Las Funciones Comunicativas
Las Funciones Comunicativas
Fernando G. Rodríguez
Aunque la introducción al tratamiento de la pragmática está dada en nuestra asignatura por el texto 11.1,
donde Jakobson recoge el esquema clásico del hecho comunicativo -tal como lo planteara la informática- para luego
ensayar una distribución de las funciones del lenguaje, la intención de este autor no era sino enseguida trabajar con
cierta hondura una función particular, la poética, de forma que aquí, compensatoriamente, nos explayaremos de
forma ampliatoria sobre las restantes. Hay que formular a esto dos aclaraciones: (1) los distintos filósofos del lenguaje,
lingüistas, psicólogos del lenguaje y psicolingüistas (el psicolingüista trabaja empíricamente sobre el procesamiento
del lenguaje a nivel cognitivo, mientras que el psicólogo del lenguaje no deja de analizar otras esferas igualmente
pertinentes a la significación y comunicación lingüísticas) han propuesto distintas clasificaciones de lo que se puede
hacer con el lenguaje, y la que se ha estudiado es simplemente una entre tantas (aunque por algún motivo, una que se
ha extendido y ha sido aceptada más que tantas otras). El reconocimiento de que el lenguaje sirve para mucho más
que informar o describir el mundo (una visión que fuera denunciada como falacia descripcionista -pensar el lenguaje
como sólo o centralmente vinculado a un ministerio gnoseológico-) ha sido celebrado como un movimiento de
ampliación del espectro de las utilidades del lenguaje concretado al interior de la filosofía analítica, pero, en rigor, la
idea estaba presente en Aristóteles (logos semantikós) y no había sido inadvertida por especialistas de distinta
tradición. Durante un tiempo, la filosofía analítica se concentró casi excluyente en pensar una lengua lógica ideal,
matemáticamente inobjetable, descuidando a las diversas posibilidades con que las lenguas habladas, ordinarias,
hacen en su empleo más cotidiano y menos académico, lo que incluye los fenómenos de ambigüedad y malos
entendidos que habitan las comunicaciones de este tipo; (2) estas funciones que discriminó la teoría de la
información, como surge de nuestra unidad 4, no son excluyentemente del lenguaje, sino que pueden rastrearse, si no
todas, casi todas, en otras variante expresivo-significativas del sujeto humano (gesto, expresión facial, expresión
corporal, proxémica, etc.)1.
En relación con el primer punto, se sabe que el interés por el lenguaje de fines del siglo XIX y comienzos del
siglo XX (vinculado específicamente a la obra de Gottlob Frege, filósofo y matemático austríaco padre de la lógica
contemporánea, y Bertrand Russell, filósofo y matemático inglés en gran medida responsable del conocimiento
internacional de la obra de aquél y, paradojalmente, responsable de que su proyecto logicista de reducción
matemática no consiguiera prosperar) giraba en torno de una lengua ideal, que transparentara el flujo de los
pensamientos de manera límpida y sin los equívocos a los que suelen conducir las lenguas naturales. Detrás de este
afán, el lenguaje quedó confinado a ser una herramienta del conocimiento, olvidándose que al mismo tiempo sirve,
por ejemplo, para requerir ayuda, para pedir pan o para declarar a otra persona un sentimiento. En este afán, el
lenguaje devino la clave para conocer el pensamiento. La filosofía movía su centro del estudio del mundo en sí mismo
1
Recuérdese que la lingüística (por ejemplo, Bühler), a diferencia de la filosofía analítica del lenguaje, nunca entendió
al lenguaje como medularmente comprometido con la información o con el progreso epistemológico.
1
o de su pensamiento a las formas en las que el mundo era captado en la expresión verbal de una lengua perfecta, en
las posibilidades de una gramática de tipo universal. En el pasaje del concepto a la palabra se asumía que muchas
confusiones podrían ser finalmente resueltas. En la medida en que el lenguaje es una forma pública del pensamiento,
quizás el pensamiento mismo, y los conceptos y las representaciones psíquicas siempre ofrecían puntos oscuros para
la investigación, todo pasó a estar encarnado en el lenguaje.
La sospecha acerca la realidad de lo mental, antes de que el funcionalismo y el cognitivismo devolvieran a este
espacio la perdida legitimidad, había llevado a dejar en suspenso, o a negar directamente, el estatuto de lo que no
fuera cosa pública (conductismo filosófico). Pero el acento en el lenguaje pudo por sí mismo llevar a advertir que por
medio de la palabra se hacen cosas que van más allá del ideal ascetismo para describir el mundo y generar
conocimiento, tanto como una versión de mente como máquina computadora desnudó que las operaciones
comportamentales no están todas a la vista. El estudio del lenguaje viró entonces desde la sintaxis pura y la semántica
epistemológica a considerar los hechos de lenguaje (dimensión pragmática de la investigación lingüística que aborda
coordenadas de uso de las reglas de composición de signos). Diversos autores apreciaron y justificaron con potentes
argumentos que no era posible erradicar de los procesos significativos el contexto del acto de significación concreta
(Austin, Benveniste, Searle, Wittgenstein, Halliday, etc.).
En relación con el segundo punto, no sólo cabe señalar que las funciones del lenguaje no están ordenadas o
jerarquizadas de una misma y única manera en todos los especialistas. Al extenderse los estudios del lenguaje al
desarrollo ontogenético, por ejemplo, se aislaron funciones que cumplen papeles transitorios o sólo son empleadas,
nuevamente, cuando se quiere aprender una segunda lengua (función eco – cfr. Rodríguez y Español, 2022).
Las funciones del lenguaje se encuentran en general, aunque no todas, previamente en los intentos de la
comunicación del niño que, sin la gramática de los adultos, se vale de gestos y palabras, de expresión facial y corporal,
de la prosodia enunciativa para hacer cumplir a su aparato de recursos para interactuar distintas comisiones:
reclamar, pedir, mostrar, corregir, disentir, asentir, etc. En rigor, las funciones no son de la significación, sino del acto
de comunicar, porque los mismos signos se emplean con un objetivo u otro: informar al interlocutor, interrogarlo,
desmentirlo, etc. En la medida en que se trata no del instrumento, gesto o palabra, sino de las intenciones con las que
los signos se utilizan, no se trata de funciones del lenguaje como si estas fueran excluyentes de la acción verbal, sino
de funciones comunicativas genéricas que se revisten de los elementos de la lengua para realizarse o efectivizarse , de
la misma forma que algunas de estas funciones pueden emplear otros signos antes del dominio del habla gramatical.
Aunque la distinción de estas funciones se haya realizado prioritariamente en el campo del lenguaje, su aptitud para
acogerse a otro tipo de signos parece alegar que el lenguaje llega más tarde al intercambio semiótico primigenio y
reabsorbe el menú de intenciones que el niño ha sabido transmitir con herramientas más elementales.
En rigor, un mensaje puede estar afectado a cumplir más de una función, aunque suele reconocerse que una es
la principal. Al preguntar “¿Ese edificio de cuatro pisos tiene ascensor?” se está proporcionando información acerca
del edificio, pero indudablemente esa información está al servicio de formular una interrogación con propiedad,
ayudando con los datos al interlocutor. La intención clasificatoria, sobre cuya utilidad para estudiar la pragmática no
es necesario explayarse y que suele efectuarse a partir de reconocer una función predominante, no puede desconocer
que en muchos casos existen funciones adyacentes o colaterales.
2
Función declarativa:
Es el uso de los recursos significativos para mencionar, nombrar o destacar para otro un hecho, objeto, cualidad,
fenómeno o suceso, ya sea de tipo empírico o abstracto. Esta función no hace más que indicar sive aludir a algo sin
decir del ‘algo’ nada de forma concreta. Corresponde al nombrar. (onomázein), el uso elemental de la palabra según
vimos ya en la distinción platónica a la altura de El sofista, luego de las primeras vacilaciones en Cratilo2.
2
La teoría de los actos de habla (Austin, 1962; Searle, 1969) utiliza la designación ‘declarativo’ en la acepción de
manifestación formal de un sujeto o institución con efectos jurídicos o de establecimiento de una posición social.
3
caso de la función declarativa el contenido no implica informar sobre aquello aludido, sino meramente aludirlo, esto
es: significarlo del modo más básico, mientras que la función informativa, honrando el nombre, debe aportar algo,
predicar, sobre el ente aludido. Tal la separación entre nombrar-decir (entre onomázein-légein) que Platón y
Aristóteles supieron advertir y distingue las operaciones de comunicar y conocer, hablar y saber. La diferencia aquí es
que Platón y Aristóteles tematizaron fundamentalmente la relación del saber con el lenguaje, mientras que aquí
podemos expandir el rango de los signos que pueden cumplir con estas dos funciones y otras: valga la aclaración para
los gestos, la expresión facial, la imagen, la conducta en general, etc.
Esta función es portadora de un significado que trasluce la afectividad del sujeto emisor: alegría, temor, deseo,
desprecio, enojo, etc. Puede transparentar su contenido mediante palabras u otros recursos significativos (ya sea
voluntariamente, en una comunicación, ya sea de forma inadvertida): el tono de la voz, los gestos que acompañan a la
verbalización, la circunstancia dentro de la cual se espera que el mensaje sea entendido -por ejemplo- como una
ironía, transmiten fundamentalmente una disposición anímica del emisor3.
Un sentimiento de dolor puede exteriorizarse a través de una interjección (‘¡Ay!’, ‘ ¡Ouch!’), por medio de
palabras insultantes o por frases que, sin faltar al decoro, hagan una valoración de esa misma vivencia (‘Me acabo de
golpear contra esa viga y me duele terriblemente’). En esta última opción, se emplean subjetivemas (expresiones que
descubren una evaluación de tenor afectivo) u otros signos modalizadores que traslucen la opinión o el
posicionamiento del sujeto emisor. Así, puede afirmarse: ‘Un incendio tuvo lugar en la localidad de XXX y ha producido
YYY víctimas fatales’; o se puede expresar: ‘Un siniestro de voracidad descomunal segó la vida de YYY individuos que
ya no verán la luz del sol y nunca llegarán a realizar sus sueños’ El mismo contenido proposicional se carga, en la
segunda versión, con un dramatismo ausente en la primera. Análogamente, entre decir de una persona que tiene
dificultades para ejecutar ciertas tareas o catalogarla como incompetente hay diferencias de énfasis que a nadie pasan
desapercibidas: el adjetivo ‘incompetente’ hace una afirmación más fuerte y revela animadversión del emisor, porque
podría expresar lo mismo con más sensibilidad, o unos recursos de palabra limitados. Ser tomado por ‘ingenioso’
posee una carga semántica de tipo positivo, pero si el mismo ingenio es destacado a través de adjetivos como ‘artero’,
‘ladino’ o ‘taimado’, el emisor pone de manifiesto su valoración de tono negativo sobre la persona. El uso de la lengua
y la experiencia acumulada bastan para detectar matices que permiten comprender cómo se halla posicionado el
individuo respecto de aquello sobre lo que comunica. Por lo antedicho, esta función lleva la marca de subjetividad del
emisor. Como advierte Jakobson, esta función “que las interjecciones ponen al descubierto, sazona hasta cierto punto
todas nuestras elocuciones, a nivel fónico, gramatical y léxico” (…: 354).
3
Nuevamente una aclaración respecto de la teoría de los actos de habla: allí se incluye en la función expresiva a las
expresiones de agradecimiento, felicitación, disculpas, al saludo y a las condolencias. Parece, con todo, que las
verbalizaciones portadoras de estos contenidos bien podrían no ser auténticas, ser emergentes de los sentimientos
que efectivamente enuncian, sino responder a convenciones culturales con las cuales debería cumplir cualquier sujeto
en ciertas circunstancias. Por caso, las condolencias a una persona que acaba de perder a un ser querido no implican
de manera necesaria un con-dolerse real, sino que constituyen una muestra de respeto hacia los sentimientos de ella.
Los aludos, al llegar a un lugar o al retirarse, cuadran mejor a lo que se entiende pro función fática. Otros ejemplos
parecen más bien acomodarse al espectro de la función realizativa, como la acción de felicitar (cfr. infra).
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Tomemos un caso de la función expresiva para comprender hasta qué punto en ella prima un criterio distinto
que el que afecta a las funciones previas. Si alguien enuncia que está triste, o que siente placer con cierta actividad
(que al receptor puede al contrario generarle desagrado), es su expresión. A falta de razones para sospechar que el
emisor puede mentir, tiene sobre lo que ha afirmado autoridad incuestionable (lo que se llama la autoridad de la
primera persona gramatical). En la función informativa, si el emisor afirma que en el plato cubierto por servilleta hay
cuatro huevos, y el receptor de este mensaje tiene para sí mismo que no hay más que tres, la disparidad se salda con
la prueba de ver cuántos huevos efectivamente hay en el plato. Aquí, la realidad es juez respecto de lo que se afirma.
En la función expresiva, em cambio, nadie puede impugnar al emisor que acusa un padecer profundo en la zona el
bazo que en verdad nada le duele (o desmentir el sufrimiento de las pacientes histéricas como ocurría en tiempos de
Freud), porque aquí la verdad no es sino cuestión subjetiva. Ese sujeto que confiesa estar enamorado al objeto de sus
desvelos tiene enteramente para sí que lo que dice es tal como lo ha puesto en signos. Si la verdad tiene incumbencia
de algún tipo en estas comunicaciones, consiste en un tipo personal sobre el que cada uno tiene autoridad. ‘Yo creo
que Juan es alguien deshonesto’ refleja materialmente, en la palabra, mi creencia acerca de la honestidad de Juan. La
función expresiva testimonia que un sujeto humano, sintiente y pensante, está detrás de su mensaje. Un acusado
puede declararse en presencia del juez como inocente y ser no obstante condenado, porque el magistrado lo encontró
culpable, pero en el fondo aquél puede sentir, para sí mismo, que auténticamente está exento de culpa. El juez debe
fallar a partir de alegatos y de pruebas, pero cada individuo hace su evaluación emocional de los hechos de entorno4.
Los escritores hábiles los son por la maestría con que pueden moverse en el emporio de las sutilezas
expresivas, dotando de un espesor vital a cada personaje y de completa credibilidad a una ficción. La fuerza de usar
tales o cuales palabras puede también ser ponderada al recordar que, en el contexto de tejemanejes internacionales a
fines del siglo XIX, el telegrama remitido por el rey de Prusia, Guillermo I, al Canciller de Hierro Otto von Bismarck fue
por éste retocado sin tergiversar los hechos, pero llevando la situación a un punto sin regreso. El telegrama de Ems,
llamado así por el balneario donde el soberano atendió a los reclamos del embajador francés, fue adulterado con el
suficiente oficio como para que, cuando la prensa difundió el comunicado, Francia, desairada ante la opinión pública
internacional, quedara ante esta disyuntiva: el deshonor o la contienda. Esa declaración de guerra llevó el sentimiento
de germanidad a favor de la Prusia hostilizada.
En síntesis, la función expresiva es el canal para que el individuo revele su condición más personal. Esta
expresividad no está menos presente cuando no existe la voluntad para comunicar. Si alguien se martillara un dedo y
dejara salir de sus entrañas, con un improperio, el dolor consecuente, exteriorizaría vehementemente una emoción
que sería función expresiva, incluso si no hubiera allí nadie para escuchar (lo que sería de agradecer por aquel
personaje con el dedo herido)5. La selección del léxico, los tonos de la enunciación o la estructuración del enunciado
son variables del acto de comunicación por las que el emisor deja entrever, incluso a espaldas de su voluntad, un
sentimiento o predisposición. La verdad subjetiva que la función expresiva parece escenificar, y que se manifiesta
desde la más honda convicción o sentir personal, puede en definitiva no ser la verdad sincera que el sujeto asume
para sí. El lapsus linguae o el lapsus calami, relevados por Freud, son manifestaciones de la subjetividad mediante
signos inconscientes que descubren un costado activo, aunque latente, de la vida anímica. El testimonio de mayor
4
5
Sólo que en este caso la expresión dejaría de ser comunicativa para sólo significar.
5
autoconvencimiento puede verse traicionado por otros diversos signos (como en la paciente que negaba estar
interesada en su cuñado y a la vez, de manera insistente, abría y cerraba el broche de su monedero y movía el dedo
alrededor de la abertura como en una acción masturbatoria).
Recientes investigaciones sobre la motivación en el lenguaje han extendido las fronteras de la función
expresiva más allá del uso y radicándola, cierto que en un sentido diferente, en la estructura de la lengua como tal
(Scotto, 2019; Rodríguez, 2023): contra la presunta omnipresencia de lo arbitrario en el léxico, existen factores
motivacionales que imprimen su sesgo a la elección de los significantes.
Ramachandran y Hubbard (2001) pidieron a hablantes de inglés y de tamil relacionar dos palabras inventadas,
bouba y kiki, con dos figuras gráficas cerradas, una de líneas curvas y contorno ameboide y otra estrellada, de líneas
rectas y puntas agudas, con el resultado de una correlación, para ambas lenguas, del 95 % entre el primer nombre y la
primera forma y el segundo nombre y la segunda forma. La figura angulada reflejaría visualmente en su contorno un
estrangulamiento semejante al que, en la emisión oral, el fonema oclusivo velar /k/ imprime al fiato de la voz (en la
percepción exterior visual y en la propiocepción de la musculatura de emisión podría el sujeto hallar idéntico patrón
de interrupción), mientras que la otra figura de contornos suaves activa la resonancia de ondulación suave y vocales
abiertas. Aunque esta motiviación es objetiva (común a todo hablante sin cuidado de cuál sea su lengua) y se
encuentra ligada a las correspondencias transmodales de la percepción humana, por lo que poco o nada tiene de
común con la función que revela motivacion o injerencia afectiva sobre la expresion concreta de un sujeto, swe trata
tambióen de una motivación por la que los sonidos para encarnar los significantes no se escogen de modo plenamente
arbitrario, sino condicionados -en determiandos casos -por características del objeto del caso. En esa vena podría
suponerse que estas facilitaciones objetivas, que desde las características físicas de los objetos inducen a la elección
de tales o cuales sonidos, servirían también para dotar a la expresión verbal de una coloración o tono emocional
particular cuando alguien prefiera o se sienta inclinado a utilizar ciertas palabras, y no otras, porque en ellas halla los
sonidos que mejor reflejan su estado afectivo.
Consiste en el uso del lenguaje (o de otros signos) para promover en otro una conducta, para ordenar, para solicitar,
para alentar, para inhibir (entre otras intenciones). Tiene por lo tanto su foco en el semejante, quien de alguna forma
y a continuación queda comprometido a responder, sea que responda o no de acuerdo con la expectativa o incluso si
no responde en absoluto. Una pregunta debe normalmente comprenderse como un ejemplo paradigmático de esta
función, pues conduce hasta el interlocutor cierta responsabilidad en cuanto a lo que hará o responderá.
Gramaticalmente esta función está ligada al modo imperativo, cuando está representada por alguna directiva (‘Doble
a la derecha’, ‘Rompan filas’, ‘Haga silencio’) y es de allí que recibe uno de sus nombres, pero también concierne a las
formulaciones interrogativas (¿Me das una ayuda?’, ‘¿Me prestás tu moto?’). Ello no obstante, la función puede
encarnarse en otras variedades estilísticas, como la enunciación de prohibiciones, que involucran a los receptores del
mensaje (‘Prohibido fumar’, ‘No alimentar a los animales’). Las prohibiciones o las prescripciones pueden, si son
linguísticas, vehiculizarse mediante el infinitivo, como en los ejemplos anteriores, o a través del modo indicativo, por
ejemplo en ‘Los alumnos responsables leen el material de la bibliografía cada semana por adelantado’, una manera de
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exhortar a esa lectura (si quiere integrarse el grupo de los estudiantes responsables). Cuando se emplean los gestos, el
contexto suele ser un elemento decisivo: poner la mano con la palma para arriba en actitud de petición tiene sentido
si existe un objeto dentro de la situación que el individuo quiere o necesita. Como en la función expresiva, la expresión
conativa no permite una interpretación en términos de verdadero o falso. Si es cierto que el ejemplo de los
estudiantes responsables puede leerse de manera informativa, allí queda excluida toda conatividad: sólo el contexto
permite determinar si el mensaje consiste en una exhortación o un dato concreto de la realidad.
Los oradores, publicistas y políticos deben estar especialmente atentos al arte de persuadir y a lo que puede
conseguirse al aplicar máxima vigilancia a la elección de términos, de giros y a la construcción de frases. En la medida
en que la función conativa involucra al oyente o receptor del mensaje significado, el emisor ha de tener en cuenta
cómo alcanzar a afectarlo, de modo de conseguir lo que pretende de él: la aprobación, la compra de un producto, el
voto de los ciudadanos.
Función fática
La comunicación fática representa el interés de comunicarse de manera prevalente por sobre los contenidos. El
mensaje importa menos en sí mismo que por el cuidado que ofrece al canal de comunicación. En efecto, se trata aquí
de mensaje cuya funcionalidad es en primera instancia mantener utilizable, apto, abierto el canal de circulación
comunicativo, preservar al otro como interlocutor, cuidar al otro como receptor de futuros mensajes.
Esta disponibilidad para comunicarse implica que la vía para informar, para expresarse o apelar al otro se halle
despejada cuando sea preciso utilizarla. Ello es un uso comunicativo en sí. Sus elementos sígnicos serán por tanto
iniciadores, continuadores o finalizadores del acto comunicativo. Iniciadores son, por ejemplo, los vocativos (nombres,
pronombres, sobrenombres o interjecciones destinados a captar al interlocutor: ‘Pedro’, ‘Che’, ‘Señora’, ‘Usted’, ‘Eh,
vos’ -todos también cargados con un componente conativo) y los saludos (‘Hola’, ‘¿Cómo estás?’, ‘¿Qué tal?’,
incluyendo evidentemente los saludos no verbales, como el gesto de elevar la mano abierta, a la distancia, con un leve
quiebre de muñeca, o el acto de dar la mano, que durante la pandemia por COVID se convirtió en toque de puños o
codo con codo). Los continuadores de los intercambios conversacionales son de tipo interjectivo (tanto interjecciones
propias: ‘ejem’, como impropias, ‘Vaya vaya’, ‘Sí, sí…’, ‘No me diga’), o están conformados por intervenciones para
prolongar el diálogo sin aportar al contenido; suelen ser marcadores de que se está atento a lo que el otro dice, de
que se está recibiendo/ comprendiendo el contenido del mensaje (‘Ahá’, ‘Por supuesto’), o de que, como emisor,
quiere verificarse que el otro puede seguir el curso de lo que se está comunicando (‘¿Viste?’, ‘¿Vio usted?’). Los
finalizadores son elementos de cierre que indican que en ese punto ha de cesar el intercambio (‘Adiós’, ‘Nos vemos’).
De algún modo, se trata en todos los casos de elementos estrictamente formales en el marco de los actos
comunicativos: sirven para indicar, en el orden estructural de interacción, qué pasará a continuación. El emisor los
utiliza como notificación de que tiene la voluntad de dialogar, de que pretende la atención del otro o está atento a lo
que el otro comunica, o de que es tiempo de terminar ese ida y vuelta. Esta función responde en parte a pautas de
conducta socialmente establecidas y ritualizadas. La cortesía y las convenciones organizan esta interacción.
Junto con las funciones expresiva y conativa, la función fática se cuenta entre las primeras funciones
comunicativas. Ya a los dos meses tiene lugar el fenómeno que los psicólogos del desarrollo han bautizado
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‘protoconversación’ (Bateson, 1975; Bullowa, 1979; Trevarthen, 1977), y que define una clase particular del
intercambio entre adulto y bebé. Aquél habla al bebé, le gesticula o juega con intervenciones unitarias, acotadas en el
tiempo, luego de las cuales se queda inactivo a la espera de las reacciones del éste, quien responde en cada caso con
un balbuceo o un movimiento que marca su participación en esa actividad. El ciclo se repite, cada uno guardando su
turno, cumpliendo su parte y respetando luego el tiempo de otro. Se teje así un formato conversacional, una
estructura como la del diálogo de los adultos que aún no se ha cargado de semántica en el sentido tradicional:
semántica lingüística o gestual. El bebé de esta edad no puede todavía comunicar algo específico; más bien se entrega
al juego diádico sencillamente por el mero gusto que le proporciona intercambiar con otros, estar con otros, captar el
sentido que tiene esa interacción, que se agota en ser eso mismo, interacción. Las protoconversaciones son casos
tempranos de la función fática, porque sólo pretenden, de la parte del bebé, cuidar el ida y vuelta con el otro.
Función poética
Esta función revela en la emisión un cierto intento de cuidar la forma del mensaje para crearen el oyente o
receptor en efecto de calidad estética. La denominación no debe confundir: no se trata de una función que quede en
manos de autores ungidos, destinados al Parnaso, sino que se encuentra in actu toda vez que un emisor quiere evitar
los lugares comunes para transmitir un contenido. El empleo calculado de cierta palabra para titular una película o una
canción, para formar un slogan publicitario o para relatar un chiste son casos modélicos de la función poética en
espacios cotidianos. Su ubicuidad depende de que, como explicitó Jakobson (1963/1985: 360), es en sí misma el
resultado de la selección y la combinación original de términos para formar una oración, y que por ende está en toda
aptitud o competencia básica de los hablantes. La selección de un signo entre el conjunto de signos posibles implica
optar, por ejemplo, por ‘doncella’ o por ‘muchacha’ o ‘moza’, por el adjetivo ‘núbil’ antes que por ‘casadera’ o
‘pubescente’; y la combinación implica articular las selecciones: ‘la doncella núbil’, o ‘la muchacha casadera’. Detrás de
estas dimensiones de la selección y la combinación destella la separación entre el eje paradigmático y el sintagmático
planteados por Saussure.
Aunque el estudio acerca de los tropos y demás figuras literarias surge de las investigaciones sobre géneros en
Aristóteles, ellos se aplican en los usos habituales del lenguaje, en la comparación del paisano del interior, que ve en
lo corto una patada ‘e chancho, y para quien algo muy largo es largo ‘como [la] esperanza ‘e pobre’; en los dichos
castizos (empinar el codo, haber moros en la costa, poner pies en polvorosa); en ocurrencias de todos los días que
pasan por la capacidad de metaforizar, de metonimizar, de oximoronizar, de polisindetonizar, etc. “La poética, en el
sentido lato del término, se ocupa de la función poética no sólo en poesía, en donde la función se sobrepone a las
demás funciones de la lengua, sino también fuera de la poesía, cuando una que otra función se sobrepone a la función
poética” (Jakobson, 1963/1985: 363). Los piropos bien tramados y elegantes son ejemplos de la tendencia profana, no
académica, a buscar cómo decir de modos ingeniosos y alcanzar efectos en el interlocutor.
Mientras que la ya presentada función expresiva es espontánea, la función poética por el contrario presupone
deliberación, afán de trabajar el modo con que han de librarse los mensajes. No está centrada sobre el emisor, aunque
lo compromete irremediablemente, sino sobre la lengua como tal (o en el mensaje en cuanto debe ser significado). El
sistema comunicativo, normalmente un medio, se convierte aquí en el foco. Qué se comunique importa menos que el
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modo de hacerlo: lo elaborado y cultivado -en pos de la intención estética o estetizante del mensaje- es el vehículo o
la forma. Esa intención da visibilidad al instrumento y lo eleva de medio a fin, convirtiendo lo que es comúnmente el
fin, el contenido del mensaje, en el pretexto o medio para el ejercicio poético. La musicalidad de una oración tiene
invariablemente efectos en la sensibilidad humana (como ha probado la investigación reciente en infancia temprana,
promoviendo al primer plano el conjunto de propiedades musicales presentes en las interacciones adulto-bebé -cfr.
Jusczyk & Krumhansl, 1993; Malloch & Trevarthen, 2009). Recogiendo de Roman Jakobson un ejemplo devenido
clásico (1963/1985), en la campaña presidencial estadounidense de 1952 el lema ‘I like Ike’, en alusión al sobrenombre
de Dwight D. Eisenhower, apelaba a la aliteración, al repicar de los mismos sonidos, para fijar en el auditorio un
nombre. La rima y el metro de un slogan no son nunca ingenuos.
Función metalingüística
Es aquella en que el lenguaje se toma sí mismo como referente. Si el referente en la función informativa es por
definición extralingüístico, en esta otra función el enunciado se expide sobre el lenguaje, que es, por ende, objeto y
medio al mismo tiempo. En aquélla la incumbencia son los entes del mundo objetivo (real o ficcional); en ésta,
contenidos de lenguaje, el cual se eleva por encima de sí mismo y se flexiona (re-flexiona). Esta auto-tematización
puede ocurrir de dos maneras: usando palabras (en un sentido corriente, lo que implica una decodificación
semántica), o mencionándolas, de forma aislada o en frases totales. Puedo decir: ‘El adverbio de modo cualifica la
manera en la que el verbo se realiza’, y aquí hay que entender qué es un adverbio, o puedo simplemente tomar del
vocabulario un elemento y señalar ‘El adverbio de modo adrede refleja intención del lado del agente’, donde un
adverbio singular es mencionado. La diferencia entre los dos ejemplos refleja aquella que existe entre el enunciado de
función metalingüística por uso y por mención. Cuando hablo del adverbio, hablo de todos ellos: la referencia es la
clase adverbial, no un término adverbial concreto (‘adrede’, ‘arriba’, ‘repentinamente’, ‘pronto’, ‘ahora’); cuando la
referencia corresponde en cambio a un ejemplar, como los casos del paréntesis, el lenguaje no se ocupa de un
concepto del campo lingüístico, sino de una unidad particular y mayormente como una cadena de elementos fónicos,
sin apelar a su significado o concepto asociado. Si en una oración hablo de almohada y digo: ‘Almohada es un vocablo
con origen árabe’, no importa en absoluto que el otro conozca qué se entiende en castellano por almohada, cómo o
para qué se usa, porque tomo al término almohada como unidad del léxico o como elemento del lenguaje, no en su
vinculación con un tipo de objeto. ‘La vaca es un animal cuadrúpedo’ es un enunciado que informa sobre la vaca (y
por lo tanto no tiene función metalingüística), pero ‘Vaca es bisílaba y se escribe con la letra v’ no alude a ese noble
bóvido que puebla nuestras pamapas, sino sólo al significante, a la palabra en su aspecto formal o de pura expresión.
La función metalingüística, si protagoniza aquel desdoblamiento antes descripto (lenguaje enunciando acerca
de otros signos), supone un nivel lingüístico que es contenido, llamado nivel objeto, y otro nivel sobreimpuesto,
agente, que habla del lenguaje o lo convierte en su objeto de elocución: éste, el nivel metalingüístico. Todo nivel
metalingüístico tiene por ende un contenido de lenguaje-objeto, y el nivel metalingüístico puede reduplicarse por
encima de cada anterior estrato convirtiéndolo en nivel objeto objeto. Por ejemplo:
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Lenguaje objeto: Eratóstenes. Metalenguaje: es nombre griego.
El sujeto oracional, aquello de lo que se habla, es el objeto de la metacomunicación, que constituye el
predicado.
Para marcar los niveles de englobamiento se utilizan comillas simples, dobles, triples, etc. El segundo
enunciado quedaría entonces marcado: “ ‘Eratóstenes’ es nombre griego” enseñó el profesor 6. Las comillas se utilizan
solamente en casos de mención, esto es, sólo cuando se alude a términos o frases, no para los conceptos del lenguaje.
Las flexiones de los sustantivos y los adjetivos son el género y el número es un enunciado con función metalingüística,
pero como no alude a tales o cuales palabras o enunciados específicos, sino a la clase de los sustantivos y los adjetivos,
de los cuales predica sus flexiones (en el castellano, cuestión silenciada), el análisis no necesita recurrir –ni debe- al
empleo de comillas. Las comillas, de este modo, se utilizan para marcar el valor de mención de palabra en el contexto
de las oraciones con función metalingüística, no para todo caso de función metalingüística: no corresponde utilizarlas
en los casos donde las palabras se usan, es decir que evocan un determinado referente y/o un significado
(‘Preposición’ es palabra de acentuación aguda versus La preposición es una palabra de clase invariable).
Si afirmo (1) Sócrates ha dicho ‘Sólo sé que no sé nada’, la frase (de Sócrates) que yo repito es mi nivel lenguaje-
objeto, porque constituye el contenido enunciado por Sócrates. La frase de Sócrates es objeto de un enunciado de
mayor alcance que indica que él (Sócrates) se ha pronunciado de este modo. Si en cambio se dijera (2) Sócrates ha
señalado que él no sabe nada, no está en juego la frase textual que salió de su boca, sino solamente el pensamiento o
contenido de esa frase. El pensamiento como tal puede ponerse en juego sea citándolo, tomando de manera literal,
palabra por palabra, la forma con que ha sido verbalizado, sea a través de una paráfrasis, en cuyo caso no se emplean
comillas (dado que no existe allí mención ni, por lo tanto, algún nivel metalingüístico). Para acentuar las diferencias
entre la frase (1) y la frase (2) es atinado destacar que ambas pueden ser verdaderas, ambas falsas, o alternar valores
de verdad. En efecto, Sócrates podría haber enunciado el pensamiento de ser ignorante, pero no de esa forma exacta
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Se desprende de ello que el uso de comillas para el análisis de los niveles de (meta)lenguaje no son los más
difundidos, para los cuales se emplean comillas dobles en todo caso de citas (sin haber usado antes comillas simples
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sino, para el mismo contenido, haber usado una frase distinta, lo que haría a (1) falsa y a (2) verdadera. O podría ser el
caso que efectivamente Sócrates hubiera dicho de sí mismo Sólo sé que no sé nada, pero hubiera mentido en cuanto
al contenido (porque al menos debería admitir que sabía hablar), lo que volvería a (1) verdadera y a (2) falsa.
Es la función en que la enunciación cumple en sí misma la acción enunciada. Cuando se dice ‘Juro’, se realiza el
juramento, que tiene lugar en ese mismo instante y en boca de quien ha dicho ‘Juro’. Aquí el lenguaje no es tan sólo
un instrumento comunicador o significador (para volver a la noción de significación, que hemos discriminado de la de
comunicar), sino que lleva a cabo aquella acción que al mismo tiempo manifiesta. No se refiere a algo que es por sí
mismo verdadero o falso, ni expresa una subjetividad, ni apela a un interlocutor, ni preserva el canal, ni pretende
hermosear la forma del mensaje: aquí el lenguaje, amén de transmitir, realiza de manera efectuar el contenido que
transmite. Cuando se dice a un semejante ‘Te felicito’, ¿qué se está haciendo, si no felicitarlo? Y cuando se maldice al
prójimo, ‘Yo te maldigo’, se desea efectiva y verbalmente el mal para él. Las emisiones en función realizativa son
ejecuciones de aquello que dicen, aunque bajo unas determinadas condiciones de realizabilidad.
Primero, la emisión debe ser efectuada en primera persona, porque sólo yo puedo efectivizar la acción de mi
enunciado (compárese ‘yo digo…’ y ‘ella dice’: yo digo, claramente, al decir ‘digo’, pero ninguna persona dice por mi
boca, sino que debe decir por cuenta propia, y mientras yo repita lo dicho por otro no estaré sino informando lo que
es una acción del otro). Se entiende que si enuncio: “María dice que ama fumar pipa”, no soy quien realiza la acción
de decir que ama fumar pipa. Quien eso dice es otro, aquí María. Pero si digo que yo digo, yo soy quien realiza el decir,
precisamente al decir ‘digo’. Se aprecia en esto cómo en la función realizativa coinciden la acción y la expresión,
ambas un mismo acto bifaz.
Segundo, la emisión debe estar formulada en presente de indicativo (de otro modo el emisor estaría
únicamente dando información sobre un hecho pasado o por venir, pero no haciendo lo que informa). Compárese ‘yo
juro’ con ‘yo juraré’: en este caso sólo afirmo que tengo intenciones de jurar, pero no estoy jurando; sólo tiene lugar el
juramento cuando digo ‘juro’ ahora.
Tercero, debe tratarse de verbos realizativos (‘jurar’, ‘prometer’, ‘implorar’, ‘solicitar’), acciones hacederas
mediante el lenguaje (o mediante otros signos, como juntar las dos manos en una actitud de reverencia como
imploración de alguna gracia). Esta concreta condición debe acoplarse a la anterior, porque estos verbos sólo son
realizativos (realizan la acción que nombran) siempre que sean conjugados en la persona gramatical del emisor. Para
el verbo ‘pedir’ no hay posibilidad de ejecutar la petición en enunciados como ‘El hombre pide perdón a su esposa’ o
‘Pidieron aumento de salario’, porque quien pide en ellos no se halla enunciando nada (el emisor no es el sujeto
oracional). Los verbos realizativos sólo lo son en ciertos casos: los casos en que pueden realizar su acción mediante
signos.
Cuarto, el emisor debe estar investido con la autoridad para poder llevar a cabo, a través de la enunciación, la
acción comunicada. En el rito cristiano, el sacerdote puede unir en matrimonio a los dos contrayentes, ‘Los declaro
marido y mujer’: en su expresión ambos son declarados en unión matrimonial. Nadie de los presentes en la
ceremonia, por mucho que diga ‘Yo declaro’, tiene potestad para que su declaración tenga valor realizativo. En alta
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mar, la autoridad para casar alcanza al capitán, pero éste pierde estos poderes no bien pisa tierra firme. Un árbitro de
fútbol tiene por su parte competencia, entre otras cosas, marcar un penal o para amonestar a un jugador, a través del
silbato o de enseñar en alto la tarjeta pertinente (signos no verbales que también pueden hacer). El presidente puede
decretar asueto, el magistrado puede condonar la pena al reo y el sindicalista puede en sus prerrogativas anunciar un
paro de protesta cuando, respectivamente, dicen ‘yo decreto’, ‘yo perdono’, ‘yo anuncio’, pero no pueden
intercambiar roles y que se conserve la función realizativa, porque la realización comunicativa queda atada a cierta
investidura7.
BIBLIOGRAFÍA:
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Paidós (1971)].
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speech. The beginning of interpersonal communication, pp. 8–16. Cambridge University Press.
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(1985). Barcelona: Planeta-Agostini. Cap. XIV: Lingüística y poética].
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Trevarthen, (Eds). Communicative musicality: Exploring exploring the basis of human companionship, pp. 1-10. Oxford
University.
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(Observación marginal, contra lo dicho y lo comúnmente aceptado): Algunos autores destacan a la función
realizativa como primera en la comunicación del bebé, ya que a ella corresponderían los gestos protoimperativo
(gesto de mostrar para pedir al otro o exigir del otro el referente señalado) y protodeclarativo (gesto de mostrar para
compartir con otro un objeto o hecho de interés). En ambos casos, el gesto hace lo que su significación deja entender
de manera semiótica: en el gesto de señalar, se efectiviza la acción de -precisamente- señalar, de manera que entre
acción y signo a cargo de significar la acción no media separación alguna (para significar con gestos algo que se quiere
hay que aludirlo o por sus rasgos perceptibles identificatorios -gesto icónico o representacional- o por el gesto deíctico
de señalar). Según ello, la función performativa sería la función comunicativa inaugural (con intención deliberada de
afectar al interlocutor). Sin embargo, en la medida en que el gesto de señalar se emplea bajo las dos utilidades
destacadas (compartir y pedir-demandar), pero también para informar (Tomasello, Carpenter & Liszkowski, 2007), lo
performativo como tal subyace, en el plano del gesto, a otras funciones (la declarativa, la conativa y la informativa), de
lo que la performatividad se deja valorar de una forma diversa, menos en línea con otras funciones con las que resulta
solapada que como una dimensión del signo (Rodríguez, 2022). La performatividad no es como tal el motor subjetivo
de alguna expresión, no es la intención de lograr algo en el sujeto receptor (poner algo en su conocimiento o
requerirle un objeto o acción), sino una posibilidad factual que el signo -algunos signos- pueden capitalizar de acuerdo
con lo que pretende el emisor. Ella encarna simplemente un registro en el que operan determinados signos. No tiene
que ver con un para qué, sino con la aptitud de ciertos signos de realizar lo que significan.
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Rodríguez, F. G. (2023). El principio de arbitrariedad y la motivación sinestésica en la lengua. Lenguaje, 2023, 51(1), 92-
115
Rodríguez, F. G. & Español, S. (2022). The transition from early bimodal combinations of gesture and speech to
grammatical speech. Coautoría con Español, S. En S. Español, M. Martínez y F. G. Rodríguez (eds.). Moving and
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Scotto, F. G. Rodríguez e I. Audisio (Eds.), Los signos del cuerpo. Enfoques multimodales de la mente y el lenguaje, pp.
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Tomasello, M., Carpenter, M., & Liszkowski, U. (2007). A new look at infant pointing. Child Development, 78(3), 705–
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Trevarthen, C. (1977). Descriptive analysis of infant communicative behaviour. En H. R. Schaffer (Ed.), Studies in
mother-infant interaction: Proceedings of the Loch Lomond symposium, pp. 227–270. Academic Press.
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EJERCICIOS DE FUNCIONES SEMIÓTICAS
1) Función informativa. Escriba un breve párrafo informativo sobre la función informativa (10 renglones).
2) Función expresiva I. Sustituya cada uno de los siguientes términos por otro que implique una valoración o
actitud subjetiva respecto del mismo contenido (ej.: dinero biyuya, mujer mina):
adolescente
político
obsecuente
3) Función expresiva II. Convertir el siguiente texto a una versión con dominancia de la función expresiva:
A las 10:30 hs. del día 4 de mayo d 1940 un gendarme de identidad desconocida cruzó la esquina de Av.
Corrientes y Riobamba vistiendo su uniforme de fajina. Fue visto por el empleado del negocio de tejidos y por el
canillita del kiosko de revistas. Al doblar la esquina aceleró el paso, mirando repetidas veces hacia atrás,
presuntamente para vigilar que nadie estuviera siguiéndolo. Ante la puerta de Riobamba 478, luego de pulsar el
4° piso F en el portero eléctrico y decir su nombre murmurado ingresó al edificio. El encargado del mismo lo vio
utilizar el ascensor del segundo cuerpo. Una vecina del primer piso afirma, sin embargo, haber visto a un
soldado subiendo por la escalera pocos minutos antes del homicidio.
4) Función conativa. Formular 5 oraciones declarativas que puedan, en determinadas circunstancias, tener función
conativa.
5) Función poética. Mencionar títulos de libros, películas, programas de televisión o lemas publicitarios en los que
se aprecie un uso del lenguaje orientado a producir impacto en el receptor a través de la forma.
1. Cocer y coser tienen significados muy distintos y sólo el segundo es verbo de conjugación regular.
2. Esdrújula y sobreesdrújula son palabras esdrújulas.
3. Esdrújulas son las palabras acentuadas en la antepenúltima sílaba.
4. El castellano y el portugués son lenguas romances.
5. Cénit y nadir designan respectivamente el punto más alto y el más bajo del sol en el cielo.
6. Muchos individuos confunden inervar con enervar y no acuden al diccionario para erradicar esta duda.
7. El agente de tránsito ordenó al conductor detenerse junto al cordón de la vereda.
8. El agente de tránsito ordenó alto.
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9. Nadie puede infringir esta regla advirtió el profesor.
10. La denominación de lógica no fue utilizada por Aristóteles en ninguna de las fuentes que conservamos, sino
que en todas ellas el Estagirita empleó dialéctica.
11. Libido, apetito desordenado de placeres sexuales, no debe tomarse por el adjetivo lívido, relativo a quien
luce un rostro o la piel pálida o morada.
12. Aya y haya deben distinguirse cuidadosamente: con h se escribe sólo la forma verbal.
La lengua de los dinosaurios era anaranjada es una proposición en principio falsable indicó el profesor.
7) Función realizativa. Determinar cuáles de las siguientes oraciones cumplen función ejecutiva y por qué.
1. Le ruego me perdone.
2. Pienso a menudo en ese aspecto del problema
3. Declaro inaugurados los Juegos Olímpicos de invierno.
4. Deduzco, por sus palabras, que no aceptará usted nuestra oferta.
5. Temo a los truenos en la noche.
6. Avalo la moción del compañero.
7. Avalábamos la postura del representante y todos sus dichos.
8. Aconsejo desestimar esa postulación.
9. Lo desafío a un duelo de espada.
10. Juramos lealtad a la bandera el martes próximo pasado a las 9 en punto de la mañana.
11. Aconsejé al periodista no molestar a las autoridades del evento.
12. Divido el número total por el de los participantes para obtener la cuota que cada uno debe aportar.
13. Aporto mi cuota correspondiente de dinero.
14. Prometo no volver a retrasarme.
15. Hablo a los alumnos de Psicología.
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