Javier Cercas
Soldados de Salamina (fragmento)
—Ahora que lo recuerdo —dijo mientras cruzábamos bajo el paraguas una plaza
encharcada. Se detuvo, y no pude evitar pensar que ese recuerdo no era sino una
añagaza de última hora, para retenerme—. Antes de marcharse, Sánchez Mazas nos dijo
que iba a escribir un libro sobre todo aquello, un libro en el que apareceríamos nosotros.
Iba a llamarse Soldados de Salamina; un título raro, ¿no? También dijo que nos lo enviaría,
pero no lo hizo. —Ahora Angelats me miró: la luz de una farola ponía un reflejo
anaranjado en los cristales de sus gafas, y por un momento vi en las cuencas huesudas de
sus ojos y en la prominencia de su frente y sus pómulos y en su mandíbula partida el
dibujo de su calavera—. ¿Sabe usted si escribió el libro?
Un hilo de frío me recorrió la espalda. A punto estuve de contestar que sí; reflexioné a
tiempo: «Si le digo que sí lo escribió, querrá leerlo y descubrirá la mentira». Sintiendo
que de algún modo estaba traicionando a Angelats, secamente dije:
—No.
—¿No lo escribió o no sabe si lo escribió?
—No sé si lo escribió —mentí—. Pero le prometo averiguarlo.
—Hágalo. —Angelats continuó caminando—. Y, si resulta que lo escribió, me gustaría
que me lo enviara. Seguro que habla de nosotros, ya le he dicho que él siempre nos decía
que le salvamos la vida. Me haría mucha ilusión leer ese libro. Lo comprende, ¿verdad?
—Claro —dije y, sin acabar de sentirme del todo sucio, añadí—: Pero no se preocupe:
en cuanto lo encuentre se lo enviaré.
Al día siguiente, apenas llegué al periódico fui al despacho del director y negocié un
permiso.
—¿Qué? —preguntó, irónico—. ¿Otra novela?
—No —contesté, satisfecho—. Un relato real. Le expliqué qué era un relato real. Le
expliqué de qué iba mi relato real.
—Me gusta —dijo—. ¿Ya tienes título?
—Creo que sí —contesté—. Soldados de Salamina.
Segunda parte. Soldados de Salamina
El 27 de abril de 1939, justo el día en que Pere Figueras y sus ocho compañeros de
Cornellá de Terri ingresaron en la prisión de Gerona, Rafael Sánchez Mazas acababa de
ser nombrado consejero nacional de Falange Española Tradicionalista y de las JONS y
vicepresidente de su Junta Política; aún no había transcurrido un mes desde el
hundimiento definitivo de la República, y todavía faltaban cuatro para que Sánchez
Mazas se convirtiera en ministro sin cartera del primer gobierno de la posguerra.
Siempre fue un hombre esquinado, soberbio y despótico, pero no mezquino ni
vengativo, y por eso en aquella época la antesala de su despacho oficial hervía de
familiares de presos ávidos de lograr su intercesión en favor de antiguos conocidos o
amigos a los que el final de la guerra había confinado en las celdas de la derrota. Nada
permite pensar que no hizo cuanto pudo por ellos. Gracias a su insistencia, el Caudillo
conmutó por la de cadena perpetua la pena de muerte que pesaba sobre el poeta Miguel
Hernández.