El monstruo de colores se equivoca.
O la
insoportable idea de gestionar las emociones con
libros para niños
El siglo XX fue el siglo de los libros para niños con valores. No me voy a extender en ello,
pero escritores, ilustradores y editores se prestaron al juego del mercado que solicitaba
historias para instruir deleitando.
Esta “madrastra pedagógica” como una vez la llamó la editora Felicidad Orquín se ha
apropiado siempre de los libros para niños con la idea de contar un cuento con mensaje, o
con alguna enseñanza para aprovechar una actividad en beneficio de otra. Y así, todavía
hoy, tenemos a esta figura que se apropia de la literatura para convertirla en otra cosa. Un
ejemplo clásico serían las adaptaciones de los cuentos de hadas, impulsados por ideas
como: la violencia no debe estar en los libros para niños. La escritora brasileña Marina
Colasanti, gran continuadora del género de relatos clásicos resume así la operación:
Todos recordamos aquel momento(…) en que los cuentos de hadas fueron enviados a la
lavandería, para retirarles toda mancha de sangre. El resultado fue que, al limpiar la
sangre visible, se drenó también la invisible, esa que corre por las venas de las historias,
las anima y les da vida. Y los bellos cuentos de hadas se tornaron pálidos, débiles,
inexpresivos.
No hay duda de que la literatura es lenguaje, pero también es emoción. Son dos palabras
que van estrechamente unidas pues una de las actividades más significativas de los lectores
es sentir determinadas emociones cuando leen. Todo el trabajo de los escritores: la creación
de mundos, personajes, situaciones, conflictos y desenlaces va encaminado a estimular al
lector, a hacerle sentir, porque es la única manera de que permanezca dentro de la historia.
El investigador Marc Soriano lo explica muy bien en su ensayo La literatura para niños y
jóvenes:
Río y me emociono por lo que le sucede a un personaje con el que no tengo ninguna
vinculación y que sé muy bien que no existe.
Los niños están muy ligados a esta experiencia emocional: disfrutan las peripecias de los
protagonistas, comprenden a los que son crueles, lloran cuando al héroe le sale algo mal, se
identifican con los débiles y les entusiasma cuando éstos consiguen superar a los más
fuertes. Sin embargo, siempre aparece la mano adulta para indicar lo que se debe hacer con
los cuentos. Un ejemplo clásico fue cuando los niños se apropiaban de los libros para
adultos. Se sabe que leyeron Robinson Crusoe con entusiasmo hasta que la pedagogía hizo
versiones supuestamente aptas como El Robinsón para niños. Versiones que, hoy en día,
han desaparecido.
Pero también puede ocurrir que un lector prefiera tomar distancia con lo que se cuenta y
permanezca como un observador de ese espectáculo imaginativo que ha creado un escritor.
En cualquiera de los dos casos se trata de una experiencia íntima, muy difícil de cuantificar.
El psicoanalista Bruno Bettelheim en su libro Psicoanálisis de los cuentos de hadas lo
explica muy bien:
Los procesos inconscientes del niño se hacen comprensibles para él sólo mediante
imágenes que hablen directamente a su inconsciente. Los cuentos de hadas evocan
imágenes que realizan esta función. Al igual que el niño no piensa “cuando vuelva mi
mamá seré feliz” (…) o “estoy tan furioso que podría matar a esta persona”, el genio [de
los cuentos] dice: “mataré a quienquiera que me rescate”. Si una persona real piensa o
actúa de este modo, semejante idea despierta demasiada ansiedad como para poder
comprenderla. Pero el niño sabe que el genio es un personaje imaginario, y por lo tanto
puede permitirse el lujo de conocer lo que motiva al genio, sin que esto le obligue a hacer
referencia directa a sí mismo.
El siglo XX también fue, el de los libros de autoayuda, en especial para los adultos. Las
modas de los adultos, lo vemos cada día, acaban llegando a los libros para niños porque el
brazo de las tendencias es largo. Es cierto que la psicología ha estado siempre presente en
los libros para niños: incluso diría que ha sido un pilar muy importante, no solo en el
género infantil sino en toda la literatura. Una de las mayores fascinaciones de la experiencia
lectora es ponernos en la piel de los demás, identificarnos con esos personajes que actúan
de determinada manera, que son capaces de conmovernos o dejarnos indiferentes. La línea
entre la psicología y la autoayuda es muy fina, aunque muy bien definida. El retrato de otra
persona nos hace salir de nosotros mismos mientras que en la autoayuda, como bien dice la
palabra, el foco es evidenciar algún error o falta en nuestro propio comportamiento.
Durante el siglo pasado fueron pasando por nuestras manos libros como: El pájaro del
alma; El corazón y la botella; Adivina cuánto te quiero; Yo pienso, yo soy; Malena
Ballena; Trufo y Rosa; y otros más directos como: Yo; ¡Animo!; ¡Tú puedes! Sin embargo,
los mediadores no nos hemos preocupado mucho por ellos: eran una minoría dentro de la
gran producción, además de estar bien editados, bellamente ilustrados, o publicados por
prestigiosas editoriales. Sobre esto no me voy a extender pues simplemente quería hacer un
apunte para recordar que el “siquieropuedo” lleva mucho tiempo presente en los libros para
niños.
Ahora estamos en el siglo XXI y ¿cuál es el movimiento más importante en cuanto a
psicología y educación? La inteligencia emocional. Poco se podría imaginar el psicólogo
Daniel Goleman, que su libro Inteligencia emocional, daría pie a una gran revolución
personal y social. Goleman enfrentaba las teorías psicológicas de aptitud intelectual (el
llamado CI o Coeficiente Intelectual) con su nueva teoría de Inteligencia Emocional, donde
el control y uso de la inteligencia hace personas más aptas en esta sociedad moderna. No
basta ya con ser listo y tener la buena autoestima que nos han brindado los libros de
autoayuda, ahora hay que gestionar las emociones de manera correcta para tener éxito. Las
estanterías de libros de autoayuda se llenaron con el mensaje: ponte las pilas para construir
tu presente y tu futuro de manera exitosa. Mientras el coeficiente intelectual se basaba en
datos cerebrales, Goleman incorporaba la medición de las emociones para valorar las
aptitudes de la persona. Es decir, la habilidad en manejar sentimientos y emociones,
discriminarlos y usar esta información para dirigir los pensamientos y las acciones.
La antigua definición de emoción como el aspecto que carga de energía una acción y donde
intervienen la cognición, el afecto, la evaluación, la motivación y el cuerpo, y va asociado
al carácter de la persona, deja paso a una mirada hacia esa misma persona como alguien
que es un paciente y un consumidor, que necesita ser manejado y cuidado, y a quien se le
puede ayudar a poseer un control sobre sus acciones.
Conocerse a sí mismo, manejar las emociones, y automotivarse parecen ser los principios
que, supongo, todos conocen porque estamos rodeados de señales que nos dicen que esto es
la clave del futuro. Las teorías de Goleman fueron rápidamente incorporadas al mundo
empresarial norteamericano como un nuevo instrumento para evaluar el desempeño laboral.
La noción de inteligencia emocional desprende la idea de que, según como sea el modo en
que manejamos nuestras emociones, nos indica quiénes somos. De esta manera las
emociones se convierten en monedas de cambio para bienes sociales, siendo el más
destacado de todos ellos el liderazgo. Basta una pequeña búsqueda en internet para
encontrar ejemplos de eficiencia laboral basados en la inteligencia emocional: consultorías
que ganan más dinero cuando contratan según el test competencia emocional, empresas con
vendedores que tienen comisiones más altas, vendedores de seguros que consiguen más
primas, ejecutivos que mejoran los rendimientos de las empresas, asesores financieros que,
después de un entrenamiento en un programa de Capacitación en Inteligencia emocional,
hicieron crecer la facturación. En los últimos años, en Estados Unidos, la inteligencia
emocional se ha utilizado como el mejor método para predecir y controlar la productividad
económica. La socióloga Eva Illouz ha estudiado bastante las repercusiones sociales de este
fenómeno.
La teoría que hay debajo de todo esto es que las emociones deberían estar al servicio de la
inteligencia y ser utilizadas para entender mejor el interés propio. Una vida feliz es una vida
sin errores emocionales, aunque eso entre en conflicto con el llamado pensamiento
intuitivo, que es lo que nos permite hacer juicios rápidos sobre las personas, los problemas
y determinadas situaciones sin tener que hacer un proceso formal. En estos juicios influyen
las experiencias pasadas y la capacidad para atender a unos pocos elementos del objeto
juzgado. A este movimiento, Eva Illouz lo llama “estilo emocional”, es decir, a la
combinación de modos como una cultura comienza a preocuparse por ciertas emociones y
crea técnicas específicas -lingüísticas, científicas, rituales- para aprehenderlas.
En estos momentos estaríamos ante lo que ella denomina capitalismo emocional donde el
afecto es convertido en un aspecto esencial de la cultura económica, y la vida emocional se
guía por la lógica de las relaciones y el intercambio económico. En las empresas se
demanda mayor control de las emociones y los empleados tienen la presión de
“administrar” su vida interior y sus emociones, como ocurre con el control del enojo,
considerado en las empresas como un atributo del liderazgo, ya que disminuye el
descontento y, por lo tanto, las protestas y hasta las huelgas. Por decirlo en palabras más
claras: el objetivo es calmar y adocenar. Al igual que el enojo, se ponen en un primer plano
emociones negativas, como la vergüenza, la culpa, o el miedo, indicando que son
inadecuadas, pero sin activar ideas morales relacionadas con ellas.
¿Y qué pasa con los libros para niños? En estos momentos tenemos lo que se podría decir
una auténtica invasión de libros para gestionar las emociones en los niños desde los 0 años,
como se puede leer en algunas selecciones de libros. En toda librería aparece una sección
para este público que demanda ávidamente libros para “trabajar” las emociones, sin ser
muy consciente de todo lo que significa este movimiento. El libro, en este caso, es una
excusa para que el adulto domestique las emociones de los pequeños, para que las
reconozca, las revise, las ponga en el punto de mira. Si las emociones en la literatura eran
algo íntimo y personal, una actividad privada de la que no necesitábamos hablar, ahora se
obliga a hacerla pública, observable y cuantificable. Un libro para niños, según lo vemos
muchos mediadores, es un juego a la imaginación, un espacio para poner a prueba los
sentimientos, pero no para dirigirlos sino para crear una experiencia estética. Estos libros de
“gestión” obligan a los niños a ser intérpretes de sus propias vidas, a ejercer el autoanálisis
como si el adulto que le roda fuera el psicoanalista o el psicólogo que le va a decir dónde
falla y qué tiene que hacer para mejorar o satisfacer las expectativas de los demás.
El intelectual Eloy Fernández Porta en un libro titulado Emociónese así habla de esta
educación de los nervios pues nuestra cultura asigna significados específicos y objetivos a
la vida emocional que es, por definición, subjetiva. Y dice: El giro emocional consiste en
desmentir que el sentimiento sea un asunto puramente personal e íntimo y proponen
abordarlo como un dato o una secuencia de datos que definen el mundo relacional de
manera consistente y necesaria. Como decía en un reciente artículo el escritor Sergio del
Molino, solo falta que los niños empiecen a hacer tablas de Excel con sus emociones.
Todos los libros para niños que ahora se ocupan de esta gestión de las emociones inciden en
la idea de dejar atrás lo personal como una práctica privada para convertirse en un caso de
estudio que está en manos del ciudadano medio. Trasladar el discurso del management a la
vida personal significa que el criterio principal que rige los tratos y las relaciones es la
gestión administrativa.
Personalmente sufro mucho con esos libros que obligan a los niños a ser “pensadores con
corazón” y que pronto dejarán obsoleto ese bonito refrán que dice: “El corazón tiene
razones que la razón desconoce”. Pero no es de esto de lo que quería hablar. Lo que más me
inquieta es que se utilicen los libros para niños en pos de este ciudadano del futuro que
sabrá entregarse a la empresa y al capitalismo pero que, me temo, habrá odiado la lectura y
los libros desde pequeño.
Nos cuesta mucho tiempo y energía crear lectores. Desde que aprenden a leer hasta que
aman los libros y la lectura, transcurren años en los que es importante seleccionar,
proponer, ceder espacio a sus gustos y fantasías, darles libertad, dejarles tranquilos.
Sabemos que instrumentalizar los libros no es bueno, que muchos planes de lectura, por no
decir todos, los convierten en alérgicos a los libros, que los libros con valores y con
mensaje les dejan indiferentes, que cualquier tipo de presión por parte de los adultos los
desanima.
Confieso que estaba bastante alejada de este tema de la gestión de las emociones. Muchos
especialistas tenemos la mala costumbre de rodearnos de libros hermosos con los que
pensamos, los lectores van a encontrar maneras de amarlos. Pero cuando empecé a mirar
atentamente este tema me quedé, sencillamente, estupefacta. Empecé a ver listas donde los
libros se clasifican según las emociones (sin que se indique cuál es el criterio y metiendo en
un mismo saco, el amor, la amistad, los celos, el enfado, la tristeza, la felicidad, la
solidaridad, el miedo, la incomprensión, la frustración, el amor incondicional, el
desamparo) y mezclando libros de gran calidad con, perdón, libros de recetas. Encontré una
lista donde se ponía a Maurice Sendak al lado de una colección llamada Terapicuentos.
Empecé a ver en librerías de calidad, una sección llamada “El rincón de las emociones”.
Y me sentí como si un suplemento cultural clasificara nuestros libros de adultos de esta
manera:
Literatura para cuando te ha dejado tu pareja
Literatura para cuando has perdido el trabajo
Literatura que te enseñará a amar , etc.
Y empecé a ver, en comentarios de blogs, grupos de Facebook y otros sitios donde las
madres (porque hay mucha mujer en esto) hacían peticiones de este tipo:
**Quiero un libro que tenga pequeños cuentos cortos donde se visualicen diferentes
emociones y dejen una moraleja
**¿Algún libro para trabajar las emociones en bebés de 16 meses?
**Estoy buscando un cuento para tratar la emoción de la sorpresa, otro para la alegría y
otro para el asco, para niños y niñas de 4 años.
**¿Me podéis recomendar algún libro para una niña de seis años, que sea intenso que
hable de las emociones, pero en el sentido de ser amable, que le haga intentar comprender
que el egoísmo y el capricho no son buenas emociones, que se fije más en las cosas bonitas
de la vida, donde el quejarse no sirve para nada.
Y así una cantidad enorme de peticiones a los libros que culmino con una frase de una
bloguera y maestra diciendo: creo en la educación emocional y en la literatura como medio
para trabajarla.
Esta frase, lo confieso, me hizo sentirme como si viviera dos siglos atrás.
Lo que yo veo es que todo esto que está pasando con los libros que que la literatura (soy
generosa llamando literatura a los libros para niños en general) se lee como un manual de
instrucciones para la vida. Todas estas personas que leen así son las que luego dirán que un
libro hace apología del suicidio, como le ha ocurrido recientemente a la escritora brasileña
Ana María Machado con uno de sus libros, donde un niño desea atragantarse con una
manzana para ir al mundo de su imaginación. La autora, sorprendida porque es un libro
publicado en 1983, declaró que estamos perdiendo la capacidad simbólica de la lectura y
añadió que Si a un niño le gustan los libros de sirenas, no significa que se quiera ahogar
para vivir en el fondo del mar.
Personas que llevan años despreciando la literatura y haciendo que los niños la desprecien
también porque siempre les ofrecen lecturas literales basadas en propósitos educativos. No
es extraño que muchos niños, después de leer El monstruo de colores digan que el mar está
triste porque es de color azul, o ya no quieren tener su habitación pintada de ese color por el
mismo motivo.
Como docentes, bibliotecarios y padres o madres tenemos la responsabilidad de dar libros
de calidad, de hacer que la experiencia de la lectura sea entrar a un mundo inesperado,
sorprendente, donde las palabras juegan con ritmos y sonidos, donde la ilustración atrapa la
mirada mientras queremos pasar la página para ver por dónde continúa la historia. La
literatura se basa en una serie de decisiones estéticas, técnicas, e ideológicas, tomadas por
los escritores y que sostiene mediante personajes y narradores para permitir a los lectores
adentrarse en su imaginación, explorar cómo funcionan las relaciones humanas mediante
una serie de relaciones, hechos e intenciones. La emoción literaria, a diferencia de las
emociones producidas por causas reales, se construye. El lector hace un recorrido paciente
para llegar -o no- a la empatía. Esta es la manera sensitiva que tienen los lectores para
conectarse con los textos y comprenderlos.
Esto significa que las conexiones con los textos son personales, en muchos casos difíciles
de cuantificar y en casi todos imposibles de justificar. De ahí esta situación tan habitual de
que a una persona le ha encantado un libro mientras que otra no consiguió terminarlo. Y
esto, como mediadores, es lo que debemos ofrecer a los niños a través de los libros.
Me gustaría cerrar este texto para poder dar paso a la charla con una cita de Graciela
Montes que resume, en mi modesta opinión, lo que está ocurriendo hoy en día:
Yo creo que hay un peligro, un peligro ya instalado, es un hecho ya, y es que la ley del
mercado reemplace a la actividad del lector, que es la de la búsqueda. El lector siempre es
un buscador. Por eso el mayor invento para el lector ha sido la biblioteca. La biblioteca es
un grandísimo invento puesto que -para citar a Borges- es un laberinto donde hay infinitos
recorridos posibles. Y cada lector hace el suyo. Así es una biblioteca y así se arma un
lector, haciendo recorridos. Si el mercado en su afán de lucro y de concentración -porque
el gran negocio para el mercado no es vender muchos títulos variados sino muchos
ejemplares del mismo título, eso ya lo sabemos-. O sea, la disciplina que impone el
mercado tiende a reducir los recorridos, a hacerlos previsibles, a achicarlos, a acortarlos,
a volverlos dogmáticos, obligatorios. Y eso le quita al lector libertad, posibilidades,
margen. Entonces eso sí que es peligroso. Eso, es lo que uno debería pelear por seguir
conservando, que es esa autonomía del lector, la búsqueda autónoma. Y para eso en
educación hay que contrarrestar eso. O sea, si el mercado disciplina y le obliga a uno a
ciertos recorridos, la educación tendría que estar funcionando alternativamente como el
lugar donde se le ofrecen laberintos, muchos.
[En: La palabra, serie de TV de Canal Encuentro. Tomado del muro de FB de Mónika Klibanski, gracias por
la transcripcion, el episodio puede descargarse aquí]
Ana Garralón