Evangelio de Marcos
Evangelio de Marcos
INTRODUCCIÓN
De los cuatro Evangelios el que con menos frecuencia se lee o se admira es el que lleva el
nombre de Marcos. Esto fue verdad por lo menos tiempo atrás, cuando se le consideraba como
una simple copia abreviada de Mateo o de Lucas. En años posteriores, sin embargo, se le dio una
valoración nueva, hasta tal punto que se ha hecho costumbre dar a Marcos el primer lugar en
cuanto al tiempo de composición, y equipararlo a los otros en lo que se refiere a vigor, fortaleza
y vivacidad de estilo. Es cierto que la mayor parte del material que ofrece se puede encontrar en
los otros relatos; posiblemente no se podrían llegar a contar como exclusivos de esta versión de
la historia evangélica más de cincuenta versículos. A pesar de ello, las escenas más-familiares
reciben una atmósfera y color tales, contiene tantas pinceladas originales y rasgos únicos, que los
incidentes adquieren un carácter nuevo, y la figura de Cristo se mueve ante nosotros con
majestad y realismo jamás superados.
Han intentado dar muchas explicaciones de las características propias de este Evangelio.
La más común es la antigua tradición de que "fue escrito para los romanos". La hipótesis más
probable atribuye las peculiaridades del relato a la personalidad y experiencias del escritor a
quien, desde los primeros siglos, se ha señalado como autor del mismo.
Juan, judío de nacimiento, quien llevó también el sobrenombre romano de Marcus, o
Marcos, residía en Jerusalén, donde su madre, María, mujer de cuantiosas riquezas, ocupaba una
posición prominente e influyente entre los primeros cristianos. Tenía, por tanto, conocimiento
directo de los lugares y circunstancias en que se desenvolvió el ministerio de nuestro Señor, y
quizá fue incluso testigo de algunos de los incidentes que ocurrieron; la tradición lo ha
identificado con el joven, que ningún otro escritor menciona, que andaba con el cuerpo cubierto
con una sábana cuando ocurrió el prendimiento de Jesús y que huyó desnudo. Es evidente que
disfrutó de las ventajas de la cultura y de la formación religiosa, e incluso del privilegio aún
mayor de una relación íntima con los dirigentes de la iglesia, quienes fueran a menudo huéspedes
en la casa de su madre. Bernabé, Levita acaudalado y generoso de la isla de Chipre, era primo
suyo. Pedro se refirió a él llamándolo "mi hijo", lo cual da a entender posiblemente que fue
Pedro quien lo llevó a Cristo. Pablo lo conoció al visitar Jerusalén con Bernabé, y lo invitó a
continuar con ellos hacia Antioquia, donde les esperaba trabajo importante. Cuando Bernabé y
Pablo comenzaron su viaje misionero llevaron consigo a Marcos como "ayudante" suyo.
Probablemente Marcos cuidaba de los detalles de los viajes, los lugares de descanso, de los
transportes, como "ayudante" o gerente. Acompañó a los apóstoles a Chipre y de ahí, cruzando
de nuevo el mar, a Perge de Panfilia. Luego regresó a Jerusalén, con gran decepción de Pablo.
No se puede sino conjeturar en cuanto a qué lo movió a dar semejante paso. Sería difícil de
probar que el motivo que tuvo fuese del todo loable; porque cuando Pablo fue a comenzar su
segundo viaje misionero se negó a que Marcos lo acompañase a causa de lo que él consideraba
como deserción anterior, y esto- a pesar de que Bernabé defendió con vigor la causa de Marcos.
Esta diferencia de opinión entre Pablo y Bernabé fue tal que provocó su separación. Pablo tomó
por compañero a Silas, y Bernabé se fue con Marcos a Chipre. Cualquiera que hubiese sido la
culpa de Marcos en el acto al que Pablo puso reparos, lo cierto es que justificó del todo la
confianza que le tuvo Bernabé, y se comportó de tal forma que se volvió a ganar la fe y el afecto
de Pablo. De hecho, lo hallamos más tarde en Roma colaborando con Pablo durante la prisión de
éste; luego, Pablo mismo lo recomendó calurosamente a la lejana iglesia de Colosas. Marcos
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también fue compañero de Pedro en los largos viajes misioneros de éste. Esta experiencia, al
igual que la que había tenido antes en su intimidad con Pedro mismo, fue de importancia
suprema para prepararlo para su trabajo de escritor del Evangelio. Poco antes de la muerte de
Pablo se le hizo llegar a Marcos, por mediación de Timoteo, un mensaje, en el que se le requería
que fuese a Roma, como persona con la que Pablo contaba en forma especial.
Parece que tenemos aquí un caso de fracaso inicial en el servicio cristiano y de una
redención posterior por medio de la dedicación. Y tenemos también la historia de alguien que
finalmente dejó al mundo una constancia imperecedera del ministerio de Cristo.
En esto precisamente puede haber un mensaje para algunos de los lectores actuales de
este Evangelio: la culpa y la infidelidad del pasado son lamentables, pero es posible expiar,
cambiar la derrota en victoria, e incluso llegar a ser testigos de la vida y poder de nuestro Señor.
Las experiencias de Marcos pueden servir de mucho para explicar el carácter único de su
Evangelio.
Era viajero. Había acompañado a los apóstoles en sus viajes a varias partes lejanas del
imperio, y luego había permanecido por algún tiempo con Pablo en Roma. Escribió, por lo tanto,
no sólo para los romanos, sino también para los cristianos de todos los países. Esto explica el uso
que hace de palabras romanas, la traducción de los términos arameos, el cuidado que tiene de
interpretar las costumbres judías, y las pocas referencias que hace al Antiguo Testamento, a
excepción de los pasajes que Cristo mismo citó.
Además, Marcos fue amigo y compañero del apóstol Pedro. Según la tradición, fue
"intérprete de Pedro", y de él "recibió su Evangelio". Esta relación explica la veracidad y
realismo peculiares de su estilo. Es fácil imaginar cuan a menudo las largas horas de sus viajes
se iluminaban con los apasionantes relatos que una y otra vez Pedro tenía que repetir ante los
ansiosos requerimientos de su joven compañero, hasta que Marcos veía en toda su viveza las
escenas que más tarde describió en su Evangelio. No es, pues, extraño que escribiese con toda la
minuciosidad e intensidad gráficas de un testigo ocular, ni que fuese capaz de dar tantos detalles
de tiempo, lugar y circunstancias en general. Si alguien quiere obtener información completa y
concreta acerca de cualquier episodio evangélico, no tiene más que consultar a Marcos. Le
ofrecerá nombres, momentos, lugares, números, colores, todo exacto; le ayudará a reproducir las
situaciones; incluso le dibujará el aspecto, los gestos, las actitudes de Cristo. Sólo él le dirá que
la multitud que iba a ser alimentada se recostó por grupos "sobre la verde hierba"; que nuestro
Señor, en medio de la tempestad, estaba durmiendo "sobre un cabezal", y "en la popa"; que
cuando le llevaron niños, "tomándolos en sus brazos, poniendo las manos sobre ellos, los
bendecía"; que, "tomando la mano de la niña", la despertó del sueño de la muerte; que, en
presencia de los maliciosos fariseos, sanó al hombre de la mano seca, no sin que antes mirase
"alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones"; que, cuando el joven rico
estuvo delante de él, "Jesús, mirándole, lo amó"; que, en su propia ciudad de Nazaret, Jesús
"estaba asombrado de la incredulidad de ellos"; que "gimió" ante la ceguera y la desgracia. Sólo
en Marcos se nos dice que Jesús era "carpintero"; que al ser tentado "estaba con las fieras"; que
cuando los discípulos lo vieron calmar el mar "temieron con gran temor"; que cuando lo vieron
subir con tanta decisión hacia Jerusalén y la cruz, "ellos se asombraron, y le seguían con miedo";
que el ángel en el sepulcro vacío dio el gozoso mensaje, "pero id, decid a sus discípulos y a
Pedro".
Marcos fue también un servidor que desempeñó menesteres de amor, de gran valor y
ayuda, en favor de los apóstoles con quienes viajó como "ayudante". Era natural, pues, que
escribiese un Evangelio cuyo versículo clave parece ser "el Hijo del hombre no vino para ser
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servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos". De acuerdo con este pensa-
miento central está el hecho de que en Marcos, en contraposición a Juan, no hay mención alguna
de la preexistencia del Señor; y que, contrariamente a Mateo y Lucas, nada se relata en cuanto a
sus antepasados, nacimiento, infancia ni primeros años. El gran Servidor aparece en escena
revestido ya de todo el poder requerido para su misión. Avanza con paso decidido, pasa de una
situación a otra con agilidad, siempre con la cruz ante él. "Anduvo haciendo bienes", pero con la
incansable fidelidad de quien se da cuenta de que el tiempo adjudicándole para su trabajo es
corto, y de que el sacrificio es inseparable del servicio más eminente.
El contenido todo de este Evangelio podría compendiarse en estas palabras: "Servir, y dar
su vida". Los primeros nueve capítulos describen sus quehaceres amorosos en Galilea; sobre
ellos se podría colocar la inscripción: "Servir". Los capítulos restantes lo presentan en camino
hacia Jerusalén, en sus sufrimientos, muerte y resurrección; podríamos muy bien inscribir sobre
ellos las palabras: "Dar su vida". Sea por la razón que fuere, Marcos nos ha dibujado un retrato
de Cristo que lo representa como el poderoso "Siervo de Jehová" de quien Isaías había escrito.
Como quiera que se explique este hecho, nos ha dado el incomparable Evangelio del Servicio.
Es un servicio de actividad tenaz. Una labor se sigue a la otra, con una actividad
casi sin respiro. Todos los episodios están llenos de vida, movimiento, vigor. Esta impresión la
produce el uso frecuente de verbos en presente; la ahonda la repetición sorprendente de la
conjunción "y", con la que comienzan dos de cada tres versículos del Evangelio; en algunos de
sus capítulos se puede decir que aparece en todos los versículos. La palabra característica, sin
embargo, es "inmediatamente", o como traducen otras veces, "luego" y "en seguida". En su
forma griega esta palabra se encuentra cuarenta y dos veces en este breve Evangelio; con más
frecuencia, de hecho, que en todos los otros libros del Nuevo Testamento juntos. Hace más
impresionante esta actividad incansable la mención constante de las multitudes, que sin
cesar se agolpaban alrededor de nuestro Señor, hasta el punto de que Marcos menciona dos
veces el hecho de que Cristo y sus discípulos "ni aun podían comer pan". Este Evangelio es en
forma peculiar el de las "multitudes" que venían en tropel al poderoso Siervo a fin de procurarse
su pronta ayuda y de oír sus palabras. Sin embargo, en medio de toda esta actividad y
movimiento, Cristo no da señal alguna de ansiedad o prisa. Todos sus actos están llenos de
dignidad, de majestad; son actos pensados y queridos. "Aunque fue el vórtice de multitudes
excitadas, nunca mostró ni la más mínima señal de prisa o agitación. Nunca supo qué es estar
aturdido o perturbado en todos esos días tan llenos de curaciones y controversias". Marcos
también nos habla de diez ocasiones distintas en las que Jesús se retiró para estar solo con sus
discípulos o con Dios. Estos períodos se veían a veces interrumpidos por las multitudes, pero lo
preparaban para actividades nuevas y más exigentes, lo cual sugiere una lección muy importante
para sus actuales seguidores. Indica la necesidad de descanso y oración si se quiere hacer bien el
trabajo. Sus retraimientos fueron siempre movilizaciones para nuevos servicios.
Este servicio estuvo bajo el signo de obras poderosas. Lo acompañaron hechos de poder
divino. Este es un Evangelio de milagros más que de parábolas. Se relatan diecinueve milagros,
dos de ellos exclusivos de Marcos, y sólo cuatro parábolas. El contraste con Mateo es notable, ya
que en éste encontramos veintiún milagros y quince parábolas, y también con Lucas, quien relata
veinte milagros y diecinueve parábolas. Lo que es significativo no es sólo el número de milagros,
sino que, tal como Marcos los relata, los rodea de circunstancias que nos hacen sentir cuan
profunda fue la impresión que produjeron sobre quienes fueron testigos de estas maravillas, y
cuan sobrenaturales estos mismos testigos los consideraron. Es posible que lo que más se haga
notar, es la insistencia de Marcos en la presencia frecuente de demonios y cuan impotentes se
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mostraban estos espíritus malignos en presencia de Cristo. Nos vienen instintivamente a la mente
las palabras de Pedro relativas al Maestro, "Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús
de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo,
porque Dios estaba con él". Capítulo tras capítulo de este Evangelio terminan con un sumario
impresionante de los milagros que se realizaban. Y el relato todo concluye con estas adecuadas
palabras: "Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la
palabra con las señales que la seguían".
El ministerio de Cristo, tal como lo presenta Marcos, es también un ministerio de
palabras poderosas. Es tan común, y adecuado también, atraer la atención al lugar tan
importante que en este Evangelio se asigna a las obras de poder, que, a veces, no se recalca
debidamente la prominencia que se le da a la enseñanza y predicación de nuestro Señor. Ningún
otro Evangelio menciona tan a menudo sus enseñanzas, o insiste tanto en la autoridad de las
mismas, en su originalidad y atractivo. Incluso los milagros aparecen como parábolas
representadas, y no eran meramente muestras de compasión, sino medios de comunicar la verdad
divina. Jesús comienza su ministerio predicando. La primera sorpresa la causa su tono autoritario
al hablar en la sinagoga. Al comenzar su trabajo en Galilea dice, "Vamos a los lugares vecinos,
para que predique también allí; porque para esto he venido". A causa de su predicación se
congregan tales multitudes a su alrededor a orillas del mar que se ve obligado a subir a una barca
para hablarles desde allá. Luego comienza a enseñarles en parábolas, y aunque sólo se
mencionan cuatro, tres de ellas se refieren a la predicación. Los capítulos cuatro, siete, nueve,
diez, doce y trece constan de casi sólo discursos, y todos ellos juntos constituyen una tercera
parte de todo el Evangelio. Jesús sí aparece como el Obrador de maravillas, pero también como
el Maestro de verdades divinas. Sus obras preparan a los hombres para sus palabras. Ambas
juntas llenan las horas de sus laboriosos días. Su misión parece ser igual a la de los apóstoles
a los que él envió "a predicar, y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar
fuera demonios".
El ministerio de Jesús, tal como lo presenta Marcos, es sobre todo un ministerio de amor
redentor y gracia salvadora. Esta redención Cristo la compró con su propia sangre; quienes creen
en él son salvos. Este rasgo del ministerio es el que hace del relato un "Evangelio". Este término
no se puede aplicar a ninguna narración de milagros y sermones, por gráficos y verdaderos que
sean. El Evangelio es las "buenas nuevas" de una salvación hecha posible por la vida, la muerte y
la resurrección de nuestro Señor. Marcos no pretendió escribir una "vida de Cristo"; si así
hubiese sido, no hubiera silenciado el nacimiento, la juventud y primeros años de vida adulta, ni
hubiera seleccionado sólo unos pocos incidentes de los tres años de vida pública, centrando
nuestros pensamientos en los sucesos de una sola semana. Este libro no es una biografía; y
mucho menos unas "memorias informales". Es una breve historia de la redención; es un anuncio
gozoso de la salvación que Cristo nos ha asegurado. Es una narración breve de su obra
expiatoria. Por eso, en su primer episodio, el Hijo de Dios sin pecado, al someterse a un
"bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados", se identifica con los pecadores a quienes
ha venido a salvar. Sus milagros demuestran la supremacía que tiene sobre las fuerzas del mal.
Declara que tiene poder para perdonar pecados. En la culminación de su ministerio declara que la
cruz es la provisión de Dios para la salvación. En la noche en que va a ser traicionado afirma que
su sangre "por muchos es derramada". Al exhalar el último suspiro "el velo del templo se rasgó
en dos, de arriba abajo", símbolo de la obra de expiación ya concluida, por la cual el hombre
tenía de nuevo acceso a Dios.
La condición de la salvación, tal como Marcos la expone, es el arrepentimiento y la fe. La
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confesión hay que hacerla por el bautismo. La vida nueva se expresa en el servicio. En efecto,
entre los seguidores de Cristo el servicio ha de ser el signo y la medida de la grandeza. "El que
quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el
primero, será siervo de todos".
Este es, en parte, el retrato que Marcos hace del Siervo real, quien es el "poderoso Hijo
de Dios" y al mismo tiempo el "Amor inmortal", cuyos siervos deben seguir sus pisadas, confiar
en su sangre redentora y tratar de hacer las mismas obras que él hizo.
ESQUEMA
I
LA PREPARACIÓN. Mr. 1:1-13
A. Predicación de Juan el Bautista. Cap. 1:1-8
B. Bautismo de Jesús. Cap. 1:9-11
C. Tentación de Jesús. Cap. 1:12, 13
II
5
2. Muerte de Juan el Bautista. Cap. 6:14-29
3. Alimentación de los cinco mil. Cap. 6:30-44
4. Jesús anda sobre el mar. Cap. 6:45-52
5. El ministerio en Genesaret. Cap. 6: 53-56
6. Jesús reprende a los fariseos. Cap. 7:1-23
III
IV
6
7. El problema acerca de Cristo. Cap. 12:35-37
8. Advertencia en contra de los escribas. Cap. 12:38-40
9. La ofrenda de la viuda. Cap. 12:41-44
10. La venida de Cristo. Cap. 13
D. Miércoles
Conspiración, afecto devoto, traición. Cap. 14:1-11
E. Jueves
1. La Última Cena. Cap. 14:12-26
2. La agonía. Cap. 14:27-42
3. El arresto. Cap. 14:43-52
F. Viernes
1. Jesús ante el Concilio Judío. Cap. 14:53-65
2. Pedro niega a su Señor. Cap. 14:66-72
3. Jesús ante Pilato. Cap. 15:1-15
4. La crucifixión. Cap. 15:16-41
5. La sepultura. Cap. 15:42-47
VI
VII
I
LA PREPARACIÓN
Marcos 1: 1-13
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camino para la venida de Jesús, y con una breve mención del bautismo y la tentación de Jesús,
los cuales antecedieron a su ministerio público. Estos párrafos llevan como prefacio una frase
llena de significado, que se podría tomar como título para todo el libro: "Principio del evangelio
de Jesucristo, Hijo de Dios". Hay sólo un Evangelio, y una sola manera de comenzarlo. Se
comprende, desde luego, que, hablando en forma popular, se mencionen "los cuatro Evangelios",
y vale la pena notar la manera tan diferente en que cada uno de ellos comienza. Pero, hablando
en rigor, el único "Evangelio" es las "buenas nuevas" de la salvación por Cristo; y el primer
mensaje que nos dirige es invitarnos al arrepentimiento y a su promesa de vida. Poseemos, sin
embargo, cuatro relatos de este único anuncio de "buenas nuevas", y solemos llamar "Evangelio"
a cada uno de los libros que contienen estos relatos. Cada uno de ellos fue escrito con un
propósito algo diferente, y cada uno nos ha dado un retrato original de Cristo. En Mateo
vemos al anunciado Rey de los judíos, en Marcos al Siervo real, en Lucas al Hombre divino, en
Juan al Dios encarnado. Se comprende, pues, que Mateo comience su narración reconstruyendo
la genealogía de Jesús hasta el rey David, que Marcos principie con el ministerio público
de Jesús, que Lucas lo haga narrando su nacimiento, infancia y adolescencia, y que Juan nos dé
una breve visión de su divina preexistencia y gloria eterna.
Desde luego que todos escribieron del mismo Salvador, y todos coincidieron en cuanto a
los hechos esenciales de su persona y obra. Sería correcto escribir sobre cada una de las cuatro
narraciones: "Principio del evangelio". La frase, sin embargo, es exclusiva de Marcos; y los
títulos familiares que luego añade están unidos entre sí en una forma igualmente única. Sinte-
tizan los hechos concernientes a nuestro Señor que todos los demás evangelistas exponen, y
forman al mismo tiempo una combinación que no se encuentra en ninguna otra parte del Nuevo
Testamento: "Jesucristo, Hijo de Dios". "Jesús" es un nombre de persona; era común entre los
judíos, ya que es lo mismo que "Josué" y significa "la salvación de Jehová"; se le dio a nuestro
Señor por mandato divino, como adecuado para quien "salvará a su pueblo de sus pecados".
"Cristo" es un titulo oficial; es el equivalente griego del término "Mesías" y significa "el
Ungido", el que según las profecías había de venir para restaurar a Israel y traer bendiciones al
mundo. "Hijo de Dios" es una frase que expresa la naturaleza divina de nuestro Señor. No sólo
era hombre, "Jesús"; no sólo "el Cristo", a quien el Espíritu Santo ungió para su obra salvadora;
era también uno con Dios, absolutamente único en su ser y en su relación con el Padre. Este
hombre "Jesús" de quien habla Lucas, este "Mesías" real que describe Mateo, este "Hijo de Dios"
cuya adoración enseña Juan a los hombres, ésta es la Persona de cuya obra salvadora Marcos va
a escribir. Y declara que el "principio" de sus "buenas nuevas" consiste en la proclamación de la
venida de Cristo que Juan el Bautista hizo.
Y añade que esta proclamación se hizo en exacto cumplimiento de la antigua profecía:
"Como está escrito en Isaías el profeta... bautizaba Juan". La referencia es interesante porque
Marcos no suele mencionar el Antiguo Testamento, excepto en los casos en que transcribe
pasajes que Jesús citó. En este caso une dos predicciones semejantes, una de Malaquías y otra de
Isaías, Sin embargo sólo menciona al segundo, posiblemente porque la segunda cita es de
importancia capital, y también porque Marcos tiene siempre en mente el cuadro que Isaías trazó
del poderoso "Siervo de Jehová".
Cada una de las dos citas se refiere a una visitación divina, y a una preparación para la
venida del Señor. En la primera, Dios iba a venir a su Templo para juzgar; en la segunda, como
el Libertador de su pueblo del Cautiverio de Babilonia. En ambos casos hay un mensajero que es
enviado para preparar el camino antes de su venida. La metáfora empleada está tomada de la
costumbre de enviar un oficial delante del rey que iba a emprender un viaje, a fin de arreglar los
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caminos, en aquellos tiempos en los que las carreteras eran pocas y en mal estado. Marcos cita
estas antiguas profecías para mostrar que hallaron su verdadero cumplimiento con la venida de
Cristo como verdadero Juez y Libertador de su pueblo. Juan fue el mensajero nombrado por Dios
para preparar su venida. Al afirmar Marcos que "bautizaba Juan en el desierto", identifica
íntimamente esta misión con la predicción de la "voz que clama en el desierto"; y fue enviado
para "preparar el camino del Señor" y para "enderezar sus sendas" con la predicación del
"bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados".
Así pues, tanto el lugar como la naturaleza del ministerio de Juan demuestran que era un
mensajero anunciado por Dios y enviado para preparar al pueblo para la venida de Cristo. El
bautismo que administraba era expresión de arrepentimiento por parte de quien lo recibía,
arrepentimiento que tenía como efecto el perdón de pecados. Este llamamiento al
arrepentimiento estaba estrechamente relacionado con el rasgo esencial de la misión de Juan, que
consistía en proclamar el advenimiento de Cristo. Porque los judíos piadosos creían que el
Mesías sólo vendría cuando su pueblo se apartase del pecado. Es igualmente verdad hoy en día
que un sincero arrepentimiento debe preceder a las bendiciones que Cristo está dispuesto a
derramar sobre el alma del creyente.
El éxito de Juan queda indicado en la frase "y salían a él toda la provincia de Judea, y
todos los de Jerusalén; y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados". Claro
que hubo muchas excepciones entre el pueblo, y sobre todo entre los dirigentes. Pero Marcos
describe en este pasaje a las multitudes como yendo hacia Juan, y nos prepara para las multitudes
que, en esta narración evangélica, vamos a encontrar sin cesar apiñándose alrededor del Maestro.
El aspecto de Juan y su modo de vivir estaban acordes con el carácter severo y
austero de su obra. Su tosco ropaje de "pelo de camello" y su "cinto de cuero" nos recuerdan a
Elías, cuya autoridad y pobre2a también manifestaba. Su alimento, que consistía en "langostas y
miel silvestre", nos habla de la vida de un asceta que se ha apartado del mundo como protesta en
contra de sus locuras, complacencias y pecados.
El ministerio de Juan, sin embargo, se resume en su predicación o "proclamación" de la
venida de Cristo. Esta era la sustancia de su trabajo. "Predicaba, diciendo: Viene tras mí el que es
más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar encorvado la correa de su calzado". La
superioridad del que iba a venir consistía no sólo en su dignidad personal y su majestad divina,
sino en lo que iba a hacer en favor de sus seguidores: "él os bautizará con Espíritu Santo". Juan
administraba un rito exterior, Jesús iba a producir un efecto interior. El bautismo de Juan
simbolizaba una purificación moral, Jesús iba a garantizar la pureza de corazón y vida. Juan
comprometía a los que recibían su bautismo a romper con el pecado, Jesús iba a librar a sus
seguidores de la culpa y el poder del pecado. Juan puso a los hombres en contacto con un
elemento material, el agua; Jesús iba a introducirlos en una relación espiritual con una Persona
divina. El acto de Juan era pasajero, el influjo de Jesús iba a ser permanente.
El ministerio de Juan, sin embargo, fue necesario, y también fue glorioso. Su obra la
predijo una profecía divina; vino con el aspecto y la autoridad de Elías. Pero, sobre todo, su
mensaje sintetizaba el de todos los profetas en su llamamiento al arrepentimiento y en su
promesa de un Libertador que venía. E hizo más aún; suyo fue el honor único de poder
proclamar que el Salvador estaba próximo. Los seguidores de Cristo hoy día tienen un privilegio
todavía mayor. De palabra y de obra pueden indicar a los hombres a Cristo, que murió por sus
pecados y quien sigue viviendo para siempre en plenitud de poder para salvar.
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B. EL BAUTISMO DE JESÚS
Cap. 1:9-11
9 Aconteció en aquellos días, que Jesús vino de Nazaret a Galilea, y fue bautizado por
Juan en el Jordán. 10 Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como
paloma que descendía sobre él. 11 Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo
amado; en ti tengo complacencia.
Podemos entender fácilmente por qué las multitudes de Jerusalén y Judea, convencidas
por los severos mensajes de Juan, se agrupaban en torno de él para recibir un "bautismo de
arrepentimiento para perdón de pecados". Pero ¿por qué Jesús, el Hijo de Dios sin pecado, "vino
de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán"? Seguro que Jesús no confesó
ninguna falta, porque no tenía pecado. Sin embargo, sometiéndose al bautismo de Juan, se
identificaba con su pueblo, tal como hizo en todas sus experiencias terrenas, tal como hizo sobre
todo cuando "llevó él nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero". Con su bautismo Jesús
sancionó la obra de Juan y dio su aprobación al arrepentimiento del pueblo.
Además, el bautismo de Juan no era una mera expresión de arrepentimiento. Era promesa
y símbolo del perdón y de la vida nueva que la obra del Salvador que venía iba a hacer posible.
Al someterse al bautismo, Jesús se consagró a sí mismo a esa obra, aceptó la tarea, declaró que
estaba dispuesto a servir y a "dar su vida en rescate por muchos". Así pues, del mismo modo que
la predicación de Juan fue una proclamación del ministerio de Jesús, así el bautismo de Jesús fue
su ordenación para este ministerio.
Dos sucesos que siguen de inmediato hacen todavía más evidente lo que acabamos de
decir: "Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma que
descendía sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo
complacencia". La palabra "luego", que es característica de este Evangelio y se encuentra con
frecuencia notable, insinúa en este caso la relación vital existente entre el bautismo de Jesús y
estos dos sucesos tan significativos. En el bautismo, Jesús se somete a su misión; el descenso del
Espíritu y la voz de los cielos lo preparan para su ministerio. El primero fue un acto de auto
consagración; la manifestación del Espíritu y la voz del Padre lo consagran para su obra, y le dan
seguridad en cuanto a su misión y filiación.
No debemos pensar que Jesús no hubiese conocido antes la presencia del Espíritu y la
plenitud de su poder; pero este suceso impresionante hace que se dé cuenta de que para cada
exigencia del ministerio que va a comenzar dispondrá de una provisión ilimitada de gracia y
fortaleza. Y el mismo suceso también le demuestra a Juan que Jesús era en verdad el Cristo cuya
venida él había anunciado. Y el símbolo de la paloma, por otra parte, sugería no sólo la presencia
del Espíritu, sino también la mansedumbre e inocencia del poderoso Siervo de Dios sobre el cual
el poder del mismo Espíritu permanece siempre.
La voz de los cielos quizá la oyó o entendió Jesús solo. Pero cualquiera que haya sido su
verdadera naturaleza, fue una prueba para Jesús de que el ministerio que iba a comenzar era de
voluntad divina, y de que su relación con Dios era absolutamente única, como Hijo suyo amado,
en quien Dios había puesto su divina preferencia.
También es verdad de los seguidores de Cristo que, aunque siempre tienen en ellos la
presencia permanente del Espíritu Santo, sin embargo, cuando renuevan su entrega al servicio
del Maestro, son de nuevo llenos con su Espíritu, y se les dan todas las gracias y poderes que
necesitan para cualquier ministerio o tarea nuevos. Hasta ellos llega también la seguridad, que el
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Espíritu Santo lleva a sus espíritus, de que son hijos de Dios. El sometimiento a su divina
voluntad, tal como Jesús lo mostró en su bautismo, es la condición de ese don del Espíritu que
comunica pureza y mansedumbre, y da confianza en la amorosa paternidad de Dios.
C TENTACIÓN DE JESÚS
Cap. 1:12, 13
El tercero de los sucesos que precede al ministerio público de Jesús lo presenta Marcos a
grandes rasgos. Sin embargo, no oculta su importancia. La predicación de Juan era una
proclamación de este ministerio, el bautismo de Jesús fue una ordenación para el mismo, la
tentación fue una insinuación de cuáles serían las condiciones de su ministerio y una preparación
última para las experiencias que en él iba a tener.
Enmarcado en la brevedad de una sola frase, Marcos nos menciona cuatro clases distintas
de seres que se relacionan con Jesús: el Espíritu, Satanás, fieras y ángeles. Durante su ministerio
es el Espíritu quien le da poder; se opone a Satanás; ha de ser el Señor de todas las criaturas,
incluso de "los peces del mar"; los ángeles deben servirle.
El hecho de que esté lleno del Espíritu no hace que no pueda ser tentado, ni su
impecabilidad lo vuelve insensible a las solicitudes del mal. Entre los seguidores de Cristo
ninguno puede alcanzar jamás alturas tales que Satanás no lo pueda ya tentar, ni ninguno puede
llegar a ser tan perfecto que esté fuera del alcance de la tentación.
En el nombre mismo que se le da en este caso al Tentador hay algo que le cae muy bien.
En Mateo y Lucas se le llama "diablo", o sea, "acusador"; en nuestro caso, en cambio, "Satanás",
es decir, "Adversario". Marcos va a escribir el relato de las poderosas obras del Hijo de Dios,
pero en casi todas las escenas habrá un fondo tenebroso de oposición que nos hará conscientes de
la presencia de fuerzas opuestas. Es más que conveniente, pues, precisamente cuando el ministe-
rio de Jesús va a comenzar, que se enfrente con el enemigo maligno cuyas obras habrá de
destruir, cuyo reino ha de derrocar.
No se conoce el lugar exacto donde tuvo lugar la tentación. Pero como Jesús estaba ya en
el "desierto" al ser bautizado, podríamos concluir que la frase, "y luego el Espíritu le impulsó al
desierto", insinúa que, aún en contra de su deseo natural, fue impelido hacia un lugar todavía más
desolado y solitario, cuya lobreguez y peligro Marcos hace resaltar con esa pincelada gráfica que
sólo él le da a la escena, "y estaba con las fieras".
Marcos tampoco indica cuál fue la tentación. Como sigue tan de cerca a la manifestación
del Espíritu y a la voz de los cielos, probablemente tuvo relación con la nueva seguridad que
Jesús tuvo de su misión y filiación divinas, y sin embargo fue más que el experimentar una duda.
No fue una mera sugestión mental que nació en él mismo; nuestro Señor no fue su propio
tentador. La solicitud al mal vino de ese ser, maligno y misterioso, cuya presencia en ese
momento insinúa ese mundo invisible en medio del cual Jesús se movía siempre. Contra las
influencias de un tal enemigo invisible, se nos dice que estemos en guardia, se nos advierte que
no "ignoremos sus maquinaciones".
Al final de este breve relato, Marcos todavía se refiere a otra clase de seres: "y los
ángeles le servían". Estos mensajeros sobrenaturales de Dios no volverán a aparecer en toda la
narración, a no ser al final, junto al sepulcro vacío. Pero su mención en este lugar, vigilando,
11
guardando, sirviendo a Jesús durante los largos días de la tentación, sugiere que ellos van a ser
también sus servidores invisibles y celestiales durante todos los episodios que siguen. Para
estímulo y consuelo nuestro se nos asegura que son "todos espíritus ministradores, enviados para
servicio a favor de los que serán herederos de la salvación".
En cuanto al resultado de la tentación Marcos no tiene nada que decir. No hace falta
palabra alguna. La victoria del Hijo de Dios era segura; como lo es la de todos los que de verdad
confían en él. Sin embargo, el silencio mismo en cuanto a la naturaleza del conflicto y al modo
de conseguir el triunfo nos empuja hacia lo que sigue. Las fuerzas opuestas se alzan ante
nuestros ojos y estamos impacientes por ver cuál será el resultado de su continua confrontación.
Estamos ya en condiciones de introducirnos en el relato del ministerio público de nuestro Señor.
II
EL MINISTERIO EN GALILEA ORIENTAL
Caps. 1:14 a 7: 23
A. PRIMER PERÍODO
Caps. 1:14 a 3:12
14 Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del
reino de Dios, 15 diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado;
arrepentíos, y creed en el evangelio.
12
vez, esta primera parte del ministerio acontece en tres períodos distintos. Uno comienza con el
llamamiento de los primeros discípulos y describe la súbita popularidad de Jesús y la marcada
oposición de los dirigentes. El segundo se inicia con la elección de los doce apóstoles y termina
con el repudio de Jesús ocurrido en Nazaret. El último comienza con la misión de los Doce y
concluye con la retirada de Jesús hacia los límites de Tiro y Sidón.
Indica el plan y método de Marcos la frase misma, alusiva al tiempo y lugar, con la cual
anuncia el comienzo del ministerio de Jesús: "Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a
Galilea". Hace caso omiso de los diversos acontecimientos que tuvieron lugar en Judea, después
de la tentación de Jesús y antes del encarcelamiento de Juan. Marcos va a ocuparse del ministerio
galileo de Jesús. Por ello omite cualquier mención de los incidentes anteriores, descritos en el
Evangelio de Juan, y que incluyen la visita a Jerusalén, la purificación del Templo, y la
conversación con Nicodemo. Sólo menciona el suceso que hizo necesario que Jesús se retirase
hacia Galilea. Sin embargo, no enuncia esta necesidad. Los otros Evangelios indican que a causa
de la crisis que produjo el arresto de Juan, y a causa del odio celoso de los dirigentes, Jesús
abandonó Judea. Marcos tan sólo sugiere que, cuando hubo concluido la obra de Juan, Jesús
comenzó el ministerio. Las partes subsiguientes de la narración son las que nos indican ia
relación existente entre ambos hechos. La mención que acaba de hacer de Juan, lo halla en el
colmo de su sorprendente popularidad, proclamando la venida de Jesús. Por consiguiente, al
quedar interrumpido el ministerio de Juan con su encarcelamiento, debe comenzar el ministerio
público de Jesús.
El lugar de este ministerio es Galilea. Y en Galilea se concentrarán nuestros
pensamientos hasta que Jesús se dirija hacia Jerusalén en viaje póstumo. Esta hermosa región de
montañas, praderas, bosques y lagos, era la más septentrional de las tres provincias en que estaba
dividida Palestina. Era la "patria chica" de nuestro Señor, aunque probablemente fue elegida por
razón de su lejanía con respecto a Jerusalén, donde se había ya manifestado la hostilidad hacia
Jesús y donde hubiera sido imposible ejercer su ministerio sin interrupciones.
Este ministerio fue de predicación. Es digno de atención que en esta narración Jesús
aparece, y se presenta a sí mismo a la nación, no ante todo como obrador de milagros, sino como
portador de un mensaje. Es un mensaje divino porque se llama "el evangelio de Dios", con lo
cual se quiere significar "las buenas nuevas que Dios ha enviado". Lo esencial de ellas era la
proximidad inminente del "reino de Dios". Lo que se quería decir con esta última frase era "el
gobierno de Dios" en la tierra, ese Reino del que habían hablado los profetas, esa condición de
paz y bendición universal que todavía no había aparecido en toda su perfección, pero que
buscamos al orar diciendo: "Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en
la tierra". Este Reino Mateo lo llama "el reino de los cielos" porque es celestial tanto por su
origen como por su naturaleza. Sus rasgos esenciales son "justicia, paz y gozo en el Espíritu
Santo". También se le llama "el reino de Cristo", porque en él el dominio de Cristo es supremo, y
nunca podrá realizarse en la tierra hasta que se le reconozca como Rey universal. Por esta causa,
al anunciar Jesús la venida de este Reino, lanzó un claro llamamiento al arrepentimiento y a la fe:
"arrepentíos, y creed en el evangelio". Juan ya había exigido arrepentimiento; Jesús insiste en un
nuevo elemento, a saber, la fe.
En esta predicación inicial la fe consiste en aceptar las "buenas nuevas" del advenimiento
del Reino. Estas "buenas noticias" muy pronto amplían su alcance, y la fe viene a centrarse en
Aquel que predica el gozoso mensaje. La esencia misma del Evangelio toma forma en la
promesa de un lugar en el Reino para todos aquellos que se arrepientan del pecado y crean en
Cristo.
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2. Llamamiento de los primeros discípulos
Cap. 1: 16-20
16 Andando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés su hermano, que echaban la
red en el mar; porque eran pescadores. 17 Y les dijo Jesús: venid en pos de mí, y haré que seáis
pescadores de hombres.
18 Y dejando luego sus redes, le siguieron. 19 Pasando de allí un poco más adelante, vio
a Jacobo hijo de Zebedeo, y a Juan su hermano, también ellos en la barca, que remendaban las
redes. 20 Y luego los llamó; y dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, le
siguieron.
Jesús comenzó su ministerio público con la proclamación de las "buenas nuevas" de que
el Reino de Dios se había acercado. Este "evangelio" iba a centrarse de una manera cada vez más
definida en la persona y obra de Jesús. Su carrera terrenal iba a ser breve, y su propósito era que
el Evangelio se predicase en todo el mundo y a toda criatura. Por ello era del todo necesario que
se hiciese acompañar de un grupo de discípulos a quienes poder adoctrinar y capacitar para ser
sus testigos y mensajeros. De acuerdo con esto, al comienzo mismo de su ministerio, invita a
cuatro hombres a que sean sus compañeros y ayudantes personales.
El marco de este llamamiento se dice ser "junto al mar de Galilea". La mayor parte de las
enseñanzas de Jesús, al igual que la mayoría de sus milagros, tuvieron lugar a orillas de este
encantador lago interior. Esta fascinante extensión de agua, cuya superficie no excede los veinte
kilómetros de largo y los diez de ancho, está tan íntimamente asociada con su ministerio público,
y evoca tanto los acontecimientos que tuvieron lugar durante el mismo, que se la ha llamado el
"quinto Evangelio". En sus lados occidental y septentrional estaban las ciudades en las que
ocurrieron la mayor parte de los milagros. El costado oriental estaba deshabitado, y allá se
dirigiría Jesús para escapar de las multitudes.
Andando Jesús junto al lago, cerca de Capernaum, ve a Andrés y a Simón Pedro "que
echaban la red en el mar; porque eran pescadores. Y les dijo Jesús: Venid en pos de mí, y haré
que seáis pescadores de hombres. Y dejando luego sus redes, le siguieron". No debemos deducir
que el llamamiento fue tan brusco como parece. Estos hombres no le eran extraños a Jesús.
Habían sido discípulos de Juan, y éste les había indicado que Jesús era el Cordero de Dios y el
Hijo de Dios. Había, pues, llegado a conocer a Jesús y a confiar en él. En esta ocasión, empero,
se les requiere que dejen su ocupación habitual y que sean sus seguidores y discípulos.
Lo mismo puede decirse de Jacobo y de Juan, a quienes Jesús llama en la misma ocasión.
También ellos parecen haber sido discípulos de Juan el Bautista, haber encontrado a Jesús en
Judea, haber viajado con él hasta Galilea, y haber vuelto luego a su labor de pescadores. Al
invitárseles ahora a un discipulado público, leemos que "dejando a su padre Zebedeo en la barca
con los jornaleros, le siguieron".
El llamamiento de estos cuatro discípulos difiere materialmente de la experiencia de
aquellos que hoy día son invitados al servicio activo de Cristo. Y sin embargo, hay puntos de
comparación evidentes que son tan significativos como conocidos.
Ante todo, la invitación no suele ser, aunque lo sea tal cual vez, brusca y por sorpresa.
Por lo común se da un período de preparación, o las palabras de algún maestro, o la influencia de
parientes o amigos. Sin embargo, llega un momento en que debe tomarse una decisión concreta,
de ordinario como respuesta a un llamamiento específico, cualquiera que sea la forma en que el
tal llamamiento llegue.
14
En segundo lugar, la invitación encierra la misma alentadora promesa: "Haré que seáis
pescadores de hombres". Todo seguidor de Cristo que confiese su fe y viva en forma
consecuente, tiene el privilegio de conducir a otros hombres a la amistad con Cristo y a una
relación salvadora con él.
Tercero, este llamamiento supone sacrificio y separación. Aunque no vamos a imaginar
que esos hombres eran ni medianamente ricos, sin embargo se vieron compelidos a abandonar
todo lo que poseían, por lo menos a suspender sus labores habituales. Y a Jacobo y a Juan se les
pidió que dejaran a su padre, Zebedeo.
El discipulado cristiano no siempre exige los mismos sacrificios, aunque a veces sí. Ni
tampoco se presenta siempre la necesidad de separación. Lo que sí se requiere siempre es la
misma obediencia pronta y la voluntad de hacer lo que el Maestro pida, cueste lo que costare.
Posiblemente la lección más impresionante de este episodio se encuentra en esa sola palabra,
"luego". Al ser llamados, conscientes como estaban del sacrificio exigido, pero convencidos de
lo maravilloso de la tarea que se les encomendaba, "dejando luego sus redes, le siguieron".
Por último, nos tocaría considerar el resultado y la recompensa. ¿Quién podría calcular la
influencia que llegaron a ejercer estos cuatro hombres? ¿Hubiera sido mejor para ellos seguir
siendo oscuros pescadores galileos, o fue mejor entrar a formar parte del número de los apóstoles
de Cristo?
15
escribas". Lo que causaba sorpresa era más la manera cómo enseñaba que el contenido mismo de
su mensaje. Al contrario que los escribas, hablaba "como quien tiene autoridad". Los escribas no
carecían de seguridad y auto confianza; eran indiscutiblemente dogmáticos e intolerantes; pero
siempre hablaban con autoridad ajena. Eran los estudiosos e intérpretes profesionales del
Antiguo Testamento, pero se limitaban a repetir lo que otros habían dicho. No hacían sino citar
"autoridades". Jesús en cambio hablaba con el poder de la convicción personal, su tono era de
certeza absoluta, su autoridad era la que sólo da la comprensión divina.
Esta diferencia en cuanto al tono y al poder los oyentes la percibieron de inmediato.
Hasta cierto punto se puede reconocer hoy en día la misma diferencia entre maestros. Se da una
afirmación vociferante y dogmática de verdades tomadas prestadas y de creencias tradicionales;
esto a nadie impresiona. Por el contrario, la exposición serena y sencilla de experiencias reales,
de convicciones espirituales y de visiones personales, atrae y convence.
Si por una parte la enseñanza de Jesús era de importancia primordial, por otra sus
milagros tuvieron un valor tremendo en orden a confirmar su misión y a inspirar fe en su
mensaje. Marcos pone muy de relieve estos milagros. El relato que hace de ellos produce en el
lector una impresión profunda del poder divino del Hijo de Dios cuyo ministerio Marcos narra.
Hay algo particularmente significativo en el hecho de que el primer milagro descrito dé a
conocer las fuerzas sobrehumanas del mal, opresoras del hombre, pero que ante la presencia de
Cristo son impotentes. En el Evangelio de Marcos sobresalen en una forma muy especial los
milagros de este tipo. Y la mención de este milagro en concreto, precisamente al comenzar el
relato, sirve para ilustrar la fuerza de la oposición a Cristo, la necesidad de su acción, y su poder
invencible para salvar.
El milagro se realizó en la sinagoga donde Jesús había estado enseñando. De hecho,
parece que fue una interrupción que se le hizo lo que dio ocasión al milagro. Leemos: "Pero
había en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu inmundo, que dio voces, diciendo: ¡Ah!
¿Qué tienes con nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Sé quién eres, el Santo
de Dios".
El hombre estaba literalmente "con espíritu inmundo", es decir, estaba completamente
rodeado y dominado por el poder de este espíritu. Su dolencia no era una simple enfermedad
física o mental; estaba realmente poseído por un demonio. De no ser así, parecería que Jesús
interpretó un papel falso, teatral y engañador. Porque reprendió al espíritu, "diciendo: ¡Cállate, y
sal de él!"
Cualquiera que haya sido la condición precisa del hombre, para nosotros es un símbolo
vivo del poder de un vicio habitual y dominante. Envidia, lujuria, gula, engaño, desconfianza.
Cualquiera de ellos se convierte en demoníaco en su tiranía sobre el alma humana. Quien está
poseído de este modo, parece tener una doble personalidad. Se sorprende de verdad de lo que
dice y hace. Se siente incapaz de evitar lo que elige y quiere. Su única esperanza radica en un
poder fuera de sí mismo. Jesús, el Maestro que reprende el pecado, está cerca. Es también Jesús
el que salva del pecado.
El mismo hombre que ha acudido a Jesús movido por un evidente deseo de obtener ayuda
le grita con odio y pavor. Es el demonio que está dentro de él, quien, antes de que el Señor se le
dirija, manifiesta el antagonismo entre el bien y el mal que hace al alma pecadora retroceder ante
la presencia de Cristo. De hecho lo oímos exclamar, "¡Ah! ¿Qué tienes con nosotros, Jesús
nazareno?" La siguiente declaración ilustra ese temor al castigo que siempre acompaña a la culpa
consciente, "¿Has venido para destruirnos?" Las últimas palabras contienen un reconocimiento
sobrecogedor de la persona divina y de la obra de Cristo: "Sé quién eres, el Santo de Dios":
16
Indudablemente que la fe es algo muy distinto del conocer, del estar convencido, del confesar;
"también los demonios creen, y tiemblan".
Ese testimonio, sin embargo, salido de una fuente tan inmunda, no agrada a Cristo. De
inmediato reprende al demonio con una palabra tan pintoresca como severa (según el original
griego) : "¡ Amordázate!" le dice, como si se estuviese dirigiendo a una bestia. Y luego
pronuncia la palabra de divino mandato: "¡Sal de él!" A pesar de las afirmaciones del demonio,
Jesús ha percibido el anhelo de un alma humana, y ha respondido con una ayuda inmediata.
Ningún demonio, sin embargo, se deja desposeer sin lucha y sin infligir dolor: "Y el espíritu
inmundo, sacudiéndole con violencia, y clamando a gran voz, salió de él"
El efecto del milagro en los congregados en la sinagoga fue de asombro, el cual, según
los términos de Marcos, se revistió de reverencia y temor. Y sin embargo, la enseñanza que había
precedido al milagro no había quedado olvidada. Uno y otra se realzaban mutuamente. La forma
como enseñaba fue causa de sorpresa; pero una segunda causa lo fue también su poder de
mandar a los espíritus malignos y la inmediata obediencia de éstos. Así lo dan a entender las
excitadas exclamaciones: "¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta, que con autoridad manda
aun a los espíritus inmundos, y le obedecen?" Nunca deben separarse las palabras y las obras de
Jesús. Lo que enseñó y proclamó ha de verse a la luz de lo que era e hizo. Todo ello junto
produce la impresión de que Jesús no era un simple profeta humano, o un realizador de milagros,
sino el divino Hijo de Dios, hacedor de maravillas.
No es de extrañar que la noticia de esta primera aparición de Jesús en la sinagoga de
Capernaum "difundió su fama por toda la provincia alrededor de Galilea", y que las multitudes,
de las que Marcos suele hablar, se apiñasen desde entonces alrededor del Maestro, dondequiera
que fuese.
Al acompañar Jesús a Pedro y Andrés a su casa, una vez terminado el servicio de ese
primer sábado memorable de su ministerio público, halló que un miembro del círculo familiar
tenía necesidad especial de su simpatía y ayuda. La suegra de Pedro, tal como lo dicen las
gráficas palabras de Marcos, "estaba acostada con fiebre". Incluso entre los más íntimos
seguidores de Cristo hay corazones agobiados que necesitan ayuda, y también hay espíritus
febricitantes que deben ser sanados. Si el endemoniado representa la tiranía feroz de la pasión,
posiblemente esta persona sufriente y llena de desasosiego de la casa de Pedro simbolizaría la
angustia de la ansiedad, de la preocupación, del temor, del ansia, del mal genio, o de la
impaciencia. Ya sea en la atestada sinagoga, ya en la quietud de un hogar, Jesús puede sanar y
está dispuesto a hacerlo. Nuestro Señor no pretendió, desde luego, como primer propósito suyo
enseñar esta lección. Fue su benevolencia, su compasión, su amor, lo que le movió cuando "se
acercó, y la tomó de la mano y la levantó". Marcos menciona en más de una ocasión este
contacto de la mano del Señor en el acto de sanar. Añade intensidad al cuadro, y nos comunica
un mensaje de ternura, de simpatía, de proximidad, de Cristo.
Este contacto estuvo también lleno de poder. "La levantó; e inmediatamente le dejó la
17
fiebre, y ella les servía". Su curación fue instantánea y completa. El contacto había transmitido
fortaleza. Y evidentemente también despertó o produjo fe en la enferma. Y con toda seguridad
que la curación despertó en ella gratitud y amor. "Ella les servía". Muchos hogares están a la
espera hoy día del ministerio paciente, humilde y fiel de aquellos cuyos espíritus febricitantes e
inquietos el Señor sanó y calmó.
32 Cuando llegó la noche, luego que el sol se puso, le trajeron todos los que tenían
enfermedades, y a los endemoniados; 33 y toda la ciudad se agolpó a la puerta. 34 Y sanó a
muchos que estaban enfermos de diversas enfermedades, y echó fuera muchos demonios; y no
dejaba hablar a los demonios, porque le conocían.
Esta escena que Marcos ha esbozado es vivida e impresionante. El largo día de servicio
ha llegado a su término. Sin embargo esas pocas horas han bastado para que haya corrido por
todo Capernaum la noticia del milagro maravilloso que Jesús ha realizado en la sinagoga. Y
ahora, en el fresco de la primera noche, las multitudes se agolpan alrededor de la casa en la que
otro paciente ha sido socorrido. Posiblemente han esperado hasta que, de acuerdo con la ley
judaica, la puesta del sol ha señalado el término del sábado. Con ello se sienten ya libres de
dedicarse al "trabajo" de llevar al Maestro, para que los sane, "todos los que tenían
enfermedades, y a los endemoniados; y toda la ciudad se agolpó a la puerta". Mateo nos dice que
"los sanó". Marcos afirma que las curaciones fueron muy numerosas, y especifica que Jesús
"echó fuera muchos demonios". La noticia del milagro que había obrado a primeras horas de la
mañana tuvo como efecto lógico el llevar a Jesús muchas de esas pobres víctimas del poder de
los espíritus inmundos. Pero, al igual que en el caso del primer endemoniado, Jesús no quiso
permitirles que proclamasen el conocimiento sobrenatural que tenían de él. No podía aceptar
testimonios de fuentes tales. Reprendió a los demonios, libertó a las víctimas echándolos fuera, y
sanó a un sinnúmero de enfermos.
Es una situación que hoy en día se vuelve a dar para muchos. En medio de las sombras y
misterios del sufrimiento y el dolor, se yergue el Salvador. En torno a él se apretujan aquellos de
quienes se ha apoderado la enfermedad del pecado: el triste, el abandonado, el solitario, el
angustiado, el tentado, el desesperado, el perdido. Su contacto "conserva todavía su antiguo
poder". Movido por misericordia los cura a todos, y ellos se van gozosos. ¿No hay nadie en la
ciudad a quien podamos llevar? ¿No hay nadie que esté esperando nuestra invitación o ayuda
para llegarse al Maestro y sentir el poder de su contacto sanador?
35 Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar
desierto, y allí oraba. 36 Y le buscó Simón, y los que con él estaban; 37 y hallándole, le dijeron:
Todos te buscan. 38 El les dijo: Vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí;
porque para esto he venido. 39 Y predicaba en las sinagogas de ellos en toda Galilea, y echaba
fuera los demonios.
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Nada podría ilustrar mejor la rápida movilidad y energía activa que caracterizan el
Evangelio de Marcos que echar una nueva ojeada al contenido de la primera parte de este
capítulo primero, el cual, en el breve límite de unos pocos versículos, ha relatado toda una serie
de sucesos cuyo número lo deja a uno perplejo: la predicación de Juan, el bautismo y tentación
de Jesús, el llamamiento de los discípulos, y los incidentes del activo Sábado en Capernaum.
Acentúa más el contraste el encontrar ahora a Jesús apartándose de las multitudes para estar solo,
y luego, después de un recorrido por Galilea predicando, retirándose a la soledad de lugares
desiertos.
Sin embargo, estos períodos de aislamiento son tan característicos del Evangelio como lo
puedan ser los episodios de actividad intensa y de afanes sin descanso. De hecho, ciertos
escritores han utilizado estos retiros del servicio público que se mencionan tan concretamente,
unos diez en número, como hitos que dividen el ministerio de Jesús en períodos.
El por qué de este primer retiro se expone con claridad: para poder estar solo en oración.
Esto requería levantarse muy temprano y salir de la ciudad. "Levantándose muy de mañana,
siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba". Las lecciones que este
incidente tan breve da a sus discípulos actuales son muy graves. El necesitaba orar; la persona
que el día anterior había demostrado su poder sobre los demonios y la enfermedad; la persona
que había asombrado todavía más a los hombres con la abundancia y autoridad de su enseñanza;
aquel de cuyo poder la ciudad toda se maravillaba — ese mismo "salió y... oraba". ¡Qué
terriblemente grande debe de ser nuestra necesidad de oración! Quizá nuestra tarea sea enseñar;
nuestro privilegio es ofrecer a los demás un ministerio sanante de amor. Pero si el Maestro
necesitó buscar poder y ayuda en la oración, cuánto más debemos nosotros buscar fortaleza por
este mismo medio infalible.
Sin embargo, el hábito de la oración exige un tiempo determinado y un lugar apropiado.
"Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y... oraba". Las horas tempranas
son las mejores. Seguro que la actividad incesante del día precedente lo tenía exhausto; pero la
oración le era una necesidad tan indispensable que se levantó antes del amanecer para renovarse
en ella. Y también demostró la necesidad de un lugar donde pudiese estar completamente solo.
"Salió y se fue a un lugar desierto". Es posible orar en la ciudad y en medio del gentío de la
misma; pero la soledad es provechosa, y para ello se deben buscar lugares "desiertos". No
siempre es posible dejar la ciudad, pero sí se puede de ordinario obedecer el mandato del Señor:
"Entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto".
Nuestro Señor, sin embargo, ni siquiera en los lugares solitarios estaba del todo a salvo
de los intrusos, ni tampoco se veía por mucho tiempo libre de interrupciones. "Y le buscó Simón,
y los que con él estaban; y hallándole, le dijeron: Todos te buscan".
Jesús nunca demostró ni sintió la más mínima irritación ante tales interrupciones.
Siempre recibía a los intrusos con amabilidad y amor. En esta ocasión no pidió más tiempo para
orar; con el levantarse tan temprano se había adelantado a lo que luego se le iba a exigir. Pero, a
pesar de ello, aprovechó la ocasión para explicar a sus discípulos la razón ulterior que tenía para
salir de Capernaum: "El les dijo: Vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí;
porque para esto he venido". También en esto comunica un mensaje a todos los discípulos por
venir. Jesús fue a las regiones limítrofes. Y sabía que era popular en Capernaum. Toda la ciudad
se había aglomerado en su torno por la noche del día anterior, sábado. Esto hubiera parecido a
sus seguidores razón suficiente para seguir con su ministerio ahí mismo. El Maestro razonaba de
otra forma. Ya se había dado a Capernaum la oportunidad de oír su mensaje y de recibir su
ministerio de curación, y ahora convenía pensar ya en campos más necesitados. En el programa
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del Maestro nada había estrecho, provinciano o egoísta. Quería predicar donde el mensaje nunca
hubiera sido oído. Deseaba salvar a aquellos que no habían tenido oportunidad de recibir la vida.
Por esta razón se alejó por un tiempo de Capernaum y "predicaba en las sinagogas de ellos en
toda Galilea, y echaba fuera los demonios".
De los incidentes que ocurrirían en este primer recorrido por Galilea, Marcos relata sólo
uno, tan significativo como la curación del endemoniado, milagro con el que Jesús había
comenzado su ministerio. Ahora Jesús limpia a un leproso. Si el primer milagro simbolizaba el
poder de Cristo para librar de la tiranía del pecado, este segundo describe su habilidad para
aliviar de la contaminación del pecado.
La lepra se consideraba como la más repugnante y terrible de las enfermedades. Se daba
en varias formas, pero su rasgo invariable era su pestilente suciedad. El leproso era un proscrito.
Estaba obligado a vivir lejos de donde moraban los demás. Tenía que llevar cubierta la boca y
avisar de su proximidad con el grito, "¡Impuro! ¡Impuro!" Su situación se consideraba sin
esperanza; se lo contaba como muerto Repugnante, insidiosa, corruptora, penetrante, aislante,
física y legalmente contaminante, cierto que la lepra es un símbolo adecuado del pecado. Y este
gráfico relato presenta una parábola que ilustra el poder de Cristo para limpiar, sanar y restaurar,
con el toque de su gracia.
Sin embargo, aparte del simbolismo tan significativo que tiene, la narración en sí es una
revelación del poder y amor divinos. El aspecto que ofrece el pobre hombre es en verdad
patético; y al acercarse al Maestro manifiesta su súplica con estas conmovedoras palabras:
"Si quieres, puedes limpiarme". Contiene un elemento que es nuevo en el relato que
Marcos ha hecho de los milagros de Jesús. Es una confesión de fe. Claro que la fe se suponía en
los otros casos, pero en este caso se afirma con tal fuerza que de inmediato atrae nuestra
atención. Tenemos a un hombre que pide a Jesús que haga lo que ningún médico osaría intentar.
Está completamente seguro del poder del Maestro; el único interrogante es en cuanto a su buena
voluntad. La respuesta de Jesús es inmediata: "Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la
mano y le tocó, y le dijo: Quiero, sé limpio. Entonces... le despidió luego". De esta manera
Marcos nos abre el corazón del Maestro y declara que su acción nace de la compasión. Y luego
describe a Jesús que toca al leproso, como expresión de simpatía; pero también fortalece la fe del
que pide, y alarma a los presentes, todos los cuales evitaban cualquier contacto con el enfermo.
Luego Jesús pronuncia las palabras poderosas, y la curación es instantánea y completa. En esta
compasión Jesús comunica un mensaje a sus seguidores. Al servir a los demás, deben estar
dispuestos a alargar la mano y tocar con simpatía a quienes puedan ayudar y sanar.
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En el mandato que sigue se encierra una lección para quienes han experimentado el
contacto bondadoso de Cristo; deben estar dispuestos a obedecer. "Entonces le encargó
rigurosamente, y le despidió luego, y le dijo: Mira, no digas a nadie nada, sino ve, muéstrate al
sacerdote, y ofrece por tu purificación lo que Moisés mandó, para testimonio a ellos". La razón
de esta severa orden fue el temor de que, de dar publicidad a una tal curación, se iba a producir
tal revuelo, que podría obstaculizar la predicación y enseñanza de Jesús, y centrar más la
atención en sus obras que en sus palabras. Por otra parte, aunque el hombre fue sanado, no estaba
todavía legalmente limpio El presentarse de inmediato al sacerdote le impediría interrumpir la
enseñanza de Jesús y daría a las autoridades religiosas supremas un testimonio incontrovertible
del poder divino de Jesús. La ofrenda que iba a presentar expresaría su gratitud a Dios. El
hombre, sin embargo, desobedece; "ido él, comenzó a publicarlo mucho y a divulgar el hecho".
Posiblemente se convenció a sí mismo de que lo hacía para expresar su gratitud. Pero la
verdadera gratitud se demuestra más bien haciendo lo que el Señor manda. Hoy día hay quienes
creen que han experimentado el contacto sanador de Cristo, y se engañan a sí mismos creyendo
que pueden servir mejor al Maestro siendo discípulos suyos en secreto. Sin embargo, el mandato
universal es que lo confesemos delante de los hombres; y sólo con una obediencia pronta
podemos ayudar a la causa de nuestro Señor.
El incumplimiento, por parte del leproso, de la prohibición de Jesús produjo exactamente
el efecto que el Señor había previsto. "Ya Jesús no podía entrar abiertamente en la ciudad". El
capricho estúpido de un hombre impidió que ciudades enteras oyesen y viesen al Señor. A pesar
de ello la obra del Señor no quedó completamente paralizada, porque "se quedaba fuera en los
lugares desiertos; y venían a él de todas partes". La voluntad de Cristo no es la misma pata todos
y en todo tiempo; pero vivimos en una época en la que él quisiera tener como testigos declarados
a todos los que ha sanado. ¿Manifestamos nosotros, con nuestra obediencia, nuestro amor
agradecido, u ocultamos acaso su acción salvadora?
1 Entró Jesús otra vez en Capernaum después de algunos días; y se oyó que estaba en
casa. 2 E inmediatamente se juntaron muchos, de manera que ya no cabían ni aun a la puerta; y
les predicaba la palabra. 3 Entonces vinieron a él unos trayendo un paralítico, que era cargado
por cuatro. 4 Y como no podían acercarse a él a causa de la multitud, descubrieron el techo de
donde estaba, y haciendo una abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico. 5 Al ver
Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados. 6 Estaban allí
sentados algunos de los escribas, los cuales cavilaban en sus corazones: 7 ¿Por qué habla éste
así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios? 8 Y conociendo luego
Jesús en su espíritu que cavilaban de esta manera dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por qué
caviláis así en vuestros corazones? 9 ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son
perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda? 10 Pues para que sepáis que el Hijo del
hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): 11 A ti te digo:
Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa. 12 Entonces él se levantó en seguida, y tomando su
lecho, salió delante de todos, de manera que todos se asombraron, y glorificaron a Dios,
diciendo: Nunca hemos visto tal cosa.
El único suceso que narra Marcos del primer recorrido de Jesús por Galilea es la curación
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de un leproso, símbolo del poder de Jesús para limpiar del pecado. A su regreso a Capernaum
Jesús realiza un milagro en relación al cual demuestra su poder de perdonar los pecados. Este
suceso señala una división clara en el primer período del ministerio de Jesús. Hasta este
momento el relato ha venido tratando más que nada de la curación de endemoniados y de
enfermedades físicas; de ahora en adelante afirmará claramente que la verdadera misión de Jesús
se relaciona sobre todo con la enfermedad mucho más seria del pecado.
Encontramos un contraste aún más marcado en la oposición a Jesús que ahora sale a la
luz. En el capítulo primero del Evangelio nos informaba acerca de la popularidad de Jesús,
amplia e incluso embarazosa. Con el capítulo segundo comienza a relatarse el conflicto. La gente
sigue apiñándose a su alrededor; pero a los dirigentes les ofenden sus pretensiones, les escan-
daliza el que reciba a los pecadores, están airados por lo que enseña acerca del ayuno y de la
observancia sabática.
La curación de un paralítico fue la ocasión que aprovechó Jesús para proclamar el
derecho que irritó a los dirigentes. La enfermedad que sufría el hombre era mucho más seria que
la que conocemos como "parálisis"; era más bien como una epilepsia Se perdía el control de los
músculos; pero se daban repentinos paroxismos de dolor, durante los cuales el enfermo caía,
contorsionándose, en una agonía desesperada. Los ataques se hacían más y más frecuentes, y
sólo la muerte podía aliviarlo. El paralítico al que Jesús curó sufría de una enfermedad más
terrible aún, la del pecado, de la cual su enfermedad física era símbolo sobrecogedor y quizá
también la consecuencia.
Cuatro amigos lo llevaron a Jesús. La decisión y ahínco desesperados que demostraron
sirve de ejemplo, o de reproche, para tantos que dicen estar preocupados por el bien espiritual de
otros, y que sin embargo hacen tan poco para llevarlos a Cristo.
Estos cuatro amigos llevaban al enfermo en un colchón o alfombra. Se acercaron a la casa
en la que Jesús estaba enseñando, y se vieron frente a una masa humana que les impedía el paso.
Para nada desanimados, subieron por las escaleras exteriores hasta el techo plano de la baja casa
levantaron las tejas, o la cubierta que fuera, superaron todos los obstáculos, y bajaron al enfermo
hasta la presencia misma de Jesús para sorpresa de los que lo rodeaban.
Su modo de proceder fue insólito, y hasta posiblemente torpe y falto de consideración.
Pero le manifestó a Jesús la fe de ellos, y le transmitió al enfermo la percepción que ellos tenían
de su propia necesidad de él y la absoluta confianza que tenían de que el Maestro lo podría sanar.
Posiblemente los métodos modernos de llevar almas a Cristo podrían ser más eficaces, si fueran
menos convencionales, pero más aptos para retener la atención y sorprender. Cualquiera que sea
la forma que adopten, deberían dar una impresión de profunda seriedad moral y manifestar la
convicción de que sin Cristo no hay esperanza y de que sólo él tiene poder para salvar.
Jesús reconoció la fe tanto del hombre como de sus amigos y respondió con una
declaración que produjo en sus oyentes más sorpresa que la que había producido el abrir el techo.
"Al ver Jesús la fe de ellos, dijo-al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados". Nadie le
había pedido nada, pero Jesús leyó el corazón. Vio el ansia de sanar que tenía el enfermo, no sólo
en el cuerpo sino también en el alma. Percibió el pesar por el pecado que había producido la
enfermedad, y la angustia del remordimiento. Y de inmediato pronunció la palabra de perdón y
paz. De esta manera Jesús proclamó el mensaje que las multitudes eran tan lentas en recibir, que
el mundo parece reluctante en aceptar. Afirmó que los males físicos y sociales son menos graves
que las enfermedades morales y espirituales de las cuales son los síntomas y también las
consecuencias. Y dijo más; manifestó su derecho de poder dar perdón y quitar la culpa.
Esta pretensión suya fue la que tanto suscitó la inquina de los dirigentes judíos que
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estaban presentes y que representaban a los líderes religiosos de Capernaum y también de
Jerusalén mismo. "Estaban allí sentados algunos de los escribas, los cuales cavilaban en sus
corazones: ¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo
Dios?" El razonamiento de estos escribas era del todo correcto. Jesús era un blasfemo, merecía la
muerte, a no ser —y no hay otra alternativa— que fuese uno con Dios. Y Jesús de inmediato
procedió a demostrar su divinidad la cual, en sustancia, había reivindicado.
Lo había hecho, primero, demostrando un saber divino. Sus enemigos no habían
pronunciado palabra alguna de protesta. Eran sólo espías. Todavía no había comenzado una
abierta oposición a Jesús. Pero él leyó sus pensamientos secretos. "Y conociendo luego Jesús en
su espíritu que cavilaban de esta manera dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por qué caviláis así en
vuestros corazones?" E inmediatamente les ofrece un criterio para probar su divinidad: "¿Qué es
más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho
y anda?" Ambas cosas eran obviamente difíciles; cualquiera de las dos exigía poder divino. Y
añadió, dándoles una prueba de divina seguridad: "Pues para que sepáis que el Hijo del hombre
tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico); A ti te digo: Levántate, toma
tu lecho, y vete a tu casa".
En este Evangelio no se había mencionado antes el título, "Hijo del hombre". No hay que
tomarlo como mero contraste de la expresión Hijo de Dios. No expresa simplemente humanidad,
ni siquiera la más perfecta y elevada. Tiene otros significados más amplios. Este título lo usaron
Daniel y otros para designar al Mesías y Salvador que iba a venir. En este caso nuestro se
emplea, no por humildad, sino para apoyar una pretensión de autoridad divina. Como Hijo del
hombre, Jesús reivindica el derecho de perdonar los pecados. Y este derecho lo demuestra y
confirma con el milagro que realiza a continuación: "Entonces él se levantó en seguida, y
tomando su lecho, salió delante de todos". No sorprende que Marcos añada, "De manera que
todos se asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca hemos visto tal cosa".
Así pues, los milagros de Cristo eran pruebas de su divinidad tanto como manifestaciones
de su amor. También eran parábolas que enseñaban su capacidad y deseo de librar a los hombres
del pecado y su poder.
a. Llamamiento de Leví
Vs 13, 14
13 Después volvió a salir al mar; y toda la gente venía a él, y les enseñaba. 14 Y al
pasar, vio a Leví hijo de Alfeo, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y
levantándose, le siguió.
La primera ocasión en que nació la aversión hacia Jesús en el corazón de los líderes
religiosos de esos días, fue cuando se atribuyó autoridad para perdonar pecados. La segunda fue
su actitud con los pecadores. Una manifestación sorprendente de esta actitud la dio Jesús al
llamar, como acompañante y ayudante personal, a un publicano, llamado Leví, o Mateo. El
hecho de que un hombre fuese publicano, o cobrador de impuestos, no quería decir que fuese
pecador, pero sí lo hacía sospechoso, lo excluía de toda asociación con hombres respetables y de
buena reputación. Leví estaba al servicio de un sistema que se basaba enteramente en la
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extorsión y el fraude. Los impuestos y derechos arancelarios no los recaudaban servidores a
sueldo del Gobierno Romano, sino hombres que pagaban para poder ser ellos quienes los
recaudasen, y que amasaban fortunas a base de exigencias gravosas y excesivas. El trabajo en
realidad lo hacían por medio de representantes. Estos eran, como ocurría entre los judíos, nativos
de la provincia en la cual actuaban, y eran despreciados, no sólo a causa de su deshonestidad,
sino también por la deslealtad que demostraban hacia su propia nación que tanto odiaba el yugo
romano. Estos recaudadores de impuestos, o publícanos, eran proscritos sociales y se los
catalogaba con los viciosos y criminales. El que Jesús llamase a un miembro de esa clase social
envilecida para que fuese su compañero íntimo era un desafío a los prejuicios de los tiempos y
una ofensa especial para los orgullosos fariseos, los cuales se consideraban justos.
Jesús hizo el llamamiento cuando abandonaba de nuevo a Capernaum para continuar su
enseñanza desde el mar, donde los amplios espacios abiertos le brindaban lugar suficiente para la
gran cantidad de gente que "venía a él".
El hombre que en esta ocasión fue llamado al discipulado público se llamaba Leví.
Probablemente tenía otro nombre, Mateo, o bien tomó entonces el nombre por el cual se le
conoce mejor. Fuese o no nuevo el nombre, ese momento significó el comienzo de una nueva
carrera y el convertirse en un hombre nuevo.
El llamamiento parece brusco, la decisión repentina, al igual que el cambio de vida iba a
ser total. Jesús lo vio "sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y
levantándose, le siguió" Recordemos, sin embargo, que este recaudador de impuestos proba-
blemente no le era extraño a Jesús. Al igual que los demás habitantes de Capernaum había oído
predicar al Maestro, había sido testigo de sus milagros, y había escuchado las promesas del
Reino que se aproximaba y de la felicidad de los que lo siguieran. Y ahora vino la invitación
concreta. Su respuesta fue inmediata y clara. En presencia de las multitudes, en el lugar mismo
donde solía trabajar, se convirtió en seguidor de Cristo. Hoy día también hay conversiones
repentinas. Pero, de ordinario, son la culminación de un largo período de preparación y el
resultado de influencias previas. Sin embargo, hay un momento crítico, hay el requerimiento a
tomar una decisión, hay un llamamiento claro a la confesión pública y al servicio abierto. ¡Feliz
el hombre que en un momento así elige como lo hizo Mateo, el publicano!
Esta elección entrañó grandes sacrificios. Así suele acontecer en las decisiones como
ésta. Significó la pérdida de riqueza, el abandonar una posición lucrativa. Exigió un rompimiento
rotundo con el pasado. En forma alguna podía pensar en escabullirse del Maestro y volver a
sentarse "al banco de los tributos públicos". Pero tenía asegurada una gran recompensa. Este
paria despreciado se convirtió en una bendición para su patria y para el mundo. Escribió un
Evangelio. Se ganó una corona imperecedera de fama y gloria. Su vida ha sido un testimonio
permanente del poder de Cristo, quien transformó a un publicano despreciado en un apóstol, un
evangelista, y un santo.
15 Aconteció que estando Jesús a la mesa en casa de él, muchos publícanos y pecadores
estaban también a la mesa juntamente con Jesús y sus discípulos; porque había muchos que le
habían seguido. 16 Y los escribas y los fariseos, viéndole comer con los publícanos y con los
pecadores, dijeron a los discípulos: ¿Qué es esto, que él come y bebe con los publícanos y
pecadores? 17 Al oir esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los
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enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores.
Probablemente en prueba de gratitud a Jesús, y para manifestar su lealtad en una forma
aún más concreta, el nuevo discípulo prepara una fiesta, en la que Jesús es el invitado de honor, y
a la que Mateo invita a un buen número de sus antiguos amigos. Para muchos recién convertidos
su alegría mayor es poner a sus antiguos camaradas en presencia del Maestro. Y desde luego que
nadie puede esperar ser de mucha utilidad al mundo si no quiere dar a conocer a sus compañeros
su decisión de ser seguidor de Cristo, y si no introduce en alguna forma precisa al Señor en su
casa.
La buena voluntad de Jesús de aceptar una invitación semejante y su presencia con Mateo
en un círculo tal de "publícanos y pecadores" no es ninguna incitación hecha a los convertidos a
que continúen en asociación con los no cristianos, ni sanciona tampoco el unirse a ellos para
asuntos de negocio y fines sociales que sean contrarios al espíritu de Cristo Podemos invitar al
Señor para que sea invitado a nuestra mesa; pero no podemos esperar que vuelva con nosotros a
los antros de pecadores o al lugar de nuestras ganancias deshonestas.
La presencia de Jesús en la fiesta de Leví es una expresión todavía más patente de su
actitud para con los pecadores, y un ahondamiento aún mayor de su ofensa a los fariseos, quienes
dicen a los discípulos con horror y en amarga protesta, "que él come y bebe con los publícanos y
pecadores". La queja brinda a Jesús la oportunidad de proferir uno de sus dichos más
significativos: "Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a
llamar a justos, sino a pecadores". Con esta mención Jesús de inmediato explica y justifica su
conducta, y define su misión terrenal. El médico va a la habitación del enfermo o al hospital, no
porque le guste la enfermedad o porque le plazca la compañía de inválidos y enfermos, sino
porque desea curar y aliviar. Así también Jesús se juntaba con pecadores, no porque aprobase el
pecado o disfrutase en compañía de los depravados, sino porque, como sanador de almas,
deseaba ir donde más se le necesitaba y trabajar donde los estragos del pecado eran peores. Vino
al mundo para salvar a los pecadores. Su conducta lo afligía, sus pecados lo entristecían. Pero
para llevar a cabo su tarea, debía buscarlos, y demostrarles su simpatía con su presencia y su
contacto sanador.
¡Qué esperanza debieron llevar estas palabras a los-invitados de la casa de Leví! Los
líderes religiosos de la época los habían rehuido, despreciado, odiado, y les habían hecho creer
que su Dios no los amaba más que ellos. Ahí en medio de ellos había Uno cuyo rostro y espíritu
puros censuraban sus pecados, pero cuya presencia y palabras expresaban una simpatía divina y
proclamaban que los pecadores eran el objeto especial de su afecto y de su poder salvador.
¡Qué reproche fueron para los fariseos estas palabras! ¿Era su actitud hacia los pecadores
tal que los ganase para la virtud y para Dios? Y luego también, ¿por qué este Maestro, cuyas
palabras celestiales se veían confirmadas con estupendos milagros, no tenía ningún mensaje para
ellos, ni se complacía en ellos? ¿Qué quiso decir al afirmar, "No he venido a llamar a justos, sino
a pecadores"? ¿Eran ellos "justos" o "pecadores"? A ellos les tocaba decirlo. Sin duda que
muchos de ellos se tenían por justos; por esto nunca escucharon ni prestaron atención al
llamamiento salvador de Cristo. Los hombres equivocados como ellos nunca lo hacen.
¡Qué mensaje tan concreto contienen estas palabras también para todos los seguidores de
Cristo! No debemos contentarnos con nuestra propia salvación, sino que debemos tener presentes
las almas enfermas por el pecado, y debemos demostrarles nuestra sincera preocupación. No
podemos esperar que los enfermos vengan a nosotros, sino que, como médicos prudentes,
debemos ir a buscarlos donde se encuentren postrados. Sólo así seremos verdaderos discípulos de
quien no vino "a llamar a justos, sino a pecadores".
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10 La pregunta sobre el ayuno
Cap 2:18-22
18 Y los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunaban; y vinieron, y le dijeron: ¿Por
qué los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunan, y tus discípulos no ayunan? 19 Jesús les
dijo: ¿Acaso pueden los que están de bodas ayunar mientras está con ellos el esposo? Entre
tanto que tienen consigo al esposo, no pueden ayunar. 20 Pero vendrán días cuando el esposo
les será quitado, y entonces en aquellos días ayunarán. 21 Nadie pone remiendo de paño nuevo
en vestido viejo; de otra manera, el mismo remiendo nuevo tira de lo viejo, y se nace peor la
rotura. 22 Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo rompe los
odres, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero el vino nuevo en odres nuevos se ha de
echar.
Jesús ofendió a los fariseos por primera vez al arrogarse el derecho de perdonar los
pecados, y luego por su manera de tratar a los pecadores. Ahora suscita su encono con la actitud
que toma hacia las formas y ceremonias que, para ellos, constituían la esencia misma de la
religión. Esta actitud la expresa Jesús no exigiendo a sus discípulos que observen los ayunos que
habían llegado a ser tan importantes en el sistema legalista que enseñaban los líderes religiosos
de los judíos. La ley no había exigido más que un ayuno anual. Los rabinos en cambio habían
multiplicado en tal modo esta forma de observancia religiosa que un fariseo pudo alardear de
ayunar "dos veces a la semana". Incluso a los discípulos de Juan se les enseñaba a ayunar con
frecuencia, no como formalidad vacía sino para manifestar el carácter solemne del ministerio de
Juan, quien había venido a predicar "arrepentimiento para perdón de pecados".
No es extraño, pues, que los enemigos de Jesús vinieran a él con la queja y la pregunta:
"¿ Por qué los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunan, y tus discípulos no ayunan?" En su
respuesta Jesús expresa con claridad cuál sea la relación de sus seguidores con el ayuno, y
también con todas las ceremonias-y ritos religiosos: "¿Acaso pueden los que están de bodas
ayunar mientras está con ellos el esposo? Entre tanto que tienen consigo al esposo, no pueden
ayunar. Pero vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces en aquellos días
ayunarán".
En la primera parte de esta respuesta Jesús sugiere que ese ayuno, al igual que todos los
ritos religiosos, puede ser conveniente si es expresión verdadera de un sentimiento religioso;
pero si e-, una cuestión de precepto, de exigencia, o una supuesta fuente de mérito, en este caso
es un absurdo y una impertinencia. Si uno ayuna para mejorar la salud corporal, o para tener la
mente más despejada para las prácticas espirituales, el hacerlo carece de malicia; pero si uno
ayuna porque así lo exige un cierto ritual o calendario, su auto negación es una formalidad vacía,
o un exhibicionismo odioso de auto justicia. Jesús se llama a sí mismo "el esposo", y afirma que
sería absurdo que sus seguidores, amigos del esposo celestial, ayunasen mientras él esté con
ellos. Pero el tiempo en que les sería arrebatado violentamente se acercaba. Veía en la hostilidad
de los fariseos los signos precursores de la tormenta que se avecinaba, la certeza de que iba a ser
repudiado y de su muerte. En ese tiempo en el que él ya no estaría, el ayuno podría expresar
convenientemente el dolor de sus amigos; en cambio, mientras él estuviese entre ellos, el ayunar
sería una formalidad vacía. Lo mismo ha de decirse de todas las ceremonias religiosas. Posi-
blemente son apropiadas cuando expresan un sentir verdadero, si se adecuan al tiempo y lugar.
Pero, si se exigen o realizan sin tener en cuenta el sentimiento o la actitud del corazón, son sin
propósito, superficiales y absurdas. De esta forma Jesús ataca la entraña misma de todo
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ceremonialismo en religión.
En la segunda parte de su respuesta, Jesús enseña que incluso los ritos más expresivos y
las ceremonias más significativas no tienen sino un lugar mínimo en la religión tal como él la
sanciona e interpreta. No había venido para ordenar y exigir el ritual judío, ni tampoco hubieran
podido sus formas expresar rectamente el nuevo espíritu de verdad que él encarnaba y
proclamaba. Este es el significado general de las dos breves parábolas que forman la conclusión
de su respuesta. "Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo; de otra manera el mismo
remiendo nuevo tira de lo viejo, y se hace peor la rotura". Jesús no había venido a remendar el
judaísmo añadiéndole, unas cuantas reglas y obligaciones nuevas. Tenía algo nuevo que dar;
pero su propósito no era poner parches a un sistema viejo, o aumentar para sus seguidores las
regulaciones minuciosas y observancias abrumadoras que los fariseos, en nombre de la religión,
imponían a la conciencia de los hombres. Intentar algo semejante hubiera sido tan insensato y
desastroso como poner un remiendo nuevo en vestido viejo.
"Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo rompe los odres,
y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar".
Jesús se refiere a la costumbre de usar recipientes hechos de pieles para transportar vino, y al
hecho de que el vino nuevo, al aumentar su fermentación, reventaría los odres viejos, ya
dilatados y tensos, o gastados por el tiempo. Por eso, como Jesús sugirió, les sería imposible a las
antiguas prácticas y ceremonias del judaísmo contener el espíritu de la religión que él enseñaba.
Al cristianismo no lo puede encerrar ningún sistema de ritos y observancias, ni lo puede limitar
conjunto alguno de reglas y mandatos, ni se le debe confundir con ningún ritual. Su verdadera
esencia es una vida nueva que surge de la fe en Cristo. Dirige a los hombres no por medio de
reglas sino de motivos. Su símbolo no es un ayuno sino un festín, dado que su característica pro-
funda es el gozo. Si el cristianismo ha de tener alguna clase de prácticas, deben ser nuevas. A los
seguidores de Cristo no podían obligarlos los ayunos y demás observancias que habían inventado
o multiplicado los judíos formalistas y los fariseos.
23 Aconteció que al pasar él por los sembrados un día de reposo, sus discípulos,
andando, comenzaron a arrancar espigas. 24 Entonces los fariseos le dijeron: Mira, ¿por qué
hacen en el día de reposo lo que no es lícito? 25 Pero él les dijo: ¿Nunca leísteis lo que hizo
David cuando tuvo necesidad, y sintió hambre, él y los que con él estaban; 26 cómo entró en la
casa de Dios, siendo Abiatar sumo sacerdote, y comió los panes de la proposición, de los cuales
no es lícito comer sino a los sacerdotes, y aun dio a los que con él estaban? 27 También les dijo:
El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo.
28 Por tanto, el Hijo del hombre es Señor aun del día de reposo.
27
vital en la vida de nuestro Señor, y de importancia apremiante en las vidas de sus seguidores de
hoy. En su enseñanza Jesús, como de costumbre, rescata a los hombres de las angostas
restricciones del legalismo, e indica que la conducta humana la han de regular, no normas
minuciosas, sino principios morales. En cuanto al Sábado, los principios son pocos en número y
todos quedan explicados con los dos incidentes que Marcos relata en este punto. Son los
siguientes: el Sábado para el cristiano es el Día del Señor, y ha de consagrarse al descanso y al
culto y a obras necesarias de misericordia.
El primero de estos incidentes da cuerpo a los elementos de su enseñanza relativos al
descanso, a las actividades necesarias, y al señorío de Cristo. En un día de reposo los discípulos
siguen a Jesús por un sendero, por entre los sembrados. Como sentían hambre, arrancaron
algunas espigas de trigo. "Entonces los fariseos le dijeron: Mira, ¿por qué hacen en el día de
reposo lo que no es lícito?" Lo que tenían presente era desde luego, la ley sabática que prohibía
el trabajo. Consideraron que el arrancar espigas era una especie de siega, y que la separación de
la paja y el grano eran como una trilla. Por tanto los discípulos, según la interpretación de los
fariseos, estaban violando la Ley que prohíbe trabajar en sábado. Era un buen ejemplo de las
filigranas sutiles y absurdas en las que insistían los fariseos al interpretar la Ley. Ilustra también
el hecho de que estos legalistas ciegos siempre tenían, como norma de juicio, no la Ley sino su
interpretación de la misma, lo mismo que los fanáticos religiosos de hoy en día.
La acusación que los fariseos presentaron era insignificante y desdeñable. Jesús, sin
embargo, les contestó en serio, y al hacerlo proclamó principios que son de aplicación universal
en todas las edades. Su respuesta es doble: primero, defiende a los discípulos citando un
precedente de la misma historia judía; luego, proclama la verdadera naturaleza de la ley sabática.
"Pero él les dijo: ¿Nunca leísteis lo que hizo David cuando tuvo necesidad, y sintió hambre, él y
los que con él estaban; cómo entró en la casa de Dios, siendo Abiatar sumo sacerdote, y comió
los panes de la proposición, de los cuales no es lícito comer sino a los sacerdotes, y aun dio a los
que con él estaban?" Jesús se apoya, pues, en la autoridad de las Escrituras mismas de las que los
fariseos dependían; y hace ver que David, el gran rey, había conculcado la Ley al comer de los
panes sagrados que se hallaban en la mesa dorada en el Lugar Santo, y que, según la Ley, sólo
los sacerdotes podían comer. David y sus seguidores habían obedecido la ley más eminente de la
necesidad y su acción la habían alabado innumerables generaciones. De la misma manera los
discípulos, cediendo a la necesidad, habían violado la ley sabática y, no obstante, eran inocentes.
Lo que hay que tener en cuenta en este caso es que David conculcó realmente la Ley; y que Jesús
admite que sus discípulos violaron la ley del reposo. Es una afirmación clara de la verdad de que
el Sábado es un día de reposo; de que, según la ley sabática, no se puede realizar ninguna clase
de trabajo; no autoriza trabajo alguno. Jesús no trata de contestar a los fariseos diciendo que
arrancar unas cuantas espigas no es trabajar. Reconoce que se ha violado la Ley, pero insiste en
que bajo ciertas circunstancias es legítima tal violación del descanso absoluto. Las obras necesa-
rias quebrantan esa ley, pero no implican ni pecado ni culpa. Es un criterio moral para seguir,
elevado y seguro. No tenemos que preguntarnos si un determinado acto u ocupación los permite
la ley sabática; tenemos que determinar hasta qué punto estamos justificados en quebrantar dicha
ley. Podemos llevar a cabo ciertas tareas en el día de reposo y sin embargo ser tan inocentes
como lo fue David en el Lugar Santo, o los discípulos en los sembrados.
Es evidente, pues, que la ley del Sábado difiere por su naturaleza de otras leyes. Bajo
ninguna circunstancia sería legítimo conculcar las leyes de pureza, de honestidad, o de amor.
Hacerlo implicaría culpa y pecado. Sin embargo, uno puede quebrantar la ley del reposo sabático
por obediencia a las muchas formas de que se reviste la necesidad, y ser inocente.
28
Así lo manifiesta Jesús al referirse a la naturaleza del Sábado en la parte final de su
respuesta. "También les dijo: El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre
por causa del día de reposo". Fue instituido en beneficio del hombre, y como tal debe ser su
esclavo y no su amo; su observancia en modo alguno puede impedirle que haga algo necesario,
ni ha de permitírsele que le prive de algún beneficio. En esto radicaba el error de los fariseos.
Habían interpretado la ley del reposo en una forma tal y la habían recargado de tantas exigencias
y restricciones minuciosas, absurdas e irritantes, que su observancia había dejado de ser un
placer para convertirse en una carga. La Ley, en vez de ser servidora del hombre, se había
convertido en su cruel amo, haciéndolo gemir bajo su férula tiránica.
Con estas palabras memorables, "El día de reposo fue hecho por causa del hombre", Jesús
sacudió las cadenas que las tradiciones e interpretaciones humanas habían impuesto. Es
sorprendente y entristecedor hasta qué extremo este dicho ha sido mal entendido y mal
interpretado para justificar la profanación del Sábado. Incluso hay quienes tratan de sugerir que
con ello Jesús abolió de hecho el Sábado, o lo cambió de día santo en día festivo. Esto es
interpretar la enseñanza de Jesús para justificar el libertinaje, lo cual es tan absurdo como la
interpretación que hacían los fariseos en favor del legalismo.
"El día de reposo fue hecho por causa del hombre"; pero ¿qué es el hombre? ¿Es sólo un
animal? Si así fuera, podría muy bien ocupar un día hecho por causa de él en ejercicios físicos,
diversiones y excesos. Pero si tiene entendimiento, si esta es su facultad esencial, en este caso
debe dedicar el Sábado al cultivo de la mente y a empeños estéticos. Y si tiene un alma inmortal,
con la potestad de ser igual a Dios, entonces el único empleo adecuado del Sábado sería
proporcionar refrigerio al cuerpo y a la mente, pero mucho más buscar y aprovechar
oportunidades para crecer espiritualmente, para comunicarse con Dios, para profundizar en el
conocimiento de lo eterno.
"El día de reposo fue hecho por causa del hombre", pero debemos recordar que cuando
Jesús pronunció estas palabras había acabado de argüir partiendo de la premisa de que la ley del
reposo sabático para cuerpo y mente tiene aplicación universal y continua. Y también debemos
recordar que añadió, "Por tanto, el Hijo del hombre es Señor aun del día de reposo". No abolió el
Sábado; antes al contrario afirmó que su señorío divino era tan grande que abarcaba incluso una
institución tan sagrada y necesaria como la del Sábado. Como había sido hecho por causa del
hombre, él, el Hombre por antonomasia, el Salvador de los hombres, no era esclavo de sus
exigencias. Lo desembarazaba, ya para siempre, de todas las restricciones formalistas que los
fariseos le habían sobreañadido, lo reintegraba a su lugar de servicio verdadero y saludable a los
hombres. No hay en verdad mucho peligro de que aquellos que admiten el señorío de Cristo
dejen de santificar, como institución sagrada, ese día que, como "Día del Señor", ahora día
primero de la semana, nos recuerda no tanto la Ley y sus exigencias, cuanto la libertad y vida de
gozo que el Señor resucitado nos garantiza.
1 Otra vez entró Jesús en la sinagoga; y había allí un hombre que tenía seca una mano. 2
Y le acechaban para ver si en el día de reposo le sanaría, a fin de poder acusarle. 3 Entonces
dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate y ponte en medio. 4 Y les dijo: ¿Es lícito en los
días de reposo hacer bien, o hacer mal; salvar la vida, o quitarla? Pero ellos callaban. 5 En-
tonces, mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones, dijo al
29
hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y la mano le fue restaurada sana. 6 Y salidos los
fariseos, tomaron consejo con los herodianos contra él para destruirle.
Jesús afirmó de sí mismo que era "Señor aun del día de reposo". Quienes deseen saber
cuál sea su voluntad con relación a la observancia del Sábado, harán bien en notar que era su
costumbre invariable asistir a los servicios públicos de los Sábados en la sinagoga. Su ejemplo
indicaba que el culto a Dios era lo esencial de la observancia sabática. Esto nos viene a la mente
al leer ahora que "otra vez entró Jesús en la sinagoga". También estaban presentes sus enemigos.
Poco antes había provocado su enfado al echarles en cara su espíritu de fanatismo mezquino, y al
negarse a dejarse atar por sus escrúpulos absurdos y regulaciones minuciosas; así ocurrió cuando
afirmó que "el día de reposo fue hecho por causa del hombre", y que aunque la ley sabática
ordenaba reposo, se podía hacer caso omiso de ella en casos de necesidad. En la ocasión presente
iba a añadir un principio más, a saber, que en una verdadera observancia del Sábado se deben
incluir tanto las obras de misericordia como las que son de necesidad.
La oportunidad que se le presenta a Jesús es la presencia en la sinagoga de un hombre
"que tenía seca una mano". No era un caso de deformidad natural, sino más bien, según parece,
efecto de una enfermedad. La mano, y quizá también el brazo, estaba paralítica, contrahecha,
atrofiada. Jesús mira al pobre tullido con divina compasión; los fariseos en cambio lo observan
con alegría maliciosa. Creen que Jesús va a curarlo, y con tal acción, aunque bondadosa,
quebrantará la ley sabática y con ello se verá expuesto a un arresto. He aquí, pues, la ocasión que
tanto habían esperado. "Y le acechaban para ver si en el día de reposo le sanaría, a fin de poder
acusarle".
Jesús aprovecha la ocasión, primero, para propinarles una severa reprimenda. "Entonces
dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate y ponte en medio", y con el lisiado, cuya
curación hubieran prohibido, allí en pie a la vista de todos, se vuelve a los fariseos y les
pregunta, "¿Es lícito en los días de reposo hacer bien, o hacer mal; salvar la vida, o quitarla?" Lo
que Jesús afirma es que negarse a ayudar es causar daño, rehusar salvar una vida es quitarla. Si,
pues, uno dejara de mostrar misericordia en Sábado, es culpable de la desobediencia más grave y
del desacato más imperdonable. La ley sabática sí exige descansar del trabajo, pero esa ley debe
doblegarse ante la ley del amor. No se debe trabajar en Sábado, si ello es posible; pero las obras
de misericordia no sólo son inocentes, sino que negarse a hacerlas es pecaminoso.
Con un razonamiento tal Jesús acorrala a sus enemigos. "Pero ellos callaban". Esperan
con ansia la acción que siga, y que, según la forma común de pensar, se interpretará como
trabajo. Jesús, sin embargo, los frustra y desconcierta por completo. "Entonces, mirándolos
alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende tu
mano. Y él la extendió, y la mano le fue restaurada sana". Jesús no hizo nada físico. No tocó al
hombre, lo cual hubieran podido interpretarlo como trabajo. Ni le dijo al hombre que hiciese
labor alguna; extender la mano no se podía llamar trabajo. Sin embargo el hombre fue sanado, y
Jesús no había hecho nada que pudiese calificarse, ni siquiera hilando muy fino, como
trasgresión de la ley sabática.
Sus enemigos quedaron derrotados. Sólo los había mirado con enojo por su pecado, y
también con pena por su ignorancia e incredulidad ciega. Ellos en cambio lo miraron con el más
maligno y mortal de los odios. "Y salidos los fariseos, tomaron consejo con los herodianos contra
él para destruirle". Los fariseos eran el partido patriótico de los judíos, mientras que los
herodianos apoyaban al Gobierno Romano y eran, por tanto, sus enemigos natos. Que hombres
tales hiciesen causa común contra Jesús, demuestra cuan violenta fue su cólera y cuan
30
desesperado su odio. ¡Qué aterrador pensar que estos sentimientos se producen en la casa de
Dios y en un día Sábado, y por divergencias en cuanto a aspectos religiosos! Por lo menos uno
de los adoradores regresó a su casa en un éxtasis de gozo; fue el "hombre que tenía seca una
mano". Tuvo fe suficiente para atreverse a lo imposible cuando Jesús le dijo que extendiese la
mano. Encontró que la fortaleza le vino con la voluntad de obedecer, como todos pueden
comprobar cuando confían en el divino Hijo de Dios quien siempre está dispuesto a realizar tales
obras de misericordia como la que llevó a cabo en la sinagoga en ese Sábado memorable.
7 Mas Jesús se retiró al mar con sus discípulos, y le siguió gran multitud de Galilea. Y de
Judea, 8 de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, y de los alrededores de Tiro y de
Sidón, oyendo cuan grandes cosas hacía, grandes multitudes vinieron a él. 9 Y dijo a sus
discípulos que le tuviesen siempre lista la barca, a causa del gentío, para que no le oprimiesen.
10 Porque había sanado a muchos; de manera que por tocarle, cuantos tenían plagas caían
sobre él. 11 Y los espíritus inmundos, al verle, se postraban delante de «1, y daban voces,
diciendo: Tú eres el Hijo de Dios. 12 Mas él les reprendía mucho para que no le descubriesen.
31
multitud, la actividad, el colorido, las obras maravillosas, las voces de los espíritus inmundos, el
poder ilimitado de Jesús. La escena concuerda con la naturaleza de este Evangelio que presenta a
nuestro Señor como el Siervo real, el Hijo de Dios obrador de maravillas. Es además un retrato
del mundo actual, con sus multitudes sin cuento, ignorantes, enfermas, en esclavitud y angustia
espirituales, en búsqueda de la verdad, de ayuda y de curación; y en medio de todos, la figura
majestuosa de Cristo, tierno en su compasión, dispuesto a sanar, poderoso para salvar.
B SEGUNDO PERÍODO
Caps. 3: 13 a 6: 6
32
entre ellos eran pescadores tenían barcas y redes propias y contrataban ayudantes. Pedro vivía en
una casa lo suficientemente grande como para acomodar a su familia y a sus amigos. Mateo
debió de tener bastante dinero, aunque manchado; para seguir al Maestro dejó un empleo política
lucrativa; y para celebrar su conversión ofreció una gran fiesta en su propia casa. Judas, a juzgar
por el curso posterior de su vida, nunca se había dejado morder por el hambre. Sin embargo, este
grupo no incluía hombres ricos. Siempre hay un lugar entre los seguidores de Cristo para quienes
pueden consagrar a su causa las riquezas propias. Pero, suele llamar en mayor cantidad y a un
servicio suyo más amplio a aquellos que están familiarizados con los deseos primitivos de los
hombres, con sus pasiones e intereses, a aquellos que han vivido más cerca de la naturaleza, y
quienes comprenden el lenguaje, los modos de ver y las necesidades de la gente común.
Los Doce eran hombres de habilidades ordinarias. No eran en forma alguna ni estúpidos
ni analfabetos. Aun cuando los líderes de Jerusalén los llamaron "sin letras y del vulgo", lo que
querían decir era simplemente que no habían asistido a las escuelas de los rabinos y que no
habían recibido educación técnica en la Ley. De hecho, el Evangelio, las Epístolas y el
Apocalipsis de Juan, los escritos y sermones de Pedro, la habilidad literaria de Mateo y su
profesión de publicano, todo ello nos habla de hombres inteligentes, agudos de mente, y con
penetrante poder de observación y habilidad para comprender verdades difíciles. Sin embargo,
no había entre ellos ningún "escriba", ningún legista, ninguno que destacase en lo político, en lo
social, ni en lo intelectual. Cristo puede usar en su servicio hombres de cultura y muy bien
dotados, verdaderos genios, así como Pablo; pero sigue siendo verdad que no "muchos sabios
según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles" son llamados, ni a la salvación ni a un
servicio conspicuo.
Eran hombres de muy distinta índole. Cuantas veces los Evangelios los nombran, están
siempre divididos en los mismos tres grupos, que quizá se podrían distinguir de la siguiente
manera: primero, los hombres más dotados y de una personalidad más llamativa, Pedro, Andrés,
Jacobo y Juan; luego, los hombres reflexivos, contemplativos, que preguntan, lentos en creer,
Felipe, Bartolomé, Tomás y Mateo; en tercer lugar, los hombres prácticos, quienes organizan las
finanzas y los otros detalles necesarios para el grupo todo de compañeros.
Aunque estos rasgos generales pueden advertirse, es cierto que la personalidad de las
figuras más importantes está dibujada en forma vivida. El impulsivo e impetuoso Simón, que se
convirtió en Pedro, el hombre de piedra; Juan, el "hijo del trueno", quien llegó a ser el apóstol de
la dulzura y el amor; Judas, el hombre que se permitió, en la misma compañía de Jesús, acoger al
demonio de la codicia hasta que, bajo su poder, se convirtió en el infame traidor. Nunca nos debe
sorprender hallar entre los seguidores de Jesús a hombres de índole muy variada. A todos los
puede usar, y a todos los transforma sólo con que ellos quieran abrirse completamente a su poder
ennoblecedor.
Los apóstoles eran hombres oscuros. Los historiadores de la época no conocieron a
ninguno de ellos; incluso en las páginas de los Evangelios la mayor parte son sólo nombres.
Pedro, Juan, Felipe, Tomás y Judas; a ellos los conocemos. Bartolomé era probablemente otro
nombre de Natanael. Tadeo posiblemente era el mismo que "Judas hermano de Jacobo" y que
Lebeo, según otro de los Evangelios. Simón el cananita, quien parece que fue "zelote", es decir,
originalmente miembro de un partido fanático que se oponía en forma total al dominio de Roma.
Y sin embargo, a pesar de todo esto, ¡qué personajes tan opacos y oscuros son la mayor parte de
ellos! Pero, ellos cambiaron el curso de la historia; sus nombres están escritos en los cielos y
esculpidos en los muros de la Nueva Jerusalén. En los tiempos actuales los mensajeros de Cristo
a menudo son los hombres menos famosos de la época, y sin embargo llevan a cabo una tarea
33
imperecedera y sus nombres figurarán un día en la lista de los famosos.
20 Y se agolpó de nuevo la gente, de modo que ellos ni aun podían comer pan. 21
Cuando lo oyeron los suyos, vinieron para prenderle; porque decían: Está fuera de sí. 22 Pero
los escribas que habían venido de Jerusalén decían que tenía a Beelzebú, y que por el príncipe
de los demonios echaba fuera los demonios. 23 Y habiéndolos llamado, les decía en parábolas:
¿Cómo puede Satanás echar fuera a Satanás? 24 Si un reino está dividido contra sí mismo, tal
reino no puede permanecer. 25 Y si una casa está dividida contra sí misma, tal casa no puede
permanecer. 26 Y si Satanás se levanta contra sí mismo, y se divide, no puede permanecer, sino
que ha llegado su fin. 27 Ninguno puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus
bienes, si antes no le ata, y entonces podrá saquear su casa. 28 De cierto os digo que todos los
pecados serán perdonados a los hijos de los hombres, y las blasfemias cualesquiera que sean;
29 pero cualesquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón, sino que es
reo de juicio eterno. 30 Porque ellos habían dicho: Tiene espíritu inmundo.
Otra vez encontramos a Jesús en Capernaum, y una vez más lo rodea una multitud
tumultuosa y anhelante. Llegan a acaparar tanto su tiempo que ni tiene tiempo para comer algo.
Sus allegados, probablemente su madre y hermanos, consideran esta falta de prudencia, esta
despreocupación por el descanso y el refrigerio, como signos de frenesí religioso e incluso de
una mente desequilibrada. "Vinieron para prenderle; porque decían: Está fuera de sí" Es verdad
que a menudo los obreros religiosos se perjudican a sí mismos con excesos de celo, y que
necesitan del freno de los suyos si no quieren comprometer por incuria su utilidad y su trabajo.
Por otro lado, es una responsabilidad muy seria determinar cuáles sean los límites de otra
persona en cuanto a su fortaleza o a su tarea. También vale la pena mencionar que a los hombres
se les llama con mucha más frecuencia fanáticos cuando ponen en peligro su salud por la causa
de Cristo que cuando lo hacen en persecución de riqueza o fama. Sin duda que los allegados a
Jesús fueron culpables de presunción e injusticia cuando intentaron detener su actividad y
cuando lo acusaron de estar fuera de sí.
Sin embargo, "los escribas que habían venido de Jerusalén" están prontos a presentar una
acusación mucho más grave. Afirman que en realidad está bajo el dominio del demonio.
Sostienen que sólo así se explica el poder de Jesús para echar demonios. Dicen que "tenía a
Beelzebú, y que por el príncipe de los demonios echaba fuera los demonios". Merece observarse
que los enemigos de Jesús no niegan los milagros que hace; sólo tratan de desvirtuarlos y de
desacreditar a Jesús, basados en que los hace en connivencia con Satanás.
Jesús de inmediato les demuestra tanto lo absurdo como lo perverso de su insinuación. Lo
primero lo señala con esta pregunta tan pertinente: "¿Cómo puede Satanás echar fuera a
Satanás?" La sola sugerencia implica una contradicción evidente. Jesús ilustra este principio con
dos analogías casi iguales: "Si un reino está dividido contra sí mismo, tal reino no puede per-
manecer", y "si una casa está dividida contra sí misma, tal casa no puede permanecer". Así pues,
si Satanás es quien autoriza a Jesús a echar fuera a sus súbditos, los demonios, el reino y la casa
de Satanás deben estar divididos. Es absurdo suponer que está luchando contra sí mismo.
Nuestro Señor utiliza ahora otra comparación para dejar establecido en forma positiva lo
que hasta ahora ha afirmado negativamente: "Ninguno puede entrar en la casa de un hombre
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fuerte y saquear sus bienes, si antes no le ata, y entonces podrá saquear la casa". Es decir, no sólo
es absurdo sugerir que Satanás ayuda a Jesús, sino que lo cierto es que Jesús está robando a
Satanás. Lo derrota y lo despoja de su poder, se lleva lo que poseía, sus dominios, sus servidores.
Es tan verdadero este antagonismo entre Jesús y Satanás que la acusación de los fariseos, además
de absurda, es terriblemente pecaminosa Es blasfemia, y esta blasfemia es contra el Espíritu
Santo. Por esto Jesús añade: "De cierto os digo que todos los pecados serán perdonados a los
hijos de los hombres, y las blasfemias cualesquiera que sean; pero cualquiera que blasfeme
contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón, sino que es reo de juicio eterno. Porque ellos
habían dicho: Tiene espíritu inmundo". El significado es del todo evidente. Jesús realizaba sus
obras por el poder del Espíritu Santo. Afirmar, por tanto, que las llevaba a cabo por el poder de
Satanás, era blasfemar contra el Espíritu Santo Era trastornar toda diferencia moral; era
confundir todos los valores morales. Ponía de manifiesto de parte de los que así hablaban una
ceguera espiritual imperdonable. Que los escribas que acusaban al Señor estuviesen plenamente
conscientes del significado de sus palabras, no se puede en modo alguno afirmarlo; pero sin duda
que estas palabras de Jesús les sirvieron de solemne advertencia de que atribuir intencionalmente
un poder satánico al Hijo de Dios sería un pecado sin perdón posible. Es probable que hoy día no
exista el peligro de que alguien cometa este pecado imperdonable de blasfemar contra el Espíritu
Santo. Pero quizá haya cristianos que necesiten que se les llame la atención en cuanto al "con-
tristar" y "apagar" al Espíritu, y otros que corren el peligro de "resistir al Espíritu Santo" y por
consiguiente de incurrir en muerte eterna.
Aquí tenemos a Jesús en una de las situaciones más penosas, en uno de los dilemas más
delicados de su ministerio terrenal. "Vienen después sus hermanos y su madre, y quedándose
afuera, enviaron a llamarle". El propósito de su mensaje ya se ha indicado. Creen que Jesús está
fuera de sí, y pretenden detener su actividad. ¿Qué hará Jesús? No puede ser infiel a su misión, ni
tampoco desatento con su madre. No puede permitir que se interrumpa su obra, ni tampoco
aparecer como falto de sentimientos humanos. La dificultad es real, pero la resuelve con
sabiduría divina. Halla en ella la ocasión para proclamar una verdad inmortal, a saber, la
verdadera parentela de Cristo la constituyen quienes, como sus discípulos, hacen la voluntad de
Dios. "El les respondió diciendo: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y mirando... alrededor
de él, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios,
ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre"
Una respuesta como ésta no pudo ofender a María y a sus hijos. Jesús no los repudió, ni
tampoco se negó a reconocerlos. Sugirió que esa relación humana sagrada que los vinculaba a él,
era símbolo de ese parentesco espiritual con él del que gozan quienes cumplen la voluntad de
Dios. Sin embargo, en sus palabras había un cierto reproche sutil. Al hablar de quienes hacen la
voluntad de Dios, miró a su alrededor, a sus seguidores. ¿No insinuaba acaso con ello que, si sus
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hermanos según la carne fracasaban en comprenderlo a él, o en simpatizar con él, se negaban a
ser seguidores suyos, en este caso no cumplían la voluntad de Dios, y no formaban parte, por
tanto, de su parentela espiritual7 Y quizá también insinúa que aquellos que se dicen seguidores
suyos deben demostrar su parentesco espiritual con él por medio de una fiel obediencia diaria a
la voluntad divina.
1 Otra vez comenzó Jesús a enseñar junto al mar, y se reunió alrededor de él mucha
gente, tanto que entrando en una barca, se sentó en ella en el mar; y toda la gente estaba en
tierra junto al mar. 2 Y les enseñaba por parábolas muchas cosas, y les decía en su doctrina: 3
Oíd: He aquí, el sembrador salió a sembrar; 4 y al sembrar, aconteció que una parte cayó junto
al camino, y vinieron las aves del cielo y la comieron. 5 Otra parte cayó en pedregales, donde
no tenía mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra. 6 Pero salido el
sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó. 7 Otra parte cayó entre espinos; y los espinos
crecieron y la ahogaron, y no dio fruto. 8 Pero otra parte cayó en buena tierra, y dio fruto, pues
brotó y creció, y produjo a treinta, a sesenta, y a ciento por uno. 9 Entonces les dijo: El que
tiene oídos para oír, oiga.
10 Cuando estuvo solo, los que estaban cerca de él con los doce le preguntaron sobre la
parábola. 11 Y les dijo: A vosotros os es dado saber el misterio del reino de Dios; mas a los que
están fuera, por parábolas todas las cosas; 12 para que viendo, vean y no perciban; y oyendo,
oigan y no entiendan; para que no se conviertan, y les sean perdonados los pecados. 13 Y les
dijo: ¿No sabéis esta parábola? ¿Cómo, pues, entenderéis todas las parábolas? 14 El
sembrador es el que siembra la palabra. 15 Y éstos son los de junto al camino: en quienes se
siembra la palabra, pero después que la oyen, en seguida viene Satanás, y quita la palabra que
se sembró en sus corazones. 16 Estos son asimismo los que fueron sembrados en pedregales: los
que cuando han oído la palabra, al momento la reciben con gozo; 17 pero no tienen raíz en sí,
sino que son de corta duración, porque cuando viene la tribulación o la persecución por causa
de la palabra, luego tropiezan. 18 Estos son los que fueron sembrados entre espinos: los que
oyen la palabra, 19 pero los afanes de este siglo, y el engaño de las riquezas, y las codicias de
otras cosas, entran y ahogan la palabra, y se hace infructuosa. 20 Y éstos son los que fueron
sembrados en buena tierra: los que oyen la palabra y la reciben, y dan fruto a treinta, a sesenta,
y a ciento por uno.
21 También les dijo: ¿Acaso se trae la luz para ponerla debajo del almud, o debajo de la
cama? ¿No es para ponerla en el candelero? 22 Porque no hay nada oculto que no haya de ser
manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz. 23 Si alguno tiene oídos para oir, oiga. 24
Les dijo también: Mirad lo que oís; porque con la medida con que medís, os será medido, y aun
se os añadirá a vosotros los que oís. 25 Porque al que tiene, se le dará; y al que no tiene, aun lo
que tiene se le quitará.
Marcos es el Evangelio de las obras más que de las palabras. Si se lo compara con Mateo,
o Lucas, o Juan, contiene muchos milagros, pero pocas parábolas o discursos Esta afirmación
genérica puede, sin embargo, engañar. Puede hacerle olvidar a uno cuántas enseñanzas valiosas
de Jesús se contienen en ese segundo Evangelio Es digno de mención, en verdad, que algunas de
las parábolas comunes a los otros escritores Marcos las refiere con mucho detalle, y en este su
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primer capítulo en el que relata las enseñanzas de Jesús hay una parábola que sólo él cuenta. Es
la del crecimiento secreto de la semilla.
También vale la pena notar que la parábola que se narra con más minuciosidad, y que se
incluye en el capítulo cuarto de este relato evangélico, es la que formula una exhortación a oír
con atención. Su mensaje nos recuerda en esencia la responsabilidad que cae sobre quienes
gozan de la oportunidad de escuchar las enseñanzas del Señor.
El pulpito que Jesús ocupa al exponer esta primera parábola es la pequeña barca que
antes mencionamos, y que Jesús creyó necesario para escapar de la presión de las multitudes que
se reunían en torno de él. La escena que Marcos nos describe es muy pintoresca. Vemos a las
masas humanas reunidas junto al mar, y a nuestro Salvador sentado en la pequeña barca que flota
en la tranquila superficie del lago interior. La primera parábola que narra se llama comúnmente
la Parábola del Sembrador. Podría también llamarse con propiedad la Parábola de los Terrenos;
porque el mensaje principal se contiene en las diferentes clases de terreno en los que el
sembrador echa la semilla. Según ellos nuestro Señor describe diferentes tipos de oyentes.
El primer tipo se describe como "los de junto al camino". La alusión no es a una
carretera, sino al camino de tierra que separa los campos sembrados. La semilla que cayó en una
superficie como ésa no pudo echar raíz. Muy pronto las aves del cielo se la comieron. Hay
oyentes con corazones tan endurecidos por deseos egoístas y malos hábitos que en ellos no hay
lugar para el mensaje. Apenas han oído la Palabra, que ya otros pensamientos, como enviados de
Satanás, acuden a arrebatar de sus mentes y recuerdos lo que se ha dicho.
El segundo tipo se describe como "los que fueron sembrados en pedregales". No se alude
al terreno en el que se encuentran las piedras, sino más bien a la tenue capa de tierra que cubre
las piedras. El terreno es bueno, pero carece de profundidad. En consecuencia, la semilla germina
pronto y crece tanto más rápidamente cuanto que recoge mejor el calor del sol. Pero al tratar las
raíces de profundizar, se encuentran con la impenetrable roca, y muy pronto el grano que ya
brota se reseca bajo el agostador sol. Con esta imagen nuestro Señor retrata a aquellos que están
dispuestos a recibir el mensaje que se les comunica. Su afectividad se conmueve con facilidad;
pero carecen de profundidad de convicciones, y cuando vienen las tribulaciones o persecuciones,
puesto que su aceptación de la verdad ha sido meramente nominal, luego tropiezan y apostatan.
La tercera clase Jesús la describe como la de "los que fueron sembrados entre espinos".
Se alude a la semilla que cae en terreno en el que ya han comenzado a brotar espinos. La semilla
germina y echa raíces; nace llena de promesas; pero los espinos también crecen y ahógala, de
modo que no puede producir fruto. Así describe Jesús a los que oyen su Palabra con gozo, y que
aceptan con sinceridad la verdad que contiene; comienzan una vida de fe, pero al cabo del
tiempo los afanes, riquezas y placeres de la vida los absorben en forma tal que se vuelven
infructuosos como seguidores de Cristo.
Por último, Jesús describe la clase de "los que fueron sembrados en buena tierra". Estos
"dan fruto a treinta, a sesenta, y a ciento por uno". Con esta comparación presenta a los
verdaderos oyentes, los que no sólo reciben la Palabra, sino que le permiten influir en sus vidas;
quienes producen como resultado el fruto apacible de justicia, convirtiéndose ellos mismos en
centros de influencia cristiana y en mensajeros de la verdad divina.
Esta parábola la narra Jesús para toda la audiencia, pero la explicación la da en privado a
sus discípulos y a quienes los acompañan. Nos es obviamente ventajoso tener una interpretación
de la misma tan autorizada y clara. Pero nuestro Señor antepone a su explicación unas palabras
que han creado no pocas dificultades: "Y les dijo: A vosotros os es dado saber el misterio del
reino de Dios; mas a los que están fuera, por parábolas todas las cosas; para que viendo, vean y
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no perciban; y oyendo, oigan y no entiendan; para que no se conviertan, y les sean perdonados
los pecados". "Misterio" en el lenguaje bíblico significa no algo difícil de entender sino una
verdad antes escondida y ahora revelada. Por consiguiente, "el misterio del reino" significa una
verdad concerniente al Reino que ninguna mente humana hubiera descubierto, pero que Jesús ha
declarado. Dice que emplea parábolas a fin de que tales verdades se les aclaren a sus seguidores,
pero también para que no las entiendan quienes no quieren confiar en él ni servirle. Estos pueden
ver sin llegar a percibir, pueden oír sin verdaderamente entender. No pueden, pues, captar la
verdad que les conduciría al arrepentimiento y al perdón.
Las palabras que siguen, Jesús las pronuncia en relación con el propósito verdadero de las
parábolas. En la interpretación que da, pregunta si se compra una lámpara para ponerla debajo
del almud o de la cama Es evidente que la lámpara es para dar luz. Este es también el fin genuino
de una parábola. No es para ocultar sino para revelar verdades. Es necesario, sin embargo, que si
uno quiere entender piense en el mensaje con toda diligencia y seriedad. Nuestro Señor da fuerza
a esta admonición al añadir: "Les dijo también:
Mirad lo que oís; porque con la medida con que medís, os será medido, y aun se os
añadirá a vosotros los que oís. Porque al que tiene, se le dará; y al que no tiene, aun lo que tiene
se le quitará". Lo que nuestro Señor quiere señalar con estas palabras es que aquellos que aceptan
sólo una parte de su enseñanza no deben esperar mucho más; mientras que si con sumo cuidado
tienen en cuenta todo lo que él dice, pueden esperar que su comprensión se vea aumentada y su
conocimiento incrementado. Es un gran privilegio poder oír la Palabra de Cristo, pero la
incredulidad e indiferencia vendrán a parar en una ignorancia inalterable. Por el contrario, el
corazón que está abierto para recibir y obedecer el mensaje del Maestro se verá acrecentado con
provisiones de verdad siempre más abundantes.
26 Decía además: Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la
tierra; 27 y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa
cómo. 28 Porque de suyo lleva fruto la tierra, primero hierba, luego espiga, después grano lleno
en la espiga; 29 y cuando el fruto está maduro, en seguida se mete la hoz, porque la siega ha
llegado.
Esta es la única parábola que Marcos relata y que no se halla en ninguna otra parte de la
Biblia. No debe sorprender que así sea, ya que esta parábola es para los servidores de Cristo, y el
Evangelio de Marcos es el del Siervo poderoso, del Hijo de Dios obrador de maravillas. La
parábola del Sembrador que precede enseña la responsabilidad de aquellos que oyen el mensaje
evangélico; ésta en cambio contiene una enseñanza para quienes anuncian este mensaje. La
primera, con las diferentes clases de terreno, describía los corazones de diferentes tipos de
oyentes; mientras que ésta ilustra la actitud mental adecuada de quien predica la Palabra y luego
deja los resultados al Señor. La primera parábola también contiene una advertencia para el
mensajero de Cristo: no debe esperar que toda la semilla caiga en buen terreno. Asimismo esta
parábola incluye una admonición: el sembrador no debe esperar que el grano maduro salga a la
luz de inmediato. Los procesos de la vida son misteriosos; el crecimiento del grano es gradual,
"primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga".
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Así pues, la parábola describe tres períodos diferentes en la experiencia del agricultor,
primero el de la siembra puntual, luego el de la espera paciente, y por fin el de la gozosa cosecha.
Jesús afirma que a esta experiencia se asemeja la de quien proclama el mensaje de salvación. Lo
que a él le corresponde es echar la semilla con fidelidad; el que se produzcan frutos está en las
manos de Dios. Este sembrar es difícil y penoso; comporta dificultades, sacrificios y dolores.
Pero, una vez que se ha colocado el grano con cuidado, se puede descansar. "Duerme y se
levanta, de noche y de día"; puede hacerlo, porque por medio de procesos que desconoce y que
no intenta descubrir, la semilla "brota y crece sin que él sepa cómo". Hay fuerzas en la tierra, y
lluvia, y sol, y brisa cálida. El sembrador no tiene dominio sobre esto; pero confía en que, si ha
sembrado buena semilla, todos estos influjos se combinarán para hacer madurar el grano. Feliz el
mensajero cristiano que haya aprendido a esperar con paciencia la cosecha una vez esparcida
fielmente la semilla, a hacer con todo esmero lo que le corresponde y a dejar los resultados a
Dios.
"Porque de suyo lleva fruto la tierra"; la tierra posee propiedades que le convienen a la
semilla, y ésta posee un principio o germen de vida que la tierra puede alimentar. Pero para ello
no hace falta ningún poder humano; ni influjo de hombre alguno podría hacer que la semilla
fructificase o el grano germinase. Así también se prepara el corazón humano para recibir la
Palabra de Dios, y gracias a fuerzas divinas se produce una vida nueva que se va desarrollando
hasta que se da a luz el fruto maduro de la naturaleza y servicio cristianos Esta adaptación
perfecta entre el mensaje del Evangelio y el corazón humano es quizá una de las lecciones
principales de esta parábola.
Este período de espera paciente de la cosecha también nos enseña que, normalmente, el
crecimiento de la vida espiritual es paulatino. Según las pretensiones y probablemente la
experiencia de algunos, el logro de una santificación completa y de la vida más elevada es
repentino, e incluso instantáneo. Pero no cabe duda de que en la mayoría de los casos el
desarrollo de la vida y experiencia cristianas es gradual, "primero hierba, luego espiga, después
grano lleno en la espiga". El nacimiento mismo de la nueva vida es misterioso y oculto; no se
sabe cómo fructifica la semilla. Pero con toda seguridad que, si hay vida, se manifestará, habrá
por lo menos una "hierba". Para esto se necesita tiempo. Y mucho más se necesitará para que en
la planta en desarrollo se forme una "espiga". Y esta espiga verde será amarga, impropia e
inconveniente como comida. No todos los cristianos, aunque lo sean, son amables; pero si en
ellos hay vida verdadera, si los tallos no son "cizaña" sino trigo, tendrá que llegar un tiempo de
madurez en que la espiga aparecerá llena de grano, el fruto del amor más perfecto, del gozo y de
la paz, de longanimidad, de dulzura, mansedumbre, y autodominio.
Cierto que esta verdad no pretende conseguir que los cristianos se contenten con logros
imperfectos, con un crecimiento a medias o con vidas estériles. Más bien aspira a hacerlos
desconfiar de procesos forzados, de desarrollos mágicos e instantáneos, y busca conducirlos a
que traten de perfeccionar en sí mismos los frutos apacibles de la justicia por medio de métodos
normales, con el uso de los medios ordinarios de la gracia.
Por encima de todo, lo que la parábola pretende es animar al obrero cristiano a esperar el
cumplimiento gradual de los planes y propósitos de Dios. Al cabo de largas noches y días de
espera paciente la cosecha llegará, y el que andando y llorando ha llevado la preciosa semilla,
"volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas".
39
6. Parábola de la semilla de mostaza
Cap 4: 30-34
30 Decía también: ¿A qué haremos semejante el reino de Dios, o con qué parábola lo
compararemos? 31 Es como el grano de mostaza, que cuando se siembra en tierra, es la más
pequeña de todas las semillas que hay en la tierra; 32 pero después de sembrado, crece, y se
hace la mayor de todas las hortalizas, y echa grandes ramas, de tal manera que las aves del
cielo pueden morar bajo su sombra.
33 Con muchas parábolas como estas les hablaba la palabra, conforme a lo que podían
oír. 34 Y sin parábolas no les hablaba; aunque a sus discípulos en particular les declaraba todo.
Jesús expone una parábola más para enseñar otro aspecto de la verdad relacionada con el
Reino Primero se dirige a sus oyentes y pregunta, "¿A qué haremos semejante el reino de Dios, o
con qué parábola lo compararemos?" Podemos muy bien suponer que para entonces los
discípulos estuvieran esperando oír alguna espléndida ilustración de grandiosa fantasía. Cuánto
les debió de sorprender oír la respuesta que dio a su propia pregunta, "Es como el grano de
mostaza". Nuestro Señor estaba plenamente consciente de cuan insignificante tenía que parecer
su causa a sus enemigos, e incluso a las multitudes que escuchaban lo que decía. Hasta ese
momento sólo tenía un pequeño grupo de seguidores; eran hombres desconocidos y sin in-
fluencia. Los dirigentes lo odiaban y estaban fraguando su muerte. ¿Podía ser este movimiento
que Jesús encabezaba el glorioso Reino del que los profetas hablaran? Jesús recuerda a sus
oyentes que por muy desdeñable que parezca su causa en los momentos actuales, alcanzará sin
embargo proporciones que atraerán la atención del mundo entero.
Algunos intérpretes indican el hecho de que la semilla de mostaza nunca se vuelve
verdadero árbol; es "un arbusto de huerto que crece más de la cuenta, pero que sigue siendo
arbusto". Y añaden que describe los sistemas insustanciales y pretensiosos, con los que se ha
querido a veces identificar al cristianismo, y las distintas formas que éste puede adoptar todavía
antes de que el Reino de Dios perfecto aparezca sobre la tierra. Estos intérpretes también
identifican a las aves del cielo con los agentes de Satanás de los cuales se nos habla en la
parábola del Sembrador, y que tienen un lugar en los sistemas políticos, formalistas, mundanos
que se han llamado a sí mismos cristianos. Cualesquiera que sean las etapas concretas por las que
el Reino visible de Dios haya pasado, el propósito de Cristo en esta parábola es contrastar sus
comienzos insignificantes con su crecimiento futuro Y para fines de la comparación escoge muy
sabiamente un objeto de la naturaleza de proverbial pequeñez, pero que puede transformarse en
una planta de dimensiones sorprendentes hasta convertirse en "la mayor de todas las hortalizas".
Al terminar esta parábola, Marcos, a modo de apéndice, afirma que las tres que se han
mencionado no son sino muestras de las muchas que Jesús expuso; y que el Maestro por su
benignidad adaptaba su enseñanza a la capacidad de sus seguidores "conforme a lo que podían
oir". Más aún, que en la enseñanza concerniente al Reino consideró necesario presentar la verdad
en forma de parábolas que luego él interpretaba en forma privada a sus discípulos. ¡ Qué Maestro
tan maravilloso era! ¡Qué ejemplo para quienes desean anunciar su verdad! ¡ Con cuánta
seguridad podemos esperar que, por su espíritu, revele los misterios de su gracia a quienes se
encuentran con él en secreto!
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7. Jesús calma la tempestad
Cap. 4:35-41
35 Aquel día, cuando llegó la noche, les dijo: Pasemos al otro lado. 36 Y despidiendo a
la multitud, le tomaron como estaba, en la barca; y había también con él otras barcas. 37 Pero
se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se
anegaba. 38 Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron:
Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos? 39 Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al
mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. 40 Y les dijo: ¿Por qué estáis
así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? 41 Entonces temieron con gran temor, y se decían el
uno al otro: ¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?
Jesús fue un Maestro sin igual; pero en este Evangelio aparece de una manera aún más
clara como el Obrero poderoso. Por eso Marcos, una vez que ha relatado unas cuantas parábolas
muy fecundas, pasa de inmediato a referir un ciclo de milagros impresionantes. Son cuatro en
número, y juntos forman una serie crítica y completa. Primero Jesús muestra su poder sobre las
fuerzas de la naturaleza, luego sobre los demonios del mundo espiritual, a continuación sobre los
estragos de la enfermedad, y por fin sobre la muerte.
El primero, pues, de estos milagros es el calmar una tempestad. Está llegando a su
término el largo día de enseñanza. "Cuando llegó la noche". El fatigado Maestro ordena a sus
discípulos que dirijan hacia la orilla opuesta la proa de la barquita que ha venido utilizando como
pulpito. Desea huir de las multitudes hacia las soledades de la ribera oriental del lago. No se
dilatan en preparativos. "Le tomaron como estaba, en la barca". Muy pronto el Maestro, exhausto
por el trabajo, cayó en profundo sueño, "en la popa". De repente "se levantó una gran tempestad
de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba".
Ese tipo de tempestades era frecuente en Galilea. Quizá convendría detenerse aquí mismo
para recordar cuan frecuentes son también en las vidas de los cristianos. Seguir al Maestro no
significa navegar siempre en aguas tranquilas y en cielos sin nubes. Incluso cuando estamos muy
cerca de él, cuando no hay pecado ni duda que nos separe de él, incluso entonces puede
desencadenarse la tempestad. Las circunstancias nos son adversas; las olas amenazan
sumergirnos; el cielo se oscurece.
Quizá esa tempestad no haya sido de las corrientes. Esos vigorosos pescadores que
dirigían la barca habían pasado la vida en el lago. Conocían los caprichos de sus vientos
veleidosos. Y a pesar de ello se asustaron hasta la desesperación. Despertaron a Jesús, "y le
dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?" Su súplica expresaba la magnitud de su
temor, pero también implicaba un reproche: Al Maestro no le preocupaba su suerte; o bien no se
daba cuenta del peligro o bien no le importaba Así pensamos nosotros a veces, e incluso lo
decimos. Sentimos de verdad, en el curso de la tempestad opresiva, que el Maestro amoroso se
queda indiferente ante nuestras necesidades. Pero incluso en momentos de incredulidad como
estos, es bueno pedirle ayuda.
Su súplica sugiere todavía algo más: insinúa un cierto espíritu de presunción Parece que
habían dado por sentado que el Maestro desatendía un deber; que era obligación suya
protegerlos; que era culpable de negligencia, y que debía salvarlos tanto si tenía ganas como si
no. Así también, en nuestros corazones la duda va a veces íntimamente unida a una exigencia
presuntuosa. Acudimos al Maestro en busca de ayuda, pero parece que damos por supuesto que
su ayuda y salvación son cuestiones de obligación y no de gracia. Debemos implorar al Maestro,
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pero no quejarnos, ni mucho menos atrevernos a censurarlo.
"Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar. Calla, enmudece. Y cesó el viento, y
se hizo grande bonanza". ; Qué contrastes se describen! Vemos la fatiga humana del Maestro que
duerme, pero oímos la voz divina del "Soberano de la Naturaleza". Tenía poder para increpar a
los vientos y a las olas; sin duda que su Espíritu puede hoy día comunicar paz al alma turbada.
Jesús no sólo increpó la tempestad, sino también a sus discípulos. Con ternura y amor,
pero no por ello con menos sinceridad, censuró su temor desleal, "¿Por qué estáis así
amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?" En estas últimas palabras hay un mensaje severo. Después
de todo lo que habían visto y oído, los discípulos hubieran debido confiar en el Maestro y se
hubieran debido sentir seguros en su compañía. Cuántos más motivos para creer tenemos
nosotros, que ya conocemos no sólo los milagros del Hombre de Galilea sino también las
maravillas ininterrumpidas de un Salvador resucitado.
La frase final del relato contiene un curioso juego de palabras. Jesús los reprendió porque
habían temido; pero una vez lo hubo hecho, leemos, "Entonces temieron con gran temor, y se
decían el uno al otro: ¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?" La tempestad los
había aterrorizado. Pero ahora contemplaban con temor admirativo a un Ser cuyo poder era tan
abiertamente divino. A veces las liberaciones que nuestro Señor realiza revelan en tal forma su
presencia y poder, que se produce en sus seguidores una conmoción mayor que la que habían
provocado los peligros que los amenazaban. Ya sea como dominador de la tempestad en el lago
interior, ya presente entre nosotros en nuestros días, se muestra, a los ojos de la fe, revestido de
vigor y poder divinos, como el Siervo poderoso, el Hijo de Dios obrador de maravillas.
8. El endemoniado gadareno
Cap. 5: 1-20
1 Vinieron al otro lado del mar, a la región de los gadarenos. 2 Y cuando salió él de la
barca, en seguida vino a su encuentro, de los sepulcros, un hombre con un espíritu inmundo, 3
que tenía su morada en los sepulcros, y nadie podía atarle, ni aun con cadenas.
4 Porque muchas veces había sido atado con grillos y cadenas, mas las cadenas habían
sido hechas pedazos por él, y desmenuzados los grillos; y nadie le podía dominar. 5 Y siempre,
de día y de noche, andaba dando voces en los montes y en los sepulcros, e hiriéndose con
piedras. 6 Cuando vio, pues, a Jesús de lejos, corrió, y se arrodilló ante él. 7 Y clamando a gran
voz, dijo: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me
atormentes. 8 Porque le decía: Sal de este hombre, espíritu inmundo. 9 Y le preguntó: ¿Cómo te
llamas? Y respondió diciendo: Legión me llamo; porque somos muchos. 10 Y le rogaba mucho
que no los enviase fuera de aquella región. 11 Estaba allí cerca del monte un gran hato de
cerdos paciendo. 12 Y le rogaron todos los demonios, diciendo: Envíanos a los cerdos para que
entremos en ellos. 13 Y luego Jesús les dio permiso. Y saliendo aquellos espíritus inmundos,
entraron en los cerdos, los cuales eran como dos mil; y el hato se precipitó en el mar por un
despeñadero, y en el mar se ahogaron. 14 Y los que apacentaban los cerdos huyeron, y dieron
aviso en la ciudad y en los campos. Y salieron a ver qué era aquello que había sucedido. 15
Vienen a Jesús, y ven al que había sido atormentado del demonio, y que había tenido la legión,
sentado, vestido y en su juicio cabal; y tuvieron miedo. 16 Y les contaron los que lo habían visto,
cómo le había acontecido al que había tenido el demonio, y lo de los cerdos. 17 Y comenzaron a
rogarle que se fuera de sus contornos. 18 Al entrar él en la barca, el que había estado
endemoniado le rogaba que le dejase estar con él. 19 Mas Jesús no se lo permitió, sino que le
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dijo: Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuan grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y
cómo ha tenido misericordia de ti. 20 Y se fue, y comenzó a publicar en Decápolis cuan grandes
cosas había hecho Jesús con él; y todos se maravillaban.
Incluso Marcos, pintor genial, nos ha ofrecido pocos cuadros que se puedan comparar
con éste en viveza, en espanto, majestad y poder. Muchos casos de posesión demoníaca y su
curación caracterizan el ministerio de Jesús. Pero ninguno de ellos está descrito tan minuciosa y
plenamente como este del pobre hombre que encuentra a nuestro Señor al desembarcar éste con
sus discípulos en la ribera oriental del lago. Si en la escena atemorizan las temibles fuerzas del
mal que en ella se nos revelan, mucho más debe animarnos la visión que ella nos ofrece del
poder omnipotente de Cristo.
A menudo se plantea la cuestión de qué significa exactamente la posesión diabólica.
Algunos pretenden que no es sino una expresión figurada para indicar el mal y depravación
morales. Otros enseñan que es una expresión que describe la enfermedad física o, más
concretamente, mental, en especial la demencia. Ninguna otra narración demuestra más
claramente que la posesión diabólica denota el dominio misterioso pero real del cuerpo y alma
humanos por parte de verdaderos espíritus con poder sobrenatural, crueles, satánicos, malignos.
No fue simplemente un cerebro desequilibrado lo que hizo que ese pobre enfermo reconociese de
inmediato a Jesús como al "Hijo del Dios Altísimo"; no fue una "enfermedad mental" la que
temía ser enviada "fuera de aquella región", la que Jesús ordenó salir del hombre y a la que dio
permiso de entrar en el hato de cerdos. Este hombre al que Jesús encontró en "la región de los
gadarenos" no era un maníaco sino un endemoniado.
Otra cuestión que a menudo se plantea es ésta: ¿Se dan en nuestros días casos parecidos
de posesión diabólica? "Las respuestas que se dan son contradictorias. Médicos eminentes y
misioneros de Oriente aportan ejemplos que parecen ser del todo iguales a los que el Nuevo
Testamento nos describe. Otros investigadores competentes creen que estos síntomas modernos
se pueden explicar todos en vinculación a desórdenes mentales, y que la verdadera posesión
diabólica es un fenómeno que pertenece por completo al tiempo de Cristo. Si esto último es
verdadero, se explicaría por qué los demonios temían tanto, ser enviados fuera de aquella región,
y por qué sugerían que el ser mandados salir del hombre activaría su "tormento", como si su
poder de actuar estuviera limitado al lugar y al tiempo del ministerio terrenal de Cristo.
Cualquiera que sea la respuesta a estas cuestiones, no cabe duda de que este relato nos da
una lección muy seria en cuanto al poder destructor de los apetitos, hábitos y pasiones que
dominan a los hombres hoy en día. Más aún, nos revela el poder libertador y redentor de Cristo.
La envidia y la concupiscencia, el ansia insaciable de bebida y las inquietudes, la avaricia y la
ira, todas estas cosas tienen poder para acarrear sobre sus víctimas sufrimientos parecidos a los
del "hombre con un espíritu inmundo, que tenía su morada en los sepulcros". Una fuerza
irresistible se había apoderado de su voluntad y lo había conducido de los lugares habitados por
los hombres a las regiones espantosas de la inmundicia y la muerte. No había cadenas que
pudiesen amarrarlo, ni fuerza alguna que fuese capaz de someterlo. Día y noche sus horribles
gritos llenaban las cavernas de la rocosa costa. Insensible al dolor, se hería el cuerpo desnudo
con trozos cortantes de rocas quebradas Y, lo más lamentable de todo, no vivía inconsciente de
su condición, sino que, aun cuando deseaba verse libre, al mismo tiempo sometía todo su ser a su
demoníaco dueño. "Corrió y se arrodilló" ante Jesús con la esperanza de ser sanado, aunque por
otra parte lanzaba voces de desafío, de odio, de temor. Esta es también la condición del alma
esclavizada por la pasión, impotente, desolada, impura, ingobernable, autodestruyéndose,
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ansiando liberación, pero sin querer ser libertada. El cuadro es tan verdadero como terrible, y nos
causaría repulsión a no ser por la figura de Jesús que con su majestad divina descuella por
encima de la víctima. Aun antes de que el demonio pueda poner reparos, Jesús ha interpretado el
acto de adoración, ha comprendido el deseo de ayuda, y ha pronunciado su mandato real: "Sal de
este hombre, espíritu inmundo". La liberación va a producirse sin duda alguna, pero antes de que
se conceda, se oye exclamar al endemoniado: "¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios
Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes". Por lo que respecta al hombre, este es el
rasgo más sorprendente de todo el cuadro; y aquí tenemos, de la parte de Cristo, la intimación
más gloriosa de todo el relato. Es el mismo hombre cuyo cuerpo está postrado en adoración,
súplica y fe, el que con sus labios y lengua proclama su odio, desafío y temor. Jesús, sin
embargo, ha comprendido lo primero antes de que lo-segundo haya sido manifestado Ha
pronunciado la palabra de liberación dirigida a un hombre que no la ha pedido y cuyos labios
siguen manifestando deseo de sujeción. Cualquiera de nosotros ha experimentado una doble
personalidad o un conflicto de deseos como los aquí descritos. Hemos ansiado la libertad en el
mismo momento en que experimentábamos el poder de alguna pasión dominante. Algunos nos
dicen que debemos dejar de amar el pecado antes de que Cristo nos ayude. Pero, ¿acaso no es
diferente el mensaje que aquí se nos da? Se diría más bien que cuando acudimos a Cristo en
busca de ayuda, cuando nos postramos ante él con fe, incluso antes de que hablemos, aun cuando
siguen pidiendo sujeción los viejos deseos, apetitos y concupiscencias, él comprende el ansia, da
la victoria, da la seguridad de ayuda y liberación.
El Maestro pregunta ahora a la víctima: "¿Cómo te llamas?" con el propósito de realizar
la curación. Se dirige a un hombre real; fortalece la conciencia de un yo que es distinto del del
espíritu dominador. Con su pregunta permite al alma verdadera fortalecerse a sí misma, aun en
pensamiento, en contra de la identificación con el demonio que ha sido por tanto tiempo casi
total.
La respuesta está llena de patetismo. "Legión me llamo; porque somos muchos". El
hombre estaba familiarizado con el temido instrumento de la dominación romana, la irresistible
legión, y por eso describe con viveza su lamentable condición bajo el dominio cruel de las
huestes del mal que se habían apoderado de la sagrada ciudadela de su alma. Darse cuenta de las
necesidades propias, admitir la condición en la que uno se encuentra, es un paso positivo hacia la
recuperación de la libertad espiritual. El hombre, sin embargo, no está todavía liberado. De
hecho le pide a Jesús lo que menos desea. Todavía sigue bajo el dominio de los demonios: "Y le
rogaba mucho que no los enviase fuera de aquella región". La verdadera liberación llega cuando
Jesús otorga la siguiente petición de los demonios. "Estaba allí cerca del monte un gran hato de
cerdos paciendo. Y le rogaron todos los demonios, diciendo: Envíanos a los cerdos para que
entremos en ellos. Y luego Jesús les dio permiso. Y saliendo aquellos espíritus inmundos,
entraron en los cerdos, los cuales eran como dos mil; y el hato se precipitó en el mar por un
despeñadero, y en el mar se ahogaron''
Siempre ha dado pie a la sorpresa e incluso a la crítica de los lectores que nuestro Señor
haya permitido a los demonios destruir tantos bienes. Cualquiera que sea la verdadera
explicación del permiso que Jesús concedió, sin duda que tendrá íntima relación con su propósito
de derrotar a las fuerzas del mal y de asegurar la salvación de las almas inmortales. Así pues, los
demonios fueron derrotados en su designio de encontrar un escondite en la región al
permitírseles hacer lo que quisieron en el caso de los cerdos. Y además, en ese permiso que se les
dio, se sugiere que un hato de cerdos es una morada más adecuada para ellos que el cuerpo o
alma humanos. Así también, es cierto que las pasiones malas que dominan a los hombres son de
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ordinario menos humanas que bestiales por su naturaleza.
Y también, la destrucción de los cerdos alivió al endemoniado, porque los demonios
estuvieron tan ocupados con el pensamiento de su nueva mansión que, al abandonar al hombre,
le ahorraron los tormentos que se suelen mencionar en otros casos de salida de espíritus
malignos. Y, más aún, al ver la locura y muerte de los cerdos, comprendió mejor el hecho y la
grandeza de su propia liberación. Finalmente, también es verdad en nuestro caso que entendemos
más a la perfección la gracia de nuestro Señor cuando vemos los desastres que las pasiones
acarrean a las vidas de otros, de las cuales, por su misericordia, nos ha librado.
Quizá hubo un motivo más para dar este permiso a los demonios. Jesús pudo ver en ello
una oportunidad para comunicar un mensaje a los hombres de la región. Fue un mensaje
llamativo y sugerente. Implicó la pérdida de algunos bienes, pero fue calculado para hacerles
abrir los ojos al peligro que corrían y para anunciarles un privilegio. La destrucción de los cerdos
a manos de los demonios fue una advertencia en cuanto a que la región estaba llena de espíritus
inmundos, y que ningún hombre estaba a salvo de su ataque. Pero el poder sobre los demonios
que Cristo manifestó fue una señal de que el Salvador estaba cerca ¿Qué significaba la pérdida
de un hato de cerdos en comparación con el valor de semejante mensaje? Incluso a los que le
siguen Jesús permite que se les presenten pérdidas para advertirles de los peligros y para
atraerlos más a sí. Jesús estaba, pues, más que justificado en permitir la destrucción de los cerdos
si con ello hizo conocer a los descreídos gadarenos el peligro que corrían y el poder que él tenía
para salvar.
Que este incidente estuvo bien calculado para llamar la atención, y que la pérdida de
bienes fue para esos hombres un asunto de importancia vital, lo demuestran las consecuencias.
Pero también se constata que estaban demasiado ciegos para ver el peligro, y que eran demasiado
egoístas para ser salvados; porque, al propagarse la noticia en la ciudad y en la región
circundante, "salieron a ver qué era aquello que había sucedido. Vienen a Jesús, y ven al que
había sido atormentado del demonio, y que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio
cabal; y tuvieron miedo. Y les contaron los que lo habían visto, cómo le había acontecido al que
había tenido el demonio, y lo de los cerdos. Y comenzaron a rogarle que se fuera de sus
contornos".
En realidad preferían a los cerdos antes que al Salvador. Pensaron más en la pérdida que
habían sufrido que en el alma que se había salvado. En la presencia del Señor "tuvieron miedo",
pero no sintieron ni confianza ni amor. En su presunción y autosuficiencia tenían con Jesús
menos afinidad que la que había tenido el endemoniado cuando todavía estaba desnudo y dando
gritos entre los sepulcros. La tragedia se repite hoy día Hay quienes experimentan sólo terror en
presencia del Señor. Rechazan sus mensajes. Le piden que se vaya Temen que su compañía
pueda causarles algunas pérdidas sociales, económicas o personales. Están más lejos de los
cielos que el pobre paria al que desprecian como esclavo incurable de la pasión. Tratando de
salvar sus bienes, pierden sus almas.
Jesús concede de inmediato a estos gadarenos lo que piden. Nunca permanecía donde
fuese huésped mal acogido. Pero al partir le niega una petición al hombre que acaba de curar. "Al
entrar él en la barca, el que había estado endemoniado le rogaba que le dejase estar con él. Mas
Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuan grandes
cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti". El hombre temió que los
demonios pudiesen volver; sintió que estaría seguro sólo en la presencia de Jesús; la gratitud y el
amor lo impulsaron a ofrecer sus servicios a su Señor. Con su obediencia demostró su sinceridad.
"Y se fue, y comenzó a publicar en Decápolis cuan grandes cosas había hecho Jesús con él; y
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todos se maravillaban".
Jesús está en condiciones de juzgar en qué lugar será más valioso el testimonio acerca de
él. El nos escogerá el lugar de servicio. Por lo general será en casa, entre nuestros amigos, pero
también podrá ser en algún lugar solitario, donde las multitudes ni lo conocen ni lo aman.
Estaremos seguros aunque no lo podamos ver. Su presencia y poder invisibles permanecerán. La
salvaguardia más segura contra el regreso de demonios es el servicio activo por Cristo. La mejor
prueba de nuestra devoción es nuestro testimonio fiel acerca de "cuan grandes cosas el Señor ha
hecho"
21 Pasando otra vez Jesús en una barca a la otra orilla, se reunió alrededor de él una
gran multitud; y él estaba junto al mar. 22 Y vino uno de los principales de la sinagoga, llamado
Jairo; y luego que le vio, se postró a sus pies, 23 y le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está
agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá. 24 Fue, pues, con él; y
le seguía una gran multitud, y le apretaban.
25 Pero una mujer que desde hacía doce años padecía de flujo de sangre, 26 y había
sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes
le iba peor, 27 cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la multitud, y tocó su manto.
28 Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva. 29 Y en seguida la fuente de su
sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote. 30 Luego Jesús,
conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién
ha tocado mis vestidos? 31 Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te aprieta, y dices:
¿Quién me ha tocado? 32 Pero él miraba alrededor para ver quién había hecho esto. 33
Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se
postró delante de él, y le dijo toda la verdad. 34 Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; vé en
paz, y queda sana de tu azote.
35 Mientras él aún hablaba, vinieron de casa del principal de la sinagoga, diciendo: Tu
hija ha muerto; ¿para qué molestas más al Maestro? 36 Pero Jesús, luego que oyó lo que se
decía, dijo al principal de la sinagoga: No temas, cree solamente. 37 Y no permitió que le
siguiese nadie sino Pedro, Jacobo, y Juan hermano de Jacobo. 38 Y vino a casa del principal de
la sinagoga, y vio el alboroto y a los que lloraban y lamentaban mucho. 39 Y entrando, les dijo:
¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no está muerta, sino duerme. 40 Y se burlaban de él. Mas
él, echando fuera a todos, tomó al padre y a la madre de la niña, y a los que estaban con él, y
entró donde estaba la niña. 41 Y tomando la mano de la niña, le dijo: Talita cumi; que traducido
es: Niña, a ti te digo, levántate. 42 Y luego la niña se levantó y andaba, pues tenía doce años. Y
se espantaron grandemente. 43 Pero él les mandó mucho que nadie lo supiese, y dijo que se le
diese de comer.
Los gadarenos le habían pedido a Jesús "que se fuera de sus contornos", pero en cuanto
cruza el mar y se acerca a Capernaum, una gran multitud está ya allá para darle la bienvenida.
Como en toda muchedumbre de hombres y mujeres, hay corazones a quienes agobia la angustia
y cuerpos debilitados por el dolor. Pero, si hay fe en él, nuestro Señor está siempre dispuesto a
ayudar y sanar. Este incesante ministerio de amor que Marcos describe debe ser una fuente de
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confianza para toda alma en necesidad, fatigada pero confiada.
El primero que se llega a Jesús después de haberse abierto paso por entre la multitud es
un hombre llamado Jairo. Ha acudido a pedirle al Maestro que cure a su hija, cuyo fallecimiento
le comunican cuando se dispone a ir con Jesús para la casa. La segunda persona que se llega a
pedir ayuda es una mujer que desde hace años ha estado enferma. Al pasar el Salvador, ella le
toca la orla del manto y de inmediato queda sanada. En la narración estos dos incidentes están
tan estrechamente vinculados entre sí que en la práctica no forman sino un solo relato. Se pueden
considerar, sin embargo, como constituyendo dos cuadros asociados, incluso como presentando
contrastes marcados, pero ilustrando ambos el poder divino de Cristo y su disposición a
responder a la súplica de la fe. Jairo es un hombre importante en la comunidad, "uno de los prin-
cipales de la sinagoga", persona de riqueza, poder y posición social relativamente considerables;
y durante doce años la presencia de su hija única ha alegrado su hogar. La mujer es pobre, débil,
legalmente impura, sin amigos, desconocida; y por doce años su vida se ha visto ensombrecida
por la enfermedad y el sufrimiento constantes.
A ambos, sin embargo, los lleva a Jesús la conciencia de su desesperante necesidad. Jairo
se da cuenta de que de nada valen las ayudas humanas. La imagen que ofrece es enternecedora
cuando lo vemos postrado a los pies de Jesús, rogándole con angustia, "Mi hija está agonizando;
ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá". La condición de la mujer es
igualmente desesperada. Marcos la describe con lo que podría ser una pincelada satírica al decir
que "había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenia, y nada había
aprovechado, antes le iba peor". Sin duda que ningún médico de ese lugar y tiempo podía salvar
su vida que se consumía. Pero ella había oído hablar del poder de Jesús, y buscando en secreto
una oportunidad, "vino por detrás entre la multitud, y tocó su manto. Porque decía: Si tocare tan
solamente su manto, seré salva".
La fe de esta mujer es imperfecta. Parece que considera el poder de Jesús como algo
mágico y mecánico, que no es necesario que él la conozca o que piense en ella, que no se
requiere que ella pida ayuda y manifieste gratitud por la misma. Su fe es imperfecta, pero sin-
cera. Y Jesús responde de inmediato a su tímido contacto, "y en seguida. . . sintió en el cuerpo
que estaba sana de aquel azote". Posiblemente el rasgo más tranquilizador del relato es éste.
Nuestro Señor no espera a que tengamos un conocimiento perfecto de él o de su modo de actuar;
cuando experimentamos nuestra impotencia y acudimos a él en busca de curación, él nunca niega
su ayuda.
Jesús, sin embargo, siempre desea perfeccionar la fe de quienes confían en él. Al sanar
produce siempre un conocimiento más pleno y un amor más profundo. Por esto le muestra a esta
mujer que su curación no se debe a una efusión involuntaria de su divina gracia, y que la
bendición plena de la fe sólo se sigue cuando un creyente confiesa abiertamente que Jesús es el
Salvador. Él se da cuenta del tembloroso contacto de los dedos de la mujer. Lo distingue entre
los empellones de la multitud. Reconoce en él una súplica silenciosa de ayuda. Concede esta
ayuda que la mujer tanto desea, y luego, para bien de ella, pregunta quién lo ha tocado y mira
alrededor "para ver quién había hecho esto". La mujer, que ya había percibido en sí los efectos de
su poder divino, se da cuenta ahora de su conocimiento divino. Va hasta él; y al reconocer su
confianza y su curación, descubre también su amor divino, porque le oye decir, "Hija, tu fe te ha
hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote". Así pues, ella encontró lo que todos los que
confiesen abiertamente a Cristo pueden encontrar, a saber, una seguridad nueva del poder
salvador del Señor, y esa paz espiritual que procede de la aceptación de sus bondadosas palabras,
"Ve en paz".
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También la fe de Jairo es imperfecta. Es más inteligente que la de la mujer, pero es
inferior a la que en esa misma ciudad manifestó el centurión, quien consideró innecesario que
Jesús fuese a su casa ya que con sólo pronunciar una palabra podía realizar la curación. No
obstante esto, su fe es genuina, y por ello Jesús la robustece y la premia. El hecho mismo de que
Jesús de inmediato se dirija hacia la casa es ya tranquilizador para el angustiado padre. Pero el
retraso que ocasiona la curación de la mujer pone a prueba su fe, aunque al mismo tiempo la
fortalece, ya que en dicha curación palpa la sabiduría y el poder divinos de Jesús. Una prueba
mayor para su fe la constituye el terrible mensaje que le llega: "Tu hija ha muerto; ¿para qué
molestas más al Maestro?" Así se fortalece la fe, y muy pronto recibe su maravillosa
recompensa. Jesús insiste en que la multitud ya no lo siga más; sólo permite a tres de los
discípulos que lo acompañen, y luego entra en la casa de la difunta. En ella encuentra un cuadro
de tremenda desesperación. Plañideras alquiladas están ahí para expresar con sus lloros y
lamentos la importancia del dolor. Una vez dentro, Jesús "les dijo: ¿Por qué alborotáis y lloráis?
La niña no está muerta, sino duerme. Y se burlaban de él". La palabra de Jesús fue un reproche
para su incredulidad. Contiene un mensaje para nuestras horas de aflicción. No quiso decir que la
niña no estuviese muerta, sino que en vista de su seguro retorno a la vida, en vista de su propio
poder y de la intención que tenía, lo que le ocurría a ella no merecía el nombre de muerte No
hacía sino adelantar las benditas palabras que le dirigiría a Marta en la tumba de Lázaro: "Todo
aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente".
Luego, con sólo los padres de la niña y sus tres discípulos entra en la habitación. No
quiere que la niña se asuste con la presencia de un tumulto de extraños. Esta ternura y cuidado
exquisitos eran la característica de todos sus actos. "Tomando la mano de la niña, le dijo- ...
Niña, a ti te digo, levántate. Y luego la niña se levantó y andaba... y dijo que se le diese de
comer". Este mandato era del todo necesario para la conveniencia de la niña; pero también alivió
a los padres al destruir el hechizo del terror que con la presencia de la muerte se había cernido
sobre ellos; y fue también una prueba, no sólo de que había vuelto a la vida, sino también de su
total restablecimiento de la enfermedad.
Se menciona otro mandato de nuestro Señor: "Pero él les mandó mucho que nadie lo
supiese", porque temía que un milagro tan sorprendente pudiese causar estallidos de entusiasmo
tan grandes que llegasen a interrumpir su trabajo y a precipitar una crisis antes de que su
ministerio terrenal hubiese concluido. Fue en verdad una maravilla pasmosa, y es una digna
culminación de los cuatro milagros que Marcos narra en este lugar. En primer término, Jesús
calmó la tempestad, y con ello nos da seguridad en cuanto a su poder sobre el mundo de la
naturaleza Luego derrota a los demonios, y demuestra su autoridad en el reino invisible de los
espíritus. A continuación sana a la mujer que acude a él con fe, y de este modo ilustra su deseo
de sanar no sólo nuestros cuerpos sino también nuestras almas enfermas por el pecado Y por fin,
devuelve la vida a la hija difunta del dirigente creyente, y nos revela con ello su poder sobre la
muerte, y su capacidad para dar, incluso a los más incurables, la vida que es eterna. Con estas
actuaciones maravillosas, Marcos nos presenta a Jesús como al Siervo divino, al Hijo de Dios
obrador de maravillas.
1 Salió Jesús de allí y vino a su tierra, y le seguían sus discípulos. 2 Y llegado el día de
reposo, comenzó a enseñar en la sinagoga; y muchos, oyéndole, se admiraban, y decían: ¿De
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dónde tiene éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es esta que le es dada, y estos milagros que por
sus manos son hechos? 3 ¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José,
de Judas, y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas? Y se escandalizaban
de él. 4 Mas Jesús les decía: No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, y entre sus
parientes, y en su casa. 5 Y no pudo hacer allí ningún milagro, salvo que sanó a unos pocos
enfermos, poniendo sobre ellos las manos. 6 Y estaba asombrado de la incredulidad de ellos. Y
recorría las aldeas de alrededor, enseñando.
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refrendado sus pretensiones, todavía no había asumido el puesto de rey universal. El prejuicio
que tenían en cuanto a lo que debía ser el Mesías, les impidió aceptar al verdadero Mesías
cuando apareció. Así también hoy día, normas falsas de grandeza y valor nos ciegan en cuanto a
los verdaderos méritos y belleza de los que conviven con nosotros. Y la humanidad inmaculada
de Jesús ciega a algunos hombres en cuanto a su divinidad comprobada.
La razón principal de por qué un profeta está sin honra es que a fin de cuentas no se le
conoce. Jesús no fue repudiado en Nazaret porque era demasiado bien conocido, sino más bien
porque los hombres creían conocerlo cuando en realidad tenían una ignorancia supina en cuanto
a su verdadera personalidad y misión. Juzgaban por lo externo y accidental: conocían a su madre,
a sus hermanos y hermanas, su taller de carpintero; pero no lo conocían a él De haberlo conocido
lo hubieran amado. Con demasiada frecuencia es verdad esto en la experiencia humana. Ahí
radica el remordimiento de la memoria. Nos damos cuenta de que el día ha sido brillante cuando
ya la sombra de la noche ha caído; reconocemos que nuestro amigo era valioso y amable sólo
cuando se ha presentado la separación. Lo mismo ocurre con Jesús. Los hombres creen conocerlo
porque han asistido a la iglesia, o han hablado con algunos de sus seguidores; pero a él no lo
conocen. Si lo conociesen no podrían por menos que seguirlo y confiar en él
El punto culminante y trágico del relato lo expresan las palabras que siguen al proverbio:
"Y no pudo hacer allí ningún milagro". Es la consecuencia lamentable de todo lo anterior. Donde
no hay aprecio y amor no puede haber amigos nuestros, ni podemos hacer lo que de otra forma
hubiera sido posible. Donde falta la fe, Cristo, por cercano que esté, por poderoso que sea, no
puede ni quiere hacer ninguna obra poderosa.
"Y estaba asombrado de la incredulidad de ellos", pero no permaneció entre ellos. "Y
recorría las aldeas de alrededor, enseñando". En otros lugares sería bienvenido, se salvarían otras
almas, pero no aquellos que lo habían conocido por más tiempo, no aquellos que tontamente
imaginaban que lo conocían mejor que nadie.
C. TERCER PERÍODO
Caps. 6:7 a 7:23
7 Después llamó a los doce, y comenzó a enviarlos de dos en dos; y les dio autoridad
sobre los espíritus inmundos. 8 Y les mandó que no llevasen nada para el camino, sino
solamente bordón; ni alforja, ni pan, ni dinero en el cinto, 9 sino que calzasen sandalias, y no
vistiesen dos túnicas. 10 Y les dijo: Dondequiera que entréis en una casa, posad en ella hasta
que salgáis de aquel lugar. 11 Y si en algún lugar no os recibieren ni os oyeren, salid de allí, y
sacudid el polvo que está debajo de vuestros pies, para testimonio a ellos. De cierto os digo que
en el día del juicio, será más tolerable el castigo para los de Sodoma y Gomorra, que para
aquella ciudad. 12 Y saliendo, predicaban que los hombres se arrepintiesen. 13 Y echaban fuera
muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos, y los sanaban.
El primer período del ministerio de nuestro Señor en Galilea oriental se abrió con el
llamamiento de cuatro discípulos; el segundo con la elección de doce apóstoles; este tercero se
abre con la misión de los Doce. Cada período se ha señalado por la amplia popularidad entre el
pueblo pero también por un marcado odio e incredulidad. Jesús vio a las multitudes que deseaban
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recibir su mensaje y la curación que ofrecía; pero también estuvo consciente de la creciente
oposición que pronto acabaría con su breve ministerio. Por ello, al rechazarlo sus conciudadanos
en Nazaret, envió a sus doce apóstoles para que extendiesen su obra y se capacitasen para
continuarla después de su partida.
Desde luego que con anterioridad ya habían prestado servicio a Jesús. Pero esta es su
primera misión concreta. La mayor parte de los rasgos de este breve relato son puramente locales
y propios del tiempo, y sin embargo insinúan ciertos principios aplicables al servicio misionero
de todo lugar y época.
"Comenzó a enviarlos de dos en dos", porque de este modo podían abarcar un territorio
más vasto que si hubiesen ido en grupo, y también porque así el obrero en forma individual sería
alentado y ayudado en su trabajo, y su testimonio se vería fortalecido y confirmado. Una
estrategia misionera moderna que sea sabia tomará en consideración tanto un exceso de
concentración de fuerzas como el peligro de aislar demasiado a los obreros. La compañía, el
consejo y la cooperación incrementan las fuerzas.
Se les dio la comisión de hacer milagros de curaciones y de predicar. En cuanto a los
primeros, Marcos especifica uno que le era típico: "les dio autoridad sobre los espíritus
inmundos". También hoy el ministerio de curación y ayuda manifestará el espíritu de Cristo,
abrirá las puertas al mensaje y lo confirmará en las mentes del pueblo.
Las instrucciones especiales que dio a los Doce eran prácticas y no pretendían expresar
pobreza o imponer penalidades especiales. Eran las mismas que un aldeano oriental tendría en
cuenta hoy, de ser enviado a una misión breve e importante No debían demorarse en preparativos
prolongados, no debían cargar con un equipo innecesario, debían esperar el sustento de quienes
iban a recibir su predicación y ayuda. Los verdaderos mensajeros de Cristo deben estar siempre
prontos y dispuestos a servir, los negocios de este mundo no deben estorbarlos indebidamente, y
deben también esperar un sostén razonable en su propio trabajo.
Mandó a los apóstoles que se contentasen con lo que se les ofreciese: "Dondequiera que
entréis en una casa, posad en ella hasta que salgáis de aquel lugar". Si, por otra parte, no se les
ofreciese hospitalidad, tenían que declarar abiertamente que ese descuido en recibirlos era una
ofensa a su Maestro y que consideraban a los ofensores como indignos de su presencia entre
ellos y al polvo del lugar como contaminante. Esto es lo que Jesús quiso decir al mandarles: "Y
si en algún lugar no os recibieren ni os oyeren, salid de allí, y sacudid el polvo que está debajo de
vuestros pies, para testimonio a ellos". Rechazar a los mensajeros de Cristo y negarse a
escucharlos es siempre una responsabilidad muy seria. Aunque tengan defectos personales,
representan al divino Señor, y quien permanece indiferente ante su testimonio y su misión, se ha
condenado a sí mismo.
En cuanto a los detalles de esta primera misión, muy poco se menciona. Marcos nos dice
que el contenido principal de la predicación era un llamamiento al arrepentimiento, y que
verdaderos milagros daban fuerza al mensaje: "Y saliendo, predicaban que los hombres se
arrepintiesen. Y echaban fuera muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos, y los
sanaban". Esta es la única mención que se hace en los Evangelios de una unción con aceite. El
aceite era, sin embargo, un remedio familiar en Oriente, y su empleo tuvo que ser significativo
en el caso de esas curaciones milagrosas. Era además símbolo del Espíritu
Santo y nos recuerda la curación espiritual que siempre acompaña a la predicación del
evangelio de arrepentimiento y fe en Cristo.
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2. Muerte de Juan el Bautista
Cap. 6:14-29
14 Oyó el rey Heredes la fama de Jesús, porque su nombre se había hecho notorio; y
dijo: Juan el Bautista ha resucitado de los muertos, y por eso actúan en él estos poderes. 15
Otros decían: Es Elias. Y otros decían: Es un profeta, o alguno de los profetas. 16 Al oír esto
Heredes, dijo: Este es Juan, el que yo decapité, que ha resucitado de los muertos. 17 Porque el
mismo Herodes había enviado y prendido a Juan, y le había encadenado en la cárcel por causa
de Herodías, mujer de Felipe su hermano; pues la había tomado por mujer. 18 Porque Juan
decía a Herodes: No te es lícito tener la mujer de tu hermano. 19 Pero Herodías le acechaba, y
deseaba matarle, y no podía; 20 porque Herodes temía a Juan, sabiendo que era varón justo y
santo, y le guardaba a salvo; y oyéndole, se quedaba muy perplejo, pero le escuchaba de buena
gana. 21 Pero venido un día oportuno, en que Herodes, en la fiesta de su cumpleaños, daba una
cena a sus príncipes y tribunos y a los principales de Galilea, 22 entrando la hija de Herodías,
danzó, y agradó a Herodes y a los que estaban con él a la mesa; y el rey dijo a la muchacha:
Pídeme lo que quieras, y yo te lo daré. 23 Y le juró: Todo lo que me pidas te daré, hasta la mitad
de mi reino. 24 Saliendo ella, dijo a su madre: ¿Qué pediré? Y ella le dijo: La cabeza de Juan el
Bautista. 25 Entonces ella entró prontamente al rey, y pidió diciendo: Quiero que ahora mismo
me des en un plato la cabeza de Juan el Bautista. 26 Y el rey se entristeció mucho; pero a causa
del juramento, y de los que estaban con él a la mesa, no quiso desecharla. 27 Y en seguida el
rey, enviando a uno de la guardia, mandó que fuese traída la cabeza de Juan. 28 El guarda fue,
le decapitó en la cárcel, y trajo su cabeza en un plato y la dio a la muchacha, y la muchacha la
dio a su madre. 29 Cuando oyeron esto sus discípulos, vinieron y tomaron su cuerpo, y lo
pusieron en un sepulcro.
El relato de la muerte de Juan, el gran Bautista, lo introduce Marcos en este momento con
lo que se podría llamar artística oportunidad. En realidad había acaecido algo antes, pero la
presenta en adecuada conexión tanto con la popularidad de Jesús como con el peligro que corría,
rasgos ambos que caracterizan este último período de su ministerio en Galilea oriental. Hace
resaltar el peligro, porque el asesinato de su gran precursor a manos de un rey cruel, era para
Jesús un verdadero presagio de su propia muerte que se aproximaba. Sin embargo, Marcos
presenta aquí este relato en conexión más directa con la popularidad de Jesús.
Los milagros que realizaron los apóstoles difundieron todavía más la fama de Jesús por
todo el territorio. Las noticias llegaron a oídos del rey Heredes, quien presumió que semejantes
obras sobrenaturales sólo se explicaban en el caso de que Jesús fuese alguien que hubiese vuelto
del mundo invisible, trayendo consigo esos poderes sobrehumanos. "Oyó el rey Heredes la fama
de Jesús, porque su nombre se había hecho notorio; y dijo: Juan el Bautista ha resucitado de los
muertos, y por esto actúan en él estos poderes".
Lo que hizo que el rey elaborase esta curiosa conjetura fue su inquieta conciencia. Había
habido un tiempo en que la voz de Juan era para el culpable rey como la voz misma de Dios.
Pero Heredes había hecho asesinar al gran profeta. Ahora los milagros de Jesús que le refieren lo
sobrecogen; no es, pues, extraño que, en su terror, los atribuya a aquella persona a la que había
mirado con temor reverente. Otras sugerencias, algo similares, hacían quienes se enteraban de las
maravillas que Jesús realizaba Unos decían: "Es Elías. Y otros decían: Es un profeta, o alguno de
los profetas. Al oír esto Heredes, dijo: Este es Juan, el que yo decapité, que ha resucitado de los
muertos". Para explicar esta conjetura del rey, Marcos relata el detestable crimen, cuyo recuerdo
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obsesiona la mente de Heredes. Viene a ser un paréntesis en la narración evangélica, pero es un
relato dramático y de gran valor práctico, ya que es un estudio sintético del funcionamiento de la
conciencia.
Ante todo es una descripción de una conciencia turbada, y de un hombre que fue
demasiado débil para obedecer sus mandatos. Heredes se había casado ilegal-mente con
Herodías, esposa de su hermano Felipe. Juan le había reprochado abiertamente tal pecado.
Incitado a ello por Herodías, Herodes encarceló a Juan, pero el celo y la santidad del profeta lo
habían impresionado e incluso escuchaba sus exhortaciones apasionadas y solemnes. Reconoció
su pecado, pero la fuerza del mismo lo dominaba. El cuadro de pureza que Juan describía lo
atraía, pero le faltaban fuerzas para sacudir las cadenas que lo esclavizaban. Probablemente trató
de acallar su conciencia con el hecho de que mantenía vivo a Juan a pesar del odio mortal de
Herodías. Sin embargo, como todo hombre que vive en forma contraria a lo que sabe que es
justo, "se quedaba muy perplejo". Es el retrato conocido de quien contemporiza y vacila. La
personalidad moral se debilita tanto más cuanto más tiempo pasa. Es incluso un síntoma peli-
groso el que uno que vive en pecado se emocione ante los mensajes de santidad y virtud Seguir
en el pecado en contra de la luz y de las advertencias de la conciencia, es siempre preparar el
camino para una caída fatal, o para una elección irrevocable que conduce a la ruina.
Esta fue la experiencia de Herodes. Lo único que le faltaba era la ocasión propicia
Cuando se presenten las circunstancias favorables el Tentador conseguirá el triunfo para el cual
se ha venido preparando por mucho tiempo. Es el cumpleaños del rey. Ofrecen un gran banquete
a los príncipes, tribunos y principales de su reino. Luego, "entrando la hija de Herodías, danzó, y
agradó a Herodes y a los que estaban con él a la mesa; y el rey dijo a la muchacha: Pídeme lo que
quieras, y yo te lo daré". La danza fue en sí misma vergonzosa, y ninguna persona de rango real
o simplemente de buena reputación, la habría ejecutado. Así lo sugiere Marcos con la frase que
usa cuando dice, "entrando la hija de Herodías, danzó". Formaba parte de una vil conspiración.
El rey quedó atrapado. La petición, a indicación de Herodías, vino de inmediato: "Quiero que
ahora mismo me des en un plato la cabeza de Juan el Bautista". Leemos que "el rey se entristeció
mucho; pero a causa del juramento, y de los que estaban con él a la mesa, no quiso desecharla".
Envió a un soldado de la guardia, quien fue y decapitó a Juan en la cárcel. Es un crimen
horrendo, y contrario a la conciencia del rey. Quien por tanto tiempo ha desobedecido la voz
interior, queda impotente en la hora de la tentación grave. Es el cuadro triste que presenta una
conciencia deshonrada. Y al presentarnos este relato, Marcos nos dice cómo la conciencia, si se
la maltrata y amordaza durante mucho tiempo, es seguro que despierta en forma inesperada y
acosa al alma culpable con el aguijón del remordimiento desesperado. Mientras Juan vivía, el rey
tenía oportunidad de arrepentirse. Pero una vez hubo dado la orden de muerte del profeta
inocente, el arrepentimiento se hizo imposible. Había dado el paso irrevocable, y nunca más
pudo volver a tener paz perfecta. Cualquier incidente extraño, cualquier suceso llamativo, eran
como presagios solemnes y despertaban en el rey un temor desconocido. Por eso el mismo relato
del poder de Cristo, que llevó esperanza a tantas almas, no despertó en el rey sino miedo y terror.
Así también les ocurre a aquellos que por largo tiempo desobedecen la voz de la conciencia; por
fin caen en la hora de tentaciones más graves, y luego un pesar incesante y un autor reproche los
acosan. El nombre y los mensajes y la venida de Cristo les son sólo causas de temor, zozobra y
desesperación
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3. Alimentación de los cinco mil
Cap 6.30-44
30 Entonces los apóstoles se juntaron con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho,
y lo que habían enseñado. 31 El les dijo: Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y descansad
un poco. Porque eran muchos los que iban y venían, de manera que ni aun tenían tiempo para
comer. 32 Y se fueron solos en una barca a un lugar desierto. 33 Pero muchos los vieron ir, y le
reconocieron; y muchos fueron allá a pie desde las ciudades, y llegaron antes que ellos, y se
juntaron a él. 34 Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran
como ovejas que no tenían pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas. 35 Cuando ya era muy
avanzada la hora, sus discípulos se acercaron a él, diciendo: El lugar es desierto, y la hora ya
muy avanzada. 36 Despídelos para que vayan a los campos y aldeas de alrededor, y compren
pan, pues no tienen qué comer. 37 Respondiendo él, les dijo: Dadles vosotros de comer. Ellos le
dijeron: ¿Que vayamos y compremos pan por doscientos denarios, y les demos de comer? 38 El
les dijo: ¿Cuántos panes tenéis? Id y vedlo. Y al saberlo, dijeron: Cinco, y dos peces. 39 Y les
mandó que hiciesen recostar a todos por grupos sobre la hierba verde. 40 Y se recostaron por
grupos, de ciento en ciento, y de cincuenta en cincuenta. 41 Entonces tomó los cinco panes y los
dos peces, y levantando los ojos al cielo, bendijo, y partió los panes, y dio a sus discípulos para
que los pusiesen delante; y repartió los dos peces entre todos. 42 Y comieron todos, y se
saciaron. 43 Y recogieron de los pedazos doce cestas llenas, y de lo que sobró de los peces. 44 Y
los que comieron eran cinco mil hombres.
Los milagros de los "Doce", que habían causado terror a Herodes, produjeron una
admiración y curiosidad muy general entre la gente. Tan fue así que, cuando los discípulos
regresaron a Capernaum para contar a Jesús lo que habían hecho, se convirtieron ellos mismos en
objeto de un interés popular tal, que las multitudes los asediaban y "ni aun tenían tiempo para
comer". Los fatigados mensajeros acababan de regresar de su primer recorrido misionero, y es
digno de atención que en este pasaje se les da por primera vez el nombre de "apóstoles".
Jesús les hace una invitación que transmite un mensaje a todos los seguidores de Cristo,
cualquiera que sea su nombre u ocupación. "Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y
descansad un poco". Períodos de aislamiento tranquilo, en los que estemos a solas con el Señor,
o en los que lo hallemos en compañía de unos pocos compañeros escogidos, facilitan la prepa-
ración necesaria para un servicio fructuoso. "Y se fueron solos en una barca a un lugar desierto".
Parece que cruzaron hacia la ribera nororiental del lago. Muy pronto, empero,
perturbaron su descanso. Las multitudes se enteraron de dónde podían encontrar a Jesús "y
muchos fueron allá a. pie desde las ciudades". Sin embargo, la intrusión no molestó ni irritó a
Jesús. Las multitudes más bien despertaron su compasión porque "eran como ovejas que no
tenían pastor". Buscaban quien los guiase, y andaban hambrientos de verdades espirituales. Los
maestros profesionales de la religión oficial no los satisfacían. Juan había muerto. Estaban
conscientes de su gran necesidad, y Jesús parecía capaz de colmársela. Su fe era imperfecta, sus
esperanzas vagas, pero Jesús con gozo respondió a su muda súplica. "Comenzó a enseñarles
muchas cosas". Para aquellos cuyos ojos han sido abiertos, el mundo de hoy es como las
multitudes de entonces, hambrea la palabra de seguridad, consuelo y poder divinos. Los
corazones que Jesús ha tocado están abrumados de compasión por las multitudes que son "como
ovejas que no tienen pastor".
Cuando el día de enseñanza está ya tocando a su fin Jesús realiza un milagro cuya
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finalidad fue la de enseñar que el mensaje que el mundo necesitaba se refería a sí mismo, que él
es en realidad el Pan de Vida. La ocasión del milagro es el hambre de la muchedumbre, y el
motivo primordial de Jesús es su compasión por la necesidad física, aunque aprovecha la
oportunidad para transmitir un mensaje sin par en cuanto a su capacidad para satisfacer el
hambre del alma.
Cuando los discípulos le piden que despida a la muchedumbre para que vayan a
conseguirse alimento, Jesús los asusta con esta orden: "Dadles vosotros de comer" En respuesta a
esto declaran su incapacidad para conseguir una cantidad tal de comida. Les pide que se
informen con exactitud de cuántos panes disponen "Y al saberlo, dijeron: Cinco, y dos peces"
Esto era todo. Sin embargo, cuando el Señor así lo dispone y bendice, los recursos escasos de sus
servidores resultan siempre suficientes. Su impotencia consciente es con frecuencia la coyuntura
para manifestar el poder superior del Señor.
Una cierta fe, aunque imperfecta, debieron de producir en las mentes de los discípulos las
palabras del Maestro; y también en los corazones de la multitud, cuando les ordenó que se
recostaran por grupos sobre la verde hierba Pero sería difícil medir su sorpresa cuando, por el
poder de Jesús, los panes y los peces se multiplicaron de tal modo que fueron más que suficientes
para dar de comer a la multitud de cinco mil hombres.
Fue una acción compasiva, un milagro de poder, pero también fue un mensaje de valor
divino. Jesús realizó en verdad un acto creador Fue el portento mayor de cuantos hasta entonces
había obrado en presencia de la multitud; por eso también contenía el significado más profundo.
Su ministerio se estaba acercando a su fin. La muerte de Juan fue un presagio de su crucifixión
ya próxima. Era la estación de la pascua hebrea, como dicen otros escritores, y como el mismo
Marcos sugiere al mencionar en forma pintoresca "la hierba verde", sobre la cual la
muchedumbre se recostó "por grupos". En otra pascua Jesús iba a sufrir; pero su cuerpo iba a ser
destruido para la vida del mundo; todos los que confiasen en él no volverían a tener hambre, y
los que creyesen en él tendrían vida eterna. Así interpretó Jesús su propio milagro. Las
multitudes no entendieron. Pero a través de los siglos sus seguidores han hallado en esta escena
inspiración, orientación y esperanza. El mundo, en su fatiga, hambre y necesidad espirituales es
como la muchedumbre en el desierto. Sólo Cristo puede salvar; pero sus discípulos pueden llevar
a las almas moribundas el mensaje de su poder y amor, y aquellos que lo reciban vivirán.
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irritaba; ni tampoco tenía la sensación de que la inesperada ocupación fuese un sustitutivo del
refrigerio que necesitaba. Por eso cuando la muchedumbre interrumpió el período de descanso
que Jesús había reservado para sí y para sus discípulos, con gran paciencia les enseñó durante
todo el día, aunque luego los despidió y se retiró a la soledad de la montaña para pasar la noche
entera en oración.
Lo mismo hay que decir de los discípulos: quizá quedaron defraudados en cuanto a su
esperanza de gozar en forma exclusiva de la compañía del Señor, pero la interrupción misma les
brindó la oportunidad de conocer a su Señor mejor de lo que lo habían conocido hasta entonces.
A los que son pacientes, planes que ha habido que alterar inesperadamente les ofrecen a menudo
revelaciones nuevas de la persona y poder de Cristo.
Este poder lo vieron revelado los Doce cuando Jesús alimentó a los cinco mil que
irrumpieron en su retiro de la ribera oriental del mar; y cuando, en obediencia a Cristo, lo dejan y
tratan de volver remando hacia la costa occidental, se les da una comprensión nueva y magnífica
de su divina persona.
Se encuentran con que los combate un viento que se levanta, y que va en aumento, hasta
convertirse en violento, a medida que la larga noche va consumiéndose En ocho horas no han
podido avanzar ni cinco kilómetros. Abrumados de ansiedad, cansancio y desánimo ven de
repente a Jesús "andar sobre el mar". Gritan de terror, pero él les dirige palabras de consuelo:
"¡Tened ánimo; yo soy, no temáis! Y subió a ellos en la barca, y se calmó el viento".
En cierto modo este milagro fue más sorprendente que el alimentar a la multitud. A partir
de entonces los discípulos deben de haber tenido una comprensión distinta de su Señor, como un
ser que era más que hombre, por difícil que fuese definir su naturaleza. Al igual que el pan dado
a la multitud representó su cuerpo destrozado y preparó a sus seguidores para comprender su
muerte, ¿ no podrían tener razón aquellos escritores que sugieren que este caminar sobre las
aguas dispuso mejor a sus discípulos a comprender o creer los misterios de la resurrección y de
la presencia invisible de Cristo ? Sin duda que es bueno también aceptar el mensaje que más
comúnmente se propone, a saber, que en esta sorprendente escena se nos enseña cuan cierto es
que nuestro Señor está con nosotros en las tempestades y luchas de la vida, posiblemente tanto
más cerca cuando nos falta el valor y cuanto mayor es nuestro miedo; puede manifestarse en la
visión misma que más nos atemoriza, y con toda certeza nos traerá la calma y muy pronto nos
encontraremos en el puerto de la tranquilidad. Y también nos trae consuelo pensar que nuestro
Señor, quien ahora está en lo alto intercediendo por nosotros, un día aparecerá de nuevo; quizá
ahora mismo se esté ya acercando. Puede hacer su entrada majestuosa por encima de los
disturbios y angustias de las naciones, y cuando aparezca, la noche concluirá y las tempestades
cesarán.
Posiblemente ha sido sólo la fantasía poética la que ha llevado a los hombres a descubrir
de este modo la realidad espiritual y la verdad profética, con elementos tomados de este relato
evangélico; porque el milagro Jesús sin duda lo hizo para socorrer a sus discípulos, atemorizados
y en peligro, y para crear en ellos el fundamento de una mayor confianza en él. Esta nueva
manifestación de su poder divino los impresionó más allá de lo imaginable; aunque Marcos
insinúa que eran lentos en aprender y que necesitaban muchas lecciones así. No hubieran debido
sorprenderse tanto; hubieran debido esperar un poder semejante en un Señor divino. Después de
que Jesús había alimentado a cinco mil con unos pocos panes y peces, después de que con ello se
había mostrado como Señor de la naturaleza, no hubieran debido maravillarse tanto de que
pudiese caminar sobre las olas. Pero, "ellos se asombraron en gran manera, y se maravillaban.
Porque aún no habían entendido lo de los panes, por cuanto estaban endurecidos sus corazones".
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¿Están sus seguidores de hoy dispuestos a creer todo lo que un Cristo resucitado y subido a los
cielos puede hacer por ellos y por el mundo?
5. El ministerio en Genesaret
Cap. 6: 53-56
Por lentos que hayan sido los discípulos en entender al Señor, las multitudes sí estaban
dispuestas a creer en él. Su fe era menos inteligente pero no menos genuina. Marcos nos esboza
un animado cuadro de esta confianza pronta y vehemente al arribar Jesús con sus discípulos al
sur de Capernaum, poco después de haber caminado sobre las aguas y calmado la tempestad. "Y
saliendo ellos de la barca, en seguida la gente le conoció. . . comenzaron a traer de todas partes
enfermos en lechos, a donde oían que estaba... y le rogaban que les dejase tocar siquiera el borde
de su manto; y todos los que le tocaban quedaban sanos".
Nuestro Señor espera que sus seguidores tengan un conocimiento de él siempre más
perfecto; pero responde con favores ante la fe más sencilla, e incluso la confianza que no llega
sino a tocar el borde de su manto es suficiente para obtener curación y vida.
1 Se juntaron a Jesús los fariseos, y algunos de los escribas, que habían venido de
Jerusalén; 2 los cuales, viendo a algunos de los discípulos de Jesús comer pan con manos
inmundas, esto es, no lavadas, los condenaban. 3 Porque los fariseos y todos los judíos,
aferrándose a la tradición de los ancianos, si muchas veces no se lavan las manos, no comen. 4
Y volviendo de la plaza, si no se lavan, no comen. Y otras muchas cosas hay que tomaron para
guardar, como los lavamientos de los vasos de beber, y de los jarros, y de los utensilios de
metal, y de los lechos. 5 Le preguntaron, pues, los fariseos y los escribas: ¿Por qué tus
discípulos no andan conforme a la tradición de los ancianos, sino que comen pan con manos
inmundas? 6 Respondiendo él, les dijo: Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está
escrito: Este pueblo de labios me honra, Mas su corazón está lejos de mí. 7 Pues en vano me
honran. Enseñando como doctrinas mandamientos de hombres.
8 Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres: los
lavamientos de los jarros y de los vasos de beber; y hacéis otras muchas cosas semejantes. 9 Les
decía también: Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición. 10
Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre; y: El que maldiga al padre o a la madre,
muera irremisiblemente. 11 Pero vosotros decís: Basta que diga un hombre al padre o a la
madre: Es Corbán (que quiere decir, mi ofrenda a Dios) todo aquello con que pudiera ayudarte,
12 y no le dejáis hacer más por su padre o por su madre, 13 invalidando la palabra de Dios con
vuestra tradición que habéis transmitido. Y muchas cosas hacéis semejantes a estas. 14 Y
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llamando a sí a toda la multitud, les dijo: Oídme todos, y entended: 15 Nada hay fuera del
hombre que entre en él, que le pueda contaminar; pero lo que sale de él, eso es lo que contamina
al hombre. 16 Si alguno tiene oídos para oír, oiga. 17 Cuando se alejó de la multitud y entró en
casa, le preguntaron sus discípulos sobre la parábola. 18 El les dijo: ¿También vosotros estáis
así sin entendimiento? ¿No entendéis que todo lo de fuera que entra en el nombre, no le puede
contaminar, 19 porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale a la letrina? Esto decía,
haciendo limpios todos los alimentos. 20 Pero decía, que lo que del hombre sale, eso contamina
al hombre. 21 Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los
adulterios, las fornicaciones, los homicidios, 22 los hurtos, las avaricias, las maldades, el
engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. 23 Todas estas
maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.
El primer período del ministerio público de Jesús en Galilea oriental puso de manifiesto
un violento contraste entre la rápida popularidad conseguida entre el pueblo y la creciente
oposición de los líderes religiosos. El segundo período de este ministerio se caracterizó por la
misma popularidad, y concluyó con el repudio que de Jesús hicieron sus mismos conciudadanos
de Nazaret. El tercer período encontró a Jesús en la culminación de la confianza popular; pero al
acercarse a su fin, lo hace memorable el enconado ataque a Jesús que desencadenaron los
fariseos y otros líderes que habían llegado de Jerusalén con el propósito de hacerle frente
La acusación que profirieron en su contra fue que habían visto "a algunos de los
discípulos de Jesús comer pan con manos inmundas". Esto no significaba que los seguidores de
Jesús comiesen con manos físicamente sucias Quería decir que estos discípulos habían olvidado
los lavamientos rituales que las tradiciones judías exigían. Estas tradiciones consistían en las
interpretaciones compiladas de la Ley del Antiguo Testamento dadas por los rabinos. Para los
fariseos habían llegado a ser más importantes y de mayor autoridad que las palabras mismas de
Dios. Hacer caso omiso de estas exigencias era, para esos viejos formalistas, el más grave de los
pecados.
La acusación brindó a nuestro Señor una oportunidad no sólo para reprender a los
fariseos, sino también para censurar todo formalismo religioso, y para mostrar la diferencia
esencial entre lo que es espiritual y lo que es material, entre la verdadera pureza de alma y el
mero conformismo a las exigencias del hombre.
Al reprender a los fariseos, nuestro Señor los acusa de ser hipócritas y cita, aplicándoselo
a ellos, las palabras de Isaías en las que el profeta describe a hombres de moralidad similar, que
dan gran importancia a las observancias externas en tanto que las manchas y pecados de sus
propias almas los dejan indiferentes. "Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está
escrito: Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me
honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres".
Con relación a ese mismo asunto de obediencia a los preceptos de los hombres pasa Jesús
ahora a convencer a los fariseos de pecado. Habían acusado a los discípulos y, por tanto,
implícitamente a Jesús, de actuar en contra de una tradición humana. Jesús les demuestra que con
su obediencia a una tradición de hombres han conculcado la ley de Dios. El ejemplo que cita es
el mejor posible para probar la hipocresía de los fariseos y la falacia del formalismo. Según la ley
de Dios se debe honrar al padre y a la madre; se debe cuidarlos y cubrir sus necesidades. Sin
embargo, según una tradición admitida, si uno pronunciaba delante de cualquier bien propio la
palabra, "Corbán", que quiere decir "ofrenda", esta propiedad se consideraba como consagrada a
Dios; y la tradición estipulaba además que, aun cuando dicha propiedad no se podía dar a nadie
58
más, su propietario podía usarla en beneficio propio. De este modo le era posible a un hombre
dejar sufrir a sus padres siendo rico. Podía con ello guardar una tradición, que trataba de una
formalidad meramente externa con respecto a las ofrendas religiosas, mientras que al mismo
tiempo quebrantaba uno de los Diez Mandamientos y violaba la ley fundamental del amor. De
esta forma Jesús con toda claridad convenció a los fariseos de pecado, y al mismo tiempo mostró
el peligro que hay de contentarse con las observancias externas en tanto que el corazón está lleno
de egoísmo y pecado.
En este momento crítico Jesús llama a sí a la multitud y, en presencia de los fariseos,
proclama una verdad que les es un verdadero desafío, verdad tan revolucionaria y de tanto
alcance que produce la rotura final entre nuestro Señor y los líderes religiosos judíos. La
afirmación parece de por sí sencilla. "Nada hay fuera del hombre que entre en él, que le pueda
contaminar; pero lo que sale de él, eso es lo que contamina al hombre". Parece que los discípulos
se dieron cuenta de que las palabras incluían un significado más profundo y tenían un alcance
mayor que lo que a primera vista aparecía. Jesús, sin embargo, reprocha a los discípulos su
estupidez en comprender y el no saber estimar en qué consiste verdaderamente la impureza. A
pesar de esto, pasa a explicarles con claridad suma que la verdadera impureza no es una cuestión
corporal sino espiritual, o del cuerpo pero sólo en cuanto el espíritu lo dirige. La única
contaminación verdadera es la del alma Al hombre no lo contamina lo que le entra por la boca,
sino lo que proviene de su corazón. Al hombre no lo mancha el comer lo que es ritualmente
inmundo, sino sólo el pensar y hacer lo que es moralmente impuro.
Una vez mencionadas estas afirmaciones, Marcos añade que Jesús "esto decía, haciendo
limpios todos los alimentos". No quiere decir que con las sencillas aunque audaces afirmaciones
del Señor quedase completamente abrogada la ley ceremonial. Lo que quiere decir es que el
Maestro puso claramente de manifiesto la distinción existente entre ceremonia y realidad, entre
forma y fondo, entre pureza externa e interna. Señala, sin embargo, que la comprensión
verdadera de estas enseñanzas indica que la ley ceremonial era temporal, y prepara el terreno
para la abolición de esta ley una vez los hombres hayan aprendido su verdadero significado. Así
fue cómo Jesús previo la muerte definitiva del Judaísmo; e insistió en que toda religión ha de ser
cuestión de corazón y no de formalidades externas, en que es una relación con Dios y no la
observancia de un ceremonial, en que es una purificación del espíritu y no un lavado de manos.
En todas las épocas del mundo se han necesitado estas enseñanzas tan claras. A la mayoría de los
cristianos de hoy les pueden parecer obvias. Para los fariseos, sin embargo, fueron una dura
reprensión. Iban en contra de las tradiciones más sagradas de la secta. Ponían de manifiesto la
hipocresía y formalismo de estos ritualistas orgullosos y presumidos. Eran un desafío a los
líderes religiosos judíos. No sorprende que Jesús considerase necesario salir de Galilea, y
retirarse a la región gentil de Tiro y Sidón.
59
III
EL MINISTERIO EN GALILEA SEPTENTRIONAL
Caps. 7:24 a 9:50
A. PRIMER PERÍODO
Caps 7:24 a. 8-26
1. La fe de la mujer sirofenicia
Cap 7:24-30
En una sola ocasión, a lo largo de toda su actividad terrenal, abandona Jesús su propia
tierra; aunque desde el momento en que cruza "a la región de Tiro y Sidón" hasta que sale hacia
Jerusalén y hacia la cruz, permanece tanto en territorio galileo como en las regiones solitarias de
Galilea septentrional. Es una época de retraimiento. La nación lo ha rechazado. Las multitudes
que siguen agolpándose en torno suyo no han sabido reconocer la naturaleza espiritual de su
mensaje ni tampoco reconocerlo como el Mesías. Sus conciudadanos de Nazaret se han negado a
aceptarlo, y los líderes religiosos, llenos de odio mortal, se han confabulado contra él. Por esto
Jesús busca lugares apartados donde poder instruir a sus discípulos antes de su ya próxima
muerte y resurrección. No realiza viajes misioneros, y su ministerio no se dirige a las masas,
aunque no puede evitarlas del todo. Cuando así ocurre nunca deja de contestar a la súplica de la
angustia y de la fe. El gran Maestro busca estar a solas con sus discípulos, aunque Marcos sigue
presentándolo como el Siervo poderoso, el Hijo de Dios obrador de maravillas.
Jesús se retira primero a Sirofenicia, región así llamada para distinguirla de la Fenicia
africana. Una vez allá, "entrando en una casa, no quiso que nadie lo supiese; pero no pudo
esconderse. Porque una mujer, cuya hija tenía un espíritu inmundo, luego que oyó de él, vino y
se postró a sus pies". Marcos hace mención especial del hecho de que era "griega", o sea gentil.
Esto hace que su confianza en Cristo parezca más extraordinaria, y explica la extraña respuesta
con la que el Señor prueba su fe. "Le rogaba que echase fuera de su hija al demonio. Pero Jesús
le dijo: Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y
echarlo a los perrillos".
Desde luego que Jesús lo que quiere decir es que su obra, por el momento, es para los
judíos y no para los gentiles; que en el breve tiempo de su ministerio terrenal debe echar
fundamentos entre la gente ya preparada, a fin de que más tarde su salvación se pueda ofrecer a
todas las naciones. Sin embargo sus palabras parecen duras, casi crueles, a no ser que veamos
veladas detrás de ellas la intención y la compasión, de las que al instante se asen el ingenio y la
fe de la mujer. Estaba muy familiarizada con el desdén orgulloso de los judíos y con su
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pretensión de poseer derechos superiores; por ello debe haber captado la amable ironía en el tono
de Jesús al referirse a su pueblo, que precisamente lo acaba de repudiar. Parece decir: "Mi minis-
terio debe desarrollarse entre los judíos, y tú sabes que a vosotros los gentiles os consideran
como perros y a sí mismos como predilectos de Dios". Y también emplea la palabra "perritos",
de la que ella pudo deducir que podían tener un puesto en la casa; y el Señor comienza diciendo,
"Deja primero que se sacien los hijos", con lo que da a entender que vendrá un día en que
también los gentiles podrán ser salvos.
La mujer capta de inmediato todas estas sugerencias. No lo "coge por la palabra", ni lo
convence basada en las propias manifestaciones de Jesús, sino que intuye la verdad que se
esconde en sus expresiones, y halla en su aparente negativa una promesa de ayuda. "Respondió
ella y le dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos, debajo de la mesa, comen de las migajas de los
hijos". Reconoce, pues, que es gentil, y no exige nada de quien ha de ejercer su ministerio entre
los judíos, pero insinúa que, mientras esté en territorio gentil, el hacer una excepción y
concederle lo que ella le pide no supondrá interferencia alguna en su obra, ni privar de nada a su
propio pueblo; será sólo como dejar caer unas migajas de la mesa.
Sus palabras no expresaban sólo humildad o ingenio, sino más bien una fe triunfante. Las
palabras del Señor parecieron contener una negativa, e incluso una reprimenda; pero, no obstante
esto, ella creyó en el amor y bondad que sus palabras casi ocultaban del todo; confió en su poder
y gracia. La respuesta de Jesús había sido una prueba dura para su fe; las palabras de la respuesta
habían distinguido entre el pueblo del Dios vivo y el mundo incrédulo, habían hecho ver con
claridad a la mujer y a todos los que escuchaban cuál era la relación de Jesús con ella y con los
gentiles; pero también le hicieron posible conceder a la mujer lo que pedía una vez que su fe
hubo superado la prueba. "Entonces le dijo: Por esta palabra, ve; el demonio ha salido de tu hija.
Y cuando llegó ella a su casa, halló que el demonio había salido". Con esto virtual-mente se le
dio a todo el mundo gentil la promesa de salvación, a través de Cristo, para todo aquel que crea.
Igualmente concreto es el mensaje que se le da a todo seguidor de Cristo: que siga orando,
incluso en los momentos más tenebrosos; que crea que detrás de la nube de la aparente negativa,
nuestro Señor esconde su propósito de amor. Pidamos, sin embargo, no porque sea un mérito,
sino como verdaderos suplicantes, poniendo nuestra indignidad consciente como fundamento
para implorar sus favores.
2. Curación de un sordomudo
Cap. 7:31-37
31 Volviendo a salir de la región de Tiro, vino por Sidón al mar de Galilea, pasando por
la región de Decápolis. 32 Y le trajeron un sordo y tartamudo, y le rogaron que le pusiera la
mano encima. 33 Y tomándole aparte de la gente, metió los dedos en las orejas de él, y
escupiendo, tocó su lengua; 34 y levantando los ojos al cielo, gimió, y le dijo: Efata, es decir: Sé
abierto. 35 Al momento fueron abiertos sus oídos, se desató la ligadura de su lengua, y hablaba
bien. 36 Y les mandó que no dijesen a nadie; pero cuanto más les mandaba, tanto más y más lo
divulgaban. 37 Y en gran manera se maravillaban, diciendo: Bien lo ha hecho todo; hace a los
sordos oír, y a los mudos hablar.
Jesús prosigue ahora hacia el norte, por la ciudad de Sidón, y luego hacia el este a través
de Galilea, pero no hacia los escenarios familiares de su ministerio anterior. Sigue buscando
aislamiento para poder estar a solas con sus discípulos. Pasa a la costa oriental del mar de
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Galilea, a Decápolis. Ya antes había visitado una vez esta región, donde había curado a un
endemoniado; pero en esa ocasión la gente le pidió que saliese de la región. Ahora, sin embargo,
lo reciben en forma diferente. El hombre al que Jesús había curado ha trabajado bien como
evangelista, o bien la fama tan dilatada de Jesús ha cambiado la forma de pensar de la gente;
porque "le trajeron un sordo y tartamudo, y le rogaron que le pusiera la mano encima".
Este incidente sólo lo menciona Marcos, y está en estrecha relación con la viveza y
minuciosidad de detalles que caracteriza su Evangelio. En contraste con el milagro anterior, en el
que Jesús echa a un demonio sin ni siquiera visitar la casa de la niña posesa, en este caso Jesús
realiza siete acciones distintas al sanar. "Y tomándole aparte de la gente"; en armonía con el
deseo actual de Jesús de evitar la publicidad, aunque tiene en cuenta de una forma directa al
hombre, porque con ello pretende el Señor que, sin distraerse, pueda concentrar su pensamiento
en él. Luego "metió los dedos en las orejas de él, y escupiendo, tocó su lengua"; como el enfermo
es sordo, de este modo se comunica con él por medio de signos y le dice lo que puede esperar; le
promete curarlo, le promete atravesar sus oídos embotados, y humedecer y soltar su lengua
inútil. Jesús también mira al cielo, no tanto para pedir ayuda cuanto para decirle al hombre que
su curación va a venir de una fuente celestial y divina. Luego Jesús gime al pensar en todas las
miserias y angustias del mundo, y en la sordera espiritual de las multitudes que cierran sus oídos
a su mensaje. Por último pronuncia la palabra poderosa de curación, "Efata". Marcos transcribe
las sílabas mismas que el Señor pronunció, y luego las traduce para sus lectores, "Sé abierto". La
curación es inmediata y total. "Al momento fueron abiertos sus oídos, y se desató la ligadura de
su lengua, y hablaba bien".
Debemos plantearnos dos preguntas: ¿ Por qué Jesús procedió con tal premeditación, y le
transmitió al sordo un mensaje por medio de signos? Evidentemente, para despertar su fe.
Nuestro Señor ha venido apareciendo en todo el Evangelio en la majestad de su poder divino;
pero en este período de su ministerio se le ve insistiendo en la necesidad de que los hombres
confíen en él. Puso a prueba y recompensó la fe de la mujer sirofenicia; y ahora, mientras realiza
la curación, despierta y fomenta una fe inteligente en el hombre sordo de Decápolis.
Y también, ¿por qué "les mandó que no lo dijesen a nadie" ? Porque, durante todo este
período, buscaba aislarse y deseaba huir de toda atención popular. La mejor manera de expresar
la verdadera gratitud es obedeciendo a Cristo; pero en lugar de condescender a su deseo, "cuanto
más les mandaba, tanto más y más lo divulgaban".
Finalmente, Marcos menciona su admiración y sus elogios: "Y en gran manera se
maravillaban, diciendo: Bien lo ha hecho todo; hace a los sordos oír, y a los mudos hablar". Se
podrían unir a tal alabanza todos aquellos que han estado a solas con el Maestro, que han
experimentado su contacto sanador, a quienes ha sido dado oír el mensaje de su poder, de su
gracia y amor.
1 En aquellos días, como había una gran multitud, y no tenían qué comer, Jesús llamó a
sus discípulos, y les dijo: 2 Tengo compasión de la gente, porque ya hace tres días que están
conmigo,, y no tienen qué comer; 3 y si los enviare en ayunas a sus casas, se desmayarán en el
camino, pues algunos de ellos han venido de lejos. 4 Sus discípulos le respondieron: ¿De dónde
podrá alguien saciar de pan a éstos aquí en el desierto? 5 El les preguntó: ¿Cuántos panes
tenéis? Ellos dijeron: Siete. 6 Entonces mandó a la multitud que se recostase en tierra; y
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tomando los siete panes, habiendo dado gracias, los partió, y dio a sus discípulos para que los
pusiesen delante; y los pusieron delante de la multitud. 7 Tenían también unos pocos pececillos;
y los bendijo, y mandó que también los pusiesen delante. 8 Y comieron, y se saciaron; y
recogieron de los pedazos que habían sobrado, siete canastas. 9 Eran los que comieron, como
cuatro mil; y los despidió. 10 Y luego entrando en la barca con sus discípulos, vino a la región
de Dalmanuta.
La gran conmoción que produjo la curación del sordomudo ha dado como resultado una
concentración repentina de multitudes que se agolpan alrededor del Maestro para oir sus
palabras. Pasados tres días escuchándole, sienten la necesidad de comer; entonces Jesús procede,
como lo hizo en una ocasión anterior, a satisfacer esa necesidad multiplicando unos pocos panes
y peces. El número de personas, de panes, de canastas de fragmentos, y otras circunstancias son
tan diferentes en el otro relato de un milagro similar que esta no parece ser una segunda versión
de aquel; sin embargo los rasgos principales y las enseñanzas obvias que se desprenden son
prácticamente las mismas.
En ambos casos advertimos la compasión paciente de Jesús. Ha estado buscando aislarse
con sus discípulos; pero cuando las multitudes se apiñan a su alrededor, sacrifica sus planes y su
comodidad. Reanuda su obra de enseñanza, y auxilia tanto sus cuerpos como sus almas.
También debemos advertir la incredulidad de los discípulos Cuando Jesús indica que
necesitan alimento, ellos parecen haber olvidado por completo el milagro anterior. Algunos
comentaristas insisten en que tal necedad es inverosímil y que este pasaje Marcos lo tomó de la
narración anterior. Algunos de nosotros, sin embargo, estamos demasiado conscientes de que se
da ese tipo de incredulidad, a pesar de repetidos milagros de gracia, para maravillarnos ante la
ceguera de los apóstoles
En ambos milagros advertimos lo abundante de la provisión para las multitudes, y
recordamos el mensaje de suprema importancia que Jesús quiso comunicar, a saber, que él es el
Pan verdadero del alma, y que quienes confían en él tendrán vida eterna. En relación a esta
interpretación simbólica el mensaje es que los dos milagros similares encierran sugerencias
ligeramente diferentes. Los cinco mil que Cristo alimentó en forma milagrosa eran todos judíos,
los cuatro mil en cambio probablemente eran gentiles. El primer milagro en este período insinúa
que de la mesa podrían caer migajas para los necesitados gentiles; aquí, por el contrario, puede
haber una advertencia de que Jesús, rechazado por su propio pueblo, va a dar su vida por el
mundo, y va a ser el Pan vivo para todas las naciones
11 Vinieron entonces los fariseos y comenzaron a discutir con él, pidiéndole señal del cielo,
para tentarle. 12 Y gimiendo en su espíritu, dijo: ¿Por qué pide señal esta generación? De cierto
os digo que no se dará señal a esta generación. 13 Y dejándolos, volvió a entrar en la barca, y
se fue a la otra ribera.
14 Habían olvidado de traer pan, y no tenían sino un pan consigo en la barca. 15 Y él les
mandó, diciendo: Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos, y de la levadura de Herodes.
16 Y discutían entre sí, diciendo: Es porque no trajimos pan. 17 Y entendiéndolo Jesús, les dijo:
¿Qué discutís, porque no tenéis pan? ¿No entendéis ni comprendéis? ¿Aún tenéis endurecido
vuestro corazón? 18 ¿Teniendo ojos no veis, y teniendo oídos no oís? ¿Y no recordáis? 19
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Cuando partí los cinco panes entre cinco mil, ¿cuántas cestas llenas de los pedazos recogisteis?
Y ellos dijeron: Doce. 20 Y cuando los siete panes, entre cuatro mil, ¿cuántas canastas llenas de
los pedazos recogisteis? Y ellos dijeron: Siete. 21 Y les dijo: ¿Cómo aún no entendéis?
A partir del instante en que reprendió con tanta dureza a los fariseos por su formalismo e
hipocresía, Jesús había estado viviendo en territorio gentil Pero, después de alimentar a los
cuatro mil en Decápolis, navega hacia la ribera occidental del lago, donde los fariseos de
inmediato tratan de atacarlo, de someterlo a prueba, de cogerlo con trampa. "Comenzaron a dis-
cutir con él, pidiéndole señal del cielo, para tentarle". Es una impertinencia y una ofensa. Con
sus "señales" ha llenado el territorio de admiración. Esos signos han sido de muchas clases e
innumerables; claramente manifiestan que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios. Pedir otra señal es
una manera hipócrita de arrojar duda y descrédito sobre los milagros que Jesús ya ha hecho como
credenciales de mi misión No dicen con claridad qué entienden por "señal del cielo".
Probablemente desean algún portento de arriba, "del cielo", algo completamente independiente
de la tierra, algo más evidentemente de Dios. Los milagros de Jesús se han realizado sobre la
tierra, en la esfera de experiencias y relaciones humanas. Los fariseos simulan que una "señal del
cielo" como la que piden los convencerá.
Al oír esta petición, Jesús reacciona "gimiendo en su espíritu". Experimenta angustia en
el alma ante la ceguera, hipocresía, y endurecimiento de sus crueles enemigos, y ante su evidente
deseo de cogerlo con trampa y destruirlo. Pregunta por qué esta generación, de todas las
generaciones posibles, pide una señal, cuando precisamente ante ellos se han realizado múltiples
señales, y cuando Jesús mismo, Señal suprema, está entre ellos. Entonces él afirma que no les
será dada ninguna señal como la que ellos quieren. "Y dejándolos, volvió a entrar en la barca, y
se fue a la otra ribera".
Mientras cruzan el lago Jesús aprovecha la ocasión para prevenir a los discípulos en
contra de la insinceridad y de las prácticas y doctrinas de los fariseos, cuya petición de una señal
tiene todavía bien presente. Esta petición fue la mejor ilustración posible de su espíritu. Estaban
tan acostumbrados a pensar sólo en formalidades y a olvidar lo esencial, a considerar lo físico y a
pasar por alto lo espiritual, que eran incapaces de entender los milagros de Jesús. No veían que
todos ellos eran signos de sabiduría, poder y amor divinos, mientras que la "señal del cielo" que
ellos deseaban no hubiera sido un signo verdadero; hubiera sido un simple portento y no una
verdadera revelación de la naturaleza y persona del Hijo de Dios. Los fariseos eran
espiritualmente ciegos; y Jesús pone sobre aviso a sus discípulos en contra de su influencia y
enseñanza. "Guardaos de la levadura de los fariseos".
La levadura era un símbolo común de la maldad y la corrupción, en especial de la maldad
secreta, insidiosa, penetrante. Por eso Jesús previene a sus seguidores en contra de esas
tendencias comunes pero peligrosas al formalismo, a la hipocresía, a la irrealidad en materia de
religión, y también en contra de maestros que, aunque exijan mucho, son espiritualmente ciegos.
Jesús previene también a sus discípulos en contra de la "levadura de Herodes", con lo que quiere
significar la mundanalidad y la irreligión. Los Herodes se profesan judíos pero siguen las
costumbres y prácticas de las religiones paganas. La influencia de sus seguidores, quienes viven
sólo para el mundo y sus compensaciones y placeres era tan peligrosa para los seguidores de
Cristo como la de los fariseos.
En otra oportunidad Jesús añadió una tercera advertencia, ésta en contra de "la levadura
de los... saduceos", o sea en contra del materialismo y escepticismo, porque los saduceos no
creían en la resurrección, en los ángeles, ni en los espíritus. Eran como los que hoy en día niegan
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en cuanto pueden la revelación y la religión y desacreditan lo sobrenatural que hay en ellas.
Jesús previno a sus discípulos en contra del formalismo, del secularismo y del
materialismo. También |a iglesia necesita hoy que se la prevenga en contra de la insidiosa
difusión de estas tres formas de levadura. Los discípulos, sin embargo, no supieron comprender
en un primer momento qué quería decir Jesús, "creyeron que se refería a la levadura material, o
al pan, tanto así cuanto que acababan de acordarse de que no traían más que un pan consigo.
Jesús les aseguró que estaban casi tan ciegos como los fariseos. Él les había labiado de peligros
espirituales, y ellos habían estado pensando en pan material. Él les recordó los dos milagros de
alimentar a multitudes que había realizado; así pues, de faltar el alimento físico, él podía
suministrárselo. Lo que a él le preocupaba era la provisión de alimento espiritual. Pensaba en las
falsas enseñanzas que sus discípulos se verían obligados a escuchar. Deseaba prevenirlos contra
el peligro que entrañaban. Sin duda que sus modernos seguidores necesitan recordar la
advertencia: preocuparse menos por el alimento corporal y más por el espiritual que los maestros
religiosos ofrecen. Haríamos bien en tener cuidado, y en guardarnos de la levadura de los
fariseos, de la de los saduceos, y de la de Herodes.
5. El ciego de Betsaida
Cap. 8:22-26
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pone las manos encima, y le pregunta si ve algo; "él, mirando, dijo: Veo los hombres como
árboles, pero los veo que andan". Había recuperado la visión sólo en parte, posiblemente porque
la fe todavía era imperfecta. "Luego le puso otra vez las manos sobre los ojos, y le hizo que
mirase; y fue restablecido, y vio de lejos y claramente a todos".
Este caso de curación gradual es del todo único en los Evangelios. No se da explicación
alguna en cuanto a la razón de ello, ni tampoco se dice nada del propósito que Jesús tuvo; pero
en la experiencia de sus discípulos casos así no son nada infrecuentes. Muchos signen a Cristo
por un tiempo y nada saben de su poder sanador; pero esos mismos más tarde entran en crisis
religiosa y entonces parece que reciben un nuevo contacto del Maestro y, como consecuencia de
ello, comienzan a ver las realidades divinas con una visión más clara. A Juan Marcos, el único
que ha mencionado este extraño incidente, muchos lo consideran como un hombre de esta clase.
Parece que su servicio cristiano inicial fue imperfecto y que terminó en un fracaso; pero más
tarde se convirtió en el ayudante de confianza de Pedro y de Pablo y acabó siendo el biógrafo del
Señor. Por fin, también debemos inferir que los métodos que nuestro Señor empleaba para
realizar las curaciones no siempre eran los mismos, y que las experiencias espirituales de los
cristianos de hoy no son siempre iguales. También se dan, por tanto, diferencias en las formas de
obediencia que él exige. "Y lo envió a su casa, diciendo: No entres en la aldea, ni lo digas a nadie
en la aldea". No quería más testimonios públicos durante este breve período especial de su minis-
terio ; ahora, sin embargo, su mandato es que se haga conocer el poder de su contacto sanador en
todo el mundo y a toda criatura.
B. SEGUNDO PERÍODO
Caps. 8: 27 a 9: 50
27 Salieron Jesús y sus discípulos por las aldeas de Cesárea de Filipo. Y en el camino
preguntó a sus discípulos, diciéndoles: ¿Quién dicen los hombres que soy yo? 28 Ellos
respondieron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elias; y otros, alguno de los profetas. 29 Entonces
él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy? Respondiendo Pedro, le dijo : Tú eres el Cristo. 30
Pero él les mandó que no dijesen esto de él a ninguno.
31 Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del hombre padecer mucho, y ser
desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y
resucitar después de tres días. 32 Esto les decía claramente. Entonces Pedro le tomó aparte y
comenzó a reconvenirle. 33 Pero él, volviéndose y mirando a los discípulos, reprendió a Pedro,
diciendo: ¡Quítate de delante de mí, Satanás! porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino
en las de los hombres. 34 Y llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere
venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. 35 Porque todo el que quiera
salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la
salvará. 36 Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?
37 ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? 38 Porque el que se avergonzare de mí y de
mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del hombre se avergonzará
también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles. 9: 1 También les
dijo: De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta
que hayan visto el reino de Dios venido poder.
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Una vez que Jesús hubo reprendido a los fariseos a causa de su formalismo e hipocresía,
abandona Capernaum, y, hasta que le llegó el tiempo de dirigirse a Jerusalén y a la cruz,
permanece en aislamiento con sus discípulos, preparándoles para la tragedia que él ve que es
inevitable. Este período de aislamiento se divide en dos partes: durante la primera, Jesús viaja en
dirección occidental hacia la costa mediterránea, por las ciudades de Tiro y Sidón, y en dirección
oriental hacia el territorio gentil más allá del mar de Galilea. Durante la segunda parte, se retira a
las regiones solitarias y agrestes muy hacia el norte, cerca de Cesárea de Filipo y de las laderas
del Monte Hermón. En cierto modo, esta segunda parte es la más importante de las dos. En
ambas lo que Jesús busca es una oportunidad para instruir a sus discípulos; pero una y otra vez
las multitudes lo interrumpen, y dada la conmiseración que despiertan en él, continúa su minis-
terio de predicación pública y de curación. En la primera parte no se mencionan instrucciones
especiales que el Señor hubiese dado a sus discípulos, excepto unas pocas frases de advertencia
en contra de la influencia de los fariseos y de los herodianos. En la segunda parte, en cambio,
durante su permanencia en Galilea septentrional, Jesús da a sus discípulos algunas instrucciones,
mencionadas con brevedad, pero de gran importancia. Esta enseñanza se refiere a su persona, a
su muerte y resurrección, a su gloria venidera. Es, por tanto, la esencia, y casi el sumario, de la
doctrina cristiana, porque comprende las verdades que se refieren a la persona de Cristo, a su
obra satisfactoria, y a su retorno glorioso; y estos son precisamente los puntos cardinales de la fe
cristiana.
La enseñanza concerniente a su persona llega en este pasaje a su punto culminante; por lo
menos en este momento es que se da cuenta con verdadera alegría de que sus discípulos han
captado la verdad. Empieza la conversación preguntando: ''¿Quién dicen los hombres que soy
yo?" La respuesta que dieron es la que sigue dando todavía el mundo incrédulo. "Ellos
respondieron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas". También hoy
se sigue ensayando sin éxito la tentativa de considerar a Jesús como a un simple hombre, aunque
se añade que el mejor, o como a un profeta, el mayor de todos ellos. Pero él no acepta esta
valoración. "Entonces él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy? Respondiendo Pedro, le dijo:
Tú eres el Cristo". Que Jesús es el Mesías divino, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo, es el
primer principio de la fe cristiana
"Pero él les mandó que no dijesen esto de él a ninguno". Todavía no ha llegado el tiempo
de proclamarlo en público. No hay que precipitar la crisis. Antes de ello los discípulos tienen que
aprender mucho.
"Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del hombre padecer mucho, y ser
desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y
resucitar después de tres días". Es un comienzo efectivo. Hasta entonces Jesús no ha hecho sino
alusiones veladas a su muerte. En el relato de Marcos incluso casi ni se encuentran. Ahora, en
cambio, con precisión y claridad, declara la certeza y necesidad de su muerte. Era necesaria a
causa de la oposición de los hombres, y también por razón del propósito divino que hace de la
muerte de Cristo la esencia misma de su obra satisfactoria. También les enseña la verdad de su
resurrección, aunque esto parecen absolutamente incapaces de creerlo.- Para él, sin embargo, es
el resultado cierto y glorioso de todo lo que ha de sobrellevar.
"Entonces Pedro le tomó aparte y comenzó a reconvenirle". Para la mentalidad de este
consagrado discípulo que acaba de reconocer que Jesús es el Cristo, la predicción de la muerte
viene a ser como confesar una derrota, como una contradicción a su título mesiánico, como
admitir algo indigno de su Señor.
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Pero Jesús, a quien Pedro ha reconvenido, reprende a su vez a Pedro. "¡Quítate de delante
de mí, Satanás! porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres". Estas
palabras son graves, pero no tan duras como pudieran parecer. Jesús no quiere decir que Pedro
sea en verdad satánica y malvado, sino que, al pedirle a Cristo que evada la muerte, lo que hace
es representar, sin darse cuenta, el papel del Tentador, y ponerse de parte de los hombres y no de
Dios. El escándalo de la cruz nunca ha cesado. Sigue siendo humano y natural insistir en que la
muerte de Cristo no fue necesaria; sin embargo, la predicación de la cruz es la sabiduría y poder
mismos de Dios.
Jesús entonces se vuelve y llama a las multitudes que, a pesar de su deseo de soledad, le
estaban siempre cerca A ellas les manifiesta la ley invariable de la vida cristiana: "Si alguno
quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame". La muerte de Cristo
aprovechará sólo a quienes quieran morir al pecado y al propio yo, y seguir a Cristo como
siervos suyos. El "niéguese a sí mismo" no significa negar algo al propio yo, sino renunciar a sí
mismo. El "tome su cruz" no quiere decir soportar algún enojo, o carga, o desgracia, grandes o
pequeños, sino ir al lugar de la crucifixión, morir. Seguir a Cristo implica la negación y muerte
del yo.
El resultado de ello, sin embargo, es una vida más vasta, más llena, más libre, más
verdadera Así lo promete Jesús con las palabras que añade: "Porque todo el que quiera salvar su
vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará". Quien
sufra en nombre de Cristo gozará de la vida eterna en el cielo; esto es cierto; pero la promesa
comienza ya con la experiencia presente. Jesús no incita al sacrificio por el sacrificio, sino, de
una forma bien clara, al sacrificio por él y por el evangelio. Este sacrificio es el que produce el
enriquecimiento y expansión de la vida, y el disfrute de todo lo que merece el nombre de vida.
Perder esta vida más vasta y más plena, por buscar placeres, o pecados, o satisfacciones, por todo
lo que el mundo puede ofrecer, sería una locura, "porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare
todo el mundo, y perdiere su alma?" Y de hacer un negocio tan fatal, la elección sería
irrevocable. Nunca podría recuperar la vida; "¿qué recompensa dará el hombre por su alma" una
vez haya perdido esta alma?
La ganancia o la pérdida es igualmente eterna. Comporta una experiencia actual pero sus
consecuencias son permanentes, y la realización plena se tendrá sólo cuando Cristo vuelva en su
gloria. El avergonzarse de tomar la cruz y seguirlo ahora, producirá la condenación cuando el
Rey aparezca en su majestad final, "porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta
generación adúltera y pecadora, el Hijo del hombre se avergonzará también de él, cuando venga
en la gloria de su Padre con los santos ángeles". "Generación adúltera" es la que es infiel a Dios,
y se demuestra tal rechazando al Hijo de Dios Aunque tenía que ser rechazado y crucificado,
también tenía que resucitar y ascender, y, algún día, volver con gloria Sería mucho mejor
soportar la vergüenza y la burla de un mundo malvado que ser excluido del Reino perfecto de
Dios que se manifestará cuando Cristo vuelva a aparecer con gloria.
Esta vuelta de Cristo es el tercer gran tema acerca del cual nuestro Señor instruye a los
discípulos en Cesárea de Filipo. Esta venida y este Reino tenían que constituir la esperanza y la
expectación de sus seguidores, como lo han sido de la iglesia a lo largo de los siglos. Algunos de
sus seguidores más inmediatos iban a percibir algunos destellos anticipados de su gloria, no
muchos días después, cuando vieron a su Señor, con Moisés y Elías, rodeados de esplendor
celestial, en el Monte de la Transfiguración. "También les dijo: De cierto os digo que hay
algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que hayan visto el reino de Dios
venido con poder". Esta promesa y su cumplimiento impresionante estuvieron en la mente de
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Pedro muchos años después, cuando escribió con relación al regreso de Cristo y a su Reino:
"Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo
fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad. Pues
cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz
que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia. Y nosotros oímos esta voz
enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo".
2. La transfiguración
Cap. 9:2-13
2 Seis días después. Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan, y los llevó aparte solos a un
monte alto; y se transfiguró delante de ellos. 3 Y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy
blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos. 4 Y
les apareció Elías con Moisés, que hablaban con Jesús. 5 Entonces Pedro dijo a Jesús: Maestro,
bueno es para nosotros que estemos aquí; y hagamos tres enramadas, una para ti, otra para
Moisés, y otra para Elías. 6 Porque no sabía lo que hablaba, pues estaban espantados. 7
Entonces vino una nube que les hizo sombra, y desde la nube una voz que decía: Este es mi Hijo
amado; a él oíd. 8 Y luego,, cuando miraron, no vieron más a nadie consigo, sino a Jesús solo.
9 Y descendiendo ellos del monte, les mandó que a nadie dijesen lo que habían visto, sino
cuando el Hijo del hombre hubiese resucitado de los muertos. 10 Y guardaron la palabra entre
sí, discutiendo qué sería aquello de resucitar de los muertos. 11 Y le preguntaron, diciendo:
¿Por qué dicen los escribas que es necesario que Elías venga primero? 12 Respondiendo él, les
dijo: Elías a la verdad vendrá primero, y restaurará todas las cosas; ¿y cómo está escrito del
Hijo del hombre, que padezca mucho y sea tenido en nada? 13 Pero os digo que Elías ya vino, y
le hicieron todo lo que quisieron, como está escrito de él.
La transfiguración de nuestro Señor mientras ora en las laderas del Monte Hermón está
íntima y vitalmente relacionada con la enseñanza que ha estado impartiendo a los discípulos
cerca de los pueblos de Cesárea de Filipo. Ha aceptado la gran confesión de Pedro en cuanto a su
divina persona, y ahora, desde la gloria del cielo se oye la voz del Padre que dice: "Este es mi
Hijo amado". Los ha instruido en especial acerca de su ya próxima muerte; y ahora, en la mon-
taña, se aparecen Moisés y Elías, y hablan con él, como dice Lucas, "de su partida, que iba Jesús
a cumplir en Jerusalén". Ha predicho su retorno en gloria, y ahora, tal como escribe Marcos, da a
los discípulos un pregusto de lo que será esa gloria.
Nos es difícil entender qué quiere decir la afirmación, "y se transfiguró delante de ellos".
Sin duda fue una experiencia del todo diferente de la que tuvo Moisés en el monte. Su rostro
resplandeció con una luz refleja; pero en el caso de Jesús se le salía la gloria desde dentro e
irradiaba todo su ser, hasta tal punto que no sólo su rostro sino sus mismos vestidos resplande-
cían con una luz deslumbrante.
Jesús estaba a solas con Pedro, Jacobo y Juan cuando empezó a presentarse el pasmoso
cambio de aspecto; pero cuando los discípulos lo miraban maravillados "les apareció Elías con
Moisés, que hablaban con Jesús". Los dos hombres cuya salida del mundo había quedado velada
en el misterio, fueron los escogidos para este regreso misterioso. De ordinario se supone que
Moisés representa la ley y Elías a los profetas. Ambos señalaron de antemano por medio de
símbolos y predicciones la obra expiatoria de Cristo; estos hombres pudieron hablar con Cristo
en forma inteligente acerca de su próxima muerte. Luego, también, se había preparado a estos
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hombres de modo muy peculiar, a través de experiencias personales, para comprender la gracia
de Dios, y ellos mejor que nadie pudieron comprender el amor de Dios en el don de su Hijo.
"Entonces Pedro dijo a Jesús", o sea, que la maravillosa experiencia provocó su
observación: "Maestro, bueno es para nosotros que estemos aquí; y hagamos tres enramadas, una
para ti, otra para Moisés, y otra para Elías. Porque no sabía lo que hablaba, pues estaban
espantados". Lo maravilloso y misterioso de la escena aturdió a Pedro. No sabía qué decir. Sus
palabras parecen absurdas. Seres del mundo invisible en modo alguno se iban a preocupar de
disponer de enramadas en la montaña; ni tampoco hubiera sido cortés detener por mucho tiempo
aquí en la tierra a visitantes procedentes del cielo. Sin embargo, su sugerencia está lejos de
carecer de sentido. No se debe ridiculizar a Pedro. Se da cuenta de lo glorioso de la experiencia;
aunque expresado en forma torpe, lo que desea es prolongar esa visión extática. A pesar de su
temor, desea continuar en tan bienaventurada compañía.
Mientras Pedro está hablando, una nube brillante viene sobre ellos y les hace sombra. La
escena está a punto de terminar; pero antes sale de la nube la voz del Padre que comunica el
mensaje supremo de esa hora, "Este es mi Hijo amado; a él oíd". No era necesario retener a
Moisés y Elías. Había venido Aquél de quien Moisés en la ley y también los profetas habían
dado testimonio, el mismo Jesús, el Hijo divino de Dios. Había llegado el tiempo en que aquellos
que deseaban conocer la naturaleza y la voluntad de la gracia salvadora de Dios, podían
encontrarlas reveladas en forma completa y definitiva en Jesucristo.
De repente la nube desaparece, y "cuando miraron, no vieron más a nadie consigo, sino a
Jesús solo". A nadie más necesitaban; tenían que escucharle a él; y nunca iban a poder olvidar la
visión de su gloria revelada; de entonces en adelante iba a ser más que nunca para ellos el Señor
y Maestro divino.
Esta experiencia única en la vida de Cristo también tuvo un significado profundo para el
Señor mismo. Lo preparó para el dolor y la muerte que pronto iba a tener que soportar. Lo
reafirmó una vez más en su filiación divina. Le recordó que si perdía su vida la hallaría, que si
llevaba la cruz, con toda seguridad resucitaría de entre los muertos y encontraría a los santos de
antaño en un estado de gloria, en una situación de poder supremo.
Este suceso tuvo una importancia aún mayor para i los discípulos. También ellos
necesitaban que se les preparase para la experiencia que les aguardaba. Esta visión de la gloria de
su Señor fortaleció su fe en la naturaleza divina que poseía; las predicciones misteriosas de su
muerte y resurrección se vieron confirmadas por lo que habían visto y oído. El esplendor de su
última venida fue desde entonces más real, y por razón de su certidumbre estuvieron más
dispuestos que antes a tomar la cruz y a seguirlo.
No menos importantes son los mensajes que contiene para sus seguidores de hoy. Se les
recuerda que por su fe en él, al contemplarlo ahora en su gloria, podemos ser "transformados en
la misma imagen", "transformados", transfigurados, no mediante una imitación externa de Cristo
sino por la operación de un poder interior del Espíritu.
También vemos predichas con mayor claridad las circunstancias que acompañarán su
futura venida. Algunos que, como Moisés, han muerto, y cuyos cuerpos han sido sepultados,
aparecerán en cuerpos inmortales. Otros que, como Elías, nunca murieron, nunca morirán, sino
que serán transformados, transfigurados, "en un momento, en un abrir y cerrar de ojos" y
"arrebatados. . . para recibir al Señor en el aire"; aunque el esplendor de la escena se sintetizará y
centrará en la figura majestuosa y rostro radiante de Cristo retornando en triunfo.
La visión de su Señor transfigurado y de los visitantes celestiales ha fortalecido e
inspirado a los tres apóstoles, pero no está destinada para las multitudes curiosas e ignorantes que
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los esperan. "Y descendiendo ellos del monte, les mandó que a nadie dijesen lo que habían
visto". Esta orden de guardar silencio se asemeja a la que daba a aquellos que había curado
durante este período de aislamiento; pero en este caso añade una restricción extraña: "sino
cuando el Hijo del hombre hubiese resucitado de los muertos". Entonces tendrán que ser testigos
de su gloria divina; pero todavía no están preparados para un testimonio tal, ni tampoco las
multitudes iban a entenderlo. Recibieron con gozo lo que Jesús les dijo, pero "guardaron la
palabra entre sí, discutiendo qué sería aquello de resucitar de los muertos". No pueden
comprender por qué es necesaria su muerte, y mucho menos concebir la posibilidad de su
resurrección. Esta gran verdad cardinal de la fe cristiana no es un mito que crearon los
seguidores de Jesús, ni tampoco una alucinación debida a imaginaciones de un posible suceso.
Los que llegaron a ser testigos de la resurrección fueron hombres que jamás la habían esperado.
Y los dos primeros hombres en creer ese hecho fueron Pedro y Juan, a quienes habían dejado
perplejos las palabras que Jesús les había dirigido al descender con ellos del monte santo.
Otro interrogante les viene a la mente. Lo ha provocado la aparición de Elías. "Y le
preguntaron, diciendo: ¡Por qué dicen los escribas que es necesario que Elías a primero?" Esta
expectativa popular de que el gran profeta iba a preparar el camino para la venida leí Mesías se
basaba en las palabras finales de Malaquías. Lo que confunde a los discípulos es el hecho de que
Cristo ya ha venido y está desarrollando su ministerio antes de que Elías haya aparecido.
Jesús les explica que la profecía se ha cumplido en L obra de Juan el Bautista, quien
había venido con el espíritu y el poder de Elías. Su "restaurará todas las posas" había consistido
en volver la nación hacia Dios arrepentimiento, y en reavivar la esperanza en el Mesías que
había de venir. Sin embargo, los hombres: "hicieron todo lo que quisieron, como está escrito
de él". De la misma manera que Elías había sufrido a bausa de Acab y Jezabel, así también Juan
tuvo que sufrir a manos de Herodes y de Herodías. Además, así como las predicciones
concernientes a Juan se habían cumplido, así también se iban a cumplir los sufrimientos del Hijo
del Hombre ya predichos. La muerte Juan es un augurio de lo que Jesús sufriría cuando; hombres
le hagan todo lo que quieran. Así pues, Jesús, durante estas horas de retraimiento, ya en forma
Indirecta ya con afirmaciones paladinas, sigue enseñando, tal como había comenzado a hacerlo
poco antes, "que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho... y ser muerto". Prepara a
sus seguidores para la tragedia de la cruz.
14 Cuando llegó a donde estaban los discípulos, vio a una gran multitud alrededor de
ellos, y escribas que disputaban con ellos. 15 Y en seguida toda la gente, viéndole, se asombró, y
corriendo a él, le saludaron. 16 El les preguntó: ¿Qué disputáis con ellos? 17 Y respondiendo
uno de la multitud, dijo: Maestro, traje a mi hijo, que tiene un espíritu mudo, 18 el cual,
dondequiera que le toma, le sacude; y echa espumarajos, y cruje los dientes, y se va secando; y
dije a tus discípulos que lo echasen fuera, y no pudieron. 19 Y respondiendo él, les dijo: ¡Oh
generación incrédula! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de
soportar? Traédmelo. 20 Y se lo trajeron; y cuando el espíritu vio a Jesús, sacudió con violencia
al muchacho, quien cayendo en tierra se revolcaba, echando espumarajos. 21 Jesús preguntó al
padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? Y él dijo: Desde niño. 22 Y muchas veces le
echa en el fuego y en el agua, para matarle; pero si puedes hacer algo, ten misericordia de
nosotros, y ayúdanos. 23 Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible. 24 E
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inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo; ayuda mi incredulidad. 25 Y cuando
Jesús vio que la multitud se agolpaba, reprendió al espíritu inmundo, diciéndole: Espíritu mudo
y sordo, yo te mando, sal de él, y no entres más en él. 26 Entonces el espíritu, clamando y
sacudiéndole con violencia, salió; y él quedó como muerto, de modo que muchos decían: Está
muerto. 27 Pero Jesús, tomándole de la mano, le enderezó; y se levantó. 28 Cuando él entró en
casa, sus discípulos le preguntaron aparte: ¿Por qué nosotros no pudimos echarle fuera? 29 Y
les dijo: Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno.
El mundo del arte nos ha familiarizado con el patético contraste que hay entre lo que los
tres discípulos vieron en el Monte de la Transfiguración y la escena que los aguardaba una vez
que, acompañando al Maestro en su descenso, encontraron a sus nueve compañeros rodeados por
la multitud, en disputa con los escribas, y junto a ellos a un padre angustiado a causa de los
sufrimientos de su hijo endemoniado. No nos es tan familiar, sin embargo, el rasgo más triste de
toda la escena, a saber, la aflicción de los nueve discípulos que han fracasado en el cumplimiento
de su misión. Jesús los había enviado a predicar y a arrojar demonios. Habían vuelto a él para
contarle sus éxitos infalibles y para decirle cuan contentos estaban de que los espíritus malignos
les estuviesen sujetos. Poco después Jesús se retiró con Pedro, Jacobo y Juan, para ir a orar en la
ladera de una montaña solitaria. En su ausencia, les habían llevado un muchacho endemoniado
para que lo sanasen, pero, para sorpresa y mortificación suyas, no lo habían podido ayudar.
Cuando las multitudes los están rodeando y los escribas han comenzado a interrogarlos y
posiblemente a burlarse de ellos, Jesús aparece. Se entera del fracaso de sus discípulos, y de la
angustia del padre, y lo interroga en cuanto a la lamentable condición de su hijo
El triste relato que le hace termina con una súplica apasionada: "Pero si puedes hacer
algo, ten misericordia de nosotros, 3* ayúdanos". La respuesta de Jesús es sorprendente. Repite
las palabras del que pide: "Si puedes". No se trata de la capacidad de Jesús; el único problema
que se presenta es en cuanto a la fe del hombre. Jesús sí puede sanar, y quiere hacerlo con tal de
que el hombre crea y confíe en él. "Al que cree todo le es posible". Y ahora es el padre el que da
una respuesta memorable: "Creo, ayuda mi incredulidad". Está dispuesto a confiar en Jesús en
cuanto a la curación, pero está consciente de que su fe es imperfecta y su conocimiento limitado.
Jesús dice la palabra de autoridad. El demonio clama y sacude a su víctima con violencia,
pero obedece al Maestro; de inmediato sigue el alivio y la curación. Lo que los hombres eran
incapaces de hacer, lo que incluso los discípulos no fueron capaces de realizar, lo hace Jesús con
una sola palabra. ¡Con qué majestad su figura, tal como nos la describe Marcos, se yergue frente
a nosotros con todo su poder y dignidad divinos, como el Siervo poderoso, como el Hijo de Dios
obrador de maravillas!
Este fue el último milagro realizado en Galilea que el Evangelio menciona. Pero hacia el
final del relato es que se nos comunica la lección más importante, y esto en forma enfática:
"Cuando él entró en la casa, sus discípulos le preguntaron aparte: ¿ Por qué nosotros no pudimos
echarle fuera? Y les dijo: Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno". Este es el
mensaje supremo para todo, ya se trate de ayuda para nosotros mismos, ya de deseo de servir a
otros. Debemos tener fe. Le pedimos ayuda al Señor, y él responde: "Si puedes creer, al que cree
todo le es posible". Le preguntamos por qué nuestros esfuerzos no han tenido éxito, y nos
responde que porque nuestra fe es imperfecta o porque no hemos sabido manifestar nuestra fe en
una oración confiada y victoriosa. ¡Cuántos discípulos carecen de poder en el servicio a los
demás porque nunca han aprendido que es necesario ejercitarse en el ministerio de la intercesión
y que hacerlo es una bienaventuranza!
72
4. Última enseñanza en Galilea
Cap. 9:30-50
30 Habiendo salido de allí, caminaron por Galilea; y no quería que nadie lo supiese. 31
Porque enseñaba a sus discípulos, y les decía: El Hijo del hombre será entregado en manos de
hombres, y le matarán; pero después de muerto, resucitará al tercer día. 32 Pero ellos no
entendían esta palabra, y tenían miedo de preguntarle.
Jesús está a punto de visitar a Capernaum por última vez, antes de dirigirse hacia
Jerusalén, donde le esperan el Calvario y la cruz. Desde que se retiró a las regiones de Tiro y
Sidón, ha tratado de vivir retirado a solas con sus discípulos. Le ha sido difícil no ser notado, y a
menudo las multitudes lo han descubierto y se han agolpado en torno suyo. Por eso ahora, al
ponerse en camino en dirección al sur, toma las sendas menos frecuentadas con lo que trata de
resguardar su soledad. No es que tema a sus enemigos, ni que sólo desee disponer de tiempo para
meditar y orar. Lo que en realidad quiere es estar a solas con i sus discípulos, a fin de poderlos
instruir en cuanto a jsu muerte ya inminente. Por esto, mientras cruza Galilea, el gran tema de
conversación es su Pasión. Ya había comenzado esta enseñanza en Cesárea de Filipo, y ahora
reafirma con absoluta precisión ese acontecimiento futuro como ya presente, "El Hijo del
hombre será entregado en manos de hombres, y le matarán".
Sin embargo, Jesús muy rara vez habla de su muerte como de un suceso aislado. Suele
unirlo a otro del cual parece ser inseparable, a saber, su resurrección. "Pero después de muerto,
resucitará al tercer día". Sus predicciones no son los presentimientos sombríos de un mártir
humano, sino las lúcidas previsiones de un Salvador divino. Ve la necesidad de su muerte
expiatoria, pero también la certeza de la resurrección victoriosa. La cruz es un símbolo adecuado
de muchos aspectos que son esencial en nuestra fe cristiana, pero no se debería permitir que
ocultase la majestad de nuestro Señor revivido, glorificado, ascendido.
Ni tampoco considera Jesús que su muerte es un mero incidente en su carrera terrenal, o
una experiencia equivalente a la de los demás hombres. En su mente la cruz tenía siempre un
significado profundo y misterioso. Dio su vida "en rescate por muchos". Así lo enseñó a sus
discípulos en una forma cada vez más clara. No es posible decir hasta qué punto, en esta ocasión,
les reveló el significado pleno de su muerte y resurrección. Es probable que apenas si les pudo
mencionar los hechos escuetos, ya que leemos que "ellos no entendían esta palabra, y tenían
miedo de preguntarle". Hubiera sido mejor de haberse ellos sobrepuesto al miedo; les hubiera
permitido comprender la maravillosa realidad y el significado profundo de sus palabras, con lo
que, al llegar la hora de sus sufrimientos se hubieran sorprendido menos y hubieran sido más
fieles. Hay misterios en la muerte de nuestro Señor; debemos pediría que nos los revele con
mayor claridad. Si así fuese, estaremos mejor preparados para las pruebas y tentaciones, al
entender en forma más plena qué significó la cruz para Cristo, y qué debería significar para
nosotros.
73
b. Jesús enseña cuál es la verdadera grandeza
Cap. 9:33-37
33 Y llegó a Capernaum; y cuando estuvo en casa, les preguntó: ¿Qué disputabais entre
vosotros en el camino? 34 Mas ellos callaron; porque en el camino habían disputado entre sí,,
quién había de ser el mayor. 35 Entonces él se sentó y llamó a los doce, y les dijo: Si alguno
quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos. 36 Y tomó a un niño, y lo
puso en medio de ellos; y tomándole en sus brazos, les dijo: 37 El que recibe en mi nombre a un
niño como este, me recibe a mí; y el que a mí me recibe, no me recibe a mí sino al que me envió.
De camino a Capernaum Jesús había hablado de su humillación ya próxima, de su
sacrificio y muerte por los demás. Sus discípulos en cambio, cuando suponían que Jesús no los
oía, se pusieron a discutir acerca de cuál de ellos era el mayor. ¿Se podría imaginar un contraste
más lastimoso, o también una ilustración más vivida de la lección que Jesús encontró la ocasión
de enseñar? De entre todos ellos el que era incomparablemente mayor era el que estaba a punto
de rebajarse hasta la muerte de la cruz para que los demás pudieran vivir. La verdadera grandeza
está en la humildad y el servicio. Esta es la ley del discipulado cristiano que Jesús aprovecha la
oportunidad para proclamar.
Los discípulos están avergonzados de que Jesús haya i sabido de su discusión; deben
haber percibido, en su presencia, que algo malo había en su orgullo y celos, en su mentira y en su
enojo. Algunos de los discípulos modernos se avergonzarían también de sus discusiones si se
diesen cuenta de la presencia de su Señor. A pesar de ello, Jesús no los reprende con severidad
Los llamó a sí y les dijo, "Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor
de todos". La verdadera grandeza consiste en la humildad de espíritu, deseosa de ocupar el
último y más pequeño de los lugares; aunque supone algo más, ya que consiste también en el
deseo de "ministrar", o sea, de vivir.
Luego Jesús graba la lección con una parábola viva de singular belleza: "Y tomó a un
niño, y lo puso en medio de ellos; y tomándole en sus brazos, les dijo: El que recibe en mi
nombre a un niño como este, me recibe a mí". Cuidar de un niño pequeño, o de uno que, como
un niño, necesita de nuestra compasión, de nuestra protección y guía, de nuestra ayuda, es en
realidad hacer algo grande; tan grande, en verdad, que hacerlo en nombre de Cristo y por él, es
prestar verdaderamente el servicio a Cristo. Y aún más, si ello es posible: es prestar un servicio
directo a Dios, porque Jesús agrega, "y el que a mí me recibe, . . . recibe ... al que me envió". Así
pues, la verdadera grandeza consiste no en alcanzar el primer puesto en la atención y alabanza
del mundo, no en ser servido por muchos, sino en querer rebajarse a un puesto humilde, no
porque tenga valor en sí mismo, no por apocamiento o timidez, sino para servir a otros por amor
a Cristo
38 Juan le respondió diciendo: Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba
fuera demonios, pero él no nos sigue; y se lo prohibimos, porque no nos seguía. 39 Pero Jesús
dijo: No se lo prohibáis; porque ninguno hay que haga milagros en mi nombre, que luego pueda
decir mal de mí. 40 Porque el que no es contra nosotros, por nosotros es. 41 Y cualquiera que os
diere un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, de cierto os digo que no perderá su
recompensa. 42 Cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeñitos que creen en mí, mejor
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le fuera si se le atase una piedra de molino al cuello, y se le arrojase en el mar. 43 Si tu mano te
fuere ocasión de caer, córtala; mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al
infierno, al fuego que no puede ser apagado, 44 donde el gusano de ellos no muere, y el fuego
nunca se apaga. 45 Y si tu pie te fuere ocasión de caer, córtalo; mejor te es entrar a la vida cojo,
que teniendo dos pies ser echado en el infierno, al fuego que no puede ser apagado, 46 donde el
gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga. 47 Y si tu ojo te fuere ocasión de caer,
sácalo; mejor te es entrar en el reino de Dios con un ojo, que teniendo dos ojos ser echado al
infierno, 48 donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga. 49 Porque todos
serán salados con fuego, y todo sacrificio será salado con sal. 50 Buena es la sal; mas si la sal
se hace insípida, ¿con qué la sazonaréis? Tened sal en vosotros mismos; y tened paz los unos
con los otros.
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luego el tormento eterno!
Los discípulos de Cristo deben estar "salados", es decir, preservados de la corrupción, por
medio del "fuego" de la autodisciplina más generosa. Si el orgullo o la autocompasión destruyen
el verdadero espíritu del discipulado cristiano, nada podrá compensar tal pérdida: "Buena es la
sal; mas si la sal se hace insípida, ¿con qué la sazonaréis?" Nada es tan insípido, falto de valor e
inútil como un cristiano que ha dejado de ser generoso, compasivo, santo, puro y fiel. Cueste lo
que costare debemos conservar el espíritu del verdadero discípulo, debemos "tener sal" en
nosotros mismos. Y de modo muy especial, debemos tener "paz los unos con los otros"
IV
EL VIAJE A TRAVÉS DE PEREA Y JÜDEA
Cap. 10
1 Levantándose de allí, vino a la región de Judea y al otro lado del Jordán; y volvió el
pueblo a juntarse a él, y de nuevo les enseñaba como solía.
2 Y se acercaron los fariseos y le preguntaron, para tentarle, si era lícito al marido
repudiar a su mujer.
3 Él, respondiendo, les dijo: ¿Qué os mandó Moisés?
4 Ellos dijeron: Moisés permitió dar carta de divorcio, y repudiarla. 5 Y respondiendo
Jesús, les dijo: Por la dureza de vuestro corazón os escribió este mandamiento; 6 pero, al
principio de la creación, varón y hembra los hizo Dios. 7 Por esto dejará el hombre a su padre
y a su madre, y se unirá a su mujer, 8 y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos,
sino uno. 9 Por tanto,, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre. 10 En casa volvieron los
discípulos a preguntarle de lo mismo, 11 y les dijo: Cualquiera que repudia a su mujer y se casa
con otra, comete adulterio contra ella; 12 y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro,
comete adulterio.
Jesús sale de Galilea por última vez. Se dirige ya hacia Jerusalén y la cruz. Ya no sigue
buscando el aislamiento que trató de encontrar en Galilea septentrional. "Y volvió el pueblo a
juntarse a él". Tiene que presentarse ya en forma pública como Mesías.
Su ruta lo conduce en dirección sur, a través de, Perea, región al este del Jordán. Los
otros evangelistas mencionan muchos incidentes ocurridos durante este viaje; de entre ellos
Marcos selecciona unos pocos. En Lucas el ministerio de Jesús en Perea ocupa mucho espacio,
mientras que en Marcos sólo un capítulo. Constituye, sin embargo, la línea divisoria de todo el
relato evangélico. Los nueve capítulos que lo preceden esbozan los años de ministerio público;
los seis capítulos que siguen, relatan los sucesos de la semana de la Pasión y la resurrección.
Marcos suele ser el evangelista de las acciones poderosas; es, pues, tanto más notorio
que, en la relación que hace de este viaje a Jerusalén, mencione un solo milagro, y dedique el
resto de la narración a las enseñanzas de Jesús. Aunque son de un significado muy profundo.
El primer gran problema que Jesús trata es el del matrimonio y el divorcio. No es él quien
propone el tema. "Y se acercaron los fariseos y le preguntaron, para tentarle, si era lícito al
marido repudiar a su mujer". No desean, pues, informarse, ni tampoco buscan la verdad. Quieren
76
tenderle un lazo, desacreditarlo como maestro, llevarlo a hablar en forma contraria a la Ley. Los
rabinos estaban divididos en esta cuestión del divorcio. Algunos enseñaban que sólo era legal en
caso de infidelidad; otros, en cambio, lo admitían por un sinnúmero de causas, incluso en caso de
antipatía. Jesús elude la trampa, y establece un principio fundamental para la estabilidad de la
sociedad humana. "Él, respondiendo, les dijo: ¿Qué os mandó Moisés? Ellos dijeron: Moisés
permitió dar carta de divorcio, y repudiarla". De este modo Jesús, al remitirlos a Moisés,
contraataca. La cuestión debe relacionarse con la interpretación de la Ley acerca de la cual ellos
mismos estaban divididos. Jesús los sorprende sin embargo con una interpretación que es al
mismo tiempo un reproche. "Por la dureza de vuestro corazón os escribió este mandamiento".
Moisés no fomentó el divorcio; lo limitó, lo reguló, se dio cuenta de "la dureza de vuestro
corazón", de la tosquedad de su espíritu; pero el divorcio no es lo ideal; no sería necesario si
vuestros corazones fuesen puros e inmaculados. El matrimonio tal como fue establecido por Dios
en un principio era indisoluble. "Pero al principio de la creación, varón y hembra los hizo Dios".
La unión es tanto física como espiritual. El vínculo matrimonial no se puede disolver si no es a
causa de la infidelidad. El divorcio, que es un simple acto de legislación humana, no puede
anular lo que es de constitución divina. "Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre".
¡Cuánto necesita nuestro mundo de hoy estas mismas enseñanzas del Maestro! No se debe entrar
en el matrimonio con ligereza e imprudencia, ni se puede desatar el vínculo por razón de
incompatibilidad de caracteres, de costumbres poco agradables, o de pérdida de amor. Esa unión
sólo la puede disolver la muerte o el pecado.
A no ser que el pecado haya disuelto el vínculo, el conseguirse el divorcio no da derecho
a un nuevo matrimonio. El derecho al divorcio y el derecho a volverse a casar son dos cuestiones
distintas. Esta última, Jesús la comenta a solas "en casa" con sus discípulos. Lo que ha dicho
antes aclara lo que va a manifestar ahora. El volverse a casar después del divorcio conseguido,
no es ni bueno ni legal, porque sigue existiendo la unión anterior divinamente sancionada.
Ninguna autoridad judicial ni decreto humano pueden justificar lo que la Ley de Dios prohíbe.
13 Y le presentaban niños para que los tocase; y los discípulos reprendían a los que los
presentaban. 14 Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo
impidáis; porque de los tales es el reino de Dios. 15 De cierto os digo, que el que no reciba el
reino de Dios como un niño, no entrará en él. 16 Y tomándolos en los brazos, poniendo las
manos sobre ellos, los bendecía.
¡El marco en el cual se sitúa esta escena añade algo más a. su exquisita belleza! Jesús
acaba de hablar de la santidad del matrimonio con lo que se garantiza la seguridad del hogar;
ahora enseña acerca de lo sagrado de la infancia en la que el hogar halla su plenitud, su gloria, y
su solicitud ennoblecedora.
''Y le presentaban niños para que los tocase". Lo que los padres solícitos deseaban para
sus hijos era ese contacto que había dado la vida y la salud a tantos. Puede muy bien simbolizar
la relación personal, el contacto espiritual con Cristo, que todos los padres con igual afán
deberían buscar para sus hijos.
"Y los discípulos reprendían a los que los presentaban". Parece que consideraban a los
niños demasiado insignificantes para permitírseles interrumpir la obra del Maestro o solicitar su
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atención. Hay hoy en día ciertas cosas que tienden a no dejarnos llevar nuestros niños a Cristo: la
costumbre y la negligencia, la indiferencia, el temor y la desconfianza, incluso ciertos amigos,
todo esto puede impedírnoslo reprochárnoslo, con la misma inocencia con que lo hicieron los
discípulos en esa ocasión.
La indignación de Jesús y su respuesta han colocado un halo imperecedero sobre todo
niño: "Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios".
El Reino les pertenece por derecho; no ha de sorprender, pues, que fueran tan caros al Rey. Si su
inocente impotencia lo atrajo tanto a él, ¿no debería también impresionarnos a nosotros, y no
deberíamos sentir que ninguna otra obra es tan cristiana y bienaventurada como el cuidar a los
niños? Sólo seremos verdaderos servidores del Rey si sentimos la llamada de la infancia y si
tratamos de satisfacer las necesidades físicas, mentales y espirituales de los niños.
Una vez Jesús ha pronunciado esa memorable bendición sobre los niños, añade una
solemne advertencia para sus oyentes: "De cierto os digo, que el que no reciba el reino de Dios
como un niño, no entrará en él". El Reino pertenece a los niños y a quienes son como niños, y
sólo a los tales Los niños no siempre son desinteresados, ni obedientes, ni amables, pero si son
siempre confiados. Quienes se consideren a sí mismos impotentes y necesitados, quienes
descansen en el Rey y en su gracia sustentadora, esos son los que entran en el Reino.
"Y tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía". Marcos es el
único de los evangelistas que agrega este toque incomparable a la escena. Aquí tenemos el
cuadro completo que debemos tener siempre presente. Cristo es el Salvador de los niños; el
Cristianismo es la religión de la infancia. Dondequiera que se conozca al Señor, se confíe en él y
se le siga, ahí será sagrada la infancia y gozará, de seguridad
17 Al salir él para seguir su camino, vino uno corriendo, e hincando la rodilla delante de
él, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? 18 Jesús le dijo: ¿Por
qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios. 19 Los mandamientos sabes: No
adulteres. No mates. No hurtes. No digas falso testimonio. No defraudes. Honra a tu padre y a tu
madre. 20 Él entonces, respondiendo, le dijo: Maestro, todo esto lo he guardado desde mi
juventud. 21 Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo
que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz. 22
Pero él, afligido por esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones.
23 Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: ¡Cuan difícilmente entrarán
en el reino de Dios los que tienen riquezas! 24 Los discípulos se asombraron de sus palabras;
pero Jesús, respondiendo, volvió a decirles: Hijos, ¡cuan difícil les es entrar en el reino de Dios,
a los que confían en las riquezas! 25 Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que
entrar un rico en el reino de Dios. 26 Ellos se asombraban aun más, diciendo entre sí: ¿Quién,
pues, podrá ser salvo? 27 Entonces Jesús, mirándolos, dijo: Para los hombres es imposible, mas
para Dios, no; porque todas las cosas son posibles para Dios. 28 Entonces Pedro comenzó a
decirle: He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido. 29 Respondió Jesús y dijo:
De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o
madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, 30 que no reciba cien veces
más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con
persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna. 31 Pero muchos primeros serán postreros, y
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los postreros, primeros.
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que tienen riquezas!" Esto sorprende todavía más a quienes son judíos. Solían creer que la
riqueza era una prueba positiva del favor de Dios. ¿Qué quería decir, pues, Jesús? Lo explica de
inmediato. El poseer riquezas puede no ser pecado; la pobreza no es buena por necesidad; pero
es difícil "entrar en el reino de Dios, a los que confían en las riquezas". Jesús incluso agrega una
hipérbole perdonable, "Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico
en el reino de Dios". Quien quiera entrar en el Reino debe ser como un niño; debe abandonar
toda confianza en sí mismo, en los logros propios, en la justicia basada en sí. Debe estar
dispuesto a sacrificar todo lo que pudiera interponerse entre Cristo y él Quien lo haga, entrará en
el Reino "Para los hombres es imposible, mas... todas las cosas son posibles para Dios". Está
pronto para darnos toda la gracia que necesitamos.
Mientras el hombre rico se retira, triste, vestido de costosa túnica, Pedro lo mira con
aparente desdén, y volviéndose a Jesús con una cierta autocomplacencia, le dice, "He aquí
nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido". Según Mateo, todavía añade una pregunta:
"¿qué, pues, tendremos?" No es una pregunta noble; manifiesta un espíritu comercial y mundano;
pero Jesús se abstiene de hacerle ningún reproche. En lugar de ello hace una promesa; y algunos
de nosotros necesitamos a veces prestarle atención. Alguna que otra vez un cierto susurro se nos
mete furtivamente en el corazón. Nos hemos sacrificado por Cristo; "¿valdrá la pena?" nos dice.
Jesús responde que cualquier sacrificio hecho por él, recibe una recompensa del ciento por uno
en esta vida, no en un sentido literal, pero sí tal que satisfaga al alma cien veces más de lo que
jamás hubiera podido hacerlo la cosa renunciada; y luego, en el futuro, esa "vida eterna"
completa, perfecta, que el hombre rico anhelaba, pero que perdió sólo por querer retener su
riqueza unos pocos efímeros años más.
Jesús añade, sin embargo, que Pedro debe guardarse de todo orgullo presuntuoso.
Muchos que tuvieron la oportunidad de estar muy cerca de Cristo en esta vida, quizá no reciban
la mayor de las recompensas. Los hombres serán juzgados según su fidelidad. La advertencia es
aún mucho más solemne para aquellos que confían en su riqueza. El poder y riqueza de que dis-
ponen los colocan de momento en un lugar preferente en cuanto a oportunidades; pero pueden
ser los últimos en aceptar a Cristo y la vida que ofrece.
32 Iban por el camino subiendo a Jerusalén; y Jesús iba delante, y ellos se asombraron,
y le seguían con miedo. Entonces volviendo a tomar a los doce aparte, les comenzó a decir las
cosas que le habían de acontecer: 33 He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será
entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte, y le
entregarán a los gentiles; 34 y le escarnecerán,, le azotarán, y escupirán en él, y le matarán;
mas al tercer día resucitará.
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No nos inspira, al seguirle, un heroísmo nuevo? ¿No despierta en nosotros un amor renovado el
verle abrazar la muerte por nosotros en forma absolutamente voluntaria? ¿Seguimos sin
preguntarnos por el significado y el misterio de esa muerte?
Los discípulos no lo comprenden. No son capaces de creerlo. Con todo, una vez más —la
tercera— repite la predicción, y ahora con detalles más terribles todavía: "Y le condenarán a
muerte, y le entregarán a los gentiles; y le escarnecerán, le azotarán, y escupirán en él, y le
matarán". Esto realza su heroísmo. Es prueba de que Jesús vio todos los horrores que
acompañarían a la tragedia hacia la cual caminaba con paso majestuoso y firme. Y también es
prueba de que era más que un simple hombre; así lo indican su clara visión del futuro, su
conocimiento de lo por venir. Y también sugiere que su muerte no fue un incidente más en su
vida, ni tampoco una simple firma puesta a su testimonio. Era más bien la meta querida hacia la
cual se dirigía; porque no había venido tan sólo "para servir", sino "para dar su vida en rescate
por muchos". Nadie iba a quitarle la vida. En forma totalmente libre iba a ofrecer su vida por
nosotros.
Sin embargo, la muerte no era su meta final. Su anuncio siempre añadía, "mas al tercer
día resucitará". El cumplimiento de esta promesa fue la defensa y prueba definitiva de todos sus
derechos; fue la explicación de su valor sin par. Por el gozo que le aguardaba abrazó la cruz.
Jesús acababa de hablar de los escarnios, azotes, salivazos y muerte que le aguardaban;
hay, pues, algo de sorprendente, de inconsiderado, egoísta y estúpido en la petición que Jacobo y
Juan hacen de puestos preeminentes, de grandeza y gloria. Sin embargo, no debemos ser
demasiado duros en nuestro juzgar; había algo de hermoso en su petición, porque era una expre-
sión de fe. Jesús había hablado de muerte pero también de resurrección triunfante; había dicho a
sus seguidores que sería crucificado, pero había mencionado también su Reino glorioso; les
había aconsejado que se sacrificasen, pero también les había prometido grandes recompensas. Si
para nosotros, al igual que para los discípulos, el Reino de Cristo fuese la realidad suprema,
quizá ansiaríamos más estar lo más cerca posible del Rey, tanto ahora como después.
Claro que su petición manifiesta orgullo y celos, y también ideas equivocadas, y esto es
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lo que Jesús cariñosamente les reprocha. Les recuerda que compartir su gloria supone abrazar su
bautismo de sufrimiento. Y cuando ellos afirman que son capaces de sobrellevarlo, él les explica
que, en su Reino, los puestos honoríficos no se otorgan a capricho, sino que hay que ganárselos;
no son una cuestión de asignación sino de logro; no se consiguen por influencias sino por mérito.
"El sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está
preparado". Con esto Jesús afirma que nunca podría otorgar recompensas independientemente
del mérito; que tanto en el tiempo como en la eternidad los lugares más elevados del Reino son
para aquellos que los merecen.
La petición de Jacobo y de Juan llena de indignación a los demás discípulos; pero no
hemos de concluir de ahí que se tratase de una "indignación justa"; lo que les incomoda no es
que Jacobo y Juan hayan carecido de discernimiento, ni que su petición sea injusta, ni que su
actitud sea egoísta. Parece más bien que "los diez" están igualmente equivocados y en falta.
Tienen celos. Desean y buscan para sí precisamente lo que Jacobo y Juan han pedido. Solemos
ser propensos a indignarnos más por la clase de faltas ajenas que nosotros mismos cometemos.
Jesús no reprende a sus discípulos, aunque aprovecha la ocasión para proclamar la ley de
la verdadera grandeza. Cristo la contrapone a las normas del mundo, de las que sus seguidores
siempre corren el peligro de contagiarse. Entre los gentiles, entre las gentes de todas las
naciones, los que realmente cuentan, los grandes, son los que ejercen potestad sobre otros, los
que tienen muchos que les sirvan. Pero entre los seguidores de Cristo los ideales que deben
prevalecer son muy otros; los mayores son aquellos que sirven más y mejor a los demás. En
contraposición a las normas paganas, Jesús establece un principio que podría traducirse así: "el
que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el
primero, será siervo de todos".
El servicio es la ley de la grandeza en el Reino de Cristo; y ni siquiera el Rey está exento
de cumplirla. Antes bien, él es el gran Modelo, "porque el Hijo del hombre no vino para ser
servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos". Ahí radica, según lo ve
Marcos, la esencia y el compendio de la misión de nuestro Señor. En los diez capítulos que está
concluyendo ha venido escribiendo de cómo Jesús vino "para servir"; en los seis capítulos que
quedan nos cuenta que dio su vida "en rescate por muchos". Este sacrificio voluntario, esta
muerte por muchos, este amor redentor, una vez que sus seguidores lo comprenden y aceptan,
viene a ser el motivo de todo servicio. No somos cristianos porque servimos a otros; sino que
servimos a otros porque somos cristianos.
El sacrificarse y la servicialidad no son sustitutivos de la fe en Cristo; son
manifestaciones espontáneas de nuestra fe y amor. Cuanto más humilde, paciente y fiel sea
nuestro servicio, tanto más cerca estaremos de aquel cuya grandeza es suprema, y que nos amó y
se entregó por nosotros.
46 Entonces vinieron a Jericó; y al salir de Jericó él y sus discípulos y una gran multitud,
Bartimeo el ciego, hijo de Timeo, estaba sentado junto al camino mendigando. 47 Y oyendo que
era Jesús nazareno, comenzó a dar voces y a decir: ¡Jesús,. Hijo de David, ten misericordia de
mí! 48 Y muchos le reprendían para que callase, pero él clamaba mucho más: ¡Hijo de David,
ten misericordia de mí! 49 Entonces Jesús, deteniéndose, mandó llamarle; y llamaron al ciego,
diciéndole: Ten confianza; levántate, te llama. 50 Él entonces, arrojando su capa, se levantó y
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vino a Jesús.
51 Respondiendo Jesús, le dijo: ¿Qué quieres que te haga? Y el ciego le dijo: Maestro,
que recobre la vista.
52 Y Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Y en seguida recobró la vista, y seguía a
Jesús
Sigue en camino hacia Jerusalén. Ha dejado ya atrás la última ciudad importante. Acaba
de salir de Jericó. Y ahora, en presencia de la multitud, Jesús realiza un milagro que nos lo
muestra en aquel aspecto de su personalidad que Marcos no ha cesado ni un momento de
esbozar, es decir, como el Siervo poderoso, como el Hijo de Dios obrador de maravillas. Durante
todo este postrer viaje de nuestro Señor, Marcos ha relatado enseñanzas y no milagros Pero
ahora, a punto ya de llegar a Jerusalén, Jesús, con una sola palabra de su poder divino, le
devuelve la vista a un ciego. Nuestro Señor entrará, pues, en la ciudad santa, no sólo como un
gran Profeta, sino como el divino Salvador que tiene poder para sanar.
Este milagro en concreto es una parábola familiar de la obra salvadora de Cristo, quien
abre los ojos del entendimiento, y da visión espiritual a aquellos que necesitan ver con claridad la
vida, con todos sus deberes, exigencias y problemas, en relación con el hombre y con Dios.
Ante todo presenta el cuadro de enternecedora necesidad: "el ciego... mendigando", pobre
y desamparado a causa de su ceguera, sin nadie que lo compadezca y ayude. Y contrastando con
esto, la figura majestuosa del Maestro que pasa cerca, aunque pasa por última vez, con poder
para sanar, si es que se pudiese llegar hasta él.
Luego nos da el cuadro de los desalientos: "Y muchos le reprendían para que callase".
Muy a menudo quien anhela la luz no oye sino palabras de desaliento y desesperanza.
Sigue el cuadro de la fe anhelante. Oye que Jesús lo llama, que el Maestro quiere que vaya a él,
que está dispuesto a sanar. Arroja su capa; no permitirá que nada le impida adelantar, aunque
sólo fuese por un instante. Formula su petición concreta y confiada: "Maestro, que recobre la
vista".
Y por fin, tenemos el cuadro de la ayuda total: "Y en seguida recobró la vista, y seguía a
Jesús en el camino". Cuántos han encontrado al Maestro capaz y deseoso de darles la visión
espiritual; sus ojos han sido abiertos para ver cosas eternas nunca vistas, para seguir al Maestro
con paso gozoso en ruta hacia la ciudad celestial, donde verán al Rey en toda su belleza y donde
serán como él, cuando lo vean tal como él es.
A. DOMINGO
La Entrada triunfal
Cap. 11:1-11
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desatando el pollino? 6 Ellos entonces les dijeron como Jesús había mandado; y los dejaron. 7 Y
trajeron el pollino a Jesús, y echaron sobre él sus mantos, y se sentó sobre él. 8 También muchos
tendían sus mantos por el camino, y otros cortaban ramas de los árboles, y las tendían por el
camino. 9 Y los que iban delante y los que venían detrás daban voces, diciendo: ¡Hosanna!
¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! 10 ¡Bendito el reino de nuestro padre David que
viene! ¡Hosanna en las alturas! 11 Y entró Jesús en Jerusalén, y en el templo; y habiendo
mirado alrededor todas las cosas, como ya anochecía, se fue a Betania con los doce.
Por primera vez en el relato de Marcos, Jesús se acerca a Jerusalén, y lo hace como un
rey. Marcos omite algunos detalles que los otros evangelistas ofrecen, pero no por ello la
descripción pierde nada de su color regio. Hasta este momento Jesús ha venido prohibiendo a sus
discípulos que hablen de él como del Mesías; no ha querido precipitar la crisis; pero por fin ha
llegado la hora; Jesús abiertamente se declara ser el prometido Rey de Israel. Lo hace con un
acto tan pintoresco como dramático. Acompañado por sus discípulos, rodeado de multitudes,
montado en un pollino, aclamado por la muchedumbre como Hijo real de David, recorre la
ciudad santa, y entra en los patios del Templo. En su modo de presentarse hay mucho de
humilde, pero todo está conforme con la concepción popular de la aparición del Mesías, de la
venida del gran Rey.
El episodio se abre con Jesús que asume su papel regio, y envía a sus discípulos para que
le lleven el pollino, sobre el cual ha de hacer su entrada triunfal. Marcos nos da en este punto una
breve pincelada muy original; menciona la promesa de Jesús de volver en breve el pollino a su
dueño. La orden es regia pero cortés. Jesús predice todos los detalles que rodearán la gestión de
sus mensajeros; y tal como lo dice, les ocurre. Incluso en instrucciones tan sencillas como éstas
demuestra un conocimiento sobrehumano.
Una vez que le han llevado el pollino y ha iniciado la marcha hacia Jerusalén por el
Monte de los Olivos, las multitudes muestran su pleitesía al rey tendiendo sus mantos por el
camino, y también "ramas de los árboles". Marcos no menciona el hecho de que algunos, al
mismo tiempo que saludaban al Mesías, llevasen "ramas de palmera" o palmas, de acuerdo con
lo cual la iglesia ha bautizado este domingo histórico; pero sí reproduce con fidelidad las
palabras de saludo al rey que las multitudes gritaban. "Hosanna" es una oración que significa
"salva ahora"; "bendito el que viene en el nombre del Señor", es una afirmación de que Jesús era
el verdadero representante de Dios. "Bendito el reino de nuestro padre David que viene" significa
que había sido prometido a David y por David, y que va a revivir el supremo esplendor de su
reino. "Hosanna en las alturas", es una oración para que la salvación preparada en lo más alto de
los cielos descienda sobre el Rey y su Reino.
Es evidente que Jesús fomentó los gritos entusiastas de la multitud y los utilizó para
despertar una conmoción cada vez mayor, y también para ayudar a presentarse a sí mismo a la
ciudad y a la nación como el Mesías anunciado en la forma más pública posible Muy pronto esos
hosannas fueron sustituidos por el grito de "Crucifícale". Este hecho tan familiar nos recuerda
que la emoción puede ayudar a la fe, pero que no se debe tomar el sentir por fe.
De este modo Jesús se ofrece a sí mismo como Rey en una forma definitiva,
impresionante, final. Pero fue rechazado y clavado a una cruz Esta entrada real no hizo sino
poner más de relieve la fatal ceguera de una raza. La gloria del Reino ofrecido queda todavía
diferida, y llegará a su perfección sólo cuando se vuelva a oír, ante la reaparición del Rey, el
grito, "Bendito el que viene en el nombre del Señor". Este mismo Jesús se nos ofrece a sí mismo
como Maestro y Señor; ¿le daremos acceso libre y gozoso a nuestros corazones'
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B LUNES
1. La higuera estéril
Cap 11:12-14
12 Al día siguiente, cuando salieron de Betania, tuvo hambre. 13 Y viendo de lejos una
higuera que tenía hojas, fue a ver si tal vez hallaba en ella algo; pero cuando llegó a ella, nada
halló sino hojas, pues no era tiempo de higos. 14 Entonces Jesús dijo a la higuera: Nunca jamás
coma nadie fruto de ti. Y lo oyeron sus discípulos.
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alguno. 17 Y les enseñaba, diciendo: ¿No está escrito: Mi casa será llamada casa de oración
para todas las naciones? Más vosotros la habéis hecho cueva de ladrones. 18 Y lo oyeron los
escribas y los principales sacerdotes, y buscaban cómo matarle; porque le tenían miedo, por
cuanto todo el pueblo estaba admirado de su doctrina.
19 Pero al llegar la noche, Jesús salió de la ciudad.
El abuso que Jesús condena en este episodio había nacido de lo que comenzó siendo un
servicio público, a saber, la venta en favor de los peregrinos, en las proximidades del Templo, de
los sacrificios que no podían llevar consigo desde sus lugares de procedencia tan distantes. Poco
a poco ese tráfago comercial se había ido aproximando al Templo hasta que los mercaderes
entraron en el ámbito del mismo, profanando los sagrados lugares con su estrépito, su codicia,
sus extorsiones y fraudes. Ya una vez antes, según sabemos por Juan, Jesús había expulsado a
esos traficantes. Ambos casos nos ofrecen, en la figura majestuosa de nuestro Señor que arroja a
un grupo numeroso de delincuentes, un ejemplo del poder que tiene el derecho y la justicia
conscientes cuando hacen frente a la culpa y al delito, también conscientes. Pero en el hecho de
que sea necesaria esta segunda limpieza del Templo se nos recuerda lo poco duradero que es un
cambio producido por el temor y no por el arrepentimiento del pecado y por un deseo de
santidad.
En ambos casos Jesús en realidad invita a una nación a que se arrepienta. Su solemne
reprimenda insinúa que el pueblo se ha olvidado de la presencia divina, que permanece
indiferente ante la voluntad de Dios. La profanación del Templo simboliza la apostasía nacional.
Sigue siendo verdad que nuestra actitud en la casa de Dios y en nuestra adoración y culto a él es
un índice de nuestro estado espiritual. Y también es verdad que la necesidad suprema de
cualquiera de nosotros es conseguir la justicia de corazón. Lo que Jesús reprocha no es sólo el
mercantilismo en la religión, ni las incorrecciones en el culto a Dios, sino todo formalismo,
irreverencia e indiferencia religiosa.
Jesús, además, con su acción autoritaria, reclama algo. Se presenta a sí mismo como el
Mesías. El día anterior había entrado en la ciudad triunfante, presentándose a la nación como su
Salvador y Rey; ahora vuelve al Templo, y en el centro mismo de la capital, con un acto
simbólico y una reprensión llena de significado, se proclama a sí mismo Señor del Templo y uno
con Dios, por cuyo culto y adoración está lleno de divino celo.
De una manera igualmente concreta Jesús ofrece a los sacerdotes y dirigentes de la
nación un desafío supremo. Ellos son los responsables de la profanación del Templo. Ellos son
quienes más se aprovechan del negocio Ellos son quienes han convertido el patio de los gentiles
en "cueva de ladrones" cuando Dios había querido que el Templo todo fuese "casa de oración
para todas las naciones". Los "escribas y los principales sacerdotes" al instante comprendieron
todo lo que implicaba el acto de Jesús y su reprensión; y llenos de odio mortal, "buscaban cómo
matarle". Buscan una oportunidad de atacarlo secretamente; ven su inmensa popularidad; "le
tenían miedo, por cuanto todo el pueblo estaba admirado de su doctrina". Sin embargo, Jesús no
se arriesga sin necesidad. Todas las noches de esta memorable semana, tanto por razón de
descanso como de mayor seguridad, se retira a la casa de Betania, en la que siempre era tan bien
acogido
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C. MARTES
1. El poder de la fe
Cap 11:20-26
20 Y pasando por la mañana, vieron que la higuera se había secado 'desde las raíces. 21
Entonces Pedro, acordándose, le dijo: Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado. 22
Respondiendo Jesús, les dijo: Tened fe en Dios. 23 Porque de cierto os digo que cualquiera que
dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será
hecho lo que dice, lo que diga le será hecho. 24 Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis
orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá. 25 Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo
contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros
vuestras ofensas. 26 Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los
cielos os perdonará vuestras ofensas.
Por la mañana, al regresar Jesús y sus discípulos de Betania a Jerusalén, pasan junto a la
higuera que, con su exuberancia de hojas y falta de fruto, le había suministrado a nuestro Señor
una parábola del estado espiritual de la nación judía. Pedro manifiesta su sorpresa al ver el
cambio milagroso que la palabra de Jesús ha producido; porque el árbol vigoroso y próspero de
la víspera está ahora seco y marchito hasta las raíces, imagen de la condenación ya próxima de
Israel. Jesús se sirve de la ocasión, sin embargo, para enseñar a sus seguidores una lección de
importancia personal suprema
"Tened fe en Dios"; estas palabras que el Maestro dice son una respuesta directa a la
sorpresa de Pedro. Proclaman que la maravilla se explica por el poder de la fe, y exhortan a los
discípulos a tener una confianza así en Dios. La palabra de Cristo había producido el milagro a
causa de la conciencia que tiene de ser una sola cosa con el Padre, y de su dependencia de Él. Se
insinúa, pues, que iguales efectos conseguirán sus seguidores si confían de verdad en Dios. La fe
puede hasta mover montañas; no es que Jesús o sus discípulos nos inciten a intentar literalmente
esa clase de actos, pero sí hemos de darnos cuenta de que por la fe podemos hacer cosas que de
otro modo serían imposibles. La expresión natural de la fe es la oración, por esto Jesús añade, a
modo de culminación, que no sólo se puede secar un árbol y mover una montaña, sino que "todo
lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá".
Desde luego que este poder de la oración está sujeto a ciertas condiciones que en otro
lugar se indican. En este caso, además de la fe, Jesús enseña que la oración debe ser hecha en
espíritu de caridad magnánima: '"Y cuando estéis orando, perdonad. . . para que también vuestro
Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas". La afirmación en forma
negativa del versículo veintiséis la omiten los mejores manuscritos; pero la sección queda
completa con la declaración del poder de la oración, hecha en fe y amor.
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discutían entre sí, diciendo: Si decimos, del cielo, dirá: ¿Por qué pues, no le creísteis ? 32 ¿ Y si
decimos, de los hombres... ? Pero temían al pueblo, pues todos tenían a Juan como un verdadero
profeta. 33 Así que, respondiendo, dijeron a Jesús: No sabemos. Entonces respondiendo Jesús,
les dijo. Tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas.
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sumisión humilde del corazón y de la voluntad a lo que ya ha sido revelado.
1 Entonces comenzó a decirles por parábolas: Un hombre plantó una viña, la cercó de
vallado, cavó un lagar, edificó una torre, y la arrendó a unos labradores, y se fue lejos. 2 Y a su
tiempo envió un siervo a los labradores, para que recibiese de éstos del fruto de la viña. 3 Mas
ellos, tomándole, le golpearon, y le enviaron con las manos vacías. 4 Volvió a enviarles otro
siervo; pero apedreándole, le hirieron en la cabeza, y también le enviaron afrentado. 5 Volvió a
enviar otro, y a éste mataron; y a otros muchos, golpeando a unos y matando a otros. 6 Por
último, teniendo aún un hijo suyo, amado, lo envió también a ellos, diciendo: Tendrán respeto a
mi hijo. 7 Mas aquellos labradores dijeron entre sí: Este es el heredero; venid, matémosle, y la
heredad será nuestra. 8 Y tomándole, le mataron, y le echaron fuera de la viña. 9 ¿Qué, pues,
hará el Señor de la viña? Vendrá, y destruirá a los labradores, y dará su viña a otros.
10 ¿Ni aun esta escritura habéis leído: La piedra que desecharon los edificadores Ha
venido a ser cabeza del ángulo;11 El Señor ha hecho esto, Y es cosa maravillosa a nuestros
ojos?
12 Y procuraban prenderle, porque entendían que decía contra ellos aquella
parábola; pero temían a la multitud, y dejándole, se fueron.
Los dirigentes habían intentado atrapar y desacreditar a Jesús con una pregunta relativa a
su autoridad; con una hábil contra pregunta y una negativa a someterles sus derechos, los reduce
al silencio, pone de manifiesto su perfidia e hipocresía, y virtualmente los obliga a renunciar a su
cacareada autoridad como líderes religiosos. Hace todavía más: con una sencilla parábola
contesta completamente a su pregunta, recaba para sí autoridad divina, y audazmente acusa a los
dirigentes de infidelidad a Dios y de maquinar el asesinato del Hijo de Dios. Sin embargo, sus
afirmaciones revisten tal forma que los dirigentes quedan desarmados y los vuelve incapaces de
arrestarlo, de atacarlo e incluso de acusarlo de falta alguna. Sólo les cuenta una pequeña historia;
¿ quién puede ponerle reparos a una simple anécdota? Habla de un hombre que poseía una viña
que arrendó en parcelas a unos cuantos agricultores. Estos, en vez de darle al dueño lo que le
correspondía, golpearon, ultrajaron y mataron a sus enviados y finalmente asesinaron a su único
hijo; pero el señor de la viña iba a volver para dar la viña a otros.
Esta es la sencilla parábola. Su significado, tal como lo percibieron los enemigos de
nuestro Señor, quedaba tenuemente velado. La viña era el símbolo de Israel que el Antiguo
Testamento había utilizado. Los labradores eran los dirigentes a quienes Dios había confiado el
cuidado espiritual de su pueblo. Los mensajeros eran los profetas, incluyendo a Juan el Bautista,
a quienes los dirigentes de Israel habían rechazado, y herido o matado. El hijo y heredero era
Jesús, contra cuya vida los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos conspiraban. Pero
el juicio iba a llegar implacable; estos infieles custodios de la viña serían destruidos. De este
modo Jesús denuncia públicamente a sus enemigos, y también predice con claridad su propia
muerte en manos de ellos. Pero concluye su parábola con una profecía de su triunfo inevitable.
La muerte no significa derrota; él será el Vencedor y el Rey. Tal como dijo el Antiguo
Testamento, habrá de ser como la piedra que desecharon los edificadores, pero que se convertirá
en cabeza del ángulo, ocupando el lugar de mayor dignidad y poder. De esta manera Jesús revela
en forma maravillosa su presciencia divina, se proclama superior a todos los profetas por ser el
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mismo Hijo de Dios. Y así, también, manifiesta la grave responsabilidad de los dirigentes
religiosos y previene a los hombres del terrible riesgo que entraña el rechazar sus derechos.
Un poco antes, en este mismo día memorable dedicado a la enseñanza abierta, Jesús se ha
visto atacado por los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas ; pero los ha derrotado,
los ha puesto en ridículo, y los ha acusado de apostatas y asesinos. En su odio rabioso, lo
hubieran querido matar de inmediato; pero le temen a las multitudes, entre quienes es tan popular
Para conseguir su muerte, por tanto, deben antes conseguir desacreditarlo en público; deben
enredarlo en su propia enseñanza Así pues, para atraparlo, vuelven a la carga con tres preguntas
astutas. Jesús, empero, elude la celada, contesta a cada una de las preguntas en forma clara y
completa, y luego, a su vez, les plantea una pregunta que los reduce al silencio.
La primera pregunta se refiere al pago del tributo al Gobierno Romano. Los judíos más
conservadores sostenían que Dios era el Gobernante de Israel y que, por consiguiente,
posiblemente era malo pagar impuestos que sostenían a un estado pagano. La facción más liberal
apoyaba a los Herodes, quienes debían su poder a Roma. Por esta causa los enemigos de Jesús le
envían representantes de ambas tendencias, fariseos y herodianos, a fin de que, caso de que
pueda evitar ofender a un grupo, disguste al otro. Se acercan a Jesús con la halagüeña certeza de
que, siendo como es tan veraz y valiente, no vacilará en manifestar sus verdaderas convicciones.
Le proponen luego su ladina pregunta, "¿Es lícito dar tributo a César, o no?" De decir Jesús que
sí, se le acabará el ser un ídolo popular, puesto que el pueblo abomina de la odiosa opresión de
Roma. Y si dice que no, entonces sus enemigos podrán empujarlo hasta el Gobernador Romano
y hasta la cruz, por traidor y rebelde El dilema parece perfecto; y sin embargo, Jesús no sólo se
libra del cepo, sino que, en su respuesta, proclama una ley que habrá de ser válida en todo
tiempo: "Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios".
Para que el significado quede claro, Jesús pide antes una moneda romana, y pregunta de
quién es la imagen y la inscripción que ostenta. La respuesta es, desde luego, "De César". Jesús,
en consecuencia, insiste en que si aceptan las monedas de César, a César deben pagar los
tributos. Es decir, si uno acepta la protección de un gobierno y los privilegios que éste concede,
ese tal tiene obligación de sostener a dicho gobierno. Nunca debe identificarse al Cristianismo
con un partido político o doctrina social, pero los cristianos deben siempre estar en favor de la
lealtad, el orden y la ley.
No es, sin embargo, la vida toda que hay que dar al César, sino "lo que es de César";
porque uno debe también dar "a Dios lo que es de Dios". Esta última obediencia más elevada
incluye la primera. Los enemigos de Jesús insinuaron un conflicto de obligaciones, y él les
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mostró que había una armonía perfecta. Indica, sin embargo, que hay un cierto riesgo de olvidar
a Dios, y nuestras obligaciones para con él de confianza, servicio, adoración y amor. La base
auténtica de la nacionalidad es la devoción a Dios, y ninguna teoría política ni fidelidad a un
partido pueden tomarse como sustitutivos de nuestra lealtad a él. Jesús contestó y reprendió a sus
enemigos, y ofreció a sus seguidores una guía de conducta para todo el tiempo por venir.
Jesús derrotó a los fariseos y a los herodianos. Ahora el ataque corre a cargo de los
saduceos, quienes constituían el partido sacerdotal, el más poderoso entre los judíos. Recusaban
la inmortalidad del alma, y no creían ni en ángeles ni en espíritus; representaban a los modernos
materialistas. Hay que advertir, sin embargo, que la pregunta que le plantean a Jesús no se refiere
a la inmortalidad sino a la resurrección de los cuerpos Proponen el caso de una mujer, casada con
siete hermanos en forma sucesiva, rota la unión con cada uno de ellos por la muerte, y preguntan,
"En la resurrección, pues, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será ella mujer?" Esperan que Jesús
o bien niegue la creencia ortodoxa en la resurrección o bien afirme algo que contradiga la ley de
Moisés que dio carácter legal a los matrimonios sucesivos.
La respuesta de Jesús es tal que es aplicable a muchos escépticos modernos: "¿No erráis
por esto, porque ignoráis las Escrituras, y el poder de Dios?" Esta doble ignorancia les hacía
imaginar una contradicción donde realmente no existía. Primero, en cuanto al "poder de Dios":
Dios puede dar una vida en la que no haya ni muerte, ni nacimiento, ni matrimonio, pero en la
que las relaciones sean más elevadas que la más feliz de las relaciones terrenales. Una existencia
así, con sus leyes más elevadas, armoniza con los hechos-y leyes de nuestra vida presente. En
segundo término, en cuanto a "las Escrituras": ¿Qué dicen de lo que Dios ha prometido hacer?
Jesús responde a la pregunta con una cita del sistema legal mismo al que los saduceos se han
referido, "Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob", y luego añade, "Dios
no es Dios de muertos, sino Dios de vivos". Lo que quiere es dejar establecido el hecho de la
existencia que se sigue después de la muerte; pero no sólo eso, sino también demostrar la
resurrección de los muertos. La cuestión en disputa era esta última. La vida a la que se refiere
nuestro Señor es la vida normal, no la de un alma desencarnada, sino la de un alma inmortal
revestida de un cuerpo inmortal. Los "vivos" son, por tanto, los resucitados. La esperanza
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confiada de una vida futura así se basa en nuestra relación con Dios. Si él es en verdad nuestro
Dios, y si nosotros somos su pueblo, el triunfo de la muerte no es real y permanente, sino que
acabará en la gloria de la resurrección de los muertos.
Muchas creencias de las que los hombres se burlan porque parecen contradecir leyes
científicas conocidas se explicarán algún día con el descubrimiento de leyes más elevadas. A
nosotros nos corresponde buscar lo que ha sido escrito, y luego creer en el poder de Dios para
llevarlo a cabo.
28 Acercándose uno de los escribas, que los había oído disputar, y sabía que les había
respondido bien, le preguntó: ¿Cuál es el primer mandamiento de todos? 29 Jesús le respondió:
El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. 30 Y
amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con
todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. 31 Y el segundo es semejante: Amarás a tu
prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.
32 Entonces el escriba le dijo: Bien, Maestro, verdad has dicho, que uno es Dios, y no
hay otro fuera de él;
33 y el amarle con todo el corazón, con todo el entendimiento, con toda el alma, y con
todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, es más que todos los holocaustos y
sacrificios. 34 Jesús entonces, viendo que había respondido sabiamente, le dijo: No estás lejos
del reino de Dios. Y ya ninguno osaba preguntarle.
La tercera pregunta dirigida a nuestro Señor sintetiza un problema familiar que a los
escribas les gustaba discutir, a saber, cuál entre todos los mandamientos era el más importante.
Su código de moralidad era complicadísimo, y consistía en un número infinito de exigencias y
reglas minuciosas. La respuesta de Jesús llama la atención por su discernimiento y sencillez;
afirma que el deber todo del hombre, que el compendio todo de la obligación moral, que la
esencia de la ley divina toda, se sintetiza y expresa en una sola palabra, amor. Este amor se debe
practicar en dos direcciones, la primera hacia Dios, y la segunda hacia los hombres. Los diez
mandamientos y todos los demás requerimientos divinos no son sino expresiones de este
supremo y único principio.
Por tanto, "el primer mandamiento" es amar a Dios. Es el cumplimiento de la "primera
tabla de la ley". Pero "el segundo" es inseparable de él; abarca el resto de los mandamientos,
puesto que exige amar a los hombres. Lo que debió sorprender a los oyentes fue el hecho de que
ambos mandamientos los citase del Antiguo Testamento, y el primero les era tan familiar que
todos los judíos lo repetían dos veces por día. Así de simple e incontestable es el principio del
amor, al que todos los problemas morales se pueden reducir, y en el que se pueden incluir todas
las obligaciones morales.
35 Enseñando Jesús en el templo, decía: ¿Cómo dicen los escribas que el Cristo
es hijo de David? 36 Porque el mismo David dijo por el Espíritu Santo: Dijo el Señor a mi
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Señor: Siéntate a mi diestra, Hasta que ponga tus enemigos por estrado de tus pies.
37 David mismo le llama Señor; ¿cómo, pues, es su hijo? Y gran multitud del pueblo le
oía de buena gana.
Se le han hecho tres preguntas a Jesús para enredarlo y desacreditarlo ante el pueblo; sus
respuestas, empero, no sólo han frustrado las intenciones de sus enemigos sino que han
proclamado principios universales para guía de todos sus seguidores. El primero se refiere a
deberes cívico-políticos, el segundo a leyes físico-naturales, y el tercero a normas ético-morales.
Ahora Jesús formula una contra pregunta, que sintetiza el problema supremo en la esfera
filosófico-religiosa. Se refiere a la persona de Cristo; ¿hay que considerarlo como a un hombre o
como a Dios, o como a Dios y hombre a la vez? ¿Dónde hay que colocar a Cristo en la escala de
los seres? O, según Jesús mismo formuló el problema, ¿cómo pudo David hablar del futuro
Mesías como de su hijo y también de su Señor? No había sino una respuesta; sólo podía haber
una: Cristo es tanto humano como divino, es el hijo de David y también el Hijo de Dios. La
encarnación es la única solución para nuestras más graves dificultades en la esfera de la creencia
religiosa. Jesús ha derrotado y reducido a silencio a sus enemigos; y concluye la larga contro-
versia con esta manifestación de su suprema pretensión de que él es el Cristo de quien David
había profetizado.
38 Y les decía en su doctrina: Guardaos de los escribas, que gustan de andar con largas
ropas, y aman las salutaciones en las plazas, 39 y las primeras sillas en las sinagogas, y los
primeros asientos en las cenas; 40 que devoran las casas de las viudas, y por pretexto hacen
largas oraciones. Estos recibirán mayor condenación.
Al acercarse a su fin este último y largo día de enseñanza, no es extraño que Jesús se
dirija al pueblo para ponerlo sobre aviso en cuanto a sus enemigos, quienes han tratado de
tenderle un lazo y están decididos a matarlo. Estos escribas y fariseos asesinos eran los líderes y
maestros religiosos de su tiempo; y sin embargo, Jesús se ve competido a pronunciar, precisa-
mente contra ellos, la más severa de las condenaciones. Las palabras que pronunció, Mateo las
reproduce extensamente. En Marcos, en cambio, no tenemos sino unas breves frases que esbozan
tres de las principales características de estos enemigos de nuestro Señor.
La primera es su afán de ostentación, de primeros puestos, de adulaciones. La segunda es
su cruel avaricia. Y la tercera su escandalosa hipocresía. Siempre se ha hecho notar que las
acusaciones más duras de Jesús se dirigen a los hombres cuyas vidas exteriores eran respetables
y que más alarde hacían de ser religiosos. Esto no significa que el vicio al desnudo y el pecado
flagrante sean mejores que la moralidad egoísta y orgullosa; pero sí nos recuerda que la luz
espiritual y religiosa, cuanto mayor es, tanta mayor responsabilidad implica, y que las
enseñanzas de nuestro Señor condenan muy especialmente la hipocresía y la simulación.
9. La ofrenda de la viuda
Cap. 12:41-44
41 Estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba
dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho. 42 Y vino una viuda pobre, y echó dos
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blancas, o sea un cuadrante.
43 Entonces llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre
echó más que todos los que han echado en el arca; 44 porque todos han echado de lo que les
sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento.
¡Qué contraste ofrece este bosquejo encantador con el cuadro de los fariseos que Jesús
nos acaba de pintar! A los ojos del mundo lo que la pobre viuda hizo fue poco y sin valor,
mientras que los donativos de los hipócritas eran valiosos y abundantes; pero a los ojos del Señor
estas ofrendas apenas si valían nada en comparación, y la viuda había dado más que todos. En
realidad ella había dado sólo dos pequeñas monedas, de menos de un centavo de valor; pero era
todo lo que tenía y dio las dos. Teniendo presente esta escena no deberíamos decir que hemos
dado "el óbolo de la viuda" a no ser que hayamos dado todo lo que tenemos; debería alentarnos,
sin embargo, saber que nuestro Señor mira el corazón, y valora el don por el motivo que induce a
darlo, por el amor y sacrificio que supone. Y sobre todo, deberíamos tener presente que el mejor
modo de medir nuestras ofrendas no es por lo que damos sino por lo que nos guardamos La
influencia de esta mujer sigue llevando a multitudes hasta las arcas del Señor
1 Saliendo Jesús del templo, le dijo uno de sus discípulos: Maestro, mira qué piedras, y
qué edificios. 2 Jesús, respondiendo, le dijo: ¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra
sobre piedra, que no sea derribada.
3 Y se sentó en el monte de los Olivos, frente al templo. Y Pedro, Jacobo, Juan y Andrés
le preguntaron aparte: 4 Dinos, ¿cuándo serán estas cosas? ¿Y qué señal habrá cuando todas
estas cosas hayan de cumplirse? 5 Jesús, respondiéndoles, comenzó a decir: Mirad que nadie os
engañe; 6 porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y engañarán a
muchos. 7 Mas cuando oigáis de guerras y de rumores de guerras, no os turbéis, porque es
necesario que suceda así; pero aún no es el fin. 8 Porque se levantará nación contra nación, y
reino contra reino; y habrá terremotos en muchos lugares, y habrá hambres y alborotos;
principios de dolores son estos.
9 Pero mirad por vosotros mismos; porque os entregarán a los concilios, y en las
sinagogas os azotarán; y delante de gobernadores y de reyes os llevarán por causa de mí, para
testimonio a ellos. 10 Y es necesario que el evangelio sea predicado antes a todas las naciones.
11 Pero cuando os trajeren para entregaros, no os preocupéis por lo que habéis de decir, ni lo
penséis, sino lo que os fuere dado en aquella hora, eso hablad; porque no sois vosotros los que
habláis, sino el Espíritu Santo. 12 Y el hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al
hijo; y se levantarán los hijos contra los padres, y los matarán. 13 Y seréis aborrecidos de todos
por causa de mi nombre; mas el que perseverare hasta el fin, éste será salvo.
14 Pero cuando veáis la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel, puesta
donde no debe estar (el que lee, entienda), entonces los que estén en Judea huyan a los montes.
15 El que esté en la azotea, no descienda a la casa, ni entre para tomar algo de su casa; 16 y el
que esté en el campo, no vuelva atrás a tomar su capa. 17 Más ¡ay de las que estén encinta, y de
las que críen en aquellos días! 18 Orad, pues, que vuestra huida no sea en invierno; 19 porque
aquellos días serán de tribulación cual nunca ha habido desde el principio de la creación que
Dios creó, hasta este tiempo, ni la habrá. 20 Y si el Señor no hubiese acortado aquellos días,
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nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos que él escogió, acortó aquellos días. 21
Entonces si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo; o, mirad, allí está, no le creáis. 22
Porque se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y harán señales y prodigios, para engañar,
si fuese posible, aun a los escogidos. 23 Mas vosotros mirad; os lo he dicho todo antes.
24 Pero en aquellos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá, y la luna
no dará su resplandor, 25 y las estrellas caerán del cielo, y las potencias que están en los cielos
serán conmovidas. 26 Entonces verán al Hijo del Hombre, que vendrá en las nubes con gran
poder y gloria. 27 Y entonces enviará sus ángeles, y juntará a sus escogidos de los cuatro
vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.
28 De la higuera aprended la parábola: Cuando ya su rama está tierna, y brotan las
hojas, sabéis que el verano está cerca. 29 Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas
cosas, conoced que está cerca, a las puertas. 30 De cierto os digo, que no pasará esta
generación hasta que todo esto acontezca. 31 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no
pasarán. 32 Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo,
ni el Hijo, sino el Padre.
33 Mirad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo. 34 Es como el hombre
que yéndose lejos, dejó su casa, y dio autoridad a sus siervos, y a cada uno su obra, y al portero
mandó que velase. 35 Velad, pues, porque no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa; si al
anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la mañana; 36 para que cuando venga de
repente, no os halle durmiendo. 37 Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad.
(1) Al pasar Jesús revista profética a toda la época que va desde su crucifixión hasta su
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regreso, previene a sus discípulos en contra de los falsos Cristos que aparecerán, vs. 5, 6, y
en contra de la tentación común de considerar cualquier guerra o calamidad particulares como
una señal especial de su retorno. Porque las guerras, los terremotos y las hambres serán
frecuentes en esta era presente. Incluso cuando se hagan más y más recios son sólo "principios
de dolores", profecías de una era venidera mejor, dolores de parto de una nueva dispensación,
precursores necesarios de "la regeneración", de "la restauración de todas las cosas", del Reino de
Dios realizado a la perfección sobre la tierra. Vs. 7, 8.
Los seguidores de Cristo deben esperar persecuciones y penalidades. No sólo los
combatirán las autoridades civiles, sino que sus parientes más cercanos los perseguirán, los
odiarán y matarán. Su deber supremo y constante es predicar el Evangelio "a todas las naciones".
Al dar este testimonio público, el Espíritu Santo los llenará de sabiduría y fortaleza. Su fidelidad
inquebrantable se verá recompensada con la salvación eterna. Vs. 9-13.
(2) La gran tribulación que precederá a la venida de Cristo procede de las oposiciones
y persecuciones continuas de la era presente, y es su culminación y consumación. Este
suceso está descrito con tanta viveza, con colores tomados de la destrucción de Jerusalén a
manos de Tito, que es peligroso porfiar en cuanto a hasta dónde hay que llevar la analogía entre
los dos acontecimientos. "La abominación desoladora", que aquí se describe como una persona,
y que muchos supusieron que se refería al emperador romano representado por su ejército y sus
estandartes reales, ha de tomarse como un antitipo "un hombre de pecado", bajo el cual habrá un
período de sufrimiento tal que el mundo jamás ha visto; y de no ser por la intervención divina
que ha sido decidida, pareciera que nadie podría sobrevivir a este reinado de salvajismo y horror.
Y al buscar los hombres con ansia, escapatoria y salvación, los muchos falsos Cristos y falsos
profetas que aparecerán los descarriarán. Sin embargo, estas profecías que nuestro Señor ha dado
prepararán a los verdaderos cristianos para todo esto. Vs. 14-23.
(3) Las "señales" que, en el orden invariable de la profecía, siguen inmediatamente a la
gran tribulación y preceden en forma directa al retorno personal de Cristo, se describen
con figuras tan misteriosas coma impresionantes: "El sol se oscurecerá, y la luna no-dará su
resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias que están en los cielos serán
conmovidas". Luego ocurre el acontecimiento hacia el cual convergen todas las edades, que el
pobre mundo está esperando, con el cual la obra de la iglesia será completada y sus esperanzas
colmadas, es decir, la aparición personal y gloriosa del Señor crucificado, resucitado y
ascendido. "Entonces verán al Hijo del hombre, que vendrá en las nubes con gran poder y
gloria". Y entonces reunirá y premiará a sus servidores fieles en medio de la persecución y el
sufrimiento "de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo".
Vs. 24-27.
(4) Con este acontecimiento ante los ojos, nuestro Señor incita a sus discípulos a que
tengan espíritu de vigilancia. Habrá, desde luego, "señales" que precederán inmediatamente a su
retorno, al igual que el florecer del árbol indica que el verano se aproxima; la destrucción de
Jerusalén, arquetipo de la época final, ocurrirá, afirma Jesús, durante la generación presente. Sus
palabras, sin embargo, "no pasarán"; todas estas predicciones se cumplirán. El tiempo exacto de
su retorno, se ignora. Él mismo, quien se hizo hombre, y se humilló y "despojó a sí mismo",
voluntariamente lo desconoce.
La vigilancia, por consiguiente, no consiste en especulaciones ociosas en cuanto al
tiempo de la venida, ni en combinaciones presuntuosas de fechas que Dios nunca ha revelado, ni
tampoco en negligir el deber. Se manifiesta, más bien, por medio de una fidelidad absoluta a
nuestras tareas cotidianas. Debemos ser como servidores, cuyo Amo se ha ido a otro país, y ha
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asignado a cada uno un trabajo. Debemos ser tan vigilantes, tan diligentes en los distintos
puestos que tengamos, tan preocupados porque el Evangelio se predique a todas las naciones,
que no tengamos motivos para temer o lamentar cuando nos enteremos de que el Señor que
vuelve está cerca.
D. MIÉRCOLES
Conspiración, afecto devoto, traición
Cap. 14: 1-11
1 Dos días después era la pascua,, y la fiesta de los panes sin levadura; y buscaban los
principales sacerdotes y los escribas cómo prenderle por engaño y matarle. 2 Y decían: No
durante la fiesta, para que no se haga alboroto del pueblo.
3 Pero estando él en Betania, en casa de Simón el leproso, y sentado a la mesa, vino una
mujer con un vaso de alabastro de perfume de nardo puro de mucho precio; y quebrando el vaso
de alabastro, se lo derramó sobre su cabeza. 4 Y hubo algunos que se enojaron dentro de sí, y
dijeron: ¿Para qué se ha hecho este desperdicio de perfume? 5 Porque podía haberse vendido
por más de trescientos denarios, y haberse dado a los pobres. Y murmuraban contra ella. 6 Pero
Jesús dijo: Dejadla; ¿por qué la molestáis? Buena obra me ha hecho. 7 Siempre tendréis a los
pobres con vosotros, y cuando queráis les podréis hacer bien; pero a mí no siempre me tendréis.
8 Esta ha hecho lo que podía; porque se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura. 9 De
cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se
contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella.
10 Entonces Judas Iscariote, uno de los doce, fue a los principales sacerdotes para
entregárselo. 11 Ellos, al oírlo, se alegraron, y prometieron darle dinero. Y Judas buscaba
oportunidad para entregarle.
La unción que de Jesús hizo María ocurrió quizá algo antes, en esta misma semana, de lo
que indica la narración de Marcos Es probable que la haya situado en este momento con un
propósito deliberado, tanto para contraste de este acto de amor ferviente con la conspiración
asesina de los dirigentes y la vil traición de Judas, como porque, a causa de este acto y del
reproche subsiguiente, Judas se decidió ya a ofrecer a los sacerdotes principales la vergonzosa
ayuda que, según indica la narración, necesitaban. Hay, pues, una relación lógica entre estos tres
breves párrafos, y juntos forman una artística transición de los animados acontecimientos del
último día de enseñanza pública al regreso de Jesús para morir en Jerusalén. El día de en medio,
en el cual los dirigentes se reunieron para conspirar en contra de él, parece que lo pasó retirado
en Betania.
La ignorancia humana de sus enemigos aparece como un contraste con la presciencia
divina de nuestro Señor. Ellos fraguan su muerte, pero deciden que no debe ser durante la
pascua, porque temen un posible alboroto del pueblo. Él, en cambio, prevé que precisamente en
esta fiesta va a ser crucificado, y afirma que su unción en Betania es una preparación adecuada
para su próxima sepultura.
La mujer que manifiesta su amor con el don de un costoso perfume es María de Betania.
No hay que confundirla ni con la mujer pecadora que bañó los pies de Jesús con sus lágrimas, ni
tampoco con María Magdalena. En la casa de María y de Marta, Jesús ha pasado todas las
noches de esta semana memorable, junto con su hermano, Lázaro, a quien Jesús había resucitado
de entre los muertos. Mientras se celebra una gran fiesta en honor de nuestro Señor en la casa de
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Simón de Betania, María entra y derrama en la cabeza y los pies de Jesús un frasco de precioso
perfume. Cuando los discípulos desaprueban un despilfarro tan grande de dinero, el cual se
hubiera podido dar a los pobres, Jesús defiende y alaba lo que parece ser un derroche, y enseña
que (1) ningún don que se le haga a él puede ser demasiado grande si nace de un amor ferviente;
"buena obra me ha hecho"; un acto puede poseer belleza moral aun cuando carezca de utilidad
práctica. (2) El cuidado de los pobres y otros deberes que son obligaciones constantes, pueden
ceder el paso a una oportunidad para prestar un servicio que quizá se presente una sola vez;
incluso la caridad puede no ser siempre la expresión más elevada del amor cristiano: "siempre
tendréis a los pobres con vosotros. . . pero a mí no siempre me tendréis". (3) Jesús ve más en
nuestro servicio por él y le da más valor de lo que nosotros podemos entender. "Esta ha hecho lo
que podía" no significa que ha hecho lo poco que se podía, sino que ha hecho lo más que la
ocasión permitía. "Porque se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura". (4) La
influencia, si no la memoria, de un acto de sacrificio cristiano nunca desaparece. Jamás otorgó
Jesús una alabanza tal a ninguna otra acción. "Dondequiera que se predique este evangelio, en
todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella".
Teniendo como telón de fondo este hermoso cuadro, cuan fosca aparece la figura de
Judas yendo a los principales sacerdotes por voluntad propia y a escondidas, y ofreciéndose a
entregarles a Jesús en un momento y lugar en que las multitudes no estén presentes. No es
posible tomar a la ligera este crimen, ni cabe duda tampoco de que su vil causa fue la avaricia.
Sin embargo, es una triste verdad que Judas no fue un monstruo fuera de lo común; no es sino un
ejemplo de lo que un hombre llega a hacer si, estando en amistad diaria con Jesús, no renuncia a
su propio pecado dominante y lo doma.
E. JUEVES
La Última Cena
Cap. 14: 12-26
12 El primer día de la fiesta de los panes sin levadura, cuando sacrificaban el cordero de
la pascua, sus discípulos le dijeron: ¿Dónde quieres que vayamos a preparar para que comas la
pascua? 13 Y envió dos de sus discípulos, y les dijo: Id a la ciudad, y os saldrá al encuentro un
hombre que lleva un cántaro de agua; seguidle, 14 y donde entrare, decid al señor de la casa: El
Maestro dice: ¿Dónde está el aposento donde he de comer la pascua con mis discípulos? 15 Y él
os mostrará un gran aposento alto ya dispuesto; preparad para nosotros allí. 16 Fueron sus
discípulos y entraron en la ciudad, y hallaron como les había dicho; y prepararon la pascua.
17 Y cuando llegó la noche, vino él con los doce. 18 Y cuando se sentaron a la mesa,
mientras comían, dijo Jesús: De cierto os digo que uno de vosotros, que come conmigo, me va a
entregar. 19 Entonces ellos comenzaron a entristecerse, y a decirle uno por uno: ¿Seré yo? Y el
otro: ¿Seré yo? 20 Él, respondiendo, les dijo: Es uno de los doce, el que moja conmigo en el
plato. 21 A la verdad el Hijo del hombre va, según está escrito de él, mas j ay de aquel hombre
por quien el Hijo del hombre es entregado! Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido.
22 Y mientras comían, Jesús tomó pan y bendijo, y lo partió y les dio, diciendo: Tomad,
esto es mi cuerpo. 23 Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio; y bebieron de ella
todos. 24 Y les dijo: Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada. 25 De
cierto os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo en el
reino de Dios.
26 Cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los Olivos.
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La última cena que Jesús comparte con sus discípulos es, en el pensamiento cristiano, una
sola cosa con la Cena del Señor en la cual nosotros comulgamos con él. Puede ser de gran ayuda
analizar la primera preguntándonos qué nos enseña en cuanto a la observancia de la segunda.
(1) Debe haber una preparación del corazón y de la mente para evitar todo pensamiento
que pudiera interferir nuestra comunicación con Cristo y hacernos olvidar su presencia. Por esta
razón, cuando Jesús envía a Pedro y a Juan a la ciudad a preparar la fiesta de la pascua, no les
dice a qué casa deben ir y el nombre de quien va a ser su anfitrión; no quiere que Judas lo oiga y
luego lo pueda revelar a los principales sacerdotes y a los dirigentes. Es otro ejemplo de cono-
cimiento sobrehumano; Jesús prevé que los discípulos encontrarán a "un hombre que lleva un
cántaro de agua" que los guiará hasta el lugar escogido; y Jesús sabe también que Judas, quien de
nuevo se encuentra con los discípulos, ha concertado entregarlo. Así pues, Jesús mantiene secreta
la ubicación del aposento alto; con ello impide cualquier interrupción, aplaza su arresto hasta que
haya tenido la oportunidad de terminar la cena, de confortar a sus discípulos, y de estar a solas
con Dios por un tiempo en el Huerto. Si en su mesa nuestro Señor ha de hablarnos, debemos
preparar nuestros corazones para que sean, durante ese tiempo, lugares aptos para una cita
secreta y sagrada. Vs. 12-16.
(2) Debemos estar alertas en cuanto a cualquier deslealtad hacia Cristo. Jesús ha cuidado
de que ningún enemigo pueda interrumpir; pero Judas forma parte del grupo. Su presencia y
el conocimiento que tiene de su delito aún secreto apenan al Maestro, cuyo dolor comparten
sus discípulos cuando él les dice que uno de entre ellos lo entregará. Su afirmación de que la
traición de Judas había sido predicha, no significa que ese pecado fuese inevitable. Judas sabe
que su traición es un acto libremente querido; y Jesús pronuncia sobre él la sentencia
estremecedora, "Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido". Parece que fue en este mo-
mento, una vez que la cena de pascua hubo terminado y antes de que quedase instituida la Cena
del Señor que Judas salió del aposento. Si queremos comulgar con Cristo, cierto que debemos
excluir todo pensamiento traidor, todo pecado secreto, y estos se pueden encontrar incluso en los
seguidores más cercanos de Cristo. Vs. 17-21.
(3) Debemos fijar nuestras mentes en la muerte sacrificial de Cristo y renovar nuestra
promesa de dedicación a él. Jesús da a sus discípulos pan, el cual rompe, como símbolo de su
cuerpo que, al día siguiente, habrá de ser destrozado con azotes y espinas y clavado a la cruz.
Vierte vino como símbolo de su sangre que "por muchos es derramada". Declara que con esto
queda sellado un "nuevo pacto", superior al del Sinaí, pacto de gracia y amor sin igual. Según
este pacto, todos los que, por fe, participan de Cristo, reciben no sólo perdón para sus pecados
sino también poder para vivir santamente. Para que esto fuese posible murió Cristo por nosotros.
Con los símbolos de un tal amor ante nosotros, deberíamos prometerle de nuevo nuestra
fidelidad y nuestras vidas. Vs. 22-24.
(4) Debería consolarnos una visión nueva de la gloria venidera. Jesús manifiesta que,
aunque tendrá que separarse de ellos por un tiempo, algún día beberá con ellos el vino, de otra
clase mejor, en su Reino ya perfecto. La sagrada Cena debe conducir nuestros pensamientos
hacia reuniones con seres amados, hacia los cielos abiertos, hacia la era de paz universal, porque
cuantas veces comemos de este pan y bebemos de esta copa anunciamos la muerte del
Señor hasta que él venga. V. 25.
(5) Debemos salir al encuentro de nuestras pruebas y luchas con un canto de triunfo en
nuestros labios. "Cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los Olivos". Jesús se
dirige hacia Getsemaní, hacia la agonía y la cruz; pero sale como un vencedor, para triunfar
99
sobre el temor, el dolor y la muerte, para resucitar y reinar, y para hacer "más que vencedores" a
quienes confíen en él.
2. La agonía
Cap. 14:27-42
27 Entonces Jesús les dijo: Todos os escandalizaréis-de mí esta noche; porque escrito
está: Heriré al pastor, y las ovejas serán dispersadas. 28 Pero después que haya resucitado, iré
delante de vosotros a Galilea. 29 Entonces Pedro le dijo: Aunque todos se escandalicen, yo no.
30 Y le dijo Jesús: De cierto te digo que tú, hoy, en esta noche, antes que el gallo haya cantado
dos veces, me negarás tres veces. 31 Mas él con mayor insistencia decía: Si me fuere necesario
morir contigo, no te negaré. También todos decían lo mismo.
32 Vinieron, pues, a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos
aquí, entre tanto que yo oro. 33 Y tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, y comenzó a
entristecerse y a angustiarse. 34 Y les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos
aquí y velad. 35 Yéndose un poco adelante, se postró en tierra, y oró que si fuese posible, pasase
de él aquella hora. 36 Y decía: Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí
esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú. 37 Vino luego, y los halló durmiendo; y dijo a
Pedro: Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar una hora? 38 Velad y orad, para que no entréis
en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto,, pero la carne es débil. 39 Otra vez fue y oró,
diciendo las mismas palabras. 40 Al volver, otra vez los halló durmiendo, porque los ojos de
ellos estaban cargados de sueño; y no sabían qué responderle. 41 Vino la tercera vez, y les dijo:
Dormid ya, y descansad. Basta, la ñora ha venido; he aquí, el Hijo del hombre es entregado en
manos de los pecadores. 42 Levantaos, vamos; he aquí, se acerca el que me entrega.
100
Jesús que bebiese, consistía en la muerte como "portador del pecado".
En su agonía Jesús anhela la compasión humana; pide a algunos de sus discípulos que
velen con él Su cansancio y sueño explican las limitaciones de una compasión así. Más allá de
cualquier consuelo que ofrezca la compañía, la tristeza y las pruebas son siempre experiencias de
soledad e incomunicación.
Jesús halla su recurso supremo en la oración. Ha acudido al Huerto para orar Incluso en
los momentos en que la agonía desgarra su alma con más ferocidad, sigue orando; y es
escuchado. No se le aparta la copa, pero se le da gracia para apurarla hasta las heces, y la muerte
pierde su aguijón y la tumba su poder, y Jesús "vino a ser autor de eterna salvación para todos los
que le obedecen".
Jesús ora por fe; pero la esencia de esa fe es su voluntad de obedecer: "mas no lo que yo
quiero, sino lo que tú". Conquista la victoria por la sumisión a la voluntad de su Padre. Cuando el
traidor se acerca, cuando suena la hora, está dispuesto
3 El arresto
Cap 14:43-52
43 Luego, hablando él aún, vino Judas, que era uno de los doce, y con él mucha gente
con espadas y palos, de parte de los principales sacerdotes y de los escribas y de los ancianos.
44 Y el que le entregaba les había dado señal, diciendo: Al que yo besare, ése es; prendedle, y
llevadle con seguridad. 45 Y cuando vino, se acercó luego a él, y le dijo: Maestro, Maestro. Y le
besó. 46 Entonces ellos le echaron mano, y le prendieron. 47 Pero uno de los que estaban allí,
sacando la espada, hirió al siervo del sumo sacerdote, cortándole la oreja. 48 Y respondiendo
Jesús, les dijo: ¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y con palos para prenderme?
49 Cada día estaba con vosotros enseñando en el templo, y no me prendisteis; pero es así, para
que se cumplan las Escrituras. 50 Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron.
51 Pero cierto joven le seguía, cubierto el cuerpo con una sábana; y le prendieron; 52
mas él, dejando la sábana, huyó desnudo.
La manera cómo Judas da cima a su detestable crimen está en perfecta armonía con la
bajeza esencial de ese hombre. Guía a una multitud, armada de espadas y palos, hasta el Huerto
donde su Maestro solía retirarse para orar, y luego lo entrega con un beso, señal que él eligió
para que, a la luz incierta del lugar, no se pudiese confundir a uno de los discípulos con el
Maestro Así también, los actos de deslealtad hacia Cristo a menudo parecen tanto más repulsivos
por razón de lo sagrado de ciertos ambientes y de las manifestaciones de amor.
Contra ese fondo de la multitud armada, la figura de Jesús se yergue con dignidad
majestuosa. En todos estos episodios trágicos, Marcos siempre centra nuestro interés en esa
figura A Jesús lo agravia lo que supone el que vengan a arrestarlo por la fuerza; también protesta
en contra de la clandestinidad con que quieren proteger su arresto; nunca se le había culpado de
violencia alguna, y sus enseñanzas habían sido públicas.
Manifiesta, sin embargo, que incluso ese trato injusto está de acuerdo con la Escritura,
que predijo que sería contado entre los malhechores.
La serenidad intrépida del Maestro contrasta también con la conducta de sus seguidores.
Uno de ellos, a impulsos de un simple valor físico, desenvaina su espada y arremete
impetuosamente a un siervo del sumo sacerdote. Pero al no presentar Jesús resistencia alguna,
todos los discípulos lo abandonan y huyen. Y ellos habían sido quienes le habían prometido
101
fidelidad. Así de ignorantes somos de nuestra cobardía moral, y por eso nuestro valor se
desvanece en la hora de la prueba.
Sólo Marcos menciona el extraño episodio que sigue —el de cierto joven que, tanto se
afanó por eludir el arresto, que "huyó desnudo". Se ha sugerido que ese joven bien pudo ser Juan
Marcos. Probablemente este incidente pintoresco se añadió para demostrar cuan completo fue el
desamparo de Jesús en sus horas de peligro y dolor. Sin duda que sabía que iba a sufrir solo.
F. VIERNES
1 Jesús ante el Concilio Judío
Cap. 14: 53-65
102
nable es el informe que dan de que había dicho, "Yo derribaré este templo"; siendo así que lo que
Jesús había realmente afirmado era que los judíos iban a destruir el templo de su cuerpo, que es
lo que en verdad el concilio está tratando de hacer en estos momentos. E incluso este cargo
aparece como contradictorio e inútil.
Desesperados ya, el sumo sacerdote le pide a Jesús que conteste a los cargos, con la
esperanza de que, haciéndolo, se acuse a sí mismo; pero el digno silencio de Jesús hace resaltar
el hecho que los jueces perciben, de que no se ha presentado prueba alguna que merezca una
respuesta. Jesús es a todas luces inocente.
Luego el sumo sacerdote le dirige la pregunta directa: "¿Eres tú el Cristo, el Hijo del
Bendito?" Con claridad absoluta Jesús dice, "Yo soy". Y añade en seguida una cita tomada de
Daniel que recalca su pretensión y formula una profecía, "y veréis al Hijo del hombre sentado a
la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo". Todos reconocen que se trata de
una referencia al Mesías; el concilio comprende su importancia trascendental: Jesús está en estos
momentos en su poder y ellos son sus jueces, pero pronto habrá de asumir dominio universal y
habrá de presentarse como el Juez divino de todos los hombres. No sorprende, pues, que Caifas
rasgue, horrorizado, sus vestiduras, y que el concilio declare que Jesús es digno de muerte. Jesús
o ha blasfemado o ha dicho la verdad. El concilio ha prejuzgado el caso; en ningún momento
consideran que Jesús podría ser el Cristo. Lo único que quieren saber es que Jesús pretendió
serlo; proclamada esta pretensión, deciden de antemano que ha de ser falso, y si lo es, que Jesús
es digno de muerte La lógica es perfecta. O Jesús es un blasfemo o es el Cristo divino. Él
pretende ser esto último; nadie puede negarlo sin con ello pasar a formar parte del grupo de sus
enemigos.
Luego "comenzaron a escupirle, y a cubrirle el rostro y a darle de puñetazos". Parece una
brutalidad increíble en dirigentes que pretendían representar a Dios; pero la bestia en el hombre
está más a flor de piel de lo que imaginamos. Cuando se rechaza a Cristo, cuando se desprecian
sus enseñanzas, cuando se desobedece a su Espíritu, ya no es sino cuestión de tiempo y ocasión
que la envidia, el prejuicio, la malicia y la venganza transformen a los hombres en demonios, y
atraigan sobre las naciones la crueldad de la guerra.
66 Estando Pedro abajo, en el patio,, vino una de las criadas del sumo sacerdote; 67 y
cuando vio a Pedro que se calentaba, mirándole, dijo: Tú también estabas con Jesús el nazareno
te conozco, ni sé lo que dices. Y salió a la entrada; y cantó el gallo. 69 Y la criada, viéndole otra
vez, comenzó a decir a los que estaban allí: Este es de ellos. 70 Pero él negó otra vez. Y poco
después, los que estaban allí dijeron otra vez a Pedro: Verdaderamente tú eres de ellos; porque
eres galileo, y tu manera de hablar es semejante a la de ellos. 71 Entonces él comenzó a
maldecir, y a jurar: No conozco a este hombre de quien habláis. 72 Y el gallo cantó la segunda
vez. Entonces Pedro se acordó de las palabras que Jesús le había dicho: Antes que el gallo cante
dos veces, me negarás tres veces. Y pensando en esto, lloraba.
Pedro amaba verdaderamente a Jesús; pero, llegada la hora de la prueba, le falla el valor y
niega a su Señor. Su pecado, sin embargo, es distinto del de Judas. Este es el paso final en una
marcha descendente; aquel, en cambio, es un acto de cobardía en una vida que llegó a ser de gran
servicio a Cristo y a su iglesia.
103
La caída de Pedro se deriva de su confianza en sí mismo. Cuando aseguraba que sería fiel
a Cristo aun cuando todos lo abandonasen, manifestaba una entrega sincera, pero también
descubría su orgullo. El resultado inmediato fue su descuido en vigilar y orar; y, en
consecuencia, el arresto de Jesús lo sorprendió y aturdió, y al igual que los otros discípulos
abandonó al Señor y huyó. Sin embargo, ha seguido a Jesús hasta el palacio del sumo sacerdote,
aunque espera poder ocultar su pertenencia al grupo de Jesús y ser considerado como uno más de
la multitud. Cualquier seguidor de Cristo corre peligro moral desde el momento en que se
avergüenza de su Señor y cree, como le ocurrió a Pedro, que la lealtad confesada a la luz del día
no puede ayudar a su Maestro. En esos momentos, cuando la causa de Jesús parecía perdida,
cuando el valor de Pedro =e había esfumado, cuando se sentía fatigado por la larga noche de
vigilia, cuando sentía el frío y la soledad, se desencadenó el ataque inesperado y Pedro sufrió su
memorable derrota.
Fue la pregunta que nos es perfectamente familiar a todos: ¿Está uno dispuesto a confesar
que es de Cristo cuando lo rodean los enemigos de Jesús? La primera negativa, si bien no es del
todo clara, sí es ya dolosa. Pedro manifiesta que no entendió la pregunta. Luego, una vez ya ha
hecho la segunda negación, Pedro descubre irritación y enfado; a la pérdida de valor sigue la
pérdida de la calma y "comenzó a maldecir y a jurar: No conozco a este hombre de quien
habláis".
Es fácil señalar al gran apóstol con el dedo del desprecio, pero hay pocos seguidores de
Cristo que, en tiempos de pruebas aún menores, no hayan negado a su Señor de palabra y de
obra, con cobardía, dolo y pasión. Luego Pedro oye el canto del gallo, y recuerda la advertencia
de su Señor, y también su amor, "y pensando en esto, lloraba". Son lágrimas de penitencia que
preparan para el perdón y la paz. A muchos de los seguidores del Maestro caídos les ha salido al
paso una pequeña providencia que les trae a la memoria horas de alegre amistad con el Señor y
de verdadera dedicación. Este recuerdo ha producido lágrimas amargas de arrepentimiento, pero,
luego, la mañana brillante ha llegado, y con él el encuentro con el Cristo resucitado, una nueva
confesión de amor, y una dedicación más profunda a su causa.
I
3. Jesús ante Pilato
Cap 15. 1-15
1 Muy de mañana, habiendo tenido consejo los principales sacerdotes con los ancianos,
con los escribas y con todo el concilio, llevaron a Jesús atado, y le entregaron a Pilato. 2 Pilato
le preguntó: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Respondiendo él, le dijo: Tú lo dices.
3 Y los principales sacerdotes le acusaban mucho.
4 Otra vez le preguntó Pilato, diciendo: ¿Nada respondes? Mira de cuántas cosas te
acusan. 5 Mas Jesús ni aun con eso respondió; de modo que Pilato se maravillaba.
6 Ahora bien, en el día de la fiesta les soltaba un preso, cualquiera que pidiesen. 7 Y
había uno que se llamaba Barrabás, preso con sus compañeros de motín que habían cometido
homicidio en una revuelta. 8 Y viniendo la multitud, comenzó a pedir que hiciese como siempre
les había hecho. 9 Y Pilato les respondió diciendo: ¿Queréis que os suelte al Rey de los judíos?
10 Porque conocía que por envidia le habían entregado los principales sacerdotes. 11 Mas los
principales sacerdotes incitaron a la multitud para que les soltase más bien a Barrabás. 12
Respondiendo Pilato, les dijo otra vez: ¿Qué, pues, queréis que haga del que llamáis Rey de los
judíos? 13 Y ellos volvieron a dar voces: ¡Crucifícale! 14 Pilato les decía: ¿Pues qué mal ha
104
hecho? Pero ellos gritaban aun más: ¡Crucifícale! 15 Y Pilato, queriendo satisfacer al pueblo,
les soltó a Barrabás, y entregó a Jesús, después de azotarle, para que fuese crucificado.
Los conquistadores romanos habían despojado a los judíos del derecho de infligir la pena
capital Cuando, pues, a la luz tenue del amanecer, una reunión más formal del concilio ha
confirmado el proceso realizado por la noche, los dirigentes judíos llevan a Jesús hasta Pilato,
que era el gobernador romano, a fin de que sea él quien pronuncie y ejecute la sentencia de
muerte. Marcos nos da sólo una reseña parcial del juicio ante Pilato; pero nos describe los rasgos
esenciales de la escena: la malicia de los dirigentes, la veleidad del pueblo, la cobardía moral de
Pilato, y por encima de toda la majestad suprema de Jesús.
En cuanto a la índole moral de los dirigentes, ningún rasgo nuevo se necesita; ha sido
descrita, escena tras escena, a lo largo de todo el Evangelio. Pero en esta crisis cumbre muestran
el poder que tenían sobre el pueblo y de este modo se recalca su abuso culpable del sagrado
depósito de dirección y ascendiente.
Por lo que al pueblo se refiere, es increíble su cambio de opinión, y fatal su decisión.
Durante toda la narración los hemos visto entusiastas en favor de Jesús; lo han asediado sin
cesar, y últimamente, al entrar el Señor en la ciudad, lo han aclamado llenos de júbilo como su
Mesías y Rey. Y ahora, de repente, todo cambia. Cuando piden la libertad de un preso, como era
la costumbre en el día de la fiesta, y Pilato les ofrece libertar a Jesús, ellos prefieren a un asesino,
a Barrabás, y exigen la crucifixión de Cristo. La explicación que se da es que los dirigentes los
persuadieron. Es difícil determinar qué argumentos emplearon; pero el relato no contiene ningún
ejemplo más lamentable de la índole traidora de una multitud, de lo incierto del favor popular,
del peligro de someterse a una autoridad sin conciencia, y de la posibilidad de escoger a un
destructor de vida en lugar del Salvador y Dador de la misma. Cuan engañador tuvo que ser el
razonamiento de los dirigentes lo demuestra el hecho de que pidiesen la libertad de quien era
culpable de la misma deslealtad a Roma de la cual habían acusado a Jesús.
Desde luego que el centro de interés de la escena es Pilato. Ofrece la imagen lastimosa
del que carece de valor en sus convicciones; es un ejemplo trágico del peligro que entraña vacilar
en obedecer a la voz de la conciencia. Una vez convencido en forma absoluta de la inocencia de
Jesús, trata de llegar a componendas con la justicia, y acaba cogido en la trampa de un crimen
que ha hecho odioso su nombre a lo largo de la era cristiana. Se da cuenta de que es sólo la
envidia de la popularidad de Jesús lo que ha llevado a los dirigentes a acusarlo de traición a
Roma por su pretensión de ser rey. Hubiera debido soltar a Jesús de inmediato; pero desea
agradar tanto a los dirigentes como al pueblo. Por esto les ofrece libertar a Jesús en lugar de
Barrabás; según él, esto ha de agradar a los dirigentes, porque colocará a Jesús en la situación
ignominiosa del criminal libertado; y ha de agradar al pueblo que ha tratado a Jesús de rey suyo.
Este es el plan de Pilato. Pero para desengaño y fastidio suyos, los dirigentes se muestran
más hábiles que él y consiguen que el pueblo pida la crucifixión de Jesús. Guiado por su brutal
cobardía, trata una vez más, aunque en vano, de soltar a un preso cuya inocencia él mismo ha
declarado públicamente. Le inflige a Jesús el bárbaro tormento de una flagelación romana,
pensando que con esto contentará la maldad de sus enemigos. Pero todo es inútil; la multitud
pide aún más ruidosamente la crucifixión Por fin, por el temor egoísta de ser acusado de
deslealtad a Roma por proteger a un acusado de traición, Pilato pronuncia la sentencia de muerte.
Lo que en realidad proclama es su propia derrota, vergüenza y condena. Proporciona una
repulsiva advertencia a todos aquellos que dudan y vacilan cuando el sendero del deber es claro.
105
4. La crucifixión
Cap. 15: 16-41
16 Entonces los soldados le llevaron dentro del atrio,, esto es, al pretorio, y convocaron
a toda la compañía. 17 Y le vistieron de púrpura, y poniéndole una corona tejida de espinas, 18
comenzaron luego a saludarle: I Salve, Rey de los judíos! 19 Y le golpeaban en la cabeza con
una caña, y le escupían, y puestos de rodillas le hacían reverencias. 20 Después de haberle
escarnecido, le desnudaron la púrpura, y le pusieron sus propios vestidos, y le sacaron para
crucificarle.
21 Y obligaron a uno, que pasaba, Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que
venía del campo, a que le llevase la cruz.
22 Y le llevaron a un lugar llamado Gólgota, que traducido es: Lugar de la calavera. 23
Y le dieron a beber vino mezclado con mirra; mas él no lo tomó. 24 Cuando le hubieron
crucificado, repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes sobre ellos para ver qué se
llevaría cada uno. 25 Era la hora tercera cuando le crucificaron. 26 Y el título escrito de su
causa era: EL REY DE LOS JUDÍOS. 27 Crucificaron también con él a dos ladrones, uno a su
derecha, y el otro a su izquierda. 28 Y se cumplió la Escritura que dice: Y fue contado con los
inicuos. 29 Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza y diciendo: ¡Bah! tú que
derribas el templo de Dios, y en tres días lo reedificas, 30 sálvate a ti mismo, y desciende de la
cruz. 31 De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciendo, se decían unos a
otros, con los escribas: A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar. 32 El Cristo, Rey de
Israel, descienda ahora de la cruz, para que veamos y creamos. También los que estaban cruci-
ficados con él le injuriaban.
33 Cuando vino la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena.
34 Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que
traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? 35 Y algunos de los que
estaban allí decían, al oírlo: Mirad, llama a Elías. 36 Y corrió uno, y empapando una esponja en
vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber, diciendo: Dejad, veamos si viene Elías a
bajarle. 37 Mas Jesús, dando una gran voz, expiró. 38 Entonces el velo del templo se rasgó en
dos, de arriba abajo. 39 Y el centurión que estaba frente a él, viendo que después de clamar
había expirado así, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios. 40 También había
algunas mujeres mirando de lejos, entre las cuales estaban María Magdalena, María la madre
de Jacobo el menor y de José, y Salomé, 41 quienes, cuando él estaba en Galilea, le seguían y le
servían; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.
Pilato pone en la cruz, sobre la cabeza de Jesús, un título: "El Rey de los judíos"; pero
Marcos nos ha dado antes una inscripción que podemos colocar sobre toda esta trágica escena de
la crucifixión: "El Hijo del hombre vino para dar su vida en rescate por muchos". El primero se
refiere a la burla de la que hacían objeto a Jesús; la segunda explica, por lo menos en parte, el
misterio de su muerte
La cruel burla la comienzan los soldados a quienes Pilato ha confiado la vergonzosa tarea
de ejecutar la sentencia de muerte. Ellos saben que Jesús ha sido condenado por haber pretendido
ser rey; por tanto, en homenaje burlón, lo visten de púrpura, lo coronan de espinas, y lo saludan
como "Rey de los judíos"; luego lo golpean, lo escupen y le hacen reverencias. No sólo
descubren con esto la brutalidad propia de individuos soeces; es también la burla cruel que el
romano hace del judío, de las esperanzas judías de un Mesías y un rey
106
Luego, mientras lo conducen a la muerte, añaden un insulto más: lo crucifican entre dos
ladrones, lo identifican con criminales y malhechores. Y mientras pende de la cru? en agonía
indescriptible, las gentes que pasan junto a él lo vilipendian y lo desafían a que se salve a sí
mismo, a que baje de la cruz. Y los principales sacerdotes y los escribas, "escarneciendo", dicen,
"A otros salvó, a. sí mismo no se puede salvar". E incluso los ladrones que agonizan junto a él
"le injuriaban". ¡Qué alcances tan vastos de verdad inconsciente contienen estos sarcasmos!
Pilato en su inscripción lo llama rey y los soldados se burlan de él como tal; y, en realidad, su
reinado llegó a sobrepasar infinitamente el orgulloso poderío de Roma. "Los que pasaban" lo
injuriaban citando equivocadamente la predicción de un templo destruido que él reedificaría; y al
cabo de tres días el profanado templo de su cuerpo surgía en gloriosa resurrección. El sarcasmo
de los principales sacerdotes, "a otros salvó, a sí mismo no se puede salvar", expresaba la
necesidad divina de su autosacrificio: debe morir para que otros vivan.
Este es, pues, el significado de su muerte. El Siervo poderoso da su vida "en rescate por
muchos". Los que están junto a él interpretan mal sus palabras: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué
me has desamparado?" Sólo se pueden interpretar como la exclamación de Uno impecable que
carga con los pecados del mundo. Este es el mensaje del "velo del templo", que "se rasgó en dos"
por mano divina, "de arriba abajo"; es la imagen de la expiación, del acceso a Dios que su Hijo
nos ha hecho posible "por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de
su carne". Esto explica también el proceder del divino Mártir, que tanto impresionó al centurión.
No es la muerte de ningún profeta o mártir humanos. Los cielos en tinieblas, la tierra que
tiembla, ese grito de triunfo, esa majestuosa liberación de su espíritu, todo habla de una muerte
voluntaria, todo concurre a hacer que los testigos atentos se unan en la exclamación: "Verdade-
ramente este hombre era Hijo de Dios".
Al acercarse al lugar de la ejecución, las multitudes habían visto a un extranjero de
Cirene obligado a llevar la cruz, bajo cuyo peso el Salvador parecía haber desfallecido; esa
indignidad se convirtió para Simón en causa de fama inmortal. Sólo aquellos que se identifican
con la cruz de Cristo, o que toman su propia cruz y lo siguen, pueden participar de su vida
resucitada y de su gozo eterno.
Cuando la multitud se alejaba de la cruz, pudo ver, a cierta distancia, un grupo de mujeres que
lloraban. Se demoran para ver dónde sepultan el cuerpo precioso; ellas van a ser los primeros
testigos de la resurrección. Su piedad ilustra el amor que hace que el servicio a Cristo sea un
gozo.
5. La sepultura
Cap. 15:42-47
42 Cuando llegó la noche, porque era la preparación, es decir, la víspera del día de
reposo, 43 José de Ari-matea, miembro noble del concilio, que también esperaba el reino de
Dios, vino y entró osadamente a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús. 44 Pilato se sorprendió de
que ya hubiese muerto; y haciendo venir al centurión, le preguntó si ya estaba muerto. 45 E
informado por el centurión, dio el cuerpo a José, 46 el cual compró una sábana, y quitándolo, lo
envolvió en la sábana, y lo puso en un sepulcro que estaba cavado en una peña, e hizo rodar una
piedra a la entrada del sepulcro. 47 Y María Magdalena y María madre de José miraban dónde
lo ponían.
La muerte es para Jesús el fin no sólo del dolor y la agonía, sino también de los insultos y
107
los ultrajes. Manos amorosas bajan el cuerpo de la cruz, lo envuelven con rico perfume, y lo
depositan en un costoso sepulcro. Es José de Arimatea quien le rinde este tributo de amor y
respeto. Es un hombre rico y de posición, miembro del concilio supremo, judío devoto que ha
estado esperando la venida del Mesías. En el momento de la crisis suprema, no estuvo de
acuerdo con el proceder de sus compañeros del concilio quienes urdieron la muerte de Jesús. Y
ahora se expone a la burla del pueblo y al odio furioso de los dirigentes. Va con toda osadía hasta
Pilato, le pide el cuerpo de su Señor, y lo coloca reverentemente en su propio sepulcro cavado en
una peña; y con ello indica que está dispuesto a contraer la impureza ritual que el contacto con
el muerto conlleva, y en consecuencia a perder toda participación en la gran fiesta. Es un acto de
valentía y piedad; pero José ha sido "discípulo de Jesús... secretamente", y debe haber lamentado
profundamente el no haber demostrado su amor por el Maestro en vida de éste; Marcos, sin
embargo, no menciona que fuese discípulo de Jesús en secreto. Lo cual armoniza con su
intención de mostrarnos que el Siervo poderoso, el Hijo de Dios, que murió con valor regio, es
sepultado con dignidad augusta en la tumba de un dirigente.
VI
LA RESURRECCIÓN
Cap. 16:1-8
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robado, o de que Jesús no había muerto de verdad, o de que los discípulos imaginaron que había
resucitado, o que ellos inventaron esa falsedad de la resurrección —ninguna de ellas puede
aceptarlas más que un escepticismo parcializado o una credulidad infantil.
El acontecimiento, sin embargo, implica responsabilidad. Quienes conocen que Cristo
resucitó deben ser sus testigos. "Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro". Todos ellos necesitan
el mensaje, y es un signo de favor especial el mencionar específicamente a Pedro, cuyo corazón
estaba más pesaroso que ninguno. Luego se añade una promesa: "él va delante de vosotros a
Galilea; allí le veréis". Y por último, una palabra más de confirmación: "como os dijo". Cristo
resucitó; un día aparecerá; ¿creemos y recordamos todos nosotros sus palabras?
La escena toda es misteriosa y sorprendente: el sepulcro abierto, la tumba vacía,
el ángel mensajero, la seguridad de un Señor resucitado. No sorprende, pues, que las mujeres
huyan del sepulcro en silencio atónito, "porque les había tomado temblor y espanto". ¿ Es
probable que el Evangelio de Marcos terminase originalmente con estas palabras ? Es posible;
pero sin duda que nadie debería dar por terminado el relato evangélico hasta llegar, en su propia
vida, a una fe confiada y vivificante en la resurrección, hasta que de hecho uno conozca que se
ha encontrado con el Cristo vivo.
VII
LAS APARICIONES Y LA ASCENSIÓN DE CRISTO RESUCITADO
Cap. 16:9-20
9 Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció
primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios. 10 Yendo ella, lo hizo
saber a los que habían estado con él, que estaban tristes y llorando. 11 Ellos, cuando oyeron que
vivía, y que había sido visto por ella, no lo creyeron.
12 Pero después apareció en otra forma a dos de ellos que iban de camino, yendo al
campo. 13 Ellos fueron y lo hicieron saber a los otros; y ni aun a ellos creyeron.
14 Finalmente se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa, y les
reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto
resucitado. 15 Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. 16 El que
creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. 17 Y estas señales
seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; 18
tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los
enfermos pondrán sus manos, y sanarán.
19 Y el Señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la
diestra de Dios. 20 Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y
confirmando la palabra con las señales que la seguían. Amén.
Los versículos finales de este Evangelio se suelen considerar como un apéndice que una
mano posterior añadió. Los haya escrito Marcos o no, lo que en ellos se afirma es
indiscutiblemente cierto, y constituyen una conclusión adecuada del relato inspirado. Narran
algunas apariciones de Cristo, su mandato final, su ascensión, y la obra subsiguiente de los
apóstoles.
De entre las diez o más apariciones de Cristo después de su resurrección, Marcos no
escoge más que tres; las narra tanto para confirmar el suceso como para mostrar cómo los
discípulos fueron poco a poco aceptando su realidad.
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Ante todo, Jesús se aparece a María de Magdala. Una tradición cruel e infundada insinúa
que había sido una mujer de conducta perversa. En realidad había sufrido mucho, y Jesús la
había aliviado; su gratitud se había transformado en amor ferviente. Es la primera que, con sus
compañeras, se llega hasta la tumba vacía, y su amor sumo recibe una recompensa total. Había
corrido a decir a Pedro y a Juan que el sepulcro estaba vacío, y ahora, ya de regreso, la primera
entre todos los seguidores de Cristo, encuentra al Señor resucitado. El amor robustece la fe, y al
que cree se le dan visiones de Cristo; así es siempre. Sin embargo, cuando se lo cuenta a los
discípulos, éstos se resisten a dar crédito a un testigo tan creíble: "Ellos, cuando oyeron que
vivía, y que había sido visto por ella, no lo creyeron". Vs. 9-11.
La siguiente aparición que Marcos menciona fue a los discípulos que se dirigían hacia
Emaús; Lucas narra con todo detalle su experiencia. Habían caminado y hablado con el Señor
resucitado. Sin duda que eran competentes para testificar; pero "ni aun a ellos creyeron". Vs. 12,
13.
Luego Jesús se aparece a los once discípulos y les reprocha su incredulidad, "porque no
habían creído a los que le habían visto resucitado". Su duda obstinada debería robustecer nuestra
fe. El hecho de la resurrección, del cual llegaron a ser testigos, y en cuyo testimonio estaban
dispuestos a entregar sus vidas, es una verdad que aceptaron sólo después de que los persuadió el
más incontestable de los testimonios. La incredulidad moderna no tiene excusa que valga. Una
vez que se han convencido de su resurrección, Jesús da a sus discípulos su Gran Comisión: "Id
por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura". El cumplimiento de esta comisión es
el deber supremo de la iglesia de hoy. Las señales sobrenaturales, que en tiempo de los apóstoles
eran las credenciales de una revelación, pueden no darse ahora o ni siquiera necesitarse; pero el
mensaje del Evangelio conserva hoy en día las mismas sanciones de siempre; los que crean y se
bauticen son salvos, los que no crean están condenados. Vs. 14-18.
La ascensión de Cristo sigue naturalmente a su resurrección, pero es un acontecimiento
distinto y significativo. Luego Jesús asume su figura divina gloriosa, entra en la esfera de lo
invisible, y recibe poder universal en el cielo y en la tierra, cuando "se sentó a la diestra de
Dios". No sorprende que los apóstoles "saliendo, predicaron en todas partes", porque su divino
Señor estuvo "ayudándoles... y confirmando la palabra con las señales que la seguían". Hoy día,
en todo lugar, sus discípulos están llamados a un testimonio fiel y a un servicio sacrificado; pero
van con confianza en el poder ilimitado y con fe en el triunfo final de aquel que Marcos ha
presentado como el Siervo poderoso, el Hijo divino de Dios, obrador de maravillas.
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