Robins Gay - Las Mujeres en El Antiguo Egipto
Robins Gay - Las Mujeres en El Antiguo Egipto
LAS MUJERES
EN EL ANTIGUO EGIPTO
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NIVERSITARIA
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a vida y la cultura del Antiguo Egipto se encuentran muy
bien representadas por la riqueza de los testimonios
conservados, pero ¿con cuánta frecuencia se han inter
pretado esos testimonios, consciente o inconscientemente, sólo
desde un punto de vista masculino? Solamente desde hace
poco tiempo se cuestiona la relativa «invisibilidad» de las
mujeres en la historiografía egipcia, comenzándose a estu
diar desde entonces su contribución a la historia de Egipto.
Egipto estaba gobernado por un faraón y administrado por
una burocracia íntegramente masculina; pese a ello, hay prue
bas evidentes de que las mujeres podían ejercer cierto poder
e influencia de manera indirecta y, en algunos casos, de forma
directa, cuando una mujer ocupaba la posición de faraón.
La autora estudia el papel de las mujeres de la realeza, las
reinas y sus connotaciones divinas, y describe a esas mujeres
excepcionales que rompieron los lazos de la tradición al asu
mir el poder real. Asimismo, también muestra cómo las muje
res desempeñaban ciertos cargos en el culto religioso y expo
ne cómo era la vida cotidiana de las mujeres, tanto en el hogar
y la familia como en la esfera económica y legal.
G ay Robins ha interpretado las fuentes primarias con mira
da renovada y, aun sin realizar excesivas extrapolaciones
sobre las variadas lagunas que existen en las fuentes, ofrece
nuevas y reveladoras intuiciones sobre la vida de las mujeres
del Antiguo Egipto y, por tanto, también sobre la antigua
sociedad egipcia.
LAS MUJERES
EN EL ANTIGUO EGIPTO
Traducción
Marco V. García Quíntela
-skal-
%\U I Utf
AKAL UNIVERSITARIA
Serie Interdisciplinar
Director de la serie:
José Carlos Bermejo Barrera
Maqueta: RAG
Estoy en deuda con todas aquellas personas que me han ayudado y esti
mulado de diferentes m aneras para que escribiese este libro, y especial
mente agradecida a Vivian Davies y Celia Clear por su iniciativa al suge
rirme que emprendiese el proyecto. Además me gustaría dar las gracias a
John Baines por sus fructíferas discusiones mientras estaba trabajando en
el libro en Oxford; a Annette Depla por dejarme leer el borrador de su artí
culo ‘W omen in ancient Egyptian wisdom literature’ antes de su publica
ción; a A ndrea M cD ow ell por su am able ayuda al contestar a mis pre
guntas y por dejarme leer antes de publicar dos artículos suyos, ‘W om en’s
economic position in the New K ingdom ’ y ‘A gricultural activity by the
workmen of D eir el-M edina’; a M alcolm M osher, Jr., p o r sus inform a
ciones sobre los Libros de los M uertos de la B aja É poca poseídos por
mujeres; a Richard Parkinson por las muchas e interesantes discusiones;
a Geraldine Pinch por toda su ayuda y conversación estimulante y por pro
porcionarme una copia de su artículo ‘Fertility m agic’ antes de su publi
cación; a Stephen Quirke que com partió conm igo m uchas interesantes
intuiciones m ientras m e ayudaba en otro proyecto relacionado con las
mujeres en el Egipto antiguo; a Jim Romano que amablemente me dio una
copia de su conferencia sobre ‘M other and Child in Ancient Egypt’ impar
tida en el M etropolitan M useum of A rt de Nueva York; a Donald Spanel
por su constante ayuda al proporcionarme referencias, responder a mis pre
guntas y por ser la persona que en este tema, como en cualquier otro aspec
to del antiguo Egipto, me hizo com entarios interesantes y valiosos. Por
último, me gustaría dar las gracias a mi m arido, Charles Shute, por leer
incontables veces los diferentes borradores del original y p o r hacer muchas
sugerencias importantes para mejorarlo, y a mi editora, Carolyn Jones, por
seguir el proyecto hasta su fin.
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Cronología del Antiguo Egipto
7
1550-1525: Amosis
1525-1504: Amenhotep I
1504-1492: Tutmosis I
1492-1479: Tutmosis II
1479-1425: Tutmosis III
1473-1458: Hatshepsut
1427-1401: Amenhotep II
1401-1391: Tutmosis IV
1391-1353: Amenhotep III
1353-1335: Amenhotep IV/Ajenatón
1335-1333: Esmenjkara
1333-1323: Tutankhamón
1323-1319: Ay
1319-1307: Horemheb
1307-1196: Dinastía Diecinueve
1307-1306: Rameses I
1306-1290: Seti I
1290-1224: Rameses II
1224-1214: Merenptah
1214-1204: Seti II
Amenmesu (usurpador durante el reinado de Seti II)
1204-1198: Saptah
1198-1196: Tausret
1196-1070: Dinastía Veinte
1196-1194: Setnajt
1194-1163: Rameses III
1163-1156: Rameses IV
1156-1151: Rameses V
1151-1143: Rameses VI
1143-1070: Rameses VII-XI
1070-712: TERCER PERÍODO INTERM EDIO (DINASTÍAS
VEINTIUNO A VEINTICINCO TEBANA)
978-959: Saamón (Dinastía Veintiuno)
777-749: Osorkón III/IV (Dinastía Veintitrés)
770-750: Kashta (Dinastía Veinticinco Tebana)
750-712: Pii (Dinastía Veinticinco Tebana)
712-332: BAJA ÉPOCA (DINASTÍAS VEINTICINCO A TREINTA
Y TRES)
712-657: Dinastía Veinticinco
712-698: Shabako
698-690: Shabitko
690-664: Taharqo
664-657: Tanutamani
664-525: Dinastía Veintiséis
664-610: Psamético I
525-404: Dinastía Veintisiete (persa)
404-399: Dinastía Veintiocho
399-380: Dinastía Veintinueve
380-343: Dinastía Treinta
343-332: Dinastía Treinta y uno (persa)
332:: CONQUISTA DE ALEJANDRO
9
Introducción
12
ban o descartaban. A sí se consideraba carente de interés el vasto número
de pequeños fragmentos de cerámica sin decorar encontrados en la mayor
parte de los yacim ientos. Sin em bargo en la actualidad existen m étodos
sofisticados para extraer una gran cantidad de información de esos frag
m entos que pueden ayudar, por ejemplo, a establecer las funciones de las
diferentes partes de un yacimiento. Al mismo tiempo los huesos de los ani
males difícilmente se consideraban como hallazgos importantes, tampoco
se le ocurría a nadie la idea de tomar muestras del suelo para buscar restos
vegetales o la presencia de parásitos que podrían haber pasado a las heces
animales o humanas. Hoy en día la mayor parte de las excavaciones inclu
yen especialistas cuya función es estudiar exclusivamente una de esas cosas.
Gracias a ellos podemos tener información concerniente a la cría de ani
males, a las prácticas de matanza, los productos alimenticios para anim a
les y humanos, las infecciones parasitarias en la población e información
concerniente a la función del yacim iento. A llí donde se llevaron a cabo
excavaciones antes de que se considerasen estas cuestiones la información
sobre tales temas se ha perdido para siempre.
Otras lagunas de nuestro conocim iento arqueológico proceden de las
peculiaridades geográficas de Egipto. El Delta, al norte, es un área bien irri
gada, fértil y llana que durante buena parte de su historia conformó el cen
tro económico del territorio. Sin embargo se conoce muy pobremente desde
el punto de vista arqueológico debido a que la altura de la capa freática difi
culta y encarece la excavación, además el acceso está limitado por la ocu
pación actual. Problemas similares surgen cuando se intenta excavar en el
área cultivada del valle del Nilo. Ahora bien, es precisamente en esas áreas
agrícolas del Delta y del valle en donde se encontraban las antiguas ciuda
des y aldeas. Incluso en la gran ciudad sureña de Tebas, de la que parece
que sabemos tanto, sólo tenemos conocimientos sobre templos y tumbas, no
sabemos prácticamente nada de los barrios residenciales de la ciudad. La
historia es igual en todas partes: no faltan excavaciones de templos y tum
bas pero hay una verdadera sequía de yacimientos residenciales. Esto se debe
al hecho de que los egipcios construían sus templos y tumbas en el límite
del desierto, no en las áreas cultivadas. En ese terreno, en la arena seca, no
sólo es fácil excavar, sino que la recompensa inmediata parece más grande
debido al esplendor del monumento de piedra desenterrado, las oportunida
des de descubrir ricos objetos funerarios y la facilidad con la que en gene
ral la arena permite conservar los objetos. Es evidente que todo esto es más
gratificante que la excavación de un yacimiento anegado, con edificios de
arcilla, pobrem ente preservados y pequeños, y la escasa probabilidad de
hallazgos preciosos o artísticos. Así pues, tenemos que dar las gracias cuan
do nos hallamos ante el hecho de que, ocasionalmente y por razones espe
ciales, los egipcios construyeron hábitats en tierras del desierto, pues éstos
son los únicos asentamientos que se han excavado extensamente: la ciudad
de Ajetatón en Amarna, la ciudad de Cahun, cerca de la entrada a la cuen
ca del Fayum, y las aldeas de trabajadores en Am arna y Deir el Medina.
Aunque existen buenas razones para creer que no son representativos de las
zonas de habitación en su conjunto, constituyen nuestra única fuente de
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información en este aspecto y por esta razón nos referiremos a ellos con fre
cuencia. Sin embargo no llenan la amplia laguna en nuestro conocimiento
de los hábitats y nos quedamos sin saber prácticamente nada sobre las al
deas y ciudades en las que vivían los egipcios sus vidas cotidianas y sobre
las casas en las que moraban. Puesto que la mayor parte de las responsabi
lidades de las mujeres consisten en llevar la casa, esta pérdida resulta espe
cialmente grave en cualquier estudio de las mujeres.
Las fuentes textuales presentan un diferente tipo de problemas que deri
van de los fines para los que los egipcios componían sus textos. En primer
lugar, sólo una débil proporción de la población, quizá un uno por ciento,
podía leer y escribir. Este grupo formaba la burocracia de los escribas que
gobernaba el país; el resto de la población era analfabeta y por tanto inca
paz de producir material escrito. Es más, no está claro si las mujeres de la
clase de los escribas también estaban alfabetizadas, y si es así, si todas o
sólo algunas adquirían las destrezas de leer y escribir. Ciertamente, en el
estado actual de nuestros conocim ientos no hay un solo texto que pueda
presentarse inequívocamente como escrito por una mujer. Por todo ello los
textos conservados tienen en su seno el sesgo de que fueron producidos por
un pequeño grupo de elite que en su mayor parte, sino por completo, esta
ba compuesto por hombres y que no era representativo de la población egip
cia como un todo.
Aunque la escritura era fundamental para la civilización egipcia se limi
taba a unos usos específicos cuyos objetivos deben entenderse para poder
interpretar adecuadamente los documentos. Los textos monumentales escri
tos con jeroglíficos sobre los muros de templos y tum bas se com ponían
comúnmente de acuerdo con modelos tradicionales. Su contenido respon
día a la visión del mundo y a los ideales egipcios y por ello no pueden leer
se según su sentido literal. Así, las llamadas autobiografías de funcionarios
son en su mayor parte estereotipos. Su finalidad es confirmar que el suje
to vivió su vida de acuerdo con los modelos aceptados. Una vez que sabe
mos esto podemos esperar saber algo acerca del contenido de esos mode
los, pero poco acerca de la vida del funcionario en concreto. Tam bién
resulta significativo el hecho de que autobiografías similares no se escri
bían para mujeres. Esta carencia significa que no tenemos un registro com
parable de modelos de comportamiento aceptados para las mujeres en la
sociedad.
Los textos no monumentales, normalmente escritos en hierático o, más
tarde, en demótico, sobre papiros o fragmentos cerámicos proporcionan
información importante sobre el funcionamiento de las instituciones del tem
plo y el gobierno, sobre asuntos legales y temas económicos, pero debemos
recordar que la selección de textos que tenemos se debe a la casualidad de
su supervivencia y muchos más se han perdido. La mayor parte de los docu
mentos sobre economía privada y de carácter legal provienen de la aldea atí-
pica de Deir el Medina, formada por trabajadores durante el Imperio Nuevo,
y carecemos de fuentes com parables para otros períodos y lugares. Muy
a menudo los documentos se encuentran en estado fragmentario, por lo
que resultan difíciles de entender y normalmente carecemos del contexto
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que podría clarificarlos cuando se escribieron. Lo mismo se puede decir con
respecto a las cartas que se conservan. Tienden a ser concisas y asumen el
conocimiento personal de la situación por parte del destinatario, de manera
que el lector moderno queda en la oscuridad sobre su significado.
Los egipcios no desarrollaron una tradición que les llevara a expresar
opiniones personales o a un autoexamen de la conducta por medio de la
escritura. Las cartas no presentaban comentarios sobre política y otros acon
tecimientos. No proporcionaban relatos de la vida diaria del escritor, des
cripciones de viajes u observaciones sobre lo que ocurría en el entorno. No
se ha encontrado nada parecido a un libro de notas personal o diarios. Ni
hombres ni mujeres ponían sus pensamientos por escrito o llevaban un lis
tado de acontecimientos al final del día antes de irse a dormir. Así resulta
muy difícil que nos encontremos con una personalidad individual en Egip
to debido a que los egipcios no parecían interesados en la perpetuación de
ellos mismos tal como eran en realidad sino sólo como conformados por
los ideales de la sociedad.
Las fuentes figurativas presentan en muchos sentidos problemas simi
lares a los textos escritos. Su ejecución estaba ordenada principalmente por
la elite masculina de escribas y llevada a cabo, hasta donde sabemos, por
artistas varones. El objetivo del arte en los templos y tumbas era represen
tar el ideal y, como los textos monumentales, no puede tomarse en su sen
tido literal. Los artistas egipcios raramente bosquejaban con sim pleza la
vida de su entorno tal como la veían. Cada objeto artístico estaba hecho
para una finalidad particular que debe entenderse antes de que se pueda
usar como testimonio.
Si las fuentes llevan en su seno determinados sesgos, lo mismo ocurre
con los presupuestos de los egiptólogos modernos. Pese a todo lo objetivos
que los estudiosos pretendan ser, los llevan consigo como series de prejui
cios embebidos en su entorno cultural inmediato, del cual pueden ser com
pletamente inconscientes. Un libro sobre mujeres escrito antes del m ovi
miento fem inista de los últim os años necesariam ente adoptaba una
aproximación diferente y preguntaba cuestiones distintas a las de un libro
escrito hoy. Cuando el ideal aceptado para una mujer era el de una esposa
y madre modélicas que no salía a trabajar o no participaba en la vida públi
ca, no sorprende que los estudiosos no destacasen la ausencia de mujeres
en la vida pública del antiguo Egipto. Si al escribir sobre mujeres tendían
a concentrarse en los vestidos, m aquillajes y joyería, a pesar de que los
hombres también los llevaban, era porque esos estudiosos eran el produc
to de una sociedad que relacionaba esas cosas con las mujeres y conside
raba el interés masculino por ellas como poco saludable.
Otra área en la que los prejuicios modernos parecen haber actuado se
refiere al tem a de los m atrim onios padre-hija en la fam ilia real. Esto ha
levantado grandes pasiones entre aquellos estudiosos que deseaban negar
que esos matrimonios existían como uniones reales. Pero estas trabajosas
objeciones parecen surgir fundamentalmente del prejuicio moderno surgi
do de las nociones sobre el incesto insertas en nuestra sociedad. El matri
monio hermano-hermana, también consumado, rompe los modernos tabúes
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sobre el incesto, pero su presencia en la familia real del antiguo Egipto ha
tenido que aceptarse porque existe una clarísima evidencia sobre su exis
tencia. Por otra parte, el matrimonio padre-hija no sólo violaba la defini
ción del incesto en nuestra sociedad, sino que también cortaba las genera
ciones y hacía surgir la im agen estereotipada de un anciano lascivo que
fuerza a una jovencita inocente. Por tanto muchos estudiosos preferían creer
que las hijas del rey que también eran las esposas del rey recibían el título
para señalar el hecho de que algunas veces sustituían a la verdadera mujer
del rey en funciones rituales. El matrimonio podía contemplarse entonces
como una ficción para proporcionar determinado rango a las hijas del rey,
y la enojosa idea de un matrimonio consumado entre padre e hija se podía
evitar. El problema con esta línea de razonamiento es que se basa en pre
juicios actuales y no en testimonios del antiguo Egipto. No tenemos nin
guna idea acerca de cómo los egipcios podían haber considerado las rela
ciones sexuales entre los reyes y sus hijas.
Otro tema en el que las fuentes antiguas y los investigadores modernos
se alian para quedar sumidos en el error está en la discontinuidad de las
fuentes, que provoca que los estudiosos m anifiesten una tendencia a leer
los testimonios hacia atrás y hacia adelante en el tiempo, a veces durante
siglos. La historia de Egipto desde la prim era Dinastía hasta la conquista
por Alejandro en el año 332 a. de C. se extiende durante casi tres milenios
y durante este tiempo la sociedad egipcia, y la posición de las mujeres en
su seno, estuvo sometida a cambios. Las fuentes existentes, sin embargo,
no son constantes a lo largo de este lapso de tiempo y diversos tipos de
materiales son más o menos importantes en períodos diferentes; en gene
ral, disponemos de más testimonios de los períodos tardíos que de los más
antiguos. Esto ocurre ciertamente en el caso de las fuentes relativas al estu
dio de las mujeres. Buena parte proceden del Imperio Nuevo o más tarde,
y es peligroso, aunque tentador, leerlas hacia atrás para suplir carencias de
tiempos anteriores. Además, debido a que los egipcios con tanta frecuen
cia no registraban el tipo de cosas que queremos saber, nos vemos forza
dos a establecer muchas de nuestras hipótesis a partir de un fragmento de
prueba aquí y de unos pocos hechos ambiguos recopilados por allí. Con tan
escaso material es esencial evitar la tentación de extrapolar de lo particu
lar a lo general, una práctica que puede inducir al error con demasiada faci
lidad. También es importante no glosar sobre lagunas. Investigar en el anti
guo Egipto es como intentar reparar un tapiz con agujeros en donde la
mayor parte del dibujo se ha perdido. De lo que ha quedado se puede lograr
una idea del m odelo, pero falta dem asiado por conocer y no es correcto
dibujar todas las líneas que quedan para cubrir los huecos como si nada fal
tase. Se puede establecer un nuevo diseño a partir de la imaginación de uno,
pero con el riesgo de ir más allá que el original. Del mismo modo, aunque
sea tentador para los estudiosos presentar un relato coherente sobre las
mujeres en el antiguo Egipto, deben reconocerse las lagunas y no intentar
rellenarlas, unas veces juntando los pocos hechos conocidos en una histo
ria que ignore todas las deficiencias de los testim onios y otras veces
mediante un rellenado imaginativo que pueda producir un relato interesante
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pero que no tiene una base firme en la realidad. Debido a este desequilibrio
de las fuentes a lo largo del tiempo, este libro se articula en líneas temáti
cas más que adoptando una aproximación cronológica estricta. Puesto que
buena parte de las fuentes disponibles provienen del Im perio Nuevo, el
texto se concentrará en este período. Sin embargo las fuentes más antiguas
se introducirán cuando existan, así como testimonios más recientes del Ter
cer Período Intermedio y de la Baja Epoca.
Antes de adentrarnos en la comprensión del lugar de las mujeres en la
sociedad, es necesario conocer algo acerca de la estructura social de Egip
to. En la cosmovisión egipcia la organización de la sociedad era jerárqui
ca. En la cúspide estaba el mundo divino, estrictamente ordenado pero cla
ramente situado por encim a de la humanidad. El rey, en el pináculo de la
sociedad humana, compartía algunos atributos con los dioses y se situaba
como m ediador entre las esferas divina y hum ana. Los m iem bros de su
familia que, por su asociación con el rey, compartían algo su situación apar
te conformaban un grupo cerrado en la cumbre de la sociedad. Seguida
mente venía la elite form ada por la clase de los escribas; eran aproxima
damente el uno por ciento de la población que form aba la burocracia
masculina gobernante de Egipto junto con los miembros de sus familias.
Este pequeño grupo es el responsable de la producción de la m ayor parte
de nuestras fuentes concernientes al antiguo Egipto. Por debajo de ellos
estaban los artistas, artesanos y profesionales menores que probablemente
eran analfabetos. A partir de los testimonios de Deir el M edina queda claro
que algunos artistas estaban alfabetizados y que la línea divisoria entre
escribas y artistas no estaba siempre señalada con claridad. La inm ensa
mayoría de la población era presumiblemente de clase campesina y traba
jaba la tierra para producir un excedente para alimentar a los elementos de
la sociedad no productores de alimentos. Es verosímil que esta amplia clase
de campesinos a la que pertenecía la mayor parte de la población estuvie
se a su vez jerárquicamente estructurada. Sin embargo sabemos muy poco
acerca de este grupo dado que sus integrantes, al ser analfabetos, no deja
ron registros propios. En el extremo inferior estaban los esclavos, inclu
yendo a los prisioneros extranjeros, que podían comprarse y venderse. Lo
poco que puede decirse sobre las clases más bajas tiene que extraerse de
las fuentes relativas a la elite, que generalmente no tenía interés en recoger
información sobre sus inferiores.
Así pues, puede verse que cualquier estudio de la sociedad egipcia es
básicamente un estudio de la elite formada por el grupo de los escribas. De
ello se desprende que un estudio sobre las mujeres en el antiguo Egipto
debe concentrarse casi completamente en las mujeres de esta clase distin
guida junto con las mujeres de la familia real sobre las cuales sobrevive una
cierta cantidad de información.
Sobre el mundo humano estaba el divino, habitado por divinidades mas
culinas y femeninas. Como construcción de la mente humana, el mundo di
vino está establecido de m odo que refleje el funcionam iento del mundo
humano. Sin embargo, la interacción entre las esferas divina y hum ana
siempre fue extrem adam ente com pleja, pues m ientras el m undo hum a
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no originaba al divino, el humano, a su vez, se modelaba a sí mismo sobre
su propia construcción, de tal modo que cada uno de los dos mundos refle
ja e interactúa con el otro. En la cosmovisión egipcia tanto el mundo divino
como el humano alcanzan su existencia en el momento de la creación antes
de la cual sólo había materia indiferenciada. El acto de la creación ocurrió
cuando esta materia se separó en una m iríada de diferentes formas que es
tablecieron el mundo creado. En uno de los más im portantes m itos de la
creación, asociado con el centro religioso de H eliópolis, el dios creador,
que se había autoengendrado, comenzó el proceso de creación producien
do a través de la masturbación la primera pareja de divinidades masculina
y femenina, Shu (aire) y Tefnut (humedad). Su interacción produjo otro
par, Geb (tierra) y Nut (cielo), que a su vez produjeron a Isis y Osiris y a
Neftis y Set. Así pues, la creación del universo comenzó por la interacción
de los principios masculino y femenino encarnados en pares de divinida
des. El dios creador debía haber contenido potencial tanto femenino como
m asculino que separó en la prim era pareja divina. M ás tarde el aspecto
femenino del dios se distinguió como una diosa llamada ‘la mano de dios’,
entendida como el instrum ento de la m asturbación. M ás adelante, en el
tiempo de la Dinastía Dieciocho, se la identificó con Hathor, la diosa de la
sexualidad. Otros m itos tam bién servían para expresar el m ilagro de
la creación y resulta interesante señalar que también en ellos el dios crea
dor, aunque lógicamente combinaba masculino y femenino, se conceptua-
lizaba comúnmente como masculino.
La interacción de los principios masculino y femenino no sólo estable
ce la operatividad del universo en m ovim iento, sino que también era un
medio para perpetuar la renovación cósmica. Esta se encarnaba en el con
cepto de Kamutef ‘el toro de su m adre’, en el que el sol poniente insemina
a la diosa cielo y nace de ella de nuevo por la mañana. Así ella es al mismo
tiempo la consorte del dios y su madre, m ientras que el dios es al m is
mo tiempo padre e hijo. De esta forma un ciclo de autoperpetuación de gene
raciones sucesivas se establece como lazo mediante el cual la senectud puede
transformarse en juventud y el universo renovarse constantemente.
El principio femenino estaba encarnado en las diosas adoradas por los
egipcios. El estudio de estas divinidades es complejo porque incluso dio
ses con identidades diferentes a m enudo se funden con otros, comparten
atributos, insignias, epítetos y funciones. Una de las más importantes divi
nidades femeninas era Isis, hermana y esposa del dios de los muertos, Osi
ris. Cuando Osiris fue asesinado por su hermano Set, Isis lo lloró y buscó
su cuerpo a través de Egipto. Cuando finalm ente lo encontró, utilizó sus
habilidades mágicas para devolver la vida a Osiris y para concebir con él
un hijo que crecería para vengar a su padre. Isis dio a luz a H orus en el
pantano de Jemis en el Delta; allí, merced a la fuerza de su magia, ocultó
al niño de los designios destructivos de Set y de otros peligros amenaza
dores. Isis llegó a ser la encarnación de la m aternidad y conservam os
muchas imágenes desde el 1000 a. de C. en adelante que la muestran con
su hijo. En los escritos mágicos se la invoca con frecuencia pidiéndole la
protección de los niños. Tam bién es una im portante diosa funeraria que
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m antiene viva la esperanza de que resucitará a los m uertos del mismo
modo que resucitó a Osiris.
Si Isis era la esposa y madre ideal, la diosa Hathor era la encarnación
de la sexualidad femenina, el amor, la música, la danza y la embriaguez.
Era la portadora de la fertilidad y protegía a las mujeres en el parto. Debi
do a su estrecha relación con la fertilidad y el parto, también era una diosa
funeraria relacionada con el renacim iento en el más allá. Pero Hathor no
sólo era benévola. Junto con otras diosas como Tefnut, Mut y Sajmet podía
identificarse con la diosa enfadada, la hija y ojo de Re que, en un ataque de
rabia, dejó Egipto y tuvo que ser apaciguada y traída de vuelta por un dios.
Cuando Re deseaba destruir a la humanidad, enviaba a Hathor como su ojo
para llevar a cabo la matanza. M ás tarde el dios cambió sus propósitos e
intentó detener la destrucción, pero la diosa había quedado fuera de con
trol y únicamente usando un engaño para embriagarla pudo Re detenerla.
Se percibía a Hathor y a las diosas asociadas o identificadas con ella
como poseedoras de una naturaleza dual. Por una parte eran benéficas, pro
porcionaban la fertilidad y la vida nueva; por otra parte eran peligrosas,
traían la destrucción en su estela. En los cultos que se les rendían una parte
del ceremonial se dirigía al apaciguamiento de su lado peligroso y el sis-
tro, el sonajero consagrado a Hathor, se sacudía para conseguir este obje
tivo. De hecho, la esencia del ser divino, manifestada tanto en divinidades
masculinas como femeninas, podía ser peligrosa para los humanos que se
acercaban a ella, y por ello se difundió el uso del sistro como medio de con
trol en otros cultos divinos.
La dualidad manifestada en las diosas también se reflejaba en la visión
egipcia de la naturaleza hum ana, en donde se consideraba a las mujeres
como poseedoras de un lado bueno y otro malo. Eran honorables si se con
formaban con los modelos aceptados por la sociedad, pero siempre existía
el peligro de que pudiesen transgredir las reglas, en cuyo caso eran per
versas y dignas de reprobación. También los hombres tenían que confor
marse al modelo, pero las reglas eran diferentes para ellos: puesto que la
sociedad estaba dominada por los varones las normas estaban establecidas
por hombres en su propio beneficio. Por ejemplo, las normas insistían en
la fidelidad de las mujeres casadas para con sus parejas masculinas, pero
no ocurría lo mismo a la inversa, lo que iba en beneficio de los hombres
porque sólo así podían estar seguros de que eran los verdaderos padres de
los vástagos de sus esposas. Por el contrario, las mujeres no tenían dudas
de su maternidad y por tanto tenían menos que ganar con semejante esta
do de cosas.
Debido a su dom inio los hom bres podían perpetuar su control en la
esfera pública y política, m ientras que las mujeres, aunque capaces, ofi
cialmente no podían obtener el ingreso en la burocracia dirigente. Nunca
podrá saberse si las mujeres eran plenam ente conscientes de las muchas
distinciones por razones de sexo establecidas en su sociedad ni si, además,
las sentían como perjudiciales. Ello se debe a que no tenemos ningún escri
to que exprese sus actitudes y opiniones. Probablemente la mayoría de las
mujeres aceptaban la vida como la encontraban y no ponían en cuestión
19
la costumbre avalada por el tiempo y además, cualquiera que rehusase su
conformidad con el modelo se vería, simplemente, rechazada. El moder
no movimiento feminista sólo fue posible merced al valor cada vez mayor
concedido al individuo com o una entidad separada, en lugar de conside
rarlo como una simple parte de una m aquinaria social con un lugar y fun
ción prescritos. En el antiguo Egipto se apreciaba la conformidad, no la
individualidad, y tanto hombres como mujeres tenían papeles predetermi
nados en una sociedad que buscaba sus modelos en el pasado. Aunque la
sociedad egipcia no por ello desconocía los cambios, lo que ocurría es que
los cambios eran lentos y siem pre resultó inverosímil el cuestionamiento
del statu quo.
Así pues, desde el punto de vista de nuestra época podemos mirar hacia
atrás al antiguo Egipto y ver algo de la estructura de la sociedad Egipcia
durante tres milenios: cómo se construía sobre la desigualdad de sexos con
los hombres dom inando los asuntos públicos. Pero no sólo la burocracia
funcionarial estaba nutrida exclusivam ente por hombres, también el rey,
del que derivaba todo el poder, era varón y se identificaba con la divinidad
masculina Horus. Es cierto que cuatro mujeres fueron reyes y ocuparon el
trono en una u otra épocas, pero su posición era anómala. En este libro mi
objetivo es proporcionar un relato tan objetivo como sea posible de la posi
ción de las m ujeres en la antigua sociedad egipcia. Si planteo temas que
nos interesan hoy en día no es porque quiera criticar a los egipcios por los.
fallos percibidos en su sociedad, o porque sus soluciones a los problemas
no eran como las nuestras, sino debido a la necesidad intelectual de enten
der cómo nosotros mismos hemos llegado a ser lo que somos en la actua
lidad. Es más, el estudio de cómo otras sociedades han organizado sus mun
dos y resuelto los problemas todavía nos concierne y nos proporciona una
perspectiva adicional en nuestro propio intento de entender las compleji
dades de nuestro mundo multicultural moderno.
Hablar de las mujeres com o si fuesen un grupo homogéneo es por sí
mismo equívoco. Dado que el antiguo Egipto era una sociedad jerárquica
y la mitad de la población era fem enina, también las m ujeres se ordena
ban jerárquicam ente, y las mujeres de la familia real, de la elite formada
por la clase de los escribas, de las clases profesionales menores y del cam
pesinado habrían tenido poco en común, con la excepción de su capaci
dad para engendrar hijos. M ientras que esto las mantuvo separadas de sus
parejas m asculinas y las destinaba a roles fem eninos en la sociedad, las
distinciones de clase podrían haber dado origen a amplias disparidades en
las experiencias de mujeres de diferentes clases. La clase campesina como
un todo, aunque la más am plia num éricam ente, era la más pobre econó
micamente y tenía el m enor poder porque no tenía m edios de intervenir
en el proceso de gobierno y sólo podía obedecer las órdenes que se le
impartían. U na mujer cam pesina conocía sólo la recepción final del acto
de autoridad. Por el contrario, una mujer de la clase de los escribas no sólo
tenía acceso a unos recursos económicos mayores, sino que también esta
ba cerca del poder burocrático ejercido por los hom bres de su fam ilia y
podía ocupar una posición que le perm itiese influir sobre sus decisiones.
20
La mujeres de la realeza tenían acceso a la última fuente de poder en Egip
to, el rey, y un rey débil podía estar controlado por una esposa o madre
fuertes. Es más, mientras que el rey era humano por su origen, el oficio de
la realeza era divino y así el status de las m ujeres reales en relación con
el rey también comportaba elementos de divinidad que las distanciaban de
las mujeres ajenas a la realeza.
Un estudio de las mujeres del ámbito de la realeza podría por sí sólo lle
nar con facilidad un volumen. En este libro, en donde se considerarán tanto
las mujeres de la realeza como las particulares, el texto se divide de forma
que los dos primeros capítulos tratan sobre mujeres de la realeza mientras
que los siguientes se refieren principalm ente a mujeres integrantes de la
clase dirigente. Las mujeres de rango inferior en la escala social se consi
deran allí en donde las fuentes de información lo permiten.
21
CAPÍTULO I
E l rey y la realeza
número de mujeres del ámbito real: la madre del rey, sus esposas y sus hijas.
Debido a la naturaleza impersonal de nuestras fuentes sabemos poco acerca
de esas mujeres como personas, sin embargo podemos aprender algo acer
ca de su importancia y los diferentes papeles que desempeñaban. Los testi
monios disponibles en la actualidad, que se distribuyen a lo largo de casi tres
milenios desde la Primera dinastía hasta la Treinta y una, muestran cierto
número de cambios en el tiempo que se refieren a sus títulos e insignias y a
los contextos en los que se representaba a estas mujeres. No está claro hasta
qué punto estas variaciones representan cambios fundamentales en el modo
en que se contemplaba a las mujeres de ámbito real y hasta qué punto refle
jan, simplemente, modos diferentes o más desarrollados de retratar las mis
mas verdades fundamentales. La mayor parte de lo que voy a relatar en este
capítulo se apoya en testimonios de las dinastías Dieciocho y Diecinueve.
La d iv in id a d d e l a r e a l e z a f e m e n in a
25
2 Bloque que muestra parte de una escena en la que Hatshepsut, llevando
las insignias de una reina, hace ofrendas a una divinidad. La sigue una
figura femenina que casi con certeza debe identificarse con su hija Neferura.
26
también lo llevaban las diosas. Desde el final de la dinastía Dieciocho en
adelante se desarrollan combinaciones cada vez más complejas entre el toca
do del buitre, la cabeza del buitre y el úreo doble o simple (fig. 6). Esto refle
ja probablemente una complicación estilística de los elementos iconográfi
cos, detectable en general, mientras que probablemente permanecía estable
el ámbito de los significados representados por la insignia.
Desde la dinastía Trece en adelante las reinas aparecen llevando un par
de rectas plumas de halcón montadas en un soporte circular que descansa
sobre la cabeza (fig. 5). No está claro el origen de la doble pluma de las rei
nas. Las diosas no la llevaban en esa época, sin embargo plumas similares
caracterizaban a los dioses halcón masculinos y al dios masculino de la fer
tilidad Min así como al dios tebano Amón, también masculino. En el Libro
de los M uertos que data del Imperio Nuevo, la doble pluma se identifica
con el doble úreo. También aparece m encionada en relación con Re y un
himno solar de la dinastía Dieciocho identifica la doble pluma con los ojos
de Re. Aunque las asociaciones de las plumas se establecen con divinida
des masculinas sus conexiones solares, especialmente con el doble úreo y
los ojos de Re, las introducen en la misma esfera de referencias que el úreo
y el úreo doble llevados por la reina. Además, la diosa Hathor lleva un par
de curvadas plumas de avestruz. Pero aunque estas últimas siempre se dis
tinguían cuidadosamente en la iconografía de la doble pluma de halcón lle
vada por los dioses m asculinos y las reinas, el térm ino egipcio ‘plum a
doble’ (shuty) se aplicaba a ambos tipos de plumas emparejadas. A sí pues,
los egipcios debieron de ver alguna relación entre las plumas de avestruz
de Hathor y las de halcón de las reinas puesto que sus nombres eran idén
ticos. Esto resulta todavía más verosímil merced al hecho de que en el rei
nado de Amenhotep III, de la dinastía Dieciocho, las reinas comenzaron a
llevar los cuernos de vaca de Hathor y el disco solar en combinación con
la doble pluma de halcón (fig. 7), del mismo modo que Hathor las combi
naba frecuentemente con su par de plumas de avestruz.
Desde el Imperio Antiguo en adelante existen representaciones en las
que una reina lleva el signo anj (el signo de la vida, fig. 5). Este no consti
tuye, desde luego, una marca especial de la reina pues divinidades y reyes
lo llevan con más frecuencia. Sin embargo, sólo en muy raras ocasiones lo
llevan particulares3. Normalmente la reina lleva un anj en contextos en los
que se la asocia o identifica de alguna forma con una diosa o en los que se
la m uestra en relación con particulares de los que ella es su superior. Sin
embargo es raro que lo lleve ante deidades superiores a ella o en contextos
de culto o funerarios en los que se la representa como muerta. Así pues se
pudo haber usado el anj para situar a su portador fuera de la esfera humana.
En resumen, los motivos de las insignias reales femeninas presentados
hasta aquí tienen todos un origen divino y se les transfirió al contexto real
para convertirlos en atributos de la realeza femenina. Su utilización mues
tra que del mismo modo que la realeza masculina era divina, también tuvo
que haber existido cierta noción de realeza divina femenina que se remon
ta al Imperio Antiguo y que siguió siendo una parte vital de la ideología
real a través de los tiempos.
27
La teoría de la ‘heredera ’
28
nas llevan el título de ‘hijas del rey ’ y otras no. Aunque raramente se nos
proporciona la filiación de las reinas, en los casos en los que nos encon
tramos con reinas hijas de padres al margen de la realeza no se las m en
ciona con el título de ‘hijas del rey’. Por tanto podemos distinguir sin nin
guna duda entre reinas de nacimiento real y no real y queda claro que no
existe una línea de ‘herederas’ en descendencia ininterrumpida. A modo de
refutación basta señalar que las esposas principales de Tutmosis III, Amen
hotep II y Amenhotep III fueron todas de procedencia no real.
Sin embargo no existen dudas de que algunos reyes se casaron con sus
herm anas o m edio herm anas y tuvieron hijos con ellas. La teoría de la
‘heredera’ se desarrolló en parte como un intento de explicar una forma de
matrimonio que los estudiosos consideraban incestuosa. De hecho, no exis
te nada en los textos egipcios que sugiera que había algo así como una
‘heredera’. La base mitológica de la realeza que se había desarrollado para
sustentar la autoridad del rey no se enuncia como una legitimación a tra
vés de una ‘heredera’. En su lugar debemos buscar la explicación para el
matrimonio entre hermanos en otro lugar. Estos matrimonios parecen haber
sido raros entre los egipcios com unes, pero tal com o hem os visto en la
Introducción tienen lugar entre divinidades. En el momento de la creación
el dios creador produjo un par de descendientes que a su vez produjeron
una segunda pareja divina, y así sucesivamente, siendo la más famosa la
formada por Osiris y su hermana-esposa Isis. Así pues, en el momento de
la creación la elección de una pareja estaba forzosamente limitada a los her
manos. Al casarse con su hermana el rey se sitúa al margen de sus súbdi
tos, que no se casan normalmente con sus hermanas, y al imitar a los dio
ses refuerza el aspecto divino de la realeza.
29
de ‘la que levanta al dios’, refiriéndose aquí el término ‘dios’ al rey. El ori
gen de la segunda esposa principal del mismo rey puede deducirse del hecho
de haber sido hija de una mujer que ostentaba el título sacerdotal de ‘ado
radora del dios’. Por último, los padres de Tiy, la consorte de Amenhotep
III, destacan por la frecuencia con la que se los menciona en ciertos textos
reales y por el descubrimiento de su tumba en el Valle de los Reyes. El padre
de Tiy era Yuya y tenía títulos que lo relacionaban con los carros del ejér
cito por lo que presumiblemente habría tenido una carrera militar. No está
claro si su mujer Tyuyu obtuvo sus variados títulos de alto rango antes del
matrimonio de su hija con el rey o como resultado directo de la boda.
Por desgracia esta información no nos ayuda a entender cómo se selec
cionaba a estas reinas, aunque se puede suponer que Tutmosis III pudo haber
conocido a la hija de su nodriza desde la niñez. Sin embargo esto lleva a pre
guntamos qué efecto tenía semejante proceso de elección de una reina en las
familias de las que procedían estas mujeres. De nuevo resulta difícil de res
ponder porque no tenemos monumentos pertenecientes a funcionarios en los
que mencionen una relación con una reina y ni siquiera con cualquier otra
mujer de ámbito real. Con todo podemos saber que la reina Tiy tenía un her
mano llamado Anen porque una inscripción en la tumba de los padres de Tiy,
Yuya y Tyuyu, menciona a Anen como el hijo de Tyuyu. Ahora bien, Anen
dejó cierto número de monumentos propios a partir de los cuales sabemos
que fue el segundo sacerdote de Amón en Tebas, el segundo solamente en la
jerarquía sacerdotal tras el propio sacerdote principal. Resulta tentador inter
pretar la subida de Anen a un puesto elevado como resultado de sus relacio
nes con el rey a través de su hermana. Sin embargo, en ninguno de sus monu
mentos se menciona su relación con la reina Tiy, lo que sugiere que no era de
buen gusto que los funcionarios hiciesen gala de tales relaciones. Esto no quie
re decir que los vínculos con el rey no fuesen importantes en una carrera fun
cionarial o quizá para la fortuna de toda la familia. Tras el informe oficial que
nos presenta a un rey sucediendo sin sobresaltos a su predecesor puede haber
habido muchas maniobras para conseguir que una pariente femenina fuese
aceptada como compañera sexual del rey (y sobre todo para que fuese nom
brada ‘esposa principal del rey’) y que su hijo fuese nombrado heredero.
Hay un modelo aleccionador en China durante el período Han (206 a.
de C.-8 d. de C.). Al igual que el rey egipcio, el emperador chino se situaba
a la cabeza de un gobierno que estaba en las manos de una burocracia nutri
da por hombres que habían recibido la educación apropiada. El emperador
promovía a los funcionarios dentro del sistema hasta los puestos más altos
y dependían totalmente del emperador para ocupar sus cargos. Sin embar
go, en la lucha entre las diferentes familias educadas, cuyos miembros resul
taban por tanto elegibles para un cargo, no había un camino más seguro para
lograr y consolidar el poder que tener a una mujer con un parentesco cerca
no proclamada como emperatriz, aunque tener a una hermana o a una hija
como concubina favorita también podía resultar bastante eficaz. Normal
mente la familia de una emperatriz y sus clientes eran capaces de monopo
lizar los mejores puestos, pero si la emperatriz moría o caía en desgracia, la
caída de los funcionarios relacionados con ella era normalmente inmediata
30
dado que sus enemigos se apresuraban a destruirlos al tiempo que la facción
de la nueva emperatriz ascendía al poder. De hecho una emperatriz ingenua
corría el riesgo de ser objeto de una falsa denuncia por mala conducta sim
plemente para provocar la destrucción de su familia. Con frecuencia el
emperador, debido a su posición suprema, era incapaz de controlar seme
jantes maquinaciones5. Es posible que también en Egipto los funcionarios
emparentados con reinas y otras esposas del rey esperasen explotar sus rela
ciones en términos de influencia ante el rey y así obtener un cargo impor
tante. Si una madre de rey y su esposa principal eran ambas de sangre no
real es incluso posible que los intereses de los parientes de la madre del rey
llegasen a chocar con los de la familia de la esposa principal. De hecho, para
el rey una ventaja práctica del matrimonio entre hermanos podría haber sido
que con ello evitaba fom entar las ambiciones de familias funcionariales,
aunque es inverosímil que éste haya sido el origen de la práctica.
M a t r i m o n i o p a d r e - h ij a
Además de los reyes que se casaban con sus hermanas había reyes que
se casaban con sus hijas. La hija de Amenhotep III, llamada Satamón, está
bien documentada como poseedora del título de ‘esposa del rey’ e incluso
el de ‘esposa principal del rey’. Se la conoce por haber sido la hija del rey
y de su esposa principal Tiy y algunas veces se nom bra conjuntamente a
los tres. Normalmente los reyes no tenían más que una esposa principal a
la vez, pero a Satamón se le da algunas veces este título aunque sabemos
que su madre todavía vivía. Sin embargo es digno de mención que cuando
su nombre aparece junto al de su madre se la menciona únicamente como
‘esposa del rey’, mientras que el título ‘esposa principal del rey’ se reser
va para las ocasiones en las que el nombre de su madre no está presente.
Se discute con ardor sobre las pruebas acerca de la existencia de m atri
monios padre-hija en el reinado del siguiente faraón, Ajenatón6. Dos de las
hijas del rey, Meretatón y Anjesenpaatón, aparecen como las madres de hi
jas del rey llamadas respectivamente Meretatón hija y Anjesenpaatón hija.
Una tercera hija, Meketatón, probablemente murió en el parto. Desgracia
damente la paternidad de las niñas no está atestiguada en ninguna parte.
Resulta tentador asum ir que el título de ‘hija del rey ’ debe significar que
son hijas de un rey y que, por tanto, se trata de Ajenatón, pero existen algu
nas pruebas de que la hija de un hijo del rey también podía recibir el título
de ‘hija del rey’7. Si este es el caso, Ajenatón podría no haber sido el padre
de las princesas hijas, aunque un punto escabroso consiste en dilucidar si
él podría haber tenido hijos varones lo bastante mayores como para haber
tenido esas hijas. En todo caso, ninguna de las tres princesas que parecen
haber tenido hijos llevan el título de ‘esposa del rey’. Más tarde, hacia el
final del reinado de su padre, M eretatón llegó a ser ‘esposa principal del
rey’, pero esto ocurrió bastantes después del nacimiento de Meretatón hija.
Hay demasiadas lagunas en nuestras fuentes para determ inar si Ajenatón
fue o no el padre de los hijos de sus hijas8.
31
En la dinastía siguiente tres hijas de Rameses II, Bint-Anath, M erita
món y Nebettawy, llegaron a ser esposas principales del rey9. En particu
lar se conoce bien a B int-A nath a través de m onum entos y, al igual que
Satamón, aparece en algunas ocasiones junto a su madre, Asetnefret, que
entonces era la esposa principal del rey. En la tum ba de Bint-A nath una
escena la representa seguida por la figura de una hija del rey. Puesto que
se sabe que Bint-Anath fue esposa de su padre hacia la mitad de su reina
do, resulta inverosímil que el padre de este niño fuese otro que el propio
Rameses, pues con toda seguridad no perm itiría otro acceso m asculino a
sus esposas. Tras la muerte de su padre al final de su sexagésimo cuarto
año de reinado, Bint-Anath era casi con certeza demasiado vieja para tener
hijos con el siguiente rey, su hermano M erenptah. La existencia de la hija
de Bint-Anath hace difícil argumentar que el título de ‘esposa del rey’ o de
‘esposa principal del rey’ se daba sólo como señal de rango a las hijas del
rey que sustituían a sus m adres en el desempeño del papel real y que por
tanto no tenía que ver con un matrimonio consumado.
M a t r im o n io s d ip l o m á t ic o s d e l r e y
32
4 Escena de la tumba de
Jeruef mostrando a
Amenhotep III acompañado
por la reina Tiy en la fiesta
de sed.
nantes del Próximo Oriente por el otro. No están escritas en escritura egip
cia sobre papiro, sino en cuneiforme sobre tablillas de arcilla, la mayor parte
en acadio, que era la lengua diplomática internacional de la época y ocasio
nalmente también se emplean otros idiomas. En una de estas cartas un rey
egipcio escribía a un gobernante sirio: ‘Envía tu hija al rey, tu señor, y como
regalos envía a treinta esclavos en buen estado de salud, carros de plata y
caballos saludables’13. Probablemente el gobernante tenía que acatar la peti
ción o se consideraría que desafiaba a Egipto. Otro gobernante extranjero
escribe al rey: ‘Mira, he enviado a mi hija a la corte, para el rey mi señor,
mi dios, mi dios solar’14. De este modo cierto número de mujeres extranje
ras, hijas de gobernantes, podían llegar a Egipto como signo de que sus
padres estaban sometidos a Egipto y como garantes de su lealtad.
Durante la época de la correspondencia de El Amarna, Egipto era uno de
los grandes poderes del antiguo Oriente Próximo que controlaba extensos terri
torios hacia el sur en las auríferas tierras de Nubia y, hacia el norte, en Pales
tina y la parte sur de Siria. Egipto estaba en pie de igualdad con los reinos de
Babilonia en Mesopotamia y de Mitani, situado en el gran recodo norteño del
Eufrates, y realizaba tratados y alianzas matrimoniales con ambos. Egipto y
Mitani habían estado en guerra durante siglos, pero se había firmado la paz en
33
el reinado de Tutmosis IV y una de las cartas de El Amarna nos dice que el rey
egipcio se casó con una hija de Artatama, rey de Mitani15. Cuando Tutmosis
murió, su hijo Amenhotep III revalidó la alianza casándose con Gilujepa, la
hija del siguiente rey de Mitani, llamado Shuttama. Amenhotep gobernó duran
te treinta y ocho años y, en algún momento hacia el final de su reinado, Shut-
tarna murió y su sucesor fue Tushratta. Pues bien, Amenhotep escribió ense
guida al nuevo rey pidiéndole a su hija en matrimonio. Exactamente lo mismo
ocurría en las relaciones matrimoniales de Amenhotep con Babilonia. En la
primera parte de su reinado se casó con la hija de Kurigalzu II de Babilonia y
más tarde pidió a la hija del sucesor de Kurigalzu, Kadashman Enlil I. Parece
como si estas alianzas matrimoniales se realizasen no entre dos estados sino
entre dos gobernantes individuales de modo que cuando un gobernante mona
la conexión tenía que volver a establecerse mediante un nuevo matrimonio.
Esto puede ser la razón por la que cuando Amenhotep III murió su hijo Aje
natón se casó con Tadujepa, la princesa mitania que había venido a Egipto dos
años antes como esposa de Amenhotep III. Además, Ajenatón renovó la alian
za con Babilonia casándose con la hija de Burnaburiash II, el sucesor de
Kadashman Enlil. Amenhotep ΠΙ también había establecido una alianza matri
monial con Tarjundaradu, gobernante del estado de Arzawa en Anatolia, pero
carecemos de pruebas que revelen si Ajenatón renovó la alianza.
Entre los reinados de Ajenatón y Rameses II sabemos poco acerca de
matrimonios diplomáticos entre reyes egipcios y princesas extranjeras. Esto
no quiere decir que no se hubiesen celebrado, sino que podemos estar ante
una laguna de información. En efecto, textos hititas nos dicen que una reina
de Egipto (normalmente identificada con Anjsenamón, la viuda de Tutank-
hamón) escribió al rey hitita pidiéndole uno de sus hijos como marido. Este
hijo se envió efectivamente a Egipto pero murió asesinado por el camino
y nunca llegó16.
En el reinado de Rameses II sabemos de matrimonios con una hija del
rey de Babilonia y con la hija de un gobernante del norte de Siria. Pero los
matrimonios diplomáticos más famosos de Rameses II se celebraron con dos
princesas hititas. Uno de ellos ocurrió en el año treinta y cuatro de su reina
do para sellar la paz establecida entre Rameses y Hattusilis, rey de los hiti
tas, tras décadas de hostilidades. Se desconoce el momento en que se llevó a
cabo el otro matrimonio, aunque es seguro que se celebró con posterioridad
al que ya hemos mencionado. Es posible que la prim era princesa hubiese
muerto y la alianza tuviese que revalidarse mediante un nuevo matrimonio17.
Aunque sabemos poco sobre las formas del matrimonio en la sociedad
egipcia podemos percibir, a través de diferentes textos, un relato sorpren
dentemente homogéneo de qué era lo que validaba un matrimonio diplo
mático. Tres cosas parecen haberse necesitado: el padre de la novia tenía
que enviar una rica dote junto con su hija; el futuro marido tenía que devol
ver a cambio un igualmente generoso precio de la novia, y se vertía aceite
sobre la cabeza de la novia, presumiblemente en un rito de unción que seña
laba la celebración de la ceremonia de bodas.
Durante el reinado de Amenhotep III Egipto era probablemente el estado
más poderoso del Oriente Próximo. En repuesta a la petición de una novia
34
5 Escena de la tumba de
Jeruef mostrando a
Amenhotep III
acompañado por la reina
Tiy sentados en un quiosco
y concediendo audiencia al
propietario de la tumba.
35
hotep con Gilujepa se expresaba como si ella fuese un elemento del tributo
o botín conseguido de Mitani por el rey de Egipto.
Esta formulación resulta todavía más clara en las fuentes egipcias rela
tivas a los dos matrimonios hititas de Rameses II. De acuerdo con ellas el
primer matrimonio tuvo lugar porque los ejércitos egipcios habían arrasa
do la tierra de Hatti, en donde vivían los hititas. ‘Entonces, cuando vieron
su tierra en ese estado m iserable bajo el gran poder del señor de las Dos
Tierras, entonces el gran príncipe de Hatti dijo a sus soldados y a sus cor
tesanos: “¡Contemplad esto! Nuestra tierra está devastada... Permítasenos
deshacernos a nosotros mismos de todas nuestras posesiones y con mi hija
mayor encabezándolas, permítasenos llevar ofrendas de paz al Buen Dios
[esto es, el rey de Egipto], que él nos proporcione la paz, el tenga larga
vida”... Entonces hizo que se le llevase a su hija mayor, consistiendo el cos
toso tributo llevado con ella en oro y plata, muchos y grandes minerales,
innumerables caballos, ganado bovino, ovejas y cabras...’ Más adelante esta
gran procesión alcanzaba Egipto y la hija del rey hitita ‘era conducida ante
la presencia de su majestad con el muy grande tributo tras ella... A ella se
le dio el nombre de M aathorneferura, que tenga larga vida... y se le asignó
residencia en el palacio de la casa del rey’. El segundo matrimonio se des
cribe de form a similar excepto que a la princesa se la llama la ‘otra hija’
del rey Hitita21.
Podemos comparar estos relatos con una carta enviada por Rameses a
la reina hitita Pudujepa: ‘Mira, el gran rey, el rey de Hatti, mi hermano, me
ha escrito diciendo: “Ten gente que venga a verter aceite bueno y fino sobre
la cabeza de mi hija y que se la introduzca en la casa del gran rey, el rey de
Egipto’” 22. Para los egipcios, Egipto era el centro del mundo y todos los
extranjeros le estaban sometidos teóricamente. Cualquier bien que llegase
a Egipto, ya fuese como regalo o como resultado del comercio, se repre
sentaba en los m onum entos como un tributo que m ostraba la sumisión al
rey de Egipto. Está claro que no se podían desarrollar unas relaciones diplo
máticas adecuadas con los estados extranjeros si los reyes egipcios insis
tían en llevarlas adelante de acuerdo con estas premisas. En realidad, en sus
tratos con gobernantes extranjeros, los reyes de Egipto adoptaban las for
mas diplomáticas que se habían establecido desde hacía tiempo en el anti
guo Oriente Próxim o, pero de puertas adentro presentaban los aconteci
mientos en una forma que encajaba en su propio marco ideológico.
El protagonism o de las negociaciones diplomáticas correspondía en
buena medida a la acción de embajadores varones que se movían entre reyes
varones, exceptuando la participación ocasional de una mujer de sangre real,
como la reina hitita Pudujepa a la que escribía Rameses II, y la mujer de
Rameses Nefertari que enviaba sus propios saludos a Pudujepa. Sin embar
go, viéndolo globalmente, las mujeres tenían poco que decir en las nego
ciaciones diplomáticas; sólo eran importantes en la medida que, a través del
matrimonio, proporcionaban los medios para cimentar las alianzas interna
cionales. Pero ¿qué ocurría con todas estas mujeres extranjeras una vez en
Egipto, cuando habían dejado atrás todo lo que les era familiar y se instala
ban en un país con un idioma desconocido y costumbres extrañas? La res
36
puesta es que sabemos muy poco. Las tres esposas de Tutmosis III, Mertit,
M enway y Menhet, recibieron un honroso enterramiento de estilo egipcio,
pero no sabemos nada acerca de su vida anterior. Kadashman Enlil de Babi
lonia escribió una carta extraordinaria a Amenhotep III preguntándole por
el destino de su hermana, enviada a Egipto años antes. Aunque la carta no
ha llegado hasta nosotros, Amenhotep cita algo de su contenido en su res
puesta. El rey babilonio había escrito: ‘Cierto, quieres a mi hija como tu
esposa aún cuando mi hermana, que mi padre te dio, está ahí contigo, aun
que nadie la ha visto ahora o sabe si está viva o m uerta’23. Amenhotep res
ponde que si ninguna de las personas enviadas por Kadashman Enlil a Egip
to había conocido nunca a la princesa ¿cómo serían capaces de reconocer
la?, y sugiere que se envíe a alguien que la hubiese conocido para hablar con
ella, lo que quiere decir que todavía estaba viva. Da la impresión que la prin
cesa babilonia se había convertido en una figura bastante oscura.
Por el contrario, cuando Rameses II se casó con la primera princesa hiti-
ta, ésta recibió un nombre egipcio, M aathorneferura, y se la hizo ‘esposa
principal del rey ’. Hasta donde sabemos ninguna otra princesa extranjera
consiguió esto. Es posible que el rey hitita hubiese insistido en que su hija
tuviese este rango como parte del acuerdo matrimonial. Cuando años antes
el rey hitita Supiluliuma envió a una de sus hijas como prometida de uno
de los reyes de Mitani, una parte del contrato establecía: ‘No situarás a mi
hija en la posición de esposa secundaria. En M itani ella gobernará como
reina’24. Tal vez Hattusilis estableció la misma norma con Rameses II.
Sin embargo está claro que el caso de M aathorneferura era excepcional
y que nunca sabremos m ucho acerca de estas esposas extranjeras de los
reyes egipcios. De hecho no sabemos cuántos de estos matrimonios podía
haber celebrado un solo rey. Conocemos a dos de las esposas extranjeras
de Rameses II por una mera referencia casual en una fuente hitita y no apa
recen mencionadas en los textos egipcios. A sí pues, no podemos excluir la
posibilidad que él y otros reyes tuviesen matrimonios diplomáticos de los
que no se conservan testimonios. Mientras Egipto estuvo en la cumbre de
su poder imperial tuvo que haber habido muchos gobernantes menores que
consideraban ventajoso el tener una alianza con él, m ientras que otros
pudieron verse obligados a enviar a sus hijas como parte del tributo reque
rido por Egipto. ¿Qué hacía el rey con todas estas mujeres? Debemos con
siderar que además de las novias del rey estaban las mujeres que formaban
su comitiva. Por ejemplo, Gilujepa trajo a más de trescientas con ella. Es
más, en algunas ocasiones los gobernantes sometidos enviaban grupos de
mujeres exteriores al ámbito de la realeza como regalo para el rey que for
maba parte de su tributo. Abdijeba de Jerusalén escribe en una carta de El
Amarna: ‘He dado veintiuna doncellas... como regalo para el rey mi señor’,
mientras que otro gobernante de una ciudad escribe: ‘Ciertamente he pres
tado atención a la palabra del rey mi señor y, ciertamente, le he dado qui
nientas cabezas de vacuno y veinte doncellas’25.
Todas estas mujeres tenían que ser albergadas, vestidas y alimentadas.
Y aunque algunas podían haber tenido relaciones sexuales con el rey,
muchas podrían no verle nunca. Es probable que más que permitírseles estar
37
sentadas ociosas se las introdujese en el trabajo productivo. Sabemos que
M aathorneferura vivió en un palacio en M iwer, la m oderna M edinet el
Ghurab, en el Fayum. La documentación sugiere que el establecimiento se
relacionaba con la producción de textiles y que buena parte de su personal
era de origen extranjero“ . Hilar y tejer eran artes en las que trabajaban las
mujeres desde el Imperio Antiguo y parece verosímil que una parte de esta
afluencia de m ujeres se encaminase hacia la producción textil. Otras po
dían asignarse a tareas domésticas dentro de los distintos palacios que el
rey tenía a lo largo de Egipto.
La suerte de muchas de estas mujeres pudo no haber sido grata. En una
sociedad extraña, lejos de sus familias, quizá sin dominar el idioma, no ten
drían un protector natural en contra de la explotación y el abuso. Un gober
nante menor sometido a Egipto difícilmente podía pedir explicaciones ante
el rey acerca del trato recibido por su hija o hermana. Por el contrario, los
gobernantes poderosos enviaban saludos y regalos a sus hijas y sus emba
jadores preguntaban por la mujeres, en este caso se las habría tratado bien
o cabría el riesgo de un incidente internacional. Sin embargo, una vez que
se perdía el interés por su bienestar su posición era potencialmente vulne
rable. De hecho, tales m ujeres eran poco más que bienes con los que se
comerciaba para lograr la paz y la alianza. No tenían nada que decir sobre
su destino, incluso cuando llegaban a ser engranajes importantes en la fun
cionamiento del sistema diplomático internacional: mientras que el siste
m a estaba dirigido por hom bres las m ujeres eran los resortes necesarios
para hacerlo funcionar.
H i j o s d e r e y e s y l a s u c e s ió n
Dado que los reyes tenían varias mujeres podemos esperar que también
tendrían un gran número de hijos. Pero de hecho hay pocos indicios de la
situación hasta el reinado de Rameses II, cuando este rey se separó de las
costumbres previas e hizo pintar largas procesiones de sus hijos en varios
templos a lo largo de Egipto y de Nubia. Además, los hijos del rey apare
cen en las escenas de batalla de su padre, tom ando parte en cam pañas y
cogiendo prisioneros. En concordancia con tradiciones más antiguas unas
pocas de las hijas del rey aparecen junto a él en los monumentos reales. En
conjunto se relaciona a más de un centenar de hijos con Rameses IF7. Se
conoce a la mayoría sólo a partir de las procesiones y no tenemos ninguna
idea de quiénes eran sus madres. Las hijas del rey que aparecen en algunos
lugares junto al rey son hijas tanto de Nefertari, la primera esposa princi
pal de Rameses, como de Asetnefret, su segunda esposa principal. Además
de los hijos que sobrevivieron lo bastante como para aparecer atestiguados
en los monumentos, tuvo que haber habido otros nacidos muertos o falle
cidos en la infancia. Está claro que dos mujeres no pudieron tener tantos
hijos entre las dos. Sabemos que Rameses también estuvo casado con su
hermana Henutmira, con tres de sus hijas, con dos princesas hititas y una
princesa siria y otra babilonia y resulta verosímil que hubiese todavía más
38
6 Estatua colosal de
Amenhotep III y la
reina Tiy. La reina lleva
el tocado de buitre con
una cabeza de buitre
entre dos úreos.
39
escasez de nuestra inform ación sobre la descendencia real. Es verosímil
que muchos hijos de reyes no dejaron huella de su existencia.
Cuando un hijo de rey nacía su sexo determ inaba inm ediatam ente el
lugar del niño en la vida. Un hijo era un potencial heredero del trono que
necesitaba recibir una crianza adecuada para un posible futuro rey. Una hija
no tenía expectativas al respecto porque la tradición egipcia no aceptaba
reyes femeninos; que una mujer muy ocasionalm ente tuviese éxito en el
logro del trono no quiere decir que ésta fuese una opción normal para las
hijas de los reyes. Sin embargo, las hijas eran reinas potenciales y junto con
la madre del rey y la esposa principal del rey formaban una tríada de madre,
esposa e hija que reflejaba una tríada similar combinada en la persona de
la diosa Hathor en su relación con el dios del sol Re. Existía una estrecha
relación entre la mujeres del ámbito de la realeza que permitía ocasional
mente que las hijas del rey apareciesen con sus padres en escenas rituales
en las que normalmente cabría esperar a la madre o a la esposa del rey.
Por el contrario, los hijos del rey no tenían un papel ceremonial duran
te el reinado de sus padres y no están atestiguados durante los reinados de
sus hermanos. Esto se debe a que, aunque cada uno de los hijos del rey era
un heredero potencial, en la mitología de la realeza sólo había un heredero.
La realeza egipcia estaba profundamente enraizada en el mito de Osiris y su
hijo Horus, en el que Horus reclama la realeza como hijo de Osiris. El rey
viviente de Egipto se identificaba como Horus y su predecesor muerto como
Osiris, de modo que en este plano el trono pasaba siempre de Osiris a Horus,
y esta era la visión oficial perpetuada sobre los monumentos en los que sólo
vemos una interminable sucesión de reyes sin lugar para los hijos del rey
que no llegaron al trono. En el mito del nacimiento divino del rey, el dios
Amón-Re insemina a la madre del rey y así engendra al rey. Desde luego,
nadie sabía que esto había sucedido hasta que un rey ascendía al trono, cuan
do se manifestaba que era él quien había sido engendrado por el dios. Aquí
tampoco hay un papel ritual para una multiplicidad de hijos.
Oficialmente había poco lugar para que las mujeres desempeñasen algún
papel en la sucesión al trono. Sin embargo, no debemos confundir el marco
oficial en el que operaba la mecánica de la sucesión con la capacidad de un
individuo para intervenir sobre el funcionamiento del sistema de manera
extraoficial. Una poderosa madre del rey, esposa del rey o incluso favorita
del rey podía encontrar la forma de influir en la elección del heredero. Tam
bién existen pruebas de que, en algunas ocasiones, mujeres reales se salie
ron del proceso legal y conspiraron para alterar la sucesión legítima.
El mejor conocido de estos casos, registrado en un papiro hierático que
en la actualidad se conserva en el Museo Egipcio de Turin, tuvo lugar duran
te el reinado de Rameses III29. El documento trata del proceso a un grupo de
personas cogidas en una conspiración ‘para promover la enemistad de cara
a una rebelión en contra de su señor [el rey] ’. La trama parece haberse esta
blecido entre una mujer del ámbito real llamada Tiy, su hijo, otra mujer del
palacio y un pequeño número de funcionarios palatinos. Otros, principal
mente con tareas en el harén, se introdujeron en la conspiración. Además
también estaban implicadas personas del exterior del palacio, incluyendo a
40
un comandante del ejército y a un supervisor de los sacerdotes de Sejmet.
Se menciona de manera específica a un capitán de arqueros de Nubia, intro
ducido en el complot por su hermana que estaba en el harén. Aunque nunca
se dice explícitamente, podemos deducir que la finalidad de la conspiración
era asesinar a Rameses III y colocar al hijo de Tiy en el trono en vez del
heredero establecido. Si este plan hubiese tenido éxito, Tiy habría alcanza
do la posición de madre del rey, y todos los sostenedores de la conspiración
serían presumiblemente bien recompensados por el rey agradecido. En este
caso el desafortunado príncipe tuvo que suicidarse. A algunos otros cons
piradores también se les permitió la misma salida, pero de la mayor parte se
nos dice simplemente que los funcionarios que examinaban el caso ‘hicie
ron que el castigo cayese sobre él’. Nada en el documento se refiere al pro
ceso de Tiy o de las demás mujeres del palacio ni cuál fue su castigo.
Del Imperio Medio procede la prueba de un atentado contra la vida de
Amenemhat I, fundador de la dinastía Doce. Los estudiosos discuten si tuvo
éxito o no. Un relato de los hechos se encuentra en un texto conocido como
Enseñanza de Amenemhat /. En realidad el documento se escribió en el rei
nado de su sucesor, Senusret I, pero está redactado com o dirigido por el
fallecido Amenemhat I a su hijo. En su enseñanza Amenemhat previene a
Senusret contra la traición en todas sus formas y más en concreto describe
un ataque contra su vida: O cu rrió después de la cena, cuando la noche
había caído y había pasado una hora de felicidad. Estaba dormido sobre mi
cama, pues estaba cansado y mi corazón había empezado a seguir el sueño...
Cuando sobrevino que me desperté luchando y me encontré con que era un
ataque de la guardia... ¿Acaso alguna mujer había levantado a las tropas
previamente? ¿Se originó el tumulto en la residencia?...’30. El ataque pro
cedía claramente del interior del palacio y la cuestión ‘¿Acaso alguna mujer
había levantado a las tropas previam ente?’ sugiere que la conspiración
podía haber implicado a una o más de las mujeres del rey.
En el Im perio Antiguo la autobiografía de un funcionario incluye la
información de que le correspondió presidir el proceso secreto de una reina
de Fiope I31. Aunque en ningún momento se nos dice cuál fue su crimen,
se trataba de algo serio y pudo habérsela sorprendido conspirando contra
el rey. Sin embargo, no podemos elim inar otras posibilidades tales como
el adulterio.
L a in s t i t u c i ó n d e l h a r é n
Las reinas importantes tenían sus propios bienes que en parte eran tie
rras administradas por funcionarios varones. Una esposa favorita también
podía recibir propiedades a su propio nombre. Sin embargo, la mayoría de
las mujeres del ámbito real vivían en uno de los varios harenes situados en
Menfis, Tebas y M edinet el Ghurab, localizado a la entrada de el Fayum32.
Cada harén era una institución independiente al mismo nivel que las casas
del rey, de su madre y de su esposa principal. Estos establecimientos dis
ponían de tierras y ganado y estaban administrados por una red de funcio-
41
7 Estatuilla de la reina Tiy
llevando la doble pluma junto
con los cuernos y el disco.
42
que muestran que algunos de los hijos de Rameses II se casaron y tuvieron
hijos durante la vida de su padre. Resulta extraordinario que a pesar del
vasto número de hijos de Rameses, en el plazo de dos generaciones tras su
muerte hubiese una crisis sucesoria y la dinastía se terminase tras el breve
gobierno de una mujer.
De todas las mujeres del entorno real las más importantes eran la madre
del rey y la esposa principal del rey. Aunque hemos hablado poco de ellas
como individuos ya hemos visto que las fuentes sugieren que estas muje
res ostentaban una posición que era hasta cierto punto divina. D esde el
punto de vista ceremonial eran las más importantes de las mujeres reales y
se distinguían de las restantes por sus insignias, títulos y los contextos en
los que se las representaba. Debido a que virtualmente no existe ninguna
distinción entre las dos mujeres es posible referirse a ambas como reinas.
Las reinas aparecen con la mayor frecuencia en escenas en templos o
en estelas reales, siguiendo al rey que desarrolla la acción ritual. Puesto que
la presencia del rey en las escenas de los templos no se refiere a ocasiones
específicas, tampoco es verosímil que la presencia de una reina se refiera
a un acontecimiento particular. Sin embargo demuestran que se podía repre
sentar a las reinas en un contexto ritual, cosa que puede reflejar un papel
ritual efectivamente desempeñado. Normalmente se representa a las muje
res inactivas en estas escenas, pero pueden realizar ofrendas a la divinidad
o agitar un sistro. Es posible que una reina realmente tomase parte en algu
nas ceremonias cuando el propio rey las realizaba en el templo, cosa que
probablemente ocurría en pocas ocasiones.
Las escenas que muestran el nacimiento divino del rey presentan unas
características diferentes. En primer lugar intentan representar una ocasión
específica, cuando la madre del rey concibe al rey mediante su insemina
ción por obra del dios Amón-Re. De hecho su realidad se encuentra en el
plano mitológico, no en el mundano. En segundo lugar, la reina consigue
un contacto directo con los dioses sin la mediación del rey, lo que en muy
contadas ocasiones ocurre en otros contextos. Se conservan dos ciclos de
nacimiento completos que datan de la dinastía Dieciocho, junto con frag
mentos de otros de períodos posteriores33. En ellos el dios Amón-Re, del
que se dice que adopta la forma del marido real, visita a la madre del rey,
que engendra y da a luz al heredero del trono. La totalidad del ciclo del
nacimiento sólo se puede representar de manera retrospectiva puesto que
nadie sabe con certeza quién será el próximo rey hasta que llega al trono.
Una vez coronado el rey quedaba claro que su madre había recibido la visi
ta del dios y que el rey era el hijo de Amón-Re. Esto quiere decir que cada
una de las madres de rey había sido en una ocasión la consorte del dios
Amón-Re y esto puede haber sido una razón de su importancia.
Varias madres de rey de la dinastía D ieciocho no fueron las esposas
principales de sus maridos reales, pues en los reinados de sus hijos recibi
43
rían además del título de ‘madre del rey ’ el de ‘esposa principal del rey ’.
Esto, junto con su misma utilización de otros títulos e insignias, sugiere que
los dos papeles se identificaban en alguna medida. Cosa que se explicaría
por analogía con el mito del divino Kamutef, en el que el dios sol insemi-
naba a la diosa del cielo cada noche y nacía de ella de nuevo por la maña
na, renovándose a sí mismo perpetuam ente por este medio. La diosa del
cielo es por tanto la madre y la esposa del dios. En la mitología real, el rey
esperaba alcanzar la renovación siguiendo un m odelo similar, en el que
madre y esposa tenían que conceptualizarse como idénticas. En realidad el
papel estaba separado en dos partes y lo representaban dos mujeres distin
tas, pero ceremonialmente las mujeres se identificaban como una entidad.
De manera ideal cada esposa principal del rey debería ser madre del rey,
pero en la práctica las cosas no ocurrían así, de modo que si una madre del
rey no había sido la esposa principal del rey anterior recibía el título en el
reinado de su hijo.
L ectura s c o m p l e m e n t a r ia s
Kitchen, K. A., Pharaoh Triumphant: The Life and Times o f Ramesses II,
Warminster 1982, capítulo 6.
Schulman, A., ‘Diplomatic marriage in the Egyptian New Kingdom’, Jour
nal o f Near Eastern Studies 38, 1979, 177-193.
Troy, L., Patterns o f Queenship in A ncient Egyptian M yth and History,
Uppsala 1986.
44
CAPÍTULO II
Está claro que la posición de una reina, como la de un rey, estaba enrai
zada en la mitología y el mundo divino. Aunque las mujeres que ocupaban la
posición de reina eran seres humanos, se las extraía hasta cierto punto de
la esfera mortal para dotarlas con aspectos divinos. La noción de realeza feme
nina era complementaria de la de realeza masculina y la interconexión entre
las dos significaba que la una no podía existir sin la otra. Por lo tanto las rei
nas eran muy importantes desde el punto de vista ritual, ¿pero hasta qué punto
podía una reina ser capaz de ejercer el poder efectivo? Resulta imposible res
ponder con detalle, pero podemos hacernos algunas ideas. La cuestión debe
plantearse en dos planos: ¿Cuánto poder efectivo implicaba la posición de
madre del rey o de esposa principal del rey y cuánto poder podría lograr una
reina particular especialmente fuerte de manera adicional? Sabemos que a las
reinas se les daban sus propias tierras y que tenían funcionarios masculinos a
su servicio tales como camareros. Por tanto una reina podía no sólo disfrutar
de una cierta dosis de independencia económica, sino que también podía con
tar con el servicio de hombres leales a ella y sus intereses. La combinación
podía ofrecer la posibilidad, al menos, para que una reina ambiciosa tuviese
una base de poder. Sin embargo, los monumentos egipcios sólo registran lo
ideal y omiten lo que no se integraba en el modelo oficial, que no se interesa
ba por las personalidades individuales. Así pues, no cabe esperar encontrar
rastros de las carreras de reinas particulares y su posible manipulación del
poder. Como tampoco proporcionan los monumentos un modelo que sugiera
que las reinas ostentaban el poder de una manera regular. Teniendo en cuen
ta esto, es posible decir algo más acerca de unas pocas reinas.
A hhotep II
A m o s is N efertari
46
7- y1) if.'.
O o rfse f H
8 Estela de Tutmosis II
en donde se representa
al rey seguido por la
reina Amosis, viuda de
Tutmosis I, y su propia
reina. Hatshcpsut.
47
‘esposa principal del rey’, o ‘madre del rey’. Amosis Nefertari tenía dere
cho a llevar esos títulos, pero los usaba pocas veces como títulos exclusi
vos. En su lugar elegía con más frecuencia el título de ‘esposa del dios’.
La importancia de Amosis Nefertari no terminó con su muerte. Fue dei
ficada junto con su hijo Amenhotep I y los trabajadores de Deir el Medina
le rendían culto como su patrona (fig. 47). Su culto permaneció vigente allí
durante el Imperio Nuevo, dando muestra del status extraordinario de esta
reina. Es más, tanto durante su vida como tras su muerte, ensombreció a la
esposa principal y hermana de su hijo, llamada Meritamón, de la que con
servamos poca documentación. Aunque M eritamón ostentaba el título de
‘esposa del dios’, la siguiente poseedora importante de la función con pos
terioridad a Amosis Nefertari fue Hatshepsut, hija de Tutmosis I, y es posi
ble que Meritamón muriese antes que Amosis Nefertari. Mientras que Tut
mosis I fue claramente el sucesor legítimo y escogido por Amenhotep I, su
madre Seniseneb no recibe el nombre de ‘esposa del rey’. Esto sólo puede
querer decir que Tutm osis no fue el hijo de un rey y que A m enhotep lo
escogió como heredero porque no tenía hijos vivos. A sí pues, Hatshepsut
no tenía lazos de sangre con Amosis Nefertari, a menos que Tutmosis per
teneciese a una ram a m enor de la familia real.
H a tshepsu t
48
9 Parte de una escena
procedente de un templo
mostrando a Hatshepsut
como rey junto con
Tutmosis III. Las dos
figuras son
prácticamente idénticas.
10 El dios Amón-Re
con la reina Amosis en
el momento de la
concepción de
Hatshepsut.
49
realización de una prerrogativa de los reyes. También se la representa en
un edificio en Karnak en escenas en las que realiza ofrendas directas a los
dioses (fig. 2), cosa que normalmente sólo hacían los reyes. Así pues, como
regente de Egipto, Hatshepsut reforzó su autoridad mediante la adopción
de la iconografía, titulación y acciones de los reyes.
En algún momento del reinado de Tutm osis III, y no más tarde de su
séptimo año, Hatshepsut abandonó los títulos y enseñas de una reina. Desde
entonces adoptó la quintuple titulación de un rey y, al menos sobre los
monumentos, si no en la vida real, aparecía vestida como los reyes varo
nes (fig. 9). Para asentar su legitimidad como gobernante redactó textos que
establecían que había sido escogida por su padre como su sucesor y que él
la presentó ante la corte y a todos los dioses de Egipto. También tiene el
mito de su nacimiento divino pintado en su templo funerario en Tebas, en
el que se muestra al dios Amón-Re con su madre la reina Amosis (fig. 10)
seguido por el nacimiento de H atshepsut como rey5.
Se ha pensado que Hatshepsut ocupó el trono porque se creía la última
representante de la línea dinástica legítima de descendencia a través de la
‘heredera’ real, mientras que Tutmosis II y Tutmosis III eran simples hijos
de concubinas no reales. Sin embargo, ahora sabemos que esto no puede ser
así, en la medida que no había un linaje de reinas ‘herederas’. Nunca esta
remos seguros de las razones que llevaron a Hatshepsut a desafiar la tradi
ción y convertirse en rey, ni por qué la burocracia masculina toleró esta abe
rración, pero podemos sugerir algunas hipótesis. En primer lugar, Hatshep
sut probablemente tenía un carácter fuerte y ejerció con firmeza el poder que
había recibido en su calidad de regente. De una forma práctica podemos ima
ginar que cuando alcanzó la regencia escogió cuidadosamente a los funcio
narios que iban a servirla. El más famoso de ellos era Senenmut que, entre
numerosas tareas, ocupaba la posición de camarero de la reina y tutor de su
hija (fig. 11)6. Una vez que estos funcionarios habían alcanzado su puesto
bajo su control sus destinos estarían de alguna forma vinculados al de Hats
hepsut. Muchos de ellos podrían estar preocupados sobre lo que podría ocu-
rrirles cuando el joven Tutmosis III tomase el control del gobierno en sus
propias manos. ¿Acaso los reemplazaría con sus propios nombramientos?
Podemos estar seguros de que H atshepsut era consciente de que tenía
que dejar el control al joven rey cuando fuese lo bastante mayor para gober
nar por sí mismo. Sin embargo si, como muchos regentes, había llegado a
disfrutar con el ejercicio del poder probablemente encontraba desagrada
ble la perspectiva de abandonarlo. Pero con Tutmosis III haciéndose mayor
cada año difícilmente podría ella prolongar su regencia indefinidamente.
Tampoco la ayudaría m ucho asesinar al joven rey, puesto que él era su
medio para ejercer el poder. H abía en Egipto, sin embargo, un sistem a
mediante el cual dos reyes podían gobernar al mismo tiempo. En un prin
cipio se había instituido de forma que un rey que se hacía viejo podía aso
ciar con él a su heredero en el trono para llevar a cabo una suave transfe
rencia de poderes de un gobernante al siguiente. Hatshepsut pudo utilizar
esta institución de corregencia. Fue coronada rey con toda la titulación real
sin tener que echar a Tutmosis III del trono. El siguió siendo rey durante el
50
período de gobierno de Hatshepsut y las fechas de reinado usadas durante
su ejercicio conjunto son las de Tutmosis. Aunque a él se le representa con
menos frecuencia que a Hatshepsut durante esa época, se le muestra junto
a ella en escenas de templos (fig. 9), y cierto número de funcionarios usa
ban los nombres de ambos reyes sobre sus monumentos. Hatshepsut, sin
embargo, fue el polo domiriante.
En el pasado se ha considerado con frecuencia a Hatshepsut como paci
fista en medio de sus parientes varones amantes de la guerra, pero Donald
Redford ha mostrado que el cuadro no se presenta tan nítido y que durante
su reinado se llevaron a cabo campañas militares7. En su templo funerario en
Tebas, sin embargo, el logro que ella escogió conmemorar de forma pree
minente fue una misión comercial a la tierra de Opone, un país situado en la
costa de Africa al que se llegaba a través del mar Rojo. Su objetivo era traer
productos de la región tales como panteras y pieles de leopardo, plumas y
huevos de avestruz, marfil, maderas tropicales, oro y sobre todo el incienso
que se usaba asiduamente en los cultos de los dioses en los templos egipcios.
Cuando Hatshepsut se hizo rey tuvo que ceder la función de ‘esposa del
dios’, concediéndoselo a Neferura, la hija que había tenido con Tutmosis II.
De todas las hijas de rey en la dinastía Dieciocho, Neferura destaca por la gran
cantidad de veces que aparece mencionada. Mientras que ciertamente no apa-
51
12 Cabeza procedente de
una estatua de la reina Tiy.
rura se casase con Tutmosis III? Que Neferura no lo hizo así en vida de su
madre parece claro, pues nunca se la menciona como ‘esposa del rey’.
Desafortunadamente no sabemos qué ocurrió al final del reinado de Hats
hepsut. Hacia el año veintidós de su reinado, Tutmosis III gobernaba solo,
pero si Hatshepsut había muerto de forma natural o había sido forzada a aban
donar el poder no es el tipo de cosas que las fuentes egipcias nos cuentan.
Tampoco es seguro cuándo murió Neferura. En una época se pensó que fue
durante el reinado de su madre pues existen testimonios de que en algunos
casos su figura se retiró de escenas representadas en el templo funerario de
Hatshepsut en Deir el Bahri en vida de su madre. Sin embargo, una estela de
Tutmosis III que data de los comienzos de su reinado solitario puede haber
representado originalmente la figura de Neferura8. El nombre identificador se
cambió por el de Satioh, que fue la primera esposa principal de Tutmosis, pero
el único título sobre la estela es el de ‘esposa del dios’. Como hemos visto este
era el título más importante de Neferura, pero nunca le fue otorgado a Satioh.
Si la estela mostraba originalmente a Neferura, podemos establecer la hipó
tesis de que ella había muerto y que su nombre se reemplazó por el de Satioh.
¿Cómo, por tanto, deberíamos contemplar este episodio en el que Hats
hepsut ocupó el trono de Egipto como rey durante más de una década? Ella
no fue la primera ni la última mujer que lo hizo; una reina llamada Nitiqret
53
14 Fragmento de un relieve que muestra la cabeza
F
pudo haber gobernado como rey al final de la Sexta dinastía9, Nefrusobk fue
el último rey de la dinastía Doce, y Tausret el último de la Diecinueve. Sin
embargo existe una diferencia entre estas mujeres y Hatshepsut. Todas ellas
gobernaron al final de las dinastías durante unos pocos años, como si fue
sen el último recurso de familias que habían llegado al límite de sus posi
bilidades. Hatshepsut, por el contrario, ocupó el poder en medio de una
dinastía floreciente y gobernó durante más de diez años y posiblemente llegó
casi a los veinte. Disfrutó de un reinado próspero, como lo atestiguan sus
actividades constructivas, como las del templo de Amón en Karnak y su
templo funerario sobre la orilla oeste en Tebas. Tuvo que tener la fuerza de
carácter necesaria para romper con las tradiciones sobre la realeza que exi
gían que el rey fuese un varón y una personalidad lo bastante definida como
para ganar el apoyo de funcionarios varones que ocupaban puestos clave.
También podem os asum ir que amaba el poder y que tenía habilidad para
ejercerlo. Dado que no había previsiones para un rey femenino dentro de la
ideología egipcia, tuvo que adaptarse a un rol sexual masculino aparecien
do sobre sus monumentos con vestido varonil y con la figura de un hombre.
No sabemos cómo se vestía en la vida real. En los textos sus escribas esta
ban menos seguros de cómo tratar la situación. Algunas veces usaban pro
nombres y formas gramaticales masculinos para referirse a ella, pero otras
veces preferían los femeninos. Tradicionalmente el rey se identificaba con
el dios masculino Horus, pero Hatshepsut a menudo se llama a sí misma el
Horus femenino, lo que podría ser una contradicción en los términos. Así
pues existía una tensión entre el sexo biológico de Hatshepsut y su rol sexual
masculino como rey. Está claro que una mujer no podía ocupar fácilmente
el trono de Egipto, tanto es así que en casi tres milenios sólo cuatro de los
doscientos o trescientos reyes fueron mujeres. Una mujer como gobernan
te no era, simplemente, una opción normal en el antiguo Egipto.
54
Queda la cuestión de por qué Tutmosis III toleró la situación durante tanto
tiempo, y por qué en la última parte de su reinado retiró los nombres y figu
ras de Hatshepsut de sus monumentos, cambiándolos frecuentemente por los
suyos propios o los de reyes anteriores. Si en un principio Tutmosis III era
demasiado joven como para protestar, es imposible creer que más tarde fuese
demasiado blando como para afirmar sus derechos. Si tenía ocho o nueve
años cuando murió su padre, tendría unos treinta cuando alcanzó el poder en
solitario. Inmediatamente mostró su valor como comandante militar y se dedi
có a incrementar las posesiones de Egipto en Siria-Palestina con sucesivos
años de brillantes campañas. ¿Era este mismo hombre incapaz de enfrentar
se con Hatshepsut? Dos posibles respuestas vienen a la mente. En primer
lugar, aceptaba la corregencia y trabajaba de buen grado con su colega, con
tentándose con esperar hasta que ella muriese para gobernar solo. En segun
do lugar, no estaba en absoluto contento y tuvo que actuar, en este caso su
asunción del poder exclusivo fue el resultado del asesinato de Hatshepsut.
La supresión de los nombres y figuras de Hatshepsut sobre sus m onu
mentos se ha explicado en algunas ocasiones como una expresión del odio
que por ella sentía Tutmosis III. Pero existen pruebas concluyentes de que
esta acción no tuvo lugar inmediatamente después de comenzar el reinado
solitario y que se debe fechar en sus últimos años10. Sería inverosímil que
Tutmosis esperase tanto tiempo para vengarse. Por otra parte, si la destruc
ción estaba motivada no por el odio sino por un deseo de borrar la memo
ria de una mujer que había subido al trono de forma incorrecta, el lapso de
tiempo es menos importante. Es más, podría explicarse asumiendo que Hats
hepsut había muerto de forma natural y que Tutmosis no sentía animadver
sión contra ella. El pudo por tanto ser reticente a mutilar sus monumentos.
Pero con el paso del tiempo las necesidades políticas pudieron sobre el sen
timiento, por lo que finalmente accedió a que se borrasen todas las huellas
de la aberrante mujer rey, puesto que no eran conformes con maat, el orden
natural del mundo. Puede ser significativo en este sentido que no se ataca
se el nombre y la figura de Hatshepsut en su condición de rey.
T iy
55
no integrados en el ámbito de la realeza y fue madre del heredero del rey
que gobernaría com o el rey herético Ajenatón. Tiy ocupó la posición de
esposa principal a lo largo de todo el reinado de Amenhotep y aparece en
escenas junto al rey con ocasión de la celebración de sus festivales sed para
renovar su realeza (fig. 4), también se la representa en escenas de audien
cia halladas en tum bas privadas (fig. 5). Se la muestra a la m isma escala
que el rey en una colosal estatua sedente originalmente destinada al tem
plo funerario de Amenhotep en Tebas (fig. 6). En una ocasión se la repre
sentó en una escena de tumba privada sentada en un trono, en el brazo del
asiento aparece en forma de esfinge que acosa a sus enemigos, una imagen
que procede directam ente de iconografía de la realeza m asculina (fig. 5).
Su nombre aparece junto al de Amenhotep o solo sobre objetos de uso cos
mético e incontables escarabeos. Durante este reinado la reina adopta por
prim era vez los cuernos y el disco de Hathor como parte de sus enseñas
(fig. 7). Es también una época en la que se insiste en los aspectos solares y
divinos de la realeza, cuando Amenhotep III estableció un culto a una forma
deificada de sí mismo. Ya hemos visto que existía un aspecto solar y hathó-
rico de la realeza fem enina, en este sentido la preem inencia de Tiy y de
otras mujeres del ámbito real durante el reinado de Amenhotep puede rela
cionarse con el refuerzo de la divinidad de la realeza, que conduce direc
tamente a un correspondiente énfasis en el lado divino de la realeza feme
nina. Una vez más carecemos de testimonios para establecer un juicio sobre
Tiy como persona, aunque su peculiar imagen en la estatuaria y los relie
ves, en donde se la representa poniendo mala cara y torciendo la boca hacia
abajo, pueden sugerir que se trataba de una mujer con carácter (fig. 12).
15 Escena que
representa a
Nefertiti llevando
el mismo tipo de
corona que
Ajenatón.
56
16 Escena que representa a Nefertiti aplastando
enemigos.
N e f e r t it i
57
el tocado del buitre, que quizá no era adecuado para la teología de Atón.
M ás adelante en su reinado N efertiti llevaba con m ás frecuencia la alta
corona azul hecha famosa por el busto que en la actualidad se conserva en
Berlín. Esta corona era exclusiva de Nefertiti (fig. 13). Además en algunas
ocasiones Nefertiti llevaba las coronas de los reyes varones (fig. 15). Tam
bién se la representa ocasionalmente golpeando a los enemigos en un tipo
de escena traído directam ente de la iconografía de la realeza m asculina
(fig. 16). Se ha sugerido que Nefertiti tomó eventualm ente los títulos de
rey en calidad de corregente con Ajenatón en los últimos años de su reina
do13. Los acontecim ientos del final del período de Am arna son objeto de
ardiente disputa, todavía hoy, entre los especialistas14.
A pesar de la preeminencia de Nefertiti y de su importante papel ritual
durante el reinado de Ajenatón, ella no fue la única esposa del rey. Huellas
de otras m ujeres se han encontrado en algunos m onumentos y en varios
objetos dedicados al equipam iento funerario bajo inscripciones cam bia
das15. Su titulación estereotipada puede combinarse para quedar así: ‘Kiya,
esposa altamente amada del rey del Alto y Bajo Egipto viviendo en verdad,
señor de las Dos Tierras N eferjeperura W aenra el hijo perfecto del Atón
viviente que está viviendo por siem pre’. Al contrario que a todas las otras
esposas de reyes conocidas, a Kiya no se le da el título de ‘esposa del rey’,
y contrariamente a cualquier otra esposa de rey que no es esposa principal,
a ella se la representó en m onum entos junto al rey. Sin em bargo, en la
segunda mitad de su reinado, sus títulos y nombres se borraron sustituyén
dose por los de las hijas de Ajenatón, Meretatón y Anjesenpaatón. Por des
gracia carecemos de paralelos que nos ayuden a comprender la posición de
Kiya en la corte, así como tampoco tenemos pruebas sobre su destino, aun
que resulta extraordinario que los objetos de uso funerario hechos para ella,
incluyendo un sarcófago y jarras canópicas, se utilizasen en otros enterra
mientos. Esto nos hace sospechar sobre la posibilidad de que no se la honró
con el funeral inicialmente previsto en su honor.
Además de con Kiya, Ajenatón estuvo casado también con princesas
mitanias y babilonias, pero nunca aparecieron en sus monumentos. Es posi
ble que tuviese otras esposas de las que no sabemos nada. Pero Nefertiti
fue la que alcanzó una preeminencia y ubicuidad en los monumentos jamás
antes alcanzada por ninguna otra reina.
C o n c l u s ió n
58
nina. En un plano ideológico la reina representaba el principio femenino
del universo a través del cual el rey varón podía renovarse a sí mismo. En
un plano práctico, las mujeres de la esfera real proporcionaban potenciales
herederos al trono. Tanto la madre del rey como la esposa principal del rey
tenían im portantes funciones cerem oniales que desem peñar, además es
posible que esas tareas ofreciesen un poder potencial para quien las reali
zara. Otras esposas no tenían papel ceremonial pero pudieron haber gana
do influencia si conseguían atraerse el favor del rey. En algunas ocasiones
las mujeres del ámbito real se salieron del marco de poder legítimo e inten
taron influir en los acontecimientos mediante el asesinato con el fin de lle
var al trono a un príncipe que no era el heredero oficial.
La realeza era fundamental para la visión egipcia del mundo. La socie
dad estaba organizada en torno al rey, que era el punto de contacto entre
las esferas divina y humana. El rey también proporcionaba la única forma
de gobierno que tenía legitimidad en Egipto. Integrándose en el funciona
miento de la realeza estaban los parientes femeninos del gobernante y el
concepto egipcio de realeza se puede com prender adecuadamente sólo si
se entiende tam bién la noción com plem entaria de realeza fem enina y de
gobierno de las mujeres de la esfera real.
L ecturas c o m p l e m e n t a r ia s
59
CAPÍTULO III
EL MATRIMONIO
La d e f in ic ió n d e l m a t r im o n io e n e l a n t ig u o E g ip t o
(b)
18 Figurilla de
fertilidad con un
niño llevado sobre
la cadera izquierda
y un texto pidiendo
un hijo.
hombre, debió haber habido muy pocas ocasiones para utilizar esa expre
sión por escrito hasta la tardía aparición de los documentos de divorcio.
Un pequeño número de textos registra la autoridad de una tercera parte
que sanciona el matrimonio. El primero, inscrito en una estatua que perte
nece al peluquero del rey Sabastet y datado en el año 27 de Tutmosis III en
la dinastía Dieciocho, dice así: ‘(En lo relativo al) esclavo que me perte
nece llamado Ameniuy, al que capturé con mi fuerte brazo cuando seguía
al gobernante... le di a la hija de mi hermana Nebetta como esposa, que se
llam a T akem et’3. En un largo papiro de una época posterior durante el
Imperio Nuevo, se cuenta que una viuda llamada Rennefer crió a tres hijos
nacidos de una joven esclava que su m arido N ebnefer había comprado.
Puesto que la pareja casada no tenía hijos, es posible que se hubiese com
prado a la joven a propósito para lograr descendencia y que esos hijos fue
ron engendrados por Nebnefer. En cualquier caso Rennefer nos dice que
‘el jefe de cuadras Padio entró en mi casa y tomó a Taiem niut su [de los
hijos] hermana m ayor como esposa, siendo él mi pariente y mi hermano
menor. Lo acepté para ella y él está con ella en la actualidad’4.
Una tercera aparición de esa autoridad se lee en un documento mucho
más tardío que data de la dinastía Veintiséis5. Psamético I había nombrado
a un hombre llamado Padiaset como sacerdote de Amón-Re en Teuzoi en
el Fayum. En el año catorce de ese rey un sacerdote de Amón-Re en Tebas,
llamado Horwedya, le pidió a Padiaset un nombramiento en Teuzoi sobre
la base de que su padre había sido sacerdote allí. Además le pidió a la hija
63
de Padiaset, llamada Nitemhat, como esposa. La réplica de Padiaset fue que
‘Su (de ella) momento todavía no había llegado; hazte sacerdote de Amon-
resonter y te la daré’6. Al año siguiente Horwedya consiguió pruebas que
mostraban que su padre había sido, en efecto, sacerdote en Teuzoi y ‘Padia
set arregló para Horwedya... que se le hiciese sacerdote de Amón de Teu
zoi y le dio a Nitemhat, su hija, como esposa’7.
Los primeros dos textos se ocupan de situaciones extraordinarias. Sabas-
tet menciona a su esposa, su hermana y a la hija de su hermana, pero no a
hijos propios. Es posible que no los tuviese y que hubiese adoptado a Ame-
niuy como hijo, introduciéndolo en la familia y casándolo con la hija de su
hermana. No se nos inform a de nada que Nebetta pudiese decir con refe
rencia a su hija, pero el matrimonio probablemente resultaba ventajoso eco
nómicamente pues el texto sigue: ‘Ella [Takemet] ha compartido con [mi]
esposa también. Cuando él [Ameniuy] se va no declina’. En otras palabras,
la riqueza se guarda en la fam ilia y todo el arreglo pudo ser la forma
m ediante la cual Sabastet obtuvo un heredero y tam bién veló por su her
mana, tal vez viuda, y por su hija.
En el segundo caso, encontramos de nuevo un arreglo económico tras
el matrimonio, pues sabemos que Rennefer adoptó a los tres hijos de Padiu
como sus herederos. El texto puede im plicar que incluso si Rennefer no
establece el matrimonio, ella tiene que aprobarlo, y esto puede deberse a
que tenía autoridad sobre el m atrim onio de los hijos. Sin em bargo, no
sabemos si ella tendría la autoridad para negarse a tal salida si quisiese. Su
aprobación pudo no haber sido necesaria para posibilitar que el matrim o
nio siguiese adelante, pero si ella optaba por negarse a considerar a Padiu
como un m arido deseable podría no incluirle a él, o incluso a su mujer,
como uno de sus herederos. Por otra parte, los hijos no eran libres hasta que
ella los manumitió, de esta forma ella pudo muy bien tener autoridad para
arreglar sus matrimonios y la situación no sería por tanto representativa de
lo que era habitual entre parejas libres.
El tercer caso, sin embargo, se incluye con claridad en la fórmula de un
padre que da a su hija como esposa a otro hombre. Es posible que Horwed
ya fuese un pariente de una ram a tebana de la familia de Padiaset, lo que
podría explicar la escasa disposición de este último para obtener un trabajo
para Horwedya8. Padiaset podía muy bien haber pensado que un pariente
ante el que estaría en posición de patrono podría ser un buen yerno. Sin
embargo, el texto nos dice que Horwedya vio a la hija de Padiaset cuando
estaba invitado en casa de Padiaset y que entonces se la pidió en matrimo
nio. Aunque la hija era joven es posible que ella y Horwedya decidiesen en
ese momento que querían casarse. Pedir permiso a su padre podía ser una
parte vital del procedimiento o una mera ficción. En este caso ocurriría lo
mismo que en la Inglaterra de hoy en día cuando el padre da a su hija en una
iglesia; esta situación es el reflejo de una época en la que el padre realmen
te tenía autoridad para disponer el matrimonio de su hija, de igual modo el
caso egipcio podía ser un indicador de que en algún momento el padre había
tenido autoridad en el tem a del matrimonio de sus hijas. Si, por otra parte,
el acuerdo se realizaba de hecho entre los dos hombres, no tenemos idea
64
sobre si se consultó a Nitemhat o si ella pudo vetar el acuerdo. A sí pues,
vemos que lo que parece ser un claro caso de padre que establece el matri
monio de su hija puede no entenderse de una forma tan literal.
Volviendo al Imperio Nuevo nos encontram os con otros dos textos,
ambos procedentes de Deir el M edina, que sugieren la relación del padre
con los acuerdos matrimoniales de su hija. En un papiro un hombre dice que
‘traje un fardo a la casa de Payom y me casé con su hija’9; por otra parte, un
óstrakon da una ‘lista de todos los objetos que U sejnem te dio a su padre
(político) cuando hizo a Aset [su] esposa’10. Si está claro en el segundo caso
que debe entenderse padre político más que padre, dado que la palabra egip
cia para ‘padre’ incluye el sentido de suegro11, es posible que en ambos casos
un padre esté implicado en los acuerdos matrimoniales de su hija y que se
supone que el futuro esposo tiene que presentarse ante él. Sin embargo, aun
si esta es la interpretación correcta, todavía no sabemos si pudo haber un
acuerdo previo de la pareja y sólo después el hombre se dirigía al padre.
En los llamados contratos de matrimonio conocidos por primera vez a
partir del siglo vu a. de C. y que se siguieron utilizando a lo largo de la Baja
Epoca y en el Egipto Tolemaico, encontramos la mención a un regalo hecho
por el marido a su esposa llamado el shep en sehemet, que un estudioso sugie
re que era originalmente el pago al padre de la mujer, de tal manera que se
podría traducir la frase egipcia como ‘precio o compensación por (casar) una
mujer’12. Estos contratos, establecidos por el hombre, no tienen nada que ver
con la sanción legal del matrimonio, a pesar de su equívoco nombre en las
lenguas actuales. Ni tan siquiera tienen que redactarse en el momento en que
la pareja se une, pues en algunos de ellos el hombre y la mujer interesados
ya tienen hijos. Los documentos son de hecho fundamentalmente económi
cos y se interesan en la disposición de la propiedad y en los derechos econó
micos de los esposos, especialmente en el caso de que el hombre repudiase
a su esposa: ‘Te he tomado como esposa. Te he dado (una suma de «dinero»
listado aquí) aparte de esta (suma de «dinero» listada) que te he dado como
tu shep en sehemet... Y te doy 1/3 (parte) de todas y cada una de las cosas
que habrá entre tú y yo desde hoy en adelante’13. Estos documentos estable
cen generalmente que los hijos que ya han nacido o nacerán serán los here
deros del hombre, y prometen devolver el valor de lo que la mujer llevó con
sigo a la casa si él la repudia o si ella la deja por su propia y libre voluntad.
Resulta tentador retrotraer la situación que nos encontramos en los ‘con
tratos de matrimonio’ a épocas anteriores, contemplando los documentos como
registros de lo que previamente había sido una costumbre no escrita. Sin
embargo, ante la falta de confirmación, este es un ejercicio peligroso que debe
ría evitarse. Para empezar, ¿hasta qué momento podríamos retrotraerlo? El
final del Imperio Nuevo se sitúa unos cuatro siglos antes de que el primer ‘con
trato de matrimonio’ se escribiese y su comienzo queda todavía quinientos
años más atrás. Sería una locura asumir que no hubo cambios en ese tiempo.
Por tanto debemos admitir que sabemos realmente muy poco acerca de las
formas del matrimonio egipcio durante la mayor parte de la historia faraóni
ca. Para poner las cosas todavía más difíciles hay que considerar, además, que
comprendemos muy mal los términos egipcios para referirse a la ‘esposa’.
65
La palabra hi ‘m arido’ se encuentra muy pocas veces sobre los m onu
mentos porque éstos pertenecen normalmente a un propietario varón al que,
por tanto, nunca se le denomina ‘marido’. Sin embargo aparece en algunas
ocasiones cuando a un miembro de su familia se le llama, por ejemplo, ‘el
marido de su hija’. El equivalente para ‘esposa’ es hemet, término conocido
desde el Imperio Antiguo en adelante. Se usaba casi exclusivamente en los
monumentos hasta la mitad de la dinastía Dieciocho, pero desde entonces se
sustituyó por la palabra senet, que es el término usual para ‘hermana’ o cual
quier otra mujer con parentesco colateral. Sin embargo, hemet siguió usán
dose con el significado de ‘esposa’ en los textos establecidos en escritura hie-
rática en donde senet no parece tener tal sentido. En estos documentos, junto
con hemet encontramos con mucha menos frecuencia a mujeres a las que se
les llama hebsut, término que se ha traducido en ocasiones como ‘concubi
na’. Pero de hecho sabemos muy poco de cuál era la diferencia de significa
do entre las dos palabras, si es que existía14. Hay unos pocos ejemplos de
mujeres del Imperio Nuevo a las que se menciona como la hebsut de un hom
bre y como su hemet. En un papiro un sacerdote quiere dejar una propiedad
a su segunda esposa llamada Inksumedyem15. Esto supone una audiencia judi
cial con los hijos de su primer matrimonio para confirmar que el padre efec
tivamente tiene derecho a la libre disposición de la propiedad que deja a su
segunda esposa. Pues bien, en el documento se habla de Inksumedyem como
hebsut y también como hemet. En otro papiro una mujer dice: ‘Soy una de
las cuatro mujeres’ (hemet), pero en otro lugar hay una referencia a ella como
la hebsut del orfebre Ramose16. En otro documento nos encontramos con una
mujer llamada Nesmut que aparece como la hebsut y como la hemet del trom-
petista Perpatyau17. Además, en los documentos hieráticos las mujeres que
son hemet y las que son hebsut usan por igual el ubicuo título de anjet en niut
que parece referirse a una mujer ‘casada’.
Hebsut ya se usaba en el Imperio Medio. El ejemplo más famoso se lee
en las cartas que Heqanajt, el jefe de una familia lejos de su hogar, escribe
a sus dependientes. Uno de los asuntos que le interesan es el trato a una mujer
llamada Iutenheb que es mal vista por los restantes miembros de la familia,
aunque queda claro que Heqanajt la aprecia. En un punto Heqanajt escribe:
‘¡Mira! Ella es mi hebsut y es sabido lo que debería hacerse con la hebsut
de un hombre. ¡Mira! Cualquiera haría por ella lo mismo que he hecho; es
más, ¿acaso cualquiera de vosotros tendría paciencia si se denunciaba ante
él a su hem etV's. En otras palabras, también aquí una hebsut es una hemet,
pero si este es el caso, ¿por qué establecer una distinción? William W ard ha
sugerido que, puesto que en varios casos puede mostrarse que una mujer lla
mada hebsut no era la primera esposa de su marido, la palabra se refiere a
una esposa subsiguiente casada tras la muerte o el divorcio de esposas ante
riores19. Esto encajaría con los problemas existentes en la familia de Heqa
najt si el resto de la familia estaba resentido por la introducción de una nueva
esposa en la casa de su padre, situación que puede encontrar paralelos en
muchas otras culturas, incluyendo la moderna sociedad occidental.
El principal problema de esta interpretación es la relativa escasez de las
apariciones del término. Considerando el riesgo de muerte de las mujeres en
66
el parto y la frecuencia del divorcio, muchas esposas habrían sido posterio
res a una primera esposa, sin embargo a pocas se las llama hebsut. Es más,
este término aparece muy pocas veces en los monumentos, en donde los casos
de matrimonios múltiples, tanto consecutivos como concurrentes, se recono
cen por la presencia de más de una mujer llamada hemet. La respuesta a este
problema puede ser que dado que el término hebsut se utilizaba muy poco en
contextos monumentales, las mujeres que en contextos no monumentales
podrían haberse llamado hebsut, aparecerían en tumbas y sobre estelas y esta
tuas como hemet o, a partir de la mitad de la dinastía Dieciocho en adelante,
como senet. Esta diferencia entre los términos utilizados en las fuentes monu
mentales o no monumentales se puede encontrar también en dos de los más
comunes títulos de mujeres encontrados en el Imperio Nuevo: anjet en niut,
normalmente traducido como ‘ciudadana’, y nebetper, ‘señora de la casa’.
El primero aparece en documentos hieráticos pero muy pocas veces sobre
material monumental mientras que la situación es inversa con el segundo.
Así pues, podemos aceptar provisionalmente la sugerencia de W ard de
que el término hebsut se refiere a una esposa posterior a la primera esposa
de un hombre. Pero mientras W ard piensa claramente en términos de una
serie de uniones m onógam as, no hay pruebas reveladoras de que si un
hombre tenía dos esposas al mismo tiempo, la segunda no podía llamarse
también hebsut. Así, cuando la hebsut Mutemheb dice: ‘Soy una de las cua
tro esposas (hemet), dos han muerto y otra (todavía) vive’20, no sabemos si
su marido se ha divorciado de ‘la otra’ o si está casado con ambas al mismo
tiempo. En cualquier caso una hebsut también es con claridad una hemet,
por lo que debería evitarse traducir el término como ‘concubina’, dado que
conlleva una serie de connotaciones que con casi total seguridad no se pue
den aplicar a la antigua sociedad egipcia.
Algunos documentos que datan del Imperio Nuevo y proceden de la aldea
de trabajadores en Deir el Medina presentan un nuevo problema concernien
te al matrimonio. En el mismo tipo de documentos en donde se llama a las
mujeres hebsut, de algunas mujeres se dice que son ‘esposa de’, mientras que
de otras se dice que están ‘con’ un hombre en particular. De nuevo la distin
ción, si es que existe, no está clara, pero sería peligroso asumir que el segun
do uso significa ‘vivir con’ sin estar casados, esto es, sin que la mujer sea
hemet, puesto que el matrimonio parece tener lugar cuando un hombre y una
mujer levantan una casa juntos. Es difícil, por tanto, ver cuál pudo haber sido
la diferencia, a menos que se encuentre en las expectativas de tiempo que
podría durar el matrimonio, o si un acuerdo económico formal ha tenido lugar
en su seno. Sin embargo, en el Papiro de Adopción, Padiu tomó a Taiemniut
como su hemet y fue entonces cuando se dijo que estaba ‘con ella’. Todavía
más, mujeres que son ‘esposa de’ y las que están ‘con’ pueden aparecer men
cionadas ambas como ‘mujeres casadas’ (hemet tyay), y se consideraba des
graciado para otro hombre tener relaciones con ellas, se sugiere así que de
hecho podía haber escasa diferencia de significado entre las dos frases. Esto
se ve confirmado en un caso en el que se dice de una misma mujer en un docu
mento hierático que está ‘con’ un hombre y a la que una estela en escritura
jeroglífica presenta como ‘su esposa [del mismo hombre], señora de la casa’.
67
D ivorcio
19 La diosa Taweret,
protectora de las
mujeres embarazadas
y parturientas. Lleva
un cuchillo y
descansa su zarpa
sobre un signo sa.
T h o u e rís .
tVuo<¿ >(r , [HVWIft.
68
‘contratos de matrimonio’ a los que nos referíamos más arriba, el disgusto
con la esposa propia o el deseo de casarse con otra mujer se citan como posi
bles razones para el divorcio. Mucho antes, un hombre indicaba en una carta
a su esposa muerta que se había casado con ella ‘cuando era joven. Estaba
contigo mientras desempeñaba toda clase de tareas. Estaba contigo y no me
divorcié de ti. No hice daño a tu corazón. Lo hice cuando era joven y cuan
do llevaba a cabo toda clase de importantes tareas para el Faraón, vida, pros
peridad, salud, sin divorciarm e de ti, diciendo «Ella (siempre) ha estado
con<migo>». ¡Así dije!’22. En otras palabras, en la medida que un hombre
subía por la escalera de la burocracia, probablem ente no era raro que se
divorciase de las esposas de su juventud y se volviese a casar de manera más
apropiada o ventajosa para su rango más elevado.
Del mismo modo que el matrimonio no tenía una sanción legal, estatal
o religiosa, tam poco la tenía el divorcio, aunque un tribunal pudo haber
estado implicado como testigo del fin de un matrimonio. El nuevo m atri
monio tras el divorcio era posible para ambas partes e incluso pudo muy
bien haber sido el propósito del divorcio.
M a t r im o n io s m ú l t ip l e s
69
góricam ente que un hom bre no podía afrontar el m antenim iento de más
de una esposa. Por ejem plo, durante los Im perios A ntiguo y M edio, la
manufactura textil estaba por completo en manos de mujeres, que siguie
ron desempeñando una gran parte de esta tarea en el Imperio Nuevo. Las
mujeres parecen haber sido las responsables de la producción de los ves
tidos usados por sus fam ilias y haber sido capaces de com erciar con el
excedente de su producción. A sí pues, en teoría las esposas podían haber
contribuido a los ingresos fam iliares m ediante la producción de textiles
haciendo de este m odo viable para un hom bre tener más de una mujer.
Es más, si las mujeres de las fam ilias cam pesinas realizaban tareas agrí
colas (un asunto sobre el que las fuentes perm anecen en silencio), de
nuevo podría ser rentable tener una unidad fam iliar con varias esposas
que, junto con su progenie, tam bién conform arían una fuerza de trabajo
gratuita en los campos. Sólo si las esposas eran totalm ente im producti
vas y tenían que m antenerse por com pleto a expensas de los ingresos de
sus maridos se convertirían en un gasto im posible excepto para los muy
ricos. En este caso la m ultiplicidad de esposas podría llegar a ser un sím
bolo de status.
Aunque nunca podam os saber lo acaecido con la m ayor parte de la
población, podemos contemplar la situación en la aldea de trabajadores en
Deir el Medina, que data del Imperio Nuevo, la única comunidad acerca de
la que sabemos bastante. Desgraciadamente, aunque el divorcio y el nuevo
matrimonio no resultan raros, no existen pruebas definitivas sobre m atri
monios concurrentes. De hecho, la estructura física de las casas no parece
diseñada para albergar a un hombre y a más de una mujer y el registro de
los aldeanos listados casa por casa no nombra más que una esposa por casa,
al menos en las partes conservadas. Sin embargo, en un papiro de la dinas
tía Veinte relativo a una investigación oficial sobre un robo de tumbas en
Tebas, se da una lista de mujeres implicadas que incluye:
70
20 (izquierda)
Vaso de alabastro
con la forma de una
mujer embarazada.
21 (derecha)
Amuleto de oro
con la forma del
dios Bes.
Así pues, parece posible que, al menos entre los integrantes de la élite,
se podía tom ar a más de una esposa a la vez pero no era lo más corrien
te; no sabemos nada sobre el resto de la población. Adem ás, el hombre
casado podía con frecuencia haber tenido relaciones sexuales con sir
vientas y otras m ujeres de la casa de posición social inferior. Por ejem
plo, en algunas capillas funerarias que datan de la dinastía D ieciocho
parece que hay hijos nacidos de madres diferentes que la esposa del pro
pietario, sugiriendo que el cabeza de fam ilia podía haber tenido acceso a
otras m ujeres26. En un texto un hijo declara de form a específica no haber
tenido relaciones con las sirvientas de su padre27, sugiriéndose así que
cabía esperar ese tipo de com portam iento para con las mujeres subordi
nadas, situación que tiene paralelos en la E uropa cristiana legalm ente
monógama, tal como se lee en la novela de Richardson Pamela. Pero no
sabemos si tales relaciones eran o no mal vistas en el antiguo Egipto. El
hombre podía estar negando que tuvo relaciones con las sirvientas de su
padre, no porque fuese reprobable tener relaciones con sirvientas, sino
porque en la casa del padre ésta era una prerrogativa del padre no usur
pada por el hijo.
No hay pruebas de la existencia en los m onum entos u otras fuentes
del concepto de hijo ilegítimo. Aunque esto pudo no haberse reflejado en
los monumentos, que tienden a mostrar el ideal masculino de la sociedad,
si el concepto existiese esperaríamos encontrar alguna referencia en otros
documentos, especialmente en la comunidad de Deir el Medina. Sabemos
71
de una m ujer que concibió a un hijo de un hom bre m ientras que era la
hem et de otro28. D esgraciadam ente el docum ento se interesa más por el
com portam iento del hom bre, al que condenó incluso su propio padre, y
no sabemos nada de lo que ocurrió con la m ujer y su hijo. Si volvemos
sobre las fuentes m onum entales, ya hemos visto que en algunas capillas
funerarias de la dinastía D ieciocho se representan ocasionalm ente hijos
que parecen haber nacido de mujeres diferentes a la esposa del propieta
rio. El hecho de que se incluya a esos hijos en escenas funerarias sugie
re que no había ningún estigm a relacionado con sus orígenes y que ellos
no violaban la im agen de vida de fam ilia ideal perpetuada en la capilla
funeraria. No obstante, se desconoce cuál pudo ser su posición social y
económ ica en vida. En los docum entos que poseem os no se registra si
toda la descendencia, sin im portar la identidad de la m adre, com partía
autom áticam ente las propiedades de su padre o si un hom bre tenía que
establecer acuerdos especiales para los hijos no nacidos de su esposa si
quería velar por ellos. Parecería obvio que tales hijos no pudiesen tener
aspiraciones sobre la propiedad de la esposa del padre, aunque presum i
blemente tendrían derecho a la herencia de sus respectivas madres. Se ha
sugerido que una de las razones por las que con frecuencia se da la filia
ción de la m adre y no del padre es para dejar claro quién es la m adre de
una persona y cuáles son los derechos de herencia precisamente en situa
ciones de este cariz29.
Es lim itado el núm ero de casos en los que existen razones para sos
pechar que un hijo no desciende de la esposa de un hom bre. No obstan
te, en un monum ento fam iliar en donde los hijos de un hombre aparecen
expresam ente m encionados com o ‘su hijo/hija’, la fórm ula podría ocul
tar a hijos que nacieron de una m ujer diferente de la esposa. Es más, en
algunos m onum entos encontram os agrupadas jun to a los m iem bros de
la fam ilia a otras figuras que no se identifican por m edio de un término
de parentesco ni por un título que muestre una función dentro de la fam i
lia. Algunas veces aparece su filiación con m ujeres a las que tampoco se
identifica y a las que desconocem os por otros m edios. Estas personas
podrían ser m iem bros de la casa incluidos en el monumento con la fam i
lia, pero tam bién podrían ser otros descendientes del propietario del
monumento.
Si bien era posible que un hombre tuviese más de una m ujer a la vez,
carecemos por completo de testimonios acerca de que una mujer pudiese
tener varios m aridos al mism o tiempo. En todo caso, no existía ningún
estigma en relación con el nuevo matrimonio de mujeres divorciadas o viu
das, de modo que también estas mujeres pudieron tener más de un esposo
a lo largo de su vida. Por ejemplo, en Deir el M edina en la dinastía Vein
te, una mujer llamada N aunajt se casó con un hombre llamado Kenherje-
peshef. Cuando éste murió a sus sesenta años, Naunajt quedó viuda y sin
hijos. Posteriormente volvió a casarse y tuvo ocho hijos, lo que sugiere que
era mucho más joven que su primer marido. Económicamente el matrimo
nio había sido ventajoso para ella pues había heredado la propiedad de su
marido cuando murió30.
72
A dulterio
Mientras que los hombres casados podían tener relaciones sexuales con
mujeres diferentes a sus propias esposas, no se contemplaba la posibilidad
de que las mujeres casadas tuviesen asuntos amorosos con otros hombres31.
Un texto de Deir el Medina, trata de una disputa que tuvo lugar ante el tri
bunal local, y si lo hemos entendido de form a adecuada contiene la sen
tencia: ‘... (una) esposa (hemet) es (una) esposa. No debería hacer el amor.
No debería tener relaciones sexuales’32. Obviamente debemos entender que
esto quiere decir con alguien que no sea su m arido. A sí pues, aunque el
matrimonio no parece haber tenido una base legal o religioso-estatal, había
un claro reconocimiento social de parejas que levantaban una casa conjunta
lo que incluía la expectativa de que la mujer sería sexualmente fiel al hom
bre. Esto se puede entender dado que la finalidad del matrimonio era tener
hijos y el hombre querría estar seguro de ser su padre, especialmente cuan
do los hijos nacidos de la unión tenían derechos legales sobre la herencia
de la propiedad de su padre. Como también tenían derechos sobre la pro
piedad de la madre, pero la m aternidad, al contrario que la paternidad,
nunca estuvo en duda. No es sorprendente, por tanto, que se lamente en los
textos la infidelidad por parte de una esposa y que se critique a los hom
bres por tener aventuras con mujeres casadas. Como contraste, algunas que
jas acerca de hombres jóvenes que se relacionan con ‘prostitutas’ tienen
más que ver con el tiempo de estudio perdido para llegar a ser escriba que
con cualquier clase de censura moral o social.
Hay unos pocos textos del Imperio Nuevo que contienen quejas contra
individuos a los que se les acusa de actuar de forma ilegal o inmoral, espe
cialmente en relación con sus cargos oficiales. Entre estas acusaciones se inclu
ye la acusación de mantener relaciones sexuales con mujeres casadas. Un caso
legal en Deir el Medina se abre con la acusación: ‘Tú copulaste con una mujer
casada en el-lugar-de-llevar-antorchas’33. Aunque resulta difícil seguir el texto,
el resto del caso parece tratar de la ‘honradez o, por otra parte, del transporte
de cierta cantidad de grasa’34. La acusación de que el hombre tenía relaciones
con una mujer casada está claramente destinada a señalar su mal carácter y a
arrojar sobre él la duda en lo relativo a otros asuntos. Otro caso de Deir el
Medina se estableció contra un impopular jefe de trabajadores llamado Paneb,
que parece haber tenido un carácter muy agrio35. Junto con varias acusaciones
de irregularidades en el desempeño de su cargo oficial, también se le acusó de
tener relaciones sexuales con mujeres casadas: ‘Paneb tuvo relaciones con la
ciudadana Tuy, cuando ella era la esposa del trabajador Qenna. Tuvo relacio
nes con la ciudadana Hunero, mientras ella estaba con Pendua. Tuvo relacio
nes con la ciudadana Hunero, mientras estaba con Hesysunebef... Y cuando
había tenido relaciones con Hunero, también tuvo relaciones con Webjet, su
hija. Además, Aapehty, su hijo, tuvo también relaciones con W ebjet’36. El
hecho de que Paneb y su hijo tuviesen relaciones sexuales con la hija de Hune
ro, aunque parece que ella todavía no estaba casada, parece presentarse como
otra irregularidad en la conducta sexual, aunque no está claro qué aspecto con
creto de este asunto bastante desagradable se condenaba de hecho. Posible-
73
mente el tener relaciones con una madre y posteriormente con su hija era en
algún sentido ‘incestuoso’, como también pudo haberlo sido que tanto el padre
como el hijo tuviesen relaciones con la misma mujer. Pero quizá la acusación
no se centraba en tales formalidades sino que el asunto de Webjet pudo haber
se sacado a la luz simplemente para poner de relieve lo redomadamente depra
vado que era Paneb.
Sería más interesante saber qué ocurrió con esas mujeres. En la mayo
ría de los casos no hay form a de tener una respuesta, pero sabemos algo
más en el caso de H unero, esposa de H esysunebef. Por pura casualidad
tenemos un óstracon que data del año dos del reinado de Setnajt en donde
se registra que H esysunebef se divorció de ella; quizá como resultado de
su infidelidad con Paneb37. Además el óstracon proporciona la información
de que durante los tres años que siguieron al divorcio alguien, al que des
afortunadam ente no se nom bra, dio a Hunero una pequeña cantidad de
grano cada mes. Después de esto no sabemos que le sucedió. Su hija Web-
je t se casó más tarde a pesar de sus anteriores aventuras sexuales38. Debe
añadirse que no está claro si las mujeres participaban voluntariamente en
estas aventuras o si se trata de acusaciones de rapto.
Está claro que esta reprobación a los hombres que tenían relaciones
sexuales con mujeres casadas tiene profundas raíces en la sociedad egip
cia. En la ‘confesión negativa’ que leemos en el capítulo 125 del Libro de
los Muertos encontramos que el hombre muerto tenía que declarar ‘no he
copulado con una mujer casada’, o ‘no he copulado con la esposa de otro’39.
En la Enseñanza de Any que data de la dinastía Dieciocho, el autor previe
ne a su lector varón:
74
¡cuida de acercarte a las mujeres!
El lugar en donde se hace esto no puede ser bueno;
no puede haber inteligencia en revelar esto.
Mil hombres se han desviado de su bien:
un pequeño momento, el parecido de un sueño,
y se alcanza la muerte conociéndolos.
Es una mala cosa, pensada por un enemigo;
uno termina de hacerla
con un corazón que (ya) la rechaza.
Como para el que se aflige dejando la lujuria tras de sí, ninguno de sus
planes puede (jamás) tener éxito42.
75
22 Fragmento de cerámica mostrando a una madre amamantando a su hijo
recién nacido en la cabaña especial para los nacimientos.
76
con esa mujer, aunque no es (¿el?) marido... Si fuese (el) marido, ¿acaso no
habría prestado su juramento concerniente a tu mujer?’48. En otras palabras,
parece que el problema se planteó cuando se sorprendió al hombre con otra
mujer sin haberse divorciado de su esposa. Sin embargo, la multitud venga
tiva se vio contenida por un capataz al que no se nombra y que envió un men
saje a la mujer: ‘En lo referente a Nesamenemipet, ¿por qué lo recibes reite
radamente?... Si el corazón de ese hombre está contigo, deja[le] presentarse
ante el tribunal junto con su esposa y déja[le] prestar un juramento y volver
a tu casa...’49. De no seguir este consejo, el capataz no contendrá a la multi
tud en otra ocasión que intente ir a golpearla. El consejo del capataz parece
ser que si Nesamenemipet realmente quiere a la mujer con la que está tenien
do una aventura tiene que divorciarse de su esposa antes de ir a vivir con la
otra mujer. No obstante, si partimos de que el matrimonio y el divorcio no
estaban sancionados legalmente resulta problemático el papel desempeñado
por el tribunal. Con todo, pudo haber dos razones por las que el tribunal se
vio implicado. En primer lugar, el juramento que. se supone que debía pres
tar el marido podía servir para señalar que se estaba divorciando de su espo
sa y que por tanto ella quedaba libre para casarse de nuevo. El tribunal podría
ser testigo de esta acción para evitar que el marido o cualquier otro alegase
que ella todavía estaba casada. En segundo lugar, pudo haberse tratado de
establecer un acuerdo sobre la propiedad como resultado de la finalización
de su matrimonio y, de nuevo, el tribunal tenía que servir como testigo de lo
que se decidía. La mujer con la que el marido tenía relaciones perece no haber
estado casada en ese momento o con toda seguridad su marido aparecería
citado y complicaría más el desarrollo del asunto. El aspecto del comporta
miento del nombre que dio origen a semejante censura no fue, así pues, que
tuviese una aventura con una mujer casada sino que era culpable de una irre
gularidad al estar casado con una mujer y tener una larga relación con otra.
En la medida en que la opinión pública se sentía concernida, el asunto se
podría haber zanjado, si es que entendemos el texto de forma correcta, sim
plemente con que el hombre se divorciase de su mujer y se casase con su
amante. Quizá parte de la indignación surgió de la constatación de la difícil
situación de la esposa. Ante los ojos de la sociedad todavía era técnicamen
te la esposa de Nesamenemipet. Esto quiere decir que sus asuntos y propie
dad estaban desde el punto de vista económico todavía ligados a él y que ella
no era libre de volver a casarse. Es más, si la mujer intentase establecer una
casa con otro hombre podría haber perdido algunos de sus derechos finan
cieros en cualquier otro tipo de acuerdo debido a su infidelidad.
H o m b r e s y m u je r e s s in c a s a r
E l e c c ió n d e l c o m p a ñ e r o m a t r im o n ia l
79
suficiente inform ación para conocer quiénes son los progenitores tanto
del marido como de la esposa más allá de una o, como mucho, dos gene
raciones.
L ecturas c o m p l e m e n t a r ia s
80
CAPÍTULO IV
LA FERTILIDAD, EL EMBARAZO
Y EL NACIMIENTO
F e r t il id a d , f a l t a d e d e s c e n d e n c ia y a d o p c ió n
se las conoce desde comienzos del Imperio Medio, a lo largo del Imperio
Nuevo y más adelante; además se han encontrado en lugares de habitación,
tumbas y templos (fig. 17). En un prim er momento los estudiosos las
llamaban ‘figuras de concubina’ y consideraban que se las colocaba en
las tumbas para estimular y gratificar los deseos sexuales del propietario
masculino de la tumba, pero esta explicación ignoraba su presencia en ente
rram ientos femeninos, en tem plos y en casas. Ahora se ha m ostrado que
estos objetos se relacionaban con la fertilidad y el nacimiento, tanto en vida
como tras la muerte5. Su presencia en tumbas se explica porque el muerto,
hombre o mujer, esperaba renacer en el más allá, de modo que esas figuri
llas se utilizaban en enterramientos infantiles o adultos de los dos sexos. En
vida su papel en el culto doméstico se relacionaba con la continuidad de la
familia en este mundo, mientras que en los templos se presentaban como
ofrendas votivas. Puesto que la mayoría de las figurillas conocidas que se
encontraron en contextos templares proceden de santuarios de Hathor, esta
mos ante un hecho que las vincula con claridad con temas de la sexualidad
y la fertilidad. Sólo podemos especular sobre las razones que llevaron a
ofrendarlas, pues carecemos de textos que nos lo digan, pero parece verosí
mil que se trataba de personas deseosas de tener un hijo.
Además de pedir favores a los dioses, los egipcios creían que los muer
tos eran capaces de ejercer alguna influencia sobre las vidas de los vivien
82
tes tanto para bien como para mal: conocemos algunas cartas dirigidas a
los muertos que contienen quejas acerca de las acciones de personas falle
cidas o con peticiones de ayuda en algunas situaciones. Precisamente una
de estas cartas se redactó en escritura hierática en el Primer Período Inter
medio sobre una pieza de vajilla de arcilla roja. Parece que se la envía un
hijo a su padre muerto y presumiblemente se depositó como ofrenda en la
tumba de este último. En la carta se pide al padre que actúe contra dos sir
vientas, tal vez ya fallecidas, a las que el remitente parece considerar res
ponsables de la esterilidad de su mujer, de modo que así ella podría darle
un hijo. Como una especie de p o std a ta el remitente añade una petición de
que otro hijo pueda nacer de su hermana6.
En otro caso fechado en el Imperio Medio se trata de una hija que pare
ce pedir ayuda. Una estatuilla, semejante a las figurillas de fertilidad, lleva
a un niño sobre su cadera izquierda (fig. 18). En su muslo derecho hay una
inscripción que dice: ‘Que se garantice un nacimiento para tu hija Seh’7. La
forma del jeroglífico sitúa la pieza en un contexto funerario y cabe im agi
nar a la mujer estéril Seh colocando la figurilla en la tumba de su padre, no
para estimular el renacimiento de éste, sino con la esperanza de que le pueda
ayudar a concebir el hijo que ella deseaba de forma tan desesperada.
En el Imperio Nuevo nos encontramos con una pareja de Deir el Medi
na, el escriba Ramose y su esposa Mutemwia, que no tienen hijos. Tal vez
no sea una coincidencia que de todos los monumentos conservados, los dos
únicos que la pareja mandó hacer conjuntamente estaban dedicados a divi
nidades de la fertilidad y del nacimiento. Si esperaban que se les garanti
zase un hijo, sus plegarias parece que cayeron en saco roto puesto que el
sucesor de Ramose en el cargo, llamado Kenherjepeshef, no fue su hijo8.
Sin embargo, parece que Ramose lo adoptó. Los dos hom bres dedicaron
conjuntam ente una m esa de ofrendas a Osiris y a H athor, pero es más
importante el hecho de que en una inscripción sobre un asiento de piedra,
Kenherjepeshef incluyó el nombre del ‘escriba del rey en el Lugar de Ver
dadero R am ose’, y él m ism o se presenta como ‘su hijo que hace que su
nom bre viva, el escriba K enherjepeshef’. El propio Ram ose había sido
adoptado por el escriba Hiy, que llama a Ramose ‘hijo’ en su tumba9. En
otro caso, el capataz Neferhotep y su esposa W ebjet carecían de hijos. En
un m om ento dado N eferhotep parecía favorecer al joven Paneb, hijo de
N efersenut, quien llegó a ser el desagradable capataz al que ya hemos
encontrado al tratar de sus asuntos con mujeres casadas. Su relación ter
minó, sin em bargo, con una querella y N eferhotep transfirió su favor a
Hesysunebef de quien se dice que comenzó su vida como esclavo. H esy
sunebef dedicó más tarde una estela a Neferhotep y dio a su hijo el nom
bre de su bienhechor y a su hija el nombre de la esposa de su bienhechor10.
En el Papiro de la Adopción que se fecha en la dinastía Dieciocho, Neb
nefer y su esposa carecen de hijos, por lo que Nebnefer adopta a su espo
sa como heredera con la exclusión de todos los demás parientes. Más tarde
la esposa, llamada Rennefer, emancipó a tres hijos nacidos de una mujer
esclava que ella y Nebnefer habían comprado. Un pariente varón de R en
nefer se casó con la chica mayor y Rennefer lo adoptó a él y a los tres hijos
83
como sus herederos. Esto implica que N ebnefer engendró a los tres hijos
de la esclava11.
Así pues, una respuesta a la falta de hijos era la adopción. Una llama
tiva carta procedente de Deir el Medina y fechada en la dinastía Veinte arro
ja nueva luz sobre la adopción. La redactó el escriba Nejemmut y tras los
tradicionales saludos sigue:
¿Qué significa que des tales muestras de mal humor, de modo que nada
de lo que alguien diga puede entrar en tus orejas como consecuencia de tu
orgullo? No eres un hombre, pues no eres capaz de que tus mujeres queden
embarazadas como las de tus camaradas.
Otro asunto. Insistes en ser excesivamente tacaño. No das nada a nadie.
Quien no tiene hijos adopta a un huérfano en vez de criarlo. Es su responsa
bilidad verter agua sobre tus manos como las del propio hijo mayor de uno12.
Sin embargo sabemos poco o nada sobre los aspectos legales de la adop
ción. Como en el caso del matrimonio, es casi seguro que una parte impor
tante giraría en tom o a disposiciones acerca de la propiedad y la herencia.
Los hijos adoptados también serían responsables del enterramiento y culto
funerario de sus padres adoptivos. La adopción en una familia también con
llevaría probablemente responsabilidades concernientes al altar doméstico
y el culto de los antepasados.
26 Sirvienta
amamantando
un niño.
84
M enstruación y embarazo
85
crecimiento eran importantes para la sociedad egipcia. Estos textos, como
todos los papiros médicos, todavía resultan oscuros en muchos lugares debi
do a lagunas en nuestro conocimiento lexicográfico, de modo que los ingre
dientes de muchas prescripciones siguen sin conocerse. Además, muchas
veces es difícil establecer equivalencias entre las condiciones de las enfer
medades descritas y la terminología moderna, debido principalmente a que
la comprensión que los egipcios tenían de la enfermedad era muy diferen
te a la nuestra; se creía que la enfermedad era causada por la malquerencia
de los dem onios o los muertos. Finalm ente, las lagunas presentes en
muchos de los papiros todavía hacen más difícil la tarea de leer los textos.
Las pruebas de embarazo incluían tom ar el pulso, el examen del esta
do del pecho y el color de la piel y la observación de los efectos de la orina
en la germinación de granos de cebada y trigo emmer. Se suponía que esta
última prueba, si resultaba positiva, también indicaba el sexo del hijo espe
rado. La mujer tenía que orinar sobre los granos todos los días. Si brotaban
es porque estaba embarazada. Si la cebada brotaba primero, el hijo sería
varón; pero si el trigo lo hacía en primer lugar, sería mujer. Si ninguno de
los dos brotaba, la mujer no estaba embarazada22.
Aunque la fecundidad era de la mayor importancia en el antiguo Egip
to debió de haber ocasiones en las que no se deseaba el em barazo, pues
algunos textos médicos también contienen prescripciones de contracepti
vos para mujeres23. No todos ellos tendrían mucha eficacia en la práctica,
pero las inserciones intravaginales de diferentes sustancias pudieron ser
efectivas en algunos casos. Por ejemplo, el excremento de cocodrilo o la
miel podían servir para bloquear el paso del semen. Una prescripción inclu
ye, entre otros ingredientes, puntas de acacia molidas. Estas contienen goma
arábiga que produce un efecto químico sobre el esperma y, efectivamente,
retrasa la concepción24. Más tarde veremos que se podía amamantar a los
hijos hasta los tres años, cosa que también reduciría las posibilidades de
quedar embarazada. No hay testimonios de la existencia de métodos anti
conceptivos que los hombres pudieran usar.
El embarazo se representa sólo en pocas ocasiones en el arte formal.
Una excepción se encuentra en los ciclos de escenas que muestran el naci
miento divino del rey. En ellas se representa a la madre del rey conducida
por varias divinidades al paritorio. Aunque la representación es discreta, el
volumen del vientre de la reina es bastante diferente del que se encuentra
en una imagen fem enina normal e indica con claridad que lleva a un hijo
(fig. 1). Taweret es la única divinidad femenina a la que se representa con
regularidad em barazada y es la protectora de las m ujeres em barazadas
(fig. 19). Taweret adopta la forma de un hipopótamo con las extremidades
de un león, la cola de un cocodrilo y pechos humanos delgados y pendu-
lantes. En otras ocasiones en el gran arte predomina la imagen de una mujer
con el cuerpo delgado, a pesar del hecho de que entre la pubertad y la
menopausia la mayoría de las egipcias probablemente pasaron buena parte
de su tiempo en una u otra fase del embarazo.
En el arte popular aparece un tipo de vasija, normalmente hecha de cal
cita (alabastro egipcio), que tiene la forma de una mujer encinta (fig. 20)25.
86
87
La figura, que está de pie o acuclillada, se representa desnuda con las manos
colocadas sobre el abdomen como si lo estuviese frotando. En un caso lleva
un cuerno de aceite y se piensa que las mismas vasijas tendrían un aceite que
podría haberse usado para dar masajes a la piel de las mujeres embarazadas,
o para ayudar a prevenir la formación de estrías y facilitar la elasticidad de
la piel sobre el estómago. De hecho se han encontrado cuernos de aceite simi
lares al que aparece en la vasija, la mayoría en enterramientos femeninos.
Una vez logrado el embarazo se tenían que tom ar precauciones contra
el aborto. Es interesante que casi todas las mujeres embarazadas represen
tadas en las vasijas aparezcan sin sus genitales incluso cuando están des
nudas. Quizá se trataba de proporcionar una protección m ágica contra el
aborto: si el cuerpo de una m ujer está cerrado, sin ninguna abertura, no
puede abortar. No obstante, un caso muestra un tampón inserto en la vagi
na, su finalidad consistía tal vez en prevenir una hem orragia que podría
anunciar un aborto. Se ha sugerido que el llamado nudo de Isis encontrado
con frecuencia como amuleto protector funcionaba originalmente como un
tampón semejante para la diosa Isis cuando estaba embarazada de Horus y
Set intentaba destruir al hijo en su útero26. Algunos de los remedios contra
el aborto encontrados en los textos mágico-médicos utilizan el precedente
divino de Isis y Horus para proteger a la mujer embarazada de la hemorra
gia y el aborto. Un conjuro referente a esta situación divina se pronuncia
ba sobre ciertos objetos que posteriorm ente se aplicaban al trasero de la
mujer o se colocaban en su vulva27.
En los textos mágico-médicos no se menciona específicamente la dura
ción del embarazo, pero debe de haberse conocido por experiencia. En un
conjuro para acelerar el nacimiento se dice de Isis que ‘sus meses se han
completado de acuerdo con el número (correcto)’28. En la Instrucción de
Any fechada en el Imperio Nuevo, el autor dice: ‘cuando naciste después
de tus m eses’29. Del mismo modo, en el Príncipe Condenado, también del
Imperio Nuevo, la madre del héroe ‘completó los meses de llevar al hijo’30.
En un relato anterior, del Imperio Medio, el mago Dyedi es capaz de con
testar a la pregunta ‘¿cuándo dará a luz Rudyedet?’ con una fecha31. Lo que
puede indicar un cálculo basado en la duración del embarazo o simplemente
puede ser un aspecto del conocimiento mágico y de la habilidad para pre
decir el futuro propia de Dyedi.
N a c im ie n t o
89
28 Modelo de taller de tejido procedente de la tumba de Meketra.
90
casi siempre desnuda aunque lleva un collar y un cinturón sobre sus caderas.
El peinado es característico, en la medida que el pelo está atado sobre la cabe
za de modo que cae en mechones todo alrededor. Normalmente amamanta a
un niño recién nacido y dos o más jovencitas están a su lado también desnu
das, excepto por el collar y el cinturón. Cuando la madre se sienta sobre la
cama está vestida, normalmente con fino vestido de lino y con una elabora
da y envolvente peluca y un cono de ungüento sobre su cabeza. Con fre
cuencia aparecen sirvientas que llevan un espejo y lavan los pies de la mujer.
También pueden representarse recipientes para cosméticos. Se ha sugerido
que se trata de la representación del rito de purificación por el que la mujer
debe pasar tras dar a luz y antes de unirse con la comunidad42. En la historia
de Rudyedet se nos dice que tras el nacimiento de sus tres hijos ella ‘se lim
pió a sí misma en una limpieza de catorce días’43.
Estas escenas de nacim ientos felices que decoraban la casa podían
representarse con la intención de proteger a madres e hijos y para contri
buir a asegurar el feliz desenlace del parto. Otros fragmentos de yeso pin
tados, procedentes tanto de la aldea de trabajadores de Deir el Medina como
de la aldea similar en Amarna, muestran que las habitaciones también esta
ban decoradas con representaciones de las divinidades Bes y Taweret, con
las que ya nos hemos encontrado44. Bes era la deidad protectora que con
frecuencia lleva el jeroglífico sa, que significa ‘protección’, su apariencia
grotesca tenía probablemente una finalidad apotropaica, para auyentar a los
demonios malos que podrían actuar contra el hogar (fig. 21). Su imagen
también se podía representar llevando un cuchillo que se usaba para prote
ger de cualquier amenaza a aquellos a los que guardaba. Parece que se rela
cionaba especialmente con los muebles del dormitorio, pues su figura apa
rece en camas, apoyacabezas, sillas, espejos de mano y objetos de uso cos
m ético tanto en contextos áulicos como privados. Hemos visto que un
aspecto de su papel protector consistía en velar por las parturientas, pero
también protegía a las madres y a los recién nacidos tras el parto. Taweret,
con su combinación de hipopótamo, león y cocodrilo, también presenta una
apariencia feroz destinada a am edrentar a las fuerzas del mal. Como Bes
su imagen lleva con frecuencia el jeroglífico para ‘protección’ o un cuchi
llo para auyentar a los demonios (fig. 19).
Amuletos que representan a estas dos divinidades están ampliamente
atestiguados y seguram ente los llevaban las m ujeres em barazadas y las
madres jóvenes para guardarse contra los peligros (fig. 21). Es evidente que
el embarazo y el nacim iento eran altamente peligrosos para las mujeres.
Aparte de los riesgos de hemorragias y aborto ya mencionados, la muerte
en el parto, al igual que en todas las sociedades premodernas, era una ame
naza omnipresente, tal como se ve a partir del testim onio de los enterra
mientos. No sorprende, pues, la existencia de conjuros que traten de pro
teger a la madre. En uno de ellos se presenta a la m uerte rondando a la
mujer para tener relaciones sexuales con ella: ‘no tendrás relaciones [con
esta mujer]... No te asociarás con ella, no le harás nada malo o dañino’45.
Otro conjuro en el mismo papiro proporciona una prueba para ver si el naci
miento irá bien o mal46.
91
Los peligros de la infancia
92
Cuarenta cuentas, un sello de piedra cornalina,
(con) un cocodrilo y una mano (en él),
para derribar, para expulsar a este Demonio de Deseo, para calentar los miembros,
para derribar a estos enemigos femeninos y masculinos del Oeste [los muertos].
¡Estallarás! Esta es una protección.
DEBE DECIRSE ESTE CONJURO SOBRE LA BOLITA DE ORO,
LAS CUARENTA CUENTAS Y EL SELLO DE PIEDRA CORNALINA,
(CON) EL COCODRILO Y LA MANO.
SE ENSARTARA EN UNA CUERDA DE LINO FINO;
PARA HACER UN AMULETO;
COLOCADO EN EL CUELLO DEL NIÑO.
Bueno55.
93
29 Plano de la
aldea de
trabajadores en
Amarna.
L._____ ._______«_______■...........» M
0 1 5 10 15 20
‘Corta la cabeza del enemigo cuando entre en la habitación del niño al que
la señora... ha dado a luz’60. Estas inscripciones normalmente nombran a
mujeres que presumiblemente son sus propietarias y también proporcionan
a menudo el nombre de un niño. A algunas de las mujeres se las llama
‘señoras de la casa’, mientras que otras son ‘hijas del rey ’, mostrando que
las tiras se utilizaban tanto en contextos áulicos como privados.
Un estudio de estos objetos ha mostrado que su supuesta eficacia deriva
ba de una identificación entre el niño en cuestión y el joven dios sol61. Cabe
suponer que las tiras secolocaban en la habitación de la mujer embarazada
o en la enfermería tras el nacimiento y quizás se usaban junto con conjuros
recitados para buscar protección. En dos tumbas aparecen representadas tiras
con un aspecto semejante llevadas por enfermeras y un uso secundario de
estos objetos era funerario. Las tiras se podían colocar en los enterramientos
para proteger al muerto durante el renacimiento en su próxima vida defen
diéndolo contra los peligros que le amenazaban en ese momento.
También datan del Imperio Medio ejemplos de otra forma de proteger
a los niños, se trata de cajas de encantamiento cilindricas. Algunas veces
son sólidas, pero otras están huecas y se las ha encontrado con granates o
bolas de alambre de cobre en su interior. Se las colocaban en torno al cue
llo del niño y hacían ruido. Sin duda estaban relacionadas con los amule
tos sobre los cuales debían decirse los conjuros de los papiros mágico-médi
cos. Más tarde, durante el Imperio Nuevo, se hizo usual escribir conjuros
protectores en trozos de papiro que se plegaban de form a que pudiesen
colocarse en pequeñas cajas cilindricas que también se colocaban en torno
al cuello de un niño. Los estudiosos modernos llaman decretos oraculares
94
amuléticos a los conjuros que adoptan la forma de un decreto emitido por
un dios que previenen contra toda suerte de desastres que puedan atentar
contra el niño nombrado en el texto. En ocasiones tam bién se dirigen al
futuro y garantizan la feliz producción de la generación siguiente: para un
pequeño, ‘Abriré el vientre de sus esposas para tener hijos de los dos sexos
como semilla que ha salido de su cuerpo. Los haré vivir, los haré saluda
bles, los haré crecer, los haré ser inteligentes...’62; para una niña, ‘Haremos
que ella engendre hijos <varones> y hembras. Haremos que ella sea salu
dable. Haremos vivir a los que ella lleva, harem os que tenga un parto
feliz...’63. Además, otros amuletos como el ojo wedyat probablem ente se
daban a mujeres y niños para que los llevasen como protección.
L a c t a n c ia
Mientras que los textos dejan claro tanto lo deseable que era el tener
hijos como los peligros del nacimiento, se dice poco sobre si había alguna
clase de celebraciones o ceremonias a consecuencia de un nacimiento feliz,
dejando aparte la purificación de la mujer. En muchas culturas se felicita a
los padres y se les dan regalos. En la historia de Setne Jaemwaset, el faraón
envía regalos a Ahwere cuando se entera de que está embarazada, no en el
momento del nacimiento del niño64. Tampoco hay buenos testimonios de
celebraciones procedentes de Deir el Medina, a pesar de una posible refe
rencia a regalos dados a un padre ‘cuando se confinó a su h ija’65, pues,
incluso si se ha entendido el texto correctamente, esto podría referirse a una
situación singular más que a una costumbre.
Gracias a la Instrucción de Any sabemos que una m adre podía am a
mantar a su hijo durante tres años. Este período largo de tiempo no es infre
cuente en muchas sociedades; una ventaja puede ser que la m ujer reduce
las posibilidades de quedar embarazada mientras amamanta, de ese modo
puede disminuir la frecuencia con la que tiene hijos. Mientras que la mayo
ría de las mujeres probablem ente am am antaban a sus propios hijos, está
atestiguada la presencia de nodrizas para los niños de la realeza y también
μ -J ■■■ " j
:
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30 Planta y
sección de una
casa en la aldea
de trabajadores
de Deir el
Medina.
95
en las familias de la elite de los escribas. Las nodrizas reales pertenecían
también a las clases altas, pues con frecuencia eran las esposas o madres
de altos funcionarios. Su relación con los hijos del rey proporcionaba un
gran prestigio a sus familias y podía ayudar en las carreras de sus maridos
o más tarde de sus hijos para alcanzar un rango más elevado. Pero nor
malmente sólo se puede reconocer a estas mujeres por sus títulos; ocasio
nalmente aparecen asociadas con sus cargos reales (fig. 24), pero es muy
infrecuente que se las muestre amamantando a un niño66.
De forma semejante también se representa raramente a las nodrizas de
las familias de escribas mientras amamantan. Se las pinta ocasionalmente
en capillas funerarias privadas y sobre estelas funerarias junto con los miem
bros de la familia, quizá asociadas con el niño al que alimentaron (fig. 25).
También se empleaban nodrizas en la aldea de trabajadores de Deir el Medi
na. Una carta m enciona a una mujer, su hijo y su nodriza67. Por otra parte,
una cuenta registra el pago hecho a un médico y a una nodriza después de
que la esposa de un hombre diese a luz a un niño68. No queda claro si se
empleaban nodrizas sólo cuando la leche de la propia madre no bastaba o
cuando la madre había muerto. Se pudo haber considerado más prestigioso
utilizar a una nodriza que alimentar personalmente al niño, del mismo modo
que recientemente era de buen tono, en ciertos círculos, la alimentación con
biberón. Ciertamente, si los hijos de los reyes normalmente tenían una nodri
za, esta costumbre pudo copiarse en las familias de clase alta como un sím
bolo de status. Sin embargo, el autor de la Instrucción de Any, que pertene
cía a la elite de los escribas, asume que una madre debe amamantar a su hijo
y otro texto del Imperio Nuevo compara la alegría de ser escriba con la ale
gría que siente una madre al ‘dar a luz, cuando su corazón no conoce el dis
gusto. Es constante alim entando a su hijo; su pecho está en su boca cada
día’69. Si la lactancia reduce las oportunidades de la concepción, las muje
res que deseaban concebir de nuevo pronto podían utilizar a una nodriza
deliberadamente. Sin duda, al igual que en otras sociedades, el uso de nodri
zas pudo haber cambiado de tiempo en tiempo, y estar o pasar de moda.
Una nodriza tenía que ser una mujer que había tenido a su propio hijo.
Quizá había muerto o quizás alimentaba a los dos niños al mismo tiempo.
En cualquier caso era importante que el abastecimiento de leche no se seca
se, tanto si era una nodriza o la propia madre quien alimentaban a un niño.
96
32 Figura procedente de una tumba con una mujer moliendo grano. El color
claro de la piel identifica el sexo del personaje.
L ecturas c o m p l e m e n t a r ia s
98
CAPÍTULO V
LA FAMILIA Y EL HOGAR
La c a sa y el h ogar
Uno de los títulos que aparece con más frecuencia sobre los m onu
mentos para referirse a las mujeres de la elite, al menos desde el comienzo
de la dinastía Doce, es el de ‘señora de la casa’ (nebet per). Parece que indi
caba a una mujer casada, aunque esto no se puede probar de forma abso
luta. Tomado en su valor literal implica que quien lo llevaba estaba al cargo
de la dirección de la casa, esto se fundamenta en un pasaje de la Instruc
ción de Any del Imperio Nuevo: ‘No controles a tu esposa en su casa, cuan
do sabes que es eficaz; no le digas: «¿Dónde está eso? ¡Cógelo!». Cuando
ella lo ha puesto en el lugar correcto. Que tu ojo observe en silencio, enton
ces reconocerás su habilidad’1.
En la historia de los Dos Hermanos fechada en la dinastía Diecinueve
los dos hombres trabajan los campos, mientras la esposa del hermano mayor
(el menor está soltero) se queda en la casa. Queda claro que su marido cuen
ta con que ella lo espere en el hogar cuando regresa al atardecer2. Esta dis
tinción de roles sexuales encaja con el mundo ideológico representado en
las escenas de las capillas funerarias en las que las mujeres raramente acom
pañan al propietario varón cuando realiza actividades en el exterior, en sus
tierras. Del mism o modo que, normalmente, tampoco le acompaña una
mujer cuando va a cazar, cosa que también tiene un eco en la historia de los
Dos Hermanos en donde se nos dice que la esposa de Bata ‘se sentaba en su
casa cuando él pasaba el día cazando animales en el desierto’3. Aunque los
testimonios están dispersos podemos, por tanto, deducir que mientras que
los hombres de las familias de la elite esperaban ocupar una función buro
crática, administrar tierras y cazar en el desierto, las mujeres no tomaban
parte de esas actividades, sino que estaban, más bien, a cargo de los asun
tos del hogar al menos durante una parte de su tiempo.
Aunque las casas y los lugares de habitación en general no se conocen
bien desde un punto de vista arqueológico, se han excavado algunos de
99
33 Vendimia y captura y preparación de aves para comer.
100
tintos yacimientos podemos tener cierta idea sobre cómo eran las casas en
el antiguo Egipto tanto para los ricos como para los menos acomodados.
Los planos de las grandes casas de Cahun que conocemos muestran que
el espacio destinado a vivienda consistía en un área central de habitaciones
y patios, incluyendo un patio ajardinado al que se entraba a través de una
columnata4. En la casa había una habitación central de recepción cuyo teja
do estaba sostenido por cuatro columnas; el dormitorio principal se reco
noce por el hueco dejado en el lugar destinado a la cama, rasgo que se iden
tifica en otras casas egipcias. El área central estaba rodeada por otras habi
taciones y patios, uno de los cuales puede identificarse como un granero.
D urante el Prim er Período Interm edio y durante la prim era mitad de la
dinastía Doce, los funcionarios acostum braban a incluir en sus tumbas
maquetas que representaban las diversas actividades que tenían lugar en
sus haciendas. Entre ellas son frecuentes graneros para el almacenamiento
del grano. Uno de los más grandes conjuntos de m aquetas procede de
la tumba de M eketra en Tebas5. Si contemplamos los diferentes ‘talleres’
mostrados en las maquetas cabe sugerir el tipo de actividades que podían
desarrollarse en las áreas exteriores de las casas de Cahun. Además del
granero encontramos un cobertizo para el vacuno, un edificio en donde se
realizaba la matanza de los animales, una panadería y cervecería, un cober
tizo para el tejido (fig. 28) y un taller de carpintero.
El tipo de planta que vemos en Cahun todavía se usaba en las grandes
casas de Amama pertenecientes a los altos funcionarios, pero en este caso los
distintos elementos estaban más dispersos en los terrenos espaciosos de las
propiedades de lo que lo habían estado en las compactas casas urbanas de
Cahun6. Un gran complejo estaba cercado por un muro, en su interior se
levantaba la casa propiamente dicha rodeada por otros edificios que servían
como graneros, cobertizos para animales, una cocina y áreas para la produc
ción artesanal. Se han encontrado pruebas que muestran que el hilado y el
tejido se desarrollaban en un local situado en el exterior. En el recinto tam
bién había un pozo, un jardín con árboles, en donde se podían cultivar flores
y verduras, y un santuario dedicado al culto del rey y su familia7. Un local
para el portero se levantaba a la entrada del complejo y había una pequeña
casa separada en el interior del recinto cuya finalidad se desconoce.
La casa principal, de planta aproximadamente cuadrada, se asentaba en
torno a un salón central de planta cuadrada que tenía un pequeño estrado
de ladrillo en un extrem o sobre el que se recibía a los visitantes8. La
techumbre se sostenía sobre columnas de madera y se abrían ventanas en
la parte alta de las paredes. Otras habitaciones se agrupaban en torno a la
central e incluían una habitación de recepción exterior, habitaciones para
el almacenamiento y las destinadas a la familia, en las que podemos reco
nocer el dorm itorio principal gracias a un hueco abierto hacia atrás en
donde situar una cama individual de madera. Al lado del dormitorio había
un pequeño baño y lavabo, pero no desagües. También había una escalera
interior que podía llevar al tejado, en donde la gente probablemente se sen
taría, trabajaría, comería sus comidas y dormiría en los momentos adecua
dos del día y del año. Es posible que en alguna de las casas se construyese
101
una habitación superior sobre el frente de la casa que podría haber incre
mentado un tanto el espacio de la vivienda.
Las casas que el estado proporcionaba a los trabajadores de Amarna y
Deir el M edina estaban construidas siguiendo una planta bastante diferen
te. Las aldeas amuralladas se disponían a lo largo de calles tan largas como
el recinto de la aldeas. Hileras de casas se situaban frente con frente en esas
calles y cada casa tenía una planta más bien rectangular (fig. 29). En Amar
na cada casa ocupaba una superficie de un poco menos de cinco metros por
diez y estaba dividida en tres partes desiguales desde adelante hacia atrás9.
Una puerta en una esquina del frente llevaba desde la calle directamente a
la habitación frontal, que medía aproximadamente cinco por dos metros o
dos y medio y con frecuencia estaba dividida en dos partes por una pared.
La presencia de abrevaderos para animales en algunas casas m uestra que
los animales podían guardarse aquí10. Con frecuencia había un mortero de
caliza hundido en el suelo para romper el grano con una mano de mortero
y un lugar de m olienda para el harinado del grano roto11. En algunas casas
hay rastros reveladores de que alguna clase de producción artesanal tam
bién podía desarrollarse en ese lugar, incluyendo posiblemente el hilado y
el tejido que es seguro que se ejecutaban en alguna parte del interior de las
casas12. Aunque existen algunas huellas de que las casas estaban decoradas
como pinturas murales sobre yeso, queda poco de esto. Sin embargo, hasta
el momento de la excavación, sobrevivieron fragmentos de escenas en las
habitaciones frontales de dos casas. Una mostraba a un grupo de figuras de
Bes danzantes con la cara vuelta hacia una figura de la diosa Taweret. La
otra representaba una procesión de mujeres que aparentemente danzaban13.
Una puerta llevaba directam ente desde la habitación frontal al salón
cuadrado que m edía aproxim adam ente cinco por cinco metros. El techo
estaba sostenido por una columna central de madera, un estrado de ladrillo
de unos siete o más centímetros de alto se situaba en uno o dos de los lados
de la habitación. Pudo estar cubierto con esteras sobre las que se podían
situar taburetes o sillas. En una casa se encontró volcada sobre el estrado
una mesa de piedra caliza14. A partir de representaciones funerarias se puede
conjeturar que las personas de alto rango se sentaban en taburetes o sillas
mientras que los otros se acuclillaban directamente sobre las esteras. El tipo
de banqueta más frecuente en la aldea era semicircular con tres patas y con
un asiento ligeram ente ahuecado hecho de piedra15. D urante la noche la
mayor parte de la familia dormiría sobre el estrado. Uno de los rasgos más
frecuentes de esta habitación era el hogar hecho con una gran recipiente
cerámico, puesto que en invierno en esta parte de Egipto las temperaturas
pueden caer hasta cerca de la congelación16. También hay huellas de otros
recipientes cerámicos colocados en esta habitación17que podían haber con
tenido los suministros de agua para la casa que tenía que traerse a propósi
to a la aldea que carecía de un abastecimiento local. Durante la noche la
habitación se podía ilum inar con lámparas, candiles con aceite o grasa y
con una mecha que se situaban en nichos excavados en las paredes alrede
dor de un metro por encima del suelo y que también se colocaban sobre una
repisa consistente en dos estacas introducidas en la pared18.
102
34 Dos de las hijas del propietario de la tumba tocando el arpa.
La f a m il ia e n l a c a s a
104
lia. Después estaba Ipi, que era la madre de Heqanajt, su doncella; una mujer
llamada Hetepet, que podría haber sido una pariente femenina o una sirvien
ta; Iutenheb, que era la esposa de Heqanajt, y Senen, que era una doncella a
la que se despidió debido a su actitud para con Iutenheb. Las mujeres sin
identificar llamadas Nefret y Satweret también podían tener algún parentes
co e incluso es posible que fuesen sus hijas. Ademas había otra mujer lla
mada Hetepet, que era la hija de alguien llamado May, y Najt que era el hijo
de Heti y estaba subordinado a Heqanajt, junto con su familia. Heqanajt era
responsable de todas estas personas y a todas ellas proporcionaba raciones
de grano. Pero no está claro si todas ellas vivían en una sola casa.
Un documento del Imperio Medio procedente de Cahun da el listado de
los residentes en la casa de un soldado llamado Hori, que más tarde fue la
de su hijo Esnofru, durante una serie de años27. En primer lugar sólo estaban
Hori, su esposa Shepset y su recién nacido hijo Esnofru. Más tarde se incor
poraron la madre de Hori y sus cinco hijas. Podemos suponer que el padre
de Hori había muerto y que por alguna razón su viuda se quedó sin un techo,
por lo que se trasladó a la casa de su hijo junto con sus cinco hijas que, se
puede suponer, todavía estaban sin casar en aquel momento. La última entra
da que tenemos se hizo tras la muerte de Hori. Esnofru debió haber hereda
do la casa y se convirtió en el cabeza de familia. Todavía no estaba casado
pero con él vivía su madre, la madre de su padre y tres de las hermanas de
su padre; cabe suponer que las otras dos habían muerto o se habían casado.
Así pues, a lo largo de los años el número de residentes en la casa pasó de
tres a nueve y posteriormente a seis. Sin embargo, Hori y Shepset parecen
haber tenido sólo un hijo que sobrevivió, mientras que los padres de Hori
tuvieron al menos seis. Esto muestra que no todo el mundo conseguía for
mar grandes familias. En esta casa, si exceptuamos la muerte de Hori, el
cambio de tamaño no se debió al incremento o decrecimiento de la familia
nuclear. En este sentido, la que probablemente sería la siguiente variación
procedería del matrimonio de Esnofru y del nacimiento de sus eventuales
hijos. Otro papiro del final del Imperio Medio, también de Cahun, ofrece el
listado de los residentes en una casa muy diferente28. Está encabezada por
Jakaura-Esnofru, un sacerdote en el templo funerario de Senusret II que
parece divorciado o viudo, puesto que no se menciona a su esposa. Apare
ce junto con su hijo y una hija junto con al menos veintiún sirvientes.
Las estelas y otros materiales procedentes de Deir el M edina hicieron
observar a un estudioso que ‘las familias de los trabajadores de la necrópo
lis eran muy num erosas’ (por ejemplo, fig. 50)29. Este dato plantea proble
mas cuando se lo compara con la pequeñez de las casas en la aldea y la infor
mación que se puede espigar del fragmentario registro de los habitantes casa
por casa. De las treinta casas cuya situación todavía se puede leer razona
blemente bien, sólo una pareja aparece con cuatro hijos, cinco parejas tenían
tres, hay dos padres que tienen cada uno tres hijos de diferentes madres, seis
parejas con dos hijos, siete con uno, cuatro con ninguno y seis varones jefes
de familia sin casar30. Ahora bien, mientras que en cualquier momento de la
vida de la aldea es razonable esperar que vamos a encontramos con hombres
que todavía no se han casado o que han enviudado, con parejas de recién
105
casados y con parejas que acaban de comenzar sus familias, también es razo
nable esperar la presencia de testimonios sobre grandes familias bien esta
blecidas; sin embargo, ninguna casa aparece con más de cuatro hijos. Una
explicación posible es que los hijos mayores de la familia se iban en su ado
lescencia. En la medida que sólo un hijo podía reemprender el trabajo de su
padre, los otros tenían que dejar el lugar para desarrollar sus actividades en
otros sitios. Las hijas podían haber dejado la casa al casarse o posiblemente
se emplearían en el exterior como sirvientas en grandes casas de fuera de la
aldea. De este modo la familia completa nunca viviría junta en casa al mismo
tiempo. También hay pruebas de que muchos trabajadores tenían propieda
des fuera de la aldea y que incluso podían tener tierra arrendada31. Los miem
bros de la familia excedentes podían enviarse a ayudar en esta actividad, pero
incluso los niños más pequeños podían enviarse fuera de la aldea junto con
sus cuidadoras. Desde luego, muchos niños no sobrevivían a su infancia, de
modo que existirían saltos de edad entre los miembros de la familia supervi
vientes, cosa que reduciría el número de hijos en casa en un momento dado.
Sin embargo, la descendencia que como adultos muestran en los monumen
tos debe considerarse que sobrevivió a la niñez. También es posible que dé
la impresión de que algunas familias parezcan más grandes de lo que real
mente eran si alguno de sus miembros, etiquetados con los términos de paren
tesco sa y sat, tradicionalmente traducidos como ‘hijo’ e ‘hija’, fuesen en rea
lidad ‘nietos’ o esposas de hijos, puesto que ambos términos pueden recubrir
este tipo de relaciones. Del mismo modo, cuando aparecen numerosas figu
ras relacionadas por lazos de parentesco con el propietario de un monumen
to, términos como sen y senet, tradicionalmente vertidos como ‘hermano’ y
‘hermana’, pueden no ser hijos del mismo padre que el propietario, sino que
podrían ser otros parientes colaterales equivalentes a ‘primos’, ‘tíos’, ‘tías’,
‘sobrinos’, ‘sobrinas’ y ‘políticos’32.
En definitiva, las familias que ocupaban una casa podían no haber sido
tan grandes como las que aparecen en los m onum entos. Además resulta
difícil imaginar cómo podían instalarse en las casas de Am arna y Deir el
M edina familias muy grandes, aunque esto tam bién puede deberse a las
modernas ideas occidentales sobre privacidad. Buena parte de la vida pudo
haberse desarrollado de puertas afuera, en la calle o sobre el tejado, y por
la noche el suelo se convertiría en el lugar para dormir. Cualquier expec
tativa de privacidad podría, simplemente, no haber existido.
L a ‘s e ñ o r a de la c a sa ’
106
los casos tanto las casas como sus enseres pertenecen a hombres. Así pues,
¿en qué sentido es una m ujer casada una ‘señora de la casa’? ¿Podemos
establecer alguna clase de correlación entre la mujer de la casa, áreas par
ticulares de la casa y el papel que la mujer desempeñaba en su hogar?
Cabe comenzar intentando conjeturar algo de la vida de una ‘señora de
la casa’ casada con un funcionario de alto rango propietario de una gran
casa. En prim er lugar, si consideramos las casas más grandes de Amarna
como modelo, por ejemplo la casa del visir Najt, se observa que debió de
haber mucho espacio dentro de las áreas de vivienda principales para esta
blecer zonas separadas para hombres y mujeres, si es que se acostumbraba
a establecer esa segregación sexual. Las habitaciones adyacentes a la habi
tación central de recepción podían incluir la habitación de recepción para
las señoras, de modo que mujeres y hombres podían reunirse por separa
do. El único testimonio disponible acerca de reuniones sociales está en las
escenas de banquete representadas en capillas funerarias en donde, desde
la m itad de la dinastía Dieciocho, hombres y m ujeres aparecen con fre
cuencia agrupados por separado. Sin embargo se m uestra en pareja a los
esposos y no separados de acuerdo con su sexo. Por desgracia estas esce
nas no nos proporcionan una idea de la localización física de los grupos de
hombre y de mujeres, de modo que podían estar en habitaciones separadas
o simplemente podían estar sentados aparte dentro de la misma habitación.
Si estas escenas no resultan totalmente aclaratorias, otras nos propor
cionan una idea de cómo funcionaban las grandes casas mostrando el tra
bajo en la cocina, la panificación y la producción de cerveza, el granero, la
carnicería y muy raramente, dentro de las habitaciones privadas de la casa,
escenas tales como hacer la cama. Todo ello pertenece al repertorio de las
llamadas escenas de la vida cotidiana en las que se representa al propieta
rio de la tumba supervisando las actividades relacionadas con su vida pri
vada y sus tareas oficiales. Pero no nos muestran nada del papel de la ‘seño
ra de la casa’, que acompaña pocas veces al propietario varón en sus acti-
107
36 Escena mostrando actividades agrícolas en la propiedad de Najt, y a Najt
y su mujer realizando una ofrenda.
108
escenas funerarias muestran al propietario de la tumba supervisando la pani
ficación y la fabricación de cerveza para la casa esto refleje la vida real. Ade
más se puede hacer intervenir otras consideraciones. El pan y la cerveza eran
los alimentos básicos de la vida egipcia y así era también en el más allá. Por
lo tanto, era deseable tener una escena que m ostrase su elaboración en la
capilla funeraria. Sin embargo, en la capilla funeraria el propietario mascu
lino ostentaba la primacía, de modo que podía aparecer supervisando la pani
ficación y elaboración de cerveza porque iría contra el decoro dejar a su
esposa esta posición dominante en la decoración de la capilla.
De otros lugares proceden testim onios que m uestran que las mujeres
tendían a trabajar más de puertas adentro y los hombres de puertas afuera,
de modo que no debemos esperar encontrarnos con las señoras de la casa
de clase alta a campo abierto. Sin embargo es bastante probable que fue
sen las responsables de algunas o todas las actividades que tenían lugar den
tro del complejo residencial que, como hemos visto, incluía no sólo la fabri
cación de pan y cerveza y las tareas de la cocina, sino también el tejido, el
alm acenam iento de grano, el cuidado de los anim ales y posiblem ente la
producción artesanal.
O b l ig a c io n e s en el hogar
109
estar implicada de un modo más directo en la producción de alimentos. La
materia prima alimenticia básica era el grano, trigo emmer y cebada, que te
nían que transformarse en pan y cerveza. Hemos visto que las casas de Amar
na y Deir el Medina estaban completamente equipadas para la panificación.
El grano se rompía en el mortero y posteriormente se molía para convertirlo
en harina. Entonces se mezclaba con agua y otros ingredientes, si se desea
ba, y se cocía en el horno del pan situado en la parte trasera de la casa o sobre
el tejado. En las maquetas y pinturas de tumbas la molienda y panificación
son de las pocas actividades normalmente desarrolladas por mujeres, de modo
que probablemente se las puede identificar como las que ocupaban a las muje
res en las casas pequeñas. Debido a que los trabajadores de Deir el Medina
eran empleados del gobierno con status especial, se les proporcionaban escla
vas que de hecho pertenecían al estado. Su única función parece haber sido
moler grano. Á cada casa le correspondían tantos días de trabajo de una de
estas esclavas, pero el derecho al disfrute de este trabajo se podía vender a
otra persona. Aunque esta transacción resultase beneficiosa desde el punto
de vista financiero dejaba a los m oradores de la casa ante la necesidad de
moler su propio grano, una obligación que presumiblemente recaería sobre
las mujeres debido a que se trataba de un trabajo tradicionalmente femenino.
En las maquetas y escenas funerarias que m uestran la fabricación de
cerveza en grandes casas los operarios son fundam entalm ente sirvientes
110
varones. En lo referente a las aldeas de trabajadores, aunque hay menos tes
timonios claros acerca de la fabricación de cerveza que de la panificación,
difícilmente se puede dudar que en ellas se preparase cerveza en la medi
da que era la bebida básica en el antiguo Egipto. Pocos elementos eviden
cian si los hombres seguían siendo responsables de su elaboración o si caía
dentro del ámbito de las tareas femeninas. En la historia del Campesino
Elocuente, datada en el Imperio Medio, el campesino dice a su mujer que
mida el grano y haga cerveza con él34. En Deir el Medina los hombres esta
ban fuera de la aldea, a veces durante días enteros y la cerveza no se con
servaba, de modo que algunos de los sirvientes varones empleados por los
aldeanos la fabricaban o bien quedaba como actividad de la señora de la
casa o una sirvienta.
También encontramos en las maquetas y escenas funerarias de los impe
rios Antiguo, Medio y Nuevo representaciones de la preparación y cocina
do de carne en grandes casas en las que sirvientes varones son los que rea
lizan esta actividad. No hay huellas de quién cocinaba en las casas más
pequeñas.
Testimonios sobre el hilado y el tejido provienen de cierto número de
yacimientos. Aunque la m anufactura textil se representa con menos fre
cuencia que otras actividades en las escenas funerarias, cierto número de
maquetas y escenas del Imperio M edio muestran que el personal im plica
do era femenino (fig. 28). Dado que lo que se representa es la producción
textil en una gran hacienda, estas mujeres son probablemente sirvientas más
que miembros de la familia de propietarios. Un papiro del Imperio Medio
recoge una lista de sirvientes de una casa en la que se pueden leer las ocu
paciones de veintinueve mujeres de las que veinte se relacionan con el teji
do35. Con todo, no se puede excluir la posibilidad de que las mujeres de la
familia también participasen en la manufactura textil. Heqanajt podía pagar
el arriendo de tierras con el producto de la venta de vestidos probablemente
tejidos en su casa36, de la que formaban parte al menos diez mujeres y aun
que algunas eran sirvientas, otras pertenecían a la familia. Es posible que
todas ellas se relacionasen con la producción de los tejidos utilizados en
esta gran casa, con un excedente para cubrir el arriendo de tierra.
Las pinturas muestran que durante el Imperio M edio el tejido se hacía
en un telar horizontal (fig. 28). Hacia la mitad de la dinastía Dieciocho se
introdujo el telar vertical y a través de escenas funerarias conocemos dos
de ellos situados en una gran casa particular cuyos operarios eran, casi con
seguridad, hombres de condición servil37. Pero no está claro hasta qué punto
la producción textil llegó a ser un asunto de hombres. En las aldeas de tra
bajadores hay rastros de hilado y tejido en telares verticales dentro de las
mismas casas. Aunque esto no proporciona una clave para definir el sexo
de los operarios, es casi seguro que la señora de la casa y las demás muje
res de la casa estaban implicadas en la tarea, dado el papel tradicionalmente
desempeñado por las mujeres en esta actividad. Esto se ve confirmado por
la lectura de algunos textos. En Deir el M edina uno de los cargos levanta
dos contra el desagradable Paneb era que había ordenado a ‘los trabajado
res trabajar en el trenzado de la cam a del diputado del tem plo de Amón
111
mientras que sus esposas tejían vestidos para é l’38. En la historia de los Dos
Hermanos, fechada en el Im perio Nuevo, la esposa de A nubis se ofrece
para hacer vestidos para Bata si él quiere yacer con ella39. Un documento
administrativo del Imperio Nuevo trata acerca de la acusación a una mujer,
la esposa del supervisor del distrito llam ada Irinefret, que compró a una
esclava con propiedades que no le pertenecían40. Ella lo niega suministran
do la lista de todos los bienes que dio a cambio de la chica y añadiendo, en
muchos casos, aclaraciones sobre su origen. Pero, además, el precio tam
bién incluía ‘una bata de tejido fino, una sábana (?) de tejido fino, una capa
de tejido fino, tres taparrabos de delgado tejido fino, una falda de delgado
tejido fino’, listados sin indicar ningún origen. No parece demasiado aven
turado suponer que ella misma los tejió. Podemos suponer, por tanto, que
la señora de la casa era la responsable de vestir a todos los residentes en el
hogar y que también podía obtener unos ingresos extraordinarios median
te la venta de los excedentes.
T r a n s a c c io n e s c o m e r c ia l e s
112
38 Músicos de ambos sexos celebrando el levantamiento de un pilar dyed en
la fiesta sed de Amenhotep III.
Está claro que una buena m adre de escriba amamantaba a su hijo, era
responsable del equivalente egipcio de cam biar sus pañales y velaba por
sus necesidades a lo largo de toda su infancia. El texto trata de forma espe
cífica sobre un hijo varón al que se enviaría a la escuela. Probablemente las
chicas se quedarían con sus m adres hasta el m atrim onio o quizá se iban
como sirvientas a otras casas. Un texto del Imperio M edio implica que, al
menos en ese m om ento, algunos chicos podían ir a la escuela lejos del
hogar, en cuyo caso tendrían que dejar a sus madres antes que en el caso
de que asistiesen a una escuela local46.
Idealmente se tenía a las madres en alta estima. Con frecuencia apare
cen sentadas con sus hijos en escenas de monumentos que eran propiedad
de hombres desde el Imperio Antiguo en adelante. En una carta a su madre
muerta, fechada entre las dinastías Seis y Once, un hijo recuerda cómo tra
taba de complacerla mientras vivía: ‘Tú dijiste esto a tu hijo, «tráeme codor
nices para comer», y así tu hijo te trajo siete codornices y te las comiste’47.
En la Enseñanza de Jety el hijo de Duaf, que data del Imperio M edio, el
autor prom ete en prim er lugar: ‘Te haré amar la escritura más que a tu
m adre’, y más tarde advierte: ‘No digas mentiras contra tu madre; es el
mayor pecado de los funcionarios’. Por último dice a su hijo: ‘Da gracias
114
a dios por tu padre y por tu madre, que te puso en el sendero de la vida’48.
A sí pues, está claro que un hijo debía sentir afecto hacia su madre y hon
rarla y también reconocer su papel en su crianza, al igual que el de su padre.
Esto encaja bien con los epítetos que con frecuencia se encuentran en las
autobiografías masculinas del final del Imperio Antiguo y del Primer Pe
ríodo Intermedio: ‘Fui el amado de mi padre, alabado de mi m adre’, reco
nociendo la importancia de ambos progenitores.
L as c l a s e s in f e r io r e s
Hasta ahora este capítulo ha tratado por com pleto sobre las casas de
status más alto y más bajo dentro de la elite. Los testimonios resultan ina
decuados en muchos sentidos y por consiguiente hay grandes lagunas en
nuestra com prensión del papel de las m ujeres en estas casas. Pero nos
encontramos con problem as todavía peores si nos volvemos a las clases
inferiores, a los pequeños especialistas de profesiones no letradas y sir
vientes de diverso tipo y a los campesinos que conformaban la mayoría de
la población. Estas personas eran iletradas e incapaces de dejar cualquier
clase de registro escrito y también desconocem os la m ayor parte de sus
enterramientos. A sí pues, no podemos saber nada acerca de ellos a partir
de los materiales producidos por ellos mismos. Por tanto nos vemos obli
gados a apoyarnos en lo que la elite tiene que decirnos sobre ellos en sus
textos y representaciones materiales.
En las llamadas escenas de la vida cotidiana que aparecen en las capi
llas funerarias, todas las actividades que vigila el propietario las realizan
miembros de las clases inferiores, de modo que parece que tenemos un buen
testim onio acerca de las vidas de esta gente. D esafortunadam ente estas
escenas están lejos de ser representativas y de carecer de prejuicios espe
cíficos. En prim er lugar, muestran talleres y propiedades pertenecientes al
rey o a los templos, o incluso las grandes propiedades privadas de los altos
funcionarios, más que las pequeñas posesiones de los funcionarios meno
res, soldados o campesinos. En segundo lugar, las escenas se seleccionan
con sumo cuidado para beneficiar al propietario de la tumba en su vida en
el más allá. Bien mediante el establecimiento del status del propietario de
la tumba, bien mostrando la producción de bienes como comida, bebida y
textiles que podría necesitar en el otro mundo. El propietario de la tumba
es el punto focal de estas escenas y no se omite nada de lo que le concier
ne. De modo que no vemos dónde vivían los excluidos de la elite y no
aprendemos nada sobre su organización social y familiar. Es más, las muje
res aparecen con mucha menos frecuencia que los hombres, de modo que
casi resultan invisibles. Las figuras tienden a ser genéricas, más que espe
cíficas, presentan tipos no individuos. Por último, el mundo de las escenas
funerarias es ideal. Aunque las estrictas reglas del arte oficial se relajaban
un tanto al representar figuras secundarias de sirvientes y campesinos,
mucho de lo desagradable que podía estar en la realidad se evitaba. En este
sentido, mientras que en las figuras secundarias pueden aparecer ancianas
115
ïïrnMBmmmM))
116
40 Bailarinas y cantantes en la tumba de Ti en el Imperio Antiguo.
117
y también de tener y criar hijos. Como en la actualidad las mujeres tendrían
que bajar al río a buscar agua, lavar los platos y hacer la colada. En esta
capa de la sociedad los sirvientes serían raros y las señoras de la casa ha
rían todo el trabajo solas. No hay testimonios acerca de si los hombres de
la familia ayudaban o no. Las mujeres también pudieron tener que trabajar
en los campos, quizás de modo regular o quizá sólo cuando se tenían que
realizar trabajos excepcionales.
En lo que se refiere al tamaño de la familia parece verosímil que fuese
deseable un gran número de hijos, del mismo modo que en las familias de
mayor nivel y tam bién entre la m oderna población cam pesina de Egipto.
Muchos hijos proporcionarían trabajo agrícola gratuito y asegurarían tam
bién la supervivencia de algunos de ellos para velar por sus padres en la
vejez. Con seguridad la mortalidad infantil era alta y, en estas condiciones,
cuanto mayor era el número de hijos más verosímil era que algunos de ellos
alcanzaría la edad adulta. Cuando lo lograban, los varones seguirían pro
bablemente el trabajo de sus padres mientras que las hijas probablemente
se casaban y se ocupaban de sus propias familias. Sin embargo, las muje
res tenían trabajos fuera de sus propias casas, especialmente como sirvien
tas de uno u otro tipo. En el próximo capítulo veremos que existía una dis
tinción sexual en el tipo de trabajos hechos por hombres y mujeres y que
las mujeres probablemente tenían más limitaciones en las ocupaciones que
les eran accesibles.
En el extremo inferior de la sociedad estaban los esclavos de ambos
sexos, propiedad de una institución o un individuo50. Los encontramos prin
cipalmente en documentos relativos a su compra, venta, arriendo, transmi
sión por herencia o manumisión. Sus propietarios probablemente se ocu
paban de albergarlos y alimentarlos. Podían tener hijos y en un caso que ya
conocemos es verosímil que fuesen engendrados por el propietario varón
de una esclava.
L ectura s c o m p l e m e n t a r ia s
118
CAPÍTULO VI
M u je r e s y e s c r it u r a
42 La esposa
del dios y
sacerdotes en el
momento de la
purificación en
el lago sagrado
de Karnak y
entrando así en
el santuario del
dios.
Un testimonio más positivo en lo concerniente a la capacidad de leer y
escribir de las mujeres puede proceder del uso de la palabra seshet, la forma
femenina del título masculino sesh ‘escriba’, que se encuentra ocasional
mente en el Imperio Medio2. Pero algunos estudiosos consideran que esta
fórm ula debe comprenderse únicam ente como la form a abreviada de un
título femenino cuyo sentido es el de ‘pintora de su boca’ o ‘maquillado-
ra ’. Esta interpretación podría verse reforzada por el hecho de que el títu
lo se menciona junto a otro que significa ‘peluquera’. Sin embargo, una
seshet del Imperio Medio llamada Idwy poseía un sello en forma de esca
rabeo, lo que indicaba cierto prestigio3. Es difícil de creer que semejante
objeto hubiese pertenecido a una maquilladora, que debía pertenecer a un
estrato social bajo. Por otra parte, el título seshet no aparece en los Im pe
rios Antiguo y Nuevo mientras que, en la Baja Época, una mujer al servi
cio de la adoradora divina y esposa del dios en Tebas recibe el nombre de
sesh-sehemet, ‘escriba femenino’4.
Cualquiera que fuese el significado correcto de seshet, el contraste entre
su utilización y el de la forma masculina sesh es intrigante. Sesh es uno de
los títulos m asculinos básicos de todos los períodos y aparece de form a
recurrente en los monumentos. Incluso si llegásemos a admitir que todas
las apariciones de seshet indican el equivalente fem enino de un escriba
varón, su número sena realmente pequeño. Además, mientras incontables
escenas presentan a escribas trabajando, en ningún período hay represen
taciones de mujeres escribas trabajando. Tampoco podemos demostrar que
esas pocas seshet estuviesen empleadas en la burocracia estatal puesto que
parece que su lugar estaba en una gran casa privada o real. A dos seshet se
las representa entre los funcionarios de la casa en una estela privada y otra
aparece en dos ocasiones en la cámara funeraria de la mujer de la corte Aas-
hit, en Deir el Bahri5. Queda claro, por tanto, que la existencia en ciertos
períodos de unas pocas mujeres a las que se llama seshet no destruye la dis
tinción sexual básica presente en la clase dirigente entre hombres que eran
escribas y podían ocupar cargos gubernamentales y mujeres que en gene
ral no eran escribas ni optaban a semejantes puestos.
Esta división refleja la estructura del gobierno formal. En el exterior del
m undo funcionarial se podría enseñar a leer y escribir a las hijas de las
familias letradas, además estas habilidades podían perpetuarse por línea
femenina si madres letradas transmitían sus conocimientos a sus hijas. Así,
en las familias de clase alta, aunque las mujeres nunca podrían aspirar a
ocupar un puesto funcionarial, podrían haber sido capaces de escribirse car
tas mutuamente, dirigir la casa, llevar las cuentas de las transacciones y leer
y copiar textos literarios. Una carta de la dinastía Veinte dice al destinata
rio: Ύ verás a esta hija de Jonsmose y tendrás una carta suya y me la envia
rás’. Quizá ella misma escribía de su puño y letra6.
En unas pocas escenas del Imperio Nuevo se representa a mujeres con
útiles de escriba bajo sus sillas; se ha sugerido que estas mujeres evocaban
su habilidad para leer y escribir7. Pero, por desgracia, en todos los casos
excepto en uno, la mujer está sentada con su marido o su hijo de tal modo
que si se colocasen los útiles bajo la silla del hombre se ocuparía el espacio
121
43 La esposa del dios Amenirdis I, hija de
Kashta.
disponible. Por esta razón fueron trasladados hacia atrás, al lugar debajo de
la silla de la mujer. Esto mismo ocurre en una escena similar en la que el
perro de un hombre está colocado bajo la silla de la m ujer8. A sí pues, no
podemos estar seguros de que los útiles de escritura perteneciesen a la mujer.
En el caso de que hubiese habido un grupo de m ujeres letradas en el
antiguo Egipto no parece que hubiesen desarrollado ninguna clase de géne
ro literario propio que se conserve en la actualidad. El eventual contenido
de ese género podría consistir en un equivalente femenino de los Textos
Sapienciales masculinos y reuniría consejos y avisos para las mujeres jóve
nes. Desde luego, podemos estar haciendo un hincapié excesivo en la capa
cidad de leer y escribir, impulsados por el énfasis que nuestras sociedades
ponen en la cultura letrada. En la novela china La Historia de la Piedra,
que trata de una familia letrada del comienzo de la dinastía Ching, las hijas
de la casa leen y escriben, incluso poesía, pero la mujer que realmente diri
122
ge la gran casa y supervisa las com plejidades de los ingresos y gastos se
introdujo en la familia al casarse y es totalmente iletrada y lleva en su cabe
za todos los detalles de la administración de la propiedad.
A sí pues, lo más que podem os decir es que m ientras la capacidad de
leer y escribir fue básica para conseguir empleo en la burocracia del esta
do, sólo los hombres pudieron ejercer tareas funcionariales de las que las
mujeres estaban excluidas, con independencia de su destreza con las le
tras. Fuera del aparato gubernam ental tam poco hay pruebas irrefutables
acerca de si las mujeres de las familias de elite realmente aprendían a leer
y escribir. Es cierto que no se debe excluir la posibilidad de que en efecto
lo hiciesen. Incluso podemos tener documentos efectivamente escritos por
mujeres y simplemente ocurre que carecemos de los medios para indenti-
ficarlos como tales.
L as m u je r e s e n s o c ie d a d y s u s t ít u l o s
124
parte de la burocracia estatal. Dos reinas tenían camareras mientras que una
princesa, que era la esposa de un alto funcionario llam ado M ereruka, no
sólo tenía una camarera, sino también mujeres como ‘inspectora del teso
ro ’, ‘supervisora de los ornam entos’ y ‘supervisora de los vestidos’. La
única mujer supervisora de médicos que conocemos estaba probablemen
te a cargo de las mujeres médico que atendían a una reina madre, pues en
caso contrario los m édicos eran norm almente varones. Las mujeres can
tantes y danzarinas estaban con frecuencia vigiladas por mujeres supervi-
soras, pero junto a ellas también había supervisores. Los testimonios pare
cen mostrar que si bien los hombres podían supervisar a las mujeres, éstas
probablemente no supervisaban a hombres. En comparación con los títu
los adm inistrativos m asculinos los utilizados por m ujeres aparecen con
mucha menor frecuencia y variedad. El único alto título administrativo ates
tiguado para una mujer es el de visir en la Sexta dinastía. No está claro si
su uso era honorífico o funcional, pero el hecho es que el ejemplo es único
y causa tanta sorpresa que subraya la imperante ausencia de mujeres en el
ámbito administrativo.
Durante el Imperio M edio las mujeres todavía tenían unos pocos títu
los adm inistrativos, pero parecen haber sido m enos variados y todavía
menos comunes que en el Imperio Antiguo. Ya hemos presentado el título
‘escriba femenino’. También encontramos ‘vigilante de la cámara’, ‘mayor
dom o’, ‘supervisora de la cocina’ y ‘selladora’. Todos ellos se encuentran
con más frecuencia en forma masculina y ostentados por hombres. Se refie
ren a la gestión de las casas y quizá pertenecían a mujeres del servicio pri
vado, no gubernamental, y posiblem ente estaban bajo la responsabilidad
de otras m ujeres12. Henry Fischer, en un estudio sobre los títulos llevados
por mujeres durante los Imperios Antiguo y Medio, concluye que ‘es difí
cil evitar la impresión de que las mujeres del Imperio Medio estaban invo
lucradas con menos frecuencia y de manera menos significativa en tareas
relativas a la administración de personas y propiedades de lo que con ante
rioridad era el caso, lo que no quiere decir que su papel fuese nunca de gran
importancia, con la excepción, desde luego, de las madres, esposas o hijas
de reyes’13.
El título de ‘señora en espera’ se encuentra tam bién en el Imperio
Nuevo, cuando lo usan únicamente las esposas y, en algunos casos, las hijas
de altos funcionarios. Durante mucho tiempo se pensó que el título signi
ficaba concubina del rey. Pero dos estudiosos señalaron la inverosimilitud
de este sentido al considerar que muchas de estas mujeres estaban casadas
con altos funcionarios14. Parece difícil admitir que el rey pudiese tener pre
rrogativas sexuales sobre estas mujeres para posteriormente dárselas como
esposas a sus funcionarios como ‘sobras del rey’. En la actualidad se pro
pone comprender el título como reflejo de la ocupación de cierta posición
en la corte. Esta indicación podría conferir cierto status y ser adecuada para
la esposa de un alto funcionario. Durante la dinastía Dieciocho la fórmula
‘única señora en espera’ se dejó de usar, quedando ‘señora en espera’ como
la forma principal a la que ahora se atribuía el m ayor prestigio. También
se encuentra otra forma: ‘gran señora en espera’ (jekeret nesu weret).
125
44 Entronización de Nitiqret, hija de Psamético I. Amón-Re coloca su
mano sobre la cabeza de la arrodillada esposa del dios.
O c u p a c io n e s d e l a s s ir v ie n t a s
126
que de la administración estatal. En estos casos su status dependería del de
su empleador. Por debajo de tales títulos había otros de los que podemos con
jeturar que se trataba de títulos de sirvientas y dependientas de la casa inclu
yéndose las peluqueras. En el Imperio Medio debió de haber veinte títulos
de este tipo, aunque por desgracia sabemos poco de las funciones a las que
se refieren16. Con el título de ‘selladora’ conocemos al menos a ocho muje
res del Imperio Antiguo y Primer Período Intermedio que estaban al servicio
de mujeres en casas particulares; también se conoce a otras dos mujeres con
este título en la dinastía Doce17. El sellado era una de las funciones más comu
nes para los hombres en sus ocupaciones burocráticas, pues debido a la ausen
cia de llaves y cerraduras se utilizaban los sellos para salvaguardar la pro
piedad. Un sellador llevaba el sello autorizado con el que protegían conte
nedores y almacenes contra cualquier entrada desautorizada.
Otros títulos significan ‘nodriza’ o ‘niñera’. Las mujeres que llevaban
estos títulos aparecen ocasionalm ente como parte de grupos fam iliares
sobre los monumentos. En una estela del Imperio M edio una nodriza está
sentada enfrente del propietario18 y en otra estela la nodriza se sienta junto
al hombre que dedica la estela sosteniendo su brazo (fig. 25)19. En una carta
del Imperio Medio el remitente dice: Ύ escríbeme sobre todos los asuntos
concernientes a la salud y vida de la nodriza Tim a’20. Otra carta sobre asun
tos domésticos menciona a i a nodriza Y eye’21.
Cuando se trata de la preparación de alimentos en el Imperio Medio son
más frecuentes los títulos utilizados por hombres que por mujeres22. Sólo
está atestiguada una ‘cervecera’ y otra ‘m olinera’, estando sendas ocupa
ciones relacionadas con el procesado del grano en cerveza y pan que, como
ya hemos visto, se relacionaba con las mujeres. En representaciones de la
panificación y la producción de cerveza desde el Imperio Antiguo hasta el
Nuevo aparecen tanto hombres como mujeres; pero en algunas las mujeres
desarrollan la totalidad del proceso de panificación. De los distintos pro
cesos que tienen lugar, desde el Imperio Antiguo en adelante la molienda
se representa con m ucha más frecuencia ejecutada por mujeres que por
hombres (fig. 32) y el gobierno proporcionaba esclavas para realizar este
cometido en Deir el M edina. Es más, a partir del reinado de Sety I, de la
dinastía Diecinueve, tenem os docum entos adm inistrativos relativos a la
producción de pan para el palacio real de Menfis que ofrecen el listado de
la cantidad de grano proporcionado a veintiséis mujeres para moler, junto
con la cantidad de harina que producía esta operación23. A sí pues, parece
que hubo una tradición según la cual la m olienda era un trabajo normal
mente hecho por una m ujer. Tam bién se representa con frecuencia a las
mujeres en otras fases del proceso de panificación como eran atender el
fuego y colocar la masa en moldes. Sin embargo, aunque algunos hombres
de los Imperios Antiguo y Medio aparecen identificados como ‘panadero’,
no se conserva un solo ejemplo de mujer con este título. Como hemos visto
el proceso de fabricación de cerveza se relacionaba estrechamente con la
panificación. Pues bien, en el Imperio Medio conocemos cierto número de
hombres a los que se llama ‘cervecero’, pero sólo a una mujer. En las repre
sentaciones de todos los períodos se muestra a más hombres que mujeres
127
en las escenas y maquetas funerarias relacionadas con la fabricación de cer
veza, aunque las mujeres no estaban en absoluto excluidas del proceso.
En otras áreas de la preparación de alimentos los testimonios del Imperio
Medio también revelan la ausencia de títulos femeninos, mientras que existen
varones que son ‘carniceros’, ‘cocineros’ y ‘reposteros’24. Pero ninguno de
estos títulos es frecuente en las fuentes textuales, sugiriendo esto que no era
usual mencionar a este tipo de personas. Así pues, podía haber equivalentes
femeninos que, simplemente, no aparecen en las fuentes. Pero ocurre que
cuando contemplamos las representaciones plásticas de los Imperios Medio
y Nuevo no encontramos figuras de mujeres que desarrollen estas activida
des. Así, las escenas de carnicería, que destacan por su abundancia, represen
tan a hombres exclusivamente. Es cierto que muchas están en contextos ritua
les y sacrificiales, pero tampoco las que se refieren a la casa representan a
mujeres realizando esta actividad. El posterior despiece del animal muerto y
la preparación de la carne también son tareas exclusivamente masculinas. Lo
mismo puede decirse de escenas similares que muestran la preparación de pes
cado y aves (fig. 33). La matanza de animales pequeños tales como cabras,
ovejas y cerdos no se representa con frecuencia, quizá porque su carne care
cía de prestigio comparada con la de vacuno, de modo que no podemos saber
si esta faceta de la carnicería también era monopolio de los hombres. Las esce
nas de cocina muestran la carne o bien asada en un espeto manual sobre un
fuego o cocida en un recipiente; en ambos casos los cocineros son hombres.
Por otra parte, en el Imperio Medio el título masculino para ‘cocinero’ sólo
aparece unas pocas veces, pero la forma femenina no está atestiguada.
Las capillas funerarias decoradas incluyen con frecuencia escenas de
talleres dedicados a diferentes producciones artesanales tales como car
pintería, fabricación de joyas, fraguas, escultura, curtido e hilado. En todas
ellas, excepto las relacionadas con la manufactura textil, sólo se muestran
figuras de hombres. Aunque el hilado y el tejido no se representan en el
Imperio Antiguo conocemos escenas de mujeres que entregan vestidos y
reciben pagos. Es más, algunas m ujeres son ‘supervisor de tejedores’ o
‘supervisor de la casa de los tejedores’25. Pero como las mujeres no super
visan a los hom bres esto sugiere que los tejedores eran mujeres, lo que
encaja con el hecho de que el jeroglífico del Imperio Antiguo para tejedor
use una figura femenina. En escenas y maquetas del Imperio Medio son las
mujeres quienes hilan y tejen (fig. 28). En un papiro del final del Imperio
Medio leemos la lista de noventa y cinco esclavos, la relación entre muje
res y hombres es de dos a uno26. Pues bien, la mayoría de las mujeres cuya
profesión se preserva en el documento están relacionadas con la produc
ción textil, pero ninguno de los hombres. La conclusión es que en los Impe
rios Antiguo y M edio esta era una producción en la que las mujeres
predom inaban. En esa época se usaba un telar horizontal. Desde los
comienzos del Imperio Nuevo encontramos representaciones de telares ver
ticales en donde trabajan hom bres27. El hilado y el tejido se representan
pocas veces en ese período, pero una escena de una tumba ramésida mues
tra tanto a hombres como a mujeres en un cobertizo destinado al tejido con
un telar vertical, sobre el que aparentemente trabajan mujeres28.
128
Si las mujeres estaban altamente relacionadas con la producción de tex
tiles, no era así con su lavado. Las escasas representaciones de esta activi
dad de los Imperios Antiguo, Medio y Nuevo muestran que la ejecutaban
hombres29. El lavandera se incluye en la lista de profesiones citadas en La
Enseñanza de Jety el hijo de D uaf precisamente porque es masculina. El per
sonal del servicio de lavandería que el estado proporcionaba a los aldeanos
de Deir el Medina era masculino. El Cuento de los Dos Hermanos mencio
na a los ‘lavanderas del Faraón’. Parecería que las tareas de lavandería eran
monopolio de los hombres cuando se realizaban profesionalmente.
La música desempeñaba un papel muy importante en los ritos de los tem
plos y en las ceremonias funerarias y quizá tam bién en las diversiones
cotidianas. A partir del Imperio Antiguo existe una gran cantidad de testi
monios sobre mujeres que tocan instrumentos y bailan30. En las escenas fune
rarias del Imperio Antiguo mujeres de clase alta distraen a sus maridos y
padres con música (fig. 34)31. También conocemos escenas que muestran a
grupos de mujeres que bailan, cantan y tocan palmas (fig. 40). Estos grupos
podían estar vinculados a instituciones religiosas y a la casa del rey o de par
ticulares. En el Imperio Antiguo una ocupación posible para una mujer era
ser supervisora de uno de estos grupos, pero en el Imperio Medio esta posi
ción de autoridad había pasado a los hombres. En un primer momento pare
ce que los grupos estaban formados exclusivamente por mujeres. Esto se
refleja en los títulos de m úsicos del Im perio M edio, que incluyen tanto
formas femeninas como masculinas. Bandas de instrumentistas están bien
atestiguadas en las capillas funerarias de la dinastía Dieciocho, en donde
aparecen en escenas de banquete para entretener a los invitados (fig. 35).
Aunque podían estar formadas sólo por mujeres, existen bastantes bandas
mixtas como para mostrar que hombres y mujeres tocaban juntos. En el capí
tulo Ocho veremos que las bandas musicales también se relacionaban con
los ritos religiosos y se incluían entre el personal del templo.
Uno de los medios de transporte más importante del antiguo Egipto era
en bote sobre el Nilo y tenemos numerosas representaciones de embarcacio
nes y de sus tripulaciones. Parece que los marineros siempre eran hombres y
ninguno de los títulos del Imperio Medio referentes a las tripulaciones de bar
cos es femenino. En todo caso las mujeres podían, desde luego, viajar en
barco pero formar parte de la tripulación de una embarcación no era usual
mente una profesión abierta a ellas, a menos que fuesen señoras del harén,
vestidas con redes de pesca y destinadas a entretener a un rey aburrido32.
El t r a b a jo d e l a t ie r r a
129
obvios en relación con estas escenas es que el número de figuras de hom
bres sobrepasa con m ucho el de mujeres.
En las escenas que reflejan el transcurso del año agrícola, desde el arado
y la siem bra hasta la cosecha, las m ujeres desem peñan una parte muy
pequeña en todos los períodos. En el Imperio Antiguo las mujeres apare
cen aventando el grano y desde el Imperio M edio en adelante siguen a los
hombres que cosechan recogiendo en pequeñas cestas las espigas de grano
caídas (fig. 36). Sin embargo no se las representa cortando el grano, aun
que a veces aparecen llevando refresco a los segadores. Como contraste se
pinta a las m ujeres participando en la recolección del lino. Pero no está
claro si tiene alguna im portancia el hecho de que la planta del lino no se
corte sino que se desentierre. Es posible que hubiese razones para no mos
trar a mujeres manipulando hojas cortantes en la tumba, o quizá había razo
nes rituales para que las m ujeres no cortasen espigas de grano. Por otra
parte, es evidente que la directa implicación de las mujeres en la manufac
tura textil podría llevarlas a participar también en la cosecha del lino, pero
las m ujeres tam bién estaban relacionadas con la m olienda del grano y la
panificación y no segaban el trigo.
Aunque en una ocasión se representa a una mujer cosechando uvas en
una tum ba de la dinastía Dieciocho, la viticultura se representa general
mente como una ocupación masculina. Lo mismo es cierto con respecto al
cuidado de los animales y las actividades en los pantanos, como la caza de
130
aves con trampas y la recolección de papiros. La tendencia a excluir a las
mujeres de este tipo de trabajos en las haciendas recibe un eco en la esca
sez de los títulos conocidos en el Imperio Medio que se relacionan con estas
actividades: todos son masculinos excepto una ‘aventadora’ y dos ‘jardi
neras’ listadas entre los noventa y cinco esclavos mencionados más arriba.
Estas últimas podían trabajar en el jardín dependiente de la casa. Una carta
del año veinticuatro de Rameses II proporciona una lista de trabajadores en
una hacienda de Amón en el Delta. Sus ocupaciones están en estrecho para
lelismo con las actividades desarrolladas por los trabajadores de la tierra
que aparecen en las escenas funerarias: vaqueros, cabreros, porquerizos,
pastores de asnos, cuidadores de mulos (?), guardianes de aves, pescado
res, cuidadores de aves de corral, vinateros, trabajadores de la sal, recolec
tores de papiros, fabricantes de cuerdas, fabricantes de esteras (?) y cam
pesinos33. Todos ellos aparecen con bastante claridad designados como
hombres, aunque si la fuerza de trabajo incluyese a mujeres resultaría fácil
indicarlo. Sin embargo sabemos que había mujeres vinculadas a las hacien
das de los tem plos, puesto que tenem os textos que las mencionan. Por
ejem plo, en un decreto de Sety I relativo a una hacienda en N ubia que
pertenece al templo del rey en Abido, el texto habla de cualquier persona
perteneciente al templo en esta propiedad ‘sea hombre o m ujer’. Por des
gracia carecemos de información sobre cómo se empleaba a las mujeres, si
trabajaban la tierra o si estaban relacionadas con la producción de pan, ves
tidos y otras necesidades de la fuerza de trabajo masculina.
Probablemente se podía reclamar a todos los egipcios para llevar a cabo
trabajos de estado o corveas34. La creencia de que semejante disponibilidad
continuaría en el más allá llevó al desarrollo de la figura shabti, que se colo
caba en la tumba para ocupar el lugar del fallecido en el caso de que se le
llamase. Cabe suponer que en vida quienes eran lo bastante ricos podían
pagar a alguien que les reemplazase mientras que otros tenían que acudir
por sí mismos. Un papiro del final del Imperio Medio trata acerca de casos
de personas que intentaron huir antes del final de su servicio35. A todos ellos
parece haberles correspondido trabajar en tierras del estado. En la lista apa
recen tanto m ujeres como hom bres, pero no está claro si ellas hacían el
mismo trabajo que los hombres o si había una distinción basada en el sexo.
El documento también deja claro que se tomaba como rehenes a las fami
lias de los huidos y quizá se les obligaba a trabajar hasta que los escapados
reapareciesen.
Este sistem a de castigo todavía parece haberse usado en el Imperio
Nuevo. En un texto que intenta persuadir a un aprendiz de escriba para que
sea menos revoltoso y se concentre en sus estudios, su consejero dice:
‘Cuando tenía tu edad pasaba mi tiempo en los cepos: ellos dejaron mis
piernas cojas... estaba prisionero en el templo mientras mi padre y mi madre
estaban en el campo así como (mis) hermanos y hermanas’36. En otro texto,
con el mismo objetivo de estimular a aprendices de escriba, el autor habla
de los inconvenientes de ocuparse de una cuadra porque tenía que afanar
se sin pausa si no quería que el desastre cayese sobre él y su familia. Una
de estas calamidades es que ‘su hija está en el dique’ y el traductor comen-
131
47 Estela votiva de Neferhotep adorando al deificado Amenhotep I
y a Amosis Nefertari.
132
ta que esta chica ‘presumiblemente estaba haciendo algún trabajo duro en
una presa’37. Todo el tenor del texto deja claro que esa era una ocupación
para un chica carente de posición.
Hay otras indicaciones de que las mujeres podían trabajar de puertas
afuera. En prim er lugar, en una copia del Imperio Nuevo de un texto del
Imperio Medio, las mujeres.sirven de batidoras para que las aves silvestres
salgan de los pantanos38. Aunque esta no es una actividad que se dibuje en
las tumbas, las diferentes escenas de pantano m uestran en su totalidad a
hombres trabajando. En segundo lugar, dos poemas de amor del Imperio
Nuevo usan la imagen de una chica cazando aves con red39. A unque en
escenas funerarias ésta aparece como una actividad exclusivamente m as
culina (fig. 33), y los cuidadores del corral listados entre el personal de la
hacienda de Amón eran hombres, la imagen difícilmente podría ser eficaz
si fuese una m era ficción poética y no un hecho de la vida real. En un
poema la chica lleva las aves a la casa de su madre, lo que sugiere que el
contexto no era el de la caza de aves en una gran propiedad, sino una peque
ña hacienda en donde se capturan aves para su propio sustento.
Las mujeres podían poseer o arrendar tierra y cultivarla, quizá para pro
porcionarse un medio de vida o quizá como forma de invertir una riqueza
excedentaria. El Papiro Wilbour, que data del reinado de Rameses V, trata
de la producción de grano en tierra propiedad del estado que se alquila a
arrendatarios40. De ellos sólo en tom o al 10 por 100 son mujeres. El único
título que se les da es el de ‘ciudadanas’. La cuestión es si estas mujeres
trabajaban de forma efectiva la tierra con sus propias manos. Los arrenda
tarios podían emplear a un campesino para realizar el trabajo y en dos casos
el arrendatario, que es un escriba, tenía su tierra cultivada por una mujer.
Otro documento habla de grano ‘procedente [de la casa de] la señora Roja
(?) de la tierra agrícola que [ella] cultivaba...’41. Es posible que algunas
mujeres estuviesen efectivamente implicadas en el trabajo de la tierra.
M u je r e s q u e e j e r c ía n l a a u t o r id a d d e s u s m a r id o s
134
la mano de la instrum entista de Am ón llam ada M eshanefer, esposa del
Maestro del Santuario Portátil llamado Herynefer’. Tal vez estos casos dis
taban mucho de estar aislados y podía ser bastante habitual que las muje
res ayudasen a sus maridos en el desempeño de sus tareas oficiales al tiem
po que por sí mism as perm anecían en el exterior de la estructura funcio-
narial masculina.
C o n c l u s ió n
135
distinciones sexuales que limitaba los tipos de trabajo que una mujer podía
realizar pero que era m ucho menos restrictiva en lo que se refiere a los
hombres. Pero nos resulta muy difícil saber hasta qué punto el ideal tenía
una plasmación práctica.
L ecturas c o m p l e m e n t a r ia s
136
CAPÍTULO VII
P o s e s ió n d e l a t ie r r a y p r o p ie d a d e n l o s I m p e r io s A n t ig u o y M e d io
asiáticos que mi hermano ... Anjreni me dio. Ella misma se los dará a cual
quiera de sus hijos que desee. En cuanto a mi tumba, seré enterrado en ella
y también mi mujer, sin que se permita a nadie impedirlo. Ahora, en cuan
to a las habitaciones que mi hermano ... Anjreni construyó para mí, mi espo
sa vivirá en ellas sin que se permita a ninguna persona echarla de allí’2.
Así pues no parece que Teti tenga hijos todavía, quizá este documento
se redactó en el momento de su matrimonio con Wah. Si es así Anjreni ya
habría muerto y probablem ente W ah no sería muy joven; quizá no pudo
permitirse el matrimonio hasta que heredó la propiedad de su hermano. Una
mano diferente añadió una frase a mayores al documento: ‘Es el diputado
Geb que actuará como guardián de mi hijo’. Esto sugiere que Teti dio un
hijo a Wah pero que Wah no esperaba verlo crecer. Esta puede ser la razón
por la que en su testam ento perm ite a su m ujer decidir cóm o repartir la
herencia entre los hijos que pudiera darle.
Intef, el hijo de Mery, llamado Keby, hizo otro testamento en el Impe
rio Medio, en concreto al final de la dinastía Doce. En él deja su cargo a su
hijo, anula un testamento que había hecho en favor de la madre de este hijo,
que debió haber sido una esposa anterior, y deja su casa al hijo todavía no
nacido que esperaba de otra mujer, presumiblemente su nueva esposa3. Es
interesante señalar que la casa va a ir al futuro hijo y que no se hace nin
guna provisión para su esposa. Quizá se asume que ella utilizará la casa
138
hasta que el niño crezca y que él tendrá entonces la responsabilidad de velar
por su madre.
Otro documento más tardío en el Imperio M edio trata aparentemente
sobre la disputa entre un hombre y su hija sobre la propiedad de ciertos bie
nes4. El padre pretende legar a su esposa Senebtysy quince esclavos además
de los sesenta que ya le había entregado. Pero su hija, Tahenwet, planteó una
querella contra él según la cual su marido le había dado a ella esos bienes que
su padre, a su vez, cedió a su propia mujer. El documento parece incluir un
registro privado de las alegaciones del padre sobre el caso, pero está dema
siado dañado como para que se pueda comprender completamente. Quizá
Senebtysy era la segunda esposa del padre mientras que Tahenwet era hija
de la primera, lo que pudo originar fricciones entre ambas. Stephen Quirke
sugiere que el hombre implicado en el asunto era el visir de la dinastía Trece
Renseneb, lo que explicaría el elevado número de esclavos en cuestión5. El
caso muestra que una mujer podía iniciar una querella por sí misma.
La p o s ic ió n e c o n ó m ic a d e l a s m u je r e s e n e l I m p e r io N uevo
140
otro caso una mujer era capaz de ofrecer una parcela de tierra para pagar
la com pra de un burro 10. Otro texto ofrece la lista de propiedades que
alcanzan un valor total de 170 deben que se debían a una m ujer llamada
W ebjet11. Tam bién nos encontram os con una m ujer que tenía derecho a
cierto núm ero de días de trabajo de diez esclavos12. Esto era una forma
antigua de compartir el tiempo: un grupo de gente poseía conjuntamente
a un grupo de esclavos sobre los cuales cada uno tendría derecho a cierto
número de días de trabajo por año. Probablem ente los amos podían usar
esos días para su propio servicio o venderlos a algún otro como medio de
obtener beneficios.
También existen ejemplos de mujeres que fueron propietarias de escla
vos en lugares distintos a Deir el Medina. Un papiro procedente de Gurob,
en el Egipto Medio, registra que un hombre compró a una mujer y su hijo
diecisiete días de trabajo de una esclava llamada Jeryt y cuatro de otra escla
va llamada Henut. Más tarde el hombre compró a la mujer otros seis días de
trabajo de Jeryt, en esta ocasión no se menciona al hijo13. El comprador pagó
por un total de veintisiete días de trabajo con varias prendas de vestir, un
toro y dieciséis cabras. Así pues, el alquiler de esclavos podía proporcionar
una fuente de ingresos extra a una mujer, aun cuando el capital inicialmen
te invertido fuese considerable. Un papiro tebano recoge la compra de un
esclavo por una mujer a un precio de más de 400 deben'*. Ella pagó la mitad
del valor con textiles de los que disponía en el momento, y que tal vez había
tejido ella misma, por un valor de 223 deben. El resto lo pagó con objetos
que obtuvo de sus vecinos. Quizá esperaba pagar la deuda alquilando al
esclavo, o sus acreedores podían haber acordado que se les pagase con días
de trabajo del esclavo. Por desgracia no se menciona en el documento este
extremo, pues el texto está menos interesado por la transacción como tal que
por la refutación de una acusación según la cual la mujer había liquidado el
precio de la compra con cosas que no eran suyas.
Estos casos dejan claro que algunas mujeres estaban implicadas en tra
tos comerciales referentes a bienes de gran valor en comparación con el
salario mensual de un trabajador de Deir el Medina. Sin embargo, también
los hombres llevaban a cabo transacciones comerciales privadas y en Deir
el M edina, por ejem plo, los trabajadores hacían y decoraban m uebles y
objetos de uso funerario, arrendaban sus burros en busca de beneficios y
posiblemente cultivaban parcelas de tierra, en el exterior de la aldea. Los
textos de la aldea que conservamos revelan que había hombres que desta
caban por su capacidad en los negocios. En una serie de documentos rela
tivos a transacciones financieras, recogidos para un estudio de la economía
de la aldea15, sólo un 18,1 por ciento de los que conservan nombres impli
can a mujeres, y sólo el 10,3 por ciento de las personas nom bradas son
mujeres. La conclusión es que o bien las mujeres no eran tan activas eco
nómicamente como los hom bres en los tipos de tratos contenidos en los
documentos o bien eran hombres los que llevaban a cabo la mayoría de las
transacciones referentes a mujeres y en beneficio de éstas.
Dejando aparte la aldea de trabajadores, desconocem os los salarios
pagados a los empleados gubernamentales. Altos funcionarios como el visir
141
o el supervisor del tesoro recibirían muchas veces la cantidad pagada a un
simple trabajador. En el Papiro Wilbour, que registra la propiedad de la tie
rra en parte del Egipto M edio durante el reinado de Ram eses V, el visir
tiene veinte aruras de tierra y el supervisor del tesoro ciento noventa y cua
tro, pero no sabemos si tenían esta tierra como parte de sus ingresos ofi
ciales o si formaba parte de sus fortunas privadas. Aunque las esposas de
este tipo de funcionarios presumiblem ente compartirían la riqueza de sus
maridos, no tenemos idea sobre qué tipo de ingresos podían esperar tener
estas mujeres por derecho propio. Sin embargo, en el caso de que ellas mis
mas procediesen de familias de altos funcionarios y hubiesen heredado pro
piedades de sus padres, podrían ser ricas de forma independiente.
La h e r e n c ia e n e l I m p e r io N uevo
142
51 (izquierda) Estela votiva mostrando a un hombre que realiza una
libación y ofrenda al dios Jons, y a su esposa e hijas haciendo libaciones
y ofrendas a una diosa.
52 (derecha) Estela votiva de Iynefret.
143
faraón’, y cita un precedente: ‘Ved, las tierras de Tanehesy se le dieron a
Saw adyyt cuando se la enterró pues él le facilitó a ella su propio ataúd’.
Por otro docum ento sabemos que Tanehesy era la madre de Sawadyyt y
que él se ocupó de su ajuar funerario y la enterró ‘mientras que sus her
manos y hermanas no le ayudaron’. El trabajador Nebsemen hizo para una
mujer llamada Iner ‘un ataúd de madera decorada por su (de ella) parte del
almacén inferior’. M ás tarde surgió una disputa entre los hijos de N ebse
men y la hija de Iner acerca de esta propiedad. Los hijos de Nebsemen la
reclamaban porque había sido Nebsemen quien había enterrado a la mujer.
El hecho de que quien se responsabilizase del enterramiento fuese el
heredero tam bién explica el contenido de una carta de com ienzos de la
dinastía Dieciocho: ‘M eniupu vino a toda prisa. Mi padre y mi madre lo
apoyarán... Si muere, mi madre lo enterrará, pues su marido Neni le dijo
que lo enterrase y que llevase a cabo con él las obligaciones de un herede
ro ’21. Una vez más el hecho de efectuar el enterramiento y el de ser here
dero están vinculados. A sí pues, parece que aunque hijos e hijas tuviesen
derechos de herencia, un padre no sólo los podía desheredar, sino que ade
más podían perder el derecho a heredar si no se hacían cargo de una parte
del enterramiento de sus padres.
En todo caso las mujeres heredaban con frecuencia propiedades de sus
padres. En Deir el M edina estas propiedades podían ser edificios. Andrea
McDowell sugiere que esto se debe a que las casas de la aldea eran propie
dad gubernamental unida al trabajo y por tanto sólo las podían ‘poseer’ hom-
53 Estela votiva de
Wenefer dedicada en
beneficio de su esposa.
144
54 Estela votiva de
Pay dedicada en
beneficio de su madre.
145
La p r o p ie d a d d e l a t ie r r a e n e l I m p e r io N uevo
G r a n d e s h a c ie n d a s
146
parse de la dirección de la hacienda para su hijo Mose, que probablemen
te todavía era m enor de edad. Pero un hombre llamado Jay, cuya relación
con la fam ilia no está clara, contestó la autoridad de Nebnefret. Jay podía
ser alguien ajeno pero que tenía una posición de cierto rango que le per
m itía esta iniciativa o bien podía ser uno de los herederos. Utilizó docu
m entos falsificados para sostener su reclam ación no sólo para obtener la
adm inistración, sino tam bién la parte de la hacienda de N ebnefret y de
M ose. A unque el final del caso se perdió, el m ero hecho de que M ose
registre todo el relato debe ser una señal de que finalmente él pudo probar
sus derechos contra Jay. Pero esto es menos importante que algunos otros
de los hechos que pueden percibirse en la historia. En prim er lugar, está
claro que el adm inistrador de una hacienda no era autom áticam ente un
heredero varón. De hecho incluso cabe la posibilidad de preguntarnos si
una m ujer no tendría más tiempo para dedicarse a la tarea en la medida
que no ocupaba una posición funcionarial. En segundo lugar, aunque las
mujeres se presentaban ante los tribunales para defender sus derechos en
los casos que les concernían, es posible que Jay viese a la viuda N ebne
fret como una presa fácil. Si ella carecía del sostén de un varón adulto sería
vulnerable hasta que el crecimiento de su hijo le permitiese tomar las rien
das del caso.
A c c io n e s l e g a l e s , c r im e n y c a s t ig o
148
El f u e r t e y e l d é b il
... I
C o n c l u s ió n
150
56 (izquierda) Estela funeraria del sacerdote-wa¿ Horemhat. Su esposa
Dyab, seguida por su hija Tanetiunet, vierte una libación.
aspectos de la propiedad en los que aparecen mujeres, incluso los datados
del Imperio Nuevo, son pocos y parecen existir debido a la naturaleza excep
cional de cada situación. ¿Había otras mujeres a las que se les impedía dis
poner de sus bienes de acuerdo con su voluntad debido a la presión de la
familia? ¿Había mujeres saqueadas por hombres que ocupaban puestos de
autoridad que ni tan siquiera imaginaban la posibilidad de llevar el caso con
tra quienes las dañaban porque sabían que jam ás ganarían? Incluso aunque
una mujer pudiese presentar una querella para protegerse, ¿tenía más opor
tunidades de éxito si tenía a un hombre poderoso respaldándola? En otras
palabras, ¿el sistema era imparcial o estaba lastrado contra las mujeres? El
simple hecho de que los miembros de los tribunales fuesen hombres hace
más probable esta última posibilidad. Sin embargo es inverosímil que este
sesgo aparezca abiertamente en las fuentes, pero el número mucho menor
de mujeres mencionadas en los documentos legales y económicos apoya
esta asunción. La posición de personas desafortunadas tales como las viu
das sugiere que sus derechos estaban protegidos no sólo por la ley, sino por
las buenas intenciones de los funcionarios varones. Los derechos legales de
las mujeres estaba claro que no se extendían efectivamente a lo largo de toda
la escala social. En todos los niveles necesitaban estar respaldados por la
riqueza o por un fuerte sostén familiar. Desde luego, aunque el sistema tuvie
se un prejuicio en favor de los hombres, los derechos de éstos, también,
podrían no haberse extendido hasta las clases inferiores.
L ectura s c o m p l e m e n t a r ia s
152
CAPÍTULO VIII
T ít u l o s s a c e r d o t a l e s f e m e n in o s
I n s t r u m e n t is t a s m u s ic a l e s
158
pués un hombre y otra mujer. Las mujeres llevan sistros, collares menit y
flores. Entre el hombre y la segunda mujer hay una figura masculina peque
ña identificada como ‘su hijo, el segundo sacerdote de M enjeperre (Tut-
mosis III) Jaemwaset’, y siguiendo a la última mujer sin identificar hay una
pequeña figura fem enina que lleva un sistro y un m enit a la que se llama
‘su hija, la instrum entista de Amón W iy’. Las figuras principales proba
blemente son Jons en su calidad de sacerdote oficiante, su madre, su espo
sa y parientes varones. En otra escena de la misma tumba podemos ver el
ritual del culto de Tutm osis III Se m uestra a un grupo de mujeres llo
rando al rey mientras que una instrumentista de Amón y dos instrumentis
tas de Montu agitan sus sistros.
La Tumba Tebana 51 también data de la dinastía Diecinueve. Pertene
ce al sacerdote principal del ka de Tutmosis I, llamado Userhat. Una esce
na representa a Userhat llevando una piel de leopardo y celebrando ritos
ante un santuario que contiene imágenes de Tutmosis I y de su reina12. Le
siguen su m adre y su esposa agitando sus sistros. Se m enciona a ambas
como instrumentistas de Amón-Re (fig. 39).
Es evidente que en el Imperio Nuevo el título de ‘instrumentista’ con
llevaba una función específica que implicaba la representación musical en
el culto divino. Las mujeres que tenían el título pertenecían a las familias
de clase alta de todo tipo. También había varones músicos, pero éstos nor
malmente quedaban en el anonimato y el título de ‘m úsico’ no se encuen
tra en las titulaciones de los funcionarios. Esto sugiere que los músicos no
se reclutaban de los mismos grupos sociales que las mujeres instrumentis
tas y que carecían del status de estas últimas.
B andas m u s ic a l e s d e l t e m p l o
159
templo, da instrucciones al destinatario para que establezca una lista de per
sonas incluyendo a una 'shemayet Sattepihu que está en la banda musical’16.
Durante el Im perio Nuevo estas bandas musicales estaban a cargo de
mujeres que llevaban el título de ‘la grande de la banda de instrumentistas
musicales’ (weret jener). Esta posición la ocupaban esposas de algunos de
los más altos funcionarios y frecuentemente un sacerdote de alto rango tenía
a su esposa a la cabeza de la banda de su m ismo culto. A sí pues, cierto
número de ‘las grandes de la banda de A m ón’ eran esposas del sacerdote
principal de Amón o, en un caso, del tercer sacerdote. En otros casos tene
mos sacerdotes principales de Montu, Thoth, Jons y Am enhotep I, cuyas
esposas estaban a cargo de las bandas musicales de sus respectivos cultos.
En otros casos el marido no era un sacerdote principal, pero en todo caso
era un funcionario de alto rango. Sobekhotep era el alcalde de Fayum
durante el reinado de Tutmosis IV. El principal dios de la región era el dios
cocodrilo Sobek y él era también el supervisor de los sacerdotes de Sobek.
Su esposa M erit era i a grande de la banda musical de Sobek’. Además,
Sobekhotep era el hijo de un hom bre llam ado Min que era el tesorero de
todo Egipto y él m ism o ejerció ocasionalm ente esa función. No hay nin
guna prueba de que esta fam ilia tuviese cualquier clase de relaciones con
el Fayum y Betsy Bryan sugiere que era su esposa la que procedía de una
importante familia de la comarca y que fue a través de ella que Sobekho
tep recibió el cargo de alcalde17. M ás tarde heredó el cargo de su padre
como tesorero y dejó la función de alcalde del Fayum a su hijo Paser. Merit
era con toda claridad una mujer importante y de alto rango. Además de ser
i a grande de la banda m usical’ era la nodriza de una hija de Tutmosis IV,
que quizá se crió en el palacio real de M edinet el Ghurab situado a la entra
da del Fayum. Ella también poseía el título cortesano de alto rango de ‘gran
señora en espera’.
No puede haber duda de que ser i a grande de la banda musical’ era per
tenecer a la elite y cuanto más importante fuese el culto más alto era el sta
tus. La detentadora de esa posición estaría a cargo de las instrumentistas
que tocaban en el culto de la divinidad, quizá era responsable del aprendi
zaje, ensayos y m ovim ientos de las instrum entistas y velaba por que las
cosas discurriesen correctamente durante la ceremonia. Puesto que también
los hombres aparecen con frecuencia relacionados con la organización de
representaciones musicales, surge la cuestión de si i a grande de la banda
m usical’ también tenía autoridad sobre los instrumentistas varones o si se
organizaban por separado.
Sabemos poco acerca de cómo las ‘instrumentistas’, las ‘bandas musi
cales’ y las ‘grandes de la banda m usical’ se inscribían en el seno de la
estructura y de la jerarquía del personal del templo. ¿Se les pagaba como a
los sacerdotes o eran ‘voluntarias’? Quizá podía haber una pérdida de sta
tus para las mujeres si se les pagaba y, de ser así, ¿se pagaba a los músicos
de los estratos bajos de la sociedad pero no a los de los altos? ¿Era para los
altos funcionarios un asunto de status el ser capaces de sostener a sus espo
sas, de modo que ellas no necesitasen tener algún sostén suplementario de
otro lugar o este tema no era un asunto de interés? ¿Proporcionaba el título
160
de i a grande de la banda m usical’ autoridad equivalente a la de los cargos
superiores masculinos de la jerarquía del templo? ¿Estaba ‘la grande de la
banda musical’ subordinada en última instancia al sacerdote principal? Lo
que está claro es que en el Imperio Nuevo se hacía una distinción entre los
papeles de los hombres y de las mujeres en el culto del templo. Los hom
bres eran hem netyer, sacerdotes wab y sacerdotes lectores, encabezados
todos ellos por el sacerdote principal; las mujeres eran instrumentistas enca
bezadas por ‘la grande de la banda musical’. Los cantantes y músicos varo
nes normalmente permanecían en el anonimato y se situaban con claridad
por debajo de las cantantes procedentes de las familias de la elite. El sacer
dote que oficiaba ante la estatua de la divinidad era un hombre, pero las
mujeres proporcionaban buena parte del acompañamiento musical
La e s p o s a d e l d io s A m ó n
161
61 Parte del Libro de los Muertos perteneciente a la señora de la casa,
instrumentista de Amón, la grande de la banda musical de Osiris, llamada
Anhai, representando el pesaje de su corazón.
resto de la dinastía Dieciocho, aunque una esposa del dios anónima apare
ce representada en dos escenas en el templo de Amenhotep III en Luxor.
¿Cuál era la función de la esposa del dios Amón? Durante mucho tiem
po los egiptólogos pensaron que señalaba a la ‘heredera’ real con la que
tenía que casarse el rey para lograr el trono y que se refería al mito del naci
miento divino del rey cuando Amón-Re insemina a la reina para dar ser al
próximo rey. Pero ya hemos visto que no había una princesa ‘heredera’.
Además ni la reina Amosis, la madre de Hatshepsut, ni la reina Mutemwia,
madre de Amenhotep III, que aparecen en los ciclos de nacimiento de esos
reyes, tuvieron el título de esposa del dios. De hecho la función de esposa
del dios era de carácter sacerdotal y no se estableció en la familia real hasta
el reinado de Amosis. Con anterioridad a esto existen unos pocos ejemplos
de esposas del dios exteriores al ámbito real. Una vez que el título se aso
ció con mujeres de la realeza llegó a form ar parte de sus titulaciones y lo
utilizaban incluso cuando se las representaba llevando y usando enseñas
reales. Sin embargo hay algunas escenas en donde se muestra a esposas del
dios sin las enseñas de una reina. En su lugar llevan un vestido mucho más
simple consistente en una corta peluca, una delgada redecilla anudada tras
la cabeza con los extrem os colgados y un vestido funda, algunas veces
atado a la cintura, diferenciándose así de la m ayoría de estos vestidos
(fig. 41). Este vestido muestra a la esposa del dios en su calidad de sacer
dotisa tomando parte en una ceremonia del templo. Un edificio pequeño de
Amenhotep I, del que sólo se conservan unos pocos bloques en la actuali
162
dad, tuvo escenas que mostraban a Amosis Nefertari actuando como espo
sa del dios21. Son más explícitas las escenas de la desm antelada chapelle
rouge de'H atshepsut que representan a una esposa del dios anónima que
desempeña las funciones ceremoniales del cargo. La esposa del dios podía
ser la Neferura, la hija de Hatshepsut, o una sustituta si ella era todavía
demasiado joven para tomar parte en el rito.
Tres conjuntos de escenas de la chapelle rouge presentan a la esposa
del dios22. En una de ellas se representa a la esposa del dios entrando en el
patio abierto del tem plo junto con otra figura femenina presentada como
una henutet, una figura masculina llamada henuty y otra figura masculina
titulada ‘muchos sacerdotes’. En el patio la esposa del dios y un sacerdote
se encaran sosteniendo una antorcha mientras que en la escena siguiente,
conservada sólo de form a parcial, la esposa del dios se da la vuelta quizá
para encender un brasero con la antorcha. Seguidamente la esposa del dios
y el sacerdote se encaran de nuevo. Ambos sostienen abanicos semicircu
lares sobre largas empuñaduras. Cada abanico tiene la imagen de un cau
tivo atado. En la escena final, que tam bién se conserva sólo en parte, la
esposa del dios se separa del sacerdote presum iblem ente para quem ar la
imagen del enemigo en el brasero encendido (fig. 41). Esto encaja con otros
testimonios acerca de ceremonias en donde se destruyen los nombres o las
imágenes de los enemigos de Egipto.
En la segunda ceremonia se llama a los dioses para que reciban la comi
da de la tarde. Hatshepsut en su condición de rey está situada delante de una
lista de diecisiete dioses de Karnak, cada uno con una lista de ofrendas deba
jo de ellos. Tanto el rey como los nombres de los dioses encaran el templo.
En el otro lado de la lista, encabezada por Hatshepsut, saliendo del templo,
está el sacerdote Iunm utef dedicando las ofrendas y seguido por otros dos
sacerdotes y por último, con los dos brazos alzados, la esposa del dios.
La tercera cerem onia comienza con el anuncio: ‘Adoración a dios por
la Eneada y por los reyes del Alto y Bajo Egipto y donación de gran
alabanza por todo el populacho’. Siguen ocho figuras dispuestas en dos
registros: la esposa del dios y tres sacerdotes y debajo un henuty varón dos
mujeres henutet y una figura m asculina llam ada ‘todo el populacho’. El
anuncio de la escena que sigue no está claro. Le siguen dos registros con
tres figuras cada uno etiquetadas en el registro superior: nobles, compañe
ros y henuty (son todos varones), debajo están una mujer henutet y dos figu
ras m asculinas que representan a ‘todo el populacho’. Está próxim o un
grupo de sacerdotes conducido por la esposa del dios que entran en el lago
sagrado del templo para purificarse. El conjunto se anuncia como ‘bajada
a la purificación de los sacerdotes y de la esposa del dios en el lago frío.
Entrando en el templo’ (fig. 42). Sólo las personas correctamente purifica
das podían pasar m ás allá del patio abierto de un templo. Por último, la
esposa del dios y tres sacerdotes ingresan en el santuario siguiendo a Hats
hepsut el rey, que realiza los ritos ante la estatua de Amón-Re. En la prác
tica el rey no siempre estaría presente para dirigir la ceremonia y en su lugar
podía actuar un sacerdote. Una cuestión obvia es, ¿tenía que ser un sacer
dote o bien la esposa del dios podía ejecutar los ritos? Cualquiera que fuese
163
la respuesta estas escenas inusuales dejan claro que la esposa del dios tenía
un papel activo en los ritos del templo y que, al igual que los sacerdotes,
entraba en el santuario del dios.
El rey Amosis había dotado la función de esposa del dios con un domi
nio propio que consistía en tierras y tenía también un personal específico
formado por funcionarios varones que lo administraban23. Es posible que
las distintas instrumentistas musicales asociadas con el culto de Amón en
Tebas estuviesen vinculadas a esta institución. La posesión de propiedades
hacía que la función estuviese dotada de poder efectivo y la esposa del dios
probablemente tenía un peso real en el culto. El prestigio conferido por el
puesto podría explicar por qué Amosis Nefertari, H atshepsut y Neferura
utilizaron con tanta frecuencia ‘esposa del dios’ como su título exclusivo.
De hecho Hatshepsut pudo haber utilizado la autoridad que emanaba de ese
cargo para construir su posición política puesto que había sido su título pre
ferido durante su regencia, período en el que ella tuvo que reunir apoyos
para sus eventuales aspiraciones al trono24.
Neferura siguió usando el título de la misma forma que su madre y aun
que no entendemos cuáles eran las intenciones de Hatshepsut para con su
hija, se entiende claramente que la posición de esposa del dios seguía sien
do importante. ¿Por qué, entonces, con la ocupación en exclusiva del trono
por Tutmosis III, aparentemente cayó el título en el descrédito hasta el final
del reinado? Durante el Imperio Nuevo nunca recuperó su prestigio de anta
ño. Tanto es así que sus poseedoras lo utilizaban con poca frecuencia en
sus titulaturas reales y raramente como su título exclusivo, mientras que a
partir del reinado de Amenhotep III hasta el final de la dinastía Dieciocho
no hubo ninguna esposa del dios. Parece posible que Tutmosis III reduje
se deliberadamente la importancia de la función. El poder político de Hats
hepsut podía haber derivado en parte de la utilización de la autoridad
emanada de la función sacerdotal de esposa del dios en la medida que las
esferas religiosa y política no estaban separadas en el antiguo Egipto como
lo están en la mayor parte de las sociedades modernas. Tutmosis III pudo
haber sentido la necesidad de quitarle a la función cualquier clase de auto
ridad significativa de m odo que ninguna otra mujer pudiese utilizarla de
nuevo para reclamar el poder político.
El significado de la expresión ‘esposa del dios A m ón’ no se entiende
completamente. Literalmente puede entenderse que significa que una mujer
está adscrita al servicio de Amón actuando como su esposa y, por tanto, no
se casa con un marido humano. Sin embargo, en la dinastía Dieciocho no
hay duda de que muchas de las que ocuparon el cargo, como Amosis Nefer
tari y Hatshepsut, estuvieron casadas y tuvieron hijos. Esto pudo haber sido
irrelevante de cara a su papel en el ceremonial del templo. Otro título ‘mano
del dios’, que algunas veces sigue al de ‘esposa del dios’, se refiere a la
m ano con la que el dios creador se m asturbaba para producir la primera
pareja divina, formada por Shu y Tefnut. Debido a que ‘m ano’ es un tér
mino gramaticalmente femenino en antiguo egipcio, es fácil personificar
la mano como una diosa y, en tiempos de la dinastía Dieciocho, esta divi
nidad se identificaba frecuentemente con Hathor. A sí pues, está claro que
164
62 Parte del Libro de
los Muertos
perteneciente a Hunefer
y su esposa a los que se
representa adorando al
sol naciente.
los títulos de ‘esposa del dios’ y ‘mano del d io s’ tienen una referencia
sexual, pero se desconoce cómo se traducía esto en términos de culto en el
templo. Con todo podemos conjeturar que quien ostentaba el título proba
blemente era responsable de los ritos con los que se entendía que se esti
mulaba la sexualidad del dios de modo que pudiese reactualizar constan
temente la creación original del universo y, así, proteger al mundo de un
eventual regreso al caos.
El título de ‘esposa del dios’ reapareció en la familia real de la dinastía
Diecinueve y siguió en vigor a lo largo de la dinastía Veinte. Al principio
fue uno más de los muchos títulos y parece que tenía poco relieve. Apa
rentemente no hay escenas que muestren a su poseedora realizando alguna
tarea relacionada con el cargo. Durante el reinado de Rameses IV su hija
Aset ocupó la función de esposa del dios y tenemos una estela funeraria25
y una pequeña pirámide fragmentaria que le pertenecían26. En los dos monu
mentos se la llama ‘hija del rey, adoradora divina, esposa del dios’. No hay
pruebas de que se hubiese casado, a diferencia de la mayor parte de sus pre-
decesoras. Sin em bargo sus sucesoras fueron todas hijas de reyes o de
sumos sacerdotes de Amón sin casar que finalmente llegaron a elegir a sus
sucesoras recurriendo a la adopción. Aset pudo haber sido la prim era de
estas esposas del dios célibes.
Con el colapso del Imperio Nuevo y el final de la dinastía Veinte las
dinastías sucesivas gobernaron desde el norte al tiempo que Tebas y el sur
en general estaban a efectos prácticos bajo la autoridad del sacerdote princi
pal de Amón. En estas condiciones los reyes pasaron a utilizar el cargo de
esposa del dios para mantener alguna autoridad en Tebas. La esposa del dios
165
63 Parte del Libro de los Muertos perteneciente a la instrumentista
de Amón Heretwebejet.
pasó a ser una hija soltera del rey que, de esta forma, no podía establecer su
propia dinastía, de modo que a su muerte la hija del rey en ejercicio podía
sucedería y cabe suponer que sena leal a su padre y velaría por sus intereses.
Cuando hacia el final del Tercer Período Intermedio los gobernantes de
Cush comenzaron a extender su autoridad por Egipto, Kashta persuadió a la
esposa del dios en funciones, llamada Shepenwepet, hija de Osorkón III/IV
de la dinastía Veintitrés, para que adoptase a su hija Am enirdis como su
heredera (fig. 43). Esta última ocupó la función de esposa del dios bajo los
sucesivos reinados de Piy, Shabako y Shabitko de la dinastía Veinticinco.
Por su parte Amenirdis adoptó a una hija de Piy, llamada Shepenwepet II,
que ocupó el cargo tras ella durante los reinados de Shabitko, Taharqo y
Tanutamani. A su vez Shepenwepet II adoptó a Amenirdis II, una hija de
Taharqo, para que la sucediese. Sin embargo, Psamético I, el fundador de la
dinastía Veintiséis, expulsó a Tanutamani de Egipto y necesitaba asegurar
se de la situación en Tebas. Tras unas negociaciones intensas con Amenir
dis II, la heredera adoptada por la ocupante del cargo, Psamético la persua
dió de que adoptase a su hija mayor, llamada Nitiqret (fig. 44).
Tenemos la suerte de poseer una estela que registra la toma de posesión
de Nitiqret27. Incluye todas las propiedades y donaciones que llevó consi
go para añadirlas al dominio de la esposa del dios y nos proporciona una
idea de hasta dónde llegaba la riqueza de la institución en esa época. Psa
m ético I dice: ‘Le he dado [a Amón] mi hija para que sea una esposa del
dios y la he dotado m ejor que a las que lo fueron antes que ella. Segura
mente él estará agradecido a su culto y protegerá la tierra de aquel que se
la dio a él’. La estela sigue describiendo la partida de Nitiqret para Tebas
y su recepción allí. ‘Salida de la hija mayor del rey del apartamento priva
do del rey vestida con lino fino y adornada con turquesas nuevas. En gran
número eran sus sirvientes... Se dirigen felices al embarcadero para ir río
abajo hacia el nomo tebano. Los barcos para ella eran numerosos... Todos
estaban cargados hasta la borda con todas las cosas buenas del palacio...
Listos para desembarcar en el puerto de la ciudad de los dioses, Tebas. Se
tomó su maroma delantera y ella encontró Tebas con multitudes de hom
166
bres y cantidades de mujeres que la esperaban y se alegraban de recibirla...
Ahora, cuando se presentó ante la esposa del dios Shepenwepet, ésta la con
templó y quedó complacida con ella’.
Sigue la lista de la dote. De siete nomos del Alto Egipto ella recibió: ‘1.800
araras de tierra junto con todo lo que procede de ésas en el campo y en la ciu
dad, junto con sus tierras de secano y sus canales’. También recibió en las mis
mas condiciones 1.400 araras de cuatro nomos del Bajo Egipto. Cada día tenía
que recibir del cuarto sacerdote de Amón, su hijo mayor, y su esposa y del pri
mer y tercer sacerdotes de Amón un total de 600 deben de pan, 11 hin (un hin
es un poco menos de medio litro) de leche, 2 1/6 pasteles, 2 2/3 manojos de
hierbas. Cada mes tenía que recibir 3 bueyes, 5 terneras, 20 heben de cerveza
y el producto de 100 araras de tierra. Varios templos le daban 1.500 deben de
pan. En conjunto ella recibía 2.100 deben de pan diariamente y 3.200 araras
de tierra en 11 nomos (unas 864 hectáreas).
La adopción de Nitiqret también muestra el poder político del cargo de
esposa del dios, a través del cual la fidelidad de Tebas se cambió pacífica
mente de la dinastía Veinticinco a la dinastía Veintiséis. Las dos últimas
poseedoras del título ocuparon también el cargo, para el que no había prece
dentes, de sacerdotisas principales de Amón, reconociéndose de este modo la
supremacía largamente establecida de la esposa del dios en la región tebana.
La conquista de Egipto por los persas llevó a su fin a la dinastía Veintiséis y
junto con ella al cargo de esposa del dios. Durante todo este tiempo habían
sido funcionarios varones quienes habían gestionado los dominios de la espo
sa del dios, los más importantes de los cuales actuaban como administrado
res28. Se trataba con claridad de hombres muy poderosos y ricos que levanta
ban muchas estatuas bien labradas, estelas y tumbas. No está claro cómo se
repartía la autoridad entre las esposas del dios y sus administradores.
64 Estela funeraria que representa los ritos celebrados ante la tumba realizados
sobre los ataúdes de su poseedor masculino, su esposa y sus parientes.
167
La iconografía de la esposa del dios presenta un gran interés. Durante
la dinastía Dieciocho se distinguía entre el vestido de la esposa del dios en
su calidad de sacerdotisa y en su papel de m ujer del ámbito real. Tras la
dinastía D ieciocho el ajuar sacerdotal desaparece casi por com pleto y la
mayor parte de las veces se representa a las esposas del dios llevando las
insignias de las reinas. Durante la dinastía Diecinueve y la prim era parte
de la dinastía Veinte la esposa del dios era también una reina, pero a partir
del reinado de Rameses VI era una hija del rey más que una esposa del rey;
no obstante siguió llevando las insignias propias de las reinas, incluyen
do la doble plum a, cuernos y disco, tocado de buitre, úreo y doble úreo
(figs. 43, 45,4 6 ). Sus titulaciones se desarrollaron, sin embargo, para imi
tar el uso por parte de los reyes de un doble cartucho, que contenía su nom
bre oficial y su propio nombre. Cada esposa del dios recibía un nombre,
que norm alm ente contenía el nombre de M ut, la consorte de Amón, que
usaba junto con su propio nombre. Un funcionario podía venerar un cartu
cho de esposa del dios de la misma forma que el cartucho del rey.
Muchos de los tipos que aparecen en las escenas que representan a la
esposa del dios se tomaron de la iconografía de los reyes29. Se la represen
ta directamente ante el dios adorando, ofrendando, presentando a maat los
cuatro terneros y dirigiendo ritos de fundación que, hasta esa época, eran
todos ellos ritos exclusivos del rey. Además se representa a divinidades que
la purifican, la coronan (fig. 44), la abrazan, la am am antan y ofrecen su
vida (fig. 46) en escenas que normalmente forman parte de la legitimación
de la realeza.
Una parte de las funciones de la esposa del dios era tocar su sistro ante
el dios (fig. 45) para apaciguarlo y evitar su posible ira y, de este modo,
estimularlo en su papel (de ella) de mano del dios, de modo que él conser
vase por siempre la fertilidad de todo el universo ante posibles plagas. Por
otra parte hay que señalar que el extraordinario papel de la esposa del dios
estaba limitado a la región de Tebas y no aparece en monumentos fuera de
este territorio.
L ecturas c o m p l e m e n t a r ia s
168
CAPÍTULO IX
E stela s y t e jid o s v o t iv o s
169
65 Estela en
forma de
puerta falsa
perteneciente
a Meretites.
66 Estela en
forma de
puerta falsa
de Iry y su
esposa Inet.
ra persona se escribe con una figura masculina, como si el hablante fuese
un hombre y no una mujer, mostrando que la forma masculina era la domi
nante y que no siempre se ajustaba cuando era una mujer quien dedicaba
la estela. Además de poseer estelas votivas las mujeres podían acompañar
a los hombres sobre las suyas, pero en este caso los hombres son los dedi
cantes principales (fig. 49). El número de estelas conservadas pertenecien
tes a hombres supera con m ucho al de las pertenecientes a mujeres. Por
ejem plo, de las veinticuatro estelas votivas encontradas en el área de la
esfinge en Guiza, veinte estaban dedicadas por hombres solos y ninguna
por mujeres en solitario. Tomando conjuntamente dedicaciones primarias
y secundarias, los hom bres superan a las m ujeres en una proporción de
treinta y cinco a seis. De las diecisiete estelas votivas procedentes del tem
plo de Ptah en Menfis, once estaban dedicadas exclusivamente por hom
bres y sólo dos por mujeres. Si contamos todas las figuras representadas en
las estelas nos encontramos con veinticinco hombres y siete m ujeres2.
¿Quiénes eran las mujeres que dedicaban su propia estela? En algunas
ocasiones no tienen títulos, en otras se las menciona como ‘señoras de la
casa’ y también son ‘instrumentistas’ de una divinidad en particular. Aun
que podem os sospechar su pertenencia a la clase alta, ignoramos si las
mujeres ordenaban la ejecución de estas estelas con cargo a sus recursos
propios, que ciertamente tenían algunas mujeres, o si sus maridos o hijos
eran los responsables financieros del trabajo. El hecho de que se conozcan
muchas más estelas votivas de hombres que de mujeres puede interpretar
se de dos formas. Por una parte, las mujeres de clase alta podían haber teni
do menos recursos para invertir en tales monumentos si las comparamos
con los hombres, que tenían ingresos regulares procedentes de sus cargos
funcionariales. Por otra parte, si eran parientes varones quienes se respon
sabilizaban del pago de las estelas podemos im aginar que estos hombres
darían prioridad a sus propios monumentos, dejando menos para gastar en
las mujeres de su familia. Los hombres que incluían a sus esposas y oca
sionalmente a otras mujeres em parentadas en sus propias estelas votivas
podían evitar así el proporcionarles una estela separada. Cuando las muje
res tenían sus propias estelas eran muy pocas las ocasiones en que estaban
acompañadas por sus maridos. Esto se debe a dos reglas de decoro básicas
que intervienen sobre toda clase de monumentos. En primer lugar el pro
pietario de un monumento debe ocupar el primer puesto en la decoración.
En segundo lugar las mujeres, con sólo unas pocas excepciones, ocupan
una posición subordinada en relación con sus m aridos. A sí pues, si una
mujer es la propietaria de un monumento, el primer lugar le corresponde a
ella y no se puede mostrar a su marido porque se le forzaría a aparecer en
una posición secundaria.
Es digna de mención una estela con la parte superior redondeada pro
cedente de Deir el Medina propiedad de una mujer pero que representa tam
bién a los miembros de su familia, incluyendo a su marido (fig. 50)3. Se
divide en varios registros. En la luneta de la parte superior la señora de la
casa Bujanefptah adora a Nebethetepet, una diosa estrechamente relacio
nada con Hathor. El texto dice específicamente que la estela fue ‘dedicada
171
por ... Bujanefptah’. Debajo hay cuatro líneas de una plegaria de alabanza
a Nebethetepet, pidiendo la gracia de la diosa y que se presenta como dicha
por Bujanefptah. Los dos registros inferiores presentan a los miembros de
la familia. El primero está encabezado por el trabajador de la tumba real
Kasa. No hay un término de parentesco que lo relacione con Bujanefptah,
que está en la luneta, sino que se identifica simplemente por su nombre y
título como si poseyese la estela. Le sigue inmediatamente una figura feme
nina presentada como ‘su esposa, la señora de la casa, B ujanefptah’, de
modo que aparece dos veces en esta estela. En esta segunda manifestación
está relacionada con Kasa por el pronombre posesivo masculino ‘su’, satis
faciendo así las reglas del decoro. Sin embargo, las trece figuras restantes
se identifican todas como ‘su [de ella] hijo/a’ y ‘su [de ella] hermano/a’.
Encontramos de nuevo a uno de los hijos en una estela perteneciente a
Kasa, en la que también aparece Bujanefptah4. En ella se llama al hijo ‘su
[de él] hijo’, mostrando que Kasa es su padre. Sin embargo, en esta segun
da estela aparece una distinción de sexos entre los hijos, a los hijos se les
llama ‘su [de él] hijo’ y a las hijas ‘su [de ella] hija’. Esto también aparece
en otros monumentos, como en una estatua de un marido y esposa dedica
da por su hija que se conserva en el Museo Británico, a la chica se la llama
‘su [de ella] hija’ en el lado del asiento que ocupa la madre y ‘su [de él] hija’
en el lado del padre5. Es necesario que se investigue mucho más sobre estos
documentos para disponer de un análisis más profundo que pudiera ayudar
a identificar propiedad y modelos de filiación materna o paterna mediante
el uso de los pronombres personales masculino o femenino.
Es interesante constatar que aunque no se impida a las mujeres dedicar
estelas votivas a divinidades masculinas, ellas prefieren con frecuencia divi
nidades femeninas como Hathor, Isis, Mut la consorte de Amón, la diosa ser
piente Meresger y Renenutet, o la reina divinizada Amosis Nefertari. Algu
nas estelas propiedad de hombres que incluyen a mujeres muestran al hom
bre adorando a una divinidad masculina mientras que la mujer adora a otra
femenina (fig. 51). Aunque este no es siempre el caso existe una tendencia a
la distinción sexual en las divinidades honradas por hombres y mujeres.
Cierto número de estelas votivas procedentes de Deir el Medina contie
nen plegarias que expresan la conciencia de que los dedicantes han cometi
do alguna transgresión contra una divinidad que, por tanto, los ha castigado
y a la que, consiguientemente, se le pide que muestre perdón. Mientras que
la mayor parte de estas plegarias se ponen en boca de hombres, unas pocas
se refieren a las mujeres. Iytnefret fue la dedicante de una de ellas, era la espo
sa del trabajador Sennedyem que vivía en el reinado de Rameses II (fig. 52)6.
En su estela se representa a Iytnefret arrodillada en la parte superior seguida
por una figura más pequeña que representa a su nieto. Nada en el texto nos
aclara su presencia. Quizá ordenó la ejecución de la estela pero adopta una
posición subordinada porque la estela era para ella; puede ser que las reglas
de decoro se relajasen en la relación ente abuela y nieto, tanto por su dife
rencia de edad como por la primacía otorgada a los años. La oración de la
mujer pide a la divinidad que ‘Se apiade, pues has hecho que vea la oscuri
dad durante el día debido a esas palabras de las mujeres. Ten piedad de mí y
172
que pueda ver tu gracia. Por la señora de la casa Iytnefret, verdad de la voz’.
La frase ‘has hecho que vea la oscuridad durante el día’ es común en estas
plegarias que expresan el peso de la culpa. Pero nos inquieta no saber en qué
consistían realmente ‘esas palabras de las mujeres’ causantes de todo.
El trabajador W ennefer dedicó un tipo de estela similar, se le represen
ta en la luneta adorando a una divinidad masculina (fig. 53)7. Sin embargo
la plegaria está escrita en él cuerpo principal de la estela, próxima a dos
mujeres arrodilladas y a un niño desnudo, identificados como la señora de
la casa Nebetnehet, su hijo Nebansu y su hija la señora de la casa Merita-
món. La plegaria se remite a Nebetnehet: ‘Me has hecho ver una oscuridad
que es obra tuya. Apiádate de m í y que pueda verte. Por el ka de la señora
de la casa, N ebetnehet’. Parece que nos hallamos ante una estela dedicada
por un marido para su esposa.
Un hijo dedicó a su madre otra estela de este tipo (fig. 54)8. En la lune
ta el escriba de Amón llamado Pay se arrodilla ante el dios Jons. Debajo,
la señora de la casa llamada W adyetrenpet, se arrodilla con el texto de una
plegaria dirigida a Jons: ‘... Contempla cómo me has hecho ver la oscuri
dad por tus acciones. Ojalá puedas apiadarte de m í y yo lo reconocería. Qué
dulce es tu gracia, Jons, para la pobre m ujer de tu ciudad. Por el ka de la
señora de la casa W adyetrenpet’. A esto sigue la sentencia: ‘Su hijo hizo
esta estela en nombre de su señor Jons, el escriba Pay. Dice: «Gira tu cabe
za. A piádate»’, reforzando así la plegaria de su madre.
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173
68 (izquierda)
Estatua funeraria
de Nefretmin.
Imperio Antiguo.
69 (derecha)
Estatua funeraria
de un hombre, su
esposa e hijo.
Imperio Antiguo.
Y a hemos visto que la divinidad más importante para las mujeres era
Hathor, diosa del amor, la sexualidad y la fertilidad. Tenía un importante
lugar de culto en la orilla oeste del Nilo en Tebas, en concreto en Deir el
Bahari, y durante las excavaciones se encontraron allí muchas ofrendas voti
vas de la época del Imperio Nuevo, incluyéndose figurillas de la fertilidad
y modelos de falos. Por desgracia la mayor parte de estos objetos carece de
inscripciones, por lo que desconocemos el sexo del donante o si algunos de
ellos fueron dedicados conjuntamente por un marido y su esposa, por ejem
plo. Aunque sólo se encontraron unas pocas estelas votivas en Deir el Baha
ri son más las dedicadas por mujeres que por hombres. Una pequeña placa
votiva de porcelana muestra a una mujer realizando una libación ante la vaca
de Hathor y presumiblemente se trataba del don propio de una mujer. Tam
bién se encuentra aquí un tipo de ofrenda votiva inusual consistente en teji
dos pintados que representan al donante principal, a menudo acompañado
por otras figuras, ante una forma de Hathor (fig. 55). La mayor parte de estas
ofrendas tienen poco texto pero se puede conocer el sexo del donante gra
cias a la representación. De los treinta y cinco tejidos de esta clase que se
conservan ninguno parece haber sido dedicado exclusivamente por un hom
bre, mientras que diecisiete fueron dedicados exclusivamente por mujeres.
Si contamos el número total de personas representadas en las telas nos
174
encontramos con setenta y cuatro mujeres y treinta hombres. Por otra parte,
las cabezas rapadas y los vestidos de los hombres sugieren que se trata de
sacerdotes, tal vez servidores del culto de Hathor. A sí pues, estas telas pro
porcionan un testimonio del predominio de las mujeres como donantes enfa
tizando de esta manera su estrecha conexión con la diosa9.
V is it a s al tem plo
C ulto d o m é s t ic o
175
ya hemos hablado acerca de las figurillas de la fertilidad. Un buen núme
ro de estas representaciones se encontraron en lugares de habitación, inclu
yendo la ciudad del Im perio Medio situada en Cahun y el yacim iento de
Amarna en el Imperio Nuevo así como el de Deir el Medina. Parece vero
símil que se ofrendasen estas figurillas en el transcurso de ritos celebrados
en el altar doméstico o quizá se conservaban allí para asegurar la continui
dad de la familia mediante el nacimiento de hijos.
Los ritos practicados en el culto doméstico podían incluir la ofrenda de
comida, libaciones y colocación de flores en el altar, como en otros cultos
egipcios. La importancia de las divinidades Taweret y Bes, conocidas por
su conexión con los asuntos femeninos, las figurillas de la fertilidad y las
representaciones de la cabaña de los nacimientos, presentados en el capí
tulo Cuatro, sugieren que las mujeres de la fam ilia tenían un importante
papel que desempeñar, especialmente en Deir el Medina, en donde los hom
bres se ausentaban a veces durante días.
Una frase que significaba ‘casarse’ era ‘fundar una casa’ y se refería al
establecim iento por parte de la nueva pareja de su propio hogar. Aunque
no hay absolutamente ninguna prueba, tal vez no sería demasiado imagi
nar que una de sus prim eras acciones sería levantar el altar y celebrar su
unión junto con sus familiares y amigos.
L as m u je r e s e n l o s c u l t o s f u n e r a r io s
Desde los tiempos predinásticos los egipcios habían creído en una vida
tras la muerte y sabemos que individuos del Imperio Antiguo establecie
ron un culto funerario propio para que funcionase tras su muerte. El esta
do de cosas ideal era que el hijo mayor de un hombre se responsabilizase
de la celebración de los ritos, llevase alimentos a la tum ba e hiciese todo
lo que era necesario para asegurar la supervivencia del fallecido en el otro
mundo. Más adelante veremos que se creía que las mujeres compartían el
mismo más allá que los hombres y que tenían las mismas necesidades de
enterram iento y culto. A quí me referiré a la parte desem peñada por las
mujeres vivas junto a los hombres en el culto funerario.
En el Imperio Antiguo las mujeres podían servir como sacerdotes fune
rarios14. Incluso se conoce a una mujer que llevaba el título de ‘superviso-
ra de sacerdotes funerarios’. Sin embargo los testimonios sobre sacerdoti
sas funerarias m ueren con el Imperio Antiguo. En los Im perios M edio y
Nuevo las mujeres podían dedicar estelas funerarias que las mostraban rea
lizando ritos por el muerto, por ejemplo realizando ofrendas o libaciones
(fig. 56). También podían dedicar estatuas funerarias que con frecuencia
eran de padres o maridos. No sabemos si ellas mismas ordenaban la ejecu
ción de estos monumentos y tampoco si se responsabilizaban de su pago.
En la medida que las mujeres podían tener sus propios bienes, tomar parte
en actividades mercantiles y controlar sus propios asuntos financieros es
posible que parte de sus ingresos independientes se destinasen a m onu
mentos funerarios para padres o maridos.
176
En las escenas de las tumbas las esposas y las hijas normalmente reali
zan ofrendas para el propietario fallecido, en muchos casos agitan sistros y
llevan collares menit con lo que hacen referencia al renacimiento prometido
por Hathor al hombre fallecido (fig. 57). Debido a la asociación de Hathor
con la música cierto número de tumbas contienen escenas que muestran dan
zas celebradas en su honor, en las que las mujeres eran las protagonistas.
Cuando se trata de realizar los últim os ritos ante la tumba, cuando se
realizaba el rito de la apertura de la boca, en el Imperio Nuevo y más tarde
las representaciones muestran que el sacerdote oficiante es un hombre. Con
frecuencia se representa a la esposa llorando a los pies del ataúd mientras
que grupos de plañideros de ambos sexos acompañan la procesión funera
ria hasta la tumba15. En muchos casos el número de plañideras supera al de
los hombres que realizan este cometido (fig. 58) y es posible que además
de los miembros de la familia hubiese mujeres profesionales del llanto. Una
mujer y su hija de Deir el Medina dedicaron conjuntamente una estela sobre
la que ambas utilizan ‘plañidera’ como título, sugiriendo que esta era su
ocupación16. Otras mujeres representaban en los funerales a las diosa Isis y
a su hermana Neftis, que eran las plañideras por excelencia debido a que
habían lamentado el asesinato del dios Osiris.
El e n t e r r a m ie n t o d e m u je r e s
Las mujeres compartían el más allá con los hombres y al igual que ellos
esperaban disfrutar de él, tam bién recibían enterram ientos básicam ente
similares a los de los hombres. Ahora bien, se sabe poco de las costumbres
funerarias de los egipcios de las clases bajas, por lo que las secciones que
siguen se basarán en los testimonios dejados por la clase de los escribas,
en especial sus categorías más altas, que se podían permitir la construcción
de capillas funerarias.
El cadáver, junto con todo el ajuar funerario que acompañaba al falle
cido, se situaba en una profunda fosa excavada en el suelo. La fosa se lle
naba y se suponía que no se abría de nuevo. Los integrantes de los escalo
nes superiores de la burocracia tenían una segunda parte en su tumba: la
capilla funeraria que contenía la entrada a la fosa de enterramiento. Se tra
taba de construcciones exentas, como en la necrópolis menfita, o estaban
excavadas en la roca como en Tebas. Este era el lugar destinado a la cele
bración del culto funerario. Al comienzo del Imperio Antiguo las paredes
se cubrían con representaciones que incluían una puerta falsa, estelas y,
desde el Im perio M edio en adelante, tam bién se colocarían en la capilla
estatuas que representaban al fallecido. Las puertas falsas, estelas y esta
tuas constituían puntos focales para el culto m ediante el cual los vivos
podían entrar en contacto con el muerto.
En la mayor parte de los casos los propietarios de estas capillas fune
rarias eran funcionarios. Su decoración giraba en torno al propietario y las
mujeres de su familia, que también aparecían representadas con frecuen
cia, ocupaban un lugar subordinado aun cuando otros miembros de la fami
177
lia (incluyendo m ujeres y casi siem pre la esposa del propietario) podían
estar enterrados en fosas detrás de la capilla. Era muy raro que una mujer
particular poseyese una capilla funeraria. Un caso de éstos es el de una capi
lla funeraria del Imperio Medio hallada en Tebas y que pertenecía a Senet,
la madre del visir, a la que ya hemos encontrado en el capítulo Cinco17. Muy
pocos elem entos decorativos tienen en consideración el hecho de que el
propietario es una mujer. En todo caso lo m ás verosímil es que Senet no
fuese la responsable del levantamiento de su propia capilla funeraria y que
su hijo ordenase su construcción para ella.
Una cuestión interesante es por qué las mujeres de familias de clase alta
no tenían sus propias capillas. Una respuesta podría ser que la propiedad
era un privilegio derivado de la ocupación de una función burocrática de
cierto rango, por lo que las mujeres estarían excluidas teóricamente. Otra
podría ser que sólo funcionarios por encima de un rango específico eran lo
suficientemente ricos como para invertir buena parte de sus recursos en sus
enterram ientos. También es posible que el enterram iento de una esposa
fuese la responsabilidad del marido. Si este era el caso, habría sido impen
sable para una m ujer casada, incluso si era rica, el construir su propia ca
pilla o, si lo hacía, se podría sospechar que ella tenía que respetar las
convenciones y ceder a su marido a su hijo el prim er lugar. Esto lleva a
especular sobre lo que ocurriría en el caso de una mujer soltera o divorcia
da que no se casó de nuevo. Quizá se la enterraba en la tumba de un parien-
178
te varón. Si ella tenía que ocuparse de su propio enterram iento los testi
monios revelan que éste no incluiría una capilla funeraria.
En Deir el Medina los trabajadores construían sus propias tumbas con
capillas decoradas y cámaras mortuorias en el exterior de la aldea. El hecho
de que trabajasen en ellas por sí mismos aprovechando el tiem po libre
explica por qué estos hombres, que no eran altos funcionarios, podían tener
capillas. Las personas de un rango equivalente en el resto de Egipto serían
incapaces de aspirar a semejantes lujos. La decoración de las capillas es
algo inusual tanto en estilo como en contenido, pero en todo caso siguen
centradas en la figura del propietario varón, aunque también se represen
taba a su fam ilia (fig. 59). Gracias a la lectura de testam entos en D eir el
M edina sabemos que las mujeres podían heredar tumbas. Pero carecemos
de testimonios en las capillas que revelen cambios en la decoración para
reflejar que una mujer era la propietaria, posiblemente lo que se heredaba
era el derecho a enterrarse en la tumba, más que el derecho a cam biar la
decoración en la capilla.
La sugerencia de que los parientes varones se ocupaban de las mujeres
y que iba en contra de las convenciones establecidas que ellas adoptasen
sus propias disposiciones, se ve apoyada por el testim onio de las estelas
funerarias. En efecto, en comparación con las estelas votivas levantadas en
los templos, las estelas funerarias estaban asociadas con tumbas o cenota-
fios, esto es, con capillas funerarias sin enterramiento, que pudo haber teni
do lugar en otra parte. Estas estelas estaban decoradas normalmente con
escenas que m ostraban al fallecido ante una m esa de ofrendas, algunas
veces con miembros de la familia realizando ritos o, más tarde, al falleci
do ante varias divinidades, sobre todo Osiris, el dios de los m uertos. Se
parecen a algunas de las escenas representadas en las capillas funerarias.
Pero aunque no se desconocen mujeres que hayan tenido estelas funerarias,
la mayoría eran propiedad de hombres que ocupaban el lugar principal en
las escenas (figs. 56, 72).
Al menos desde el Imperio Antiguo, el cuerpo de una mujer muerta reci
bía el mismo tratamiento que el de un hombre y se enterraban con un ajuar
funerario similar. Una vez que se desarrolló la técnica de la momificación
también se momificó a las mujeres para conservar eternamente sus cuerpos.
El cuerpo se colocaba en un sarcófago o conjunto de sarcófagos (fig. 60) y
las visceras en los vasos canópicos. Con la introducción de los shabtis en el
Imperio Medio también se proporcionaron a las mujeres esas figurillas fune
rarias. A partir del Imperio Nuevo se colocaron escarabeos corazón sobre el
corazón de la persona muerta. Estaban escritos con un texto destinado a
impedir que ese órgano atestiguase contra el muerto en el momento del ju i
cio y se colocaban sobre las mujeres al igual que sobre los hombres.
Desde el Imperio Nuevo en adelante también se hizo común colocar una
copia del Libro de los Muertos en la tumba para guiar al propietario a tra
vés de los peligros del más allá. Las copias conservadas muestran que estos
libros podían pertenecer a mujeres o a hombres (fig. 61). Los confecciona
dos para hombres podían incluir a sus esposas en un lugar secundario
(fig. 62). Pero, debido a las reglas del decoro, los adaptados para las muje-
179
72 Estela funeraria de Ramose mostrando al propietario y a su esposa
Tetpu adorando a Osiris, Isis y Neftis en el registro superior y, abajo,
recibiendo ofrendas de su hijo a la izquierda e incienso y libaciones de
su hija a la derecha.
180
res no retrataban normalmente al marido. Parece que tenemos más copias
del Libro de los M uertos pertenecientes a hombres que a mujeres y en la
Baja Época, al menos, es mucho más frecuente que los hombres tengan ver
siones más largas y, por tanto, más caras que las mujeres. Una viñeta del
Libro de los M uertos m uestra al propietario del documento cosechando
grano. Hemos visto que en las escenas funerarias que muestran a campesi
nos cosechando sólo los hombres manejaban la hoz mientras que las muje
res recogían las espigas caídas (fig. 36). En los Libros de los Muertos hechos
para mujeres encontramos que con frecuencia una figura femenina reem
plaza a otra masculina que corta grano en esta escena, pero ocasionalmen
te se representa a una figura masculina en lugar de la figura de la propieta
ria (fig. 63). Esto sugiere que algunos artistas se daban cuenta de que segar
el grano no era una tarea normalmente desempeñada por mujeres18.
Otros objetos tales como joyas, vestidos, pelucas y muebles se encuen
tran en enterramientos de ambos sexos. A pesar de ello es un hecho que se
conocen más vasos canópicos, shabtis, escarabeos corazón y Libros de los
M uertos pertenecientes a hombres que a mujeres. Esto sugiere dos posibi
lidades, o bien los hombres eran responsables de los dos ajuares y gasta
ban más en el propio, o bien las m ujeres se ocupaban de su propio ajuar
pero tenían menos recursos para hacerlo. Por desgracia no se ha hecho un
estudio sistemático que compare los ajuares funerarios de hombres y muje
res desde el punto de vista de su coste, ni para ver si existían distinciones
de sexo entre los enterramientos de hombres o mujeres.
Ya se ha mencionado la procesión que lleva al fallecido a la tumba y
los ritos sucesivos realizados sobre la momia a la entrada de la tumba. Los
bueyes tiraban del cuerpo encerrado en sus ataúdes y sarcófagos hasta la
tumba, a menudo se llevaba por separado el conjunto canópico. Hileras de
hombres llevaban el ajuar funerario y grupos de mujeres (y con menor fre
cuencia hombres) lloraban y se lamentaban plañiendo por el fallecido. En
el exterior de la tumba el sacerdote sem con una piel de leopardo, que era
normalmente el hijo mayor, realizaba el rito de apertura de la boca para per
m itir vivir a la mom ia al tiem po que un sacerdote lector leía el ritual y
se presentaban ofrendas (fig. 58). Aunque este detalle no se muestra, po
demos asumir que tras el final de los ritos el fallecido y todo su ajuar se
colocaban en la fosa que se cerraba entonces y quizás el culto funerario
se iniciaba entonces en la capilla. La familia y los invitados al funeral pro
bablemente tomaban una comida allí mismo, del mismo modo que harían
en lo sucesivo una vez al año en la Fiesta Hermosa del Valle.
La mayor parte de las escenas de las capillas funerarias representan el
enterramiento del propietario. Sin embargo existen pruebas de que los m is
mos ritos y ceremonias tenían lugar cuando se trataba de enterrar a mujeres.
En la tumba de Senet, m encionada más arriba, el uso de pronombres fe
m eninos en los textos que acompañan la representación de la procesión
funeraria dejan claro que se trataba de su propia ceremonia, no la de su hijo.
Por lo demás la escena difiere poco de una compuesta para un hombre. Lo
mismo ocurre con las procesiones funerarias que encontramos en los Libros
de los Muertos pertenecientes a mujeres. En la tumba menfita de Horemheb
181
una escena conservada en estado fragmentario muestra un sarcófago feme
nino, presumiblemente el de la esposa de Horemheb, sobre el que se cele
braban ritos19. Un relieve contemporáneo perteneciente a un hombre llama
do Ptahmose, datado al final de la dinastía Dieciocho, incluye una escena
que representa los ritos funerarios que se celebran ante el sarcófago de una
mujer llamada Ray20. En algunas escenas ram ésidas se representa a veces
dos ataúdes a la entrada de la tumba, uno es el del propietario y el otro per
tenece probablem ente a su esposa. En el m ism o sentido, algunas estelas
representan los ritos funerarios celebrados sobre varias momias, en un caso
identificadas como el propietario, su esposa y sus parientes (fig. 64). Estas
escenas reúnen, por supuesto, enterramientos separados en un solo aconte
cimiento, pero eliminan cualquier clase de duda sobre la similitud de los
ritos funerarios celebrados para las m ujeres y los hombres. Sin embargo,
debido quizá a nociones de decoro en el arte, mientras que la esposa en duelo
aparece con frecuencia junto al ataúd de su marido (fig. 58), no se repre
sentan escenas en donde un marido perturbado llore a su esposa.
P uertas f a l s a s y e s t e l a s f u n e r a r ia s
cia nada de los textos o títulos de las personas interesadas revela por qué
era esto así, pero es seguro que tiene algún significado en relación con la
posición social relativa del hombre y de la mujer.
Las estatuas emplazadas en el serdab proporcionan un posible lugar de
descanso para el espíritu del fallecido, que podía mirar hacia la capilla fune
raria a través de las hendiduras dispuestas al efecto en el muro de la capi
lla, también contemplaba los ritos que se celebraban y olía el incienso que
mado, que era una parte integrante de los ritos religiosos egipcios. Se podía
colocar más de una estatua de una persona y algunas veces un hombre po
seía toda una serie de estatuas. Además se podían colocar en el serdab imá
genes de otros m iem bros de la fam ilia. L a esposa del propietario de la
tumba podía tener su propia estatua aparte (fig. 68) o formar parte de una
estatua de grupo con su marido que también podía incluir imágenes de los
hijos (fig. 69). Cuando el marido y la esposa están agrupados el hombre es
con m ayor frecuencia la figura dom inante. Si las dos figuras tienen el
mismo tamaño el hombre está colocado con más frecuencia al lado dere
cho, más importante, del grupo que corresponde a la izquierda del obser
vador. Sin embargo existen muchas excepciones (fig. 70); como en el caso
183
de las puertas falsas las posiciones podían estar transmitiendo información
sobre la posición social de la mujer en relación con la del hombre, pero por
desgracia poco es lo que se puede inferir a partir de las inscripciones. En
otras estatuas de grupo el hombre aparece a una escala mayor que la de su
esposa: por ejemplo, la mujer puede estar acuclillada a sus pies como una
figura pequeña (fig. 69), o estar de pie mientras que él está sentado de modo
que aunque las figuras estén a la misma altura, él está en una escala mayor
(fig. 71). También hay pruebas de que las figuras sentadas son de status
más alto que las colocadas de pie.
Con el colapso del gobierno central al final del Im perio Antiguo, se
construyeron muchas menos tumbas completamente decoradas. Con mucha
frecuencia la capilla era una pequeña estructura de ladrillo sin cocer caren
te de decoración excepto una o más estelas colocadas en su interior. Las
estelas funerarias se desarrollaron a partir de los bloques rectangulares de
las puertas falsas que normalmente mostraban a una figura sentada ante una
serie de ofrendas. En el Primer Período Intermedio era más frecuente mos-
74 Estatua funeraria de
Tetisonb dedicada por su hijo.
184
trar figuras de pie de los propietarios, con o sin su esposa, sosteniendo un
bastón en una m ano y un cetro en la otra, un esquem a que deriva de las
figuras representadas en las jam bas de la puerta falsa y en otros lugares de
la decoración tumbal del Imperio Antiguo. La m ayor parte de estas estelas
han perdido su contexto en la actualidad. Muchas de ellas representan sólo
a hombres pero otras representan a un hombre acompañado por su esposa,
que ocupa un lugar secundario, y otras más representan sólo a mujeres. Es
casi seguro que esto no es la prueba de que algunas mujeres tuviesen sus
propias capillas funerarias sino, más bien, de que sus maridos levantaban
estelas separadas para ellas en sus propias capillas.
Durante el Im perio M edio y a lo largo del Im perio Nuevo, el motivo
del propietario sentado ante una m esa de ofrendas regresa a las estelas
mientras que desde la mitad de la dinastía Dieciocho, las escenas que mues
tran al propietario ofrendando o adorando a los dioses comienzan a hacer
se comunes por primera vez (fig. 72). Estas estelas funerarias se colocaban
normalmente dentro o fuera de la capilla funeraria junto a la entrada. Algu
nas veces se levantaban en un cenotafio, esto es, una capilla sin un ente
rramiento. D estaca en este sentido el yacimiento de Abido en el Imperio
M edio. Abido era la ciudad que estaba consagrada a Osiris, dios de los
muertos, y la idea del cenotafio estaba destinada a relacionar al propietario
y a su familia con el culto de Osiris por toda la eternidad, aun cuando estu
viesen enterrados en otro lugar.
Los hom bres poseían la m ayoría de las estelas funerarias, esto quie
re decir que un hombre es con la m ayor frecuencia la figura principal de
la estela y que las restantes figuras que aparecen sobre ella están nor
m alm ente relacionadas con él (figs. 56, 72). Cuando está acom pañado
por su esposa o su m adre se las m uestra sentadas ju n to a él, en vez de
frente a él, como en las estelas bloque del Im perio Antiguo. De acuerdo
con las convenciones del arte bidim ensional egipcio, la pareja está dis
puesta sobre la línea de base de form a que una figura no oculte a la otra.
La posición ‘d elan tera’ es la principal y está ocupada por el hom bre
mientras que su esposa o m adre se sitúa en la posición subordinada, ‘tra
sera’ (fig. 72). En las pocas ocasiones en que la m ujer ocupa la posición
dominante el hombre no es ni su marido ni su hijo22. Existen estelas fune
rarias que pertenecen exclusivam ente a m ujeres (fig. 73). A m enudo
están dedicadas por una m ujer em parentada com o la hija o la hermana.
Com paradas con las poseídas por hom bres constituyen una proporción
muy pequeña del núm ero total de estelas. D ebem os suponer, por tanto,
que las normas de decoro generalm ente harían im posible que una mujer
propietaria estuviese acompañada por un marido o hijo. Por ello no pode
mos decir si las mujeres poseedoras de estelas estaban casadas o no. Una
estela dedicada a su hija por sus padres sugiere que m urió joven y que
probablem ente todavía no se había casado23. Otras estelas dedicadas por
los hijos de una m ujer indican que estuvo casada en algún m om ento.
Ahora bien, si tenem os en cuenta que carecem os del contexto original
de ubicación de las estelas funerarias que eran propiedad de m ujeres,
resulta peligroso especular sobre su significado.
185
Desde el Imperio M edio en adelante se levantaron estatuas de los difun
tos en la capilla funeraria. Se excavaba un nicho en la pared trasera sobre
el eje de la capilla para contener las estatuas principales ante las cuales se
desarrollarían los ritos. Algunas veces, en el caso de tumbas excavadas en
la roca no eran estatuas exentas sino que se tallaban en la misma roca. Otras
que estaban exentas fueron trasladadas de sus emplazamientos originales
desde hace mucho tiempo. También en este caso predominan las estatuas
masculinas, pero también hay un número considerable que muestra única
mente a una m ujer (fig. 74). Probablem ente estaban destinadas a formar
una pareja con la estatua de un hombre. Sin embargo, muchas estatuas fune
rarias representan a una pareja con el hombre, como antes, situado en el
lado derecho que indica preem inencia (fig. 75). También en este caso se
encuentran algunas excepciones (fig. 76) aunque no entendemos las razo
nes que las rigen. En algunos casos estas diadas se pudieron hacer como
parejas para colocar cara a cara en la tumba. El cambio en la posición de
las dos figuras podía tener la intención de que cada cual tuviese enfrente
una imagen del mismo sexo.
Los r i t o s f u n e r a r i o s p a r a m u j e r e s
187
76 Estatua funeraria de Maya y Merit que data del Imperio Nuevo.
188
nes plásticas por otras femeninas, así como por la aplicación de las reglas
del decoro que presiden las representaciones iconográficas. No parece que
haya habido ninguna fórmula particular de importancia que se desarrollase
específicamente para las mujeres sin un equivalente masculino. Teniendo
en cuenta todo esto resulta claro que se asum ía que tanto hombres como
mujeres estaban destinados a disfrutar del mismo más allá y que requerían
la satisfacción de las mismas necesidades para poder hacerlo.
L ecturas c o m p l e m e n t a r ia s
D ’Auria, S.; Lacovara, P., y Roehrig, C., Mummies and Magic: The Fune
rary Arts o f Ancient Egypt, Boston 1988.
Fischer, H. G., Egyptian Women o f the Old Kingdom and o f the Heracleo-
politan Period, Nueva York 1989.
Pinch, G., Votive offerings to Hathor, Oxford 1993.
Spencer, A. J., Death in Ancient Egypt, Harmondsworth 1982.
189
CAPÍTULO X
T extos l it e r a r io s
191
77 Escena de la cámara funeraria de Senefer mostrando la purificación del
propietario y de su esposa Merit.
192
casa al tiempo que la Instrucción de Any avisa: ‘No vayas tras una mujer, no
le dejes que robe tu corazón’. En el mismo texto, una mujer que procede de
fuera se contempla también como una posible tentadora que intenta de forma
perversa atrapar a otro hombre, aunque ella ya esté casada. Así, el punto de
vista masculino sobre la sociedad reflejado en la literatura didáctica divide a
las mujeres en dos grupos, las honorables y las perversas2.
La acción de las mujeres perversas también se presenta en cuentos lite
rarios. Un cuento del Im perio M edio se centra en la esposa infiel de un
mago y el castigo que el marido proporciona a la mujer y al hombre impli
cado con ella3. Ya nos hemos encontrado con el cuento del Imperio Nuevo
sobre la mujer infiel en los Dos Hermanos. En primer lugar, la esposa del
hermano mayor trata de seducir al hermano más joven. Más adelante en la
historia la esposa del joven le abandona para casarse con el rey de Egipto
y entonces intenta traicionar repetidamente a su anterior marido hasta oca
sionarle la muerte. Otra mujer perversa aparece en el Cuento de Verdad y
Mentira4. Aquí una mujer satisface su lujuria con el gentil Verdad, que está
en un m al paso, pues M entira le acusó falsam ente ante los tribunales y
como castigo se le cegó y expulsó. Seguidamente la mujer no trata bien a
Verdad aun cuando le dio un hijo; ella lo convierte en su portero, un tra
bajo manual en el exterior de la casa propiamente dicha.
Estos testimonios literarios sugieren que los hombres tenían una percep
ción dual de las mujeres. Eran unas honradas esposas y madres en el interior
de la unidad familiar, tenían hijos y aseguraban la continuidad de la familia;
o bien eran esposas perversas que traicionaban a sus maridos con otros hom
bres o extrañas que intentaban engañar a un hombre y destruir a su familia.
En otras palabras, se consideraban honradas las mujeres cuando se confor-
78 Imágenes
del visir del
Imperio Antiguo
Jentika llamado
Ijeji en su
juventud y su
madurez.
193
79 Parte de la escena de banquete de la tumba de Rejmire.
194
belleza y dulzura de am or en presencia de su m arido’. Fischer interpreta
esto como queriendo decir que ‘ella era sumisa y virtuosa’7.
Un género literario, la poesía amorosa del Imperio Nuevo, proporcio
na una muy diferente imagen de las mujeres8. Los poemas no se refieren al
estado matrimonial sino a la relación entre jóvenes amantes. Su sentido es
claramente erótico y contienen alusiones sexuales específicas y veladas.
Pero surge la cuestión de saber si estos poemas representan un mundo de
fantasía o si reflejan realidades sociales. ¿Las parejas no casadas podían
disfrutar de las relaciones sexuales? ¿Era aceptable el sexo antes del matri
monio? El tema de los poemas es el amor físico pero ¿qué importancia tenía
el amor, confrontado con factores sociales y económicos, cuando se trata
ba de establecer un m atrim onio? Definitivamente, estos poemas eran un
buen entretenimiento pero no podemos estar seguros de que fuesen una guía
precisa de la buena conducta social.
Muchos de estos poemas están redactados de forma que la hablante es
una mujer y algunas veces se ha sugerido que fueron mujeres quienes los
compusieron. Si esto se pudiese probar sería muy interesante. Por desgra
cia un poeta varón podía adoptar a un personaje femenino para expresarse,
tal como ocurría norm alm ente en ciertos géneros de la poesía China, de
forma que la cuestión de la autoría debe permanecer abierta.
R e p r e s e n t a c ió n d e f ig u r a s m a s c u l in a s y f e m e n in a s
195
80 Fragmento de una escena de banquete de la tumba de Nebamun.
196
menor talla de la espalda. Aunque las proporciones del cuerpo humano en el
arte no son constantes a lo largo de la historia de Egipto estas diferencias según
el sexo se observan casi siempre. También en la vida real las mujeres tienen
generalmente menos músculo que los hombres y esta distinción no dejaba de
incorporarse al arte. En el Imperio Antiguo, los comienzos del Imperio Medio
y la Baja Época en particular, se hacía especial énfasis en la musculatura de
las figuras masculinas para mostrar su forma juvenil. Este no es un rasgo que
aparezca nunca en relación con las figuras femeninas, que siempre aparecen
retratadas como menos fuertes físicamente que las de los hombres. En línea
con esto las mujeres pocas veces aparecen en escenas de caza como observa
doras y mucho menos como participantes. Con la excepción de la familia real
en Amarna tampoco se las representa conduciendo carros. Comparadas con
los hombres se las muestra normalmente en actitud pasiva (fig. 36, 77) y su
vestimenta se pinta hasta la mitad de la dinastía Dieciocho de un modo mucho
más restrictivo que la vestimenta masculina. El conjunto termina por sugerir
que se esperaba de los hombres que fuesen más activos que las mujeres, al
menos en el ideal de sociedad de los hombres de clase alta.
V e s t im e n t a
197
mente consistía sólo en algún tipo de falda enrollada en tomo a la cintura que
terminaba por encima de la rodilla (figs. 56, 69, 70). Desde el Imperio Medio
en adelante un sobretodo más largo y transparente se podía llevar sobre la
falda (fig. 36). La imagen del varón maduro con frecuencia lleva una falda
que llega hasta la pantorrilla, pero que nunca aprieta y oprime las piernas
como el vestido funda de las mujeres (fig. 78). El torso, los brazos y la parte
inferior de las piernas se dejan a menudo al descubierto, aunque con fre
cuencia se llevan joyas en el pecho y los brazos. Más tarde, la parte superior
del cuerpo podía aparecer cubierta por una camisa transparente a través de la
cual se podía ver el perfil del cuerpo (fig. 77). Así pues, aunque se revela el
aspecto general del cuerpo, existe un punto de contraste con las figuras feme
ninas: en las representaciones oficiales la falda de las figuras masculinas ocul
ta la zona genital. Además, la impresión transmitida por las imágenes de los
dos sexos es completamente diferente. Mientras que el vestido funda feme
nino tendría que restringir mucho los movimientos, las diversas formas de
faldas masculinas permitirían moverse libremente al que las llevaba. Esto
encaja con el concepto de que el hombre es más activo que la mujer.
Durante la dinastía Dieciocho, probablemente al comienzo del reinado
de Amenhotep II y seguramente durante el de Tutmosis IV, la imagen del
vestido femenino en el arte comenzó a cambiar. En primer lugar, los vesti
dos se hicieron más largos y menos apretados y por último dieron lugar a una
forma floja con pliegues obtenidos mediante el drapeado de una pieza de lino
rectangular que envuelve el cuerpo. Mientras que el aspecto del cuerpo sigue
estando claro en las representaciones tridimensionales en las bidimensiona-
les quedaba en buena medida oculto, y además también el pecho quedaba
cubierto debido a la flojedad de la prenda (fig. 84). Sin embargo, durante el
período de Amarna la forma del cuerpo femenino, incluyendo el triángulo
púbico, se hizo visible de nuevo por el simple método de tratar las telas como
si fuesen transparentes y mostrando los detalles del cuerpo tras ellas (fig. 13).
Este pasó a ser el modo normal de representar la figura humana femenina
(figs. 48, 61,73). Por el contrario se siguió representando a las diosas con el
vestido funda hasta el final de la civilización faraónica (figs. 72, 73).
En la misma época que estaba cambiando la imagen del vestido feme
nino, o quizá inmediatamente después, también comenzó a alterarse el ves
tido masculino en el arte. La cantidad de tela usada en las prendas se incre
mentó y el conjunto se hizo más complejo. Durante el período de Amarna
era normal representar a los hombres con el torso cubierto, con mangas cor
tas y una falda plisada hasta las pantorrillas o más abajo sostenida median
te un arreglo complejo de modo que una cantidad extra de tela quedase col
gando en el frente. Este tipo de vestido elaborado siguió desarrollándose y
permaneció en uso los siglos sucesivos. Por otra parte, aunque algunas par
tes de las prendas se presentaban como si fuesen transparentes, de modo
que se podían ver el torso o la parte inferior de las piernas, la zona de los
genitales siempre era opaca y normalmente estaba cubierta por más de una
capa de tela (fig. 62). De este modo el énfasis en la sexualidad femenina
sobrevivió al cambio en la representación artística de los vestidos, en con
traste con la ocultación de la sexualidad masculina.
198
Parecería que el nuevo vestido flojo de la mujeres en el arte no impon
dría más limitaciones a quien lo llevaba que los llevados por hombres. Una
cuestión intrigante es la de saber si esta imagen alterada reflejaba un cam
bio en el vestido real o un cambio en la percepción de las mujeres por parte
de la sociedad. Por ejemplo, existen testimonios fechados en las dinastías
Diecinueve y Veinte acerca de mujeres que toman parte en transacciones
comerciales y que representan a sus maridos en sus tareas funcionariales y
se podía argumentar que tenían más libertad para actuar por sí mismas en
esta época. Pero ante la carencia de m aterial comparable fechado en pe
ríodos anteriores no podemos estar seguros de que las mujeres no estuvie
sen implicadas ya entonces en esta clase de actividades.
P e in a d o s
200
El m o tiv o d e l a c h ic a a d o le s c e n te d e s n u d a
Una imagen femenina que aparece en el arte del Imperio Nuevo es bas
tante diferente de todo lo que hemos visto antes. Se trata de la representación
de una adolescente casi desnuda. En la mayoría de los casos sólo lleva joyas
y un cinturón en sus caderas y a menudo un elaborado peinado. La imagen
se encuentra en capillas funerarias de la segunda mitad de la dinastía D ie
ciocho que representan a instrumentistas, danzarinas (fig. 35) y jóvenes sir
vientas (fig. 80). También decora cucharas rituales (fig. 81)", recipientes cos
méticos (fig. 8 2 )I2, espejos, cuencos (fig. 8 3 )13y objetos similares utilizados
en la vida cotidiana y posteriormente colocados en el enterramiento, que es
la razón por la que se han conservado hasta la actualidad. La virtual desnu
dez de la chica y los diversos peinados sugieren que la imagen tiene una con
notación sexual. Esta interpretación está apoyada por otras consideraciones.
En primer lugar, tiene una conexión con Hathor, la diosa de la sexualidad
asociada con la música y el baile. Al igual que las instrumentistas y bailari
nas de las capillas funerarias, algunas de las figuras sobre objetos domésti
cos llevan o tocan un instrumento musical (figs. 81, 83). Los espejos, debi
do a su función, tienen una conexión solar que los vincula con Hathor y figu
ras de chicas desnudas forman las empuñaduras con frecuencia14. Unas pocas
figuras tienen imágenes de Bes tatuadas o pintadas sobre sus muslos (fig. 83)
y una lleva un amuleto de Bes en tomo a su cuello (fig. 82). Y ya hemos visto
que Bes estaba asociado con la sexualidad y por esta vía con Hathor. En
segundo lugar, existe una semejanza con las figurillas de la fertilidad que con
tanta frecuencia llevan elaborados peinados, joyas y un cinturón en las cade
ras (fig. 17). Las connotaciones sexuales de ambas no pueden ponerse en
duda y el motivo de la chica desnuda podía pretender la incoiporación de una
función similar a la de las figurillas. Esto podría ayudar a asegurar en la vida
la fertilidad del propietario y la continuidad de la familia mientras que en la
tumba ayudaría al renacimiento del fallecido.
Es interesante constatar que no existe un equivalente m asculino real
de la imagen de la chica desnuda. Sirvientes e instrum entistas varones
aparecen en escenas funerarias (fig. 80) y figurillas masculinas se encuen
tran en cucharas rituales y objetos cosm éticos, pero siem pre tienen su
región genital cubierta y no dan la impresión de estar en su adolescencia.
Es más, en el Im perio Nuevo las figuras de varones adultos raram ente
aparecen desnudas, cualquiera que fuese su rango social. Esto difería de
lo que ocurría durante los Im perios Antiguo y M edio, cuando se repre
sentaba con frecuencia a los campesinos, si no com pletam ente desnudos,
al menos parcialmente desvestidos y dejando sus genitales expuestos. Por
el contrario los funcionarios que los supervisan están siempre con faldas
que cubren sus genitales. De este modo pudo haberse establecido una dis
tinción entre los que tenían que realizar trabajos físicos y quitarse la ropa
para llevarlos a cabo y sus supervisores que perm anecían com pletam en
te vestidos. En la medida que estos últimos eran de rango superior la dis
tinción entre desnudos y vestidos pudo servir para diferenciar entre sta
tus bajo o alto.
201
83 Bol de cerámica
azul decorado con la
figura de una chica
desnuda tocando el
laúd y con una figura
de Bes tatuada o
pintada en su muslo.
S exo y a l u s ió n s e x u a l
202
84 Escena de la tumba de Mena mostrando al propietario acompañado por
su familia pescando con lanza y cazando aves con un bastón arrojadizo.
204
85 Detalle del papiro erótico de Turin.
sexual cuya finalidad es claramente la relación sexual (fig. 85) 20. Todas las
figuras de mujeres se parecen a la imagen de la adolescente desnuda, que está
desvestida y lleva elaborados peinados, joyas y un cinturón en las caderas. Por
contra, las figuras masculinas llevan faldas, pero éstas no bastan para ocultar
sus enormes genitales que, por tanto, rompen las reglas del decoro del arte ofi
cial. Las mujeres no sólo se parecen a las figurillas de la fertilidad o al moti
vo de la chica desnuda, sino que algunas escenas también contienen el sistro
y el espejo de Hathor, así como la flor de loto del renacimiento. Es difícil decir
cuál era la finalidad precisa de este papiro, pero está claro que pertenece a un
género que por lo demás no está representado en nuestras fuentes.
L ecturas c o m p l e m e n t a r ia s
205
CONCLUSION
208
NOTAS
CAPÍTU LO UNO
M ujeres de la realeza y realeza fem enina
209
CA PÍTU LO DOS
Las reinas, el po d er y la asunción de la realeza
' Jam es 1973, 306; véase tam bién Vandersleylen 1971, 129-196.
2 G itton 1981.
3 E dw ards 1965, 25, lám ina 11, núm. 2.
4 Sethe 1927, 59-60.
5 B runner 1964.
“ Dorm an 1988.
7 Redford 1967, 57-64.
8 M useo E gipcio de El Cairo, C G 34013.
’ N ew berry 1943; Zivie 1982.
10N im s 1966.
11 B lankenberg-van Delden 1969, 16, 21-56.
12 G reen 1988.
13H arris 1973a, b; Sam son 1978.
14A llen 1991.
15H arris 1974; Reeves 1988.
CA PÍTU LO TRES
E l matrimonio
210
37 Janssen 1982a, 115.
3* Janssen 1982a, 115.
35 E yre 1984,95, con n. 25.
40 Lichtheim 1976, 137.
41 Parkinson 1991, 68.
42 Parkinson 1991,68-69.
43 L ichtheim 1976, 207.
44 Sim pson 1973, 16-19.
45 Según Pestm an 1961, 56.
46 Janssen 1982a, 120.
"M c D o w e ll 1990, 115.
4* Janssen 1988, 135.
49 Janssen 1988, 135.
50 W hale 1989, 244-245.
!1 Parkinson 1991, 55.
52 W ard 1963, 431.
53 W hale 1989, 253.
54 W hale 1989, 253.
211
36 B ourghouts 1978, 40, núm. 63.
37 Bourghouts 1971, 30.
31 Bourghouts 1978, 39, núm s. 60, 61.
3’ Lichtheim 1976, 108.
" E rm a n 1901, F.
41 Brunner Traut 1955; Janssen y Janssen 1990, 4.
42 Janssen y Janssen 1990, 7-8.
43 Lichtheim 1973,221.
44 Kemp 1979.
45 Barnes 1956, 27, lám ina 18, 1.21s.
46 Barnes 1956, 27, lám ina 18, 1.23s.
" L ic h th e im 1976, 138.
41 Lichtheim 1980, 58-59.
« W ente 1990, 141-142, núm. 184.
30 Barnes 1956, 26, lám ina 17, 1.15.
51 E rm an 1901; Parkinson 1991, 129.
52 E rm an 1901, B.
53 B ourghouts 1978, 42, num. 66; Erm an 1901, D.
54 E rm an 1901, E.
!! Según Parkinson 1991, 129-130, núm. 49a; Erm an 1901.
56 Parkinson 1991, 130, n. 1.
57 E rm an 1901, L.
” Erm an 1901, N.
39 Erm an 1901, Q.
“ Steindorff 1946, 50.
61 A ltenm üller 1965.
“ E dw ards 1960.
“ E dw ards 1960.
“ Lichtheim 1980, 128.
" Janssen 1982b, 255.
“ M anniche 1987, figura 26; Bryan 1991, lám ina 2, figuras 6a, b.
67 W ente 1967, 28.
“ Janssen y Janssen 1990, 17.
"L ic h th e im 1976, 169.
70 M aruéjol 1983.
71 E rm an 1901,1
72 Brunner-Traut 1970b; Brovarski, Doll y Freed 1982, 293-294.
73 Janssen y Janssen 1990, 19.
CA PÍTU LO CINCO
La fa m ilia y el hogar
212
17K em p 1986, 7, 1987a, 10.
1SPeet y W olley 1923, 63.
19 K em p 1986, 7.
20 Kem p 1987a, 40-41.
21 Kem p 1987b, 26.
22 Kem p 1986, 20-27.
23 Badawy 1968, 65-68.
24W ente 1990, num . 170.
25G abra 1976,48.
“ Jam es 1962.
27 Kem p 1989, 157-158; Parkinson 1991, 111-112, num. 38.
2! Kem p 1989,156.
29 C em y 1929, 254.
30 V albelle 1985,57.
31 M cD ow ell 1991.
32 B ierbrier 1989; Robins 1979.
33 D avies 1920.
34 Lichtheim 1973,170.
35 Hayes 1955, 105.
36 Jam es 1962.
37 Kem p 1989, 297, figura 99.
3! C em y 1929, 246.
39 Lichtheim 1976, 205.
40 G ardiner 1935.
41 Peet 1930, lám ina 31, p. 10, 1.15.
42 Peet 1930, lám ina 32, p. 11,1.7-8.
43 Kem p 1989, 257-258.
44 Peet 1930, 90.
45 Lichtheim 1976, 141.
46 Parkinson 1991, 73.
47 Según G ardiner y Sethe 1928, 4.
4! Parkinson 1991, 74, 76.
45Parkinson 1991, 73-76.
50B akir 1952.
C A PÍTU LO SEIS
Las m ujeres fu era de casa
213
21 W ente 1990, 108.
22 Por ejem plo W ard 1982, 73 núms. 595-601, 101 núm s. 841-842, 104, núm. 860, 178
núm. 1542.
23 Kem p 1989, 223.
24 W ard 1986, 67 núms. 557, 559, 94 núm. 787, 149 núm. 1286.
2i Fischer 1989a, 10.
26 Hayes 1955.
27 Kem p 1989, 297, figura 99.
21Davies y G ardiner 1948, lám ina 35.
29H all 1986, 48-56.
3(1Brunner-Traut 1958.
31 Fischer 1989a, 6.
32 Lichtheim 1973,216-217.
51 W ente 1990, 141.
34 Q uirke 1990, 133.
35 Hayes 1955.
36 Cam inos 1954, 250.
37 Cam inos 1954,51 (8,2), 55.
31 Cam inos 1956, 10 B2, 5.
39Lichtheim 1976, 190.
“ G ardiner 1941b, 1948a, b; Katary 1989.
41 G ardiner 1941a, 52.
42 G ardiner 1941a, 22-37.
43 W ente 1990, núm. 290; Janssen 1986.
44 M acDowell 1990, 222.
CA PÍTU LO SIETE
La posición económica y legal de las mujeres
1 Goedicke 1970.
2 Parkinson 1991, 110, núm. 36.
3 Harris 1971,304-305.
4 Hayes 1955, 114-123.
5 Quirke 1990, 148-149.
6 Doy las gracias a Andrea McDowell por permitirme leer su artículo en prensa ‘W om en’s
econom ic position in the New K ingdom ’.
7 Janssen 1975, 460.
' Janssen 1975, 279, núm. 11; 281.
9 C em y y G ardiner 1957, lám ina 51 núm. 1.
,0 A llam 1973, núm. 183.
11 Cerny y G ardiner 1957, lam ina 86 núm. 1.
12 Cerny y G ardiner 1957, lám ina 51 núm. 2.
13 G ardiner 1906.
14 G ardiner 1935.
15 Janssen 1975.
16 M cDowell 1990, 135.
17 C em i 1945.
" C em y y Peet 1927.
19 A llam 1973, num. 233.
20 Janssen y Pestm an 1968; las citas proceden de sus traducciones.
21 W ente 1990, núm. 351.
22 M cD ow ell 1990, 124.
23 W ente 1990, núm. 199.
24 Fairm an 1938, lam ina 11 núm. 3. Doy las gracias a A ndrea M cD ow ell por atraer mi
atención hacia este estela y perm itirm e ver su traducción.
25 Katary 1989.
26 G ardiner 1905; G aballa 1977.
27 B ierbrier 1982a, 104-107.
214
2SM cD ow ell 1990, 160, 251.
25M cD ow ell 1990.
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223
PROCEDENCIA DE LAS ILUSTRACIONES
ABREVIATURAS
225
15 Tum ba de Panehsy, A m arna, Dieciocho dinastía, Davies 1905, lám ina 8, EES.
16 Amarna, Dieciocho dinastía, Museum o f Fine Arts, Boston 64, 521 izquierda,
cortesía del Eyptian C urator’s Fund del M useum of Fine Arts, Boston.
17 (a) Ägyptisches Museum, Berlin, inv. num. 9583, cortesía del Ägyptisches Museum.
(b) Santuario de H athor, Faras, Nubia, D ieciocho dinastía, BM 51236.
(c) Tebas, Imperio Nuevo, BM EA 2371.
18 Im perio Medio, Ä gyptisches M useum , Berlin, inv. num. 14517, cortesía del
Ägyptisches Museum.
19 B M E A 35813.
20 Dieciocho dinastía, BM EA 30459.
21 D ieciocho dinastía, B rooklyn M useum 37. 710E, cortesía del Brooklyn
Museum.
22 Deir el Medina, Im perio Nuevo, BM EA 8506.
23 Imperio Medio, BM EA 18175.
24 TT 93, Dieciocho dinastía, Davies 1930, lám ina 9 derecha.
25 Imperio Medio, Q ueen’s College, Oxford, cat. núm. 1113, cortesía de los V isi
tors del Ashmolean M useum, Oxford.
26 Tumba de Nianjjnum y Jnumhotep, Saqqara, Quinta dinastía, M oussa y Alten-
m üller 1977, lám ina 26 (a) izquierda, por cortesía del Instituto A lem án de
Arqueología, El Cairo.
27 D ieciocho dinastía, Louvre A F 6. 648, derechos de reproducción de la foto
grafía RMN.
28 TT 280, Imperio Medio, Museo Egipcio JE 46723, cortesía del Museo Egipcio,
El Cairo.
29 Peet y W oolley 1933, lám ina 16, tomado de M iriam Stead, Egyptian Life, Lon
dres 1986.
30 Según Badawy 1968, 65, figura 34.
31 TT 217, Diecinueve dinastía, tomado de Davies 1927, lám ina 30.
32 Tumba 604, Sidmant, Im perio Medio, Ashmolean Museum 1921.1423, corte
sía del Griffith Institute, Àshmolean Museum, Oxford.
33 TT 52 (Najt), Dieciocho dinastía, MM A 15. 15.19e, facsímil pintado por Nina
Davies. Detalle. Todos los derechos reservados, M etropolitan M useum of Art,
Nueva York.
34 Tumba D núm. 2 en M eir, Blackman 1924, lám ina 10, EES.
35 Tumba de Nebamón en Tebas, Dieciocho dinastía, BM EA 37984.
36 TT 52 (Najt), D ieciocho dinastía, M M A 15.5.19b, facsímil pintado por Nina
Davies, detalle. Todos los derechos reservados, M etropolitan M useum o f Art,
Nueva York.
37 Chapelle rouge de Hatshepsut bloque 66, Karnak, Dieciocho dinastía, fotogra
fía del autor.
38 TT 192 (Jeruef), Dieciocho dinastía, Epigraphic Survey 1980, lám ina 59, cor
tesía del Oriental Institute de la University of Chicago.
39 TT 51 (Userhat), Diecinueve dinastía, Davies 1927, lámina 5, registro inferior.
40 Tumba de Ti, Saqqara, Quinta dinastía, tomado de Epron 1939, lámina 56, detalle.
41 Chapelle rouge de Hatshepsut bloque 37, Karnak, Dieciocho dinastía, fotogra
fía del autor.
42 Chapelle rouge de Hatshepsut, partes de los bloques 140 y 292, Karnak, D ie
ciocho dinastía, fotografías del autor.
43 Veinticinco dinastía, BM EA 46699.
44 Karnak, año 9, o Psam ético I, V eintiséis dinastía, Louvre E 26.905, derechos
de reproducción de la fotografía RMN.
226
45 Karnak, Veintiséis dinastía, BM EA 835.
46 Karnak, Veintiséis dinastía, BM EA 1519 jamba derecha.
47 Deir el Medina, Diecinueve dinastía, BM EA 1516.
48 Probablemente Tebas, Diecinueve dinastía, Kestner Museum, Hanover 2938,
cortesía del Kestner Museum.
49 Diecinueve dinastía, BM EA 65355.
50 Deir el Medina, Diecinueve dinastía, Bankes Estela, núm. 7. Cemy 1958, núm.
7, cortesía del National Trust, Kingston Lacy, Bankes Collection.
51 Dieciocho dinastía, BM EA 12 97.
52 Deir el Medina, Diecinueve dinastía, Bankes Estela, núm. 6. Cerny 1958, no.
6, cortesía del National Trust, Kingston Lacy, Bankes Collection.
53 Deir el Medina, Imperio Nuevo, Museo Egizio, Turin 50051, cortesía del Museo
Egizio, Turin.
54 Deir el Medina, Imperio Nuevo, Museo Egizio, Turin 50052, cortesía del Museo
Egizio, Turin.
55 Deir el Bahri, Dieciocho dinastía, BM EA 43215.
56 Dieciocho dinastía, Turin, cat. 1611, cortesía del Museo Egizio, Turin.
57 TT 100 (Rejmire), Dieciocho dinastía, tomado de Davies 1943, lámina 63.
58 Libro de los Muertos perteneciente a Ani, Diecinueve dinastía, BM EA
10470/4.
59 TT 359, Veinte dinastía, cortesía del Griffith Institute, Ashmolean Museum,
Oxford.
60 Tebas, Dieciocho dinastía, BM EA 48001.
61 Veinte dinastía, BM EA 10472/4.
62 Diecinueve dinastía, BM EA 9901.
63 Deir el Bahri, Tebas, Veintiuna dinastía, El Cairo 14-7/35-6, cortesía del Museo
Egipcio de El Cairo.
64 Tebas, Diecinueve dinastía, BM EA 305.
65 Cuarta dinastía, BM EA 1228.
66 Guiza, Quinta dinastía, BM EA 1171.
67 Saqqara, Quinta dinastía, BM EA 1848.
68 Meidum o Danshur, Sexta dinastía, BM EA 65430.
69 Saqqara, fin de la Quinta dinastía principio de la Sexta, Brooklyn Museum
37.17 E, cortesía del Brookyn Museum.
70 Saqqara, Quinta dinastía, BM EA 1181.
71 Imperio Antiguo, Brooklyn Museum 49.215, cortesía del Brookyn Museum.
72 Diecinueve dinastía, Museo Archeologico di Firenze inv., núm. 2522, cortesía
del Museo Archeologico.
73 Diecinueve-Veinte dinastías, Museo Archeologico di Firenze, inv. núm. 2591,
cortesía del Museo Archeologico.
74 Dieciocho dinastía, Kestner Museum 1935.200.106, cortesía del Kestner
Museum, Hanover.
75 BM EA 36.
76 Tumba de Maya, Saqqara, Leiden, Rijksmuseum van Oudheden AST 3, corte
sía del Rijksmuseum van Oudheden
77 TT 96, Dieciocho dinastía, de Karol Mysliwiec Eighteenth Dynasty Before the
Amarna Period, Iconography of Religions XVI, 5, Leiden 1985, lámina 40
núm. 1, con permiso de E. J. Brill.
78 Tumba de Jentika, Saqqara, James 1953, lámina 7 inferior izquierda, EES.
79 TT 100, Dieciocho dinastía, de Davies 1943, lámina 64.
80 Dieciocho dinastía, BM EA 37986.
227
81 D ieciocho dinastía, U niversity C ollege London 14365, cortesía del Petrie
M useum, University College London.
82 D ieciocho dinastía, G ubelkian M useum o f Oriental Art, Universidad de D ur
ham, cortesía del Durham University Oriental Museum.
83 D ieciocho-D iecinueve dinastía, Leiden, Rijksm useum van Oudheden AD 14,
cortesía del Rijksmuseum van Oudheden.
84 TT 69, D ieciocho dinastía, MM A 30.4.48, facsímil pintado por Nina Davies.
Todos los derechos reservados, M etropolitan M useum of Art, Nueva York.
85 Deir el Medina, Imperio Nuevo, Museo Egizio, Turin 2031, cortesía del Museo
Egizio, Turin.
228
ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN.................................................................................. 11
235
N O T A S ................................................................................................................. 209
B IB L IO G R A F ÍA .............................................................................................. 217
P R O C E D E N C IA D E L A S IL U S T R A C IO N E S ................................... 225
ÍN D IC E A N A L ÍT IC O .................................................................................... 229
236