TEMARIO OPOSICIÓN INGRESO CARRERA DIPLOMÁTICA
GRUPO CUARTO
HISTORIA
Tema 3
El reinado de Carlos II y el fin de la Casa de Austria. La guerra de
Sucesión española y la paz de Utrecht. El reinado de Felipe V. La
Europa del siglo XVIII y la Ilustración. La expansión colonial
europea.
Sumario: 1. Contextualización. 2. El reinado de Carlos II y el fin de la Casa de
Austria. 3. La guerra de Sucesión española y la paz de Utrecht. 4. El reinado de
Felipe V. 5. La Europa del siglo XVIII y la Ilustración. 6. La expansión colonial
europea.
1. Contextualización.
Cuando en 1665 murió Felipe IV su hijo y heredero, Carlos II, era menor de edad,
asumiendo la regencia (1665-1675) su madre, Mariana de Austria. Tras un reinado
marcado por la progresiva pérdida de influencia en el contexto europeo, Carlos II falleció
sin descendencia, lo que causó la Guerra de Sucesión Española (1702-1713), en la que el
nieto de Luis XIV, Felipe de Anjou, venció al otro aspirante al trono, el archiduque
Carlos. La paz de Utrecht puso fin a la guerra, en la que España tuvo que hacer
concesiones comerciales y territoriales en América, que marcaron en gran medida la
política exterior de Felipe V, en cuyo reinado se produjeron hechos de gran
trascendencia: cambio de la ley sucesoria y desaparición de los reinos, lo que supuso una
transformación en la estructura de la Monarquía. Su reinado se enmarca en un siglo en
el que el desarrollo político de Europa propició el auge de Gran Bretaña como potencia
colonial, la rivalidad de Francia y Austria y el surgimiento de Rusia y Prusia como nuevas
potencias, un desarrollo que se conjugó con la aparición de la Ilustración y el Despotismo
Ilustrado, que sentarían las bases ideológicas que llevaron a la Revolución Francesa y al
fin del Antiguo Régimen.
2. El reinado de Carlos II y el fin de la Casa de Austria.
El fallecimiento de Felipe IV en 1665 llevó al trono a su hijo Carlos, un niño enfermizo
que contaba con cuatro años a la muerte de su padre. Su reinado (1665-1700) puede
dividirse en tres grandes etapas:
- Regencia de Mariana de Austria (1665-1675): La minoría de edad
del rey supone el establecimiento de una Junta de Regencia presidida por su
madre, Mariana de Austria, designada gobernadora de los reinos y tutora del
rey. Mariana se apoyaría en su confesor, el jesuita austriaco Everardo Nithard,
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primero como Consejero de Estado y posteriormente como Inquisidor
General. Llegaba con un programa reformador que no se formalizó en la
práctica. Su cercanía a la reina madre despertó la oposición de algunos grandes
de España, que capitalizó Juan José de Austria. En 1669, este encabezó una
marcha hacia Madrid y la presión hizo que Nithard fuera destituido, si bien Juan
José fue apartado de la corte y nombrado vicario general de la Corona de
Aragón. A partir de entonces, la reina pasó a depender del consejo de
Fernando de Valenzuela.
- Periodo reformista de Juan José de Austria (1675-1679): En 1675,
Carlos II alcanzó la mayoría de edad, aunque la Junta continuó su ejercicio
político por la manifiesta insolvencia del monarca para reinar. Don Juan seguía
fuera de España y Valenzuela logró actuar como primer ministro anulando la
capacidad de la Junta, concitando el rechazo de aristócratas, militares y
eclesiásticos que lo culpaban de los males que aquejaban a España. Don Juan,
capitalizó el descontento y precipitó una resolución unánime de los Consejos
de Estado y de Castilla para apresar a Valenzuela, al tiempo que Carlos II
ordenó a su hermanastro que acudiera a la corte para asistirle en el gobierno.
Alejada la reina madre y confinada en Toledo, Juan José de Austria encabezaría
un periodo reformista con medidas como la creación de la Junta de Comercio
y Moneda, la racionalización y reforma de la administración pública o la reforma
monetaria, aplicada tras su fallecimiento, que tuvo lugar en 1679. Ese mismo
año Carlos II contrajo matrimonio con María Luisa de Orleans.
- Fase final del reinado (1679-1800): Los nuevos primeros ministros,
el duque de Medinaceli (1680-1685) y el conde de Oropesa (1685-1691),
profundizarían en el proceso de reformas iniciado por Juan José: se atajó la
inflación mediante una reforma monetaria, se redujo la deuda y se creó la
superintendencia de Hacienda, y se produjeron reformas en la administración
pública. En 1689, tras el fallecimiento de la reina, Carlos contrajo matrimonio
con Mariana de Neoburgo, procedente de una familia de probada fecundidad.
Sin embargo, el rey fue incapaz de tener descendencia, lo que llevó a que los
últimos años del reinado estuvieran centrados en la cuestión sucesoria. En un
primer momento, la opción de José de Baviera parecía imponerse en la corte,
sin embargo, su temprana muerte en 1699 llevó a un tratado de reparto entre
Luis XIV y Leopoldo I que estipulaba que un príncipe imperial sería el sucesor
y, a cambio, Francia recibiría Guipúzcoa, el Milanesado, Nápoles y Sicilia. Carlos
II falleció el 1 de noviembre de 1700, estipulando en su testamento que Felipe
de Anjou sería el heredero de todos sus reinos sin excepción, anteponiendo
así la integridad nacional a la continuidad dinástica. Comenzaba la guerra de
sucesión.
3. La guerra de Sucesión española y la Paz de Utrecht.
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A la muerte de Carlos II, el Consejo de Castilla y la curia romana apoyaron la
entronización de Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, pero la rama imperial de los
Habsburgo apoyó la candidatura del Archiduque Carlos. Luis XIV complicó el
mantenimiento de la paz al declarar que Felipe conservaba sus derechos a la Corona de
Francia y al reconocer los derechos de los Estuardo al trono inglés. Todo ello motiva la
creación de una gran alianza anti-borbónica (Sacro Imperio, Inglaterra, Provincias Unidas,
Saboya y Portugal).
La alianza declaró la guerra en 1702, iniciándose las operaciones en Italia. Felipe V se
unió a las tropas francesas que operaban en el valle del Po a las órdenes de Vendôme y
ocuparon el Milanesado, pero los austriacos resistieron y el rey regresó a España.
En su ausencia, la regencia la había asumido la reina, María Luisa de Saboya, iniciando un
lento proceso reformista que contó con la contribución de D’Amelot y Macanaz. El
archiduque Carlos desembarcó en Lisboa en 1704, año en que los ingleses se apoderaron
de Gibraltar y lo declararon bajo soberanía inglesa. En 1705, Carlos fue trasladado por
una flota inglesa y desembarcó en Denia donde se declaró rey, provocando el paso del
reino de Valencia a su bando, Barcelona capituló y los partidarios del archiduque, ahora
rey Carlos III, se extendieron por Aragón dándole a la guerra la dimensión de guerra
civil.
Felipe V fracasó en su intento de recuperar Barcelona y tuvo que enfrentarse a la invasión
de un ejército que desde Portugal avanzaba hacia el interior, por lo que abandonó
Madrid, a la que se dirigió también Carlos, pero hostigado permanentemente por los
guerrilleros filipistas, decidió retirarse hacia Valencia. En 1707, los ingleses se apoderaron
de Nápoles y Cerdeña y después de Menorca (1708), pero en España, los aliados fueron
derrotados en la batalla de Almansa, permitiendo a los filipistas recuperar Valencia y
Aragón, donde decreta abolidos los fueros e implanta los Decretos de Nueva Planta. La
retirada de Luis XIV obligó a Felipe V a retirarse a Valladolid y reorganizar el ejército, si
bien las victorias de Brihuega y Villaviciosa (1710) harán que sólo quede Cataluña como
foco antiborbónico en la Península.
La repentina muerte del José I de Austria hará que el Archiduque Carlos se convierta en
el nuevo Emperador, por lo que los aliados, temiendo la creación de un imperio similar
al heredado por Carlos V, abogaron por negociar la paz. Con la toma de Barcelona
(1714) y Mallorca (1715), Felipe V terminó de controlar el territorio español y acabó
con la resistencia austracista.
La Paz de Utrecht (Tratados de Utrecht entre Francia y Gran Bretaña y Rastatt y Baden
entre Francia y el Imperio, 1712-1715) puso fin a la guerra, modificando el escenario
europeo:
- Francia cedía a Gran Bretaña la bahía de Hudson, Terranova, Acadia y la
isla de San Cristóbal, además de reconocer a la casa de Hannover como la
reinante en Inglaterra.
- España concedía a Gran Bretaña el navío de permiso, el asiento de negros,
Gibraltar y Menorca. Los Países Bajos españoles pasaban a Austria, lo mismo
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que Nápoles, Milán, los presidios toscanos y Cerdeña; Saboya recibía de España
la isla de Sicilia.
El resultado fue el establecimiento de un sistema de equilibrio de potencias en el
continente –la balanza de poderes-, aprovechando la rivalidad entre Francia y Austria,
mientras Inglaterra instauraba su supremacía en el mar.
4. El reinado de Felipe V
El reinado de Felipe V (1700-1746, excepción hecha del breve período de 1724 en el que
reina su hijo Luis I) puso fin a casi dos siglos de presencia de los Habsburgo en España,
inaugurando una etapa reformista y centralista. En el plano personal, Felipe de Anjou
casó en dos ocasiones, con María Luisa de Saboya, que le dio dos herederos (Luis I y
Fernando VI) y con Isabel de Farnesio, que le dio otro (Carlos III).
Felipe V llevó a cabo una amplia labor reformista de la Monarquía, que empezó durante
la Guerra de Sucesión, pues al sublevarse contra él la Corona de Aragón promulgó los
Decretos de Nueva Planta entre 1707 y 1716, privando a los reinos de Valencia, Aragón
y Mallorca y el principado de Cataluña de sus fueros, implantando un mayor grado de
centralización política. Además, en 1713, publicó un Auto Acordado por el que cambiaba
la ley sucesoria, cerrando el acceso al trono a las mujeres e imponiendo una condición:
que el rey debe nacer en España.
Las primeras reformas supusieron la abolición de las Cortes de todos los territorios,
salvo las Cortes Españolas (Cortes de Castilla) y las navarras, se suprimió la figura del
virrey y se impuso el castellano como lengua oficial. Tras la supresión de los reinos, los
territorios de la Monarquía se organizarían en lo sucesivo en provincias e intendencias.
Otra dimensión reformista fue la relacionada con la administración, para lo que redujo
el número de Consejos y se crearon las secretarías de Estado y Despacho.
La relación con la Iglesia no fue fácil por la actitud de Roma en la Guerra de Sucesión,
pero al fin quedó regulada, primero, por el Concordato de 1717 y, luego, por el de 1737.
También el ejército recibió una reforma de gran entidad, pues se prescindió de la
heredada de los Austria -los regimientos sustituyen a los tercios- y se articuló sobre dos
estructuras, una territorial compuesta por las milicias provinciales y otra orgánica,
constituida por el ejército propiamente tal.
A poco de concluir la Guerra de Sucesión, se generó en España un sentimiento de
frustración y el deseo de recuperar lo perdido en Italia, impulsado por el cardenal
Alberoni, que se plasmó en las intervenciones en Cerdeña y Sicilia que desataron la
guerra de la Cuádruple Alianza (1717-1721) frente al Sacro Imperio, Gran Bretaña,
Francia y los Países Bajos.
La Paz de la Haya mantuvo el statu quo, pero no fue hasta el Tratado de Viena de 1725
cuando España alcanza finalmente una paz con el Sacro Imperio, reconociendo Felipe la
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soberanía imperial sobre los Países Bajos y Milán y el emperador haciendo lo propio
respecto a la sucesión en Felipe.
Las manifestaciones inglesas de fuerza en España y América, decidieron a Felipe V a
someter a Gibraltar a un asedio, dando comienzo la guerra angloespañola de 1727 a
1729 que finaliza sin apenas consecuencias por el Tratado de Sevilla, si bien España
conseguiría asegurar los derechos del príncipe Carlos a los ducados de Parma y Piacenza.
En 1732 las tropas españolas lograron la conquista de Orán, y en 1733 estalló la Guerra
de Sucesión Polaca, pues a la muerte de Augusto II, Austria y Francia tenían candidatos
diferentes al trono electivo de Polonia. España firmó con Francia el Primer Pacto de
Familia y se unió a los franceses en las operaciones que habían iniciado en Italia. Se
alcanzó la paz en 1738 por el Tercer Tratado de Viena, aunque España no lo refrendó
hasta el año siguiente. El príncipe Carlos fue reconocido como soberano del reino de las
Dos Sicilias (Nápoles y Sicilia).
En 1739 empezó una nueva guerra contra Gran Bretaña, la guerra del asiento, fruto de
las rivalidades comerciales anglo-hispanas en el Caribe, conflicto en el que tuvo lugar la
defensa de Cartagena de Indias por Blas de Lezo. La guerra entraría en punto muerto en
1742 pero ya antes quedó oscurecida por otra de mayor envergadura, la guerra de
Sucesión Austriaca. Cuando Federico II de Prusia invadió Silesia, Francia e Inglaterra se
implicaron en el conflicto, aquella al lado del prusiano y ésta al de Austria. Francia renovó
su alianza con España, en el Segundo Pacto de Familia (1743); desde 1745 empezaron las
negociaciones de paz bilaterales que se generalizaron y en 1748 se firmó la Paz de
Aquisgrán, en la que no se reconocía el triunfo de nadie, pero Federico II retenía Silesia,
lo que sería motivo de discordia posteriormente. España logró que el príncipe Felipe
fuera establecido en Parma, Piacenza y Guastalla. Isabel de Farnesio veía alcanzados así
sus deseos de dejar instalados a sus hijos en estados italianos.
Dos años antes de firmarse la paz, murió Felipe V. Le sucedería su hijo Fernando,
segundogénito de su primera esposa.
5. La Europa del siglo XVIII y la Ilustración.
En el siglo XVIII se produjo una recuperación generalizada de la vida y la actividad
europea, dejando atrás la crisis y el retroceso que suponía en siglo XVII, por eso se le
consideró un siglo de progreso y crecimiento, de desarrollo político y cultural con
repercusiones trascendentales en la sociedad (la vieja sociedad estamental se cuartea y
apunta la nueva sociedad de clases), en el pensamiento y en la práctica política, que
desembocaron en un proceso revolucionario que se desarrolló en Europa y América.
2.1. Crecimiento demográfico y desarrollo económico.
A partir del siglo XVIII la población mundial dio un salto, especialmente significativo en
el caso de Europa, que de 110 millones a principios de siglo tenía más de 190 a finales,
debido a la mejora de la higiene pública y privada, al desarrollo de la medicina, la
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búsqueda de remedios para mitigar la incidencia de las epidemias y la aminoración de los
efectos de las guerras.
En el terreno económico, el siglo XVIII fue una fase alcista, que recibió el primer impulso
como consecuencia del desarrollo financiero, desencadenado por la segunda oleada de
metales preciosos (oro brasileño y plata mexicana); el capitalismo contaba ya con
instrumentos como la bolsa, la banca y las sociedades anónimas y, entonces, las técnicas
capitalistas se generalizaron entre el gran público. Pero el volumen de capital puesto en
circulación (la producción de plata se dobló entre 1700 y 1720 y entre 1760 y 1780; y
con el oro ocurrió algo asimilar a partir de mediados de siglo) provocó una grave crisis
en los inicios de la década de 1720 en Gran Bretaña (crisis de la Compañía de los Mares
del Sur) y en Francia (quiebra del sistema Law). A lo largo de la década de 1730 la
situación se normalizó.
En el siglo XVIII, por lo que se ha llamado la revolución agrícola, empezó a modificarse
la base sobre la que descansaba la explotación agraria. Desde 1730 y hasta mediados del
siglo siguiente, Gran Bretaña se convirtió en el centro de interés y en el modelo que
difundirá dicha revolución, con roturaciones profundas del suelo, siembra mecánica,
inversión de capitales, mejora del utillaje e innovaciones en la rotación y en los cultivos.
En la industria se iban a producir unas novedades que originaron la revolución industrial:
innovación técnica y mecánica, desarrollo de la empresa capitalista, aumento de las
inversiones y aparición del proletariado que dio mano de obra a las fábricas. Gran
Bretaña tomó ventaja y las innovaciones donde antes se produjeron fueron en la industria
textil: la lanzadera volante de John Kay, las hiladoras de Lewis Paul y James Hargreaves,
el telar mecánico de Arkwright y la máquina de vapor de James Watt. El desarrollo de
las máquinas aumentó el consumo de materias primas incrementando la producción
siderúrgica, lo que preludió el maquinismo del siglo XIX y muestra cómo el artesanado
quedó claramente superado. El camino inglés lo siguieron los demás países con retraso
(Francia, Bélgica, Alemania…), de manera que sus efectos y consecuencias empezaron a
notarse en el siglo XIX.
2.2. Equilibrio político y guerras dinásticas y coloniales.
Las relaciones internacionales estuvieron presididas por la implantación del equilibrio de
acuerdo con la “balanza de poderes”, que tuvo eco en la coalición contra Luis XIV y
Felipe V, se recogerá en los acuerdos de Utrecht y presidirá la diplomacia europea en
los años siguientes. La aplicación práctica de tales principios se llevó a cabo mediante la
formación de unos bloques continentales en los diferentes conflictos: en la Guerra de
Sucesión Española (1702-1713), contra Luis XIV y Felipe V lucharon Austria, Inglaterra,
Holanda, Portugal y Saboya y en la paz de Utrecht de 1713, ya empezaron los reajustes
coloniales, pues en América del norte cambiaron de manos francesas a inglesas extensos
territorios. Años después, en la Guerra de Sucesión Polaca (1733-1738), se mantuvo el
enfrentamiento franco-austriaco y en la Guerra de Sucesión Austriaca (1740-1748) se
produjo un nuevo enfrentamiento entre Austria, que fue ayudada por Inglaterra y
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Francia, que contaba con la alianza prusiana. Posiblemente, el momento más pleno de la
aplicación del equilibrio fuera el periodo 1713-1748, pero es perceptible hasta los
repartos de Polonia, la evidencia más brutal de su aplicación: en tres repartos, realizados
en 1772, 1793 y 1795, Prusia, Rusia y Austria se apoderaron de mutuo acuerdo de los
territorios polacos, aprovechando su debilidad orgánica y política.
La dinámica de la ordenación europea la marcaron, sobre todo, Inglaterra, Francia,
Austria y, en menor medida, España, Países Bajos y el Imperio Otomano, pero a lo largo
del siglo entraron en juego nuevas potencias: Rusia y Prusia. Constantes del periodo
fueron la pugna colonial anglo-francesa y la rivalidad austro-prusiana para conseguir la
hegemonía en el Sacro Romano Imperio Germánico. Ambos antagonismos se conectan
y explican la reversión de alianzas de 1756: en la Guerra de Sucesión Austriaca, Gran
Bretaña luchó al lado de Austria y Francia al de Prusia, pero en la Guerra de los Siete
Años (1756-1763) Prusia optó por la alianza inglesa, favoreciendo el acercamiento
franco-austriaco. Las actitudes y reacciones provocadas por la independencia de las
Trece Colonias fueron el primer aldabonazo contra los planteamientos domésticos de
la política europea. La Revolución Francesa iniciada en 1789 y el mecanismo que desató,
los descompusieron por completo.
2.3. La Ilustración.
Las novedades ideológicas que se desarrollaron en el último tercio del siglo XVII
cristalizaron en el siglo XVIII en una corriente cultural conocida como la Ilustración,
articulada sobre dos principios renacentistas, el racionalismo y el naturalismo. El ideal de
la Ilustración fue la naturaleza abarcada por la razón, por lo que estaba en contra de los
sobrenatural (lo divino) y de la tradición (lo histórico). Por ello, la Ilustración cargó
contra la Monarquía y la Iglesia, fundamentos de la sociedad y los pilares del Antiguo
Régimen, proponiendo soluciones en el terreno político que fueron desde un gobierno
oligárquico aristocrático hasta una democracia socializante. Respecto a la Religión, los
ilustrados se mostraron deístas, ateos o materialistas.
La primera generación de ilustrados tuvo como figuras señeras a Montesquieu y a
Voltaire, referentes de la generación nacida en torno a 1720 que consolidó el triunfo
ilustrado y que incluye a los enciclopedistas Diderot y D’Alembert, Rousseau, Mably, etc.
En numerosos países europeos de corte absolutista, las ideas de la Ilustración calaron
entre los monarcas, quienes deseaban dirigir reformas económicas, sociales y civiles sin
que afectasen los intereses políticos de la Monarquía. Este “despotismo ilustrado” se
sintetizó en la frase “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, que solo fue cierta en la
segunda parte, pues el verdadero interés residió en el fomento de la fortaleza del Estado
y en el poder de la Monarquía. Por eso, los monarcas cuando comprobaron que las
reformas o los resultados inmediatos de ellas no dieron los resultados esperados, se
apartaron de la influencia ilustrada y a los grandes déspotas ilustrados sucedió una
generación de reyes reaccionarios, cuyo reaccionarismo acentúo el estallido de la
Revolución Francesa. Entre los más genuinos representantes de esta forma de gobierno,
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los déspotas ilustrados por antonomasia fueron: Federico II de Prusia (1740-1786),
Carlos III de España (1759-1788), María I (1777-1807) y su esposo Pedro III de Portugal
(1777-1786), Catalina II la Grande de Rusia (1762-1796), Luis XVI de Francia (17741792),
Gustavo III de Suecia (1771-1792) y José II de Austria (1780-1790).
6. La expansión colonial europea.
En el siglo XVIII se produjo un incremento de la actividad colonizadora europea en todo
el mundo. En América, España y Portugal se repartieron el control de la parte meridional
(salvo los enclaves de las Guayanas); en la parte central se mantuvo el control español
en el continente mientras que, en las Antillas y en Norteamérica, franceses e ingleses se
disputaron la parte no ocupada por los españoles.
África siguió siendo el continente con menos presencia europea. Hasta entonces había
sido casi un monopolio de las factorías portuguesas, pero ahora registraba asentamientos
de otras potencias, como Francia y Holanda, aunque en menor cuantía que en los otros
continentes. Su interés era esencialmente económico-comercial. De los asentamientos
estables europeos, el más importante fue el holandés de El Cabo, crucial en el camino
hacia la India.
En Asia, la acción europea se concentró en dos zonas fundamentales, en el norte, a
través de Siberia y en el sur. En aquélla, Rusia fue la protagonista y en su marcha hacia
el este saltará incluso a América por Alaska, iniciando un leve descenso hacia el sur por
la costa oeste. En el sur, Holanda confirmó su asentamiento preferentemente insular
en la actual Indonesia, mientras que Gran Bretaña se impuso a Francia en la India,
sentando las bases para su instalación en Australia y Nueva Zelanda.
El primer gran choque colonial del siglo XVIII sería precisamente protagonizado por
ambas potencias en la Guerra de los Siete Años, que culminó en la paz de París de 1763
y supuso el fin de la presencia colonial francesa en Norteamérica y en buena parte de la
India, donde la presencia francesa quedó reducida a unas cuantas factorías. Un resultado
que Francia no tuvo más remedio que aceptar, pero que la dejó con deseo de revancha
y buscó desquitarse al producirse la sublevación de las Trece Colonias inglesas de
Norteamérica, a las que ayudó, juntamente con España y los Países Bajos, a conseguir su
independencia en 1783.
En cuanto al Pacífico, los europeos no se lo disputaron en el siglo XVIII, pero
emprenderán decididamente su exploración después de la paz de 1763, uno de cuyos
resultados más significativos fue integrar a Oceanía en el mundo conocido. En esas
expediciones hay que destacar los viajes de Cook, Le Pérouse, Bougainville, Wallis,
Carteret, Malaspina y Bodega y Cuadra, por citar algunos de los más significativos. Las
reclamaciones angloespañolas sobre la costa noroeste del Pacífico en América del Norte
se solventaron mediante las Convenciones de Nutca, que previnieron la intensificación
del conflicto.
De entre las potencias menores que se aventuraron a iniciativas coloniales con menor
grado de éxito, cabe destacar la efímera presencia de Dinamarca en la India, la Costa de
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Oro y el Caribe, y su colonización de Groenlandia en 1721, así como la de Suecia en San
Bartolomé (Caribe).
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