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Como Quisiera Decirte Antologia Int Ok

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Cómo quisiera decirte. Antología de correspondencia amorosa
© De la traducción, 2015: Leonardo Villarroel y Sofía Montenegro
© De esta edición:
2015, Santillana del Pacífico S.A. Ediciones
Andrés Bello 2299 piso 10, oficinas 1001 y 1002
Providencia, Santiago de Chile
2023, Distribuidora y Editora Richmond S.A.S
Carrera 11 A # 98-50, oficina 501
Teléfono +57 60 1 3906950
Bogotá–Colombia
www.loqueleo.com/co

ISBN: 978-628-7520-98-1

Impreso en Colombia
Impreso por Asociación Editorial Buena Semilla

Primera edición en Chile: 2015


Segunda edición en Chile: marzo de 2017
Primera edición en Colombia: Septiembre de 2023

Dirección de Arte:
José Crespo y Rosa Marín
Proyecto gráfico:
Marisol Del Burgo, Rubén Chumillas, Rosa Marín y Julia Ortega

Diseño de cubierta: Roberto Peñailillo


Imagen de cubierta: Shutterstock

Agradecimientos
Gabriela Mistral. “Carta a Manuel Magallanes Moure” (26 de marzo)
La Orden Franciscana de Chile autoriza el uso de la obra de Gabriela
Mistral. Lo equivalente a los derechos de autoría son entregados a la Orden
Franciscana de Chile, para los niños de Montegrande y de Chile,
de conformidad a la voluntad de Gabriela Mistral.

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida,


ni en todo ni en parte , ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación
de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico,
electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso
previo, por escrito, de la editorial.

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Cómo quisiera decirte
Antología de
correspondencia amorosa
Prólogo de Sara Bertrand

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PRÓLOGO

Por Sara Bertrand


“Si me gustan las canciones de amor”1
7
“(Todas las palabras esdrújulas
como los sentimientos esdrújulos
son naturalmente ridículos)”.
Álvaro de Campos
(Fernando Pessoa)

Cuenta la leyenda que Marie de Rabutin-Chantal, más


conocida como Madame de Sévigné, huérfana de padres,
viuda a temprana edad y dotada de una importante for-
tuna, se hizo adicta a la escritura de cartas. Decía que
apenas recibía una, necesitaba otra y otra y otra. Sin
ellas, la heredera no podía vivir y, por eso, se aplicó es-
cribiéndolas. Quería respuestas. Sometida a ese impulso
irrefrenable, se dice que llegó a escribir más de un mi-
llón, la mayoría a su hija y aunque jamás pensó que se-
rían publicadas, después de su muerte, las cartas de Ma-
dame de Sévigné se convirtieron en lectura obligada para
escritores como Marcel Proust o Virginia Woolf. En esas
1 Charly García.

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inspiradas misivas, ella logró ofrecer una crónica política
y social de París del siglo XVII, y también —no es difí-
cil aventurar— sobre sus amores, ausencias y desencan-
tos. ¿Cuántos enredos se urdieron bajo su diligente plu-
ma? No lo sabremos, pero sí conocemos que ya entonces
el correo amoroso funcionaba como institución en toda
Europa, ofreciendo citas, transportando secretos o sim-
plemente elogiando a sus receptores. Porque, tal como
afirma Roland Barthes en Fragmentos de un discurso amo-
8 roso, “la carta, para el enamorado, no tiene valor táctico:
es puramente expresiva, en rigor aduladora (pero la adu-
lación no es aquí en absoluto interesada: no es sino la pa-
labra de la devoción)”. Hojear un epistolario amoroso es,
por antonomasia, adentrarse en una expresividad sin de-
coro: “Te idolatro hoy más que nunca jamás” (Simón Bolívar
a Manuela Sáenz); “lo que la sabiduría es para el filósofo,
lo que Dios es para su santo, eres tú para mí” (Oscar Wilde
a lord Alfred Douglas). El enamorado firma con los pies
en el abismo: “Cómo temo volverme un estúpido” (Gustave
Flaubert a Louise Colet).
Sin estos testimonios, la historia de la humanidad se-
ría menos sabrosa que la que conocemos hoy. Faltarían
matices, detalles que permitan comprender las vidas
y relaciones de sus actores. Alguna vez, el pintor Salva-
dor Dalí afirmó, subestimándola, que la política era una
anécdota de la historia y, en cambio, recalcó el papel que
tenían el juego, el placer y el amor en las expresiones
humanas. Algo de ese ejercicio indiscreto nos ofrece el
acercarnos a cualquier carta de amor. Sin ir más lejos, e

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inmiscuyéndonos en el triángulo amoroso que configuró
el pintor catalán junto a Gala y el poeta Paul Éluard, po-
demos entender lo que estuvo en juego entre ellos tres.
Élouard le escribe a Gala luego que la rusa lo abandona-
ra para convertirse en la musa de Dalí: “Todo es siniestro,
todo es horrendo. En mí, la idea de la muerte se mezcla más
y más con la del amor. Te creo perdida”. Y seguirá escribién-
dole, e intentará atraerla contándole sobre su hija Cécile
que quedó a su cuidado mientras Gala posaba para el su-
rrealismo. 9
Las cartas ofrecen pistas, construyen mapas y, gra-
cias a ellas, configuramos el paisaje, sumergiéndonos
en la intimidad de las biografías de artistas, políticos y
pensadores. En otras palabras, en el contexto de sus pro-
pias vidas. Y ese es uno de los aciertos de este epistola-
rio amoroso: disponer de cartas y de las circunstancias
en que fueron escritas. El dite, dite, come fu de Rigoletto,
el cómo, cuándo y por qué un comprometido Karl Marx
escribe a su querida Jenny: “Pero el amor, no por el hombre
de Feuerbach ni por el metabolismo de Moleschott, ni por el
proletariado, sino el amor por una dulce enamorada y en es-
pecial por ti, hace que un hombre vuelva a ser un hombre”.
Estas cartas nos acercan a una voz que creíamos enterra-
da, hundida bajo el peso de la contingencia o, en el mejor
de los casos, de las obras a las que dio origen. Surge esa
voz íntima y personal que solo una carta es capaz de revi-
vir: “¡Ah, si hubieras clavado una daga en mi corazón, habrías
sido mucho menos cruel que usando esta fatídica arma que
me está matando! Mira lo que era y lo que soy, mira hasta qué

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punto me has rebajado”, le escribe el filósofo Jean-Jacques
Rousseau a Sophie d’Houdetot. Ella no es su mujer; es su
amada, la mujer a quien él desea. Porque, tal como su-
giere Barthes, la dialéctica particular de la carta de amor
está “cargada de ganas de expresar el deseo”. Esclavo,
guardián, servidor, el discurso del enamorado exagera:
“Y Adèle, mi adorable Adèle, ¡tengo tanto que decirte! ¡Oh,
Dios! Llevo dos días preguntándome a cada momento si acaso
tanto amor no es un sueño”, escribe Víctor Hugo a su amiga
10 de la infancia y esposa, Adèle Foucher.
Treinta y dos cartas conforman este epistolario.
Treinta y dos personajes disímiles: poetas, narradores,
músicos, políticos e intelectuales. ¿De qué nos hablan?,
¿qué música sugieren?, ¿cuál es el soundtrack de estos
amores prohibidos, platónicos, domésticos, ingenuos o
desesperados? ¿Qué aman Marx, Balzac o Wilde? ¿Qué
esperan Carmen Arriagada, Virginia Woolf o Gabriela
Mistral? ¿Qué papel desempeñan en la relación con el
sujeto amado? La diversidad es parte de su riqueza. En
este epistolario, no todos son amores no correspondidos,
como el caso de Rousseau; los hay apasionados, tiernos,
serios y circunspectos. Incluso, considerados escandalo-
sos, como los de Voltaire u Oscar Wilde, quien llegó a pa-
gar con la cárcel: “Aun cubierto de fango te llenaré de elogios,
desde el abismo más profundo clamaré por ti. En mi soledad
estarás conmigo”.
Ordenadas cronológicamente, abarcan desde 1713
hasta 1941, año en que está datada la fatídica última car-
ta que le escribiera Virginia Woolf a su marido Leonard

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antes de morir: “Si hubiera habido alguien capaz de salvar-
me, ese habrías sido tú. Todo me ha abandonado, menos la
certeza de tu bondad”.
Las cartas de amor interpelan, y al leerlas, igual que
el poeta Gonzalo Rojas, preguntamos: ¿qué se ama cuan-
do se ama? “Te beso y te abrazo 1.095.060.427.082 veces
(esto te dará una buena oportunidad para practicar el con-
teo)”, escribe Mozart a Constanze Weber. Pero no todo es
hipérbole, como podemos apreciar en la carta que envia-
ra la aviadora Amelia Earhart a su futuro marido, George 11
P. Putnam, poco antes de su compromiso: “Veo este paso
como lo más tonto que podría hacer en este momento. Sé que
pueden haber recompensas, pero no tengo corazón para mi-
rar hacia delante”. Las cartas no mienten, el emisor está
dispuesto a desnudarse. Voltaire le escribe a su prohibi-
do amor, Olympe Dunoyer: “Dejaré el hotel de incógnito,
tomaré un carruaje o un carro, conduciremos como el viento
a Scheveningen; llevaré papel y tinta conmigo; escribiremos
nuestras cartas”. ¿Qué significa “escribiremos nuestras car-
tas” sino la promesa de exponerse y confiar hasta lo más
recóndito? Pues, tal como afirma el poeta español Pedro
Salinas en El defensor, la primera claridad de una carta
es lo que muestra de quien la escribe: “Todo el que escri-
be debe verse inclinado ­—Narciso involuntario— sobre
una superficie en la que se ve, antes que a otra cosa, a sí
mismo”. Cuando el enamorado escribe y describe, cuan-
do exagera; cuando atenta contra el uso de la esdrújula;
cuando se contiene; cuando guarda recato, aun cuando
reta o insulta, como Napoleón a su Joséphine: “Ya no te

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amo más; al contrario, te detesto. Eres horrible, muy torpe y
estúpida, toda una Cenicienta”; quiere atraer al otro y, en
ese afán, se exhibe.
Por eso, la cuestión de las cartas de amor, y yendo un
poco más allá, de cualquier carta, además del artificio, la
realidad o ficción con que se presente lo que narra; ade-
más del invaluable testimonio de época que constituyen
y de los datos biográficos que aportan, es la pluma, el
quién la escribe. La pregunta acerca de si son literarias en
12 sí mismas o se vuelven objeto de literatura por su rúbrica
es una pregunta antigua que tiene adeptos y detractores.
Pero independiente de si se está a favor o en contra, Ma-
dame de Sévigné es el mejor ejemplo de que no necesaria-
mente se tiene que ser poeta o escritor para sobresalir en
este arte. Y, también, que ser poeta o escritor no asegu-
ra que esas cartas sean una obra de gran valor literario.
De hecho, entre las parejas literarias emblemáticas que
tuvo intensa correspondencia amorosa se encuentra Ted
­Hughes y Silvia Plath, ambos con epistolarios publicados,
el de Hughes llenos de imágenes cotidianas y esa atmós-
fera familiar tan exquisita a la hora de leer una carta, y
las de Sylvia, más discretas, aun cuando literariamente
hablando la cuestión fuera al revés. En su verso titulado
“Carta de amor”, Plath es capaz de conducirnos directa-
mente a lo que se siente al recibirlas:

“Empecé a brotar como una rama en marzo:


un brazo, una pierna, un brazo, una pierna.
Y ascendí de piedra a nube”.

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La posibilidad de adentrarnos en un espacio pequeño
y contenido, lo que precisamente ofrece esa cotidianei-
dad relatada, es lo más inquietante y, a la vez, seductor
del ejercicio de leer cartas. Las misivas de Schumann,
Hawthorne, Twain o Mansfield aluden a esos mundos,
se trata de amores tranquilos y hogareños, pero no por
ello menos inspiradores: “Hay quienes odian la belleza y
sostienen que los cisnes no son más que gansos grandes; uno
podría decir con la misma lógica que la distancia es tan solo
una cercanía que ha sido separada”, le escribe en su ausen- 13
cia Schumann a su mujer, la pianista Clara Schumann, y,
con ello, muestra uno de los elementos más caracterís-
ticos del epistolario amoroso: las cartas representan un
anhelo de cercanía. Como dice Barthes, “donde no estás:
tal es el comienzo de la escritura”.
Por eso, independiente del tipo de amor que reflejen
o del estatus que le asignemos, las cartas de amor suelen
sonar febriles, ansiosas o exageradas. El objeto amoroso
parece siempre tan lejos, un cuerpo celeste que hace se-
ñas desde lo inasible, que la voz desespera, clama, ansía y
no descansa, pero, tal como agregara Pessoa en su poema
sobre cartas de amor:

Al final
solo las criaturas que nunca escribieron
cartas de amor
son las que son
ridículas.

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Voltaire a Olympe Dunoyer

François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, llegó a los 19


años a vivir a Holanda enviado por su padre, quien esperaba que
allá olvidara sus anhelos de convertirse en escritor. En la ciudad de
La Haya, el autor de Cándido o el optimismo se enamoró de Olympe
Dunoyer, una joven francesa de 21 años, quien correspondió a los
sentimientos del joven filósofo. Sin embargo, la madre de Olympe
se opuso tajantemente al romance, la relación se convirtió en un
14 escándalo y se vieron forzados a verse en secreto e intercambiar
cartas por medio de terceros. Al enterarse del affaire de su hijo, el
padre de Voltaire envió una autorización a las fuerzas holandesas
para aprisionarlo y lo marginó de su testamento temporalmente.
Antes de descubrir las consecuencias de su romance y regresar
arrepentido a París a pedirle perdón a su padre, Voltaire le envió
una última y apasionada carta a su amada Olympe.

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La Haya, 1713.

Soy prisionero aquí en el nombre del rey; pueden


quitarme la vida, pero no el amor que siento por ti. Sí,
mi adorable amante, esta noche te veré aunque tenga
que poner mi cabeza en la guillotina para hacerlo. Por
amor de Dios, no me hables en términos tan trágicos
en tus cartas; debes vivir y ser cautelosa, cuídate de tu
madre como de tu peor enemigo. ¿Qué es lo que digo?
Cuídate de todos, no confíes en nadie. Mantente alerta 15
apenas la luna se pueda ver; dejaré el hotel de incógnito,
tomaré un carruaje o un carro, conduciremos como el
viento a Scheveningen; llevaré papel y tinta conmigo;
escribiremos nuestras cartas. Si me amas, ten calma, y
usa toda tu fuerza y compostura a tu favor; no dejes que
tu madre se dé cuenta de nada, trata de tener a mano tu
retrato, y ten claro que ni la amenaza de las peores
torturas evitará que sea tu servidor. No, nada tiene el
poder de separarme de ti; nuestro amor se basa en la
virtud, y durará tanto como nuestras vidas. Adiós, no
hay nada que no me atreva a hacer por ti; te mereces
mucho más que eso. ¡Adiós, mi querido corazón!
Arouet

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Jean-Jacques Rousseau a la condesa
Sophie d’Houdetot

En 1756, Jean-Jacques Rousseau era un reconocido intelectual en


Francia gracias a su participación en el concurso de ensayo de la
Academia de Dijon con dos textos: “Discurso sobre las ciencias y
las artes” y “Discurso sobre el origen de la desigualdad”. Estaba
casado con Therese Le Vasseau y, a pesar de su fama, tenía un
perfil discreto que no iba acorde con la agitada vida parisina. Por
16 eso, cuando el matrimonio recibió la invitación de Madame D’Epinay
a pasar una temporada en su casa en el valle de Montmorency, al
norte de Francia, aceptaron de inmediato y se alejaron de la capital.
Permanecieron ahí un año y, en el transcurso de ese tiempo, el
filósofo conoció a Sophie, la amante de su amigo el poeta Jean-
François Saint-Lambert. Rousseau la describió como una mujer
de treinta años no tan hermosa, pero atractiva. Salían a caminar
juntos por el campo y gozaban de la mutua compañía y de largas
conversaciones. Sophie comenzó a visitar más frecuentemente a
Rousseau, a pesar de no estar realmente interesada en él, y estos
encuentros hicieron que el filósofo se prendara de ella y le enviara
cartas declarándole su amor. Pero Sophie, si bien agradeció sus
atenciones, no sentía lo mismo por él. A pesar de la negativa,
Rousseau declararía años después, en su libro Las confesiones,
que Sophie d’Houdetot fue el gran amor de su vida.

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Eremitage, junio de 1757

Ven, Sophie, para que pueda torturar tu injusto cora-


zón, para que así yo también pueda ser implacable con-
tigo. ¿Por qué debiera tenerte piedad cuando me robas la
razón, el honor y la vida? ¿Por qué debiera permitir que
pases tus días en paz cuando haces que los míos sean in-
soportables? ¡Ah, si hubieras clavado una daga en mi co-
razón, habrías sido mucho menos cruel que usando esta
fatídica arma que me está matando! Mira lo que era y lo 17
que soy, mira hasta qué punto me has rebajado. Cuando
te dignaste a ser mía, yo era más que un hombre; desde
que me has apartado de ti, soy el más ruin de los morta-
les. He perdido toda razón, todo entendimiento, y todo
coraje; en una palabra, ¡me has quitado todo! ¿Cómo has
podido decidir destruir tu propia obra? ¿Cómo te atreves
a considerar indigno de estima a quien alguna vez hon-
raste con tu gracia? Ah, Sophie, te imploro, no te aver-
güences de un amigo al que alguna vez quisiste. Por tu
propio honor te pido que no te desentiendas de mí. ¿No
soy acaso de tu propiedad? ¿No has tomado posesión de
mí? Eso no lo puedes negar, y como te pertenezco a pesar
de mí y a pesar de ti, déjame al menos merecer ser tuyo.
Piensa en esos momentos de felicidad que, para mi tor-
tura, nunca podré olvidar. Esa llama invisible de la que
recibí una segunda y más preciosa vida le entregó a mi
alma y mis sentidos toda la fuerza de la juventud. El bri-
llo de mis sentimientos me elevó hacia ti. ¿Cuántas veces
no sentiste tu corazón, lleno de amor por otro, tocado

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por la pasión del mío? ¿Cuántas veces me dijiste en la ar-
boleda junto a la cascada: “Eres el amante más tierno que
yo pudiera imaginar; no, ¡nunca un hombre amó como
tú!”? ¡Qué triunfo fue para mí escuchar tal confesión de
tus labios! ¡Sí, fue real! Fue producto de la pasión que yo
exigía tan ardorosamente, la que esperaba que te volvie-
ra más receptiva y despertase en ti una compasión de la
que ahora te arrepientes tan amargamente…
¡Oh, Sophie! Tras todos los dulces momentos, la idea
18 de la renuncia eterna es terrible para quien se entristece
por ya no poder ser más uno solo contigo. ¿Acaso tus tier-
nos ojos nunca volverán a caer ante mi mirada, con esa
dulce vergüenza, que me llena de sensual deseo? ¿Acaso
nunca más voy a sentir ese temblor celestial, ese fuego
enloquecedor y devastador, que más rápido que un rayo…
¡oh, ese momento inexpresable! ¿Qué corazón, qué dios
podría haberte conocido y resistido?

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Johann Wolfgang von Goethe a Charlotte
von Stein

El autor de Fausto llegó a la corte del duque de Weimar luego de


haber alcanzado la cima de las letras germanas con su primera
novela, Las desventuras del joven Werther. Durante su estancia,
conoció a la baronesa Charlotte von Stein, de quien el escritor
ya tenía referencias: había escuchado que era hermosa, dulce
y sensible, pero casada y madre de cuatro hijos. Por su parte,
Charlotte, lectora empedernida del Werther, también había recibido 19
comentarios del escritor que despertaron su interés. La relación
fue larga y difícil, y solo pudieron ser amantes de forma platónica
porque el acercamiento físico fue imposible de concretar. Goethe
se entregó por entero a sus sentimientos y toda la obra creada
en ese período se la dedicó a Charlotte. Luego de un tiempo, la
imposibilidad de estar juntos comenzó a afectar de tal manera al
escritor que decidió alejarse de ella y partió a un largo viaje por
Italia. Desde allá escribió infatigablemente a sus amigos y, por
sobre todo, a Charlotte, quien dejó una huella indeleble en la figura
atormentada del joven Goethe.

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23 de diciembre de 1786

¡Tan solo déjame agradecerte por tu carta! Déjame olvi-


dar por un momento la parte dolorosa de sus contenidos.
¡Mi amor! ¡Mi amor! Déjame rogarte de rodillas, implo-
rándote, haz mi retorno a ti más fácil para no quedar exi-
liado en la grandeza del mundo.
Perdóname generosamente por mis pecados ha-
cia ti, y absuélveme. Cuéntame a menudo y con detalle
20 cómo estás viviendo, que estás bien, que me amas. En mi
próxima carta te contaré acerca de mi itinerario de via-
je y lo que pienso hacer; ojalá el Cielo lo haga prosperar.
Solo te ruego que no me consideres como alguien ajeno a
ti, nada en el mundo podría remplazar lo que perdería si
te pierdo a ti y mi historia contigo. Espero conseguir la
fuerza para sufrir con más hombría toda contrariedad.
No abras las cajas, te ruego, y no te sientas ansiosa. Dales
mis saludos a Stein y Ernest, le agradezco a Fritz por su
carta, deja que me escriba a menudo, ya he empezado a
coleccionar lo que me ha pedido, y lo tendrá.
Que estés enferma, enferma por mi culpa, oprime
mi corazón a tal punto que no puedo describírtelo. Per-
dóname, yo mismo he estado luchando entre la vida y la
muerte, y no hay palabras para expresar el estado en que
me encontraba. Este otoño me ha devuelto a mis senti-
dos. ¡Mi amor! ¡Mi amor!

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