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FiloReto - 5 - Tonto Por No Copiar Examen

El documento describe la situación de un estudiante que se enfrenta a un examen de filosofía sin haber estudiado adecuadamente. El profesor se queda dormido durante el examen, dando al estudiante la oportunidad de copiar. El documento luego explora las perspectivas de Sócrates y los sofistas sobre si debería copiar o no, y las concepciones de justicia de cada uno.

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FiloReto - 5 - Tonto Por No Copiar Examen

El documento describe la situación de un estudiante que se enfrenta a un examen de filosofía sin haber estudiado adecuadamente. El profesor se queda dormido durante el examen, dando al estudiante la oportunidad de copiar. El documento luego explora las perspectivas de Sócrates y los sofistas sobre si debería copiar o no, y las concepciones de justicia de cada uno.

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Hoy no es tu día de suerte: son las 8.15 y estrenas la mañana con un examen de filosofía.
No has tenido tiempo de preparar toda la materia (tu apasionante vida social te exige
cada vez más dedicación) y rezas para que el profesor no te pregunte por la metafísica de
Aristóteles. El profesor comienza a repartir los exámenes como un samurái secciona las
cabezas de sus enemigos. Cuando llega a ti, te entrega una fotocopia boca abajo. Da la
orden de volver las hojas, usas tus manos sudadas para hacerlo y ¡zasca en toda la boca!:
la metafísica de Aristóteles aparece ante ti como una guillotina recién afilada. Te quedas
mirando al infinito y, al cabo de un rato, ves cómo tu profesor se sienta y se pone a leer
el periódico. La elevada temperatura de la calefacción y las copas de vino que bebió la
noche anterior provocan que, a los pocos minutos, caiga en un plácido sueño. Con el
profesor en brazos de Morfeo, tienes una oportunidad única para copiar con total
impunidad. ¿Eres tonto si no lo haces?

Copiar o no copiar: ésa es la cuestión

El debate no es si puedes hacerlo: estamos de acuerdo en que, dado el estado en el que se


encuentra tu profesor, no hace falta ser un genio para engañarlo. Lo que se cuestiona
aquí es si debes hacerlo. Puede que te sorprenda saber que este debate estuvo muy de
moda en el siglo V a. C. entre los filósofos de la ciudad de Atenas. La razón de ello no es
que, por entonces, los estudiantes griegos copiasen más que los nuestros, sino que en la
democracia ateniense había dos concepciones de la justicia bien distintas y enfrentadas.
Por un lado estaba Sócrates (470-399 a. C.), un filósofo que dedicó su vida a educar a los
jóvenes para que fuesen justos; tan importante era para él que sus discípulos fuesen
ciudadanos honrados que les enseñó que es preferible sufrir una injusticia que cometerla.
En el otro lado estaban los sofistas, un conjunto de sabios, la mayoría extranjeros, que
acudían a Atenas por temporadas para formar también a los jóvenes, pero no para que
fueran buenos ciudadanos, sino para tener éxito y conseguir poder. Los sofistas eran
maestros itinerantes que enseñaban oratoria (el arte de hablar en público) y retórica (el
arte de persuadir y convencer mediante el discurso). A diferencia de Sócrates, cobraban
por sus enseñanzas. Pródico, por ejemplo, cobraba a sus alumnos cuatro dracmas por
clase, unos ciento treinta euros al cambio actual.
¿Cómo puede alguien forrarse enseñando a otros a hablar y a persuadir? ¿Qué
utilidad tiene saber hablar bien? Si quieres conocer la respuesta a estas preguntas, te
recomiendo que veas la película Gracias por fumar ( Jason Reitman, 2005) porque trata
sobre un sofista de hoy en día, Nick Naylor, el jefe de prensa de las compañías
tabacaleras que, utilizando como única arma su capacidad para argumentar, es capaz de
justificar lo injustificable. En una de las escenas más conocidas de esta película, Nick
acude a un programa de televisión para hablar sobre los efectos negativos del tabaco. La

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presentadora entrevista a un chico de quince años exfumador y enfermo de cáncer.
Aunque Nick parece tener todas las de perder en el debate, es el primero en tomar la
palabra y dice:

¿Cómo diablos iban las tabacaleras a aprovecharse de la pérdida de este joven? No me gusta pensar en
términos tan insensibles, pero antes que nada estaríamos perdiendo un cliente. No sólo es nuestro deseo;
lo que más nos conviene es que el chico siga vivo y fumando. Déjenme decirles algo: las asociaciones
que están en contra del tabaco quieren que este joven muera para que les aumenten los presupuestos y a
eso se lo llama traficar con el sufrimiento humano.

Este tipo de retórica sacaba a Sócrates de sus casillas. El viejo maestro de filósofos
se enfadaba mucho con esta clase de discursos que no buscan la verdad, sino manipular y
persuadir. Para Sócrates, las leyes son sagradas y deben respetarse siempre. Los sofistas,
en cambio, defendían que la idea de justicia es relativa: lo que entendemos por bueno y
justo depende de la sociedad en la que hayamos nacido. Cambia de país y mudarás de
costumbres. Cambia de costumbres y mudarás de leyes. Cambia de leyes y tu manera de
entender la justicia también lo hará. Por ejemplo, en la vecina Esparta existía una ley que
los atenienses consideraban abominable. La justicia espartana estipulaba que, al nacer un
niño, éste fuera bañado en vino por su madre. Si era lo suficientemente fuerte para
resistir el baño, podía pasar a la siguiente prueba, en la que el padre de la criatura debía
llevarlo ante el consejo de ancianos para que lo examinaran. Si estaba deforme o
enclenque, era rechazado y se lo conducía a un conocido desfiladero desde el que se le
dejaba caer. Pero no hace falta que nos pongamos tan drásticos: por ejemplo, en España
la ley estipula que los menores de dieciocho años no podrán beber alcohol ni tampoco
podrán comprar este tipo de bebidas; en cambio, la justicia alemana permite que a partir
de los dieciséis años se pueda comprar y consumir cerveza, champán o vino. Lo que es
injusto en una región de Europa es justo en otra.

Copiar es de sabios

Volvamos al examen, porque imagino que te interesa resolver cuanto antes tus dudas
morales sobre la opción de copiar. Empecemos por conocer cuál es la opinión que tienen
los sofistas sobre la posibilidad de saltarse la ley. Trasímaco (459-400 a. C.) nació en la
actual Turquía y desde allí viajó hasta Grecia, donde se forró escribiendo discursos para
otros y dando clases sobre cómo hablar en público. Como todos los sofistas de la época,
cobraba un dineral por sus enseñanzas y terminó por convertirse en una de las personas
más ricas y famosas de Atenas. Trasímaco te diría, después de haberle pagado, que seas
pragmático, que dejes de comportarte como un meapilas y que copies sin
remordimientos. En este mundo no merece la pena ser honrado porque el hombre justo
siempre sale perjudicado, mientras que el injusto sale beneficiado. Las normas sólo son
instrumentos creados por los poderosos en su propio beneficio. El examen no está hecho

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para ayudarte a aprender unos contenidos, sino para facilitarle la vida al profesor. Es más
fácil y económico para el sistema enseñarte a contestar preguntas de manera mecánica
sobre un papel que hacerlo en función de tus necesidades y de tus intereses. El profesor
utiliza el mismo examen para evaluar a todo el mundo por igual, así ahorra tiempo y
esfuerzo. Otra cuestión que debes tener en cuenta es determinar a quién se debería
evaluar en un proceso de enseñanza-aprendizaje: ¿por qué no se examina al profesor?
Con el sistema de evaluación que ha diseñado el profesor, si la cosa no funciona, la culpa
será siempre del alumno. Pero ¿quién elige ese método de evaluación? Curiosamente,
aquel a quien beneficia el método de evaluación es el mismo que tiene el poder de
determinar dicho método. La ley nunca es justa porque beneficia siempre al más fuerte;
por tanto, si no copias, es que eres tonto.
En esta línea de pensamiento también se encuentra Antifonte (480-411 a. C.). Este
sofista te aconsejaría respetar las normas únicamente cuando creas que te pueden pillar.
No sigas las leyes de los hombres, sólo las que la naturaleza te impone. La única norma
que debes respetar es aquella que te empuja a buscar el placer y a evitar el dolor. Cuando
esta norma choque de bruces con otra creada por los hombres, sólo debes seguir esta
última si su incumplimiento te supone más dolor que placer. Es decir, que si estás seguro
de que no te van a pillar, copia todo lo que puedas y más, porque el dolor de suspender y
tener que volverse a «chapar» la metafísica de Aristóteles es un mal que debes evitar por
todos los medios a tu alcance. No creas que, por pensar de esta manera, Antifonte era
algo así como un delincuente peligroso; todo lo contrario, era muy culto y trabajó como
una especie de «psicólogo» curando con la palabra a todos los que se acercaban a él con
algún tipo de sufrimiento.
Otro sofista que te apoyaría si decides copiar es Hipias de Élide (443-399 a. C.), un
gran viajero que visitó numerosas ciudades, sobre todo Esparta y Sicilia. Cuentan que
tenía un carácter muy agrio y una memoria descomunal. Debía de ser algo así como un
asistente de Google con mala leche. Hipias defendió la idea de la unidad de la especie
humana: por naturaleza, todos los seres humanos somos iguales. Son las convenciones
sociales las que están detrás de las distinciones por raza, riqueza, nacimiento o estatus
social. Las leyes sólo crean desigualdad entre los hombres.

Antes muerto que tramposo

Sócrates prefirió morir antes que hacer trampas, así que imagínate qué te diría si te viera
copiando. El filósofo griego fue acusado por un fanático religioso de «no creer en los
dioses de la ciudad, introducir divinidades nuevas y corromper a la juventud con sus
ideas». La clase política ateniense aprovechó la acusación para darle un escarmiento por
estar continuamente poniéndola en evidencia y cuestionándola.

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En caso de ser declarado culpable, la sentencia era la condena a muerte por medio
de la ingesta de un veneno, la cicuta. Durante el juicio, Sócrates realizó una defensa de
su vida y de su pensamiento. No se retractó de ni una sola de sus ideas y usó su irónico
sentido del humor contra los jueces. Tras su defensa, una mayoría simple de los 501
ciudadanos que formaban el tribunal lo consideraron culpable, pero se le concedió al
condenado que propusiese una pena alternativa. Sócrates podría haberse salvado
pidiendo el destierro, pero, en lugar de eso, con fina ironía, propuso que Atenas le
pagase por los servicios prestados: gracias a sus insidiosas críticas había mejorado a los
hombres y a la ciudad.
Durante su estancia en prisión, mientras esperaba que se cumpliese la sentencia, sus
discípulos intentaron convencerlo de que se fugase. Sócrates se negó en redondo
mostrando coherencia con todo aquello que les había enseñado: un buen ciudadano debe
ser justo y respetar las leyes en todo momento. Nunca deben hacerse trampas, ni siquiera
para salvar el pellejo. El tiempo que le quedaba de vida lo dedicó a lo que más le
gustaba: dialogar con sus amigos.
Reproducimos seguidamente los últimos momentos de la vida de Sócrates, según
nos los transmitió su querido discípulo Platón:
SÓCRATES: (a su verdugo) Y bien, buen hombre, tú que entiendes de esto, ¿qué debo hacer?
VERDUGO: Sólo debes beber el veneno y pasear hasta que las piernas te pesen. Luego túmbate para que
haga efecto.
SÓCRATES: ¿Habrá que hacer algún brindis? ¿No?
VERDUGO: Yo sólo me encargo de triturar la cantidad de cicuta precisa.
SÓCRATES: Bueno, entonces brindaré por los dioses para que me ayuden en mi viaje. ¡Que así sea!
Y, dichas estas palabras, bebió el veneno conteniendo la respiración, sin asco ni dificultad. Hasta este
momento, nosotros habíamos podido contener el llanto; pero, cuando le vimos beber, no lo soportamos
más. Yo mismo, contra mi voluntad, lloré amargamente al ver cómo me robaban a mi amigo. Y
Apolodoro, que no había cesado un momento de sollozar, rompió en demostraciones de indignación. No
hubo nadie de los presentes, salvo el propio Sócrates, que no se conmoviera. Entonces nos dijo:
SÓCRATES: Pero ¿qué demonios estáis haciendo? Si mandé salir fuera a mi mujer fue para no escuchar
su llanto y poder morir tranquilamente. Tranquilizaos y comportaos como hombres.
Al oírlo sentimos vergüenza y contuvimos el llanto. Sócrates dejó de pasear y se acostó boca arriba,
como le había indicado su verdugo. Éste le observó las piernas, le apretó el pie y le preguntó si lo sentía.
Sócrates le dijo que no. El verdugo fue subiendo y nos mostró como iba enfriándose su cuerpo y
quedándose rígido. Nos dijo que, cuando el frío llegase al corazón, moriría. Empezaba a tener frío en el
vientre cuando pronunció sus últimas palabras:
SÓCRATES: ¡Mecachis! Se me ha olvidado sacrificar un gallo a Asclepio.
Al cabo de un rato tuvo un estremecimiento y la mirada se le quedó inmóvil. Critón le cerró la boca y
los ojos. Éste fue el final del mejor hombre, el más santo y justo de todos los que he conocido.

Pero ¿qué quiso decir Sócrates con lo del gallo? En la religión griega era costumbre
sacrificar este animal a Asclepio, el dios de la medicina, cuando un enfermo se curaba.
Para el alma de un hombre al que una sociedad corrupta le había impedido pensar con
libertad, la muerte era la única cura.

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Copiar es de ignorantes

Sócrates, el mismo que educó a sus alumnos para que abandonasen los deseos de riqueza
y éxito, creía que los sofistas se equivocaban. Lo que realmente debes buscar en la vida
es ser feliz y, para conseguirlo, necesitas ser justo. Pero ¿por qué? ¿Qué relación hay
entre la justicia y la felicidad? Sócrates entendía la justicia como la capacidad de hacer lo
correcto. Los seres humanos nacemos con la posibilidad de decidir qué hacer con nuestra
existencia y, conforme vamos viviendo, tomamos decisiones que van determinando un
camino y una biografía. Podemos acertar en esas elecciones o equivocarnos. El premio
de quien acierta, es decir, de quien elige hacer lo correcto, es la felicidad. Si quieres ser
feliz, tienes que aprender a elegir bien; para hacer esto último, necesitas saber qué es lo
que debes hacer.
A veces nos equivocamos y elegimos cosas que nos parecen buenas cuando en
realidad no lo son. Si hacer trampas te parece correcto es porque ignoras lo que es el
bien. De la misma manera que hay daltónicos que confunden los colores, hay hombres
que, a causa de su falta de conocimiento, consideran lo perjudicial como bueno. Sócrates
estaba convencido de que una sociedad virtuosa sólo puede construirse con hombres
virtuosos, y por esa razón se dedicó a ir por las calles y las plazas de Atenas provocando,
dialogando y debatiendo con sus conciudadanos sobre la justicia. Se comparó a sí mismo
con un tábano, cuya misión era aguijonear las conciencias adormiladas. Si Sócrates te
pillase copiando o defendiendo delante de tus compañeros que no copiar es de tontos,
haría uso de su conocida ironía y te preguntaría: ¿te gustaría vivir en una sociedad
corrupta o en una sociedad justa? ¿Te parece que la causa de la corrupción en España es
porque nuestros políticos son corruptos o, por el contrario, que nuestros políticos son
corruptos porque nuestra sociedad lo es? ¿Copiar no es un acto de corrupción? ¿A quién
corrompe ese acto? ¿Eres mejor o peor persona cuando copias? ¿Tu «yo» que copia es la
mejor versión de ti mismo? ¿Puedes hacerlo mejor? ¿A quién te gustaría parecerte: a tu
«yo» mejor o a tu «yo» inferior?... Y así seguiría Sócrates, acribillándote con preguntas
insidiosas, con su aguijón de tábano, hasta que no te quedase más remedio que reconocer
que realmente ignoras qué es lo que te conviene y que sobre el asunto de copiar «sólo
sabes que no sabes nada».
Continuemos reflexionando de la mano de Sócrates sobre la corrupción. En España
cerramos cada año con nuevos casos de los que ya no se libra ninguna institución: la
familia real, los partidos políticos, los sindicatos, los clubes de fútbol, las grandes
empresas, los bancos, etcétera. La corrupción parece formar parte de la esencia de
nuestro país. ¿Por qué existen en España tantos casos de corrupción? ¿Tienes algo que
ver tú con todo esto? ¿Hay algo que puedas hacer para evitarlo?
El origen etimológico del término corrupción emana del vocablo latino corruptio,
que significa «hacer pedazos», «romper», «destrozar». Corromper es depravar, echar a
perder, pervertir o dañar. En este sentido podemos hablar de la corrupción como una

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depravación moral. En todo acto de corrupción, su ejecutor no sólo hace pedazos su
integridad, su honor y su dignidad, sino que además rompe una relación con otros
hombres que es muy difícil de restaurar. La mentira, por ejemplo, es una forma de
corrupción; por eso, el filósofo Friedrich Nietzsche (1844-1900) decía: «Lo que me
entristece no es que me hayas mentido, sino que ya nunca más podré confiar en ti».
Copiar es una mentira con la que te mientes a ti, a tus compañeros y a tu profesor.
El filósofo español Emilio Lledó (1927), siguiendo las ideas de Sócrates, considera
que el corrupto, por su mala fe, es un ignorante de sí mismo, no sabe quién es ni qué está
haciendo. El que maneja la mentira y el engaño acaba siendo «pura falsedad». ¿No has
utilizado alguna vez la frase «es un falso» para referirte a una persona que ya no es digna
de tu confianza?
Sócrates y Lledó te invitan a vivir tu vida teniendo como principios la justicia y la
verdad, cosas que se resumen en «ser gente decente». Quizá los ya innumerables casos
de corrupción son tan sólo un reflejo de nuestra falta de decencia generalizada. Muchos
de nuestros conciudadanos se preocupan por cultivar la belleza de su cuerpo. Todos los
días hacen un sacrificio por no parecer feos ante los demás. También hacen un esfuerzo
por cuidar su higiene y seguramente se sentirían muy incómodos si alguien les dijese que
huelen mal. Pero parece que no todos se preocupan por tener una buena higiene moral,
es decir, por ser personas decentes. Para Sócrates, deberías preocuparte porque tu alma
no huela mal y porque nadie pueda decirte que eres un mentiroso, un tramposo o un
falso.
El maestro estaba muy alarmado por la corrupción política y moral de su ciudad.
Creía que la única solución posible era educar a una juventud decente y honesta. Sólo
con jóvenes como tú, que defiendan la verdad y la justicia, pueden salvarse Atenas y
España. ¿Estás preparado para salvar a España o quizá sigues siendo parte del problema?

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