VI ––¡No hables de eso, Ramiro!
Vosotros los hombres
apenas sabéis de eso. Somos nosotras
Venía ya el tercer hijo al matrimonio. Rosa empezaba a las que nos casa-mos, no vosotros.
quejarse de su fecundidad. «Vamos ––¡Pero, mujer!
a cargamos de hijos», decía. A lo que su hermana: « ––Anda, ven, sosténme, que apenas puedo tenerme en
¿Pues para qué os habéis ca-sado?» pie. Voy a echarme. Adiós, Tula.
El embarazo fue molestísimo para la madre y tenía que Ahí te los dejo.
descuidar más que antes a sus otros Acercóse a ella su marido; le tomó del brazo con sus dos
hijos, que así queda-ban al cuidado de su tía, encantada manos y se incorporó y levantó
de que se los dejasen. Y hasta trabajosamente; luego, tendiéndole un brazo por el
consiguió llevárselos más de un día a su casa, a su hombro, doblando su cabeza hasta casi
solitario hogar de soltera, donde vivía darle en este con ella y cogiéndole con la otra mano, con
con la vieja criada que fue de don Primitivo, y donde los la diestra de su diestra, se fue
retenía. Y los pequeñuelos se lenta-mente así apoyada en él y gimoteando. Gertrudis,
apegaban con ciego cariño a aquella mujer severa y te-niendo a cada uno de sus
grave. sobrinos en sus rodillas, se quedó mirando la marcha
Ramiro, malhumorado antes en los últimos meses de los trabajosa de su hermana, col-gada de
embarazos de su mujer, malhumor su marido como una enredadera de su rodrigón.
que desasosegaba a Gertrudis, ahora lo estaba más. Llenáronsele los grandes ojazos, aquellos
––¡Qué pesado y molesto es esto! ––decía. ojos de luto, serenamente graves, gravemente serenos, de
––¿Para ti? ––le preguntaba su cuñada sin levantar los lágrimas, y apretando a su seno a
ojos del sobrino o sobrina que de los dos pequeños, apretó sus meji-llas a cada una de las
seguro tenía en el regazo. de ellos. Y el pequeñito, Ramirín,
––Para mí, sí. Vivo en perpetuo sobresalto, temiéndolo al ver llorar a su tía, la tita Tula, se echó a llorar también.
todo. ––Vamos, no llores; vamos a jugar.
––¡Bah! No será al fin nada. La Naturaleza es sabia. De este tercer parto quedó quebrantadísima Rosa.
––Pero tantas veces va el cántaro a la fuente... ––Tengo malos presentimientos, Tula.
––¡Ay, hijo, todo tiene sus riesgos y todo estado sus ––No hagas caso de agüeros.
contrariedades! ––No es agüero; es que siento que se me va la vida; he
Ramiro se sobrecogía al oírse llamar hijo por su cu-ñada, quedado sin sangre.
que rehuía darle su nombre, ––Ella volverá.
mientras él, en cambio, se complacía en llamarla por el ––Por de pronto, ya no puedo criar este niño. Y eso de
familiar Tula. las amas, Tula, ¡eso me aterra!
––¡Qué bien has hecho en no casarte, Tula! Y así era, en verdad. En pocos días cambiaron tres. El
––¿De veras? ––y levantando los ojos se los clavó en los padre estaba furioso y hablaba de
suyos. tratarlas a latigazos. Y la madre decaía.
––De veras, sí. Todo son trabajos y aun peligros... ––¡Esto se va! ––pronunció un día el médico.
––¿Y sabes tú acaso si no me he de casar todavía? Ramiro vagaba por la casa como atontado, presa de ex-
––Claro. ¡Lo que es por la edad! traños remordimientos y de furias
––¿Pues por qué ha de quedar? súbitas. Una tarde llegó a decir a su cuñada:
––Como no te veo con afición a ello... ––Pero es que esta Rosa no hace nada por vivir; se le ha
––¿Afición a casarse? ¿Qué es eso? metido en la cabeza que tiene que
––Bueno; es que... morirse y ¡es claro!, se morirá. ¿Por qué no le animas y
––Es que no me ves buscar novio, ¿no es eso? le convences a que viva?
––No, no es eso. ––Eso tú, hijo; tú, su marido. Si tú no le infundes ape-
––Sí, eso es. tito de vivir, ¿quién va a
––Si tú los aceptaras, de seguro que no te habrían fal- infundírselo? Porque sí, no es lo peor lo débil y exangüe
tado... que está; lo peor es que no piensa
––Pero yo no puedo buscarlos. No soy hombre, y la sino en morirse. Ya ves, hasta los chicos la cansan
mujer tiene que esperar y ser elegida. Y pronto. Y apenas si pregunta por las
yo, la verdad, me gusta elegir, pero no ser elegida. cosas del alma.
––¿Qué es eso de que estáis hablando? ––dijo Rosa Y era que la pobre Rosa vivía como en sueños, en un
acercándose y dejándose caer abatida constante mareo, viéndolo todo como
en un sillón. a través de una niebla.
––Nada; discreteos de tu marido sobre las ventajas e Una tarde llamó a solas a su hermana y en frases entre-
inconvenientes del matrimonio. cortadas, con un hilito de voz febril,
le dijo cogiéndole la mano: ––¡Déjame! ¡Déjame! ¡Vete al lado de tu mujer, que se
––Mira, Tula, yo me muero y me muero sin remedio. muere de un momento a otro; vete
Ahí te dejo mis hijos, los pedazos de que allí es tu puesto, y déjame con el niño!
mi corazón, y ahí te dejo a Ramiro, que es como otro ––Pero, Tula...
hijo. Créeme que es otro niño, un niño ––Déjame, te he dicho. Vete a verla morir; a que entre en
grande y antojadizo, pero bueno, más bueno que el pan. la otra vida en tus brazos; ¡vete!
No me ha dado ni un solo disgusto. ¡Déjame!
Ahí te los dejo, Tula. Ramiro se fue. Gertrudis tomó a su sobrinillo, que no
––Descuida, Rosa; conozco mis deberes. hacía sino gemir; encerróse con él en
––Deberes.... deberes... un cuarto y sacando uno de sus pechos secos, uno de sus
––Sí, sé mis amores. A tus hijos no les faltará madre pechos de doncella, que
mientras yo viva. arrebolado todo él le retemblaba como con fiebre. Le
––Gracias, Tula, gracias. Eso quería de ti. retemblaba por los latidos del corazón
––Pues no lo dudes. ––era el derecho––, puso el botón de ese pecho en la flor
––¡Es decir que mis hijos, los míos, los pedazos de mi sonrosada pálida de la boca del
corazón, no tendrán madrastra! . pequeñuelo. Y este gemía más estrujando en-tre sus
––¿Qué quieres decir con eso, Rosa? pálidos labios el conmovido pezón
––Que como Ramiro volverá a pensar en casarse..., es lo seco.
natural..., tan joven... y yo sé que ––Un milagro, Virgen Santísima ––gemía Gertrudis con
no podrá vivir sin mujer, lo sé .... pues que... los ojos velados por las lágrimas––
––¿Qué quieres decir? ; un milagro, y na-die lo sabrá, nadie.
––Que serás tú su mujer, Tula. Y apretaba como una loca al niño a su seno.
––Yo no te he dicho eso, Rosa, y ahora, en este mo- Oyó pasos y luego que intentaban abrir la puerta. Me-
mento, no puedo, ni por piedad, mentir. tióse el pecho, lo cubrió, se enjugó
Yo no te he di-cho que me casaré con tu marido si tú le los ojos y salió a abrir. Era Ramiro, que le dijo:
faltas; yo te he dicho que a tus hijos ––¡Ya acabó!
no les faltará madre... ––Dios la tenga en su gloria. Y ahora, Ramiro, a cuidar
––No, tú me has dicho que no tendrán madrastra. de estos.
––¡Pues bien, sí, no tendrán madrastra! ––¿A cuidar? Tú..., tú..., porque sin ti...
––Y eso no puede ser sino casándote tú con mi Ra-miro, ––Bueno; ahora a criarlos, te digo.
y mira, no tengo celos, no. ¡Si ha
de ser de otra, que sea tuyo! Que sea tuyo. Acaso... VII
––¿Y por qué ha de volver a casarse?
––¡Ay, Tula, tú no conoces a los hombres! Tú no cono- Ahora, ahora que se había quedado viudo, era cuando
ces a mi marido... Ramiro sentía todo lo que sin él
––No, no le conozco., siquiera sospecharlo ha-bía querido a Rosa, su mujer.
––¡Pues yo sí! Uno de sus consuelos, el mayor, era
––Quién sabe... recogerse en aquella alcoba en que tanto ha-bían vivido
––La pobre enferma se desvaneció. amándose y repasar su vida de
Poco después llamaba a su marido. Y al salir este del matrimonio.
cuarto iba desencajado y pálido como Primero el noviazgo, aquel noviazgo, aunque no muy
un cadáver. prolongado, de lento reposo, en que
La Muerte afilaba su guadaña en la piedra angular del Rosa parecía como que le hurtaba el fondo del alma
hogar de Rosa y Ramiro, y mientras siempre, y como si por acaso no la
la vida de la joven madre se iba en rosario de gotas, tuviese o haciéndole pensar que no la conocería hasta
destilando, había que andar a la busca que fuese suya del todo y por entero;
de una nueva ama de cría para el peque-ñito, que iba aquel noviazgo de recato y de reserva, bajo la mirada de
rindiéndose también de hambre. Y Gertrudis, que era todo alma.
Gertru-dis, dejando que su hermana se adormeciese en la Repasaba en su mente Ramiro, lo recordaba bien, cómo
cuna de una agonía lenta, no hacía la presencia de Ger-trudis, la tía
sino agitarse en busca de un seno próvido para su Tula de sus hijos, le contenía y desasose-gaba, cómo
sobrinito. Procuraba irle engañando el ante ella no se atrevía a soltar ninguna
hambre, sosteniéndole a biberón. de esas obligadas bromas entre novios, sino a medir sus
––¿Y esa ama? palabras.
––¡Hasta mañana no podrá venir, señorita! Vino luego la boda y la embriaguez de los primeros
––Mira, Tula ––empezó Ramiro. meses, de las lunas de miel; Rosa iba
abriéndole el espí-ritu, pero era este tan sencillo, tan «¿tendría razón ––decíase entonces–– Gertrudis? ¿Sería
transparente, que cayó en la cuenta verdad que no estaban sino
Ramiro de que no le había velado ni recatado nada. jugando a marido y mujer y sin querer, con la fuerza
Porque su mujer vivía con el corazón en toda de la fe en el deber, el fruto de la
la mano y extendía esta en aesto de oferta. v con las bendición del amor justo?». Pero lo que más le
entrañas espirituales al aire del mundo, molestaba entonces, recordábalo bien ahora,
entregada por entero al cuidado del momento, como era lo que pensarían los demás, pues acaso hubiese quien
viven las rosas del campo y las le creyera a él, por eso de no
alon-dras del cielo. Y era a la vez el espíritu de Rosa haber podido hacer hijos, menos hom-bre que otros. ¿Por
como un reflejo del de su hermana, qué no había de hacer él, y mejor,
como el agua corriente al sol de que aquel era el lo que cualquier mentecato, enclenque y apocado hace?
manantial cerrado. He-ríale en su amor propio; habría
Llegó, por fin, una mañana en que se le desprendieron a querido que su mujer hu-biese dado a luz a los nueve
Ramiro las escamas de la vista y, meses justos y cabales de ha-berse
purificada esta, vio claro con el corazón. Rosa no era una ellos casado. Además, eso de tener hijos o no tenerlos
hermosura cual él se había creído debía de depender ––decíase
y antojado, sino una figura vulgar, pero con todo el más entonces–– de la mayor o menor fuerza de cariño que los
dulce encanto de la vulgaridad casados se ten-gan, aunque los
recogida y mansa; era como el pan de cada día, como el hay enamoradísimos uno de otro y que no dan fruto, y
pan ca-sero y cotidiano, y no un otros, ayuntados por conveniencias
raro manjar de turbadores jugos. Su mirada, que de for-tuna y ventura, que se cargan de críos. Pero ––y
sembraba paz, su sonrisa, su aire de vida, esto sí que lo recordaba bien ahora–
eran encarnación de un ánimo sedante, sosegado y – para explicárselo había fraguado su teoría, y era que
domés-tico. Tenía su pobre mujer algo hay un amor aparente y cons-ciente,
de planta en la silenciosa mansedumbre, en la callada de cabeza, que puede mostrarse muy grande y ser, sin
tarea de beber y atesorar luz con los embargo, infecundo, y otro sustancial
ojos y derramarla luego convertida en paz; tenía algo de y oculto, reca-tado aun al propio conocimiento de los
planta en aquella fuerza velada y a mismos que lo alimentan, un amor
la vez pode-rosa con que de continuo, momento tras del alma y el cuerpo enteros y justos, amor fecundo
momento, chu-paba jugos de las siempre. ¿No querría él lo bastante a
entrañas de la vida común ordinaria y en la dulce Rosa o no le querría lo bastante Rosa a él? Y recordaba
naturalidad con que abría sus perfumadas ahora cómo había tratado de
corolas. descifrar el misterio mientras la envolvía en besos, a
¡Qué de recuerdos! Aquellos juegos cuando la pobre se solas, en el silencio y oscuro de la
le escapaba y la perseguía él por la no-che y susurrándola una y otra vez al oído, en letanía,
casa toda fingiendo un triunfo para cobrar como botín un rosario de: «¿Me quieres, me
besos largos y apretados, boca a quieres, Rosa?» , mientras a ella se la escapaban síes
boca; aquel cogerle la cara con ambas manos y estarse desfallecidos. Aquello fue una locura,
en silencio mirándole el alma por los una necia locura, de la que se avergonzaba apenas veía
ojos y, so-bre todo, cuando apoyaba el oído sobre el entrar a Gertrudis derramando
pecho de ella, ciñéndole con los brazos serena seriedad en torno, y de aquello le curó la sazón
el talle, y escuchándole la mar-cha tranquila del corazón del amor cuando le fue anunciado el
le decía: «¡Calla, déjale que hijo. Fue un transporte loco... ¡había vencido! Y
hable!» entonces fue cuando vino, con su primer
Y las visitas de Gertrudis, que con su cara grave y sus fruto, el verdadero amor.
grandes ojazos de luto a que se El amor, sí. ¿Amor? ¿Amor dicen? ¿Qué saben de él
asomaba un espíritu em-bozado, parecía decirles: «Sois todos esos escritos amatorios, que no
unos chiquillos que cuando no os amorosos, que de él hablan y quieren excitarlo en quien
veo estáis jugando a marido y mujer; no es esa la manera los lee? ¿Qué sa-ben de él los
de prepararse a criar hijos, pues el galeotos de las letras? ¿Amor? No amor, sino mejor
matri-monio se instituyó para casar, dar gracia a los cariño. Eso de amor ––decíase Ramiro
casados y que críen hijos para el cielo.» ahora–– sabe a libro; sólo en el teatro y en las novelas se
¡Los hijos! Ellos fueron sus primeras grandes medita- oye el yo te amo; en la vida de
ciones. Porque pasó un mes y otro y carne y sangre y hueso el entrañable ¡te quiero! y el más
algunos más, y al no notar señal ni indicio de que entrañable aún callárselo. ¿Amor?
hubiese fructificado aquel amor,
No, ni cariño siquiera, sino algo sin nombre y que no se besaba él a Rosa en la corola de sus la-bios frescos y en
dice por confundirse ello con la la fuente de paz de sus ojos. Y le
vida misma. Los más de los cantores amatorios saben de decía mostrándole dos dedos de la mano: «¡Otra vez,
amor lo que de oración los dos, dos...!» Y ella: «¡No, no, ya no
masculla-jaculatorias, traga-novenas y en-gulle-rosarios. más, uno y no más!» Y se reía. Y él: «¡Dos, dos, me ha
No, la oración no es tanto algo que entrado el capricho de que
haya de cumplirse a tales o cuales horas, en sitio tengamos dos mellizos, una parejita, niño y niña!» Y
apartado y re-cogido y en postura cuando ella volvió a quedarse encinta,
compuesta, cuanto es un modo de ha-cerlo todo a cada paso y tro-pezón, él: «¡Qué cargado viene eso!
votivamente, con toda el alma y viviendo ¡Qué granazón! ¡Me voy a salir con
en Dios. Oración ha de ser el comer, y el beber, y el la mía; por lo menos dos!» « ¡Uno, el último, y basta!»,
pase-arse, y el jugar, y el leer, y el replicaba ella riendo. Y vino el
escribir, y el conversar, y hasta el dormir, y rezo todo, y segundo, la niña, Tulita, y luego que salió con vida,
nuestra vida un continuo y mudo cuando descan-saba la madre, la besó
«¡hágase tu voluntad!», y un incesante «¡venga a nos el larga y apretadamente en la boca, como en premio,
tu reino!» , no ya pronunciados, diciéndose: «¡Bien has trabajado,
mas ni aun pensa-dos siquiera, sino vividos. Así oyó la po-brecilla!»; mientras Rosa, vencedora de la muerte y
oración una vez Ra-miro a un santo de la vida, sonreía con los
varón religioso que pasaba por maestro de ella, y así lo domésticos ojos apacibles.
aplicó él al amor luego. Pues el que ¡Y murió!; aunque pareciese mentira, se murió. Vino la
profe-sara a su mujer y a ella le apegaba veía bien ahora tarde terrible del combate último.
en que ella se le fue, que se le Allí estuvo Gertrudis, mientras el cuidado de la pobrecita
llegó a fundir con el rutinero andar de la vida diaria, que niña que desfallecía de hambre se
lo había respirado en las mil lo permitió, sirviendo medicinas inútiles, componiendo
nade-rías y frioleras del vivir doméstico, que le fue como la cama, animando a la enferma,
el hire que se respira y al que no encorazo-nando a todos. Tendida en el lecho que había
se le siente sino en momen-tos de angustioso ahogo, sido campo de donde brotaron tres
cuando nos falta. Y ahora aho-gábase vidas, llegó a faltarle el habla y las fuerzas, y cogida de
Ramiro, y la congoja de su viudez reciente le re-velaba la mano a la mano de su hombre,
todo el poderío del amor pasado y del padre de sus hijos, mirábale como el navegante, al ir
vivido. a perderse en el mar sin orillas,
Al principio de su matrimonio fue, sí, el imperio del mira al lejano promontorio, lengua de la tierra nativa,
deseo; no podía juntar carne con carne que se va desvaneciendo en la
sin que la suya se le encendiese y alborotase y empezara lontananza y junto al cielo; en los trances del ahogo
a martillarle el co-razón, pero era mira-ban sus ojos, desde el borde la
porque la otra no era aún de veras y por entero suya eternidad, a los ojos de su Ramiro. Y parecía aquella
también; pero luego, cuando ponía su mirada una pregunta desespe-rada y
mano sobre la carne desnuda de ella, era como si en la suprema, como si a punto de partirse para nunca más
propia la hubiese puesto, tan volver a tierra, preguntase por el
tranquilo se quedaba; mas también si se la hubiesen oculto sentido de la vida. Aquellas miradas de congoja
cortado habríale dolido como si se la reposada, de acongo-jado reposo,
corta-ran a él. ¿No sintió acaso en sus entrañas los decían: «Tú, tú que eres mi vida, tú que con-migo has
dolores de los partos de su Rosa? traído al mundo nuevos mortales, tú
Cuando la vio gozar, sufriendo al darle su primer hijo, es que me has sacado tres vidas, tú, mi hombre, dime, ¿esto
cuando comprendió cómo es el qué es?» Fue una tarde
amor más fuerte que la vida y que la muerte, y domina la abismática. En momentos de tregua, te-niendo Rosa
discordia de estas; cómo el amor entre sus manos, húmedas y febriles,
hace morirse a la vida y vivir la muerte; cómo él vivía las ma-nos temblorosas de Ramiro, clavados en los ojos
ahora la muerte de su Rosa y se de este sus ojos henchidos de
moría en su propia vida. Luego, al ver al niño dormido y cansancio de vida, sonreía triste-mente, volviéndolos
sereno, con los la-bios en flor luego al niño, que dormía allí cerca,
entreabiertos, vio al amor hecho carne que vive. Y allí, en su cunita, y decía con los ojos, y alguna vez con un
sobre la cuna, contemplando a su hi-lito de voz: « ¡No despertarle, no!
fruto, traía a sí a la madre, y mientras el niño sonreía en ¡Que duerma, pobreci-llo! ¡Que duerma..., que duerma
sueños pal-pitando sus labios, hasta hartarse, que duerma!»
Llególe por último el supremo trance, el del tránsito, y ––Mira, voy a levantar mi casa.
fue como si en el brocal de las El corazón de Ramiro se puso al galope.
eternas tinie-blas, suspendida sobre el abismo, se ––Sí ––añadió ella––, tengo que venir a vivir con vo-
aferrara a él, a su hombre, que vacilaba sotros y a cuidar de los chicos. No se
sintiéndose arrastrado. Quería abrirse con las uñas la le puede, además, dejar aquí sola a esa buena pécora del
garganta la pobre, mirábale ama.
despa-vorida, pidiéndole con los ojos aire; luego, con ––Dios te lo pague, Tula.
ellos le sondó el fondo del alma, y ––Nada de Tula, ya te lo tengo dicho; para ti soy Ger-
soltando su mano cayó en la cama donde había trudis.
concebido y parido sus tres hijos. ––¿Y qué más da?
Des-cansaron los dos; Ramiro, aturdido, con el corazón ––Yo lo sé.
acor-chado, sumergido como en un ––Mira, Gertrudis...
sueño sin fondo y sin des-pertar, muerta el alma, ––Bueno, voy a ver qué hace el ama.
mientras dormía el niño. Gertrudis fue A la cual vigilaba sin descanso. No le dejaba dar el pe-
quien, viniendo con la pequeñita al pecho, cerró luego cho al pequeñito delante del padre de
los ojos a su hermana, la compuso este, y le regañaba por el poco recato y mucha
un poco y fuese después a cubrir y arropar mejor al niño desenvoltura con que se desa-brochaba el
dormido, y tras-ladarle en un beso seno.
la tibieza que con otro recogió de la vida que aún tendía ––Si no hace falta que enseñes eso así; en el niño es en
sus últimos jirones sobre la frente quien hay que ver si tienes o no
de la rendida madre. leche abundante.
Pero, ¿murió acaso Rosa? ¿Se murió de veras? ¿Podía Ramiro sufría y Gertrudis le sentía sufrir.
haberse muerto viviendo él, Ramiro? ––¡Pobre Rosa! ––decía de continuo.
No; en sus noches, ahora solitarias, mientras se dormía ––Ahora los pobres son los niños y es en ellos en quie-
solo en aquella cama de la muerte y nes hay que pensar..
de la vida y del amor, sentía a su lado el ritmo de su ––No basta, no. Apenas descanso. Sobre todo por las
respiración, su calor tibio, aunque con noches la soledad me pesa; las hay
una congojosa sensación de vacío. Y tendía la mano, re- que las paso en vela.
corriendo con ella la otra mitad de ––Sal después de cenar, como salías de casado última-
la cama, apretándola algunas veces. Y era lo peor que, mente, y no vuelvas a casa hasta que
cuando recogiéndose se ponía a sientas sueño. Hay que acostarse con sueño.
meditar en ella, no se le ocurrieran sino cosas de libro, ––Pero es que siento un vacío...
cosas de amor de libro y no de ––¿Vacío teniendo hijos?
cariño de vida, y le escocía que aquel robusto ––Pero ella es insustituible...
sentimiento, vida de su vida y aire de su ––Así lo creo... Aunque vosotros los hombres...
espíritu, no se le cuajara más que en abstractas ––No creí que la quería tanto...
lucubraciones. El dolor se le espiritualizaba, ––Así nos pasa de continuo. Así me pasó con mi tío y así
vale decir que se intelectualizaba, y sólo cobraba carne, me ha pasado con mi hermana,
aunque fuera vaporosa, cuando con tu Rosa. Hasta que ha muerto tampoco yo he sabido
entraba Gertrudis. Y de todo esto sacábale una de lo que la quería. Lo sé ahora en
aquellas vocecitas frescas que piaba: que cuido a sus hijos, a vuestros hijos. Y es que
«¡Papá!» Ya estaba, pues, allí, ella, la muerta inmortal. queremos a los muertos en los vivos...
Y luego, la misma vocecita: ––¿Y no, acaso, a los vivos en los muertos ...?
«¡Mamá!» Y la de Gertrudis, gravemente dulce, ––No sutilicemos.
respondía: « ¡Hijo!» Y por las mañanas, luego de haberse levantado Ra-miro,
No, Rosa, su Rosa, no se había muerto, no era posible iba su cuñada a la alcoba y abría
que se le hubiese muerto; la mujer de par en par las hojas del balcón diciéndose: «Para que
estaba allí, tan viva como antes, y derramando vida en se vaya el olor a hombre.» Y
torno; la mujer no po-día morir. evitaba luego encontrarse a solas con su cuñado, para lo
cual llevaba siempre algún niño
VIII de-lante.
Sentada en la butaca en que solía sentarse la difunta,
Gertrudis, que se había instalado en casa de su her-mana contemplaba los juegos de los
desde que esta dio por última vez pequeñuelos.
a luz y durante su enfermedad última, le dijo un día a su ––Es que yo soy chico y tú no eres más que chica ––––
cuñado: oyó que le decía un día, con su voz
de trapo, Ramirín a su her-manita. ––Dile que venga cuando quiera a verme a esta nuestra
––Ramirín, Ramirín ––le dijo la tía––, ¿qué es eso? ¿Ya casa.
empiezas a ser bruto, a ser ––Nuestra casa, Gertrudis, nuestra...
hombre? ––Nuestra, sí, y de nuestros hijos.
Un día llegó Ramiro, llamó a su cuñada y le dijo: ––Si tú quisieras...
––He sorprendido tu secreto, Gertrudis. ––¡No hablemos de eso! ––y se levantó.
––¿Qué secreto? Al siguiente día se le presentó Ricardo.
––Las relaciones que llevabas con Ricardo, mi primo. –– ––Pero, por Dios, Tula.
Pues bien, sí es cierto; se empeñó, ––No hablemos más de eso, Ricardo, que es cosa hecha.
me hostigó, no me dejaba en paz, y acabó por darme ––Pero, por Dios ––y se le quebró la voz.
lástima. ––¡Sé hombre, Ricardo; sé fuerte!
––Y tan oculto que lo teníais... ––Pero es que ya tienen padre...
––¿Para qué declararlo? ––No basta, no tienen madre..., es decir, sí la tienen.
––Y sé más. ––Puede él volver a casarse.
––¿Qué es lo que sabes? ––¿Volverse a casar él? En ese caso los niños se irán
––Que le has despedido. conmigo. Le prometí a su madre, en
––También es cierto. su lecho de muerte, que no tendrían madrastra.
––Me ha enseñado él mismo tu carta. ––¿Y si llegases a serlo tú, Tula?
––¿Cómo? No le creía capaz de eso. Bien he hecho en ––¿Cómo yo? ––Sí, tú; casándote con él, con Ramiro.
dejarle: ¡hombre al fin! ––¡Eso nunca!
Ramiro, en efecto, había visto una carta de su cuñada a ––Pues yo sólo así me lo explico.
Ricardo, que decía así: ––Eso nunca, te he dicho; no me expondría a que unos
míos, es decir, de mi vientre,
«Mi querido Ricardo: No sabes bien qué días tan ma-los pudiesen mermarme el cariño que a esos tengo. ¿Y más
estoy pasando desde que murió la hijos, más? Eso nunca. Bastan estos
pobre Rosa. Estos últimos han sido terribles y no he para bien criarlos.
cesado de pedir a la Virgen Santísima ––Pues a nadie le convencerás, Tula, de que no te has
y a su Hijo que me diesen fuerzas para ver claro en mi venido a vivir aquí por eso.
porvenir. No sabes bien con cuánta ––Yo no trato de convencer a nadie de nada. Y en cuanto
pena te lo digo, pero no pueden continuar nuestras rela- a ti, basta que yo te lo diga.
ciones; no puedo casarme. Mi Se separaron para siempre.
hermana me sigue ro-gando desde el otro mundo que no ––¿Y qué? ––le preguntó luego Ramiro.
abandone a sus hijos y que les ––Que hemos acabado; no podía ser de otro modo.
haga de madre. Y puesto que tengo estos hijos a que ––Y que has quedado libre...
cuidar, no debo ya casarme. ––Libre estaba, libre estoy, libre pienso morirme.
Perdóname, Ricardo, perdónamelo, por Dios, y mira bien ––Gertrudis..., Gertrudis ––y su voz temblaba de sú-
por qué lo hago. Me cuesta plica.
mucha pena porque sé que habría llegado a quererte y, ––Le he despedido porque me debo, ya te lo dije, a tus
sobre todo, porque sé lo que me hijos, a los hijos de Rosa...
quieres y lo que sufrirás con esto. Siento en el alma ––Y tuyos..., ¿no dices así?
causarte esta pena, pero tú, que eres ––¡Y míos, sí!
bueno, comprenderás mis debe-res y los motivos de mi ––Pero si tú quisieras...
resolución y encontrarás otra mujer ––No insistas; ya te tengo dicho que no debo casarme ni
que no tenga mis obligaciones sagradas y que te pueda contigo ni con otro menos.
hacer más feliz que yo habría ––¿Menos? ––y se le abrió el pecho.
podido hacerte. Adiós, Ricardo, que seas feliz y hagas ––Sí, menos.
felices a otros, y ten por seguro que ––¿Y cómo no fuiste monja?
nunca, nunca te olvidará ––No me gusta que me manden.
––Es que en el convento en que entrases serías tú la
GERTRUDIS.» abadesa, la superiora.
––Menos me gusta mandar. ¡Ramirín!
––Y ahora ––añadió Ramiro––, a pesar de esto Ricardo El niño acudió al reclamo. Y cogiéndole su tía le dijo:
quiere verte. «¡Vamos a jugar al escondite, rico!»
––¿Es que yo me oculto acaso? ––Pero Tula...
––No, pero... ––Te he dicho ––y para decirle esto se le acercó, te-
niendo cogido de la mano al niño, y se
lo dijo al oído-que no me llames Tula, y menos delante ––Eso, también tú.
de los niños. Ellos sí, pero tú no. Y ––Es verdad; otro padrenuestro y avemaría por mí en-
ten respeto a los pequeños. tonces.
–––¿En qué les falto al respeto? Y cuando los niños se hubieron acostado, volviéndose a
––En dejar así al descubierto delante de ellos tus su cuñado le dijo secamente:
instintos... ––Esto no puede ser así. Si sigues sin reportarte tendré
––Pero si no comprenden... que marcharme de esta casa aunque
––Los niños lo comprenden todo; más que nosotros. Y Rosa no me lo per-done desde el cielo.
no olvidan nada. Y si ahora no lo ––Pero es que...
comprenden, lo com-prenderán mañana. Cada cosa de ––Lo dicho; no quiero que ensucies así, ni con mira-das,
estas que ve a oye un niño es una esta casa tan pura y donde mejor
semilla en su alma, que luego echa tallo y da fruto. ¡Y pueden criarse las almas de tus hijos. Acuérdate de Rosa.
basta! ––¿Pero de qué crees que somos los hombres?
––De carne y muy brutos.
IX ––¿Y tú, no te has mirado nunca?
––¿Qué es eso? ––y se le demudó el rostro sereno.
Y empezó una vida de triste desasosiego, de interna lu- ––Que aunque no fueses, como en realidad lo eres, su
cha en aquel hogar. Ella defendíase madre, ¿tienes derecho, Gertrudis, a
con los niños, a los que siempre procuraba tener perseguirme con tu presencia? ¿Es justo que me
presentes, y le excitaba a él a que saliese a reproches y estés llenando la casa con tu
distraerse. Él, por su parte, extremaba sus caricias a los persona, con el fuego de tus ojos, con el son de tu voz,
hijos y no hacía sino hablarles de su con el imán de tu cuerpo lleno de
madre, de su pobre madre. Cogía a la niña y allí, delante alma, pero de un alma llena de cuerpo?
de la tía, se la devoraba a besos. Gertrudis, toda encendida, bajaba la cabeza y se ca-llaba,
––No tanto, hombre, no tanto, que así no haces sino mientras le tocaba a rebato el
molestar a la pobre criatura. Y eso, corazón.
permíteme que te lo diga, no es natural. Bien está que ––¿Quién tiene la culpa de esto?, dime.
hagas que me llamen tía y no mamá, ––Tienes razón, Ramiro, y si me fuese, los niños pia-rían
pero no tanto; repórtate. por mí, porque me quieren...
––¿Es que yo no he de tener el consuelo de mis hijos? ––Más que a mí ––dijo tristemente el padre.
––Sí, hijo, sí; pero lo primero es educarlos bien. ––Es que yo no les besuqueo como tú ni les sobo, y
––¿Y así? cuando les beso, ellos sienten que mis
––Hartándoles de besos y de golosinas se les hace dé- besos son más pu-ros, que son para ellos solos...
biles. Y mira que los niños adivinan... ––Y bien, ¿quién tiene la culpa de esto?, repito.
––Y qué culpa tengo yo... ––Bueno, pues. Espera un año, esperemos un año; dé-
––¿Pero es que puede haber para unos niños, hombre de jame un año de plazo para que vea
Dios, un hogar mejor que este? claro en mí, para que veas claro en ti mismo, para que te
Tienen hogar, verda-dero hogar, con padre y madre, y es convenzas...
un hogar limpio, cas-tísimo, por ––Un año..., un año...
todos cuyos rincones pueden andar a todas horas, un ––¿Te parece mucho?
hogar donde nunca hay que cerrarles ––¿Y luego, cuando se acabe?
puerta al-guna, un hogar sin misterios. ¿Quieres más? ––Entonces... veremos...
––Veremos..., veremos...
––Yo no te prometo más.
––Y si en este año...
Pero él buscaba acercarse a ella, hasta rozarla. Y al-guna ––¿Qué? Si en este año haces alguna tontería...
vez le tuvo que decir en la mesa: ––¿A qué llamas hacer una tontería?
––No me mires así, que los niños ven. ––A enamorarte de otra y volverte a casar.
Por las noches solía hacerles rezar por mamá Rosa, por ––Eso... ¡nunca!
mamita, para que Dios la tuviese en ––Qué pronto lo dijiste...
su gloria. Y una noche, después de este rezo y ––Eso... ¡nunca!
hallándose presente el padre, añadió: ––¡Bah!, juramentos de hombres...
––Ahora, hijos míos, un padrenuestro y avemaría por ––Y si así fuese, ¿quién tendrá la culpa?
papá también. ––¿Culpa?
––Pero papá no se ha muerto, mamá Tula. ––¡Sí, la culpa!
––No importa, porque se puede morir.. ––Eso sólo querría decir...
––¿Qué? ––¿Tanto te place?
––Que no la quisiste, que no la quieres a tu Rosa como ––Todo lo que te distraiga.
ella te quiso a ti, como ella te habría ––Faltan once meses, Gertrudis...
querido de haber sido ella la viuda. ––¿Para qué?, ¿para la elección?
––No, eso querría decir otra cosa, que no es... ––¡Para la elección, sí!
––Bueno, basta. ¡Ramirín!, ¡ven acá, Ramirín! Anda,
corre. X
Y así se aplacó aquella lucha.
Y ella continuaba su labor de educar a sus sobrinos. Y era lo cierto que en el alma cerrada de Gertrudis se
No quiso que a la niña se le ocupase demasiado en estaba desencadenando una brava
aprender costura y cosas así. «¿Labores galerna. Su cabeza re-ñía con su corazón, y ambos,
de su sexo? ––de-cía––, no, nada de labores de su sexo; corazón y cabeza, reñían en ella con
el oficio de una mujer es hacer algo más ahincado, más entrañado, más íntimo, con algo
hombres y mujeres, y no vestirlos.» que era como el tuétano de los
Un día que Ramirín soltó una expresión soez que había huesos de su es-píritu.
aprendido en la calle y su padre iba A solas, cuando Ramiro estaba ausente del hogar, co-gía
a reprenderle, in-terrumpióle Gertrudis, diciéndole bajo. al hijo de este y de Rosa, a
«No, dejarlo; hay que hacer como Ramirín, al que llamaba su hijo, y se lo apretaba al seno
si no se ha oído; debe de haber un mundo de que ni para virgen, palpitante de congoja y
condenarlo hay que hablar aquí.» henchido de zozobra. Y otras veces se quedaba contem-
Una vez que oyó decir de una que se quedaba soltera que plando el retrato de la que fue, de la
quedaba para vestir santos, que era todavía su hermana y como interrogándole si
agregó: «¡O para vestir almas de niños!» había querido, de ve-ras, que ella, que
––Tulita es mi novia ––dijo una vez Ramirín. Gertrudis, le sucediese en Ramiro. «Sí, me dijo que yo
––No digas tonterías; Tulita es tu hermana. habría de llegar a ser la mujer de su
––¿Y no puede ser novia y hermana? hom-bre, su otra mujer ––se decía––, pero no pudo
––No. querer eso, no, no pudo quererlo...; yo,
––¿Y qué es ser hermana? en su caso, al menos, no lo habría querido, no podría
––¿Ser hermana? Ser hermana es... haberlo querido... ¿De otra? ¡No, de
––Vivir en la misma casa ––acabó la niña. otra no! Ni después de mi muerte... Ni de mi her-mana...
Un día llegó la niña llorando y mostrando un dedo en ¡De otra, no! No se puede ser más
que le había picado una abeja. Lo que de una... No, no pudo querer eso; no pudo querer
primero que se le ocurrió a la tía fue ver si con su boca, que entre él, en-tre su hombre, entre
chupándoselo, po-día extraerle el el padre de sus hijos y yo se interpu-siese su sombra...
veneno como había leído que se hace con el de ciertas No pudo querer eso. Porque cuando
culebras. Luego declararon los niños, él estuviese a mi lado, arrimado a mí, carne a carne,
y se les unió el padre, que no dejarían viva a ninguna de ¿quién me dice que no estuviese
las abe-jas que venían al jardín, pensando en ella? Yo no sería sino el recuerdo... ¡algo
que las perseguirían a muerte. peor que el recuerdo de la otra! No,
––No, eso sí que no ––exclamó Gertrudis––; a las abe- lo que me pidió es que impida que sus hijos tengan
jas no las toca nadie. madrastra. ¡Y lo impediré! Y
––¿Por qué? ¿Por la miel? ––preguntó Ramiro. casándome con Ramiro, en-tregándole mi cuerpo, y no
––No las toca nadie, he dicho. sólo mi alma, no lo impedi-ría...
––Pero si no son madres, Gertrudis. Porque entonces sí que sería madrastra. Y más si lle-
––Lo sé, lo sé bien. He leído en uno de esos libros tu-yos gaba a darme hijos de mi carne y de mi
lo que son las abejas, lo he leído. sangre...» Y esto de los hijos de la carne hacía palpitar
Sé lo que son las abejas estas, las que, pican y hacen la de sagrado terror el tuétano de los
miel; sé lo que es la reina y sé huesos del alma de Gertrudis, que era toda maternidad,
también lo que son los zánganos. pero maternidad de espíritu.
––Los zánganos somos nosotros, los hombres. Y encerrábase en su cuarto, en su recatada alcoba, a
––¡Claro está! llorar al pie de una imagen de la
––Pues mira, voy a meterme en política; me van a pre- Santísima Virgen Ma-dre, a llorar mientras susurraba:
sentar candidato a diputado «el fruto de tu vien-tre...».
provincial. Una vez que tenía apretado a su seno a Ramirín, este le
––¿De veras? ––preguntó Gertrudis, sin poder disimu-lar dijo:
su alegría.
––¿Por qué lloras, mamita? ––pues habíale enseñado a
llamarla así.
––Si no lloro...
––Sí, lloras...
––¿Pero es que me ves llorar...?
––No, pero te siento que lloras... Estás llorando...
––Es que me acuerdo de tu madre...
––¿Pues no dices que lo eres tú...?
––Sí, pero de la otra, de mamá Rosa.
––¡Ah, sí!; la que se murió..., la de papá...
––¡Sí la de papá!
––¿Y por qué papá nos dice que no te llamemos mamá,
sino tía, tiíta Tula, y tú nos dices
que te llamemos mamá y no tía, tiíta Tula...?
––Pero ¿es que papá os dice eso?
––Sí, nos ha dicho que todavía no eras nuestra mamá,
que todavía no eres más que nuestra
tía...
––¿Todavía?
––Sí, nos ha dicho que todavía no eres nuestra mamá,
pero que lo serás... Sí, que vas a ser
nuestra mamá cuando pasen unos meses...
«Entonces sería vuestra madrastra», pensó Gertrudis,
pero no se atrevió a desnudar este
pensamiento pecami-noso ante el niño.
––Bueno, mira, no hagas caso de esas cosas, hijo mío...
Y cuando luego llegó Ramiro, el padre, le llamó aparte y
severamente le dijo:
––No andes diciéndole al niño esas cosas. No le digas
que yo no soy todavía más que su tía,
la tía Tula, y que seré su mamá. Eso es corromperle, eso
es abrirle los ojos sobre cosas que
no debe ver. Y si lo haces por influir con él sobre mí, si
lo haces por moverme...
––Me dijiste que te tomabas un plazo...
––Bueno, si lo haces por eso piensa en el papel que ha-
ces hacer a tu hijo, un papel de...
––¡Bueno, calla!
––Las palabras no me asustan, pero lo callaré. Y tú
piensa en Rosa, recuerda a Rosa, ¡tu
primer... amor!
––¡Tula!
––Basta. Y no busques madrastra para tus hijos, que
tienen madre.