mas
amplias y rápidas. La idea es trascender el texto plano, y plantearse ideas de ir mas alla como la
corrección, las imágenes, etc.
Kelly Berry dice en su articulo sobre los cambios de la selfi, que Pinch y Bjiker, dicen que la
tecnología no cambia determinantemente al humano sino que el humano se interesa en poder
ver el impulso de desarrollo tecnológico, y en la actualidad tenemos una sociedad donde se
esta manejando con todo lo que es una mirada expresada en la obligación de etneder el uso de
las tecnologías y ciencias, su mirada constructivista creo el SCOT, construcción social de la
tecnología. muchos les criticaron por no tomar en cuenta las nociones de influencia de
estructuras y condicionamientos sociales, ni la de clases, instituciones y sistemas políticos, y
otros como Klein y Kleinman dicen que el SCOT se toma desde el lado de grupo sociales
simétricos pero que apsa por alto las asimetrías del poder. Por eso sale Bjiker con el TF, que es
una forma de explicar las estructuras materiales y no materiales, premisa básica de su mirada
es que la tecnologías surgen de interacciones entre personas, grupos, actores sociales. No juzga
ninguna teconologia como correcta o incorrecta, ya que todas tiene el potencial de adoptar
formas diferentes dependiendo de la influencia de cada actor social involucrado, la idea es que
ninguna tecnología termina por ser objetiva, ni autónoma y que no son el resultado de una
planificación racional, de aca sale el concepto de ANT, Actor-Red. Entonces la imagen se
convierte en un elemento de de sociabilidad a partir de la interacción de elementos y actores
humanos y no humanos, según Latour 2008.
La fotografía es una forma de practica masiva, que según dice Sarah Kember, dice que no se vio
definida como concepto desde 1839 que fue el primer daguerrotipo, aunque la mayoría de los
fotógrafos digan que se trata de una representacion de como es el mundo. Mas que eso es una
red tecnológica compleja en ciernes. La fotografía es un lugar de agencia donde se encuentran
un ocjunto de tecnologías, significados y usos y practicas se alienan. En sus comienzos la
fotografía estuvo asociada a ritualismos e el siglo XX, su papel era guardar momentos
importantes del ciclo social de vida, convirtiéndolos en objetos de la memoria, ahora son mas
frecuentes y mas notorias estas imágenes, y sirven como medio de interacción social, y pueden
ser objetos de intercambio en su circulación por determinadas redes sociotécnicas y son las
conexiones que establecemos a partir de la centralidad del internet en nuestra vida.
Las imágenes ahora tienen que ser de cuerpo privado, pero imagen pública, que es el nombre
del escrito de Elisenda Ardevol y Edgar Gomez Cruz, que proponen una reflexión sobre el
autorretrato como practica extendida en internet, como algo lúdico, creativo, autorreflexivo. Y
como algo exploratorio personal creativa. Utiliza el método etnografico para abordar
puntualmente imágenes de autorretrato de Flickr con mujeres jóvenes de Barcelona. Y alli
notaban sentimientos de empoderamiento, y de experimentar su imagen como algo necesario
para poder trabajar su imagen corporal, y de sentirse bien con ella misma sin aprobación
masculina. Y ellas establecían que su modo de fotografiar y de ser son distintos, así mejorando
la técnica fotográfica, mejoran su forma de estar en el mundo. El reflejo es una extensión de su
personalidad, o mas bien, un trabajo creativo sobre su imagen corporal, que puede hacerse
publica sin entrar en excesiva contradicción con su sentido de pudor. Y la pose muchas veces
no es propia pero la ayuda verse como una modelo, por ello es algo exploratorio lo que realiza,
su esencia esta repartida entre el sujeto que toma posa, se disfraza, se transforma. Alli se ve un
yo para un publico potencial, y para si, como resultado de una practica performativa sobre el
propio cuerpo. Tambien se hablan de autopercepciones en esta, con temas sobre la identidad,
la autopercepción es algo subjetivo, superfcicial, fluctuante, alli mismo cambiante según el
humor, circunstancia, imagen, y se ve en las perfomatividades del yo.
Elñ autorretrato es algo mas privado, pero reservado para el uso en la redes sociales. En todo
esto el objeto fotográfico pasa a ser un acto performativo, donde la persona, cuerpo y
interracion con los demás, moldean todo este acto, que es anterior a lo fotográfico. En esto
vemos lo difícil de definir lo public y privado en internet, es una pregunta que la etnografía nos
ayudaría a saber que tiene un potencial de transformación, que puede ser utilizado para crear
representaciones alternativas de uno mismo, de su sexo,clase, etnia,etc. el aprendizaje de las
técnicas culturales y de cual es la relacion adecuada con nuestra imagen corporal o como
debemos presentarnos públicamente nuestro cuerpo también varía según ciertas categorías de
ordenación social, como en nuestras sociedades. El cuerpo es el eje central de la constitución
de nuestra identidad personal, en especial la de genero y de nuestras diferencias como actores
sociales, pero la imagen del cuero es moldeable y modificable. Alli son moldeados por redes
sociotécnicas y dispositivos. y asi inaguran nuevos regímenes de privacidad. Hay otras redes
que pueden ser autodestructivas y que animan al suicidio, y fomenta la autolesion y la ideación
suicida.
Lev Manovich, interroga asi mismo sobre ¿Qué se intercambia en las redes sociales? Donde se
piensan que se intercambian como Tokens o fichas, que son videos, enlaces, artículos de
actualidad, y se realizan acciones y reacciones a los envios de estos dones, y se busca expandir
tal capital siempre. Las nuevas generaciones intercalan la cuestión de micropausas de trabajo y
entretenimiento, sirven tambien todos estos tokens para entablar conversaciones y como
muestras de. También aquí se satisfacen cuestiones relacionadas a la cuestión de la curiosidad,
a la exploración personal, o autosatisfacción, ligada a la exhibición de un yo que resulte
interesante a un publico. Se trata de practicas capaces de inventar espacios que a veces
parecen ser ficcionales pero que claramente no lo son, al contrario, se trata de espacios de
sensaciones reales. Las redes sociales expresan todos los días ensayos de autocomprensión
que satisfacen momentáneamente a un publico que nos mira y al publico mas exigente:
nosotros mismos.
Asi concluimos con la categoría de observador observado de Brian Ekdale de 2013, el vinculo
que se construye en el trabajo de campo entre investigadores y participantes de una
investigación no es del todo simetrico y horizontal, pero la idea es propicia y trabajar para que
todo ello sea posible, pedir opiniones, desbirir, analizar, hacerlos participes del conocimiento. Y
llegaremos a entender todo como interpretación de interpretaciones.
Perez Zavala
En esta ocasión reproducimos el contenido de las tres Declaraciones de Barbados (1971, 1977 y
1993). Testimonios del profundo debate en torno a la capacidad de autogestión de los pueblos
indígenas y las responsabilidades de los Estados coloniales y nacionales, la Iglesia (en sus
distintas vertientes), las empresas y la ciencia (en especial la antropología) en los procesos de
su sometimiento y genocidio. Los enunciados de estas Declaraciones permanecen vigentes al
tiempo que recuperan, siguiendo a Guber (2018), las trayectorias y experiencias de quienes
dieron/dan entidad a la antropología latinoamericana. Pasaron casi cinco décadas de la
primera y famosa Declaración de Barbados (1971) que puso de manifestó el compromiso de
más de un decena de antropólogos críticos a las condiciones de opresión vivenciadas en el
pasado y en el presente por las poblaciones indígenas del continente americano. Lo manifiesto
en aquel escrito surgió a partir de los informes y debates gestados durante el simposio
“Fricción Interétnica en América del Sur”, coordinado por el Dr. Grünberg en el marco del
Programa para combatir el Racismo del Consejo Mundial de las Iglesias (CMI, Ginebra) y la
colaboración de la Universidad de Berna (Suiza) y la Universidad de las Indias Occidentales
(Barbados).
Aquella Declaración se publica, junto a los trabajos del simposio, en 1972 en Uruguay bajo el
título La situación del Indígena en América del Sur (Grünberg coordinador). Según Bartolomé
(2006, p. 316) esta primera edición tuvo poca circulación en América Latina, en razón de la
quema de buena parte de sus ejemplares durante la dictadura militar en Uruguay.
Posteriormente la Declaración de Barbados fue traducida al alemán (por la Universidad de
Berna, Suiza) y al inglés, formando parte en este último caso de los documentos iniciales de
IWGIA (International Work Group for Indigenous Affairs).
En la última década del siglo XX, en momentos en el que numerosas organizaciones indígenas
presionaban a los distintos gobiernos latinoamericanos en pos de que se les reconociera su
preexistencia ante los Estados nacionales y en donde las políticas neoliberales definían un
nuevo ordenamiento económico-social, se llevó a cabo otra reunión del grupo de Barbados.
Esta vez la cita fue en diciembre de 1993 en Río de Janeiro (Brasil). En la Tercera Declaración de
Barbados no firmaron indígenas, al tiempo que Guillermo Bonfil Batalla y otros de los
antropólogos fundadores ya no estuvieron
Los indígenas de América continúan sujetos a una relación colonial de dominio que tuvo su
origen en el momento de la conquista y que no se ha roto en el seno de las sociedades
nacionales. Esta estructura colonial se manifiesta en el hecho de que los territorios ocupados
por indígenas se consideran y utilizan como tierras de nadie abiertas a la conquista y a la
colonización. El dominio colonial sobre las poblaciones aborígenes forma parte de la situación
de dependencia externa que guarda la generalidad de los países latinoamericanos frente a las
metrópolis imperialistas. La estructura interna de nuestros países dependientes los lleva a
actuar en forma colonialista en su relación con las poblaciones indígenas, lo que coloca a las
sociedades nacionales en la doble calidad de explotados y explotadores. Esto genera una falsa
imagen de las sociedades indígenas y de su perspectiva histórica, así como una autoconciencia
deformada de la sociedad nacional. Esta situación se expresa en agresiones reiteradas a las
sociedades y culturas aborígenes, tanto a través de acciones intervensionistas supuestamente
protectoras, como en los casos extremos de masacres y desplazamientos compulsivos, a los
que no son ajenas las fuerzas armadas y otros órganos gubernamentales. Las propias políticas
indigenistas de los gobiernos latinoamericanos se orientan hacia la destrucción de las culturas
aborígenes y se emplean para la manipulación y el control de los grupos indígenas en beneficio
de la consolidación de las estructuras existentes. Postura que niega la posibilidad de que los
indígenas se liberen de la dominación colonialista y decidan su propio destino.
Ante esta situación, los Estados, las misiones religiosas y los científicos sociales,
principalmente los antropólogos, deben asumir las responsabilidades ineludibles de acción
inmediata para poner fin a esta agresión, contribuyendo de esta manera a propiciar la
liberación del indígena.
1) El Estado debe garantizar a todas las poblaciones indígenas el derecho de ser y permanecer
ellas mismas, viviendo según sus costumbres y desarrollando su propia cultura por el hecho de
construir entidades étnicas específicas.
2) Las sociedades indígenas tienen derechos anteriores a toda sociedad nacional. El Estado
debe reconocer y garantizar a cada una de las poblaciones indígenas la propiedad de su
territorio registrándolas debidamente y en forma de propiedad colectiva, continua, inalienable
y suficientemente extensa para asegurar el incremento de las poblaciones aborígenes.
3) El Estado debe reconocer el derecho de las entidades indígenas a organizarse y regirse según
su propia especificidad cultural, lo que en ningún caso puede limitar a sus miembros para el
ejercicio de todos los derechos ciudadanos, pero que, en cambio, los exime del cumplimiento
de aquellas obligaciones que entren en contradicción con su propia cultura.
4) Cumple al Estado ofrecer a las poblaciones indígenas la misma asistencia económica, social,
educacional y sanitaria que al resto de la población; pero, además, tiene la obligación de
atender las carencias específicas que son resultado de su sometimiento a la estructura colonial
y, sobre todo, el deber de impedir que sean objeto de explotación por parte de cualquier
sector de la sociedad nacional, incluso por los agentes de la protección oficial.
5) El Estado debe ser responsable de todos los contactos con grupos indígenas aislados, en
vista de los peligros bióticos, sociales, culturales y ecológicos que representa para ellos el
primer impacto con los agentes de la sociedad nacional.
6) Los crímenes y atropellos que resultan del proceso expansivo de la frontera nacional son de
responsabilidad del Estado, aunque no sean cometidos directamente por sus funcionarios
civiles o militares.
7) El Estado debe definir la autoridad pública nacional específica que tendrá a su cargo las
relaciones con las entidades étnicas que sobreviven en su territorio; obligación que no es
transferible ni delegable en ningún momento ni bajo ninguna circunstancia.
4) El hecho de que las misiones se han convertido en una gran empresa de recolonización y
dominación, en connivencia con los intereses imperialistas dominantes.
En virtud de este análisis llegamos a la conclusión de que lo mejor para las poblaciones
indígenas, y también para preservar la integridad moral de las propias iglesias, es poner fin a
toda actividad misionera. Hasta que se alcance este objetivo cabe a las misiones un papel en la
liberación de las sociedades indígenas, siempre que se atengan a los siguientes requisitos:
2) Asumir una posición de verdadero respeto frente a las culturas indígenas poniendo fin a la
larga y vergonzosa historia de despotismo e intolerancia que ha caracterizado la labor de los
misioneros, quienes rara vez revelaron sensibilidad frente a los valores religiosos indígenas.
3) Poner fin al robo de propiedades indígenas por parte de misiones religiosas que se apropian
de su trabajo, tierras y demás recursos naturales, y a su indiferencia frente a la constante
expropiación de que son objeto por parte de terceros.
5) Poner fin a la competencia entre confesiones y agencias religiosas por las almas de los
indígenas, que da lugar, muchas veces, a operaciones de compra-venta de catecúmenos, y que,
por la implantación de nuevas lealtades religiosas, los divide y los conduce a luchas intestinas.
6) Suprimir las prácticas seculares de ruptura de la familia indígena por internamiento de los
niños en orfanatos donde son imbuidos de valores opuestos a los suyos, convirtiéndolos en
seres marginados incapaces de vivir tanto en la sociedad nacional como en sus propias
comunidades de origen.
7) Romper con el aislamiento seudomoralista que impone una ética falsa que inhabilita al
indígena para una convivencia con la sociedad nacional: ética que, por otra parte, las iglesias
no han sido capaces de imponer en la sociedad nacional.
La responsabilidad de la Antropología
La dominación física es una dominación económica. Se nos explota cuando trabajamos para el
no indio, quien nos paga menos de lo que produce nuestro trabajo. Se nos explota también en
el comercio porque se nos compra barato lo que producimos (las cosechas, las artesanías) y se
nos vende caro. La dominación no es solamente local o nacional sino internacional. Las grandes
empresas transnacionales buscan la tierra, los recursos, la fuerza de trabajo y nuestros
productos, y se apoyan en los grupos poderosos y privilegiados de la sociedad no india. La
dominación física se apoya en la fuerza de trabajo y la violencia y las usa en contra nuestra. La
dominación cultural puede considerarse realizada cuando en la mentalidad del indio se ha
establecido que la cultura occidental o del dominador es la única y el nivel más alto del
desarrollo, en tanto que la cultura propia no es cultura, sino el nivel más bajo de atraso que
debe superarse.
- Los medios masivos de comunicación que sirven como instrumentos para la difusión de las
más importantes formas de desinterpretar la resistencia que oponen los pueblos indios a su
dominación cultural.
Como resultado de la dominación nuestro pueblo está dividido, porque vive tres situaciones
diferentes:
1) Los grupos que han permanecido relativamente aislados y que conservan sus propios
esquemas culturales.
2) Los grupos que conservan gran parte de su cultura, pero que están directamente dominados
por el sistema capitalista.
1) Una situación de dominación cultural y física cuyas formas de ser van desde el
sojuzgamiento por una minoría blanca o criolla, hasta el peligro de extinción en países en que
constituyen bajo porcentaje de la población.
2) Los pueblos indoamericanos están divididos internamente o entre sí por la acción de: las
políticas de integración, educativas, de desarrollo, los sistemas religiosos occidentales, las
categorías económicas y las fronteras de los estados nacionales.
Como consecuencia de la situación actual de nuestro pueblo y con el objeto de trazar una
primera línea de orientación para su lucha de liberación se plantea el siguiente gran objetivo:
Conseguir la unidad de la población india, considerando que para alcanzar esta unidad el
elemento básico es la ubicación histórica y territorial en relación con las estructuras sociales y
el régimen de los Estados nacionales, en tanto se está participando total o parcialmente en
estas estructuras. A través de esta unidad, retomar el proceso histórico y tratar de dar
culminación al capítulo de colonización.
2) Es necesaria una ideología consistente y clara que pueda ser del dominio de toda la
población.
3) Es necesario un método de trabajo que pueda utilizarse para movilizar una mayor cantidad
de población.
4) Es necesario un elemento aglutinador que persista desde el inicio hasta el final del
movimiento de liberación.
5) Es necesario conservar y reforzar las formas de comunicación interna, los idiomas propios, y
crear a la vez un medio de información entre los pueblos de diferente idioma, así como
mantener los esquemas culturales básicos especialmente relacionados con la educación del
propio grupo.
6) Es necesario considerar y definir a nivel interno las formas de apoyo que puedan darse a
nivel internacional.
A más de dos décadas de nuestra primera declaración (1971), los miembros del Grupo de
Barbados, reunidos en Río de Janeiro, Brasil, para reflexionar sobre la situación de los pueblos
indígenas de América Latina, constatamos la persistencia de seculares formas de dominación y
explotación que los afectan. Tal estado de cosas se ha agravado por el desarrollo de nuevas
formas de colonización. Somos testigos en cada uno de nuestros países y experiencias de
reiteradas violaciones al derecho a la vida, a la dignidad y al universo cultural y humano en sus
expresiones locales. Pero simultáneamente constatamos la voluntad de resistencia y vida de los
pueblos indios, expresada a través de la multiplicación de sus organizaciones etnopolíticas, y la
centenaria afirmación cotidiana de especificidades culturales que manifiestan la vigencia de
sus proyectos civilizadores. Lo anterior, aunado a su incremento demográfico, desafía el
proyecto contemporáneo de globalización, el cual se encamina hacia una homogeneización
mundial que se construye por la expansión y dominación de un sistema de mercado integrador
y de financiamiento multinacional, en los aspectos técnicos, económicos e ideológicos, de
tendencia occidentalizante.
Simultáneamente, los conocimientos científicos aportados por la ecología, junto a las bien
fundamentadas advertencias del ambientalismo, han sido desinterpretados y redimensionados
por una tendencia dentro de este movimiento social; la misma que pretende imponer la tesis
del manejo global de los recursos naturales, ya que ignora o minimiza la sabiduría y
conocimientos vernáculos considerándolos incapaces de aportar una solución ambiental
planetaria. Estos saberes constituyen, sin embargo, los pilares sociales que mantienen las bases
de la biodiversidad en el mundo.
Hoy en día se han acrecentado las fuerzas que dominan las regiones de mayor biodiversidad.
Se han abierto territorios, antes exclusivos de los pueblos indios, para la expansión
colonizadora con el fin de apropiarse de las enormes reservas naturales -petróleo, minas,
bosques, fuentes hidrológicas- en las áreas tropicales. Esta tendencia distorsionadora
obstaculiza la alianza de las diversas comunidades humanas que defienden la propiedad y el
aprovechamiento de sus recursos naturales con la corriente socioambientalista, que constituye
una de las críticas más certeras y afectivas a las premisas neoliberales de un crecimiento
económico ilimitado.
El aumento de la violencia que padece América Latina y que se manifiesta en la guerra del
narcotráfico, la pobreza crítica, el incremento de la delincuencia, desplazamientos compulsivos
de la población, matanzas y epidemias, impacta en forma especialmente dramática a las
poblaciones indígenas.
Los problemas son de tal envergadura que sus soluciones no pueden encontrarse dentro del
marco jurídico actual que los trata como meras aberraciones coyunturales. Para esto, la noción
de los derechos humanos tiene que ampliarse a los derechos sociales, políticos y económicos
de cada grupo social y étnico, así como de los pueblos indios en particular.
Exhortamos a los presidentes de las repúblicas de América Latina a cumplir con la promesa
hecha a los pueblos indígenas en la declaración de Guadalajara (México, julio de 1991) cuando
suscribieron solemnemente el compromiso de asegurar su bienestar económico y social, así
como la obligación de respetar sus derechos e identidad cultural. Asimismo, creemos necesario
la aprobación de la Carta de los Derechos de los Pueblos Indígenas, promovida por la ONU, y
del Convenio 169, de la OIT. Hacemos la misma exigencia a los poderes Legislativo, Judicial y a
los partidos políticos, con el fin de que sus leyes, resoluciones y actividades se enmarquen
dentro del respeto al pluralismo étnico y los derechos imprescriptibles a la vida, a la tierra, a la
libertad y a la democracia.
Reconocemos las iniciativas formuladas en los últimos años por los organismos internacionales
(ONU, UNESCO, OEA, UNICEF, OIT y otros) quienes han emitido lineamientos, documentos y
convenios a favor de los pueblos indígenas del continente y del mundo. Sin embargo los
resultados han sido limitados. Es necesario mayor presión y vigilancia sobre la situación actual
de los pueblos indígenas. Los organismos internacionales deben estimular a los jefes de los
estados latinoamericanos para que ratifiquen y cumplan con las convenciones internacionales
de los pueblos indígenas. También los organismos internacionales de desarrollo y
financiamiento (BM, BID, FMI) deben considerar, con carácter prioritario, que sus políticas no
afecten los derechos de los pueblos indígenas; igualmente deben rechazar los proyectos
económicos, estatales o privados, que afecten las tierras o los patrimonios primordiales de las
sociedades indígenas.
Todo lo cual redunda en el aumento de la presión sobre los pueblos indígenas, crea confusión,
retrocesos y hasta desgastes en sus luchas. Existe una visión simplista y equivocada de lo que
debe ser la participación indígena en las acciones y elaboración de políticas indigenistas, en la
formulación de programas comunitarios y asistenciales y en el propio proceso político de
movilización de la sociedad civil. Dicha perspectiva supone que los pueblos indígenas
simplemente copian modelos de organización de los sindicatos u otros sectores populares. La
continuidad étnica de los pueblos indígenas, no puede ser entendida solamente como control
de territorios, sino que requiere incorporar las concepciones políticas que son propias de la
diversidad de sus culturas.
Creemos que las organizaciones indígenas deberían reflexionar sobre estos problemas y
rectificar las conductas individualistas y competitivas de los líderes que se hayan apartado del
espíritu solidario en que fundaron su constitución, única garantía para que se avance en la
cristalización de una sociedad justa.
Condenamos también las prácticas etnocidas de algunas iglesias protestantes, muchas veces
responsables de la fragmentación y des- politización de los pueblos indígenas. En este contexto
propugnamos el reconocimiento irrestricto de las múltiples formas que asumen sus
religiosidades, entre ellas las iglesias autónomas nativas, hoy en día perseguidas y
estigmatizadas por las iglesias dominantes.
Segato en un bar de recife escuchaba a los hombres que son hijos de santo de terreiros, van y
discuten sobre la importancia relativa de las aguas saladas y dulces, nombrando a dos madres:
Oxum y Iemanja. Que es un mito de origen yoruba, que es el mito de separación de las aguas,
donde argumentan que lo mejor es el Oxum, el agua dulce, ya que fue anterior a la salada que
es la Iemanjá. Y esta ultima es la madre legitima de los Orixas, haciendo coincidir el aspecto de
madre biológica, que dio a luz a los hijos del panteón, pero alli vemos como se divide la
cuestion de genetrix y mater jurídica. Y la madre criadora pasaría a ser Oxum. Aquí tambien la
regla es la de criar hijos no propios, y alli se ve la distinción entre las madres blancas de la casa
grande y la niñera negra de los hijos blancos y legitimos. Iemenja es una madre fría, jerarquica
y distante, su maternidad es convencional, aunque tierna en apariencia, la ternura es su
autocontrol y buenas manera que de un corazón compasivo y tierno. Tiene las cualidades del
mar, que es traicionera y falsa. Entonces, se la describe como biológica, hierática, madre
legitima, y falsa y engañosa. Y esta cuestion se expresa en la canción de tal deidad llamada
OKarile.
En el mito de la coronación del rey de los orixas se puede ver que la madre Iemenja es la que
puede poner la corona en la cabeza de los hijos. Aquí uno de los hijos mas jóvenes que era
Xango, quiso suplantar a su hermano en el trono, pero el pueblo se dio cuenta de ello. y alli se
nombra que Iemenja tiene una aficcion por evitar la anarquia. En la versión popular, Iemenja le
dejo tomar el poder a Xango, anteponiendo lo formal que a la verdad y justicia, y asi fundo la
injusticia y el favoritismo, para los esclavos era expresado esto en la misma matriz estatal,
donde la madre legitima era como un orden mismo que se lograba ver permearse esta cuestion
de orden.
Esta detallada hermenéutica de la duplicación de las madres que provee la metáfora del mito
contrasta con la ausencia, en la hermenéutica blanca, de un tema de gran profundidad
histórica: la niñera. El carácter doble del vínculo materno -m e parece- merecería una
instalación más contundente en los análisis del psiquismo y de la sociedad brasilera, ya que no
se trata de un fenómeno trivial sin consecuencias. Empero, el racismo académico establecido
en el país no lo permite, y el resultado es la expulsión implícita de este tipo de indagación.
Como extranjera, un momento distintivo de mi encuentro con el tema aconteció cuando, años
atrás y madre de un hijo pequeño, visité al palacio real de Petrópolis en compañía de un grupo
de colegas profesores de Antropología25. En el periplo que realizábamos, conversando sobre
temas relativos al mundo social en torno a nosotros -hábitat y o b jeto - me tomó por sorpresa,
y acabó separándome del grupo, el encuentro visual que tuve con un pequeño cuadro que se
encontraba en uno de los salones, solitario, encima de un piano y sin ninguna identificación. Lo
que me im presionó, al punto de sobresaltarme, fue la actualidad de la representación, ya que
vi en él una escena diaria, nuestra, de nuestra casa. Dos seres de color de piel contrastante
unidos por un abrazo que delataba intensa seducción amorosa: el erotismo materno-infantil
del que hablaban las primeras contribuciones a una comprensión feminista de la maternidad
(Friday, 1997). Niñera y niño, ayer y hoy, dije para mí.La rosada mano del bebe se apoyaba con
confianza en el pequeño seno de la joven y orgullosa madre negra, que parecía mostrarlo al
mundo (ciertamente, al pintor) con el orgullo de toda madre, al tiempo que ofrecía al bebé una
protección envolvente y segura. Busqué en torno a la pintura cualquier placa que pudiese
llevarme en la dirección de un pasado tan actual. Pero no la encontré.
Solamente unos siete años más tarde, en 1995, hojeando libros de historia brasilera antiguos
en búsqueda de inform aciones sobre esta imagen en la biblioteca latinoamericana de la
Universidad de Florida, en Gainesville, me reencontré con el sorprendente y al mismo tiempo
familiar cuadro que había visto aquella tarde, y tuve así una confirmación de mi primer pálpito.
Se trataba, según el prestigioso historiador Pedro Calmon, de UD. Pedro II, con un año y medio
de edad, en el regazo de su ama”, retrato al óleo de Debret (Calmon 1963: 1619). Treinta y
cinco años más tarde, en 1998, en el libro As barbas do im perador-Dom Pedro 11, um m
onarca nos trópicos, de Lilia Moritz Schwarcz, aparece una reproducción del mismo cuadro,
pero se le escatima la identificación antes prodigada por Pedro Calmón. La leyenda introduce
una duda y se limita a decir solamente que las figuras pintadas por Debret se atribuyen a Don
Pedro II y su “babá”. Adoptando la incerteza, tanto del pintor com o de las figuras
representadas, el Museo Imperial de Petrópolis lo exhibía, en el momento de la primera
publicación de este artículo, com o “Anónimo. Mucama con niño en los brazos. Oleo sobre tela
sin firma”. todos los retratos no religiosos del Palacio de Petrópolis son de Don Pedro o de sus
parientes inmediatos, y la llamativamente amplia frente del bebé denuncia el conocido rostro
del emperador adulto, en las numerosas imágenes que de él existen.
Ernst Kantorowics, para sugerir que en el óleo presentimos -u n o ocultando al otro— Los Dos
Cuerpos del em perador (1998): su cuerpo privado y su cuerpo público. Solamente que, en el
cuadro, el cuerpo privado y el cuerpo público aparecen en un estado de confusión que
estimula al extremo la imaginación del intérprete. El bebé rosado y carnal agarrado en gesto
fusional al pecho negro de quien completa su mundo proyecta, en el pequeño óleo,
simultáneamente, una escena pública y una privada, y, además, una escena privadamente
pública.
Sin embargo, aún hay algo más: en ese desprendimiento que se ve aquí, se preanuncia esa gran
pérdida, el doble desprendimiento en el que se sacrifican al mismo tiempo la madre, la
oscuridad de su piel, y el África originaria. Esto tiene consecuencias ídiosincráticas en la
emergencia de un sujeto que va a tener que operar una doble obliteración, cuya ferocidad será
nada más y nada menos que inversamente proporcional al apego que ahí había.
Se desgarra la madre no-blanca y se oculta su posibilidad de inscripción -au nqu e perdura
codiñcada y encriptada, como siempre ocurre en el psiquism o- al contrabandearse en su lugar
otra escena que bloquea indefinidamente la posibilidad de rescate. Encontró en ellos la
utilización de la imagen de la madre negra, del ama-de-leche como elemento narrativo
instrumental en la com posición de la ideología de la suavización de la esclavitud en el Brasil.
Nos dice la autora: “Ahora como figura, el ‘ama negra’ es invocada, como si incorporase y
explicase, en ella, las experiencias múltiples -tal vez ni siempre tan buenas ni tan tiernas- de las
esclavas en la actividad del cuidado maternal. Mujeres destituidas de expresión propia o
política, desprovistas de sus cuerpos y destinos, que, también en el discurso de tendencia
marxista, reaparecen en imagen singular, acentuando el aspecto ‘suavizante’ de los golpes de la
vida -de la clase, la raza y la etnia Con fragancia de manjares, la imagen negra de mujer madre
figura en el escenario minado por los conflictos de clase y derrama afectividad en el imaginario,
tornando más leve y más suave el peso y el yugo de la esclavitud en la memoria social.
Inscriben en las Letras este origen com o maldición fundacional: la maldición de Malmche. Hay,
por lo tanto, sim bolización sin mistificación y sin ocultamiento de los aspectos irreparables e
indeseables de esa cuna de la nación. El ejercicio del poder y la sumisión no son
espectacularizados en escenas de gozo, y el elemento del estupro originario continua
agitándose desde el pasado, odioso e indefendible. \ji derrota y el sufrimiento de los vencidos
no resultan festivamente escamoteados en el ensayo, y perduran en su dramatismo, aún en la
versión de los escritores liberales. Corrientes literarias, historiográñcas y antropológicas de
máxima importancia en la nación representan la colisión ancestral de lo público con lo privado
como una historia en clave trágica y no como una comedia italiana.
¿Dónde están los negros? He aquí la pregunta que los brasileros deberían hacerse unos a otros,
sin hallarle respuesta. No hay cómo responder al francés. En verdad, no sabemos dónde están
los negros. [.. 1 Desde muchacho, sin embargo, yo sentí la soledad negra. “He aquí lo que
aprendí del Brasil: aquí al blanco no le gusta el negro; y al negro tampoco le gusta el negro”
(Rodrigues, 1993: 50-51).
Ya en el siglo XX, me parece que la función crucial de la niñera es tragada en el punto ciego del
vacío interm edio dejado por el desdoblamiento de las tres mujeres que entran, sí, en el
registro de las autoras: la " madre pnvada-pública que Margareth Rago llama “madre cívica”
(Rago 2006: 592), la m ujer fatal, y la m ujer trabajadora que pasa a formar parte de las clases
populares productivas, de las cuales los negros y en especial las mujeres negras son excluidos.
Lo que se forcluye en la niñera es, al mismo tiempo, el trabajo de reproducción y la negritud. Se
trata de una forclusión, de un desconocim iento sim ultáneo de lo m aterno y de lo racial, del
negro y de la madre.
Uno de los raros lugares donde encuentro el reconocim iento de esta presencia y también la
indicación de la paradoja y la aglutinación de sentidos que ella representa es en la descripción
de un historiador de sensibilidad cultivada para el tema racial, que hace tiempo vive y enseña
fuera del Brasil.
El “derecho de propiedad” que el autor indica aquí no es exclusivo del señor y del esclavo, es
también el sentim iento edípico de todo niño con relación al territono entero e indiscriminado
del cuerpo materno-infantil. Este sentimiento de propiedad territorial sobre el cuerpo de la
madre como parte del propio demora y cuesta en ser abandonado. Es persistente. El sujeto se
aferra a él por mucho tiempo, incluso hasta después de haber comprendido que la unidad
terntorial originaria no es tal. Aun cuando se ha perdido el sentido de unidad, permanece el
sentimiento de propiedad. Lo que era uno pasa a ser el presupuesto del dominio de uno sobre
el otro. Todo lo que traiciona o limita ese dominio no es bien recibido, y fácilmente el
sentimiento amoroso se transforma en ira ante la pérdida de aquello que se cree propio.
Es también Alencastro que, pidiendo tolerancia para con las exageraciones de su fuente, nos
cuenta que, en 1845, no había en todo el imperio cinco madres de clase alta, diez de clase
media, ni veinte de clase ba|a que amamantaran, siendo sustituidas por mujeres esclavas o
libres alquiladas para esa finalidad. La situación cambia en algo a partir de 1850, cuando la
inmigración portuguesa de la época permite alquilar amas blancas (Alencastro, 1998 b: 63). Esa
substitución se va dando en el contexto, ya mencionado más arriba, de las presiones higienistas
para evitar el poder contaminador, en especial, de las madres de leche de origen africano. En el
Brasil, esas presiones no consiguen erradicar, com o sucederá en Europa y en los Estados
Unidos, las prácticas de la maternidad transferida y solamente se introducen algunas
transformaciones y límites. Entre ellas, en los casos en que se cuenta con poder adquisitivo
suficiente, al alquilar amas blancas: si una mucama esclava era “puesta en alquiler por su
propietario, la señora libre se alquila ella a sí misma”( Jbídem: 64)
La objetificación del cuerpo materno -esclavo o libre, negro o blancoqueda aquí delineada:
esclavitud y maternidad se revelan próximas, se confunden en ese gesto propio del mercado de
leche, donde el seno libre se ofrece como objeto de alquiler. Maternidad mercenaria equivale
aquí a sexualidad en el mercado de la prostitución, con un impacto definitivo en la psique del
infante en lo que respecta a la percepción del cuerpo femenino y del cuerpo no-blanco.
La búsqueda de amas de leche blancas por parte de los pudientes acaba revelando también
otra superposición: la de la herencia de leche con la herencia de sangre. El Constitucional,
diario paulista, explicaba en 1853: 'El infante alimentado con la leche mercenaria de una
africana, en el desarrollo de su primera vida, va aprendiendo e imitando sus costumbres y sus
hábitos, y helo ya casi en la pubertad como otros habitantes del África central. Un niño blanco,
por lo tanto, aún en el caso relativamente poco frecuente de que no tuviese rastros de un
mestizaje ocurrido en las tres últimas generaciones en su genealogía, será también negro, por
impregnación del origen fusional con un cuerpo materno percibido como parte del propio
territorio. En un lenguaje biológico, su “impriming” será negro. En las diatribas, por lo tanto,
que oponían una “leche mercenaria” y contaminadora a la “leche gratuita” y benigna de la
madre biológica, no solamente se encontraba presente la voz del discurso higienista: la
modernización se superponía aquí a la “ojeriza racial vuelta contra los negros”
El vínculo edípico de la relación de leche, aun cuando no involucra el vínculo' de sangre entre
madre e hijo, es tematizado en diferentes culturas. Como afirma Gilza Sandre-Pereira: La leche,
entre otras sustancias corporales, es investida de un fuerte aspecto simbólico en diferentes
culturas, y el amamantamiento excede así de forma evidente el cuadro biológico y nutricional.
[...] Incluso, aun cuando el amamantamiento no es concebido en términos de generar
relaciones de parentesco-lo que ocasionaría de por sí sólo interdicciones en el plano sexual- la
relación entre el esperma y la leche está presente en el origen de las interdicciones sexuales en
muchas sociedades.
Sandre-Pereira cita a Freud para enfatizar las dimensiones eróticas del amamantamiento:
“Quien ha visto un niño saciado retirarse del pecho y caer en el sueño, con las mejillas
coloradas y una sonrisa beatífica, ha visto la expresión de la satisfacción sexual en épocas
posteriores de la vida” (Freud, 1997: 60).
Encuentro, en los cam bios históricos de la forma de retratar a los niños de las buenas familias
una alegoría perfecta del proceso que culmina en la imposición absoluta de la mirada higienista
y racista propia de la modernidad periférica y la consecuente supresión de la figura de la madre
no-blanca. Rafaela de Andrade Deiab analizó la tranformación paulatina del tratamiento
fotográfico de los niños con sus niñeras en las fotos tomadas por Militáo de Azevedo en sus dos
estudios de San Pablo entre 1862 y 1885. Hasta aproximadamente 1880, las fotos captaban a
los niños en com posiciones a la moda internacional de la época; sólo que, en Brasil, el típico
cuadro europeo de la madre sujetando al niño junto a su rostro era sustituido por la niñera
negra, que ocupaba ese lugar. La autora explica esta pose recordando que la baja sensibilidad
del negativo exigía un tiempo de exposición prolongado durante el cual el niño debía
permanecer inmóvil: “Estando más habituados a ellas, se disminuía el riesgo que de los bebés
se pusieran inquietos mientras se los fotografiaba”.
La sustitución de la madre por la niñera revelaba, por lo tanto, que la intimidad y la confianza
eran mayores con esta última, la única capaz de mantener al niño tranquilo durante el tiempo
necesario para tomar la fotografía. Con todo, en tom o a 1880 -d ice la au tora- las com
posiciones muestran la progresiva intención de ocultar la figura del ama negra que, aun así,
necesanam ente, continúa sosteniendo al bebé en sus brazos para que se lo pueda fotografiar:
“las amas negras pasan a existir en las fotografías como rastros: com o una mano o un puño,
hasta ser completamente expulsadas de las imágenes [...]; al principio, se la mostraba con
orgullo, de rostro entero, después escondida, en segundo plano, desenfocada y retocada, hasta
que se la retiró completamente del cuadro nacional. Así y todo, incluso encubierta, persistía en
los hábitos consolidados durante tres siglos” (Andrade Deiab, 2005: 40). Impresiona, en el
artículo citado, la fotografía de un bebé rubio apoyado encima de lo que parece ser una manta
oscura, bajo la cual se adivina una mano sosteniendo el pequeño cuerpo y la otra apretando la
manecilla del niño, como para darle confort frente a la amenaza de la lente intrusa. Sin em
bargo, nada se percibe debajo del paño y el contorno de la niñera oculta solamente se deduce
por el relieve del tejido. Es éste el grafismo perfecto para esa ausencia en la memoria nacional:
un manto de olvido recubre a la madre y su raza. Raza y maternidad encubiertas, emerge en su
lugar el vacío de la forclusión que sustituye una realidad intolerable.
Jurandir Freire Costa -co m o y o - apunta al silencio que acecha en el psicoanálisis sobre el tipo
de violencia que llamamos racismo: “Pensar que el psicoanálisis brasilero, para hablar de lo
que nos incum be, convivió tanto tiempo con estos ‘crímenes de paz’, adoptando una actitud
cómplice o complaciente, o, en el m ejor de los casos, indiferente, debe conducimos a otra
pregunta: ¿Qué psicoanálisis es éste? ¿Qué psicoanalistas somos nosotros?
Y Freire Costa se aproxima al problema que vengo esbozando, pero sin nombrar a la niñera.
Para ese autor, el racismo es violencia ejercida sobre el cuerpo y sobre el papel del cuerpo
como soporte de la identidad: “ideología de color es, en verdad, la superficie de una ideología
más dañina, la ideología de c u e r p o “el sujeto negro, al repudiar el color, repudia
radicalmente el cuerpo”; “La relación persecutoria con el cuerpo expone al sujeto a una
tensión mental cuyo desenlace, como sería previsible, es la tentativa de eliminar el epicentro
del conflicto”; “El sujeto negro, poseído por el ideal de emblanquecimiento, es forzado a
querer destruir las señales de color de su cuerpo y de su descendencia” (1 984: 107-108)
Con todo, me parece que Jurandir Ereire Costa se queda corto en las posibilidades de su
análisis cuando coloca en el centro del mismo al sujeto negro com o único portador del
síntoma. Ese síntom a pertenece a muchos sujetos blanqueados, considerados no-negros en la
sociedad brasilera. Es evidente que, en su emergencia, el sujeto, cualquiera sea su color, debe
dejar atrás, en un movimiento único, a la madre con su negritud. Sea esta negritud la actual o
la de la genealogía de esclavitud que aún resuena por detrás del regazo alquilado del presente.
El hecho de que la madre se encuentra impregnada de esta genealogía, que va del seno esclavo
del pasado al regazo alquilado de hoy, hace que esa pérdida no pueda ser solamente rasurada,
en el discurso, com o represión. La supresión debe ser comprendida nada más y nada menos
que como desconocim iento. La ausencia misma de conocim iento del destino terrible que es
llevar la marca de la madre negra constituye la táctica de enajenación y el refugio del sujeto
frente a la posibilidad de tener que vérselas con ser, aún cuando “blanco”, en verdad, heredero
de ese Imaje esclavo. Infelizmente, esa táctica no es im pune, no sale gratis, tiene un precio.
“La repetición traumática de lo que fuera forcluido de la vida presente amenaza el ‘yo’”, dice
Judith Butler (1 9 9 7 : 9). Butler, usando el término de forma un tanto idiosincrática y
abarcativa, diferencia la negación o represión de un deseo que existió de la forclusión o
expulsión “anticipada” de la posibilidad de un deseo; es decir, de un deseo anticipado y
preventivamente expulsado con anterioridad a la experiencia de ese apego. El mecanismo de la
forclusión es, por lo tanto, para ella, lo que garantiza la anticipación y la prevención con
relación a determinados involucramientos afectivos. La negación efectuada por el mecanismo
de forclusión es más radical que la efectuada por el mecanismo de represión. Si esta última
consiste en rasurar algo dicho, aquélla es la ausencia misma de inscripción. Una ausencia qye,
con todo, determina una entrada defectuosa en el sim bólico o, dicho en otras palabras,
determina la lealtad a un simbólico inadecuado que llevará ciertamente un colapso cuando
ocurra la irrupción del real, es decir, de todo aquello que no es capaz de contener y organizar.
Si esto es lo que se percibe com o faltante desde el ángulo de visión del niño, del lado de la
madre otra , la “madre legítima” en la terminología del Candomblé, también algo que debe ser
dicho. Esta “madre cívica”, esto es, la madre educadora que describe Margareth Rago,
hegemonizada por el pensamiento burgués y las prédicas de la modernidad, tendrá que
encarnar por lo menos en parte la función paterna, en el sentido de incorporar la ley e impedir
la intimidad entre la niñera y el niño. Esta entrada patern a de la madre en la escena familiar
condice también con el hecho de que, al negar el vínculo materno de la niñera sustituyendo la
clave del afecto por la clave del contrato, la madre legítima queda igualmente aprisionada en
una lógica masculina y misógina, que retira de la madre-niñera su condición humana y la
transforma en objeto de compra y venta30. Cada sociedad tiene su forma propia de racismo.
Como afirmé en otras ocasiones, creo que en el Brasil esta operación cognitiva y afectiva de
expurgo, exclusión y violencia no se ejerce sobre otro pueblo, pero emana de una estructura
alojada en el interior del sujeto, plantada ahí en el origen mismo de su trayectoria de
emergencia.
Bonfil batalla
La definición de indio o indígena (términos que en este ensayo se emplean indistintamente) no
es una mera preocupación académica ni un problema semántico. Por lo menos, no lo es en la
medida que se reconozca que el término en cuestión designa una categoría especial específica
y, por lo tanto, al definirla es imprescindible establecer su ubicación dentro del contexto más
amplio de la sociedad global de la que forma parte. Y esto, a su vez, está preñado de
consecuencias de todo orden, que tienen que ver con aspectos teóricos y con problemas
prácticos y políticos de enorme importancia para los países que cuentan con población
indígena.
El indio ha evadido constantemente los intentos que se han hecho por definirlo. Una tras otra,
las definiciones formuladas son objeto de análisis y de confrontación con la realidad, pruebas
en las que siempre dejan de ver sus inconsistencias, su parcialidad o su incapacidad para que
en ellas quepa la gran variedad de situaciones y de contenidos culturales que hoy caracterizan
a los pueblos de América que llamamos indígenas.
Algunos enfoques parecen haber sido definitivamente superados. En general, cualquier intento
por definir la población indígena de acuerdo con un solo criterio, se considera insuficiente. El
uso exclusivo de indicadores biológicos, conectado estrechamente con la concepción del indio
en términos raciales, resulta obsoleto dada la amplitud de la miscigenación ocurrida entre
poblaciones muy diversas –entre sí y dentro de cada una de ellas–, lo que hace que en América
resultemos todos mestizos. Sin embargo, todavía en las últimas décadas se publicaron sesudos
ensayos en los que sus autores pretendían caracterizar biológicamente a los grupos indígenas,
o más aún, clamaban en contra de la confusión de la raza indígena con una clase social, lo que
“sólo lleva a tergiversaciones interesadas de las cosas y dificulta la clara comprensión del
problema porque elimina, artificialmente, uno de los términos principales: el de raza, que
juega en él un papel preponderante”
En la bien conocida definición que formuló Alfonso Caso9 se atiende al hecho de que en
muchos grupos indígenas la proporción de elementos de origen precolombino es ya mínima;
por eso el autor indica que el criterio cultural (uno de los cuatro que emplea; los otros tres son
el biológico, el lingüístico y el psicológico): Consiste en demostrar que un grupo utiliza objetos,
técnicas, ideas y creencias de origen indígena o de origen europeo pero adoptadas, de grado o
por fuerza, entre los indígenas, y que, sin embargo, han desaparecido de la población blanca.
El contraste frente a la cultura dominante queda a salvo: la cultura del grupo indígena podría
estar predominantemente compuesta de elementos de origen europeo; pero el hecho de que
tales rasgos ya no estén en vigor entre la población “blanca” permitiría definirla como una
cultura diferente. Lo que importa, según Caso, no es el contenido específico de la cultura, ni la
proporción de rasgos precolombinos que contenga, sino el que siga siendo considerada cultura
indígena y el que sus portadores continúen sintiendo que forman parte de una comunidad
indígena. Volveré más adelante sobre este aspecto. Quienes se sientan indios en América, o
son considerados tales, forman un conjunto demasiado disímil en cuyo seno es fácil encontrar
contrastes más violentos y situaciones más distantes entre sí, que las que separan a ciertas
poblaciones indígenas de sus vecinas rurales que no caen dentro de aquella categoría.
Si se piensa, por ejemplo, que hay todavía grupos cazadores y recolectores en la cuenca
amazónica que permanecen casi sin contacto con la población nacional, y se compara su
situación y su cultura con las de los zapotecos del Istmo de Tehuantepec, se estará de acuerdo
en que, aunque ambos se sintiesen pertenecer a una comunidad indígena –o más bien, aunque
a ambos les adscribamos la calidad de indios–, esa identidad nos resulta de escaso valor
heurístico y es, por sí misma, incapaz de incapaz de explicarnos la diferente condición de los
dos grupos ni las razones para agruparlos en la misma categoría.
El debate sobre la definición de indio llegó su clímax al mediar la década de los cuarenta.13 Por
esos mismos años cobró auge una corriente de opinión que pugnaba por una definición
funcional y utilitaria, al margen del academicismo que ya sonaba bizantino, y destinada
únicamente a delimitar de manera convincente cuáles debían ser los sectores de la población
que serían objeto de una política especial: la política indigenista.14 La condición de indio
resultaba, dentro de esta nueva perspectiva, una cuestión de grado: los indios estaban peor
equipados que otros grupos para la convivencia dentro de la sociedad dominante, por lo que
resultaba ser el sector más explotado; la indianidad se identificaba con un núcleo de
costumbres rústicas y con el retraso, y era algo que se podía y se debía eliminar.
Esta corriente continúa hasta nuestros días y encuentra su expresión más desarrollada en la
obra reciente de Ricardo e Isabel Pozas, quienes señalan: Se denomina indios o indígenas a los
descendientes de los habitantes nativos de América –a quienes los descubridores españoles,
por creer que habían llegado a las Indias, llamaron indios– que conservan algunas
características de sus antepasados en virtud de las cuales se hallan situados económica y
socialmente en un plano de inferioridad frente al resto de la población y que, ordinariamente,
se distinguen por hablar las lenguas de sus antepasados, hecho que determina el que éstas
también sean llamadas lenguas indígenas, Y prosiguen más adelante: Fundamentalmente, la
calidad de indio la da el hecho de que el sujeto así denominado es el hombre de más fácil
exploración dentro del sistema; lo demás, aunque también distintivo y retar-dado, es
secundario.
El indio nace cuando Colón toma posesión de la isla Hispaniola a nombre de los Reyes
Católicos. Antes del descubrimiento europeo la población del Continente Americano estaba
formada por una gran cantidad de sociedades diferentes, cada una con su propia identidad,
que se hallaban en grados distintos de desarrollo evolutivo: desde las altas civilizaciones de
Mesoamérica y los Andes, hasta las bandas recolectoras de la floresta amazónica. Aunque
había procesos de expansión de los pueblos más avanzados (incas y mexicas, por ejemplo) y se
habían consolidado ya vastos dominios políticamente unificados, las sociedades prehispánicas
presentaban un abigarrado mosaico de diversidades, contrastes y conflictos en todos los
órdenes. No había “indios” ni concepto alguno que calificara de manera uniforme a toda la
población del Continente.
Esa gran diversidad interna queda anulada desde el momento mismo en que se inicia el
proceso de conquista: las poblaciones prehispánicas van a haber enmascaradas su
especificidad histórica y se van a convertir, dentro del nuevo orden colonial, en un ser plural y
uniforme: el indio / los indios. La denominación exacta varió durante los primeros tiempos de
la colonia; se habló de “naturales” antes de que el error geográfico volviera por sus fueros
históricos y se impusiera el término de indios. Pero, a fin de cuentas, lo que importa es que la
estructura de dominio colonial impuso un término diferencial para identificar y marcar al
colonizado.
Esa categoría colonial (los indios) se aplicó indiscriminadamente a toda la población aborigen,
sin tomar en cuenta ninguna de las profundas diferencias que separaban a los distintos pueblos
y sin hacer concesión a las identidades preexistentes. Tal actitud generalizante la comparten
necesariamente todos los sectores del mundo colonizador y se ejemplifica bien en los
testimonios que revelan la mentalidad de los misioneros: para ellos, los indios eran infieles,
gentiles, idólatras y herejes. No cabe en esta visión ningún esfuerzo por hacer distinciones
entre las diversas religiones prehispánicas; lo que importa es el contraste, la relación
excluyente frente a la religión del conquistador. Así, todos los pueblos aborígenes quedan
equiparados, porque la cuenta es la relación de dominio colonial en la que sólo caben dos
polos antagónicos, excluyentes y necesarios: el dominador y el dominado, el superior y el
inferior, la verdad y el error.
¿Cómo entender dentro de este contexto el proceso de mestizaje?, ¿no es evidente que la
presencia misma del mestizaje anula el planteamiento anterior, es decir, la estructura bipolar
del régimen colonial? Cabe recordar, en primer término, la distinción entre el mestizaje
biológico y la categoría social de mestizo; aquí he de referirme a esta última, sin desconocer
que el mestizo es, a la vez que un segmento de la sociedad colonial, un producto de la mezcla
biológica entre colonizadores y colonizados, pero entendiendo que además de los catalogados
socialmente como mestizos, hubo también los frutos de una amplia miscigenación que
permanecieron adscritos a la población indígena y, seguramente, también a la criolla.
Los mestizos, como categoría social, como sector diferente de la población indígena fueron el
expediente adecuado del que el sistema colonial echó mano para satisfacer esa carencia. Sobre
este grupo se ejerció una intensa acción aculturativa que dio por resultado su desarraigo del
sector colonizado (que en general coincidía con su filiación materna); a ellos se destinó
legalmente una serie de ocupaciones disintas de las admitidas para el indio; se les concedieron
privilegios que los enfrentaban con los indios y, en fin, se les asignó un estatuto social diferente
y superior al que ocupaba el colonizado, aunque también subordinado a la capa colonizadora
estrictamente definida. En otras palabras, los mestizos pueden verse como un sextor de origen
colonizado que el aparato colonial cooptó para incorporarlo a la sociedad colonizadora,
asignándole dentro de ella una posición subordinada. Visto así, el mestizo no es un enlace, un
puente, ni una capa intermedia entre colonizadores y colonizados, sino un segmento particular
del mundo colonizador, cuya emergencia responde a necesidades específicas del régimen
dominante
Otra es la condición del negro dentro de la estructura colonial. Él forma la segunda categoría
del mundo colonizado y en eso se identifica con el indio. Pero representa una fuerza de trabajo
complementaria o supletoria a la de la masa colonizada; se le destina a tareas diferentes –en
general, a empresas coloniales que no tenían equivalente en las culturas prehispánicas–; se le
adjudica un estatuto inferior al del indio; es el esclavo que se adquiere por compra, cuya
humanidad se niega más empecinadamente y durante más largo tiempo que al indio, es decir,
se le reifica en mayor grado. Su importancia será variable en las distintas colonias americanas,
en función del monto y las condiciones de la población aborigen en las diversas áreas: en unas
será sólo un suplemento comparativamente restringido, en otras se convertirá en la masa
fundamental de los colonizados. En consecuencia, marcará con diferente intensidad a los
regímenes coloniales y teñirá en diverso grado las características de las futuras naciones
americanas. Por otra parte, en el tratamiento a la población de origen africano se pueden
hallar muchos elementos semejantes a los que definan la condición del indio como colonizado.
Los dos segmentos que forman la sociedad colonial se definen por su relación asimétrica y tal
asimetría se manifiesta en todos los órdenes de la vida y conforma, en consecuencia, una
situación total. Dentro de ella, el indio es el colonizado y, como tal sólo puede entenderse por
la relación de dominio a que lo somete el colonizador. En el proceso de producción, en el orden
jurídico, en el contacto social cotidiano, en las representaciones colectivas y en los estereotipos
de los dos grupos, se expresa siempre la diferenciación y la posición jerarquizada de ambos: el
amo y el esclavo, el dominador y el dominado
La invención del indio, o lo que es lo mismo, la implantación del régimen colonial en América,
significa un rompimiento total con el pasado precolombino. No importa cuan abundante y
significativas pueden ser las evidencias de continuidad, de persistencia de elementos culturales
entre la población aborigen, lo cierto es que el indio nace entonces y con él la cultura indígena:
la cultura del colonizado que sólo resulta inteligible como parte de la situación colonial.
Así como ésta no puede entenderse como un simple trasplante de Europa a América –como lo
ha mostrado Foster–21 así tampoco es posible entender la cultura indígena como una
perpetuación de las culturas originales durante el período colonial. Pero menos aún en el caso
de la cultura indígena, porque la cultura de conquista es la del grupo dominante en tanto que
aquélla es la de los pueblos sojuzgados; la primera se modifica para adaptarse a un ambiente
nuevo, pero su cultura madre, de la que pretende ser una expresión transterrada, permanece
autónoma y ofrece un marco de referencia vigente, en tanto que la cultura indígena se ve
alterada compulsivamente, se mutila, queda impedida de cualquier desarrollo autónomo, al
mismo tiempo que sus pautas de referencia originales pierden aceleradamente vigencia y se
opacan en el pasado para transformarse paulatinamente en mito o nada.
Aunque la situación colonial homogeiniza a los pueblos dominados y los engloba dentro de una
misma categoría; aunque, en mucho, el proceso de aculturación compulsiva al servicio de los
intereses coloniales impone pautas idénticas y apunta hacia una igualación efectiva en algunos
sectores de las culturas originales, no puede concluirse de esto que el proceso colonial hiciera
tabla rasa de las diferencias preexistentes entre las sociedades sojuzgadas. Esto acontece así
por razones de dos órdenes: primero, porque el efecto final de la aculturación compulsiva no
sólo depende de la intención colonizadora sino también de la matriz cultural previa en la que
habrán de darse los cambios; segundo, porque está dentro de las necesidades del orden
colonial el impedir una cohesión creciente dentro del sector colonizado.
Dentro del sistema total el colonizado es uno y plural (el indio/los indios), forma una sola
categoría que engloba y uniformiza al sector dominado; internamente, se disgrega en múltiples
unidades locales que debilitan las antiguas lealtades enfatizando la identidad parroquial. Podría
afirmarse, con Luis Beltrán, que la sociedad colonial es dual en su estructura básica y plural en
el sector colonizado.
La quiebra del imperio colonial europeo en América debía colocar al indio en una nueva
situación. Los aspectos puramente formales de este problema los atacaron algunos
libertadores desde el momento mismo de la independencia. Así, por ejemplo, San Martín
ordenaba en su decreto del 27 de agosto de 1821:24 “En adelante no se denominarán los
aborígenes Indios o Naturales; ellos son hijos y ciudadanos del Perú y con el nombre de
‘Peruanos’ deben ser conocidos.” Por desgracia, la desaparición del indio no se reducía a un
simple cambio de nombre. La estructura social de las naciones recién inauguradas conservó, en
términos generales, el mismo orden interno instaurado durante los tres siglos anteriores y, en
consecuencia, los indios continuaron como una categoría social que denotaba el sector
dominado bajo formas coloniales, ahora en el seno de países políticamente independientes.
Los países independientes habrían de sustentar en la explotación de esos territorios su
economía nacional, atendiendo al desgajamiento de los antiguos imperios coloniales y a la
necesidad de reorientar sus empresas económicas en un contexto nuevo en el que se debían
desvincular con la economía mundial de forma diferente a la que caracterizó a las colonias. Dos
casos, entre muchos otros, muestran con toda claridad esta situación. En primer lugar, la
conquista del Oeste en Norteamérica: un proceso por el que una enorme extensión territorial
que había permanecido sólo nominalmente adjudicada a las métropolis española e inglesa,
pero que de hecho permanecía ocupada por una gran cantidad de grupos aborígenes
autónomos y beligerantes, pasa a formar parte real de las nuevas naciones, las cuales, para
dominarlo, no sólo habrán de luchar contra los indios sino entre ellas mismas.
Y el proceso sigue aún. Millones de kilómetros cuadrados de la gran cuenca amazónica son
todavía, para cualquier efecto práctico, tierra ignota habitada por los indios –o, como se dice
más frecuentemente y muy reveladoramente: tierra deshabitada. Brasil y los demás países que
con él comparten ese enorme territorio, imaginan la porción que las corresponde de manera
muy semejante a como en los albores de la colonia se imaginó Eldorado y las ciudades de
Cíbola. Los frentes de expansión de las sociedades nacionales mordisquean incesantemente los
límites de la que todavía hoy se llama “frontera de la civilización”; son los nuevos territorios de
conquista y, en tal condición, los indios que los habitan son nuestros enemigos –por más que
las legislaciones respectivas los declaren ciudadanos de tal o cual país. Los ejemplos anotados
corresponden ya a la vida independiente de las naciones americanas. Porque son casos
extremos, situaciones-límite, muestran con mayor claridad que otros que la presencia del indio
indica persistencia de la situación colonial. Indio y situación colonial son, aquí, términos
inseparables y cada uno conlleva al otro.
El carácter colonial de estas relaciones no implica que sean relaciones precapitalistas, o que no
correspondan a un orden en que el modo de producción dominante sea el capitalismo. De
hecho, el colonialismo de los tiempos modernos, a partir de la era de los grandes
descubrimientos que abrieron el camino para la expansión europea, es un resultado del
capitalismo y ha acompañado a este modo de producción a través de sus diversas etapas. En
otras palabras: las relaciones coloniales (sean internas o externas), no solo no son
incompatibles ni están en contradicción con el modo de producción capitalista, sino que no
pueden entenderse más que como un producto del régimen capitalista. Ahora bien, no todas
las relaciones de producción dentro del orden capitalista son relaciones coloniales, ni se puede
identificar, en consecuencia, relación colonial con relación capitalista. Lo que define
específicamente a una situación colonial –y en esto trato de seguir las ideas de Georges
Balandier–26 es el hecho de que es una situación total que involucra necesariamente a dos
grupos étnicos diferentes, uno de los cuales, portador de una civilización con una tecnología de
dominio más avanzada, se impone sobre el otro en todos los órdenes y justifica y racionaliza
ese dominio en nombre de una superioridad racial, étnica o cultural dogmáticamente afirmada
Volviendo ahora a la reflexión sobre la situación de las poblaciones indígenas, cabría señalar,
entonces, que la vinculación de éstas con el resto de la población nacional se puede postular
como una relación colonial, sin que esto niegue la naturaleza capitalista (dependiente) que
caracteriza todavía a la estructura económica de las naciones latinoamericanas en las que
existe población indígena. La situación que subsiste en las regiones indígenas y en los frentes
de contacto (o de fricción, como aclara Cardoso de Oliveira)27 entre sociedades nativas y
agentes de las sociedades nacionales, conformaría una situación colonial.
El contraste entre ese tipo de relaciones y las que podemos llamar propiamente capitalistas, no
está en que en las primeras no conlleven una forma de explotación económica en beneficio de
la burguesía nacional y/o internacional, sino en la manera en que tal explotación se efectúa, y
en que demanda un contexo socio-cultural con características peculiares que, a la vez, hace
posible explotación colonial.29 El papel que desempeñan los sectores indígenas dentro de las
estructuras nacionales es un tema a analizar, pero lo que me parece claro es que su
caracterización no se agota –y sí, en cambio, se obscurece– cuando en un exceso de
simplificación se pretende encasillarlos bajo rubros como el de proletarios o ejército de reserva
industria.
Indios y etnias
La conceptualización del indio como una categoría social de la situación colonial en América
conlleva una serie de implicaciones de gran importancia, de entre las cuales sólo voy a
referirme aquí a una: la distinción entre indios y etnias.
La categoría indio o indígena es una categoría analítica que nos permite entender la posición
que ocupa el sector de la población así designado dentro del sistema social mayor del que
forma parte: define al grupo sometido a una relación de dominio colonial y, en consecuencia,
es una categoría capaz de dar cuenta de un proceso (el proceso colonial) y no sólo de una
situación estática. Al comprender al indio como colonizado, lo aprehendemos como un
fenómeno histórico, cuyo origen y persistencia están determinados por la emergencia y
continuidad de un orden colonial. En consecuencia, la categoría indio implica necesariamente
su opuesta: la de colonizador. El indio se revela como un polo de una relación dialéctica, y sólo
visto así resulta comprensible. El indio no existe por sí mismo sino como una parte de una
dicotomía contradictoria cuya superación –la liberación del colonizado– significa la
desaparición del propio indio.
La etnia, como categoría aplicable para identificar unidades socio-culturales específicas resulta
ser una categoría de orden más descriptivo que analítico. En efecto, si hablamos de sioux,
tarahumaras, aymarás o tobas, hacemos referencia a las características distintivas de cada uno
de esos grupos y no a su posición dentro de las sociedades globales de las que forman parte;
estamos nombrando entidades históricas que algunas vez fueron autónomas, hoy están
colonizadas y en el futuro se habrán liberado, sin que el paso de una condición a otra las haga
necesariamente desaparecer, porque no se definen por una relación de dominio –como el
indio– sino por la continuidad de su trayectoria histórica como grupo con una identidad propia
y distintiva. La identidad étnica, por supuesto, no es una condición puramente subjetiva sino el
resultado de procesos históricos específicos que dotan al grupo de un pasado común y de una
serie de formas de relación y códigos de comunicación que sirven de fundamento para la
persistencia de su identidad étnica.
Buen número de etnias se han fragmentado como resultado del mismo proceso. En mayor o
menor grado la cultura indígena –es decir, la cultura del colonizado– ha subsistido con
elementos comunes lo que antes fueron rasgos distintivos particulares, reduciendo así la base
étnica distintiva pero ampliando el fundamento de la identidad común del colonizado. La
liberación del colonizado –la quiebra del orden colonial– significa la desaparición del indio;
pero la desaparición del indio no significa la supresión de las entidades étnicas, sino al
contrario: abre la posibilidad para que vuelvan a tomar en sus manos en el hilo de su historia y
se conviertan de nuevo en conductoras de su propio destino
El Plan Nacional de Desarrollo 2006-2011, también conocido como el plan del Vivir Bien, define
la política de desarrollo en un país multiétnico y pluricultural donde la convivencia articula las
diversas maneras de percibir, asumir, interpretar la vida, la sociedad, la naturaleza, la economía
y el Estado.
El texto que expone el Plan se estructura a partir de cuatro componentes: 1) desarrollo con
inclusión social; 2) descentralización y poder social comunitario; 3) transformación de la matriz
productiva, de industrialización y exportación con valor agregado; 4) cambio en el enfoque de
la política exterior. Cada componente implica una estrategia que, según se dice en el Plan, se
iniciará con el desmontaje colonial del Estado en procura de una Bolivia plurinacional y
comunitaria.
Este proceso de descolonización del Estado, prioriza la construcción de una democracia más
amplia que permita un diálogo constante entre Estado y sociedad. Para ello propone la
regionalización del país a partir de la reconstrucción de jurisdicciones socio-culturales que
estarán dotadas de capacidades administrativas, económicas y territoriales y actuarán como
nivel intermedio entre lo municipal y lo regional. La Comunidad será la unidad mínima de la
organización regional y las autoridades locales tradicionales tendrán responsabilidades y
competencias públicas para su participación en los llamados Comités de Desarrollo Regional,
que a su vez dependerán del Comité Nacional de Desarrollo
1) Una estrategia de descentralización de las políticas públicas que comporta, a su vez, una
noción de desarrollo local a partir de la creación de unidades administrativas y políticas de
base territorial con capacidad legal para realizar propuestas de desarrollo a entidades
nacionales. El Plan lo denomina “Bolivia Democrática”.
2) Una estrategia redistributiva que comporta una noción de bienestar social a partir del
control estatal de los excedentes producidos por los sectores estratégicos y su
redistribución hacia los sectores generadores de ingresos y empleo que contribuya a la
diversificación económica y la inversión social. A ello denomina “Bolivia Digna”.
3) Una estrategia desarrollista dedicada al cambio de la matriz primario exportadora por un
nuevo patrón de desarrollo integral y diversificado consistente en la industrialización de
los recursos naturales renovables y no renovables. En el nuevo patrón el Estado produce y
controla la acumulación interna que alimente, en el largo plazo, el desarrollo nacional. Su
definición es “Bolivia Productiva”
4) Y una política exterior sustentada en la “valorización de la identidad nacional, en la
defensa de sus recursos naturales y en una proyección geopolítica regional” (Plan Nacional
de Desarrollo, 2007:174). En otros términos, una estrategia nacionalista capaz de
constituir al Estado en un actor internacional soberano y autodeterminado. Esta sería la
“Bolivia Soberana”.
Bolivia Digna diseña políticas sociales de desarrollo que, el texto, organiza en tres sectores:
El enfoque de desarrollo que adopta el Plan boliviano se resume en la expresión Vivir Bien.
Sostiene que: “El Vivir Bien expresa el encuentro entre pueblos y comunidades, respeta la
diversidad e identidad cultural. Significa “Vivir Bien entre nosotros”, es una convivencia
comunitaria con interculturalidad y sin asimetrías de poder, “no se puede Vivir Bien si los
demás viven mal”. Se trata de vivir como parte de la comunidad, con protección de ella, en
armonía con la naturaleza, “vivir en equilibrio con lo que nos rodea”. También significa “Vivir
Bien contigo y conmigo”, que es diferente del “vivir mejor” occidental, que es individual,
separado de los demás e inclusive a expensas de los demás y separado de la naturaleza.” (Plan
Nacional de Desarrollo, 2007: 8).
Según Albó, el vocablo tiene origen en la fórmula aymaraSuma Qamaña, donde Qamaña
significa “vivir, morar, cobijar, cuidar a otros” y Suma describe un proceder “bonito, hermoso,
agradable, bueno, amable”. Por ello, remite a formas de convivir buenas y generosas entre
personas y con la naturaleza (2011: 135-136). En otras palabras, el enfoque de desarrollo que
el Estado Plurinacional pretende asumir recupera y valora una ancestral - tal vez imaginada-
cosmovisión andina en la que la naturaleza tenía una connotación sagrada o espiritual, era la
Pachamama o Madre Tierra. Albó dice también, que en otras culturas indígenas se encuentran
concepciones semejantes (como “sumaqkawsay” o “Buen Vivir” en quechua; “ñandereko” o
“nuestro modo de proceder” en guaraní) así como en determinados gremios ocupacionales,
fraternidades de fiestas o barrios, contextos urbanos y rurales (2011:139). De manera que el
concepto “Vivir Bien” como enfoque desarrollo podría abarcar la diversidad cultural y
extrapolarse a todo el territorio boliviano, llegando a conformar lo que García Linera llama la
indianización de la nación.
Farah y Vasapollo consideran, en cambio, que se trata de una noción superadora puesto que se
coloca un como fundamento ético de un nuevo patrón de desarrollo. Estiman que la apelación
a las cosmovisiones indígenas invoca una ruptura con visiones etno o antropocéntricas y
reclaman una mirada cosmocéntrica que incluye a la vida en todas sus formas y no sólo
humana. El punto nodal de la argumentación de los autores se halla en la alerta ecologista de
crisis ambiental que amenaza la destrucción del planeta y de la vida a partir de la expansión
devastadora de la producción capitalista.
Para el Presidente Evo Morales, el Vivir Bien como forma de vida, de relacionamiento con la
naturaleza, de complementariedad entre los pueblos, desnuda las causas estructurales de la
crisis planetaria actual y plantea una profunda crítica al sistema capitalista mundial. En sus
propias palabras:
“Mientras los Pueblos Indígenas proponen para el mundo el “Vivir Bien”, elcapitalismo se basa
en el “Vivir Mejor”. Las diferencias son claras: El vivir mejorsignifica vivir a costa del otro,
explotando al otro, saqueando los recursos naturales, violando a la Madre Tierra, privatizando
los servicios básicos; en cambioel Vivir Bien es vivir en solidaridad, en igualdad, en armonía, en
complementariedad,en reciprocidad. En términos científicos, desde el marxismo, desde
elleninismo dice: socialismo-capitalismo; y nosotros sencillamente decimos: elvivir bien y el
vivir mejor.” (Morales, 2011:9)
Esta afirmación connota el aspecto político del enfoque del Vivir Bien al colocarlo en los
marcos ideológicos del Indianismo, confrontarlo con el marxismo y declararlo superador del
“vivir mejor” occidental. Ya en 2008, García Linera decía que el indianismo katarista se
enfrenta con vehemencia al marxismo por considerarlo como uno de los principales
componentes de la dominación colonial contemporánea y que, en los años noventa, deja de
ser una ideología de resistencia para pasar a ser hegemónica intentando disputar la
conducción política y cultural de la sociedad al neoliberalismo. En consecuencia, Vivir Bien
sería parte de la disputa y de la oposición indianista al marxismo y al neoliberalismo pero no
necesariamente (frente a lo que muchos intelectuales han inducido) una propuesta de
desarrollo alternativo al capitalismo. Por el contrario, la expectativa de agregar valor a la
extracción de recursos naturales mediante su industrialización lo coloca efectivamente en la
tradición del nacionalismo y el desarrollismo boliviano.
Nacionalismo perenne
En 1950, Bolivia seguía siendo un país básicamente rural. El Censo Nacional de ese año lo
describe según una población mayoritariamente campesina (el 70% corresponde a residente
rural) y una población económicamente activa vinculada, en un 72%, a la producción agrícola e
industrias del sector (Bolivia, Anuario Estadístico del sector rural, 1993). Sin embargo, sostiene
Klein (2015), esta fuerza de trabajo sólo producía el 33% del PBI. Esto acusa los dos problemas
fundamentales de la economía boliviana a mediados del siglo XX:
En octubre de 1952 y bajo una intensa presión obrera, el gobierno del MNR accedió a una
nacionalización a gran escala (Klein, 2015) revirtiendo al Estado todo el patrimonio de las tres
grandes empresas mineras que pertenecían a los “barones del estaño” y dando creación la
estatal Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL). Las mineras Patiño, Hoschild y Aramayo
quedaron, entonces, bajo la administración de esta agencia estatal con el propósito explícito
de canalizar las inmensas ganancias de las compañías privadas hacia otros sectores
económicos diversificando la estructura productiva. Por su parte, la Reforma Agraria de agosto
de 1953 constituye un hito en la historia económica de Bolivia puesto que modifica la
estructura latifundista de la tierra a través de la concesión de tierras a los campesinos que no
las tenían, la restitución a las comunidades indígenas que habían sido expropiadas, la abolición
del trabajo servil y la tecnificación relativa del campo. De este modo el Decreto Ley de
Reforma Agraria deja establecidas la propiedad comunal indígena, el solar campesino, la
propiedad individual, la cooperativa y la pequeña empresa agrícola, mientras que como
resultado redistribuye 57,3 millones de hectáreas, de las cuales el 68,48% corresponderán a la
empresa y mediana propiedad y el 29,95% a la pequeña propiedad, el solar campesino y
comunidades indígenas (CIPCA, 2013).
En una mirada retrospectiva puede observarse que el carácter reformista del gobierno del
MNR es en sí mismo modernizador, por cuanto amplía la relación salarial, la mediana
propiedad agrícola y la ciudadanía a todo el territorio nacional, afianzando –de este modo- la
vía capitalista del desarrollo en Bolivia. No obstante, el modelo estatista condujo rápidamente
a un alza hiperinflacionaria que afectó la producción de estaño, el cierre del 90% de las
empresas mineras y la caída salarial de los obreros, obturando la industrialización por
sustitución de importaciones que se proponía impulsar el gobierno del MNR. La historiografía
boliviana reconoce que en la base de esta frustración se hallan tres factores fundamentales:
las graves desventajas con las que comenzó la gestión (escaso capital de operación,
maquinaria obsoleta y agotamiento de vetas) que hizo poco competitiva la exportación de
estaño; la caída considerable de los precios internacionales entre 1951 y 1955 que determinó
una importante disminución de la producción minera (de 32.472 toneladas en 1952 pasó a
24.412 en 1964); y, según sostiene el reconocido analista Hugo Mansilla, la ampliación de la
burocracia estatal que supuso un gasto excesivo para la empresa boliviana de minería,
desembocando en un acelerado proceso inflacionario que alcanzó su máximo del 474% en
1956 (Mansilla, 1980).
Los gobiernos militares de las décadas de 1960 y 1970 acentuaron el modelo estatista y
desarrollista que había iniciado el MNR, aunque -ahora- con el recurso a la inversión y el
crédito extranjero como medio para financiar al Estado y controlar el déficit fiscal.
Especialmente, el gobierno del General Hugo Banzer Suarez que, desde 1971, puso en
ejecución decidida el Plan denominado Estrategia socio – económica de Desarrollo Nacional,
formulado por la presidencia de Ovado Candia en 1966. En un contexto hiperinflacionario y de
ralentización del crecimiento, el Decreto 21060 de agosto de 1985 de Paz Estenssoro cambia el
modelo estatista por una política de control fiscal, liberalización de precios, tasas de interés y
comercio exterior, así como también congelamiento de salarios en el sector público y
desregulación para los del sector privado. Mediante una rígida disciplina fiscal y control de la
oferta de moneda el gobierno de Paz Estenssoro en 1985 consigue contener el proceso
inflacionario, mejorar las reservas internacionales y reducir los índices de desempleo pero no
logra revertir el crecimiento negativo del comercio exterior fuertemente afectado por la caída
de los precios internacionales del estaño y el gas. Las Reformas de Segunda Generación
aplicadas por el gobierno de Sánchez de Lozada desde 1993 equilibrarlo radicalizando el
programa neoliberal boliviano a través de la privatización de las principales empresas estatales
(gas y petróleo, especialmente), la Reforma del Sistema Previsional, la Reforma Educativa y la
Participación Popular que, implicando -esta última- un carácter de descentralización municipal,
ofrece calidad de ciudadano a los habitantes de muchas regiones ubicadas.
Es largamente sabido que el Estado es uno de los logros centrales del capitalismo. Su historia
ha demostrado su importancia crucial los procesos económicos a través de su capacidad para
cambiar las relaciones de poder en beneficio de unos u otros y con ello orientar los procesos
sociales. Entre los elementos de poder del Estado se destacan:
3) su capacidad impositiva que no sólo le permite aumentar la acumulación de capital sino que
a su vez distribuirla y reingresarla al sistema dando lugar a una nueva acumulación
4) el monopolio de las fuerzas armadas que lleva consigo la capacidad de enfrentar fuerzas
militares de otros Estados hostiles, aplicar regulaciones ventajosas en el propio Estado o
ejercer represión
1) Desarrollar Bolivia requiere nacional recursos, pero no sólo naturales sino también
culturales, entonces opera la nacionalización de lo indio. Como dice Stefanoni (2010): el
nacionalismo se indianiza al tiempo que los indígenas se nacionalizan. Cuestión que es
fuente de tensión secesionista.
2) Industrializar Bolivia requiere ampliar la relación salarial, creando una burguesía (hoy
Aymara) y con ella su contraparte: un proletariado indígena. Fuente de lucha de clases
pero también de tensión inter e intraétnica. En un país de campesino-indígenas donde la
comunidad es ethos milenario, el desarrollo –según se sigue en el Plan 2006-2001-
desconoce la necesidad de una reforma agraria que modifique la estructura de tenencia y
propiedad de la tierra y el territorio.
3) Descolonizar el Estado requiere del Estado, que es siempre coerción de clase pero que en
Bolivia también es étnica. La nueva burguesía Aymara es hegemónica pero no frente a la
burguesía santacruceña (a la que puede y necesita hacer concesiones) sino en relación a
las otras etnias demográficamente menores, especialmente de tierras bajas. Cuestión que
es fuente de tensión destituyente.
4) Una Bolivia intercultural requiere de una nueva convivencia nacional pero esto es diálogo
habermasiano donde el consenso es producto de una relación de fuerza. Hoy los
Territorios Comunitarios de Origen tiene un cupo de siete escaños en la cámara de
legisladores por sobre 156 diputados. Ello pone en riesgo la subsistencia de la comunidad
indígena que se disuelve en la comunidad nacional. Podría decirse que la interculturalidad
no descoloniza pero mantiene unidas en el Estado a las fuerzas naturalmente centrífugas
En Bolivia, este proceso se anuda con la disputa por la propiedad de la tierra. Gonzalo Colque,
Director de la Fundación Tierra en La Paz (comunicación personal, 18 de julio, 2017), afirma
que la Reforma Agraria de 1953 “dura por unos cincuenta años, en cuanto a las consecuencias
que genera para las comunidades quechua y aymara” y entra en crisis debido a dos razones
fundamentales: una, es que la pequeña extensión de las tierras familiar y comunitaria, el
minifundio, con el transcurso del tiempo y la incorporación de nuevas generaciones en el
mundo campesino-indígena, se torna insuficiente para la subsistencia. Su consecuencia es la
migración de jóvenes que ya no tienen acceso a la tierra y tienen que emplearse en otras
actividades económicas, principalmente en los centros urbanos o en países vecinos. Entonces,
según Colque, la Reforma Agraria es una reforma que se agota en cuanto a las posibilidades de
ofrecer actividades agropecuarias viables para los productores del campo. Y la segunda razón
es que no tiene real y efectivo alcance en todo el territorio nacional. Mientras que se anula el
sistema de la hacienda en el altiplano y valles interandinos en las tierras bajas la Reforma
Agraria de 1953 no llega a crear comunidades campesinas incentivando la propiedad
latifundista de la tierra con fines especulativos.
El movimiento campesino-indígena del Oriente, desde los años ochenta, viene a denunciar la
estructura dual de la tenencia de la tierra y su redistribución, mediante el Estado, a favor de
nuevas comunidades indígenas que no viven específicamente del agro sino del
aprovechamiento de los recursos del bosque. La consigna del movimiento indígena será “tierra
para el que la trabaja personalmente” denunciando, por una parte, el carácter especulativo del
latifundio amazónico e incorporando, por otra, la noción de territorio que involucra el
usufructo de lo que se conoce como suelo, vuelo y subsuelo.
La Ley INRA de 1996 significa una segunda reforma agraria porque establece la tenencia
colectiva en tierras ancestrales indígenas pero no resuelve la propiedad y usufructo del
territorio. Ella burocratiza superlativamente el proceso de saneamiento y titulación de tierras
con lo cual ratifica la propiedad minifundista o deja primar los intereses de los grandes
hacendados al tiempo que la superposición de regímenes de propiedad complejiza la gestión
de los recursos naturales (o del territorio). Sus consecuencias son la fragmentación de la
propiedad familiar que a los largo de tres o cuatro generaciones ha venido sufriendo una
parcelación sin títulos, obligando finalmente a la migración de población rural hacia
actividades y centros urbanos la subsunción de las formas de producción comunitaria al
mercado capitalista, especialmente interno pero también al mundial a partir del auge de
productos de exportación como la soja
El gobierno del Movimiento Al Socialismo tiene como condición de posibilidad la cholificación
y la movilidad social ascendente que el Plan del Vivir Bien, bajo discurso etnicista, viene a
consagrar a través de un programa nacionalista y desarrollista beneficiario de los intereses de
una nueva burguesía aymara que hace acumulación capitalista a partir de la producción y
comercialización en el mercado internacional de la hoja de coca.
Conclusiones
Atademo
Al plantear las características de la cultura se hace mención a que todas las culturas están
organizadas, que poseen coherencia, que están estructuradas. Esto nos remite, por un lado, a
interrogarnos sobre el modo en que están relacionados los elementos culturales, de qué
manera se van engranando y cuáles son los propósitos de tal engranaje, aquello que le da
significado a los elementos formales de la cultura. Pero no podemos dejar de señalar que en
toda sociedad, el fenómeno de la integración cultural no es igual sino diverso. Retomando las
palabras de G. Balandier, se puede afirmar que “no existe una sociedad que no se revele
problemática en algún grado” (Balandier, 1975:13).
Tal como se destaca en otro capítulo, el concepto de cultura es central para la Antropología
porque hace referencia a las prácticas concretas de los individuos que integran un grupo social
determinado; sin embargo, una sociedad no se presenta como un conjunto homogéneo,
indiferenciado. A los fines de esclarecer el tema que se desarrollará en este capítulo es dable
plantear que el concepto de cultura -tal como es utilizado en Antropología- tuvo sus orígenes a
partir de la confrontación; ya que resulta del encuentro entre las sociedades occidentales y los
pueblos que eran considerados “extraños” para el resto del mundo. El concepto de cultura,
desarrollado por la ciencia antropológica fue un medio que permitió comprender la variedad
de modalidades de vida humana que el mundo occidental iba conociendo. Es así que la
Antropología, se va adentrando a los diferentes modos de vida que dan cuenta de sistemas
colectivos con una existencia organizada. La organización a que aludimos se da en base a
diferencias y desigualdades que aparecen en los distintos campos de la vida social, ya sea el
económico, el político o el simbólico. Y la forma en que se organiza la desigualdad también es
diferente según la sociedad que se trate, donde la distribución de privilegios o de poder si bien
se realiza en todas las sociedades, no ocurre de la misma manera en todas ellas.
Por ende, es dable aclarar que ninguna sociedad se presenta como unificada y homogénea,
sino como un conjunto problemático, como una realidad conflictiva; donde los hechos
culturales si bien son construcciones simbólicas y producciones materiales también son
manifestaciones de las relaciones sociales signadas por situaciones de conflicto social; por
tanto, también debe considerarse la manera como se condiciona la continuidad de la cultura.
Como dice Balandier: “todo orden social es problemático y vulnerable (…) Lo que en realidad se
descubre son unas sociedades en la sociedad, desiguales y concurrentes, ligadas por relaciones
de dominio y subordinación; unas sociedades sometidas cada una a su propia lógica y a la de
sus relaciones mutuas” (Balandier, 1975:13). En todas las sociedades existen formas de
integración y desigualdad, o sea formas de ordenar la vida social; en toda sociedad “se impone
un orden que resulta de ‘jerarquías’ complejas y superpuestas, toda sociedad asegura un
reparto desigual de los bienes, del poder y de los signos…”. (Balandier, 1975:117).
Esto nos remite tanto a la problemática de la diferenciación, como a los diversos mecanismos
de integración social, a partir de los lazos que se generan en los procesos de interacción social;
analizando, a su vez, los mecanismos o las formas de desigualdad social como otro de los ejes a
partir de los cuales se organizan tales diferenciaciones entre los grupos humanos. Las
dimensiones sobre las que se asienta la organización de los sistemas de desigualdad social son
varias; algunas de ellas se constituyen en base al género, a la edad, que socialmente se
expresan en roles y posiciones asociadas a estas variables Por ende, la cuestión de la
diferenciación humana engloba a su vez la problemática de la desigualdad que se expresa
como producto cultural, y se caracteriza por ser aprendida y transmitida socialmente, lo cual
implica que puede cambiar.
La interacción de tales dimensiones constituye la matriz cultural que según Moreno son
“sistemas no armónicos, con contradicciones y desajustes, que funcionan en cada individuo
humano como base de sus percepciones, su interpretación de las experiencias y sus
comportamientos: en definitiva, como matriz de su identidad” (Moreno, 1991:603).
En el caso de las relaciones sociales basadas en la edad, Balandier (1975) señala que las
características asociadas a la separación de generaciones son: de dependencia, por un lado,
biológica (durante la 1era fase de la vida del niño) y también social (como resultado “de los
procesos de socialización, de la transmisión de códigos y modelos sociales y de los valores
dominantes”), justificando así la autoridad juzgada como natural de parte de los adultos. La
otra característica es el antagonismo u oposición de las distintas edades, donde se pone en
escena los conflictos generacionales.
Sintetizando, podemos decir que tanto el sexo como la edad son dimensiones que permiten
diferenciar roles pero, a su vez, son bases potenciales para establecer desigualdades. Tal como
señala Wallace, “en las sociedades no jerarquizadas y en menor medida en las jerarquizadas
por criterios de parentesco y roles, por ejemplo, la complementariedad de roles de los sexos no
involucra explotación. Pero en las sociedades estatificadas, el sexo y la edad son las bases para
desigualdades y explotación institucionalizadas” (Wallace, 1988:2).
En relación a las desigualdades étnicas, cabe mencionar los trabajos de Ringuelet, quien
presenta un análisis articulatorio entre las relaciones étnicas y las de clase social. Este autor
considera “la situación de clase como la fuente básica –aunque no excluyente- de desigualdad
social y fuente de conflictos y la etnicidad como la situación de integración cultural totalizada y
organizada, pero “de manera genérica, las relaciones de clase se establecen en torno a un eje
dinámico de explotación y dominación, de una desigualdad que puede comprender variadas
situaciones de poder”, en tanto que “la etnicidad funda junto a la integración endogrupal,
prejuicio/discriminación exogrupal, fuente de desigualdad y conflictos”
Por último, desarrollaremos las desigualdades que se entablan en torno a las relaciones de
producción. Los hombres producen sus propios medios de vida, producen los medios
indispensables para satisfacer sus necesidades y a partir de aquí entablan relaciones
específicas (relaciones de producción, de distribución y consumo de bienes). Históricamente, al
aumentar la producción se acrecientan las necesidades pero también aumenta la población y
se desarrolla una división en el trabajo que se da de manera diferente en las distintas
sociedades. Es necesario entender también que el espectro de la diversidad no es igual en el
transcurso de la historia humana: por un lado tenemos a las sociedades sin clases sociales o
“no estratificadas”; y, por otro, las sociedades denominadas estratificadas, organizadas a partir
de clases sociales.
En las sociedades sin clases la división del trabajo se apoya en términos de edad, sexo, formas
de parentesco o características personales. Podemos ejemplificarlos con pueblos cazadores-
recolectores (como por ejemplo los esquimales) que no tienen posibilidad de almacenar
productos de manera significativa. En estas sociedades la producción es principalmente
familiar y el intercambio de bienes, favores y trabajo se basa en la reciprocidad. En aquellas
sociedades jerarquizadas en base al parentesco, la diferenciación depende de la posición que
los individuos ocupan en el sistema de parentesco; estas eran características, por ejemplo, de
las jefaturas de la Polinesia
Pero con el desarrollo de la división social del trabajo -junto con el mayor nivel de riqueza
agrícola que se produce en la vida aldeana-, lo cual incide también en un aumento de la
población y diferenciación política, se genera un producto excedente del que se apropia un
sector de la sociedad de manera desigual generando relaciones económicas y sociales
desiguales, que se expresan en términos de relaciones de clase.
A su vez, Stavenhagen señala que este análisis presenta ciertos problemas tales como: las
consideraciones subjetivas en las que se basa, ya que hay que considerar quien es el que
determina el prestigio diferencial de ciertas ocupaciones; o cuál sería la unidad para considerar
la estratificación social: ¿el individuo o el grupo social? Si bien no es el propósito extendernos
en esta teoría, creemos que es dable rescatar las principales críticas que señala este autor,
quien plantea que “la estratificación no pasa más allá del nivel de la experiencia que se trata de
simples descripciones estáticas, que conducen a los estereotipos pero no a la comprensión de
las estructuras” (Stavenhagen, 1969:26); esto es, al considerar a las clases como estratos
superpuestos quedan desdibujadas las relaciones entre los mismos y las posibles tensiones que
puedan darse. Por ende, no da cuenta de los procesos que implican ni tampoco de las
situaciones conflictivas; no hay un análisis con una perspectiva histórica para comprender la
estructura de las clases sociales y mostrar las desigualdades que se dan en dicha estructura.
Otra mirada para analizar este punto es a partir de la teoría que delinearon inicialmente Marx y
Engels en torno a las clases sociales, que se sustenta en una visión estructural y dinámica de las
mismas. Desde esta perspectiva se considera a las clases como categorías analíticas; “es decir,
forman parte de la estructura social (…) y su estudio conduce al conocimiento de las fuerzas
motrices de la sociedad (…); permiten pasar de la descripción a la explicación en el estudio de
las sociedades”. También se las considera una categoría histórica, ya que “las clases están
ligadas a la evolución y desarrollo de la sociedad; se encuentran en las estructuras sociales
constituidas históricamente. Las diversas clases existen en formaciones sociohistóricas
específicas; cada época tiene sus clases sociales propias que la caracterizan”. Y “las clases no
son inmutables en el tiempo: se forman, se desarrollan, se modifican a medida que se va
transformando la sociedad (…) Las clases surgen de determinadas condiciones estructurales de
la sociedad y constituyen elementos estructurales de la misma”. (Stavenhagen, 1969:30-31)
¿Cómo se caracterizaría por tanto un sistema de clases sociales desde esta perspectiva teórica?
El concepto de clases aparece como resultado del análisis de las fuerzas productivas y de las
relaciones sociales de producción que asumen ciertos modos posibles de relación con la
historia (3). Tal como se expresa en el texto de Anthony Giddens: “En cada tipo de sociedad de
clases existen dos clases fundamentales. Las relaciones de propiedad constituyen el eje de este
sistema dicotómico: una minoría de ‘no productores’, que controla los medios de producción,
pueden utilizar esta posición de control para extraer de la mayoría de los 'productores’ el
producto excedente que es la fuente de su subistencia. La ‘clase’ se define así en función de la
relación entre los diferentes grupos de individuos con los medios de producción. Esto se
encuentra integralmente ligado a la división del trabajo, porque es necesaria una división del
trabajo relativamente desarrollada para la creación del producto excedente sin el cual no
pueden existir las clases.” (Giddens, A., 1983:30)
¿De qué modo cierta clase trata de mantener su posición dominante? Como dice Giddens a
partir de una ideología que legitime su dominación y que muestre a la clase subordinada la
necesidad de tal subordinación. Marx y Engels, lo expresan claramente: “Las ideas de la clase
dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que
ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual
dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone
con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual (…). Las ideas
dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes,
(…); por tanto, las relaciones que hacen de una determinada clase la clase dominante son
también las que confieren el papel dominante a sus ideas. Los individuos que forman la clase
dominante tienen también, entre otras cosas, la conciencia de ello y piensan a tono con ello;
por eso, en cuanto dominan como clase y en cuanto determinan todo el ámbito de una época
histórica, se comprende de suyo que lo hagan en toda su extensión y, por tanto, entre otras
cosas, también como pensadores, como productores de ideas, que regulen la producción y
distribución de las ideas de su tiempo; y que sus ideas sean, por ello mismo, las ideas
dominantes de la época”. (Marx y Engels, 1985:50-51)
Citando a Wallace, se puede afirmar que: “el carácter de las relaciones de clase puede definirse
como unidad de los contrarios, como complementariedad y como antagonismo (…) esto se
resuelve en una doble articulación. Por un lado la de dominación/subordinación de clases (…) y
el segundo aspecto de esta relación dialéctica (…) como cuestionamiento/ruptura sería una
punta para poder entender cómo se da la lucha de clases, cómo se da la lucha política en el
terreno de la práctica” (Wallace, 1988:9).
Al caracterizar el concepto de clase social como categoría histórica, debemos añadir también
que esto implica un proceso de formación de identidades. En relación a esta idea, el historiador
inglés Edward Thompson señala que “clase, en su uso heurístico, es inseparable de la noción de
‘lucha de clases’ (…). Para expresarlo claramente: las clases no existen como entidades
separadas, que miran en derredor, encuentran una clase enemiga y empiezan a luchar. Por el
contrario, las gentes se encuentran en una sociedad estructurada en modos determinados
(crucialmente, pero no exclusivamente, en relaciones de producción), experimentan la
explotación (o la necesidad de mantener el poder sobre los explotados), identifican puntos de
interés antagónicos, comienzan a luchar por estas cuestiones y en el proceso de lucha se
descubren como clase y llegan a conocer este descubrimiento como conciencia de clase”. Por
tanto, es un error creer “…que las clases existen independientemente de relaciones y luchas
históricas y que luchan porque existen, en lugar de surgir su existencia de la lucha”. (Thompson,
1984:37-38)
Si bien la teoría expuesta expresa algunos resortes básicos de la desigualdad social, debemos
considerar que en la sociedad capitalista contemporánea, habría que diferenciar condición de
clase (suma de características económicas básicas que se indicaron anteriormente), de posición
de clase, que es el comportamiento político de una clase o sector, en donde sus miembros no
necesariamente expresan mecánica y organizadamente una “conciencia de clase” derivada de
su condición de clase. Frecuentemente, los agrupamientos y la formulación de intereses
políticos, por diversas razones (intereses múltiples, alianzas, visión social más circunscripta y
fragmentada, etc.), suelen ser muy diversos.
Si bien teóricamente se plantea que en cada sociedad existen dos clases fundamentales en
relación a la propiedad de los medios de producción, la estructura de clases -tal como aparece
en la sociedad- es más compleja, ya que podemos encontrar otras clases sociales y complejas
relaciones interclases que pueden involucrar comportamientos comunes y negociaciones.
Giddens señala que si bien la división dicotómica de las clases a la que hicimos referencia es el
eje fundamental de la estructura social; esta relación se complejiza por la existencia, por
ejemplo, de clases de transición, que representan un conjunto de relaciones de producción que
se prolongan dentro de una nueva forma de sociedad.
Teniendo en cuenta estas situaciones complejas que se pueden presentar -y que son analizadas
en el capítulo sobre culturas populares- debemos añadir, a su vez, que las desigualdades no
sólo se encuentran en el campo político y económico, sino que también se expresan en el
campo simbólico; o sea que hay que dar cuenta de cómo se organiza en una sociedad con
clases sociales la diferenciación simbólica, cómo se organizan sus distinciones de clase –tal
como lo expresa P. Bourdieu en sus textos-, a través del modo de vestir, de los barrios en los
que habitan, las vacaciones a las que pueden acceder, etc.; cómo a través de las estructuras
simbólicas las clases dominantes construyen la legitimidad de su poder (ver capítulo 3 sobre
ideología). Pensar en estas cuestiones nos acerca a ver las limitaciones del modelo de la
diversidad para analizar la alteridad y la necesidad de incorporar en nuestro análisis la
desigualdad, lo cual implica asumir que gran parte de las diferencias que encontramos en la
actual configuración del mundo, se deben no sólo a la diversidad de culturas, o por elecciones
intrínsecas al modo de vida, sino por las desiguales maneras en que las personas y los pueblos
participan en el intercambio de bienes económicos, simbólicos y culturales.
Según Saltalamacchia las experiencias de los hombres estarán determinadas por su situación
de clase que “se abren como específicas ventanas al mundo”: “una idéntica situación en el
proceso productivo, semejantes antagonismos y parecidas condiciones de vida estructuran
ciertas “áreas de igualdad” en las que se pueden reconocer los efectos de la división de la
sociedad en clases sociales (…) Dejando de lado (…) el desarrollo del tema en su dimensión
económica, no puede obviarse, sin embargo, el recordar que las sistemáticas diferencias
económicas de clase (que se expresan en los ámbitos de la producción, la distribución y el
consumo) son coextensivas con experiencias diferentes en el plano de lo social. Toda la
experiencia social de los individuos es ’marcada por su clase’. Será cierto tipo de atención
médica a la que podrá aspirar si está enfermo; y en ello tendrá uno u otro tipo de atención
según sean las ‘marcas’ de clase que lleve consigo. Será sólo a ciertos espectáculos que podrá
concurrir o considerará digno de su clase. Será cierto tipo de educación la que estará a su
alcance (…), etc”. (Saltalamacchia, 1983:267-269).
Veamos ahora cómo en el contexto socio-cultural actual -de creciente fragmentación social- se
generan nuevas condiciones para una reactualización de los procesos de diferenciación; ya que
los procesos conocidos como de “globalización” de la economía nos muestran procesos
socioeconómicos tales como los de pauperización de determinados sectores, de flexibilización
laboral, por ende, de incremento de la desigualdad. La incorporación desigual de los países al
sistema mundial y los factores internos a la lógica del capitalismo han renovado las diferencias
y las situaciones de desigualdad entre los grupos y las culturas. De ahí la importancia para
comprender la temática de las desigualdades y la construcción de identidades sociales.
Cabe aclarar -como se ha ido señalando anteriormente- que los procesos a los que estamos
haciendo referencia no sólo generan conflictos localizados en la esfera de la producción, sino
también en el ámbito del consumo. Tal como expresa García Canclini en uno de sus textos, “las
clases sociales no se diferencian sólo por su participación en la producción (…) sino también
por su diferenciación en el consumo, por el modo en que participan en los diferentes campos
de la vida social. La manera de apropiarse de los bienes educacionales, artísticos, científicos, de
la moda, el papel que juega lo simbólico en esta apropiación, contribuyen a configurar la
diferencia entre las clases.” (García Canclini, 1997:37). Así, el consumo es un lugar ideológico
para construir y reproducir la diferenciación social mediante distinciones simbólicas. Los
individuos no sólo se definen por la necesidad de consumir tal bien, sino también por la
necesidad de apropiárselo de cierta manera.
Pero para que el consumo pueda ser un instrumento de diferenciación social – tal como señala
este autor-, debe constituirse primero en un sistema de comunicación comprensible, esto es,
en un sistema de integración social y cultural. Esto implica que si los miembros de una sociedad
no compartieran los significados que se le atribuyen a los bienes de consumo, su posesión no
constituiría un elemento de diferenciación social. Consumir es intercambiar significados
sociales y culturales: comer, vestirse, habitar en tal casa, son actos sociales y culturales y por
ende su consumo también define significados y valores comunes y crean una identidad
colectiva. Por ejemplo, si los sectores subalternos no consideraran que el poseer tal auto
distingue simbólicamente a una clase, tal auto no sería valioso.
En este punto cabe traer a la luz algunas ideas del sociólogo francés P. Bourdieu en torno al
concepto de habitus que él rescata para analizar las desigualdades sociales entre las clases.
Este autor utiliza este concepto para analizar el proceso de interiorización del mundo social en
los individuos. Y nos plantea lo siguiente: “Los condicionamientos asociados a una clase
particular de condiciones de existencia producen habitus, sistemas de disposiciones duraderas
y transferibles, estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras
estructurantes, es decir, como principios generadores y organizadores de prácticas y de
representaciones que pueden ser objetivamente adaptadas a su meta sin suponer el propósito
consciente de ciertos fines (…) objetivamente ‘reguladas’ (…) sin ser para nada el producto de
la obediencia a determinadas reglas” (Bourdieu, 2007:86).
¿Qué nos está diciendo Bourdieu? Que al ser socializados en el seno de una clase los individuos
internalizan un habitus que cumple una doble función, la de integrar a los individuos a su clase
y a la vez la de reproducir ciertas pautas de consumo y de sociabilidad; en este sentido el
habitus es un “sistema de disposiciones duraderas y transferibles” a nuevas situaciones.
Cuando el autor nos plantea que el habitus es una “estructura estructurada” se refiere a que el
habitus que cada uno incorpora ha sido estructurado desde la sociedad, no lo generan los
individuos por sí mismos. Cuando incorporamos el lenguaje, nos estructura de cierta manera
para pensar y percibir la realidad en los moldes que ese lenguaje permite.
Pensar al habitus como una “estructura estructurante” implica que son estructuras que van a
organizar nuestras prácticas, la manera en que vamos a actuar socialmente. De esta manera, el
habitus cumple una doble función: integrar a los individuos a su clase y, a su vez, reproducir en
ellos ciertas pautas de consumo y de sociablidad que son características de la clase. Esto nos
conduce a afirmar que las relaciones que se establecen entre los grupos sociales entre un
“nosotros/otros”, están signadas por relaciones de poder, de pertenencias diferentes a grupos
sociales; relaciones que se expresan en las prácticas de los individuos como también en sus
representaciones; esto es, en las diversas maneras de pensar e interpretar la realidad social
cotidiana y su expresión en los comportamientos de los individuos.
Desigualdad y poder
M. Foucault plantea que el poder no es “algo que se pueda adquirir, arrebatar o compartirse,
algo que se pueda conservar o dejar escapar; el poder se ejerce a partir de innumerables
puntos de apoyo y dentro de un juego de relaciones desiguales y móviles” (Foucault,
1976:123).
Gilberto Giménez (1981), retomando tales ideas de Foucault, enfatiza que las relaciones de
poder cambian según las “diferentes formaciones sociales que se han dado en la historia. La
historicidad es la primera característica del poder”. Al referirse a la noción de poder, el autor
señala que apunta tanto a la capacidad de hacer algo por sí mismo, cuanto a la capacidad de
acción por medio de otros para lograr determinados fines. Esta última acepción estaría
marcando el dominio sobre otros y por ende marcando relaciones no igualitarias” (Giménez,
1981:13). Esto último implica que el poder se expresa, fundamentalmente, por relaciones
desiguales.
Otros ejemplos, como en el de los Nuer del Sudán, el poder se expresaba a partir de la relación
con los antepasados, donde la norma dominante a partir de la cual se establecía el orden era la
de la mayoría de edad y la “proximidad genealógica”. En estos casos el grupo de descendencia
más cercano al antepasado común o el fundador ocupaba una posición en la que se le atribuía
el poder al miembro de mayor edad.
Cabe aclarar por tanto que no hay una sola forma de poder; veamos cómo se presenta esta
diversidad de poder en la actualidad. Retomando a Weber, Giménez refiere a tres modalidades
“puras de poder”; éstas serían la dominación, refiriéndose al poder cuyo medio es la fuerza;
cuya lógica no sería la legitimación ideológica, sino el control y la vigilancia permanente
(ejemplos serían el poder machista o el poder de una dictadura). Otra modalidad estaría dada
por la autoridad, basándose en un sistema de creencias compartidas legitimando las jerarquías
de decisión y mando y la obligación de someterse a tales reglas (la autoridad religiosa de la
iglesia o la autoridad paterna serían ejemplo de dicha modalidad). Y la tercera estaría
representada por la dirección, que también sería un poder legitimado entre dirigentes y
dirigidos, pero en el marco de la división técnica del trabajo, donde se trata de un “poder
delegado” (un ejemplo sería el poder sindical) (Giménez, 1981:15-17).
Gramsci plantea que cuando el poder está mediado por el consenso se puede hablar de poder
hegemónico; poder que se opondría al poder de dominación que se acaba de mencionar. Para
este autor, la hegemonía sería la capacidad de dirección política que supone la capacidad de
interpretar y representar eficazmente los intereses de los grupos afines; pero también se
refiere a la capacidad de crear en torno a sí una unidad o convergencia ideológico-cultural que
genera legitimación y consenso. Es así que la clase dominante en las sociedades democráticas
modernas, debe considerar que los intereses de las clases subalternas estén representados;
por ende, para Gramsci el poder hegemónico es un hecho político, pero a su vez es un hecho
cultural y moral que pone en juego una concepción del mundo.
¿Qué se entiende por consenso? García Canclini señala lo siguiente: “El consenso requiere por
lo menos de cuatro elementos. Primero, que el ámbito social definido por la clase hegemónica
–la producción, la circulación y el consumo- sea aceptado por las clases subalternas como
campo de lucha; (…) que la lógica de esta lucha sea la apropiación diferencial –diferente para
cada clasede lo que el campo produce como capital material y simbólico; (…) que en esa lucha,
las clases subalternas partan (…) con un capital familiar y escolar que las coloca en desventaja;
(…) y que esta desventaja sea ocultada” (García Canclini, 1997:79-80).
Hall
Quiero reflexionar sobre la naturaleza de la diferencia cultural en la medida en que está
construida desde distintos discursos. Deseo aclarar desde el principio que voy a emplear la
palabra discurso, quizás hasta la saciedad, y con ella no pretendo hacer una conjunto de
pirotecnia textual, sino una visión general de la conducta humana, siempre cargada de
significado. Cuando proponemos preguntarnos qué significa repensar la diferencia cultural en
términos discursivos, discurso ha de entenderse como aquello que otorga significado a la
práctica humana y a las instituciones, aquello que nos permite dar sentido al mundo, y, por
consiguiente, aquello que hace que las prácticas humanas sean prácticas significativas y formen
parte de la historia, precisamente porque gozan de significado en tanto señalan las diferencias
humanas. Quiero someter los tres términos de la diferencia cultural que aparecen en el título
de mi exposición (raza, etnia, nación) a un análisis discursivo-genealógico, a tenor de ciertas
preocupaciones políticas y teóricas; quiero también usar cada término para complejizar y
desestabilizar un poco los otros dos
En esta primera ponencia, me gustaría volver a la que quizás resulte una fase lejana del juego:
la cuestión de qué significaría afirmar que la raza es un hecho cultural e histórico, no biológico;
que la raza es una construcción discursiva, un significante resbaladizo. A pesar de que dichas
afirmaciones casi han adquirido el estado canónico de la ortodoxia en determinados círculos
avanzados, los críticos y los teóricos no siempre quieren decir lo mismo, ni extraen las mismas
conclusiones conceptuales y políticas de tales conclusiones. En mi experiencia, la idea de que la
raza se construye desde el discurso no ha resultado demasiado eficaz a la hora de alterar y
apartar los supuestos del sentido común, esto es: las formas de hablar, dar sentido o calcular
que tiene el gran mundo, desordenado y «sucio», de la vida real fuera de la academia.
Aquí me refiero a «raza» como uno de esos grandes conceptos o conceptos maestros que
organizan los grandes sistemas clasificadores de diferencias que operan en las sociedades
humanas. La raza es, en este sentido, el eje central de un sistema jerárquico que genera
diferencias. Son diferencias sobre las que, además, W. E. B. Du Bois afirmó en una ocasión, en
1897, que «por muy sutiles, delicadas y vagas que sean [...] han separado a los hombres en
grupos silenciosa pero irremediablemente».1 Afirmar que es uno de los grandes sistemas
clasificadores de significado presupone neutralidad. Sin embargo, no lo hago porque desee
minimizar, en modo alguno, las horrendas consecuencias humanas e históricas que han surgido
de la aplicación de este sistema de clasificación racializado a la vida social, así como a los
hombres y mujeres individuales; lo hago porque quiero insistir en que a pesar de lo odioso que
pueda ser el racismo como hecho histórico, no deja de ser también un sistema de significado,
un modo de organizar y clasificar significativamente el mundo.
Expresado de un modo más crudo, la concepción discursiva de la raza —en tanto término
central en los grandes sistemas clasificadores de diferencias en la historia moderna de la
humanidad— reconoce que todos los intentos de aterrizar el concepto de forma científica,
todos los esfuerzos de corregir la idea fundacional de la raza basándose en la biología, la
psicología o la genética se han demostrado insostenibles. Debemos plantearnos, por lo tanto,
«sustituir la definición sociohistórica y cultural de “raza” por su definición biológica», como
propone el filósofo Anthony Appiah en su prestigioso y bien argumentado ensayo «The
Uncompleted Argument: Du Bois and the Illusion of Race» [El argumento incompleto: Du Bois y
la ilusión de la razá], en la emblemática publicación de Critical Inquiry «“Race”, Writing, and
Difference» [Raza, escritura y diferencia], editada por Henry Louis Gates Jr.2 En mis siguientes
observaciones voy a explorar esta propuesta en mayor profundidad. Como sabemos, la
variabilidad genética humana entre poblaciones a las que se suele asignar una determinada
categoría racial no es mucho mayor que la variabilidad dentro de dichas poblaciones. Lo que
Du Bois llama «las diferencias físicas más manifiestas de color, pelo y esqueleto» en su ensayo
The Conservation of Races [La conservación de las razas], a pesar de que «para el ojo del
historiador y del sociólogo estén claramente definidas»3 (una frase a la que regresaré) están,
por un lado, vagamente relacionadas con las diferencias genéticas definidas por la ciencia y, por
otro, resulta imposible relacionarlas de forma significativa con características culturales,
sociales, intelectuales o cognitiva.
No quiero dejar de señalar tres aspectos sobre esta posición general. Primero, representa la
actual y habitual prudencia entre la gran mayoría de los científicos en este campo. Segundo,
este dato sobre la variabilidad de la genética humana nunca ha impedido la intensa actividad
académica de una minoría de científicos consagrados al esfuerzo de demostrar que existe una
relación entre las características genéticas categorizadas de acuerdo a un criterio racial y la
actividad cultural; actividad que, de nuevo, se encuentra hoy en pleno auge por el repunte de
la investigación genómica. Tercero, percibo que, a pesar de que las implicaciones raciales del
continuo esfuerzo científico por demostrar la relación entre, digamos raza e inteligencia sean
estrepitosamente rechazadas y condenadas por muchos, entre ellos los profesionales liberales
y la mayoría de la población negra, no es menos cierto que gran parte de lo que estos grupos
suelen afirmar se basa precisamente en tal suposición. Tras la idea de que determinada
característica o fenómeno social, político, moral o estético asociado a la población negra puede
garantizar la pertinencia de una estrategia política, la validez de cierta actitud, o el valor de
determinada producción cultural, nos topamos con la suposición de que la verdad de dicha
estrategia, actitud o labor artística se sostiene en las características raciales de quienes
participan en ella.
Primero, como señala el propio Du Bois, esta última definición —la «raza» como insignia—
suele hacer que el concepto resbale y se escape. Porque, alejada de sus amarres fisiológicos,
Du Bois afirma que «la herencia social de la esclavitud relaciona, no solo a los niños de África,
sino que engloba también el Asia amarilla y se extiende hasta los Mares del Sur. Es esta unidad
la que me trae hasta África»
Para tratar el asunto de un modo más general, ya que se trata de algo que afecta al conjunto
del discurso de la raza hasta nuestros días, el hecho es que lo biológico permanece como una
huella activa en el discurso de Du Bois a pesar de que ahora funciona, como diría Jacques
Derrida, sous rature [bajo el borrado].12 Sin embargo, observemos cómo plantea esto Appiah
cuando argumenta que «sustituir una concepción sociohistórica de la raza por la biológica [...]
es limitarse a enterrar la concepción biológica bajo la superficie, no superarla»
En una conclusión breve pero audaz, Appiah argumenta que el viraje discursivo o sociohistórico
está destinado a fracasar, ya que no puede liberarse de la huella biológica que se adhiere al
concepto de raza al ejecutar un movimiento «bajo la hegemonía de Saussure».14 La pregunta
fundamental que se presenta a debate es si no nos hemos puesto a pensar, con demasiada
facilidad, en el significado de una forma post Saussure, en tanto fenómeno fundamentalmente
lingüístico, en tanto algo construido por los sistemas de diferencia que son exclusivamente
internos a las reglas de la langue [lengua] formalmente estructuradas, esto es, los abstractos
principios que ordenan el lenguaje que Saussure distinguía de los actos de habla o parole
[habla]. Si el problema equivale a una caída en desgracia semiótica, entonces los saussureanos
han de suponer que la raza, como indica Appiah, «como otros conceptos, está construida por la
metáfora y la metonimia; presenta metonímicamente al Otro; carga con el peso,
metafóricamente, de otros tipos de diferencia». Para Appiah, a pesar de que el concepto de
raza es una «estructura de oposiciones», se trata de un concepto «cuya realización es, en el
mejor de los casos, problemática, y en el peor, imposible»; por lo tanto, la pregunta es: ¿a qué
entidad se refiere realmente? En respuesta a este dilema, concluye que «la verdad es que no
hay razas: no hay nada en el mundo que pueda hacer todo lo que le pedimos que haga la
“raza”». Prosigue: «Donde funciona la raza, en lugares en los que las “diferencias manifiestas”
de morfología se relacionan con las “diferencias sutiles” de temperamento, creencia e
intenciones, lo hace en un intento de metonimia de la cultura; y lo hace solo al precio de
biologizar lo que es cultura, o ideología». Oponiéndose al giro discursivo, Appiah afirma: «Lo
que se nos escapa en nuestra obsesión con la estructura de relaciones entre conceptos es,
simplemente, la realidad»
Appiah afronta esta deconstrucción como un verdadero filósofo cuando argumenta que no solo
nos debería preocupar «el significado de la raza» sino «la verdad de la misma».17 A lo que uno
solo puede responder: ¿desde cuándo el discurso de la raza —o, de hecho, el del sexo y el
género, cuyas similitudes menciona Appiah a este respecto—, independientemente de sus
efectos reales, han estado determinados por «la verdad» en este sentido absoluto? Lo que creo
que falta en este desmantelamiento de nuestro problema es una explicación de cómo funciona
la raza discursivamente, de la centralidad de su estatus como significante en su letal
funcionamiento en el mundo, así como en sus efectos reales. No se trata del funcionamiento
de la raza como lo entendería la biología evolutiva o la genética moderna, sino precisamente
según cómo se entiende en términos de metáfora y metonimia, que Appiah parece rechazar,
pero que son los términos que yo llamo de su funcionamiento significativo y discursivo dentro
de nuestros distintos sistemas de significado.
Llegados a este punto, observo tres tipos de reservas al argumento que quiero presentar en
adelante. Se trata de objeciones relacionadas entre sí, en una escala variable de importancia.
La primera es la objeción filosófica, que el propio Appiah avanzaba. Desde este punto de vista,
analizar la estructura de oposiciones que define un concepto es un juego lingüístico
entretenido, pero si el concepto (significante y significado) no tiene un referente científico en el
mundo real, entonces todo el juego colapsa en una especie de búsqueda semiótica trivial. La
segunda objeción es política e histórica y la encontramos en la inquietante referencia que hace
Appiah a «simplemente, la realidad». ¿Acaso no resulta insignificante todo este discurso de
distinciones conceptuales y oposiciones binarias frente a las horrendas consecuencias, la
devastación humana, que el racismo ha causado en las vidas de millones de personas durante
siglos, y a las que francamente les da absolutamente igual lo que Saussure, Foucault o Derrida
tengan que decir? Esto nos lleva a una tercera objeción que podríamos llamar basada en la
evidencia o experiencial. ¿De qué va todo este discurso de si la raza existe realmente o no
cuando nos basta con la simple evidencia inmediata para reconocer la inscripción de la
diferencia racial en el color de la piel, el pelo y el esqueleto —en la fisiología, morfología y
composición de melanina— de los distintos grupos humanos que, sobre la base de estas
diferencias, se comportan unos respecto a otros de formas tan predecibles?
Esta voluntad de verdad de la idea de raza logra sus efectos gracias a las formas en las que los
sistemas discursivos organizan y regulan las prácticas sociales de hombres y mujeres en sus
interacciones diarias. Bajo mi punto de vista, en esto consiste precisamente el valor teórico del
concepto de discurso frente al incómodo binarismo que enfrenta la ideología y la práctica.
Lejos de afectar solo al habla, como si pudiéramos afirmar que nos ocupamos solo del
lenguaje, el término «discurso» supone precisamente romper con la distinción entre estos dos
niveles de «ideas puras» y «práctica bruta» a favor de la insistencia en que todas las prácticas
humanas, sociales y culturales están siempre en ambos niveles, es decir, son siempre prácticas
discursivas
Expresado con mayor crudeza, los discursos raciales constituyen uno de los mayores y más
persistentes sistemas de clasificación de la cultura humana y, como tales, también son siempre
sistemas discursivos: sistemas para la representación y la organización de las prácticas en torno
a uno de los grandes hechos de la sociedad humana, básicamente el hecho de la diferencia.
Esto significa entender la raza como un «tropo de diferencia definitiva e irreductible entre las
culturas», como lo define Gates en su introducción de «Race» Writing and Difference.
Analíticamente, podríamos ser capaces de comprender cómo funcionan dichos sistemas en
términos formales, como una estructura o sistema de similitudes y diferencias en el que la raza
es una figura o un tropo que produce significado. No obstante, lo que tiene relevancia histórica
es que luego estos significados organizan y se inscriben en las prácticas y en el funcionamiento
de las relaciones de poder entre los grupos. Esto supone entender estos significados no solo
como sistemas textuales o lingüísticos, sino como significados discursivos, es decir, sistemas en
los que las relaciones de significado, de similitud y diferencia no dependen de cierta relación
unívoca de la raza, con un orden establecido de diferencias «reales» (biológicas o físicas), sino
que dependen de las formas en las que el enorme espectro de diferencias.
Estos significados de «raza» son discursivos en la medida en que son referidos al juego de
similitud y diferencia por el que todos los sistemas de discurso construyen la acción humana
como conducta significativa. Estos significados son también discursivos, tal y como yo los uso,
porque la interacción entre la representación de la diferencia, la producción de conocimiento y
la inscripción del poder en el cuerpo es una relación límite que resulta crítica para la
producción de raza. Por lo tanto, aquí no solo uso discursivo para señalar la transición,
teóricamente, de una comprensión formal, lingüística y textual de la diferencia, que
encontramos ligada a cuestiones de lenguaje en Saussure, Claude Lévi-Strauss y el
estructuralismo, a los modelos planteados por Foucault, Derrida y los teóricos poscoloniales
sobre lo dialógico de la otredad; sino que también empleo discursivo para ampliar el silogismo
de Foucault poder-conocimiento, para incluir el tercer término que entiendo como necesario,
pero silencioso, y que resultaría en poder-conocimiento-diferencia
Ya que no nos interesa hacer una crítica abstracta y teórica sino que intentamos desvelar los
secretos de funcionamiento de los sistemas raciales de clasificación en la historia moderna y
sus efectos siempre-demasiado-reales, la cuestión de cómo se supone que los sistemas
discursivos hacen referencia al mundo real es de vital importancia, especialmente porque es
aquí donde la cuestión de la validez científica —o como expresa Appiah, «no solo el significado
sino la verdad» del discurso racial—, y por lo tanto la controvertida cuestión de lo biológico en
«las diferencias físicas más manifiestas de color, pelo y esqueleto» de Du Bois, vuelven a
atormentar nuestro argumento.
En términos generales, aquí tenemos tres opciones posibles. La primera, podemos defender
que las diferencias de naturaleza genética, biológica o física existen realmente y ofrecer las
bases para clasificar la raza humana en familias según, entre otras, las características
fenotípicas; y en tanto pueda demostrarse que existen científicamente, puedan representarse
con precisión en el sistema discursivo. Caso contrario, entonces, el discurso no tiene
fundamento en la realidad y dichos sistemas de clasificación serían, como afirma Gates,
«construcciones arbitrarias, no aspectos de la realidad». En consecuencia, el concepto de raza
debería ser «pseudocientífico», ya que cuando «usamos el lenguaje despreocupadamente de
tal modo que incorporamos este sentido de diferencia natural en nuestras formulaciones»,
adoptamos «un uso pernicioso del lenguaje»
Desde esta tercera posición la pregunta sigue siendo: ¿cómo podemos identificar esas
diferencias tan significativas sin el lenguaje? No hay forma de saber, y desde luego no hay
forma de probar, que las diferencias a las que llamamos raza existieran ya en la naturaleza,
pues ¿cómo sabemos que es así como deberíamos llamarlas salvo porque se han construido a
través del discurso? Según ese mismo criterio, no existe fundamento según el cual podamos
negar categóricamente su relevancia, excepto a través de la distinción entre lo que está y no
está en el lenguaje a pesar de que la propia distinción exige y presupone el lenguaje. Como
resume Judith Butler: El hecho de «referirse» ingenua o directamente a tal objeto
extradiscursivo siempre exigirá la delimitación previa de lo extradiscursivo. Y en la medida en la
que lo extradiscursivo esté delimitado, estará conformado por el propio discurso del que busca
liberarse. Esta delimitación, que a menudo se representa como la premisa no teorizada en
cualquier acto descriptivo, marca una frontera que incluye y excluye, que decide, por así decir,
qué será y qué no será la materia del objeto al que nos referimos.
Esto sugiere que lo que es «natural» en los cuerpos que percibimos como raciales es, en
realidad, una superficie material en la que el lenguaje realiza sus marcas e inscripciones de
inteligibilidad, gracias a lo cual los hace comprensibles en términos racializados y esto
precisamente porque las variaciones humanas se han incorporado ya y se representan dentro
de un sistema mayor de significación. Butler, sin embargo, critica esta versión suave en la que
lo natural es «lo que hay “antes” de lo inteligible» a la que reprocha no tener en cuenta que la
naturaleza siempre tiene una historia.21 Las partes relevantes del cuerpo incorporadas al
discurso racial forman un conjunto enormemente selectivo, dejan de lado muchas otras partes
del cuerpo que sí se especifican y se ponen en primer plano en otros discursos de diferencia,
como es el caso del de género. Por lo tanto, resulta cada vez más difícil identificar cómo sería
este cuerpo presocial, prediscursivo, puramente natural y material, y no racializado; dónde
podríamos encontrarlo y cómo podríamos identificarlo fuera del juego de lo discursivo. Esto no
quiere decir, no obstante, que al asumir la posición discursiva abolamos la naturaleza; solo
estamos diciendo que no puede tomarse como el origen» prediscursivo de los discursos
raciales o como la fuente de su verdad fundacional.
Lo que conocemos del mundo social (ahora que el conocimiento es el término clave en nuestra
ecuación poder-conocimiento-diferencia) es relevante. Pero dicho conocimiento no es
accesible de manera independiente de ninguna forma que resulte fundamental para los
discursos de diferencia «racializadores», y por lo tanto no puede usarse como una forma desde
la que efectivamente adjudicar controvertidas reclamaciones sobre la raza, ya que dicho
conocimiento es en sí mismo organizado y producido discursivamente.
e los tropos y las metáforas de la raza «han buscado una aprobación universal y trascendental
en la biología» y que pensadores y escritores occidentales «han intentado mistificar estas
figuras retóricas de la raza para hacerlas naturales, absolutas, esenciales».22 Esto, por
supuesto, es cierto, pero los repetidos fracasos a la hora de buscar un fundamento en la ciencia
no han impedido que sucesivas generaciones volvieran a intentarlo. Por lo tanto, diría que,
para completar el giro hacia una concepción discursiva de la raza, lo que ahora está en juego no
es si existe alguna verdad definitiva sobre el significado de raza que pueda encontrarse en el
conocimiento producido por la ciencia; sino que nuestro objeto de investigación pasa por
examinar las formas de conocimiento históricas que producen la inteligibilidad de la raza. Y
esto quiere decir que desde el Renacimiento al menos, y especialmente desde la Ilustración, es
la Ciencia, con mayúscula, la que se ocupa de los imperativos de la voluntad de verdad sobre la
especie humana, su organización y clasificaciones, sus variantes y distinciones y sus relaciones
de superioridad y subordinación
Historias de la diferencia Los propios sistemas de clasificación racial tienen una historia, y su
historia moderna parece surgir cuando los pueblos de Europa encuentran por primera vez,
teniendo que dar sentido, a los pueblos y culturas del Nuevo Mundo; cuando el proceso de
expansión imperial comienza, a medida que Europa sale de su confinamiento físico y
conceptual al final de la Edad Media. Este es el momento histórico en el que comienza lo que
Mary Louise Pratt ha llamado la gran «aventura euroimperial», que es además el gran
encuentro euroimperial con la diferencia.23 Cuando los europeos del Viejo Mundo se
encontraron por primera vez con los pueblos y culturas del Nuevo Mundo en el siglo xv se
hicieron una gran pregunta, que no fue: «¿Acaso no sois hijos o hermanos; no sois hijas o
hermanas?» (esa pregunta llegó mucho más tarde, en el momento de la antiesclavitud en
torno a 1700). Sino que se preguntaron: «¿Son realmente hombres? ¿Pertenecen a la misma
especie que nosotros? ¿O han surgido de otra creación?». Esta es la pregunta que, en 1550,
Juan Ginés de Sepúlveda debatía con Bartolomé de las Casas ante el Santo Emperador Romano
en Valladolid. Así se planteó por primera vez la cuestión de la diferencia racial en el discurso
occidental moderno. Entonces, y durante varios siglos, era la religión (y no la ciencia) la que se
entendía como garante de la «verdad». Se podría decir que la religión ocupaba el lugar
destinado a la ciencia, ya que forjó la base discursiva con la que los europeos tanto se
esforzaron (sin éxito) por fundamentar la representación de la diferencia y la diversidad
humana como «verdad».
Durante siglos, la ambición era establecer una línea de distinción binaria en el sistema
clasificatorio entre dos creaciones de la raza humana excluyentes entre sí. Fue con la Ilustración
—con cuya visión panóptica y universal todas las gradaciones de diferencia humana se
representaron en el discurso de la filosofía natural como partes de un mismo sistema—
cuando, por así decir, la marca discursiva de la diferencia cambió a una nueva posición: ya no se
trataba de dos especies excluyentes entre sí, sino de distintos grados y niveles de «civilización»
y «barbarie» dentro de un mismo sistema. Este es un nuevo tipo de estructura de
representación binaria, entre Occidente y los otros, lo que exige una delimitación de mayor
rigor, y que requiere un constante sostenimiento, de distintos grados, niveles y valores dentro
de un sistema global de diferencias humanas. Como escribía Edmund Burke a William
Robertson el 9 de junio de 1777, refiriéndose a cómo por fin el mundo entero estaba ahora
bajo la mirada del filósofo de la Ilustración occidental, quien veía el mundo sub specie
aeternitatis: Ya no necesitamos acudir a la Historia para seguir su rastro [el del conocimiento de
la naturaleza humana] en todas sus etapas y periodos [...] ahora el Gran mapa de la humanidad
se ha desplegado por fin, y no hay estado o grado de barbarie, ni modo de refinamiento que no
tengamos a la Vista en un instante. La muy distinta Civilización de Europa y China, la barbarie
de Persia y Abisinia; las formas erráticas de Tartaria y Arabia. El Salvaje estado de América del
Norte y de Nueva Zelanda».
Lo que quiero decir, es que no es la ciencia per se lo realmente importante, sino aquello que
constituye el discurso dominante que asienta la «verdad» sobre la cultura humana, las
relaciones entre «naturaleza» y «cultura» y los desconcertantes datos de la diversidad humana.
No pretendo afirmar nada tan inverosímil como que la ciencia no puede aportarnos
conocimiento del mundo físico material. Nada de lo que diga deberá interpretarse como
argumento de que no existen diferencias fisiológicas, morfológicas o genéticas entre grupos de
personas en el mundo. Pero mi pregunta es: ¿qué significan estas diferencias? ¿Pueden
explicar, o servir de fundamento para alguna noción de verdad sobre las diferencias de poder y
riqueza, de comportamiento y distribución, de cultura, idioma y demás; aspectos que
constituyen los objetos reales a los que el discurso racializado se ha referido a lo largo de la
historia moderna?
Lo que está aquí en cuestión son los cimientos de verdad que la ciencia ha establecido en los
sistemas culturales modernos desde el siglo xviii en adelante. Al hablar de los efectos
discursivos y culturales de la ciencia como régimen de verdad, sugiero que todo el papel de la
ciencia en el lenguaje de la raza, como lo tuvo antes la religión, ha sido el de ofrecer la certeza
precisa y la garantía de conocimiento absoluto que ningún otro sistema de conocimiento ha
podido proporcionar. Lo que es relevante sobre la ciencia o la religión no es que alguna de las
dos encierre la auténtica verdad sobre la diferencia, sino que ambas sientan las bases del
discurso de la raza para fijar y asegurar lo que finalmente no se puede fijar ni asegurar. Lo que
entendemos de las palabras de Burke es el lenguaje de la filosofía natural que, en esencia,
busca asegurar y garantizar la «verdad» de las diferencias (sociales, culturales, económicas y
políticas), que se construían discursivamente dentro de un nuevo régimen histórico cuyos
pilares, en el siglo xviii, los ofrecía la ciencia. La cuestión no es que cada régimen que asienta la
«verdad» muestre cómo surge la diferencia racial en la naturaleza, sino que cada régimen de
verdad haga que la diferencia funcione discursivamemte. De hecho, al hacer que la diferencia
sea inteligible de esta manera, cada régimen define las diferencias humanas dentro de la
cultura de un modo que se corresponde exactamente con cómo se entiende y funciona la
diferencia en la naturaleza, es decir, «naturalmente»; de tal modo que las diferencias
representadas en el discurso de la raza quedan más allá de la capacidad de la cultura y la
historia para volver a trabajarlas o para reconstruirlas.
El trabajo que ha realizado la ciencia desde el siglo xviii es el de establecer lo que Ernesto
Laclau llama una «cadena de equivalencias» entre naturaleza y cultura, que consigue que la
raza funcione desde lo discursivo como un sistema de representación.25 Laclau argumenta con
solidez que para la construcción de hegemonía —la forma de poder que quiere lograr la
aprobación de su «verdad»— resulta fundamental la formación discursiva de cadenas de
equivalencia entre elementos significativos que no guardan necesariamente una
correspondencia entre sí. El autor defiende que es este efecto de condensación, en su ejemplo
del discurso de la Moral Majority [Mayoría Moral], lo que permite por ejemplo que «la familia»
se convierta en un elemento orgánico en el discurso, por lo demás conflictivo, sobre las
«fuerzas del mercado», produciendo así lo que de hecho es una articulación entre discursos
que no necesariamente se corresponden entre sí pero que terminan por representarse
discursivamente como una equivalencia naturalizada, de tal modo que uno (naturaleza) se
puede «extraer» de su contraparte en el otro (cultura). A lo que prestamos atención no es, de
hecho, a la naturaleza, sino a lo que, en la discusión de Karl Marx sobre la ideología —a la que
se ha prestado poca atención en los últimos tiempos pero que resulta de un interés
imperecedero— describe como el «efecto de naturalización» que surge cuando los discursos
sobre cultura e historia, que varían en el espacio, el tiempo y según las circunstancias —y que,
por ser variables sociohistóricamente son susceptibles al cambio— se representan como
asegurados y garantizados, y por lo tanto permanentes, fijos, inamovibles y transhistóricos en
virtud de la naturaleza.
Este enfoque nos da una razón para entender por qué, a mi entender, es poco probable que la
huella biológica desaparezca por completo del discurso de la diferencia racial a pesar de que la
marca fundamental del fenotipo y la genética se vio radicalmente debilitada con el descrédito
de las definiciones científicas de la raza después de la Segunda Guerra Mundial. Mientras la
función naturalizadora, esencializadora y deshistorizadora permanezca en la ciencia en general,
la apelación a la naturaleza, siempre que hablamos de raza, se basa en la ejecución de poder-
conocimiento-diferencia, cuyo funcionamiento discursivo tiene que examinarse históricamente
en lugar de formalmente.
Sin embargo, esta no es la única razón por la que aún es tan necesario, pero tan difícil, eliminar
lo biológico de los discursos de la diferencia racial, a pesar de que funciona sous rature. Lo que
comenzó Du Bois y, según Appiah, no pudo disociarse del todo —a pesar de las fluctuaciones y
disonancias que produjo en su propio discurso sobre el tema— fue precisamente de «las
diferencias físicas más manifiestas de color, pelo y esqueleto» que, a pesar de que aún resultan
anómalas para las poblaciones actuales y de que «trascienden la definición científica» son lo
que, en último término, sostiene la división de las grandes familias de seres humanos en razas
en nuestra comprensión de sentido común del mundo.
Ahora, el hecho central de estas «diferencias físicas más manifiestas» no es que estén
relacionadas con la diferenciación genética, como Appiah muestra con convicción, sino que son
relevantes porque están, como afirma Du Bois, «claramente definidas para el ojo»; y añado las
cursivas ya que no solo se aplica al ojo del historiador y del sociólogo, sino al ojo de cualquiera.
Tales diferencias son absoluta, obvia e incontrovertiblemente la prueba de algo significativo
que es apreciable para el ojo iletrado y no científico. Son diferencias que, en este sentido, se
colocan más allá del debate como datos físico-biológicos brutos sobre la «raza» porque existen
en el campo visual. Ver es creer, como dicta el sentido común. Esta obviedad de la raza es la
base experiencial en la que tan a menudo se tambalean las definiciones socioculturales e
históricas. Como saben, Frantz Fanon, en su excelente trabajo sobre los mecanismos físicos del
racismo, Piel negra, mascaras blancas, se quedó paralizado por la inscripción de la diferencia
racial en el cuerpo negro. Tanto es así que su atención quedó fijada en la que llamaba la prueba
«oscura e indiscutible» del hecho de la negritud, que le hizo ser esclavo «no de la “idea” que
otros puedan tener de mí, sino de mi propia apariencia».28 Lo que defiende Fanon es que la
autoimagen corporal o el esquema corpóreo, que resulta tan fundamental para la construcción
de la identidad y la subjetividad propias, ya que «es [...[ lo que estructura definitivamente a
uno mismo y al mundo» y «crea un dialecto real entre mi cuerpo y el mundo», queda
completamente deshecha y destrozada por la mirada racializada que proviene de la posición
del otro blanco: «¡Mira, un Negro!,29 Mamá, mira el Negro. Tengo miedo».30 En lugar del
esquema corpóreo, es esta mirada la que confiere la imago estereotipada de la persona negra
que está «tejida con mil detalles, anécdotas e historias»
A partir de este momento: «Me quedo fijado», afirma Fanon, a medida que su negritud se
«sella en esa objetificación aplastante», «sobredeterminada desde el "sin"», cuando «los
movimientos, la actitud, las miradas del otro me fijan ahí, como una solución química se fija
con un tinte» y desde donde «ahora es otro el que ha recompuesto los fragmentos».31 Esta
división en la cosificación, la fijación de la persona negra en la máscara blanca como resultado
de la mirada, se logra con lo que Fanon denomina, con mucha elocuencia, el proceso de
epidermización: la inscripción de la diferencia racial en la piel. Y es precisamente este esquema
racial-epidérmico el que está en juego en el «color, pelo y esqueleto» de Du Bois.
El problema es que, al avanzar hacia una definición de raza sociohistórica y civilizatoria en lugar
de biológica, Du Bois aún parece querer encontrar en los niveles social, histórico y cultural algo
que describiría como una esencia racial distinta, una esencia que no podía encontrarse en el
nivel de las diferencias biologicogenéticas. La idea de que este elemento esencial es espiritual,
no físico, y de que se descubría en el hecho de que cada raza tiene su «mensaje particular, su
ideal particular», el cual hace su contribución única a la «perfección de la vida humana», tal y
como afirmaba en 1897, es una solución al problema mucho más digna que las alternativas
disponibles, pero a mí me parece que, en último término, tampoco es aceptable.
El problema, entonces, es que una vez que estamos en este terreno y que hemos renunciado a
la función de lo biológico para fijar la verdad o el significado de la raza, nos encontramos en el
terreno incierto de los sistemas discursivos abiertos en los que la diferencia, entre los
significantes de raza, inicia su deslizamiento discursivo con una venganza. A medida que me
acerco al final, debo enfatizar que no se trata de que la definición biológica de raza sea pura
falsificación, una mistificación, una ilusión ideológica que podamos eliminar refiriéndola a
alguna otra verdad científica superior. No se trata de que no haya características biológicas
entre las distintas poblaciones, y desde luego no se trata de que la «raza» se use de forma tan
ambigua que no podamos identificar algunas de las «diferencias físicas más manifiestas de
color, pelo y esqueleto» a las que se refiere el término. Más bien, el problema es que el nivel
biológico-científico nunca podrá hacer lo que reclama hacer en el discurso: no puede
establecer diferencias permanentes entre distintas familias de razas, no puede otorgar a estas
diferencias culturales, sociales, económicas e históricas una base garantizada de herencia en
distinciones genéticas; y no puede fijar, para bien o para mal, las características culturales,
cognitivas, emocionales y sociales de las poblaciones a las que se refiere. Sin embargo, dado
que estas diferencias existen, por «burdas» que sean en términos científicos, es posible
otorgarles un significado: se pueden construir y reconstruir como objetos discursivos. Como
tales, pueden usarse para realizar todo tipo de funciones discursivas. Tales construcciones de la
diferencia pueden producir cierto tipo de conocimiento sobre el mundo, incluida la producción
de un conocimiento racializado de un tipo obvio, que se da por hecho, de sentido común, y que
es la más peligrosa de todas las formas de conocimiento, ya que es la más inconsciente. Este
conocimiento racializado sobre la diferencia tiene el poder de organizar la conducta cotidiana,
así como las distintas prácticas de lo grupos entre sí; este tipo de conocimiento se adentra y
desfigura profundamente la cultura de las sociedades en las que actúa durante largos periodos
En cierto sentido, por lo tanto, Appiah tiene razón, ya que, por un lado, la raza no puede
realizar el trabajo —proporcionar la verdad, fijar el significado de las diferencias culturales más
allá de cualquier duda— que defensores y opositores a la opresión racial quieren que realice
cuando recurren a sus taxonomías y a sus grandes sistemas clasificatorios a fin de explicar u
organizar su práctica. Pero, por otro lado, en el sentido discursivo, tal y como he intentado
describirlo, en la cadena de equivalencias que hace posible entre las diferencias genéticas,
físicas, sociales y culturales, la raza existe realmente. Esta cadena de equivalencias no solo
permanece ampliamente presente en el mundo, en los significados que usamos para dar
sentido a la vida social y a las prácticas sociales en todas partes, sino que, a pesar de que es
«solo un discurso», tiene por esa misma razón una realidad, en la misma medida en que tiene
efectos raciales: efectos materiales en cómo se distribuyen el poder y los recursos materiales,
efectos simbólicos en cómo se clasifican los grupos en sus relaciones entre sí, efectos físicos
que forman el espacio interior de la existencia de cada sujeto construido por ella y atrapado en
el juego de sus significantes.
Además, creo que es precisamente por sus efectos histórico discursivos que debemos tener en
cuenta la cadena de equivalencias que la raza hace posible. Aunque en cierto modo es solo uno
de los muchos discursos de la diferencia cultural en nuestra historia moderna, tiene un carácter
distintivo, una particularidad, que surge porque, aunque de forma no científica, funciona con
los marcadores físicos de la diferencia en el cuerpo como significantes privilegiados de su
régimen de verdad. En este aspecto —a pesar de las muchas otras razones por las que los
antirracistas se han visto a veces en grandes apuros a la hora de negar las similitudes— es en el
que el discurso de la diferencia está más cerca del discurso de la diferencia sexual, que también
«lee» la evidencia del cuerpo discursivamente, e intenta resolver significados sociales y
culturales biológicamente; y por lo tanto, adquiere parte de la misma obviedad dominante que
tiene la raza dentro del «campo de visión», tal y como afirma Jacqueline Rose.35 Sigmund
Freud señaló en su importante artículo «Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia
anatómica entre sexos» que cuando una niña pequeña ve el pene de su homólogo masculino
«hace su juicio y toma su decisión inmediatamente. Lo ha visto y sabe que ella no lo tiene y
quiere tenerlo».36 Uno podría afirmar lo mismo del niño pequeño en Piel negra, máscaras
blancas de Fanon que grita: «¡Mira, un Negro!, Mamá, mira el Negro. Tengo miedo». En ambos
casos no es el esquema anatómico o epidérmico el que resulta relevante en la formación de la
identidad subjetiva, o en los efectos reguladores de las prácticas discursivas de género y raza;
más bien, lo relevante es el hecho de que estos atributos corporales se incorporan al discurso,
donde luego se convierten en los objetos de la fantasía psíquica en nuestras vidas subjetivas,
institucionales y en las prácticas sociales cotidianas.
Por supuesto, el discurso del racismo funciona en un mundo de oposiciones maniqueas: ellos y
nosotros, primitivo y civilizado, claro y oscuro, lo que crea un seductor universo simbólico de lo
blanco y lo negro. Pero tiempo después, su reducida simplicidad resulta problemática por su
banalidad: una vez que uno ha desentrañado su lógica simplista, puedes luchar contra ella, sin
embargo, ¿puedes realmente pasar toda la vida estudiándola? De hecho, creo que solo
empezaremos a comprender la complejidad de tales estructuras y mecanismos, una vez
logremos pasar de forma definitiva e irrevocable de una concepción de la raza garantizada
biogenéticamente, a una que sea discursiva-histórica. Es decir, la aparente simplicidad y rigidez
del racismo es precisamente lo que resulta sintomáticamente relevante. La rigidez del racismo
es la clave de su complejidad. Su capacidad de separar el complejo mundo cultural e histórico
en dos grandes opuestos esconde la profunda ambivalencia de sentimientos, actitudes,
creencias y cosmovisiones que siempre niegan estar cuidadosamente estabilizadas o estar bien
fijadas. Las grandes divisiones binarias del discurso racial como estructura de conocimiento y
representación pueden, a mi juicio, entenderse también como un profundo sistema de
defensa. Tales binarismos son las trincheras, las posiciones defensivas en torno a algo —la
configuración plenamente histórica de la diferencia cultural— que se niega a ser domesticada y
contenida por ese sistema de representación. Toda la energía simbólica y narrativa, todo el
trabajo discursivo necesario para mantener a flote el significante racial sirve para asegurarnos a
nosotros «aquí» y a ellos «allí», esforzándose constantemente por fijar cada identidad en el
lugar designado para su especie. Pero todos estos esfuerzos no serían necesarios si no fuera
por la tendencia que siempre muestra la cultura, como una estructura de similitudes y
diferencias que está abierta al «juego» de la significación, el «juego» de la historia: la tendencia
de todos los significantes a escaparse y escurrirse fuera de su lugar. Las simplificaciones del
racismo, que se esfuerzan por polarizar y separar, enmascaran la profundidad en la que
nuestras historias y culturas siempre se han entrelazado e interpenetrado, lo absolutamente
necesarial que es el otro para nuestro propio sentido de identidad. El funcionamiento de todos
los sistemas que he repasado en esta ponencia siempre intenta ocultar hasta qué punto la
identidad es un fenómeno abierto y diferencial, que depende de los efectos fronterizos de los
marcadores del discurso para fijar la diferencia entre el «interior» y el «exterior» constitutivos,
que siguen deslizándose entre sí. Como nos recuerda Butler, precisamente para encontrar la
estabilidad ante lo escurridizo y deslizante del significante, toda identidad es también una
expulsión, al exterior constitutivo, de aquellos que se señalan como otros.
Con Fanon vemos que, además de la violencia simbólica y de las agresiones que caracterizan la
mirada desde el otro —que tiene la fuerza coactiva que es tan característica del estereotipo
racial, de la proyección, de la defensa, de la negación—, debemos también comprender el
trabajo discursivo que ha de llevarse a cabo en la economía simbólica de una cultura para
controlar y contener el peligro, la amenaza, el miedo y la fobia que representa el propio juego
de la diferencia. Sobre lo que Fanon llama nuestra atención no es la diferencia fija de los
cuerpos o de las identidades que permanece encerrada en la otredad, sino el sistema
resbaladizo de similitudes y diferencias que es la concepción de la cultura plenamente
historizada. Entendemos, de este modo, el ejercicio de poder discursivo necesario para
expulsar simbólicamente la diferencia al lado más lejano del universo, y el regreso subrepticio
en el que lo expulsado vuelve a casa a perturbar los sueños de quien duerme con los
aterradores miedos internos, las pesadillas, de tener que vivir con la diferencia.
La propia narrativa binaria que trata de contener lo resbaladizo del significante racial, a pesar
de los efectos reales de la violencia y la agresión implícitos en la representación racista,
siempre tiene un carácter de doble filo, profundamente ambivalente. Vemos que junto a las
narrativas de la raza dependientes, infantiles, perversas, bárbaras, primitivas y traicioneras
producidas por el sistema de representación se encuentra una poderosa nostalgia que nunca
está demasiado lejos; la nostalgia que inscribe el deseo oculto en las llamadas sociedades
civilizadas del poder erótico del cuerpo, de un registro emocional de la expresividad, de la
resistencia elocuente al sufrimiento, de una fuerza rítmica, que —por algunas diferencias
esenciales— aparentemente se han perdido en el llamado mundo civilizado. La doble
inscripción del discurso racial —la violencia del racismo que se estructura en torno a la pérdida,
el deseo del otro que está inextricablemente aparejado a su destrucción— significa que las
estructuras discursivas a las que nos enfrentamos nunca pueden hablar por sí solas, la una sin
la otra, ambas son igualmente una proyección narrativa esencializadora del propio sistema
binario.
Es, por lo tanto, aún más sorprendente que la política de oposición a los sistemas de
clasificación racistas funcione tan a menudo exactamente igual en lo discursivo que los
sistemas a los que se enfrenta: a través de una concepción esencializadora de la raza. El
antirracismo invierte la posición de todos los términos en el sistema discursivo. Así pues, lo que
para los racistas es la prueba irrefutable de que los negros no pueden superar sus
características negativas, porque están fijadas por la raza biológica y genéticamente;
movimientos antirracistas de todo el mundo sostienen que precisamente las características de
una esencia racial aseguran una posición positiva, especial, privilegiada o hasta excepcional
para los negros en la historia, que además se transmite por herencia biológica y genética, de la
que las «diferencias físicas más manifiestas» son señal y garantía. El valor de cada uno de los
significantes en el sistema discursivo se ha invertido, de negativo a positivo, pero
paradójicamente el paradigma sigue siendo el mismo: las características culturales,
históricas y políticas se mantienen fijas y aseguradas por la biología y la genética, solo que
ahora cada atributo funciona como la imagen reflejada, con su esencia racial invertida, del otro
en el discurso opuesto. Estamos de vuelta al mismo paradigma dado la vuelta. Mi descripción
aquí está lejos de una simple crítica teórica o teoricista, como si las políticas de los
movimientos contra la opresión racial pudieran garantizarse por estar sujetas a una
reclasificación teóricamente correcta. El problema, en cambio, está en que fundar un
movimiento político y unas políticas culturales en un tropo racial esencialista, a cualquier lado
del espectro político, tiene efectos políticos reales, muy serios y profundos que no podemos
pasar por alto.
Avanzar con firmeza hacia una concepción rigurosamente sociohistórica, cultural y discursiva
de las políticas de raza no implica en ningún caso negar la especificidad de las experiencias
compartidas de la opresión, la explotación y la marginación que se estructuran sobre la base
racial. Tampoco supone en modo alguno reducir la conformación de la experiencia histórica
negra a través del funcionamiento del significante racial, las tradiciones culturales que han
persistido, evolucionado y se han transferido a través de la experiencia histórica colectiva. Todo
esto es la herencia común del sufrimiento y la resistencia que, según Du Bois, es la «herencia
social de la esclavitud» junto con las formas vitales distintivas modeladas por el sometimiento
a un «desastre común» y la profundidad e intensidad con la que las culturas expresivas negras
se han formado con lo que él llamó «una larga memoria». Pero avanzar hacia una concepción
discursiva de las políticas raciales supone, insisto, reconocer que cualquier tradición cultural es
una reelaboración, una nueva producción, una transformación, una nueva versión de una
identidad que es específica del tiempo, el lugar y las circunstancias y que por lo tanto no puede
ser la conservación ni la réplica persistente, inalterada a lo largo del tiempo, el espacio y la
historia de cierta «mismidad» esencial, original y naturalizada. Lo que surge del enfoque
discursivo que aquí presento es que la especificidad y la transformación (la transcodificación,
reconstrucción y rearticulación de elementos significativos) son exactamente el «trabajo»
histórico y político que realiza la cultura
Por eso, en esta concepción discursiva de las políticas raciales, el significado lo es todo,
podemos decir que a pesar de que sus movimientos no son azarosos ni variables
indefinidamente, no hay forma de escapar al carácter poroso y permeable de las formaciones
culturales, que resultan en la heteroglosia de la cultura, los muchos repertorios de los que
extrae y las nuevas combinaciones que realiza constantemente. No hay escapatoria a lo que
Mijaíl Bajtín llamaría la «multiacentualidad» del significado racial, no hay forma de evitar que la
cultura se deslice dentro de la semiosis indeterminada del significado; por lo tanto no hay
forma de limitar o intentar fijar la variedad de sujetos en los que se convertirán las personas
negras. 39 La forma en que las estructuras discursivas de una cultura se vuelven permeables,
reconstituibles y por lo tanto «históricas» en el mejor y único sentido de la palabra significa
que las identidades negras no pueden ser aprovechadas para una mera repetición de sus
orígenes; sin embargo, puede que esos orígenes se interpreten, ya que la multiacentualidad de
la raza como significante resbaladizo implica que no hay forma de limitar la variedad de
identidades que la experiencia negra podrá llegar a incluir. ¿Acaso la raza no es entonces, ni
más ni menos, que un significante resbaladizo? ¿Algo que aparece en el sistema racializado de
representación como el lugar de un conjunto de operaciones discursivas que solo importan
porque constituyen un régimen particular de verdad que organiza las prácticas sociales?
¿Acaso toda la horrenda experiencia de la raza en el mundo moderno se reduce a nada más, o
nada menos, que a una metáfora o metonimia de la diferencia cultural, que es solo uno entre
los muchos discursos de diferencia cultural que operan en nuestro mundo? Si es así, ¿por qué
no nos limitamos a abandonar ese hábito, como quien deja de fumar? Hay una palabra
perfecta para las diferencias culturales entre grupos, etnia, ¿por qué no nos limitamos a
disolver en ella lo que llamamos raza? Paso a esta cuestión en mi segunda ponencia, en un
esfuerzo de desestabilizar el concepto de etnia, tal y como he hecho con el de raza
Canevaro
Si existe una relacion central y constituitiva del capitalismo, esta es la relacion entre clases
sociales, y genera jerarquías de clase. Existen tambien dos mundos uno privado y otro publico,
uno de competencia mercantil y el otro de relaciones afectivas, amor filial, o de pareja, donde
el estado no puede intervenir. El libro intenta dar una investigación fina de lo que es el trbaajo
cotidiano que producen, dan solidez y continuidad a las jerarquías sociales tanto como al
espacio de lo privado, alli las líneas de lo privado y lo publico se confunden. El contrato esta
por medio de grados de intimidad y de afecto que lo desestabilizan. Las empleadas limpian y
planchan , perot ambien ocupan el cuidado de los niños y tejhen lazos emocionales. Los
patrones brindan sueldo pero tambien apoyo, socorro, atenciones, son como de la familia, y en
su mayoría son mujeres las que están alli. Tambien mucho de este trabajo tiene que ser situado
en el lugar del peronismo histórico, la creación del tribunal del trabajo domestico, 1956 hasta
la ley de trabajadoras de casas particulares del 2013, que terminan de ser una invasión en el
ámbito domestico. Tambien el autor se focaliza en visiones de genero y sus relaciones, el
servicio domestico es un trabajo generizado y racializado. Tambien se trata la cuesstion del
identitario de clase media, y asi mismo se halla que hay una construcción nosotros-otros con
las amas de casa. analizar la ambigüedad entre cercania y distancia, es curioso verlo en una
sociedad como la argentina caracterizada por querer buscar igualdad, que empieza a dar
fricciones en el nivel microsociológico, donde los ideales modernos y progresistas, expresan en
lo servil niveles de negociación y de disputas en relacion a los limites. Canevaro da un giro
afectivo a las ciencias sociales.
introduccion
Las trabajadoras tocan y toman contacto con el mundo material y emocional de sus
empleadores. La tesis es del 2011, de CABA, la pregunta central es ¿Cómo son vivenciadas
estas relaciones tanto por las trabajadoras como por sus empleadores?, propone esta pregunta
que la dimension afectiva grativa y resignifica las modalidades. Esta investigación propone un
acercamiento descentrado de una mirada progresista o bien intencionada y se ubica a
contracorriente de las visiones negativas sobre el trabajo domestico remunerado que,
procurando denunciar antes que comprender, solo ven relaciones de explotación o aun de
esclavitud. Por el contrario, con bases en una indagación etnográfica, promueve una lectura
anclada en las relaciones y experiencias concretas de los actores que nos permita comprender
desde sus propios términos la dinámica y persistencia de una practica cotidiana que combina
intercambio afectivos, relaciones contractuales y formas singulares de procesar las
desigualdades sociales. Efervescencia, entusiasmo y desencanto es dado en las personas
entrevistadas por ello, y cuando se les habla empiezan a argumentar su sentido de vida que
domina su dimension emocional y afectiva, de su ser trabajadora domestica.
Pero siempre este trabajo es invisibilizado por la cuestion de que sus principales características
son de desarrollarse en el interior de un domicilio y se encuentra, por esta razón, asociado a la
esfera privada, estas mujeres se encuentran todas en el nivel mas bajo de la población y
reciben poca remuneración y tienen bajos niveles educativos. Tambien otra transformación
importante es que los hogares en Bs As empiezan a ser mas pequeños, y no permiten a la
empleada domestica vivir con la familia a la que sirve, trabajando lunes a sábados y no
domingos, o de vez en cuando los domingos. Pero tambien, entender que en la actualidad esta
menor disponibilidad de tiempo, permite a la trabajadora tener otros empleos, tener mas
tiempo para otras cosas, y ser pagada por hora, mes, semana. En argentina el 5,6% del total de
ocupados del país son mujeres, 12% de las mujeres ocupadas y 17% asalariadas. Las mayoría
de trabajadoras domesticas son mayores de 40 con 56% y las de 25-39 años representan un
33% y en 80% no tiene el secundario terminado, 31% son inmigrantes de otras provincias, 14%
migrantes de otros países, 37% son conyuges de un trabajador principal y 39% son jefas de
hogar. Aca es interesante ver realmente lo que es la proximidad física y la distancia social.
Asi los componentes que podrían parecer incompatibles son complementarios y generan un
tipo de relacion donde la ambigüedad, la complicidad y el antagonismo se actualizan y
redefinen cotidianamente. La bibliografa sobre el servicio domestico es unánime en reconocer
la complejidad que revisten las relaciones de trabajo que se dan en un ambiente privado.
Apunta a cuestiones acerca de la definición de lo que se reconoce como trabajo, de las
relaciones de poder entre las mujeres de los lazos de depednecia, de los pagos extrasalariales.
Un argumento común de la maloria de estos estudios ubica en la poca profesionalización, y por
ende, en la ausencia de una relacion moderna y contractual entre trabajadoras domesticas y
empleadores/as, la fuente de la subordinación de las primeras. Ahora bien, siguiendo la línea
planteada por Brites, se descubre que ellas ven estas condiciones como beneficiosas para la
realización de su trabajo, y que eran claves para decidirse por ser amas de casa y no otro
trabajo. los beneficios que se dan alli son como cosas como llevar a sus hijas al trabajo,
comprar cosas con el crédito de su empleadora, recibir ayudar, contrapartidas,
compensaciones y ayudas aparecen para las trabajadoras como beneficios. Tanto las
trabajadoras como los/as empleadores/as pueden movilizar de modo alternativo, modelos
paternalistas, asi como formas salariales y contractuales. Diferentes estudios demuestran que
ambos actores aluden a la fidelidad, a la protección, a la confianza y a la pertenencia a la
familia para caracterizar la relacion, sin excluir, cuando resulte conveniente, la referencia a los
derechos laborales y sociales. Si bien este procedimiento puede ser fructifero y ha producido
valiosas contribuciones, relega una serie de procesos que son parte fundamental de la
construcción de las identidades de los grupos y de sus miembros. Estos procesos tienen que
ver con las operaciones de demarcación que los miembros de cada grupo efectúan alli donde
se verifican situaciones de contacto permanente.
Muchas investigaciones solo se refieren a momentos o procesos de estas relaciones en
términos políticos o institucionales, por lo que encontramos que se había explorado poco de
aquello procesos sociales cotidianos a través de los cuales se construye, cuestiona o reformula
la legitimidad de nuevas y viejas relaciones y situaciones de desigualdad social. entonces todo
esto hace existir personas que no deciden levantar cargas legales contra otros empleadores por
razones afectivas, o que conceden trabajar los días feriados. A veces lo emocional termina
siendo una válvula que genera ciertos reclamos, derechos y solidaridades, que al mismo
tiempo obturan otros.
Los casos son de natividad se desempeña como trabajadora en la casa de Irene. La pide que la
regularice, que la cambie de categoría en AFIP, y le pague las cargas sociales que corresponden,
pero Irene no dice nada. Ella resiste la cuestión, pero calla, en general ella entro de trabajo por
recomendación de su hermana de su madre, que trabajaba con los padres de Irene antes de ir
a Paraguay por un problema de salud. Pero ella no quiere denunciar, aunque se haya tentado a
hacerlo. En los aspectos relacionados con las salidas podemos ver elementos significativos de
la forma en que se construyo la relacion. A la manera de ua cienta de Moebius, donde se veía
en la forma de la salida el modo de inicio de la relacion. Las redes de contacto operan como el
primer acercamiento de mundos sociales distantes. A diferencia de otras latitudes, donde las
búsquedas de personal domestico están mediadas institucionalmente, por tanto, se
despersonalizan, en argentina el primer contacto entre trabajadoras domesticas y sus
empleadores se produce por intermedio de personas que uno conoce, reconoce, puede
individualizar. Tambien esta el rol nodal de los parientes y ayudantes de los migrantes, en
conseguir un trabajo, recomendando su primer empleo, mientras que para las trabajadoras
utilizar la red es movilizar ciertos recursos y atenerse al conjunto de oblgiaciones y limites de
esas mismas tramas, para los empleadores/as las redes adquieren otro sentido. El filtro moral
del trabajo para elegir a quien entra, puede ser tambien las recomendaciones de otras
personas, y este sistema se guía con la idea de que la recomendación se da hacia alguien que
es similar en criteriso de clase, estéticos y de calidad al que antes ocupaba el empleo.
Los aspectos que piden los jefes son la confianza, discreción y la probidad. Y asi el empleado
tiene dos relaciones en cuanto a la recomendación, con el jefe y el recomendador. Por ello hay
un doble criterio de confianza, porque quien otorga la recomendación tambien debe evaluar
quien es la mejor persona para ese tipo de hogar y necesidad. Las labores a realizar pueden ser
cosas como cuidar niñlos y limpieza, cuando es cuidado de niños, la sangre pesa y los
empleadores agotan las sugerencia de familiares porque reconocen que la mayor certidumbre
esta en el tipo de flujo que recomienda. Cuando es limpieza la cuestion es mas leve. Aunque
con otros objetivos y necesidades, las trabajadoras domesticas utilizan un sistema de
recomendaciones similar para buscar trabajo. el tipo de red garantiza la celeridad y la
seguridad de que se esta ingresando en un trabajo con ciertas características. El ser nacionales
o regionales, les aseguran un mejor empleo sin ser maltratadas. Cuando una trabajadora entra
a un hogar no lo hace de manera solitaria ni individual, ingresa desde un colectivo en el que
participa varias personas, y tiene carga por ellas. Entonces hay una red de relaciones
superpuestas entre trabajadores y empleadoras, que se extienden en el tiempo y espacio y que
opera como un entramado de obligaciones, compromisos y tambien de prerrogativas y
beneficios para ambas partes. Esta red esta presente de manera mas o menos consciente en
las relaciones cotidianas. El judicializar esa red permite ver que se muerde la mano del que te
dio de comer. Las mismos pliegues por los que las relaciones de natividad y Irene se
entretejieron son los mismos por los que transmiten y canalizan los conflictos.
Ester es una mujer que vivía en tucuman de pequeña y que trabaja de limpieza en la casas de
una psicóloga, abogados, un hombre solo, odontóloga, pareja y un estudio de abogados. Y
tiene que usar los productos y formas adecuadas para la limpieza misma del lugar, y cada casa
tiene una especificidad en particular para la limpeza de cosas como el baño o la mesa. Ella
tiene la confianza suficiente para poder ingresar a la casa con llaves, limpiar en soledad, tomar
unsalario diario o semanal, comunicarse por vias de notas o mensajes de texto, establecer una
ruta efectiva para ir un lado de la ciudad, y quiere trabajar tranquila sin perderse la crianza de
sus hijos. El cuidar niños y el limpiar tambien fueron sus cuestiones de trabajo antes de su
retiro, ambas no llevan el mismo salario para trabajadoras domésticas. Tambien para entender
el proceso de alejamiento de los criados del seno de la familia moderna burguesa es
importante tener en cuenta la cuestion de la higiene y en nociones de limpieza, cosa que tuvo
importancia para la creación del estado nacional, y puso a la mujer como jefa del hogar,
dedicada a las tareas de la casa.
Cecilia trabaja para Patricia, y esta le enseño modales, valores, como cocinar y muchas cosas
msa. Y sucedía que Cecilia va a vivir a lo de Patricia, luego de tener un embarazo, y alli conoce a
Alberto el hijo mayor de patricia y ambos se relacionan cercanamente. Patricia le tenia mucha
confianza a ella, y Cecilia conoce a su marido, un tapicero cordobes, que antes era alcoholico y
se recupero por ser testigo de jehova. Eso no le gusto a Patricia. Y termino todo en que Cecilia
empieze a meter alquiler en la casa de patricia, cosa que ella no le gusto. La frontera entre la
realcion y el temor de una Cecilia pobre y una patricia de clase media, cual seria. Allí los roles,
identidades y posicionamientos. Las necesidades, expectativas y posibilidades de ambas se van
combinando y crean distintos modelos de relación. Alli se ve realmente la capacidad de poder
ver que en el hogar pueden permearse las clases. Aca en argentina la clase trabajadora es mas
diferente, por que su integración socioeconómica en el peronismo, se cosntituye en un proceso
de incorporación que fue tambien simbolico con las ideas de progreso y movildiad social. de alli
que muchos autores afirmen que el encono de estos sectores sociales tenía que ver con la
aceleración de la lógica igualitaria. Asi, frente a una representacion de la sociedad argentina
organizada en torno a setores sociales con determinadas características y cualidades, parece
haber complejizado y profundizado la cuestion de la desigualdad, al tiempo que se disolvían los
espacios de reafirmación de una diferencia e invocar el orden social mas justo. Distintos
estudios de la historia social del pernosimo han destacado que el avance de la dignificación de
los trabajadores via políticas publcias habrían llevado a que los sectores medios sintieran que
sus símbolos estaban siendo atacados y sus derechos sociales adquiridos puestos en duda.
Los términos usados son: Trabajo domestico en el sentido de que es algo remunerado, y no
como la ley de 2013 les atribuye el termino de trabajadores de casas particualres, hecha la
distinción debido a que es el otro termino históricamente usado tiene carga peyorativa, y en el
trabajo se mantiene el termino trabajo doméstico, porque en la perspectiva EMIC, se permite
tomar términos usados por los trabajadores. Y la palabra singular, por que la plural de servicios
se refiere a algo que remite a la vida comunitaria o social, y al potencial para la generación de
empleo. No obstante, esta lectura no anula la posibilidad de que se vinculen actividades con la
nocion de servir o siervo. Luego tenemos que el enfoque están en las empleadas domesticas y
en empleadores/as. Es importante tambien ver que la relacion de trabajo domestico es mas a
veces protagonico el papel de la empleada y la empleadora, no hay que desdibujar la figura del
empleador, que median el conflicto, negociación o enfrentamiento entre mujeres. En el caso de
las entrevistas se ve que el rol de empleador era mas de estar distanciados y de
desentendimiento con la trabajadora. Marcela Nari dice que la invención de la mujer
domestica, produjo una reformulación del binomio familiar patriarcal padre-hijo al binomio
natural Madre-hijo, cosa que no concuenrda a veces con el cuidado de los padres a los hjiso
tambien. Sustentando en el amor y en el mito del instinto maternal, el cuidado de los niños
quedo amparado por el trabajo cotidiano y silencioso de las amdres, constituyéndose en el
imaginario colectvio en un rasgo caracteristico de la figura de la ama de casa. alli el varón es
proveedor y trae desde afuera la provision, marcando asi los protagonismos en el mundo
publico y privado. Y por medio de políticas publcias la ideología de la mujer como maternalista
se fue difundiendo fuertemente. Pero ahora desvalorizado por el autonomismo de las mujeres
y por el nuevo modelo de mujer que se desempeña como mujer y ama de casa de tiempo
completo. Ahora el porcentaje de mujeres que son conyuges y son amas de casa solo es del
20% donde antes era 53% en 1994. Según Eleonor Faur se dice que los hogares con jefas de
familia aumentan, y que aparecen mas mujeres que son las únicas perceptoras de ingresos,
crecieorn los divorcios, uniones consensuales, descendió la fecundidad y las uniones
igualitarias ósea homosexuales aparecieron. El antropologo al preguntar y proponer su anaisis
sobre la situacion misma que se desarrollaba, llevo a que se pudiese ver que las muejres que
les explicaba sobre como era la dinámica del trabajo, le trataban como un indocto o
principiante en ese tema, y ello le ayudo a observar con mas detenimiento las practicas y
comentarios mismos. El rol de los varones dentro del espacio domestico y su relacion con las
trabajadoras no tiene mucho cambio. Pero su relevancia era notada en le momento de
discusiones sobre salarios y condiciones de trabajo, negociaciones en torno a las fechas y
cantidad de días de vacaciones, aguinaldos, ausencia con aviso, compensaciones y
resarcimientos por días no trabajados. Eran jueces imparciales al poder pasar por alto o ignorar
los pormenores de las cuestiones y los roces anteriores, entendiendo el mundo femenino como
irracional caldeado y irritable.
Consideraciones finales
En las relaciones se imbrican cosas económicas y afectivas, racionales y emocionales de forma
tan heterogénea en el hogar, cosas a veces no entendibles debido a nuestra capacidad
dicotómica de pensamiento en opuestos. El espiral afectivo permite que haya espacio para
reclamos y beneficios, y concretacion de derechos, pero se le saca lacuestion de solidaridades y
proximidades, pero dificulta la consecución de contratos formales y de la búsqueda de otros
empleos de mejores condiciones laborales.
La primera parte del libro trato sobre lo que es la instancia privilegiada de condensación de las
representaciones, prejuicios y opiniones que los sectores empleadores movilizan ante la
necesidad de contratar a una trabajadora domestica. Y para contrarestar el otro diferente
social, en la casa de sectores medios, se tiene que formar una red de empleadores para poder
reducir el impacto de tal acontecimiento. Pero lo interesante es que las redes sociales tienen el
mismo ovbjetivo para las trabajadoras, quienes necesitan ingresar en un ambiente seguro,
confiable y bien pago. Y estas redes de trbaajdoras y empleadoras tienen códigos valorativos y
morales propios que aplican en la búsqueda de idóneos. Los empleadores como trabajdoras
cuando realizan un conflicto puede terminar todo en una culminación de la relacion, pero
antes revisan sus contactos en busca de una explicación o salida al menos transitoria, como si
pudiesen ayudar a la situacion. El hecho de haber elegido enfatizar en la descripción del tipo de
redes sociales que se desarrollan en el ingreso al trabajo sin retiro para las trabajadoras no saca
que no exista o desconocimiento de las situaciones con retiro. Se enfatizo en las paraguayas
por su codigo de trabajo mas esforzado y de postura disciplinada ante sus empleadoras, que en
si configura una posibilidad de configurar de un mapa simbolico de la alteridad que opera en el
proceso de reclutamiento.
La ultima parte del libro se limito a poder ver la cuestión de las finalizaciones de vínculos
laborales, signados por fuerte carga afectiva y atendiendo a la diversidad de maneras de
negociar en el marco de conflicto donde se entretejen esferas que aparecen teóricamente
como antagónicas e irreconciliables. Durante los momentos de crisis lo que aparecen son
dudas, reflexiones, desencuentros, en torno a la confusión de dominios de la vida social y
desacoples entre las esferas de la racionalidad y afectividad. Los aspectos que se ponen en
juego en los procesos de finalización de los vínculos exponen los esfuerzos que en algunos
casos pueden llevar adelante los sujetos para diferenciar una relacion de otra. Alli hay
situaciones de dificultad de atender a reclamos de parte de alguien que es considerado como
tu familia, o imposibilidades de reclamos o incredulidad sobre los reclamos de las trabajadoras
de parte de las empleadoras. El hecho de estar en el hogar aumenta el carácter personalizado
de la disputa. Las controversias presentes expresan los limites alos que llegan relaciones que
en general se manejan por los carriles individuales, de alli que busquen resolverse por las
mismas sendas en las que fueron organizadas, redes personales de contacto, personalziacion
de las discusiones, individualización de problemas, moralización de una disputa legal. Cuando
se demanda judicialmente al empleador, este se asombra de que haya logrado ser resuelto el
problema desde una perspectiva formal y racuional cosa que no se suponía que estaba
evidente en el medio de las relaciones de trabajo domestico, las respuestas del tribunal de las
demandas judiciales se revelan como narrativas morales que son utilizadas por los abogados
defensores de empleadores/as para desprestigiar el reclamo ciudadano de las trabajadoras
domesticas. Mientras que las trabajadoras reclaman el pago de sus haberes adeudados, costes
médicos,etc. pero en contra tienen acusaciones o en contra tiran acusaciones a sus
empleadores, que son de corte moral. El pensar que no se toman acciones judiciales por que
las empleadas no saben como hacerlo es una mirada etnocéntrica.
El trabajo tuvo que pasar por el medio de lka reforma laboral de la ley 26844, de trabajo
domestico, alli aparece que el mejoramiento de las condiciones de vida de una de las
categorías mas desfavorecidas, tambien en relacion con la extensión de las posibilidades de
acceso a los derechos sociales, y en términos de la instalación del tema en la escena publica, de
este modo, el estado argentino equipara los derechos y obligaciones de las trabajadoras del
hogar con el resto de los asalariados, se busco modernizar el sistema de relaciones laborales,
que busca reemplazar el decreto ley de 1956 numero 326. Para considerar estos cambios se
plantea las siguientes cuestiones:
1) La ley aunque haya dado muchos avances, no logra cubrir en su totalidad, un espacio
laboral tan especifico como este, la efectiva regularización del trabajo en casas
particulares no lleva a un mejoramiento automatico de las condiciones laborales
domesticas.
2) Luego de la ley es común entre empleadores la actitud de definir las relaciones
contractuales como las mas justas para establecer con sus trabajadoras domésticas. Se
exime a los patrones de un compromiso con las diferencias sociales, porque este retira
la desigualdad y la justicia del campo de la moral. La igualdad pasa a ser determinada
por un contrato. En esta lógica, para resolver la tensión que provoca la desigualdad
algunos empleadores cumplen debidamente con lo contractual, desentendiéndose del
problema moral. También vemos diferentes acciones de empleadores contra la
desigualdad donde le ayudan medicamente, le adelantan pagos, regalan ropa, comida,
artefactos eléctricos. Otros empleadores se comprometen a tratarla de forma como un
profesional en todo su derecho, pero no aceptando sus derechos simbólicos que
implica la relacion, a la vez que podemos vislumbrar ciertos limites en el
reconocimiento de determinados derechos que ubicarían a las trabajadoras en
igualdad de condiciones con sus patrones.
3) La preferencia antes de la ley era de mantener un vinculo afectivo con la empleadora
antes que tener una obra social o jubilación, y luego de la ley también se sigue
prefiriendo ese tipo de lazos, esta también es una forma de reasegurar acuerdos a la
medida de las necesidades y obtener beneficios de quienes contratan. El contrato ideal
seria que se le respete el estatus de derecho y que al mismo tiempo se le deba tener
reconocido beneficios, pero muchas empleadas tambien afirmar haber manifestado
sus derechos laborales, pero que trajo problemas en las relaciones cotidianas. Esto nos
lleva a la cuestion del clientelismo y ciudadanía, la modernidad y la tradición. De esta
manera, que se asuma una perspectiva lamentando la continuidad de una politica
clientelista tradicional o que se propugne por visiones mas optimistas, los grupos
subalternos aparecerán en el problema principa siempre.
Caso de Jorge Triaca y Sandrita, que se trata de una empleada de mucha confianza de este
político de cambiemos que la puso sobre una quinta de el en Boulogne, y en 2017 es nombrada
interventora de la seccional San Fernando en el sindicato de Obreros Martitimos Unidos. Pero
en 2018, se filtran audios de el maltratando verbalmente a Sandrita. Al situacion terminó con
una demanda de Sandra Heredia por 3 millones, y un concepto de indemizacion de 300k.
Luego de esto Sandra alivio la cuestion dicendo que ella tenia mucha confianza con la familia,
donde alli era la que hacia los asados, hablaba con la familia del ministro, manejarle la
agenda,etc. y sucedió que alli, los amigos de Triaca la consideraron útil para estar en el equipo
de SOMU, entonces, alli el decidio despedirla, alli ella gano confianza y como no podían subirle
mas el sueldo la metieron en un grmeio a trabajar, donde era de confianza y de utilidad por
ello.
Se argumenta que para entender los límites temporales usualmente esta blecidos para el
estudio de los afroargentinos, así como las perspectivas teóricas que han intentado explicar los
factores sociales que los afectaron, es necesario considerar la manera en que una determinada
imagen ideal de la Argentina como un país cultural y racialmente homogéneo, blanco y
europeo– se ha crista lizado en un sentido común que subyace a los presupuestos de los
estudiosos, condicionando su producción intelectual.
Para entender el estado de los estudios sobre Afroamérica y África en Argentina, es necesario
considerar dos factores contextuales que sin duda los condicionan. El primero, es la existencia
de una narrativa dominante de la nación que, al contrario de las vigentes en otros países
latinoamericanos, no glorifica el mes tizaje (Martínez-Echazábal, 1998), sino la blanquedad.
Como he sostenido en otro trabajo, las narrativas dominantes proveen una identidad nacional
esenciali zada, establecen las fronteras externas de las naciones y su composición interna y
proponen el ordenamiento correcto de sus elementos constitutivos (en términos de etnia,
religión y género) (Frigerio, 2002a). Contienen (justifican) el presente mientras que construyen
un pasado legitimador.
Esta imagen ideal de cómo es y cómo se habría desarrollado la Argentina actúa como una
estructura que condiciona fuertemente (para no decir determi na) la manera en que encaran
los estudios de la realidad local, conformando un sentido común académico que condiciona
qué tópicos son considerados intere santes o importantes de ser estudiados. Esta narrativa
dominante se caracteriza por presentar a la sociedad argenti na como blanca, europea,
moderna, racional y católica. Para ello: 1- Invisibiliza presencias y contribuciones étnicas y
raciales. 2- Cuando aparecen las sitúa en la lejanía, ya sea temporal (en el pasado) o
geográfica2. 3- Se caracteriza por una notable ceguera respecto de los procesos de mestizaje e
hibridación cultural3. 4- Enfatiza la temprana desaparición y la irrelevancia de las
contribuciones de los afroargentinos a la cultura local. Contra esta narrativa dominante de
invisibilización, es necesario remarcar la continua presencia de afrodescendientes y de la
influencia de la cultura de origen africana en la cultura argentina –no sólo como un aporte
ocurrido una vez en el pasado, y ahora apenas detectable, sino como una presencia constante
y además realimentada por nuevos afluentes que vienen desde distintos lugares del Atlántico
Negro–.
Junto con una narrativa dominante de la nación que enfatiza su blanque dad, un segundo
factor contextual condicionante de los estudios afroamericanos es la existencia de un sistema
de clasificación racial que ha operado, durante al menos gran parte del siglo XX. Principalmente
a través de dos formas: mediante la asignación de la categoría negro a una cantidad cada vez
más reducida de personas, invisibilizando determinados rasgos fenotípicos (y aún a
determinados individuos que los poseen, en las historias familiares) permitiendo de esta
manera un predominio naturalizado de la blanquedad porteña. Por otro lado, a través de la
insistencia en que la categoría “negro” (entre comillas) o “cabecita negra” asignada a buena
parte de la población de escasos recursos no involucra una dimensión racial sino meramente
socio-económica.
En otro trabajo (Frigerio, 2006) he detallado una lista de individuos cuyas actividades resultan
muy relevantes para la cultura argentina contemporánea y que podrían ser considerados
negros si el sistema de clasificación racial fuera diferente (más parecido al norteamericano).
Este listado mostraría la continua aunque siempre negada– existencia y relevancia de los
afroargentinos en la cultu ra contemporánea porteña, de no ser porque la ascendencia africana
de gran par te de estos individuos sería puesta en duda por la sociedad. Esta “ceguera cromá
tica” de los porteños –argumento en aquel trabajo– no se debe a que ser conside rado negro o
“no negro” sea irrelevante, sino que, por el contrario, la ubicación dentro de la primera
categoría es considerado peyorativo –para el caso argentino, tanto para el individuo como para
la sociedad a la que pertenece–. La categoriza ción de una persona como “no negro” se
produce a través de un trabajo constante (en el sentido de trabajo de construcción social de la
realidad) de invisibilización de los rasgos fenotípicos negros a nivel micro.
Con esta lógica de clasificación racial, los “negros” (“verdaderos”) siempre serán cada vez
menos. Esto es socialmente necesario porque:
Los estudios afroamericanos y africanos en Argentina pueden ser agrupa dos según su temática
específica –y la disciplina en la que mayoritariamente se originan– en:
a) Estudios históricos sobre los esclavos y los negros libres (principalmente focalizados en los
siglos XVII-XIX).
b) Estudios sobre la cultura y la situación actual de los afroargentinos y de los migrantes afro-
americanos contemporáneos.
c) Estudios sobre sociedades y estados africanos y sus relaciones con Argenti na.
Del primer tipo de estudios se ocupan mayormente los historiadores, de los segundos se
interesaron recientemente los antropólogos, y de los terceros quienes se dedican al estudio de
las relaciones internacionales. En este trabajo me referiré solo a los dos primeros grupos,
señalando cómo la producción académica fue afectada tanto por variables contextuales como
endógenas (relativas a las perspectivas teóricas de los investigadores) y señalando cómo el
retorno a la visibilidad de un grupo de afroargentinos (y de migrantes negros de otros países)
dinamizó el campo de estudios afroargentinos y afroamericanos.
El volumen mayor de los trabajos sobre afroargentinos está realizado por historiadores, y
dedicado a los esclavos o a los negros libres de los siglos XVII, XVIII y XIX –probablemente como
reflejo de la narrativa dominante de la na ción argentina que ve a los afroargentinos como cosa
del pasado–. La influencia de esta narrativa se puede apreciar no sólo en el hecho de que para
el estudio de los afroargentinos haya que remontarse al pasado, sino también a uno no inme
diato. No debe sorprender, por lo tanto, que la mayor parte de los trabajos de los historiadores
(aún los mejores) se dediquen a los negros esclavos, y se focalicen principalmente en la
primera mitad del siglo XIX, siendo escasos los trabajos dedicados a los afroargentinos en la
segunda mitad del siglo y más aún los que hablen de ellos durante el siglo XX
Los estudios históricos sobre afroargentinos pueden ser subdivididos en clásicos (producidos
durante la década de 1960 y 1970 mayoritariamente) y con temporáneos, publicados desde
1980 hasta la fecha.
Los estudios clásicos son particularmente importantes por los siguientes motivos:- Son los
primeros trabajos escritos por académicos, con pretensión de cien tificidad, y constituyen, por
lo tanto, una serie de obras de transición entre los trabajos meramente ensayísticos y
pintoresquistas de los pioneros Rossi (1926), Kordon (1938) y Lanuza (1942, 1967) y los
estudios históricos contemporáneos.
- Tienen una perspectiva teórica que les impide o dificulta seriamente el análisis de procesos
de mestizaje y de sincretismo o hibridación cultural.
Varios de estos trabajos clásicos de los estudios afroargentinos fueron pu blicados durante la
década de 1960 y 1970, cuando, según artículos aparecidos en la revista Panorama (“Porteños
de color”, junio de 1967) y en la revista domi nical del diario Clarín (“Buenos Aires de ébano”,
5/12/1971), todavía había una comunidad negra argentina que realizaba bailes
periódicamente, tocando tambo res y bailando músicas propias. Los autores de los estudios
clásicos, aún intentan do reivindicar la herencia cultural afroargentina, escriben desde una
perspectiva excesivamente culturalista (demasiado preocupada con las “purezas” originales de
las pautas culturales) y por lo tanto niegan relevancia a la comunidad negra de su época. Así,
ignoraron o despreciaron las fiestas del Shimmy Club y no considera ron al candombe vigente
entonces como auténtico. Como demuestro en otro trabajo (Frigerio, 1993), congelaron el
apogeo del candombe argentino en la dé cada de 1850 –en los bailes realizados por las
naciones africanas de la ciudad– y descalificaron cualquier manifestación subsiguiente como
supervivencias dege neradas de una forma más pura.
Así, Ortiz Oderigo en “Calunga, Croquis del Candombe”, el único libro escrito por un argentino
totalmente dedicado a esta música, señala: la vivencia del candombe, como música, como
danza y como ceremonia folklóri cas, se mantuvo hasta la caída de Rosas. Mermó su intensidad
al disminuir el elemento afro-argentino y cuando el alud inmigratorio «blanqueó» la
heterogénea textura etnográfica de nuestro país [...] A fines del siglo pasado (S. XIX), sólo
afloraba durante las fiestas del carnaval [...] Podemos fijar el decenio de 1870 como la época en
que comienza [...] su inevitable decadencia (Ortiz Oderigo, 1969: 77).
Debido a su preocupación por las formas más puras que habrían existido en el pasado son
prácticamente inexistentes, en sus estudios de cultura afroargen tina, las voces de negros que
eran sus contemporáneos. En la pequeña y casi única referencia a sus informantes
afroargentinos (al pie de la bibliografía consultada), Oderigo menciona los nombres y las
edades a las que fallecieron (1974: 193). El hecho de que casi todos ellos superaron los noventa
años, muestra la afanosa búsqueda del autor por reconstruir el pasado trabajando con
individuos ancia nos. De todas maneras, en sus textos (quizás por la manera literaria y algo
ensa yística de estructurar los textos académicos en la Argentina de esa época) no se vuelcan
las opiniones de sus informantes y como señalo en otro trabajo (Frigerio, 1993) para sus
descripciones del candombe confió mas en las fuentes secundarias que en los negros
argentinos que conoció.
En sus trabajos, Ortiz Oderigo no sólo menosprecia e ignora la produc ción cultural de los
afroargentinos de su época, considerando su candombe como un género menor, una
degeneración del “verdadero” candombe nacional, el prac ticado por las naciones africanas de
la mitad del siglo XIX, sino que también utiliza al candombe uruguayo como un ejemplo de lo
que nuestro “verdadero” candombe debe de haber sido. Este reemplazo, de una forma por
otra, se puede apreciar no sólo en su obra sino también en la de otros autores cuando:
- Se presentan descripciones del candombe uruguayo (sin mencionar su ori gen) para ilustrar
cómo el candombe argentino era o pudo haber sido (como muestro en Frigerio, 1993).
- Ante la escasez de documentos pictóricos locales, se utilizan fotos o dibu jos de las comparsas
uruguayas para ilustrar artículos o libros sobre la cul tura negra local (Gesualdo, 1982; Ortiz
Oderigo, 1969; Carámbula, 1995 o la tapa de la Revista de Historia Bonaerense, 1998: número
16, dedicado a “Negros”).
La oclusión de las diferencias nacionales en estos géneros se logra creando un área cultural, el
“área del Río de la Plata” y se señala que el candombe (claro que en su versión uruguaya) era la
música negra a ambos lados del río, pasando por encima las diferencias locales que, según los
afroargentinos contemporáneos, existían (Frigerio, 1993). El candombe argentino
contemporáneo también fue despreciado por la racialización que se realizó del mismo. Parece
generalizada entre los estudiosos la noción de que si los ejecutantes del género eran mulatos
claros o muy “blanquea dos”, el género también era “impuro”. Desde esta perspectiva, la
pureza racial acompañaría a la pureza del género cultural.
Desde una perspectiva quizás más marxista, Rodríguez Molas también ig nora la existencia y
relevancia de una comunidad y una cultura afroargentina durante el siglo XX. En uno de sus
primeros trabajos señala que: En el Río de la Plata y en especial en Buenos Aires […] no existen
en la actualidad descendientes de los esclavos, habiéndose este elemento humana diluido
entre la población blanca (Rodríguez Molas, 1957: 3). Las dos principales causas de la
desaparición del negro en Buenos Aires fueron las guerras de la independencia y, luego, años
más tarde, la inmigración. […] El ne gro no pudo –por varias razones fundamentales– enfrentar
el aluvión inmigrato rio de la segunda mitad del siglo pasado. Este lo reemplaza en sus oficios
tradicio nales y se mezcla, en algunos casos, con la mujer morena (Rodríguez Molas, 1962:
149).
Su perspectiva es aún más radical que la de Ortiz Oderigo, ya que no sólo descalifica a la cultura
afroargentina más reciente, sino que parece ver en toda la cultura afroamericana, nada más
que sincretismos impuestos como una forma de dominación de los negros por parte de los
blancos. Al referirse a las danzas y músicas afroamericanas, asegura: Debemos advertir que
estos estilos poco tienen en común con los étnicos africa nos. Nos encontramos, sin duda, con
el reagrupamiento y reorganización de las costumbres impuestas por el orden político e
ideológico local […] De ninguna manera las “culturas” afroamericanas de los siglos XVIII y XIX
están vivas en el continente y continúan radiando su influencia e imponiéndose a la de los
blancos dominadores. Existieron en algún momento esas “culturas”?. ¿Es posible denominar
“culturas de la negritud” a retazos de los estilos de vida o a sincre tismo impuestos? Debemos
insistir en el hecho de que al analizar estos “estilos de vida” hay que tener en cuenta factores
históricos […] En caso contrario podemos caer en el error de definirlos como manifestaciones
de la “cultura afroamericana”
En la década de 1980 aparecen los primeros trabajos que, por la riqueza de los datos que
aportan, por su carácter menos ensayístico y por la utilización de perspectivas de análisis
claramente derivadas de la historia deben ser considera dos iniciadores de los estudios
contemporáneos sobre los afroargentinos. El prime ro de ellos es un artículo de Marta
Goldberg que aparece en 1976, denominado “La Población Negra y Mulata de la Ciudad de
Buenos Aires: 1810-1840”. Este trabajo brinda una cantidad de información demográfica
notable sobre la situa ción de los afroporteños de la primera mitad del siglo XIX y se convierte
en la referencia inevitable sobre el periodo.
Otra referencia para el estudio de la esclavi tud es el libro de Elena Studer (1984) La Trata de
Negros en el Río de la Plata Durante el Siglo XVIII. El libro Los Afro-Argentinos de Buenos Aires
(1800-1900) del historiador norteamericano George Reid Andrews (publicado en inglés en
1980 y en castellano en 1989). La mayor contribución del trabajo de Reid Andrews es la de
redimensio nar la presencia negra en la Buenos Aires de la segunda mitad del siglo XIX. Gran
parte de los estudios anteriores a su trabajo leen literalmente los datos censales que muestran
que la participación de la población negra en la población total de la ciudad de Buenos Aires
fue decreciendo, desde constituir un 30% en 1810, a un 26% en 1838, a un 2% en 1887 (Reid
Andrews, 1980: 66). En su trabajo, el historiador norteamericano sostiene –con buen criterio–
que es necesario exami nar con cuidado lo que estas cifras pueden estar indicando. Por un
lado, la pobla ción negra en términos absolutos crece bastante entre 1810 y 1838 (de 9.615 a
14.928 individuos), y luego en 1887 su número disminuye (8.005 individuos) casi a niveles de
1810.
Esta disminución, si bien relevante en números absolutos, resulta más impactante en términos
relativos (el pasaje de 26 a 2% del porcentaje de la población) debido a que la población total
de la ciudad pasó de 32.000 a 434.000 en setenta años. Para explicar la real disminución en la
población, el autor propone que: a) los negros estuvieron sub-representados en el censo de
1887 –dado que vivían en los sectores más pobres de la ciudad– (1980: 80) y b) más
importante aún, sugiere que la verdadera razón es que en el censo de ese año, las categorías
raciales pasaron de ser tres a dos (blanco-negro), y que por lo tanto todos los mulatos que
socialmente eran considerados trigueños –una categoría que indicaba color de piel algo oscuro
pero no necesariamente origen africano pasaron a ser contados como blancos en el censo
(1980: 84). Además de reinter pretar los datos censales, Reid Andrews examina los numerosos
(aunque efímeros) periódicos que editaba la comunidad negra y señala que no delataban pre
ocupación por su supuesta disminución demográfica –aunque sí se alarmaban por las malas
condiciones socio-económicas en que la mayor parte de sus miem bros vivía–.
Mi propia investigación sobre estos periódicos que aún se pueden consul tar en la Biblioteca
Nacional muestra una comunidad que no sólo continuaba existiendo en las décadas de 1870 y
1880 sino que también se caracterizaba por una activa vida social (ver, asimismo, los recientes
trabajos de Geler basados en las mismas fuentes). Las pistas que señalan la riqueza de la vida
social negra de la época, y la supervivencia de pautas culturales propias incluyen: a) los varios
pe riódicos editados por y para miembros de la comunidad negra; b) las reseñas en estos
periódicos de las numerosas reuniones semanales (tertulias) que los miem bros de la
comunidad realizaban en sus casas ; c) las agrupaciones de carnaval que efectuaban prácticas
semanales; d) la existencia de salas de baile pertenecientes a negros que organizaban fiestas
para su comunidad; e) la supervivencia del can dombe, la música afroargentina y f) la
supervivencia de prácticas religiosas afroar gentinas (Ingenieros, 1920: 38).
Aunque tem poralmente circunscriptos –la mayoría se concentran en la primera mitad del siglo
XIX– se caracterizan por la utilización de una metodología más sofisticada y sobre todo por
tener una amplitud temática mayor, abarcando temas como la religión (Rosal, 1984, 2001); la
sociabilidad, la organización interna y las relacio nes de clientelismo que se establecen en las
naciones africanas. Aún valorando los aportes que estos trabajos han realizado a nuestro cono
cimiento acerca de la historia de los afroargentinos, es necesario remarcar algunas falencias
que aún persisten. Principalmente, el desconocimiento que se mantiene acerca de la situación
y la cultura de este grupo durante el siglo XX. Como he sugerido, esto probablemente se debe a
una equiparación excesiva entre pureza racial y pureza cultural –lo que lleva a ignorar la cultura
y la aún la existencia de afroargentinos promediado el siglo XX porque se considera que están
racialmen te mezclados y por ende ya no serían suficientemente “afro” o “negros”
Aún en el excelente trabajo de Reid Andrews (1980), que replantea y rei vindica la presencia de
los afroargentinos durante el siglo XIX, se puede apreciar una perspectiva similar. En una breve
y poco entusiasta descripción de su visita a un baile del Shimmy Club en 1976, señala: […] el
Shimmy Club, un grupo que no tiene otras actividades que la realización periódica de bailes.
Los que asistimos en 1976 […] reunieron trescientas o cuatro cientas personas. Muchas de ellas
eran blancas, ya fueran hijos blanqueados de ma trimonios mixtos o, quizás, vecinos del área
[…] Dos bandas se turnaban en la pista de baile, una era una orquesta de tango tradicional, la
otra una banda brasi lera o tropical. En el sótano tres jóvenes tocaban el candombe con congas
(tambo res) y otros instrumentos de percusión: dos de ellos eran blancos (Reid Andrews, 1980:
217-8; traducción y énfasis propio).
Esta descripción contrasta con las entusiastas descripciones que hemos re cabado sobre los
bailes en el Shimmy Club, y sobre la vitalidad del baile (tanto del “candombe argentino” como
de la “rumba abierta”) realizado al ritmo de tambores en el sótano de la Casa Suiza Al describir
la desaparición pública del candombe durante la segunda mi tad del siglo XIX (Reid Andrews,
1980: 164-165), el autor supone que éste ha dejado de existir en forma total, sin considerar la
hipótesis –que ahora considera mos más correcta– de que hubiera podido seguir ejecutándose
en ámbitos priva dos, en fiestas familiares.
La poca capacidad para examinar los procesos de mestizaje y de hibridación cultural está
influenciada sin duda por los paradigmas teóricos vigentes en la década de 1980 cuando Reid
Andrews escribió su trabajo. Para el caso de los autores argentinos, habría que agregar
también los efectos de la narrativa dominante de la nación argentina que, como afirmé,
desenfatiza los procesos de mestizaje y enfatiza la pureza racial local. Esta deficiencia comienza
a ser superada sólo recientemente por los trabajos de Florencia Guzmán. Esta autora analiza el
caso de la provincia de Catamarca (2002) y de otras provincias de la región (1993, 1997, 1999)
para luego realizar una reflexión más amplia, comparativa, entre el Noroeste argentino y la
ciudad de Buenos Aires, intentando “iluminar el proceso de mestizaje y su contribución en la
configuración de identidades colectivas” (2006).
Una muestra de la confusión terminológica y teórica que, sin embargo, todavía caracteriza a
buena parte de los historiadores no especializados en el tema es el segundo volumen temático
que la revista Todo es Historia dedica a los afroargentinos en abril de 2003.
El grado casi total de invisibilidad alcanzado por los afroargentinos duran te el siglo XX, y
especialmente, durante su segunda mitad, comenzó a resquebra jarse en alguna medida antes
de comienzos del corriente siglo, con la formación de una agrupación de militantes negros que
adquirió visibilidad en distintos ámbitos. En 1996 dos activistas negros residentes en Canadá,
consultores del Banco de Desarrollo Interamericano visitaron Buenos Aires con la intención de
contactar grupos negros locales, e integrarlos a un programa de ayuda económica para gru pos
negros, el Programa de Alivio a la Pobreza en Comunidades Minoritarias de América Latina.
Convidaron a dos afroargentinas para exponer en un encuentro en Washington. Una de ellas
fue María Magdalena Lamadrid, descendiente de los negros esclavos argentinos, con cinco
generaciones de ancestros en el país. La otra, Miriam Gómes, perteneciente a la primera
generación de afroargentinos nacidos en la comunidad de inmigrantes caboverdeanos que
llegó a Buenos Aires en la primera mitad del siglo XX. Entusiasmada por el movimiento
internacional en torno de la negritud que encontró en su visita a Washington y por las prome
sas de ayuda financiera, María Lamadrid funda en julio de 1997 la agrupación “África Vive”.
Esta ONG tenía la intención de romper con la invisibilidad del negro en Argentina, ayudar en la
promoción social de sus congéneres, y, de mane ra más general, reivindicar el rol del negro en
la historia y la sociedad argentina.
Para lograr estos objetivos, en los primeros tiempos contó, principalmen te, con dos fuentes de
apoyo. Uno interno, compuesto principalmente por su familia extensa, algunos afroargentinos
de familias conocidas dentro de la comu nidad, y por Miriam, quien, por ser profesora
universitaria, resultó de gran utili dad a la hora de hacer proyectos o entrevistarse con
funcionarios. La fuente de apoyo externo con la que contaron fue la red de organizaciones
negras AfroAme rica XXI.
Las actividades de África Vive se realizaron sobre distintos terrenos a la vez: social, cultural,
político –determinados principalmente por los apoyos socia les externos que fue
consiguiendo–. Durante los dos primeros años de existencia, el principal trabajo fue robustecer
el apoyo externo, participando en reuniones internacionales organizadas por AfroAmerica XXI.
Al mismo tiempo, Pocha in tentó ampliar su base de apoyo local, reuniéndose con miembros
de su familia y otros integrantes de familias notables de la comunidad afroargentina,
intentando convencerlos para que se unieran a la organización. Su trabajo empezó a atraer algo
de atención en Buenos Aires en 1999, luego de su participación en un Seminario sobre “Los
Pueblos Originarios, Afro Argentinos y Nuevos Inmigrantes”. La inclusión de los afroargentinos
entre otras minorías con mucha mayor visibilidad social (“pueblos originarios”, “nuevos
migrantes”) concitó el interés de algunos políticos locales y le permitió el acceso a las oficinas
de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires, cuya defensora adjunta se
transformó, durante un tiempo, en su principal aliada. A través del seminario ganó también
cierta visibilidad en los medios, especialmente en el diario Clarín, probablemente el de mayor
circulación en el país, que le realizó tres importantes notas en los próximos años –incluida una
de tapa–. Su aparición en los medios fue particularmente relevante porque otorgó algo de visi
bilidad a los afroargentinos, quienes habían desaparecido de diarios y revistas desde 1971.
El año 2000 fue particularmente fructífero para África Vive. Con el apoyo económico de la
Defensoría lograron organizar un baile en la Casa Suiza, donde se realizaban las famosas
reuniones del Shimmy Club que congregaron a los afroar gentinos hasta la década de 1970.
Aunque con foco en los parientes de la familia extensa de la presidenta de África Vive, el baile
reunió a otros miembros de las familias conocidas de la comunidad negra.
El mismo año trajo, también, una frustración. Los líderes de África Vive se vieron enfrentados
con otros activistas negros por la obtención de una Casa del Negro, gestionada ante
organismos de la Ciudad de Buenos Aires. Ellos querían que esta casa fuera sólo para
afroargentinos, mientras que otros activistas cultura les (uruguayos, africanos, incluso algunos
afroargentinos) proponían que fuera para todos los negros de la ciudad. La imposibilidad de
lograr un consenso hizo que la gestión de la casa fracasara (cfr. López, 2005). Durante el 2001
realizaron otro baile para nuclear a la comunidad negra, al que nuevamente asistió una
cantidad apreciable de miembros de la comunidad negra. Lograron incorporar al movimiento
de la organización a algunos jóvenes afroargentinos a través de la realización de un encuentro
juvenil. Dos de ellos viajaron a la Conferencia Mundial contra el Racismo en Durban, donde
presentaron los resultados del censo realizado con ayuda de la Defensoría.
Aunque el poder de convocatoria de afroargentinos de África Vive no llegó a ser muy masivo –
tuvo más éxito en términos cuantitativos convocando a bailes que a sumarse a sus proyectos
sociales– la labor realizada por la agrupación tuvo consecuencias sumamente importantes.
Principalmente porque logró llamar la atención de funcionarios y de los medios hacia la
existencia de afroargentinos en el país –cuestionando la aseveración de sentido común de que
“ya no quedan negros en Argentina”
y luego de una prueba piloto para la posible inclusión de una pregunta sobre afrodescendencia
en el censo de 2010. Además, la organización actuó como catalizadora de la aparición de otras
agrupaciones de afroargentinos –varias de ellas creadas posteriormente por mujeres que
rompieron con el grupo–. Aunque la mayoría de ellas son compuestas por pocos individuos, su
presencia como “agrupaciones de afrodescendientes” resulta simbólicamente importante12.
La activa labor de Pocha y Miriam también concitó el interés de varios académicos
(principalmente antropólogos) posibilitando un pequeño revival de los estudios sobre
afroargentinos.
Esta importante labor de activistas afroargentinos se vio afectada y enmar cada por otros
procesos sociales que, desde fines de la década de 1980, y con más intensidad durante la
siguiente, también contribuyeron a un aumento de la visi bilidad de individuos y
manifestaciones de la cultura afroamericana en la ciudad de Buenos Aires. Entre ellos debemos
señalar:
En una de las primeras reseñas sobre el estado de los estudios africanos en Argentina, Anglarill
(1983) afirmaba que éstos “no han alcanzado el nivel de desarrollo de otros países, y la razón
evidente es la falta de estímulo que supone la virtual desaparición de los descendientes de
esclavos”. Si esto es cierto, no debería sorprender que durante la segunda mitad de la década
de 1990 y especialmente la primera mitad de la del 2000, la renovada visibilidad de
agrupaciones de afroargentinos y de afroamericanos diera impulso a una nueva serie de
trabajos –principalmente de cuño antropológico– sobre el tema.
La intensa actividad de militancia social y cultural llevada a cabo por los migrantes y sus cada
vez más numerosos seguidores locales llamó la atención de los antropólogos porteños, quienes
poco se habían dedicado al tema –con algu nas excepciones: un trabajo histórico sobre el
candombe de Ratier (1977) y de Kussrow (1980) sobre la festividad de San Baltazar, el estudio
de Frigerio (1993) sobre la supervivencia del candombe argentino en las fiestas del Shimmy
Club, los trabajos de Cirio. La nueva presencia negra en la ciudad esti muló la producción de
ponencias en congresos y de tesis de maestría no sólo sobre cada una de sus modalidades, sino
sobre las interacciones, sinergias y con flictos que se dan entre ellas. Así, Frigerio (2000)
examina las conflictivas relacio nes que establecen militantes afroargentinos, activistas
culturales afrouruguayos y practicantes blancos de religiones afrobrasileñas; Otero Correa
(2000) realiza una tesis de maestría comparando las construcciones identitarias de los afroar
gentinos (principalmente los nucleados en Africa Vive) y de los caboverdeanos; Laura López
escribe dos artículos (1999, 2003) y una tesis de licenciatura (2002) sobre el candombe
afroruruguayo en Buenos Aires.
CONCLUSIONES
En este trabajo he intentado demostrar que para entender la forma que han tomado los
estudios sobre afroargentinos de los últimos cincuenta años, es necesario considerarlos dentro
de campos mayores de análisis (y de relaciones) que el meramente bibliográfico. Como
variables contextuales condicionantes, es necesario tomar en cuenta la narrativa dominante de
la nación que enfatiza su blanquedad, y el sistema de clasificacíón racial que desde al menos
una centuria opera en dirección a una progresiva invisibilidad de los rasgos fenotípicos negros
en la población. Estos determinantes macro, junto con perspectivas teóricas exce sivamente
puristas culturalmente, que menospreciaban la supérstite producción cultural de los
afroargentinos de la segunda mitad del siglo XX –ya fuera por no tener suficientes
características “afro” y/o por ser producidas por individuos no suficientemente “negros”
fenotípicamente– llevaron a la construcción académica de una comunidad y una cultura
afroargentinas necesariamente localizada en el pasado. La dificultad de los académicos locales
para lidiar con el mestizaje bioló gico y con procesos de sincretismo o hibridación cultural va
más allá del predo minio de diferentes modas teóricas ya que se puede percibir como una
limitación constante de todos los estudios, ya sean clásicos o contemporáneos, que sólo
empieza a ser considerada recientemente. El creciente auge de los estudios históricos,
antropológicos y culturales sobre los afroargentinos debe ser entendido no sólo como
consecuencia de re planteos de modelos teóricos vigentes hasta hace poco en la historia o en
la antro pología, sino principalmente dentro del surgimiento reciente de narrativas mul
ticulturales de la ciudad de Buenos Aires; de agrupaciones de militantes afroar gentinos; de
grupos de migrantes afroamericanos devenidos en activistas cultura les y de la inserción de
ambos tipos de agrupaciones dentro de redes transnacio nales de movimientos negros.
Viotii
En Argentina el estudio de las clases medias constituyó una preocupación clásica de las ciencias
sociales sensibles a los procesos de modernización. Este hecho movilizó tanto miradas
virtuosas como apocalípticas sobre una población urbana con estilos de vida que fueron
entendidos habitualmente como “modernos” o “civilizados”, así como étnica y numéricamente
distintivos con el resto de los países de la región. Ese atributo “moderno” dejó muchas veces el
aspecto religioso de lado, considerado un resabio de un mundo tradicional destinado a
desaparecer. Actualmente, ese desencuentro se vio fuertemente cuestionado por el auge de
heterogéneas prácticas religiosas asociadas con la llamada Nueva Era y con el proceso de
reavivamiento del catolicismo. Estos movimientos resultan diversos, pero sin embargo poseen
creciente visibilidad como un nuevo ethos religioso concentrado en el confort personal y en
una concepción “holista” del “cambio de vida” que muestra una importante transformación en
la vida religiosa de los sectores medios urbanos.
En este trabajo me propongo hacer una lectura crítica de una producción reciente, explicita e
implícita, sobre la nueva religiosidad en los sectores medios de Argentina y plantear un camino
posible de diálogo y articulación de la literatura sobre religiosidad y clase media. A modo de
advertencia señalo que la dificultad de adscribir un tipo de práctica religiosa a los sectores
medios resulta complicada desde el principio. Sin embargo, voy a concentrarme
exclusivamente en lo que considero dos ámbitos que se revelaron particularmente
significativos en la literatura general sobre el tema. Por eso el foco de atención está puesto en
las expresiones del catolicismo, del que el movimiento de la renovación carismática resulta
sintomático, y las prácticas alternativas o Nueva Era. Estos no solo poseen una raíz común en la
contracultura norteamericana de la década de 1960, sino que han surgido y se han expandido
fundamentalmente entre sectores medios urbanos en todo occidente con una propuesta
monista, de fuerte critica a las jerarquías entre sagrado/secular y alma/cuerpo, un énfasis en la
relación inmanente con lo sagrado, la cura, el confort, así como en una ética de la igualdad y la
flexibilidad.
La primera corriente de estudios producidos en Argentina sobre esa novedad religiosa tuvo un
sesgo sociológico bajo la categoría de Nuevos Movimientos Religiosos en el contexto de un
importante debate local relacionado con la apertura democrática y el nuevo clima de
“pluralismo religioso” que se abrían en la década de 1980 (Frigerio, 1993). Un artículo pionero
de Floreal Forni daba un cuadro general sobre esta “novedad”, llamando la atención sobre
diferentes grados de institucionalidad en las prácticas religiosas renovadas como el
pentecostalismo y la Nueva Era (Forni, 1993). Sin embargo, la novedad del fenómeno no
produjo inicialmente análisis sobre el papel específico de la religiosidad en las nuevas formas
de distinción social, aunque se reconocía en el pentecostalismo una presencia diferencial en los
sectores populares y una centralidad del carismatismo católico y la Nueva Era entre los
sectores medios. (2) Los trabajos producidos durante las últimas dos décadas ampliaron
considerablemente los análisis sobre la religiosidad desde prismas de clase tanto en los
sectores populares como en los sectores medios urbanos, incluso cuando esa condición no
fuese explícitamente explorada en lo que respecta a los vínculos entre religiosidad,
jerarquización social e identidades de clase. En general los estudios que privilegiaron análisis
sobre las “novedades religiosas” entre los sectores medios se concentraron, o bien en
componentes ideológicos, la sociabilidad y la organización social de la religiosidad o bien en
perspectivas que tenían como objeto la centralidad de una “experiencia intersubjetiva”, las
“vivencias” o las “prácticas” religiosas. (3)
Por otro lado encontramos algunos estudios que se han dedicado a estudiar grupos de la
llamada Nueva Era asociados al “equilibrio” y la “vida sana” que, sin identificarse
exclusivamente con ese término, se han expandido en el contexto de la contracultura desde la
década de 1970. Enrolados en una serie de estudios dedicados al estudio de los “nuevos
movimientos religiosos”, una serie de trabajos comenzaron a describir experiencias variadas
con adherentes reconocidos como “de clase media”. Roberto Aruj (1994) realizo un análisis de
un centro Hare Krishna en Buenos Aires señalando algunos elementos centrales de la
iniciación, sus prácticas cotidianas y las relaciones con otros espacios de la vida barrial así como
el contexto más amplio de la sociedad argentina. Centrándose en la noción de “movimiento
Nueva Era”, María del Rosario Contepomi (2000) llamó la atención sobre la re-figuración de un
fenómeno transnacional en el contexto simbólico local de la provincia de Misiones. Allí,
Contepomi muestra como el valor “naturalista” y “ecológico” se convierten en un lenguaje que
la Nueva Era articula, haciendo de un fenómeno transnacional un proceso que moviliza rasgos
regionales en la producción de sentidos. En un trabajo pionero, María Julia Carozzi reflexionó
en profundidad sobre el “movimiento de la Nueva Era y las terapias alternativas” en lo que
entiende como una “red sumergida” (Carozzi, 2000), su génesis histórica (Carozzi, 1999) y lo
que considera un proceso de “reducción de la legitimidad de las relaciones personales
duraderas” en la cultura de la clase media porteña (Carozzi, 2002). De esa forma, el
individualismo y la autonomía constituyen características que definen la religiosidad en ese
horizonte cultural.
Esos trabajos pioneros sobre estructura social, si bien favorecieron datos morfológicos sobre su
composición, se encontraban interesados por una mirada integrada entre “estructura social” y
“cultura”, incluso cuando la religiosidad fuera un tema ausente. (4) Durante la década de 1990,
los estudios sobre la clase media cobraron un renovado ímpetu en el contexto de profundas
transformaciones en la estructura social y frente a una “producción simbólica” cada vez más
diferenciada que mostraba una fuerte heterogeneidad en la sociedad argentina, perceptible
por ejemplo en una nueva cultura popular que encontraba nuevos estilos musicales, nuevas
formas políticas y que, en términos religiosos, veía crecer el pentecostalismo y nuevas formas
de santificación popular católica. Por su parte, la cultura de los sectores letrados urbanos se
trasformaba de manera significativa de la mano de nuevos estilos de vida centrados en el
confort que reverberaban en nuevos estilos musicales, gastronómicos, nuevas formas de
ocupación del espacio urbano y en el auge de las llamadas “terapias alternativas” y nuevas
ofertas espirituales a tono con ese proceso de cambio cultural. Desde los enfoques que tenían
a la clase media como objeto central de análisis, la religiosidad es un tema que reaparecía
eventualmente en relación a las transformaciones culturales más amplias de los sectores
medios.
Aunando lo que algunos analistas consideraban aspectos “simbólicos” y socio estructurales,
ciertos estudios se dedicaron a analizar grupos de clase media: sus formas de sociabilidad y
sistemas de valores. Tales trabajos apuntaron a mostrar procesos de movilidad social durante la
década, reconociendo dos procesos simultáneos, el de una parcela de los sectores medios
“emergentes” y otra “en descenso”. Los sectores medios “en descenso” se caracterizaban por
una serie de prácticas que respondían a estrategias de mantenimiento de niveles de vida y
sistemas de honor a partir de viejos y nuevos recursos. Entre los primeros podemos mencionar
las redes informales de intercambio vinculadas a la familia o las amistades (Kessler, 1998).
Entre los segundos la emergencia de sistemas más formalizados de intercambio de bienes y
servicios conocidos como “clubs de trueque”, una práctica que cobró un verdadero
protagonismo y una significativa visibilidad en los primeros años del milenio (Gonzalez Bombal,
2002).(5)
Alusiones a lo que podemos considerar como una nueva “vida religiosa de los sectores medios”
aparecen en referencias a las terapias alternativas (Reiki, el yoga o la astrología) como una
práctica “subjetivista” pero que al mismo tiempo producía autoconfianza y un espíritu
emprendedor asociado al “hágalo usted mismo” (González Bombal, 2002:113). Esta
configuración era vinculada a valores que sustentaban argumentos de una “vida alternativa”, la
“solidaridad” o un “nuevo tipo de vínculo entre personas”. Un enfoque paralelo puede leerse
en el trabajo de Mabel Prelorán, quien realizó durante la década de 1990 una etnografía en un
barrio de la periferia de Buenos Aires con personas que se reconocen como “de clase media”.
En su trabajo señala que surgieron en muchas familias formas de distribución doméstica
distintas a las existentes hasta el momento (salida de mujeres al mundo laboral y
fortalecimiento de los roles de contención emocional) y que en el barrio se fortalecieron redes
sociales como los “clubes de trueque” que estimulaban las relaciones de confianza y
solidaridad a la par de la consolidación de “redes espirituales” de contención que habían
surgido paulatinamente en las últimas décadas (Prelorán, 1995).
Así, ese estudio muestra como un sector en “descenso” participaba activamente en nuevas
formas de religiosidad: los grupos de oración carismáticos por ejemplo eran un recurso
significativo, así como el hábito de acudir con más frecuencia a las homilías, por otro lado
señala también que otras personas se decantaban por las nuevas prácticas alternativas como la
meditación o las prácticas orientales (Prelorán, 1994, 1995). Este análisis, que tiene la ventaja
de ver en la proliferación de esos recursos una productividad accionada por un contexto de
crisis y no una consecuencia automática de ella, puede leerse en paralelo a los trabajos sobre
la parcela más golpeada de los sectores medios entendidos como un grupo objetivamente
dado. Pero asimismo, constituye una alternativa que parte de un emplazamiento territorial y
de las experiencias religiosas de las personas entendidas en sus propios términos,
incorporando asimismo los procesos de identificación con la “clase media” en el nivel
etnográfico.
Por su parte, las miradas sobre los sectores medios “emergentes” se caracterizaban por una
nueva forma de delimitación territorial, visible por ejemplo en el crecimiento de condominios y
barrios cerrados que emulaban la “vida campestre”, la “naturaleza”, la “calidad de vida”, la
“igualdad”, la “libertad”, el “equilibrio” y la “autonomía” en un análisis sobre los “nuevos estilos
de vida” en los barrios cerrados (Svampa, 2001). Al igual que en la parcela “en descenso” se
reconocían allí elementos vinculados indirectamente con las prácticas de cuidado de sí, a veces
asociadas con las prácticas alternativas. Sin embargo, esa nueva configuración de valores que
las prácticas alternativas fomentaban era adscripta a procesos de movilidad social como
principal foco del análisis, quedando el aspecto “simbólico” desprestigiado y relegado a una
función de un proceso social que lo explica. El tratamiento de los valores del individualismo o la
autonomía carece de la relevancia que adquieren, por ejemplo, en los estudios sobre los
grupos religiosos antes descritos (cfr. Carozzi, 2000; Semán, 2003). Al distinguir entre
“prácticas” y “valores” como la “autonomía” y la “calidad de vida” como ámbitos
independientes, corren el riesgo de considerarlos como expresiones “meramente retóricas”
que no pueden ser tomadas seriamente o que representan procesos independientes por fuera
de lo “meramente” simbólico. Así, por ejemplo, se sostiene que personas que participan del
“estilo de vida natual” actúan “con el frenesí propio de la lógica del mercado, sobrealimentado
por los discursos hiperbólicos acerca de las ventajas del verde, por parte de comunicadores,
suplementos periodísticos y agentes inmobiliarios” (Svampa, 2001:132). Con una
interpretación equivalente las referencias a la “esfera terapéutica alternativa” son asociadas
con una práctica “mercantilizada” (Svampa, 2001: 85) o mancomunada incluso a los procesos
de individualización más amplios que caracterizan a la cultura de las clases medias de Buenos
Aires. Las referencias sobre ese proceso son leídas en clave negativa, es decir que connotan
una “crisis de lo social”, “desapego respecto a la vida pública” o “pasaje de lo colectivo a lo
individual” (Svampa, 2001:34-35).
Las definiciones de la clase media en función de valores que le son relativamente específicos y
que por lo tanto aparecen atravesando y reconfigurando los estilos de sus manifestaciones
religiosas resulta una vía privilegiada de vínculo entre cultura de clase media y religiosidad. Sin
embargo, creemos que esa relación puede incluso revelar otras facetas. Un ejemplo de ello es
preguntarse por el lugar pragmático de la religiosidad en las formas de diferenciación social o,
más concretamente, la manera en que determinados sectores viven la religiosidad como
formas de construcción de identidades de clase. Creemos, asimismo, que lejos de optar por
una o por otra, ambas estrategias de análisis deben ser complementarias. Todavía queda el
trabajo de indagar en las formas de jerarquización social específicas que grupos religiosos
concretos ponen en acción en su vida cotidiana, siendo necesaria una historia y una etnografía
que de cuenta tanto de los procesos capilares de conformación de una cultura religiosa letrada
individualizada, heredera de respectivos procesos de evangelización, psicologización y
secularización, así como las formas en que esa cultura opera en la construcción de una
identidad de “clase media”.
Si bien no siempre referidos a la religiosidad, las relaciones entre jerarquización, cultura y clase
poseen trabajos ya clásicos. El análisis propuesto por Pierre Bourdieu (1979) resulta sustancial,
su privilegio a las delimitaciones sociales y culturales suponen allí una operación en cierto
modo dada, preocupada más por la distinción como una operación política que por la
complejidad de las culturas de clase y las relaciones de intercambio específicas en lo cotidiano.
En su análisis del “campo religioso”, Bourdieu señalaba enfáticamente que la religión se
“subordina” a las funciones socialmente diferenciadas de distinción social y de legitimación de
las diferencias, por ello insistía en que la religiosidad, como toda ideología, reproducía las
divisiones sociales (Bourdieu, 1971). Las criticas y los enfoques que han intentado desequilibrar
ese excesivo énfasis en la dominación han sido diversos. Estrategias que han renovado ese
análisis se encuentran, por ejemplo, en el trabajo de Mary Douglas (1998) quien señala
divisiones internas a las clases en lo que define como diferentes “estilos de pensar” distintivos
en las clases medias urbanas inglesas que muestran una creciente “opción por la delicadeza y
lo espiritual” frente a el fiscalismo biomédico en las opciones de bienestar (Douglas, 1998:47-
48). Si bien no analiza la religiosidad, los trabajos de Michèle Lamont resultan una alternativa
contemporánea que ha intentado analizar la jerarquización desde una perspectiva menos rígida
y relativamente abstracta haciendo un esfuerzo por extender los procesos de delimitación
moral a una multiplicidad de ámbitos situados de los sectores medios y medios altos de Francia
y los Estados Unidos (Lamont, 1992; cfr. Lamont & Molnar, 1992:15). Por último, resultan
estimulantes los estudios sobre la cultura como “formas de conocimiento” específicas que
tienden a invertir las miradas deterministas sobre las relaciones de clase. Así, por ejemplo
Knorr-Cetina propone privilegiar las formas de conocimiento nativas por sobre las operaciones
abstractas de jerarquización social en las sociedades occidentales contemporáneas, señalando
que la estructura social y las operaciones de reproducción de la desigualdad responden
primero a particulares “culturas de conocimiento” que tienen que ser entendidas en sus
propios términos por sobre las lecturas del conocimiento como un componente de una vida
social, económica y política considerada dada y fundamental (Knorr-Cetina, 2005:74).
En cada uno de esos rechazos no existe solamente una redefinición de la identidad religiosa, se
percibe también una redefinición de la identidad de una parcela de la clase media urbana que
rechaza el dualismo secularizado de buena parte de la cultura letrada con la que conviven,
ubicándose a sí mismos por encima de ellos en la jerarquía espiritual. Pero también rechazando
muchas prácticas religiosas preeminentes entre los sectores populares como el culto a los
santos o ciertas prácticas devocionales efusivas, consideradas “engañosas”, “vulgares” o “poco
espirituales”. En esa trama de rechazos y afinidades se encuentra toda una jerarquización
espiritual que es al mismo tiempo interna y externa a los grupos de los sectores medios
urbanos y que moviliza complejos mecanismos que articulan tanto la religiosidad como las
culturas de clase.
La prioridad de considerar las relaciones en su totalidad, las que definen particulares formas de
vínculo con lo sagrado como las relaciones que producen determinado tipo de vínculo con
otros grupos sociales, resulta un recurso que tiende a una mirada integrada entre cultura e
identidad. En este tipo de enfoques, que consideramos todavía necesarios, se abre un campo
para la investigación y la relectura de la literatura producida tanto desde el análisis focalizado
en grupos religiosos, como en las diferentes perspectivas sobre la cultura y los valores de clase
media.
Notamos así que estos fenómenos dan cuenta de una amplia cantera de creencias,
valoraciones y comportamientos sugestivos para la indagación socio-antropológica. Rumores y
chismes expresan el modo en que se confi guran determinadas relaciones sociales, donde el
“decir algo” sobre el otro, sea un individuo o un grupo, aparece como fundamental. El
intercambio y regulación de la información, que a su vez se recrea en la circulación oral o
escrita, constituye el motivo central de estas prácticas. Como reveló Georg Simmel (1908) en su
estudio seminal sobre el secreto y las socieda des secretas, toda vida social está fundada en el
intercambio de informa ción acerca de lo que la gente es, aquello que se espera del otro
(individual o colectivo), y sobre cómo se regula dicha información. Las prácticas del secreto, al
igual que las del rumor y el chisme, “son factores de pertenencia, de distinción y de
reconocimiento social” que operan en rupturas, trans formaciones y selecciones mediadas en
la “transferencia de informaciones” (Giraud 2006: 16, 195).
Los rumores y chismes unen a grupos y personas y, a su vez, los separan de otros, constituyen
formas de comunicación que reifican o disputan imagina rios morales y conforman instancias
donde se exponen relaciones de estatus y asimetrías de poder. Es factible, asimismo, ubicar a
estos hechos en un mismo campo semántico, pero distinguiendo algunas particularidades liga
das a los temas y agentes que involucran su creación. Los rumores, entonces, suelen conectar
en sus interpretaciones hechos locales con circunstancias re gionales o globales. Los chismes,
por su parte, tienden a exponer juicios co tidianos sobre terceros conocidos pero ausentes (cf.
White 2000a; Steward y Strahern 2004; Zires 2005). Como las leyendas urbanas y los mitos,
rumores y chismes presentan una diversidad de versiones que potencian su circula ción en los
diversos pliegues hermenéuticos, imaginativos y valorativos que los sustentan (cf. Morin 1968;
Mullen 1994; Bialogorski 1999).
la Gestalt, el conductismo y el cognitivismo (cf. Allport y Postman 1947; Festinger 1948). Si bien
tuvieron el mérito fundante de objetivar el fenómeno para ensayar un análisis pormenorizado
sobre sus formas de producción, desde una mirada sociológica, estos dan cuenta de un
enfoque fuertemente normativo, donde los rumores son liga dos taxativamente a la distorsión
de la verdad y la instrumentalización po lítica (tengamos presente que la Segunda Guerra
Mundial y luego la Guerra Fría fueron contextos determinantes en estos primeros estudios). En
este sentido, coincidimos con Margarita Zires (2005: 19), en que es la dimen sión sociocultural
del rumor, y no la técnica, física y normativa, la que nos interesa: “aquella que nos pone en
contacto con la memoria colectiva, con la producción de lo verosímil en un contexto
sociocultural”.
Lejos entonces de situarse como una patología comunicacional, una psico sis colectiva o una
mera estratagema política, estos fenómenos cotidianos y de variable duración expresan el
modo en que se configuran determi nadas relaciones sociales en contextos y situaciones
concretas. A caballo entre la explicación y la comprensión, rumores y chismes tematizan valo
rativamente problemas sociales que son interpretados en su circulación. En ciertos casos, las
murmuraciones adquieren fuerza perlocucionaria y devienen en performances orales activas
en la producción de nuevos acon tecimientos. Ejemplos vinculados a episodios de violencia
colectiva, como saqueos, “estallidos”, “puebladas”, linchamientos y represiones masivas de
fuerzas de seguridad son aquí consecuentes. También casos antagónicos sobre personas
movilizadas por rumores utópicos que expresan deseos de conexión con potencias sagradas o
seculares que permitan subsanar dolen cias o situaciones críticas (cf. de Ípola 1997; Comaroff y
Comaroff 2000; Auyero 2007; Ceriani Cernadas 2010)
El chismear crea lazos de intimidad entre aquellos que lo hacen y, al hacer lo, se reimprimen
valores sociales entendidos como prácticas experimenta das. Sobre esta tesis trabajó Max
Gluckman (1963) para certificar el carác ter de hecho social que reviste dicho fenómeno.
Aquellos situados afuera del grupo social, advirtió el antropólogo sudafricano, “no pueden
unirse en el chisme” y una manera importante de acrecentar relaciones y posicio nes dentro de
un grupo “es aprendiendo sus escándalos” (Gluckman 1963: 308). Estas premisas edificaron las
primeras reflexiones teóricas sistemá ticas sobre la función social del chisme y el rumor en el
campo de la antro pología, aunque el tema había sido analizado en etnografías o estudios de
caso que describieron sus sentidos en el seno de diversas sociedades (cf. Colson 1953; Firth
1956).
Integrando la teoría interaccionista de Erving Goffman y atentos con mayor f idelidad a los
enunciados de Simmel, autores como Robert Paine (1967), Ulf Hannerz (1967) y Roger
Abrahams (1970) avanzaron en exploraciones que posicionaron el rol decisivo del gossiper –
respectivamente– en la ges tión de la información, la construcción de redes interpersonales y
las per formances comunicativas para ganar prestigio en la arena de poder local. La dimensión
pragmática e instrumental de los chismes se centra así, en la hipótesis de Paine, en el interés
personal: “más allá de lo que pueda ser en un sentido funcional, (el chisme) es también un
dispositivo cultural usado por el individuo para lograr sus propios intereses”, conformando una
téc nica para resumir e influir en la opinión pública (1967: 282).
Ensayando una vía media entre las teorías sociológicas fundantes de Dur kheim, Weber y
Simmel, Norbert Elias y John Scotson (2000: 121-133) pre sentaron en su estudio sobre las
relaciones entre “establecidos” y “margi nados” un luminoso análisis etnográfico sobre el
modo en que los “chismes despreciativos” y los “chismes elogiosos” conforman una dinámica
verbal que refuerza las fronteras sociales entre grupos en desiguales posiciones de poder. Esta
dinámica es proporcional a los lazos de interdependencia entre ellos. De esta manera, hay más
chismes donde hay más interconexión social y viceversa, revelando así una correlación entre el
grado de intimidad social y la afluencia de dichos y valoraciones sobre un tercero, tanto para
reforzar como para denostar su reputación. Este alto grado de relaciona miento implica mayor
presión social entre y sobre sus miembros, plasmada en vínculos de amistad y enemistad, de
competencias y alianzas, de presio nes y rivalidades de estatus. También implica la existencia
de un conjunto amplio de redes familiares, comités, asociaciones seculares (clubes) o re
ligiosas (iglesias) y otros espacios (inclusive públicos como plazas u otros predios) que habilitan
la formación de “centros de intriga” para la produc ción de chismes.
Entendidos como artes verbales de la imaginación moral, las murmura ciones se cocinan en el
fragor cotidiano de las interacciones sociales, don de creencias, representaciones, categorías y
nociones culturales son pues tas a prueba en su performance y circulación. Según notamos de
manera sintética en el punto previo, estas tienen incidencia en la construcción de
conocimientos y discursos públicos donde se articulan maneras de expre sar, defenderse o
subvertir el miedo y la angustia colectiva. No es azaroso entonces que los períodos de tensión
social ofrezcan un marco favorable a la producción de rumores al conformar instancias donde
las categorías so ciales se tornan ambiguas y sus significados inciertos y polivalentes. Allí, la
“ambigüedad interpretativa” de las murmuraciones puede actuar, paralela o sucesivamente,
tanto para “difundir alarmas exageradas o para ayudar a la gente a sobrevivir” (Steward y
Strathern 2004: 30).
Como advirtió Emilio de Ípola (1982, 1997) en sus sagaces estudios sobre los rumores
carcelarios (o “bembas”) en 1976 y el affaire crotoxina en 1986, el “nomadismo discursivo” de
ellos pone en escena dos “piezas esenciales en la lógica que preside la constitución de las
identidades colectivas”: “la creencia y la amenaza” (de Ípola 1997: 66). Bembas que afirmaban
una liberación de presos políticos en fechas patrias de la Argentina de 1976 y movilizaciones
públicas y mediáticas en 1986, producto del rumor utópico sobre la eficacia de la droga
crotoxina para curar definitivamente todo cáncer conformaron poderosos “enunciados
credógenos”, “lábiles, flexi bles, adaptables” (de Ípola 1997: 85). Asimismo, su fuerza
performática se sostuvo en carismáticas personas socialmente legitimadas como fuentes de
aseveración, un sacerdote en el caso carcelario; un científico en el de la crotoxina. Aquí es
posible articular las indagaciones de Abrahams sobre el chisme en la sociedad afro-caribeña de
St. Vincent, donde corrobora los modos en que estos “no solo nos ofrecen pistas para sobre los
dictados de la moral pública, sino también sobre los criterios nativos de una buena per
formance” (1970: 300).
Retomando lo adelantado al inicio, estas identidades colectivas y perfor mances culturales que
se ponen en juego en las prácticas comunicativas del chisme y el rumor definen diversos
“regímenes de verosimilitud”, categoría que Zires (2005: 47) propuso en pos de edificar una
teoría cultural en clave foucaultiana que permita la comprensión de la dimensión política de di
chos fenómenos. Para ello, integrando la noción de “interdiscursividad” de Julia Kristeva, Zires
acredita con rigurosidad una hermenéutica sobre los rumores y las formas en que ellos “ponen
juntos” discursos diferentes que dan un “efecto de verosimilitud” a los relatos transmitidos.
Con el objeto de articular la dimensión sociológica del rumor propuesta por Gluckman y la
gramática del poder colonial sobre los cuerpos bajo la inspiración foucaultiana, Luise White
(2000a) analizó las historias sobre “vampiros” africanos en tanto historias orales socialmente
significativas para comprender la experiencia colonial en el Congo Belga, Rhodesia del Norte,
Nairobi y Uganda. Nuevos oficios y categorías sociales, nuevos pro cedimientos y tecnologías
dan sustancia a múltiples relatos sobre bombe ros, policías, cazadores profesionales y médicos,
europeos o africanos bajo sus órdenes, que disponen sus agujas y medios de transporte para
un solo y siniestro objetivo: succionar la sangre (a veces carne) de las víctimas, mate ria
esencial para la reproducción de estos poderosos. La autora sitúa a estos rumores en su
dimensión epistemológica: estas historias son explicativas, no meros relatos mentirosos o
ilusorios, sino auténticas expresiones cul turales e intelectuales africanas bajo el régimen
colonial. El hecho de que dichas formas discursivas “activamente debaten, establecen y
reestablecen los criterios para el éxito o el fracaso, el prestigio y el desdén” ofrece, desde la
perspectiva de la autora, una sugestiva avenida para la “escritura de la historia de
comunidades, de vecindarios y de regiones en íntimo detalle” (ibíd.: 58)
Siguiendo también la noción de “discurso” de Foucault. a través de un diá logo con las teorías
de la interacción y la performance, James Scott (2000) posiciona al chisme y rumor como “artes
de la resistencia”. En sintonía con lo argumentado por los autores arriba repasados, Scott
afirma que los ru mores prosperan con mayor eficacia “cuando ocurren acontecimientos de
vital importancia a los deseos populares” y donde la información es difusa y ambigua (ibíd.:
175). Un ejemplo paradigmático de este género en el contexto histórico y cultural argentino
refiere a los rumores sobre seres no-humanos que habitaban en los ingenios azucareros de la
zona del valle de San Francisco (Jujuy y Sal ta), conocidos por la gente como El Familiar, y cuya
función básica era el consumo de la carne los trabajadores (cf. Isla 1997; Trinchero 2000; Gordi
llo 2002). Estos y otros relatos similares, de profundo arraigo en la memo ria social de los
heterogéneos trabajadores que migraban estacionalmente a los ingenios (sobre todo criollos
de la región y cuantiosos indígenas del Chaco, los andes y el piedemonte andino), revelan en
varios casos un ca rácter ambiguo y pendular entre el terror y la seducción. Imágenes terro
ríficas sobre estos seres monstruosos y el sentimiento constante de temor se fusionaron con
visiones fascinadas sobre las cosas ocultas y los poderes secretos inscriptos en las tecnologías y
el dinero de las personas o grupos (cf. Ceriani Cernadas 2008)
FRenchis guys
Bianual o trianual, de proyectos de la uni 2026. Historia y lenguas, jurídicas. De Tamagnini y de
olmedo. Rio IV fines del XVIII-1870
Transformaciones en la región, del lugar con los pampas. Población de la zona que interactuara
con diferentes actores tanto provinciales o nacionales.
Socios no en orden alfabetico, entrevista a una vasco francesa de la sociedad. Tambien hay
libretas y cosas en frances pero otras en español.
250 hab franceses depto rio cuarto, 24.430 hab en Rio IV, franceses fueron intendentes. Ponen
indígenas a sus disposiciones y como apadrinados.
1898, exposición universal de Paris. Se funda colon los 520. Un enviado francés para analizar
las colonias argentinas.
[Link]
llegaban solos y debian tener el cuidado del otro si se enfermaba, o si lo que fuesen. Debian
avisar si llegaban tarde.