El temido enemigo (Jorge Bucay)
Había una vez, en un reino muy lejano y perdido, un rey al que le gustaba
mucho sentirse poderoso. Su deseo de poder no se satisfacía sólo con
tenerlo, él necesitaba, además, que todos lo admiraran por ser poderoso. Así
como a la madrastra de Blanca Nieves no le alcanzaba con verse bella,
también él necesitaba mirarse en un espejo que le dijera lo poderoso que
era. Él no tenía espejos mágicos, pero contaba con un montón de cortesanos
y sirvientes a su alrededor a quienes preguntarle si él era el más poderoso del
reino.
Invariablemente todos le decían lo mismo:
– Alteza, eres muy poderoso, pero tú sabes que el mago tiene un poder que
nadie posee: Él conoce el futuro.
El rey estaba muy celoso del mago pues aquel no sólo tenía fama de ser un
hombre muy bueno y generoso, sino que además, el pueblo entero lo amaba,
lo admiraba y festejaba que él existiera y viviera allí. No decían lo mismo del
rey, quizás porque necesitaba demostrar que era él quien mandaba y el rey
no era justo, ni ecuánime y mucho menos bondadoso.
Un día, cansado de que la gente le contara lo poderoso y querido que era el
mago, o motivado por esa mezcla de celos y temores que genera la envidia,
el rey urdió un plan: Organizaría una gran fiesta a la cual invitaría al mago.
Después de la cena, pediría la atención de todos. Llamaría al mago al centro
del salón y delante de los cortesanos, le preguntaría al mago si era cierto que
sabía leer el futuro. El invitado tendría dos posibilidades: decir que no,
defraudando así la admiración de los demás, o decir que sí, confirmando el
motivo de su fama. El rey estaba seguro de que escogería la segunda
posibilidad. Entonces, le pediría que le dijera la fecha en la que el mago del
reino iba a morir. Éste daría una respuesta un día cualquiera, no importaba
cuál. En ese mismo momento, planeaba el rey, sacar su espada y matarlo.
Conseguiría con esto dos cosas de un solo golpe: la primera, deshacerse de su
enemigo para siempre; la segunda, demostrar que el mago no había podido
adelantarse al futuro, ya que se había equivocado en su predicción. Se
acabarían, en una sola noche, el mago y el mito de sus poderes…
Los preparativos se iniciaron enseguida, y muy pronto llegó el día del
festejo…. …Después de la gran cena, el rey hizo pasar al mago al centro y le
preguntó:
– ¿Es cierto que puedes leer el futuro?
– Un poco – dijo el mago.
– ¿Y puedes leer tu propio futuro?
– preguntó el rey – Un poco
– dijo el mago.
– Entonces quiero que me des una prueba
– dijo el rey ¿Qué día morirás? ¿Cuál es la fecha de tu muerte?
EI mago se sonrió, lo miró a los ojos y no contestó.
– ¿Qué pasa mago? dijo el rey sonriente ¿No lo sabes?… no es cierto que
puedes ver el futuro?
– No es eso. Dijo el mago, pero lo que sé, no me animo a decírtelo.
-¿Cómo que no te animas? dijo el rey …Yo soy tu soberano y te ordeno que
me lo digas. Debes darte cuenta de que es muy importante para el reino
saber cuando perderemos a sus personajes más eminentes… Contéstame
pues, ¿cuándo morirá el mago del reino? Luego de un tenso silencio, el mago
lo miró y dijo:
-No puedo precisarte la fecha, pero sé que el mago morirá exactamente un
día antes que el rey. Durante unos instantes, el tiempo se congeló. Un
murmullo corrió por entre los invitados. El rey siempre había dicho que no
creía en los magos ni en adivinaciones, pero lo cierto es que no se animó a
matar al mago. Lo perdonó, sí por conveniencia, pero le perdonó la vida.
Lentamente el soberano bajó los brazos y se quedó en silencio…
Los pensamientos se agolpaban en su cabeza. Se dio cuenta de que se había
equivocado. Su odio había sido el peor consejero
-Alteza, te has puesto pálido. ¿Qué te sucede? preguntó el invitado.
-Me estoy sintiendo mal. Contestó el monarca. Voy a ir a mi cuarto, te
agradezco que hayas venido. Y con un gesto confuso giró en silencio
encaminándose a sus habitaciones…
El mago era astuto, había dado la única respuesta que evitaría su muerte
¿Habría leído su mente? La predicción no podía ser cierta. Pero… ¿Y si lo
fuera?… Estaba aturdido… Se le ocurrió que sería trágico que le pasara algo al
mago camino a su casa.
El rey volvió sobre sus pasos, y dijo en voz alta :
-Mago, eres famoso en el reino por tu sabiduría, te ruego que pases esta
noche en el palacio pues debo consultarte por la mañana sobre algunas
decisiones reales.
-¡Majestad! Será un gran honor, dijo el invitado con una reverencia.
El rey dio órdenes a sus guardias personales para que acompañaran al mago
hasta las habitaciones de huéspedes en el palacio y custodiasen su puerta
asegurándose de que nada le pasara… Esa noche el soberano no pudo
conciliar el sueño. Estuvo muy inquieto pensando qué pasaría si al mago le
hubiera caído mal la comida, o si se hubiera hecho daño accidentalmente
durante la noche, o si, simplemente, le hubiera llegado su hora. Bien
temprano en la mañana el rey golpeó en las habitaciones de su invitado. Él
nunca en su vida había pensado en consultar ninguna de sus decisiones, pero
esta vez, en cuánto el mago lo recibió, hizo la pregunta…necesitaba una
excusa. Y el mago, que era un sabio, le dio una respuesta correcta, creativa y
justa. El rey, casi sin escuchar la respuesta, alabó a su huésped por su
inteligencia y le pidió que se quedara un día más supuestamente, para
«consultarle» otro asunto… (obviamente, el rey sólo quería asegurarse de
que nada le pasara). El mago que gozaba de la libertad que sólo conquistan
los iluminados, aceptó.
Desde entonces todos los días, por la mañana o por la tarde, el rey iba hasta
las habitaciones del mago para consultarlo y lo comprometía para una nueva
consulta al día siguiente. No pasó mucho tiempo antes de que el rey se diera
cuenta de que los consejos de su nuevo asesor eran siempre acertados y
terminara, casi sin notarlo, teniéndolos en cuenta en cada una de sus
decisiones. Pasaron los meses y luego los años. Y como siempre… estar cerca
del que sabe vuelve al que no sabe, más sabio. Así fue: el rey poco a poco se
fue volviendo más y más justo. Ya no era despótico ni autoritario. Dejó de
necesitar sentirse poderoso, y seguramente por ello dejó de necesitar
demostrar su poder. Empezó a aprender que la humildad también podía
tener sus ventajas. Empezó a reinar de una manera más sabia y bondadosa. Y
sucedió que su pueblo empezó a quererlo, como nunca lo había querido
antes. El rey ya no iba a ver al mago investigando por su salud, iba realmente
para aprender, para compartir una decisión o simplemente para charlar. El
rey y el mago habían llegado a ser excelentes amigos. Hasta que un día, a
más de cuatro años de aquella cena, sin motivo, el rey recordó. Recordó que
este hombre, a quien consideraba ahora su mejor amigo, había sido su más
odiado enemigo. Recordó aquel plan que alguna vez urdió para matarlo. Y se
dio cuenta de que no podía seguir manteniendo este secreto sin sentirse un
hipócrita. El rey tomó coraje y fue hasta la habitación del mago. Golpeó la
puerta y apenas entró, le dijo:
-Hermano mío, tengo algo para contarte que me oprime el pecho.
-Dime – dijo el mago – y alivia tu corazón
-Aquella noche, cuando te invité a cenar y te pregunté sobre tu muerte, yo
no quería en realidad saber sobre tu futuro, planeaba matarte frente a
cualquier cosa que me dijeras, quería que tu muerte inesperada
desmistificara tu fama de adivino. Te odiaba porque todos te amaban….
Estoy tan avergonzado… El rey suspiró profundamente y siguió: Aquella
noche no me animé a matarte y ahora que somos amigos, y más que amigo,
hermanos, me aterra pensar todo lo que hubiera perdido si lo hubiera hecho.
Hoy he sentido que no puedo seguir ocultándote mi infamia. Necesité decirte
todo esto para que tú me perdones o me desprecies, pero sin ocultamientos.
El mago lo miró y le dijo:
-Has tardado mucho tiempo en poder decírmelo, pero de todas maneras, me
alegra que lo hayas hecho, porque esto es lo único que me permitirá decirte
que ya lo sabía. Cuando me hiciste la pregunta y acariciaste con la mano el
puño de tu espada, fue tan clara tu intención, que no hacía falta ser adivino
para darse cuenta de lo que pensabas hacer. El mago sonrió y puso su mano
en el hombro del rey. Como justa devolución a tu sinceridad, debo decirte
que yo también te mentí… Te confieso que inventé esa absurda historia de mi
muerte antes de la tuya para darte una lección. Una lección que recién hoy
estás en condiciones de aprender, quizás la más importante cosa que yo te
haya enseñado: Vamos por el mundo odiando y rechazando aspectos de los
otros y hasta de nosotros mismos que creemos despreciables, amenazantes o
inútiles… y sin embargo, si nos damos tiempo, terminamos dándonos cuenta
de lo mucho que nos costaría vivir sin aquellas cosas que en un momento
rechazamos. Tu muerte, querido amigo, llegará justo, justo el día de tu
muerte, y ni un minuto antes. Es importante que sepas que yo estoy viejo, y
mi día seguramente se acerca. No hay ninguna razón para pensar que tu
partida deba estar atada a la mía. Son nuestras vidas las que se han ligado, no
nuestras muertes.
El rey y el mago se abrazaron y festejaron brindando por la confianza que
cada uno sentía en esta relación que habían sabido construir juntos. Cuenta
la leyenda… que misteriosamente, esa misma noche… el mago… murió
durante el sueño. El rey se enteró de la mala noticia a la mañana siguiente y
se sintió desolado. No estaba angustiado por la idea de su propia muerte,
había aprendido del mago a desapegarse hasta de su permanencia en este
mundo. Estaba triste por la muerte de su amigo. Qué coincidencia extraña
había hecho que el rey le pudiera contar esto al mago justo la noche anterior
a su muerte? Tal vez de alguna manera desconocida el mago había hecho
que él pudiera decirle esto para poder quitarle su fantasía de morirse un día
después.
Un último acto de amor para librarlo de sus temores de otros tiempos…
Cuentan que el rey se levantó y que con sus propias manos cavó en el jardín,
bajo su ventana, una tumba para su amigo, el mago. Enterró allí su cuerpo y
el resto del día se quedó al lado del montículo de tierra, llorando como sólo
se llora ante la pérdida de los seres más queridos. Y recién entrada la noche,
el rey volvió a su habitación. Cuenta la leyenda… que esa misma noche…
veinticuatro horas después de la muerte del mago, el rey murió en su lecho
mientras dormía… quizás de casualidad… quizás de dolor… quizás para
confirmar la última enseñanza de su maestro