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4 LEVIATAN Hobbes Resumen M

El documento resume el Capítulo XIII de Leviatán de Thomas Hobbes. Hobbes argumenta que en el estado natural de la humanidad, antes de los gobiernos, los seres humanos viven en un estado de guerra de todos contra todos debido a su igualdad, desconfianza y deseo de gloria. En este estado natural no hay justicia, propiedad privada o seguridad, solo la ley del más fuerte. Los seres humanos crean Estados a través de un pacto social para escapar de esta miseria y guerra constante y lograr seguridad y bienestar.
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4 LEVIATAN Hobbes Resumen M

El documento resume el Capítulo XIII de Leviatán de Thomas Hobbes. Hobbes argumenta que en el estado natural de la humanidad, antes de los gobiernos, los seres humanos viven en un estado de guerra de todos contra todos debido a su igualdad, desconfianza y deseo de gloria. En este estado natural no hay justicia, propiedad privada o seguridad, solo la ley del más fuerte. Los seres humanos crean Estados a través de un pacto social para escapar de esta miseria y guerra constante y lograr seguridad y bienestar.
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LEVIATAN

HOBBES

CAPITULO XIII. DE LA "CONDICIÓN NATURAL" DEL GÉNERO HUMANO, EN LO QUE CONCIERNE


A SU FELICIDAD Y A SU MISERIA

Hombres iguales por naturaleza. La Naturaleza ha hecho a los hombres tan iguales en las
facultades del cuerpo y del espíritu que, si bien un hombre es, a veces, evidentemente, más
fuerte de cuerpo o más sagaz de entendimiento que otro, cuando se considera en conjunto, la
diferencia entre hombre y hombre no es tan importante que uno pueda reclamar, a base de
ella, para sí mismo, un beneficio cualquiera al que otro no pueda aspirar como él. En efecto,
por lo que respecta a la fuerza corporal, el más débil tiene bastante fuerza para matar al más
fuerte, ya sea mediante secretas maquinaciones o confederándose con otro que se halle en el
mismo peligro que él se encuentra. (...)

De la igualdad procede la desconfianza. De esta igualdad en cuanto a la capacidad se deriva la


igualdad de esperanza respecto a la consecución de nuestros fines. Esta es la causa de que si
dos hombres desean la misma cosa, y en modo alguno pueden disfrutarla ambos, se vuelven
enemigos, y en el camino que conduce al fin (que es, principalmente, su propia conservación, y
a veces su delectación tan sólo) tratan de aniquilarse o sojuzgarse uno a otro. De aquí que un
agresor no teme otra cosa que el poder singular de otro hombre; si alguien planta, siembra,
construye o posee un lugar conveniente, cabe probablemente esperar que vengan otros, con
sus fuerzas unidas, para desposeerle y privarle, no sólo del fruto de su trabajo, sino también de
su vida o de su libertad. Y el invasor, a su vez, se encuentra en el mismo peligro con respecto a
otros.

De la desconfianza, la guerra. Dada esta situación de desconfianza mutua, ningún


procedimiento tan razonable existe para que un hombre se proteja a sí mismo, como la
anticipación, es decir, el dominar por medio de la fuerza o por la astucia a todos los hombres
que pueda, durante el tiempo preciso, hasta que ningún otro poder sea capaz de amenazarle.
Esto no es otra cosa sino lo que requiere su propia conservación, y es generalmente permitido.
Como algunos se complacen en contemplar su propio poder en los actos de conquista,
prosiguiéndolos más allá de lo que su seguridad requiere, otros, que en diferentes
circunstancias serían felices manteniéndose dentro de límites modestos, si no aumentan su
fuerza por medio de la invasión, no podrán subsistir, durante mucho tiempo, si se sitúan
solamente en plan defensivo. Por consiguiente siendo necesario, para la conservación de un
hombre aumentar su dominio sobre los semejantes, se le debe permitir también.

Además, los hombres no experimentan placer ninguno (sino, por el contrario, un gran
desagrado) reuniéndose, cuando no existe un poder capaz de imponerse a todos ellos. En
efecto, cada hombre considera que su compañero debe valorarlo del mismo modo que él se
valora a sí mismo. Y en presencia de todos los signos de desprecio o subestimación, procura
naturalmente, en la medida en que puede atreverse a ello (lo que entre quienes no reconocen
ningún poder común que los sujete, es suficiente para hacer que se destruyan uno a otro),
arrancar una mayor estimación de sus contendientes, infligiéndoles algún daño, y de los demás
por el ejemplo.

Así hallamos en la naturaleza del hombre tres causas principales de discordia. Primera, la
competencia; segunda, la desconfianza; tercera, la gloria.
La primera causa impulsa a los hombres a atacarse para lograr un beneficio; la segunda, para
lograr seguridad; la tercera, para ganar reputación. La primera hace uso de la violencia para
convertirse en dueña de las personas, mujeres, niños y ganados de otros hombres; la segunda,
para defenderlos; la tercera, recurre a la fuerza por motivos insignificantes, como una palabra,
una sonrisa, una opinión distinta, como cualquier otro signo de subestimación, ya sea
directamente en sus personas o de modo indirecto en su descendencia, en sus amigos, en su
nación, en su profesión o en su apellido.

Fuera del estado civil hay siempre guerra de cada uno contra todos. Con todo ello es
manifiesto que durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que los
atemorice a todos, se hallan en la condición o estado que se denomina guerra; una guerra tal
que es la de todos contra todos. Porque la GUERRA no consiste solamente en batallar, en el
acto de luchar, sino que se da durante el lapso de tiempo en que la voluntad de luchar se
manifiesta de modo suficiente. Por ello la noción del tiempo debe ser tenida en cuenta
respecto a la naturaleza de la guerra, como respecto a la naturaleza del clima. En efecto, así
como la naturaleza del mal tiempo no radica en uno o dos chubascos, sino en la propensión a
llover durante varios días, así la naturaleza de la guerra consiste no ya en la lucha actual, sino
en la disposición manifiesta a ella durante todo el tiempo en que no hay seguridad de lo
contrario. Todo el tiempo restante es de paz.

Son incomodidades de una guerra semejante. Por consiguiente, todo aquello que es
consustancial a un tiempo de guerra, durante el cual cada hombre es enemigo de los demás,
es natural también en el tiempo en que los hombres viven sin otra seguridad que la que su
propia fuerza y su propia invención pueden proporcionarles. En una situación semejante no
existe oportunidad para la industria, ya que su fruto es incierto; por consiguiente no hay
cultivo de la tierra, ni navegación, ni uso de los artículos que pueden ser importados por mar,
ni construcciones confortables, ni instrumentos para mover y remover las cosas que requieren
mucha fuerza, ni conocimiento de la faz de la tierra, ni cómputo del tiempo, ni artes, ni letras,
ni sociedad; y lo que es peor de todo, existe continuo temor y peligro de muerte violenta; y la
vida del hombre es solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve. (...)

En semejante guerra nada es injusto. En esta guerra de todos contra todos, se da una
consecuencia: que nada puede ser injusto. Las nociones de derecho e ilegalidad, justicia e
injusticia están fuera de lugar. Donde no hay poder común, la ley no existe; donde no hay ley,
no hay justicia. En la guerra, la fuerza y el fraude son las dos virtudes cardinales. Justicia e
injusticia no son facultades ni del cuerpo ni del espíritu. Si lo fueran, podrían darse en un
hombre que estuviera solo en el mundo, lo mismo que se dan sus sensaciones y pasiones. Son,
aquéllas, cualidades que se refieren al hombre en sociedad, no en estado solitario. Es natural
también que en dicha condición no existan propiedad ni dominio, ni distinción entre tuyo y
mío; sólo pertenece a cada uno lo que pueda tomar, y sólo en tanto que puede conservarlo.
Todo ello puede afirmarse de esa miserable condición en que el hombre se encuentra por obra
de la simple naturaleza, si bien tiene una cierta posibilidad de superar ese estado, en parte por
sus pasiones, en parte por su razón.

Pasiones que inclinan a los hombres a la paz. Las pasiones que inclinan a los hombres a la paz
son el temor a la muerte, el deseo de las cosas que son necesarias para una vida confortable, y
la esperanza de obtenerlas por medio del trabajo. La razón sugiere adecuadas normas de paz,
a las cuales pueden llegar los hombres por mutuo consenso. Estas normas son las que, por otra
parte, se llaman leyes de naturaleza: a ellas voy a referirme, más particularmente, en los dos
capítulos siguientes.
SEGUNDA PARTE. DEL ESTADO

CAPITULO XVII. DE LAS CAUSAS, GENERACIÓN Y DEFINICIÓN DE UN "ESTADO"

El fin del Estado es, particularmente, la seguridad. Cap. XIII. La causa final, fin o designio de los
hombres (que naturalmente aman la libertad y el dominio sobre los demás) al introducir esta
restricción sobre sí mismos (en la que los vemos vivir formando Estados) es el cuidado de su
propia conservación y, por añadidura, el logro de una vida más armónica; es decir, el deseo de
abandonar esa miserable condición de guerra que, tal como hemos manifestado, es
consecuencia necesaria de las pasiones naturales de los hombres, cuando no existe poder
visible que los tenga a raya y los sujete, por temor al castigo, a la realización de sus pactos y a
la observancia de las leyes de naturaleza establecidas en los capítulos XIV y XV.

Que no se obtiene por la ley de naturaleza. Las leyes de naturaleza (tales como las de justicia,
equidad, modestia, piedad y, en suma, la de haz a otros lo que quieras que otros hagan por ti)
son, por sí mismas, cuando no existe el temor a un determinado poder que motive su
observancia, contrarias a nuestras pasiones naturales, las cuales nos inducen a la parcialidad,
al orgullo, a la venganza y a cosas semejantes. Los pactos que no descansan en la espada no
son más que palabras, sin fuerza para proteger al hombre, en modo alguno. Por consiguiente,
a pesar de las leyes de naturaleza (que cada uno observa cuando tiene la voluntad de ob-
servarlas, cuando puede hacerlo de modo seguro) si no se ha instituido un poder o no es
suficientemente grande para nuestra seguridad, cada uno fiará tan sólo, y podrá hacerlo
legalmente, sobre su propia fuerza y maña, para protegerse contra los demás hombres. En
todos los lugares en que los hombres han vivido en pequeñas familias, robarse y expoliarse
unos a otros ha sido un comercio, y lejos de ser reputado contra la ley de naturaleza, cuanto
mayor era el botín obtenido, tanto mayor era el honor. Entonces los hombres no observaban
otras leyes que las leyes del honor, que consistían en abstenerse de la crueldad, dejando a los
hombres sus vidas e instrumentos de labor. Y así como entonces lo hacían las familias
pequeñas, así ahora las ciudades y reinos, que no son sino familias más grandes, ensanchan
sus dominios para su propia seguridad y bajo el pretexto de peligro y temor de invasión, o de
la asistencia que puede prestarse a los invasores, justamente se esfuerzan cuanto pueden para
someter o debilitar a sus vecinos, mediante la fuerza ostensible y las artes secretas, a falta de
otra garantía; y en edades posteriores se recuerdan con tales hechos.

Ni de la conjunción de unos pocos individuos o familias. No es la conjunción de un pequeño


número de hombres lo que da a los Estados esa seguridad, porque cuando se trata de
reducidos números, las pequeñas adiciones de una parte o de otra, hacen tan grande la
ventaja de la fuerza que son suficientes para acarrear la victoria, y esto da aliento a la invasión.
La multitud suficiente para confiar en ella a los efectos de nuestra seguridad no está
determinada por un cierto número, sino por comparación con el enemigo que tememos, y es
suficiente cuando la superioridad del enemigo no es de una naturaleza tan visible y manifiesta
que le determine a intentar el acontecimiento de la guerra.

Ni de una gran multitud, a menos que esté dirigida por un criterio. Y aunque haya una gran
multitud, si sus acuerdos están dirigidos según sus particulares juicios y particulares apetitos,
no puede esperarse de ello defensa ni protección contra un enemigo común ni contra las
mutuas ofensas. Porque discrepando las opiniones concernientes al mejor uso y aplicación de
su fuerza, los individuos componentes de esa multitud no se ayudan, sino que se obstaculizan
mutuamente, y por esa oposición mutua reducen su fuerza a la nada; como consecuencia,
fácilmente son sometidos por unos pocos que están en perfecto acuerdo, sin contar con que
de otra parte, cuando no existe un enemigo común, se hacen guerra unos a otros, movidos por
sus particulares intereses. Si pudiéramos imaginar una gran multitud de individuos, concordes
en la observancia de la justicia y de otras leyes de naturaleza, pero sin un poder común para
mantenerlos a raya, podríamos suponer Igualmente que todo el género humano hiciera lo
mismo, y entonces no existiría ni sería preciso que existiera ningún gobierno civil o Estado, en
absoluto, porque la paz existiría sin sujeción alguna.

Y esto, continuamente. Tampoco es suficiente para la seguridad que los hombres desearían ver
establecida durante su vida entera, que estén gobernados y dirigidos por un solo criterio,
durante un tiempo limitado, como en una batalla o en una guerra. En efecto, aunque obtengan
una victoria por su unánime esfuerzo contra un enemigo exterior, después, cuando ya no
tienen un enemigo común, o quien para unos aparece como enemigo, otros lo consideran
como amigo, necesariamente se disgregan por la diferencia de sus intereses, y nuevamente
decaen en situación de guerra.

Por qué ciertas criaturas sin razón ni uso de la palabra, viven, sin embargo, en sociedad, sin un
poder coercitivo. Es cierto que determinadas criaturas vivas, como las abejas y las hormigas,
viven en forma sociable una con otra (por cuya razón Aristóteles las enumera entre las
criaturas políticas) y no tienen otra dirección que sus particulares juicios y apetitos, ni poseen
el uso de la palabra mediante la cual una puede significar a otra lo que considera adecuado
para el beneficio común: por ello, algunos desean inquirir por qué la humanidad no puede
hacer lo mismo. A lo cual contesto:

Primero, que los hombres están en continua pugna de honores y dignidad y las mencionadas
criaturas no, y a ello se debe que entre los hombres surja, por esta razón, la envidia y el odio, y
finalmente la guerra, mientras que entre aquellas criaturas no ocurre eso.

Segundo, que entre esas criaturas, el bien común no difiere del individual, y aunque por
naturaleza propenden a su beneficio privado, procuran, a la vez, por el beneficio común. En
cambio, el hombre, cuyo goce consiste en compararse a sí mismo con los demás hombres, no
puede disfrutar otra cosa sino lo que es eminente.

Tercero, que no teniendo estas criaturas, a diferencia del hombre, uso de razón, no ven, ni
piensan que ven ninguna falta en la administración de su negocio común; en cambio, entre los
hombres, hay muchos que se imaginan a sí mismos más sabios y capaces para gobernar la cosa
pública, que el resto; dichas personas se afanan por reformar e innovar, una de esta manera,
otra de aquella, con lo cual acarrean perturbación y guerra civil.

Cuarto, que aun cuando estas criaturas tienen su voz, en cierto modo, para darse a entender
unas a otras sus sentimientos, les falta este género de palabras por medio de las cuales los
hombres pueden manifestar a otros lo que es Dios, en comparación con el demonio, y lo que
es el demonio en comparación con Dios, y aumentar o disminuir la grandeza aparente de Dios
y del demonio, sembrando el descontento entre los hombres, y turbando su tranquilidad
caprichosamente.

Quinto, que las criaturas irracionales no pueden distinguir entre injuria y daño, y, por
consiguiente, mientras están a gusto, no son ofendidas por sus semejantes. En cambio el
hombre se encuentra más conturbado cuando más complacido está, porque es entonces
cuando le agrada mostrar su sabiduría y controlar las acciones de quien gobierna el Estado.
Por último, la buena convivencia de esas criaturas es natural; la de los hombres lo es
solamente por pacto, es decir, de modo artificial. No es extraño, por consiguiente, que (aparte
del pacto) se requiera algo más que haga su convenio constante y obligatorio; ese algo es un
poder común que los mantenga a raya y dirija sus acciones hacia el beneficio colectivo.

La generación de un Estado. El único camino para erigir semejante poder común, capaz de
defenderlos contra la invasión de los extranjeros y contra las injurias ajenas, asegurándoles de
tal suerte que por su propia actividad y por los frutos de la tierra puedan nutrirse a sí mismos y
vivir satisfechos, es conferir todo su poder y fortaleza a un hombre o a una asamblea de
hombres, todos los cuales, por pluralidad de votos, puedan reducir sus voluntades a una
voluntad. Esto equivale a decir: elegir un hombre o una asamblea de hombres que represente
su personalidad; y que cada uno considere como propio y se reconozca a sí mismo como autor
de cualquiera cosa que haga o promueva quien representa su persona, en aquellas cosas que
conciernen a la paz y a la seguridad comunes; que, además, sometan sus voluntades cada uno
a la voluntad de aquél, y sus juicios a su juicio. Esto es algo más que consentimiento o
concordia; es una unidad real de todo ello en una y la misma persona, instituida por pacto de
cada hombre con los demás, en forma tal como si cada uno dijera a todos: autorizo y transfiero
a este hombre o asamblea de hombres mí derecho de gobernarme a mi mismo, con la
condición de que vosotros transferiréis a él vuestro derecho, y autorizaréis todos sus actos de
la misma manera. Hecho esto, la multitud así unida en una persona se denomina ESTADO, en
latín, CIVITAS. Esta es la generación de aquel gran LEVIATÁN, o más bien (hablando con más
reverencia), de aquel dios mortal, al cual debemos, bajo el Dios inmortal, nuestra paz y nuestra
defensa. Porque en virtud de esta autoridad que se le confiere por cada hombre particular en
el Estado, posee y utiliza tanto poder y fortaleza, que por el terror que inspira es capaz de
conformar las voluntades de todos ellos para la paz, en su propio país, y para la mutua ayuda
contra sus enemigos, en el extranjero.

Definición de Estado. Qué es soberano y súbdito. Y en ello consiste la esencia del Estado, que
podemos definir así: una persona de cuyos actos se constituye en autora una gran multitud
mediante pactos recíprocos de sus miembros con el fin de que esa persona pueda emplear la
fuerza y medios de todos como lo juzgue conveniente para asegurar la paz y defensa común. El
titular de esta persona se denomina SOBERANO, y se dice que tiene poder soberano; cada uno
de los que le rodean es SÚBDITO Suyo.

Se alcanza este poder soberano por dos conductos. Uno por la fuerza natural, como cuando un
hombre hace que sus hijos y los hijos de sus hijos le estén sometidos, siendo capaz de
destruirlos si se niegan a ello; o que por actos de guerra somete a sus enemigos a su voluntad,
concediéndoles la vida a cambio de esa sumisión. Ocurre el otro procedimiento cuando los
hombres se ponen de acuerdo entre sí, para someterse a algún hombre o asamblea de
hombres voluntariamente, en la confianza de ser protegidos por ellos contra todos los demás.
En este último caso puede hablarse de Estado político, o Estado por institución, y en el primero
de Estado por adquisición.

CAPÍTULO XVIII. DE LOS DERECHOS DE LOS SOBERANOS POR INSTITUCIÓN

Un Estado ha sido instituido, cuando una multitud de hombres establece un convenio entre
todos y cada uno de sus miembros, según el cual se le da a un hombre o a una asamblea de
hombres, por mayoría, el derecho de personificar a todos, es decir, de representarlos, Cada
individuo de esa multitud, tanto el que haya votado a favor, como el que haya votado en
contra, autorizará todas las acciones y juicios de ese hombre o asamblea de hombres. De esta
institución del Estado se derivan todos los derechos y facultades de aquél o aquéllos a quienes
les es conferido el poder soberano por consentimiento del pueblo:

Primero, puesto que se ha establecido el convenio, debe entenderse que éste no contradice
ningún pacto anterior al que los súbditos deben seguir estando obligados.

En segundo lugar, como el derecho de representar la persona de todos es dado a quien los
hombres hacen su soberano, mediante un pacto establecido entre ellos mismos, y no entre el
soberano y algunos de ellos, no puede haber quebrantamiento de convenio por parte del
soberano; y, en consecuencia, ninguno de sus súbditos puede librarse de estar sujeto a él,
alegando algún infringimiento de contrato por su parte.

En tercer lugar, como la mayoría ha proclamado a un soberano mediante voto con el que va
unida su aprobación, quien haya disentido deberá conformarse con la voluntad del resto, es
decir, deberá avenirse a aceptar todas las acciones que realice el soberano, si no quiere ser
destruido por la mayoría.

En cuarto lugar, como en virtud de esta institución cada súbdito es autor de todas las acciones
y juicios del soberano instituido, de ello, se seguirá que nada de lo que éste haga podrá
constituir injuria para ninguno de sus súbditos. Tampoco deberá ser acusado de injusticia por
ninguno de ellos.

En quinto lugar, ningún hombre que tenga poder soberano puede con justicia ser matado por
sus súbditos, o castigado por ellos en ningún modo. Cualquier hombre o asamblea que tenga la
soberanía l juzgar cuáles han de ser los medios de alcanzar la paz y de procurar la defensa, así
como el tomar las medidas necesarias para que esa paz u esa defensa no sean perturbadas y el
hacer todo lo que crea pertinente para garantizar la paz y seguridad.

En sexto lugar, ca anejo a la soberanía el ser juez de qué opiniones y doctrinas desvían de la
paz, y de cuáles son las que conducen a ella y, en consecuencia, el ser juez también de que
ocasiones, hasta dónde y con respeto a qué debe confiarse en los hombres cuando éstos
hablan a las multitudes, y quién habrá de examinar las doctrinas de todos los libros antes de
que éstos se publiquen. Pertenece a quien el poder soberano ser juez, o constituir a quienes
juzgan las opiniones y doctrinas. Es esto algo necesario para la paz, al objeto de prevenir así la
discordia y la guerra civil.

En séptimo lugar, va anejo a la soberanía el poder absoluto de prescribir las reglas por las que
los hombres sepan cuáles son los bienes que puedan disfrutar y qué acciones pueden realizar
sin ser molestados por ninguno de sus co-súbditos. Y esto es lo que los hombres llaman
propiedad. Estas reglas de la propiedad, o del meum y tuum y de lo bueno y lo malo, lo legal y
lo ilegal en las acciones de los súbditos, son lo que constituye las leyes civiles, es decir, las leyes
de cada Estado en particular, sibien el nombre de Derecho Civil está ahora restringido a las
antiguas leyes de la ciudad de Roma, la cual, como era la cabeza de gran parte del mundo,
fueron sus leyes, en aquel tiempo, las que se adoptaron en esas partes como Derecho Civil.

En octavo lugar, va anejo a la soberanía el derecho de judicadura, es decir, el de oír y decidir


todas las controversias que puedan surgir en lo referente al Derecho Civil o a la ley natural, o a
los hechos. Las leyes relativas al meum y al tuum son en vano, y a todo hombre le queda, como
consecuencia de suapetito natural y necesario de autoconservación, el derecho de protegerse
a sí mismo usando de su fuerza, lo cual constituye una situación de guerra y es algo contrario
al fin para el cual el Estado es instituido.
En noveno lugar, va anejo a la soberanía el derecho de hacer la guerra y la paz con otras
naciones y Estados, es decir, el derecho de jugar cuándo esa decisión ca en beneficio del bien
público y cuantas tropas deben reunirse, armarse y pagarse para este fin, y cuánto dinero debe
recaudarse de los súbditos para sufragar los gastos consiguientes.

En décimo lgar, va anejo a la soberanía el derecho de escoger a todos los consejeros, ministros,
magistrados y oficiales, tanto en tiempo de paz como en tiempo de guerra.

En undécimo lugar, al soberano le corresponde el poder de premiar con riquezas u honor, y de


castigar con penas corporales o penitenciarias, o con ignominia, a todo súbdito suyo, de
acuerdo con la ley que haya sido previamente establecida.

Pertenece, pues, al soberano la misión de dar títulos honoríficos y determinar qué orden de
jerarquíay dignidad tendrá cada hombre, y qué señales de respeto habrán de intercambiarse
en reuniones públicas o privadas.Estos son los derechos que constituyen la esencia de la
soberanía y que son signos por los que un hombre puede distinguir en qué otro hombre o
asamblea resie el poder soberano estos son los incomunicables e inseparables.

Como esta gran autoridad es indivisible y está inseparablemente unida a la soberanía, hay
poco fundamento para la opinión de quienes dicen que los reyes soberanos, aunque sean
singulis majores, es decir, de mayor poder que cada uno de sus súbditos, son, sin embargo,
universis minores, esto es, de menor poder que todos los súbditos tomados en conjunto.
Pero su por todos en conjunto quieren decir que se trata de todos como una persona,
entonces el poder de todos en conjunto es el mismo que el poder del soberano. Todos los
hombres,por naturaleza, están provistos de notables lentes de aumento que son sus pasiones
y su amor propio,a través de las cuales cualquier pequeño pago les parece sobre manera
gravoso; pero están desprovistos de esas otras lentes anticipadoras, esto es lentes de la moral
y de la ciencia civil, que les permitirían distinguir desde lejos de las miserias que los esperan y
que no podrían evitarse sin esas contribuciones.

CAPÍTULO XIX DE LOS VARIOS TIPOS DE ESTADO POR INSTITUCIÓN Y DE LA SUCESIÓN AL


PODER SOBERANOS

La diferencia entre los Estados consiste en la diferencia entre los soberanos. La soberanía está,
o en un hombre, o una asamblea, sólo puede haber tres tipos de Estado, una Monarquía, una
Democracia o una Aristocracia, quienes se encuentran descontentos bajo una democracia la
llaman anarquía, que significa falta de gobierno, donde un poder soberano ha sido ya erigido,
no puede haber otro representante, a menos que sea solamente para fines particulares, si se
erigieran dos soberanos, sería necesario dividir el poder, ello llevaría a las multitudes a una
situación de guerra, que es contraria al fin para el cual se instituye la soberanía.

La diferencia entre estos tres tipos de Estado no radica en una diferencia de poder, sino en la
diferencia de conveniencia o aptitud para producir la paz y seguridad del pueblo, fin para el
que los Estados fueron instituidos. Para comparar la monarquía con los otros dos tipos
podemos observar, primero, que quienquiera que sea el que represente la persona del pueblo
o forme parte de la asamblea que lo representa, asume también su propia representación
natural. Y aunque se cuide de promover el interés de la comunidad, más se cuida de procurar
su propio bien, el de su familia, parientes y amigos. Si acontece que el interés público está en
conflicto con su interés privado, preferirá procurar este último. En la monarquía el interés
privado es el mismo que el público.
En una democracia o en una aristocracia, la prosperidad pública no va tan unida a la fortuna
privada de quien es un hombre corrompido o ambicioso, como lo hace muchas veces un
consejo malvado, una acción traicionera o una guerra civil. En segundo lugar, podemos
observar que un monarca recibe consejo de quien le place, cuando le place y donde le place,
cuando una asamblea soberana tiene necesidad de consejo, nadie puede ser admitido como
consejero, excepto los que tienen derecho a ello desde un principio. El entendimiento nunca
es iluminado por la llama de las pasiones, sino cegado.

Observamos, en tercer lugar, que las resoluciones de un monarca no están sujetas a más
inconstancia que la que es propia de la naturaleza humana; pero, en las asambleas, además de
esta inconstancia natural, surge otra que se deriva del número de asambleístas. En cuarto
lugar, observamos que un monarca no puede estar en desacuerdo consigo mismo pero en una
asamblea sí puede ocurrir, y hasta tal extremo que puede ser causa de una guerra civil.

En quinto lugar, observamos que en la monarquía cualquier súbdito puede ser despojado de
todo lo que posee. Lo mismo puede suceder cuando el poder soberano está en una asamblea,
mientras que los favoritos de los monarcas son pocos, los favoritos de una asamblea son
muchos. Pues para acusar se requiere menos elocuencia que para excusar, y la condena tiene
más aspecto de justicia que la absolución.

En sexto lugar, es un inconveniente de la monarquía el que la soberanía pueda recaer sobre un


infante o sobre alguien que no sepa discernir el bien del mal; Para demostrar que este
inconveniente no procede de esa forma de gobierno que llamamos monarquía, consideremos
que un monarca precedente haya nombrado ya a quien ostentará la tutoría del infante
sucesor, y entonces, ese inconveniente, si tiene lugar, no debe atribuirse a la monarquía, sino a
la ambición y a la injusticia de los súbditos, cosas que se dan igualmente bajo todo tipo de
gobierno. Y si el monarca precedente no se ha cuidado de tomar medidas para que se
establezca esa tutoría, entonces la ley natural nos da esta regla suficiente: que la tutoría
recaiga sobre quien por la naturaleza tiene más interés en conservar la autoridad del infante y
menos beneficiado pueda resultar por la muerte o menoscabo de éste.

Cuando se han tomado las precauciones suficientes contra toda justa querella contra el
gobierno bajo un niño, si surge alguna disputa que perturbe la paz pública, no debe ser
atribuida al régimen monárquico en sí, sino a la ambición de los súbditos y a su ignorancia de
lo que es su deber. Por otra parte, no hay gran Estado cuya soberanía resida en una asamblea
que no esté, en la misma situación en que estaría si el gobierno hubiese recaído en un niño.
Pues así como a un niño le falta juicio para disentir el consejo que se le da. Así también carece
una asamblea de la libertad de disentir del consejo de la mayoría, sea bueno o malo. Y de igual
modo a como un niño necesita un tutor o protector que preserve su persona y autoridad, así
también, en los grandes Estados, la asamblea soberana tiene necesidad, en períodos de
grandes peligros y dificultades, de custodes libertatis, es decir, de dictadores o protectores de
su autoridad.

Hay otras formas que resultan de una mezcla de las anteriores. Así los reinos selectivos, donde
los monarcas tienen el reino en sus manos sólo durante un tiempo, a los que el monarca tiene
un poder limitado. Un Estado popular o aristocrático somete el país de un enemigo y lo
gobierna mediante un presidente, procurador, y otro magistrado, quizá podrá parecer, a
primera vista, que de trata de un gobierno democrático o aristocrático. Pero no es así sino
monárquico.
Un rey electivo cuyo poder está limitado al tiempo que dure su vida o a un cierto número de
años o meses si el monarca tiene el derecho de nombrar a su sucesor, ya no será electivo, sino
hereditario; pero si no tiene el poder de elegir a su sucesor, habrá algún otro hombre u
asamblea conocida que, tras la muerte del soberano, pueda elegir otro nuevo. De no ser así , el
Estado muere y se disuelve con él y regresa a la condición de guerra. Si se sabe quiénes tienen
el poder de dar la soberanía estaba en ellos antes, pues nadie tiene derecho

a dar lo que no se tiene derecho a poseer y a quedarse con ello si le parece oportuno. Pero si
no hubiese nadie que pudiera dar la soberanía cuando muere el que antes había sido elegido,
entonces no sólo es él mismo que tiene el poder, sino que también está obligado por la ley
natural de asegurar que quienes le confiaron el gobierno no retrocedan a la miserable
condición de guerra civil. Por consiguiente, cuando fue elegido, era un soberano absoluto.

En segundo lugar, un rey cuyo poder está limitado no es superior a la persona o personas que
tuvieron el poder de limitarlo; y quien no es superior tampoco es supremo, es decir, que no es
soberano. Por tanto, la soberanía estuvo siempre en la asamblea que tuvo el derecho de
limitarlo. En tercer lugar, a pesar de que en la antigüedad el pueblo romano gobernaba la
tierra de Judea por medio de un presidente, porque no estaban gobernados por ninguna
asamblea, tampoco era una aristocracia, estaban gobernados por una persona, era un
monarca, pues allí donde el pueblo está gobernado por una asamblea el gobierno se llama
democracia, o aristocracia, ocurre que si el pueblo está gobernado por una asamblea que no
es de su elección, el gobierno es entonces una monarquía, no de un hombre sobre otro
hombre, sino de un pueblo sobre otro pueblo.

Al ser mortal la materia de todas estas formas de gobierno es necesario que así como se
convino establecer un hombre artificial, se convenga también establecer una artificial
eternidad de vida. Esta eternidad artificial es lo que los hombres llaman el derecho de
sucesión. No hay forma perfecta de gobierno donde la sucesión no está en manos del
soberano presente. Si recae en algún otro hombre o en una asamblea privada, estará
recayendo en algún súbdito, y debe asumirse que ello es con el consentimiento del soberano y
el derecho de sucesión está en el. Y si la sucesión no recae en ningún hombre, entonces el
Estado queda disuelto, y el derecho de sucesión será poseído por aquel que primero lo
consiga.

En una democracia, la asamblea entera no puede disolverse, a menos que se disuelva también
la multitud que ha de ser gobernada. En una aristocracia, cuando muere alguno de los
miembros, la elección de otro que lo reemplace pertenece a la asamblea y aunque la asamblea
soberana pueda dar poder, puede ésta, revocarla cuando el bien público lo requiera. La mayor
dificultad en lo referente al derecho de sucesión de halla en la monarquía. A primera vista, no
está claro quién es el que ha sido designado. Por lo que se refiere a la cuestión de quién debe
nombrar al sucesor de un monarca que tiene la autoridad soberana, es decir, la cuestión de
quién ha de determinar el derecho de herencia o bien el que posee el poder soberano tiene
derecho a disponer de la sucesión, o bien, ese derecho está otra vez en la multitud disuelta.

En virtud de la institución de la monarquía, la disposición de la sucesión ha de dejarse siempre


a juicio y voluntad de quien posee la soberanía en el presente. Pero cuando faltan el
testamento y las palabras expresas, deben seguirse otros signos testamentarios naturales, uno
de los cuales es la costumbre. La costumbre es que el pariente más próximo suceda de modo
absoluto, costumbre es que el pariente varón más próximo sea el que suceda, si la costumbre
es que el sucesor sea hembra. Pues cualquiera que sea la costumbre establecida es señal que
quiere que dicha costumbre se conserve.

Donde no hay ni costumbre ni ha precedido un testamento, debe asumirse, primero, que la


voluntad de un monarca es que el gobierno siga siendo monárquico, ya que él mismo había
dado su aprobación a este tipo de gobierno. En segundo lugar, que el monarca preferirá que le
suceda un hijo suyo, varón o hembra. En tercer lugar, cuando el monarca no tiene
descendencia, debe asumirse que preferirá a un hermano antes que a un extraño, el pariente
más próximo es también el más próximo en el afecto. Sin embargo, aunque es legítimo que un
monarca disponga la sucesión mediante palabras contractuales o mediante testamento, quizá
los hombres vean en esto un gran inconveniente: que el monarca pueda vender o dar su
derecho de gobierno a un extranjero; la cual, como los extranjeros suelen subestimar lo que no
es de su país, es posible que se conviertan en opresores de sus nuevos súbditos, lo cual,
ciertamente, es un inconveniente grande. No es por tanto, una injuria para el pueblo el que un
monarca disponga de la sucesión como quiera, aunque, debido al error de muchos príncipes,
ello ha resultado a veces inconveniente. Y en cuanto a la legalidad de ello, esto podría también
ser un argumento: que cualquier inconveniencia que pueda surgir de dar un reino a un
extranjero, puede surgir también de casarse con extranjeros, ya que el derecho de sucesión
podrá recaer entonces sobre ellos, cosa, sin embargo, que todos los hombres consideran
legítima.

Opinión: En este texto nos dicen las bases de la generación de los diferentes tipos de Estados,
Monarquía, Democracia y Aristocracia, además de cómo funciona cada uno de estos tipos y lo
que pasa cuando el gobierno termina por la muerte de los gobernantes y cómo es que los tres
gobiernos dan origen a otros tipos de gobierno que son mezclas de dos o más de los Estados
principales. De acuerdo a lo anterior, es muy interesante conocer las raíces de los Estados que
nos indica necesidad de las personas de paz y seguridad, por lo tanto, optan por dejar que
alguien más les diga qué hacer para hacer sus vidas más cómodas, aunque pierden algunos
privilegios al dejar que esto pase, además la gente se hace vulnerable a ser víctima de los
deseos de otras personas y a veces a perder sus patrimonios por no estar de acuerdo con la
forma de gobierno, ya sea monarquía, democracia o aristocracia.

En el mundo actual podemos observar los tres tipos de Estados expuestos, en Europa existe la
monarquía, en América existe la democracia y la aristocracia se puede observar en algunas

instituciones religiosas, por tanto, podemos observar de manera relativamente cercana la


efectividad de cada tipo de Estado, la monarquía ha sido el tipo más socorrido a lo largo de la
historia porque al tener a una sola persona gobernando, no hay discusiones en cuanto a
decisiones tomadas por el rey o gobernante, aunque cuando este muere se hace mucha
polémica en cuanto a la sucesión de poder, como lo expone el texto.

El segundo Estado es la democracia, aunque se ha visto que en los gobiernos actuales se da


mucho que los gobernantes son los que deciden realmente la sucesión pasando por encima de
la opinión pública. Por último, está la aristocracia que se dice que es el verdadero gobierno
mundial, pues dependemos de muy pocas personas o familias las cuales deciden el rumbo de
las personas a nivel global y no se conoce quién realmente es quien nos gobierna, pues hay
teorías conspirativas que nos hacen pensar que esta es la forma definitiva de Estado, como
dependemos de la economía de otros países, controlando el capital mundial se puede someter
a la población que no hace nada para cambiar esto porque para la gran mayoría es mejor que
alguien más tome las decisiones por ellos.
CAPÍTULO XXI. DE LA LIBERTAD DE LOS SÚBDITOS.

LIBERTAD significa, propiamente hablando, la ausencia de oposición (por oposición significo


impedimentos externos al movimiento); puede aplicarse tanto a las criaturas irracionales e
inanimadas como a las racionales. La libertad de los súbditos consiste en la libertad de los
pactos, y se compagina con el poder ilimitado del soberano. Ellos tienen libertad para defender
su propio cuerpo, y no están obligados a dañarse a sí mismos. un hombre a quien como
soldado se le ordena luchar contra el enemigo, puede no obstante, en ciertos casos, rehusar
sin injusticia; por ejemplo, cuando procura un soldado sustituto, en su lugar, ya que entonces
no deserta del servicio del Estado. Respecto de la absolución de la obediencia de los súbditos,
ella se da cuando el fin de la obediencia es la protección.

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