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EL ORGULLO

RELIGIOSO CASTIGADO
(CAP. 3)
En este capítulo tenemos la historia de la colosal estatua de
oro hecha por Nabucodonosor, para ser adorada. Tenemos tam-
bién una consecuencia de eso: la historia de los tres jóvenes
creyentes en el horno de fuego.
1. La estatua y su inauguración (3,1-3). La estatua del capí-
tulo 2 fue en sueño; esta es real. Tenía sesenta codos de altura
— casi 29 metros. (El codo babilónico tenía más o menos 48
cm). Todo aquí era a base de seis, indicando cosas puramente
humanas. (Véanse 1 Samuel 17.4 y Apocalipsis 13.18, donde
también sobresale el número humano.)
El lugar de la estatua: Dura. El arqueólogo Oppert, que
hizo excavaciones en las ruinas de Babilonia, en 1854, halló el
pedestal de una colosal estatua, en un lugar llamado Duair (¿sería
Dura?), que puede haber sido las ruinas de la gigantesca estatua
de oro de Nabucodonosor, que tal vez fuera una imagen de él
mismo.

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2. La orden de adoración de la imagen del rey y la obedien-
cia de los pueblos (3.4). Tenemos aquí la tentativa de una religión
mundial de apariencias, de exterioridades. Algo para ver (v. 3);
algo para oír (v. 5), pero nada para satisfacer el alma.
Esos jóvenes creyentes del libro de Daniel afrontaron dos
grandes peligros:
1) Contaminación con cosas materiales, pero con efectos
espirituales (la comida del rey — 1.5); y
2) Contaminación con cosas espirituales (religión falsa —
3.5).
3. El crimen de la intolerancia religiosa (3.6). Un infame
ejemplo de eso son los horrores de la Inquisición, instituida por
la Iglesia Romana en el Concilio de Tolosa, en 1229. Entre los
años 1540 y 1570 ese tribunal mató a novecientos mil cristianos.
En la célebre Noche de San Bartolomé, en Francia, el 24 de
agosto de 1572, la Inquisición mató a setenta mil cristianos.
4. Los jóvenes hebreos denunciados (3.8-12). La prisa del
impío en denunciar el justo: “En aquel tiempo” (v. 8). Tal vez
haya sido envidia el motivo de la acusación. Por el relato se ve
que Daniel no estaba presente, tal vez estuviera viajando o en-
fermo.
5. Los males de la ira (3.13-18). La ira del rey lo cegó, de
modo que cometió grandes errores como:
a. Utilizar a los hombres más fuertes del ejército para atar a
tres mansos hebreos (v. 20).
b. Calentar demasiado el horno, lo que abreviaría el sufrimiento
de los tres jóvenes. (Si es que quería prolongar y multiplicar sus
sufrimientos, tendría que usar menos fuego — v. 19).
c. El horno supercalentado consumió a los soldados más
fuertes del rey.
d. El contrasentido del rey en cuanto a Dios. En 2.47 en-
grandece a Dios, ahora lo desafía (v. 15). Así hace el hombre
que no controla su ira.
He aquí algunas advertencias y consejos bíblicos para el
hombre iracundo: Proverbios 14.17,29; 19.19; 22.14; 29.22; San-
tiago 1.19,20.

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6. Paz, firmeza y confianza en Dios ante el peligro (3.17,18).
Eso vemos en los tres creyentes hebreos. El Señor Jesús legó su
paz a sus seguidores: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Juan
14.27). Judas se quedó con la bolsa; los soldados, con la túnica;
el ladrón moribundo, con el perdón; Juan, con la madre de
Jesús, pero los discípulos, en todos los tiempos, se quedaron
con su paz.
7. Continúa la ira del rey (3.19-23). Antes el rey estaba
“con ira y con enojo” (v. 13), pero ahora “se llenó de ira” (v.
19). La ira es así: si no se le controla, se transforma en cólera
ciega e insensata: “Deja la ira y desecha el enojo; no te excites
en manera alguna a hacer lo malo” (Sal 37.8) — ¡Ahí está la
advertencia divina!
8. “apagaron fuegos impetuosos” (Heb 11.34). Eso vemos
en el caso de esos tres jóvenes creyentes (3.24,25). Era la pre-
sencia de Dios allí, por medio de la fe. (Léanse Isaías 43.1,2;
Mateo 28.20; Hebreos 13.5.)
9. Salvos EN el horno, no DEL horno (3.26). Dios no nos
promete librar siempre de la angustia, pero estará con nosotros
en la angustia, si tenemos que pasar por ella (Sal 91.15).
Salvos EN el horno fue un milagro mayor que salvos DEL
horno. Es el caso de Lázaro. El milagro de su resurrección fue
mayor que el de su sanidad (Juan 11.44).
10. Ángeles — los ingenieros del universo (3.28). Sí, ellos
controlan las fuerzas y los elementos de la naturaleza (Ap 71;
14.18; 16.5).
11. Un decreto extraño (3.29). Un decreto sobre blasfemia
contra Dios; sobre hablar mal de Dios, ¡y por un rey pagano!
Hemos visto que los “tiempos de los gentiles” comenzaron
con la adoración de imágenes, y de ese modo también termina-
rá (Mt 24.15; Ap 13.8,11). Para los creyentes, la Palabra de Dios
advierte: “Guardaos de los ídolos” (1 Juan 5.21). En la vida del
cristiano, un ídolo es todo aquello que toma el lugar y el tiempo
que pertenecen a Dios.

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