#6 Kendall Ryan - Wild For You
#6 Kendall Ryan - Wild For You
SINOPSIS CAPÍTULO 17
CAPÍTULO 1 CAPÍTULO 18
CAPÍTULO 2 CAPÍTULO 19
CAPÍTULO 3 CAPÍTULO 20
CAPÍTULO 4 CAPÍTULO 21
CAPÍTULO 5 CAPÍTULO 22
CAPÍTULO 6 CAPÍTULO 23
CAPÍTULO 7 CAPÍTULO 24
CAPÍTULO 8 CAPÍTULO 25
CAPÍTULO 9 CAPÍTULO 26
CAPÍTULO 10 CAPÍTULO 27
CAPÍTULO 11 CAPÍTULO 28
CAPÍTULO 12 EPÍLOGO
CAPÍTULO 13 ¡NO OLVIDES DEJAR TU RESEÑA
CAPÍTULO 14 Y/O VALORACIÓN EN
GOODREADS!
CAPÍTULO 15
“New Vibe Who Dis” by Madison Mars feat.
Clavando mis dedos en la piel de mi cliente, busco los músculos anudados que he llegado
a conocer íntimamente. Mis pulgares funcionan en círculos implacables, sabiendo
exactamente cuánta presión es suficiente para que Fred Winslow regrese por más cada
semana. Él gime en la mesa debajo de mí, una señal de este cliente en particular de que
debería aligerarme.
—Estás de humor hoy —jadea el hombre mayor.
Siento ese destello familiar de incomodidad que tengo cada vez que un extraño
actúa como si me conociera. Pero me recuerdo que él es cliente habitual.
12 Algunas personas prefieren el anonimato del silencio y la distancia profesional, pero
este cliente es del tipo que prefiere fingir que tiene una relación cercana con su masajista.
Sé que está sentado en un escritorio la mayor parte del día, administrando bases de
datos para una empresa de renta de automóviles. Sé que toma yogures antes y después
de la cena, para disgusto de su esposa.
No me importa saber estas cosas. Simplemente no me gusta que él sepa algo sobre
mí, necesariamente.
—¿Y cómo está tu humor hoy, Fred? —pregunto, usando mi mejor voz de
masajista. Es baja y encantadora, como la voz que mi madre usaba cuando se acurrucaba
conmigo debajo de las sábanas para leer un cuento antes de dormir. A veces es
espeluznante cuánto suena como ella.
—Oh, ya sabes —murmura, apenas audible contra la mesa—, mi esposa cree que
necesito recortar los lácteos…
Sólo escucho a Fred divagar todo el tiempo que sea necesario, el tiempo suficiente
para sentirme segura en mis propios pensamientos. Pero Fred podría tener razón.
Supongo que estoy de mal humor hoy. El banquete de anoche fue un desastre. Sabía
que lo sería, ya que Jason había pasado la tarde reflexionando sobre su vida como
jugador profesional de hockey. Y aun así fui.
—No me toman en serio —gruñó Jason, pasando los brazos por las mangas del
saco de su traje mientras nos preparábamos para irnos—, sé que esos putos imbéciles
hablan de mí a mis espaldas.
—Estoy segura de que eso no es cierto. ¿Por qué piensas eso? —pregunté, mi voz
lenta y cuidadosa. Aprendí a quitar toda emoción de mis palabras cuando él está así. Si
estoy herida, entonces él está a la defensiva. Si estoy enojada, entonces él es santurrón.
Si estoy triste, entonces él está distante. Es un acto equilibrado que nunca he dominado
por completo.
—¿Qué se supone que significa eso? —Jason se giró hacia mí, sacudiendo la cabeza
y mirándome como si fuera una imbécil—. No hagas preguntas estúpidas.
No hagas preguntas estúpidas.
Fred se encoge bajo mi toque, y yo me retiro, volviendo a la realidad.
—Eh, ¿podrías ir un poco más suave? —pregunta amablemente.
Esa tarde, mis llaves tintinean en mi mano mientras lucho por abrir la puerta
mientras sostengo las sobras del almuerzo y una pequeña bolsa de supermercado en
mis brazos.
Después de terminar mi turno, pasé por el mercado para comprar algunos
ingredientes para galletas de chocolate blanco y granada, una especialidad mía. Hornear
siempre me relaja, y después de un día estresante, necesito relajarme. Puedo escuchar a
16 Hobbes quejándose desde su perrera al otro lado de la puerta.
—Ya voy, pastelito —grito. Hobbes es mi máquina de caos Maltes, llamada así con
cariño por el problemático tigre de peluche de la famosa tira de comic. Uno de los
favoritos de mi madre, para ser precisos.
Cuando llego adentro, dejo caer la comida en la cocina e inmediatamente me dirijo
a la perrera. Cuando está sobreexcitado así, no puedo dejarlo solo por un segundo de
más o hará un desastre. Desbloqueo la perrera y Hobbes estalla, dando vueltas alrededor
del pequeño departamento de una habitación.
Cuando me mudé aquí por primera vez con Jason, él había perdido mucho dinero
en una apuesta. Esa catástrofe, junto con mis propios ingresos miserables, significaba
que sólo podíamos permitirnos algo pequeño. De hecho, lo prefiero. Con estanterías
repletas hasta el borde, muebles de segunda mano y rincones estrechos, nuestro
pequeño y acogedor departamento me recuerda a mi hogar. O al menos una porción
de lo que solía ser la vida.
Camino de regreso a la puerta, con el abrigo y los zapatos todavía puestos, y llamo
a Hobbes. Viene corriendo hacia mí, saltando y girando y mostrándome todos sus trucos.
Le toma un momento calmarse, como siempre, pero una vez que la emoción inicial de
verme ha pasado, puedo ponerlo con la correa.
Salimos al patio cerrado, sólo momentos después de que otro perro haya dejado
su propia marca en el suelo fangoso. Desabrocho la correa de Hobbes, y se ocupa por
oler un rato antes de aventurarse a buscar su propio parche de hierba.
Mis pensamientos vuelven a la noche anterior, sentada en el cálido auto de Grant
mientras él me llevaba a casa. Cómo puso su número en mi teléfono, sin ninguna razón
para creer que lo usaría.
¿Podría? Si las cosas se pusieran tan mal, ¿llamaría al capitán del equipo? Me
imagino cuán enojado y herido estaría Jason si alguna vez llegara a eso. Qué traicionado
se sentiría.
Mientras veo a Hobbes olfatear, se me ocurre que no debería importarme lo que
Jason piense. Si alguna vez llegara a llamar a Grant, sería porque Jason la regó durísimo,
como dejarme abandonada anoche en la fiesta. Es en este momento cuando saco mi
teléfono y le envió un mensaje rápido a Grant.
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Considero agregar una cara sonriente y luego decido que Grant no parece
exactamente un tipo de emojis. Y si él fuera un emoji, no sería la cara sonriente. Pero no
creo que haya una con una mueca severa y músculos en todas partes. Sonriendo
torcidamente ante esa idea, hago clic en ENVIAR y guardo el teléfono en mi bolsillo.
Hobbes corre a través del patio hacia mí y lo recojo en mis brazos. Prefiero no tratar
con el arrendador enviándome otro memo sobre manchas de lodo en las alfombras de
las zonas comunes.
Llevo a Hobbes adentro, sintiendo su pequeño latido acelerado por todo lo que
corrió. Me pregunto por un momento si esto es lo que debo parecer para alguien tan
gigante y capaz como Grant. Sólo un pequeño animalito, incapaz de valerse por sí mismo
en este mundo grande y malo.
Cuando mi teléfono vibra en mi bolsillo, lo saco. Es un mensaje de Grant, que consta
de sólo dos palabras. Me río y sacudo la cabeza.
De vuelta al calor de mi departamento, limpio las patas de Hobbes con la toalla que
guardo junto a la puerta y lo dejo ir a perseguir cualquier travesura que esté tan ansioso
por hacer. En la cocina, me remango las mangas y me lavo las manos, luego pongo el
horno a 190 grados y empiezo a hacer la masa para las galletas.
Harina, azúcar morena, dos huevos, unas gotas de vainilla y una pizca de sal… La
medición metódica de los ingredientes me tranquiliza. La tensión en mis hombros
comienza a derretirse cuando la mantequilla sin sal hace lo mismo, aumentando
ligeramente por encima de la temperatura ambiente cuando empiezo a mezclar. Avena
y trozos de chocolate blanco… comida confortable.
Estoy a punto de comenzar a enrollar la masa en pequeñas bolitas cuando escucho
pasos por el pasillo. Mi estómago se aprieta, lo cual sé que no es la reacción que debería
tener ante la idea de que mi novio llegue a casa.
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Jason agita el pomo de la puerta delantera, maldiciendo en voz alta cuando se da
cuenta de que está cerrado. Estoy parada en la cocina, congelada. Podría abrirle la
puerta, pero mis manos están todas masudas.
—¡Ana! —grita Jason.
Salto, agarrando mi corazón con las manos cubiertas de harina.
—Ana —grita otra vez, golpeando la puerta—, dejé mis llaves en la puta pista.
¡Déjame entrar!
Trago saliva mientras me apuro a lavarme las manos. Una parte de mí imagina
cómo sería dejar la puerta cerrada, pasear por nuestra habitación y acurrucarse en la
cama sin Jason. La idea, es más tentadora de lo que debería ser, y la culpa resultante me
impulsa hacia la puerta.
—¿Qué te tomó tanto tiempo? —murmura, empujándome cuando lo dejo entrar.
Hobbes gruñe desde la esquina, y Jason estalla contra él—. Cállate.
Parece absolutamente ridículo que alguna vez haya recibido a Jason con los brazos
abiertos en casa, que me haya envuelto en un suave abrazo y me haya dado besos en la
parte superior de la cabeza. Eso fue hace más de un año, y mucho ha cambiado desde
entonces.
—Lo siento —digo, entrenando mi voz una vez más—. Estaba en la cocina y mis
manos estaban cubiertas de masa. Tuve que lavarlas primero.
—¿Por qué huele a gas aquí? —pregunta Jason, su voz más acusadora que
inquisitiva.
—Estaba haciendo galletas.
—Uno de estos días, volveré a casa y habrás incendiado todo el puto edificio. —Se
burla, dejando caer su bolsa de hockey y su abrigo en el suelo mientras se dirige al baño.
La puerta se cierra detrás de él.
Me quedo congelada hasta que oigo correr la regadera. Hobbes se planta afuera
de la puerta del baño, gruñendo.
Como un zombi, vuelvo a la cocina. No es hasta que coloco las bandejas para
hornear en el horno con manos temblorosas que me doy cuenta de lo furiosa que estoy.
19
VIDRIO Y PROMESAS ROTOS
—Estoy feliz de apoyar el campamento de caridad de Little Rookies este año. —Asiento,
abriendo el cuaderno que puse en la mesa frente a mí.
—Genial, así que eso está resuelto —El entrenador Dodd apoya los codos en la
mesa de la sala de conferencias y mira alrededor—. Elige otro jugador para que también
te acompañe.
Agarro la botella de agua frente a mí para tomar un trago largo. Estamos a la mitad
de nuestra reunión semanal regular con el equipo de liderazgo, en la que soy invitado a
sentarme como capitán del equipo.
20 Escribo la fecha para el campamento de caridad en el calendario del cuaderno
frente a mí. Los chicos generalmente se burlan de mí, señalando que hay formas
tecnológicas más amigables para hacer un seguimiento de mi horario, pero hoy todos
están callados. Tal vez sólo centrándose en completar la agenda que el entrenador
garabateó en el pizarrón en un extremo de la sala de conferencias.
—¿Qué más? —dice el entrenador, golpeando su bolígrafo contra la mesa mientras
su mirada se desvía hacia la agenda—. Ah, claro, tenemos que decidir qué causa vamos
a apoyar esta temporada.
El año pasado apoyamos la investigación del cáncer de seno, donando una parte
de las ventas de boletos para el tratamiento y la concientización del cáncer. Nuestros
cordones negros habituales fueron reemplazados por unos rosados en todos los patines
de los muchachos en octubre pasado.
—Necesitamos una decisión la próxima semana. Grant, ¿tienes alguna sugerencia?
—Sí —respondo, distraído mientras mi celular vibra en el bolsillo de mis jeans—,
déjame pensarlo un poco y volveré a contactarte para el final de la semana.
—Claro —dice el entrenador Dodd, luego se lanza al siguiente tema de la agenda
mientras mi teléfono vibra otra vez.
Lo saco y veo un número que no reconozco. Pero en base al hecho de que
quienquiera que sea, me ha llamado dos veces en rápida sucesión tiene a mis sentidos
temblando y mi preocupación me contrae el estómago.
—Necesito contestar esto —digo, sosteniendo mi teléfono.
El entrenador asiente.
—Claro, sólo estamos terminando.
Me levanto de mi asiento y me dirijo al pasillo para tener algo de privacidad
mientras respondo.
—¿Hola?
—Grant —La voz de la mujer es un poco jadeante, y me toma un segundo ubicarla.
—¿Ana?
—Sí, soy yo. Perdón por llamarte de la nada. Es sólo que…
21 Una sensación inusual de preocupación se agita en mi estómago.
—Está bien. ¿Qué está pasando?
Ella duda, y la escucho respirar hondo y constante.
—¿Puedes, em, puedes venir a buscarme?
—¿Ahora?
Ella duda otra vez.
—Sí, si puedes. Pero está bien si no. Puedo pensar en algo más.
—¿Dónde estás?
—En el departamento. Segundo piso, 201.
—Voy en camino.
Termino la llamada y asomo la cabeza de vuelta en la sala de conferencias para
anunciar que necesito salir unos minutos antes. El entrenador me despide rápidamente
y dice que no hay problema. Y luego me dirijo al departamento donde dejé a Ana
anoche.
Honestamente, nunca esperé que ella volviera aquí. Claro, le di mi número por si
acaso, pero nunca esperé que lo usara. Especialmente no tan rápido.
En quince minutos, regreso a la misma esquina donde dejé a Ana anoche. Pero en
lugar de parar en la acera y mantener el motor en marcha, esta vez busco
estacionamiento. Localizo un lugar y dejo mi Tesla en la calle.
Llego al segundo piso y encuentro que la puerta del departamento 201 está abierta,
sólo una grieta. Lo tomo como una invitación para entrar, tocando dos veces mientras
empujo la puerta para abrirla por completo.
—¿Kress? ¿Ana? —digo, entrando. Está vacío, sólo un vestíbulo tranquilo.
No tengo idea si Jason está aquí, y si lo está, dudo que mi presencia sea bienvenida.
Tengo la fuerte sospecha de que su novia pidiéndome ayuda sería un gran problema, y
lo último que necesito es llegar a los golpes con mi gancho izquierdo en su propia casa.
Somos lo suficientemente cordiales en el hielo, pero definitivamente no somos
amigables fuera del hockey. Primero, tendría que respetar al tipo, lo cual no hago. Y
22 cualquier idea de conocerlo fuera del equipo fue destruida por la exhibición de ser un
pendejo que hizo anoche.
A primera vista, pueden pensar que tenemos algo en común. Probablemente
somos los dos bastardos más sucios del equipo, pero la diferencia es, que sé cómo
controlar mi temperamento. Nunca he sido del tipo que deja volar mis puños sin hacer
una pausa para pensar en las consecuencias. Se mete en muchas peleas en el hielo,
mientras que yo sólo peleo cuando es absolutamente necesario.
Escucho un sollozo y luego una voz distante.
—Estoy aquí.
Mientras sigo la voz de Ana y la encuentro en la cocina, noto varias cosas a la vez.
El olor de algo ardiendo. Vidrios rotos que ensucian el piso de azulejos mientras cruje
bajo mis zapatos. Y Ana, agachada en el suelo junto a un gabinete con una mancha de
sangre en el azulejo blanco a sus pies.
—Estás sangrando —digo, mirándola a los ojos brevemente. No estaban húmedos
de lágrimas como esperaba. En cambio, ella se ve avergonzada.
—Estoy bien. Acabo de pisar unos vidrios rotos.
Mi expresión se endurece.
—¿Él hizo esto?
Ana asiente.
—Llegó a casa enojado. Peleamos y él arrojó un vaso contra la pared.
Mi mirada recorre la pared donde la fuerza del impacto dejó fragmentos de vidrio
pegados en la pared de yeso. Habría sido sobre dónde estaba parada Ana antes de
hundirse en su lugar en el suelo.
Hijo de puta. No arrojó un vaso contra la pared… se lo arrojó a la cabeza.
Mis puños se aprietan a mis costados. Kress tiene al menos 45 kilos más que ella.
¿En qué puto planeta piensa que está bien tratar a su chica de esta manera? ¿Tratar a
alguien de esta manera? Por no hablar de alguien a quien debería dar su vida para
proteger, cuidar y…
Un ladrido proviene de algún lugar más profundo dentro del departamento,
interrumpiendo mis pensamientos. Pero no es el ladrido de un perro guardián, lo que es
23 una lástima. Un perro guardián podría haber hecho algo para protegerla. No, es el grito
agudo de un perro faldero. Tal vez ella lo resguardó en un lugar seguro mientras Kress
estaba en su ataque.
Como no tengo sentimientos, entro en modo capitán, levanto a Ana del piso y la
dejo en la barra. Sus pies descalzos cuelgan, uno cortado y sangrando.
—¿Dónde está tu botiquín de primeros auxilios?
—Estoy bien. Ni siquiera duele.
Esa es la adrenalina hablando. Se retractará de esa declaración tan pronto como
intente ponerle peso.
Me encuentro con sus ojos.
—Necesito asegurarme de que no haya vidrio dentro de la herida. ¿Dónde está tu
botiquín de primeros auxilios?
Ella asiente y luego señala el pasillo.
Trabajando metódicamente, limpio la herida y la visto con una venda ligera. Ana se
queda callada, mirándome mientras trabajo.
—¿Ha hecho esto antes? —Mi voz sale severa, y su mirada cae al suelo—. Ana,
háblame.
Mierda.
Respiro hondo, tratando desesperadamente de controlar mi necesidad de desatar
el infierno sobre algo o alguien.
Empujo los artículos no utilizados dentro del botiquín de primeros auxilios, abro la
tapa de plástico mientras la ira continúa hirviendo dentro de mí.
—Lo sé —dice en voz baja—, necesito reservar una habitación de hotel. O tal vez
pueda preguntarle a Georgia si puedo quedarme con ella…
—Empaca una bolsa —repito lentamente—, lo resolveremos una vez que te saque
de aquí. —Le ofrezco a Ana una mano y ella acepta, bajándose cuidadosamente de la
barra—. Ponte unos zapatos, ¿okay?
Ella asiente. Cojeando, desaparece por el pasillo, y finalmente puedo respirar hondo
para controlar mi necesidad de cazar a Kress.
Una parte de mí casi espera que Kress regrese a casa, porque me encantaría
intercambiar algunas palabras con él en este momento. Pero sé que es mejor por el bien
de Ana si no lo hace. Ella no necesita experimentar más traumas hoy, y ciertamente no
25 necesita verme sacarle la mierda a golpes.
Ana regresa, todavía usando un par de jeans ajustados que muestran cuán delgada
es, y la camiseta que llevaba antes. Pero ahora lleva tenis y un cárdigan verde de gran
tamaño con las mangas hasta los codos. Está cargando a un pequeño perro blanco y
esponjoso, y tiene una bolsa de lona colgada sobre un hombro delgado.
—¿Quién es éste?
—Este es Hobbes.
—Tu pie no está en buena forma. Déjame llevarte a algún lugar por la noche, y te
traeré de regreso mañana para que recojas tu auto.
—No sé —Se muerde el labio inferior, pensándolo bien—. Déjame probar con mi
amiga Georgia otra vez.
Sacando su teléfono celular del bolsillo trasero, Ana marca, escuchando en silencio
mientras suena el teléfono. El fruncimiento que tira de sus labios me dice que no hubo
respuesta.
—Un hotel estará bien. —Su voz es firme, incluso si puedo decir que está un poco
26 más afectada de lo que está dejando ver.
—Ese lugar con el techo naranja al lado de la carretera debería estar bien.
Espero que Jason no sea del tipo vengativo para destruir o deshacerse de sus
pertenencias. Dudo que todos los libros que bordean esos estantes sean suyos. Y parece
altamente improbable que hubiera elegido ese sillón morado funky. Pero por ahora, sólo
quiero sacarla de aquí, así que no tenemos más remedio que dejar todo atrás.
—¿Hay comida para él? —pregunto, deteniéndome junto a la puerta para mirar a
Hobbes que todavía lucha.
Agarro la pequeña bolsa de comida para perros y luego sigo bajando las escaleras
detrás de Ana. Ella no cojea, lo cual es una buena señal. Tal vez su pie está bien. Eso, o
ella es realmente buena fingiendo.
Mierda.
Guiándola hacia mi auto, levanto la cajuela y coloco la bolsa de lona y la comida
para perros adentro mientras Ana se sube.
La verdad es que ni siquiera me gusta este auto. Fue una estúpida compra impulsiva
después de que mi asesor financiero se ocupó de mi caso sobre el hecho de que nunca
gasté dinero en mí mismo. Francamente, me molestó que incluso se diera cuenta. Pero
supongo que cuando manejas a otros jugadores que se están comprando a sí mismos y
a sus seres queridos, autos deportivos y segundas residencias, y están vacacionando en
lugares exóticos varias veces al año, no se necesita un físico teórico para unir que no
estaba viviendo exactamente grande a pesar de mi salario de $8 millones.
Mis visitas semanales a la tienda de comestibles y la estación de servicio, y cortarme
el pelo una vez al mes, no están exactamente a la par con alguien que gana millones.
Incluso si compro en la lujosa tienda de comestibles orgánicos.
—No te preocupes por el auto. Lo mandaré a limpiar.
Ella asiente, todavía luchando por acomodar a la bestia de cuatro kilos en su regazo.
Cuando llegamos al hotel, Ana entra para ver si tienen disponibilidad mientras yo
abro la cajuela para recuperar sus cosas. Pero unos segundos después, ella regresa,
sacudiendo la cabeza y frunciendo el cejo.
—¿No hay vacantes? —pregunto.
—El hotel no permite perros. —Una exhalación lenta deja sus labios, y su tono es
derrotado—. Nada me está saliendo bien hoy.
Un extraño nudo de presión se acumula dentro de mi pecho cuando cierro la
cajuela otra vez. Se ve tan pequeña, tan triste, parada en el estacionamiento sosteniendo
a su perro. Pensé que había superado respuestas emocionales como esta, pero tal vez la
punzada de preocupación ocasional es normal. Eso, o me estoy volviendo suave.
28 Pero eso no podría ser. Proteger a los demás siempre ha sido parte de lo que soy.
Al crecer en un orfanato, vi por los más pequeños que yo, que eran la mayoría de los
niños, ya que siempre he sido alto para mi edad. En hockey, defiendo el disco. Como
capitán, cuido de mi equipo.
¿Y ahora que una mujer se ha acercado a mí y necesita mi ayuda? Por supuesto
que se la voy a ofrecer. Ni siquiera es una pregunta, y no dudo ni un segundo.
—Vamos. Entra.
Ana se sube a mi lado, llamando a su amiga otra vez. Todavía no hay respuesta, y
ella cuelga después de unos minutos.
—¿Por qué no vienes a mi casa? —pregunto—. Al menos para cenar, y puedes
volver a probar con tu amiga después de que comamos. ¿Ya comiste?
Ella sacude la cabeza y guarda su celular.
—Comamos algo y tal vez tu amiga responda para entonces.
—Okay —dice lentamente, su voz temblorosa—. Mientras no interrumpa ningún
plan que tengas.
—No hay planes esta noche.
Llegamos a mi casa diez minutos después y estacionamos debajo del edificio en mi
lugar de estacionamiento designado. Ana espera en una franja de hierba a que Hobbes
orine mientras yo descargo las bolas. Dentro del elevador, aprieto el botón del penthouse
mientras Ana se para en silencio junto a mí.
Cuando abro la puerta, Hobbes entra como si fuera el dueño del lugar mientras
Ana revolotea nerviosamente detrás de él.
—Está bien —digo, mirándolo oler la alfombra de lana azul debajo del sofá de mi
sala—, déjalo explorar.
—Si tú lo dices. —Sus ojos escanean cada centímetro de mi lugar—. Este
condominio es increíble.
—Gracias —murmuro.
—¿Has vivido aquí mucho?
Asiento.
—Me mudé hace unos tres años.
29
El edificio era nuevo, y di un depósito que me dio calambres en el estómago en ese
momento. El condominio costó $3 millones, lo que parece una locura dado que son sólo
dos recámaras, dos baños y aproximadamente 2,000 pies cuadrados. Pero esta parte de
la ciudad es cara porque tiene una ubicación céntrica, y me sentí a gusto con el estilo
minimalista de los acabados: encimeras de madera clara y cuarzo, y grandes ventanales
con vistas a la ciudad.
Mi agente de bienes raíces incluso me convenció para que contratara a un
diseñador de interiores para amueblar el lugar, lo cual acepté sólo porque viajo mucho
y no quería que me molestaran en elegir sofás o almohadas. Me costó un bonito centavo,
pero cuando vi el resultado final, no me arrepentí ni por un segundo. Decorado en tonos
de gris, azules y cremas, el efecto es calmante y relajado. Y exactamente lo que
necesitaba.
Cuando me doy cuenta de que Ana me está mirando, todavía de pie en silencio
junto a la cocina, le digo—: Te mostraré alrededor si quieres.
Ella me da una sonrisa genuina por primera vez hoy.
— Me encantaría un recorrido.
Le muestro alrededor. La sala de estar y la cocina son abiertas, y hay una terraza
compacta más allá con dos sillas de mimbre de gran tamaño.
—La vista es increíble.
Asiento.
—Es agradable por la noche. Si no te importa el sonido del tráfico.
Ella mira hacia la carretera en la distancia.
—No me molesta. De hecho, me gusta como suena. La casa de mis abuelos estaba
justo al lado de una calle principal muy transitada, y me quedaba allí mucho en el verano.
El ruido del tráfico me hacía compañía mientras me dormía.
El sonido del tráfico también me recuerda a mi infancia, pero no lo menciono, ya
que no hablo a menudo de mi crianza. Ni siquiera con mis compañeros de equipo saben
que fui criado en un orfanato antes de ser adoptado.
En el interior, me dirijo por el pasillo y le muestro la oficina en casa, que tiene un
escritorio y mi laptop, y luego la recámara principal y el baño adjunto.
—Oh, guao. —Se asoma al enorme baño con mármol y vidrio y dos tocadores
30 flotantes en elegante madera de bambú. Hay una pared de vidrio que rodea la regadera,
y la bañera independiente de gran tamaño con forma de huevo ocupa el extremo más
alejado de la habitación—. Esto es increíble.
—Gracias —murmuro, sintiéndome cohibido por la toalla sucia en el suelo y el
desbordante cesto en la esquina. Realmente no estoy acostumbrado a tener una mujer
aquí, o un perro bajo los pies.
Mientras nos dirigimos hacia la cocina, Ana hace una pausa.
—¿Hay un baño que pueda usar?
Inclino mi barbilla hacia el pasillo.
—Por supuesto. El baño de invitados y la habitación están justo ahí abajo.
—Gracias —murmura, alejándose.
Cuando Ana reaparece desde el pasillo, tragada por ese cárdigan de gran tamaño,
su perro a sus pies, su cabello dorado colgando suelto sobre sus hombros, una punzada
de preocupación me golpea otra vez. Ella simplemente es demasiado pequeña, tan
malditamente vulnerable.
Fue en serio lo que dije sobre ayudarla, incluso si es un poco incómodo tenerla en
mi espacio. Ella no merecía lo que le sucedió hoy. Nadie lo merece. Sintiéndome
incómodo, no sé qué hacer conmigo mismo, cambiando de un pie a otro en la orilla de
mi cocina, murmurando respuestas de una palabra.
—Entonces, cena —Se levanta las mangas otra vez—. ¿En qué puedo ayudar? Yo
amo cocinar. A menos que estuvieras planeando hacer un pedido, en cuyo caso, no soy
exigente y contribuiré.
Sacudo la cabeza.
—Lo tengo cubierto. —Al abrir el enorme refrigerador, examino su contenido y
encuentro huevos, leche, mantequilla, un paquete de espinacas en sus últimos días y un
bloque de queso pimentado en descomposición—. ¿Qué tal omelets?
Ella asiente, sonriendo.
—Omelets suenan muy bien.
Mientras preparo los ingredientes y vierto la mezcla en una sartén caliente, Ana se
sienta en un taburete en la isla de mi cocina y me mira.
32 Mi voz baja.
—¿Ana?
—No tenía la intención de hacerlo, y normalmente nunca es tan rudo. Las cosas se
pusieron realmente acaloradas.
Mis instintos protectores se aceleran y siento ganas de romper algo. Poniéndome
de pie sin decir una palabra, me alejo, necesitando enfriarme. Dentro de mi baño, tiro el
rollo de cinta deportiva y la gasa dentro de un cajón, apenas resistiendo el impulso de
cerrarlo de un tirón.
Tomo un par de respiraciones profundas para mantenerme bajo control, y cuando
estoy más tranquilo, regreso a la sala donde Ana todavía está esperando. Me mira con
una mezcla de preocupación y confusión.
La adrenalina por haber descubierto esos moretones todavía me recorre con fuerza,
y mi postura es rígida. Al enterarme de que esto no es algo nuevo, me molesta, y es
entonces cuando tomo una decisión con la que espero que ella esté de acuerdo.
—No vas a volver allí. Jamás.
—Lo sé —dice en voz baja. Casi como si necesitara hacer algo con las manos, vuelve
a llamar a su amiga. Todavía no hay respuesta.
—Pasarás la noche aquí —le digo—, tengo una habitación de invitados, y es tuya.
Es eso, o tú y yo vamos a llamar a cada maldito hotel en Seattle para encontrar uno para
ti y tu perro. Pero es tu elección, Ana. ¿Se van a alojar aquí, o vamos a sacar nuestros
teléfonos y llamar a hoteles?
Ella asiente, y apenas la escucho cuando habla.
—Me gustaría quedarme aquí por esta noche.
Me levanto del sofá con un movimiento de cabeza.
—Está bien, vamos a preparar tu habitación.
Tomo un juego de sábanas y un par de almohadas del clóset del pasillo, y Ana me
sigue hasta la habitación de invitados, que está justo al final del pasillo desde mi
habitación. Después de sacudir la sábana, la coloco sobre el colchón cuando Ana toca
mi brazo.
—Puedo manejarlo. Ya hiciste suficiente. Recogiéndome, preparando la cena,
33 dejándome quedarme aquí…
Sacudo la cabeza.
—Lo tengo.
—Entonces sacaré a Hobbes. Tiene que salir antes de que nos vayamos a la cama.
Abandonando la cama, me giro hacia ella.
—Yo lo sacaré. Deberías mantenerte relajado de ese pie.
Ella levanta una ceja.
—¿Estás seguro?
—Seguro. Y terminaré de armar la cama cuando regrese, así que no te hagas
ninguna idea mientras estoy fuera.
—Okay, te dejaré el hacer la cama, pero necesitarás esto para cuando lleves a
Hobbes afuera. —Me entrega una pequeña bolsa de plástico negra dentro de su bolso.
—¿Qué es esto? —pregunto, mirándolo.
—Para su asunto.
Oh. Cierto. Mis cejas se alzan. Voy a tener que recoger la mierda de su perro en
esta bolsa.
—No importa, Grant. Lo llevaré. —Parece casi divertida por mi reacción.
—Puedo manejarlo —le digo ronco.
Resulta que no es un trabajo tan malo como imaginé ya que su mierda es del
tamaño de un dulce Tootsie.
Cuando vuelvo con Hobbes, Ana terminó de arreglar la cama y está sacando algo
de ropa de su bolso de lona para ponerla encima de la cómoda.
—¿Pensé que yo iba a hacer la cama? —pregunto, un poco divertido.
—Oh, eh, lo siento. Sólo quería ayudar. Perdón. No debí haberlo hecho. —Deja
caer su atención al suelo mientras sus hombros se inclinan.
Mierda, ¿qué le hizo Kress?
—Oye, Ana, está bien. En serio, está totalmente bien. Nunca tienes que pedir
34 perdón, ¿okay? Y por favor nunca sientas que tienes que agachar la cabeza. Quieres
hacer la cama, hazla. Quieres cocinar, cocina. Quieres ver una película de chicas, mira
una.
Sus ojos se encuentran con los míos y una sonrisa de agradecimiento levanta sus
labios.
—Okay, Grant. Gracias.
—¿Estarás bien aquí? —pregunto, frotando una mano sobre mi nuca. Me doy
cuenta de que nunca había tenido a alguien en mi habitación. Es un poco surrealista ver
su pila de ropa limpia para mañana y una cosmetiquera con estampados florales en el
tocador.
—Sí, es perfecto. Gracias por todo. Realmente lo digo en serio.
Sin nada más que hacer, no quiero alargarme, así que gruño afirmativamente y me
dirijo a mi habitación. En el camino, cierro la puerta y apago las luces del departamento,
aun tratando de entender los acontecimientos de hoy que llevaron a una mujer a dormir
al final del pasillo. Ciertamente no era lo que esperaba cuando me desperté esta mañana.
Dentro de mi habitación, me quito los jeans y la camiseta, los arrojo al desbordante
cesto y me comprometo a encargarme de eso mañana. Llevo un bóxer negro, mi
atuendo habitual para dormir, y trato de decidir si necesito ponerme algo más, cuando
Hobbes entra corriendo y se lanza sobre mi cama.
Ana está justo detrás de él, con los ojos muy abiertos mientras me asimila.
Deteniéndose en la puerta parcialmente abierta, hace un sonido ahogado mientras su
mirada recorre mi pecho y mis abdominales, luego baja al bulto dentro de mi bóxer. Su
pecho se cierra al soltar un suspiro y su cara se vuelve rosa.
Cuando me aclaro la garganta, ella balbucea una disculpa y sale disparada, sólo
para regresar un segundo más tarde con otra disculpa, pero no me mira. Esta vez, agarra
a Hobbes de mi cama, donde él está ocupado moviendo la cola, y desaparece por el
pasillo con él debajo de su brazo.
Riendo suavemente, cierro mi puerta, asegurándome de que esté cerrada esta vez,
y me meto en la cama. Ha sido un día largo que comenzó con el entrenamiento, así que
cuando mi cabeza golpea la almohada, no espero sentirme tan inquieto.
Aunque debería estar cansado, no sé cómo voy a dormir. Todo lo que quiero hacer
es cazar a Kress y patearle el culo por infundirle miedo a Ana, por dejar esos moretones
35 en su piel y cicatrices en su alma.
SIGUIENDO ADELANTE
El aire rápido muerde mis mejillas sonrosadas mientras me arrastro calle abajo, Hobbes
correteando delante de mí. Lo juro, si alguna vez le quito a este bribón la correa durante
una caminata, nunca lo volvería a ver.
Me imagino a Grant sacando a Hobbes, como lo hizo anoche, su sombra gigante
emparejada con la pequeña del cachorro. Sonrío, un poco triste, mientras veo a Hobbes
oler la nueva acera, la hierba y los buzones. Debe ser emocionante experimentar un
nuevo lugar. Desearía sentir lo mismo.
El vecindario de Grant es absolutamente impresionante, con edificios
36 ornamentados e incluso un pequeño parque a la vuelta de la esquina. Sin embargo, no
paso demasiado tiempo admirando mi entorno, porque sé que no estaré aquí por mucho
tiempo. Mis pensamientos están atrapados en un giro lento, centrándome en por qué
estoy aquí en el vecindario de Grant en lugar del mío, y donde terminaré después de
dejar el de Grant más tarde hoy. Con Georgia, muy probablemente.
Bostezo, aunque dormí como un bebé.
La habitación de invitados de Grant tiene algunas características realmente
agradables, sobre todo la cama de espuma viscoelástica de tamaño queen que me
arrulló en un sueño profundo anoche. Soñé con la noche anterior, pero nada del daño y
angustia. En cambio, soñé con las manos de Grant en mi pie, envolviendo mis cortes con
un toque más suave de lo que hubiera imaginado de un hombre de su tamaño. Sólo me
desperté porque Hobbes estaba dando vueltas por la habitación, desesperado por
orinar.
Ya que desperté antes que Grant, tengo la ventaja. Puede ser extraño para algunos
pensar en las interacciones de una manera tan estratégica, pero cuando has vivido con
una pareja volátil durante tanto tiempo como yo, se convierte en una segunda
naturaleza. Levantarme temprano significa que puedo cansar al pequeño con una
caminata, lo que significa que será menos probable que cause un alboroto en el
condominio y potencialmente moleste a Grant. También puedo hacerme cargo del café
y el desayuno cuando regrese, como un gesto de agradecimiento a este verdadero
extraño que ha sido tan increíblemente amable conmigo.
¿Qué hay en esto para él?
Tengo que recordarme gentilmente que algunas personas simplemente hacen
cosas buenas, independientemente de la reciprocidad. Con mi mente en el desayuno y
mi estómago refunfuñando, persuado a Hobbes de regreso en dirección al condominio
de Grant. Fue lo suficientemente atento como para prestarme una llave de repuesto.
Ayer fue tan inesperado. Grant fue inesperado. La forma en que sus labios se
presionaron en una línea firme y recta mientras estudiaba los cortes en mi pie. La manera
cuidadosa en que intervino para ayudarme.
Vi, impotente, cómo su mandíbula se apretaba y se aflojaba. Era obvio que estaba
pensando en decir algo. Qué, no tenía idea, porque aparentemente Grant es un hombre
de pocas palabras. Pero eso está bien porque soy una experta en leer entre líneas, y era
obvio que estaba enojado por algo.
46
CAMPO DE BATALLA EMOCIONAL
Cuando Grant me dejó en mi auto, insistió en esperar conmigo hasta que estuviera
segura adentro, a pesar de que el auto de Jason no estaba en ningún lugar para ser visto.
Me preguntó qué iba a hacer con el resto de mi día y le aseguré que estaría
perfectamente bien. Después de un poco de persuasión, me dejó salir del
estacionamiento de mi edificio, luego me siguió fuera, su auto siguiendo de cerca el mío
por los dos primeros kilómetros, hasta que giro de vuelta hacia las instalaciones de
entrenamiento.
Es extraño pensar que Jason y Grant estarán patinando sobre el mismo hielo hoy…
especialmente después de la mirada en los ojos de Grant cuando vio el moretón en mi
47 brazo.
Estoy cruzando los dedos para que nada dramático pase en el entrenamiento de
hoy. Eso es lo último que necesito en este momento. Más drama.
Me despedí con confianza de Grant mientras se alejaba. Pero ahora, sentada detrás
del volante de mi Nissan Altima de diez años, realmente no sé qué hacer conmigo misma.
Le dije a Georgia que no iría a trabajar, pero son cuarto para las nueve, el comienzo de
mi jornada laboral, y todavía tengo mucho tiempo para llegar allí. Mi ansiedad está
consiguiendo lo mejor de mí con cada minuto que pasa.
A decir verdad, realmente necesito hacer algo con mis manos hoy. Además, ahora
me enfrento el escenario muy real en el que tengo que mudarme y comenzar a pagar
renta, únicamente con mi salario menos que ideal. Jason y yo habíamos elaborado un
plan de pago bastante justo en el que cada uno de nosotros pagaba una cierta
proporción de nuestros salarios… bueno, antes de que él comenzara a apostar. Entonces
todo se descarriló.
Jason.
¿Vendrá al spa? Lo ha hecho antes, como ahora sabe todo el mundo que sigue el
hockey. A estas alturas probablemente está en las instalaciones de entrenamiento… y sin
duda ha visto el informe de noticias. No se arriesgaría, ¿verdad? Jason puede ser muchas
cosas, pero no es un idiota.
Para el momento que entro en el estacionamiento del hotel, me he convencido.
Jason no vendrá a mi lugar de trabajo a menos que planee irse esposado, sin mencionar
que sin duda será expulsado del equipo por salirse del entrenamiento. Se preocupa
demasiado por su carrera en el hockey como para hacer algo así.
La expresión en el rostro de Georgia cuando entro por la puerta principal es de
pura conmoción. Gesticula con la boca: ¿Qué estás haciendo aquí? Sólo le devuelvo la
sonrisa y le doy un débil pulgar hacia arriba. Sacude la cabeza hacia mí, claramente
consternada por mi decisión de exponerme a la intemperie de esta manera.
Quiero asegurarle que todo está bien, pero ya hemos dado la bienvenida a nuestras
citas matutinas. Eso no impide que Georgia me eche un vistazo de vez en cuando.
Probablemente buscando moretones.
Pero el día pasa lentamente, como cualquier otro. Jason nunca aparece, ningún
drama se produce y el mundo sigue girando. Para el final de nuestros turnos, Georgia y
48 yo estamos sonriendo y riendo, como si hoy fuera sólo un día normal. Como si Jason
nunca hubiera entrado en mi vida.
Una alarma en mi teléfono me recuerda que tendré que sacar a Hobbes pronto, o
él definitivamente arruinará esa hermosa alfombra de lana en la sala de estar de Grant.
Desde que Georgia tomó mi última cita del día, tengo justo el tiempo suficiente después
del trabajo para recoger algunos comestibles.
La cocina de Grant es preciosa y mucho más moderna que la mía, pero no hay
mucha comida. Todo en su refrigerador parece estrictamente dedicado al
abastecimiento de proteínas y la preparación de comidas, comprensible para un atleta
con un horario estricto. Ya lo estoy molestando lo suficiente; no quiero meterme con eso.
En la tienda, elijo lo esencial para mis comidas favoritas, reuniendo los ingredientes
para lasaña, chuletas de cerdo, salteados, tacos y pastel de carne. En el pasillo de frutas
y verduras, sostengo mi teléfono sin fuerzas, debatiendo si enviarle un mensaje a Grant
y preguntarle si tiene alguna alergia alimentaria. Decido no hacerlo, recordando lo
molesto que se pondría Jason si le enviaba un mensaje mientras estaba ocupado en el
entrenamiento.
Pero Grant no es Jason, ¿verdad? Grant es amable, atento y reservado…
Me encuentro sonriendo, sabiendo de alguna manera que, independientemente de
lo que compre hoy, Grant se lo tomará con calma. Al menos sé que no es vegetariano ni
vegano. Esos omelets que hizo estuvieron increíblemente fantásticos. Mi boca se hace
agua ante el pensamiento, y escucho la voz de mi madre en el fondo de mi mente, ¡No
compres con el estómago vacío, Ana! Te irás con toda la tienda. Miro mi carrito lleno de
comestibles y frunzo el cejo. Ups.
Una vez que todo está pagado, cargo las provisiones en la cajuela de mi auto y
tomo la autopista de regreso al condominio de Grant. En poco tiempo, estoy luchando
por abrir su puerta frontal, dos bolsas de papel llenas de comida amenazando con
derramarse sobre el bonito piso alfombrado del vestíbulo. La puerta se abre y jadeo, casi
perdiendo el equilibrio y cayendo al otro lado del umbral. Grant me estabiliza con sus
fuertes manos sobre mis hombros.
—Oye —dice, dándome una mirada perpleja. Hobbes se levanta de un salto,
apoyando sus patitas contra mis rodillas con un alegre aullido. Grant alcanza las bolsas
de compra antes de que pueda objetar.
—¡Hola! Oh, gracias. —Dejo que Grant tome ambas bolsas de mí, de repente con
49 las manos vacías en el umbral. Me quito las botas y niego con la cabeza con una pequeña
sonrisa en los labios. ¿Me acostumbraré alguna vez a este nivel de caballerosidad? Dudo.
—Esto es un montón de comida —dice con total naturalidad mientras caminamos
hacia la cocina, Hobbes pisándonos los talones.
Comienzo a desempacar los alimentos fríos, sacando los alimentos procesados y
carnes primero.
—Es lo menos que puedo hacer. Si está todo bien contigo, me gustaría preparar
las comidas mientras me quedo aquí, como agradecimiento por dejarme quedarme. Por
todo —¿Por qué mi voz suena tan aguda?
Mientras me inclino hacia el refrigerador, haciendo espacio para los nuevos
comestibles, Grant parece reflexionar sobre mi oferta por un momento. Muy mal. ¡Ya he
tomado una decisión, señor!
Entonces me pregunto si tiene razón. Tal vez esto es demasiada comida y comprarla
implica que planeo aprovecharme de él por más tiempo del que anticipó. Siento mi
resolución desvanecerse, muy levemente.
—No es tanto —digo débilmente—. Nos la acabaremos rápidamente. Y puedes
quedarte con lo que no consigamos terminar cuando encuentre otro lugar donde
quedarme.
Los ojos de Grant parpadean y mi respiración se detiene. No puedo decir lo que
está pensando y respiro hondo.
—Estoy seguro de que lo terminaremos todo. Tengo buen apetito —dice con un
asentimiento, luego sale de la cocina y se va por el pasillo.
De repente, estoy molesta. ¿Le mataría a este hombre esbozar una sonrisa? Decido
que ese es el objetivo de esta noche. Haré sonreír a Grant con cualquier comida que elija
para nosotros dos. Justo después de que—
—Ya saqué a pasear al perro —dice Grant desde el baño—. Puedes quitarte el
abrigo.
Frunzo el cejo y miro a Hobbes. Menea la cola, feliz de tener mi atención, felizmente
inconsciente de la conmoción en la que se han visto envueltas nuestras vidas.
—¡Gracias! —digo de vuelta. Me rio para mí, viendo a Hobbes revolcarse en los
suelos de madera como si fuera un cachorro otra vez. Realmente le encanta estar aquí,
50 el pequeño traidor.
Oigo que inicia la regadera en el baño y una sensación de calor me invade.
Transpiración formándose en mi nuca, me quito la chaqueta y la devuelvo al clóset del
vestíbulo. Es agradable tener a alguien más paseando a Hobbes por una vez. Ha sido
únicamente mi responsabilidad durante los últimos tres años que lo he tenido. Dios sabe
que Jason nunca se ofreció como voluntario. Otro punto para Grant.
Con estos pensamientos extraños pero agradables, comienzo a preparar la cena.
La lasaña es pan comido; es rápida y fácil y siempre ganadora, siempre y cuando no
cocine demasiado los fideos. Empiezo la salsa, dejándola hervir a fuego lento mientras
coloco ricotta fresco y fideos de lasaña en una refractario de vidrio para hornear que
encuentro en un gabinete cercano.
Una vez que la salsa cumple con mis estándares, termino de armar la lasaña y la
coloco en el horno precalentado. En cuestión de minutos, la cocina se vuelve cálida y
fragante.
He recogido mi grueso cabello con una liga de alta resistencia en un chongo suelto
encima de mi cabeza. Según mi reflejo en el cristal de la ventana, mis mejillas están rojas,
así que tomo un vaso de agua para refrescarme.
Mis oídos se paran cuando finalmente escucho el flujo constante de la regadera de
Grant detenerse. No puedo evitar divertirme por la duración de su baño; he estado
trabajando duro por aquí durante al menos media hora. Supongo que cuando tienes un
cuerpo así, uno tan grande y voluminoso, necesitas más tiempo para lavarte.
Y aquí estoy otra vez, pensando en un Grant desnudo. Termino el resto del agua
en tres tragos sofocantes.
Cuando reaparece, con camiseta y pants, estoy tosiendo bastante violentamente.
—¿Estás bien? —pregunta, con el cejo fruncido en esa clásica mirada de
preocupación que usa tan bien. Su piel más rosada de lo que usualmente está, sin duda
por el agua hirviendo lloviendo sobre su piel perfecta…
—Conducto incorrecto —digo, jadeando mientras alejo su preocupación. Gracias a
Dios se puso algo de ropa. Definitivamente no me habría recuperado si hubiera salido
con una toalla.
51 —Huele genial. ¿Puedo ayudar?
Me quedo sin habla por un momento por el tono afable de su voz antes de asentir
y señalar la ensaladera que descansa cerca de una variedad de verduras.
—¿Cortas el resto de los tomates y pepinos? —digo cuando mi voz regresa.
Mientras Grant se pone manos a la obra, estoy impresionada con nuestra capacidad
para convivir en este espacio prácticamente como extraños. Bailamos uno alrededor del
otro con facilidad, Grant moviéndose entre el fregadero y la isla, y yo revisando el
contenido del horno después de agregar pan de ajo congelado y colocar platos en la
mesa del comedor.
Oigo el estallido de una botella de vino siendo descorchada y me giro para ver a
Grant sirviendo dos vasos de un cabernet rojo intenso.
Es un bebedor de vino. Mmm.
—La cena no estará lista hasta dentro de quince minutos —digo en tono de
disculpa.
Grant niega con la cabeza, pasándome una de las copas de vino. Cuando extiende
el brazo, noto un parpadeo casi imperceptible en su expresión.
—No hay prisa —dice, su voz tensa por el esfuerzo de enmascarar dolor.
—¿Estás bien? —pregunto, mi instinto sanador haciéndome extender la mano
involuntariamente para sentir su hombro.
Retiro rápidamente mi mano, de repente consciente de una línea siendo cruzada.
Mi impulso siempre es ayudar, y mi experiencia es el tacto, pero no quiero que se sienta
incómodo al ignorar sus límites. Afortunadamente, Grant parece no pensar en eso,
simplemente girando su hombro en círculos pequeños y enfocados.
—No es nada —dice con un breve suspiro—. Yo… golpeé mi hombro en el hielo
hoy, y todavía se siente bastante adolorido.
Grant no parece del tipo de personas que caen fácilmente. Mi retorcida imaginación
me lleva por el camino más oscuro, imaginándome a cierto compañero de equipo
imbécil golpeando al desprevenido capitán de su equipo en un juego sucio.
—Okay, bebe eso —digo con firmeza, señalando su copa de vino sin tocar—, y
luego recuéstate boca abajo.
52
—¿Qué? —Los ojos de Grant se ensanchan más de lo que nunca los había visto.
—Voy a ayudarte a relajarte, a acelerar el proceso de curación —digo, con mi voz
suave practicada por años de terapia de masajes—. Verás que soy muy buena en esto.
—De verdad está bien —Comienza a objetar, pero ya estoy de pie, indicándole que
se ponga en posición.
Necesita un masaje y estoy decidida a ayudarlo en todo lo que pueda. Después de
que se ha mostrado tan complaciente conmigo, un masaje en el hombro no es ningún
problema. Trato de no pensar demasiado en la emoción que se acumula en mi vientre,
mis dedos adoloridos por tocar a este hombre que parece estar hecho completamente
de músculos firmes pero flexibles.
Me lanza otra mirada insegura.
—Vamos, no tenemos mucho tiempo antes de que la cena esté lista. Prometo que
no tardará mucho.
La expresión de Grant cambia a una mitad divertida, mitad frustrada. Toma un trago
significativo de vino tinto y resopla un poco antes de recostar su cuerpo largo y delgado
sobre los cojines del sofá.
Desde esta perspectiva, tengo una buena vista de sus anchos hombros, que se
estrechan en su vigorosa espalda y bajan hasta su esbelta cintura y su musculoso trasero.
El hombre está completamente vestido, pero algo en el ajuste de su camiseta de algodón
y sus pants me hace sentir como si estuviera espiando algo completamente indecente.
Es extraño que me dé cuenta, ya que Jason también tiene el cuerpo de un atleta.
Es alto, metro ochenta para mi metro sesenta. Pero el abdomen de Jason era suave —
un cuerpo de papá— le gustaba bromear. Pero no hay nada suave en Grant, y se eleva
sobre mí con unos sólidos ciento noventa y dos centímetros.
—Haz lo peor que puedas —dice sombríamente, su mejilla aplastada
adorablemente contra la suave tela del sofá.
Inclino mis caderas contra las suyas para apoyarme, una pierna doblada al lado de
su torso en el sofá y la otra colgando del borde, mis dedos del pie enredados en la
alfombra de lana. No estaré a horcajadas sobre Grant, aunque eso me daría un ángulo
mucho mejor desde el que trabajar… eso sería cruzar una línea. Con manos suaves, froto
53 ligeramente su hombro, enfocándome en el dolorido trapecio. Sé lo firme que es este
chico, pero todavía me sorprende cuando el músculo no se mueve bajo mi toque.
—Estás muy tenso —le digo en voz baja. Trabajo mis manos en una presión más
profunda, más significativa, provocando un gemido estrangulado debajo de mí.
—Joder, Ana… —gime Grant, sus ojos revoloteando cerrados.
Mis mejillas se calientan aún más por la forma en que mi nombre suena en sus
labios, su voz profunda y gutural. Su cuerpo permanece tenso bajo las yemas de mis
dedos, y el calor de su piel impregna la mía. Mi mente se acelera con pensamientos de
tener mis manos en su cuerpo, todo su cuerpo…
Oh, por Dios. ¿Qué demonios está mal conmigo? Necesito una distracción, rápido.
—¿Tienes familia aquí, Grant? —pregunto, mi voz tensa.
—No, ya no.
—¿Por qué es eso?
—Crecí en el norte de California con mis padres adoptivos —murmura, su voz llena
de algo como… confianza.
Me complace que esté compartiendo esa información personal conmigo, porque
tengo la fuerte sensación de que no comparte información sobre su pasado con un
montón de gente. No sabía que fue adoptado. Se me ocurre que Jason definitivamente
tampoco lo sabe, por lo que esta no es información que Grant comparte, ni siquiera con
sus compañeros de equipo.
—¿Qué edad tenías cuando te adoptaron? —pregunto, genuinamente curiosa.
—Seis —dice con un suspiro—. Puedes ir más fuerte si quieres.
Sonrío. Sí, me gustaría.
Clavo mis pulgares en sus hombros, ahora relajando ambos lados de su ancha
espalda en un estado de profunda relajación. Más que con cualquiera en toda mi carrera,
me encanta la sensación de este hombre gigante derritiéndose bajo mis dedos. Tal vez
ese es el vino tinto hablando.
—No recuerdo mucho sobre las casas hogares en los que estuve antes —
murmura—. Fui adoptado por una pareja mayor y me criaron bien. Mi padre era un gran
54 fan del hockey, así que me inscribió en el campamento juvenil cuando era pequeño.
Trabajé duro en ello porque quería que se sintiera orgulloso. Y ahora aquí estoy.
Sonrío, encantada por la inesperada percepción que tengo ahora de la vida de
Grant. Clavo la palma de mi mano en un nudo que puedo sentir debajo de su omóplato,
y suelta otro gemido. Luego, de mala gana, le doy una pequeña palmadita en la espalda,
haciéndole saber que el masaje ha terminado. Después de un momento, vuelve a
sentarse, varios centímetros más cerca de mí ahora que antes.
—Estoy segura de que están muy orgullosos de ti —digo, mi mirada vaga
perezosamente sobre sus rasgos faciales. Pestañas oscuras… labios llenos. Una
mandíbula cincelada.
—Lo estaban, sí —Los ojos de Grant están repentinamente abatidos.
Oh, no.
—¿Estaban? —pregunto cuidadosamente mientras le entrego su copa de vino, y
sus cálidos dedos rozan los míos.
Asiente y toma un sorbo.
—Eran mayores cuando me adoptaron. Papá falleció hace seis años y mamá lo
siguió hace casi tres años.
—Lo siento mucho —murmuro, mi corazón doliendo por este hombre que ha
experimentado tanta pérdida. Justo como yo. Abro la boca para contarle sobre la pérdida
de mi propia madre, pero lo pienso mejor. En otro momento. No quiero regresar la
conversación de vuelta a mí cuando estoy empezando a aprender más sobre él.
—Está todo bien. Ha pasado un tiempo, y el tiempo cura, o como sea que digan,
—dice suavemente, y juro que hay casi una sonrisa en sus labios cuando sus ojos se
encuentran con los míos—. Gracias de cualquier forma.
—Lo siento, no conozco la cronología de todo, pero ¿lograron verte llegar a las
grandes ligas? —Me siento un poco avergonzada de no saber cuánto tiempo Grant ha
sido jugador de hockey profesional. Jason siempre me molestaba por no prestar mucha
atención a la liga, incluso cuando hice todo lo posible para seguir un deporte del que sé
tan poco.
—No te disculpes —dice Grant con una sonrisa.
Okay, ahora eso es definitivamente una sonrisa. Punto uno para Ana.
55 —Sí, lo vieron todo. Me reclutaron recién salido de la preparatoria, y he estado en
esto durante… mierda, casi quince años. A veces, especialmente cerca de los novatos,
me siento como el viejo del equipo a los treinta y dos. —Niega con la cabeza con un
poco de tristeza y yo cubro mi risa con una mano.
Esto es lo máximo que he escuchado hablar a Grant. ¿Quién lo hubiera pensado?
Pongan algo de vino en el hombre y mis manos sobre él, y de repente se convierte en
un libro abierto, un libro que estoy particularmente interesada en leer.
—Ya que estás siendo tan abierto, anciano —le digo, inclinando la cabeza hacia un
lado—, ¿me dejarías tomar un baño de burbujas en esa gran bañera tuya alguna vez?
Los pómulos de Grant se sonrojan un poco.
—Claro —dice después de aclararse la garganta, sus ojos de repente fijándose en
la pared detrás de mí—. Es tuya. Ni una sola vez usé la cosa.
—¿De verdad? ¡Gracias!
Estoy a punto de inclinarme hacia adelante y darle un beso en la mejilla cuando el
temporizador del horno emite un pitido, sacándome de esta extraña burbuja de
intimidad que hemos creado. En cambio, sólo le lanzo una sonrisa astuta antes de
escabullirme hacia la cocina para servir nuestra comida.
—¿Necesitas algo de ayuda ahí? —dice Grant desde la habitación de al lado.
A decir verdad, podría, pero prefiero tomarme un momento para recuperar el
aliento. Mi reflejo en el cristal de la ventana de la cocina muestra la extensión de mi rubor
por el vino tinto… ahora arrastrándose sobre mi clavícula. ¡Ana, no estás en una cita!
Concéntrate.
—¡No, estoy bien! Sólo dame un segundo.
Termina tomando varios segundos, pero pronto estoy armada con dos platos llenos
de lasaña bien caliente, pan de ajo tostado y ensaladas de la huerta. Pongo los platos
sobre la mesa del comedor y tomo asiento mientras Grant empieza a comer. Tengo la
boca llena de rúcula cuando él inicia la conversación otra vez.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
Asiento, ya anticipando que esta no será una fácil de responder. Nadie comienza
una pregunta fácil con un precursor como ese. Simplemente hacen la pregunta.
56 —¿Lo amas?
Trago. ¡Uy! Esa es una difícil. Tomo otro trago largo de vino tinto para ganar tiempo.
¿Intento preservar las formalidades? ¿O digo la verdad?
Los ojos de Grant están fijos en los míos, buscando la respuesta que aún tengo que
derramar. No puedo soportar mentir cuando ha sido tan honesto conmigo esta noche,
así que tomo una respiración profunda, desviando la mirada al suelo.
—Honestamente, ya no estoy segura. En un momento, lo hice. Pero después de
todo eso que pasó, no creo que lo haga ahora.
—Entonces, ¿por qué te quedaste con él? —pregunta Grant, su voz a partes iguales
irritada y educada.
—Nah, ah —digo, moviendo un dedo en el aire—. No es así como funciona esto.
Me toca la siguiente pregunta. Entonces puedes preguntar la tuya.
Grant me arquea una ceja, claramente sobre mi juego. Ya le hice toneladas de
preguntas antes de que comenzara la cena. Pero concede con una sonrisa, levantando
las manos en señal de rendición.
—Dispara.
—Está bien, diez preguntas. Ya usaste tu primera, así que la mía es… ¿Quién es tu
chico favorito en el equipo?
Su expresión se transforma de diversión a consideración mientras toma un gran
bocado de lasaña. Realmente piensa sobre ello, sonríe y traga.
—Jordie. Jordan, el novato. Eso puede ser extraño, ya que lo he conocido por la
menor cantidad de tiempo. Pero esa puede ser la razón por la que me agrada. —Ríe
Grant, su risa burbujeando en algún lugar profundo de su interior.
Oh, hombre. De verdad, de verdad me gusta esa risa.
—Además, quiere aprender. Tiene hambre de mejorar y se toma bien los consejos,
lo cual es bueno. Me gusta sentirme útil, supongo.
Asintiendo, considero esto.
—¿Alguna vez consideraste entrenar después de que tu carrera de jugador
termine? Podrías tener más de esa sensación útil, ayudando a los jóvenes a aprender.
Sus ojos se encuentran con los míos.
57
—Lo he pensado, sí.
—Okay. Tu turno. —Agarro la botella de vino y lleno la copa ahora vacía de Grant.
—¿Por qué te quedaste con Jason? —pregunta sin pestañear.
—Wow, esperaba que olvidaras esa —digo con una pequeña risa sin aliento—. Eres
un gran bateador con estas preguntas, ¿no?
—¿Eso es una pregunta? —pregunta Grant, inclinándose hacia adelante con el
desafío.
Mis mejillas se calientan con cada segundo que pasa. Es mucho más juguetón de
lo que hubiera imaginado de nuestras pocas primeras interacciones. Supongo que
aquellas fueron en circunstancias menos juguetonas.
—Nop —digo, resaltando la "p" con mis labios.
Su mirada cae a mi boca por un momento. Sin apartar la mirada, pregunta otra vez.
—Entonces, ¿por qué te quedaste con él?
Me tomo un momento para pensarlo, tratando de acumular dos años de confusión
emocional en una respuesta simple. Eso simplemente no es posible. Sólo puedo hacer
mi mejor esfuerzo para explicar cómo me siento en este mismo momento. Tomo una
respiración aguda, conteniéndola por un momento antes de soltarla. Luego lo miro a los
ojos.
—Primero, ya no estoy con él. Sólo necesito decirle que se acabó y planeo hacer
eso. Esta noche.
Grant escudriña mi rostro, buscando una abolladura en la nueva armadura he
hecho recientemente. Pero no encontrará ninguna porque me he decidido.
No soy feliz con Jason, y claramente él no es feliz conmigo. Estuve asustada de
dejarlo por tanto tiempo, aterrorizada por su reacción y desanimada por la posibilidad
de vivir mi vida sola otra vez. Pero la realidad es que he estado sola en esta relación por
un año. El abuso físico fue sólo una parte de una codependencia más grande y
problemática. Y, a decir verdad, estoy lista para separarme de ella.
—Me alegra escuchar eso —dice Grant finalmente, su voz baja y firme.
Aliviada, le sonrío.
58 —Mi turno. ¿Cuál es tu color favorito?
—Azul. ¿Cuál es el tuyo?
—Morado. ¿Tu tipo de comida favorita?
—Griega. ¿La tuya?
—Italiana —digo, asintiendo tímidamente a los restos de lasaña en mi plato.
—Tiene sentido —dice asintiendo—. Siguiente pregunta.
—¿Qué número es esta?
—Bueno, era la cuatro, pero con esa pregunta son cinco, y es mi turno.
—¡Maldita sea! —lloro, inclinándome en una carcajada completa. Sostengo mi
barriga, dándome cuenta de que he consumido demasiada pasta para reírme así de
fuerte.
—¿Qué te hizo entrar en la terapia de masajes? —pregunta, sus cejas arqueadas
en una abierta expresión de curiosidad.
—Estudié kinestesiología en la universidad y me involucré con bastante naturalidad.
Solía darles masajes a mis padres, y siempre me he alimentado de ese placer que puedo
darles a las personas con mis manos. Se siente bien ayudar a la gente a relajarse —digo
encogiéndome de hombros—. No tiene nada de profundo.
—Anotado —dice Grant con un movimiento de cabeza.
Mi turno.
—¿Cuándo fue la última vez que fuiste a una cita? —pregunto, señalándolo con un
dedo índice acusatorio.
Sus ojos se abren cómicamente por un momento antes de entrecerrar los ojos con
dificultad.
—Guao —digo finalmente—. Te está tomando un largo tiempo responder esa. ¿Ha
sido tanto tiempo?
—¿Es esa tu última pregunta? —pregunta Grant, y pongo los ojos en blanco,
dándole un vago gesto de continúa—. Sí, ha sido un tiempo realmente largo.
—Tu turno —Le indico que siga adelante, apartando mi plato.
59 —¿Cuándo falleció tu mamá? —pregunta Grant, su voz repentinamente solemne.
Cómo lo su… lo observo fijamente por un momento antes de responder.
—Hace casi quince años —digo, con la voz un poco más tensa de lo habitual—.
Murió en un accidente automovilístico cuando yo era joven, a altas horas de la noche.
Todavía tengo problemas para dormir cuando hay tormenta.
Grant asiente, sus grandes manos juntas delante de él.
—Perdón por entrometerme.
—Está bien —digo, la tensión en mi garganta se disipa—. Es justo después de que
te interrogué sobre tus padres antes. ¿Cuáles eran sus nombres?
—Bob y Linda —dice Grant—. ¿Qué hay de los tuyos?
—Loretta era mi madre y mi padre es Pat. Es un gran aficionado al fútbol. No tanto
del hockey.
—Aah —Ríe Grant, sacudiendo la cabeza de un lado a otro.
De repente, esto realmente se siente como una cita. Ahora sé mucho más sobre
Grant… probablemente más que sus compañeros de equipo.
¿Qué pensé que estaba logrando al sugerir este juego?
Vergüenza se arrastra detrás de mi corazón y me envuelve con un fuerte apretón.
No debería estar teniendo tanta diversión con otro hombre cuando mi vida es un
desastre… cuando todavía no he terminado oficialmente las cosas con Jason.
—Bueno, no hemos llegado a las diez, pero si no lavo estos platos ahora, nunca lo
haré —digo con exagerada energía. Me pongo de pie, sacudiendo la pierna que casi se
ha adormecido. Hormigueo y piquetes, ¡auch! Hago una mueca de dolor, cojeando,
mientras recojo nuestros platos vacíos.
—Déjame encargarme de eso —dice Grant, quitando los platos de mis manos—.
Tú preparaste la comida, así que yo puedo hacer la limpieza.
Una vez más, me quedo con las manos vacías, pensando en palabras como
caballerosidad y sexy. Parpadeo, domando mi enorme sonrisa en una pequeña.
—Eso parece un arreglo decente.
60 Cuando está casi fuera de la habitación, giro, una pregunta en mis labios.
—Oye, ¿Grant?
Se da la vuelta.
—¿Sí?
—¿Puedo hacerte una pregunta? Fuera del juego —Aprieto mis dedos delante de
mí, retorciéndolos ansiosamente unos con otros.
Grant relaja su postura, su rostro abierto y oyente.
—Claro —dice con un breve asentimiento.
—¿Alguna noticia sobre la suspensión?
Los hombros de Grant suben y bajan y deja escapar un profundo suspiro.
—Sí. Se anunciará en la mañana. —Sus labios se abren con una pregunta no
formulada, y después de solo un momento, se rinde —¿Ya has hablado con él?
Sacudo mi cabeza.
—Voy a ponerme en contacto esta noche.
—Okay —dice Grant, pero su mirada se mueve de la mía a los platos en sus
manos—. Hazme saber si necesitas algo. —Y con eso, sale de la habitación.
Tomo una respiración profunda y desigual. Esta noche ha sido todo diversión y
juegos, pero ahora es el momento de recordarme a mí misma. Recordar mi vida.
Recordar el desorden que todavía tengo que limpiar, incluso si no fui yo quien lo hizo.
Camino la corta distancia por el pasillo hasta la habitación de invitados y cierro la
puerta detrás de mí, apoyando la frente contra la fría superficie de madera. En la cocina,
el agua está corriendo, un chorro fuerte y constante que Grant sin duda está usando
para lavar los platos de la cena. Tengo el tiempo y la privacidad para llamar a Jason y
finalmente terminar las cosas.
Pero cuando levanto mi teléfono para hacer la llamada, me tiemblan las manos. La
idea de escuchar la voz de Jason y la inevitable pelea a gritos que seguirá es algo que
no quiero atravesar nunca más. Tal vez sea inmaduro, o incluso cobarde, pero le voy a
enviar un mensaje. Necesito el control en esta situación, y no confío en mí para mantener
la calma con la voz de Jason en mi oído.
61
Leo el mensaje veinte veces, editando y retocando hasta que estoy a punto de
perder mi maldita cabeza.
Frustrada, me dejo caer en la cama, hundiéndome profundamente en el edredón
acolchado. Cerrando los ojos con fuerza, trato de imaginarme la cara de Jason cuando
abra este mensaje después de veinticuatro horas de ser ignorado, y una suspensión de
su único amor verdadero, el hockey, que se avecina en un futuro cercano. El dolor y la
traición grabada profundamente en sus ojos… la línea apretada de sus labios,
conteniendo una maldición. Las lágrimas calientes y saladas que he pasado años
limpiando.
No, Ana. Él ya no es tu responsabilidad.
Abro los ojos, levanto el teléfono y presiono ENVIAR.
Espero el momento revelador, la sensación de dichosa libertad, pero no llega. Ahora
soy oficialmente una mujer soltera, pero me siento exactamente igual. Las comisuras de
mis ojos se llenan de lágrimas, incluso mientras sonrío. Y cuando mi teléfono vibra con
una llamada de Jason, lo apago y lo coloco en la mesita de noche sin pensarlo dos veces.
Me acurruco en una bola y tomo nuevamente otra respiración honda. Escucho
pasos débiles en el pasillo mientras Grant va de la cocina a su propia recámara. Las suaves
pisadas de sus calcetines contra el piso de madera me llenan de un consuelo que recién
estoy comenzando a reconocer.
Estoy a salvo aquí.
Lágrimas se deslizan libremente por mis mejillas mientras me río en voz baja,
recontando nuestra extraña noche de conversación. Grant es terco y un poco gruñón.
También es rico, guapo y soltero, lo que obviamente no es de mi incumbencia. Pero
puedo decir que, debajo de toda esa brusquedad, Grant realmente es un buen tipo.
Y podría usar algo de bondad en mi vida.
62
SEGUNDAS OPORTUNIDADES
Esperando a que el café termine de prepararse, apoyo una cadera contra la isla y froto
una mano sobre mi cara.
Anoche con Ana dio un giro inesperado. Tuvimos una cena y algo de vino, lo cual
estuvo bien... hasta que me empujó a abrirme. Es algo que rara vez hago, incluso con
personas de las que he sido amigo por años. Le dije a Ana cosas que incluso mis propios
compañeros de equipo no saben sobre mí. Le dije sobre mis padres, mi infancia, le
pregunté sobre su relación...
Eso fue estúpido de mi parte. No había punto en vincularse con ella con un estúpido
juego de veinte preguntas. No va a estar aquí durante mucho tiempo. Lo más probable
63
es que eventualmente regrese a Kress. E incluso así, no podía arrepentirme de la
conversación. Sí, revelé más de lo que quería, pero sólo la oportunidad de mantener sus
grandes ojos marrones dirigidos hacia mí se había sentido bastante malditamente bien.
Si eso me convierte en un ridículo, que así sea. No he disfrutado la conversación de
una mujer en mucho tiempo. E incluso en ese entonces, ninguna de ellas podía
compararse con Ana. Dulce. Generosa. Amable. Hermosa, aunque ella no lo sepa, la cual
es realmente el mejor tipo de belleza.
Disfruté un puñado de años en mi juventud donde probé lo que se ofrecía.
Conejitas del hockey, o como quieran llamarlas —mujeres ansiosas por compartir la cama
de un jugador de hockey profesional sólo para decir que lo han hecho. Pero después de
un tiempo, comenzó a volverse rancio, porque no era realmente yo en lo que estaban
interesadas. Lo que buscaban era un placer carnal fugaz, la oportunidad de decir que se
habían follado a un jugador de hockey. No preguntaron sobre mi infancia o mis metas,
o qué quiero de la vida después del hockey. Pero Ana lo hizo.
Y, Dios, esa lasaña...
Después de servirme una taza grande de café, la llevo a la sala de estar, agarrando
mi teléfono en el camino y luego me acomodo en el sofá. Justo cuando estoy
poniéndome al corriente con una cita que hice ayer, la puerta principal se abre para
revelar a Ana, vestida con un suéter de lana de color rosa brillante y pantalones de yoga
negros. Hobbes se mete entre sus piernas y corre directamente hacia mí.
—Hola —Sonríe cuando me ve.
—Buenos días. Hay café. —Señalo con la cabeza hacia la cocina.
—Perfecto. Hace frío afuera.
Levantándome brevemente, enciendo la chimenea de gas, que cobra vida con un
suave zumbido. Rara vez uso la cosa, pero imagino que, si ella tiene frío, ¿por qué no?
La sonrisa de Ana crece mientras lleva su café para unirse a mí en el sofá.
—Oh, esto es tan acogedor.
Hobbes se tira al suelo con un bufido frente a la chimenea.
—Pues, hoy me voy más tarde para un juego en la costa este —digo, tragando un
sorbo de café y mirándola por encima de mi taza.
64
Asiente.
—El equipo vuela a Nueva York. Lo sé. Iré a quedarme con Georgia.
La suspensión de Jason significa que no tiene permitido estar en las instalaciones
del equipo, lo que incluye el jet y los juegos. Pero entonces probablemente estará aquí
en Seattle, lo que también significa que no hay puta manera de que Ana se vaya a quedar
en casa de Georgia. Kress ya fue ahí una vez buscándola. Y si lo hiciera otra vez, esta vez
yo no estaría alrededor para ayudarla si las cosas fueran mal. Estaría a tres zonas horarias
de distancia.
Niego con la cabeza.
—Te quedarás aquí.
Sus ojos se amplían, evaluándome.
—¿Me estás preguntando o diciendo?
Me aclaro la garganta, moviéndome en mi asiento.
—Cierto. Lo siento. Sólo me refiero… No es ningún problema tenerte aquí, y es
realmente una decisión inteligente. Tú, quedándote aquí por el momento.
Si se va porque soy un pendejo hosco que no sabe cómo comunicarse, me sentiré
aún peor. No es su culpa que yo esté fuera de práctica en este tipo de cosas.
Sopesa mis palabras, intentando determinar si son sinceras. Entonces su mirada se
eleva a la mía.
—¿Estás seguro de que no te importa que yo esté aquí cuando no estés?
—De verdad no hay problema. Además, me gusta la idea del lugar siendo usado
mientras me voy.
—¿Estás absolutamente seguro?
—Segurísimo.
Ana asiente.
—Entonces supongo que me quedaré.
—Me alegro de que esté resuelto.
65 Un golpe en la puerta principal llama nuestra atención.
—Sólo hay otra cosa —digo, poniéndome de pie.
Ana me lanza una mirada curiosa.
—¿Estás esperando a alguien?
Asintiendo, me dirijo hacia la puerta.
—Voy a tener una alarma de seguridad instalada hoy antes de irme.
—Espera, ¿qué? —Se pone de pie de un salto y me sigue hasta el vestíbulo con
Hobbes a los pies.
Abro la puerta principal a un hombre elegante con barba y tenis azules.
—Hola. ¿Sr. Henry?
—Sí —digo—. Pero Grant está bien.
—Genial. Bueno, estoy aquí para instalar su nuevo sistema de seguridad, lo que
debería demorar aproximadamente una hora.
—Adelante. —Abro más la puerta y lo hago pasar.
Ana está pisándome los talones mientras sigo al tipo más adentro de mi
departamento, donde comienza a descargar un pequeño juego de herramientas.
—No entiendo —dice, girando para enfrentarme—. ¿Jason no va a viajar con el
equipo?
Me aclaro la garganta y la llevo al pasillo donde tendremos un poco más de
privacidad.
—No. Con la suspensión, ni siquiera tiene permitido ingresar a la propiedad del
equipo.
—Oh. —Su rostro cae—. Y crees que podría…
Mi garganta se aprieta ante la expresión de su rostro.
—No. —Lo más probable es que no intente nada. Ahora no. Al menos, espero que
no, pero claramente no conozco al tipo tan bien como pensaba.
Todavía no puedo creer que Ana pasó dos años con ese cabrón. Odio pensar en lo
que atravesó. Puedo no saber lo que es el amor, pero estoy malditamente seguro de que
66 sé lo que no es el amor.
—¿No es seguro aquí? ¿De eso se trata esto?
La alcanzo y coloco una mano en su hombro. Es un toque destinado a calmarla,
pero en cambio, puedo sentir lo tensa que está. Mierda. Esto es mi culpa. Nunca fue mi
intención hacerla sentir nerviosa.
Dejo caer mi mano de su delgado hombro y la meto en mi bolsillo.
—No, no es nada de eso. Es sólo que he querido hacer esto por un tiempo.
Su mirada de incredulidad dice que no está tan segura de que le esté diciendo la
verdad.
—Sólo pensé que esto podría hacerte sentir más segura mientras me voy.
—Es sólo una noche —dice frunciendo el cejo.
—Sí…
—Y soy más dura de lo que parezco.
—Lo sé —digo rápidamente.
Inhala, sus fosas nasales ensanchándose. Aparentemente, respondí demasiado
rápido. Ahora ella no cree que quise decir lo que dije.
—Déjame hacer esto, Ana.
—Es tu condominio, Grant. No voy a detenerte. Pero ya has hecho un montón de
cosas.
—No ha sido ninguna dificultad. —Esa es la completa verdad.
Luciendo incómoda, cambia su peso.
—Bueno, prometo estar fuera de tu camino pronto.
—Nunca te pedí que te fueras. —La miro a los ojos, sosteniendo su mirada.
—No, eres demasiado caballero para hacer eso.
Froto una mano sobre la barba incipiente de mi mandíbula.
—Nunca había sido llamado así.
67 Sonriendo, se ablanda.
—Bueno, lo eres. No sé qué hubiera hecho sin ti —dice en voz baja, su mirada
marrón manteniéndose firme en la mía.
Un momento de silencio pasa entre nosotros.
—Lo habrías resuelto.
Asiente con la cabeza.
—Supongo que sí.
Y lo habría hecho. Estoy seguro de eso, incluso si ella no lo está.
—Tengo que irme en una hora, pero te traje algo. —Agarro una bolsa de compras
de la parte superior del clóset y se la doy. Cuando comienza a abrir la bolsa, suelto—: Es
sal de baño. Para cuando uses la bañera ahí.
Me sonríe.
—Gracias.
El tipo de la compañía de seguridad llama desde la otra habitación con una
pregunta, asiento una vez hacia Ana y luego me voy.
Una hora más tarde, el sistema de seguridad está listo y el técnico se ha ido. Agarro
mi maleta con ruedas de mi habitación y me detengo en la sala de estar donde Ana está
sentada en el suelo con Hobbes.
—Oye. Ya me voy. De lo contrario, llegaré tarde y recibiré mierda del entrenador.
Levanta la vista, su mano todavía frotando perezosamente el vientre expuesto de
Hobbes.
—Okay. Bueno, que tengas un vuelo seguro y espero que marques muchos goles.
Sonrío ante su ternura.
—Gracias, haré mi mejor esfuerzo. ¿Recuerdas el código de seguridad?
Asiente.
—Sip, lo tengo.
Agarro el asa de mi maleta con ruedas, luego hago una pausa cuando Ana se pone
68 de pie y envuelve sus brazos alrededor de mí en un abrazo inesperado.
Momentáneamente aturdido —y totalmente desacostumbrado al cálido afecto
femenino— me quedo ahí como una estatua hasta que da un paso atrás y soltándome.
—Lo siento —dice con una sonrisa.
—Mantente a salvo, ¿okay?
Asiente, y con una lenta exhalación, me dirijo a la puerta.
Bajo por el elevador y entro en el garaje de estacionamiento cuando me golpea.
Olvidé mi neceser. No tengo otra opción que dirigirme de vuelta a mi departamento.
Suspirando, coloco mi maleta en el auto y hago el viaje de regreso al piso de arriba.
Al abrir la puerta principal, ya no veo a Ana en el suelo con Hobbes. Levanta la
cabeza y me mira parpadeando.
Mientras me dirijo por el pasillo, no veo ninguna señal de ella, así que llamo—: Oye,
volví. Sólo necesito agarrar algo.
Sin respuesta.
Eso es raro. Pero, como sea, realmente necesito ponerme en camino.
Entro en mi habitación y abro la puerta del baño principal contiguo. Y entonces mi
corazón jodidamente se detiene.
Porque parada en el centro de mi baño, completamente desnuda e inclinada para
ajustar el grifo, está Ana.
Cremosa piel pálida.
Senos llenos.
La elegante curva de su espalda baja que conduce a un trasero agradablemente
redondeado.
Oh, carajo.
Tan pronto como se gira para mirarme, cierro los ojos de golpe y Ana deja escapar
un grito.
—Lo siento. —Levanto ambas manos, mis ojos aún firmemente cerrados—. Lo
siento jodidamente mucho.
Escucho un zumbido de tela cuando supongo Ana agarra una toalla de la barra y
la asegura alrededor de ella.
69
—Estoy bien ahora —dice, su voz ligeramente presa del pánico.
Abriendo mis ojos, noto que la bañera está llena de burbujas y agua humeante, y
bajo las manos a los costados.
—Olvidé mi neceser. No sabía que estabas aquí.
Su mirada va de la mía al mostrador. Agarra la bolsa de fieltro gris que dejé y me
la arroja.
—Lo siento, Ana —digo con firmeza, esperando que sepa que digo en serio esas
palabras.
Asiente y suelta una exhalación temblorosa.
—Está bien.
Y luego hago lo que cualquier hombre haría.
Me doy la vuelta y huyo como un puto cobarde.
UNA LUZ DE ESPERANZA
Mi corazón sigue martillando durante mucho tiempo después de que Grant cierra la
puerta del baño.
No puedo evitar repetir el momento mortificante una y otra vez en mi cabeza. Yo,
desprevenida, inclinándome sobre la bañera para probar el agua. Grant, distraído, desde
la puerta de entrada de su baño, sólo para encontrar a una mujer desnuda gritándole
espantada como si fuera algún intruso pervertido.
¿Sabía que me iba a meter en la bañera? Por supuesto no. Sólo soy invitada que lo
ha estado molestando durante un par de días. Bueno, ahora él definitivamente está
70 pensando sobre esa invitada, considerando que claramente vio sus tetas y su trasero
hace diez minutos. Santo Dios.
Me siento en la tina, preocupándome sobre eso durante tanto tiempo que el agua
se enfría y mis dedos se vuelven pasas.
Fue un accidente, Ana. Tienes que superar esto, o no puedes esperar que él haga
lo mismo. Además, es justo, después de que lo vi en ropa interior esa primera noche.
Agudizo mis oídos, escuchando una vez más por cualquier sonido desconocido,
asegurándome de que realmente soy la única en este condominio. Entonces, cuando
estoy convencida de que los únicos sonidos son aquellos de un Hobbes ansioso, sus
patitas repiqueteando desde la puerta principal hasta la puerta del baño y viceversa,
salgo del agua.
El aire es fresco y mi piel está cubierta con una fina capa de piel de gallina, mis
pezones en posición de firmes. Tengo frío, pero mi núcleo está caliente. Hay una
pulsación profunda en mi centro, una vocecita que no he escuchado en mucho tiempo
preguntando, Oye, ¿qué está pasando aquí? Ignoro la voz, alcanzando una toalla para
secarme. Si escucho esa vocecita, terminaré volviendo al agua para hacerme algo que es
completamente indecente.
Después de vestirme, lavo un montón de ropa y luego me preparo una cena
temprana. Mientras espero a que se cocine mi sándwich de queso a la parrilla, tengo que
admitir que me da una agradable sensación de satisfacción saber que el sistema de
alarma está configurado. Incluso si me siento un poco culpable de que Grant lo haya
instalado sólo por mí —a pesar de lo que dijo.
Intento ver una película, pero estoy tan distraída que apenas asimilo una palabra.
Abandonando la película a la mitad, me dirijo a la habitación de invitados. Después de
doblar la ropa, me pongo el pijama y me acurruco en la cama con Hobbes. No estoy
segura de cómo se siente Grant acerca de los perros sobre los muebles… eso me parece
algo de lo que deberíamos haber hablado. Pero Hobbes está tan en paz, acurrucado
contra mi costado, que no tengo el corazón para empujarlo.
Saco mi teléfono, ignorando todas las llamadas perdidas y mensajes de Jason, y
abro el contacto de Grant. Con dedos hábiles, escribo mi mensaje.
78
ACOPLÁNDOSE
—Y luego me hizo prometer que no se lo diría a nadie —dice Asher con una sonrisa.
Bueno, es seguro decir que el gato está fuera de la bolsa con eso. ¿El tema de
conversación de esta noche? La vez que uno de los novatos, Landon, fue testigo de cómo
la prometida de Asher le estaba dando una mamada.
Dios, juro que mis compañeros de equipo son idiotas.
Ahora estamos en el bar, y aunque no podemos tomar nada más fuerte que
refrescos y limonada la noche antes de un juego, al diablo si vamos a la cama antes del
toque de queda.
79
Pero sus extrañas historias sexuales son en realidad una mejora respecto a las
conversaciones de la cena que me vi obligado a soportar. En la cena del equipo de esta
noche, hubo demasiada plática de boda. Mi compañero de equipo Teddy y su ex
prometida y ahora nueva esposa, Sara, se acaban de fugar. Y otro compañero mío, Justin,
está planeando una boda con su novia de mucho tiempo, Elise. Owen está casado ahora
y Asher está comprometido. Sólo el par de novatos siguen solteros —bueno, y yo, por
supuesto.
Siempre me siento tan solo durante estas discusiones sin nada que contribuir a la
conversación además de un asentimiento en el momento oportuno.
Pero esta noche algo se siente diferente, porque todo en lo que puedo pensar es
en el hecho de que tengo una mujer viviendo en mi departamento ahora mismo, por
temporal que sea. Aun así, me gusta la idea de que tengo a alguien con quien volver a
casa después de este viaje. Me pregunto si mi casa olerá a ella, o tal vez a pan tostado
francés con mantequilla otra vez. Me encuentro sonriendo ante la idea de eso.
Siempre pensé que estaría casado a estas alturas, que tal vez incluso tendría un par
de niños llenando las recámaras de una casa grande en los suburbios. Un gran patio
trasero con juegos de fútbol táctiles, barbacoas y limonada. Es lo que imaginé cuando
era más joven, lo que esperaba. Pero a los treinta y dos, sigo soltero y vivo solo en un
condominio. Mis compañeros de equipo son mi familia y, aunque la mayoría de ellos son
años más jóvenes que yo, todos están empezando a encontrar a alguien especial y a
casarse. Es algo en lo que trato de no pensar a menudo.
Mi conversación telefónica con Ana antes todavía gira en mi cabeza, haciendo difícil
concentrarme en la conversación que me rodea.
Sé que cree que estorba, pero la verdad es que me gusta saber que está allí. Sólo
tener otro humano en mi espacio. Me encanta cómo se siente como en casa en mi cocina,
me encanta cómo arruga la nariz cuando su perro hace algo malo. Me gusta el sonido
de su risa y la forma en que tararea para sí misma cuando cocina. Es tan doméstica y
cariñosa, incluso con ese maldito perro. Sé que algún día será una esposa genial para un
hombre afortunado. Es una idea difícil de digerir, porque también sé que ese hombre no
seré yo.
Dios, la imagen de ella de pie desnuda en la bañera es una que no olvidaré pronto.
Curvas pálidas y senos llenos... mis manos ansiaban tocarla. No lo haría, por supuesto.
No podría.
80 —¿Qué opinas, Grant? —pregunta Jordie, devolviendo mi atención a la
conversación.
—¿Sobre qué?
Suspira, sacudiendo la cabeza.
—¿Sobre lo que le pasará a Kress una vez que termine su suspensión?
Es una pregunta estupenda y no tengo respuesta. Mientras tanto, hay una cosa de
la que estoy seguro.
Haré mi maldito mejor esfuerzo para mantener a Ana a salvo.
cediendo
La noche siguiente, me encuentro en la cama de Grant. Sus sábanas huelen justo como
él, limpio y terroso, recordándome al aire de la noche justo después de una tormenta
brutal. Desafortunadamente, la tormenta en el exterior todavía se desata y no hay
promesa de que se detenga pronto.
Recuerdos de esa fatídica noche destellan con cada relámpago, causando estragos
en cualquier sensación de calma que haya logrado. Soy demasiado mayor para estar
asustada de la oscuridad, pero eso no cambia el hecho de que lo estoy. Veo muerte y
destrucción acechando en sus sombras, y sentimientos de pánico se apoderan de mi
garganta, apretándola como una soga. Ya debería haber superado esta ansiedad y me
81 avergüenza no haberlo hecho.
En el eco de cada crujido, todavía puedo escuchar el teléfono sonando, el que está
junto al refrigerador en la cocina de mi familia. Luego escucho el apresurado arrastre de
las pantuflas de mi padre desde su puesto en la ventana de la sala hasta el teléfono. Fue
su llanto lo que me sacó de la cama, y caminé de puntillas hacia la cocina.
Nunca olvidaré el llanto casi animal de papá, o la vista de él derrumbado en el piso
de linóleo. Nunca lo había escuchado llorar antes de esa noche. Después me enteraría
de que el coche de mamá fue aplastado por el impacto de otro vehículo, las carreteras
resbalosas por la lluvia helada. Pero todo lo que sabía en ese momento era que algo
andaba terriblemente mal.
Cuando la tormenta comenzó alrededor de las nueve de la noche, logré
permanecer abrigada con Hobbes en la habitación de invitados durante la primera hora
de lluvia. Pero entonces los rayos comenzaron a pintar la habitación de blanco con
violentos trazos. Así que, con manos temblorosas, llevé a Hobbes conmigo a la recámara
de Grant, que es más grande y de alguna manera más acogedora con una gran cama
tamaño king y una alfombra de lana suave en el suelo. Y ya que no está en casa, no vi el
daño en acampar aquí por un tiempo hasta que pase la tormenta.
Después de dejar a Hobbes sobre el edredón azul oscuro, corrí hacia la única
ventana de su habitación para cerrar la pesada cortina, amortiguando el rugido del
trueno detrás de un solo panel de vidrio delgado y, gracias a Dios, las gruesas cortinas.
Una vez que me acurruqué en la cama, capté el aroma de Grant en la almohada,
masculino, con un toque picante de los productos que usa. Envuelta en sus sábanas, de
repente me sentí protegida. Es extraño cuan reconfortante es este olor.
Ahora, ya pasó al menos una hora. Estoy empezando a quedarme dormida, con la
nariz metida pecaminosamente bajo las suaves sábanas. Me encuentro saboreando cada
inhalación del reconfortante champú de Grant. ¿O es gel de baño? Ahí voy otra vez,
pensando en él en la regadera...
Clic.
Mis ojos se abren rápidamente, ajustándose a la repentina luz en la esquina de la
habitación. ¿Qué hora es?
Grant está en casa, sus anchos hombros una silueta contra el brillante interior del
clóset. Después de unos pocos parpadeos, puedo distinguir la forma completa de su
cuerpo, quitándose el traje que debe usar mientras vuela con movimientos cuidadosos
y silenciosos. Se mueve tan silenciosamente como puede, tratando de no despertarme.
82
Oh, no ... ¿cuánto tiempo he estado durmiendo? Por la forma en que sus sábanas
están enrolladas alrededor de mis piernas y mi perro no está en ningún lugar para ser
visto, han pasado horas.
Me sentiría avergonzada, pero estoy demasiado asombrada como para
preocuparme. No he dormido durante una tormenta en… al menos una década. Por lo
general, lo mejor que puedo hacer es tomar una pastilla para dormir y esperar que las
pesadillas no me dejen con tensión muscular por la mañana.
Sorprendentemente, la lluvia todavía cae afuera, pero el trueno es solo un retumbar
bajo. La niña que hay en mí quiere volver a sumergirse bajo el edredón y aprovechar
unas horas más de sueño tranquilo, pero el adulto sabe que tengo que devolverle la
cama a Grant. Y disculparse.
Me incorporo y Grant debe oírme moviéndome en su cama porque se da vuelta.
—Lo siento —murmura suavemente, con los ojos muy abiertos y las manos sobre
los botones de su camisa de vestir.
A través de la abertura de la camisa y la forma en que la tela empapada de lluvia
se adhiere a su pecho, puedo distinguir cada delicioso músculo. Incluso en la penumbra
de la habitación, estoy sorprendida con lo deslumbrantemente guapo que es este
hombre. Hermoso, incluso.
—No, yo lo siento —digo, aclarándome la garganta—. No estaba durmiendo bien
en la habitación de invitados debido a la tormenta. —Balanceo mis piernas desnudas
sobre el costado de la cama, frotando el sueño de mis ojos.
Grant echa un vistazo a la ventana cubierta con cortinas y luego da un paso hacia
mí.
—Lo supuse. —Asiente, señalando la puerta—. Iba a estrellarme en el sofá. Sólo
necesito cambiarme. Puedes quedarte ahí.
Mis labios se abren. Cierro los ojos con un suspiro de resignación, mi mirada baja.
No puedo evitar la sensación de que me estoy aprovechando de él. He trastornado
su mundo con mis problemas personales, ¿y ahora tengo la audacia de meterme en su
cama?
Cuando abro los ojos, veo los pies cubiertos por calcetines de Grant cruzar el piso
83 de madera hasta el costado de la cama, donde se para sobre mí. No puedo soportar
mirarlo a los ojos. No sé qué saldrá de mi boca si lo hago.
—¿Estás bien? —pregunta, con sus manos a los costados.
Afuera resuena un trueno y me sobresalto involuntariamente. No tengo tiempo
para patearme a mí misma por mi nerviosismo porque de repente estoy mirando
fijamente a dos ojos cálidos, mis hombros apretados con fuerza en sus manos mientras
Grant se arrodilla ante mí. Me siento increíblemente desnuda en este momento... incluso
más que cuando en realidad vio mi cuerpo desnudo.
—Oye, ¿qué puedo hacer? —pregunta, sus ojos escudriñando mi rostro con una
preocupación que nunca esperé.
No tengo idea de qué mosco me picó, pero en este momento, anhelo su atención
y cuidado, después de años sin tener ninguno de los dos. Es difícil no hacerlo cuando los
da con tanta libertad.
—Puedes... —Dudo, insegura de lo que voy a sugerir—. ¿Puedes quedarte aquí?
Es una pregunta atrevida, pero sus ojos no dejan los míos.
—No puedo dormir después de un juego. No quiero mantenerte despierta. —Su
voz es suave, pero profunda.
—No lo harás —le digo, deslizándome por el colchón. Acaricio el cálido espacio de
la cama junto a mí—. ¿Te recostarías aquí por un rato? ¿Junto a mí?
Parece considerar esto por un momento. Estoy segura de que se le ocurrirá alguna
excusa sobre respetar mi espacio, o algo igualmente tonto y caballeroso.
En cambio, siento que el colchón cede cuando se inclina sobre la cama,
recostándose cuidadosamente sobre su espalda para que su cuerpo esté frente al mío,
una mano entre su cabeza y la almohada. Mantiene una distancia segura entre nosotros,
su mirada pegada al techo, su expresión ilegible.
—Gracias —susurro, y me acuesto de lado, la almohada fría contra mi mejilla. Me
tomo un momento para mirar su perfil ahora, memorizando las tenues líneas alrededor
de sus ojos, el ángulo agudo de su nariz, el contorno grueso de sus labios.
Después de un prolongado momento de silencio, los labios de Grant se abren.
—¿Estás segura de que estás bien? —Su voz es tensa, como si estuviera nervioso
sobre algo.
84
Espero que no sea sobre mí.
—No sé —digo, mis emociones tambaleándose en algún lugar entre el miedo y la
fascinación. Porque tan fuerte como la lluvia golpea contra la ventana, el latido de mi
corazón late aún más fuerte en mis oídos—. Mi mamá murió la noche de una tormenta.
Me ha molestado desde entonces.
Me ha molestado son las palabras que uso, pero según el terapeuta que vi durante
años, en realidad es ansiedad. Hay pastillas que podrían ayudarme, pero nunca me
molesté en tomarlas. Me hacían sentir inquieta y extraña.
—¿Cómo puedo ayudar?
Grant gira la cara lo suficiente para que sus ojos puedan encontrarse con los míos.
Soy un charco mantecoso en la calidez de su mirada.
—¿Sostenerme? —Saco las palabras sin pensar.
La tormenta de afuera es como un vago recuerdo. Ahora, el único sonido que
puedo escuchar es mi sangre bombeando por mis venas. ¿Qué estoy haciendo? Sí, tener
sus brazos alrededor de mí ayudará, pero no tengo derecho de pedirle eso.
—¿Cómo? —pregunta, inseguro de lo que quiero.
—Así —murmuro, mi cabello se arrastra sobre la almohada mientras me inclino
hacia él, acurrucando mi mejilla contra su ancho pecho.
El alivio que me invade es instantáneo, y no puedo evitar pasar mi mano por su
abdomen, descansándola en la hendidura entre sus firmes músculos pectorales, mis
dedos jugando con los botones de su camisa todavía húmeda. Suspiro. Él simplemente
se siente tan bien.
A pesar de mis caricias, Grant está increíblemente quieto. No puedo decir si siquiera
está respirando. ¿Tal vez está esperando instrucciones? ¿Permiso?
—Pon tu brazo alrededor de mí —susurro, mis párpados cayendo.
Lo hace, lentamente, y en poco tiempo, estoy encerrada en su firme pero suave
abrazo.
Oh, por Dios. No me doy cuenta de que estoy llorando hasta que una lágrima
resbala por mi nariz y al cuello de su camisa.
—Está bien tener miedo —murmura, presionando sus labios contra mi cabello.
85 La voz de Grant resuena agradablemente en mi oído, y me acurruco más en sus
brazos con otro suspiro tembloroso. El acto simple y sincero, y sus amables palabras me
consuelan más de lo que pensé que harían.
—Estás a salvo. Respira, cariño. Estás a salvo conmigo. No voy a dejar que te pase
nada.
Lo hago, inhalando una respiración larga y soltándola con la misma lentitud.
—Eso es todo. Hazlo otra vez por mí.
Inhalo otra vez, respirando hondo para poder sentir mi caja torácica expandirse, la
plenitud de mis pechos rozando su firme pecho.
—Si necesitas hablar —dice con voz profunda—, estoy aquí. No soy bueno en ese
tipo de cosas, pero puedo escuchar.
—Está bien. —Exhalo lentamente—. Estoy bien. Sólo, ¿me abrazas un minuto más?
—Lo que sea.
Nos quedamos así durante varios minutos. La temperatura en la habitación parece
subir hasta que se vuelve húmedo entre nosotros, el aire cargado de tensión. Y tentación.
Y algo más que no puedo señalar.
Mis próximas palabras brotan de mí como lluvia de un canalón.
—Gracias. No sé qué haría sin ti.
Cuando Grant no responde, mis dedos se deslizan por su pecho hasta su garganta,
y a lo largo de la línea definida de su mandíbula rasurada. Con una mano temblorosa,
atraigo su rostro hacia el mío, nuestros ojos encontrándose en la oscuridad del cuarto.
—¿Me escuchaste? —pregunto, mi mirada vagando entre sus ojos y labios.
Su lengua se apresura a lamer sus labios, dejando un brillo hipnotizador.
—Sí —exhala y dice en voz baja—. No hay pr—
Llevo mi boca a la suya en un beso sin aliento, maldita sea la humildad.
Grant gruñe en voz baja, su mano disparándose para agarrar mi mandíbula con
dedos callosos. Sus labios son pecaminosamente suaves contra los míos, y se mueven
lentamente, sin pedir demasiado muy pronto. Presiono contra él, mis dedos
86 enroscándose en el cabello de su nuca con una desesperación gestando en mi vientre
que no he sentido desde... tal vez nunca.
Me aparto, presionando mi pulgar contra su labio inferior.
—¿Esto está bien? —susurro, rezando para que él diga, Sí, esto está más que bien.
Grant no habla, su respiración es irregular y lenta. Froto mi pulgar por su labio
inferior lleno. Lleva mi pulgar a su boca, atrapando la yema de mi dedo en sus dientes.
Contengo la respiración mientras Grant desliza sus dedos por la cortina de cabello que
cubre mi clavícula, tirando de ella sobre mi hombro para revelar la longitud de mi cuello.
Se mueve deliberadamente y se inclina para presionar sus labios contra los míos en
un beso lento, su palma descansando firmemente en la unión de mi cuello y mi hombro.
Suspiro en su beso, abriendo mis labios para su lengua buscadora. Un gemido
escapa de mi garganta cuando roza el contorno de mi oreja con sus dedos, y una
corriente eléctrica corre desde la parte superior de mi cabeza hasta los dedos de mis
pies.
Actuando por instinto, lo jalo encima de mí, saboreando la forma en que su ancho
cuerpo cubre el mío. Tiene cuidado de no aplastarme, pero yo no quiero la cautela.
Levanto las caderas del colchón para presionarlas contra las suyas, la hebilla de su
cinturón rozando deliciosamente mi punto más sensible. Grant suelta un gemido,
dejando caer sus labios en mi cuello. Dejo que mis ojos se cierren, embriagada de su
aliento caliente contra mi piel sensible.
—Por favor —susurro, cuando los labios de Grant pausan contra mi piel en un
momento de duda.
Por favor no pares ahora.
87
CALIENTE Y PESADO
De pie frente al espejo del baño de invitados y usando nada más que una toalla, miro
mis mejillas sonrojadas y mi cabello enredado.
Anoche fue inesperado, y sí, un poco loco, puedo ver eso ahora. Fue caliente y
apasionado y al mismo tiempo, tierno. Más tierno de lo que esperaba que fuera el sexo
con un hombre tan enorme y amenazante.
Pero el cuerpo de Grant se movió con la confianza de un amante experimentado,
exprimiéndome hasta la última gota de placer antes de finalmente dejarse ir, con un
delicioso gruñido bajo y un profundo gemido retumbante. La sensación de su barba
93 incipiente contra mi piel, la forma en que sus dientes rozaron mi cuello justo antes de
llegar al clímax... Su grande cuerpo posicionado sobre el mío, su impresionante longitud
me estiró con ardor bien recibido. El recuerdo hace que mis músculos internos se
contraigan en homenaje a lo increíble que fue el sexo.
Todo lo que quería en ese momento era que borrara todos los recuerdos
desagradables que habían nublado mi cerebro durante la última semana. Y fui tan
codiciosa, tomando primero el consuelo que me ofrecía y luego el placer. Tanto placer,
fue deslumbrante, consumidor. El mejor sexo de mi vida, en el que trato de no
concentrarme porque no estoy segura de que vuelva a suceder.
El sexo con Jason fue bueno. Pero no había nada simplemente bueno en acostarse
con Grant.
Primero, él es enorme, en todas partes. Me estremezco incluso ahora ante el
recuerdo de meter la mano debajo del elástico de su bóxer por primera vez. Y segundo,
estaba tan confiado, tan seguro. La forma en que se movía. La forma en que me besó.
Con control total y enfoque láser.
Santo Dios. Respiro hondo, ignorando la forma en que mi mitad inferior hormiguea
sin mi permiso.
Okay, basta, Ana. Nada bueno puede salir de esto. Fue algo de una sola vez.
Grant ha sido muy amable conmigo, un buen amigo. No voy a usarlo como una
aventura sin valor por despecho. Y Dios sabe que ciertamente no estoy preparada para
algo más serio que eso, de todos modos.
Necesito tomarme los próximos meses como tiempo para mí, tiempo para aclarar
mi mente y concentrarme en mí misma, y eso no incluye saltar a la cama del compañero
de equipo de mi ex, sin importar cuán deliciosamente sexy sea. Pero estar cerca de Grant
me hace nudo el estómago con algo caliente y urgente. Estoy confundida acerca de
muchas cosas, pero mi atracción por él no es una de ellas.
Por eso tendré que estar más atenta para asegurarme de que permanezcamos en
la zona de amigos de ahora en adelante.
Con esa decisión tomada, me siento más a gusto, más lúcida que en días. Paso mi
cepillo por mi cabello, el primer paso para tratar de recomponerme.
Es más fácil decirlo que hacerlo.
94
FUERA DE PRÁCTICA
Después de pasar la noche con Ana en mi cama, me despierto en la mañana con las
sábanas arrugadas y su aroma en la almohada. Ella no está.
Me mantengo ocupado la mayor parte del día, primero con equipo de patinaje y
luego dejando un par de bolsas llenas de comestibles en el refugio para personas sin
hogar local, como hago todas las semanas. Considero volver a la tienda para comprar
aún más comestibles, pero no puedo quedarme fuera de mi departamento para siempre.
Puede que esté evitando ir a casa. Okay, lo estoy. Pero no debería haberme
acostado con Ana anoche, y eso se ha vuelto obvio a la luz del día.
95 Pero cuando la vi acurrucada en mi cama anoche, su rostro tenso por el sueño, algo
se retorció dentro de mí. He visto a muchachos inconscientes en el hielo después de un
golpe brutal, he visto a jugadores con huesos rotos y conmociones cerebrales y todo
tipo de lesiones graves. Pero nunca había visto a alguien tan indefenso y desesperado
mientras dormía.
La urgencia de meterme en la cama a su lado y abrazarla, incluso antes de que ella
me invitara, fue una punzada aguda de necesidad. No hace falta decir que no tengo idea
de lo que estoy haciendo, porque no soy el tipo al que acudes en busca de apoyo
emocional o consuelo. Pero para Ana, todo lo que quiero en el mundo es la oportunidad
de volver a verla sonreír.
Decidiendo que no puedo permanecer lejos por más tiempo, giro mi auto hacia
casa y llamo al entrenador en el camino hacia allí.
—Ey, Grant —dice, respondiendo al primer timbre. Es casi como si estuviera
esperando que lo llamara. Por otra parte, tal vez lo estaba. Dijimos que hoy tocaríamos
base.
—Hola, entrenador. —Me aclaro la garganta, decidiendo ir directo al grano en lugar
de perder el tiempo en cordialidades—. ¿Alguna noticia sobre Kress?
—De hecho, sí, ha habido un cambio.
Cuando duda por un momento, de repente me aterroriza que me diga que han
levantado la suspensión y reinstalado al imbécil abusivo. Si eso sucede, mis días de
capitán de este equipo llegarán a un final rápido y desafortunado. Porque seré yo quien
será suspendido, ya que estoy bastante seguro de que la violencia física contra un
compañero de equipo está mal vista. Y estaba esperando una excusa para patearle el
culo a Kress desde aquí hasta el próximo domingo.
Finalmente, el entrenador continúa, y las siguientes palabras que salen de su boca
son las últimas que espero.
—Ha sido expulsado —Lo que significa que lo trasladarán a nuestro equipo de
afiliados en Wisconsin, a cuatro mil kilómetros de distancia. Mierda.
La noticia me golpea como un puño en el esternón. Euforia y alivio se apoderan de
mí, junto con una sensación de calma que no había sentido desde que comenzó todo
este lío. Tal vez todo esto salga bien. Tal vez Ana tenga el nuevo comienzo que se
96 merece.
—Entendido. Gracias por la actualización.
—Claro. ¿Algo más?
—¿Crees que ella debería, ah, presentar cargos? —digo después de una pausa.
En lugar de decirme que me ocupe de mis propios asuntos como casi esperaba que
lo hiciera, el entrenador se lanza a una larga explicación sobre una conversación que
tuvo con el abogado del equipo. Aparentemente, incluso si Ana estuviera dispuesta a
presentar cargos, casos como éste rara vez llegan a ninguna parte. Lo cual es, por
supuesto, una auténtica pendejada.
—Depende de ella, por supuesto —dice—. Sólo te estoy dando mi humilde opinión.
Con un suspiro de derrota, gruño mi reconocimiento.
—Gracias, entrenador.
—Cuando gustes. Hablamos pronto, Grant.
Terminamos la llamada justo cuando llego a mi edificio. Después de estacionarme
en el garaje, subo las escaleras.
—¿Hola? —Llamo en el condominio vacío. Hobbes corre a saludarme, pero Ana no
se encuentra por ningún lado. Ella todavía debe estar en el trabajo.
Me obsesioné con verla hoy, quedándome a propósito fuera de mi casa todo el día,
y ella ni siquiera está aquí. De suponer.
Después de sacar a Hobbes, miro la hora. Son casi las seis. No estoy seguro en qué
turno Ana podría haber estado trabajando hoy, o cuándo esperarla, pero decido seguir
adelante y pedirnos la cena. Podría tener planes con su amiga... diablos, ella podría haber
vuelto con su ex para lo que sé. Es un pensamiento que duele más de lo que quiero.
Después de pedir un par de pizzas y una ensalada de espinacas, tiro mi teléfono en
el sofá y espero. No pasa mucho tiempo antes de que Ana llegue, colocando su bolso
en el mostrador al entrar.
—Ey —dice con voz alegre, mirándome a los ojos.
—Ey —respondo, mi voz un poco ronca.
97 Abre la boca para decir algo más, pero el zumbido del intercomunicador la distrae.
—Pedí pizza —digo, presionando el botón para permitirle al repartidor acceder al
edificio.
—Oh, eso es perfecto —dice—. Voy a sacar a Hobbes y luego—
Levanto una mano.
—Ya me encargué.
La boca de Ana se contrae con una sonrisa.
—Eres demasiado amable conmigo. ¿Ya te lo dije?
Sacudiendo mi cabeza, me rio de ella. ¿De qué estaba tan preocupado antes? Las
cosas no se sienten diferentes entre nosotros. A menos que cuentes el zumbido de la
atracción que estoy tratando de ignorar.
—No fue nada.
—Entonces supongo que iré a cambiarme y a lavarme para la cena.
Asiento con la cabeza.
—Suena como un plan.
Con su atuendo habitual de trabajo de pantalones de yoga y una camisa con el
logo del spa, se va a cambiar.
No estoy seguro de si debería ir por el elefante en la habitación y disculparme por
lo de anoche, pero hasta ahora, Ana no parece perturbada o molesta por lo que hicimos
anoche, así que me quedo callado.
Para cuando regresa vestida con un par de pantalones de yoga diferente y una
camiseta holgada, tengo las cajas de pizza abiertas y dos platos en la isla. Saca un plato
de comida para perros para Hobbes, que él ataca con entusiasmo.
—Sírvete —digo, señalando con la cabeza hacia la comida en la barra.
—Gracias. —Ella sonríe antes de tomar una porción de cada tipo de pizza y una
gran porción de ensalada.
Nos acomodamos uno al lado del otro en mi sofá y comenzamos a comer.
Miro en su dirección.
—Entonces, anoche...
98
Se muerde el labio inferior grueso y su mirada se dirige a Hobbes.
—No tenemos que hablar de eso.
No estoy seguro de qué hacer con su comentario. ¿No quiere hablar de eso? ¿O
no quiere que lo haga por obligación?
Me aclaro la garganta y empiezo otra vez.
—Está bien. Eh, ¿cómo estuvo tu día?
Se lanza a contar una historia sobre un cliente que tuvo hoy, una mujer que estaba
embarazada de nueve meses y sufría de dolor lumbar. Pensó que necesitaba un masaje
prenatal, pero resultó que estaba en las primeras etapas del parto. Ana esperó con la
cliente mientras llamaba a su médico y luego a su esposo.
Ana me mira con una rebanada de pizza en una mano.
—¿Tú qué tal? ¿Estuviste ocupado?
Asiento con la cabeza.
—Sí. De hecho, tengo una pequeña actualización para ti. Hablé con el entrenador
hoy.
—Oh. —Su rostro se cae. Se está preparando para las malas noticias, como lo hice
yo.
Aclarándome la garganta, aparto el plato.
—La suspensión sigue vigente durante siete juegos más, pero Kress se va a mudar
al sur. Se dirige a Wisconsin.
—Guau. —Los hombros de Ana caen cuando la noticia llega… inesperado.
Asintiendo, toco su hombro.
—Lo sé. Pero es una buena noticia, ¿verdad?
—Lo es —dice rápidamente, mirándome a los ojos.
Una chispa de electricidad me atraviesa al recordar la noche anterior. Mierda.
El sexo entre nosotros fue increíble. Pero no podemos volver a hacerlo. Fue muy
inapropiado por mi parte cruzar esa línea. Aun así, no puedo arrepentirme. Incluso si
99 nunca volverá a suceder.
Ella muerde su labio inferior entre sus dientes mientras considera la noticia de que
Jason se va. Hay un brillo en sus ojos del que no puedo apartar la mirada.
Déjalo, viejo, ella no es tuya. Nunca será.
Poniéndome de pie, llevo mi plato a la cocina.
—Estoy cansado. Creo que me voy a acostar temprano esta noche.
Ana me mira con una expresión curiosa desde su lugar en el sofá.
—Está bien —murmura mientras Hobbes se acomoda a sus pies, pidiendo un trozo
de comida.
—Buenas noches —digo mientras me dirijo.
La verdad es que ni siquiera estoy un poco cansado. Simplemente no confío en mí
mismo para estar a solas con ella en este momento.
Ana no es mi juguete para jugar, y necesito recordar eso.
HORA DE SER UN ADULTO
No debería estar aquí hoy. Debería haber enviado por correo esa pequeña tarjeta de
arrepentimiento junto a un regalo.
¿Qué demonios estaba pensando? Un baby shower no es mi escenario. Si no lo
sabía antes, eso se ha vuelto muy claro en los últimos cinco minutos.
La prueba A es mi portero estrella, que actualmente tiene los ojos vendados y está
tratando de distinguir los pañales sucios de los limpios usando sólo su sentido del olfato.
Aparentemente, algunos pañales selectos han sido rociados con algo llamado spray de
pedos de la tienda de bromas.
108 Hasta ahora, no me he aventurado a la sala donde se juegan los juegos, prefiero
quedarme cerca de la cocina donde hay cosas buenas y normales, como la cerveza. Y sin
spray de pedos. Normalmente no soy un gran bebedor, pero basándome en el hecho
de que dos de mis jugadores simplemente chocaron el pecho por su victoria de vestir a
una muñeca más rápido que sus prometidas, estoy agradecido por la cerveza. La cerveza
es buena. Los baby showers son malos.
Ana me mira desde el otro lado de la habitación, encontrando mi mirada con una
mirada insegura.
Al menos vino hoy conmigo. Honestamente, ella es la razón por la que estoy aquí.
Ana parecía encantada con la idea de venir aquí hoy. Se bañó y luego se secó el
cabello en ondas sueltas, que es diferente de la simple coleta que suele usar para trabajar,
y huele jodidamente fantástico. Luego se tomó su tiempo para envolver elaboradamente
un gran regalo en papel amarillo y verde pálido. Esa fue mi primera pista de que Owen
y Becca aún no conocen el sexo de su bebé.
Tal vez debería haberlo sabido ya. Pero para ser honesto, aunque es uno de mis
mejores jugadores y un gran activo para el equipo, Owen y yo siempre hemos sido sólo
compañeros de equipo. Grandes compañeros de equipo, no me malinterpreten, pero en
términos de amistad, nunca llegamos allí. Él es un tipo de hombre de vida de fiesta y
tiene un gran círculo de amigos, como lo demuestra el gran grupo que se presentó hoy
para él.
Bien por él. Él se lo merece. Yo soy más del tipo solitario.
El centro, normalmente temperamental, Justin Brady, está corriendo para ganarle
al reloj mientras cambia el pañal a una muñeca, y el amante de la diversión Teddy King
está sonriendo como un loco mientras corre contra él. El novato de veinticinco años,
Jordie Prescott, está sentado solo en la mesa del comedor tomando una cerveza.
Siempre está solo en los eventos de equipo, como normalmente lo hago yo. La única
diferencia es que hoy vine con Ana, que obviamente es algo temporal.
—Viejo, trae tu culo aquí y juega —dice Asher, el rubio de uno noventa y cinco,
con una sonrisa arrogante—. Owen nos está pateando el culo.
—¡Vamos, Capi! —dice Teddy—. Muéstrales cómo se hace.
Gimo una no-respuesta. Puede que yo sea el mayor aquí, pero ellos no saben que
no tengo ni idea de los asuntos relacionados con los bebés, o cualquier cosa doméstica,
109 para el caso. Sí, de vez en cuando cocino para mí, pero eso es todo. Ni siquiera lavo mi
propia ropa.
Haciendo caso omiso de sus súplicas, observo cómo Ana hace una pequeña charla
con la futura mamá, Becca, tocando la redondez de su vientre con una expresión de
júbilo.
Algo dentro de mí se retuerce ante la tierna sonrisa de Ana. Dios, tal vez estaba
siendo un idiota al no querer venir. Ella claramente necesitaba esto hoy. Necesitaba estar
rodeada de amigos y jugadores de hockey que jugaran juegos tontos. Dejo escapar un
suspiro y froto una mano sobre la parte de atrás de mi cuello justo cuando Jordie se
acerca.
—Ey, hombre —dice, deteniéndose a mi lado.
—Ey —digo, dándole un levantamiento de barbilla.
—Locas noticias sobre Kress, ¿eh? —Su voz es baja, su mirada vaga hacia Ana—.
¿Está bien?
Debe haber visto las imágenes en las noticias. Todos lo hicieron, estoy seguro. Por
eso es aún más importante que todos la traten como de costumbre hoy. No me gustaría
que nadie caminara sobre cáscaras de huevo o la hiciera sentir cohibida. Y hasta ahora
todo va bien.
—Bueno... —Me aclaro la garganta, estancando—. Primero, es asunto de ella. Pero
es una chica fuerte, y sí, creo que va a estar bien.
Jordie asiente.
—Entendido.
Una vez que los cupcakes han sido comidos y se han abierto los regalos, me
detengo junto a Ana, con cuidado de mantener cierta distancia física entre nosotros. No
tiene sentido confundir mi cuerpo, y probablemente ambos preferimos mantener a
nuestros amigos en la oscuridad sobre lo que pasó entre nosotros la otra noche.
Hasta donde todos saben, Ana y yo sólo viajamos juntos hoy. No saben que vivimos
juntos y quiero que siga siendo así.
—¿Estás lista para salir de aquí? —pregunto después de que algunas personas
más se hayan filtrado y la fiesta termine.
Ella me mira con suavidad en sus ojos y asiente.
110 —Claro.
Becca nos abraza a los dos en la puerta e intenta que tomemos algunos de los
cupcakes extra. Ambos declinamos cortésmente.
De camino a casa, Ana está callada, mirando tranquilamente por la ventana del
pasajero mientras conduzco. Tengo algo que decirle, pero decido esperar hasta que
lleguemos al departamento.
—Hoy fue divertido —dice, rompiendo el silencio después de unos minutos—.
Owen es tan exagerado. —Ella sonríe, probablemente recordando los tontos juegos del
baby shower.
—Sí —murmuro, riendo.
—Estoy tan feliz por Owen y Becca —Ella sonríe—. Van a ser padres maravillosos.
Si tan solo hubiera podido ver a Owen en su apogeo de playboy. Era bastante
hedonista. Pero sí, la vida de casado ciertamente ha sido buena para él.
Unos minutos más y llegamos a mi casa. Cuando abro la puerta, Hobbes viene
corriendo.
—Voy a buscar a alguien que lleve estas al sótano por ti —murmuro mientras
rodeamos las cajas apiladas en el vestíbulo.
Ana suspira y coloca una mano en su cadera.
—Sé que no estás feliz de que haya ido allí cuando te fuiste —dice, viendo a través
de mi tono breve—. Fue mi decisión. Y no estaba sola.
Me lamo los labios y asiento.
—Lo siento. Tienes razón.
Ana ya ha vivido con un idiota controlador y no planeo ser el segundo. Es su vida y
estas son sus cosas. Tenía todo el derecho a ir a buscarlas.
Aun así, desearía haber ido con ella.
Pero ahora que lo pienso, hubiera sido una idea terrible. No habría tenido ninguna
razón para no patear el culo de Kress ahora que no es miembro de mi equipo. Aun así,
al menos podría haber enviado una empresa de embalaje y mudanza. Algo.
Haciendo una pausa en la cocina, paso una mano por mi nuca.
113
Cuando entro a los vestidores la mañana siguiente, la vista delante de mí no debería
ser una sorpresa. Pero lo es. Porque Jason no debería estar aquí, aun así, aquí está,
parado ahí vaciando su caseta mientras el resto del equipo se cambia de ropa para el
entrenamiento.
Supongo que creí que se escabulliría a deshoras y lo haría sin una audiencia. O,
diablos, incluso haría que uno de sus asistentes personales lo vaciara por él y le mandara
su mierda. No he visto su cara desde que la suspensión comenzó, y me había empezado
a convencer de que nunca lo haría.
Jason asiente.
—Todavía voy a estar jugando hockey, incluso si es en las ligas menores por un
rato. Además, tuve sexo esta mañana, luego tuve un largo baño y una taza de café. La
vida es buena, hombre.
—¿Ana?
Mis ojos se abren de golpe y la suave iluminación del techo del salón de masajes
se va enfocando poco a poco. Hay una textura similar a la de una alfombra como una
alfombra contra mi piel... espera, sip, estoy en el suelo.
¿Qué demonios?
—¿Estás bien? —Casi en cámara lenta, Georgia se desliza en mi visión. Está a mi
lado, con una mano en mi hombro y la otra rebuscando en su bolsillo.
115 —¿Qué pasó? —pregunto, con el cejo fruncido mientras intento averiguar qué
demonios pasó. Una mujer mayor está medio tumbada, medio inclinada sobre la mesa
de masaje, mirándome con los ojos muy abiertos, y mis manos están resbalosas con
aceite. Oh, mierda.
—Te desmayaste durante una sesión —murmura Georgia, con preocupación
coloreando sus rasgos—. Maldición, debo haber dejado mi teléfono en el escritorio. Voy
a buscarlo. ¿Cómo te sientes? ¿Debo llamar a una ambulancia? Sip, debería llamar a una
ambulancia.
—No, no —protesto, sacudiendo la cabeza con demasiada agresividad, lo que hace
que mi visión se vuelva a nublar. Wow, estoy muy mareada—. Es sólo un mareo. Estoy
bien. Puedo terminar... —Hago un movimiento para levantarme, y decido
inmediatamente que eso no va a suceder y me vuelvo a sentar en el suelo.
—Ni se te ocurra moverte todavía —dice Georgia, con un tono severo.
Asiento, dejándola caer entre las manos.
—Tienes razón. No me siento muy bien. Puede que necesite ir a casa.
—Okay, yo te llevaré. ¡Devon! DEVON! —Georgia grita el nombre de la propietaria
hasta que se acerca corriendo, con expresión de pánico.
—¿Qué pasa? ¿Qué pasó? —Devon jadea cuando me ve—. ¿Ana? Estás muy pálida.
—Creo que tengo que ir a casa. —Logro decir, pero Georgia interrumpe.
—Se desmayó a mitad del masaje. No tengo ni idea de lo que pasó, pero voy a
llevarla a casa y a ponerla cómoda. ¿Puedes hacer que Maggie se ocupe de esta clienta
súper comprensiva mientras tú vigilas la recepción? —Ella asiente hacia la mujer de la
mesa, que puede estar más pálida que yo en este momento—. Hay que reprogramar las
citas de Ana, y también mi próxima cita.
—Por supuesto —Devon asiente, frenética—. Por favor, vete. ¿Necesitas algo antes
de irte, Ana? ¿Mentas? ¿Jugo de naranja?
—¿Hay jugo de naranja aquí?" pregunta Georgia con incredulidad.
—En mi refrigerador personal, sí.
Georgia intercambia una mirada conmigo y se encoge de hombros.
—Claro, nos vendría bien un jugo de naranja.
116
Levantarme del suelo y salir por la puerta no es precisamente fácil.
—Bueno, si supiera que desmayarme me daría acceso especial al refrigerador
personal de Devon, lo habría hecho hace tiempo —murmura Georgia.
Me río, y luego hago una mueca de dolor. Cada paso hace que mi cabeza dé vueltas
como un bendito molino de viento. Tardo un poco, pero Georgia me ayuda a subir a su
coche con la promesa de recuperar mi coche más tarde.
—Okay, ¿qué coño fue eso? —pregunta ella una vez que salimos del
estacionamiento—. Casi me matas del susto.
—Lo siento —digo, tomando un pequeño sorbo del jugo de naranja de la botella—
. Creo que tal vez no he comido lo suficiente esta mañana.
—¿Qué comiste?
—Avena. Un plátano.
—Me parece suficiente —dice, y tiene razón.
—No sé lo que es. —Aprieto los ojos, deseando no vomitar en el coche de Georgia.
El mismo coche que tan amablemente utilizó para ayudar a trasladar mis cosas hace unos
días. No puedo vomitar.
Ella debe sentir mi estrés porque su tono cambia drásticamente.
—No pasa nada —dice, con voz calmada—. Sólo dame la dirección de la casa de
tu amigo y te llevaré allí para que te instales. ¿Estará tu amigo en casa? No creo que
debas quedarte sola.
—Se llama Grant —murmuro, apoyando la frente en el frío cristal de la ventana del
acompañante—. Está en el equipo de hockey, y estoy segura de que estará en
entrenamiento.
Georgia jadea.
—O sea, ¿el equipo de hockey? Guao, okay, no me lo esperaba, pero me agrada.
No le he dicho que me estoy quedando con uno de los compañeros de equipo de
Jason. Supongo que me preocupaba que eso me hiciera parecer una especie de puta,
saltando de cama en cama, pero Georgia no parece juzgarme. Sólo parece sorprendida.
117 Supongo que yo también lo estoy. Nunca hubiera imaginado lo dulce que podía
ser Grant.
Cuando le doy la dirección, la marca en su teléfono y nos vamos. Sólo diez minutos
más de lucha entre mi cerebro y mi estómago para ver quién da más vueltas antes de
meterme en la cama.
Cuando abro la puerta del departamento, con Georgia detrás de mí, espero que
Hobbes corra hacia la puerta. Lo que no espero es que Grant le siga. Hobbes corre hacia
mí, saltando y ladrando de pura alegría porque he llegado a casa inesperadamente.
Grant entra en el vestíbulo con un plato de pan tostado en las manos. Lleva unos
pantalones deportivos que se estiran alrededor de sus musculosos muslos y una camiseta
que acentúa su voluminoso pecho y sus brazos. Me reiría de la cara de sorpresa que
pone si no tuviera tanto miedo de vomitar sobre su bonito suelo de madera.
—Hola —dice al acercarse, con el cejo fruncido—. ¿Todo bien?
—Oh, guao. Hola —Georgia suelta una risita con un pequeño saludo, y yo pongo
los ojos en blanco.
No es el momento.
—No me estoy sintiendo bien —digo con una mueca.
Antes de que pueda continuar, las manos de Grant están sobre mis hombros, su
torso inclinado para alinear nuestras caras. Me roza la mejilla con los dedos e
involuntariamente me inclino hacia el frío toque.
—Estás muy sonrojada.
—Bueno, antes estaba pálida, así que eso es bueno...
—Vamos a meterte en la cama. Está al final del pasillo, tercera puerta a la izquierda
—le dice a Georgia, que me guía gentilmente en esa dirección—. Voy a buscar agua y
un paño fresco.
—No me dijiste que tu amigo estaba buenísimo —Me susurra al oído, y yo resoplo.
—Es difícil sacar el tema en una conversación. —Suspiro, pero una sonrisa me tensa
los labios. Me alegra que concuerde.
—No es tan difícil —dice Georgia. Me ayuda bajo las cobijas con la promesa de
traerme una taza de té en, y cito, “Té menos tres minutos”. Después de deslizar el
pequeño bote de basura junto a mi cama, por si acaso, se va corriendo a la cocina.
118 Puedo distinguir vagamente los sonidos de la agradable voz de Georgia
presentándose a Grant, seguida de su profundo barítono. Supongo que puedes añadir
"conocer a los amigos" a la lista de situaciones para las que no estoy preparada
emocionalmente. No es que Grant y yo estemos... No importa.
Georgia vuelve a entrar en la habitación momentos después con una taza de té
humeante en las manos.
—Aquí tienes, un buen Mint Medley. Tiene una reserva decente de té para un tipo.
—Yo compré el té —digo con una pequeña sonrisa, aceptando la taza.
Ella asiente.
—Ah, eso tiene más sentido.
Soplo el té, que todavía está demasiado caliente como para dar un sorbo. Georgia
me observa con ojos de rayos X.
—Estoy muy bien —digo.
—¿Estás segura? —pregunta, mirando su teléfono.
—Estoy segura. Todavía no tengo ni idea de por qué me desmayé así.
Ella asiente con tristeza.
—Quédate en la cama y descansa. En cuanto a mí... Supongo que podría volver al
trabajo. Tengo algunas citas hoy más tarde. Y las propinas que da esta gente siempre
son... —Hace una pausa, juntando el pulgar y el índice en una señal de grande con un
guiño.
—Por favor, vete. Ya has hecho bastante.
Debatiendo, se muerde el labio. Finalmente, da un aplauso y se levanta.
—Okay, si insistes. Pero debes saber que sólo me voy porque está claro que estás
en buenas manos —Guiña un ojo—. Buenas y fuertes manos. —Vuelve a guiñar—.
Manos buenas, fuertes y sexys.
—Para —digo en un gemido, pero no puedo ocultar mi risa.
—Buenas, fuertes, sexys y grandes—
—¡Adiós, Georgia! —digo más alto de lo necesario.
119 Me lanza un beso al salir por la puerta. La escucho despedirse largamente de Grant,
probablemente amenazándolo con la promesa de llamar a la policía y acusarlo de
secuestrarme si no me cuida bien. Cosas normales de amigos.
Tarareo una sonrisa satisfecha, mi mareo finalmente disminuye a unas vueltas
débiles. Tomo un pequeño sorbo de té. Todavía está demasiado caliente, pero la menta
me tranquiliza, así que doy otro sorbo. Una vez que todo el té ha llegado a mi vientre,
mis piernas y dedos vuelven a estar calientes, me acurruco bajo las cobijas.
Qué día más raro.
Cierro los ojos, lo que resulta ser un error. La habitación vuelve a girar, y la negrura
detrás de mis ojos cerrados sólo me hace sentir más desatada. El estómago se me
revuelve y sé que tengo unos diez segundos antes de que todo ese sabor a menta vuelva
a subir.
Me deshago del edredón y me precipito hacia la puerta de la recámara, abriéndola
con la poca energía que tengo. Atravieso el pasillo a toda velocidad y paso por delante
de Grant, que golpea su cuerpo contra la pared para hacer sitio. Apenas estoy inclinada
sobre el excusado antes de que el té, el jugo de naranja, la avena y Dios sabe qué más
salgan de mí. Intento no pensar demasiado en ello. En su lugar, respiro lentamente,
estabilizando mi respiración mientras lágrimas me pican los ojos. Odio vomitar. Lo odio,
lo odio, lo odio.
Oigo cómo se abre la puerta entre mis jadeos.
—¿Puedo entrar? —La voz suave y tranquilizadora de Grant dice desde detrás de
mí.
Asiento con la cabeza y toso una vez antes de tirar de la cadena.
De alguna manera, que Grant me vea en mi peor momento no me molesta tanto
como pensaba. Tal vez por el día en que me rescató de mi departamento, rota y
ensangrentada. Tal vez porque siempre es tan fuerte y sereno; nada parece molestarle.
Me tiende un vaso de agua, un termómetro y un paño húmedo.
—Gracias. —Me enjuago la boca con el agua a temperatura ambiente y escupo.
Apoyada en el costado de la bañera con un gemido, me meto el termómetro en la boca.
Debe ser una gripe estomacal.
Mientras esperamos a que el termómetro nos dé el veredicto, Grant me pone la
toalla fría en la mejilla. Su tacto es suave y metódico, sus ojos revelan preocupación y
120 concentración a partes iguales. Mi pulso ha disminuido a un ritmo regular cuando el
termómetro emite un pitido. Grant me lo quita de la boca y mira los números.
—¿Qué dice?
—No tienes fiebre. ¿Podría ser una intoxicación por comida?
Sacudo la cabeza.
—Ya me he intoxicado antes. Esto no es así de malo.
—¿Entonces qué es? —Grant frunce el cejo, con confusión en su voz.
Suspiro, repasando la lista de lo que he comido últimamente, dónde podría haber
contraído algo, cuándo fue la última vez que me sentí tan mal...
Oh, no.
—¿Qué día es?
—Martes. El entrenador nos dio el día libre.
—No, quiero decir, ¿cuál es la fecha?
Lo piensa un segundo.
—El dieciocho. ¿Por qué?
Una fría sacudida se desliza por mi columna vertebral. Con todos los cambios en
mi vida últimamente, no he prestado toda la atención que debería. Tengo retraso. Me
llevo una mano temblorosa a la boca.
—¿Qué pasa? ¿Ana? —Grant me levanta la barbilla con sus dedos.
Oh, Dios. Me encuentro con sus ojos.
—Necesito ir a una farmacia.
—No puedes ir así. Iré yo. ¿Qué necesitas?
Me gustaría poder tirarme por el excusado y desaparecer como mi desayuno.
Mi voz es baja y tímida cuando respondo.
—Una prueba de embarazo.
Grant asiente lentamente. Puedo ver cómo procesa esta información, cómo aprieta
y suelta la mandíbula. Nos quedamos en silencio un momento, con los ojos fijos y las
121 bocas cerradas.
De repente, se levanta y se pasa una mano por el pelo.
—Haré que me traigan una.
—No puedes pedir que te la traigan. No son como las pizzas.
Oh, mierda. La idea de la pizza, pizza pegajosa y escurriendo, hace que otra oleada
de náuseas se dispare desde mi vientre hasta mi garganta.
Empujo a Grant y vuelvo a colgar la cabeza sobre el inodoro. Me siento como si me
estuviera muriendo, vaciando mis entrañas de esta manera. Lo único que me mantiene
con los pies en la tierra es la mano de Grant en mi espalda, frotando en círculos
tranquilizadores.
—Estás bien —murmura cuando levanto la cabeza con un sollozo.
Repetimos el proceso: le bajo a la cadena y me limpio la boca, y él me limpia la cara
con un paño frío.
—Voy a levantarte, ¿okay?
Asiento con la cabeza.
Grant me levanta con un movimiento suave, no demasiado rápido, pero firme.
Acomodo mi cabeza contra su hombro, acurrucándome en el calor que irradia por
debajo de su fina camiseta. Me lleva al otro lado del pasillo hasta su habitación, diciendo
algo sobre que las persianas oscuras son mejores, y estoy demasiado cansada para
discutir. Nos acomoda suavemente a los dos en la cama. Me hundo otra vez en él,
deseando que lo que queda en mi estómago se calme.
—Lo siento mucho —murmuro, odiándome por ser una carga.
—No lo sientas —Respira en mi pelo, con una mano buscando la mía—. Descansa.
Mientras nuestros dedos se enroscan, dejo que mis ojos se cierren. No me doy
cuenta al principio, pero nuestras respiraciones se acompasan a un ritmo constante,
coincidiendo en un tiempo perfecto.
Me siento tan segura en los brazos de Grant, más que nunca en mi vida. Con mis
dedos entrelazados con los suyos, me voy.
122
Mis sueños son interrumpidos por ladridos, y luego voces. El profundo sonido de
las voces masculinas.
—Dos botellas de Gatorade. Dos pruebas de detección temprana. Algunas de esas
pastillas de Pepto, y un poco de agua con gas.
Intento encontrarle sentido a la extraña lista antes de abrir los ojos y registrar dónde
estoy. Alcanzo el edredón y entrecierro los ojos para ver la luz rosada que entra por las
cortinas. Ya tiene que ser tarde.
La puerta está entreabierta y dos voces llegan claramente desde el vestíbulo. Son
Grant y... ¿Jordie? Sí, eso suena igual que Jordan Prescott, extremo izquierdo de
veinticinco años, también conocido como un novato en el equipo. Siempre he estado
consciente de Jordie, ya que Jason se sentía constantemente amenazado por su mera
existencia. Por no mencionar que el chico tiene mucho talento sobre el hielo. Y es
totalmente lindo también.
Sintiéndome mucho mejor que antes de quedarme dormida, me deslizo fuera de
la cama. Me envuelvo en un cárdigan oversized, voy de puntillas por el pasillo y descubro
que tenía razón. Jordie está de pie frente a Grant, cuya ancha espalda está hacia mí.
Uno a uno, Jordie saca artículos de una bolsa de papel marrón y los pone en la
encimera de la cocina.
—Galletas saladas, sopa de pollo con fideos, jugo de naranja—
—Puedes quedarte con el jugo de naranja. Ella no va a querer eso. Ya perdió una
tonelada.
—Mierda, ¿en serio?
—Sí. Gracias por todo esto, Jordie. Te debo una. —Grant le da una palmada en la
espalda a Jordie, que lo mira y sonríe.
—Nel, hombre. Estamos bien. Tú habrías hecho lo mismo por mí. Sin hacer
preguntas.
123 Odio interrumpir este momento entre amigos, pero los hombres aún no se han
fijado en mí. Me aclaro la garganta y saludo a Jordie, cuyos ojos prácticamente se salen
de su cabeza.
—¿A-Ana?
—Hola, Jordie.
—Oh —dice Jordie con dificultad—. No sabía... ¿estas cosas son para ti?
Interesante. Así que Grant lo mandó a hacer un mandado, pero no mencionó quién
era la mujer en cuestión que necesitaba estas cosas.
Grant se acerca a mí con una expresión de preocupación.
—¿Estás bien?
Le devuelvo la mirada con una sonrisa tranquilizadora.
—Me siento mucho mejor ahora. Gracias.
—¿Dormiste? —pregunta con voz suave.
Asiento con la cabeza.
—Okay —dice Grant, pero sus ojos me dicen que no está del todo convencido.
No lo culpo. Soy conocida por hacer un grano de arena de una montaña. Le quitaría
importancia a que me dispararan si tuviera que hacerlo.
—Entonces —dice Jordie, señalando las provisiones vaciadas en la isla, a mí, a Grant
y otra vez a mí—. ¿Están ustedes dos...?
Oh, Dios.
Grant se interpone entre nosotros, bloqueando por completo mi visión de Jordie
con su enorme cuerpo.
—Amigos. Además de eso, no sabes nada.
—Entendido.
—Hablo muy en serio, Jordie. Si dices una palabra de esto a alguien...
—No lo haría.
Colocando una mano en la espalda de Grant para calmarlo, miro alrededor de su
124 torso para captar la mirada de Jordie.
—Gracias, Jordie.
—Sólo sigo órdenes, señora. —Sonríe con un brillo infantil en los ojos.
—Te acompaño a la salida —murmura Grant, empujando a su compañero en el
hombro y girándolo hacia la puerta.
Jordie llama por encima del hombro de Grant, que parece una pared, con cierto
esfuerzo.
—¡Tal vez sólo sea la gripe! Que te mejores, Ana.
—¡Espero que sí! Gracias.
Grant y Jordie se quedan un momento en la puerta, sus voces bajas y casi
indiscernibles. Oigo el nombre de Kress y de repente me doy cuenta de que no necesito
oír esta conversación.
Me acerco a la barra, cubierta de un surtido de artículos que podría recibir en un
paquete de atención. Sonrío, desenrosco la tapa de una bebida deportiva azul y doy un
sorbo tentativo. Cuando mi estómago no se revuelve, doy un trago completo,
apreciando la sensación de que el azúcar vuelve a llegar a mi torrente sanguíneo.
Luego, antes de pensar demasiado, agarro las dos pruebas de embarazo y me dirijo
al baño. Después de elegir una, abro la caja y leo las instrucciones, me bajo los pantalones
de yoga y me siento en el excusado. Ahora sería el momento de pronunciar una oración,
pero no estoy segura de lo que pediría. No estoy preparada para tener un… bebé. Apenas
puedo pensar en la palabra, y mucho menos pronunciarla.
Cuando termino, pongo el palo en la orilla del lavabo y espero. Es inútil entrar en
pánico. Será lo que tenga que ser. Hasta entonces...
Respiraciones profundas.
125
CONSECUENCIAS
Respiraciones profundas.
Ana se encerró en mi baño con las pruebas de embarazo hace cinco minutos, y
prácticamente estoy vibrando de ansiedad mientras espero que salga. Nada relajado,
camino por el pasillo, repasando varios escenarios en mi mente mientras la energía
nerviosa se agita en mi interior.
Hobbes, intuyendo que pasa algo, rasca el suelo cerca de mis pies y me mira.
—¿Qué? —digo, agitado.
Él ladra una respuesta y se pone a bailar.
126
Con un suspiro, me agacho y lo levanto con una mano por debajo de la barriga.
Me acerco a la puerta del baño y la toco suavemente.
—Ey, ¿Ana?
—Salgo en un minuto. —Su voz se oye apagada a través de la puerta, y no puedo
decir si está molesta o aliviada, o algo intermedio.
—Voy a sacar a Hobbes. Tómate tu tiempo.
Le pongo la correa al collar y salgo.
—Tienes una sincronización de mierda, ¿lo sabías?
Me mira con ojos marrones y se lame la nariz. Por otra parte, tal vez llevar a Hobbes
fuera sea mejor que quedarse parado esperando noticias que ni siquiera estoy seguro
de estar preparado para escuchar.
Mientras Hobbes se pone en cuclillas y orina en la hierba, no puedo evitar los
pensamientos que se agolpan en mi cabeza. Pensamientos sobre la noche de la
tormenta, cuando llegué a casa y encontré a Ana en mi cama... y más concretamente,
sobre lo que pasó después.
Aquella noche no usé nada. Estábamos tan metidos en el momento que ni siquiera
nos paramos a pensar.
Bueno, eso no es cierto. Una fracción de segundo antes de que me viniera, se me
pasó por la cabeza, pero ya estaba allí, estallando dentro de ella como medio segundo
después. Imaginé que estaba tomando la píldora. Estúpido de mí, lo sé.
Aun así, no me arrepiento de lo que hicimos. Esa noche fue una de las mejores que
he tenido en mucho tiempo. ¿Una mujer dulce en mi cama, rogándome que la abrace y
la haga sentir bien? Me sentí útil. Necesitado. Esa noche estuve en la cima del mundo.
Pero las acciones tienen consecuencias, y esas consecuencias podrían ser que
vamos a tener un bebé. Tal vez eso debería asustarme, pero en todo caso, sólo me hace
sentir más por Ana. Me hace querer protegerla y cuidarla.
Dios, al verla enferma hoy, encorvada sobre el excusado... Me sentí tan impotente.
Sólo quería arreglarlo.
Para cuando vuelvo a entrar, Ana está sentada en el sofá, de espaldas a mí. Sus
127 hombros se levantan con una profunda respiración y, cuando Hobbes se acerca a ella, le
murmura algo suave y le acaricia el pelo con los dedos.
Se me seca la garganta. Me acerco un poco más al sofá, me detengo y me paso
una mano por la barba incipiente de mi mandíbula.
—Entonces, ¿cómo te sientes?
Se lame los labios y me mira a los ojos.
—Tal vez sea mejor que te sientes. —Sus ojos están rojos y parece que ha estado
llorando.
Se me aprieta el pecho.
Siguiendo sus instrucciones, me siento en la silla frente a ella.
—¿Está todo bien?
Asiente y traga saliva. Duda. Como si temiera que me asustara con la noticia.
—Sea lo que sea, puedes decírmelo. Pase lo que pase, te prometo que puedo
manejarlo. —Mi voz es suave, profunda y sincera.
—Estoy embarazada.
—Embarazada —repito suavemente.
Ella vuelve a asentir.
—¿Cómo te sientes? —Me acerco para sentarme junto a ella en el sofá.
Inhala y levanta un hombro.
—Todavía con un poco de náuseas, pero bien.
—Me refiero a la noticia. Es grande, ¿verdad?
Ana y yo hemos tratado muchos temas en el poco tiempo que lleva aquí, pero
nunca ha mencionado si quiere tener hijos o no. Sería una madre estupenda, estoy
seguro de ello, pero no sé si esto es lo que veía en sus planes de futuro.
—Muchas cosas. Es difícil de explicar con palabras.
Asiento.
—Me imagino.
131
YENDO A CASA
133
—¿Estás segura?
Asiento con la cabeza, mordiéndome el labio.
La serie de reacciones de mi papá ante la historia de las fechorías de Jason varió.
De enojo, a tristeza, y finalmente a un profundo desprecio. Pero ahora que le he contado
lo del pequeño humano que crece en mi interior... Su expresión es ilegible.
Esto es exactamente por lo que no se lo he contado a la gente. Incluso después de
que lo supiera, y de que la mitad de las esposas y prometidas de los jugadores de hockey
llamaran para expresar su apoyo después de que se filtrara el vídeo de Jason y yo, no
me atreví a contarle a nadie el resto de mis noticias. Me limité a aceptar su apoyo y me
quedé callada sobre mi embarazo, como si tal vez, si no lo decía en voz alta, no tuviera
que lidiar con todo esto todavía. Porque la verdad es que no tengo ni idea de cómo
afrontarlo.
Lamentablemente, sé que esto no funciona así. Preparada o no, voy a tener un
bebé.
—Me hice dos pruebas de embarazo. Estaba pensando en visitar a la Dra. Hao
mientras estoy aquí, si tiene espacios.
La Dra. Hao era la ginecóloga de mi madre, y la mía. Bueno, durante la preparatoria
y antes de que me mudara.
—Puedo llamarla. La vi en la manifestación hace unos meses y platicamos.
Mi corazón se hincha tres veces su tamaño normal. Primero, porque mi padre sigue
participando en las campañas de concienciación de nuestra ciudad sobre la conducción
bajo los efectos del alcohol. Por mi mamá. Y segundo, porque mi padre tuvo una
conversación con una mujer atractiva, algo que no pudo hacer durante años después de
la muerte de mamá. ¿Y tercero? Porque no encuentro ni un ápice de enojo en su voz por
la noticia de mi embarazo.
—¿No estás enojado? —pregunto tímidamente.
134
Papá se acerca a la mesa y toma mi pequeña y suave mano en la suya, grande y
rasposa.
—Ana. No podría estar enojado. Estoy muy orgulloso de ti. Orgulloso de que hayas
dejado a ese pedazo de basura de tu ex. Orgulloso de que te estés cuidando. Orgullosa
de que vas a ser una madre tan excelente como lo fue tu mamá. Y orgulloso de que me
hagas abuelo y me des otro ser humano al que amar incondicionalmente.
Las lágrimas brotan de mis ojos tan rápido que tengo que parpadear para ver con
claridad.
—Gracias, papi —susurro, tan agradecida al universo por haber puesto un alma tan
amable, sensible y cariñosa en mi vida—. No sabes lo mucho que significa para mí. Vas
a ser el mejor abuelito del mundo.
Al día siguiente, en mi cita, la Dra. Hao me confirma que efectivamente estoy
embarazada, lo cual no es ninguna sorpresa. Papá vuelve a entrar en la habitación y me
aprieta la mano ante la noticia. Al terminar la cita, le prometo a la Dra. Hao que buscaré
un obstetra y programaré una ecografía cuando vuelva a Seattle, y papá le promete que
irán pronto a tomar un café y se pondrán al día.
De vuelta a casa, me dirijo a mi habitación mientras papá se entretiene con un
crucigrama. Agarro el teléfono y llamo a la primera persona en la que pienso.
—¡Hola, nena! ¿Cómo te fue? —Georgia canta al otro lado.
—Bien, supongo. La doctora dijo que todo se ve normal.
—Oh, eso es un alivio. Todo esto es una locura. ¿Cómo es que estás embarazada?
—Bueno... —Quiero hacer un chiste sobre las abejas y las flores, pero no me siento
inspirada. Sólo puedo bromear hasta cierto punto cuando mi realidad es... esto.
—No puedo creer que vayas a tener un bebé —dice Georgia, con una voz casi
triste.
135 Mi pecho se aprieta dolorosamente. ¿Cambiarán las cosas entre nosotros cuando
haya un niño de por medio?
—Lo sé, yo tampoco. —Cierro los ojos con fuerza, rezando para que nuestra
amistad no se vea afectada por mi nueva realidad.
—Bueno, gracias por llamar, nena. Mantenme informada, ¿okay?
Suspiro, un poco aliviada, y también un poco sorprendida de que haya cortado la
llamada tan pronto. Pero parecía interesada, así que sigue interesada, y eso me parece
una buena señal.
—Por supuesto.
Nos despedimos y me doy la vuelta en la cama, buscando el siguiente contacto de
mi lista.
—Hola —dice Grant, su voz retumba agradablemente en mi oído.
—Hola —digo, fingiendo no notar la forma en que mi corazón da un vuelco cuando
habla.
—¿Qué dijo el médico?
Ah, directo al grano.
—Que definitivamente estoy embarazada. Y que todo parece estar bien.
—¿Cómo que todo? ¿Tú y el bebé?
—Aparentemente, sí.
—Bien. —Grant deja escapar un suspiro.
Su alivio es contagioso, así que me recuesto contra las almohadas apiladas en mi
cama y sonrío.
—¿Cómo te sientes? —pregunta después de un momento.
—Estoy bien —digo con firmeza. Pasa demasiado tiempo preocupándose por mí.
Pero mentiría si dijera que a veces no disfruto de la atención.
—¿Estás segura? ¿No hay mareos ni nada? ¿Náuseas?
—Estoy segura. Me siento mucho mejor que el otro día. Incluso estoy aguantando
los panqueques de mi papá.
136
—Es bueno escuchar eso. ¿Y cómo está tu papá? Con todo.
Me río, imaginando de repente un encuentro entre mi papá y Grant. Hablando de
don preocupones.
—Me está apoyando mucho. También le conté lo de Jason. Sobre la ruptura, al
menos.
—¿Oh? —Hay un indicio de algo en la voz de Grant, pero no puedo distinguirlo.
—Sí. Él, em, cree que el bebé es de Jason. Y no le dije lo contrario —digo con
cuidado.
—Claro, tiene sentido —dice Grant al otro lado, y me lo imagino asintiendo
solemnemente como hace siempre que tiene algo más que decir.
—Mi padre quiere matarlo —me encuentro diciendo, sin saber por qué estoy
compartiendo esto—. Estoy bastante segura de que quiere cazarlo y hacerlo sufrir.
—No es el único.
Pongo los ojos en blanco. Hombres.
—¿Ya se lo dijiste? —pregunta Grant.
—¿Jason?
—Sí.
—Todavía no. Pero tengo que hacerlo, pronto. Es lo que hay que hacer —Me rasco
un punto detrás de la rodilla. Preferiría no volver a hablar con Jason, pero tiene que saber
que podría estar cargando a su bebé.
—Supongo que sí.
Frunzo el cejo. Está claro que Grant tiene algo más que decir, pero, como siempre,
se autocensura. Me enojaría si no estuviera tan segura de que está anteponiendo mis
sentimientos.
—Entonces, ¿estás comiendo suficiente?
Sonrío.
—Estoy bien. Lo prometo.
—¿Cuándo vas a volver a casa? —pregunta Grant a continuación.
137 Creo que ambos estamos sorprendidos por el uso de la palabra casa para describir
el condominio de Grant, porque un silencio cae sobre la llamada.
—Eh, bueno... —Tartamudeo, deseando desterrar cualquier incomodidad. Podría
estar hablando de Seattle en general—. Probablemente pasado mañana. No vuelvo a
trabajar hasta finales de esta semana.
—Okay, bueno, avísame. Puedo ir a por algo de comida y cenaremos.
Me muerdo el labio. ¿Cuándo vas a dejar de usar a Grant, Ana?
—Suena bien —digo, fingiendo entusiasmo. Sólo es una cena.
—Luego hablamos.
—Seguro. Adiós, Grant.
—Adiós, Ana.
Cuelgo, tirando el teléfono en la cama a mi lado y cerrando los ojos un momento.
El suspiro que sale de mí es cansado y débil.
Qué bonito sería simplemente descansar con la seguridad de que Grant cuidará de
mí. Me toco el vientre. ¿De nosotros?
Pero me conozco, y sé que no puedo dejar que deje todo de lado para hacer eso.
No puedo desbaratar toda su vida sólo porque la mía está desordenada.
No lo haré.
138
ACCIÓN INESPERADA
El salón de eventos está engalanado con elaborados ramos de globos amarillos que se
arquean sobre las puertas, y enormes ramos de rosas amarillas en el centro de cada mesa
redonda. La gala de esta noche está destinada a recaudar fondos para un centro de
acogida para víctimas de la violencia doméstica aquí en Seattle, y parece que la
participación es magnífica.
El entrenador Dodd me golpea en el hombro al pasar, dándome un pulgar hacia
arriba, pero no me detengo a hablar con él. Me abro paso entre la multitud, buscando a
Ana.
Puede que se esté quedando en mi casa, pero no la he visto mucho desde que
139
volvió de visitar a su papá la semana pasada. Un viaje a mediados de semana al noreste
me mantuvo alejado, y esta semana pasé varios días en Canadá para una serie de
partidos fuera de casa. He estado esperando la oportunidad de verla esta noche, con
ganas de ver cómo estaba y saber cómo se sentía.
Tuve que llegar dos horas antes para una sesión de fotos, lo que significó que,
aunque Ana aceptó venir como mi cita esta noche, no llegamos juntos. Y empiezo a tener
un poco de picor con este esmoquin, porque la fiesta empezó hace veinte minutos y
todavía no la he visto.
Busco mi teléfono en el bolsillo de mi saco, reviso la hora y veo que no tengo
ninguna llamada perdida ni ningún mensaje de ella.
—¡Grant, aquí! —Oigo a Jordie llamar desde el otro lado de la habitación.
Sigo el sonido de su voz y lo veo de pie junto a una mesa llena de mis compañeros
de equipo y sus esposas y novias.
Cuando me acerco, me doy cuenta de que Ana también está allí y, por un momento,
mis pies de talla trece dejan de funcionar.
Dios, se ve hermosa.
No puedo evitar que mi mirada recorra toda su longitud, o que se detenga en su
estómago, que sigue estando plano. Su pelo dorado está suelto esta noche y alisado,
extendiéndose en una sábana sedosa sobre cada uno de sus hombros. Sus ojos marrones
están delineados con rímel y esa otra cosa, ¿delineador de ojos tal vez? Un sencillo
vestido negro que le llega a las rodillas y un par de tacones negros completan su look.
Se mira con clase. Sofisticada. Hermosa.
Su mirada se cruza con la mía y se me corta la respiración. Luego, una sonrisa se
extiende lentamente por su rostro.
—Grant —murmura, poniéndose de puntillas cuando me inclino para abrazarla.
—Maldita sea. Te ves preciosa
Se ríe, acariciando la solapa de mi saco.
—Tú también estás muy guapo. ¿Te rasuraste?
Sonrío y me paso una mano por la mandíbula.
—Sí, pensé que ya era hora.
140
Se inclina un poco más.
—No sé qué me gusta más. Con o sin barba.
Jordie observa nuestra interacción con una expresión divertida. Pero, por suerte,
todos los demás parecen demasiado absortos en sus propias conversaciones como para
darse cuenta de que estoy perdiendo la cabeza por lo hermosa que es esta chica.
—¿Quién quiere vino? —Elise, la prometida de mi mejor centro, sostiene dos
botellas.
Jordie me da una copa y yo la extiendo, aceptando un chorro de vino tinto.
Elise levanta las botellas.
—Ana, ¿tinto o blanco?
Ana hace una mueca, y me doy cuenta de que está debatiendo si decirles a todos
que está embarazada. Todavía es pronto. Por lo que he leído, las mujeres no suelen
compartir la noticia de que están embarazadas hasta más avanzado el primer trimestre.
Algo así como que la probabilidad de aborto es mayor. Hay mucha mierda que leí
que asusta, para ser honesto.
—¿Ana? —pregunta Elise con los ojos amplios y ansiosos.
Ana sonríe recatadamente, aún pensándolo.
—¡Sorpresa! —Deja escapar una risa incómoda—. Estoy esperando. Lo cual
entiendo que es un poco, bueno, inesperado, pero... —Se encoge de hombros—. Sí.
La esposa de mi compañero Owen, Becca, que también está embarazada, toma la
mano de Ana y la aprieta.
—Es una noticia increíble. Todo sucede por una razón.
Ana asiente.
—Es cierto. Fue un poco chocante al principio, pero estoy emocionada.
—¿Cuánto tienes? —pregunta Elise.
—¿Cuándo vas a dar a luz? —Becca dice a continuación.
—Apenas seis semanas, y a mediados de junio. —Las mejillas de Ana están rosadas
141 mientras responde a estas y otras preguntas, como por ejemplo cómo se siente y qué
piensa del parto natural, y si piensa amantar.
Es mucho. A juzgar por la reacción de sorpresa de Ana, ni siquiera estoy seguro de
que sepa las respuestas a algunas de estas preguntas. Quiero a mis compañeros de
equipo, pero sus esposas pueden ser demasiado.
Intercambiando una mirada incómoda con Owen y Justin, me meto una mano en
el bolsillo. No tienen motivos para sospechar que el bebé pueda ser mío. Y como ahora
no es el momento, decido no sacar el tema.
Me inclino hacia ellos mientras la emocionada plática continúa alrededor de Ana.
—¿Puedo ofrecerte algo de beber? —le pregunto en voz baja, con la esperanza de
evitarle una mayor vergüenza.
Me lanza una mirada de agradecimiento.
—¿Jugo de toronja?
—Por supuesto —Me dirijo a la barra y hago su pedido.
—Lo siento, señor, no tenemos jugo de toronja. Tenemos de naranja, piña o
arándanos.
—Gracias de todos modos. —De vuelta a la mesa, intercepto a un ayudante de
mesero y lo detengo con una mirada severa. —Oye, chico, ¿puedes hacerme un favor?
Sus ojos se ensanchan.
—Eres Grant Henry.
Asiento con la cabeza, sacando mi cartera del bolsillo trasero.
—Corre al mercado de la esquina y esto es tuyo —Le enseño un billete de cien
dólares.
—Eh, claro —dice, asintiendo—. ¿Qué necesitas?
—Jugo de toronja —Tráelo directamente a mí. Estaré allí. —Señalo hacia la mesa
donde Ana está sentada entre Elise y Becca, asintiendo a algo que una de ellas está
diciendo.
El ayudante de mesero se aleja y me reúno con mis amigos en la mesa. Ana está
demasiado inmersa en la conversación como para darse cuenta de que he vuelto sin su
142 bebida. Pero menos de cinco minutos después, el ayudante de mesero pasa.
—Gracias, hombre —le digo, dándole una propina.
—¿Me puedes, eh, dar tu autógrafo? —pregunta, entregándome la botella de jugo.
—Claro. —Escribo una firma rápida en el reverso del recibo y se lo doy.
Jordie me mira con extrañeza mientras el tipo se aleja, pero lo ignoro. Quitando la
tapa de la botella de cristal, sirvo el jugo de toronja de Ana en un vaso y se lo doy.
Hace una pausa en medio de su conversación sobre la lactancia materna y el
biberón y me mira con aprecio.
—Gracias.
—Cuando quieras —murmuro.
Ana bebe un sorbo y emite un pequeño sonido de placer que siento hasta mis
bolas.
Estupendo.
Malestar me aprieta el pecho. Voy a necesitar algo más fuerte que el vino. No sé
cómo no es obvio para todos en esta mesa la atracción que siento hacia Ana. Diablos,
tal vez lo sea, y soy terrible fingiendo.
—Jordie, ¿qué estás bebiendo? —pregunto, inclinando la barbilla hacia la barra.
—Te acompaño —dice.
Fuera del alcance del resto de nuestros amigos, no pierde el tiempo en preguntar.
—Entonces, ¿tú y Ana? —pregunta mientras nos detenemos junto a la barra,
esperando nuestro turno para ser atendidos.
Le dirijo una mirada vacía, esperando que mi falta de entusiasmo por el tema sea
una señal clara. Lamentablemente, Jordie no se inmuta. Su boca se tuerce en una sonrisa
irónica. Claramente, está disfrutando de mi incomodidad.
—¿Cuándo pasó todo esto?
—No está pasando nada. —Mi expresión dice que lo deje en paz, pero por
supuesto Jordie no va a hacer eso.
—Pero...
143
—Déjalo, Jordie —Mi tono es mordaz.
—Viejo. No puedes dejarme fuera. Tengo muchas preguntas.
—Bueno, yo no tengo respuestas. Así que, como dije, déjalo.
El barman se acerca y Jordie pide una cerveza mientras yo pido un gin-tonic.
—De primera, si tienes —digo, deslizando al mesero una gran propina.
—Por supuesto, señor. —Asiente con la cabeza.
Con nuestras bebidas en la mano, volvemos a la mesa.
—Pero ustedes no están saliendo —dice Jordie con una ceja levantada.
—No estamos saliendo —murmuro sin mirar a los ojos. Porque ella no está
buscando una relación, me recuerda mi cerebro.
Sé que Jordie tiene preguntas desde aquella noche en que trajo las pruebas de
embarazo. Y ahora que Ana y yo estamos aquí juntos, y que ella acaba de anunciar su
embarazo, es natural que pregunte. Pero lo decía en serio cuando le dije que no tenía
respuestas. Mierda, su suposición es tan buena como la mía sobre lo que está pasando
entre nosotros.
Respiro profundamente.
—Escucha, no está yendo a ninguna parte, ¿okay? Ella se está quedando conmigo
por un tiempo, eso es todo.
Hace un sonido molesto.
—Lo que necesites decirte a ti mismo.
Ahora soy yo el que se siente molesto. No necesito que me dé el tercer grado sobre
esto, especialmente porque no tengo ninguna respuesta.
—Además, no me gustan los perros —suelto.
Él sonríe.
—Ajá.
—Vete a la mierda Jordie. Hablo en serio.
Se gira para mirarme, y su expresión normalmente juguetona ha sido sustituida por
144 una sombría.
—Vi cómo la miraste.
—Sí, ¿y cómo la miré?
Me mira a los ojos.
—Como si quisieras protegerla. Cuidarla.
Joder. Supongo que fui más obvio de lo que pensé. Mi manzana de Adán se
balancea en mi garganta.
—Lo hago. Quiero. Es lo más decente.
—Supongo que sí. —Asiente con la cabeza.
Ya casi estamos de vuelta a la mesa y, por suerte, terminamos con esta
conversación. Le doy un largo trago a mi bebida, con la esperanza de que extinga parte
de la ansiedad que me invade.
DULCE ALIVIO
Una parte de mí no puede creer que esté aquí. Vestida con un pequeño vestido negro,
rodeada por la élite del hockey de Seattle y sus acompañantes. Me siento un poco
extraña, como si estuviera invadiendo un círculo de amigos al que no tengo derecho.
Tal vez sea porque se trata de los compañeros de equipo de Jason, y de sus esposas
y prometidas. Y como ya no estoy ligada a Jason, perdí el derecho a formar parte de este
grupo. Pero aquí están, aceptándome con amables sonrisas y cálidos abrazos, y estoy
agradecida. No me siento tan sola.
Cuando Grant me pidió que asistiera como su acompañante, lo miré con confusión.
145 Luego balbuceó algo sobre ir en coche por separado, y supuse que quería decir como
amigos. Aun así, me alegro de que me haya invitado. La gala se organiza en beneficio
de la violencia doméstica, para ayudar a la casa de acogida de mujeres, así que, por
supuesto, quise ir.
Y aunque no pensaba contarle a nadie mi embarazo esta noche, me siento aliviada
de haberlo hecho. Me alegro de que mi gran secreto haya salido a la luz, sobre todo por
lo amables que han sido todos. Por supuesto, no se me pasó por alto la forma en que
los ojos de algunos de los compañeros de equipo de Grant se ensancharon en shock,
mirando a cualquier parte menos a mí. Dejando a un lado el momento incómodo, todas
las mujeres me apoyaron y me hicieron mil preguntas para las que no tenía respuesta.
Supongo que tengo que informarme sobre un montón de temas nuevos, desde los
métodos de parto hasta las vacunas y los portabebés. No tenía ni idea de que convertirse
en mamá requeriría toda una reeducación. Pensé que podría improvisar. Como Becca
también está embarazada, unos meses más avanzada que yo, tal vez pueda apoyarme
en ella. Dios sabe que lo necesitaré.
Cuando Grant y Jordie se acercan a la barra para pedir una bebida, no puedo evitar
ver sus cabezas juntas, como si estuvieran discutiendo algo serio en voz baja. Me
pregunto si yo soy el tema de conversación.
Ese pensamiento me hace sentir un zumbido de conciencia en mi interior.
—Entonces, ¿en qué hospital vas a dar a luz? —pregunta Becca, sonriendo
dulcemente.
—Oh, no estoy segura —Le devuelvo la sonrisa.
Asiente y se lanza a dar una maldita plática TED sobre las diferentes opciones de
hospitales de la ciudad. Está claro que ha investigado. Oigo la palabra UCIN y pienso
buscarla en Google en cuanto llegue a casa.
Mientras Becca parlotea, su enorme marido se acerca y le da un beso en la cabeza.
Ella le lanza una dulce mirada y sigue hablando.
Cuando esté preparada para volver a salir con alguien, me encantaría tener una
relación estable y cariñosa como la que ella ha encontrado con Owen. Sé que Becca tuvo
algún trauma en su pasado. Sé que fue agredida sexualmente, y que juntos, ella y Owen
tuvieron que resolver muchos de sus problemas de intimidad. Elise se emborrachó una
146 vez y compartió demasiado.
Mientras contemplo a Becca, radiante por su embarazo, sé que se merece todo lo
bueno de la vida. Y yo también. Es sólo que... No estoy en un lugar en el que esté
preparada para ello, si eso tiene sentido.
Todavía tengo que curarme. Una cosa a la vez. Necesito ser feliz por mi cuenta
primero, antes de poder dar parte de mí a otra persona. Tal vez suene raro, pero es la
verdad.
Pero, aunque no esté preparada para algo serio, estoy agradecida por la presencia
de Grant en mi vida. Antes, cuando me trajo la bebida que se me antojaba, jugo de
toronja, mi corazón se estrujó dentro de mi pecho.
—Okay, basta de hablar de bebé —dice Elise dramáticamente, levantando las cejas
hacia Becca.
—Bien —Becca se ríe, lanzándome una mirada de disculpa—. Me dejo llevar.
—No te preocupes —digo con una sonrisa.
Mi atención es captada por un tipo mayor que se detiene en la mesa para hablar
con Grant. Grant se levanta de su silla y sigue al hombre hasta el otro lado de la sala,
donde empieza a estrechar la mano y a platicar con una pareja mayor. Supongo que son
grandes donantes para el evento de esta noche, o algo así.
La mirada de Elise también sigue a Grant a través de la sala, y me siento un poco
aliviada, porque eso significa que no me van a agarrar mirando. Se ve malditamente bien
con un esmoquin negro clásico. Lleva el pelo bien peinado y su definida mandíbula está
bien afeitada, sin rastro de la barba oscura a la que me había acostumbrado.
—Maldita sea. Grant sí que llena ese esmoquin —murmura en voz baja.
Becca y yo nos reímos.
—¿Grant? Está buenísimo —dice Sara, que por fin se une a la conversación ahora
que ya no está dominada por el bebé.
Mi mirada se pasea a lo largo de él. Piernas poderosas enfundadas en sus
pantalones de vestir. Un saco a la medida que abraza sus anchos hombros y brazos antes
de estrecharse en su cintura. La manzana de Adán asomándose por encima del cuello
de la camisa. Esa boca llena que he fantaseado con besar más de una vez...
147 —Seguro que algún día hará muy feliz a alguna chica afortunada —dice Becca
asintiendo con la cabeza.
Elise hace un ruido en concordancia.
—Pero escuché que no tiene relaciones. Me pregunto por qué...
Sara se encoge de hombros.
—Ni idea. Pero es una maldita pena, porque un cuerpo así está hecho para
montarse.
Las chicas estallan en carcajadas cuando el prometido de Sara, Teddy, se detiene
junto a nosotras, chasqueando la lengua.
—Ey —dice, regañándonos, pero su expresión es juguetona.
La conversación pasa a otro tema, pero mi mirada sigue estando en Grant.
Grant. Es como un caramelo: duro por fuera y pegajoso por dentro. Y sé cuán
calientes se ponen las cosas cuando él se derrite...
HASTA EL FONDO
La gala de esta noche ha sido un gran éxito. Platiqué con los donantes, posé para selfies
y firmé algunos autógrafos, pero no he pasado mucho tiempo con Ana, y es hora de
rectificar. Cuando Elise y Becca se levantan para ir al baño, me agacho y acerco la silla de
Ana a la mía.
—Hola, tú. —Le sonrío.
—Hola, extraña. —Ella me devuelve la sonrisa. Tal vez sea su sonrisa, o tal vez sea
el gin-tonic, pero algo dentro de mí se siente más a gusto que antes.
—No te he visto mucho últimamente. ¿Cómo lo lleva Hobbes? Seguro que me
148 extraña.
Se ríe.
—Oh, sí que lo hace. Deberías verlo a las cinco de la tarde, cuando sueles llegar a
casa del gimnasio. Está fuera de sí cuando no llegas.
Sacudo la cabeza al pensar en ello. ¿Quién iba a decir que me iba a encariñar con
su perro?
—¿Todo lo demás va bien? Ya no te has sentido mal, ¿verdad?
Ella sacude la cabeza.
—Me he sentido bien. Sólo un poco cansada. Lo que he leído que es normal.
Asiento con la cabeza.
—Yo también he leído eso. Tu cuerpo necesita el sueño extra. Estás haciendo crecer
a un humano ahí dentro.
Ella suspira, con una ligera sonrisa en los labios.
—Eso es lo que me dicen.
—¿Recibiste las vitaminas que te dejé?
Una sonrisa se apodera de su rostro.
—Sí, las recibí. Gracias.
Mientras me pregunta por el viaje a Canadá, la cena es servida. La pongo al
corriente de nuestras dos derrotas no tan emocionantes mientras comemos pollo con
papas y espárragos, y el resto del equipo entabla una pequeña plática. Me complace ver
que Ana se come todos los bocados del plato. Incluso se sirve un rollo extra de la cesta
de pan.
La velada transcurre con una subasta silenciosa, un baile y mucha tensión sexual.
En realidad, esto último podría ser sólo cosa mía. Porque antes, cuando Ana bailó
conmigo, me costó mucho evitar que mi cuerpo reaccionara. Pero luego sonrió cuando
Jordie se interpuso, bailando con él con la misma mirada educada que me había
dedicado durante nuestro baile.
Puede que le haya dicho que no podíamos volver a ponernos físicos, pero ahora
mismo me siento débil. Si por alguna razón Ana decide que quiere acercarse más que
149 bailar esta noche, no voy a ser lo suficientemente fuerte como para resistirme. La deseo.
Y realmente espero que ella también lo desee.
Cuando vuelvo a tomar su mano y la empujo hacia la pista de baile, se ríe.
—Nunca te tomé por alguien a quien le gustara bailar —dice, con sus ojos marrones
brillando hacia mí.
Levanto un hombro.
—Créeme, no lo soy. Pero tú, en este vestido... —Le doy una mirada acalorada—.
Digamos que me inspira.
Se ríe.
—Para.
—Si quieres.
Sus labios se contraen.
Sube sus manos a mis hombros y las mías se posan en el hueco de su cintura.
Pongo un par de centímetros entre nosotros, necesitando un poco de distancia para que
ella no sienta la respuesta de mi cuerpo al suyo.
Mientras bailamos juntos en el centro de la pista, noto que algunos de mis
compañeros nos observan, pero no me importa. Que se pregunten. Lo que pasa entre
Ana y yo no es asunto de nadie más.
—Esta noche ha sido divertida —dice en voz baja, sus ojos pasan de la banda de
tres músicos a los míos.
—Lo ha sido —Asiento con la cabeza—. Me alegro de que hayas venido.
—A mí también.
Seguimos balanceándonos juntos mientras pongo a Ana al corriente de mi próxima
agenda de viajes. La semana que viene estaré en San Luis y luego en Dallas, pero esta
semana estoy mayormente en casa, salvo un viaje rápido a California.
—Hobbes estará contento —dice, quitándome una pelusa del hombro.
—Por muy importante que sea la felicidad de Hobbes para mí, la razón por la que
150 te dije es para que sepas que eres más que bienvenida a quedarte allí, incluso mientras
yo no esté.
—Grant —dice ella con severidad.
Ya hemos hablado de esto. Realmente quiero que se sienta bienvenida.
—Lo digo en serio. Me voy por lo menos tres noches a la semana. Ana, quiero que
te quedes. Durante todo el tiempo que quieras. Me gusta saber que tú y Hobbes estarán
ahí cuando llegue a casa.
Ella se ablanda, inclinándose aún más cerca.
—Lo sé. Y has sido tan increíble. No puedo agradecerte lo suficiente.
—No hay necesidad de agradecerme.
El resto de la noche pasa en un borrón, y entonces Ana y yo salimos de un taxi y
subimos en el elevador hasta mi departamento. Electricidad sigue corriendo sin cesar por
mis venas. Es como si cada momento se hubiera inundado de expectación, cada mirada
se hubiera calentado. No sé si soy sólo yo, o si Ana también lo siente.
—Me la pasé bien esta noche —dice en voz baja, entrando en el departamento y
dejando su bolso en la encimera. Hobbes nos mira con sueño desde el sofá donde está
acurrucado, pero no se mueve—. Supongo que será mejor que me quite este vestido.
Pero cuando se da la vuelta para dirigirse al pasillo, mis dedos atrapan su codo y
doy un ligero tirón. Se gira, cayendo en mis brazos, y levanta su boca a la mía. Y no
puedo resistirme ni un segundo más.
Cerrando la distancia entre nosotros, presiono mis labios contra los suyos. Ana
suelta un grito de sorpresa cuando profundizo el beso. Mete las manos por debajo de
las solapas de mi saco para tocar mi pecho y, por un segundo, me preparo mentalmente
para que me aparte. Pero no lo hace, sólo acaricia los músculos de mi pecho y gime en
mi boca.
155
UN BACHE EN EL CAMINO
Estoy ante el espejo de cuerpo entero de la recámara de Grant cuando oigo a Hobbes
ladrar a la puerta principal. Se oye un tintineo de llaves y luego entra Grant, que viene
de hacer recados en menos de una hora.
Su voz profunda y familiar debe ser tan tranquilizadora para Hobbes como para mí,
porque el valiente perrito guardián cede inmediatamente. En los tres meses que llevo
viviendo con Grant, se han hecho muy amigos. Puedo oír el tintineo del collar de Hobbes
cuando inevitablemente se da la vuelta para mostrarle a Grant su mullida barriga. Típico.
Los suaves murmullos de Grant recorren el pasillo antes de llamarme.
156 —¡Volví!
—¡Ven aquí! —Llamo de vuelta con una risa. Me muero de ganas de enseñarle.
—¿Qué pasa? —dice Grant, entrando en su habitación con el cejo fruncido.
Siempre preocupado.
—Deja de preocuparte. Es algo bueno.
Me sitúo frente al espejo, poniéndome de lado. Bajando la cintura de mis
pantalones de yoga, revelo la pancita de bebé que acabo de descubrir.
—Ven aquí —susurro, extendiendo una mano para atraer a Grant hacia mí—. Mira.
—¿Eso es...?
—¿El bebé? Sí.
Los dos miramos mi vientre en el espejo, con una expresión de alegría en mis
facciones y una de asombro en las de Grant. He estallado oficialmente, como lo llaman
los blogs de madres primerizas. Todos aseguran que esta es una de las mejores partes.
Ya veo por qué.
—Me di cuenta de que los pantalones me apretaban un poco, y voilà. Ahora tengo
una pancita de bebé.
—Increíble —Grant exhala, con las manos colgando a los lados.
¿Quiere tocar? Casi me ofrezco, pero lo pienso mejor.
—Necesito comprar ropa nueva —digo rápidamente, subiendo la cintura de mis
pantalones de yoga. Incómoda, me retuerzo un poco—. Ropa más grande.
—Te llevaré —dice.
Lo miro con una sonrisa radiante.
—¿De verdad?
No es que me guste ir de compras. Es que estoy extrañamente emocionada por
hacer los siguientes movimientos en esta nueva vida mía, aunque esos movimientos
tengan un precio desagradable. Afortunadamente, he ahorrado un poco de dinero... con
suerte, lo suficiente como para comprar unos cuantos pares de jeans de maternidad y
tal vez un top o dos.
—De verdad.
157
Almorzamos un poco antes de irnos, la voz de mi madre en mi cabeza insiste en
que tengo que comer algo antes de ir a cualquier sitio con patio de comidas. Pero
cuando llegamos al centro comercial, el aroma de los suaves pretzels bañados en azúcar
de canela recorre el patio hasta mi desprevenida nariz. Oh, guau.
—Rayos —murmuro, mi estómago rugiendo. Acabo de comer. Esto es ridículo.
—¿Qué pasa? —pregunta Grant, usando un toque suave para girar mis hombros,
así que lo estoy mirando.
—Es una tontería —digo en un gemido—. Es que tengo hambre otra vez.
—¿Qué quieres?
—Uno de esos peligrosos pretzels de canela, pero soy más fuerte que mi apetito
—digo con firmeza, asintiendo con decisión—. Deja que me distraiga con cosas de bebé
y olvidaré que lo quiero.
Me apresuro a entrar en la boutique de bebés más cercana, ignorando el hecho de
que todo lo que hay dentro parece que haría un enorme agujero en mi salario de esta
semana. Estoy admirando un par de zapatitos de bebé con preciosos volantes de encaje
cuando Grant finalmente se une a mí dentro.
—Aquí tienes —dice, y me tiende una bolsa de papel con el logotipo de la empresa
de pretzels guiñándome un ojo a mi lado—. Cómetelo mientras esté caliente.
Se me hace agua la boca y le doy las gracias. Abro la bolsa y aspiro esa dulzura
azucarada, saboreando el aroma antes de demoler el pretzel en cuatro bocados. Intento
ser lo más delicada posible, ya que Grant está mirando.
—Esto lo es todo —murmuro entre mordidas.
Grant se ríe y me quita un poco de pelo de la mejilla y lo coloca detrás de mi oreja.
Sus ojos y su mano son tan cálidos que me derriten con su afecto tierno.
Este hombre me va a matar.
Caminamos por el centro comercial durante una hora, parando en cada tienda que
promete una sección de liquidación. Grant no me deja pagar nada. Es casi frustrante lo
caballeroso que puede ser. Pero decido no darle importancia. Sé que sólo intenta ayudar.
Cuando vuelvo a poner un costoso vestido premamá color lavanda en la estantería
porque el precio me hace palidecer, él se aparta para pagarlo. Intento no darme cuenta.
158
Con tres bolsas llenas —las dos más grandes en las insistentes manos de Grant—
lo damos por terminado. Seguro que queda más por comprar, pero puede esperar. En
el camino de vuelta al coche por el estacionamiento, me doy cuenta de que estoy
divagando sobre las cunas.
—Lo siento. —Me río y meto la bolsa en la cajuela del coche de Grant—. Es que
quedan muchas cosas por comprar. Tal vez necesite una mecedora como la que tenía
mi mamá. O tal vez sólo quiero una. No lo sé.
—¿Tu madre te acunaba en una mecedora? —pregunta.
Asiento con la cabeza, sonriendo.
—Esos son algunos de mis primeros recuerdos. —Al decir estas palabras, de
repente me siento un poco triste, porque al haber crecido en una casa de acogida, Grant
probablemente no tenga ninguno de esos primeros recuerdos felices como yo. Pero me
mira a los ojos con una mirada cálida.
—Pareces entusiasmada —dice, y sus ojos brillan con algo que parece una victoria.
Después de pasar tanto tiempo con la versión triste y llorona de mí, estoy segura
de que esta versión es una delicia. Y estoy feliz de tenerla cerca tanto como sea posible.
—Creo que sí. —Suspiro felizmente, viendo a Grant colocar sus dos bolsas en la
cajuela.
Juntos, levantamos la mano y tiramos de la puerta hacia abajo, quedándonos cerca
una vez que se cierra en su sitio. Huelo su colonia y me asaltan vívidos recuerdos de las
dos veces que dormimos juntos. La forma en que sus manos se sintieron en mi cuerpo...
la forma en que gemía, profunda y gutural, ante mi contacto.
Con calma. Mi ritmo cardíaco se acelera.
Grant se apoya en el coche, mirándome con ojos suaves.
—¿Qué? —pregunto, curiosa por saber qué tiene en mente.
—¿Y si consigo un depa de tres habitaciones?
—¿Qué quieres decir?
—Podríamos dejar las cosas como están. Yo en mi habitación, tú en la tuya. Y
todavía tendríamos espacio para un cuarto de bebé. Sé que hay unidades más grandes
159 en otros pisos de mi edificio.
—Grant...
—Sólo piénsalo, ¿okay? —Se inclina, tratando de atrapar mis ojos con su mirada
magnética.
Automáticamente miro mis zapatos. Sí lo pienso.
Por un momento, pienso en el atractivo de pasar más tiempo con Grant. Lo bien
que me trata. Lo maravilloso que sería con un bebé. Cuando mis pensamientos se
desvían hacia la amistad que estaría poniendo en peligro, la forma en que me sentiría al
depender de él para todo. Frunzo el cejo y le miro a los ojos.
—He pensado en ello, Grant. Necesito tener mi propia casa antes de que nazca el
bebé.
Rompe el contacto visual conmigo y mira por encima de mi cabeza hacia la
oscuridad del garaje. Me doy cuenta de que está molesto, pero no sé cómo consolarlo
sin sacrificar mis propias necesidades.
—Lo siento —digo con un suspiro—. Necesito hacer esto por mí misma. ¿Lo
entiendes?
—Lo entiendo —dice, pero toda la calidez de su voz de hoy ha desaparecido.
Dice que lo entiende, pero no estoy segura de que lo haga. Necesito valerme por
mí misma. Voy a ser madre, y cuidar de mí misma parece un primer paso muy importante
antes de poder cuidar de otra persona.
—Estoy cansada, ¿okay? ¿Podemos irnos a casa? —pregunto y luego hago una
mueca, dándome una patada por haber usado la palabra casa otra vez. Por supuesto, el
hombre está confundido. No puedo entender mi historia.
—Claro.
Y con eso, Grant gira sobre su talón y camina alrededor del coche hacia el lado del
conductor. Suspiro y me dirijo a la otra puerta.
Con la tensión suspendida en el aire entre nosotros, no volvemos a hablar en todo
el trayecto a casa.
160
PASOS CHIQUITOS
165 Los senos nunca dejan de ser increíbles. No importa si tienes dos semanas o treinta
y dos años. Yo también las quiero en mi boca. Pero no en la de tu mamá. No te
preocupes, pequeño.
Cuando me imagino a Ana amamantando a nuestro bebé, Ana murmurando suaves
sonidos y acunando un bulto envuelto en sus brazos, siento un dolor en el centro de mi
pecho.
—Dime lo que piensas —dice Becca con calidez.
Frotando una mano sobre mi nuca, lo considero.
—Dios, por dónde empezar. —Una risa seca y sin humor se me escapa de los labios.
—No se trata de verme a mí y a Bishop, ¿verdad? —Ella sonríe.
—Em... —Dudo, sintiéndome repentinamente inseguro. Owen y Becca acaban de
tener a su bebé, una cosita diminuta e indefensa. Probablemente están agotados y
abrumados. Y los visitantes que han aparecido probablemente han venido con regalos y
ofreciendo buenos deseos, no buscando egoístamente un consejo como yo.
Antes de que pueda responder, me dice:
—No pasa nada si se trata de Ana.
Sonrío.
—¿Soy tan evidente?
—Sólo para mí.
Recuerdo una conversación que escuché en el vestuario hace unas semanas.
"No crees que haya nada entre Grant y Ana, ¿verdad?”
"Dios, no. La rompería literalmente.”
Fue una observación graciosa: un tipo de 1,80 metros con una chica diminuta como
Ana. Puedo ver cómo eso haría que la gente hiciera una doble toma. Pero no, yo no la
había roto. En todo caso, ella me había roto a mí, pero no podía decir eso sin invitar a
algunas preguntas serias. Preguntas para las que no tengo respuestas. Pero espero poder
responder a algunas de esas preguntas hoy.
Con una inhalación profunda, intento organizar mis pensamientos. Últimamente
me siento tan disperso, tan al rojo vivo e impotente. Ana y el embarazo me sobrepasan,
y no me gusta sentirme tan fuera de control.
166
—Pensé que, ya que habías pasado por esto recientemente, tal vez podrías decirme
algunas cosas que podrían ayudar. Como cuando ella entre en labor de parto...
Becca asiente.
—Bueno, el parto puede ser lento o rápido. Cada persona es diferente. Pero
prepárate, puede durar un día, o incluso dos. Si se siente cómoda, puedes ayudarla con
masajes en la espalda o en los pies. O incluso ser su defensor con las enfermeras.
Ni siquiera estoy seguro de que Ana me quiera en la habitación del hospital, pero
me inclino hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.
—¿Cómo?
—Bueno, como por ejemplo, Owen estaba constantemente preguntándoles a las
enfermeras, como cuando necesitaba más medicamentos para el dolor, o si podía comer
algo. Era agradable no tener que ser yo quien pensara en esas cosas.
—Tiene sentido. ¿Y el parto? Tendrá mucho dolor, ¿verdad?
Becca se mueve, su boca se suaviza mientras mira a Bishop por un segundo.
—Eso depende. ¿Sabes si piensa ponerse la epidural?
—No estoy seguro.
Becca asiente pensativa.
—El parto natural es increíblemente doloroso, pero gratificante, por lo que he oído.
Sólo puedo hablar por mi experiencia.
—Por supuesto. Entonces, ¿cómo fue?
Toca la mejilla de Bishop con su dedo índice, acariciándola ligeramente.
—No fue tan malo como esperaba.
Asiento con la cabeza.
—Muy bien. Eso es prometedor.
Me mira.
—Esto va a sonar estúpido...
—Becca, no lo es. Estoy aquí pidiéndote información sobre una mujer con la que ni
167 siquiera estoy seguro de estar saliendo.
—Para. —Me frunce el cejo—. Sé que eres importante para Ana.
—No sé si llegaría tan lejos.
—Bueno, yo sí. —Me mira de forma mordaz—. Pero cuando pierda el tapón de
moco...
Mis ojos se ensanchan.
—¿Su qué? ¿Como un tapón que se sale?
Se ríe ante mi respuesta.
—No es como un corcho de champán, Grant. ¿Sabes qué? No importa. Es sólo
que... una vez que perdí el mío, mi parto se produjo rápidamente, pero mi experiencia
fue sólo eso, mi experiencia. Así que, ¿por qué no me preguntas lo que viniste a
preguntarme?
—Ni siquiera lo sé, para ser sincero. Me siento tan inútil todo el tiempo. ¿Qué puedo
hacer? ¿Cómo puedo serle útil?
Becca suelta un pequeño suspiro y levanta a Bishop, acercándolo a su otro pecho...
y, vaya, esta vez sí que puedo ver un destello de un seno hinchado y una areola rosada
antes de cerrar los ojos rápidamente.
Mierda. Esto es raro.
—Tráeme ese paño para eructar, ¿quieres?
—Eh, claro. —Poniéndome en pie, tomo el paño de algodón blanco estampado
con pequeños cactus verdes y se lo doy a la esposa de mi compañero mientras intento
borrar la imagen de su seno de mi memoria.
Una vez que el bebé está acomodado al otro lado y vuelve a chupar alegremente,
Becca me mira a los ojos.
—Bueno, si quiere espacio, tienes que darle espacio. Pero puedes hacerle saber que
estás ahí si necesita ayuda.
Tiene razón. Supongo que eso es todo lo que puedo hacer. He respetado el deseo
de Ana de demostrar su independencia, pero no estaría de más asegurarme de que
conoce mi postura al respecto. Quiero estar a su lado, aunque eso signifique desnudar
mis sentimientos. Incluso si significa que posiblemente sea rechazado otra vez.
168
—¿Están bien aquí? —Owen asoma la cabeza por la puerta abierta y se asoma al
interior.
—Todo bien —digo.
—Bishop ha terminado. ¿Lo haces eructar? —pregunta Becca.
—Por supuesto —Owen cruza la habitación en unas pocas y fáciles zancadas y
levanta al bebé del abrazo de su esposa.
Se asegura la blusa mientras yo miro a mis pies. Cuando vuelvo a mirar hacia arriba,
Owen tiene a su mini hijo encaramado en lo alto de su hombro, dándole palmaditas en
la espalda con suaves caricias. Es un espectáculo que nunca pensé que vería: uno de mis
compañeros de equipo con un bebé, esas manos grandes y callosas siendo tan tiernas.
Durante unos segundos, me quedo sin palabras.
Con un suave gruñido, el bebé deja escapar un eructo que suena a humedad. Y
luego un pedo.
Todos nos reímos.
—Definitivamente es tu hijo —dice Becca con cariño, encontrándose con los ojos
de Owen.
Owen se limita a reírse y a arrullar con algunos sonidos sin sentido a su hijo.
Un duro nudo se abre paso en mi garganta. No sabía qué esperar al venir aquí hoy.
No parecen agotados ni privados de sueño como podría haber pensado. Parecen felices.
Realmente felices.
Todo lo que hay en esta habitación es exactamente lo que quiero. Una esposa. Un
bebé. Un hogar lleno de amor y respeto, y un sentido compartido de propósito. He
estado solo toda mi vida adulta. Estoy listo para más, listo para establecerme con una
buena mujer.
Pero Becca tiene razón, no puedo forzar a Ana. Ella tiene que querer elegirme. Y no
sólo porque un papel dice que soy el padre de su bebé, sino porque soy el hombre que
quiere a su lado.
¿Y si no quiere?
No tengo ni puta idea de lo que haré.
169
HORA DE IRSE
Tocando los lados de mi teléfono con los pulgares, trato de mantenerme ocupada con
la pequeña pantalla hasta que Grant llegue a casa del entrenamiento. Llega tarde, lo que
amablemente me dijo por mensaje hace casi cuarenta minutos, así que seguí adelante y
cené sin él. Su porción está en el refrigerador, esperando a que vuelva a casa.
Por primera vez en mucho tiempo, lamento haber optado por salir de la locura de
las redes sociales. Sería un buen escape desplazarse por la vida de otra persona por una
170 vez. En lugar de eso, estoy enfocada en dos piezas de información que estaré
transmitiendo obedientemente a mi encantador anfitrión y potencial papá de mi bebé.
Es una niña. Practico decirlo sin romper a llorar, pronunciando las palabras en
silencio.
La vista de esa pequeña pepita combinada con el conocimiento de que soy la mamá
de una pequeña y preciosa niña destruyó por completo cualquier resolución que tuviera.
Lloré de alegría delante de la enfermera mal equipada, que me dejó con una caja de
pañuelos para llorar todo el tiempo que lo necesitara. Y lloré. Ni siquiera estaba segura
de por qué estaba tan emocional, tal vez porque todo esto finalmente se siente real.
Ahora, el segundo dato no es tan milagroso. Más temprano este mes, encontré un
pequeño departamento de dos habitaciones en Wedgewood, a sólo unos kilómetros al
norte del condominio de Grant. Es acogedor y semi amueblado, con un interior de
ladrillo, mucha luz natural y un patio que admite perros. Perfecto para mí. Contacté al
propietario y resolví los detalles, dejando caer un considerable monto del cheque de
pago de este mes para el depósito de seguridad inicial. Lo que no habría sido posible sin
todos los ingresos adicionales que he ahorrado viviendo sin pagar renta con Grant.
Hoy recibí la confirmación de que puedo mudarme mañana. Con la mayoría de mis
pertenencias ya empaquetadas en cajas, sólo me tomó una hora para conseguir y
preparar mi bolsa de viaje. Estoy lista para irme. Ahora sólo necesito decírselo a Grant.
171 Mi corazón se calienta ante la extraña pareja y su extraña amistad. ¿Quién sabía?
—Siento llegar tarde —suspira Grant, su cabello está revuelto por el viento y sus
pómulos están rojos con el frío de Seattle.
Mi impulso es saltar y alisarle el cabello, rozar esas mejillas con las yemas de mis
dedos… pero en cambio, me siento en mis manos.
Hay un cómodo silencio durante unos minutos mientras veo a Grant merodear por
la cocina, metiendo la cabeza en el refrigerador, llevando su plato al microondas y
llenando un vaso alto con agua mientras el microondas vibra con la promesa de una
cena caliente.
Con el codo apoyado en la encimera, apoyo la mejilla contra mis nudillos. Me
encanta ver a este hombre, este superhéroe humano, operar como una persona normal.
La forma en que su mano gigante envuelve la diminuta manija del microondas, todo
mientras hace malabarismos con su bebida y un tazón pequeño de ensalada en el otro,
me hace reír. Sus ojos brillan de buen humor cuando se une a mí, poniéndose cómodo
a mi lado en la barra con un suspiro de alivio.
Por supuesto, Grant ve a través de mí. Termina de masticar su primer bocado, sus
ojos entrecerrados en forma de te conozco mejor que eso.
—La primera noche que estuve aquí, me preparaste un omelet con esos mismos
ingredientes —murmuro suavemente, tocando el espacio de la encimera entre nosotros.
—Así es —dice, acariciando mis nudillos con un suave apretón que siento en mi
corazón.
—Ya veo.
173
Se inclina hacia atrás, de alguna manera más cerca del hombre cauteloso que me
acogió por primera vez y más lejos del alma amable e intuitiva que sé que es.
Hago una mueca. Cada vez que abro la boca digo algo que completamente lo
aplasta. Odio esto.
—Iba a pedirte que nos ayudaras a cargar las cajas a la camioneta de Jordie —digo
con una sonrisa tímida formándose en mis labios.
Cuando me mira a los ojos, la emoción que veo en ellos es casi demasiado para
manejar.
Sonrío.
—¿Una niña?
—Sí.
No dice nada más, pero sus ojos me cuentan toda la historia. Sostengo su mirada
y una sola lágrima escapa de mi ojo. Tanto como quiero apartar la mirada y esconderme
del enorme sentimiento que persiste detrás de sus ojos, no lo hago. El momento hierve
a fuego lento con la emoción y no puedo negar que hay una pequeña voz dentro
preguntando si estoy segura.
Tengo que hacer esto, tengo que estar segura de que soy capaz de cuidar de mí
misma.
Es agradable.
Mi teléfono vibra. Es Becca, haciéndome saber que no va a ser capaz de llegar a la
inauguración de mi casa esta noche. Comprensible, con un bebé recién nacido.
Al menos esta noche será refrescante. Además, Elise ha hecho serias promesas de
pizza a domicilio y me estoy muriendo de hambre.
Después de romper un par más de cajas de cartón vacías, las llevo hacia el callejón
con Hobbes liderando el camino. Después de un largo paseo por la cuadra, el tiempo
suficiente para permitirle olfatear cada nueva y emocionante ramita, hoja e hidrante —
nos dirigimos de regreso a casa. Busco torpemente mis nuevas llaves. Te acostumbrarás
a ellas.
Cuando abro la puerta, Hobbes irrumpe dentro, un perro completamente nuevo
comparado con la cosita tímida que era esta mañana. Recorre todo el departamento,
deteniéndose a mis pies con su lengua meneándose para que coincida con su cola.
Lo tomo en mis brazos, provocando un aullido feliz. Juntos, nos dejamos caer en el
sofá para una sesión de abrazos improvisada. No me doy cuenta de cuan exhausta estoy
hasta que me hundo en los acolchados cojines del sofá. Me voy antes de que me dé
cuenta.
Me despierto con el sonido del timbre de un departamento. Me sobresalto por no
estar familiarizada con el tono. Hobbes corre hacia la ventana, ladrando. Con un poco
de esfuerzo, me levanto del sofá, cojeando hasta el intercomunicador.
—¿Hola?
—¡Oh, por Dios, Ana! Este lugar es perfecto —dice con un grito ahogado. Extiende
177 la mano para apretar mi brazo mientras su mirada viaja de una pared a otra.
—Es de buen tamaño —dice Sara con una sonrisa y un asentimiento, entrando
apenas detrás de Elise—. Hola, Ana. Gracias por recibirnos.
—Por supuesto —digo con una sonrisa, cerrando la puerta después de que Bailey
entra, toda sonrisas y ojos muy abiertos. Mi departamento está un poco abarrotado con
tanta energía. Pero también es agradable. Antes estaba realmente tranquilo.
—Hablando de ruido de fondo —dice Elise con voz cantarina, sacando un pequeño
paquete de su bolso envuelto en papel de seda amarillo brillante con puntitos blancos.
¿Un regalo?
—¿Qué es eso?
—Oh, por Dios —susurro, buscando respuestas en los rostros expectantes de mis
amigas. Aprieto el regalo contra mi corazón y lucho por encontrar las palabras.
—Parece que está a punto de sufrir un ataque al corazón. Es sólo un pequeño baby
shower informal para una mujer increíble —dice Sara con total naturalidad, dándome
una mirada cálida.
Ese molesto bulto está haciendo un hogar en mi garganta otra vez y de mis ojos
están brotando lágrimas. Estas malditas hormonas me hacen llorar 24 horas al día, 7 días
a la semana.
—Sus cosas son muy lindas o simplemente podrías gastarlo todo en una carriola
de primera línea —dice Sara con una sonrisa maliciosa.
—Gracias —susurro.
—¡Yo sigo! —canta Bailey, empujándome una bolsa de regalo con entusiasmo que
nunca replicaré.
—¡Sí! Justin dijo que había estado alojando todas tus cosas en su elegante
condominio desde que ya sabes quién fue degradado.
—Buen desecho —dice Bailey.
—¿Sólo un amigo? —Me mira Sara con los ojos entrecerrados de esa manera
aterradora de abogada.
Cuando nadie hace un movimiento para abrir la puerta, recuerdo que este es mi
departamento y ese sería mi trabajo.
—¡Oh! Yo... abriré —tartamudeo, mis mejillas se calientan. Las otras chicas se ríen
entre ellas, pero no de una manera mezquina. Realmente no me importan las burlas.
—¡La pizza está aquí! —grita Becca mientras desfila por la puerta, sosteniendo la
caja de pizza por encima de su cabeza.
Dejo caer mi billetera en estado de shock, cubriendo un grito ahogado con mis
manos.
—¿Becca?
Las mujeres en la sala de estar se ríen positivamente. Becca avanza y deja la pizza
en la mesa de café delante de ellas, girando para hacer una reverencia.
—Fue una sorpresa. No tuve tiempo de comprarte nada, así que este es mi regalo
para ti —dice Becca, haciendo un gesto para sí misma. Da un paso hacia mí, coloca dos
manos tibias con olor a pizza sobre mis hombros y me da una mirada muy severa—.
Ana.
Me ahogo con un sollozo, cubriéndome la cara con las manos. ¿Qué hice para
merecer estas amigas?
—¡La hiciste llorar! —dice Elise, acusando burlonamente a Becca.
—Ella estará bien. —Se ríe Becca, tirándome a sus brazos y meciéndome de un lado
a lado.
181
ADORADA
Cuando miro hacia abajo, ya no puedo ver mis dedos de los pies. Mi barriga es tan
grande y llena de vida. De hecho, es tan grande que tuve que llamar a Grant para
ayudarme a armar la cuna. Esta bebé nacerá en menos de ocho semanas y a juzgar por
la forma en que está haciendo todas las rutinas de baile ahí adentro, está ansiosa por
hacer su entrada al mundo.
—Okay —digo, concediendo sólo por un momento—. ¿Qué tal té? ¿Te gustaría un
poco de té?
Grant me mira desde su posición en el suelo. Viendo lo desesperada que estoy por
ayudar, asiente.
—¿Con cafeína?
—Como sea
A principios de esta semana, los dos kits de prueba de paternidad que ordené
llegaron a mi puerta. Los compré por capricho… un capricho emocionalmente inestable,
tal vez. Una gran parte de mí no quiere saber quién es el padre biológico de esta dulce
e inocente niña. Una gran parte cobarde. Y no puedo decidir, ya sea porque quiero que
Grant sea el padre o porque no quiero que Jason lo sea.
Hace meses, cuando le dije a Jason por teléfono que estaba embarazada, su
reacción era de esperarse. ¿Está segura? ¿Cómo es eso posible? ¿Te equivocaste con tus
anticonceptivos? ¿Que se supone que haga? Me acabo de mudar aquí, ¿esperas que
vuelva?
Después de asegurarle que lo tenía todo bajo control y que sólo lo contacté como
183 cortesía, colgué, lloré durante una hora y continué con mi vida. Pero eso no quiere decir
que haya sido fácil.
Todo me hace enojar estos días, incluso los extraños bien intencionados cuando
hacen comentarios sobre lo emocionados que debemos estar mi esposo y yo.
Al igual que antes, la conversación telefónica que Jason y yo tuvimos antes esta
mañana fue rápida y tensa. Debería haber sabido mejor. Pidiéndole hacerse una prueba
de paternidad sólo podía llevar a una cosa —que él me acusara de engañarlo.
—¿Por qué necesitarías eso? ¿Estuviste cogiendo con alguien más? —escupió, su
voz tan áspera como recuerdo que se ponía durante nuestras peores peleas.
Terminé la llamada, ahí mismo. Jason no merece saber sobre Grant. Ya no merece
saber nada de mi vida. Bastardo.
184
Le he estado dando espacio desde que le dejé caer la bomba del bebé, insegura
de cómo reaccionaría. Parece que nuestra amistad va a estar bien, después de todo.
La tetera silba con fuerza, devolviéndome al presente. Armada con una taza caliente
de té de menta, vuelvo a entrar en la habitación del bebé. La cuna está en posición
vertical y asegurada, por lo que puedo decir. Pero Grant no está por ningún lado. Extraño.
Oigo abrirse la puerta principal y asomo la cabeza hacia el pasillo. Grant entra
arrastrando los pies con dos cestas gigantes tejidas en sus brazos llenas hasta el borde
con bolsas de compra. Levanta la vista y se topa con mi mirada, sabiendo que lo han
atrapado.
—Hay una cosa más —dice, ya en su camino por el pasillo hacia la puerta delantera.
—¿Puedo ayudar? —grito, frotando mi vientre con ansiedad. Espero que no sea
nada demasiado grande.
—¡Lo tengo!
185
Lo que carga a través de la puerta, no cinco minutos después, paraliza al maldito
mundo entero.
—Contacté a tu papá —dice Grant mientras camina con la silla hacia la habitación
del bebé, colocándola en la esquina entre las cestas—. Espero que no te importe. Sólo
que sé lo unida que eras a tu mamá y quería ver si esa mecedora de la que me hablabas
todavía existía. Tu papá estaba feliz de ayudar. Hice que la enviaran aquí y la recogí ayer.
—Ven aquí —digo, mis brazos extendidos y mis ojos empañados por la emoción.
Grant obedece, poniéndose entre mis brazos y envolviéndome con los suyos con
cuidado de no apretar demasiado. Mi corazón martillea, y mi respiración es temblorosa
y desigual.
Me aparto y busco sus ojos. Él se eleva sobre mí, una columna de fuerza de la que
he llegado a depender. Y por una vez, empiezo a pensar que está bien.
Envuelvo mis brazos alrededor de su cuello, estirándome por él, estirándome por
su beso. Grant acuna mi mejilla y su boca cubre la mía en un beso hambriento. Fuera de
la ventana de la habitación del bebé, la lluvia comienza a golpear contra el vidrio, otra
tormenta cayendo. Él retrocede y apoya su frente contra la mía mientras nuestras
186 respiraciones jadeantes chocan entre nosotros.
—Lo sé.
—¿Estás bien? —pregunta, sus ojos oscurecidos por la pasión, pero su frente está
arrugada con preocupación familiar.
—Estoy perfecta —suspiro feliz, rozando mis labios con los suyos otra vez—. ¿Tú
estás bien?
—Sí —dice con un gruñido y presiona sus labios contra los míos.
Estoy mareada, ebria por su sabor y olor, y por sentirlo en mis brazos. Y a pesar de
mi vientre redondo, puedo sentir su beso hasta los dedos de los pies.
—Vamos. —Me río tontamente, sacándolo de la habitación del bebé con una mano.
Me giro hacia él con una sonrisa cuando llegamos a mi puerta—. No juzgues, ¿okay? Mi
cuerpo ya no se ve como antes.
Una vez dentro de mi habitación, me hace girar, pero no demasiado rápido. Soy un
poco pesada, por lo que se asegura de moverme con cuidado. Desatando mi vestido de
maternidad con dedos lentos y firmes, continúa susurrando dulces palabras en mi oreja.
Con ganas de mostrarle exactamente lo hermoso que creo que él es, presiono mis
manos debajo del dobladillo de su camisa, necesitando sentir el calor de su piel, tocar
esos músculos deliciosamente definidos otra vez. Grant me libera sólo por el tiempo que
187 se necesita para arrancarle la camisa, su cabello revuelto y sus ojos salvajes por el deseo.
Presiono mi cara contra sus pectorales, sacando mi lengua para saborearlo. Su pecho
vibra con un gemido profundo y gutural mientras desliza los dedos por mi cabello.
Puedo decir que no le gustaría nada más que inclinarme sobre mi tocador y
tomarme aquí y ahora, y a decir verdad, esa misma fantasía se ha reproducido en mi
cabeza más de una vez. Sin embargo, estoy sorprendentemente embarazada, así que
como sea que hagamos esto, tendrá que ser cien por ciento seguro para mí y el bebé.
Sus ojos están oscuros de placer y la forma en que me mira envía escalofríos
corriendo por mi cuerpo. Es difícil respirar con él mirándome así. Y luego su mirada cae
más abajo, posándose en mis pechos y succiona una respiración irregular. Son más
grandes que nunca. Y más sensibles también.
—Oh, mierda, estas cosas son increíbles. —Su voz es ronca y llena de emoción
188
caliente.
Acunando el peso de un pecho lleno, Grant frota su pulgar sobre mi pezón. Un rayo
de calor me recorre la espalda. Se inclina hacia adelante y besa la parte superior de un
seno, luego el otro, y suelto una exhalación temblorosa.
Cuando chupa un pezón erecto en su boca, tiemblo. Y cuando chupa el otro con la
misma firmeza en su boca caliente, casi me desmorono en el lugar. Es demasiada
sensación y no suficiente al mismo tiempo. La áspera rasadura de su barba incipiente
crea un aguijón de bienvenida y gimo, arqueando la espalda para acercarme aún más.
—Grant… —gimo mientras acaricia mis pechos—. Te necesito —digo con una
respiración irregular.
Sus ojos se encuentran con los míos con una expresión solemne que por un
segundo no puedo leer. Todo se vuelve silencioso entre nosotros y el momento se
prolonga con incertidumbre.
¿No quiere? Tal vez estoy demasiado embarazada.
Oh, Dios… Mi cara se calienta de vergüenza.
Sus dedos rozan mis caderas mientras me admira y su manzana de Adán se
balancea mientras traga.
Oh.
—No me importa. —Hago una pausa y luego lo miro otra vez—. ¿A menos que
deba?
—Yo tampoco.
En el segundo en que las palabras salen de mi boca, sus labios se arquean hacia
arriba y me doy cuenta de lo ridículo que suena. Estoy embarazada de casi ocho meses.
189 No hace falta decir que los pretendientes no están exactamente alineados alrededor de
la cuadra por mí.
—¿Estás cómoda? —pregunta, sus manos buscando mis lugares más sensibles,
acunando mis pechos otra vez, acariciando mi escote, mis pezones… mi vientre.
—Sí —gimo, amando la forma en que sus enormes y cálidas manos envuelven mi
vientre, haciéndome sentir tan pequeña otra vez. Tan protegida.
—Así —gimo, golpeando mi trasero contra la firme cresta en sus bóxer otra vez.
Con dedos hábiles, Grant me baja la ropa interior por las piernas. Trayendo su mano
entre mis muslos, presiona suavemente contra mi clítoris. Jadeo, sacudiéndome en su
mano, absolutamente salvaje por esa deliciosa fricción.
Me estiro hacia atrás, con una mano tocando el cabello en la nuca y la otra
agarrando su culo. Obedece mi orden tácita, alineándose con mi centro cálido y húmedo.
Grito, balanceando mis caderas contra las suyas, profundizando nuestra conexión.
Él se siente increíble y ardiente lujuria me recorre, alejando cada pensamiento y
190 preocupación que he tenido durante las últimas semanas.
—Me v-vengo —jadeo, las olas chocan sobre mí más fuerte y rápido de lo que
alguna vez he experimentado.
Grant agarra uno de mis pechos llenos mientras me folla para su propio orgasmo,
un gemido ahogado llenando mi oído mientras se vacía dentro de mí. Somos un desastre
sudoroso y sin aliento durante los próximos minutos, ambos simplemente tratando de
disminuir nuestro ritmo cardíaco mientras escuchamos la lluvia caer afuera.
Grant obedece, ayudándome a sentarme y mover mi cuerpo para que ahora esté
frente a él. Nos acurrucamos el uno en el otro como si hubiéramos hecho esto toda
nuestra vida.
—Yo también. —Sonríe, presionando sus labios contra mi frente en apreciado beso.
191 —Eres malditamente sexy —Suspira, tocando sus labios con los míos—. Ha sido
difícil.
—Estoy segura de que tengo una idea. —susurro contra sus labios.
—Yo también tengo un regalo para ti —digo una vez que nos separamos.
—Te lo conseguiría, pero no creo que me vaya a mover de este lugar por un minuto.
—¿Dónde está?
—En el tocador.
Grant planta un beso firme en mi frente antes de saltar de la cama, más joven de lo
que nunca lo he visto actuar. Lo miro (bueno, a su musculoso trasero) mientras se acerca
lentamente al tocador, encuentra la caja y la levanta.
—¿Esta?
—Esa es.
La mira por un minuto, leyendo el frente y luego la parte posterior, y luego el frente
nuevamente.
—¿Qué opinas?
—Sí.
—Bueno, ¿no quieres saber si es tuya? —pregunto, tocando mis dedos a través de
192 mi vientre hinchado.
—Odio decir esto después de que hayas gastado dinero… pero no necesito esa
cosa —dice en voz baja, las yemas de sus dedos descansando suavemente sobre mi
brazo, dibujando patrones inescrutables.
—¿No te… importa? —Me preparo para el dolor imposible que sé que está a punto
de pegarme.
—No. Voy a amar y cuidar a esta niña, sin importar si ella es mía o de otra persona.
No me importa. Ella es tu bebé, Ana, y planeo proteger y cuidar tanto de ti como de tu
hija durante el tiempo que me quieras.
Por enésima vez hoy, lágrimas brotan de mis ojos, una fuente de gratitud brotando
de mí. ¿Qué se supone que debo decir a eso?
—Okay. —Se ríe Grant entre dientes, extendiendo la mano hacia la mesita de noche
para agarrar un pañuelo. Limpia mis mejillas mojadas y mi nariz con una ternura que casi
no puedo creer para un hombre tan grande.
—En ese caso… ¿puedes hacer una cosa más por mí? —pregunto, batiendo mis
pestañas.
—Cualquier cosa.
—Lo tienes.
193
CAMBIO DE OPINIÓN
—No estoy diciendo nada —Sonríe con malicia—. Aparte de que… te ves tan
bonito.
Le enseño el dedo medio. Obtuve un ojo morado durante nuestro último juego.
Malditos Vancouver Rebels. Rufianes, todo el equipo. Y dado que la directora de la
organización benéfica pensó que, y cito, asustaría a los niños, ahora estoy usando puto
194 maquillaje para cubrirlo.
—Viejo, ven aquí. —Nuestro portero suplente, Morgan, se ríe como una hiena—.
Él cap está usando maquillaje.
Jordie se ríe.
—Sí, pero ahora eres un tipo de casi dos metros con barba que también usa
maquillaje, entonces, ¿qué es peor?
—Vete a la mierda, Jordie.
Se encoge de hombros.
—Aceptable.
Ver a una docena de niños de cinco y seis años tambalearse y salir corriendo a
través del hielo con el equipo completo de hockey pone una sonrisa en mi rostro. El
sentimiento es tan extraño, porque no he sonreído desde que Ana se mudó hace dos
semanas.
195 —¡Oiga, señor! —Uno de los niños al que le faltan dos dientes grita, mirando hacia
mí.
—¿Sí? —Me agacho para poder mirarlo a los ojos a través de la jaula de su casco.
Me río.
—¡Sí! —grita y avanza hacia la red, apenas evitando tropezar con su propio bastón
en el camino.
Patino detrás de él, tratando de no ser golpeado en las bolas con palos o discos
perdidos.
No hay mucha instrucción de verdad con este nivel de edad, sólo algunos elogios
ocasionales y mucho levantar niños del hielo cuando se caen. Paso los siguientes
cuarenta y cinco minutos trabajando con el grupo mientras mi mente deambula hacia
Ana y mi bebé por nacer. En algún lugar del camino, comencé a pensar en la bebé como
mía.
Los padres que me criaron no lo hicieron por obligación biológica y eso no los hizo
menos mi mamá y papá. Como resultado, nunca sentí la necesidad de ir a buscar a mis
padres biológicos. Entendí el razonamiento de por qué algunas personas se sienten
obligadas a hacerlo, pero nunca he tenido ese impulso.
Lo único que quiero es que Ana me dé una oportunidad de un futuro, porque estoy
muy seguro de que podríamos ser el uno para el otro si ella sólo lo intentara.
Pero la idea de que ella todavía quisiera espacio… la idea de que ella haga todo
esto por su cuenta… me da ganas de golpear algo. He intentado ser paciente, traté de
196 darle espacio y seguir estando ahí para ella cuando me necesitara. Es mucho. Es muy
bueno que tenga al hockey para distraerme.
La temporada todavía está en pleno apogeo, pero en poco tiempo llegará a un fin.
Lo hemos hecho bien, pero no parece que lleguemos a las eliminatorias, lo que debería
decepcionarme. Pero como la fecha de parto de Ana es en junio, extrañamente estoy
aliviado por este hecho. No me gustaría intentar hacer malabares con las eliminatorias
de la Copa Stanley y un nuevo bebé al mismo tiempo.
—Si pudieras llamar la atención de todos y reunirlos —dice con una sonrisa—. Tu
voz es más fuerte que la mía, estoy segura.
Asiento.
—Claro.
Patinando hacia el centro del hielo otra vez, les grito a los muchachos que es hora
de terminar. Pronto, decenas de jugadores de hockey en miniatura y otros entrenadores
están patinando hacia la salida donde ella espera, todavía sosteniendo su portapapeles.
Pero incluso si no quiere tener una relación conmigo, no puede alejar legalmente
a mi hija de mí. Buscar la custodia legal no es un camino en el que quiero aventurarme.
Quiero que ella me elija, que nos elija. ¿Pero si no lo hace? Puede que no tenga más
197 remedio que tomar esa prueba e involucrar a la corte.
Porque, ¿después de interactuar con estos niños hoy? No hay manera en el infierno
que vaya a perder la oportunidad de ser papá.
HORA DEL JUEGO
—Ay —gimo y froto un punto sensible en mi espalda baja. He estado dando vueltas por
la cocina durante la última hora, limpiando compulsivamente para dejar de pensar en lo
rara que me he sentido toda la mañana. Bueno, rara es probablemente la palabra
incorrecta. Me he sentido con calambres y he tenido un dolor de espalda durante las
últimas dos horas.
—Hola —le digo, intensamente aliviada—. Estoy tan contenta de que hayas
respondido.
—Estamos en un descanso. ¿Estás bien? —Suena un poco sin aliento. Sabía que
estaría en entrenamiento
Hay una breve pausa al otro lado de la línea. Antes de que pueda comprobar la
conexión, puedo escuchar a Grant hablando con alguien cercano. Está amortiguado,
pero puede distinguir “tengo que irme ya” y “dile al entrenador”.
No puedo creer que ya esté sucediendo. Todavía queda una semana hasta mi fecha
de parto.
—¿Estás bien? ¿Quieres que llame a una ambulancia?
—Estoy bien —digo débilmente, pero con una sonrisa—. Creo que mientras estés
aquí dentro de los próximos veinte minutos, estaré bien.
En un tiempo récord, Grant cruza la puerta. Está de rodillas ante mí, incluso antes
de que Hobbes pueda saltar para saludarlo.
—En la puerta.
Grant me ayudó a hacer la maleta para el hospital hace unas semanas cuando me
visitó. También me trajo un pastel en esa visita. Ha sido tan bueno conmigo, incluso
cuando todo lo que he hecho es alejarlo repetidamente.
—Va a salir bien. —Me recuerda, sintiendo mi nerviosismo. Me ayuda a levantarme
del suelo, me lleva a la puerta y me ayuda a deslizar mis zapatos planos más cómodos
en mis pies hinchados mientras Hobbes rodea ansiosamente nuestras piernas.
—Volveré por ti —le dice Grant, inclinándose para despeinar su suave pelaje.
Entonces Grant agarra mi maleta, que contiene una bata y pantuflas, algunos
artículos de tocador, un cargador de teléfono adicional… lo esencial. Además de pañales
y ropa para bebé que elegí especialmente para la ocasión. He estado lista para este
momento por un tiempo, pero de alguna manera con cada segundo que pasa, me siento
menos preparada que nunca.
Las escaleras resultan ser complicadas, así que Grant me levanta suavemente en sus
brazos. Debo pesar el doble de lo que pesaba cuando nos conocimos, así que esto no
es una tarea fácil, pero me lleva escaleras abajo como si no pesara más que mi cachorro
de cinco kilos. Acaricio su hombro con la nariz, inhalando su aroma, que he venido
asociar con seguridad y comodidad.
—Grant—
—Pero no sé—
—Estás haciendo todo bien. Estás en buenas manos. Estás segura. La bebé está a
salvo.
Con los ojos cerrados, no puedo procesar cómo o cuándo sucede, pero de alguna
manera estoy en la cama del hospital. Las enfermeras me conectan a una vía intravenosa,
tratando de mantenerme quieta mientras me retuerzo en agonía. Grant susurra algo
sobre una epidural en mi oído y asiento violentamente.
Gracias, Señor.
Grant da un paso atrás ante la solicitud de la enfermera y siento varias manos
cálidas poniéndome de lado. Abro los ojos y me encuentro con la mirada tormentosa de
Grant desde el otro lado de la habitación. Respira hondo, animándome a hacer lo mismo.
Respiramos juntos.
Asiento, insegura de cómo diablos voy a hacer esto. Todo está pasando tan rápido.
De repente, estoy muy agradecida de que esté aquí y que no esté viajando para un
juego de visitante. Siempre supe que era una posibilidad y me dije que estaría bien con
eso, que podría manejarlo. Pero sé en este momento que era mentira lo que dije. Estoy
tan jodidamente feliz de que esté aquí.
Un rato después, la enfermera me revisa otra vez y anuncia que es hora. Llaman al
médico y mi habitación del hospital está llena de actividad.
202 Asiento, ansiosa y emocionada a partes iguales. Voy a conocer a mi bebé. Voy a
conocer a mi hija.
Pujar es agotador. No puedo sentir nada debajo de mi cintura, gracias a Dios, pero
estas son las dos horas más largas de mi vida. Estoy sollozando en silencio con pura
fatiga al final, sudada y casi derrotada hasta que… finalmente.
Ella es colocada en mi pecho y cuando parpadeo para quitarme las lágrimas, es casi
imposible creer que esta frágil bebé sea realmente mía y que soy madre ahora.
La emoción brota en mi garganta y cuando miro hacia arriba para encontrarme con
los ojos de Grant, están llenos de lágrimas. Nunca lo he visto llorar y verlo tan emocional
hace que mi corazón se apriete. Mirando a este hombre grande y poderoso
prácticamente derretido de emoción me hace algo.
Grant se sienta en la silla junto a mi cama, pasando sus dedos callosos contra los
miniaturas de ella.
Mis párpados están tan pesados, más pesados de lo que jamás se habían sentido.
Pero cada vez que me voy, soy devuelta a las tenues luces y pitidos de la habitación de
hospital cuando una enfermera me revisa. Estoy más que cansada y Grant puede decirlo.
—Hola, bebé.
Mis ojos se abren, apenas, para ver a mi papá parado sobre mí, sosteniendo un
ramo ridículamente elaborado. Pone las flores sobre mis rodillas y se sienta en la orilla
de la cama.
—¿Papi?
—Estoy aquí —murmura, y de repente me siento como una bebé otra vez.
Lágrimas ruedan por mis mejillas mientras reviso la habitación en busca del bebé
real. ¿Dónde está?
Aliviada, suspiro y mi papá me seca las lágrimas con sus dedos fríos.
—Grant llamó después de que le dijiste sobre las contracciones. Tomé un vuelo
justo a tiempo. Pero nunca he maldecido más a la seguridad del aeropuerto. Pensé que
iba a perderlo, pero aquí estoy. ¿Cómo te sientes? ¿Tienes algún dolor?
—Estoy bien —Sonrío y luego dejo escapar una carcajada—. Estoy realmente bien.
Mi papá toma mi mano, apretándola suavemente para que coincida con las suaves
arrugas alrededor de sus ojos sonrientes.
Por suerte para mí, Grant se ha quedado conmigo todas las noches desde que
obtuvimos la autorización para salir del hospital, alternando la tarea de alimentación
nocturna como un verdadero profesional con leche que bombeé durante el día. Si no
supiera a ciencia cierta que Grant era un soltero empedernido, sin duda habría adivinado
que era un papá experimentado.
—Yo me encargo esta vez —murmura, cuando ambos nos despertamos con el
sonido de Hunter fastidiándose a través del monitor en la mesita de noche. Sale de mi
cama de tamaño matrimonial, que es demasiado pequeña para él, y tropieza en la
oscuridad de la habitación.
205
—Gracias. —Suspiro, acurrucándome más profundamente bajo las sábanas.
Puedo decir que ama ser necesitado. Que nos ama a Hunter y a mí, incluso si aún
no lo ha dicho. Una vez habló de su sueño de ser papá, pero nunca lo tomé en serio
hasta ahora.
Cuando Grant se acurruca otra vez en la cama conmigo casi cuarenta y cinco
minutos más tarde, le doy la bienvenida con los brazos abiertos.
—¿Cómo está?
—Sólo gruñona —dice, riendo entre dientes—. Pero la abracé hasta que cayó
dormida.
—Eres el mejor.
—Descansa un poco.
Y lo hago.
206
AGRIDULCE
Las primeras semanas de crianza demuestran ser una montaña rusa emocional. Hay
muchos momentos dulces a juego con los frustrantes y agotadores. A veces me
impresiona mi capacidad para manejarlo todo. Pero nada, y quiero decir nada, podría
prepararme para las palabras que salen de la boca de Grant en esta noche en particular
en casa.
—Hay algo que tengo que decirte.
Su tono es tan serio que de repente me pongo nerviosa por lo que está a punto de
decir. Sostengo a Hunter más cerca de mí, su carita metida detrás de una cobija para
207 amamantar.
—¿Qué cosa?
—Algo pasó hoy. Recibí una llamada del entrenador. Es Jason.
¿Qué?
—¿Qué quieres decir? ¿Qué le pasa a Jason?
Ese es un nombre en el que no he pensado en semanas y qué alivio ha sido.
Grant coloca una mano en mi rodilla, sus ojos clavados en los míos con la promesa
que será tan cuidadoso con sus palabras como pueda.
¡Sólo dilo! Quiero soltar.
—Él murió.
Él… ¿Qué?
—Ana, mírame.
Lo miro y lucho por mantener la concentración en su expresión de preocupación.
Mi mente está corriendo con pensamientos y preguntas, pero apenas puedo recordar
cómo formar palabras.
—¿Qué quieres decir?
—Tuvo un accidente. Fue un choque por manejar alcoholizado.
—Te refieres a que… él estaba…
—Sí.
Mi corazón se aprieta dolorosamente en mi pecho.
—¿Alguien más resultó herido?
—No —Grant suspira—. Hubo algunos cortes y contusiones, pero todos los demás
están a salvo.
—Bueno, eso es un alivio —digo, mi voz baja y forzada. Mi labio inferior tiembla
cuando una lágrima gorda cae por mi mejilla y cae sobre la frente de Hunter. Ella
gorgotea, terminando de alimentarse.
Me paro frente a mi tocador con sólo un par de bragas mientras cavo a través del cajón
superior, buscando un sostén que me quede bien. Dejé de amamantar hace unos días,
desde que extraje suficiente leche para Hunter durante un mes más o menos, y luego
planeo cambiar a la fórmula. Iré a trabajar pronto, sólo medio tiempo, pero esta parecía
la mejor opción para la transición.
Han pasado ocho semanas desde que nació. Nos mudamos otra vez al condominio
de Grant el mes pasado, ya que tiene más espacio y es mucho mejor que el
departamento que había rentado. Además, sólo tenía un contrato de arrendamiento a
corto plazo y estaba disponible para renovación pronto, por lo que era el momento
212 perfecto para irme.
Grant entra en la recámara y se detiene en seco cuando me ve parada aquí sin
sostén.
—Acabo de poner a Hunter a dormir una siesta —dice con voz tensa.
—Gracias —digo, hurgando en el fondo del cajón donde creo que tengo un sostén
deportivo que pueda funcionar. Empaqué todos mis sujetadores de lactancia y ninguno
de los viejos me queda.
Grant se aclara la garganta y lo miro, aturdida por un segundo por la mirada
hambrienta en su rostro. Cuando mi mirada baja, me doy cuenta de que está tan duro
como un poste debajo del cinturón, sus pantalones forman una casa de campaña con
una erección abultada.
—Em… —Mi boca se levanta en una sonrisa torcida—. ¿Todo bien ahí, grandulón?
—Mierda. Cariño, ¿puedes ponerte algo de ropa? —Se mueve y se ajusta la parte
delantera de sus pantalones, luciendo casi como si estuviera sufriendo.
Al darme cuenta por primera vez de que mi cuerpo después del parto todavía es
agradable para él, siento que los latidos de mi corazón comienzan a acelerarse.
Mi estómago se ha vuelto a aplanar y aunque todavía está blando, me complazco
de haber perdido algo del peso del embarazo sin intentarlo realmente. Mis senos todavía
están exuberantes y más grandes que antes. Por primera vez en mucho tiempo, estoy
inundada de sentimientos de deseo.
—Estaba tratando de ponerme algo —murmuro, dando un paso más cerca de él—
. Pero nada me queda.
Sintiéndome audaz, me detengo a sólo centímetros de donde él está. Su mirada
avanza ardientemente sobre mi torso, deteniéndose en mis pechos desnudos. Cuando
los acuno en mis manos y los aprieto, Grant deja escapar un gemido irregular.
—Mierda —exhala la palabra, mirándome empujar mis senos juntos.
Entre amamantar a medianoche, vómito en mi cabello, mi cuerpo y hormonas
cambiando, adaptarme a la maternidad y mudarme de mi departamento… lo último que
me he sentido últimamente es sexy. Lo que significa que tengo a un muy descuidado y
aparentemente muy cachondo hombre en mis manos.
213 De repente, me siento un poco egoísta. Pero no se me ocurrió que sólo porque yo
no estaba lista para el sexo, Grant pudiera sentirse diferente. Nunca lo dejó ver. Supongo
que asumí que estaba tan cansado como yo, colapsando en la cama cada noche con el
sexo como lo último en mi mente. Odio la idea de que he sido negligente. Es hora de
remediar eso.
—Te pondrás algo y cubrirás esos hermosos pechos, o ¿qué? —Su voz es ronca,
espesa por el deseo desenfrenado.
—Podría —susurro, poniéndome lentamente de rodillas ante él—. O… —
desabotono sus pantalones y bajo lentamente la cremallera—. Podríamos quitarnos
todo, juntos. Dijiste que Hunter está dormida, ¿verdad?
Asiente rápidamente.
—¿Estás segura?
Cuando jalo su bóxer, Grant me ayuda, bajando también sus pantalones. Caen a
sus rodillas y tengo mi boca sobre él antes de que pueda decir algo más. Sus manos se
deslizan por mi cabello mientras doy la bienvenida a los primeros centímetros de él en
mi boca.
Sisea un profundo gemido.
—Oh, estoy muy segura —murmuro con la boca llena de él.
He extrañado esto. Los sonidos profundos y retumbantes que salen de su pecho. El
sabor de la cálida carne masculina debajo de mi lengua. Las sucias palabras cariñosas
que susurra mientras chupo y mordisqueo su firme verga.
—Joder, cariño. Sí.
—¿Te gusta eso? —Le sonrío, sintiéndome atrevida y sexy.
Asiente con sus ojos enfocados en su verga deslizándose dentro y fuera de mi boca.
—Ve más profundo —dice con voz ronca.
Lo hago y el gemido de respuesta de Grant vibra en su garganta. Es el sonido más
sexy.
Después de unos minutos, me levanta de la alfombra y me deposita en la cama,
donde procede a hacer una comida de mí, lamiendo hambriento y chupando mis pechos,
luego besando el punto palpitante entre mis muslos hasta que estoy temblando y muy,
muy cerca del orgasmo.
214
—Grant… —gimo meciendo mis caderas contra su rostro.
—¿Quieres mi verga, bebé?
Trago una enorme ola de deseo y asiento.
Se une a mí en la cama, colocando su cuerpo grande y ancho sobre el mío y luego
empuja hacia adentro, centímetro a centímetro mientras me ajusto.
—Dime si—
Lo corto con un beso.
—No te contengas —susurro contra sus labios.
Y no lo hace. Moviéndose con tanta habilidad y confianza que soy reducida a
gemidos mientras me aferro a sus anchos hombros. Cerrando su boca en la mía mientras
su talentoso cuerpo me arranca dos orgasmos.
Grant es un amante increíble, generoso y decididamente seguro. Cuando está
cerca, sus movimientos mesurados vacilan y presiona su boca contra mi garganta. Con
un sonido bajo, encuentra su liberación y su verga palpita dentro de mí.
Después me toma en sus brazos y me abraza.
—Eso fue increíble —susurra, plantando besos tiernos a lo largo de mi sien.
—Parecía que necesitabas eso —digo con una sonrisa.
Se ríe.
—Realmente lo necesitaba.
Me incorporo y lo miro a los ojos.
—¿Por qué no dijiste nada?
El médico me autorizó tener sexo en mi examen de seis semanas. Grant lo sabía. Lo
sabe desde hace un par de semanas.
Toca mi hombro, moviendo mi cabello hacia atrás con las yemas de los dedos.
—Porque no estabas lista. Porque estaba bien masturbándome en la regadera
todas las noches hasta que lo estuvieras.
Sacudo mi cabeza hacia él.
—Bueno, esa es la última —dice Owen, metiendo una última bolsa de hielo en la hielera
y se aparta para estudiar su trabajo.
—Gracias, viejo —golpeo una mano contra su hombro.
—No hay problema. —Agarra una botella de cerveza de la hielera, tuerce la
corcholata y me la ofrece, luego toma otra para él—. Este lugar es una locura, hombre.
Bien hecho.
El orgullo me calienta y levanto la barbilla mientras ambos inspeccionamos la
216 extensión de la propiedad delante de nosotros.
—Gracias.
La casa de estilo mediterráneo con estuco blanco y un techo de tejas anaranjadas
salió al mercado hace unos meses e, incluso aunque hay más espacio del que
necesitamos, convencí a Ana de que viniera a verla.
Habíamos estado viviendo juntos en mi condominio, lo cual era genial, pero yo
todavía quería más espacio y un patio trasero donde Hunter pudiera jugar
eventualmente. Organizamos una visita privada con nuestro agente inmobiliario y Ana
se enamoró del lugar incluso antes de que hubiéramos atravesado el vestíbulo.
Seis recámaras, cinco baños y una enorme cocina de chef. Un comedor formal que
probablemente nunca usaremos. Un gimnasio en casa, una sala de juegos con todo tipo
de pequeños rincones empotrados y cubículos para juguetes. Y lo mejor de todo es el
aspecto de la privacidad.
Está en un vecindario cerrado donde cada lote tiene al menos un acre. La nuestra
tiene tres acres con un estanque privado en la parte de atrás. Cuando Hunter sea mayor,
me imagino tenerlo abastecido de peces, y enseñarle a lanzar y enrollar. Tal vez incluso
conseguiremos uno de esos pequeños botes de remo o una tabla de remo de pie.
Los azulejos de travertinos cubren la amplia terraza de la piscina. Un jacuzzi
descansa debajo de una pérgola, completa con un candelabro suspendido sobre él. Es
hermoso de noche con las suaves luces parpadeantes que se reflejan en el agua.
El lugar es muy caro. Pero ya que básicamente pasé años apenas gastando parte
de mi salario, pude pagar en efectivo todo el inmueble. Me encanta saber que un día,
cuando termine de jugar al hockey, incluso si me retiro, mi familia siempre estará cuidada.
Y cuando venga el papá de Ana de visita, tendremos mucho espacio.
—En serio, este lugar es impresionante, viejo. —Se acerca Teddy a continuación,
deteniéndose junto a nosotros para servirse una cerveza también.
—Me alegro de que hayan podido venir —digo, cambiando de tema. Nunca he
sido bueno para aceptar un cumplido y no hay razón para empezar ahora.
—¿Cuántas recámaras tiene este lugar? —pregunta Owen, reacio a dejarlo ir.
—Seis —digo, sintiéndome un poco avergonzado.
217 —Será mejor que te pongas a llenarlas, Capi —dice con una risa entre dientes.
La idea de que Ana vuelva a estar embarazada me embarga en una oleada de calor.
Mientras imagino su vientre hinchado con otro bebé y sus senos exuberantes… mi boca
se levanta en una sonrisa.
—Sí, estamos trabajando en eso. Estamos esperando a que Hunter cumpla un año
antes de empezar a intentarlo.
—Eso está cerca, ¿verdad?
Asiento.
—El próximo mes.
Terminamos nuestra temporada el mes pasado y, aunque no establecimos ningún
récord, nos desempeñamos bien y nos mantuvimos firmes en nuestra división. Nuestro
cuerpo técnico estaba feliz. Y bueno, siempre está el próximo año.
Cuando Ana tuvo la idea de organizar una fiesta combinada de inauguración y
barbacoa de inicio de verano, al principio dudé. Pero ahora, viendo a todos aquí,
sonriendo y jugando juegos de jardín, me alegro de haber accedido.
Solía quejarme por el hecho de que era el más solitario del equipo, recordando a
todas las personas que acudieron al baby shower de Owen y Becca. Ver eso sólo me hizo
sentir más solo y más aislado como si no hubiera estado rodeado por una habitación
llena de personas. Pero ¿mirando alrededor ahora? Soy golpeado por un profundo
sentido de pertenencia.
Nunca imaginé que estaría aquí, organizando una gran reunión familiar con mi
esposa, mi bebé, mis compañeros de equipo y sus seres queridos cerca. Niños
chapoteando en la piscina. Parrilla cargada con suficientes hamburguesas y pollo para
alimentar a un ejército. Hieleras llenas de cerveza fría y jugo orgánico. Sonrío al pensar
en todo. Significa aún más para mí porque realmente no sabía si alguna vez llegaría aquí.
La única persona que parece fuera de lugar es Jordie. Llegó solo, treinta minutos
tarde y no pude evitar tener la sensación de que algo estaba molestándolo. Está sentado
en la orilla de la piscina con una cerveza en la mano, mirando a lo lejos. Lo recuerdo
bebiendo demasiado en la recepción de nuestra boda, quejándose de su vida amorosa
y del hecho de que está perpetuamente soltero.
Decidiendo que me aseguraré de hablar con él más tarde, cruzo el césped hacia
donde Ana está de pie con Hunter en su cadera, hablando con un par de esposas de
218 hockey.
—Hola —Sonríe cuando me ve.
—Hola, cariño —Toco su cuello con mis labios, incapaz de resistir la tentación de
robar un beso rápido.
—¿La cargas? —gime Ana—. Mi brazo se siente como si fuera a caerse.
—No podemos tener eso. Ven aquí, bebé —Extiendo mis manos hacia Hunter y
balbucea algo, aplaudiendo y dándome su sonrisa contagiosa.
Últimamente le han estado saliendo los dientes y lo único que quiere es que la
carguen. Por lo general, es Ana a quien quiere, pero a veces, como ahora mismo, tengo
la suerte de ser a quien ella quiere.
La levanto con un brazo y coloca su carita en mi hombro. Esto consigue suspiros
colectivos de las mujeres cercanas.
—Grant con un bebé… creo que nunca me acostumbraré a esa vista —dice Elise,
mirándome a los ojos con una mirada suave.
—Él es todo mío, señoritas. —La boca de Ana se levanta en una sonrisa, viendo
como hago rebotar a Hunter en mis brazos.
—Tan feliz como estoy de estar aquí y ser objetivado como un pedazo de hombre
caramelo —le sonrío a Ana—... ¿Crees que aguante hasta el almuerzo o debería acostarla
ahora?
Ana se acerca y frota círculos en la espalda de Hunter.
—Creo que aguantará.
—Las hamburguesas están listas. El pollo casi está también.
Ante esto, Hunter levanta la cabeza de mi hombro y hace la señal de comer que le
enseñamos.
Ana se ríe entre dientes.
—Supongo que eso responde a eso.
Regreso a la parrilla y después de revisar el pollo, anuncio que la comida está lista.
Después de que preparo un plato para Ana y luego uno para nuestra hija, los llevo a
donde Ana está sentada en una silla de jardín con Hunter en su rodilla.
219
—Mi héroe —Me sonríe Ana—. Esto se ve increíble.
—Es todo un placer —Me inclino para quitarle a Hunter una vez más para que ella
pueda comer—. La alimentaré —le digo cuando Ana me mira a los ojos.
—¿Estás seguro?
—Por supuesto. Come tu almuerzo mientras esté caliente.
Su expresión se suaviza y niega con la cabeza.
—Lo que sea que haya hecho para merecerte, nunca lo sabré.
Me río entre dientes.
—Creo que es al revés, nena. —Entonces me acerco y bajo la voz—. Los muchachos
estaban preguntando cuándo vamos a empezar a trabajar para llenar algunos de esas
recámaras.
Sus ojos brillan con calor.
—Podríamos ser capaces de trabajar en eso…
—Esta noche —gruño.
La boca besable de Ana se relaja y sus ojos se arrugan con diversión.
—Tu papá es un niño muy travieso, Hunter —dice antes de tomar una gran mordida
de su hamburguesa.
—Oye, me estoy portando bien. —Levanto una mano en señal de rendición—.
Pude haber hecho un comentario sobre el deseo de que fuera mi carne la que estás
mordiendo…
—¿Mordiendo? —se ríe entre dientes.
—Buen punto. Palabra equivocada. Tal vez… deseando que fuera mi carne la que
tienes en tu boca.
Se ríe otra vez.
—Ve a buscar algo de comida. Creo que la falta de las calorías te está haciendo
delirar.
Me río entre dientes y me dirijo a seguir mis órdenes de marcha. Si hay una cosa
que he aprendido durante los últimos seis meses de estar casado, es que la frase esposa
220 feliz, vida feliz es acertada. Y mi principal misión en la vida ahora es mantener feliz a Ana.
Una misión en la que soy más que bueno.
Solía ser que todo lo que tenía era el hockey. Ahora mi vida está tan llena de amor,
familia y amistades. Desde que conocí a Ana, no ha pasado un solo día que no haya
estado agradecido por ella en mi vida, agradecido por el hombre en el que me convirtió.
Justo cuando estoy cargando mi plato con comida, Jordie aparece, luciendo más
serio de lo que nunca lo he visto.
—Oye, hombre, ¿podemos hablar? —pregunta en voz baja.
Asiento.
—Por supuesto. Lidera el camino.
Wild for You (Hot Jocks, #6) by Kendall Ryan | Goodreads
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