Complejidad de la Multiplicidad Interna
Complejidad de la Multiplicidad Interna
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l.A \WA EN CJOMÚN ESTRU(,'TURA DE lJ\ [Link]
toicos distinguen diversas funciones o niveles del ser. cera para conocer la segunda». Lo mismo sucede
Montaigne verá e n él una pluralidad un poco caótica: con los diálogos que entablamos con nosotros mis-
«El hombre, en todo y por todo, no es más que mos, al m argen, por arriba o por abajo del diálogo
remiendo y abigarramiento.» Pascal opondrá el cuer- en el cual participamos con un in terlocutor de carne
po y el espíritu, el corazón y la razón. La Rochefou- y hueso. En su breve relato intitulado Compagnie, Sa-
cauld describirá las múltiples escenas sobre las cuales muel Beckett ilustró esta complejidad del diálogo
se interpreta la comedia humana con personajes autó- interior en una dirección diferente. La persona que
nomos como Amor propio, Orgullo, Interés o Pa- produce el texto que leemos está sola pero se habla a
siones en el interior del corazón. Los románticos sen- sí misma. «Una voz le llega a alguien en la oscuri-
tirán fascinación por la imagen del doble, el hombre y dad »: he aquí que yo soy dos, una voz por un lado,
su sombra, Dr. Jekyll y Mr. Hyde, por «este misterioso alguie n , un oidor, por el otro. Pero hay también
elemento del alma» del que habla MelviJle, «que no otro, aquel en quien se juntan la voz y el oidor, dos
parece recon ocer ninguna jurisdicción humana, emanacion es de, digamos, uno mismo. Tres persona-
pero, a p esar de la inocencia d el individuo que la jes, pues. Sin embargo, también podemos considerar
habita, sueña horribl es sueños y murmura los más «el inventor de la voz y del oidor y de sí mismo>): ya
prohibidos pensamientos». Por su parte, Vhllian1 J a-. tenernos cuatro. ¿Es todo? Beckett escribe: «En la
mes distinguía entre el «SÍ mismo (selj) material », el misma oscuridad o en otra, otro qu e imagina el todo
«SÍ mismo social», el «SÍ mismo espiritual» y el «puro para hacerse compañía», y comenta: «Pues, ¿p or
yo». Nosotros mismos hoy estarnos habituados a ha- qu é o? ¿Por qu é en otra oscuridad o en la mism a?
blar de inconscie nte y de conciencia o, según la ú lti- ¿Y quién lo pregunta? Y quién pregunta, ¿Quién lo
ma conceptualización de Freud, de yo, de ello y de pregunta?» Uno mismo imagina una voz y un oidor, el
superyó. Fairbairn, que se ubica siempre en un a inventor h ace la pregunta: ¿quién lo pregunta? ¿Hay
óptica intersubjetiva, agrega a este «tópico» algunos que llamar a este quinto recién llegado, el escritor? La
«objetos» (es decir, sujetos diferentes al ego): Objeto regresión de las instancias cognoscentes o enuncian-
excitan te, Objeto repelen te, Objeto ideal. Jung habla tes, del sttjeto que de él mismo hace un objeto, es teó-
de sí mismo y de yo, de anima y de animus, de persona ricamente ilimitada, aun cuando en la práctica el lími-
y de imago. te de la inteligibilidad se alcanza rápidamente.
Se observa otra multiplicación de las instancias Cada una de estas representaciones de la interiori-
internas d el espíritu en el proceso de conocimiento dad humana (y existen innumerables tentativas com-
de un o mismo. Com o lo recuerda Borges (citando a parables) se sitúa en una perspectiva que le es pro-
Paul Deussen cuando analiza la filosofia hindú), allí pia; de allí su pluralidad. Tornando como punto de
hay una posibilidad de multiplicación al infinito, partida la interacción entre uno mism o y el otro,
«pues si nuestra alma fuera conocible, sería necesa- debemos proceder a nuestro propio análisis y dejar de
ria una segunda para conocer la primera, y una ter- lado las categorías que corresponden a otras pers-
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LA \~DA EN COM ÚN [Link] DE LA PrnSONA
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l.A VIDA EN COMÚN EsTRUCTURA DE l.A PERSONA
cierne a las suposicio n es de su amiga y de su propio «profanaciones rituales», las réplicas for man parte
deseo, que choca con otra instan cia, la «discreción» de de «respuestas litúrgicas»; las palabras que dice un a,
Mlle. Vinteuil. Ésta agregará en tonces una frase ella las h abía oído antaüo «en la boca de su amiga ».
para atenuar la primera: ve rnos leer, precisará. Es- Nuevamente estamos aquí frente al sí mismo refl exi-
tam os aquí ante una primera faceta de la persona, a vo de Mlle. Vinteuil, pero esta vez en su vertiente
la que podríamos identifi car com o el sí' mismo retrospectiva, es decir, en lo que ella p iensa que la
reflexivo, y m ás específicam e nte com o la par te del otra ya piensa d e ella.
sí mism o que es tá constituida en previsión y por Sin embargo , la tensión principal de la escena en
anticipación de las reacciones del otro a las accio- Monjouvain se sitúa en otra parte: no en la relación
nes del yo. de las dos amigas (ellas están de acuerdo en tre
Pero, acabamos de verlo, no apareció solo; en u·ó ellas) , ni en las relaciones con el sí mismo reflexivo,
enseguida en conflicto con otra instancia que actúa en muy circunscritas, sino en otro conflicto interior,
el interior de Mlle. Vinteuil: el deseo que siente por su que pudimos percibir al pasar, allí donde la «discre-
amiga (y que, en mi terminología, se relaciona con ción » se oponía al «deseo»; es el conflicto entre las
el «vivir» más que con el «existir»). Mlle. Vmteuil em- «malas» apariencias de Mlle. Vinteuil y su «buena»
plea también su arte de adivinar las reaccion es d e la naturaleza. «En todo momento», dice el narrador,
amiga d.e man era m á[Link], para obtener lo que · «en el fondo de ella misma una virgen tímida· y supli-
desea su sí mism o que desea (la anticipación de las ca nte imploraba y h acía retroceder al h ombrote
reacciones del otro puede servir a diversos amos) . tosco, grosero y vencedor»; los «h ábitos de timidez»
Por ejemplo, la amiga le da la espalda al retrato del combaten las «veleidades de audacia». Intentemos
padre. «Mlle. Vinteuil comprendió que su amiga n o desenredar un poco estos dos nuevos personajes.
la vería si no atraía su atención sobre él»; por Jo Tenemos en primer lugar al «hombrote». Mlle.
tanto habla de él de m ane1,a descuidada; el resultado Vinteuil desea a su amante; pero no sólo se trata de
se obtiene enseguida. Pero necesita más: la profana- ello: para lograr la «plena realización de su deseo »,
ción del retrato. Lo logra fácilmente por medio d e la ella creyó necesario agregar «palabras premedita-
provocación. «¡Oh !, n o te atreverás», replica a la pro- das». El sí mismo que desea decidió aliarse con otra
posición de su amiga, lo que tiene como efecto instancia, un sí mismo de fach ada que se define por
inmediato que se realice. su inmoralidad: Mlle. Vinteuil interpreta la vulgari-
Una nueva faceta del sí mism o se manifiesta en los dad y el sadism o, se pone una máscara, hace teatro.
mome ntos e n que las dos amigas reactúan secuen- Se esforzó por «e ncontrar el lenguaje propio de la
cias qu e les son familiares: Mlle. Vinteuil se condu ce muchacha viciosa que deseaba ser», por adoptar
de acuerdo con la imagen qu e supone su amiga «Una forma particularme nte infam e, una forma
tiene de ella, pronuncia las frases que la otra espera mansa de esta maldad que in tentaba asimilar». El sí
escu char: aquello a lo que las dos se e ntregan son mism o que desea busca el placer, el sí mismo de
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LA VlDA EN COMÚN E STRU CTURA DE U \. PERSONA
fachada, de común acuerdo con él, el mal. ¿Pero por Mlle. Vinteuil, en el mundo, sino que se ha vuelto, a
qué de común acuerdo? su vez, un personaje de su universo interior: un amo
Porque el vocabulario mismo que utiliza el narra- inaccesible que se digna o no a otorgar su aproba-
dor nos lo indica, el placer de los sentidos y el mal ción y, por lo tanto, también, su reconocimiento .
moral se Je presentan a Mlle. Vinteuil como indisolu- . Ésta no es la única intervención de este otro gene-
blemente ligados. Ella cree que para obtener el pla- ralizado que es la opinión común; por otra parte,
cer hay que pasar por el mal. No es que el mal pro- hace alianza con otra instancia más de su ser, con
duzca su placer (no es una verdadera sádica), es más un fondo que le viene de su primera infancia y, más
bien que piensa que el placer es un mal y cree, en allá, de su herencia, para formar su sí mismo arcaico .
consecuencia, que el mal será necesariamente un Es lo que el narrador llama «SU naturaleza franca
placer. «El placer sensual» le parece «algo malo, el y buena». En efecto, éste toma sumo cuidado en ad-
privilegio de los malvados». «No es el mal lo que le vertirnos que , a pesar de entregarse a estos actos
daba la idea del placer, que le parecía agradable; es profanatorios, Mlle. Vin teuil preserva un fondo vir-
el placer lo que le parecía maligno. [ ... ] Terminaba tuoso. Ésa es la fuente de su discreción, de sus escrú-
por encontrar en el placer algo diabólico, por identi- pulos; ella tiene la «generosidad instintiva» y la «cor-
ficarlo con el Mal.» Pero, por esto, ella debe fingir tesía involuntaria»: no se trata de gestos conscientes
ser malvada para disfrutarlo; para poder ·entrar «en y aprendidos, el sí mismo arcaico está habituado a la
el mundo inhumano del placer», debe deslizarse atención y a la deferencia hacia el otro. Todo prueba
«en la persona de los malvados». la «verdadera naturaleza moral» de Mlle. Vinteuil, la
¿De quién es la culpa de esta ecuación destructiva? «bondad de su naturaleza », su ser «naturalmente vir-
De lo que podríamos designar como la moral co- tuoso ». Estamos aquí entonces frente al segundo
mún, de origen cristiano, que considera al placer protagonista del conflicto, la virgen tímida de «Cora-
como la obra del Maligno;, Proust, que sabe mostrar zón escrupuloso».
las fuentes lejanas de los conflictos presentes, hace Esta nueva unión entre elementos personales y ele-
vivir tanto la ley como su transgresión. Podernos ima- mentos comunes que desemboca en la formación de
ginar fácilmente que, si el tabú social que pesa sobre un sí mismo arcaico es algo que caracteriza especí-
el placer fuera elevado, Mlle. Vinteuil no tendría ficamente a Mlle. Vinteuil. Esto se lo debe esen-
más ninguna necesidad de hacerse la mala para cialmente a su infancia, este sí mismo arcaico es pro-
entregarse a él. Si ella hace escupir a su amiga sobre ducido por imitación y transmisión. En efecto, el
el retrato de su padre, no es porque la profanación narrador se place en señalar todas las semejanzas
por sí misma la haga feliz; es porque cree que es entre Mlle. Vinteuil y su padre. En una escena conta-
necesario pertenecer a Ja casta de los malvados, de da algunas páginas antes (y recordada aquí) se ve a
los seres crueles y profanadores, para tener derecho Vinteuil padre quitar sus propias partituras del
al placer. Esta moral no sólo existe en el exterior de piano para no ser sospechoso de inmodestia, y al
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mismo tiempo atraer la mirada hacia su gesto, exac- profana la memoria de su padre, otra instancia psíqui-
tamente como su hija desplaza su retrato, y hace ca se eleva en el interior de Mlle. Vinteuil v toma su
notar a su amiga el desplazamiento aparentemente revancha, puesto que la hija del composito~ se niega
fortuito . A través de la escena entre las dos amigas todo placer egoísta. «La ilusión de haberse evadido de
p odemos percibir, como en transparencia, otra in te- sus almas escrupulosas y tiernas» sólo dura, en tales
racción, entre el padre y la hij a; la escen a arcaica seres, «Un momento », «era imposible de lograr para
tiene influencia sobre el intercambio presente. Mlle. ella». El narrador vuelve a esto m ucho tiempo des-
Vinteuil es tan escrupulosa, incluso obsequiosa, co- pués: «Esta idea que era solamente una simulación de
mo su padre; ha conser vado de él los gestos de ama- maldad arruinaba su placer.» Hay entonces, en Mlle.
bilidad, la mentalidad. «En el m omento en que ella Vinteuil, un amo del reconocimiento interiorizado
se creía tan diferente d e su padre, lo que me recor- que,justamente, le niega su aprobación. Podemos en-
daba eran las maneras d e pensar, de decir, del viejo trever las causas: en su caso, el objeto interiorizado del
profesor de piano.» Incluso físicamente, lo que pro- deseo está desgarrado por la contradicción ; ella lo
duce impacto en ella, es «la semejanza de su rostro, quiere pero sabe al mismo tiempo que es malo. Las
los oj os azules de la madre de él que le había trans- estratagemas del sí mismo fachada son rápidamente
mi tido com o una j oya de familia». sacadas de la jugada.
¿Quién sale victorioso de la confrontación cuyo . Proust presenta la escena de Monjouvain como
terreno es la persona de Mlle. Vinteuil? Después del una manifestación ejemplar del sadismo, digno del
escupitajo sobre el retrato, la joven muj er cierra los teatro de boulevard: sólo allí «podemos ver a una
postigos y el narrador ya no ve nada más; pero sabe muchach a escupir sobre el retrato de un padre que
que en este caso el deseo prevalece. Sin embargo, no no ha vivido más que para ella». Pero en la reflexión,
es seguro que el «h ombrote» sea siempre vencedor de se da cuenta de que ese sadism o n o es del todo
la «virgen ». In cluso el narrador piensa más bien lo auténtico y no merece reprobación, en todo caso, no
con trario: el sí mismo fachada se impone durante «un más que la maldad común (e infinitamen te más
instante», el resto del tiempo se bate en retirada ante expandida) que se revela en la indiferencia frente a
la virgen de recursos múltiples, y el sí mismo en glo- los sufrimientos de los cuales somos la causa. Es jus-
bante de Mlle. Vinteuil, el marco en el interior del tarnen te el carácter simulado de la maldad y de la
cual se desarrollan todos estos conflictos, debe probar crueldad de Mlle. Vinteuil lo que le h ace emitir ese
que el placer n o llega a la cita. A pesar de que Mlle. j uicio. Como lo h em os visto, ésta no en cu entra pla-
Vinteuil toma el lenguaj e de la muchacha viciosa, «las cer inmediato en el mal. Es más bien un a «artista del
palabras que ella pensaba que ésta hubiera pronun- mal», puesto que una distancia separa su ser de su ac-
ciado since ramente le parecían falsas en su boca». to, el cu al se asimila a una obra. Y al hacer el mal
El sí mismo englobante no es engañado por el sí adrede, testimonia que la idea del bien no está
mismo de fachada. En el momento mismo en que éste ausente de su alma: hay que tene r el sentido de lo
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LA VIDA EN COMÚN E STRUCTURA DE LA r ERSON A
sagrado para com eter un sacrilegio, h ay que creer en m o tiem po, inmediatamen te d espués de nacidas,
el culto p ar a p od er profan arlo . «La adoració n por estas imágenes - qu e evidentemen te , n o son en
su padre era la condició n misma del sacrilegio de su absoluto reproduccion es fieles de seres que n os
hija». Po r esto, pien sa el narrador, si Vinte uil hubie- rodean- serán proyectadas h acia afu era, sobre sus
r a p odido ver la escen a, habría en contrado, y con proto tipos o sobre o tras p ersonas, determinando así,
sólidas r azones, una confirmación del «buen cora- en un segundo ti empo, nuestra p ercepcion del
zón de su hija». m undo exterior. El sí mism o es el producto de los
Podemos dudar en seguir a Proust en esta m odifi- otros que, a su vez, éste p roducé. Esto n o significa
cación de la m or al y de la justicia que hace caer todo que el ser humano no tendrá nunca acceso a lo que
el p eso del juicio sobre lo que se conoce de las moti- los filósofos llaman la au ton omía. El derech o y la
vaciones del agen te y de su experiencia interior, m ás q ue moral tienen razón en querer fij ar los límites de cada
sobre el acto mismo; ten em os la impresión d e que sujeto para p oder establecer su s respo nsabilidades;
la grosería de un ser m olestaba a Prou st m ás que la p e ro la psicología Jos embrolla y los confunde.
violencia de la que éste pudier a ser respon sable. En La idea de que los otros, alrededor de nosotros,
cambi o, Jo que es indiscutible es que en cualquier son resp onsables de n uestra pluralidad interna se
escena de in teracció n human a actúan instancias introdu ce en el psicoanálisis clásico a través d e la
múltiples del sí mism o, permitiéndon~s así d escu- noción de «censura» (en el sueúo , p or ej em plo) : un
brir la infinita compl ejidad del com e rcio en tre los p e rsonaj e, a menudo in conscie nte, que provien e de
hombres. las exigencias y de las prohibicio n es par entales y que
j uzga y combate otra parte de la person a. La au ton o-
El equipo mínimo mía de ese pe rsonaj e se ve reforzada cu ando, en
1923, Fre ud le da el no mbre de «super yó» : se vuelve
Intentem os retom ar ah ora, de m anera un poco uno de los tres participan tes de nuestra vida interio r,
m ás sistem ática, los resultados d e este an álisis. precisamente aquel que se origina en la interacción
La membrana que se para el sí mismo del otro, el con los o tros. Pero, con Melanie Klein, la relación
interior del exterior, no es impermeable. Los o tros entre «objetos» exteriores e instan cias interiores
n o sólo están desde un inicio alrededor de nosotros; llega al centro de la atención de los esp ecialistas. «El
d esde la edad m ás joven , los interiorizamos, y sus mundo interno consiste en objetos interiorizados»,
imágen es comie nzan a formar parte ·d e nosotros. En escribe, «tomados en sus dive rsos asp ectos y situa-
este sentido , el p oe ta tie n e razón: yo es otr(i). La plu- ciones em ocionales. » Los térm inos de «introyecció n »
ralidad interior de cada ser es el correlato de la plurali- y d e «proyección » sirven .ah or a para designar este
dad de las personas qu e lo rodean, la multiplicidad vaivén incesante y repetido entre exterior e interior.
de r oles que cada una de ellas asume; ésa es una ca- Melan ie Klein tie n e tambié n el m érito d e obser-
racterística distintiva de la.,e speci~ .human a. Al mis- var que inicialmen te el «obje to» interiorizado puede
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LA VIDA EN C:OMUN ESTRUCTURA DE 1,\ PERSONA
ser sólo parcial: no la persona entera, sino una parte bueno y el malo, el positivo y el negativo. En reali-
de su cuerpo. Esta observación cuadra bien con lo dad, la identificación d e estos dos polos se relaciona
que hoy se sabe sobre la evolución mental del nüi.o: con la comodidad: todas las posiciones intermedias,
entre la edad de dos meses, en la que se pueden pro- todas las combinaciones son igualmente posibles. La
bar las primeras in teriorizaciones, y la de nueve dualidad de lo bueno y de lo malo no necesita ser
meses, cuai1do el reforzamiento de la memoria reificada en el psiquismo humano (no es necesario
permite establecer firmemente la identidad del seguir aquí el maniqueísmo kleiniano, que plantea
otro, el niño puede interiorizar partes del cuerpo desde el origen una dualidad: amor y odio, instinto
del otro (el seno, los ojos, la mano) como las suyas de vida e instinto de muerte); es simplemente la ca-
propias, sin reun irlas en un individuo; la transició n tegoría que se impon e para designar el valor de estas
de la parte al todo sólo se opera progresivamente, y instancias internas para nosotros.
el descubrimiento de su imagen en el espejo contri- Por otra parte, cada una de ellas puede ser descrita
buye a ello . en una doble perspectiva según se plantee la pregun-
La metáfora que con mayor·facilidad nos viene a la ta: ¿de dónde proviene? o bien: ¿para qué sirve? Co-
mente, cuando hablamos de la pluralidad interna de mencemos por el rol del sí mismo. ¿Cómo se constitu-
la persona, es la del teatro: nuestro ser es como un ye? Es el efecto de nuestras percep ciones: la de
escenario donde se interpreta, ya lo decía La Ro- nosotros misinos, de nuestro cuerpo como d.e nues-
chefoucauld, la comedia h um ana. ¿Pero cómo tras acciones pero, sobre todo, la que tenemos de la
identificar sus personajes? Aunque los padres son imagen gue los otros se hacen de nosotros. Lacan
evidentemente sus fuentes iniciales habituales, dudo tiene razón cuando afirma que «el sujeto se identifica
en seguir aquí el uso demasiado restrictivo de Me- en su sentimiento de Sí Mismo a imagen del otro»,
lanie Klein , que llama «madre» y «padre» a estos per- incluso si podemos dudar en seguirlo cuando inter-
sonajes interiorizados, incluso en el caso del adulto. preta sistemáticamente esta imagen como una aliena-
Partiendo del análisis proustiano, sugeriría que ción: en realidad no hay escisión necesaria entre el
nuestro teatro interior siempre está animado por sujeto del deseo y el yo de la mirada, por la buena
tres personajes, a los que llamaré: el sí mismo, el amo . razón de que sin el otro el s1tjeto no existe, así como
del reconocimiento, el objeto del deseo.. ¿Por qué no existe un «aislamiento» o un «desamparo» origina-
estos tres y no otros? La única respuesta que puedo les. El deseo humano es imposible sin la mirada, en el
dar por el momento es: porque esta hipótesis posee sentido genérico dado aquí a ese término.
una cierta verdad intersubjetiva y permite dar cuenta La imagen del sí mismo se forma y se reforma a todo
de innumerables situaciones particulares, por lo lo largo ele nuestra existencia, pero sus ingredientes
tanto, de innumerables relatos. Hay que agregar no son de igual valor; conviene aquí distinguir,
enseguida, como lo probó Melanie Klein, que ·cada ' como nos lo sugería Proust, entre un sí mismo arcaico
uno de estos roles puede estar partido en dos, el y un sí mismo refl exivo. Ambos no se oponen exacta-
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mente como el pasado al presente, sino más bien dean. Sin embargo, una vez formado, ese sí mismo
como, por una parte, un pasado en ruptura con el arcaico endurecerá y tendrá mucha dificultad en
momento presente, un pasado sobre el cual ya no modificarse de nuevo.
apostamos, un pluscuamperfecto, como dicen los Es inútil recordar las gran des tesis muy conocidas
gramáticos («perfecto» en el s~n tido de «acab ad o »); del psicoanálisis, que se relacionan con el sí mismo
y por otra parte, un tiempo que permanece en conti- arcaico, pero podemos situarlas en nuestra perspecti-
nuidad con el momento presente, y que puede situar- va. ¿Qué lugar le reservaremos a la configuración edí-
se, a su vez, o bien en el pasado (pero esta vez un pasa- pica? Es claro que los sen timientos de atracción por el
do «imperfecto», inacabado), o bien en el futuro padre del sexo opuesto pueden ser sobrepasados por
próximo, cuando anticipo las acciones de los otros los de imitación y de emulación hacia el padre del
que vendrán. El sí mismo reflexivo procede, pues, mismo sexo; así como la rivalidad con el semejante
unas veces por retrospección, otras por anticipación; puede alternar con un sen timiento de extrañeza
pero siempre se trata de la imagen que nos h acemos hacia el diferente. El psicoanálisis ortodoxo inten ta
de la imagen que los otros se hacen de noso tros. dar cuen ta de ese hecho hablando de formas positiva
Si algo h ay de indudable en el pe nsamiento freu- y negativa del mismo «complejo», a las cuales se agre-
diano, esto se relaciona con el sí mismo ar caico: garían toda suerte de formas ~ntermedias; pero en-
antes de Freud sólo algunos escritores pe rspicaces se ton ces no podemos ver bien lo que aporta la refe-
dan cuenta de hasta qu é punto el comportamiento rencia al mito griego: volvemos a la idea general según
presente del adulto está dete rminado por su expe- la cual las relaciones del niilo con sus padres juegan
riencia pasada, la de su primera infancia; después de para él un rol esencial. Por otro lado , ver en la rela-
Freud, aun aquellos que no se reconocen en el psico- ció n con los padr es sólo una instancia entre d eseos
análisis (sino m ás bien en una «psicología de las pro- y ley diluye abusivamente el rol específico que juega la
fundidades») admiten esta. revelación. Y, en relación configuraci ón familiar. Además, el lugar del niüo en
con lo que nos concierne , en el momento de la inte- la fratría, la complicidad y la rivalidad con los herma-
racción presen te, el individuo actúa en funci ón de nos son tan formadoras como las relaciones con los
una imagen que tien e de él mismo en la interacción padres. En fin , otros individuos (nodrizas, maestros,
original, tal como fue ftjada en los albores de su vida. amigos, e nemigos) pueden, muy temprano, inmis-
Existe un periodo de la vida durante el cual el sí cuirse en este in tercambio. El sí mismo arcaico es
mismo es maleable; comie nza con el nacimiento , e n pues, un mini-escenario sobre el cual actúan los prota-
el primer en cuentro con el otro, y prosigue con una gonistas de nuestra infancia, pudiendo cada un o de
intensidad, primero creciente, luego decreciente, ellos subdividirse a su vez.
hasta un mo mento difícil de ftjar con precisión: la Reconocer el rol importante del sí mismo arcaico
entrada en la edad adulta. El sí mismo se moldea en el comportami ento del adulto no significa que
sobre las ofertas y demandas de los seres que lo ro- hablemos d e un de terminismo exclusivo. No tie n e
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sentido escoger entre los psicoanalistas «ortodoxos», tamiento de tal o cual m an era para complacer la
que creen que todo se decide en la infancia, y Jos psi- expectativa supu esta del otro. Otras veces, anticipa-
coanalistas «revisionistas», que piensan que el con- mos las objecion es y adoptamos desde un principio
texto social prevalece siempre; tanto unos como un tono polémico. Interpreto la escena en mi cabeza
otros tienen razón -en parte, nuestra conducta es la antes de presentarla a la mirada del otro, y en el
resultante de factores múltiples, pasados y presentes; momento de la presentación tengo en cuenta las
pero también, h ay que agregarlo, ilustra el ejercicio reacciones imagin adas de este mismo otro. El sí
de nuestra libertad y preserva, por esta razón, una mism o reflexivo de a nti cipación es, e n relación con
parte irreductible de mi sterio. el sí mismo restrospectivo, más circ unstan cial y más
A d iferencia del sí mismo arcaico, el sí mismo refle- puntual: depende de la identidad concreta de mi
xivo no es un dato intangible: se modifica con el inte rl ocutor presente, en lugar de ser un vago pro-
tiempo y podemos actuar sobre él, puesto que esta m edio de mis interlocu tores pasados. Al igual que el
imagen de la imagen que los otros ti ene n de noso- preceden te, no puede ser m edido en términos de
tros dialoga, en la conciencia de sí mismo, con la verdad: es un h echo , no la descripció n de un hecho,
imagen que nosotros tenemos de nosotros mismos, y como tal modifica mi comportamiento presente,
y este diálogo puede ir del acuerd o perfecto a la con- n o porque adivine con justeza las reacciones reales
tradicción pura y simple. En el primer caso, mi ima- del in terlocutor.
gen de mí mismo está enteramente sometida a la Éstas son las fuentes intersubjetivas de nuestro sí
que recibo, reflejada, de los otros que me rodean; en mismo; vayamos ahora a los roles que puede asumir
el segundo, impugno vigorosamente esa imagen, sobre el escenario del teatro in terior. Convendría
asegurándoles a esos otros que se equivocan. A aque- aquí distinguir tres: el sí mismo positivo, el sí mismo
ll os que le dicen: «Está usted bien instalado ahora», n egativo y el sí mismo ideal. Este últim o es la imagen
el personaj e-víctima replica con acrimonia: «Se equi- que nos h acemos de nuestros h éroes: quisiéramos
voca, nunca m e he sentido tan mal, y no piense que parecernos a ellos, pero percibimos bien la diferen-
puede quedarse al margen: usted es el primer culpa- cia e ntre ideal y realidad. En cuanto a la oposició n
ble de mi desdicha.» entre el sí mismo bueno y el m alo, se arraiga e n
Mijaíl Bajtín , en sus estudios sobre la intertextuali- nuestra relación con los otros. El reclamo de recono-
dad, fue particularmente sensible a la diferencia cimiento que les dirigirnos es ininterrnmpido; por lo
e ntre retrospección y anticipación. Cuando Anton tanto , es también necesariamente frustrado. No
Reiser, para tomar un ejemplo literario diferente al obstante, sus peripecias son '~vidas de manera muy di-
de la Recherche, tiene un gesto in digno delante de su ferenLe según los individuos y cada uno puede distin-
director, la razón es doble: Es jJorque piensa que tiene guir fácilmente en tre los seres dominados por un sí
un a opinión pobre de él y, a la vez, jJara que tenga una. mismo positivo, que saben «lomar la vida por el
Much as m ás veces, modificamos nu estro compor- buen camino» , y aquellos en los que el sí mismo
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LA VIDA EN COMÚN EsTRUCTURA DE L A PERSON A
negativo está en primer plano, convencidos de su como remedio (como paliativo); esto no impide que
propia mediocridad o maldad. el sí mismo arcaico intervenga sin cesar en Anton.
Esto sucede ya desde la infancia: el pequeño puede Pero los resultados de sus intervenciones no son siem-
sentirse globalmente colmado o decepcionado, se- pre previsibles: si se vuelve a representar su infancia
gún h aya logrado o no negociar los momentos par- en la edad adulta, esto no quiere decir que se la repi-
ticularmente cruciales de su existencia, la llegada de ta; muy a menudo se compensa lo que en ella faltaba.
otros niños, la separación de los padres y, por lo «Durante su infancia, él había tenido poca existencia
tanto , la privación prolongada de por lo menos uno personal», señala Moritz en otro momento, estable-
de ellos, el abandono de uno o de los dos. Además, ciendo una relación unívoca entre aten ción del otro
el conocimiento abstracto de este proceso no permi- y existencia de sí mismo, «por eso todo destino que no
te a los padres m ejor in tencionados y más disponi- fuera el suyo lo atraía con tanta fuerza». Las situacio-
bles decidir de antemano la cantid ad de atención nes 01iginales no permiten deducir las situaciones
que deben prodigar a su hijo: un sendero estrecho presentes, ni a la inversa: Antones atraído allí donde
separa las frustraciones del nifi.o poco atendido y del los otros serían rechazados.
niño mimado, y es difícil saber a cuál de los dos, en la Anton no encuentra jamás la fuerza para oponer-
edad adulta, ésta~ le h arán la peor jugada. Pues si el se a la imagen de sí mismo que recibe de los otros, o
niüo poco atendido, o que se cr ee tal, puede tener que cree recibir. Si esta imagen es positiva, todo va
una falta de confian za en su sí mismo y, por lo tanto, bien: se sentirá digno. «Esta impresión de ser respe-
refugiarse e n el rol de víctima, el nüi.o mimado, aun tado aumen tó en él el sentimiento de su propio
cuando ten ga más seguridad en el inicio, temerá no valor e hizo de él otro ser.» Desgraciadamente, la
volver a encontrar nunca la misma atención de los mayor parte del tiempo, el encadenamiento se ope-
otros, y escogerá oponerles una caparazón h echa de ra en el sen tido opuesto. Vimos que sus padres,
orgullo y de rechazo. Así, a su vez, se habrá vuelto que no lo amaron bien, le dieron los primeros gol-
inapto para la vida en común . El sí mismo positivo pes; nunca se repuso de ellos. Como consecuencia,
puede hacernos malas jugadas, al igual que el sí permanecerá víctima de su propio engranaje: para
mismo negativo. actuar bien, necesita tener confianza en él; pero
Anton Reiser cree que todas sus desdichas se origi- para disponer de esta confianza, debe recibir la
nan en la infancia. ¿Por qué nada le resulta en el pre- estima de los otros (o de un otro particular). Ahora
sente? «La culpa le incumbía a sus padres: ellos siem- bien, ¿cómo obtener esta estima puesto que es inca-
pre lo habían rechazado y dejado de lado, y le h abía paz de actuar bien en tanto no la ha recibido? «La
quedado una parálisis del alma de la cual no era res- confianza en sí mismo era una cualidad de la cual
ponsable y de la cual, desde la infancia, nunca había Anton estaba desprovisto desde su infancia. Para
logrado desembarazarse totalmente.» Percibimos al hacerse amar, es necesario primero creerse amable.
pasar, que esta culpabilización de los padres sirve aquí En Reiser, la confianza en sí mismo sólo se desper-
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L~ VllJA F.N C:O M UN E.~TRU<.."TUJ\A DE 1.A l'EKSONA
taba cuando su partenaire hacía prueba de una bon- mismo hace nacer la mayor .Parte de ·la que :se· tiene
dad solícita. Solamente enton ces se atrevía a volver- en los otros.» Si los otros no me tieneú confianza, yo
se amable». no me tengo confianza y, por lo tanto, no tengo con-
Privado de la seguridad inicial que dan el amor, el fianza en ellos.
respeto, la atención de los padres, Anton no puede En su relato autobiográfico La Promesse de l'aube,
encontrar en el fondo de su sí mismo arcaico los ele- [Link] Gary seiialó también cuidadosamente los
mentos de su confianza en sí mismo. ¿Podría encon- efectos del sí mismo a~caico sobre las acciones pre-
trarlos en el sí mismo reflexivo? Sería deseable, pues sentes de la persona. El no ignora que «las frustra-
«la estima de sí mismo, cuya fuente entonces sólo ciones experimentadas en la infancia dejan una
podía ser para él la estima expresada por otro, es la marca profunda e indeleble y no pueden ser nunca
base de la virtud», las buenas acciones en él son el más compensadas»; pero su relato se concentra más
efecto , no la causa, de la buena imagen. Inversa- bien en los inconvenientes de la situación contraria,
mente, si el mundo lo desconoce, pierde todo interés la de un sí mismo arcaico demasiado positivo; cuan-
por él mismo: «Era normal que Reiser sólo se intere- do se ha recibido tanto en la infancia, todo lo que
sara en su físico, dado que nadie ~n el mundo sentía sigue en la vida aparece como una decepción. «No
placer en mirarlo.» Desde el momento en que piensa es bueno ser tan amado, tan joven, tan temprano. Se
que los on·os tienen una mala opinión de el, An ton se crean malos hábitos. Creemos que llegó. Creernos
apura a confirmarla; es presa de un sí mismo negati- que eso existe en otra parte, que eso puede volverse
vo poderoso, de un verdadero anti-sí mismo que lo a encontrar. Contarnos con eso. Mirarnos, tenernos
destruye por completo. «La conducta del director esperanza, aguardamos. Con el amor materno la vi-
hacia Reiser era dictada por la actitud temerosa y des- da nos hace en sus albores una promesa que nun ca
confiada de este último, que parecía traicionar a un se mantiene.» Es cierto que hay «circunstancias
alma baja; pero el director no reflexionaba sobre el agravantes»: Gary es hijo único y no sólo no tiene
h echo de que esta actitud temerosa y desconfiada era padre, sino que su madre no tiene amante. «Es me-
precisamente el fruto del comportamiento que él jor que las madres tengan a alguien más a quien
mismo había tenido, al inicio, frente a Reiser. » De amar. Si mi madre hubiera tenido un amante, no
modo que las palabras que los otros le dirigen hubiera pasado mi vida muriendo de sed cerca de
adquieren una fuerza mágica; ellas creen lo que afir- cada fuente».
man, dando la impresión de ser verdaderas, mie ntras Romain Gary cruzará la vida no dejando nunca de
que sólo son eficaces. Una vez más, son «definiciones sentir la «mirada maravillada» de su madre sobre su
persuasivas»; y, una vez más, nos darnos cuenta de la rostro, y seguramente le deberá a esta particularidad
continuidad entre in terpersonal e intrapersonal. La de su sí mismo arcaico su fuerza y su debilidad.
Rochefoucaul obser vó la misma relación, pero en Escapará milagrosamente a los peligros de la guerra,
sentido inverso: «La confianza que se tiene en sí , acumulará los honores literarios y sociales, amará a
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LA \~DA EN COM Ú N EsTltUCTIJRA DE LA PERSONA
todas las mttjeres que querrá, en una fuga loca; pero ser sin autor particular, hecho de costumbres, de evi-
también estará cada vez más angustiado: el vacío deja- dencias, de descubrimientos científicos, de leyes, de
do por la desaparición de la mirada de su madre es proverbios, de clisés, que grabamos en algún lugar
tan vasto que nada puede colmarlo, toda realización en el fondo de nuestra memoria, sin saber todavía
palidece frente a tal ideal. «A medida que crecía, mi qué uso haremos de él.
frustración de niño y mi confu sa aspiración, lejos de Estas normas m e conciernen n o como individuo
esfumarse, crecía conmigo y se transformaba poco a sin o como miembro de un grupo. Además, no son
poco en una necesidad que ni mujer ni arte bastarían exclusivamente m orales, pueden ser también estéti-
nunca m ás para apaciguar.» No es seguro que esta cas: por ejemplo, las muchachas piensan que deben
interpretación sea suficiente para explicar los estados ser delgadas y, por lo tanto, com er lo menos posible
d e alma del mismo Gary (escribía estas líneas en 1960 (todos los estereotipos sociales contribuyen a ello).
y se suicidó en 1980), pero lo que describe aquí se Sin embargo, existen también casos en los que el
aplica ciertamente a numerosas personas. conjunto de los valores interiorizados está ligado a
Sobre el escenario del teatro interior, el sí mismo una experiencia particular, y toma incluso los rasgos
(los sí m ismo) cruza otros personajes, salidos ya no de una persona: un profesor, uno de los padres,
de una suposición sobre lo que los otros piensan de alguien cercano o, por el contrario, algún extraño
nosotros, sin o d e la imagen directa que nos hacemos tomad o al azar; mis normas pueden no coi ncidir con
d e los otros mismos; sin e mbargo, cada personaje las d el grupo. Para Romain Gary, es sobre todo su
pue d e provenir d e prototipos múltiples. Pasaremos madre quien juega en é l el rol de lo que llama el
ahora más rápidamente sobre su procedencia, puesto «testigo interior», a quien tiene como responsable
que las fu entes son las mismas: el pluscuamperfec- d e su s exigen cias morales.
to de la primera infancia, e l imperfecto y el futuro En cuanto a las acciones emprendidas por el amo
próximo d e los intercambios sociales. Pero, en lo del reconocimiento, n os son benevolentes u hostiles,
.. que concierne al amo del reconocimiento, ese juez a l punto que partimos esta figura una vez más en
inte rior que nos sanciona positivamente o negativa- dos, separando el gratificador del p erseguidor.
m ente nuestros actos (lo que Adam Smith llamaba Melanie Klein ha llamado la atenció n sobre ellos.
«el espectador imparcial y bien informado») , una «Conservamos incrustados en nuestros espíritus a
precisión se impone: en el transcurso de la infancia, nuestros bienamados», observa, «podemos sentirnos,
absorbemos no so lam en te las órden es y los ej emplos en ciertas situaciones difíciles, guiados por ellos
parentales, sino también las normas sociales, propias y preguntarnos si hubieran aprobad o o no nuestras
de la comunidad. Han sid o interiorizadas en el trans- acciones.» Gracias a estos personajes, podemos com-
curso d e intercambios antiguos, cuyos protagonistas prender mejor ciertos comportamientos descritos pre-
no son forzosamente individuos identificables. Se cedente m ente. El amo del reconocimiento, en su
trata efectivamenLe de un consenso sobre el deber- versión positiva, explica el reconocimiento d e confor-
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L~ VIDA EN COMÚN E.<ffRUCTUIV\ Dt: LA l'El\SONA
midad: me permite dispensarme de la aprobación disfruta de una actitud de este tipo, percibida como
explícita de los otros, puesto que me sé de acuerdo generosa. El mal objeto interior, aquel que Fairbairn
con las normas comunes; estoy, entonces, como se llama el «saboteador», es una imagen necesariamen-
dice, en paz con mi conciencia. Es un amo del recono- te in consciente, por ser intrínsecamente contradic-
cimiento muy positivo y a la vez personal que permite toria y, por lo tanto, dificil de describir: somos atraí-
comprender el orgullo: me gratifica a mí mismo, aun dos por un cierto «objeto» pero al mismo tiempo,
cuando esté en oposición con las normas comunes a secretamente, lo tememos y lo rechazamos (proba-
mi alrededor. Por otra parte, sabemos cómo puede blemente por culpa del amo del reconocimiento). El
ser cruel el «perseguidor» (un mal amo del reconoci- mal obj eto del deseo hace que la realización del
miento) que nos priva de toda dicha, presentándonos deseo sea imposible, y será responsable de una gran
exigencias cada vez más difici les de satisfacer; muchas agresividad h acia los otros y hacia sí mismo, acomp a-
veces es el responsable de Jos comportamientos que ñada de sufrimientos particularmente agudos. La
calificamos como masoquistas. Es un enemigo despia- desaprobación del amo del reconocimiento es más
dado que se burla de todo lo que emprendemos y que fácil de racionalizar y, por lo tanto, de dominar,
envenena todos nuestros placeres. También es él, co- puesto que, después de todo, tiene relación con una
mo ya lo vimos, el que hace que el goce de Mlle. cierta moral; pero la imposibilidad de amar y de
Vinteujl sea imposible. desear porque el objeto del deseo es en realidad malo,
En fin, el tercer personaje principal es el objeto la coincidencia entre objeto por amar y obj eto por
interiorizado del deseo (recordemos que tanto el destruir es absurda y se percibe como una imposibili-
«existir» como el «vivir» participan de la intersubjeti- dad de existir (diferencia comparable a la del rech a-
vidad). Su identificación no implica que b aya qu e zo y la negación, observada con anterioridad).
postular, correlativamente, un sL0eto del deseo (o yo), Cuando Jos antagonistas (o personajes negativos)
separado para siempre del yo social, como lo sugiere prevalecen sobre los protagonistas (o personajes posi-
Lacan: no hay solución de continuidad e nb·e los dos, tivos) , la enfermedad m en tal no está lejos. Cuando un
por eso el «imaginario» no es puro e ngaiio o aliena- sí misnw n egativo se afilia a un m al amo de l reconoci-
ción. Esta imagen se alimenta, como las precedentes, mi ento, la puerta está abierta a la manía de persecu-
de nuestras experiencias anteriores, arcaicas o re- ción y a la paranoia: el odio, real o supuesto, de los
cientes, personales o compartidas con otros miem- otros e ngendra el odio por sí mismo, cuyos efec-
bros de nuestra comunidad. Y conoce la misma esci- tos son a menudo devastadores. Toda acción se me
sión en buen y mal objeto. El buen objeto interior, la vuelve imposible, en el estado de tormento en que
seguridad de su efecto benéfico sobre nosotros facili- me encuentro por la vergüenza de mí mismo ante la
ta la relación amorosa feliz y a la vez una cierta auto- mirada interiorizada del otro; mi timidez se transfor-
nomía de sí mismo, responsable de la expansión ma en impotencia y en «parálisis de la con ciencia».
bienhechora del individuo: cu alquiera de nosotros ¿Cómo hacerme amar si no me creo agradable, si ya
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LA VIDA EN COMÚN EsfRUCTUAA DE LA PERSO NA
no me aman, cómo lograrlo si estoy seguro de que voy inversa de las imago: ya no la imagen que recibo, sino
a fracasar? Así podemos crearnos una verdadera pri- la que produzco, ya n o la interiorización de los otros,
sión, de la cual tal vez no salgamos nunca, puesto que sino la exteriorización de sí mismo; sin embargo, las
la acción negativa del sujeto se alimenta del reflejo dos son producciones híbridas, «formaciones de
negativo en el otro, que se alimenta de la acción y así compromiso entre el individuo y la sociedad». Esco-
sucesivamente sin final. El «complejo de inferioridad» jo presentarme como amable o cortante, payaso o
en el adulto, muchas veces no es otra cosa que un sí melancólico y, al hacer esto, adopto intencionalmen-
mismo reflexivo negativo. El mal objeto del deseo, te un rol, que yo sé que no es «yo », o en todo caso,
percibido como una agresión ya n o contra sí mismo, no es el todo del yo; también puede ser totalmente
sino contra nuestros personajes in teriorizados, y desde determinado por las normas en curso (resultar del
esta perspectiva todavía más grave, provoca la depre- conformismo social). Es la actitud tan conocida de la
sión y puede conducir a la destrucción de los otros o hipocrecía, de la mentira, del fingir, por la cual reci-
de sí mismo (al suicidio). bo un cierto reconocimiento, pero sabiendo que
Los efectos negativos de estos personajes interiori- puede ·haberse equivocado de dirección; es lo que se
zados se dejan sentir también e n el plano colectivo. llama hablar o actuar para la galería. Pero es tam-
Ciertas minorías raciales tienen m ucha dificultad en bién la invención, la creación, el encantamiento en
sustraerse a este engranaje: s~ las cree violentas, en la vida cotidiana que se transforma en espectáculo'
realidad se tornan violentas. La pobreza que las ca- y en obra de arte. Este rol que escojo para mí en rela-
racteriza engendra el desprecio de los otros, que des- ción con los otros puede estar influenciado por la an-
truye la confianza en sí mismo, lo que a su vez con- ticipación de sus reacciones, y apuntar hacia la
dena a los m iembros de esta minoría a hundirse seducción: trato de parecer - me imagino- tal
todavía más en la pobreza -o a recurrir al paliativo como los otros podrían amarme y admirarme (el
de la violencia. Como lo mostró Shelby Steele en sus paso de la afectación a la simulación es fácil). Pero
análisis del problema racial en Estados Unidos, la también puede ser totalmente independiente de eso
agresividad del saboteador interior, del anti-sí mismo y apuntar a producir un efecto particular: perturbar,
de la minoría negra es grandemente responsable de intrigar, intimidar. El contexto social en esto juega
la situación inextricable en la cu al se encuentra hoy. un rol importan te (w1a sociedad represiva favorece
La complej idad del escenario interior de la perso- evidentemente el desarrollo de la hipocre_sía).
na no se detiene allí. Jung ha señalado que, al lado Es importante darse cuenta de que_el sí mis~o de
d e las imágenes interiorizadas de los otros, a las cua- fachada es no menos inevitable que los otros: la in te-
- • • ~- • ,,.,'J
les da el nombre de imago, el individuo produce tam- racóón humana no moviliza nunca sólo una parte
b ién una imagen para los otros, lo que J ung llama su d e la persona, por lo tanto , juego Ún rol aunque sea
persona: es una máscara vuelta hacia el público, un sí escogiendo de prefe~-encia algunos de .mis rasgos
mismo de fachada. La persona. es de alguna manera la para ponerlos por delante de los otros. Nuestra iden-
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Ll \~DA EN COMlÍN ESTRUCTURA OE LA PERSONA
tidad profesional y pública es forzosamente un sí sioneros, contra nuestra voluntad contra nuestra mo-
mism o de fachada. Por esta razón, no seguiremos a ral, del sí reflexivo o incluso de esta construcción
Jung cuando sólo ve una persona por individuo; por inten cional que es el sí mismo fach ada (La Roch e-
el contrario, producimos una multitud de ellas, se- foucauld ha qescrito muy bien algunos de estos con-
gún los contextos a los cuales nos integramos: públi- flictos interiores) . El sí mismo englo~[Link] n_!? in te[;.,
co o privado, amistoso o amoroso, de hijo o de padre vie~1e en este debate, qu"e 'a veces es un combate y a.
(puesto que a m enudo somos los dos). Igualmente, veces un acuerdo; él es más bien la resultan té .[Link]
es vano querer «liberarse de los falsos envoltorios de sitúa a un nivel superior: .es Ja i.t].stancia que, como
la persona»: nuestro sí mismo no es separable de nues- consecuencia de un cálculo imfienetrabl~ 1 nos ha~e
tras relaciones con los otros y de las exigencias que escoger entre las [Link] opciones, que ftja las
leemos en sus miradas, así como el «sujeto» en ·el [Link] .Y distribuY.e. los favores.
sentid.o lacaniano no es realmente pensable sin su ~ El equip o así considerado es. mínimo; como ya
«yo ». Más que una máscara, el sí mismo de fachada lo vimos, cada uno de sus m iembros (salvo el sí m ismo
es una postura, una expresión del rostro: siempre englobante) puede subdividirse a su vez. Y, lo que no
nos hace falta una. arregla las cosas, cada persona, ya múltiple en sí
Finalme nte, a tod~s estos p ersonajes que se agitan misma, encuentra a otras personas tan complejas
sobre el escenario, debemos agregar un último, que· como ella: el tú iµiplica las mismas instancias que el
es el escen ario mismo, el marco donde se desarrolla yo. Cada tú -¡y e ncontramos tantos todos los días!-
la interacción . Es un sí mismo englobante -pero llama a un nuevo ajuste de nuestro aparato de con- i
también, de alguna manera, una torre de control, tacto social, o al menos a una readaptación. H ay e n
puesto que, en alguna parte, alguien de be tomar nosotros un m ecanismo admirablem<mte matizado,
una decisión, sopesando los pros y los contras, las de una gran complejidad , que nos permite orientar-
ventajas y los inconvenientes de cada solució n . Es lo nos «automáticamente» en vista de cada intercambio
que Williams James n ombra como «el sí mismo de particular. Los novelistas n o lo han ignorado; prueba
t0.c1os l ©s otF©s sí mismo» y qu e describe como un a de ello, el h ermano de Willi~m, Henry James, que es
instancia de arbitraje entre elementos conflictivos: afecto a frases d el género: «El sabía que yo n o podía
«Estoy consciente de un juego constante de avances verdaderam ente ayu darlo, y que yo sabía que él sabía
y retrocesos en mi pensamiento, de controles y de que n o podía h acerlo», o: «¡Oh, ayúdeme a sentir
autorizaciónes, de tenden cias que acompañan el lo que, lo sé, usted sabe que yo quisiera sentir! ». Tal es
deseo y o tras que lo contrarían.» Unas veces debe- la co tidianidad de la existencia, puesto que Yivirnos
remos someternos a las exigen cias del amo del reco- en la negoci~_ciór:i .p~r~anen te y el comercio huma-
nocimiento, otras veces satisfacer las del sí mismo no exige la convocación y la cooperación de las di-
que desea, otras obedecer sin saber por qué las órde- ~
versas instancia~ del. ~J- m islflo . .Instancias que, sub-
nes del sí mismo arcaico y otra m ás perman ecer pri- rayémoslo una última vez, son todas intersubjetivas,
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