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Valoracion Ambiental Del Paisaje

Este documento presenta una discusión sobre el significado del término "ambiental" y proporciona una aproximación al concepto de "paisaje" desde una perspectiva ambiental. Explica que el paisaje es el resultado de las interacciones entre factores bióticos y abióticos como el clima, el relieve, el agua, la vegetación y la fauna, así como las modificaciones humanas. También destaca la importancia del factor temporal y de las relaciones genéticas entre los diferentes componentes del paisaje según las ideas del científico ruso Vasili

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Valoracion Ambiental Del Paisaje

Este documento presenta una discusión sobre el significado del término "ambiental" y proporciona una aproximación al concepto de "paisaje" desde una perspectiva ambiental. Explica que el paisaje es el resultado de las interacciones entre factores bióticos y abióticos como el clima, el relieve, el agua, la vegetación y la fauna, así como las modificaciones humanas. También destaca la importancia del factor temporal y de las relaciones genéticas entre los diferentes componentes del paisaje según las ideas del científico ruso Vasili

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Curso abierto de especialización en paisaje

VALORACIÓN AMBIENTAL DEL PAISAJE


José Manuel Fernández Delgado. Geólogo

En este tema del curso, a partir del significado de “ambiental” y de la aproximación


al concepto de “paisaje” desde esa perspectiva, que se fundamenta en conocer cual es su
estructura y que relaciones existen entre los diferentes factores que lo integran, se plantean
formas para estimar la calidad de los paisajes a partir del estudio ecológico del geosistema,
del que el paisaje es su manifestación visual.

SIGNIFICADO DE “AMBIENTAL”.

En el marco del “medio ambiente”, noción que, etimológicamente, supone un


pleonasmo o término redundante ya que medio y ambiente, por si solos, expresan una
misma cosa -todo lo que rodea y cobija a un ser o a un sistema- han ido surgiendo
disciplinas, las llamadas Ciencias Ambientales, y ámbitos políticos y administrativos de
gestión como la política ambiental, la protección ambiental, la evaluación del impacto
ambiental, etc. Las palabras entorno y hábitat podrían haber sido también elegidas para
expresar esta noción o ámbito de conocimiento y de gestión, pero su uso se ha restringido a
aspectos parciales del medio ambiente y del paisaje, ya sea en su vertiente arquitectónica o
ecológica respectivamente.

Se entiende por medio ambiente todo lo que rodea a un ser vivo. Entorno que afecta y
condiciona especialmente las circunstancias de vida de las personas o de la sociedad en su
conjunto (Johnson, y otros (1997).

Una definición sencilla y bastante precisa del término medio ambiente es la siguiente:
factores abiótico y bióticos que envuelven a un ser vivo o población, y que incluye los factores
que tienen una influencia en su supervivencia, desarrollo y evolución. Comprende el conjunto
de valores naturales, sociales y culturales existentes en un lugar y en un momento
determinado, que influyen en la vida del ser humano y en las generaciones venideras. Es decir,
no se trata sólo del espacio en el que se desarrolla la vida, sino que también, junto con
agua, suelo, aire, objetos diversos, comprende los seres vivos, y las relaciones existentes entre
todos ellos, así como elementos tan intangibles como la cultura.

En consecuencia, las características y comportamiento del medio ambiente en cada


lugar y momento son el resultado de las relaciones que han acontecido en este ámbito o lugar
de la Biosfera, primigeniamente sólo de forma natural, fruto de la interacción de factores y
procesos geofísicos y biológicos y, a medida que la actividad humana ha aparecido y
evolucionado, de las modificaciones que la misma ha producido en los factores naturales y en
dichas interacciones.

En esta última definición aparecen expresadas las ideas de Troll y Bertrand en cuanto a
la importancia del factor temporal en el análisis del paisaje; y son idénticos los “objetos y
relaciones” que conforman a éste y al medio ambiente.
Para conocer y valorar este “ambiente” o medio debemos proceder, por tanto, al
análisis de los caracteres naturales -clima, relieve, agua, vegetación, fauna- así como de las
modificaciones que las actividades humanas -cultivos, pastoreo, aprovechamientos forestales,
minería, urbanización, industria, etc., han producido en el ecosistema natural, todo lo cual
configura la calidad del medio ambiente. El análisis ambiental supone, pues, abordar
cuestiones tales como las características y la calidad de los biogeosistemas, así como su
transformación; y valorar la importancia de efectos perniciosos tales como la desaparición de
especies, la contaminación, la erosión, la sobreexplotación, en definitiva el deterioro y la
destrucción de recursos.

No se debe olvidar en absoluto los efectos de todos estos procesos sobre la población
humana, tanto en lo que afecta a la salud y, en general, al bienestar físico, como al acceso y
calidad de los bienes y servicios, es decir, al bienestar social que se deriva del uso racional de los
recursos.

APROXIMACIÓN AL CONCEPTO “PAISAJE” DESDE LA PERSPECTIVA AMBIENTAL

Aunque el concepto “paisaje” ha sido ya repetidamente analizado en las diferentes


charlas precedentes, no puedo dejar de entrar una vez más en su significado, sobre todo en
aquellas acepciones o enfoques del término que pueden orientar respecto al objeto
concreto de esta charla: su valoración desde la perspectiva ambiental.

A partir del significado de la palabra paisaje según la RAE, “extensión de terreno que se
ve desde un sitio”, en esta primera acepción considerado sólo su apreciación meramente
visual, o “extensión de terreno que se considera en su aspecto artístico”, que introduce su
cualidad estética, puede hacerse una primera aproximación al tema que nos ocupa. De esta
segunda acepción, y ampliando la noción meramente estética del concepto “arte” a “la
habilidad para hacer una cosa o el conjunto de normas para hacer bien algo”, podríamos llegar
a la definición de paisaje (Morláns, Mª C., 2005) como “la extensión de terreno que se
considera desde su habilidad para hacer bien algo”, por ejemplo, la producción de bienes y
servicios para el ser humano.

Pero esta definición, a mi juicio, resulta por un lado excesiva, al sobrepasar el ámbito
perceptivo en el que se circunscribe el término; y por otro lado es escasa puesto que, como se
verá a continuación, la consideración o interpretación ecológica del concepto “paisaje”,
trasciende ampliamente esta “funcionalidad”, entendida desde los intereses humanos, y se
hace extensiva a los “intereses o reglas de la naturaleza”.

En esta aproximación al concepto de paisaje, las acepciones que insisten en sus


cualidades estéticas suponen que “paisaje” es una cualidad del terreno ligada a la percepción
que de él se tiene, de tal modo que su existencia se fundamente en la posibilidad de ser visto y
observado. De tal modo, podría decirse, que un paisaje no existe si no es visto y, más aún
valorado de algún modo. Esto llevó a G. Berkeley en su “Treatrise of the Principles of Human
Knowledges” (1710) a la idea filosófica de que no ya el paisaje, sino toda la materia, sólo
existen en la medida de que son percibidos, observados. Idea de la que se retractó más
adelante esencialmente por consideraciones religiosas.

Como ya se ha expuesto en charlas anteriores, los fundamentos científicos de la noción


de paisaje tienen su origen en los trabajos de Charles Darwin y Alexander von Humbolt en el
siglo XIX, y son desarrollados por geógrafos del norte y centro de Europa en la primera mitad
del siglo XX, que se centran sobre todo en los aspectos físicos del mismo, priorizando por
tanto su vertiente natural, incluso su vertiente más mineral, geomorfológica, hasta en lugares
carentes o de presencia muy reducida de elementos biológicos, como son los paisajes glaciares
y desérticos; si bien comienzan también a ser tenidos en cuenta sus aspectos socioculturales y
psicológicos.

El científico ruso Vasili Dokuchaiev (1840-1903), considerado el fundador de la


edafología o ciencia del suelo, describe el término paisaje (Landschaft, en su denominación en
alemán), como resultado de la alteración del sustrato rocoso, que da lugar a la formación de
los suelos, y la vegetación que los coloniza. Es esta una descripción o definición netamente
naturalista. En estas ideas ve Marina Frolova (2001), el inicio de la aproximación científica al
estudio del paisaje que “a diferencia del paisaje de Humbold, el Landschaft de los geógrafos
rusos adquiere cada vez más los rasgos del modelo científico abstracto, que se aleja
progresivamente de la representación sensible del paisaje”.

Respecto al suelo, Dokuchaiev formuló una teoría que en aquellos tiempos se


consideró revolucionaria puesto que, de ser considerado éste como un estrato más del medio
geológico, él lo considera un objeto distinto, resultado de los procesos de interacción entre los
componentes bióticos y abióticos del ecosistema, junto con la intervención humana.
Dokuchaiev subraya asimismo la importancia del factor temporal, tanto en los suelos, a los que
considera a la vez como cuerpo natural e histórico, y destaca igualmente este factor temporal
en el análisis geográfico al señalar que cada zona geográfica representa igualmente la
región genética, es decir, formada en el transcurso del proceso histórico, por lo que es
necesario estudiar la variabilidad de la naturaleza en el tiempo y en el espacio. Esta nueva
aproximación esclarece las interacciones entre vegetación, relieve, geología, clima y la
actividad humana y orienta la geografía hacia el análisis sintético del paisaje y de la historia de
su formación.

En el esquema siguiente expreso las relaciones que, en línea con las ideas expuestas en
el párrafo anterior, conectan genética y dinámicamente los diferentes factores que construyen
el paisaje:
Según M. Frolova, Dokuchaiev expuso esta concepción del suelo, por primera vez, en
su artículo Zonas pedológicas verticales y horizontales del Caucaso en 1898, del siguiente
modo:

“Generalmente se estudia los cuerpos separados -minerales, rocas, plantas y animales- y los
fenómenos o los elementos separados -fuego (vulcanismo), agua, tierra, aire […], pero no se
estudia nunca sus relaciones genéticas, permanentes […], que existen entre las fuerzas, los
cuerpos y los fenómenos de la naturaleza, entre la naturaleza muerta y viva, entre los reinos
vegetales, animales y minerales, de un lado, y el hombre, su vida material y espiritual, por otro.
No obstante son estas relaciones e interacciones regulares las que representan la esencia de la
comprensión de la naturaleza, el núcleo de la verdadera filosofía - el "interés" superior de las
ciencias de la naturaleza.”

En esta aproximación ambiental al concepto “paisaje”, Carold Troll propuso en 1938 el


término “ecología del paisaje” o geoecología, justificándolo del siguiente modo: “Los dos
conceptos, ecología y paisaje, están relacionados con el entorno del hombre, con la
particularmente variada superficie terrestre que éste tiene que usar de manera adecuada para
su economía agrícola y forestal con el fin de aprovechar las materias primas, al igual que la
explotación minera o la fuerza hidráulica que producen energía para impulsar sus industrias:
un entorno natural que el hombre, con sus actividades, transforma siempre de un paisaje
natural a un paisaje económica y culturalmente aprovechado.”

Ya en la segunda mitad del siglo XX, G. Haase (1967) acomete el proceso metodológico
del estudio del medio natural a partir de lo que se puede denominar la ecología de los paisajes.
Lo que caracteriza a esta metodología es considerar las diferentes unidades en las que se
segmenta el territorio como “geosistemas”, que se definen por los intercambios de materia y
los flujos energéticos que se producen en ellos, es decir por el funcionamiento de los eco-
sistemas, tomando en cuenta su origen y evolución, en definitiva sus aspectos dinámico-
genéticos. Se parte de un reconocimiento fisionómico pero a continuación se efectúa un
análisis cualitativo de los diferentes fenómenos que tienen lugar en el geosistema, para
proseguir con balances que cuantifican estos procesos, con la correspondiente modificación de
las unidades fisionómicas previamente establecidas. Se trata, por tanto, más de un estudio
ecológico que de un análisis y una valoración del paisaje.

George Bertrand (1968) introduce en el análisis del paisaje la dimensión temporal, al


considerar tres etapas o fases evolutivas: el medio natural, el ecosistema y la intervención
humana, que permiten establecer una jerarquía en las diferentes unidades de paisaje.
Distingue entre geosistemas bioestáticos, estables, en equilibrio con sus factores climáticos y
de otros tipos, y los rexistásicos, en los que bien por razones naturales (laderas inestables) o
antrópicas, no puede existir este equilibrio o bien se ha alterado.

Un paisaje, en este sentido científico, es un conjunto de geoformas, las cuales vienen


caracterizadas no sólo por su parte mineral, rocosa, sino también por las transformaciones que
se producen en el sustrato mineral, incluida su evolución morfológica, como resultado de los
procesos de meteorización y erosión, derivados de los factores climáticos, y por la colonización
biótica que experimenta este sustrato mineral, con las correspondientes etapas de
complejidad del ecosistema, resultado de la dinámica ecológica.

Según Tricart y Kilian (1982), dentro de este enfoque, “la noción de paisaje coincide
prácticamente con la de unidad natural”. Así “un paisaje se caracteriza por una asociación de
caracteres: relieve, clima, vegetación suelos” Se trata por ello de un concepto de naturaleza
fisionómica pero, a diferencia de los trabajos de los australianos del CSIRO, trata de establecer
relaciones de causalidad entre los diferentes factores, es decir, vincular estos diferentes
aspectos temáticos.

Jose A. Sotelo Navalpotro (2006) destaca la consideración del concepto paisaje como
representación de la naturaleza que, así entendido “se nos presenta como una construcción de
la imaginación que va conformando paulatinamente una memoria, y constituye una biografía
de cada territorio, en continua mutación. De esta forma, el paisaje no es igual a naturaleza,
sino una interpretación de ella”
Desde los años setenta del pasado siglo son numerosos los autores que estructuran las
unidades de paisaje como mosaicos de diferentes ecosistemas, en un fondo escénico
delimitado por la geomorfología y una matriz que corresponde a los usos dominantes, y con
conexiones a través de corredores, definidos éstos tanto desde su naturaleza visual como
funcional (por ejemplo, ríos y sus riberas).

Para terminar estas reflexiones sobre el concepto de paisaje a través de una aproximación
“ambiental” destaco las ideas de tres geógrafos contemporáneos acerca de la doble condición
del paisaje como impronta y matriz. El geógrafo italiano Eugenio Turri, en su obra Il paesaggio
come teatro (1998) plantea esta doble condición del siguiente modo:

“La concepción del paisaje como teatro sostiene que el hombre y la sociedad se comportan
frente al territorio en el que viven de un modo doble: como actores que transforman, en
sentido ecológico, el marco de vida, imprimiéndole el signo de la acción propia, y como
espectadores que saben mirar y comprender el sentido de su operar en el territorio”
De tal modo que entre las dos acciones de actuar o de mirar es más importante, “más
exquisitamente humana”, la segunda, por su capacidad de guiar a la anterior. Ambas deben
caminar conjuntamente, siempre la mirada como forma de “tomar conciencia de sí como
presencia y como agente territorial”. Sin esa conjunción “no habría paisaje sino sólo
naturaleza, mero espacio biótico”.

Como complemento o matiz a estas ideas, el también geógrafo francés A. Berque


presenta su teoría del ecúmene y de los medios humanos (2000) (Ecoumène. Introduction a
l’etude des milieux humains) que nos plantea, con una argumentación totalmente inserta en el
ámbito de la filosofía, que frente a la relación unívoca desde la sustancia pensante ante la
sustancia extensa, dicho de forma sencilla del hombre ante la naturaleza, sobre la que se
proyectaría de forma unilateral su actividad, primero síquica y luego física, por un acto de
voluntad, nuestra participación en esta relación tendría un doble sentido, a modo de vaivén,
que este autor llama “pulsación existencial que hace que el mundo nos importe”. Existe una
continuidad entre la acción y la percepción, tomando ambas esa naturaleza doble relacional y
dinámica, en la que nuestros actos se nos devuelven en forma de símbolos “que repatrían el
mundo en el seno de nuestro cuerpo”.
F. Zoido (2012) destaca la riqueza de manifestaciones propia de lo paisajístico, en
palabras de J.V. Caballero Sánchez (2012), riqueza que asocia sin dificultad a ese carácter
simultáneo de matriz y de impronta que ya había sido señalado por Turri y Berque. Zoido
propone dar forma y ordenar el paisaje, a través de un diálogo capaz de armonizar el cambio
con la continuidad de los elementos esenciales de los paisajes. Para ello formula tres
postulados básicos: la necesidad de conocimiento del medio natural o base física del territorio;
la búsqueda de una funcionalidad integrada de todos los elementos territoriales; y la búsqueda
de la calidad escénica del conjunto, utilizando determinados hechos y formas para expresar
valores culturales, identitarios o simbólicos.
NOCIONES ECOLÓGICAS PARA VALORAR LOS PAISAJES DESDE LA PERSPECTIVA AMBIENTAL.

En general, la valoración de un determinado paisaje se puede enfocar con criterios


diversos, según el aspecto o el interés que nos conduzca a esta pretensión. Para ello habrá que
concretar previamente que concepto o noción de Paisaje es el que asumimos, dentro de las
diferentes formas –fisionómica o descriptiva, ecológica, sociocultural, estética, económica,
territorial…- de aproximarnos a su conocimiento o estudio.

Sea cual sea la forma o enfoque que nos propongamos, paisaje es una entidad
comprensiva y compleja, y su evaluación puede hacerse de forma analítica, a través de la
identificación y valoración de sus diferentes componentes, para proceder finalmente a la
integración ponderada de cada uno de los valores asignados a cada componente –habrá que
evitar valorar más de una vez cualidades y aspectos dependientes entre sí-; o de forma
sintética, mediante un método que establezca este valor de forma más o menos directa dentro
de la materia o vertiente de conocimiento capaz de establecer ese valor sintético.

Por ejemplo, si damos prioridad a la noción de paisaje desde una perspectiva natural,
ecológica, se deberán aplicar a este fin las herramientas de estudio y evaluación que nos
proporciona esta disciplina; mientras que si nos interesan los relativos a las emociones y
apreciaciones de belleza, la valoración se deberá enfocar desde principios filosófico estéticos.

Visto el significado del concepto ambiental, y en consonancia con la aproximación al


estudio del paisaje desde una perspectiva geoecológica (C. Troll) y del paisaje como
geosistema, la determinación de la calidad o valor de un paisaje concreto desde esta
perspectiva ambiental habrá plantearla desde la ciencia ecológica, en tanto que ésta estudia
de forma comprensiva la naturaleza y su funcionamiento, afrontando todas las relaciones
existente entre los seres vivos (animales y vegetales) con su ambiente, tanto orgánico como
inorgánico, definición no exacta pero bastante aproximada de la que dio el naturalista Ernst H.
Haeckel en 1869 a este neologismo, creado por él, para una ciencia entonces inexistente.

Según Fabio Solari y Laura Cazorla (2009) el paisaje puede definirse como “la
percepción que se posee de un sistema ambiental”. Es, por lo tanto, “el área en el que
conviven los rasgos naturales así como los influenciados por el hombre y que da lugar a una
percepción visual y mental tanto individual como colectiva del conjunto de ese espacio”.
(Abad Soria y García Quiroga, 2006).

Esta definición parte del concepto de sistema ambiental, que podría ser equiparado a
geosistema, concepto propugnado por V.B Sochava en 1963, con la idea de aplicar la teoría de
sistemas a los espacios geográficos. El geosistema corresponde a una unidad de paisaje
natural, sobre la que, en general salvo casos muy aislados, se superpone una impronta debida
a la actividad humana (cultural). Mientras los estudios del paisaje perseguían inicialmente
describir, clasificar y delimitar (cartografiar) los diferentes tipos y unidades en las que se
podría segmentar el continuo geográfico, la fase geosistémica se basa en palabras de Mateo,J.
y Silva, E.V (2012) “más que todo en establecer los atributos sistémicos, e ir determinando y
definiendo las propiedades sistémicas, o sea las nociones de estructura, funcionamiento,
dinámica y evolución”. Esta nueva forma de analizar los paisajes se justifica en la necesidad de
valorar la respuesta de los geosistemas a las intervenciones agresivas de toda índole sobre el
medio ambiente, tales como el desarrollo de metrópolis, grandes embalses, trasvases,
agricultura intensiva, etc.

Harald Sioli (1973-1982), limnólogo, define los “paisajes” como “las secciones de la
biosfera con las que el hombre se relaciona y que pueden ser utilizadas e influidas por él”,
definición que, como él mismo indica, es una manera muy simple y general de aludir a este
concepto. Tomo esta idea por la reflexión que, a continuación, se plantea dicho científico
respecto a cómo podemos comprobar si los paisajes conservan todo su valor o se han
degradado. Y se refiere a una amplia escala entre lo que podemos considerar un paisaje
“sano” y “rico” hasta un terreno improductivo o incluso un lugar totalmente insalubre por la
acumulación de residuos tóxicos.

Este autor hace mención a una forma de establecer esta escala de valores,
considerando que el valor de un paisaje reside en su capacidad como “espacio viviente”. Para
ello considera, de acuerdo con lo propuesto por otros autores, que la “vivacidad de un
paisaje” debe ser entendida como el producto (no la suma) de:

- la diversidad (número de especies vegetales y animales) existente en el ámbito o


espacio considerado,

- la cantidad de biomasa que se genera,

- la producción de materia orgánica primaria y secundaria,

- su capacidad para eliminar residuos inútiles o tóxicos,

- el número de personas que pueden vivir en ese espacio,

- y la riqueza de experiencias y destinos de éstos por unidad de superficie.

E incluye el ambiente urbano dentro de los tipos de paisajes que deben ser valorados
dentro de esta escala. Esta es una propuesta claramente ecológica para establecer una
valoración del paisaje, que, no obstante, creo debe ser matizada aún desde esta perspectiva,
como comento más adelante.

En ecología, se establece como un axioma la capacidad de los diferentes ecosistemas


para alcanzar un estado de equilibrio en el que, en condiciones externas sin grandes cambios,
el sistema se mantiene en una situación estable; es decir, los ecosistemas, como afirma Sioli,
“tienen su propia capacidad de regulación, de distinto alcance según la naturaleza de cada
uno”. Según Sioli, los factores naturales, que serían los que deberíamos tomar como base para
establecer una escala cuantitativa de valores del paisaje, tienen capacidad para autorregularse
cuando están libres o escasamente afectados por la actividad antrópica. Las formas primitivas
de colonización humana introdujeron cambios en estas pautas pero, por su escasa presión, con
herramientas no muy efectivas y pocos individuos, se crearon espacios y paisajes culturales
que, no obstante, eran capaces de conservar su productividad y su posición en la escala
“natural” de valores. Este equilibrio se rompe, históricamente y ahora, cuando se extrae del
ecosistema más de lo que éste es capaz de regenerar.

Hago unas breves precisiones sobre el concepto de ecosistema, al menos en lo que


desde mi punto de vista me parece necesario considerar a los efectos de esta comunicación:
un determinado espacio geográfico adquiere esa unidad ecosistémica en cuanto puede ser
considerado como una estructura más o menos compleja en la que sus diferentes partes
cumplen una función, utilizando parte de la energía que accede al mismo, ya sea de forma
directa o mediante la recepción de materia con capacidad de producirla, e intercambian
materia con otras estructuras o componentes del mismo, pudiéndose considerar al conjunto
(ecosistema) como una entidad razonablemente autosuficiente. Ejemplos sencillos y
recurrentes de estas unidades ecosistémicas son un bosque, una pradera, un lago, que
cumplen los requisitos de autosuficiencia –relativa, no total- aunque obviamente mantengan
intercambios entre ellas.
No está de más comentar de forma breve algunas ideas, desde la perspectiva de los
ecólogos, sobre las relaciones funcionales entre los diferentes componentes de geosistemas y
paisajes, entendidos éstos como la parte perceptible de los primeros.

Eugene P. Odum (1969) expresa del siguiente modo la idea de las etapas de la sucesión
hasta alcanzar su madurez: “En pocas palabras, la estrategia de sucesión como proceso a corto
plazo es básicamente la misma estrategia de desarrollo evolutivo a largo plazo que se da en la
biosfera, es decir, aumento de control sobre el entorno físico, o bien homeostasis con el mismo
en el sentido de alcanzar un máximo de protección frente a posibles perturbaciones.”

Este mismo científico, junto con Pinkerton, en 1955 y basándose en la ley de


Lotka (1925) o «ley de la máxima energía en sistemas biológicos» fueron los primeros en
señalar que durante la sucesión se produce un cambio fundamental en el destino de los flujos
de energía, pues una cantidad de energía cada vez mayor se dedica al mantenimiento. R.
Margalef en 1963 documentó esta base bionenergética de la sucesión.

Según Ramón Margalef (1998) “La humanidad, tanto por su capacidad para la
construcción y manipulación de objetos, instrumentos diversos y máquinas, como por la amplia
utilización de energías no metabólicas propias, ha iniciado una vía de evolución propia, que se
caracteriza por una intensa reorganización de su entorno natural, que hoy día muchos
consideraríamos excesiva. Implica ya una inversión de la topología del mismo paisaje, que
está teniendo consecuencias profundas.” Esta afirmación, si he entendido bien al admirado
Dr. Margalef, supone constatar que las relaciones existentes entre los componentes del
mismo, es decir, los intercambios de materia y los flujos energéticos, cambian de sentido, se
invierten.

DELIMITAR AREAS O UNIDADES DE PAISAJE PARA SU VALORACIÓN.

Para establecer áreas o zonas coherentes en las que proceder a una valoración de su
paisaje desde esta perspectiva ecológica, tanto para poder ser abarcados y valorados como
espacios visibles desde consideraciones de apreciación visual del mismo como para tratar de
explicar su estructura y dinámica, se impone delimitar espacios caracterizados por su
morfología, tales como valles, páramos, campiñas, “visualmente coherentes” como se dice
más adelante.

Según la Guía Metodológica del Paisaje de la Comunitat Valenciana, las unidades de


paisaje “son áreas del territorio que presentan un carácter paisajístico diferenciado”, lo que es
no decir más que una obviedad. La cuestión es cómo establecer los factores que determinan su
singularidad respecto al espacio circundante y, por tanto, como trazar sus límites. Más nos
orienta para ello el Observatori del Paisatge de Cataluña, según el cual las “unidades de
paisaje, (deben ser) entendidas como áreas estructural, funcional y/o visualmente coherentes
sobre las que puede recaer un régimen diferenciado de protección, gestión u ordenación”. Por
tanto ya nos podemos centrar en cuales pueden ser esos factores estructurales, funcionales
y/o visuales coherentes para poder identificarlas y delimitarlas. Esta segunda definición integra
conceptos unitarios de visibilidad, estructura y funcionalidad, compatibles con el concepto de
geosistema.

Lo primordial para establecer una unidad paisajística no es tanto la diferencia en


alguno de estos factores (roca, suelo, vegetación, etc.) como las relaciones funcionales que
existan entre ellas –una sucesión en el espacio de suelos, de formaciones vegetales y de
actividad que respondan a una determinadas condiciones naturales y a una evolución de usos
del suelo- junto a lo que se ha llamado “visualmente coherentes” o el concepto de cuenca
visual como porción de paisaje visualmente autocontenida (Fabio Solari y Laura Cazorla, 2009).

El relieve, que obedece a caracteres geoestructurales y a procesos morfodinámicos


concretos, determina asimismo relaciones funcionales entre los diferentes componentes
naturales del ecosistema (agua, suelos, vegetación, animales) y a los usos del suelo que se han
impuesto culturalmente, además de condicionar la apreciación visual del espacio. De ahí que
es la compartimentación del espacio geográfico en cuencas hidrográficas con diferente grado
de jerarquía, la que nos señala a priori esta posible delimitación, que puede ser contrastada
con una clasificación de unidades geomorfológicas.

En la siguiente ilustración se muestra la posible delimitación de una unidad de paisaje


en Valle de Mena (Burgos), recorrido por el río Cadagua, a partir de una representación del
relieve mediante sombreado orográfico y curvas de nivel.

En el supuesto de tratar de llevar a efecto esta valoración global o integral de la


estructura, dinámica, estabilidad y, en definitiva, valoración del paisaje desde principios
ecológicos tendremos necesariamente que identificar los diferentes componentes que
configuran el ecosistema, tanto de su soporte geofísico o ecotopo (litología, relieve, clima)
como de los organismos vivos (biocenosis) que lo habitan, pero orientando este análisis, desde
el primer momento, a establecer las estructuras y relaciones entre todos estos componentes.

CONTRIBUCIÓN DE DIFERENTES COMPONENTES DEL PAISAJE A SU VALORACIÓN AMBIENTAL:


SUS CUALIDADES GEOECOLÓGICAS Y SUS CUALIDADES ESTÉTICAS.

1. Las formas y los valores del relieve

El componente geológico, que perceptiblemente se manifiesta a través de las formas y


tonalidades del relieve, es primordial para el análisis y la valoración del paisaje. Ya Darwin sitúa
su interpretación del espacio geográfico, del geosistema, desde un enfoque geomorfológico, es
decir, atendiendo prioritariamente a la estructura y dinámica del soporte geológico, aunque no
se refiera específicamente al análisis paisajístico. Vidal de la Blache (1913), en palabras de
Enrique Serrano (2014), representa, en línea con el pensamiento de Humbolt, una línea más
holística, integradora, en la que, no obstante, el relieve es parte esencial en la arquitectura del
paisaje:

“El aspecto de la superficie sólida se revela, así, como el resultado de modificaciones que se
rehacen sin cesar de tiempo en tiempo. Representa una etapa dentro de una sucesión; no un
estado definitivo y alcanzado de golpe. Las formas actuales tan sólo pueden ser interpretadas
si se las examina en el encadenamiento del cuál forman parte. ¿Cómo explicar, por ejemplo, sin
recurrir a la consideración de un sistema de pendientes anterior, la dirección en apariencia tan
paradójica de esos ríos que atraviesan, en lugar de contornearlos, aquellos obstáculos que
parecen oponérseles a su paso? Todo ello permaneció enigmático mientras esta idea de
evolución de las formas, que es la clave, no penetró en la ciencia con ayuda de la comparación
y del análisis. Cabe aseverar que ella informa hoy día toda investigación.”

El relieve, determinado por la dinámica geológica, es pues, en primer lugar, el soporte


escénico en el que se insertan los elementos que conforman un paisaje. La presencia de
montañas como marco de una escena o vista espacial ya se considera un valor del mismo. Pero
además puede aportar rasgos de color, forma, textura, dimensión y carácter espacial. Sobre
color y forma son innumerables los ejemplos que podrían presentarse, de los que cito, por
razones de espacio, sólo algunos entre la infinidad de ellos posibles: Ronda, Medulas, Torcal de
Antequera, Tuerces, Cañones de Rio Lobos y del Duratón, Lago de Sanabria y su entorno,
Arribes del Duero, Sierra del Calvitero con el nacimiento del río Cuerpo de Hombre, la Caldera
del Teide etc., por no citar lugares mucho más lejanos como El Gran Cañón de Arizona, El
Perito Moreno en Argentina, The Big Red Stone en Australia, El Etna siciliano, y tantos etc.

Formas de relieve de origen glaciar en el Calvitero (Sierra de Béjar , Salamanca) en el nacimiento del río Cuerpo
de Hombre, con “cejas” o pequeños circos glaciares en la ladera superior y morrenas o depósitos del mismo origen a
modo de montículos laterales.

Espacios cuyo relieve se caracteriza por la presencia de cañones fluviales tanto en


materiales calizos como silíceos, sierras cuyo origen y presencia se debe a procesos de
tectónica geológica de bloques o de pliegues, lagos y sus entornos con diversos orígenes, por
ejemplo glaciar, con sistemas de lagunas asociados como Sanabria, el Calvitero, Gredos,
Urbión, Cebollera; relieves de evolución cárstica en rocas calizas, junto con procesos de
erosión fluvial en combinación de procesos de sobreimpresión junto con las líneas de fractura
(diaclasas y fallas) en los macizos calcáreos tales como el Torcal de Antequera, Las Tuerces
palentinas, Rio Lobos, Duratón; espacios lagunares situados en cuencas sedimentarias mal
drenadas o conectadas a niveles freáticos someros o surgentes, etc., por ejemplo en las Tablas
de Daimiel o en Villafáfila, son el escenario, siempre singular, en ocasiones irrepetible, en el
que se asienta y se fundamenta la diversidad y la calidad del paisaje.

Las Tuerces: formas de relieve tipo jurásico -producido por la acción geotectónica que ha dado lugar a pliegues
anticlinales y sinclinales- en el cretácico superior de la montaña palentina, que han evolucionado hasta la inversión
del mismo, con sinclinales colgados y remodelados por la acción cárstica en los niveles calizos.

Estas formas contienen además una rica y en ocasiones compleja historia


geomorfológica, que “enriquece” su valoración en la medida de ser conocedores de la misma,
al menos en sus procesos y acontecimientos más generales, incluso ligados a la actividad
humana como es el caso de Las Médulas (Ruina montium).
Este decisivo protagonismo de los factores geomorfológicos en la gran mayoría de los
espacios naturales de alto valor, que también está presente en el resto del territorio, es
contemplado habitualmente como un marco o como un contenedor, casi siempre calificado
como “bello, espléndido, singular, etc.”, aunque en muchas ocasiones no se profundiza apenas
cuando se realiza una descripción y una valoración de formas y de procesos.

Situados de nuevo en el espacio del Valle de Mena, si representamos en él los factores


litológicos que, junto con su relieve, configuran su estructura geomorfológica, apreciamos que
ésta unidad de carácter topográfico, que determina su carácter visual “autocontenido”, está
condicionada por la presencia de una estructura geológica: un conjunto de arcillas, margas y
rocas salinas, con cualidades plásticas que determinaron su afloramiento a la superficiel por el
abombamiento de las mismas provocado por presiones tectónicas que fracturaron los niveles
calizos, mucho más rígidos, situados encima de ellas. Posteriormente la erosión actuó de forma
más intensa sobre estos materiales más blandos hasta configurar la estructura morfológica
actual.

Vista del Valle de Mena


2. Suelos y su influencia en la evolución y evaluación del paisaje.

En un ecosistema terrestre, el suelo es la “interfase” biotopo-biocenosis en la que mejor se


pueden apreciar las características estructurales y los procesos de intercambio y
transformación de materia, por lo que desde finales del siglo XIX, su estudio ha sido uno de los
pilares esenciales del estudio del paisaje, desde perspectivas geográficas o naturalistas.

En primer lugar, los suelos, cuando no están difuminados por la vegetación, bien sea ésta
natural o de cultivos, proporcionan un componente cromático al paisaje percibido, que se hace
especialmente patente en los terrenos recién labrados. Pero en el análisis del paisaje, su
estudio puede aportar información valiosa, bien sobre las características de los paisajes
naturales anteriores a su transformación por causas humanas, o bien reflejar la pérdida de
productividad y, por tanto, de valor, como consecuenci9a de determinadas prácticas. Por
ejemplo, un suelo tipo gley, propio de un lugar encharcado permanentemente, mantendrá
durante un tiempo las características propias del ambiente en el que ha evolucionado -color
gris verdoso debido a presencia de sales ferrosas- aunque la zona haya sido desecada por
drenaje: o un suelo pardo evolucionado, sobre rocas graníticas y en clima semihúmedo,
modificará la naturaleza de su materia orgánica, que perderá su fracción húmica más
productiva, si se sustituye su vegetación natural -bosque de rebollos- por una repoblación de
pinos.

Por otra parte una catena o sucesión de suelos, tanto en relieve de pendiente como en
zonas llanas, nos muestra los diferentes grados de evolución de los mismos, según sean las
características del relieve (llano, suave pendiente, talud, escarpe), la orientación, la humedad
del suelo, la litología sobre la que se asientan y a partir de la que se han formado, etc. Estas
características condicionan lógicamente el tipo de vegetación que se puede instalar y
evolucionar y, en definitiva, la comunidad biótica que se puede alcanzar –climácica o subserial
según las condiciones del suelo- si no se modifican estas condiciones, manteniéndose de forma
estable. Las intervenciones humanas, como roturaciones, ramoneo por parte del ganado,
labranza, talas, etc., modifican no sólo la cobertura vegetal sino muy a menudo las
características del suelo, facilitando la erosión, si las condiciones del terreno y las escorrentías
lo potencian. Como ejemplo de catena o sucesión de suelos voy a comentar dos situaciones
topográficas y edáficas diferentes pero colindantes y con conexión en su contacto, una en
superficie esencialmente llana, en los páramos calcáreos centrales del Duero, y otra en ladera,
en los pequeños valles que los surcan.

Suelos y paisaje en los páramos calcáreos del valle del valle del Duero.

En estos páramos, con un sustrato rocoso esencialmente calcáreo, los importantes cambios
climáticos que sucedieron durante gran parte del Cuaternario (2,5 millones de años), con periodos
fríos que, en estos lugares, suponían climas de tipo periglaciar que alternaban con otros más
cálidos y lluviosos, con contrastes de las temperaturas y de las precipitaciones entre el verano y el
invierno. Estas condiciones determinaron una secuencia de suelos formados y modificados a lo
largo de varios ciclos climáticos, llamados por ello suelos policíclicos. Las arcillas y óxidos disueltos
resultantes de estos procesos en los periodos cálidos, dieron lugar a suelos bastante "lavados", es
decir, sin carbonatos en sus niveles u horizontes más superficiales. Estos "paleosuelos", muy
característicos en los terrenos calizos del mediterráneo, se llaman terra rossa (tierra roja, en
italiano), por el color que proporciona al suelo uno de sus componentes, los óxidos de hierro
deshidratados que impregnan a las arcillas procedentes de la descarbonatación de los sedimentos
calizos.
El desplazamiento y acumulación de terra rossa junto con sedimentos de conglomerados y
arenas en pequeñas depresiones del interior de los páramos ha permitido la existencia actual de
luvisoles (clasificación FAO), también llamados suelos fersialíticos según otras clasificaciones
europeas. Fersialítico significa que tienen hierro (óxidos) y silicatos en forma de arcillas. Sobre
ellos existen bosquetes de encina carrasca y quejigos, aunque han sido eliminados en grandes
extensiones para dedicar estos terrenos al cultivo.

En muchos lugares y a lo largo de este prolongado proceso evolutivo, ha desaparecido por


erosión todo o parte del horizonte superficial, trasformando el horizonte arcilloso en uno nuevo,
ahora en la parte superior del perfil del suelo, alterado y de color pardo rojizo, y que se asienta
bien sobre el nivel blanquecino de carbonatos, o directamente sobre el sustrato calcáreo
compacto, lo que da lugar, en este último caso, a un leptosol (suelo sobre roca compacta) eútrico
(equilibrado, sin exceso ni defecto en cationes) o calcárico si la parte inferior es blanda y con
abundantes carbonatos; suelos que tienen en general poco espesor para ser cultivados. Bien por
la propia labranza o por otras causas evolutivas no causadas por la acción humana, se ha
producido también en otros lugares una recarbonatación secundaria en algunos perfiles, que ha
dado lugar a la formación de cambisoles calcáricos. La presencia de encinas y quejigos aporta
bastante materia orgánica al horizonte superficial, y protege de la erosión y de la desecación por
lo que el horizonte superficial se empardece. En definitiva, la catena o sucesión lateral de suelos
sobre la superficie de los páramos estaría formada por luvisoles cálcicos, cambisoles calcáricos y
leptosoles eútricos y calcáricos, en este orden de mayor a menor evolución.

La expresión en el paisaje de esta distribución de suelos se va a manifestar especialmente a


través de su ocupación o dedicación a masa forestal o a cultivos. Dedicación que se reparte de
forma muy desigual en la superficie de los páramos, y en muchos casos sin responder a la cualidad
del suelo más idónea para una u otra actividad. En consecuencia, sólo en determinados entornos
próximos a las masas arbóreas o arbustivas, o en el interior de las mismas, como en el páramo
perteneciente al término municipal de Tordehumos, en la zona del páramo que circunda a La
Santa Espina (Castromonte), en Villalba de los Alcores o en Quintanilla de Trigueros, la presencia
de un suelo agrícola en mosaico con las encinas, aporta diversidad edáfica y cromática al paisaje
más equilibrado del páramo de Torozos, proporcionando las zonas de mayor valor paisajístico, en
contraste con amplias extensiones de terrenos cultivados con suelos pedregosos y parcialmente
erosionados, apenas contrastados por setos, pequeños bosquetes o al menos encinas aisladas en
amplias extensiones de estos páramos.

En los casos de mayor erosión, los suelos de los páramos calcáreos son desmantelados en
las zonas de menor espesor quedando al descubierto roquedos yermos que ya no podrán
recuperar su nivel edáfico por la extremada lentitud de la formación de suelo en este tipo de
materiales, máxime en condiciones de lluvia moderada o escasa. Esta situación, sólo puede ser
paliada tanto desde el punto de vista ambiental como paisajístico, con una rigurosa ordenación
de los usos forestales, pecuarios y agrícolas, que potencie la creación, mantenimiento y, en lo
posible, la expansión de masas y barreras arbóreas o arbustivas, la regulación y mejora de
pastizales, y la dedicación a labores agrícolas sólo de suelos profundos.

Suelos y paisaje en los valles que surcan estos páramos centrales del valle del Duero.

En los pequeños valles que los surcan, especialmente en sus laderas, los factores limitantes
más apreciables son la pendiente, que determina la pérdida más o menos importante de
materiales por erosión, a su vez en diverso grado de alteración, pérdida que se produce sobre
todo por arrastre superficial y por desprendimientos por gravedad, aunque también por
disolución ("lavado") y por transporte en suspensión de arcillas y limos. Estas laderas de los
páramos muestran dos tipos de pendientes. Unas son más abruptas, labradas en terrenos blandos
margosos (mezcla de caliza y arcilla), a veces con yeso, sobre las que apenas se puede desarrollar
un débil horizonte de alteración capaz de sustentar un matorral herbáceo de tomillos, salvias y
linos. Otras laderas tienen menos inclinación y están recubiertas a veces con fragmentos de roca
calcárea mezclada con margas alteradas; en ellas se desarrolla un horizonte orgánico y con
carbonatos, de color oscuro, sobre los materiales de alteración. Este suelo se conoce como
regosol calcárico, y sobre él existían quejigos y también sabinas, cada vez más escasas.

En las laderas más suaves y estables, generalmente recubiertas de materiales sueltos con
cantos calizos englobados en una "matriz" margoarcillosa, se forman los calcisoles háplicos (suelos
con contenido alto en carbonatos en el horizonte inferior y evolución media, sin lavado intenso de
arcillas) y con tonalidad menos oscura que los anteriores.

En algunas colinas o en pequeñas plataformas que se escalonan en las laderas y que resisten a
la acción erosiva por la presencia superficial de estratos calizos compactos, se forman suelos con
un horizonte superior pardo grisáceo y un horizonte calcáreo compacto, por lo que se clasifican
como leptosoles líticos; el horizonte superior se vuelve más blanquecino en los suelos cultivados,
en los que se ha producido generalmente una erosión más o menos intensa.

En los fondos de valle de los arroyos y pequeños o medianos ríos que surcan estos páramnos
del centro de la cuenca del Duero, como el Esgueva, Bajoz, Jaramiel, Hornija, etc., existen
sedimentos o depósitos sueltos margo-limosos con cantos calizos, sobre los que se forman
calcisoles y fluvisoles calcáricos, aunque algunos de estos fondos manifiestan un drenaje
deficiente por la planitud del terreno, con tendencia al encharcamiento y la acumulación de
sedimentos de grano fino y sales en un régimen hídrico que determina la formación de cambisoles
gleicos y gleysoles.

En resumen, la catena o sucesión altitudinal de suelos en las laderas y valles que descienden de
los páramos estaría formada por regosoles calcáricos en la pendientes más pronunciadas,
calcisoles háplicos cuando esta pendiente se hace menor, leptosoles líticos en los rellanos sobre
roca compacta caliza, calcisoles y fluvisoles calcáricos en los fondos de los valles, y cambisoles
gleicos y gleysoles en las zonas encharcadas de estos valles. En esta catena, la secuencia en
sentido de mayor a menor grado de evolución sería cambisoles-calcisoles, fluvisoles y regosoles.
En estas laderas se observa una clara asimetría entre las vertientes de los arroyos e
incluso de los ríos. Las pendientes orientadas al sur o a los cuadrantes con esta orientación,
muestran un talud pronunciado, que se interrumpe con brusquedad en un fondo de valle o en
una vertiente regularizada. El sistema de escorrentía está muy poco evolucionado y es activo
en pequeños canales paralelos y poco marcados, dominando la escorrentía difusa o en manto,
que se combina con pequeños o incluso grandes deslizamientos especialmente notables
cuando el nivel de base manifiesta una fuerte actividad, cual es el caso de los meandros
fluviales próximos a taludes de esta naturaleza. Es en la base de los taludes más activos donde
se desarrollan sistemas de cárcavas.

Erosión del suelo y equilibrio natural en el paisaje.

Dentro de los procesos de degradación de los suelos, el más apreciable es la erosión,


que no debería ser vista como un fenómeno aislado sino más bien debe ser entendida como
una parte integral del paisaje cultural. La erosión de los suelos es un riesgo natural asociado
con el viento y con el agua como agentes geomorfológicos, pero que se relaciona
estrechamente con las condiciones económicas y sociales, como ha sido ampliamente
consensuado por los autores que han investigado los procesos de erosión, que coinciden en
relacionar la erosión con un uso incorrecto del suelo.

En la Península Ibérica, la superficie amenazada por estos procesos se estimaba en


unos 238.000 Km2, es decir, cerca del 50 % de toda su extensión. De ellos, unos 4.900 Km 2,
situados en el sector oriental, tendrían un riesgo elevado. Estos datos proceden de las
estimaciones realizadas para toda España por la Dirección General de Medio Ambiente
(MOPU) en 1982, en colaboración con la sección Hidrológica del ICONA, según los cuales un
43% de la superficie española está afectada por procesos de erosión superiores a los valores
tolerables, lo que supone pérdidas anuales del orden de 1.000.000 toneladas de suelo. En unas
800.000 hectáreas (8.000 Km2) estos procesos son muy acentuados, valor que amplía casi al
doble la estimación anteriormente citada. En espesor de suelo, esta cantidad supone unos 13
mm anuales. No obstante, estas cifras deben ser revisadas sobre todo distinguiendo entre la
llamada erosión natural o geológica, aquella que, en términos de G. Bertrand correspondería a
paisajes en fase rexistásica, de la que tiene razones antrópicas, y que se desencadena como
consecuencia de malas prácticas agropecuarias o forestales.

Como ejemplo de estos procesos de erosión, y volviendo a los suelos de las laderas de
los páramos, son episódicas en ellas las manchas de quejigal, muy degradado excepto en
cabeceras de arroyos. La vegetación se reduce a recubrimientos de gramíneas, labiadas de
pequeño porte y retamas, además de especies gipsófilas (lino y salsola). Son cada vez más
frecuentes las "cicatrices" de erosión en la superficie del terreno el cual muestra
frecuentemente una alta impermeabilización que favorece la escorrentía, como se aprecia en
la foto precedente, en el valle del Jaramiel (Valladolid). Cabe destacar el aporte de limos
carbonatados y, en bastantes zonas, sulfatados que, procedentes de la erosión de estas
cuestas, se depositan sobre las tierras de labor situadas aguas abajo de ellas degradándolas al
sepultar el horizonte húmico con materiales poco edafizados y, muchas veces, alcalinos.
Las repoblaciones efectuadas en estas vertientes con pino carrasco (P. halepensis), no
han resultado siempre adecuadas, como se aprecia en la foto siguiente, en la vertiente
septentrional del valle del Duero. El aterrazamiento mediante equipos mecanizados,
afortunadamente ya sustituido por técnicas menos agresivas para el suelo, destruye el muy
escaso pero con frecuencia estabilizado perfil edáfico, mantenido por el matorral de labiadas
y/o simplemente por los recubrimientos de gramíneas. El pinar introducido, caso de prosperar
con desigual resultado, genera unas condiciones de sotobosque que impiden prácticamente el
crecimiento de otras especies por lo que, salvo la "cama" de acículas de los pinos, el suelo
queda sin protección. Esto sin entrar a considerar el alto riesgo de incendio que tienen los
pinares respecto a los bosques de frondosas y matorrales arbustivos, por muy densos que
éstos sean.

Por el contrario, las vertientes con orientación septentrional han evolucionado hacia
formas topográficas geodinámicamente mucho menos activas, alcanzando bastante menor
desarrollo los taludes, con pendientes más suaves en las que la vegetación original, el quejigal,
ha tenido muchas más posibilidades de mantenerse excepto cuando es destruido por
roturación. Estas vertientes permiten prácticas de cultivo más eficaces, al amparo de un menor
tasa de evapotranspiración y, consiguientemente, un mejor desarrollo del horizonte húmico
gracias a la mayor humedad, al aporte de materia orgánica, la protección de los taludes en
particular y de toda la vertiente en general, etc. Las repoblaciones con pino carrasco tienen, en
estas condiciones, un mayor éxito.

Como un ejemplo próximo de formas de erosión relativamente espectaculares y que,


no por ser pérdidas de suelo dejan de tener un interés paisajístico, científico y probablemente
ecológico, además de didáctico, son las formaciones de cárcavas normalmente bien
desarrolladas en la llamada facies de "Tierra de Campos" de la cuenca del Duero. Como sucede
por ejemplo en las proximidades de Medina de Rioseco, las intervenciones humanas de
repoblación y control de la erosión puede conseguir tonalidades y formas, así como ambientes,
de interés.

3. Las comunidades vegetales como factor que contribuye a la construcción del paisaje y
a su valoración.

Como acabo de comentar el estudio del suelo puede aportar una información valiosa
para conocer como se transforma un paisaje pero habitualmente no es necesario; nos bastará
con conocer la llamadas serie de vegetación propia del clima y de la morfología del terreno en
cada zona, es decir, el estado ecológico más estable en las condiciones ambientales concretas
del lugar, y compararlas con las que realmente observamos. Se entiende por serie de
vegetación el conjunto de comunidades vegetales que pueden hallarse en unos espacios
geográficos afines como resultado del proceso de sucesión, es decir, de la evolución de la
vegetación a lo largo del tiempo en unas determinadas condiciones ambientales relativamente
constantes.

Cada serie de vegetación suele estar integrada por una comunidad vegetal que se
encuentra en equilibro con las condiciones medioambientales, y que se denomina comunidad
climácica, cabeza de serie o etapa madura; y un conjunto de comunidades que anteceden o
sustituyen a la primera (comunidades o etapas seriales o de sustitución). Las causas de esta
sustitución son de diversa índole, unas veces edáficas, por ejemplo cuando los suelos están
situados en pendientes, otras veces porque existe algún tipo de microclima, y otras como
resultado de la actividad humana ya sea de forma directa o indirecta. Las series de vegetación
pueden obedecer a factores climáticos (series climatófilas o zonales) o bien se deben a
factores ecológicos de significado puntual o particular que se manifiestan en un área más o
menos amplia (series azonales), que se pueden originar por la naturaleza geoquímica del suelo
(series edafófilas), por la disponibilidad de agua (series xerófilas/hidrófilas) o por una
combinación de ambas.

Los aspectos que se toman en consideración para describir y establecer un valor de las
formaciones vegetales pueden ser:

a) cualitativos, como la composición florística, la vitalidad, su fisonomía, y


sobre todo su estructura espacial, tanto más valorada cuanto mayor sea su
riqueza de estratos (árboreos, arbustivos, herbáceos, epifitas, etc.) y su
posición dentro de la serie sucesional, así como su dinámica ascendente,
estable o descendente dentro de la misma;
b) cuantitativos si se contabiliza su abundancia y densidad, la cobertura
espacial, la biomasa y la jerarquía entre las diferentes especies.
Ejemplos de series de vegetación: valor ecológico y paisajístico.

Una de las formaciones vegetales de la vertiente sur de la Cordillera Cantábrica, en el


piso montano, aproximadamente entre los 1200 m y los 1800 m, con precipitaciones entre los
600 y los 1000 mm anuales, es el rebollar, bosque cuya principal especie es el roble melojo o
rebollo, con presencia también de roble albar. Los hayedos, con los que alterna en
determinados lugares del norte palentino y burgalés, se sitúan en los lugares más húmedos
tanto en suelos ácidos o silíceos como sobre todo en los carbonatados. Este rebollar que se
emplaza en suelos silíceos formados sobre rocas muy diversas (pizarras, areniscas, lutitas,
conglomerados, etc.), es la formación climática o etapa más evolucionada y estable del
ecosistema en estas condiciones edafo-climáticas. En los suelos más pobres y silíceos hay
urces, brezos, carpazas y piornos. Completan este panorama los prados de diente y siega
asentados en los suelos de los valles que seccionan de norte a sur estos relieves, así como en
las laderas no excesivamente escarpadas, éstos de carácter claramente cultural, como nos
muestra la actividad que se desarrolla en ellos y los suelos sobre los que se asientan.

Estos suelos, situados en laderas ya que los más profundos de zonas más llanas y
estables han sido roturados para prados y cultivos, son pobres en nutrientes y de poco
espesor, contribuyendo la hojarasca de los rebollos a su estabilidad, bastante precaria. En
condiciones subseriales, es decir, de degradación debida a diferentes causas, entre ellas los
incendios forestales pero también talas, forman matorrales de escobas negra y blanca, así
como piornales y brezales. La vitalidad, estabilidad y variedad en estos robledales de melojo,
determinada a su vez por la profundidad del suelo, es el índice del valor o calidad ambiental de
los mismos, establecida a partir de sus parámetros ecológicos, y que se traduce visualmente en
el valor paisajístico del geosistema integrado por un mosaico equilibrado de estas
comunidades vegetales.

Paisaje del Alto Campoo, con hayedo en la vertiente de umbría, prados en el valle y matorral de piornos y
escobas en la vertiente de solana.

Los quejigares y los encinares constituyen las series de vegetación de clima


mediterráneo en condiciones de continentalidad del centro de la meseta, la llamada provincia
mediterránea ibérica central, subprovincia castellana. Los primeros tienen tendencia a situarse
en los suelos poco o medianamente desarrollados de las cuestas menos escarpadas,
generalmente en vertiente norte o al abrigo de exposiciones solares intensas, pero también en
los páramos, alternando con la encina. En tanto que los encinares caracterizan los suelos
irregularmente desarrollados y pedregosos del páramo calcáreo, con presencia de quejigos y
sabina albar.

Vista del valle del Duero, en Quintanilla de Onésimo. A la derecha, encinar en el páramo de la Churrería,
vegetación con mayor valor ambiental en estas condiciones edafoclimáticas. Desaparece para su uso agrícola y por
extracciones de piedra caliza del páramo.

Los ancestrales encinares de los páramos y valles del centro y oeste mesetario han
quedado reducidos a pequeñas o medianas masas de vegetación normalmente arbustivas en
Torozos, Alto Esgueva, Hizán, La Churrería y alguno más. Como vegetación acompañante o que
sustituye a las encinas están los majuelos, escaramujos, jaras y, en más suelos degradados, las
retamas. En el esquema anterior se muestran las etapas de regresión o etapas subseriales de
las series vegetales de la encina. Los estadios o etapas de la sucesión de mayor valor a menor
valor se ordenan de I a IV.

Algunas laderas, preferentemente orientadas al norte y oeste, cobijan bosquetes de


quejigos o "roble enciniego", árbol que se entremezcla con la encina en los páramos. Abundan
también las plantas aromáticas como espliego o cantueso, salvia, tomillo, abrótano, etc. Una
variante de interés dentro de este sector estepario son las "manchas" de vegetación gipsófila
en las cuestas del borde de los páramos que tienen yesos (Cerratos, Portillo, etc), en general
de aspecto yermo excepto en primavera cuando florecen el lino y la salsola. En estas laderas,
tanto en las de orientación sur como en las de vertiente norte, se ha efectuado un intenso
proceso de repoblación con pino carrasco, que se ha extendido, con desarrollo desigual según
el desarrollo del suelo. A continuación se muestran las etapas de regresión o etapas
subseriales de las series vegetales del quejigo, ordenadas de mayor a menor valor ecológico y
paisajístico de I a IV.

En el cuadro siguiente he tratado de establecer una valoración de las diferentes etapas


subseriales en estas formaciones vegetales del centro de la meseta, tanto las que podríamos
calificar naturales como las que resultan de la actividad agrícola, ganadera y selvícola. Esta
valoración está basada en otras análogas que se han establecido para los rebollares en el
Sistema Central y nos puede orientar respecto a la valoración de los paisajes en los que estén
presentes, especialmente si nos referimos a la valoración geoecológica de los geosistemas.
Viene bien recordar aquí las ideas sobre valoración del paisaje expresadas por Harald Sioli
(1973), y que he citado en el apartado de “nociones ecológicas para valorar los paisajes desde
una perspectiva ambiental”.
No obstante estos criterios, esencialmente de carácter ecológico, han sido matizados
por diversos estudiosos del ámbito de la ecología humana, que estudia las conexiones de la
población con el ecosistema.

Como ejemplo y síntesis de estos comentarios respecto a la influencia de relieve, suelos


y vegetación en el paisaje, incluyo este esquema interpretativo con algunos de los diferentes
tipos de vegetación y usos del suelo en el bajo valle del Pisuerga. La numeración expresa, en
cierto modo, una valoración ambiental de cada tesela.

4. Los paisajes del agua y de las comunidades relacionadas con ella.

En el llamado ecotono o zona de contacto y relación entre el medio específicamente


terrestre, no afectado por corrientes o láminas de agua superficiales o freáticas muy someras,
y las aguas continentales, la vegetación natural de las riberas y vegas fluviales es un factor muy
notorio y apreciado en la construcción y valoración del paisaje. Son formaciones arbóreas y
arbustivas frondosas de hoja caduca que los botánicos incluyen en las llamadas geomegaseries
riparias mediterráneas y de regadíos, en las que las masas de árboles más apreciables son las
olmedas, choperas, alisedas, fesnedas y saucedas arbóreas y arbustivas. Las integran árboles
de hoja caduca cuyas especies principales son olmos, álamos, chopos, alisos, taray y fresnos,
que se mezclan entre si según las características minerales e hídricas del suelo, así como
arbustos de ribera como sauces. Se trata por tanto de series de vegetación edafófilas, es decir,
condicionadas por las características del suelo sobre el que se asientan.
Respecto a la relación de estas geoseries con la presencia de agua en el suelo¸ las
alisedas sólo corresponde estrictamente a las zonas de ribera en las que las raíces tienen agua
freática casi permanentemente por lo que su existencia se circunscribe a márgenes
estabilizadas y con agua de este tipo así como a otras zonas encharcadas de las llanuras
aluviales. Condiciones similares pero en suelos con mayor cantidad de sales corresponden al
taray. Hacia el borde del río se sustituye por los sauces arbustivos que, a su vez, dan paso a las
plantas enraizadas en zonas cubiertas por el agua con espadañas como la anea (Typha latifolia)
y la espadaña fina (Iris pseudacorus), los carrizos (Phragmithes australis) y los juncos (género
Carex). Por el contrario, en las zonas más alejadas del borde fluvial y más secas aparece la
vegetación de fresnos y olmos.

En todas estas extensas riberas la presencia real de esta vegetación es muy desigual,
tanto por las ocupaciones urbanas y por las infraestructuras que han utilizado su fácil relieve,
como por la fertilidad de sus suelos y la presencia abundante de agua, que ha potenciado la
amplia extensión de cultivos de regadío así como la plantación de choperas para producción
intensiva de madera.

5.
En este ambiente de macroserie riparia o formación boscosas caducifolia de ribera fluvial, en las orillas del
Esla, junto a Villaornate (León), amplias plantaciones de chopos han sustituido a la vegetación riparia
original, apenas presente en las zonas más en contacto con el río.

Estanislao de Luis Calabuig (2004) describe las características de la vegetación acuática


y litoral de los ríos de la cuenca del Duero, diferenciada para cada uno de los tres regímenes de
escorrentía característicos; tramo alto, de tipo torrencial (crenon), tramo medio, de cabecera,
con pendiente media en zonas de montaña (ritron) y tramo bajo, en llanuras, con circulación
lenta excepto en avenidas y desembalses (potamon). Estas avenidas, aunque en principio
puedan desencadenar efectos negativos para la vegetación tanto litoral como de ribera,
aseguran sin embargo, en condiciones naturales o de poca alteración, un equilibrio entre las
diversas etapas o estadios laterales de la vegetación y, en general del ecosistema, como han
señalado Malanson y Glez de Tánago.
Estableceríamos en estos casos una valoración en la que la presencia de la máxima
diversidad de especies en cada uno de los cuatro tipos de hábitat señalados: bosque ripario de
hoja caduca (olmos, fresnos, álamos), la zona arbustiva de sauces y alisos, la encharcada de
juncos, espadañas y carrizos, y en su caso la de plantas acuáticas, con toda las opciones para el
asentamiento temporal o permanente de aves y otras especies acuáticas y de litoral, y la
calidad del agua, marcan la máxima calidad paisajística, dentro de un equilibrio entre estas
formaciones, y la ausencia de restos de diversa naturaleza retenidos en las orillas. A medida
que estas comunidades pierden vigor y presencia, y se sustituyen por plantaciones arbóreas
para producción de madera, por cultivos, edificaciones, etc., y más aún con extracciones de
gravas y de arenas, y relleno con residuos, la calidad del paisaje se hace ínfima.

6.
En un medio de dominio acuático continental –río, lago, humedal, marisma- la
presencia en el agua de determinadas especies tanto del fito y zooplancton como mayores y
más complejas, proporcionan importante información sobre la estructura, funcionamiento y
calidad del mismo, sin necesidad muchas veces de tener que llevar a cabo el análisis de
parámetros físico-químicos.

En estos casos de láminas de agua continentales, de la que siempre y para muy


diferentes poblaciones y culturas ha existido un consenso sobre su apreciación o rechazo
basado en la dualidad pureza-suciedad, la apreciación-evaluación del paisaje desde la
perspectiva ambiental, a partir de nociones ecológicas, nos proporciona un sencillo ejemplo
de cómo se ha ido imponiendo incluso hasta el nivel de normas de catalogación y valoración de
los “cuerpos de agua” y humedales a escala europea. Desde el año 2000 está en vigor la
conocida como “Directiva marco del Agua”. Desde las valoraciones basadas exclusivamente en
parámetros físico-químicos (DBO, bacterias fecales, etc.) se ha pasado a la consideración de
facetas hidrológicas y ecológicas de conjunto (dinámica, complejidad y estabilidad de
biocenosis) que suponen un enfoque sistémico de esta evaluación.

Los paisajes fluviales, con su lámina de agua de trazado fundamentalmente longitudinal,


más o menos sinuoso, acompañado de vegetación litoral y de ribera, con diferente profusión y
anchura en sus márgenes según la morfología del cauce y de los depósitos fluviales que lo
acompañan, la profundidad del nivel freático, el grado de naturalidad, etc., constituyen el caso
más paradigmático de los “pasillos o corredores” que enlazan las diferentes piezas del mosaico
de usos que, junto con el fondo geomorfológico, constituyen la estructura de un paisaje.

Para establecer una valoración del paisaje de los ríos y sus riberas, desde la perspectiva
ecológica y ambiental, uso como referencia, entre otros, un estudio realizado por Miguel
Alonso (1999) en todo el río Duero del que tomo varios ejemplos en la presentación. Este
método se basa en tomar en cuenta el grado de conservación del ecosistema tanto en el cauce
propiamente dicho como en sus riberas. Los parámetros o indicadores que se utilizan para
establecer este valor son:

- Morfología del cauce.


- Desarrollo de la vegetación litoral y de ribera.
- Desarrollo de la vegetación acuática.
- Hábitat para los peces.
- Hábitat para otra fauna relacionada con el río.
- Calidad visual.

Puede apreciarse que, junto a cinco parámetros o indicadores de carácter ecológico, se


incluye uno más de tipo específicamente paisajístico, el de calidad visual. Esta calidad visual se
juzga por una serie de criterios relativos a sinusoidad del cauce, presencia de depósitos de
arena y guijarros, trasparencia del agua, desarrollo y tipología de la vegetación litoral y de
ribera, y presencia de determinadas especies acuáticas.

Las imágenes siguientes, extraidas del trabajo antes citado, se hace una valoración
ambiental del río Duero y sus riberas en alguno de sus tramos: Bosque ripario “en galería”
(fotos 1 y 2); este mismo bosque parcialmente desaparecido (foto 3); lámina de agua ampliada
por un embalse, con desaparición de vegetación riparia (foto 4); bosque ripario inexistente,
sustituido por plantación de chopos (foto 5); y vegetación de ribera totalmente destruida por
extracción de gravas (foto 6), La calidad disminuye en el mismo orden que la numeración de
las imágenes.
El agua y su movimiento por la superficie de cada territorio a lo largo del tiempo nos van
a explicar las formas del relieve que observamos y la presencia de muchos de los materiales
térreos que forman el sustrato del paisaje fluvial, como es patente por ejemplo en todo el
recorrido del Duero por la llanura sedimentaria castellana, y sirve como ejemplo del carácter
de corredor ecológico y paisajístico de las corrientes fluviales y sus riberas.

Marta González de Tánago (1998) ha señalado tres conceptos relativos a su carácter de


corredor: la sinuosidad, su altura relativa en el entorno, que viene marcada por la vegetación
de ribera, y la conectividad, que se refiere al grado de continuidad espacial del mismo, clave
para que cumpla su papel de tránsito y dispersión de especies, facilitando refugio, alimento,
nidificación, etc.

La cualidad de la conectividad se debe producir tanto en sentido longitudinal, el de la


circulación de las aguas superficiales, como en el transversal, entre los diferentes elementos
que conforman la vegetación desde la acuática hasta la riparia más alejada del cauce, y en
sentido vertical, del cauce al freático o viceversa. En cauces no modificados por la acción
humana, la conectividad transversal del cauce con sus riberas, uno de los aspectos esenciales
en cuanto a la calidad y equilibrio del ecosistema y del paisaje, se produce con independencia
de las oscilaciones del nivel del agua, ya que estas oscilaciones están perfectamente
equilibradas en toda la sección transversal; las modificaciones de estas condiciones tanto in
situ como aguas arriba pueden provocar una alteración importante de este equilibrio.

Una variante de los paisajes del agua son los que incluyen lagos y lagunas. Muy
importante en estos ambientes es el carácter temporal o permanente del agua, según se trate
de lagos y lagunas de zonas húmedas, que conservan el agua todo el año y con pocas
oscilaciones en su nivel, o de lagunas de escaso fondo que se desecan habitualmente en época
estival.

Los entornos y riberas de los lagos y lagunas en régimen permanente responden a las
características ya comentadas de las riberas fluviales y el paisaje que los circunda,
normalmente de ambiente climático atlántico húmedo. Como ejemplo de estos paisajes, el
lago de Sanabria es, por sus dimensiones y por su origen, un caso único en la Península, cuya
formación es consecuencia de la intensa acción erosiva de los glaciares del período
Wurmiense, que sobreexcavaron el valle y represaron su salida por la acumulación de los
materiales transportados por la lengua glaciar. Las condiciones naturales del lago de Sanabria
hacen que sus aguas sean limpias, oxigenadas y pobres en nutrientes, gracias a la fría
temperatura de la misma, a su gran profundidad y pronunciadas orillas, salvo en la margen
occidental, y a la escasa solubilidad del sustrato rocoso de granitoides silíceos. La coincidencia
en Sanabria de este conjunto de características ha determinado en definitiva la presencia de
este ecosistema único en el espacio peninsular e incluso europeo, al menos en latitudes
mediterráneas.

Vista del lago de Sanabria, por encima de San Martín de Castañeda

En cuanto a las lagunas esteparias, tomo como ejemplo en la cuenca del Duero el
complejo de lagunas esteparias más importante del noroeste de España, las lagunas de
Villafáfila. Este conjunto de lagunas está formado por tres grandes lagunas (Barillo, Laguna
Grande y de Las Salinas), alineadas de NE a SO desde Tapioles hasta Villarrín de Campos, con
núcleo central en Villafáfila, comunicadas entre sí y que desaguan a través del arroyo Salado
hasta el Valderaduey. Forman parte también de este complejo lagunar otras más pequeñas
como Bamba, Las Paneras, Laguna Parva, El Triunfo, de La Presa, de La Paviosa, Villardón,
Arbellina, etc. En conjunto inundan una extensión de 10 Km de largo por 2 a 3 de ancho. Su
salinidad y tiempo de inundación varían en sentido de la dirección de sus aguas, desde la más
efímera y de menor salinidad (Barillos) hasta la más salina, la de Villarrín o Las Salinas.

En este complejo lagunar son de un gran valor ecológico los hábitats halófilos que
aparecen ligados a las cubetas de las lagunas, por ejemplo los juncales de Juncus maritimus, los
herbazales de cebadilla (Hordeum marinum), y comunidades de matojillo (Cressa cretica). En
el interior de las lagunas la planta más representativa es la juncia o castañuela (género
Scirpus), con dos especies, S. litoralis y S. maritimus. Su presencia, en combinación con la
lámina de agua y la observación en ella de especies limícolas como avocetas, ciguñuelas,
avefrías, correlimos …, y de ánsares, fumareles, ánades, barnaclas, cercetas,… proporcionan la
mejor apreciación visual al paisaje de estas lagunas, junto con la observación en su entorno
cerealista de bandadas de avutardas (Otis tarda), con las mayores densidades de la especie a
nivel nacional y mundial. Y también el cernícalo primilla, el aguilucho cenizo, el aguilucho
lagunero, la grulla común, presente en otoño, la garza real, el sisón y la ortega.
Vista de la laguna Salina Grande, desde Otero de Sariegos. En primer término herbazales de gramíneas. En
lontananza, la población de Villafáfila.

Todas estas comunidades, cambiantes a lo largo del año, por el carácter migratorio de
muchas las especies de aves, y por las oscilaciones importantes de la lámina de agua, con su
influencia tanto directa en el paisaje como en el desarrollo y coloración de las plantas
acuáticas y litorales, junto con la iluminación, dependiente de la hora y del tiempo
atmosférico, proporcionan tipos y calidades de paisaje diversos.

VALORACIÓN DEL PAISAJE INTEGRANDO SU CALIDAD AMBIENTAL Y VISUAL

Se han propuesto diferentes esquemas metodológicos para proceder a delimitar,


describir y evaluar la estructura y funcionalidad del paisaje. Las diferentes aproximaciones que
se han realizado en ponencias anteriores, especialmente la que me precede de Luis Vicente
García Merino, y la que aporto en ésta comunicación, creo suficientes para centrar su
valoración, partiendo de la delimitación siquiera aproximada de lo que podría denominarse
unidades de observación o apreciación, o simplemente unidades de paisaje, aunque esta
última intención me parece excesiva para los objetivos de la comunicación.

F. Solari y L. Cazorla (2009), desde un punto de vista exclusivamente estético, y


después de presentar diferentes enfoques referentes a la forma de estimar la calidad de los
paisajes, afirman que “el paisaje como componente ambiental, se considera como la armonía
de la interacción visual o arquitectónica de los diversos elementos geométricos, texturas y
formas que conforman cada campo de visión desde puntos de importancia, denominado
cuenca visual”. Estos autores mencionan dos formas de valoración del paisaje independientes
de las opiniones de los usuarios del mismo, es decir, realizadas por expertos. Una de ellas,
directa y citando a Fines (1978), se basa en observar el paisaje bien de forma real o a través de
imágenes, y establecer subjetivamente, se entiende que con criterios “expertos”, su valor
mediante calificativos, escalas de rango o de orden.

El otro grupo de métodos que citan estos autores son los llamados indirectos, que
coinciden con el que propongo a continuación, y que lo evalúan mediante la descripción de
sus componentes o a través de categorías estéticas. Estos utilizan la desagregación de factores
o componentes físicos ya mencionada: relieve, geoformas, vegetación, uso del suelo, agua,
etc., a las que se le asigna un valor parcial, que debe ser agregado a los demás mediante una
suma –entiendo que ponderada- para obtener un valor final de calidad, como han propuesto
entre otros Fernández Cañadas, 1977; Gómez Orea, 1979; Ramos, 1979; Wrigth, 1974.

Dentro de la Guia metodológica de los estudios del medio del antiguo MOPU (1991),
se describe el método aplicado con este fin por el USDA Forest Service y el Bureau of Land
Management (BLM) de USA, que he cotejado con otras metodologías utilizadas en trabajos de
delimitación, clasificación y evaluación de paisajes en España. De este cotejo propongo el
siguiente esquema de evaluación del paisaje, que constituye en líneas generales una
modificación simplificada del primero, y que se concreta en los siguientes procesos y etapas:

1- Se sitúa el área en el contexto geográfico regional, por ejemplo en el de las “eco-


regiones” o territorios caracterizados por su unidad morfoestructural y bioclimática.
Un posible modelo a seguir en el caso español podrían ser las “subprovincias
fitosociológicas”, con sus correspondientes series de vegetación (véase el mapa
siguiente) de la clasificación biogeográfica según S. Rivas-Martínez, A. Penas & T.E.
Díaz (2001). Por ejemplo, dentro de la provincia biogeográfica Atlántico Europea se
establecen dos subprovincias: la Orocantábrica, ya citada al referirme al componente
vegetal del paisaje, y la Cantábrico-atlántica, ésta de las montañas medias que se
extienden desde el Alto Campoo hasta el Bidasoa. Cada una de ellas incluye, a su vez,
varias series de vegetación diferenciadas por la altitud (pisos) y por la naturaleza del
suelo. Esta delimitación servirá de marco general de referencia en el que se sitúa el
paisaje concreto a evaluar.

2- En el contexto geoecológico de este marco de referencia se identifican, determinan y


cartografían los componentes básicos del paisaje: morfología, suelo y roca, vegetación,
usos del suelo, poblamiento y valores culturales singulares.
o La naturaleza litológica del terreno podrá ser refrendada con la ayuda de la
cartografía del proyecto MAGNA, del Instituto Geológico y Minero (IGME), o la
de su integración en un mapa continuo, a su misma escala (1:50.000), del
llamado proyecto Geode, desarrollado por este mismo instituto. Cruzando esta
información con las representaciones altimétricas del terreno, en concreto las
obtenidas a partir de las mallas de puntos conocidas como MDT (modelos
digitales de elevaciones del terreno), podremos disponer de una excelente
información relativa a los factores de roca y morfología o relieve.
o No existe en España una información cartográfica generalizada de tipo edáfico
(suelos) a estas escalas medias, útiles para los estudios de paisaje. Tendremos
que recurrir por tanto a interpretaciones de expertos, que se auxiliarán de las
interpretaciones geomorfológicas obtenidas mediante litología y relieve,
descritas en el párrafo anterior, y de las de series de vegetación que se
comentan a continuación.
o Los mapas y descripciones de vegetación potencial, como el ya mencionado de
S. Rivas-Martínez y otros (2001), nos servirán para establecer en cada lugar la
naturaleza de la vegetación óptima; por ejemplo, para la subprovincia
orocantábrica citada, que se refiere a las montañas de la Cordillera Cantábrica,
las unidades de paisaje intrínseco podrían corresponder con cada una de las
comunidades cartografiables de las diferentes series de vegetación presentes
en la zona: pastizales alpinos basófilos o eutótrofos, pastizales alpinos acidófilos
u oligotróficos, enebrales enanos con arándano, los cervunales, turberas planas
con esfagnos, hayedos acidófilos, abedulares, robledales de melojos, etc. Para
contrastar éste valor óptimo con el real, recurriremos, además del trabajo de
campo, a los mapas de usos del suelo, en concreto el Corine (escala 1:100.000 y
extendido a todo el ámbito de la UE) y que se actualiza cada cuatro años, o
mejor el del proyecto SIOSE, a nivel español, con precisión 1:25.000 y
actualización similar. De este segundo grupo de cartografía se obtiene también
valiosa información sobre la ocupación y los usos del suelo.

3- A partir de esta identificación y delimitación, como combinación de estos rasgos


diferenciados de tipo geomorfológico, fisiográfico, edáfico y de vegetación/usos de
suelo se establecen unidades o teselas de paisaje, por agregación de estos
componentes básicos en zonas homogéneas diferenciadas, por ejemplo plataformas
estructurales, cuestas, terrazas, vegas, etc.; o barrancos, escarpes, lomos, laderas y
fondos de valle, como se explica en el ejemplo del Lomo de los Jaboneros, en el
término municipal de Mogán (isla de Gran Canaria). Estas unidades o teselas de paisaje
intrínseco son áreas que presentan unos caracteres homogéneos desde los puntos de
vista perceptivo y funcional.

4- Se determinan los estados “óptimos” o climácicos de las comunidades o biocenosis


presentes, para las “teselas” de unidades intrínsecas Y se valoran todas las presentes
en la zona de acurdo con escalas de valores que toman en cuenta los criterios y
parámetros señalados e los diferentes comentarios expuestos en lo concerniente a
geomorfología, suelos comunidades vegetales y ecosistemas acuáticos.

5- Se delimitan áreas escénicas, o cuencas visuales, así como las panorámicas más
significativas dentro de las mismas, bien sea por su accesibilidad como por la
existencia de lugares singulares concretos para observar el paisaje. Recuerdo a este
respecto el apartado de Delimitación de áreas para valorar el paisaje, y el ejemplo del
Valle de Mena. Las cuencas visuales son áreas visualmente autocontenidas, es decir
conjuntos de puntos del territorio con intervisibilidad reciproca. Para delimitarlas se
puede recurrir a técnicas automáticas basadas en modelos digitales del terreno –
mallas homogéneas de puntos con su correspondiente cota terreno- a las que se aplica
un factor de corrección si existen masas de árboles, edificios u otros objetos que
puedan interferir la visibilidad. Más sencillo es establecer sus límites utilizando las
líneas divisorias de agua, especialmente las de pequeñas cuencas de arroyos y
torrentes, o las más amplias de ríos, fraccionadas en todo caso según su tamaño,
como se ha propuesto en diversos trabajos. Para esta delimitación es muy
recomendable tomar en cuenta los puntos singulares de Incidencia Paisajística, que
son enclaves que tienen un apreciable peso específico, positivo o negativo, en la
percepción del paisaje, bien sea por su accesibilidad, o por su carácter simbólico
singular.

6- Establecida esta valoración “intrínseca” de las diferentes teselas que se aprecian en el


paisaje, se procede a describir y valorar las unidades de paisaje visual o extrínseco, en
su situación actual, tomando en consideración las tendencias evolutivas apreciables en
base a los usos y prácticas existentes. Los criterios para proceder a esta descripción y
valoración están comentados en los apartados siguientes, especialmente los que se
refieren a su valoración estética.

En algunos estudios de valoración del paisaje, como es el caso de los llevados a cabo
en la Comunidad de La Rioja, establecen en primer lugar una “calidad visual intrínseca”
de cada unidad integrada o visual de paisaje, que toma en consideración la vegetación
y usos del suelo, el agua superficial, la incidencia antrópica y la existencia de
singularidades o rarezas tanto de carácter natural como cultural. Es decir, se hace una
integración del valor intrínseco en cada unidad visual. Posteriormente se valora la
calidad extrínseca o adquirida a partir de los valores escénicos obtenidos desde los
puntos culminantes más significativos. Esta valoración correspondería a la propuesta
en la metodología antes descrita.

Los criterios para proceder a esta descripción y valoración desde la perspectiva


estética, aunque integrando los valores ambientales establecidos para cada una de las teselas,
son los siguientes:
· Orientación y profundidad de la visión del área escénica, que puede ser panorámica, si abarca
un amplio fondo escénico, media, cuando este fondo se circunscribe a relieves u otras barreras
próximas, y restringida, en cuyo caso habrá que entender que la apreciación del paisaje es
incompleta.

. Descripción del mosaico de teselas de paisaje intrínseco dominantes en sus diferentes planos
(corto, medio, fondo escénico).

· Características visuales básicas de la escena: colores con sus tonalidades y contrastes. Formas
(bidimensionales, tridimensionales) con sus límites (netos, difusos). Textura (en grupos, en
líneas, franjas, etc) con el tipo de “grano” (fino, medio, grueso).
· Valoración de su calidad visual, que como es el caso de los trabajos llevados a cabo en la
Comunidad de La Rioja, la denominan, “calidad visual adquirida”. Esta valoración tendrá en
cuenta los valores establecidos para las diferentes unidades intrínsecas, las relaciones y
equilibrios funcionales existentes entre ellas, y las características visuales citadas en el punto
anterior, que se referirán sobre todo a la armonía o equilibrio entre formas, colores y texturas.
Puede establecerse una escala de valores que puede ir de 0 a 5, o de 0 a 10, matizando este
valor según la visual, la época del año, u otras circunstancias como iluminación, humedad, etc.

· Fragilidad, que se define como la susceptibilidad de un paisaje al cambio cuando se


desarrolla un determinado uso en él. Para determinar esta fragilidad se utilizan criterios de
estabilidad-fragilidad de la etapa o fase de la sucesión ecológica, y de la naturaleza y
perdurabilidad de los impactos o efectos degradantes ya existentes y perceptibles. Al igual que
en la calidad visual, se puede establecer un rango o escala de valores de 0 a 5, o de 0 a 10.

Aporto como caso práctico de descripción y evaluación de paisaje parte de un trabajo


realizado en el municipio de Mogán (Gran Canaria) para un estudio de suelos y paisaje
realizado para un proyecto de impacto ambiental de un proyecto de urbanización y campo de
golf, situado concretamente en el paraje del Lomo de los Jaboneros, situado en una elevación
de superficie cóncava, entre dos barrancos, cuya aparente monotonía si lo comparamos con
paisajes de riqueza cromática, de formas y de usos, representa sin embargo unos valores y
opciones bastante singulares en la zona donde se sitúa, en la parte sur de la isla.
La morfología del terreno está definida por la naturaleza volcánica de la isla, de forma
cónica con vértice en Roque Nublo, y depósitos de materiales de este origen que se extienden
hacia las costas, surcados por profundos barrancos. En el mapa adjunto se representa esta
morfología, obtenida mediante mapa de sombras a través de un modelo digital del terreno,
con su correspondiente litología. En la foto que lo acompaña, obtenida desde el fondo de uno
de los barrancos que lo franquean, destacan los escarpes de roca en las formaciones de
brechas volcánicas, en la parte superior, y de basaltos, en la parte baja, junto con las otras
formas de relieve identificadas en la zona.

La vegetación potencial y actual de la zona es la representada y citada en el mapa


siguiente, en la que se debe destacar el matorral de tabaibas dulces, planta que representa la
vegetación potencial de la zona, y el matorral mixto de tabaibas y cardones, apreciables en las
fotos anexas.
Según el proyecto SIOSE, los usos del suelo del Lomo de los Jaboneros sólo señalan la
presencia mayoritaria de matorral (1), con una cobertura entre el 40 y el 45 %, y de suelo
desnudo (2). Sin embargo merece destacar, como se ha dicho antes, el mayor desarrollo del
matorral de tabaibas dulces que toman un porte arbustivo, como se puede apreciar en las
imágenes. Un elemento cultural a destacar son los pequeños canales de riego de antiguos
cultivos de tomates (3).
A partir de estos factores geomorfológicos, de vegetación y de usos se diferenciaron
las siguientes teselas o unidades homogéneas de paisaje:

- 11: Escarpes con roca prácticamente desnuda e impronta estructural de la misma (brechas
volcánicas u otras

- 12:Barrancos con matorral degradado de tabaibal-cardonal.

- 21: laderas con pendiente media.

- 22: laderas con matorral de tabaibas dulces.

- 31:Lomos y laderas con matorral escaso, de tabaibas.

- 32: Lomos con matorral de tabaibas dulces en fase arbustiva.

- 41: Laderas con matorral escaso.

- 42: Laderas con matorral de tabaibas dulces en fase arbustiva.

- 43: Laderas con estructuras de antiguos canales de riego por gravedad.

En el caso que se está comentando los estados “óptimos” de interés paisajístico


considerados fueron las unidades de laderas y lomos en los que se mantiene un nivel
aceptable de desarrollo de la vegetación potencial de tabaibas dulces, señaladas en el mapa
con colores verdes medios (22, 32 y 42). Este valor disminuye en las que el matorral pierde
presencia llegando a desaparecer.Aunque con menor importancia se consideró que tenían
también interés paisajístico los antiguos campos de cultivo de tomates por la presencia de los
canales de riego construidos con lajas de fonolita, perfectamente observables incluso en la
fotografía aérea de precisión, y señalados en la cartografía oficial.

Pequeños canales de riego en cultivos de tomates abandonados


En el Lomo de los Jaboneros se delimitó una única unidad de paisaje, en la que se
integran los diferentes tipos de teselas ya descritas y evaluadas. El análisis de esta unidad de
paisaje se hizo en base a los tres puntos singulares que se tomaron como puntos de
observación para describir tres panorámicas. Estos puntos singulares de incidencia paisajística
vinieron determinados por su posición geográfica junto a su proximidad a la pista que recorre
la zona, así como un cerro singular situado en el centro de la misma, también con fácil acceso.
Estos puntos correspondían también con lugares que incrementarían esta incidencia de forma
notable al desarrollarse el proyecto de urbanización y campo de golf. Aunque la unidad visual
o de paisaje extrínseco es única, de las tres panorámicas elegidas, la que representa mayor
valor especialmente por ofrecer mayor amplitud panorámica y profundidad, incluso con un
horizonte de fondo marino, es la situada en la parte más septentrional del Lomo, a mayor cota
que las restantes. Sin embargo, la situada en la parte más meridional, con un campo bastante
más restringido, permite sin embargo una mejor apreciación de los valores naturales (cantiles,
matorral de tabaibas, fondos de valle) y culturales (antiguos canalillos de riego). Las diferencias
cromáticas son limitadas, sólo acentuadas cuando se producen precipitaciones que favorecen
el desarrollo de plantas herbáceas, especialmente en la depresión central del lomo.
APRECIACION Y VALORACIÓN DEL PAISAJE DESDE LA ECOLOGIA HUMANA.

No se pueden descartar de cualquier forma de conocimiento, sea en intención todo lo


“científico” u objetivo que se quiera, supuestamente independiente de factores subjetivos, los
factores “afectivos” (también se podría emplear, con reservas, la palabra “culturales”)
inherentes a cualquier persona o grupo social. Dice González Bernáldez (1985) que el examen
de la interacción entre el hombre y el entorno físico “proporciona una perspectiva sobre temas
poco explorados ecológicamente, como son la adaptación afectiva al entorno y las raíces y
presupuestos del arte, de la comunicación estética, de la comunicación persuasiva, del diseño,
de la simbología de entornos artificiales y de la amplia problemática llamada “ambiental” o
“ecológica””.

El origen de los sentimientos estéticos tendría sus raíces muy ancestrales, incluso en
fases de la evolución de los homínidos muy primigenias, en estas relaciones de apreciación y
adaptación entre seres humanos y entorno físico. Ya situados en un ámbito mucho más
concreto, restringido a la necesidad de establecer una valoración y unas pautas de actuación
para la conservación y el tratamiento “restaurador” de espacios afectados por actuaciones
humanas, es decir, el objeto de las “evaluaciones de impacto ambiental” se hace muy
necesario plantearse unas mínimas bases de análisis y de valoración de la calidad, de los
riesgos, de la fragilidad, de la reversibilidad o capacidad de re-adaptación de un espacio
transformado.

Las razones que se esgrimen para la conservación o preservación de los entornos


naturales, basadas desde la perspectiva ambiental pueden ser, según G. Bernáldez, por
ejemplo la primacía que en determinadas zonas frágiles se debe dar a la estabilidad frente a la
explotación o producción, razón para la protección de espacios y de paisajes rurales, no ya los
catalogados como “espacios naturales protegidos” sino también los llamados montes
protegidos o los paisajes rurales tradicionales. Asimismo destaca G. Bernáldez como otro de
los aspectos más típicamente considerado para proteger un espacio, la defensa de la
variabilidad genética, salvaguardando con ello a todas las especies especialmente sensibles, de
valor científico, vulnerables o en riesgos de extinción.

Entre otras razones, tomando en consideración aspectos productivos, especialmente de


producción primaria agropecuaria, se deben preservar de los procesos urbanísticos los suelos
más fértiles, así como vegas o zonas potencialmente regables. Y también los sistemas de uso
tradicional del suelo, no ya sólo por las razones antes señaladas sino también por su interés
como fusión de naturaleza y de cultura, incluso como formas de creación de ecosistemas
sostenibles mixtos (producción-conservación) como la dehesa. Y por supuestos los que deben
ser respetados por sus valores científicos y pedagógicos.

Por último otra causa para restringir las actividades industriales emisoras de gases y de
partículas sería las especiales características de la dinámica atmosférica en determinadas
zonas, como consecuencia de la dificultad para una buena dispersión de potenciales
contaminantes.

Todas estas razones responden a consideraciones objetivas, de índole productiva,


sostenibilidad de recursos, protección por motivos científicos y culturales, etc. Pero en el
ámbito del paisaje hay que contemplar especialmente los estéticos, emocionales,
sentimentales, visuales, cuya evaluación resulta bastante más compleja o insegura por su
subjetividad. Muchos lugares son apreciados de forma general como “agradables, bonitos,
acogedores, confortables, etc.” por ser más frescos en verano o menos fríos en invierno, por
ejemplo las zonas arboladas, especialmente las de especies caducifolias en el verano, mejor si
hay ríos, lagos o lagunas, En definitiva no sólo son apreciados por su calidad estética sino por
la confortabilidad que proporciona su particular microclima. Pensemos como ejemplo una
pradera de hierba verde rodeada de árboles, con escasa pendiente, fácilmente transitable,
suficientemente extensa, (¡¿y si la atraviesa de vez en cuando un corzo o un gamo?!).

Según Odum (1969) “El territorio más ameno y a la vez el más seguro para vivir es aquel
que presente una considerable variedad de cultivos, bosques, lagos, arroyos, caminos,
marismas, costas y terrenos baldíos, es decir, una mezcla de comunidades con diferentes
edades ecológicas. Cada uno de nosotros rodeamos nuestra vivienda, más o menos
instintivamente, con cubiertas protectoras no comestibles (árboles, arbustos, hierba), mientras
que intentamos extraer hasta el último grano de nuestros cultivos. A todos nos parece que los
campos de cereales (maíz en el caso de EE.UU) son algo bueno, claro, pero a nadie le gustaría
vivir en un maizal, y sería ciertamente suicida cubrir todo el territorio y toda la biosfera con
maizales, dado que las oscilaciones serían gravísimas.”

Según Glez Bernáldez y citando a V. Zube (1982) “en la realidad, el paisaje rodea al
sujeto, es penetrable, recorrible y observable bajo numerosos ángulos y distancias, permite
movimiento y participación, ofrece abundantísima información, muy en exceso de la que es
utilizada.” “Además el entorno es constantemente cambiante, irrepetible, no sólo
estacionalmente sino por los efectos de la iluminación, viento, nubes, temperatura,
manifestaciones animales…”

En esta línea, y complementariamente a la valoración de los paisajes desde una


perspectiva ecológica “científica”, en la que se tomen en consideración los factores naturales,
su transformación por los usos experimentados y sus relaciones funcionales; y también la
apreciación estética a partir de la estructura y composición de formas, volúmenes y colores,
habrá que contrastar estos resultados con las opiniones de la población obtenidas a través de
encuestas, para determinar cuales de estas características les resultan más o menos atractivas
o, por el contrario, rechazables.
Las características concretas que han sido tenidas en cuenta para valorar las preferencias
sobre los diferentes paisajes -entiendo que se refieren a una población de cultura occidental-
se resumen en el siguiente cuadro, reelaborado y simplificado del que presenta Glez
Bernáldez (1985), el cual, a su vez, es resultado de opiniones y trabajos de diferentes
autores.

- Características concretas:
o Rocas
o Lagos y ríos; superficie de las masas de agua
o árboles de hoja caduca;
o Perímetro de la vegetación en primer plano
- Dimensiones abstractas:
o Alteración/integridad
o Acogida/desafío
o Cultura/naturaleza
o Perspectiva o función reveladora
o Precisión/ambigüedad
o Refugio o función de ocultación
o Complejidad/coherencia.
o Misterio/legibilidad, contraste
o Complejidad (diversidad, variedad)/unidad
o Dominancia/equilibrio
o Novedad

Subrayo las que se valoran con mayor interés, en aquellos casos expresados como
dualidades o contrastes. Comento brevemente el significado de algunos de ellos, siguiendo a
Glez Bernáldez (1985).
- Se entendería por naturalidad la mejor conservación del paisaje primigenio, no
alterado, la conservación de los caracteres naturales del suelo, del agua, etc., pero se
asocia también a exuberancia y espontaneidad de la vegetación.
- Legibilidad y contraste se asocian a nitidez de formas, sencillez interpretativa, frente
a ambigüedades, incertidumbres en las formas y estructuras, complejidad.
- Sin embargo, la legibilidad se asocia a patrones o pautas que se repiten como son
plantaciones tanto de especies herbáceas como leñosas y de árboles, lo que supone
una gran pérdida de espontaneidad o naturalidad.
- Los signos o condiciones que evocan riesgos, condiciones adversas de frío, dificultad
de tránsito, etc, son valorados negativamente frente a signos de fertilidad, facilidad
de tránsito, accesibilidad, ausencia de amenazas o retos.

Otra cuestión que me parece interesante considerar es la apreciación y/o visibilidad del
paisaje desde puntos de vista dinámicos: la carretera, el ferrocarril, la influencia que tienen
los nuevos trazados y velocidades no sólo en la transformación del paisaje en si mismo sino
en la percepción que de él se tiene por parte del viajero que lo conoció en viajes anteriores
es a mi juicio importante, y afecta a esta apreciación de forma negativa.

Hay multitud de ejemplos tanto desde el ferrocarril convencional frente a los trenes de
alta velocidad, como de la carretera secundaria frente a la autovía o autopista. Y sobre todo
en este segundo caso, no es tanto la dificultad de apreciar el paisaje, casi la imposibilidad
que supone el cambio de velocidad en el caso ferroviario, sino la desvinculación de los
trazados con los elementos que estructuran el paisaje, ya que las vías tradicionales se
adaptan más a los rasgos del terreno y nos muestran mucho mejor sus características y
cambios.
COMENTARIOS SOBRE PAISAJES DEGRADADOS

Los paisajes mineros.

La transformación del paisaje en los espacios afectados por la actividad minera es en general
intensa y está en relación directa con la amplitud de la explotación, su tiempo de vida, y sobre
todo sus características extractivas. Las que se llevan a cabo en galerías subterráneas suelen tener
un impacto mucho menor que las que se realizan a cielo abierto, aunque en todo caso, tanto en
unas como en otras se hacen presentes las instalaciones de transporte y cribado o selección de los
materiales extraídos, la acumulación de los estériles en escombreras, la del mineral en pilas de
almacenamiento, maquinaria, naves, etc. Anejas al área de actividad extractiva se sitúan las
instalaciones de administración y mantenimiento, pero sobre todo las de trituración, separación y
concentración (balística, levigación, flotación, etc.), lavado, secado, cocción, etc., según el mineral
o roca extraído así como del uso posterior que se dé al mismo.

En toda actividad minera a cielo abierto, que son las que modifican de forma más intensa el
paisaje, se aprecia esta alteración evidentemente en todo el perímetro de la explotación, pero
especialmente en la zona en la que se lleva a cabo la extracción. Pero también en todo el
perímetro de alteración, que junto con la anterior engloba la zona de operaciones. La extracción
parte de una excavación que conforma el frente de avance de la explotación, que pone al
descubierto la formación mineral a extraer: filón, estratos, roca masiva. En esta fase se hace
preciso transportar y depositar los materiales estériles en otro lugar, lo que da motivo a rellenos o
apilamientos externos (escombreras externas) mientras se crea el espacio necesario -hueco o
vacio inicial- para el movimiento de las máquinas de arranque y la evacuación de la mena o parte
útil y de los estériles. El hueco inicial puede ser ampliado si se trata de extracciones con una alta
proporción de estériles, puesto que la falta de compactación de éstos al ser depositados en el
mismo tiende a reducirlo, o bien se hará necesario trasladar estériles hacia las escombreras
externas mientras se prosigue la excavación. El vacío definitivo se denomina hueco o vacío final.

Pueden situarse también en la zona próxima algunas instalaciones fabriles más o menos
grandes, tales como yeseras, ladrillares o cementeras, respectivamente junto a explotaciones de
yesos, arcillas y margas, para transformar las rocas extraídas en productos como yeso para la
construcción, ladrillos, tejas y cemento. También es frecuente la presencia de cementeras en las
proximidades de explotaciones de caliza y arcilla, si estos dos materiales se explotan en áreas
próximas y se emplean en el proceso de fabricación de cemento. En ciertas explotaciones la
instalación fabril forma parte esencial de la misma, como en la obtención de glauberita (sulfato
doble de calcio y sodio), por ejemplo en Cerezo del Río Tirón, Burgos, que precisa de una
instalación industrial que genera agua caliente la cual, tras circular por las "piscinas" de extracción
del mineral estratificado, precipita éste en los sedimentadores de la instalación.

El acceso al sector en explotación, así como los movimientos de mineral y estériles entre
éste y otras instalaciones o escombreras, exige la construcción de vías para lo cual se precisan
trabajos de compactación, acondicionado con zahorras, cunetas, drenes, etc.

La altura y la pendiente de los taludes del frente de explotación dependerá de factores


geotécnicos, tales como la estabilidad de la roca, y mineros, como son la accesibilidad al mineral o
roca según la litología y la estructura del yacimiento así como de la técnica de extracción que se
aplique (voladura, arranque por dragalinas o directamente por palas cargadoras, etc.).

Desde el punto de vista de estabilidad de los taludes se toman en consideración las


características del mismo tales como la geometría (pendiente, forma y longitud), la cohesión de
las partículas (que es función de la relación granulométrica e higroscopía de las mismas), la
permeabilidad, la capacidad de drenaje interno; y las climáticas (régimen de precipitaciones,
temperaturas, etc.) que potencian o disminuyen la estabilidad del mismo. Sin embargo, estas
condiciones se deben modificar cuando se plantea la “restauración” ecológica y del paisaje, tarea
evidentemente quimérica especialmente en las grandes explotaciones como la que comento en
las imágenes: las minas de Rio Tinto en la provincia de Huelva.

Estas minas, enclavadas en la Sierra Morena, han producido, a lo largo de sus 5.000
años de actividad, pero sobre todo a partir del último tercio del siglo XIX, una profunda
transformación del paisaje, que ha adquirido rasgos que, cuanto menos habría que calificar
como “muy peculiares” y representativos del modo en el que se ha llevado a cabo la
extracción, y de los efectos de contaminación y cambio en las tonalidades naturales del
terreno debidos a la naturaleza de los minerales extraidos: sulfuros de hierro y cobre: pirita y
calcopirita, así como presencia de oro y de plata, todo ello en un contexto metalogenético muy
especial que ha dado lugar a esta gran concentración de minerales de alto interés económico.
Las explotaciones a cielo abierto, que se han desarrollado al menos en cuatro grandes
huecos, alguno de dimensiones muy notables, el laboreo por interior, las escombreras de
estéril, las instalaciones industriales que se fueron extendiendo por el área circundante a las
mineralizaciones, y los barrios mineros surgidos a su amparo, son los elementos
fundamentales del modelo paisajístico de la zona, actualmente declarada Zona Patrimonial de
la cuenca minera de Riotinto-Nerva.
Este ámbito se ha ido configurando especialmente, como es de esperar, por la gran
importancia que han tenido en él los diferentes procesos de la explotación en sus diferentes
fases: las labores de extracción del mineral, bien subterránea a través de galerías o a cielo
abierto a través de las cortas; las labores de procesado y transformación, con todas las
edificaciones, infraestructuras y maquinarias necesarias para su ejecución; las labores de
retirada y depósito de los residuos generados por la extracción y procesado, creando
escoriales, escombreras o vacíes, y embalses de aguas ácidas, cuya presencia marca su
impronta en el paisaje, en contraste muy marcado con la mineralidad y aparatosa modificación
de la morfología del terreno. Junto a estas muy notables alteraciones del paisaje natural, se
debe considerar también otros elementos culturales que han ido apareciendo y extendiéndose
por las necesidades de la actividad propiamente dicha, cual son las infraestructuras de
abastecimiento (agua, electricidad, etc.), comunicación y servicios, los medios de transporte
protagonizado por la implantación del ferrocarril y los asentamientos humanos que
concentran los espacios de habitación y de sociabilidad.
Establecer una calificación o valor a este paisaje, y a otros de similar presencia, es tarea
que exige a mi juicio dejar al margen los patrones habituales aplicados al estudio del paisaje, y
aplicar otros totalmente diferentes basados en la información cultural –geológica, tecnológica,
histórica, económica y social- que nos trasmiten. Y además, respecto al entorno que lo circunda,
se deberá plantear las modificaciones o efectos directos e indirectos que ha causado sobre el
mismo la actividad extractiva y de explotación en general.

La transformación del paisaje por las grandes presas y embalses.

Las presas y sus embalses introducen una importante modificación del régimen
hidrológico, a la vez que entrañan otras importantísimas modificaciones sobre el espacio al
provocar la inundación de una parte del medio, con lo que ello comporta, en concreto sepultar
bajo su lámina de agua un espacio que desaparece con todo lo que significa de pérdida de su
pasado cultural, en cualquiera de las vertientes que supone este término.

En su construcción se manifiestan varias de las alteraciones morfológicas, edáficas,


desaparición de comunidades vegetales, etc., ya señalados en el caso de las actividades
extractivas puesto que en su construcción se debe proceder a excavar las zonas en las que se
asienta el muro de la presa, con el consiguiente transporte de materiales a zonas de escombrera.
Por supuesto que, aparte de los aspectos positivos que supone el embalsamiento del
agua en una cuenca –regulación, riegos, producción de energía eléctrica-, hay riesgos derivados
del proceso de llenado del vaso a embalsar, especialmente si no se adoptan los criterios de
protección necesarios, como es la eutrofización del agua si no se procede a eliminar previamente
y de forma cuidadosa la cubierta vegetal de la zona a inundar.

Pero a los efectos de esta comunicación, lo que me interesa destacar sobre todo es el
cambio que se experimenta en la zona inundada, que desaparece bajo las aguas, que engulle
literalmente el paisaje preexistente, con sus antiguos valles y laderas, con sus prados, huertas,
caminos, pequeñas carreteras, pueblos, matorrales, bosques,… con toda las referencias a la
memoria de los habitantes que son expulsados y de sus antecesores a lo largo de siglos. Y esto
sucede generalmente en lugares que tuvieron un alto valor paisajístico tanto natural como
cultural, o de equilibrio entre ambas vertientes. En ocasiones, cuando es muy prolongado un
periodo de sequía, o se hace necesario vaciar un embalse por alguna causa, como en el de Barrios
de Luna en León hace ya unas décadas, emerge un paisaje fantasmal, remedo inerte del que
existió.
Cuando se ha visitado –no digo ya los que lo hayan habitado- un espacio como el de Riaño
antes de llenar el embalse, y se vuelve ahora a esta zona -no a ese lugar porque ya no existe- la
transformación es absoluta e imposible de reinterpretar. Los valles de las montañas de la
cordillera Cantábrica, tan característicos del paisaje del norte de la provincia de León, del
Mampodre y de Picos, han desaparecido sepultados por una elevada lámina de agua, junto a la
que observamos una población con aire de estación invernal pero a la orilla de un “lago” extenso
y falso, a mi juicio totalmente desvinculado de las montañas que lo circundan, que tampoco
ayudan demasiado a una reinterpretación del nuevo espacio.

Sólo los pequeños embalses de nivel estable, como el de Valparaiso en el valle zamorano
del Tera, consiguen una aceptable integración en su entorno, olvidándonos de la desaparición de
la parte de valle afectada. Por el contrario, la mayor parte de las láminas de agua artificial
resultantes de estas obras hidráulicas muestran esas riberas descarnadas, falsas, paradójicamente
estériles junto a tanta agua, en los que los únicos signos de naturalidad los podemos encontrar en
la “cola” del embalse, con un régimen de circulación realmente fluvial, el que tuvo en toda su
extensión y desapareció.

El paisaje de los depósitos de residuos y otras operaciones de tratamiento y eliminación


de los mismos.

Los efectos sobre el paisaje de determinadas actuaciones destinadas a la transferencia o


almacenaje temporal, o al depósito y tratamiento en su caso de residuos de diferente naturaleza,
bien procedentes de la recolección de restos de domicilios, o los más peligrosos por su carácter
tóxico que proceden de determinadas actividades industriales, una veces son semejantes a los de
instalaciones industriales en las que se lleven a cabo incineración, procesos de tipo físico-químico,
selección, transformaciones mecánicas, etc. Esto afectaría a instalaciones e tratamiento de
residuos como son las plantas de tratamiento fisico-químico de residuos industriales, los hornos
de incineración y las plantas de recuperación de residuos.

Si se trata de vertederos, lugares donde los residuos son depositados rellenando


cavidades preexistentes o hechas ad hoc con este fin, su presencia puede suponer, en primer
lugar una alteración de la morfología del lugar elegido, bien por excavación, movimientos del
terreno, construcción de muros o “presas” de contención, etc., además de la consiguiente
destrucción de vegetación y de suelo, junto a las infraestructuras de acceso y de gestión tales
como oficinas, almacén de maquinaria, balsas de almacenamiento de los líquidos contaminados
(lixiviados) que rezuman de las basuras, etc. Pero además suponen un importantísimo factor
añadido de riesgo de contaminación debido a la acumulación de residuos de diversa naturaleza,
unas veces inertes, pero otras asimilables a urbanos (fermentables) y en ocasiones tóxicos o
peligrosos. Especialmente, este riesgo de contaminación se produce en los recursos hídricos
subterráneos si la permeabilidad del lugar de vertido es insuficiente y los líquidos altamente
contaminados que fluyen de los residuos pueden filtrarse hacia las aguas subterráneas.

Además del riesgo que suponen estas actividades para el medio ambiente, su impacto
sobre el paisaje, siempre será negativo, aunque desde hace muchos años bastantes expertos y
gestores de estas instalaciones defiendan la capacidad del llamado “relleno sanitario” para
recuperar zonas afectadas por excavaciones mineras, para extracción de materiales de
construcción, u otras. Así, se ha defendido que gigantescos rellenos de valles que, en algunos
casos tenían además un alto valor ambiental y paisajístico, terminarían convertidos en altiplanos
aptos para instalar áreas de recreo tales como campos de golf, parques, etc., como era el caso del
enorme vertedero de residuos urbanos del área metropolitana de Barcelona, emplazado al sur de
la misma, en pleno Macizo de Garraf.
Este vertedero se inauguró en 1974, en la Vall d’en Joan, y se calcula que su contribución
al efecto invernadero, por emisión de metano a la atmósfera, ha supuesto un 20 % de las
emisiones de este carácter de la ciudad de Barcelona, en los 30 años en los que estuvo en
actividad. Además de la destrucción del paisaje original del valle, sólo frecuentado por
escaladores que lo usaban para entrenarse, y por otros excursionistas, con paredes rocosas
calcáreas, modelado cárstico y torrencial, vegetación característica del litoral levantino, que se
inicia precisamente en este macizo, se denunció ya desde los primeros años de su actividad,
un importante efecto contaminante sobre aguas subterráneas en régimen de circulación
cárstica, que nutrían algunos manantiales de abastecimiento a poblaciones de la zona, y
llegaban incluso al mar a través de un flujo de agua subterráneo conocido como La Falconera.
Su recuperación paisajística, está muy avanzada como se puede apreciar en las imágenes que
se presentan en esta comunicación.

A bastante menor escala, pero con una idea similar, se diseñó y puso en funcionamiento
en 1994 el depósito de residuos tóxicos de Santovenia de Pisuerga, represando un pequeño
valle al este de esta población, colindante con el término municipal de Valladolid. Después de
casi 20 años de actividad, las irregularidades cometidas en sus trámites de puesta en
funcionamiento y sucesivas ampliaciones han provocado varias decisiones judiciales negativas
a esta actividad, la última del Tribunal Constitucional que anula por inconstitucionalidad una
ley de la Junta de Castilla y León que permitió en 2002 reabrir las actividades de vertido en el
mismo.

Otro ejemplo es el del vertedero de residuos sólidos urbanos de Valladolid, que ha


pasado por diversas fases de ampliación y de diseño, entre otras la construcción de una planta
de recuperación y de compostaje anexa. Su afección al paisaje se manifiesta principalmente,
especialmente en la primera fase, por una modificación del límite del páramo y lo artificial de
la topografía resultante.

Como síntesis, y a la vista de los casos e imágenes comentadas, los paisajes de los
depósitos de residuos suponen, casi siempre, una destrucción del paisaje preexistente, que ya
podría proceder de una actividad precedente, extractiva o de otra índole, pero sobre todo en
la generación de un ámbito en el que los residuos sepultan el terreno precedente, a veces en
extensiones, espesores y, por tanto, volúmenes de gran magnitud, que “supuran” excreciones
gaseosa (metano) y liquidas (lixiviados) de alta toxicidad, que deben ser drenadas a través de
chimeneas de ventilación y redes de colectores, en este segundo caso conducidas a balsas para
su hipotética depuración. Esa idílica visión de un espacio finalmente recuperado, destinado a
usos de esparcimiento o recreo, oculta un “paisaje subterráneo” de despilfarro y
contaminación, dejando visible y perceptible los gases y líquidos que supuran de su interior.

EPÍLOGO

Viene bien para terminar citar de nuevo al insigne ecólogo Eugene Odum (1969):
“Simplificando puede decirse que el principal problema que la sociedad actual afronta se centra
en determinar de forma objetiva a partir de qué punto tenemos demasiado de algo bueno. Este
es un reto absolutamente novedoso para la humanidad, que hasta ahora se las ha tenido que
ver más a menudo con problemas de escasez que con problemas de sobreabundancia. De este
modo, el hormigón es algo bueno, pero deja de serlo si se cubre de hormigón medio planeta.
Los insecticidas son beneficiosos pero dejan de serlo si se utilizan de manera indiscriminada y
en grandes cantidades. Igualmente, los embalses y presas han demostrado ser una aportación
artificial al territorio muy útil para el hombre ¡pero eso no quiere decir que tengamos que
embalsar todo el agua del país!”

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