0% encontró este documento útil (0 votos)
104 vistas76 páginas

Ficha de Cátedra - Una Aproximación Al Libro Independencia El Hecho Maldito Del País Colonial - Marcelo Koenig

Ggjh

Cargado por

Gonzalo Ovejero
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
104 vistas76 páginas

Ficha de Cátedra - Una Aproximación Al Libro Independencia El Hecho Maldito Del País Colonial - Marcelo Koenig

Ggjh

Cargado por

Gonzalo Ovejero
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
Está en la página 1/ 76

Ficha de Cátedra – UNPAZ.

Una aproximación al libro:


“Independencia. El hecho maldito del país colonial”
de Marcelo Koenig, Coop. Editorial Azucena, 2017.
Edición: Victoria Bedin. -

1. Introducción: la historia como política.


El conocimiento de la historia en nuestra América es uno de los productos más acabados de la colonización
pedagógica. La historia es, entonces, un terreno de disputa, el territorio por excelencia de la batalla cultural.
La lucha por la historia es una lucha por pensar dónde estamos, desde dónde venimos, aunque también por
construir sentido, no sólo de pertenencia sino también de destino. En la formación histórica de los argentinos
en particular y de los latinoamericanos en general, tienen más peso los procesos europeos que los propios.
Los estudiantes secundarios pueden recitar dinastías completas, emperadores romanos, pero poco y nada
saben de los presidentes de los países limítrofes o de los otros países de América. La idea de que los
argentinos nos formamos conociendo más de Europa –entendiéndola como La civilización que tenemos que
conocer y admirar–, de tan repetida, constituye un lugar común. Pero no es menos cierto que, como decía
Jauretche, en las escuelas los chicos bonaerenses aprenden cómo desborda el Nilo, pero no saben por qué
desborda el Salado. Así se constituyen los imaginarios de espaldas a la historia común de nuestra América y,
de esta forma, se escamotea la idea de un destino común sudamericano.

Queremos contar la historia de nuestra primer independencia sin caer en la historia mágica de los héroes
nacidos para ganar batallas y ser estatuas, ni el tedio de escribir la historia “según valen los terneros” como
dice la canción de Zitarrosa. Una historia que no niegue la impronta que le ponen hombres y mujeres
concretos, de carne y hueso, con luces y sombras que, aun siendo emergentes, son excepcionales, ni tampoco
que le dé la espalda a las relaciones sociales y económicas que son el paisaje real sobre el que se trazan los
caminos de la libertad. Vamos a asumir el riesgo de escribir desde nuestra propia mirada, desde nuestra
perspectiva peronista y revolucionaria, recogiendo las botellas que, como mensaje de náufrago –para recoger
la metáfora de Leopoldo Marechal– va escribiendo el pensamiento nacional, constituyente de una gran
memoria popular denostada en su capacidad de expresarse a sí misma. Aquellos que escriben la historia
suelen sentirse dueños de hacerlo desde su erudición o su solvencia técnica.

Queremos aportar a la historia de nuestro pueblo y desde ese lugar hacemos historia, desde nuestra
impronta ideológica: el peronismo. Una particularidad del revisionismo como forma de resistencia a una
historia oficial y anquilosada, pero también una historia antagónica a la de microscopio cientificista, que
renuncia de antemano a todo relato abarcador. Nuestra interpretación peronista de la historia pone en el
centro a la política y, sobre todo, busca los caminos de lo popular como categoría sustancial de análisis. Así,
el despliegue del movimiento nacional liberador deja de ser un partidismo estéril para configurarse como la
clave de interpretación de un protagonismo que el pensamiento académico procura esquivar, cuando no lisa
y llanamente, negar. Hacemos historia desde las vísceras de nuestro compromiso con los humildes y no nos
avergüenza rastrear caminos que nos condujeron al estado de situación actual, porque esas sendas nos
constituyen, aun cuando parezcan “solo estelas en la mar” como decía el poeta español Antonio Machado.
Los que hacen historia desde torres de marfil, ocultan en su pretendida objetividad sus miradas
frecuentemente conservadoras, eventualmente con matrices revolucionarias de importación, pero –en la
mayoría de los casos– distantes de lo popular. Todos hacemos la historia desde un lugar: la izquierda –en su
mirada con voluntad de transformación– suele reconocerlo en sus diversas versiones, y la derecha, en su
defensa cerrada de los valores dominantes, negarlo. Nosotros lo reconocemos por honestidad intelectual y
por orgullo de pertenecer.

No es nuestra intención meternos en una interminable discusión historiográfica, pero ningún texto
referido a este tema carece de intencionalidad. Nadie puede negar que la historia oficial argentina, con su
raíz mitrista, fue un gran instrumento de homogeneización de una población heterogénea producto del gran
afluente inmigratorio y un pueblo a disciplinar después de la batalla de Pavón, la justificación política e
ideológica del partido liberal porteño triunfante en la guerra civil. Esto nos permite comprender por qué está
centrada en la lógica de que fueron las oligarquías las que construyeron la patria. En el caso argentino, esa
historia es tan porteñocéntrica como eurocéntrica. Aunque su característica más grave es que niega tanto al
sujeto popular como a su dimensión sudamericana. Pero la historia ensayada en América en su conjunto no
escapa a similares determinaciones. Elitista y detallista, las batallas son más importantes que los procesos,
los hombres que los sectores sociales. Siempre están anquilosadas por un bronce cuyo propósito es que los
precursores y los próceres no nos puedan hablar hoy. Son tan lejanos que es imposible apropiarse de sus
ejemplos.

Nosotros, por el contrario, pretendemos hacer una historia con más pueblo que bronces, con hombres y
mujeres que, con sus luces y sus sombras, con sus sueños y sus contradicciones, van formando un camino,
expresando anhelos que conjugan con otros, acompañando y conduciendo las ansias de los pueblos que van
constituyendo –más a tientas que con planificación estratégica– su propio sendero. Creemos en las
conducciones como encarnación de procesos sociales concretos, no como magia de la historia, porque
seguimos necesitando actualmente de esos hombres y mujeres que se ponen la patria al hombro. Para hacer
la historia de nuestra independencia, vamos a contradecir algunos lugares comunes incluso del propio
revisionismo que –como respuesta a la historiografía liberal–cae en un nacionalismo de miras estrechas. Si
las historias oligárquicas tienen un dejo chovinista, la respuesta a ellas no carecen de acentos falsamente
nacionalistas, localistas, que niegan su dimensión sudamericana. Y en los casos en que la contemplan, lo
hacen en un plano tan secundario que termina desdibujándose.

2
Compartimos el desafío planteado por Puiggrós (1986: 290) en cuanto a que “Nuestra historia no es la
historia de las ideas importadas o de los importadores de ideas: es la historia de la conformación del pueblo
como categoría decisiva del desarrollo social, a través de las luchas por emanciparse. Las ideas han
desempeñado un papel, a veces importante, pero en la medida que han interpretado las tendencias generales
del pueblo hacia su liberación”.

Tal vez las palabras más románticas, el concepto más criollo y más tradicional, herencia de los
libertadores, sea el de “Patria Grande”. Si miramos los documentos básicos en los tiempos de las
independencias juegan dos variables nacionales, la de patria grande y la de patria chica. Pero incluso el
concepto de Patria Grande es bien abarcativo desde el Río Grande en México, por el norte, hasta la isla de
Tierra del Fuego, por el sur. Sin embargo, el proceso de la independencia tuvo otro ritmo en el norte de la
América hispánica y fue más bien la América meridional o Sudamérica, la que se dio un proceso común de
liberación.

Es Arturo Jauretche, quien en su libro “Ejército y Política. La patria grande y la patria” chica hace una
revisión de los términos de patria, entendida como grande y como chica, deslindándolos del americanismo y
el nacionalismo de un solo país. Para este pensador nacional existen dos grandes concepciones en pugna: la
que posee una mirada nacional (y americana) y la que posee una mirada de facción, de grupo privilegiado,
en última instancia de clase, aunque no lo diga don Arturo expresamente. La concepción de una patria chica
no esta está cruzada por la defensa de un interés nacional, sino todo lo contrario: se trata –sostiene
Jauretche– de aquella que, con pensamiento unitario, impulsó la balcanización de los territorios del virreinato
favoreciendo sus intereses: los de la oligarquía porteña, los cuales que estaban en sintonía con los intereses
británicos. Una oligarquía que no quiere fronteras más allá de sus negocios y su control.

Por eso es que vamos a usar la idea martiana de “Nuestra América”, aunque restringiéndola a la porción
sudamericana. Elegimos ese concepto por raíz y sentido de pertenencia, por contraposición a la América que
no es de nuestra tradición, que se concibió como extensión de Europa más allá del Atlántico, porque la
palabra “nuestra” da sentido de lo colectivo y del destino común. Y también, por qué no decirlo, como
homenaje a ese patriota cubano y nuestroamericano, el último gran héroe y mártir de la independencia
respecto de España: José Martí. Así, al hablar de Nuestra América, nos referimos a la subjetividad colectiva,
a la reivindicación común, a la lucha contra los mismos enemigos que nutre nuestras ansias, a los sueños que
nos cruzan más allá de las fronteras impuestas, a un “nosotros” llamado a hacer historia juntos. Y restringimos
ese concepto de Nuestra América no sólo por rigor conceptual histórico, sino también porque consideramos
que nuestro destino común de liberación pasa principal y originariamente por la unidad de la América del
Sur.

3
2. La crisis de la América colonial
I. Sistema económico social de la América colonial.
La península ibérica, el extremo occidente europeo, fue la vanguardia de la expansión mundializante del
siglo XV que colocó a Europa en el centro del mundo. La apropiación de las riquezas, una transferencia sin
dimensiones anteriores del trabajo de los pueblos, que iba subordinando y transformándolos en su periferia,
se inicia con la conquista de América y la conformación de un sistema de dominación mundial que no
casualmente se lo denomina –en referencia al primer “descubridor” de América, Cristóbal Colón-
colonialismo. De esta brutal apropiación dimos cuenta en nuestro libro “Combatiendo al Capital”, de modo
que en esta oportunidad no vamos a extendernos en el desarrollo de ese sistema, sino que nos limitaremos
a señalar que -desde nuestra visión- sin el aporte del colonialismo, consideramos que no hubiera sido posible
el desarrollo del capitalismo como forma económica de la civilización europea. De tal magnitud creemos que
fue dicha situación de dominación, aunque la mayoría de los pensadores europeos -aun de los progresistas
y los revolucionarios- la nieguen o solo refieren a ella tangencialmente.

Esta afirmación pareciera chocar con el hecho de que no fue precisamente en España donde el capitalismo
se desarrolló. Digamos por ahora, siguiendo a White (2014:17) que: “El oro y la plata del Nuevo Mundo, así
como otros productos americanos, solventaron siglos de participación española en las luchas por el poder en
Europa. La España propiamente dicha, sin embargo, era una colonia económica de los países más
industrializados de Europa. En consecuencia, para cubrir su déficit crónico en la balanza de pagos, gastó la
mayoría de sus riquezas provenientes del Nuevo Mundo en artículos manufacturados importados. De este
modo, la riqueza de la América española sirvió en último término para financiar la industrialización de las
naciones europeas del Norte”.

Podemos afirmar que la economía de América colonizada por las potencias europeas, se diversificó en
tres grandes núcleos:

• Brasil: allí, el colonialismo portugués desarrolló una economía prácticamente sin mercado
interno, atado fundamentalmente a su crecimiento hacia afuera. Con un consumo de las clases
dominantes que a veces llegaba a lo suntuoso y solventado sobre la concentración de la propiedad
y la extensión de la mano de obra esclava secuestrada por los europeos en África. Este mismo
sistema se aplicó en las colonias antillanas, tanto de Gran Bretaña como de Francia.
• Las colonias inglesas: del Oeste tenían una población dispersa -apta para la formación de un
gran mercado interno- sustentada en la labor de colonos que en su mayoría venían huyendo de

4
las persecuciones religiosas en Gran Bretaña y que querían fundar el reino cristiano como utopía
político religiosa.
• La América hispánica: sin dudas, la más compleja y contradictoria, montada socialmente
sobre la explotación del poderoso núcleo poblado originario, que en algunas regiones era la base
de la riqueza en una producción que fortalecía un mercado interno con su porción industrial
incipiente, por ejemplo de tejidos. Otros sectores, generalmente los más ricos de la colonia en
general, eran productores de minerales, cuya extracción –efectuada con las técnicas más
modernas disponibles para la época- estaba también a cargo de aborígenes y sus beneficios iban
a parar a los bolsillos de una suntuosa oligarquía descendiente -en su mayoría- de los
conquistadores.

En la economía colonial hispánica, existía a su vez un núcleo que producía también para el mercado
externo, de modo similar a la referida colonización l, con una amplia fuerza de trabajo africana esclavizada,
que cultivaban desde azúcar y tabaco -como en el caso de Cuba- hasta cacao y café, en las zonas tropicales
del norte de América del Sur.

El mercado interno aparece en el corazón continental, como complemento del sistema productivo
europeo y del sistema mercantil importador. Esta subordinación inicial se palpa con más claridad en las zonas
despobladas de la América oriental, donde prácticamente la totalidad de los productos consumidos en las
plantaciones e ingenios, eran importados. En Brasil “todo viene del extranjero; hasta los ataúdes para
difuntos, refiere un contemporáneo; nos llegaron de Inglaterra forrados y listos para ser utilizados” (Prado
Júnior, 150). Era casi como si los consumidores de la plantación fueran parte del mercado interno de la propia
Europa. Tal la ley de la subordinación a lo importado en su aspecto más puro” (Astesano, 1982: 86).

En síntesis, podemos decir que había en la América española, una proporción importante de producción
para adentro que le permitió acumular y generar circulaciones así como lógicas internas, aunque jamás en
la medida de Europa porque drenaba permanentemente el excedente hacia el viejo continente, sobre todo
a través del complejo minero y de plantaciones tropicales, que siempre mantuvo su desarrollo ligado a los
ascensos y las crisis del mercado internacional, dependiendo de las leyes que regían el mercado mundial
del incipiente capitalismo europeo.

El largo proceso de tres siglos de formación del sistema social colonial había profundizado una división
interna del trabajo por regiones. El centro neurálgico eran -sobre todo- las regiones metalíferas y en
particular, la amplia zona andina sobre la cual se había asentado -en la América pre colonial- la mayor
cantidad de población originaria. Dado que la apropiación del trabajo de los aborígenes fue el gran
fundamento de la riqueza en la América española, se produjeron grandes centros económicos, como Lima o

5
Potosí, que lograban que las periferias produjeran para ellos. Al mismo tiempo, el pequeño productor agrícola
(que en la mayoría de los casos seguía produciendo alimentos en las condiciones tecnológicas del imperio
incaico), el artesano urbano o el campesino de las campañas de las ciudades, se especializaban en sus labores:
viñateros cuyanos, tejedores norteños, molineros y chacareros del litoral, produciendo para un mercado con
alto nivel adquisitivo pero que no era el internacional. Por último, en los márgenes de ese sistema, sobre
todo en los litorales marítimos periféricos, se practicaba el contrabando con la venia corrupta –en mayor o
menor medida- de las débiles autoridades imperiales.

“Y sobre esta dispersa división de trabajo, sobre estos excedentes que marchaban al mercado americano,
fue formándose una nueva clase dirigente criolla capitalista, que al mismo tiempo que regulaba el sistema
social y se enriquecía a ojos vista, se había transformado en los empresarios productores de un nuevo tipo de
manufactura que ya había aparecido también en Francia e Inglaterra, la manufactura dispersa, basada en el
trabajo a domicilio. El empresario entregaba la materia prima y pagaba luego el producto elaborado por el
trabajador criollo, ofreciendo préstamos al artesano, hipotecando el terreno del agricultor, prestando en
usura para levantar una cosecha” (Astesano, 1982: 136).

En las grandes ciudades portuarias, se instalaba un sector social de comerciantes (que en la periferia como
dijimos, se habían hecho a sí mismos a través del contrabando) que fueron construyendo importantes
fortunas personales, mediante su red hacia el interior de productos de América hispánica o bien, del exterior,
mediado tanto por los comerciantes monopólicos españoles como por dichos contrabandistas. Así se
controlaba la producción americana del vino, el azúcar, la yerba (la parte que escapaba a la producción de
los jesuitas), los ponchos, la producción de carretas y embarcaciones, la de vacunos y mulares, incluso hasta
las pocas manufacturas de Flandes o de Manchester que llegaban en buques españoles y que rendían
enormes ganancias al puñado de comerciantes habilitados por el monopolio imperial. Concentrada en los
grandes centros urbanos, socios de los vecinos “decentes” de las ciudades del interior, estos comerciantes
regulaban la marcha y dominaban el mercado interno.

“Todas las mercaderías que encerraban el trabajo criollo pasaban por sus manos, para dejarles un margen
de ganancia dentro del esquema de comprar por dos para vender por ocho que regía por entonces. Sus puntos
de apoyo fueron la tienda y el almacén o la barraca, o la pulpería de campaña y sus tentáculos sobre un
mercado disperso, la lenta tropa de carretas o el cabotaje sobre el Paraná. Comprando y vendiendo habían
tejido la madeja que hacía funcionar el capitalismo interior americano y que permitía a un mendocino tomar
mate con yerba paraguaya, con azúcar tucumano, y a estos beber el rico vino cuyano. Era una clase social
que cultivaba la tradición colonial española y organizaba al país bajo su mando económico, controlando el
poder político local desde los cabildos” (Astesano, 1982: 137).

6
II. Sobre el sistema político colonial

Desde la época de su conquista y frente al hecho nuevo en Europa de que se pudiera controlar un
territorio de ultramar, los debates se inclinaron por dar a la recién “descubierta” tierra del “nuevo mundo”
el mismo status que tenían los reinos que iban conformando la recientemente integrada España. Pensemos
que ésta empieza a existir como tal, a partir de la unión de los llamados reyes católicos Isabel de Castilla y
Fernando de Aragón. En particular, todavía no existía en Europa el concepto de colonia y por eso es que
América pasó a ser uno de los reinos dependientes de la corona de Castilla, en analogía con otros que tenían
la misma dependencia, como el caso del reino de Nápoles.

Ya en una real orden del 12 de diciembre de 1619, acerca de la asignación de cargos seculares y
eclesiásticos en los reinos americanos, se había establecido:

"En todos los cargos, otorgamientos y encomiendas mencionados, serán preferidos los naturales de mis
Indias, los hijos y nietos de sus conquistadores, personas capacitadas de virtud y méritos correspondientes a
la naturaleza e índole de los cargos respectivos, y lo mismo vale a favor de los pobladores originarios de mis
reinos indianos, allí nacidos, y estas personas, como súbditos míos, deben ser preferidas a todas las demás”
(Beyhaut, 1964:12).

Pero en el desfasaje entre las Leyes de Indias y la realidad nos muestra que solo una abrumadora minoría
de virreyes, capitanes generales y altos funcionarios en el período colonial habían nacido en América1. Los
cargos más altos de la administración, la justicia y el ejército eran llenados con españoles europeos, lo que
generaba algún nivel de contradicciones contra los gachupines, chapetones o godos, como solía denominarse
a los peninsulares. Este encono es desmesuradamente acentuado por los historiadores que plantean que el
proceso independentista fue una lucha de criollos contra españoles. Lo cierto es que por un lado la gran capa
intermedia de los funcionarios imperiales eran escogidos entre las familias tradicionales americanas, y aun
cuando así no lo fuere, muchas veces los funcionarios reales de todas las jerarquías se rendían ante el poder
económico -aunque también político- de los criollos acomodados, que dominaban entre otras instituciones
gravitantes los Cabildos locales.

“El estado colonial presenta una característica que es propia de todos los países dependientes: la
diversificación de las finalidades fundamentales que guían la actividad del aparato del Estado. Por un lado
trata de responder a las exigencias del país dominador, que busca de orientar todas las manifestaciones

1 Entre los sesenta virreyes de lahistoria colonial, apenas hubo cuatro criollos y catorce, entre los seiscientos dos capitanes generales.
Las causas que los alejaban de la alta administración laica, los alejaban, igualmente, de las altas jerarquías eclesiásticas, lo que
explicaba la actitud del alto clero durante la revolución.

7
económicas y políticas en el sentido de su propio beneficio, y por el otro a los intereses dominantes que tratan
a su vez de asegurar su propia posición privilegiada” (Astesano, 1941: 211).

El virrey fue la máxima autoridad colonial, encarnación del Estado español en América. Gozaba de gran
cantidad de atribuciones políticas y económicas, tenía plena confianza de la corona por lo cual era la garantía
del orden colonial. En tanto Superintendente de la Real Hacienda, el Virrey debía inspeccionar todo el
mecanismo financiero del Virreinato procurando incrementar sus ingresos. Era, además, supremo jefe de las
fuerzas armadas concentrando así el control del orden público; ejercía también un control político sobre los
otros organismos del Estado, como las Audiencias, los Cabildos y –luego de las reformas borbónicas- de las
intendencias.

Sin embargo, no debemos que pensar en la acción de los virreyes como una cuestión univoca y monolítica.
“En efecto, los virreyes no llevaron una política uniforme de apoyo al monopolio español. Fácil es distinguir
entre los virreyes reaccionarios y ‘liberales’ que se vinieron sucediendo alternativamente. Unos, celosos
defensores de los privilegios, combatieron ardientemente al contrabando, hicieron respetar por sobre todas
las cosas el régimen legal en favor del monopolio español, no perdiendo oportunidad para favorecerlo con
medidas económicas que desarrollaran su tráfico privilegiado. En cambio los virreyes progresistas, trataron
de despertar las fuerzas sociales dormidas por la opresión del feudalismo colonial, impulsando la ganadería,
favoreciendo el comercio con otros puertos no españoles, o permitiendo la propaganda en favor del desarrollo
agrícola llevada a cabo por hijos de esta tierra. Vértiz fue quien mejor representó a este grupo de virreyes
progresistas. Cisneros, al declarar el comercio libre con los ingleses cerró esta política liberal en favor de la
burguesía comercial porteña y los hacendados, dando el golpe más serio al grupo de registreros españoles”
(Astesano, 1941: 214).

En resumidas cuentas, podemos afirmar que el sistema colonial se sostenía sobre un equilibrio estable
–aunque no carente de tensiones- entre los funcionarios de la corona, los comerciantes monopolistas
españoles y los criollos acomodados que manejaban en gran medida toda la producción para el mercado
interno. Estos últimos eran los españoles americanos que muchas veces amasaban fortunas mayores a la
de las clases dominantes de la propia península. Instalados, tras varias generaciones, sin ánimo de retomo,
en una tierra que consideraban la suya, los criollos tenían en sus manos una parte importante de las riendas
económicas de Indias. Poseían inmensas estancias, con gran cantidad de esclavos en los lugares de
producción de cultivos tropicales, o bien tenían cuantioso ganado en otros lugares, o poseían –acaso los más
ricos entre ellos- intereses en las explotaciones mineras. Los criollos acomodados -autodenominados la gente
“decente”- detentaban y cubrían los cuadros del cabildo, eran los que tenían acceso a la educación, que
compartían con algunos de la pequeña clase media alta de la época. Entre el mundo de los letrados,

8
particularmente abiertos a las ideas políticas del nuevo siglo, sobre todo las españolas, en cuyas discusiones
estaban siempre actualizados. Sin embargo, por una contradicción interna, esta élite económica e intelectual,
en una sociedad en la que la presencia del indio y del negro confería a todo blanco “un complejo de
superioridad”, padecía la exclusión, la desconfianza con que la rodeaba la administración real desde la
metrópoli, aunque tuvieran poder en estas latitudes. Aun así este sector social abominaba del mestizaje
(aunque lo tuviera en su propia sangre) y se sentía español en América.

III. La crisis del dominio español en América

Las reformas borbónicas de la estructura colonial como desencadenantes.

Es un clásico en la teoría política que el momento más peligroso para un régimen autocrático es cuando
pretende reformarse a sí mismo. Después de la Guerra de Sucesión, con la muerte del último rey Habsburgo
se estableció en España la dinastía de los borbones, de origen francés pero apoyado sobre la victoria de los
ingleses. Felipe V y Fernando VI hicieron con su llegada al trono, reformas largamente demoradas en un
Imperio que era cada vez más obsoleto y perdía terreno en la disputa interimperial. Entre otras cuestiones,
abordaron la centralización de los impuestos agrícolas y la creación de intendencias para controlar la
administración, una institución traída de Francia con la intención de ordenar el caótico sistema vigente en la
península ibérica que era poco más que una aglomeración de reinos con reminiscencias de las autonomías
de los tiempos feudales. Con ello restringieron los poderes absolutamente abusivos de la nobleza provincial
que hacían prácticamente imposible el trazado de políticas económicas unívocas para la corona. Los
borbones, gobernantes agiornados a los tiempos que corrían en Europa, establecieron en lo económico un
modelo mercantilista y al mismo tiempo -en consonancia con las características del despotismo ilustrado-
hicieron florecer las artes. Mientras tanto fueron chocando con los poderes locales que venían de una amplia
autonomía, tanto en la península como en América.

Carlos III accedió al trono en 1759 y gobernó siempre rodeado de un puñado de ministros ilustrados, entre
ellos el marqués de Sonora, responsable de una serie de reformas administrativas en la América hispana, que
trastocaron de raíz la autonomía relativa de las Américas, ajustando su carácter de colonias. Así, se
aumentaron los impuestos a las ventas en general y se restringieron las exportaciones. Los productos
españoles y –por su intermedio- europeos, entraron a raudales. Al mismo tiempo que se arruinaba las
industrias textiles en regiones de México y del Perú, se reflorecería la actividad minera extractiva, cuyo
beneficio quedaba en manos de unos pocos.

Lo determinante es que, cuando los Borbones llegaron al poder, no sólo hicieron reformas administrativas
fundamentales sino que dieron una vuelta de tuerca a las condiciones de dependencia de la América
española. Cambios que, junto con las disputas permanentes con los funcionarios ibéricos que ejercían el

9
poder político en las colonias y sumado a la autarquía económica de gran parte de los criollos blancos que –
como señalamos- habían acumulado ingentes fortunas, significaron un cóctel explosivo. En definitiva, esta
situación generó un desgaste de la vigencia del pacto colonial o, para decirlo sin eufemismos, una erosión de
las condiciones de dominación de las potencias ibéricas cada vez en mayor decadencia sobre las tierras
americanas.

“Para entender cómo y por qué ocurrió este proceso, es necesario aclarar cuáles fueron las reformas, cuál
fue su sentido, por qué fueron adoptadas y qué efectos tuvieron. Las reformas afectaron los centros vitales
de la vida imperial. Los ganglios políticos, de los que Madrid y Lisboa acrecentaron los poderes; los militares,
donde incrementaron el poder del ejército real; los religiosos, donde favorecieron al clero secular, sujeto a la
Corona, y penalizaron al regular, hasta la expulsión de los jesuitas, y los económicos, donde racionalizaron y
aumentaron los intercambios, acentuando sin embargo la brecha entre la Madre Patria, encargada de
producir manufacturas, y las colonias, relegadas al rol de proveedoras de materias primas. El espíritu y el
sentido de tales reformas no fue un misterio ni en el territorio metropolitano ni en el de ultramar. Tanto es
así que quienes las llevaron a cabo fueron héroes en su patria, pero tiranos a los ojos de muchos en las
colonias. Lo que buscaban era encaminar un proceso de modernización de los imperios y de centralización de
la autoridad a través del cual la Corona pudiera administrarla mejor, gobernarla de manera más directa y
extraer recursos de modo más eficiente” (Zanatta, 2012)

En la América española y particularmente por los criollos acomodados que manejaban gran parte de las
economías locales esto fue percibido como lo que realmente era: una nueva ofensiva de la voracidad
metropolitana. Incluso, perder el carácter jurídico de reino para transformarse definitivamente en colonias,
también tuvo su impacto en la conciencia sobre todo de la aristocracia americana, que sin dejar de concebirse
española no se sentía menos que los peninsulares. Deber obediencia al rey o debérsela a toda España era
una diferencia repugnante para una oligarquía tanto o más rica que muchas de las familias aristocráticas de
la península. Así gran parte de las clases dominantes criollas empezaron a sentirse traicionadas en el plano
político y perjudicadas abiertamente en el plano económico.

De manera que las condiciones de dominación se empezaron a resquebrajar por las dos puntas de la
pirámide social. Por un lado el hartazgo de la opresión del escalón más bajo, como las rebeliones producidas
a partir de Túpac Amaru (que vamos a ver con mayor detenimiento) y por el vértice de las clases dominantes
criollas, que entraron en disputas con los funcionarios coloniales enviados de España en un ejercicio más
firme del poder colonialista. La elite intelectual de estos criollos se va a conformar como la vanguardia de un
proceso de ruptura cuando apareció la oportunidad en ocasión de la invasión napoleónica a España.

10
3. Coyuntura internacional que da pie al proceso independentista
I. El cambiante rompecabezas europeo

El general Perón solía decir que la verdadera política es la política internacional. Su estudio en
profundidad, nos permite revelar las causas reales de movimientos profundos que aparecen como
inexplicables si sólo se los mira con estrechez de frontera. La mirada de conjunto respecto del tablero
internacional, nos permite comprender los movimientos y la funcionalidad de las piezas. Aquella aseveración
del General, nunca se hizo tan clara como durante el proceso de independencia de las colonias españolas de
América. Las transformaciones políticas europeas irrumpieron en el escenario, creando condiciones para su
desarrollo. La incidencia de la coyuntura internacional en este proceso, fue –sin dudas– un factor que si se
desecha del análisis, termina no comprendiéndose la independencia americana.

La clave para la lectura geopolítica de la época fue que España y Portugal –ambos, imperios en
decadencia– empezaron a perder sus posibilidades reales de control de sus respetivos sistemas coloniales en
beneficio del pujante capitalismo inglés. Portugal había aceptado, desde las guerras que lo independizaron
de España –con la ayuda y la garantía británica–, ser el furgón de cola del sistema mercantil inglés. Ante ello,
España se resis tía e intentaba disputar el poderío, en primer lugar de los ingleses, pero también de los
holandeses y franceses. Poseedora de un vasto imperio colonial, perdía con Trafalgar el control de las rutas
marítimas y, con él, la capacidad de defensa de sus posesiones frente a los embates de las otras potencias
europeas. Militarmente estaba resguardada por el pacto con Francia, que contaba con el ejército más
poderoso del mundo. Pero la aniquilación de la flota española en la batalla naval, por parte del almirante
Nelson, la dejaba desnuda, incluso ante una posible sublevación de sus propias colonias. A los lectores
americanos de la coyuntura (una minoría intensa), ésta aparecía como cambiante; luego de la victoria de la
guerra de los Siete Años, Inglaterra se mostraba victoriosa, poco después del debilitamiento por la derrota
en las guerras de la independencia de sus trece colonias de América del Norte. Con la revolución y la
convulsión interna que ella conllevaba, Francia parecía salir de los primeros planos del tablero internacional,
aunque a los pocos años vuelve con Napoleón a la cabeza, insertándose de lleno en la disputa principal.

II. La ocupación francesa de España. La revolución en España.

La disputa por convertirse en la potencia hegemónica europea se hace encarnizada a principios del siglo
XIX. Francia conducida por Napoleón -coronado emperador- le disputa fuertemente a Inglaterra la primacía.
La capacidad militar y política de Napoleón viene para cerrar una etapa de la revolución burguesa en Francia
donde la concurrencia aluvional para destronar al Viejo Régimen se hizo un abuso del terror, la guillotina
sangrienta y un asambleísmo anárquico. Una vez coronado emperador en el 1803 se encarga de enfrentar

11
con éxito todas las coaliciones formadas por los monárquicos europeos en contra de la Francia
revolucionaria.

Después de la victoria de Austerlitz tomará el control del continente europeo. La victoria en la disputa por
el dominio europeo parece estar a sus pies. Pero en la plenitud de su apogeo ocurre, en octubre de 1805, la
batalla naval de Trafalgar. Allí las flotas coaligadas española y francesa van a recibir una derrota contundente
por parte del almirante Nelson, marcando la definitiva supremacía marítima de Inglaterra que se va a
extender durante todo el siglo XIX. Esta derrota hizo que Napoleón renuncie a sus planes de dominar
militarmente las británicas. “No en vano la plaza más importante de la ciudad de Londres está dedicada a
Trafalgar” (Pandra, 2013: 143).

Es preciso señalar que si insistimos tanto en Trafalgar, es porque lo consideramos un hecho fundamental
en la historia americana, pues la pérdida de prácticamente toda la flota española significó la drástica
incapacidad de sostener desde los mares el dominio colonial. Este hecho no lo dejaron de advertir los criollos
que conspiraban pensando en ganar niveles mayores de autonomía: la continuidad del imperio español en
América estaba a partir de allí prácticamente solo sostenido por sus partidarios en las propias colonias
americanas.

Por su parte, en el marco de la dimensión europea de este combate, implicó que Napoleón debiera
conformarse con operar en el continente, perdiendo la oportunidad de proyectar también su dominio de
modo eficaz, sobre las colonias de las otras potencias europeas. Incluso con sus propias colonias de Saint
Domingue – económicamente las más importantes de América– ya independizadas de su metrópoli, con el
nombre de Haití.

Napoleón comprendía que la única forma de vencer a los ingleses era económicamente y para esto era
necesario bloquear la salida de los productos británicos hacia los puertos de Europa continental. La
manufactura –que era la fuerza económica de la industrialización elegida por los británicos como modelo
social que nutría de valor a su economía– necesitaba dicha salida para terminar su realización. Y por eso
Bonaparte necesitaba terminar de bloquear los puertos por los que esas mercaderías inglesas se introducían.
Primero dominó a los viejos aliados de los ingleses, desde su época de independencia con el nombre de
Provincias Unidas, los holandeses. Pero el camino que le quedaba era el de Portugal, aliado del Reino Unido
desde que éste había garantizado su separación de España, después que se unificaran las coronas en los
tiempos de Felipe II. Portugal era el lugar principal, casi el único cabo suelto –después de las victorias sobre
austríacos y rusos (en Austerliz) y prusianos (en Jena)– por donde se introducían los productos ingleses. Dicho
país era una piedrita en el zapato de Napoleón. Pero había un problema para terminar de cerrar esa política
de ahogamiento económico de los británicos que se llamó “bloqueo continental” y era el hecho de que desde

12
Francia, se podía acceder a Portugal por vía marítima o bien, por vía terrestre, cruzando el territorio español.
Dado que llegar por mar resultaba imposible, Napoleón debió hacer que sus poco confiables aliados
españoles le permitieran el paso de sus tropas por su país.

Para principios del siglo XIX, la Corte española estaba dividida en dos facciones: por un lado, aquellos que
apoyaban a Carlos IV, a la reina María Luisa y a Godoy; por otro, aquellos que eran partidarios del príncipe
Fernando -hijo de Carlos- en el que cifraban todas las esperanza de restauración de la gloria del imperio
español, incluso también -y contradictoriamente- eran partidarios de Fernando los que venían en él un
monarca progresista que iba a gobernar constitucionalmente.

La política internacional española –manejada por el favorito Godoy– era muy volátil en aquellos tiempos.
Godoy, llamado “el Príncipe de la Paz”, hizo arreglos para cambiar de bando y romper la alianza con los
franceses, en una incorrecta lectura acerca de cómo iría a inclinarse el plano internacional. Frente a ello, el
emperador francés tomó nota de esta deslealtad y del oportunismo de los gobernantes españoles, teniendo
la oportunidad de cobrarse la afrenta, cuando Napoleón ya había vencido y Godoy se desvivía en gestos de
obsecuencia hacia el Gran Corso. Fue entonces cuando el favorito Godoy permitió que las tropas francesas
cruzaran España para dirigirse a Portugal. Bonaparte le había prometido fortalecer el partido de Carlos iv,
convirtiéndolo en “Emperador de las Américas” y al mismísimo Godoy, en gobernante de la parte sur de
Portugal.

El emperador francés comprendía, además, que la frontera luso española era una especie de colador, ya
que no existían delimitaciones precisas, se hablaban idiomas similares según las regiones y no podía
garantizarse –en el desorden administrativo y político del gobierno español– el bloqueo necesario para
doblegar a los ingleses. Basado en todas estas razones, decidió hacer del trayecto por territorio español, una
ocupación.

A medida en que ejército napoleónico avanzaba sobre España rumbo a Lisboa, la corte portuguesa
entraba en pánico. No tenía fuerzas suficientes para enfrentar a un ejército veterano, probado en mil batallas,
con fuerzas incluso muy superiores a las propias.

Para sorpresa y terror de los portugueses, aunque también de los españoles, Napoleón preparó una fuerza
de 100.000 soldados. En consecuencia, el 29 de noviembre de 1807, partieron las naves de la familia real
portuguesa rumbo a Brasil con unas 15.000 personas custodiadas por la Armada británica, al mando del
almirante Sidney Smith. El mariscal Junot estaba ocupando la ciudad de Lisboa ese mismo día, en nombre de
Napoleón y llegó justo para ver impotente, a la deslumbrante flota que parecía una inmensa ciudad flotante,
escapándose entre sus manos.

13
El tesoro real, los archivos de la corona, y toda la burocracia administrativa imperial, se embarcaron en
Lisboa rumbo al Río de Janeiro, que a fines de enero de 1808 llegaron a costa americana. El príncipe regente
iba acompañado de su esposa, la princesa Carlota Joaquina de Borbón, hija de Carlos IV y hermana de
Fernando VII, diez años mayor que éste.

El primer ministro británico, George Canning, toma la decisión de proteger a la familia real portuguesa,
que era uno de los vehículos del comercio inglés por encontrarse bloqueados los puertos de Europa, con una
idea que trascendía la lealtad para con sus aliados. Ese traslado gravitó en la geopolítica colonialista europea
en América. El impacto del traslado –de un modo abrupto– del centro de gravedad del imperio portugués
para tierras americanas, les permitió a los británicos pivotar –desde Brasil– los navíos y el comercio inglés.

Napoleón decidió, entonces, aprovechar la feroz interna española en su propio beneficio. “Había recibido
una carta de Carlos IV donde manifestaba que su abdicación era nula por haber sido forzada; y otra de
Fernando mediante la cual le rendía pleitesía y pedía una dama de la corte imperial para desposarla como
reina de España. El emperador aprovechó el enfrentamiento de padre e hijo para desalojar a ambos oficiando
de mediador, y al efecto invitó a los litigantes a conferenciar con él en Bayona. Allí ofreció a Fernando el reino
de Etruria si le cedía España, y al negarse éste optó el emperador por desconocerlo como rey reimplantando
a Carlos. Sin embargo, los enjuagues cortesanos tuvieron su contrapartida, pues el pueblo madrileño, harto
de la ocupación francesa, se levantó en armas el 2 de mayo contra las fuerzas de Murat, y al cabo de una
jornada de lucha feroz el mariscal francés ahogó en sangre a Madrid e hizo fusilar a 1500 rebeldes. La rebelión
se extendió de inmediato por toda España, y el emperador apuró el expediente: el 5 forzó a Carlos IV a abdicar
en su favor con el pretexto de salvar a España, y el 6 intimó a Femando a hacer lo mismo, so pena de someterlo
a juicio de alta traición por haberse rebelado contra su rey. Fernando cedió y fue internado en Valencey. En
seguida el emperador digitó la formación de unas Cortes de españoles afrancesados en Bayona y, con la
anuencia de ellas, fue proclamado rey de España José Bonaparte (15 de junio)” (Sabsay y Pérez Amuchástegui,
1973: 44).

Ahora bien, las estrategias y los planes trazados en una mesa de arena chocan muchas veces con la
subjetividad y la realidad de los pueblos: “Para asombro de Napoleón –convencido de que el nuevo gobierno
sería recibido calurosamente-, en Madrid estallo la ira popular contra los franceses. Cientos de españoles
murieron a manos de las tropas francesas en la famosa masacre del 2 de mayo de 1808” (Harvey, 2002: 36)
Masacre que fue inmortalizada por Goya con su célebre pintura sobre los fusilamientos.

La insurrección en defensa de la dignidad nacional española que estalló en mayo de 1808, rápidamente
se extendió a toda la península. La larga y sanguinaria guerra española de la independencia es una gesta de
coraje como pocas veces se ha visto. Con la participación del pueblo quien toma en sus riendas la contienda,

14
conducida por jefes improvisados. Aprovechando todos los recursos contra fuerzas superiores militarmente,
utilizando la técnica de la guerra de guerrillas por primera vez a gran escala en las contiendas europeas. A tal
punto que cuando el prusiano Karl von Clauzewitz teoriza las cuestiones bélicas pocos años después pone el
término “guerrilla” en español y no en alemán. Estas luchas heroicas del pueblo español junto con las
derrotas infringidas por los rusos hacia oriente, pero no en menor medida que estas, acabarían con el mito
de la invencibilidad del ejército napoleónico.

Después de la represión feroz de los franceses que aplacó la rebelión de Madrid, la corte se trasladó a
Aranjuez. Además de la ocupación francesa, las décadas de desgobierno, ayudaron a provocar la intervención
popular en la contienda. El nacionalismo español se había fraguado como respuesta a años de ver como los
favoritos ilustrados de los monarcas borbones entregaban su país. Por eso no es de extrañar que unos meses
antes de la invasión francesa, el 19 de marzo de 1808, se había producido el Motín de Aranjuez que obligó a
renunciar al ministro Godoy y a que Carlos abdique en favor de su hijo Fernando. Era un movimiento popular
que se alzaba contra el desgobierno poniendo todas sus esperanzas en el joven Fernando VII, al que
prácticamente desconocían.

Cuando Napoleón colocó a su hermano José en el trono de los Reyes Católicos, el pueblo español en su
conjunto, se rehusó a someterse. José Bonaparte, a poco de llegar para asumir el torno, fue forzado –por la
hostilidad popular– a retirarse de Madrid, con el objeto de preservar su seguridad. En los estratos populares
lo llamaban “Pepe Botellas” por su afición al vino. Todos los españoles, sin distinción de clases, salvo un
puñado cortesanos afrancesados, repudiaban al usurpador de la Corona.

La llamada crisis de Bayona había interrumpido bruscamente la vida institucional del imperio español, la
constitución política se había suspendido y por tanto, no había autoridades legítimamente constituidas. La
respuesta popular fue la única posible frente a los hechos de tanta trascendencia, tanto para la península
como para América española, sostener la nacionalidad dotándose de nuevas autoridades en la resistencia.

Pero, además, la invasión napoleónica logró que se unieran en la lucha, los dos partidos hasta entonces
irreconciliables de los españoles: los absolutistas y los liberales o antiabsolutistas. “¿Qué revolución podría
ser ésa, que satisfacía por igual a militares recalcitrantes, a liberales de primera hora y a servidores de la
tiranía? El común denominador era la nación, de ahí que la insurrección del 2 de mayo acabara convertida
en mito fundacional del indómito pueblo español y del inicio de la Guerra de la Independencia” .

Se había desencadenado una verdadera revolución en España y, si bien la explosión venía fermentándose
en los tiempos anteriores, la invasión fue el detonante final: el pueblo había logrado su autonomía a partir
de la forzada separación respecto del gobierno real. Ese levantamiento era a la vez contra los invasores que
contra las autoridades identificadas con el despotismo ministerial y contra el entramado del antiguo régimen.

15
En cada una de las ciudades importantes y no sometidas por los franceses, se constituyó entonces una
junta, en la que se unían liberales y absolutistas, aunque en principio la hegemonía era lógicamente de los
primeros. Las juntas fueron el modo de recuperar la soberanía en el pueblo, ante la imposibilidad del rey
legítimo, Fernando VII, de ejercer su reinado.

La Junta Central representaba a la España libre y –como tal– su autoridad era reconocida en la colonia,
mientas ejercía su poder designando funcionarios, como por ejemplo el virrey Cisneros en el Río de la Plata.
Entre Napoleón y la Junta, se corría una carrera de velocidad: se trató de quién atraería a su campo a la
América española. La Junta de Notables reunida en Bayona para reconocer al rey José (los afrancesados
cortesanos partidarios del ilegítimo gobierno) contó, por primera vez en la historia de España, con
representantes americanos (1808). En la constitución que Napoleón preparó para España, se previó la
representación regular de las colonias con participación minoritaria, como ya se hacía en Francia. Napoleón
especulaba con que, a partir de estas concesiones habría de obtener mayor popularidad en América a efectos
de unir a la causa del rey José.

La llegada de enviados franceses a los puertos de las Indias españolas, encargados de entregar a los
funcionarios lugareños –con el mensaje del rey Bonaparte y del emperador, su hermano– originó escenas
dramáticas; a veces algunas vacilaciones, pero en general tuvo un resultado negativo: la afirmación de la
lealtad hacia el monarca legítimo depuesto por los franceses.

En Caracas, el 15 de agosto de 1808, el capitán general Juan de Casas y Barrera vaciló en un primer
momento, pero mediante un cabildo apresuradamente convocado, se inclinó la decisión a favor de Femando
VII; en México por otra parte, el virrey Iturrigaray ni siquiera tuvo la vacilación de Casas. Las primeras noticias
de los sucesos llegaron a Bogotá, el 19 de agosto de 1808; desde el 13 de septiembre, una violenta
declaración contra Napoleón apareció fijada en los muros. En Buenos Aires, no obstante el envío de un
selecto embajador, el marqués de Sassenay, y sus vínculos secretos con el virrey Liniers, la decisión también
fue contraria a Francia.

De modo que, a pesar de los esfuerzos y las maniobras del emperador, las colonias se pronunciaron casi
al unísono –hacia fines del 1808– en torno de la Junta de Sevilla, del lado de España libre y al grito de “Viva
Fernando VII”.

Sin embargo, a efectos de despojar a España de sus colonias, Napoleón y su invasión a la península, sin
proponérselo, triunfó donde Inglaterra había fracasado. Estos años fueron, para América, años decisivos en
el camino del aislamiento y, por consiguiente, de la independencia.

Mientras tanto, en la península ibérica, pese a la brutal ocupación napoleónica, los españoles –sobre
todos los más humildes- no se dan por vencidos y emprendieron luchas heroicas recrudeciendo la guerra de

16
guerrillas. También es cierto que las fuerzas españolas en su combate contra Napoleón recibieron el auxilio
de los ingleses, no por solidaridad altruista sino porque la posesión de España por los franceses alteraba el
equilibrio europeo. Este mismo motivo era el que hacía que Gran Bretaña no ayudara a las fuerzas americanas
sublevabas. No obstante, en el camino, aprovechaba las oportunidades comerciales que se producían,
indispensables para colocar su producción. También los Estados Unidos, pese a la simpatía de Jefferson y de
sus amigos, apoyaron más a España – económicamente y asimismo con combatientes– que a las Indias en su
insurrección. Sólo los negocios movieron también a los norteamericanos, desde el tráfico de armas hasta la
triangulación de mercaderías, que les proporcionaron jugosos beneficios.

El provecho logrado en el comercio peninsular aventajaba a lo obtenido en las Indias, de nuevo abiertas
al comercio estadounidense. En 1812, cuando el partido jeffersoniano arrastró a la lucha contra Inglaterra a
la joven república norteamericana, con el objetivo de apropiarse de sus colonias canadienses, se hizo
imposible su ayuda efectiva a los sublevados. Tenían demasiado qué hacer para salvar su propia existencia,
por lo menos hasta que terminó esa contienda anglo-americana en 1815. Reducidos, pues, casi a sus propias
fuerzas, los insurgentes, debieron luchar en soledad contra las fuerzas realistas y los refuerzos españoles que
finalmente llegaron a brindarles apoyo.

Lo cierto es que la España que resistía a la ocupación francesa, fue considerada en forma casi absoluta
para todas las colonias americanas como la heredera de la autoridad del rey legítimo, imposibilitado del
ejercicio. Lo que no se le reconocía –por lo menos por parte del sector revolucionario– era el derecho a
disponer de las colonias, ya que eran formalmente reinos dependientes sólo de la corona. Sin embargo, esto
tuvo amplias consecuencias políticas, porque la España en rebeldía no sólo era enemiga de franceses, sino
también aliada tanto de Gran Bretaña como de Portugal, prácticamente un reino trasladado al exilio
brasileño. Como lo llama Halperín Dongui (1972: 33), “todo un reordenamiento vertiginoso de la constelación
internacional, acaso no menos decisivo en las Indias que en la Península”.

El autor italiano Zanatta (2012) se pregunta con tino “¿Por qué las invasiones napoleónicas –que, aunque
se prolongaron durante algunos años, culminaron de forma definitiva con la derrota francesa de 1815–
encendieron tal pandemonio en las Américas? Para responder a esta pregunta, resulta fundamental distinguir
el caso de Brasil del de la América hispánica. Porque, protegida por los ingleses, la corte portuguesa de los
Braganza logró abandonar Lisboa antes de la llegada de Bonaparte y, debido a ello, a su imperio no le tocó
la misma suerte que al hispánico: la decapitación. En otros términos, aunque sufrió la invasión napoleónica,
el imperio de Portugal no fue privado de aquello que garantizaba su unidad y su legitimidad, el rey, el cual,
por otra parte, al ponerse a salvo con la familia reinante en Río de Janeiro, dio su sanción al peso y a la
importancia de la colonia brasileña. Premisa, como se verá, de una independencia indolora.” (p. 37). Una

17
respuesta muy europea por cierto, y con un dejo monárquico que pone el principio de unidad de una nación
solo en su vértice en su gobernante.

“Bien distinto y aun opuesto fue el caso de España y de su imperio. (…) Así, la figura del soberano, que
durante siglos había garantizado la unidad de aquel inmenso imperio, desaparecía en un instante. En su lugar,
se encontraba un monarca impuesto por la potencia invasora. Además, aquel rey al cual los americanos se
habían sujeto por un pacto de obediencia estaba en prisión. Es cierto que muy pronto en España se organizó
una encarnizada resistencia contra los franceses y que en el puerto atlántico de Cádiz se formó una junta que
reivindicó el poder en nombre del rey prisionero y reclamó obediencia a los súbditos americanos. Pero la caída
del rey Borbón había formulado de por sí en la América hispánica preguntas clave que nadie, en la portuguesa,
tenía por qué hacerse, las cuales se dirigían tanto a la elite criolla como a los funcionarios de la Corona.
Ausente el rey legítimo ¿quién guiaba el reino y sobre qué derechos? ¿Acaso el rey usurpador, José Bonaparte,
o bien la Junta de Cádiz, que se había arrogado la suplencia del soberano? ¿Acaso todos, ciudades o reinos,
en España y en América, volvían a ser libres y eran amos del propio destino y de la propia soberanía hasta
que el rey recuperara el trono? Por lo demás ¿por qué obedecer a Cádiz? Imperio orgánico, desmesurado y
heterogéneo, cuyos miembros eran mantenidos juntos por un rey ahora sin trono, el español encontró que
había perdido su principio de unidad” (Zanatta, 2012, cit.). Si bien no compartimos la mirada de este autor,
centrada en la unidad monárquica, lo cierto es que la legitimidad hasta entonces vigente, produjo ante la
crisis –como bien dice– una cantidad de preguntas difíciles de responder. Y, como suele suceder, dichas
preguntas se resuelven con las herramientas teóricas que tienen los pueblos y con su práctica concreta.

4. Las fuerzas políticas en disputa en los comienzos de la revolución


I. Sobre la naturaleza del inicio de la revolución americana.

Existen una serie de lugares comunes de los historiadores clásicos a la hora de abordar la revolución de la
América hispana que, al mismo tiempo –aunque parezca contradictorio– son fruto de su eurocentrismo y su
antihispanismo. Una de esas verdades indiscutibles de la historia oficial es que se trató de una lucha entre
españoles y criollos. Otro lugar común es considerar que la revolución se hizo por la libertad de comercio. Y
el último gran error, fue considerar que la emancipación americana es exclusivamente obra de las elites
locales. En definitiva, como bien reseña el maestro Norberto Galasso refiriéndose a la revolución en el Río de
la Plata, aunque su razonamiento sirve para otros sitios de nuestra América: “Para la historiografía liberal,
Mayo fue una revolución separatista, independentista, antihispánica, dirigida a vincularnos al mercado
mundial, probritánica y protagonizada por la ‘gente decente’ del vecindario porteño” (1994: 7).

Todos estos lugares comunes debemos desandar, para aproximarnos a la realidad histórica.

18
a) El error de considerar que fue una lucha de criollos contra españoles.

Es muy común encontrar entre los historiadores clásicos sobre el periodo de la independencia la
interpretación más extendida que reduce la emancipación a una especie de lucha racial o nacional. Así, esta
lucha se habría producido entre criollos (que viene del creole francés, el dialecto hablado por los nativos de
Haití) y peninsulares. En esto somos contundentes: existen pruebas más que suficientes para considerar que
esta hipótesis es absolutamente falsa.

En el marco social y político de las colonias españolas en América, que describiéramos oportunamente,
es cierto que los criollos acomodados, que controlaban gran parte de la economía colonial y que se sentían
españoles nacidos en América, ante las medidas de ajuste de cuentas del sistema colonial desarrolladas por
los Borbones, se sientan relegados por la presencia –cada vez más frecuente– de autoridades metropolitanas
en las jerarquías coloniales, aunque mucho más molestos por los impuestos que les cobraban. El malestar
por la ocupación de puestos por peninsulares, no refería a las más altas magistraturas, como virreyes y
capitanes generales que casi siempre vinieron desde España en tanto hombres de confianza del poder real,
sino de los funcionarios menores e intermedios.

También es cierto que paulatinamente se va gestando en los criollos ricos, en contraposición con las
prerrogativas del sistema colonial, una conciencia americana contrapuesta con la burocracia peninsular de
funcionarios y comerciantes que llegaba desde la metrópoli. Tensión en la que juegan abiertamente en los
tiempos de la recolonización de las Indias. Se puede comprender también, el deseo de ejercer un papel
dirigente en los asuntos políticos, para los que se consideran mejor capacitados, que enfrenta a los criollos
ricos con los recién llegados, desconocedores en su gran mayoría del territorio que deberían mandar y que
eran enviados del poder monárquico, sobre todo de la era centralista establecida por los Borbones. Esta
conciencia jugó un considerable papel en el proceso independentista, pero fue tan o menos relevante que
otras cuestiones como el vacío de poder metropolitano y las disputas políticas de la península, la influencia
de ideas revolucionarias que imbuía el proceder de los sectores intelectuales, la primera revolución social
latinoamericana de Haití, los límites económicos del sistema colonial, la crisis de la economía mundial, etc.

Entre los historiadores modernos considerados “serios” sorprendentemente también está extendida la
falacia de la confrontación entre criollos y españoles. En este sentido opina José Luis Romero, en su libro Las
ideas políticas en la Argentina4 , “La revolución emancipadora era, en cierto sentido, una revolución social
destinada a provocar el ascenso de los grupos criollos al primer plano de la vida del país. Criollos habían sido
los núcleos ilustrados que la hicieron, pero por la fuerza de las convicciones y por la necesidad de dar solidez
al movimiento fue necesario llamar a ella a los grupos criollos de las provincias, constituidos en su mayor
parte por la masa rural. Estos grupos respondieron al llamado y acudieron a incorporarse al movimiento; mas

19
ya para entonces el núcleo porteño había sentado los principios fundamentales del régimen político social, y
las masas que acudieron al llamado no se sintieron fielmente interpretadas por ese sistema que, como era
natural, otorgaba la hegemonía a los grupos cultos de formación europea. Así comenzó el duelo ente el
sistema institucional propugnado por los núcleos ilustrados, de un lado, y los ideales imprecisos de las masas
populares del otro”. Por lo menos la honestidad de Romero, no le permite reducir al antagonismo criollo-
peninsular, e introducir el factor popular determinante, pero aun así no deja de repetir que la contradicción
principal entre criollos y españoles.

La falsa contradicción entre criollos y españoles se ven con mayor claridad en las luchas del sur de
Sudamérica. Por ejemplo, en los primeros años los dos mayores generales realistas del Perú fueron
Goyeneche y Tristán. Ambos habían nacido en América. Uno de los mejores generales entre los
revolucionarios era Juan Antonio Álvarez de Arenales que, si bien algunos historiadores lo confunden como
salteño, había llegado desde España para pelear del lado de los revolucionarios.

Pedro Antonio Olañeta, el general realista que tuvo a mal traer a Belgrano y que se enfrentó en varias
ocasiones a Güemes, terminó siendo hasta el final de las guerras de la independencia uno de los más
recalcitrantes defensores de la causa absolutista y colonialista. Sin embargo, había nacido en Jujuy. Un caso
por demás paradigmático para ver el carácter político, por encima del supuesto enfrentamiento entre razas,
es el del general La Mar, que había nacido en Perú y peleaba para los realistas, aunque finalmente se sumó
a las tropas patrióticas.

“Creemos necesaria la aclaración previa de este punto para no caer en la interpretación simplista de
muchos de nuestros historiadores que ven en el movimiento de Mayo una lucha entre criollos y españoles sin
tener en cuenta que hubo cientos de peninsulares que estuvieron con la revolución” dice con claridad Astesano
(1941: 138) refiriéndose a este tópico.

Se trató de una guerra civil en cuyos bandos político–ideológicos militaron mezclados españoles y criollos,
españoles peninsulares y españoles americanos. Enrique de Gandía prueba que la guerra civil no fue
desencadenada por los liberales (término usado en aquella época en un sentido revolucionario), que en
principio no enunciaron ni la independencia ni la guerra, hasta que los absolutistas rompieron la paz con su
intransigencia y el empeño de mantenerse en puestos que, jurídicamente, ya no les correspondían. La
reacción de los partidarios del absolutismo en América, que lo eran a su vez del colonialismo, es decir, de la
absoluta sumisión colonial de América respecto de Europa, fue violenta frente a las acciones juntistas de los
elementos revolucionarios americanos. Por eso es que, al principio de la lucha, se hablaba de revolucionarios
(partidarios de limitar desde la soberanía popular al absolutismo) contra realistas (partidarios de un poder
real absoluto) o directamente absolutistas.

20
b) El error de considerar que la revolución fue antiespañola

“La primera reacción de los territorios americanos ante la invasión de España por las tropas francesas fue
seguir el ejemplo metropolitano y convocar Juntas de Gobierno para proclamar la fidelidad a Fernando VII, el
rey depuesto. Así, en 1808, las Juntas convocadas en la América Española se revelan antifrancesas y
fernandistas, rechazando las propuestas de los delegados enviados por José Bonaparte” (Vázquez y Martínez,
2000: 138). Esto nos marca también el carácter más político de una revolución que no se hizo como excusa
de independencia, sino como consecuencia de la afrenta a la dignidad nacional, que era la invasión
napoleónica. Sólo el antihispanismo de las clases dominantes de las repúblicas en las que se fragmentó
nuestra América del Sur, pudieron instalar que la revolución se hizo por odio a los españoles. Los
historiadores liberales –desde Mitre hasta Halperín Donghi– reproducen esta idea hasta naturalizarla.

Si acaso consideramos que la revolución americana estuvo cruzada en sus comienzos por un nacionalismo,
fue entonces por el español y no por el americano, que se fue forjando en el desarrollo de la contienda.

Esto no significa negar el deterioro existente del pacto colonial en crisis, sin ninguna duda, a partir de las
reformas borbónicas que –por los argumentos que vimos– fueron un ajuste sobre las colonias y, aunque
parezca una redundancia, sobre la condición colonial de las mismas. A lo cual hay que sumarle el creciente
desprestigio de la metrópoli española producto de su propia crisis.

En los discursos y proclamas de la libertad americana, hay frecuentes alusiones y convocatorias a los
criollos en contraposición a los españoles, aunque estas apelaciones son más políticas que raciales, ni por
definiciones por el lugar de nacimiento u origen de la riqueza. Dichas convocatorias apelan a la intención de
consolidar un nacionalismo propio, como fuerza estructurante de la lucha por la libertad, frente a la
prepotencia colonialista de los funcionarios metropolitanos, pero sobre todo de los sectores absolutistas de
la propia América, que trabajaban por sus convicciones políticas para el colonialismo y pretendían extender
en el tiempo la dominación.

Asiste razón al pensador nacional Juan José Hernández Arregui que, con coraje, desde el marxismo (dado
que en general venían repitiendo en este sentido, el discurso histórico de los liberales) se animó a sostener:
“Las veces que las masas intervinieron durante el período colonial, fue en defensa del suelo patrio que
asociaban a la fidelidad a España. Todo intento de anexión extranjera fue rechazado por las poblaciones
nativas. Ni Inglaterra, ni Holanda, ni Francia tuvieron éxito. Es falso que el sentimiento antiespañol haya sido
el factor desencadenante de la emancipación. Tampoco las masas fueron separatistas. Son las capas altas,
tanto españolas como criollas, las que habrán de sacrificar la unidad de América, al entrar como clases
subordinadas en el comercio mundial. La adhesión a España de los pueblos no excluía antagonismos con las

21
clases altas, pero esta oposición no era antiespañola, sino contra la injusticia social agravada con la
decadencia final del sistema” (Hernández Arregui, 1973: 71).

c) El error de considerar que la revolución se hizo por la libertad de comercio

Las guerras europeas, prácticamente permanentes en el viejo continente, condicionaban el vínculo de


España con América. Los contactos de la península con su ámbito colonial americano eran, por fuerza,
esporádicos, como consecuencia de la guerra iniciada con Inglaterra en 1796, finalizada en la Paz de Amiens
de 1802, pero reiniciada en 1804. Tales dificultades decidieron, en 1797, la autorización a los territorios
americanos para realizar el comercio con países neutrales. Esta apertura al intercambio con otras naciones
ya no sería clausurada en los hechos; pese a los intentos del gobierno de Madrid para recuperar el monopolio
desde 1799, los comerciantes de las ciudades-puerto americanas resistieron la medida. Es decir, para 1797
el monopolio estaba suspendido y herido de muerte, a partir de la alianza con los franceses y la guerra contra
los ingleses. En principio esta medida solo alcanzaba a los neutrales, pero la triangulación de mercancías
inglesas por estos esa más que evidente. También se beneficiaron los Estados Unidos, cuyos veleros
constituían entonces la segunda flota mercante del mundo. De 1795-1796 a 1800-1801, el volumen de las
exportaciones de los Estados Unidos hacia América hispana se cuadruplicó y, aprovechando la tolerancia
española, aquel país abre agencias consulares en Nueva Orleans y La Habana en 1797, en Santiago de Cuba
en 1798 y en La Guaira en 1800.

De esa apertura del comercio, España no pudo retroceder. De hecho, a partir de 1797, el pacto colonial
estaba muerto en América española, abierta a los neutrales, es decir, la influencia y las mercaderías también
de la principal potencia aunque triangulada por terceros países. Entre 1788 y 1796 se contaron veintiséis
navíos bostonianos en los puertos chilenos, a pesar del monopolio, y doscientos veintiséis entre 1797 y 1809.
En el Plata, la libertad benefició directamente portugueses y en menor medida a los estadounidenses. Pero
sobre todo estos últimos fueron favorecidos directamente en Vera Cruz, El Callao y La Habana, los principales
puertos españoles en la América colonial. En 1805, se contaban en Montevideo, veintidós navíos
norteamericanos, la mitad de los cuales eran negros; en 1806, treinta. Los primeros navíos procedentes de
La Guaira (Venezuela) llegaron a Filadelfia en 1798; en 1807, veintinueve de Venezuela, ciento treinta y ocho
de Cuba, dieciocho de Puerto Rico, siete de Vera Cruz, dos del Plata.

Con la apertura económica irán creciendo conjuntamente las críticas a la administración española. Se le
reprochará su lentitud e ineficacia, los excesivos controles culturales a través de la Inquisición y otros
mecanismos de defensa de la fe, cuya actividad no hace sino acrecentar el aislamiento intelectual. La apertura
comercial significo también sobre todo para los hombres dedicados al comercio una apertura hacia las ideas
predominantes en Europa. Con esto los comerciantes, fundamentalmente criollos, en contacto con los

22
viajeros pudieron criticar muchas cosas de España, pero no precisamente su la cuestión del libre comercio,
que estaba vigente y de la que eran en gran medida consecuencia. Lo que si hubo es permanente
argumentación (la representación de los hacendados escrita por Moreno como abogado es una de ellas)
frente a los intentos de los monopolistas de cerrar la economía nuevamente.

En definitiva, mal pudo hacerse una revolución por una libertad de comercio que ya era irreversible, sobre
todo a partir de los sucesos de la península en donde Gran Bretaña se convirtió en aliado principal y por lo
tanto el verdadero abastecedor de productos y socio comercial deseado por todos los comerciantes
americanos (salvo los monopolistas) estaba definitivamente e irreversiblemente habilitado para comerciar
con la América española.

d) Error de considerar que la emancipación americana fue obra de las aristocracias locales.

Si bien es cierto que en los primeros planos del proceso revolucionario brillaron hombres que provenían
de las clases acomodadas, es una falacia decir que la revolución solo se debió a ellos. Era lógico que los
sectores pertenecientes a las clases dominantes fueran los protagonistas de la revolución, sobre todo los
criollos blancos que eran el sector económicamente predominante en la colonia. Este sector económico
dominante en la etapa colonial siguió manteniendo muchas de sus prerrogativas en la primera etapa del
proceso independentista. Sobre todo porque fue una revolución política y no una revolución social, como sí
de hecho lo fue por ejemplo la emancipación haitiana.

Desconocer la participación popular en el proceso no ayuda a comprender los éxitos y fracasos de los que
estuvo jalonada la revolución. Es cierto que la participación popular en el proceso revolucionario no es
univoca, no tiene el mismo ritmo de incorporación, ni siquiera es pareja en toda América. Como bien dice
Casalla (2003: 344): “las primeras revoluciones no tendrían, en general, al pueblo por protagonista directo
de los movimientos, sino más bien como masa o acompañamiento, cuando no como lisa y llana carne de
cañón; solo cuando la independencia calara más en serio y profundamente, o cuando las incipientes
organizaciones nacionales se atrevieran con los antiguos privilegios coloniales, su participación se tomaría
más necesaria y directa. A su vez, los criollos que así lo intentaron y se atrevieron a convocarlos –en grandes
líneas, los caudillos americanos- sufrirán no pocos improperios y difamaciones por parte de sus antiguos
socios de clase y de casta, dos andariveles inseparables en aquella realidad colonial. Estos les recordaran que
no era apara eso que habían hecho una revolución, sino para quedarse con el poder, con el mismo poder (o
más si fuere posible), y no para repartirlo con pobres, indios, mestizos y negros. La figura del gran Bolívar –
proveniente y defensor inicial de los privilegios de la “grey marturana”, es decir, de los criollos venezolanos
adinerados y propietarios- fue un ejemplo dramático de esta contradicción. En 1813 le preocupaba ver “a los
hombres más condecorados de los tiempos de la Republica (…) atados a las colas de los caballos de los

23
tenderos, bodegueros y gente de la más soez”. Tres años más tarde, cuando descubra que con los mantuanos
no podrá avanzar mucho más en su proyecto de libertad, independencia y construcción de una gran nación
americana, libertará a los esclavos y los llamará a las armas, junto con el resto del pobrerío, “para defender
su libertad”. Entonces sus antiguos socios, cambiaran lentamente el adjetivo libertador, por el ofensivo mote
de dictador. Otro destino, típicamente americano”.

Lo primero que debemos concluir es que la revolución fue de naturaleza política. Allí, chocaban los
defensores del orden establecido con los propulsores de cambios políticos tendientes a una democratización
de las relaciones. Es también ideológica, porque chocaban la vieja concepción teológica y absolutista y la
concepción más democrática fuera de raíz tradicional hispana o del liberalismo burgués –también más
matizada por las particularidades españolas que por la vertiente francesa (agrandada excesivamente en el
afrancesamiento cultural de los sectores dominantes que escribieron la historia oficial)-. Esta contradicción
fue el eje en torno del cual se agruparon las clases de la Colonia.

II. Algunas conclusiones provisorias sobre la naturaleza de la revolución en su comienzo.

Como bien dice Enrique De Gandía (1960: 53):

“La independencia la hace siempre la política, no la economía. Las ciudades americanas, como hemos
explicado mil veces, comenzaron a regirse por sí mismas, no en actos de rebelión contra España, sino, todo al
contrario, en actos de fidelidad a España, a imitación, pura y simple, de lo que habían hecho todas las ciudades
españolas, y terminaron por desear la separación de España cuando el rey no les quiso conceder las medidas
de carácter liberal que ellas ansiaban”.

No podemos engañarnos en cuanto al origen de las juntas como institución política, pues no se trató de
una inventiva americana, sino de una creación española. Allí se formaron las primeras juntas de gobierno
como forma de resistencia al invasor francés. Cuando las noticias de su formación llegaron a América, en
varias ciudades americanas, el concepto de juntas y juntismo se volvió materia de discusión política. Ahí se
fue gestando la idea de constituir juntas también en América, aplicando los mismos razonamientos políticos
que la habían originado en la península, y sin prever mucho tampoco el diferente impacto que habría de
tener ese juntismo sobre la situación colonial americana.

“Se trata , en realidad, de un estallido ‘juntista’ que recorre toda Hispanoamérica y que en un lapso de
pocos meses, se constituye en el acompañamiento de la revolución española, en un momento de esa
revolución, que ya en España, desde su inicio como movimiento nacional, ha devenido en democrática y
paradojalmente pareciera que inicia ya su declinación, debilitada por la inexistencia de una burguesía
nacional capaz de darle cohesión y vigor en el ámbito de toda la península”. (Galasso, 1994: 24)

24
Ahora bien, es importante consignar que el mayor impulso a la formación de juntas en América se dio a
partir de 1810, cuando éstas parecen declinar en España. En el mismo sentido, De Gandía sostiene que:

“En 1810 la lucha entre quienes querían establecer juntas populares de gobierno y quienes obedecían al
consejo de Regencia de Cádiz, se hizo más general como inmensa guerra civil que cubrió toda América, y en
los años sucesivos comenzaron a nacer las primeras ideas de verdadera separación de España hasta que, a la
caída de Napoleón, en 1814, los nuevos choques de liberales y absolutistas convencieron a los primeros que,
para no ser dominados por los segundos, era ineludible la independencia definitiva. (...) La idea
independentista, separatista, fue posible porque el sistema de las juntas se fundó sobre la doctrina de los
derechos naturales del hombre, sobre el principio de que el pueblo es el depositario del poder y puede elegir
un gobierno y quitarle también, el poder, cuando ese gobierno deja de ser grato al pueblo” (1960: 30)

Esa es la contradicción principal y en torno a ella se agrupan los bandos políticos en la América española.
Para Abelardo Ramos, fue sobre la frustración y la derrota de los liberales españoles en la península, que se
abrieron las definitivas puertas de la discusión por la independencia, y con esto también a la intervención del
pueblo llano en la disputa.

“El fracaso de la revolución española abre la etapa de las guerras de la Independencia en América; la
guerra civil se traslada a este continente, donde combaten en bandos enfrentados españoles contra
españoles y criollos contra criollos. La profundización y democratización de la lucha incorpora luego a la
guerra a las masas indígenas, gauchas, negras o mestizas, con lo que la independencia adquiere un carácter
verdaderamente popular. Esta guerra perseguía al principio un doble objetivo: impedir que América
Hispánica recayera bajo el yugo absolutista y conservar la unidad política del sistema virreinal bajo la forma
de una Confederación de los nuevos grandes Estados” (2011: 136).

Podemos considerar al principio de la revolución que terminó deviniendo en independencia como una
guerra civil, es decir, de naturaleza política en el seno de una misma sociedad, en la medida en que la
contraponemos con una guerra de carácter internacional, es decir, entre dos países claramente definidos
que se enfrentan. Es cierto que esto se confunde en ciertos casos, sobre todo si la colonización se dio por los
españoles que, a diferencia de los ingleses, franceses u holandeses, se mestizaron con los pueblos originarios
creando un pueblo nuevo que en su sangre tiene la identidad del colonizador y del colonizado. Las fuerzas
de ocupación militar, así como los colonos que vienen a instalarse –que fue el método usado en otras
conquistas–, permitió un proceso de descolonización en donde la divisoria de aguas estaba más clara. Es por
eso que en el caso de la América española el proceso comienza como una disputa política que termina
tomando consciencia del carácter colonial americano respecto de la metrópoli. Fue la actitud de los
españoles, fundamentalmente de los absolutistas, pero también de los liberales, –lógica, por otra manera en

25
un país dominante– la que terminó haciendo que esta revolución democrática terminara en una revolución
nacional.

El principio de cuestionamiento de la soberanía, desde los tomistas españoles hasta los pensadores de la
burguesía revolucionaria como Rousseau, tiene la particularidad de poner el poder en el pueblo. Sin embargo,
sucede tanto en uno como en otro caso que la cuestión central es determinar a qué se refiere con ese
concepto. En un caso y otro, se trata de un concepto desarrollado por sectores políticos y sociales ajenos al
poder, que amplía la convocatoria a sectores históricamente subordinados o clases subalternas para
cuestionar el orden constituido con intenciones de adecuarlo a sus propios intereses. Pero esta convocatoria
misma no es inocua. El principio soberano abre la puerta a la participación directa y autónoma de las clases
oprimidas, interesadas en hacer política por sí mismas, en interpretar a su conveniencia las nuevas ideas que
eran patrimonio de los sectores críticos o progresistas a la europea de las clases dominantes. Por lo pronto y
más allá de las interpretaciones sobre las causas y los alcances del proceso revolucionario, lo difícil de discutir
es que, tanto en España como en América, el detonante del proceso fue la caída de la monarquía española
en manos de Napoleón.

Ramos lo resume magistralmente: “La revolución hispanoamericana salta como una chispa de la
fulminante invasión napoleónica. Aunque la hoguera revolucionaria se propaga como el dictado de una orden,
una larga gestación la había precedido en la historia de España y las Indias” (2011, 135).

La revolución americana tomada en su conjunto como proceso político, en la particular situación de la


crisis española, y la independencia de nuestra América, como un proceso único pero que generó países
diferentes, no alcanza a explicarse si no es a partir de considerar los argumentos reales esgrimidos por los
procesos revolucionarios. El problema de la aplicación de pactum transaltionis (la reversión de la soberanía
en el pueblo), que fue el principal argumento de los procesos revolucionarios esgrimidos por las capitales en
donde estallaron, era la idea de que el poder volvía al pueblo –ante la imposibilidad del rey legítimo de ejercer
el gobierno– se multiplicaba también para reclamar la autonomía de las provincias respecto de las capitales.
Allí está un principio que, mal abordado y en conjunción con los intereses de las incipientes oligarquías aliadas
del nuevo imperialismo británico, terminó aportando a la fragmentación en la que concluyó el proceso
emancipatorio de la América hispana. El derecho del pueblo de autodeterminarse, que los americanos
liberales levantaron al igual que sus epígonos revolucionarios de la península, fue –en cierta medida– el límite
mismo a la centralización necesaria para la unificación del proceso revolucionario.

26
III. La disputa entre liberales revolucionarios y absolutistas conservadores.
Quizás sea exagerada la afirmación hecha por Juan José Hernández Arregui cuando afirma que “La libertad
de América es parte de la revolución burguesa europea. Estas regiones pasaron a integrar desde entonces
los cabos marginales del capitalismo mundial. Es por ello qué ha podido decirse: “La cuestión de los derechos
de aduana fue para los exportadores del Plata más importante que los Derechos del Hombre". (Hernández
Arregui, ¿Qué es el ser nacional?, pág. 64. Con crudeza desde su pensamiento marxista Hernández Arregui
nos pone frente a una contradicción que no es posible descartar para ser serios en la interpretación de la
revolución americana. Sin embargo para ser rigurosos hay que profundizar aún más en qué carácter y como
participa la emancipación americana en la relación con esa revolución burguesa y su sistema ideológico.
Dice en este sentido con mayor precisión, mucho tiempo antes en el siglo XIX, Juan Bautista Alberdi (1961:
28): “La revolución de mayo es un capítulo de la revolución hispanoamericana, así como ésta lo es de la
española y ésta a su vez de la revolución europea que tenia por fecha liminar el 14 de de 1789 en Francia”.
Aunque en el pensamiento poco dialectico del Tucumano, esta situación originaria se extiende al conjunto
del proceso independentista lo cual es incorrecto. Hay una disposición, un animo y una participación y
comprensión diferentes en la revolución y en la independencia, porque ahí las ideas revolucionarias son
metidas en el recipiente de la situación colonial y allí se modifica sustancialmente su condición originaria

La historia de la emancipación de nuestra América del sur no es fácilmente reducible a contradicciones


primarias, sin siquiera a lecturas primarias sin cambio posible a través del tiempo. Las falsa interpretaciones
a veces son producto de intenciones aviesas que pretenden instalar que la política solo se hizo por los
poderosos y desde los centros de poder, que el protagonismo popular es solo una anécdota de color y que
todo se hizo para sacarnos de encima la raíz de nuestro atraso que es la esencia hispánica de un pueblo que
hay que repudiar. Pero estas interpretaciones se hicieron posibles, en principio en el juego difícilmente
inteligible de contradicciones primarias y secundarias, nacionales y locales, emancipatorio y represivas,
institucionales y caudillezcas, todas mezcladas entre las cuales transcurrió la compleja emancipación
americana. Modelos teóricos que chocaban con el pensamiento popular, disputas contra los centralismos
revolucionarios herederos de los coloniales, construyen una realidad compleja donde la lectura de los
documentos formales no expresa a los conflictos, sino a una parte de ellos y la práctica aluvional de las masas
que expresan tendencias genuinas que reivindicaban su peculiaridad local y regional pero que hacen la
realidad más anárquica y confusa.

Animándonos a hacer una síntesis provisoria, aun difícil que concluir en su complejidad podemos decir
que hay en el interior de una guerra de emancipación nacional española una guerra civil con contradicciones
democráticas o liberales revolucionarias, que as su vez configuran en América a partir de su situación colonial

27
una guerra a su vez de emancipación nacional americana. En cierta medida tiene razón Mario Oporto cuando
plantea: “La guerra de emancipación nacional de resistencia se hizo no solo contra el enemigo principal que
era España, sino también contra las potencias imperiales que deseaban aprovecharse del derrumbe español,
como Inglaterra y Francia. Hay una guerra contra España en el continente, y hay una resistencia contra
Inglaterra y contra Francia” (Oporto, 211: 44). En este marco los cultores de la historia oligárquica y con el
protagonismo de los centros comerciales construyeron su versión, que pronto se oficializó en cada una de
las repúblicas en donde habían logrado constituirse como clases dominantes.

En la real independencia americana, son tan tangibles la fuerza con que sopló en “las elites cultas el viento
de la ilustración, que en el mundo hispánico se manifestó, en especial, como un nuevo modo de concebir la
vida a través de los ideales de la libertad individual y la afirmación de la razón sobre el dogma religioso. Hijas
de aquel clima fueron, durante las guerras contra España, las invocaciones de los revolucionarios a los
conceptos sobre los cuales deseaban construir el nuevo orden independiente: el pueblo, la constitución, la
libertad, la representación, la patria. Por otro lado, en todos los niveles de la sociedad colonial permanecía
arraigada la tradicional concepción organicista del orden social, sobre la base de la cual la sociedad era un
organismo o una familia en cuya cabeza estaba el rey” (Zanatta, 2012).

En las lecturas lineales la revolución, hija de la francesa, era obra de hombres que iban no solo contra
España sino también contra la religión y si no lo hacían abiertamente era más por oportunismo que por
convicción. Sin embargo, en los hechos podemos comprobar que muchas veces la religión y su defensa fueron
las banderas levantadas por los propios revolucionario, ello sin considerar la enorme y decisiva participación
del bajo clero (la jerarquía eclesiástica estuvo mayormente alineada con los absolutistas) en el bando
revolucionario, incluso en algunos casos conduciendo las acciones como Hidalgo y Morelos en México. El
pueblo se movilizaba más por la religión que por ideas francesas que le resultaban completamente ajenas,
aunque estas permeaban en lo popular introducidas por algunos de los dirigentes revolucionarios que las
habían procesado en parte de la propia versión española.

En el marco de las luchas revolucionarias y a partir de la participación popular la independencia se hace


carne concreta y, por diversos motivos, comenzó a ser vivido como dominación española, es decir, un imperio
en el que antes había existido una cohabitación en un mismo espacio sentido como nacional. Los unos,
precursores de los conservadores, movidos por la reacción contra todo lo que destruía el viejo orden; los
otros, liberales en potencia, impulsados por lo que esa dominación negaba por anticipado. Más aun, el hecho
de que tales corrientes confluyeran es quizás la explicación de la brusca caída de un edificio histórico tan
antiguo. Derrumbado el imperio, no fue azaroso que los estados independientes se fundaran sobre la

28
constitución y la soberanía del pueblo, pero tampoco que, detrás de esos ropajes nuevos, quedara más que
sólida y vital la antigua sociedad corporativa” (Zanatta, 2012)
Para los que escriben la historia solo a partir del pensamiento de los protagonistas excluyentes 2, los
móviles que dirigieron a los americanos a la independencia eran liberales, parte de una ola revolucionaria
mucho más amplia y general, que en los Estados Unidos en Francia había desplazado al Ancien Regime, pero
fundamentalmente de antiabsolutismo español. Ahora bien si el pensamiento progresista europeo tuvo una
función clave en la articulación y la conducción del proceso revolucionario, pero este no triunfo en la empresa
emancipatoria sino a partir de cuándo conecto con la veta del pensamiento popular.
Esto es comprendido incluso por historiadores liberales “densas y elaboras, las doctrinas que inspiraban
todos esos modelos eran, al mismo tiempo, fruto de la reflexión de pensadores individuales –más originales
unos que otros- y de la experiencia histórica acumulada, fuera sobre largos procesos ya sobrepasados, fuera
sobre la candente actualidad. Llegaron a Latinoamérica no solo constituidas como un cuerpo teórico sino
como un conjunto de verdades compendiadas y casi de prestricpicones prácticas. Pero todas esas doctrinas
se habían constituido sobre situaciones ajenas al mundo hispano lusitano y más ajenas aun al mundo colonial
que dependía de las dos naciones ibéricas. Fue una verdadera recepción de experiencia ajena y el contraste
se advirtió pronto” (Romero; 2011: XIV).

Las ideas de la ilustración habían penetrado lenta y subrepticiamente en un ámbito colonial muy cerrado
y celoso de las doctrinas extrañas. Es cierto que solo lo habían hecho en una pequeña elite criolla pero no
menos cierto es que lo hizo más que de modo directo por la fuerza de los teóricos franceses o ingleses, por
el procesamiento e los mismos que hacían los pensadores iluministas españoles. “Para muchos
hispanoamericanos –dice Romero exagerando con el adjetivo la cantidad a la que llegaba-, las ideas de los
pensadores franceses llegaron a través de sus divulgadores españoles, para los cuales ciertos aspectos de ese
pensamiento estaba vedados o fueron cuidadosamente omitidos”3.

Uno de estos pensadores leídos en la colonia fue Gaspar Melchor de Jovellanos una de las figuras mas
representativas de la ilustración española. Aunque es efectivamente cierto que en algunas pocas bibliotecas
se pueden encontrar directamente los pensadores iluministas, por ejemplo la del sacerdote Terrero a la cual
tuvo acceso Mariano Moreno. La excepción siembre fue la regla en la tierra americana. En este caso la versión
intelectual de “se acata pero no se cumple” con el que eludían las órdenes reales los encomenderos. Pero en

2 “No hay duda, en efecto, de que los líderes independentistas estaban pletóricos de ideas liberales, ni de que proclamaban la
necesidad de derrumbar los fundamentos de la sociedad corporativa para crear una sociedad de “iguales”, es decir, fundada sobre
individuos autónomos, responsables, propietarios, todos dotados de los mismos derechos civiles, hasta prescindir de su ubicación en
la escala social o en el espectro étnico(Zanatta, 2012)”
3 En un mismo sentido cuando Moreno en el marco de la propaganda revolucionaria traduce y publica El Contrato social lo hace

omitiendo ciertos capítulos sobre todo aquellos en que Rousseau iba contra el catolicismo.

29
su mentalidad eurocéntrica esto es claramente sobredimensionado al pensar la historia de la independencia
por los historiadores liberales, y un poco también por aquellos que abrevan del marxismo y ven en las
doctrinas liberales de la época de la burguesía revolucionaria como un escalón necesario en el esquemático
camino de la sucesión de modos de producción. Los pocos Americanos que viajaron a formarse en Europa,
por ejemplo Manuel Belgrano tuvieron acceso directo al pensamiento tanto político como económico de la
burguesía europea pues era accesibles “en algunas pocas universidades, la de Salamentaca especialmente,
donde funcionaba una Academia de Economía Política. Lo mismo ocurro con los de habla portuguesa en la
Universidad de Coibra, reorganizada por medio de los Estatutos de 1772 bajo la inspiración del ilustrado
marqués de Pombal, donde se estudiaban la ideas de Adam Smith y de la fisiocracia” (Romero, 2011: XV).

En el mismo sentido de lo que afirmamos se pronuncia Hernández Arregui: “Si algunas ideas democráticas
penetraron en América bajo la etiqueta de un liberalismo progresista, éstas fueron de origen español.
Muchos grandes hombres de la emancipación se habían formado en España. Un análisis de la Constitución
española de 1812, promulgada por las Cortes Extraordinarias de Cádiz, da la pauta del carácter revolucionario
de ese liberalismo español. El pueblo era depositario de la soberanía y del derecho de legislar; establecía la
división de poderes; la justicia era independiente del rey; las Cortes podían revocar las decisiones judiciales;
el sistema electivo proclamaba el sufragio universal y podían votar los analfabetos; cualquier ciudadano era
elegible sin atención a sus rentas; el monarca era un ejecutivo nominal, pues las Cortes se convocaban a sí
mismas que, además, se reservaban el manejo de la política comercial, financiera e internacional. El rey no
podía alejarse de España sin autorización; se reglaban las funciones militares y eclesiásticas y se fortalecía el,
poder de los municipios sobre principios populares. (Hernández Arregui, 1973: 64).

Para entender que este pensamiento progresista de la burguesía no fue en España solo un reflejo de lo
que se produjo en Francia u en otros países, recordemos que la palabra "liberal”, utilizada en diversos idiomas
europeos para calificar a las políticas progresistas es de origen español.

El pensamiento europeo internalizado y procesado por los revolucionarios americanos sobre todo en su
vertiente roussoniana va a constituir la vanguardia del proceso, el sector que con mayor facilidad se ubica
en el sector de la profundización. Este pensamiento “tiene dos vertientes formativas. En primer término, se
advierte el radicalismo ideológico, inspirado en el pensamiento europeo y en sus proyecciones
revolucionarias. Un representante típico de esta tendencia puede ser Mariano Moreno, a quien es fácil
identificar con cierto jacobinismo que hace de él un sostenedor del terror revolucionario. La otra fuente de
actitudes radicales es menos intelectual, ya que arranca del contacto con los sectores populares a los que se
convoca a la lucha, sin distinción de casta ni clase, y a los cuales a veces se querría contemplar desde el
gobierno. Una actitud de este tipo podría señalarse en Artigas, en sus disidencias con comerciantes y

30
estancieros, en la acertada incorporación de indios y gauchos pobres a su ejército, o en su criterio para el
reparto de tierras (Beyhaut, 1964: 16).

IV. Explicar a San Martin y a Bolívar desde la política

En la historiografía liberal se explica a los conductores políticos y militares como seres absolutamente
excepcionales llamados por el destino a hacer proezas que trascienden la capacidad humana, cual si
estuviesen preescritas en una biografía que solo tienen que transitar. Asi lo presentan los historiadores que
procuran dejar inmovilizado en bronce a los grandes hombres, haciendo su ejemplo inmenso e inimitable,
vaciándolos de política y de contradicciones, quieren héroes de mármol que no expresan las luchas de los
oprimidos de ayer para que nadie siga su ejemplo en los oprimidos de hoy. No es posible pensar ni a San
Martin ni a Bolívar si no es a partir de la política, y en particular del contexto internacional, si no es a partir
de las contradicciones concretas de la sociedad americana, no podremos ver sus maduraciones y sus cambios
sino a partir de estudiar su experiencia como expresión de disputas sociales, políticas e incluso culturales.

San Martin era un militar de carrera español. El hecho de haber nacido en Yapeyú 4 no alcanza a explicar
por qué volvió a América. Salvo que uno crea en misteriosas voces que le hablan al oído a los próceres. Voces
que por lo pronto se pusieron de golpe muy activas porque hablaron al mismo tiempo no solo con el sino con
Zapiola y Carlos María de Alvear y también con un extranjero en Barón von Holmberg, que vinieron todos
juntos para el Rio de la Plata...

Estudiando a ese hombre que llego a España, país de sus padres, a los 7 años y que desde los 13 hizo su
carrera militar en el ejército español, en donde hizo una brillante carrera, no podemos sino concluir que era
un militar español. Este hecho difícilmente refutable, hace que algunos historiadores europeos
desorientados, como por ejemplo Harvey, San Martin “traiciona” a su propio ejército. Los historiadores
argentinos empezando por Mitre recurren al realismo mágico de las voces de la tierra.

“¿Quién era San Martín? Se trataba de un hijo de españoles que había cursado estudios y realizado su
carrera militar en España. Al regresar al Rio de la Plata –de donde había partido a los 7 años –era un hombre
de 34, con 27 de experiencias vitales españolas, desde el lenguaje, las costumbres, la primera novia, el
bautismo de fuego y el riesgo de muerte en cada batalla con la bandera española flameando sobre su cabeza.
En el siglo pasado fue posible suponer “un llamado de la selva”, una convocatoria recóndita de su espíritu

4San Martin había nacido el 25 de febrero de 1778, en la antigua misión jesuita de Yapeyú, en la actual provincia de Corrientes.
Cuatro años antes su padre Juan había sido designado gobernador del departamento homónimo, parte de la gobernación de las
antiguas Misiones, en la que ya no estaban los jesuitas, expulsados de América por el rey Carlos III. La conducción de las mismas en
general se atribuyó a militares de carrera españoles como el capitán San Martin, padre del liberador.

31
donde vibraba el recuerdo de sus cuatro años transcurridos en Yapeyú 5 (...) El San Martin que regresó en
1812 debía ser un español hecho y derecho y no venía al Rio de la Plata precisamente a luchar contra la
nación donde había transcurrido la mayor parte de su vida. Otras fueron su razones, como asimismo las de
Alvear, José Miguel Carrera, Zapiola, González Balcarce y tanto otros militares de carrera del ejército español,
que procedieron como él” (Galasso, 1994: 12).

Para entender la decisión del coronel José Francisco de San Martin hay que encuadrarlo en la política
española de la cual él era parte. Gran parte del ejército español había tomado partido por los sectores
revolucionarios y anti absolutistas, que si bien combatía en conjunto contra el invasor francés tenia profundas
diferencias con los sectores absolutistas y conservadores que levantaban las banderas de los reyes
borbónicos como monarcas absolutos.

En síntesis para explicar a San Martin, lo primero que hay que tener en cuenta es contra quien combatía:
“Contra el absolutismo que lo oprimía a él y al pueblo español en la península, como así también al pueblo
americano en las lejanas tierras de su nacimiento, se levantó San Martín, tanto al servicio de las Juntas
Populares en España entre 1808 y 1811, como después, a partir de 1812, al servicio de las Juntas Populares
en América. No fue un desertor del ejército español para pasarse al enemigo, sino que, considerando
derrotadas por Napoleón a las fuerzas revolucionarias españolas, prefirió, antes que someterse –ya fuese al
gobierno francés o a una probable restauración absolutista– sumarse a las fuerzas que en América bregaban
por las mismas ideas democráticas y la soberanía popular, lucha en la cual se mezclaban a menudo, en los
diversos campos, hombres nacidos en España y en América” (Galasso, 2000: 49). A la idea de que se trató de
una pelea entre criollos y españoles ya la hemos desechado.

Muchos historiadores españoles para explicar el proceso independentista y la figura de San Martin son
más certeros en su análisis que los argentinos que tienen una explicación mágica. “los historiadores
españoles muestran, en general, una buena óptica para tratar esta cuestión, especialmente porque abordan
el tema sanmartiniano partiendo del carácter democrático de la revolución americana, como un momento
de la revolución española iniciada el 2 de mayo del 1808” (Galasso, 2000: 43).

Las reivindicaciones democráticas, políticas e ideológicas cruzan tanto España como América. Así
podemos entender a José Francisco de San Martín, hombre y teniente coronel moldeado por España, hombre

5“Un ejercicio interesante consiste en releer la correspondencia sanmartiniana y observar en qué escasas oportunidades aparece la
denominación “español”, a lo largo de su campaña, para referirse al enemigo absolutista. Comúnmente, San Martín utiliza el término
“realista”, definiendo así a quienes defienden la causa del rey. Otras veces, los califica de “godos”, como expresión de “rico, poderoso,
de familia ibérica que confundido con los godos invasores, integra la nobleza española”. En otras ocasiones, simplemente los define
como “europeos”. A veces, los designa “maturrangos”, descalificándolos como “torpes e incapaces”, especialmente “malos jinetes””
(Galasso, 2000: 75).

32
del ejército liberal revolucionario, que arriba a América para continuar aquí la misma lucha contra el
absolutismo de la que se sentía participe en la península. San Martin entra en la revolución americana por la
revolución española, pero allí comprende que la cuestión central es la nacional, que no era posible una
revolución anti absolutista sin la ruptura de los lazos coloniales.

Bolívar, en cambio, es por historia profundamente americano acaso por eso comprenda con mayor
rapidez a la cuestión nacional de América como la cuestión central. Bolívar es agudo en su reflexión política
y ha dado cuenta de esto en su comprensión del sistema de dominación: “Los americanos en el sistema
español que estar en vigor y quizá con más fuerza que nunca, no ocupan otro lugar en la sociedad que el de
siervos propios para el trabajo y cuando más, el de simples consumidores; y aun esta parte coartada con
restricciones chocantes; tales con las prohibiciones del cultivo de frutos de Europa, el estanco de las
producciones que el Rey monopoliza, el impedimento de las fábricas que la Península no posee, los privilegios
exclusivos del comercio hasta de los objetos de primera necesidad, las trabas entre provincias y provincias
americanas para que no se traten, entiendan ni negocien; en fin ¿Quiere usted sabes cuál es nuestro destino?
Los campos para cultivar el añil, la grana, el face, la caña, el cacao y el algodón, las llanuras solitarias para
criar ganados, los desiertos para cazar las bestias feroces, las entrañas de la tierra para excavar el oro que no
puede saciar esa nación avarienta” (carta de Jamaica?)

Sobre este sistema de dominación colonialista se vierten las ideas de libertad y nacionalidad españolas y
el coctel explosivo que genera se convierte en el impulso concreto de la emancipación que en la influencia
sobre un puñado de hombres cultos que habían tenido el privilegio del acceso a la educación y la lectura de
un Rousseau o un Montesquieu. Aunque los historiadores liberales se empeñen en hablar sobre su influencia
y la preponderancia de los criollos acomodados en el proceso independentista, esta no hubiera sido posible
sin la comprensión descarnada de las necesidades concretas de todos los sectores sociales que se sentían
oprimidos por la situación colonial. Esto no significa que los sectores subalternos de la colonia tuvieron su
revolución social que los sacara de la situación de opresión, sino que esa lucha solo podía darse con la
condición de necesidad de la libertad nacional. En principio habrían de tener, salvo en los casos concretos de
participación popular y la impronta que dejaron -por ejemplo Artigas y sus hombres-, los beneficios
marginales de una libertad provechosa de modo directo para los grandes intereses económicos de las clases
dominantes que prontamente se ligaron en una nueva forma de dependencia a través del comercio con Gran
Bretaña.

Sin embargo en Bolívar es donde tiene más efecto el pensamiento revolucionario francés, sobre todo el
de Rousseau, que le fue inculcado por su más querido maestro, Simón Rodríguez. Como decíamos, muchos
de los historiadores liberales, como por ejemplo Romero (2011: XII y XXIII) le dedican espacio a los

33
pensadores europeos del iluminismo como antecedentes ideológicos de los procesos independentistas, al
tiempo que ningunean a los pensadores españoles. Sin embargo, Romero tan solo un párrafo para Roseau,
de quien considera que “extremó esas tesis y abrió un nuevo camino en la comisión de la sociedad y la
política” Lo que no dice Romero es que Rousseau es un pensador de la burguesía cuando esta es
revolucionaria y por lo tanto necesita de la concurrencia en su disputa europea a todas las clases oprimidas.
Por eso el pensamiento del ginebrino es peligroso y desentona tanto de la práctica política inglesa y su
atempera miento como de los otros pensadores franceses como por ejemplo Montesquieu que como buen
aristócrata conjuga elementos del viejo régimen con el nuevo, con un sesgo elitista. Rousseau es bandera del
modelo republicano e igualitario y sobre todo revolucionario frente a los caminos del pragmatismo del
modelo ingles de monarquía parlamentaria.

Pero no fue la única vez que tuvo acceso a este sistema de ideas. En efecto, Bolívar después de la muerte
súbita de su mujer había retornado con una veintena de años a Europa a ahogar en placeres mundanos sus
penas de amores. Allí frecuento el salón de Fanny de Villar donde las ideas revolucionarias se discutían todos
los días. “Mujer apasionada, inteligente y atractiva, personificaba el mejor espíritu reformistas de la
Revolución Francesa, el convencimiento de que, en lugar de la viciada sociedad convencional, la gene debe
tener libertad para avivar y amar como quiera. Su salón estaba de moda entre artistas, intelectuales y
profesionales, que acudían allí para gozar de sus enredos con bonitas muchachas” (Harvey, 2002: 89) En los
salones de Fanny conoció al científico Alexander von Humboldt, que volvía de sus viajes sudamericanos, y a
muchos otros intelectuales progresistas europeos. En su estadía en Francia Bolívar puede presenciar
críticamente como la idea revolucionaria de la republica desemboca en el imperio. De hecho está en Paris
cuando Napoleón se corona Emperador y es muy crítico con esto. Esta impresión lo va a acompañar en una
relación de atracción y repudio con el poder ordenador de la monarquía, pero a lo largo de su vida se va a
mantener fiel a su republicanismo.

El futuro libertador, cuando se enteró que su antiguo preceptor Simón Rodríguez, que por entonces se
hacía llamar Samuel Robinson, estaba en Europa fue a su encuentro. Este fue muy crítico con la vida disipada
que llevaba su más importante discípulo, que ya tenía 21 años. Rodríguez seguía formándose en Rousseau y
otros pensadores del iluminismo. Junto con Simón Rodríguez viajaron a Roma. En ciudad legendaria, cuna de
uno de los más importantes imperios europeos, Simón hizo un juramento que podía parecer más una
fastuosidad ridícula sino hubiera dedicado su vida a conseguir ese sueño y que la realidad le dio la alegría de
poder conseguirla. “Juro no dar descanso a mi brazo ni a mi espada hasta el día en que hayamos roto las
cadenas del dominio español que nos oprime”. Es decir, Bolívar comprende desde la propia Europa y de las
ideas europeas que la liberación es la principal tarea del fin del absolutismo.

34
Cuando Bolívar volvió a su tierra en 1808 la encontró totalmente convulsionada y con las condiciones
propicias para hacer efectivo su sueño.

Podríamos a modo de conjetura sintetizar nuestra interpretación San Martin es producto de la práctica
europea de la libertad y la realidad americana lo fue amoldando, Bolívar es un americano que en el que la
teoría europea tuvo que bajar a la realidad a partir de su choque con la impronta necesariamente popular de
la revolución americana.

5. Las democracias en América, las prácticas de las primeras juntas americanas


I. La revolución en Buenos Aires

Es un mito muy extendido entre los historiadores y divulgadores argentinos6 que la revolución de mayo
la hizo la burguesía porteña en procura de la libertad de comercio (reemplazarlo por una cita real) Lo primero
que tenemos que descifrar en esta afirmación es qué es un burgués, porque que no se hizo por la libertad de
comercio ya lo hemos refutado comprobando que esta existía.

En efecto, como ya vimos, la apertura del comercio es paulatina a partir de 1797 para toda América. En
particular en el Rio de la plata, la llegada de Cisneros refuerza esa tendencia que se impone en toda América
no sin disputa y resistencia de los viejos comerciantes monopolistas generalmente españoles, pero tampoco
sin necesidad de recurrir a un proceso revolucionario para alcanzarla. Cisneros toma medidas concretas a su
llegada para autorizar el comercio con Inglaterra. Entre los partidarios de esa innovación se cuenta en primer
término los comerciantes ingleses, que luego de las invasiones forman un núcleo apreciable, y los
hacendados del Litoral, que han contratado como abogado a un talentoso graduado de Chuquisaca, Mariano
Moreno, que todavía a comienzos del año 1809 apoyó en intento de golpe de Alzaga. “Moreno hará de la
Representación de los Hacendados algo más que un alegato formal: la primera exposición sistemática de los
principios económicos que aconsejaban al Rio de la Plata concentrar su actividad económica en las
producciones rurales para la exportación (una solución que no había despertado hasta entonces en los
economistas ilustrados, como Belgrano y Vieytes, un entusiasmo sin reservas)” (Halperín Dongui, 1972: 39).

6 Norberto Galasso afirma que la historiografía liberal considera que esta fue una revolución separatista, anti hispánica, probritánica
y dirigida a vincularnos al mercado mundial a través del libre comercio. “si avanzamos en la caracterización que la historia oficial
desarrolla –ya sea con todas las letras o implícitamente, insinuando conclusiones –completamos el cuadro: a)La idea de libertad fue
importada por los soldados ingleses invasores de 1806 y 1807, cuando quedaron prisioneros algún tiempo en la ciudad y alternaron
con la gente patricia; b) El programa de la Revolución está resumido en la Representación de los Hacendados, pues el objetivo
fundamental de la revolución consistía precisamente, en el comercio libre o más específicamente, en el comercio con los ingleses; c)
El gran protector de la revolución fue el cónsul inglés en Rio de Janeiro: Lord Strangfotd; d) el otro gran protector será, años más
tarde, George Canning, quien tiene a bien reconocer nuestra independencia; e) La figura clave del proceso revolucionario es un
Mariano Moreno liberal europeizado, antecedente de Rivadavia y que, significativamente, había sido abogado de varios comerciantes
ingleses” (Galasso, 1994: 7 y 8).

35
Cuando las noticias sobre la ocupación del sur de España por los franceses a principios de 1810 llegaron a
América, la conmoción fue general.

En esos primeros meses que llegan los informes de que, se empieza a cuestionar en el Rio de la Plata la
legitimidad del Virrey Cisneros porque se desvanecía la autoridad que lo había designado.

Finalmente el 14 de mayo de 1810 llego al puerto de Buenos Aires un barco que traía la noticia que estaba
esperando toda la opinión política de la capital virreinal: la caída de las fuerzas españolas de Andalucía con
la cual la totalidad el territorio de la metrópoli se hallaba en manos de las tropas napoleónicas. Solo el Consejo
de Regencia se mantiene bajo la protección de los cañones ingleses.

La agitación política producida por esta noticia culminó con la propuesta de reunión de un Cabildo Abierto
para poner en consideración la deposición de la autoridad legal y legítima de la metrópoli. Autoridad que por
otra parte había designado a las autoridades virreinales. “Los cabildos abiertos son una institución de antiguo
origen hispánico. Los godos trajeron esta costumbre popular y en cierta medida democrática a la península
Ibérica y perduró durante todo el medioevo. Esta práctica fue trasplantada posteriormente al nuevo mundo
tomando el nombre de cabildo abierto. Abierto significaba generalmente que se admitía la participación de
todo lo que en aquella época se consideraba pueblo” (Astesano, 1941: 232). Los cabildos abiertos si bien
constituyen una manifestación democrática (no menos que la Asamblea francesa que tenía sufragio de
carácter censitario) porque en “ellos tomaron parte todos los grupos sociales, hasta los desplazados del
poder político. Pero con esto no queremos significar que participaron las clases trabajadoras: gauchos, indios,
negros, o artesanos. Muy al contrario fueron verdaderas asambleas populares de las clases dirigentes, que
tenían en realidad el monopolio de la actividad política dado el verdadero atraso social de las clases
trabajadoras y su alejamiento impuesto por el régimen jurídico existente” (Astesano, 1941: 232)

De este modo, los miembros influyentes del Cabildo porteño Lezica y Leiva aceptan esta propuesta de
convocatoria a un Cabildo Abierto y se disponen a invitar al debate a “la parte más sana y principal” de los
habitantes porteños, un eufemismo para referirse a las clases acomodadas de Buenos Aires. Cisneros acepta
la convocatoria con el objeto de reafirmar el compromiso con la corona de Fernando VII frente a las posibles
pretensiones de los Bonaparte.

Después de una primera instancia de debate se supo la determinación del Cabildo abierto dentro del cual
tenían preponderancia los reaccionarios por un lado y los sectores de la restauración, es decir aquellos que
consideraban que no había que ir más lejos de lo que las circunstancias lo permitieran. Allí adentro las
deliberaciones fueron arduas y allí tenemos presentes y sintetizados todos los argumentos de la época sobre
la cuestión política principal de la acefalia del Rey español. El obispo de Buenos Aires Monseñor Lue fue quien
planteo la posición reaccionaria de continuidad del poder español: aunque un solo vocal de la Junta Central

36
constituida en España estuviera vivo, los americanos le debían obediencia. El encargado de rebatirlo fue
Castelli, quien como voz del sector de la profundización expresó dos ideas centrales: la caducidad del
gobierno legítimo, puesto que no solo el rey había sido depuesto sino también la Junta Central había caído y
no tenía facultades para establecer una Regencia, pero también –argumento principal- la reversión o
retroversión de la soberanía en el pueblo de Buenos aires y en todos los pueblos de América en forma de
Juntas que gobernaban hasta el regreso del rey legitimo tal como había ocurrido en la propia España. Una
posición más tibia e intermedia es esgrimida por el sacerdote de la Iglesia de Monserrat. Finalmente se
procede a votar y ganan los más moderados estableciendo una Junta pero presidida por el virrey Cisneros,
acompañado por Castelli como representante de los más revolucionarios, por Saavedra como hombre de los
sectores populares organizados militarmente y también por Solá, el cura de Monserrat por los moderados.

Los sectores populares y los revolucionarios tenían otros planes e intervienen directamente decidiendo el
rumbo de la historia. Lo popular se expresa fundamentalmente el control de los regimientos, en realidad
milicias populares, que se habían formado –tal como hemos visto- con motivo de las invasiones inglesas. No
olvidemos la raigambre popular de estas fuerzas militares militantes que si bien elegían por voto a sus jefes
y generalmente estos eran de las clases más acomodadas que tenían además de rudimentos militares la
capacidad entre otras cosas de saber leer y escribir. “En torno a los regimientos se mueve los esfuerzos del
partido patriota; es el coronel Saavedra quien finalmente decide que ha llegado del tiempo de actuar”
(Halperin Dongui, 1982: 41).

Los regimientos, como hemos visto se formaban por hombres dispuestos a jugarse la vida, fueron la carta
fundamental para corregir la desviación conservadora en la que había incurrido del cabildo. Pero también los
sectores más revolucionarios que contaban con un núcleo de militantes capaces de movilizar a un par de
centenares de personas, mecanismo que no tenían sus reaccionarios antagonistas. French y Beruti fueron los
conductores de esa fuerza movilizada decisiva para marcar el rumbo de los acontecimientos, desde el primer
día unos 600 hombres armados y con una escarapela para distinguirse de los partidarios contrarios por si los
hubiere.

El rol de este grupo militante fue fundamental en los sucesos siguientes. Los vecinos de pro invitados
fueron aproximadamente 450 pero solo votaron finalmente 250. ¿Cómo se puede explicar la merma entre
las clases acomodadas que se sentían dueños de la ciudad y del gobierno ante una serie de sucesos de
semejante importancia? La respuesta hay que encontrarla en la decida acción de piquete de French y Beruti.
La versión escolar de hombres de levita y mujeres con peineton con paraguas diciendo “el pueblo quiere
saber de qué se trata” hay que cambiarla por el de un grupo de jóvenes armados que interpelan a los votantes
antes de dejarlos pasar. En la calle se jugaba un debate tan importante como puertas adentro del Cabildo.

37
No obstante una buena parte de los partidarios de la continuidad del orden colonial lograron escabullirse y
llegar al Cabildo Abierto.

Por eso cuando este decide la Junta presidida por Cisneros la historia no termino allí como en otros lugares
de América donde no hubo intervención popular. El malestar en las calles se hizo inocultable para los
cabildantes lo que generó el respaldo necesario para que Castelli y Saavedra renunciaran dejando a la junta
sin legitimidad.

Al trascender la noticia de la continuidad del Virrey se recrudeció la movilización y la protesta frente al


Cabildo. Algunos de los hombres de French y Beruti lograron entrar y exigieron explicaciones a los gritos.
Leiva fue su interlocutor y preocupado intentó obtener el apoyo de los jefes militares y los jefes como
Saavedra le expresaron claramente que perderían el mando de las tropas (que era electiva) si no se adoptara
una solución satisfactoria para el pueblo.

La sola amenaza que abrirían las puertas de los cuarteles si no se rectificara el rumbo alcanzo para hacer
entrar en pánico a los sectores que plantaban la continuidad. “La conclusión no parece demasiado evidente:
la transformación de las milicias en un ejército regular, con oficialidad profesionalizada es un proceso que
está apenas comenzando, y por el momento los cuerpos milicianos son, más bien que un elemento autónomo
en el conflicto, la expresión armada de cierto sector urbano que sin duda lo excede” (Halperín Dongui, 1982:
48). El “cierto sector urbano” al que se refiere el historiador liberal no es otra cosa que lo que nosotros
llamamos el Pueblo, el elemento mayoritario y humilde imbuido de patriotismo y voluntad de lucha.

Finalmente el 25 de mayo se tomó juramento a la nueva Junta 7 y el triunfo fue festejado toda la noche
con la ciudad iluminada. El presidente de la Junta era Cornelio Saavedra, jefe del regimiento de patricios con
fuerte predicamento en los sectores populares, pero perteneciente por convicción dentro de este
protomovimiento nacional a la fuerza de la consolidación, es decir, ni a los más conservadores ni a los más
revolucionarios dentro del propio campo popular. Los historiadores del revisionismo clásico (como por
ejemplo José María Rosa) lo levantaron como figura principal de los sucesos de mayo.

Secundaban a Saavedra dos secretarios: Juan José Paso y Mariano Moreno, abogados ambos, dos
hombres de la fuerza de la profundización o sectores más revolucionarios, llamados frecuentemente
“jacobinos”, mote despectivo que recibieron de los historiadores conservadores tanto de los liberales como
de los revisionistas. Los dos eran abogados y tenían una sólida formación política, el primero siempre fue

7 El juramento efectuado por los juntistas contribuye a desmentir las elaboraciones de la historiografía oficial para explicar la
revolución y el carácter anti hispánico que supuestamente tenía la misma. “¿Juráis desempañar lealmente el cargo y conservar íntegra
esta parte de América a nuestro Augusto Soberano el señor Don Fernando Séptimo y sus legítimos sucesores y guardar puntualmente
las leyes del Reino?” Realmente se hace insostenible pensar en una revolución separatista que jure lealtad al rey del que quiere
separarse.

38
más flexible y moderado por lo que pudo surfear la vertiginosa ola de cambios sucesivos que lo tuvieron en
los primeros planos de la política en el rio de la plata hasta la llegada del Directorio. El otro, reivindicado
largamente como el gran hombre de la revolución de mayo por los historiadores revisionistas de izquierda
(como Abelardo Ramos o Norberto Galasso), pero también por historiadores los liberales, que lo consideran
un hombre de ideas iluministas.

La Junta de Buenos Aires se completa por abogados, eclesiásticos y comerciantes, es toda una obra
maestra del equilibrio político que nos habla de una negociación entre las diversas fuerzas que constituyen
el movimiento nacional. Este equilibrio de fuerzas le permitió sostenerse frente a la reacción conjunta del
depuesto Virrey Cisneros y los funcionarios del Cabildo porteño, que intentaron generar inestabilidad al
nuevo gobierno.

El manejo de las finanzas quedo en manos de dos comerciantes catalanes Larrea y Matheu (lo cual
contribuye a desmentir la idea que se trató de una lucha de criollos contra peninsulares). Sobre todo va a ser
Larrea quien se consagra casi por entero al problema de financiar la guerra inminente frente a las resistencias
que provoca la revolución.

Los argumentos esgrimidos por la Junta y la autoridad conferida al cabildo para representar al pueblo, tal
como lo habían afirmado sus protagonistas como Saavedra, implicaban un riesgo. En efecto, la teoría de la
retroversión que empieza a ser aceptada en toda América por muchos juristas, teólogos e intelectuales,
combinada con el empoderamiento del cabildo es un coctel explosivo, porque es una revolución que tiene
un ámbito tradicional donde transcurrir. Pero además, esto habilitaba a todos y cada una de las ciudades a
través de sus respectivos cabildos a reclamar su propio ejercicio de la soberanía. Es decir los elementos de
alta autonomía propios del sistema de dominación implantado con la conquista, ahora se esgrimían en contra
de la subordinación al centro del poder revolucionario. Esto puso en un dilema a los conductores de
movimiento. Dilema que se resolvió de la peor manera poniendo en la misma bolsa los reclamos de mayor
autonomía de las antiguas intendencia y gobernaciones en proceso veloz de transformarse en provincias con
los focos reaccionarios existentes.

Existe un debate ente los historiadores acerca de hasta qué punto esa revolución se había fijado como
objetivo estratégico la independencia. Creemos que como movimiento general hay que encuadrarla en las
disputas de guerras civiles y políticas existentes en la península y en toda América sobe la legitimidad y por
ende no determinadas por la idea de independencia sino más por la idea de libertad, es decir, en contra del
absolutismo. En todo caso no dudamos que un sector, el de los revolucionarios más consecuentes, el de la
profundización, tenía para sí que la única forma de alcanzar esta soberanía popular como forma de libertad
era a partir de la obtención de la independencia, pero las declaraciones formales de lealtad a Fernando VII

39
lejos de ser una máscara8 –como esgrime la historia oficial mitrista- son la resultante de la correlación de
fuerzas incluso al interior del movimiento nacional de aquel entonces.

Haber avanzado mucho más –como por ejemplo se hizo en Caracas o en Quito- hubiera implicado quizás
poner del lado de la reacción a los más tibios alimentando el campo enemigo. Incluso la idea de que la defensa
de Fernando era una mentira sostenida al mismo tiempo en los distintos puntos sublevados de la América
española es difícil de sostener.

El historiador Norberto Galasso define con sus propias categorías lo que nosotros llamamos fuerzas de la
profundización, de la restauración y de la consolidación. Incluso muestra algunas de las contradicciones que
caracterizaron al movimiento nacional en su etapa más temprana:

“En el movimiento antiabsolutista del 25 de mayo de 1810 confluyeron diversos sectores sociales que, no
bien derrocado el virrey, delinearon sus propias políticas y entraron en contradicción. Por un lado, el
morenismo, expresión de un liberalismo revolucionario, democrático e hispanoamericano, dispuesto a llevar
el proceso hasta sus últimas consecuencias, a través de expropiaciones y fusilamientos, según la propuesta
del Plan de Operaciones. Por otro, el “partido de los tenderos”, representativo de los intereses de los
comerciantes porteños, cuyo liberalismo es meramente económico y cuyo probritanismo deviene en
separatismo y antihispanoamericanismo. Finalmente, el saavedrismo, ala moderada del proceso, que puede
filiarse como liberalismo conservador, con tendencia a pactar con los comerciantes (y aun con el absolutismo),
entendiendo que su gran enemigo es el jacobinismo de Moreno y sus compañeros. Durante los primeros
meses, Moreno, Castelli y Belgrano, como asimismo “los chisperos” de la Revolución –French, Beruti, Donado,
Dupuy y otros– impulsan el proceso transformador (elevación del indio, aniquilamiento de la reacción
absolutista con ejecuciones y destierros, como, asimismo, los primeros pasos dirigidos a vigorizar la economía
y el armamento de la Revolución)” (Galasso, 2000, p. 66).

En las juntas de España al principio como vimos su hegemonía estaba en manos de los sectores anti
absolutistas pero con el tiempo el eje se fue corriendo hacia la derecha. Esto se produjo a partir de la caída
de la Junta Central de Sevilla, que en un principio fogoneaba organizar juntas también en América. En la
medida en que en la península el predominio pasa a manos de los liberales moderados, incluso de los
conservadores, a partir del deslazamiento de la Junta de Sevilla por el Consejo de Regencia, la actitud
respecto de las juntas americanas cambia sustancialmente. Cuando Buenos Aires hace su propia Junta, el

8Los historiadores liberales “supusieron que los jefes habrían decidido ocular el propósito de la revolución y se habrían comp lotado
para usar “la máscara de Fernando VII”, es decir, revolucionarse contra España, pero en nombre de España, por temor, parece, a ser
reprimidos. (…) Ninguna dirigencia revolucionaria puede ocultar su bandera y peor aún, como se pretende en este caso, levantar otra
antagónica a la verdadera porque inmediatamente las fuerzas sociales que la sustentan le retiran su apoyo” (Galasso, 1994: 10).

40
Consejo no la reconoce y le otorga todo el apoyo al virrey Elío, fortificado en Montevideo, que expresa en
América a la voluntad colonialista.

“Por esta razón, Moreno esboza, en noviembre de 1810, el primer planteo en el cual se insinúa la
posibilidad de la independencia. Para ser consecuentes con su revolución democrática –en la medida en que
amainan los ímpetus de la revolución española– los criollos comienzan a reflexionar sobre la posibilidad de
conjugarla con un proceso de revolución nacional, es decir, la adopción de un camino propio. (Un planteo de
este tipo quizá pudo influir sobre San Martín en su decisión de abandonar España, pues no solo Napoleón
prepondera sino que, asimismo, en las fuerzas de resistencia al invasor, los sectores revolucionarios pierden
terreno frente a los conciliadores, lo cual indicaría, también, la conveniencia de sostener las banderas
democráticas en otro escenario)” (Galasso, 2000: 66).

La Junta de Buenos Aires como la mayoría de sus predecesoras y sucesoras va a estar cruzada por dos
ejes. El anti absolutismo y la idea de la unidad hispanoamericana. Es notorio como los historiadores
argentinos se esfuerzan por darle un carácter de patria chica del que carecían en su mirada de patria grande.
Incluso el Plan de Operaciones de Mariano Moreno “es categórico sobre el particular, hasta el extremo de
propiciar la hispanización del Brasil con formal reemplazo de la lengua y las costumbres y su colonización por
hispanoamericanos. Precisamente con ese propósito, y atendiendo a la magnitud del movimiento, fue
expedida la circular del 27 de mayo de 1810, por la que la Junta ordenaba a los Cabildos elegir diputados, los
cuales “han elegirse incorporando a esta Junta conforme y por orden de su llegada” a fin de compenetrarse
“de los graves asuntos que tocan al gobierno” integrando una Junta General. En otras palabras, y conforme
a las discusiones y votos, habría que atender a “la voluntad general de los pueblos” apuntando a la
consolidación de un Estado Hispanoamericano” (Sabsay y Pérez Amuchástegui, 1973: 64).

Otra particularidad del proceso revolucionario abierto en Buenos Aires es que los conductores, si bien
provienen de los sectores criollos con relativamente buen pasar casi ninguno de ellos pertenece al patriciado,
si bien muchos se desarrollaron en vínculo directo con este. Entre los más revolucionarios ninguno tenía
ascendencia en los conquistadores (que solía predominar en la América Colonial) y algunos eran primera
generación en esta tierra como el caso de tres de ellos que eran hijos de italianos: Belgrano, Castelli y Berutti.
La mayoría no había servido en el Cabildo ni en la Audiencia, esto significaba además que carecían de
experiencia administrativa de gobierno. El único caso con experiencia comprobable era Belgrano que había
servido como Secretario en el Consulado. De alguna manera en la revolución de mayo se hizo no solo un
corte con los intereses predominantes de los comerciantes monopolistas españoles sino también un corte
generacional, ya que la mayoría eran jóvenes.

Entre ellos destacaba la figura de Mariano Moreno. La revolución descubre en el abogado recibido en

41
Chuquisaca una veta política profunda en su breve pero fulgurante carrera. Además de gobernar y planificar
la revolución, Moreno dota a esta de un imprescindible órgano de prensa y propaganda. En efecto, el 7 de
junio de 1810 aparece la Gaceta de Buenos Aires. Moreno hizo desde sus páginas un instrumento de
organización mientras demostraba su capacidad de construir una teoría y una línea política. En esta se
mezclaban elementos del iluminismo francés que fue sustento de su revolución (como les gusta resaltar a los
historiadores liberales), pero también con el pensamiento de los liberales progresistas españoles, así como
también con los clásicos democráticos del pensamiento más avanzado de la iglesia peninsular en los primeros
tiempos de la conquista como Suarez y Vitoria. Pero no solo pretendía discutir con una minoría ilustrada, en
sus páginas podemos encontrar un afán democrático que procuraba azuzar a los pueblos originarios 9 contra
sus opresores, e incluso una reivindicación del pueblo como protagonista de la historia, que es su consigna
predominante.

La Gazeta de Buenos Ayres, el primer periódico nacional, es órgano de propaganda revolucionaria, es un


periodismo militante que no enmascara sus afinidades ni sus intenciones. Incluso tiene una beta critica que
puede ser interpretada como antiimperialista: “Los pueblos deben estar siempre atentos a la conservación
de sus intereses y derechos y no deben fiarse sino de sí mismos. El extranjero no viene a nuestro país a
trabajar en nuestro bien, sino a sacar cuantas ventajas pueda proporcionarse”, sostiene Mariano Moreno en
sus páginas.

Se suele tachar de vanguardista al pensamiento de Moreno, nos parece interesante la interpretación que
hace Bortnik (2007: 42): “Moreno era algo así como un representante del jacobinismo en Buenos Aires, es
decir, el expolíente de la idea de la Nación en pie de guerra frente al absolutismo español y a la penetración
inglesa. Más en Francia, la existencia del Tercer Estado, la burguesía, había hecho posible la revolución. Por
lo contrario, entre nosotros, la inexistencia de esa clase hacía imposible la concreción inmediata de la gran
idea de Moreno. Y si el proceso español se había retrasado considerablemente por la debilidad de la

9 Ya en su tesis doctoral en Charcas Mariano Moreno muestra su sensibilidad social porque la hace contra la servidumbre de los
pueblos aborígenes. Su titulo es de por si elocuente: “Sobre el servicio personal de los indios en general y sobre el particular de
yanaconas y mitaxios”. La va a defender el 18 de agosto de 1802. En ella cuestiona el modelo de explotación colonial, sin oponerse
aún al gobierno español. Transcribimos un párrafo para ver el tenor crítico (pero con los pies dentro del plato) Casi no se halla en el
sabio código de nuestras leyes expresión alguna tocante a ellos que no demuestre con evidencia ser las intenciones del monarca que
los indios no carezcan de ninguno de aquellos caracteres propios de una libertad legítima y perfecta. No contento el soberano con
declararlos libres, no satisfecho con eximirlos de aquellos servicios que sólo pueden ser efecto de una verdadera esclavitud se
extiende a prohibir con el mayor rigor que aun voluntariamente puedan los indios sujetarse a semejantes servicios. Parece que ellos
son el único objeto de las atenciones de los soberanos pudiendo sus paternales providencias causar envidia a los habitantes d e la
antigua España. Sin embargo, los efectos no han correspondido a tan amorosas providencias. Los reyes de España nada han mirado
con más empeño que desterrar de los indios cualquier servicio capaz de hacerlos titubear acerca de la libertad, con que los h an
enriquecido, y no obstante esto en tiempos posteriores se han visto sujetos a algunos servicios que sólo pudieron ser propios de unos
verdaderos esclavos, practicándose en la actualidad algunos que en sentir de muchos sabios no son compatibles con su privilegiada
libertad” (citada por Oporto, 2011: 88).

42
burguesía peninsular, el ideal de Moreno que procedía de las entrañas mismas de la Revolución Española, no
podía esperar mejor suerte en Buenos Aires, y ello explica la corta vida del partido morenista”.

“Un par de semanas después del pronunciamiento de mayo –según el Diario de Berutti-, Moreno llamó al
fuerte a los oficiales naturales e indios que prestaban servicios y les leyó una orden que decía: “La junta no
ha podido mirar con indiferencia que los naturales hayan sido incorporados al cuerpo de castas de pardos y
morenos, excluyéndolos de los batallones de españoles a que corresponden. Por su clase y por expresas
declaraciones de su majestad, en lo sucesivo no debe haber diferencia entre el militar español y el militar
indio: ambos son iguales, y siempre debieron serlo, porque desde los principios del descubrimiento de estas
Américas, quisieron los reyes católicos que sus habitantes gozaran los mismos privilegios que los vasallos de
Castilla” (Pandra, 2013: 150).

Así Moreno es consecuente con su tesis doctoral “en donde aboga por los derechos y libertades de la
clase trabajadora Indígena explotada, criticando con dureza el lucro que obtenían los encomenderos. Se trata
de un gran documento defensor del proletariado, en que el joven Moreno se ubica ya en la dura lucha de
clases de su época, enfrentando al capitalismo esclavista con los mismos argumentos con que luego
plantearía, en el gobierno revolucionario de Buenos Aires, la liquidación del sistema de mita y yanaconas”
(Astesano, 1982: 133).

Pero no todo en Moreno es el espíritu revolucionario, también había escrito en 1809, como abogado, la
ya referida “Representación de los hacendados y labradores de una y otra margen del Plata”, lo que hace que
los pro-británicos defensores del librecambismo lo reivindiquen también como propio.

Sin embargo, también hay en esta Representación de los Hacendados una búsqueda nacional que se
manifiesta por ejemplo en esta interpelación al virrey que sostiene: “No confirió el Soberano a V.E. la alta
dignidad de virrey de estas provincias para velar por la suerte de los comerciantes de Cádiz, sino sobre la
nuestra” (Moreno, 1961: 136).

II. Algunas conclusiones sobre los primeros procesos revolucionarios (pag 214)
La primera etapa revolucionaria fue en gran medida un episodio americano de la revolución democrática
anti absolutista española y por tanto fue protagonizada, fundamentalmente, por fuerzas revolucionarias
compuestas mayoritariamente por los criollos acomodados que siguieron atentamente a los sucesos de la
metrópoli y formaban parte de las discusiones políticas del pensamiento español de la época, incluso en
algunos casos de logias que operaban tanto en la península como en América. Podemos afirmar también que
los actores preponderantes en la economía colonial reaccionaban también frente a la recolonización
practicada por los borbones que los venía afectando de modo directo, en esto el anti absolutismo se mezclaba

43
con los intereses personales de muchos criollos ricos. Todo ello indujo a muchos historiadores a incurrir en
el error que las guerras de independencia pueden reducirse a criollos contra españoles.
En realidad como dice lucidamente Hernández Arregui, frente a la invasión napoleónica las burocracias
políticas, a uno y otro lado del Atlántico tuvieron una posición vacilante, cuando no directamente
claudicante: “Pero fueron miembros de las clases superiores, españoles y criollos, los que vacilaron, cuando
creyóse asegurado el triunfo de Napoleón. Ni el pueblo español, ni los pueblos hispanoamericanos, se
afrancesaron. En América y España, las masas populares se rebelaron contra el francés con espíritu nacional.
La posterior adhesión de las masas a los postulados de 1810 fueron en parte, como en la misma España
contra José Bonaparte, reacciones frente al extranjero usurpador y, después, contra un absolutismo de
hinojos ante Francia” (Hernández Arregui, 1973: 74).
No se trató de una revolución separatista y antihispánica. Por lo menos al principio en cada uno de las
ciudades en donde estalló la revolución en América se dio no solamente la práctica del juntismo como teoría
de recuperación de la soberanía, al igual que la resistencia española, sino también la defensa de los derechos
legítimos del monarca depuesto por las fuerzas napoleónicas, muchas veces con la expectativa de que este
fuera el abanderado de las reformas anti absolutistas. La Junta de Caracas y Buenos Aires, las precursoras de
la revolución juran su lealtad a Fernando VII y la autoridad que desconocen es la del Consejo de Regencia,
otro tanto hacen la mayoría de las otras juntas. “La junta creada en Chile en 1810 “reafirmo su lealtad a
Fernando VII, sostiene José L. Romero. El 19 de abril de 1810 se constituyó, a su vez en Caracas, “La junta
Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII”. Incluso en México, donde la mayor importancia
de la cuestión indígena facilitaba el clima para el antihispanismo, “los revolucionarios estaban divididos entre
los que respetaban el nombre de Fernando VII y adoptaban un barniz de obediencia al Soberano, y aquellos
que preferían hablar lisa y llanamente de independencia (…) Aun en el movimiento producido en La Paz
(donde las referencias a “la libertad” y a la “ruptura del yugo” podría suponer un propósito independentista),
se reiteran asimismo las invocaciones a Fernando VII” (Galasso, 1994: 13).
Las clases más postergadas de la América colonial, como los blancos pobres, los mestizos, los esclavos y
los pueblos originarios no siempre tuvieron algún nivel de protagonismo en la primera etapa del proceso
liberador. Pero esto no tiene que llamarnos a engaño de que no fueron factor determinante de la suerte de
la independencia. Muchos de ellos constituyeron la gran masa de los ejércitos libertadores. Pero tampoco
hay que hacer lecturas lineales sobre este tópico. A veces extraviaron el camino, en el marco de una confusa
guerra civil y trabajaron funcionalmente para los colonialistas como en los llanos de Venezuela junto a Boves,
otras como en el Rio de la Plata fueron la base de sustento de la oposición al modelo europeizante de
imposición de condiciones hecha desde los puertos, que terminaban enfrentado en ciertas ocasiones a
patriotas leales que confundían también quien era el enemigo. Por ejemplo, ni Manuel Belgrano, ni Manuel

44
Dorrego, se salvaron de ser enviados a combatir a al paisanaje sublevado como montonera.
La revolución española antifrancesa cuando se manifestó en América potenció los elementos
democráticos de su versión peninsular. “El estallido español con su gente en las calles, con sus Juntas
democráticas, con sus exigencias de derechos para el pueblo, pone en tensión los conflictos sociales
existentes en América, es decir, provoca la eclosión de fuerzas democráticas, transformadoras, no signadas
por un color nacional sino reclamos populares semejantes a los que enarbola el pueblo español en las calles
y las aldeas de España” (Galasso, 1994: 23). Sin embargo, las fuerzas sociales desatadas eran sustancialmente
distintas a las de la metrópoli y fueron la clave del éxito de los sectores que fueron por más y pensaron la
independencia como horizonte. Los sectores populares siempre fueron un factor que tarde o temprano era
tenido en cuenta por los grandes conductores político-militares a la hora de construir sus decisiones. Los
movimientos nacionales que fueron el profundo impulso de las guerras de independencia toman cuerpo a
partir de esta confluencia entre conductores y la voluntad de las mayorías puesta en acto en el combate
contra las fuerzas colonialistas. Los esclavos en particular salvo en las excepciones del norte de América del
sur o en Perú donde fueron utilizados por sus amos para enfrentar a los revolucionario en general lucharon
en el bando patriota, acaso porque la libertad no les parecía una cuestión abstracta, acaso porque en su lucha
ganaban la propia manumisión. Bolívar cuando vuelve de Haití procura decretar la libertad de los esclavos,
no solo como una devolución de favores o compromiso con Petion, sino también habiendo aprendido la
lección del llamado año terrible de 1814: no había triunfo posible solo con los mantuanos, sin la concurrencia
de las clases oprimidas y en particular los esclavos que como se dice comúnmente nada tenían para perder
excepto sus cadenas. San Martín en Cuyo prepara una infantería compuesta particularmente por negros que
luchan por su libertad y se desvive a lo largo de su campaña en elogios para el coraje y la disciplina de esta
fuerza. San Martin y Bolívar vencen cuando logran sintetizar el esfuerzo de las clases oprimidas por el yugo
colonial y no cuando responden a los intereses pequeños de los hombres de negocios, a los criollos
acomodados, que en la historiografía liberal son aquellos que deseosos de practicar el libre comercio
impulsaron el proceso de independencia. Nadie muere por comerciar libremente con una nueva potencia
hegemónica. En todo caso puede llegar a hacer que se maten otros por eso. Los únicos que tenían un interés
claro en la libertad de comercio eran los comerciantes menores (los mayores eran los monopolistas), hijos
en la mayoría de los casos del contrabando, y que se radicaban en las grandes ciudades portuarias pero
marginales como Buenos Aires y Caracas-La Guaira. El error de considerar a estos sectores como los
impulsores de la revolución es doble por un lado no permite explicar quién sostuvo la guerra libertadora y
por el otro significa hacer análisis materialistas (tanto para liberales como para pseudo marxistas) a partir
solo de las condiciones económicas de las grandes capitales y no del conjunto del territorio, cuyo interior fue,
en gran parte, quien sustento con recursos en hombres y en riqueza a las guerras de la independencia. La

45
realidad es que, el libertador del norte y el libertador del sur no fueron los jefes de un selecto grupo de
criollos con intereses comerciales vinculados a los británicos, condujeron movimientos nacionales y
populares que aglutinaban pardos, mestizos, negros esclavos y negros emancipados, blancos pobres pero
también ricos, con todos ellos compartieron el pan como compañeros en los fogones de los campamentos
militares, de ellos aprendieron y a ellos enseñaron y formaron con sus estrategias y su ideales. Ni San Martin,
ni Bolívar son los mismos hombres al comenzar y la finalizar sus campañas.
Norberto Galasso se pregunta para la mirada clásica de la historiografía oficial argentina: “¿Cómo
explicarse entonces que durante décadas haya persistido la creencia en esta fábula tan poco consistente? La
razón principal, como sostenía Jauretche, consiste en que no se trata de una siempre polémica historiográfica
sino esencialmente política. Esa versión histórica resulta el punto de partida para colonizar mentalmente a
los argentinos y llevarlos a la errónea conclusión de que el progreso obedece solamente a la acción de la
“gente decente”, especialmente si esta es amiga de ingleses y yanquis, al tiempo que le enseña a abominar
de las masas y el resto de América Latina” (Galasso, 1994: 15).
De aquellas cinco iniciales revoluciones americanas, las más populares fueron las Hidalgo y Morelos en
México y Nueva Granada y las más aristocráticas la chilena, en primer lugar, y luego la venezolana. La más
equilibrada entre la participación popular y la impronta criolla fue la de Buenos Aires. No es raro que esta
última sea la única que subsiste hacia 1815 después de la primer ola de contraofensiva colonialista.
El fracaso de esta primera tentativa independentista en el norte de América meridional se debió,
fundamentalmente a que la mayoría de los sectores populares se alinearon en el bando realista. En Chile,
durante la patria vieja, gran parte de los movimientos se dio entre grupos de militares, funcionarios y algunos
hombres de las clases más acomodadas y la participación popular fue casi nula. Eso permitió a los realistas
recuperar rápidamente el poder. Lo cierto es que los objetivos particulares de los criollos ricos no alcanzaban
a entusiasmar a las masas populares. Asiste razón a Hernández Arregui cuando sostiene: La revolución “en el
pensar de las clases directoras, no buscaba la modificación de la estructura social del período hispánico, sino
la apertura hacia el mercado europeo. Las pocas brasas jacobinas fueron rápidamente extinguidas. Los
grupos criollos dominantes sólo deseaban eliminar el aparato fiscal metropolitano, expropiar al sector
español de la propia clase social y heredar su poder político” (Hernández Arregui, 1973: 68). Por eso es que
esta primera instancia del proceso cuando no se enraizó en los sectores populares no tuvo éxito, y al mismo
tiempo cuando prácticamente se restringió a los oprimidos, como en el caso mexicano, no logró sostenerse
en el tiempo.
Una de las primeras cuestiones que tuvo que abordar el proceso revolucionario fue el descalabro de las
economías coloniales. Por un lado los circuitos tradicionales de intercambios comerciales se vieron
interrumpidos por el predominio de uno y otro bando en alguno de los sitios. El establecimiento de una salida

46
a través del océano para comerciar, sobre todo con los ingleses, significo un alivio. Pero sin embargo esta
nueva salida implicaba un circuito comercial distinto y nuevo, con todos los inconvenientes y
reacomodamientos que esto representa. A todo lo cual hay que sumarle cómo transformó la propia guerra a
las economías de los primeros años de la revolución.
Una de las cuestiones centrales que hubo que abordar fue la militarización de una colonia que no estaba
acostumbrada sino a mantener una fuerza de carácter auxiliar. La resolución de las contradicciones políticas
mediante la violencia tuvo un alto costo económico. Por un lado en hombres de la franja de la población
económicamente activa pero también de recursos. “La obtención de estos termino por ser una preocupación
casi observa de los sucesivos gobiernos revolucionarios, En arpte el ejército vive de los recursos del país; la
adquisición local de ganados y cabalgaduras, de objetos de talabartería y textiles parece ser la regla; aun en
cuanto a armas y pólvora algo se puede comprar en el país. Otra parte se importa; a veces telas para
uniformes, más a menudo armas de fuego y proyectiles. Pero las comparas en el extranjero no dejan de
presentar serios problemas, y no solo en cuanto al pago” (Halperín Donghi, 1982: 58).
Esto significó un dilema que suele resolverse en favor del despliegue de los mejores esfuerzos de
industrialización para sustituir lo que no se puede obtener. En Buenos Aires se instaló una fábrica de fusiles
que congregaba a todos los armeros de la ciudad, reorganizada mas tarde con artesanos alemanes e ingleses
y obrero criollos trabajando como asalariados de estos, llegando a sumar esta fábrica más de 150
trabajadores. También se desarrolló una fundición de piezas de artillería.
“Las importaciones, con su carácter espasmódico y su elevado costo, no solo gobiernan en buena medida
el esfuerzo de guerra y le dictan su propio ritmo; influyen de modo decisivo en la economía en su conjunto.
La guerra es, en efecto, inesperadamente costosa” (Halperín Donghi, 1982: 59).

6. La llegada de San Martin al Rio de la Plata. 1812. (p. 255/262)


En España, el Consejo de Regencia, con sede en Cádiz -colocado ante los mismos dilemas que las juntas
americanas- llamo a la elección de las Cortes, es decir, a una asamblea de representantes de los reinos de la
corona española, incluyendo aunque con representación secundaria a los de las Indias10. El congreso asume
la función de redactar una Constitución. La hegemonía en este caso fue de los sectores liberales anti
absolutistas, que votaban en 1812 una Constitución que tenía la expresa función de crear un poder legítimo
en ausencia del rey, pero también ponía límites al poder absoluto del soberano. La inminente vuelta al trono

10 “En un hecho sin duda excepcional, a los debates de la asamblea constituyente de Cádiz fueron invitados también representantes
americanos. Por ello, en América -con la excepción de aquellos territorios que en Venezuela y en el Rio de la Plata permanecían bajo
el control de las respectivas juntas- comenzaron los preparativos para elegir a los constituyentes que se enviarían a España (Zanatta,
2012).”

47
de Fernando VII estaría condicionada por este instrumento jurídico. Se transformaba el régimen político
español en una monarquía atemperada al estilo inglés, con su propia Constitución liberal.
“Las reivindicaciones presentadas por los enviados americanos se referían a la representación igualitaria
entre españoles y americanos, la libertad de producción y de comercio, el libre acceso a los cargos civiles,
eclesiásticos y militares, y la garantía de que la mitad de ellos recayeran en residentes locales. Estos pedidos
fueron objeto de encendidos debates y el partido americano muchas veces se vio aplastado por la mayoría
española” (Zanatta, 2012).
En América esta Constitución liberal tuvo un doble efecto, por un lado generó un impasse y la esperanza
de dialogo en los anti absolutistas americanos pero también y al mismo tiempo generó una dura resistencia
en los sectores más conservadores que veían deslegitimada su lucha al mismo tiempo que en las aristocracias
criollas, sobre todo a las más vinculadas a España y más conservadoras -como las de Perú y Nueva España-,
las cuales se resistieron a las normas de la nueva Constitución. Pero sobre todo porque al ser una constitución
centralista era vista como una réplica del espíritu centralizador de las reformas borbónicas. Para la
aristocracia criolla de los centros neurálgicos del poder colonial no importaban demasiado las disposiciones
explicitas sobre el principio electoral, las libertades individuales y el derecho de ciudadanía de mestizos, le
preocupaba sobremanera la abolición del tributo de los pueblos originarios y los trabajos forzados sobre los
que habían construido sus fortunas.
En la península, con el final cercano de la guerra nacional española contra la invasión francesa, las
contradicciones entre liberales y absolutistas se agudizaban y si bien la constitución fue una gran victoria, las
condiciones de paridad de fuerzas hacían ver un futuro incierto.
Sin embargo, había una fuerte esperanza de los sectores liberales de vencer a los absolutistas, basadas en
que la experiencia militar de lucha contra los franceses no había sido un simple combate entre ejércitos
nacionales, sino una verdadera experiencia de un pueblo en armas. Esta experiencia de lucha popular, sin la
cual la aplastante superioridad del ejército napoleónico se hubiera impuesto, tuvo su efecto sobre muchos
de los cuadros de la milicia española. En relación directa con el pueblo español en su guerra de liberación del
yugo napoleónico estuvieron en aquella emergencia sectores del ejército, cuya oficialidad estaba
poderosamente influida por la ideología liberal revolucionaria.
Algunos de estos cuadros liberales revolucionarios –la mayoría nacidos o relacionados de algún modo con
América- fueron enviados a la principal colonia española con el objetivo que desde allí desequilibraran la
paridad de fuerzas existente en la metrópoli. En ese ejército que había peleado ferozmente en la guerra de
independencia española y bajo la doctrina de los revolucionarios se forjó el teniente coronel americano José
de San Martín, pero también otros que vinieron a sumarse a las fuerzas revolucionarias, como por ejemplo
el chileno José Miguel Carrera.

48
Con la llegada de San Martín y Alvear llego al Rio de la Plata 11 una experiencia política que había partido
en Europa y algunas veces motorizada por el gran conspirador que era Miranda: las logias secretas. Muchos
oficiales del ejército español, tal como hemos visto, eran revolucionarios y como no era posible manifestarlo
públicamente ni adherirse a un partido público al estilo moderno, tenían sus ámbitos de discusión política y
de acción organizada en estas logias.
La logia de los Caballeros Racionales o Gran Reunión Americana12, fundada según algunos historiadores
por Miranda, hacía que los iniciados juraran “defender la libertad de sus países bajo forma democrática”. Por
su carácter secreto no se sabe demasiado sobre sus planes y su forma de actuar.
Más importante que el debate infructuoso sobre el origen, incluso el nombre de la logia fundada en
Buenos Aires, que la mayoría llama Lautaro 13, o su carácter masónico o no masónico14, es delinear cual fue la
trascendencia de la actuación de la logia en el proceso revolucionario iniciado en el Plata. Si hay algo que
aportó la logia fue, precisamente por venir de una discusión internacional una perspectiva más amplia y no
tan localista, es decir vino a reafirmar el sentido americano al mismo tiempo que regó la discusión de aquellos

11 El periódico La Gazeta comentó la llegada del contingente de militares, el 9 de marzo de 1812, en la fragata George Canning: “A
este puerto han llegado, entre otros particulares que conducía la fragata inglesa, el Teniente Coronel de Caballería José de San Martín,
Primer Ayudante de Campo del General en Jefe del Ejército de la Isla, marqués de Coupigny; el Capitán de Infantería Francisco Vera;
el Alférez de Navío José Zapiola; el Capitán de Milicias Francisco Chilavert; el Alférez de Carabineros Reales, Carlos Alvear y Balbastro;
el Subteniente de Infantería Antonio Arellano y el Primer Teniente de Guardias Valonas Eduardo Kaunitz, Barón de Holmberg. Estos
individuos han venido a ofrecer sus servicios al gobierno y han sido recibidos con la consideración que merecen por los sentimientos
que protestan en obsequio de los intereses dé la Patria”.
12 Uno de los personajes más curiosos de la comitiva era un barón germano que compartía su pasión revolucionaria con la científica:

“von Holmberg conoció a San Martín y Zapiola, que integraban un mismo grupo conspirativo -llamado "Gran Reunión Americana" o
"Logia de los Caballeros Racionales"-, que se reunía en Cádiz desde 1811 y en el que militaban futuros grandes próceres como
Bernardo O'Higgins, Santiago Mariño, Andrés Bello, Luis López Méndez y Simón Bolívar. Las ideas liberales, y la propuesta de poner
fin a la monarquía en América para instaurar gobiernos independientes y republicanos, sedujeron al austríaco, aunque, en el fo ndo
del alma seguía apasionando la botánica: en sus baúles trajo numerosas colecciones de bulbos de plantas florales que, en su mayoría,
eran desconocidas en América del Sur” (De Titto; 2015: 68)
13 Algunos autores hablan de la fundación de la logia Lautaro y justifican políticamente su nombre: “De inmediato los viajeros

crearon un nuevo grupo de presión política al que bautizaron logia Lautaro, lo que ilustra que su visión americana era, desde el
inicio, continental y revolucionaria, como se mostró acabadamente en su decisiva influencia sobre la marcha de los acontecimientos
de los años subsiguientes. Lautaro fue el gran cacique chileno que en 1541 incitó a su pueblo a luchar contra la opresión española
y cuya historia cantó el poeta-conquistador Alonso de Ercilla en La Araucana. A diferencia de los demás ejércitos indígenas del
continente –numerosos pero mal organizados, sin conducción ni estrategia militar-, el del indio Lautaro, un convertido al
cristianismo que había sido caballerizo de los españoles, logró la eficaz defensa del Arauco a través de una serie de planes militares
que han pasado a la historia. Infligió graves derrotas a Valdivia y reconquistó gran parte de Nueva Extremadura mediante tácticas
envolventes en bien disciplinadas oleadas sucesivas, adaptándose al terreno y al clima. Lautaro utilizó los arcabuces y cañon es
capturados a los españoles y los combinó con cuerpos de caballería. Durante siglos no se logró acabar con la resistencia araucana –
los guerreros más fieros e inteligentes de América-, y por eso Chile siempre fue una capitanía general, es decir, un gobierno militar
instalado en territorio hostil. Según el jesuita Rosales, en la guerra de la Araucanía murieron cuarenta mil españoles, vale decir, más
que en la suma conjunta de la conquista y la independencia. El nombre de Lautaro resultó un inspirador bautizo para los
juramentados” (Pandra, 2013: 159-160).
14 Algunos autores sobredimensionan el rol de la masonería en el proceso de independencia americana, lo cierto es que hombres

importantes para ella tienen una reconocida pertenencia pero también otros que resultan totalmente negativos para la causa de
América, como Rivadavia. Desde ahí se puede inducir que la masonería no necesariamente estaba identificada con la causa de la
unidad americana. Acaso los intereses británicos de socavar en su propio beneficio el Imperio español sea la constante en los grupos
masónicos, mientras que la propia practica de algunas de las logias las fueron desviando de la lógica de balcanización que fogonearon
los ingleses y haciéndolos jugar en el partido americano. Lo que no puede quedar duda es del hecho de que la ideología sanmartiniana
y de la logia por él fundada estaba perfectamente identificada con los reales intereses de América.

49
que pensaban que eso ideales de libertad que tenían como banderas solo eran posibles si se rompía el vínculo
colonial. Sin embargo esto era parte del debate al interior mismo de la logia, de idéntica manera a como lo
era entre los miembros del proceso revolucionario. Lo que aportó además, y esto de modo contundente, fue
una conducción militar para cualificar la intervención en la lucha revolucionaria que muchas veces era
conducida por hombres comprometidos políticamente como Belgrano o Castelli, pero que eran doctores en
leyes y carecían de los conocimientos militares requeridos para llevar a buen término sus campañas.
No obstante, lo más importante de San Martin no es solo su capacitación militar y su solvencia técnica,
sino su mirada estratégica de la revolución que lo va a llevar a construir la idea de que la emancipación
americana solamente se puede dar si se pone por encima de la multiplicidad de conflictos existentes en la
época y se enfoca al combate contra los absolutistas.
El primer hecho político que hicieron los dos principales recién llegados fue emparentarse con las familias
de criollos acomodados de Buenos Aires para no ser vistos como peligrosos extranjeros, como algunos
insinuaban. Jose Francisco de San Martin de 36 años y el joven bautizado Carlos Antonio del Santo Ángel
Guardián Alvear -que decidió hacerse llamar Carlos María de Alvear, de 24; se casaron ambos con dos mocitas
de la sociedad “decente” que tenian apenas 14 años de edad. Sus respectivos nombres fueron Remedios, la
prestigiosa familia Escalada15 y María del Carmen, de la aristocrática familia Sáenz de la Quintanilla.
En marzo de 1812 el gobierno revolucionario encarga a recién llegado San Martin, en tanto oficial militar
con experiencia, la formación de una unidad de caballería conforme la “nueva táctica francesa”. Se trata del
Regimiento de Granaderos a Caballo. Esto era todo un cambio en la constitución de fuerzas militares que
hasta aquel entonces era poco más que cuerpos abundantes e indisciplinados, acostumbrados a jugarse la
vida en cargas frontales sin posibilidad de maniobra. San Martin, cumpliendo el encargo, da muestras de sus
condiciones de organizador, pues prácticamente de la nada y en un cortísimo lapso de tiempo constituye una
fuerza altamente disciplinada, distribuida en cuatro compañías (la última organizada en 1813). Pero sobre
todo cohesionados ideológicamente. Esto es una cuestión central pues el gran problema de los ejércitos tanto
revolucionarios cuanto realistas era la deserción, por otra parte muy común en toda guerra civil. En efecto,
pasado el primer entusiasmo revolucionario que movilizaba las primeras fuerzas militares es muy común ver
que -sin la cohesión política- los ejércitos se iban desgranando en plena campaña. Belgrano llego –dice
Halperín Donghi ( 1982: 58) a considerar esencial “tener constantemente acampado a su ejercicio en campos
cerrados, donde la lucha contra la deserción podía encarase con menos dificultades”.

15Claro que para la “gente decente”, el propio San Martín era un cholo, un “cabecita negra”. Doña Tomasa de la Quintana nunca le
perdonó a su hidalgo marido Antonio de Escalada haber permitido que la dulce adolescente María de los Remedios se casara con
ese tosco y rudo soldadote plebeyo, a quien jamás trató con buenos modales. (Pandra, 2013: 176)

50
“Horas y horas dedica San Martín a la instrucción de “sus” muchachos, para quienes redacta un pequeño
manual y un código de honor” (Galasso, 2000: 69). Para constituir su tropa San Martin convoca como oficiales
a varios de los jóvenes criollos de la alta sociedad porteña 16 como Lavalle o sus cuñados, los Escalada, pero
se preocupa tambien para armar su base de convocar a los aguerridos hombres de litoral, sobre todo de las
misiones. “¿Eran acaso las “fuerzas telúricas” las que promovían en San Martín esa confianza en los indios
misioneros? ¿Acaso esa probable condición de mestizo, de que hemos hablado? ¿O más bien, el motivo
reside en su profunda convicción acerca de las posibilidades del pueblo en armas, que había comprobado en
sus luchas peninsulares?” (Galasso, 2000: 69).
Es bueno para discutir la idea de un San Martin de bronce militar pensarlo en su doble dimensión: “Así,
mientras San Martín, el militar, creó el Regimiento de Granaderos a Caballo. San Martín, el político, daba
nacimiento a la Logia Lautaro, organismo que, a través de la oficialidad, daría al Ejército la ideología de la
Revolución Americana” (Bortnik, ¿: 57)
Mientras tanto las aguas políticas de Buenos Aires estaban agitadas. El saldo del primer Triunvirato no fue
positivo. No supo interpretar el avance político que implicaba la cuestión nacional planteada por Belgrano al
crear la bandera, fue complaciente con la invasión portuguesa a una parte del territorio, etc. A todo esto se
le suma que la represión violenta a la conspiración de Alzaga y las ejecuciones públicas que la siguieron no
ayudaron a reforzar su prestigio sino todo lo contrario.
Los hombres de la logia “percibieron las deficiencias y mediocridades de la política local, la falta de poder,
la mezquindad y el desprestigio del gobierno del primer triunvirato y de su veleidoso secretario Bernardino
Rivadavia, casado con una hija del virrey Del Pino y arquetipo perfecto del partido de las luces, que ya había
sido denunciado por Moreno porque “usurpaba el aire de los sabios y afectaba ser grande en todas las
carreras, cuando en ninguna ha dado el primer paso”. A lord Ponsonby, por su parte, le hacía recordar “a
Sancho Panza por su aspecto, aunque no es ni la mitad de prudente que nuestro amigo Sancho” (Pandra,
2013: 159).
El Triunvirato era un gobierno débil en un proceso revolucionario ya carcomido por las contradicciones y
enfrentado con casi todas las ciudades del interior. La Sociedad Patriótica, su principal fuerza opositora local

16 “Entre el primergrupo de comerciantes al por mayor de que hablamos antes, se encontraban las “casas fuertes” que consolidaron
económicamente este grupo social que dio el grito de Mayo de 1810, y que apuntaló la revolución durante los años de la
Independencia. Figuraban entre los patricios del comercio de Buenos Aires en el año 1.800, don Francisco Antonio Escalada, que dio
varios soldados a la independencia y esposa a Sian Martín, el más ilustre de sus caudillos; don Casimiro Francisco Necochea, padre
del héroe de Junín; don Leonardo Pereyra, uno de cuyos hijos ilustró inteligentemente nuestros anales militares, y aunque en menor
escala, aparecían también en su rol de mercaderes don Bernardo Las Heras, los Belgrano, los Pueyrredón, los Sáenz Valiente y otros
que perteneciendo al grupo monopolista se fueron incorporando después del 25 de Mayo, en distintas oportunidades, como don
Juan Esteban Anchorena, don Blas de Gainza, don Antonio Lezica, don Manuel de Arana, don Domingo Lynch, don Gaspar de Santa
Coloma y don Buenaventura Marcó, que mantuvieron durante muchos años, junto al giro comercial algunas cuantiosas riquezas”
(Astesano, 1941: 161). Es notable que en esta mención de Astesano de las aristocráticas familias porteñas, los hijos de la ma yoría
militaron en la fuerza organizada por San Martin y obtuvieron allí sus glorias.

51
en términos políticos era la continuidad de la fuerza de la profundización y entra naturalmente en relación
directa con la Logia, en principio integrada solo por militares, aunque luego se va ampliando. “La misma
debilidad del régimen lo mantiene en pie; tanto la Sociedad como la Logia esperaban poder librarse de él
pacíficamente en la próxima renovación parcial del Triunvirato. Pero ya en setiembre los militares tienen
ocasión de expresar en una junta de guerra su disidencia sobre un punto es cenial: mientras Rivadavia quiere
retener en Buenos Aires una fuerte guarnición, Alvear propone enviar casi todas la fuerzas al norte, a cerrar
la brecha abierta frente a la nueva invasión realista” (Halperín Donghi, 1982: 93).
No habían transcurrido ocho meses del desembarco de los militares provenientes de ejército
revolucionario español cuando interviene de modo directo en la política local. En el amanecer del 8 de
octubre de 1812, forman en la plaza de la Victoria, las fuerzas de la guarnición de Buenos Aires conducidas
por la Logia. La encabeza el flamante regimiento de granaderos al mando de su fundador, San Martin, y son
de la partida también un regimiento de artillería y un par de batallones de infantería. En actitud
revolucionaria se pedía un nuevo gobierno compuesto “por personas más dignas del sufragio público” y la
convocatoria de un congreso de las provincias “que decida de un modo digno los grandes negocios de la
comunidad”. Bernardo de Monteagudo y su Sociedad Patriótica fueron los encargados de movilizar al pueblo
(un par de miles de personas movilizadas en la plaza). El tucumano fue el redactor del petitorio y su nombre
encabezó las firmas, conminando a las autoridades del Triunvirato. La voz del pueblo, movilizada por los que
querían la revolución dentro de la revolución estaba acompañada para no ser burlada por los oficiales
revolucionarios y su poder de fuego. La logia en conjunción con la Sociedad patriótica venían a ocupar el
espacio vacío dejado por la muerte de Moreno pero con mucha más maduración política y capacidad militar.
En definitiva, el golpe del 8 de octubre de 1812, fue una revolución popular en la que la multitud adicta a
la Sociedad Patriótica y a la Logia Lautaro, con el apoyo de tropas al mando de San Martín y Alvear, derribó
al Triunvirato e instaló en el gobierno a un nuevo cuerpo de la misma naturaleza, integrado por los lautarianos
Juan José Paso (quien constituyó la oposición en el Triunvirato anterior, frente a Chiclana y Rivadavia), Nicolás
Rodríguez Peña (conocido morenista) y Antonio Álvarez Jonte. El segundo Triunvirato no juró por Femando
VII como lo había hecho su antecesor; retomó en cambio la línea revolucionaria, nacional y americana, cuyo
malogrado inspirador fuera Mariano Moreno y convocó, en consecuencia, a una Asamblea General, que
debía celebrarse el año siguiente.
El movimiento derivaría en la asamblea del año XIII. Nótese bien el cambio de léxico: Ya no “junta” ni
“cortes” a la española, sino “triunvirato”, “directorio” y “asamblea” a la francesa: sus diputados se tratarán
de ciudadanos y sus discursos responderán al gusto neoclásico puesto de moda, con alusión constante a
héroes griegos y romanos y citas de Cicerón. El golpe tuvo por objeto enderezar el rumbo de la revolución –
perdido desde el instante en que se eliminó a Moreno y a su plan de operaciones-, bajo la ya clásica forma

52
de la convocatoria a un cabildo abierto a favor del tumulto, con ruido de sables y gritos en la plaza y “la
voluntad del pueblo” expresada en un petitorio firmado. (Pandra, A., 2013: Pág. 161)

7. De la revolución democrática a la revolución nacional. (p. 309/314)


Si la fórmula de lealtad a Fernando VII fue la bandera de la guerra civil a ambos lados del Atlántico de los
sectores revolucionarios y piedra de conciliación con los sectores de la restauración o más conservadores del
movimiento, si ese punto de acuerdo también sirvió como equilibrio del dialogo con los ingleses como
potencia mundial emergente que podía darle espalda al proceso pero al mismo tiempo aliada contra los
franceses de los españoles, el retorno del propio Fernando VII al trono de la península fue la alteración
definitiva de todos estos equilibrios.
En 1813 llega, casi simultáneamente a toda América meridional, la noticia de la huida de José Bonaparte
de Madrid y la ofensiva de las tropas leales a Fernando. La recuperación del trono y la victoria nacional
española frente a los franceses era inminente.
En abril de 1814 Paris es ocupada por sus enemigos y Napoleón es sometido a firmar el
Tratado de Fontainebleau, donde renuncia a sus derechos sobre Francia e Italia para él y para su familia a
cambio de ser traslado a la isla de Elba cerca de la costa italiana, donde transitaría su primer exilio. La victoria
sobre el ejército napoleónico envalentonó a los absolutistas europeos y convocaron al Congreso de Viena,
este es el marco político en el viejo continente con el que reasume Fernando VII el trono de España.
El autor italiano Loris Zanatta (2012: ?) divide el proceso emancipatorio en dos etapas que tiene como
punto de inflexión el hecho transcendente de la recuperación de la Corona por Fernando VII. “La primera
fase del proceso de independencia, que se prolongó hasta la restauración sobre el trono de España de
Fernando VII en 1814, suele ser llamada “autonomista”, dado que la autonomía -y no la independencia- era,
en la mayor parte de los casos, el horizonte de las elites criollas que por primera vez en América asumieron
el poder en primera persona, en lo que, sin embargo, se configuraba ya como una revolución política”.
En la propia península ibérica, y en alguna medida ayudado por los condicionamientos políticos generales
de la restauración absolutista europea, pero también por convicciones propias, el regreso de Fernando VII al
trono de España en los primeros meses de 1814, para los liberales el monarca español se transformó
rápidamente para los sectores liberales y progresistas de el “deseado” 17 en el “indeseable”. En efecto, el rey
regresado, no solo adscribió al sistema de relaciones del Congreso de Viena de 1815, sino que además

17 “Le decían “el Deseado”. Pero no por su capacidad de seducción con las mujeres -sí que tuvo cuatro matrimonios- sino porque
durante mucho tiempo gozó del aprecio y la consideración de su pueblo que anhelaba su retorno al trono como coronación de la real
independencia española. Su condición de prisionero de Napoleón generó alrededor de su figura el mito de una víctima inocente de
la tiranía francesa y así nació “el Deseado” (De Titto; 2015: 93)

53
abolió18 la constitución liberal de Cádiz de 1812 y gobernó apoyándose en los partidarios del absolutismo
español. Esto traicionó las expectativas de los liberales de España, pero también de los de América (los que
aún no habían comprendido ya que la libertad no era posible sin la ruptura del vínculo colonial). Si a alguno
le quedaba dudas, la actitud de Fernando, persiguiendo con encarnizamiento a las colonias en rebelión, se
los disipó rápidamente. Entre las primeras acciones del rey Borbón estuvo la idea de recuperación de las
colonias americanas de España..
Fernando entró triunfal en Madrid (…) precedido [de]una brutal represión en la capital: se arrestó a los
diputados del año 12, se detuvo también a los miembros de la Regencia, los ministros y sus partidarios y el
11 de mayo se dispuso la disolución de las Cortes: el rey reasumió el poder dando un verdadero golpe de
Estado. Su retorno abrió un período despótico que se extenderá hasta 1820: Fernando organizó una
verdadera caza de brujas de liberales, periodistas, militares e intelectuales, y dispuso el destierro de los
sospechados de complicidad anterior con los Bonaparte y los "afrancesados". El descontento culminó en
varios intentos de sublevación que incluyeron a sectores del ejército, distintos grupos de la burguesía y la
masonería unidos por el deseo de restablecer la Constitución. La reacción fernandista estuvo a tono con el
restauracionismo vigente en Europa: desapareció la prensa libre, se anularon las diputaciones y los
ayuntamientos constitucionales, y se clausuraron las universidades. Como parte del restablecimiento del
"Antiguo Régimen", se devolvieron a la Iglesia todas las propiedades confiscadas en el período anterior” (De
Titto; 2015: 95).
El retorno del absolutismo español de la mano de Fernando es un punto de inflexión en tanto rompe
definitivamente con la idea de que las reivindicaciones de mayor libertad, igualdad y autonomía no se pueden
conseguir a partir de la dominación española sino rompiendo con un imperio que sometía colonialmente a
los pueblos de América. Ya nadie podía llamarse a engaño. Ni los patriotas, ni los americanos o españoles
que luchaban del lado del colonialismo.
El Congreso de Viena y su consecuencia, la llamada Santa Alianza, fueron el telón de fondo del gobierno
de Fernando VII. En septiembre de 1815 se habían reunido en Paris los reyes de Austria, Rusia y Prusia,
quienes, invocando los principios cristianos, acordaron mantener en sus relaciones políticas los "preceptos
de justicia, de caridad y de paz". Aunque en la práctica la "Santa Alianza" no desempeñó ningún papel
efectivo, se convirtió en un bloque político continental que podía exhibirse unido en una política reaccionaria
de restauración monárquica y de entente contra las ideas republicanas y democráticas puestas en marcha
con la Revolución de las colonias inglesas de América del norte, la francesa de Europa y la de las colonias
españolas de América.

18El 4 de mayo de 1814, Fernando VIl promulgó un decreto por el cual declaró nula y sin efecto toda la obra de las Cortes de Cádiz y
reinstaló la monarquía absoluta, rechazando de plano la monarquía parlamentaria que había establecido la Constitución de 1812.

54
Las consecuencias del sistema de alianzas del nuevo gobierno español y su voluntad imperial fueron el
envío de las tropas veteranas de la guerra con Francia para imponer la obediencia a la metrópoli europea. El
primer desembarco verdaderamente importante fue el del general Pablo Morillo en el norte de la América
del Sur, que hizo retroceder a las fuerzas bolivarianas del ejército libertador. "El Pacificador", tal como fue
llamado Morillo, partió de España con quince mil hombres19.
Pero al mismo tiempo, la inestable política europea tuvo un cimbronazo. “Napoleón, exiliado en Elba,
supuso que su destino más probable era el destierro en una remota isla del océano Atlántico y consciente de
que el pueblo francés rechazaba la restauración de los Borbones en el poder, escapó de la isla en la que
estaba alojado y el 1o de marzo de 1815 desembarcó en Antibes, desde donde se preparó para retornar a
París y luchar por el poder. (De Titto; 2015: 28) De regreso en París, Napoleón dictó una nueva constitución
más democrática y liberal que la vigente hasta entonces, pero los nuevos enfrentamientos se dirimieron en
los campos de Waterloo, en Bélgica, el 18 de junio de 1815. La Santa Alianza triunfa y la "ola conservadora y
monárquica" retoma el poder en toda Europa. La España de Fernando anula las medidas liberales dispuestas
por la Constitución de 1812 y las monarquías vuelven a poner sus ojos en la lucha por las posesiones en todo
el mundo y, en especial, sobre la inmensa América en rebeldía” (De Titto; 2015: 29)
Con mucha precisión define Sánchez Sorondo el contexto internacional de la revolución americana del
sur: “A la caída de Napoleón, las monarquías dueñas de Europa, y claro está, el aliado español reclamaban
un escarmiento que pusiese coto a las exuberancias levantiscas de las posesiones españolas. Esta cuarentena
política y moral nos impedía a extender la conexión con Inglaterra, que iluminaba todo el campo de nuestros
flamantes y escuálidas relaciones exteriores. Y sin embargo, fuera de los aspectos comerciales con que
avanzaba la influencia inglesa, no hay una sola expresión de compromiso, ni siquiera de simpatía oficial que
acredite a los ojos de propios y extraños la solidaridad de aquella diplomacia con la causa de la Emancipación
(...)“Pero al cabo de esa faena Gran Bretaña se encontrará con la reacción legitimista. La Santa Alianza, con
que Metternich consiguió retrasar el curso de la historia y sostener el prestigio del Imperio Romano
germánico, fue el precio que Londres pagó por la desaparición del guerrero ilustre. Inserto en la cuna de la
mejor tradición política europea, el legitimismo por un tiempo sofoca y desplaza las vertientes culturales de
la Revolución Francesa. Durante ese lapso la política de Londres consiente y hasta simpatiza por afinidades
dinásticas con el legitimismo; empero la nación británica considerada en el conjunto de sus ambiciones e

19 Laexpedición partió del puerto español de Cádiz, en febrero de 1815. Contaba con sesenta y cinco buques, de los cuales dieciocho
eran de batalla al mando de Pascual Acedo. El total de la expedición entre la marinería, servicios logísticos y fuerza de combate
sumaban unos 15.000 hombres, aunque el ejército destinado a combatir estaba formado por 10.612 hombres, organizados en seis
batallones de infantería, dos regimientos de caballería, dos compañías de artilleros, un escuadrón a caballo, y un piquete de
ingenieros militares, además de pertrechos y víveres. Fue, sin dudas, la mayor fuerza militar partida desde España para la
recuperación de sus colonias.

55
intereses no tiene afinidades con la Santa Alianza, no es ni se puede ser rigurosamente legitimista. “(Sanchez
Sorondo,1990:67 y 70)
“Entre todos los espacios políticos de Europa, el de Gran Bretaña es el único que lleva ventaja por la más
temprana concepción del Estado nacional como ente distinto y superior a los estamentos y a la monarquía.
De ahí que el discurso de la Edad Moderna su Estado no se constituya sustancialmente con los estamentos
ni se restrinja al ámbito de la Corona, pues acabará perteneciendo la nación como una totalidad indivisible.
El monarca emanado de las revoluciones inglesas y de la victoria final del Parlamento no es el Estado sino su
representante, porque la soberanía, quienquiera gobierne, atañe a la nación, siendo su teórico depositario
el pueblo.” (SANCHEZ SORONDO,1990:70)
En el plano local y a partir fundamentalmente de la respuesta violenta e inmediata de los sectores realistas
del imperio en América, la idea de Juntas en América que conservaban los derechos del monarca legítimo
habían dejando definitivamente hace rato de ser un punto de encuentro entre sectores de la profundización
y los sectores más conservadores del movimiento. Las violentas guerras que se produjeron entre
revolucionarios y realistas habían marcado un punto de no retorno, que la llegada de Fernando al poder y su
inclinación por gobernar con el bando absolutista en España vino a poner un broche definitivo.
La independencia que se había venido acuñando en la utopía de sector más revolucionario, es decir el de
la profundización, ya aparecía de modo concluyente como el único camino posible para el antiguo partido
juntista. Y este camino se hallaba absolutamente determinado por la necesidad de triunfos militares frente
a los realistas pues ninguna conciliación era posible y la crueldad de la respuesta de los pro-imperiales tuvo
un doble efecto disuasivo. Hacía que los más temerosos consintieran su dominio sin revelarse en donde ellos
tenían el control (la política del terror usada en la antigua capitanía de Venezuela por Monteverde tenia así
su efecto) pero por otro lado, y en aquellos que se la habían jugado marcaba un quemar las naves, dado que
ningún dialogo hacia posible que mantuvieran su cabeza si la reacción era vencedora. Es decir, estaban
absolutamente jugados, no solo los más revolucionarios sino también los de la consolidación e incluso los de
la restauración. Todos los protagonistas del movimiento de insubordinación colonial correrían la misma
suerte en manos de los colonialistas españoles. La guerra entonces fue a muerte. Aunque plantearlo en estos
términos horrorice a los autores europeos o norteamericano (ver harvey). Como dice Félix Luna “Mas allá de
la cautela de los moderados y del entusiasmo de los jacobinos, los hechos se escaparon de sus manos y
adquirieron muchas veces una dinámica propia (...) De ahí que la confrontación armada constituyera el modo
más frecuente de resolver los antagonismos” (Luna, 1998: 67). Aunque ya hemos expresado el error que
consideramos de resolver de una manera univoca a contradicciones de distinta naturaleza como lo eran la
resistencia de los reaccionarios y realistas y las pretensiones de autonomismo de las provincias frente al
atropello de las antiguas capitales coloniales.

56
8. La revolución americana acorralada en el Río de la Plata. (p. 327)
Con la revolución restringida a la iniciativa que se había iniciado en Buenos aires en Mayo de 1810 en el
virreinato del Rio de la plata, acosada tanto por la amenaza del envío de una expedición externa, de la llegada
de una fuerza bajando del Alto Perú y las contradicciones internas que hacían de Paraguay un núcleo aislado,
y del resto de las provincias litorales un territorio hostil a las decisiones de Buenos Aires, en abierta rebelión
federalista bajo la conducción popular de Artigas, Alvear quien conducía 20 no solo la Logia, sino también la
Asamblea, decide concentrar el poder. Así ya para 1814 había hecho jugar su hegemonía en la Asamblea para
designar a su tío Gervasio Antonio de Posadas, al frente de un poder ejecutivo unipersonal que tenía el
pomposo título de Director Supremo.
Como hemos visto, Posadas a instancias de Alvear y para sacárselo de encima, designó a San Martín jefe
del Ejército del Norte, a pesar de las insistencias de éste para que se mantuviera a Belgrano. San Martin que
se encuentra con Belgrano en la posta de Yatasto, es puesto en real conocimiento de la situación de esa
frontera caliente con los realistas. El libertador, bien asesorado por el doctor Belgrano, ordenó fortificar
Tucumán para que fuera la retaguardia desde donde resistir un embate de las fuerzas colonialistas asentadas
en el Alto Perú, pero al mismo tiempo estableció una vanguardia en Salta, con la guerra de guerrillas con los
gauchos conducidos por el teniente coronel Martín Miguel Güemes. También fomenta las acciones militares
del mismo tipo tras las líneas de ofensiva enemiga en la región de Santa Cruz al mando de Arenales, que
obtienen algunas victorias importantes como la batalla de La Florida (25 de mayo de 1814).
Si en el norte había sido preciso un hombre prudente y mesurado como San Martín para asegurar la
frontera, la toma de Montevideo exigía un hombre temerario a la vez que desprejuiciado respecto de las
tratativas diplomáticas; y esas condiciones se daban en el joven Alvear —sobrino de Posadas—, a quien se le
encomendó la organización de las fuerzas militares y el mando en jefe de la expedición. El 17 de mayo obtuvo
Brown una victoria naval en El Buceo, y en esa misma fecha llegó Alvear a la plaza sitiada; acorralado, Vigodet
pretendió reiniciar las negociaciones que Alvear, con el derecho del vencedor, desconoció olímpicamente
exigiendo la rendición incondicional. Así, el 23 de junio de 1814 fue liberado Montevideo, quitando a los
españoles, definitivamente, toda posibilidad de apoyo en el Plata. (Sabsay y Pérez Amuchástegui, 1973: 97)
Para 1815, cuando se cierra Europa sobre el fin de la hegemonía napoleónica y la reacción en nuestra
América parece dominar militarmente la mayor parte del territorio, una noche oscura parece cernirse sobre
el cielo de la revolución. Pero los patriotas de aquel entonces demostraron que “la única lucha que se pierde

20
“Alvear es la figura dominante del régimen. Este efnrre dos dificultades principales: la expansion del federaliso litoral y la cada vez
mas desfavorable situaion itnernaional.” (Halperin Donghi, 1982: 96).

57
es la que se abandona”.
En 1815 el panorama de la revolución americana era sombrío. En el virreinato de Nueva España los
rebeldes habían sido aniquilados y ajusticiados los curas que encabezaron el levantamiento popular Dolores
e Hidalgo, En la zona de nueva Granada y la capitanía de Venezuela el panorama no era mejor. Los realistas
controlaban casi todo el territorio. En Lima Abascal era amo y señor y había aplastado a los sublevados de
Quito, Chile y el Alto Perú. Solo la revolución iniciada en el rio de la plata seguía en pie de guerra contra el
absolutismo y por la independencia. A ello se sumaban focos aislados en los llanos venezolanos y la guerra
de republiquetas en la zona altoperuana que alcanzaban para hostigar pero no para hacer una
contraofensiva. No obstante, Bolívar refugiado en Haití hacia planes para retornar y liberar su tierra y el
General San Martin, en Cuyo, preparaba pacientemente un ejército para dar pelea en la estrategia de
reconquistar Chile y pasar de allí por barco hacia Perú. La noche oscura presagiaba el amanecer.
La unidad construida culturalmente entre españoles de España y de América, había hecho que la crítica al
mal gobierno desarrollada por las elites criollas se extendiera a las relaciones de dominación colonial. Otros
lazos sociales, que fueron deviniendo con el tiempo en nacionales se trazaron entre los distintos sectores
sociales incluso con las clases oprimidas, pero siempre el peso de las viejas estructuras que pesaban como si
fueran castas jugaban en favor del mantenimiento del lazo colonial. Los cabildos, verdaderas escuelas de
autogobierno para la élite criolla, vieron en su autonomía una continuidad pero en algunos casos sintieron
vértigo de la puerta que habían abierto. Cada Junta insurrecta actuaba por propia cuenta, sin relación con las
vecinas y eso debilitó los causes únicos de una lucha que si no se convertía en nacional perdía razón de ser.
Los núcleos humanos de la América colonial se hallaban separados por largas distancias, comunicarse entre
sí era una ardua tarea, lenta y tediosa. Así las noticias de las derrotas alentadas por los realistas corrían más
rápido que la de triunfos que desde el localismo parecían ajenas. Las únicas comunicaciones posibles en estos
inmensos espacios, al comenzar el siglo XIX, seguían siendo las marítimas y durante casi toda la primera parte
de la revolución la hegemonía en los mares las tenía la flota española. Fácil era a los españoles, dueños del
mar, en lucha con los insurrectos carentes de marina, trasladar ya noticias ya sus ejércitos regulares, que
empezaban a engrosarse con las tropas veteranas 21 que habían vencido nada menos que al Ejército francés

21 Ya en 1813 se enviaron 9.200 soldados veteranos desde España a América, número que superaba al de todos los enviados desde
el estallido de la revolución. En particular a Montevideo (todavía en manos realistas) se mandó un tercio de las mismas, lo cual
demostraba la importancia que le daban los colonialistas a esa plaza oriental para desde allí emprender la reconquista del Río d e la
Plata. En 1815 Fernando VII hizo partir de Cádiz la expedición de Morillo con 10.000 soldados. En 1816 y 1817 se mantuvo el esfuerzo
a niveles similares con aproximadamente 4.500 hombres cada año. Durante 1818 tiene lugar una radical disminución de las
expediciones. Únicamente salió una, el 8 de mayo de 1818, partió con destino al Perú. Se componía de diez transportes escolta dos
por una fragata de guerra conduciendo a bordo a 2.800 hombres principalmente del regimiento de infantería de Cantabria (95
oficiales y 1.455 soldados). En 1819 salió una sola expedición a La Habana. Partió el 18 de julio y estuvo integrada por 192 oficiales y
2931 soldados. En 1820 solo 1.500 fueron destinados a La Guaira en Venezuela. Según un estudio meticuloso realizado en un total
de 19 expediciones hechas por las fuerzas españolas hacia América del Sur entre 1811 y 1821, se trasladaron en total una fuerza de

58
de Napoleón. Las tropas disciplinadas y los oficiales profesionales formados en Europa, cuando pudieron
incluirse en la lucha, eran demasiado para los ejércitos populares improvisados por los patriotas, al frente de
los cuales estaban –la mayoría de las veces- generales improvisados que se habían formado para otra cosa.
Así se fueron aplastando, sucesivamente, diferentes focos de resistencia. Pero la voluntad de independencia
más que la de la revolución no fue posible arrancarla del corazón del pueblo. Y sobre las cenizas de la derrota
en algunos casos o en la subsistencia de la causa revolucionaria en otras como en el Rio de la Plata, se fue
rehaciendo el fuego de la gesta emancipatorio.
Sin embargo, y aun en una situación militar de derrota que parecía definitiva, el movimiento rebelde que
había empezado en la convocatoria de cabildos abiertos y en la creación de juntas, estaba maduro para darle
un sentido épico a su causa que era nacionalizar la lucha. Si bien primeros dirigentes habían salido casi
siempre del patriciado urbano (terratenientes, comerciantes y letrados), se fueron integrando a ella militares
profesionales que hicieron su aporte a la recomposición de la fuerza, y otros fueron agregando a sus
condiciones naturales para el mando la formación de la experiencia. San Martin y Bolívar son un ejemplo de
unos y otros. Pero no los únicos. La polarización de los frentes producto de la militarización del conflicto
político fue conduciendo al camino sin retorno de la ruptura nacional americana con la dominación colonial
española y esto movilizó al pueblo de nuestra América por su verdadera libertad, que no era la que se leía en
los libros de la ilustración. Una idea de nación estaba naciendo.
Asiste razón a Galasso cuando sostiene que en rigor de verdad al comienzo de la revolución “no existía
cuestión nacional que pudiera resolverse en América en 1810. No había invasión extranjera, como en la
España atropellada por Napoleón, ni tampoco “una nacionalidad” oprimida, si nos referimos al mundo
mestizo. Además, el mayor organismo político español declaraba que no consideraba a estas tierras como
colonia sino como extensión del territorio de España y sujetos, por ende, al mismo trato que cualesquiera de
las provincias de la península (Las tierras de ultramar no son colonias, Junta Central de Sevilla, 22/1/1809)”
(Galasso, 2000: 47).
En América el pueblo sometido por el Imperio español fue el originario22. Pero el componente de mestizaje
de América había construido una identidad nueva que todavía estaba en proceso de consolidación. Todavía
en gran parte de la subjetividad del elemento criollo se sentía españoles de América, aun aquellos que tenían
en su sangre componente aborigen. Muchas de las clases oprimidas, excluidas políticamente, no se sentían
parte de un pueblo oprimido, mas allá de la particularidad de los esclavos que provenían de numerosos
pueblos de África, de donde habían sido secuestrados y sometidos a la esclavitud por los europeos. La

poco más de 30.000 combatientes. (ALBI DE LA CUESTA, Julio: “El esfuerzo militar español durante las guerras de emancipación de
América”, en Revista de Historia militar, año XXXIV, 1990, número 69, págs. 147-161.)
22 “¿Había en América un pueblo sometido? Indudablemente, el aborigen, y si existía una cuestión nacional, ésta sólo podía

entenderse como opresión de los colonizadores españoles” (Galasso, 2000: 47).

59
cuestión central de esa nueva nacionalidad americana “no residía en el antagonismo blanco-indio, sino en la
confluencia de indios, negros, blancos y mestizos, en una reivindicación democrática general contra la
opresión absolutista, es decir del pueblo hispanoamericano contra los monarcas reaccionarios que les
imponían su ley y sus representantes, que los oprimían económica, social y políticamente. Esa opresión no
era de un país extranjero sobre un grupo racial y culturalmente distinto (cuestión nacional) sino de un sector
social sobre otro dentro de una misma comunidad hispanoamericana” (Galasso, 2000: 47). Pero esto
claramente empieza a cambiar a partir de la actitud colonialista que tiene el Imperio español frente a la
insubordinación política de los hombres y mujeres de la América española.
San Martin como cuadro político y militar es un paradigma concreto de aquella transformación política.
Llegado a estas playas como combatiente en una guerra civil contra el absolutismo, San Martin se hace cargo
(y opera a tal efecto) que no hay revolución de la libertad no se puede dar en condiciones coloniales. Así
abraza la cuestión nacional que enfrenta las cadenas de sometimiento colonial de América respecto de
España. Grandemente influyó en el Libertador en el camino de esta comprensión el retorno al poder de
Fernando VII y su inclinación absolutista que significó una derrota del bando liberal revolucionario, que este
consideraba definitiva.
San Martin en el marco de este panorama oscuro comprende definitivamente la importancia de la
legitimación nacional para culminar la revolución. La pelea por la libertad que había vendido a dar a América
que no era sino en definitiva una revolución democrática no podía darse sin una revolución nacional, esto es
cortar definitivamente los lazos con la metrópoli colonialista. La libertad no era posible en un país sometido.
La definitiva práctica política de esta comprensión va a ser su acción por la integración y su impulso a la
declaración de la independencia del Congreso de Tucumán.
A partir de ese año oscuro de 1815, y más particularmente en el período 1817-1824, la revolución se
recupera convirtiéndose en una guerra de independencia y así obtiene el triunfo definitivo sobre las tropas
españolas. Contribuyen a esta victoria también factores externos como el progresivo apoyo de los corsarios
equipados en los Estados Unidos, los préstamos de capitalistas británicos, que después de la caída de
Napoleón empiezan a ver con malos ojos las posibilidades de una restauración española en América. También
el excedente de veteranos de guerra al constituirse una paz relativa en Europa después de un largo periodo
de conflictos. En efecto, muchos hombres que habían aprendido a ganarse la vida con las armas pasaron para
América por simpatía con la causa o a casusa de la contratación. Bolívar por ejemplo contrato un batallón
entero de soldados británicos e irlandeses, veteranos de las luchas contra Bonaparte.
Pero lo central es que la revolución se afirmaba en la medida en que perdía sus causas ideológicas
europeas y se asentaba sobre la raíz de la contradicción principal del hecho colonial, afincada en las masas
que encuentran en la causa nacional una justificación potente por la cual dar la vida.

60
9. La declaración de la independencia de los pueblos libres. (p. 341/354)
Artigas desde un principio comprende que su causa es la americana y no solo la rioplatense y mucho
menos la uruguaya que ni siquiera existía más que como provincia de la banda oriental. Por eso es tan falso
cuando historiadores liberales a ambas orillas del Plata lo presentan como un libertador uruguayo tanto como
cuando lo hacen como un argentino. Cuando Montevideo todavía a las órdenes del virrey designado de
Francisco Javier de Elio era uno de los bastiones contra la Revolución de Mayo Artigas en Mercedes, donde
había establecido su cuartel general lanza su proclama a los orientales: "Tiemblen esos tiranos por haber
excitado nuestro enojo, sin advertir que los americanos del sur, están dispuestos a defender su patria y a
morir antes con honor, que vivir con ignominia en afrentoso cautiverio". La patria para Artigas es sin duda
América del Sur.
Sin embargo, ese patriota oriental va a ser una y otra vez traicionado por los gobiernos de Buenos Aires,
tal como hemos visto. La primera vez en octubre de 1811, cuando el Triunvirato llegó a un acuerdo con el
virrey Elío, poniendo fin al sitio de Montevideo, con la excusa de que los portugueses habían invadido la
banda oriental pero con el objetivo de sacarse de encima a Artigas.
El comienzo del liderazgo indiscutido de la Banda Oriental por su caudillo Artigas se va a dar, tal como
hemos visto, a partir de la Redota o éxodo popular de Montevideo. Esa heroica caminata de más de 500 km
con más de 15000 personas templo la fibra del pueblo oriental. Con la Redota Artigas había interpretado el
corazón del pueblo oriental que no quería abandonar las armas para continuar la lucha contra los
colonialistas de Elío hasta desalojarlo y, a la vez, hacer frente a los invasores portugueses.
Va a ser desde su campamento de Ayui, cercano a la actual Concordia, que don José, como lo llamaban
los paisanos inicia la ofensiva para la recuperación de la banda oriental ocupada por los portugueses.
Salvador Ferla dice que aquello que en Moreno eran ideas, en Artigas fueron actos, y que lo que en algunos
intelectuales eran ideas transformadas en planes de acción, en Artigas era la acción del pueblo luego
traducida a ideas. En el Protector de los Pueblos Libres la confluencia entre el pensamiento europeo y el
popular se hace carne en un proyecto independentista respecto de España y de toda otra dominación
extranjera, que en su caso no era abstracto porque peleaba contra las constantes pretensiones portuguesas
de anexar a sus dominios a la Banda Oriental.
Lo que más molestaba tanto a los realistas como a los porteños de Artigas era su relación con las mayorías
gauchas, los aborígenes y la “plebe” en general. Sin embargo, es interesante para analizar a la rivalidad con
los porteños atender al análisis que hace De Titto: “Los antecedentes de todos estos movimientos habían
delatado ya al "artiguismo" en formación como una corriente que, adhiriendo a los principios liberales y

61
libertarios de la Revolución de Mayo, exhibía un perfil autonómico que lo distinguía. Los celos de los
"porteños" tenían fundamento: la pequeña burguesía portuaria de Montevideo, Maldonado y Colonia,
asociada con los estancieros de la rica llanura oriental, conformaban un grupo que podía competir, en ambos
sentidos, producción y comercio, con los primeros saladeristas bonaerenses y los comerciantes de la antigua
capital virreinal. Como es sabido, el puerto de Montevideo era y es mucho más apto que las bajas y barrosas
costas del lado "argentino", de Ensenada, Quilmes, Buenos Aires o San Fernando. Por eso mismo también,
más allá del "pobrerío" que acompañaba a Artigas, lo cierto es que su Estado Mayor se conformaba con
grandes ganaderos y ricos comerciantes -no faltaban los contrabandistas-, como él mismo lo era” (De Titto;
2015: 48).
Pero la impronta que le ponía Artigas y su amenazante peligrosidad era que su poder se sustentaba sobre
el gauchaje. Don José compartía las practicas, los entretenimientos y las formas de vida de esos gauchos,
despreciados por los hombres de levita de las ciudades capitales. Artigas se entendía también en el lenguaje
de aquellos jinetes rudos de pocas palabras y muchas veces mechadas de guaraní, idioma que según cuentan
manejaba perfectamente el Protector. Se dice que era de estatura media y complexión fornida, le gustaba
de jugar a los naipes, que era lo que muchas veces hacían los gauchos en los fogones por las noches y también
sabía tocar bastante bien el acordeón, la otra cosa que acompañaba a los gauchos en su diversión. Dicen que
Don José iba por las noches de su campamento de fogón en fogón.
La participación popular en las luchas emancipatorias es una rasgo identitario propio del artiguismo. Félix
Luna apunta que "en ninguna región de las provincias insurgentes se llevaría la lucha emancipadora con un
grado tan alto de adhesión popular". Y a renglón seguido subraya: "Solo en la frontera norte, años más tarde,
otro caudillo popular -Martín Güemes- lograría convocar el fervor de los paisanos en torno a la lucha por la
independencia con el mismo éxito conseguido por Artigas en la Banda Oriental" (Luna, 1998).
Artigas iba extendiendo su influencia en la medida en que las provincias se iban constituyendo como tales,
así ocurrió por ejemplo con Entre Ríos y Santa fe, que se separan de Buenos Aires. Artigas también amplía su
influencia hasta Córdoba y hacia las Misiones hasta la frontera con el Paraguay independiente y aislado, al
que tantas veces intento penetrar pero nunca lo consiguió. Con sus intentos se generó un encono del Dr.
Francia hacia el Protector, que, paradójicamente, va a pasar sus últimos días en estas tierras amparado en su
exilio por aquel.
Cuando la situación del Director Supremo se hace insostenible y Alvear renuncia, el 15 de abril de 1815,
asume el poder el Cabildo de Buenos Aires, presidido por Manuel Antonio Escalada, suegro de San Martín y
padre de dos de sus oficiales. Solo dos días después José Díaz “coronel de los Ejércitos de la Patria y
gobernador Intendente de esta provincia por la soberanía de ella” emite una declaración por la que proclama
la autonomía de Córdoba y pone a la nueva provincia bajo la protección de Artigas.

62
“Entre Ríos y Corrientes formalizaron su unión en febrero; el 24 de marzo fue ocupada Santa Fe por tropas
artiguistas; el 29, José Javier Díaz depuso al gobernador Ocampo y colocó a la provincia de Córdoba bajo la
protección del caudillo oriental; otro tanto hizo el gobernador intercadente de Santa Fe, Francisco Antonio
Candioti (2 de abril)” (Sabsay y Pérez Amuchástegui, 1973: 100).
San Martín, gobernador intendente de Cuyo, efectúa un intenso contacto epistolar con todos estos
gobernadores que se enfrentan al tiránico y claudicante gobierno de Alvear.
En abril después de la caída de la fugaz estrella de Alvear se lo nombra en Buenos Aires director supremo
a Rondau (que estaba al frente del Ejercito del Norte), siendo Alvarez Thomas director sustituto.
Son realmente los tiempos del pináculo de la hegemonía de Artigas en el rio de la Plata. Alvarez Thomas
se presenta como un aliado del federalismo artiguista. De hecho adoptó muchas medidas que lo
congraciaban con Artigas y los caudillos provinciales, parándose claramente como un acérrimo opositor al
gobierno anterior de Alvear
Álvarez Thomas comisionó a Bruno Rivarola y a Blas José Pico 23 con el fin de negociar con Artigas.. Pero el
caudillo estaba resuelto a no romper la unidad, y su punto de partida para la negociación fue radicalmente
distinto:
La comisión Pico-Rivarola en junio de 1815 le entrega a Artigas las proposiciones del Directorio. La primera
de ellas es que "Buenos Aires reconoce la independencia de la Banda Oriental del Uruguay, renunciando los
derechos que por el anterior régimen le pertenecían". Era, en síntesis, lo mismo que había propuesto Alvear,
dejando el Paraná como límite oriental del hinterland de Buenos Aires. La propuesta refería que Entre Ríos y
Corrientes se pusieran bajo la protección de uno u otro gobierno según la voluntad de sus pueblos. Eso si que
era no comprender a Artigas. Buenos Aires volvía a equivocarse en el trato con los caudillos. “La Banda
Oriental —postulaba Artigas en esa negociación, a mediados de junio— entra en el rol para formar el Estado
denominado 'Provincias Unidas del Río de la Plata’ (Sabsay y Perez Amuchastegui, 1973: 102).
Artigas rechazó de plano las propuestas del Directorio y propuso hacer un Tratado de Concordia entre el
Ciudadano Jefe de los Orientales y el Gobierno de Buenos Aires en el que reafirmó principios federalistas y,
a la vez, unionistas. El fracaso de la misión Pico-Rivarola precipitó los acontecimientos y obligó al Protector a
una rápida respuesta respecto del futuro de sus relaciones con el gobierno central. En abril, Artigas empieza
a preparar el Congreso de Oriente.
En cada una de las provincias que adherían a la liga de los pueblos libres se procedió a la elección de sus
representantes para el Congreso. Estos contaban con mandatos expresos. Tomemos por ejemplo el
representante de Santa Fe. “El 14 de junio el Cabildo y el gobernador Candioti otorgaron el poder "al

23Pico no era el mejor enviado que podía mandar, de hecho había combatido contra los artiguistas en la Banda Oriental y en Entre
Ríos.

63
Ciudadano Doctor Pasqual Diez de Andino, electo Diputado, para el Congreso de Oriente", para que en
concurso de los Diputados de los demás Pueblos, que allí concurran promueva, proponga, discuta, y sancione
todos los puntos concernientes afijar de una vez el sistema proclamado en esta América de su libertad e
independencia y, la de cada uno de los Pueblos unidos, y en particular la de este, haciendo que se reconozca
por Provincia independiente, con todo el territorio que comprende su jurisdicción en el Continente
Occidental del Río de la Plata, para que establezca, y reconozca la autoridad suprema, que ha de regir a todos
con los límites, y extensión, que convengan a un perfecto gobierno federado, y a la conservación de los
derechos de los Pueblos, y en suma para que en todo cuanto se trate, y promueva en dicho Congreso, relativo
al bien general de todos los Pueblos unidos, y al particular de este, proceda con arreglo a las instrucciones,
que se le han dado, y acordado en acta de este día”.(De Titto; 2015: 143)
“Las instrucciones recibidas por Andino ameritan una mención especial: constan de diez artículos en los
que se explicita el mandato del diputado, que reafirma la idea de "libertad" -autodeterminación- de los
pueblos, respeto a las soberanías provinciales y búsqueda de central -reconociendo al Directorio- pero
denunciando que hasta el momento, "se han usurpado, seducido y defraudado los derechos de los Pueblos"
e indicando que se delegaba en Artigas la posibilidad de aceptar un director "de su agrado" (De Titto; 2015:
143-144)
El 29 de junio se reúne finalmente el Congreso de Oriente con representantes de Entre Ríos, Santa Fe,
Corrientes, Córdoba y Provincia Oriental, también había hombres de las Misiones 24. Allí se nombraron cuatro
diputados para negociar con Buenos Aires. La propuesta del Congreso artiguista era articular una forma de
"unión libre, igual y equitativa", para que, de ese modo, se firmara una "paz sólida y duradera”.
El Congreso de Oriente, celebrado en Arroyo de la China, hoy Concepción del Uruguay, que era por
entonces la capital de Entre Ríos, ha sido uno de los eventos más ninguneados por los historiadores liberales.
En la historiografía oficial se le desconoce por la falta de formalidad del Congreso. En realidad se lo ha
menospreciado porque se apartó de los modelos institucionales europeos que la historia ha legitimado.
Generalmente lo que se hace es ignorarlo como si no hubiera existido. O si se lo toma en cuenta, se procede
a reducirlo a una mera reunión mas entre delegados de caudillos insurrectos. Halperín Donghi ni lo menciona.

24 “Los congregados fueron, al cabo de su desarrollo, Pascual Diez de Andino, proveniente de Santa Fe (Pedro Aldao quedó de modo
nominal); Juan Francisco Cabral, Ángel Vedoya, Serapio Rodríguez, Juan B. Fernández y Sebastián Almirón de diversas localidades de
Corrientes; Andrés Yacabú por las Misiones -es un hecho que, durante agosto al menos, hubo otros representantes aunque no se ha
logrado establecer información precisa-; José Isasa, los doctores José Antonio Cabrera de Cabrera y José Roque Savid (o Savia) y el
presbítero doctor Miguel del Corro enviados por Córdoba; Francisco de Paula Araujo, por Corrientes; el doctor José García de Cossio
en representación del "continente de Entre-Ríos"; Justo Hereñu elegido por la villa de Nogoyá, Entre Ríos y Francisco Martínez, Pedro
Bauzá, Miguel Barreiro y seguramente algunos más de quienes no hay registro porque convivían con Artigas en su campamento, por
la Banda Oriental. Hubo acreditados, en total, entre dieciséis y veinte congresales, aunque, tal vez, hayan sido raras las reuniones en
plenario, sobre todo porque cuatro de ellos fueron de inmediato comisionados a Buenos Aires” (De Titto; 2015: 151).

64
“Ernesto Celesia25 aseguraba que "el llamado Congreso [...] no fue tal cosa; que solo pudo ser en definitiva
una reunión del Protector de los Pueblos Libres con cuatro o cinco representantes de los pueblos de su
protección" ver citar a otro
Ya hemos visto la precariedad de representación o lo flojo de papales de estaban todos los congresos en
cualquier parte de América. Nadie puede discutir seriamente que hubo bajo la conducción de Artigas una
reunión de diputados de seis provincias (por lo menos la mitad de las reconocidas en aquellos tiempos) y que
en ese Congreso se debatió la independencia y se tomaron medidas que implicaban el ejercicio de la
soberanía como normas para el comercio interior y exterior, el trasporte fluvial, los derechos de aduana y el
régimen de tenencia de la tierra. Pero, además no debemos descuidar “las decenas de reuniones previas que
eligieron democráticamente a los congresales, las "instrucciones" o mandato que cada provincia o localidad
dio a sus representantes, el intento del Congreso de tender puentes hacia Buenos Aires a pesar de los
continuos desaires y la propia reacción del Directorio que pone proa en convocar a un Congreso en Tucumán
y, por la negativa, su airada y repetida respuesta militar que será derrotada, son todos hechos que, de modo
innegable, otorgan al Congreso de Oriente o de Arroyo de la China, porque ni siquiera tiene un nombre que
lo identifique con claridad, una importancia decisiva en la historia de la década revolucionaria. Eso, sin
destacar que solo cinco años después el "modelo federal" que engendró la Liga de los Pueblos Libres se
impondría en todas las Provincias Unidas y que Entre Ríos, Corrientes, Misiones, Santa Fe y la Banda Oriental
no solo no fueron a Tucumán sino que jamás juraron la Declaración de Independencia del 9 de julio de 1816”
(De Titto, 2015: 18).
La soberbia y el centralismo porteño del Directorio impidieron concretar acuerdo alguno de unidad. Por
eso Artigas empezó a gobernar el extenso territorio bajo su influencia. Lo hizo con el mismo espíritu
revolucionario con que había comenzado su participación en el proceso emancipatorio. Algunos autores
plantean que va a ser Artigas el primero en plantear y ejecutar una seria reforma agraria en América. En
realidad, Artigas hace un revolucionario reparto de tierras entre los campesinos pero lo hace sobre tierras de
los declarados contrarrevolucionarios, sin dueño o que su dueño es el Estado. Por eso según se lea sus
disposiciones no iban en contra de los intereses de los hacendados que lo acompañaban del mismo modo
que los gauchos. Al mismo tiempo Artigas restablece la obligación para los gauchos sin tierra de conchabarse
so pena de trabajos forzados o leva militar, que es el complemento de responsabilidad al derecho a la tierra
que deviene de una redistribución de tierras muy amplia.

10. La declaración de la independencia de Tucumán. (p. 357/369)

25 Citado por De Titto (2015: 17).

65
I. Circunstancias de la convocatoria a Tucumán.
Una vez en el poder Álvarez Thomas reproduce la política porteñista contra la que se había levantado en
Fontezuela, acabando rápidamente con la luz de esperanza que había encendió. Pero su obra de gobierno
más trascendente fue la convocatoria a un Congreso Constituyente en la ciudad de San Miguel de Tucumán.
Al mismo tiempo que se constituye el Congreso de Tucumán, se va consolidando un gran ejercito
colonialista en el Alto Perú al mando de José de la Serna 26 que en cualquier momento podía dejar la política
de hostigamiento para pasar a la de invasión de los territorios controlados por los patriotas. Pensemos que
Tucumán quedaba a menos de 400 km de donde estaba asentado ese ejército reaccionario. Al mismo tiempo
y aprovechando la ocasión los portugueses invaden la provincia de la Banda Oriental, aunque con un guiño o
por lo menos una inacción manifiesta de Buenos Aires que ve en esta traición por enésima vez la oportunidad
de librarse de Artigas. La situación no podía ser peor. La particularidad que va a tener esta nueva invasión
portuguesa de la Banda Oriental, de julio de 1816, es que las clases dominantes, sobre todo comerciantes
montevideanos, ven como una oportunidad de negocios la ocupación y terminan colaborando con el invasor.
Estas son las condiciones francamente adversas en la que se reunió el Congreso convocado en Tucumán.
Así van llegando los congresales, después de viajar, los que vienen de zonas lejanas por más de tres meses
en carretas de bueyes o los privilegiados que pueden costarla, treinta días en galeras de cuatro caballos. Los
diputados fueron elegidos, a razón de uno por cada cinco mil habitantes de ciudades y villas.
El Congreso de Tucumán abrió sus sesiones el 24 de marzo de 1816. A efectos de desarrollar sus debates
se alquiló una casona colonial que era propiedad de Francisca Bazán de Laguna, y que quedaba cercana a la
Plaza principal. Esta casa que quedará en la historia como la “Casa de Tucumán”. En esa casa se reunieron
33 congresales27 de los cuales: 18 eran doctores en leyes, 11 eran sacerdotes y 4 militares. Tuvieron
representación 14 provincias, 3 de ellas era regiones de la actual Bolivia, el resto de Argentina. Córdoba,

26 En octubre de 1816, Pezuela fue nombrado virrey del Perú en reemplazo de Abascal. Era un tiempo de máximo desligue de las
fuerzas colonialistas en el sur del continente, pero estaba lejos de tener todo controlado. Tenía, en ese momento, tres frentes
abiertos: el primero el del Alto Perú que estaba acosado por la llamada “guerra de Republiquetas” que, en general, mediante el
método de la guerra de guerrillas le impedía consolidar el poder colonialista en la región; en segundo término estaba el fren te de
Chile, que si bien había sido recuperado se esperaba el inminente ataque del ejército que estaba preparando San Martin en Cuyo; y
por último, y quizás el de menor importancia era el de la frontera sur de su virreinato que era más bien un equilibrio inesta ble
sostenido por las guerrillas de Güemes y sus gauchos de la legión infernal.
27 Los diputados y sus respectivas provincias de representación fueron: Tomás Manuel de Anchorena, José Darregueira, Esteban

Agustín Gascón, Pedro Medrano, Juan José Paso, Cayetano José Rodríguez y Antonio Sáenz (Buenos Aires); Manuel Antonio Acevedo
y José Eusebio Colombres (Catamarca); José Antonio Cabrera, Miguel Calixto del Corro, Eduardo Pérez Bulnes y Jerónimo Salguero
de Cabrera y Cabrera (Córdoba); Teodoro Sánchez de Bustamante (Jujuy); Pedro Ignacio de Castro Barros (La Rioja); Tomás Godoy
Cruz y Juan Agustín Maza (Mendoza); Mariano Boedo, José Ignacio de Gorriti y José Moldes (Salta); Francisco Narciso de Laprid a y
Justo Santa María de Oro (San Juan); Juan Martín de Pueyrredón (San Luis); Pedro León Gallo y Pedro Francisco de Uriarte (Santiago
del Estero); Pedro Miguel Aráoz y José Ignacio Thames (Tucumán); José Severo Malabia, Mariano Sánchez de Loria y José Mariano
Serrano (Charcas); José Andrés Pacheco de Meló, y Juan José Fernández Campero (Chichas) y Pedro Ignacio Rivera (Mizque). Tres de
los congresales -Del Corro, Fernández Campero (el ex "marqués de Yavi") y Moldes- no estuvieron presentes en la jornada decisiva
(De Titto; 2015: 220-221).

66
tomo hemos dicho, también estuvo presente, siendo la única que estuvo en los dos Congresos, el de Arroyo
de la China y el de Tucumán. Con la particularidad que José Antonio Cabrera fue diputado en ambos.
En paralelo con el comienzo del Congreso se designa como Director Supremo a Juan Martin de Pueyrredón
uno de los enemigos de Alvear, después de una fuerte disputa entre los porteños y los hombres del interior
que querían imponer al coronel Moldes28.
Pueyrredón llega a una buenos Aires convulsionada por las disputas internas y militares, por la disidencia
del litoral que cada vez se extiende más, por la amenaza de los realistas que ya se extiende por todo el resto
de América de Sur salvo las provincias unidas y la insula paraguaya. Desde la restauración de Fernando,
permanentemente se corren rumores que este va a preparar una fenomenal expedición para poner en
vereda a la díscola colonia con sede en Buenos Aires. Entendiendo esta amenaza es que Pueyrredón
consciente y acompaña la estrategia de San Martin de ir por Chile, pues eso lograba el efecto de dispersar la
atención de las fuerzas colonialistas que se focalizaban por entonces solo en Buenos Aires. En el encuentro
en Córdoba del libertador con el director supremo probablemente se haya arreglado la recomposición de la
antigua logia y la incorporación de Pueyrredón a la misma (con la que se había peleado fuertemente hasta
entonces). Algunos de los miembros alvearistas de la misma encontraron en ella la forma de volver a
instancias de poder.
Con el congreso en funcionamiento se produce un curioso hecho al que ya hemos referido. “Rivadavia
espera en Paris instrucciones de su gobierno y autorización para entrar en España, El 20 de mayo esta en
Madrid; siente escrúpulos para entablar negociaciones propiamente dichas, que son impensables entre un
soberano y sus súbditos fieles; ruega en cambio al rey que se digne “como padre de sus pueblos darles a
entender los términos que han de realizar su gobierno y administración” Esta manifestaciones, como no han
dejado de observar numerosos críticos póstumos, estaban totalmente faltas de dignidad republicana; en
cambio buscaban impulsar al monarca a asumir un compromiso unilateral” (Halperin Donghi, 1982: 108).
La corte madrileña evita asumir ningún compromiso con los que considera insurrectos, Rivadavia habla
en términos de sumisión incondicional y al mismo tiempo corsarios armados por Buenos Aires hacen la vida
imposible a los barcos españoles cerca de Cádiz. El ministro Ceballos dice que Rivadavia tiene una postura
falsa y lo expulsa por falta de arrepentimiento. Cuando esta camino de la expulsión el negociador se entera

28 “Moldes creía contar con el apoyo de Güemes, pero le falló el cálculo. El salteño no comulgó con el artiguismo y prefirió convertirse
en la "cuarta pata" de la independencia, sumando su aporte a los de Belgrano, Pueyrredón y San Martín, que lo hacían desde distintas
latitudes: Moldes quedó sin respaldo político. Los pasos posteriores de Moldes, que no cesaba de enfrentar a la "oligarquía de la
capital", como él llamaba a los porteños, continuaron sacándolo de un problema e ingresando en otro: en 1819 escapó de Chile y
apoyó públicamente los reclamos federalistas del deportado Manuel Dorrego. En 1822 se radicó en Córdoba, bajo el ala protectora
de Juan Bautista Bustos y, a principios de 1824, regresó a Buenos Aires. Pero el 18 de abril falleció súbitamente en condicio nes
extrañas. Se dice que fue envenenado...” (De Titto: 270

67
con sorpresa que desde el 9 de julio su país es independiente del monarca con el que estaba tratando de
negociar.
Antes de estas bizarras negociaciones entre posiciones irreconciliables, embajadores genuflexos que no
se sabe de qué lado del mostrador están y absolutistas intolerantes, el otro enviado de Buenos Aires, se
vuelve para el Rio de la plata. Manuel Belgrano regresa convencido por la coyuntura europea que solo es
posible hacer subsistir al proceso revolucionario si se inviste al mismo de la legitimidad de una monarquía.
No es un cambio en sus convicciones republicanas y progresista, es un principio de realismo político que parte
de una lectura de la coyuntura internacional europea.

II. Las fuerzas políticas que actuaron en Tucumán.


La Declaración de la Independencia, votada por el Congreso reunido en Tucumán el 9 de julio de 1816,
debe ser vista en perspectiva de una acción política que comienza con las revoluciones políticas estalladas
frente a la acefalia del gobierno español. Sin embargo, la ruptura de esa lógica revolucionaria con base en la
libertad (anti absolutista) y la soberanía (reversión en el pueblo de la misma) hasta llegar a una revolución
nacional que tiene en la idea de patria americana o sudamericana su base conceptual en realidad se inicia a
partir de la violencia con que los realistas reaccionaron ante el hecho revolucionario y juntista americano, lo
cual a su vez fue la base para que las fuerzas colonialistas entendieran que había que defender las posesiones
coloniales del Imperio español a capa y espada. La frustrada convocatoria a la Asamblea del año XIII tiene los
límites que tiene –sin llegar ni a la independencia ni a la constitución- porque se suscita aun en el marco de
una disputa española, entre liberales y absolutistas aún no definida, pero también por las tensiones políticas
que empezaron a dominar las disputas propias en el Rio de la Plata entre el centralismo porteño y el
incipiente federalismo. Estas tensiones, sumado al ascenso de la figura de Alvear (fuerza de la restauración)
dejando en minoría a San Martin tanto en la Asamblea como en la Logia, habían empantanado el impulso
independentista. San Martín y sus partidarios eran allí fuerza de la consolidación que aún no asumía la
ruptura, mientras que sus amigos de la Sociedad Patriótica de Monteagudo, hombres de la profundización
presentaron un proyecto de independencia que fue desechado. Pero en Tucumán la correlación de fuerzas
es otra. La tendencia predominante era la de profundización, impulsada por San Martín, que a partir de la
restauración de Fernando VII en el trono estaba definitivamente convencido de la necesidad de la
independencia. Alvear y las fuerzas de restauración prácticamente no tenían ascendencia, mientras que las
fuerzas de consolidación se encarnaban en muchos de los representantes provinciales del interior.
“Es evidente también que la Independencia, como acontecimiento, se promueve bajo el estímulo de la
Revolución dentro del área de los hechos revolucionarios, sin cuyo dinamismo no se hubiese acaso
producido. Hay, pues, una dinámica de la Independencia incita en la idea de la libertad: según la cual la

68
revolución actúa en el papel de mentor político de aquella y ostenta algo así como su tutoría intelectual.
Puede afirmarse, pues, que el hecho de la Independencia aparece embebido en la dialéctica de la Revolución
y resulta potencialmente inseparable de la vigencia o capacidad de penetración de esta. (SANCHEZ
SORONDO, 1990:31)
“El liberalismo es la corriente que empapa la revolución de Mayo, y según la cual la elites criollas (el
patriciado convicto de burguesía) piensan la política e intentan organizar el estado; mas el mito igualitario,
condensación de nuestra primitiva democracia, anida en el corazón de américa interior y echa raíces y se
propaga en los estratos populares que no entienden de letras nuevas sino de cosas vernáculas.” (SANCHEZ
SORONDO,1990:32)
Mientras tanto, lo que quedaba de la Logia desarrollaba una actividad política intensa, logrando
comprometer en su línea a los diputados del Congreso. “Se renovó el planteamiento mirandino de asegurar
la existencia de una nación independiente que contara con recursos económicos amplios, además de la
cohesión nacional y la fuerza militar necesaria para mantener esa independencia; por eso, volviendo a las
postulaciones del Plan Revolucionario de Operaciones y al proyecto presentado por la Sociedad Patriótica en
la Asamblea de 1813, el Congreso asumió la representatividad de todo el subcontinente meridional, Al mismo
tiempo, y con el mismo criterio, se generalizó entre los diputados la convicción de que la única forma de
organizar un Estado de tales dimensiones, sin eliminar las aspiraciones populares, era mediante el
establecimiento de una monarquía constitucional. Precisamente desde comienzos de julio, El Redactor del
Congreso eliminó las referencias a lo “rioplatense” y puso el acento en lo “sudamericano”. El propósito de
unidad continental, por otra parte, era general en los dirigentes de los movimientos revolucionarios
hispanoamericanos: el 6 de setiembre de 1815, en su destierro en Kingston (Jamaica), Bolívar firmaba la
Contestación de un americano meridional a un caballero de esta isla” (Sabsay y Pérez Amuchástegui, 1973:
106).
En el congreso e inspirado por la Logia aparece el planteo de constituir una monarquía. Como
adelantamos con Belgrano no era más que una lectura de la cuestión internacional que hacían los miembros
de la logia. La restauración monárquica era tan fuerte en Europa que pensaban que ningún Estado que no
respondiese a esta lógica podía subsistir en esa coyuntura internacional. Con esto se le restaba uno de los
argumentos principales de la legitimación española para recuperar sus colonias de la mano de sus aliados
absolutistas de todo el viejo continente. Esto fue tomado por la historiografía liberal como un debate de
primer orden, delimitando como si fuera una cuestión de vida o muerte entre republicanos y monárquicos.
Como si los monárquicos fueran una especie de remedo del absolutismo. Muy por el contrario quienes
planteaban la necesidad de un rey creían que este debía ser poco más que una figura decorativa y que

69
fundamentalmente debía estar limitado por una constitución, su modelo político era mucho más la
monarquía constitucional inglesa que el absolutismo restaurado que primaba en la Europa continental.

Habiendo sido invitado por el congreso para exponer sobre las formas de gobierno en la Europa de la
época, en una sesión secreta, Belgrano propone una monarquía constitucional con un heredero de la dinastía
incaica. Ya no se trataba de invocar poéticamente al inca intentando conmover su tumba como una mera
metáfora literaria de López y Planes, cuando escribió. Se trababa de una táctica que iba al corazón de la
legitimidad reconocida en Europa. Y que además jugaba a dos bandas, pues el prestigio del incanato estaba
todavía presente en los pueblos originarios que era mayoría en Perú y en el Alto Perú. La maniobra dotaría
de legitimidad no solo por arriba sino también por abajo 29. Planteaba Belgrano, además que esa monarquía
temperada -en cabeza de un Inca- debía tener su la capital en Cuzco, Ombligo del Mundo y antigua capital
del incario. Esto es una prueba irrebatible de que el debate de Tucumán no era argentino sino sudamericano.
Para no caer en la lectura maniquea que hace la historiografía oficial sobre la contraposición entre
monárquicos y republicanos, hay que entender que así como la Asamblea del año XIII tenía como telón de
fondo el liberalismo de las Cortes de Cádiz y su constitución de 1812, el Congreso de Tucumán tenía como
marco la restauración de las monarquías absolutas, la Santa Alianza y el Congreso de Viena. En esas
circunstancias lo posible aparecía como una monarquía atemperada que subsistía en el modelo inglés y no
la revolución republicana que estaba en franco retroceso en el mundo.
“En una evolución, semejante a la que bajo la influencia napoleónica experimentó en Francia el proceso
revolucionario, los directoriales argentinos buscarían la cobertura monarquías como un recurso salvacionista
de la nueva entidad política a cuyo parto habían asistido y de cuyo destino eran responsables. (...) Las distintas
y tenaces procuraciones monárquicas consideradas a la distancia parecen simples devaneos. Y, sin embargo,
respondieron a una preocupación mucho más sustancial y profunda de cuanto hoy podemos imaginar. No
sólo gravita entre los protagonistas que se encontraron alguna vez con el poder el desencanto generalizado
acerca de nuestra capacidad para el gobierno propio sino también la inquietante convicción de que el mundo
europeo, es decir, la sociedad internacional, jamás aceptaría reconocer nuestra república ni incorporarnos
como a uno de sus miembros”. (Sanchez Sorondo,1990:63)
“Así como el espíritu general de las naciones, en años anteriores, era republicanizarlo todo, en el día se

29“Justamente Serrano, uno de los miembros de la Junta de Observación de 1815, aportó una interesante objeción sobre este tema.
Aunque monarquista, Serrano rechazaba la restauración del trono de los Incas, Fundaba su posición en que la misma idea promovida
no hacía mucho por el cacique Pumacahua en el Cuzco, lejos de producir el resultado que se suponía seguro, que era lograr la
adhesión de los pueblos nativos, había producido el efecto contrario; que uno de los males inmediatos de tal idea era la regencia
interina que forzosamente debía establecerse; que promovería una lucha abierta entre los diversos pretendientes al trono; y subrayó
las dificultades concretas para crear sobre tal base una nobleza. Dedujo, en consecuencia, que ante todo debía priorizarse la tarea
de crear la fuerza militar capaz de derrotar al enemigo” (De Titto; 2015: 258).

70
trata de monarquizarlo todo. La nación inglesa, con el grandor y majestad a que se ha elevado, más que por
sus armas y riquezas, por la excelencia de su constitución monárquico-constitucional, ha estimulado a las
demás seguir su ejemplo. La Francia lo ha adoptado. El rey de Prusia por sí mismo y estando en el pleno goce
de su poder despótico, ha hecho una revolución en su reino, sujetándose a bases constitucionales idénticas
a las de la nación inglesa; habiendo practicado otro tanto las demás naciones. Conforme a estos principios,
en mi concepto, la forma de gobierno más conveniente para estas provincias sería la de una monarquía
temperada, llamando la dinastía de los Incas, por la justicia que en sí envuelve la restitución de esta casa, tan
inicuamente despojada del trono; a cuya sola noticia estallará un entusiasmo general de los habitantes del
interior”. Ese será el planteo de Belgrano 30.
La gran discusión, no era entre republicanos y monárquicos, sino entre los que creían que había que
declarar imperiosamente la independencia y aquellos que seguían mirando a los ingleses esperando el guiño
y la protección de estos para declararse una nación independiente. “De cualquier manera, había entre los
diputados coincidencia plena en que, antes de discutir la forma de gobierno, era preciso decidir la
independencia. Las declaraciones públicas de San Martín, Belgrano, Güemes y, por cierto, Artigas y los
federales todos, coincidían en esa necesidad primordial y urgente” (Sabsay y Pérez Amuchástegui, 1973: 107).
La declaración de la independencia en Tucumán es un hecho revolucionario sudamericano. Por su
contexto internacional, tanto el europeo cuanto americano. Y sobre todo porque es un acto de enorme coraje
nacional, dadas las circunstancias. Aunque para la historiografía liberal la revolución de mayo es la más
importante porque es la inmaculada declaración de revolucionarios liberales, no como el congreso de
Tucumán manchado por los impulsos monárquicos de algunos de los mentores como Belgrano o San Martin,
sin embargo, la relevancia de la declaración de la independencia es realmente mayor, pues implica una
ruptura mucho más profunda no solo con el imperio español sino también con el tutelaje británico de los
tiempos de la revolución.

III. San Martin como político impulsor de la independencia.


El General San Martin sigue pacientemente armando al Ejercito de los Andes en Mendoza. Pero San
Martin es el gobernador de Cuyo y desde su rol político, que concibe principal, desarrolla un intenso papel
durante las deliberaciones del Congreso de Tucumán. Su principal operador en San Miguel de Tucumán es
Tomás Godoy Cruz (diputado por Mendoza). Pero la actividad epistolar del Libertador es intensa y no solo
con su representante.

30 Citado por De Titto (2015: 224).

71
“La serie de misivas que le envía en el primer semestre de 1816 atestiguan que el Libertador “está en
todo” y da línea e instrucciones de modo sistemático. Su insistencia en que se declarara la independencia
tiene una razón práctica muy sencilla: el plan de la campaña libertadora carecía de sentido si no se la hacía
sobre las espaldas de un país independiente. En efecto, la bandera a portar al lanzarse al cruce de los Andes
debía ser la de la independencia de América y, para eso, era imprescindible que las Provincias Unidas
concretaran esa declaración” (De Titto; 2015: 215).
San Martín está preocupado también por que no se concrete en la estructuración del Estado la forma
federal y eso es porque piensa que debe concentrarse el poder para acometer con la tarea principal que es
vencer a las fuerzas realistas. La unidad política y militar, la concentración de los esfuerzos en la lucha es su
horizonte. Por eso es que rechaza hablar de federación y propone como solución provisoria correr la capital
de Buenos Aires hacia otra provincia (en carta a Godoy Cruz 31). Lo cual nos demuestra que el pensamiento
de San Martin estaba muy distante de la política del porteñismo y su particular mirada de la necesidad de
centralismo32.
San Martín apoya a las iniciativas de Belgrano, a que tiene en alta estima pues tal como había escrito
después del encuentro en la Posta de Yatasto: "es el más metódico de los que conozco en nuestra América,
lleno de integridad y talento natural; [...] créame usted que es lo mejor que tenemos en América del Sur".
Pero San Martin a través principalmente de Godoy Cruz se paraba claramente sobre la contradicción
principal: “¡Hasta cuándo esperamos declarar nuestra Independencia! ¿No le parece a usted una cosa bien
ridícula acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional, y por último hacer la guerra al soberano de
quien en el día se cree dependemos? ¿Qué nos falta más que decirlo? Por otra parte ¿qué relaciones
podremos emprender cuando estamos a pupilo? Los enemigos (y con mucha razón) nos tratan de
insurgentes, pues nos declaramos vasallos. [...] ¡Ánimo, que para los hombres de coraje se han hecho las
empresas! Veamos claro, mi amigo: si no se hace, el Congreso es nulo en todas sus partes, porque
reasumiendo este la soberanía, es una usurpación que se hace al que se cree verdadero, es decir, a
Fernandito”. Godoy Cruz le responderá que la declaración "no es soplar y hacer botellas". Y San Martin,

31 Dice textualmente: “¿No sería más conveniente trasplantar la Capital a otro punto, cortando por este medio las justas quejas de
las provincias?”
32 “Sus ideas son similares a las planteadas por Bolívar. En su famoso Discurso de la Angostura, de principios de 1819, y con má s

camino recorrido, el venezolano había sido taxativo: "Abandonemos las formas federales que no nos convencen", idea que ya había
anticipado en su también célebre Carta de Jamaica, de septiembre de 1815, cuando Artigas estaba en el punto más alto de su
popularidad y poder. El modelo político de Bolívar coincide con el que pregonan Belgrano, Pueyrredón y San Martín: “No convengo
en el sistema federal entre los populares [...] por ser demasiado perfecto y exigir virtudes y talentos políticos muy superiores a los
nuestros” (De Titto; 2015: 217). El dilema sudamericano era brillantemente interpretado por el libertador Simón Bolívar: "Una gran
monarquía no será fácil consolidar; una gran república, imposible". Del mismo modo que el federalismo y el centralismo, que fueron
permanentes tensiones en conflicto con la necesaria unidad para enfrentar a los enemigos externos.

72
rápido de reflejos, le responde: “Veo lo que usted me dice sobre el punto de la independencia: no es soplar
y hacer botellas; yo respondo a usted que mil veces me parece más fácil hacerla que el que haya un solo
americano que haga una sola”.
La mano política de San Martin está presente todo el tiempo en el Congreso de Tucumán. Ya desde el
inicio el nombramiento como director supremo al coronel Juan Martín de Pueyrredón (que siendo porteño
obraba de diputado por San Luis –integrante de las provincias de Cuyo que conducía el libertador), fue uno
de los primeros triunfos de la política tejida por San Martín.
En la sesión del 9 de julio se escogió como primera cuestión a considerar el prioritario tema de una
declaración formal de la independencia de las Provincias Unidas. Y así se proclamó. San Martín recibió la gran
noticia en Córdoba, durante su reunión con Pueyrredón. Pero el libertador que siempre iba por más, le
escribió a Godoy Cruz el 16 de julio: “Ha dado el Congreso el golpe magistral con la declaración de la
independencia; solo habría deseado que al mismo tiempo hubiera hecho una pequeña exposición de los
justos motivos que tenemos los americanos para tal proceder; esto nos conciliaría y ganaría muchos afectos
en Europa”.
“A Laprida tocó en suerte ser presidente en la sesión del 9 de julio como podría haber correspondido a
otro diputado, ya que el cargo era rotativo. Pero no parece casual que esa responsabilidad correspondiera,
justamente, a un hombre "de" San Martín” (De Titto; 2015: 242)

IV. El contenido americano de la declaración de la independencia.


La redacción del escrito de la Declaración aprobada estuvo a cargo de José María Serrano con la ayuda
de Juan José Paso.
Este es su texto completo:
“En la benemérita y muy digna ciudad de San Miguel del Tucumán, a nueve días del mes de julio de mil
ochocientos dieciséis, terminada la sesión ordinaria, el Congreso de las Provincias Unidas continuó sus
anteriores discusiones sobre el grande, augusto y sagrado objeto de la independencia de los pueblos que lo
forman. Era universal, constante y decidido el clamor del territorio entero por su emancipación solemne del
poder despótico de los reyes de España. Los representantes, sin embargo, consagraron a tan arduo asunto
toda la profundidad de sus talentos, la rectitud de sus intenciones e intereses que demanda la sanción de la
suerte suya, la de los pueblos representados, y la de toda la posteridad. A su término fueron preguntados si
querían que las provincias de la Unión fuesen una nación libre e independiente de los reyes de España y su
metrópoli. Aclamaron primero, llenos del santo ardor de la justicia, y uno a uno sucesivamente reiteraron su
unánime y espontáneo decidido voto por la independencia del país, fijando en su virtud la determinación
siguiente: Nos, los representantes de las Provincias Unidas de Sud-América, reunidos en congreso general,

73
invocando al Eterno que preside el universo, en el nombre y por la autoridad de los pueblos que
representamos, protestando al cielo, a las naciones y hombres todos del globo la justicia, que regla nuestros
votos, declaramos solemnemente a la faz de la tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas
provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que
fueron despojados, e investirse del alto carácter de nación libre e independiente del rey Fernando VIl, sus
sucesores y metrópoli. Quedar en consecuencia de hecho y de derecho con amplio y pleno poder para darse
las formas, que exija la justicia, e impere el cúmulo de sus actuales circunstancias. Todas, y cada una de ellas,
así lo publican, declaran y ratifican, comprometiéndose por nuestro medio al cumplimiento y sostén de esta
su voluntad, bajo el seguro y garantía de sus vidas, haberes y fama. Comuníquese a quienes corresponda para
su publicación, y en obsequio del respeto que se debe a las naciones, detállese en un manifiesto los gravísimos
fundamentos impulsivos de esta solemne declaración. Dada en la sala de sesiones, firmada de nuestra mano,
sellada con el sello del Congreso, y refrendada por nuestros diputados secretarios: Francisco Narciso de
Laprida, presidente; Mariano Boedo, vicepresidente”.
Como los debates sobre la cuestión monárquica y las operaciones para coronar a algún príncipe extranjero
aún estaba revoloteando la casa de Tucumán, los congresistas se reúnen en sesión secreta diez días después,
el 19 de julio, y amplían un párrafo del acta de la independencia. Donde dice “una nación libre e
independiente de los reyes de España y su metrópoli”, agregan una frase que va a cobrar un sentido mas
importante con los años: “y de toda otra dominación extranjera”. La propuesta es del diputado Pedro
Medrano, abogado nacido en Montevideo pero representante de Buenos Aires y podría atribuirse a una
marcada influencia de José de San Martín.
“Por eso, el Congreso de Tucumán, nacido bajo tan pobres auspicios y pese a sus contumacias
monarquistas, fue por capricho -no importa- del destino, el protagonista ocasional e intempestivo, si se
quiere, del acto más audaz, de nuestra historia: al convocamos a ser independientes no sólo de España, que
sería lo pretérito, sino de toda otra dominación extranjera deja un legado imperecedero, una manda
enderezada hacia el futuro cuya exigencia se acrecienta a medida que discurre el tiempo. Así, pues, no
obstante los deslices pertinaces de esos revolucionarios trastocados en legitimistas de ocasión, la asamblea
de Tucumán testimonia y recepta el genio de la (...) los congresales de Tucumán, sin darse mucha cuenta de
ello, demostraron que la política a el arte de hacer posible lo imposible” (Sánchez Sorondo, 1990: 81).
El acontecimiento del 9 de julio [es] extemporáneo, intempestivo, absurdo, propio de orates. Lo que los
valientes pero prudentes asambleístas del Año XIII no se atrevieron a hacer cuando Fernando estaba en el
exilio y las potencias europeas eran favorables y la situación política, social y militar era tolerable, los
congresales en 1816, cuando todo les era adverso, lo hacen como si fuera algo sencillísimo, natural, obvio,
intrascendente y sin complicaciones algunas.(De Titto; 2015: 241)

74
La memorable declaración dio lugar a variados festejos, en primer lugar en la propia ciudad de Tucumán.
Se hizo un baile en la Casa del Congreso y se determinó la iluminación de las Casas Consistoriales durante
"ocho noches, en regocijo de la sanción y juramento de la independencia de América de la dominación de los
Reyes de España, su Metrópoli y otra nación extranjera". (De Titto; 2015: 232)
Luego de efectuada la declaración el Congreso determino que no solo debía tenerse e imprimirse en
castellano sino que la mitad de las mismas debían hacerse en hacerse en lenguas originarias. Antes del 10 de
agosto ya estaban listas y aprobadas las versiones quechua y aymará escritas por el diputado Serrano. Sin
embargo, De Titto (2015: 233) marca un hecho interesante: “que los diputados del Congreso ignoraron la
posibilidad de hacer ese mismo texto en guaraní -con idéntica dificultad-, que hubiera sido un excelente
modo de acercarse a los pueblos paraguayos, correntinos y de las Misiones”. El predominio de Artigas en
estas tierras es un primer nivel de respuesta a este interrogante planteado pero también la necesidad
imperiosa de expandir el patriotismo hacia el norte en la región todavía controlada por los colonialistas
españoles, de predominante lengua quechua y aymara.
“El Congreso General de las Provincias Unidas del Río de la Plata, reunido en Tucumán, declaró en la
solemne sesión del 9 de julio de 1816 la independencia de las Provincias Unidas en Sud-América. Desde ese
momento, cualquier distrito sudamericano que adhiriera a tal declaración, quedaba de hecho y de derecho
incorporado a la nación sudamericana, cuyo potencial económico y poderío militar habría de protegerlo, El
cambio de designación no fue un accidente —como creen algunos simplistas— sino una decisión categórica
promulgada en el único lugar del subcontinente meridional donde las armas del rey no habían podido ahogar
la revolución. El 1º de agosto el Congreso expidió un Manifiesto de las Provincias Unidas de Sud-América
excitando a los pueblos a la unidad y al orden, qué no estaba destinado sólo a las provincias litoraleñas sino
a toda la América del Sur” (Sabsay y Pérez Amuchástegui, 1973: 107).
El propio proyecto su impronta sudamericana “A fin de que se constituya una forma de gobierno general,
que de toda la América unida en identidad de causa, intereses y objeto constituya una sola nación” (21 de
diciembre de 1816). Tienen razón Sabsay y Perez Amuchastegui (1973: 107) que “sin la definición continental
de la independencia, las campañas libertadoras carecerían de sentido”. Es claro que la visión estratégica y
americanista sanmartiniana estaba atrás de este simple cambio de nombre 33 que implicaba una mirada más

33Nos referimos a usar el nombre de provincias unidas de o en Sudamérica en lugar de usar provincias unidas del rio de la Plata que
es el que se venía llevando hasta entonces. Porque también hubo otro cambio de nombre. “Inusualmente, la declaración alteró el
nombre del país. Mientras el acta declara la emancipación de las Provincias Unidas de Sud América, la fórmula del juramento dice
"Provincias Unidas en Sud América", nombre que no se había utilizado hasta entonces. Esta designación es la que se tuvo en cuenta
en la sesión del mismo Congreso del 22 de abril de 1819 al plantearse la cuestión de dar nombre al país, pues se acordó ese. Tal vez,
pensando en los debates de 1816, se pueda leer acá una intención de los congresales: que la declaración de Tucumán fuera la primera
de una sucesión de otras que independizaran al resto de las colonias españolas de América del Sur, y la voluntad de unificarlas en un
solo país -o federación-, con capital en Cuzco” (De Titto; 2015: 233).

75
abarcativa que el Rio de la Plata o como traducen poco rigurosamente los historiadores oficiales, la
independencia argentina.
Con la declaración de independencia de las provincias unidas de Sudamérica la revolución
hispanoamericana entraba en una nueva y decisiva etapa. Si bien el Río de la Plata era el único foco de
resistencia a la reacción colonialista, lo cierto es que la cuestión nacional ya había madurado en América
meridional lo suficiente como para convertirse en un movimiento profundo que hacia mover las placas
tectónicas del subsuelo de la patria poniéndolo al borde de la sublevación. También las fuerzas patrióticas
había procesado casi definitivamente el hecho que de Inglaterra no había que esperar más apoyo que guiños
relativos y negocios. En consecuencia, los ingleses no deseaban malquistarse con su aliada. En las condiciones
de reflujo crecieron también las alternativas estratégicas por sobre las disputas tacticistas, eso fortaleció el
plan continental del general José de San Martin –que se convertiría en uno de los dos grandes libertadores
continentales- que planteaba que había que ir por el corazón de la reacción pro Española que estaba en Lima.
Aunque el peso todavía existente del artiguismo y la importancia no reconocida históricamente del
Congreso de Oriente hizo que Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos, las Misiones y la Banda Oriental nunca juraran
la independencia de las Provincias Unidas. Desde luego, tampoco participó el Paraguay que desde 1813 se
reconocía como "República". Sin embargo el sentido americano de la declaración de Tucumán era un
sentimiento absolutamente compartido por los pueblos libres34.
La contradicción que parece insalvable entre la monarquía temperada y la república federal, con ser dos
extremos de la teoría política de la época independentista, y posiciones en puga, sin embargo tenían un
punto en común, estabas sustentadas sobe la reivindicación nacional común. Eran, como dicen
acertadamente Sabsay y Perez Amuchastegui (1973: 110): “dos intencionalidades en pugna para el
establecimiento de distintas formas políticas, ambas sustentadas en el carácter nacional hispanoamericano.
Por eso mismo ambas, pese a sus divergencias, eran nacionalistas”.

34“En el Manifiesto que hace a sus paisanos el gobernador de la provincia al dar el Reglamento provisorio para la dirección general,
fechado en Santa Fe el 26 de agosto de 1819, decía Estanislao López: "Mantendremos nuestro estado, y en el fallecimiento de la
guerra civil entraremos al todo de esa gran Nación que esperan ambos mundos”. ¿Cuál era esa “gran Nación”? La respuesta surge
del artículo 19 del Reglamento: "Todo americano es ciudadano” (Sabsay y Pérez Amuchástegui, 1973: 110).

76

También podría gustarte