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(Trilogía Egipcia 02) Rhadopis - Naguib Mahfuz

El documento presenta una sinopsis de la historia de Egipto desde los períodos prehistóricos hasta el Imperio Nuevo, dividiéndola en dinastías y periodos. Se mencionan los principales faraones de cada dinastía y periodo, así como algunos de los acontecimientos políticos y culturales más destacados de cada era. El documento proporciona una visión general de la evolución de Egipto a lo largo de miles de años.
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(Trilogía Egipcia 02) Rhadopis - Naguib Mahfuz

El documento presenta una sinopsis de la historia de Egipto desde los períodos prehistóricos hasta el Imperio Nuevo, dividiéndola en dinastías y periodos. Se mencionan los principales faraones de cada dinastía y periodo, así como algunos de los acontecimientos políticos y culturales más destacados de cada era. El documento proporciona una visión general de la evolución de Egipto a lo largo de miles de años.
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En

el sensual y embriagador Egipto de la Antigüedad, el jovencísimo


faraón Mernerá II, recién instalado en el poder junto a su hermana la
reina Nitocris es subyugado fatalmente por el misterio del amor. La hábil
cortesana Rhadopis, de enigmática belleza, cae también en la pasión por
quien es su señor pero se le entrega mansamente cada anochecer. Sin
embargo, la poderosa casa sacerdotal, celosa guardiana de sus
prerrogativas y de las tradiciones de los templos sagrados, se conjura
para apartar del trono al faraón que prefiere anteponer su insaciable sed
de poder, su tenaz orgullo y su deseo a los intereses del Estado.
Rhadopis es una hermosa y sencilla alegoría protagonizada por la
generosidad y la perfidia, la fatalidad y la ambición de poder, la belleza y
las fuerzas ciegas que se oponen a la voluntad de los individuos. A
través de la historia del faraón Mernerá II y de su insobornable amor por
la bella Rhadopis, Naguib Mahfuz ofrece una estremecedora reflexión
sobre los sentimientos más íntimos del ser humano, al tiempo que una
brillante recreación del ambiente espiritual del Antiguo Egipto.
Naguib Mahfuz

Rhadopis
Una cortesana del antiguo Egipto
Trilogía egipcia - 02

ePub r1.4
Titivillus 26.05.15
Título original: Rhadopis
Naguib Mahfuz, 1943
Traducción: María Luisa Prieto & Muhammad al-Madkjari

Editor digital: Titivillus


ePub base r1.2
TABLA CRONOLÓGICA DE LA HISTORIA DE EGIPTO

PREHISTORIA, hasta aproximadamente 2850 a. C.


Se conocen los períodos más remotos casi exclusivamente por las construcciones de piedra, y los
posteriores por los restos de necrópolis.

PERÍODO ARCAICO, 2850-2650


Después de un largo período de luchas, el Bajo y el Alto Egipto se reúnen bajo una misma corona.
Robustecimiento del poder real. Se establecen las bases de la administración faraónica y aparecen las
formas sociales y artísticas egipcias propiamente dichas.

I dinastía (2850-2750)
Narmer
Aha (Atotis)
Kenkenes (Zer)
Menefes (Zet)
Den
Miebis (Anzib)
Semempses (Semetjet)
Bieneches (Kaj-a)

II dinastía (2750-2650)
Hetepsejemui
Nebre
Neterimu-Neterem (Binotris)
Raneb
Ninecher
Peribsen (Sejemib)
Jasejem (luego Jasejmui)

IMPERIO ANTIGUO, 2650-2134

III dinastía (2650-2600)


Traslado del centro político a la región de Menfis. Introducción del calendario.
Sanajt
Netkerije-Djoser
Sejemjet
Jaba
Ho (Huní)

IV dinastía (2600-2480)
Unión de todas las fuerzas del país bajo el poder del Estado gobernado por el dios-rey. Construcción de las
grandes pirámides.
Snofru
Keops
Radyedef
Kefrén
Micetino
Shepseskaf

V dinastía (2480-2350)
El culto a Ra, dios solar de Heliópolis, se convierte en religión del Estado. Aumenta considerablemente la
influencia de los grandes sacerdotes y de los altos funcionarios.
Userkaf
Sahure
Neferkare
Shepseskare
Raneferel
Neuseree
Menkauhor
Isesi
Unas

VI dinastía (2350-2230)
Cada vez adquiere más importancia el poder de los príncipes feudales, cuyas rivalidades acarrean la ruina
de la dinastía.
Teti (Otoes)
Fiops (Pepi) 1
Mernerá
Fiops (Pepi) II

PRIMER PERÍODO INTERMEDIO, 2230-2052

VII a X dinastías
Revueltas y levantamientos regionales. En el país se produce una transformación social radical. Carencia
casi absoluta de monumentos arqueológicos, pero florecimiento local de las artes, sobre todo de la
literatura, en la corte de Heracleópolis.

IMPERIO MEDIO, 2052-1778

XI dinastía (2052-1991)
Preponderancia de los príncipes tebanos en las disputas con la poderosa casa real de Heracleópolis.
Antefa (Inhotep) I-IV
Mentuhotep Nebhepetre I y II
Mentuhotep III y IV

XII dinastía (1991-1778)


Los reyes suprimen la anarquía que desola el país, marcando los límites de cada provincia. La paz favorece
el nuevo florecimiento de la cultura.
Se traslada la corte a Fayum.
Amenemhet I
Sesostris I
Amenemhet II
Sesostris II
Sesostris III
Amenemhet III
Amenemhet IV
Sebeknefrure

SEGUNDO PERIODO INTERMEDIO, 1778-1670

XIII y XIV dinastías


Muchos reyes que reinaron poco tiempo. Declina nuevamente el poder real. Finalmente decadencia del
Estado como consecuencia de las intrigas palaciegas.
Wegef
Amenemhet V
Sobejotep I
Hor
Amenemhet VI
Sobejotep II-V

DOMINACIÓN DE LOS HICSOS, 1670-1570

XV y XVI dinastías (1670-1610)


Invasión de los biesos procedentes de Asia. Gobiernan el Valle del Nilo desde el Delta.
Salítis
Jian
Apofis

XVII dinastía (1610-1570)


Bajo los últimos soberanos de esta dinastía de Tebas empieza la guerra de liberación, que se termina con la
expulsión de los hicsos.
Intel V
Sobekemsaf
Sekenen-Ra
Sekenen-Ra-Tao
Kamosís

IMPERIO NUEVO, 1570-1085

XVIII dinastía (1570-1345)


1ª fase (1570-1448)
Dinastía nacional, con ejército permanente. Tebas se convierte en una gran urbe y en capital del país.
Amosis
Amenofis I
Tutmosis I y II
Hatsepsut
Tutmosis III

2ª fase (1448-1377)
La prosperidad que reina en el país influye en el florecimiento y depuración de las artes, así como las
formas externas de vida social. Grandiosas construcciones y monumentos en las regiones de Tebas y Nubia
Inferior.
Amenofis II
Tutmosis IV
Amenofis III

3ª fase (1377-1345)
Aparición de una nueva tendencia espiritual y artística, definida y fomentada por el rey. Establecimiento
del culto al disco solar (Atón.). No pudiendo soportar las pretensiones de los sacerdotes, Akenatón
abandona Tebas, eligiendo nueva residencia ceo a de la actual Amarna. Después de su fallecimiento, su
yerno Tutankamon vuelve al culto de las antiguas divinidades egipcias y traslada de nuevo la corte a Tebas.
Amenofis IV (Akenatón)
Tutankamon
Eje

XIX dinastía (1345-1200)


Restauración completa de los antiguos cultos y templos. Drásticas reformas y depuración de la
administración. Reconquista parcial de los territorios perdidos en Asia. Extraordinaria actividad
constructora en todo el país.
Haremheb
Ramsés I
Setos (Seti) I
Ramsés II
Menertah
Setos (Seti) II

XX dinastía (1200-1085)
Ramsés III combate victoriosamente, por mar y por tierra, contra los ejércitos de los pueblos
mediterráneos. Durante el reinado de sus sucesores va disminuyendo el poder real en manos de los
sacerdotes de Amón.
Setnejt
Ramsés III
Ramsés IV-XI

TERCER PERÍODO INTERMEDIO, 1085-712

XXI dinastía (1085-950)


Gobiernan los sacerdotes de Amón:
Hritor
Smendes
Psusennes I
Painozem I
Amenemepet
Osorkon I
Siamón
Psusennes II
División del país en Tebas y Tanis.

XXII dinastía (950-745)


Ciñen la corona caudillos de ejércitos mercenarios líbicos. Tebas declina.
Shoshenk (Sesac) I
Osorkon I y II
Takelotis I
Shoshenk (Sesac) II
Takelotis II
Shoshenk (Sesac) III-V

XXIII dinastía (745-720)


Petobastis
Osorkon III
Takelotis III
Asia Anterior: Teglat-Falasar III de Asur (745-727); Sargón 11(721-705).

XXIV dinastía (720-7 15)


Bakenre (Bockoris de Sais)
Pianjí (Piye)

ÉPOCA TARDÍA, 712-332


Reino independiente en Nubia (Etiopía). Incursión del rey etíope Pianjí contra Egipto hacia el año 725.

XXV dinastía (715-663)


Monarcas etíopes:
Shabaka
Shabataka
Tabarka (Tirhaka)
Tantamani
Invasión asiria capitaneada por Asarhadon (680-669)

XXVI dinastía (663-525)


Restablecimiento del antiguo esplendor cultural. Activo comercio con los pueblos del Mediterráneo,
particularmente con los griegos.
Necao I
Psamético I
Necao II
Psamético II
Apries
Amasis
Psamético III
XXVII dinastía (525-332)
Reyes persas:
Cambises
Darío I
Jerjes I
Artajerjes
Darío II

XXVIII dinastía (404-399)


Amirteo de Sais

XXIX dinastía (399-379)


Reyes de Mendes:
Neferites I
Psammutis
Neferites II

XXX dinastía (379-332)


A pesar de ser Egipto una provincia persa, consiguen mantenerse algunos reyes indígenas que representan
el patriotismo autóctono. Florecimiento tardío de las artes. Heródoto visita Egipto y escribe la relación de
su viaje.
Nectanebo I y II
Nectanebe

PERIODO GRECO-ROMANO, 332-395 d. C.

XXXI dinastía
Alejandro Magno (conquista Egipto en 332)
Filipo Arrideo
Alejandro IV

XXXII dinastía
Ptolomeo
(Sátrapa de Egipto 322-305, rey 305-284)

ÉPOCA PTOLOMAICA (305-30)


Julio César (Ocupa Alejandría en el año 48)
Octavio (Derrota a Marco Antonio y Cleopatra, año 31)

ÉPOCA ROMANA
Emperadores romanos (desde el año 30 a. C. hasta el 395 d. C.)

DOMINACIÓN BIZANTINA (395-638 d. C.)

DOMINACIÓN ÁRABE (a partir de 638 d. C.)


LA FIESTA DEL NILO

E n el horizonte oriental despuntaban los primeros signos de aquel día del


mes de Bichnis, enrollado en los pliegues del tiempo desde hacía cuatro
mil años. El gran sacerdote del templo del dios Sotis miraba el cielo con los ojos
apagados, debilitados por el cansancio de toda la noche. Entonces advirtió la
presencia de Sirio, el del buen augurio, brillando en lo alto del firmamento: su
rostro se iluminó de alegría y su corazón latió de júbilo. Se prosternó en el suelo
del templo como muestra de agradecimiento y adoración. Proclamó, a voz en
grito, que en el horizonte había aparecido la imagen del dios Sotis, anunciando al
valle la buena nueva de la inundación del adorado Nilo que avanzaba de la mano
de su misericordia. Su bella voz despabiló a los durmientes, los cuales se
despertaron alegres. Miraron al cielo hasta que dieron con la estrella adorada, y
entonaron el canto del sacerdote. El corazón se les llenó de alegría y regocijo.
Salieron corriendo de sus casas hacia la orilla del Nilo para presenciar la primera
ola, portadora del bien y la riqueza. La voz del sacerdote del dios Sotis resonó en
el ambiente silencioso de Egipto, propagando la noticia a los cuatro vientos. Y la
gente supo que ya había llegado el momento de la emigración hacia el Sur para
festejar la ceremonia del sagrado Nilo. Hicieron el equipaje y salieron ligeros y
cargados desde Tebas, Manaf, Harmunat, Suí y Jumunu en dirección a Abu, la
capital. Las medas cubrieron los valles y las barcas surcaron las aguas…
Las impresionantes construcciones de Abu, la capital de Egipto, se erguían
sobre fortificaciones enlazadas entre sí por dunas de arena. El Nilo las cubría con
capas de su mágico limo, fertilizándolas: crecieron acacias, moreras, palmeras
grandes y enanas, y las verduras, las hortalizas y la alfalfa rompieron la
superficie del suelo. Había abundantes viñas, pastos y huertos por los que corrían
ríos y rebaños. Por el cielo volaban palomas y pájaros. Su brisa esparcía el
aroma del perfume de las flores, y en el ambiente resonaban los cantos de los
ruiseñores y otros pájaros.
No habían pasado más que unos días cuando Abu y sus islas, Biya y Bilaq,
apenas si dieron cabida a los recién llegados. Las casas se llenaron de huéspedes,
las plazas de campamentos y las calles de gente que iba y venía. Se formaron
círculos de músicos, actores, cantantes y bailarines. Los mercadillos estaban
rebosantes de expositores y vendedores, las fachadas de las casas se adornaron
con banderas y ramas de olivo y las miradas se asombraron por las patrullas de
guardias de la isla Bilaq, con uniformes de colores y largas espadas. Los
piadosos creyentes corrieron a los templos de Sotis y del Nilo para cumplir lo
prometido y ofrecer sus sacrificios. Los himnos de los cantores se mezclaron con
los gritos de los borrachos. Por el ambiente serio de Abu se propagó una alegría
saltarina y una emoción cálida y jubilosa.
Llegó, por fin, la fiesta esperada. Todos se dirigieron al mismo sitio: el largo
camino que lleva desde el palacio faraónico a la colina donde se yergue el
templo del Nilo. El aire se calentó con sus cálidos alientos y la tierra se encorvó
bajo la carga de tanta gente. Innumerables personas desistieron del secano y
bajaron a las barcas; soltaron las velas y empezaron a dar vueltas alrededor del
templo, cantando los himnos del Nilo al son de la flauta y del violín y bailando
al ritmo de los tambores.
Los soldados, empuñando las lanzas, formaron dos filas a ambos lados del
gran camino. A una distancia razonable, se colocaron estatuas de tamaño natural
de los reyes de la sexta dinastía, los padres y los abuelos del faraón. Los que
estaban más cerca, pudieron ver las estatuas de los faraones Asrakara, Teti
primero, Pepi primero, Muhtamsauf primero, Pepi segundo…
Por el ambiente se esparcían las diversas voces, perdiéndose sus
peculiaridades como las olas en un océano agitado, y no quedando más que un
atronador ruido. No obstante, de vez en cuando, se alzaban voces impresionantes
que traspasaban los ruidos y llegaban a los oídos. Unos gritaban: «Adorad al dios
Sotis que nos anuncia el bien», y otros: «Adorad al Nilo, el dios sagrado que trae
a nuestra tierra la vida y la fertilidad». Y entre unos y otros, se alzaban voces
proclamando el vino de Maryut y los licores de Abu, invitando a la alegría y al
olvido.
Había un grupo de personas hablando entre si. Sus caras reflejaban bienestar
y nobleza. Uno de ellos dijo, arqueando las cejas:
—¡Cuántos faraones han visto multitudes como estas y han presenciado
grandes días como este!… Luego se fueron todos, como si no hubieran
existido…
Otro replicó:
—Sí, se fueron para gobernar otro mundo mejor que este, como nos iremos
todos… Mira este sitio que ocupo… ¡cuánta gente lo ocupará en las
generaciones venideras! Y renovará las esperanzas y las alegrías que llenan
nuestros corazones ahora. ¿Nos recordarán como nosotros a ellos?
—Somos más de lo que uno puede recordar. ¡Ojalá no existiera la muerte!
—¿Es posible que el valle contenga a todas esas generaciones que se fueron?
La muerte es tan natural como la vida. ¿Y qué valor tiene la enfermedad, si nos
saciamos después del hambre, envejecemos después de la juventud y
entristecemos después de la alegría?
—Entonces, ¿cómo viven en el mundo de Osiris?
—Espera, ya lo sabrás.
Otro intervino con interés:
—Esta es la primera vez que Dios me honra con ver al faraón.
Y otro añadió:
—Yo lo vi el día de la gran coronación, hace algunos meses, en este mismo
sitio.
—Mira las estatuas de sus gloriosos antepasados.
—Se parece a su abuelo Muhtamsauf primero.
—¡Qué hermoso!
—Sí… si. El faraón es un hermoso joven. Nadie se puede comparar con él en
estatura y belleza.
Uno de los contertulios preguntó:
—¿Cómo será su gobierno? ¿Habrá alegrías y templos o conquistas por el
Norte y por el Sur?
—Si mi intuición no me engaña, será lo segundo.
—¿Por qué?
—Es un joven muy impetuoso.
El otro movió la cabeza con precaución y añadió:
—Dicen que su juventud es indómita, y que Su Majestad tiene inclinaciones
violentas. Es enamoradizo y le gusta el despilfarro y el lujo; los persigue como
un huracán.
El interlocutor se rio en silencio y le susurro:
—¿Y qué tiene eso de particular? Muchos egipcios son enamoradizos, y les
gusta el despilfarro y el lujo. ¿Por qué no al faraón?
—Calla, calla. Tú no te has enterado de nada. ¿No sabes que se enfrentó a los
sacerdotes desde el mismo día en que subió al trono? Quiere el dinero para
gastarlo construyendo palacios y jardines; y los sacerdotes reivindican la parte
completa de los dioses y de los templos. Los antepasados del rey les habían
otorgado mucha influencia y riqueza; pero este mira todo eso con codicia.
—Es verdaderamente triste que el rey empiece su gobierno con un
enfrentamiento.
—Sí, pero no olvides que Janum Hatab, visir y gran sacerdote, es un hombre
con una voluntad férrea y de difícil trato. Y está también el sacerdote de Manaf,
aquella gloriosa ciudad que decayó en la época de esta venerable dinastía.
El hombre se asustó por estas noticias que le zumbaban en los oídos por
primera vez, y sugirió:
—Roguemos a todos los dioses que otorguen a la gente sabiduría, paciencia
y buen juicio.
Otros exclamaron con profunda sinceridad:
—Amén… amén.
Uno de los que estaban allí miró hacia el Nilo y le dio un codazo a su
compañero diciendo:
—Amigo, mira el río. ¿De quién será esa embarcación tan bonita que viene
de la isla de Biya, como si fuera el sol, despuntando en el horizonte oriental?
El amigo volvió la cabeza hacia el río y vio una maravillosa embarcación, ni
grande ni pequeña, de color verde, como una isla cubierta de hierba flotando en
el agua. Su cámara aparecía alta desde lejos, aunque no se podía ver lo que había
dentro. En lo alto del mástil ondeaba una gran vela. A ambos lados de la
embarcación, se veía un constante movimiento de remos producido por
centenares de brazos. El hombre exclamó asombrado:
—Tal vez sea de algún rico de Biya.
Un hombre que estaba cerca los oyó, negó con la mirada y les dijo:
—Juraría, buenos hombres, que sois forasteros.
Ambos se rieron. Uno de ellos asintió:
—Tenéis razón, señor, somos de Tebas. Somos dos de los miles a quienes la
honorable fiesta ha incitado a venir a la capital desde todas partes. ¿Es esa
embarcación tan bonita de alguno de vuestros destacados hombres?
El hombre sonrió de forma enigmática y les hizo una señal con el dedo
advirtiéndoles:
—Alegraos, buena gente. Esta embarcación no es de ninguno de nuestros
destacados hombres, sino de una mujer. Sí, es la embarcación de una rica y
hermosa mujer, conocida por todos los de Abu y sus dos islas, Biya y Bilaq.
—¿Y quién es esa belleza?
—Rhadopis, la bella Rhadopis. La reina de las almas y de todos los deseos.
El hombre señaló hacia la isla de Biya y prosiguió:
—Vive allí, en su maravilloso palacio blanco. Es el objetivo de los
enamorados y de los admiradores. Compiten para conseguir su amor y su
clemencia. Ojalá tengáis la suerte de verla. Que Dios proteja vuestros corazones
de la perdición.
Las miradas, tanto de los hombres como de los demás, se dirigieron otra vez
a la embarcación. Los rostros mostraban gran atención, mientras la embarcación
se acercaba poco a poco a la ribera. Las otras embarcaciones le abrieron paso
rápidamente. A medida que avanzaba una braza, se iba ocultando detrás de la
colina en la que se alzaba el templo del Nilo. Empezó a desaparecer de la vista la
proa y luego la cámara. Cuando atracó, no se veía más que lo alto del mástil y la
vela ondeando, como si fuera la bandera del amor agitando los corazones y las
almas…
Pasado cierto tiempo, aparecieron cuatro nubios procedentes de la ribera para
abrir paso en ese mar agitado. Detrás iban otros cuatro llevando sobre los
hombros un bonito y lujoso palanquín que sólo poseen los príncipes y los nobles.
En él iba sentada una hermosa joven con la espalda apoyada suavemente en una
almohada y un mórbido brazo en un cojín. Con la mano derecha agarraba un
abanico de plumas de avestruz. En sus bellos ojos había una mirada soñadora
que dirigía al lejano horizonte con orgullo, despreciando a todo el mundo.
La pequeña cabalgata caminaba despacio, bajo los ojos de todos, hasta que
llegó a la primera fila de los asistentes. Allí la mujer inclinó levemente el cuello
de gacela, y se esparcieron de su boca rosada unas palabras anheladas. Los
esclavos dejaron de caminar y se quedaron parados, como estatuas de bronce. La
mujer volvió a acomodarse como antes y se sumergió en sus sueños. Se quedó
esperando el séquito faraónico que sin duda había venido a ver.
Sólo se la veía de cintura para arriba. Los más afanosos, consiguieron ver su
pelo negro, muy negro. Estaba ordenado en su cabecita con hilos de seda
brillante y le caía sobre los hombros en aureola, como si fuera una corona divina
en cuyo centro surgiera un rostro resplandeciente y redondo, en el que se
abrazaran los rayos de unas mejillas como rosas frescas. Su menuda boca
entreabierta parecía un jazmín al sol rodeado de clavel. Sus ojos eran grandes y
negros, puros y soñadores. En ellos se vislumbraba una mirada que el amor
reconoce como a su dueño. Nunca se había visto un rostro al que la belleza
hubiera elegido como morada.
Su belleza sedujo a todos; incluso removió los corazones muertos de los
ancianos. De todas partes le llegaban miradas tan ardientes que si hubieran
tropezado por el camino con algo sólido, lo habrían fundido. Las miradas
femeninas se fijaron en ella con envidia, y se propagó el murmullo entre quienes
la rodeaban. Las palabras iban de boca en boca:
—¡Qué mujer tan hermosa!
—Rhadopis. La llaman la dueña de la isla.
—Esta sí que es una belleza arrolladora. Ningún corazón se le puede resistir.
—Es la desesperación para quien mira.
—Tienes razón. Nada más verla, brotó en mi interior una agitación
desbocada. Sucumbí bajo el peso de una descarada agresión, sentí una rebeldía
satánica y me vi vencido por la amargura del desengaño y la eterna humillación.
—Eso es algo triste…, pero la veo como una imagen de felicidad digna de
adoración.
—¡Es un mal insalubre!
—Somos demasiado débiles para soportar esa belleza arrebatadora.
—¡Dios se apiade de los enamorados!
—¿Sabes que los que aspiran a ella pertenecen a la élite del reino?
—¿De verdad?
—Su amor se ha impuesto a los más destacados como si fuera un deber
nacional.
—El ilustre arquitecto Hana le construyó el palacio blanco.
—Y Ana, el gobernador de la isla de Biya, se lo amuebló con lo más selecto
de Manaf y Tebas.
—Bien… bien…
—Sus estatuas fueron modeladas por el ilustre escultor Hanfar, el cual
también grabó las paredes.
—Sí. Y las obras de arte se las regaló el comandante Tabru, jefe de la guardia
faraónica.
—Y si todos compiten por conseguir su amor, ¿quién será el feliz elegido?
—Pregunta por él en esta desgraciada ciudad.
—No creo que esta mujer se enamore nunca.
—¡Quién sabe!… Quizá se enamore de un esclavo, o incluso de un animal.
—No creo. Su belleza es la única fuerza arrolladora. ¿Qué necesidad de amor
tiene la fuerza?
—Fíjate en su mirada altanera y agresiva…, aun no ha probado el amor.
Una mujer que estaba escuchando la conversación, replicó enfadada:
—No es más que una bailarina. Se ha criado en un ambiente de corrupción y
libertinaje. Se ofreció desde la infancia a la depravación y al extravío. Sobresalió
en el arte del maquillaje; por ello aparece con ese aspecto falsamente seductor.
Uno de los enamorados replicó disgustado:
—No, señora. ¿No sabes que no fue su espléndida belleza lo único que los
dioses le otorgaron? Tut no le escatimó la luz de la sabiduría y del conocimiento.
—¡Va!, ¡va! ¿De dónde ha sacado la sabiduría y el conocimiento, si se pasa
la vida seduciendo a los hombres?
—Su palacio recibe cada noche a un destacado grupo de políticos, sabios y
artistas. No es extraño que sea, pues, como se dice de ella, una de las mejores
conocedoras de la sabiduría y de la política, y quien mejor gusto tenga para el
arte.
Alguien preguntó:
—¿Cuántos años tiene?
—Dicen que treinta.
—No puede tener más de veinticinco.
—Sea cual sea su edad, esa fresca belleza ha jurado que nunca se marchitará.
El que hizo la pregunta insistió:
—¿Quién es y de dónde procede?
—Sólo los dioses lo saben. Es como si estuviera desde siempre en su palacio
blanco de la isla de Biya.

***

Súbitamente, una extraña mujer rompió las filas. Tenía la espalda arqueada y
se apoyaba en un grueso bastón. Su pelo era blanco y despeinado, y tenía los
colmillos largos y amarillos, la nariz aguileña y la mirada aguda. Sus ojos
emitían una luz aterradora por debajo de unas espesas cejas. Vestía una túnica
larga y amplia que se ceñía con un cinturón de lino. Los que la vieron, gritaron:
—¡Dam! ¡La bruja Dam!
No les hizo caso; siguió andando sobre sus débiles piernas. Afirmaba que
predecía lo oculto y que descubría el futuro. Ofrecía su fuerza sobrenatural a
cambio de una moneda de plata. Algunos de los que la rodeaban tenían miedo;
otros se burlaban de ella. La bruja se encontró en el camino a un joven y le
propuso leerle el futuro. El joven no se opuso. En realidad, estaba borracho e iba
tambaleándose; sus piernas casi no podían con él. Le dio una moneda de plata
mirándola con ojos soñolientos. Ella le preguntó con voz ronca:
—¿Cuántos años tienes, joven?
Este respondió, sin saber lo que decía:
—Doce copas.
Algunos soltaron carcajadas burlonas. La mujer, encolerizada, le arrojó la
moneda que le había dado y continuó su interminable camino. Un joven que
quería burlarse de ella, le cortó el paso preguntando:
—¿Qué acontecimientos me aguardan, mujer?
Lo miró un momento, furiosa, y le dijo con rabia:
—Alégrate: tu mujer te será infiel por tercera vez.
Los presentes se echaron a reír y la aplaudieron. Tras haberle rebotado la
flecha contra el pecho, el joven se apartó avergonzado. La bruja caminó hasta
llegar al palanquín de la bella y, esperando su generosidad, se paró delante.
Empezó a hablar con ella, con una sonrisa forzada:
—¡Oh! Señora protegida con cuidado. ¿Quieres que te eche la suerte?
La bella parecía no haber escuchado a la bruja. Esta gritó:
—¡Señora!
Rhadopis la miró, algo asustada, e inmediatamente volvió la cabeza
enfadada. La vieja aseguro:
—Créeme, nadie en este festejo me necesita hoy tanto como tú.
Un esclavo se acercó y la apartó del palanquín. El incidente, a pesar de su
insignificancia, casi atrajo la atención de los que estaban presentes; pero se oyó
un fuerte trompetazo. Acto seguido, los soldados, alineados a ambos lados del
camino, se llevaron la trompeta a la boca y dieron un soplo largo y continuo. La
gente supo entonces que el cortejo faraónico empezaba a moverse, y que
enseguida el faraón saldría de palacio, en dirección al templo del Nilo. La gente
se olvidó de todo y miró el camino alargando el cuello y aguzando los sentidos.
Pasados varios minutos, empezó a verse la vanguardia del ejército,
caminando en filas ordenadas al son del himno militar. La guarnición de Bilaq
iba delante, con su diverso armamento, siguiendo la ondulada bandera con la
imagen de un halcón. Por todas partes se recibía a los soldados con aplausos y
aclamaciones.
Poco después, pasó un batallón de infantería portando lanzas y escudos. Su
música era impresionante, al igual que su bandera, adornada con la imagen del
dios Horus. Las lanzas se alinearon en perfecta forma geométrica, trazando en el
aire líneas paralelas verticales y horizontales; luego llegó el gran batallón de
tiradores portando arcos y flechas. Su paso duró bastante. Los precedía su
bandera, estampada con el cetro del trono.
A lo lejos se oyó ruido y relinchos de caballos. A la vista estaba el batallón
de los carros. Pasaban de diez en diez en líneas rectas, tan perfectas que parecían
trazadas con lápiz. El carro iba tirado por dos caballos y llevaba dos jinetes: un
conductor, provisto de espada y jabalina, y un tirador, con el arco en una mano y
la aljaba en la otra. Al verla, los asistentes recordaron la conquista de Nubia y
Tur Sina. Se la imaginaron desplegándose por las llanuras y los valles, como
adiestrados halcones, mientras el enemigo se dispersaba delante de ellos,
aterrado y aniquilado. El entusiasmo encendió la sangre, y sus gritos retumbaron
en el cielo.
Los asistentes vieron el impresionante cortejo, precedido por el carro
faraónico, seguido por una caravana de carros, alineados de cinco en cinco, en
los que iban los príncipes, los visires, la élite religiosa, los treinta jueces, los
capitanes del ejército y los gobernadores de provincias. El séquito terminó con
una fila de la guardia faraónica, precedida por el comandante Tahu.
El faraón se puso de pie en su carroza, erguido y con semblante venerable,
como una estatua de granito, sin reclinarse ni a la derecha ni a la izquierda, y con
la mirada fija en el lejano horizonte, sin reparar en los allí presentes ni en las
aclamaciones que les salían del corazón.
En la cabeza llevaba la doble corona de Egipto, en una mano la fusta real y
en la otra el bastón torcido. Sobre la indumentaria real llevaba una estola de piel
de tigre, en conmemoración de la fiesta religiosa.
Los corazones se llenaron de entusiasmo y de felicidad, y se alzaron las
aclamaciones que, por su fuerza, casi espantaron a los pájaros que en ese
momento volaban por el aire. El entusiasmo se le contagió a la propia Rhadopis:
de pronto recobró la vida, su rostro se iluminó y sus manos empezaron a
aplaudir.
Entre las aclamaciones, destacó una voz que gritó: «¡Viva Su Excelencia
Janum Hatab!». Decenas de voces entonaron la misma aclamación. El grito
causó malestar y desencadenó gran tumulto. La gente volvió la vista, buscando
al osado que había aclamado al visir, delante del joven faraón, y al grupo que
babia apoyado ese extraño desafío.
Sin embargo, la aclamación parece que apenas se notó; ningún miembro del
séquito real demostró que le hubiera influido. El séquito siguió su camino hasta
la colina del templo. Todos los carros se detuvieron. Dos príncipes que portaban
sendas almohadas de plumas de avestruz, cubiertas con un tejido de oro,
avanzaron hacia el carro del faraón. El rey se apeó sobre ellas y sopló por el
cuerno. Los soldados dieron el saludo militar y la guardia entonó el himno del
adorado Nilo. A continuación, el faraón subió majestuosamente los escalones de
la colina, seguido por los más destacados de su reino: príncipes, ministros y
gobernadores. A la puerta del gran templo lo estaban esperando, prosternados,
los sacerdotes. Cuando el ujier mayor, Sufajatib, anunció la llegada del rey, el
sacerdote mayor se puso de pie; luego se inclinó, se tapó los ojos y dijo en voz
baja:
—El servidor del templo del adorado Nilo manifiesta fidelidad y
servidumbre a su señor, dueño de los dos pueblos, hijo de Ra y señor de los dos
orientes.
El faraón le tendió el bastón torcido al sacerdote y este lo besó con profunda
emoción. El resto de los sacerdotes se pusieron de pie y se alinearon en dos filas
para dejar paso al faraón. Este continuó, seguido de su cortejo, hacia la plaza de
los sacrificios, circundada por altas columnas. Dieron vueltas alrededor del altar,
mientras los sacerdotes quemaban el incienso, cuyo aroma se propagaba por todo
el templo. Las cabezas inclinadas lo respiraban con devoción y adoración. Unos
ujieres llevaron un toro y lo colocaron sobre el altar para el sacrificio. Luego, el
faraón pronunció las palabras tradicionales:

Heme aquí en tu presencia, ¡oh, ensalzado Dios!, después de haber


purificado mi alma. Te ofrezco este sacrificio para acercarme a ti.
Concede el bien a este bendito valle y a toda su gente.
Los sacerdotes reiteraron esta rogativa en un impresionante coro que
palpitaba fe y temor, con los ojos levantados hacia el cielo y las manos tendidas
hacia el aire. Luego, todos los presentes repitieron la rogativa. La voz se propagó
fuera del templo, y la gente se apresuró a repetirla. A los pocos minutos, no
quedaba ninguna boca que no hubiera recitado la rogativa del sagrado Nilo. El
rey avanzó, seguido por el sacerdote del templo. En pos de ellos iban los
hombres del reino hacia el atrio de columnas con las tres fuentes paralelas. Se
colocaron en dos filas, quedando entre ambas el rey y el servidor del dios.
Después, recitaron el himno del adorado Nilo con voz ronca y entrecortada por
la palpitación del corazón. El eco resonó en el aire de aquel lugar oscuro y
aterrador.
El sacerdote subió los escalones que conducían al atrio. Se acercó a la puerta
del sancta sanctorum y sacó la llave sagrada. Abrió la gran puerta, se retiró a un
lado, se prosternó y empezó a rezar. El rey lo siguió. Entró en el aposento
sagrado donde se erguía la estatua del Nilo en la barca divina y cerró la puerta.
Era un lugar amplio, con el techo alto y muy oscuro. Junto a la cortina que
cubría la estatua de la deidad, habían encendido velas, encima de unas
relucientes mesas de oro. La majestuosidad del lugar penetró en el corazón del
gran rey. Se le debilitaron los sentidos y avanzó respetuosamente hacia la
sagrada cortina. La descorrió con su propia mano e inclinó su siempre erguida
espalda. Se prosternó sobre la rodilla derecha y besó el pie de la estatua. Todavía
seguía hermético, pero habían desaparecido de su rostro todos los signos de
gloria y de orgullo. Su cara fue recobrando un color borroso de temor y respeto.
Rezó una larga oración y se sumió en la adoración, olvidándose de su gloria y de
su grandeza mundana.
Cuando llegó al final, besó de nuevo el pie sagrado, se levantó, corrió la
cortina sagrada y se retiró hacia la puerta mirando al dios, hasta que respiró el
aire del atrio exterior; luego cerró la puerta.
La gente recibió al faraón, rogando por él. Lo siguieron al atrio del sacrificio
y después al exterior del templo, donde torcieron hacia la pendiente que daba al
Nilo. La gente que estaba en las embarcaciones los vieron y los aclamaron,
agitando banderas y ramas.
Llamó al sacerdote mayor para pronunciar el discurso tradicional. Extendió
una gran hoja de papiro y leyó en voz alta:
«Bendito seas, Nilo. Tú, cuya inundación cubre el valle y anuncia la
vida y el bienestar. Vives en las tinieblas durante meses, y cuando oyes
los ruegos de tus adoradores, tu gran corazón se apiada de ellos y sales
de la oscuridad a la luz, deslizándote plenamente en el vientre del valle.
Entonces das vida a la tierra: rápidamente, la hierba crece con alegría y
el desierto rebosa bajo un tapiz de brocado, los huertos florecen y las
plantaciones se enriquecen, los pájaros cantan y los corazones aclaman,
ebrios de alegría; el desnudo se viste, el hambriento come y el sediento
bebe, el soltero se casa y la tierra de Egipto se cubre de felicidad y de
bienestar. Ensalzado y glorificado seas».

Los sacerdotes del templo entonaron el himno del Nilo al son de violines y
flautas y al ritmo de panderos, creando bellas y emocionantes melodías.
Cuando los cantos se perdieron en los pliegues del cielo, el príncipe Nay
avanzó hacia el faraón y le presentó un pliego de papiro sellado que contenía la
rogativa del adorado Nilo. El rey lo cogió y se lo llevó a la frente; luego lo arrojó
al Nilo, y las agitadas y ruidosas olas lo llevaron hacia el norte.
El faraón bajó las escaleras de la colina y se montó en su carro. El séquito
retrocedió como había llegado, rodeado de grandeza y aclamado por los
corazones de millones de súbditos fieles. El entusiasmo los agitó y la emoción
los emborrachó.
LA SANDALIA

E l cortejo real regresó al palacio faraónico. El rey siguió conservando su


majestuosidad y seriedad hasta que se quedó a solas. Entonces, la cólera se
reflejó ferozmente en su hermoso rostro, y la recibieron los corazones de las
esclavas que lo estaban desnudando. Las yugulares se le hincharon y los
músculos se le endurecieron. Estaba alterado y colérico. Acostumbraba a no
tranquilizarse hasta castigar duramente a quien lo excitaba. En sus oídos
retumbaban penetrantes gritos. Creía que ello era una insolente advertencia en
contra de sus deseos. Su cólera aumentó y prorrumpió en gritos y amenazas.
Tenía que esperar una hora entera, antes de recibir a los notables del reino,
que habían venido de los lugares más recónditos del país para participar en la
fiesta del Nilo. Pero no pudo contenerse, y fue raudo al pabellón de la reina,
irrumpiendo violentamente en sus dominios. La reina Nitocris estaba sentada
entre sus esclavas. Sus límpidos ojos rezumaban paz y tranquilidad. Cuando las
esclavas vieron al rey y observaron su cólera, se levantaron, desconcertadas y
agitadas, inclinándose ante él y ante la reina. Luego se replegaron velozmente,
desconcertadas. La reina permaneció sentada unos momentos. Lo miró con ojos
serenos, luego se levantó majestuosamente, se acercó a él y, de puntillas, lo besó
en el hombro.
—¿También tú estás enfadado, mi señor?
Él sentía una necesidad imperiosa de alguien a quien mostrar el fuego que le
hacía hervir la sangre. Se sintió satisfecho con la pregunta y contestó
impetuosamente:
—Ya lo ves, Nitocris.
La reina sabía perfectamente, pues conocía su carácter, que lo primero que
tenía que procurar era que desaparecieran sus arrebatos de cólera. Dijo
tranquilamente, sonriéndole:
—La benevolencia es más propia de reyes.
Pero él se encogió de hombros y respondió:
—¿Me recomiendas que sea compasivo, reina? La compasión es una falsa
apariencia con la que se enmascaran los débiles.
A lo cual contestó la reina con fingido dolor:
—Mi señor. ¿Por qué te agobian los buenos modales?
—¿De verdad soy el faraón? ¿De verdad disfruto de mi juventud y de mi
poder? ¿Cómo es que cuando quiero, no puedo conseguir lo que deseo? ¿Cómo
es que mis ojos miran las tierras de mi reino, y un esclavo me aborda diciendo
que nada de esto será mío?
Ella lo cogió del brazo, intentando atraerlo hacia el diván; pero él se soltó y
siguió recorriendo el aposento, yendo y viniendo. Estaba encolerizado e
indignado. Entonces, ella dijo con profunda tristeza:
—No te imagines las cosas de ese modo. Y recuerda siempre que los
sacerdotes son tus fieles súbditos, y que las tierras de los templos son donaciones
que nuestros antepasados cedieron; pero serán tuyas legalmente cuando tú, mi
señor, quieras recuperarlas. Es natural que se inquieten.
El joven rey replicó impetuosamente:
—Quiero construir palacios y mausoleos, y disfrutar de una vida sublime y
feliz, sin que nada se interponga en la realización de mis deseos. No obstante, la
mitad de las tierras de mi reino están en manos de esos sacerdotes. ¿Es lógico
que sufra por la realización de mis deseos, como los pobres? ¡Maldita sea esa
filosofía! ¿Sabes lo que ha sucedido hoy? Un grupo ha vitoreado, al pasar el
cortejo, el nombre de Janum Hatab. ¿Te das cuenta? Desafían al faraón en sus
propias narices.
El asombro se apoderó de la reina. Su apacible rostro se ensombreció, y
balbuceó unas palabras inaudibles. Entonces, el rey dijo en tono burlón y
amargo:
—¿Te sucede algo, reina?
Ella se sintió, sin duda, molesta y disgustada. De no ser porque el rey estaba
muy enfadado, ella tampoco disimularía su enfado; pero contuvo su ímpetu con
una voluntad férrea, y dijo con calma:
—Deja esa historia para otro momento. Estás a punto de recibir a los
notables de tu reino y a su cabecilla, Janum Hatab. Debes darles el recibimiento
oficial adecuado.
El faraón la miró misteriosamente y respondió con tremenda calma:
—Sé lo que quiero y lo que debo hacer.
A la hora prevista, el rey recibió a los notables de su reino en el grandioso
salón de ceremonias. Escuchó los discursos de los sacerdotes y las opiniones de
los gobernadores de las provincias. Muchos observaron que el rey «no estaba
contento». Cuando los reunidos se dispersaron, hizo quedarse solo al visir,
permaneciendo con él durante largo tiempo, mientras el desconcierto se
apoderaba de los demás. Sin embargo, nadie se atrevió a preguntar nada. Al fin,
el visir salió. Muchos intentaron leer en su rostro; tal vez descubrieran algo. Pero
el rostro estaba impasible como una piedra, no mostraba nada.
El rey ordenó a sus consejeros íntimos, Sufajatib, el ujier mayor, y Tahu, el
comandante de la guardia, que fueran antes que él al lugar de la tertulia, a la
orilla de la alberca del jardín. Él dio una vuelta por los senderos cubiertos de
hierba. Su rostro moreno reflejaba satisfacción, como si hubiera saciado la
violenta cólera que hace un momento lo empujaba a vengarse. Caminó
lentamente, aspirando la fragancia con la que los árboles le infundían ánimo y
paz, y paseó los ojos entre flores y frutas. Luego tomó la senda hacia la alberca.
Allí encontró a sus dos hombres esperándolo: Sufajatib, alto, delgado y con el
pelo canoso, y Tahu, fuerte y con músculos de acero que había desarrollado a
lomo de caballos y carros de guerra.
Ambos intentaron leer atentamente el rostro del rey para averiguar lo que
pensaba y asegurarse la política que le aconsejarían seguir con los sacerdotes.
Los dos habían oído las violentas aclamaciones, consideradas por todos como un
desafío a la autoridad del faraón. Temían la reacción violenta del joven rey. Se
habían enterado, además, de la conversación entre el faraón y el visir, tras
finalizar las ceremonias, y les temblaba el corazón. Sufajatib temía las
consecuencias del acceso de cólera del rey, porque siempre le aconsejaba calma
y paciencia para afrontar el problema de las tierras con moderación. Sin
embargo, Tahu deseaba que la cólera del rey lo indujera a compartir sus
opiniones, y ordenara despojar los templos de sus bienes y lanzar a los
sacerdotes un ultimátum.
Los dos hombres leales miraron a su señor, esperando y soportando una
dolorosa inquietud. Sin embargo, el faraón ocultó sus sentimientos,
examinándolos con un ademán de esfinge. Sabía muy bien lo que tramaban.
Como si deseara tantearlos, se sentó tranquilamente y ordenó que hicieran lo
mismo. Súbitamente, su rostro volvió a tornarse serio y preocupado. Entonces
dijo:
—Tengo motivos para estar enojado y apenado.
Los dos entendieron a lo que se refería, pues resonó en sus oídos de nuevo el
insolente grito. Entonces Sufajatib alzó las manos, apenado y compasivo, y dijo
con voz trémula:
—Mi señor: debéis estar por encima del dolor y de la cólera.
Tahu continuó con ímpetu:
—Es inaceptable que mi señor esté apenado, pues en el reino hay armamento
inagotable y hombres que no escatiman sus propias vidas. Estos sacerdotes, a
pesar de su sabiduría y experiencia, se apartan del camino de la razón, obran a su
antojo y se exponen a su inesperada perdición.
El rey inclinó la cabeza, mirándose los pies, y manifestó:
—Me pregunto si mis padres o alguno de mis antepasados tuvo que
enfrentarse durante su reino a los gritos de los que he sido objeto hoy. Y aún no
han pasado más que unos meses desde mi entronización.
Los ojos de Tahu transmitieron una luz arrebatadora y terrible. Entonces dijo:
—La fuerza, mi señor. Vuestros venerados antepasados eran fuertes,
realizaban su voluntad con una firmeza férrea y con una espada como el destino.
Sed como ellos, señor. No vaciléis ni os dejéis llevar por la tolerancia. Golpead,
cuando lo hagáis, fuerte y sin piedad, de forma que aturda al poderoso y sofoque
en él las débiles esperanzas.
Estas palabras no agradaron al sabio anciano Sufajatib, el cual se asustó por
el entusiasmo de quien las había profesado, pues temía sus consecuencias.
—Mi señor: los sacerdotes están por todas partes en el reino, al igual que la
sangre en el cuerpo. Entre ellos hay gobernadores, jueces, escribanos y reyes. Su
poder sobre los corazones ha sido bendecido por los dioses desde la antigüedad.
No tenemos otra fuerza bélica que la guardia faraónica y la guarnición de Bilaq.
El golpe duro puede tener graves repercusiones.
Tahu, que no creía en otra cosa que no fuera la fuerza, replicó:
—¿Y qué debemos hacer, sabio consejero? ¿Nos aconsejáis paciencia hasta
que se precipite contra nosotros el enemigo y nos reduzca a la nada?
—Los sacerdotes no son enemigos del faraón. Que los dioses nos libren de
que el faraón tenga enemigos en su pueblo. Los sacerdotes son un grupo fiel y
seguro. No les reprochamos más que sus privilegios, mayores de lo debido. Juro
que nunca he perdido la esperanza de encontrar algún día la solución que realice
los sueños de mi señor, y a la vez conserve los derechos de los sacerdotes.
El rey los escuchaba tranquilamente, y su amplia boca esbozaba una
misteriosa sonrisa. Cuando Sufajatib terminó de hablar, dijo con tranquilidad,
mirándolos con ojos burlones:
—Calmaos, hombres fieles. La suerte está echada.
La sorpresa se apoderó de los dos hombres. Miraron al rey con ternura,
esperanza y temor. Tahu tenía más esperanzas, pero a Sufajatib se le demudó el
rostro. Se mordió los labios y esperó en silencio las palabras decisivas. Entonces,
el rey dijo en un tono que revelaba orgullo y satisfacción:
—Habéis de saber que me quedé a solas con el hombre, después de que
todos se marcharan. Cuando el lugar estuvo vacío, lo abordé diciendo que la
aclamación a su favor, delante de mí, había sido un acto despreciable y
traicionero. Le aseguré que en mi pueblo, noble y fiel, no faltan quienes me
aclaman a mí. Fue entonces cuando vi cómo se inquietaba y palidecía, con su
gran cabeza inclinada sobre su escurrido pecho. Abrió la boca para decir algo; tal
vez quería disculparse con voz tranquila y fría.
El rey frunció el entrecejo, se quedó callado un instante y luego prosiguió:
—Pero no lo dejé disculparse. Lo interrumpí con una indicación de la mano
y con unas severas palabras. Le aseguré que había sido una necedad pensar que
aquel grito me haría cambiar de opinión. A continuación le informé de mis
propósitos de anexionar las tierras de los templos a las de la corona. Que a partir
de ahora, no quedaría para los templos nada más que las tierras y los bienes
imprescindibles.
Los dos hombres escuchaban con los cinco sentidos el relato del rey.
Sufajatib estaba pálido y demudado, soportando la amargura de la decepción.
Tahu, en cambio, estaba jubiloso, como sí escuchara una hermosa melodía que
alabara su fama y su grandeza. El rey terminó diciendo:
—Naturalmente, mi deseo desconcertó a Janum Hatab, y lo sacó de sus
casillas; la inquietud se apoderó de él. Entonces, me imploró: las tierras de los
templos son las tierras de los dioses, sus bienes aprovechan generalmente al
pueblo y a los pobres, pues todo se gasta en enseñanza y educación moral. Quiso
seguir, pero le indiqué que se callara. Le dije que esa era mi voluntad, y que la
debía poner en práctica cuanto antes; luego le informé de que la entrevista había
terminado.
Tahu no pudo contener la alegría:
—Que todos los dioses os bendigan, señor.
El rey sonrió satisfecho. Leyó la decepción en el rostro de Sufajatib y se
apiadó de él.
—Eres un hombre fiel, Sufajatib, y buen consejero… no te entristezcas si
alguien opina lo contrario de lo que piensas.
El hombre respondió:
—Mi señor, yo no soy de esos ilusos que se enfadan cuando se hace lo
contrario de lo que aconsejan, no por miedo a las repercusiones, sino por su
honor personal. Incluso hay quien desea que ocurra algo malo que él ha
vaticinado para que la gente reconozca sus méritos. ¡Dios me libre de la vanidad!
Lo que me impulsa a aconsejar es únicamente la lealtad, y lo que me entristece,
cuando se opina lo contrario, es el temor por la veracidad de mi intuición. Y pido
a Dios que no se realice mi opinión para tranquilizar mi corazón.
El faraón quiso tranquilizarlo:
—He conseguido lo que quería, no me pueden hacer nada. Egipto adora al
faraón y no admitirá ningún sustituto.
Los dos hombres aprobaron fielmente esta observación de su señor. No
obstante, Sufajatib estaba intranquilo e intentaba restar importancia a la
peligrosa decisión del faraón. Pensaba con preocupación que los sacerdotes
recibirían la fatídica noticia cuando estuvieran reunidos en Abu. El momento les
sería propicio para intercambiar opiniones y propagar la queja. Volverían a sus
respectivas provincias con malestar y tristeza. Él conocía mejor que nadie a los
sacerdotes y su influencia sobre las mentes y los corazones. Sin embargo, no
manifestó sus preocupaciones porque veía que el rey estaba contento y
satisfecho y no quería empañar su felicidad. Fingió tranquilidad y pintó una
sonrisa de satisfacción en sus labios.
El rey exclamó con alegría:
—Nunca había experimentado esta sensación de triunfo, desde que vencí a
las tribus de Masayo, al sur de Nubia, en tiempos de mi padre. Brindemos por
este feliz triunfo.
Las esclavas llevaron una jarra de vino de Maryut y copas de oro. Sirvieron
el vino y ofrecieron una copa llena al rey y a sus fieles hombres. Bebieron con
alegría y tranquilidad. Ya ebrios, Sufajatib diluyó en su corazón las
preocupaciones que lo abrumaban para concentrar sus sentidos en el jugo de
Maryut y compartir la alegría del rey y del comandante. Estaban sentados en
silencio, e intercambiaron miradas de amistad y sinceridad, mientras los oblicuos
rayos del sol se bañaban en la alberca que tenían a los pies y las ramas de los
árboles que los rodeaban bailaban al son del canto de los pájaros. Las flores
brotaban de entre las hojas como los felices sentimientos de las entrañas del
alma… Se entregaron al ensueño durante un buen rato, hasta que se despertaron
por un extraño suceso que los arrebató de sus sueños: algo cayó en el regazo del
rey desde arriba. Se puso de pie de un salto y los dos hombres lo siguieron. El
objeto se le cayó a los pies. Era una sandalia dorada. Miraron hacia arriba,
extrañados, y vieron un águila grande volando por el jardín, encima de sus
cabezas, emitiendo un graznido espantoso. Les lanzaba unas miradas inflamadas
de cólera a través de unos ojos penetrantes; luego agitó violentamente las alas y
voló muy lejos.
Volvieron a mirar la sandalia. El rey la recogió con su propia mano y se puso
a examinarla con curiosidad. Los dos hombres miraron la sandalia e
intercambiaron miradas de extrañeza, asombro y miedo.
El rey siguió examinándola, luego observó:
—Esta es, sin duda, una sandalia de mujer. ¡Qué bonita! ¡Y qué cara!
Tahu preguntó, mientras devoraba la sandalia con la vista:
—¿La habrá robado el águila?
El rey contestó sonriendo:
—Mi jardín no tiene árboles en los que crezca una planta tan bonita como
esta.
Sufajatib intervino:
—La gente del pueblo, señor, cree que el águila adora a las hermosas y que
rapta a las vírgenes que le gustan y se las lleva volando a las cimas de las
montañas. Quizá este águila vino a Manaf por amor y compró estas sandalias
para su amada; pero se le cayó de entre las garras por mala suerte, y vino a parar
a los pies de mi señor.
El rey lo contemplaba alegre y alterado.
—¿Cómo la habrá robado? —preguntó—. Me temo que haya sido de alguna
de las mansiones del cielo.
Sufajatib volvió a intervenir:
—O de alguna mansión de la tierra, señor. Alguien las habrá dejado junto a
la ropa, a la orilla de alguna alberca, para bañarse, y el águila la habrá robado.
—Y me la ha arrojado a mi. ¡Qué extraño! Es como si conociera mi
debilidad por las hermosas.
Sufajatib sonrió de forma significativa y exclamó:
—Que los dioses os otorguen felicidad, señor.
Los sueños asomaron a los ojos del rey. Sus facciones sonrieron, su frente se
alisó y sus mejillas se contrajeron. No cesaba de mirar la sandalia,
preguntándose: ¿quién será la dueña? ¿Cómo será? ¿Será tan bella como su
sandalia? ¿Sabrá que su sandalia ha caído en el regazo del rey? ¿Qué destino
habrá hecho que él sea el destinatario? Su mirada tropezó con una imagen
grabada en el fondo, y exclamó mostrándola:
—¡Qué bello es este retrato! Es un hermoso jinete que ofrece su corazón en
la palma de la mano como regalo.
Esta frase fue escuchada con gran atención por los dos hombres. Sus ojos
brillaron un instante. Miraron la sandalia con gran atención y Sufajatib preguntó:
—¿Me permitís, señor, que coja la sandalia un momento?
Se la dio. El ujier mayor la miró, al igual que Tahu; luego se la devolvió al
rey diciendo:
—Mi intuición acertó, señor. Esta sandalia es de Rhadopis, la conocida
beldad de Biya.
—¡Rhadopis! ¡Qué nombre tan bonito! ¿Quién será la dueña?
La angustia se apoderó de Tahu. Bajó los ojos y dijo:
—Es una bailarina, señor, conocida por toda la gente del sur.
El faraón sonrió:
—¿Es que nosotros no somos del sur? Es verdad que los reyes pueden
atravesar el horizonte con la mirada, pero se les pasan, a veces, las cosas que
tienen bajo su sombra.
La angustia de Tahu aumentó. El rostro se le demudó:
—Señor, es una mujer cuya puerta ha franqueado toda la gente de Abu, Biya
y Bilaq.
Sufajatib comprendía los temores de su amigo. Con sonrisa vaga y maliciosa,
sentenció:
—De todas formas, es una imagen femenina que los dioses han elegido como
modelo por sus facultades y sus nalgas.
El rey miró a uno y a otro y dijo:
—Juro por el dios Sotis que sabéis de ella más que toda la gente del sur.
Sufajatib respondió con tranquilidad:
—Su recibidor, señor, es el lugar de encuentro para pensadores, artistas y
políticos.
—Verdaderamente, la belleza es un mundo mágico que nos muestra cada día
algún milagro nuevo. ¿Es la mujer más bella que has visto?
Sufajatib respondió con tranquilidad:
—Es la belleza misma, señor. Es una seducción arrebatadora, un deseo
irreprimible. El filósofo Huf, un amigo suyo, acertó cuando un día dijo: lo más
peligroso en la vida de un hombre es que su vista caiga en el rostro de Rhadopis.
Tahu suspiró con desesperación y lanzó una mirada fugaz al ujier mayor,
cuyo sentido captó este; luego aseguró:
—Su belleza, señor, es una belleza satánica, barata, que no escatima a quien
lo solicite.
El rey soltó una carcajada y dijo:
—Vuestras palabras me intrigan.
—Que el cielo de Egipto os otorgue toda la felicidad que alberga, señor —
dijo Sufajatib.
La imaginación del rey lo llevó al águila, y quedó admirado. Lo que había
escuchado le cubrió de un fino tejido de pasión y sueños. Preguntó, como sí
estuviera hablando consigo mismo:
—¿Acertó o falló el águila al elegirnos como su objetivo?
Tahu robó una mirada a su señor, que estaba embelesado en lo que tenía
delante, y manifestó sus dudas.
Cuando estuvieron a solas otra vez, se pusieron uno frente al otro. Tahu, alto,
con fuerte pecho y músculos de acero, y Sufajatib, delgado, con ojos límpidos y
profundos y una amplia y agradable sonrisa.
Cada uno de ellos sentía lo que escondía el otro. Sufajatib sonreía, mientras
Tahu fruncía el ceño. El comandante no pudo despedir al ujier más que con estas
palabras, con las cuales pretendía verter su tristeza:
—Me has traicionado, amigo Sufajatib, al no poder luchar conmigo cara a
cara.
Sufajatib arqueó las cejas en señal de negación y exclamó:
—¡Qué juicio tan lejano a la verdad, comandante! ¿Qué tengo yo que ver con
el amor? ¿Es que no sabes que ya soy un anciano aniquilado, y que mi nieto
Sanab es estudiante en la universidad de Awn?
—¡Qué fácil te resulta tergiversar las palabras, amigo! Pero la verdad se
burla de tu diestra y sabía lengua. ¿Acaso nunca se inclinó tu corazón hacia
Rhadopis? ¿No te sentó mal que me otorgara un cariño que tú no pudiste
conseguir?
El anciano alzó la mano rechazando las palabras del comandante:
—Tu imaginación no tiene nada que envidiar a los músculos de tu brazo
derecho. La verdad es que si mí corazón se inclinó alguna vez hacia esa belleza,
fue por la vía de los sabios, ajena a la avidez.
—¿No te hubiera gustado dejar que nuestro señor se interesara por su
belleza, haciéndome un favor?
Sufajatib se extrañó un poco y dijo con verdadero arrepentimiento:
—¿De verdad te parece un asunto tan serio, o es que ya te has cansado de
mis bromas?
—Ni una cosa ni otra, amigo mío —respondió Tahu—. Pero me da lástima
que nunca nos pongamos de acuerdo.
El ujier mayor sonrió y dijo con su acostumbrada tranquilidad:
—Nos seguirá uniendo un gran lazo, que es la fidelidad a la corona.
—Es puro azar, señor. Lo que me extraña es ver esta sandalia impura entre
las adoradas manos de mí señor.
Sufajatib miró a su amigo con ironía y satisfacción, y dijo con tranquilidad:
—¿Azar? Esta palabra falsea la verdad, señor. Se la asocia con la falta de
juicio. Sin embargo, es el único origen de la mayoría de las felicidades y gran
parte de las catástrofes. A los dioses no les quedan más que unos cuantos
acontecimientos lógicos, señor, pues todos los acontecimientos de este mundo
son obra de la voluntad de uno de los dioses. No es posible, por tanto, que los
dioses provoquen acontecimientos, grandes o pequeños, por juego o diversión.
Tahu se encolerizó, pero hizo un gran esfuerzo por contener su ciega cólera
que casi le había hecho perder los estribos delante del rey. Le dijo a Sufajatib,
con cierto tono de reproche:
—¿Queréis, gran Sufajatib, preocupar a nuestro señor en este feliz momento
con esas fantasías?
Sufajatib respondió con calma:
—La vida es seriedad y diversión, como la jornada es día y noche. El hombre
sabio es quien no recuerda las diversiones en los momentos de seriedad ni
enturbia su distracción con motivos serios. Quién sabe, comandante, si los
dioses, sabedores de que a nuestro señor le gusta la belleza, le han mandado la
sandalia a través de la extraña águila.
El rey miró a uno y a otro y dijo:
—Siempre lleváis la contraria. Era de esperar que Tahu fuera el hombre
adicto al amor y Sufajatib el anciano que lo reprendiera. De todas formas, no hay
impedimento en compartir la opinión de Sufajatib respecto al amor y la de Tahu
respecto a la política.
El rey se puso de pie y los dos hombres hicieron lo mismo. Lanzó una
mirada al amplio jardín que se despedía del sol, inclinado hacia el horizonte del
poniente. Mientras caminaba, anuncio:
—Nos espera una larga noche de trabajo. Hasta mañana, y ya veremos.
El faraón se marchó con la sandalia en la mano y los hombres se inclinaron
haciendo una reverencia.
EL PALACIO DE BIYA

E l séquito faraónico desapareció de la vista. Retiraron las estatuas de los


reyes de la sexta dinastía y la gente irrumpió por ambos lados del camino.
Las olas humanas se debatían unas contra otras y su aliento se mezclaba;
parecían el mar de Moisés que abriera paso al séquito y volviera a cerrarse sobre
los enemigos. Rhadopis ordenó a sus esclavos que regresaran a la embarcación.
El entusiasmo que había inundado su corazón cuando apareció el faraón seguía
consumiéndose en sus entrañas y se propagaba como sangre ardiente por sus
extremidades. Su imagen no la abandonaba: su tierna pubertad, su mirada altiva,
su estatura esbelta y su trenzada musculatura.
Lo había visto ya una vez hacía unos meses: fue el día de la gran coronación.
Estaba de pie en su carro, como hoy, con su elevada estatura y patente belleza,
mirando hacia el lejano horizonte. Aquel día deseó, como hoy, que su mirada se
posara en ella. ¿Por qué? ¿Porque esperaba que su belleza despertara el merecido
agrado? ¿O porque deseaba en lo más profundo de su ser verlo como un hombre,
después de haberlo visto como un dios adorado? ¿Cómo comprender esta
aspiración? Sea como fuere, la verdad es que lo había deseado verdadera y
sinceramente. La hermosa mujer siguió sumergida en sus sueños, sin prestar
atención a la calle abarrotada que atravesaba con mucho esfuerzo su pequeño
séquito. Ni siquiera se preocupó de los miles de personas que la devoraban con
la vista. La subieron a la embarcación y la bajaron del palanquín en su asiento.
Se tranquilizó en su pequeño trono y se quedó casi inconsciente, sin oír ni
entender, sin mirar ni ver. La embarcación se deslizó surcando la tranquila faz
del Nilo hasta que atracó junto a la escalinata del jardín de su palacio blanco, la
hermosura de la isla de Biya. El palacio se veía de lejos, al final del frondoso
jardín, cuyos escalones terminaban en el Nilo. Lo rodeaban los sicomoros y se
inclinaban sobre él las palmeras, como si fuera una flor blanca que hubiera
crecido en medio de aquel frondoso jardín. Bajó los escalones de la embarcación
y posó el pie en los primeros escalones del jardín. Subió por una escalera de
mármol pulido, flanqueada por dos muretes de granito. A ambos lados se erguían
obeliscos altos donde aparecían grabados selectos poemas de Ramón Hatib,
hasta que llegó a la tierra multicolor del jardín.
Atravesó una puerta de piedra calcárea, en cuyo frente estaba grabado su
nombre en la lengua sagrada. En el centro había una estatua suya de tamaño
natural, esculpida por Hanfar, el cual se había pasado trabajando en ella los días
más felices de su vida. La había representado sentada en el bello trono donde
recibía a sus amigos. Resaltaba extraordinariamente la belleza del rostro, la
redondez de los senos y la elegancia de los pies. Rhadopis llegó al paseo central
rodeado de árboles cuyas ramas se abrazaban en lo alto formando un techo de
flores y hojas verdes. La tierra estaba cubierta de hierba; a derecha e izquierda
había otros paseos paralelos muy parecidos. El de la derecha terminaba en la
pared sur del jardín y el de la izquierda en la que daba al norte. Este paseo
desembocaba en la frondosa viña que trepaba por las columnas de mármol. A un
lado se extendía un bosque de sicomoros y al otro un bosque de palmeras, entre
las que se alzaban por doquier las casetas de los monos y las gacelas. Y a ambos
lados estaban distribuidas las estatuas y los obeliscos.
Sus pasos la llevaron a una amplia alberca de agua fluyente, en cuyas orillas
crecían plantas de loto y en cuya superficie nadaban cisnes y patos, mientras por
el aire canturreaban los pájaros, se propagaba el aroma de las flores y trinaban
los ruiseñores.
Dio media vuelta en torno a la alberca y llegó al salón de verano, donde la
recibió un grupo de esclavas haciéndole reverencias; luego se quedaron paradas,
esperando órdenes. La bella se tumbó en un banco, a la sombra, para descansar,
pero en seguida se levantó y dijo a sus esclavas:
—¡Cuánto me han agobiado el aliento caliente de la gente y el calor!
Quitadme la ropa; ansío el agua fresca de la alberca.
Una de las esclavas se acercó a su señora y le retiró suavemente el velo
bordado en oro en el telar de Manaf; a continuación se acercaron otras dos y le
quitaron el manto de seda, dejándola con la túnica transparente que le llegaba
desde los senos a las rodillas. Luego otras dos esclavas la despojaron
suavemente de la feliz túnica y el ambiente quedó fascinado por su cuerpo libre,
creado por todos los dioses con su máximo poder y arte.
Otra esclava se acercó y le soltó el pelo negro, el cual se extendió por su
cuerpo, desde el cuello hasta los tobillos.
Se inclinó, se quitó las sandalias doradas y las dejó en el borde de la alberca.
Caminando majestuosamente, la bella bajó despacio las escaleras de mármol. El
agua fue cubriéndole los pies, las piernas y los muslos; luego metió todo el
cuerpo en el agua tranquila que le tomó el perfume, dándole a cambio frescor y
paz. Estuvo jugueteando, divertida, con el agua hasta la saciedad y nadando unas
veces de cara, otras de espalda y en ocasiones de costado.
Se había evadido de todo cuando oyó los gritos de las esclavas. Dejó de
nadar y las miró; entonces vio que una enorme águila volaba a ras de la orilla de
la alberca agitando las alas. Dio un grito, asustada, y se sumergió en el agua
conteniendo la respiración. Cuando estaba a punto de ahogarse, sacó la cabeza
con miedo y precaución y miró a su alrededor, aterrorizada, pero no vio nada;
entonces miró al cielo y divisó al águila adentrándose en el horizonte.
Nadó apresuradamente hacia la orilla y subió las escaleras temerosa y
agitada. Metió el pie en una sandalia, pero no encontró la otra; la estuvo
buscando durante un buen rato, luego preguntó:
—¿Dónde está la otra?
—Se la ha llevado el águila —contestaron las esclavas con preocupación.
La pesadumbre apareció en su rostro, pero no manifestó su enfado. Entró en
la habitación de verano rodeada de esclavas que le secaban el lozano cuerpo por
el que resbalaban las gotas de agua como perlas esparcidas en una superficie de
marfil.

***

Al atardecer se preparó para recibir a las visitas, las cuales son numerosas
durante los días de fiesta que atraen de todas partes a la gente hacia el sur. Se
puso sus mejores galas y se adornó con sus más valiosas joyas; luego dejó el
espejo, se dirigió al recibidor y esperó, pues era la hora de las visitas.
El salón era una maravilla en cuanto a arte y arquitectura.
Lo había diseñado de forma oval el arquitecto Hana, el cual había construido
las paredes de granito, como las casas de los poderosos, aplicándoles una lámina
de pedernal de maravillosos colores. El techo era una cúpula adornada con
pinturas; de ella colgaban lámparas chapadas en oro y plata.
Las paredes estaban decoradas con las esculturas de Hanfar. Los amantes
habían competido en amueblarlo regalando lujosos sillones, tapices y divanes,
así como bonitos muebles; pero lo mejor de todo aquello era el trono de la bella:
era del más caro marfil, con las patas de colmillo de elefante y la base de oro
puro, adornado de esmeraldas y jacintos. Se lo había regalado el gobernador de
la isla de Biya.
No llevaba esperando mucho tiempo la bella cuando entró uno de sus
esclavos anunciando la llegada de Anin, el comerciante de colmillos de elefante.
El hombre entró apresuradamente con ampulosa vestimenta y peluca, seguido de
un esclavo que portaba un baúl de marfil adornado en oro.
Lo puso junto al sillón de la bella y se fue por donde había llegado. El
comerciante se inclinó y besó la mano de Rhadopis, la cual le sonrió y dijo
dulcemente:
—Bienvenido, Anin, ¿cómo estás? ¿Cómo es que no te vemos más que de
tarde en tarde?
El hombre se rio alegremente y respondió:
—¡Qué le vamos a hacer, señora! Es la vida que he elegido, o la que me ha
impuesto el destino: ser un viajero que recorre caminos y países. Me paso la
mitad del año en Nubia y la otra mitad entre el Sur y el Norte comprando y
vendiendo, vendiendo y comprando, sin parar.
Rhadopis miró el baúl de marfil sin dejar de sonreír.
—Y este baúl tan bonito, ¿es alguno de tus caros regalos?
—No es el baúl en sí, sino lo que contiene… el colmillo de un elefante
salvaje. El comerciante nubio que me lo vendió juró que su captura le había
costado cuatro de sus mejores hombres. Lo guardé en un lugar seguro, sin
exponerlo a la venta; cuando me retiré a descansar, en Tanis, se lo confié a los
más hábiles artesanos, los cuales le dieron un baño de oro por dentro y otro por
fuera para convertirlo en una copa digna de reyes. Entonces me dije: esta copa
que me ha costado tan cara quiero regalársela a aquella que para conseguirla no
se escatiman hasta las almas más preciadas con gran satisfacción.
Rhadopis se rió dulcemente y dijo:
—Gracias, Anin. Tu regalo, por muy valioso que sea, no puede compararse
con la hermosura de tus palabras.
Él se emocionó, la miró con admiración y súplica y dijo en voz baja:
—¡Qué bella eres!, ¡qué hermosa! Siempre que vuelvo de un largo viaje te
encuentro aún más bella que antes. Es como si el tiempo no tuviera más
ocupación que perfeccionar tu hermosura.
Ella escuchaba las alabanzas de su belleza como quien escucha una melodía
repetida. Quiso burlarse de él y le preguntó:
—¿Cómo están tus hijos?
Él se sintió algo decepcionado y permaneció en silencio un rato; luego se
inclinó sobre el baúl, levantó la tapa y apareció la copa, posada de lado.
—¡Qué irónica eres, señora! —comentó él a la vez que levantaba la cabeza
—. A pesar de todo, no encontrarás ni un solo pelo blanco en mi cabeza. ¿Crees
que alguien que te haya visto puede sentir el menor afecto por otra mujer?
Rhadopis no le contestó, aunque seguía sonriendo. Le invitó a sentarse y el
hombre tomó asiento cerca de ella; a continuación recibió a un grupo de
comerciantes y poderosos agricultores, algunos de los cuales acudían a su
palacio todas las tardes, mientras que a otros sólo los veía en las fiestas y en los
grandes acontecimientos. Les dio la bienvenida con su bella sonrisa, luego vio al
escultor Hanfar —de esbelta estatura, garganta prominente y pelo rizado—
entrando al recibidor. Era uno de los que le resultaban pesados. Le dio la mano y
este se la besó con profundo amor. Ella le dijo bromeando:
—¡Artista perezoso!
A Hanfar no le agradó la observación. Replicó:
—He terminado mi obra en poco tiempo.
—¿Y el salón de verano?
—Es lo único que faltaba por decorar, y siento comunicarte que no lo voy a
hacer personalmente.
La preocupación apareció en el rostro de Rhadopis. El hombre explicó:
—Pasado mañana me marcho a Nubia porque mi madre está enferma y me
ha mandado un mensaje comunicándome que desea verme. No tengo más
remedio que ir.
—Que los dioses os alivien a ambos.
Hanfar se lo agradeció y dijo:
—No creas que me he olvidado del salón de verano. Mañana vendrá mi
mejor discípulo, Benamón ben Bassar, y lo decorará a la perfección. Confío en él
tanto como en mi mismo. Espero que lo recibas bien y lo animes.
Rhadopis le agradeció la atención y le hizo buenas promesas.
Los invitados se sucedieron: llegó el arquitecto Hana seguido de Ana, el
gobernador de la isla, y al poco rato el poeta Ramón Hatib. El último en llegar
fue el filósofo Huf, el cual había sido en otros tiempos profesor de la
Universidad Awn el Grande. Hacía poco que había regresado a Abu, su tierra
natal, con más de setenta años. Al recibirlo, Rhadopis le dijo en broma:
—¿Por qué será que cada vez que te veo deseo besarte?
—A lo mejor eres aficionada a las antigüedades, señora —contestó él
tranquilamente.

***

Un grupo de esclavas entró portando bandejas de plata con perfumes y ramos


de flores de loto. Rociaron la cabeza, las manos y el pecho de los presentes con
el perfume y ofrecieron a todos ellos una flor de loto.
Rhadopis dijo en voz alta:
—¿A que no sabéis lo que me ha pasado hoy?
Todos la miraron con atención. Reinó el silencio y ella dijo sonriendo:
—Esta tarde fui a bañarme a la alberca, en esto que pasó un águila, me
arrebató una sandalia dorada y se la llevó volando.
El asombro y la sonrisa se dibujaron en el rostro de los presentes. Ramón
Hatib, el poeta, comento:
—Tu presencia, desnuda, en el agua, excita a las aves de presa.
Anin replicó con entusiasmo:
—Juro por el dios Sotis que el águila deseaba raptar a la dueña de la
sandalia.
Rhadopis exclamó con tristeza:
—¡Con lo que me gustaba!
Hanfar, el escultor, intervino:
—Es verdaderamente triste que se pierda algo que ha gozado de tus caricias
durante días y semanas. ¿Y qué otro destino le espera al final sino la caída?
Caerá en algún campo desierto y lo pisará algún humilde pie campesino.
Rhadopis aseguró con tristeza:
—Sea cual sea su destino, nunca volverá a mi.
Al filósofo Huf le extrañó la tristeza de Rhadopis por la pérdida de una
simple sandalia e intentó consolarla:
—De todas formas, el que el águila te haya arrebatado la sandalia es un buen
augurio. No te entristezcas.
Uno de los hombres destacados apostilló:
—¿Qué más motivos de felicidad necesita Rhadopis, si todos los presentes la
quieren?
El filósofo replicó, mirando de forma burlona:
—Necesita deshacerse de unos cuantos.
Otro grupo de esclavas entró con jarras de vino y copas doradas. Sirvieron a
los presentes; cada vez que observaban que alguien tenía sed, le servían una copa
llena para apagar la de la boca y encender la del corazón. Rhadopis se levantó
lentamente, se dirigió al baúl de marfil, sacó la misteriosa copa y se la dio a la
copera diciendo:
—Bebamos a la salud de Anin, por su bonito regalo y por su regreso sano y
salvo.
Todos bebieron con satisfacción. Anin bebió hasta emborracharse, echó una
mirada de agradecimiento a la bella; luego se volvió hacia un amigo y le dijo:
—¿No es un inmenso don oír mi nombre en boca de Rhadopis?
El hombre le dio la razón. Entonces, el gobernador Ana advirtió la presencia
de Anin, pues sabía que había ido de viaje por el Sur, y le dijo:
—Feliz vuelta, Anin. ¿Cómo te ha ido el viaje esta vez?
Anin inclinó la cabeza en señal de respeto y respondió:
—Que los dioses te guarden de todo mal, ilustre gobernador. Esta vez no he
pasado de la provincia de Guaguayo. Ha sido un viaje provechoso, rentable y sin
malas consecuencias.
—¿Y cómo está Su Majestad, el príncipe Karafanro, gobernador del Sur?
—La verdad es que Su Majestad tiene serias dificultades por la rebelión de
las tribus de Masayo. Odian a muerte a los egipcios y los acechan. Si encuentran
alguna caravana, la atacan sin piedad, matan a los hombres, roban a los
comerciantes y huyen antes de que lleguen las fuerzas egipcias.
En el rostro del gobernador apareció la preocupación. Preguntó al
comerciante con tristeza:
—¿Y por qué no se dirige allí Su Majestad con fuerzas de castigo?
—Su Majestad no ha parado de enviar sus fuerzas de castigo; pero ellos
nunca se enfrentan a las fuerzas militares, sino que huyen por los desiertos y los
bosques; las fuerzas se ven obligadas a volver cuando se les terminan las
provisiones y los rebeldes reanudan sus algaradas por los itinerarios de las
caravanas.
El filósofo Huf escuchaba atentamente las palabras de Anin, pues tenía cierta
experiencia en el territorio nubio. Estaba al corriente de la cuestión de Masayo, y
preguntó al comerciante:
—¿Por qué los masayos se empeñan siempre en la rebeldía? Su tierra,
dominada por los egipcios, goza de tranquilidad y prosperidad; además, no les
imponemos nuestras creencias. ¿Por qué se enemistan con nosotros?
Anin no se preocupó de conocer las causas; creía que eran las preciadas
mercancías lo que incitaba a esta gente al asalto. Sin embargo, el gobernador
Ana, que era experto en estos asuntos, le dijo al filósofo:
—La verdad es que el problema de los masayos no obedece a causas
políticas o religiosas, sino que se trata de pueblos nómadas que viven en una
tierra desierta, constantemente amenazados por el hambre. La riqueza en oro y
plata que poseen no les sirven para saciar el hambre; por eso, cuando los
egipcios se dedican a explotarlas, los atacan y saquean sus caravanas.
Huf respondió:
—Si es como dices, las expediciones de castigo no tendrán el menor éxito.
Recuerdo, señor gobernador, que el visir Awna —que en paz descanse en el
mundo de Osiris— se hizo ilusiones de que pactaría con ellos en base al interés
común. Les facilitaría provisiones a cambio de que le garantizaran los itinerarios
de las caravanas. Es una buena idea, ¿verdad?
El gobernador asintió con la cabeza y dijo:
—El visir, Janum Hatab, ha retomado el proyecto del visir Awna: ha firmado
el pacto unos días antes de la fiesta del Nilo; pero sólo conoceremos el resultado
a largo plazo. Hay muchos optimistas.
Parece que a los presentes, entre ellos Anin, les aburría la política y se
dividieron en grupos, según los temas de conversación. Todos ellos intentaron
atraer a Rhadopis a su grupo, pero a la bella sólo le atrajo el nombre de Janum
Hatab: se mencionó su aclamación durante el desfile del cortejo faraónico y a
ella le invadió cierta tristeza y una ráfaga de cólera. Se acercó donde estaban
sentados Ana, Huf, Hanfar, Hana y Ramón Hatib y preguntó en voz baja:
—¿Escuchasteis aquel extraño vitoreo?
Quienes visitaban el palacio blanco eran amigos; no guardaban las
apariencias entre ellos ni se les trababa la lengua de miedo. Hablaban de todo
con absoluta libertad y completa tranquilidad. A Huf se le había oído muchas
veces criticar la política de los visires, al igual que a Ramón Hatib, el cual
manifestaba sus dudas y sus temores sobre la enseñanza teológica y su creencia
en el goce, por lo cual invitaba al disfrute de la vida.
El arquitecto Hana bebió un trago y dijo mirando el bello rostro de Rhadopis:
—Fue un grito valiente. No se había escuchado nada igual en el valle del
Nilo.
Hanfar añadió:
—Es verdad; seguramente ha sido una triste sorpresa para el joven faraón a
comienzos de su mandato.
Huf añadió con tranquilidad:
—Nunca ha sido costumbre vitorear el nombre de nadie, fuera cual fuera su
rango, en presencia del faraón.
Rhadopis manifestó en tono de enfado:
—Han transgredido esta norma con el mayor descaro. ¿Por qué se habrán
atrevido, Ana?
El hombre alzó sus espesas cejas y respondió:
—Veo que preguntas por lo que la gente comenta en la calle. Mucha gente
sabe que el faraón desea anexionarse a la corona numerosos bienes de los
templos y recuperar los grandes dones que sus antepasados concedieron a los
sacerdotes.
El poeta Ramón Hatib dijo con cierto tono violento:
—Los sacerdotes han sido siempre objeto de la clemencia faraónica: les
otorgaron tierras y bienes hasta que se convirtieron en poseedores de un tercio de
las tierras cultivables; su influencia se propagó por las provincias y ejercieron
dominio sobre la gente. Creo que hay otros servicios que requieren más gastos
que los templos.
Huf respondió:
—Los sacerdotes afirman que ellos pagan la renta de las tierras con las
limosnas y las obras pías, y que pagan siempre porque renuncian a sus
posesiones en caso de necesidad.
—¿Y cuáles son esos casos?
—Que el reino se vea, por ejemplo, enredado en una guerra que conlleve
muchos gastos.
La bella se quedó pensativa, luego dijo:
—De todos modos, no deben oponerse a la voluntad del rey.
El gobernador Ana aseguró:
—Han cometido una gran equivocación. Además, ya han infiltrado a sus
propagandistas por las provincias y hacen creer a los campesinos que defienden
los bienes de los adorados dioses.
Rhadopis preguntó asombrada:
—¿Cómo se atreven?
Ana respondió:
—El país está en paz, y la guardia faraónica es la única fuerza armada que se
aprecia. Los sacerdotes se envalentonarán si creen que la fuerza faraónica es
insuficiente.
Rhadopis se encolerizó y exclamó con rabia:
—¡Qué salvajes!
El filósofo Huf sonrió, y como no le gustaba callarse sus opiniones,
manifestó:
—Si quieres que te diga la verdad, los sacerdotes son una casta honesta que
vela por las creencias, los buenos modales y las tradiciones ancestrales de este
país; pero la ambición de poder, es una plaga eterna.
El poeta Ramón Hatib, acostumbrado a levantar polémica, lo miró desafiante
y le preguntó escuetamente:
—¿Y Janum Hatab?
Huf se encogió de hombros y dijo con su acostumbrada tranquilidad:
—Es un sacerdote honesto, y un buen político. Nadie puede negarle la fuerza
de voluntad y el buen juicio.
El gobernador Ana se alteró, movió la cabeza con cierta brusquedad y
aseguro:
—Hasta ahora no se ha comprobado su fidelidad a la corona.
Rhadopis añadió tajantemente:
—Incluso ha manifestado todo lo contrario.
El filósofo, que no estaba de acuerdo, dijo:
—Yo conozco muy bien a Janum Hatab; y puedo asegurar que es fiel a su
señor y a su patria.
Ana dijo con extrañeza:
—Sólo te falta decir que el faraón no tiene razón.
—Todo lo contrario. El faraón es un joven con muchas aspiraciones. Desea
recubrir a su país con un manto de esplendor, y eso no será posible sin
anexionarse una parte de los bienes de los sacerdotes.
—¿Quién es el equivocado entonces? —preguntó Ramón Hatib con gran
perplejidad.
—Puede que dos personas no se pongan de acuerdo, teniendo ambas razón
—dijo Huf.
Sin embargo, a Rhadopis no le convenció el argumento del filósofo ni le
agradó la comparación que se establecía entre el faraón y su visir, como si fueran
iguales. Tenía una firme convicción: que el faraón era el único dueño del país y
que bajo ningún concepto se debía estar en desacuerdo con él. Su corazón
repudió cualquier opinión contraria a esta. Terminó diciendo:
—Me extraña lo que dices. ¿Desde cuándo opinas así?
—Desde que viste al faraón por primera vez —bromeó Ramón Hatib—. No
te extrañes, pues la belleza es tan convincente como la verdad.
El escultor Hanfar no pudo aguantar más y gritó:
—Servid las copas, esclavas. Venga, hermosa Rhadopis, canta para nosotros
o deleita nuestros ojos con el movimiento de tu grácil danza, pues nuestro
espíritu está embriagado por el vino de Maryut y preparado para la fiesta, la
alegría y la diversión; aspira al goce del éxtasis y al placer del libertinaje.
Rhadopis le dio unas palmaditas y se dispuso a reanudar su conversación,
pero vio al comerciante Anin que estaba como dormido, solo, lejos de los
grupos, y se dio cuenta de que había permanecido más de la cuenta con el grupo
de Ana.
Se retiró y fue donde estaba el comerciante. Le gritó: «¡despierta!», y el
hombre se incorporó asustado; pero súbitamente su cara se iluminó al verla.
Rhadopis se sentó a su lado y le preguntó:
—¿Estabas dormido?
—Si, estaba soñando.
—¡Ah! ¿Con qué?
—Con las felices noches de Biya. Me preguntaba si sería agraciado hoy con
una de esas eternas noches. ¿Puedo conseguir ahora una promesa?
Rhadopis movió la cabeza negativamente; él se asustó y le preguntó con
temor:
—¿Porqué?
—Puedo desearte a ti o tal vez a otro. ¿Por qué atar la noche con una
promesa engañosa?
Lo dejó y fue hacia otro grupo que estaba sumido en la conversación y en la
bebida. La recibieron con cierta aclamación, rodeándola por todas partes. Uno de
ellos, llamado Shama, le preguntó:
—¿Por qué no participas con nosotros en la conversación?
—¿Y de qué habláis?
—Algunos de nosotros se preguntan si los artistas son dignos del
reconocimiento que reciben los faraones y los visires.
—¿Y habéis llegado a alguna conclusión?
—Sí, señora…, que no son dignos.
Shama hablaba en voz alta, sin que le preocupara nadie. Rhadopis miró hacia
donde estaban sentados los artistas: Ramón Hatib, Hanfar y Hana. Soltó una
resonante, sugestiva y maravillosa risa y dijo, para que lo oyeran los artistas:
—Esta conversación tiene que ser general. ¿No oís, señores, lo que se dice de
vosotros? Aquí se dice que el arte es una mercancía barata y que los artistas no
son dignos de reconocimiento. ¿Qué os parece?
Los labios del anciano filósofo esbozaron una sonrisa irónica, mientras los
artistas miraban con orgullo al grupo de los que se burlaban de ellos. Hanfar
sonrió socarronamente, pero Ramón Hatib se puso pálido de cólera, pues era
muy sensible. Por su parte, Shama, se sentía ufano de lo que había comentado a
sus amigos y reiteró sus palabras en voz alta:
—Soy un hombre trabajador y perseverante; golpeo la tierra con mano de
hierro y esta se humilla dándome toda la riqueza que deseo. Me beneficio yo y
también miles de necesitados. Y todo ello sin consonancias verbales ni colores
brillantes.
Cada uno de ellos manifestó su opinión, bien para ventilar algún rencor,
largamente escondido, o por el mero afán de hablar y hacerse notar. Uno de los
ancianos, llamado Ram, preguntó:
—¿Quién gobierna y dirige a la gente? ¿Quién invade las tierras y conquista
las fortificaciones? ¿Quién posee las riquezas? Indudablemente gentes que no
son artistas.
Anin saltó raudo, por el efecto del vino:
—Los hombres se pierden por amor a las mujeres, desvarían recordándolas
en sus momentos de soledad; en cambio los poetas ensartan sus desvaríos en un
lenguaje rítmico. En esto, nadie que sea sensato puede reprocharles más que la
pérdida de tiempo en nimiedades; sin embargo, la auténtica vanidad y necedad es
que pidan por sus desvaríos el precio de la gloria y de la inmortalidad.
Shama replicó:
—Otros ensartan sus mentiras en largas divagaciones, vagando por
ambientes lejanos y buscando inspiración en fantasmas e ilusiones; pretenden ser
mensajeros de una inspiración celestial. Sin que ellos se lo propongan, la
mayoría de la gente, y hasta los niños, aprende sus mentiras.
Rhadopis se rio con ganas y cambió de asiento para acercarse a Hanfar.
Burlándose, le dijo:
—¡Vaya, hombre! ¿Por qué andas pavoneándote como sí hubieras alcanzado
las más altas cimas?
El escultor sonrió sin ganas, pero guardó silencio, como sus dos amigos,
rehusando contestar a los «ataques sin fundamento», aunque todos ellos
ocultaban un tremendo enfado. Temiendo que aquello pusiera punto final a la
conversación, Rhadopis se volvió hacia Huf y le preguntó:
—¿Qué piensas tú, filósofo, del arte y de los artistas?
—El arte es diversión y juego, y los artistas son buenos jugadores.
Entonces los artistas no pudieron contener el enfado ni el gobernador Ana
pudo reprimir la risa, mientras que los comerciantes y hacendados armaban un
alboroto de alegría.
Ramón Hatib gritó enfadado:
—¿Es que pretendes, filósofo, que la vida no sea más que seriedad?
El anciano movió la cabeza pausadamente y dijo aún sonriente:
—En absoluto; no me refería a eso. La diversión es también una necesidad;
pero siempre hay que tener presente que es sólo diversión.
—¿Acaso la creatividad y la inspiración son un juego? —preguntó Hanfar
desafiante.
—Tú lo llamas inspiración y creatividad, pero yo sé que es un juego de la
fantasía —replicó el filósofo con ironía.
Rhadopis miró al arquitecto Hana como incitándolo a intervenir en la
polémica y sacarlo de su acostumbrado mutismo; sin embargo, el hombre no se
dio por aludido, no por menosprecio al tema de la conversación, sino porque
estaba convencido de que a Huf —tuviera razón o no— únicamente le interesaba
la enconada polémica, sobre todo con Hanfar y con Ramón Hatib.
El poeta se enfadó mucho y, olvidándose de que estaba en el palacio de Biya,
preguntó al filósofo con cierto odio:
—Si el arte es un juego de la fantasía, ¿por qué encargan a los artistas más
obras de las que pueden hacer?
—Porque les hacen pagar su desinterés por la lógica y el pensamiento con la
dedicación al mundillo infantil y a la fantasía.
El poeta se encogió de hombros y dijo:
—No vale la pena contestar a eso.
Hanfar le dio la razón y Hana sonrió asintiendo; pero Ramón Hatib no pudo
aguantar más la cólera. Escudriñando las caras burlonas, preguntó:
—¿Es que el arte no crea en vosotros un sentimiento de deleite y belleza?
Anin, muy bebido, contestó sin saber lo que decía:
—¡Qué fútil es eso!
El poeta se enfadó aún más, dejó caer la flor de loto y dijo rudamente:
—Lo que sucede es que esta gente no sabe lo que dice. ¿Cómo es posible que
alguien diga que el deleite y la belleza son algo fútil? ¿Es que hay en la vida algo
aparte de la belleza y el deleite?
Hanfar se alegró por las palabras de su amigo; embriagado de entusiasmo, se
inclinó hacia la bella y le susurró al oído:
—Ha dicho verdad; lo juro por tu belleza, Rhadopis. La vida pasa como un
sueño pasajero. Recuerdo, por ejemplo, que me entristeció muchísimo la muerte
de mi padre y que lo lloré amargamente; pero ahora, al recordarlo, me pregunto:
¿habrá existido de verdad este hombre o serán imaginaciones mías y apariciones
engañosas que se vislumbran en la oscuridad de la noche? Así es la vida. ¿De
qué les sirve su fuerza a los fuertes? ¿De qué les sirve a los trabajadores la
riqueza que amontonan? ¿Qué consiguen los gobernadores con sus gobiernos?
¿Qué han hecho? Nada de nada. La fuerza puede ser una locura, la sabiduría una
equivocación y la riqueza un engaño; pero el deleite es deleite, no puede ser otra
cosa: todo cuanto crea la belleza es vano.
El hermoso rostro de Rhadopis expresó cierta seriedad y, con ojos soñadores,
exclamó:
—¡Quién sabe, Hanfar! A lo mejor la belleza y el placer también son cosas
fútiles. ¿No me ves a mí que me paso la vida divirtiéndome y disfrutando del
placer y de la belleza?, y sin embargo, ¡cuántas veces me ha perseguido el
aburrimiento!
Rhadopis se dio cuenta de que Ramón Hatib se encontraba mal y percibió el
disgusto en la cara de Hanfar. Hana se calló; sintió haberlos molestado y,
considerándose responsable de ello, dijo para cambiar de tema:
—Basta ya, señores. A pesar de lo que digáis, no dejaréis de requerir arte y
artistas. ¡Cuánto os gusta, polemistas, plantear incluso la felicidad como tema de
polémica y disputa!
El gobernador Ana, ya harto del tema, rogó a Rhadopis:
—Pon fin a la discusión con alguno de tus felices cantos.
Todos ansiaban escuchar música y canciones, y se unieron a la propuesta del
gobernador. Rhadopis asintió, pues ya estaba harta de tanta conversación. Una
extraña angustia la había invadido en repetidas ocasiones durante aquel día y
creyó que el cante y el baile se la disiparían. Se subió a su trono, ordenó a los
músicos que cogieran los adufes, el laúd, la flauta y el silbato; a continuación se
alinearon detrás de ella.
Luego hizo una señal con su blanca mano y comenzaron a tocar la bella
melodía, creando un ambiente de música y alegría para su encantadora voz. Poco
a poco el sonido de los instrumentos se fue apagando hasta convertirse en algo
semejante a los tenues susurros de los enamorados. Rhadopis entonó un poema
de Ramón Hatib:

¡Oh los que escucháis los consejos de los sabios!


Oídme, la vida, desde la eternidad ha visto cómo se iban marchando
vuestros antepasados.
Aquellos que pasaron por ella como los sueños en la mente del
durmiente.
Se rio hasta la saciedad de sus promesas y sus amenazas.
¿Dónde están ahora los faraones, los políticos, los conquistadores?
¿De verdad es la tumba el umbral de la eternidad?
Pero de la tumba no llega ningún mensajero que tranquilice nuestro
corazón.
No dejéis pasar la ocasión de la alegría y del placer.
En verdad la voz del copero es más sabia que los gritos de los
predicadores.

La bella entonó la melodía con una voz tan tierna que las almas se soltaron
de las cadenas de los cuerpos. Pasearon por los cielos de la belleza y de la
felicidad, se olvidaron de los problemas y de las preocupaciones terrenales y
participaron en la sublimación. En silencio, permanecieron ebrios, respirando
alegría y tristeza, placer y dolor.
El amor despejó de sus corazones cualquier otro sentimiento que no fuera él.
Se abalanzaron sobre la bebida y contemplaron a la hermosa mujer moviéndose
entre los invitados: jugueteaba, bromeaba y bebía con ellos. Cuando se acerco a
Ana, este le susurró al oído:
—Que los dioses te otorguen la felicidad, Rhadopis. He venido como un
espectro cargado de problemas y héme ahora como un pájaro volando por el
cielo.
Le sonrió y se puso al lado de Ramón Hatib, le regaló una flor de loto en
compensación por la que había perdido, y este le comentó:
—Este viejo dice que el arte es un juego de fantasías. ¡Qué opinión tan
necia! El arte es una chispa divina que brilla en tus ojos, gira con los latidos de
mi corazón y produce maravillas.
Rhadopis replicó riendo:
—¿Cómo puede salir de mi algo que produce maravillas, si soy más frágil
que una niña?
Luego fue donde estaba Huf y se sentó a su lado. Él aún no había probado el
vino. Lo miró de forma sugerente y el hombre se rio y dijo con ironía:
—¡Vaya un acompañante que has elegido!
¿Es que no me deseas, como esos?
—¡Ojalá pudiera! Sin embargo, encuentro en ti lo mismo que el que está
resfriado en la estufa.
—Entonces aconséjame qué es lo que debo hacer con mí vida, porque hoy
estoy sufriendo.
—¿De verdad sufres? ¿Riquezas, lujo y sufrimiento?
¿Cómo es que no puedes captarlo, sabio?
—Todo el mundo se queja, Rhadopis. Muchas veces he oído los quejidos de
los pobres y de los miserables que sólo aspiran a un mendrugo de pan, otras
veces he oído a los señores poderosos gimiendo bajo el peso de las grandes
responsabilidades y otras he oído las quejas de los ricos, hartos de riqueza y
felicidad. Todo el mundo se queja. ¿Qué resultados habrá que esperar del
cambio? Debes contentarte con lo que te ha tocado.
—¿Acaso la gente sufre en el mundo de Osiris?
El anciano sonrió y dijo:
—¡Ay! Tu amigo Ramón Hatib se burla de este peligroso mundo; pero los
sabios sacerdotes dicen que es el mundo de la eternidad. Ten paciencia; aún eres
inexperta.
Otra vez la invadió la ola del libertinaje y de la ironía. Quiso bromear con el
filósofo y le dijo en un tono aparentemente serio:
—¿De verdad crees que soy inexperta? Tú no has visto nada de lo que he
visto yo.
—¿Y qué es lo que has visto tú que no haya visto yo?
Ella señaló hacia un grupo de hombres que se divertían y dijo riendo:
—He visto a esos hombres destacados; la élite de Egipto postrada a mis pies.
Han pasado a su estado primitivo, olvidando su sensatez y su respeto, como si
fueran perros o monos.
Luego se rio dulcemente y corrió con la elegancia de una gacela hasta el
centro del recibidor. Una vez allí, indicó a los músicos que tocasen y los dedos
de estos jugaron con las cuerdas. La bella bailó una de sus mejores danzas que
ponía de relieve su suave cuerpo como un prodigio de ligereza y flexibilidad. La
música arrebató a los hombres que participaron dando palmas al ritmo de los
adufes, mientras en los ojos se encendían luces chispeantes. Terminó su baile y
voló, cual paloma, hacia su trono. Miró las caras ansiosas de los hombres y
percibió algo que le hizo reír, aunque se contuvo y comentó:
—Es como si fuera una oveja entre lobos.
Anin, ebrio, se extrañó de la comparación y deseó ser un lobo para raptar a la
hermosa oveja. El vino hizo que se cumpliera lo que deseaba: se imaginó que era
un lobo y dio un fuerte aullido que despertó un estallido de carcajadas; pero él
siguió aullando. Se puso a cuatro patas y avanzó en dirección a la bella entre las
estridentes risas de los presentes, hasta que estuvo muy cerca de ella.
—Regálame esta noche —le suplicó.
Pero ella no le contestó. Miró al gobernador Ana que venía a despedirse y le
dio la mano. Luego fue el filósofo Huf, al cual le preguntó riendo:
—¿No deseas que te regale esta noche?
Él movió la cabeza riendo y respondió:
—Sería más fácil para mí hacer trabajos forzados con los presos en las minas
de Qaft.
Cada uno de ellos deseó insistentemente que la noche fuera para él.
Compitieron duramente por ello hasta que las cosas se complicaron. Hanfar
propuso una solución:
—Que cada uno escriba su nombre en una hoja de papel. Pondremos todos
los nombres en el cofre de marfil de Anin; luego Rhadopis meterá la mano y
sacará el nombre del afortunado.
Todos se vieron obligados a aceptar la proposición; empezaron a escribir su
nombre, excepto Anin que temía perder la noche. Dijo humildemente:
—Señora, soy un viajero: hoy estoy aquí y mañana en un país lejano al que
sólo se llega tras muchos esfuerzos. Si me falla esta noche, perderé la ocasión
para siempre.
Sin embargo, su argumento incomodó a los demás, los cuales le replicaron
con burlas. Rhadopis estaba callada. Miró a sus enamorados con ojos gélidos y
la invadió de nuevo la extraña angustia. Quiso escapar para estar sola. Le
molestaba el ruido e hizo una señal con la mano: todos se callaron, sumidos en
esperanza y temor. Ella manifestó:
—No os canséis, señores: esta noche no seré de nadie.
Todos se quedaron callados y la miraron con disgusto, sin dar crédito a sus
oídos, pero no tardaron en protestar clamorosamente y en suplicar,
quejumbrosos. Ella consideró innecesario darles más explicaciones; se levantó y
con expresión firme y decidida dijo:
—Estoy cansada… permitidme descansar.
Los saludó con su delicada mano y les dio la espalda marchándose
apresuradamente. Subió a sus aposentos, satisfecha por lo que había hecho, feliz
por su liberación aquella noche, resonándole en los oídos los cálidos gemidos de
aquellos hombres. Alzó la cabeza hacia la ventana, descorrió la cortina y miró a
la calle oscura: vio a lo lejos siluetas de ruedas y palanquines llevando a los
hombres ebrios que volvían angustiados y decepcionados. Le causó placer verlos
y en sus labios se dibujó una sonrisa misteriosa y cruel.
¿Cómo había podido hacer aquello? No sabía; no obstante estaba nerviosa y
angustiada. ¡Ay! ¿Qué habrá después de esta vida monótona? La respuesta se le
hizo difícil y ni el propio sabio Huf la satisfizo. Luego se tumbó en su lecho
mullido y se rindió a los sueños: por las páginas de su imaginación fueron
pasando los extraordinarios acontecimientos del día, uno detrás de otro; vio a la
muchedumbre egipcia concentrada y vio los embrujadores ojos encendidos,
atraídos hacia ella con una fuerza dominadora, y escuchó su desagradable voz
que transmitía el temblor en las articulaciones; luego vio al joven faraón con una
aureola de gloria y de belleza, y después a aquel águila que descendía, le
arrebataba una de sus sandalias y volaba con ella por los aires. En verdad había
sido un día completo. Tal vez eso había despertado sus sentimientos y
estimulado su imaginación. En su mente se distribuyeron los fragmentos de
quien se había marchado llevándose como victimas a los miserables
enamorados. Su corazón latía con fuerza, su alma estaba inflamada con una
llama oculta y su imaginación vagaba por extraños valles. Era como sí hubiera
pasado de un estado a otro, pero ¿qué estado era ese? Estaba perpleja, sin saber
nada. ¿Sería el efecto del sortilegio que le había echado aquella maldita bruja?
No, no se trataba de ningún sortilegio mágico; era simplemente la magia del
destino.
TAHU

E staba inquieta, turbada y confusa. Perdió la esperanza de dormir. Se


levantó de la cama de nuevo, se acercó a una ventana que daba al jardín, la
abrió de par en par y se quedó allí, parada como una estatua. Luego se soltó el
pelo que se deslizó en mechones temblorosos por el cuello y los hombros,
cubriéndose la blanca túnica de profunda oscuridad. Llenó los pulmones con el
fresco aire nocturno; luego puso los codos en el alféizar de la ventana y apoyó la
barbilla en la palma de las manos. Su mirada se perdió en el cielo que cubría el
jardín y el Nilo que corría por detrás. Era una noche oscura y templada. La brisa
soplaba de vez en cuando ligeramente haciendo bailar las ramas y las hojas. El
Nilo se percibía desde lejos como una porción de oscuridad. El cielo estaba
adornado con brillantes estrellas las cuales emitían una luz débil que, al
acercarse a la tierra, se sumergía en un mar de oscuridad.
¿Podrían la noche oscura y el silencio absoluto extender sobre su inquieta
cabeza un manto de calma y seguridad? Imposible. La desesperación de alcanzar
la tranquilidad llegó a su punto máximo. Se trajo una almohadilla y la puso en el
alféizar de la ventana, reposó en ella la mejilla derecha y cerró los ojos.
De pronto le vino a la memoria la reflexión del filósofo Huf: «Todo el
mundo se queja. ¿Qué se puede esperar del cambio? Confórmate con lo que te ha
tocado». Suspiró desde lo más profundo de su corazón y se preguntó con
tristeza: ¿Será verdad que no hay nada que esperar del cambio? Es cierto que el
ser humano siempre se está quejando, pero ¿cómo puede convencerse
completamente, de tal manera que su corazón deje de perseguir el cambio? Pues
su corazón alberga una rebeldía devastadora que aspira a aniquilar su presente y
su pasado, y a evadirse hacia unos horizontes desconocidos. ¿Cómo encontrar
sosiego y satisfacción? Soñaba con un estado que anulara la queja, pero estaba
inquieta y enfadada con todo el mundo.
No dejó sus pensamientos ni sus sueños hasta que oyó que llamaban
suavemente a la puerta de sus aposentos. Aguzó el oído, asombrada, y gritó
levantando la cabeza:
—¿Quién es?
Una voz que ella conocía muy bien respondió:
—Soy yo, señora. ¿Me permitís entrar?
—Entra, Shiz.
La esclava entró de puntillas y se extrañó de que su señora estuviera
levantada y la cama sin tocar.
—¿Qué te pasa, Shiz? —le preguntó repentinamente la hermosa mujer.
—Hay un hombre esperando que le deis permiso para entrar.
Frunció el ceño y dijo algo enfadada:
—¿Cómo que hay un hombre? Pues despídelo.
—¡Cómo, señora! Si es un hombre a quien nunca se cierran las puertas de
este palacio.
—¡Tahu!
—En persona.
—¿Y qué es lo que le trae por aquí a estas horas?
En los ojos de la esclava asomó una mirada maliciosa.
—Eso ya lo sabréis, señora —dijo.
Le hizo una seña con la mano para que lo llamara. La esclava desapareció
unos instantes; luego el cuerpo alto y ancho del comandante llenó el hueco de la
puerta. La saludó con una inclinación de cabeza y se detuvo ante ella, mirándola
de frente con nerviosismo. A ella no le pasaron desapercibidas su palidez, las
arrugas de su frente y la oscuridad de sus ojos, pero hizo como si no se diera
cuenta y fue a sentarse en el diván.
—Te noto cansado. ¿Has tenido mucho trabajo? —le preguntó.
Él negó con la cabeza y dijo escuetamente:
—En absoluto.
—No estoy acostumbrada a verte así.
—¿De verdad?
—Eso ya lo sabes, sin duda. ¿Qué te pasa?
Él estaba al corriente de todo y ella también lo sabría dentro de poco, bien
por él, bien por cualquiera. Evitaba hablar del tema porque se estaba jugando su
felicidad, y temía perderla para siempre. Si pudiera dominarla, todo sería más
fácil; pero casi tenía perdida la esperanza de lograrlo. Se apoderó de él un
intenso dolor y exclamó:
—¡Ay, Rhadopis! Si mis sentimientos fueran correspondidos, te suplicaría en
nombre de nuestro amor.
¿Qué era lo que le obligaba a suplicar? Ella lo conocía como un hombre
violento que detestaba la súplica y el ruego. Generalmente se contentaba con la
hermosura de su cuerpo. ¿Qué era lo que le asustaba?
—Esta es una conversación vieja y rutinaria.
Aunque reconocía que era verdad, se enfadó y replicó con un tono cortante:
—Ya lo sé; pero la repito porque las circunstancias lo requieren. ¡Ay! Es
como si tu corazón fuera una cueva hueca, sumergida en el fondo de un río frío.
Ella estaba acostumbrada a este tipo de sentencias; no obstante, contestó con
nerviosismo:
—¿Es que te he impedido alguna vez hacer lo que quieras?
—No, Rhadopis. Me has otorgado tu hermoso cuerpo que fue creado para
martirizar a los hombres. Pero siempre he aspirado a tu corazón. ¡Vaya un
corazón, Rhadopis! Permanece inmóvil en medio de las tempestades del deseo,
como sí no fuera tuyo. Siempre me he preguntado desconcertado: ¿qué es lo que
me falta? ¿Es que no soy un hombre, todo un hombre? La verdad es que no
tienes corazón.
Siguió haciéndose la desentendida, pues no era la primera vez que escuchaba
eso. Siempre lo decía con ironía o ligeramente enfadado; pero a esa avanzada
hora de la noche, su tono era vacilante, estaba teñido de rencor. ¿Qué le había
enfadado? Como incitándolo a que se lo aclarara, le preguntó:
—Tahu, ¿has venido para repetirme esa monserga?
—No, no he venido para eso, sino por un asunto grave. Y si el amor no me
ayuda a resolverlo, que me ayude la libertad que te empeñas en conservar.
Lo miró con mucha atención y esperó a que hablara. Él se sintió sumamente
incómodo y decidió ir al grano, sin rodeos. Le dijo con tranquilidad y
determinación, mirándola a los ojos:
—Tienes que abandonar el palacio de Biya y huir de la isla lo antes
posible… antes del amanecer.
La mujer se asustó por lo que oyó y, mirándolo con ojos incrédulos, le
preguntó:
—¿Qué dices, Tahu?
—Digo que tienes que desaparecer… o perderás la libertad.
—¿Y qué es lo que amenaza mi libertad en Biya?
Él apretó los dientes y le preguntó a su vez:
—¿No has perdido algo precioso?
—Sí, la sandalia dorada que me regalaste —contestó asombrada.
—¿Cómo ha sido?
—Me la arrebató el águila cuando me estaba bañando en la alberca del
jardín. Pero no sé qué relación puede haber entre mi libertad y la pérdida de la
sandalia.
—Espera, Rhadopis. Es verdad que la arrebató el águila, pero ¿a que no
sabes dónde fue a caer?
Por su tono, advirtió que conocía el asunto y, extrañada, balbuceó:
—¿Cómo voy a saberlo, Tahu?
—Pues cayó en el regazo del faraón.
Estas palabras le sonaron como un terrible trueno que acaparó todos sus
sentidos y le nubló la razón. Miró a Tahu con ojos perplejos, sin poder salir de su
estupor. El comandante la escudriñaba con ojos inquietos y desconcertados,
preguntándose: ¿cómo le habrá sentado la noticia? ¿Cuáles serán sus verdaderos
sentimientos? Se impacientó y le preguntó con voz apagada:
—¿No tengo razón en lo que te pido?
Pero ella no contestó ni parecía escucharlo. Estaba sumergida en olas que se
entrechocaban en su agitado corazón. Le impresionó su indiferencia e indecisión.
Él palpó en aquello una señal que espantó a su corazón. Su paciencia se agotó y
la rabia lo acosó y lo cegó. Le gritó con voz ronca:
—¿Dónde estás? ¿Es que no te ha asustado esta terrible noticia?
Su voz la hizo temblar, mientras el enfado devoraba su corazón. Lo miró
llena de rabia, pero se contuvo para conseguir de él lo que pretendía, y le
preguntó fríamente:
—¿Tú lo ves así?
—Me parece que te estás haciendo la tonta, Rhadopis.
—¡Qué injusto eres! Supongamos que la sandalia cayó en el regazo del
faraón. ¿Crees que me matará por ello?
—En absoluto. Pero examinó la sandalia y se preguntó quién sería la dueña.
El corazón de la bella palpitó con fuerza y le preguntó:
—¿Y encontró la respuesta?
Los ojos de él se ensombrecieron y dijo con voz trémula:
—Allí había un hombre que siempre me acecha y al que el destino ha
convertido en un amigo-enemigo y un enemigo-amigo para mí. Aprovechó la
ocasión para pincharme, y me hirió mucho hablándole bien de ti. Despertó su
deseo y suscitó la pasión en su corazón.
—¿Sufajatib?
—El mismo. Ese amigo-enemigo. Pues el deseo se apoderó del corazón del
joven rey.
—¿Y qué pretende?
Tahu se cruzó de brazos y dijo secamente:
—El faraón no es una persona que desee algo y no lo consiga. Cuando quiere
algo sabe cómo apoderarse de ello.
De nuevo el silencio. La mujer cayó presa de unos sentimientos ardientes. La
pesadilla se apoderó del hombre y su rabia aumentó por el silencio de la mujer;
pero esta ni se asustó ni se intimidó.
—¿No te das cuenta de que tu libertad está amenazada con la prisión? —
exclamó irritado—. Tu libertad, Rhadopis, que tanto aprecias y que nunca
descuidas. Tu libertad que arruinó corazones, extravió almas e hizo de la
inquietud, la angustia y la desesperación plagas que azotan a todos los de Biya.
¿Por qué no te apresuras a llevarla lejos?
Ella se molestó por esta calificación de su libertad y replicó con indignación:
—Me dices en la cara esa calificación espeluznante, cuando mi única culpa
es que no soy hipócrita, que no digo a un hombre que le quiero sin que sea
verdad.
—¿Por qué no te enamoras, Rhadopis? Hasta Tahu, el gran soldado que
emprendió combates por el Norte y por el Sur, y se crio sobre carretas, se ha
enamorado. ¿Por qué no te enamoras tú?
Ella sonrió de forma enigmática y respondió:
—No sé si tengo respuesta para tu pregunta.
—Esto no me preocupa por ahora. No he venido para eso. Lo único que te
pregunto es qué vas a hacer.
Ella respondió con una extraña calma y resignación:
—No lo sé.
Los ojos de él se encendieron como brasas, devorándola con rencor. Sintió
un loco deseo de romperle la cabeza. Rhadopis le dirigió la mirada por
casualidad, y él suspiró profundamente.
—Suponía que te entusiasmaría más tu libertad —observó.
—¿Y qué quieres que haga?
Él dio una palmada y repuso:
—Que te escapes, Rhadopis. Que huyas antes de que te lleven al palacio del
gobernador, como una esclava más. Te confinarán en una de sus numerosas
habitaciones y vivirás allí, en soledad y esclavitud, esperando a que te llegue el
turno, una vez al año. Vivirás el resto de tu vida en un paraíso triste que encierra
una prisión sombría. ¿Acaso Rhadopis fue creada para esa clase de vida?
Se enfadó por su dignidad y orgullo. ¿Sería posible que le tocara en suerte
esa vida desgraciada? ¿Sería su destino final —ella, por quien competían los
hombres más destacados— compartir con esclavas el corazón del joven faraón y
contentarse con una habitación en su harén? ¿Acaso aspira a la oscuridad
después de la luz, a la derrota tras la victoria y a la esclavitud después del
indiscutible señorío? ¡Ay, qué horrible y extraña es la imaginación! ¿Escapará,
como quiere Tahu? ¿Aceptará huir? Rhadopis, la adorada, cuya hermosura nunca
se vio en otro rostro y cuya magia nunca tuvo ningún otro cuerpo, ¿escapará de
la esclavitud? Entonces, ¿quién aspirará a dominar y acaparar los corazones?
Dio un paso hacia ella y suplicó:
—Rhadopis, ¿qué dices?
Nuevamente se apoderó de ella la cólera y replicó con ironía:
—¿No tienes escrúpulos, comandante, al incitarme a escapar de tu señor?
Su ironía lo alcanzó en pleno corazón. Se tambaleó del impacto del golpe y
dijo rápidamente, sintiendo cierta amargura en la boca:
—Mi señor aún no te ha visto, Rhadopis, mientras que yo tengo arrancado el
corazón desde hace mucho tiempo. Soy prisionero de una pasión desbocada que
no conoce la clemencia, que me conduce al abrevadero de la perdición y me
pisotea con el pie de la humillación y la tortura. Mi pecho es un abismo de
tortura abrasadora cuya llama se avivó cuando temí perderte para siempre. Te he
incitado a escapar para defender mi amor, sin que eso implique en absoluto que
estoy faltando a mi adorado señor.
Ella no hizo caso de sus lamentos ni de su defensa de la lealtad a su señor.
Aún seguía herida en su orgullo. Por eso, cuando el hombre le preguntó sobre lo
que pretendía hacer, movió la cabeza con fuerza, como para sacudir las viles
preocupaciones, y dijo con un tono frío y lleno de seguridad:
—No voy a huir, Tahu.
El hombre se quedó paralizado de asombro y desesperación, y le preguntó:
—¿Consientes la sumisión y la humillación? Ella respondió con una sonrisa:
—Rhadopis jamás consentirá la humillación.
—Ah, ya entiendo —replicó irritado—, tu viejo demonio se ha despertado.
El demonio de la vanidad, del orgullo y de la fuerza. Ese demonio que se refugia
en la eterna frialdad de tu corazón y se regocija contemplando el sufrimiento
ajeno y apoderándose de los destinos. Se ha rebelado al escuchar el nombre del
faraón. Quiere poner a prueba su fuerza y su dominio, poner en juego esa
maldita hermosura, sin hacer caso a los corazones deshechos que pisotea a lo
largo de su satánica carrera, a las almas convertidas en ceniza ni a las esperanzas
arruinadas. ¡Ay! ¿Por qué no acabo con este mal de una puñalada?
Ella lo miró tranquilamente y dijo:
—Nunca te he impedido nada, y siempre te he puesto en guardia contra la
seducción.
—Este puñal basta para tranquilizar mi alma. ¿Será un final natural para
Rhadopis?
—Y será un final lamentable para el comandante nacional, Tahu —replicó
ella tranquilamente.
La miró durante un buen rato con ojos inexpresivos. En quel instante, sentía
una desesperación asesina y una angustia asfixiante. No obstante, su enfado no
estalló. Respondió con un tono frío y duro:
—¡Qué asquerosa eres, Rhadopis! Eres una imagen repugnante y espantosa.
Quien crea que eres hermosa es que esta ciego. Tu imagen es fea porque es una
imagen asesina. No hay hermosura sin vida, y esta jamás ha palpitado en tu
pecho ni ha entibiado tu corazón. Eres un cadáver con facciones bien dibujadas;
pero sólo un cadáver. El cariño jamás ha asomado a tus ojos, tus labios no se han
abierto de dolor ni tu corazón ha palpitado de compasión. Tu mirada es fría y tu
corazón parece tallado de una roca. Eres un maldito cadáver. Debo odiarte
mientras viva. Sé que te rebelarás como quiera tu demonio, pero algún día te
derrumbarás con el alma rota. Ese es el fin de toda maldad. ¿Por qué matarte
entonces? ¿Por qué cargar con el crimen de un cadáver ya muerto?
Tras decir aquello, Tahu se marchó.
Rhadopis permaneció escuchando sus pesados pasos hasta que los ahogó el
silencio nocturno. Volvió a la ventana. La oscuridad era completa, y las estrellas
velaban en su eterna fiesta. El silencio era total y majestuoso. Pensó que podía
escuchar las recónditas palpitaciones de su corazón.
Lo que albergaba era fuerte y violento a causa del ardor y de la inquietud.
Algo que le aseguraba que su cuerpo era un cuerpo palpitante de vida, no un
cadáver inerte.
EL FARAÓN

A brió los ojos y no vio más que oscuridad. ¿Aún será de noche? ¿Cuántas
horas habría permanecido tranquilamente dormida? Estuvo un rato sin
entender ni recordar absolutamente nada. Era como si ignorara también el
pasado y el futuro, como si la profunda oscuridad de la noche se hubiera tragado
su personalidad. Durante un momento sintió cierto aturdimiento y pesadumbre;
luego sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y esta se atenuó y amenguó su
impacto. Pudo ver una leve luz que penetraba por los huecos de las ventanas y
distinguió los muebles de la alcoba y la lámpara chapada en oro que colgaba, y
sus sentidos comenzaron a percibir. Recordó que había permanecido sin pegar
ojo hasta que el amanecer la inundó con sus tenues olas azules. Entonces se
acostó y el sueño la arrebató de sus sentimientos y sus pensamientos hasta el
mediodía o la tarde del día siguiente.
Recordó los acontecimientos de la noche pasada. En su memoria apareció la
imagen de Tahu hirviendo, gritando y gimiendo de desesperación y amenazante
de desprecio. ¡Qué hombre tan violento! Es un hombre soberbio, muy irascible y
con un amor salvaje. Un amor cuyo único defecto es que es terco y muy
profundo. Deseó sinceramente que la olvidara y la despreciara, pues no le había
ocasionado más que problemas. Todos están ansiosos por conquistar su corazón,
pero este es indiferente y fugitivo, como un animal indómito. Y ¡cuántas veces
se había visto obligada, sin querer, a enfrentarse a actitudes impresionantes y
desgracias dolorosas! Ella las odiaba, pero las desgracias la perseguían como si
fueran su sombra, revoloteaban en torno a ella como si fueran sus pensamientos
y manchaban su vida con crueldad y dolor.
Luego recordó lo que había dicho Tahu acerca del joven faraón: que estaba
deseoso de ver a la dueña de la sandalia y que seguramente la llevaría a su
poblado harén. ¡Ah! El faraón es un joven de sangre caliente y loca mocedad,
según le habían dicho. No es extraño que Tahu le dijera lo que le dijo y no es
difícil creer sus palabras; pero tal vez los acontecimientos tomen otros
derroteros. Su confianza en si misma no tiene límite.
Oyó un golpe en la puerta y dijo con voz perezosa:
—Shiz, entra.
La esclava abrió la puerta y entró andando con su acostumbrada ligereza.
Comentó:
—Gracias a los dioses que os han facilitado el sueño después de un largo
insomnio. ¡Qué pena, señora! Seguramente el hambre ha obtenido de vos todo lo
que ha podido.
Abrió la ventana y penetró una luz entremezclada con cierta penumbra.
—Hoy se ha puesto el sol sin poder veros —dijo riéndose—. Su visita a la
tierra ha sido un fracaso.
Rhadopis le preguntó mientras se estiraba y bostezaba:
—¿Ya ha llegado la tarde?
—Sí, señora. Y ahora ¿iréis al agua perfumada o comeréis? ¡Qué lástima! Yo
sé mejor que nadie lo que os hizo pasar la noche en vela.
—¿Qué es, Shiz? —le preguntó con interés.
—Que no os calentasteis la cama con un hombre.
—¡Maldita seas, malvada!
La esclava replicó, guiñando un ojo:
—Los hombres son déspotas a veces, señora. Si no fuera por eso, no habrías
soportado su orgullo.
—¡Basta ya de palabrería, Shiz!
Se quejó de dolor de cabeza y la esclava le dijo:
—Vamos al baño. Los pretendientes ya están llegando al recibidor. Les
molestará verlo sin vos.
—¿De verdad han venido?
—¿Acaso vuestro recibidor ha estado vacío alguna vez a estas horas?
—No veré a nadie.
Shiz se quedó asombrada. Miró a su señora con recelo y dijo:
—Ayer frustrasteis sus esperanzas. ¿Qué les diréis hoy? ¡Ay! Si supierais,
señora, lo afligidos que están por vuestra tardanza…
—Pues diles que estoy cansada.
La esclava vaciló. Quiso replicar, pero Rhadopis le ordenó:
—Haz lo que se te ha mandado.
La esclava salió de los aposentos turbada, sin saber lo que había hecho
cambiar a su señora. La bella se tranquilizó cuando la esclava cumplió su orden.
Creyó que ese no era el momento oportuno porque no podía juntar su disperso
pensamiento para escuchar a nadie ni prestar atención a una conversación, y
menos bailar o cantar. Así pues, que se marcharan todos. Pero, temiendo que
Shiz volviera con los ruegos de la gente, se levantó de la cama y se metió en el
baño.
A solas, se preguntó si el faraón mandaría que fueran a buscarla aquella
misma noche. ¿Sería por eso por lo que se encontraba tan inquieta? ¿Acaso tenía
miedo? No. Esa beldad con la que ninguna mujer se podía comparar, sin duda
rezumaba confianza en sí misma. Ella es así. Ninguno puede resistirse a su
belleza ni su hermosura se rebajará ante nadie, ni siquiera ante el propio faraón.
Pero, ¿por qué, entonces, está tan nerviosa? Le ha vuelto esa sensación tan
extraña que la invadió ayer por la noche, que hizo palpitar su corazón por
primera vez cuando vio al joven rey de pie en su carroza, como sí fuera una
estatua. ¡Qué curioso! ¿Estará perpleja ante un extraño enigma, un nombre
majestuoso y un dios adorado? ¿Deseará verlo como a un simple mortal después
de haberlo visto como a un dios majestuoso? ¿Estará inquieta porque quiere
asegurarse de su fuerza ante esa fortaleza tan infranqueable?
Shiz tocó a la puerta del baño y dijo que Anón le había dado una carta para
ella. La bella se enfadó y ordenó tajantemente: «rómpela en pedazos». La
esclava, temerosa de ser el blanco de la cólera de su señora, se retiró tropezando
por el nerviosismo.
Rhadopis salió del baño y entró en sus aposentos, aún más bella que antes.
Comió y tomó una copa de vino de Maryut. Nada más sentarse en el diván, Shiz
irrumpió sin pedir permiso. Rhadopis le lanzó una mirada amenazadora y la
esclava, asustada, exclamó:
—En el vestíbulo hay un hombre desconocido que exige veros.
El enfado se apoderó de la bella:
—¿Te has vuelto loca, Shiz? —le gritó—. ¿Acaso te alías con esos
inoportunos en contra mía?
—Paciencia, señora —replicó la esclava jadeando—. Ya había despedido a
todas las visitas; pero este es un hombre desconocido al que no había visto hasta
ahora. Me encontré con él por casualidad en el pasillo que conduce al vestíbulo.
No sé por dónde vino. Intenté impedirle el paso, pero siguió andando, sin
hacerme caso, y me mandó que os comunicara su ruego.
La bella escuchó a la esclava; luego le preguntó con interés:
—¿Pertenece a la guardia del faraón?
—No, señora. No viste traje militar. Le he preguntado quién es y se ha
encogido de hombros con desprecio. Le he asegurado que hoy no recibís a nadie,
pero no me ha hecho caso. Me ha dicho que os comunique que os está
esperando. ¡Ay, señora! Ardo en deseos de satisfaceros, pero no ha habido forma
de despachar a ese pesado insolente.
Rhadopis se preguntó si sería algún mensajero del rey. Su corazón latió ante
la idea sacudiendo todo su pecho. Corrió al espejo y examinó su imagen; luego
dio una vuelta de puntillas, con el rostro clavado en el espejo, y preguntó a la
esclava:
—¿Qué ves, Shiz?
La esclava respondió, asombrada por el cambio de su señora:
—Veo a Rhadopis, señora.
La bella salió de la alcoba, dejando a la esclava aturdida y perpleja, y fue de
una habitación a otra, como una paloma; luego bajó la escalera, cubierta con una
magnífica alfombra y se detuvo un momento en la entrada del recibidor. Vio a un
hombre que estaba de espaldas, leyendo un poema de Ramón Hatib que estaba
grabado en la pared del vestíbulo. ¿Quién seria? Tenía la misma estatura que
Tahu, pero era algo más delgado, aunque ancho de hombros y con buenas
piernas. En la espalda llevaba un cinturón adornado con piedras preciosas que
iba de los hombros a la cintura y en la cabeza una bonita tiara de forma
piramidal que no se parecía a la de los sacerdotes. ¿Quién sería? No había
reparado en ella porque pisaba con ligereza por una gruesa alfombra. Cuando
estuvo a unos pasos de él le dijo en voz baja:
—Señor…
El desconocido se volvió hacia ella. ¡Dios mío! Estaba cara a cara con el
faraón. El faraón en persona, con su poder y majestuosidad. Mernerá Segundo.
Nadie más que él.
¡Dios mío! La sorpresa le sacudió todo el cuerpo dejándola arrobada, sin
saber qué hacer. ¿Estaría soñando? Pero ella conoce perfectamente ese rostro
moreno y la nariz larga y altiva. No puede olvidarlo. Lo ha visto dos veces y ha
penetrado con fuerza en su memoria quedándose grabado con trazos
imborrables. Sin embargo, no había previsto este encuentro; no se había
preparado para él ni había trazado uno de sus hábiles planes. ¿Podía recibir al
faraón de esa forma tan improvisada? ¡Ella, que calculaba hasta el encuentro con
los comerciantes nubios! La había cogido por sorpresa y la había vencido. Se
alteró por la aplastante derrota y se inclinó por primera vez en su vida diciendo
con voz trémula: «señor».
Los ojos de él irradiaban una mirada profunda que se posó en el hermoso
rostro de Rhadopis. Observaba su agitación y su nerviosismo con gran placer.
Miraba con deleite la magia que le lanzaban sus facciones. Cuando la saludó, él
preguntó con voz alta y clara:
—¿Sabes quién soy?
Ella replicó con voz dulce y musical:
—Sí, señor. Así lo quiso mi afortunada suerte ayer.
Él no se saciaba de mirarle el rostro. Empezó a sentir un sopor que le invadía
los sentidos y la mente. Sin poder controlarse, manifestó:
—Los reyes cuidan de la gente, velan por sus almas y sus pertenencias; por
eso he venido a devolverte una valiosa prenda.
El faraón introdujo la mano por debajo de su cinturón, sacó la sandalia, se la
mostró y le preguntó:
—¿Es esta sandalia tuya?
Rhadopis siguió con la vista la mano del faraón y vio aparecer la sandalia por
debajo de su cinturón con ojos atónitos que no daban crédito a lo que veían.
—¡Mi sandalia! —balbuceó visiblemente alterada.
El rey se rio dulcemente y replicó, sin apartar los ojos de ella:
—Efectivamente, Rhadopis. ¿No es ese tu nombre?
Ella bajó la cabeza y susurró:
—Sí, mi señor.
El nerviosismo le impidió continuar. El rey prosiguió:
—Es una sandalia muy bonita. Y lo más curioso es esa imagen grabada en el
interior. Creía que era sólo un bonito adorno hasta que te he visto y me he
convencido de que es una formidable realidad. Y me he dado cuenta de otra
realidad aún mayor: que la belleza, como el destino, siempre sorprenden al
hombre con lo inesperado.
Rhadopis exclamó, enlazando las manos:
—Señor… jamás soñé con que honraríais mi palacio con vuestra presencia.
Y el que me hayáis traído la sandalia personalmente… ¡Dios mio! ¿Qué puedo
decir?… He perdido el ingenio. Perdonadme, señor, me he distraído y he dejado
que estéis de pie.
Se apresuró a ir a su trono y se lo ofreció al faraón inclinándose
respetuosamente. No obstante, este prefirió un mullido diván. Se sentó y dijo:
—Acércate, Rhadopis. Siéntate aquí.
La bella se acercó hasta una distancia razonable y se quedó parada, luchando
contra su nerviosismo y su asombro. El faraón la sentó personalmente, la cogió
del brazo —fue la primera caricia— y la sentó a su lado. El corazón de Rhadopis
latía con fuerza. Dejó la sandalia a un lado, bajó la vista y se olvidó de que era la
adorada Rhadopis, la que se divertía con los corazones y con los hombres a su
antojo. La sorpresa la había vencido y el hombre adorado había agitado su alma.
Era como una luz cegadora que súbitamente le daba en los ojos. Se recogió
como una virgen, ofreciéndose a su hombre por primera vez; no obstante, su
extraordinaria belleza había emprendido el combate —sin que ella lo supiera—
con gran firmeza e inmensa confianza. Continuaba lanzando su mágica luz a los
ojos atónitos del rey, como lanza el sol sus dorados rayos a las adormecidas
plantas y estas se despiertan aleteando alegremente. La belleza de Rhadopis era
penetrante, arrolladora. Abrasaba, hacía enloquecer y llenaba el pecho de
insaciable deseo a quien se acercaba a ella.
Aquella perdurable noche —Rhadopis estaba temblando por los nervios y el
rey perdido en la hermosura— necesitaba la clemencia de los dioses.
Deseando escuchar su voz, el rey le preguntó:
—¿No me preguntas cómo fue tu sandalia a parar a mis manos?
—Se me habrán olvidado cosas aún más importantes, señor —respondió
preocupada.
—¿Cómo la perdiste? —preguntó el faraón sonriendo. La suavidad de su voz
la tranquilizó.
—Me la arrebató el águila mientras me bañaba.
El rey suspiró. Levantó la vista como si mirara la decoración del techo; a
continuación cerró los ojos imaginando aquella sugestiva escena: Rhadopis
juguetea, desnuda, en el agua y el águila baja desde lo alto y le arrebata la
sandalia. La bella escuchaba la ondulación de la respiración del faraón y sintió
que le quemaba la mejilla. Él volvió a mirarla y dijo con emoción:
—El águila la arrebató y me la llevó. ¡Qué historia tan maravillosa! Pero yo
me pregunto: ¿me habría privado de verte si los dioses no me hubieran destinado
aquella bendita águila? ¡Qué suposición tan triste! A pesar de todo, siento en lo
más profundo de mí que el águila, extrañada de que no te conociera, estando a
unos pasos de mi, me tiró la sandalia para que reparara mi descuido.
—¿El águila tiró la sandalia a mi señor? —preguntó Rhadopis asombrada.
—Si, Rhadopis. Es una bella historia.
—¡Qué mágica casualidad!
—¿Casualidad dices, Rhadopis? ¿Y qué es la casualidad sino el destino
disfrazado?
Rhadopis suspiró y dijo:
—Es verdad, señor. Es como el listo que se hace tonto.
—Voy a decretar que ningún súbdito haga daño a un águila. Ella sonrió feliz
y encantada, y en sus labios se pintó una especie de mágico talismán. El rey
sintió que la pasión se apoderaba de su corazón, y como no estaba acostumbrado
a luchar contra los sentimientos, se rindió al amor. Suspiró y dijo:
—Es el único ser vivo a quien le debo lo más valioso de mi vida. Rhadopis:
¡qué hermosa eres! Es una belleza que supera todos mis sueños.
Ella se alegró por las palabras del faraón. Era como si las hubiera escuchado
por primera vez en su vida. Lo miró de forma inocente y dulce, lo cual avivó su
pasión. El faraón dijo, como quejándose y rogando:
—Es como sí un látigo encendido me abrasara el corazón.
Luego acercó su cara al resplandeciente rostro de Rhadopis y susurro:
—Rhadopis: quiero sumergirme en tu aliento.
Ella le acercó la cara con la vista baja. Él fue aproximando la suya hasta que
su nariz rozó la fina nariz de ella, mientras sus dedos jugueteaban con sus largas
pestañas. Se ensimismó en sus ojos oscuros hasta que todo se le volvió oscuro.
La pasión le hizo olvidarse de todo y un mágico sopor se apoderó de él, hasta
que un profundo suspiro de Rhadopis le hizo volver en sí. Se acomodó en el
asiento y le susurró al oído:
—Rhadopis: a veces leo mi destino. Desde ahora la locura será mi emblema.
Ella apoyó la cabeza en la palma de la mano, agotada. El corazón le latía con
fuerza. Permanecieron en silencio, felices, cada uno hablando consigo mismo y
—sin saberlo— con su compañero. De pronto Rhadopis se levantó y dijo:
—¿Queréis seguirme, mi señor, para ver mi palacio?
Era una sugestiva invitación; no obstante le recordó algo que casi había
olvidado y se vio obligado a disculparse. ¿Qué ocurrirá si aplaza la cita? El
palacio y todo lo que hay en él le pertenece. Dijo con pena:
—Esta noche no, Rhadopis.
Ella lo miró extrañada y le preguntó:
—¿Por qué, mi señor?
—Hay gente esperándome hace una hora en el palacio.
—¿Quiénes son, señor?
El rey se rio y dijo con desprecio:
—Tengo que reunirme con el visir ahora. La verdad, Rhadopis, es que desde
el incidente del águila soy presa de una intensa actividad. Deseaba visitar tu
palacio, pero no encontraba la ocasión propicia. Cuando me di cuenta de que
esta tarde iba a transcurrir como las demás, aplacé una importante reunión para
conocer a la dueña de la sandalia dorada.
Asombrada, Rhadopis balbuceó:
—¡Señor!
Estaba sorprendida por el desenfreno que le había impulsado a aplazar una
reunión importante, de las que determinan el destino del reino, para ver a la
mujer que ocupó su corazón durante una hora. Su acción le pareció hermosa,
mágica, sin precedente en las historias de enamorados y poetas.
El rey, por su parte, se levantó y le dijo:
—Me marcho, Rhadopis. ¡Ay! El asfixiante palacio. Es una cárcel
amurallada de tradiciones, pero las atravieso como una flecha. Ahora dejaré un
rostro querido para encontrarme con otro odioso. ¿Has visto algo más extraño?
Hasta mañana, querida Rhadopis. Mejor dicho, hasta siempre.
Tras decir eso se marchó con su magnificencia, su juventud y su locura.
EL AMOR

A partó la vista de la puerta por donde había desaparecido, suspiró y


exclamó: «¡Se ha marchado!». Pero en realidad no se había marchado. Si
lo hubiera hecho, no la habría dominado ese extraño sopor que la dejó
suspendida entre el sueño y la realidad. Recuerda y sueña. Las imágenes se
suceden en su memoria apretujadas en loca carrera.
Tenía motivos para sentirse feliz porque había alcanzado la cima de la gloria.
Montó a lomos del esplendor y saboreó todas las grandezas con las que ninguna
mujer se hubiera atrevido a soñar. El adorado faraón en persona la había
visitado, y lo había hechizado con su dulce aliento. Ante ella había gritado que
teas encendidas abrasaban su joven corazón. Su pasión la coronó como una reina
en el trono de la gloria y de la belleza. Tenía razones para sentirse feliz:
saboreaba la felicidad de la grandeza. Inclinó levemente la cabeza y su mirada se
posó en la sandalia. El corazón le palpitó y acercó la cabeza hasta rozar con los
labios al jinete.
No llevaba mucho rato disfrutando de sus sueños cuando entró Shiz
diciendo:
—Señora: ¿Vais a dormir aquí?
No le contestó. Cogió la sandalia, se levantó perezosamente y fue
tambaleándose a sus aposentos. Shiz se envalentonó por la embriaguez y dijo en
tono triste:
—¡Qué lástima, señora! Este hermoso recibidor, acostumbrado a la música y
al baile, está vacío, por vez primera, de trasnochadores y enamorados. Y yo me
pregunto desconcertada: «¿Dónde está la música? ¿Dónde está el baile? ¿Dónde
está el amor?… Pero es vuestra voluntad, señora».
La bella no le hizo caso. Subió tranquila y silenciosamente las escaleras.
Shiz, creyendo que sus palabras habían provocado el interés de su señora, dijo
con entusiasmo:
—Se quedaron taciturnos y apenados cuando les comuniqué vuestra excusa.
Se intercambiaron miradas de lamento y de profunda tristeza; a continuación se
fueron retirando lentamente, con cierta desesperación.
Sin salir de su mutismo, la mujer entró en sus lujosos aposentos. Corrió al
espejo, se miró y sonrió con satisfacción y alegría pensando: «Si lo que ha
ocurrido hoy es un milagro, esta imagen también lo es». Le invadió una ola de
felicidad. Se volvió hacia Shiz y le preguntó:
—¿Quién crees que puede ser el hombre que ha venido a visitarme?
—¿Quién es, señora? Nunca lo había visto. Es un joven extraño; pero no
cabe duda de que pertenece a la élite: tiene donaire y es arrojado. Irrumpe como
el viento; además, pisa fuerte y su voz tiene un tono autoritario; y sí no fuera
porque tengo miedo, diría que no carece de…
—¿De qué?
—De locura.
—¡Cuidado!
—Señora: sea cual sea su riqueza, no puede compararse a la de todos los
enamorados que habéis despedido hoy.
—Cuidado con lo que dices, no vaya a ser que quieras arrepentirte cuando ya
sea tarde.
Shiz preguntó asombrada:
—¿Superará en riqueza al comandante Tahu o al gobernador Ana?
—Es el faraón, imbécil —replicó Rhadopis con orgullo.
La mujer se quedó mirando fijamente el rostro de su señora. El labio inferior
se le movió como para hablar, pero no dijo nada.
—Es el faraón, Shiz —dijo la bella riéndose—. El faraón, el faraón en
persona. ¡Ojito con lo que hablas! Ahora vete, desaparece de mi vista que quiero
estar sola.
Cerró la puerta y se acercó a la ventana que daba al jardín.
La noche descendió tendiendo sus alas sobre el universo. Aparecieron las
primeras estrellas en el firmamento y también las luces de las antorchas,
colgadas en las ramas de los árboles del jardín. La noche era hermosa. Saboreó
su belleza y, por primera vez, sintió que su soledad era agradable, mucho más
agradable que su encuentro con todos los enamorados. En su silencio se
escuchaba a sí misma y el murmullo de los corazones. Los recuerdos resucitaron
otros recuerdos y su imaginación voló a un tiempo lejano. El corazón le palpitó
aturdido antes de que la coronaran como reina de corazones en el trono de Biya
y se convirtiera para todos en un destino irreparable. Era una bella campesina
que había brotado de entre las frescas hierbas campestres como una hermosa flor
y él era un marinero de voz dulce y piernas bronceadas. No recuerda haberse
entregado por amor a ningún otro. Las playas de Biya habían presenciado un
espectáculo único: él la invitó a su embarcación y ella aceptó la invitación. Las
olas la llevaron desde Biya hasta el extremo sur, y desde entonces se cortó su
relación con el campo y con todos los campesinos. De repente, el marinero
desapareció de su vida. No sabía si se había extraviado, había huido o había
muerto. Y se encontró sola. Pero no, no estaba sola, la acompañaba su belleza y
no tuvo que vagabundear. La recogió un hombre maduro de larga barba y
corazón débil. La vida le fue propicia y se enriqueció con la muerte de él.
Entonces su cegadora luz se encendió: los hombres eran atraídos hacia ella como
locas mariposas y arrojaban a sus piececitos jóvenes corazones e incontable
dinero. La entronizaron como reina de corazones en el palacio de Biya. Y fue
Rhadopis. ¡Qué recuerdos!
¿Cómo murió su corazón después de aquello? ¿Lo mató la tristeza, el orgullo
o la gloria? Escuchaba las palabras de amor con los oídos sordos y el corazón
cerrado, pues alguien como Tahu, que estaba perdidamente enamorado de ella, a
lo único que aspiraba era a que le hiciera vibrar con su cuerpo frío.
Se entregó a los recuerdos durante un buen rato. Fueron como una llamada
que pretendiera unirla a los momentos más extraordinarios y felices de su vida.
El tiempo fue pasando, sin darse cuenta de si eran horas o minutos, hasta que
despertó al son de unos pasos. Se dio la vuelta, nerviosa, y vio que la puerta se
abría y entraba Shiz jadeando:
—Señora… debéis… está aquí.
Lo vio entrar tranquilo, como si estuviera en sus propios aposentos. La
invadió un asombro repleto de alegría y exclamo:
—¡Señor!
Shiz se escabulló cerrando la puerta. El rey echó un vistazo al bonito
aposento y, riéndose, pregunto:
—¿Debo pedir perdón por esta intromisión?
Ella sonrió feliz y respondió:
—Tanto el aposento como la dueña son vuestros, señor.
Él se rio de forma sugestiva; era una risa joven y resonante, rebosante de
vida. La cogió del brazo y la llevó al diván donde la sentó y tomó asiento a su
lado.
—Temía que ya estuvieras durmiendo —dijo él.
—El sueño… el sueño no se presenta en una noche como esta; de tanta
felicidad, parece que es de día.
El rey se puso serio y dijo:
—Entonces, nos quemaremos juntos.
Ella nunca había experimentado tanta felicidad, no había sentido su corazón
tan despierto y tan vivo ni había paladeado la dulzura de la entrega más que ante
este hombre extraordinario. Él había dicho la verdad. Ella se estaba quemando,
mas no dijo nada; se contentó con mirarlo de forma expresiva, con sinceridad y
cariño.
—No creía que volveríais esta noche —dijo.
—Ni yo; pero la reunión se me hacia pesada, agotadora. Me costaba
concentrarme y me invadió el temor. El hombre me presentó muchos decretos,
de los que firmé unos cuantos. Lo escuché con la atención dispersa; luego me
sentí agobiado y le dije que hasta mañana. No pensaba volver, deseaba estar solo
para pensar; pero cuando estuve a solas, la soledad me pareció insoportable y la
noche agobiante, inaguantable. Fue cuando me pregunté: ¿y por qué tengo que
esperar hasta mañana? Yo no estoy acostumbrado a reprimir mis sentimientos, y
no he tardado en presentarme aquí.
¡Qué costumbre tan feliz! Ella estaba recogiendo los más jugosos frutos y
sentía una extraña alegría a su lado, mientras él se agitaba de vida y deleite.
—Rhadopis… ¡Qué nombre tan bonito! Tiene una resonancia musical en mis
oídos y un significado amoroso en mi corazón. Mas este amor es algo extraño,
¿cómo puede caer un hombre cuyas noches están repletas de bellezas de todas
clases? Es verdaderamente extraño. ¿Qué es este amor? Es una angustia
tormentosa que habita en mi corazón, un canto divino que se oye en lo más alto
de mi alma, es una nostalgia dolorosa, eres tú misma; tú habitas en todas las
manifestaciones de la vida y del alma. Mira mi cuerpo fuerte, te necesita como el
que se ahoga necesita el aire.
Ella compartía sus sentimientos y no dudaba de su sinceridad. Él había
hablado para describir un corazón y había descrito dos. Al igual que él,
escuchaba el himno divino y contemplaba su imagen en todas las
manifestaciones de la vida y del alma. Sus párpados pesaban de ensoñación y de
goce. Sus pestañas no tardaron en rozarse, y él le preguntó con delicadeza:
—¿Por qué no dices nada, Rhadopis?
Ella abrió sus hermosos ojos y lo miró con pasión y cariño.
—¿Para qué hablar, señor? A veces las palabras fluyen de mi boca mientras
que mi corazón está muerto; pero ahora mí corazón resucita y absorbe vuestras
palabras como la tierra el calor del sol que le hace revivir.
Él sonrió feliz y respondió:
—Este amor me ha apartado de una vida llena de mujeres.
Rhadopis contestó, compartiendo con él la sonrisa:
—Y a mi me ha apartado de una vida llena de hombres.
—Estaba debatiéndome en mi indecisa vida, estando tú al lado. ¡Qué
lástima! Tenía que haberte conocido hace unos años.
—Los dos estábamos esperando al águila para que recorriera la distancia que
nos separa.
Él apretó el puño con ardor y dijo:
—Si, Rhadopis, el destino esperaba la aparición del águila para que trazara la
más bella historia de amor. No dudo que al águila le haya sido imposible aplazar
nuestro amor hasta la eternidad. A partir de ahora, no debemos separarnos; lo
mejor de la vida es que estemos juntos.
Ella suspiró profundamente y respondió:
—Sí, señor, desde ahora no debemos separarnos. Tomad mi corazón, como
un frondoso vergel, y disfrutad por él donde queráis.
El faraón cogió la mano de Rhadopis entre las suyas, la apretó cariñosamente
y dijo:
—Ven, Rhadopis. Que este palacio se cierre sobre el pasado traidor. Siento
que cada día perdido antes de conocerte, es una puñalada asestada contra mi
felicidad.
Ella estaba como ebria; no obstante, la invadió cierta angustia y le preguntó:
—¿Queréis, mi señor, que me traslade a vuestro harén?
Él movió la cabeza y respondió:
—Ocuparás el mejor sitio.
Ella bajó los ojos pensativa, sin saber qué decir. A él le extrañó su silencio; le
cogió la pequeña barbilla y, levantándole el rostro, le preguntó:
—¿Qué te ocurre?
Tras dudarlo, ella le preguntó a su vez:
—¿Es una orden, señor?
A él se le encogió el corazón al oír la palabra orden y dijo:
—¿Orden? En absoluto, Rhadopis. El lenguaje de las órdenes no tiene nada
que ver con el amor. Antes nunca había deseado despojarme de mi personalidad
y convertirme en un ser humano más que se abre camino sin ayuda y que
consigue lo que le toca en suerte sin reverencias. Olvídate del faraón y dime:
¿quieres venir conmigo?
Ella, temiendo que su silencio y su vacilación fueran mal interpretados,
respondió sinceramente:
—Os quiero, señor, como a mi propia vida… incluso más. La verdad es que
nunca había amado sinceramente antes de amaros a vos. Creo que el auténtico
valor de la vida es el que me hace sentir vuestro amor y hace felices a mis
sentidos por vuestra presencia. ¿Acaso los enamorados no tienen una
espontaneidad que les obliga a ser sinceros? Preguntadle al corazón de Rhadopis,
señor, y ella os contestará lo que le venga a la lengua. Sin embargo, me
pregunto: ¿por qué dejar este palacio? ¿Por qué cerrar sus puertas para siempre?
El soy yo en persona, y debéis amarlo como a mí misma. Ningún lugar en él
carece de mis huellas: mi retrato, mi nombre, mi estatua… ¿cómo puedo dejarlo,
si aquí se posó el águila que voló hacia vos con el mensaje del amor eterno?
¿Cómo puedo dejarlo, si aquí mi corazón latió de amor por primera vez? ¿Cómo
puedo dejarlo, señor, si a él me vinisteis a visitar con toda vuestra majestad? Es
digno que cada sitio que pisen vuestros pies sea —como mi corazón— sólo para
vos y que no se cierren sus puertas jamás.
Él la escuchaba con todos sus sentidos y con su corazón enamorado. Su alma
creía en cada una de sus palabras. Acarició cariñosamente sus negras trenzas y la
abrazó con pasión, imprimiendo en su boca un beso que le refrescó los labios
con un delicioso jugo.
—Rhadopis, amor entrelazado en mi alma: este palacio no cerrará sus
puertas ni se oscurecerán sus aposentos. Mientras vivamos, permanecerá como
un hogar de amor, un paraíso de pasión y un vergel frondoso donde se esparcirán
las semillas de los recuerdos. Haré de él un púlpito del amor y cubriré su suelo y
sus paredes de oro puro.
—Que se cumpla vuestra voluntad, señor. Os juro por mí amor que mañana
iré al templo del dios Sotis para limpiarme y purificarme con el aceite sagrado.
Quiero librarme del desgraciado pasado y volver al templo con un corazón
nuevo y puro, como una flor que brota de la tierra y abraza los rayos del sol.
El faraón puso la mano de ella en su corazón y, mirándola a los ojos,
confesó:
—Rhadopis: hoy soy feliz. Pongo por testigos de mi felicidad al mundo y a
los dioses. Mi vida. ¡Vaya vida! Mírame: la oscuridad de tus ojos es más
apetecible para mí que toda la luz del universo.
Aquella noche, la isla de Biya durmió y el amor trasnochó en su blanco
palacio, hasta que las tinieblas de la noche se tornaron en el ensoñador azul del
día.
A LA SOMBRA DEL AMOR

S e despertó a media mañana. Hacía calor. El sol emitía sus rayos ardientes y
propagaba por el universo luz y fuego. La fina túnica estaba pegada a su
suave cuerpo. Algunos mechones de su pelo despeinado reposaban sobre su
pecho y otros descansaban en la almohada.
Feliz despertar que aviva en el corazón los más hermosos recuerdos. Su
corazón era un suculento pasto para la felicidad. El aire, a su alrededor, estaba
perfumado con el aroma de las flores y la vida sonreía feliz y alegre. Notó, por la
viveza de sus sentimientos, como si descubriera un mundo nuevo y hermoso o
como sí volviera a nacer.
Se dio la vuelta del otro lado y echó una mirada a la almohada: aún se
notaban las huellas de la cabeza de él, y de sus ojos brotaron las más hermosas
expresiones de amor y ternura. Acercó la cabeza, las besó y balbució con alegría:
¡Qué hermoso es todo! ¡Qué feliz me siento!
Luego se sentó en la cama un ratito y se levantó —como hacia todas las
mañanas— vivaz y alegre como un gracioso chiste. Se bañó con agua fría, se
perfumó con agua de rosas, se puso su ropa perfumada al vapor y fue a la mesa.
Desayunó huevos y pan sin miga, un vaso de leche y otro de cerveza.
Fue en su embarcación a Abu, se dirigió al templo del dios Sotis y entró por
su grandiosa puerta con el corazón humilde y el alma llena de esperanza. Dio
una vuelta por el recinto e imploró gracia en sus paredes y columnas adornadas
con grabados sagrados. Depositó lo que pudo en la caja de limosnas y visitó la
sala de la sacerdotisa mayor, rogándole que la lavara con el aceite sagrado para
limpiarla de las mancillas y los contratiempos de la vida, y librara a su corazón
del error y la terquedad. Sintió, estando en manos de las sacerdotisas
purificadoras, que sepultaba sin piedad el cuerpo de la hermosa y libertina
Rhadopis que jugaba con los hombres, torturaba sus almas y bailaba sobre los
despojos de sus víctimas y sus derretidos corazones. Una nueva sangre le corría
por las venas, haciendo palpitar en su corazón y en sus sentidos tranquilidad,
felicidad y pureza. Luego rezó fervorosamente de rodillas y con los ojos llenos
de lágrimas. Al final le rogó al dios que encaminara su amor y su nueva vida. De
tanta felicidad, volvió a su palacio como si fuera un pájaro revoloteando por el
límpido cielo. Shiz la recibió alegre, con aspecto de darle una buena nueva:
—Enhorabuena por este feliz día, señora. ¿A que no sabéis quién ha venido
al palacio en vuestra ausencia?
El corazón le palpitó de alegría y gritó:
—¿Quién?
La esclava le explicó:
—Han venido los más diestros artesanos de Egipto, enviados por el faraón.
Han echado un vistazo a las habitaciones, a los pasillos y a los recibidores y han
medido la altura de las ventanas y de las paredes para hacer nuevos muebles.
—¿De verdad?
—Sí, señora. Este palacio se convertirá dentro de poco en una maravilla de
los tiempos. ¡Qué buen negocio!
Rhadopis no entendió bien a lo que se refería la mujer; le sobrevino una idea
y le preguntó, frunciendo el ceño;
—¿A qué negocio te refieres, Shiz?
La mujer respondió, guiñando un ojo:
—Al negocio del nuevo amor. Juro por los dioses que el señor se equipara a
toda una nación de ricos. A partir de hoy, no sentiré la ausencia de los
comerciantes de Manaf ni la de los caudillos del sur.
Rhadopis se enfadó hasta el punto de que su cara enrojeció, y gritó:
—¡Maldita seas, mujer! Ahora no estoy haciendo ningún negocio.
—¡Ay! Si tuviera la suficiente valentía, señora, os preguntaría qué estáis
haciendo entonces.
Rhadopis suspiró y replicó:
—¡Cállate de una vez! ¿No ves que me tomo este asunto con mucha
seriedad?
La esclava miró atentamente el hermoso rostro de su señora. Se calló un
momento y luego prosiguió:
—Que los dioses os bendigan, señora. Estoy aturdida. Me pregunto: ¿por qué
mi señora se lo tomará tan en serio?
Rhadopis suspiró de nuevo, se echó en el mullido diván y confesó con voz
débil:
—Estoy enamorada, Shiz.
La esclava se golpeó el pecho y repitió con miedo y asombro:
—¿Que estáis enamorada, señora?
—Sí, estoy enamorada. ¿A qué viene ese asombro?
—Perdonad, señora; ese es un nuevo invitado cuyo nombre nunca habíais
mencionado. ¿Cómo ha llegado?
Rhadopis sonrió y preguntó como soñando:
—¿A qué viene esa extrañeza? Una mujer que se enamora es algo
absolutamente normal.
La mujer respondió, señalando el corazón de su señora:
—Pero aquí no. Lo conozco como una fortaleza inexpugnable. ¿Cómo fue
tomada? Dímelo, por los dioses.
En sus ojos surgieron los sueños y el recuerdo provocó en su alma un
sentimiento desbordante. Susurró:
—Estoy enamorada, Shiz, y el amor es algo extraño. ¿En qué momento el
amor llamó a mi corazón? ¿Cómo se deslizó hasta las profundidades de mi
alma? No lo sé. Me produce una fuerte incertidumbre, aunque con mi corazón
conozco la realidad: ha palpitado con fuerza, palpitó al ver su cara y al oír su
voz. Yo no sabía que palpitaría por algo así, pero una voz oculta me susurró que
ese hombre es el dueño de este corazón, sin disputa, me sumergió en
sentimientos de fuerza ruda, dulce y dolorosa, y tuve una repentina sensación de
que él tenía que ser para mí como mí corazón y que yo sería para él como su
alma. No puedo imaginar que la vida sea buena ni la existencia placentera sin
este acoplamiento.
Shiz comentó jadeando:
—Me dejáis perpleja, señora.
—Sí, Shiz, cuán a menudo he disfrutado de la libertad absoluta, colocaba mi
asiento sobre una alta colina y lanzaba la mirada por un vasto y extraño mundo;
pasaba las veladas con decenas de hombres, degustaba los placeres de las
conversaciones, gozaba de las obras de arte y me recreaba con la obscenidad y
las canciones; pero dominaba mi corazón un aburrimiento incurable, me invadía
una soledad que hacia imposible la tranquilidad. Ahora, Shiz, se han estrechado
mis esperanzas, han caído en un único hombre: él es mi dueño y mi vida; no
obstante, se ha abierto paso una vida impetuosa que ha arrojado del camino a mi
vida de aburrimiento y soledad y ha vertido en ella luz y alegría. Perdí mi alma
en el vasto mundo y la encontré en mi hombre amado. ¿Te das cuenta de lo que
es el amor, Shiz?
La esclava movió la cabeza desconcertada y replicó:
—Es un asunto extraño, como vos decís, señora… y talvez más agradable
que la propia vida. Me pregunto qué es lo que sentiría con el amor, si el amor
para mí es como el hambre y el hombre como la comida, y deseo a los hombres
en la medida que deseo la comida, sin duda…, con eso me basta.
Rhadopis soltó una risa fina, como el sonido de la cuerda; luego se levantó,
salió a la terraza que daba al jardín y mandó a Shiz que le llevara el laúd, pues
sentía deseos de tocar las cuerdas y de cantar —¡cómo podría ser de otra forma!
—, mientras el mundo entero entonaba una magnífica melodía.
Shiz desapareció un momento; luego volvió con el laúd y se lo dio a su
señora diciendo:
—¿Os molesta aplazar la diversión de momento?
Rhadopis preguntó a su vez con llaneza, cogiendo el laúd:
—¿Y por qué?
—Uno de los esclavos me ha pedido que os dijera que hay un hombre que
solicita una entrevista con vos.
El enojo apareció en su cara y le preguntó con frialdad:
—¿No lo conoces?
—Dice que es… afirma que viene de parte del escultor Hanfar.
Entonces se acordó de lo que le había dicho el escultor Hanfar el día anterior
acerca de un discípulo que le sustituiría en la decoración del salón de verano, y
le ordenó a Shiz:
—Hazlo pasar a…
Rhadopis sintió fastidio y enojo; cogió el laúd con ímpetu y sus dedos
empezaron a tocar con ligereza y enfado una canción poco armoniosa. Shiz
volvió seguida con el joven, el cual inclinó la cabeza respetuosamente y dijo con
finura:
—Que los dioses os otorguen un feliz día, señora. Rhadopis dejó el laúd a un
lado y lo miró a través de sus largas pestañas: era un joven de mediana estatura,
delgado, moreno y de bellas facciones, con ojos grandes, de los que atraen las
miradas; brillaba en ellos cierta pureza e ingenuidad. A Rhadopis le llamó la
atención su corta edad y la pureza de sus ojos, y le preguntó asombrada: ¿de
verdad es posible que se complete la obra del gran escultor Hanfar? No obstante,
sentía tranquilidad al verlo y se disipó la ola de enojo que la invadía. Le
preguntó:
—¿Eres el discípulo del escultor Hanfar, al que ha elegido para decorar el
salón de verano?
El joven respondió con manifiesto embarazo, con la mirada oscilando entre
la cara de Rhadopis y el suelo del balcón:
—Sí, señora.
—Bien. ¿cómo te llamas?
—Benamón… Benamón ben Bassar.
—Benamón… ¿cuántos años tienes, Benamón? Me pareces muy joven.
Él respondió ruborizado:
—Cumpliré los dieciocho el próximo mes.
—Me parece que exageras.
El joven replicó con sinceridad:
—No, señora; digo la verdad.
—Pues pareces un niño, Benamón.
Sus grandes ojos de color miel temblaron de inquietud, como sí temiera ser
rechazado por su corta edad. Ella leyó su miedo y dijo sonriendo:
—No te preocupes; sé que el talento del escultor está en su mano, no en su
edad.
Él respondió con entusiasmo:
—Por eso me ha recomendado mi maestro, el gran artista Hanfar.
—¿Has hecho antes algún trabajo importante?
—Sí, señora; he decorado una parte del salón de verano del palacio de Ana,
el gobernador de Biya.
Ella respondió:
—Eres un muchacho con talento, Benamón.
Él se ruborizó, en sus ojos brilló la luz de la alegría y lo inundó una
impetuosa felicidad. Rhadopis llamó a Shiz y le ordenó que lo acompañara al
salón de verano. El joven vaciló un poco antes de seguir a la esclava. Le dijo:
—Es preciso que poséis para mí todos los días, a cualquier hora que queráis.
Ella respondió:
—Ya estoy acostumbrada a este tipo de obligaciones. ¿Vas a hacerme una
escultura de cuerpo entero?
—O de medio cuerpo; tal vez baste con dibujar el rostro. En cualquier caso,
irá seguido de un boceto general de la decoración.
Tras decir estas palabras, inclinó la cabeza y siguió a Shiz. La mujer se
acordó del escultor Hanfar y pensó con ironía: ¿le rondará por la mente que el
palacio que me ha pedido que le abra a su discípulo le prohibirá a él la entrada?
Sintió tranquilidad por la impresión que le había dejado el cándido joven; tal
vez provocaría en su corazón un sentimiento nuevo que antes no le había
otorgado la vida: el sentimiento de la maternidad. Súbitamente sintió compasión
por sus encantadores ojos de los que ningún hombre se había salvado y prometió
a los dioses sinceramente que preservaría la tranquilidad y la pureza de los del
muchacho y que le pondría a salvo del dolor y la desgracia.
BENAMÓN

C omo había prometido, al día siguiente a media mañana, Rhadopis se


dirigió al salón de verano, en el jardín, y encontró a Benamón sentado a
una mesa sobre la cual había una hoja de papiro en la que dibujaba formas
variadas con el semblante absorto y pensativo. Al notar la presencia de ella, dejó
el cálamo, se levantó y le hizo una reverencia. Rhadopis le saludó sonriendo y le
comunico:
—Te dedicaré esta hora de la mañana, pues es la única que tengo libre en
todo el día.
El joven respondió tímidamente:
—Gracias, señora, pero no empezaremos hoy porque aún estoy trazando la
idea general de la decoración.
—¡Ay! Me has engañado, muchacho.
—Nada de eso, señora… lo que sucede es que se me ha ocurrido una idea
maravillosa.
Rhadopis lo miró a los grandes y límpidos ojos con ironía y le preguntó:
—¿De veras puede esa cabecita concebir una idea maravillosa?
La cara del muchacho se tiñó de rojo y respondió apurado, señalando hacia la
pared de la derecha:
—Llenaré este vacío con la imagen de vuestra cara y de vuestro cuello.
—¡Qué horror! Temo que quede horriblemente feo.
—Quedará hermoso, como es.
El joven soltó esta expresión con sencillez e ingenuidad. Ella lo examinó con
una mirada escudriñadora: la confusión se apoderó de él y sus límpidos ojos se
quedaron atónitos; entonces se apiadó de él y miró hacia la alberca a través de la
puerta este de la habitación. ¡Qué joven tan frágil! Es como una cándida virgen.
Suscitaba en su corazón una extraña ternura y despertaba la maternidad
adormecida en el sótano de su alma. Se volvió hacia él y vio que estaba
trabajando pero sin estar concentrado en su obra; la prueba de ello era que estaba
visiblemente desconcertado y ruborizado. ¿No sería mejor marcharse y dejarlo
solo? No obstante, sintió necesidad de hablar con él.
Obedeció a su necesidad y le preguntó:
—¿Eres del Sur?
El joven levantó la cabeza y con la cara iluminada con una viva alegría
respondió:
—Soy de Ambús, señora.
—¿Ambús? Entonces eres del norte del Sur. Pero ¿qué es lo que te une al
escultor Hanfar, siendo él de Bilaq?
—Mi padre era amigo del escultor Hanfar; cuando advirtió mí afición por el
arte, me envió aquí, rogándole que cuidara de mí.
—¿Tu padre es artista?
El joven permaneció un momento en silencio, luego respondió:
—No… mi padre era el médico más destacado de Ambús; sobresalía en
química y en momificaciones. Son numerosos sus descubrimientos en el campo
de la momificación y la composición de los venenos.
La mujer comprendió, a tenor de sus palabras, que su padre había fallecido.
Asombrada por sus descubrimientos en la composición de los venenos, le
preguntó al joven:
—¿Por qué elaboraba los venenos?
El joven respondió tristemente:
—Los utilizaba como buenos medicamentos, los médicos se los compraban;
pero es una lástima que fueran los propios medicamentos la causa de su muerte.
—¿Cómo sucedió, Benamón? —le preguntó con sumo interés.
—Recuerdo, señora, que mi padre había compuesto un extraño veneno del
que siempre se ufanaba diciendo: «es el más sofisticado de todos los venenos;
acaba con la víctima en pocos segundos». Por eso lo llamó el veneno feliz. Una
desgraciada noche la pasó entera en su taller de experimentos, trabajando sin
cesar, y a la mañana siguiente lo encontraron tendido en su asiento, sin vida. A
su lado había un frasco destapado de aquel veneno letal.
—¡Qué curioso! ¿Se suicidaría?
—Seguramente bebería un trago del veneno letal; pero ¿qué sería lo que lo
empujó a la perdición?… Su secreto se enterró con él. Todos creímos que algún
alma satánica se apoderaría de él, le arrebataría la sensatez e hizo lo que hizo en
un estado de cansancio y depresión, lastimando a toda nuestra familia.
Su rostro se tiñó de profunda tristeza y agachó la cabeza. Rhadopis sintió
haber suscitado ese doloroso tema y le preguntó:
—¿Tu madre vive?
—Sí, señora, ella vive en nuestro palacio de Ambús; pero en cuanto al taller
de mi padre, nadie ha traspasado el umbral de su puerta desde aquella noche.
La mujer volvió pensando en la extraña muerte del médico Bassar y en sus
venenos confiados a aquel lugar cerrado.
Benamón era el único hombre extraño que aparecía en su tranquilo horizonte
repleto de amor y tranquilidad. Era también el único que robaba cada mañana
una hora del tiempo que concedía para el amor; sin embargo, él nunca la
molestaba porque era más discreto que un espectro. Los días pasaban mientras
ella estaba absorta en el amor y él en su trabajo. La exquisita vida artística se
propagaba por las paredes del salón de verano.
A Rhadopis le gustaba contemplar cómo la mano del joven infundía en el
salón una vida de extraordinaria belleza. Se convenció de su gran capacidad y de
que en un futuro próximo heredaría el talento del escultor Hanfar. Un día le
preguntó, mientras se preparaba para salir del salón, después de haber posado
una hora sentada:
—¿No te cansas ni te aburres?
El muchacho sonrió con orgullo y respondió:
—Imposible.
—Es como si te empujara una fuerza satánica.
Su rostro moreno se iluminó con una sonrisa pasajera y dijo con tranquilidad
e ingenuidad:
—Más bien por la fuerza del amor.
El corazón de Rhadopis vibró por el impacto de esta palabra que despertaba
en su corazón los mejores recuerdos. Se le vino a la memoria la imagen de una
amada rodeada por una aureola de grandeza y majestuosidad. Él prosiguió, sin
conocer nada de lo que se despertaba en el alma de ella:
—¿No sabéis, señora, que el arte es amor?
—¿De verdad?
Él señaló hacia lo alto de la frente de ella, cuyo color resultaba demasiado
claro sobre la pared, y exclamó:
—He ahí mi alma pura.
Ella respondió con ironía, controlando sus sentimientos:
—¡Qué piedra tan insensible!
Era piedra antes de que la tocaran mis manos; pero ahora es mí alma.
—¡Vaya un enamorado de sí mismo! —Replicó ella riéndose.
Dijo eso mientras le daba la espalda. No obstante, a partir de entonces, él
empezó a ver claro que no sólo se quería a sí mismo. Ella andaba por el jardín
sin rumbo, como una ocurrencia dubitativa en una mente soñadora y feliz.
Súbitamente se iluminó el salón de verano. Cierta inclinación a la diversión la
indujo a subirse a un alto cerro en el bosque de sicomoros. Echó una mirada por
la ventana del salón y se topó con su rostro, que ya se estaba completando, en la
pared de enfrente. Vio al joven artista al pie de la pared. Creía que estaría absorto
en su trabajo, como de costumbre, pero lo encontró de rodillas, con las manos
cruzadas sobre el pecho y la cabeza hacia arriba, como sí estuviera rezando; pero
su cabeza estaba dirigida hacia la cabeza y la frente que terminaba de esculpir.
A Rhadopis su instinto le impulsó a esconderse detrás de un árbol y siguió
mirándolo a hurtadillas, asombrada y temerosa. Lo vio ponerse de pie, como si
hubiera terminado de rezar, y enjugarse los ojos con su ancha manga. El corazón
de ella latió y permaneció un rato sin moverse. El silencio dominaba a su
alrededor; sólo se podía oír de vez en cuando el aleteo de los patos que se
deslizaban sobre la superficie del agua. Luego se volvió hacia atrás y encaminó
la marcha apresurada hacia el palacio.
Había ocurrido lo que temía que ocurriera por compasión hacia él. Veía los
síntomas en sus ojos límpidos siempre que la miraba. No podía remediarlo.
¿Sería mejor poner tierra entre ambos? ¿Le impediría que entrara en el palacio
con cualquier pretexto? Sin embargo, le daba pena torturar su elevado espíritu y
permaneció indecisa.
Pero su indecisión no duró mucho: nada en el mundo podía tenerla
preocupada más de una hora, pues todos sus sentimientos y sensaciones eran
botín del amor y propiedad de un amante ambicioso e insaciable…, volaba al
ensoñador palacio de ella dejando el suyo propio y su mundo sin vacilar ni
sentirlo. Ambos se escapaban de la existencia y se refugiaban en sus almas
repletas de amor, entregándose a la magia y al encanto de la pasión, quemándose
con su fuego y poniendo por testigos de su esplendor y omnipotencia a las
habitaciones, al jardín y a los pájaros.
Sus máximas preocupaciones durante aquellos días eran descubrir que
Rhadopis, al despedirse de él a media mañana, no le preguntara si anhelaba más
sus ojos o sus labios, o recordar, de camino a palacio, que no había besado su
pierna derecha, como había hecho con la izquierda. El hecho de sentirlo, lo
inducía a veces a retroceder para expulsar de su vida aquellos motivos de
preocupación.
Eran días sin igual.
JANUM HABAT

E l tiempo que ofrecía a algunos clarividencia y felicidad era adverso al visir


y sacerdote mayor, Janum Hatab. Permanecía en la Casa del Gobierno
observando el desarrollo de los acontecimientos con ojos pesimistas. Escuchaba
lo que se rumoreaba con atención y tristeza y se recomendaba a sí mismo toda la
paciencia que hiciera falta.
El decreto que había promulgado el rey para confiscar las tierras de los
templos, le enturbiaba la vida y le ponía obstáculos en su camino para gobernar,
pues todos los sacerdotes lo habían recibido con miedo y dolor. La mayoría se
había afanado en redactar manifiestos y ruegos para presentárselos al visir y al
ujier mayor.
El visir notó que el rey no le dedicaba ni la décima parte del tiempo que
antes le otorgaba; raramente le concedía una entrevista para tratar de asuntos del
reino. A raíz de aquello, se propagó el rumor de que el faraón estaba locamente
enamorado de la beldad del palacio blanco de Biya y que pasaba las noches en
su palacio. Luego vieron cómo los artesanos eran conducidos a su palacio, grupo
tras grupo, y vieron a los esclavos portando los más lujosos muebles y las
piedras preciosas más caras. Los más destacados murmuraban que el palacio de
Rhadopis se estaba convirtiendo en un escondite de oro, plata y coral y que sus
rincones presenciaban una pasión desbocada que suponía para Egipto un gasto
desmesurado.
Janum Hatab era un hombre con la cabeza grande y ojos hundidos. Perdió la
paciencia y no aguantó más la pasividad. Pensó largamente en el asunto y
decidió hacer cuanto pudiera para cambiar el curso de los acontecimientos.
Mandó a un emisario con un mensaje para el ujier mayor, Sufajatib, rogándole
que lo recibiera en la Casa del Gobierno. El ujier se apresuró a recibirlo. El visir
le dijo, tras saludarlo:
—Os agradezco, honorable Sufajatib, que hayáis satisfecho mi ruego.
El ujier mayor hizo una reverencia y respondió:
—No escatimo ningún esfuerzo en serviros.
Los dos hombres se sentaron frente a frente. Janum Hatab tenía una voluntad
férrea y nervios de acero. Su rostro permaneció tranquilo, a pesar de las tristezas
que agitaban su corazón. Escuchó al ujier mayor en silencio, luego dijo:
—Honorable Sufajatib: todos servimos al faraón y a Egipto con lealtad.
—Es verdad, Excelencia.
Janum Hatab consideró que era el momento de abordar un tema arriesgado:
—Sin embargo, mi conciencia no está tranquila debido al desarrollo de los
últimos acontecimientos; voy tropezando por los contratiempos y los problemas.
Me pareció —y creo que es acertado— que una entrevista entre nosotros sería
positiva.
—Por los dioses que me haría feliz que así fuera, Excelencia-respondió
Sufajatib.
El hombre movió su gran cabeza en señal de asentimiento y dijo en un tono
que revelaba sensatez:
—Tenemos que aconsejarnos unos a otros con sinceridad, pues esta, como
dice nuestro filósofo Qaquimuna, es señal de verdad y lealtad.
—Nuestro filósofo Qaquimuna tiene razón —asintió Sufajatib.
Janum Hatab se calló un momento para concordar sus pensamientos; luego
dijo con cierta tristeza:
—Es difícil que tenga el honor de entrevistarme con Su Majestad el rey
durante estos días.
El visir esperó a que el hombre hiciera algún comentario a sus palabras, pero
este permaneció callado. Continuo:
—Ya sabéis, Excelencia, que muchas veces he solicitado una entrevista con
él, pero me responden que Su Adorada Majestad se encuentra fuera de palacio.
Sufajatib respondió:
—Nadie tiene derecho a meterse en lo que hace o deja de hacer el faraón.
A lo que replicó el visir:
—No me refiero a eso, Excelencia; sin embargo, creo que mi cargo de visir
me da derecho a presentarme ante Su Majestad de vez en cuando para poder
cumplir de la mejor manera con mis obligaciones.
—Lo siento, Excelencia, pero vos os entrevistáis con el faraón.
—Raramente tengo ocasión de hacerlo; no tengo medio de exponer ante Su
Suprema Alteza los ruegos que llenan todos los pabellones del gobierno.
El ujier lo acechó con una mirada escudriñadora y precisó:
—Quizá os refiráis a las tierras de los templos.
Los ojos del visir brillaron súbitamente.
—Así es, Señoría —reconoció, a lo cual replicó inmediatamente Sufajatib:
—El faraón no quiere escuchar nada más sobre este asunto porque Su
Majestad ya habrá dicho la última palabra.
—En política no hay última palabra.
Sufajatib respondió en un tono cortante:
—Esa es vuestra opinión, Excelencia, que tal vez yo no comparta.
—¿Es que los bienes de los templos no son un patrimonio tradicional?
Sufajatib se disgustó porque notó que el visir lo incitaba a hablar de un tema
que él temía, sobre todo tras haberle manifestado su rechazo. Precisó en un tono
que no dejaba lugar a dudas:
—Me limitaré a las palabras de mi señor; no puedo decir mas.
—El más fiel a su señor es quien le aconseja sinceramente.
El ujier mayor se disgustó aún más por la aspereza de la conversación; su
dignidad sufrió un revolcón y dijo fríamente:
—Conozco mi deber, Excelencia, pero sólo respondo de él ante mi
conciencia.
Janum Hatab suspiró desesperado; luego dijo con tranquilidad y resignación:
—Vuestra conciencia está fuera de toda duda, venerado hombre. Nunca he
dudado de vuestra lealtad y rectitud. Quizá sea eso lo que me ha impulsado a
solicitaros vuestra opinión; pero si creéis que eso se contradice con vuestra
lealtad, no tengo más remedio que dejarlo, sintiéndolo mucho. Ahora sólo me
queda un deseo.
—Vos diréis, Excelencia —repuso Sufajatib.
—Quisiera que elevarais a Su Alteza la reina mi deseo de ser recibido hoy.
Sufajatib se alteró y miró a su interlocutor asombrado, pues aunque el visir
no había transgredido ninguna norma con esta petición, no se lo esperaba. El
ujier se inquietó, pero Janum Hatab afirmó con tono resuelto:
—Presento esta solicitud en calidad de visir del reino de Egipto.
Sufajatib respondió preocupado:
—¿Por qué no esperáis hasta mañana para que pueda informar al rey de
vuestra petición?
—No, Excelencia. Espero recibir ayuda de la reina para allanar los
obstáculos que se interponen en mi camino. No me hagáis perder una ocasión de
oro con la que poder servir a mi rey y a mi patria.
A Sufajatib no le quedó otra salida que acceder:
—Elevaré vuestra petición ante Su Majestad la reina inmediatamente.
Janum Hatab le tendió la mano diciendo:
—Esperaré a vuestro mensajero.
—Como queráis, Excelencia —respondió el ujier mayor al despedirse.
Cuando Janum Hatab se quedó a solas, frunció el ceño, apretó con fuerza los
dientes y surgió su ancho mentón como un puño de granito. Iba y venía por la
habitación pensando. No dudaba de la lealtad de Sufajatib, pero tenía poca
confianza en su valor y decisión. Había acudido a él aunque sin muchas
esperanzas; sin embargo, no le pareció oportuno dejar sin explorar cualquier
posibilidad. ¿Aceptaría la reina su solicitud y lo llamaría para la entrevista? ¿Y
qué haría si se la denegaba? No había que menospreciar a la reina; tal vez ella
resolviera el arraigado problema con su inteligencia y salvara las diferencias
existentes entre el rey y los sacerdotes. Sin duda la reina estará al corriente del
mal comportamiento del joven rey y eso le dolerá mucho, pues es una reina
inteligente y una esposa que comparte las alegrías y las tristezas de todas las
esposas. ¿Acaso no es triste despojar los templos de sus bienes para ponerlos,
como un don barato, a los pies de una bailarina?
El oro se derrama al palacio de Biya por las puertas y las ventanas. Los
mejores artesanos van allí en grupos y trabajan noche y día para construir los
muebles y los adornos y los vestidos de la señora. ¿Y dónde… dónde está el
faraón? Ha dejado a su esposa, a su harén y a sus visires, y de todos los bienes de
la vida, se ha contentado con el palacio de la encantadora bailarina.
El hombre suspiró con profunda tristeza y balbució:
—Quien ocupa el trono de Egipto no debe ser libertino.
Se quedó pensativo; pero no había esperado mucho cuando entró su ujier y le
preguntó que si dejaba pasar a un mensajero del palacio. Él asintió. Esperó con
impaciencia. Le temblaron los labios en aquel momento, a pesar de su fuerte
voluntad e impresionante tranquilidad. El mensajero entró, hizo una reverencia y
anunció escuetamente:
—Su Majestad la reina os espera, Excelencia.
Inmediatamente recogió el manojo de los pliegos de ruegos y se dirigió a su
carro que voló con él hacia el palacio. No había previsto que el mensajero iría
tan pronto. Sin duda la reina estaría triste y preocupada, sufriendo sus penas en
terrible soledad, y seguramente también aguantaría con paciencia el desprecio y
el desamparo, refugiándose tras una muralla de orgullo y silencio. Presiente que
ella es de su misma opinión y que verá las cosas de la misma forma que los
sacerdotes y todas las personas sensatas. De todos modos, él va a cumplir con su
deber. Y que los dioses juzguen una cuestión inevitable.
Llegó a palacio y se dirigió al pabellón de la reina. No tardaron en llamarlo
para entrevistarse con Su Majestad en el recibidor oficial. Lo condujeron al
recibidor y se dirigió al trono donde se inclinó hasta que su frente tocó los
bordes de la real túnica. Dijo con profunda consideración:
—La paz sea con mi señora La reina, luz del sol y esplendor de la luna.
—La paz sea contigo, visir Janum Hatab —contestó la reina con voz
tranquila.
El visir se puso de pie, aunque continuó con la cabeza agachada. Dijo
humildemente:
—La lengua de vuestro fiel siervo es incapaz de agradeceros vuestra
generosidad al concederle esta entrevista.
La reina respondió con su dulce voz:
—Sé que no la habrías solicitado si no se tratara de un asunto trascendental.
¿Por qué iba, entonces, a tardar en recibirte?
—Alabado sea el buen juicio de mi señora. El asunto, efectivamente, es de
una gran trascendencia; auténtica alta política.
La reina esperó en silencio. El hombre reunió sus fuerzas y dijo:
—Alteza, me estoy tropezando con muchos obstáculos. Incluso he llegado a
temer no poder cumplir con mis obligaciones de forma que satisfaga mi
conciencia y a mi señor, el faraón.
Se calló un momento y echó una rápida mirada al sereno rostro de la reina,
como para comprobar el efecto de sus palabras en ella o esperar alguna palabra
que lo animara a continuar. La reina, advirtiendo el significado de su vacilación,
lo animo:
—Habla, visir, te estoy escuchando.
Janum Hatab prosiguió:
—Me he encontrado con estos obstáculos a raíz del decreto real de confiscar
la mayor parte de los bienes de los templos. Los sacerdotes se han alterado y se
han precipitado a elevar cartas y ruegos al faraón, pues saben que las tierras de
los templos son dones cedidos piadosamente por los faraones anteriores. Temen
que la requisa sea una maldición.
El visir se calló un momento, luego prosiguió:
—Los sacerdotes, Alteza, son el ejército del rey en tiempos de paz. Esta
necesita hombres más duros que los que se necesitan en tiempos de guerra, pues
hay maestros, filósofos y predicadores, al igual que gobernantes y visires. No les
habría parecido excesivo ceder sus propiedades si lo exigiera una guerra o una
sequía, pero…
El hombre dejó de hablar un momento; luego continuó en voz más baja:
—Pero les entristece que estas propiedades se gasten en balde.
No quiso pasar de esta sencilla alusión, pues no dudaba que ella lo entendía y
que estaba al corriente de todo; sin embargo, ella no hizo ningún comentario y
no le quedó más remedio que presentarle el manojo de ruegos.
—Estos ruegos, Alteza, expresan el sentir de los superiores de los templos.
Mi señor, el rey, se ha negado a verlos. ¿Querría mi señora echarles un vistazo?
Los que se quejan son un grupo de vuestro leal pueblo, y merecen atención.
La reina aceptó las solicitudes. El visir las dejó encima de una gran mesa y
permaneció en silencio con la cabeza inclinada. La reina no le prometió nada. Él
tampoco lo esperaba; no obstante, el que los hubiera aceptado le pareció buena
señal. La reina le autorizó a marcharse y se retiró, tapándose los ojos.
De regreso, el visir comentó para sí: la reina está muy triste, y puede que su
tristeza beneficie nuestra justa causa.
NITOCRIS

E l visir desapareció tras la puerta y la reina se encontró sola en el gran


recibidor. Apoyó la cabeza coronada en el respaldo del trono, cerró los
ojos y suspiró profundamente: salió un aliento caliente, cauterizado por la
tristeza y el dolor. ¡Vaya mujer de paciencia y aguante! Ni los más próximos a
ella se dan cuenta de las llamas que alberga, sin piedad, en su interior.
Continuaba mirando a la gente con rostro sereno, rodeado de silencio, como
la esfinge. No se le escapaba nada del asunto, pues había presenciado la tragedia
desde los primeros actos: vio como el rey se caía por el precipicio, víctima de su
desbocado deseo, corriendo enajenado hacia esa mujer, de cuya belleza hablaban
todas las lenguas. Le había clavado con ello una flecha venenosa en su orgullo y
en lo más profundo de sus sentimientos. No obstante, ella no se inmutó,
entablándose en su interior una tremenda lucha entre la mujer de sentimientos y
la reina de trono. La experiencia demostró que ella era como su padre, de fuerte
personalidad. El trono fulminó el corazón y el orgullo estranguló el amor. Se
replegó en sí misma triste y prisionera detrás de las cortinas. Así perdió el
combate, con las alas rotas y sin lanzar ni una de sus flechas.
Pero lo más irónico es que aún seguían siendo marido y mujer, aunque ese
corto período de matrimonio había sido suficiente para poner al descubierto todo
el desbocado deseo y la casquivana pasión, pues el harén no tardó en llenarse de
esclavas y de concubinas de Egipto, Nubia y los territorios del Norte. No les
prestaba atención porque ni juntas podían separarlo de ella, pues seguía siendo
su reina y la dueña de su corazón. Hasta que apareció en su horizonte esa mujer
hechicera y lo atrajo hacia ella con fuerza, apoderándose tanto de sus
sentimientos como de su razón. Se lo arrebató a su esposa, a su harén y a sus
hombres leales. La engañosa esperanza la sedujo unos momentos, luego la
entregó a la desesperación, una desesperación cubierta de orgullo, y sintió que su
corazón agonizaba.
A ratos le sobrevenía una locura que bullía en su sangre; brillaba en sus ojos
una luz fugaz y estaba a punto de saltar, golpear y luchar por su roto corazón;
pero inmediatamente se decía a sí misma con gran desprecio: ¿cómo es posible
que Nitocris compita con una mujer que vende su cuerpo por unas piezas de oro?
Entonces se le enfriaba la sangre y se le congelaba la tristeza en el corazón como
un veneno letal en el estómago.
No obstante, hoy le consta que existen otros corazones, además del suyo, que
sufren a causa de la irresponsabilidad del rey: Janum Hatab se ha quejado ante
ella manifestándole que no se deben confiscar los bienes de los templos para que
los disfrute la bailarina Rhadopis. Comparten ese principio, así pues, ¿no será
oportuno salir de su mutismo? Si no habla ahora, ¿cuándo lo hará para corregir
la locura de él con su prudencia? Le había dolido que las murmuraciones
llegaran hasta el trono. Sentía que su deber era apartar los malos pensamientos y
recuperar la calma. Fue fácil para ella pisar su propio orgullo y avanzar con
decisión y a paso firme por su camino recto implorando ayuda a los dioses.
La reina se sosegó con estas decisiones dictadas por su propia sabiduría y por
motivos internos. Se desmoronó su anterior orgullo tras mucho empeño y
decidió firmemente hacerle frente al rey con fuerza y lealtad.
Salió del recibidor para dirigirse a sus aposentos reales. Se pasó el resto del
día pensando y por la noche tuvo un sueño entrecortado y muy angustioso.
Esperó con impaciencia hasta media mañana —que era la hora en que se
despertaba el rey cuando trasnochaba— y, sin dudarlo, fue con paso firme al
pabellón real. Este extraño desplazamiento movilizó a la guardia. Le dieron el
saludo y preguntó a uno de ellos:
—¿Dónde está Su Alteza el rey?
—En su aposento privado, Alteza —contestó él respetuosamente.
Se dirigió despacio al aposento privado del rey y traspasó la gran puerta. El
faraón estaba sentado en el centro del salón, a unas cuarenta brazadas de la
puerta. Los ojos de ella no daban crédito a tanta manifestación de riqueza y arte.
El rey no esperaba verla: ya habían pasado varios días desde su último
encuentro. Se puso de pie, asombrado, y la recibió con una sonrisa que denotaba
cierto nerviosismo. Dijo, invitándola a sentarse:
—Que los dioses te otorguen felicidad, Nitocris. Si hubiera sabido que
querías yerme, te habría visitado.
La reina se sentó tranquilamente diciendo para sus adentros: ¿y cómo sabe
que no deseaba verlo durante todo este tiempo?
—No te preocupes, hermano —le dijo—. No tengo empacho en venir hasta
ti, ya que lo hago por deber.
El rey no captó el sentido de sus palabras, pues estaba muy alterado: le
habían impresionado su llegada y la rigidez de sus facciones.
—Estoy avergonzado, Nitocris —confesó.
A ella le extrañó que abordara el tema. Le había hecho mucho daño el verlo
rebosante de salud y felicidad, como una flor lozana.
—Todo me da igual menos el que te sientas avergonzado —dijo con cierto
nerviosismo, aunque intentando contener sus sentimientos.
El faraón era extremadamente sensible. El mínimo roce le podía alterar y
hacer cambiar de estado de ánimo. Se mordió los labios y respondió:
—El hombre es víctima de pasiones tiranas, hermana, y a veces cae presa de
alguna de ellas.
La confesión la hirió en su orgullo y en sus sentimientos y exclamó con
franqueza, olvidándose de su calma:
—Te juro por los dioses que me entristece que te quejes de pasiones tiranas,
siendo tú el faraón.
El rey, de enfado fácil, sintió los pinchazos de sus palabras. Se encolerizó y
se le subió la sangre a la cabeza. Súbitamente se puso de pie con expresión
amenazante. La reina temió que el enfado de él echara a perder el asunto por el
que había ido allí. Se arrepintió de sus palabras y le dijo en tono suplicante:
—Has sido tú quien ha iniciado este tema, hermano; yo no he venido por eso.
Espero que se te pase el enfado cuando sepas que he venido para hablar de
asuntos importantes referentes a la política del reino en cuyo trono nos sentamos
juntos.
Él contuvo la rabia y preguntó con aparente tranquilidad:
—¿Qué quieres decir, reina?
La reina sintió que el curso de la conversación no llevaba a un ambiente
favorable a su objetivo, pero no le quedó más remedio que hablar:
—Las tierras de los templos —dijo escuetamente.
El rey frunció el entrecejo y replicó muy disgustado:
—¿Las tierras de los templos dices? Yo las llamaría las tierras de los
sacerdotes.
—Como queráis, señor. El cambio de nombre no cambia la realidad.
—¿No sabes que odio hablar de este tema?
—Yo sólo intento lo que otros no pueden. Mi único objetivo es el bien.
El rey movió los codos disgustado y preguntó:
—¿Qué quieres decir, reina?
Ella repuso tranquilamente:
—He convocado a Janum Hatab a una entrevista, en respuesta a una súplica
por su parte. Y he escuchado…
—¿Eso ha hecho? —preguntó él enfadado, sin dejarla terminar.
—Sí… ¿ves en su comportamiento algo que te enoje? —preguntó asustada.
—Sin duda… sin duda —rugió—. Es un hombre terco y se niega a cumplir
mi voluntad. Sé que acató mis órdenes de mala gana y que me está acechando
con la esperanza de derrocar mí decreto, unas veces suplicando, me he negado a
escucharlo, y otras incitando a los sacerdotes a presentar solicitudes, lo mismo
que anteriormente los indujo a vitorear su despreciable nombre… la persona
falsa siempre anda por los caminos de la enemistad.
Ella respondió, extrañada de su mala opinión:
—Tú piensas mal de ese hombre; yo, en cambio, creo que es el más leal al
trono y que es un sabio que busca el acuerdo. ¿No es natural que se entristezca
por la pérdida de unos privilegios conseguidos por su casta bajo la protección de
nuestros antepasados?
El corazón del rey bulló de cólera, pues nunca admitía disculpa para alguien
que no acatara sus órdenes, ya fuera de forma secreta o manifiesta, ni soportaba
bajo ningún concepto que alguien tuviera una opinión distinta a la suya.
Dijo, exasperado, en un tono de amarga ironía:
—Veo que ese astuto ha conseguido hacerte cambiar de opinión, reina.
—Nunca ha sido mi opinión confiscar los bienes de los templos; no veo que
haya necesidad —replicó ella disgustada.
—¿Es que te molesta que aumente nuestra fortuna? —dijo el rey lleno de
cólera. —¿Cómo se atreve a decir eso, sabiendo dónde van a parar esas
riquezas?
La pregunta del rey avivó la cólera enterrada de la reina y su ahogado rencor.
Vencida por sus sentimientos, replicó alterada:
—A cualquier persona sensata le incomoda que se confisquen las tierras de
gente sabia para despilfarrar su renta en el libertinaje.
La cólera del rey aumentó y dijo, haciendo señas amenazantes con la mano:
—¡Maldito sea ese astuto! Está planeando separarnos.
—Te crees que soy una niña ingenua —dijo la reina con dolor y tristeza.
—¡Maldito sea! Ha solicitado una entrevista con la reina para hablar con ella
como mujer vestida de reina.
—¡Señor! —exclamó ella aún más dolorida.
No obstante, el rey continuó, arrastrado por su endemoniada cólera:
—Nitocris, tú has venido impulsada por los celos, no por el deseo de
reconciliación.
La reina sintió que un frío sablazo atravesaba su orgullo. Sus ojos se
ensombrecieron y escuchó los latidos de su corazón y el temblor de sus
extremidades. Permaneció en silencio durante un rato, sin poder hablar, luego
dijo:
—¡Oh, rey! Janum Hatab no conoce de ti nada que yo ignore, para que tenga
que comunicármelo. Si así piensas, has de saber que estoy al corriente, como
todo el mundo, de que convives desde hace meses con una bailarina de la isla de
Biya. ¿Acaso te he perseguido durante todo este tiempo? ¿Te he molestado o te
he rogado que no lo hicieras? Has de saber, también, que quien pretenda dirigirse
a mí como mujer, no obtendrá nada; sólo encontrará ante él a la reina Nitocris.
—Aún sigues vomitando celos —dijo él desafiante.
La reina golpeó el suelo con su pie menudo, se levantó desesperada y
exclamó llena de rencor:
—¡Oh, rey! No es un oprobio para una reina tener celos de su esposo, pero lo
que sí es verdaderamente vergonzoso para un rey es despilfarrar el oro de su país
en una bailarina y exponer su límpido trono a la murmuración popular.

***

Estas palabras sacaron de quicio al rey. Consideraba a Janum Hatab


responsable de todos sus problemas. Llamó a Sufajatib y le ordenó que fuera sin
tardanza a comunicar al visir que lo estaba esperando. El ujier mayor, perplejo,
fue a cumplir la orden de su señor. El visir llegó medio desesperado, medio
esperanzado. Lo hicieron pasar donde se encontraba el rey, sumamente
encolerizado. El visir saludó a la manera tradicional, pero el faraón ni le
escuchó. Le interrumpió con aspereza:
—¿No te ordené, visir, que no volvieras a plantear el tema de las tierras de
los templos?
El visir se asombró por aquel tono tan áspero que escuchaba por vez primera
y sintió que sus esperanzas se desmoronaban de golpe.
—Señor —exclamó desesperado—: he considerado que era mi deber
elevarle a Su Alteza las quejas de vuestro fiel pueblo.
—Al contrario —replicó el rey en tono cortante—. Lo que has querido es
enturbiar la relación entre la reina y yo para lograr tu objetivo.
El visir levantó las manos suplicante. Quiso decir algo pero se le trabó la
lengua y sólo consiguió pronunciar estas dos palabras:
—Señor… señor.
—Janum Hatab —contestó el rey muy alterado—. Rehúsas acatar mis
órdenes. A partir de hoy no gozarás de mi confianza.
El sacerdote enmudeció. Se quedó inmóvil, luego inclinó la cabeza sobre el
pecho con tristeza.
—Señor, juro por todos los dioses que me entristece dejar de servir a Vuestra
Majestad, mas continuaré siendo, como siempre, un pobre siervo fiel…

***

El rey se sosegó tras saciar su incontenible rabia. Mandó llamar a Sufajatib y


a Tahu. Ambos llegaron en seguida, preguntándose por el motivo. El rey les dijo
tranquilamente:
—Ya he acabado con Janum Hatab.
Hubo un profundo silencio y el asombro se hizo patente en el rostro de
Sufajatib. En cuanto a Tahu, se quedó inmóvil. El rey los escudriñaba a ambos:
—¿Por qué no decís nada? —preguntó.
—Es un asunto muy peligroso, señor —dijo Sufajatib.
—¿Te parece peligroso, Sufajatib?… ¿Y a ti, Tahu?
Tahu permanecía inmóvil, con los sentidos como muertos. Los
acontecimientos no producían mella en él; sin embargo, respondió:
—Es un hecho inspirado por la Adorada Fuerza, señor.
El rey sonrió mientras Sufajatib le daba vueltas al tema. Al fin opinó:
—Desde hoy, Janum Hatab se sentirá más libre.
El rey se encogió de hombros despectivamente y replicó:
—No creo que se eche a perder.
Luego continuó, cambiando de tono:
—Y ahora, ¿a quién me aconsejáis que nombre como sucesor?
El silencio reinó durante un rato, mientras los dos hombres seguían
pensando:
—Elijo a Sufajatib. ¿Qué os parece? —propuso el rey sonriendo.
—Quien habéis elegido, Señor, posee la fuerza de la fidelidad —respondió
Tahu sinceramente.
Sufajatib, por su parte, mostró cierta incomodidad. Quiso hablar pero el
faraón se le adelantó:
—¿Dejarías a tu señor en estos momentos?
Sufajatib suspiró y dijo:
—Estoy a vuestra disposición, mi Señor.
EL NUEVO VISIR

E l faraón experimentó una sensación de tranquilidad en la nueva época. Su


cólera se acalló. Dejó los asuntos en manos del hombre en el que confiaba
para dedicarse plenamente a la mujer que le había arrebatado el corazón y la
razón. A su lado disfrutaba de los placeres de la vida y de los deleites del
espíritu.
Sufajatib, en cambio, soportaba toda la carga que le había caído encima.
Sabía perfectamente que Egipto había recibido su elección con precaución,
recelo y una silenciosa repulsa. Experimentó una sensación de soledad desde el
primer momento en que pisó la Casa del Gobierno, pues el rey encontraba en el
amor su única satisfacción, dejando a su súbdito todos los problemas y las
obligaciones, pues los gobernadores de las provincias sólo estaban de acuerdo
con él en apariencia; sin embargo, su corazón seguía a los sacerdotes en todos
los lugares. El visir dio vueltas a su alrededor y no encontró a ningún ayudante
ni consejero, salvo el comandante Tahu. Ambos hombres eran diferentes en
muchos aspectos, pero les unía su amor y su fidelidad al faraón. El comandante
contestó a su llamada, le tendió la mano y compartió con él su soledad y todas
sus preocupaciones. Ambos luchaban para salvar un navío sacudido por
violentas olas y rodeado de nubes y tempestades. No obstante, a Sufajatib le
faltaba la experiencia del avezado comandante. Era fiel y su corazón rezumaba
fidelidad y responsabilidad. Era un sabio que llegaba al meollo de los problemas,
pero carecía de valor y determinación. Se había dado cuenta del error desde el
principio, pero no había intentado remediarlo sino que trataba de restarle
importancia por temor a encolerizar a su señor o a hacerle daño. Así
transcurrieron los acontecimientos por el camino que había abierto la cólera.
Los espías de Tahu trajeron una importante noticia: Janum Hatab había
viajado a Manaf, la capital religiosa. La noticia asombró al visir y al
comandante. Se preguntaron con perplejidad cuál sería el motivo por el que ese
hombre había soportado las dificultades de trasladarse del Sur al Norte. Sufajatib
vaticinó un gran problema. No dudó de que Janum Hatab se pondría en contacto
con los grandes sacerdotes, los cuales estaban resentidos por lo que les había
ocurrido y ademas por saber que los bienes que se les habían incautado se
estaban despilfarrando sin cuenta en una bailarina de Biya, pues ahora nadie
ignoraba esa realidad y quien la ignorara, sin duda llegaría a conocerla. El
sacerdote encontraría, pues, en ellos el terreno abonado para propagar sus ideas y
repetir sus quejas.
Aparecieron los primeros síntomas del descontento sacerdotal. Los
mensajeros que habían propagado por todas partes la noticia de la elección de
Sufajatib como visir, volvieron con felicitaciones oficiales de todas las
provincias. No obstante, los sacerdotes se replegaron en un temible mutismo que
hizo exclamar a Tahu: «Ellos han iniciado el desafío».
Luego llegaron pliegos de los templos con la firma de sacerdotes de todos los
rangos, en las que rogaban al faraón que reconsiderara la cuestión de las tierras
de los templos. Era un peligroso consenso que acrecentaba los problemas de
Sufajatib.
Uno de esos días, Sufajatib llamó a Tahu a la Casa del Gobierno. El
comandante llegó en seguida. El visir señaló el asiento del visirato, suspiró y
dijo:
—Este asiento me provoca vértigo.
A lo que Tahu repuso:
—Vuestra cabeza es demasiado grande como para que pueda provocaros
vértigo ese asiento.
Sufajatib suspiró con tristeza y respondió:
—Me han ahogado con un montón de solicitudes.
El comandante preguntó con interés:
—¿Se las habéis expuesto al faraón?
—De ningún modo, comandante. El faraón no permite que nadie le moleste
con ese tema. Además, sólo puedo hablar con él muy de tarde en tarde… me
siento indeciso y solo.
Ambos hombres se callaron un rato, dando rienda suelta a sus pensamientos;
luego, Sufajatib movió la cabeza asombrado y dijo como hablando consigo
mismo:
—Es como si estuviera hechizado.
Tahu miró al visir con extrañeza, pues captó el significado implícito. Se le
puso la carne de gallina y cambió de color; no obstante, logró mantener la calma.
Ya se había acostumbrado a ello durante los últimos años de su vida. Le
preguntó con una sencillez que le supuso gran esfuerzo:
—¿A qué hechizo os referís, Excelencia?
Sufajatib respondió:
—Rhadopis. ¿Acaso no ha hechizado al faraón? Juro por los dioses que lo
que tiene el faraón no es más que un hechizo.
La respiración de Tahu se agitó al mencionarse ese nombre, como si hubiera
escuchado algo extraño cuya mención enajenara todos los sentidos y los
sentimientos y aflojara el cierre que había aplicado con dureza a la válvula de
sus emociones. Apretó los dientes con fuerza y manifestó:
—La gente dice que el amor es magia y los magos sostienen que la magia es
amor.
—Creo que la belleza de Rhadopis es un hechizo maldito —respondió el
triste visir.
Tahu le clavó una dura mirada y preguntó:
—¿No conocéis el antídoto contra esa magia?
El otro, que captó la indirecta del comandante, se ruborizó e inmediatamente
dijo, como defendiéndose de una acusación:
—No fue la primera mujer…
—¡Pero era Rhadopis!
—Le deseo felicidad a mi señor.
—Y le habéis dado un hechizo. ¡Qué lástima!
—Sí, comandante. Siento que me he equivocado profundamente… pero hay
que hacer algo.
Tahu contestó, todavía disgustado:
—Eso es responsabilidad vuestra, Excelencia.
—Os estoy pidiendo consejo.
—La lealtad alcanza su plenitud con el consejo sincero.
—Pero el faraón no consiente que se hable del tema de los sacerdotes.
—¿Por qué no exponéis vuestra opinión ante Su Majestad la reina?
—Eso fue lo que condujo a Janum Hatab a exponerse a la cólera de Su
Majestad el rey.
Tahu no supo qué decir. A Sufajatib se le ocurrió una idea y dijo en voz baja:
—¿No sería mejor que concertarais una entrevista con Rhadopis?
Le invadió otro temblor, el corazón le dio un vuelco y estuvieron a punto de
estallar los sentimientos que se esforzaba en disimular. Se dijo a sí mismo: «El
anciano no sabe lo que dice. Se cree que su señor es el único que está
hechizado».
—¿Por qué no os reunís vos con ella? —le preguntó.
—Porque tal vez vos seréis más capaz que yo de entenderos con ella —
repuso Sufajatib, a lo que Tahu contestó con frialdad:
—Temo que Rhadopis desconfíe de mí y tergiverse mis intenciones… No,
Excelencia.
Sufajatib temía hacer ver al faraón la realidad. Tahu no podía permanecer
quieto en su sitio porque tenía los nervios alterados y los sentidos sacudidos por
un sentimiento tremendamente devastador. Se disculpó ante el visir y salió
disparado, dejándolo sumergido en una oleada de pensamientos y tristezas.
LAS DOS REINAS

S ufajatib no era el único al que pesaban las preocupaciones. La reina también


estaba recogida en sus aposentos, albergando una recóndita tristeza, un
profundo dolor y una silenciosa desesperación. Repasaba el drama de su vida
con el corazón roto y contemplaba lo que ocurría en el valle con ojos tristes. No
era más que una mujer que había perdido el corazón o una reina cuyo trono se
tambaleaba. Su relación con el rey había llegado al punto de que no había que
esperar una reconciliación mientras el rey siguiera sumido en su pasión y ella
continuara guardando un orgulloso silencio.
Le dolió saber que el rey renunciaba a ocuparse de sus altas
responsabilidades. El amor le había hecho olvidarse de todo, hasta que las
riendas del poder fueron a parar a manos de Sufajatib. No dudaba de la fidelidad
del visir al trono, pero le encolerizaba el libertinaje del rey y su
ensimismamiento. Se prometió a sí misma actuar fueran cuales fueran las
consecuencias. No se apartaba de su objetivo. Un día convocó a Sufajatib y le
pidió que le consultara sobre todos los asuntos que dependieran de la opinión del
rey. Así mitigó un poco su enfado y satisfizo, sin saberlo, al visir, que respiró
aliviado, sintiendo que le quitaba un peso de encima.
A raíz de su contacto con el visir, conoció las peticiones que los sacerdotes le
habían enviado desde todos los lugares del valle. Las leyó con paciencia y
entereza y se enteró del acuerdo al que habían llegado las élites de todo el reino.
Percibió el peligro implícito en aquellas líneas medidas pero firmes y se
preguntó, perpleja y triste, cuál sería la situación si los sacerdotes supieran que el
faraón no hacía caso de sus peticiones, pues constituían una fuerza enorme que
dominaba la mente y el corazón del pueblo que los escuchaba en los templos, en
las escuelas y en las universidades, se apoyaban en su moral y en su doctrina del
mismo modo que en sus altos valores. ¿Cómo se desarrollarían los
acontecimientos si los sacerdotes dejaran de estar al lado del faraón y desistieran
de solucionar los asuntos que veían que no iban por los mismos caminos que en
las gloriosas épocas de antaño?
No había duda de que las cosas se complicaban peligrosamente y que el
abismo de la discordia amenazaba con la escisión entre el rey, soñoliento y
soñador en la isla de Biya, y su fiel pueblo. Sufajatib permanecía indeciso, sin
que su fidelidad y sabiduría le sirvieran de nada.
La reina sentía que tenía que hacer algo, pues dejar que los acontecimientos
llegaran a su fin auguraba dificultades. Debía apartar del tranquilo y bello rostro
de Egipto la consternación que lo invadía y devolverle su hermosura y
tranquilidad. ¿Qué hacer? El día anterior intentó convencer a su esposo de la
realidad, pero ahora ha perdido la esperanza. Aún no ha olvidado la puñalada
que le asestó a su orgullo. Desistió de conseguir nada de él, desesperada y triste,
y buscó otro medio de conseguir su objetivo. Pero ¿qué objetivo? Lo pensó
mucho, luego se dijo a sí misma: «Mi máxima aspiración es que el faraón
devuelva a los sacerdotes las tierras que les ha confiscado». Pero ¿cómo? El rey
es colérico y muy orgulloso. No retrocede ante nadie. Ordenó confiscar las
tierras en un peligroso estado de ira; pero no hay duda de que, aparte de la ira,
otros motivos lo indujeron a ello. Quien conozca el palacio de Biya y el oro que
el rey despilfarra en él, lo entenderá. Por ello lo llaman acertadamente el palacio
dorado de Biya, pues abundan las obras de arte y los muebles de oro puro. Si se
cerrara ese orificio que se traga las riquezas del rey, tal vez pensaría en devolver
las tierras de los templos a los sacerdotes. No deseaba apartar al rey de la beldad
de Biya, ni siquiera lo había pensado, sino que deseaba poner límite a su
despilfarro. Suspiró y dijo para si: ahora tengo claro mi propósito. Tenemos que
encontrar alguna forma de convencer al rey para que se contenga de tanto
despilfarro; luego le convenceremos de que devuelva las tierras a sus dueños.
Pero ¿cómo convencer al rey? Ya había renunciado a ello, pero ahora lo
consideraba más necesario que nunca. Había fracasado en convencerlo y no
tuvieron mejor suerte Sufajatib y Tahu. El rey se regía por la pasión y no había
forma de acceder a él. Se preguntó: «¿Quién podrá convencer al rey?». Y por su
cuerpo se propagó un doloroso temblor. Rápidamente surgió la respuesta, pero
era terrible. No la ignoraba, sin embargo era una de las realidades que avivaban
su dolor cada vez que irrumpían en su memoria, pues el destino había dispuesto
que fuera ese hombre el que gobernara el reino y que fuera su rival la bailarina
de Biya, la cual la había condenado a la soledad eterna. Esa era la dolorosa
realidad que detestaba acatar como un hecho consumado, como lo son la muerte,
la vejez y la enfermedad crónica.
La reina era una mujer triste, pero era una gran reina, de amplios horizontes.
Intentaba olvidar que era una mujer, aunque no lo conseguía: su corazón seguía
revoloteando en torno a su esposo el rey y a la mujer que se lo había arrebatado.
No obstante, jamás olvidaba que ella era la reina y no dejaba ni un momento de
cumplir con sus obligaciones. Se había prometido a sí misma salvar el trono y
ponerlo a su altura, por encima de las murmuraciones y el descontento. ¿Había
llegado a tal determinación inducida sólo por su deber o había otros móviles?
Pues nuestros pensamientos están siempre dispuestos a rodear a aquellos a
quienes amamos y a quienes odiamos; nos sentimos atraídos hacia ellos como la
mariposa hacia la luz de una lámpara. Había sentido desde el principio el deseo
de ver a Rhadopis, de la cual le llegaban noticias; pero ¿que sentido tenía eso?
¿Iría a verla para hablarle de los asuntos de Egipto? ¿Ella, la reina Nitocris, iría a
ver a una bailarina que se exhibía en el mercado del amor para rogarle, en
nombre de su pretendido amor por el rey, que le disuadiera del despilfarro y que
le hiciera volver a su deber? ¡Qué imagen tan horrible!
La reina estaba angustiada en su soledad. Sus sentimientos recónditos y su
manifiesta responsabilidad la presionaron para que saliera de su mutismo y de su
larga prisión. Ya no podía aguantar más. Se convenció a sí misma de que su
deber le obligaba a hacer algo, a intentarlo de nuevo. Se preguntó: «¿Voy a ver a
esa mujer para pedirle que salve al rey del abismo en el que ha caído?». Este
pensamiento la mantuvo preocupada durante un buen rato, sumiéndola en una
triste indecisión que provocó su aturdimiento y desvarío. No obstante, no dio
marcha atrás, sino que aumentó su firmeza. Era como un torrente que irrumpía
por una pendiente y no podía desviarse. Un torrente agitado, espumoso,
devastador… Al final del combate abierto dijo: «Iré…».

***
A la mañana siguiente estuvo esperando el regreso del rey. Recibió al sol en
una embarcación real en la que navegó hacia el palacio blanco y dorado de Biya.
Estaba sumida en un estado de triste estupor y no llevaba puesta la indumentaria
real, por lo que sintió enojo y disgusto. La embarcación atracó junto a la
escalinata del palacio. Se bajó y la recibió un esclavo al que le comunicó que era
una visitante que deseaba ver a la dueña del palacio. El esclavo la condujo a la
sala de recepción. Hacía frío, el viento invernal soplaba por entre las ramas
desnudas, las cuales parecían brazos momificados. Se sentó a esperar en el
recibidor, sola, sintiendo extrañeza y angustia; pero se consoló pensando que era
una reina que había dejado un poco de su orgullo para cumplir con su alto deber.
No obstante, sintió que la espera se alargaba y se preguntó, inquieta, si la tendría
esperando mucho rato, como hacía con los hombres. Le invadió un doloroso
miedo y se arrepintió de haberse presentado en el palacio de su rival.
Pasaron algunos minutos antes de que se oyera rumor de ropa. Levantó la
cabeza pesada y vio por primera vez el rostro de Rhadopis. Era Rhadopis, sin
duda. Sintió una picadura de dolor y desesperación. Olvidó durante un momento
sus preocupaciones y el motivo de su visita, ante la belleza destructora. Rhadopis
a su vez se quedó atónita ante la belleza grave de la reina y su majestuosidad
sublime.
Se dieron la mano y Rhadopis se sentó junto a la noble y desconocida
visitante. Al notar que permanecía en silencio, Le dijo con su melodiosa voz:
—Estás en tu palacio.
La visitante respondió con nobleza y concisión:
—Gracias.
La bella sonrió y preguntó:
—¿Puede nuestra noble huésped decirnos quién es?
La pregunta era natural, pero la reina no la esperaba y se sintió algo molesta.
—Soy la reina —dijo con tranquilidad.
Miró a la mujer para observar el efecto de sus palabras y vio una sonrisa
provocadora, unos ojos brillantes de asombro y un pecho que se inflamaba y se
endurecía como una víbora agredida. La reina tampoco estaba tan tranquila
como aparentaba. Su corazón se había alterado al ver a su rival. Sintió que le
hervía la sangre y se le abrasaban las venas, y experimentó cierto odio y
repugnancia. Se situaron frente a frente, como dos rivales en pie de guerra. Se
apoderó de la reina un estado de amargura lleno de rabia y rencor. Se olvidó de
todo, menos de que estaba frente a la mujer que le había robado su felicidad.
Rhadopis también se olvidó de todo menos de que estaba ante la mujer que
compartía el nombre y el trono con su amado.
Al principio la conversación entre ellas se desarrolló en ese ambiente lleno
de enfado y rabia; por ello tomó derroteros tristemente violentos. La reina estaba
disgustada por el escaso interés que le mostraba su rival. Le preguntó enojada:
—¿Acaso no sabes cómo se saluda a una reina?
Rhadopis se quedó inmóvil. Le invadió cierto temor, causado por una gran
alteración y estuvo a punto de estallar para alejar de su pecho la tristeza; pero se
contuvo: conocía otra forma de vengarse. Esbozó una sonrisa y, sentada, inclinó
la cabeza, apoyándola perezosamente en el asiento, como quitándole importancia
al asunto, y dijo en un tono no carente de ironía:
—Hoy es un gran día, Alteza, un día que para mi palacio pasará a la historia.
La reina se enfadó y replicó algo alterada:
—No has dicho sino la verdad. Esta vez se hablará bien de tu palacio, no
como acostumbra a hablar la gente.
Rhadopis la miró con ironía, disimulando la rabia, y exclamó:
—¡Maldita sea la gente! ¡Hablar mal de un palacio que su señor utiliza como
pasto para su corazón y su pasión!
La reina recibió esta puñalada con entereza. Miró a la bella de forma
significativa y contestó:
—Las reinas no ocupan sus corazones con amor, como el resto de las
mujeres.
—¿De verdad, Señora? Creía que la reina, por encima de todo, era una
mujer.
La reina replicó encolerizada:
—Eso es porque tú nunca has sido reina.
El pecho de la mujer se hinchó y se endureció:
—Perdonadme, Señora, pero yo soy una verdadera reina.
La reina la miró con extrañeza y dijo con ironía:
—¡Qué curioso! ¿Y de qué reino?
—Del más grande de todos: el corazón del faraón —contestó llena de
orgullo.
La reina sintió fatiga, dolor y vergüenza. Notó que estaba bajando al nivel de
lucha mortal con la bailarina, que se estaba despojando de la majestuosidad y del
respeto y aparecía desnuda, como una mujer celosa que luchaba para
reconquistar a su hombre, que se agarraba al cuello de su rival astutamente.
Observó su posición y la de su rival la cual, sentada con altanería, le devolvía las
flechas a la garganta, enorgulleciéndose del amor y del dominio de su esposo.
Sintió extrañeza y confusión y deseó estar soñando.
Mató todos sus sentimientos, los enterró en lo más profundo de su alma y
recobró en seguida su naturaleza hermética. Le empezó a correr por las venas, en
lugar de rabia y rencor, una sangre azul compuesta sólo de orgullo. Declaró el
motivo de su visita y prometió enmendar su actitud.
Miró a la mujer con semblante tranquilo y le dijo:
—Señora: no has recibido a la reina como es debido. Tal vez has interpretado
mal mi visita y te has enfadado; pero has de saber que no he venido a tu palacio
por ningún asunto personal.
Rhadopis se quedó callada, mirándola con desconfianza. Aún no la habían
abandonado el rencor y la rabia.
—He venido, señora, por asuntos aún más graves que atañen al glorioso
trono y a la paz que debe prevalecer en las relaciones entre el dueño del trono y
sus súbditos —dijo la reina tranquilamente.
Rhadopis respondió con excitación e ironía:
—¡Asuntos graves! ¿Y qué puedo hacer yo, señora? No soy más que una
mujer de la que el amor se deleita en hacer su principal ocupación.
La reina suspiró y dijo cambiando de tono:
—Tú miras hacia abajo mientras que yo miro hacia arriba. Creía que te
importaban la gloria y la felicidad de tu señor. Si es así, debes guiarlo por el
buen camino. Se gasta en tu palacio montones de oro y arrebata las tierras a sus
mejores hombres. Gritan de dolor, y han manifestado sus quejas diciendo que
nuestro señor nos despoja de una riqueza que despilfarra sin medida con una
mujer de la que está enamorado. Tu obligación, si de verdad te importa su gloria,
es clara como el sol en un día despejado. Tienes que impedirle el despilfarro y
convencerlo de que devuelva los bienes a sus dueños.
Pero el enfado no le permitió a Rhadopis entender perfectamente lo que
decía la reina. Sus sentimientos oscilaban entre la rebeldía y el fuerte rencor.
Dijo con dureza:
—Lo que de verdad os entristece es ver cómo el oro se traslada, con el cariño
del faraón, a mi palacio.
A la reina le recorrió un temblor y gritó:
—¡Qué horror!
Rhadopis dijo con rabia y arrogancia:
—Nada puede separarme de mi señor.
El silencio se apoderó de la reina. Sintió una gran desesperación y una
profunda herida en su orgullo. Pensó que nada podía conseguir esperando. Se
puso de pie, dio la espalda a la mujer y emprendió su camino dolorida, triste y
encolerizada. Casi no veía el camino de enfadada que iba.
Rhadopis respiraba con agitación. Apoyó la cabeza caliente en la mano y se
sumió en sus pensamientos, preocupada y triste.
UNA CHISPA DE LUZ

R hadopis suspiró con el corazón herido. Se dijo a sí misma: «¡Qué pena que
yo me olvide de todo el mundo y los demás no quieran olvidarse de mí,
sobre todo después de haberme librado del pasado y sus coletazos…! ¡Dios mío!
¿Será verdad que los sacerdotes acusan a palacio de devorar sus bienes
confiscados? ¿Será verdad que están quemando su amor con lenguas de fuego?»
Ella se había recluido, gustosa, en su palacio y había cortado las relaciones con
todo el mundo. Hasta había perdido de vista la cara de la vida. Nunca había
pensado que su nombre corriera con indignación en boca de una gente tan
poderosa y que la utilizarían como un recurso para descalificar a su amado
adorado. No creía que la reina hubiera exagerado, aunque abundaban los
motivos que la habían impulsado a hablar, pues desde hacía mucho tiempo le
llegaban noticias de que los sacerdotes temían que el faraón no les devolviera
sus tierras. Ella misma había escuchado en la fiesta del Nilo a un grupo de esa
gente aclamar a Janum Hatab. No hay duda de que detrás del mundo tranquilo y
bello en el que vive, hay otro agitado, bullendo de tristezas e intrigas. Su alma se
agitó después de una dicha que duró largos meses y nunca antes había
experimentado. Sintió cómo su pecho ceñía a su amado derramando amor y
ternura. Sumida en el letargo de la súbita tristeza, recordó que Ana había dicho
un día que la guardia faraónica era la única fuerza de que disponía el rey. Se
preguntó aterrada: ¿por qué no recluta a todo el ejército? ¿Por qué su adorado no
disponía un gran ejército?
Se pasó todo el día recluida tristemente en su alcoba. No fue, como de
costumbre, a sentarse junto al escultor Benamón en el salón de verano porque no
soportaba estar con nadie, ni siquiera sentarse, inmóvil, ante los ávidos ojos del
joven. Permaneció sola hasta el atardecer. No se sintió tranquila hasta que vio a
su adorado amante entrando en sus aposentos. Iba con amplios ropajes. Ella
lanzó un suspiro desde lo más profundo del corazón, le abrió los brazos y él la
apretó contra su ancho pecho, como solía hacer cada tarde, y le estampó en la
mejilla el beso de feliz encuentro; luego se sentó junto a ella en el mullido diván.
Su alma emanaba maravillosos recuerdos despertados por la vista del Nilo que
había llevado su embarcación hacía poco.
—¿Dónde está el hermoso verano? ¿Dónde están sus noches en vela, cuando
la embarcación que nos llevaba surcaba su oscura frente, cuando nos
entregábamos en la cámara a la brisa y al amor, escuchando el tañido de la
música y mirando con ojos soñadores los movimientos de los bailarines?
Ella no podía compartir sus recuerdos, a pesar de que no le gustaba que se
encontrara solo en algún sentimiento o pensamiento.
—Un momento, amor mio —le dijo—. La belleza no está en el verano ni en
el invierno, sino en nuestro amor. El invierno encontrará una cariñosa tibieza
mientras permanezca su llama.
Él soltó su acostumbrada risotada que hacía agitarse su cara y su cuerpo, y
dijo:
—¡Qué hermosas son tus palabras! Son más apetitosas para mi corazón que
toda la gloria de la vida… pero ¿qué opinas de la caza y de la pesca? Mañana
iremos a la ladera de la montaña y correremos detrás de las gacelas. Jugaremos
hasta que se sacien nuestras sedientas almas.
—Como tú quieras, amor mío —dijo ella absorta en sus pensamientos.
Él la escudriñó con la mirada y se dio cuenta de que le hablaba
instintivamente, mientras que su corazón vagaba lejos de allí.
—Rhadopis… te juro por el águila que unió nuestros corazones que algún
pensamiento me arrebata hoy tu mente.
Ella lo miró con ojos tristes, sin poder decir nada, y él prosiguió con interés:
—Mi instinto ha acertado, pues tus ojos no me desmienten, pero ¿qué es lo
que me escondes?
Ella suspiró profundamente mientras sus dedos jugueteaban
inconscientemente con el manto del rey; luego comentó en voz baja:
—¡Qué curiosa es nuestra vida! A menudo nos olvidamos de lo que nos
rodea, como sí viviéramos en mundos desiertos.
—Es lo mejor que podemos hacer, cariño. ¿Qué es lo que sacamos del
mundo sino el vano ruido y la engañosa gloria? Permanecíamos perdidos hasta
que nos encaminó el amor. ¿Por qué te quejas?
Ella suspiró de nuevo y dijo con tristeza:
—¿Qué sacamos con el sueño, si todo lo que nos rodea está despierto, sin
pegar ojo?
Él frunció el ceño y sus ojos brillaron con un relámpago de luz. Captó con su
corazón sus temores y le preguntó preocupado:
—¿Qué es lo que te entristece, Rhadopis? Aclárense tus pensamientos. Ya
basta de perder el tiempo en hablar de algo que no sea amor.
—Hoy no estoy como ayer. Algunos de mis esclavos que andan por los
mercados me han traído rumores de gente disgustada a quienes ha molestado que
su señor les haya despojado de sus tierras. Y les enfada aún más que su señor
gaste los bienes confiscados en mi palacio.
La cólera surgió en el rostro del faraón. Se le apareció el fantasma de Janum
Hatab asomándose a su paraíso tranquilo, enturbiando su ambiente y alterando
su seguridad. Su cólera se acentuó y tiñó su rostro del color del Nilo cuando se
inunda. Luego dijo con voz ronca:
—¿Eso es lo que te entristece, Rhadopis? ¡Malditos sean esos rebeldes que
no se contienen de su extravío; pero no enturbies nuestra alegría ni hagas caso a
sus lágrimas de cocodrilo. Déjalos en paz y dedícate por completo a mí!
Ella le cogió la mano y se la apretó con cariño. Lo miró con ojos suplicantes
y dijo:
—Estoy triste y preocupada… y me duele ser la causa de que algunos se
quejen de vos. Es como si sintiera un miedo oculto que no puedo describir. El
enamorado, señor, suele tener muchos miedos.
—¿Cómo puedes tener miedo, estando entre mis brazos? —Exclamó
disgustado y colérico.
—Señor, ellos ven nuestro amor con envidia, y codician este palacio, el
amor, la tranquilidad y la dicha. Me he dicho a mí misma mientras estaba triste e
inquieta: ¿de qué le sirve al amor ese oro que mi señor derrama sobre mí? La
verdad es que aborrezco el oro que pone a la gente en contra nuestra. ¿No veis
que este palacio seguiría siendo nuestro paraíso aunque se arrancara su suelo y
se destiñeran sus paredes? Si el brillo del oro, señor, es lo que les ofusca, llenad
con él sus manos para que se cieguen y callen sus bocas —dijo suplicante.
—¡Qué lástima, Rhadopis! Me estás recordando un tema que aborrezco
escuchar.
—Señor, es una nube en el cielo de nuestra felicidad. Despejadla con una
palabra —dijo con el mismo tono suplicante.
—¿Y cuál es esa palabra?
—Que les devolváis sus tierras —respondió alegre, pensando que él se
estaba ablandando y resignando.
El rey movió la cabeza violentamente y dijo en tono serio:
—Tú no sabes nada del asunto, Rhadopis. Di mi orden y esta no se ha
respetado. Se cumplió con disgusto y no paran de protestar. Aún no se han
cansado de desafiarme. Rendirme ante ellos es una derrota que nunca aceptaré;
antes preferiría morir. Tú no sabes lo que significa una derrota para mí, es la
muerte. Si hubieran conseguido su objetivo, me encontrarías extraño, triste, roto,
sin fuerza para vivir ni para amar.
Sus palabras la penetraron hasta el corazón. Le apretó la mano con fuerza y
sintió cómo un temblor se propagaba por sus extremidades. Podía aceptarlo todo
menos verlo incapaz de vivir y de amar. Olvidó su petición y se arrepintió de sus
súplicas. Gritó con voz ronca:
—Nunca os rebajaréis. Nunca os rebajaréis.
Él sonrió cariñosamente y dijo:
—Sí, no cometeré un desliz, y no será el destino quien me sumirá en la
bajeza.
—No os rebajaréis. No os derrotarán —dijo ella jadeando, con los párpados
temblorosos sobre una cálida lágrima.
Apoyó la cabeza en su pecho y se adormeció escuchando los latidos de su
corazón. Sintió, en su sopor, los dedos de él jugando con su pelo y sus mejillas.
Pero no permaneció tranquila mucho tiempo, pues le perturbó una idea de las
que le amargaron el día. Levantó la cabeza y lo miró con ojos inquietos.
—¿Qué te ocurre? —Le preguntó.
Tras una breve vacilación contestó:
—Dicen que son un grupo fuerte que tiene poder sobre los corazones y las
mentes.
—Pero yo soy el más fuerte —dijo sonriendo.
Ella dudó un momento, luego preguntó:
—¿Por qué no armáis un gran ejército que os obedezca?
El rey sonrió y dijo:
—Veo que las preocupaciones vuelven a apoderarse de ti.
Ella suspiró y respondió con rabia:
—¿Acaso no han llegado hasta mis oídos las murmuraciones de que el faraón
confisca los bienes de los dioses y los gasta con una bailarina? El susurro de la
gente, cuando se junta, se convierte en grito. Es como la chispa que se convierte
en incendio.
—¡Vaya supersticiosa pesimista!
Ella insistió:
—¿Por qué no convocáis al ejército?
La miró largamente. Parecía que empezaba a preocuparse. Argumentó:
—El ejército no se convoca sin motivo.
Su rostro revelaba enfado. Añadió:
—Están ofuscando las mentes, y ya saben que estoy enfadado con ellos. Si
mando armar al ejército se asustarán, y quizá empuñen las armas para
autodefenderse.
Se quedó pensativa durante largo rato, luego dijo con voz soñadora, como
hablando consigo misma:
—Pues cread los motivos y convocad al ejército.
—Los motivos no se crean así como así.
Sintió desesperación y bajó su triste cabeza. Cerró los ojos sin otras
esperanzas; no obstante, brotó por entre las tinieblas oscuras una feliz idea. Se
quedó sorprendida, con los ojos abiertos, y se puso alegre. El rey se asombró,
pero ella no le hizo caso y dijo sin poder dominar sus sentimientos:
—He encontrado un motivo.
Él la miro interrogante.
—Las tribus de Masayo.
Comprendió a lo que se refería y movió la cabeza desesperado mientras
balbucía:
—Su jefe ha firmado con nosotros un pacto de paz.
Pero ella no desistió:
—¿Quién sabe lo que estará ocurriendo detrás de las fronteras? Allí tenemos
a un príncipe de los nuestros gobernando. Mandémosle un mensaje secreto con
un fiel mensajero notificándole que hay una sublevación y una guerra. Él os
pedirá refuerzos, se correrá la voz, vos convocaréis a los soldados que vendrán
del Norte y del Sur. Cuando se reúnan con vos, os apoyarán en ello y los
enarbolaréis como espada para ensalzar vuestra palabra e imponer obediencia.
El faraón la escuchó asombrado. Se quedó maravillado porque la idea nunca
se le había pasado por la mente. No había pensado en formar un ejército fuerte si
no lo exigía un estado de emergencia. Creía —y sigue creyendo— que el
descontento de los sacerdotes no puede llegar a una magnitud tal que exija todo
un ejército para sofocarla. Pero ahora está convencido de que la falta de ese
ejército es lo que impulsa a esa gente a tener ambiciones y a presentar solicitudes
y quejas. La sencilla idea de Rhadopis le pareció una buena propuesta que aceptó
de corazón. Cuando aceptaba algo que le obsesionaba y le preocupaba, lo
perseguía con un deseo demoniaco, sin preocuparse de nada más. Por eso miró a
Rhadopis a los ojos con satisfacción y alegría, y exclamó:
—¡Estupenda idea, Rhadopis! ¡Estupenda idea!
Ella contestó con una extraña alegría:
—Eso es lo que me dice mi corazón… además, es tan fácil de realizar como
este beso en vuestra querida boca. No tenemos más que callarlo.
—Sí, amor mio. ¿No crees que tu mente es un tesoro tan valioso como tu
corazón? Es verdad, no tenemos más que callarnos y elegir a un fiel mensajero.
Pero deja eso de mi parte.
—¿Quién será vuestro mensajero al príncipe Karafanro? —preguntó.
—Elegiré a uno de los hombres más fieles —dijo sencillamente.
Ella desconfiaba de su gran palacio sin ningún motivo aparente, quizá porque
su corazón rehuía del lugar donde residía la reina; sin embargo, no pudo expresar
su temor, y dudaba en quién sería el mensajero si no era alguien de palacio. Le
angustió aún más el comprender que la divulgación del secreto era sumamente
peligrosa. En un momento de desesperación pensó dejar un proyecto tan
arriesgado, pero recordó en seguida al joven de ojos límpidos que trabajaba en el
salón de verano. Al recordarlo, sintió una extraña tranquilidad. Él es la pureza, la
ingenuidad y la rectitud. Su corazón es un templo donde se ofician para ella
actos sacramentales mañana y tarde. Él sería su mensajero. Es fiel. No lo dudó
mucho.
—Dejadme elegir el mensajero —dijo con seguridad.
El rey contestó riéndose:
—¡Qué cobarde estás hoy! No estoy acostumbrado a verte así. ¿Y a quién
vas a elegir?
Ella contestó con sumisión:
—Señor, el enamorado es muy temeroso. Mi mensajero es un artista que
decora mi salón de verano. Es joven, tiene alma de niño y corazón de virgen. Me
es absolutamente fiel. Además tiene la ventaja de que no despertará sospechas y
de que no sabe nada. Es mejor para nosotros que lleve el mensaje alguien que
desconozca la trascendencia de sus repercusiones, pues cuando ignoramos el
peligro es cuando nos arriesgamos confiados.
El rey movió la cabeza asintiendo. Odiaba decirle que no. Rhadopis creyó
que la nube se había despejado aunque no de la forma que había creído. Se
alegró mucho. Dio por seguro que dentro de poco podría prescindir del mundo
en su palacio del amor, dejando la tarea de vigilancia a un poderoso e invencible
ejército.
Su cabeza se inclinó de sueño. El rey admiró la belleza de su pelo tan
querido. Jugueteó con él, metiendo los dedos en su espesura, y este se esparció
sobre los hombros. Lo cogió entre las manos y se cubrió con él por completo la
cabeza y el rostro.
EL MENSAJERO

D espuntó el día siguiente. El clima estaba frío y el cielo cubierto con


mantos de nubes que se tornaban blancas y florecientes encima del sol,
como un rostro inocente cuya apariencia testimoniara su profundidad. Los
lejanos horizontes se oscurecían como si fueran colas que el sol hubiera olvidado
tras de sí al marcharse.
La esperaba un gran trabajo que no la convencía mucho ni lo aplacaría su
purificación en el templo. Conjuró para que desapareciera el pasado con sus
desgracias. Tenía que engañar a Benamón y jugar con sus sentimientos para que
sirviese a su amor y realizara su objetivo. No vaciló ni un momento porque tenía
que adelantarse a los acontecimientos. Cuidaba mucho su amor y no le
importaba sufrir por ello. Salió de sus aposentos y se dirigió al salón de verano
muy segura de sí misma, porque engañar a Benamón era tan sencillo que no
requería mucha astucia.
Caminó de puntillas y encontró al joven contemplando su imagen.
Canturreaba una canción que ella había entonado antaño y que empezaba así:

Si tu belleza hace milagros,


¿por qué curarme no puede?

Le fascinó cómo la cantaba y aprovechó la ocasión para terminarla:


¿Acaso juego con lo que desconozco?
El horizonte está oculto tras las nubes
y quizá seas el tesoro escondido para mi corazón.

El joven se dio la vuelta asustado y encantado. Ella lo recibió con una


agradable risa y le dijo:
—Tienes buena voz. ¿Por qué me lo has ocultado durante todos estos días?
La sangre se le subió a las mejillas y le temblaron los labios. Su gentileza le
asombró.
La mujer captó lo que pasaba y le dijo, incitándolo a hablar:
—Veo que te entretienes en cantar y dejas el trabajo.
Él quiso negarlo. Señaló hacia su busto esculpido y balbució:
—Mirad.
La imagen era un hermoso rostro no carente de vida. Exclamó admirada:
—Tienes mucho talento, Benamón.
El joven sonrió de satisfacción y le dijo agradecido:
—Gracias, señora.
Ella respondió, desviando la conversación hacia su objetivo:
—Pero has sido muy duro conmigo, Benamón.
—¿Yo? ¿Cómo, señora?
—Has creado una imagen orgullosa, y yo deseaba ser como una paloma.
Se quedó silencioso, sin decir palabra. Ella interpretó el silencio a su favor:
—Mira cómo eres muy duro conmigo. ¿Cómo me ves, Benamón, orgullosa,
dura y bella como esa imagen? ¡Vaya imagen! Me maravilla cómo puede hablar
la piedra, aunque sé que crees que mi corazón no siente, como esa piedra. ¿No es
así? No intentes negarlo porque eso es lo que piensas, pero ¿por qué, Benamón?
Él no supo qué contestar. Le vencía el silencio, mientras ella le contaba sus
impresiones. ¿Se las creería y se dejaría seducir por ellas, poniéndose nervioso?
La mujer continuo:
—¿Por qué piensas que soy dura? Tú sólo crees en las apariencias porque,
por tu naturaleza, no puedes esconder lo que se agita en tu corazón. Ya he leído
tu rostro, como si fuera una página de un libro abierto. Nosotros tenemos otra
naturaleza; la sinceridad nos hace perder el goce del éxito y desaprovechar lo
mejor que los dioses han creado para nosotros.
El joven se preguntó a sí mismo: ¿a qué se refería exactamente? ¿Sus
palabras significaban lo que daban a entender, o es que se sentaba frente a él con
el corazón y los ojos errantes, sin percibir el fuego que ardía dentro de él? ¿Qué
era lo que la había hecho cambiar? ¿Por qué le hablaba tan cariñosamente? ¿Por
qué penetraba en los dulces secretos que abrasaban su corazón? ¿Se refería
exactamente a lo que decía? ¿Decía exactamente lo que él entendía?
La mujer dio otro paso diciendo:
—¡Ay, Benamón! Tú también eres duro conmigo, y prueba de ello es el
silencio con que respondes a mis palabras.
Él le dedicó una mirada enamorada, casi llorando de alegría, pues se había
convencido de lo que creía. Confesó con voz trémula:
—El mundo no podría dar cabida a mis palabras.
Ella suspiró aliviada por haberle soltado la lengua y dijo con voz soñadora:
—¿Y para qué necesitas hablar, si no vas a decir nada que yo ignore? ¡Oh,
salón que nos has visto durante meses y hemos dejado en ti una huella eterna de
nuestros corazones!… Sí, aquí conocí un terrible secreto.
Lo escudriñó un momento, luego dijo:
—¿No sabes, Benamón, cómo descubrí el secreto de mi corazón? Hace
tiempo que tengo un mensaje particular que quiero mandar a una persona que
está en un lugar lejano. Quiero mandarlo con un mensajero que me inspire
confianza. Estaba sentada sola, repasando un gran número de hombres y
mujeres, libres y esclavos, pero sentía repulsa y angustia. Luego, sin darme
cuenta, con la imaginación penetré en este salón y empecé a pensar en ti,
Benamón. Mi corazón se sosegó y mi alma se tranquilizó. Incluso sentí algo aún
más profundo. Así descubrí el secreto de mi corazón.
El rostro del joven se cubrió de alegría. Su felicidad llegó hasta el grado del
estupor. Se prosternó ante ella y gritó desde lo más profundo de su alma:
—¡Señora mía!
Ella le pasó la mano por la cabeza y le dijo con ternura:
—Así descubrí el secreto de mi corazón, y me extraña no haberlo conocido
hace mucho tiempo.
Benamón respondió aturdido:
—Señora, os juro que he pasado la noche sumido en tormentos, y he aquí
que la mañana me recibe con una brisa de dulce felicidad. Una palabra que
habéis pronunciado, me ha sacado de la oscuridad a la luz, me ha conducido de
las tinieblas de la desesperación a la magia de la felicidad. Ahora me estimo a mí
mismo, después de haber estado a punto de extinguirme. Vos sois mi felicidad,
mi sueño y mi esperanza.
Ella lo escuchaba en triste silencio, sintiendo que le rezaba una profunda
oración y vagaba por ingenuos sueños sagrados. Se quedó pensativa después de
haberla invadido de nuevo cierto dolor y arrepentimiento. No obstante, apenas si
se había dejado llevar por sus sentimientos cuando le dijo astutamente:
—Me extraña que desconociera mi corazón desde hace mucho tiempo, y me
extraña aún más por las circunstancias que me lo hacen descubrir precisamente
en este momento en que quiero encargarte una misión lejana. Es como si te
presentaran a mi y me privaran de ti al mismo tiempo.
El joven dijo en tono devoto:
—Haré cuanto queráis, con el alma y el corazón.
Tras cierta vacilación, ella le preguntó:
—¿Y si lo que deseo fuera un viaje penoso a un país lejano?
—Sólo lamentaré no poder veros cada mañana.
—Será una ausencia momentánea. Te daré un mensaje que guardarás en tu
pecho. Irás a ver al gobernador de la isla Muna con un recado de mi parte. El te
indicará el camino a seguir y te allanará todo cuanto te resulte complicado.
Viajarás en una caravana. Nadie tiene que saber lo que llevas hasta que llegues
donde está el gobernador de Nubia. Se la entregarás en mano y volverás.
Benamón sintió una nueva felicidad, entrelazada con satisfacción y orgullo.
Precipitó la boca a la mano de ella, que estaba cerca, y se la besó con pasión.
Rhadopis vio cómo temblaba cuando sus labios le tocaron la mano.
De vuelta, sintió otra vez tristeza. Se dijo a sí misma: Hubiera sido más
clemente por mi parte dejar a mi señor que eligiera su mensajero, en lugar de
jugar con los sentimientos de este joven. Pero él se sentía feliz, era feliz con
palabras embusteras. Aún más, su felicidad era verdaderamente envidiable. No
tenía por qué sentirlo, puesto que él no conocía la realidad.
EL MENSAJE

E sa misma tarde el faraón vino con un papiro plegado en la mano. Su rostro


brillaba de felicidad. Ella echó una extraña mirada al mensaje y se
preguntó si tendría éxito su idea e irían las cosas según sus previsiones. El rey
extendió el papiro. Ella lo leyó con ojos alegres. Estaba dirigido al gobernador
de Nubia, el príncipe Karafanro, de parte de su primo, el faraón de Egipto. En él
le confesaba sus preocupaciones y su deseo de que preparase un ejército bien
armado sin despertar la curiosidad de los sacerdotes ni suscitar sus temores. Le
pedía asimismo que mandara a su vez una carta de socorro, con un mensajero
fiel, solicitando refuerzos para defender las fronteras del sur y reprimir una
fingida rebelión supuestamente desencadenada por las tribus de Masayo y que se
estaba propagando por aquellas tierras.
Rhadopis lo volvió a doblar diciendo:
—El mensajero está listo.
—Y también el mensaje —dijo el rey sonriendo.
El rostro de Rhadopis pareció a la vez contemplativo y soñador. Preguntó:
—¿Cómo recibirán el mensaje de Karafanro?
A lo que respondió el faraón con seguridad:
—Sacudirá el corazón de todos, hasta el de los sacerdotes. Los gobernadores
harán llamamientos para reclutar soldados por todas partes del país. El ejército
en el cual delegamos nuestra esperanza no tardará en acudir bien equipado.
—¿Y tendremos que esperar mucho? —preguntó ella con entusiasmo.
—Un mes es lo que tardará el mensajero en ir y volver.
Pensó un rato, luego contó con los dedos y dijo:
—Si mi intuición acierta, su vuelta coincidirá con la fiesta del Nilo.
El rey se rio y dijo:
—Eso es un buen augurio, Rhadopis. La fiesta del Nilo es la fiesta de nuestro
amor. Será la fiesta del éxito y de la tranquilidad.
Ella deseó lo bueno sabiendo que no tenía que perder una esperanza
apreciada en aquel día considerado como el día del nacimiento de su amor y
felicidad. Se convenció de que la coincidencia de la vuelta del mensajero con el
día de la fiesta no era pura casualidad sino una sabia disposición por parte de un
dios que bendecía su amor y guardaba sus esperanzas.
El rey le echó una mirada de admiración, la besó en la cabeza y le dijo:
—¡Qué cabeza tan preciosa!… Una cabeza que no ha dejado de maravillar a
Sufajatib. Se ha quedado asombrado por la idea que tu cabeza produjo, y no ha
podido decir más que: «¡Vaya solución tan fácil para un problema tan difícil!».
Es como si fuera una flor primorosa saliendo de un tronco retorcido y ramas
trenzadas.
Rhadopis pensaba que el rey había guardado el secreto y que nadie conocía
el asunto, ni siquiera su fiel visir Sufajatib.
—¿El visir sabe nuestro secreto? —le preguntó.
—Sí, pues Sufajatib y Tahu son como mi espíritu y mi corazón. No les
escondo nada —respondió tranquilamente.
El nombre de Tahu resonó en sus oídos. Su rostro se ensombreció y asomó la
preocupación a sus ojos.
—¿Y lo sabe también el otro? —preguntó.
—¡Qué recelosa eres, Rhadopis! Has de saber que no tengo secretos para
ellos.
—Mi precaución, señor, no se extiende a una persona en la que confiáis de
esa manera.
No obstante, recordó a Tahu en su última despedida. Su voz ronca volvió a
resonar en sus oídos mientras gritaba enfadado, rabioso y desesperado. Se
preguntó si aún estaría resentido. Sin embargo, las preocupaciones no pudieron
abrirse camino para apoderarse de su corazón, pues se olvidaba hasta de sí
misma en los brazos de su amante.
***

A la mañana del día siguiente llegó el mensajero Benamón ben Bassar


envuelto en una túnica y con una tiara en la cabeza que le cubría hasta los oídos.
Tenía las mejillas rosadas y los ojos relucientes con la luz de la alegría celestial.
Se prosternó a los pies de Rhadopis en silencio y con sumisión y besó los bordes
de su vestido en señal de adoración. Ella jugueteó con su pelo y le dijo
cariñosamente:
—Nunca olvidaré, Benamón, que por mí has rehusado a la paz y a la
tranquilidad.
Él levantó su hermoso e inocente rostro y le dijo con voz entrecortada:
—Por vos todo lo difícil se convierte en fácil. Que los dioses me ayuden a
soportar la despedida.
—Volverás feliz y hermoso, y olvidarás con las alegrías del futuro todas las
tristezas del pasado —dijo ella sonriente.
—Feliz es quien lleva un maravilloso sueño dentro que le hace compañía en
su soledad y alivia la sed del camino.
Le sonrió agradablemente, cogió el mensaje plegado y se lo dio diciendo:
—No hace falta que diga que pongas mucho cuidado… ¿dónde lo vas a
guardar?
—En el pecho, señora, debajo del cinturón.
Ella le dio otro papiro más pequeño diciendo:
—Toma este otro mensaje. Dáselo al gobernador Ana. Él te ayudará y te
indicará la primera caravana que salga.
La despedida fue calurosa. Él tragó saliva y se puso nervioso. Parecía agitado
y turbado. Ella le dio la mano. El joven vaciló, luego se la cogió entre las suyas,
temblando como si tocara fuego. Se la llevó al corazón y ella sintió su calor y
sus latidos. Luego se dio la vuelta y anduvo hasta que desapareció por la puerta.
Rhadopis lo despidió con una mirada inquieta y una boca que balbucía
vehementes deseos.
¡Cómo no!, pues había ceñido al corazón del joven una esperanza de la que
dependía su vida.
TAHU DELIRA

L a espera era amarga desde el principio. Algo dentro de ella le susurraba


con angustia: «¡Ojalá el rey no hubiera desvelado el contenido del mensaje
a nadie!». Lo deseaba con un ardor y una congoja que ni siquiera mitigaba la
desmedida confianza demostrada por el rey en sus dos hombres más cercanos.
No obstante, sus preocupaciones no eran manifiestas, aunque su inquietud la
indujo a preguntarse: ¿qué ocurrirá si alguien revela el contenido del mensaje a
los sacerdotes? ¿Dudarán en defenderse contra el inminente mal que los
acecha?… ¡Dios mío!… El haber desvelado el contenido del mensaje es algo
muy peligroso. Ningún espíritu patriótico puede concebir la esencia de ese
peligro. Sintió un temblor propagarse por su sensible cuerpo. Sacudió la cabeza
con fuerza, como para despejar su imaginación de figuraciones y
preocupaciones, y susurró a su conciencia para calmarla: «Todo se desarrolla
según el plan previsto. No hay motivo alguno, pues, para despertar esas
preocupaciones y esas figuraciones espantosas que sólo emanan de un corazón
intranquilo».
No obstante, apenas se tranquilizaba cuando volvía su imaginación a planear
sobre esos temores. Se imaginaba el rostro de Tahu rabioso y contraído de dolor,
y escuchaba su voz ronca de timbre herido, dolorido. Sufría mucho por esas
preocupaciones que no podía explicar ni despejar el enigma que las rodeaba.
¿Tendría razón en temer a Tahu y desconfiar de él? Todos los indicios
apuntaban a que él había olvidado, pero ¿podría tomarse la revancha? Él no
podía llamar a su puerta después de estarle vedado, y no le quedaba más remedio
que aguantar y resignarse. Pero eso no significaba que lo hubiera olvidado.
¿Le quedaría algo del pasado colgado en el corazón? Tahu era terco y
desafiante. Puede que el amor que albergaba se hubiera convertido en latente
odio y aprovechara cualquier ocasión para vengarse. No obstante, aún sumergida
en sus tristezas, no se olvidó de ser justa con Tahu y pensar en su lealtad y su
abnegación a su señor. Era un hombre responsable a quien nada podía desviar de
su camino.
Todo, menos sus preocupaciones, invitaba a la tranquilidad. Si el mensajero
acababa de salir de su palacio, ¿cómo podría esperar un mes o más? El miedo se
apoderó de ella y se le ocurrió algo extraño: llamar a Tahu. Era algo que no había
pensado antes y que en ese momento necesitaba. Lo que le impulsaba a ello era
esa sensación que le impulsa a uno a ceñir un peligro seguro e inevitable. Lo
pensó agitadamente y al final se dijo a sí misma: voy a llamarle para ver lo que
esconde. Quizá así pueda evitar su daño —si hay algún daño que evitar—,
salvarlo de sí mismo y salvar a mi señor del mal. Su deseo no tardó en
convertirse en una voluntad irreprimible. Se aferró a ella con ahínco y
preocupación. Llamó enseguida a Shiz y la mandó dirigirse al palacio del
comandante Tahu y llamarle. Shiz se marchó mientras ella se quedó esperando
angustiada en el recibidor. No dudaba de que él acudiría a la cita. Se dio cuenta
de su nerviosismo y lo comparó con sus días de antaño, cuando era fuerte y fría.
Supo que desde el día en que el amor irrumpió en su corazón, se había
convertido en una mujer débil y angustiada que se desvelaba por una vana
ilusión y una engañosa preocupación.
Tahu llegó como lo había previsto. Iba vestido con el uniforme oficial. Eso la
tranquilizó: era como sí le estuviera diciendo que se había olvidado de Rhadopis,
la bella del palacio blanco, y ahora estaba reunido con la amiga de su señor el
faraón.
El comandante se inclinó en señal de respeto y dijo sin inmutarse:
—Que los dioses hagan felices vuestros días, honorable señora.
—Y los vuestros, honorable comandante. Os agradezco que hayáis aceptado
mi invitación —dijo mientras lo escudriñaba con la mirada.
—Vos mandáis, señora —respondió él bajando la cabeza.
Lo veía fuerte, como era, macizo y con la piel muy irrigada de sangre. No
obstante, no le pasó desapercibido cierto cambio repentino que sólo sus ojos
examinadores podían ver: en su rostro se percibía cierta palidez que hacía que
sus ojos hubieran perdido su acostumbrado brillo y se apagara toda la vida que
relucía en el rostro del hombre. Temía que se debiera a lo que había sucedido
aquella extraña noche que los separó, hacía aproximadamente un año. ¡Qué
lástima! Tahu era como un viento devastador que se había convertido en un
viento inmóvil.
—Os he llamado, comandante, para felicitaros por la gran confianza que os
profesa el rey.
El comandante respondió extrañado:
—Gracias, señora. Ese es un antiguo don que los dioses me otorgaron.
Ella esbozó una fingida sonrisa y dijo astutamente:
—Os agradezco que hayáis apoyado tan gentilmente mi idea.
El hombre se quedó pensativo un momento, luego se acordó:
—Quizá os refiráis, señora, a la brillante idea que os inspiró vuestra
privilegiada mente.
Rhadopis asintió con la cabeza y él añadió:
—Es una idea extraordinaria, digna de vuestra brillante inteligencia.
—Su puesta en práctica garantizará la fuerza y la autoridad a nuestro señor y
la paz y la tranquilidad para la patria —dijo ella sin expresar demasiado
entusiasmo.
—Esa es una gran verdad —reconoció el comandante—. Por eso acogimos la
idea con júbilo.
Ella lo miró profundamente y dijo:
—Pronto llegará el día en que mi idea necesitará vuestra fuerza para
realizarse con éxito.
El hombre inclinó la cabeza y respondió:
—Gracias por vuestra apreciable confianza.
La mujer se calló un momento. Tahu estaba distante, comedido y serio, muy
al contrario de como lo conocía, aunque no esperaba otra cosa de él.
Experimentó cierta tranquilidad y confianza. Una necesidad acuciante la
empujaba a reabrir un antiguo tema y a pedirle perdón y olvido. No obstante, no
supo cómo expresarse; la venció la indecisión, temió arriesgarse y abandonó su
propósito. En el último momento, consideró oportuno aclarar sus sentimientos de
otra forma. Le tendió la mano y dijo sonriendo:
—Os tiendo la mano con consideración y amistad, comandante.
El hombre posó su tosca mano en la mullida y fina mano de ella. Pareció
impactado y no pudo replicar nada. Así terminó la breve y determinante cita.
***

De vuelta a la embarcación, se preguntó a sí mismo con cierta precaución:


«¿Por qué me habrá llamado esta mujer?». Dio rienda suelta a los sentimientos
que había reprimido en su presencia y se tambaleó, se le mudó el color, se
agitaron sus extremidades y fue perdiendo la razón y el sentido rápidamente.
Los remos golpeaban el agua mientras él se tambaleaba como borracho,
como sí volviera de una derrota que le hubiera arrebatado el honor y la
autoestima. Se imaginó que las palmeras que bordeaban la orilla bailaban
vertiginosamente y que el aire era asfixiante por el polvo que llevaba. La sangre
irrumpía en sus venas caliente, violenta, loca y venenosa. Encontró una jarra de
vino sobre la mesa de la cámara privada y lo vertió en su garganta hasta que lo
vació alocadamente y se tendió en el diván en una desesperación mortal.
En realidad no la había olvidado sino que estaba escondida en los pliegues de
su alma, en un pasadizo oculto que no cesaba de allanar con paciencia y fuerte
compromiso con sus responsabilidades. Pero cuando la vio, después de un año,
el depósito de su alma estalló y las llamas subieron hasta que abrasaron toda su
alma. Sintió suplicio, abatimiento, desesperación y el orgullo asesinado.
Experimentó la derrota y el suplicio dos veces en una sola batalla finalizada.
Sintió que se mareaba y empezó a hablarse a sí mismo muy enfadado. Sabía muy
bien por qué lo había llamado. Lo había convocado para asegurarse de su
fidelidad, para estar tranquila por su dueño y querido señor. Por eso había
fingido amistad y acercamiento. Qué curioso que Rhadopis, que había sido
libertina y dura, se hubiera vuelto seria y estuviera aprendiendo lo que era el
amor y la naturaleza de sus miedos y dolores. Temía la traición de Tahu que
hasta hace poco se adhería al calzado de ella como el polvo; luego lo había
sacudido con asco y aburrimiento. ¡Malditos sean el cielo y la tierra! ¡Maldito
sea todo el mundo! Él sentía una desesperación mortal, una cólera asesina y un
odio asfixiante que trituraba su alma titánica. Solía enfadarse de una manera loca
y devastadora, y su sangre se encendía como una hoguera. Se tapaba los oídos y
casi no oía nada, y se emborrachaba para ver la vida como una llama roja.
Apenas la embarcación atracó junto a las escaleras del palacio faraónico,
salió apresuradamente. Anduvo tambaleándose por el jardín, sin prestar atención
a los saludos de los soldados, y se dirigió a la sala del comandante de guardia de
los cuarteles. Mientras caminaba lo paró el visir, Sufajatib, el cual volvía del
pabellón real. El visir lo recibió con una sonrisa pero Tahu se quedó inmóvil
frente a él como si no lo conociera. Sufajatib se asombró por su inmutabilidad y
le preguntó:
—¿Cómo estáis, comandante Tahu?
—¿Yo?… Como un león caído en una trampa… o como una tortuga
reposando encima de un horno encendido —replicó Tahu con una extraña
rapidez.
Sufajatib pareció no entender y preguntó:
—¿Qué estáis diciendo? ¿Qué relación hay entre el león y la tortuga, la
trampa y el horno?
Tahu respondió sin dejar su estupor:
—La tortuga vive durante largo tiempo, se mueve lentamente y lleva una
pesada carga. En cuanto al león, se contrae, ruge, salta violentamente y acaba
con su presa.
El hombre lo miró fijamente a la cara y le preguntó:
—¿Estáis enfadado?… No es así como solía veros.
—Estoy enfadado. ¿Cómo negarlo, gran hombre? Yo soy Tahu, hijo de la
guerra y de la lucha… ¡Ay! Cómo aguanta el mundo esa paz pesada. Los dioses
de la muerte están sedientos y un día he de satisfacer su sed.
Sufajatib asintió con la cabeza, como si hubiera entendido, luego dijo:
—¡Ah! Ahora entiendo, comandante. Es el vino añejo de Maryut.
—No, no y no —replicó Tahu serio—. La verdad es que tomé una copa de
sangre. Luego me di cuenta de que era sangre de un ser maligno. Mi sangre se
adulteró. Las cosas se complicaron aún más cuando encontré de camino aquí al
dios del bien durmiendo en la pradera. Le hinqué la espada en el corazón… ¡A la
lucha!…, la sangre es bebida de valientes.
Sufajatib agregó asombrado:
—Es el vino, sin duda, y tenéis que volver en seguida a vuestro palacio.
Pero Tahu se encogió de hombros y dijo:
—Cuidado, cuidado, visir. Ojo con la sangre adulterada, pues es el propio
veneno. Ya se ha agotado la paciencia de la tortuga y saltará el león.
Cuando hubo dicho eso, se marchó desesperado, dejando a Sufajatib sumido
en el desconcierto y la extrañeza.
EL PERIODO DE ESPERA

E l palacio faraónico, el palacio de Biya y la Casa del Gobierno esperaban la


vuelta del mensajero con impaciencia pero con tranquilidad y confianza en
el porvenir. Cada día que pasaba los acercaba más al éxito y los reconfortaba con
el calor de la esperanza. Ese sentimiento hermoso y bueno no se habría
interrumpido si no fuera porque el visir recibió una peligrosa carta de los
sacerdotes. Antes, Sufajatib ignoraba ese tipo de cartas o las transmitía,
contrariado, a la reina. Pero en esa encontró un significado inusitado, y no quería
cargar con la responsabilidad de ocultárselo a su señor. Se lo comunicaría
aunque el faraón se enfadara con él. Se entrevistó con él y le leyó la carta que era
una arriesgada petición formulada por todos los sacerdotes, encabezados por los
de Ra, Amón, Bitah y Apis. Rogaban a su señor que devolviera las tierras de los
templos a sus dueños, los dioses adorados que cuidaban de ellas. Aseguraban
que no se habrían atrevido a solicitarlo si hubieran encontrado un solo motivo
que justificara la confiscación. El tono de la carta era fuerte y firme. El rey se
encolerizó, la rompió en pedazos y la tiró al suelo gritando:
—Ya les contestaré luego.
—Ahora se dirigen a vos en grupo, mientras que antes lo hacían
individualmente —dijo Sufajatib, a lo cual contestó el rey encolerizado:
—Mandaré azotarlos a todos, y que protesten tanto como les permita su
ignorancia. Si los acontecimientos superan los límites, mandaré al gobernador de
Tebas que vaya a ver al visir y le diga que Janum Hatab ha visitado su
circunscripción y que le han brindado un caluroso recibimiento popular en el que
han participado los sacerdotes y las sacerdotisas de Amón y una gran multitud de
autóctonos. Que le han aclamado y que la muchedumbre ha vociferado en pro de
los derechos de los dioses que es preciso conservar y hacerlos rentables. Que
algunos incluso se han pasado de la raya y han gritado llorando: «¡Qué lástima
que los bienes de Amón se despilfarren con una bailarina!».
El visir se quedó silencioso y triste, pero su lealtad superó también esta vez
su vacilación. Dio a conocer con tacto las noticias a su señor. El rey se
encolerizó, como de costumbre, y dijo apenado:
—El gobernador de Tebas escucha y ve sin hacer nada.
—Señor, no dispone más que de las fuerzas policiales que por si solas no
pueden contener a la multitud —dijo Sufajatib con tristeza.
—No tengo más que esperar pacientemente. Juro por los dioses que he tirado
mi orgullo por los suelos —dijo el rey encolerizado.
Una nube de tristeza acampó sobre la gloriosa Abu recubriendo los soberbios
palacios y las Casas del Gobierno. La reina Nitocris estaba recogida en su
pabellón, rehén del aislamiento y la soledad. Soportaba los dolores de su corazón
roto y de su orgullo herido. Contemplaba los acontecimientos con ojos tristes y
apagados. Sufajatib, a su vez, recibía las noticias con tristeza y decía con pena a
Tahu que estaba silencioso y abatido:
—¿Acaso Egipto ha presenciado antes un motín como este? ¡Qué lástima!
La felicidad del rey se convirtió en enfado y cólera. Sólo podía descansar
cuando se entregaba a los brazos de la mujer a la que había rendido su alma. Ella
sabía lo que le pasaba y lo distraía, le mostraba ternura y le susurraba al oído:
—Paciencia.
Él suspiraba y exclamaba con rabia:
—Sí. Hasta que me haga con las riendas del poder.
No obstante, las dificultades aumentaron. Janum Hatab multiplicó sus visitas
a las regiones y fue recibido con manifestaciones de apoyo en todas partes y
aclamado en todas las provincias. Muchos gobernadores se incomodaron por ello
y le dieron un significado del cual su lealtad al faraón recelaba. Los
gobernadores de Ambús, Fermuntas, Latulis y Tebas se reunieron,
intercambiaron opiniones y decidieron reunirse con el rey. Se dirigieron a Abu y
solicitaron una entrevista con el rey. El faraón les concedió una entrevista oficial
a la que asistió Sufajatib. El gobernador de Tebas avanzó ante Su Majestad y le
saludó con servidumbre y fidelidad; a continuación dijo:
—Señor, la auténtica fidelidad no ha de limitarse sólo a un sentimiento
cordial, tiene que acompañarse con el consejo, la buena obra y hasta el sacrificio,
si hiciera falta. Estamos ante un asunto en que la verdad nos puede conducir a un
verdadero problema. Pero el remordimiento de conciencia no nos deja en paz,
por ello tenemos que decir la verdad.
El faraón se calló un momento, luego dijo al gobernador:
—Habla, gobernador, te estoy escuchando.
El hombre respondió con valentía:
—Señor, los sacerdotes están enfadados y se lo han contagiado al pueblo que
los escucha mañana y tarde. Por ello han acordado que se devuelvan las tierras a
sus dueños.
La cólera apareció en el rostro del faraón y dijo con rabia:
—¿Acaso el faraón ha de someterse a la voluntad de la gente?
El hombre replicó con sinceridad y osadía:
—Señor, la felicidad del pueblo es una responsabilidad que los dioses
otorgaron al faraón. No habrá sumisión sino inclinación hacía los súbditos digna
de mi señor.
El rey golpeó el suelo con el cetro y dijo:
—No considero la rectificación más que como sumisión.
—Que los dioses me libren de aconsejar a mi señor el sometimiento. No
obstante, la política es un mar agitado, y el gobernador es como el capitán que
tiene que evitar los vientos tempestuosos y aprovechar la buena ocasión —
añadió el hombre.
Pero al rey no le gustaron sus palabras y movió la cabeza en señal de desafío
y desprecio. Sufajatib pidió la palabra y preguntó al gobernador de Tebas:
—¿Tenéis pruebas de que el pueblo comparte los sentimientos de los
sacerdotes?
A lo que el gobernador respondió con firmeza y seguridad:
—Sí, Excelencia. He repartido espías por todas las provincias, los cuales han
visto de cerca el enfado del pueblo y han escuchado cómo se mete en lo que no
debe.
—Eso mismo he hecho yo, y me han llegado noticias alarmantes —dijo el
gobernador de Fermuntas.
Cada gobernador expuso su parecer, y sus palabras indicaron la gravedad del
asunto. Así terminó esta primera reunión de su género que nunca habían tenido
lugar en los palacios de los faraones.
El rey se reunió en seguida con su visir y con el comandante de su guardia en
su pabellón particular. Estaba enfadado, alterado y amenazante. Dijo a ambos
hombres:
—Esos gobernadores son fieles y sinceros, pero son cobardes. Si hubiera
seguido sus consejos, habría expuesto mi trono a la humillación.
De pronto, Tahu le dio la razón a su señor:
—Dar marcha atrás es una derrota, señor.
Sufajatib pensaba en otras posibilidades:
—Hemos de tener en cuenta la fiesta del Nilo. No faltan más que unos días.
La verdad es que mi corazón no está tranquilo con el hecho de que se reúnan
miles de personas enfadadas en Abu.
—Dominamos Abu —replicó Tahu.
—De eso no hay duda, pero no hay que olvidar que durante la fiesta anterior
se produjeron algunas aclamaciones traidoras, y nuestro rey aún no había
realizado sus deseos. Tenemos que prevenir otros gritos aún más resonantes.
—Esperemos que el mensajero vuelva antes de la fiesta —dijo el rey.
No obstante, Sufajatib no cesaba de sopesar los asuntos desde su particular
punto de vista. Dijo, íntimamente convencido de la propuesta de los
gobernadores:
—El mensajero volverá pronto y leerá su misiva en público.
No hay duda de que los sacerdotes, poseedores del afecto de su señor y
disfrutando de lo que están convencidos que les pertenece por derecho, estarán
más tranquilos respecto a la movilización y más entusiastas. Cuando mi señor
tome las riendas del poder, podrá dictar su voluntad sin que nadie le contraríe.
El rey se incomodó sobremanera por la opinión de Sufajatib y se sintió solo
en su pabellón particular. Se apresuró hacia el palacio de Biya, donde nunca le
perseguía la soledad. Rhadopis ignoraba lo que había ocurrido en la última
reunión. Estaba más propicia que él a la tranquilidad, pero no le costó mucho
leer en su rostro transparente y percibir la cólera que bullía en su corazón. Sintió
cierta preocupación y lo miró interrogante, con la pregunta a flor de los labios.
—¿A que no sabes, Rhadopis? Los gobernadores y los visires me aconsejan
que devuelva las tierras a los sacerdotes y que acepte la derrota —confesó
contrariado.
—¿Y qué es lo que los ha impulsado a dar tal consejo?
El rey le contó lo que le habían dicho los gobernadores y lo que le habían
aconsejado. Ella se iba sintiendo cada vez más incómoda y más triste, hasta que
ya no pudo contenerse y exclamó:
—El panorama se está poniendo grisáceo y oscuro. Los gobernadores no
habrían expresado su opinión si no fuera por algún motivo de graves
consecuencias.
—Mi pueblo está enfadado —dijo el rey con cierto desprecio.
—Señor, la gente es como un navío a la deriva sin viajeros, a merced del
viento.
—Pararé ese viento —aseguró amenazante.
La volvieron a invadir los temores y las dudas. Su paciencia la traicionó en
aquellos instantes y dijo:
—Tenemos que aconsejar prudencia. Hemos de retroceder voluntariamente
durante un breve período; el día de la victoria está cercano.
El rey la miró extrañado y le preguntó:
—¿Me estás aconsejando sumisión, Rhadopis?
Ella lo estrechó contra su pecho, pues le había dolido el tono; luego dijo
mientras sus ojos desgranaban unas lágrimas calientes:
—Es mejor para quien se está preparando para el gran ataque replegarse un
poco. La victoria siempre viene al final.
El rey suspiró y exclamó:
—¡Ay! Rhadopís. Si hasta tú ignoras mi alma, ¿quién podrá conocerla? Yo
soy quien se siente contrariado, marchito de tristeza como una rosa secada por el
viento.
El efecto de sus palabras se reflejó en los negros ojos de Rhadopis, la cual
dijo con profunda tristeza:
—Yo daré la vida por ti, amor mío. Nunca te marchitarás si mi corazón te
riega con amor puro.
—Viviré triunfante cada momento de mi vida. No dejaré que Janum Hatab
diga jamás que me ha humillado.
Ella le sonrió con tristeza y le preguntó:
—¿Acaso queréis gobernar un pueblo sin emplear la astucia de vez en
cuando?
—La resignación es la única astucia del débil. Yo permaneceré siempre
erguido como una espada contra cuyo filo se aniquilan los traidores.
Ella suspiró triste y apenada sin querer volver al asunto. Admitió la derrota
ante su cólera y su orgullo. Desde aquel momento empezó a preguntarse,
preocupada, por la vuelta del mensajero. ¿Cuándo volvería? ¿Cuándo volvería el
mensajero?
¡Qué dura es la espera!… Si los aspirantes a algo conocieran el tormento de
la espera, rehusarían a la vida. ¡Cuántas veces ha contado los minutos y las
horas, y ha esperado la salida y la puesta del sol! Sus ojos se consumen de tanto
mirar el recorrido del Nilo por el Sur. ¡Cuántas veces habrá contado el paso del
tiempo con sus propios suspiros y los latidos de su corazón! ¡Cuántas veces
habrá gritado angustiada: ¿Dónde estás, Benamón?! Hasta el propio amor lo
disfruta en un estado de duermevela. Ni paz, ni tranquilidad hasta que vuelva el
mensajero con la misiva.
Los días pasaban arrastrándose lentamente, basta que cierto día, cuando
estaba sentada, absorta en sus pensamientos, entró Shiz corriendo. Levantó la
cabeza y le preguntó:
—¿Qué te pasa, Shiz?
La esclava contestó, conteniendo la respiración:
—Señora, ha llegado Benamón.
La alegría la inundó. Se levantó súbitamente, como un pájaro asustado,
gritando:
—¡Benamón!
—Sí, señora —dijo la esclava—. Está esperando en el recibidor. Me ha
pedido que os avisara de su llegada. ¡Cómo lo ha cambiado el viaje!
Rhadopis bajó corriendo las escaleras hacia el recibidor. Lo encontró
esperando su llegada, con el ansia brillándole en los ojos. Ella apareció como
una llama, repleta de alegría y esperanza. Benamón pensó que era por él, lo
inundó una felicidad divina y se arrojó a sus pies como para rendirle culto. La
rodeó los pies con cariño y empezó a besárselos.
—Adorada mía —exclamó—. He soñado mil veces que besaba estos pies, y
he aquí que estoy realizando mis sueños.
Ella jugueteó con su pelo y dijo dulcemente:
—Querido Benamón… Benamón. ¿De verdad has vuelto a mí?
Los ojos de él brillaron con la luz de la vida. Introdujo la mano en su pecho y
sacó una pequeña caja de marfil. La abrió y era tierra lo que contenía; luego dijo:
—Esta tierra es de la que pisabas en el jardín. La recogí con mis propias
manos y la conservé en esta caja para llevarla conmigo en el viaje. La besaba
cada noche antes de entregarme al sueño, luego la guardaba en mi corazón.
Lo escuchaba algo inquieta, sus sentimientos estaban muy lejos de la charla.
Se agotó su paciencia y le preguntó dulcemente, disimulando su preocupación:
—¿No traes nada?
Él metió la mano en el pecho otra vez y sacó un papiro enrollado que le
tendió. Ella lo cogió con mano temblorosa mientras la invadía una sensación de
felicidad. Sintió que cierto adormecimiento se propagaba por sus miembros y le
debilitaba las fuerzas. Miró detenidamente el papiro y lo apretó con la mano.
Casi se había olvidado de la existencia de Benamón, a no ser porque su mirada
cayó en él. Recordó algo importante y le preguntó:
—¿No ha venido contigo un mensajero de parte del príncipe Karafanro?
—Si, señora —respondió el joven—. Él ha sido quien ha traído el papiro.
Ahora está esperando en el salón de verano.
No pudo permanecer quieta mucho tiempo porque la alegría que invadía sus
sentimientos es enemiga de la quietud.
—Te dejo en manos de los dioses durante unos momentos. El salón de
verano te está esperando. Ya tendremos más tiempo.
Se llevó el papiro corriendo. Su corazón, desde las profundidades, llamaba a
su amado y señor. Si no fuera por el pudor, habría volado hasta su palacio, como
hizo el águila, para comunicarle la buena nueva.
LA REUNIÓN

Y llegó el día de la fiesta del Nilo. Abu recibió a la muchedumbre desde el


más lejano Sur y Norte. En el ambiente se alzaron los himnos y se
adornaron las casas con banderas, flores y ramos de olivo. Los sacerdotes y los
gobernadores recibieron los primeros rayos de sol en dirección al palacio
faraónico para unirse al grandioso séquito real que saldría de palacio a media
mañana.
Mientras las autoridades estaban esperando en una de las salas a que bajara
el rey, entró un ujier, los saludó en nombre del rey y dijo con voz estridente:
—Honorables señores: el faraón desea reunirse con vosotros en seguida.
Pasad, por favor, al recibidor faraónico.
Todos recibieron el aviso del ujier con una sorpresa que no pudieron
disimular, pues era costumbre que el rey recibiera a los hombres de su reino
después de la celebración de la fiesta y no antes. La duda apareció en todos los
rostros y empezaron a preguntarse cuál seria el grave asunto que había exigido
esa reunión que rompía las tradiciones.
No obstante, acudieron a la cita obedientes. Fueron al majestuoso salón de
recepciones. Los sacerdotes ocuparon los asientos de la derecha y los
gobernadores se sentaron frente a ellos. En medio estaba el trono faraónico, entre
dos filas de asientos reservados a los príncipes y a los visires.
No tardaron mucho en entrar los visires encabezados por Sufajatib, seguidos,
al rato, por los príncipes de la casa reinante. Se sentaron a la derecha del trono y
respondieron a los saludos de los hombres que se pusieron de pie para saludar.
El silencio reinó y la seriedad y la atención aparecieron en los rostros. Cada
cual se sumió en sus pensamientos, preguntándose por los motivos de una
reunión tan importante, cuando apareció el portasellos. Lo miraron con suma
atención. El hombre anunció con voz estridente la llegada del rey:
—El faraón de Egipto, luz del sol y sombra de Ra sobre la tierra. Su
Majestad Mernerá Segundo.
Todos se pusieron de pie y se inclinaron hasta casi tocar el suelo con la
frente. El rey llegó majestuoso e imponente, seguido del comandante del
ejército, Tahu, del portasellos, del ujier mayor del príncipe Karafanro y del
gobernador de Nubia. Se sentó en el trono y dijo con voz imponente:
—Os saludo, sacerdotes y gobernadores, y os permito sentaros.
Los cuerpos inclinados comenzaron a enderezarse lentamente. Se sentaron en
medio de un silencio absoluto que hacía de la respiración una tarea complicada.
Las miradas se dirigieron al dueño del trono, deseando escucharlo cuanto antes.
El rey se acomodó en su asiento y dijo mirando a todos, y sin que su mirada se
fijara en nadie:
—Príncipes, ministros, sacerdotes y gobernadores del Alto y Bajo Egipto. Os
he convocado para consultaros sobre un asunto de suma gravedad que atañe a la
seguridad del reino y a la gloria de nuestros antepasados. Señores: ha llegado un
mensajero del Sur, Hamana, el ujier mayor del príncipe Karafanro, con una
importante misiva de su señor. Por ello he creído que mi deber era convocaros
sin tardanza para informaros de ella y consultaros sobre el trascendente
contenido.
El faraón se volvió hacia el mensajero, le hizo una seña con el cetro y el
hombre avanzó hasta que estuvo al lado del trono. El faraón le dijo:
—Lee la misiva.
El hombre desplegó el papiro y leyó con voz alta y clara:

«Del príncipe Karafanro, gobernador de Nubia, a Su Majestad el


faraón de Egipto, luz del sol reluciente y sombra del dios Ra, protector
del Nilo, dueño de Nubia y Tur Sina y señor del desierto oriental y
occidental.
»Señor: me da pena llevar a los oídos de vuestra sagrada persona
malas noticias sobre los acontecimientos derivados de una descarada
traición ocurrida en las posesiones de la corona sitas junto a la frontera
sur de Nubia. A raíz del pacto de Egipto con las tribus de Masayo y sus
logros, como son la tranquilidad y la seguridad, ordené la retirada de la
mayoría de los destacamentos asignados a varios puntos del desierto y
su vuelta a sus bases iniciales. Pero hoy me ha llegado un oficial de los
destacamentos notificándome que los caudillos de las tribus se han
rebelado, faltando a su juramento, y que se han abalanzado de noche
sobre los cuarteles de los destacamentos y han asesinado salvajemente a
los soldados. Estos han luchado desesperadamente contra unas fuerzas
que les superaban cien veces o más, hasta que han caído todos
valientemente. Las tribus han invadido todo el territorio y se han
dirigido hacia el Norte, a Nubia. He considerado prudente no exponer al
peligro las escasas fuerzas que poseo y dirigir toda mí atención a
proteger las fortificaciones y las ciudadelas para contener al enemigo
invasor. Mi carta no llegará hasta después de que nuestros soldados se
hayan enzarzado con la vanguardia de los invasores. Espero órdenes de
mi señor. Permaneceré a la cabeza de mi ejército luchando por mi señor
el faraón y mi país, Egipto».

Cuando el mensajero terminó de leer la carta, su voz seguía resonando en


muchos corazones. En cuanto a los gobernadores, sus ojos ardientes echaban
chispas. Por las filas se propagó una violenta agitación. Los sacerdotes
permanecieron con el ceño fruncido y la mirada helada, convirtiéndose en
estatuas inmóviles en un templo silencioso.
El faraón se quedó callado hasta que el impacto alcanzó su máximo grado,
luego dijo:
—Esta es la misiva por la que os he convocado a consulta.
El gobernador de Tebas estaba a la cabeza de los exaltados. Se puso de pie e
inclinó la cabeza respetuoso:
—Señor, es una misiva muy grave, y la única respuesta es convocar a la
movilización.
La intervención fue bien acogida por los gobernadores. El de Ambús se
levantó y dijo:
—Buen parecer, señor. La respuesta unánime es la inmediata movilización.
Por qué no, si detrás de las fronteras meridionales tenemos unos hermanos
valientes a quienes el enemigo pone en aprietos. Están resistiendo. No debemos
quedarnos rezagados ni tardar en socorrerlos.
Ana pensaba en las repercusiones que atañían a sus responsabilidades:
—Si esos salvajes atraviesan las tierras de Nubia, sin duda amenazarán las
fronteras.
El gobernador de Tebas encabezaba a los exaltados. Reiteró una antigua
opinión suya que siempre había deseado que se realizara:
—Mi opinión ha sido siempre, señor, que el reino tenga un gran ejército
permanente que permita al faraón cumplir con sus obligaciones en la defensa de
la patria y sus anexiones más allá de las fronteras.
El entusiasmo se propagó entre todos los gobernadores y la mayoría convocó
a la movilización. Otros aclamaron al príncipe Karafanro y su destacamento en
los territorios de Nubia. La impresión produjo impacto en algunos gobernadores,
que dijeron al rey:
—Señor, no nos será apetecible celebrar la fiesta mientras nuestros valientes
hermanos están amenazados por la muerte. Permitidnos ir a reclutar al ejército.
El faraón permaneció callado durante todo el tiempo para ver cuál era la
reacción de los sacerdotes. Estos, a su vez, guardaban silencio esperando que se
sosegaran los ánimos. Cuando los gobernadores se hubieron callado, se levantó
el sacerdote mayor, Batah, y preguntó con una extraña calma:
—¿Me permitís, señor, que dirija al mensajero de Su Alteza el príncipe
Karafanro una pregunta?
El rey contestó con extrañeza:
—Tienes permiso, sacerdote mayor.
El sacerdote Batah se dirigió al mensajero y le preguntó:
—¿Cuándo saliste de Nubia?
—Hace dos semanas —contestó el mensajero.
—¿Y cuándo llegaste a Abu?
—Anoche.
El sacerdote se dirigió al faraón y dijo:
—¡Oh!, rey adorado. El asunto es sumamente extraño. Ayer llegó este
honorable mensajero del Sur con la noticia de que las tribus de Masayo se habían
rebelado, y ayer mismo llegó una misión de los jefes de Masayo desde el
extremo Sur manifestando su obediencia a su señor el faraón y elevando ante sus
sagradas puertas manifestaciones de agradecimiento por la gracia y la paz que se
les ha otorgado. ¡Cómo necesitamos a alguien que desvele estos asuntos oscuros!
Esto era algo que nadie esperaba y produjo una gran sorpresa. Un inusitado
movimiento se apoderó de las cabezas. Los gobernadores y los sacerdotes
empezaron a intercambiar miradas interrogantes y sorprendidas. Los príncipes
empezaron a susurrar entre sí, mientras que a Sufajatib le dio un vuelco el
corazón, miró a su señor, asustado, y vio cómo este agarraba con fuerza el cetro
y lo apretaba hasta que se le hincharon las venas del antebrazo y le cambió de
color. El hombre temió que el rey montara en cólera y preguntó al sacerdote:
—¿Y quién os ha dado esa noticia, Excelencia?
—Los he visto con mis propios ojos, visir. Ayer visité el templo de Sotis y su
sacerdote me presentó a una delegación de negros que dijeron ser caudillos de
las tribus de Masayo, y que habían llegado para testificar su obediencia al
faraón. Han pasado la noche como invitados del visir.
—¿No se os ha ocurrido pensar que podían ser de Nubia? —Arguyó
Sufajatib, a lo cual el hombre contestó con tranquilidad:
—Dijeron que eran de Masayo. De todos modos, he aquí a un hombre —el
comandante Tahu— que se ha enzarzado con los Masayo en numerosas guerras.
Conoce a todos sus caudillos. Si le parece bien a Su Majestad el rey, puede
llamar a esos caudillos a su sagrada presencia. Quizá sus palabras despejen
nuestras dudas.
El rey estaba tremendamente nervioso y enfadado. No obstante, no supo
cómo rehusar lo que le proponía el sacerdote. Sintió que los rostros se dirigían
hacia él con cierta expresión de ansia, deseo y ruego. Llamó a unos de los ujieres
y le dijo:
—Ve al templo del dios Sotis y llama a los representantes de los negros.
El ujier se apresuró a acatar la orden. Todos se quedaron esperando, como
zumbándoles los oídos. La sorpresa se reflejaba en la cara de todos. Se afanaban
en guardar silencio, aunque a cada uno de ellos le gustaba preguntar al
compañero y escucharlo. Sufajatib permaneció angustiado y pensativo. Le
robaba a su señor miradas disimuladas, temiendo lo que le esperaba. Pasaron
dolorosos y pesados minutos, como si se los arrancaran de su propia carne. El
rey, desde el trono, contemplaba a los gobernadores angustiados y a los
sacerdotes pensativos. Sus ojos no podían ocultar los sentimientos que bullían en
él. Todo el mundo parecía escuchar un ruido que llevaba el viento desde lejos.
Salieron de si mismos y aguzaron el oído. El ruido se acercaba a la plaza de
palacio. He aquí que eran voces que aclamaban, y a medida que se acercaban, el
ruido se hacía más fuerte, hasta que invadió todos los rincones. Era mezclado e
indescifrable. Entre esas multitudes y los reunidos, mediaba el largo vestíbulo
del palacio. El rey mandó a un ujier que fuera a ver lo que pasaba. El hombre se
ausentó un rato, luego volvió y le dijo al faraón al oído:
—La multitud llena la plaza rodeando los carros que llevan a los caudillos de
los negros.
—¿Y qué gritan?
—Aclaman en favor de los fieles amigos del Sur y del pacto de paz.
El hombre vaciló un poco; luego continuo:
—Aclaman, señor, al responsable del pacto de paz, Janum Hatab.
El rostro del rey palideció de cólera. Sintió rencor y derrota. Se preguntó a si
mismo cómo convocar al pueblo que aclamaba a los caudillos de los Masayo y
en favor de la paz, a la lucha contra los Masayo. Permaneció esperando colérico,
triste y abatido.
Un oficial de la guardia anunció la llegada de los caudillos. Abrió la puerta
de par en par. La delegación entró encabezada por su jefe. Eran diez personas
robustas, sin otra ropa que una falda que les cubría de cintura para abajo. En la
cabeza llevaban coronas hechas de hojas. Todos se prosternaron en el suelo y
avanzaron reptando hasta el trono. Besaron el suelo ante el faraón, el cual les
tendió el cetro y lo besaron con devoción. Les mandó levantarse y se pusieron de
pie con respeto. Su jefe dijo en dialecto egipcio:
—Señor adorado, faraón de Egipto, dueño del valle y adorado de todas las
tribus. Hemos llegado a vuestro reino para presentaros las más destacables
manifestaciones de sumisión, humildad y agradecimiento por todo el bienestar
que nos habéis otorgado, pues gracias a vuestra clemencia, hemos tenido buena
comida y hemos bebido agua limpia.
El rey los bendijo levantando la mano. Las miradas se dirigieron hacia él,
como rogándole que les preguntara acerca de lo que se decía de su país. El rey
preguntó vencido:
—¿De qué tribus sois?
—Aureola adorada —contestó uno de ellos—. Somos los caudillos de las
cabilas de Masayo que imploran gloria a Vuestra Majestad.
El rey se calló, pues no se atrevió a preguntarles nada acerca de sus
seguidores. Estaba angustiado tanto por el lugar como por los que allí estaban.
—El faraón os lo agradece, oh fieles esclavos, y os bendice. Les ofreció el
cetro, lo besaron de nuevo y se dieron la vuelta con la frente casi tocando el
suelo.
La cólera abrasaba el corazón del faraón. Sintió interiormente que los
sacerdotes le habían asestado un golpe mortal en una lucha implícita que sólo
ellos conocían. La rabia se apoderó de él y se alteró por el enfado; no obstante,
se rebeló contra su derrota y dijo con voz potente:
—Tengo una carta que no deja lugar a dudas. Tanto si las tribus siguen a sus
caudillos como si no, lo que es incuestionable es que hay una rebeldía, que
existen disidentes y que nuestros soldados ahora están cercados.
El entusiasmo volvió a los gobernadores; el de Tebas dijo:
—Señor: la sabiduría divina ha corrido por vuestra lengua.
Nuestros hermanos esperan socorro. No debemos, por tanto, perder el tiempo
en discusiones. La verdad está muy clara.
El rey replicó con violencia:
—Oh, gobernadores, os dispenso hoy de participar en la fiesta del Nilo.
Tenéis ante vosotros una responsabilidad mucho más importante. Volved a
vuestras provincias y movilizad al ejército, pues cada minuto que pase lo
pagaremos caro.
Cuando el rey hubo dicho eso, se puso de pie concluyendo la reunión. Todos
se levantaron y se inclinaron ante Su Majestad.
LOS VÍTORES

E l faraón se dirigió a su pabellón particular y llamó a sus hombres fieles,


Sufajatib y Tahu. Ambos acudieron inmediatamente. Estaban muy
afectados y sabían que la situación era crítica. Encontraron al rey como
suponían, alterado y colérico. Recorría la sala de un lado para otro y rugía con
una bestialidad endemoniada. Cuando advirtió su presencia, les echó una mirada
perdida y dijo, mientras los ojos le echaban chispas:
—Traición… Huele a sucia traición en este ambiente asfixiante.
Tahu intervino:
—Señor, sin dejar de ser pesimista y de pensar mal, mi intuición no llega a
esa grave suposición.
El rey dio una patada en el suelo y respondió irritado y furioso:
—¿Por qué ha venido esa maldita delegación? ¿Por qué ha llegado hoy,
precisamente hoy?
Sufajatib repuso, pensativo y apenado:
—Puede ser una triste y extraña coincidencia.
—¿Coincidencia? —replicó el rey asombrado—. En absoluto. Es una vil
traición. Vislumbro un rostro enmascarado con el silencio y la astucia. No, visir,
esa gente no ha llegado por casualidad sino que se la ha hecho venir hasta aquí a
propósito para que diga paz cuando nosotros digamos guerra. De ese modo mi
enemigo me ha asestado un golpe bajo mientras está ante mi manifestando
obediencia.
Tahu se ruborizó y se puso triste. Sufajatib, por su parte, no insistió,
permaneció desesperado y como hablando consigo mismo:
—Si ha sido una traición, ¿quién es el traidor? El rey preguntó, señalando
con el puño:
—Sí… ¿quién es el traidor? ¿Hay algún problema que no tenga solución?
No. Yo no me traiciono a mí mismo, y Sufajatib y Tahu tampoco me traicionan,
ni Rhadopis. Entonces no puede ser más que ese miserable mensajero. ¡Qué
lástima que Rhadopis se haya engañado!
Los ojos de Tahu brillaron. Dijo:
—Lo traeré aquí y le arrancaré la verdad.
El rey movió la cabeza y replicó:
—Aguarda, Tahu, aguarda. El criminal no espera que vayas a cogerlo. Ahora
seguramente estará disfrutando del precio de su traición en algún lugar seguro
que sólo conocen los sacerdotes. ¿Cómo se urdió la trampa? No sé cómo, pero
juro por el dios Sotis que supieron lo del mensaje antes de la partida del
mensajero y, sin tardanza, mandaron a otro mensajero por su parte. Cuando mi
mensajero llegó con la misiva, el suyo llegó con la delegación. Traición…
bajeza. Estoy viviendo entre mi pueblo como un preso. Maldita sea la vida y
toda la gente.
Ambos hombres guardaron silencio por tristeza y temor. Tahu miraba a
hurtadillas a su señor con tristeza. Intentó devolver la esperanza a aquel
ambiente oscurecido y dijo:
—Que sea nuestro consuelo asestar el golpe de gracia.
El rey se irguió y preguntó:
—¿Cómo podremos dar tal golpe?
—Los gobernadores están de camino para reunir al ejército.
—Pero, ¿crees que los sacerdotes se van a quedar con los brazos cruzados
respecto al ejército que saben que se está reclutando para aplastarlos?
Sufajatib sucumbía ante un gran peso, pues creía en lo que decía el rey; no
obstante, quiso aliviar el peso que recaía sobre él y dijo, como deseándolo:
—Quizá nuestros temores sean meras fantasías, y lo que creemos que es
traición no sea más que pura coincidencia y se despeje esta nube gris con los
más sencillos métodos.
Pero el faraón se rebeló contra ese consuelo diciendo:
—No dejo de recordar la imagen de aquellos sacerdotes cabizbajos. Sin duda
guardaban un peligroso secreto. Cuando su jefe tomó la palabra, sobrepasó el
entusiasmo de los gobernadores. Pronunció su discurso con una desmesurada
confianza. Ahora es como sí estuviera hablando con diez bocas. ¡Ay! Maldita sea
la traición. Mernerá Segundo no vivirá bajo la clemencia de los sacerdotes.
Tahu se disgustó por la tristeza de su señor y dijo:
—Señor: tenéis a vuestras órdenes una guardia fuerte de la cual un solo
hombre vale por mil hombres de los suyos. Dará voluntariamente la vida por su
señor.
El faraón dejó de escucharle y se echó en el mullido asiento, entregado a sus
calientes pensamientos. ¿Será posible que consiga lo que quiere, a pesar de esas
tristezas, o fracasará para siempre? ¡Vaya hora tan crucial en su vida! Es la línea
divisoria entre la gloria y la bajeza, la fuerza y la ruina, el amor y la desgracia.
Antes había rehusado ceder las tierras por astucia. ¿Estará ahora obligado a
hacerlo para salvar el trono? Ese día no llegará, y si llega, él no aceptará jamás
esa bajeza. Suspiró, a pesar suyo, y se dijo a si mismo con lástima: ¡Ay, si no
hubiera tropezado mi suerte con la traición! La voz de Sufajatib le interrumpió
los pensamientos diciendo:
—Señor, se acerca la hora de la fiesta.
Lo miró como si se despertara de un profundo sueño y balbució: «Es
verdad»; luego se levantó y se dirigió a la terraza que daba al amplio patio del
palacio donde el ejército de los carros estaba alineado esperándolo. A lo lejos se
veía la plaza llena de olas de gente. Echó una mirada marchita a ese mundo
festivo y volvió a su sitio. Luego entró en sus aposentos, se ausentó un momento
y salió vestido con una piel de tigre y adornado con la medalla de los sacerdotes
y la doble corona. Se prepararon todos para salir, pero antes entró un ujier que,
tras saludar a su señor, dijo:
—Tam, jefe de la policía de Abu, pide permiso para presentarse ante su
Señor.
El rey y sus dos consejeros se lo dieron al notar lo alterado que estaba. El
policía mayor saludó a su señor y le dijo, apresurado y nervioso:
—Señor: he venido para rogar a vuestra sagrada persona que se abstenga de
ir al templo del Nilo.
El corazón de ambos hombres latió y el rey preguntó incomodo:
—¿Por qué dices eso?
El hombre respondió jadeando:
—Acabo de atrapar a muchos que insultaban vilmente a una persona noble
que mi señor honra. Temo que esos gritos se repitan al paso del cortejo.
El corazón del rey latió de prisa y la sangre empezó a bullirle en las venas.
—¿Qué es lo que decían? —preguntó con voz ronca.
El hombre tragó saliva y dijo alterado:
—Decían: «¡Que caiga la puta!». «¡Que caiga la que arruina los templos!».
La cólera del rey se intensificó aún más y gritó con voz atronadora:
—¡Maldita sea! Tengo que dar un golpe que alivie mí corazón o voy a
estallar.
El hombre añadió asustado:
—Los criminales se han enfrentado a mis hombres y han tenido lugar
combates entre ellos y nosotros. La agitación y el tumulto se han apoderado de la
situación un rato, durante el cual se han producido gritos aún peores.
El rey preguntó apretando los dientes de enfado y rabia:
—¿Y qué más han dicho?
El hombre inclinó la cabeza y dijo en voz baja:
—La arrogancia de los criminales llegó hasta alguien aún más alto.
—¿Yo? —preguntó el rey aturdido.
El hombre se calló ruborizándose. Sufajatib no pudo contenerse:
—¿Cómo puedo dar crédito a mis oídos?
—Es una increíble locura —gritó Tahu enfadado.
El faraón soltó una risa histérica y preguntó con amarga ironía:
—¿Qué es lo que ha dicho mi pueblo de mí, Tam? Habla, es una orden.
—Los maleantes han dicho: «Nuestro rey se divierte, queremos un rey serio»
—dijo el jefe de policía.
El rey soltó otra risa como la primera y dijo burlándose:
—¡Qué lástima! Mernerá ya no sirve para el trono de los sacerdotes. ¿Y qué
más dijeron, Tam?
El hombre contestó con una voz tan baja que casi no se oía:
—Gritaron, señor, largamente: «¡Viva Su Majestad la reina Nitocris!».
Un brillo pasajero asomó a los ojos del rey. Repitió el nombre de Nitocris
entre dientes como recordando algo olvidado desde hacia tiempo. Los dos
consejeros se intercambiaron una mirada de asombro que el faraón advirtió. El
jefe de policía se movió, pero el rey no quiso convertir el tema de la reina en una
charla amarga, aunque se preguntó a si mismo cuál seria la reacción de la reina
ante esos vítores. Se angustió aún más y sintió una violenta ola de cólera,
rebeldía y locura. Se dirigió a Sufajatib diciendo con rudeza:
—¿Ha llegado el momento de ir?
—¿No puede mi señor dejarlo? —preguntó Tahu con asombro.
—¿No me has oído, visir? —dijo el rey violentamente.
Sufajatib se alteró y dijo con sumisión:
—Dentro de un breve momento, señor. Creía que mí señor dejaría de ir.
—Iré al templo del Nilo, entre la multitud enfadada, y ya veremos lo que
pasa. Ve a tu puesto, Tam —dijo el rey con calma, como anticipándose a la
tempestad.
LA ESPERANZA Y EL VENENO

A quella mañana, Rhadopis estaba sentada en el mullido diván soñando. Era


un día que se pavoneaba ante los demás porque palpitaba de emotivas
fiestas y grandes triunfos. ¡Qué felicidad y qué alegría! Su corazón, aquel día,
era como una alberca de agua perfumada en cuya ribera nacían flores y en cuyo
ambiente cantaban los ruiseñores alegremente ebrios. ¡Qué vida de alegrías!
¿Cuándo recibiría la noticia del éxito? Al atardecer, cuando el sol emprenda su
viaje hacia el otro mundo y su corazón emprenda el suyo hacia el mundo de la
felicidad y reciba al amante. ¡Qué hora la del atardecer! La hora del atardecer es
la hora del amado, cuando llega con su hermosa estatura y su tierna juventud
para rodear su esbelta cintura con sus musculosos brazos. Implora su dulce
nombre y le promete el éxito diciendo que se han acabado los sufrimientos, que
los gobernadores se han dispersado para reunir al ejército y «¡que viva nuestro
amor!». ¡Ay! Qué hermoso es el atardecer…
Pero, ¿cómo creer que este día se acaba? Había esperado la vuelta del
mensajero durante un mes que había transcurrido pesado y agobiante, pero esas
horas eran aún más pesadas y más insoportables. Sin embargo, era una angustia
llena de tranquilidad y un temor repleto de felicidad. Dirigió sus pensamientos
aquí y allá como para olvidarse de la espera y engañar al tiempo, hasta que
tropezó en su vagar con el amante prosternado en su templo, en el salón de
verano: Benamón ben Bassar. ¡Qué delicado y agradable! Ya se había planteado
una vez la pregunta de cómo tendría que pagarle el digno favor que le hizo, pues
había volado como una paloma hasta el extremo Sur y había vuelto aún más
aprisa que cuando se marchó, llevado por el deseo que le hacía recorrer el
camino. Incluso había pensado alguna vez en cómo deshacerse de él. Pero la
enseñó con su humildad que hay amores extraordinarios que no conocen el
egoísmo, la posesión ni el deseo, contentándose con los sueños y las fantasías.
¡Vaya un joven soñador, ajeno a los ajetreos de la vida! Si hubiera deseado, por
ejemplo, un beso, ella no sabría cómo evitarlo y no acercarle la boca. Pero él no
deseaba nada. Era como si temiera que al tocarla se quemaría con un fuego
desconocido; o quizá no creía que ella fuera algo que se pudiera tocar o besar. Él
no la veía con ojos humanos, así que no podía verla como un mortal. Se
contentaba con vivir de su belleza como viven las plantas de la tierra con el sol
que flota en el cielo.
Suspiró y dijo: «El amor es verdaderamente un mundo extraño». El suyo
propio fluye de la esencia de la misma vida. La fuerza que la atrae hacia su señor
es la fuerza de la vida, completa y terrible. Pero el amor de Benamón es
absorbente, casi lo aísla de todo y permanece en lejanos horizontes que sólo se
hacen perceptibles en su diestra mano, y algunas veces en su lengua trabada y
cálida. Qué amor tan delicado por una parte, hasta convertirse en un sueño, y por
otra tan fuerte que propaga vida en la muda roca. ¿Cómo piensa deshacerse de
él, si él no la obliga a nada? Que lo deje tranquilo en su oratorio, esculpiendo en
sus paredes silenciosas las más bellas imágenes que ciñen el hermoso rostro de
ella.
Volvió a gritar desde lo más profundo de sí misma: «¿Cuándo llegará el
atardecer?». ¡Maldita sea Shiz! Si se hubiera quedado a su lado, al menos la
habría divertido con su palabrería y picardía. Pero ella había insistido en ir a Abu
para asistir a la fiesta del Nilo.
¡Qué hermosos son los recuerdos! Recordó la fiesta anterior, cando se subió
a su lujoso palanquín, abriéndose paso entre la gran multitud para ver al joven
faraón. Apenas si su mirada cayó en él, cuando le latió el corazón sin saberlo. Le
pareció extraño el hormigueo del amor porque estaba acostumbrada al desdén.
Pensó que era una preocupación angustiosa, algún encanto mágico. Aquel día
eterno, cuando el águila le arrebató la sandalia. Apenas empezó el día siguiente a
aquello, cuando la visitó el faraón. Desde entonces, el amor irrumpió en su
corazón y toda la vida cambió.
Pero este segundo año se ha quedado en su palacio, mientras que fuera la
vida está de fiesta, pero no puede asomarse si no es de una forma calculada, pues
ya no es Rhadopis, la hermosa bailarina, sino que desde hace un año y para
siempre ella es el corazón palpitante del faraón. Sus pensamientos se perdían por
aquí y allá, pero no tardaba en volver al punto central de su preocupación. Se
preguntó qué habría ocurrido en la importante reunión que su señor dijo que
convocaría para leer el mensaje. ¿Se habrían reunido? ¿Habrían acudido a la cita
y se habrían acercado a su dorada esperanza?… ¡Ay! ¡Cuándo llegaría el
atardecer!
Se aburrió de estar sentada y se puso a caminar. Se acercó a la ventana que
daba al jardín y miró hacia el lejano horizonte. Se quedó allí, no se sabe cuánto
tiempo, hasta que oyó una mano agitada tocando a la puerta. Se dio la vuelta
algo nerviosa e intranquila. Vio a su esclava Shiz irrumpiendo por la puerta,
jadeante, con la mirada perdida y con el pecho subiendo y bajando. Su rostro
estaba pálido, como si acabara de salir del lecho después de una larga
enfermedad. El corazón de Rhadopis se contrajo y presagió algo malo. Le
preguntó asustada:
—¿Qué te pasa, Shiz?
La esclava quiso hablar pero fue vencida por el llanto. Se puso de rodillas
ante su señora, cruzó las manos sobre el pecho y rompió a llorar muy nerviosa.
La alteración se apoderó de Rhadopis y gritó:
—¿Qué te pasa, Shiz? Habla, por los dioses, y no te dejes llevar por la
angustia. Tengo esperanzas por las que temo. Por favor…
La mujer suspiró profundamente, gimió y dijo con voz llorosa:
—Señora… señora… están agitados, rebeldes.
—¿Quiénes están agitados y rebeldes?
—La gente, señora. Están gritando con una endemoniada cólera. Que los
dioses les desgarren la lengua.
El corazón de Rhadopis latió del susto, y a Shiz le preguntó con voz ronca:
—¿Qué es lo que dicen, Shiz?
—¡Ay, señora! Son gente endemoniada, cuyas lenguas envenenadas
desvarían de forma temerosa.
Rhadopis casi enloqueció de miedo, y gritó agudamente:
—No me martirices, Shiz. Dime la verdad sobre todo lo que han dicho. ¡Por
los dioses!
—Señora, os están nombrando de mala manera. ¿Qué ha hecho mi señora
para ser objeto de su cólera?
Rhadopis se llevó la mano al pecho. Sus ojos se abrieron del susto y dijo con
voz entrecortada:
—¿A mí?… ¿La gente se enfada conmigo? ¿No han encontrado en este día
sagrado otro tema de que ocuparse? ¡Por los dioses! ¿Qué es lo que dicen, Shiz?
Dime la verdad, te lo suplico.
La mujer dijo llorando amargamente:
—Los locos gritan que estáis despilfarrando los bienes de los dioses.
Rhadopis soltó un suspiro desde su corazón entristecido y balbució con pena:
—¡Ay! Mi corazón se está desgarrando, y temo Lo peor. Lo que más temo es
que se pierda el éxito esperado entre los gritos y las voces de enfado. ¿Acaso no
hubiera sido mejor para ellos evitarme por respeto a su señor?
La esclava se dio un golpe en el pecho y gritó con voz llorosa:
—Ni siquiera nuestro señor se ha salvado de la maldad de sus lenguas.
Un grito de miedo se escapó de la boca de la mujer asustada. Sintió que un
temblor le sacudía todo el cuerpo y preguntó:
—¿Qué dices? ¿Se han atrevido con el faraón?
—Si, señora, desgraciadamente. Han dicho: «El faraón es libertino,
queremos un rey serio» —explicó la esclava llorando.
Rhadopis se llevó las manos a la cabeza como implorando socorro. Su
cuerpo se retorcía de dolor, y se echó desesperada en el diván exclamando:
—¡Por los dioses! ¡Qué desgracia! ¿Cómo no tiembla la tierra y se abaten las
montañas? ¿Cómo no derrama el sol sus fuegos sobre la tierra?
—La tierra está temblando fuertemente, señora —dijo la esclava—. El
pueblo está enzarzado en una violenta lucha con la policía. La sangre se derrama
y corre. Han estado a punto de aplastarme, y me he escapado sin mirar hacia
atrás. He bajado en una barca hasta la isla. Mi susto ha sido aún mayor cuando
he visto el Nilo repleto de embarcaciones y a la gente a bordo gritando como los
demás, como si todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo.
A Rhadopis la invadió el abatimiento y la inundó una ola de asfixiante
desesperación que ahogaba sin piedad sus hasta entonces manifiestas esperanzas.
Empezó a preguntarse tristemente: ¿Qué fue lo que ocurrió en Abu? ¿Cómo
ocurrieron esos tristes acontecimientos? ¿Qué fue lo que alteró al pueblo y lo
sacó de quicio? ¿Sería el destino del mensaje el fracaso que condenaría a muerte
su esperanza? El ambiente es polvoriento y oscuro y por él revolotean chispas de
un mal inminente. Su corazón no saborea la tranquilidad. El miedo asesino lo
acecha como un frío intenso.
—¡Socorro, oh dioses! ¿Acaso mi señor dará la cara ante ese pueblo agitado?
—dijo con una voz que parecía más bien un llanto.
—No, señora. No debe salir de su palacio antes de castigar a esos rebeldes —
aconsejó Shiz.
—¡Por los dioses! Tú no sabes cómo es él, Shiz. Mi señor es muy
enfadadizo, y nunca retrocede. Mi corazón tiene mucho miedo. Tengo que verlo
ahora mismo, Shiz.
La esclava sintió un escalofrío de miedo. Dijo:
—Eso es imposible. Las embarcaciones están llenas de rebeldes que cubren
el agua, y la guardia de la isla está reunida en la ribera.
Rhadopis se llevó las manos a la cabeza y gritó:
—¿Qué le pasa al mundo que se está estrechando ante mí, y se me cierran las
puertas? Estoy dando vueltas alrededor de un pozo estrecho de angustia. ¡Ay, mi
amor! ¿Cómo estarás ahora y cuál será el camino hacia ti?
Shiz dijo, como para aliviarla un poco:
—Paciencia, señora. Pronto desaparecerá esa nube gris.
—Mi corazón se desgarra al pensar que él ahora estará sufriendo. ¡Ay, mi
señor y mi amor! Quizá sepa lo que está pasando ahora en Abu.
La tristeza la dominó, se derritieron los dolores de su corazón y se
derramaron calientes lágrimas. Shiz se asombró por tan extraño panorama, pues
vio cómo Rhadopis, dueña del amor, del lujo y del bienestar, estaba ahora
llorando y retorciéndose de dolor y de desesperación. Pensó durante el letargo de
la tristeza que la invadió en cómo sus esperanzas estaban hasta entonces
relucientes. Su corazón experimentó la frialdad de la desesperación y se
preguntó a sí misma, asustada, si podrían someter a su señor, privarlo de su
felicidad y orgullo y hacer del palacio de ella el objetivo de su enfado y
desprecio. La vida sería imposible si se realizaba alguna de esas preocupaciones.
Mejor sería para ella despedirse de la vida si esta se vaciaba de gloria y felicidad.
Que viva Rhadopis aliada con el amor y la gloria o que se muera. Pensó mucho
en sus problemas hasta que la memoria de sus tristezas le trajo algo ya muy
olvidado. De pronto le vino una idea. Se levantó en seguida y se lavó la cara con
agua fría para borrar las huellas de las lágrimas de sus ojos. Dijo a Shiz que iba a
hablar con Benamón de algo. El joven estaba sumido en su obra, como siempre,
ajeno a los graves acontecimientos que estaban acechando. Cuando la sintió, la
recibió alegre, pero no tardó en ponerse serio y dijo:
—Juro por vuestra belleza divina que estáis triste hoy.
—No, sólo estoy cansada, un poco enferma —dijo ella bajando los ojos.
—El ambiente es muy caluroso. ¿Por qué no os sentáis un poco junto a la
alberca?
—Te he venido a buscar con un ruego, Benamón —dijo ella someramente.
Él se cruzó de brazos, como diciendo que estaba a la orden de sus deseos.
—¿Te acuerdas, Benamón, que me hablaste un día de los extraños venenos
que compuso tu padre?
—Si, lo recuerdo muy bien —contestó el joven extrañado.
—Benamón, quiero un frasco de ese extraño veneno que tu padre denominó
«el veneno feliz».
El joven se extrañó aún más y balbució:
—¿Para qué?
Ella contestó lo más tranquila que pudo:
—He hablado de ello a un médico y parecía muy interesado. Me ha pedido
que le facilitara un frasco, con la esperanza de salvar la vida a uno de sus
pacientes. Se lo prometí, Benamón. ¿Me prometes tú, por tu parte, traerlo lo más
pronto posible?
El joven respondió con alegría, pues le hacia feliz que ella le pidiese lo que
fuera:
—Lo tendréis dentro de unas horas.
—¿Cómo? ¿No tendrás que ir a Ambús para traerlo?
—No, tengo un frasco en mi alojamiento en Abu.
Su confesión suscitó el interés de ella, a pesar de estar triste. Lo miró
extrañada, él bajó la vista y se ruborizó.
—Me lo traje en aquellos días dolorosos, cuando casi desesperaba de mi
amor. De no ser por el cariño que me demostrasteis después, ahora estaría en el
reino de Osiris.
Mientras Benamón se fue para traer el frasco, ella se encogió de hombros
con desprecio y dijo, preparándose para marcharse:
—Puedo salvarme con él de algo peor.
LA FLECHA DEL PUEBLO

T ahu acató la orden de su señor. Dio el saludo y se fue asustado y nervioso.


Ambos hombres se quedaron de pie, silenciosos, hasta que Sufajatib salió
de su mutismo y dijo:
—Os ruego encarecidamente, mi señor, que desistáis de ir hoy al templo.
No obstante, el faraón no atendió este consejo. Frunció el ceño de enfado y
dijo:
—¿Escapar, al primer vítor?
—Mi señor, la gente está alterada y enfadada. Hay que ser cauto —dijo el
visir.
—El corazón me dice que nuestro plan va camino del inevitable fracaso. Si
retrocedo hoy, perderé mi respeto para siempre.
—¿Y la rebeldía del pueblo, mi señor?
—Se tranquilizará y se callará si ve que atravieso sus filas con mí carro como
el alto obelisco. Enfrentarse al peligro es mejor que resignarse y entregarse.
El faraón iba y venía por el salón muy alterado. Sufajatib se calló reprimido.
Miró a Tahu como implorándole socorro. No obstante, el comandante estaba
sumido en sus preocupaciones, como se vislumbraba en el color de su rostro, en
su dispersa mirada y en la pesadez de sus párpados. Un silencio profundo se
cernió sobre ellos. Sólo se podían oír los pasos del rey. Un ujier rompió aquel
silencio; estaba apresurado y nervioso, se inclinó ante el rey y le comunicó:
—Un jefe de policía pide autorización para presentarse ante Vuestra
Majestad.
El rey se lo concedió y lanzó una mirada a los dos hombres para ver el
impacto de las palabras del ujier en ellos. Los encontró nerviosos y alterados, y
una sonrisa burlona se asomó a sus labios. Movió sus amplios hombros
descuidadamente. El jefe de policía entró, jadeando por el esfuerzo. Su ropa
arrugada y la tiara aplastada anunciaban algo malo. Dio el saludo y dijo antes de
que se le concediera permiso para hablar:
—Mi señor: el pueblo está enzarzado con los hombres de la policía en un
brutal combate. Ha habido muchos muertos en ambos bandos. La gente se
precipitará sobre nosotros si no recibimos grandes refuerzos de la guardia
faraónica.
Sufajatib y Tahu se asustaron. Miraron al faraón y vieron cómo sus labios
temblaban de cólera. Gritó con voz ronca:
—Juro por todos los dioses que este pueblo no ha venido para celebrar la
fiesta.
El policía añadió:
—Nuestros espías nos han informado de que los sacerdotes pronuncian
discursos en las afueras de la ciudad, arguyendo que el faraón se escuda en una
fingida guerra en el Sur para reunir un ejército con el cual pretende humillar al
pueblo. La gente los cree y se encoleriza. Si no fuera porque la policía se ha
enfrentado a ellos, habrían tomado los caminos hacia el sagrado palacio.
El faraón gritó como un trueno:
—La duda se ha resuelto con la certeza. Ya se ha descubierto la abominable
traición. He aquí que esos manifiestan enemistad y nos sorprenden con el ataque.
Sus palabras cayeron en los oídos de una forma increíble.
Los rostros parecían interrogarse con asombro e incredulidad:
«¿De verdad este es el faraón y ese es el pueblo de Egipto?».
Tahu no pudo aguantar más y dijo a su señor:
—Mi señor, este es un día horrible. Es como sí el diablo se hubiera
entrometido a escondidas en el círculo del tiempo cuyo inicio fuera el
derramamiento de sangre y sólo los dioses saben cómo terminará. Permitidme
que cumpla con mi obligación.
—¿Qué has de hacer? —preguntó el faraón.
—Repartiré los soldados en los lugares de defensa fortificados y conduciré el
batallón de los carros para parar a los rebeldes antes de que venzan a la policía e
irrumpan en la plaza del palacio.
El faraón sonrió enigmáticamente, se calló un momento y luego dijo:
—Lo conduciré yo mismo.
El corazón de Sufajatib casi se le salía por la boca. Gritó a pesar suyo:
—¡Mi señor!
El faraón se golpeó el pecho con fuerza y dijo:
—Este palacio es, desde hace miles de años, una fortificación y un templo, y
yo no voy a permitir que en mi era sea un objetivo fácil para cualquier rebelde.
El rey se quitó la piel de tigre y la arrojó con desprecio. Se apresuró a sus
aposentos para vestirse su atuendo militar. Sufajatib perdió la compostura. Temió
lo peor. Se dirigió a Tahu y dijo en tono imperativo:
—Comandante: no tenemos tiempo que perder. Id y preparad la defensa del
palacio, y esperad órdenes.
El comandante salió, seguido del policía, mientras el visir esperaba al rey.
No obstante, los acontecimientos no esperaban. El viento traía un fuerte
tumulto que no cesaba de aumentar e intensificarse hasta que llenó el horizonte.
Sufajatib corrió a la terraza que daba al patio del palacio y miró hacia la plaza.
Vio a las multitudes corriendo desde lejos, enarbolando espadas, puñales y
bastones. Parecían las olas de una devastadora inundación de la cual sólo se
podían ver las cabezas desnudas y unas armas brillantes. El visir sintió miedo,
miró hacia abajo y vio a los esclavos en frenético movimiento, poniendo las
barricadas detrás del gran portón. Los miembros de la infantería corrieron como
águilas subiendo a las torres construidas encima de la muralla que daba a los
lados norte y sur. Una gran fuerza de ellos avanzó hacia el pasillo de las
columnas que conducía al jardín, armados con lanzas y arcos. Los carros, en
cambio, retrocedieron hacia fuera y se colocaron debajo de la terraza en dos
largas filas preparadas para desplegarse en el patio cuando irrumpieran por la
puerta exterior.
Sufajatib oyó pasos detrás de él. Se volvió y vio al faraón en el umbral de la
terraza con el atuendo del máximo mando y en la cabeza la corona doble de
Egipto. Sus ojos despedían chispas y la cólera en su rostro parecía una llama.
—Nos han cercado antes de movernos —dijo con rabia.
—El palacio es una fortaleza inaccesible, señor, que defienden temibles
soldados. Los sacerdotes retrocederán abatidos.
El rey se quedó inmóvil en su sitio. El visir retrocedió. Empezaron a ver en
triste silencio a la incontable multitud rugiendo como bestias: «¡La corona para
Nitocris! ¡Que caiga el rey libertino!». La guardia lanzaba flechas por detrás de
las torres y daba en el blanco. Los rebeldes contestaban con una lluvia de
piedras, maderas y flechas. El faraón movió la cabeza y dijo:
—Bienvenido…, bienvenido, oh pueblo rebelde que has venido a derrocar al
rey libertino. ¿Qué es esa cólera? ¿Qué es esa rebeldía? ¿Por qué amenazas con
esas armas? ¿Quieres de verdad asestarlas en mi corazón? Bienvenido…,
bienvenido. Es una escena digna de ser inmortalizada en las paredes de los
templos. Bienvenido…, bienvenido seas, oh pueblo de Egipto.
La guardia luchaba con ahinco y lanzaba las flechas como si fueran lluvia.
Cuando alguno de ellos caía, le sustituía otro, despreciando la muerte. Los
capitanes cabalgaban cerca de las murallas dirigiendo la lucha.
Estaba contemplando este triste paisaje cuando oyó una voz que conocía
muy bien:
—Mi señor…
Se dio la vuelta, sorprendido, y vio que quien le llamaba estaba a dos pasos.
Exclamó con asombro:
—¡Nitocris!
—Si, mi señor —dijo la reina con voz triste—. Me zumban los oídos por
unos horrorosos gritos que nunca había escuchado en este valle, y he venido a
buscarte para manifestarte mi lealtad y compartir contigo el destino.
Tras decir eso, se puso de rodillas e inclinó la cabeza. Sufajatib se retiró. El
rey se apresuró a cogerla por las muñecas para levantarla de su prosternación. La
miró con ojos desconcertados. No la había vuelto a ver desde aquel día en que
ella vino a su pabellón y la hizo volver de malas maneras. El dolor y el apuro del
rey se intensificaron. No obstante, los chillidos de la gente y los gritos de los
combatientes lo devolvieron a la realidad.
—Gracias, hermana —le dijo—. Ven, mira a mi pueblo. Me está saludando
en este día de fiesta.
Ella bajó los ojos y dijo con profundo pesar:
—Aumentan las palabras que salen de sus bocas.
La ironía del rey se convirtió en cólera, indignación y desprecio. Dijo con un
tono de repugnancia:
—Un país loco, un ambiente asfixiante, corazones alterados… ¡traición,
traición, traición!
La reina tembló al oír la palabra traición. Sus ojos se congelaron por el susto
y sintió que el aire que respiraba se le atragantaba. ¿Las aclamaciones de la
gente le habrían dado que pensar? ¿Será recompensada por la acusación después
de que haya cerrado su corazón, albergando dentro todas las dolencias, y haya
venido voluntariamente a buscar al que la ha humillado y hecho sufrir?…
Aquello le dolió y dijo:
—¡Qué lástima, mi señor! No puedo sino compartir contigo el destino. Pero
me sorprenderá saber quién es el traidor y cómo fue la traición.
—El traidor es un mensajero a quien confié una misiva que él entregó a mi
enemigo.
—No sé nada ni de la misiva ni del mensajero, y no creo que haya ahora
suficiente tiempo para que me lo expliques. Yo sólo quería aparecer a tu lado
para que el pueblo que me aclama sepa que te apoyo y que soy enemiga de quien
te combate.
—Gracias, hermana. Ahora no puedo hacer nada, sólo tengo que prepararme
para una muerte honrosa.
La cogió del brazo y se dirigió con ella hacia la sala de oración. Descorrió la
cortina de la puerta y entraron juntos a la lujosa habitación. En el interior había
una especie de hornacina esculpida en la pared con dos estatuas del rey y la reina
precedentes. Los reyes se dirigieron a las estatuas de sus padres, se pusieron de
pie delante de ellos, respetuosos y en silencio, mirando con ojos tristes y
afligidos. El rey dijo con voz muy profunda, mirando las estatuas de sus padres:
—¿Qué opinarán de mí?
Se calló un momento, como esperando recibir una respuesta. Volvió a
alterarse y se enfadó consigo mismo. Fijó los ojos en el rostro de su padre y dijo:
—Me has dejado un gran reino y una trascendental gloria, pero mira lo que
he hecho de ellos. Apenas ha transcurrido un año desde mi entronización y ya
estoy a punto de la ruina. Qué lástima haber dejado que pisoteen mi trono. He
hecho que mi nombre esté machacado entre las lenguas y he adquirido un nuevo
apodo que nunca se había aplicado a un faraón: «El rey libertino».
La cabeza del rey se agachó triste y apesadumbrada. Permaneció mirando al
suelo con los ojos nublados; luego los levantó hacia la estatua de su padre y
balbució:
—Quizá hayas encontrado en mi vida algo que te avergüence como padre,
pero nunca te avergonzarás de mi muerte.
Se volvió súbitamente hacia la reina y le dijo:
—¿Me perdonarás que me haya portado tan mal contigo, Nitocris?
Ella se quedó extraordinariamente impresionada y sus ojos se nublaron de
lágrimas.
—Ahora ya he olvidado mis preocupaciones —dijo.
—Siempre me he portado mal contigo. He pisado tu amor propio, he sido
injusto contigo y mi locura ha hecho de tu biografía un triste mito correspondido
con el rechazo a la extrañeza. ¿Cómo ocurrió? ¿Me hubiera sido posible cambiar
el transcurso de mi vida? La vida me hundió y se apodero de mí una extraña
locura. Ni siquiera ahora puedo manifestar mi arrepentimiento. ¡Qué lástima! La
razón nos puede enseñar nuestra futilidad e inconsistencia, pero me parece que
no puede evitarlas. ¿Hay algo peor que esta tragedia en la que me veo inmerso?
A pesar de todo, la gente no puede sacar de ella sino un juego de palabras. La
locura permanecerá mientras persista la vida humana. Es más, aunque pudiera
rehacer mi vida, no podría evitar caer otra vez. ¡Oh, hermana! Todo me agobia y
no hay nada que esperar. Lo mejor seria que anticipara el final.
En su rostro aparecieron la decisión y el desprecio. Ella le preguntó perpleja:
—¿Qué final, mi señor?
—No soy un canalla —replicó vivamente—. Puedo recordar lo que es mi
obligación, aunque después de mucho tiempo de olvido. ¿Qué habrá que esperar
de la resistencia? Mis fieles hombres caerán ante un incontable enemigo. Mi
turno llegará seguramente después de que miles de mis soldados y de mi pueblo
pierdan la vida. No soy ningún cobarde que se aferra a los coletazos de la vida
cogido a un fútil hilo de esperanza. Pararé la sangre y me enfrentaré solo a la
gente.
—Mi señor: ¿cargarás a tu gente con el tormento de conciencia de no haberte
podido defender hasta el final? —dijo ella asustada.
—No, no quiero sacrificarlos en balde. Me enfrentaré solo a mí enemigo para
saldar nuestra cuenta juntos.
Ella experimentó un gran disgusto, pues sabía que era terco. Desesperó de
convencerlo y le dijo con tranquilidad y firmeza:
—Estaré a tu lado.
—Eso es espantoso.
La cogió del brazo y le rogó:
—Nitocris, el pueblo te quiere y no se ha equivocado en quererte. Tú eres
más digna de dirigirlo, quédate para él. Y ojo con aparecer a mi lado, porque la
gente dirá que el rey toma por escudo a su esposa ante el pueblo enfadado.
—¿Cómo podré dejarte?
—Hazlo por mí. No realices un acto que me haga perder el honor para
siempre.
La mujer se sintió alterada, confusa y muy agobiada. Gritó desesperada:
—¡Terrible hora!
—Esa es mi voluntad —dijo el rey—. Hazlo por mí. No luches, te lo pido
por nuestros padres. Cada minuto que pasa caen valiosos soldados. ¡Adiós,
buena hermana! Me voy seguro de que no me mancharás con el deshonor en mi
último momento. Quien ha disfrutado del poder completo nunca se contentará
con encarcelarse en un palacio. ¡Adiós a la vida! ¡Adiós deleites y sinsabores!
¡Adiós engañosa gloria y vanas apariencias! Superaré en gloria a todos los
hechos. ¡Adiós, adiós!
Se inclinó y la besó en la cabeza. Miró las estatuas de sus padres y se inclinó
hacia ellos, luego se fue.
Encontró a Sufajatib esperando en el pasillo exterior, inmóvil como una
estatua. Cuando vio a su señor, recobró la vida y lo siguió en silencio. Explicó su
salida como mejor le pareció:
—La aparición de mi señor infundirá ánimo en sus valientes corazones.
El rey no le respondió. Bajaron las escaleras juntos hacia el largo pasillo de
las columnas que va del jardín al patio. Mandó llamar a Tahu y se quedó
silencioso. En aquel instante, su alma tendió a la zona sudeste, a Biya. Suspiró
desde lo más profundo. Se había despedido de todos menos de lo que más
amaba. ¿Acabaría antes de echar una última mirada al rostro de Rhadopis y
escuchar su voz por última vez? Su corazón sintió un doloroso deseo y una gran
tristeza. Salió de su ensimismamiento con la voz de Tahu que lo saludaba. Le
preguntó con una indómita fuerza sobre el camino hacia Biya.
—¿Es seguro el Nilo?
El comandante le contestó, muy pálido:
—No, mi señor. Han intentado atacarnos por detrás con barcas armadas, pero
nuestra pequeña flota los ha replegado sin esfuerzo. Por allí es imposible acceder
al palacio.
No era precisamente el palacio lo que le interesaba al rey. Agachó la cabeza
y su mirada se oscureció. Morirá antes de lanzar una mirada de despedida al
rostro por el cual había vendido toda la gloria de la vida. ¿Qué estaría haciendo
Rhadopis en esa desgraciada hora? ¿Se habría enterado del fracaso de sus
aspiraciones o seguiría nadando en la felicidad, esperando impacientemente su
vuelta?
El tiempo no le permitía entregarse a sus tristezas. Replegó sus penas en el
corazón y ordenó a Tahu:
Manda a tus soldados que despejen las murallas, que dejen de luchar y se
replieguen a sus cuarteles.
Tahu se asombró. Sufajatib no dio crédito a sus oídos:
—Pero el pueblo irrumpirá por la puerta dentro de poco.
Tahu seguía inmóvil. El rey atronó con una voz que resonó temible en el
pasillo de las columnas:
—Haz lo que se te ha mandado.
Tahu se fue aturdido a cumplir la orden de su señor. El faraón avanzó con
paso firme hacia el patio del palacio y se encontró al final del pasillo con el
destacamento de carros alineados en fila. Los oficiales y los soldados lo vieron,
desenvainaron las espadas y dieron el saludo. El rey llamó al capitán del
destacamento y le dijo:
—Repliégate con tu compañía a los cuarteles y no salgas de allí hasta nueva
orden.
El capitán dio el saludo y corrió hacia su compañía. Dio una orden a los
soldados y los carros empezaron a moverse deprisa y con disciplina hacia sus
cuarteles en el pabellón sur del palacio. A Sufajatib le temblaban las
extremidades. Sus débiles piernas ya no podían sostenerlo. Comprendió lo que
pretendía su señor, mas no pudo decir nada.
Los soldados fueron a sus posiciones inexpugnables, conforme a la temerosa
orden, bajando de las torres y murallas, y se replegaron en orden hacia sus
banderas. Luego corrieron hacia los cuarteles precedidos de sus oficiales. Las
murallas se vaciaron en seguida. Hasta el patio y los pasillos se desalojaron
incluso de la guardia sencilla, encargada de la vigilancia en tiempos de paz.
El rey permaneció parado a la entrada con Sufajatib a la derecha. Tahu
volvió jadeando y se colocó a su izquierda con el rostro como un fantasma
espantoso. Ambos hombres quisieron rogarle al rey un deseo vehemente, pero su
rostro inmutable, duro y firme disipó su valentía y se quedaron callados. El rey
se volvió hacia ellos y dijo con tranquilidad:
—¿Por qué esperáis conmigo?
Los dos hombres se asustaron. Tahu sólo pudo pronunciar una palabra
suplicante:
—¡Mi señor!
En cuanto a Sufajatib, dijo con inusitada tranquilidad:
—Si mi señor me manda que lo deje, acataré la orden; pero me quitaré la
vida inmediatamente.
Tahu suspiró como si hubiera encontrado una solución largamente buscada.
—Has dicho bien, visir.
El faraón se calló. Mientras tanto, unos duros golpes sonaron en la puerta.
Nadie se atrevió a saltar las murallas, como temiendo algo por la retirada
repentina de la guardia faraónica. Pensaron que les estaban tendiendo alguna
trampa mortal y dirigieron todas sus fuerzas a la puerta. Esta no aguantó mucho
tiempo, se resquebrajaron los marcos, se agrietó su construcción y cayó con una
violenta fuerza que sacudió la tierra. Las multitudes irrumpieron gritando y se
propagaron por la plaza como una tempestad polvorienta de verano. Se
empujaban con violencia, como luchando entre si. La vanguardia tanteaba, como
temiendo un peligro imperceptible. Siguieron avanzando hasta que estuvieron
cerca del palacio faraónico. Vieron al que estaba de pie a la entrada del pasillo
con la corona doble de Egipto y lo reconocieron. No obstante, se quedaron
sorprendidos al verlo parado ante ellos. Los pies de los que estaban en la
vanguardia se clavaron en el suelo y extendieron los brazos para detener la
devastadora corriente que los seguía. Gritaron a la multitud:
—¡Despacio!… ¡Despacio!
Una vana esperanza se albergó en el corazón de Sufajatib cuando vio que la
sorpresa se apoderaba de los cabecillas de los rebeldes, paralizándolos y
cegándolos. Su corazón abatido suponía un milagro que sustituía a su fatal
presagio. Pero entre los rebeldes había expertos que temían lo que estaba
deseando Sufajatib. Temieron que su éxito se convirtiera en una derrota y su
causa se echara a perder para siempre. Una mano cogió su propio arco, colocó la
flecha, apuntó al pecho del faraón y disparó. La flecha partió de entre las
multitudes y se clavó en la parte superior del pecho del rey, sin que ni fuerza ni
ruego la pararan. Sufajatib gritó como si fuera él el alcanzado. Extendió los
brazos para sujetar al rey y se rozó con las manos frías de Tahu. El rey apretó los
labios sin dejar salir ningún gemido. Intentó con las fuerzas que aún le quedaban
mantenerse firme, aunque su frente se frunció en una mueca de dolor. Pronto
sintió debilidad, sus ojos se nublaron y se dejó a merced de los brazos de sus dos
fieles hombres.
Una quietud profunda se apoderó de las primeras líneas. Un pesado silencio
trabó las lenguas. Los ojos se quedaron estupefactos. Unas miradas perdidas se
dirigieron al gran hombre que se sostenía en pie y cuyas manos palpaban el sitio
de su pecho donde había caído la flecha y se manchaban de la sangre caliente
que corría abundantemente. Era como si no dieran crédito a sus ojos, o como si
hubieran asaltado el palacio con otro objetivo.
Una voz, desde las últimas filas, rompió el silencio:
—¿Qué sucede?
—El rey ha muerto —contestó otra, débil.
La noticia corrió con una velocidad vertiginosa. La gente la pregonó
mientras intercambiaba miradas aturdidas.
Tahu llamó a un esclavo y le mandó que llevara un palanquín. El hombre
corrió hacia el interior del palacio y volvió llevándolo, con la ayuda de un grupo
de esclavos. Lo dejaron en el suelo, cogieron entre todos al faraón y lo
recostaron en él cuidadosamente. La noticia corrió dentro de palacio. El médico
del rey acudió en seguida, seguido de la reina que iba apresurada y agitada.
Cuando su vista cayó sobre el palanquín y sobre lo que llevaba, corrió hacia él
asustada. Se puso de rodillas junto al médico y exclamó con voz tonca:
—¡Qué horror! Te han alcanzado, mi señor, según tu voluntad.
La gente vio a la reina y alguien gritó:
—Su Majestad la reina.
Se inclinaron en silencio, como si estuvieran en una oración colectiva. El rey
empezó a despertarse, tras el primer impacto. Abrió los ojos y comenzó a mirar a
los que estaban a su alrededor, débil y tranquilamente. Sufajatib se lo quedó
mirando fijamente, atónito y en silencio. El médico examinaba la herida, tras
retirar la cota de malla. En cuanto a la reina, su rostro se cubrió de espanto y
dolor. Le suplicó al médico:
—¿No está bien? ¡Por favor, dime que está a salvo!
El rey comprendió lo que decía y le contestó con tranquilidad:
—No, Nitocris. Es una flecha mortal.
El médico quiso quitársela, pero el rey le dijo:
—Déjala, ese sufrimiento no vale la pena.
Sufajatib se quedó enormemente impresionado y le dijo a Tahu con un tono
marcadamente agitado, pues su voz había cambiado completamente:
—Llamad a los soldados y vengaos por vuestro señor.
El rey pareció molesto. Levantó la mano con dificultad y ordenó:
—No te muevas, Tahu. ¿Acaso no acatas mis órdenes, estando yo aún
presente, Sufajatib? Ya no habrá más muertes. Decid a los sacerdotes que han
conseguido lo que querían, que Mernerá Segundo está en el lecho de muerte y
que se vayan en paz.
Un temblor se apoderó del cuerpo de la reina. Se inclinó hacia el oído del rey
y susurro:
—Mi señor: no quiero llorar delante de tus asesinos, pero no te preocupes. Te
juro por nuestros padres y por la sangre derramada que me vengaré de tus
enemigos de tal forma que se hablará de ello generación tras generación.
El rey sonrió ligeramente, como expresándole su agradecimiento y cariño. El
médico lavó la herida, le dio a beber un trago de un calmante y aplicó algunas
hierbas alrededor de la flecha. El rey se entregó a las manos del médico, aunque
estaba convencido de que se acercaba su hora. No olvidó en su lecho el adorado
rostro del cual le hubiera gustado despedirse antes del inevitable final. Una
mirada nostálgica se asomó a sus ojos y dijo inconscientemente, con voz débil y
sin tener en cuenta a quienes le rodeaban.
—Rhadopis… Rhadopis.
El rostro de la reina estaba cerca del suyo y lo oyó. Fue como si le asestasen
una puñalada que le atravesara los pliegues del corazón. Levantó la cabeza muy
mareada. El rey no prestó ninguna atención a los sentimientos ajenos, hizo señas
a Tahu y le rogó:
—Rhadopis…
—¿La traigo, mi señor? —preguntó el comandante.
—No. Llévame hacia ella. En mi corazón aún palpita un poco de vida que
quisiera que se perdiera en Biya —contestó el rey con voz débil.
Tahu dirigió la mirada muy confuso hacia la reina. Esta se levantó y dijo con
tranquilidad:
—Acata la orden de tu señor.
—Hermana, tú siempre has perdonado mis pecados. Perdóname este
también. Es mi última voluntad. —La reina sonrió tristemente, se inclinó y lo
besó en la frente, luego dejó paso a los esclavos.
LA DESPEDIDA

L a barca se deslizó pausadamente en dirección a la isla de Biya con un


palanquín llevando su preciada carga a bordo. El médico estaba a la
cabecera del rey y Tahu y Sufajatib a los pies. Esta fue la primera vez que la
tristeza reinaba sobre la embarcación, pues llevaba a su dueño yacente y rendido,
con el rostro sombrío por la muerte. Ambos hombres guardaban silencio,
mientras que sus tristes ojos no se apartaban del pálido rostro del rey, el cual, de
vez en cuando, levantaba los pesados párpados y les echaba una mirada
marchita; luego volvía a cerrarlos con letargo. La barca se fue acercando poco a
poco a la isla hasta que atracó junto a la escalinata del jardín del palacio dorado.
Tahu susurró a Sufajatib al oído:
—Será mejor que uno de nosotros se adelante al palanquín para que la mujer
no se sorprenda.
Pero Sufajatib en aquel momento no se percataba de sentimiento ajeno
alguno, y le contestó someramente:
—Haced lo que mejor os parezca.
No obstante, Tahu no se movió, se quedó vacilante y comentó:
—¡Vaya una noticia que nadie sabe cómo comunicarla!
Sufajatib terció agudamente:
—¿Qué es lo que teméis, comandante? A quien le ocurre lo que a nosotros,
no repara en ninguna prohibición.
Tras decir eso, Sufajatib salió de la barca y subió rápidamente las escaleras
del jardín. Atravesó el sendero hasta que llegó a la alberca. Shiz se interpuso en
el camino muy asombrada de verlo, pues lo conocía de antaño. Abrió la boca
para hablar, pero la cortó diciendo:
—¿Dónde está tu señora?
—Pobrecilla, señor. Hoy no tiene asiento fijo, pues aún sigue dando vueltas
por las habitaciones y paseando por el jardín hasta…
—¿Dónde está tu señora? —reiteró el hombre impaciente.
—En el salón de verano, señor —dijo de mala gana.
El hombre se precipitó hacia el salón y entró carraspeando. Rhadopis estaba
sentada en una silla con la cabeza apoyada en las manos. Cuando sintió que
alguien entraba, se dio la vuelta. En seguida lo reconoció y se levantó de un
salto.
—Visir Sufajatib, ¿dónde está tu señor? —preguntó con sumo interés y
preocupación.
—Vendrá enseguida —contestó el hombre sumido en su tristeza.
Ella se llevó las manos al pecho de alegría y exclamó vivamente:
—¡Cuántas veces me han torturado los temores! Me llegaron las tristes
noticias de la rebeldía, luego me quedé incomunicada y entregada a las
preocupaciones. ¿Cuándo vendrá mi señor?
En seguida recordó que el rey no tenía por costumbre mandar a nadie, y se
inquietó. Antes de que Sufajatib terminara de hablar, preguntó:
—Pero ¿por qué os ha mandado?
—Paciencia, señora —dijo el visir con firmeza—. Nadie me ha mandado,
pues la triste realidad es que mi señor ha sido alcanzado.
Esa última palabra le cayó en los oídos extraña, sangrienta. Abrió los ojos
muy asustada, miró fijamente al visir y emitió un suspiro profundo, caluroso y
titubeante. Sufajatib, a quien la tristeza hizo perder la sensibilidad, recomendó:
—Paciencia, paciencia. Mi señor llegará transportado en un palanquín, según
sus deseos. Ha sido alcanzado por una flecha en este maldito día que empezó en
fiesta y ha terminado en espantoso funeral.
No pudo permanecer en su habitación. Corrió hacia el jardín como un
polluelo medio degollado, pero apenas traspasó el umbral cuando se quedó con
los pies clavados en el suelo. Les cedió el paso con las manos en la cabeza,
agitada por la gravedad de la escena, y luego los siguió. Dejaron el palanquín
muy cuidadosamente en medio de la habitación y salieron. En seguida Sufajatib
salió también, dejándolos solos a ella y a él. Rhadopis se apresuró a ponerse de
rodillas a su lado. Cruzó los dedos, apretándolos nerviosamente, y miró sus ojos
vagos y marchitos con el aliento contenido. Su mirada perdida recorrió el pecho
agitado de él y vio las manchas de sangre y la flecha hundida. La carne se le
puso de gallina con un dolor terrible y gritó en tono entrecortado por el dolor y el
miedo:
—¡Os han alcanzado!… ¡Qué horror!
Estaba tendido, débil y quieto, pues el trayecto había agotado las pocas
fuerzas que le quedaban. No obstante, cuando escuchó su voz y vio su rostro
adorado, sintió un soplo de vida propagarse por su cuerpo. En sus ojos sombríos
asomó una ligera sonrisa.
Ella estaba acostumbrada a verlo agitado y lleno de vida, como una
tempestad. Casi se volvió loca al verlo envejecido y marchito. Echó una mirada
ígnea a la flecha que había hecho aquello y preguntó con dolor:
—¿Por qué la han dejado en vuestro pecho? ¿Llamo al médico?
El rey reunió sus disminuidas fuerzas y dijo débilmente:
—Será en vano.
Una mirada de loca se asomó a los ojos de Rhadopis y dijo en tono de
reproche:
—¿Qué será en vano, amor mío? ¿Por qué decís eso? ¿Es así como
despreciáis nuestra vida?
El rey tendió la mano débilmente hasta que tocó la mano fría de Rhadopis y
susurro:
—Esta es la realidad, Rhadopis. He venido a morir en tus brazos en el lugar
que he amado más que ningún otro. No llores nuestra suerte y ofréceme
sinceridad.
—Mi señor, ¿me estáis anunciando vuestra propia muerte? ¡Vaya un
atardecer! Lo estaba esperando, amor mio, con el alma agotada por el deseo y
engañada por la esperanza. Estaba esperando que vinierais con noticias de
victoria y he aquí que venís con esta flecha… ¿cómo puedo estar alegre?
El rey tragó saliva con dificultad y rogó con una voz que parecía un gemido:
—Rhadopis: olvidate de este dolor y acércate a mi, que quiero contemplar
tus ojos puros.
Quería ver el hermoso rostro lleno de alegría y felicidad para terminar con
esa sugestiva imagen su vida. No obstante, ella estaba conteniendo unos dolores
que nadie había experimentado jamás. En esos momentos, le hubiera gustado
aliviar su corazón abrasado gritando y aullando, o buscar el remedio en la fuerte
locura y abrazar los fuegos infernales. ¿Cómo podía estar alegre y tranquila y
mirarlo con la cara que él amaba y adoraba, a excepción de todo el mundo?
Seguía mirando con ansia y él dijo con tristeza:
—Estos ojos no son tuyos, Rhadopis.
—Son míos, señor, pero lo que les daba vida y luz se ha secado —dijo ella
con pesar.
—¡Ay, Rhadopis! ¿Quieres olvidar tus dolores ahora? ¡Por piedad! Quiero
ver el rostro de Rhadopis, mi amor, y escuchar su arrulladora voz.
Su petición la impactó, y le dolió escatimarle algo en ese negro momento. Se
endureció consigo misma, alegró la cara, sus labios temblorosos esbozaron una
sonrisa y se inclinó sobre él en silencio y calina, como solía hacer mientras él
dormitaba enamorado. Su rostro pálido y marchito pareció satisfecho y sus
labios aturdidos se abrieron en una sonrisa.
Si ella se hubiera entregado a sus sentimientos, estaría delirando como una
loca, pero quiso cumplir su preciosa voluntad. Llenó sus ojos con el rostro de él,
sin pensar que dentro de breves momentos ese rostro la dejaría para siempre y no
lo volvería a ver más en esta vida por mucho que sufriera, gimiera o llorara de
tristeza, y que su imagen, su vida y su amor serian recuerdos de un extraño
pasado. Será imposible que su dolido corazón crea que él fue un día su presente
y su futuro. Todo eso porque una flecha loca se incrustó en ese lugar de su
pecho. ¿Cómo esa fútil flecha era capaz de acabar con una esperanza que no
cabía en el mundo entero? La mujer emitió un profundo suspiro que levantó los
fragmentos de su corazón. Mientras tanto el rey descargaba los restos de una
vida inquieta que aún permanecían dentro de su corazón y se agitaban en su
aliento. Sus fuerzas se desmoronaron y sus extremidades se debilitaron, sus
sentidos murieron y sus ojos se ensombrecieron, no quedando de él más que un
pecho que se agitaba violentamente y donde la vida y la muerte se debatían entre
victoria y desesperación. Su rostro se contrajo súbitamente de dolor. Abrió la
boca como queriendo gritar e implorar socorro y cogió la mano que se tendió
hacia él con un temor indescriptible.
—Rhadopis… sujétame la cabeza, sujétame la cabeza —gritó.
Le rodeó la cabeza con manos temblorosas y quiso sentarlo, pero él emitió
un fuerte estertor, dejó caer su mano a un lado y así terminó la lucha entre la vida
y la muerte. Rhadopis le puso la cabeza en su posición inicial rápidamente y
soltó un grito desgarrador pero breve. Su voz enmudeció, como si sus vías
respiratorias se hubieran desgarrado, su lengua se endureció y sus mandíbulas se
pegaron fuertemente. Escudriñó con ojos mudos el rostro del hombre y se quedó
inmóvil.
Su grito propagó la noticia. Los tres hombres se apresuraron a la habitación,
sin que ella se diera cuenta, y se pusieron junto al palanquín. Tahu echó una
mirada sorprendida al rostro del rey. Una palidez mortal le tiñó el suyo y no dijo
palabra. Sufajatib se acercó al cadáver, se inclinó sobre él con gran veneración,
aunque las lagrimas que corrían por sus mejillas y caían al suelo se lo tapaban.
Dijo con una voz ronca cuyo timbre desgarró el silencio reinante:
—Mi señor y dueño, hijo de mi señor y dueño. Os confiamos a los dioses
que han querido que hoy sea el inicio de vuestro viaje hacia el mundo de la
eternidad. Me hubiera gustado ofrecer mi vejez perecedera a cambio de vuestra
juventud, pero es la voluntad incuestionable de los dioses. Adiós, mi querido
señor.
Sufajatib extendió su flaca mano al cobertor y tapó el cadáver con cuidado.
Se inclinó nuevamente y volvió a su sitio con pasos lentos. Rhadopis permaneció
arrodillada, ajena, sin reaccionar ni apartar los ojos del cadáver, inmóvil, como si
estuviera muerta. No se movió ni lloró ni gritó. Los hombres, a su vez, siguieron
de pie y con la cabeza agachada hasta que entró uno de los esclavos que
portaban un palanquín y anuncio:
—Su Majestad la reina.
Los hombres se dieron la vuelta hacia la puerta y vieron a la reina entrando
muy triste. Se inclinaron a su paso y ella respondió al saludo mediante una señal
con la cabeza. Echó un vistazo al cadáver, luego miró a Sufajatib.
—Se acabó, honorable señora —dijo este tristemente.
La mujer se calló un momento, como enajenada, luego dijo:
—Entonces habrá que llevar el honorable cadáver al palacio faraónico. Esta
es la voluntad de Su Majestad la reina, visir.
Su Majestad se dirigió a la puerta, hizo señas a los esclavos y estos corrieron
hacia ella apresurados. Les mandó levantar el palanquín. Los esclavos se
dirigieron hacia él y se inclinaron para levantarlo. Rhadopis volvió en si
asustada, pues no sentía nada de lo que ocurría a su alrededor.
—¿Adónde?… ¿Adónde? —Preguntó con una voz ronca y extraña.
Se abalanzó sobre el palanquín. Sufajatib se acercó y dijo:
—El palacio quiere cumplir con sus obligaciones hacia el sagrado cadáver.
—No me lo quitéis… esperad… quiero morir sobre su pecho —dijo la mujer
ensimismada.
La reina miró por encima a Rhadopis, y cuando oyó lo que dijo contestó
ásperamente:
—El pecho del rey no fue creado para ser ataúd de nadie.
Sufajatib se inclinó sobre la mujer y la cogió por la muñeca delicada y
amablemente. Los esclavos se llevaron el palanquín. Rhadopis se soltó y volvió
la cabeza violentamente. Parecía como sí no conociera a ninguno de los
presentes. Gritó con voz entrecortada, como un resuello:
—¿Por qué os lo lleváis?… Este es su palacio… estos son sus aposentos.
¿Cómo os atrevéis a torturarme delante de él? Mi señor no estaría conforme con
quien me maltrata. ¡Despiadados! ¡Crueles!
La reina no le hizo caso; se abrió paso hacia el jardín y los esclavos la
siguieron. Los hombres salieron de la habitación respetuosa y silenciosamente.
Rhadopis estaba a punto de enloquecer. Se quedó inmóvil en su sitio durante un
rato y cuando iba a echar a correr en pos de ellos, una mano recia la retuvo.
Quiso soltarse pero no pudo. Se dio la vuelta con violencia y rabia y se encontró
cara a cara con Tahu.
EL FINAL DE TAHU

L o miró con extrañeza, como si no lo conociera. Intentó soltar su brazo pero


él no la dejó.
—Deja que me marche —le dijo violentamente. Tahu movió la cabeza, como
diciéndole: «Nada de eso». Su cara era terrible, espantosa. La mirada de sus ojos
era loca. Balbució:
—Van a un sitio donde no debes seguirlos.
—Déjame marchar, que me han arrebatado a mi señor.
El rostro de Tahu se ensombreció y le dijo en tono violento, como dando una
orden militar:
—No te enfrentes a la orden de la reina gobernante.
Ella dejó su enfado por miedo y cesó su resistencia. Se entrego
inesperadamente, frunció el ceño y movió la cabeza confusa, como queriendo
reunir su dispersa capacidad de adaptación. Le lanzó una mirada de extrañeza y
le dijo:
—¿No ves que han matado a mi señor? ¡Han matado al rey!
La expresión «han matado al rey» le sonó extraña, terrible.
Su ímpetu se tranquilizó y dijo:
—Sí, Rhadopis, han matado al rey. Nunca hubiera pensado que una flecha
podría acabar con la vida del faraón.
—¿Y cómo dejas que me lo quiten? —preguntó con ingenuidad.
Tahu solió una carcajada loca y aterradora y dijo:
—¿Quieres seguir sus pasos? ¡Qué loca estás, Rhadopis! Estás ciega ante las
consecuencias. Te ha cegado la tristeza. Despierta beldad. La que se sienta ahora
en el trono de Egipto es una mujer a la que atormentaste con tu envilecimiento y
le quitaste a su esposo. La rebajaste desde las cimas de la gloria y de la felicidad
a los rincones del olvido y del sufrimiento. Pronto mandará a buscarte; te
llevarán ante ella encadenada y luego te confiará a verdugos sin piedad que te
afeitarán el pelo de seda, te sacarán esos ojos oscuros, te arrancarán la menuda
nariz y te cortarán las finas orejas. Luego te cargarán en un carro, como un
pedazo de repugnante deformidad, para exponerte ante los ojos burlones. Un
pregonero irá delante de ti gritando: «Mirad a la puta nefasta que enajenó al rey
y lo echó a perder para su pueblo».
Tahu hablaba en un tono lleno de rencor, mientras sus ojos brillaban de
forma terrible. No obstante, ella no le dio importancia a sus palabras, como si
algo se interpusiera entre él y sus sentimientos. Se encogió de hombros con
indiferencia y susurró algo con extraña calma. El corazón de Tahu se llenó aún
más de rabia y rencor por la frialdad y el ensimismamiento de ella. El rencor se
propagó por sus manos y la agarró con deseos de darle un puñetazo en la cara
para destrozársela por completo y deleitarse con su desfiguración y la irrupción
de la sangre por sus poros. Se quedó un momento mirando su cara serena y
absorta mientras entablaba diálogos internos con su deseo satánico. Rhadopis
levantó los ojos hacia él, sin que se viera en ellos ningún sentido de la vida. Se
puso nervioso, como si lo hubieran sorprendido cometiendo un delito. Sus dedos
se aflojaron. Suspiró profunda y pesadamente, luego dijo:
—Veo que estás indiferente ante todo.
Ella no se daba cuenta de nada de lo que él decía, pero casualmente dijo,
como hablando consigo misma:
—Teníamos que haberlos seguido.
—No… no. Ninguno de nosotros importará nada desde hoy. Nadie nos
echará de menos —dijo Tahu.
—¡Me lo ha quitado! ¡Me lo ha quitado! —Exclamó ella con franqueza.
Tahu se dio cuenta de que se refería a la reina y dijo encogiéndose de
hombros:
—Te apoderaste de él cuando estaba vivo y ella lo recuperó muerto.
Rhadopis lo miró con extrañeza y le dijo:
—Estúpido, ignorante, ¿no sabes que… lo mató la traidora para poderlo
recuperar?
—¿Quién es la traidora?
—La reina. Ella fue la que divulgó nuestro secreto y sublevó al pueblo. Ella
ha sido la que ha matado a mi señor.
La escuchaba en silencio con una sonrisa burlona y satánica. Cuando hubo
terminado, soltó su temible carcajada y dijo:
—Te equivocas, Rhadopis. La reina no es ni traidora ni asesina.
La escudriñó y dio un paso, acercándose, mientras ella lo miraba con
sorpresa e incredulidad.
—¿Quieres saber quién es el traidor? —anunció en tono temible—. Pues
helo de pie delante de ti. Yo soy el traidor, Rhadopis… soy yo.
Sus palabras no la impactaron como esperaba, ni daba la impresión de que le
prestara atención, aunque movió la cabeza levemente, como para sacudir la
apatía y el cansancio. Él se encolerizó y la cogió por los hombros sacudiéndola
brutalmente.
—¡Despierta! —le gritó—. ¿No oyes?… Yo soy el traidor… Tahu el traidor.
Soy el origen de todas estas catástrofes.
Su cuerpo se estremeció violentamente, de tal modo que se soltó de sus
manos y dio algunos pasos hacia atrás. Lo miraba con miedo y locura. La cólera
y el ímpetu de él se apaciguaron. Sintió un abatimiento en el cuerpo, se le nubló
la vista y dijo con tranquilidad, en tono triste:
—Estoy pronunciando palabras terribles con absoluta sencillez, pues siento
en lo más profundo que no pertenezco a este mundo. Se han roto todos los lazos
que me unían con él. No dudo del susto que te haya causado mi confesión, pero
es la realidad, Rhadopis, mi corazón se ha roto por una crueldad abominable. El
exceso de dolor desgarró mi alma aquella noche demoníaca en que te perdí para
siempre.
El comandante se calló para tomar un respiro, luego añadió:
—Me replegué sobre el dolor y me recomendé a mí mismo paciencia y
aguante, decidido a cumplir con mi deber hasta el final, hasta aquel día en que
me invitaste a tu palacio para asegurarte de mi fidelidad. Aquel día me volví
loco, la sangre bulló en mis venas y deliré extrañamente. La locura me condujo
al acechante enemigo y le conté nuestro secreto. Así el fiel comandante se
convirtió en un traidor que asestaba puñaladas por la espalda.
El recuerdo, el dolor y la vergüenza le pusieron la piel de gallina. La miró
agresivamente a la cara y le volvió a invadir la cólera y la rabia. Gritó:
—¡Oh, mujer aterradora y devastadora! Tu belleza ha sido una maldición
para cualquiera que la contemplara. Desveló a corazones inocentes, arruinó un
próspero palacio, sacudió un fuerte trono, sublevó a un pueblo tranquilo y
adulteró un noble corazón. Es una mala señal, es una maldición.
Tahu se calló, aunque el enfado seguía hirviendo en su sangre. La vio como
una imagen de la tortura y del miedo, y sintió cierta tranquilidad, cierto deleite.
—Aguanta el sufrimiento y la bajeza y aguarda la muerte, porque ninguno de
los dos merece vivir. Yo ya había muerto desde hace mucho tiempo y de Tahu
sólo quedó su uniforme adornado y glorificado. Pero en cuanto al Tahu que
participó en la conquista de las tierras de Nubia y consiguió el reconocimiento
por parte de Pepi Segundo, Tahu, el jefe de guardia de Mernerá Segundo, su fiel
amigo y consejero, ya no existe.
El hombre lanzó una mirada furtiva sobre lo que le rodeaba y en su
semblante aparecieron la angustia y el miedo. Ya no pudo aguantar más el
silencio absoluto ni ver a Rhadopis convertida en una estatua inmóvil. Resopló
con enojo y repugnancia y dijo:
—Todo ha de terminar; pero no me voy a privar del justo castigo. Iré a
palacio y convocaré a todos los que creen en mi; luego confesaré mi delito ante
todo el mundo. Desvelaré al traidor que apuñaló a su señor, estando a su
izquierda. Arrancaré las condecoraciones que adornan mi pecho pecador,
arrojaré mi espada y luego apuñalaré mi propio corazón con este puñal. ¡Adiós,
Rhadopis! Adiós a la vida que nos cobra más de lo que se merece.
Tahu pronunció estas palabras, luego se marchó.
EL FINAL

N ada más salir Tahu del palacio, atracó la embarcación que llevaba a
Benamón ben Bassar junto a la escalinata del jardín. El joven estaba
agotado, pálido y con la ropa polvorienta. Tenía los nervios destrozados por todo
lo que había visto: la agitación de la ciudad, la sublevación de la gente y la
excitación de las almas. Había llegado a su casa con grandes dificultades, pero
de vuelta había encontrado algo que le compensaba de las vicisitudes de la ida.
Respiró profundamente cuando iba andando por la vereda del jardín del palacio
blanco de Biya, estando el salón de verano a una distancia razonable. Su
recorrido acabó delante del salón. Atravesó el umbral pensando que estaba
vacío; no obstante, pronto descubrió su error. Vio a Rhadopis sentada
relajadamente en un diván, debajo de su hermoso busto. Shiz estaba a sus pies
extrañamente quieta. Vaciló un poco. Shiz sintió su llegada y Rhadopis se dio la
vuelta. La esclava se inclinó ante él y se retiró. El joven se acercó a la mujer
muy alegre. Cuando se fijó en su rostro de cerca, se le paró la respiración y se
sintió triste y agobiado. No dudó de que las tristes noticias de fuera habían
llegado a los oídos de su adorada y que las dolorosas noticias que destrozan a la
gente se reflejaban en su hermoso rostro, cubriéndolo con ese espeso manto de
melancolía. Se puso de rodillas delante de ella, luego se inclinó sobre el borde de
su vestido y se lo besó con cariño. La miró con piedad, como diciendo: «Te
rescataré con mi vida». Percibió la satisfacción del rostro de ella al verlo. El
corazón de Benamón latió de felicidad y su rostro enrojeció.
—Has tardado mucho, Benamón —le dijo en voz baja.
—Me he tenido que abrir camino en medio de un mar de gente sublevada,
pues Abu hoy habla y hace saltar chispas incendiarias que llenan el ambiente de
fuego.
El joven se metió la mano en el bolsillo y sacó un pequeño frasco. Le cogió
la mano y se lo puso en la palma. Ella sintió su frescura propagarse por todo su
cuerpo, terminando en el corazón.
—Veo que soportáis más de lo que podéis —dijo el joven.
—Las tristezas se contagian —respondió ella.
—Debéis cuidaros. No debéis resignaros a la tristeza. Ojalá quisierais viajar
a Ambús durante algún tiempo, hasta que se tranquilice este lugar.
Ella lo escuchaba con suma atención mirándolo con extrañeza, como si fuera
el último mortal que viera en su vida. La idea de la muerte se apoderó de ella
hasta tal punto que creía que era extraña a este mundo. Sus sentimientos se
asfixiaron, pues no sintió ninguna piedad hacia el joven que estaba prosternado
ante ella, sumido en el mundo de las esperanzas con los ojos cerrados ante el
destino que lo estaba acechando. Pensó que ella le estaba dando vueltas a su
proposición y la esperanza se apoderó de su corazón. Dijo con entusiasmo:
—Ambús, señora, es la tierra de la tranquilidad y de la belleza. Los ojos no
ven allí más que un cielo límpido, pájaros trinando, patos nadando y un verdor
dominante. Su atmósfera resplandeciente y feliz os quitará los sufrimientos que
en vuestra delicada alma produjo la rebelde y triste Abu.
No obstante, Rhadopis se cansó pronto del discurso del joven y centró toda
su atención en el extraño frasco. Experimentó un deseo al final. Sus ojos
buscaron el lugar que había ocupado el palanquín hacía un rato. Su corazón le
gritó que allí mismo debía poner fin a su vida. Decidió deshacerse de Benamón y
le dijo:
—Lo que me propones es muy bonito, Benamón. Déjame pensarlo sola un
momento.
El rostro del joven brilló de alegría y esperanza. Preguntó:
—¿Será larga mi espera?
—No será larga tu espera, Benamón.
El joven besó la mano de Rhadopis, se puso de pie y salió de la habitación.
Shiz entró en seguida. Rhadopis iba a levantarse pero al ver a la esclava se
apresuró a decirle, para deshacerse de ella:
—Tráeme una jarra de cerveza.
La esclava se marchó al palacio. Benamón se había dirigido a la alberca y se
había sentado en un banco, a la orilla. Se sentía feliz y alegre. La esperanza le
hacía asequible el llevar a su amada a Ambús, lejos de la desgracia que se cernía
sobre Abu. Sería suya y él se sentirá a gusto con ella. Rogó a los dioses que
acudieran junto a ella en su soledad y le inspiraran esta buena idea y feliz
solución.
No pudo permanecer sentado mucho tiempo. Se levantó y empezó a caminar
despacio alrededor de la alberca. Cuando terminó de dar vueltas, vio a Shiz con
una jarra dirigiéndose deprisa hacia el salón. La siguió con la vista hasta que
desapareció por la puerta. Quiso volver a sentarse, pero apenas lo hubo hecho,
oyó un grito desgarrador procedente de la sala. Se puso de pie con el corazón
casi saliéndosele del pecho y corrió hacia el lugar de donde procedía el grito. En
medio de la sala vio a Rhadopis tirada en el suelo y a la esclava de rodillas junto
a ella llamándola y tocándole las mejillas y las manos. Benamón se apresuró
hacia ella con las piernas temblorosas y los ojos muy abiertos, como espantados.
Se prosternó junto a Shiz y cogió la mano de Rhadopis entre las suyas. Sintió su
frialdad. Estaba como dormida, pero con el rostro pálido y algo azulado. Sus
labios descoloridos se habían entreabierto y los mechones de su negro pelo
estaban esparcidos sobre su pecho y sus hombros. Algunas trenzas se deslizaron
sobre la alfombra. El joven sintió que su garganta estaba seca y se le cortaba la
respiración. Preguntó a la esclava con voz ronca:
—¿Qué le pasa, Shiz? ¿Por qué no responde?
—No sé, señor —dijo la mujer como gimiendo—. La encontré así al entrar
en la sala. La llamé pero no me contestó, la zarandeé pero no reaccionó ni se
despertó. ¡Ay, señor! ¿Qué os pasa? ¿Qué os ha cambiado al estado que veo?
Benamón no dijo palabra. Empezó a mirar largamente a la mujer que estaba
tirada en el suelo, extrañamente inmóvil. Sus ojos giraban en tomo a ella cuando
percibió el maldito frasco, destapado bajo el codo derecho. Emitió un violento
estertor y lo recogió con dedos temblorosos. No encontró más que una huella en
la parte inferior. Miró el frasco y el rostro de la mujer y comprendió la realidad.
Por su delgado cuerpo se propagó un temblor que le desgarraba las entrañas.
Emitió un doloroso gemido que atrajo la atención de la esclava y exclamó con
voz asustada:
—¡Qué horror! ¡Qué desgracia!
La esclava lo miró y preguntó con ansia:
—¿Qué os espanta? ¡Hablad, que me estoy volviendo loca!
Pero él no le hizo caso. Dijo, dirigiéndose a Rhadopis, como si ella lo
estuviera mirando y escuchando:
—¿Por qué os habéis suicidado? ¿Por qué os habéis suicidado, señora?
Shiz se puso a gritar y a golpearse el pecho.
—¿Qué decís? ¿Cómo sabéis que se ha suicidado?
Benamón arrojó con violencia el frasco que chocó contra la pared y se hizo
añicos; luego preguntó con estupor:
—¿Por qué os habéis quitado la vida con ese veneno? ¿Acaso no me habíais
prometido que pensaríais seriamente en acompañarme a Ambús, lejos de las
tristezas del sur? ¿Es que me estabais engañando hasta que os quitarais la vida?
La esclava echó una mirada al frasco roto y preguntó con asombro:
—¿De dónde ha sacado mi señora este veneno?
Benamón movió los hombros, desesperado, y respondió:
—Se lo he traído yo.
—¿Cómo que se lo has traído tú, desgraciado? —Replicó Shiz con rabia.
—No sabía que lo quería para quitarse la vida. Me engañó como acaba de
hacer ahora mismo.
Shiz se dio la vuelta, desesperada, y rompió a llorar. Se arrodilló a los pies de
su señora besándolos y lavándolos con sus lágrimas. El joven se quedó
estupefacto y estalló en llanto. Sus ojos se clavaron en el rostro de Rhadopis,
inmóvil para siempre. Se asombraba de cómo una belleza incomparable como
esta fuera mortal, de cómo se inmovilizaba la vitalidad exuberante y se recubría
con esa majestuosidad pálida y marchita concebida por los elementos
destructores. Deseaba verla, aunque fuera durante un breve momento, después
de que recobrara un soplo de vida, sonriera, mostrando sus menudos dientes, en
su majestuoso rostro floreciera la sonrisa de la felicidad y sus ojos emitieran una
mirada de amor y encanto. Después él moriría, pues ese habría sido su último
vínculo con la vida.
Le molestaban los llantos de Shiz y la recriminó:
—¡Basta ya!
Señaló hacia su corazón y dijo:
—Aquí hay una tristeza mayor que el llanto y las lágrimas.
En el alma de la esclava quedaba aún un latido de esperanza. Miró al joven a
través de sus lágrimas y dijo:
—¿Hay alguna esperanza, señor? A lo mejor sólo se encuentra en estado de
coma.
Pero él respondió con voz triste:
—No hay ni deseos ni esperanzas. Rhadopis ha muerto, el amor ha muerto,
las esperanzas se han desvanecido. ¡Cuántas veces nos han engañado los sueños
y las fantasías! Ahora todo ha terminado. La terrible muerte me ha despertado de
mi sopor.
Se quebraron los últimos rayos de sol. Su superficie roja se sumergió en una
especie de fuente turbia y la oscuridad empezó a invadir el universo con traje de
luto. Shiz, a pesar de su tristeza, no se olvidó de su obligación para con el
cadáver de su señora. Sabía que no podía otorgarle todo lo que se merecía en
Biya, rodeada de enemigos que acechaban para vengarse de ella. Confesó sus
temores al triste joven, cuya alma se abrasaba junto a ella, y le pidió que llevara
el cadáver a Ambús y allí lo confiara a los momificadores y la enterraran en el
cementerio de la familia Bassar. Benamón consintió tanto con la lengua como
con el corazón. Shiz llamó a unas esclavas; estas llevaron un palanquín y
colocaron en él el cadáver y a su prisionero. Los esclavos llevaron el palanquín
hacia la embarcación verde que se deslizó hacia el Norte.
El joven se sentó a la cabecera del cadáver, junto a Shiz. En el camarote
reinaba un profundo silencio aquella triste noche, mientras la embarcación se
deslizaba por las ruidosas aguas hacia el Norte. Benamón vagaba muy lejos, en
un mar de ensoñaciones. Su vida pasó ante sus ojos en imágenes sucesivas que le
presentaban sus esperanzas y sus sueños, así como el dolor y el anhelo que lo
atormentaban y todo lo que un día creyó que era la felicidad, la tranquilidad y la
buena vida. Suspiró desde lo más profundo de su triste corazón y fijó la vista en
el cadáver tendido, contra el cual fueron a estrellarse sus esperanzas y sus
sueños, esparciéndose por todas partes, como sí fueran ensoñaciones
diseminadas por el despertar.

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