ESQUEMAS
Historia del Pensamiento Político
Anselm Bodoque Arribas
[email protected]UNIDAD TEMÁTICA 3: EL CRISTIANISMO
T8. El cristianismo: de los orígenes a Agustín de Hipona. Los primeros hitos del
cristianismo.- Jesús de Nazaret.- Pablo de Tarso.- La Patrística: Oriente y Occidente.-
Agustín de Hipona.
T9. El feudalismo y las luchas por la supremacía. El Imperio bizantino: Eusebio de
Cesárea y el Cesaropapismo.- La guerra de las investiduras en Occidente: doctrinas
hierocráticas y doctrinas dualistas.- El feudalismo y el fortalecimiento de las ciudades y
los reinos.- La Escuela de Chartres.
T10. La recuperación de la razón en el cristianismo medieval. Siglos XII y XIII: época de
cambios.- Las Universidades y la Filosofía Escolástica.- Los teóricos de la monarquía
medieval.- Tomas de Aquino.- La crisis del Imperio: Dante Alighieri.
T11. Las teorías ascendentes del Poder en el final de la Edad Media. Las teorías
ascendentes del Poder.- Juan de Paris.- Guillermo de Occan.- Marsilio de Padua.- Bártolo
de Sassoferrato.- El conciliarismo.
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Unidad Temática 3: EL CRISTIANISMO
3.1. El cristianismo: de los orígenes a Agustín de Hipona
Jesús de Nazaret nace hacia el 7 ane, y muere entre el 30-33.
No conocemos su pensamiento directamente, sino la codificación que hace,
sobre todo, Pablo de Tarso y las versiones oficiales de la Biblia que irán
estableciendo las diferentes iglesias, con serios problemas técnicos en la
traducción: Jesús hablaba y predicaba en arameo, el Antiguo testamento estaba
escrito en hebreo y el Nuevo testamento oficial se escribió en griego, Jerónimo
de Estridón tradujo los textos en latín: Biblia Vulgata. Esta versión se convirtió en
la biblia oficial de la Iglesia Católica Romana, pero Jerónimo de Estridón tenía un
conocimiento limitado del griego y del hebreo, y la traducción estaba rellena de
imprecisiones, distorsiones y errores.
Después del Vaticano II (1962-1965), las nuevas Vulgata han superado, en parte,
los errores.
Durante la predicación de Jesús de Nazaret y en las décadas posteriores a su
muerte sus seguidores no pasaban de ser una secta judaica más. La diferencia
principal era que el judaísmo no aceptaba que Jesús fuera la encarnación de Dios,
a pesar de que una parte del judaísmo oficial aceptaba que era un profeta. Con
todo, el discurso apocalíptico del primer cristianismo generaba miedo y
desconfianza en la mayor parte de los judíos.
3.1.1. Los primeros hitos del cristianismo
34, Tribulación de Esteve: ataques a los cristianos, primera dispersión de los
seguidores de Jesús, conversión del fariseo Pablo de Tarso.
50, Concilio de Jerusalén: se aceptan gentiles (no judíos) dentro de la iglesia.
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70, destrucción del Templo de Jerusalén: inicio de las diásporas judías por todo el
Imperio Romano.
100, final de la iglesia apostólica.
Siglos II y III, primera patrística, persecuciones y expansión. En estos siglos se
produce la expansión social y geográfica del cristianismo en el Imperio Romano,
en Oriente y Occidente, y en todas las clases sociales. Hubo persecuciones de
diferente intensidad y, a veces, exageradas por la iglesia para favorecer la
martirología: siglo I (19 años de persecución), siglo II (21 años), siglo III (14 años).
Entre 303 a 313, tiene lugar la «Gran Persecución» de Diocleciano, que es la
última. Cuando muere Diocleciano, el 313, tiene lugar la conversión al
cristianismo de Constantino y, por primera vez, el cristianismo es la religión del
emperador.
El 325 tiene lugar el Concilio de Nicea, momento en que el emperador organiza la
iglesia y codifica su pensamiento, asimilando ritos y fechas de celebraciones al
mitrianismo (una religión muy extendida en todo el Imperio y de la que el
cristianismo incorpora bastantes elementos y símbolos).
Entre 361-363, tiene lugar el dominio de Juliano el Apóstata. Último emperador
pagano, gran sacerdote de Mitra.
El 380, el Edicto de Tesalónica hace del cristianismo la religión del estado y la
única permitida.
476, final del Imperio Romano de Occidente. La iglesia de Roma reproduce buena
parte de las estructuras organizativas y tradiciones del Imperio en la nueva
realidad naciente.
Cristianismo: un pensamiento semita en un mundo indoeuropeo
El pensamiento griego y romano clásico era de raíz indoeuropea. Politeísta, con
una visión del mundo y de la vida como un drama humano, producto de la
voluntad de las personas. Las personas están obligadas a conocer el futuro, la
naturaleza, la naturaleza humana y la sociedad para vivir. Asentaba en una visión
cíclica de la Historia, y tenía tendencia a creer en la transmigración de las almas.
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El pensamiento cristiano es de origen semita. Monoteísta, con una visión del
mundo y de la vida como un producto de la voluntad divina. Dios lo explica todo
(futuro, naturaleza, personas, sociedad). Hay una visión lineal de la Historia: tiene
un sentido, un origen y un objetivo final. Además, incorpora la creencia de la
unidad humana y la continuidad del alma/cuerpo.
A pesar del triunfo del cristianismo, la raíz indoeuropeo no ha sido totalmente
borrada.
Además, hay que considerar que el cristianismo es, como todas las religiones,
una construcción humana, que en su configuración oficial en los dos últimos
siglos del imperio romano incorpora e integra ritos, creencias y costumbres de
otras religiones romanas; mientras que muchos de sus dogmas actuales se han
ido creando a lo largo de la historia, con fuertes controversias y divisiones
internas. Son producto de decisiones humanas.
3.1.2. Jesús de Nazaret
No hay consenso sobre quién fue el Jesús de Nazaret histórico. Las divergencias
interpretativas son importantes. Desde el líder de un movimiento apocalíptico a
poco más que un chamán. Desde un revolucionario social hasta un zelote
(nacionalista judío antiromano). Desde uno de los muchos predicadores de su
época a un innovador teológico.
Esta última es la concepción histórica dominante por la influencia de las iglesias
cristianas.
La enseñanza de Jesús tiene muchos elementos revolucionarios en la sociedad
judía en la que vive: anuncia el final de los tiempos y, por lo tanto, la abolición de
la ley, de la sociedad y el poder humano. Se proclama hijo de Dios. Denuncia el
formalismo y la opresión de los fariseos (jefes de la iglesia judía). Propone una
teología más igualitaria, que tenga en cuenta a los excluidos (enfermos, pobres,
dependientes, mujeres), cuestiona a las jerarquías imperantes y afirma que los
ricos no son los mejores vistos por Dios, y dice esto en una época en que la
riqueza es entendida como una manifestación de excelencia y virtud humana.
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Sus doctrinas atacaban los valores dominantes de su sociedad. Niega que la
riqueza, el poder, el conocimiento convencional o la respetabilidad social sean
valores seguros y sean necesariamente virtuosos.
Reclama el valor moral del individuo, la libertad interior, y lo hace contra toda
clase de prejuicios y formalidades sociales. Criticará el enriquecimiento excesivo
y la opulencia.
Predica a los pobres y a los marginados, y los reivindica radicalmente, como no se
había hecho hasta ese momento: «antes entrará un camello por la cabeza de una
aguja que un rico en el reino de Dios»
Llevará una vida pobre y compartirá bienes con los apóstoles, con los que
formará una comunidad (un espacio común y compartido). Hay autores que ven
en este comportamiento una especie de primer «comunismo».
Ahora bien, Jesús es semita. Cree que la historia es lineal, tiene un principio y un
final y, al mismo tiempo, tiene un sentido y una finalidad. Y, además, su discurso
se centra en anunciar el fin inmediato del mundo humano (injusto) y la llegada
del reino de Dios (justo) y del final de la historia.
Por lo tanto, Jesús no hace ningún tipo de reflexión sobre cómo organizar la
sociedad humana. La interpretación de su discurso político parte de dos frases.
Primera, cuando afirma "mi reino no es de este mundo". Afirmación que lo aleja
de la necesidad de hacer la más mínima reflexión política.
Segunda, cuando dice "al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios".
Afirmación que fundamenta el acatamiento a cualquier tipo de poder y sistema
política.
En el fondo, Jesús es coherente en las dos frases. Entiende que el reino de Dios es
inminente y que Dios está a punto de reordenar el mundo. En consecuencia, los
creyentes en Dios deben prepararse para su llegada y para vivir plenamente y
eternamente en el reino de Dios y, mientras tanto, han de pagar los impuestos
que sea necesario y acatar el poder político, ya que es una realidad que no les
interesa y que será pronto eliminada.
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Con todo, pasado el tiempo, sobre la frase "al César lo que es del César ya Dios lo
que es de Dios" se fundamentará la diferencia (y la disputa) de las dos ciudades,
que teorizará el pensamiento cristiano: la ciudad humana (poder político) y la
ciudad divina (iglesia).
3.1.3. Codificación del cristianismo: Pablo de Tarso
Las décadas que siguieron a la muerte de Jesús de Nazaret conocen una
expansión del cristianismo fuera del ámbito judío, así como la multiplicación de
concepciones diferentes y divergentes del cristianismo.
El cristianismo primitivo estará condicionado por multitud de movimientos y una
mezcla de creencias: esperanza en la inminencia liberadora del fin de los días y el
Apocalipsis, movimientos de exaltación de la pobreza, comunidades que
rechazaban los valores y deberes sociales, comunidades que atacaban los
compromisos civiles y políticos.
Pablo de Tarso intentará ordenar esta situación, haciendo una lectura espiritual y
conservadora del mensaje de Jesús y realizando una llamada a la calma social y a
la obediencia de los esclavos y de los pobres.
Pablo entiende que el amor es una fuerza cósmica y regeneradora del mundo.
Dios (Jesús) se ha manifestado ante las personas como amor y los cristianos
deben hacer suya la fuerza del amor, porque la función de los cristianos es
transmitir al mundo la confianza salvadora y liberadora del amor.
El amor es la fuerza civilizadora. El amor libera las personas de los odios y los
problemas, y las convierte en hijas de Dios. Es la fuerza que puede hacer realidad
la ciudad (sociedad) perfecta.
El cristianismo de Pablo hace una lectura singular de la realidad política y del
pensamiento político estoico que era el dominante en Roma en aquel momento.
El estoicismo romano entiende la política como un «mal menor», dado que las
personas ya no podían volver a la Edad de Oro (cuando vivían en armonía con la
naturaleza, sin trabajar, sin necesidades materiales y sin coerción pública ni
violencia. Pablo sitúa el mito de la Edad de Oro, no en el pasado, como los
estoicos, sino en el futuro y la hace sinónima del Apocalipsis. El fin de los tiempos
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que ha anunciado Jesús y que es inminente, significará la culminación de la
misión redentora de Jesús y volver a la armonía y a la paz general.
Mientras llega el Apocalipsis, Pablo considerará que el poder humano existente
es producto de la voluntad de Dios. Pablo establecerá que los cristianos deben
cumplir la vida social y civil que les corresponde. La propiedad y la riqueza no
debían ser objeto de crítica ni de exclusión de la comunidad cristiana, y
recomienda a los cristianos ricos practicar la caridad y hacer un buen uso de las
riquezas.
Pablo afirma que el reino cristiano no es de este mundo y, por ello, no hay
ninguna organización social o política específicamente cristiana; sino una forma
cristiana de cumplir los deberes sociales, dentro de la organización existente.
Predica la obediencia al poder civil, porque, como hemos dicho, toda autoridad
civil existe porque Dios quiere su existencia y quien se opone al poder civil está
atacando el orden divino.
La iglesia de Paz no tiene fronteras ni de clase, ni geografía, ni de sabiduría. Lo
que determina pertenecer a la iglesia y ganar el paraíso es el amor: tener un
buen corazón y un buen espíritu.
Interpreta la actitud y la reivindicación que había hecho Jesús de las mujeres de
manera restrictiva para afirmar que la función social de las mujeres es de
sumisión a los hombres (maridos, padres, familiares masculinos, o autoridades
eclesiásticas)
Del mismo modo, interpreta el mensaje de Jesús a los pobres, los esclavos, los
marginados y los perseguidos no era para impulsar una cambio social ni ningún
tipo de revuelta; sino para hacerles entender que la verdadera felicidad no está
en los placeres de la tierra, sino en la contemplación eterna de Dios.
Pablo, además, escindirá radicalmente el cuerpo (pecado) y el espíritu
(perfección). Así, para Pablo, en las personas (y en las sociedades) vivirán
realidades en conflicto con dos fuerzas en colisión continua: el
pecado/corporalidad y la bondad/espiritualidad.
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Evangelio de Juan: el rey perfecto y el milenarismo
Tradicionalmente, se ha considerado que Juan el Evangelista era el autor del
evangelio que lleva su nombre y del texto bíblico del Apocalipsis. Pero es un
hecho discutido.
El Evangelio de Juan presenta a Jesús con las características del rey ideal: cuida a
las personas, trabaja para ellos, no tiene nunca descanso, es absolutamente
generoso, ilumina y alegra las personas, no provoca malestar y conduce en la
oscuridad y en los momentos más difíciles. Y da una única orden (un único
mandato imperativo): amaros los unos a los otros, como yo os he amado. Es
decir, sed radicalmente solidarios con los demás.
En el Apocalipsis de Juan, se describe el fin de los tiempos, la llegada de Dios en
la Tierra; pero no para producir un final inmediato del mundo, sino para
establecer el reino de los mil años de Dios en la Tierra antes del fin definitivo del
mundo. La idea del reino de Dios en la Tierra y el milenarismo, de origen judío,
son una novedad en la concepción cristiana del fin del mundo, ya que afirman
que en la Tierra habrá un mundo perfecto antes del fin de los tiempo.
Tanto el Evangelio de Juan como el Apocalipsis inspirarán movimientos cristianos
igualitarios y “revolucionarios” hasta bien entrada la época moderna.
3.1.4. La patrística: los debates de un cristianismo perseguido y en expansión
Durante el siglo II y III se desarrolla el intenso, y a menudo violento, debate de la
primera patrística. El problema central de los debates era el de las relaciones
entre la comunidad de creyentes cristianos, la sociedad (o conjunto de la
comunidad humana) y las instituciones imperiales (o comunidad política). Se
trataba de establecer cuál debía ser la función de los cristianos dentro de la
sociedad romana y, sobre todo, qué relación tenía que haber entre los cristianos
y el Imperio (poder político).
El cristianismo, en los siglos inmediatamente posteriores a la muerte de Jesús,
tiene dos problemas graves respecto a sus inicios. El primero es que la esperanza
del fin del mundo humano y la llegada de Dios en la Tierra no se materializa y no
deja de desvanecerse continuamente, a pesar del mantenimiento de las ideas
apocalípticas y del milenarismo. El segundo es que progresivamente ha dejado de
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ser una religión de pobres y cada vez está más lejos de ser la secta judía que fue
en los orígenes.
En esencia, los debates de la primera patrística muestran también que el
cristianismo progresivamente es más fuerte dentro del imperio y, por tanto, más
necesario para el poder político.
Tertuliano (155-220).
Uno de los primeros padres de la iglesia, Tertuliano, partirá de la idea de que el
fin del mundo era inminente y que, por tanto, creerá que lo terrenal no tenían
ningún valor; considerando que el imperio era la personalización del demonio.
Con todo, reflexiona sobre los límites de la relación con el Imperio. Cree,
siguiendo a Pablo de Tarso, que los cristianos tienen que pagar los impuestos y
ser ciudadanos ejemplares dentro de la sociedad; pero se niega a que los
cristianos juren la divinidad protectora del emperador y pone condiciones
imposibles para que puedan realizar el servicio militar o puedan ocupan cargos
dentro de las administraciones imperiales.
Acepta, como Pablo, que el César gobierna por voluntad divina; pero para
Tertuliano la ciudad humana (el Imperio) y la ciudad de Dios son incompatibles:
el fin del mundo vendrá cuando se acabe el Imperio y Dios acabará con toda
forma de poder político.
El poder imperial no es una realidad indiferente a los cristianos, sino un hecho
doctrinalmente demoníaco. Aquí se aleja radicalmente de Pablo y por eso
afirmará que el imperio es un producto del mundo (pecado) y representa todo lo
que hay que superar y evitar para poder ser buen cristiano. El imperio (el poder
humano) es el demonio. Los cristianos deben vivir ejemplarmente en el imperio,
pero no deben colaborar.
Niega a considerar los bárbaros como enemigos. Niega todo sentimiento
patriótico. Considera que todos los pueblos de la tierra pueden ser cristianos y,
por tanto, hermanos.
Como el Imperio existe, su propuesta para no obedecer su poder es el
anacoretismo, siempre que sea posible.
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Carta a Diogneto (Hacia el 200)
El autor de la carta tiene una concepción opuesta a Tertuliano. Considera que el
imperio no es divino y puede ser contrario a la iglesia, pero es producto de Dios.
Los cristianos son el alma del mundo, por eso deben ser los mejores ciudadanos,
deben obedecer las leyes y superarlas en perfección; pero tienen que vivir como
extranjeros en su patria y, si Dios retrasa el fin de los tiempos, es a causa de que
los cristianos deben continuar evangelizando el mundo.
El Imperio no es un instrumento demoníaco, sino el lugar donde puede progresar
la evangelización.
Se abre paso, así, la idea de que Imperio e Iglesia son entidades complementarias
e instrumentos de la Providencia. El imperio sigue siendo una realidad ajena a los
cristianos; pero ya no es presentada como una realidad hostil o enemiga.
Orígenes (185-255)
Su reflexión es la menos política de la primera patrística. Su voluntad es integrar
parte de la filosofía pagana dentro del cristianismo y hacerlo, además, luchando
contra las ideas milenaristas y apocalípticas.
No considera que la filosofía anterior sea una fuente de herejías, sino como la
preparación de la enseñanza de Jesús.
Se opone radicalmente a cualquier milenarismo y defiende un racionalismo
alejado de cualquier idea apocalíptica.
Considera, por influencia de Platón, que el mundo invisible y espiritual es
superior al material o real. Siguiendo también a Platón, distingue entre cuerpo y
alma (espíritu), pero reconcilia la división cuerpo/alma y afirma que las personas
tienen dos elementos: el cuerpo que les permite actuar en el mundo terrenal, y
el espíritu que los liga a Dios; el espíritu es superior, pero no necesariamente
incompatible con el cuerpo.
Sugiere que los bárbaros triunfarán sobre el Imperio y que ésta será la vía para su
conversión y para que haya un mundo unificado por el cristianismo.
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Todo cristiano tendrá, en la tierra, dos patrias (la ciudad de Dios y la del hombre),
dos leyes (la natural y la positiva). La parte espiritual (ciudad de Dios y ley
natural) es superior, pero los dos mundos no deben entrar en conflicto.
El Imperio ha facilitado la difusión del Evangelio y, por ello, hay que entender que
la ciudad del mundo prepara el camino de la ciudad de Dios. Los poderes
políticos son auxiliares de Dios.
Las dos ciudades no son realidades contrarias, sino complementarias. Por ello,
afirma que rebelarse contra el poder político sin un motivo que obedezca a la ley
natural divina, no es martirio glorioso, sino pecado de orgullo.
Las tres referencias que hemos hecho a la patrística hablan de la evolución de las
posiciones de los cristianos alrededor del problema del poder político pagano: la
contraria (antigua); la que defiende una convivencia sin mezclas (media), y la que
considera que la connivencia de Imperio e Iglesia es posible y son realidades
compatibles (final).
Poco después con la conversión de Constantino (313), el cristianismo pasa a ser
una religión útil para el imperio. A partir de este momento Imperio e Iglesia son
caras de la misma moneda y la vida cristiana impregnará todas las instituciones
sociales.
Dos miradas enfrentadas de la iglesia imperial
La iglesia imperial o vinculada al Imperio, estructurará sus relaciones con el
político de manera distinta en Oriente y en Occidente.
Eusebio de Cesarea (260-337): el imperio cristiano
Obispo de Cesarea. Escribió un panegírico (escrito de exaltación) para
Constantino, por el que es considerado el gran teórico del imperio cristiano.
Eusebio fue justificador e ideólogo del Dominado romano y del dominus como
cabeza terrenal de la iglesia y de que Constantino organizara y dirigiera el concilio
de Nicea (325); donde se establece el Credo y las principales festividades
cristianas.
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Afirma que Dios promovió las persecuciones para probar a los cristianos, y
recuerda el final lamentable de los soberanos que las promovieron. Pero, al
mismo tiempo, salva a la institución (Imperio Romano) y protege el prestigio de
los buenos soberanos.
Defiende que hay una coincidencia providencial entre el Imperio y la predicación
evangélica.
El poder político único de la tierra se corresponde con el monarca divino en el
cielo. El monarca terrenal es servidor, representante, imagen e instrumento del
poder de Dios. Y tiene un origen y una legitimidad también providencial; es decir,
es voluntad de Dios.
Cristo es el primero de los filósofos y el emperador es el único filósofo en la
tierra.
El origen de la auctoritas del monarca es su comunicación directa con Dios.
La idea de Eusebio (que se mantuvo en el Imperio bizantino hasta el final) es que
el gobierno imperial es una copia terrestre del gobierno de Dios en el Cielo.
Sólo hay un Dios y una ley divina. Sólo hay un monarca en la Tierra y una sola ley.
El emperador es el viceregente de Dios en la tierra.
Formuló una teoría del poder según la cual el poder y la corte del emperador en
la tierra era el reflejo de la corte celestial. La ciudad de Dios (iglesia) y la ciudad
del hombre (poder político) son realidades paralelas e íntimamente relacionadas.
El emperador es el jefe civil de la iglesia.
La idea se asentó rápidamente en la parte oriental del Imperio (y con más
dificultad en el mundo occidental). Con todo, el equilibrio del poder político y
eclesial siempre será inestable y fluctuará con el tiempo.
3.1.5 Agustín de Hipona (354-430): las dos ciudades
Escribe más de 500 libros. El más importante es La Ciudad de Dios. Escrito en la
periferia del Imperio, después de que los visigodos saquearan Roma en 410.
Tardío 14 años en terminarlo.
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Hace una reflexión enorme sobre la Historia, la Filosofía y la organización política
de la sociedad. No siempre cierra los temas sobre los que reflexiona y no siempre
hay una claridad radical en sus posiciones. Las matizaciones a veces son
significativas y también hay posiciones contradictorias.
La obra dio lugar a múltiples interpretaciones y corrientes; pero la más
importante durante la Edad Media será la del agustinismo político, que
identificará iglesia y ciudad de Dios, y poder político terrenal con ciudad del
hombre, y podrá la ciudad de Dios por encima en autoridad de la ciudad del
hombre.
Distingue radicalmente entre la ciudad terrenal (terreno castigado por el
demonio) y la de Dios (ciudad celestial). La ciudad de Dios es producto del amor
de las personas a Dios hasta menospreciar la propia persona. La ciudad terrenal
es producto del amor de las personas a si mismos, hasta menospreciar Dios.
Pero las personas están hechas a imagen de Dios. No participan de la sustancia
de Dios, pero en el universo son las criaturas que más se le acercan. Y para su
superación espiritual pueden llegar, en la tierra, a disfrutar de la ciudad de Dios.
Entiende que las dos ciudades coexisten desde los orígenes de los tiempos y,
cuando llegue el fin de los tiempos, sólo quedará una.
Caín representa la ciudad terrestre y Abel la de Dios.
Explicará la historia de la humanidad de manera finalista, obedeciendo a un plan
divino, con objetivos y un final determinado. La historia de la humanidad es la
historia de la salvación.
La historia de los estados y los regímenes políticos obedece a ese plan.
En parte de su obra, identifica a la iglesia como parte de la ciudad de Dios. Y esta
será la posición que hará suya el agustinismo político medieval para defender el
predominio de la iglesia sobre el poder civil.
Pero, sin embargo, en Agustín de Hipona predomina la idea de que concibe la
iglesia como representante (y no parte) de la ciudad divina. Actúa en nombre de
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la ciudad de Dios, pero no es ciudad de Dios. Su función es ser el instrumento
espiritual que hace las personas ciudadanos de las dos ciudades.
Entiende la ciudad terrestre como un terreno castigado por el demonio, pero no
una ciudad condenada. Los miembros de la ciudad de Dios deben estar un
tiempo en la ciudad terrestre para fortalecerse. Además, los cristianos pueden
esforzarse en mejorar su vida y la ciudad terrestre, siendo buenos cristianos y
justos. El ideal de ciudad terrestre es aquella en la que la sociedad está presidida
por el mayor bien, la paz, que no es otra cosa que la armonía ordenada del
mundo y donde sus gentes viven como buenos cristianos.
Por ello, el buen gobernante cristiano será caritativo, promoverá la paz, dará a
cada uno lo que le corresponde (será justo) practicando la humildad y siendo
devoto de Dios.
Para Agustín, la diferencia de las dos ciudades, y entre la iglesia y el poder
político, es sustancial y no únicamente formal. Rompe con la concepción de
Orígenes o de Eusebio de Cesarea.
Ahora bien, considera que sólo Dios puede reconocer a qué ciudad se entrega
cada persona. Los humanos no pueden hacerlo y afirma que, sólo la posibilidad
de intentarlo es un acto de soberbia. Y esta idea es esencial: todos los ciudadanos
del imperio son obligatoriamente y formalmente cristianos, pero solo los
cristianos que se entregan a Dios podrían formar parte en la tierra de la ciudad
de Dios. Ahora bien, pero únicamente Dios sabe quienes son, no los puede
reconocer la iglesia (que tiene la función de guiar espiritualmente a toda la
comunidad política) y mucho menos el poder político (que tiene como función
dirigir las instituciones política.
Se pregunta por qué Roma está en su peor momento. Relee Cicerón, para afirmar
que la decadencia de Roma estaba en el desorden y la situación ingobernable de
la res publica (cosa pública) romana. ¿El motivo? Nunca República en Roma,
porque (como decía Cicerón) no puede haber república sin justicia, y dado que la
verdadera justicia es la cristiana, nunca existió la república antes del cristianismo.
Los romanos paganos no podían ser justos, porque no puede haber justicia fuera
del Dios único y verdadero.
Como Dios es principio y origen de todo, todos los regímenes o estados están
dentro de sus impenetrables designios y todos los eventos están justificados y
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obedecen un plan divino que los humanos ni entendemos ni podemos entender.
Pero, a pesar de que el poder humano proviene de Dios y de su voluntad, la
materialidad de la organización del poder es siempre humana. Y, por ello, la
ciudad terrestre es imperfecta, impía y cuenta injusticias por definición.
El Imperio cristiano también es una ciudad terrena y, a diferencia de Eusebio de
Cesarea, para Agustín es un poder que sólo cumple una función terrenal por
mucho que los que forman parte sean también miembros de la iglesia y, en
algunos casos, puedan ser parte de la ciudad de Dios.
Defiende la práctica de las virtudes civiles y el servicio militar, pero mantiene la
distancia respecto al poder estatal. Es radicalmente contrario a mezclar las dos
instituciones: iglesia y estado.
Afirma la oposición radical entre la ley natural (Dios) y la ley positiva (hombre), y
la imposibilidad última de conocer la ley natural; porque la razón no puede
descubrir los designios de Dios y la fe tampoco lo permite ya que sólo es la
creencia esperanzada en algo que se desconoce.
Agustín se plantea las relaciones políticas entre la iglesia y el poder político.
Niega que el jefe político lo sea también, de hecho, de la iglesia; pero tampoco
desea una teocracia (el gobierno político llevado a cabo por clérigos). Ahora bien,
considera que el poder político cristiano debe estar subordinado moralmente a la
iglesia y que las leyes y las costumbres sociales y políticas deben estar inspiradas
en los preceptos cristianos.
Después de todo, el poder político es una realidad provisional que desaparecerá
con el Juicio Final, mientras que la iglesia, representante de Dios, se diluirá en la
ciudad de Dios.
En consecuencia, cuando el Imperio está en crisis hay dos teorías contradictorias
enfrentadas: la que defiende la identidad entre Imperio e iglesia (Eusebio) y la
que afirma que son dos realidades diferentes (Agustín).
Y hay que decir que en la parte occidental del imperio será la concepción de
Agustín la que dominará, quedando la de Eusebio como predominante en
Oriente.
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La separación del orden imperial y el eclesial, sin embargo, no fue un obstáculo
para afirmar la unidad cristiana en el Occidente medieval. Y los argumentos de
Agustín serán siempre un arma que usará la Iglesia para reclamar en contra del
poder político: independencia de las interferencias políticas y supremacía moral.
Del mismo modo, el pensamiento agustiniano impedirá a los pensadores
occidentales considerar que la iglesia podía dirigir la política de manera directa y
eliminando el poder civil.
3.2. El feudalismo y las luchas por la supremacía
La alta edad media
Desde la caída del imperio romano de Occidente, el cristianismo se expande por
Europa, África y Oriente bizantino. En un proceso con muchos movimientos
heterodoxos y «heréticos», con crisis y luchas para controlar la ortodoxia
cristiana.
Los pueblos germanos, que se hacen con el poder político en Occidente
(incluyendo el norte de África), son escasos numéricamente, a menudo ya tenían
un largo contacto con Roma, lingüísticamente se romanizan en la mayoría de los
casos, mezclarán sus costumbres y su derecho con los de Roma, y
progresivamente se cristianizan.
El cambio político esencial es que los nuevos reinos germánicos rompen con la
unidad política del imperio; pero el prestigio y la idea de Imperio seguirá viva. Y
los nuevos reinos a menudo recurren a Bizancio (el imperio romano oriental)
para resolver diferencias.
Durante siglos, el reparto del poder es inestable y la organización de los estados y
de la iglesia es confusa. Las dos ciudades van en paralelo, compiten entre ellas
unas veces y colaboran en otras. Como ocurrirá durante toda la edad media
habrá una estrecha relación entre política y religión. En Occidente, el poder de
los nuevos reinos es a menudo débil y fragmentado, y los obispos y los abades
actúan habitualmente como señores que organizan, controlan y estructuran
territorios dentro de los reinos.
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Isidoro de Sevilla (570-636)
Es un nexo entre Agustín de Hipona y la edad media. Tuvo una enorme influencia
intelectual durante la edad media. Entre otras cuestiones, reguló las disciplinas
que debían formar parte de las Siete Artes Liberales o lo que es igual estableció
cuáles eran las materias que debían formar parte de los estudios superiores más
especializados.
Establece una distinción en el derecho que será la dominante en la edad media.
Considera que hay un derecho natural que existe previamente a toda convención
humana, tiene un origen divino y no depende de ninguna actividad de las
personas. Y entiende que hay también el derecho de gentes, que regula las
relaciones entre los pueblos, y el derecho civil, particular de cada ciudad y reino.
Legitima la existencia de reinos diferentes dentro de la cristiandad. Cuestiona
que el imperio romano hubiera sido útil para la expansión del cristianismo, ya
que considera que sólo tiene valor como estructura política histórica. Afirma que,
una vez expandido el cristianismo, los reinos independientes pueden existir sin
problemas; porque garantizar la universalidad del cristianismo es responsabilidad
de la iglesia y no de un poder civil.
En un mundo cristiano, la organización política no se origina por la naturaleza
social de las personas, sino por la necesidad que tiene la iglesia de un poder
político que imponga la justicia divina. Los reyes existen para garantizar el
cumplimiento de las enseñanzas de la iglesia, porque si las personas fueron
realmente buenas, no habría ningún tipo de organización política.
Isidoro establece, así, las bases del agustinismo político. Distingue entre poder
político e iglesia; pero toda organización política tiene una única misión: servir a
los fines evangelizadoras de la iglesia. Y, en consecuencia, el poder político sólo
es legítimo si está al servicio de la iglesia.
Imperio carolingio
Hacia finales del siglo VIII, la antigua unidad marítima mediterránea romana, que
había convertido el Mar Mediterráneo en el Mare Nostrum [nuestro mar],
desaparece y en las tierras mediterráneas hay tres realidades muy diferentes:
Occidente (noroeste Mediterráneo), unos territorios empobrecidos, rurales e
intelectualmente y tecnológicamente atrasados; Bizancio, el noreste
17
mediterráneo, un territorio rico, con ciudades importantes y un desarrollo
tecnológico y cultural elevado; y, finalmente todo el sur, el oeste hispano y el
este controlado por un Islam en expansión e innovador en aquellos momentos.
En el año 800, el rey de los francos, Carlomagno, gran beneficiario y protector de
la iglesia, es investido, por el papa León III, rey de los francos y lombardos, y el
papa le otorga también el título de emperador por la gracia de Dios, y lo declara
hijo adoptivo de Dios, incorporando así un carácter sacro en su poder.
La coronación como emperador de un rey no significaba tratar de rehacer el
imperio romano de Occidente, ni que hubiera ninguna voluntad de enfrentarse a
Bizancio, ni tampoco que fuera el sucesor del último emperador romano. El
nombramiento como emperador tiene un valor esencialmente eclesiástico. Era
ser nombrado emperador de toda la comunidad cristiana, de la iglesia universal.
Como rey de francos y lombardos, continuó manteniendo las relaciones con la
iglesia que eran habituales en aquellos momentos: nombrar obispos, abades,
convocar sínodos, regular aspectos de disciplina religiosa, etc. Pero siendo
emperador gana prestigio, ya que la iglesia le reconoce la máxima potestad
humana y lo considera el máximo defensor de la iglesia, dirigida con la superior
dignidad espiritual por el papa.
Se establece, entonces, una dualidad emperador/papa en la comunidad cristiana,
que será esencial en la práctica política medieval prácticamente hasta la reforma
protestante.
3.2.1. Feudalismo
Una de las causas que movieron al papa a otorgar el título de emperador a
Carlomagno es la inseguridad y la debilidad general de los poderes políticos y los
reinos del Occidente cristiano, donde sólo el rey de los francos aparece entonces
como una fuerza política sustancial y con capacidad de ordenar y fortalecer
Occidente. Hay que recordar que, desde la caída del imperio romano occidental,
los antiguos territorios romanos habían conocido una fragmentación e
inestabilidad política muy elevada, entre los siglos V-VII se constituyen los nuevos
(y a menudo cambiantes e inestables) reinos germánicos; mientras a lo largo de
los siglos VIII-IX tienen lugar las invasiones musulmanas, mongoles, vikingas
(normandas) y eslavas.
18
En este largo periodo de la alta Edad Media (siglos V-XI), las ciudades
prácticamente desaparecen, el mundo occidental se ruraliza, las vías de
comunicación empeoran o desaparecen, los bosques aumentan, el clima se hace
más frío, la producción agraria se reduce y el poder inmediato (y real) se
fragmenta en feudos, gobernados por señores seglares o eclesiásticos. La
capacidad efectiva para controlar el territorio, legislar e impartir justicia pasa a
manos de los señores locales.
Si entendemos el feudalismo como un modo de producción socioeconómico
(esencialmente europeo), sus orígenes remotos están en el final del Imperio
Romano y llegará a su fin con el triunfo del capitalismo entre el siglo XVIII y XIX.
Si lo consideramos únicamente como una realidad política e institucional, se
suele denominar como feudal la época caracterizada por la fragmentación
extrema del poder y emergencia de poderes de base geográfica reducida, y tiene
su período central entre los siglos VII y XV.
Ideológicamente, el feudalismo político se asocia a la idea de los tres órdenes
naturales en que se divide la sociedad: los que luchan, los que oran, y los que
trabajan. O lo que es igual a los nobles, los monjes y los campesinos). Una
construcción intelectual eclesiástica que recuerda a las divisiones sociales de
Platón en República.
En un primer momento, los nobles se hicieron con el dominio efectivo de las
tierras que tenían en jurisdicción, aunque formalmente se integraban dentro de
un reino. Pero el rey (y el emperador) no tenía poder efectivo real más allá de los
territorios que controlaba directamente: si eran muchos (poder alto), si eran
pocos (poder limitado). El rey tenía que llegar a acuerdos permanentemente con
los nobles para mantener y tratar de aumentar su posición. A menudo para ganar
el apoyo de los nobles debía dar bienes propios, territorios, cargos, impuestos y
jurisdicciones, y disminuía, así, su poder real, y facilitaba que su dinastía fuera
sustituida por otra. Por el contrario, cuando entraba en conflicto con nobles y los
vencía podía ampliar territorios, dinero y poder.
En esta época, el rey a menudo no era más que un noble más (primus inter pares:
el primero entre los iguales) y los nobles aceptaban la primacía del rey por un
pacto formal de vasallaje.
19
3.2.2. Cesaropapismo: las ideas políticas del Imperio
Carlomagno, rey de los francos desde el 771 y emperador desde el 800, murió el
814. A su muerte, el imperio carolingio entra en una fase de descomposición que
culmina el 843, momento en el que deja de existir. Aun así, la idea de imperio
continuó entre sus descendientes. Y, casi un siglo después el rey de Germania
Otón I será coronado rey el 936 con la simbología carolingia y el 960, para ayudar
al papa a conservar los estados papales, será coronado emperador del Sacro
Imperio Romano-Germánico. Un título reconocido por Bizancio el 972.
Durante el Imperio carolingio (800-843) y después en el Sacro Imperio Romano-
germánico que nace el 960, hay un cierto renacimiento cultural y administrativo
en torno a las cortes imperiales. Los juristas imperiales reinterpretarán el
derecho romano y fundamentarán el cesaropapismo occidental. Para hacerlo,
considerarán que los emperadores lo son por la gracia directa de dios y, por
tanto, reciben el poder directamente de Dios y tienen la obligación de velar por la
salvación de las almas de sus súbditos y, en consecuencia, tienen la obligación de
intervenir en asuntos de dogma y de la iglesia. En consecuencia, los emperadores
debían tener el poder absoluto en la política secular y también en el gobierno de
la iglesia, intervenir en las disputas organizativas y teológicas, y decidir
libremente los cargos eclesiásticos, incluido el papa.
Esto conlleva que el emperador otorgará obispados y abadías (y sus recursos y
rentas) a las familias nobles leales a los emperadores, y el papa se convertirá en
un personaje menor vinculado al emperador y designado de manera directa o
indirecta por él.
El momento de máximo vigor del cesaropapismo fue con Otón III (980-1002). Se
instaló en Roma, asumió la imagen del imperio romano. Se proclama director de
la cristiandad y relega al papa a la oración.
Ahora bien, a pesar de la autoridad y la dignidad imperial de los emperadores, los
reyes occidentales no asumirán nunca la condición de vasallos del emperador. Y
el Sacro Imperio, a pesar de su autoridad formal, no dejó nunca de ser un poder
secular más, con capacidad de dominar a la jerarquía eclesiásticos; pero sin
poder asumir completamente el ideal de universalidad imperial al que aspiraba.
20
Aún más, un siglo después de su creación, a mediados del siglo XI, ganan poder y
fuerza nuevos poderes civiles (reinos, ciudades, ligas, etc.) que le restan
autoridad (y poder).
Finalmente, los papas también ganarán autonomía y poder, impulsarán lo que se
conoció como la guerra de las investiduras y reivindicarán radicalmente formas
de agustinismo político como modelo a seguir para gobernar a la cristiandad.
3.2.3. La guerra de las investiduras: doctrines hierocráticas y doctrinas dualistas
La guerra de las investiduras fue un conflicto entre la iglesia y el Imperio (y las
monarquías) sobre quién tenía la autoridad de nombrar a los cargos eclesiásticos.
La fase crítica empezó el 1075 cuando el emperador Enrique IV quiso destituir al
papa Gregorio VII. Esto generó un largo conflicto interno en Alemania e Italia
hasta el Concordato de Worms el 1122. Pero la crisis es anterior y comenzó
cuando un movimiento interno de la Iglesia defiende poner fin a la práctica de la
simonía (venta de bienes de la Iglesia para obtener recursos), la designación del
papa por el emperador y de las élites eclesiásticas por el poder secular.
El objetivo primero era que la iglesia alcanzara el poder de investir al papa y
cumplir así su función divina en la tierra (guiar las almas) sin interferencia del
poder secular.
Para conseguir este objetivo, se llevan a cabo nuevas relecturas de la Biblia y se
aprovechó la fuerza del movimiento monacal de Cluny (la orden de Cluny es un
enorme movimiento eclesiástico que hacia el siglo XI se extendió por toda Europa
occidental, desarrolló sistemas de comunicación en torno al Camino de Santiago
y fortaleció económica e intelectualmente a la iglesia) y el papado reforzó su
poder político directo en una parte de la península itálica (los estados
pontificios).
La posesión de territorios será justificada por la iglesia sobre la base de un
documento falso e inventado entre el siglo VIII y el IX (Donación de Constantino),
según el cual el derecho a gobernar tierras por el papa como un señor más era
legítimo porque obedecía a una donación del emperador Constantino (aunque
21
históricamente las donaciones de tierras al papa las habían hechas de los reyes
francos en el siglo VIII).
La lucha contra la subordinación de la iglesia al Sacro Imperio se inicia en la
primera mitad del siglo XI con la expansión de la orden de Cluny (en buena
medida, por la "invención" de la peregrinación del Camino de Santiago o Camino
Francés hacia Santiago de Compostela), radicalmente contraria a las sinonimias,
que enriquecían señores y reyes.
En 1056, Enrique IV (6 años) es nombrado emperador. Considerando que era
muy pequeño para tomar grandes decisiones, los defensores de la autonomía
eclesial fundaron una nueva institución, el Colegio de Cardenales, y decidieron
que sería esta institución la que escogería el papa sin la intervención de ningún
líder secular. [NOTA: desde entonces el Colegio de Cardenales es la institución
encargada actualmente de la elección papal].
El 1075 el papa Gregorio VII (1973-1085) dará un paso más. Publicó los Dictados
del Papa, una lista de 27 principios en los que declaraba que la iglesia había sido
fundada sólo por Dios, y que, por lo tanto, sólo el papa podía nombrar o cesar a
los cargos eclesiásticos, sin ninguna interferencia del poder secular.
Enrique IV respondió convocando un concilio en Worn (1076), con muchos
obispos alemanes, que declaró Gregorio VII indigno y pidió la elección de un
nuevo papa.
Gregorio VII excomulgó a Enrique IV, y le quitó el título de rey de Alemania, y, en
consecuencia, la posibilidad de ser emperador del Sacro Imperio Romano-
Germánico.
La aristocracia alemana aprovechó la excusa para rebelarse contra el rey,
apropiarse de propiedades reales y pasar a gobernar sus territorios con total
autonomía respecto al Imperio.
Enrique se vio obligado a echarse atrás y en 1077 se humilló ante el papa. Quién
lo restituyó en el cargo de rey y emperador.
Sin embargo, las cosas en Alemania habían cambiado. Los aristócratas alemanes
no aceptaron el regreso de Enrique IV y eligieron como nuevo rey Rodolfo de
Suabia, quien, a su vez, obtuvo el apoyo del papa. Enrique, entonces, nombró
22
otro papa (antipapa), Clemente III, con el apoyo de la mayoría de los obispos
alemanes, y empezó a combatir a los rebeldes. En 1081 ejecutó a Rodolfo y
saqueó Roma, haciendo prisionero el papa durante 5 años.
La lucha continuó durante décadas y se resolvió el 1122 con la firma del
Concordato de Worms entre Enrique V y el Papa Calixto II. Enrique V admitía la
libre elección del papa mediante el Colegio de Cardenales. Se comprometía,
igualmente, a restituir a la iglesia los bienes que le habían sido quitados durante
las guerras y a ayudar al papa cuando fuera requerido. A cambio, Calixto II
concedía a Enrique V poder en la elección de los obispados del reino alemán y sin
capacidad de actuar sobre las órdenes monásticas, con lo que se establecía una
larga tradición en la iglesia católica que llegar a la época contemporánea: a
menudo la jerarquía de la iglesia secular (obispos, arzobispos, etc.) será elegida
por el poder civil de cada zona y la jerarquía de la iglesia regular (órdenes
monásticas) corresponderá al papa.
De este modo, en el territorio del Imperio la nobleza ganó fuerza, la iglesia ganó
autonomía y, al final del conflicto, se constató la existencia de nuevas realidades
políticas importantes: Francia, Inglaterra, Castilla, Corona de Aragón, ciudades
italianas, etc.
La lucha por la independencia del Papado que está detrás de la guerra de las
investiduras se asentó sobre dos ideas teológicas contrarias al cesaropapismo y
aparentemente reformistas: el hierocratismo y el dualismo.
Doctrina hierocrática
Como el cesaropapismo la doctrina hierocrática es una doctrina monista. Es
decir, entiende que la legitimidad y el control del poder religioso y político
corresponde a una única autoridad; pero a diferencia del cesaropapismo no
quiere que esa máxima autoridad sea el emperador, sino el papa.
Como el cesaropapismo, no es un monismo extremo, ya que no pretende
establecer una teocracia: lo que persigue es el sometimiento moral del poder
civil al religioso, haciendo realidad el ideal del agustinismo político.
Recupera la idea de Agustín de Hipona de las dos ciudades y una de las
proposiciones de parte de la obra de Agustín sobre el predominio moral de la
iglesia respecto al poder secular. Además, siguiendo a Isidoro de Sevilla,
23
establece que el Papa tenía potestad para dirigir la comunidad de creyentes
(iglesia) y que sus normas tenían carácter universal y afectan a toda la comunidad
cristiana, incluidos los gobernantes.
La fe cristiana unía a toda la comunidad, era universal y, por tanto, la ley secular
debía basarse en la fe. Los reyes lo eran de cada reino concreto y por lo tanto no
eran universales. En consecuencia, el rey debía estar sujeto a las normas de la
iglesia universal.
En conclusión, el poder político siempre debía estar condicionado por los
principios morales de la iglesia.
Doctrinas dualistas
Tienen su origen en la doctrina del papa Gelasio I, elaborada en las décadas que
siguieron a la caída del Imperio de Occidente. Gelasio aprovecha el hundimiento
del imperio romano en Occidente para afirmar la separación radical entre Iglesia
y Estado.
Considera que la sociedad cristiana se rige por dos autoridades (dos espadas), la
espiritual y la temporal. El poder de cada autoridad es diferente, pero no
opuesto, ya que los dos poderes se deben a la voluntad divina.
Considera que los monarcas debían seguir las normas morales de la iglesia y del
papa, mientras que la iglesia debía acatar las leyes civiles. Mantiene la idea de las
dos ciudades de Agustín de Hipona; pero, a diferencia del agustinismo político,
para el dualismo ninguna ciudad es superior a la otra: las dos tienen funciones
distintas y complementarias. Ninguna de las dos ciudades se someterá a la otra,
aunque la iglesia tenga la superioridad moral y el poder político una superioridad
civil.
Estas ideas habían quedado prácticamente olvidadas, pero serán recuperadas por
movimientos reformistas religiosos del siglo XI y durante la guerra de las
investiduras servirán tanto para reafirmar la autonomía de la iglesia respecto de
los reyes y emperadores como para combatir la hierocratismo papal y la voluntad
del papa de ser un poder absolutista supremo en la cristiandad.
Con el paso del tiempo, las teorías dualistas servirán de apoyo a las concepciones
conciliaristas, radicalmente contrarias al absolutismo papal.
24
En los siglos XVIII y XIX, durante la Ilustración y las revoluciones liberales,
mientras las ideas hierocráticas servirán para reforzar el clericalismo; las dualistas
servirán para justificar la separación de la iglesia del poder secular.
3.2.4. El fortalecimiento de las ciudades y los reinos después del año 1000
Históricamente, el año 1000 es una especie de punto de inflexión y el inicio de
una larga transición que llega hasta el 1200, un periodo en el que Europa
Occidental progresivamente se va haciendo más fuerte. Durante el siglo XI y XII,
hay tres fenómenos que alteran el poder intelectual, económico y político dentro
de Europa: se desarrollan las universidades (scholas), se multiplican las ciudades
y se fortalecen los reinos. Y cada una de estas categorías hay que entenderlas en
su contexto históricos, las scholas eran relativamente pocas, de dimensiones
pequeñas y tenían un número de estudiantes escaso; las ciudades apenas si
tenían unos pocos miles de habitantes, y el poder de los reinos convivía con el
poder de los nobles feudales y continuaba siendo limitado.
Con las universidades, sin embargo, el panorama cultural e intelectual empieza a
cambiar. Muy poco a poco, el poder intelectual deja de estar exclusivamente en
manos de los monasterios y de la jerarquía eclesiástica: se ponen las primeras
bases para una mínima secularización del poder intelectual.
Paralelamente, crece una red de ciudades: poblaciones no necesariamente muy
grandes; pero con un estatus legal especial y con una forma de vida
moderadamente más libre y autónoma que la del campo. Y con actividades
productivas diferentes: las actividades de transformación (textil, carpintería, etc.)
aumentan y también la red comercial y mercantil europea se multiplica, siempre
en términos modestos y todavía muy limitados.
Las ciudades nacen generalmente por iniciativa real y tendrán sistemas de
gobierno propios, a menudo en forma de repúblicas, habitualmente gobernadas
por patriciado urbano (comerciantes y artesanos enriquecidos), en ocasiones con
participación del "pueblo" y excluyendo a la plebe y en muchos casos
desvinculadas de la nobleza eclesiástica o militar.
Europa occidental empieza a generar una amplia red de ciudades pequeñas y es
entonces que se ponen los cimientos, de lo que pasado el tiempo será la Gran
25
Banana europea (el eje económico y urbano más desarrollado de Europa):
ciudades del centro y el Norte de Italia, ciudades del Rin, Países Bajos, y áreas
metropolitanas de París y Londres. En esta red, se desarrolla un comercio cada
vez más intenso y una especialización comerciante y productiva modesta, pero
creciente.
En la misma época y mientras el poder del emperador pierde valor, empieza a
asentarse tímidamente el poder del monarca hereditario y la monarquía como
realidad política dominante. Los monarcas poco a poco a dejan de ser primus
inter pares y en algunos de los reinos (Inglaterra, Castilla, Corona de Aragón,
Francia, Hungría ...) van afirmando su poder por encima de la nobleza feudal,
convirtiéndose primus suppra pares (primero sobre los iguales): que preludia la
futura supremacía del poder real y de los reinos-estados, con fronteras conocidas
y bien delimitadas.
Las voces críticas del cristianismo medieval: el pensamiento religioso como
forma de lucha y protesta
Las voces críticas del cristianismo se manifestarán en dos cuestiones. La primera,
a la que ya nos hemos referido, se centraba en la lucha contra subordinación de
la iglesia al poder del emperador y al poder secular en los nombramientos de
papas y cargos eclesiásticos.
La segunda voz crítica será dentro de la iglesia y cuestionaría el comportamiento
de la jerarquía eclesiástica, reivindicando la pobreza igualitaria como proyecto
colectivo de vida. Esta corriente crítica dará lugar a menudo a órdenes monacales
que impugnaban el comportamiento mundano de la iglesia, como ocurrió con la
orden de los franciscanos; pero también provocó movimientos sociales y herejías
religiosas que defenderán un rigorismo moral fuerte, exaltarán la pobreza y
harán una crítica radical de la forma de vida de la iglesia y, en general los grupos
sociales más poderosos.
Ocasionalmente, fueron movimientos con un fuerte componente
"revolucionario", profundamente contrarios a la riqueza e igualitaristas (la vida
cristiana era sinónimo comunidad de iguales) y a veces teológicamente
milenaristas. Es decir, recuperan el mito judío del primer cristianismo, que había
sido recogido en el Apocalipsis de Juan y hablaba de un reino de Dios en la tierra
de 1.000 años; antes del fin de los tiempos. El reino de Dios los milenaristas
medievales comportaba una sociedad igualitaria y de pobreza, donde no había
26
ricos. Ocasionalmente, algunos de estos movimientos proponían la eliminación
física de los ricos y los poderosos.
El movimiento herético más destacado, en esta época, fue el de los cátaros
(finales siglo XII y principios del siglo XIII), y su combate fue la excusa que utilizó
el rey de Francia para expandir los territorios controlados por la corona francesa
hacia el sur de la actual Francia, contra Toulouse y la Corona de Aragón; y
provocó también, después de la derrota de Muret (1212), la retirada progresiva
de Cataluña del espacio occitano. Entonces la Corona de Aragón deja de ser un
reino transpirenaico y pasa a convertirse, primero en un estado peninsular
(conquistas de Mallorca y Valencia) y después en un imperio marítimo en el
Mediterráneo (Cerdeña, las dos Sicilias, Atenas y Neopatria) .
El movimiento oficial más exaltado con la pobreza fue el franciscano, nacido en la
misma época, con problemas constantes durante un tiempo con la jerarquía
eclesiástica. De hecho, durante el siglo XIII y XIV, corrientes franciscanas fueron
declaradas heréticas y perseguidas: los espirituales, los fraticelli, etc.
La influencia de los pensadores árabes
Desde el siglo IX y hasta el siglo XV, los pensadores árabes a través esencialmente
de Al-Andalus, influirán en el pensamiento europeo. La combinación de
neoplatonismo, aristotelismo y pensamiento islámico pasará a Europa gracias a la
obra de al-Kindi, al-Farabi, Avicena (Bin Sina) y Averroes (Bin Ruixd).
Su aportación más importante, además de la transmisión de conocimiento
científico, fue permitir el redescubrimiento en Europa de buena parte de la obra
de Platón y, sobre todo de Aristóteles, a través de traducciones al latín de las
traducciones al árabe de los textos griegos antiguos.
3.2.5. La escuela de Chartres: racionalismo cristiano
La schola catedralicia de Chartres se creó alrededor del 990 y durante un siglo y
medio fue un centro intelectual de primer orden, desplazado posteriormente por
la Universidad de París (creada en 1160).
En esencia, la función de la escuela de Chartres fue releer, a través de la
traducción de las versiones en árabe, el pensamiento griego clásico
27
(especialmente Platón) y afirmar que el pensamiento griego clásico no era
contradictorio con el cristianismo, sino complementario.
Neoplatonismo
En la escuela de Chartres se reinterpreta a Platón y se ponen las bases del
neoplatonismo. Las ideas que perseguían los sabios para conocer la verdad,
según Platón, se convierten en ideas ejemplares, que han sido creadas por Dios.
Del mismo modo, en el neoplatonismo, Dios es quien ha hecho todas las cosas
existentes de acuerdo con las ideas ejemplares que había creado previamente.
La idea platónica de bien y justicia se une en esta escuela a la propia idea de Dios.
Dios es el bien y es la justicia en el sentido más completo. Dios es definido,
además, como creador, causa y principio de todo. De su unidad deriva, por
voluntad divina, la diversidad de la realidad.
Dios, como el saber último de Platón es inmutable, aunque todas las cosas
cambian en la tierra. Las esencias de los seres y de las cosas son unidades
inmutables que se corresponden con las ideas ejemplares y que son coherentes
con la existencia de múltiples individuos diversos que cambian continuamente y
que a la vez son esencialmente iguales.
La esencia de los individuos y de las cosas es voluntad y producto divino. Y puede
ser conocida por el sabio cristiano.
Esta escuela trató de resolver el problema central del pensamiento filosófico
medieval: la convivencia entre la fe y la razón. La escuela responderá que la fe,
base de la religión cristina, podía ser entendida por la razón.
Considerarán que la fe, esencia del cristianismo, es la causa y el fin último del
estudio racional del mundo. Y partiendo este principio, estimará que los
cristianos saben por la fe que hay una verdad suprema e indiscutible. Asimilará,
después, la verdad suprema a las ideas de Platón.
Idea neoplatónica: la verdad es como las ideas de Platón, sabemos que existen
por la fe y la razón es el instrumento del sabio cristiano para conocer y entender
la verdad o, lo que es igual, la fe.
28
Ahora bien, en el neoplatonismo como todos los racionalismos medievales, no
consigue salvar el obstáculo de la fe (la fe es creer sin conocer) y la razón no
permitía demostrar sin la fe la existencia de Dios. En consecuencia, cada vez que
había situaciones de duda entre la fe y la razón, siempre debía prevalecer la fe y
relegarse la razón.
Defensa de la monarquía hereditaria
Decir, por último, que, en la escuela de Chartres, destaca la figura de Yves de
Chartres (siglo XI) como uno de los primeros defensores medievales de la
elección del rey de manera hereditaria y no por elección (contrariamente a lo
que defendía para la iglesia).
Yves de Chartres defendió también una separación entre el poder terrenal y los
bienes que pueden otorgar los reyes al clero, y el poder espiritual que
corresponde siempre a la iglesia; y, por ello, defendió la posición de la iglesia en
la guerra de las investiduras y la necesidad de que la iglesia debía elegir a sus
representantes de manera independiente al poder real.
3.3. La recuperación de la razón en el cristianismo medieval
3.3.1. Europa 1300: Comienza la expansión de Occidente
Desde el año 1000, aunque Europa occidental es un mundo atrasado, se ha ido
fortaleciendo en todos los órdenes. En 1300, las dinámicas de los últimos siglos
se solidifican.
El sistema de reinos occidentales, indirectamente favorecido por la lucha del
Papado contra el emperador, se asienta definitivamente (incluidos los estados
vaticanos). El poder del Imperio se debilita y será cada vez más formal. Aparecen
nuevas potencias marítimas que competirán por el control del Mediterráneo: la
corona catalanoaragonesa, Génova y Venecia. El Papado lleva a cabo una política
agresiva para conseguir la hegemonía moral en Occidente. En Asia, el poder
mongol domina el continente y la paz mongola permite vincular (nuevamente) la
ruta comercial de la seda con Europa, y multiplicar el comercio de las especias
(pimienta, canela, etc.) que será vital para la acumulación de capitales en Europa
durante el siglo XIV y XV, y para la búsqueda de vías comerciales marítimas
29
(rápidas y seguras) a Oriente, que eviten las largas, inestables y difíciles
comunicaciones terrestres.
Además, el progreso científico (a través de la observación) da pasos notables
(aunque modestos) en astronomía, física y medicina. El sistema de ciudades se
asienta y expande en las periferias europeas.
3.3.2. Las universidades y la Filosofía Escolástica
Los monasterios, que habían perdido el monopolio del saber en el siglo XI,
ocupan definitivamente una posición secundaria en el siglo XIV como centros de
conocimiento. Las universidades se multiplican en Europa entre el 1150 y el
1400: la mayoría de las universidades y especialmente las más importantes
tendrán una vinculación real y una secularización creciente.
Los alumnos de las universidades (una minoría social) eran laicos y eclesiásticos,
comenzaban a estudiar hacia los 14 años, los elementos básicos (latín, Trivium y
Quadrivium): muchos no obtenían ningún título. Hacia los cinco años podían ser
bachilleres (19 años) si superaban los exámenes, y dos años después licenciados.
estudios más especializados (derecho, medicina, teología) y, de estos, había
quien llegaba a maestro y sólo unos pocos, después de décadas (y recursos
económicos), conseguían ser doctores.
Las universidades tuvieron que luchar contra los obispos y los poderes civiles
locales, órdenes monásticas, y por ello buscaron la protección del papa y por
encima de todo de los reyes. Con todo, después de una larga época de grandes
huelgas y movimientos de protesta, durante el siglo XIII fueron consiguiendo una
autonomía cada vez mayor.
La Universidad de París se convirtió en la universidad más importante de
Occidente, destacaba en la enseñanza de la filosofía y de la teología. Allí se
ordenaba el mundo del pensamiento medieval. La Universidad de Bolonia
destacó por el derecho y la de Salerno en medicina.
La filosofía escolástica: el camino de la razón hacia Dios
La filosofía escolástica es la escuela de pensamiento que domina
intelectualmente Europa desde mediados del siglo XII hasta el siglo XV. Tiene sus
orígenes en la escuela de Chartres y defiende una recuperación del pensamiento
30
grecolatino (primero Platón y, desde Tomás de Aquino, Aristóteles) como el
instrumento intelectual principal para comprender la revelación cristiana.
La preocupación principal de la escolástica es elaborar un sistema filosófico y de
pensamiento sin contradicciones discursivas, que demuestre racionalmente la
existencia de Dios.
A pesar de que, en unos primeros momentos se pretendía armonizar razón y fe, e
impulsar el saber científico. La escolástica tenderá a utilizar argumentos de
autoridad (especialmente, citas de Platón y Aristóteles) y no la investigación
racional para explicar las posiciones doctrinales de la iglesia católica.
De este modo, los textos escolásticos fueron convirtiéndose en colecciones de
afirmaciones dogmáticas, llenas de citas de escritos del pasado, que evitaban la
observación racional de la realidad, y abandonaban los estudios de las ciencias
naturales y la experiencia empírica.
A pesar de los grandes pensadores medievales que renovaron la filosofía y el
pensamiento; la filosofía escolástica no seguir sus propuestas y quedó reducida a
una repetición conservadora de citas y máximas sin valor.
3.3.3. Los teóricos de la monarquía medieval
En el siglo XII, Yves de Chartres ya había defendido el derecho hereditario de los
monarcas y su independencia de la iglesia. Pero, es en el siglo XIV cuando
triunfan definitivamente las tesis de la monarquía hereditaria y se ponen las
bases de la defensa de lo que acabará siendo el estado moderno. Habrá entonces
una producción intelectual secundaria que defenderá que la obediencia al rey es
obligatoria en todos los casos porque los monarcas son los defensores de la fe. Y
esta defensa era la razón de ser de la monarquía y de la propia obediencia de
todos los súbditos civiles y religiosos al rey.
Paralelamente, los legistas, teóricos de la ley justa, afirmarán que la función de
los reyes era guardar todo el reino, y por eso los reyes legislan para el bien
común y son la fuente principal del orden y la justicia en contra de los poderes
feudales que tenían los obispos, abades, nobles y ciudades. Progresivamente,
sobre esta base, los monarcas afirmarán el poder real, subordinarán el poder
feudal (sin hacerlo desaparecer) y establecerán una forma clara e indiscutida de
31
transmisión del poder político, lo que permitía la continuidad del reino y de las
estructuras de poder creadas alrededor del monarca.
Juan de Salisbury: contra la tiranía
Juan de Salisbury (1120-1180). Persona de una enorme cultura. Autor de una de
las obras de pensamiento político más elaboradas de la edad media
(Policraticus).
Secretario y amigo de Tomás Beckett (canciller del rey y después arzobispo de
Canterbury): Beckett será, como canciller, la mano derecha del rey contra los
privilegios políticos de la iglesia; pero cuando es nombrado arzobispo cambia la
posición y se enfrenta al rey, hasta ser muerto por orden del monarca. Un hecho
que contribuyó a configurar el pensamiento político de Juan.
Juan de Salisbury reflexionara sobre el poder de los reyes y lo defiende de
manera crítica. Considera que la política es una carga, un mal menor; pero una
carga absolutamente necesaria para la sociedad.
Considera que, si las personas hubieran nacido buenas y sin pecado original, no
habría gobierno ni reyes temporales, la sociedad sería una comunidad armónica
sin gobierno ni poder ni dominio ni jerarquías. Pero la realidad humana es
imperfecta y por ello se necesitan los reyes.
Además, si hay reyes, es por voluntad divina y deben estar sometidos siempre a
la ley de Dios y a la dimensión espiritual que, por voluntad divina, es determinada
por la iglesia.
Hasta aquí el pensamiento de Juan de Salisbury es una voz más del agustinismo
político, con influencias del pensamiento estoico grecolatino. Pero Juan fue más
allá y se adelantó a su época, criticando radicalmente la tiranía real.
La buena ley humana se basa en los valores cristianos y en la ley divina. Las
buenas leyes que hagan los reyes serán, por tanto, leyes cristianas, y los reyes
serán los primeros obligados a cumplirlas.
Cuando el rey viola la ley, pierde la legitimidad moral para ocupar el trono y el
pueblo puede deponerlo. Si el rey se resiste a la voluntad popular se convierte en
un tirano. Y para Juan de Salisbury el tirano no es un castigo de Dios por los
32
pecados de las personas, sino un enemigo público y de los valores cristianos. Por
tanto, el tiranicidio, la muerte física del tirano será un acto legítimo que podría
hacer cualquier miembro de la comunidad.
Tomás de Aquino y los autores conciliaristas posteriores, cuando reflexionen
sobre la tiranía, asumirán los postulados de Juan de Salisbury; pero negarán que
el tiranicidio pueda ser acto privado, y afirmarán que debería ser una acción de la
comunidad. Las tesis del tiranicidio se aplicarán por primera vez en la ejecución
del rey inglés Carlos I el 30 de enero de 1649.
3.3.4. Tomás de Aquino y la recuperación de Aristóteles
Tomás de Aquino (1224-1274) estructura su obra partiendo del estudio de los
Evangelios y de Agustín de Hipona; pero el elemento central de su pensamiento
es la recuperación de Aristóteles a quien conoce gracias a las traducciones al
árabe de Averroes.
Tuvo una influencia muy importante en los debates de ideas de su tiempo. Y sus
ideas contribuyeron a la secularización del poder. Con Tomás de Aquino la
filosofía escolástica llega al máximo nivel intelectual. Después, como hemos
dicho, la escolástica deriva en una repetición de lugares comunes, citas y
afirmaciones ortodoxias, muy poco innovadores.
Para Tomás, como para Aristóteles, las personas son seres sociales y organizan de
manera natural en comunidades: familia, pueblos...
La ciudad es la primera buena comunidad política porque puede ayudar a
atender todas las necesidades de las personas. Pero la mejor es el reino, porque
agrupa ciudades y es más adecuado para la prestación de servicios y por
cuestiones defensivas.
El poder político debe velar por la paz (como Agustín de Hipona) y hacer posible
que las personas tengan todos los bienes que necesitan materiales y espirituales.
Asimismo, el poder político debe buscar el bien común, diferente del bien
individual, y el bien común debe predominar sobre el privado.
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Parte de Agustín de Hipona, y este de Platón, e incorpora la idea griega de que la
finalidad del gobierno es una vida buena y virtuosa, y que el buen gobierno de la
ciudad de los hombres sólo se producía cuando se seguían los preceptos morales
de la iglesia.
Ley y justicia
Pero Aquino trascenderá la concepción agustiniana y el pensamiento de la iglesia,
y afirmará, siguiendo a Aristóteles, que las leyes justas son las que dan sentido al
buen gobierno. Y define a la ley como una ordenación de la razón dirigida al bien
común, promulgada por quien tiene el gobierno de la comunidad.
Distingue entre ley eterna, ley natural y ley humana.
La ley eterna es la fuente de todas las leyes y es la manifestación de la sabiduría
divina. Es eterna, inmutable y universal (idea platónica).
La ley natural es la participación de las personas en la ley divina a través de la
razón; siguiendo un precepto esencial: hacer el bien y evitar el mal.
Para Tomás de Aquino, los principios primeros de la ley natural son eternos,
inmutables y universales. Pero, los principios segundos y concretos se ajustan a
las circunstancias de tiempo y espacio.
La ley humana no añade nada a la ley natural, sino que la define en los casos y
problemas concretos y se acercará a los principios segundos de la ley natural. Si
la ley humana no es congruente con la ley natural y el bien común, estaremos
ante una corrupción de ley y dejaría de ser una ley justa.
Para Aquino la ley es la manifestación de la justicia, y esta idea es el fundamento
de su pensamiento político.
Aquino creía que una ley divina y eterna gobernaba el universo y que los seres
humanos tenían una relación especial con ella.
La razón humana permite conocer las leyes naturales, ya que la razón es un
atributo de Dios concedido a los humanos para conocer la ley natural que es la
manera en la que la ley eterna se aplica a las personas.
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La ley natural guía el código moral y ético de las personas, la capacidad humana
para distinguir el bien y el mal.
Las leyes naturales no son iguales a las leyes humanas concretas y positivas; pero
las leyes humanas han sido hechas con la razón para relacionarse con los valores
de la ley natural.
La razón acercaría la ley humana a la ley natural, y permitiría conocer la natural y,
participar, así, de la ley eterna.
No hay que olvidar que Tomás intenta, de nuevo, que razón y fe se integren sin
contradicciones. Y para ello construye una teoría que quiere ser racional (la razón
acerca la ley humana a la ley natural), pero sin poder excluir la revelación y la fe
(en último extremo, la ley divina y, en parte la ley natural, solo es conocida por
Dios).
El poder: las formas de gobierno
Se pregunta luego cuál es la mejor forma de gobierno y vuelve a Aristóteles
(monarquía, aristocracia, república, y sus degeneraciones), pero en Aquino lo que
determina si las formas de gobierno son o no justas son las leyes y el orden social
que generan. Unas leyes que deben pretender el bien común, y son promulgadas
por los responsables de la comunidad.
Aquino considera que la democracia implica más libertad, más igualdad de los
ciudadanos y mayor distribución de las responsabilidades; pero estima que el
pueblo (la mayoría) no tiene capacidad suficiente colectivamente para gobernar y
contemplar la ley natural.
Del mismo modo, también valora las ventajas de una aristocracia de justos. Pero
considera que la mejor forma de gobierno era la monarquía sucesoria porque es
el sistema de buen gobierno menos proclive a degradarse, aunque no excluye la
posibilidad de algún tipo de constitución mixta o participación de la aristocracia y
el pueblo en el gobierno, de manera similar a como ocurría en las cortes o
parlamentos medievales.
Además, consideraba que un pagano (no cristiano) podía ser un gobernante justo
y tener un buen conocimiento de las leyes naturales, o lo que es lo mismo, del
bien y del mal.
35
La preferencia de la monarquía la fundamenta en la idea que tenía de la unidad o
cohesión de la comunidad, y en su consideración de que la monarquía es el único
sistema que otorga este tipo de unidad.
Pero su monarquía no es personal ni absoluta, debe asentarse sobre la búsqueda
del bien del conjunto del pueblo y tiene que pedir el apoyo de todas las fuerzas
que pueden contribuir al buen gobierno.
La monarquía tampoco es arbitraria ni el poder del rey tiene su origen en Dios. Si
el rey es en la tierra un padre similar a lo que Dios es en el cielo está totalmente
obligado a ser virtuoso y seguir los preceptos espirituales de la iglesia.
Poder secular y poder espiritual
El poder espiritual (iglesia) y el secular (reinos e imperio) son concebidos por
Aquino como creados por Dios; pero considera que las personas cristianas (y los
reyes cristianos) sólo deben someterse a la iglesia en lo que se relaciona con la
salvación de las almas. En todo lo que se relaciona con la ciudad de los hombres,
es necesario obedecer el poder secular.
En esencia, su pensamiento político es laicista, racionalista y constituyó un
ataque a la voluntad de supremacía de la iglesia.
El problema de la tiranía y el tiranicidio
Aquino es consciente de que puede haber gobernantes que sean tiranos; pero
critica la posición de Juan de Salisbury. El tiranicidio no puede ser una iniciativa
privada (nadie puede hablar en nombre de todos), sino que, de producirse, debe
ser un acto de la comunidad. Sin embargo, Aquino no parece defender el
tiranicidio físico, aunque hay interpretaciones que afirman que sí que lo hace.
Sólo legitima que la comunidad pueda tratar de deponer a los gobernantes
injustos.
Distingue dos tipos de tipos de tiranos. Lo que ha conseguido el poder
injustamente y los que ejercen mal el poder heredado. Contra el primero Aquino
defiende la resistencia y la desobediencia; contra el segundo, propone la
resignación.
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Aquino reflexionó también sobre economía y la riqueza y consideró que debe
estar el servicio de la justicia y la moral. No se opone a la propiedad privada ni a
los negocios, son lícitos siempre que sean justos. Ahora bien, el dinero ha de ser
improductivos y el comercio es bueno, si es justo; pero son ilícitos los intereses
que cobraban los prestamistas y la banca naciente.
Aquino, además reflexionó, sobre la guerra justa y estableció las bases
intelectuales que llegan a nuestros días sobre los casos en que una guerra es
justificable.
Partiendo de Agustín de Hipona que ya había afirmado que, aunque el
cristianismo predicaba el pacifismo, a veces había que recurrir a la guerra
defensiva para restaurar la paz o para defenderse de un ataque. Aquino va más
allá de Agustín y establece los fundamentos para considerar una guerra justa o
legítima no sólo en casos de guerras defensivas.
Para Aquino para que haya una guerra justa es necesario: intención legítima,
autoridad del soberano y causa justa.
Para los cristianos (como Agustín) la intención legítima significa que la guerra
busca la restitución de la paz. Las novedades de Aquino son a la autoridad del
gobierno o de su cabeza para iniciar la guerra (autoridad legítima) Y que la guerra
sólo sea hecha por el bien del pueblo, no por la gloria del gobernante.
3.3.5. Dante Alighieri: la afirmación de los dos poderes
Dante Alighieri (1265-1321) tuvo una vida política activa. Fue güelfo (partidario
del imperio) y luchó contra los gibelinos (partidarios del papado).
Hacia el 1310 tuvo que exiliarse de Florencia, debido a la ocupación de la ciudad
por las tropas papales.
El pensamiento político de Dante es un paso más en la ruptura con la lógica
jerarquizada de las dos ciudades (iglesia-poder secular).
En La Monarquía afirma que entre la ciudad espiritual y la terrenal hay una
dualidad de fines que deriva de la naturaleza humana (corruptibilidad/mortal) y
la naturaleza divina (incorruptibilidad/inmortal).
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El Imperio es el instrumento para dirigir las personas de manera adecuada como
seres mortales. La Iglesia debe cuidar las almas. Es antiagustinista.
Dante asigna al Imperio Romano una función casi divina. Para él, las instituciones
políticas seculares son mucho más relevantes e importantes que lo que habían
mantenido los teóricos cristianos desde Agustín de Hipona y en ningún caso
pueden ser la expresión del pecado del hombre, sino que serían la
materialización en la Tierra de la voluntad divina.
Afirma que la felicidad sobre la tierra es posible y que depende del buen
gobierno y de la buena vida. La felicidad no puede ser una aspiración humana
que se tenga que realizar en el Paraíso.
Desacraliza la política, trata de quitarle todo sentido religioso y trascendente. En
su discusión con Agustín de Hipona, Dante eleva el rango de la política y trata de
hacerla autónoma de la iglesia.
Da así un paso firme hacia la laicización y autonomía de la política.
La crisis del Imperio y del Papado nuevos poderes emergentes
Después de la guerra de las investiduras (1073-1122), el Imperio, en manos de la
misma dinastía, conserva un poder notable; pero limitado por el poder de duques
y príncipes.
En 1246 comienza una larga de crisis del imperio con graves problemas para
garantizar la sucesión en el trono, que no finalizará hasta 1356. Momento en el
cual se establece un sistema de elección de los emperadores mediante una
asamblea, o lo que es igual el poder imperial pasa a concentrarse esencialmente
en los grandes principados y los nobles principales. La crisis del Imperio
(plenamente germanizado) se agrava de manera prácticamente definitiva
cuando, en 1517, Lutero inicia la reforma protestante y Europa y el Imperio se
dividen. Hasta 1517, a pesar de la pérdida de capacidad política, el Imperio aún
mantenía su voluntad (y una importante capacidad de acción) de ser un poder
universal en competencia con el Papado, también un poder universalista.
Después de Lutero, el imperio y la Iglesia dejan de ser universalistas.
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Tras la victoria en la guerra de las investiduras, será el momento de la hegemonía
del Papado y la expansión del poder de la iglesia. La iglesia aumenta su capacidad
de intervenir en asuntos civiles, a pesar del malestar que esto provocaba en las
ciudades, los principados y, sobre todo, en los reinos.
A finales del siglo XIII y comienzos del XIV, el rey francés entra en conflicto con el
Papado por el control de las rentas de los beneficios eclesiásticos vacantes. El
Papado reclama su predominio; pero entonces se multiplican los libros y teorías
que afirman, acudiendo al derecho romano, la preeminencia de la corona
francesa sobre la iglesia. Cuando el papa intenta excomulgar al rey francés, este
secuestra el Papa, lo lleva de manera obligada a un concilio en Lyon, allí el papa
muere asesinado y el rey francés pasa a dominar el Papado, que abandonará
Roma y se establecerá en Aviñón (1309-1377/1417). El dominio francés del
Papado no se romperá hasta después del largo periodo del Cisma de Occidente
(1378-1417), cuando existen dos papados, uno en Aviñón y el otro en Roma.
3.4. Las teorías ascendentes del Poder en el final de la Edad Media
3.4.1. Las teorías ascendentes del poder
El siglo XIV fue un tiempo de crisis: económica, social, demográfica, política y
religiosa, y una época de cambios profundos.
Pero también, el momento también en el cual Europa Occidental comienza a
demostrar una fuerza expansiva y dominante.
El Papado (con sede en Aviñón) y el Imperio (fragmentado internamente) dejarán
de ser los grandes poderes políticos, y aunque mantienen su discurso
universalista, ven consolidarse ideas que afirman el poder de los monarcas al
margen de cualquier idea universalista y que refuerzan la decadencia del papa y
del emperador como monarcas terrenales.
Políticamente, el Cisma de Occidente (1378-1417), existencia de dos papados,
será el punto final de la pugna del papa como poder terrenal e, ideológicamente,
la teoría conciliarista cuestionará también su posición dentro de la iglesia.
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Los fundamentos del poder en la Iglesia y, por extensión, en el mundo secular. En
este sentido se afirmará, en contra de las tesis hierocráticas, que el papa no es la
máxima autoridad de la Iglesia, que el poder no se concentra en el papa y se
ejerce de manera descendente sobre el conjunto de los creyentes; sino que el
conjunto de creyentes tiene el poder y la capacidad de elegir al papa, porque el
poder asciende desde la base hasta la cima y siempre debe estar legitimado por
el pueblo de Dios.
3.4.2. Juan de París: la primera afirmación del concilio
Juan de París (1255-1307) fue un teólogo. Profesor de la Universidad de París.
Dominicano.
A pesar de que vive y escribe a finales del siglo XIII, su pensamiento político tiene
más que ver con el siglo siguiente.
En los conflictos entre el papa (Bonifacio VIII) y el rey de Francia (Felipe IV), tomó
partido por el rey.
Justificará una iglesia "francesa" o, lo que es igual, pondrá en cuestión la
universalidad papal. Y aún será más crítico con la idea de universalidad imperial.
Asimismo, dentro de la iglesia teorizó que el papa podía ser depuesto si cometía
crímenes graves, como la herejía.
Aún más, consideró, por primera vez, que los concilios tenían toda la autoridad
de la iglesia y que la autoridad conciliar era superior a la del papa; ya que la
iglesia estaba formada por el conjunto de creyentes.
3.4.3. Guillermo de Ockham: las teorías "democráticas" de la iglesia
Guillermo de Occam (1290-1347). Teólogo y filósofo. Franciscano. Enfrentado al
papado. Muchas veces acusado de herejía.
Defendió en Aviñón la pobreza de los franciscanos y reivindicó la pobreza de la
Iglesia, lo que provocó que fuera perseguido por el papado.
Se refugió de la persecución papal en la corte imperial (Múnich), donde murió.
40
Su obra pretende depurar el pensamiento escolástico y ajustarlo lo más posible a
una concepción aristotélica más pura.
Combate las aspiraciones monárquicas de los papas y desarrolla una idea
"democrática" de la iglesia, según la cual el poder espiritual y disciplinar de los
clérigos, del concilio y del papa es delegado por los fieles, a los que representan.
La iglesia es la comunidad de los creyentes y los «propietarios» del poder de la
iglesia son siempre los fieles, los cristianos.
Los papas son elegidos por personas y son ellos mismos personas. Y, siendo
personas, pueden equivocarse o desviarse. Nunca son infalibles. En
consecuencia, si el Papa se comporta erróneamente, los cristianos están
obligados a rebelarse contra la persona que ostenta el cargo de papa y deponerlo
la.
El concilio es la forma de contrarrestar el poder personal del papa, Occam
propone un concilio general que represente a TODA la comunidad cristiana,
donde participen todos los órdenes eclesiásticos, los laicos y también las
mujeres.
Establecido esto, analiza la cuestión de los dos poderes y, siguiendo razones
espirituales y evangélicas, llega a conclusión de que las teorías hierocráticas
(agustinismo político), que defendían el predominio del papa en la universalidad
cristiana, estaban equivocadas.
Jesús no quería que su reino fuera de este mundo. En la tierra, la iglesia sólo
podía reclamar el mínimo para su existencia y para guiar espiritualmente a los
fieles. La función del papa es espiritual, no tiene legitimidad para intervenir en
otras cuestiones. Por eso la iglesia no debe tener posesiones territoriales ni
bienes materiales.
Y, por ello, fuera de la función espiritual, todo era espacio del poder civil, quien
tiene la máxima autoridad, de manera independiente y absoluta sobre lo que
ocurre en el mundo. Ni la Biblia ni la historia justifican ninguna otra
interpretación. Sólo los argumentos falaces y retorcidos apoyan la idea de la
monarquía papal o de la supremacía del Papado.
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Pero, además, el depositario del poder secular es el pueblo, que lo transfiere al
gobernante. El gobernante debe procurar la paz, la justicia y el buen gobierno. Si
se desvía de estos propósitos, el pueblo puede revocar su poder. Si se convierte
en un tirano, el pueblo puede ordenar su muerte.
3.4.4. Marsilio de Padua: la defensa de la laicidad
Marsilio de Padua (1376-43). Filósofo, médico y teólogo. Es un par de décadas
anterior a Occam, pero desarrolla con más radicalidad las ideas «democráticas» y
la separación de la iglesia y poder secular. Cuando en 1323, el papa Juan XXII
procesa el emperador Luis, él toma partido por el emperador.
Su libro, El defensor de la paz, fue un libro de combate político, y su influencia fue
básica en las tesis conciliaristas y llegó hasta el siglo XIX, cuando se considera
(exageradamente) que en su obra se anuncia la idea de la soberanía popular, el
constitucionalismo, la separación del poder civil y religioso, y el sistema electoral
representativo.
Marsilio considera que todo el conflicto que vive la cristiandad se debe a una
creencia perversa y falsa. La falsa donación de Constantino. Documento que
permitía que los papas se atribuyen un poder absoluto sobre la iglesia y es
permitía al Papado poseer territorios y ejercer poder político señorial. Pero la
donación, como hemos visto, era un falso decreto de Constantino, inventado por
los escritores de la iglesia, donde se llamaba al papa soberano del Imperio
Romano de Occidente.
La intención de Marsilio es refutar la doctrina de la donación, acabar con la causa
de la disputa (lucha Papado-Imperio) y conseguir la paz.
En su concepción del poder secular, Marsilio defiende la doble idea de que el
poder es del pueblo, y que el poder es uno e indivisible.
Parte de la consideración de que las personas desean esencialmente una
"suficiencia de vida", y por ello necesitan la cooperación con los demás en
diferentes unidades sociales: familia, ciudad, reino.
La cooperación y la ayuda de los demás sólo es posible en sociedades con orden y
convivencia pacífica.
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Los gobernantes y la ley deben hacer posible la «suficiencia de vida».
El orden social pide una ley y unos medios coactivos que imponen la ley
A todos los miembros de la sociedad corresponde el poder para ordenar el poder
civil. Si, a menudo, sólo la parte principal (la aristocracia) ejerce el poder, esto es
por delegación o representación. Los gobernantes, corazón de la comunidad
política y social, tienen una función directiva que no les es propia, sino delegada
por la colectividad.
Por eso la ley de la comunidad, con participación y consenso de los miembros de
la comunidad, es más útil y se seguirá de manera más rigurosa que no la ley
impuesta.
La autoridad civil es necesaria para evitar abusos, disputas y escándalos, y
garantizar la paz y el orden. Pero, dado que el rey y los gobernantes lo son por
designación del pueblo, el pueblo puede deponerlos o decidir su muerte, si son
tiranos.
La garantía de la paz y el orden pide que cada persona (también los gobernantes)
cumpla su función, de acuerdo con las leyes otorgadas por la comunidad.
El poder coactivo sólo puede referirse a los actos humanos que tienen
repercusión directa en la vida política y social. La actividad humana íntima y
privada quedaría fuera del poder público, y sólo podría ser juzgada por la ley
divina y los criterios espirituales de la iglesia; pero estos juicios eran espirituales,
no civiles ni penales.
El poder coactivo era exclusivo del poder secular.
En consecuencia, los clérigos no podían extralimitarse en sus funciones
espirituales. La iglesia, por lo tanto, no tenía ningún poder coactivo sobre ningún
príncipe, reino, comunidad, universidad, gremio o persona particular. El único
poder secular que puede ejercer la iglesia es el poder coactivo que le haya
otorgado circunstancialmente el poder secular, que se lo puede quitar en
cualquier momento.
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Marsilio recuerda el principio evangélico de dar al César lo que es del César
(poder secular) y a Dios lo que es de Dios (poder espiritual).
Y defiende también que la iglesia es una congregación de creyentes y, por tanto,
el poder dentro de la iglesia no corresponde al papa, sino a un concilio que
represente a los creyentes. Las creencias y los comportamientos públicos de la
iglesia deben ser decididos por los concilios.
Marsilio no defiende la exclusión de la iglesia de la vida comunitaria, pero sí de
todo tipo de pretensión de poder secular.
El poder es único e indivisible. Y, por ello, no pueden haber más de un poder en
un territorio. Sobre esta idea asienta el principio de la superioridad del poder civil
sobre el religioso y del emperador sobre el papa. Y también la idea de la
imposibilidad de dos poderes terrenales (secular y religioso) sobre una misma
comunidad política.
Como buen aristotélico, Masilio distingue entre regímenes correctas e
incorrectas; pero la bondad del establecerá en función del grado de participación
en el gobierno de la población y situando la propiedad del poder en el pueblo.
3.4.5. Bártolo de Sassoferrato: la defensa jurídica de la soberanía de las
ciudades
Bártolo de Sassoferrato (1313-1357) fue un destacado comentarista del derecho
romano y relevante jurista.
Participó en la redacción de la Bula de Oro de Carlos IV de Alemania (1356). La
bula reglamentaria la elección del emperador, confirmó el número de siete
electores (arzobispos de Maguncia, Tréveris y Colonia, al rey de Bohemia, al
duque de Sajonia-Wittenberg, al margrave de Brandemburgo y al conde palatino
del Rin). El imperio se convierte en una realidad exclusivamente germana y
secular, desvinculada de Roma.
Dejó miles de comentarios en el Corpus Iuris Civilis recopilado por Justiniano y
numerosas obras menores sobre derecho municipal, bienes eclesiásticos,
contratación mercantil, derecho de obligaciones, y numerosas sobre derecho
público.
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La palabra castellana bártulo, proviene de su nombre.
Tuvo una notable influencia sobre el derecho occidental continental, aunque se
critica que sus obras tienen demasiadas citas y que deformó el auténtico derecho
romano, ya que se inspiró más en los glosadores que en los textos legales
primitivo.
Puso las bases del derecho internacional privado.
Realizó estudios comparados del derecho público de diversas ciudades y reinos.
Defiende la supremacía del poder secular sobre el papado y la iglesia.
Acepta el tiranicidio como última solución contra el gobierno injusto.
Sobre el derecho romano, fundamenta jurídicamente la independencia de las
ciudades lombardas y toscanas contra las pretensiones de subordinación del
emperador y del papa.
Argumenta que las ciudades dictan normas que afectan directamente a la vida de
sus habitantes. Esta facultad jurisdiccional no se deriva de un permiso del
emperador (como sostenían juristas anteriores); todo lo contrario, las ciudades
legislan porque son una comunidad política y toda comunidad política es princesa
y señora de sí misma; y es libre e independiente si no hay ningún poder superior.
No reconoce al papa ninguna capacidad para regular el poder político y el mundo
secular; pero sí que entiende que el emperador tiene la posibilidad general y
universal de legislar para los intereses comunes de todos los habitantes del
imperio.
Los monarcas, príncipes o ciudades (repúblicas) tienen autoridad y jurisdicción
para regular los intereses exclusivos de sus territorios. En consecuencia, en el
ámbito de su territorio no conocen superior, son libres y tienen jurisdicción y
capacidad política absoluta: la ciudad o reino no conoce superior.
Con Bártolo, se acaban de poner las bases teóricas para afirmar la futura
autonomía soberana o soberanía de los estados.
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3.4.6. Conciliarismo: el camino para la unificación de la iglesia occidental
Entre 1378 y 1417, la materialización del Cisma de Occidente y la existencia de
dos papados (Roma y Aviñón) fue vivida como un grave problema. Era un drama
que la cristiandad estuviera dividida y que cada reino, ciudad o principado
defendiera un papado.
Para superar el cisma, se considera que recurrir al concilio era la vía adecuada.
En 1409, el Concilio de Pisa trata de poner fin al Cisma de Occidente; pero resultó
un fracaso.
Entre 1414 y 1417, tiene lugar el Concilio de Constanza, que puso fin al Gran
Cisma. En 1415, el papa de Roma dimite y el papa de Aviñón huye a la Corona de
Aragón, se refugia en Peñíscola y fue destronado en 1417.
Como hemos visto, en el siglo XII, se abre paso la idea de que el Papa podía ser
juzgado por la Iglesia en caso de herejía. Posteriormente, Marsilio de Padua o
Guillermo de Occam (siglo XIV) establecieron la base del conciliarismo. Ahora,
Konrad von Gelnhausen, Heinrich von Langenstein, Pierre de Ailly y Gerson
desarrollaron la idea y establecen que el concilio tenía una autoridad superior al
papa y podía servir de vía para poner fin al Cisma.
Esta doctrina, que triunfó como solución al Cisma de Occidente, fue aplicada a los
concilios de Constanza (1418) y Basilea (1447).
Durante los siglos siguientes, habrá una batalla entre el conciliarismo y el
absolutismo papal. El concilio Vaticano I (1869-70), que proclama la infalibilidad
del papa, pone fin a conciliarismo definitivamente.
El concilio se situaba como gran asamblea de la iglesia por encima de toda
autoridad, incluida la del papa.
La cuestión es que el concilio era un hecho extraordinario en la iglesia medieval,
que no encajaba con la ortodoxia dominante en la iglesia, dado que restaba
legitimidad al papa. Sin embargo, el fracaso del Concilio de Pisa (dominado por el
papa) llevará a afirmar la autoridad suprema del Concilio.
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Los conciliaristas afirman la autoridad del concilio por encima del papa;
basándose en la utilidad de la iniciativa y en la idea de la iglesia (en su totalidad)
como creación de Jesús, y negando la idea de la iglesia como donación de Jesús a
Pedro.
Así, el Concilio de Constanza afirma que su poder viene directamente de Jesús y
que están inspirados por el espíritu santo, y por eso todos, en la iglesia, están
obligados a obedecer el Concilio, incluido el Papa. Y afirmará, igualmente, que
quien no cumpla los acuerdos y la autoridad del concilio recibirá los castigos que
sean oportunos.
El papa electo en Constanza, Martín V, negó inmediatamente la autoridad del
Concilio; pero cardenales y obispos se pusieron bajo de la protección de los
monarcas de los diferentes reinos, y el conflicto entre concilio y papa no se
resolvió con el reconocimiento de la supremacía universal de la voluntad del
papa, sino que la supremacía continuó en manos del concilio.
Tanto los conciliaristas como Juan de Salisbury, Juan de París, Bártolo de
Sassoferrato, y, sobre todo, Guillermo de Ockham y Marsilio de Padua ponen los
cimientos de una teoría política negativa.
Los sistemas políticos son juzgados desde la base de la bondad, del servicio al
bien común, del consentimiento colectivo, de las libertades que no pueden ser
agredidas. Por ello, la preocupación por evitar que los regímenes evolucionen
hacia tiranías y, por ello también, el principio central del tiranicidio como último
recurso.
De los debates y la crisis del siglo XIV y primeras décadas del XV, saldrán tres
realidades:
Se afirma la independencia del poder civil, y se desarrollan teorías que justifican
el tiranicidio (por desviación del sentido del poder) y se preludia la idea de que el
poder civil se asienta sobre la legitimidad que le otorga el conjunto de la
población.
Instauró el conciliarismo (el concilio como asamblea por encima del papa) y el
papa pierde poder, las iglesias se "nacionalizan" y se abre paso una voluntad de
reforma dentro de la iglesia.
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Mientras los reinos y las repúblicas se asientan definitivamente y el Imperio
pierde su sentido clásico y, cada vez más, será una construcción esencialmente
pangermánica y no universal.
Estamos a un paso del estado moderno.
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