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Capítulo Ii Gaudium Et Spes

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CAPÍTULO II

EL SANO FOMENTO DEL PROGRESO CULTURAL


(nn. 53-62)

Introducción

Con la palabra cultura se indica, en sentido general, todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus
innumerables cualidades espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento
y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil, mediante el
progreso de las costumbres e instituciones; finalmente, a través del tiempo expresa, comunica y conserva en sus
obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones para que sirvan de provecho a muchos, e incluso a todo el
género humano.

Sección I.- La situación de la cultura en el mundo actual

Nuevos estilos de vida

Las circunstancia de vida del hombre moderno en el aspecto social y cultural han cambiado profundamente,
tanto que se puede hablar con razón de una nueva época de la historia humana. Por ello, nuevos caminos se han
abierto para perfeccionar la cultura y darle una mayor expansión. Caminos que han sido preparados por el
ingente progreso de las ciencias naturales y de las humanas, incluidas las sociales; por el desarrollo de la
técnica, y también por los avances en el uso y recta organización de los medios que ponen al hombre en
comunicación con los demás.

El hombre, autor de la cultura

Cada día es mayor el número de los hombres y mujeres, de todo grupo o nación, que tienen conciencia de que
son ellos los autores y promotores de la cultura de su comunidad. En todo el mundo crece más y más el sentido
de la autonomía y al mismo tiempo de la responsabilidad, lo cual tiene enorme importancia para la madurez
espiritual y moral del género humano. Esto se ve más claro si fijamos la mirada en la unificación del mundo y
en la tarea que se nos impone de edificar un mundo mejor en la verdad y en la justicia. De esta manera somos
testigos de que está naciendo un nuevo humanismo, en el que el hombre queda definido principalmente por la
responsabilidad hacia sus hermanos y ante la historia.

Dificultades y tareas actuales en este campo

En esta situación no hay que extrañarse de que el hombre, que siente su responsabilidad en orden al progreso de
la cultura, alimente una más profunda esperanza, pero al mismo tiempo note con ansiedad las múltiples
antinomias existentes, que él mismo debe resolver:

 ¿Qué debe hacerse para que la intensificación de las relaciones entre las culturas, que debería llevar a un
verdadero y fructuoso diálogo entre los diferentes grupos y naciones, no perturbe la vida de las
comunidades, no eche por tierra la sabiduría de los antepasados ni ponga en peligro el genio propio de
los pueblos?
 ¿De qué forma hay que favorecer el dinamismo y la expansión de la nueva cultura sin que perezca la
fidelidad viva a la herencia de las tradiciones? Esto es especialmente urgente allí donde la cultura,
nacida del enorme progreso de la ciencia y de la técnica se ha de compaginar con el cultivo del espíritu,
que se alimenta, según diversas tradiciones, de los estudios clásicos.

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 ¿Qué hay que hacer para que todos los hombres participen de los bienes culturales en el mundo, si al
mismo tiempo la cultura de los especialistas se hace cada vez más inaccesible y compleja?
 ¿De qué manera, finalmente, hay que reconocer como legítima la autonomía que reclama para sí la
cultura, sin llegar a un humanismo meramente terrestre o incluso contrario a la misma religión?

En medio de estas antinomias se ha de desarrollar hoy la cultura humana, de tal manera que cultive
equilibradamente a la persona humana íntegra y ayude a los hombres en las tareas a cuyo cumplimiento todos, y
de modo principal los cristianos, están llamados, unidos fraternalmente en una sola familia humana.

Sección 2.- Algunos principios para la sana promoción de la cultura

La fe y la cultura

Los cristianos, en marcha hacia la ciudad celeste, deben buscar y gustar las cosas de arriba, lo cual en nada
disminuye, antes por el contrario, aumenta, la importancia de la misión que les incumbe de trabajar con todos
los hombres en la edificación de un mundo más humano. En realidad, el misterio de la fe cristiana ofrece a los
cristianos valiosos estímulos y ayudas para cumplir con más intensidad su misión y, sobre todo, para descubrir
el sentido pleno de esa actividad que sitúa a la cultura en el puesto eminente que le corresponde en la entera
vocación del hombre.

El hombre, en efecto, cuando con el trabajo de sus manos o con ayuda de los recursos técnicos cultiva la tierra
para que produzca frutos y llegue a ser morada digna de toda la familia humana y cuando conscientemente
asume su parte en la vida de los grupos sociales, cumple personalmente el plan mismo de Dios, manifestado a la
humanidad al comienzo de los tiempos, de someter la tierra y perfeccionar la creación, y al mismo tiempo se
perfecciona a sí mismo; más aún, obedece al gran mandamiento de Cristo de entregarse al servicio de los
hermanos.

Es cierto que el progreso actual de las ciencias y de la técnica, las cuales, debido a su método, no pueden
penetrar hasta las íntimas esencias de las cosas, puede favorecer cierto fenomenismo y agnosticismo cuando el
método de investigación usado por estas disciplinas se considera sin razón como la regla suprema para hallar
toda la verdad. Es más, hay el peligro de que el hombre, confiado con exceso en los inventos actuales, crea que
se basta a sí mismo y deje de buscar ya cosas más altas.

Múltiples conexiones entre la buena nueva de Cristo y la cultura

Múltiples son los vínculos que existen entre el mensaje de salvación y la cultura humana. Dios, en efecto, al
revelarse a su pueblo hasta la plena manifestación de sí mismo en el Hijo encarnado, habló según los tipos de
cultura propios de cada época.

De igual manera, la Iglesia, al vivir durante el transcurso de la historia en variedad de circunstancias, ha


empleado los hallazgos de las diversas culturas para difundir y explicar el mensaje de Cristo en su predicación a
todas las gentes, para investigarlo y comprenderlo con mayor profundidad, para expresarlo mejor en la
celebración litúrgica y en la vida de la multiforme comunidad de los fieles.

La buena nueva de Cristo renueva constantemente la vida y la cultura del hombre, caído, combate y elimina los
errores y males que provienen de la seducción permanente del pecado. Purifica y eleva incesantemente la moral
de los pueblos. Con las riquezas de lo alto fecunda como desde sus entrañas las cualidades espirituales y las
tradiciones de cada pueblo y de cada edad, las consolida, perfecciona y restaura en Cristo. Así, la Iglesia,

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cumpliendo su misión propia, contribuye, por lo mismo, a la cultura humana y la impulsa, y con su actividad,
incluida la litúrgica, educa al hombre en la libertad interior.

Sección 3.- Algunas obligaciones más urgentes de los cristianos respecto a la cultura

El reconocimiento y ejercicio efectivo del derecho personal a la cultura

Hoy día es posible liberar a muchísimos hombres de la miseria de la ignorancia. Por ello, uno de los deberes
más propios de nuestra época, sobre todo de los cristianos, es el de trabajar con ahínco para que tanto en la
economía como en la política, así en el campo nacional como en el internacional, se den las normas
fundamentales para que se reconozca en todas partes y se haga efectivo el derecho a todos a la cultura, exigido
por la dignidad de la persona, sin distinción de raza, sexo, nacionalidad, religión o condición social. Es preciso,
por lo mismo, procurar a todos una cantidad suficiente de bienes culturales, principalmente de los que
constituyen la llamada cultura "básica", a fin de evitar que un gran número de hombres se vea impedido, por su
ignorancia y por su falta de iniciativa, de prestar su cooperación auténticamente humana al bien común.

Se debe tender a que quienes están bien dotados intelectualmente tengan la posibilidad de llegar a los estudios
superiores; y ello de tal forma que, en la medida de lo posible, puedan desempeñar en la sociedad las funciones,
tareas y servicios que correspondan a su aptitud natural y a la competencia adquirida. Así podrán todos los
hombres y todos los grupos sociales de cada pueblo alcanzar el pleno desarrollo de su vida cultural de acuerdo
con sus cualidades y sus propias tradiciones.

Es preciso, además, hacer todo lo posible para que cada cual adquiera conciencia del derecho que tiene a la
cultura y del deber que sobre él pesa de cultivarse a sí mismo y de ayudar a los demás. Hay a veces situaciones
en la vida laboral que impiden el esfuerzo de superación cultural del hombre y destruyen en éste el afán por la
cultura. Esto se aplica de modo especial a los agricultores y a los obreros, a los cuales es preciso procurar tales
condiciones de trabajo, que, lejos de impedir su cultura humana, la fomenten. Las mujeres ya actúan en casi
todos los campos de la vida, pero es conveniente que puedan asumir con plenitud su papel según su propia
naturaleza. Todos deben contribuir a que se reconozca y promueva la propia y necesaria participación de la
mujer en la vida cultural.

La educación para la cultura íntegra del hombre

Hoy día es más difícil que antes sintetizar las varias disciplinas y ramas del saber. Porque, al crecer el acervo y
la diversidad de elementos que constituyen la cultura, disminuye al mismo tiempo la capacidad de cada hombre
para captarlos y armonizarlos orgánicamente, de forma que cada vez se va desdibujando más la imagen del
hombre universal. Sin embargo, queda en pie para cada hombre el deber de conservar la estructura de toda la
persona humana, en la que destacan los valores de la inteligencia, voluntad, conciencia y fraternidad; todos los
cuales se basan en Dios Creador y han sido sanados y elevados maravillosamente en Cristo.

La madre nutricia de esta educación es ante todo la familia: en ella los hijos, en un clima de amor, aprenden
juntos con mayor facilidad la recta jerarquía de las cosas, al mismo tiempo que se imprimen de modo como
natural en el alma de los adolescentes formas probadas de cultura a medida que van creciendo.

Para esta misma educación las sociedades contemporáneas disponen de recursos que pueden favorecer la cultura
universal, sobre todo dada la creciente difusión del libro y los nuevos medios de comunicación cultural y social.
Pues con la disminución ya generalizada del tiempo de trabajo aumentan para muchos hombres las
posibilidades. Empléense los descansos oportunamente para distracción del ánimo y para consolidar la salud del
espíritu y del cuerpo, ya sea entregándose a actividades o a estudios libres, ya a viajes por otras regiones
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(turismo), con los que se afina el espíritu y los hombres se enriquecen con el mutuo conocimiento; ya con
ejercicios y manifestaciones deportivas, que ayudan a conservar el equilibrio espiritual, incluso en la
comunidad, y a establecer relaciones fraternas entre los hombres de todas las clases, naciones y razas. Cooperen
los cristianos también para que las manifestaciones y actividades culturales colectivas, propias de nuestro
tiempo, se humanicen y se impregnen de espíritu cristiano.

Acuerdo entre la cultura humana y la educación cristiana

Aunque la Iglesia ha contribuido mucho al progreso de la cultura, consta, sin embargo, por experiencia que por
causas contingentes no siempre se ve libre de dificultades al compaginar la cultura con la educación cristiana.

Estas dificultades no dañan necesariamente a la vida de fe; por el contrario, pueden estimular la mente a una
más cuidadosa y profunda inteligencia de aquélla. Puesto que los más recientes estudios y los nuevos hallazgos
de las ciencias, de la historia y de la filosofía suscitan problemas nuevos que traen consigo consecuencias
prácticas e incluso reclaman nuevas investigaciones teológicas. Por otra parte, los teólogos, guardando los
métodos y las exigencias propias de la ciencia sagrada, están invitados a buscar siempre un modo más
apropiado de comunicar la doctrina a los hombres de su época; porque una cosa es el depósito mismo de la fe, o
sea, sus verdades, y otra cosa es el modo de formularlas conservando el mismo sentido y el mismo significado.
Hay que reconocer y emplear suficientemente en el trabajo pastoral no sólo los principios teológicos, sino
también los descubrimientos de las ciencias profanas, sobre todo en psicología y en sociología, llevando así a
los fieles y una más pura y madura vida de fe.

También la literatura y el arte son, a su modo, de gran importancia para la vida de la Iglesia. En efecto, se
proponen expresar la naturaleza propia del hombre, sus problemas y sus experiencias en el intento de conocerse
mejor a sí mismo y al mundo y de superarse; se esfuerzan por descubrir la situación del hombre en la historia y
en el universo, por presentar claramente las miserias y las alegrías de los hombres, sus necesidades y sus
recurso, y por bosquejar un mejor porvenir a la humanidad. Así tienen el poder de elevar la vida humana en las
múltiples formas que ésta reviste según los tiempos y las regiones. De esta forma, el conocimiento de Dios se
manifiesta mejor y la predicación del Evangelio resulta más transparente a la inteligencia humana y aparece
como embebida en las condiciones de su vida.

Vivan los fieles en muy estrecha unión con los demás hombres de su tiempo y esfuércense por comprender su
manera de pensar y de sentir, cuya expresión es la cultura. Compaginen los conocimientos de las nuevas
ciencias y doctrinas y de los más recientes descubrimientos con la moral cristiana y con la enseñanza de la
doctrina cristiana, para que la cultura religiosa y la rectitud de espíritu de las ciencias y de los diarios progresos
de la técnica; así se capacitarán para examinar e interpretar todas las cosas con íntegro sentido cristiano.

Los que se dedican a las ciencias teológicas en los seminarios y universidades, empéñense en colaborar con los
hombres versados en las otras materias, poniendo en común sus energías y puntos de vista. la investigación
teológica siga profundizando en la verdad revelada sin perder contacto con su tiempo, a fin de facilitar a los
hombres cultos en los diversos ramos del saber un más pleno conocimiento de la fe. Esta colaboración será muy
provechosa para la formación de los ministros sagrados, quienes podrán presentar a nuestros contemporáneos la
doctrina de la Iglesia acerca de Dios, del hombre y del mundo, de forma más adaptada al hombre
contemporáneo y a la vez más gustosamente aceptable por parte de ellos. Más aún, es de desear que numerosos
laicos reciban una buena formación en las ciencias sagradas, y que no pocos de ellos se dediquen ex profeso a
estos estudios y profundicen en ellos. Pero para que puedan llevar a buen término su tarea debe reconocerse a
los fieles, clérigos o laicos, la justa libertad de investigación, de pensamiento y de hacer conocer humilde y
valerosamente su manera de ver en los ampos que son de su competencia.

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