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Declaración Sobre La Eutanasia

I. La vida humana es un don sagrado de Dios y nadie puede disponer de ella o acabar con ella, ya sea a través del suicidio o la eutanasia. II. La eutanasia, definida como causar intencionalmente la muerte de otra persona para eliminar su sufrimiento, es siempre inaceptable e ilícita desde una perspectiva ética y moral. III. Aunque el sufrimiento físico es parte de la condición humana, se debe hacer todo lo posible para aliviar el dolor a través de medi
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Declaración Sobre La Eutanasia

I. La vida humana es un don sagrado de Dios y nadie puede disponer de ella o acabar con ella, ya sea a través del suicidio o la eutanasia. II. La eutanasia, definida como causar intencionalmente la muerte de otra persona para eliminar su sufrimiento, es siempre inaceptable e ilícita desde una perspectiva ética y moral. III. Aunque el sufrimiento físico es parte de la condición humana, se debe hacer todo lo posible para aliviar el dolor a través de medi
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Declaración sobre la eutanasia

Introducción
Los derechos y valores inherentes a la persona humana ocupan un
puesto importante en la problemática contemporánea. A este respecto,
el Concilio Ecuménico Vaticano II ha reafirmado solemnemente la
dignidad excelente de la persona humana y de modo particular su
derecho a la vida. Por ello ha denunciado los crímines contra la vida,
como "homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el
mismo suicidio deliberado" (Cons. Past. Gaudium et spes, n. 27) .

En efecto, aunque continúen siendo siempre válidos los principios


enunciados en este terreno por los últimos Pontífices, los progresos de
la medicina han hecho aparecer, en los recientes años, nuevos aspectos
del problema de la eutanasia que deben ser precisados ulteriormente en
su contenido ético.

En la sociedad actual, en la que no raramente son cuestionados los


mismos valores fundamentales de la vida humana, la modificación de la
cultura influye en el modo de considerar el sufrimiento y la muerte; la
medicina ha aumentado su capacidad de curar y de prolongar la vida en
determinadas condiciones que a veces ponen problemas de carácter
moral. Por ello los hombres que viven en tal ambiente se interrogan con
angustia acerca del significado de la ancianidad prolongada y de la
muerte, preguntándose consiguientemente si tienen el derecho de
procurarse a sí mismos o a sus semejantes la "muerte dulce", que
serviría para abreviar el dolor y sería, según ellos, más conforme con la
dignidad humana.

I. Valor de la vida humana


La vida es el fundamento de todos los bienes, la fuente y condición
necesaria de toda actividad humana y de toda convivencia social. Si la
mayor parte de los hombres creen que la vida tiene un carácter sacro y
que nadie puede disponer de ella a capricho, los creyentes ven a la vez
en ella un don del amor de Dios, que son llamados a conservar y hacer
fructificar. De esta última consideración brotan las siguientes
consecuencias:

Nadie puede atentar contra la vida de un hombre inocente sin oponerse


al amor de Dios hacia él, sin violar un derecho fundamental,
irrenunciable e inalienable, sin cometer, por ello, un crimen de extrema
gravedad.

Todo hombre tiene el deber de conformar su vida con el designio de


Dios. Esta le ha sido encomendada como un bien que debe dar sus
frutos ya aquí en la tierra, pero que encuentra su plena perfección
solamente en la vida eterna.

La muerte voluntaria o sea el suicidio es, por conseguiente, tan


inaceptable como el homicidio; semejante acción constituye en efecto,
por parte del hombre, el rechazo de la soberanía de Dios y de su
designio de amor.

II. La eutanasia
Etimológicamente la palabra eutanasia significaba en la antigüedad una
muerte dulce sin sufrimientos atroces. Hoy no nos referimos tanto al
significado original del término, cuanto más bien a la intervención de la
medicina encaminada a atenuar los dolores de la enfermedad y de la
agonía, a veces incluso con el riesgo de suprimir prematuramente la
vida. Además el término es usado, en sentido más estricto, con el
significado de "causar la muerte por piedad", con el fin de eliminar
radicalmente los últimos sufrimientos o de evitar a los niños
subnormales, a los enfermos mentales o a los incurables la prolongación
de una vida desdichada, quizás por muchos años, que podría imponer
cargas demasiado pesadas a las familias o a la sociedad.

Por eutanasia se entiende una acción o una omisión que por su


naturaleza, o en la intención, causa la muerte, con el fin de eliminar
cualquier dolor. La eutanasia se sitúa pues en el nivel de las intenciones
o de los métodos usados.

Ahora bien, es necesario reafirmar con toda firmeza que nada ni nadie
puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o
embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie
además puede pedir este gesto homicida para sí mismo o para otros
confiados a su responsabilidad, ni puede consentirlo explícita o
implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni
permitirlo. Se trata en efecto de una violación de la ley divina, de una
ofensa a la dignidad de la persona humana, de un crimen contra la vida,
de un atentado contra la humanidad.

Podría también verificarse que el dolor prolongado e insoportable,


razones de tipo afectivo u otros motivos diversos, induzcan a alguien a
pensar que puede legítimamente pedir la muerte o procurarla a otros.
Aunque en casos de ese género la responsabilidad personal pueda estar
disminuida o incluso no existir, sin embargo el error de juicio de la
conciencia -- aunque fuera incluso de buena fe -- no modifica la
naturaleza del acto homicida, que en sí sigue siendo siempre
inadmisible. Las súplicas de los enfermos muy graves que alguna vez
invocan la muerte no deben ser entendidas como expresión de una
verdadera voluntad de eutanasia

III. El cristiano ante el sufrimiento y el uso de los analgésicos


Se debe reconocer que la muerte precedida o acompañada a menudo de
sufrimientos atroces y prolongados es un acontecimiento que
naturalmente angustia el corazón del hombre.

El dolor físico es ciertamente un elemento inevitable de la condición


humana; a nivel biológico, constituye un signo cuya utilidad es
innegable; pero puesto que atañe a la vida psicológica del hombre, a
menudo supera su utilidad biológica y por ello puede asumir una
dimensión tal que suscite el deseo de eliminarlo a cualquier precio.
El dolor es una participación en la Pasión de Cristo y una unión con el
sacrificio redentor que El ha ofrecido en obediencia a la voluntad del
Padre. No debe pues maravillar si algunos cristianos desean moderar el
uso de los analgésicos, para aceptar voluntariamente al menos una parte
de sus sufrimientos y asociarse así de modo consciente a los
sufrimientos de Cristo crucificado (cf. Mt 27, 34).

IV. El uso proporcionado de los medios terapéuticos


Algunos hablan de "derecho a morir", expresión que no designa el
derecho de procurarse o hacerse procurar la muerte como se quiere,
sino el derecho de morir con toda serenidad, con dignidad humana y
cristiana. De este punto de vista, el uso de los medios terapéuticos
puede plantear a veces algunos problemas.

En muchos casos, la complejidad de las situaciones puede ser tal que


haga surgir dudas sobre el modo de aplicar los principios de la moral.
Tomar decisiones corresponderá en último análisis a la conciencia del
enfermo o de las personas cualificadas para hablar en su nombre, o
incluso de los médicos, a la luz de las obligaciones morales y de los
distintos aspectos del caso.

Cada uno tiene el deber de curarse y de hacerse curar. Los que tienen a
su cuidado los enfermos deben prestarles su servicio con toda diligencia
y suministrarles los remedios que consideren necesarios o útiles.

¿Pero se deberá recurrir, en todas las circunstancias, a toda clase de


remedios posibles?

Hasta ahora los moralistas respondían que no se está obligado nunca al


uso de los medios "extraordinarios". Hoy en cambio, tal respuesta,
siempre válida en principio, puede parecer tal vez menos clara tanto por
la imprecisión del término como por los rápidos progresos de la terapia.
Debido a esto, algunos prefieren hablar de medios "proporcionados" y
"desproporcionados". En cada caso, se podrán valorar bien los medios
poniendo en comparación el tipo de terapia, el grado de dificultad y de
riesgo que comporta, los gastos necesarios y las posibilidades de
aplicación con el resultado que se puede esperar de todo ello, teniendo
en cuenta las condiciones del enfermo y sus fuerzas físicas y morales.
Para facilitar la aplicación de estos principios generales
se pueden añadir las siguientes puntualizaciones:
1. A falta de otros remedios, es lícito recurrir, con el
consentimiento del efermo, a los medios puestos a
disposición por la medicina más avanzada, aunque
estén todavía en fase experimental y no estén libres de
todo riesgo. Aceptándolos, el enfermo podrá dar así
ejemplo de generosidad para el bien de la humanidad.
2. Es también lícito interrumpir la aplicación de tales
medios, cuando los resultados defrauden las esperanzas
puestas en ellos. Pero, al tomar una tal decisión, deberá
tenerse en cuenta el justo deseo del enfermo y de sus
familiares, así como el parecer de médicos
verdaderamente competentes; éstos podrán sin duda
juzgar mejor que otra persona si el empleo de
instrumentos y personal es desproporcionado a los
resultadosprevisibles,ysilas técnicas empleadas
imponen al paciente sufrimientos y molestias mayores
que los beneficios que se pueden obtener de los
mismos.
3. Es siempre lícito contentarse con los medios
normales que la medicina puede ofrecer. No se puede,
por lo tanto, imponer a nadie la obligación de recurrir a
un tipo de cura que aunque ya esté en uso, todavía no
está libre de peligro [es decir, constituye el riesgo de
causar una carga desproporcionada*] o es demasiado
costosa. Su rechazo no equivale al suicidio: significa
más bien o simple aceptación de la condición humana,
o deseo de evitar la puesta en práctica de un dispositivo
médico desproporcionado a los resultados que se
podrían esperar, o bien una voluntad de no imponer
gastos excesivamente pesados a la familia o la
colectividad.
4. Ante la inminencia de una muerte inevitable, a pesar
de los medios empleados, es lícito en conciencia tomar
la decisión de renunciar a unos tratamientos que
procurarían únicamente una prolongación precaria y
penosa de la existencia, sin interrumpir sin embargo las
curas normales debidas al enfermo en casos similares.
Por esto, el médico no tiene motivo de angustia, como
si no hubiera prestado asistencia a una persona en
peligro.
Conclusión
Las normas contenidas en la presente Declaración están
inspiradas por un profundo deseo de servir al hombre
según el designio del Creador. Si por una parte la vida
es en don the Dios, por otra la muerte es ineludible; es
necesario, por lo tanto, que nosotros, sin prevenir en
modo alguno la hora de la muerte, sepamos aceptarla
con plena conciencia de nuestra responsabilidad y con
toda dignidad. Es verdad, en efecto, que la muerte pone
fin a nuestra existencia terrenal, pero, al mismo tiempo,
abre el camino a la vida inmortal. Por eso, todos los
hombres deben prepararse para este acontecimiento a la
luz de los valores humanos, y los cristianos más aún a
la luz de su fe.
Los que se dedican al cuidado de la salud pública no
omitan nada, a fin de poner al servicio de los enfermos
y moribundos toda su competencia; y acuérdense
también de prestarles el consuelo todavía más necesario
de una inmensa bondad y de una caridad ardiente. Tal
servicio prestado a los hombres es también un servicio
prestado al mismo Señor, que ha dicho: "... Cuantas
veces hicísteis eso a uno de estos mis hermanos
menores, a mí me lo hicístes" (Mt 25, 40).
El sumo Pontífice Juan Pablo II, en el transcurso de una
Audiencia concedida al infrascripto Cardenal Prefecto,
ha aprobado esta Declaración, decidida en reunión
ordinaria de esta Sagrada Congregación, y ha ordenado
su publicación.
Roma, desde la Sede de la Sagrada Congregación para
la Doctrina de la Fe, 5 de mayo de 1980.
Franjo Cardenal Seper, Prefecto
Fr. Jérome Hamer, O.P., Arz. Tit. de Lorium, Secretario

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