LOS PROCESOS REPRESENTATIVOS: IMAGINACION Y MEMORIA. TEMA.20.
INTRODUCCION
Bajo el rótulo "Los procesos representativos: imaginación y memoria" nos encontramos
con un tema de psicología que nos obliga de alguna manera a remitirnos a "otros" títulos dentro
de esta disciplina.
Si bien los conceptos de imaginación y memoria tienen un lugar propio, e incluso
destacado, en el ámbito de investigación de la psicología, no es menos cierto que han sido
tratados por muchos autores como subapartados de rótulos más amplios.
Así, en el caso de la imaginación no es raro encontrar este tema bajo el de
"pensamiento", y más habitual si cabe es encontrar el tema de la memoria bajo el epígrafe
"aprendizaje".
Si desarrollamos esta idea, aunque sólo sea en el ámbito de una introducción, veremos lo
siguiente.
Por lo que respecta al tema de la imaginación decíamos que este concepto ha sido
tratado a menudo en conexión de otro mas genérico como es el de "pensamiento". A la hora de
ocuparse del pensamiento como actividad cognoscitiva superior se alude en pro de una
clarificación conceptual a los conceptos de percepción e imaginación.
Tales conceptos no pueden ser identificados con el pensamiento, pero parece
imprescindible hablar de ellos al tratar de éste.
La idea sería que en la percepción, las cosas están de alguna manera presentes a través
de los sentidos; el pensamiento, en cambio, las representa de otra forma. Puede haber una
representación imaginaria de objetos y procesos que previamente hemos percibido, pero no
parece que el pensamiento consista de suyo en imágenes. Así, en la medida en que se necesite
de una distinción conceptual tal, la imaginación ha sido incluida en el ámbito de una discusión
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mayor.
Por lo que respecta a la memoria el hecho que tratamos de justificar parece aun más
intuitivo.
Sería casi imposible hablar de aprendizaje en psicología si este concepto no remitiera
inevitablemente al de la memoria y el olvido.
Un aprendizaje comporta la retención de lo adquirido y la posibilidad de poder
recordarlo en alguna manera. Nuestros hábitos adaptativos, la vivencia de nuestra identidad
personal y la continuidad del mundo que nos rodea dependen esencialmente de esta capacidad
de relacionar el pasado con el presente, que se manifiesta en el recuerdo. Básicamente, recordar
y olvidar pueden considerarse como el anverso y el reverso de un mismo proceso; el olvido
consiste en la diferencia entre lo que se retiene y lo que se aprendió, y propiamente no puede
medirse de forma directa. No obstante, cuando se pretende explicar en detalle la razón de esa
diferencia, el peso de las investigaciones recae sobre los procesos activamente responsables del
olvido, que cobra así una cierta sustantividad frente a la memoria.
Una visión completa del aprendizaje exigiría, en suma, saber no sólo cuánto retenemos
de lo que adquirimos, sino también por qué olvidamos el resto, cómo deformamos a menudo lo
que recordamos y por qué olvidamos precisamente unas cosas mas que otras.
Pasaremos ahora, después de esta contextualización del tema que nos ocupa, a exponer
por separado los conceptos de imaginación y memoria.
LA IMAGINACION.
Refiriéndose a conceptos mentalistas como el que nos proponemos revisar, J.B.Watson
(1913) escribió hace más de medio siglo que a medida que la corriente de la ciencia se hace más
amplia y profunda, esos viejos conceptos se hunden para no reaparecer jamás. En efecto,
durante varios decenios el término "imagen" desapareció del vocabulario psicológico, pero a
medida que, hacia finales de los años cincuenta, la comunidad científica norteamericana volvió
a admitir en su seno los procesos cognitivo-experienciales -es decir, la desterrada experiencia
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interior- se reconoció que << esas nociones (pensamiento,imaginación, etc.) se refieren a
problemas vitales para el conocimiento del hombre>> (Hebb, 1960). Muchas voces se alzaron
con la de Hebb para dar bienvenida a las nociones que regresaban del destierro, y desde
entonces acá el redescubrimiento de las imágenes como problema psicológico ha promovido
innumerables investigaciones.
Por descontado, en esta operación restauradora se han vuelto a descubrir muchas cosas
que en Europa no se habían olvidado del todo. Una de ellas, la existencia de imágenes
eidéticas, principalmente en los niños, que probablemente son residuos de un proceso
representativo originario, que se ha ido perdiendo en el curso de la evolución. En pocas
palabras, una imagen eidética puede considerarse como una percepción que, sin ser una
alucinación, se mantiene ante la vista del sujeto, una vez que las cosas percibidas dejan de estar
presentes. Leask et al.(1969) la definen como <como la imagen visual de una figura,
generalmente de larga duración, localizada enfrente de los ojos del sujeto, dotada de color y
situada usualmente en el mismo plano en que se mostró la figura original>.
Una imagen eidetica es, pues, una copia insólitamente viva y persistente de un percepto;
no una postimagen de las que se producen a nivel retinal, como el color complementario que se
ve después de haber fijado unos segundos la vista en el disco solar cuando está a punto de
ponerse. La imagen eidética no es eso, ni el recuerdo vago de una percepción, ni mucho menos
una alucinación; la separa de ésta la circunstancia de que tiene un correlato estimular objetivo y
real, sólo que no presente, y el hecho de que el sujeto no cree en la presencia física de los
objetos representados. Se trata, en suma, de una percepción clara y distinta que se prolonga más
allá de lo que dura su correlato estimular.
Tratándose, sin embargo, de una experiencia intrasubjetiva, no compartible con otro
observador, su status científico es el de un constructo que debe definirse con toda suerte de
preocupaciones operacionales.
Por otro lado, al hablar de imaginación, nos vamos a referir a la facultad de evocar
imágenes libres en cuanto que no dependen de una excitación externa (en esto se diferencia de la
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percepción).
Al hablar de imágenes no debe olvidarse que son el
producto de un análisis artificial. Sólo por abstracción los materiales del pensamiento pueden ser
separados de su función. Es decir, la imagen es un estado secundario que supone, como estado
primario, la percepción.Sin percepción no hay imágenes.
En principio existen tantos tipos de imágenes como tipos de percepciones. Se puede
hablar de imágenes olfativas, gustativas, táctiles, kinestésicas, etc. Pero las imágenes
individualizables en representaciones independientes son, sobre todo, las visuales y las
auditivas.
Uno de los problemas que se plantea al clasificar las imágenes es el de la existencia de
imágenes afectivas, es decir, si los estados afectivos son representables por imágenes en
ausencia de la situación afectiva. La existencia de dichas imágenes la defienden entre otros,
Ribot y Paulhan.
Se oponen a su admisión, entre otros, James y, sobre todo, Külpe. Según las
experiencias realizadas por este último es imposible admitir imágenes afectivas, ya que sentir de
nuevo una emoción pasada es muy distinto de tener una imagen emotiva.
En cuanto a la relación entre la imaginación y el aprendizaje diremos que Paivio (1970)
ha dedicado amplios estudios al cometido que las imágenes ordinarias desempeñan como
facilitadoras del aprendizaje, cosa que, por lo demás, los manuales de mnemotecnia han tenido
siempre en cuenta al formular sus reglas para incrementar la capacidad de memoria. Paivio y
otros psicólogos interesados en la cuestión no se han limitado a constatar esa función de
facilitación del aprendizaje, sino que han elaborado teorías pormenorizadas respecto al modo
específico en que se lleva a cabo la mediación imaginativa en la codificación verbal, así como a
las diferencias individuales constatables al respecto. Kuhlman (1970), por ejemplo, asumiendo
que la buena imaginación facilita la ejecución de ciertas tareas -así, la de aprender nombres
concretos-, a la vez que perturba la de otras, como la de aprender conceptos abstractos, llevó a
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cabo una serie de pruebas para medir la imaginación de un grupo de niños, y comprobó que, en
efecto, los niños menos imaginativos destacaban en el reconocimiento de los atributos abstractos
de unas figuras, mientras los dotados de mayor imaginación les aventajan en una tarea de
asociar nombres con fotografías.
Desde un punto de vista taxonómico, Horowitz (1967) sugiere que las imágenes puedan
ser descritas en términos de las cinco dimensiones siguientes:
1. Grado de fidelidad respecto de los estímulos exteriores.
Las imágenes eidéticas lo son en alto grado; las hipnagógicas, no.
2. Flexibilidad y grado de control consciente. Las imágenes corrientes son producidas
voluntariamente con facilidad, cosa que no ocurre con las alucinaciones, las imágenes
hipnagógicas o las oníricas.
3. Cantidad, nitidez y viveza, y duración. Los contrastes son asimismo notables en este punto
entre las imágenes eidéticas, por ejemplo, y el resto.
4. Grado de afectividad con que aparece cargada la imagen. Este carácter se da muy
pronunciadamente en las alucinaciones, las imágenes oníricas y, en general, en las elaboraciones
de la fantasía.
5. La modalidad sensorial. Las imágenes visuales no son, pese a su primordial importancia, las
únicas, ni sus leyes siempre aplicables a las de otras modalidades.
Por lo que toca a la relación entre la imaginación y el pensamiento, la mayoría de los
autores calificados coinciden con Bartlett (1927) y Neisser (1970) en situar a la imaginación en
el contexto del pensamiento. Ambos desempeñan funciones representativas, es decir,
capacitan para operar con situaciones lejanas en el espacio y en el tiempo.
La imaginación ha resultado ser una de las llaves que abre a la psicología el estudio de la
vida mental ordinaria, esto es, de esa corriente de conciencia en la que el pensamiento se mezcla
con el diálogo interior, los recuerdos con el sentimiento, etc,.
Ontogenéticamente, y también filogenéticamente, el pensamiento es posterior, pues sólo
puede aparecer cuando la secuencia de los hechos pasados ha sido rota o descompuesta en
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imágenes. Funcionalmente, por descontado, la superioridad del pensamiento es manifiesta en
varios aspectos importantes. La imagen no es sino uno de los signos que el pensamiento utiliza
con especial preferencia para actualizar experiencias pasadas, que en la designación simbólica
quedan abstractamente indicadas, y en la representación imaginativa recobran, en cambio, su
concreción perceptual y afectiva.
La imaginación es, desde luego, más irregular y anecdótica que el pensamiento; la
imaginación, sin embargo, contribuye a combinar unas cosas con otras, e inyecta así en el
pensamiento esa dosis de fantasía necesaria para la creatividad. La concreción, flexibilidad y
carácter afectivo de las imágenes presenta también, a la vez que ventajas, algunos
inconvenientes; es, por supuesto, un modo de representación mucho más primitivo que el
pensamiento, menos preciso y económico, pero al mismo tiempo permite revivir el pasado con
un lujo de detalles inaccesibles para el símbolo, al que lo singular se le escapa, a la vez que
presta a la actividad cognoscitiva superior el grado de fuerza y afectividad que le falta.
Acerca de las bases biológicas de la imaginación continua sin saberse, en realidad,
mucho, y por tanto, las teorías psicológicas sobre su modo operandi preciso proceden con
cautela respecto a los detalles. Todo el mundo se halla en principio de acuerdo en que la
imaginación interactúa con el pensamiento, el aprendizaje y la afectividad. Pero para encontrar
una exposición teóricamente completa habría que retrotraerse a las reconstrucciones
especulativas de la escolástica sobre la función y naturaleza de los fantasmas. Según doctrina
corriente en este tipo de psicología, la facultad o sentido interno de la fantasía constituye el lugar
de la representación sensible, donde termina el proceso de la sensación y la modificación
sensible se recoge y reproduce en forma de imagen. La fantasía dependería, por supuesto, de la
memoria y el entendimiento, pero también éste de ella, por cuanto sus fantasmas constituirían la
base sensorial de donde abstraer esas formas inmateriales cuya presencia intencional en la
conciencia constituyen el conocimiento superior.
Ciertamente, la psicología actual está muy lejos de compartir con la escolástica esta
clase de reconstrucciones racionales de los procesos, con sus interminables distinciones
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verbales; pero la realidad es que a la postre se ha visto obligada a readmitir en su seno a la
vilipendiada imaginación sin saber demasiadas cosas sobre sus fundamentos biológicos.
Paivio ha revisado lo que llama correlatos psicofisiológicos de las imágenes. Los
resultados electroencefalográficos son en general decepcionantes, excepto quizás por las
investigaciones que apuntan hacia el registro de potenciales evocados, los movimientos oculares
y las reacciones pupilares durante la actividad imaginativa.
Quisiéramos cerrar este apartado de la imaginación haciendo referencia a una escuela
psicológica que, por razones muy distintas a las del conductismo, también excluyó a la
imaginación de la actividad intelectual. Nos referimos a la denominada escuela de Würzburgo.
Para entender lo que Oswald Külpe y sus colaboradores pusieron de relieve al respecto, es
preciso recordar que el funcionalismo de Külpe arrancaba de la filosofía del acto, de Brentano,
para la cual el verdadero objeto de la psicología estaba constituido, más que por los contenidos
de conciencia, por los actos productores de ellos. El gran sofisma del psicólogo -del
estructuralista de fines de siglo, se entiende-, era, según James, confundir el acto de pensar con
lo pensado en él. Y tanto Külpe como Ach y otros miembros de la escuela de Würzburgo
consiguieron comprobar experimentalmente que diversos actos intelectuales se efectuaban sin
manifestarse conscientemente como tales actos. En efecto, la judicación y las inferencias se
llevan a cabo una vez que el pensamiento se ha propuesto una tarea sin que el sujeto se aperciba
de los actos inferenciales mismos y del set o predisposición que los conduce a su término: los
actos y el set que los regula no son contenidos de conciencia.
En suma, lo que se pretende decir usualmente al hablar de pensamiento sin imágenes no
es, pues, que entre ambos no exista una estrecha colaboración-porque la hay-. Lo que ocurre es
que el acto intelectual no es de suyo sensible, aun cuando, por supuesto, sus relaciones con la
sensibilidad sean profundas e indispensables.
Un conjunto de recientes estudios experimentales (Metzler y Shefard, 1974) parece
indicar no sólo que la imaginación facilita los aprendizajes, sino que la adquisición y el uso
efectivo del lenguaje proposicional depende de un sistema operacional semántico, cuyas raíces
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son perceptuales y en parte también imaginativas.
LA MEMORIA.
Un ser cuya vida estuviese regida por el determinismo de los instintos, dependería
completamente de los estímulos actuales, de origen orgánico o exterior. Viviría siempre en el
presente. Por el contrario , en un ser dotado de memoria se supone una nueva adaptación,
adquirida y no heredada, individual y no específica, plástica y no rígida. Esa imposición del
pasado individual es la que hace posible el aprendizaje.
La retención de imágenes concretas contrasta notablemente con la retención abstracta de
tipo intelectual donde no es la forma o figura física de las cosas lo que se memoriza, sino su
significado o eidos formal. La memoria de imágenes y la memoria de conceptos se hallan, por
lo demás, profundamente imbricadas en los procesos cognoscitivos superiores.
A.Clases de memoria.
El término recuerdo pertenece al lenguaje ordinario y designa simplemente el acto de
traer a la memoria una cosa pasada. Ahora bien, hay muchas maneras de traer algo a la
memoria. El mero reconocimiento no implica más que una cierta impresión de familiaridad; al
percibir algo, el sujeto tiene la impresión de haberlo visto antes, pero acaso no es capaz de
precisar dónde ni cuándo. La cosa o la persona le resulta conocida, pero no puede precisar su
nombre u otras circunstancias que contribuyan a su plena identificación. A veces esta impresión
de familiaridad o de haber vivido previamente una situación (el dejà vu de los franceses) puede
repetirse con carácter patológico en una persona, pero en general, la capacidad del hombre para
recordar de esta manera es bastante efectiva.
La reproducción constituye una forma de recuerdo más perfecta que el reconocimiento,
aunque más difícil. Resulta más sencillo, en efecto, recordar que se ha oído una poesía que
recitarla. La reproducción de una actividad aprendida en el pasado es, por lo demás, la forma
más extendida de medir la memoria en el laboratorio.
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El reaprendizaje manifiesta también, aun cuando de forma menos pormenorizada el
hecho de la retención. Si el aprendizaje de una poesía, pongamos por caso, requiere
originariamente veinte repeticiones, y su reaprendizaje, al cabo de unos meses, exige sólo 10, es
obvio que ese ahorro del 50 por 100 ha de deberse a una cierta retención de lo aprendido,
incluso aunque el sujeto sea totalmente incapaz de reproducir la poesía al ser requerido para
ello. Este método del ahorro permite, asimismo, distinguir la retención latente de la
memorización explícita.
La llamada memoria reintegrativa añade al fenómeno del reconocimiento y de la
reproducción el recuerdo preciso de las circunstancias en que se efectuó el aprendizaje
originario. Se supone que la reintegración o restablecimiento de la experiencia originaria surge
en virtud de la acción de claves parciales que inciden sobre el sujeto en un momento dado.
ALMACENAJE Y RECUPERACION DE LO APRENDIDO.
Sin duda, la retención de los conocimientos exige una cierta forma de almacenaje, donde
la información adquirida queda depositada durante un período de tiempo más o menos largo.
Tan importante como este proceso de almacenaje es, sin embargo, la recuperación de lo
almacenado en el momento oportuno. Por lo general, este mecanismo de búsqueda y captura de
los conocimientos retenidos en nuestro cerebro funciona tan rápida y eficazmente, que no
solemos percatarnos de su actuación. Si vemos a un amigo y deseamos llamarlo, el nombre se
nos viene a la boca automáticamente, sin necesidad de pensarlo.
El hecho de querer recordar algo presupone, desde luego, que en alguna manera
imperfecta sabemos ya lo que deseamos saber. En un estudio experimental, Brown y McNeill
(1966) demostraron que las palabras que acuden a la memoria cuando intentamos acordarnos de
algo, presentan ciertas características comunes con la que constituye el blanco de la búsqueda.
Por un lado, es obvio que el sujeto tiene alguna idea acerca de la clase de objeto que busca; y de
hecho, los términos que tentativamente propone como soluciones suelen guardar alguna relación
de homofonía con la palabra objetivo.
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Otro fenómeno que pone de manifiesto la real complejidad de ese proceso de
recuperación de lo almacenado en la memoria, es el consabido lapsus linguae, analizado por
Freud en su Psicopatología de la vida cotidiana.
LAS CAUSAS DEL OLVIDO.
En los ejemplos anteriores hemos dado a entender que la incapacidad para recordar algo
de lo retenido en la memoria puede deberse a deficiencias del almacenaje y/o de los mecanismos
de recuperación; en cualquiera de los casos, parece asumirse que lo retenido en la memoria
queda en ella para siempre, a menos que alguna causa provoque su desaparición. De todos
modos, las teorías del olvido han atribuido éste a tres tipos de causas: el desuso, la
interferencia o la represión.
La teoría más divulgada es la del desuso. Según ella, el aprendizaje deja una huella o
engrama en el cerebro, que al no reiterarse por sucesivos reaprendizajes va sufriendo los efectos
naturales del metabolismo; con el paso del tiempo, esta continua erosión acaba por borrar la
huella cerebral correspondiente al recuerdo, y el olvido se produce. Aparentemente, la perdida
de información que sufren nuestros recuerdos con el paso del tiempo da un cierto crédito a esta
teoría, que probablemente se ajusta mejor a los datos de la memoria inmediata que a los de la
memoria a largo plazo. No obstante, muchos fenómenos mnésicos contradicen la teoría del
desuso, que, desde luego, no puede admitirse como una teoría cabal del olvido. Es evidente que
el recurso al mero paso del tiempo y a la erosión metabólica de las huellas no basta para explicar
este tipo de fenómenos.
Hay quien cree que la causa del olvido no consiste tanto en el paso del tiempo como en
lo que ocurre en el intervalo que media entre la adquisición y el recuerdo. En 1924, Jenkins y
Dallenbach demostraron que el olvido es mayor durante la vigilia que durante el sueño, y
estudios como el de McGeoch y McDonald (1931) han servido para comprobar que el
fenómeno de la inhibición retroactiva perturba efectivamente el grado del recuerdo. Morgan y
Underwood (1950) verificaron asimismo, que la inhibición proactiva interfiere con el recuerdo,
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y Ballard (1913) supo demostrar empíricamente con sus experiencias de reminiscencia verbal, el
fenómeno de la mejora espontánea del aprendizaje durante los períodos de descanso. En
cualquier caso tampoco las teorías de la interferencia son capaces de dar cuenta cabal del
fenómeno del olvido.
Hay olvidos, piensan algunos psicólogos, por lo general de tendencia clínica, que no se
explican bien por la simple apelación al paso del tiempo o a la interferencia entre los procesos
de adquisición. Lo que una persona desea recordar u olvidar constituye igualmente un factor de
importancia a la hora de esclarecer ciertos fallos de la memoria. Las teorías del olvido motivado
suponen que ciertos recuerdos son reprimidos porque su acceso a la memoria provocaría
algunos conflictos en el sujeto; en virtud de este proceso de rechazo de recuerdos inaceptables,
se establecen amnesias selectivas que afecten solamente a aquella zona de la memoria cuya
actualización suscitaría el conflicto. Por supuesto, esta interpretación del olvido ha sido
sumamente explotada por el psicoanálisis. Parece evidente que las teorías del olvido motivado
tampoco pueden ser descartadas del todo.
Esta peculiar situación de que todas las teorías son en alguna medida necesarias, pero
ninguna suficiente para dar razón del problema del olvido, ha llevado a la búsqueda de nuevos
caminos de investigación. Si repasamos lo expuesto, veremos que la teoría del desuso supone
que los recuerdos desaparecen con el tiempo; la teoría motivacional asume, en cambio, que las
huellas o los recuerdos permanecen intactos, aunque reprimidos por una suerte de censura que
les impide aflorar a la conciencia, mientras que la teoría de la interferencia ocupa una posición
intermedia entre las dos anteriores, suponiendo que las inhibiciones pueden simplemente
impedir el recuerdo o eventualmente destruir el engrama. Las teorías vestigiales, en las que el
olvido depende de la destrucción de la huella cerebral, reflejan probablemente una parte de lo
que ocurre en la pérdida de memoria; sin embargo, muchas experiencias recientes sugieren que
la permanencia de <<recuerdos olvidados>>, esto es, de engramas mnésicos latentes supera con
mucho a lo que se cree.
Veamos a continuación una distinción de especial interés.
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MEMORIA INMEDIATA Y A LARGO PLAZO .
La expresión memoria inmediata o a corto plazo se refiere a la retención, y eventual
recuerdo, de un aprendizaje durante un período que no excede de unos cuantos segundos. En la
memoria a largo plazo la retención y la posibilidad del recuerdo pueden prolongarse, en
cambio, durante horas, días, o años enteros. Asimismo la capacidad de almacenaje de la
memoria inmediata es, naturalmente, mucho más reducida; Miller (1956) calcula que esta
capacidad tiene como límite siete items o unidades informativas simples, tales como números,
letras, signos aislados, etc. Esta capacidad puede ampliarse agrupando los items en unidades
mayores o bloques, pero de todas formas es muy limitada en su amplitud y duración, y
extremadamente susceptible al efecto de las interferencias. (Como ejemplo se puede aducir el
hecho de que la mayoría de nosotros ha olvidado un número de teléfono porque en el momento
de ir a marcarlo se nos ha interrumpido con una pregunta.)
Para dar razón de esta clase de fenómenos algunos psicólogos han propuesto la teoría de
las dos memorias. Hay, en efecto, razones para pensar que la huella que suscita en la memoria
inmediata (MI) un aprendizaje rápido, como el de un número de teléfono que se mira una o dos
veces en la guía o la definición que se escuchas de pasada durante una conferencia, es
sumamente débil y desaparece inmediatamente a menos que se repita una y otra vez hasta su
transmisión a la memoria a largo plazo (MLP).
Existen, claro es, diversas versiones de la teoría de las dos memorias. Esencialmente, al
mayoría de ellas coinciden en aceptar que la MI está sometida a la ley del borrado por desuso,
mientras que la MLP almacenas de forma permanente la información que recibe. Las huellas de
la MI se borran en unos segundos, a menos que la grabación se repita una y otra vez; en
cualquier caso, la capacidad de almacenaje de esa MI es muy reducida, y en seguida esos
engramas que manteníamos a base de repeticiones son reemplazados por las huellas de nuevos
conocimientos que reclaman nuestra atención. En ese preciso momento, las huellas de la MI
pasan a ser nuevas y el aprendizaje anterior se desvanece, se borra.
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La MLP, sin embargo, se caracteriza por la perduración de sus huellas; una vez que un
conocimiento es registrado por la MLP permanece almacenado en ella para siempre. El que la
adquisición retenida se actualice o no en forma de recuerdo depende sobre todo de la presencia
de claves apropiadas.; en otras palabras, es la recuperación del recuerdo, pero no su retención, lo
que depende del concurso de esos factores contingentes que son las claves suscitativas del
recuerdo. En definitiva, la retención permanente de un conocimiento depende de que la MI lo
transfiera a la MLP. ¿Cómo se efectúa ese transfer? Se ha supuesto que las huellas de la MI
evitan momentáneamente su disolución a base de incorporarse a una especie de circuito
recurrente, de capacidad limitada, que periódicamente pasa por un canal abierto a la percepción
de nuevos conocimientos. El conjunto de huellas que en un momento determinado mantiene en
marcha la MI es conocido con el nombre de amortiguador de repaso. En ese circuito de
retención sólo caben unos cuantos items o unidades informativas, que son justamente aquellas
que por su interés, selecciona el sujeto del flujo incesante de nueva información. Durante su
permanencia en este circuito de retención transitoria, la información puede codificarse de forma
que pase a almacenarse en la MLP; si otra información nueva desplaza de la MI a los items que
había en ella, antes de que esa codificación se efectúe, los engramas de la MI son substituidos
por otros nuevos y el transfer a la MLP no se produce. El paso, pues, de la MI a la MLP
depende de que la información de refresco que entra en el circuito transitorio de retención se
mantenga en él un período de tiempo suficiente para que la codificación facilitadora de su
transfer a la Ml llegue a consumarse; posiblemente, esta codificación y este transfer dependan a
su vez de factores motivacionales complejos, acerca de los que no se sabe todavía demasiado.
Una vez transferida una información al almacén permanente de la MLP,su recuperación
puede hacerse muy difícil si fallan las claves precisas para efectuar el proceso de búsqueda.
Esta teoría de las dos memorias integra bastante bien los conocimientos aportados por
las teorías anteriores, y especifica bajo qué condiciones el olvido depende del borrado de las
huellas o es función de factores inhibitorios que interfieren con el proceso de búsqueda de lo
retenido. De esta forma, la función del desuso y la intervención de factores motivacionales
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inhibitorios perturbadores de las claves de recuperación, se conjugan en una teoría única.
LA EVIDENCIA BIOLOGICA
La psicocirugía o neurocirugía de la epilepsia ha facilitado involuntariamente ejemplos
clínicos que apoyan la tesis de las dos memorias. Hay evidencias de que lesiones del área
hipocampal de los lóbulos temporales perturba la retención permanente de la información recién
adquirida. Milner (1966) ha demostrado, por ejemplo, que pacientes con lesiones específicas del
hipocampo son capaces de recordar perfectamente sus experiencias y conocimientos anteriores a
la operación, pero experimentan graves dificultades para retener la información nueva. En estos
casos, lo que los pacientes han perdido es la capacidad de transferir la nueva información, del
circuito de retención transitoria a la MLP.
Ni la MI ni la MLP parecen haberse alterado; los pacientes son capaces de retener nueva
información (limitada) durante un breve lapso de tiempo, y recuerdan perfectamente la
información previa a la operación. Lo que son incapaces de lograr es adquirir de forma
permanente un nuevo conocimiento.
Datos clínicos y experimentales inducen a pensar que la consolidación de las huellas de
la MLP requiere también un lapso de tiempo mínimo, sin el cual siguen el mismo destino de los
engramas de la MI, esto es, la disolución y el olvido.
A la postre, lo que parece claro es que también el almacenaje de nuevos conocimientos
en la MLP precisa de un período de consolidación, que hasta lo que se sabe puede extenderse
hasta una hora o más.
Por último, al tocar estos aspectos biológicos de la memoria es necesario decir que las
supuestas huellas o engramas mnésicos son, por ahora, construcciones hipotéticas muy
verosímiles, pero no entidades neurofisiológicas realmente observadas. De alguna manera, no
cabe duda, los conocimientos retenidos por el sujeto han de estar representados en su cerebro.
BIBLIOGRAFIA.
1
PINILLOS,J.L. Principios de psicología.