Valoracion Ambiental Del Paisaje
Valoracion Ambiental Del Paisaje
SIGNIFICADO DE “AMBIENTAL”.
Se entiende por medio ambiente todo lo que rodea a un ser vivo. Entorno que afecta y
condiciona especialmente las circunstancias de vida de las personas o de la sociedad en su
conjunto (Johnson, y otros (1997).
Una definición sencilla y bastante precisa del término medio ambiente es la siguiente:
factores abiótico y bióticos que envuelven a un ser vivo o población, y que incluye los factores
que tienen una influencia en su supervivencia, desarrollo y evolución. Comprende el conjunto
de valores naturales, sociales y culturales existentes en un lugar y en un momento
determinado, que influyen en la vida del ser humano y en las generaciones venideras. Es decir,
no se trata sólo del espacio en el que se desarrolla la vida, sino que también, junto con
agua, suelo, aire, objetos diversos, comprende los seres vivos, y las relaciones existentes entre
todos ellos, así como elementos tan intangibles como la cultura.
En esta última definición aparecen expresadas las ideas de Troll y Bertrand en cuanto a
la importancia del factor temporal en el análisis del paisaje; y son idénticos los “objetos y
relaciones” que conforman a éste y al medio ambiente.
Para conocer y valorar este “ambiente” o medio debemos proceder, por tanto, al
análisis de los caracteres naturales -clima, relieve, agua, vegetación, fauna- así como de las
modificaciones que las actividades humanas -cultivos, pastoreo, aprovechamientos forestales,
minería, urbanización, industria, etc., han producido en el ecosistema natural, todo lo cual
configura la calidad del medio ambiente. El análisis ambiental supone, pues, abordar
cuestiones tales como las características y la calidad de los biogeosistemas, así como su
transformación; y valorar la importancia de efectos perniciosos tales como la desaparición de
especies, la contaminación, la erosión, la sobreexplotación, en definitiva el deterioro y la
destrucción de recursos.
No se debe olvidar en absoluto los efectos de todos estos procesos sobre la población
humana, tanto en lo que afecta a la salud y, en general, al bienestar físico, como al acceso y
calidad de los bienes y servicios, es decir, al bienestar social que se deriva del uso racional de los
recursos.
A partir del significado de la palabra paisaje según la RAE, “extensión de terreno que se
ve desde un sitio”, en esta primera acepción considerado sólo su apreciación meramente
visual, o “extensión de terreno que se considera en su aspecto artístico”, que introduce su
cualidad estética, puede hacerse una primera aproximación al tema que nos ocupa. De esta
segunda acepción, y ampliando la noción meramente estética del concepto “arte” a “la
habilidad para hacer una cosa o el conjunto de normas para hacer bien algo”, podríamos llegar
a la definición de paisaje (Morláns, Mª C., 2005) como “la extensión de terreno que se
considera desde su habilidad para hacer bien algo”, por ejemplo, la producción de bienes y
servicios para el ser humano.
Pero esta definición, a mi juicio, resulta por un lado excesiva, al sobrepasar el ámbito
perceptivo en el que se circunscribe el término; y por otro lado es escasa puesto que, como se
verá a continuación, la consideración o interpretación ecológica del concepto “paisaje”,
trasciende ampliamente esta “funcionalidad”, entendida desde los intereses humanos, y se
hace extensiva a los “intereses o reglas de la naturaleza”.
En el esquema siguiente expreso las relaciones que, en línea con las ideas expuestas en
el párrafo anterior, conectan genética y dinámicamente los diferentes factores que construyen
el paisaje:
Según M. Frolova, Dokuchaiev expuso esta concepción del suelo, por primera vez, en
su artículo Zonas pedológicas verticales y horizontales del Caucaso en 1898, del siguiente
modo:
“Generalmente se estudia los cuerpos separados -minerales, rocas, plantas y animales- y los
fenómenos o los elementos separados -fuego (vulcanismo), agua, tierra, aire […], pero no se
estudia nunca sus relaciones genéticas, permanentes […], que existen entre las fuerzas, los
cuerpos y los fenómenos de la naturaleza, entre la naturaleza muerta y viva, entre los reinos
vegetales, animales y minerales, de un lado, y el hombre, su vida material y espiritual, por otro.
No obstante son estas relaciones e interacciones regulares las que representan la esencia de la
comprensión de la naturaleza, el núcleo de la verdadera filosofía - el "interés" superior de las
ciencias de la naturaleza.”
Ya en la segunda mitad del siglo XX, G. Haase (1967) acomete el proceso metodológico
del estudio del medio natural a partir de lo que se puede denominar la ecología de los paisajes.
Lo que caracteriza a esta metodología es considerar las diferentes unidades en las que se
segmenta el territorio como “geosistemas”, que se definen por los intercambios de materia y
los flujos energéticos que se producen en ellos, es decir por el funcionamiento de los eco-
sistemas, tomando en cuenta su origen y evolución, en definitiva sus aspectos dinámico-
genéticos. Se parte de un reconocimiento fisionómico pero a continuación se efectúa un
análisis cualitativo de los diferentes fenómenos que tienen lugar en el geosistema, para
proseguir con balances que cuantifican estos procesos, con la correspondiente modificación de
las unidades fisionómicas previamente establecidas. Se trata, por tanto, más de un estudio
ecológico que de un análisis y una valoración del paisaje.
Según Tricart y Kilian (1982), dentro de este enfoque, “la noción de paisaje coincide
prácticamente con la de unidad natural”. Así “un paisaje se caracteriza por una asociación de
caracteres: relieve, clima, vegetación suelos” Se trata por ello de un concepto de naturaleza
fisionómica pero, a diferencia de los trabajos de los australianos del CSIRO, trata de establecer
relaciones de causalidad entre los diferentes factores, es decir, vincular estos diferentes
aspectos temáticos.
Jose A. Sotelo Navalpotro (2006) destaca la consideración del concepto paisaje como
representación de la naturaleza que, así entendido “se nos presenta como una construcción de
la imaginación que va conformando paulatinamente una memoria, y constituye una biografía
de cada territorio, en continua mutación. De esta forma, el paisaje no es igual a naturaleza,
sino una interpretación de ella”
Desde los años setenta del pasado siglo son numerosos los autores que estructuran las
unidades de paisaje como mosaicos de diferentes ecosistemas, en un fondo escénico
delimitado por la geomorfología y una matriz que corresponde a los usos dominantes, y con
conexiones a través de corredores, definidos éstos tanto desde su naturaleza visual como
funcional (por ejemplo, ríos y sus riberas).
Para terminar estas reflexiones sobre el concepto de paisaje a través de una aproximación
“ambiental” destaco las ideas de tres geógrafos contemporáneos acerca de la doble condición
del paisaje como impronta y matriz. El geógrafo italiano Eugenio Turri, en su obra Il paesaggio
come teatro (1998) plantea esta doble condición del siguiente modo:
“La concepción del paisaje como teatro sostiene que el hombre y la sociedad se comportan
frente al territorio en el que viven de un modo doble: como actores que transforman, en
sentido ecológico, el marco de vida, imprimiéndole el signo de la acción propia, y como
espectadores que saben mirar y comprender el sentido de su operar en el territorio”
De tal modo que entre las dos acciones de actuar o de mirar es más importante, “más
exquisitamente humana”, la segunda, por su capacidad de guiar a la anterior. Ambas deben
caminar conjuntamente, siempre la mirada como forma de “tomar conciencia de sí como
presencia y como agente territorial”. Sin esa conjunción “no habría paisaje sino sólo
naturaleza, mero espacio biótico”.
Sea cual sea la forma o enfoque que nos propongamos, paisaje es una entidad
comprensiva y compleja, y su evaluación puede hacerse de forma analítica, a través de la
identificación y valoración de sus diferentes componentes, para proceder finalmente a la
integración ponderada de cada uno de los valores asignados a cada componente –habrá que
evitar valorar más de una vez cualidades y aspectos dependientes entre sí-; o de forma
sintética, mediante un método que establezca este valor de forma más o menos directa dentro
de la materia o vertiente de conocimiento capaz de establecer ese valor sintético.
Por ejemplo, si damos prioridad a la noción de paisaje desde una perspectiva natural,
ecológica, se deberán aplicar a este fin las herramientas de estudio y evaluación que nos
proporciona esta disciplina; mientras que si nos interesan los relativos a las emociones y
apreciaciones de belleza, la valoración se deberá enfocar desde principios filosófico estéticos.
Según Fabio Solari y Laura Cazorla (2009) el paisaje puede definirse como “la
percepción que se posee de un sistema ambiental”. Es, por lo tanto, “el área en el que
conviven los rasgos naturales así como los influenciados por el hombre y que da lugar a una
percepción visual y mental tanto individual como colectiva del conjunto de ese espacio”.
(Abad Soria y García Quiroga, 2006).
Esta definición parte del concepto de sistema ambiental, que podría ser equiparado a
geosistema, concepto propugnado por V.B Sochava en 1963, con la idea de aplicar la teoría de
sistemas a los espacios geográficos. El geosistema corresponde a una unidad de paisaje
natural, sobre la que, en general salvo casos muy aislados, se superpone una impronta debida
a la actividad humana (cultural). Mientras los estudios del paisaje perseguían inicialmente
describir, clasificar y delimitar (cartografiar) los diferentes tipos y unidades en las que se
podría segmentar el continuo geográfico, la fase geosistémica se basa en palabras de Mateo,J.
y Silva, E.V (2012) “más que todo en establecer los atributos sistémicos, e ir determinando y
definiendo las propiedades sistémicas, o sea las nociones de estructura, funcionamiento,
dinámica y evolución”. Esta nueva forma de analizar los paisajes se justifica en la necesidad de
valorar la respuesta de los geosistemas a las intervenciones agresivas de toda índole sobre el
medio ambiente, tales como el desarrollo de metrópolis, grandes embalses, trasvases,
agricultura intensiva, etc.
Harald Sioli (1973-1982), limnólogo, define los “paisajes” como “las secciones de la
biosfera con las que el hombre se relaciona y que pueden ser utilizadas e influidas por él”,
definición que, como él mismo indica, es una manera muy simple y general de aludir a este
concepto. Tomo esta idea por la reflexión que, a continuación, se plantea dicho científico
respecto a cómo podemos comprobar si los paisajes conservan todo su valor o se han
degradado. Y se refiere a una amplia escala entre lo que podemos considerar un paisaje
“sano” y “rico” hasta un terreno improductivo o incluso un lugar totalmente insalubre por la
acumulación de residuos tóxicos.
Este autor hace mención a una forma de establecer esta escala de valores,
considerando que el valor de un paisaje reside en su capacidad como “espacio viviente”. Para
ello considera, de acuerdo con lo propuesto por otros autores, que la “vivacidad de un
paisaje” debe ser entendida como el producto (no la suma) de:
E incluye el ambiente urbano dentro de los tipos de paisajes que deben ser valorados
dentro de esta escala. Esta es una propuesta claramente ecológica para establecer una
valoración del paisaje, que, no obstante, creo debe ser matizada aún desde esta perspectiva,
como comento más adelante.
Eugene P. Odum (1969) expresa del siguiente modo la idea de las etapas de la sucesión
hasta alcanzar su madurez: “En pocas palabras, la estrategia de sucesión como proceso a corto
plazo es básicamente la misma estrategia de desarrollo evolutivo a largo plazo que se da en la
biosfera, es decir, aumento de control sobre el entorno físico, o bien homeostasis con el mismo
en el sentido de alcanzar un máximo de protección frente a posibles perturbaciones.”
Según Ramón Margalef (1998) “La humanidad, tanto por su capacidad para la
construcción y manipulación de objetos, instrumentos diversos y máquinas, como por la amplia
utilización de energías no metabólicas propias, ha iniciado una vía de evolución propia, que se
caracteriza por una intensa reorganización de su entorno natural, que hoy día muchos
consideraríamos excesiva. Implica ya una inversión de la topología del mismo paisaje, que
está teniendo consecuencias profundas.” Esta afirmación, si he entendido bien al admirado
Dr. Margalef, supone constatar que las relaciones existentes entre los componentes del
mismo, es decir, los intercambios de materia y los flujos energéticos, cambian de sentido, se
invierten.
Para establecer áreas o zonas coherentes en las que proceder a una valoración de su
paisaje desde esta perspectiva ecológica, tanto para poder ser abarcados y valorados como
espacios visibles desde consideraciones de apreciación visual del mismo como para tratar de
explicar su estructura y dinámica, se impone delimitar espacios caracterizados por su
morfología, tales como valles, páramos, campiñas, “visualmente coherentes” como se dice
más adelante.
“El aspecto de la superficie sólida se revela, así, como el resultado de modificaciones que se
rehacen sin cesar de tiempo en tiempo. Representa una etapa dentro de una sucesión; no un
estado definitivo y alcanzado de golpe. Las formas actuales tan sólo pueden ser interpretadas
si se las examina en el encadenamiento del cuál forman parte. ¿Cómo explicar, por ejemplo, sin
recurrir a la consideración de un sistema de pendientes anterior, la dirección en apariencia tan
paradójica de esos ríos que atraviesan, en lugar de contornearlos, aquellos obstáculos que
parecen oponérseles a su paso? Todo ello permaneció enigmático mientras esta idea de
evolución de las formas, que es la clave, no penetró en la ciencia con ayuda de la comparación
y del análisis. Cabe aseverar que ella informa hoy día toda investigación.”
Formas de relieve de origen glaciar en el Calvitero (Sierra de Béjar , Salamanca) en el nacimiento del río Cuerpo
de Hombre, con “cejas” o pequeños circos glaciares en la ladera superior y morrenas o depósitos del mismo origen a
modo de montículos laterales.
Las Tuerces: formas de relieve tipo jurásico -producido por la acción geotectónica que ha dado lugar a pliegues
anticlinales y sinclinales- en el cretácico superior de la montaña palentina, que han evolucionado hasta la inversión
del mismo, con sinclinales colgados y remodelados por la acción cárstica en los niveles calizos.
En primer lugar, los suelos, cuando no están difuminados por la vegetación, bien sea ésta
natural o de cultivos, proporcionan un componente cromático al paisaje percibido, que se hace
especialmente patente en los terrenos recién labrados. Pero en el análisis del paisaje, su
estudio puede aportar información valiosa, bien sobre las características de los paisajes
naturales anteriores a su transformación por causas humanas, o bien reflejar la pérdida de
productividad y, por tanto, de valor, como consecuenci9a de determinadas prácticas. Por
ejemplo, un suelo tipo gley, propio de un lugar encharcado permanentemente, mantendrá
durante un tiempo las características propias del ambiente en el que ha evolucionado -color
gris verdoso debido a presencia de sales ferrosas- aunque la zona haya sido desecada por
drenaje: o un suelo pardo evolucionado, sobre rocas graníticas y en clima semihúmedo,
modificará la naturaleza de su materia orgánica, que perderá su fracción húmica más
productiva, si se sustituye su vegetación natural -bosque de rebollos- por una repoblación de
pinos.
Por otra parte una catena o sucesión de suelos, tanto en relieve de pendiente como en
zonas llanas, nos muestra los diferentes grados de evolución de los mismos, según sean las
características del relieve (llano, suave pendiente, talud, escarpe), la orientación, la humedad
del suelo, la litología sobre la que se asientan y a partir de la que se han formado, etc. Estas
características condicionan lógicamente el tipo de vegetación que se puede instalar y
evolucionar y, en definitiva, la comunidad biótica que se puede alcanzar –climácica o subserial
según las condiciones del suelo- si no se modifican estas condiciones, manteniéndose de forma
estable. Las intervenciones humanas, como roturaciones, ramoneo por parte del ganado,
labranza, talas, etc., modifican no sólo la cobertura vegetal sino muy a menudo las
características del suelo, facilitando la erosión, si las condiciones del terreno y las escorrentías
lo potencian. Como ejemplo de catena o sucesión de suelos voy a comentar dos situaciones
topográficas y edáficas diferentes pero colindantes y con conexión en su contacto, una en
superficie esencialmente llana, en los páramos calcáreos centrales del Duero, y otra en ladera,
en los pequeños valles que los surcan.
Suelos y paisaje en los páramos calcáreos del valle del valle del Duero.
En estos páramos, con un sustrato rocoso esencialmente calcáreo, los importantes cambios
climáticos que sucedieron durante gran parte del Cuaternario (2,5 millones de años), con periodos
fríos que, en estos lugares, suponían climas de tipo periglaciar que alternaban con otros más
cálidos y lluviosos, con contrastes de las temperaturas y de las precipitaciones entre el verano y el
invierno. Estas condiciones determinaron una secuencia de suelos formados y modificados a lo
largo de varios ciclos climáticos, llamados por ello suelos policíclicos. Las arcillas y óxidos disueltos
resultantes de estos procesos en los periodos cálidos, dieron lugar a suelos bastante "lavados", es
decir, sin carbonatos en sus niveles u horizontes más superficiales. Estos "paleosuelos", muy
característicos en los terrenos calizos del mediterráneo, se llaman terra rossa (tierra roja, en
italiano), por el color que proporciona al suelo uno de sus componentes, los óxidos de hierro
deshidratados que impregnan a las arcillas procedentes de la descarbonatación de los sedimentos
calizos.
El desplazamiento y acumulación de terra rossa junto con sedimentos de conglomerados y
arenas en pequeñas depresiones del interior de los páramos ha permitido la existencia actual de
luvisoles (clasificación FAO), también llamados suelos fersialíticos según otras clasificaciones
europeas. Fersialítico significa que tienen hierro (óxidos) y silicatos en forma de arcillas. Sobre
ellos existen bosquetes de encina carrasca y quejigos, aunque han sido eliminados en grandes
extensiones para dedicar estos terrenos al cultivo.
En los casos de mayor erosión, los suelos de los páramos calcáreos son desmantelados en
las zonas de menor espesor quedando al descubierto roquedos yermos que ya no podrán
recuperar su nivel edáfico por la extremada lentitud de la formación de suelo en este tipo de
materiales, máxime en condiciones de lluvia moderada o escasa. Esta situación, sólo puede ser
paliada tanto desde el punto de vista ambiental como paisajístico, con una rigurosa ordenación
de los usos forestales, pecuarios y agrícolas, que potencie la creación, mantenimiento y, en lo
posible, la expansión de masas y barreras arbóreas o arbustivas, la regulación y mejora de
pastizales, y la dedicación a labores agrícolas sólo de suelos profundos.
Suelos y paisaje en los valles que surcan estos páramos centrales del valle del Duero.
En los pequeños valles que los surcan, especialmente en sus laderas, los factores limitantes
más apreciables son la pendiente, que determina la pérdida más o menos importante de
materiales por erosión, a su vez en diverso grado de alteración, pérdida que se produce sobre
todo por arrastre superficial y por desprendimientos por gravedad, aunque también por
disolución ("lavado") y por transporte en suspensión de arcillas y limos. Estas laderas de los
páramos muestran dos tipos de pendientes. Unas son más abruptas, labradas en terrenos blandos
margosos (mezcla de caliza y arcilla), a veces con yeso, sobre las que apenas se puede desarrollar
un débil horizonte de alteración capaz de sustentar un matorral herbáceo de tomillos, salvias y
linos. Otras laderas tienen menos inclinación y están recubiertas a veces con fragmentos de roca
calcárea mezclada con margas alteradas; en ellas se desarrolla un horizonte orgánico y con
carbonatos, de color oscuro, sobre los materiales de alteración. Este suelo se conoce como
regosol calcárico, y sobre él existían quejigos y también sabinas, cada vez más escasas.
En las laderas más suaves y estables, generalmente recubiertas de materiales sueltos con
cantos calizos englobados en una "matriz" margoarcillosa, se forman los calcisoles háplicos (suelos
con contenido alto en carbonatos en el horizonte inferior y evolución media, sin lavado intenso de
arcillas) y con tonalidad menos oscura que los anteriores.
En algunas colinas o en pequeñas plataformas que se escalonan en las laderas y que resisten a
la acción erosiva por la presencia superficial de estratos calizos compactos, se forman suelos con
un horizonte superior pardo grisáceo y un horizonte calcáreo compacto, por lo que se clasifican
como leptosoles líticos; el horizonte superior se vuelve más blanquecino en los suelos cultivados,
en los que se ha producido generalmente una erosión más o menos intensa.
En los fondos de valle de los arroyos y pequeños o medianos ríos que surcan estos páramnos
del centro de la cuenca del Duero, como el Esgueva, Bajoz, Jaramiel, Hornija, etc., existen
sedimentos o depósitos sueltos margo-limosos con cantos calizos, sobre los que se forman
calcisoles y fluvisoles calcáricos, aunque algunos de estos fondos manifiestan un drenaje
deficiente por la planitud del terreno, con tendencia al encharcamiento y la acumulación de
sedimentos de grano fino y sales en un régimen hídrico que determina la formación de cambisoles
gleicos y gleysoles.
En resumen, la catena o sucesión altitudinal de suelos en las laderas y valles que descienden de
los páramos estaría formada por regosoles calcáricos en la pendientes más pronunciadas,
calcisoles háplicos cuando esta pendiente se hace menor, leptosoles líticos en los rellanos sobre
roca compacta caliza, calcisoles y fluvisoles calcáricos en los fondos de los valles, y cambisoles
gleicos y gleysoles en las zonas encharcadas de estos valles. En esta catena, la secuencia en
sentido de mayor a menor grado de evolución sería cambisoles-calcisoles, fluvisoles y regosoles.
En estas laderas se observa una clara asimetría entre las vertientes de los arroyos e
incluso de los ríos. Las pendientes orientadas al sur o a los cuadrantes con esta orientación,
muestran un talud pronunciado, que se interrumpe con brusquedad en un fondo de valle o en
una vertiente regularizada. El sistema de escorrentía está muy poco evolucionado y es activo
en pequeños canales paralelos y poco marcados, dominando la escorrentía difusa o en manto,
que se combina con pequeños o incluso grandes deslizamientos especialmente notables
cuando el nivel de base manifiesta una fuerte actividad, cual es el caso de los meandros
fluviales próximos a taludes de esta naturaleza. Es en la base de los taludes más activos donde
se desarrollan sistemas de cárcavas.
Como ejemplo de estos procesos de erosión, y volviendo a los suelos de las laderas de
los páramos, son episódicas en ellas las manchas de quejigal, muy degradado excepto en
cabeceras de arroyos. La vegetación se reduce a recubrimientos de gramíneas, labiadas de
pequeño porte y retamas, además de especies gipsófilas (lino y salsola). Son cada vez más
frecuentes las "cicatrices" de erosión en la superficie del terreno el cual muestra
frecuentemente una alta impermeabilización que favorece la escorrentía, como se aprecia en
la foto precedente, en el valle del Jaramiel (Valladolid). Cabe destacar el aporte de limos
carbonatados y, en bastantes zonas, sulfatados que, procedentes de la erosión de estas
cuestas, se depositan sobre las tierras de labor situadas aguas abajo de ellas degradándolas al
sepultar el horizonte húmico con materiales poco edafizados y, muchas veces, alcalinos.
Las repoblaciones efectuadas en estas vertientes con pino carrasco (P. halepensis), no
han resultado siempre adecuadas, como se aprecia en la foto siguiente, en la vertiente
septentrional del valle del Duero. El aterrazamiento mediante equipos mecanizados,
afortunadamente ya sustituido por técnicas menos agresivas para el suelo, destruye el muy
escaso pero con frecuencia estabilizado perfil edáfico, mantenido por el matorral de labiadas
y/o simplemente por los recubrimientos de gramíneas. El pinar introducido, caso de prosperar
con desigual resultado, genera unas condiciones de sotobosque que impiden prácticamente el
crecimiento de otras especies por lo que, salvo la "cama" de acículas de los pinos, el suelo
queda sin protección. Esto sin entrar a considerar el alto riesgo de incendio que tienen los
pinares respecto a los bosques de frondosas y matorrales arbustivos, por muy densos que
éstos sean.
Por el contrario, las vertientes con orientación septentrional han evolucionado hacia
formas topográficas geodinámicamente mucho menos activas, alcanzando bastante menor
desarrollo los taludes, con pendientes más suaves en las que la vegetación original, el quejigal,
ha tenido muchas más posibilidades de mantenerse excepto cuando es destruido por
roturación. Estas vertientes permiten prácticas de cultivo más eficaces, al amparo de un menor
tasa de evapotranspiración y, consiguientemente, un mejor desarrollo del horizonte húmico
gracias a la mayor humedad, al aporte de materia orgánica, la protección de los taludes en
particular y de toda la vertiente en general, etc. Las repoblaciones con pino carrasco tienen, en
estas condiciones, un mayor éxito.
3. Las comunidades vegetales como factor que contribuye a la construcción del paisaje y
a su valoración.
Como acabo de comentar el estudio del suelo puede aportar una información valiosa
para conocer como se transforma un paisaje pero habitualmente no es necesario; nos bastará
con conocer la llamadas serie de vegetación propia del clima y de la morfología del terreno en
cada zona, es decir, el estado ecológico más estable en las condiciones ambientales concretas
del lugar, y compararlas con las que realmente observamos. Se entiende por serie de
vegetación el conjunto de comunidades vegetales que pueden hallarse en unos espacios
geográficos afines como resultado del proceso de sucesión, es decir, de la evolución de la
vegetación a lo largo del tiempo en unas determinadas condiciones ambientales relativamente
constantes.
Cada serie de vegetación suele estar integrada por una comunidad vegetal que se
encuentra en equilibro con las condiciones medioambientales, y que se denomina comunidad
climácica, cabeza de serie o etapa madura; y un conjunto de comunidades que anteceden o
sustituyen a la primera (comunidades o etapas seriales o de sustitución). Las causas de esta
sustitución son de diversa índole, unas veces edáficas, por ejemplo cuando los suelos están
situados en pendientes, otras veces porque existe algún tipo de microclima, y otras como
resultado de la actividad humana ya sea de forma directa o indirecta. Las series de vegetación
pueden obedecer a factores climáticos (series climatófilas o zonales) o bien se deben a
factores ecológicos de significado puntual o particular que se manifiestan en un área más o
menos amplia (series azonales), que se pueden originar por la naturaleza geoquímica del suelo
(series edafófilas), por la disponibilidad de agua (series xerófilas/hidrófilas) o por una
combinación de ambas.
Los aspectos que se toman en consideración para describir y establecer un valor de las
formaciones vegetales pueden ser:
Estos suelos, situados en laderas ya que los más profundos de zonas más llanas y
estables han sido roturados para prados y cultivos, son pobres en nutrientes y de poco
espesor, contribuyendo la hojarasca de los rebollos a su estabilidad, bastante precaria. En
condiciones subseriales, es decir, de degradación debida a diferentes causas, entre ellas los
incendios forestales pero también talas, forman matorrales de escobas negra y blanca, así
como piornales y brezales. La vitalidad, estabilidad y variedad en estos robledales de melojo,
determinada a su vez por la profundidad del suelo, es el índice del valor o calidad ambiental de
los mismos, establecida a partir de sus parámetros ecológicos, y que se traduce visualmente en
el valor paisajístico del geosistema integrado por un mosaico equilibrado de estas
comunidades vegetales.
Paisaje del Alto Campoo, con hayedo en la vertiente de umbría, prados en el valle y matorral de piornos y
escobas en la vertiente de solana.
Vista del valle del Duero, en Quintanilla de Onésimo. A la derecha, encinar en el páramo de la Churrería,
vegetación con mayor valor ambiental en estas condiciones edafoclimáticas. Desaparece para su uso agrícola y por
extracciones de piedra caliza del páramo.
Los ancestrales encinares de los páramos y valles del centro y oeste mesetario han
quedado reducidos a pequeñas o medianas masas de vegetación normalmente arbustivas en
Torozos, Alto Esgueva, Hizán, La Churrería y alguno más. Como vegetación acompañante o que
sustituye a las encinas están los majuelos, escaramujos, jaras y, en más suelos degradados, las
retamas. En el esquema anterior se muestran las etapas de regresión o etapas subseriales de
las series vegetales de la encina. Los estadios o etapas de la sucesión de mayor valor a menor
valor se ordenan de I a IV.
En todas estas extensas riberas la presencia real de esta vegetación es muy desigual,
tanto por las ocupaciones urbanas y por las infraestructuras que han utilizado su fácil relieve,
como por la fertilidad de sus suelos y la presencia abundante de agua, que ha potenciado la
amplia extensión de cultivos de regadío así como la plantación de choperas para producción
intensiva de madera.
5.
En este ambiente de macroserie riparia o formación boscosas caducifolia de ribera fluvial, en las orillas del
Esla, junto a Villaornate (León), amplias plantaciones de chopos han sustituido a la vegetación riparia
original, apenas presente en las zonas más en contacto con el río.
6.
En un medio de dominio acuático continental –río, lago, humedal, marisma- la
presencia en el agua de determinadas especies tanto del fito y zooplancton como mayores y
más complejas, proporcionan importante información sobre la estructura, funcionamiento y
calidad del mismo, sin necesidad muchas veces de tener que llevar a cabo el análisis de
parámetros físico-químicos.
Para establecer una valoración del paisaje de los ríos y sus riberas, desde la perspectiva
ecológica y ambiental, uso como referencia, entre otros, un estudio realizado por Miguel
Alonso (1999) en todo el río Duero del que tomo varios ejemplos en la presentación. Este
método se basa en tomar en cuenta el grado de conservación del ecosistema tanto en el cauce
propiamente dicho como en sus riberas. Los parámetros o indicadores que se utilizan para
establecer este valor son:
Las imágenes siguientes, extraidas del trabajo antes citado, se hace una valoración
ambiental del río Duero y sus riberas en alguno de sus tramos: Bosque ripario “en galería”
(fotos 1 y 2); este mismo bosque parcialmente desaparecido (foto 3); lámina de agua ampliada
por un embalse, con desaparición de vegetación riparia (foto 4); bosque ripario inexistente,
sustituido por plantación de chopos (foto 5); y vegetación de ribera totalmente destruida por
extracción de gravas (foto 6), La calidad disminuye en el mismo orden que la numeración de
las imágenes.
El agua y su movimiento por la superficie de cada territorio a lo largo del tiempo nos van
a explicar las formas del relieve que observamos y la presencia de muchos de los materiales
térreos que forman el sustrato del paisaje fluvial, como es patente por ejemplo en todo el
recorrido del Duero por la llanura sedimentaria castellana, y sirve como ejemplo del carácter
de corredor ecológico y paisajístico de las corrientes fluviales y sus riberas.
Una variante de los paisajes del agua son los que incluyen lagos y lagunas. Muy
importante en estos ambientes es el carácter temporal o permanente del agua, según se trate
de lagos y lagunas de zonas húmedas, que conservan el agua todo el año y con pocas
oscilaciones en su nivel, o de lagunas de escaso fondo que se desecan habitualmente en época
estival.
Los entornos y riberas de los lagos y lagunas en régimen permanente responden a las
características ya comentadas de las riberas fluviales y el paisaje que los circunda,
normalmente de ambiente climático atlántico húmedo. Como ejemplo de estos paisajes, el
lago de Sanabria es, por sus dimensiones y por su origen, un caso único en la Península, cuya
formación es consecuencia de la intensa acción erosiva de los glaciares del período
Wurmiense, que sobreexcavaron el valle y represaron su salida por la acumulación de los
materiales transportados por la lengua glaciar. Las condiciones naturales del lago de Sanabria
hacen que sus aguas sean limpias, oxigenadas y pobres en nutrientes, gracias a la fría
temperatura de la misma, a su gran profundidad y pronunciadas orillas, salvo en la margen
occidental, y a la escasa solubilidad del sustrato rocoso de granitoides silíceos. La coincidencia
en Sanabria de este conjunto de características ha determinado en definitiva la presencia de
este ecosistema único en el espacio peninsular e incluso europeo, al menos en latitudes
mediterráneas.
En cuanto a las lagunas esteparias, tomo como ejemplo en la cuenca del Duero el
complejo de lagunas esteparias más importante del noroeste de España, las lagunas de
Villafáfila. Este conjunto de lagunas está formado por tres grandes lagunas (Barillo, Laguna
Grande y de Las Salinas), alineadas de NE a SO desde Tapioles hasta Villarrín de Campos, con
núcleo central en Villafáfila, comunicadas entre sí y que desaguan a través del arroyo Salado
hasta el Valderaduey. Forman parte también de este complejo lagunar otras más pequeñas
como Bamba, Las Paneras, Laguna Parva, El Triunfo, de La Presa, de La Paviosa, Villardón,
Arbellina, etc. En conjunto inundan una extensión de 10 Km de largo por 2 a 3 de ancho. Su
salinidad y tiempo de inundación varían en sentido de la dirección de sus aguas, desde la más
efímera y de menor salinidad (Barillos) hasta la más salina, la de Villarrín o Las Salinas.
En este complejo lagunar son de un gran valor ecológico los hábitats halófilos que
aparecen ligados a las cubetas de las lagunas, por ejemplo los juncales de Juncus maritimus, los
herbazales de cebadilla (Hordeum marinum), y comunidades de matojillo (Cressa cretica). En
el interior de las lagunas la planta más representativa es la juncia o castañuela (género
Scirpus), con dos especies, S. litoralis y S. maritimus. Su presencia, en combinación con la
lámina de agua y la observación en ella de especies limícolas como avocetas, ciguñuelas,
avefrías, correlimos …, y de ánsares, fumareles, ánades, barnaclas, cercetas,… proporcionan la
mejor apreciación visual al paisaje de estas lagunas, junto con la observación en su entorno
cerealista de bandadas de avutardas (Otis tarda), con las mayores densidades de la especie a
nivel nacional y mundial. Y también el cernícalo primilla, el aguilucho cenizo, el aguilucho
lagunero, la grulla común, presente en otoño, la garza real, el sisón y la ortega.
Vista de la laguna Salina Grande, desde Otero de Sariegos. En primer término herbazales de gramíneas. En
lontananza, la población de Villafáfila.
Todas estas comunidades, cambiantes a lo largo del año, por el carácter migratorio de
muchas las especies de aves, y por las oscilaciones importantes de la lámina de agua, con su
influencia tanto directa en el paisaje como en el desarrollo y coloración de las plantas
acuáticas y litorales, junto con la iluminación, dependiente de la hora y del tiempo
atmosférico, proporcionan tipos y calidades de paisaje diversos.
El otro grupo de métodos que citan estos autores son los llamados indirectos, que
coinciden con el que propongo a continuación, y que lo evalúan mediante la descripción de
sus componentes o a través de categorías estéticas. Estos utilizan la desagregación de factores
o componentes físicos ya mencionada: relieve, geoformas, vegetación, uso del suelo, agua,
etc., a las que se le asigna un valor parcial, que debe ser agregado a los demás mediante una
suma –entiendo que ponderada- para obtener un valor final de calidad, como han propuesto
entre otros Fernández Cañadas, 1977; Gómez Orea, 1979; Ramos, 1979; Wrigth, 1974.
Dentro de la Guia metodológica de los estudios del medio del antiguo MOPU (1991),
se describe el método aplicado con este fin por el USDA Forest Service y el Bureau of Land
Management (BLM) de USA, que he cotejado con otras metodologías utilizadas en trabajos de
delimitación, clasificación y evaluación de paisajes en España. De este cotejo propongo el
siguiente esquema de evaluación del paisaje, que constituye en líneas generales una
modificación simplificada del primero, y que se concreta en los siguientes procesos y etapas:
5- Se delimitan áreas escénicas, o cuencas visuales, así como las panorámicas más
significativas dentro de las mismas, bien sea por su accesibilidad como por la
existencia de lugares singulares concretos para observar el paisaje. Recuerdo a este
respecto el apartado de Delimitación de áreas para valorar el paisaje, y el ejemplo del
Valle de Mena. Las cuencas visuales son áreas visualmente autocontenidas, es decir
conjuntos de puntos del territorio con intervisibilidad reciproca. Para delimitarlas se
puede recurrir a técnicas automáticas basadas en modelos digitales del terreno –
mallas homogéneas de puntos con su correspondiente cota terreno- a las que se aplica
un factor de corrección si existen masas de árboles, edificios u otros objetos que
puedan interferir la visibilidad. Más sencillo es establecer sus límites utilizando las
líneas divisorias de agua, especialmente las de pequeñas cuencas de arroyos y
torrentes, o las más amplias de ríos, fraccionadas en todo caso según su tamaño,
como se ha propuesto en diversos trabajos. Para esta delimitación es muy
recomendable tomar en cuenta los puntos singulares de Incidencia Paisajística, que
son enclaves que tienen un apreciable peso específico, positivo o negativo, en la
percepción del paisaje, bien sea por su accesibilidad, o por su carácter simbólico
singular.
En algunos estudios de valoración del paisaje, como es el caso de los llevados a cabo
en la Comunidad de La Rioja, establecen en primer lugar una “calidad visual intrínseca”
de cada unidad integrada o visual de paisaje, que toma en consideración la vegetación
y usos del suelo, el agua superficial, la incidencia antrópica y la existencia de
singularidades o rarezas tanto de carácter natural como cultural. Es decir, se hace una
integración del valor intrínseco en cada unidad visual. Posteriormente se valora la
calidad extrínseca o adquirida a partir de los valores escénicos obtenidos desde los
puntos culminantes más significativos. Esta valoración correspondería a la propuesta
en la metodología antes descrita.
. Descripción del mosaico de teselas de paisaje intrínseco dominantes en sus diferentes planos
(corto, medio, fondo escénico).
· Características visuales básicas de la escena: colores con sus tonalidades y contrastes. Formas
(bidimensionales, tridimensionales) con sus límites (netos, difusos). Textura (en grupos, en
líneas, franjas, etc) con el tipo de “grano” (fino, medio, grueso).
· Valoración de su calidad visual, que como es el caso de los trabajos llevados a cabo en la
Comunidad de La Rioja, la denominan, “calidad visual adquirida”. Esta valoración tendrá en
cuenta los valores establecidos para las diferentes unidades intrínsecas, las relaciones y
equilibrios funcionales existentes entre ellas, y las características visuales citadas en el punto
anterior, que se referirán sobre todo a la armonía o equilibrio entre formas, colores y texturas.
Puede establecerse una escala de valores que puede ir de 0 a 5, o de 0 a 10, matizando este
valor según la visual, la época del año, u otras circunstancias como iluminación, humedad, etc.
- 11: Escarpes con roca prácticamente desnuda e impronta estructural de la misma (brechas
volcánicas u otras
El origen de los sentimientos estéticos tendría sus raíces muy ancestrales, incluso en
fases de la evolución de los homínidos muy primigenias, en estas relaciones de apreciación y
adaptación entre seres humanos y entorno físico. Ya situados en un ámbito mucho más
concreto, restringido a la necesidad de establecer una valoración y unas pautas de actuación
para la conservación y el tratamiento “restaurador” de espacios afectados por actuaciones
humanas, es decir, el objeto de las “evaluaciones de impacto ambiental” se hace muy
necesario plantearse unas mínimas bases de análisis y de valoración de la calidad, de los
riesgos, de la fragilidad, de la reversibilidad o capacidad de re-adaptación de un espacio
transformado.
Por último otra causa para restringir las actividades industriales emisoras de gases y de
partículas sería las especiales características de la dinámica atmosférica en determinadas
zonas, como consecuencia de la dificultad para una buena dispersión de potenciales
contaminantes.
Según Odum (1969) “El territorio más ameno y a la vez el más seguro para vivir es aquel
que presente una considerable variedad de cultivos, bosques, lagos, arroyos, caminos,
marismas, costas y terrenos baldíos, es decir, una mezcla de comunidades con diferentes
edades ecológicas. Cada uno de nosotros rodeamos nuestra vivienda, más o menos
instintivamente, con cubiertas protectoras no comestibles (árboles, arbustos, hierba), mientras
que intentamos extraer hasta el último grano de nuestros cultivos. A todos nos parece que los
campos de cereales (maíz en el caso de EE.UU) son algo bueno, claro, pero a nadie le gustaría
vivir en un maizal, y sería ciertamente suicida cubrir todo el territorio y toda la biosfera con
maizales, dado que las oscilaciones serían gravísimas.”
Según Glez Bernáldez y citando a V. Zube (1982) “en la realidad, el paisaje rodea al
sujeto, es penetrable, recorrible y observable bajo numerosos ángulos y distancias, permite
movimiento y participación, ofrece abundantísima información, muy en exceso de la que es
utilizada.” “Además el entorno es constantemente cambiante, irrepetible, no sólo
estacionalmente sino por los efectos de la iluminación, viento, nubes, temperatura,
manifestaciones animales…”
- Características concretas:
o Rocas
o Lagos y ríos; superficie de las masas de agua
o árboles de hoja caduca;
o Perímetro de la vegetación en primer plano
- Dimensiones abstractas:
o Alteración/integridad
o Acogida/desafío
o Cultura/naturaleza
o Perspectiva o función reveladora
o Precisión/ambigüedad
o Refugio o función de ocultación
o Complejidad/coherencia.
o Misterio/legibilidad, contraste
o Complejidad (diversidad, variedad)/unidad
o Dominancia/equilibrio
o Novedad
Subrayo las que se valoran con mayor interés, en aquellos casos expresados como
dualidades o contrastes. Comento brevemente el significado de algunos de ellos, siguiendo a
Glez Bernáldez (1985).
- Se entendería por naturalidad la mejor conservación del paisaje primigenio, no
alterado, la conservación de los caracteres naturales del suelo, del agua, etc., pero se
asocia también a exuberancia y espontaneidad de la vegetación.
- Legibilidad y contraste se asocian a nitidez de formas, sencillez interpretativa, frente
a ambigüedades, incertidumbres en las formas y estructuras, complejidad.
- Sin embargo, la legibilidad se asocia a patrones o pautas que se repiten como son
plantaciones tanto de especies herbáceas como leñosas y de árboles, lo que supone
una gran pérdida de espontaneidad o naturalidad.
- Los signos o condiciones que evocan riesgos, condiciones adversas de frío, dificultad
de tránsito, etc, son valorados negativamente frente a signos de fertilidad, facilidad
de tránsito, accesibilidad, ausencia de amenazas o retos.
Otra cuestión que me parece interesante considerar es la apreciación y/o visibilidad del
paisaje desde puntos de vista dinámicos: la carretera, el ferrocarril, la influencia que tienen
los nuevos trazados y velocidades no sólo en la transformación del paisaje en si mismo sino
en la percepción que de él se tiene por parte del viajero que lo conoció en viajes anteriores
es a mi juicio importante, y afecta a esta apreciación de forma negativa.
Hay multitud de ejemplos tanto desde el ferrocarril convencional frente a los trenes de
alta velocidad, como de la carretera secundaria frente a la autovía o autopista. Y sobre todo
en este segundo caso, no es tanto la dificultad de apreciar el paisaje, casi la imposibilidad
que supone el cambio de velocidad en el caso ferroviario, sino la desvinculación de los
trazados con los elementos que estructuran el paisaje, ya que las vías tradicionales se
adaptan más a los rasgos del terreno y nos muestran mucho mejor sus características y
cambios.
COMENTARIOS SOBRE PAISAJES DEGRADADOS
La transformación del paisaje en los espacios afectados por la actividad minera es en general
intensa y está en relación directa con la amplitud de la explotación, su tiempo de vida, y sobre
todo sus características extractivas. Las que se llevan a cabo en galerías subterráneas suelen tener
un impacto mucho menor que las que se realizan a cielo abierto, aunque en todo caso, tanto en
unas como en otras se hacen presentes las instalaciones de transporte y cribado o selección de los
materiales extraídos, la acumulación de los estériles en escombreras, la del mineral en pilas de
almacenamiento, maquinaria, naves, etc. Anejas al área de actividad extractiva se sitúan las
instalaciones de administración y mantenimiento, pero sobre todo las de trituración, separación y
concentración (balística, levigación, flotación, etc.), lavado, secado, cocción, etc., según el mineral
o roca extraído así como del uso posterior que se dé al mismo.
En toda actividad minera a cielo abierto, que son las que modifican de forma más intensa el
paisaje, se aprecia esta alteración evidentemente en todo el perímetro de la explotación, pero
especialmente en la zona en la que se lleva a cabo la extracción. Pero también en todo el
perímetro de alteración, que junto con la anterior engloba la zona de operaciones. La extracción
parte de una excavación que conforma el frente de avance de la explotación, que pone al
descubierto la formación mineral a extraer: filón, estratos, roca masiva. En esta fase se hace
preciso transportar y depositar los materiales estériles en otro lugar, lo que da motivo a rellenos o
apilamientos externos (escombreras externas) mientras se crea el espacio necesario -hueco o
vacio inicial- para el movimiento de las máquinas de arranque y la evacuación de la mena o parte
útil y de los estériles. El hueco inicial puede ser ampliado si se trata de extracciones con una alta
proporción de estériles, puesto que la falta de compactación de éstos al ser depositados en el
mismo tiende a reducirlo, o bien se hará necesario trasladar estériles hacia las escombreras
externas mientras se prosigue la excavación. El vacío definitivo se denomina hueco o vacío final.
Pueden situarse también en la zona próxima algunas instalaciones fabriles más o menos
grandes, tales como yeseras, ladrillares o cementeras, respectivamente junto a explotaciones de
yesos, arcillas y margas, para transformar las rocas extraídas en productos como yeso para la
construcción, ladrillos, tejas y cemento. También es frecuente la presencia de cementeras en las
proximidades de explotaciones de caliza y arcilla, si estos dos materiales se explotan en áreas
próximas y se emplean en el proceso de fabricación de cemento. En ciertas explotaciones la
instalación fabril forma parte esencial de la misma, como en la obtención de glauberita (sulfato
doble de calcio y sodio), por ejemplo en Cerezo del Río Tirón, Burgos, que precisa de una
instalación industrial que genera agua caliente la cual, tras circular por las "piscinas" de extracción
del mineral estratificado, precipita éste en los sedimentadores de la instalación.
El acceso al sector en explotación, así como los movimientos de mineral y estériles entre
éste y otras instalaciones o escombreras, exige la construcción de vías para lo cual se precisan
trabajos de compactación, acondicionado con zahorras, cunetas, drenes, etc.
Estas minas, enclavadas en la Sierra Morena, han producido, a lo largo de sus 5.000
años de actividad, pero sobre todo a partir del último tercio del siglo XIX, una profunda
transformación del paisaje, que ha adquirido rasgos que, cuanto menos habría que calificar
como “muy peculiares” y representativos del modo en el que se ha llevado a cabo la
extracción, y de los efectos de contaminación y cambio en las tonalidades naturales del
terreno debidos a la naturaleza de los minerales extraidos: sulfuros de hierro y cobre: pirita y
calcopirita, así como presencia de oro y de plata, todo ello en un contexto metalogenético muy
especial que ha dado lugar a esta gran concentración de minerales de alto interés económico.
Las explotaciones a cielo abierto, que se han desarrollado al menos en cuatro grandes
huecos, alguno de dimensiones muy notables, el laboreo por interior, las escombreras de
estéril, las instalaciones industriales que se fueron extendiendo por el área circundante a las
mineralizaciones, y los barrios mineros surgidos a su amparo, son los elementos
fundamentales del modelo paisajístico de la zona, actualmente declarada Zona Patrimonial de
la cuenca minera de Riotinto-Nerva.
Este ámbito se ha ido configurando especialmente, como es de esperar, por la gran
importancia que han tenido en él los diferentes procesos de la explotación en sus diferentes
fases: las labores de extracción del mineral, bien subterránea a través de galerías o a cielo
abierto a través de las cortas; las labores de procesado y transformación, con todas las
edificaciones, infraestructuras y maquinarias necesarias para su ejecución; las labores de
retirada y depósito de los residuos generados por la extracción y procesado, creando
escoriales, escombreras o vacíes, y embalses de aguas ácidas, cuya presencia marca su
impronta en el paisaje, en contraste muy marcado con la mineralidad y aparatosa modificación
de la morfología del terreno. Junto a estas muy notables alteraciones del paisaje natural, se
debe considerar también otros elementos culturales que han ido apareciendo y extendiéndose
por las necesidades de la actividad propiamente dicha, cual son las infraestructuras de
abastecimiento (agua, electricidad, etc.), comunicación y servicios, los medios de transporte
protagonizado por la implantación del ferrocarril y los asentamientos humanos que
concentran los espacios de habitación y de sociabilidad.
Establecer una calificación o valor a este paisaje, y a otros de similar presencia, es tarea
que exige a mi juicio dejar al margen los patrones habituales aplicados al estudio del paisaje, y
aplicar otros totalmente diferentes basados en la información cultural –geológica, tecnológica,
histórica, económica y social- que nos trasmiten. Y además, respecto al entorno que lo circunda,
se deberá plantear las modificaciones o efectos directos e indirectos que ha causado sobre el
mismo la actividad extractiva y de explotación en general.
Las presas y sus embalses introducen una importante modificación del régimen
hidrológico, a la vez que entrañan otras importantísimas modificaciones sobre el espacio al
provocar la inundación de una parte del medio, con lo que ello comporta, en concreto sepultar
bajo su lámina de agua un espacio que desaparece con todo lo que significa de pérdida de su
pasado cultural, en cualquiera de las vertientes que supone este término.
Pero a los efectos de esta comunicación, lo que me interesa destacar sobre todo es el
cambio que se experimenta en la zona inundada, que desaparece bajo las aguas, que engulle
literalmente el paisaje preexistente, con sus antiguos valles y laderas, con sus prados, huertas,
caminos, pequeñas carreteras, pueblos, matorrales, bosques,… con toda las referencias a la
memoria de los habitantes que son expulsados y de sus antecesores a lo largo de siglos. Y esto
sucede generalmente en lugares que tuvieron un alto valor paisajístico tanto natural como
cultural, o de equilibrio entre ambas vertientes. En ocasiones, cuando es muy prolongado un
periodo de sequía, o se hace necesario vaciar un embalse por alguna causa, como en el de Barrios
de Luna en León hace ya unas décadas, emerge un paisaje fantasmal, remedo inerte del que
existió.
Cuando se ha visitado –no digo ya los que lo hayan habitado- un espacio como el de Riaño
antes de llenar el embalse, y se vuelve ahora a esta zona -no a ese lugar porque ya no existe- la
transformación es absoluta e imposible de reinterpretar. Los valles de las montañas de la
cordillera Cantábrica, tan característicos del paisaje del norte de la provincia de León, del
Mampodre y de Picos, han desaparecido sepultados por una elevada lámina de agua, junto a la
que observamos una población con aire de estación invernal pero a la orilla de un “lago” extenso
y falso, a mi juicio totalmente desvinculado de las montañas que lo circundan, que tampoco
ayudan demasiado a una reinterpretación del nuevo espacio.
Sólo los pequeños embalses de nivel estable, como el de Valparaiso en el valle zamorano
del Tera, consiguen una aceptable integración en su entorno, olvidándonos de la desaparición de
la parte de valle afectada. Por el contrario, la mayor parte de las láminas de agua artificial
resultantes de estas obras hidráulicas muestran esas riberas descarnadas, falsas, paradójicamente
estériles junto a tanta agua, en los que los únicos signos de naturalidad los podemos encontrar en
la “cola” del embalse, con un régimen de circulación realmente fluvial, el que tuvo en toda su
extensión y desapareció.
Además del riesgo que suponen estas actividades para el medio ambiente, su impacto
sobre el paisaje, siempre será negativo, aunque desde hace muchos años bastantes expertos y
gestores de estas instalaciones defiendan la capacidad del llamado “relleno sanitario” para
recuperar zonas afectadas por excavaciones mineras, para extracción de materiales de
construcción, u otras. Así, se ha defendido que gigantescos rellenos de valles que, en algunos
casos tenían además un alto valor ambiental y paisajístico, terminarían convertidos en altiplanos
aptos para instalar áreas de recreo tales como campos de golf, parques, etc., como era el caso del
enorme vertedero de residuos urbanos del área metropolitana de Barcelona, emplazado al sur de
la misma, en pleno Macizo de Garraf.
Este vertedero se inauguró en 1974, en la Vall d’en Joan, y se calcula que su contribución
al efecto invernadero, por emisión de metano a la atmósfera, ha supuesto un 20 % de las
emisiones de este carácter de la ciudad de Barcelona, en los 30 años en los que estuvo en
actividad. Además de la destrucción del paisaje original del valle, sólo frecuentado por
escaladores que lo usaban para entrenarse, y por otros excursionistas, con paredes rocosas
calcáreas, modelado cárstico y torrencial, vegetación característica del litoral levantino, que se
inicia precisamente en este macizo, se denunció ya desde los primeros años de su actividad,
un importante efecto contaminante sobre aguas subterráneas en régimen de circulación
cárstica, que nutrían algunos manantiales de abastecimiento a poblaciones de la zona, y
llegaban incluso al mar a través de un flujo de agua subterráneo conocido como La Falconera.
Su recuperación paisajística, está muy avanzada como se puede apreciar en las imágenes que
se presentan en esta comunicación.
A bastante menor escala, pero con una idea similar, se diseñó y puso en funcionamiento
en 1994 el depósito de residuos tóxicos de Santovenia de Pisuerga, represando un pequeño
valle al este de esta población, colindante con el término municipal de Valladolid. Después de
casi 20 años de actividad, las irregularidades cometidas en sus trámites de puesta en
funcionamiento y sucesivas ampliaciones han provocado varias decisiones judiciales negativas
a esta actividad, la última del Tribunal Constitucional que anula por inconstitucionalidad una
ley de la Junta de Castilla y León que permitió en 2002 reabrir las actividades de vertido en el
mismo.
Como síntesis, y a la vista de los casos e imágenes comentadas, los paisajes de los
depósitos de residuos suponen, casi siempre, una destrucción del paisaje preexistente, que ya
podría proceder de una actividad precedente, extractiva o de otra índole, pero sobre todo en
la generación de un ámbito en el que los residuos sepultan el terreno precedente, a veces en
extensiones, espesores y, por tanto, volúmenes de gran magnitud, que “supuran” excreciones
gaseosa (metano) y liquidas (lixiviados) de alta toxicidad, que deben ser drenadas a través de
chimeneas de ventilación y redes de colectores, en este segundo caso conducidas a balsas para
su hipotética depuración. Esa idílica visión de un espacio finalmente recuperado, destinado a
usos de esparcimiento o recreo, oculta un “paisaje subterráneo” de despilfarro y
contaminación, dejando visible y perceptible los gases y líquidos que supuran de su interior.
EPÍLOGO
Viene bien para terminar citar de nuevo al insigne ecólogo Eugene Odum (1969):
“Simplificando puede decirse que el principal problema que la sociedad actual afronta se centra
en determinar de forma objetiva a partir de qué punto tenemos demasiado de algo bueno. Este
es un reto absolutamente novedoso para la humanidad, que hasta ahora se las ha tenido que
ver más a menudo con problemas de escasez que con problemas de sobreabundancia. De este
modo, el hormigón es algo bueno, pero deja de serlo si se cubre de hormigón medio planeta.
Los insecticidas son beneficiosos pero dejan de serlo si se utilizan de manera indiscriminada y
en grandes cantidades. Igualmente, los embalses y presas han demostrado ser una aportación
artificial al territorio muy útil para el hombre ¡pero eso no quiere decir que tengamos que
embalsar todo el agua del país!”
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