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ACADEMIC ACTIVITIES FORM

NAME: GRADE: UNDÉCIMO


SUBJECT: LENGUA CASTELLANA DATE: septiembre 23 de 2024
TEACHER: MARTHA CECILIA FLÓREZ TERM: III
FINAL TEST STUDY GUÍDE WORKSHEET X MAKEUP TEST QUIZ OTHER:

EL ENSAYO LITERARIO:
FUTURO AMENAZADOR
ISAAC ASIMOV
Hay dos modos de enjuiciar a los autores de ficción científica. Una consiste en tenerlos por
chiflados: «¿Cómo van esos hombrecillos verdes, Isaac?» La otra manera consiste en tomarlos
por sagaces escrutadores de lo futuro: «¿Cómo serán las aspiradoras del siglo XXI, doctor
Asimov?» De las dos yo prefiero la primera. Al fin, ser chiflado es bien fácil. Yo puedo hacerlo sin
preparación, en cualquier momento o lugar. Es mucho más difícil predecir lo futuro, sobre todo en
los términos formulados por quienes nos preguntan, pues a ellos siempre les interesan detalles
sobre artefactos, y eso es precisamente lo que yo no puedo decirles.
Aprovecho para exponer mi opinión sobre las posibilidades pronosticadoras de la novela científica.
Así la gente, obteniendo una visión exacta de todo ello, dejará de pedirme que haga el ingrato
papel de profeta. Para el profano, es decir, para quienes, por vivir fuera de nuestro recinto,
asocian al término «ficción científica» con monstruos del Lago Negro, el único aspecto serio de la
ficción científica es que predice cosas, y con eso suelen significar que predice cosas concretas.

El profano, enterado de que autores de ficción científica trataron de la energía atómica décadas
antes de inventarse la bomba, imagina que esos escritores expusieron la teoría de la fisión
uránica. Pero al escribir mis cuentos de robots, no era mi intención explicar en detalle ingeniería
de robots. Me propuse sólo representar una sociedad en que abundasen los robots avanzados,
procurando sacar las posibles consecuencias.

Mi tesis, en suma, es que no son los detalles lo predicho; los puntos concretos de ingeniería, los
artilugios, las artimañas. Las predicciones de esa clase, o no son predicciones, o son golpes
fortuitos de suerte, sin importancia en todo caso. Al escritor le incumben los grandes rasgos de la
historia, no las minucias maquinarias. La ficción científica cumple, pues, su misión más útil, al
predecir no artificios, sino consecuencias sociales.

Es notorio que escribir una novela científica en que un automóvil no es más que un ingenio es
perder el tiempo. Habrá predicho el automóvil, pero predecir sólo la existencia del automóvil no es
nada. ¿Qué hay del efecto del automóvil en la sociedad y en la gente? Al cabo lo que le interesa al
público es la gente. Y si hay millones de coches, ¿no habrá que llenar la nación de anchas
carreteras? Y si los jóvenes pueden alejarse en los autos, ¿cómo cambiará eso su situación
social?

¿Veis, pues, cómo la predicción importante no es el automóvil, sino el problema de aparcarlo? No


la acción, en suma, sino la reacción. A estas alturas ya hemos aprendido a esperar cambios y muy
radicales, y vamos resignándonos a la necesidad de prevenirnos con planificaciones previas. Es
misión de los escritores de novelas científicas, aparte de ganarse la vida y divertir a los lectores,
hacer tales conjeturas; y eso les convierte, a mi juicio, en los más importantes servidores que hoy
tiene la humanidad.
Conque mirad lo que he hecho. Comencé el capítulo con la intención de quejarme de tener que
escribir tantos difíciles artículos de predicción, y lo acabo convencido de que debería escribir más
aún. ¡Gran prueba de mis dotes proféticas!
ASIMOV, I. (1977). El electrón zurdo y otros ensayos. Alianza Editorial, S. A., Madrid
Biografía de Isaac Asimov
https://historia.nationalgeographic.com.es/a/isaac-asimov-maestro-ciencia-ficcion_15035

VERSOS ILUMINADOS
ISAAC ASIMOV
La última persona en quien se podía pensar como asesina era la señora Alvis Lardner. Viuda del
gran mártir astronauta, era filántropa, coleccionista de arte, anfitriona extraordinaria y, en lo que
todo el mundo estaba de acuerdo, una genio. Pero, sobre todo, era el ser humano más dulce y
bueno que pudiera imaginarse.

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Su marido, William J. Lardner, murió, como todos sabemos, por los efectos de la radiación de una
bengala solar, después de haber permanecido deliberadamente en el espacio para que una nave
de pasajeros llegara sana y salva a la Estación Espacial 5.
La señora Lardner recibió por ello una pensión generosa que supo invertir bien y prudentemente.
Había pasado ya la juventud y era muy rica.
Su casa era un verdadero museo. Contenía una pequeña pero extremadamente selecta colección
de objetos extraordinariamente bellos. Había conseguido muestras de una docena de culturas
diferentes: objetos tachonados de joyas hechos para servir a la aristocracia de esas culturas.
Poseía uno de los primeros relojes de pulsera con pedrería fabricados en Estados Unidos, una
daga incrustada de piedras preciosas procedente de Camboya, un par de gafas italianas con
pedrería, y así sucesivamente.
Todo estaba expuesto para ser contemplado. Nada estaba asegurado y no había medidas
especiales de seguridad. No era necesario ningún convencionalismo, porque la señora Lardner
tenía gran número de robots a su servicio y se podía confiar en todos para guardar hasta el último
objeto con imperturbable concentración, irreprochable honradez e irrevocable eficacia. Todo el
mundo conocía la existencia de esos robots y no se supo nunca de ningún intento de robo.
Además, estaban sus esculturas de luz. De qué modo la señora Lardner había descubierto su
propio genio en este arte, ningún invitado a ninguna de sus generosas recepciones podía
adivinarlo. Sin embargo, en cada ocasión en que su casa se abría a los invitados, una nueva
sinfonía de luz brillaba por todas las estancias, curvas tridimensionales y sólidos en colores
mezclados, puros o fundidos en efectos cristalinos que bañaban a los invitados en una pura
maravilla, consiguiendo siempre ajustarse de tal modo que volvían el cabello de la señora Lardner
de un blanco azulado y dejaban su rostro sin arrugas y dulcemente bello.
Los invitados acudían más que nada por sus esculturas de luz. Nunca se repetían dos veces
seguidas y nunca dejaban de explorar nuevas y experimentales muestras de arte. Mucha gente
que podía permitirse el lujo de tener máquinas de luz preparaba esculturas como diversión, pero
nadie podía acercarse a la experta perfección de la señora Lardner. Ni siquiera aquellos que se
consideraban artistas profesionales.
Ella misma se mostraba encantadoramente modesta al respecto:
-No, no -solía protestar cuando alguien hacia comparaciones líricas-. Yo no lo llamaría “poesía de
luz”. Es excesivo. Como mucho diría que son meros “versos iluminados”.
Y todo el mundo sonreía a su dulce ingenio.
Aunque se lo solían pedir, nunca quiso crear esculturas de luz para nadie, sólo para sus propias
recepciones.
-Seria comercializarlo -se excusaba.
No oponía ninguna objeción, no obstante, a la preparación de complicados hologramas de sus
esculturas para que quedaran permanentes y se reprodujeran en museos de todo el mundo.
Tampoco cobraba nunca por ningún uso que pudiera hacerse de sus esculturas de luz.
-No podría pedir ni un centavo -dijo extendiendo los brazos-. Es gratis para todos. Al fin y al cabo,
ya no voy a utilizarlas más.
Y era cierto. Nunca utilizaba la misma escultura de luz dos veces seguidas. Cuando se tomaron
los hologramas, fue la imagen viva de la cooperación, vigilando amablemente cada paso, siempre
dispuesta a ordenar a sus criados robots que ayudaran.
-Por favor, Courtney -solía decirles-, ¿quieres ser tan amable y preparar la escalera?
Era su modo de comportarse. Siempre se dirigía a sus robots con la mayor cortesía. Una vez,
hacia años, un funcionario del Buró de Robots y Hombres Mecánicos casi la regañó:
-No puede hacerlo así -le dijo severamente-, interfiere con su eficacia. Están construidos para
obedecer órdenes, y cuanto más claramente dé esas órdenes, con mayor eficiencia las
obedecerán. Cuando se dirige a ellos con elaborada cortesía, es difícil que comprendan que se les
está dando una orden. Reaccionan más despacio.
La señora Lardner alzó su aristocrática cabeza.
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-No les pido rapidez y eficiencia, sino buena voluntad. Mis robots me aman.
El funcionario del Gobierno pudo haberle explicado que los robots no pueden amar, sin embargo,
se quedó mudo bajo su mirada dulce pero dolida.
Era notorio que la señora Lardner jamás devolvió un robot a la fábrica para reajustarlo. Sus
cerebros positrónicos son tremendamente complejos y una de cada diez veces el ajuste no es
perfecto al abandonar la fábrica. A veces, el error no se descubre hasta mucho tiempo después,
pero cuando ocurre el Buró de Robots y Hombres Mecánicos realiza gratis el ajuste. La señora
Lardner movió la cabeza y explicó:
-Una vez que un robot entra en mi casa y cumple con sus obligaciones, hay que tolerarle cualquier
excentricidad menor. No quiero que se les manipule.
Lo peor era tratar de explicarle que un robot no era más que una máquina. Se revolvía envarada:
-Nada que sea tan inteligente como un robot puede ser considerado una máquina. Les trato como
a personas.
Y ahí quedó la cosa. Mantuvo incluso a Max, que era prácticamente un inútil. A duras penas
entendía lo que se esperaba de él. Pero la señora Lardner lo solía negar insistentemente y
aseguraba con firmeza:
-Nada de eso. Puede recoger los abrigos y sombreros y guardarlos realmente bien. Puede
sostener objetos para mí. Puede hacer mil cosas.
-Pero, ¿por qué no lo manda a reajustar? -preguntó una vez un amigo.
-No podría. Él es así. Le quiero mucho, ¿sabes? Después de todo, un cerebro positrónico es tan
complejo que nunca se puede saber por dónde falla. Si le devolviéramos una perfecta normalidad,
ya no habría forma de devolverle la simpatía que tiene ahora. Me niego a perderla.
-Pero, si está mal ajustado -insistió el amigo, mirando nerviosamente a Max-, ¿no puede resultar
peligroso?
-Jamás -la señora Lardner se echó a reír-. Hace años que le tengo. Es completamente inofensivo
y encantador.
La verdad es que tenía el mismo aspecto que los demás, era suave, metálico, vagamente
humano, pero inexpresivo.
Pero para la dulce señora Lardner todos eran individuales, todos afectuosos, todos dignos de
cariño. Ese era el tipo de mujer que era.
¿Cómo pudo asesinar?
Nadie pensaba que John Semper Travis pudiera ser asesinado. Introvertido y afectuoso, estaba
en el mundo, pero no pertenecía a él. Tenía aquel peculiar don matemático que hacía posible que
su mente tejiera la complicada tapicería de la infinita variedad de sendas cerebrales positrónicas
de la mente de un robot.
Era ingeniero jefe del Buró de Robots y Hombres Mecánicos y un admirador entusiasta de la
escultura de luz. Había escrito un libro sobre el tema, tratando de demostrar que el tipo de
matemáticas empleadas para tejer las sendas cerebrales positrónicas podían modificarse para
servir como guía en la producción de esculturas de luz.
Sus intentos para poner la teoría en práctica habían sido un doloroso fracaso. Les esculturas que
logró producir siguiendo sus principios matemáticos fueron pesadas, mecánicas y nada
interesantes.
Era el único motivo para sentirse desgraciado en su vida tranquila, introvertida y segura, pero para
él era un motivo más que suficiente para sufrir. Sabía que sus teorías eran ciertas, pero no podía
ponerlas en práctica. Si no era capaz de producir una gran pieza de escultura de luz...
Naturalmente, estaba enterado de las esculturas de luz de la señora Lardner. Se la tenía
universalmente por una genio. Travis sabía que no podía comprender ni el más simple aspecto de
la matemática robótica. Había estado en correspondencia con ella, pero se negaba
insistentemente a explicarle su método y él llegó a preguntarse si tendría alguno. ¿No sería simple

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intuición? Pero incluso la intuición puede reducirse a matemáticas. Finalmente consiguió recibir
una invitación a una de sus fiestas. Sencillamente, tenía que verla.
El señor Travis llegó bastante tarde. Había hecho un último intento por conseguir una escultura de
luz y había fracasado lamentablemente. Saludó a la señora Lardner con una especie de respeto
desconcertado y dijo:
-Muy peculiar el robot que recogió mi abrigo y mi sombrero.
-Es Max -respondió la señora Lardner.
-Está totalmente desajustado y es un modelo muy antiguo. ¿Por qué no lo ha devuelto a la
fábrica?
-Oh, no. Seria mucha molestia.
-En absoluto, señora Lardner. Le sorprendería lo fácil que ha sido. Como trabajo en el Buró de
Robots y Hombres Mecánicos me he tomado la libertad de ajustárselo yo mismo. No tardé nada y
encontrará que ahora funciona perfectamente.
Un extraño cambio se reflejó en el rostro de la señora Lardner. Por primera vez en su vida plácida
la furia encontró un lugar en su rostro, era como si sus facciones no supieran cómo disponerse.
- ¿Lo ha ajustado? -gritó-. Pero si era él quien creaba mis esculturas de luz. Era su desajuste, su
desajuste que nunca podrá devolverle el que… que…
Desafortunadamente, en ese momento había estado mostrando su colección y el puñal enjoyado
de Camboya estaba ante ella en la mesa de mármol.
El rostro de Travis también estaba desencajado, murmuró:
- ¿Quiere decir que, si hubiera estudiado sus sendas cerebrales positrónicas con su desajuste
único, hubiera podido aprender…
Se echó sobre él, con la daga levantada, demasiado de prisa para que nadie pudiera detenerla, y
él ni siquiera trató de esquivarla. Alguien comentó que no la había esquivado. Como si quisiera
morir…
FIN
PLAN DE TRABAJO
ESCRIBIR UN ENSAYO LITERARIO SOBRE LA LITERATURA DE CIENCIA FICCIÓN
SIGUIENDO EL PLAN TEXTUAL.

PÁRRAFO 1 y 2: INTRODUCCIÓN> Frase introductoria y presentación del tema.

PÁRRAFOS 3,4,5 y 6: CUERPO> Tesis, argumento de autoridad, de hecho y de


ejemplificación.

PÁRRAFOS 7y8: CONCLUSIÓN> Relación con la tesis y frase de cierre.

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