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Leyenda Del Cerro de Los Siete Colores

Los lugareños de Purmamarca se sentían tristes por la falta de color en su pueblo. La Pachamama envió duendes para pintar los cerros con colores vibrantes como rosa, rojo, verde, pardo y dorado. Los duendes trabajaron de noche con la luz de la luna para sorprender a la gente. Al terminar, los cerros estaban llenos de destellos de colores que alegraron a todos los habitantes del pueblo.

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Leyenda Del Cerro de Los Siete Colores

Los lugareños de Purmamarca se sentían tristes por la falta de color en su pueblo. La Pachamama envió duendes para pintar los cerros con colores vibrantes como rosa, rojo, verde, pardo y dorado. Los duendes trabajaron de noche con la luz de la luna para sorprender a la gente. Al terminar, los cerros estaban llenos de destellos de colores que alegraron a todos los habitantes del pueblo.

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El cerro de los Siete colores

Leyenda de Jujuy
AUTORA; Cecilia Santoro
Del Libro “Ocurrió hace mucho tiempo…Leyendas de nuestra patria”.
Hace mucho tiempo en un pueblito suspendido en la quebrada, hoy llamado Purmamarca, no existía el
color. Los lugareños, cada vez que miraban a su alrededor, se ponían tristes, cada vez más tristes…
Un paisaje monótono: los cerros unos iguales a otros, las mañanas y las tardes muy silenciosas unas
iguales a otras, alguna casa de adobe acá y otra allá unas iguales a otras, un guanaco, una vicuña, una
llama caminando espaciosamente. unas iguales a otras.
La Pachamama fue quien tuvo una idea. No podía permitir que de esa tierra brotara tristeza en vez de
brotar alegría. Decidió colorear el pueblito. Comenzaría haciendo pintar los cerros y para ello llamó a los
duendes, esos que habitan entre las montañas, y les encomendó una ardua tarea: embellecerlos.
Les darían vida con colores y harían que provocaran admiración a todo el que los mirara. Así se
enamorarían de esa tierra y nunca, nunca la abandonarían.
Cómo sería una sorpresa para descubrir cuando estuvieran listos, los duendes-pintorcitos debían ser
muy cautelosos. Necesitaban hacer su “trabajo” de noche, cuando nadie los viera. Para ayudar, llamó a
Mama Quilla, la luna y a los cardones, los vigías eternos. Ella iluminaría la oscuridad y ellos guiarían por
dónde pintar.
El plan se puso en marcha. Llegada la noche los duendecitos prepararon los pinceles y los mojaron en los
colores que Pachamama había elegido. Usaron el rosa de los flamencos, el rojo de los minerales del lugar,
el verde de los pastos de los valles, el pardo terroso del centro de la tierra, el blanquecino de las salinas,
el dorado que Inti, el sol, le regaló… ellos comenzaron a pintar y pintar tarareando una canción hermosa
y muy pegadiza que nadie podría escuchar.
¡Manos a la obra! La mágica pintura fue dejando destellos de luz por aquí y por allá, fue haciendo ribetes
en el cerro y aún más…en el aire. Ahora hasta los ríos van tomando color porque los pintorcitos enjuagan
los pinceles en sus aguas.
También, como salpican, van cubriendo todo el paisaje, todos lados… un verdadero arco iris. Todo es luz.
Todo es color. Todo es brillo.Felices por su trabajo los duendes saltan, ríen y festejan.
Es su ofrenda a la Pachamama que los mira como felicitandolos por la tarea cumplida. Mama Quilla se
va ocultando y ya llega Inti, que hace resplandecer el sol, para que con su luz muestre qué ha sucedido
en el cerro. La gente no puede dejar de admirar, la gente no puede dejar de reír. La tristeza se ha
convertido en una pincelada de alegría.
Dicen que, aún hoy, todo el que observa el cerro se sonríe y se arrodilla a dar las gracias porque entiende
que allí hay un regalo de los dioses. Dicen, también, que la gente aprendió a cantar una coplita, aquella
que tarareaban los pintorcitos, la elevan al cielo en el crepúsculo como su inmenso agradecimiento por
traer la alegría al pueblo.

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