T-4 Psicología Del Delito
T-4 Psicología Del Delito
Curso 2022/23
Grado en Políticas de Seguridad
y Control de la Criminalidad
Psicología del Delito
1. INTRODUCCIÓN
La mayor parte de las personas que cometen un delito no padecen trastorno mental alguno,
y la mayor parte de las que sí lo padecen nunca llega a delinquir. Pero la casuística de estas
dos circunstancias vitales, psicopatología y delito, cubre todas las posibilidades, de forma
que nos vamos a centrar en aquellos casos en los que, efectivamente, determinados
individuos, como consecuencia de algún tipo de trastorno mental, manifiestan
comportamientos antisociales o incluso pueden llegar a perpetrar delitos muy graves.
Este extremo va a dar lugar a uno de los retos más complicados en el ámbito forense, saber
determinar el grado de imputabilidad que podemos atribuir a una persona con un trastorno
mental. De hecho, no todos los trastornos de esta naturaleza son susceptibles de modificar
la responsabilidad penal. El caso de la psicopatía es, en este sentido, especialmente
relevante, ya que los sujetos que la padecen muestran con frecuencia una irremisible
tendencia al delito, aunque, sin embargo, con los conocimientos actuales, se considera que
dicho trastorno no altera ni su capacidad volitiva ni intelectiva. Desentrañar la etiología de
este trastorno será precisamente uno de los objetivos en esta unidad, además de detallar
sucintamente las opciones disponibles en el ámbito de la psicología del delito para su
prevención y tratamiento.
Pero para esto, hay que tener claro el concepto de salud y enfermedad mental. La
Organización Mundial de la Salud (OMS) define la salud mental como un estado de bienestar
que podemos alcanzar siendo conscientes de nuestras propias capacidades orientadas a,
entre otros retos cotidianos, poder afrontar las tensiones normales de la vida, trabajar de
forma productiva y fructífera, además de ser capaces de hacer una contribución a nuestra
comunidad. Esta definición, netamente positiva, tiene el valor de concebir la salud como un
estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente como la ausencia de
síntomas psicopatológicos.
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El problema de esta línea base es que parece poner el acento en el componente subjetivo
de la salud mental que, si bien es un elemento necesario, en modo alguno puede ser
suficiente para ser acreedor de su nivel óptimo. En este sentido, en el caso del psicópata,
cuyo perfil puede ser perfectamente compatible con los cuatro elementos característicos de
la salud mental que acabamos de citar, requeriría un elemento adicional: el consenso. Nos
referimos al consenso social existente, por ejemplo, sobre la inadecuación de arrebatarle la
vida a alguien con la única motivación de satisfacer una pulsión asesina para alimentar su
propio estado de bienestar. Dicho consenso da lugar, entre otras cosas, al documento
fundamental que estipula lo que es reprochable penalmente y regula la convivencia social:
el Código Penal.
En este sentido, los conceptos de salud y de enfermedad mental serían no tanto la expresión
de problemas de tipo emocional, cognitivo y comportamental, sino realidades simbólicas,
construidas cultural e históricamente a partir de las interacciones sociales. Es decir, en algún
contexto con otras coordenadas espaciotemporales, la persona psicópata, podría no
padecer trastorno alguno. Desde esta perspectiva, las concepciones de salud y de
enfermedad varían según los enfoques teóricos y criterios de diagnóstico utilizados; las
concepciones filosóficas, morales y psicológicas vigentes, y los modelos médicos
predominantes, lo que explicaría por qué las definiciones de lo que es normal y lo que es
patológico varían de una sociedad a otra, o de una a otra época.
Para solucionar la incertidumbre que pudiera generar este relativismo histórico y cultural,
bastaría con no perder de vista que los instrumentos y conocimientos disponibles deben ser
puestos en práctica ateniéndonos a las realidades propias de la cultura y la sociedad que
nos ha tocado vivir, lo cual tampoco tiene que conllevar necesariamente un problema
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En todo caso, sí compartimos dos puntos de vista de esta aproximación relativista. Por un
lado, es preciso señalar que, en la actualidad, a pesar de la evolución experimentada en los
tratamientos psicológicos y farmacológicos, una sombra de oscurantismo y recelo sigue
prevaleciendo en las representaciones sociales de la "locura". Esta es una de las razones
que han podido propiciar la tendencia a asociar enfermedad mental y comportamiento
violento. Por otra parte, es indudable que no debemos perder de vista la importancia de los
"escenarios de conducta" para poder calibrar el valor adaptativo de una conducta que, en
principio, pudiera ser objetivamente desviada. Un perfil psicopático puede ser muy
adaptativo en el parqué de la bolsa Nueva York, pero, efectivamente, una incorrección
situacional en el contexto de las relaciones familiares. O, en el caso de una situación extrema
como un desastre natural, los síntomas propios del estrés postraumático son una respuesta
normal ante una situación anormal.
La casuística que nos podemos encontrar en relación con los diferentes delitos cometidos
por personas aquejadas de un trastorno mental es de una extraordinaria diversidad y con
muy diferentes niveles de gravedad y (des)conexión con la realidad, por lo que se convierte
en un reto forense determinar el grado de imputabilidad del acusado. Para empezar, resulta
en ocasiones extremadamente difícil establecer con absoluta certeza si existe relación de
causalidad entre un determinado trastorno mental y la perpetración de un delito.
Es decir, no solo tiene que haber una contemporaneidad entre el comportamiento criminal y
el trastorno, sino que se debe poder determinar que el delito fue cometido como
consecuencia de dicho trastorno. Por otra parte, valorar con inequívoca precisión si en el
momento de producirse un hecho delictivo, el perpetrador del mismo tenía mermada, en
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alguna medida, su capacidad de entender y su libertad volitiva tampoco es siempre una tarea
sencilla.
En este sentido, por ejemplo, refiriéndonos a las valoraciones de imputabilidad, sabemos
que, en el caso de las demencias, la incidencia criminal va disminuyendo con la edad y que,
por lo general, los actos del demente suelen distinguirse por lo absurdo de su proceder y por
el hecho de que la transgresión cometida no aporta ningún beneficio a su protagonista. No
es el mismo caso, por ejemplo, que las psicosis esquizofrénicas paranoides, ya que los
individuos que las padecen pueden ser potencialmente peligrosos cuando actúan guiados
por la temática delirante. Con respecto a los trastornos de la personalidad, las valoraciones
se complican sustancialmente. Resulta difícil en estos, como en otros casos, establecer
reglas generales en relación con las repercusiones que estos trastornos tienen en la posible
imputabilidad del sujeto.
Dicho de otro modo, no existe un criterio universal y estable para determinar el posible grado
de imputabilidad de un criminal con un trastorno mental. Salvo en contadas excepciones, no
hay establecido a priori un recetario en virtud del cual determinadas patologías sean
necesariamente inimputables o lo contrario. Deberemos, en fin, valorar cada caso con el
mayor rigor y objetividad posibles. Sea como fuere, estas dificultades no son consecuencia
de la posible inmadurez de la psicología en general, o la forense, en particular, ya que se ha
mostrado con creces su potencial en el ámbito científico y jurídico-penal. Más bien es debido
a la tan imprevisible y compleja naturaleza humana.
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A continuación, se presentan algunos de los síndromes que con más frecuencia constituyen
un factor de riesgo delictivo en las personas que los sufren. Se toma como referencia el
Manual de diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5) por ser uno de los
más utilizados a nivel mundial.
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Los delitos más habituales que cometen los sujetos que padecen discapacidad intelectual
son contra la libertad e indemnidad sexuales, como exhibicionismo o abusos sexuales de
poca gravedad, delitos contra el patrimonio que suelen ser burdos y sin premeditación y
delitos de lesiones en aquellos sujetos con un perfil más impulsivo.
Los trastornos del espectro de la esquizofrenia y otros trastornos psicóticos reúnen una gran
variedad de cuadros clínicos definidos por anomalías en uno o más de los siguientes
dominios: delirios, alucinaciones, pensamiento y discurso desorganizado, comportamiento
motor desorganizado o anómalo, como la catatonia, y síntomas negativos 1. Atendiendo a las
indicaciones del DSM-5 estos dominios se caracterizan por los siguientes aspectos:
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En el siguiente enlace, encontramos un vídeo del psiquiatra D. Víctor Navarro, el cual explica de
manera clarificadora en qué consiste la esquizofrenia: ¿Qué es la esquizofrenia?
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1. Delirios: son creencias fijas que el sujeto no tiene posibilidad de modificar. Su contenido
puede incluir una gran diversidad de temas: persecutorios; referenciales, es decir, creer que
ciertos gestos, comentarios u otras señales del entorno se dirigen a uno; de grandeza;
erotomaníacos, es decir cuando el sujeto cree erróneamente que otra persona está
enamorada de él, etc. Como es evidente, en ocasiones las personas sí se enamoran de
quien lo sospecha, es decir, entra dentro de lo probable. Así pues, estas creencias pueden
ser extravagantes en el caso de que sean claramente inverosímiles e incomprensibles, como
podría ser por ejemplo que las personas que te rodean o te cruzas por la calle tienen el poder
de leer tu mente. Esta creencia no solo es improbable, sino que además es imposible. Un
delirio no extravagante sería aquel que, siendo poco probable, entra dentro de lo verosímil
o, cuando menos, de lo posible, como por ejemplo estar siendo vigilado por agentes de
Policía.
2. Alucinaciones: se trata de percepciones que tienen lugar sin la presencia de un estímulo
externo. Son experimentadas con toda la claridad y nitidez de una percepción normal, pero
no están sujetas al control voluntario. Pueden darse en cualquier modalidad, pero las
auditivas son las más frecuentes.
3. Pensamientos o discursos desorganizados: como es lógico, la presencia de pensamiento
desorganizado es una inferencia que realizamos a partir del discurso desorganizado. En
ocasiones el discurso puede llegar a estar tan desorganizado que sea totalmente
incomprensible para el interlocutor.
4. Comportamiento motor muy desorganizado o anómalo: se puede manifestar de diversas
maneras, desde conductas erráticas infantiloides hasta agitación impredecible. Una de las
consecuencias de este comportamiento es la dificultad para llevar a cabo cualquier tarea con
un objetivo definido, con las previsibles consecuencias para la realización normal de las
actividades cotidianas. En el polo opuesto también debemos referimos al comportamiento
catatónico caracterizado por una disminución muy marcada de la reactividad al entorno.
5. Síntomas negativos: son los responsables de una proporción importante de la morbilidad
asociada a la esquizofrenia, siendo menos característicos en otros trastornos psicóticos. Los
dos más habituales son la expresión emotiva disminuida, consistente en una disminución
drástica de la expresión de las emociones mediante la expresión facial y el habla; y la abulia
caracterizada por una disminución de las actividades realizadas por iniciativa propia y
motivadas por un propósito. Otros síntomas negativos son la alogia (reducción del habla), la
anhedonia (incapacidad para disfrutar) y la asocialidad (desinterés por las interacciones
sociales).
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Probablemente, los casos de trastornos delirantes son los que con mayor frecuencia se
encuentran asociados a comportamientos delictivos que, por lo general, están relacionados
con la temática de los delirios del sujeto. Pueden ser individuos potencialmente peligrosos
porque su capacidad cognitiva no suele estar significativamente mermada, aunque pueden
mostrar hostilidad, agresividad y convicción delirante. Por esta razón los delitos más graves,
que están pergeñados con una gran preparación y minuciosidad, son las lesiones e incluso
el homicidio. El sujeto sabe que está actuando delictivamente y que puede ser penado,
aunque, recordemos, delira. En este sentido, por lo tanto, es importante establecer la
conexión argumental entre el delito cometido y la temática delirante para establecer la
valoración de imputabilidad.
En aquellos casos en los que los síntomas más notables son el discurso y el comportamiento
desorganizado, así como afectividad aplanada, podemos encontrar episodios asociados de
robos, hurtos, incendios, alteración del orden público o exhibicionismo. Por lo general, en los
sujetos que padecen estos síntomas no existe una motivación que explique su
comportamiento transgresor, mostrando una cierta indiferencia por Ias consecuencias de
sus actos.
También merece especial atención esta categoría de trastornos, ya que incluyen afecciones
que se manifiestan con problemas en el autocontrol del comportamiento y las emociones.
En la práctica, se pueden traducir en conductas que violan los derechos de los demás o
llevan al individuo a conflictos importantes frente a las normas de la sociedad o las figuras
de autoridad. Dentro de este espectro, además de la piromanía y la cleptomanía, se
encuentran los siguientes cuadros:
a) Trastorno negativista desafiante: caracterizado por un patrón de enfado e irritabilidad,
discusiones permanentes y actitud desafiante o vengativa y que, con frecuencia, culpa a los
demás por sus errores.
b) Trastorno explosivo intermitente: caracterizado por arrebatos recurrentes que reflejan una
falta de control de los impulsos de agresividad que puede ser verbal o física.
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Por regla general, estos trastornos no afectan a la capacidad cognitiva del sujeto, de tal
forma que es perfectamente consciente de que las conductas que se derivan son
constitutivas de delito, por lo que, en todo caso, suelen acarrear sentimientos de culpa y
remordimientos. Es la capacidad volitiva la que generalmente se ve alterada, ya que el sujeto
no dispone de los recursos suficientes para el control voluntario de sus actos. Desde esta
perspectiva, dependiendo de la intensidad en que esté afectada la capacidad volitiva se
podrá aplicar la eximente del artículo 20.1 o alguno de los atenuantes correspondientes,
siempre y cuando, claro está, que la conducta delictiva esté directamente relacionada con el
trastorno concreto que padece el sujeto. Es decir, no cabría ningún planteamiento de
disminución de imputabilidad en un sujeto pirómano que comete un delito contra la libertad
sexual de otra persona.
La experiencia forense dicta que el consumo de alcohol y otras drogas puede afectar
significativamente a la imputabilidad de los individuos en función de la incidencia que su
ingesta produce en las facultades intelectivas y volitivas del toxicómano.
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Cabe decir que, para aquellos casos en los que, en el momento de cometerse el delito, el
sujeto presenta una adicción al alcohol u otras sustancias, el Código Penal contempla en su
artículo 87 la posibilidad de suspender la ejecución de la pena impuesta. Suele ser una
medida aplicable a los casos de delincuencia funcional, es decir, aquella referida a la
cometida con el propósito de que el toxicómano se procure la droga que precisa. Se trata,
por tanto, de una delincuencia de naturaleza diferente a la delincuencia inducida referida a
aquellos crímenes cometidos bajo el influjo de la intoxicación. En este sentido la delincuencia
funcional o instrumental estaría caracterizada por robos, incluso con violencia o lesiones,
mientras que la delincuencia inducida o reactiva está caracterizada por episodios de
violencia en general y, en particular, contra la pareja y agresiones sexuales.
Otro apartado diferente lo conforman los trastornos no relacionados con sustancias, siendo
el juego patológico el único que se contempla en el DSM-5, pero que bien se podría ampliar
a las llamadas dependencias sin sustancia o dependencias psicológicas. Dichas
dependencias están relacionadas con determinados comportamientos que terminan siendo
adictivos. El problema de las adicciones psicológicas no es tanto la conducta en sí misma,
sino el tipo de relación que el sujeto establece con esta, de modo que cualquier
comportamiento placentero puede convertirse en adictivo si se hace un uso inadecuado de
él. Entre estos comportamientos dependientes son destacables la adicción al sexo, a las
compras o a internet; las dependencias relacionales, y la cada vez más visible dependencia
al móvil. Recordemos que todos podemos tener un determinado grado de adicción a uno o
varios de los elementos citados, el problema es cuando produce un malestar psicológico
significativo y perturba de forma grave la calidad de vida de quien padece la adicción y de
su círculo social íntimo. En este sentido, la delincuencia asociada a este tipo de trastornos
es la misma que hemos podido observar en la delincuencia funcional propia de los
toxicómanos.
2.5.TRASTORNOS DE LA PERSONALIDAD
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Además de los cuadros que acabamos de repasar, existen otras patologías que, bajo
determinadas circunstancias, pueden desencadenar comportamientos delictivos. Nos
estamos refiriendo por ejemplo a la depresión que excepcionalmente puede derivar en un
suicidio ampliado. Esta acción delictiva se da cuando la persona ha decidido llevar a cabo la
conducta suicida, pero, previamente, acaba con la vida de otras personas de su entorno,
generalmente el cónyuge o los hijos. También es considerado un suicidio ampliado, aunque
atípico, el caso de Andreas Lubitz, que estrelló deliberadamente el avión que pilotaba de la
Germanwings, acabando con la vida de las otras 149 personas que iban a bordo, entre
pasajeros y resto de tripulación. Otro caso especialmente llamativo desde un punto de vista
psicológico y criminal es el conocido como síndrome de Munchausen por poderes
caracterizado por la inducción de problemas médicos a un menor por sus propios padres,
convirtiéndose así en una forma de maltrato infantil potencialmente letal. Y, por fin, entre las
parafilias, es especialmente indeseable, además de un delito muy grave, el abuso sexual
infantil.
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En cualquiera de los casos, estamos hablando de trastornos caracterizados por una clara
tendencia a la transgresión de las normas y las expectativas sociales, por lo que su potencial
asociación con el delito es mucho más evidente que en el resto de trastornos de la
personalidad, a excepción de los citados trastornos disruptivos. Esta peculiaridad hace
necesario que profundicemos en sus características y actuales líneas de investigación en
torno a su etiología y perfiles. Lo cierto es que el abordaje terapéutico en relación con esta
patología se ha caracterizado por un cierto pesimismo si atendemos a la bajísima eficacia
de los programas de tratamiento. Cabe decir que un psicópata nunca va a solicitar un
tratamiento psicológico, ya que está muy lejos de concebir que tenga un problema. De
hecho, quien tiene un problema es normalmente la gente que le rodea. De tal forma que casi
toda la evidencia empírica existente, en lo que concierne a los programas de tratamiento,
está relacionada con población reclusa. Por esta razón, entre otras, existe una tendencia a
creer que todos los psicópatas acaban cometiendo actos delictivos, pero en modo alguno
esto es así.
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Tabla 1
Criterios de Cleckley para el diagnóstico de la psicopatía
El siguiente paso decisivo para el estudio de este trastorno debía consistir necesariamente
en medirlo, lo que nos va a llevar a uno de los mayores especialistas del mundo en esta
materia. Nos referimos al psicólogo criminal canadiense Robert Hare. Su escala PCL-R
(Psychopathy Checklist-Revised) es el instrumento más profusamente usado en la
investigación, y en la práctica clínica y forense, para evaluar la psicopatía (Hare, 2010) (tabla
2) y que Torrubia (2012) validó en español.
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Tabla 2
Escala de Hare para evaluación de la psicopatía
La limitación que tienen estas escalas es que, a pesar de que resulta muy útil para la
investigación clínica disponer de un instrumento cerrado y ampliamente usado, puede
camuflar la gran heterogeneidad existente de perfiles psicopáticos y cerrar en falso algunos
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debates todavía vigentes en relación con este constructo y que podríamos resumir en los
siguientes puntos:
a) En primer lugar, resulta paradójico que algunos de los criterios de un trastorno sean
positivos, como la alta autoestima o la locuacidad.
b) Igualmente, cabe preguntarse, como sugeríamos anteriormente, si nos encontramos ante
un único trastorno con diferentes niveles de gravedad o ante varios tipos de diferente
naturaleza.
c) Finalmente, sigue siendo motivo de disenso el papel del comportamiento criminal con
respecto a si es un rasgo de personalidad inherente a la definición de psicopatía o una
consecuencia derivada de este perfil.
Cabe decir que el segundo punto de los anteriormente citados está relacionado con el hecho
de que el propio Robert Hare ya sugiere una tipología en la que distingue tres perfiles
diferenciados, a saber, el psicópata primario, el secundario y el disocial. La del psicópata
primario estaría asociada a la descripción ya realizada por Cleckley; el secundario o
psicópata neurótico se caracterizaría por su capacidad para establecer relaciones afectivas,
sentir culpa o remordimiento y por una elevada ansiedad; finalmente, el psicópata disocial
seria un individuo de ambientes marginales con una subcultura propia, en el que también
están presentes los sentimientos de culpa, lealtad y afecto al grupo, siendo su conducta
antisocial una consecuencia de factores fundamentalmente ambientales.
Identificar los diversos perfiles psicopáticos, reviste una gran importancia a la hora de diseñar
programas de tratamiento. En este sentido, existe cierto pesimismo en cuanto a los
resultados encontrados a partir de la evaluación de la eficacia de los programas de
tratamiento. De tal forma que un primer paso va a ser considerar a los psicópatas no como
un colectivo monolítico, sino altamente heterogéneo y con diversos perfiles. En este sentido,
por ejemplo, en una investigación de Durand y Matsumoto (2017) identificaron, dos tipos de
psicópatas. Por un lado, aquellos caracterizados por la dominación y la audacia, donde la
falta de empatía es un rasgo distintivo y, por otro, los caracterizados por un perfil antisocial,
cuya característica distintiva es la impulsividad. Dos tipos, en realidad, bastante próximos al
psicópata primario y secundario, respectivamente. Lo que en todo caso se subraya en este
trabajo son las posibilidades de intervención terapéutica e integración social positiva que
ofrece el segundo grupo con respecto al primero.
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Por otra parte, si bien es cierto que la psicopatía, tal y como ha sido definida por Hare, y el
trastorno antisocial de la personalidad (TAP), tienen varios criterios en común, en modo
alguno son cuadros clínicos equivalentes (tabla 3). Las puntuaciones diferenciales que se
pueden obtener en los diferentes factores de la escala dan como resultado diferentes perfiles
de psicópatas. Ahí fuera, además, pasean entre nosotros los llamados psicópatas
integrados, a los que aludiremos más adelante.
Tabla 3
Criterios para el diagnóstico del trastorno antisocial de la personalidad
Si realizamos un careo entre los criterios de ambos trastornos, podemos observar que, en
el caso del TAP, se prescinde de los ítems "positivos" como la locuacidad y el sentido
desmesurado de autovalía. También quedan excluidos los que hacen referencia al
comportamiento sexual promiscuo que, si no causan malestar psicológico en el individuo
que lo experimenta ni en sus parejas, no habría mucho que objetar desde un punto de vista
clínico.
Por otra parte, en los criterios para el diagnóstico de la psicopatía se detallan variables en la
esfera de la afectividad muy reveladoras, tales como el afecto superficial y la falta de
empatía, que no se mencionan en el TAP. En definitiva, los criterios que el DSM-5 utiliza
para el diagnóstico de la personalidad antisocial básicamente se refieren a conductas
observables, en contraposición al acento que se pone en los criterios propuestos por Hare y
Cleckley centrados en rasgos de personalidad subyacentes.
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A pesar de estos aspectos que revelan que nos encontramos inequívocamente ante dos
trastornos diferentes, lo cierto es que la American Psychiatric Association no hace ninguna
alusión a la psicopatía hasta la edición del DSM-5.
En este sentido, hay algunas aportaciones interesantes en la actual edición del citado
manual, como los capítulos relacionados con las adicciones y, precisamente, los referidos a
los trastornos de la personalidad. Las adicciones ya no se limitan a las sustancias químicas,
sino que se extienden a las denominadas adicciones sin sustancia, como por ejemplo el
citado anteriormente juego patológico. Los trastornos de personalidad no se han modificado,
pero se ha añadido un "modelo alternativo" en la sección 111 del manual, basado en un
enfoque dimensional que podría sustituir a las categorías actualmente existentes y que
plantea la siguiente propuesta para el trastorno antisocial de la personalidad, algo más
próxima, esta vez sí, al concepto de psicopatía:
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Como hemos podido comprobar en el apartado anterior, parece que podríamos tener
algunas dificultades en el intento de concitar un amplio consenso acerca de qué es la
psicopatía. Efectivamente, todo lo que vaya más allá de definir este trastorno como ''lo que
mide la escala PCL-R de Hare" es pisar un terreno pantanoso, tal y como se ve reflejado en
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la inseguridad que trasmite el DSM-5 cuando lo vincula al TAP y con dos configuraciones
diferentes en sus secciones II y III, respectivamente.
Figura 1
Modelo triádico de la psicopatía
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En lo que concierne a las causas todavía existen muchos interrogantes por resolver acerca
de las razones por las que se producen estas anomalías a nivel cerebral (Korpanay et al.,
2017; Mahmut et al., 2008). Una investigación de Baskin-Sommers y colaboradores (2016)
sostiene que el comportamiento disfuncional asociado con la psicopatía puede ser
consecuencia de un déficit en los procesos cognitivos en lugar de un déficit en el
procesamiento emocional. Según estos autores, los psicópatas son retratados
frecuentemente como individuos inmunes a la depresión e incapaces de sentir miedo y,
sobre todo, como depredadores sociales incapaces de empatizar con las personas con las
que se relacionan. Sin embargo, la citada investigación sugiere que esta lectura puede no
ser del todo precisa.
Otro de los procesos mentales estudiados de forma aislada está relacionado con una de las
características prototípicas de los psicópatas: la mentira. Todos mentimos con cierta
frecuencia, ya que reporta innumerables ventajas por todos conocidas, e incluso puede ser
un hábito necesario para una mejor convivencia. Obviamente nos estamos refiriendo a las
mentiras que podríamos denominar prosociales. De hecho, ser demasiado sincero puede
resultar poco adaptativo e indeseable socialmente. Lo que nos suscita dilemas son las
mentiras antisociales, ya que colisionan con nuestros preceptos morales en el sentido de
que están exclusivamente orientadas al beneficio personal o, llegado el caso, al mero
perjuicio del prójimo. En virtud de nuestros filtros morales, en fin, dosificamos prudentemente
las mentiras antisociales. Desde este punto de vista, atribuimos la tendencia a la mentira de
los psicópatas únicamente como una consecuencia de su carencia de filtros morales.
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Además de estos problemas, el escepticismo de los intervinientes es palpable una vez que,
enfrentado a un psicópata en un contexto terapéutico carcelario, resultan notorias desde las
primeras sesiones las siguientes cuestiones:
a) Es difícil establecer una relación de confianza entre terapeuta e interno.
b) El recluso psicópata no siente la necesidad de cambiar al no existir conciencia de
problema ni malestar psicológico.
e) No resulta viable el trabajo emocional.
d) Y como consecuencia de todo lo anterior, las intervenciones normalmente se abandonan
antes de haber concluido el programa de sesiones.
A pesar de estas dificultades, que deberán irse minimizando a medida que seamos más
precisos en los diagnósticos y se vayan mejorando los materiales empleados, se han
desarrollado algunos modelos que están mostrando resultados algo más esperanzadores
entre los que cabe destacar (Lasala, 2013) el modelo de riesgo-necesidad-responsividad y
el modelo de la terapia dialéctica conductual (TDC) adaptada a delincuentes psicópatas.
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mínimos de intervención. Esto implica poder contar con la capacidad para evaluar el riesgo
de manera fiable.
b) Principio de necesidad: identifica dos grandes tipos de necesidades en el delincuente: las
criminógenas (estáticas y dinámicas) y las no criminógenas. Las necesidades criminógenas
dinámicas son aquellos factores de riesgo que, al poder ser modificados, se asocian con
cambios en la reincidencia. El tratamiento efectivo para el delincuente será aquel que se
enfoque fundamentalmente hacia este tipo de necesidades. Así, por ejemplo, el abuso de
sustancias es una necesidad criminógena que debe ser abordada por la intervención; en
tanto que necesidades en principio no criminógenas (p. ej., la ansiedad y la autoestima)
deberían limitarse a un rol secundario, dado que focalizar la intervención sobre estos
aspectos no impactaría sobre el comportamiento delictivo en el futuro.
c) Principio de responsividad: se trata de la disposición de responder al tratamiento.
Establece que existen ciertas características cognitivo-conductuales y de personalidad en
los delincuentes que influyen sobre su disposición a responder ante diversos tipos de
tratamiento. En general, las intervenciones de carácter cognitivo-conductual u orientadas al
aprendizaje social parece que logran mejores resultados que otras estrategias de
tratamiento.
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RECURSOS BIBLIOGRÁFICOS
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