Hobbes - El Leviatán (Recorte)
Hobbes - El Leviatán (Recorte)
CAPITULO XIII
De la CONDICION NATURAL del Género Humano, en lo que Concierne a su Felicidad y su Miseria
L a Naturaleza ha hecho a los hombres tan iguales en las facultades de cuerpo y del espíritu que, si
bien un hombre es, a veces, evidentemente, más fuerte de cuerpo o más sagaz de Hombres
entendimiento que otro, cuando se considera en conjunto, la diferencia entre hombre iguales por
naturaleza
y hombre no es tan importane que uno pueda reclamar, a base de ella, para sí mismo,
un beneficio cualquiera al que otro no pueda aspirar como él. En efecto, por lo que
respecta a la fuerza corporal, el más débil tiene bastante fuerza para matar al más fuerte, ya sea
TE
mediante secretas maquinaciones o confederándose con otro que se halle en el mismo peligro que él
se encuentra.
En cuanto a las facultades mentales (si se prescinde de las artes fundadas sobre las
palabras, y, aun éstos en muy pocas cosas, ya que no se trata de una facultad innata, o nacida con
nosotros, ni alcanzada, como la prudencia, mientras perseguimos algo distinto) yo encuentro aún una
igualdad más grande, entre los hombres, que en lo referente a la fuerza. Porque la prudencia no es
EN
sino experiencia; cosa que todos los hombres alcanzan por igual, en tiempos iguales, y en aquellas
cosas a las cuales se consagran por igual. Lo que acaso puede hacer increíble tal igualdad, no es
sino un vano concepto de la propia sabiduría, que la mayor parte de los hombres piensan poseer en
más alto grado que el común de las gentes, es decir, que todos los hombres con cexcepción de ellos
mismos y de unos pocos más a quienes reconocen su valía, ya sea por la fama de que gozan o por la
coincidencia con ellos mismos. Tal es en efecto, la naturaleza de los hombres que si bien reconocen
que otros son más sagaces, más elocuentes o más cultos, difícilmente llegan a creer que haya
FU
muchos tan sabios como ellos mismos, ya que cada uno ve su propio talento a la mano, y el de los
demás hombres a distancia. Pero esto es lo que mejor prueba que los hombres son en este punto
más bien iguales que desiguales. No hay, en efecto y de ordinario, un signo más claro de distribución
igual de una cosa, que el hecho de que cada hombre esté satisfecho con la porción que le
corresponde.
De la igualdad De esta igualdad en cuanto a la capacidad se deriva la igualdad de
procede la esperanza respecto a la consecución de nuestros fines.Esta es la causa de que si
desconfianza dos hombres desean la misma cosa, y en modo alguno pueden disfrutarla ambos, se
O
siembra, construye o posee un lugar conveniente, cabe probablemente esperar que vengan otros,
con sus fuerzas unidas, para desposeerle y privarle, no sólo del fruto de su trabajo, sino también de
su vida o de su libertad. Y el invasor, a su vez, se encuentra en el mismo peligro con respecto a otros.
De la
Dada esta situación de desconfianza mutua, ningún procedimiento tan
desconfianza la razonable existe para que un hombre se proteja a sí mismo, como la anticipación, es
guerra decir, el dominar por medio de la fuerza o por la astucia a todos los hombres que
pueda, durante el tiempo preciso, hasta que ningún otro poder sea capaz de
TE
amenazarle. Esto no es otra cosa sino lo que requiere su propia conservación, y es generalmente
permitido. Como algunos se complacen en contemplar su propio poder en los actos de conquista,
prosiguiéndolos más allá de lo que su seguridad requiere, otros, que en diferentes circunstancias
serían felices manteniéndose dentro de límites modestos, si no aumentan su fuerza por medio de la
invasión, no podrán subsistir, durante mucho tiempo, si se sitúan solamente en plan defensivo. Por
consiguiente siendo necesario, para la conservación de un hombre, aumentar su dominio sobre los
semejantes, se le debe permitir también.
Además, los hombres no experimentan placer ninguno (sino, por el contrario, un gran
desagrado) reuniéndose, cuando no existe un poder capaz de imponerse a todos ellos. En efecto,
cada hombre considera que su compañero debe valorarlo del mismo modo que él se valora a sí
mismo. Y en presencia de todos los signos de desprecio o subestimación, procura naturalmente, en
la medida en que puede atreverse a ello (lo que entre quienes no reconocen ningún poder común que
los sujete, es suficiente para hacer que se destruyan uno a otro), arrancar una mayor estimación de
sus contendientes, infligiéndoles algún daño, y de los demás por el ejemplo.
Así hallamos en la naturaleza del hombre tres causas principales de discordia. Primera, la
competencia; segunda, la desconfianza; tercera, la gloria.
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La primera causa impulsa a los hombres a atacarse para lograr un beneficio; la segunda,
para lograr seguridad; la tercera, para ganar reputación. La primera hace uso de la violencia para
convertirse en dueña de las personas, mujeres, niños y ganados de otros hombres; la segunda para
defenderlos; la tercera, recurre a la fuerza por motivos insignificantes, como una palabra, una sonrisa,
una oponión distinta, como cualquier otro signo de subestimación, ya sea directamente en sus
personas o de modo indirecto en su descendencia, en sus amigos, en su nación, en su profesión o en
su apellido.
Con todo ello es manifiesto que durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder
común que los atemorice a todos, se hallan en la condición o estado que se denomina guerra; una
Fuera del Estado guerra tal que es la de todos contra todos. Porque la GUERRA no consiste en
civil hay siempre batallar, en el acto de luchar, sino que se da durante el lapso de tiempo en que la
guerra de cada
uno contra todos voluntad de luchar se manifiesta de modo suficiente. Por ello la noción del tiempo
debe ser tenida en cuenta respecto a la naturaleza de la guerra, como respecto a la
naturaleza del clima. En efecto, así como la naturaleza del mal tiempo no radica en uno o dos
chubascos, sino en la propensión a llover durante varios días, así la naturaleza de la guerra consiste
TE
no ya en la lucha actual, sino en la disposición manifiesta a ella durante todo el tiempo en que no hay
seguridad de lo contrario. Todo el tiempo restante es de paz.
Por consiguiente, todo aquello que es consustancial a un tiempo de guerra, durante el cual
cada hombre es enemigo de los demás, es natural también en el tiempo en que los hombres viven sin
otra seguridad que la que su propia fuerza y su propia invención pueden proporcionarles. En una
Son incomodidades situación semejante no existe oportunidad para la industria, ya que su fruto es
de una guerra incierto; por consiguiente no hay cultivo de la tierra, ni navegación, ni uso de los
EN
semejante artículos que pueden ser importados por mar, ni construcciones confortables, ni
instrumentos para mover y remover las cosas que requieren mucha fuerza, ni
conocimiento de la faz de la tierra, ni cómputo del tiempo, ni artes, ni letras, ni sociedad; y lo que es
peor de todo, existe continuo temor y peligro de muerte violenta; y la vida del hombre es solitaria,
pobre, tosca, embrutecidada y breve.
A quien no pondere estas cosas puede parecerle extraño que la Naturaleza venga a disociar
y haga a los hombres aptos para invadir y destruirse mutuamente; y puede ocurrir que no confiando
FU
en esta inferencia basada en las pasiones, desee, acaso, verla confirmada por la experiencia. Haced,
pues, que se considere a sí mismo; cuando emprende una jornada, se procura armas y trata de ir
bien acompañado; cuando va a dormir cierra las puertas; cuando se halla en su propia casa, echa la
llave a sus arcas; y todo esto aun sabiendo que existen leyes y funcionarios públicos armados para
vengar todos los daños que le hagan. ¿Qué opinión tiene, así, de sus conciudadanos, cuando
cabalga armado; de sus vecinos, cuando cierra sus puertas; de sus hijos y sirvientes, cuando cierra
sus arcas? ¿No significa esto acusar a la humanidad con sus actos, como yo lo hago con mis
O
palabras? Ahora bien, ninguno de nosotros acusa con ello a la naturaleza humana. Los deseos y
otras pasiones del hombre no son pecados, en sí mismos; tampoco lo son los actos que de las
pasiones proceden hasta que consta que una ley las prohibe: que los hombres no pueden conocer
las leyes antes de que sean hechas, ni puede hacerse una ley hasta que los hombres se pongan de
XT
no exista un poder común que temer, pues el régimen de vida de los hombres que antes vivían bajo
un gobierno pacífico, suele degenerar en una guerra civil.
Ahora bien, aunque nunca existió un tiempo en que los hombres particulares se hallaran en
una situación de guerra de uno contra otro, en todas las épocas, los reyes y personas revestidas con
autoridad soberana, celosos de su independencia, se hallan en estado de continua enemistad, en la
situación y postura de los gladiadores, con las armas asestadas y los ojos fijos uno en otro. Es decir,
con sus fuertes guarniciones y cañones en guardia en las fronteras de sus reinos, con espías entre
sus vecinos, todo lo cual implica una actitud de guerra. Pero como a la vez defienden también la
industria de sus súbditos, no resulta de esto aquella miseria que acompaña a la libertad de los
hombres particulares.
En
En esta guerra de todos contra todos, se da una consecuencia: que nada puede
semejante ser injusto. Las nociones de derecho e ilegalidad, justicia e injusticia están fuera de
guerra nada lugar. Donde no hay poder común, la ley no existe: donde no hay ley, no hay justicia. En
es injusto la guerra, la fuerza y el fraude son las dos virtudes cardinales. Justicia e injusticia no
son facultades ni del cuerpo ni del espíritu. Si lo fueran, podría darse en un hombre que
estuviera solo en el mundo, lo mismo que se dan sus sensaciones y pasiones. Son, aquéllas,
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cualidades que se refieren al hombre en sociedad, no en estado solitario. Es natural también que en
dicha condición no existan propiedad ni dominio, ni distinción entre tuyo y mío; sólo pertenece a cada
uno lo que puede tomar, y sólo en tanto que puede conservarlo. Todo ello puede afirmarse de esa
miserable condición en que el hombre se encuentra por obra de la simple naturaleza, si bien tiene
una cierta posibilidad de superar ese estado, en parte por sus pasiones, en parte por su razón.
Las pasiones que inclinan a los hombres a la paz son el temor a la muerte, el
Pasiones que
inclinan los
deseo de las cosas que son necesarias para una vida confortable, y la esperanza de
hombres a la obtenerlas por medio del trabajo. La razón sugiere adecuadas normas de paz, a la
paz cuales pueden llegar los hombres por mutuo consenso. Estas normas son las que, por
otra parte, se llaman leyes de naturaleza: a ellas voy a referirme, más paticularmente,
en los dos capítulos siguientes.
CAPITULO XIV
De la Primera y de la Segunda LEYES NATURALES, y de los CONTRATOS
TE
E L DERECHO DE NATURALEZA, lo que los escritores llaman comúnmente jus naturale, es la
libertad que cada hombre tiene de usar su propio poder como quiera, para la conservación de su
propia naturaleza, es decir, de su propia vida; y por consiguiente, para hacer todo aquello que su
porpio juicio y razón considere como los medios más aptos para logar eser fin.
Por LIBERTAD se entiende, de acuerdo con el significado propio de la
palabra, la ausencia de impedimentos externos, impedimentos que con frecuencia Qué es la libertad
EN
reducen parte del poder que un hombre tiene de hacer lo que quiere; pero no puden
impedirle que use el poder que le resta, de acuerdo con lo que su juicio y razón le dicten.
Ley de naturaleza (lex naturalis) es un precepto o norma general, estalecida por la razón, en
virtud de la cual se prohíbe a un hombre hacer lo que puede destruir su vida o privarle de los medios
de conservarla; o bien, omitir aquello mediante lo cual piensa que pueda quedar su vida mejor
preservada. Aunque quienes se ocupan de estas cuestiones acostumbran confundir jus y lex,
derecho y ley, precisa distinguir estos términos, porque el DERECHO consiste en la libertad de hacer
FU
o de omitir, mientras que la LEY determina y obliga a una de esas dos cosas. Así, la ley y el derecho
difieren tanto como la obligación y la libertad, que son incompatibles cuando se refieren a una misma
materia.
La condición del hombre (tal como se ha manifestado en el capítulo precedente) es una
condición de guerra de todos contra todos, en la cual cada uno está gobernado por su propia razón,
no existiendo nada, de lo que pueda hacer uso, que no le sirva de instrumento para proteger su vida
contra sus enemigos. De aquí se sigue que, en semejante condición, cada hombre tiene derecho a
hacer cualquier cosa, incluso en el cuerpo de los demás. Y, por consiguiente, mientras persiste ese
O
derecho natural de cada uno con respecto a todas las cosas, no puede haber seguridad para nadie
(por fuerte o sabio que sea) de existir durante todo el tiempo
que ordinariamente la Naturaleza permite vivir a los hombres. De aquí resulta un precepto o regla
XT
general de la razón, en virtud de la cual, cada hombre debe esforzarse por la paz, La ley fundamental de
mientras tiene la esperanza de lograrla; y cuando no puede obtenerla, debe buscar naturaleza
y utilizar todas las ayudas y ventajas de la guerra. La primera frase de esta regla
contiene la ley primera y fundamental de naturaleza, a saber: buscar la paz y seguirla. La segunda, la
suma del derecho de naturaleza, es decir: defendernos a nosotros mismos, por todos los medios
posibles.
De esta ley fundamental de naturaleza, mediante la cual se ordena a los hombres que
TE
Segunda ley de tiendan hacia la paz, se deriva esta segunda ley: que uno acceda, si los demás
naturaleza consienten también, y mientras se considere necesario para la paz y defensa de sí
mismo, a renunciar este derecho a todas las cosas y a satisfacerse con la misma
libertad, frente a los demás hombres, que les sea concedida a los demás con respecto a él mismo.
En efecto, mientras uno mantenga su derecho de hacer cuanto le agrade, los hombres se encuentran
en situación de guerra. Y si los demás no quieren renunciar a ese derecho como él, no existe razón
para que nadie se despoje de dicha atribución, porque ello más bien que disponerse a la paz
significaría ofrecerse a sí mismo como presa (a lo que no está obligado ningún hombre). Tal es la ley
del Evangelio: Lo que pretendáis que los demás os hagan a vosotros, hacedlo vosotros a ellos. y esta
otra ley de la humanidad entera: Quod tibi fieri non vis, alteri ne feceris.
Renunciar un derecho a cierta cosa es despojarse a sí mismo de la libertad Qué es renunciar un
de impedir a otro el beneficio del propio derecho a la cosa en cuestión. En efecto, derecho
quien renuncia o abandona su derecho, no da a otro hombre un derecho que este
último hombre no tuviera antes. No hay nada a que un hombre no tenga derecho por naturaleza:
solamente se aparta del camino de otro para que éste pueda gozar de su propio derecho original sin
obstáculo suyo, y sin impedimento ajeno. Así que el efecto causado a otro hombre por la renuncia al
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derecho de alguien, es, en cierto modo, disminución de los impedimentos para el uso de su propio
derecho originario.
Se abandona un derecho bien sea por simple renunciación o por
transferencia a otra persona. Por simple renunciación cuando el cedente no se Qué es la renuncia a un
derecho
preocupa de la persona beneficiada por su renuncia. Por TRANSFERENCIA
Qué es transferencia cuando desea que el beneficio recaiga en una o varias personas determinadas.
de un derecho Cuando una persona ha abandonado o transferido su derecho por cualquiera de
estos dos modos, dícese que está OBLIGADO o LIGADO a no impedir el beneficio resultante a aquel
a quien se concede o abandona el derecho. Debe aquél, y es su deber, no hacer nulo por su voluntad
este acto. Si el impedimento sobreviene, prodúcese INJUSTICIA o INJURIA, puesto que es sine jure,
ya que el derecho se renunció o transfirió anteriormente. Así que la injuria o injusticia, en las
controversias terrenales, es algo semejante a lo que en las disputas de los escolásticos se llamaba
absurdo. Considérase, en efecto, absurdo al hecho de contradecir lo que uno mantenía inicialmente:
así, también, en el mundo se denomina injusticia e injuria al hecho de omitir voluntariamente aquello
que en un principio voluntariamente se hubiera hecho. El procedimiento mediante el cual alguien
TE
renuncia o transfiere simplemente su derecho es una declaración o expresión, mediante signo
voluntario o suficiente, de que hace esa renuncia o transferencia, o de que ha renunciado o
transferido la cosa a quien la acepta. Estos signos son o bien meras palabras o simples acciones; o
(como a menudo ocurre) las dos cosas, acciones o palabras. Unas y otras cosas son los LAZOS por
medio de los cuales los hombres se sujetan y obligan: lazos cuya fuerza no estriba en su propia
naturaleza (porque nada se rompe tan fácilmente como la palabra de un ser humano), sino en el
temor de alguna mala consecuencia resultante de la ruptura.
EN
No todos los Cuando alguien transfiere su derecho, o renuncia a él, lo hace en
derechos son consideración a cierto derecho que recíprocamente le ha sido transferido o por
alienabilidad de los algún otro bien que de ello espera. Trátase, en efecto, de un acto voluntario, y el
inalienables
objeto de los actos voluntarios de cualquier hombre es algún bien para sí mismo.
Existen, así, ciertos derechos, que a nadie puede atribuirse haberlos abandonado o transferido por
miedo de palabras u otros signos. En primer término, por ejemplo, un hombre no puede renunciar al
derecho de resistir a quien le asalta por la fuerza para arrancarle la vida, ya que es incomprensible
FU
que de ello pueda derivarse bien alguno para el interesado. Lo mismo puede decirse de las lesiones,
la esclavitud y el encarcelamiento, pues no hay beneficio subsiguiente a esa tolerancia, ya que nadie
sufrirá con paciencia ser herido o aprisionado por otro, aun sin contar con que nadie puede decir,
cuando ve que otros proceden contra él por medios violentos, si se proponen o no darle muerte. En
definitiva, el motivo y fin por el cual se establece esta renuncia y transferencia de derecho no es otro
sino la seguridad de una persona humana, en su vida, y en los modos de conservar ésta en forma
que no sea gravosa. Por consiguiente, si un hombre, mediante palabras u otros signos, parece
O
oponerse al fin que dichos signos manifiestan, no debe suponerse que así se lo proponía o que tal
era su voluntad, sino que ignoraba cómo debían interpretarse tales palabras y acciones.
Qué es La mutua transferencia de derechos es lo que los hombres llaman CONTRATO.
contrato
Existe una diferencia entre transferencia del dereho a la cosa, y transferencia o
XT
tradición, es decir, entrega de la cosa misma. En efecto, la cosa puede ser entregada a la vez que se
transfiere el derecho, como cuando se compra y se vende con dinero contante y sonante, o se
cambian bienes o tierras. también puede ser entregada la cosa algún tiempo después.
Por otro lado, uno de los contratantes, a su vez puede entregar la cosa convenida y dejar que
el otro realice su prestación después de transcurrido un tiempo determinado, durante
Qué es pacto o
convenio
el cual confía en él. Entoces, respecto del primero, el contrato se llama PACTO o
CONVENIO. O bien ambas partes pueden contratar ahora para cumplir después: en
TE
SEGUNDA PARTE
DEL ESTADO
CAPITULO XVII
De las Causas, Generación y Definición de un ESTADO
L a causa final, fin o designio de los hombres (que naturalmente aman la libertad y el dominio sobre
los demás) al introducir esta restricción sobre sí mismos (en la que los vemos
vivir formando Estados) es el cuidado de su propia conservación y, por El fin del Estado
es
añadifura, el logro de una vida más armónica; es decir, el deseo de abandonar esa particularmente
miserable condición de guerra que, tal como hemos manifestado, es consecuencia la seguridad
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necesaria de las pasiones naturales de los hombres, cuando no existe poder visible que los tenga a
raya y los sujete, por temor al castigo, a la realización de sus pactos y a la observancia de las leyes
de naturaleza establecidas en los capítulos XIV y XV.
Las leyes de naturaleza (tales como las de justicia, equidad, modestia, Que no se obtiene
piedad , y en suma, la de haz a otros lo que quieras que otros hagan para ti) son, por la ley de
por sí mismas, cuando no existe el temor a un determinado poder que motive su naturaleza
observancia, contrarias a nuestras pasiones naturales, las cuales nos inducen a la parcialidad, al
orgullo, a la venganza y a cosas semejantes. Los pactos que no descansan en la espada no son más
que palabras, sin fuerza para proteger al hombre, en modo alguno. Por consiguiente, a pesar de las
leyes de naturaleza (que cada uno observa cuando tiene la voluntad de observarlas, cuando puede
hacerlo de modo seguro) si no se ha instituido un poder o no es suficientemente grande para nuestra
seguridad, cada uno fiará tan sólo, y podrá hacerlo legalmente, sobre su propia fuerza y maña, para
protegerse contra los demás hombres. En todos los lugares en que los hombres han vivido en
pequeñas familias, robarse y expoliarse unos a otros ha sido un comercio, y lejos de ser reputado
contra la ley de naturaleza, cuanto mayor era el botín obtenido, tanto mayor era el honor. Entonces
los hombres no observaban otras leyes que las leyes del honor, que consistían en abstenerse de la
TE
crueldad, dejando a los hombres sus vidas e instrumentos de labor. Y así como entonces lo hacían
las familias pequeñas, así ahora las ciudades y reinos, que no son sino familias más grandes,
ensanchan sus dominios para su propia seguridad, y bajo el pretexto de peligro y temor de invasión, o
de la asistencia que puede prestarse a los invasores, justamente se esfuerzan cuanto pueden para
someterse o debilitar a sus vecinos, mediante la fuerza ostensible y las artes secretas, a falta de otra
garantía; y en edades posteriores se recuerdan con honor tales hechos.
EN
No es la conjunción de un pequeño número de hombres lo que da a los Estados esa
Ni de la conjunción seguridad, porque cuando se trata de reducidos números, las pequeñas adiciones
de unos pocos de una parte o de otra hacen tan grande la ventaja de la fuerza que son suficientes
individuos o para acarrear la victoria, y esto da aliento a la invasión. La multitud suficiente para
familias
confiar en ella a los efectos de nuestra seguridad no está determinada por un
icerto número, sino por comparación con el enemigo que tememos, y es suficiente cuando la
superioridad del enemigo no es de una naturaleza tan visible y manifiesta que le determine a intentar
FU
el acontecimiento de la guerra.
Y aunque haya una gran multitud, si sus acuerdos están dirigidos
según sus particulares juicios y particulares apetitos, no puede esperarse de Ni de una gran multitud,
a menos que esté
ello defensa ni protección contra un enemigo común ni contra las mutuas dirigida por un criterio
ofensas. Porque discrepando las opiniones concernientes al mejor uso y
aplicación de su fuerza, los individuos componentes de esa multitud no se
ayudan, sino que se obstaculizan mutuamente, y por esa oposición mutua reducen su fuerza a la
nada; como consecuencia, fácilmente son sometidos por unos pocos que están en perfecto acuerdo,
O
sin contar con que de otra parte, cuando no existe un enemigo común, se hacen guerra unos a otros,
movidos por sus particulares intereses. Si pudiéramos imaginar una gran multitud de individuos,
concordes en la observacia de la justicia y de otras leyes de naturaleza, pero sin un poder común
XT
para mantenerlos a raya, podríamos suponer igualmente que todo el género humano hiciera lo
mismo, y entonces no existiría ni sería preciso que existiera ningún gobierno civil o Estado, en
absoluto, porque la paz existiría sin sujeción alguna.
Tampoco es suficiente para la seguridad que los hombres desearían ver
Y esto,
continua- establecida durante su vida entera, que estén gobernados y dirigidos por un solo criterio,
mente durante un tiempo limitado, como en una batalla o en una guerra. En efecto, aunque
obtengan una victoria por su unánime esfuerzo contra un enemigo exterior, después,
TE
cuando ya no tienen un enemigo común, o quien para unos aparece como enemigo, otros lo
consideran como amigo, necesariamente se disgregan por la diferencia de sus intereses, y
nuevamente decaen en situación de guerra.
Es cierto que determinadas criaturas vivas, como las abejas y las Por qué ciertas criaturas
hormigas, viven en forma sociable una con otra (por cuya razón Aristóteles sin razón ni uso de la
las enumera entra las criaturas políticas) y no tienen otra dirección que sus palabra, viven, sin
particulares juicios y apetitos, ni poseen el uso de la palabra mediante la cual embargo, en sociedad,
sin un poder coercitivo.
una puede significar a otra lo que considera adecuado para el beneficio
común: por ello, algunos desean inquirir por qué la humanidad no puede hacer lo mismo. A lo que
contesto:
Primero, que los hombres están en continua pugna de honores y dignidad y las mencionadas
criaturas no, y a ello se debe que entre los hombres surja, por esta razón, la envidia y el odio, y
finalmente la guerra, mientras que entre aquellas criaturas no ocurre eso.
Segundo, que entre esas criaturas, el bien común no difiere del individual, y aunque por
naturaleza propenden a su beneficio privado, procuran, a la vez, por el beneficio común. En cambio,
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elhombre, cuyo goce consiste en compararse a sí mismo conlos demás hombres, no puede disfrutar
otra cosa sino lo que es eminente.
Tercero, que no teniendo estas criaturas, a diferencia del hombre, uso de razón, no ve, ni
piensan que ven ninguna falta en la administración de su negocio común; en cambio, entre los
hombres, hay muchos que se imaginan a sí mismos más sabios y capaces para gobernar la cosa
pública que el resto; dichas personas se afanan por reformar e innovar, una de esta manera, otra de
aquella, con lo cual acarrean perturbación y guerra civil.
Cuarto, que aun cuando estas criaturas tienen voz, en cierto modo, para darse a entender
unas a otras sus sentimientos, les falta este género de palabras por medio de las cuales los hombres
pueden manifestar a otros lo que es Dios, en comparación con el demonio, y lo que es el demonio en
comparación con Dios, y aumentar o disminuir la grandeza aparente de Dios y del demonio,
sembrando el descontento entre los hombres, y turbando su tranquilidad caprichosamente.
Quinto, que las criaturas no pueden distinguir entre injuria y daño, y, consiguientemente,
mientras están a gusto, no son ofendidas por sus semejantes. En cambio el hombre se encuentra
más conturbado cuando más complacido está, porque es entonces cuando le agrada mostrar su
TE
sabiduría y controlar las acciones de quien gobierna el Estado.
Por último, la buena inteligencia de esas criaturas es natural; la de los hombres lo es
solamente por pacto, es decir, de modo artificial. No es extraño, por consiguiente, que (aparte del
pacto) se requiera algo más que haga su convenio constante y obligatorio; ese algo es un poder
común que los mantenga a raya y dirija sus acciones hacia el beneficio colectivo.
El único camino para erigir semejante poder común, capaz de defenderlos La generación
contra la invasión de los extranjeros y contra las injurias ajenas, asegurándoles de tal de un Estado
EN
suerte que su propia actividad y por los frutos de la tierra puedan nutrirse a sí mismos
y vivir satisfechos, es conferir todo su poder y fortaleza a un hombre o a una asamblea de hombres,
todos los cuales, por pluralidad de votos, puedan reducir sus voluntades a una voluntad. Esto
equivale a decir: elegir un hombre o una asamblea de hombres que represente su personalidad; y
que cada uno considere como propio y se reconozca a sí mismo como autor de cualquiera cosa que
haga o promueva quien representa su persona, en aquellas cosas que conciernen a la paz y a la
seguridad comunes; que, además, sometan sus voluntades cada uno a la voluntad de aquél, y sus
FU
juicios a su juicio. Esto es algo más que consentimiento o concordia; es una unidad real de todo ello
en una y la misma persona, instituida por pacto de cada hombre con los demás, en forma tal como si
cada uno dijera a todos: autorizo y transfiero a este hombre o asamblea de hombres mi derecho de
gobernarme a mí mismo, con la condición de que vosotros transferiréis a él vuestro derecho, y
autorizaréis todos sus actos de la misma manera. Hecho esto, la multitud así unida en una persona
se denomina ESTADO, en latín, CIVITAS. Esta es la generación de aquel gran LEVIATAN, o más
bien (hablando con más reverencia), de aquel dios mortal, al cual debemos, bajo el Dios inmortal,
O
nuestra paz y nuestra defensa. Porque en virtud de esta autoridad que se el confiere por cada
hombre particular en el Estado, posee y utiliza tanto poder y fortaleza, que por el terror que inspira es
capaz de conformar las voluntades de todos ellos para la paz, en su propio país, y para la mutua
ayuda contra sus enemigos, en el extranjero. Y en ello consiste la esencia del Estado,
Definición de
XT
Estado
que podemos definir así: una persona de cuyos actos se constituye en autora una gran
multitud mediante pactos recíprocos de sus miembros con el fin de que esa persona
pueda emplear la fuerza y medios de todos como lo juzgue conveniente para asegurar la paz y
defensa común. El titular de esta persona se denomina SOBERANO, y se dice que tiene poder
soberano; cada uno de los que le rodean es SUBDITO suyo. Qué es
Se alcanza este poder soberano por dos conductos. Uno por la fuerza natural, soberano
como cuando un hombre hace que sus hijos y los hijos de sus hijos le estén sometidos, y súbdito
TE
siendo capaz de destruirlos si se niegan a ello; o que por actos de guerra somete sus anemigos a su
voluntad, concediéndoles la vida a cambio de esa sumisión. Ocurre el otro procedimiento cuando los
hombres se ponen de acuerdo entre sí, para someterse a algún hombre o asamblea de hombres
voluntariamente, en la confianza de ser protegidos por ellos contra todos los demás. En este último
caso puede hablarse de Estado político, o Estado por institución, y en el primero de Estado de
adquisición.
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