Liturgia del Mes MARZO 2024
V 1 2.a semana
S 2 2.a semana
D 3 III de Cuaresma 3.a semana
L 4 San Casimiro Memoria libre 3.a semana
M 5 3.a semana
M 6 3.a semana
J 7 Santas Perpetua y Felicidad Mem. obligatoria 3.a semana
V 8 3.a semana
S 9 3.a semana
D 10 IV de Cuaresma (Laetare) 4.a semana
L 11 4.a semana
M 12 4.a semana
M 13 4.a semana
J 14 4.a semana
V 15 4.a semana
S 16 4.a semana
D 17 V de Cuaresma 1.a semana
L 18 San Cirilo de Jerusalén Memoria libre 1.a semana
M 19 San José Solemnidad Propio
M 20 1.a semana
J 21 1.a semana
V 22 1.a semana
S 23 1.a semana
D 24 Domingo de Ramos Propio
L 25 Lunes Santo 2.a semana
M 26 Martes Santo 2.a semana
M 27 Miércoles Santo 2.a semana
J 28 Jueves Santo Propio
V 29 Viernes Santo Propio
S 30 Sábado Santo Propio
D 31 Dom. de Pascua de la Resurrección del Señor Solemnidad Propio
Tiempos especiales Tiempo Ordinario Mártires y apóstoles Adviento y Cuaresma
se acercara, maquinaron su muerte. Se decían unos a otros: «Ahí
viene el soñador. Vamos a matarlo y a echarlo en un aljibe; luego
diremos que una fiera lo ha devorado; veremos en qué paran sus
sueños». Oyó esto Rubén, e intentando salvarlo de sus manos,
dijo: «No le quitemos la vida». Y añadió: «No derramen sangre;
échenlo en este aljibe, aquí en la estepa; pero no pongan las
manos en él». Lo decía para librarlo de sus manos y devolverlo
a su padre.
Cuando llegó José al lugar donde estaban sus hermanos,
lo sujetaron, le quitaron la túnica, la túnica con mangas que
llevaba puesta, lo cogieron y lo echaron en un pozo. El pozo
estaba vacío, sin agua. Luego se sentaron a comer y, al
levantar la vista, vieron una caravana de ismaelitas que
transportaban en camellos goma, bálsamo y resina de Galaad
a Egipto. Judá propuso a sus hermanos: «¿Qué sacaremos con
matar a nuestro hermano y con tapar su sangre? Vamos a
venderlo a los ismaeli- tas y no pongamos nuestras manos en
él, que al fin es hermano nuestro y carne nuestra». Los
hermanos aceptaron. Al pasar unos mercaderes madianitas,
tiraron de su hermano; y, sacando a José del pozo, lo vendieron
a unos ismaelitas por veinte monedas de plata. Estos se
llevaron a José a Egipto.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Recuerden las maravillas que hizo el Señor.
Llamó al hambre sobre aquella tierra, cortando el sustento de
pan; por delante había enviado a un hombre, a José, vendido
como esclavo.
Le trabaron los pies con grillos, le metieron el cuello en la argo-
lla, hasta que se cumplió su predicción, y la palabra del Señor
lo acreditó.
2.a semana del Salterio
El rey lo mandó desatar, el Señor de pueblos le abrió la pri-
sión, lo nombró administrador de su casa, señor de todas sus
posesiones.
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito; todos
los que cree en Él tienen vida eterna.
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 21, 33-43.45-46
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los
ancianos del pueblo: «Escuchen otra parábola: “Había un pro-
pietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella
un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se
marchó lejos. Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados
a los labradores para percibir los frutos que le correspondían.
Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno,
mataron a otro y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros
criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo.
Por último, les mandó a su hijo diciéndose: ‘Tendrán respeto a
mi hijo’. Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: ‘Este es el
heredero: vengan, lo matamos y nos quedamos con su herencia’.
Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando
vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?”».
Le contestan: «Hará morir de mala muerte a esos malvados
y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los fru-
tos a su tiempo». Y Jesús les dice: «¿No han leído nunca en la
Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora
la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un
milagro patente”? Por eso les digo que se les quitará a ustedes el
Reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».
Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas,
comprendieron que
hablaba de ellos. Y, aunque intentaban echarle mano,
temieron a la gente, que lo tenía por profeta.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Te pedimos, oh, Dios, que tu misericordia prepare debida-
mente a tus siervos y los conduzca a celebrar estos misterios con
una conducta piadosa. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Dios nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propi-
ciación por nuestros pecados.
Señor, después de recibir la prenda de la eterna salvación, haz
que la procuremos de tal modo que podamos llegar a ella. Por
Jesucristo, nuestro Señor.
Te pedimos, Señor, que concedas a tu pueblo la salud de alma
y cuerpo, para que, haciendo el bien, merezca ser defendido
siempre por tu protección. Por Jesucristo, nuestro Señor.
L
Sábado 2 de marzo
II SEMANA DE CUARESMA
2.ª semana del Salterio - Morado
La primera lectura fue compuesta luego del retorno del exilio de
Babilonia. Judá se encontraba en ruinas, pero el profeta Miqueas
vislumbra una luz de esperanza: Dios se compadecerá y tomará las
riendas de su pueblo.
El evangelio, nos muestra hasta dónde es capaz de llegar el amor
misericordioso de Dios. Para el hijo perdido existe una oportunidad de
redención; incluso al que cometió las ofensas más graves, el Padre lo
acoge con júbilo y fiesta.
Padre compasivo, que atraídos por la fuerza de tu amor sepamos volver
a ti.
El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico
en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas
sus criaturas.
Señor, Dios nuestro, que, por medio de los sacramentos, nos
permites, ya en la tierra, participar de los bienes del cielo, diríge-
nos tú mismo en esta vida, para que nos lleves hacia esa luz en la
que habitas. Por nuestro Señor Jesucristo.
Lectura de la profecía de Miqueas 7, 14-15.18-20
Pastorea a tu pueblo, Señor, con tu cayado, al rebaño de tu
heredad, que anda solo en la espesura, en medio del bosque;
que se apaciente como antes en Basán y Galaad. Como
cuando saliste de Egipto, les haré ver prodigios. ¿Qué Dios hay
como tú, capaz de perdonar el pecado, de pasar por alto la falta
del resto de tu heredad? No conserva para siempre su cólera,
pues le gusta
la misericordia. Volverá a compadecerse de nosotros, destrozará
nuestras culpas, arrojará nuestros pecados a lo hondo del mar.
Concederás a Jacob tu fidelidad y a Abrahán tu bondad, como
antaño prometiste a nuestros padres.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
El Señor es compasivo y misericordioso.
Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.
Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; Él
rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura.
No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos
trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras
culpas.
Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad
sobre los que lo temen; como dista el oriente del ocaso, así
aleja de nosotros nuestros delitos.
Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le
diré: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti».
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 15, 1-3.11-32
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús todos los publicanos y
los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas
murmura- ban diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con
ellos». Jesús les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos;
el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me
toca de la for- tuna”. El padre les repartió los bienes. No
muchos días después,
2.a semana del Salterio
el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país
lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un
hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y
se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo
mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las
algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi
padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero
de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está
mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra
ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de
tus jornaleros”.
Se levantó y partió adonde estaba su padre. Cuando todavía
estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas;
y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su
hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no
merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados:
“Saquen enseguida la mejor túnica y vístansela; pónganle un
anillo en la mano y sandalias en los pies; traigan el ternero ceba-
do y sacrifíquenlo; comamos y celebremos un banquete, porque
este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo
hemos encontrado”. Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se
acer- caba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a
uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero
cebado, porque lo ha recobrado con salud”. Él se indignó y no
quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años como
te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me
has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos;
en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido
tus bienes con malas mujeres, le
matas el ternero cebado”. El padre le dijo: “Hijo, tú estás siempre
conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un
banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto
y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Lleguen hasta nosotros, Señor, por medio de este sacramento,
los frutos de la redención, para que nos aparten de los excesos
humanos y nos conduzcan hacia los bienes del cielo. Por Jesu-
cristo, nuestro Señor.
Deberías alegrarte, hijo, porque este hermano tuyo estaba
muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado.
Señor, que la gracia recibida de tu sacramento llegue a lo más
hondo de nuestro corazón y nos comunique su fuerza divina.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Estén abiertos, Señor, los oídos de tu misericordia a los
ruegos de los que te suplican, y, para que les concedas lo que
desean, haz que pidan lo que a ti te agrada. Por Jesucristo,
nuestro Señor.
E
Domingo 03 de marzo
III DOMINGO DE CUARESMA
3.a semana del Salterio - Morado
«Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré»
Ex 20, 1-17; F. B. Ex 20, 1-3.7-8.12-17; Sal 18, 8-11; 1 Co 1, 22-25; Jn 2, 13-25
El decálogo o las «diez palabras» no son una carga, como a veces
se piensa, sino un conjunto de pautas para vivir una vida plena y en
libertad. No amenazan con castigos, solo subrayan que transgredir-
las nos causan daño a nosotros mismos y a los demás. El libro del
Éxodo destaca que son un don de Dios para proteger la libertad de
su pueblo y evitar que recaiga en la esclavitud.
En el evangelio de hoy, Jesús, por su parte, realiza un acto
sor- prendente: expulsa a los mercaderes del templo. Durante la
Pascua, los peregrinos necesitaban cambiar sus monedas
romanas por monedas aceptadas en el templo, las únicas
admitidas como ofren- da. También se vendían animales para los
sacrificios. Jesús llega al templo y se indigna al verlo
transformado en un mercado más que en lugar de oración. Por
eso, expulsa a los mercaderes a latigazos; un gesto con el cual
condena la mezcla entre religión y lucro. Pero existe algo aún
más importante, Jesús anuncia la construcción de un nuevo
templo, refiriéndose a su propio cuerpo. En adelante, el lugar de
encuentro con Dios y con el prójimo será Cristo mismo. No
obstante, esta comunión, más que en actos de culto, se efectuará
mediante el servicio generoso a los demás, sobre todo a los más
necesitados. Unos verán esto como una locura o necedad, pero,
para los discípulos de Jesús, es una muestra de la fuerza y
sabiduría de Dios, como lo expresa san Pablo en la segunda
lectura.
Escanea el QR o digital el enlace para ver el video o PDF del comentario al evangelio de hoy: https:/
3
La liturgia de la Palabra de este tercer domingo de Cuaresma
nos invita a reflexionar sobre dos aspectos de nuestra vida de fe: la
ley (los mandamientos) y el culto. Jesús resumió toda la ley en un
solo mandato, el del amor. ¿Pero cuán dispuestos estamos a vivirlo?
«Amar al prójimo como a uno mismo», más que una prohibición, es un
llamado a la activa búsqueda del bien de los demás. Por eso, más que
un medio para mirar las faltas ajenas, el mandato del amor es siempre
un espejo para mirarnos a nosotros mismos. Así como la primera
lectura nos ofrece los límites mínimos de ese amor; Jesús, en el
evangelio, nos indica el grado máximo del mismo: la donación de sí
mismo, hasta dar la propia vida. Este es el nuevo culto que instaura
Señor Jesús, infúndenos tu Espíritu para que, hagamos vida tu Evangelio en el am
Jesús.
Tengo los ojos puestos en el Señor, porque Él saca mis pies de
la red. Mírame, oh, Dios, y ten piedad de mí, que estoy solo y
afligido.
Oh, Dios, autor de toda misericordia y bondad, que aceptas
el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros
pecados, mira con amor el reconocimiento de nuestra
pequeñez y levanta con tu misericordia a los que nos sentimos
abatidos por nuestra conciencia. Por nuestro Señor Jesucristo.
Dios no solamente libera a su pueblo de la esclavitud de Egipto,
sino que le ofrece también un camino para vivir esa libertad.
¡Escuchemos!
Lectura del libro del Éxodo 20, 1-17
En aquellos días, el Señor pronunció las siguientes palabras:
«Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la
esclavitud. No tendrás otros dioses fuera de mí. No te harás
ídolos, figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la
tierra o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante
ellos, ni les darás
3.a semana del Salterio 3
culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso: castigo el
pecado de los padres en los hijos, nietos y biznietos, cuando me
aborrecen. Pero actúo con piedad por mil generaciones cuando
me aman y guardan mis preceptos.
No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en vano,
por- que no dejará el Señor sin castigo a quien pronuncie su
nombre en vano. Fíjate en el sábado para santificarlo. Durante
seis días trabaja y haz tus tareas, pero el día séptimo es un día
de descan- so, dedicado al Señor, tu Dios: no harás trabajo
alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava,
ni tu ganado, ni el forastero que viva en tus ciudades. Porque
en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra y el mar y lo que hay
en ellos. Y el séptimo día descansó: por eso bendijo el Señor el
sábado y lo santificó. Honra a tu padre y a tu madre: así
prolongarás tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a
dar. No matarás. No come- terás adulterio. No robarás. No
darás testimonio falso contra tu prójimo. No codiciarás los
bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su
esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de
él».
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Señor, tú tienes Palabras de vida eterna.
La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el
precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante.
Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma
del Señor es límpida y da luz a los ojos.
La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los manda-
mientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.
Más preciosos que el oro, más que el oro fino; más dulces que la
miel de un panal que destila.
3
Frente al ideal de un Dios todopoderoso, Jesús crucificado resulta
un escándalo o locura para muchos. ¿Y nosotros cómo lo vivimos?
¿Hallamos en la cruz del Señor fuerza y sabiduría? ¡Escuchemos!
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo
a los Corintios 1, 22-25
Hermanos: Mientras los judíos exigen milagros, los griegos
buscan sabiduría; nosotros predicamos a Cristo crucificado:
escándalo para los judíos, locura para los paganos; pero, para los
que Dios ha llamado –sean judíos o griegos–, Cristo es fuerza de
Dios y sabiduría de Dios. Pues lo que en Dios parece locura es
mucho más sabio que toda sabiduría humana; y lo que en Dios
parece debilidad es más fuerte que toda fuerza humana.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único. Todo
el que cree en Él tiene vida eterna.
Jesús llega al templo de Jerusalén, seguramente, esperando hallar
un lugar de recogimiento y oración. Sin embargo, encuentra algo más
parecido a un mercado que a un lugar de culto. Por eso, realiza un
gesto que nos enseña cuál es el nuevo templo y el culto verdadero.
¡Escuchemos!
Lectura del santo Evangelio según san Juan 2, 13-25
Gloria a ti, Señor.
Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.
Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y
palo- mas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de
cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los
cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a
los que vendían palomas les dijo: «Quiten esto de aquí; no
conviertan en un
3.a semana del Salterio 3
mercado la casa de mi Padre». Sus discípulos se acordaron de
lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora». Entonces
intervi- nieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos
muestras para obrar así?». Jesús contestó: «Destruyan este
templo, y en tres días yo lo levantaré». Los judíos replicaron:
«Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo
vas a levantar en tres días?». Pero Él hablaba del templo de su
cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos
se acordaron de que había dicho eso, y dieron fe a la Escritura
y a la palabra que había dicho Jesús. Mientras estaba en
Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su
nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no confiaba
en ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el
testimonio de nadie acerca de los hombres, porque Él conocía
lo que hay dentro de cada hombre.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Al Señor nuestro Dios, que quiere liberarnos de cuanto nos
esclaviza e impide ir a Él, supliquemos con confianza diciendo:
Padre, escúchanos.
Para que, anunciando la gracia del Señor, los cristianos nos
comprometamos en la transformación de nuestra sociedad.
Oremos.
Para que la ley del amor sea la norma de nuestras vidas, y
para que como Iglesia nunca traicionemos el Evangelio de
la vida, el amor y la paz. Oremos.
Para que en todo el mundo se respecten los derechos
humanos, y todos gocen de salud, educación, vivienda y
trabajo digno. Oremos.
3
Para que cuantos viven angustiados por el peso del pecado,
descubran que Jesús tiene palabras de vida eterna y que los
quiere salvar. Oremos.
Para que el Crucificado dé sentido al dolor de los enfermos,
los marginados y excluidos de la sociedad. Oremos.
Para que Jesucristo crucificado y ahora resucitado haga de
nuestras vidas templos vivos de su gracia salvadora. Oremos.
Señor, por la celebración de este sacrificio concédenos, en
tu bondad, que, al pedirte el perdón de nuestras ofensas, nos
es- forcemos en perdonar las de nuestros hermanos. Por
Jesucristo, nuestro Señor.
Hasta el gorrión ha encontrado una casa; la golondrina, un
nido donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor del universo,
Rey mío y Dios mío. Dichosos los que viven en tu casa,
alabán- dote siempre.
Alimentados ya en la tierra con el pan del cielo, prenda de
eterna salvación, te suplicamos, Señor, que se haga realidad
en nuestra vida lo que hemos recibido en este sacramento. Por
Jesucristo, nuestro Señor.
Te pedimos, Señor, que dirijas los corazones de tus fieles y les
concedas benigno la gracia de permanecer firmes en el amor a
ti y al prójimo, y de cumplir plenamente tus mandamientos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Lunes 4 de marzo
III SEMANA DE CUARESMA
San Casimiro - 3.ª semana del Salterio - Morado
En la Antigüedad, la lepra era una de las enfermedades más
temidas, ya que, además de contagiosa, era asociada
generalmente con la muerte. Sin embargo, el general sirio Naamán,
sostenido por la fe de distintas personas, recobrará la vida plena de
manos del Dios de Israel.
En el evangelio, Jesús nos recuerda la universalidad del mensaje
del Reino y del amor de Dios, algo que con frecuencia olvidamos,
pues nos gustaría que fuera exclusivo para nosotros, para nuestro
grupo. Por eso, vale preguntarnos si nos alegramos de que Dios vele
por todos sus hijos.
Padre, danos entrañas compasivas como las tuyas para que sepamos compartir
Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón
y mi carne se regocijan en el Dios vivo.
Señor, purifica y protege a tu Iglesia con misericordia
continua y, pues, sin tu ayuda no puede mantenerse incólume,
que tu pro- tección la dirija y la sostenga siempre. Por nuestro
Señor Jesucristo.
Lectura del segundo libro de los Reyes 5, 1-15a
En aquellos días, Naamán, jefe del ejército del rey de Siria,
era hombre notable y muy estimado por su señor, pues por su
medio el Señor había concedido la victoria a Siria. Pero, siendo
un gran militar, era leproso. Unas bandas de arameos habían
hecho una incursión trayendo de la tierra de Israel a una
muchacha, que pasó al servicio de la mujer de Naamán. Dijo
ella a su señora: «Ah, si
Memoria libre
mi señor pudiera presentarse ante el profeta que hay en Samaría.
Él lo curaría de su lepra». Fue (Naamán) y se lo comunicó a su
señor diciendo: «Esto y esto ha dicho la muchacha de la tierra de
Israel». Y el rey de Siria contestó: «Vete, que yo enviaré una carta al
rey de Israel». Entonces tomó en su mano diez talentos de plata,
seis mil siclos de oro, diez vestidos nuevos y una carta al rey de
Israel que decía: «Al llegarte esta carta, sabrás que te envío a mi
siervo Naamán para que lo cures de su lepra».
Cuando el rey de Israel leyó la carta, rasgó sus vestiduras,
diciendo: «¿Soy yo Dios para repartir vida y muerte? Pues me
encarga nada menos que curar a un hombre de su lepra. Dense
cuenta y verán que está buscando querella contra mí». Eliseo,
el hombre de Dios, oyó que el rey de Israel había rasgado sus
vestiduras y mandó a que le dijeran: «Por qué has rasgado tus
vestiduras? Que venga a mí y sabrá que hay un profeta en
Israel».
Llegó Naamán con sus carros y caballos y se detuvo a la en-
trada de la casa de Eliseo. Envió este un mensajero a decirle: «Ve
y lávate siete veces en el Jordán. Tu carne renacerá y quedarás
limpio». Naamán se puso furioso y se marchó diciendo: «Yo me
había dicho: “Saldrá seguramente a mi encuentro, se detendrá,
invocará el nombre de su Dios, frotará con su mano mi parte
enferma y sanaré de la lepra”. El Abaná y el Farfar, los ríos de
Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Podría
bañarme en ellos y quedar limpio». Dándose la vuelta, se mar-
chó furioso. Sus servidores se le acercaron para decirle: «Padre
mío, si el profeta te hubiese mandado una cosa difícil, ¿no lo
habrías hecho? ¡Cuánto más si te ha dicho: “Lávate y quedarás
limpio”!». Bajó, pues, y se bañó en el Jordán siete veces, con-
forme a la palabra del hombre de Dios. Y su carne volvió a ser
como la de un niño pequeño: quedó limpio. Naamán y toda su
comitiva regresaron al lugar donde se encontraba el hombre de
3.a semana del Salterio
Dios. Al llegar, se detuvo ante él exclamando: «Ahora
conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de
Israel».
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Mi alma tiene sed del Dios vivo:
¿cuándo veré el rostro de Dios?
Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca
a ti, Dios mío.
Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo, ¿cuándo entraré a
ver el rostro de Dios?
Envía tu luz y tu verdad, que ellas me guíen y me conduzcan
hasta tu monte santo, hasta tu morada.
Me acercaré al altar de Dios, al Dios de mi alegría; que te dé
gracias al son de la cítara, Dios, Dios mío.
Espero en el Señor, espero en su palabra; porque de Él viene la
misericordia, la redención copiosa.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 4, 24-30
Gloria a ti, Señor.
Habiendo llegado Jesús a Nazaret, le dijo al pueblo en la si-
nagoga: «En verdad les digo que ningún profeta es aceptado en
su pueblo. Puedo asegurarles que en Israel había muchas viudas
en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y
seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo,
a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de
Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en
Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de
ellos fue curado sino Naámán, el sirio». Al oír esto, todos en la
sinagoga
Memoria libre
se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del
pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el
que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo.
Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Lleva a plenitud, Señor, las ofrendas de tus siervos, hacién-
dolas para nosotros sacramento de salvación. Por Jesucristo,
nuestro Señor.
Alaben al Señor todas las naciones, firme es su misericordia
con nosotros.
Que la comunión en tu sacramento, Señor, nos purifique
de nuestras culpas y nos conceda la unidad. Por Jesucristo,
nuestro Señor.
Señor, protege con tu mano poderosa a este pueblo supli-
cante; dígnate purificarlo y orientarlo con el consuelo presente,
para que tienda sin cesar hacia los bienes futuros. Por Jesucristo,
nuestro Señor.
Q
Martes 5 de marzo
III SEMANA DE CUARESMA
3.ª semana del Salterio - Morado
El profeta Daniel, de quien se toma la primera lectura de hoy,
escribe en el contexto de la persecución de Antíoco IV a los judíos,
que tuvo lugar en el siglo II a. C. ¿Qué le quedaba al creyente sino
aferrarse a su fe? Incluso en medio de semejante «fuego abrazador»,
el grito y el lamento orante pueden mantener viva la esperanza.
En el evangelio, Jesús, por su parte, nos llama a no dejarnos
vencer por otras llamas, las de la venganza. En su Hijo, el Padre nos
ha mostrado cuánto nos ama, pero ¿estamos dispuestos a
corresponder con el mismo amor a nuestros hermanos?
Padre santo, que la experiencia de tu misericordia con nosotros nos haga siemp
Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío; inclina el
oído y escucha mis palabras. Guárdame como a las niñas de
tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme.
Señor, que tu gracia no nos abandone, para que, entregados
plenamente a tu servicio, sintamos sobre nosotros tu
protección continua. Por nuestro Señor Jesucristo.
Lectura de la profecía de Daniel 3, 25.34-43
En aquellos días, Azarías, puesto en pie, oró de esta forma;
alzó la voz en medio del fuego y dijo: «Por el honor de tu
nom- bre, no nos desampares para siempre, no rompas tu
alianza, no apartes de nosotros tu misericordia. Por Abrahán,
tu amigo; por Isaac, tu siervo; por Israel, tu consagrado; a
quienes prometiste multiplicar su descendencia como las
estrellas del cielo, como
la arena de las playas marinas. Pero ahora, Señor, somos el
más pequeño de todos los pueblos; hoy estamos humillados
por toda la tierra a causa de nuestros pecados. En este
momento no tene- mos príncipes, ni profetas, ni jefes; ni
holocausto, ni sacrificios, ni ofrendas, ni incienso; ni un sitio
donde ofrecerte primicias, para alcanzar misericordia. Por eso,
acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde,
como un holocausto de carneros y toros o una multitud de
corderos cebados. Que este sea hoy nuestro sacrificio, y que
sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no
quedan defraudados. Ahora te seguimos de todo corazón, te
respetamos, y buscamos tu rostro; no nos defraudes, Señor;
trátanos según tu piedad, según tu gran misericordia. Líbranos
con tu poder maravilloso y da gloria a tu nombre, Señor».
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Recuerda, Señor, tu misericordia.
Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz
que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y
salvador.
Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas;
acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.
El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a
los humildes.
Ahora —dice del Señor— conviértanse a mí de todo corazón,
porque soy compasivo y misericordioso.
3.a semana del Salterio
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 18, 21-35
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que
perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contesta: «No te
digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por esto, se
parece el Reino de los Cielos a un rey que quiso ajustar las
cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le
presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía
con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su
mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El
criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten
paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. Se compadeció el
señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.
Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compa-
ñeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba
diciendo: “Págame lo que me debes”. El compañero, arroján-
dose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y
te lo pagaré”. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel
hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo
ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su
señor todo lo sucedido.
Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado!
Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No
debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo
tuve compasión de ti?”. Y el señor, indignado, lo entregó a los
verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con
ustedes mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón
a su hermano».
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Concédenos, Señor, que este sacrificio de salvación, purifique
nuestros pecados y atraiga sobre nosotros la ayuda de tu
poder. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda y habitar en tu
monte santo? El que procede honradamente y practica la justicia.
La participación en este santo sacramento nos vivifique,
Señor, expíe nuestros pecados y nos otorgue tu protección.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Oh, Dios, maestro y guía de tu pueblo, aleja de él los
pecados que lo afean, para que te sea siempre agradable y se
sienta seguro con tu auxilio. Por Jesucristo, nuestro Señor.
D
Miércoles 6 de marzo
III SEMANA DE CUARESMA
3.ª semana del Salterio - Morado
La ley para Israel debía ser un don no una carga, como lo expresa
Moisés en la primera lectura. Si se la entiende de ese modo, más que
una camisa de fuerza, es un sendero que nos va señalando por dónde
conducirnos en la vida. Sin embargo, es fácil convertir la observancia
de la ley en legalismo. Jesús, sin embargo, cuestionó con dureza esta
actitud. Pero ¿significa eso que debemos rechazar toda norma? En el
evangelio de hoy, Jesús nos muestra el camino.
hiciste tú, enséñanos a apartar nuestras vidas del legalismo y permite que todo nos enc
a nuestro prójimo.
Asegura mis pasos con tu promesa, que ninguna maldad
me domine.
Señor, instruidos por las prácticas cuaresmales y alimentados
con tu palabra, concédenos que te sirvamos fielmente con una
santa austeridad de vida y perseveremos unidos en la plegaria.
Por nuestro Señor Jesucristo.
Lectura del libro del Deuteronomio 4, 1.5-9
Moisés habló al pueblo, diciendo: «Ahora, Israel, escucha los
mandatos y decretos que yo les enseño para que, cumpliéndolos,
vivan y entren a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios
de sus padres, les va a dar. Miren: yo les enseño los mandatos
y decretos, como me mandó el Señor, mi Dios, para que los
cumplan en la tierra donde van a entrar para tomar posesión
de ella. Obsérvenlos y cúmplanlos, pues esa es su sabiduría y
su inteligencia a los ojos de los pueblos, los cuales, cuando
tengan
noticia de todos estos mandatos, dirán: “Ciertamente es un
pue- blo sabio e inteligente esta gran nación”. Porque ¿dónde
hay una nación tan grande que tenga unos dioses tan cercanos
como el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos? Y
¿dónde hay otra nación tan grande que tenga unos mandatos y
decretos tan justos como toda esta ley que yo les propongo hoy?
Pero, ten cui- dado y guárdate bien de olvidar las cosas que
han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras
vivas; cuéntaselas a tus hijos y a tus nietos».
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Glorifica al Señor, Jerusalén.
Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sion, que ha re-
forzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos
dentro de ti.
Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz; manda la
nieve como lana, esparce la escarcha como ceniza.
Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con
ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos.
Tus palabras, Señor, son espíritu y vida; tú tienes palabras de
vida eterna.
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 5, 17-19
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No crean que
he venido a abolir la ley y los profetas: no he venido a abolir,
sino a dar pleno cumplimiento. Les aseguro que antes pasarán
el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o
tilde de la ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos
importantes
3.a semana del Salterio
y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en
el Reino de los Cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será
consi- derado grande en el Reino de los Cielos».
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Con la ofrenda de estos dones, Señor, recibe las súplicas de
tu pueblo y defiende de todo peligro a los que ahora
celebramos tus misterios. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu
presencia, Señor.
Señor, que nos santifique la comida celestial que hemos
reci- bido, para que, libres de nuestros errores, podamos
alcanzar las promesas eternas. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Concede a tu pueblo, Dios nuestro, una voluntad agradable
a ti, porque le otorgarás toda clase de bienes al hacerle conforme
a tus mandatos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
J
que
Jueves 7 de marzo
SANTAS PERPETUA Y FELICIDAD, mártires (MO)
III semana de Cuaresma - 3.ª semana del Salterio - Morado
La liturgia de la Palabra de hoy nos recuerda el dicho tradicional
«No hay peor ciego que el que no quiere ver». Así, en la primera
lectura, el profeta Jeremías recrimina la sordera de sus compatriotas.
Se estaban encaminando al abismo, la invasión babilónica, pero no
querían oír ni ver. Igualmente, en el evangelio, los adversarios de
Jesús, a pesar de haber estado presentes cuando Él devuelve la
palabra a un mudo, se niegan a reconocer en ello la acción de Dios.
Señor, cura nuestras cegueras, abre nuestros corazones
para reconocer tu obra y tu presencia en el mundo y en nuestras vidas.
Yo soy la salvación del pueblo, dice el Señor. Cuando me
invo- quen en la tribulación, los escucharé y seré para siempre su
Señor.
Invocamos humildemente, Señor, tu grandeza para que, a
medida que se acerca la fiesta de nuestra salvación, vaya crecien-
do en intensidad nuestra entrega para celebrar dignamente el
misterio pascual. Por nuestro Señor Jesucristo.
Lectura del libro de Jeremías 7, 23-28
Esto dice el Señor: «Esta fue la orden que di a mi pueblo: “Es-
cuchen mi voz, yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo. Sigan
el camino que les señalo, y todo les irá bien”. Pero no escucharon
ni hicieron caso. Al contrario, caminaron según sus ideas, según
la maldad de su obstinado corazón. Me dieron la espalda y no
la cara. Desde que salieron sus padres de Egipto hasta hoy, les
envié a mis siervos, los profetas, un día tras otro; pero no me
escucharon ni me hicieron caso. Al contrario, endurecieron la
cerviz y fueron peores que sus padres. Ya puedes repetirles
este discurso, seguro que no te escucharán; ya puedes gritarles,
seguro
3.a semana del Salterio
que no te responderán. Aun así, les dirás: “Esta es la gente que
no escuchó la voz del Señor, su Dios, y no quiso escarmentar.
Ha desaparecido la sinceridad, se la han arrancado de la
boca”».
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Ojalá escuchen hoy la voz del Señor:
«No endurezcan su corazón»
Vengan, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos
salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con
cantos.
Entren, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador
nuestro. Porque Él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el
rebaño que Él guía.
Ojalá escuchen hoy su voz: «No endurezcan el corazón como
en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando sus
padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían
visto mis obras».
Ahora —dice el Señor— conviértanse a mí de todo corazón,
porque soy compasivo y misericordioso.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 11, 14-23
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, estaba Jesús echando un demonio que era
mudo. Sucedió que, apenas salió el demonio, empezó a hablar
el mudo. La multitud se quedó admirada, pero algunos de
ellos dijeron: «Por arte de Belzebú, el príncipe de los
demonios, echa los demonios». Otros, para ponerlo a prueba,
le pedían un signo del cielo. Él, conociendo sus pensamientos,
les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y
cae casa sobre casa. Si, pues, también Satanás se ha dividido
contra sí mismo, ¿cómo se
Memoria obligatoria
mantendrá su reino? Pues ustedes dicen que yo echo los demo-
nios con el poder de Belzebú. Pero, si yo echo los demonios con
el poder de Belzebú, los hijos de ustedes, ¿por arte de quién los
echan? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero, si yo echo
los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el Reino de
Dios ha llegado a ustedes. Cuando un hombre fuerte y bien
armado guarda su palacio, sus bienes están seguros, pero, cuando
otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se
fiaba y reparte su botín. El que no está conmigo está contra mí; el
que no recoge conmigo desparrama».
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Señor, preserva de toda maldad a tu pueblo, para que sus
ofrendas sean gratas a tus ojos, y no permitas entregarse a los fal-
sos placeres a quien prometes alcanzar los premios de tu verdad.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Tú promulgas tus mandatos para que se observen exactamen-
te. Ojalá esté firme mi camino para cumplir tus decretos.
Presta benigno tu ayuda, Señor, a quienes alimentas con tus
sacramentos, para que consigamos tu salvación en la celebra-
ción de estos misterios y en la vida cotidiana. Por Jesucristo,
nuestro Señor.
Confiados en tu misericordia, imploramos, Señor, tu clemen-
cia, pues, así como hemos recibido de ti lo que somos, por tu
gracia, procuremos desear el bien y poner en práctica lo deseado.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Viernes 8 de marzo
III SEMANA DE CUARESMA (abstinencia)
3.ª semana del Salterio - Morado
El profeta Oseas, en la lectura de hoy, nos invita a volver a Dios
seguros de que siempre seremos acogidos con misericordia. Este
tiempo de Cuaresma es propicio para tomar conciencia de los rumbos
equivocados que estamos siguiendo y emprender el camino de
regreso.
Por otro lado, anteayer escuchamos a Jesús decir que Él no había
venido a abolir la ley, sino a darle pleno cumplimiento. Hoy nos ofrece
el significado profundo de esta afirmación: la ley tiene sentido si
nos orienta a un único camino, el del amor.
Señor Jesús, danos tu fuerza para que, como tú, sepamos vivir la centralidad d
No tienes igual entre los dioses, Señor: grande eres tú y haces
maravillas, tú eres el único Dios.
Infunde bondadosamente, Señor, tu gracia en nuestros
cora- zones, para que sepamos apartarnos de los errores
humanos y secundar las inspiraciones que, por tu generosidad,
nos vienen del cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.
Lectura de la profecía de Oseas 14, 2-10
Esto dice el Señor: «Vuelve, Israel, al Señor tu Dios,
porque tropezaste por tu falta. Tomen sus promesas con
ustedes, y vuelvan al Señor. Díganle: “Tú quitas toda falta,
acepta el pac- to. Pagaremos con nuestra confesión: Asiria no
nos salvará, no volveremos a montar a caballo, y no
llamaremos ya ‘nuestro Dios’ a la obra de nuestras manos. En
ti el huérfano encuentra compasión”. “Curaré su deslealtad,
los amaré generosamente, porque mi ira se apartó de ellos.
Seré para Israel como el rocío,
florecerá como el lirio, echará sus raíces como los cedros del
Líbano. Brotarán sus retoños y será su esplendor como el olivo, y
su perfume como el del Líbano. Regresarán los que habitaban
a su sombra, revivirán como el trigo, florecerán como la viña,
será su renombre como el del vino del Líbano. Efraín, ¿qué tengo
que ver con los ídolos? Yo soy quien le responde y lo vigila.
Yo soy como un abeto siempre verde, de mí procede tu fruto”.
¿Quién será sabio, para comprender estas cosas, inteligente,
para cono- cerlas? Porque los caminos del Señor son rectos:
los justos los transitan, pero los traidores tropiezan en ellos».
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Yo soy el Señor, Dios tuyo; escucha mi voz.
Oigo un lenguaje desconocido: «Retiré sus hombros de la car-
ga, y sus manos dejaron la espuerta. Clamaste en la aflicción,
y te libré.
Te respondí oculto entre los truenos, te puse a prueba junto a
la fuente de Meribá. Escucha, pueblo mío, doy testimonio contra
ti;
¡ojalá me escuchases, Israel!
No tendrás un dios extraño, no adorarás un dios extranjero; yo
soy el Señor, Dios tuyo, que te saqué del país de Egipto.
¡Ojalá me escuchase mi pueblo y caminase Israel por mi ca-
mino! Lo alimentaría con flor de harina, lo saciaría con miel
silvestre».
Conviértanse —dice el Señor—, porque está cerca el Reino de
los Cielos.
Lectura del santo Evangelio según san Marcos 12, 28b-34
Gloria a ti, Señor.
3.a semana del Salterio
En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:
«¿Qué mandamiento es el primero de todos?». Respondió Jesús:
«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el
único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón,
con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo
es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay
mandamiento mayor que estos». El escriba replicó: «Muy bien,
Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno
solo y no hay otro fuera de Él; y que amarlo con todo el corazón,
con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo
como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y
sacrificios». Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le
dijo: «No estás le- jos del Reino de Dios». Y nadie se atrevió a
hacerle más preguntas.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Mira, Señor, con bondad los dones que te dedicamos, para
que sean gratos a tus ojos y nos alcancen siempre la salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amar a Dios con todo el corazón, y al prójimo como a uno
mismo, vale más que todos los sacrificios.
La acción de tu poder, Señor, penetre nuestros cuerpos y
al- mas, para que poseamos en la plenitud de la salvación lo
que en esta participación hemos recibido. Por Jesucristo,
nuestro Señor.
Señor, mira a los fieles que imploran tu misericordia, para que
puedan difundir por todas partes los dones de tu amor quienes
han puesto en ti su confianza. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Sábado 9 de marzo
III SEMANA DE CUARESMA
Santa Francisca Romana - 3.ª semana del Salterio -
Morado
El profeta Oseas escribe en un momento de aguda crisis moral
y social, marcado por la idolatría y distintas formas de injusticias.
¿Estaba todo perdido, entonces? El profeta, en la primera lectura de
hoy, llama a su pueblo a la conversión.
El evangelio, por su parte, nos cuestiona sobre nuestras pretensio-
nes de rectitud. ¿Llevar una vida de bien es una causa de soberbia y
de exclusión a los demás? Si es así, ¿acaso podremos hacer realidad
el mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo? Jesús nos
propone un camino distinto que brota de la confianza en un Dios mi-
sericordioso.
Padre bueno, llena nuestros corazones de humildad para que, como tú, dejemos
Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. Él
perdona todas tus culpas.
Llenos de alegría, al celebrar un año más la Cuaresma, te
pedimos, Señor, al unirnos a los sacramentos pascuales, que
gocemos plenamente de su eficacia. Por nuestro Señor Jesucristo.
Lectura de la profecía de Oseas 6, 1-6
Vamos, volvamos al Señor. Porque Él ha desgarrado, y Él nos
curará; Él nos ha golpeado, y Él nos vendará. En dos días nos
volverá a la vida y al tercero nos hará resurgir; viviremos en
su presencia y comprenderemos. Procuremos conocer al
Señor. Su manifestación es segura como la aurora. Vendrá
como la lluvia, como la lluvia de primavera que empapa la
tierra». ¿Qué haré de
3.a semana del Salterio
ti, Efraín, qué haré de ti, Judá? El amor de ustedes es como
nube mañanera, como el rocío que al alba desaparece. Sobre
una roca tallé mis mandamientos; los castigué por medio de
los profetas con las palabras de mi boca. Mi juicio se
manifestará como la luz. Quiero misericordia y no sacrificio,
conocimiento de Dios, más que holocaustos.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Quiero misericordia, y no sacrificio.
Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa
compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi
pecado.
Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto,
no lo querrías. El sacrificio agradable a Dios es un espíritu
quebran- tado; un corazón quebrantado y humillado, tú, oh,
Dios, tú no lo desprecias.
Señor, por tu bondad, favorece a Sion, reconstruye las
murallas de Jerusalén: entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos.
No endurezcan hoy su corazón; escuchen la voz del Señor.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 18, 9-14
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que
confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban
a los demás: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era
fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su
interior: “¡Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los
de- más hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco
como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el
diezmo
Memoria libre
de todo lo que tengo”. El publicano, en cambio, quedándose
atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se
golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh, Dios!, ten compasión de este
pecador”. Les digo que este bajó a su casa justificado, y aquel
no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se
humilla será enaltecido».
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Oh, Dios, cuya gracia nos permite, purificados nuestros senti-
dos, acercarnos a tus santos misterios, concédenos rendirte
una alabanza adecuada, al celebrar solemnemente lo que nos
has entregado en ellos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
El publicano, quedándose atrás, se golpeaba el pecho
dicien- do: «Oh, Dios, ten compasión de este pecador».
Concédenos, Dios misericordioso, celebrar con sincera entre-
ga las realidades santas que nos alimentan continuamente, y
re- cibirlas siempre con espíritu de fe. Por Jesucristo, nuestro
Señor.
Extiende, Señor, sobre tus fieles tu mano derecha como
auxilio celestial, para que te busquen de todo corazón y me-
rezcan conseguir todo lo que piden dignamente. Por
Jesucristo, nuestro Señor.
Domingo 10 de marzo
IV DOMINGO DE CUARESMA (Laetare)
4.a semana del Salterio - Rosado o Morado
«Dios mandó su Hijo al mundo para que el mundo
se salve por Él»
2 Cro 36, 14-16.19-23; Sal 136, 1-6; Ef 2, 4-10; Jn 3, 14-21
Dos siglos después del exilio, el pueblo judío se seguía pre-
guntando por qué Dios permitió la destrucción del templo y de la
Ciudad Santa. El libro de las Crónicas, escrito en esos años, plantea
distintas respuestas según la mentalidad de la época, que concebía
las desgracias como castigos de Dios debido a nuestros pecados. El
autor señala como causas las infidelidades e insensatez de los líderes
políticos y religiosos y el incumplimiento del descanso sabático de
la tierra (cada seis años debía dejarse uno para el descanso de los
campos). Con todo, el pasaje concluye con un mensaje de esperan-
za: después de «setenta años», Dios liberó a su pueblo por mano del
rey persa Ciro. Por tanto, la historia está en sus manos.
El evangelio, por su parte, nos presenta una sección del diá-
logo de Jesús y Nicodemo, un miembro destacado del Sanedrín.
Jesús compara su crucifixión con la serpiente curativa, salvífica que
Moisés elevó en el desierto para sanar a quienes eran picados por
víboras venenosas. De igual forma, la cruz, un signo de muerte, con
Jesús, se transforma en una fuerza salvífica, una fuente de vida,
ya que allí Dios nos ha mostrado cuánto ama al mundo. La cruz
es el máximo signo de entrega y servicio a los demás, en contraste
con su uso histórico como un medio de ejecución para esclavos.
Jesús, con la entrega de sí mismo, proclama que una vida plena es
aquella que se dona a favor del prójimo.
Escanea el QR o digital el enlace para ver el video o PDF del comentario al evangelio de hoy: http
10
Las lecturas de este domingo nos hablan de distintos modos
sobre el amor de Dios. El libro de las Crónicas rememora uno de los
acontecimientos más trágicos de la historia de Israel: el exilio. Pero
no todo había quedado allí, Dios, por el profeta Jeremías, también
había prometido rescatar a su pueblo, como efectivamente lo hace. La
segunda lectura, por su parte, nos recuerda que la cruz de Jesús nos
ha rescatado del camino de muerte en que andábamos, para
conducirnos hacia la vida plena. Y el evangelio nos ilumina para
comprender el sentido salvífico de la cruz de Jesús, ella nos revela
Señor Jesús, confiamos que la expresión de tu amor, nos haga mejores personas.
cuánto ama Dios al mundo.
Alégrate, Jerusalén, reúnanse todos los que la aman,
regocí- jense los que estuvieron tristes para que exulten;
mamarán a sus pechos y se saciarán de sus consuelos.
Oh, Dios, que, por tu Verbo, realizas de modo admirable la
reconciliación del género humano, haz que el pueblo cristiano
se apresure, con fe gozosa y entrega diligente, a celebrar las
próxi- mas fiestas pascuales. Por nuestro Señor Jesucristo.
La tragedia de la destrucción del templo y la deportación a Babilo-
nia seguía resonando en la mente del pueblo judío incluso dos siglos
después. Por eso, el autor del libro de las Crónicas nos ofrece una
respuesta acorde con la mentalidad de su tiempo. ¡Escuchemos!
Lectura del segundo libro de las Crónicas 36, 14-16.19-23
En aquellos días, todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo
multiplicaron sus infidelidades, según las costumbres
abominables de los paganos, y mancharon la casa del Señor, que
el Señor había
consagrado en Jerusalén. El Señor, Dios de sus padres, les envió
4.a semana del Salterio 10
desde el principio avisos por medio de sus mensajeros, porque
tenía compasión de su pueblo y de su morada. Pero ellos se
burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y
se mofaron de sus profetas, hasta que la ira del Señor se encendió
sin remedio con- tra su pueblo. Los caldeos incendiaron la casa
de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén; prendieron fuego
a todos sus palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos. Y
a los que escaparon de la espada los llevaron cautivos a Babilonia,
donde fueron esclavos del rey y de sus hijos hasta la llegada del
reino de los persas; para que se cumpliera lo que dijo Dios por
boca del profeta Jeremías: «Hasta que el país haya pagado sus
sábados, descansará todos los días de la desolación, hasta que se
cumplan los setenta años».
En el año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento
de la Palabra del Señor, por boca de Jeremías, movió el Señor
el espíritu de Ciro, rey de Persia, que mandó publicar de
palabra y por escrito en todo su reino: «Así habla Ciro, rey de
Persia: “El Señor, el Dios de los cielos, me ha dado todos los
reinos de la tierra. Él me ha encargado que le edifique una casa
en Jerusalén, en Judá. Quien de entre ustedes pertenezca a su
pueblo, que parta hacia allá, y que su Dios lo acompañe”».
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Que no me olvide de ti, Señor.
Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar con
nostalgia de Sion; en los sauces de sus orillas colgábamos nuestras
cítaras.
Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar; nuestros
opresores, a divertirlos: «Cántennos un cantar de Sion».
¡Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera! Si me
olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha.
Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti,
si no pongo a Jerusalén en la cumbre de mis alegrías.
10
El Bautismo y el don de la fe en Jesús, ¿es un don o un privilegio?
A veces, parece que lo asumimos como si fuera un privilegio, sin
embar- go, san Pablo nos recuerda su auténtico sentido. ¡Escuchemos!
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 2, 4-
10 Hermanos: Dios, rico en misericordia, por el gran amor
con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados,
nos ha hecho vivir con Cristo —por pura gracia están ustedes
salvados—,
nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo
con Él. Así quiso mostrar a los siglos venideros la inmensa rique-
za de su gracia, por la bondad que nos manifestó en Cristo Jesús.
Por la gracia, en efecto, han sido salvados mediante la fe. Y no se
debe a ustedes, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe
a las obras, para que nadie pueda presumir. Pues somos obra
suya. Nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a
las buenas obras, que Él nos asignó para que las practicásemos.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único.
Todo el que cree en Él tiene vida eterna.
Próximos al acontecimiento central de nuestra fe, el pasaje evan-
gélico de hoy nos revela el sentido de la cruz de Jesús. Con
frecuencia, anunciamos o, de hecho, tememos a un Dios juez, ¿pero
es ese el rostro que nos ha mostrado en la cruz de su Hijo?
¡Escuchemos!
Lectura del santo Evangelio según san Juan 3, 14-21
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que
Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado
el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida
eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único
4.a semana del Salterio 10
para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que
tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo
para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por me-
dio de Él.
El que cree en Él no será condenado; por el contrario, el
que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el
nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la
luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la
luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra
perversamente de- testa la luz y no se acerca a la luz, para no
verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad
se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas
según Dios».
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Oremos a Dios, que es rico en misericordia, y que en Jesucris-
to nos ha llamado a obrar según la ley del amor. Digámosle:
Salva a tu pueblo, Señor.
Para que Jesús, que murió en la cruz para conseguirnos la
reconciliación con Dios, ayude a su Iglesia a mantenerse fiel y
a dispensar su misericordia y su perdón. Oremos.
Para que en todos los cristianos, contemplando el gran
acon- tecimiento de entrega de amor de Jesús, broten
sentimientos de bondad y solidaridad. Oremos.
Para que el Señor que fue colgado de un madero para
enseñarnos la locura del amor de Dios Padre, conceda a los
consagrados una entrega radical, un espíritu sin fronteras y un
corazón nuevo. Oremos.
Para que quien nos abrió el camino hacia la Vida,
introduzca en ella a quienes hoy morirán. Oremos.
10
Señor Dios, que tanto amas al mundo que nos diste a tu
Hijo para que nos salvara de la muerte y del pecado, escucha las
súpli- cas que, en nombre de todos los hombres te hemos
presentado, y haz que un día gocemos de tu luz y de tu verdad.
Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Señor, al ofrecerte alegres los dones de la eterna salvación,
te rogamos nos ayudes a celebrarlos con fe verdadera y a saber
ofrecértelos de modo adecuado por la salvación del mundo. Por
Jesucristo, nuestro Señor.
Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta. Allá
suben las tribus, las tribus del Señor, a celebrar tu nombre, Señor.
Oh, Dios, luz que alumbra a todo hombre que viene a este
mun- do, ilumina nuestros corazones con la claridad de tu
gracia, para que seamos capaces de pensar siempre, y de amar
con sinceridad, lo que es digno y grato a tu grandeza. Por
Jesucristo, nuestro Señor.
Defiende, Señor, a los que te suplican, fortalece a los débiles,
vivifica siempre con tu luz a los que caminan en sombras de
muerte y, libres de todo mal por tu compasión, concédeles llegar
a los bienes definitivos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Lunes 11 de marzo
IV SEMANA DE CUARESMA
4.ª semana del Salterio - Morado
Las lecturas de hoy nos invitan a la esperanza. ¿Llegará un día en
que ya no haya dolor ni llanto?, nos preguntamos con frecuencia. El
profeta Isaías nos exhorta a ver el futuro desde la confianza puesta en
Dios.
El evangelio de hoy, justamente, nos presenta una escena que
muestra cuán confiable es el Señor. Un funcionario romano debe
fiarse tan solo de la Palabra de Jesús, y verá cumplido lo que espera.
Señor, fortalecidos por la esperanza que tu animas en nuestros corazones y en e
Yo confío en el Señor. Que tu misericordia sea mi gozo y
mi alegría porque te has fijado en mi aflicción.
Oh, Dios, que renuevas el mundo por medio de
sacramentos divinos, concede a tu Iglesia la ayuda de estos
auxilios del cielo sin que le falten los necesarios de la tierra. Por
nuestro Señor Jesucristo.
Lectura del libro de Isaías 65, 17-21
Esto dice el Señor: «Miren: voy a crear un nuevo cielo y
una nueva tierra: de las cosas pasadas ni habrá recuerdo ni
vendrá pensamiento. Regocíjense, alégrense por siempre por lo
que voy a crear: yo creo a Jerusalén “alegría”, y a su pueblo,
“júbilo”. Me alegraré por Jerusalén y me regocijaré con mi
pueblo, ya no se oirá en ella ni llanto ni gemido; ya no habrá
allí niño que dure pocos días, ni adulto que no colme sus años,
pues será joven quien muera a los cien años, y quien no los
alcance se tendrá por maldito. Construirán casas y las
habitarán, plantarán viñas y comerán los frutos».
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que
mis enemigos se rían de mí. Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.
Canten para el Señor, fieles suyos, celebren el recuerdo de su
nombre santo; su cólera dura un instante; su bondad, de por
vida; al atardecer nos visita el llanto; por la mañana, el júbilo.
Escucha, Señor, y ten piedad de mí; Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas. Señor, Dios mío, te daré gracias por
siempre.
Busquen el bien y no el mal, y vivirán, y así estará con ustedes
el Señor.
Lectura del santo Evangelio según san Juan 4, 43-54
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, salió Jesús de Samaría para Galilea. Jesús
mismo había atestiguado: «Un profeta no es estimado en su
propia patria». Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron
bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén
durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta. Fue
Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua
en vino. Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo
en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a
Galilea, fue a verlo, y le pedía que bajase a curar a su hijo que
estaba mu- riéndose. Jesús le dijo: «Si no ven signos y
prodigios, no creen». El funcionario insiste: «Señor, baja antes
de que se muera mi niño». Jesús le contesta: «Anda, tu hijo
vive». El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en
camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su
encuentro diciéndole que su hijo vivía. Él les preguntó a qué
hora había empezado la mejoría. Y le con-
4.a semana del Salterio
testaron: «Ayer a la hora séptima lo dejó la fiebre». El padre cayó
en la cuenta de que esa era la hora en que Jesús le había dicho:
«Tu hijo vive». Y creyó él con toda su familia. Este segundo
signo lo hizo Jesús al llegar de Judea a Galilea.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Señor, concédenos recibir el fruto de estas ofrendas dedica-
das a ti, para que, limpios de la vieja conducta de pecado, nos
renovemos con el anticipo de la vida celestial. Por Jesucristo,
nuestro Señor.
Les infundiré mi espíritu y haré que caminen según mis
pre- ceptos, y que guarden y cumplan mis mandatos, dice el
Señor.
Te pedimos, Señor, que tus sacramentos, renovándonos,
nos llenen de vida y, santificándonos, nos conduzcan a los
premios eternos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Te pedimos, Señor, que renueves interior y exteriormente a tu
pueblo, para que aumente su propósito de santificación sin
que lo impidan los placeres corporales. Por Jesucristo, nuestro
Señor.
Martes 12 de marzo
IV SEMANA DE CUARESMA
4.ª semana del Salterio - Morado
El profeta Ezequiel escribe para sus compatriotas en el contexto
de la deportación babilónica. ¿Había aún alguna esperanza, incluso
allí en el exilio y lejos del templo de Jerusalén? El profeta vislumbra
una realidad nueva: del templo brotarán aguas nuevas que sanarán
las heridas y darán vida en abundancia a lo que parece muerto. En el
evangelio un hombre, casi sin esperanzas ya, encuentra esa agua viva
en la Palabra sanadora de Jesús.
Señor Jesús, gracias por salir a nuestro encuentro, danos ojos atentos hacia los q
Sedientos, acudan por agua, dice el Señor; vengan los que no
tienen dinero y beban con alegría.
Señor, que el ejercicio respetable de este tiempo santo prepare
el corazón de tus fieles para acoger adecuadamente el misterio
pascual y anunciar a todos los hombres el mensaje de tu salva-
ción. Por nuestro Señor Jesucristo.
Lectura de la profecía de Ezequiel 47, 1-9.12
En aquellos días, el ángel me hizo volver a la entrada del
templo del Señor. De debajo del umbral del templo corría
agua hacia el este —el templo miraba al este—. El agua
bajaba por el lado derecho del templo, al sur del altar. Me
hizo salir por el pórtico septentrional y me llevó por fuera
hasta el pórtico exterior que mira al este. El agua corría por el
lado derecho. El hombre que llevaba el cordel en la mano
salió hacia el este, midió quinientos metros y me hizo
atravesar el agua, que me llegaba hasta los tobillos. Midió
otros quinientos metros y me
4.a semana del Salterio
hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta las rodillas.
Midió todavía otros quinientos metros y me hizo atravesar el
agua, que me llegaba hasta la cintura. Midió otros quinientos
metros: era ya un torrente que no se podía vadear, sino cruzar
a nado.
Entonces me dijo: «¿Has visto, hijo de hombre?». Después me
condujo por la ribera del torrente. Al volver vi en ambas riberas
del torrente una gran arboleda. Me dijo: «Estas aguas fluyen
hacia la zona oriental, descienden hacia la estepa y desembocan
en el mar de la Sal. Cuando hayan entrado en él, sus aguas serán
saneadas. Todo ser viviente que se agita, allí donde desemboque
la corriente, tendrá vida; y habrá peces en abundancia. Porque
apenas estas aguas hayan llegado hasta allí, habrán saneado el
mar y habrá vida allí donde llegue el torrente. En ambas riberas
del torrente crecerá toda clase de árboles frutales; no se marchita-
rán sus hojas ni se acabarán sus frutos; darán nuevos frutos cada
mes, porque las aguas del torrente fluyen del santuario; su fruto
será comestible y sus hojas medicinales».
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
El Señor del universo está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.
Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, poderoso defensor en
el peligro. Por eso no tememos, aunque tiemble la tierra, y los
montes se desplomen en el mar.
Un río y sus canales alegran la ciudad de Dios, el Altísimo
con- sagra su morada. Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora.
El Señor del universo está con nosotros, nuestro alcázar es el
Dios de Jacob. Vengan a ver las obras del Señor, las maravillas
que hace en la tierra.
Oh, Dios, crea en mí un corazón puro, devuélveme la alegría
de tu salvación.
Lectura del santo Evangelio según san Juan 5, 1-16
Gloria a ti, Señor.
Se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a
Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la Puerta de las Ovejas, una
piscina que llaman en hebreo Betesda. Esta tiene cinco
pórticos, y allí esta- ban echados muchos enfermos, ciegos,
cojos, paralíticos. Estaba también allí un hombre que llevaba
treinta y ocho años enfermo. Jesús, al verlo echado, y
sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: «¿Quieres
quedar sano?». El enfermo le contestó: «Señor, no tengo a nadie
que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para
cuando llego yo, otro se me ha adelantado». Jesús le dice:
«Levántate, toma tu camilla y echa a andar». Y al momento el
hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.
Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había
quedado sano: «Hoy es sábado, y no se puede llevar la
camilla». Él les contestó: «El que me ha curado es quien me
ha dicho: “Toma tu camilla y echa a andar”». Ellos le
preguntaron: «¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla
y eches a andar?». Pero el que había quedado sano no sabía
quién era, porque Jesús, a causa del gentío que había en aquel
sitio, se había alejado. Más tarde lo encuentra Jesús en el
templo y le dice: «Mira, has quedado sano; no peques más, no
sea que te ocurra algo peor». Se marchó aquel hombre y dijo a
los judíos que era Jesús quien lo había sanado. Por esto los
judíos perseguían a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
4.a semana del Salterio
Te ofrecemos, Señor, estos dones que tú mismo nos diste; haz
que manifiesten la ayuda de tu providencia sobre nuestra vida
mortal y actúen en nosotros como remedio de inmortalidad.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
El Señor me guía, nada me falta, en verdes praderas me
hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas.
Purifica con bondad, Señor, nuestro espíritu y renuévanos
con los sacramentos del cielo, para que alcancemos también
en nuestro cuerpo los auxilios presentes y futuros. Por
Jesucristo, nuestro Señor.
Concede, Dios misericordioso, que tu pueblo mantenga siem-
pre su entrega a ti y que incesantemente obtenga de tu clemencia
lo que le conviene. Por Jesucristo, nuestro Señor.
J
acudir
Miércoles 13 de marzo
IV SEMANA DE CUARESMA
4.ª semana del Salterio - Morado
Los israelitas llevaban ya varios años en el exilio de Babilonia.
¿Quedaba todavía algo que esperar o no había más opción que
resignarse? En este contexto surge un profeta genial, con un anuncio
inaudito: pronto acabará el exilio y podrían volver a la tierra
prometida. Solo hacía falta abrir los ojos para poder ver los
caminos que estaba trazando el Señor.
En el evangelio, Jesús es cuestionado por quebrantar el sábado.
¿Acaso tenía autoridad para atreverse a tanto? Quienes lo critican,
en realidad, se niegan a ver que Él proviene del Padre, que está por
encima de la norma porque es la fuente de la vida.
Señor Jesús, abre nuestros ojos para que te reconozcamos como el enviado del P
Mi oración se dirige a ti, Señor, el día de tu favor; que me
escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude.
Oh, Dios, que concedes a los justos el premio de sus
méritos, y a los pecadores, por la penitencia, les perdonas sus
pecados, ten piedad de nosotros, para que la humilde confesión
de nuestras culpas nos obtenga tu perdón. Por nuestro Señor
Jesucristo.
Lectura del libro de Isaías 49, 8-15
Esto dice el Señor: «En tiempo de gracia te he respondido,
en día propicio te he auxiliado; te he defendido y constituido
alianza del pueblo, para restaurar el país, para repartir heredades
desoladas, para decir a los cautivos: “Salgan”, a los que están
en tinieblas: “Vengan a la luz”. Aun por los caminos pastarán,
tendrán praderas en todas las dunas; no pasarán hambre ni
sed,
4.a semana del Salterio
no les hará daño el bochorno ni el sol; porque los conduce el
compasivo y los guía a manantiales de agua. Convertiré mis
montes en caminos, y mis senderos se nivelarán. Mírenlos venir
de lejos; mírenlos, del norte y del poniente, y los otros de la
tierra de Sinín. Exulta, cielo; alégrate, tierra; rompan a cantar,
montañas, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece
de los desamparados». Sion decía: «Me ha abandonado el Señor,
mi dueño me ha olvidado». ¿Puede una madre olvidar al niño
que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas?
Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
El Señor es clemente y misericordioso.
El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en
piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus
criaturas.
El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se
doblan.
El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas
sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que
lo invocan sinceramente.
Yo soy la resurrección y la vida —dice el Señor—; el que cree en
mí no morirá para siempre.
Lectura del santo Evangelio según san Juan 5, 17-30
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «Mi Padre sigue
actuando, y yo también actúo». Por eso los judíos tenían más
ganas de matarlo: porque no solo quebrantaba el sábado, sino
también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios.
Jesús tomó la palabra y les dijo: «En verdad, en verdad les
digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que
viere hacer al Padre. Lo que hace este, eso mismo hace
también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo
lo que Él hace, y le mostrará obras mayores que esta, para su
asombro.
Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida,
así también el Hijo da vida a los que quiere. Porque el Padre
no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo todo el juicio,
para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que
no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió. En verdad, en
verdad les digo: quien escucha mi palabra y cree al que me envió
posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado
ya de la muerte a la vida. En verdad, en verdad les digo: llega la
hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de
Dios, y los que hayan oído vivirán. Porque, igual que el Padre
tiene vida en sí mismo, así ha dado también al Hijo tener vida
en sí mismo. Y le ha dado potestad de juzgar, porque es el Hijo
del Hombre. No los sorprenda esto, porque viene la hora en que
los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el
bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el
mal, a una resurrección de juicio. Yo no puedo hacer nada por
mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no
busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió».
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Te pedimos, Señor, que la eficacia de este sacrificio borre
nuestra condición antigua con la misericordia y nos haga
crecer en la novedad de la salvación. Por Jesucristo, nuestro
Señor.
4.a semana del Salterio
Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo,
sino para que el mundo se salve por Él.
Después de recibir los dones del cielo, te pedimos, Señor, que
no sean motivo de juicio para nosotros, pues los instituiste
como medicina para tus fieles. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Que tus siervos, Señor, se sientan protegidos por tu amor,
para que, haciendo el bien en este mundo, logren llegar a ti,
suma bondad. Por Jesucristo, nuestro Señor.
E
Jueves 14 de marzo
IV SEMANA DE CUARESMA
4.ª semana del Salterio - Morado
La desesperación nunca es la mejor consejera. Angustiados
porque Moisés no volvía del Sinaí, los israelitas deciden fabricarse un
becerro de oro, reemplazan a Dios por un ídolo. De acuerdo con la
mentalidad de la época, la reacción del Señor no podía ser otra que el
castigo. Sin embargo, incluso en una situación así, prevalece su
misericordia.
En el evangelio de hoy, prosiguen las disputas de Jesús con sus
adversarios. ¿Pero acaso son solo las palabras de Jesús las que lo
presentan como el Hijo de Dios? Él, más bien, nos muestra distintos
testimonios que lo acreditan como el enviado del Padre.
Padre santo, danos apertura de corazón para acoger a tu Hijo en nuestras vidas.
Que se alegren los que buscan al Señor. Recurran al Señor y a
su poder, busquen continuamente su rostro.
Imploramos deseosos, Señor, tu perdón, para que tus
siervos, corregidos por la penitencia y educados por las
buenas obras, nos mantengamos fieles a tus mandamientos,
para llegar, bien dispuestos, a las fiestas de Pascua. Por nuestro
Señor Jesucristo.
Lectura del libro del Éxodo 32, 7-14
En aquellos días, el Señor dijo a Moisés: «Anda, baja de la
montaña, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de
Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había
señalado. Se han hecho un becerro de metal, se postran ante
él, le ofrecen sacrificios y proclaman: “Este es tu Dios, Israel, el
que te sacó de Egipto”». Y el Señor añadió a Moisés: «Veo
que este
4.a semana del Salterio
pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso, déjame: mi ira se va
a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un
gran pueblo». Entonces Moisés suplicó al Señor, su Dios:
«¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que
tú sacaste de Egipto, con gran poder y mano robusta? ¿Por
qué han de decir los egipcios: “Con mala intención los sacó,
para hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la
superficie de la tierra”? Aleja el incendio de tu ira,
arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo. Acuérdate de tus
siervos, Abrahán, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti
mismo: “Multiplicaré su descendencia como las estrellas del
cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a su
descendencia para que la posea por siempre”». Entonces se
arrepintió el Señor de la amenaza que había pro- nunciado
contra su pueblo.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo.
En Horeb se hicieron un becerro, adoraron un ídolo de fundi-
ción; cambiaron su gloria por la imagen de un toro que come
hierba.
Se olvidaron de Dios, su salvador, que había hecho prodigios
en Egipto, maravillas en el país de Cam, portentos junto al mar
Rojo.
Dios hablaba ya de aniquilarlos; pero Moisés, su elegido, se puso
en la brecha frente a Él, para apartar su cólera del exterminio.
Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito; todo el
que cree en Él tienen vida eterna.
Lectura del santo Evangelio según san Juan 5, 31-47
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «Si yo doy
testimonio de mí mismo, mi testimonio no es verdadero. Hay
otro que da testimonio de mí, y sé que es verdadero el
testimonio que da de mí. Ustedes enviaron mensajeros a Juan, y
él ha dado testimonio en favor de la verdad. No es que yo
dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para que
ustedes se salven. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y
ustedes quisieron gozar un instante de su luz.
Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las
obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que
hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado. Y el
Padre que me envió, Él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca
han escuchado su voz, ni visto su rostro, y su palabra no habita
en ustedes, porque al que Él envió no le creen. Estudian las Es-
crituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están
dando testimonio de mí, ¡y no quieren venir a mí para tener
vida! No recibo gloria de los hombres; además, los conozco y sé
que el amor de Dios no está en ustedes. Yo he venido en nombre
de mi Padre, y no me recibieron; si otro viene en nombre propio,
a ese sí lo recibirán.
¿Cómo podrán creer ustedes, que aceptan gloria unos de otros
y no buscan la gloria que viene del único Dios? No piensen
que yo los voy a acusar ante el Padre, hay uno que los acusa:
Moisés, en quien tienen su esperanza. Si creyeran a Moisés,
me creerían a mí, porque de mí escribió él. Pero, si no creen
en sus escritos,
¿cómo van a creer en mis palabras?».
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
4.a semana del Salterio
Concédenos, Dios todopoderoso, que la ofrenda de este sacri-
ficio libre siempre de todo mal nuestra debilidad y nos llene
de fortaleza. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones;
yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo, dice el Señor.
Te pedimos, Señor, que nos purifiquen los sacramentos que
hemos recibido y que concedas a tus siervos liberarse de todas
sus culpas, para que se gloríen en la plenitud de la ayuda del
cielo los que se ven agobiados por el peso de su conciencia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Oh, Dios, protector de los que en ti esperan, bendice a tu pue-
blo, sálvalo, defiéndelo, prepáralo con tu gracia, para que,
libre de pecado y protegido contra sus enemigos, persevere
siempre en tu amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.
E
Viernes 15 de marzo
IV SEMANA DE CUARESMA (abstinencia)
4.ª semana del Salterio - Morado
Solemos pensar que las personas justas son queridas por todo el
mundo. Sin embargo, la primera lectura nos muestra una cara distinta,
el justo se convierte en el blanco de las hostilidades de quienes lo ven
como una amenaza para sus intereses y privilegios injustos. Basta
mirar a nuestra realidad para ver cuánta razón tiene el autor. Jesús
es el paradigma del justo perseguido, como vemos en el evangelio de
hoy. Debe subir a Jerusalén a escondidas porque lo buscaban para
matarlo. El justo nos incomoda, a menos que acojamos su llamado y
su mensaje.
Señor Jesús, ilumínanos para abrir nuestros corazones y nuestras vidas a ti y a tu
Oh, Dios, sálvame por tu nombre, líbrame con tu poder.
Oh, Dios, escucha mi súplica, atiende mis palabras.
Oh, Dios, que has preparado el remedio adecuado para
nuestra fragilidad, concédenos recibir con alegría la salvación
que nos otorgas y manifestarla en nuestra propia conducta.
Por nuestro Señor Jesucristo.
Lectura del libro de la Sabiduría 2, 1a.12-22
Se decían los impíos, razonando equivocadamente: «Aceche-
mos al justo, que nos resulta fastidioso: se opone a nuestro
modo de actuar, nos reprocha las faltas contra la ley y nos
reprende contra la educación recibida; presume de conocer a
Dios y se llama a sí mismo hijo de Dios. Es un reproche
contra nuestros criterios, su sola presencia nos resulta
insoportable. Lleva una vida distinta de todos los demás y va
por caminos diferentes.
4.a semana del Salterio
Nos considera moneda falsa y nos esquiva como a impuros.
Proclama dichoso el destino de los justos, y presume de tener
por padre a Dios. Veamos si es verdad lo que dice, comprobando
cómo es su muerte. Si el justo es hijo de Dios, Él lo auxiliará y lo
librará de las manos de sus enemigos. Lo someteremos a ultrajes
y torturas, para conocer su temple y comprobar su resistencia.
Lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues, según dice,
Dios lo salvará». Así discurren, pero se equivocan, pues los
ciega su maldad. Desconocen los misterios de Dios, no esperan
el premio de la santidad, ni creen en la recompensa de una vida
intachable.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
El Señor está cerca de los atribulados.
El Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra
su memoria. Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra
de sus angustias.
El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos.
Aun- que el justo sufra muchos males, de todos lo librará el
Señor.
Él cuida de todos sus huesos, y ni uno solo se quebrará. El Señor
redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a Él.
No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale
de la boca de Dios.
Lectura del santo Evangelio según san Juan 7, 1-2.10.25-30
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, recorría Jesús Galilea, pues no quería
andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo. Se
acercaba la fiesta judía de las Tiendas. Una vez que sus
hermanos se hubieron marchado a la fiesta, entonces subió
Él también, no
abiertamente, sino a escondidas. Entonces algunos que eran de
Jerusalén dijeron: «¿No es este el que intentan matar? Pues miren
cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes
se han convencido de que este es el Mesías? Pero este
sabemos de dónde viene, mientras que el Mesías, cuando
llegue, nadie sabrá de dónde viene». Entonces Jesús, mientras
enseñaba en el templo, gritó: «A mí me conocen, y conocen
de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta,
sino que el Verdadero es el que me envía; a ese ustedes no lo
conocen; yo lo conozco, porque procedo de Él y Él me ha
enviado». Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo
echar mano, porque todavía no había llegado su hora.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Dios todopoderoso, que este sacrificio nos purifique con su
eficacia, para que lleguemos más limpios a ti. Por Jesucristo,
nuestro Señor.
En Cristo, por su sangre, tenemos la redención, el perdón
de los pecados, conforme a la riqueza de su gracia.
Señor, así como pasamos de lo antiguo a lo nuevo, haz que,
abandonada la vieja condición de pecado, nos renovemos con
un espíritu santificado. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Mira, Señor, a tus siervos, y a los que ponen su confianza en
tu misericordia, protégelos generosamente con tu celestial
auxilio. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Sábado 16 de marzo
IV SEMANA DE CUARESMA
4.ª semana del Salterio - Morado
El profeta Jeremías se presentó a su pueblo procurando
infundirles sensatez, para que, frente a la amenaza del Imperio
babilónico, se condujeran con prudencia. No obstante, en lugar de
hacerle caso, solo lo hostilizaban, principalmente los jefes de Israel.
En la lectura de hoy, nos expresa su lamento frente a semejante
decepción. Algo parecido le ocurre a Jesús. Su presencia no dejaba
indiferente a nadie, pero los poderosos confabulan contra Él para
sacarlo de en medio, como en realidad harán un tiempo después.
Señor Jesús, tú no nos ofreces caminos fáciles, pero infúndenos tu Espíritu par
Me cercaban olas mortales, me envolvían las redes del
abismo; en el peligro invoqué al Señor, desde su templo Él
escuchó mi voz.
Te pedimos, Señor, que tu acción misericordiosa mueva nues-
tros corazones, ya que sin tu ayuda no podemos complacerte.
Por nuestro Señor Jesucristo.
Lectura del libro de Jeremías 11, 18-20
El Señor me instruyó, y comprendí, me explicó todas sus
intrigas. Yo, como manso cordero, era llevado al matadero;
des- conocía los planes que estaban urdiendo contra mí:
«Talemos el árbol en su lozanía, arranquémoslo de la tierra de
los vivos, que jamás se pronuncie su nombre». Señor del
universo, que juzgas rectamente, que examinas las entrañas y
el corazón, deja que yo pueda ver cómo te vengas de ellos, pues
a ti he confiado mi causa.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Señor, Dios mío, a ti me acojo.
Señor, Dios mío, a ti me acojo, líbrame de mis perseguidores
y sálvame; que no me atrapen como leones y me desgarren sin
remedio.
Júzgame, Señor, según mi justicia, según la inocencia que hay en
mí. Cese la maldad de los culpables, y apoya tú al inocente, tú
que sondeas el corazón y las entrañas, tú, el Dios justo.
Mi escudo es Dios, que salva a los rectos de corazón. Dios es
un juez justo, Dios amenaza cada día.
Bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios con un
co- razón noble y generoso, la guardan y dan fruto con
perseverancia.
Lectura del santo Evangelio según san Juan 7, 40-53
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, algunos de entre la gente, que habían oído
los discursos de Jesús, decían: «Este es de verdad el profeta».
Otros decían: «Este es el Mesías». Pero otros decían: «¿Es que de
Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que el Mesías
vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?». Y
así surgió entre la gente una discordia por su causa. Algunos
querían prenderlo, pero nadie le puso la mano encima. Los
guardias del templo acudieron a los sumos sacerdotes y fariseos,
y estos les di- jeron: «¿Por qué no lo han traído?». Los
guardias respondieron:
«Jamás ha hablado nadie como ese hombre». Los fariseos les re-
plicaron: «También ustedes se han dejado embaucar? ¿Hay algún
jefe o fariseo que haya creído en Él? Esa gente que no entiende
de la ley son unos malditos». Nicodemo, el que había ido en
otro tiempo a visitarlo y que era fariseo, les dijo: «¿Acaso
nuestra
4.a semana del Salterio
ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero y averiguar
lo que ha hecho?». Ellos le replicaron: «¿También tú eres
galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas». Y se
volvieron cada uno a su casa.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Te pedimos, Señor, que seas propicio al recibir nuestras ofren-
das y, compasivo, atraigas hacia ti nuestras voluntades rebeldes.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Hemos sido liberados con una sangre preciosa, como la de un
Cordero sin defecto y sin mancha, Cristo.
Que tus santos misterios nos purifiquen, Señor, y, por su
acción eficaz, nos vuelvan agradables a tus ojos. Por
Jesucristo, nuestro Señor.
Protege, Señor, a tu pueblo que avanza presuroso hacia las
próximas celebraciones y acompáñalo con la abundancia de tu
gracia, para que, sostenido por las realidades visibles, se vea aún
más estimulado hacia las invisibles. Por Jesucristo, nuestro
Señor.
Domingo 17 de marzo
V DOMINGO DE CUARESMA
1.ª semana del Salterio - Morado
«Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto»
Jr 31, 31-34; Sal 50, 3-4.12-15; Hb 5, 7-9; Jn 12, 20-33
El profeta Jeremías había visto que la alianza pactada en el
Sinaí había sido rota ya múltiples veces. Por eso, irrumpe con
una promesa inaudita: Dios sellará con Israel una nueva alianza.
En lugar de la ley escrita en tablas de piedra, ahora la esculpirá
en el corazón de cada ser humano. Para un hebreo, el corazón era
la sede de la voluntad, de las pasiones y del coraje, del
conocimiento y de la memoria. Si Dios quería un pueblo fiel, no
podía limitarse a dar disposiciones, debía penetrar en el corazón
mismo de los seres humanos. Solo así ellos sentirían una íntima
necesidad de practicar el bien, tendrían un impulso divino que
los mueva a pensar y obrar de acuerdo con Dios.
En el evangelio, unos griegos buscan hablar con Jesús, es
decir, descubrir su identidad profunda y saber si Él podía darle
un nuevo horizonte a sus vidas. No sabemos si, al final, fueron
llevados a Je- sús. Juan los hace salir de escena porque, ante todo,
quiere hacernos ver a Jesús (a nosotros, los lectores). Por eso, en
lugar de concluir el relato, introduce un discurso donde Jesús se deja
ver realmente, nos muestra su rostro (vv. 22-23). Toma la imagen
del trigo. Para que broten espigas preciosas, los granos deben,
primero, ser «sepulta- dos» en la tierra; solo de esa muerte surge
una vida centuplicada. He allí el sentido de lo que está a punto de
acontecer: la cruz de Jesús. De lo que parece una derrota
absoluta, irrumpirá la vida plena.
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1.a semana del Salterio 17
Dios había establecido una alianza con su pueblo y le había
concedido la ley como guía para que orientara su vida. Sin embargo,
las infidelidades eran constantes. ¿Había fracasado la alianza,
entonces? El profeta Jeremías anuncia una alianza nueva, distinta a la
anterior, una que será inscrita en la interioridad de cada persona. El
evangelio, nos habla de un grupo de griegos que se presentan
pidiendo ver a Jesús. Él responde diciendo dónde lo podremos ver
en plenitud: en el acontecimiento de su muerte y resurrección. La
segunda lectura reflexiona sobre el significado de este
acontecimiento, que Dios hecho hombre haya pasado por la
experiencia de la muerte y una muerte de cruz.
Señor, abre nuestros ojos y corazones, para que, de verdad, la luz de tu cruz n
Hazme justicia, oh, Dios, defiende mi causa contra gente sin
piedad; sálvame del hombre traidor y malvado, porque tú eres
mi Dios y mi fortaleza.
Te pedimos, Señor Dios nuestro, que, con tu ayuda,
avance- mos animosamente hacia aquel mismo amor que
movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del
mundo. Por nuestro Señor Jesucristo.
La alianza que Dios pactó con Israel en el monte Sinaí había fraca-
sado en múltiples ocasiones, debido a las infidelidades del pueblo. Por
eso, el profeta Jeremías anuncia una nueva alianza inscrita ya no
en tablas, sino de una forma completamente distinta. ¡Escuchemos!
Lectura del libro de Jeremías 31, 31-34
«Miren ustedes que llegan días —oráculo del Señor— en que
haré con la descendencia de Israel y de Judá una alianza
nueva.
17
No como la alianza que hice con sus padres, cuando los tomé
de la mano para sacarlos de Egipto: ellos quebrantaron mi
alianza, aunque yo era su Señor —oráculo del Señor—. Sino que
así será la alianza que haré con ellos, después de aquellos días —
oráculo del Señor—: Pondré mi ley dentro de ellos, la
escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi
pueblo. Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su
hermano, diciendo: “Reconoce al Señor”. Porque todos me
conocerán, desde el pequeño al grande —oráculo del Señor—,
cuando perdone sus crímenes y no recuerde sus pecados».
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Oh, Dios, crea en mí un corazón puro.
Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa
compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi
pecado.
Oh, Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro
con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me
quites tu santo espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu
generoso: enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores
volverán a ti.
Por lo general, nos gusta imaginar a un Dios todopoderoso y siem-
pre victorioso. Sin embargo, en Jesús, Él nos ha mostrado un rostro
completamente distinto, uno que nos dice que nada de lo humano le
es ajeno. ¡Escuchemos!
Lectura de la carta a los Hebreos 5, 7-9
Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con
lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo
de la muerte,
1.a semana del Salterio 17
cuando en su angustia fue escuchado. Él, a pesar de ser Hijo,
aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación,
se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de
salvación eterna.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
El que quiera servirme, que me siga —dice el Señor—; y donde
esté yo, allí también estará mi servidor.
Jesús atraía multitudes, entre ellos también los no judíos o
gentiles simpatizantes con el judaísmo que llegaban a Jerusalén por la
fiesta de Pascua. Eso es lo que nos presenta el evangelio de hoy, pero
Jesús le da un sentido más profundo a ese hecho.
Lectura del santo Evangelio según san Juan 12, 20-33
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la
fiesta había algunos griegos; estos, acercándose a Felipe, el de
Betsaida de Galilea, le rogaban: «Señor, quisiéramos ver a
Jesús». Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron
a decír- selo a Jesús. Jesús les contestó: «Ha llegado la hora de
que sea glorificado el Hijo del Hombre. Les aseguro que, si el
grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero
si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y
el que se desprecia a sí mismo en este mundo se guardará para la
vida eterna. El que quiera servirme, que me siga; y donde esté
yo, allí también estará mi servidor. A quien me sirva, el Padre lo
pre- miará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre,
líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora.
Padre, glorifica tu nombre». Entonces vino una voz del cielo:
«Lo he glorificado y volveré a glorificarlo». La gente que estaba
allí y lo
17
oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había
hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no
ha venido por mí, sino por ustedes. Ahora va a ser juzgado el
mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera.
Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí».
Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Presentamos nuestras intenciones a Dios que puede salvarnos
de la angustia y de la muerte eterna, y pidámosle que mire con
amor a su pueblo que le suplica. Digamos:
Escucha, Señor, nuestra oración.
Por la Iglesia: que, como María, sea madre de todos los que
buscan a Dios con sinceridad. Oremos.
Por nuestro país, especialmente por los que sufren el des-
empleo, la explotación y la marginación: que todos
vivamos como hermanos y construyamos un mundo más
justo, frater- no y solidario. Oremos.
Por los que anuncian el Evangelio: que su entrega dé frutos de
santidad y conversión en los que los escuchan. Oremos.
Por todos los hombres y mujeres: que, en Jesús, que dio su
vida por amor, encuentren consuelo, esperanza y fortaleza.
Oremos.
Por los que son perseguidos a causa de la verdad: que no
claudiquen de sus convicciones y den testimonio de los
valores auténticos. Oremos.
Escucha, Padre, nuestras oraciones, crea en nosotros un
corazón puro, renuévanos por la fuerza de la cruz de Cristo, y
1.a semana del Salterio 17
haz que Él nos transforme en testigos de tu amor. Por
Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Escúchanos, Dios todopoderoso, y, por la acción de este sa-
crificio, purifica a tus siervos, a quienes has iluminado con las
enseñanzas de la fe cristiana. Por Jesucristo, nuestro Señor.
En verdad, en verdad les digo: si el grano de trigo no cae
en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho
fruto.
Te pedimos, Dios todopoderoso, que nos cuentes siempre
entre los miembros de Cristo, cuyo Cuerpo y Sangre hemos
recibido. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.
Señor, bendice a tu pueblo que espera siempre el don de tu
misericordia, y concédele, inspirado por ti, recibir lo que
desea de tu generosidad. Por Jesucristo, nuestro Señor.
C
Lunes 18 de marzo
V SEMANA DE CUARESMA
San Cirilo de Jerusalén - 1.ª semana del Salterio - Morado
Las lecturas de hoy nos presentan dos situaciones parecidas, pero
opuestas. Dos mujeres acusadas de adulterio son procesadas y se
intenta ajusticiarlas, pero una de ellas es inocente y la otra culpable.
El Dios compasivo se apiada de ambas, cuida de los inocentes, pero
en su Hijo Jesús también nos ha revelado que Él ofrece su
misericordia a los pecadores. Él nos levanta de las cenizas de la
injusticia, y también de las miserias del pecado y la culpa.
Padre de bondad, limpia nuestros corazones, para que, en vez
de juzgar a los demás, aprendamos a mírarlos desde la misericordia.
Misericordia, Dios mío, que me hostigan, me atacan y me
acosan todo el día.
Oh, Dios, por tu gracia inefable nos sentimos enriquecidos
con toda bendición; haz que pasemos de la corrupción del
hom- bre viejo a la novedad de vida, de modo que nos
preparemos para la gloria del Reino celestial. Por nuestro Señor
Jesucristo.
Lectura de la profecía de Daniel 13, 1-9.15-17.19-30.33-62
En aquellos días, vivía en Babilonia un hombre llamado
Joaquín, casado con Susana, hija de Jelcías, mujer muy bella y
temerosa del Señor. Sus padres eran justos y habían educado a su
hija según la ley de Moisés. Joaquín era muy rico y tenía un
jardín junto a su casa; y como era el más respetado de todos,
los judíos solían reunirse allí. Aquel año fueron designados
jueces dos an- cianos del pueblo, de esos que el Señor
denuncia diciendo: «En Babilonia la maldad ha brotado de los
viejos jueces, que pasan por guías del pueblo». Solían ir a casa
de Joaquín, y los que tenían
1.a semana del Salterio
pleitos que resolver acudían a ellos. A mediodía, cuando la gente
se marchaba, Susana salía a pasear por el jardín de su marido.
Los dos ancianos la veían a diario, cuando salía a pasear, y
sin- tieron deseos de ella. Pervirtieron sus pensamientos y
desviaron los ojos para no mirar al cielo, ni acordarse de sus
justas leyes. Sucedió que, mientras aguardaban ellos el día
conveniente, salió ella como los tres días anteriores sola con dos
criadas, y tuvo ga- nas de bañarse en el jardín, porque hacía
mucho calor. No había allí nadie, excepto los dos ancianos
escondidos y acechándola. Susana dijo a las criadas:
«Tráiganme el perfume y las cremas y cierran la puerta del
jardín mientras me baño». Apenas salieron las criadas, se
levantaron los dos ancianos, corrieron hacia ella y le dijeron:
«Las puertas del jardín están cerradas, nadie nos ve, y nosotros
sentimos deseos de ti; así que consiente y acuéstate con
nosotros. Si no, daremos testimonio contra ti diciendo que un
joven estaba contigo y que por eso habías despachado a las
criadas». Susana lanzó un gemido y dijo: «No tengo salida: si
hago eso, mereceré la muerte; si no lo hago, no escaparé de
sus manos. Pero prefiero no hacerlo y caer en sus manos antes
que pecar delante del Señor».
Susana se puso a gritar, y los dos ancianos, por su parte, se
pusieron también a gritar contra ella. Uno de ellos fue
corriendo y abrió la puerta del jardín. Al oír los gritos en el
jardín, la ser- vidumbre vino corriendo por la puerta lateral a
ver qué le había pasado. Cuando los ancianos contaron su
historia, los criados quedaron abochornados, porque Susana
nunca había dado que hablar. Al día siguiente, cuando la gente
vino a casa de Joaquín, su marido, vinieron también los dos
ancianos con el propósi- to criminal de hacer morir a Susana.
En presencia del pueblo ordenaron: «Vayan a buscar a
Susana, hija de Jelcías, mujer de Joaquín». Fueron a buscarla,
y vino ella con sus padres, hijos y parientes. Toda su familia y
cuantos la veían lloraban. Entonces
Memoria libre
los dos ancianos se levantaron en medio de la asamblea y
pusie- ron las manos sobre la cabeza de Susana. Ella,
llorando, levantó la vista al cielo, porque su corazón confiaba
en el Señor. Los ancianos declararon: «Mientras paseábamos
nosotros solos por el jardín, salió esta con dos criadas, cerró la
puerta del jardín y despidió a las criadas. Entonces se le acercó
un joven que estaba escondido y se acostó con ella. Nosotros
estábamos en un rincón del jardín y, al ver aquella maldad,
corrimos hacia ellos. Los vimos abrazados, pero no pudimos
sujetar al joven, porque era más fuerte que nosotros, y,
abriendo la puerta, salió corriendo. En cambio, a esta le
echamos mano y le preguntamos quién era el joven, pero no
quiso decírnoslo. Damos testimonio de ello».
Como eran ancianos del pueblo y jueces, la asamblea les
creyó y la condenó a muerte. Susana dijo gritando: «Dios eterno,
que ves lo escondido, que lo sabes todo antes de que suceda, tú
sabes que han dado falso testimonio contra mí, y ahora tengo
que morir, siendo inocente de lo que su maldad ha inventado
contra mí». Y el Señor escuchó su voz. Mientras la llevaban
para ejecutarla, Dios suscitó el espíritu santo en un muchacho
llamado Daniel; y este dio una gran voz: «Yo soy inocente de la
sangre de esta». Toda la gente se volvió a mirarlo, y le pregunta-
ron: «Qué es lo que estás diciendo?». Él, plantado en medio de
ellos, les contestó: «Pero ¿están locos, hijos de Israel? ¿Conque,
sin discutir la causa ni conocer la verdad condenan a una hija de
Israel? Vuelvan al tribunal, porque esos han dado falso testimo-
nio contra ella».
La gente volvió a toda prisa, y los ancianos le dijeron:
«Ven, siéntate con nosotros e infórmanos, porque Dios mismo
te ha dado la ancianidad». Daniel les dijo: «Sepárenlos lejos
uno del otro, que los voy a interrogar». Cuando estuvieron
separados el uno del otro, él llamó a uno de ellos y le dijo:
«¡Envejecido en días y en crímenes! Ahora vuelven tus
pecados pasados, cuando
1.a semana del Salterio
dabas sentencias injustas condenando inocentes y absolviendo
culpables, contra el mandato del Señor: “No matarás al inocente
ni al justo”. Ahora, puesto que tú la viste, dime debajo de qué
árbol los viste abrazados». Él contestó: «Debajo de una acacia».
Respondió Daniel: «Tu calumnia se vuelve contra ti. Un ángel
de Dios ha recibido ya la sentencia divina y te va a partir por
medio». Lo apartó, mandó traer al otro y le dijo: «¡Hijo de Ca-
naán, y no de Judá! La belleza te sedujo y la pasión pervirtió tu
corazón. Lo mismo hacían con las mujeres israelitas, y ellas por
miedo se acostaban con ustedes; pero una mujer judía no ha
tolerado su maldad. Ahora dime: ¿bajo qué árbol los sorpren-
diste abrazados?». Él contestó: «Debajo de una encina». Replicó
Daniel: «Tu calumnia también se vuelve contra ti, el ángel de
Dios aguarda con la espada para dividirte por medio. Y así aca-
bará con ustedes».
Entonces toda la asamblea se puso a gritar bendiciendo
a Dios, que salva a los que esperan en Él. Se alzaron contra
los dos ancianos, a quienes Daniel había dejado convictos de
falso testimonio por su propia confesión, e hicieron con ellos
lo mismo que ellos habían tramado contra el prójimo. Les
aplicaron la ley de Moisés y los ajusticiaron. Aquel día se salvó
una vida inocente.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Aunque camine por cañadas oscuras, nada
temo, porque tú vas conmigo.
El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me
hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara
mis fuerzas.
Memoria libre
Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque
camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.
Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges
la cabeza con perfume, y mi copa rebosa.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de
mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término.
No quiero la muerte del malvado —dice el Señor—, sino que
cambie de conducta y viva.
Lectura del santo Evangelio según san Juan 8, 1-11
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al
amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo
acudía a Él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los
fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y,
colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha
sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos
manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». Le
preguntaban esto para comprome- terlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que
esté sin pecado, que le tire la primera piedra». E inclinándose
otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron
escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó
solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús
se incorpo- ró y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus
acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó:
«Ninguno, Señor». Jesús dijo:
«Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más».
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
1.a semana del Salterio
Te pedimos, Señor, que, al disponernos a celebrar los
santos misterios, te presentemos, como fruto de la penitencia
corporal, una gozosa pureza de corazón. Por Jesucristo,
nuestro Señor.
Mujer, ¿ninguno te ha condenado? Ninguno, Señor. Tampoco
yo te condeno. En adelante no peques más.
Fortalecidos con la gracia de tus sacramentos, te pedimos,
Señor, ser purificados siempre por ellos de nuestros pecados,
y avanzar presurosos hacia ti en el seguimiento de Cristo. Él,
que vive y reina por los siglos de los siglos.
Libra, Señor, de tus pecados al pueblo que te suplica, para
que, llevando una vida santa, no se vea afligido por
adversidad alguna. Por Jesucristo, nuestro Señor.
E
Martes 19 de marzo
SAN JOSÉ, esposo de la Virgen María (S)
V semana de Cuaresma - Propio del Salterio - Blanco
La solemnidad de hoy nos invita a meditar sobre san José, esposo
de la Virgen María y padre adoptivo de Jesús. Nos sorprende su
presencia silenciosa en la Sagrada Escritura, ninguna palabra suya se
nos transmite, solo lo que hace. Pero ¡cuánto nos hablan sus
acciones! Creyendo haber sido traicionado, procura separarse de
María sin causarle daño, renuncia a toda venganza de varón ofendido.
Y, cuando el ángel del Señor lo reconforta, deposita toda su confianza
en la Palabra de Dios. Jesús, seguramente, aprendió de su fe tanto
como de su oficio de carpintero.
San José, que el ejemplo de tu confianza en el Señor, fortalezca nuestra fe en tu
Este es el administrador fiel y prudente a quien el Señor
puso al frente de su servidumbre.
Concédenos, Dios todopoderoso, que tu Iglesia conserve
siempre y lleve a su plenitud los primeros misterios de la sal-
vación humana que confiaste a la fiel custodia de san José.
Por nuestro Señor Jesucristo.
Lectura del segundo libro de Samuel 7, 4-5a.12-14a.16
En aquellos días, recibió Natán la siguiente palabra del Señor:
«Ve y dile a mi siervo David: “Esto dice el Señor: Cuando tus
días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré
después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y
consolidaré el trono de su realeza. Él construirá una casa para
mi nombre, y yo consolidaré el trono de su realeza para
siempre. Yo seré para él
Propio del Salterio 19
padre y él para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en
mi presencia; tu trono permanecerá por siempre”».
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Su linaje será perpetuo.
Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu
fidelidad por todas las edades. Porque dije: «Tu misericordia es
un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad».
Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo:
«Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas
las edades».
Él me invocará: «Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvado-
ra». Le mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él
será estable.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo
a los Romanos 4, 13.16-18.22
Hermanos: No fue la observación de la ley, sino la
justificación obtenida por la fe, la que obtuvo para Abrahán y su
descendencia la promesa de heredar el mundo. Por eso, como
todo depende de la fe, todo es gracia; así, la promesa está
asegurada para toda la descendencia, no solamente para la
descendencia legal, sino también para la que nace de la fe de
Abrahán, que es padre de todos nosotros. Así dice la Escritura:
«Te hago padre de muchos pueblos». Al encontrarse con el Dios
que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no
existe, Abrahán creyó. Apoyado en la esperanza, creyó, contra
toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones,
según lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia». Por
lo cual le valió la justificación.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
19 Solemnidad
Dichosos los que viven en tu casa, Señor, alabándote siempre.
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 1, 16.18-21.24a
Gloria a ti, Señor.
Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació
Jesús, llamado Cristo. El nacimiento de Jesucristo fue de esta
ma- nera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de
vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del
Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería
denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había
tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del
Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en
llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella
viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás
por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de los
pecados». Cuando José se despertó, hizo lo que le había
mandado el ángel del Señor.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 2, 41-51a
Gloria a ti, Señor.
Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las
fiestas de Pascua. Cuando Jesús cumplió doce años, subieron
a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron;
pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que lo supieran
sus padres. Estos, creyendo que estaba en la caravana,
hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes
y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su
busca. A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en
medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles
preguntas; todos los que le oían quedaban asombrados de su
talento y de las respuestas que daba. Al verlo, se quedaron
atónitos, y le dijo su madre:
Propio del Salterio 19
«Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te
buscábamos angustiados». Él les contestó: «¿Por qué me busca-
ban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?».
Pero ellos no comprendieron lo que quería decir. Él bajó con
ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Invoquemos a Dios, que confió a san José la custodia de su
Hijo, y pidámosle que por su intercesión escuche lo que con fe
queremos pedirle. Digamos:
Te rogamos, óyenos.
Para que la Iglesia sea como san José: dé testimonio de
fidelidad y confianza en la Palabra de Dios. Oremos.
Para que san José, que fue un trabajador fiel y un padre
ejemplar, consiga de Dios que a nadie le falte trabajo e
interceda por quienes deben mantener y educar una familia.
Oremos.
Para que, mirando a san José, que supo contemplar al Hijo de
Dios, muchos jóvenes fijen su mirada en Jesucristo, que los
ama, y lo sigan con generosidad. Oremos.
Para que los agonizantes y los que hoy dejan este mundo,
descubran la misericordia y la paz que Dios les manifiesta.
Oremos.
Para que, al celebrar esta Eucaristía, dejemos que Dios avive
nuestra fe y nos haga testigos de su amor. Oremos.
Ayúdanos, Señor, y ya que, en nombre de san José, fiel custo-
dio de tu Verbo encarnado, te hemos suplicado, no permitas
que nunca nos apartemos de ti; antes bien, danos tu luz y tu
verdad para permanecer atentos a tu voz y dóciles en tu
servicio. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
19 Solemnidad
Te pedimos, Señor, que, así como san José se entregó con
piadoso afecto a servir a tu Unigénito, nacido de la Virgen María,
merezcamos, también nosotros, servir a tu altar con un corazón
puro. Por Jesucristo, nuestro Señor.
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno. Y alabar, bendecir y proclamar tu
gloria en la solemnidad de san José. Porque él es el hombre
justo que diste por esposo a la Virgen Madre de Dios; el
servidor fiel y prudente que pusiste al frente de tu familia para
que, haciendo las veces de padre, cuidara a tu Unigénito,
concebido por obra del Espíritu Santo, Jesucristo, Señor
nuestro. Por él, los ángeles alaban tu gloria, te adoran las
dominaciones y tiemblan las po- testades; los cielos, sus
virtudes y los santos serafines te celebran unidos en común
alegría. Permítenos asociarnos a sus voces cantando
humildemente tu alabanza: Santo, Santo, Santo…
Siervo bueno y fiel: entra en el gozo de tu Señor.
Defiende, Señor, con tu protección continua a tu familia,
alegre por la solemnidad de san José, y, al saciarla con el ali-
mento de este altar, conserva con bondad tus dones en ella.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
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Miércoles 20 de marzo
V SEMANA DE CUARESMA
1.ª semana del Salterio - Morado
La primera lectura nos presenta a tres jóvenes creyentes a quienes
un poderoso los pone ante el dilema de renunciar a su fe o padecer
la muerte. ¿Qué hacer frente a semejante situación límite? Los tres
jóvenes nos dan ejemplo de plena confianza en el Señor.
Por otra parte, en el evangelio prosigue la polémica entre Jesús y
los judíos. Ellos se sentían seguros de su herencia, de ser hijos de
Abrahán; pero Jesús los exhorta a dar un salto hacia la fe, a creer que
Él es el enviado de Dios. La fe se demuestra con la vida más que con
Señor Jesús, fortalece nuestra débil fe con la fuerza de tu Espíritu para que se
palabras.
Señor, me librarás de mis enemigos, me levantarás sobre los
que resisten y me salvarás del hombre cruel.
Ilumina, Dios misericordioso, el corazón de tus hijos, san-
tificado por la penitencia, y, al infundirles el piadoso deseo de
servirte, escucha compasivo a los que te suplican. Por nuestro
Señor Jesucristo.
Lectura de la profecía de Daniel 3, 14-20.91-92.95
En aquellos días, el rey Nabucodonosor dijo: «¿Es cierto,
Sidrac, Misac y Abdénago, que no temen a mis dioses ni
adoran la estatua de oro que he erigido? Miren: si al oír tocar
la trompa, la flauta, la cítara, el laúd, el arpa, la vihuela y
todos los demás instrumentos, están dispuestos a postrarse
adorando la estatua que he hecho, háganlo; pero, si no la
adoran, serán arrojados inmediatamente al horno encendido, y
¿qué dios los librará de mis manos?». Sidrac, Misac y
Abdénago contestaron al rey Nabu-
codonosor: «A eso no tenemos por qué responderte. Si nuestro
Dios a quien veneramos puede librarnos del horno encendido,
nos librará, oh, rey, de tus manos. Y aunque no lo hiciera, que te
conste, majestad, que no veneramos a tus dioses ni adoramos
la estatua de oro que has erigido».
Entonces Nabucodonosor, furioso contra Sidrac, Misac y
Ab- dénago, y con el rostro desencajado por la rabia, mandó
encender el horno siete veces más fuerte que de costumbre, y
ordenó a sus soldados más robustos que atasen a Sidrac, Misac
y Abdénago y los echasen en el horno encendido. Entonces el
rey Nabucodono- sor se alarmó, se levantó y preguntó,
estupefacto, a sus consejeros:
«¿No eran tres los hombres que atamos y echamos al horno?».
Le respondieron: «Así es, majestad». Preguntó: «Entonces,
¿cómo es que veo cuatro hombres, sin atar, paseando por el
fuego sin sufrir daño alguno? Y el cuarto parece un ser divino».
Nabucodonosor, entonces, dijo: «Bendito sea el Dios de Sidrac,
Misac y Abdénago, que envió un ángel a salvar a sus siervos,
que, confiando en Él, desobedecieron el decreto real y entregaron
sus cuerpos antes que venerar y adorar a otros dioses fuera del
suyo».
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
¡A ti gloria y alabanza por los siglos!
Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres. Bendito tu nombre,
santo y glorioso.
Bendito eres en el templo de tu santa
gloria. Bendito eres sobre el trono de tu
Reino.
Bendito eres tú, que sentado sobre querubines sondeas los
abismos.
Bendito eres en la bóveda del cielo.
1.a semana del Salterio
Bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios con un co-
razón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia.
Lectura del santo Evangelio según san Juan 8, 31-42
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos que habían creído
en Él: «Si permanecen en mi Palabra, serán de verdad discípulos
míos; conocerán la verdad, y la verdad los hará libres». Le repli-
caron: «Somos linaje de Abrahán y nunca hemos sido esclavos
de nadie. ¿Cómo dices tú: “Serán libres”?». Jesús les contestó:
«En verdad, en verdad les digo: todo el que comete pecado es
esclavo. El esclavo no se queda en la casa para siempre, el hijo se
queda para siempre. Y si el Hijo los hace libres, serán realmente
libres. Ya sé que son linaje de Abrahán; sin embargo, tratan de
matar- me, porque mi palabra no cala en ustedes. Yo hablo de lo
que he visto junto a mi Padre, pero ustedes hacen lo que le han
oído a su padre». Ellos replicaron: «Nuestro padre es Abrahán».
Jesús les dijo: «Si fueran hijos de Abrahán, harían lo que hizo
Abrahán. Sin embargo, tratan de matarme a mí, que les he
hablado de la verdad que le escuché a Dios; y eso no lo hizo
Abrahán. Ustedes hacen lo que hace su padre». Le replicaron:
«Nosotros no somos hijos de prostitución; tenemos un solo
padre: Dios». Jesús les contestó: «Si Dios fuera el padre de
ustedes, me amarían porque yo salí de Dios y he venido de parte
suya. Pues no he venido por mi cuenta, sino que Él me envió».
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Señor, te consagramos las ofrendas que nos has concedido
presentar en honor de tu nombre, para que se conviertan en
remedio de nuestra debilidad. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Dios nos ha trasladado al Reino del Hijo de su amor, por cuya
sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.
Señor, el sacramento que acabamos de recibir sea medicina
del cielo, para que elimine las culpas de nuestros corazones y nos
asegure tu constante protección. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Atiende, Dios todopoderoso, las súplicas de tu pueblo, y
con- cede, compasivo, tu inagotable misericordia a quienes
esperan confiadamente en tu amor. Por Jesucristo, nuestro
Señor.
L
Jueves 21 de marzo
V SEMANA DE CUARESMA
1.ª semana del Salterio - Morado
Abrahán, el creyente, a pesar de no tener todavía ningún hijo
con Sara, recibe de Dios la promesa de ser padre de multitudes. Él
se fía plenamente del Señor, de su Palabra. Por eso, es el modelo más
alto de creyente, no requirió ver para creer. El evangelio, por el
contrario, nos muestra cómo, quienes se proclaman hijos de Abrahán,
son incapaces de dar el salto de la fe para reconocer que Jesús es el
Señor, infúndenos la fe de nuestro padre Abrahán, para que, como él, nos fiem
enviado del Padre.
Cristo es mediador de una alianza nueva, en ella ha habido
una muerte, y así los llamados pueden recibir la promesa de la
herencia eterna.
Escucha nuestras súplicas, Señor, y protege con amor a los
que han puesto su esperanza en tu misericordia, para que,
limpios de la mancha de los pecados, perseveren en una vida
santa y lleguen de este modo a heredar tus promesas. Por nuestro
Señor Jesucristo.
Lectura del libro del Génesis 17, 3-9
En aquellos días, Abrán cayó rostro en tierra y Dios le
habló así: «Por mi parte, esta es mi alianza contigo: serás
padre de muchedumbre de pueblos. Ya no te llamarás Abrán,
sino Abra- hán, porque te hago padre de muchedumbre de
pueblos. Te haré fecundo sobremanera: sacaré pueblos de ti y
reyes nacerán de ti. Mantendré mi alianza contigo y con tu
descendencia en futuras generaciones, como alianza perpetua.
Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros. Les daré a ti y
a tu descendencia
futura la tierra en que peregrinas, la tierra de Canaán, como
posesión perpetua, y seré su Dios». El Señor añadió a Abrahán:
«Por tu parte, guarda mi alianza, tú y tus descendientes en
sucesivas generaciones».
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
El Señor se acuerda de su alianza eternamente.
Recurran al Señor y a su poder, busquen continuamente su
rostro. Recuerden las maravillas que hizo, sus prodigios, las
sentencias de su boca.
¡Estirpe de Abrahán, su siervo; hijos de Jacob, su elegido! El
Señor es nuestro Dios, Él gobierna toda la tierra.
Se acuerda de su alianza eternamente, de la palabra dada, por mil
generaciones; de la alianza sellada con Abrahán, del
juramento hecho a Isaac.
No endurezcan hoy su corazón; escuchen la voz del Señor.
Lectura del santo Evangelio según san Juan 8, 51-59
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «En verdad, en
ver- dad les digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte
para siempre». Los judíos le dijeron: «Ahora vemos claro que
estás endemoniado; Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú
dices: “Quien guarde mi palabra no gustará la muerte para
siempre”?
¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También
los profetas murieron, ¿por quién te tienes?». Jesús contestó: «Si
yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que
me glorifica es mi Padre, de quien ustedes dicen: “Es nuestro
1.a semana del Salterio
Dios”, aunque no lo conocen. Yo sí lo conozco, y si dijera “No lo
conozco” sería, como ustedes, un embustero; pero yo lo conozco
y guardo su palabra. Abrahán, su padre, saltaba de gozo
pensan- do ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría». Los judíos
le dijeron:
«No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?». Je-
sús les dijo: «En verdad, en verdad les digo: antes de que
Abrahán existiera, yo soy». Entonces cogieron piedras para
tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Complacido, Señor, con las ofrendas presentes, haz que favo-
rezcan nuestra conversión y la salvación de todo el mundo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Dios no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por
todos nosotros: con Él nos lo ha dado todo.
Saciados con los dones de la salvación, invocamos, Señor,
tu misericordia, para que este sacramento, con el que nos
alimentas en nuestra vida temporal, nos haga partícipes de la
vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Sé propicio, Señor, a tu pueblo para que, rechazando día
tras día lo que te desagrada, encuentre su alegría en el
cumplimiento fiel de tus mandatos. Por Jesucristo, nuestro
Señor.
Viernes 22 de marzo
V SEMANA DE CUARESMA (abstinencia)
1.ª semana del Salterio - Morado
La misión profética de Jeremías le acarreó muchos
inconvenientes, inclusos sus amigos confabulaban contra él. Pero, a
diferencia de otros momentos de desesperanza, en la lectura de hoy,
el profeta nos muestra su confianza en que Dios lo fortalecerá y
ayudará.
En el evangelio, también se agudiza aún más el conflicto de Jesús
con ciertos sectores del pueblo judío. Ellos se niegan a ver que, de
verdad, Jesús viene de parte del Padre, a pesar de que así lo
atestiguan no solo sus palabras, sino sus obras, y también un
personaje tan insigne como Juan Bautista. No obstante, en medio de
esa oscuridad, en unos pocos, se va encendiendo la luz de la fe.
Señor, danos tu valentía, para que, frente a las mareas de la vida, nuestra fe no
Piedad, Señor, que estoy en peligro, líbrame de mis enemigos
que me persiguen; Señor, no quede yo defraudado tras haber
acudido a ti.
Perdona las culpas de tu pueblo, Señor, y que tu bondad
nos libre de las ataduras del pecado, que hemos cometido a
causa de nuestra debilidad. Por nuestro Señor Jesucristo.
Lectura del libro de Jeremías 20, 10-13
Oía la acusación de la gente: «“Pavor entorno”, delátenlo,
vamos a delatarlo». Mis amigos acechaban mi traspié: «A ver si,
engañado, lo sometemos y podemos vengarnos de él». Pero el
Señor es mi fuerte defensor: me persiguen, pero tropiezan impo-
tentes. Acabarán avergonzados de su fracaso, con sonrojo eterno
que no se olvidará. Señor del universo, que examinas al honrado
1.a semana del Salterio
y sondeas las entrañas y el corazón, ¡que yo vea tu venganza
sobre ellos, pues te he encomendado mi causa! Canten al
Señor, alaben al Señor, que libera la vida del pobre de las
manos de gente perversa.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó.
Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi
alcázar, mi libertador.
Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salva-
dora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza y quedo
libre de mis enemigos.
Me cercaban olas mortales, torrentes destructores me
aterraban, me envolvían las redes del abismo, me alcanzaban
los lazos de la muerte.
En el peligro invoqué al Señor, grité a mi Dios: desde su templo,
Él escuchó mi voz, y mi grito llegó a sus oídos.
Tus palabras, Señor, son espíritu y vida; tú tienes palabras de
vida eterna.
Lectura del santo Evangelio según san Juan 10, 31-42
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear
a Jesús. Él les replicó: «Les he hecho ver muchas obras
buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me
apedrean?». Los judíos le contestaron: «No te apedreamos por
una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un
hombre, te haces Dios». Jesús les replicó: «¿No está escrito en
su ley: “Yo les digo:
son dioses”? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes
vino la Palabra de Dios, y no puede fallar la Escritura, a quien el
Padre consagró y envió al mundo, ¿dicen ustedes: “¡Blasfemas!”,
porque he dicho: “Soy Hijo de Dios”? Si no hago las obras de mi
Padre, no me crean, pero si las hago, aunque no me crean a mí,
crean a las obras, para que comprendan y sepan que el Padre está
en mí y yo en el Padre». Intentaron de nuevo detenerlo, pero se
les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del
Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó
allí. Muchos acudieron a Él y decían: «Juan no hizo ningún
signo; pero todo lo que Juan dijo de este era verdad». Y muchos
creyeron en Él allí.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Concédenos, Dios misericordioso, servir siempre a tu altar
con dignidad y alcanzar la salvación por la participación cons-
tante en él. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Jesús llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para
que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia; con sus
heridas somos curados.
Que nos acompañe, Señor, la continua protección del sa-
cramento recibido y aleje siempre de nosotros todo mal. Por
Jesucristo, nuestro Señor.
Dios todopoderoso, concede a tus siervos, deseosos de la
gracia de tu protección, que, libres de todo mal, te sirvan con
ánimo sereno. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Sábado 23 de abril
V SEMANA DE CUARESMA
1.ª semana del Salterio - Morado
Las lecturas de hoy nos pueden resultar contradictorias. Mientras
el profeta Ezequiel anuncia la restauración y reunificación de Israel
bajo el gobierno del nuevo David; en el evangelio vemos que las
autoridades judías solo andan maquinando cómo dar muerte al
Mesías, el hijo de David. Sus palabras maliciosas, sin embargo, como
dice san Juan, revelan la realidad salvífica de la entrega, de la muerte
de Jesús. Este es el misterio central de nuestra fe en el que nos
adentramos la siguiente semana.
Padre santo, que, al mirar la entrega de tu Hijo, comprendamos, de verdad, cu
Señor, no te quedes lejos, defiéndeme; porque soy un gusano,
no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo.
Oh, Dios, que has hecho a todos los renacidos en Cristo
pueblo escogido y sacerdocio real, concédenos querer y
realizar cuanto nos mandas, para que el pueblo, llamado a la
vida eterna, tenga una misma fe en el corazón y una misma
santidad en los actos. Por nuestro Señor Jesucristo.
Lectura de la profecía de Ezequiel 37, 21-28
Esto dice el Señor Dios: «Recogeré a los hijos de Israel de
entre las naciones adonde han ido, los reuniré de todas partes
para llevarlos a su tierra. Los haré una sola nación en mi
tierra, en los montes de Israel. Un solo rey reinará sobre todos
ellos. Ya no serán dos naciones ni volverán a dividirse en dos
reinos. No volverán a contaminarse con sus ídolos, sus acciones
detestables
y todas sus transgresiones. Los liberaré de los lugares donde
habitan y en los cuales pecaron. Los purificaré; ellos serán mi
pueblo y yo seré su Dios. Mi siervo David será su rey, el único
pastor de todos ellos.
Caminarán según mis preceptos, cumplirán mis prescripcio-
nes y las pondrán en práctica. Habitarán en la tierra que yo di a
mi siervo Jacob, en la que habitaron sus padres: allí habitarán
ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos para siempre, y mi siervo
David será su príncipe para siempre. Haré con ellos una alianza
de paz, una alianza eterna. Los estableceré, los multiplicaré y
pondré entre ellos mi santuario para siempre; tendré mi morada
junto a ellos, yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y reco-
nocerán las naciones que yo soy el Señor que consagra a Israel
cuando esté mi santuario en medio de ellos para siempre».
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño.
Escuchen, pueblos, la Palabra del Señor, anúncienla en las
islas remotas: «El que dispersó a Israel lo reunirá, lo guardará
como un pastor a su rebaño.
Porque el Señor redimió a Jacob, lo rescató de una mano más
fuerte». Vendrán con aclamaciones a la altura de Sion,
afluirán hacia los bienes del Señor.
Entonces se alegrará la doncella en la danza, gozarán los jóvenes
y los viejos; convertiré su tristeza en gozo, los alegraré y aliviaré
sus penas.
Aparten de ustedes sus delitos —dice el Señor—, renueven su
corazón y su espíritu.
1.a semana del Salterio
Lectura del santo Evangelio según san Juan 11, 45-57
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, muchos judíos que habían venido a casa
de María. Al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en Él.
Pero al- gunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que
había hecho Jesús. Los sumos sacerdotes y los fariseos
convocaron el Sanedrín y dijeron: «¿Qué hacemos? Este hombre
hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en Él,
y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la
nación». Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel
año, les dijo: «Ustedes no entien- den ni palabra; no
comprenden que les conviene que uno muera por el pueblo, y
que no perezca la nación entera». Esto no lo dijo por propio
impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló
proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la
nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a los
hijos de Dios dispersos. Y aquel día decidieron darle muerte.
Por eso, Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos,
sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad
llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos. Se
acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región
subían a Jerusalén, antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban
a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban: «¿Qué les pare-
ce? ¿Vendrá a la fiesta?». Los sumos sacerdotes y fariseos habían
mandado que el que se enterase dónde estaba les avisara para
prenderlo.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Acepta, Señor, las ofrendas de nuestro ayuno para que nos
purifiquen, nos hagan dignos de tu gracia y nos conduzcan a
los bienes eternos prometidos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Cristo fue entregado para reunir a los hijos de Dios dispersos.
Señor, pedimos humildemente a tu majestad que, así como
nos fortaleces con el alimento del Santísimo Cuerpo y Sangre
de tu Hijo, nos hagas participar de su naturaleza divina. Por
Jesucristo, nuestro Señor.
Ten piedad, Señor, de tu Iglesia suplicante y atiende, com-
pasivo, los corazones que se humillan ante ti; no permitas que
los redimidos por la muerte de tu Unigénito se dejen seducir
por el pecado, ni sean víctimas de la adversidad. Por
Jesucristo, nuestro Señor.
J
valio
Domingo 24 de marzo
DOMINGO DE RAMOS
Propio del Salterio - Rojo
«Jesús, dando un fuerte grito, expiró»
Is 50, 4-7; Sal 21, 8-9.17-20.23-24; Flp 2, 6-11; Mc 14, 1—15, 47
El pasaje de Isaías nos presenta al Siervo de Yahvé con dos
cua- lidades principales: posee una gran capacidad de escucha
(Dios le ha dado oídos de discípulo) y su palabra tiene el poder
de consolar a los abatidos y desesperanzados. Su misión, sin
embargo, resulta- ba incómoda para ciertos grupos, para los
poderosos. Por eso, lo someten a golpes, insultos y escupitajos
para doblegarlo, pero él se mantiene firme, porque confía
plenamente en el Señor (v. 7). Los cristianos pronto vieron en
este siervo un preanuncio de Jesús.
El relato de la pasión que leemos hoy, justamente, nos
muestra lo que debió pagar Jesús por su coherencia y fidelidad al
proyecto del Padre: la condena a una muerte de cruz. Marcos, por
una parte, nos muestra un Jesús manso y desarmado, que se
entrega en manos de sus enemigos sin reaccionar. Sabía que su
muerte ya estaba deci- dida de antemano, nada que dijera los haría
cambiar de parecer. Por otro lado, también resalta su soledad
(todos lo abandonan) y sus actitudes completamente humanas.
Siente miedo y lanza un grito que parece escandaloso: Dios mío,
Dios mío, ¿por qué me has abando- nado? (Mc 15, 34). Marcos lo
presenta, ante todo, como enseñanza para los discípulos. La
fidelidad al proyecto del Reino de Dios tiene su costo, pero siempre
podremos gritar al Padre junto con Jesús. Y entonces veremos
brotar en nosotros la confianza en que son las manos de Dios las
que siempre nos sostienen.
Escanea el QR o digital el enlace para ver el video o PDF del comentario al evangelio de hoy: https://
24
Como cada Domingo de Ramos, la liturgia de hoy nos hace
transitar por emociones contrapuestas. Entramos en la iglesia
portando ramos, cantando himnos de alegría, dando vivas al Señor
que viene. Luego, nos disponemos para acompañar a Jesús en el
camino de su cruz, quizás invadidos por el dolor y la indignación.
Pero los autores sagrados, más que eso, nos invitan a contemplar el
camino de donación total de Jesús, el Dios-con-nosotros. Él no eligió
la senda de la grandeza. Entra en Jerusalén en un humilde borrico,
¿qué rey o príncipe haría eso? Después camina silencioso hacia la
sentencia con que los poderosos buscaban poner fin a su proyecto. No
obstante, al final, el evangelio de hoy nos deja con una escena
reveladora: al morir Jesús, se rasga el velo del templo y un centurión
reconoce en ese crucificado al Hijo de Dios.
¿Estamos nosotros dispuestos a hacer también el mismo camino de fe?
Padre santo, que la fuerza sanadora que nos das en tu amado Hijo nos ayude a lu
Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre
del Señor, el Rey de Israel. Hosanna en el cielo.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Queridos hermanos: Ya desde el principio de la Cuaresma
nos venimos preparando con obras de penitencia y caridad.
Hoy nos disponemos a inaugurar, en comunión con toda la
Iglesia, la celebración anual del misterio pascual de la pasión
y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo quien, para llevarlo
a cabo, hizo la entrada en la ciudad santa de Jerusalén. Por
este motivo, recordando con fe y devoción esta entrada
salvadora, acompañemos al Señor para que, participando de
su cruz por la gracia, merezcamos un día tener parte en su
resurrección y vida.
Propio del Salterio 24
Oremos: Dios todopoderoso y eterno, santifica con tu ben-
dición estos ramos, y, a cuantos vamos a acompañar a Cristo Rey
aclamándolo con cantos, concédenos, por medio de Él, entrar
en la Jerusalén del cielo. Él, que vive y reina por los siglos de los
siglos. Amén.
Lectura del santo Evangelio según san Marcos 11, 1-10
Gloria a ti, Señor.
Cuando se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, junto
al monte de los Olivos, Jesús mandó a dos de sus discípulos,
diciéndoles: «Vayan a la aldea de enfrente y, en cuanto entren,
encontrarán un pollino atado, que nadie ha montado todavía.
Desátenlo y tráiganlo. Y si alguien les pregunta por qué lo ha-
cen, contéstenle: “El Señor lo necesita, y lo devolverá
pronto”». Fueron y encontraron el pollino en la calle atado a
una puerta; y lo soltaron. Algunos de los presentes les
preguntaron: «¿Qué hacen desatando el pollino?». Ellos les
contestaron como había dicho Jesús; y se lo permitieron.
Llevaron el pollino, le echaron encima los mantos, y Jesús se
montó. Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros
con ramas cortadas en el campo. Los que iban delante y
detrás, gritaban: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre
del Señor! ¡Bendito el Reino que llega, el de nuestro padre
David! ¡Hosanna en el cielo!».
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Lectura del santo Evangelio según san Juan 12, 12-16
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, la gran multitud de gente que había
venido a la fiesta, al oír que Jesús venía a Jerusalén,
tomaron ramos de palmeras y salieron a su encuentro
gritando: «¡Hosanna!
¡Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel!».
24
Encontrando Jesús un pollino montó sobre él, como está escrito:
«No temas, hija de Sion; he aquí que viene tu Rey, sentado sobre
un pollino de asna». Estas cosas no las comprendieron sus dis-
cípulos al principio, pero cuando Jesús fue glorificado,
entonces se acordaron de que esto estaba escrito acerca de Él
y que así lo habían hecho para con Él.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Queridos hermanos, imitemos a la muchedumbre que acla-
maba a Jesús, y vayamos en paz.
En el nombre de Cristo. Amén.
Los niños hebreos, llevando ramos de olivo, salieron al
encuentro del Señor, aclamando: «Hosanna en el cielo».
Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habi-
tantes. Él la fundó sobre los mares, Él la afianzó sobre los ríos.
¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar
en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro
corazón, que no confía en los ídolos ni jura contra el prójimo
en falso.
Ese recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de
salvación. Esta es la generación que busca al Señor, que busca tu
rostro, Dios de Jacob.
¡Portones!, alcen los dinteles, que se alcen las puertas eternales:
va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es ese Rey de la gloria? El
Señor, héroe valeroso, el Señor valeroso en la batalla.
Propio del Salterio 24
¡Portones!, alcen los dinteles, que se alcen las puertas eternales:
va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién ese Rey de la gloria? El
Señor, Dios del universo: Él es el Rey de la gloria.
Dios todopoderoso y eterno, que hiciste que nuestro Salvador
se encarnase y soportara la cruz para que imitemos su ejemplo
de humildad, concédenos, propicio, aprender las enseñanzas
de la pasión y participar de la resurrección gloriosa. Por nuestro
Señor Jesucristo.
Llevar adelante los proyectos de Dios con frecuencia acarrea la
hostilidad de quienes ven amenazados o cuestionados sus intereses.
¿Cómo permanecer fieles en situaciones así? El Siervo del Señor nos
enseña el camino. ¡Escuchemos!
Lectura del libro de Isaías 50, 4-7
Mi Señor me ha dado una lengua de discípulo, para saber
de- cir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me
despierta el oído, para que escuche como los discípulos. El
Señor me abrió el oído, y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la
espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que tiraban
mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El
Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso
endurecí el rostro como roca, sabiendo que no quedaría
defraudado.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Al verme, se burlan de mí, hacen muecas, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre si tanto lo
quiere».
24
Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de
malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar
mis huesos.
Se reparten mi ropa, echan a suertes mi túnica. Pero tú, Señor, no
te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.
Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te
alabaré. Fieles del Señor, alábenlo; linaje de Jacob, glorifíquenlo;
témanlo, linaje de Israel.
Una de las aspiraciones humanas más comunes es el deseo de
escalar, ascender, ir ganando poder. Sin embargo, san Pablo nos re-
cuerda que Jesús nos ha enseñado el camino inverso. ¡Escuchemos!
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 2, 6-11
Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su
categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó
la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así,
actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta
someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso
Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-
todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla
se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua
proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Cristo, por nosotros, se sometió incluso a la muerte, y una muer-
te de cruz. Por eso, Dios lo levantó sobre todo y le concedió el
«Nombre-sobre-todo-nombre».
= Sacerdote, = Cronista, = Otros personajes
Propio del Salterio 24
Acompañemos al Señor de la vida en el último tramo de su camino
de donación total de sí mismo. Con su cruz, ha sembrado el germen
de una humanidad nueva.
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 14, 1—15, 47
Gloria a ti, Señor.
Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los Panes
Ázi- mos. Los sumos sacerdotes y los escribas andaban buscando
el modo de arrestar a Jesús con engaño y darle muerte. Pero
decían:
«No durante las fiestas; podría amotinarse el pueblo».
Estando Jesús en Betania, en casa de Simón, el leproso,
sen- tado a la mesa, llegó una mujer con un frasco de perfume
muy caro, de nardo puro; quebró el frasco y lo derramó en la
cabeza de Jesús. Algunos comentaban indignados:
«¿A qué viene este derroche de perfume? Se podía haber ven-
dido por más de trescientos denarios para dárselo a los pobres».
Y regañaban a la mujer. Pero Jesús replicó:
«Déjenla, ¿por qué la molestan? Lo que ha hecho conmigo
está bien. Porque a los pobres los tienen siempre con ustedes
y pueden socorrerlos cuando quieran; pero a mí no me tienen
siempre. Ella ha hecho lo que podía: se ha adelantado a embal-
samar mi cuerpo para la sepultura. Les aseguro que, en cualquier
parte del mundo donde se proclame el Evangelio, se recordará
también lo que ha hecho esta mujer».
Judas Iscariote, uno de los Doce, se presentó a los sumos
sacer- dotes para entregarles a Jesús. Al oírlo, se alegraron y le
prometie- ron dinero. Él andaba buscando ocasión propicia para
entregarlo.
24
El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero
pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:
«¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de
Pascua?». Él envió a dos discípulos, diciéndoles:
«Vayan a la ciudad, encontrarán un hombre que lleva un
cántaro de agua; síganlo y, en la casa en que entre, díganle al
dueño: “El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que
voy a comer la Pascua con mis discípulos?”. Él les mostrará en el
piso de arriba una sala grande y bien alfombrada. Prepárennos
allí la cena».
Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad,
encontra- ron lo que les había dicho y prepararon la cena de
Pascua.
Al atardecer fue Él con los Doce. Mientras estaban a la mesa
comiendo, dijo Jesús:
«Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar: uno que
está comiendo conmigo».
Ellos, consternados, empezaron a preguntarle uno tras otro:
«¿Seré yo?».
Respondió:
«Uno de los Doce, el que está mojando en la misma fuente
que yo. El Hijo del Hombre se va, como está escrito de Él; pero
¡ay del que va a entregar al Hijo del Hombre! ¡Más le valdría no
haber nacido!».
Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la
bendición, lo partió y se lo dio, diciendo:
«Tomen, esto es mi cuerpo».
Y, tomando en sus manos una copa, pronunció la acción de
gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo:
Propio del Salterio 24
«Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos.
Les aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día
que beba el vino nuevo en el Reino de Dios».
Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los
Olivos. Jesús les dijo:
«Todos ustedes se van a escandalizar, como está escrito:
“Heri- ré al pastor, y se dispersarán las ovejas”. Pero, cuando
resucite, iré antes que ustedes a Galilea».
Pedro replicó:
«Aunque todos te abandonen, yo no».
Jesús le contestó:
«Te aseguro que tú hoy, esta noche, antes que el gallo cante
dos veces, me habrás negado tres».
Pero él insistía:
«Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».
Y los demás decían lo mismo.
Fueron a un huerto, que llaman Getsemaní, y dijo a sus discípulos:
«Siéntense aquí mientras voy a orar».
Se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, empezó a sentir terror y
angustia, y les dijo:
«Me muero de tristeza; quédense aquí velando».
Y, adelantándose un poco, se postró en tierra pidiendo que, si
era posible, se alejase de Él aquella hora; y dijo:
«¡Abba! (Padre), tú lo puedes todo; aparta de mí este cáliz.
Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres».
Volvió y, al encontrarlos dormidos, dijo a Pedro:
«Simón, ¿duermes?; ¿no has podido velar ni una hora?
Velen y oren, para no caer en la tentación; el espíritu es
decidido, pero la carne es débil».
24
De nuevo se apartó y oraba repitiendo las mismas palabras.
Vol- vió, y los encontró otra vez dormidos, pues sus ojos se
cerraban de sueño. Y no sabían qué contestarle. Volvió por tercera
vez y les dijo:
«¿Todavía están dormidos y descansando? ¡Basta ya! Ha
llega- do la hora; miren que el Hijo del Hombre va a ser
entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense, vamos! Ya
está cerca el que me va a entregar».
Todavía estaba hablando, cuando se presentó Judas, uno de
los Doce, y con él gente con espadas y palos, mandada por los
sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos. El traidor les había
dado una contraseña, diciéndoles:
«Al que yo bese, ese es; arréstenlo y llévenlo bien custodiado».
Y en cuanto llegó, se acercó y le dijo:
«¡Maestro!».
Y lo besó. Ellos le echaron mano y lo arrestaron. Pero uno de
los presentes, desenvainando la espada, de un golpe le cortó la
oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús tomó la palabra y les
dijo:
«¿Han salido a prenderme con espadas y palos, como a un
ban- dido? A diario estaba con ustedes enseñando en el
templo, y no me detuvieron. Pero es necesario que se cumplan
las Escrituras».
Y todos lo abandonaron y huyeron. Lo iba siguiendo un
mu- chacho, cubierto tan solo con una sábana. Lo detuvieron,
pero él soltando la sábana se escapó desnudo.
Condujeron a Jesús a casa del sumo sacerdote, y se reunieron
todos los sumos sacerdotes y los ancianos y los escribas. Pedro
lo fue siguiendo de lejos, hasta el interior del palacio del sumo
sacerdote; y se sentó con los criados junto al fuego para calen-
tarse. Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un
testimonio contra Jesús, para condenarlo a muerte; y no lo en-
Propio del Salterio 24
contraban. Pues, aunque muchos daban falso testimonio
contra Él, los testimonios no concordaban. Y algunos,
poniéndose en pie, daban testimonio contra Él diciendo:
«Nosotros le hemos oído decir: “Yo destruiré este templo, edi-
ficado por hombres, y en tres días construiré otro no edificado
por hombres”».
Pero ni en esto concordaban los testimonios. El sumo
sacer- dote se puso en pie en medio e interrogó a Jesús:
«¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que
levantan contra ti?».
Pero Él callaba, sin dar respuesta. El sumo sacerdote lo
inte- rrogó de nuevo, preguntándole:
«¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios
bendito?». Jesús contestó:
«Sí, lo soy. Y verán que el Hijo del Hombre está sentado a la
derecha del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo».
El sumo sacerdote se rasgó las vestiduras, diciendo:
«¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Han oído la
blasfe- mia. Ustedes, ¿qué dicen?».
Y todos lo declararon reo de muerte. Algunos se pusieron a
escupirle y, tapándole la cara, lo abofeteaban y le decían:
«Adivina quién fue».
Y los criados le daban bofetadas.
Mientras Pedro estaba abajo en el patio, llegó una criada del
sumo sacerdote y, al ver a Pedro calentándose, lo miró y dijo:
«También tú andabas con Jesús, el Nazareno».
Él lo negó, diciendo:
«Ni sé ni entiendo lo que quieres decir».
Salió fuera, a la entrada, y un gallo cantó. La criada, al verlo,
volvió a decir a los presentes:
24
«Este es uno de ellos».
Y él volvió a negar. Al poco rato, también los presentes
dijeron a Pedro:
«Seguro que eres uno de ellos, pues eres galileo».
Pero él se puso a echar maldiciones y a jurar:
«No conozco a ese hombre de quien ustedes hablan».
Y en seguida, por segunda vez, cantó un gallo. Pedro se
acordó de las palabras que le había dicho Jesús: «Antes de que
cante el gallo dos veces, me habrás negado tres», y se echó a
llorar.
Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos,
los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, atando a
Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Pilato le preguntó:
«¿Éres tú el rey de los
judíos?». Él respondió:
«Tú lo dices».
Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le
preguntó de nuevo:
«¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra
ti». Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy
ex- trañado. Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le
pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos
que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente
subió y empezó
a pedir el indulto de costumbre. Pilato les
contestó:
«¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?».
Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado
por envidia. Pero los sumos sacerdotes alborotaron a la gente
para que pidiera la libertad de Barrabás. Pilato tomó de nuevo la
palabra y les preguntó:
«¿Qué hago con el que ustedes llaman rey de los judíos?».
Ellos gritaron de nuevo:
«¡Crucifícalo!».
Propio del Salterio 24
Pilato les dijo:
«Pues ¿qué mal ha hecho?».
Ellos gritaron más fuerte:
«¡Crucifícalo!».
Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y
a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Los soldados se lo llevaron al interior del palacio —al pre-
torio— y reunieron a toda la tropa. Lo vistieron de púrpura, le
pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y
comen- zaron a hacerle el saludo:
«¡Salve, rey de los judíos!».
Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, do-
blando las rodillas, se postraban ante Él. Terminada la burla, le
quitaron el manto de color púrpura y le pusieron su ropa. Y lo
sacaron para crucificarlo.
Y a un tal Simón, natural de Cirene, el padre de Alejandro y
Rufo, que al regresar del campo pasaba por allí, lo obligaron a
llevar la cruz de Jesús. Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere
decir lugar de «la calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero
Él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas,
echán- dolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. Era
media ma- ñana cuando lo crucificaron. En el letrero estaba
escrita la causa de su condena: «El rey de los judíos».
Crucificaron con Él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su
izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: «Lo
consideraron como un malhechor».
Los que pasaban lo injuriaban, haciendo muecas y diciendo:
«¡Eh, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres
días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz!».
24
Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de
Él, diciendo:
«A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar. Que el
Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos
y creamos».
También los que estaban crucificados con Él lo insultaban.
Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas
hasta la media tarde. Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz
potente:
«Eloí, Eloí, lamá sabaktaní».
Que significa:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
«Mira, está llamando a Elías».
Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la
sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:
«Déjenlo, a ver si viene Elías a bajarlo».
Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.
El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centu-
rión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:
«Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios».
Había también unas mujeres que miraban desde lejos; entre
ellas, María Magdalena, María, la madre de Santiago el Menor y
de José, y Salomé, que, cuando Él estaba en Galilea, lo seguían
para atenderlo; y otras muchas que habían subido con Él a
Jerusalén.
Al anochecer, como era el día de la Preparación, víspera
del sábado, vino José de Arimatea, noble senador, que
también aguardaba el Reino de Dios; armándose de valor, se
presentó ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato se
extrañó de que hubiera muerto ya; y, llamando al centurión,
le preguntó
Propio del Salterio 24
si hacía mucho tiempo que había muerto. Informado por el
centurión, concedió el cadáver a José. Este compró una sábana
y, bajando a Jesús, lo envolvió en la sábana y lo puso en un
se- pulcro, excavado en una roca, y rodó una piedra a la
entrada del sepulcro. María Magdalena y María la madre de José
observaban dónde lo ponían.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Acudamos a Jesús, nuestro Rey y Mesías, nuestro único Sal-
vador, y sabiendo que sube a Jerusalén para consumar nuestra
liberación definitiva, salgamos a su paso diciendo:
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Porque das a tu Iglesia el privilegio de vivir y contemplar los
misterios de tu amor.
Porque, consumando tu obra redentora, borraste los
pecados del mundo.
Porque, haciéndote hombre, hiciste de nuestra historia una
historia de salvación universal.
Porque fuiste capaz de padecer hasta el extremo y de
aceptar con confianza la voluntad de Dios, tu Padre.
Porque visitas a los agonizantes, das la vida eterna a los
difuntos, y nos regalas el don de la esperanza que no falla.
Porque nos permites acompañarte en tu sacrificio, en tu
banquete y en tu victoria pascual.
Adéntranos, Señor, en el misterio de tu amor, haz que te
des- cubramos presente en nuestras vidas como el enviado de
Dios, y escucha muestras oraciones de alabanza, súplica y acción
de gra- cias. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
24
Señor, que por la pasión de tu Unigénito se extienda sobre
nosotros tu misericordia y, aunque no la merecen nuestras obras,
que con la ayuda de tu compasión podamos recibirla en este
sacrificio único. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba,
hágase tu voluntad.
Saciados con los dones santos, te pedimos, Señor, que, así
como nos has hecho esperar lo que creemos por la muerte de
tu Hijo, podamos alcanzar, por su resurrección, la plena
posesión de lo que anhelamos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Dirige tu mirada, Señor, sobre esta familia tuya por la que
nuestro Señor Jesucristo no dudó en entregarse a los verdugos
y padecer el tormento de la cruz. Por Jesucristo, nuestro Señor.
C
Lunes 25 de marzo
LUNES SANTO
2.ª semana del Salterio - Morado
Una de las tradiciones de Israel esperaba un Mesías poderoso y
glorioso; sin embargo, en lugar de eso, el profeta Isaías nos ofrece
otra figura, la del siervo sufriente. A él no lo definen ni el poder ni
la prepotencia, sino la compasión y la entrega total de sí mismo.
Por eso, los cristianos vieron en él un eco, una prefiguración de Jesús,
que prefirió el camino del anonadamiento, del dar y donarse antes
que dominar. Hoy, el evangelio nos presenta los preparativos para
ese momento culmen.
Señor Jesús, tus caminos contradicen con frecuencia nuestras ambiciones, por
Pelea, Señor, contra los que me atacan, guerrea contra los que
me hacen guerra; empuña el escudo y la adarga, levántate y
ven en mi auxilio, Señor Dios, mi fuerte salvador.
Concédenos, Dios todopoderoso, que, quienes desfallecemos
a causa de nuestra debilidad, encontremos aliento en la pasión
de tu Hijo unigénito. Él, que vive y reina contigo.
Lectura del libro de Isaías 42, 1-7
Miren a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien
me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la
justicia a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por
las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante
no la apagará. Manifestará la justicia con verdad. No vacilará
ni se quebrará, hasta implantar la justicia en el país. En su ley
esperan las islas. Esto dice el Señor, Dios, que crea y despliega
los cielos, consolidó la tierra con su vegetación, da el respiro al
pueblo que
la habita y el aliento a quienes caminan por ella: «Yo, el Señor,
te he llamado en mi justicia, te cogí de la mano, te formé e hice
de ti alianza de un pueblo y luz de las naciones, para que abras
los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la cárcel, de la
prisión a los que habitan en tinieblas».
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
El Señor es mi luz y mi salvación.
El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la
defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?
Cuando me asaltan los malvados para devorar mi carne, ellos,
enemigos y adversarios, tropiezan y caen.
Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla; si me
declaran la guerra, me siento tranquilo.
Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera
en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor.
Salve, Rey nuestro, solo tú te has compadecido de nuestros errores.
Lectura del santo Evangelio según san Juan 12, 1-11
Gloria a ti, Señor.
Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía
Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le
ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que
estaban con Él a la mesa. María tomó una libra de perfume de
nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enju-
gó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del
perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a
entregar, dice: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por
trescientos
Propio del Salterio
denarios para dárselos a los pobres?». Esto lo dijo no porque
le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como
tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando. Jesús dijo:
«Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque
a los po- bres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no
siempre me tienen». Una muchedumbre de judíos se enteró de
que estaba allí y fueron no solo por Jesús, sino también para ver
a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos. Los
sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque
muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Mira, Señor, con bondad los santos misterios que estamos
celebrando y, ya que tu amor providente los instituyó para librar-
nos de nuestra condena, haz que fructifiquen para la vida
eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.
No me escondas tu rostro el día de la desgracia. Inclina tu
oído hacia mí; cuando te invoco, escúchame enseguida.
Visita, Señor, a tu pueblo, y guarda los corazones de
quienes se consagran a tus misterios con amor solícito, para
que conser- ven, bajo tu protección, los medios de la salvación
eterna que han recibido de tu misericordia. Por Jesucristo,
nuestro Señor.
Defiende, Señor, a los sencillos y protege continuamente a los
que confían en tu misericordia, para que, al disponerse a cele-
brar las fiestas de Pascua, tengan en cuenta no solo la penitencia
corporal, sino, lo que es más importante, la pureza interior. Por
Jesucristo, nuestro Señor.
Martes 26 de marzo
MARTES SANTO
2.ª semana del Salterio - Morado
En la primera lectura, el profeta Isaías presenta a Israel como
siervo de Dios, pero este duda de la validez de su misión. ¿Merecía la
pena? Por medio del profeta, Dios no solo le confirma a Israel su
misión, sino que le confía una todavía mayor.
En el evangelio, en vísperas de su pasión, Jesús prepara a sus
discípulos para los acontecimientos que se avecinan. Frente a la
oscuridad que se aproxima, les deja algo de luz para que no se
pierdan y, luego, puedan retomar el camino.
Gracias, Señor, por mostrarnos cuánto nos amas.
¡Cuánta luz en ese oscuro día, lámpara para nuestros pasos!
No me entregues, Señor, a la saña de mis adversarios, porque
se levantan contra mí testigos falsos, que respiran violencia.
Dios todopoderoso y eterno, concédenos participar de tal
modo en las celebraciones de la pasión del Señor, que merezca-
mos tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo.
Lectura del libro de Isaías 49, 1-6
Escúchenme, islas; atiendan, pueblos lejanos: El Señor me
llamó desde el vientre materno, de las entrañas de mi madre,
y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada,
me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida,
me guardó en su aljaba y me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel, por
medio de ti me glorificaré». Y yo pensaba: «En vano me he can-
sado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas». En realidad,
el Señor defendía mi causa, mi recompensa la custodiaba Dios.
Y ahora dice el Señor, el que me formó desde el vientre como
Propio del Salterio
siervo suyo, para que le devolviese a Jacob, para que le reuniera
a Israel; he sido glorificado a los ojos de Dios. Y mi Dios era mi
fuerza: «Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de
Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel. Te hago luz
de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín
de la tierra».
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Mi boca contará tu salvación, Señor.
A ti, Señor, me acojo: no quede yo derrotado para siempre; tú
que eres justo, líbrame y ponme a salvo, inclina a mí tu oído, y
sálvame.
Sé tú mi roca de refugio, el alcázar donde me salve, porque mi
peña y mi fortaleza eres tú. Dios mío, líbrame de la mano
perversa.
Porque tú, Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza,
Señor, desde mi juventud. En el vientre materno ya me
apoyaba en ti, en el seno tú me sostenías.
Mi boca contará tu auxilio, y todo el día tu salvación. Dios mío,
me instruiste desde mi juventud y hasta hoy relato tus maravillas.
Salve, Rey nuestro, obediente al Padre; fuiste llevado a la cru-
cifixión, como manso cordero a la matanza.
Lectura del santo Evangelio según san Juan 13, 21-33.36-38
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, estando Jesús a la mesa con sus
discípulos, se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo:
«En verdad, en verdad les digo: uno de ustedes me va a
entregar». Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por
no saber de quién lo decía. Uno de ellos, el que Jesús amaba,
estaba reclinado a la mesa en
el seno de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que
averiguase por quién lo decía. Entonces él, apoyándose en el
pecho de Je- sús, le preguntó: «Señor, ¿quién es?». Le contestó
Jesús: «Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado». Y,
untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote.
Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo:
«Lo que vas a hacer, hazlo pronto». Ninguno de los
comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la
bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo
necesario para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después
de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche.
Cuando salió, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del
Hombre, y Dios es glorificado en Él. Si Dios es glorificado en Él,
también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.
Hijitos, me queda poco de estar con ustedes. Me buscarán, pero
lo que dije a los judíos se lo digo ahora a ustedes: “Donde yo voy
no pueden venir ustedes”». Simón Pedro le dijo: «Señor, ¿adónde
vas?». Jesús le respondió: «Adonde yo voy no me puedes seguir
ahora, me seguirás más tarde». Pedro replicó: «Señor, ¿por qué
no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti». Jesús le contestó:
«¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no
cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces».
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Mira, Señor, con bondad las ofrendas de esta familia tuya a
la que haces partícipe de tus dones santos, y concédele llegar a
poseerlos plenamente. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Dios no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por
todos nosotros.
Propio del Salterio
Saciados con el don de la salvación, invocamos, Señor, tu mi-
sericordia, para este sacramento, con el que quisiste que
fuése- mos alimentados en nuestra vida temporal, nos haga
participar de la vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Que tu misericordia, oh, Dios, limpie al pueblo fiel del
enga- ño del viejo pecado y le haga capaz de la novedad de
una vida santa. Por Jesucristo, nuestro Señor.
E
Miércoles 27 de abril
MIÉRCOLES SANTO
2.ª semana del Salterio - Morado
La reacción usual hacia la violencia suele ser responder con más
violencia. Sin embargo, en la primera lectura, el siervo de Yahvé,
nos enseña una vía diferente, una que pone freno a la agresividad.
Jesús predicó este camino y lo demostró con su vida, con su entrega.
Contaba con un enorme apoyo del pueblo, pero no se amparó en eso
para hacer frente a sus enemigos. Su camino fue el de la entrega, el
del amor, incluso hacia quienes lo perseguían.
Señor, tú nos enseñaste el sendero del amor, por eso, como tú, ayúdanos a ser fe
Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la
tie- rra, en el abismo: porque Él se hizo obediente hasta la
muerte y una muerte de cruz; por eso, es Señor, para gloria de
Dios Padre.
Oh, Dios, que, para librarnos del poder del enemigo,
quisiste que tu Hijo soportase por nosotros el suplicio de la
cruz, con- cédenos a tus siervos alcanzar la gracia de la
resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.
Lectura del libro de Isaías 50, 4-9a
El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para
saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me
espabila el oído, para que escuche como los discípulos. El
Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los
que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y
salivazos. El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los
ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que
no quedaría defraudado. Mi
Propio del Salterio
defensor está cerca, ¿quién pleiteará contra mí? Comparezcamos
juntos, ¿quién me acusará? Que se acerque. Miren, el Señor Dios
me ayuda, ¿quién me condenará?
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Señor, que me escuche tu gran bondad el día de tu favor.
Por ti he aguantado afrentas, la vergüenza cubrió mi rostro. Soy
un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de
mi madre; porque me devora el celo de tu templo, y las afrentas
con que te afrentan caen sobre mí.
La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco. Espero com-
pasión, y no la hay; consoladores, y no los encuentro. En mi
comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.
Alabaré el nombre de Dios con cantos, proclamaré su
grandeza con acción de gracias. Mírenlo los humildes y
alégrense, busquen al Señor y revivirá su corazón. Que el Señor
escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos.
Salve, Rey nuestro, solo tú te has compadecido de nuestros errores.
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 26, 14-25
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote,
fue a los sumos sacerdotes y les propuso: «¿Qué están dispuestos
a dar- me si se lo entrego a ustedes?». Ellos se ajustaron con él
en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando
ocasión propicia para entregarlo. El primer día de los Ácimos se
acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Dónde
quieres que te preparemos la cena de Pascua?». Él contestó:
«Vayan a la ciudad, a casa de quien ustedes saben, y díganle: “El
Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu
casa con mis discípulos”».
Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y
prepararon la Pascua. Al atardecer se puso a la mesa con los
Doce. Mientras comían dijo: «En verdad les digo que uno de
ustedes me va a entregar». Ellos, muy entristecidos, se pusieron a
preguntarle uno tras otro: «¿Soy yo acaso, Señor?». Él respondió:
«El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a
entregar. El Hijo del Hombre se va como está escrito de Él; pero,
¡ay de aquel por quien el Hijo del Hombre es entregado!, ¡más le
valdría a ese hombre no haber nacido!». Entonces preguntó
Judas, el que lo iba a entregar:
«¿Soy yo acaso, Maestro?». Él respondió: «Tú lo has dicho».
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Recibe, Señor, las ofrendas que te presentamos, y muestra
la eficacia de tu poder, para que, al celebrar sacramentalmente
la pasión de tu Hijo, consigamos sus frutos saludables. Por
Jesucris- to, nuestro Señor.
El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y
dar su vida en rescate por muchos.
Dios todopoderoso, concédenos sentir vivamente que, por
la muerte de tu Hijo en el tiempo manifestada en estos santos
misterios, confiemos en que tú nos has dado la vida eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Concede, Señor, a tus fieles recibir pronto los sacramentos
pascuales y esperar, con vivo deseo, los dones futuros, para
que, perseverando en los santos misterios que los hicieron
renacer, se sientan impulsados por ellos hacia una nueva vida.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Jueves 28 de abril
JUEVES SANTO
Propio del Salterio - Blanco
Empezamos hoy la celebración del Triduo Pascual, el
acontecimiento central de nuestra fe. Estos días transitamos,
asombrados, apenados y agradecidos, desde los acontecimientos
trágicos de una muerte injusta hacia la irrupción de la vida plena. Hoy,
particularmente, la Iglesia agradece a Dios por la Eucaristía, nuestra
nueva Pascua, y por el sacerdocio; dones que, como nos lo muestra
Jesús en el evangelio de hoy día, adquieren su pleno sentido en el
servicio. Llenos de gratitud, nos sumergimos en este misterio de
Señor Jesús, que, alimentados por el don de tu cuerpo, hagamos del servicio a
nuestra fe.
Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor
Jesucristo: en Él está nuestra salvación, vida y resurrección, por
Él hemos sido salvados y liberados.
Oh, Dios, al celebrar la Cena santísima en la que tu Unigé-
nito, cuando iba a entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el
sacrificio nuevo y eterno y el banquete de su amor, te pedimos
alcanzar, de tan gran misterio, la plenitud de caridad y de vida.
Por nuestro Señor Jesucristo.
Lectura del libro del Éxodo 12, 1-8.11-14
En aquellos días, dijo el Señor a Moisés y a Aarón en tierra de
Egipto: «Este mes será para ustedes el principal de los meses;
será para ustedes el primer mes del año. Digan a toda la
comunidad
28
de Israel: “El diez de este mes cada uno tomará un cordero
para su familia, uno por casa. Si la familia es demasiado
pequeña para comer el cordero, que se junte con el vecino de
casa, hasta completar el número de personas; y cada uno
comerá su ración hasta terminarlo. Será un animal sin defecto,
macho, de un año, cordero o cabrito. Lo guardarán hasta el día
catorce del mes, y congregada toda la comunidad de Israel lo
matará al atardecer. Tomarán la sangre y la rociarán por todo
el marco de la puerta de la casa donde lo vayan a comer. Esa
noche comerán la carne, asada al fuego, comerán panes sin
levadura y verduras amargas. Y lo comerán así: la cintura
ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y lo
comerán a toda prisa, porque es la Pascua, el paso del Señor.
Esa noche yo pasaré por todo el país de Egipto, dando muerte
a todos sus primogénitos, de hombres y de animales; y haré
justicia contra todos los dioses de Egipto. Yo soy el Señor. La
sangre servirá de señal en las casas donde estén; cuando vea la
sangre, pasaré de largo; no los tocará la plaga exterminadora,
cuando yo pase hirien- do a Egipto. Este día será para ustedes
memorable, en Él celebrarán la fiesta del Señor, ley perpetua
para todas las generaciones”».
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
El cáliz que bendecimos es la comunión
de la sangre de Cristo.
¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré
la copa de la salvación, invocando su nombre.
Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. Señor, yo soy tu
siervo, hijo de tu esclava; rompiste mis cadenas.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo.
Propio del Salterio 28
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo
a los Corintios 11, 23-26
Hermanos: Yo he recibido una tradición, que procede del
Señor y que a mi vez les he transmitido: que el Señor Jesús,
en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y,
pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es
mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en
conmemoración mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de
cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi
sangre; cuantas veces beban de él, háganlo en conmemoración
mía». Por eso, cada vez que ustedes comen de este pan y
beben de este cáliz, anuncian la muerte del Señor, hasta que
vuelva.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Les doy un mandamiento nuevo —dice el Señor—: que se amen
unos a otros, como yo los he amado.
Lectura del santo Evangelio según san Juan 13, 1-15
Gloria a ti, Señor.
Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había
lle- gado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo
amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el
extremo. Estaban cenando, cuando el diablo ya había metido
en el cora- zón de Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de
entregar a Jesús. Jesús, sabiendo que el Padre había puesto
todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta
de la mesa, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe;
luego echa agua en una jofaina y se pone a lavarles los pies a
los discípulos, secán- doselos con la toalla que se había
ceñido. Llegó a Simón Pedro, y este le dijo: «Señor, ¿lavarme
los pies tú a mí?». Jesús le replicó:
«Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás
28
más tarde». Pedro le dijo: «No me lavarás los pies jamás». Jesús
le contestó: «Si no te lavo, no tendrás parte conmigo». Simón
Pedro le dijo: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y
la cabeza». Jesús le dijo: «Uno que se ha bañado no necesita
lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También
ustedes están limpios, aunque no todos». Porque sabía quién lo
iba a entregar, por eso dijo: «No todos están limpios». Cuando
acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y
les dijo:
«¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman
“el Maestro” y “el Señor”, y dicen bien, porque lo soy. Pues si
yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también
ustedes deben lavarse los pies unos a otros; les he dado
ejemplo, para que lo que hice con ustedes, ustedes también lo
hagan».
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
En esta tarde en la que anticipamos el misterio pascual de
Cristo y celebramos su amor, oremos con cordial confianza al
autor de nuestra salvación. Digamos:
Escucha, Señor, nuestra oración.
En esta tarde santa, en la que Cristo hecho Eucaristía se da a
su Iglesia, pidamos por ella, para que proclame a la
humanidad la fuerza salvadora del sacramento del amor.
Oremos a Cristo, Pan de vida.
En esta tarde santa, en que Jesús quiso prolongar su
sacerdocio eterno, oremos por el Santo Padre y por todos
los que han sido ungidos para actualizar el sacrificio
redentor de Cristo,
Propio del Salterio 28
para que encarnen en sus vidas lo que celebran en el altar.
Oremos a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote.
En esta tarde, en la que Cristo fue entregado a la muerte por
uno de sus amigos, oremos por los que hoy lo traicionan
derramando sangre inocente, profanando el amor, renegando
de su fe; para que la fuerza del misterio que celebramos se
haga vida en sus corazones. Oremos a Cristo, nuestra
Víctima Pascual.
En esta tarde santa, en la que Jesús nos quiere unidos en
comunión, oremos por el pueblo de Israel y por los que no
lo reconocen como el Mesías de Dios, el Salvador que tenía
que venir. Oremos a Cristo, nuestro Salvador.
En esta tarde, en la que Cristo oró por sus amigos, oremos por
nuestra comunidad parroquial, por nuestros enfermos, por
los que entregan su vida por el Evangelio, para que el paso del
Señor les otorgue la paz, la salud, el perdón y el gozo de su
cercanía y amistad. Oremos a Cristo, nuestro hermano.
En esta tarde santa, en que Jesús nos dejó el mandato del
amor, oremos por todo el pueblo de Dios, para que, reunido
en torno al banquete eucarístico, seamos capaces de crear una
fraternidad universal que rompa las ataduras del egoísmo y
las injusticias. Oremos a Cristo, Príncipe de la paz.
Señor Jesús, que antes de derramar tu sangre por nuestra
salva- ción quisiste quedarte en la Eucaristía para ser nuestro
alimento y nuestra vida, concédenos gustar el sacramento del
amor y ser signos de tu presencia en medio de los hombres.
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Concédenos, Señor, participar dignamente en estos sacra-
mentos, pues cada vez que se celebra el memorial del
sacrificio de Cristo, se realiza la obra de nuestra redención. Por
Jesucristo, nuestro Señor.
28
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro. El
cual, ver- dadero y único sacerdote, al instituir el sacrificio de
la eterna alianza se ofreció el primero a ti como víctima de
salvación, y nos mandó perpetuar esta ofrenda en memoria
suya. Su carne, inmolada por nosotros, es alimento que nos
fortalece; su sangre, derramada por nosotros, es bebida que
nos purifica. Por eso, con los ángeles y arcángeles, con los
tronos y dominaciones, y con todos los coros celestiales,
cantamos sin cesar el himno de tu gloria: Santo, Santo,
Santo…
Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes; este cáliz es la
nueva alianza en mi sangre, dice el Señor; hagan esto, cada vez
que lo beban, en memoria mía.
Dios todopoderoso, alimentados en el tiempo por la Cena
de tu Hijo, concédenos, de la misma manera, merecer ser
saciados en el banquete eterno. Por Jesucristo, nuestro Señor.
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Viernes 29 de marzo
VIERNES SANTO (ayuno y abstinencia)
Propio del Salterio - Rojo
Hoy acompañamos a Jesús en el camino hacia el Gólgota. A
veces, nos centramos demasiado en los aspectos dolorosos de este
acontecimiento. Sin embargo, las lecturas nos invitan a mirar no
tanto la pasión del sufrimiento, sino la pasión del amor: «Tanto amó
Dios al mundo que nos entregó a su Hijo único», nos dice san Juan.
La cruz expresa el sentido máximo de esa entrega, nos revela hasta
dónde llega el amor de Dios por nosotros y por su creación. Por eso,
caminemos hoy junto a Jesús con actitud contemplativa y agradecida.
Gracias, Padre santo, porque en tu Hijo nos has revelado cuánto y cómo nos am
Oh, Dios, que, por la pasión de tu Hijo, nuestro Señor
Jesucristo, has destruido la muerte, herencia del antiguo pecado
que alcanza a toda la humanidad, concédenos que, semejantes a
Él, llevemos la imagen del hombre celestial por la acción
santificadora de tu gracia, así como hemos llevado grabada la
imagen del hombre terreno por exigencia de la naturaleza. Por
nuestro Señor Jesucristo. Amén.
PRIMERA PARTE
Lectura del libro de Isaías 52, 13—53, 12
Miren, mi siervo tendrá éxito, crecerá y llegará muy alto. Así
como muchos se espantaron de él, porque estaba tan desfigurado
que no parecía hombre, ni tenía aspecto humano, así asombrará a
muchos pueblos, ante él los reyes se quedarán sin palabras, al ver
algo que nunca les habían contado y comprender algo que nunca
29
habían oído. ¿Quién creyó nuestro anuncio? ¿A quién ha
revelado el Señor su poder? Creció en su presencia como un
retoño, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo vimos
sin aspecto atra- yente, despreciado y rechazado por los
hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado al
sufrimiento, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y
no tenido en cuenta. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó
nuestros dolores; nosotros lo creíamos castigado, herido por
Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeldías,
triturado por nuestras culpas. El castigo que sufrió nos trajo la
paz, y por sus heridas fuimos curados.
Todos andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada
uno su camino; y el Señor cargó sobre él todas nuestras
culpas. Mal- tratado, voluntariamente se humillaba y no abría
la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante
el esquilador, en- mudecía y no abría la boca. Sin defensa, sin
haber sido juzgado, se lo llevaron, ¿quién se preocupó de su
suerte? Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de
mi pueblo lo hirieron. Le dieron sepultura con los malvados, y
lo enterraron con los mal- hechores, aunque no había
cometido crímenes ni hubo engaño en su boca. El Señor quiso
triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación;
verá su descendencia, prolongará sus años, y por medio de él
la voluntad del Señor se cumplirá. Por las fatigas de su alma
verá la luz, y se saciará de conocimiento. Mi siervo traerá a
muchos la salvación, porque cargó sobre sí las culpas de ellos.
Por eso, le daré un puesto de honor entre los grandes, y con
los poderosos participará del triunfo. Porque in- defenso se
entregó a la muerte y fue contado entre los pecadores, él cargó
con el pecado de muchos e intercedió por los pecadores.
Palabra de Dios. Te alabamos,
Señor. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Propio del Salterio 29
A ti, Señor, me acojo, no quede yo nunca defraudado; tú, que
eres justo, ponme a salvo. En tus manos encomiendo mi espíritu,
tú, el Dios leal, me librarás.
Soy la burla de todos mis enemigos, motivo de risa de mis
veci- nos, el espanto de mis conocidos; me ven por la calle, y
escapan de mí. Me han olvidado como a un muerto, me han
desechado como a un objeto inútil.
Pero yo confío en ti, Señor, te digo: «Tú eres mi Dios». En tu
mano está mi destino; líbrame de los enemigos que me
persiguen.
Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, sálvame por tu
misericordia. Sean fuertes y valientes de corazón, los que esperan
en el Señor.
Lectura de la carta a los Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9
Hermanos: Puesto que tenemos un gran Sumo Sacerdote, que
ha penetrado en los cielos, Jesús, Hijo de Dios,
mantengámonos firmes en la fe que profesamos. Pues no
tenemos un sumo sacer- dote incapaz de compadecerse de
nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo
exactamente como nosotros, menos en el pecado. Por eso,
acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para
alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie
oportunamente. Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y
con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía
salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado. Él, a
pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la
perfección, se ha convertido para todos los que le obedecen en
autor de salvación eterna.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Cristo, por nosotros, se sometió incluso a la muerte, y una muer-
te de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el
«Nombre-sobre-todo-nombre».
29
= Sacerdote, = Cronista, = Otros personajes
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 18, 1—19, 42
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado
del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí Él
y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el lugar,
porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas
entonces, llevando consigo un destacamento de soldados
romanos y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los
fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, que
sabía todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les dijo:
«¿A quién buscan?».
Le contestaron:
«A Jesús, el Nazareno».
Les dijo Jesús:
«Yo soy».
Estaba también con ellos Judas, el traidor. Al decirles «Yo soy»,
retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:
«¿A quién buscan?».
Ellos dijeron:
«A Jesús, el Nazareno».
Jesús contestó:
«Les he dicho que soy yo. Si me buscan a mí, dejen que
estos se vayan».
Y así se cumplió lo que Él había dicho: «No he perdido a
nin- guno de los que me diste». Entonces Simón Pedro, que
llevaba una espada, la desenvainó e hirió al criado del sumo
sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba
Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:
Propio del Salterio 29
«Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre,
¿no lo voy a beber?».
El destacamento, el comandante y los guardias de los
judíos prendieron a Jesús, lo ataron, y lo llevaron primero a
Anás, por- que era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año;
era Caifás el que había dado a los judíos este consejo:
«Conviene que muera un solo hombre por el pueblo». Simón
Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era
conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio
del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera junto a la
puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo
sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada
que hacía de portera dijo entonces a Pedro:
«¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?».
Él dijo:
«No lo soy».
Los criados y los guardias habían encendido un brasero,
por- que hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba
con ellos de pie, calentándose. El sumo sacerdote interrogó a
Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le
contestó:
«Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado
continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen
todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué
me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, y que
ellos digan de qué les he hablado. Ellos saben lo que he dicho
yo».
Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio
una bofetada a Jesús, diciendo:
«¿Así contestas al sumo
sacerdote?». Jesús respondió:
«Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero, si
he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?».
Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote.
29
Simón Pedro estaba en pie, calentándose, y le dijeron:
«¿No eres tú también de sus discípulos?».
Él lo negó, diciendo:
«No lo soy».
Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a
quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:
«¿No te he visto yo con Él en el huerto?».
Pedro volvió a negarlo, y enseguida cantó un gallo.
Llevaron a Jesús de la casa de Caifás al palacio del
gobernador romano. Era el amanecer, y ellos no entraron en el
palacio para no incurrir en impureza y poder así comer la
Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo:
«¿Qué acusación presentan contra este hombre?».
Le contestaron:
«Si este no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado».
Pilato les dijo:
«Llévenselo ustedes y júzguenlo conforme a su propia ley».
Los judíos le dijeron:
«No estamos autorizados para dar muerte a nadie».
Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de
qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilato en el palacio,
llamó a Jesús y le dijo:
«¿Eres tú el rey de los judíos?».
Jesús le contestó:
«¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?».
Pilato replicó:
«¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han
entregado a mí; ¿qué has hecho?».
Jesús le contestó:
«Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este
Propio del Salterio 29
mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera en
manos de los judíos. Pero mi Reino no es de aquí».
Pilato le dijo:
«Entonces, ¿tú eres rey?».
Jesús le contestó:
«Tú lo dices, soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he
venido al mundo, para ser testigo de la verdad. Todo el que es de
la verdad escucha mi voz».
Pilato le dijo:
«Y, ¿qué es la verdad?».
Dicho esto, salió otra vez a donde estaban los judíos y les dijo:
. «Yo no encuentro en Él ninguna culpa. Es costumbre entre
ustedes que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Quieren que
deje en libertad al rey de los judíos?».
Volvieron a gritar:
«A ese no, a Barrabás».
El tal Barrabás era un bandido.
Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los
soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la
cabeza y le vistieron un manto color púrpura; y, acercándose a
Él, le decían:
«¡Salve, rey de los judíos!».
Y le daban bofetadas. Pilato salió otra vez afuera y les dijo:
«Miren, lo traigo de nuevo, para que sepan que no
encuentro en Él culpa alguna».
Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto
color púrpura. Pilato les dijo:
«Aquí está el hombre».
Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron:
«¡Crucifícalo, crucifícalo!».
Pilato les dijo:
«Llévenselo ustedes y crucifíquenlo, porque yo no encuentro
culpa en Él».
29
Los judíos le contestaron:
«Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir,
porque se ha declarado Hijo de Dios».
Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más y, entran-
do otra vez en el palacio, dijo a Jesús:
«¿De dónde eres tú?».
Pero Jesús no le dio respuesta. Y Pilato le dijo:
«¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para
soltarte y autoridad para crucificarte?».
Jesús le contestó:
«No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la
hubieran dado de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti
tiene un pecado mayor».
Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos
gritaban:
«Si sueltas a ese, no eres amigo del César. Todo el que se
declara rey está contra el César».
Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y
lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman «el Enlosado»
(en hebreo Gábata). Era el día de la Preparación de la Pascua,
hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos:
«Aquí tienen a su rey».
Ellos gritaron:
«¡Fuera, fuera; crucifícalo!».
Pilato les dijo:
«¿Acaso voy a crucificar a su rey?».
Contestaron los sumos sacerdotes:
«No tenemos más rey que el César».
Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.
Tomaron a Jesús, y Él, cargando con la cruz, salió hacia el
lugar llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice Gólgota),
donde
Propio del Salterio 29
lo crucificaron; y con Él a otros dos, uno a cada lado, y, en
medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la
cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los
judíos». Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el
lugar donde cruci- ficaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo,
latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos
dijeron a Pilato:
«No escribas: “El rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: Soy
el rey de los judíos”».
Pilato les contestó:
«Lo escrito, escrito está».
Los soldados, después que crucificaron a Jesús, cogieron su
ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron
la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de
arriba abajo. Y se dijeron:
«No la rasguemos, vamos a sortearla, a ver a quién le toca».
Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis vestiduras y
echaron a suerte mi túnica». Esto fue lo que hicieron los
soldados.
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su
madre, María, esposa de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al
ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su
madre:
«Mujer, ahí tienes a tu hijo».
Luego, dijo al discípulo:
«Ahí tienes a tu madre».
Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.
Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su
término, para que se cumpliera la Escritura dijo:
«Tengo sed».
Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja
29
empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la
boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:
«Todo está cumplido».
E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Los judíos entonces, como era día de la Preparación, para que
no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel
sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran
las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron
las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con
Él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le que-
braron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le
traspasó el costado, y al punto brotó sangre y agua. El que lo vio
da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice
la verdad, para que también ustedes crean. Esto ocurrió para que
se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro
lugar la Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús,
aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que
le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue
entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que
había ido a verlo de noche, y trajo unos treinta kilos de una mez-
cla de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron
todo, con los aromas, según se acostumbra a sepultar entre los
judíos. Había un huerto en el lugar donde lo crucificaron, y en
el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido sepultado
todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el
sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Propio del Salterio 29
lI. Por la santa Iglesia
Oremos, hermanos, por la Iglesia santa de Dios, para que el
Señor le dé la paz, la mantenga en la unidad, la proteja en toda
la tierra, y a todos nos conceda una vida confiada y serena,
para gloria de Dios, Padre todopoderoso.
Dios todopoderoso y eterno, que en Cristo manifiestas tu
gloria a todas las naciones, vela solícito por la obra de tu
amor, para que la Iglesia, extendida por todo el mundo,
persevere con fe inquebrantable en la confesión de tu nombre.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
II. Por el Papa
Oremos también por nuestro Santo Padre, el Papa
Francisco, para que Dios, que lo llamó al orden episcopal, lo
asista y proteja para bien de la Iglesia, como guía del pueblo
santo de Dios.
Dios todopoderoso y eterno, cuya sabiduría gobierna todas
las cosas, atiende bondadoso nuestras súplicas y guarda en tu
amor a quien has elegido como Papa, para que el pueblo cris-
tiano, gobernado por ti, progrese siempre en la fe bajo el
cayado del mismo pontífice. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
III. Por todos los ministros y por los fieles
Oremos también por nuestro obispo , [por el obispo coad-
jutor (auxiliar) , o bien: y por sus obispos auxiliares,] por todos
los obispos, presbíteros, diáconos, y por todos los miembros
del pueblo santo de Dios.
Dios todopoderoso y eterno, cuyo Espíritu santifica y
gobierna todo el cuerpo de la Iglesia, escucha las súplicas que te
dirigimos por tus ministros, para que, con la ayuda de tu
gracia, todos te sirvan con fidelidad. Por Jesucristo, nuestro
Señor. Amén.
29
IV. Por los catecúmenos
Oremos también por los (nuestros) catecúmenos, para que
Dios, nuestro Señor, les abra los oídos del espíritu y la puerta
de la misericordia, de modo que, recibida la remisión de todos
los pecados por el baño de la regeneración, sean incorporados
a Jesucristo, nuestro Señor.
Dios todopoderoso y eterno, que haces fecunda a tu Iglesia
dándole constantemente nuevos hijos, acrecienta la fe y la
sabi- duría de los (nuestros) catecúmenos, para que, al renacer
en la fuente bautismal, sean contados entre los hijos de
adopción. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
V. Por la unidad de los cristianos
Oremos también por todos los hermanos nuestros que creen
en Cristo, para que Dios, nuestro Señor, asista y congregue en
una sola Iglesia a los que viven de acuerdo con la verdad.
Dios todopoderoso y eterno, que vas reuniendo a tus hijos
dispersos y velas por la unidad ya lograda, mira con amor a la
grey de tu Hijo, para que la integridad de la fe y el vínculo de
la caridad congregue a los que consagró un solo Bautismo.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
VI. Por los judíos
Oremos también por el pueblo judío, el primero a quien ha-
bló el Señor, Dios nuestro, para que acreciente en ellos el amor
de su nombre y la fidelidad a la alianza.
Dios todopoderoso y eterno, que confiaste tus promesas a
Abrahán y a su descendencia, escucha con piedad las súplicas
de tu Iglesia, para que el pueblo de la primera alianza llegue
a conseguir en plenitud la redención. Por Jesucristo, nuestro
Señor. Amén.
Propio del Salterio 29
VII. Por los que no creen en Cristo
Oremos también por los que no creen en Cristo, para que,
ilumi- nados por el Espíritu Santo, encuentren el camino de la
salvación.
Dios todopoderoso y eterno, concede a quienes no creen en
Cristo encontrar la verdad al caminar en tu presencia con sincero
corazón, y a nosotros, deseosos de ahondar en el misterio de
tu vida, ser ante el mundo testigos más convincentes de tu
amor y crecer en la caridad fraterna. Por Jesucristo, nuestro
Señor. Amén.
VIII. Por los que no creen en Dios
Oremos también por los que no conocen a Dios, para que
merezcan llegar a Él por la rectitud y sinceridad de su vida.
Dios todopoderoso y eterno, que creaste a todos los hombres
para que, deseándote siempre, te busquen y, cuando te
encuentren, descansen en ti, concédeles, en medio de sus
dificultades, que los signos de tu amor y el testimonio de las
buenas obras de los creyen- tes los lleven al gozo de reconocerte
como el único Dios verdadero y Padre de todos los hombres. Por
Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
IX. Por los gobernantes
Oremos también por los gobernantes de todas las naciones,
para que Dios, nuestro Señor, según sus designios, los guíe en
sus pensamientos y decisiones hacia la paz y libertad de todos
los hombres.
Dios todopoderoso y eterno, en tu mano están los
corazones de los hombres y los derechos de los pueblos, mira
con bondad a los que nos gobiernan, para que en todas partes
se mantengan, por tu misericordia, la prosperidad de los
pueblos, la paz estable y la libertad religiosa. Por Jesucristo,
nuestro Señor. Amén.
29
X. Por los atribulados
Oremos, queridos hermanos, a Dios Padre todopoderoso,
para que libre al mundo de todos los errores, aleje las
enfermedades, destierre el hambre, abra las prisiones injustas,
rompa las cadenas, conceda seguridad a los caminantes, el
retorno a casa a los pere- grinos, la salud a los enfermos y la
salvación a los moribundos.
Dios todopoderoso y eterno, consuelo de los afligidos y fuerza
de los que sufren, lleguen hasta ti las súplicas de quienes te invo-
can en su tribulación, para que todos sientan en sus adversidades
el gozo de tu misericordia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
SEGUNDA PARTE
Miren el árbol de la
cruz Vengan
a adorarlo,
Miren el árbol,
Miren el árbol,
Miren el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación
del mundo. Vengan a adorarlo.
Propio del Salterio 29
«Tu cruz adoramos»,
«Oh, cruz fiel»
TERCERA PARTE
Dios todopoderoso y eterno, que nos has renovado con la
gloriosa muerte y resurrección de tu Ungido, continúa
realizan- do en nosotros, por la participación en este misterio,
la obra de tu misericordia, para que vivamos siempre
entregados a ti. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Descienda, Señor, tu bendición abundante sobre tu pueblo
que ha celebrado la muerte de tu Hijo con la esperanza de su
resurrección; llegue a él tu perdón, reciba el consuelo, crezca su
fe y se afiance en él la salvación eterna. Por Jesucristo, nuestro
Señor.
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Sábado 30 de abril
SÁBADO SANTO
Propio del Salterio - Blanco
La liturgia de esta celebración nos invita a recorrer toda la historia
de salvación. Fuimos creados por Dios; Él pactó una alianza eterna
con nosotros; nos liberó de la esclavitud para llevarnos a la tierra
prometida; nuestra infidelidad nos apartó de Él, pero su amor
supera nuestras debilidades; con ternura y misericordia nos vuelve
a llamar para que, en libertad, volvamos a Él; pronuncia su Palabra
para que la acojamos y germine en nosotros; nos da su ley, sus
mandamientos con suprema sabiduría, y nos reclama nuestras
idolatrías.
Jesús muere por nosotros para que muertos con Él vivamos
eternamente en Él. Y toda esta obra redentora se concretiza en el
Evangelio de su resurrección. Él ha resucitado porque la muerte no
puede contener al Dios-amor, al Dios que es la Vida. Llenos de júbilo,
acogemos la luz del Resucitado que irrumpe en nuestras vidas.
Señor Jesús, reconfórtanos por la luz y el júbilo, ayúdanos a ser fuente de vida p
PRIMERA PARTE:
Queridos hermanos: En esta noche santa, en que nuestro
Se- ñor Jesucristo ha pasado de la muerte a la vida, la Iglesia
invita a todos sus hijos, diseminados por el mundo, a que se
reúnan para velar en oración. Si recordamos así la Pascua del
Señor, escu- chando su palabra y celebrando sus misterios,
podremos esperar tener parte en su triunfo sobre la muerte y
vivir con Él en Dios.
Oremos.
Oh, Dios, que por medio de tu Hijo has dado a los fieles la
claridad de tu luz, santifica este fuego nuevo y concédenos que
la celebración de estas fiestas de Pascua encienda en nosotros
Propio del Salterio 30
deseos tan santos que podamos llegar con corazón limpio a las
fiestas de la eterna luz. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
1. Cristo ayer y hoy.
2. principio y fin.
3. alfa.
4. y omega.
5. Suyo es el tiempo.
6. y la eternidad.
7. A Él la gloria y el poder.
8. por los siglos de los siglos.
1. Por sus llagas
2. santas y gloriosas,
3. nos proteja
4. y nos guarde
5. Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
La luz de Cristo, que resucita glorioso, disipe las tinieblas del
corazón y del espíritu.
Luz de Cristo.
Demos gracias a Dios.
30
xulten por fin los coros de los ángeles, exulten las jerarquías del
cielo y, por la victoria de Rey tan poderoso, que las trompetas
anuncien la salvación.
oce también la tierra, inundada de tanta claridad, y que, ra-
diante con el fulgor del Rey eterno, se sienta libre de la
tiniebla que cubría el orbe entero.
légrese también nuestra madre la Iglesia, revestida de luz tan
brillante; resuene este templo con las aclamaciones del
pueblo.
El Señor esté con ustedes.
Y con tu espíritu.
Levantemos el corazón.
Lo tenemos levantado hacia el
Señor. Demos gracias al Señor, nuestro
Dios. Es justo y necesario.
n verdad es justo y necesario aclamar con nuestras voces y
con todo el afecto del corazón a Dios invisible, el Padre
todopodero- so, y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo.
orque Él ha pagado por nosotros al eterno Padre la deuda de
Adán y, derramando su sangre, canceló con misericordia el reci-
bo del antiguo pecado.
orque estas son las fiestas de Pascua, en las que se inmola el
verdadero Cordero, cuya sangre consagra las puertas de los
fieles. sta es la noche en que sacaste de Egipto a los israelitas,
nuestros padres, y los hiciste pasar el mar Rojo por camino seco.
sta es la noche en que la columna de fuego esclareció las
tinie- blas del pecado.
sta es la noche en que, por toda la tierra, los que confiesan su
fe en Cristo son arrancados de los vicios del mundo y de la
oscuridad del pecado, son restituidos a la gracia y son agregados
a los santos. sta es la noche en que, rotas las cadenas de la
muerte, Cristo asciende victorioso del abismo.
Propio del Salterio 30
¡ ué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué
incompa- rable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo,
entregaste al Hijo!
ecesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la
muerte de Cristo. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!
así, esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas,
devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes.
¡ ué noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra, lo
humano y lo divino!
n esta noche de gracia, acepta, Padre santo, este sacrificio
vespertino de alabanza que la santa Iglesia te ofrece por medio de
sus ministros en la solemne ofrenda de este cirio, hecho con cera
de abejas.
e rogamos, Señor, que este cirio, consagrado a tu nombre,
arda sin apagarse para destruir la oscuridad de esta noche.
Y, como ofrenda agradable, se asocie a las lumbreras del cielo.
ue el lucero matinal lo encuentre ardiendo: ese lucero que no
conoce ocaso, y es Cristo, tu Hijo resucitado, que, al salir del
sepulcro, brilla sereno para el linaje humano, y vive y reina por
los siglos de los siglos. Amén.
SEGUNDA PARTE
Queridos hermanos: Con el pregón solemne de la Pascua,
hemos entrado ya en la noche santa de la resurrección del
Señor. Escuchemos, en silencio meditativo, la Palabra de Dios.
Recorde- mos las maravillas que Dios ha realizado para salvar
al primer Israel, y cómo en el avance continuo de la historia de
la salvación, al llegar los últimos tiempos, envió al mundo a su
Hijo, para que, con su muerte y resurrección, salvara a todos
los hombres. Mientras contemplamos la gran trayectoria de
esta historia santa, oremos intensamente, para que el designio de
salvación universal,
30
que Dios inició con Israel, llegue a su plenitud y alcance a toda la
humanidad por el misterio de la resurrección de Jesucristo.
Lectura del libro del Génesis 1, 1—2, 2
Al principio creó Dios el cielo y la tierra . La tierra era un
caos informe; y las tinieblas cubrían la faz del abismo. El
espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas. Y
dijo Dios: «Que exista la luz». Y la luz existió. Y vio Dios que
la luz era buena. Y separó Dios la luz de las tinieblas; llamó
Dios a la luz «día»; a las tinieblas, «noche». Pasó una tarde,
pasó una mañana: el día primero. Y dijo Dios: «Que exista un
firmamento entre las aguas, que separe unas aguas de otras
aguas». E hizo Dios un firmamen- to y separó las aguas de
debajo del firmamento de las aguas de encima del
firmamento. Y así fue. Y llamó Dios al firmamento
«cielo». Pasó una tarde, pasó una mañana: el día segundo.
Y dijo Dios: «Que se junten las aguas de debajo del cielo en
un solo lugar, y que aparezca lo seco». Y así fue. Y llamó Dios a
lo seco «tierra», y al conjunto de las aguas lo llamó «mar». Y vio
Dios que era bueno. Y dijo Dios: «Produzca la tierra vegetación:
hierbas que den semilla, y árboles frutales que den sobre la tierra
frutos de su misma especie con su semilla adentro». Y así fue.
Produjo vegetación: hierbas que dan semilla según su especie, y
árboles que dan fruto con su semilla adentro según su especie. Y
vio Dios que era bueno.
Pasó una tarde, pasó una mañana: día tercero. Y dijo Dios:
«Que existan lumbreras en el firmamento del cielo, para separar
el día de la noche, para señalar las fiestas, los días y los años; y
sirvan de lumbreras en el firmamento del cielo, para dar luz
sobre la tierra». Y así fue. E hizo Dios dos lumbreras grandes: la
lumbrera mayor para regir el día, la lumbrera menor para regir
la noche, y las estrellas. Y las puso Dios en el firmamento del
cielo, para dar luz sobre la tierra; para regir el día y la noche,
para separar
Propio del Salterio 30
la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno. Pasó una
tarde, pasó una mañana: día cuarto. Y dijo Dios: «Llénense las
aguas de seres vivientes, y que las aves vuelen sobre la tierra a lo
ancho del firmamento». Y creó Dios los grandes monstruos
marinos y los seres vivientes que llenan las aguas deslizándose
en ellas, y todas las especies de animales con alas. Y vio Dios
que era bueno. Y Dios los bendijo, diciendo: «Crezcan,
multiplíquense, llenen las aguas del mar y que las aves se
multipliquen sobre la tierra». Pasó una tarde, pasó una
mañana: el día quinto. Y dijo Dios: «Produzca la tierra viviente
según sus especies: animales domésticos, reptiles y fieras según
sus especies». Y así fue. E hizo Dios las fieras según sus especies,
los animales domésticos según sus especies y los reptiles según
sus especies. Y vio Dios que era bueno.
Y dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y se-
mejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los
animales domésticos, los reptiles de la tierra». Y creó Dios al
hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los
creó. Y los bendijo Dios diciéndoles: «Crezcan, multiplíquense,
llenen la tierra y sométanla; dominen los peces del mar, las aves
del cielo, los vivientes que se mueven sobre la tierra». Y dijo
Dios:
«Miren, les entrego todas las hierbas que producen semilla sobre
la faz de la tierra; y todos los árboles frutales que producen frutos
con semilla les servirán de alimento; y a todos los animales de
la tierra, a todas las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra,
a todo ser que respira, la hierba verde les servirá de alimento».
Y así fue. Y vio Dios todo lo que había hecho; y era muy
bueno. Pasó una tarde, pasó una mañana: el día sexto. Y
quedaron concluidos el cielo, la tierra y todos los seres que
hay en ellos. Y concluyó Dios para el día séptimo todo su
trabajo. Y descansó el día séptimo de todo el trabajo que había
hecho .
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
30
Envía tu espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra.
Bendice, alma mía, al Señor: ¡Dios mío, qué grande eres! Te vis-
tes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto.
Asentaste la tierra sobre sus cimientos, y no vacilará jamás; la
cubriste con el manto del océano, y las aguas se posaron sobre
las montañas.
De los manantiales sacas los ríos, para que fluyan entre los mon-
tes; junto a ellos habitan las aves del cielo, y entre las ramas
se oye su canto.
Desde tu morada riegas los montes, y la tierra se sacia de tu ac-
ción fecunda; haces brotar hierba para los ganados, y forraje para
los que sirven al hombre.
Cuántas son tus obras, Señor, y todas las hiciste con sabiduría; la
tierra está llena de tus criaturas. ¡Bendice, alma mía, al Señor!
La misericordia del Señor llena la tierra.
La Palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales;
Él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.
La Palabra del Señor hizo el cielo; el aliento de su boca, sus ejér-
citos; encierra en un odre las aguas marinas, mete en un depósito
el océano.
Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que Él se
escogió como herencia. El Señor mira desde el cielo, se fija en
todos los hombres.
Nosotros aguardamos al Señor: Él es nuestro auxilio y escudo;
que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo espe-
ramos de ti.
Propio del Salterio 30
Oremos. Dios todopoderoso y eterno, admirable en todas
tus obras, que tus redimidos comprendan cómo la creación
del mundo, en el comienzo de los siglos, no fue obra de mayor
grandeza que el sacrificio de Cristo, nuestra Pascua inmolada, en
la plenitud de los tiempos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Oremos. Oh, Dios, que admirablemente creaste al hombre
y de modo más admirable aún lo redimiste: concédenos
resistir sabiamente a los atractivos del pecado para alcanzar la
eterna alegría. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Lectura del libro del Génesis 22, 1-18
En aquellos días, Dios puso a prueba a Abrahán, llamándole:
«¡Abrahán!». Él respondió: «Aquí me tienes». Dios le dijo:
«Toma a tu hijo único, al que tanto amas, a Isaac, y vete a la
tierra de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio en uno de los
montes que yo te indicaré». Abrahán madrugó, aparejó el asno y
se llevó consigo a dos criados y a su hijo Isaac; cortó leña para el
sacrificio y se encaminó al lugar que le había indicado Dios. Al
tercer día levan- tó Abrahán los ojos y descubrió el lugar desde
lejos. Y Abrahán dijo a sus criados: «Quédense aquí con el asno;
el muchacho y yo iremos hasta allá arriba para adorar, y después
regresaremos junto a ustedes». Abrahán tomó la leña para el
sacrificio, se la cargó a su hijo Isaac, y él llevaba el fuego y el
cuchillo. Los dos caminaban juntos. Isaac dijo a Abrahán, su
padre: «Padre». Él respondió:
«Aquí estoy, hijo mío». El muchacho dijo: «Tenemos fuego y
leña, pero ¿dónde está el cordero para el sacrificio?». Abrahán
contestó: «Dios proveerá el cordero para el sacrificio, hijo mío».
Y siguieron caminando juntos. Cuando llegaron al lugar que le
había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña,
30
luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la
leña. Entonces Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo,
pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: «¡Abrahán,
Abrahán!». Él contestó: «Aquí me tienes». El ángel le ordenó:
«No extiendas la mano contra tu hijo ni le hagas daño. Ahora sé
que temes a Dios, porque no me has negado a tu hijo único».
Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los
cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en
sacrificio en lugar de su hijo. Abrahán llamó a aquel lugar «El
Señor provee», y por eso todavía hoy se llama «El monte del
Señor provee».
El ángel del Señor volvió a llamar a Abrahán desde el cielo:
«Juro por mí mismo —oráculo del Señor—: Por haber hecho
esto, por no haberme negado a tu hijo único, te bendeciré,
multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y
como la arena que hay en la orilla del mar. Tus descendientes
conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todas las
naciones de la tierra serán benditas a través de tu
descendencia, porque me has obedecido».
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
El Señor es la parte de mi herencia y mi copa; mi suerte está
en tu mano. Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi
derecha no vacilaré.
Por eso, se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi
carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.
Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu
presencia, de alegría perpetua a tu derecha.
Propio del Salterio 30
Oremos. Oh, Dios, Padre supremo de los creyentes, que
mul- tiplicas sobre la tierra los hijos de tu promesa con la
gracia de la adopción y, por el Misterio pascual, hiciste de tu
siervo Abrahán el padre de todas las naciones, como lo habías
prometido, con- cede a tu pueblo responder dignamente a la
gracia de tu llamada. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Lectura del libro del Éxodo 14, 15—15, 1
En aquellos días, el Señor dijo a Moisés: «¿Por qué sigues
cla- mando a mí? Ordena a los israelitas que emprendan la
marcha. Y tú, alza tu bastón, extiende tu mano sobre el mar y
divídelo, para que los israelitas pasen por medio del mar, en
seco. Que yo voy a endurecer el corazón de los egipcios para que
los persigan, y me cubriré de gloria a costa del faraón y de todo
su ejército, de sus carros y de sus guerreros. Sabrán los egipcios
que yo soy el Señor, cuando me haya cubierto de gloria a costa
del faraón, de sus carros y de sus guerreros».
Se puso en marcha el ángel del Señor, que iba al frente del
ejército de Israel, y pasó a retaguardia. También la columna
de nube que iba delante de ellos se desplazó de allí y se colocó
detrás, poniéndose entre el campamento de los egipcios y el
campamento de los israelitas. La nube era tenebrosa, y
transcu- rrió toda la noche sin que los ejércitos pudieran trabar
contacto. Moisés extendió su mano sobre el mar, y el Señor
hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del este, que
secó el mar, y se dividieron las aguas. Los israelitas pasaron
en seco por en medio del mar, mientras que las aguas
formaban una muralla a derecha e izquierda. Los egipcios se
lanzaron en su persecución, entrando tras ellos, en medio del
mar, todos los caballos del faraón y los carros con sus
guerreros. Mientras velaban al ama-
30
necer, miró el Señor al campamento egipcio, desde la columna
de fuego y nube, y sembró el pánico en el campamento egipcio.
Trabó las ruedas de sus carros y las hizo avanzar pesadamente. Y
dijo Egipto: «Huyamos de Israel, porque el Señor pelea a favor
de ellos contra Egipto». Dijo el Señor a Moisés: «Extiende tu
mano sobre el mar, y vuelvan las aguas sobre los egipcios, sus
carros y sus jinetes». Y extendió Moisés su mano sobre el mar; y
al amanecer volvía el mar a su cauce normal.
Cuando los egipcios trataron de huir, se toparon con el mar,
y así el Señor los hundió en él. Y volvieron las aguas y cubrieron
los carros, los jinetes y todo el ejército del faraón, que lo había
seguido por el mar. Ni uno solo se salvó. Pero los hijos de
Israel caminaban por el cauce seco en medio del mar; las
aguas les hacían de muralla a derecha e izquierda. Aquel día
salvó el Señor a Israel de las manos de Egipto. Israel vio a los
egipcios muertos, en la orilla del mar. Israel vio la mano grande
del Señor obrando contra los egipcios, y el pueblo temió al
Señor, y creyó en el Se- ñor y en Moisés, su siervo. Entonces
Moisés y los hijos de Israel cantaron este cántico al Señor:
Cantaré al Señor, sublime es su victoria.
Cantaré al Señor, sublime es su victoria; caballos y carros ha
arrojado en el mar. Mi fuerza y mi poder es el Señor, Él fue mi
salvación. Él es mi Dios, yo lo alabaré; el Dios de mis padres, yo
lo ensalzaré.
El Señor es un guerrero, su nombre es «El Señor». Los carros
del faraón los lanzó al mar, ahogó en el mar Rojo a sus mejores
capitanes.
Las olas los cubrieron, bajaron hasta el fondo como piedras.
Tu diestra, Señor, es fuerte y terrible; tu diestra, Señor, tritura
al enemigo.
Propio del Salterio 30
Los introduces y los plantas en el monte de tu herencia, lugar del
que hiciste tu trono, Señor; santuario, Señor, que fundaron tus
manos. El Señor reina por siempre jamás.
Oremos. También ahora, Señor, vemos brillar tus antiguas
maravillas, y lo mismo que en otro tiempo manifestabas tu po-
der al librar a un solo pueblo de la persecución del faraón, hoy
aseguras la salvación de todas las naciones, haciéndolas
renacer por las aguas del Bautismo; te pedimos que los
hombres del mundo entero lleguen a ser hijos de Abrahán y
miembros del nuevo Israel. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Oremos. Oh, Dios, que has iluminado los prodigios de los
tiempos antiguos con la luz del Nuevo Testamento, el mar
Rojo fue imagen de la fuente bautismal, y el pueblo, liberado
de la esclavitud, imagen de la familia cristiana; concede a todas
las gen- tes, elevadas por su fe a la dignidad de pueblo elegido,
regenerarse por la participación de tu Espíritu. Por Jesucristo,
nuestro Señor.
Lectura del libro de Isaías 54, 5-14
Tu esposo es Aquel que te hizo: su nombre es Señor de los
ejércitos; tu redentor es el Santo de Israel: se llama Dios de toda
la tierra. Como a mujer abandonada y afligida te vuelve a llamar
el Señor; ¿acaso se puede despreciar a la esposa de la juventud?
—dice tu Dios—. Por un instante te abandoné, pero con gran
cariño te reuniré. En un arrebato de ira te escondí un instante
mi rostro, pero con misericordia eterna te quiero —dice el
Señor, tu redentor—. Me sucede como en tiempo de Noé: juré
que las aguas del diluvio no volverían a cubrir la tierra; así juro
no irritarme contra ti ni amenazarte. Aunque se retiren los
montes y vacilen las colinas, mi amor de tu lado no se apartará,
mi alianza de paz no
30
vacilará —dice el Señor, que se compadeció de ti—. ¡Oh
afligida, zarandeada, desconsolada! Mira, yo mismo te coloco
piedras de azabaches, tus cimientos sobre zafiros; te pondré
almenas de rubí, y puertas de esmeralda, y muralla de piedras
preciosas. Tus hijos serán discípulos del Señor, será grande la
paz de tus hijos. Serás consolidada en la justicia. Estarás lejos de
la opresión, y no tendrás que temer; y lejos del terror, que no
se te acercará.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que
mis enemigos se rían de mí. Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.
Toquen instrumentos para el Señor, fieles suyos, den gracias a
su nombre santo; su cólera dura un instante; su bondad, de por
vida; al atardecer nos visita el llanto; por la mañana, el júbilo.
Escucha, Señor, y ten piedad de mí; Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas. Señor, Dios mío, te daré gracias por
siempre.
Oremos. Dios todopoderoso y eterno, multiplica, fiel a tu
pa- labra, la descendencia que aseguraste a la fe de nuestros
padres, y aumenta con tu adopción los hijos de la promesa,
para que tu Iglesia vea cómo se ha cumplido ya, en gran
medida, cuanto creyeron y esperaron los patriarcas. Por
Jesucristo, nuestro Señor.
Lectura del libro de Isaías 55, 1-11
Así dice el Señor: «Todos los que tengan sed, vengan a
beber agua, también los que no tienen dinero: vengan,
compren trigo, coman gratuitamente y beban vino y leche sin
pagar nada. ¿Por
Propio del Salterio 30
qué gastan dinero en lo que no alimenta, y el salario en lo que
no deja satisfecho? Escúchenme atentos, y comerán bien,
saborearán platos sustanciosos. Inclinen el oído, vengan a mí:
escúchenme y vivirán. Sellaré con ustedes una alianza eterna,
la promesa que aseguré a David: a él lo hice mi testigo para
los pueblos, jefe y soberano de naciones; tú llamarás a un
pueblo desconocido, un pueblo que no te conocía correrá
hacia ti; por amor del Señor, tu Dios, por el Santo de Israel,
que te honra. Busquen al Señor mientras se deje encontrar,
invóquenlo mientras está cerca; que el malvado abandone su
camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y Él
tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón.
Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes ni
sus caminos son mis caminos —oráculo del Señor—. Como el
cielo está por encima de la tierra, mis caminos están por
encima de los de ustedes, mis pensamientos, de sus
pensamientos. Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no
vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y
hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al
que come, así será la palabra, que sale de mi boca: no volverá
a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo».
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Sacarán aguas con gozo de las fuentes de la salvación.
El Señor es mi Dios y Salvador: confiaré y no temeré, porque
mi fuerza y mi poder es el Señor, Él fue mi salvación. Y sacarán
aguas con gozo de las fuentes de la salvación.
Den gracias al Señor, invoquen su nombre, cuenten a los pueblos
sus hazañas, proclamen que su nombre es excelso.
Toquen instrumentos para el Señor, que hizo proezas,
anúncien- las a toda la tierra; griten jubilosos, habitantes de
Sion: «Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel».
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Oremos. Dios todopoderoso y eterno, esperanza única del
mundo, que anunciaste por la voz de tus profetas los misterios
de los tiempos presentes, atiende complacido los deseos de tu
pueblo, porque ninguno de tus fieles puede progresar en la vir-
tud sin la inspiración de tu gracia. Por Jesucristo, nuestro
Señor.
Lectura del libro de Baruc 3, 9-15.32—4, 4
Escucha, Israel, los mandamientos de vida; presta oídos
para aprender a discernir. ¿A qué se debe, Israel, que estés aún
en país enemigo, que envejezcas en tierra extranjera, que estés
contaminado entre los muertos, y te cuenten con los habitan-
tes del abismo? Es que abandonaste la fuente de la sabiduría.
Si hubieras seguido el camino de Dios, habitarías en paz para
siempre. Aprende dónde se encuentra la prudencia, el valor y la
inteligencia; así aprenderás dónde se encuentra larga vida, la luz
de los ojos y la paz. ¿Quién encontró su lugar o quién ha entrado
en sus tesoros? El que todo lo sabe la conoce, la examina y la
descubre con su inteligencia.
El que creó la tierra para siempre y la llenó de animales
cua- drúpedos; manda a la luz, y ella va, la llama, y le obedece
tem- blando; a los astros que velan gozosos en sus puestos de
guardia, los llama, y responden: «Aquí estamos», y brillan
gozosos para su Creador. Él es nuestro Dios, y no hay otro
comparable a Él; investigó el camino de la sabiduría y se lo
enseñó a su hijo, Ja- cob, a su amado, Israel. Después apareció
sobre la tierra y vivió entre los hombres. La sabiduría es el
libro de los mandatos de Dios, la ley de validez eterna: los que
la guarden vivirán; los que la abandonen morirán. Vuélvete,
Jacob, a recibirla, camina a la claridad de su resplandor; no
entregues a otros tu gloria, ni tu
Propio del Salterio 30
dignidad a un pueblo extranjero. ¡Dichosos nosotros, Israel, que
conocemos lo que agrada al Señor!
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Señor, tú tienes palabras de vida eterna.
La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el
precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante.
Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma
del Señor es límpida y da luz a los ojos.
La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los manda-
mientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.
Más preciosos que el oro, más que el oro fino; más dulces que la
miel de un panal que destila.
Oremos. Oh, Dios, que sin cesar haces crecer a tu Iglesia
con la convocatoria de todas las gentes, defiende con tu
constante protección a cuantos purificas en el agua del
Bautismo. Por Jesu- cristo, nuestro Señor.
Lectura de la profecía de Ezequiel 36, 16-28
La Palabra del Señor se dirigió a mí en estos términos:
«Hijo de hombre, cuando el pueblo de Israel habitaba en su
tierra, la profanó con su conducta, con sus acciones; como
sangre inmunda fue su proceder ante mí. Entonces derramé mi
cólera sobre ellos, por la sangre que habían derramado en el
país, por haberlo profa- nado con sus idolatrías. Los esparcí
entre las naciones, anduvieron dispersos por los países; según su
proceder, según sus acciones los sentencié. Cuando llegaron a las
naciones donde se fueron, profa-
30
naron mi santo nombre; decían de ellos: «Estos son el pueblo del
Señor, han tenido que salir de su tierra». Sentí lástima de mi
santo nombre, profanado por el pueblo de Israel en las naciones
adon- de había ido. Por eso, di a los descendientes de Israel:
“Esto dice el Señor: No lo hago por ustedes, pueblo de Israel,
sino por mi santo nombre, profanado por ustedes, en las naciones
en las que estuvieron. Mostraré la santidad de mi nombre ilustre
profanado entre las naciones, profanado por ustedes; y sabrán las
naciones que yo soy el Señor —oráculo del Señor—, cuando les
muestre mi santidad por medio de ustedes. Los recogeré de entre
las naciones, los reuniré de todos los países y los llevaré a su
tierra. Derramaré sobre ustedes un agua pura que los purificará:
de todas sus inmun- dicias e idolatrías los he de purificar. Y les
daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo; les
arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón
de carne. Les infundiré mi espíritu, y haré que caminen según
mis preceptos y que guarden y cumplan mis mandatos. Y
habitarán en la tierra que di a sus padres. Ustedes serán mi
pueblo, y yo seré su Dios”».
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Como busca la cierva corriente de
agua, así mi alma te busca a ti, Dios
mío.
Tiene sed de Dios, del Dios vivo, ¿cuándo entraré a ver el
rostro de Dios?
Cómo marchaba a la cabeza del grupo, hacia la casa de Dios,
entre cantos de júbilo y alabanza, en el bullicio de la fiesta.
Envía tu luz y tu verdad; que ellas me guíen y me conduzcan
hasta tu monte santo, hasta tu morada.
Que yo me acerque al altar de Dios, al Dios de mi alegría; que te
dé gracias al son de la cítara, Dios, Dios mío.
Propio del Salterio 30
Is 12, 2-3.4bcd.5-6,
Oh, Dios, crea en mí un corazón puro.
Oh, Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro
con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me
quites tu santo espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu
generoso; enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores
volverán a ti.
Los sacrificios no te satisfacen; si te ofreciera un holocausto,
no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un
corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias.
Oremos. Oh, Dios, poder inmutable y luz sin ocaso, mira
con bondad el sacramento admirable de la Iglesia entera y, en
cum- plimiento de tus eternos designios, lleva a feliz término
la obra de la salvación humana; y que todo el mundo
experimente y vea cómo lo abatido se levanta, lo viejo se
renueva y todo vuelve a su integridad original, por el mismo
Jesucristo, de quien todo procede. Él, que vive y reina por los
siglos de los siglos.
Oremos. Oh, Dios, que para celebrar el misterio pascual
nos instruyes con las páginas de ambos Testamentos, danos a
conocer tu misericordia, para que, al percibir los bienes pre-
sentes, se afiance la esperanza de los futuros. Por Jesucristo,
nuestro Señor.
Gloria a Dios.
30
Oremos. Oh, Dios, que has iluminado esta noche santísima
con la gloria de la resurrección del Señor, aviva en tu Iglesia
el espíritu de la adopción filial, para que, renovados en cuerpo
y alma, nos entreguemos plenamente a tu servicio. Por nuestro
Señor Jesucristo.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 6, 3-11
Hermanos: ¿No saben ustedes que todos los que fuimos
bautizados en Cristo Jesús nos hemos sumergido en su
muerte? Por el Bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte,
para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos
por la gloria del Padre, así también nosotros empezamos en
una vida nue- va. Porque, si nuestra existencia está unida a Él
en una muerte como la suya, lo estará también en una
resurrección como la suya. Comprendamos que nuestra vieja
condición humana ha sido crucificada con Cristo, quedando
destruido este cuerpo de pecado, y nosotros libres de la
esclavitud al pecado; porque el que muere ha quedado libre
del pecado.
Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que
también viviremos con Él; pues sabemos que Cristo, una vez
resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte no
tiene ya dominio sobre Él. Porque su morir fue un morir al
pecado de una vez para siempre; y ahora su vivir es un vivir
para Dios. Lo mismo ustedes, considérense muertos al pecado y
vivos para Dios en Cristo Jesús.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Aleluya, aleluya, aleluya.
Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su mise-
ricordia. Diga la casa de Israel, eterna es su misericordia.
Propio del Salterio 30
La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es
excelsa. No he de morir, viviré para contar las hazañas del
Señor.
La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra
angu- lar. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro
patente.
Lectura del santo Evangelio según san Marcos 16, 1-7
Gloria a ti, Señor.
Pasado el sábado, María Magdalena, María, la madre de
Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a
Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el
sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras: «¿Quién nos
correrá la piedra de la entrada del sepulcro?». Al mirar, vieron
que la piedra estaba corrida, y eso que era muy grande. Entraron
en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido
de blanco. Y se asustaron. Él les dijo: «No se asusten. ¿Buscan a
Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado.
Miren el sitio donde lo pusieron. Ahora vayan a decirle a sus
discípulos y a Pedro: Él va camino de Galilea; allí lo verán tal
como les dijo».
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
TERCERA PARTE:
Queridos hermanos: acompañemos unánimes con nuestra
oración la esperanza de nuestros hermanos que van a la fuente
de la regeneración, para que el Padre omnipotente les otorgue
todo el auxilio de su misericordia.
Invoquemos, queridos hermanos, a Dios todopoderoso para
que su gracia descienda sobre esta fuente, y cuantos en ella re-
nazcan sean incorporados a Cristo como hijos de adopción.
30
Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad. Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.
Santa María, Madre de Dios. Ruega por
nosotros. San Miguel. Ruega por
nosotros.
Santos Ángeles de Dios. Rueguen por nosotros.
San Juan Bautista. Ruega por nosotros.
San José. Ruega por nosotros.
Santos Pedro y Pablo. Rueguen por nosotros.
San Andrés. Ruega por nosotros.
San Juan. Ruega por nosotros.
Santa María Magdalena. Ruega por nosotros.
San Esteban. Ruega por nosotros.
San Ignacio de Antioquía. Ruega por nosotros.
San Lorenzo. Ruega por nosotros.
Santas Perpetua y Felicidad. Rueguen por nosotros.
Santa Inés. Ruega por nosotros.
San Gregorio. Ruega por nosotros.
San Agustín. Ruega por nosotros.
San Atanasio. Ruega por nosotros.
San Basilio. Ruega por
nosotros. Santo Toribio de Mogrovejo. Ruega por
nosotros. San Martín. Ruega por nosotros.
San Benito. Ruega por nosotros.
Santos Francisco y Domingo. Rueguen por nosotros.
San Francisco Javier. Ruega por nosotros.
San Juan María [Vianney]. Ruega por nosotros.
Santa Catalina [de Siena]. Ruega por nosotros.
Santa Teresa de Jesús. Ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima. Ruega por nosotros.
Propio del Salterio 30
San Martín de Porres. Ruega por nosotros.
Santos y santas de Dios. Rueguen por nosotros.
Muéstrate propicio. Líbranos, Señor.
De todo mal. Líbranos, Señor.
De todo pecado. Líbranos, Señor.
De la muerte eterna. Líbranos, Señor.
Por tu encarnación. Líbranos, Señor.
Por tu muerte y resurrección. Líbranos, Señor.
Por el envío del Espíritu Santo. Líbranos, Señor.
Nosotros, que somos pecadores. Te rogamos,
óyenos.
Para que regeneres a estos elegidos
con la gracia del Bautismo. Te rogamos, óyenos.
Para que santifiques esta agua
en la que renacerán tus nuevos hijos. Te rogamos, óyenos.
Jesús, Hijo de Dios vivo. Te rogamos, óyenos.
Cristo, óyenos. Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos. Cristo, escúchanos.
Dios todopoderoso y eterno, manifiesta tu presencia en
estos sacramentos, obra de tu amor sin medida, y envía el
espíritu de adopción para recrear los nuevos pueblos que
alumbrará para ti la fuente bautismal; así tu poder dará eficacia a
la humilde acción de nuestro ministerio. Por Jesucristo, nuestro
Señor. Amén.
Oh, Dios, que realizas en tus sacramentos obras admirables
con tu poder invisible, y de diversos modos te has servido de
tu criatura, el agua, para significar la gracia del Bautismo.
30
Oh, Dios, cuyo Espíritu, en los orígenes del mundo, se
cernía sobre las aguas, para que ya desde entonces concibieran el
poder de santificar.
Oh, Dios, que incluso en las aguas torrenciales del diluvio
prefiguraste el nuevo nacimiento, de modo que una misma
agua, misteriosamente, pusiera fin al pecado y diera origen a la
santidad. Oh, Dios, que hiciste pasar a pie enjuto por el mar
Rojo a los hijos de Abrahán, para que el pueblo liberado de la
esclavitud
del faraón fuera imagen de la familia de los bautizados.
Oh, Dios, cuyo Hijo, al ser bautizado por Juan en el agua
del Jordán, fue ungido por el Espíritu Santo; colgado en la
cruz vertió de su costado agua, junto con la sangre; y después
de su resurrección mandó a sus apóstoles: «Vayan y hagan
discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre
del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo», mira el rostro de
tu Iglesia y dígnate abrir para ella la fuente del Bautismo.
Que esta agua reciba, por el Espíritu Santo, la gracia de tu
Unigénito, para que el hombre, creado a tu imagen, lavado, por el
sacramento del Bautismo, de todas las manchas de su vieja
condi- ción, renazca, como niño, a nueva vida por el agua y el
Espíritu.
Te pedimos, Señor, que el poder del Espíritu Santo, por tu
Hijo, descienda hasta el fondo de esta fuente,
para que todos los sepultados con Cristo en su muerte, por el
Bau- tismo, resuciten a la vida con Él. Que vive y reina contigo.
Amén.
Manantiales, bendigan al Señor, ensálcenlo con himnos por
los siglos.
Propio del Salterio 30
Invoquemos, queridos hermanos, a Dios Padre todopodero-
so, para que bendiga esta agua, que va a ser derramada sobre
nosotros en memoria de nuestro Bautismo, y pidámosle que
nos renueve interiormente, para que permanezcamos fieles al
Espíritu que hemos recibido.
Señor, Dios nuestro, muéstrate propicio a tu pueblo que
vela en esta noche santa. Dígnate bendecir esta agua ahora
que celebramos la acción admirable de nuestra creación y la
maravilla, aún más grande, de nuestra redención. Tú la creaste
para hacer fecunda la tierra y para dar alivio y frescor a nuestros
cuerpos. La hiciste también instrumento de tu misericordia
al librar a tu pueblo, por medio de ella, de la esclavitud y al
apagar su sed en el desierto; por los profetas la revelaste como
signo de la nueva alianza que quisiste sellar con los hombres.
Y finalmente, también por ella, santificada por Cristo en el
Jordán, renovaste nuestra naturaleza pecadora en el baño del
nuevo nacimiento. Que esta agua, Señor, avive en nosotros el
recuerdo de nuestro Bautismo y nos haga participar en el gozo
de nuestros hermanos, bautizados en la Pascua. Por Jesucristo,
nuestro Señor. Amén.
Queridos hermanos: Por el Misterio pascual hemos sido
sepultados con Cristo en el Bautismo, para que vivamos una
vida nueva. Por tanto, terminado el ejercicio de la Cuaresma,
renovemos las promesas del santo Bautismo, con las que en
otro tiempo renunciamos a Satanás y a sus obras, y prometimos
servir fielmente a Dios en la santa Iglesia católica. Así pues.
30
Sacerdote: ¿Renuncian a Satanás?
Sí, renuncio.
Sacerdote: ¿Y a todas sus obras?
Sí, renuncio.
Sacerdote: ¿Y a todas sus seducciones?
Sí, renuncio.
Sacerdote: ¿Renuncian al pecado para vivir en la libertad de los
hijos de Dios?
Sí, renuncio.
Sacerdote: ¿Renuncian a todas las seducciones del mal, para
que no domine en ustedes el pecado?
Sí, renuncio.
Sacerdote: ¿Renuncian a Satanás, padre y príncipe del pecado?
Sí, renuncio.
Sacerdote: Creen en Dios, Padre todopoderoso, ¿creador del
cielo y de la tierra?
Sí, creo.
Sacerdote: ¿Creen en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor,
que nació de santa María Virgen, murió, fue sepultado,
resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del
Padre?
Sí, creo.
Sacerdote: ¿Creen en el Espíritu Santo, en la santa Iglesia cató-
lica, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados,
en la resurrección de la carne y en la vida eterna?
Sí, creo.
Que Dios todopoderoso, Padre de
nues- tro Señor Jesucristo, que nos regeneró por el agua y el
Espíritu Santo y que nos concedió la remisión de los pecados,
nos guarde en su gracia, en el mismo Jesucristo, nuestro Señor,
para la vida eterna. Amén.
Propio del Salterio 30
Vi que manaba agua del lado derecho del templo, aleluya.
Y habrá vida dondequiera que llegue la corriente y cantarán:
Aleluya, aleluya.
En esta noche de resurrección y vida, pidamos a Jesús que
nos ayude a renacer a la gracia y nos dé la fuerza de su Espíritu.
Digamos:
Señor Resucitado, escúchanos.
Por todos los hombres y mujeres del mundo: para que la vida
de Cristo se les manifieste y los transforme por la fuerza de su
amor. Oremos al Señor.
Por los que sufren, por los que en estos días han permanecido
asociados a la pasión de Cristo: para que la gracia de su
resurrección los fortalezca y libere. Oremos al Señor.
Por los que con buena fe trabajan por la paz y luchan por la
justicia: para que la gracia salvadora que surge del sepulcro
vacío y del mensaje del ángel los ayude a no desfallecer.
Oremos al Señor.
Por los que en esta noche recibirán el Bautismo y se
incorporarán a la vida de la Iglesia: para que la vida de Cristo
los transforme y los haga signos de su amor. Oremos al
Señor.
Por todos los difuntos: para que puedan contemplar cara a
cara al Dios de la vida, y desde Él intercedan por sus
familiares y amigos. Oremos al Señor.
Por todos los cristianos que celebramos con gozo la Pascua
del Señor: para que renazcamos a la vida del Resucitado.
Oremos al Señor.
30
Señor resucitado, tú que eres el Sumo Sacerdote que vive para
interceder por nosotros, escucha nuestras oraciones, intercede
ante el padre por tu Iglesia, y danos tu Espíritu para que
anunciemos al mundo el triunfo de tu resurrección sobre el
pecado y la muerte. Tú que vives y reinas por los siglos de los
siglos. Amén.
CUARTA PARTE:
Acepta, Señor, con estas ofrendas la oración de tu pueblo,
para que los sacramentos pascuales que inauguramos nos
hagan lle- gar, con tu ayuda, a la vida eterna. Por Jesucristo,
nuestro Señor.
Ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así pues,
cele- bremos con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad.
Aleluya.
Derrama, Señor, en nosotros tu Espíritu de caridad, para
que hagas vivir concordes en el amor a quienes has saciado
con los sacramentos pascuales. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Pueden ir en paz, aleluya, aleluya.
Demos gracias a Dios, aleluya, aleluya.
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Domingo 31 de marzo
PASCUA DE RESURRECCIÓN DEL SEÑOR (S)
Propio del Salterio - Blanco
«Él había de resucitar de entre los muertos»
Hch 10, 34a.37-43; Sal 117, 1-2.16-17.22-23; Col 3, 1-4; Jn 20, 1-9
La primera lectura recoge un discurso de Pedro que resume la
predicación de las primeras comunidades cristianas. En una sola
frase se sintetiza la actividad que Jesús desarrolló en Galilea:
pasó curando y haciendo el bien a todos aquellos que eran
víctimas del mal, porque la fuerza de Dios actuaba en Él (vv. 37-
38). Sin embar- go, los hombres (las autoridades) no reconocieron
en Él al enviado de Dios y le dieron muerte colgándolo de un madero
(Hch 10, 39). Mas Dios no podía abandonar a su «Siervo fiel»
como prisionero de la muerte, por eso, lo resucitó y ha
constituido a sus discípulos en testigos suyos a lo largo y ancho
del mundo.
El evangelio, por su parte, nos presenta el camino de fe de
algu- nos discípulos y discípulas de Jesús. María Magdalena
descubre la tumba de Jesús vacía y piensa lo más lógico: se han
llevado su cuer- po. Avisa a Pedro y al «discípulo amado» y ambos
corren a verificar. Resulta que este discípulo anónimo es el más
ejemplar. Solo de él nos dice Juan que, al observar la tumba
vacía, el sudario y las ben- das, vio y creyó (v. 8). Todos eran
signos de muerte, pero él comienza a percibir la victoria de la vida.
No necesitó pruebas, solo supo leer los signos. Por eso, el
evangelista nos lo presenta como modelo de creyente. Como él,
nosotros también necesitamos abrir los ojos del corazón para ver
los signos que nos conducen al Resucitado, sobre todo, los que
nos ofrece la Sagrada Escritura.
Escanea el QR o digital el enlace para ver el video o PDF del comentario al evangelio de hoy: https://
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La alegría nos invade. Jesús, el Resucitado, el Viviente, ha vencido
a la muerte y nos ha abierto el camino hacia la vida plena. Es un
acontecimiento que nos llena de esperanza porque Jesús nos hace
partícipes de su nueva vida, como lo expresan las lecturas de hoy.
Pero, asimismo, nos llama al compromiso, nos convoca para ser
testigos de su resurrección. El camino de los discípulos, según vemos
en el evangelio, es cierto, estuvo marcado también por las dudas. Sin
embargo, después, fortalecidos por la fe, dieron inicio a la comunidad
de testigos, de discípulos, de la que nosotros también formamos
parte. Somos herederos de su fe, pero también de su misión.
Padre santo, aviva nuestra fe para acoger en nuestros corazones a tu Hijo y para
Verdaderamente ha resucitado el Señor, aleluya. A Él la gloria
y el poder por toda la eternidad, aleluya, aleluya.
Oh, Dios, que, en este día, vencida la muerte, nos has
abierto las puertas de la eternidad por medio de tu Unigénito,
concede, a quienes celebramos la solemnidad de la resurrección
del Señor, que, renovados por tu Espíritu, resucitemos a la luz
de la vida. Por nuestro Señor Jesucristo.
La Buena Noticia de Jesús resucitado no conoce fronteras, pero
todo inició con el Bautismo de un centurión romano y de su familia.
Ese fue el comienzo de la apertura hacia todos los pueblos.
¡Escuchemos!
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 10, 34a.37-43
En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: «Ustedes bien
saben lo que sucedió en el país de los judíos, comenzando en
Galilea, después que Juan predicó el Bautismo. Me refiero a
Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu
Santo,
Propio del Salterio 31
que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el
diablo, porque Dios estaba con Él. Nosotros somos testigos de
lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de
un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver,
no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado:
a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su
resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne
testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos.
El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en Él
reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Este es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo.
Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su mise-
ricordia. Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia.
La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es
excelsa. No he de morir, viviré para contar las hazañas del
Señor.
La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angu-
lar. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.
Por el Bautismo, nosotros también participamos de la muerte y
resurrección de Cristo. Pero ¿qué significa eso para nuestra vida coti-
diana? Escuchemos al apóstol san Pablo.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo
a los Colosenses 3, 1-4
Hermanos: Ya que ustedes han resucitado con Cristo, bus-
quen los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la
derecha de Dios; aspiren a los bienes de arriba, no a los de la
tierra. Porque ustedes han muerto, y su vida está escondida
con
31
Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces
también ustedes aparecerán gloriosos con Él.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo
a los Corintios 5, 6b-8
Hermanos: ¿No saben que un poco de levadura fermenta la
masa? Quiten la levadura vieja para ser una masa nueva, ya
que ustedes son como el pan sin levadura. Porque ha sido
inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así, pues, celebremos
la Pascua, no con levadura vieja, levadura de corrupción y de
maldad, sino con los panes ázimos de la sinceridad y la
verdad.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Ofrezcan los cristianos «A mi Señor glorioso, la tumba
ofrendas de alabanza abandonada,
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.
Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.
Lucharon vida y
muerte en singular
batalla,
y, muerto el que es la
Vida, triunfante se
levanta.
«¿Qué has visto de
camino, María, en la
mañana?».
los
ángeles
testigos,
sudarios
y
mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi
esperanza!
Vengan a
Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí verán los suyos
la gloria de la Pascua».
Primicia de los
muertos,
sabemos por tu
gracia que estás
resucitado;
la muerte en ti no manda.
Rey
vencedor,
apiádate de
la miseria
humana y da
a tus fieles
parte en tu
victoria
santa.
Propio del Salterio 31
Aleluya. Ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así,
pues, celebremos la Pascua en el Señor. Aleluya.
María Magdalena acude de madrugada a la tumba de Jesús, pero
no encuentra su cuerpo. ¿Qué había pasado? Los discípulos tendrán
que aprender a leer los signos para descubrir la irrupción de la Vida.
¡Escuchemos!
Lectura del santo Evangelio según san Juan 20, 1-9
Gloria a ti, Señor.
El primer día de la semana, María Magdalena fue al
sepulcro muy temprano, cuando aún estaba oscuro, y vio la
piedra quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba
Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y
les dijo: «Se han lle- vado del sepulcro al Señor y no sabemos
dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo y
fueron rápidamente al sepul- cro. Los dos corrían juntos, pero el
otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó
primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el
suelo, pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él
y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario
con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las
vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró
también el otro discípulo, el que había llegado primero al
sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la
Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
31
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 24, 13-35
Gloria a ti, Señor.
Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el
primero de la semana, a un pueblo llamado Emaús, distante
unos once kilómetros de Jerusalén; iban comentando todo lo
que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús
en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos
no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: «¿Qué es lo que
vienen conversando por el camino?». Ellos se detuvieron
preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le
replicó: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe
lo que ha pasado allí estos días?». Él les preguntó: «¿Qué ha
pasado?».
Ellos le contestaron: «Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un
profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo
el pueblo. Los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron
para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros
esperábamos que Él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves:
hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres
de nuestro grupo nos han desconcertado: pues fueron muy de
mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinie-
ron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les
habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron
también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las
mujeres; pero a Él no lo vieron». Entonces Jesús les dijo: «¡Qué
necios y torpes son ustedes para creer lo que anunciaron los
profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para
entrar en su gloria?». Y, comenzando por Moisés y siguiendo por
los profetas, les explicó lo que se refería a Él en toda la Escritura.
Ya cerca del pueblo donde iban, Él hizo ademán de seguir ade-
lante; pero ellos le insistieron, diciendo: «Quédate con nosotros,
porque ya atardece y está anocheciendo». Y entró para quedarse
Propio del Salterio 31
con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció
la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los
ojos y lo reconocieron. Pero Él desapareció. Ellos comentaron:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el
camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose al
momento, regre- saron a Jerusalén, donde encontraron
reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban
diciendo: «Era verdad, el Señor ha resucitado y se ha
aparecido a Simón». Y ellos contaron lo que les había pasado
por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Hermanos, el sepulcro está vacío, ¡Jesús está vivo! Dirijamos
nuestras súplicas al Padre que lo resucitó de entre los muertos,
diciéndole llenos de confianza:
Padre, escúchanos, en Jesús somos hijos tuyos.
Por el Papa y todos los ministros de la Iglesia: para que
sigan proclamando con gozo que en Cristo muerto y
resucitado está nuestra salvación definitiva. Oremos.
Por las comunidades cristianas de nuestro país y del mundo:
para que vivamos la alegría de la resurrección del Señor
construyendo la unidad y cuidando de los hermanos más
frágiles y vulnerables. Oremos.
Por los que han recibido el sacramento del Bautismo: para que
se sientan acogidos por nuestra comunidad y reciban de
cada uno de nosotros el testimonio y el estímulo constante
para seguir con alegría el camino trazado por Jesús. Oremos.
Por los enfermos, los más pobres, los que se sienten tristes
y abandonados o están alejados de Dios: para que a través
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de nuestra cercanía y acogida solidaria experimenten el amor
que Dios les tiene. Oremos.
Por todos nosotros, que al participar en la celebración pascual
renacemos con Cristo a una vida nueva para que seamos
signos de esperanza y canales de su amor para quienes se
sienten debilitados en la fe por el peso del dolor, o nunca la
han tenido. Oremos.
Por los que han fallecido en este tiempo: para que, al
contemplar el rostro radiante de Jesús resucitado, que entregó
su vida por todos, vivan felices con Él por toda la
eternidad. Oremos.
Atiende, Padre bueno, nuestras oraciones, y haz que sigamos
viviendo la alegría de la resurrección de tu Hijo en todas las
circunstancias alegres y tristes de la vida cotidiana. Por
Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Rebosantes de gozo pascual, ofrecemos, Señor, este sacrificio
en el que tan maravillosamente renace y se alimenta tu Iglesia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Aleluya.
Así, pues, celebremos con los panes ázimos de la sinceridad y la
verdad. Aleluya, aleluya.
Protege, oh, Dios, a tu Iglesia con misericordia perpetua, para
que, renovada por los sacramentos pascuales, llegue a la gloria de
la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
La gracia y el amor de Jesucristo, que nos llama a la conversión,
estén con ustedes.
Y con tu espíritu.
El Dios de la vida que ha resucitado, rompiendo las ataduras de
la muerte, esté con todos ustedes.
Y con tu espíritu.
Hermanos: Para celebrar dignamente estos sagrados misterios, reco-
nozcamos nuestros pecados.
El Señor Jesús, que nos invita a la mesa de la Palabra y de la
Eucaristía, nos llama ahora a la conversión. Reconozcamos, pues,
que somos pecadores e invoquemos con esperanza la misericordia
de Dios.
En el día en que celebramos la victoria de Cristo sobre el pecado
y sobre la muerte, reconozcamos que estamos necesitados de la
misericordia del Padre para morir al pecado y resucitar a la vida
nueva.
Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que
he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión.
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego a
santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a
ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro
Señor.
Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nues-
tros pecados y nos lleve a la vida eterna.
Amén.
Tú, que nos has hecho renacer por el agua y el Espíritu: Señor, ten
piedad. Señor, ten piedad.
Tú, que enviaste al Espíritu Santo para crear en nosotros un corazón
nuevo: Cristo, ten piedad. Cristo, ten piedad.
Tú, que eres el autor de la salvación eterna: Señor, ten piedad.
Señor, ten piedad.
Tú, que borras nuestras culpas: Señor, ten piedad.
Señor, ten piedad.
Tú, que creas en nosotros un corazón puro: Cristo, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Tú, que nos devuelves la alegría de la salvación: Señor, ten piedad.
Señor, ten piedad.
Tú, el primogénito de entre los muertos: Señor, ten piedad.
Señor, ten piedad.
Tú, el vencedor del pecado y de la muerte: Cristo, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Tú, la resurrección y la vida: Señor, ten piedad.
Señor, ten piedad.
Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nues-
tros pecados y nos lleve a la vida eterna.
Amén.
Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que
ama el Señor. Por tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos,
te adoramos, te glorificamos, te damos gracias, Señor Dios, Rey
celestial, Dios Padre todopoderoso. Señor, Hijo único, Jesucristo;
Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre; tú que quitas el pecado
del mundo, ten piedad de nosotros; tú que quitas el pecado del
mundo, atiende nuestra súplica; tú que estás sentado a la derecha
del Padre, ten piedad de nosotros. Porque solo tú eres Santo, solo
tú Señor, solo tú Altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo en la
gloria de Dios Padre. Amén.
Oremos.
Amén.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la
unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Él, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios
por los siglos de los siglos.
Tú, que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo y
eres Dios por los siglos de los siglos.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Padre, dame tu bendición.
El Señor esté en tu corazón y en tus labios, para que anuncies
dignamente su Evangelio; en el nombre del Padre, y del Hijo , y
del Espíritu Santo.
Amén.
El Señor esté con ustedes.
Y con tu espíritu.
Lectura del santo Evangelio según san
Gloria a ti, Señor.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
Credo Niceno-constantinopolitano
Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo
y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible.
Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido
del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz,
Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la
misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por
nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo; y
por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se
hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de
Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día,
según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha
del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y
muertos, y su Reino no tendrá fin.
Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede
del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma
adoración y gloria, y que habló por los profetas.
Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.
Confieso que hay un solo Bautismo para el perdón de los pecados.
Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro.
Amén.
Credo de los Apóstoles
Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue con-
cebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de santa María
Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado,
muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó
de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la
derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a
juzgar a vivos y muertos.
Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión
de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y
la vida eterna. Amén.
Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan, fruto de la
tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad
y ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida.
Bendito seas por siempre, Señor.
Por el misterio de esta agua y este vino, haz que compartamos la
divinidad de quien se ha dignado participar de nuestra
humanidad.
Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este vino, fruto de la vid
y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y
ahora te presentamos; él será para nosotros bebida de salvación.
Bendito seas por siempre, Señor.
Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde;
que este sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu
presencia, Señor Dios nuestro.
Lava del todo mi delito, Señor, y limpia todo mi pecado.
Oren, hermanos, para que este sacrificio, mío y de ustedes, sea
agradable a Dios, Padre todopoderoso.
El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y
gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa
Iglesia.
El Señor esté con ustedes.
Y con tu espíritu.
Levantemos el corazón.
Lo tenemos levantado hacia el Señor.
Demos gracias al Señor,
nuestro Dios.
Es justo y necesario.
Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo. Llenos están
el cielo y la tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo. Bendito el
que viene en nombre del Señor. Hosanna en el cielo.
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte
gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso
y eterno, por Cristo, Señor nuestro. Por Él concedes a tus fieles
anhelar, año tras año, con el gozo de habernos purificado, los
sacramentos pascuales, para que, dedicados con mayor entrega a la
oración y a la caridad fraterna, por la celebración de los misterios
que nos dieron nueva vida, lleguemos a ser con plenitud hijos de
Dios. Por eso, con los ángeles y arcángeles, tronos y dominaciones,
y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu
gloria: Santo, Santo, Santo…
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte
gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso
y eterno. Porque en la pasión salvadora de tu Hijo el universo
aprende a proclamar tu grandeza y, por la fuerza inefable de la cruz, se
hace patente el juicio del mundo y el poder del Crucificado. Por eso,
Señor, nosotros, llenos de alegría, te aclamamos con los ángeles y
con todos los santos, diciendo: Santo, Santo, Santo…
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación glorificarte
siempre, Señor; pero más que nunca exaltarte en este día glorioso
en esta noche, en este tiempo en que Cristo, nuestra
Pascua, ha sido inmolado. Porque Él es el verdadero cordero que
quitó el pecado del mundo; muriendo destruyó nuestra muerte, y
resucitando restauró la vida. Por eso, con esta efusión de gozo
pascual, el mundo entero se desborda de alegría, y también los coros
celestiales, los ángeles y los arcángeles, cantan el himno de tu gloria
diciendo sin cesar: Santo, Santo, Santo...
El Señor esté con ustedes. Y con tu espíritu.
Levantemos el corazón. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
Demos gracias al Señor, nuestro Dios. Es justo y necesario.
adre misericordioso, te pedimos humildemente por Jesucristo,
tu Hijo, nuestro Señor, que aceptes y bendigas estos dones, este
sacrificio santo y puro que te ofrecemos, ante todo por tu Iglesia
santa y católica, para que le concedas la paz, la protejas, la
congregues en la unidad y la gobiernes en el mundo entero, con tu
servidor el Papa
, con nuestro obispo ,
con el obispo coadjutor auxiliar ,
y sus obispos auxiliares,
conmigo,
indigno siervo tuyo,
con mi hermano , obispo de esta Iglesia de
, conmigo, indigno siervo tuyo,
y todos los demás obispos que, fieles a la verdad, promueven la fe
católica y apostólica.
cuérdate, Señor, de tus hijos y y de todos los aquí
reunidos, cuya fe y entrega bien conoces; por ellos y todos los
suyos, por el perdón de sus pecados y la salvación que esperan, te
ofrecemos, y ellos mismos te ofrecen, este sacrificio de alabanza a
ti, eterno Dios, vivo y verdadero.
eunidos en comunión con toda la Iglesia,
Reunidos en comunión para
celebrar el domingo, día en que Cristo ha vencido a la
muerte y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal,
veneramos la memoria, ante todo de la gloriosa siempre Virgen
María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor; la de su esposo,
san José, la de los santos apóstoles y mártires Pedro y Pablo,
Andrés, Santiago y Juan, Tomás, Santiago, Felipe, Bartolomé,
Mateo, Simón y Tadeo; Lino, Cleto, Clemente, Sixto, Cornelio,
Cipriano, Lorenzo, Crisógono, Juan y Pablo, Cosme y Damián, y la
de todos los santos; por sus méritos y oraciones concédenos en todo
tu protección. Por Cristo, nuestro Señor. / Amén.
cepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de
toda tu familia santa; ordena en tu paz nuestros días, líbranos de
la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos. Por Cristo,
nuestro Señor. / Amén.
endice y santifica esta ofrenda, Padre, haciéndola perfecta,
espiritual y digna de ti: que se convierta para nosotros en el
Cuerpo y la Sangre de tu Hijo amado, Jesucristo, nuestro Señor.
l cual, la víspera de su pasión, tomó pan en sus santas y
venerables manos, y, elevando los ojos hacia ti, Dios, Padre suyo
todopoderoso, dando gracias te bendijo, lo partió y lo dio a sus
discípulos, diciendo:
OMEN Y COMAN TODOS DE ÉL, PORQUE ESTO ES MI
CUERPO, QUE SERÁ ENTREGADO POR USTEDES.
el mismo modo, acabada la cena, tomó este cáliz glorioso en
sus santas y venerables manos, dando gracias te bendijo y lo dio
a sus discípulos, diciendo:
OMEN Y BEBAN TODOS DE ÉL, PORQUE ESTE ES EL
CÁLIZ DE MI SANGRE, SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y
ETERNA, QUE SERÁ DERRAMADA POR USTEDES Y POR
MUCHOS PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS. HAGAN ESTO
EN CONMEMORACIÓN MÍA.
Este es el Misterio de la fe.
Este es el Sacramento de nuestra fe.
Anunciamos tu muerte, procla-
mamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!
Aclamemos el Misterio de la fe.
Cada vez que comemos de este pan
y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta
que vuelvas.
Proclamemos el Misterio de la fe.
Sálvanos, Salvador del mundo, que
nos has liberado por tu cruz y resurrección.
or eso, Padre, nosotros, tus siervos, y todo tu pueblo santo, al
celebrar este memorial de la muerte gloriosa de Jesucristo, tu Hijo,
nuestro Señor; de su santa resurrección del lugar de los muertos y de
su admirable ascensión a los cielos, te ofrecemos, Dios de gloria y
majestad, de los mismos bienes que nos has dado, el sacrificio puro,
inmaculado y santo: pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación.
ira con ojos de bondad esta ofrenda y acéptala, como aceptaste
los dones del justo Abel, el sacrificio de Abrahán, nuestro padre en
la fe, y la oblación pura de tu sumo sacerdote Melquisedec.
e pedimos humildemente, Dios todopoderoso, que esta
ofrenda sea llevada a tu presencia, hasta el altar del cielo, por
manos de tu ángel, para que cuantos recibimos el Cuerpo y la
Sangre de tu Hijo, al participar aquí de este altar, seamos colmados
de gracia y bendición.
cuérdate también, Señor, de tus hijos y , que nos han
precedido con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz. A
ellos, Señor, y a cuantos descansan en Cristo, concédeles el lugar del
consuelo, de la luz y de la paz.
a nosotros, pecadores, siervos tuyos, que confiamos en tu
infinita misericordia, admítenos en la asamblea de los santos
apóstoles y mártires Juan el Bautista, Esteban, Matías y Bernabé,
[Ignacio,
Alejandro, Marcelino y Pedro, Felicidad y Perpetua, Águeda, Lucía,
Inés, Cecilia, Anastasia,] y de todos los santos; y acéptanos en su
compañía, no por nuestros méritos, sino conforme a tu bondad.
or Cristo, Señor nuestro. Por quien sigues creando todos los
bienes, los santificas, los llenas de vida, los bendices y los repartes
entre nosotros.
or Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la
unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos
de los siglos.
Amén.
ieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina
enseñanza, nos atrevemos a decir:
lenos de alegría por ser hijos de Dios, digamos
confiadamente la oración que Cristo nos enseñó:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre;
venga a nosotros tu Reino; hágase tu voluntad en la tierra
como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona
nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los
que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos
del mal.
íbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en
nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos
siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras
esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
Tuyo es el Reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.
eñor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: «La paz les dejo, mi
paz les doy»; no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu
Iglesia y, conforme a tu Palabra, concédele la paz y la unidad. Tú
que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
La paz del Señor esté siempre con ustedes.
Y con tu espíritu.
Dense fraternalmente la paz.
El Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, unidos en este
cáliz, sean para nosotros alimento de vida eterna.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,
ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,
ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,
danos la paz.
Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
Dichosos los invitados a la cena del Señor.
Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya
bastará para sanarme.
El Cuerpo de Cristo.
Amén.
Oremos.
Amén.
El Señor esté con ustedes.
Y con tu espíritu.
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes.
Amén.
Pueden ir en paz.
Demos gracias a Dios.
Dios, Padre misericordioso, les conceda a todos ustedes, como al
hijo pródigo, el gozo de volver a la casa paterna. Amén.
Cristo, modelo de oración y de vida, los guíe a la auténtica
conversión del corazón a través del camino de la Cuaresma.
Amén.
El Espíritu de sabiduría y de fortaleza los sostenga en la lucha contra
el maligno, para que puedan celebrar con Cristo la victoria pascual.
Amén.
Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo , y Espíritu
Santo, descienda sobre ustedes y los acompañe siempre. Amén.
Dios, Padre de misericordia, que en la pasión de su Hijo les ha
dado ejemplo de amor, les conceda, por su entrega a Dios y a los
hombres, la mejor de sus bendiciones. Amén.
Y que, gracias a la muerte temporal de Cristo, que alejó de ustedes
la muerte eterna, obtengan el don de una vida sin fin. Amén.
Y así, imitando su ejemplo de humildad, participen un día en su
resurrección gloriosa. Amén.
Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo , y Espíritu
Santo, descienda sobre ustedes y los acompañe siempre. Amén.
Que los bendiga Dios todopoderoso en la solemnidad pascual
que hoy celebramos y, compasivo, los defienda de toda
asechanza del pecado. Amén.
El que los ha renovado para la vida eterna, en la resurrección de
su Unigénito, los colme con el premio de la inmortalidad.
Amén.
Y quienes, terminados los días de la pasión del Señor, han participa-
do en los gozos de la fiesta de Pascua, puedan llegar, por su
gracia, con espíritu exultante a aquellas fiestas que se celebran
con alegría eterna. Amén.
Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo , y Espíritu
Santo, descienda sobre ustedes y los acompañe siempre. Amén.
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