Conceptualización en Género. Marco Teórico Introductorio. 2021
Conceptualización en Género. Marco Teórico Introductorio. 2021
¿Qué es el Género?1
Es una construcción sociocultural en donde cada sociedad en un momento histórico
determinado asigna roles, funciones, permisos, prohibiciones, diferentes, a partir del dato
biológico de las personas.
Es un decodificador del «significado» que las culturas otorgan a las diferencias de sexos y
evidencian una forma primaria de relaciones sociales de poder (Lamas 1997).
Permite “desnaturalizar” muchas de las diferencias que se atribuyen a mujeres y varones
(atributos, relaciones de poder), y por lo tanto transformarlas.
Género y sexo no son sinónimos, aunque frecuentemente se asiste a esta confusión. El
sexo2 alude a las características biológicas y anatómicas que diferencian a mujeres y
varones. Género3 tampoco equivale a mujer, ya que involucra tanto a mujeres como a
varones, refiriendo a las relaciones de desigualdad y poder entre ambos sexos.
1
Inmujeres 2008, Manual para Capacitadores/as “Curso Cultura Organizacional y Perspectiva de Género en la
Administración Pública”.
2
Sexo refiere a las características biológicas que traemos al nacer y que nos define como un macho o una hembra
(Lamas; 1996).
3
Género: designa los aspectos psicológicos, sociales y culturales que resultan en lo femenino y masculino, es una
construcción social que dice qué es lo propio del varón y de la mujer y se aprende a través de los proceso de
socialización (Lamas; 1996).
Las definiciones sobre género y su estructura de poder que han prevalecido provienen de
diferentes miradas disciplinarias y distintos momentos históricos. Estas concepciones han
sido fuertemente criticadas, principalmente por ser tildadas de dicotómicas varón/ mujer,
masculino/ femenino, dejando de lado otras formas de ser y estar en el mundo como las
personas intersexuales, transgénero, transexuales, etc. Las críticas provienen fundamen-
talmente desde las Teorías Queer quienes profundizan en esta reflexión.
En este sentido, las luchas de los movimientos sociales, los cambios históricos políticos y
de doctrina han sido de fundamental importancia para los temas de género y de avance
en los derechos de las personas.
En este sentido, en Uruguay existe una ley que establece el derecho a la identidad de
género (Ley N° 18620), la cual dispone que todas las personas tienen derecho al libre de-
sarrollo de la personalidad conforme a la propia identidad de género, independientemente
del sexo biológico, genético, anatómico, morfológico, hormonal, de asignación u otro.
Si bien este recorrido conceptual no tiene como objetivo profundizar en los temas de di-
versidad sexual, se hace necesario diferenciar los conceptos que conviven en la dinámica
de género, de forma de no mezclar y entender cada uno de ellos. Asimismo enriquecer,
ampliar y trascender la mirada dicotómica de mujer – varón, de manera de poder com-
prender las distintas dinámicas sociales actuales, así como las políticas públicas existen-
tes.
4
La Población ante el estigma y la discriminación, ANII, 2013
Importa subrayar que la rica y nutrida producción en torno a este campo temático genera-
da en las últimas décadas, y con permanente cambio, aporta desde la diversidad de mira-
das y posturas en la construcción del pensamiento, las políticas y la normativa5.
5
Inmujeres 2008, Manual para Capacitadores/as “Curso Cultura Organizacional y Perspectiva de Género en la
Administración Pública”.
6
Inmujeres, 2011 “Guía para el Diseño de un Diagnóstico Organizacional con perspectiva de género”.
7
Idem.
¿Qué pasa en la vida de las personas todos los días?
Se ve como algo “natural” y “normal” el desempeño de los roles de las mujeres y los
varones, tanto en los hogares, como en el trabajo, en la vida pública, en las relaciones
sociales.
El espacio femenino, es considerado el mundo de las mujeres: el ámbito doméstico,
privado, responsables de los cuidados y la reproducción humana.
El espacio masculino, es considerado el mundo de los varones: el ámbito público, del
trabajo remunerado, de las decisiones políticas, económicas importantes, de las
instituciones. Las sociedades dicen, que las personas deben de comportarse de
determinada manera de acuerdo al sexo que habitan, de forma de ser aceptadas
socialmente.
Estos mensajes se transmiten de forma permanente, muchas veces de forma inconsciente
e indirecta. Se generan ideas de lo que “deben ser” varones y mujeres, de lo que es
“propio” de cada sexo y de lo que “se espera de cada persona” en función del sexo que
habite. Por ejemplo de las mujeres se espera que sean buenas madres, delicadas,
sensibles, que se ocupen y sean responsables de las tareas del hogar (en todas sus
dimensiones), que trabajen de forma remunerada sin descuidar “sus responsabilidades”,
entre otras. De los varones se espera que sean fuertes, que tengan un buen trabajo, que
sean exitosos en el mundo público, económico y político, que no demuestren mucho sus
sentimientos, que sean competitivos y proveedores de los hogares, entre otras.
Es interesante pensar y analizar como a partir de esta diferenciación, en los roles de
género, se han atribuido derechos, responsabilidades, espacios de desarrollo, restricciones
y recompensas diferentes para cada sexo.
La socialización de género
es el proceso mediante el cual
desde que se nace, se
aprende en permanente
intercambio con la sociedad, a
desempeñar el rol de género
que la cultura asigna al sexo
de cada persona.
Marta Lamas establece que uno de los objetivos de los movimientos feministas que
impulsó el uso de la categoría de género, fue de índole político para “distinguir que las
características humanas consideradas “femeninas” eran adquiridas por las mujeres
mediante un complejo proceso individual y social, en vez de derivarse “naturalmente” por
su sexo” (1997; 327). En tal sentido, los estereotipos de género son representaciones,
generalizaciones, ideas o imágenes de lo femenino y lo masculino que realizan las
sociedades en un momento histórico y un lugar geográfico determinado, en donde estas
versiones “simplificadas” de la realidad, cargadas de “valores” son contadas en un sistema
patriarcal, y son “naturalizadas” como propias, por el solo hecho de nacer “hembra” o
“macho”.
8
Inmujeres 2011, Manual de Capacitación. Modelo de Intervención Territorial con Análisis Socioeconómico y de Género
en los Proyectos de Desarrollo.
9
Inmujeres 2011, Manual de Capacitación. Modelo de Intervención Territorial con Análisis Socioeconómico y de Género
en los Proyectos de Desarrollo.
La forma en que se regulan dichas representaciones, pautan los roles que le son
asignados y asignadas a mujeres y varones.
Los roles de género son un conjunto de tareas, comportamientos, funciones y
responsabilidades aprendidas que generan expectativas, y/o exigencias sociales y
subjetivas. Asimismo se estructuran socialmente, se aprenden, son dinámicos y están
influenciados por la clase social, la edad, la religión y la pertenencia étnica de las
personas10.
En este sentido se establecen “modelos” hegemónicos de ser varón y ser mujer, los cuales
se transforman en lo que cotidianamente escuchamos como modelos de Feminidad y
Masculinidad. Estos se sostienen y construyen sobre categorías opuestas y dicotómicas: se
asigna a los varones el rol de proveedor, de desarrollo en el mundo público, político y
económico, tomar decisiones importantes y del “ser para sí”; contrariamente se asigna y
restringe a las mujeres el rol reproductivo biológico y social, el mundo de los afectos y del
cuidado de otras personas, el “ser para otras personas”.
Mas adelante se desarrolla cada ámbito, espacio atribuido socialmente, pero antes es
necesario comprender la mirada desde las masculinidades, para luego poder realizar un
análisis de género completo. En este sentido explicitar de forma introductoria que se
entiende por masculinidades y sus formas de expresión desde lo social.
10
Idem.
Introducción a las masculinidades:
En este marco de análisis desde una perspectiva de género, es importante dimensionar
sobre el concepto de masculinidades y sus implicancias. Se las define como un proceso de
construcción social que establece un conjunto de prácticas, valores, atributos, funciones y
conductas que se consideran “propias” del varón en una cultura y contexto determinado.
Asimismo, hablar de masculinidades no es hacer referencia únicamente a los varones y
sus prácticas y roles, sino que implica reconocer y analizar un sistema estructural basado
en relaciones de poder, en donde las personas son una dimensión más, de la gran
estructura patriarcal y androcéntrica11.
Incluir esta mirada enriquece la perspectiva de género, en el sentido que género incluye
las relaciones entre las personas, no solo las situaciones de las mujeres. Por tanto desde
las masculinidades se puede analizar y comprender el modelo patriarcal y la socialización
que viven también los varones inmersos en los sistemas de género, específicamente la
construcción social e histórica en un momento y lugar determinado que se realiza sobre
ellos.
En la cultura occidental persiste una forma hegemónica de socialización, asociada a ciertas
formas de poder, la cual privilegia y legitima a determinadas formas de “ser hombre”,
marcando y delimitando otros estilos como inadecuados, inferiores y que cuestionan ese
“ser hombre”12.
Este modelo ha devenido en establecer los distintos ámbitos de la vida cotidiana, los
cuales determinan una forma de división de roles y tareas en función del sexo.
Las masculinidades refieren a la convivencia de múltiples modelos de masculinidad que no
solo varían de una cultura a otra, de un momento histórico a otro, sino también dentro de
una sociedad y a lo largo de la vida de las personas. La masculinidad hegemónica es el
modelo exaltado culturalmente en un contexto y se constituye como parámetro para
ordenar, premiar, castigar y definir a las masculinidades dominantes (Connel, 1997).
Existen también masculinidades marginadas, subordinadas, cómplices y desafiantes, que
surgen como resultado de la intersección del orden de género con otros clivajes como
clase, generaciones y clase social.
Así como la categoría género, las masculinidades no son estados homogéneos sino que
encierran divisiones internas, tensiones y contradicciones entre prácticas y deseos.
Además son dinámicas, ya que se crean en contextos históricos específicos y pueden ser
objeto de modificaciones, reconstrucciones y sustituciones. De hecho, existen
masculinidades llamadas contra-hegemónicas que van en contra de los privilegios
otorgados y valorados socialmente.
11
Inmujeres, 2016 Cuadernos del Sistema de Información de Género (SIG) N°6 “Construcción de la Masculinidad
hegemónica: una aproximación a su expresión en cifras”
12
Idem.
Los varones construyen su masculinidad dentro de esquemas de oposición a lo femenino,
Badinter establece que los “hombres” afirman de tres maneras su identidad masculina:
para ser un “verdadero hombre”: no son mujer (ni “femenino”), no son bebés y no son
homosexuales.
La masculinidad
hegemónica es el modelo
exaltado culturalmente en un
contexto y se constituye
como parámetro para
ordenar, premiar, castigar y
definir a las masculinidades
dominantes (Connel, 1997).
Existen también
masculinidades marginadas,
subordinadas, cómplices y
desafiantes, que surgen
como resultado
de la intersección del orden
de género con otros clivajes como clase, generaciones y clase social.
La autora especialista en género Bareiro resalta que “la diversidad de pensamientos tiene
consecuencias en la distribución del poder, de la riqueza, de la cultura, de las
oportunidades, porque en última instancia, la visión que prima en una sociedad se traduce
en la forma de gobernar y de relacionarse” (2005; 45). Y en tal sentido, se podría decir
que la visión que prima en nuestra sociedad, en cuanto al análisis y estudio de la realidad,
es el androcentrismo13, el cuál generaliza el pensamiento a través de una mirada
masculina, sobre las relaciones sociales, la producción de cultura, de ciencia, de política y
economía, y genera parámetros legitimados socialmente, que han marcado una forma de
pensamiento y relación entre las personas.
13
El Androcentrismo es un sistema de pensamiento que a su supuesta neutralidad, se refiere esencialmente a los
hombres, como sujetos sociales de poder y define a las mujeres como objetos complementarios de los hombres. Es
una concepción que genera un modelo de organización social jerárquico, puesto que toma como referencia universal al
hombre y establece una jerarquía de éste con respecto a la mujer, en la que ésta se encuentra subordinada. Este
modelo asocia al hombre con la “razón” de orden superior, y a la mujer con la “naturaleza” de orden inferior
(Asociación de mujeres jóvenes; mujeres en red; el período feminista; www.mujeresenred.net ).
categoría de análisis y una
perspectiva.
En este sentido, esta categoría incluye muchos aspectos de la realidad, del contexto y de
las interacciones entre las personas y analizar desde una perspectiva de género implica
hacerlo desde la complejidad de las relaciones sociales de poder, tomando las dimensiones
que la atraviesan.
En palabras de García Prince, analizar desde esta perspectiva permite “(…) la comprensión
de que la desigualdad que se apoya en la jerarquía existente entre varones y mujeres, es
el fundamento del sistema de relaciones de poder que consolida la subordinación de las
mujeres en todos los órdenes de la vida personal y colectiva y que se expresa en normas,
valores, paradigmas de identidad y prácticas culturales que sostienen la discriminación”
(2008; 14).
Por tanto, el género es una
expresión de las relaciones
de poder en todas las
prácticas y relaciones
sociales y analizar desde
una perspectiva de género,
tomándola como un
principio y un modelo de
intervención social, permite
obtener información sobre
las relaciones entre
mujeres y varones e
identificar y hacer visible
los mecanismos de poder
que influyen en estas
relaciones, para poder
plantear estrategias de
acción para revertir esta
realidad y caminar hacia la igualdad de oportunidades entre mujeres y varones.
Este recorrido realizado permite visualizar a continuación las consecuencias que produce
la estructura de género expuesta anteriormente, analizar cómo los procesos de
socialización diferenciados, las distintas valoraciones sociales que se realizan de las
personas, los ámbitos de desarrollo y la división sexual del trabajo, determinan y
establecen desigualdades estructurales de género.
Es importante diferenciar:
La noción de Igualdad se ha visto enriquecida por las corrientes del SXX que han
identificado y reivindicado la valoración y validación de las diferencias y/o la
diversidad, incorporando el valor del trato diferencial a los/as desiguales para
asegurar la igualdad real y permitir la igualdad de oportunidades y derechos entre
mujeres y varones a pesar de no ser seres idénticos14.
La equidad es un medio o un instrumento para la igualdad, está fuertemente
vinculada a la idea de justicia en la distribución de los beneficios y
responsabilidades y considera que varones y mujeres tiene necesidades y poderes
diferentes y que deben ser analizados de forma de reconstruir un equilibrio entre
ellos/ellas15.
Las desigualdades sociales son producto de múltiples factores que históricamente han
tenido que ver con la situación económica, política, y social de los países. Analizar las
desigualdades desde una perspectiva de género implica poner de manifiesto las distancias
que existen entre varones y mujeres para acceder a determinados bienes y recursos
reconocidos y valorados socialmente. Estas brechas de acceso persisten en diversos
ámbitos y se ven reflejadas en la vida cotidiana de muchas personas, en especial de las
mujeres, denominándose brechas de género.
Estas brechas de género pueden ser analizadas como las consecuencias concretas de
discriminaciones tanto directas o indirectas, y éstas pueden ser el resultado de acciones,
decisiones y/o hechos no planificados con intención de generar una desventaja real16.
Se podría decir que estas construcciones sociales y sus características asignadas (a varón
o mujer) en sí mismas, no reflejan desigualdades, porque las personas no somos iguales,
el problema se manifiesta cuando las sociedades le ponen valor a esas características,
cuando unas tienen más valor (social y económico) que otras, y se asocian como
inherentes a un sexo y operan unas en detrimento de las otras17.
14
Inmujeres, 2011 “Guía para el Diseño de un Diagnóstico Organizacional con perspectiva de género”.
15
Inmujeres 2011, Manual de Capacitación. Modelo de Intervención Territorial con Análisis Socioeconómico y de Género
en los Proyectos de Desarrollo.
16
Inmujeres, 2011 “Guía para el Diseño de un Diagnóstico Organizacional con perspectiva de género”.
17
“Dime lo que haces y te diré cuanto vales”; el género atribuye ciertas destrezas y habilidades tanto para varones
como mujeres, con determinadas responsabilidades y tareas, que varían según el momento histórico y el lugar, las
cuales son valoradas de forma distinta por las sociedades (González, Alesina; 2010;42).
Para la autora, la categoría de género es uno de los principales instrumentos de análisis de
las condiciones que viven las mujeres en relación a los varones en cualquier tipo de
sociedad, en los procesos sociales, en los procesos de desarrollo, en los procesos de
política entre otros (de la Cruz; 1998).
La valoración social que se hace de cada uno de los roles productivos y reproductivos es
diferente, atribuyendo más valor y poder a las funciones productivas, que implican la
generación de ingresos económicos al hogar y menor valor a las funciones reproductivas,
que aparecen como un trabajo invisible, que no se valora monetariamente.
La distribución de roles y tareas según el sexo de las personas, se conoce como la
división sexual del trabajo, la cual implica que el ámbito de lo doméstico, el privado o
“reproductivo” esté a cargo y sea asumido como el lugar de desarrollo “natural” de las
mujeres, en tanto el ámbito de lo público, lo “productivo”, del trabajo remunerado sea el
ámbito propio de los varones18.
En este sentido los varones han ocupado el rol de “proveedores” de los hogares, y las
mujeres el rol de “amas de casa”, siendo el lugar ocupado de por los varones como aquel
más prestigioso y valorado socialmente.
Si bien, se pueden percibir cambios en las formas de comportamiento de varones y de
mujeres, y de presencia sostenida de las mujeres en el ámbito productivo, los varones no
han pasado con la misma presencia al mundo reproductivo. En este sentido las mujeres
desempeñan y desarrollan la doble y triple jornada laboral, en donde solo una de ellas
(productiva) es una tarea remunerada.
se llama modelo hegemónico en general, a aquel que se impone desde lo social y a partir
del cual se miden los comportamientos de las personas.
Para Gómez, tal división adjudica la responsabilidad principal por el trabajo remunerado
(trabajo productivo – ámbito público) a los varones, mientras que el trabajo que se realiza
18
Inmujeres, 2011 “Guía para el Diseño de un Diagnóstico Organizacional con perspectiva de género”.
en los hogares y en la comunidad, el no remunerado (trabajo reproductivo – ámbito
privado) se asigna a las mujeres.
Para la autora, dicha división sexual ha sido reconocida en la mayoría de los países, como
uno de los fundamentos de la subordinación económica y social de las mujeres. Sostiene
que pese a ser un soporte indispensable del trabajo productivo - remunerado, el trabajo
no remunerado ha permanecido invisible en términos de su aporte al desarrollo económico
y social de los países, teniendo como efecto que las mujeres se encuentren en situación
de desventaja frente a poder acceder a recursos económicos y prestaciones de protección
social (Gómez; 2008).
Relevar y cuantificar el trabajo no remunerado que realizan las mujeres debería ser
tomada en cuenta, en las estadísticas y economía del país, para visibilizar y dar cuenta del
aporte económico y social que realizan las mujeres: el trabajo invisible históricamente,
no remunerado, para el sostén diario y reproducción de la sociedad toda.
La encuesta mostró la carga global del trabajo del país y dio cuenta que un 49% del
trabajo corresponde al ámbito familiar – privado, el cual queda por fuera del mercado, de
lo económicamente redituable para el país. Además demostró que las mujeres dedican
73% de su tiempo al trabajo no remunerado y el 35% al trabajo remunerado, mientras
que los varones dedican 27% al trabajo no remunerado y el 65% al trabajo remunerado
(INE; 2008).
Estos datos, a partir del indicador de la carga global del trabajo, no solo evidencian un
tema de injusticia y desigualdad social para las mujeres, sino que demuestran una
clara división sexual del trabajo en nuestro país, ya que las mujeres se ocupan
mayoritariamente de las tareas en el ámbito familiar, son las responsables de llevar
adelante, el trabajo no remunerado, inclusive trabajando en la actividad remunerada,
porque el hecho de salir al ámbito público a trabajar, no las ha absuelto de los roles
socialmente asignados en razón de su sexo (doble y triple jornada).
Estas exigencias y el tiempo real que le implica a las mujeres el trabajo no remunerado –
reproductivo, determina en términos generales la incorporación de las mismas al mercado
de trabajo (Batthyány; 2012).
Estos datos continúan mostrando la situación de desigualdad que viven las mujeres, así
mismo analizar cómo se agrava para las mujeres más pobres, ya que se encuentran
sobrecargadas en las tareas del hogar, con menos tiempo para capacitarse, por tanto
menos posibilidades de acceder al trabajo formal. Esta situación y realidad relevada, pone
en evidencia que la desigual distribución de las tareas a la interna del hogar, afecta en
mayor medida a las mujeres, las cuales sufren las consecuencias en la permanencia y
acenso en el mercado laboral. Asimismo, la participación en el mercado laboral es
diferencial para varones y mujeres a medida que aumenta la cantidad de niños/as
pequeños/as en los hogares. Mientras que los varones aumentan su tasa de actividad con
presencia de niños/as, para las mujeres baja su tasa de actividad en el mercado laboral,
pero aumentan las horas de trabajo no remunerado en los hogares (Estadísticas de género
SIG; 2011). Para el período 2009, si bien la tasa de actividad femenina se muestra
consolidada y en crecimiento, ya que una de cada dos mujeres es activa económicamente
y para aquellas mayores de cincuenta años alcanzan un 71% de la actividad19, las mujeres
continúan segregadas en ocupaciones de baja calidad, aisladas de puestos gerenciales 20 y
con salarios significativamente más bajos que el de los varones21.
19
Extraídos de PP Desigualdades de Género en el Uruguay. Modulo I Las Desigualdades en el Trabajo (2012), UDELAR
DGPP.
20
Se hace referencia al techo de cristal en los salarios femeninos: “entendido como una barrera invisible que impide a
las mujeres acceder a la cima de los escalones jerárquicos, con su correlato en el distanciamiento de los salarios con
respecto al de los varones” (SIG N°2; 2010).
21
En Uruguay se han encontrado evidencias de la presencia de discriminación a través del estudio de la brecha
promedio entre salarios femeninos y masculinos, en donde, si bien la brecha salarial ha tendido a reducirse, el
componente de discriminación se ha mantenido (Rivas y Rossi, 2000) en SIG N°2; 2010.
del fenómeno, por tanto, trascender la unidad de análisis “hogar”, en la medida de la
pobreza, implica visibilizar el trabajo no remunerado que es realizado en su mayoría por
las mujeres en los hogares (Scuro; 2009), así como también medir los ingresos propios de
las mujeres, revela una dimensión central para la medición de la pobreza, ya que limita la
libertad y el poder de decisión de las mujeres (Estadísticas de género SIG; 2011).
22
Inmujeres 2009, Glosario Modelo de calidad con equidad de género.
injusticia estructural sostenida. En este sentido, problematizar los cuidados desde una
perspectiva de género, ha posicionado el tema desde un marco de derechos.
Los cuidados han sido una actividad realizada históricamente por las mujeres, se
caracterizan por ser una actividad que implica un trabajo invisibilizado y naturalizado
socialmente (Trabajo No remunerado) lo cual genera desigualdades sociales y barreras en
el goce de derechos de las mujeres. Se podría decir que en Uruguay se viene buscando
una transformación en la distribución de responsabilidades de cuidado entre Estado,
familias, mercado y comunidad y entre varones y mujeres, en este sentido un primer paso
ha sido que los cuidados sean reconocidos como un derecho de la población (a ser cuidado
y elegir si cuidar o no). De todas maneras la organización social del cuidado en Uruguay
aún se presenta y recae en las familias, específicamente en las mujeres que la
integran(Aguirre, 2003). Esta situación es evidenciada como se ha visto por los datos de
las Encuestas de Uso del Tiempo 2007 y 2013, y de laEncuesta de Representaciones
Sociales del Cuidado, 2011 (Batthyány, Genta, & Perrotta, 2013).
En las nuevas concepciones del desarrollo rural en América Latina se ve más allá de la
consideración de la mitigación de la pobreza y se orienta hacia una visión de lo regional y
la sostenibilidad, no sólo de recursos naturales, sino también económicos, de política,
social y cultural. También se incorpora el concepto de empoderamiento de las
comunidades campesinas, buscando que las poblaciones rurales y las distintas
organizaciones se doten de poder para que puedan ejercitar sus derechos frente al Estado.
La nueva concepción de desarrollo rural tiene también presente la necesidad de la
incorporación de una perspectiva de equidad de género y de la participación de los
distintos actores sociales en los diferentes procesos y proyectos de desarrollo.23
Estas actividades son llevadas a cabo dentro de un territorio que funciona como su
principal fuente de recursos naturales y de materias primas, soporte de sus actividades y
receptor de residuos. El medio rural está articulado al conjunto de la sociedad mediante
una compleja red de relaciones y de intercambios permanentes de personas, recursos,
mercancías e información. En su funcionamiento intervienen reglas de juego aportadas
por instituciones públicas y privadas que son enriquecidas, complementadas o modificadas
por la propia población rural a partir de sus intercambios y negociaciones socio-culturales,
políticas y económicas.
Desde esta mirada amplia a lo rural, se plantean nuevas funciones a sus espacios, entre
las que se encuentran: pluriactividad, multiempleo, usos agrarios no-alimentarios,
espacios para actividades de esparcimiento y recreación al aire libre, equilibrio ecológico y
producción de recursos y servicios ambientales, establecimiento de agroindustrias y
empresas manufactureras, equilibrio territorial, entre otros.
Sin desconocer ni olvidar las dificultades existenciales de los varones que habitan las
zonas rurales del país, es necesario resaltar que la mayoría de las mujeres (sin importar
su momento de ciclo de vida) viven en una situación contextual mucho más dramática y
desigual.
23
Mujeres rurales y nueva ruralidad en Colombia1 MARÍA ADELAIDA FARAH Q.2 EDELMIRA PÉREZ C.3 El medio rural y la nueva
ruralidad
sociedades y las culturas. Esta división de tareas generó inequidades sociales,
económicas, políticas, estéticas, otras.
Se fue configurando así un poder socio-político androcéntrico y excluyente en
organizaciones humanas que, sin duda, empezaron a valorar, de manera diferencial,
procesos y actividades socialmente necesarias y a adscribir unas (las más valoradas) a los
hombres y otras (las menos valoradas) a las mujeres. Estas situaciones, de carácter
objetivo, se fueron combinando con rasgos de personalidad (sumisa, paciente, obediente,
complaciente, etc.) y expectativas de roles (gestación, crianza, cuidado y atención de
otros) contenidas en las representaciones de género que orientan nuestras relaciones,
distribuciones y asignaciones en los ámbitos micro, meso y macro social.24
24
Luna Azul no.27Manizales Jul./Dec. 2008 PROCESOS Y DINÁMICAS RURALES1 Una lectura desde el enfoque de
género.
llamado que hace Rosa Inés Ospina (1998; 320):
"... en el largo plazo será necesario garantizar un modelo de desarrollo sostenible con
rostro tanto de mujer como de hombre, en el cual la vigencia de la Justicia Social implique
compatibilizar dos principios básicos: el de la redistribución y el del reconocimiento, sin
permitir que el uno reduzca o contenga al otro, como valor moral de igualdad para los
seres humanos. No podrá haber justicia social si sólo existe redistribución de los activos
disponibles en la sociedad, ni tampoco bastará con que se reconozcan las especificidades y
diferencias entre lo masculino y femenino".
Específicamente en el
Artículo 5º, establece
la responsabilidad del
Estado, “El Estado será
responsable de diseñar
e implementar políticas
de sensibilización,
educativas y de
supervisión, para la
prevención del acoso
sexual laboral y
docente, tanto en el
ámbito público como
en el privado.”
en las personas;
en el Estado;
en la sociedad.
Es importante señalar el efecto que produce en las personas, ya que pueden ser
señales que expresen las personas con las cuales se trabaja de forma cotidiana:
Efecto del acoso sexual sobre la persona acosada genera daño. Pueden haber afectaciones
a nivel físico y de salud mental, con consecuencias negativas sobre el entorno familiar y
sobre el propio puesto de trabajo:
Inseguridad o inquietud en el trabajo.
Sentimiento de estar en un entorno intimidatorio.
Tendencia a querer quitarle importancia al hecho, justificándolo de alguna manera.
Sentimiento de ser tratadas y tratados como objetos sexuales, sin tener en cuenta
su valía personal o profesional.
Tensión en el trabajo y miedo a determinadas situaciones y a quien les acosa.
Sentimiento de impotencia ante su situación y ante la humillación que sienten.
Sentimiento de culpabilidad.
Aversión, irritabilidad, malestar, intimidación, incomodidad, desánimo, confusión,
etc.
Desarrollo de estrés tanto físico como emocional.
Dificultad en hacer público el acoso que están sufriendo.
Ausentismo por enfermedad.
Algunas de las consecuencias que puede producir el estar viviendo una situación de ASL:
Depresión y ansiedad: dolores de cabeza, lesiones musculares, problemas de
estómago, insomnio, subida de la tensión, úlceras, náuseas, etc.
La atención a personas que han sufrido acoso, ha posibilitado un acercamiento a su
experiencia y a las consecuencias que ha generado en sus vidas, lo cual ha
permitido extraer ciertos elementos comunes en ellas:
Suelen percibir su situación como una experiencia tensa, con temores, en la que se
sienten impotentes y humilladas.
Siempre pasan por un momento en el que deben decidir si renunciar a su empleo o
seguir en la misma situación.
Quienes han sufrido acoso, generalmente, se han encontrado con obstáculos en el
momento de contar lo que les estaba sucediendo o cuando lo han denunciado.
En algunas formas de acoso, hay cierta tendencia a quitarle importancia y a
minimizar la conducta de la persona que acosa.
Una vez la víctima del acoso es consciente de que lo está sufriendo y plantea
realizar una denuncia, se encuentra en:
la tesitura de decidir cuál es el momento adecuado, (si lo hace demasiado pronto
puede perder credibilidad por considerar que se ha apresurado y, si lo hace
demasiado tarde, puede ser criticada por haber consentido ese comportamiento)
Este tipo de conductas del entorno, dificultan mucho más saber cómo actuar, lo que
lleva a que en ciertos casos se opte por no denunciar. Las razones para no
denunciar suelen ser:
No querer que se considere que está dramatizando.
No tener claro el límite entre una relación normal que se establece en el trabajo y
cuándo ésta pasa a ser abuso.
Estar acostumbrada a callarse ante pequeñas ofensas como pueden ser las bromas.
Reacciones del entorno de trabajo:
La falta de credibilidad de la persona que lo denuncia y la búsqueda de “otras
razones” en la denuncia como pueden ser la venganza o el rencor.
La Culpabilización de la persona víctima del acoso, por considerar que con su
actitud ha provocado la situación de acoso.
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Departamento de Formación .
Inmujeres MIDES.
Febrero 2021.