UCA Historia de las Ideas Políticas II
Protitular: Mg.. Alberto Bisso
Thomas Hobbes. Leviatán (1651)1
Cap. XIII: DE LA CONDICIÓN NATURAL DEL GENERO HUMANO, EN LO QUE CONCIERNE A SU FELICIDAD Y MISERIA
La naturaleza ha hecho a los hombres tan iguales en sus facultades corporales y mentales que, aunque
pueda encontrarse a veces un hombre manifiestamente más fuerte de cuerpo, o más rápido de mente
que otro, aun así, cuando todo se toma en cuenta en conjunto, la diferencia entre hombre y hombre no es
lo bastante considerable como para que uno de ellos pueda reclamar para sí beneficio alguno que no
pueda el otro pretender tanto como él. Porque en lo que toca a la fuerza corporal, aun el más débil tiene
fuerza suficiente para matar al más fuerte, ya sea por maquinación secreta o por federación con otros que
se encuentran en el mismo peligro que él.
Y en lo que toca a las facultades mentales (dejando aparte las artes fundadas sobre palabras, y
especialmente aquella capacidad de procedimiento por normas generales e infalibles llamado ciencia,
que muy pocos tienen, y para muy pocas cosas, no siendo una facultad natural, nacida con nosotros, ni
adquirida -como la prudencia- cuando buscamos alguna otra cosa), encuentro mayor igualdad aún entre
los hombres, que en el caso de la fuerza. Pues la prudencia no es sino experiencia, que a igual tiempo se
acuerda igualmente a todos los hombres en aquellas cosas a que se aplican igualmente. Lo que quizá
haga de una tal igualdad algo increíble no es más que una vanidosa fe en la propia sabiduría, que casi
todo hombre cree poseer en mayor grado que el vulgo; esto es, que todo otro hombre salvo él mismo, y
unos pocos otros, a quienes, por causa de la fama, o por estar de acuerdo con ellos, aprueba. Pues la
naturaleza de los hombres es tal que, aunque puedan reconocer que muchos otros son más vivos, o más
elocuentes, o más instruidos, difícilmente creerán, sin embargo, que haya muchos más sabios que ellos
mismos: pues ven su propia inteligencia a mano, y la de otros hombres a distancia. Pero esto prueba que
los hombres son en ese punto iguales más bien que desiguales. Pues generalmente no hay mejor signo
de la igual distribución de alguna cosa que el que cada hombre se contente con lo que le ha tocado.
De esta igualdad de capacidades surge la igualdad en la esperanza de alcanzar nuestros fines.
Y, por tanto sí hombres cualesquiera desean la misma cosa, que sin embargo, no pueden ambos gozar
devienen enemigos ; y en su camino hacia su fin (que es principalmente su propia conservación, a veces
sólo su delectación) se esfuerzan mutuamente en destruirse ó subyugarse. Y viene así a ocurrir que, allí
donde un invasor no tiene otra cosa que temer que el simple poder de otro hombre, si alguien planta,
siembra, construye, o posee morada adecuada, pueda esperarse de otros que vengan probablemente
preparados con fuerzas unidas para desposeerle y privarle no sólo del fruto de su trabajo, sino también
de su vida, o libertad. Y el invasor a su vez se encuentra en el mismo peligro frente a un tercero.
No hay para el hombre más forma razonable de guardarse de esta inseguridad mutua que la
anticipación; esto es, dominar, por fuerza o astucia, a tantos hombres como pueda hasta el punto de no
ver otro poder lo bastante grande como para ponerle en peligro. Y no es esto más que lo que su propia
conservación requiere, y lo generalmente admitido. También porque habiendo algunos, que
complaciéndose en contemplar su propio poder en los actos de conquista, los llevan más lejos de lo que
su seguridad requeriría, si otros, que de otra manera se contentarían con permanecer tranquilos dentro
de límites modestos, no incrementasen su poder por medio de la invasión, no serían capaces de subsistir
largo tiempo permaneciendo sólo a la defensiva. Y, en consecuencia, siendo tal aumento del dominio
sobre hombres necesario para la conservación de un hombre, debiera serle permitido. Por lo demás, los
hombres no derivan placer alguno (sino antes bien, considerable pesar) de estar juntos allí donde no hay
poder capaz de imponer respeto a todos ellos. Pues cada hombre se cuida de que su compañero le
valore a la altura que se coloca él mismo. Y ante toda señal de desprecio o subvaloración es natural que
se esfuerce hasta donde se atreva (que, entre aquellos que no tienen un poder común que los mantenga
tranquilos, es lo suficiente para hacerles destruirse mutuamente), en obtener de sus rivales, por daño,
una más alta valoración; y de los otros, por el ejemplo.
Así pues, encontramos tres causas principales de riña en la naturaleza del hombre. Primero,
competición; segundo, inseguridad; tercero, gloria. El primero hace que los hombres invadan por
ganancia; el segundo, por seguridad; y el tercero, por reputación. Los primeros usan de la violencia para
hacerse dueños de las personas, esposas, hijos y ganado de otros hombres; los segundos para
defenderlos; los terceros, por pequeñeces, como una palabra, una sonrisa, una opinión distinta, y
cualquier otro signo de subvaloración, ya sea directamente de su persona, o por reflejo en su prole, sus
amigos, su nación, su profesión o su nombre.
Es por ello manifiesto que durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que
les obligue a todos al respeto, están en aquella condición que se llama guerra. Pues la GUERRA no
consiste sólo en batallas, o en el acto de luchar; sino en un espacio de tiempo donde la voluntad de
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disputar en batalla es suficientemente conocida. Y, por tanto, la noción de tiempo debe considerarse en
la naturaleza de la guerra; como está en la naturaleza del tiempo atmosférico. Pues así como la
naturaleza del mal tiempo no está en un chaparrón o dos, sino en una inclinación hacia la lluvia de
muchos días en conjunto, así la naturaleza de la guerra no consiste en el hecho de la lucha, sino en la
disposición conocida hacia ella, durante todo el tiempo en que no hay seguridad de lo contrario. Todo
otro tiempo es PAZ.
Lo que puede en consecuencia atribuirse al tiempo de guerra, en el que todo hombre es
enemigo de todo hombre, puede igualmente atribuirse al tiempo en el que los hombres también viven sin
otra seguridad que la que les suministra su propia fuerza y su propia inventiva. En tal condición no hay
lugar para la industria; porque el fruto de la misma es inseguro y por consiguiente tampoco cultivo de
tierra; ni navegación, ni uso de los bienes que pueden ser importados por mar, ni construcción
confortable, ni instrumentos para, mover y remover los objetos que necesitan mucha fuerza; ni
conocimiento de la faz de la tierra; ni cómputo del tiempo; ni artes; ni letras; ni sociedad; sino, lo que es
peor que todo: miedo continuo, y peligro de muerte violenta; y para el hombre una vida solitaria, pobre,
desagradable, brutal y corta.
Puede resultar extraño para un hombre que no haya sopesado bien estas cosas que la naturaleza
disocie de tal manera a los hombres y les haga capaces de invadirse y destruirse mutuamente. Y es
posible que, en consecuencia, desee, no confiando en esta inducción derivada de las pasiones, confirmar
la misma por experiencia. Medite entonces él, que se arma y trata de ir bien acompañado cuando viaja,
que atranca sus puertas cuando se va a dormir, que echa el cerrojo a sus arcones incluso en su casa, y
esto sabiendo que hay leyes y empleados públicos armados para vengar todo daño que se le haya
hecho, qué opinión tiene de su prójimo cuando cabalga armado, de sus conciudadanos cuando atranca
sus puertas, y de sus hijos y servidores cuando echa el cerrojo a sus arcones. ¿No acusa así a la
humanidad con sus acciones como lo hago yo con mis palabras? Pero ninguno de nosotros acusa por
ello a la naturaleza del hombre.
Los deseos, y otras pasiones del hombre, no son en sí mismos pecado. No lo son tampoco las
acciones que proceden de esas pasiones, hasta que conocen una ley que las prohíbe. Lo que no pueden
saber hasta que las leyes no son hechas. Ni puede hacerse ley alguna hasta que hayan acordado la
persona que lo hará. Puede quizás pensarse que jamás hubo tal tiempo ni tal situación de guerra; y yo
creo que nunca fue generalmente así, en todo el mundo. Pero hay muchos lugares donde viven así hoy.
Pues las gentes salvajes de muchos lugares de América, con la excepción del gobierno de pequeñas
familias, cuya concordia depende de la natural lujuria, no tienen gobierno alguno; y viven hoy en día de la
brutal manera que antes he dicho. De todas formas, qué forma de vida habría allí donde no hubiera un
poder común al que temer puede ser percibido por la forma de vida en la que suelen degenerar, en una
guerra civil, hombres que anteriormente han vivido bajo un gobierno pacífico. Pero aunque nunca
hubiera habido un tiempo en el que hombres particulares estuvieran en estado de guerra de unos contra
otros, sin embargo, en todo tiempo, los reyes y personas de autoridad soberana están, a causa de su
independencia, en continuo celo, y en el estado y postura de gladiadores; con las armas apuntando, y los
ojos fijos en los demás; esto es, sus fuertes, guarniciones v cañones sobre las fronteras de sus reinos e
ininterrumpidos espías sobre sus vecinos; lo que es una postura de guerra. Pero, pues, sostienen así la
industria de sus súbditos, no se sigue de ello aquella miseria que acompaña a la libertad de los hombres
particulares.
De esta guerra de todo hombre contra todo hombre, es también consecuencia que nada puede
ser injusto. Las nociones de bien y mal, justicia e injusticia, no tienen allí lugar. Donde no hay poder
común, no hay ley. Donde no hay ley, no hay injusticia. La fuerza y el fraude son en la guerra las dos
virtudes cardinales. La justicia y la injusticia no son facultad alguna ni del cuerpo ni de la mente. Si lo
fueran, podrían estar en un hombre que estuviera solo en el mundo, como sus sentidos y pasiones. Son
cualidades relativas a hombres en sociedad, no en soledad. Es consecuente también con la misma
condición que no haya propiedad, ni dominio, ni distinción entre mío y tuyo; sino sólo aquello que todo
hombre pueda tomar; y por tanto tiempo como pueda conservarlo.
Y hasta aquí lo que se refiere a la penosa condición en la que el hombre se encuentra de hecho
por pura naturaleza; aunque con una posibilidad de salir de ella, consistente en parte en las pasiones,
en parte en su razón. Las pasiones que inclinan a los hombres hacia la paz son el temor a la muerte; el
deseo de aquellas cosas que son necesarias para una vida confortable; y la esperanza de obtenerlas por
su industria. Y la razón sugiere adecuados artículos de paz sobre los cuales puede llevarse a los
hombres al acuerdo. Estos artículos son aquellos que en otro sentido se llaman leyes de la naturaleza,
de las que hablaré más en concreto en los dos siguientes capítulos.
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