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Ética Jurídica y Rol del Jurista

Este documento presenta un resumen de tres capítulos del libro "El Jurista y el Simulador del Derecho" de Ignacio Burgoa Orihuela. El primer capítulo describe la necesidad del derecho como un orden normativo para la sociedad y el estado. El segundo capítulo presenta un perfil biográfico del autor Ignacio Burgoa Orihuela. El tercer capítulo discute la importancia de la cultura jurídica.
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Ética Jurídica y Rol del Jurista

Este documento presenta un resumen de tres capítulos del libro "El Jurista y el Simulador del Derecho" de Ignacio Burgoa Orihuela. El primer capítulo describe la necesidad del derecho como un orden normativo para la sociedad y el estado. El segundo capítulo presenta un perfil biográfico del autor Ignacio Burgoa Orihuela. El tercer capítulo discute la importancia de la cultura jurídica.
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LICENCIATURA EN DERECHO Y LITIGACIÓN ESTRATÉGICA

Nombre del alumno: ARELY STEFANÍA RAMIREZ RAMÓN

Nombre del maestro: MANUEL GUTIÉRREZ ADRIANO.

Materia: ÉTICA JURÍDICA.

FECHA: 31/octubre/ 2023

Libro: EL JURISTA Y EL SIMULADOR DEL DERECHO.

Autor: IGNACIO BURGOA ORIHUELA.


Libro: EL JURISTA Y EL SIMULADOR DEL DERECHO.
Autor: IGNACIO BURGOA ORIHUELA.
Editorial: PORRÚA.
País y año: COYOACÁN, D.F., JULIO DE 1988.
Páginas del libro: 108 PÁGINAS.

BIBLIOGRAFÍA.

Ignacio Burgoa Orihuela (Ciudad de México, 13 de marzo de 1918 - 6 de noviembre de


2005) fue un abogado y escritor mexicano, especializado en juicio de
amparo y constitucionalismo. Sus obras Garantías individuales y El juicio de amparo son
referencia indispensable en el derecho mexicano
Estudió derecho en la entonces Escuela Nacional de Jurisprudencia —hoy Facultad
de Derecho— de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) de 1935 a
1939 y en 1940 obtuvo su título con la tesis La supremacía jurídica del Poder
Judicial de la Federación en México Fue profesor de dicha facultad desde 1947
hasta su muerte, en las que impartió las materias "Garantías" y "Amparo", teniendo
la titularidad definitiva de ambas materias en 1957. De 1951 a 1954 fue juez en
materia administrativa. De 1941 a 1943 trabajaría en la redacción del libro El juicio
de amparo, que se convertiría en referencia para el estudio de la carrera en leyes
en México.
En 1974 obtuvo el doctorado en derecho por la UNAM con mención honorífica y en
1987 el Consejo Universitario de dicha institución lo consideró maestro emérito de
su facultad, en la que impartió clases por más de 50 años a miles de estudiantes de
Derecho. Algunos desempeñarían cargos de elección de toda índole, incluidos
presidentes.

Estructura capitular

CAPITULO PRIMERO
NECESIDAD DEL DERECHO COMO ORDEN NORMATIVO DE LA SOCIEDAD Y DEL ESTADO.
(Página 11 -15.)

CAPITULO SEGUNDO
SEMBLANZA DE JURISTA.
(Página 17 – 25.)

CAPITULO TERCERO
LA CULTURA JURÍDICA.
(Página 27 – 39.)

CAPITULO CUARTO
TIPOLOGÍA DEL JURISTA.
(Página 41 – 84.)

CAPITULO QUINTO
EL SIMULADOR DEL DERECHO.
( página 85- 95.)

Total de páginas: 108.


CAPÍTULO PRIMERO

NECESIDAD DEL DERECHO COMO ORDEN NORMATIVO DE LA


SOCIEDAD Y DEL ESTADO.

El derecho es una orden normativa jerarquizado. Por eso permanece al mundo del
deber-ser, desde la norma jurídica positiva, escrita o consuetudinaria, hasta los
postulados ideales. Ese orden normativo es la estructura formal de toda sociedad.
Sin él ésta no podría existir ni subsistir, pues la vida social, a través de sus múltiples
e incontables manifestaciones de toda especie, es una complicada urdimbre de
relaciones de
variadísima indole que requieren imprescindiblemente una regulación que les
proporcione seguridad dentro de su permanente diversidad y de su dinamismo
coincidente, divergente y hasta opuesto.

Reza un proverbio sociológico: Ubi homines societas, ubi societas jus, que no
expresa sino la indispensabilidad del orden jurídico formal integrado por normas
bilaterales, imperativas y coercitivas, independientemente de su contenido múltiple
ad infinitum, sujeto siempre a factores tempo-espaciales en permanente movimiento
y transformación.
Tales normas, traducidas en leyes positivas de vigencia limitada y por esencia
cambiantes, pueden tener cualidades o defectos, revelar o no el ideal diversificado
de justicia, ser o no convenientes en un país o en una época determinada,
regresivas o progresivas, buenas o malas, pero siempre absolutamente necesarias
para estructurar a la sociedad humana. No debe olvidarse, a este respecto, lo que
el espíritu jurídico romano aseveraba en dos conocidos proverbios: "Dura lex, sed
lex" e "Injustum jus, summa injuria", dureza e injusticia que no despojaban a una o
a otro de su fuerza positiva, sea cual haya sido su fuente formal, variable también
en específicos regímenes poli ticos históricamente dados.

Sin embargo, en la actualidad han surgido algunas corrientes, principalmente entre


economistas, sociólogos y
"politólogos", que consideran que el Derecho no sólo está en crisis, sino que es un
obstáculo para los cambios sociales. Tales corrientes y sus propugnadores parten
del desconocimiento de lo que es el orden jurídico en sí mismo considerado, es
decir, con independencia de su múltiple y variable contenido. El Derecho es en sí
una estructura normativa susceptible de acoger dentro de la substancial idas de sus
normas, principios, reglas o tendencias de diferentes disciplinas tanto culturales
como técnicas y científicas. Además, el Derecho, como orden de fundamentales las
transformaciones sociales, económicas, culturales y políticas que se registren
dentro de la vida dinámica de las sociedades humanas, con el objeto de consolidar
los resultados de dichas transformaciones y de regular imperativamente las
relaciones comunitarias conforme a ellos.

En resumen, el derecho como orden normativo de carácter imperativo y coercitivo


en sí mismo considerado, es decir, con abstracción de su variado y variable con-
tenido, no es ni infraestructura ni superestructura de la sociedad, puesto que, en su
dimensión formal, no está sujeto ni al tiempo ni al espacio. Lo que cambia y debe
cambiar constantemente en el Derecho es su contenido, que no debe expresar sino
los cambios sociales. Las críticas contra el Derecho se han dirigido, y muchas veces
con toda razón, contra el contenido de las normas jurídicas, sin que sea lógica ni
realmente posible enfocarlas contra ellas, en cuanto tales, es decir, prescindiendo
de su contenido. Es más, todas las transformaciones sociales, políticas, económicas
y culturales tienen la tendencia natural de plasmarse en un orden jurídico
determinado, bien sustituyendo a uno anterior o modificando esencial. mente el
existente.

CAPITULO SEGUNDO
SEMBLANZA DE JURISTA.
Es el jurista el cultor del Derecho. La importancia ingente de su tarea social deriva
puntualmente de la trascendencia del orden jurídico. Su actividad primordialmente
estriba en construirlo para perfeccionar su normatividad positiva y en vigilar su
respeto. Por ello, el jurista es un garante de la sociedad en cuanto que debe procurar
que en ella imperen la justicia y la seguridad. Esta procuración por sí sola justifica
su conducta que se manifiesta en diferentes quehaceres vinculados todos a su
noble misión que es simultáneamente científica, artística, moral y cívica, atributos
que concurren en la integración de la cultura jurídica como expresión señera y
esencial del humanismo, que no puede concebirse sin el Derecho como instrumento
vital imprescindible.

Tal vinculación entraña la merma o el menoscabo de su libertad para seleccionar


los asuntos jurídicos que estime justos, honrados, rectos y respaldados por el
Derecho. Esta escogitación no se puede realizar si el abogado está al servicio de
cualquiera de dichos sectores. Su libertad profesional lo faculta para atender
cualesquiera negocios independientemente de los sujetos que en ellos sean
protagonistas.

Así, puede indiscriminadamente defender al rico y al pobre, al ejidatario y al


pequeño propietario, al trabajador y al patrón, al gobernado y al gobernante, con la
única limitación de su sentido ético y de justicia. Estas reflexiones conllevan a la
consideración de que no es posible qué hay "abogados de empresa" o "abogados
al servicio del Estado". Por ende, los licenciados en Derecho afiliados a las
agrupaciones cuyo objeto esencial consista en prestar esos servicios profesionales
parcializados, no son verdaderos abogado, pues éstos, como afirma el insigne
Ángel Ossorio, deben ser los más libres de los hombres.

Por esas razones no es admisible que los licenciados o doctores en Derecho, que
estén al servicio de algún sujeto sea quien fuere, se llamen abogados, por más
competentes, capaces e inteligentes que sean.
Los directores jurídicos de las dependencias oficiales no son abogados, puesto que
están al servicio de ellas y de sus superiores jerárquicos. Esta situación de
subordinación, por motivos análogos, se registra en lo que se refiere a las empresas
de la llamada iniciativa privada. No hay, pues, abogados de empresa ni abogados
al servicio del Estado. La libertad profesional es sagrada y muy difícil ejercer, pero
quien la desempeña, no puede enajenarla por ningún sueldo por más elevado que
se suponga.

La veracidad es otro de los ingredientes morales del jurista, atributo que no implica,
obviamente, que posea la verdad como valor absoluto muchas veces inasequible al
entendimiento humano.
Ser veraz entraña simplemente rectitud de pensamiento, no certeza trascendente
en lo que se piensa. El acierto o la equivocación, resultados aleatorios de la natural
falibilidad del hombre, son independientes de la veracidad que se funda en la buena
fe y en la misma autenticidad. Externar una idea que no se considera cierta por
quien la emite, es proceder contra esa cualidad e incidir en falsedad, generadora de
la no su noble tarea.
La libertad del hombre es uno de los valores sin los cuales el ser humano se
convierte en un ente servil y abyecto, pero no hay que olvidar que el hombre vive
en sociedad, que está permanentemente en contacto con los demás miembros de
la colectividad a que pertenece, que es parte integrante de grupos sociales de
diferente índole y que se encuentra en relaciones continuas con ellos.

La indudable existencia y la innegable actuación de los intereses particulares y de


los intereses sociales en toda colectividad humana, plantean la necesidad de
establecer un criterio para que unos y otros vivan en constante y dinámico equilibrio
dentro de un régimen que asegure su mutua respetabilidad y superación.
Precisamente en la implantación de ese equilibrio y de esa respetabilidad estriba la
justicia social.
De las consideraciones que anteceden fácilmente se deduce la ingente labor del
jurista como defensor de la justicia social.
Sin esta modalidad teleológica sería un mero protector de intereses individuales y
su función carecería de la relevancia que tal defensa le atribuye.
Son los grupos desvalidos de la sociedad los que más requieren sus servicios, cuya
prestación redunda en la preservación misma de las garantías sociales y del
Derecho que las proclama.
CAPÍTULO TERCERO.
LA CULTURA JURÍDICA.
La cultura en general es grosso modo, la sustentación, ampliación y
perfeccionamiento del conocimiento en los diversos y variados sectores del saber
humano, y proyectada al ámbito social, se manifiesta en los resultados objetivos de
ese conocimiento. El mundo de la cultura es la intelectualidad en sus diferentes
dimensiones y se distingue de la civilización en que ésta se traduce en las
expresiones materiales de los resultados obtenidos en la vida de las sociedades
humanas por medio de la actividad cultural de siglos o milenios. La cultura jurídica,
por ende, comprende un vasto espacio de la cultura en general y consiste,
evidentemente, en el conocimiento, cada vez más extenso y profundo, del Derecho
en todas sus ramas y manifestaciones, en su ejercicio y aplicación y en su
perfeccionamiento. Consiguientemente, la cultura jurídica entraña una ciencia y un
arte, o sea un saber y un actuar. Por tanto, el jurista, su protestante, es al mismo
tiempo un científico y un artista, teniendo, en ambos terrenos, un amplísimo y
variado horizonte donde despliega su dilatada actividad socia l.

• El derecho como ciencia.


Ciencia como la acción de saber, implica conocimiento general y abastera yo de las
cosas Este atributo indica que no todo conocimiento es científicamente.Recordemos
que Aristóteles, en su pensamiento. epistemológico, hablaba del conocimiento
sensitivo y del intelectivo.
*Nihil est in intellectu, quod prius non fuerit in sensu", decía, para dar a entender
que los datos de los sentidos deben ser el punto de partida de la intelección para
construir las reglas o principios científicos.
Sin la intelección, esos datos, retenidos en la memoria, no entrañarían sino un
conocimiento casuístico, no cien-tífico. Por consiguiente, la ciencia del Derecho no
estriba meramente en conocer casos concretos, sino en saber los principios
jurídicos conforme a los cuales se deben analizar y resolver.
Tampoco el solo conocimiento de la ley positiva comprende ni agota dicha ciencia.
La sabiduría del Derecho no se constriñe al conocimiento de los ordenamientos
legales positivos, que son, han sido y serán únicamente su expresión normativa. El
"homo juridicus" sería un simple legista si sus conocimientos sólo se contrajeran a
la ley escrita, aunque fuese un gran exegeta de la misma. Saber lo que prescribe
un texto legal con desconocimiento de su antecedente histórica y de los principios
filosóficos, sociológicos, políticos, culturales, morales o económicos que hayan
influido en su contenido normativo, no integra la ciencia del Derecho sino una simple
praxis jurídica sin ningún sostén eidético.
La jurisprudencia en su sentido conceptual, no técnico, es decir, la ciencia del
Derecho, se expresa, con su amplio contenido epistemológico, en la célebre
definición de Ulpiano: "Jurisprudentia est divinarum atque
humanarum rerum notitia, justi atque injusti scientia." Conforme a esta concepción,
la jurisprudencia se revela como una ciencia, como conjunto de conocimientos
sabiduría respecto de determinadas materias. Si tomamos en todo rigor la
traducción literal de la definición latina y nos ceñimos estrictamente a su alcance,
llegamos a la conclusión de que el concepto de jurisprudencia, tal como lo formuló
dicho jurisconsulto, denota nada menos que un cúmulo de conocimientos científicos
de una extensión exorbitante, puesto que abarcaría la noticia de las "cosas humanas
y divinas", dentro de las que estarían comprendidos los objetivos de múltiples
disciplinas positivas y filosóficas, que sería prolijo mencionar.

• El derecho como arte.


El arte es la actividad del hombre tendiente a la realización, en el mundo de la
concreción, de valores del espíritu. Aunque pueda comprender un conjunto de
reglas que encaucen dicha actividad, su telos esencial no consiste en la formulación
de éstas, tarea que corresponde a la técnica. El arte jurídico importa un hacer, un
actuar para tratar de conseguir estos dos primordiales objetivos:
la bondad y la justicia, que el jurisconsulto Celso pro. clamó en esta célebre
concepción: "Jus est ars boni et aequi." En su teleología, el arte del Derecho se
revela como la actuación o actividad en procuración de "lo bueno" y de "lo justo”,
elementos eminentemente axiológicos y de implicación substancialmente variable
no sólo en el tiempo y en el espacio, sino merced a factores relativos que pueden
llegar hasta el subjetivismo a falta de conceptos inmutables y precisos sobre la
bondad y la justicia.
Y es que estos valores ético-axiológicos son más importantes en su dimensión de
vivencias y sentimientos que alimentan constantemente la fe en el Derecho, impulso
poderoso de la dinámica jurídica en su rango de arte. La lucha por el Derecho no
sería posible sin esa fe que a veces ostenta perfiles religiosos.

• El derecho como moral.


son los principios éticos del Derecho proclamados por el genio romano, que
imponen deberes a su artífice. Están, por tanto, involucrados en el arte
jurídico.«Vivir honestamente", ya se ha dicho, entraña un comportamiento,
desplegable en diversas esferas de la existencia humana, exento de corrupción,
vicio éste que, según lo hemos manifestado, se ostenta en una muy variada gama
de conductas inmorales. Por ende, el derecho o cho es a la vez moral en su
contenido aunque no en su forma, porque, valga la simpleza, no puede haber un
"derecho inmoral", a pesar de que haya o pueda haber
"Leves inmorales". La mencionada identidad sustancial es de hondo arraigo en la
historia. En los pueblos de la Antigüedad, como el hebreo, el griego y el romano,
principalmente, los cuerpos normativos que rigieron su vida contenían prevenciones
a la vez jurídicas, morales y religiosas, y es a virtud de estas dos últimas como el
Derecho era al mismo tiempo ética y religión, valores cultura. les que se expresan
en la locución "honeste víveres"
Di "No dañar a otro" es también postulado moral del Derecho. El "otro" (alterum en
acusativo) del principio ya enunciado no es simplemente algún sujeto singular, sino
el "bien común" de que nos habla la filosofía aristotélico-tomista. Así interpretada la
aludida prohibición (alterum non laedere), el Derecho ostenta su índole teleológica
social y rebasa su órbita de regulación de relaciones entre particulares (singuli),
recogiendo de esta manera la máxima de la "caritas" cristiana, es decir, «el amor al
prójimo", pues éste no sólo debe entenderse como se vive (prójimo social).
• El derecho como fenómeno social
Ya hemos afirmado que sin el Derecho no puede existir ni subsistir la sociedad. Esta
imposibilidad entraña que el orden jurídico surge como una necesidad insoslayable
de convivencia humana, es decir como un fenómeno social ineludible.
Consideramos que la cultura del Derecho abarca el Ambito más extenso en el
amplio campo de las
humanidades. Ninguna otra disciplina del saber tiene mayor latitud.
Su estudio es tan dilatado que no exageramos al sostener que no alcanza toda
una vida para comprenderla en su integridad. Por ello, el cultor del Derecho, el
“homo jurídicos “ como tipo paradigma envuelve al hombre más sabio, en atención
a la vinculación estrecha las ramas de las ciencias especializadas que ya se han
mencionado.
Sin conocerlas, aunque sólo sea a través de sus elementos fundamentales, no
podría formarse el verdadero jurista, que debe ser, a la vez, historiador, filósofo y
moralista, diversificación simultánea que no es necesario a para el estudio de
otras disciplinas culturales y, sobre todo, científico-positivas. El vulgo cree que el
escueto conocimiento de la ley y su aplicación resumen la cultura jurídica.

CAPÍTULO CUARTO
TIPOLOGÍA DEL JURISTA.

• El jurisconsulto
La actividad del jurista se realiza a través de distintos: tipos interrelacionados que
reconocen de distintos: tipos interrelacionados que reconocen como presupuesto
fundamental el del jurisconsulto. Su concepto es equivalente al jurisprudente, pues
amaños denotan sabidurías del derecho o jurisprudencia. Así, “prudente”
y “consulto” son sinónimos de sabio, Docto, entendido o maestro en la ciencia
jurídica, cualidades que necesitaría mente deben concurrir en todos los tipos de
actividad del jurista, como son, el abajado, el juez y el preceptor.
.
Sería absurdo, en efecto, que ninguno de estos tipos debiese conocer la ciencia del
Derecho y que su conocimiento sólo se reservase al jurisconsulto o jurisprudente,
pues únicamente el llamado "legista" puede prescindir de él, toda vez que su
"sapiencia" se reduce a la ley positiva, que de ninguna manera agota el amplio
campo jurídico. El jurisconsulto o jurisprudente puede o no ser al mismo tiempo
abogado, juez o maestro de Derecho, pero ninguna de estas calidades funcionales
puede marginar el conocimiento jurídico.

El jurisconsulto debe ser un crítico de la legislación.


Esta labor es inherente a sus funciones. Mediante ella y a través de los estudios
que emprenda, contribuye al mejoramiento del derecho positivo y a su dilucidación
como lo hacían los jurisprudentes romanos según se habrá advertido. De esta
manera el jurisconsulto construye el Derecho como si fuese pretor, exponiendo su
doctrina sobre múltiples cuestiones jurídicas en libros, tratados y obras escritas en
general, realizando así una trascendente tarea social. Su obligación crítica,
además, la debe extender a cualesquiera actos de autoridad, principalmente
tratándose de sentencias judiciales.

• El Abogado
El abogado debe ser un jurisprudente, esto es, un sapiente del Derecho. Sería
absurdo que no lo fuese, es decir, que padeciese 'ignorantia juris'. Sin los
conocimientos jurídicos no podría ejercer digna y acertadamente su profesión.
Ahora bien, el abogado es una especie de jurisprudencia que se vale de su
sabiduría par
patrocinar, dirigir o asesorar a las partes contendientes en un litigio ante el órgano
jurisdiccional del Estado que deba resolverlo. Litigar implica contender, disputar,
pleitear o seguir un pleito. Así claramente lo sostienen distinguidos procesalistas,
entre ellos Calamandrei y Carnelutti."
El litigio, que entraña la controversia interrelaciones es, se substancia mediante un
proceso o juicio, en una o más instancias, que se inicia con el ejercicio de una acción
contra el sujeto a quien se exija el cumplimiento de una prestación. El abogado, por
ende, es el que a través de la demanda despliega la acción en nombre o con el
patrocinio del actor, el que la contesta en representación del demandado o con la
asesoría que éste le encomiende, el que ofrece y rinde las pruebas pertinentes en
favor de la patrocine, el que formula alegaciones y el que por el actor o el
demandado interpone los recursos procedentes. En todos los citados actos estriba
su actividad primordial, pudiendo también fungir como jurisconsulto o sea, como
consejero jurídico para orientar a sus consultantes en una multitud de cuestiones
que se suscitan en el campo inconmensurable del Derecho.

El abogado debe ser, además emotivo, factor psíquico que deriva de la vocación.
La emotividad es el gusto por la profesión nutrido por el sentimiento de justicia.
"Hay que trabajar con gusto", recomienda Osorio, quien agrega : "Logrando
acertar con la vocación y viendo en el trabajo no sólo un modo de ganarse la vida,
sino la válvula para la expansión de los anhelos espirituales, el trabajo es
liberación, exaltación, engrandecimiento. De otro modo es insoportable
esclavitud.» Podríamos decir que ese gusto por el trabajo equivale, mutandis, al
otium de los romanos, que es el tiempo que se dedica no sólo al disfrute,
descanso o placer, sino principalmente a la gratísima tarea de "renovarse a uno
mismo
cotidianamente"
El ocio se distingue de la jornada de trabajo en que ésta se impone y aquél se elige,
y bien se sabe que el trabajo impuesto u obligatorio por ser necesario para el
sustento vital, generalmente se desempeña a disgusto, circunstancia que lo hace
poco productivo y hasta infructuoso.

La vocación, la libertad, la independencia y la emotividad invisten al abogado con


una fuerza interior que le da firmeza y confianza en sí mismo, sin descartar,
evidentemente, la sabiduría del Derecho. Faltando esos factores anímicos surge la
inseguridad, el temor, la incertidumbre,, la duda y, como consecuencia, la pasividad;
y un abogado pasivo y pusilánime pierde combatividad y eficiencia profesional,
cualidades éstas que, a su vez, se apoyan en la veracidad, o sea, en la convicción
respecto de la certeza de las propias ideas, mientras no se demuestre su falsedad
o su error. El abogado que no cree en lo que piensa se inmoviliza y se incapacita
para ejercer , con denuedo, dignidad, gallardía y nobleza su profesión.

El abogado debe ser, pues, orgulloso, jamás vanidoso.


El orgullo, que es signo de dignidad personal, deriva de la auto-evaluación
fundada en los resultados objetivos de la conducta humana, sin hiperbolización
alguna. El orgulloso es veraz en cuanto que basa su autocalificación en lo que es
y ha hecho en la realidad con el aval del consenso general que forma lo que se
denomina "fama
pública"
La vanidad, en cambio, es la mentira de uno mismo. El vanidoso se auto-inventa y
ostenta méritos que no tiene y valía de que carece. Es un falaz que trata de
impresionar en su favor a quienes no conocen su personalidad verdadera. Es
sombra, no realidad. Es un fantasma que se recrea inflándose como globo, que,
en tanto más se hincha, más peligro corre de reventarse. Con toda razón Ossorio
asevera que la vanidad "es una fórmula de estupidez", pues el vanidoso no
comprende que tarde o temprano será descubierta su falsía y

• El Juez.
Una de las más excelsas aspiraciones de todos los pueblos del mundo ha sido la
realización de la justicia como fin trascendental del Derecho. En torno a ese
anhelo universal han surgido en la Historia las figuras del Juez y del Abogado
como necesariamente complementarias integradas en un haz inescindible.

Sin embargo, antes de la aparición histórica del jurisprudente, jurisconsulto y


abogado, en varios pueblos del orbe tuvo su presencia el juez como delegado del
monarca, e incluso de Dios, en lo que a las altas funciones de administrar justicia
concierne. Con este carácter se crearon los prístinos tribunales que en nombre del
soberano o de la divinidad debían desempeñar tan importante tarea social. Así se
explica la existencia del "tribunal supremo de Judea", llamado el "Sanhedrín", que
dictaba sus sentencias en representación de Jehová ante el mismo pueblo judicial
y un recinto sagrado llamado "Garith" ciudad de Jerusalén.

En el mundo greco-latino, por su Parte, se establecieron tribunales esotéricos,


como el de los pontífices en Roma, bajo la inspiración de los dioses, juguetes
fueron judiciales y órganos jurisdiccionales del Estado implantados ya por el
Derecho. En la España visigótica el supremo juez del Estado era el mismo rey,
cuyo deber más elevado consistía en " justicia" entre sus súbditos que le imponía
el Fuero Juzgo, expedido en el siglo va de nuestra era, a través de la fórmula , con
la que se le amonestaba en el acto mismo electiva Abarcaría un volumen

Hemos hecho la semblanza, muy incompleta por cierto, de los distintos tipos ideales
de jurista, habiendo de tacado el presupuesto fundamental de todos ellos que
consiste en la jurisprudencia o sabiduría del Derecho.
Ninguno de ellos puede prescindir de él, pues implica su conditio sine qua non.
Además, en el jurisconsulto, en el abogado, en el magister juris y en el juez
concurren las mismas cualidades éticas y cívicas que hemos rese. hado. Sería
absurdo y, por tanto, inadmisible, que no fueran honestos, auténticos, valientes y
dignos. No es la personalidad en sí de cada uno de dichos tipos lo que varía en
ellos, ya que todos son cultivadores del Derecho en sus diversas manifestaciones.

Lo que los distingue es el ejercicio de la actividad que dentro del campo jurídico
tienen asignada por su misma índole típica, aunque conviene en la ciencia y arte
del Derecho. Todos deben luchar por los valores humanos en sus respectivas tareas
y, sobre todo, combatir por la Justicia y el Bien. Este combate deben emprenderlo
con amor y fe, impulsados por la vocación jurídica.

Quien no la tenga firmemente arraigada en su corazón, en su conciencia y voluntad,


no puede ser ni jurisprudente, ni abogado, ni maestro de Derecho ni juez. Su
ausencia puede ser índice de frustración en cualquier actividad jurídica y su
presencia viva y constante, inmune a la decepción, garantía de excelencia que
denota la grandeza misma. El licenciado y el doctor en derecho Que el alcance
dentro de la naturaleza límites de la capacidad humana pueden experimentar la
felicidad que se siente por haber cumplido un deber social como caballero del
derecho y soldado de la justicia.

CAPITULO QUINTO.
EL SIMULADOR DEL DERECHO.
Consideraciones generales
La simulación es la acción de fingir o e imitar lo que no se es. El simulador hace
de su vida una farsa, o sea coma una Comedia punto y seguido su personalidad
psíquica Envuelve muchos vicios como la vanidad coma la egolatría, la
megalomanía .

La mentira coma el engaño coma el fraude coma la falsedad coma la la mediocridad,


la corrupción y otros que sería prolijo mencionar. Así es simulador, al ostentarse
como lo que no es coma al aparentar varias para cubrir su insignificancia coma al
fingir sabiduría para envolver su ignorancia coma se muestra vanidoso coma es
decir vacío por dentro y engañoso por fuera. por tanto coma es una especie de
defraudadores que se apoya en su propias mentiras sobre sus personas para
pretender dar la impresión de una importancia que no tiene. Sus aptitudes
obedecen a sus incultura que Proviene, o de su falta de inteligencia o de su falta de
vocación por el estudio.

Padece un complejo de inferioridad que trata de ocultar exteriormente con audacia


y temeridad. Su vanidad lo presiona para no admitir que vale menos de lo que cree
valer y lo empuja a una sobreestimación de su ego, que no se funda sino en un
Subjetivismo enfermizo que no corresponde a la realidad de su ser La tensión entre
el complejo de inferioridad y la alta idea de sí mismo se hace a veces tan violenta
que el individuo acaba en la neurosis dice Samuel ramos quien agrega todas sus
actitudes tienen a darle la Ilustre filósofo mexicano que inconscientemente sustituye
su ser auténtico por el de un personaje ficticio, que presenta en la vida, creyéndolo
real. Vive, pues, una mentira, pero solo a este precio puede librar su consecuencia
de la penosa idea de su inferioridad.

Por su parte José ingenieros, al aludir a la vanidad como signo del simulador
expresa el hombre es. la sombra. Parece. el hombre pone su honor en el mérito
propio y es juez supremo de sí mismo asciende la dignidad la sombra pone el suyo
en la estimación ajena y renuncia al juzgarse desciende a la vanidad. hay una moral
del honor y otra de su caricatura ser o parecer. cuando una idea de perfección,
impulsa a ser mejores ese culto de La sombra enciende la vanidad.

• El simulador como espécimen contrario al jurista.


Las características de la asamblea que brevemente hemos delineado se aplican,
en sentido contrario, a los diversos tipos de juristas que describimos en este
opúsculos.
Por consiguiente, el simulador del derecho, aunque por sea título de licenciado o
doctor, no es ni jurisprudente, ni abogado, ni juez. la titularidad mencionada y
cualquier nombramiento que en su favor se haya extendido, no le confiere las
cualidades de los aludidos tipos de jurista. es más, por no tener su respectivos
atributos, mácula, en su conducta, la egregia condición de cultivador del derecho,
o sea, la cultura jurídica.

no está por demás advertir que el simulador del derecho no es la persona que
realiza actividades fuera del campo jurídico aunque tenga la licenciatura o el
doctorado correspondiente. en todo caso se trata de un no jurista, pudiendo ser
político, funcionario público, banquero u hombre de negocios en general, cuya falta
de vocación por el derecho lo haya proyectado fuera de su esfera. al no actuar como
jurista en ninguno de los tipos que hemos reseñado, de ningún modo se le puede
reputar como simulador, pues la característica de este esencialmente consiste en
que su conducta la despliega dentro del ámbito jurídico. por ende, si el simulador es
vituperable, el no jurista puede ser respetable como buen servidor del estado o de
la sociedad, fungiendo su titulación académico

Conclusión.
Hemos hecho la semblanza, muy incompleta por cierto, de los distintos tipos
ideales de jurista, habiendo de tacado el presupuesto fundamental de todos ellos
que consiste en la jurisprudencia o sabiduría del Derecho.
Ninguno de ellos puede prescindir de él, pues implica su conductivo sine qua non.
Además, en el jurisconsulto, en el abogado, en el magister juris y en el juez
concurren las mismas cualidades éticas y cívicas que hemos reseñado. Sería
absurdo y, por tanto, inadmisible, que no fueran honestos, auténticos, valientes y
dignos. No es la personalidad en sí de cada uno de dichos tipos lo que varía en
ellos, ya que todos son cultivadores del Derecho en sus diversas manifestaciones.
Lo que los distingue es el ejercicio de la actividad que dentro del campo jurídico
tienen asignada por su misma índole típica, aunque converjan en la ciencia y arte
del Derecho. Todos deben luchar por los valores humanos en sus respectivas
tareas y, sobre todo, combatir por la Justicia y el Bien. Este combate deben
emprenderlo con amor y fe, impulsados por la vocación jurídica. Quien no la tenga
firmemente arraigada en su corazón, en su conciencia y voluntad, no puede ser ni
jurisprudente, ni abogado, ni maestro de Derecho ni juez. Su ausencia puede ser
índice de frustración en cualquier actividad jurídica y su presencia viva y
constante, inmune a la decepción, garantía de excelencia que denota la grandeza
misma. El licenciado y doctor en Derecho que la alcance, dentro de los naturales
límites de la capacidad humana, puede experis mentar la felicidad que se siente
por haber cumplido un deber social "como caballero del Derecho y soldado de la
Justicia".
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