José Gregorio Hernández Cisneros nació el 26 de octubre de 1864 en Isnotú, una
pequeña y humilde localidad que en aquella época era capital del Municipio
Libertad del Distrito Betijoque del Estado Trujillo. Por línea materna descendía del
cardenal Cisneros, quien fuera confesor de Isabel la Católica, fundador de
la Universidad de Alcalá y gran impulsor de la cultura en su época; y por vía
paterna, se emparentaba con el Santo Hermano Miguel Febres-Cordero. Recibió
el sacramento del Bautismo el 30 de enero de 1865 en el antiguo Templo Colonial
de Escuque (actual Iglesia Parroquial del Niño Jesús de Escuque), siendo,
además colocado bajo la protección de su excelso patrón.Su madre, una mujer
muy devota, falleció cuando él tan solo tenía ocho años pero dejó impregnada en
la personalidad del infante una fuerte religiosidad y un gran amor por los pobres
enfermos. A los trece años de edad, José Gregorio manifestó a su padre su deseo
de estudiar derecho, sin embargo, su padre, testigo a diario, de la pobreza de sus
paisanos, le convenció para que estudiara medicina y estar así dedicado a los más
pobres. A partir de ese momento, tomó la medicina como su propia vocación,
viendo en ella una manera de expresar su inclinación de ayudar a los demás.
Cuando ingresó a la Universidad Central de Venezuela tenía 17 años. Sus
compañeros reconocían sus virtudes de integra honestidad, espíritu de
mortificación, de servicio y rectitud de conciencia. En sus años de universitario,
José Gregorio fortaleció su carácter cristiano devoto con una gran disciplina
interior combinada con una caridad para con los demás cada vez mayor. Al
graduarse con el título de Doctor en Medicina, con el deseo personal de ayudar a
sus paisanos se traslada a ejercer la medicina en su pueblo natal, no sin antes
instalar un pequeño consultorio provisional, con el cual se va extendiendo su fama
como médico y su vocación de servicio a los más necesitados. Decía: mi puesto
no está aquí. Debo marcharme a mi pueblo. En Isnotú no hay médicos y mi puesto
está allí, allí donde un día mi propia madre me pidió que volviera para que aliviara
los dolores de las gentes humildes de nuestra tierra. Ahora que soy médico, me
doy cuenta que mi puesto está allí entre los míos. El Dr. Hernández se radicó en
Isnotú hasta el 30 de julio de 1889, cuando se encontró con una carta de su
maestro, el Dr. Calisto González, donde decía que lo había recomendado al
Presidente de la República Dr. Juan Pablo Rojas Paúl para que fuera a París a
estudiar con perfección ciertas materias experimentales y así contribuir a la
modernización de la medicina venezolana. Culminados sus estudios, el Dr.
Hernández regresa a Venezuela a fin de ingresar como profesor en la Universidad
Central de Venezuela en Caracas; además, aprovecha para traer de Europa
valiosos equipos médicos al Hospital Vargas. Su labor docente fue interrumpida en
dos ocasiones. La primera, cuando decide hacerse religioso y entrar en el
monasterio de la orden de San Bruno en La Cartuja de Farneta. La segunda vez
que interrumpió sus actividades docentes fue cuando el gobierno del general Juan
Vicente Gómez decreta el cierre de la Universidad, ya que esta se había situado
en contra de su régimen. Reinicia su actividad docente el 30 de enero de 1918,
hasta su muerte, atropellado por un automóvil, el 29 de junio de 1919. Ese día en
horas de la tarde, José Gregorio Hernández salió a la esquina de cardones a
atender a una enferma de escasos recursos, pero no pudo llegar porque fue
atropellado por Fernando Bustamante, un joven mecánico de 28 años de edad. El
Doctor Hernández cayó golpeándose la cabeza contra el filo de la acera, lo que
ocasionó una fractura en el cráneo. Fue atendido en el Hospital Vargas, donde
falleció. El día 30 de junio de 1919, en medio de una impresionante multitud de
dolientes, el Dr. José Gregorio Hernández Cisnero, fue enterrado en el Cementerio
General del Sur. Muchos años después, debido al inicio del proceso de
beatificación, y por solicitud del Vaticano, se realizó la exhumación de los restos
mortales del Dr. Hernández, para ser trasladados hasta su actual lugar de reposo
en la Iglesia de la Virgen de la Candelaria. José Gregorio era un ferviente creyente
del catolicismo. En 1907, decidió abocarse a la vida religiosa y es admitido en el
monasterio de clausura de La Cartuja de Farneta, tomando el nombre de Hermano
Marcelo. Sin embargo, nueve meses después de su ingreso, enferma de tal
manera que el Padre Superior dispone su regreso a Venezuela para su
recuperación. Transcurridos tres años, decide intentarlo de nuevo. Ingresó en los
cursos de Teología en el Pontificio Colegio Pio Latino Americano. Pero una vez
más sus planes se vieron frustrados por la enfermedad: una afección pulmonar
que le forzó a retornar a Venezuela. Perteneció a la Orden Franciscana Seglar de
Venezuela, en la fraternidad de la Merced de Caracas, en la Iglesia Nuestra
Señora de la Merced de los Frailes Capuchinos, realizó su profesión como
franciscano seglar. De ahí se desprende esa sensibilidad y amor por los más
necesitados, vivió el carisma y la vida de San Francisco de Asís, reconociendo en
el pobre a la persona de Cristo sufriente, a quien sirvió a través de sus pacientes,
dando lo mejor de él sin importar altas horas de la noche o condiciones climáticas
adversas. Vivió el Evangelio como San Francisco de Asís y lo hizo suyo.
Constatando su fama entre algunos creyentes, la Iglesia católica en Venezuela
inició en el año 1949 el proceso de beatificación y canonización, conducido por
el arzobispo de Caracas, monseñor Lucas Guillermo Castillo ante la Santa Sede.
Luego de iniciar el proceso, y completados los primeros casos, José Gregorio
Hernández fue nombrado «venerable» por el papa Juan Pablo II el 16 de enero de
1986. El cardenal Baltazar Porras anunció el 27 de abril de 2020 que la Comisión
Teológica del Vaticano aprobó el milagro del venerable doctor José Gregorio
Hernández en la curación de la niña de 10 años de edad Yaxury Solórzano
Ortega, quien recibió un tiro en la cabeza durante un asalto a su padre en fecha 10
de marzo de 2017: Hemos recibido de Roma el veredicto de la Comisión, de los
siete teólogos nombrados por la Congregación (para las Causas) de los Santos,
para examinar el presunto milagro de la niña Yaxury Solórzano y ha sido por
unanimidad. Este es un paso más. Ojalá lo veamos pronto en los altares.