1.
La Biblia se celebra (Liturgia de la Palabra) «La importancia de la
Sagrada Escritura en la celebración de la liturgia es sumamente
grande, puesto que de ella se toman las lecturas que luego se
explican con la homilía y los salmos que se cantan» (SC 24). 1.1.1.
La palabra de Dios vivida en la liturgia La Palabra de Dios ocupa un
puesto preeminente en la celebración litúrgica, pues es vital para la
comunidad cristiana: «la Iglesia se edifica y crece escuchando la
Palabra de Dios» (OLM 7: Ordenación de las Lecturas de la Misa,
1981, 2ª. edición típica). Por eso «la Iglesia siempre ha venerado las
Sagradas Escrituras como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues
sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y
repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece en la mesa de la
Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo» (DV 21). «No sólo de pan
vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios»
(Mt 4,3-4). En la LITURGIA La Iglesia ha venerado la Eucaristía
como la Sagrada Escritura: son el Pan de vida ambos.
Las dos partes de la Misa son la «Liturgia de la Palabra» y la
«Liturgia de la Eucaristía». Estas dos están tan estrechamente
unidas entre sí, que constituyen un solo acto de culto ya que en la
misa se dispone la mesa, tanto de la Palabra de Dios como del
Cuerpo de Cristo, en la que los fieles encuentran instrucción y
alimento cristiano. Otros ritos pertenecen a la apertura y conclusión
de la Eucaristía Sagrada Escritura Mesa del Cuerpo de Cristo (Altar)
Mesa de la Palabra de Dios (Ambón) Pan de vida Se ofrece en:
celebración (IGMR 28). Las diversas partes de la Misa (IGMR: 46-
90) son las siguientes:
En el Concilio fueron los documentos sobre la revelación (DV: Dei
Verbum), sobre la Iglesia (LG: Lumen Gentium) y la liturgia (SC:
Sacrosanctum Concilium) los que más subrayan esta renovada
estimación hacia la Palabra. Cuando se leen en la Iglesia las
Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo,
presente en su palabra, anuncia el Evangelio. Por eso las lecturas
de la Palabra de Dios que proporcionan a la Liturgia un elemento de
grandísima importancia, deben ser escuchadas por todos con
veneración. Y aunque la palabra divina, en las lecturas de la
Sagrada Escritura, va dirigida a los hombres de todos los tiempos y
está al alcance de su entendimiento, sin embargo, su comprensión
y eficacia aumenta con una explicación viva, es decir, con la homilía,
que es parte de la acción litúrgica (IGMR, 29). En el centro de la
comunidad cristiana se encuentra siempre el «Misterio pascual de
Jesucristo». Este acontecimiento central y cualquier otro aspecto de
la economía salvífica se convierte en objeto de una celebración
litúrgica desde el momento en que son anunciados, proclamados y
celebrados en la Liturgia de la Palabra.
MISTERIO PASCUAL: el acontecimiento central
1.1.2. La Sagrada Escritura vivida en la Historia La versión de la
Septuaginta (traducción en griego del Antiguo Testamento) fue el
primer libro litúrgico de la Iglesia (cf. 2 Tim 3,15-16). El aprecio y la
celebración de la Palabra de Dios ya era un valor heredado de los
judíos: desde las grandes asambleas del AT, para escuchar la
palabra (Ex 19-24; Neh 8-9) y la estructura de la celebración en el
culto sinagogal, centrado en las lecturas bíblicas y en la oración de
los salmos. Era fácil de ahí el paso a la celebración cristiana, con la
conciencia de que Dios, que había hablado a su pueblo por boca de
los profetas, ahora nos ha dirigido su palabra por medio de su Hijo
(cf. Heb 1,1-2), la Palabra hecha persona (Jn 1,14).
El propio Jesús, que citaba las Escrituras del Antiguo Testamento,
aplicándolas a su persona y a su obra, no solamente mandó acudir
a la Biblia para entender su mensaje (Jn 5, 39), sino que, además,
nos dio ejemplo ejerciendo el ministerio del lector y del homileta en
la sinagoga de Nazareth (cf. Lc 4,16-21) y explicando a los
discípulos de Emaús «cuanto se refería a él comenzando por Moisés
y siguiendo por todos los profetas» (cf. Lc 24,27), antes de realizar
la «fracción del pan» (cf. Lc 24,30). En efecto, después de la
resurrección hizo entrega a los discípulos del sentido último de las
Escrituras, al «abrirles las inteligencias» para que las
comprendiesen (cf. Lc 24,44-45).
Hacia el año 155, en Roma, San Justino dejó escrita la más antigua
descripción de la eucaristía dominical. La celebración comenzaba
con la Liturgia de la Palabra (cf. San Justino, I Apología 67). Es muy
probable que, desde el principio, la liturgia cristiana siguiera la
práctica sinagogal de proclamar la Palabra de Dios en las reuniones
de oración y en particular en la Eucaristía (cf. Hch 20,7-11). Por otra
parte, es fácilmente comprensible que, cuando empezaron a circular
por las Iglesias «los recuerdos de los Apóstoles», su lectura se
añadiese a la del Antiguo Testamento. Más aún, muchas de las
páginas del Nuevo Testamento han sido escritas después de haber
formado parte de la transmisión oral en un contexto litúrgico. La
proclamación de la Palabra es un hecho constante y universal en la
historia del culto cristiano, de manera que no hay rito litúrgico que
no tenga varios leccionarios, en los que ha distribuido la lectura de
la Palabra de Dios de acuerdo con el calendario y las necesidades
pastorales de la respectiva Iglesia.
1.1.3. La Sagrada Escritura en la teología del Vaticano II El Concilio
Vaticano II no dudo en referirse a los leccionarios de la Palabra de
Dios como tesoros bíblicos de la Iglesia, disponiendo que se abriera
con mayor amplitud (SC 51; cf. 92). En este sentido el Concilio
afirmó también la importancia de la Sagrada Escritura en la
Celebración de la liturgia (cf. SC 24). Esta abundancia obedece a la
convicción de la presencia del Señor en la Palabra proclamada. «En
efecto; en la Liturgia Dios habla a su pueblo y Cristo sigue
anunciando el Evangelio. Y el pueblo responde a Dios, ya con el
canto ya con la oración» (SC 33). La Iglesia sabe que, cuando abre
las Escrituras, encuentra siempre en ellas la Palabra divina y la
acción del Espíritu, por quien la «voz del Evangelio resuena viva en
la Iglesia» (DV 8; cf. 9, 21).
La Palabra leída y proclamada en la liturgia es uno de los modos de
la presencia del Señor junto a su Iglesia, sobre todo en la acción
litúrgica : «Está presente con su palabra, pues cuando se lee en la
Iglesia la Sagrada Escritura» (SC 7). En efecto, la Palabra
encarnada «resuena» en todas las Sagradas Escrituras, que han
sido inspiradas por el Espíritu Santo con vistas a Cristo, en quien
culmina la revelación divina (cf. DV 11-12; 15-16, etc.).
La misma homilía, cuya misión es ser «una proclamación de las
maravillas obradas por Dios en la historia de la salvación o misterio
de Cristo: misterio, que está siempre presente y activo en nosotros,
particularmente en las celebraciones litúrgicas» (SC 35,2; cf. 52),
goza también de una cierta presencia del Señor, como afirma el
papa Pablo VI: «(Cristo) está presente en su Iglesia que predica,
puesto que el Evangelio que ella anuncia es la Palabra de Dios y
solamente se anuncia en el nombre, con la autoridad y con las
asistencia de Cristo...» (cf. Mysterium Fidei , n. 20).
1.1.4. El leccionario Se llama leccionario al libro que contiene un
sistema organizado de lecturas bíblicas para su uso en las
celebraciones litúrgicas, aunque también se aplica al de las páginas
patrísticas del Oficio de Lecturas (antiguo oficio de Maitines, hoy
celebración basada en una más abundantes meditación de la
Palabra de Dios que puede hacerse a cualquier hora del día [cf.
OGLH 55]), y que mantiene no obstante, el carácter nocturno de la
liturgia coral [cf. SC 88]).
Como ya hemos intuido, la comunidad cristiana al principio leía
directamente la Biblia, con amplia libertad de elección, «mientras el
tiempo lo permite», como decía en el año 150 San Justino. Pero
pronto se vio la conveniencia de una selección de lecturas para los
diversos tiempos y fiestas. Según el modo de indicar las varias
perícopas o unidades de lectura bíblica este libro se fue llamando
«capitulare», que señalaba las primeras y las últimas palabras de
cada pasaje, o bien «comes» o «liber comitis» -en la liturgia
hispánica «liber commicus»- (de «comma», sección, coma), en que
constan las lecturas íntegras. Según los contenidos, más tarde se
diversificaron el «epistolario» y el «evangeliario», cuando se
organizaron por separado esas lecturas.
Las diversas familias litúrgicas de Oriente y Occidente fueron
configurando con criterios de selección propios sus leccionarios.
Casi siempre fueron fieles a las tres lecturas: el profeta, el apóstol y
el evangelio, para la Eucaristía. Algunos de los más antiguos y
famosos son el «Comes de Würzburg», el más antiguo en
Occidente, y el Leccionario armenio de Jerusalén, en Oriente.
En la reforma del Vaticano II, una de las realidades que más riqueza
ha aportado a la celebración son los nuevos Leccionarios. Antes
teníamos un «misal plenario», con lecturas y oraciones juntas. Ahora
el Misal Romano consta de dos libros: el Misal, que es el libro del
altar o de las oraciones, y el Leccionario, el «Ordo Lectionum
Missae» (=OLM). Este segundo está dividido en varios volúmenes:
el leccionario dominical en tres ciclos, el ferial en dos, el santoral, el
ritual para los sacramentos, el de las misas diversas y votivas,
siguiendo así la consigna del Concilio de ofrecer al pueblo cristiano
una selección más rica y más variada de la Palabra de Dios (cf. SC
51). La primera edición latina del nuevo Leccionario apareció en
19691. En 1981, al publicarse la segunda, se enriqueció
notoriamente su introducción.
1 Revisión de la ordenada por el Concilio Vaticano II en 1963.
La edición en latín salió a la luz en 1969.
Se comenzó a usar el 1er Domingo de Adviento (30 de noviembre)
de 1970.
Hay Leccionario bíblico también para el Oficio de Lectura de la
Liturgia de las Horas, con la peculiaridad de que, además de la serie
de lecturas que consta el libro oficial, se anunciaba ya desde el
principio, aunque se ha tardado mucho en realizar oficialmente la
idea, un leccionario bienal que permite leer íntegramente en dos
años toda la Biblia, excepto el evangelio, que se reserva para la Misa
(cf. IGLH 140-158).
El Leccionario usado en la celebración litúrgica debe ser digno,
decoroso, que manifieste en su misma apariencia el respeto que a
la comunidad cristiana le merece su contenido: la Palabra que Dios
nos dirige (cf. OLM 35-37). Por eso se rodea de signos de aprecio:
el que proclama el Evangelio besa el Libro, que antes se puede
llevar en procesión al inicio de la Misa e incensar en días festivos,
etc.
Se prescriben tres Lecturas para los Domingos y Fiestas Mayores: usualmente una del
A.T., una Epístola y el Evangelio. Existe una mayor variedad de lecturas distribuidas los
Domingos en 3 ciclos (A, B y C). Los días de la semana presentan 2 Ciclos (I y II). El
total de los textos bíblicos usados los Domingos, Vigilias y Fiestas mayores alcanzan el
58% de los Evangelios, el 25% de las epístolas y el 3.7 % del A. T.
El leccionario proclamado, domingo tras domingo, o día tras día, a
la comunidad cristiana, es el mejor catecismo abierto, que
continuamente alimenta y ayuda a profundizar la fe (cf. OLM 61). a)
El Salmo Responsorial
Aunque el testimonio de Justino, en el siglo II, no nos habla todavía
de un salmo intercalado, sabemos que es antiquísima su existencia,
heredada en la liturgia judía. En tiempo de San Agustín era de uno
de los elementos preferidos de la Liturgia de la Palabra: él mismo,
en sus homilías, lo cita con frecuencia y a veces lo convierte en tema
principal de sus palabras. En los siglos posteriores se fue dando más
importancia a la música que al texto del salmo y se fue complicando
su realización, convirtiéndose en patrimonio de especialistas, con el
canto gregoriano de los «graduales» y «tractos». En la actual
reforma se ha ido clarificando el papel de este salmo en el conjunto
de la celebración de la Palabra. Al principio a veces se llamó «canto
interleccional», pero luego se prefirió más ajustadamente llamarlo
«salmo responsorial»: primero porque no es un canto cualquiera,
sino un salmo; y además, porque su forma de realización es
responsorial, o sea, la comunidad va respondiendo con su estribillo
o antífona, a ser posible cantada, a las estrofas que va recitando o
cantilando el salmista. La Ordenación de las Lecturas para la Misa
(OLM), el nuevo Leccionario, describe la finalidad y las modalidades
de realización de este salmo responsorial (OLM 19, 22 y 56). Se trata
de dar a la celebración un tono de serenidad contemplativa: el salmo
prolonga poéticamente y ayuda a la comunidad a interiorizar el
mensaje de la primera lectura bíblica. Por eso debe ser dicho «de la
manera más apta para la meditación de la Palabra de Dios» (OLM
22), sobre todo el canto, porque éste «favorece la percepción del
sentido espiritual del salmo y la meditación del mismo» (OLM 21).
1.1.5. Los tiempos litúrgicos2
• Adviento - Tiempo litúrgico de preparación atenta, gozosa y llena
de esperanza a lo largo de 4 semanas. Comienza 4 domingos antes
al día de Navidad (el primer Domingo de Adviento será el más
cercano a la Fiesta de San Andrés, el 30 de noviembre).
• Navidad - No solamente el día de Navidad sino una celebración
continua que se extiende por 2 o 3 semanas después de esa fecha.
Comienza con la Vigilia de Navidad (24 de diciembre), continúa con
la Epifanía y concluye con el Bautismo del Señor).
• Tiempo Ordinario - Es un periodo de entre 6 a 9 semanas que inicia
al concluir el Tiempo de Navidad, el lunes que sigue al domingo que
cae después del día 6 de enero y dura hasta el martes antes de
Cuaresma; el martes anterior al Miércoles de Ceniza.
• Cuaresma - Tiempo de preparación penitencial (40 días) desde el
«Miércoles de ceniza» a la mañana del Jueves Santo.
• Semana Santa - La Semana anterior a la Pascua, comienza el
Domingo de Ramos e incluye el Triduo Pascual.
• Pascua - No se refiere solo al Domingo de Pascua sino que incluye
el Triduo Pascual (del Jueves Santo al Domingo de Resurrección),
la octava posterior a la Pascua (hoy al Segundo Domingo de Pascua
se le llama “Día de la Divina Misericordia”) y el Tiempo Pascual un
total de 50 días (7 semanas completas) incluyendo el Domingo de
Pentecostés.
• Tiempo Ordinario - El resto del año (haciendo un total de 34
semanas) a partir del lunes después del domingo de Pentecostés y
termina antes de las primeras Vísperas del primer domingo de
Adviento. Su último domingo es la Solemnidad de Cristo, Rey del
Universo.
2 COLORES LITURGICOS:
• Adviento - Púrpura con excepción del color Rosa para el Tercer
Domingo (Gaudete)
• Navidad - Blanco o Dorado (nunca rojo o verde).
• Cuaresma - Púrpura con excepción del Rosa el cuarto Domingo de
Cuaresma (Laetare) y Rojo el Domingo de Ramos.
• Triduo Pascual - Blanco o dorado el Jueves Santo y la Vigilia
Pascual y Rojo el Viernes Santo).
• Pascua - Blanco o Dorado. Rojo en Pentecostés.
• Tiempo Ordinario - Verde con excepción de Solemnidades, fiestas
u ocasiones especiales: Blanco para las solemnidades de Señor y
los Santos, fiestas locales mayores y liturgias funerales; Rojo para
las fiestas de los Apóstoles, Mártires y el Espíritu Santo.
1.1.6. Ordenación de las lecturas para el Tiempo Ordinario
La Ordenación de las lecturas contiene lecturas para los 34
domingos y las semanas que les siguen. A veces, sin embargo, las
semanas del tiempo ordinario son solo 33. Además, algunos
domingos o bien pertenecen a otro tiempo litúrgico (el domingo en
que se celebra el bautismo del Señor y el domingo de Pentecostés)
o bien quedan impedidos por una solemnidad que en ellos coincide
(por ejemplo, la Santísima Trinidad, Jesucristo, Rey del universo)
(OLM 103).
a) Lecturas para las Misas dominicales y Fiestas mayores
• Primera Lectura - Tomada de los libros del Antiguo
Testamento, con excepción de los hechos de los Apóstoles
durante el Tiempo Pascual.
• Salmo Responsorial - Tomado del libro de los Salmos y a
veces de otros cánticos bíblicos.
• Segunda Lectura - Tomada generalmente de las cartas del
apóstol Pablo, pero a veces de otras cartas apostólicas o del
Apocalipsis.
• Aclamación antes del Evangelio - Usualmente una cita
bíblica o a veces una adaptación de un texto bíblico.
• Evangelio - Año A: San Mateo; Año B: San Marcos; Año C:
San Lucas. El Evangelio de San Juan se usa principalmente
en los tiempos litúrgicos de Cuaresma y Pascua.
Normalmente existe una conexión temática entre el Evangelio
y la Primera Lectura (usualmente también con el salmo
responsorial y la antífona anterior al Evangelio), pero la
Segunda Lectura no mantiene relación pues sigue un
esquema de lectura semicontinua.
b) Lecturas para las ferias (días entre semana)
• Lectura - se van alternando los dos Testamentos, varias
semanas cada uno, según la extensión de los libros que se
leen. Del Nuevo Testamento se lee una parte bastante
notable, procurando dar una visión substancial de cada una
de las cartas. En cuanto al Antiguo Testamento, no era
posible ofrecer más que aquellos trozos escogidos que, en lo
posible, dieran a conocer la índole propia de cada libro. Los
textos históricos han sido seleccionados de manera que den
una visión de conjunto de la historia de la salvación antes de
la Encamación del Señor.
• Salmo Responsorial - Tomado del libro de los Salmos y a veces de
otros cánticos bíblicos.
• Aclamación antes del Evangelio - Usualmente una cita bíblica o a
veces una adaptación de un texto bíblico.
• Evangelio - Se ordenan de manera que en primer lugar se lee el
Evangelio de san Marcos (semanas I-IX), luego el de san Mateo
(semanas X-XXI), finalmente el de san Lucas (semanas XXII-
XXXIV). Los capítulos 1-12 de san Marcos se leen íntegramente,
exceptuando tan sólo dos fragmentos del capítulo 6 que se leen en
las ferias de otros tiempos. De san Mateo y de san Lucas se lee todo
aquello que no se encuentra en san Marcos. Aquellos fragmentos
que en cada Evangelio tienen una índole totalmente propia o que
son necesarios para entender adecuadamente la continuidad del
Evangelio se leen dos e incluso tres veces. El discurso escatológico
se lee íntegramente en san Lucas, y de este modo coincide esta
lectura con el final del año litúrgico (OLM 109). c) Lecturas para las
Misas y liturgias especiales
• Santos - Existen cuatro categorías en orden decreciente de
importancia: Solemnidades, Fiestas, Memorias y memorias
Opcionales. Algunos santos tienen sus “Propios” (oraciones y
lecturas específicamente seleccionadas para ese santo). Para otras
fiestas los textos y plegarias son tomadas de los llamados
“comunes”: Aniversario de la dedicación de una Iglesia,
Bienaventurada Virgen María, Mártires, Pastores, Doctores de la
Iglesia, Vírgenes, Santos y Santas.
• Misas Rituales - Incluyendo la Iniciación Cristiana (de adultos o
niños, bautismo, confirmación y primera comunión), Ordenes
Sagradas y otros ministerios, Cuidado Pastoral de los enfermos y
moribundos, sacramento del Matrimonio, Profesión Religiosa,
bendición de una Iglesia o un altar, etc.
• Misas para Varias Ocasiones - Cuatro subcategorías: por la Santa
Iglesia (incluyendo al Papa, reuniones pastorales, unidad de los
cristianos, etc.), Necesidades Publicas (Líderes civiles, paz y
justicia, en tiempo de guerra), Varias Circunstancias Publicas (Año
Nuevo, Cosechas, Refugiados, Desastres naturales, etc.) y
Necesidades Varias (promoción de la caridad, por la familia, una feliz
muerte).
• Misas Votivas - Santísima Trinidad, Santa Cruz, Santa eucaristía,
Cristo Sumo Sacerdote, Santo Nombre de Jesús, Preciosa Sangre
de Cristo, Sagrado Corazón, San José, San Pedro y San Pablo,
todos los santos.
• Misas para los Difuntos - Incluyen Liturgias Fúnebres y Misas
memoriales, Funerales para niños que murieron sin bautismo.
NOTA: Si incluyéramos las lecturas de todas las misas dominicales,
semanales, votivas, propias y comunes de los santos, para
necesidades y ocasiones especiales, el Leccionario de la Misa
cubriría en sus lecturas el 90% de los Evangelios, 55% del resto del
N.T. y apenas el 13% del A.T., comprensible por la extensión de
este.