LA SAGRADA ESCRITURA
Cristo, palabra única de la Sagrada Escritura
(…)
102 A través de todas las palabras de la sagrada Escritura, Dios dice
sólo una palabra, su Verbo único, en quien él se da a conocer en
plenitud (cf. Hb 1,1-3):
«Recordad que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en
todas las escrituras, que es un mismo Verbo que resuena en la boca
de todos los escritores sagrados, el que, siendo al comienzo Dios
junto a Dios, no necesita sílabas porque no está sometido al tiempo
(San Agustín, Enarratio in Psalmum, 103,4,1).
(…)
105 Dios es el autor de la Sagrada Escritura. «Las verdades
reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada
Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo».
(…)
106 Dios ha inspirado a los autores humanos de los libros sagrados.
«En la composición de los libros sagrados, Dios se valió de hombres
elegidos, que usaban de todas sus facultades y talentos; de este
modo, obrando Dios en ellos y por ellos, como verdaderos autores,
pusieron por escrito todo y sólo lo que Dios quería» (DV 11).
(…)
III El Espíritu Santo, intérprete de la Escritura
109 En la sagrada Escritura, Dios habla al hombre a la manera de los
hombres. Por tanto, para interpretar bien la Escritura, es preciso
estar atento a lo que los autores humanos quisieron
verdaderamente afirmar y a lo que Dios quiso manifestarnos
mediante sus palabras (cf. DV 12,1).
110 Para descubrir la intención de los autores sagrados es preciso
tener en cuenta las condiciones de su tiempo y de su cultura, los
«géneros literarios» usados en aquella época, las maneras de sentir,
de hablar y de narrar en aquel tiempo. «Pues la verdad se presenta
y se enuncia de modo diverso en obras de diversa índole histórica,
en libros proféticos o poéticos, o en otros géneros literarios»
(DV 12,2).
111 Pero, dado que la sagrada Escritura es inspirada, hay otro
principio de la recta interpretación , no menos importante que el
precedente, y sin el cual la Escritura sería letra muerta: «La Escritura
se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita»
(DV 12,3).
El Concilio Vaticano II señala tres criterios para una interpretación de
la Escritura conforme al Espíritu que la inspiró (cf. DV 12,3):
112 1. Prestar una gran atención «al contenido y a la unidad de toda
la Escritura». En efecto, por muy diferentes que sean los libros que
la componen, la Escritura es una en razón de la unidad del designio
de Dios , del que Cristo Jesús es el centro y el corazón, abierto desde
su Pascua (cf. Lc 24,25-27. 44-46).
«Por el corazón (cf. Sal 22,15) de Cristo se comprende la sagrada
Escritura, la cual hace conocer el corazón de Cristo. Este corazón
estaba cerrado antes de la Pasión porque la Escritura era oscura.
Pero la Escritura fue abierta después de la Pasión, porque los que
en adelante tienen inteligencia de ella consideran y disciernen de
qué manera deben ser interpretadas las profecías» (Santo Tomás
de Aquino, Expositio in Psalmos, 21,11).
113 2. Leer la Escritura en «la Tradición viva de toda la Iglesia».
Según un adagio de los Padres, Sacra Scriptura pincipalius est in
corde Ecclesiae quam in materialibus instrumentis scripta («La
sagrada Escritura está más en el corazón de la Iglesia que en la
materialidad de los libros escritos»). En efecto, la Iglesia encierra en
su Tradición la memoria viva de la Palabra de Dios, y el Espíritu Santo
le da la interpretación espiritual de la Escritura (...secundum
spiritualem sensum quem Spiritus donat
Ecclesiae [Orígenes, Homiliae in Leviticum, 5,5]).
114 3. Estar atento «a la analogía de la fe» (cf. Rm 12, 6). Por
«analogía de la fe» entendemos la cohesión de las verdades de la fe
entre sí y en el proyecto total de la Revelación.
El sentido de la Escritura
115 Según una antigua tradición, se pueden distinguir dos
sentidos de la Escritura: el sentido literal y el sentido espiritual; este
último se subdivide en sentido alegórico, moral y anagógico. La
concordancia profunda de los cuatro sentidos asegura toda su
riqueza a la lectura viva de la Escritura en la Iglesia.
116 El sentido literal. Es el sentido significado por las palabras de la
Escritura y descubierto por la exégesis que sigue las reglas de la justa
interpretación. Omnes sensus (sc. sacrae Scripturae) fundentur super
unum litteralem sensum (Santo Tomás de Aquino., S.Th., 1, q.1, a.
10, ad 1). Todos los sentidos de la Sagrada Escritura se fundan sobre
el sentido literal.
117 El sentido espiritual. Gracias a la unidad del designio de Dios, no
solamente el texto de la Escritura, sino también las realidades y los
acontecimientos de que habla pueden ser signos.
(…)
122 En efecto, «el fin principal de la economía del Antiguo
Testamento era preparar la venida de Cristo, redentor universal».
«Aunque contienen elementos imperfectos y pasajeros», los libros
del Antiguo Testamento dan testimonio de toda la divina pedagogía
del amor salvífico de Dios: «Contienen enseñanzas sublimes sobre
Dios y una sabiduría salvadora acerca de la vida del hombre,
encierran admirables tesoros de oración, y en ellos se esconden el
misterio de nuestra salvación» (DV 15).
(…)
La unidad del Antiguo y del Nuevo Testamento
128 La Iglesia, ya en los tiempos apostólicos (cf. 1
Cor 10,6.11; Hb 10,1; 1 Pe 3,21), y después constantemente en su
tradición, esclareció la unidad del plan divino en los dos
Testamentos gracias a la tipología. Esta reconoce, en las obras de
Dios en la Antigua Alianza, prefiguraciones de lo que Dios realizó
en la plenitud de los tiempos en la persona de su Hijo encarnado.
129 Los cristianos, por tanto, leen el Antiguo Testamento a la luz de
Cristo muerto y resucitado. Esta lectura tipológica manifiesta el
contenido inagotable del Antiguo Testamento. Ella no debe hacer
olvidar que el Antiguo Testamento conserva su valor propio de
revelación que nuestro Señor mismo reafirmó (cf. Mc 12,29-31). Por
otra parte, el Nuevo Testamento exige ser leído también a la luz del
Antiguo. La catequesis cristiana primitiva recurrirá constantemente
a él (cf. 1 Co 5,6-8; 10,1-11). Según un viejo adagio, el Nuevo
Testamento está escondido en el Antiguo, mientras que el Antiguo
se hace manifiesto en el Nuevo: Novum in Vetere latet et in Novo
Vetus patet (San Agustín, Quaestiones in Heptateuchum 2,73;
cf. DV 16).