La Perla Numero 9 - Anonimo
La Perla Numero 9 - Anonimo
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Anónimo
La Perla número 9
Colección de lecturas sicalípticas, sarcásticas y voluptuosas
LA PERLA - 09
ePub r1.0
Titivillus 20.11.15
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Título original: The Pearl
Anónimo, 1880
Traducción: Ediciones POLEN
Ilustraciones: Walter klemm
Diseño de cubierta: Titivillus
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LADY POKINGHAM O TODAS HACEN ESO
Relato de sus aventuras lujuriosas antes y después de su matrimonio
con Lord Crim-Con
Mi compañero era demasiado impetuoso como para atender a mis débiles reproches,
y a pesar de todo lo que hice por mantener juntas mis piernas, su aventurera mano
pronto tomó posesión de mi recalentado coño.
—Si he de morir debo teneros, querida dama —me susurró al oído mientras de
pronto me echaba hacia atrás en el sofá con todas sus fuerzas y trataba de levantarme
las ropas.
—¡Ah, no, no, no! Me desmayaré. ¡Cómo me asusta vuestra violencia! —suspiré
tratando de calmar sus deseos simulando mi total inutilidad, y luego, fingiendo que
perdía el sentido, me prometí a mí misma una gran gozada haciéndole creer que me
había desmayado realmente, lo que, sin duda, le urgiría a aprovecharse del momento
para gozar sin frenos del deleite de mis más secretos encantos.
Estaba casi totalmente oscuro en el sitio umbrío donde se encontraba el sofá.
«¡Oh, se ha desvanecido mi adorada!», le oí hablar en alta voz mientras me separaba
mis muslos relajados. «Se lo besaré primero». Luego supe que se arrodillaba entre
mis piernas y sentí sus dedos que suavemente me separaban los labios del coño.
«¡Cuánto debo de haberla excitado, que se está corriendo!», siguió diciendo. Luego
sentí sus dedos entre los labios mientras me besaba, como ensoñado, justamente
encima del excitable clítoris. ¡Qué estremecimiento de deseo sentí por todos mis
huesos!, pues me hizo temblar por todas partes con la emoción, de tal forma que
apenas pude detener mi mano de no apretarle la cara contra el coño o de agarrarle su
querida cara con los muslos.
Esto sólo duró unos cuantos momentos, que parecieron durar toda una vida
debido a mi excitabilidad; mi coño se corría y latía bajo las cosquillas voluptuosas de
su lengua aterciopelada. ¡Dios mío, cómo deseaba sentir su polla dentro de mí! Y no
hubiera podido fingir ni un instante más mi desmayo, pues en el momento en que mis
labios le iban a pedir que me jodiera de una vez, saltó sobre sus pies, me separó todo
lo que pudo los muslos y en seguida sentí el caliente capullo de su pollón en la raja.
Lenta y gradualmente me la fue metiendo; aunque contrayendo mi coñito hice que la
metida le causara dificultad para que lograse la total posesión. Cómo me besaba los
labios, diciéndome: «Querida dama, querida Beatrice, ¡oh, tú, amor, qué placer me
das!».
Sentí cómo se corría y me llenaba de leche caliente, que me llegó hasta las
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entrañas, y luego se quedó quieto sobre mí, agotado, de momento, por la cantidad de
leche que se había corrido.
Aún fingía estar inconsciente y seguía sin abrir los ojos. Pero hice que mi coño se
elevara y contrajese alrededor de su latiente polla, que poco a poco se encogía dentro
de mí, de tal forma que casi inmediatamente se sintió despierto de su delicioso letargo
y recomenzó sus movimientos, exclamando: «¡Qué chica tan hermosa; hasta en su
desmayo la presión amorosa de su coño responde a la acción de mi picha! ¡Qué
placer sentiría si pudiera devolverle el sentido!». Y seguía besándome por todas
partes, lleno de éxtasis y aumentando sus movimientos, hasta que me sentí la sangre
tan encendida que no pude fingir por más tiempo y eché los brazos al cuello del
adorado muchacho, mientras mis amorosos besos respondían a los suyos
silenciosamente, asegurándole el gusto que me estaba dando.
—Aquí están, los muy pilluelos, porque Beatrice es la más caliente de todas.
Mira, ha logrado que Charles se la meta bien metida —se rió Lady Bertha, con una
luz que iluminó el sitio y seguida por todos los otros, que parecían muy excitados,
como si hubieran estado haciendo lo mismo que nosotros, cosa que de hecho
comprobé, pues pude ver la parte delantera de los pantalones de John deshecha,
mientras el sonrojado rostro de Lady Montairy y la deliciosa forma en que se colgaba
del atractivo y joven paje francés denotaba a las claras que lo había pasado en grande
con su pareja, a lo cual hay que añadir que, en el fondo, aparecían Bridget y Fanny
tan excitadas como cualquiera del grupo, con sus mejillas enrojecidas y sus ojos
brillantes.
Charles se sintió tremendamente confuso, y percibí que la sorpresa Le robaba
todo el vigor, así que, con gran presencia de espíritu, le eché las piernas sobre la
espalda y le abracé con mayor firmeza que nunca antes, mientras exclamaba:
—Es un tío muy pícaro y se ha tomado libertades conmigo. Tanto es así que me
desmayé del miedo y luego tomó completa posesión de mi virginidad, y habiendo
encendido todas mis pasiones en una hoguera, ahora quiere sacármela. Pegadle en el
culo en mi nombre, pues quiere que yo no goce como él, tras haber él satisfecho su
avariciosa lujuria.
Luchó por separarse, pero lo mantenía bien apretado, mientras todo el grupo le
daba tortazos en el culo, sin ninguna misericordia, lo cual hacía que cada vez sintiese
más dentro su pollazo, lo cual me causaba un gran deleite, y muy en especial cuando
me di cuenta de que el nabo cada vez se le ponía más duro, hasta que llegó un
momento en que pensé que aquella polla iba a rajarme en dos, pues me jodía con toda
su fuerza y lleno de furia, mientras les gritaba a los demás que se marchasen y le
dejasen echar el polvo en paz.
El sonido de los tortazos en su culo pareció darme inmenso gusto, y no recuerdo
haber sido jodida más deliciosamente antes, lo que, debido a que él ya se había
corrido dos veces, duró bastante rato, hasta que ambos nos corrimos a un tiempo, casi
locos del gusto, mientras nuestras mutuas leches se mezclaban en aquel momento
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único.
—Así está bien; que no os vuelva a coger jodiendo aparte del grupo otra vez —
dijo Lady Montairy, mientras le daba un gran tortazo final, lo que hizo que el pobre
chico casi se doblara bajo su mano, a pesar de la inmensa corrida— pues echa a
perder toda la diversión, cuando hay gente tan pilla que pretende ser modesta,
mientras al mismo tiempo se sienten más inclinados a la jodienda que ninguna otra.
Todos volvimos al salón y nos refrescamos con champagne, compotas y otras
delicadezas, que nos devolvieron el vigor perdido, mientras reíamos y hacíamos que
los cuatro chicos y las dos doncellas nos contaran cosas de sus noviazgos y
experiencias amorosas, hasta que Bertha escribió todos los nombres de los miembros
femeninos de nuestra fiesta en pedazos de papel, de los que los muchachos deberían
escoger uno, lo cual equivaldría a un premio y obligando a entrar en el juego a Fanny
y a Bridget, las que si salían escogidas deberían dejarse joder, aunque protestaron,
pues eran vírgenes y querían mantenerse en tal estado, ya que se divertían mucho con
otras cosas.
Antes que nada nos pidió que le ayudásemos a desnudar totalmente a nuestros
caballeros para que pudiésemos gozar de la vista de las bellezas adolescentes. (John,
el mayor, sólo tenía diecinueve años). Eran unos muchachos de cuerpos muy bien
formados, pero las espléndidas proporciones de la polla de Charles se llevó todos los
honores de la velada, pues casi medía veintitrés centímetros y era muy gorda. Mis
damas amigas estaban arrobadas con tal visión y casi hicieron que los otros tres
muchachos se sintiesen celosos, pues todas las mujeres querían a Charles como
pareja.
—Bien, no deberá haber ni engaño ni trampas. Tengo una novísima idea para
sacar los papelitos —dijo Bertha, levantándose tas ropas hasta que enseñó los
hermosos labios de su lujurioso coño, que sobresalía entre la rajita que tenían sus
calzones, pues sus piernas estaban bien abiertas.
Luego, llevándome hacia un fado me dio los papelitos y me susurró al oído que se
los metiese en el coño, con sus siete extremos sobresaliendo sólo un poco. Pronto lo
hice y luego nuestros caballeros tuvieron que arrodillarse y cada uno sacó un papelito
con su boca.
Todo esto fue muy divertido. A Bertha parecía que le hubiese gustado ser follada
por los cuatro, en vez de que sólo le sacaran los papelitos de la raja, que estaba llena
de cosquillas mientras se los sacaban, hasta que al final no pudo más y se corrió bajo
aquella nueva excitación.
John escogió a Bridget, James a Lady Montairy, Charles a Bertha, mientras que
yo tuve la gran dicha de que me tocase el guapo Lucien, quien hacía rato no me
perdía de vista con sus amorosos ojos, lo que, como podrás imaginarte, no me ofendía
en absoluto.
Corisande y Fanny cogieron, para divertirse a sí mismas, un par de consoladores
finamente moldeados y hechos de goma india, de tamaños bastante naturales y no
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demasiado grandes, los que, según St. Aldegonde había conseguido su marido con el
propósito de que su mujer se los metiese a él por el culo de vez en cuando, al
necesitar una mayor estimulación.
—Y bien, mis queridas, os serán muy útiles para proporcionarles a estos
hermosos jóvenes un doble placer mientras se jodan a sus compañeras.
Las damas estaban totalmente desnudas y todo el grupo parecía encontrarse en un
estado tremendo de excitación debido a tamaña desnudez, pues sólo vestíamos las
botas y las medias preciosas, ya que siempre he creído que una luce mucho mejor así
que no con las piernas y pies desnudos.
El interés se centró en la pareja que formaban Bertha y Charles, pues los demás
ansiaban ver cómo se jodía aquella estupenda polla coño tan espléndido. Él estaba
tremendamente excitado por lo que pudiese ocurrir, así que ella le depositó sobre su
espalda en un suave y mullido colchón y luego, abriéndose de piernas, primero dobló
la cabeza para besar y lubricar la maravillosa polla con su boca, y luego,
colocándosela en medio, fue bajándose sobre ella, mientras aquel pedazo de carne
dura y ansiosa penetraba en su anhelante coño, sentándose poco a poco sobre ella,
con sus labios pegados a los de él, como si gozase completamente el sentimiento de
sentirse totalmente poseída. Yo le metí el dedo en el culo, y Fanny, como si
entendiese mis pensamientos, en seguida se le colocó por detrás y con la cabeza del
consolador, bien llena de vaselina, fue metiéndosela en el pardo y arrugado agujero
de su culo, mientras le pasaba las manos alrededor a Bertha y con una mano le cogía
el estupendo nabo a Charlie y con los dedos de la otra le cosquilleaba el precioso
clítoris a su señora. Formaban un cuadro delicioso y nos excitó tremendamente,
cuando todos de golpe se pusieron a joder como desesperados. Fanny estaba tan
excitada como cualquiera de las parejas, mientras seguía jodiéndose a su ama con el
consolador y estimulaba a la pareja con las manos. Corisande entonces atacó a Fanny
por el culo con el otro consolador, gozándose en aquel restregarse todos a un tiempo.
La forma en que gritaron de gusto y cómo se corrieron una y otra vez es
imposible de describir, pero yo tenía entre las manos la maravillosa picha de Lucien,
mientras nos besábamos y complacíamos en todas las caricias posibles. En mi mano
latía aquella polla, mientras repetidamente movía mis dedos y su prepucio se le
bajaba y se le subía. Por último, temiendo que pudiese correrse así, me eché para
atrás en el sofá, lo atraje hacia mí, guiando con una mano su instrumento hacia mi
ansioso coño, mientras él me apretaba el cuerpo y me besaba más ardientemente que
nunca antes. Lady Bertha seguía montada furiosamente sobre la picha de Charlie,
estimulada por los dobles ejercicios de Fanny y Corisande; yo miraba con deleite el
gozo frenético de la doncella de la dama, mientras esta manipulaba y sentía cómo
Charlie se la jodía, mientras el consolador de la dama casi la llevaba al borde de la
locura por los movimientos excitados que sentía en su culo. Lady Montairy y James
jodían, aquella sentada sobre este, en una silla, pero John se sentía bastante
defraudado por su pareja, Bridget, que se retorcía y trataba de evitar todos los
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intentos que aquel hacía por meterle el nabo en el coño, mientras ella le besaba y le
permitía que se tomase todas las libertades posibles, salvo la del último favor del
amor.
Por fin todos terminamos.
—Ahora —dijo Lady Bertha— descansaremos y nos refrescaremos un poco, y
luego nos ocuparemos de que Fanny y Bridget pierdan de una vez sus virgos.
Mientras tanto os contaré una pequeña aventura que una vez me pasó en Brentham,
unos meses después de mi matrimonio. Bien, debéis saber que St. Aldegonde quería
representar al condado en el parlamento, pues se esperaban elecciones generales en
corto tiempo. En efecto, se rumoreaba que la disolución ocurriría casi
inmediatamente, por lo tanto no había tiempo que perder. Además había un gran
terrateniente, el cual, si podíamos asegurarnos su favor a nuestro partido, nos daría
con seguridad la victoria. Él había sido un antiguo admirador mío, y sufrió mucho al
saber que su señoría había obtenido mi mano, y ambos sabíamos que era casi seguro
que él ofrecería toda su influencia al bando contrario. Una noche nos disponíamos a ir
a la cama, y casi a punto de caer dormidos después de una estupenda follada (es
maravilloso cuando eres recién casada), cuando una súbita idea me hizo casi estallar
en carcajadas, pues me pareció muy buena. St. Aldegonde se sintió muy ansioso por
saber en qué pensaba.
—Mi amor —le dije besándole, cosa que no hago a menudo ahora, salvo cuando
quiero que me compre algo—, ¿te importaría dar un pedacito de mi coño con tal de
asegurarte tu elección por el condado?
—Pero Bertha, querida, ahora mismo nada me haría sentirme celoso, pues acabas
de chuparme hasta la última gota de la corrida de mi polla —dijo bostezando, y
luego, dándose cuenta de mi idea, continuó—: ¿Quieres decir a Mr. Stiffington, amor
mío? Es una brillante idea; si lo haces te digo que es una forma bien barata de
comprarle, pues además el coño nunca puede ser sometido a soborno, pues no sabe
hablar. La perspectiva de la aventura, además del bien que podía hacerle a mi marido,
me hizo que voluntariamente me ofreciese a llevarla a cabo, y como todo iba a quedar
entre nosotros, decidimos que yo iría a Brentham disfrazada de criada.
Al día siguiente salimos de la ciudad como si nos fuésemos a ir a París, pero dejé
a St. Aldegonde en la estación del ferrocarril y me puse en camino hacia Brentham
por mi cuenta, tras cambiarme de vestido en un hotel. El ama de casa de Brentham
fue la única persona que mereció mi confianza, pero, por supuesto, nunca le dije todo.
Me hizo pasar como si fuera una sobrina el pueblo que quería estar unos días de
vacaciones con ella, y yo me mezclé con los criados como si fuera uno de ellos, pues
nunca se les ocurrió que yo pudiese ser Lady Bertha, ya que todo el mundo sabía que
yo estaba en el extranjero.
Sin demora ella hizo que el cochero me llevara hasta la casa de Mr. Stiffington,
Manly Hall, con una nota para el caballero relativa a unos asuntos especiales, que yo
tenía que entregarle en persona.
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El caballero estaba en la casa, y pronto me pasaron a la biblioteca, donde
respondía a su correo, entre otras cosas, después del desayuno, sobre las once de la
mañana.
—Bien, jovencita, entrégueme la carta privada que me trae de Brentham; me
pregunto por qué no la ha traído un caballerizo o un paje. ¡Por Dios, que sois muy
guapa! —dijo de pronto al verme.
—Si no os importa, señor —le dije, sonrojándome—, soy la doncella de Lady
Bertha.
Él era un guapo hombre de unos treinta y cinco años, lleno de vida y vigor. Sus
ojos me traspasaban de extremo a extremo. De pronto se dio cuenta de mi disfraz al
exclamar:
—¡Ah, no! No sois quien decís, sois la misma lady Bertha. ¿Cuál es el motivo de
tanto misterio?
Yo estaba totalmente confundida, pero me dijo que me sentase y le contase sin
reservas lo que quería, mientras me llevaba hacia un sofá y se sentaba a mi lado.
—Vuestro voto e interés en asegurar la representación el condado para mi marido
—le dije en voz baja—. Sabemos que vos podéis inclinar la balanza a vuestro gusto,
así que me he aventurado a solicitar vuestra influencia en persona.
—¿Pero cómo podéis esperar de mí otra cosa sino hostilidad hacia el hombre que
me arrancó vuestro hermoso ser? —me contestó—. ¿Por qué me abandonaste por un
lord?
Bajé la vista como si estuviera muy triste y le contesté con voz casi inaudible:
—Si sólo vos hubieseis sabido las necesidades de la familia os sentiríais más
aliviado en vuestro herido respeto. La ausencia de otras perspectivas que no fueran su
ducado sellaron mi destino, y ahora constituye para mí un deber velar por sus
intereses en todos los sentidos.
—Querida Bertha —exclamó presa de la excitación—, ¿es cierto lo que he oído?
¿Realmente me hubieras preferido a mí? ¿No tienes piedad para mi amor sin
esperanzas? ¿No mereceré nunca siquiera una sonrisa de ese precioso rostro?
Diciendo esto me cogió la mano para cubrirla de ardientes besos.
—Podría apoyar la candidatura de tu esposo, pero necesito ser sobornado…
Veamos qué es lo que tienes que darme, mi prenda más querida. Desde luego él se
apoderó ya de tu primera virginidad, pero yo necesito hacerme con la segunda. A él
nada le costará y nadie tiene por qué saberlo.
Cada vez estaba más caliente. Me pasó un brazo por la cintura en tanto que me
cubría el abochornado rostro con ardientes besos, y sentí cómo su otra mano vagaba
en torno a mis nalgas y mis muslos, por encima de mis faldas. Luego tomó una de
mis nanos y me obligó a que le tocase la tiesa polla, que se había sacado del pantalón.
Sólo de tocarla me corrió un escalofrío por la columna vertebral, y me dejé caer de
espaldas, simulando un desmayo. De un brinco se puso de pie, cerró con el pestillo la
puerta y se dirigió al escritorio, de uno de cuyos cajones sacó un librito y una cajita.
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Después se arrodilló a mis pies, me levantó poco a poco las ropas y empezó a
besarme las piernas hacia arriba, sin tener en cuenta mis calzones. Finalmente, me
separó las piernas y abrió los calzones, dejando a la vista mi coñito.
—¡Qué rajita tan preciosa! ¡Con qué sedoso vello se adorna! —le oí decir
mientras se acercaba con los labios a mi anhelante coño.
Después sentí cómo sus labios apartaban los de mi coño con la mayor ternura,
para permitirle besar el botoncito del amor. Era demasiado. Le cogí la cabeza con las
manos y me corrí en su lengua con un profundo suspiro de gusto.
—Eres mía. ¡Cómo te gusta! Los toques de mi lengua han hecho que te corras.
Mira, querida —siguió diciendo mientras se incorporaba—. Pensé que unos cuantos
besos te devolverían la vida a condición de que fueran perfectamente aplicados en los
puntos más sensibles. Pero mi propósito no era poseerte así. Este libro te enseñará los
deliciosos caminos de la felicidad y despertará tus sentidos a los goces celestiales que
hasta aquí ni siquiera imaginaste.
Con la ropa levantada, y obligándome a que sostuviera su polla entre las manos,
me mostró una serie de espléndidos dibujos que ilustraban la forma de joder por el
culo. Él se dio cuenta de que me sentía muy excitada, de manera que no perdiendo
tiempo para colocarme las manos y rodillas sobre el sofá, me untó el agujero del culo
con un ungüento que sacó de la caja, con el que también se lubricó el capullo, e hizo
que me le ofreciera con las piernas bien abiertas para darle toda clase de facilidades.
—¡Ay, no! ¡No, no! No lo aguanto —grité con los ojos inundados de lágrimas tan
pronto como me la metió por primera vez, forcejeando por abrirse camino a través del
estrecho agujero.
El dolor se parecía a como si me pinchasen con alfileres por todas partes. No
puedo describir de otro modo la sensación experimentada al dilatarse el esfínter.
Al propio tiempo me masturbaba deliciosamente por delante. Apretaba tan
firmemente y cuidando de hacerlo con tanta suavidad, que me pareció amarle más y
más cada momento, y ansiaba que pudiera completar su follada para que mi goce
fuera completo, ya que el agudo dolor parecía anunciar la mayor de las felicidades.
En efecto, al dolor le siguió la más deliciosa sensación, y sus movimientos llevaron
mi placer al máximo extremo. No cesó de metérmela hasta que ambos nos hubimos
corrido tres veces en éxtasis arrobadores, entre gritos de placer y sintiendo que se nos
escapaba la vida con tanto goce.
Mi misión fue, pues, todo un éxito y su señoría se convirtió en miembro del
Parlamento.
El relato había encendido el deseo de todos los presentes, de manera que mientras
duró no dejamos de tocarnos unos a otros las partes íntimas, y tan pronto como acabó
nos apoderamos de Fanny y de Bridget. Pero como quiera que resulta tedioso insistir
siempre en el mismo tema, te diré únicamente que John y Charlie fueron los
encargados de arrebatarles el virgo, haciendo alarde de saber follar, cuando por fin las
muchachas comprendieron que ya estaba bien de tonterías.
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Esta fue mi última aventura en la ciudad. En la siguiente parte continuaré
contándote lo sucedido después de mi boda con lord Crim-Con, acontecimiento que
se celebró poco después.
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Martin Van Maële
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NOTICIA DEPORTIVA
De la Gaceta de los Deportes, número del 6 de agosto de 1879.
Nos agrada comunicar que Mr. F. Jacobs, aunque severamente dañado y pateado
por la caída que sufrió mientras montaba a Mrs. Jones en Southport, en el Derby de la
Consolación, se encuentra bastante recuperado, tanto como podrían desear sus
mejores amigos, y ya se encuentra fuera de peligro.
Pregunta del editor: ¿En realidad llegó a correrse Mr. Jacobs dentro de Mrs.
Jones, o en la emoción, y dado sus años, fue la flojera de la picha la que le hizo
caerse de grupa tan hermosa?
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Franz von Bayros
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LA CONFESIÓN DE MISS COOTE O LAS
VOLUPTUOSAS EXPERIENCIAS DE UNA
SOLTERONA
(En una colección de cartas dirigidas a una amiga).
CARTA IX
Querida Nellie:
Tras echar una ojeada a algunos de los papeles de mi abuelo, he encontrado la
siguiente y curiosa anotación escrita por su hermano, el deán Coote, llamada
«Observaciones sobre la influencia de la hermosura femenina»:
»Invertiré la costumbre general, y en vez de empezar por la cabeza, lo haré por las
piernas y espero que se me felicite por ello. Un rostro bonito, sonriente, con brillantes
ojos, mejillas sonrosadas, de cutis delicado, con preciosos hoyuelos y pelo negro,
moreno, o rubio, lo tiene todo ganado, cosa que todo el mundo sabe, en la batalla del
amor. Pero permitidme que apele al juicio imparcial del observador sin prejuicios,
para preguntarle qué es lo que prefiere contemplar, si las piernas o el rostro de su
dama favorita.
»Cuando una bonita muchacha trepa por una escalera, ¿es su cara o sus piernas lo
que más nos interesa, y atrae por lo tanto, nuestra atención? ¿Qué es lo que hace que
un caballero chasquee los labios de manera tan notablemente lasciva, cuando
deambula de aquí para allí a lo largo de Bond Street, con los guantes en la mano, para
echar vistazo a las damas, cuando suben a los coches, o bajan de los mismos? ¿Y qué
es lo que arrastra tan compactas multitudes de caballeros durante las fiestas de
Pascuas y Pentecostés a ver a las chicas de caras sonrosadas descender a la carrera las
colinas de Greenwich Park?
»¿Qué es lo que provoca tan grandes oleadas de risas y aplausos cuando sucede
que una de estas alegres muchachas tropieza durante la carrera y cae con las piernas
en alto?
»Por último, como todos los clérigos se preguntan, ¿qué es lo que hace ser tan
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popular a los bailables en el teatro?
»Con frecuencia han observado las personas que tienen costumbre de viajar, que
en ninguna parte del mundo cuidan las mujeres más de sus piernas que en Inglaterra,
y para hacerles justicia hay que decir que tal vez en ninguna parte tengan las mujeres
mejores motivos para mostrarlas que cuando hace mal tiempo, cuando el temor a
arrastrar la cola las hace levantar las faldas que dejan a la vista los bonitos tobillos.
Por eso a mí me deleita mucho más pasear cuando hace mal tiempo, que cuando
salgo de excursión, en el más espléndido y radiante de los días. Hay algo tan mágico
en el espectáculo de una hermosa pierna de mujer, que no hay otras palabras con qué
describirlo. Solamente viéndolo es posible hacerse una idea del mismo.
»En las memorias de Brantome hemos leído que cierta dama ilustre,
perfectamente consciente de la enorme importancia que tienen unas piernas
hermosas, tuvo la desgracia de romperse una de las suyas al caerse de un caballo. El
cirujano que la atendió, por una u otra razón, no acertó a dejarle el hueso derecho, por
lo que ella tuvo la entereza de quebrárselo de nuevo, esta vez a propósito, con el fin
de ir en busca de un doctor más ducho, capaz de hacerle sanar de nuevo el hueso en
mejor manera, y por lo tanto recobrar su antiguo donaire al andar.
»Tal vez algunos de mis lectores reprueben esta conducta de la dama en cuestión,
por mi parte no puedo por menos que admirarla muchísimo, tanto por la corrección
de su juicio como por la pasmosa fortaleza de su carácter. Estoy demasiado enterado,
por experiencia propia, de la magia que encierran una pierna bonita, un tobillo
delicado, y una pantorrilla bien torneada.
»La primera vez que me enamoré (recuerdo perfectamente bien las circunstancias
en que ello ocurrió, tal como si hubiera sido ayer), la primera vez que sentí lo que era
el amor, tuve que agradecérselo a una pierna. Fue en mi pubertad, cuando era un
joven tan inexperto e inocente como los demás. Mis amigos pertenecían a la más
estricta secta religiosa, y quieras que no, me eduqué en sus principios. Obras
teatrales, novelas y cualquier clase de libro que tocara el tema del amor estaban
vedados. Mis padres ambicionaban que yo fuera un segundo José, cosa que en parte
habían casi logrado, cuando he aquí que una simple y vana circunstancia dio al traste
con todos sus esfuerzos.
»Era un hermoso día estival. Había estado paseando por el bosque, y me tumbé
bajo la sombra de unos jóvenes castaños, unas veces entregado a la meditación, otras
dormitando, cuando me llamó la atención cierto ruido, como el del crujir de la seda,
en las proximidades de donde estaba medio escondido; me mantuve totalmente alerta,
y dirigí una mirada inquisitiva al rincón de donde procedía el ruido, para descubrir a
una adorable muchacha de mejillas sonrosadas, tendida cuan larga era para tomar el
sol, bien ajena de que nadie la estuviera observando, por cuyo motivo dio rienda
suelta a sus actos. De repente sacudió su abrigo, desató sus ligas, contempló sus
piernas, las volteó hacia un lado y hacia el otro; en resumen, llevó a cabo mil
maniobras que ahora no tengo tiempo para entretenerme en explicarlas. Bastará con
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que os diga que no me perdí ni uno solo de dichos movimientos, y que desde aquel
momento hasta hoy en día, nunca más he podido ver una bonita pierna sin sentir en
mi interior inexpresables emociones, que parecen venir a comprobar las
observaciones del poeta:
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miembros?
MARY. —Sí, estoy ansiosa por ser admitida. Sabemos tanto de la vara en
Alemania, que soy una verdadera entusiasta de su uso.
LA PRESIDENTA. —Tomadle el juramento de ritual. Ahora, hermana Mary,
tenéis que ser desnudada para poneros el vestido reglamentario que hemos traído para
vos.
La principiante se ruborizó profundamente y parecía muy indecisa, sin saber qué
decir. Pude advertir entonces que Lucrecia estaba muy divertida con la escena. Por
algún motivo secreto murmuró algo al oído de Lady Clara y después al de
Mademoiselle Fosse, quien me hizo saber que nuestra principiante no era en realidad
Mary Aubrey, sino su hermano Frank, el amante de Lucrecia, al que había persuadido
para que representara el papel de su hermana, sin dejarle siquiera entrever lo que le
iba a suceder. Nada tenía de particular, por consiguiente, que se sintiera turbado ante
la idea de ser desnudado y expuesto a la vista de las damas.
Debo confesar que tuve un acceso de ira al enterarme de la treta de Lucrecia, pero
por indicación que me susurró Mademoiselle Fosse, seguí adelante como si nada
supiera.
—Vamos, hermana Mary, comenzad a desnudaros vos misma. Vosotras, Jane y
Mary, ayudadla.
MARY. —¡Oh, no, no! No debéis desnudarme. Ignoraba que hubiera que hacerlo.
Había enrojecido aún más y apartaba de sí a las criadas.
—Dadme las cosas y me retiraré a ponérmelas en privado, pero no aquí, delante
de todas.
LA PRESIDENTA. —Ya comenzáis a desobedecer el reglamento. Tenéis que
desnudaros en el acto, o la vara actuará implacablemente. Veremos si de veras sois
tan aficionada a ella.
MARY. —Os pido mil excusas, pero tenéis que dispensarme de desnudarme
delante de tantas personas.
En ese momento tomé la más formidable de las varas, formada por un gran ramo
de largas varitas de abedul, elegantemente atadas con cintas rojas y azules, les hice
una señal a Jane y a Mary, que, ayudadas por cuatro o cinco de las presentes, se
lanzaron sobre la víctima, la arrastraron hasta la escalera, y a pesar de su desesperada
resistencia le ataron las muñecas a ella. Miss Mary quedó así imposibilitada por
completo, antes de que pudiera darse cuenta cabal de lo que iba a suceder.
LA PRESIDENTA. —Ah, estamos ante un caso de seria obstinación, hacedle
trizas el vestido, y alzadle las enaguas. Cuanto antes comencemos a iniciarla, mejor
será para ella.
Entre todas le quitaron los vestidos. La víctima estaba sonrojada de vergüenza y
exclamó:
—¡Oh, por favor! He sido engañado. No soy una muchacha. ¡No me pongáis en
evidencia!
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LA PRESIDENTA. —¿Qué es, entonces, lo que eres, un macho o un
hermafrodita?
Todas estallaron de risa y me dijeron:
—Adelante, Miss Coote. Dele a probar al indecente muchacho su varita para
hacer cosquillas. Tiene que confesarlo todo, y jurarnos que guardará secreto, pues de
lo contrario lo azotaremos hasta que muera.
LA VÍCTIMA. —¡Dios mío, en qué lío me he metido! Estas diablesas son
capaces de matarme, ¡oh!, dejadme marchar y os juro que nunca diré nada a nadie.
LA PRESIDENTA. —Sobra tiempo para despediros. No vais a salir de aquí tan
fácilmente, después de la indecente conspiración tramada con Lady Lucrecia. Ambos
seréis bien vapuleados. No os disgustará ver el culo que todas nosotras sabemos
conocéis tan bien. Jane, prepara a la hermana Lucrecia para el castigo. Cuando lo vea,
podrá darse cuenta de lo que le espera a él.
LUCRECIA. —¡Ah, no! Lo mío no fue más que una inocente jugarreta. Vosotras
sabéis que deseo molerlo a palos, y esta era la única manera de conseguirlo.
LA PRESIDENTA. —Muy bien, señorita, lo tendremos en consideración, y tal
vez os permitamos que le deis los toques finales a su culo. Ponedle las nalgas en el
tronco, Jane.
Dejaron al joven bien sujeto a la escalera para apoderarse de la dama de sus
amores, la cual sabía que lo mejor era no resistirse, y en unos instantes Frank tuvo la
satisfacción de ver su reluciente culo y sus hermosas piernas fijas al tronco, de
manera que sólo quedaba a la vista la mitad inferior de su persona.
LA PRESIDENTA. —Ahora, Mademoiselle Fosse os administrará un adecuado
correctivo por el insulto que supone introducir en el club una persona de un sexo que
no es el nuestro.
En seguida, ¡zas, zas, zas!, le asestó cuatro fuertes golpes bien calculados.
—Qué os parece, ¿es más pesado mi brazo que el de Miss Coote?
Los golpes siguieron cayendo sobre Lucrecia con toda precisión, y surtieron el
efecto deseado. Cada uno de ellos dejaba una franja roja y sobresaliente.
Con la punta de la vara le alcanzó diestramente el coño, que había quedado a la
vista, y la tierna superficie de la entrepierna, en la parte superior de los muslos.
—Cuando alcancéis el placer sensual que sentisteis la otra vez, decidlo.
El rostro de la víctima masculina estaba encendido de excitación a la vista del
castigo de su amada. Cada golpe parecía sacudir su sistema nervioso, inspirándole
deseos tan vehementes como jamás los había sentido antes. Todos sus instintos
sexuales despertaron ante la contemplación de la escena con gran atención.
Lucrecia ya estaba a punto de desmayarse por la fuerza de los latigazos; en ese
momento me adelanté vara en mano para decir:
—Me imagino que Frank estará deseoso de probar a qué sabe esto. Levantadle las
faldas lo más que permita la decencia. Lo único que queremos verle es su culo, no
estamos interesadas en conocer otras cosas.
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Frank estaba tan absorto en la contemplación del hermoso espectáculo, que ni
siquiera advirtió que le alzaban las faldas hasta que vino a despertarle un tremendo
latigazo descargado sobre su culo, el mismo que vino a ponerle de manifiesto la
impotencia en que se encontraba. Se mordió los labios, las lágrimas asomaron a sus
ojos, se acentuó su rubor y todo ello llevó a las espectadoras al convencimiento de
que se sentía humillado de nuevo. Una y otra vez hice resonar los golpes en la
habitación, pero a pesar de que siete u ocho marcas ya habían aparecido en el culo de
Frank, este no nos había proporcionado aún la satisfacción del más leve grito.
—Os haré pedir perdón, señor. ¿Volveréis a insultarnos presentándoos como una
muchacha?
Frank, dispuesto a pasar el castigo con presencia de ánimo, y decidido a no verse
en la vergüenza de gritar ante un grupo de mujeres, se retorcía de dolor y se mordía
los labios, hasta hacerlos sangrar, para mantenerlos cerrados.
Seguí descargando furiosos golpes sobre sus blancas nalgas, cada uno de los
cuales dejaba al descubierto algo más de carne viva.
FRANK. —¡Ay, necesito gritar! ¡Es espantoso! ¡Ay, me están prácticamente
asesinando! ¡Ayyy!
Los gritos de Frank, y los sollozos de Lucrecia, añadidos al espectáculo de los dos
culos curtidos a golpes, excitaron los sentidos de las damas, cada una de las cuales
tomó una vara. La presidenta y Mademoiselle les dejaron el campo libre, y cada una
de ellas descargó un corto diálogo de golpes en los culos de ambas víctimas, hasta
que Lucrecia, olvidada del dolor y próxima al agotamiento, pareció hundirse en una
especie de estupor letárgico. Dejaron entonces de golpearla para aplicarle tonificantes
que pronto la volvieron en sí. Frank, por su parte, que desde hacía rato imploraba
gracia y rogaba que se le tomara el juramento de que guardaría secreto, fue al fin
autorizado para prestarlo, pero sólo obtuvo risas como respuesta cuando suplicó que
le soltaran y le permitieran volver a su casa.
—Ajá, ¿pensáis que os vamos a soltar sin esperar a que Lucrecia se recupere un
poco y pueda terminar la obra?
Lucrecia bebió un cordial, mientras Frank seguía protestando, y con ojos
centelleantes anunció estar lista para tomar la vara. Llevaba en la mano una vara
nueva, muy elegante, y se puso en postura, con evidente intención de imitar el estilo
de Luisa Van Tromp.
—¿Osáis insinuar que fui yo quien os tentó a venir aquí, caballero? —le dijo.
FRANK. —Ah, Lucrecia, ¿tú también quieres prolongar mi tormento, después de
que ya lo he prometido todo?
Lucrecia dejó caer la vara, y ¡zas, zas, zas! Cada golpe lo descargaba con más
furia que el anterior. La muchacha denotaba una mayor excitación por momentos.
Los golpes que asestaba parecían provocar un estado de efervescencia en la sangre de
sus venas.
—¿No es verdad que me habéis violado, señor? Estas damas saben perfectamente
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cuál fue vuestro vergonzoso comportamiento conmigo.
FRANK. —¡Estaría loco si admitiera tal cosa! ¡Ay, oh, ah! ¡Tú sabes que tú tenías
mi, mi… mi polla entre tus manos primero!
LUCRECIA. —No prestéis atención a este monstruo repugnante.
Y descargó nuevos golpes fulminantes sobre sus espaldas.
Frank, que a fuerza de mover la cabeza y de retorcerse había ya perdido la peluca
con que se había disfrazado, se veía ya más varonil, aunque era, sin embargo, un
joven realmente hermoso, no obstante que sus nalgas estuvieran tan desarrolladas
como las de una muchacha.
—¡Mirad, mirad —dijo Lucrecia, fustigándole— esa infame polla suya, está bien
erecta, y se alza debajo de su camisa! ¡No es capaz de ocultar tan detestable nabo!
Siguió golpeando más y más sus posaderas, haciendo que volara en el aire su
falda, de manera que quedó casi continuamente a nuestra vista su formidable picha,
que se proyectaba cosa de unos quince o dieciocho centímetros desde un lecho de
pelo rizado que crecía en su bajo vientre. Los ojos del joven giraban en un loco
frenesí. Desaparecido ya todo sentimiento de dolor y vergüenza, estaba
indiscutiblemente entregado de lleno a las sensaciones sexuales, y a cada latigazo se
contorsionaba y se arqueaba del modo más lascivo que quepa imaginar.
La flageladora daba también la impresión de estar fuera de sí, y a la vista del
sangrante culo del muchacho y de sus eróticas sensaciones, despertaba en ella una
furia creciente.
Y el siguiente golpe lo descargó de modo que alcanzase el miembro ofensivo. Lo
repitió una y otra vez, provocando tan intenso dolor y excitación, que al cabo el pobre
muchacho gritó con todas sus fuerzas:
—¡Oh, Dios mío, cómo arden, es espantoso, y sin embargo, me provocan
emociones deliciosas! ¡A… rrrr!, ¡oh!
Al fin pareció desvanecerse, abrumado por la voluptuosidad de sus sensaciones.
Lucrecia dejó la vara suspendida en el aire unos instantes, y luego, de repente,
descargó dos o tres tremendos golpes sobre sus llagadas nalgas.
—Despierte, señor, ¿no se aprovechó usted de mi estado de confusión cuando le
encontré exhibiéndose en el jardín?
FRANK. —¡Quién hubiera pensado que serías capaz de vapulearme de esta
manera, después de tus amorosas caricias y de tus protestas de amor! ¡Ah, Miss
Coote, salvadme de ella! ¡Tenedme compasión, señoras!
LUCRECIA. —Tus gritos me deleitan. Los disfruto tanto más porque sé lo
mucho que nos queremos mutuamente. ¿Quieres retirar tus malévolas afirmaciones?
Has hecho creer a estas señoras que soy un monstruo de lascivia. Entonces, ¿por qué
persistes en rehusarte a darme una satisfacción y dices que quiero obligarte a mentir,
malvado muchacho? Ten por seguro que te daré la muerte a varazos.
Frank se contorsionaba y apenas sabía lo que decía en su angustia por escapar de
una vez de aquella tortura.
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—¡Confiesa!
—Sí, ahora recuerdo; cuando te metí las manos por debajo de la ropa, cuando tú
estabas tan embargada por el deseo que te era imposible oponerme resistencia. ¡Ay,
oh, oh! ¡Suéltame ya! No tengas miedo de que nunca revele el secreto de mi propia
humillación.
Y se desplomó. Lucrecia dejó caer la destrozada vara, al tiempo que lágrimas de
compasión asomaban a sus grandes y adorables ojos, para luego decir:
—¡Pobre muchacho! ¡Pobre muchacho! ¿Por qué has sido tan obstinado?
Frank fue desatado y arrodillándose humildemente, se declaró apesadumbrado
por haberse introducido de modo tan rastrero en nuestra vida privada, y prometió de
nuevo guardar nuestro secreto. Finalmente, con nuevas lágrimas, suplicó que se le
permitiera pertenecer al club, en el que tan penosamente ya había sido iniciado.
Esta petición fue muy bien acogida y pronto sorprendí a Lady Clara conspirando
para introducir elementos masculinos en el seno de nuestra sociedad. Al otro día, y
por consejo de Mademoiselle Fosse, conminé a todas las socias para que se efectuara
la disolución del club, puesto que no era posible que pudiera prestar mi casa para
orgías de flagelación en la que tomaran parte personas del sexo opuesto.
Mi próxima y última carta sobre el tema estará más íntimamente relacionada con
mi propia persona,
Siempre tuya,
ROSA BELINDA COOTE
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Eusebi Planas
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LA ROSA DEL AMOR
O las aventuras de un caballero a la búsqueda del placer.
A la tarde del día siguiente, Manette vino a mi habitación y me pidió que la siguiera a
su cuarto, hasta donde me guió, mientras me decía:
—Tengo algo que enseñaros que os gustará y satisfará mucho más que lo hace
vuestra querida.
La seguí a su cuarto, el cual, una vez dentro, cerró con el pestillo. Me quedé
mirando por una ventana, mientras Manette iba detrás de la cama, cuyas cortinas
estaban corridas. Al oír unos pasos ligeros que avanzaban hacia mí, me volví, y vi a
Manette que estaba completamente desnuda delante de mí. Saltó a mis brazos,
agarrándome por el cuello y me llevó hacia la cama, en la cual ella se sentó.
Entonces me di cuenta de lo que tenía que enseñarme, y no despreciando en
absoluto la oportunidad de entrar en combate con ella, al que proseguía invitándome,
me quité la chaquetilla y el chaleco, mientras ella me bajaba los pantalones y me
sacaba mi tremenda, pero totalmente lista, polla; luego, cayendo hacia atrás en la
cama, hizo que la trepara. Mi nabo pronto se encontró totalmente dentro de la suave y
lujuriosa raja, creada para tal cosa por la naturaleza. Dos veces antes de levantarme la
llené de leche con las reservas del amor y le arrojé dentro toda una corriente de
caliente semen, y ambas veces ella asistió al reto, dejando libre la misma esencia
cremosa de su cuerpo que corrió tan copiosamente que pronto nuestros muslos se
vieron mojados por ella.
A partir de este momento, hasta que mi primo se marchó del colegio, gocé de la
misma forma a Manette, cada día de su estancia.
Al final de su segunda semana en la casa, mi tío anunció su partida para París al
día siguiente, y me dijo que hiciese todos los preparativos para irme con él. Cuando
supimos todo esto mis primos y yo, decidimos sacarle el mayor provecho a aquel día,
pasándolo en los bosques que quedan al lado de un pequeño arroyo, junto con
nuestras queridas.
Era una mañana de domingo, y Raúl, Julien y yo (pues aunque no he mencionado
a Julien en relación con nuestros asuntos amorosos, no debe por ello suponerse que se
encontraba ocioso en tales temas, más bien todo lo contrario, pues mientras Raúl y yo
nos divertíamos con Manette y Rose, él se consolaba en los brazos de Marie, una de
nuestras vaqueras, morena grande y lujuriosa y muy bien parecida, con quien dormía
todas las noches en el cuarto de ella) nos pusimos en camino, hallando a nuestras
chicas en el lugar señalado, hasta donde se nos habían adelantado un poco, llevando
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provisiones y vino.
Tras saludar a nuestras bellas, procedimos a preparar las cosas para la comida, y
nos sentamos, o más bien nos dejamos caer en el prado verde, y comentamos los
méritos de algunas de las cosas que ellas habían traído, y tras satisfacer nuestros
apetitos, nos sentimos inclinados a probar las otras cosas que aún quedaban, pero que
no estaban a la vista. Así, y como nota preparatoria, empezamos a meterles las manos
por las tetas y a toquetearlas, mientras las hacíamos descansar sobre sus espaldas,
pero a pesar de nuestros esfuerzos no pudimos elevarles los refajos más de lo
necesario para que nos dejaran ver un poquitín de los muslos, pues se resistían a
dichos esfuerzos y no querían ir más lejos en tal materia, diciendo que no nos
consentirían cosas tan pícaras a la vista de los demás, y que si no nos comportábamos
un poco mejor, se echarían a correr y nos abandonarían.
Entonces propuse que nos desnudásemos y tomáramos un baño.
—Nos quedaremos sólo con la camisa y luego haremos lo mismo con vosotras, y
siguiendo una vez de orden cada uno de nosotros se quitará las otras prendas íntimas.
Por parte de las muchachas hubo algunos refunfuños, ya que sentían vergüenza de
que los demás las viéramos, en especial Marie, a la que ni Raúl ni yo habíamos visto
hasta aquel día, pero superamos sus objeciones y nos desnudamos hasta las camisas,
luego cada uno fue hacia su querida y comenzó a desatar y soltar sus ropas,
quitándoles los corpiños y refajos, hasta que se quedaron sin nada, salvo sus calzones.
Yo di la voz de orden: «fuera los trapos». Luego nos quitamos las camisas, pero al
mirar hacia las chicas, aún las encontramos con aquellas puestas.
Al darnos cuenta de que no iban a quitárselas, propuse «que cada una, y así todas,
se quitaran las ropas y se quedaran desnudas delante de las demás, y que luego serían
examinadas detenidamente por los hombres que compararían sus bellezas y ofrecí a
la primera que hiciera tal cosa un precioso anillo de diamantes».
Manette saltó y dijo que «habiendo ido allí para encontrarse y gozar con su
amante, y habiendo este quedádose desnudo, ella no iba a echar a perder tal diversión,
pues no se sentía vergonzosa de que los demás viesen lo que ella poseía, pues tenía la
seguridad de que tenía las piernas tan bonitas y el coñito tan dulce como cualquier
otra chica de la Bretaña».
Me sentía tan tentado por la lujuriosa Marie, la querida de Julián, con sus
inmensas y gordas tetas, sus extraordinarias y grandes caderas y muslos, y sobre todo
por su precioso coño, que aparecía cubierto y escondido tras un grandísimo matorral
de pelo negro azabache brillante, cuyos cabellos le colgaban varios centímetros y
entre los cuales sobresalían dos grandísimos y protuberantes labios rojos, que lo
hacían parecer aún más lujuriosamente tentador, que propuse que tras nuestro primer
baño, deberíamos cambiar de pareja, de forma que todos y cada uno pudiera gozar de
las queridas de los otros dos.
Mis primos consintieron a tal idea, con lo cual las chicas se sintieron muy
complacidas, pues Manette ansiaba tenerme de nuevo enterrado entre los pliegues y
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cuevas jugosas de su coño; y Marie parecía también desearlo, como ya me lo había
susurrado mientras la examinaba, al decirme que aunque grande su coño era pequeño,
pero que la polla de Julien era demasiado pequeña para darle gusto cuando aquel se la
metía; que la mía era dos veces más grande que la suya, y que ella tenía la seguridad
de que si yo consentía y me la follaba, obtendría mucho más placer y me gustaría
mucho más que Rose.
Entonces les llevé hacia el arroyo, con Rose de la mano, y los otros tras de los
dos. Una vez dentro, nos bañamos y deportivamente jugueteamos en el agua,
haciendo todo tipo de trucos y sumergiéndolas hasta la cabeza y las orejas y
calentándolas en todas las formas posibles, y pretendiendo bañar bien a nuestras
hermosas compañeras, las manos se tomaron todo tipo de libertades, toqueteándolas
por todas partes, por las tetas, que apretamos y acariciamos, sus suaves vientres,
haciéndoles cosquillas en las delicadas caderas, en sus coños y por todo el cuerpo; las
chicas, de la misma manera, no dejaron de palparnos por todos los sitios.
Ya que así estábamos de pie en el agua, que nos llegaba más o menos hasta el
pecho, y con las pichas duras, y en condición ideal para echar un polvo, con mi brazo
rodeando la cintura de Rose, intenté meterle el capullo de mi nabo en la boca de aquel
horno impermeable, con el propósito de apagarle el fuego que la hacía estallar por
dentro, pero no logré metérsela, ya que no podíamos guardar el equilibrio ninguno de
los dos.
Me sentí muy atraído por un gran salpicoteo que oí, y al mirar a mi alrededor vi
que Raúl y Julien habían colocado a sus ninfas al borde del agua, con las cabezas
sobre las orillas, y al jodérselas de esta manera, los movimientos de sus espaldas y
vientres al encontrarse con cada nuevo empuje del polvo, hacían que el agua
salpicase sobre ellos.
Este era un ejemplo que teníamos que imitar, y al que Rose y yo no pudimos
negarnos. Así que sacándola del agua nos sentamos sobre la yerba, bajo la sombra de
un árbol, allí, con ella debajo y sus muslos enlazados sobre mi espalda, y su suave y
hermoso vientre restregándose contra el mío, le amé sus tetas de pezones de rubí,
firmes y que respondían a mi lengua, mientras con una mano trataba de meterle la
picha en el puerto del amor, así fui tentándole el coño, haciendo lugar en él para mi
obra maestra de la naturaleza, que estaba dura y tiesa entre sus muslos y le oprimía
con fuerza el vientre, como si exigiese ser admitida y refugiada dentro de aquella raja
suave y lujuriosa, con que la naturaleza ha dotado tan ricamente a las mujeres, y de la
cual Rose poseía un hermoso ejemplo. Ella en un golpe humorístico hizo como si
eludiese mis esfuerzos por metérsela, como si quisiese reprimirse el deseo que la
llenaba, pero arreglándoselas al mismo tiempo para que los fuegos que ardían en
nosotros fueran más ardientes y fieros, cosa que redobló mi excitación.
La cubrí con besos ardientes y sus ojos me respondieron con húmedos fuegos
cada vez más salvajes, y languideciendo parecieron derretirse bajo sus largas y negras
pestañas de seda que medio le escondían las pupilas. Rodamos entrelazados por el
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prado verde, formando un grupo apretado de brazos y piernas, hasta que por fin
conseguí quedar encima de ella, con mis rodillas entre sus muslos, y pronto pude
metérsela hasta dentro, mientras que ella, al sentir el amoroso nabo entrar hasta las
profundidades más retiradas de su coño, se entregaba y quedaba a mi merced. Pero la
lucha cada vez se volvió más fiera, hasta que hizo que pronto yo me corriese, al
mismo tiempo que ella me entregaba su tributo de leche.
Cerrando los ojos y respirando profundamente estiró sus muslos con un
estremecimiento débil, que le relajó instantáneamente los músculos y dándome el
conocimiento de que había experimentado el mayor placer que es capaz una mujer de
recibir de un hombre que sabe follar.
Aún no nos habíamos recuperado de nuestro trance, cuando los otros se acercaron
y palmeándonos las espaldas desnudas, pronto nos devolvieron a la vida.
Al salir del agua, inmediatamente cambiamos de parejas, Raúl tomó a Rose,
Julien a Manette y yo a Marie, y al recibirla la deposité en el suelo y me coloqué
entre las hermosas piernas, con la mejilla recostada sobre su coño peludo, que como
ya he dicho, estaba recubierto de un espeso bosquecillo, del que sólo sobresalían los
boqueantes labios de su deliciosa raja.
Nos quedamos así descansando un rato, bebiendo vino, comiendo chocolate y
otros dulces; pasaron una o dos horas, hasta que nuestras pasiones empezaron a
incorporarse de tal manera que no podrían ser mantenidas en orden mucho tiempo.
Supongo que mis primos, pensando que al estar en el agua se aumentaba el placer que
recibirían al joderse a las chicas, o debido a la novedad de aquella situación, nos
propusieron que entrásemos de nuevo en el agua y que allí les echásemos un polvo a
nuestras queridas. Ellos lo hicieron, pero yo me quedé bajo un árbol con Marie.
Cuando los otros ya estaban en la orilla, me levanté y extendiendo todos los vestidos
y refajos, y haciendo una almohada con una chaqueta, preparé una cómoda cama para
Marie. La invité a entrar en combate. Se levantó y echose sobre la cama que le había
preparado, colocándose en una posición favorable para que la penetrase. Me dejé caer
sobre ella suavemente, y ella, cogiéndome el pollón, lo fue guiando hasta la raja, que
aquel iba a desgarrar hasta sus mismas entrañas. Una vez que se hubo metido el
capullo entre los labios del coño, con aquel le hice un poco de cosquillas y luego
lentamente fui metiéndosela, lo hice tan lentamente que casi me llevó un minuto
metérsela toda, de tan apretado como tenía el coño; mas tan grande era mi picha, que
pronto se vio estirado y repleto de nabo hasta su más extremo fin.
El coño de Marie era pequeño, muy pequeño en realidad, y su estrechez era
totalmente lujuriosa; lentamente fue sacándoselo poco a poco hasta el capullo —
aquella tirantez ejercía una gran succión que me llenaba del placer más exquisito que
me hubiese alguna vez recorrido el cuerpo— y luego volví a metérselo, y de nuevo se
lo saqué y otra vez se lo metí, hasta que perdí las riendas de mí mismo y mis
movimientos se volvieron más rápidos y vigorosos que pronto nos corrimos y
mezclamos las mismas esencias de nuestras almas.
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Aunque quería a Rose, con su encantador coñito y todos sus encantos, y aunque
hallé gran placer entre los brazos de su hermana Manette, donde gocé de sus encantos
más maduros, sin embargo, la sensación de gusto y placer que acababa de recibir de
Marie hacía que, por lo menos, mentalmente, la colocase en un sitio superior al de las
otras.
Ya era la segunda vez que probaba y libaba los dulces de sentirme entre los
brazos de Marie, cuando el resto del grupo llegó hasta nosotros, pero no les hicimos
caso y seguimos follando hasta que acabamos la labor. Después de descansar de
aquellos trabajos durante un rato, y dado que nuestros apetitos se habían agudizado,
hicimos que nuestras sirenas desnudas preparasen la comida, luego de satisfacer
nuestra hambre, y tras tomar otro baño, nos vestimos y nos encaminamos hacia casa.
En el camino hablamos sobre si el cambio de nuestras queridas valdría también para
aquella noche o no. Raúl dijo que ya que habíamos pasado todo el día juntos, así
deberíamos pasar la noche juntos en una sola habitación, y si cualquiera de las chicas
quería ser follada por alguno de nosotros, debería decirlo y sería complacida, cosa
que también deberíamos hacer nosotros, ante lo cual todos dimos nuestro
consentimiento.
Esa noche nos reunimos en mi habitación a las once de la noche; las chicas
trajeron camas de otros cuartos y las pusieron en el suelo. Yo me estiré sobre una
yacija y Manette en seguida corrió a hacerme compañía. Raúl tomó a Marie y Julien a
Rose.
Después de que le di a la gordezuela Manette doble prueba de los vigores que
encerraba dentro de mí, volvimos a cambiar y cogí a la lujuriosa Marie. Hacia el alba
todos yacíamos con nuestras queridas de siempre, y luego de hacer algunos
preparativos para el futuro, nos dormimos, yo en mi posición favorita, entre las
piernas de Rose, con estas sobre mi espalda y mi cabeza acomodada en su suave y
blanco vientre, y la mejilla recostada sobre el sedoso y húmedo pelo que le rodeaba el
coño.
Tomamos el desayuno a las diez de la mañana, después de lo cual fui hasta el
cuarto de Manette, donde la encontré con Rose y Marie. A cada una le hice hermosos
regalos y les dije que si me eran fieles, al regresar de París, me ocuparía y follaría a
las tres. Todas ellas estaban ansiosas de que les echase otro polvo en la cama, pero
como sólo pude echar uno, trataron de obtener todo lo posible de aquella follada que
le eché a Marie. Esta se recostó cruzada en la cama, y mientras me bajaba los
pantalones, las otras dos chicas se quitaron las ropas y cada una elevó una pierna, y
luego de que hube metido el nabo a Marie hasta dentro, descansaron las otras dos sus
muslos entre mis caderas, así que pronto las llevé al éxtasis gracias a las deliciosas
maniobras del pollón del amor. Media hora después estaba camino de París, donde os
contaré las nuevas escenas en las que me introduje, pero eso será en el próximo
capítulo.
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CAPÍTULO II
Tardamos cinco días en llegar, y como nuestros placeres amorosos de ninguna manera
nos habían debilitado, nos hallamos totalmente nuevos y llenos de vigor con el viaje.
Llegamos al hotel del conde, en París, muy tarde, de noche; demasiado tarde,
según el decir de mis primos, para presentarme a cualquiera de sus «filles d’amour»,
y tras tomar una ligera cena nos retiramos a nuestros virtuosos colchones (aunque
sólo fuera por una noche).
El día siguiente lo pasamos en el Palais Royal y en los bulevares. A las diez de la
mañana nos levantamos y fuimos hasta la habitación de Raúl, y no llevábamos
sentados más de un minuto o dos cuando entraron tres hermosas muchachas que
llevaban bandejas con vinos, confituras, chocolates, pasteles, etcétera. Tras preparar y
sentarlas en una mesa redonda, Raúl me presentó a las preciosas.
Después de la presentación nos sentamos a la mesa y pasamos así una hora
bebiendo, comiendo y hablando con nuestras hermosas invitadas, hasta que el
champagne empezó a subirse a la cabeza y fue cuando ya no nos sentimos contentos
con besar y palpar las tetitas de nuestras encantadoras brujas, sino que intentamos
entrar más de lleno en materia y nos vimos rehusados por nuestras damas, que al
intentar usar con ellas un poco de nuestra fuerza, se levantaron y salieron corriendo
del cuarto. Tan pronto como se fueron Raúl me dijo:
—No temas nada, primo, pronto volverán y les daremos una gran sorpresa cuando
nos encuentren totalmente en pelotas.
Así lo hicimos y luego Raúl me dijo que escogiese a una de las chicas como
compañera para pasar aquella noche, al sentir que se acercaban y ya entraban de
nuevo en la habitación.
La puerta se abrió e hicieron su entrada las chicas, una tras otra, las que estaban
tan desnudas como nosotros mismos, con la excepción de una gran gasa verde que las
envolvía y que sólo servía para aumentar sus encantos en vez de para ocultar todas las
partes de sus cuerpos a nuestra vista. Sus cabellos les caían sobre los hombres en
largos tirabuzones, que aumentaban sus bellezas mezclados con la gasa, de tal forma
que me quedé perfectamente asombrado, y hasta que mi primo me dirigió la palabra
no pensé en escoger a una compañera. Pero Louise, una encantadora sílfide de
dieciocho años, hermosa, finamente moldeada, con un gran busto, anchas caderas,
grandes y firmes nalgas y un precioso promontorio, me dirigió miradas tan
encendidas con aquel par de ojos encantadores y profundamente azules que
inmediatamente la escogí.
En el momento en que la nombré corrió hasta mí y abriendo su gasa me envolvió
en ella junto a su cuerpo. Tan pronto hubo hecho tal cosa, las otras dos ya estaban en
brazos de mis primos.
De nuevo nos volvimos a sentar a la mesa; nuestras queridas lo hicieron sobre
nuestros regazos. Louise se me pegaba al cuerpo todo lo que podía, y su deliciosa y
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gordezuela espalda descansaba sobre mis muslos, con sus grandes y firmes tetas
oprimidas contra mi pecho y un rosado brazo alrededor del cuello; su suave mejilla
junto a la mía, sus labios protuberantes y rosados pegados a los míos, con ardientes y
fieros besos, todo lo cual era bastante para poner a arder el alma de un anacoreta, y
como si todo esto no fuera suficiente, el encantador diablillo separó sus muslos y
dejando deslizar su mano entre ellos me agarró la polla, que había estado golpeteando
contra su culo, como si hubiese querido hacerle un agujero para meter el capullo
dentro y allí quedarse escondida, y sacándosela por entre los muslos se puso el
capullo entre los labios gordos y jugosos de su coño, que ya se corría, mientras se
restregaba el nabo entre los labios, hasta que me sentí tan excitado que le dije que si
no quería que le manchase de leche los muslos debería dejarme metérsela, pues ya no
podría contenerme mucho tiempo de correrme.
Al darme cuenta de que ella me había trabajado para sus propósitos y
conveniencia, Louise elevó una pierna y dándole un vaivén me la puso junto a una
pierna y dándole un vaivén me la puso junto a la cabeza, haciendo que ella misma
girara sobre su eje y acercando aún más su suave y liso vientre contra el mío. Al
encontrarnos sentados, con las piernas entrelazadas, ella se puso de puntillas y
tomándome la polla se colocó el capullo en el coño; luego, dejándose caer con todo
su peso sobre mí, se empaló sobre aquel instrumento durísimo, que pronto le llegó
hasta las mismas entrañas. Luego empezó a moverse hacia arriba y hacia abajo; tan
atrevida era en su meneo que pronto me corrí, aun antes de que Louise estuviese lo
bastante lista para hacer lo mismo, pero al sentir que la leche caliente le llenaba los
escondites de su coño, pronto unió su leche a la mía, mezclándonos en un mismo
tributo. Nos quedamos pegados hasta que la picha se me fue encogiendo y cayó de
los pliegues jugosos de su nido.
Louise se levantó y salió corriendo del cuarto, y pronto la siguieron las otras dos
chicas, a las que había visto ocupadas en el mismo tipo de juego que Louise y yo
habíamos jugado. Al poco tiempo volvieron y nos quedamos bebiendo hasta una hora
bastante avanzada.
Mi amoroso diablillo de compañera por fin me había excitado tanto que propuse
que no nos fuésemos a dormir aquella noche. Mi querida, tomando una bujía, me
llevó hasta su habitación, que, como era fácil de ver, estaba totalmente decorada
como un santuario del amor. Sitio en el cual no podía hacerse ni pensarse otra cosa.
Primero nos refrescamos bañándonos las partes más excitadas en agua helada; luego,
lleno de un vigor indomable, la llevé hasta la cama. Pasamos la noche en una ronda
continua de placeres voluptuosos. Así pasó el tiempo durante dos semanas, sin
ningún otro cambio que el deslizarme ocasionalmente en los cuartos de las queridas
de mis primos y gozarlas durante una hora o dos durante el día.
Por fin, Raúl me avisó que no jodiese con ninguna de las chicas durante varios
días, ya que debía renovar mi vigor, pues iba a introducirme y presentarme en un sitio
que rivalizaba con cualquier cosa que hubiese oído sobre los «entretenimientos de las
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mil y una noches». Sitio de chicas, pagado sólo por la nobleza, cuya tarifa para ser
admitido era de mil francos. En él, me dijo, estaban las hembras más hermosas de
Francia. Me repitió el consejo de que no follase con ninguna de nuestras chicas, ya
que tenía que estar a la altura y honrar su recomendación, pues al ser un extraño que
iba a ser iniciado me vería obligado a joder en público la primera ronda con la chica
que yo escogiese para pasar la noche.
Por la noche del tercer día, tras el anuncio de mi primo, fui con él a la casa en la
que se celebraban las orgías. Era una oscura, triste y grande casa, situada en la Rue
St. Honoré. Llegamos a la cancela y fuimos admitidos dentro por el portero. Tras
cruzar un patio pavimentado ascendimos una ancha escalera de piedra, y mi primo,
dando su nombre a la persona que cuidaba de la puerta, me guió a través de un
vestíbulo muy poco iluminado hacia un salón perfectamente amueblado, que quedaba
a mano izquierda de dicho vestíbulo, donde me dejó solo unos cuantos minutos, pues,
según me dijo, tenía que traer al comité examinador. Volvió muy pronto, acompañado
por tres caballeros, a los que me presentó diciendo que deseaba formar parte de
aquella sociedad.
La iniciación fue muy sencilla; meramente consistía en entregarles a los
caballeros la cantidad de mil francos de entrada y otros mil francos para beneficio y
provecho de la casa.
Luego me llevaron hasta otra gran escalera y me invitaron a pasar al vestidor. Allí
me informaron que debía adoptar el vestido de la casa, que era un simple camisón de
dormir, abierto por el frente, puesto sobre una camisa. Me desnudé al mismo tiempo
que ellos y pronto nos vimos todos «en regle». Llevándome hacia dos grandes
puertas, que sin hacer ruido se abrieron ante nuestra cercanía, quedé casi cegado por
la inundación de luz que llenaba el umbral. Al entrar en el salón vi una escena
cargada de significado y esplendor, que bien podía rivalizar con cualquier cuento de
hadas que hubiese nunca leído. Era un inmenso salón de grandísima altura y gran
longitud, que tenía a ambos extremos una fila de columnas de apoyo de mármol de
matices variados; entre los pilares, apoyados en pedestales de alabastro, había muchas
piezas maestras de escultura hechas en el mejor mármol de Carrara, que
representaban desnudos femeninos en toda posición imaginable, en los cuales se
mezclaban la gracia con la lascivia.
Tan naturales parecían con una gasa echada sobre los hombros, que uno hubiera
jurado que eran criaturas vivientes de carne y hueso. Tan admirablemente tenían
cincelados los cabellos, que representaban las distintas modas en que los llevan las
mujeres en los diferentes países. Tan bien tallada estaba la hinchazón de las tetas, y
luego, más abajo, el corto y rizado pelo que ornamentaba sus protuberantes labios
como si fueran reales, que uno casi se sentía tentado de avanzar y tocarlas para ver si
no estaban vivas. Algunas también eran demasiado atrevidas. Una representaba a una
mujer con las rodillas un poco separadas y bien abiertas, con una polla medio metida
en el coño. Otra tenía un nabo en la mano, cuyo capullo estaba justamente fuera de
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los labios de su amorosa raja, que parecía que acababa de salir de su coño y se
encogía en la mano, y así otras en diferentes actitudes.
A la entrada del salón había una fuente de aguas perfumadas, que difundía por
toda la estancia una deliciosa y fragante frescura. En las paredes había pinturas, las
más lascivas que cualquier naturaleza pudiera concebir: mujeres en diferentes
posturas y gestos, cuya mayoría aparecía jodiendo con hombres.
Pero el techo era la verdadera obra maestra de aquel espléndido sitio. La pieza
central representaba un inmenso coño pintado con los colores más hermosos entre sus
labios, de los que pendía una grandísima polla tallada, con sus cojones, de la que, a su
vez, colgaba una magnífica araña. En el extremo y alrededor del gran coño, que
estaba en el centro, había pichas con alas que volaban hacia él; de algunas salía un
chorro de leche que brotaba hacia el centro. En la parte exterior del anillo que
formaban las pollas había un círculo de ninfas desnudas, que parecían perseguir a las
pollas, en posición hacia adelante con las manos extendidas, listas para cogerlas.
Todo aquel conjunto aparecía entremezclado con estrellas de plata y oro y rodeado de
nubes con matices rosáceos que formaban la más espléndida escena.
En el centro del salón había una mesa larga, en la cual estaba colocado el más
excelente festín, servido en platos de oro y plata y que recordaba en su naturaleza a
los otros adornos del cuarto. En los asientos de las sillas aparecían cinceladas figuras
desnudas de hombres y mujeres en todos los gestos y posiciones. Había copas cuya
base tenía forma de picha; había otras cuyo cuenco tenía forma de coño, apoyado en
piernas de formas preciosas, así como vasos y jarras de todo tipo de descripción, una
de las cuales, en particular, llamó mi atención, pues representaba a una mujer desnuda
que estaba sostenida sobre su cabeza, con las piernas dobladas en las rodillas y los
pies descansando sobre sus caderas, formando sus asas, y el coño, que representaba la
boca, en la cual aparecía colocado un ramo de las flores más exóticas.
Después de haber sido presentado a los caballeros asistentes y haber tenido
tiempo para darme cuenta de las diferentes bellezas que adornaban el salón, me
dijeron que las diosas del establecimiento pronto entrarían para cenar, y que a medida
que entrasen en el sitio yo debería escoger la que más me gustase, ya que todas eran
totalmente libres y no existían celos entre los hombres a este respecto.
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Félicien Rops
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LOA
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Mario Tauzin
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