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El Exito Segun Dios - Kent y Barbara Hughes

El libro 'El Éxito Según Dios' de Kent y Bárbara Hughes ofrece una perspectiva bíblica sobre el éxito en el ministerio, desafiando las expectativas erróneas que pueden llevar a los pastores a la desesperación. A través de experiencias personales y testimonios, los autores buscan liberar a los líderes cristianos del síndrome de éxito secular, enfatizando que el verdadero éxito radica en la fidelidad, el servicio y la relación con Dios. Este texto es un llamado a redefinir el éxito en términos espirituales y a encontrar aliento en la comunidad de fe.

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El Exito Segun Dios - Kent y Barbara Hughes

El libro 'El Éxito Según Dios' de Kent y Bárbara Hughes ofrece una perspectiva bíblica sobre el éxito en el ministerio, desafiando las expectativas erróneas que pueden llevar a los pastores a la desesperación. A través de experiencias personales y testimonios, los autores buscan liberar a los líderes cristianos del síndrome de éxito secular, enfatizando que el verdadero éxito radica en la fidelidad, el servicio y la relación con Dios. Este texto es un llamado a redefinir el éxito en términos espirituales y a encontrar aliento en la comunidad de fe.

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EL ÉXITO SEGÚN DIOS

Conceptos bíblicos del éxito en el ministerio


Kent y Bárbara Hughes

Lo que otros dicen sobre

EL ÉXITO SEGÚN DIOS


“Este libro —fruto de la experiencia, basado en la Palabra de Dios y aplicado a la vida real— es lo
que necesitan los pastores desalentados y agotados, y también sus esposas. Y tampoco hará daño si
lo leen también los críticos de la iglesia. Lo recomiendo mucho.”
Doctor Warren Wiersbe

“Benditos seáis, Kent y Bárbara, por decir con claridad y osadía lo que miles de pastores y sus
esposas necesitan escuchar. Vuestro llamamiento a lo básico del ministerio liberará a muchos de las
falsas demandas del „éxito‟ y restaurará las medidas apropiadas de las expectativas. Vuestro libro
dice lo que he deseado decir a muchos jóvenes pastores desesperados. ¡Quiera Dios que muchos lo
lean!”
Doctor Ray Stedman

“Es un alentador examen espiritual de la visión bíblica del éxito. Es la solución para el síndrome de
éxito secular que aprisiona hoy a tanto del potencial de nuestros líderes cristianos.”
Reverendo Bruce Winter
Director de la Biblioteca Tyndale
Cambridge, Inglaterra

OBRAS AFINES
Los pastores también lloran, L. Lavender
De pastor a pastor, J. E. Giles
El pastor, H. Harvey
Discurso a mis estudiantes, C. H. Spurgeon

CASA BAUTISTA DE PUBLICACIONES


42081 4824-45

Traducido por
Rafael C. de Bustamante
CASA BAUTISTA DE PUBLICACIONES
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Apartado 4255, El Paso, Tx. 79914 EE. UU. de A.

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ARGENTINA: Rivadavia 3464, 1203 Buenos Aires


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BRASIL: Rua Silva Vale 781, Río de Janeiro
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MÉXICO: José Rivera No. 145-1 Col. Moctezuma 1a Sección 15500, México, D. F.
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Matamoros 344 Pte. Torreón, Coahuila, México
NICARAGÜA: Apartado 5776, Managua
PANAMÁ: Apartado 5363, Panamá 5
PARAGUAY: Pettirossi 595, Asunción
PERÚ: Apartado 3177, Lima
REPÚBLICA DOMINICANA: Apartado 880, Santo Domingo
URUGUAY: Casilla 14052, Montevideo
VENEZUELA: Apartado 152, Valencia 2001-A

© Copyright 1990, Casa Bautista de Publicaciones, Publicado originalmente en inglés por Tyndale
House Publishers, Inc., Wheaton, Illinois, © Copyright 1987, bajo el título Liberating Ministry from
the Success Syndrome by R. Kent and Bárbara Hughes. Traducido y publicado con permiso. Todos
los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial.
Primera edición: 1990
Clasificación Decimal Dewey: 253.2
Temas: 1. Ministerio Pastoral
ISBN: 0-311-42081-8 C.B.P. Art. No. 42081
4 M 3 90
Printed in U.S.A. 4824-45
En memoria de Joe Bayly y para Mary Lou

ÍNDICE
Introducción
Primera Parte. LA NOCHE OSCURA DEL ALMA
1. Sueños frustrados
2. Aférrate a mi fe
Segunda Parte. DEFINICIONES
3. Éxito, es fidelidad
4. Éxito, es servicio
5. Éxito es amar
6. Éxito es creer
7. Éxito es orar
8. Éxito es santidad
9. Éxito es actitud
10. ¡Dulce éxito!
Tercera Parte. ESTIMULOS
11. El estímulo de Dios
12. El estímulo del llamamiento
13. El estímulo de lo común
14. El estímulo de los compañeros de ministerio
15. El estímulo de la recompensa
Cuarta Parte. AYUDAS
16. Cómo puede ayudar la esposa del pastor
17. Cómo puede ayudar la congregación
Conclusión
Introducción
Algunos pensaron que aquello no era corriente, pero pocos se dieron cuenta de que el pastor
entraba en el aparcamiento del templo con una camioneta prestada. En cambio todos los ojos se
fijaron en él cuando cruzó el césped marcha atrás hasta la puerta de su despacho. Negándose a
todo comentario y rechazando toda ayuda, empezó a vaciar su despacho en la caja de la camioneta.
Imperturbable y sistemático vació primero los cajones de la mesa, después los archivos y,
finalmente, la biblioteca arrojando los libros descuidadamente en un montón; muchos de ellos
caían fuera del montón aleteando como pájaros heridos. Terminada su tarea, el pastor abandonó el
templo y, como se supo después, condujo algunos kilómetros hasta el vertedero municipal donde
arrojó todo a la basura.
Fue su forma de dejar atrás el abrumador sentimiento de fracaso que había experimentado en su
pastorado. Efectivamente, nunca volvió.
Escribimos este libro a causa de este caso y muchos —demasiados— otros semejantes. Estamos
preocupados por el estado de ánimo y la supervivencia de quienes ejercen el ministerio cristiano.
Pastores, obreros entre la juventud, maestros de la escuela dominical, escritores, y conferenciantes
cristianos; y quienes están en otras áreas de servicio cristiano y, frecuentemente, se enfrentan con
fuertes sentimientos de fracaso, generalmente alimentados por erróneas expectativas de éxito.
Verdad es que nuestras facultades, universidades y seminarios cristianos se llenan cada año de
estudiantes brillantes y motivados. Pero también es verdad que cada año miles abandonan el
ministerio pastoral convencidos de que son unos fracasados, seducidos por lo que William James
llamó mordazmente “la seductora diosa del éxito”.
Sabemos lo que es eso. También nosotros estuvimos a punto de sucumbir a su seducción.
Esperamos que el relato de nuestra sutil confusión en cuanto al éxito, nuestra casi ruina, y
finalmente nuestra liberación mediante la verdad de la Palabra de Dios, ayudará a liberar a otros de
esta siniestra diosa.
Este libro es un intento de animar a los que están en el pastorado; es nuestro regalo a nuestros
compañeros de servicio.
Confiamos en que estos pensamientos puedan ayudaros a combatir la desesperación y el fracaso
con el que todos nos enfrentamos en la obra de Dios, y guiaros a un entendimiento más profundo y
pleno del éxito en vuestro ministerio.

Kent y Bárbara Hughes


Primera Parte

LA NOCHE OSCURA DEL ALMA

Sueños frustrados
Al empezar esta narración, no piense que esto es lo más grave que me ha ocurrido en el
pastorado. No lo es. El significado de mí experiencia no es su dureza, sino el hecho de que ella casi
me hizo abandonar mi llamamiento divino.
Cuando un hombre tiene cuarenta y cinco años se dice que está a la mitad de su vida, y yo desde
luego lo estoy. También se dice, a menudo, en la flor de la juventud; y así estoy yo. Llevo casado
veinticinco años con una mujer que es no sólo mi amor sino también mí compañera del alma.
Tenemos cuatro hijos que aman a Cristo y quieren servirle según sus llamamientos.
Veintitrés de esos veinticinco años los hemos empleado en el ministerio pastoral. Predicar me
apasiona. Incluso en vacaciones disfruto con los libros que se refieren a la historia de la
predicación, al pensamiento homilético y a la teología. Siento que estoy haciendo aquello para lo
que he nacido.
El pastorado ha hecho posible que yo experimente lo que algunos (¡neciamente!) llamarían éxito,
ya que he viajado mucho, hablado en conferencias internacionales, escrito varios libros, y
pertenecido a juntas de organizaciones cristianas.
Los que han trabajado conmigo durante más de veinte años dicen que me consideran un pastor
capaz, sólido y equilibrado que tiene un enfoque positivo del ministerio —y de toda la vida. Y puedo
decir sin sonrojo que tienen razón. Pese a que no desconozco los sentimientos depresivos, esos son
momentos raros en mi vida —y siempre lo han sido.
Todo esto es lo que hace el relato siguiente tan esclarecedor.
Al salir de mi automóvil un día caluroso, camino de mi casa del sur de California, y caminar
cartera en mano hacia la sombra del porche delantero, no me sentía bien. Allí me saludó Bárbara
alegremente, desde detrás de la cortina de la cocina.
Consciente de mi depresión gradual, ella me había estado observando con preocupación
creciente. Mi talante había perdido su característica energía y frecuentemente aparecía abatido.
Bárbara sabía que ello se debía a mi trabajo, porque observaba que cuando las cosas iban bien en
la iglesia yo estaba perfectamente, pero que cuando no era así me encontraba desanimado. Si la
asistencia al templo era alta, yo estaba en alto; si era escasa, yo me hundía. Y la asistencia había
ido descendiendo durante largo tiempo.
Lo que no sabía Bárbara era que yo estaba preguntándome seriamente si debía continuar o no en
el ministerio pastoral. Tampoco se daba cuenta de que las dudas que me turbaban eran en realidad
tan repugnantes que no me atrevía a hablar de ellas. No podía tampoco saber que a medida que
suprimía esas dudas mi misma depresión tomaba un cariz cada vez más desagradable.
Una animosidad encubierta había impregnado mi alma. Estaba oculta a todos. Años de civismo
cristiano honestamente cultivado me hicieron buen servicio —dado que interiormente era un
hombre muy iracundo.
El centro de mi resentimiento era Dios mismo, que era quien me había llamado a esto. Yo lo
había dado todo —todo mi tiempo, toda mi preparación, años de pastorado y devoción cristiana
verdadera (¡él lo sabía!)— y ahora estaba fracasado. Dios tenía la culpa.
Bajo mi apariencia pastoral, se movían a su antojo oscuros pensamientos.
Interiormente me sentía turbado y temeroso. Por la noche, al dormirme, las amables caras de
quienes me querían bien aparecían y se desvanecían —siempre sonriendo. Parecían observar con
benevolencia cómo me hundía en un foso de miserable desesperación.
Quería abandonar.
¿Cómo pude haber llegado a esto? En una mirada retrospectiva puedo ahora ver que mucho de
ello tenía que ver con mis expectativas, que se remontaban a la semana en que, cuando tenía doce
años, encontré a Cristo en un campamento de verano.
Aun puedo recordar el brillante foco de mi linterna iluminando las delicadas páginas de mí
pequeña Biblia. Después de apagar las luces, en la atmósfera almizcleña a calcetín de gimnasia de
mi saco de dormir, temblando de gozo, leía y releía los grandes textos sobre la salvación. ¡Había
encontrado a Cristo!
Aunque todavía era apenas un adolescente, sabía que estaba llamado a predicar. Tan seguro
estaba de ello que al día siguiente se lo hice saber a todo el mundo. Cuando volví a casa lo anuncié
a toda mi familia y di testimonio de ello ante toda la iglesia. Fue un anuncio precoz, pero era de
Dios. El llamamiento no me abandonaría nunca, Aquello dio una dirección profunda a mi vida. Dios
me había salvado y me llamaba y, en mi egocentrismo juvenil, asumí que él iba a hacer grandes
cosas por medio de mí.
A causa de esto mis años de adolescente estuvieron llenos y bien enfocados. Entré con
entusiasmo en la vida de mi instituto e iglesia locales del sur de California —mientras crecía
felizmente en el proceso de quien había de ser un pastor.
Al cumplir los dieciséis años prediqué mi primer sermón sobre Jonás y la ballena. Le puse un
doble título: “El jovencito del mar, o ¡Dios tiene un plan como una ballena para tu vida!” Era un
sermón de dudoso talento y de dudosa calidad. El simple hecho de hacerlo manifestó mi identidad
como alguien llamado al ministerio del evangelio. Muchas personas amables y alentadoras de mi
iglesia predijeron que yo sería un “buen” predicador. Y con sus predicciones, aumentó mí
expectación del éxito futuro.
Pese a mi orgullo inmaduro, mi llamamiento era un asunto muy serio para mí. Prácticamente
todo lo hacía con la mirada puesta en la sagrada meta del pastorado.
Fui al Whittier College. Allí me dediqué profundamente a los estudios y a la preparación para el
pastorado. Dirigí clubes de Juventud para Cristo, prediqué en las calles a veces, y organicé
actividades evangelizadoras para alcanzar a estudiantes de otras facultades.
El conocer a Bárbara y casarme con ella —mi animosa y aventajada esposa, con vocación para el
ministerio— reforzó mi dedicación y la sensación de que los mejores tiempos estaban aún por llegar.
La decisión de crear una familia al terminar los estudios en la facultad suponía aumentar las
presiones. Asistía a las clases, trabajaba cuarenta horas a la semana, y juntamente con Bárbara
comencé un ministerio emocionante entre matrimonios jóvenes en nuestra iglesia que nos llevó a
estudiar en el cercano Seminario Teológico de Talbot. A decir verdad nuestra disposición unánime
nos dejaba fatigados, pero éramos felices.
El seminario fue todo lo que había esperado y aún más. Hay un romance especial en el estudio
bíblico, “la reina de las ciencias”, con su historia épica, sus doctrinas magistrales, su teología, su
griego y su hebreo. Y me sumergí en el romance por completo, dado que estudiar la Biblia y
aprender de Cristo era para mí el cielo. Amistades para toda la vida con profesores y estudiantes
piadosos, reforzaron nuestra resolución de servir a Dios con todas nuestras fuerzas. El seminario
fue para mí una confirmación de lo correcto de mi vocación. Asimismo, tuvo el efecto de aumentar
mis expectativas de éxito.
Estando en el seminario inicié diez años memorables de ministerio en la iglesia de mi familia,
primero como pastor de la juventud y después como pastor asociado. Esto fue en la década de los
sesenta —inquieta, desarraigada, pero a la vez tiempo de cosecha espiritual maravillosa. Nuestros
estudios bíblicos rebosaban de adolescentes que buscaban la verdad honesta y seriamente. Muchos
de ellos no sólo encontraron a Cristo sino que llegaron a ser misioneros y pastores.
Lo más destacado de aquel ministerio está enmarcado en una fotografía colgada en la entrada de
nuestra casa. La fotografía fue tomada en 1968 en Parker, Arizona, durante la semana de extensión
de Pascua para estudiantes de bachillerato. Está tomada a la luz intensa de las primeras horas de
la mañana, en el desierto de Arizona, que le proporciona detalles casi surrealistas. Al fondo se ve la
cinta turquesa del río Colorado iluminado por el resplandor de la mañana. En primer término hay
cuatro hombres jóvenes sobre la cubierta de un remolcador. Están tostados por el sol y curtidos por
el viento, y sostenían en sus manos botellas de cerveza en una postura agresivamente varonil. Tres
de aquellos jóvenes confesarían a Cristo aquella mañana. Hoy dos de ellos están en el pastorado y el
otro es un destacado consejero cristiano. Aquella fotografía me demuestra el poder soberano e
ineludible de Dios. Aquellos jóvenes, desconocidos para mí hasta aquella mañana, no sólo fueron
transformados por la gracia de Dios sino que vivieron unas vidas cristianas extraordinariamente
fructíferas y han sido buenos amigos míos durante casi veinte años.
Ojalá todo el ministerio cristiano fuera tan triunfante como esa fotografía. Desgraciadamente el
ministerio es confuso. Se experimentan una gran gama de frustraciones en diez años de servicio
cristiano activo.
Aun así, aquellos fueron años productivos y satisfactorios. Pero al llegar a la edad de treinta y
dos años, me di cuenta de que era hora de iniciar una labor activa de púlpito. El llamamiento de
Dios era claro, y miré hacia adelante con esperanza pensando que aquellos habían sido días de
preparación para lo que Dios había de hacer.
La iglesia en la que servía decidió iniciar una nueva iglesia siendo yo el pastor fundador. En esta
aventura la iglesia madre y su pastor fueron maravillosamente magnánimos. Juntos elaboramos
una excelente presentación para hacer saber a la congregación el potencial de la nueva obra, veinte
familias decidieron ir con nosotros. Como colofón, la iglesia nos hizo un donativo de 50.000 dólares
para iniciar el trabajo.
¡Qué forma de empezar una iglesia! El optimismo estaba al tope. Los amigos me decían que
estaban a punto de ocurrir grandes cosas, y que no pasaría mucho tiempo antes de que la nueva
iglesia fuera más grande que su madre. Tales conversaciones agrandaban mis expectativas. Yo las
creía.
Las personas que se unieron a nosotros para iniciar la iglesia eran tremendas. Salimos de
nuestra sesión inaugural maravillados del equipo de personas con dones, trabajadores y con visión,
que el Señor había traído con nosotros. Con tales personas confiábamos en crecer.
Hicimos las cosas “como es debido”. Nuestra denominación contrató un experto en crecimiento
de iglesias que nos enseñó los grandes principios y las pequeñas sutilezas de las iglesias crecientes.
Me enviaron a seminarios de crecimiento de iglesias. Conseguimos fotografías aéreas y estudios
demográficos, encargamos estudios etnográficos, consultamos con los responsables del distrito, y
elegirnos la comunidad meta con esfuerzo y premeditación en oración.
Empezar una iglesia es un trabajo agotador, y nos lanzamos a él con todo lo que teníamos. Me
encontré asistiendo a reuniones, planeando estrategias, haciendo encuestas, aconsejando,
preparando sermones, pidiendo prestados pianos, pianistas, proyectores, y púlpitos. Entonces
llegaba el ritual dominical de preparar el local alquilado para los cultos de adoración limpiar el
centro comunitario, ayudar a Whitey Cary a descargar el gran remolque almacén que contenía
púlpito, micrófonos, himnarios, alfombras, mecedoras y parquecitos; y después por la tarde trabajar
en feliz compañerismo cristiano con toda la congregación para desmontar y empaquetar “nuestra
iglesia” para otra semana.
Desde el principio todo iba bien para nosotros. Teníamos las oraciones y las predicciones de
nuestros amigos que creían que estaba asegurada una obra amplia y creciente. Teníamos el
conocimiento especializado de la ciencia del crecimiento de iglesias. Teníamos un núcleo de
creyentes magnífico. Y estaba yo, un pastor joven con un buen historial que alcanzaba su mejor
momento. Confiábamos en crecer.
Pero para nuestra sorpresa y gran desilusión no crecimos. De hecho, después de un tiempo
considerable y un trabajo increíble, teníamos menos asistentes regulares que durante los primeros
seis meses —realmente malo.
Por eso, al caminar hacia mi casa aquel caluroso día de 1975, después de más de una década de
ministerio, empecé a perder el equilibrio. Mi concepto establecido por largo tiempo de un mundo de
brillantes perspectivas y de éxito se había esfumado a mi alrededor.
Me encontraba en la más negra y profunda depresión de toda mi vida. Mi recuerdo de ese tiempo
es el de un mar gris y sin horizonte. Una luz mortecina que desciende de un cielo amenazador
mientras estoy caminando sólo en el agua, hundiéndome. Pronto me encontré debajo de la
superficie. ¡Melodramático, ciertamente! Pero así es como me sentía. Quería abandonar.
Al ver la sonrisa de Bárbara tras la cortina me iluminé como siempre, y durante las horas
siguientes me preocupé de mí joven y feliz familia. Pero después de cenar, cuando los niños estaban
en la cama, el desaliento se apoderó de mí de nuevo. Parecía que a nadie le importaba excepto a mi
esposa; y en la noche oscura del alma de aquel caluroso verano, yo estaba dispuesto a hablar.
2

Aférrate a mi fe
Bien entrada la noche, cuando los niños dormían plácidamente y el único ruido era el de los
insectos aleteando contra las persianas calientes, empecé a revelar a Bárbara la profundidad de mi
calamitosa miseria. Mientras hablaba, mis ojos ardían rojos de frustración y enojo. Negros
pensamientos se acumulaban en mi' interior esperando escapar.
Los intentos de Bárbara para calmarme recibían respuestas predecibles. Cuando dijo:
—Querido, tu sermón de la semana pasada me llegó de verdad. Respondí:
—Sí, pero tendré que pasar de nuevo la prueba la semana próxima.
Trató de nuevo de animarme. Dijo que en su estudio de Génesis observó que Noé estuvo
predicando durante ciento veinte años sin un solo convertido. Mi respuesta de humor negro fue:
—Sí, pero no había otro Noé en el lado opuesto del pueblo llenando de personas su arca.
Bárbara estaba también enormemente frustrada —y evidentemente con buenas razones. Pero, a
diferencia de mí, su fe no vacilaba. En aquella noche calurosa de septiembre yo derramé todos los
sentimientos ocultos que me llenaban por completo.
Lo que ocurría era repugnante y ofensivo —verdaderamente mezquino.
—La mayoría de las personas que conozco en el ministerio son desgraciadas dije—. Son un
fracaso a sus propios ojos, y a los míos también. ¿Por qué he de esperar que Dios me bendiga a mí
si parece que no los ha bendecido a ellos? ¿Soy tan egocéntrico como para pensar que a mí me ama
más?
No estaba exagerando la situación. Conversaciones a través de los años, en conferencias de
pastores, apoyaban mis pensamientos. Unos momentos de charla personal con un pastor casi
invariablemente revelaban un dolor y unas dudas tremendos. La mayoría de los pastores estaban
descontentos consigo mismos y con su trabajo. Y yo estaba secretamente de acuerdo con muchas
de sus manifestaciones.
Continué: “Según frías estadísticas, mis posibilidades de ser un fracasado son abrumadoras. La
mayoría de los pastores hacen poco más que sobrevivir en el ministerio en iglesias pequeñas e
insignificantes.” Conté que un profesor estuvo en mi clase del seminario y dijo que ocho de cada
diez estudiantes nunca pastorearía una iglesia de más de ciento cincuenta personas. Esto decían
las estadísticas. Si eran ciertas, condenaban a la mayoría de los pastores a una vida de
supervivencia a menos que sus esposas trabajaran fuera de casa. “El pastorado demanda
demasiado de mí”, dije a Bárbara: “¿Cómo puedo dar todo lo que tengo sin ver resultados,
especialmente cuando otros los consiguen?” He estado trabajando día y noche sin compensación
visible. Todos necesitan ver resultados. Los campesinos ven crecer sus cosechas; es su recompensa
adecuada. Yo puedo ver crecer las “cosechas” de otros, pero mi campo no produce nada.
De no ser así, ¿cómo debería medir yo mi éxito? “Si estuviera en el mundo de los negocios”, pensé
aquella noche en voz alta, “se mediría por el importe de mi cuenta en el banco.” Los éxitos de la vida
se miden cuantitativamente. ¿Cómo podría esperar alguien que fuera de otra manera?
“Los que lo consiguen en el pastorado son aquellos que tienen dones excepcionales. Si tuviera una
gran personalidad o carisma natural, si ocupara una posición de fama, tuviera una voz profunda y
sonora, una capacidad ejecutiva inmisericorde, una personalidad dominante a la que no preocupara
sacrificar a otros por el éxito, yo podría llegar a la cumbre. ¿Dónde está Dios en todo esto?” Desafié a
Bárbara a rebatirme. “Mira a los grandes predicadores. Su éxito parece tener muy poco que ver con el
Espíritu de Dios: ¡Son sencillamente personas superiores!”
De repente llegué a una conclusión que no quería admitir. Aunque sabía que se había estado
incubando en mí por algún tiempo, ahora se estaba por fin manifestando. “Dios me ha llamado a
hacer algo y no me ha dado los dones para conseguirlo. Por tanto, Dios no es bueno.”
Allí, finalmente, expresé en forma abrupta el pensamiento que me había estado atormentando.
Cayó entre nosotros como algo desagradable e intempestivo en el silencio de la calurosa noche. Yo
sabía que había sido llamado por Dios; nunca había sido capaz de escapar a ese llamamiento, ni lo
había deseado. Pero entonces me sentía como blanco de una broma cruel. Era el fracasado. Quería
abandonar. Preso de una desesperación dolorosa pregunté a mi querida esposa.
— ¿Qué debo hacer?
Qué angustioso debió haber sido para Bárbara. Yo había sido siempre aquél de quien podía
depender y ahora estaba vacilante. Pero nunca olvidaré su respuesta amable y confiada:
—No sé lo que vas a hacer. Pero de momento, por esta noche, aférrate a mi fe. Porque yo creo.
Creo que Dios es bueno. Creo que nos ama y que va a obrar por medio de esta experiencia. Por lo
tanto aférrate a mi fe. Tengo suficiente para los dos.
Aquella noche me fui a la cama agotado. Bárbara se quedó levantada hasta bien entrada la
mañana reflexionando sobre nuestra conversación.
“Aférrate a mi fe.” ¿Había yo dicho estas palabras a Kent hacía unos minutos? Sentada a solas en
la cocina, me pregunté si no habría lanzado simplemente una bravata piadosa.
¿Qué hay de mi fe? ¿Era lo suficientemente fuerte para sobrevivir por sí misma o se había casado
Kent con una mujer espiritualmente dependiente? Si fallara la fe de Kent, ¿se debilitaría la mía y
moriría como un parásito separado de su patrón?
Mis recuerdos más remotos de poner mi fe en Dios están asociados con una promesa. La señora
White, la maestra del Club Buenas Nuevas sostenía un pequeño libro de piel con páginas de colores
pero sin palabras. Según pasaba las páginas iba explicando el camino de la vida eterna y nos
prometía un libro sin palabras si memorizábamos los versículos que cada página representaba. Mi
imaginación infantil estaba cautivada. Así fue como aprendí por primera vez del amor de Dios.
Juntamente con el pequeño premio, recibí a Cristo como mi Salvador. Aunque era muy joven,
aquello era fe verdadera.
Mis padres eran unos obreros, protestantes, que raramente iban a la iglesia. Tenían seis hijos, el
doble de problemas, y nunca el dinero suficiente. Trabajadores y orgullosos, siempre trataban de
arreglárselas por sí mismos. Pocas veces los vi acudir a Dios. Durante mis años de bachillerato mi
padre resultó lesionado de gravedad. Incapaz de soportar el largo tiempo de desempleo resultante,
se entregó a la bebida. Como consecuencia, mi familia pasó un tiempo de grande y penosa
incertidumbre. Aquel tiempo de inestabilidad fue utilizado por Dios para templar y fortalecer mi fe.
Aprendí que aquel Dios era un Dios bueno que cumple sus promesas aunque la vida sea difícil.
No, Kent no se había casado con una mujer espiritualmente dependiente. Mi fe latía llena de vida
y amor al Dios que nos había llamado a los dos.
Pero en mi atmósfera protegida, rodeada de buena gente de iglesia que raramente ponía a prueba
mi fe, ¿no me estaría haciendo espiritualmente débil? ¿Me estaría volviendo como el jefe de estación
que nunca había salido de su pueblo, pero se imaginaba que había viajado mucho porque siempre
estaba señalando el destino de otros? ¿Estaría yo yendo a remolque del viaje espiritual de mi
esposo?
De repente sentí un estremecimiento. “Aférrate a mi fe”, había dicho. Y ahora la verdadera
cuestión era: ¿Tengo fe suficiente para los dos? ¿Era mí fe tan fuerte como lo fue en otro tiempo?
Pero Dios me había preparado para eso. Durante los meses en que había estado observando la
lucha interior de mi esposo, me había ido haciendo más y más dependiente de Dios. Y con esta
confianza había obtenido un profundo sentimiento de bienestar. Dios estaba conmigo. El estribillo
consciente era “Dios es bueno”.
Al reflexionar en los pensamientos de enojo que había expresado Kent, empecé a dudar. Sentada
en mi cocina brillantemente decorada, rodeada de amarillo y azul, mi espíritu se tornó sombrío.
Empecé a sentir algo de la desesperación de Kent. Tal vez habíamos estado creyendo una mentira.
Quizá me había engañado a mí misma. Tal vez debería haberle animado a abandonar el pastorado y
desechar todo lo que estaba destruyendo nuestra fe en Dios.
Me sentía sola y asustada. Necesitaba seguridad. Por eso hice lo que había hecho siempre
cuando me asaltaba el temor. Tomé mi Biblia. Mis dedos temblaban al tocar sus bordes dorados.
“¡Oh Dios!”, grité, “¡ayúdame!”
C.S. Lewis dijo una vez que Dios nos susurra en nuestras alegrías, nos habla en dificultades, y
nos grita en nuestros sufrimientos. Yo necesitaba su grito.
“¡Por favor, Señor, dame una palabra de aliento ahora mismo!”
Aunque nunca he sido de esos que juegan a la ruleta con la Biblia y no lo recomiendo, respiré
hondo y despacio y abrí mi Biblia temblando. Mi vista se posó en un versículo subrayado en rojo.
No olvidaré mientras viva la emoción arrebatadora y gozosa que me embargó al leer trece sencillas
palabras: “Cuando el hombre cayere, no quedará postrado, porque Jehová sostiene su mano” (Sal.
37:24). Dios no gritó — ¡Saltó de las páginas!
Estaba fascinada, sentía realmente que si mirara por encima de mi hombro podría ver a Dios.
Miré mi Biblia de nuevo y leí el versículo anterior al subrayado: “Por Jehová son ordenados los
pasos del hombre, y él aprueba su camino.” La presencia de Dios era tan palpable que pensaba que
si extendía mi mano podría tocarle. En lugar de eso, sus brazos eternos se extendieron y me
rodearon.
La opresión se había ido, y con ella las dudas. La presencia de Dios estaba acompañada de la
estimulante conciencia de que sin lugar a dudas Dios nos ama y cuida de nosotros en términos
absolutos. Y con esa certidumbre se me saltaron las lágrimas. “Sí, Kent” dije llorando, “aférrate a mi
fe”.
Nadie me convencerá nunca de que la lectura de aquel versículo concreto en aquel momento fue
una simple coincidencia. Sé que el Dios trascendente me visitó justo donde yo estaba. Era todo lo
que necesitaba. Con todo aquello me fui a la cama junto a Kent y me dormí recitando la promesa:
“Cuando el hombre cayere, no quedará postrado, porque Jehová sostiene su mano.”
Los días siguientes encontraron a Kent fluctuando entre el alivio y la incertidumbre. Contento
por haber puesto palabras a los pensamientos negros e indecisos que se habían creado en su
interior, Kent seguía luchando con preguntas sin respuesta. Aunque yo no sabía las respuestas,
confiaba en que se encontrarían.
Más tarde en aquella semana asistí a una reunión denominacional de mujeres donde me
encontré con dos amigas cuyos esposos habían abandonado el pastorado hacía poco. Estaban
juntas, y qué pareja más chocante hacían. Su estudiada elegancia rezumaba prosperidad —tal
como se pretendía. Yo podía casi oírles ronronear, ¡lo estamos pasando en grande! En el trascurso
de la conversación pregunté por sus esposos y una respondió:
—Nunca ha sido tan feliz. Ahora es agente de seguros de vida —añadió—, hay que ser una clase
especial de hombre para estar en el Ministerio. No puedes medir tu éxito; y todo hombre necesita
poder hacerlo a fin de tener una buena imagen de sí mismo.
¡Mi mente se aceleró! Aquello me trajo el eco de la lucha que mi esposo estaba llevando a cabo.
Aun así yo sabía que había algo terriblemente erróneo en su pensamiento.
—Nunca he pensado que Kent fuera extraordinario —respondí—, simplemente llamado.
—Bien —dijo ella con un ligero temblor en su voz— si vuestra iglesia no crece (y yo sabía
exactamente lo que quería decir con eso —hacerse grande en número—), Kent se sentirá fracasado.
Al escuchar aquello, me enojé, pero no con mi amiga. Estaba disgustada de que su esposo —que
una vez sintió el llamamiento de Dios para predicar el evangelio— estuviera ahora vendiendo
seguros. Esto enfadaba porque la misma fuerza tenebrosa estaba en ese momento obrando en mi
esposo.
Decidí que no lo iba a permitir.
—No sé por qué —dije con sorprendente energía—, pero estás equivocada y no descansaré hasta
encontrar el por qué.
En casa, aquella noche, le conté mi conversación a Kent, y nuestra adrenalina espiritual empezó
a fluir. El problema tenía un alcance general. Muchas personas estaban afectadas. Pensamos en
nuestros amigos del seminario, parejas que habían dicho sí al llamamiento de Dios —y estaban
ahora en el pastorado desanimados. Algunos lo abandonaban.
El problema era éxito. Esto era en lo que habíamos de pensar profundamente. Era un tema que
nunca habíamos intentado definir —al menos de forma específica.
Encontré la tarjeta en que había escrito anteriormente los pensamientos de Kent y había tres
preguntas que considerábamos clave:
• ¿Puede un hombre triunfar en el ministerio y pastorear una iglesia pequeña?
• ¿Qué es fracaso en el pastorado?
• ¿Qué es éxito en el pastorado?
Los dos nos sentamos mirando nuestra lista. Puestas en blanco y negro las preguntas parecieron
de repente muy frías y estúpidas. ¿Qué nos llevaría a formular tales preguntas?
Bárbara y yo pasamos bastante tiempo reflexionando sobre lo que me había llevado a semejante
desesperación. Recordamos las muchas voces de nuestro pasado —compañeros de facultad, amigos
de la iglesia, relaciones sociales— que nos habían aconsejado de una u otra forma. Ninguna
aportación era mala en sí, pero la premisa en el fondo del consejo era un conjunto mortal. Bárbara
y yo resumimos la línea de tal consejo:
Técnicas de mercado. Cuando se inició la iglesia, mi denominación me envió a un instituto de
crecimiento de iglesias. Allí me enseñaron los fundamentos pragmáticos del crecimiento numérico.
Muy importante entre las cosas esenciales estaba el principio mercantil de visibilidad y
accesibilidad. Expresado con sencillez es esto: si quieres vender hamburguesas tienes que
asegurarte de que tu establecimiento sea visible para la comunidad y accesible fácilmente. Las
grandes cadenas de hamburgueserías viven y mueren según esta regla. Los predicadores
inteligentes han de hacer lo mismo. Así sus iglesias crecerán.
Sociología. En los primeros niveles de planificación de nuestra iglesia, el experto en crecimiento
de iglesias hacía hincapié en que mi mujer y yo deberíamos ser la pareja adecuada para la comuni-
dad. Inspeccionó el barrio, se reunió con nosotros observando nuestra manera de vestir y
preguntándonos sobre nuestros gustos en cuestiones como vestir, muebles, educación. Después de
analizar nuestras respuestas, nos declaró perfectos para la obra.
La idea, desde luego, era el “principio de unidad homogénea”. Lo semejante atrae y gana a lo
semejante: doctores evangelizan mejor a doctores; mecánicos, a mecánicos; atletas, a atletas.
Nuestra familia era exactamente la apropiada para dirigir una iglesia en nuestra comunidad.
Mayordomía. En el fondo de mi mente creía que “una iglesia que da, crece” y “una iglesia que da
para las misiones será una iglesia que cree misiones”. Dar significaba crecer. Dar significaba
conseguir más personas —crecimiento numérico.
Santidad. También sin expresar, pero firmemente arraigada en mí pensamiento, estaba la
creencia de que si los creyentes fueran verdaderamente santos y mostraran así los frutos del
Espíritu, su carácter atraería tanto a los perdidos como a los que buscan. Nuestra iglesia crecería.
Desde luego nadie podía poner en tela de juicio los medios. Santidad es una cualidad rara. Más
aún, el crecimiento que produciría un cristianismo auténtico sería eminentemente sano. Pero de
nuevo, detrás de esto descansa el pensamiento engañoso de que la santidad es simplemente el
medio para algo más importante, y en este caso es el crecimiento numérico y el éxito.
Predicación. El seminario en que me gradué hacía hincapié en la predicación expositiva de la
Palabra de Dios. Es un énfasis por el que estoy agradecido. Sin embargo, aunque nunca se
afirmaba de forma rotunda, la creencia implícita era que si predicas efectivamente la Palabra, tu
iglesia crecerá. Durante mis años de seminario esta idea fue inconscientemente recalcada por el
desfile de estrellas de púlpito de iglesias grandes que se nos pusieron delante en nuestros cultos
diarios. Mi interpretación de ello era: las iglesias que crecen tienen buenos comunicadores. Las
iglesias que no crecen tienen otra cosa.
Así siguieron llegando a mí los mensajes, “si haces esto bien, tu iglesia crecerá”.
Me di cuenta de que había estado orgulloso del uso discriminatorio que había hecho de estos
principios. Creí que Dios iba a bendecir mi pastorado porque yo no había utilizado métodos
equivocados y estaba haciendo las cosas “bien”.
Pero de lo que no me daba cuenta era que mientras rechazaba los métodos erróneos había caído en
la idea de que éxito significaba crecimiento numérico. Para mí éxito en el pastorado significaba
aumento en la asistencia. Finalmente, éxito significaba una iglesia grande y creciente.
Desde luego, no hay nada malo en el uso adecuado de cualquiera de los principios mencionados.
Deben formar parte de la orquestación inteligente del ministerio. Sin embargo, cuando el estribillo
que se toca es el del crecimiento numérico —cuando el motivo persistente son los números— el
canto de sirena se hace profundamente siniestro: crecimiento en número, crecimiento en ofrendas,
crecimiento en personal, crecimiento en programas — ¡números, números, números!— El
pragmatismo se convertía en director. El auditorio viene así a ser inexorablemente el hombre más
bien que Dios. La autopromoción sutil se convierte en la fuerza motriz.
Cuando éxito en el pastorado viene a ser igual que éxito en el mundo, el siervo de Dios evalúa su
éxito como un hombre de negocios, un atleta, o un político.
Dada mi forma de pensar, la única conclusión a la que podía llegar era que yo estaba fracasando.
Saber lo que hace crecer una iglesia y haber hecho lo mejor que podía, y tener tan poco de ello que
mostrar, significaba que no lo había alcanzado. Mi lógica seguía así: Dios me había llamado a hacer
algo y no me había otorgado los dones para tener éxito. De ahí todo mi amargo resentimiento y mis
recriminaciones.
Años antes, cuando empecé mi ministerio, mi motivación era simplemente servir a Cristo. Eso
era todo. Mis héroes eran personas como Jim Elliot, cuyo lema: “No es tonto quien da lo que no
puede conservar para ganar lo que no puede perder” formaba parte de mi vida. Todo lo que yo
deseaba era la aprobación de Dios.
Pero imperceptiblemente mi alto idealismo cristiano se había ido desplazando de servir a recibir,
de dar a obtener. Me di cuenta de que lo que yo realmente deseaba era una iglesia de “éxito” más
que la sonrisa de Dios.
Subconscientemente estaba evaluando casi todo desde el punto de vista de cómo afectaría al
crecimiento de la iglesia. Me di cuenta de que, llevada al extremo, esa forma de pensar reduce a las
personas a algo así como “reses en el rebaño”— un pensamiento terrible. Asimismo entroniza un
pragmatismo implacable en los planes de la iglesia. Si esto ocurre, puede corroer los más altos
ideales. También puede corromper la propia teología.
Me di cuenta de que había sido seducido sutilmente por el pensamiento secular que pone
números a todo. En lugar de evaluarnos a mí y al pastorado desde el punto de vista de Dios, estaba
usando los modelos del análisis cuantitativo.
Bárbara y yo vimos el problema con exactitud. Era como estar al pie de una gran montaña que
había que escalar. La escalada no sería fácil, pero por fin sabíamos lo que teníamos delante.
Fue en nuestra cocina amarilla y azul, que parecía más luminosa que en las semanas anteriores,
donde mi esposa y yo nos inclinamos en oración. Ambos oramos con sinceridad, pidiendo a Dios
perdón y dedicándonos de nuevo a su servicio. Pedimos a Dios que nos protegiera de nuestro astuto
adversario que nos había seducido tan sutilmente.
Hicimos un pacto para mirar en la Biblia y ver lo que Dios dice sobre el éxito. Decidirnos
firmemente evaluar nuestro éxito desde un punto de vista bíblico.
Los capítulos siguientes definen nuestro proceso. Lo que aprendimos supuso nuestra liberación
del síndrome del éxito.
¡Puede ser también la vuestra!
Segunda Parte

DEFINICIONES

Éxito es fidelidad
Al investigar Bárbara y yo en la Biblia, no encontramos ningún lugar en el que se diga que los
siervos de Dios son llamados a tener éxito. En cambio descubrimos que nuestro llamamiento es a
ser fieles.
“Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los ministerios de
Dios. Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel” (1 Cor. 4:1, 2).
Es imprescindible que comprendamos plenamente este principio y lo pongamos en nuestro corazón
si queremos escapar de las garras seductoras del síndrome del éxito.
Una escena de la vida de Moisés ilustra nuestro pensamiento. Cuarenta años después del
dramático incidente en Refidim donde Dios ordenó a Moisés golpear la roca para dar agua a los
sedientos israelitas, Moisés se volvió a enfrentar a un pueblo sediento.
Se lanzaron desabridas acusaciones contra Moisés: “¡Ojalá hubiéramos muerto cuando perecieron
nuestros hermanos delante de Jehová! ¿Por qué hiciste venir la congregación de Jehová a este
desierto, para que muramos aquí nosotros y nuestras bestias?” (Núm. 20:3, 4). Turbados, Moisés y
Aarón se postraron sobre sus rostros ante Dios, y Dios les dio instrucciones: “reúne la congregación,
tú y Aarón tu hermano, y hablad a la peña a vista de ellos; y ella dará su agua” (20:8). Moisés reunió
a todo Israel alrededor de él.
Al contemplar la gran multitud de descontentos se encendió su enojo: “¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os
hemos de hacer salir agua de esta peña? Entonces alzó Moisés su mano y golpeó la peña con su vara
dos veces; y salieron muchas aguas, y bebió la congregación, y sus bestias” (20:10, 11). ¡De nuevo
otro estupendo milagro! Brotó agua fresca y clara y cada uno del millón largo de personas y
animales bebieron hasta saciarse. No era un arroyuelo; era la corriente de un río.
¡Qué enorme éxito! Sin duda Moisés y Aarón se abrazarían y un clamor atronador retumbaría a
través de la multitud hasta el horizonte. Moisés volvía a ser el héroe. Por medio de él Dios satisfizo
las necesidades del pueblo. Israel fue preservado y renovado de forma milagrosa; y dieron gloria a
quien correspondía —a Dios. Fue otro éxito resonante de la vida grandiosa de Moisés.
Pero esto era un punto de vista terrenal. Desde el punto de vista del cielo Moisés había fracasado
lastimosamente. En su enojo Moisés había pasado por alto la orden de Dios de hablar a la roca, y
en lugar de ello la había golpeado dos veces. El trágico fallo era de tales proporciones que Moisés no
vería cumplido el sueño más acariciado de su vida: dirigir la entrada de Israel a la tierra prometida.
Dios dijo: “Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no
meteréis esta congregación en la tierra que les he dado” (20:12).
Esta tremenda lección de la vida de Moisés nos enseña que se le puede tener a uno por alguien
de enorme éxito en el ministerio pastoral y aun así ser un fracasado. Es posible dar a la gente
exactamente lo que necesita —la exposición práctica de la Palabra de Dios, cultos inspirados,
programas que satisfagan maravillosamente las necesidades humanas— y ser un fracasado. Es
posible ser tenido como paradigma de éxito y recibir la ardiente aprobación de la propia
congregación Y ser un fracasado.
La razón de que Moisés fracasara miserablemente fue su falta de fidelidad a la palabra de Dios.
El llamamiento primario de Dios es a la fidelidad. “Se requiere de los administradores, que cada uno
sea hallado fiel” (1 Cor. 4:2).
Con este principio fundamental, establecido firmemente en nuestras mentes por la trágica
experiencia de Moisés, Bárbara y yo nos sentimos muy animados. Aprendimos que la fidelidad es
posible para todos los creyentes, independientemente del tamaño del ministerio de una persona.

El factor obediencia

Al seguir meditando en esto pudimos distinguir dos elementos esenciales de fidelidad.


Al evaluar el éxito, debemos entender todos que la Biblia une de forma consecuente éxito y
obediencia —nuestra obediencia a la Palabra de Dios. Después de la muerte de Moisés hallamos a
Dios reiterando esto al sucesor de Moisés, Josué, repitiéndolo dos veces para hacer hincapié:
“Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo
Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas
las cosas que emprendas. Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de
noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque
entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien” (Jos. 1:7, 8).
Charles Colson escribió en Jubileo, la carta mensual de Prison Fellowship (Compañerismo en
Prisiones), lo siguiente:
Cuando leas esto, ya habremos inaugurado nuestras nuevas oficinas nacionales cerca
de Washington. Como resultado de esta y otras ampliaciones recientes, me han escrito
muchas personas considerando que “Dios está bendiciendo de forma evidente el
ministerio de Compañerismo en Prisiones.”
Aunque estoy convencido sinceramente de que Dios nos está bendiciendo, aun estoy
más convencido de que es un procedimiento peligroso y equívoco medir la bendición
de Dios por cánones de éxito material visible y tangible.
La deducción es que cuando las cosas prosperan “Dios está bendiciendo” y, por el
contrario, cuando las cosas marchan pobremente, o pasan desapercibidas, la
bendición de Dios no está sobre la obra, o ésta no es importante... Debemos usar
continuamente la medida de nuestra obediencia a las pautas de su Palabra como
auténtica —y única— medida de nuestro “éxito”, y ninguna otra escala supuestamente
más tangible y seductora.
Con claridad profética, el señor Colson se hace eco del consejo bíblico y afirma que la obediencia
(saber y hacer la Palabra de Dios) es la clave del verdadero éxito.

La necesidad de conocer la Palabra de Dios

Se deduce que quienes nos dedicamos al pastorado, si queremos tener éxito, debemos
empaparnos bien nosotros mismos de lo que la Biblia nos dice que hagamos.
Un hecho conmovedor de la vida de John Broadus, en un tiempo presidente de la Universidad de
Virginia y uno de los profesores fundadores del Seminario Bautista de Louisville, Kentucky, subraya
la importancia de conocer la Palabra de Dios. Tres semanas antes de su muerte, Broadus estaba
ante su clase. El pasaje bíblico era Hechos 18:24: “Llegó entonces a Éfeso un judío llamado Apolos,
natural de Alejandría, varón elocuente, poderoso en las Escrituras.” Después de leer este versículo,
siguió diciendo: “Caballeros, debemos ser como Apolos, poderosos en las Escrituras.” Más tarde dijo
un estudiante que se hizo un gran silencio en la clase durante los minutos siguientes mientras
Broadus continuaba repitiendo: “Poderosos en las Escrituras... poderosos en las Escrituras...
poderosos en las Escrituras.” ¡Así es como deberíamos ser! Como dijo Spurgeon una vez, nuestra
misma sangre debería ser “biblina”. Así es como el éxito empieza y se mantiene.
Así, la pregunta que debemos contestar aquellos que deseamos triunfar en el servicio del
Señores: ¿Conocemos la Palabra de Dios y estamos avanzando en su conocimiento? Esta es
frecuentemente una pregunta embarazosa, incluso para pastores preparados en un seminario,
porque los títulos teológicos superiores no garantizan el conocimiento bíblico. Sin duda hemos
conocido graduados de seminario que ¡nunca han leído la Biblia entera! En el mejor de los casos, la
educación teológica puede familiarizarnos con el lenguaje, expresiones y significado de la teología,
los argumentos generales de los libros, y la metodología pastoral. Pero no puede garantizarnos que
conozcamos realmente nuestra Biblia.
El conocimiento de la Biblia empieza y es alimentado con la lectura de la Palabra de Dios. Todo
servidor debe leer la Biblia diariamente, preferiblemente completando su lectura una vez al año por
lo menos. Muchos de los siervos más utilizados por Dios han hecho de tal lectura y meditación una
parte de sus vidas. Hemos sabido de algunos que han leído la Biblia completa cien veces — ¡uno,
ciento cincuenta veces! Se dice que George Mueller leyó la Biblia doscientas veces. David Livingston
la leyó cuatro veces seguidas mientras estaba detenido en un pueblo de la jungla. El vivió el
aforismo de Spurgeon que indica que una Biblia cuyas páginas están desprendidas Pertenece a
alguien que no se ha desprendido de Dios. William Evans, que a principios de siglo pastoreaba la
iglesia de Wheaton en la que ahora estamos sirviendo, había aprendido de memoria la Biblia entera
en la versión del rey Jaime y el Nuevo Testamento en la American Standard Version (Versión
estándar americana). Billy Graham dice que su suegro, el médico misionero Nelson Bell, se marcó la
meta de levantarse cada mañana a las cuatro y media y pasar de dos a tres horas leyendo la Biblia.
No utilizó ese tiempo en leer comentarios o escribir; no escribía cartas ni hacía cualquiera de sus
otros trabajos. Simplemente leía la Biblia cada mañana, y era una enciclopedia bíblica andante. La
gente se maravillaba ante la santidad y grandeza de su vida.
Colaboradores cristianos, el llamamiento de la Biblia y de las vidas de los fieles, es para que
seamos personas del Libro —conocerlo e interpretarlo correctamente. Si no os dedicáis en este
momento al estudio sistemático, ¿por qué no os hacéis el propósito de, como mínimo, leer la Biblia
durante todo este año, y poner vuestra vida en el camino del verdadero éxito?

Saber y hacer son dos cosas diferentes

Desde luego, conocer la Palabra de Dios no es suficiente. El éxito viene sólo cuando la Palabra de
Dios es obedecida con fidelidad. Así la otra pregunta que hemos de hacernos es: ¿Estamos viviendo
vidas obedientes a la Biblia? La pregunta es válida para nosotros porque, mientras profesamos
obedecer la Palabra de Dios, poseemos una sorprendente capacidad para hacer otra cosa. Algunos
de nosotros compartimentamos nuestras vidas. Nos imaginamos que la obediencia a la Palabra de
Dios en un área significa que obedecemos en otras áreas. Otros racionalizamos. Una racionalización
común, por ejemplo, es la teoría de las “múltiples interpretaciones” —que la Biblia está sujeta a
tantas interpretaciones que no podemos saber realmente lo que significa. ¡Esto es especialmente
conveniente cuando no nos gusta lo que dice! Pero el hecho es que la Palabra de Dios es, en
general, clara. Generalmente, es penosamente clara. Como dijo Mark Twain: “No es lo que no
entiendo de la Biblia lo que me preocupa; ¡sino lo que entiendo!”
El éxito, pues, llega cuando estudiamos fielmente la Palabra de Dios y la obedecemos con
fidelidad, aplicando lo que entendemos a todas las áreas de nuestras vidas bajo la dirección del
Espíritu Santo. Un conocimiento creciente de la Biblia unido a una creciente obediencia es el
camino a la felicidad y al éxito.

La gloria de lo que hemos de ser

Elisabeth Elliot se alojó una vez en la granja de un pastor de ovejas galés y su familia, en las
montañas del norte de Gales. Una mañana de niebla estaba observándole pastorear a caballo las
ovejas con la ayuda de su excelente collie escocés. El perro, observó ella, estaba en su gloria.
Estaba haciendo aquello para lo que había nacido y había sido entrenado. Sus ojos estaban siempre
sobre las ovejas, pero sus oídos sintonizados delicadamente para obedecer a su amo.
Por la obediencia el perro experimentaba su gloria. Lo mismo es cierto en el reino espiritual,
como resumió agudamente la señora Elliot: “Experimentar la gloria de la voluntad de Dios para
nosotros significa confianza absoluta. Supone el deseo de hacer su voluntad y eso significa gozo.”
¡Qué perfectamente exacto! Nunca somos más grandes, nunca tenemos mayor éxito, que cuando
somos obedientes a su voluntad.
Esa gloria, ese gozo, ese éxito, no está sólo al alcance de unos pocos escogidos, sino al alcance de
todos nosotros independientemente de nuestra situación. ¡Qué alentador es esto! El éxito da
comienzo con la obediencia a la Palabra de Dios.
El factor del trabajo esforzado
Hace algún tiempo Bárbara y yo pasamos una tarde con un pastor joven y su esposa que habían
empezado recientemente su primer pastorado. Después de la cena hablamos de cómo la fidelidad
demanda no sólo obediencia a la Palabra de Dios, sino también trabajo duro.
Pensamos poco en ello, hasta algunas semanas después cuando recibimos la carta que sigue, en
la que nuestro amigo pastor escribe:
Me siento impulsado a hacer los comentarios siguientes: La mayor parte de lo que digo
es para mi sorpresa y frustración.
Parece que al tratar de corregir algunos abusos pastorales del pasado, los seminarios
están exponiendo a los estudiantes a un tema recurrente: no te quemes… asegura tus
días libres… el matrimonio primero, el pastorado después. Estos estribillos pueden ser
todos bastante ciertos, pero llegan con tal fuerza repetitiva que me temo que el
péndulo ha oscilado desde aquellos que ponen en peligro sus familias en nombre del
“pastorado” a hombres que piensan que están recibiendo algo porque “están en el
pastorado”. Tenemos ahora hombres que han recibido tantas advertencias en contra
de sacrificar a sus familias que no sacrifican nada.
Digo esto por mi propia experiencia. Después de seis meses de pastorado me
sorprendió descubrir que mi mayor peligro no era quemarme sino oxidarme. ¡Era
perezoso! Asumía que estaba empleando mis cuarenta y tantas horas en el ministerio
pastoral y cuidándome de conservar mi “tiempo libre”. Pero, cuando sumé mis horas
no llegaba a las cuarenta. ¡Cómo podía ocurrirle esto a una persona trabajadora!
Su carta era, de hecho, un testimonio de su forma de tratar el problema.
No obstante, su carta indica un problema real y actual de muchos en el pastorado. Nadie
controla el tiempo de un pastor. No hay relojes en los que fichar ni tarjetas de trabajo que entregar.
Si un hombre no se controla a sí mismo, es fácil que empiece tarde y que se retire temprano. Es
también muy fácil dejar que la oración y la preparación de sermones se dejen a un lado y,
generalmente, imaginar que otros intereses extraños son “ministerio”. Hay más dejadez en el
ministerio pastoral de la que solemos admitir.
Pero cualquiera que sea nuestra situación, tanto si trabajamos demasiado como demasiado poco,
estaremos todos de acuerdo en que no hay tal cosa como un siervo perezoso y fiel. Este es el punto
en la parábola de los talentos en Mateo 25:14-30. El siervo al que se le dieron cinco talentos los
multiplicó, como hizo el siervo que recibió dos. A cada uno de ellos Dios dio el parabién: “Bien, buen
siervo y fiel.” Pero al siervo que no hizo nada con su talento, el Señor le dijo: “Siervo malo y
negligente.” El Señor no tiene nao, bueno que decir de los siervos perezosos; que no son fieles.
El mismo Jesús mostró el modelo de energía que esperaba de sus siervos fieles. El Evangelio de
Juan narra cómo Jesús, cansado por su ministerio y los viajes, envió a sus discípulos a comprar
comida y se sentó a descansar. Sin embargo, mientras estaba sentado junto al pozo, cansado del
camino, se acercó tina mujer samaritana otra alma necesitada. En su cansancio podría haber
murmurado: “He estado atendiendo a miles. Es hora de descansar. Cerraré mis ojos e ignoraré su
presencia.” ¡Jesús no! Fue en busca de su alma en una de las más hermosas muestras de la gracia
del Señor de toda la Biblia, tomando la iniciativa. Continuó ministrando cuando fue necesario,
incluso hasta el agotamiento. Nosotros, si somos fieles, ¡haremos como hizo nuestro Señor!
Aquí es oportuna una advertencia. La Biblia no nos llama a una adicción excesiva y compulsiva
al trabajo. La Palabra de Dios reconoce plenamente la humanidad de sus siervos —la necesidad de
cuidar el cuerpo y darle el descanso y la relajación necesarios y adecuados. Pero permanece el
hecho de que un siervo fiel será un trabajador esforzado y, cuando sea necesario, trabajará hasta el
agotamiento. El apóstol Pablo dijo a los corintios: “En trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en
hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez; y además de otras cosas, lo que sobre mí se
agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias. ¿Quién enferma, y yo no enfermo? ¿A quién
se le hace tropezar, y yo no me indigno?” (2 Cor. 11:27-29).
Fue un día grande en nuestras vidas cuando vimos en la Biblia que el gran éxito público en el
pastorado, como el de Moisés en Cades, no es, necesariamente, éxito a los ojos de Dios. El
llamamiento de Dios es a ser fieles más que a tener éxito.
Esto nos llevó a Bárbara y a mí a una realización profunda y liberadora. Vimos cómo el éxito era
posible para quienes están en las situaciones más difíciles —por ejemplo, aquellos que son pocos en
número y con recursos inadecuados— tanto como para quienes tienen un ministerio más amplio.
No nos hacíamos ilusiones de que la fidelidad fuera fácil en nuestra situación, pero podríamos
ver que era posible para nosotros por la gracia de Dios. Los elementos esenciales de la fidelidad
estaban al alcance de todos nosotros. ¡Qué alentador!
Compañeros pastores, todos pasamos tiempos difíciles; son el bagaje de todo pastorado. Tiempos
de gran gozo se emparejan con tiempos de crítica, tiempos de duda, e incluso tiempos de tristeza.
Cuando lleguen estos tiempos, profundizad en la Palabra de Dios. Leedla y releedla. Meditad en
ella de rodillas. Meditad vuestras vidas dejando que la Palabra de Dios “more en abundancia en
vosotros” (Col. 3:16). Entonces, cuando la Palabra os hable, obedecedla fielmente con todas
vuestras fuerzas, y seguid trabajando esforzadamente para Dios. Al hacer esto, vuestra vida estará
más firmemente basada en la fidelidad y en el éxito, porque una vida fiel es una vida de éxito.
4

Éxito es servicio
En 1878, cuando el Ejército de Salvación de William Booth empezaba a causar impacto, hombres
y mujeres de todo el mundo empezaron a alistarse. Un hombre que en otro tiempo soñó con llegar a
ser obispo, cruzó el Atlántico de América a Inglaterra para alistarse. Samuel Brengle abandonó un
buen pastorado para unirse al ejército de Booth. Pero al principio, el general Booth aceptó sus
servicios con reservas y protestas. Booth dijo a Brengle: “Usted ha sido su propio jefe durante
demasiado tiempo.” A fin de enseñar humildad a Brengle, le puso a limpiar las botas de otros
candidatos. Desanimado, Brengle se dijo a sí mismo: “¿He seguido mis propios ideales a través del
Atlántico para lustrar botas?” Entonces, como en una visión, vio a Jesús inclinado a los pies de
pescadores rudos e iletrados. “Señor”, murmuró, “tú lavaste sus pies, yo limpiaré sus botas”.
Samuel Logan Brengle, al inclinarse voluntaria y amorosamente ante aquellas botas sucias,
experimentó la servidumbre y, por lo tanto, el éxito; porque estaba viviendo como Jesús.
Evidentemente fue una lección bien aprendida: Brengle continuó llevando una vida de profunda
servidumbre, incluso como primer comisionado del Ejército de Salvación nacido en América.
El ejemplo de Samuel Brengle presenta un modelo inspirador para todos nosotros. Pero con toda
franqueza, aun siendo inspiradora la vida de Brengle, una vida tal no llega con facilidad a la
mayoría de los creyentes. De hecho, incluso los apóstoles tenían dificultades con la servidumbre.
Mateo cuenta que hacia el final del ministerio de Jesús se desarrolló entre los apóstoles un
espíritu desagradable de competencia, cuando Santiago, Juan y su madre intentaron obtener de
Jesús la promesa de tronos privilegiados en el reino. Mateo dice: “Cuando los diez oyeron esto, se
enojaron contra los dos hermanos” (Mat. 20:24). Se intercambiaron palabras ásperas y gestos
airados entre los doce. ¡Los ánimos se exacerbaron! “Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que
los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas
potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será
vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del
Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mat.
20:25-28).
Se diría que nadie podría dejar de entenderlo. Sin embargo, como sabemos, oír la verdad y
hacerla parte de nuestras vidas no es lo mismo, aun cuando estemos consagrados a Cristo. Algunos
días después, cuando los apóstoles llegaron a Jerusalén para celebrar la Pascua, aún seguían con
lo mismo.
Pedro y Juan habían conseguido una sala para celebrar la Pascua bajo la dirección de Jesús,
pero habían omitido hacer planes para el lavamiento de pies. Cuando los apóstoles entraron,
ninguno de ellos condescendió a realizar tan humilde labor. La enseñanza de Jesús, pese a ser tan
directa, no tuvo al parecer efecto alguno. Ninguno se prestaba voluntario para la humilde tarea.
Qué humanos eran. Qué humanos somos nosotros.
Al director de una gran orquesta sinfónica le preguntaron cuál era el instrumento más difícil de
tocar. —El segundo violín —contestó— puedo conseguir muchos primeros violinistas, pero
encontrar a alguien que pueda tocar el segundo violín con entusiasmo éste es el problema. Y si no
tenemos segundo violín, no tenemos armonía.
En aquel momento trágico entre los apóstoles, no había “segundos violines”. Y ciertamente no
había armonía. Necesitaban desesperadamente ser enseñados —y ser enseñados bien.

Un ejemplo sorprendente

Según narra el hecho el Evangelio de Juan, los discípulos estaban reclinados a la mesa con los
pies vergonzosamente sucios extendidos tras ellos. La comida había empezado, pero la conversación
era forzada a causa de la tensión. ¡Qué forma tan miserable de comer la Pascua! De pronto se dan
cuenta de que el Maestro se ha levantado de la cena y está en pie aparte.
Mientras ellos miran él se quita el manto y después la túnica. Después cogió
una toalla y se envolvió en ella. Entonces puso agua en una palangana, y
empezó a moverse despacio por el círculo, lavando los pies extendidos de cada
uno de los discípulos, secándolos con la toalla en que estaba envuelto.
Fue una ocasión electrizante. Un comentario de la tradición enseñaba que a ningún hebreo, ni
siquiera a un esclavo, se le podía ordenar que lavara los pies. No obstante, Jesús lo hizo de la forma
más humilde posible. En el silencio, en el que no se oía ni la respiración en aquel aposento alto, los
apóstoles oirían el gotear del agua al ser derramada, el frotar de la toalla al secar sus pies, el sonido
de la respiración del Maestro al moverse de uno a otro. ¡Qué no hubiéramos dado por ver sus caras!
El Hijo encarnado, Dios mismo, se había despojado de su ropa y lavaba los pies de sus criaturas
arrogantes y llenas de orgullo.
Entonces dijo: “Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis
lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho,
vosotros también hagáis. De cierto de cierto os digo: El siervo no es mayor que su Señor, ni el enviado
es mayor que el que le envió” (Juan 13:14-16).
Jesús usó la lógica antigua: si es verdad para el mayor (yo) debe ser verdad para el menor
(vosotros). Es siempre un argumento poderoso. Pero viniendo de su infinitud, ¡es infinitamente
apremiante! Si el Dios del universo es un siervo, ¿cómo osamos nosotros, sus criaturas, ser
cualquier otra cosa?

El síndrome de “es difícil conseguir buena ayuda en estos días”

Hoy en día, servicio y sacrificio no están en boga. Los “grandes” de este mundo se sientan en
tronos y dan órdenes. Miden su poder por la cantidad de personas en que mandan. Ellos no sirven;
son servidos. Los grandes viven en la antítesis del ejemplo de Cristo. Para ser honesto, esto es
también verdad en mucha parte de la iglesia. Hay un modo de pensar — ¿quién sabe de dónde
viene?—que define el éxito como una especie de señorío: sentarse en el lugar de honor, ser los
invitados agasajados en banquetes, hablar a multitudes, levantar monumentos, coleccionar títulos
honorarios, etc. Como quiera que se lo llame, es una filosofía que valora el negocio de ser servido.
Recordamos bien la asistencia a un retiro de pastores en el que el conferenciante principal, el
mismo pastor, nos contó que si teníamos deseos exorbitantes de posesiones materiales, el deseo de
Dios para nosotros era que nuestros deseos fueran satisfechos. ¿Su razonamiento? Sal. 37:4:
“Deléitate asimismo en Jehová, Y él te concederá las peticiones de tu corazón.” Así, se nos dijo que si
nos deleitamos en Jehová, y tenemos el deseo de un Cadillac (como el del conferenciante), ¡es el
deseo de Dios! “Después de todo, los siervos del Rey viajan en primera clase.” ¡No os preocupéis por
la exégesis defectuosa! ¡No os preocupéis por las deducciones no bíblicas y simplistas de los deseos
de los degenerados! ¡No os preocupéis porque el signo de la cristiandad sea una cruz!
Nómbralo y pídelo, ¡para eso es la fe!
Puedes tener lo que quieras sólo con no tener dudas.
Confecciona tu lista de deseos y sigue creyendo
Y así te encontrarás siempre recibiendo.
Para aquellos atrapados en esta línea de pensamiento, el cristianismo existe para darme a mi
vida eterna, y para mejorar mi salud física, para mimar mi cuerpo, para aumentar mi poder, para
aumentar mi prestigio, y darme a mi dinero para satisfacer todos los deseos de mi corazón.
¿Es realmente posible para un ministro del evangelio vivir de esta manera? ¡Desde luego! Leed
vuestra Biblia: los discípulos se dirigían hacia el mismo concesionario de Cadillac. Leed la historia
de la iglesia. Leed acerca de presentes escándalos en los periódicos. Leed en vuestro propio corazón,
y oíd las palabras del poeta Robert Raines:
Soy como Santiago y Juan,
Señor, clasifico a otras personas
según lo que pueden hacer por mí;
según cómo puedan impulsar mi programa,
alimentar mi yo,
satisfacer mis necesidades,
proporcionarme ventajas estratégicas.
Exploto a las personas,
ostensiblemente por tu causa,
pero en realidad por la mía propia.
Señor, me vuelvo a ti
para obtener dirección interna
y conseguir favores especiales,
tu dirección para mis planes,
tu poder para mis proyectos,
tu aprobación para mis ambiciones,
tus cheques en blanco para todo lo que quiero.
Soy como Santiago y Juan.
La corriente que nos arrastra del servicio al autoservicio es sutil y frecuentemente imperceptible.
Ese solapado arrastre gradual, desde luego, también nos arrastra del éxito al fracaso. Debemos
darnos cuenta de este peligro y preguntarnos a nosotros mismos: ¿Servíamos antes a Dios y ahora
a nosotros mismos? ¿Estamos en proceso de hacer ese cambio, arrastrados por la corriente? ¿Cómo
podemos consagrarnos de nuevo a ministerios de servicio, siguiendo el ejemplo de Cristo?

La historia dentro de la historia

Tal vez en una mirada retrospectiva los discípulos pudieron ver, tal como nosotros podemos, que
en el ritual del lavamiento de pies Cristo presentó su vida entera de servidumbre, desde su
encarnación a su ministerio terrenal, hasta su muerte y su ascensión:
• “Se levantó de la cena”. Tal como en la encarnación lo hizo del lugar de compañerismo con Dios
el Padre y con el Espíritu Santo.
• “Se quitó el manto”. Durante todo su ministerio terrenal, Cristo se desprendió de su existencia
gloriosa. “El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser iguala Dios como cosa a que
aferrarse, sino que se despojó a sí mismo” (Fil. 2:6, 7).
• “Puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla
con que estaba ceñido.” De igual manera, Cristo derramó su sangre en la cruz para lavar los
pecados de la humanidad culpable (Fil. 2:8).
• “Después de que les hubo lavado los pies, tomó su manto, volvió a la mesa…”. “Habiendo
efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la
Majestad en las alturas” (Heb. 1:3).

La cruz como signo supremo del éxito

¡Todo en la vida de Jesús habla de servicio! Y la expresión suprema de servidumbre es la cruz.


Allí, colgado en la cruz, estaba el siervo por excelencia, realizando el último servicio.
Donde quiera que estemos en la senda del servicio, hay una cosa que todos debemos hacer si es
que vamos a ser siervos, y es mirar a la cruz. Es el acontecimiento que culmina la vida de servicio
de Cristo, como dijo Jesús: “El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar
su vida en rescate por muchos” (Mat. 20:28, Mar. 10:45).
He aquí un secreto para un pastorado de éxito: Cuando mantenemos la mirada en la cruz,
queremos servir. Amigos y colaboradores, si hemos estado agobiados por muchas cargas pastorales,
posiblemente preguntándonos si hemos estado siguiendo nuestras propias fantasías, necesitamos
contemplar a Cristo lavando los pies a pescadores rudos e iletrados. Necesitamos ver a Cristo en la
cruz lavando nuestros pecados como el Siervo Supremo. Entonces necesitamos susurrar: “Señor, tú
lavaste sus pies; tú lavaste mis pecados. Yo te serviré a ti y a tu iglesia. Amén.”

Servir a Dios en la predicación, la administración, y el consejo

Tres formas de servicio son centrales para el ministerio pastoral de muchas personas y merecen
mención más amplia en el concepto del servicio.
Predicación. Las palabras de Pablo: “Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo y
administradores de los misterios de Dios” (1 Cor. 4:1), nos dice que un camino primario de servicio
es la predicación de las verdades del evangelio.
La predicación, dado que es una función autoritativa, puede no parecer servicio. Pero entendido
adecuadamente, lo es. El administrador fiel de los misterios de Dios debe emplear largas horas de
trabajo incógnito para predicar de forma aceptable la Palabra de Dios (2 Tim. 2:15). Mas aún, la
actitud adecuada en el púlpito es la de un siervo con un mensaje de su Señor que debe transmitir
con fidelidad (2 Cor. 4:5). La fidelidad en el púlpito requiere una gran inversión de tiempo y energía,
y es un gran servicio a Cristo y a su iglesia, ya sea reconocido por ésta o no. Aquellos que quieran
honrar a Dios en el púlpito deben ser siervos.
Administración. La misma condición de los líderes demanda imprescindiblemente que sean
administradores, “timoneles de la iglesia”, que dirigen su vida y su acción (1 Cor. 12:28). Podríamos
definir la administración como “gobernar mediante el servicio humilde”. Algunos en el pastorado se
embarcan en obligaciones administrativas, disfrutando verdaderamente con las llamadas, dictados,
reuniones, y muchas tareas tediosas necesarias para una buena administración. Otros manifiestan
repulsión hacia ello, sintiendo que preferirían hacer otra cosa. Cualquiera que sea la actitud hacia
los deberes ejecutivos, la actitud adecuada del pastor es la del siervo humilde. ¿Vemos nuestros
deberes ejecutivos como oportunidades para servir a Cristo? Si lo hacemos nos sentiremos
animados a darle lo mejor administrando con amor y eficiencia.
Consejo. Pablo nos exhorta, “sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de
Cristo” (Gál. 6:2). Aquí, el ministerio pastoral provee amplia oportunidad de servicio, porque muy
frecuentemente es a nosotros a quienes acuden las personas para desprenderse de sus cargas.
Cuando vienen a nosotros personas que sufren, lo primero que hemos de hacer es escucharlas y a
veces incluso llorar con ellas. Esto, de por sí, es un acto singular de amor en un mundo
despreocupado. También sobrellevamos sus cargas al ofrecer un sabio consejo de la Palabra de Dios
y pedir ayuda a otros de la iglesia según convenga. Finalmente soportamos sus cargas al incluirlos
en nuestras oraciones regulares. De esta forma el consejo pastoral nos impulsa a servir a otros de
forma muy semejante a como lo haría el Señor si aún estuviera en la tierra.
Compañeros de servicio, las funciones ministeriales comunes de predicación, administración y
consejo, son sólo unos pocos de los caminos privilegiados de servicio que nos proporciona el
pastorado para servir y desarrollar una vida a semejanza de Cristo.
El servicio, como hemos visto, produce éxito —porque al servir nos hacemos más semejantes a
Cristo. Aquí Bárbara y yo notamos una de las privilegiadas ventajas del pastorado: al ofrecer tantos
caminos de servicio, uno experimenta continuamente ese efecto paralelo de desarrollar una vida
más semejante a la de Cristo.
Al ver esto de nuevo, Bárbara y yo dimos gracias a Dios por no estar siguiendo nuestras fantasías
sino un llamamiento divino que ofrece muchas oportunidades de éxito. Hemos descubierto que en el
servicio —no en el autoservicio— ¡está el verdadero camino del éxito!
5

Éxito es amar
Hace años tuvo lugar una entrevista fascinante entre el señor Charles Schwab, entonces
presidente de la compañía Bethlehem Steel, e Ivy Lee, un consejero de dirección autodidacta. Lee
era un hombre agresivo, seguro de sí mismo, que con perseverancia había conseguido la entrevista
con el señor Schwab, quien no estaba menos seguro de sí mismo, ya que era uno de los hombres
más poderosos del mundo. Durante la conversación, el señor Lee afirmó que si la dirección de
Bethlehem Steel seguía su consejo, las operaciones de la compañía aumentarían y se
incrementarían sus beneficios.
Schwab respondió:
—Si usted nos puede mostrar la manera de conseguir hacer más cosas, será para mí un placer
escuchar; y si funciona, le pagaré lo que pida dentro de lo razonable.
Lee dio a Schwab una hoja de papel en blanco y dijo:
—Escriba las cosas más importantes que ha de hacer mañana.
El señor Schwab lo hizo.
—Ahora —continuó Lee—, numérelas en orden de importancia.
Schwab lo hizo.
—Mañana por la mañana empiece con el número uno, y persevere hasta haberlo completado.
Entonces vaya al número dos, número tres, y número cuatro… No se preocupe si no ha completado
todo al final del día. Al menos habrá completado los proyectos más importantes. Haga esto cada
día. Después de que esté usted convencido del valor de este sistema, haga que sus hombres lo
prueben. Pruébelo tanto tiempo como quiera, y entonces envíeme su cheque por lo que crea que
vale el consejo.
Los dos hombres se dieron la mano y Lee abandonó la oficina del presidente. Pocas semanas
después Charles Schwab envió a Ivy Lee un cheque por 25.000 dólares — ¡Una cifra astronómica
para la década de los treinta! Dijo que era la lección más provechosa que había aprendido en su
larga carrera en los negocios.
En el mundo frío y duro de los negocios hay pocas cosas tan importantes para el éxito como
saber establecer las prioridades y vivir de acuerdo con ellas. Esto no es menos importante en la vida
espiritual, donde debemos tener nuestras prioridades en orden si esperamos conseguir el éxito. Y
en el reino espiritual la prioridad número uno es Dios.

Amar a Dios

En ningún lugar se encuentra esto representado de modo más dramático que en la forma de
tratar Jesús a Pedro en Juan 21, el gran capítulo final del Evangelio de Juan. Al levantarse el telón
en el último acto, el pasaje de fondo presenta el amanecer del mar de Tiberias; el escenario es una
playa rocosa con un fuego de brasas resplandecientes, y los personajes del drama son Jesucristo,
Pedro y otros seis discípulos sentados junto al fuego. Todo está en su lugar para un diálogo entre
Pedro y el Cristo resucitado, que nos aclarará la importancia del amor para todos los tiempos.
Para comprender totalmente lo que se va a decir sobre la prioridad del amor, debemos apreciar el
tremendo sentimiento de fracaso que oprimía el alma de Pedro. Pedro era el reciente autor de la
más infame negación del mundo. Fue dos semanas antes, en la víspera de la crucifixión, cuando él
negó al Señor tres veces. La negación final fue algo sucio y sórdido en la que Pedro, maldiciendo y
jurando dijo: “No conozco a este hombre de quien habláis” (Mar. 14:71). Fue un momento terrible, y
en el calor de su negación Pedro no vio a su Maestro surgir de la cámara interior. ¡Jesús lo había
visto todo!
El encuentro de sus ojos hubo de ser uno de los más dolorosos intercambios de miradas de la
experiencia humana. Con los ecos del canto del gallo todavía resonando en la oscuridad de la
mañana, los ojos inocentes, sin pestañear y penetrantes de Jesús miraron dentro del corazón de
Pedro. Pedro salió a la noche y lloró amargamente. Pero aquellas lágrimas no habían borrado a
Jesús de su mente. Pedro nunca lo olvidaría.
Todo esto estaba grabado en la mente de Pedro mientras estaba sentado ante el fuego. Él lo había
repasado todo mil veces. Ciertamente la resurrección se había efectuado y el Señor había aparecido
y dicho: “Paz a vosotros”, pero Pedro aún estaba destrozado. Su sentimiento de fracaso era
inmenso.
Mientras la bruma rosa del amanecer del lago y el humo flotaban alrededor, un silencio tenso
atenazó a Pedro y a los discípulos cuando Cristo apareció ante ellos. Juan cuenta que “ninguno de
los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿Tú quién eres? sabiendo que era el Señor.”

Cirugía divina

Cómo debe haber saltado el corazón de Pedro cuando el Señor rompió el silencio: “Simón, hijo de
Jonás, ¿me amas más que estos?”
Allí estaba, al aire libre. El Señor le había hablado claro y sin rodeos.
Juan no describe el aspecto de Pedro mientras era sacudido por estas palabras penetrantes, pero
nuestra experiencia común nos permite imaginarlo: el corazón de Pedro se aceleró, su estómago le
dio un vuelco, sus mejillas ardieron y sus ojos se llenaron de lágrimas. Se sentía muy mal y tenía
un aspecto terrible.
Pero aquellas palabras fueron divinamente quirúrgicas. Jesús se dirigió a él como Simón, que era
el nombre de Pedro antes de conocerle. El Señor estaba evitando deliberadamente usar el nombre
que él mismo le había dado, Pedro —la piedra. El saludo estaba calculado para cortar —y lo hizo
perfectamente.
Jesús además preguntó a Pedro sí le amaba más que los otros discípulos. De nuevo, los
pensamientos de Pedro no pudieron evitar retroceder a lo que le había dicho al Señor en el aposento
alto: “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré” (Mat. 26:33). ¡Qué agonía
debe haber causado en Pedro la pregunta de Cristo!
Además, había un fuego de brasas en la playa —igual que el que había en el patio del sumo
sacerdote donde Pedro negó al Señor. El olor de las ascuas humeantes y los ojos sin pestañear de
Jesús reavivaron en Pedro el recuerdo de aquel terrible momento de fracaso. Todo lo que el Señor
hizo estaba divinamente calculado, como un cirujano con un bisturí, para reabrir las heridas
tiernas de Pedro. El fracaso latía en él. Y la pregunta quedó en el aire esperando respuesta: “Simón,
hijo de Jonás, ¿me amas [ágape] más que éstos?” (Juan 21:15).
Nadie se movió en el silencio. Entonces Pedro contestó con suavidad: “Sí, Señor; tú sabes que te
amo [filia].” Pedro no se pudo permitir el uso de la palabra del Señor ágape. Por eso la sustituyó por
filia —amor, amor de amigos, afecto profundo— en su respuesta.
Y Jesús contestó: “Apacienta mis corderos.” En otras palabras: Si tienes lo que dices, entonces
puedes servir.

Haciendo una segunda prueba

Por muy penoso que fuera para Pedro, Jesús no había terminado su serie de preguntas.
Continuó con una segunda pregunta de prueba: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?”
Jesús estaba diciendo: “Simón, dejando a un lado toda comparación con otros, la sencilla pregunta
no es si me tienes afecto, sino, ¿me amas? [ágape] Esto es lo fundamental. Respóndeme.”
De nuevo, lo único que se movía alrededor del fuego era el humo. Y Pedro contestó humilde y
cuidadosamente: “Sí, Señor; tú sabes que te amo [tengo afecto].”
Debemos comprender que la contestación de Pedro no es mala. 1 Cor. 16:22 dice: “El que no
amare [tuviere amistad] al Señor Jesucristo, sea anatema. El Señor viene.” El amor de amigo es un
amor maravilloso y perfectamente adecuado hacía Dios. Pero es pobre, el Pedro fracasado no pudo
permitirse usar la palabra del Salvador, amor ágape.
La respuesta de Jesús fue: “Pastorea mis ovejas.”

La pregunta final

Hay severidad en las preguntas del Señor, pero es una severidad llena de amor y gracia. Jesús
estaba haciendo algo maravilloso por Pedro.
Le dijo la tercera vez: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” (Literalmente, “¿sientes amor de amigo
por mí?”). El Señor ha asumido la palabra de Pedro, y pregunta por su autenticidad: “Simón” dice:
“¿De verdad tienes ese afecto por mí que dices tener? ¿Lo tienes?”
Las tres incisiones estaban completas. En la primera pregunta el Señor puso a prueba la
semejanza de Pedro con la piedra y la superioridad de su amor. En la segunda cuestionaba si Pedro
tenía alguna clase de amor en absoluto. Y en la tercera puso a prueba la humilde pretensión de
Pedro de un amor “afecto”.
La agonía de Pedro llegó al clímax. Juan dice que Pedro “se entristeció” (literalmente se dolió).
Pero desde su dolor contestó amorosamente: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo [te tengo
afecto].” Se entregó al conocimiento perfecto del Señor. Pedro amaba a Jesús con el más profundo
de los amores, pero sus ilusiones, sus presunciones sobre sí mismo, fueron barridas.
Para el Señor, eso fue suficiente, y dijo finalmente: “Apacienta mis ovejas.”
¡La restauración de Pedro estaba cumplida! Y todos los vieron. En mirada retrospectiva vieron
que el Señor había preparado toda la coreografía. Originalmente, hubo tres preguntas seguidas por
tres negaciones. Ahora, ante el fuego de brasas cuidadosamente preparado por el Señor, hay: ¡Tres
preguntas —tres confesiones— tres encargos!
¡El corazón de Pedro se remontó aliviado!

La más alta prioridad

El drama consumado de Cristo y Pedro se ha conservado para que la iglesia establezca de una
vez para siempre el principio permanente de que, sobre todas las cosas, incluso el servicio a Dios,
hemos de amar a Dios de todo corazón. ¡Es la más alta prioridad en la vida! Es la cuestión más
importante para todo teólogo, todo pastor, todo misionero. Es la cuestión quintaesencial para todo
aquel que quiere agradar a Dios.
La verdad es que Dios ha establecido siempre la prioridad de forma clara: “Oye, Israel: Jehová
nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con
todas tus fuerzas” (Deut. 6:4 y 5).
Todo lo que tenemos debe ser dedicado a nuestro Dios de amor. Este tema fue compendiado y
solemnizado por el mismo Señor cuando un intérprete de la ley le preguntó: “Maestro, ¿cuál es el
gran mandamiento en la ley?” A lo que Jesús respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento” (Mat.
22:37, 38).
¡De boca del mismo Jesús oímos que nada, nada, hay de mayor importancia!
Amor y servicio

Bárbara y yo redescubrimos esta verdad fundamental y nos sentimos renovados por la certeza de
que no hay éxito aparte del amor a Dios.
Lo redescubrimos porque era, desde luego, algo que ya conocíamos pero que había sido
imperceptiblemente escondido por las miserias del pastorado. El sorprendente reencuentro de Pedro
con Cristo renovó esta verdad para nosotros y la fijó como estrella polar en nuestras mentes. Ahora
es el centro de navegación de nuestras almas.
También fuimos renovados por esta verdad porque, al aclarar nuestros pensamientos, confirmó
que lo que a primera vista parece éxito, no es necesariamente éxito en la economía de Dios.
Empezamos a aplicar este principio a los ministerios que conocíamos. Inmediatamente surgieron
cuatro pensamientos:
1. Es posible pastorear una iglesia enorme y no amar a Dios.

2. Es posible diseñar y presidir cultos de adoración perfectamente concebidos y ejecutados y no


amar a Dios.

3. Es posible predicar sermones llenos de contenido, bíblicos, que exalten a Cristo, y no amar a
Dios.

4. Es incluso posible escribir libros que intensifiquen en otros el amor de Dios y no amar a
Dios.
La verdad es que es más que posible. Para nuestra gran desgracia, ocurre con demasiada
frecuencia. Las desgraciadas revelaciones de las vidas de algunos de nuestros líderes cristianos
destacados muestran de forma muy triste un desplazamiento de prioridades. Los altos puestos no
sólo no son seguros, sino que pueden ser especialmente peligrosos. Al parecer, los altos puestos
deben asumirse únicamente con el mayor de los cuidados.

El amor libera

El darse cuenta de que la base del verdadero éxito es amar a Dios es verdaderamente liberador.
¿Cómo?
Primero, coloca nuestras vidas Y ministerios más allá del juicio falible y opresivo de los
cuantificadores —defensores de las estadísticas.
Segundo, nos libera de la tendencia destructiva de compararnos con otros. Después de todo,
¿quién puede medir el amor del corazón de otro? Sabiendo esto, no necesitamos sentirnos
desanimados ni turbados por un pastorado que de cara al exterior o numéricamente pueda no tener
éxito. Nuestra dignidad y realización descansan en nuestra relación con Dios y en nuestro amor por
él.
Tercero, nos libera y motiva para vivir la prioridad principal de nuestra vida, porque si realmente
creemos que amar a Dios es lo más importante en la vida, todo —nuestra conversación, nuestros
planes, nuestras ambiciones— reflejarán su amor de forma progresiva. Hay una liberación sublime
v en proceso para el amor, que viene de la comprensión de que el amor de Dios es lo más
importante en la vida.
Finalmente, es liberador para toda la iglesia, independientemente de su posición, porque amar a
Dios es algo abierto igualmente para todos. La capacidad para amarle no está determinada por la
altura o posición en el mundo eclesiástico. Tampoco está ligada a la capacidad, educación
universitaria, aptitud intelectual; ni siquiera la elocuencia teológica supone ventaja alguna para
amar a Dios. De hecho, el proceso de amar a Dios puede ser obstaculizado por la celebridad. La
posibilidad de amarle intensamente está abierta por iguala todos, desde el arzobispo al jardinero.
Amar a Dios es un llamamiento sublimemente igualitario. Es especialmente liberador en nuestro
mundo basado en influencias y posición social.
Bárbara y yo experimentamos una nueva ola de libertad al redescubrir esta verdad. Nos
comprometimos a amar a Dios sobre todas las cosas, independientemente de lo que pasase con el
resto de la vida. Este compromiso, nos pareció, consta de tres ingredientes:
El primer ingrediente es una honestidad total respecto a nuestro amor a Dios. En el diálogo final
de Pedro con el Señor junto al fuego, dijo: “Señor, tú lo sabes todo.” La palabra usada para saber
significa conocimiento personal e íntimo. De hecho, él dijo: “Señor, has caminado conmigo. Me has
observado personalmente durante años. Me conoces íntimamente de todas formas. No puedo
engañarte. Conoces la profundidad de mi amor por ti.” ¡Y sin duda él lo conocía! De igual manera,
Jesús sabe exactamente cuánto le amamos cada uno de nosotros.
A la luz de esto he descubierto un ejercicio espiritual útil. Consiste en imaginarme a mí mismo a
solas en la playa frente a Cristo recortando su silueta contra el mar de la eternidad. El me mira con
sus ojos amorosos y omniscientes y dice: “Kent, ¿me amas? Dejando toda comparación, ¿de verdad
me amas? ¿Me tienes afecto?”
Yo contesto honestamente. No hay nada más que pueda hacer, porque él sabe. Y es la integridad
de mi respuesta lo que hace posible mi crecimiento en amor. Todos debemos confesar honesta-
mente la verdad de nuestro amor por Dios antes de poder recibir ayuda.
Es la pregunta fundamental. Y esta es la pregunta que debes contestar. ¿De verdad le amas? Dile
la verdad. El ya lo sabe. Pero al decírselo a él, te estarás diciendo la verdad a ti mismo. Aquí es
donde hemos de empezar todos.
Después de la honestidad, el segundo ingrediente para desarrollar nuestro amor a Dios es
cultivar con seriedad la capacidad interna consciente para amarle mientras le servimos. Esto es
significativo porque es demasiado fácil pensar que el servicio a Cristo presupone el amor —como el
“esposo fiel” que durante veinte años no le había dicho a su esposa que la amaba. ¿Sus razones?
“Veinte años de fidelidad demuestran mi amor.” Pero, ¿es así? La Biblia sugiere otra cosa, como en
el caso del hermano mayor en el Hijo Pródigo, cuyo servicio, aparentemente devoto, estaba en
realidad exento de amor. Queridos compañeros, debemos expresar conscientemente nuestro amor a
Dios mientras nos ocupamos en asuntos administrativos rutinarios, asistimos a reuniones de
juntas, predicamos un sermón o damos un estudio bíblico, participamos en la alegría de una boda o
en la tristeza de un funeral. Sólo haciendo de nuestra expresión de amor una parte integrante de
nuestro servicio diario crecerá nuestro amor por él —y también nuestro ministerio para su reino.
El tercer ingrediente necesario para aumentar nuestro amor por Dios es emplear un tiempo
especial con él. Dicho simplemente empleamos tiempo con aquellos a quienes amamos. Cuanto más
tiempo empleamos con Dios, más le amamos. Todos debemos disciplinarnos para tomarnos un
tiempo especial para Dios, meditar profundamente en su santidad, amarle, gloriarnos en la cruz,
decir “¡Abba Padre!, ¡querido Padre!, ¡te amo!, ¡te amo!, ¡te amo!”
6

Éxito es creer
Hay un estribillo que no puedo quitarme de la cabeza y es: cree lo que crees. Para mí señala una
de las grandes necesidades de los cristianos —que no es creer más y mejores cosas, sino creer lo
que ya creemos. Durante mi lucha por el éxito, mi fe se deslizó de forma tan miserable que no
estaba creyendo las cosas que en realidad creía. ¿Creéis que es lógico? Entonces seguidme al
considerar la relación entre creencia y éxito.
El escritor de Hebreos, en su conocida sección sobre la fe, hace una afirmación directa respecto a
la importancia de la fe: “Sin fe es imposible agradar a Dios.” Es decir: no hay otro camino. Sencilla-
mente, Dios no se agradará de nuestros logros, no importa lo grandes que puedan ser, aparte de la
fe. Por ello, se puede decir lisa y llanamente que sin fe, no hay éxito.
El escritor continúa: “Sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca
a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Hebreos I1:6). Con toda
claridad, la fe que agrada a Dios cree dos cosas: (1) cree que Dios existe, y (2) cree que Dios
recompensa a su pueblo, que es positivamente activo a su favor.

Creer que Dios existe

Obviamente, creer que Dios existe significa que uno debe creer en la realidad objetiva de Dios, en
que existe realmente. Pero aquí, en el contexto de Hebreos, la creencia de que “Dios existe” significa
que se debe creer que el Dios soberano obrador de milagros del Antiguo Testamento, el Dios de la
Escrituras, existe.
Esto lo creían los santos de Hebreos 11. Creían que Dios es omnipotente, omnipresente, y
omnisciente, y que es santo, justo, bueno, misericordioso, y sabio —no porque hayan hecho una
lista de sus atributos como lo harían los teólogos posteriores—. Creían lo que su historia, los
profetas, las Escrituras y su experiencia les enseñaba. Ellos creían que este Dios formidable existía.
Teniendo esta creencia, dieron el paso más importante hacia la fe que agrada a Dios, porque una
fe tan profunda en Dios pasa a creer “que es galardonador de los que le buscan”, y que es
positivamente activo a favor de su pueblo.

Creer que Dios recompensa a los que le buscan

Aquellos en el pórtico de la fe de Hebreos 11 creían ciertamente que Dios les recompensaría,


aunque a veces fuera difícil ver cómo.
Algunos fueron llamados a creer en la justicia final de Dios mientras sufrían sin alivio hasta la
muerte. Nuestro texto dice de ellos que “fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de
obtener mejor resurrección”. Otros fueron llamados a creer en promesas específicas en esta vida —
como Moisés, quien obedeció a Dios por fe y condujo a Israel a través del mar Rojo.
Pero sea que estos grandes hombres de fe fueran llamados a enfocar su fe en las recompensas de
Dios en la historia o en la eternidad, todos ellos creían que Dios estaba obrando activamente en
ellos, por medio de ellos, y para ellos; e iba a recompensarlos aunque no pudieran siempre ver o
comprender cómo.
Sin esta fe es imposible agradar a Dios. Sin esta le, la vida no puede ser llamada un éxito —no
importa cómo lo puedan llamar otros.
Creer lo que creemos

Parte del problema durante aquellos días negros de nuestro pastorado fue la fe: yo no estaba
creyendo lo que creía. ¿Cómo era esto? Ciertamente, no estaba dejando de creer que Dios existe y es
galardonador de los que le buscan. De hecho, yo hubiera luchado contra aquellos que negaran
estas verdades. Aun así había un sentido en que la realidad de las cosas que creía acerca de Dios se
había desvanecido. Las implicaciones masivas de su existencia habían sido minimizadas por el
enfoque interno de mi corazón ansioso. La verdad de que él es el justo galardonador estaba
reprimida por mi miserable preocupación por las circunstancias presentes. Mi jeremiada de aquella
noche oscura de mi alma, en la que llegué a la conclusión de que era objeto de una broma cruel, y
llegué a decir: “Dios no es bueno”, es testigo del fracaso de mi fe.
¡En realidad no estaba creyendo lo que creía! Mi vida no estaba agradando a Dios; y yo
ciertamente no estaba teniendo éxito —porque no puede haber éxito sin la sonrisa de Dios.
Lo que yo necesitaba, y que había de llegar en las semanas siguientes, era un renacimiento de la
fe, un nuevo creer en lo que ya creía. Para ser totalmente sincero, no llegó en un paquete atractivo y
ordenado; ni llegó todo de una vez, ni en un orden particular. Llegó gradualmente en trozos y por
piezas. Mucho de ello fue inconsciente, y de algo fui consciente. Pero retrospectivamente veo que
cristalizó en las divinas categorías de fe tal como se describen en Hebreos:
El Dios de la Biblia existe. Para los que estamos a este lado de la cruz, la verdad a creer está,
como sabemos, más allá de nuestra capacidad de comprensión. Además de la gran cantidad de
verdades sobre Dios conocidas por los santos del Antiguo Testamento, nosotros, por la encarnación
de Cristo, podemos entender aún más. El Dios del Nuevo Testamento no es más grande que el Dios
del Antiguo Testamento, pero la revelación de Dios es mayor. Como dice el apóstol Juan de forma
tan hermosa: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha
dado a conocer” (Juan 1:18). ¡Jesús nos mostró a Dios! Así, la amplitud de nuestras creencias se
agranda de forma tremenda.
El gran himno de la creación de Pablo (Col. 1:15-18) ha hecho esto por mí al revelar a Jesús
como creador, mantenedor, y meta de la creación.
Cristo el Creador. El himno le canta como Creador: “Porque en él fueron creadas todas las cosas,
las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios,
sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él” (Col. 1:16). El creó el
mundo espiritual invisible, que es a lo que se refiere “tronos… dominios… principados… potestades”.
También creó el vasto mundo visible y el universo.
Pensad en ello. ¡Ello creó todo! El creó los fuegos de Arturo y la mariposa. El creó los colores del
espectro violeta, añil violado, azul, verde, amarillo, anaranjado, rojo. El creó toda textura, toda cosa
viva, toda estrella, cada mota de polvo estelar en el último rincón del universo. Y lo hizo todo ex
nihilo, de la nada. ¡No tenía conejo ni sombrero!
Este es el Dios en el que yo creía, en el que todos los creyentes confían. Pero un renacimiento
espiritual se inició en mi corazón a medida que yo creía más en lo que yo creía.
Cristo el mantenedor. El cántico continúa hablando de su poder para mantener lo creado: “El es
antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten” (Col. 1:17). Hay una pintura medieval
que muestra a Cristo en las nubes con el mundo de los humanos y la naturaleza debajo. Desde
Cristo va a cada objeto un hilo dorado. El artista estaba pintando la misma verdad en Colosenses —
que Cristo es responsable del mantenimiento de cada cosa creada.
El tiempo usado en el griego enfatiza que él continúa en el presente manteniendo juntas todas las
cosas que, prescindiendo de su acción continua se desintegrarían.
El es la fuerza, la fuerza unificadora última que buscan los físicos; que mantiene juntas todas las
motas de materia y, de hecho, todo espíritu incorpóreo.
¡Sorprendente! La pluma con que yo escribo, el libro que sostienes, tu propio aliento que cae
sobre esta página, se mantienen unidos por Cristo. Si él, por una milésima de segundo, detuviese
su poder, ¡todo acabaría!
Creemos esto, ¿no es verdad? Pero ¿lo creemos realmente, existencialmente, en lo más profundo
de nuestro corazón? Si es así tenemos una cristología que nos conducirá a través de los tiempos
más difíciles y dará lugar a una fe aun más grande.
¿Creemos que “él existe”? ¿Creemos verdaderamente lo que creemos? Esta es la cuestión.
Cristo la meta. Las majestuosas verdades de este poder creador y mantenedor demandan
virtualmente esta verdad. “Todo fue creado... para él” (Col. 1:16). Esta es una afirmación
asombrosa. No hay nada semejante en toda la literatura bíblica. El sentido es aún más
asombrosamente dramático cuando “para él” se traduce “hacia él”, como algunos han hecho. Así se
lee “todo fue creado por y hacia él”. Toda la creación se mueve hacía su consumación en él. Todo
empezó con él y terminará en él.
El es el punto de partida del universo y su consumación.
Todo surgió a su mandato, y todo volverá a su mandato.
Él es el principio y el fin —tanto alfa como omega.
Todo en la creación, historia y realidad espiritual se mueve hacia él y por él.
Creemos esto. Pero, ¿realmente lo creemos?
Cristo la cabeza. El himno de la creación finaliza con este pensamiento: “El es la cabeza del
cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo
tenga la preeminencia” (Col. 1:18). Así concluimos que Cristo, la cabeza, debe ser preeminente en
toda la vida. Sigue la explicación: “Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por
medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en
los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Col. 1:19, 20).
Nuestro gran Dios, Jesucristo, nos reconcilió por su propia sangre en la cruz. ¿Cómo pudo hacer
esto el creador y mantenedor del universo? ¿Por qué lo hizo? Nuestra mente se agota al contemplar
esto, y llegamos a esta explicación, porque no puede haber otra: “Porque de tal manera amó Dios al
mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga
vida eterna” (Juan 3:16). El creador, sustentador, y consumados nos ama —y la cruz es la medida
de su amor.
Cristo es creador, sustentador y meta, y nos ama. Lo que creemos de Cristo lo es todo. Si creemos
que es creador de todo, de cada mota cósmica a lo largo de billones de años luz de espacio sin
caminos, el creador de texturas, formas y colores que deslumbran nuestros ojos; si creemos que es
sustentador de toda la creación, la fuerza que mantiene unidos los átomos de nuestro cuerpo y de
este universo, y que sin él todo perecería; si creemos que él es la meta de todo, que toda la creación
se mueve hacia él, si además creemos que este Dios nos ama —entonces creemos en el Dios que
“existe”. ¡Creemos que el Dios de la Biblia existe!
Como creyentes creemos esto. Cualquier otra cosa es sub-cristiana. Pero, ¿lo creemos realmente?
Una vez más, ¿de verdad creemos lo que creemos? Pensad en ello… porque si nuestra fe está
profundizando, aunque hayamos sido creyentes durante años, ello cambiará nuestra vida ahora
mismo.
¿Por qué? Porque tal creencia nos asegura, te asegura, que tu vida está en las manos de un Dios
soberano, no en un madero a la deriva arrastrado de acá para allá por las mareas de la vida.
¿Por qué más? Porque crees que eres objeto de un infinito amor, que desea lo mejor para ti.
¿Por qué más es transformador de vidas? Porque con un Dios así, no tienes más opción que creer
que “es galardonados de los que le buscan”.
Como mencioné anteriormente, no sucedió todo de una vez, y no fue claro ni sistemático. No
obstante, experimenté gradualmente un avivamiento en la creencia de que “él existe”, y ello nos
condujo inevitablemente a Bárbara y a mí a la certeza de que “es galardonados de los que le
buscan”.
Mi falta de “éxito” de cara al exterior no cambió. Pero puedo deciros esto: Bárbara y yo sentimos
la paz de Dios que, creemos, procedía de su sonrisa.
Una experiencia de la vida de Ira Sankey recalca de forma dramática la idea del Dios providencial
a quien servimos. Era la Nochebuena de 1875 y Sankey viajaba en un vapor por el tío Delaware
cuando fue reconocido por algunos de los pasajeros. Su fotografía había salido en los periódicos
porque era el cantor principal del famoso evangelista D. L. Moody. Le pidieron que cantara uno de
sus propios himnos, pero Sankey puso objeciones y dijo que prefería cantar el himno de William B.
Bradbury “Guíanos Salvador como un pastor”. Una de las estrofas que cantó empezaba “Somos
tuyos, nuestro amigo; guarda tú nuestro camino”.
Cuando terminó, un hombre salió de las sombras y preguntó:
— ¿Ha servido alguna vez en el ejército de la Unión?
—Sí —contestó el señor Sankey— en la primavera de 1860.
— ¿Puede recordar si estaba de guardia una noche de luna clara de 1862?
—Sí —contestó Sankey muy sorprendido.
—Yo también, pero yo servía en el ejército confederado. Cuando le vi de pie en su puesto me dije:
“¡ese tipo no saldrá vivo!” Levanté mi fusil y apunté, yo estaba de pie en la sombra, completamente
oculto, mientras la luz de la luna caía sobre usted. En aquel instante, tal como hace un momento,
usted alzó los ojos al cielo y empezó a cantar… “Deja que cante su himno hasta el final”, me dije:
“puedo dispararle después. En cualquier caso es mi víctima, y mi bala no puede fallar”. Pero el himno
que cantó entonces es el mismo que acaba de cantar; pude oír sus palabras perfectamente: “Somos
tuyos, nuestro amigo; guarda tú nuestro camino.”
—Aquellas palabras excitaron mi memoria. Empecé a pensar en mi niñez y en mi madre
temerosa de Dios. Ella me había cantado ese himno muchas veces. —Cuando usted terminó su
cántico, me fue imposible volver a apuntar y pensé que el Señor que podía salvar a aquel hombre de
una muerte segura debía sin duda ser grande y poderoso. Mi brazo cayó por sí mismo a mi costado.
¡Nuestro Dios y su poder de protección son maravillosos! Esa anécdota unida a las verdades
supremas que hemos estado considerando sugieren algunas preguntas:
1. ¿.Creo que Dios puede cuidar de mí?
Contesta con la verdad.
2. ¿Creo que me ama?
Contesta de nuevo la verdad.
3. ¿Creo que él recompensa, que es moralmente activo a favor de los que le buscan?
De nuevo la verdad.
Si has contestado afirmativamente a estas preguntas, si estás creyendo lo que crees, tienes un
ingrediente principal del verdadero éxito; porque donde hay fe, hay complacencia, y eso es éxito.
7

Éxito es orar
Hace algunos años un joven se acercó al capataz de un equipo de leñadores y pidió trabajo.
—Depende, —contestó el capataz. Veamos cómo talas este árbol.
El joven se adelantó y con maestría taló un gran árbol. Impresionado, el capataz exclamó:
— ¡Empieza el lunes!
Lunes, martes, miércoles y jueves pasaron; y el jueves por la tarde el capataz se acercó al joven y
le dijo:
—Puedes recoger tu cheque cuando salgas hoy.
Sorprendido, el joven respondió:
—Creía que pagaban los viernes.
—Normalmente lo hacemos —contestó el capataz—, pero te dejamos marchar hoy porque te has
quedado atrás. Nuestras hojas diarias de trabajo demuestran que has caído del primer lugar el
lunes al último el miércoles.
—Pero soy un buen trabajador —objetó el joven—. ¡Llego el primero, me voy el último, e incluso
he trabajado durante la hora del café!
El capataz, sintiendo la integridad del joven, pensó durante un minuto y preguntó:
— ¿Has afilado el hacha?
El joven replicó:
—He estado trabajando demasiado duro para tomarme el tiempo necesario.
Qué error tan obvio. ¿Cómo pudo nadie cometer tan impensable error? Aun así el hecho es que
muchos de los siervos de Dios fracasan en la tarea señalada porque no se toman tiempo para afilar
sus vidas en oración.
Sin duda, cuando los siervos de Dios hablan con franqueza de sus vidas espirituales, la mayoría
manifiestan su culpabilidad respecto a su oración. Esto quiere decir que miles están llevando a
cabo sus ministerios pastorales con instrumentos cada vez menos afilados que, inevitablemente,
frustran cualquier posible éxito.

Debemos orar

Como pastores subordinados de Dios hemos de mantener nuestras vidas en forma por la oración.
Juan Bunyan dijo una vez: “Puedes hacer más que orar después de que has orado pero no puedes
hacer más que orar hasta que hayas orado.” La oración es fundamental para el éxito en el
ministerio.
Primero, debemos orar debido a lo que la oración hace por nosotros. Alguien preguntó a George
MacDonald por qué debemos orar si Dios nos ama tanto y sabe todo lo que necesitamos antes de
que le pidamos. La respuesta magnífica de MacDonald resulta maravillosamente instructiva.
¿Qué si él sabe que la oración es la cosa que necesitamos primero y más? ¿Qué si el
objeto de la idea de Dios fuera satisfacer nuestra necesidad grande e infinita —la
necesidad de él mismo? ¿Qué si el bien de todas nuestras necesidades menores y más
bajas consistiera en esto, en que nos ayudan a conducirnos a Dios?
Comunión con Dios es la única necesidad del alma superior a todas las demás
necesidades, la oración es el principio de esa comunión.
Ciertamente, George MacDonald está en lo cierto. Tenemos una necesidad interminable de él y la
oración la satisface.
Piensa en ello de esta manera: nuestras vidas son como placas fotográficas, y la oración es el
tiempo de exposición a Dios. Al exponernos a Dios durante media hora, una hora, quizá dos horas
al día; su imagen se imprime más y más sobre nosotros. Absorbemos más y más la imagen de su
carácter, su amor, su sabiduría, su manera de tratar la vida y a las personas. Como siervos de
Cristo eso es lo que necesitamos y lo que recibimos de él.
Juntamente con esto, la voluntad de Dios no está sometida a la nuestra sino la nuestra a la
suya. Como dice E. Stanley Jones:
Oración es entrega —entrega a la voluntad de Dios y cooperación con esa voluntad. Si
desde un bote lanzo un garfio que queda sujeto a la costa y tiro del cabo, ¿atraigo la
costa hacia mí, o me acerco yo a la costa? Oración no es acercar la voluntad de Dios a
la mía, sino adaptar mi voluntad a la de Dios.
Adaptados a la voluntad de Dios, toda nuestra personalidad se eleva. Así se hacen posibles
grandes cosas en nuestro carácter y en nuestras acciones.
La experiencia de Moisés en el monte Sinaí es el ejemplo quintaesencia) de los beneficios de tales
oraciones. Al meditar Moisés durante aquellos cuarenta días en el Sinaí, estuvo tan expuesto a Dios
que su cara se volvió radiante (Éxo. 34:29-35), y su voluntad tan sometida a Dios que se convirtió
en el dador de los Diez Mandamientos. Al dirigir a Israel, lo hizo con la sabiduría y a la manera de
Dios.
Eso es lo que todos nosotros necesitamos. Llega por medio de emplear tiempo con Dios en
oración. ¿Estamos empleando tiempo suficiente para que su vida penetre en la nuestra y nuestra
voluntad se adapte a la suya? Se lo debemos a él, nos lo debemos a nosotros, y se lo debemos a la
iglesia.
Segundo, debemos orar debido a lo que la oración hace en la iglesia. Era bien entrado 1964 y los
rebeldes comunistas Simba habían tomado el pueblo de Bunia en Zaire. Arrestaban y ejecutaban a
cualquiera que consideraban que era “enemigo de la revolución”. Uno de los que intentaban
convertir en víctima era el pastor Zebedayo Idu, que fue sacado de su casa junto al templo. El día
siguiente de su arresto fue establecido como una gran fiesta política en el que se pronunciarían
grandes discursos frente a la estatua de Patricio Lumumba, el líder espiritual de la revolución.
Entonces serían ejecutados un gran número de prisioneros, por un piquete de ejecución, frente al
monumento.
Al día siguiente los primeros fueron metidos en un camión como ganado para transportarlos a la
ejecución. Pero por “alguna misteriosa razón” el motor no quiso arrancar. Se les hizo bajar y fueron
obligados a empujar para arrancar el camión, que arrancó sólo para calarse de nuevo frente a la
oficina del enfurecido comisario de policía. Era tarde y el oficial furioso no estaba dispuesto a más
retrasos, así que puso en fila a los prisioneros y los numeró “uno, dos, uno, dos…”, y entonces
ordenó a los números uno que marcharan a paso ligero hasta el monumento donde los mataron con
descargas de fusil.
Los números dos, incluido el pastor Zebedayo Idu, volvieron a sus celdas, desde donde oyeron los
disparos del piquete de ejecución y se preguntaron por qué se habrían salvado y qué les depararía
el futuro. Aprovechando la oportunidad, el pastor Zebedayo compartió con ellos la esperanza de la
vida eterna. Ocho prisioneros se entregaron a Cristo. Apenas había terminado el pastor, cuando un
mensajero sin aliento y excitado llegó a la puerta con una orden: “¡El pastor ha sido arrestado por
error! ¡Debe ser puesto en libertad ahora mismo!”
El pastor Zebedayo se despidió de los restantes prisioneros y corrió a su casa junto al templo.
Allí, reunidos en la casa de Dios, estaba su pequeña congregación de rodillas, orando
fervorosamente por su seguridad y su libertad. No hace falta decir que su regocijo fue grande, largo
y ruidoso.
¡Cómo nos conmovemos ante este ejemplo del poder de la oración! No obstante, no es realmente
nada nuevo, porque ocurrió casi exactamente lo mismo hace casi dos mil años en Jerusalén cuando
el recién liberado Pedro irrumpió en la reunión de oración en casa de Juan Marcos, “donde muchos
estaban reunidos orando” (Hech. 12:12).
La oración da poder a la iglesia y al ministerio. Es un hecho poco conocido que Guillermo Carey,
el inmensamente fructífero “padre de las misiones modernas”, tenía una hermana paralítica en
cama que estuvo orando por él durante cincuenta años.
V. Raymond Edman, presidente muy querido del Wheaton College, cuando era misionero en
Ecuador, estuvo tan cerca de la muerte que su esposa llegó a teñir de negro su traje de novia para
su funeral. Pero a miles de kilómetros, en Boston, el doctor Joseph Evans, sin conocer la dificultad
de Edman, respondió a la dirección del Espíritu y puso a su grupo a orar por Edman. Oraron
intensamente hasta que Evans concluyó: “¡Gloria a Dios! ¡La batalla se ha ganado!” Y sin duda fue
así, porque Raymond Evans se recuperó para continuar durante cuarenta años más su destacado
servicio.
Podríamos seguir contando de pastores que han tenido un poder inexplicable en su predicación,
y puestos de misión que han experimentado bendiciones y conversiones extraordinarias cuyo rastro
nos conduce a las oraciones de creyentes humildes.
Por esto Pablo, el gran apóstol, rogó que oraran también por él, “a fin de que al abrir mi boca me
sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el ministerio del evangelio” (Ef. 6:19). El sabía que
el poder viene sólo por la oración.
Tercero, debemos orar porque Jesús oraba. El Evangelio de Marcos nos dice que al llevar a cabo
su ministerio en Galilea, Jesús se vio sometido a presiones inmensas por las multitudes crecientes.
El cuadro que nos presenta es el de oleada tras oleada de personas necesitadas que acudían a él —
todos pidiendo ser atendidos. Tan grande era la presión de la gente que llegó a estar realmente en
peligro físico. Marcos deja esto bien claro cuando escribe que Jesús “dijo a sus discípulos que le
tuviesen siempre lista la barca, a causa del gentío, para que no le oprimiesen” (Mar. 3:9). La palabra
oprimir significa literalmente aplastar. Resulta un pensamiento extraño, pero Jesús estaba en
peligro de ser ¡aplastado por la multitud de adoradores! Tan real era el peligro que Jesús designó
prudentemente a uno de sus discípulos para que estuviera cerca con una barca (de forma similar
nosotros tendríamos un automóvil cerca con el motor en marcha) para el caso de que tuviera que
emprender una retirada rápida. La opresión de la gente que experimentó Jesús, como Marcos la
describe, estaba formada por aquellos que le atacaban con maldad, los endemoniados que gritaban
malévolamente su nombre, y ofuscados fariseos que calculaban cada uno de sus movimientos. ¡Eso
es presión!
Jesús, aunque era Dios, era también hombre y sentía realmente la presión. Era inmensa,
ineludible y agotadora; probablemente de un modo que nunca conoceremos.
¿Qué hacer? ¿Cómo trató nuestro Señor las presiones de la vida y el ministerio? Simplemente
hacía dos cosas: primero se retiraba para estar solo; segundo, oraba. De los retiros de Cristo dice
Marcos: “subió al monte”. La tradición dice que ascendió a los picos de Hattim, el punto más
prominente del lado oeste del lago, y es posible que lo hiciera. Pero lo importante es que él se retiró,
a solas, por sí mismo. Pese a que era hombre y Dios, aun necesitaba estar solo. Aunque vino a
salvar a los hombres, necesitaba apartarse de los hombres por algún tiempo.
¿Necesitamos decir que lo que vale para Cristo vale para nosotros? Todos nosotros necesitamos
algo de soledad en la vida. Muchos de nosotros nunca estamos en silencio mientras estamos
despiertos. Nos despertamos con un radio reloj, nos afeitamos escuchando las noticias, conducimos
en medio de un tráfico ruidoso, entramos en una oficina ocupada y ruidosa, volvemos a casa
escuchando las noticias rápidas de cada hora, nos “relajamos” ante la televisión.
Necesitamos soledad. Usando el lenguaje de los místicos, necesitamos un santuario, una ermita.
No es tan difícil —el santuario de una iglesia, un coche aparcado, un cementerio, un parque
público, un cuarto de estar tranquilo antes de que la familia se levante, en la mañana. Como
nuestro Señor debemos tomarnos tiempo con regularidad (ver Mar. 1:35 y Luc. 22:39). El
pastorado, las presiones de la vida, y el ejemplo de Cristo lo demandan.
Jesús se retiró —ese fue el primer paso, pero el dar ese paso le llevaba siempre a otro más
importante; esto es, Jesús oraba. El pasaje paralelo en Lucas dice: “En aquellos días él fue al monte
a orar, y pasó la noche orando a Dios” (Luc. 6:12). Allí expuso Jesús su alma a la luz de la presencia
del Padre. Allí reafirmó y fortaleció su compromiso de hacer la voluntad del Padre. ¡Qué exposición,
qué intercambio, qué devoción!
La lógica de mayor a menor es obvia —si Jesús tuvo que hacer esto siendo el Hijo eterno,
¿cuánto más nosotros, hijos adoptivos, necesitamos seguir su ejemplo? Siendo siervos bajo presión,
personas que se ocupan de otros, empujados no sólo por las demandas normales de la vida sino
también por los necesitados, los enfermos, una cultura endemoniada; necesitamos sobre todo el
poder de la oración.

La primacía de la oración

Recientemente estuvimos con nuestros hijos en la armería del gran museo Fitzwilliam de la
Universidad de Cambridge y nos maravillamos ante los antiguos cascos, escudos, adargas y
espadas. Pese a que aquellas armas estaban ennegrecidas por la pátina de siglos, nos imaginamos
fácilmente el día en que las brillantes espadas salían de sus vainas, y acero chocaba contra acero
en terrible combate. La razón para esto, desde luego, era que cada pieza de armamento sugería la
acción —acción contundente, desesperada, de vida o muerte.
Lo mismo ocurre cuando nos paramos a reflexionar sobre el formidable cuadro del guerrero
cristiano vestido con “toda la armadura de Dios” (Ef. 6:12-17). Todo en ella habla de acción. Está
preparado, ajusta su cinturón de combate, se coloca el casco, comprueba cuidadosamente el filo de
su espada, y pone su escudo ante su cuerpo. El enemigo se acerca. Está inmóvil, respirando con
dificultad. Entonces, el soldado cristiano hace la cosa más asombrosa — ¡cae de rodillas en oración
profunda! Con toda certeza habrá acción: él se levantará y relampagueará su acero, pero todo será
hecho en el poder de la oración, porque la oración es lo más importante.
Esta es la fuerza precisa del cuadro de Efesios, porque después de que la armadura del soldado
está en su sitio, leemos: “orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando
en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos” (Ef. 6:18). Todos los que ejercen el
ministerio para Dios, independientemente de lo bien que se hayan vestido el evangelio de paz, y de
lo bien que lleven la salvación, la verdad, la justicia y la fe; deben hacer de la oración la cosa
principal. El soldado cristiano —toda persona dedicada al ministerio cristiano— ¡lucha de rodillas!
Como bien dijo Edward Payson:
La oración es la primera cosa, la segunda cosa, la tercera cosa necesaria para el
ministerio. Ora, por lo tanto, querido hermano; ora, ora, ora.

La disciplina de la oración

El llamamiento a la oración es un llamamiento a la disciplina. Desgraciadamente, muchos


rechazan esta idea. Alegan que esa forma de pensar promueve el legalismo, pero eso no es cierto.
Hay una diferencia enorme entre legalismo y disciplina. En el corazón del legalismo está el
pensamiento de hacerse mejor y hacer así méritos mediante el ejercicio religioso; mientras la
disciplina nace de un deseo de agradar a Dios. Así vemos que Pablo, un oponente declarado del
legalismo, nos exhorta a la disciplina cuando dice: “Ejercítate para la piedad” (1 Tim. 4:7). Los
siervos de Dios deben ejercitarse con una disciplina de tipo atlético al perseguir los propósitos de
Dios para sus vidas. No habrá vida de oración sin esta disciplina.
Como todos sabemos, no es siempre fácil. Por lo tanto la cuestión es, ¿cómo nos disciplinamos
para orar? El doctor J. Sidlow Baxter compartió una vez una hoja de su propio diario pastoral con
un grupo de pastores que le hicieron exactamente esta pregunta. Empezó por contarles cómo en
1928 entró en el pastorado decidido a ser “el más metodista-bautista” de los pastores, un auténtico
hombre de oración. Sin embargo, no pasó mucho tiempo sin que sus crecientes responsabilidades
pastorales, deberes administrativos, y sutiles subterfugios de la vida pastoral empezaran a eliminar
la oración. El empezó a acostumbrarse a ello, excusándose a sí mismo.
Así las cosas, una mañana tuvo una crisis, según estaba ante su mesa llena de trabajo y miró su
reloj. La voz del Espíritu le llamaba a orar, pero al mismo tiempo otra voz suave y tenue le pedía
que fuera práctico y contestara sus cartas, que debía hacer frente al hecho de que él no era del tipo
espiritual, que sólo unas pocas personas podían ser así. ¡Eso lo consiguió! “Esa última insinuación”,
dijo Baxter, “me hirió como la hoja de una daga. No podía soportar que fuera verdad.” El estaba
horrorizado de su habilidad para eliminar con la razón la mismísima base de su vitalidad y poder
pastorales.
Aquella mañana, Sidlow Baxter echó una buena ojeada a su corazón, y halló que había una parte
de él que no quería orar y otra parte que sí quería. La parte que no quería eran sus emociones, y la
parte que quería eran su intelecto y su voluntad.
Este análisis pavimentó su camino hacia la victoria. En las palabras inimitables del propio doctor
Baxter:
Como nunca antes, mi voluntad y yo estuvimos frente a frente. Hice a mi voluntad
esta pregunta directa: “Voluntad, ¿estás lista para una hora de oración?” Voluntad
contestó: “Aquí estoy, y estoy perfectamente preparada, si tú lo estás.” Así Voluntad y
yo nos tomamos del brazo y fuimos para tener un tiempo de oración. A la vez, todas
las emociones empezaron a tirar en la otra dirección y protestaron: “Nosotras no
vamos.” Vi a Voluntad titubear un poco, por eso pregunté: “¿Puedes mantenerlo?,
Voluntad.” Voluntad respondió: “Sí, si tu lo puedes.” Así Voluntad y yo nos fuimos a
orar, arrastrando aquellas retorcidas y ruidosas emociones con nosotros. Fue una
lucha de principio a fin. En un momento, cuando Voluntad y yo estábamos en medio
de una sincera intercesión, me di cuenta de repente de que una de esas emociones
traidoras había captado mi imaginación y había marchado al campo de golf; hice todo
lo posible para hacer volver a aquella malvada pícara. Poco después noté que otra de
las emociones había escapado con algunos pensamientos descuidados y estaba en el
púlpito, dos días antes de tiempo, ¡predicando un sermón que aún no había terminado
de preparar!
Al final de aquella hora, si me hubierais preguntado: “¿Lo has pasado bien?”, habría
tenido que responder: “No, ha sido una lucha agotadora contra emociones encontradas
y una imaginación huidiza de principio a fin.” Es más, aquella batalla con las
emociones continuó de dos a tres semanas, y si me hubieseis preguntado al final de
ese tiempo: “¿Lo has pasado bien?”, habría tenido que confesar: “No, a veces me ha
parecido como si el cielo fuera de bronce, y Dios estuviera demasiado distante para oír,
y Jesús extrañamente lejano, y que la oración no servía para nada.”
Aun así estaba pasando algo. De una parte, Voluntad y yo enseñamos a las emociones
que éramos totalmente independientes de ellas. Asimismo, una mañana, como dos
semanas después de empezar la lucha, justo cuando Voluntad y yo íbamos a tener un
tiempo de oración, oí como una emoción le decía a las otras: “Vamos, es inútil gastar
más tiempo en resistir: lo van a hacer de todas formas.” Aquella mañana, por vez
primera, aun cuando las emociones seguían siendo sorprendentemente insolidarias,
estaban al menos aquietadas, lo que nos permitía a Voluntad y a mí ponernos a orar
sin ser distraídos.
Otro par de semanas después, ¿qué diréis que ocurrió? Durante uno de nuestros
períodos de oración, cuando Voluntad y yo no pensábamos más en las emociones,
saltó inesperadamente y gritó: “¡Aleluya!” a lo que todas las demás emociones
contestaron: “¡Amén!” Y por primera vez todo mi ser —intelecto, voluntad y
emociones— estuvo unido en una operación de oración coordinada. Al mismo tiempo,
Dios era real, el cielo estaba abierto, Jesús estaba gloriosamente presente, el Espíritu
Santo se estaba ciertamente moviendo en mis anhelos, y la oración era
sorprendentemente vital. Más aún, en aquel instante me di cuenta repentinamente de
que el cielo había estado observando y escuchando durante todo el tiempo de lucha
contra caprichos engañosos y emociones sediciosas; también me di cuenta de que
había estado bajo la necesaria tutoría de mi Maestro celestial.
Compañeros de ministerio, sabemos que el Espíritu Santo nos impulsa a orar, e incluso intercede
por nosotros; pero también sabemos que hay una parte nuestra, que es la disciplina. Ciertamente
no podemos hacer nada con nuestro propio poder; no obstante somos llamados a ser colaboradores
de Dios. “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”, dice la Palabra de Dios, “porque Dios
es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:12, 13).
Además de cualquier otra cosa que esto requiera, requiere disciplina.
Al orar, desnudamos nuestras almas a la luz de Dios. Además, él imprime su vida en las
nuestras, y nuestras voluntades se acercan a la suya, agudizando así el filo cortante de nuestras
vidas. Y esto no es sólo oración. Es un paso más en el camino del éxito.
Al aislar Bárbara y yo la oración como un ingrediente más del verdadero éxito, nos sentimos
animados. Nos sentimos alentados porque habíamos continuado entregados a la oración incluso
durante los momentos más negros, y fuimos animados aun más porque ver la oración en esta
perspectiva aumentó nuestra dedicación a su práctica.
8

Éxito es santidad
Durante muchos años había sido un respetado profesor de Biblia. Era un vigilante defensor de la
ortodoxia bíblica. Era escritor. Su conocimiento enciclopédico de la Biblia hizo de él un hombre al
que la gente acudía en busca de sabiduría. Era confidente y consejero de presidentes de
universidad, pastores destacados, y ejecutivos cristianos. Todos le consideraban un hombre de
éxito.
Esta es la razón de que nos sintiéramos anonadados cuando supimos que su larga asociación
con la universidad había sido cortada porque había cometido adulterio. Era algo para llorar —y eso
hicimos.
Desgraciadamente, no era la primera ocasión para las lágrimas ni sería la última. He conocido
ejecutivos cristianos, conferenciantes célebres, y pastores bien conocidos de iglesias grandes y
pequeñas que han sucumbido a la sensualidad.
Recuerdo bien a Hudson Armerding, presidente retirado del Wheaton College, cuando me mostró
un montón de treinta centímetros de libros sobre matrimonio y relaciones humanas, que estaba
leyendo porque se sentía muy abrumado por el fracaso de ministerios y matrimonios de muchos
siervos de Dios. La sensualidad es un gran problema para el clero profesional. Más grande de lo que
nadie sabe en realidad. En años recientes el pecado sensual entre obreros cristianos parece haber
crecido en proporciones epidémicas.
Bárbara y yo nos dimos cuenta de que esto tiene importantes implicaciones para nuestra idea de
éxito en la iglesia. La lógica de la Biblia es ineludible: Dios llama a su pueblo a ser santo (Lev. 192).
La santidad es fundamental para el verdadero éxito. Nadie puede ser considerado hombre de éxito
si lleva una vida contraria a la voluntad de Dios. Por ello, llegamos a considerar la ironía de que hay
un número desconocido de pastores y obreros cristianos de “éxito” que son fracasos abismales.
Para aquellos que servimos a Dios, la verdad es ineludible. La búsqueda de la santidad es
esencial si alguna vez hemos de conseguir algo del auténtico éxito.

Vino, cortes de pelo, y hombres muertos

El Antiguo Testamento está lleno de relatos de vidas fallidas, extraordinariamente gráficos, y


quizá ninguno más trágico que la vida de Sansón.
El trasfondo de la historia de Sansón se resume en el final del libro de Jueces, “cada uno hacía lo
que bien le parecía.” Fue uno de los tiempos más sombríos de la historia de Israel, un tiempo de
grosera idolatría y de opresión brutal por fuerzas extranjeras. Esta gran oscuridad fue la razón para
que Dios llamara a Sansón, porque era el propósito de Dios utilizar a este joven especialmente
dotado para liberar a Israel de la opresión de los filisteos.
El llamamiento divino llegó antes del nacimiento de Sansón. Respecto a su vida puede decirse en
verdad que ha habido pocos que hayan nacido con mayor expectación. El anuncio de su nacimiento
fue hecho mediante múltiples anuncios angélicos (Jue. 13). Como es normal, cuando el anuncio del
ángel del Señora los padres estériles de Sansón se difundió por la tribu de Dan, se despertaron
esperanzas. Estas esperanzas aumentaron cuando en obediencia a las instrucciones del ángel, la
que había de ser madre de Sansón se hizo nazarea, y así también Sansón desde su nacimiento. El
significado de su estado de nazareos fue entendido por todos en el sentido de que eran separados
como “santos para el Señor.” Su dedicación fue simbolizada por el compromiso de abstenerse de
alcohol, de cortarse el cabello, y de tocar cadáver (Núm. 6:1-8).
Así, desde su nacimiento todos los ojos estaban fijos en el niño nazareo y, según se iba haciendo
hombre, nadie podía confundir su llamamiento, ya que su cabello sin cortar caía cada vez más largo
sobre sus anchos hombros. Además, cuando la figura atlética de Sansón pasaba, un movimiento de
expectación se transmitía por el pueblo. ¿Qué va a hacer Dios con este joven que ha sido apartado
como santo desde el vientre de su madre?, se preguntaban. Aunque no se debe exagerar, tenemos
aquí un paralelo instructivo para todos aquellos que han recibido un llamamiento al ministerio,
dado que éste es primariamente un llamamiento a santidad, y un llamamiento que lleva consigo
unas expectaciones altamente espirituales. Por esto, lo que le ocurre a Sansón es tan relevante para
aquellos que hayan de tener éxito en el servicio a Dios.

Vino, mujeres y canciones

La Biblia deja bien claro que al llegar a la edad viril Sansón estaba fracasando en su compromiso
santo. El joven se consumía en sensualidad. La primera descripción de Sansón señala que ardía de
pasión erótica. Sansón ve a una mujer filistea e inmediatamente vuelve a sus padres pidiéndoles, a
pesar de sus objeciones, que preparen el casamiento. No hay constancia de que ni siquiera hubiera
hablado previamente con la mujer. Pero él prevaleció, y como dice la Biblia: “Descendió, pues, y
habló a la mujer; y ella agradó a Sansón” (Jue. 14:7). Así empezó el primero de numerosos asuntos.
Si Sansón estaba en las garras de la sensualidad, la sensualidad estaba también fuertemente
agarrada por Sansón. Sansón no la abandonaría. Nunca llegó más allá de su lujuriosa adolescencia,
y por eso rompió sucesivamente sus votos de nazareo; traicionando completamente su compromiso
de santidad —garantizando su caída.
Primero, al mantener su romance con la mujer filistea, Sansón regresó a los restos del león que
había matado y extrajo la miel silvestre de su interior. Esto fue una flagrante violación de su
compromiso de no acercarse a un cadáver.
A continuación trasgredió su voto respecto a las bebidas alcohólicas cuando celebró allí un
“banquete” con motivo de la próxima boda con la joven (Jue. 14:10). La palabra hebrea para
“banquete” señala el hecho de que había abundancia de bebida y, desde luego, ello implica que
Sansón bebería su ración abundante.

Insensibilidad moral

Como todos sabemos, la desacralización final de los sagrados votos de Sansón llegó con el corte
de su cabello. Lo que es de notar aquí es la sorprendente insensibilización de Sansón respecto a su
estado espiritual y al peligro en que se encontraba. Evidentemente, las experiencias previas del
poder de Dios en su vida le habían dado una sensación infantil de que era invencible. Esta puede
ser la única explicación de sus repetidos intercambios físicos con su esposa Dalila, que estaba
evidentemente tratando de matarle. Esta es la única explicación para su estupidez final al revelarle
el secreto de su fuerza. Y esta es la explicación que la Biblia da después del fatal corte de pelo: “Y le
dijo: ¡Sansón, los filisteos sobre ti! Y luego que despertó él de su sueño, se dijo: Esta vez saldré como
las otras y me escaparé. Pero él no sabía que Jehová ya se había apartado de él ” (Jue. 16:20). ¡Qué
terrible sentencia! Y es aún más terrible hoy porque se repite en las vidas de miles de siervos de
Dios. Para muchos es un epitafio ministerial: “Pero él no sabía que Jehová ya se había apartado de
él.”

Sansones de hoy

El fracaso de Sansón es relevante, porque, como hemos visto, muchos de los siervos de Dios que
un día respondieron al llamamiento divino y se comprometieron a una vida santa empezando con
grandes esperanzas han caído en la sensualidad. Ahora mismo, algunos que han sido instrumentos
de gran poder continúan en el ministerio activo, pese a que están hundidos en la sensualidad.
Algunos han llegado a estar tan insensibilizados moralmente que no saben que el Señor se ha
apartado de ellos. Son, en definición del mismo Dios, fracasos exitosos.
El fracaso de Sansón es una advertencia para los siervos de Dios de hoy día que viven en una
cultura que rezuma sexualidad por todos sus poros. El fracaso de Sansón nos plantea algunas
preguntas difíciles:
1. ¿Estamos siendo insensibilizados por el presente mundo maligno? ¿Nos pasan hoy
desapercibidas cosas que no hace mucho nos escandalizaban? ¿Se ha debilitado nuestra
propia ética sexual?
2. ¿Por dónde divagan nuestras mentes cuando no tenemos deberes que cumplir?
3. ¿Qué estamos leyendo? ¿Hay libros, revistas o carpetas en nuestros estantes que no
queremos que lea nadie más?
4. ¿Qué estamos alquilando en los almacenes locales de video? ¿Cuantas horas dedicamos a ver
la televisión? ¿Cuántos adulterios hemos visto la semana pasada? ¿Cuántos asesinatos?
¿Cuántos de ellos hemos visto con nuestros hijos?
5. ¿Cuántos capítulos de la Biblia leímos la semana pasada?
He hecho estas preguntas difíciles porque hay una nube de sensualidad que oprime a todos. Y lo
que lo hace aún peor es la sorprendente capacidad humana para el autoengaño. La personalidad
humana tiene una capacidad innata para racionalizar y compartimentar su moralidad. He conocido
hombres y mujeres que profesaban a Cristo y llevaban Biblias consigo en el ministerio cristiano que
eran adúlteros, e incluso incestuosos; y no veían contradicción en sus vidas. He conocido obreros
cristianos que han llevado una existencia pornográfica secreta: fundamentalistas en la iglesia y
mirones de películas pornográficas en casa. Aun más trágico, su engaño es tan profundo que no
admiten inconsistencia alguna en su comportamiento. ¡Qué semejantes a Sansón!
Pero la Palabra de Dios permanece: sin santidad todo es fracaso. Esto es lo que el fracaso de
Sansón nos enseña. Es también el mensaje del fracaso de David, como veremos a continuación.

Ascensión y caída del héroe

El rey David no era candidato evidente al fracaso. Había unificado todo Israel y estaba en el cenit
de su poder personal. Era el héroe, el auténtico héroe. Pero cayó. Y su caída (después de la de Adán
y Eva) fue la mayor de la historia porque cayó de una altura que causa vértigo.
El éxito de David, sin embargo, no debe interpretarse en el sentido de que su reinado no tuvo
problemas. Había faltas definidas en su conducta que le hacían vulnerable al desastre.
2 Samuel 5, que narra la instalación de David en el poder en Jerusalén, menciona casi como en
un aparte, que “tomó David más concubinas y mujeres de Jerusalén” (2 Sam. 5:13). Debemos notar,
y notar bien, que la toma de mujeres por David era pecado. Deut. 17, que establece las normas para
los reyes hebreos, manda que se abstengan de tres cosas: (1) de adquirir muchos caballos, (2) de
tomar muchas mujeres, y (3) de acumular mucha plata y oro. David lo hizo bien en los puntos uno
y tres, pero falló completamente en el punto dos cuando reunió un harén considerable.
Hemos de observar aquí que una insensibilización progresiva respecto al pecado y el consecuente
descenso de la santidad estaban ya teniendo lugar en la vida de David. La colección de esposas de
David, aunque era “legal” y no se consideraba adulterio en la cultura de su día era, no obstante,
pecado. Igualmente, la indulgencia sexual de David le insensibilizaba para el llamamiento de Dios y
le hacía presa fácil para el pecado fatal de su vida.

La mirada lujuriosa de David

Había sido un día caluroso y caía la tarde. David salió al jardín de su terrado a tomar el aire
fresco de la tarde y contemplar su ciudad en el ocaso. Según miraba, su vista se encontró con una
mujer extraordinariamente bella —que se bañaba sin el menor recato. Respecto a su belleza el
hebreo es explícito: “la cual era muy hermosa” (2 Sam. 11:2). Era joven, en la flor de la vida. Y las
sombras de la tarde la hacían aun más seductora.
El rey miró. Y continuó mirando. Después de la primera mirada, David debería haberse dado la
vuelta y retirado a su cámara. Pero no lo hizo, y su mirada se convirtió en asombro y después en
atracción.
Poned esta máxima en vuestro corazón: Cuando la lujuria toma el control, Dios se hace irreal para
nosotros. ¡Qué mundo de sabiduría hay en esto! Cuando estamos en las garras de la lujuria, la
realidad de Dios se desvanece. Cuanto más miraba el rey David, menos real se le hacía Dios. No
sólo disminuía su consciencia de Dios, sino que además en la progresiva oscuridad David perdió la
conciencia de quién era él mismo —su santo llamamiento, su fragilidad, y las consecuencias
seguras del pecado.
Esto es lo que hace la lujuria. Lo ha hecho millones de veces. La lujuria hace desaparecer a Dios,
al menos a los ojos de mirada lujuriosa de los que están involucrados. Aquí, compañeros de
ministerio, hemos de hacer de nuevo algunas preguntas: ¿Se está perdiendo a Dios de vista?
¿Estabas tú antes caminando junto a él y ahora, a causa de la sinuosa sensualidad, no parece sino
un fantasma distante? Si es así, tienes que tomar las medidas necesarias para proteger tu corazón.
Debes terminar con la admisión de palabras e imágenes lujuriosas —ya sean recibidas por la
lectura, los medios de comunicación, o las personas conocidas. Si no lo haces, Dios se desvanecerá,
y tú caerás.

El razonamiento de David

Cuando las intenciones del rey David se hicieron evidentes para sus siervos, alguien trató de
disuadirle diciendo: “Aquella es Betsabé hija de Eliam, mujer de Urías heteo.” Pero David no se
persuadió.
Desde luego, en la mente de David tuvo lugar un sólido razonamiento, como ha sugerido J. Allan
Petersen en The Myth of the Greener Grass (El mito de la hierba más verde):
Urías es un gran soldado pero probablemente no tiene mucho de esposo ni de amante
—es años mayor que ella— y va a estar ausente durante mucho tiempo. La chica
necesita un poco de consuelo en su soledad. Esto es una cosa en la que la puedo
ayudar. Nadie sufrirá por ello. Yo no tengo malas intenciones. Esto no es lujuria —lo
he visto muchas veces. Esto es amor. Esto no es como encontrar una prostituta en
una calle. Dios lo sabe. Y al sirviente: “Tráemela”.
La mente controlada por la lujuria tiene, al parecer, una capacidad infinita de razonamiento:
“En primer lugar este matrimonio no ha sido nunca la voluntad de Dios.”
“La voluntad de Dios es que yo sea feliz; desde luego él no me negaría nada que fuera
esencial para mi felicidad.”
“¿Cómo puede algo que me ha hecho tanto bien ser malo?”
“En realidad es amor —estoy actuando en base a la ley suprema”.
“Los cristianos y sus actitudes justicieras me ponen enfermo. ¡Vosotros me estáis juzgando y
sois más pecadores que yo!”
Tales son los razonamientos de aquellos que un día sirvieron a Dios de todo corazón, que todavía
son, quizá, unos fracasados con éxito.

El adulterio de David y sus consecuencias

David, el de gran corazón, el más grande de los hombres, cayó. Y su caída fue grande. David no
era consciente de que había dado un paso en falso y no se daba cuenta de su hundimiento. Pero la
realidad se manifestaría enseguida. El fondo del abismo se acercaba deprisa.
Si David hubiera podido ver las consecuencias de transgredir la santidad de Dios, nunca habría
dado el paso fatal.
Todos estamos familiarizados con el ruin comportamiento de David al planear la muerte de Urías
para ocultar su pecado. Baste decir que en aquellos momentos era mejor Urías, borracho, que
David sobrio (2 Sam. 11:13). Un año después David se arrepentiría bajo la humillante acusación del
profeta Natán. Pero el daño estaba hecho. Las miserables consecuencias no podían ser reparadas.
Con frecuencia se ha señalado:
Fue el quebrantamiento del décimo mandamiento, codiciar la mujer de su prójimo, lo que llevó
a David a cometer adulterio, quebrantando así el séptimo mandamiento.
Entonces, a fin de robar la mujer de su prójimo (quebrantado así el octavo mandamiento),
cometió asesinato y quebrantó el sexto mandamiento.
Quebrantó el noveno mandamiento hablando contra su prójimo falso testimonio.
Todo esto acarreó deshonor para sus padres, quebrantando así el quinto mandamiento.
De esta manera quebrantó todos los mandamientos que tienen que ver con el deber de amar al
prójimo como a uno mismo. Y en todo esto afrentó a Dios de igual manera. ¡No existe tal cosa como
un pecado simple! ¡Si al menos todos los siervos de Dios pudieran ver esto y creerlo!
De aquí en adelante el reinado de David fue cuesta abajo, a pesar de su loable arrepentimiento.
He aquí algunos hechos terribles. Su hijo recién nacido murió. Entonces su bella hija Tamar fue
violada por Amnón, asimismo hijo de David. A su vez, Amnón fue asesinado por el hermano de
Tamar, Absalón. Absalón llegó a odiar tanto a su padre David por su torpeza moral que acaudilló
una rebelión bajo la tutela de Ahitofel, el resentido abuelo de Betsabé.
El reinado de David perdió la aprobación de Dios. Su trono nunca recuperó la estabilidad
anterior.
La caída de David permanece como una fúnebre advertencia para todos los que quieren seguir a
Dios. No hay éxito sin santidad.
Comprended, siervos de Dios, que algunas elecciones de la vida, especialmente aquellas que
tienen que ver con la sensualidad, tienen consecuencias irreversibles. Tú puedes estar haciendo
esta elección ahora. Por tu causa y por la causa de Dios, no des el paso fatal. ¡Arrepiéntete!

El epitafio de Sansón

La lógica de la Biblia no se puede retorcer: La voluntad de Dios para su pueblo es que sea santo.
Por ello nadie puede ser considerado hombre de verdadero éxito si vive en contra de esa voluntad.
La santidad debe ser nuestra preocupación, nuestro, sincero anhelo.
Desde luego, en la santidad hay más que pureza sexual, pero en la libidinosa cultura de hoy el
pecado sexual ha sido una de las principales vías de transgresión, como atestigua la letanía de
desastres entre siervos de Dios. Por eso enfatizamos tanto sus peligros.
Hermanos, no debemos permitir que nuestra cultura crecientemente pornográfica nos arrastre
fuera de nuestro llamamiento a la santidad. No debemos permitir que la sensualidad nos alucine
para que, como Sansón, no nos demos cuenta de que Dios se ha apartado de nosotros. ¡Qué terrible
epitafio! La lujuria hace que Dios se desvanezca de nuestra vista, y juntamente con ello se va el
interés nuestro por su santidad. Nuestras mentes sensuales traman razonamientos increíbles, y
perdemos todo sentido de quienes somos y de las inevitables consecuencias que ello acarrea. Nos
convertimos en fracasados, porque nos hacemos como el inmoral Esaú cuya fijación sexual le llevó
a vender su llamamiento por una simple comida. El ministerio cristiano está plagado de Esaú.
Bárbara y yo aprendimos que si habíamos de tener éxito en el ministerio, teníamos que seguir
vidas de santidad. Esto suponía que habíamos de seguir el ejemplo de Job, quien dijo: “Hice pacto
con mis ojos; ¿Cómo, pues, había yo de mirar a una virgen?” (Job 31:1). Por el poder de Dios
debemos hacer pacto de no mirar a nada que nos pueda hacer descender de la santidad a la
sensualidad, ya sea en material impreso, en los medios de comunicación, o en la vida.
Yo hice este pacto cuando era adolescente. Y puedo decir que es una de las promesas más sanas
y santas que haya hecho nunca.
Durante nuestros tiempos difíciles de aprendizaje en cuanto al éxito, Bárbara y yo nos sentimos
alentados al llegar a ver que la santidad es fundamental para el verdadero éxito. Nos sentimos
también fortalecidos. Pese a que la santidad no es fácil, el hecho de que Dios la demanda quiere
decir que ayuda a quienes la buscan.
9

Éxito es actitud
Cuando la carta que insertamos a continuación llegó a nuestra casa provocó un suspiro de alivio
y repetidas sonrisas de satisfacción. Era una carta formal en respuesta a una nota de aliento que
escribí unos meses antes a un amigo que había sufrido un ataque al corazón.
Querido Kent y otros:
Después de mi reciente ataque de corazón, los médicos me informaron de que había
una probabilidad entre diez de que en el plazo de seis meses tuviera un segundo
ataque que sería mortal y una oportunidad entre cinco de tener un ataque no fatal.
Dándome cuenta de estas miserables perspectivas, decidí esperar los seis meses para
contestar las cartas y mensajes que había recibido de tantos amigos y conocidos
interesados. Pensé que si las cosas fueran conforme a las estadísticas podía no
necesitar contestar nunca, o podía matar dos pájaros de un tiro.
Bien, los seis meses han pasado. Las posibilidades de que muera de cualquier otra
cosa son cada vez mayores, por lo que me veo obligado a contestar. Mis excusas para
ser desconsiderado se han agotado.
Gracias por vuestro interés.
Gracias por vuestro mensaje.
Gracias por vuestro cuidado.
Gracias por vuestro amor.
Cada mensaje recibido es una buena razón más para la lucha. Sin ellos la lucha
hubiera sido insoportable.
He perdido diecisiete kilos. Recorro ocho kilómetros al día en menos de sesenta
minutos (odiando cada uno de ellos). Puedo comer cualquier cosa que desee siempre
que sea sin sal y no me lo trague. Ninguna carne, ningún producto lácteo; nada
excepto verduras, fruta, y una cantidad restringida de frutos secos (como sabéis, no
importa cómo las preparéis, las verduras son realmente incomibles).
¿Puedo hacer una sugerencia?: No os hagáis viejos… viviréis para arrepentiros.
Con cariño.
Juan
¡Qué carta tan reconfortante y alentadora! La reanimación de la chispa humorística de Juan nos
decía que se encontraba mejor. Aun más, revelaba una actitud sana. Y eso era de lo más alentador
porque hay un punto en el que la actitud lo es todo. Nuestros médicos nos dicen que es así cuando
nos recuerdan que un alto porcentaje de enfermedades son producidas por esquemas mentales y
actitudes insanos.
La influencia de una actitud mental positiva no está limitada a la medicina. Hoy la actitud es
virtualmente un cliché deportivo. La actitud, se nos dice, separa a los grandes de los mediocres. De
forma semejante educadores, consejeros matrimoniales, directores sociales, militares de alto rango
—todos afirman la importancia de la actitud.
En el ministerio cristiano no es exagerado decir (desde luego con algunas cualificaciones de
sentido común), que la actitud lo es todo. Hay dos actitudes que caracterizan particularmente los
fracasos pastorales: el negativismo y los celos.
Para Bárbara y para mí, una mirada honesta a nuestras actitudes era imprescindible para
determinar si nuestras vidas se estaban moviendo en la dirección del éxito o en la del fracaso. He
aquí algunas de las cosas que aprendimos.
¿Actitud positiva o negativa?

La prisión debe haber sido para el apóstol Pablo una experiencia exquisitamente frustrante. Era
una personalidad de “tipo A” si es que hubo una alguna vez —y su meta era nada menos que la
evangelización de todo el mundo gentil. Era el misionero general de la iglesia primitiva que abrió el
camino a la evangelización de Turquía; fue el primer misionero a Grecia; luchó contra los
judaizantes en Jerusalén y en toda Asia... ¡Y ganó!
Pablo trabajó día y noche por la iglesia. Fue extraordinariamente valiente como, por ejemplo,
cuando volvió a Listra después de haber sido apedreado por sus habitantes (Hech. 14:19-21); y
tenía tanta compasión por su propio pueblo que pudo clamar honestamente: “Porque deseara yo
mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según
la carne” (Rom. 9:3). ¡Qué corazón tan sobrecargado! Pero este corazón estaba encerrado en Roma,
bajo arresto domiciliario.
Y sobre todo esto, estaba sufriendo la oposición de aquellos que usaban el nombre de Cristo. De
ellos dice Pablo: “Algunos, a la verdad, predican a Cristo por envidia y contienda; …no sinceramente,
pensando añadir aflicción a mis prisiones” (Fil. 1:15, 16). Con Pablo fuera de circulación, presuntos
líderes inmaduros y egoístas estaban haciendo todo lo posible para aumentar su prestigio personal
predicando el evangelio. Pablo se había convertido en la víctima de lo que se llamaría el odium
teologicum, el odio de los teólogos; la maldad de aquellos de la iglesia que con envidia ambicionan la
influencia y el poder de otros.
Hablando humanamente, las cosas no podían estar mucho más difíciles. Y esto por no decir nada
sobre el aguijón en su carne (2 Cor. 12:7, 8). Qué normal hubiera sido para Pablo clamar: “¿Qué
está pasando Señor? Te he entregado mi vida y he pagado el precio voluntariamente. Pero ahora,
justo cuando más lo necesito, estoy aquí en este agujero. ¡Mis mejores años se están desperdiciando,
Señor! ¡No puedo resistirlo!” Pero Pablo no lo hace. Veamos su exposición de la situación: “¿Qué,
pues? Que no obstante, de todas maneras, o por pretexto o por verdad, Cristo es anunciado; y en esto
me gozo, y me gozaré aún” (Fil. 1:18).
Pablo despliega una actitud notablemente positiva en medio de una situación imposible. Más
aún, él indica que esto es un asunto de su propia elección; “y en esto me gozo, y me gozaré aún”.
Pablo decidió tener una actitud positiva durante su tiempo de prisión, un hecho que el tono gozoso
de su carta a los Filipenses atestigua de principio a fin. La actitud supone toda la diferencia del
mundo.
Cloe Ann Voll, amiga predilecta de mi esposa, había pasado un año terrible. Un tumor que tenía
en un pecho resultó ser maligno y le fue extirpado el pecho. Entonces empezó el desagradable
proceso de quimioterapia. Se sentía gravemente enferma y cruelmente mutilada. Cada día se
enfrentaba aun a la realidad de una nueva vejación —su cabello se le iba cayendo más y más, y se
estaba quedando calva.
Mi esposa había hecho varios viajes desde nuestra casa en Chicago a la de los Voll en
Minneapolis, pero todos deseábamos desesperadamente estar juntos. Por ello planeamos un
encuentro en la casa de vacaciones de un amigo a mitad de camino, cerca de Madison. Nunca
olvidaré la noche que llegamos. Los Voll llegaron primero. Bob se había puesto a preparar cena para
todos y, al bajar del automóvil, un aroma de bienvenida nos invitó hasta la puerta. Allí nos saludó
una sonriente, boyante, y calva Cloe Ann. Se había cansado de su peluca y ¡se había puesto un
gran lazo rosa en su lugar! Nunca nos había parecido a Bárbara y a mí tan encantadora. Nunca
olvidaremos aquella noche con toda su risa, su gozo, y sus lágrimas.
El ingrediente secreto fue, desde luego, la actitud de Cloe Ann. No se pasó la noche contando lo
que le faltaba. No vivía de lo que había perdido. ¡Se concentraba en lo que tenía!
Así sucedía con Pablo. Ciertamente estaba preso, ciertamente otros predicaban por despecho y
ambiciones egoístas, ciertamente Pablo estaba confinado e incómodo, ciertamente había perdido la
salud; pero tenía a Cristo que le amaba, tenía la salvación, y tenía un gran futuro —porque su
ciudadanía estaba en el cielo. Pablo sabía que Dios podía librarle en cualquier momento y de
cualquier manera, si quisiera hacerlo. Pablo sabía que el plan soberano de Dios se llevaría a cabo
en su vida y en la de la iglesia independientemente de lo que el hombre pudiera hacer —y tenía
confianza en el futuro.
Después de nuestra salvación gratuita en Cristo, nuestra actitud es lo más importante que
tenemos. La actitud es más importante que las circunstancias, el pasado, el dinero, el éxito, los
fracasos, nuestros dones, la opinión de los demás, e incluso los “hechos”.
Todos tenemos que elegir cada día la actitud con que hemos de enfrentarnos con dicho día. Es
cosa nuestra hacer una elección positiva. Una actitud positiva, como la de Pablo en prisión, es un
paso firme hacia el éxito.
Dos hombres miraban a través de las rejas.
Uno veía el fango, el otro las estrellas.
¿Qué ves tú?

Detractores celosos, animadores amorosos

El libro de Números nos cuenta que Josué estaba sirviendo como ayudante de Moisés cuando
recibió noticias desconcertantes. Dos ancianos llamados Eldad y Medad estaban profetizando
(predicando) en el campamento de Israel. Para Josué esto suponía una afrenta al liderazgo de
Moisés, porque Moisés era el profeta de Israel por excelencia. Alarmado y celoso por Moisés, Josué
acudió inmediatamente a él, exclamado: “Señor mío Moisés, impídelos”, esperando que Moisés
entrara en acción. Pero para gran sorpresa de Josué, Moisés contestó: “¿Tienes tú celos por mí?
Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos” (Núm.
11:28, 29).
Fue una experiencia determinante para Josué. Si no hubiese sido advertido aquí, su “celo
generoso” por el honor de Moisés le podría haber convertido en un hombre de miras estrechas y
servil, no adecuado para el ministerio. El resultado fue que la lección resultó bien aprendida, Josué
no mostró nunca más esa estrechez de miras y se convirtió en un hombre que vivió solamente para
la gloria de Dios.
Para quienes están en el servicio de Dios, el error de Josué ilumina una de las trampas más
mortales: celos de servicios. Es un pecado que ha enredado a los hombres y mujeres cristianos más
cabales.
Una historia antigua del siglo cuarto cuenta de unos demonios inexpertos que encontraban
grandes dificultades para tentar a un ermitaño consagrado. Le incitaban con toda clase de
tentaciones, pero no podía ser seducido. Frustrados, los novatos volvieron a Satanás y le contaron
sus apuros. El les respondió que habían sido demasiado duros con el monje. “Enviadle un mensaje”,
dijo, “de que su hermano acaba de ser hecho obispo de Antioquía. Llevadle buenas noticias.”
Siguiendo el consejo del diablo, los demonios volvieron obedientes y comunicaron las maravillosas
noticias al ermitaño. En el mismo instante se hundió en unos celos profundos y malévolos.
Qué cierto es esto en la experiencia humana. Juan de la Cruz dijo que en lo que se refiere a la
envidia, muchos sienten disgusto cuando ven a otros en posesión de bienes espirituales. Se sienten
sensiblemente heridos de que otros los sobrepasen en este camino, y se resienten cuando otros son
alabados.
Como hemos notado en la vida de Pablo, esto es algo que motivó la pecaminosa competencia de
sus colegas mientras él languidecía en prisión. Lo mismo impulsó a los discípulos de Juan el
Bautista a advertir a Juan de la estrella de Jesús que se alzaba y el peligro de resultar eclipsado,
cuando le dijeron: “y todos vienen a él” (Juan 3:26). La misma nube perniciosa cubre mucho del
ministerio de nuestros días. John Claypool dijo en su conferencia de Yale sobre predicación de 1979
que, incluso mientras estaba en el seminario, experimentó la envidiosa ambición de posición, y que
esta experiencia no había sido muy diferente en el pastorado. El escribe:
Todavía puedo recordar cuando iba a convenciones de estado y nacionales de nuestra
denominación y volvía a casa vacío y sucio, porque la mayoría de las conversaciones en las
habitaciones del hotel y en los salones, estaban caracterizadas bien por la envidia a aquellos que lo
estaban haciendo bien, o por el deleite apenas oculto a causa de aquellos que estaban haciendo una
labor pobre. Porque, ¿no significaba eso que alguien estaba a punto de caer, y así dejar un puesto
en más altas esferas?
El problema es inmenso, y la inmensidad demanda honestidad. Francamente, ¿cómo nos
sentimos cuando un colega va a una iglesia de prestigio? ¿O escribe un buen libro? ¿O se le pide
que predique en la convención anual? ¿O es alabado por alguien que nos hubiera gustado que nos
alabara a nosotros? O, algo aun más revelador, ¿cómo nos sentimos cuando oímos de las
debilidades de un colega, o de su desgracia, o de su humillación? Los corazones raquíticos socavan
el éxito personal, ¿no es así?
Además, los corazones celosos, envidiosos, son infelices; porque hay una patología miserable en
los celos. La Biblia recuerda esto de forma inolvidable en el caso del hermano mayor del pródigo. Su
corazón celoso hace que sea incapaz de compartir el gozo de su familia. De hecho se pierde la fiesta
de su vida (Luc. 15:25-30). Entonces, incapaz de participar en las cosas que agradan a su padre,
sufre mayor aislamiento. Su hermano se convierte para él en “este tu hijo” (Luc. 15:30). Está fuera
de onda no sólo con su hermano, sino también con su padre. Es un miserable. Un corazón sujeto a
semejante patología no puede tener nunca éxito, independientemente de sus logros externos.
¡Cuánto mejor es ser un amable alentador que un celoso detractor! Cuanto mejor ser como
Moisés. “Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos”
(Núm. 11:29). Cuánto mejor ser como Jonatán que hizo pacto con David porque “le amaba como a sí
mismo” y dedicó su vida a hacer rey a David (1 Sam. 18:1-4). Cuánto mejor ser como Juan el
Bautista que respondió a la advertencia de sus discípulos respecto a la ascendencia de Jesús sobre
él diciendo: “No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo... Es necesario que él
crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:27-30). ¡He ahí un hombre de éxito! Por lo menos eso pensó
Jesús, ya que dijo: “De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor
que Juan el Bautista” (Mat. 11:11).
¿Es posible hoy una vida semejante? ¡Desde luego! Tal como lo fue para Charles Simeon, el gran
predicador de Kings' College y de la Iglesia de la Santísima Trinidad, de Cambridge. Su biógrafo
Hugh Hopkins, cuenta que:
Cuando en 1808 la salud de Simeón se resintió y tardó ocho meses en recuperarse en
la isla de Wight, le tocó a Thomason cubrir el hueco y predicar cinco veces en un
domingo en la Iglesia de la Trinidad y en Stapleford. Se sorprendió a sí mismo y a
todos los demás al desarrollar una capacidad para predicar casi igual a la de su
vicario, en lo que Simeón, totalmente libre de todo asomo de celos profesionales, se
gozó en gran manera. Citó la Biblia: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe”,
y dijo a un amigo: “Ahora veo por qué he sido dejado a un lado. Bendigo a Dios por
ello.”
Una vida y un éxito tales, están al alcance de la persona honesta que se lo pida a Dios, porque
esa es la voluntad para cada uno de sus siervos.
“Si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan” (1 Cor. 12:26). ¡Cuando otros
tienen éxito, nosotros tenemos éxito!
Una actitud alentadora es un éxito en sí misma.

Saborear la dulzura de la vida

El hijo preocupado de un pastor eminente, se sentó en mi despacho y habló con franqueza: “Mi
padre está ahora retirado, pero está tan resentido y es tan desgraciado como ha sido siempre”.
Sorprendido ante tan siniestro epitafio, indagué amablemente la razón. El joven siguió describiendo
cómo su padre, bien considerado y “trabajo adicto”, se sentía siempre a un paso del fracaso y la
humillación. Esperando lo peor (que, incidentalmente, nunca llegó), casado literalmente con la
iglesia a la vez que le desagradaban las personas a las que servía, se sentía envidioso de sus colegas
que estaban “mejor” que él.
Qué contraste con el pastor que conocí en un pueblo remoto y pequeño del oeste. Su iglesia se
reunía en locales alquilados y su automóvil había conocido tiempos mejores, así como su casa
remolque.
Pero cuando paseábamos por la calle Principal abajo, andando entre los amarantos, señaló: “No
puedo ni creer lo bueno que Dios es conmigo. ¡Tengo una esposa maravillosa, una iglesia en la que
servir, y el sol luce 365 días al año!” Y entonces empleó el día ayudándome a hacer planes para toda
una semana de trabajo de alcance.
Quienes tienen una actitud negativa en el pastorado nunca conocen realmente el éxito,
independientemente de sus logros. Su negativismo amarga la dulzura propia de sus postres. Nada
sabe bien. Son incapaces de disfrutar de las cosas placenteras que les salen al paso, porque
siempre se las arreglan para considerar lo que podría haber sido y temer lo peor de lo que ha de
venir. Tales actitudes llevan de forma natural a los celos, que envidian la buena fortuna de otros, o
encuentra satisfacción en sus desgracias. Este patrón miserable le excluye además a uno de la
experiencia del éxito.
Los que caen en este síndrome vicioso, negativo y crítico no agradan a Dios ni se agradan a sí
mismos.
Por otra parte, aquellos que tienen la actitud de Pablo, ven siempre las estrellas aun tras los
barrotes. Miran al futuro con esperanza, y son con frecuencia los que Dios utiliza para llevar
adelante su plan.
Estos siervos son naturalmente los que alientan a los hombres de Dios. Son como Moisés,
Jonatán, Charles Simeón y Alexander Whyte, de quien se ha dicho: “Todos sus gansos se convierten
en cisnes” porque tal fue el efecto alentador de su amistad para sus compañeros pastores.
Mediante el ejemplo de Pablo y otros, Bárbara y yo nos dimos cuenta del importante papel que
nuestra actitud mental tenía en nuestro ministerio. Habíamos descubierto que una actitud positiva
y una actitud alentadora son fundamentales para un auténtico éxito en la vida. Ahora nos
esforzamos por poner este descubrimiento en práctica.
10

¡Dulce éxito!
Kent y yo disfrutamos al llegar temprano, para el culto de la tarde, al centro comunitario en el
que celebrábamos nuestros cultos. A nuestros chicos les gustaba porque podían utilizar el equipo
del lugar de recreo del parque adyacente; a las chicas también porque podían ayudar a mamá y
papá a comprobar si todo estaba en orden y saludar a los que llegaban temprano para ayudar. Kent
y yo nos sentíamos especialmente bien porque habíamos estado meditando en este asunto del éxito
y nuestra carga se había aligerado notablemente.
El salón estuvo pronto en orden, los chicos se habían puesto a un lado mío y las chicas al otro.
Kent estaba en su silla al frente. Sólo había un problema: allí no había casi nadie; tal vez diez, como
máximo.
Kent pasó por alto los bancos vacíos y después del saludo de apertura empezó un período de
cántico vivo, aunque embarazosamente débil. Sencillamente, no había suficientes buenas voces
para llenar el salón. Llegaron algunos retrasados, lo que ayudó considerablemente a reforzar el
canto. La música especial fue excelente, y esto fue seguido de un conmovedor testimonio por parte
de uno de los hombres. Pero cuando Kent empezó a predicar, había una asistencia de sólo
veinticinco, la mitad de los cuales eran niños, ¡de los que cuatro eran nuestros! ¡No parecía una
tarde gloriosa!
En el pasado hubiéramos estado desanimados por ello. Kent, particularmente, se hubiera
deprimido y dudaría de sí mismo. Pero no aquella tarde. Cuando estaba en el púlpito para predicar
su mensaje me miró, y se estableció una comunicación silenciosa entre nosotros. Yo oré lo que
sentía que estaba en el corazón de Kent: Gracias Dios, por estas veinticinco queridas personas. ¡Qué
privilegio es servirles aquí!
Aquella tarde vi en Kent a un nuevo hombre. Sentí como si de alguna manera hubiera sido
liberado. Sin duda lo había sido. Las presiones del síndrome del éxito le habían dejado, y parecía
haber vuelto a la libertad que tenemos en Cristo.
Habíamos descubierto que el yugo miserable del éxito mundano es tan aplastante porque es una
carga que los siervos de Dios nunca deberían sufrir.

Éxito en una iglesia pequeña

Por eso nuestro testimonio es éste: encontramos el éxito en una iglesia pequeña que no crecía.
Encontramos el éxito en medio de lo que el mundo llamaría un fracaso.
Nada había cambiado en nuestra situación. Las circunstancias que nos habían paralizado en las
semanas anteriores no habían cambiado. Si acaso se habían intensificado. Pero nosotros habíamos
cambiado.
En nuestro estudio de la Biblia, Kent y yo habíamos aprendido que no habíamos sido llamados al
éxito tal como el mundo se lo imagina, sino a fidelidad. Nos dimos cuenta de que los resultados los
revelarán Dios y la eternidad. Esta idea básica hizo posibles los descubrimientos positivos sobre el
concepto divino del éxito, que hemos compartido con vosotros.
No estamos sugiriendo que en aquel día hubiéramos analizado perfectamente el éxito y lo
hubiéramos recopilado todo. Pero habíamos llegado simplemente a ver el plan básico para el éxito
bíblico. Nos estábamos esforzando al límite de nuestra capacidad:
1. Para ser fieles (obedientes a la Palabra de Dios y trabajar de firme).
2. Para servir a Dios y a los demás.
3. Para amar a Dios.
4. Para creer que él existe (para creer lo que creemos).
5. Para orar.
6. Para seguir la santidad.
7. Para desarrollar una actitud positiva.
Esto fue nuestra liberación y, digámoslo humildemente, nuestro éxito.
Aquella tarde, cuando volvimos a empaquetar nuestra “iglesia” en el remolque almacén,
empaquetando micrófonos, himnarios, parquecitos y mecedoras del centro comunitario, estábamos
llenos de gozo. Y cuando estuvimos en casa, y los chicos en la cama, Kent y yo nos sentamos en la
cocina y hablamos y hablamos hasta bien entrada la noche.
¡Qué diferencia con aquella otra noche negra! Fue uno de los momentos grandiosos de nuestra
vida.

La lección sienta bien

Han pasado años desde aquella noche crucial, pero nuestra experiencia ha sido clave en nuestro
trabajo.
Más tarde, cuando cambiamos de iglesia a la College Church de Wheaton y ésta empezó a crecer,
estábamos emocionados por participar en el crecimiento, pero realmente significaba menos para
nosotros de lo que algunos se imaginarían. En nuestro fuero interno sabíamos, y seguimos
sabiendo, que nunca podremos tener más éxito del que tuvimos aquel domingo por la tarde en
nuestra esforzada iglesia con veinticinco personas.
Hemos llegado a entender que, mientras nosotros trabajamos, Dios nuestro Padre nos ve a
nosotros y a nuestro éxito de formas que nosotros mismos no podemos ver.
Una experiencia de nuestros tiempos de padres de niños pequeños nos ayudó a ver algo de esto.
La escuela estaba presentando su programa anual de Navidad. Dos de nuestros hijos tomaban
parte en las representaciones de su clase. Holly, que estaba en octavo, interpretaba a Della en la
obra de O’Henry The Gift of the Magi (La ofrenda de los magos), y Kent, el de cuarto grado, tenía
cuatro líneas como pastor en la escena de Navidad.
La obra de Holly vino primero, y ¡fue tremendo! Dominaba su texto al pie de la letra y lo expresó
a la perfección, proyectando sus palabras de forma que todo el auditorio podía oírlas. Estuvo
dramática —moviéndose como una perfecta heroína del siglo diecinueve, a veces sus manos se
extendían implorantes; entonces se llevaba la muñeca a la cabeza tremolando. Se apoderó de la
obra. Y cuando terminó, nos unimos con orgullo al coro de aplausos.
Después llegó la obra de Kent. Había estado trabajando con sus cuatro líneas desde hacía un
mes y le resultaba difícil recordarlas. No sólo eso, sino que estaba aterrorizado por el escenario.
Además, nunca olvidaremos el momento en que estaba de pie, vestido de pastor, con sus zapatillas
de tenis negras asomando bajo el dobladillo de su ropa blanca, sus ojos como platos mirando con
miedo al escenario, y flexionando repetidamente sus manos a sus costados. Contuvimos el aliento
mientras le oíamos decir:
Sentimientos extraños vienen sobre mí
Aunque no sé por qué.
La noche todavía me rodea,
Y en el cielo brillan las estrellas.
No había manera de aplaudir. Era en la mitad de la obra. Pero nuestros corazones aplaudían y
aplaudían. ¡Qué contentos estábamos con nuestros dos hijos!
Así llegamos a entender mejor que Dios no está tan interesado en que seamos la estrella del
espectáculo como en que hagamos lo mejor que podamos con la parte que nos ha sido asignada. En
términos de pastorado, no se trata de sí pastoreamos a veinticinco o a dos mil quinientos lo que
determina el éxito. Más bien es lo que estamos haciendo con el papel que se nos ha dado.
La verdad maravillosa es que, seamos famosos o ignorados, eminentes o desconocidos, grandes o
pequeños; los principios divinos del éxito siguen siendo los mismos, y el éxito está al alcance de
todos por igual. Dios no ha puesto el éxito fuera de alcance; no lo suspende balanceándose, a la
vista pero inalcanzable para nosotros. El éxito es posible para todos. Cualquiera puede tener éxito a
los ojos de Dios.

Preguntas sobre el éxito

Recomendamos que, de ser posible, os retiréis a un lugar a solas para considerar las preguntas
siguientes: Sugerimos que os presentéis en oración delante de Dios y respondáis como si él
estuviera preguntando, dándonos cuenta que él sabe todas las cosas.
1. ¿Estás demostrando ser fiel en el ejercicio de tu ministerio? Concretamente, ¿eres obediente
a la Palabra de Dios? O, ¿hay tal vez algún área, en el ministerio personal o público, en la
que eres desobediente a sabiendas? (esta es una pregunta significativa porque no puedes ser
un siervo fiel y desobediente al mismo tiempo). Asimismo, dado que no puede haber tal cosa
como un siervo fiel pero perezoso, ¿eres en realidad un buen trabajador?
2. ¿Vives como un siervo, o te has deslizado del servicio al autoservicio? La pregunta es
fundamental para el éxito, porque esto te moverá del éxito al fracaso.
3. La gran pregunta para todo el que quiere agradar a Dios es: ¿Le amamos? Después de su
resurrección, Jesús dramatizó esta pregunta de forma inolvidable al preguntar a Pedro tres
veces, “¿me amas?” Así, de boca de Jesús sabemos que nada es de mayor importancia. No
puede haber éxito sin amor a Dios.
4. ¿Creemos que el Hijo de Dios es el Creador de todo en el universo, Mantenedor de cada
átomo, la Meta de toda la creación, y el Amante de nuestras almas que murió por nosotros?
Además, ¿creemos que como Galardonados nos recompensará adecuadamente? Decimos que
lo creemos. Pero, ¿lo creemos de todo corazón? ¿Creemos lo que creemos? Si es así, tenemos
la aprobación de Dios, y eso es verdadero éxito.
5. ¿Somos personas de oración? ¿Tomamos regularmente cantidades de tiempo significativas
para una consulta con Dios, para desnudar nuestras necesidades y las necesidades de
nuestro pueblo ante Dios? ¿Se mueve tu vida de oración hacia el éxito o hacia el fracaso?
6. ¿Está tu vida creciendo en santidad? ¿O está quedando cautiva de la cultura? En lo que
respecta a la santidad, ¿considerada Dios tu vida un éxito o un fracaso? Hay mucho que
considerar aquí. Pero esta pregunta es tan importante para la vida y el ministerio cristiano
que debe responderse.
7. ¿Cómo es tu actitud básica hacia tu ministerio —positiva o negativa? Algunas actitudes
excluyen el éxito, por ejemplo el negativismo y los celos. Las personas negativas nunca
experimentan el éxito en su plenitud, independientemente de lo que alcancen. Su
negativismo empaña su trabajo para Dios y la experiencia de satisfacción que hubieran
podido disfrutar. Las personas celosas envidian la buena fortuna de otros y se recrean en el
mal ajeno, encuentran difícil gozarse con los que se gozan. Tales personas no agradan a Dios
ni se agradan a sí mismas. Pero aquellos con actitudes positivas y alentadoras son un éxito
en sí mismos porque sirven a Dios con un espíritu que le agrada —y eso es éxito.
Ahora que habéis meditado en las preguntas sobre el éxito, esperamos que os encontréis
animados. Porque sea que os sintáis en el lado positivo o en el negativo, una cosa debe estar más
clara por el hecho de haberlas considerado: El éxito está a vuestro alcance. No importa si vuestro
ministerio está navegando o peleando con las olas, si es grande o pequeño, eminente u oscuro;
¡podéis tener éxito y saberlo!
Nuestra oración es que al ver en qué se basa el éxito y conociendo vuestra situación, seáis libres
para proseguir vuestra parte en la obra de Dios con una libertad gozosa.

Bendita mediocridad

Somos conscientes de que es posible suponer que al rehusar cuantificar el éxito (por ejemplo,
según el tamaño de la congregación y el personal, o el número de almas ganadas, libros publicados,
títulos, o amplitud de influencia y prestigio) estamos exaltando la mediocridad.
¡Lejos de eso! En su lugar, pensad en lo que supondría si fuéramos fieles, viviendo en profunda
obediencia a la Palabra de Dios y trabajando de firme en nuestra tarea; sirviendo con espíritu de
lavamiento de pies; amando a Dios con todo nuestro corazón, alma y cuerpo; creyendo en lo que
creemos; orando con la dependencia y pasión de Cristo; viviendo vidas puras y santas en este
mundo sensual; manifestando una actitud positiva y ayudadora en medio de las dificultades. Si eso
es mediocridad, entonces, Señor, danos más de esa bendita mediocridad — ¡porque eso es éxito!
Tercera Parte

ESTÍMULOS

11

El estímulo de Dios
En tanto viva nunca me olvidaré de la noche en que me presenté como candidato a la iglesia
College Church, de Wheaton. Era el 5 de agosto de 1979 y era un día caluroso y húmedo, típico del
medio oeste. Había predicado en los cultos de la mañana que habían sido maravillosamente
normales. Todo había ido bien.
Pero el culto de la tarde fue algo muy diferente. Hacía mucho más calor que en la mañana y
estaba aún más húmedo porque se estaba formando una tormenta. Estaba sudando a mares
sentado en el estrado del santuario de estilo georgiano antiguo, aunque no había hablado una
palabra.
Estaba reconsiderando el pasaje que había elegido para el mensaje. Se trataba de Lucas 8, que
narra la historia de la curación de la mujer con flujo de sangre. Lo había seleccionado porque la
semana anterior había preguntado casualmente a mis hijos sobre qué debía predicar —y esa fue su
sugerencia. Les gustaba el sermón porque contenía la historia de una de sus amigas. ¡Una razón
bastante dudosa para elegir el texto para un sermón de candidatura!
Al mirar abajo vi a tres parejas de las que había oído y leído durante años. Su liderazgo en varias
organizaciones cristianas era bien conocido. Estaban sentados juntos en primera fila a la derecha
—Ken y Margaret Taylor, Dave y Phyllis Howard, y Joe y Mary Lou Bayly. Estaban lo
suficientemente cerca para verme sudar. Recuerdo haber dicho para mis adentros: “Qué pinto yo
aquí y por qué he escogido este texto” Pero lo oculté todo (¡al, menos eso creo!) tras una sonrisa
benevolente y eclesiástica.
¡Aquello fue el principio de una noche larga! Al anunciar mi texto y empezar a predicar, pude ver
a través de las ventanas abiertas cómo se transformaba el cielo anunciando un fuerte huracán; y
empezó a diluviar. Llovía tan que tuve que levantar la voz y mantenerme junto al micrófono para
que me oyeran adecuadamente. Entonces empezó a tronar, y empezaron a brillar los relámpagos en
el exterior. Sudando aun más, continué con calma mi sermón de candidatura, mientras me decía a
mí mismo: “No puedo creerlo… ¡Ayúdame, Señor!”
Entonces — ¡un relámpago y un estampido simultáneos, y la alarma contra incendios de la
iglesia empezó a sonar! Ahora, debo deciros que la alarma de incendios de la iglesia College Church
no es una campana de sonido delicado, ni siquiera un zumbido importuno. Es una bocina
ensordecedora que suena como si perteneciera a un potente camión diesel. La gente jadeaba. Mi
hija mayor, Holly, se puso en pie de un salto, segura de que se acercaba un tornado. El pastor que
presidía tomó el micrófono y aseguró a la congregación que no había nada de qué preocuparse —
que la sensible alarma de ionización estaba regulada para sonar si caía un rayo cerca— y entonces
me devolvió el púlpito.
Le dije a la gente que si escribía un libro alguna vez esta historia formaría parte de él, y continué
sudando y predicando mi sermón; ¡interrumpido por otros veintidós toques de bocina mientras la
alarma se iba reduciendo! ¡Todo esto sin mencionar la llegada de coches de bomberos con el aullido
de sus sirenas y sus luces intermitentes!
¡Cuando terminé con una oración y descendí del estrado estaba agotado! Y había sudado tanto
que incluso los hombros de mi chaqueta estaban mojados. Por si eso fuera poco, saludé a las
personas en la recepción del sótano de la iglesia con los pies mojados —el sótano había sufrido una
pequeña inundación durante el diluvio. Pensaba sinceramente que todo había terminado entre la
iglesia y yo. Al saludar a la congregación uno por uno pensaba: Encantado de conocerle. Lástima
que no le volveré a ver.
Pero, como ocurre con frecuencia, yo estaba equivocado. Ellos pensaron que si yo había podido
sobrevivir a aquello, podría manejar cualquier cosa. “Además”, decían: “¡Queremos un hombre que
pueda hacer descender fuego del cielo!”
Dos semanas después decidieron llamarme para que fuera su pastor.

El trauma de los nuevos comienzos

Los nuevos comienzos en el pastorado son traumáticos para cualquier pastor y familia. De
repente se encuentra con todo un nuevo mar de caras y nombres que aprender —y que amar. Se
pregunta si sus hijos serán o no aceptados por el grupo de jóvenes. En caso negativo, no tienen otro
sitio donde ir. No sabe si su predicación gustará a las personas o si será aceptado su estilo de
dirección. Sencillamente, se pregunta si él y la congregación llegarán a encajar.
Yo sentí al principio todas estas presiones y preocupaciones, y solamente mi esposa sabía en lo
que yo estaba metido. Por lo menos yo creía que era la única. Había alguien más, sin embargo —
Bob Noles, el representante de Wheaton College para la costa oeste—que me había recomendado
para la tarea, un hombre con experiencia pastoral.
Bob me invitó a comer en un restaurante local y allí, después de un amable tanteo, me dijo en su
cariñoso estilo pastoral, “Kent, quiero compartir contigo un versículo que ha significado mucho para
Renee y para mí” Abrió la Biblia por Jeremías 29:11 y leyó estas palabras: “Porque yo sé los
pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para
danos el fin que esperáis.”
Partiendo de estas palabras, Bob Noles me aseguró que, cualquier cosa que viniera, fuera
rigurosa o agradable, Dios tenía planes para mi bienestar. Puse este versículo en mi corazón en
aquellos primeros meses, y se ha hecho muy querido para todo mi pensamiento y mi concepto de la
vida.
La promesa fue dada primero a los judíos al principio de sus setenta años de la cautividad
babilónica como un incentivo para que permaneciesen fieles. Pero en principio es aplicable a
nosotros porque, como hombres de fe que desean agradar a Dios, compartimos una continuidad de
fe y práctica. Por eso lo comparto con vosotros, mis compañeros en el ministerio, porque la vida en
el servicio cristiano es una serie de nuevos comienzos, nuevos retos, nuevas incertidumbres, y
nuevas tensiones.
Sin duda algunos de vosotros, como el antiguo Israel, estáis metidos en situaciones que parecen
conducir a la destrucción. Nada de lo que estáis pasando parece redimible ni redentor. De ser así
este texto está escrito para vosotros.

Planes comprensivos

La frase introductoria de la promesa: “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de


vosotros”, indica algo de la visión exhaustiva de sus planes para nosotros.
Primero, vemos que sus planes son planes conocidos. La palabra yo es enfática y sugiere que
vosotros no sabéis los pensamientos —planes— que tengo acerca de vosotros, y puede que vosotros
no creáis que nadie pueda, pero “yo sé los planes que tengo para vosotros”. Aunque los planes para
vuestra vida sean desconocidos para nosotros, son perfectamente conocidos para él y están
escondidos en él. En otro lugar la Biblia nos dice: “Como son más altos los cielos que la tierra, así
son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensa-
mientos” (Isa. 55:9). Y de forma similar: “En el mar fue tu camino, y tus sendas en las muchas aguas;
y tus pisadas no fueron conocidas” (Sal. 77:19). Los caminos de Dios son inescrutables para
nosotros, pero él sabe exactamente lo que hace.
Al principio de la cautividad babilónica Dios sabía lo que iba a hacer con su pueblo. Y aquí,
cuando todo parece confuso y embrollado, y no podemos encontrarle sentido, Dios sabe, y dice: “yo
sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros”.
Sus planes son tan exhaustivos, tan comprensivos, que él conoce en detalle sus planes para
nosotros.
Pero sus planes no sólo son conocidos, sino que son, además, eternos, concebidos en la
eternidad. Nunca hubo un tiempo en que él no pensara en ellos. Los pensamientos de Dios para su
pueblo son más antiguos que Roma, o Grecia, o los Himalaya, o Venus, o Saturno. “Con amor eterno
te he amado” (Jer. 31:3), dice Dios. Sus planes son eternamente exhaustivos.
Sus planes son también continuos. El hebreo dice literalmente: “Porque yo conozco los planes que
yo estoy planeando para vosotros.” Son planes eternos, ¡planes que está haciendo en presente! El
piensa tanto en nosotros que en realidad cuenta los cabellos de nuestra cabeza: ¡no ha habido
nunca ni nunca habrá una acción irreflexiva por parte de Dios hacia mí ni hacia ti! El destino no ha
determinado nunca lo que nos ha ocurrido a nosotros, Dios lo ha hecho. Dios está siempre
pensando en nosotros (Sal. 139:17).
Finalmente, en cuanto a esta perspectiva, sus planes son estables. Los planes de Dios no
cambian como hacen los nuestros. Cuando tú no conoces tu propia mente, Dios la conoce, y él
conoce sus pensamientos respecto a ti. Dios lo sabe todo cuando nosotros no sabemos nada. Sus
propósitos respecto a nosotros están decididos.
Ahora reunamos los datos que hemos extraído de esta frase inicial “yo sé los pensamientos que
tengo acerca de vosotros”, que nos enseñan acerca de la amplitud exhaustiva de sus planes para
nosotros. Sus planes son conocidos para él aun cuando todo esté confuso para nosotros. Sus planes
son eternos, anteriores al tiempo. Sus planes son continuos ya que él está siempre pensando en lo
mejor para nosotros. Y sus planes son estables, sólidos, fiables.
¿Qué significa todo ello para nosotros? Sencillamente esto: Sus planes son adecuados. Aparte de
lo que nosotros podamos pensar de lo que tenemos enfrente, independientemente de lo complicada
que pueda parecer la situación, sus planes son adecuados. De hecho son exhaustivamente
adecuados. El sabe lo que hace.
Él dobla pero nunca rompe
Cuando nuestro bien se propone;
Cómo usa a quien escoge
Con todo propósito le enciende;
Con toda acción le persuade
Para demostrar su esplendor
¡Dios sabe lo que hace!

Buenos planes

Estos pensamientos elevados nos llevan a la misma cumbre de la promesa, que es la bondad de
los planes de Dios para nosotros. “Yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros”, dice el
Señor, “pensamientos de paz, y no de mal”. La profundidad de su bondad se percibe cuando
comprendemos que la palabra hebrea para paz, shalom, es una palabra que no sólo significa la
ausencia de dificultades, sino que indica plenitud, salud, felicidad, bienestar, e integridad. Tal vez
la mejor interpretación sea bienestar o plenitud. La verdad es que los planes de Dios para cada uno
de nosotros son para shalom, nuestro bienestar. No hay excepciones a esto entre los hijos de Dios.
Tú no puedes ser una excepción — ¡y nunca lo serás!
De esto deducimos que Dios no puede tener malos pensamientos hacia los suyos —ningún
pensamiento calamitoso. Nunca ha tenido un mal pensamiento hacia uno de sus hijos, y nunca lo
tendrá. Theodore Laetsch, el erudito del Antiguo Testamento, hace un comentario de lo más
instructivo a este respecto:
Sus planes respecto a su pueblo son siempre pensamientos de bien, de bendición.
Aun si tiene que usar la vara, no es la vara de la ira, sino la vara paternal de
corrección para su bienestar temporal y eterno. No hay ni un solo elemento de mal en
sus planes para su pueblo; ni en sus motivos, ni en su concepción, ni en su
revelación, ni en su consumación.
¡No los ha habido, y nunca los habrá!
Esto no significa que los siervos de Dios estén protegidos contra la dificultad o la miseria. Lo que
significa es que los planes de Dios no son nunca para mal en la vida del creyente, sino con vistas a
su bienestar e integridad — ¡Siempre! Incluso el mal aparente que sufrimos es para nuestra
integridad. Malcolm Muggeridge escribió en A Twentieth Century Testimony (Un testimonio del siglo
veinte):
Puedo decir con completa veracidad que todo lo que he aprendido en mis setenta y
cinco años en este mundo, todo lo que de verdad ha mejorado e iluminado mi
existencia, ha sido a través de la aflicción y no por medio de la felicidad va sea ésta
perseguida o conseguida. En otras palabras, si alguna vez fuera posible eliminar la
aflicción de nuestra existencia terrenal por medio de alguna droga o remedio médico el
resultado no sería hacerla vida más deleitosa, sino hacerla más vacía y trivial para ser
soportable.
Según su propio testimonio, el shalom de Malcolm Muggeridge, su integridad, su bienestar, es
debido a las dificultades con que se ha enfrentado. Esta es una revelación que cambia vidas si se
toma en serio.
Mí propia experiencia es que, en toda mi vida, Dios no me ha hecho sino bien. Me ha afligido, es
cierto; pero nunca me ha hecho mal. Ni cuando perdí a mi padre cuando tenía cuatro años. Ni
cuando fui defraudado y afligido por mis amigos, ni en las dificultades de mí niñez; ni siquiera en
mis fracasos profesionales. En verdad, si hubiese tenido que venir a la iglesia College Church y no
hubiera durado en ella seis meses, su bondad hacia mí no se hubiera alterado, ni lo hubieran
hecho sus planes “de paz y no de mal.”
En la última columna de Joseph Bayly en la revista Eternity (Eternidad), una columna que
escribió durante más de veinte años, Joe escribió sobre su familia diciendo: “Puesto que he
compartido con mis lectores la severidad de Dios” (hablando de la muerte de tres de sus hijos);
“quiero compartir la bondad de Dios en esta última columna”. Y entonces narró la gracia de Dios en
la vida de sus cuatro hijos vivos: Deborah, Timothy, David y Nathan. Y lo que es especialmente
significativo en relación con la verdad del texto que estamos considerando con sus palabras finales:
Mary Lou y yo somos conscientes de que todo esto representa la gracia de Dios, pero
también de que el camino para nosotros y para nuestros hijos no ha terminado. Con
todo sabemos que tanto por su severidad como por su bondad Dios ha mostrado una
fidelidad consecuente. Dios es bueno. Es merecedor de toda confianza y de toda gloria.
Amén.
¿Y qué podemos decir a eso sino amén? Sus planes son buenos, “de paz, y no de mal”.

Planes optimistas

Planes comprensivos y buenos producen optimismo, y esto es lo que está en la última línea de
sus planes para nosotros: “para daros el fin que esperáis”. La Palabra de Dios para mí por medio de
Jeremías y de mi amigo Bob Noles, era que yo tenía un futuro y una razón para la esperanza.
Esperanza es lo opuesto a desesperación. Es intrínsecamente optimista. He de tener una
esperanza optimista en esta vida, venga lo que venga. He de tener también una gran esperanza en
la vida de más allá de esta vida.
En la eternidad todo estará en el foco. ¡Lo veremos todo! Pensad en lo que ocurrirá con nuestra
perspectiva durante los primeros cinco minutos en el cielo. Imaginaos lo que ocurrirá con nuestra
perspectiva el primer día, y los primeros diez mil años. Queridos hermanos, si pudiéramos ver el
plan de Dios para shalom en la historia y más allá, nos encontraríamos a nosotros mismos como
Pedro, regocijándonos incluso en las pruebas de esta vida (1 Ped. 4:12, 13).
Compañeros pastores, algunos de vosotros podéis estar en gran aflicción en este momento. La
vida puede que parezca hacerse pedazos. Pero, cobrad ánimo. Saturaos del optimismo de esta
promesa: “para datos el fin que esperáis”.

La única condición

Al ver que los planes del Señor para nosotros son compasivos, buenos y optimistas;
preguntaremos con naturalidad si hay algunos requisitos que debemos cumplir. La respuesta es
que mientras la verdad de estas promesas se aplica a todo el pueblo de Dios, hay una condición
necesaria para experimentar conscientemente su realidad. Los eruditos bíblicos están de acuerdo en
que la condición se especifica en el contexto inmediato siguiente de Jer. 29:12, 13.
La condición es buscarle de todo corazón. “Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo
os oiré; y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón.” Debe haber en
nuestras vidas una obsesión centrada en Dios si queremos experimentar plenamente los beneficios
de su promesa.
David expresa esta obsesión en forma clásica en el Salmo 42: “Como el ciervo brama por las
corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios
vivo.” Y de nuevo en el Salmo 63: “Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene
sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas.” A tal búsqueda, Dios da la
experiencia plena de su promesa. La búsqueda a medias no la conseguirá. La búsqueda ocasional
no es adecuada. La realidad de Jeremías 29:11 se da a los que buscan de todo corazón.
Pero para quienes tienen esta pasión, la promesa de Dios es viva con:
• Comprensividad —“Yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros.”
• Bondad —“Pensamientos de paz, y no de mal.”
• Optimismo —“Para daros el fin que esperáis.”
Compañeros pastores: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde
está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra”
(Col. 11, 2).
12

El estímulo del llamamiento


Ha habido veces en que, después de compartir los detalles de mi llamamiento al pastorado, lo he
visto desvirtuado mediante interpretaciones psicológicas superficiales. Un argumento típico sería
algo así: “¿No cree usted que su ambiente tiene que ver con su llamamiento? Mencionó que su padre
murió cuando usted tenía cuatro años, y que fue llevado a Cristo por su pastor, quien se tomó el
interés de un padre por usted. Parece evidente que la convicción extraordinaria e intensa con que se
sintió llamado fue el resultado de la identificación psicológica.” Así, mi llamamiento divino al
ministerio es reducido a una necesidad paternal insatisfecha.
¡Muy ingenioso! Pero esa deducción psicológica no me ha desanimado lo más mínimo.
Únicamente ha fortalecido mi convicción —porque estoy convencido de que el Dios soberano que me
llamó, también preparó los acontecimientos de mi vida para fortalecer la convicción de mi
llamamiento. ¡Mi llamamiento al pastorado fue real! Y estoy convencido de que Dios llama a
determinados hijos suyos a este servicio especial. Desde luego, mi experiencia del llamamiento no
es normativa para ningún otro, porque la experiencia del llamamiento divino es tan variada como
las personas; sólo su realidad es la misma. Algunos van percibiendo lentamente su llamamiento de
forma progresiva, a otros les llega de repente como un rayo en medio de la vida, y aun otros, como
G. Campbell Morgan, pueden trazar un rastro hasta sus primeros recuerdos.
Para mí el llamamiento surgió de la fuerza lógica de Rom. 12:1 en mi mente joven: Si Dios nos
llama a una dedicación total como único “culto racional”, el único camino lógico era el del ministerio
pastoral. El Espíritu Santo usó esto para sellar la convicción de que yo era llamado —una
convicción que permaneció sublimemente inamovible a través de los años. Mi vida da testimonio de
la realidad de mi temprano llamamiento.
Aquellos que niegan o minimizan el hecho de que Dios llama a cristianos determinados a un
servicio especial no sólo deben eliminar los hechos de la experiencia humana, sino también la
evidencia bíblica, que narra los llamamientos de Moisés, Isaías, Jeremías, Pablo, y la comisión de
los apóstoles.
Hoy está de moda en ciertos círculos despojar de dignidad el llamamiento pastoral. Algunos lo
hacen porque creen que el pastorado es simplemente una profesión más como la de abogado o
banquero. No se dan cuenta de que mientras Dios llama a su pueblo a diferentes modos de vida, el
pastorado es exaltado únicamente porque es un llamamiento especial al cuidado y alimentación de
las almas. Hay otros que menosprecian el llamamiento al pastorado para evitar establecer una
separación entre clero y laicos, que limita el pastorado al clero profesional y exime a los laicos de
responsabilidades.
No obstante, el pastorado es el más alto de los llamamientos. No debemos despreciarlo ni
minimizarlo nunca.
El doctor Will Houghton, que fue pastor de la Iglesia del Calvario, en la ciudad de
Nueva York, y presidente del Instituto Bíblico Moody, lo expresa así:
El llamamiento más elevado que puede sentir un hombre es el llamamiento al
pastorado cristiano. Mientras es cierto que todo cristiano está llamado a colaborar con
Cristo, también es verdad que ha elegido a algunos para un servicio especial a él en su
día y en su generación.
Dios tiene un plan para cada vida, y los hombres pueden servir tan de corazón y de
forma tan útil en el mercado y en el banco como en el púlpito, pero bendito el hombre
que siente en su corazón el llamamiento a predicar el evangelio.
Vuestro conferenciante hace esta confesión. Prefiere antes ser pastor de la iglesia
bautista más pequeña que conozcáis, aunque fuera considerado por sus amigos como
un fracasado; que ocupar una alta posición en la sociedad y ser considerado un
hombre de éxito...
El predicador no elige su vocación. Es elegida para él, por quien dijo: “No me elegisteis
vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros”, y es comisionado y enviado en el poder
de la persona de quien fue dicho: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros,
profetas; a otros, pastores y maestros.”
El testimonio de Will Houghton está en consonancia con el de los siervos de Dios del pasado y del
presente.
Alexander White, el gran predicador de Edimburgo, escribió a un pastor metodista amigo: “Los
ángeles que rodean el trono envidian tu gran obra… Sigue adelante y crece en gracia y poder como
predicador del evangelio.”
William Cowper el escritor de himnos escribió de forma similar:
Ahí está el mensajero de la verdad: ahí está
El embajador de los cielos —Su tema divino,
Su oficio sagrado, sus credenciales claras.
Por él pronuncian las leyes violadas
Sus denuncias; y por él, en melodías tan dulces
Como las de los ángeles, el evangelio susurra paz.
El doctor Martín Lloyd-Jones, cuyo pastorado fue tan utilizado por Dios en la Capilla de
Westminster, en Londres, abandonó una prometedora carrera médica para entrar en el ministerio
pastoral. Algunas personas se refirieron con admiración a su auto-negación al hacerse pastor, pero
él rechazó inmediatamente el pretendido cumplido diciendo: “No he abandonado nada; lo he recibido
todo. Considero el más alto honor que Dios puede otorgar a cualquier hombre, el llamarle a ser
heraldo del evangelio.”
Ray Stedman, el expositor bíblico contemporáneo coincide al describir su propia experiencia:
Me di cuenta de un sentido creciente en mi propia vida de la grandeza de la predicación; de lo
que yo había llamado la majestad del ministerio pastoral… He sentido la convicción profundamente
humillante de que nunca se me concederá un honor más grande del que ya me ha sido dado, que
predique las insondables riquezas de Cristo.
Compañeros de ministerio, ser llamado al pastorado es, sin duda, un honor supremo. Pero, como
tal, no es motivo de orgullo, sino más bien de una profunda humildad. No debemos minimizar
nunca nuestro llamamiento sino gozarnos en su origen divino y santificarlo con una vida de
devoción.

Poder en el llamamiento

Con respecto a nuestro trabajo, el llamamiento es más importante que la educación teológica.
Ninguna persona que piense pondrá educación y espiritualidad en oposición o conflicto.
Espiritualidad no significa ignorancia; ni educación significa crecimiento espiritual. Es más,
cualquier persona razonable adquirirá tanta educación como pueda. Pero habiendo dicho esto, es el
llamamiento de Dios, no la educación, lo que hace a un pastor —como lo atestigua el hecho de que
Juan Bunyan, C. H. Spurgeon, D. L. Moody, G. Campbell Morgan, A. W. Tozer, y Billy Graham, por
mencionar unos pocos; no recibieron educación teológica. Ellos fueron llamados y, desde luego,
fueron llamados al ministerio; se convirtieron en estudiantes de la Palabra de Dios y practicantes
vehementes de su llamamiento.
El aspecto práctico para nosotros aquí es que cuando Dios llama a alguien al ministerio, le da los
dones requeridos para su desempeño. Es más, él llama frecuentemente a quienes obviamente no
hubieran sido capaces (le cumplir con su llamamiento a no ser por los dones recibidos. ¿No es esto
lo que quiere decir Pablo cuando escribe: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la
excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros”? (2 Cor. 4:7). Anteriormente dijo Pablo: “No que
seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que
nuestra competencia proviene de Dios, el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo
pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica” (2 Cor. 3:5, 6).
¡El llamamiento de Dios significa poder para el servicio! Y una de las glorias permanentes del
ministerio evangélico es que nuestra debilidad da ocasión a su poder —nuestra timidez a su
intrepidez, nuestra inexpresividad a su expresión, nuestra falta de imaginación a su creatividad,
nuestra ignorancia a su enseñanza, nuestra torpeza a su inteligencia. ¡Vuestro llamamiento significa
que tenéis el poder para llevarlo a cabo! “Fiel es el que os llama, el cual también lo hará” (1 Tes.
5:24).

El llamamiento clásico

El texto clásico de llamamiento divino es Isaías 6:1-13, que narra el estupendo llamamiento y la
respuesta del profeta Isaías. Pocos siervos de Dios, excepto tal vez Moisés y Pablo, han tenido una
experiencia que se le aproxime. No obstante hay un sentido en el que todos los que han respondido
al llamamiento de Dios se relacionan con sus elementos clásicos —porque estos elementos (en una
forma menos espectacular) son comunes a la experiencia de todo el que ha obedecido el
llamamiento divino al pastorado.
Una visión de la santidad de Dios. Mientras Isaías lloraba el trono vacío de Israel fue arrebatado
en una visión de la soberanía de Dios majestuosamente entronizado por encima de él y con la cola
de sus vestiduras cubriendo el templo con una alfombra. Por encima del Señor, vehementes
serafines aleteaban, batiendo el aire con un par de alas mientras se cubrían cara y pies con las
restantes en reconocimiento humilde de que estaban en la presencia de la perfecta santidad.
Mientras Isaías miraba, oía el cántico que se repetían unos a otros: “Santo, santo, santo, Jehová de
los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (Isa. 6:3). Y con ellos los fundamentos del templo
temblaron y el humo de la presencia de Dios llenó el santuario mientras los radiantes serafines
continuaban su cántico.
Isaías estaba aterrorizado, anonadado por la santidad absoluta de Dios. Esta experiencia se
convirtió en una parte permanente de su psique y fue fundamental en su llamamiento. Isaías vio
que Dios es trascendentemente separado —es otro. Vio también que su pureza está más allá del
alcance humano. Esta visión total alimentó en él la convicción de que un Dios así lo demandaba
todo de él y que la demanda empezaba con su propio corazón.
Lo mismo ocurre con nosotros. Finalmente, nuestro llamamiento al pastorado descansa sobre
nuestra visión de Dios. Un Dios grande como este debe ser servido. Cuanto más grande es nuestra
visión, más fuerte se hace el llamamiento.
Una visión de nuestra falta de santidad. Una visión clara de Dios proporciona una clara visión de
uno mismo, y eso es traumático: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de
labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová
de los ejércitos” (Isa. 6:5). “¡Ay de mí!” es un grito de agonía y lamento. Isaías experimentó una
angustia moral inmensa al ver su propio pecado. Sintió pasar sobre él ola tras ola de culpabilidad.
Aunque él no podía saberlo, estaba en el camino de bendición. El Mesías que había de venir lo
expresó de forma perfecta: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación” (Mat.
5:4). Podríamos bien decir: “Bienaventurados los que lloran por sus pecados y por los de los demás,
porque ellos recibirán consolación.”
Isaías estaba a punto de ser consolado con el perdón, y eso sería un motivo más para su
llamamiento.
Perdón de los pecados. Isaías lo describe de esta forma: “Y voló hacia mí uno de los serafines,
teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre
mi boca dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado” (Isa. 6:6, 7).
¡Qué descanso, qué alegría, que gratitud llenó el alma de Isaías! Y esto vino a ser el impulso
inmediato para que dijera sí al llamamiento de Dios cuando éste llegó. Es igual para cualquiera que
haya obedecido alguna vez el llamamiento de Dios. Fue lo mismo para mí, e igual para ti.
Recuerda, compañero de ministerio, la primavera de tu llamamiento, y verás que la raíz de él es
gratitud por su perdón, la lógica es universal:
¡Amor tan grande, sin igual
Exige a cambio todo el ser!
Obediencia. Necesitamos solamente mirar la respuesta de Isaías para ver lo vehemente que fue
su obediencia: “Después oí la voz del Señor que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?
Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí” (6:8).
Podemos todos relacionarnos con el llamamiento clásico de Isaías porque sus elementos son
comunes a todos los llamados. Hallamos fuerza en renovarnos en sus elementos: (1) una visión
masiva de Dios Y su santidad, (2) una visión de nuestra pecaminosidad, (3) la experiencia de
perdón, y (4) obediencia al llamamiento divino. Es una progresión honrosa. ¡Qué privilegiados
somos de haberlo escuchado y haber dicho sí!

Vivir el llamamiento

Cada mañana debemos dar gracias a Dios por el privilegio de ser llamados y permitírsenos servir.
Es como dijo Phillips Brooks en sus famosas conferencias de Yale:
Recuerdo siempre una tarde especial, hace años, cuando se desvaneció la luz de la sala en que
estaba predicando y las caras se confundieron agrupadas en una como de un hombre
impresionante y suplicante, y las sentía escuchando aunque apenas podía verlas; recuerdo aquel
día casual como uno de los momentos en que el sentido de privilegio por tener que tratar con las
personas como predicador se manifestó de forma casi abrumadora.
¡Gracias por más siervos de Dios conquistados por el poder del llamamiento! ¡Gracias por más
ministros de la Palabra de Dios que valoran el privilegio de presentar la verdad a los hombres del
mundo!
13

El estímulo de lo común
Ha habido ocasiones en las que he estado predicando y me he sentido como si estuviera separado
de mí mismo observando a algún otro predicar. Me ha ocurrido algunas veces que he llegado a
percibir un silencio que no era natural. Las toses siempre presentes cesan y los bancos dejan de
crujir, creándose un silencio casi físico en el santuario —en ese silencio mis palabras vuelan como
flechas. Yo me expreso con una elocuencia multiplicada. Se produce un aumento de articulación en
mi discurso de manera que la cadencia y volumen de mi voz intensifican la verdad que estoy
predicando. Pese a que sé que estoy hablando, he pensado en estos momentos: “¿Qué está pasando
aquí? ¿Soy yo?” Y entonces al ver las cosas como están, mi corazón grita: “¡Señor, ayúdame!”
¡Qué experiencia tan deslumbrante! Pero por asombrosa que sea, los predicadores aseguran que
no es única. Miles de predicadores tienen experiencias semejantes, y aun más grandes. Pero lo que
lo hace más sorprendente para mí es el hecho de que durante los primeros años de mi predicación
había poco que indicara que yo podría sentir alguna vez esta experiencia.
Aunque cometí la temeridad de intentar “predicar” cuando tenía dieciséis años, ello fue una
experiencia dolorosa tanto para mí como para mis oyentes por mi extremada turbación de la que
era plenamente consciente. Y pese a que hice otros intentos en los años siguientes y busqué con
avidez posiciones de liderazgo en la iglesia y en la escuela, el hablar en público siguió siendo muy
penoso. Me di cuenta de que no podía ni siquiera hacer anuncios a menos que los escribiera y
estudiara bien de antemano. Incluso después de casado, cuando me ponía frente a un pequeño
grupo, mi mejilla se contraía sin poderla controlar y mi cara se ponía a veces de un rojo subido. Tan
penoso era para mí hablar que Bárbara se sentaba fuera del alcance de mi vista para no distraerme.
Aun así, pocos en mi congregación de hoy sospecharían que yo haya sido nunca otra cosa que un
conferenciante nato. Algunos probablemente piensan incluso que estoy en el pastorado simple-
mente porque seguí mi capacidad natural para hablar en público. ¡De ninguna manera! Por el
contrario, nunca deja de maravillarme el que sea capaz de mantenerme y predicar en el púlpito de
cualquier iglesia. Y en esas ocasiones en que el santuario adopta ese silencio murmurador, siento
como si me pellizcara yo mismo.
¿Cuál es la esencia de mi experiencia? Simplemente esto: una de las glorias supremas del
ministerio evangélico es que nuestras debilidades dan ocasión al poder de Dios —lo común nuestro
da lugar a lo extraordinario suyo. Es una gloria que mantengo cerca de mi corazón, y con la que
diariamente, a veces cada hora, me renuevo. Es una verdad que me ha llevado adelante en el
pastorado. Y esta es la razón, aparte de la misma Biblia, de que mi cita más apreciada sea la
siguiente, de Oswald Chambers:
Dios puede alcanzar sus propósitos mediante la ausencia de poderes y recursos humanos, o por
la renuncia a la confianza en ellos. A través de toda la historia Dios ha escogido a personas
insignificantes, porque su especial dependencia de él hace posible el singular y único despliegue de
su poder y su gracia. El escogió y utilizó hombres importantes sólo cuando ellos renunciaron a
depender de sus habilidades y recursos naturales.
Aprecio la expresión hermosa de Chambers no sólo porque resume mis experiencias sino también
porque ha sido confirmada consecuentemente por la historia de la iglesia y es, como veremos,
certificado poderosamente por la Biblia.
Las palabras de Chambers deben ser muy alentadoras para la mayoría de nosotros porque somos
gente común. Como señala el dicho: “¡A Dios le debe haber gustado la gente común puesto que ha
hecho tanta!” Pero, al mismo tiempo, sus palabras deben servir también de estímulo para quienes
estén especialmente capacitados, porque aún los mejores dotados no tienen en sí mismos las
capacidades para triunfar en el llamamiento de Dios. Hay estímulos aquí para todos, ya sean
comunes o extraordinarios.
Andrés un hombre común

El Espíritu Santo se ha ocupado extensamente en la Biblia de dejar bien claro, tanto mediante
ejemplos humanos como por declaraciones explícitas, que Dios usa a personas comunes. El ejemplo
más célebre es el del apóstol Andrés, que es considerado universalmente como un hombre
corriente. Le llamaremos Andrés, el hombre común. Pese a que Andrés fue el primero de los doce en
seguir a Jesús y ostenta así el título de prokletos, “primer llamado”, no se convirtió en un apóstol
prominente. Aun siendo el primero en orden, y hermano de Simón Pedro, no estaba incluido en el
círculo íntimo de Pedro, Jacobo, y Juan.
Es revelador notar que Andrés era generalmente identificado como el hermano de Simón Pedro,
pero Pedro nunca fue identificado como el hermano de Andrés. Todos conocían a Pedro. Pero, ¿a
Andrés? “Oh, tú sabes quién es. Es el que está siempre con Pedro, el acompañante. El hermano de
Pedro.” Andrés no escribió ninguna epístola, no se narran milagros hechos por él, y no fue un
predicador elocuente como su hermano. Andrés, el hombre común, raramente estaba, si lo estuvo
alguna vez, en primer plano; y desde luego no fue contemplado como líder.
No obstante, fue usado por Dios tan poderosamente que hoy su nombre está en primera línea en
evangelismo y misiones. Hace años, cuando la Asociación Evangelista Billy Graham buscaba un
título para animar a otros a traer a sus amigos a escuchar el evangelio, escogieron el de “Operación
Andrés”, porque Andrés se convirtió en el primer evangelista cuando trajo a su hermano Pedro a
Cristo (Juan 1:40-42). Dice la tradición que Andrés vino a ser el santo patrón de no menos de tres
culturas. Eusebio dice que él fue el primer misionero en ir al norte del mar Negro, por lo que los
rusos le reclaman como santo suyo. Otra tradición le hace patrón de Grecia, porque se dice que fue
martirizado allí en una cruz en forma de X —que tomó el nombre de cruz de San Andrés—, donde
estuvo colgado durante tres días, orando por sus enemigos. Finalmente la cruz blanca de San
Andrés sobre fondo azul celeste es el estandarte de Escocia. La tradición dice que un monje llevó las
reliquias de Andrés a Escocia, después de lo cual los escoceses fueron dirigidos a la batalla por una
cruz de San Andrés que flotaba en el cielo. ¿Por qué, prescindiendo de un supuesto precedente
histórico, reclamarían tres naciones a Andrés para sí? Porque en los evangelios el nombre de
Andrés significa preocupación por el evangelismo. La sencilla utilidad de Andrés al traer a otros a
Cristo ha hecho del suyo un nombre de atractiva belleza, y naciones enteras compiten en reclamarle
como suyo.
Que la lección nos sirva de provecho —Dios usa agente común para hacer obras extraordinarias.
Ciertamente, encontramos varias cualidades hermosas en la vida de Andrés. Andrés pensó primero
en los demás (Juan 1:40-42); fue optimista sobre lo que Cristo podía hacer con muy poco (Juan
6:5-9); y creía que Jesús era para todos (Juan 12:20-22). Pero la raíz de estas virtudes estaba en
que era un hombre común. Esto le hacía consciente de su propia ineptitud humana, lo que, a su
vez, estimuló su dependencia de Dios, haciéndole extraordinariamente útil para Dios y para los
hombres.

La gloria de lo común

Los escritos de Pablo muestran de forma clara que lo común del hombre, incluso su debilidad,
proporciona una base preparada para el poder extraordinario de Dios. Al tratar de su propio
ministerio apostólico, Pablo hizo una observación inolvidable: “Pero tenemos este tesoro en vasos de
barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros” (2 Cor. 4:7). Pablo resume el
secreto de su ministerio refiriéndose a la costumbre antigua de esconder tesoros preciosos en
vasijas de barro bajo tierra. El “tesoro” es el evangelio, y los “vasos de barro” una aguda metáfora de
la debilidad humana. Así el evangelio glorioso es confiado a seres humanos comunes y frágiles —
para que la inmensidad del poder se considere como de Dios y no del hombre. De esta manera y de
forma clara, se puede ver que la conciencia de la propia debilidad y vulgaridad puede ser positivo en
el ministerio del evangelio, porque con esa conciencia uno puede depender más fácilmente del poder
de Dios. Por el contrario, el estar extraordinariamente dotado puede ser uno desventaja, porque uno
puede sentirse tentado a confiar en los dones naturales para conseguir fines sobrenaturales.
Ha habido muchos predicadores que, por estar tan bien dotados por naturaleza, nunca llegaron a
ser los predicadores que hubieran podido ser. Su confianza en su propia elocuencia natural
propició una lamentable independencia de Dios respecto a oración y preparación. Esto no quiere
decir, sin embargo, que el estar extraordinariamente dotado sea en sí tina desventaja, porque de
hecho, aun los más extraordinarios (corno Pablo) son en el mejor de los casos “vasos de barro”. La
desventaja de los extraordinarios es que pueden encontrar más difícil verse como realmente son.
El ser un hombre común como Andrés no es una desventaja para servir a Dios. Incluso puede
servir como base para una profunda dependencia de él y rendir una extraordinaria utilidad en el
ministerio.
Esta fue la experiencia de Gedeón cuando liberó a su pueblo de los madianitas. Cuando le llegó
el llamamiento puso la objeción de su propia insignificancia. “Ah, señor mío, ¿con qué salvaré yo a
Israel? He aquí que mi familia es pobre en Manasés, y yo el menor en la casa de mi padre” (Jue.
6:15). Esta era la clase de hombre que Dios podía utilizar. Gedeón tendría que depender de Dios. ¡Y
dependió!
Dado que las huestes de Median eran “como langostas en multitud” Gedeón reclutó un gran
ejército de unos 32.000 hombres para poder enfrentarse en igualdad de fuerzas. Fue una actuación
prudente y responsable. Hacerlo de otra manera hubiera sido una locura. Pero el Señor tenía otros
planes: “Y Jehová dijo a Gedeón: El pueblo que está contigo es mucho para que yo entregue a los
madianitas en su mano, no sea que se alabe Israel contra mí, diciendo: Mi mano me ha salvado” (Jue.
7:2). En lugar de permitir a Gedeón aumentar su ejército, el Señor ordenó una reducción ritual de
las fuerzas: Primero, se hizo volver a casa a todos los que sentían miedo, reduciendo el ejército en
22.000 hombres. Entonces, a los 10.000 que quedaban se les ordenó beber agua del río. Sólo los
300 que bebieron de sus manos fueron retenidos. Visto a ras del suelo parecía un ritual loco —
especialmente cuando los 300 se lanzaron a la batalla armados solamente con trompetas y
cántaros.
Pero fue durante esta renuncia consciente al poder natural —esta dependencia profunda de
Dios— cuando a Dios le agradó actuar. Y el humilde Gedeón condujo a su pueblo a una gran
victoria. La debilidad humana dio lugar al poder de Dios.
La expresión plena de este principio la encontramos en 2 Cor. 12:9, 10; donde Pablo dice: “Y me
ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana
me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por
amor a Cristo me gozo en las debilidades,… porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”.
El hecho de que la debilidad produce fortaleza es una de las grandes paradojas de la experiencia
cristiana. K. G. Chesterton describió la paradoja como “una verdad cabeza abajo que llora para
llamar la atención”. Y esto es ciertamente lo que tenemos aquí. Trágicamente, sin embargo, muchos
de los que profesan ser cristianos parecen haberlo ignorado. La fortaleza de la iglesia se dirige a los
fuertes, los ricos, los privilegiados. La verdad de Cristo necesita atención desesperadamente.
Los que estamos en el pastorado necesitamos, especialmente, aceptar esta paradoja; porque los
hombres y mujeres que Dios ha usado han vivido siempre con la certeza de que eran simplemente
barro. Cuando se encontraron con Cristo, dejaron a un lado todo lo que consideraban su sabiduría
y su fuerza. En vez de centrarse en su propia debilidad, se dedicaron a abrirse de par en par a todos
sus tesoros. De estos fluyó la inmensa grandeza del poder del Señor. Los hombres comunes como
Andrés vinieron a ser vehículos para lo extraordinario. ¡Hay gloria en lo común!

Plenitud extraordinaria

Podemos entender cómo lo común puede invitar a lo extraordinario en otra manera. Se encuentra
en la sorprendente declaración de Col. 2:9, 10: —“Porque en él habita corporalmente toda la plenitud
de la Deidad, y vosotros estáis completos en él.” Aquí hay un hermoso juego de palabras que da más
fuerza a la declaración: la plenitud de la deidad habita en Cristo, y nosotros estamos completos en
él. ¿Cómo puede ser esto? Podemos entender que la plenitud de la deidad pueda habitar en Cristo.
Pero ¿en qué sentido puede su plenitud habitar en nosotros, criaturas mezquinas y finitas?
La respuesta puede ser entendida mejor mediante una ilustración. Mientras escribíamos este
libro, Bárbara y yo estábamos en la costa del Océano Pacífico —dos puntos diminutos junto a una
extensión que parecía infinita. Al estar allí, pensamos que si tuviéramos una jarra de medio litro y
dejáramos entrar en ella al Pacífico, en un instante la jarra estaría llena con plenitud de Pacífico.
¡Pero nunca podríamos meter la plenitud del Pacífico en la jarra! Pensando en Cristo, nos dimos
cuenta de que debido a que él es infinito, es más grande que el Pacífico, y por ello puede contener
toda la plenitud de la deidad. Y dondequiera que uno de nosotros, criaturas finitas, hundimos el
diminuto vaso de nuestra vida en él resultamos inmediatamente llenos de su plenitud. Desde el
punto de vista de nuestra humanidad, la capacidad de nuestros recipientes es de la mayor
importancia. Nuestras almas son elásticas, por así decirlo. Y no hay límites a la posible capacidad.
Podemos abrirnos siempre para contener más y más de su plenitud. Las paredes pueden
ensancharse siempre más; el techo puede elevarse siempre más; el suelo puede contener siempre
más. Cuanto más recibimos de su plenitud, más podemos recibir.
Y aquí es donde ser un hombre común como Andrés puede ser una ventaja cierta. Las personas
corrientes están más dispuestas a darse cuenta de sus necesidades y abrir sus vidas de par en par
a la plenitud de Cristo; mientras los superdotados pueden estar ofuscados por su capacidad para
no sentir necesidad alguna.
Sencillamente, el ser corrientes puede abrirnos completamente al océano de la plenitud de Cristo,
y producir mayor gozo, poder y servicio.

Perspectiva extraordinaria

En los primeros capítulos de 1 Corintios, en los que Pablo somete el ministerio cristiano a un
análisis penetrante, demanda una perspectiva radical para aquellos que siguen a Cristo. Él dice:
“Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos
poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios;
y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo
menospreciado… a fin de que nadie se jacte en su presencia… para que, como está escrito: El que se
gloria, gloríese en el Señor” (1 Cor. 1:26-29, 31).
De nuevo vemos que Dios decide usar a las personas corrientes para que le sirvan. Los elige a fin
de que no haya error en cuanto a la procedencia del poder, con lo que la gloria del hombre queda
excluida. Es tal como lo dijo Chambers de forma tan elocuente: “A través de toda la historia Dios ha
escogido a personas insignificantes, porque su especial dependencia de él hace posible el despliegue
singular y único de su poder y su gracia.” Más aún, “él escogió y usó hombres importantes sólo
cuando ellos renunciaron a la dependencia de sus habilidades y recursos naturales”. ¡Este es, sin
duda, uno de los grandes misterios y glorias del ministerio del evangelio!
Para aquellos de nosotros que hemos sido llamados a servir a Cristo, esta verdad demanda que
hagamos al menos tres cosas: Primero hemos de agradecer a Dios el ser corriente e incluso
nuestras debilidades. Esto es una cosa que muchos no han hecho nunca, porque va contra
nuestras tendencias naturales. El ser corrientes ha sido más veces motivo de resentimiento que de
aprecio, como cuando, en una estúpida comparación con otros, llegué airadamente a la conclusión
de que Dios me había llamado a hacer algo para lo que no me había dado los medios. Sin embargo,
aunque pueda parecernos difícil e incluso antinatural, agradecer a Dios el ser corrientes es algo que
debemos hacer. Cuando lo hacemos, nos libera de la tiranía de la comparación con otros y abre
nuestras vidas para recibir la plenitud del poder de Dios. ¿Por qué no hacerlo ahora? ¿Por qué no
hacer una lista de vuestras áreas corrientes y entonces, reverentemente, desde el fondo de vuestro
corazón, dar gracias a Dios por ellas una por una? Podéis hacerlo, ¿no es cierto?
La segunda cosa que hemos de hacer es dar gracias a Dios por cualesquiera dones
extraordinarios y poder que podamos tener. ¡Esto es mucho más fácil! Sin duda esto ha sido hecho
virtualmente por todos los que han intentado servir a Cristo. Los dones extraordinarios deben
expresar ardiente aprecio. Pero hay otro paso necesario que dar aquí que no es tan común.
Debemos desprendernos de toda confianza en nuestras fuerzas naturales. Aquí se hace precisa una
renuncia sistemática —tomar cada una de nuestras fuerzas, una por una, y vaciarnos de toda
confianza en ellas aparte de Cristo. Esto hará posible el funcionamiento exclusivo de su poder en
nuestras vidas.
La cosa final que debemos hacer es dar tracias a Dios por nuestro llamamiento al ministerio
pastoral. Porque este ministerio es lo que promueve en nosotros la conciencia de nuestra vulgaridad
y falta de adecuación. Las demandas de la predicación, el consejo, y el liderazgo nos llevan
constantemente al final de nosotros mismos y al principio de su poder. Cada uno de nosotros
debería celebrar su llamamiento al ministerio todos los días. Deberíamos dar gracias a Dios por
habernos llamado a una vida que ensancha nuestras almas y eleva al máximo nuestro crecimiento
espiritual.
Es más, debemos celebrar el hecho de ser personas comunes, porque es con lo común con lo que
a Dios le agrada muy frecuentemente hacer lo extraordinario.
14

El estímulo de los compañeros de ministerio


En la mañana inolvidable de un domingo de 1866, el gran C. H. Spurgeon sorprendió a sus cinco
mil oyentes cuando desde el púlpito del Tabernáculo Metropolitano de Londres, manifestó: “Estoy
sujeto a depresiones de espíritu tan terribles que espero que ninguno de vosotros lleguéis a tales
extremos de desventura a que yo he llegado.” Para algunos de sus oyentes era incomprensible que el
predicador más grande del mundo pudiera conocer el valle de la desesperación. No obstante,
veintiún años después, en 1887, dijo desde el mismo púlpito: “Personalmente he pasado
frecuentemente por este valle oscuro.”
John Henry Jowett, el brillante pastor de la Iglesia Presbiteriana de la Quinta Avenida de la
ciudad de Nueva York, y más tarde de la capilla de Westminster en Londres, escribió a un amigo en
1920: “Parece que te imaginas que yo no tengo altos y bajos sino simplemente un nivel espiritual llano
y excelso con gozo ininterrumpido y ecuanimidad. ¡De ninguna manera! Me siento a menudo
totalmente desventurado y todo me parece de lo más lóbrego.”
G. F. Barbour, el biógrafo de Alexander Whyte, tal vez el más grande predicador de Escocia desde
John Knox, dijo de Whyte: “De carácter resuelto como era, tenía temporadas de profunda depresión
en relación con el resultado de su trabajo de púlpito o entre las personas…”
Martín Lutero estaba sujeto a tales accesos de melancolía que le llevaban a esconderse durante
días y su familia quitaba de la casa todo instrumento peligroso por miedo a que se hiriera. En
medio de uno de estos accesos, su esposa, Catalina, entró en su habitación vestida de luto.
Alarmado, Lutero preguntó quién había muerto.
Ella respondió que nadie, pero que por la forma en que él actuaba pensaba que había muerto
Dios.
La verdad es que los creyentes consagrados se deprimen a veces. Aquellos que buscan “las cosas
de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col. 3:1), no han quedado exentos de
depresiones. Aquellos que han ido por todo, que han escalado alturas que puede que nosotros
nunca alcancemos, estuvieron a veces sujetos a depresiones y desesperación —el “desaliento del
infierno” como lo llama John Donne. La depresión ha sido llamada el resfriado común de la mente,
porque más tarde o más temprano lo padece la mayoría. Los siervos de Dios no son inmunes.
La depresión pastoral tiene en realidad un precedente apostólico en la experiencia del apóstol
Pablo. El fue un gran apóstol, pero el ministerio se apodero de él y estaba deprimido (2 Cor. 7:5). El
griego sugiere que estaba humillado y abatido. Pero lo hermoso aquí para nosotros es que no
intenta ocultarlo. En realidad nos cuenta la causa de su depresión y lo que Dios hizo para curarle.
Su respuesta, tomada en serio, es un privilegio para quienes están en el ministerio cristiano.

La anatomía de la depresión pastoral

Pablo es perfectamente claro y sucinto en 2 Corintios 7:5: “Porque de cierto, cuando vinimos a
Macedonia, ningún reposo tuvo nuestro cuerpo, sino que en todo fuimos atribulados; de fuera,
conflictos; de dentro, temores.” En sólo una oración el Apóstol da tres razones para su depresión.
Primero, Pablo estaba agotado. Al decir: “cuando vinimos a Macedonia, ningún reposo tuvo nuestro
cuerpo.” Pablo revela que estaba físicamente exhausto. Esto es a causa de las incesantes intrigas y
conspiraciones por parte tanto de judíos como de gentiles de los que Pablo habló con anterioridad:
“Porque hermanos, no queremos que ignoréis acerca de nuestra tribulación que nos sobrevino en Asia;
pues fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de modo que aun perdimos la
esperanza de conservar la vida” (2 Cor. 1:8). De esto, el expositor de Princeton Charles Hodge dice
que el cuadro aquí es el de un animal abrumado que se hunde en la desesperación bajo una carga
superior a sus fuerzas. Últimamente Pablo había estado tan exhausto por la constante persecución
y falta de descanso que pensaba que iba a morir. Había tenido dificultades para levantarse y
continuar. Como resultado, el gran guerrero estaba agotado y deprimido.
Está universalmente reconocido que la fatiga es una causa común de depresión. El hecho de que
el agotamiento estimula la depresión nunca fue presentado de forma tan gráfica como por Elías.
Pocos han mostrado tanta entereza como Elías. Pocos han mostrado una resolución frente a los
conflictos como la mostrada por él frente a los 450 profetas de Baal, mofándose de ellos para que
gritaran más alto, y sugiriendo que Baal estaba de vacaciones o dormía (1 Rey. 18:27). ¡Aquí había
todo un hombre! Debía estar también en plena forma, porque tras derrotar a los profetas, se ciñó
sus ropas y corrió delante del carro de Acab cerca de treinta kilómetros hasta Jezreel.
Qué victoria tan asombrosa — ¡Y qué hombre! Pero entonces ocurrió lo más sorprendente; este
mismo Elías, que acababa de destruir a los 450 profetas falsos, oyó que Jezabel le había amenazado
de muerte, sucumbió al miedo, huyó al desierto, y en profunda depresión pidió a Dios que le
quitara la vida (1 Rey. 18:3, 4). ¿Por qué? ¿Por qué después de una victoria tan resonante? La
respuesta obvia es que estaba agotado. La carrera de treinta kilómetros tampoco sirvió de ayuda.
Que la depresión de Elías era debida en gran parte a agotamiento se muestra en el hecho de que se
quedó dormido, fue despertado por un ángel que le alimentó, volvió a dormirse, y de nuevo fue
despertado (1 Rey. 19:5-8).
El agotamiento puede hacer de cualquiera un cobarde y un depresivo. Digo esto porque Bárbara
y yo hemos observado, tanto en el pastorado como en los campos de misión, un machismo ministe-
rial que se imagina que la devoción a Dios le exime a uno de las reglas físicas que gobiernan a otros
mortales. Los piadosos, se supone, necesitan de alguna forma dormir menos, menos comida, menos
descansos, y menos diversiones que los no piadosos. Es cierto que Dios da a sus siervos energía
extraordinaria para emergencias y desafíos, pero a lo largo del trayecto, el ministerio es llevado a
cabo en cuerpos sujetos a las mismas leyes que los de cualquier otro. A veces nos sentimos
deprimidos, y nos preguntamos por qué. La explicación de Pablo nos da la respuesta. “Ningún
reposo tuvo nuestro cuerpo.”
Segundo, Pablo estaba bajo presión. El versículo 5 continúa, “sino que en todo fuimos atribulados;
de fuera conflictos.” Aquí “atribulados” lleva la idea de presión, y “conflictos” significa literalmente
luchas. Era presionado por todas partes por las personas. No tenía escape. Cada giro le llevaba cara
a cara con las presiones. Más tarde, en contestación a quienes ponían en duda sus credenciales
apostólicas, Pablo hace de forma reticente una lista de las dificultades externas que ha pasado por
causa del evangelio, entonando una letanía terrible de abusos (11:23-30). Tal era su vida sometida
a presión. Y debemos notar que con estas presiones y luchas llegó la aflicción debilitante del
rechazo. Pocas presiones son tan agotadoras y depresivas como el extrañamiento y el rechazo.
Tercero, Pablo estaba atemorizado. El mismo Pablo que estuvo ante reyes y multitudes hostiles
para proclamar a Cristo tenía temores dentro de él. Vemos así que incluso los más grandes tienen
temores y ansiedades internos. Sin embargo, en el caso de Pablo hemos de descartar cualquier idea
de que temiera por su propia vida. Tenemos demasiadas evidencias de lo contrario para pensar eso
(Fil. 1:21-24; 2:17). Sus temores internos eran por lo que pudiera pasar con su obra, porque habló
frecuentemente de ello: “Me temo de vosotros, que haya trabajado en vano con vosotros” (Gál. 4:11);
“Por lo cual también yo, no pudiendo soportar más, envié para informarme de vuestra fe, no sea que
os hubiese tentado el tentador, y que nuestro trabajo resultase en vano” (1 Tes. 3:5); “sobre mí se
agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias. ¿Quién enferma y yo no enfermo? ¿A quién se
le hace tropezar, y yo no me indigno?” (2 Cor. 11:28, 29). Estos temores ministeriales pesaban
mucho sobre Pablo. El era siempre consciente de cualquiera en sus iglesias que se estuviera
desviando. Los conflictos eclesiásticos eran su plato de cada día, y estaba siempre escribiendo para
aquietar las aguas y poner las cosas en su sitio.
Phillips Brooks, el sin par predicador y en otro tiempo obispo episcopal de Boston, dijo:
Ser un auténtico ministro para los hombres es aceptar siempre nueva felicidad y
nuevas aflicciones… El hombre que se entrega a otros hombres no puede ser nunca
un hombre completamente triste: pero tampoco puede ser un hombre de alegría sin
nubes. Experimentará con cada consagración más profunda un gozo no
experimentado antes, pero en la misma copa habrá mezclada una tristeza que habrá
estado más allá de su capacidad de sentir antes.
Dicho de otra manera, Pablo tenía un “problema de corazón” — ¡un corazón demasiado grande!
Cuanto más grande es el corazón pastoral, más probabilidades tiene el cuerpo de no tener reposo.
De fuera conflictos, de dentro temores.
Pablo estaba deprimido. ¿Cómo podrías ayudar a Pablo? ¿Enviándole una carta cuidadosamente
razonada recordándole las realidades teológicas? Probablemente no. Al fin y al cabo él escribió las
realidades teológicas.

El toque de Tito

La contestación divina para la depresión de Pablo fue ésta: “Pero Dios, que consuela a los
humildes —deprimidos—, nos consoló con la venida de Tito” (2 Cor. 7:6). El consuelo vino en una
persona llamada Tito.
Elisa, una mujer pobre, acababa de perder a su hijo y estaba profundamente atribulada. Su
piadosa amiga Ana se unió a ella, y ambas se arrodillaron a orar junto a la cama. En la oración,
Ana sugirió que Elisa pidiera a Dios que pusiera su mano sobre su cabeza. Cuando Elisa hizo la
petición, Ana posó suavemente su mano sobre la cabeza de Elisa. “¡Lo ha hecho! ¡Gloria a Dios!”
gritó Elisa. Su amiga quería hablarle de ello, y Elisa respondió: “Fue un sentimiento maravilloso que
me recorrió todo el cuerpo, y la mano era como la tuya.”
“La mano era mía”, contestó Ana amablemente, “pero era también la mano de Dios”. Este fue el
toque de consuelo y aliento. Dicho de otra manera, fue el “toque de Tito” —la mano de Dios.
Esto ocurrió literalmente en mi vida: Había sido una semana agotadora. Las cosas no habían ido
bien —y había tenido poco tiempo para estudiar. Me sentí deprimido al enfrentarme con una
montaña de trabajo administrativo por hacer y un sermón que preparar en el poco tiempo que
quedaba. Mientras oraba por mi trabajo, estaba vergonzosamente desesperado. Pero al abrir el
correo de la mañana leí lo siguiente:
Querido pastor Kent:
Muchas gracias por ser nuestro pastor.
Los amamos a usted, a Bárbara y a su familia. Ustedes son un don especial para
nosotros. Gracias por cuidar de nuestras almas, y luchar con nosotros contra las
tentaciones y fuerzas que nos apartarían de lo mejor de Dios.
¡Persista! Por favor no se rinda por nosotros.
Que tenga unas navidades agradables y bendecidas.
Tedd
Al terminar la nota estaba lleno de energía. Pese a que el trabajo no había desaparecido, la carga
se había quitado —y me lancé renovado a un atareado fin de semana pastoral. Esto es lo que puede
hacer cualquiera que se interese. Estamos hundidos y clamamos a Dios. Y la ayuda viene en forma
de otro como nosotros —si hay alguien que desee ser la mano y el corazón de Dios.
¿Qué dijo Tito? “Pablo, viejo amigo, ¿cómo estás? ¿No muy bien? ¿Dices que estás deprimido?
Vamos, Pablo. ¡Tú eres un apóstol! No puedes hacer esto. Mira, deja que te lea un versículo.”
¡No es eso lo que hizo! Lo primero que hizo Tito fue rodear a Pablo con sus brazos y besarlo. Esto
es lo primero que hacían los amigos judíos —siempre. Entonces Tito escuchó a Pablo, se identificó
con su depresión, participó de su dolor, y oró con él.
¿Qué hizo Pablo? No se encuentra en el texto, pero está implícito, Manifestó su depresión
pastoral a Tito. Pablo no se aferraba al pensamiento de que “los buenos cristianos no tienen ningún
problema”. De haberlo hecho, nunca hubiera escrito 2 Corintios. Pablo desnudó su corazón.
En cuanto a lo que Tito dijo a Pablo, el texto revela que consoló a Pablo con la consolación de
otros: “Pero Dios, que consuela a los humildes, nos consoló con la venida de Tito; y no sólo con su
venida, sino también con la consolación con que él había sido consolado en cuanto a vosotros,
haciéndonos saber vuestro gran afecto, vuestro llanto, vuestra solicitud por mí, de manera que me
regocijé aun más” (2 Cor. 7:6, 7).
“Pablo, te echan de menos. Mira, hay personas que realmente se preocupan de si vives o mueres;
que te quieren. Lamentan las dificultades que te han causado. Son celosos en su interés por ti.” Pablo
fue reanimado, y por eso dice: “me regocijé aun más”.
¡Cómo necesitan los siervos de Dios este ministerio! Hace algunos años leí que Phillips Brooks
conservaba un archivo de notas y cartas alentadoras para “días lluviosos”, y durante tales días las
sacaba y releía. Por tanto, yo inicié mi propio archivo. Guardaba toda carta alentadora que recibía,
y hay ocasiones en que leo de nuevo. Pero, además, empecé a escribir muchas más notas de aliento
a otros, especialmente a mis colegas en el pastorado. ¡El ministerio de consolación! Es algo que
debemos hacer.

El poder sanador de la amistad

La depresión puede ser el resfriado común de la experiencia humana, pero cuando lo sufres, es
la angustia del infierno. Nadie de nosotros está exento por el sólo hecho de que amemos a Dios y
tengamos un alto grado de consagración. La verdad es que si tenemos corazones pastorales, somos
aun más vulnerables a la depresión. Los siervos dedicados consiguen cuerpos cansados,
experimentan conflictos graves, a veces tienen temores internos, y algunas veces se deprimen.
Frecuentemente, el plan de Dios para sanarnos es “la venida de Tito”, el toque de Tito. Como
ministros del evangelio en la línea apostólica, necesitamos Titos, y todos nosotros necesitamos ser
Titos. A este fin, hay varías cosas que hemos de hacer:
Primero, cultivar amistades. Cuanto más he vivido, más he aprendido a valorar la amistad.
Cuando era joven, aunque desde luego no despreciaba la amistad, pensaba que su desarrollo podía
esperar hasta un tiempo menos ocupado en la vida. Tenía tanto que hacer preparándome para el
pastorado. Pero hace algunos años vi que la vida no se hace más descansada y que las amistades
son una fuente de gozo importante. Más aún, me di cuenta de que todas las relaciones permanecen
—algunas buenas y crecientes, otras de otra manera. Así aprendí a atesorar relaciones y edificar
amistades. Entre las amistades, las viejas amistades pastorales son particularmente apreciables en
virtud de su afinidad e intercambio natural. Los que cultivan amistades profundas son ricos,
independientemente de lo que ocurra con el resto de su vida.
Segundo, sé un amigo. Esto, desde luego, supone emplear tiempo, mantener un interés vivo en
otros, alentar a otros, mantener correspondencia, telefonear, y recordar. Pero también significa
compromiso, deseo de seguir la dirección de Cristo en las amistades, aunque ello suponga tu propia
aflicción; así podrás decir a veces: “Esto era mío, pero también de Dios.” Frecuentemente, cuando los
pastores se reúnen, por ejemplo, en conferencias anuales; es exactamente lo contrario. Aunque hay
siempre muchos que están sufriendo, las expectativas de triunfo prohíben la honestidad y
vulnerabilidad paulinas, y por lo tanto impiden el dar y recibir un toque de Tito. Hemos de salir de
nosotros mismos para alentar a nuestros camaradas.
Tercero, permite que otro se acerque a ti con el toque de Tito. Recuerdo a algunos estudiantes de
seminario que expresaban su frustración al tratar de consolar a un compañero de estudios. Estaba
evidentemente deprimido, pero cuando otro trataba de ayudarlo, lo rechazaba con palabras airadas.
No así Pablo. El decidió recibir el consuelo que le brindaba Tito, pese a que Tito era su discípulo. Es
una lección de humildad para el pastor recibir consuelo, ¡pero cuando lo permite es hermoso!
Compañeros de ministerio, cultivad las amistades, sed amigos, permitid a otros que sean
vuestros amigos, propagad el tesoro del “toque de Tito”.
15

El estímulo de la recompensa
Cuando Bárbara y yo nos mudamos a Wheaton, tuvimos el privilegio de entablar una amistad
íntima con Joe y Mary Lou Bayly. Joe había sido durante años presidente de una editorial cristiana
y bien conocido columnista de la revista Eternity (Eternidad). Además de su apretado programa de
escritor y conferenciante, Joe participó en la enseñanza de una clase de adultos en la escuela
dominical durante muchos años.
En 1976 fue publicado el excelente librito de Joseph Bayly Heaven (Cielo), y empezaba con el
relato de sus reflexiones ante una operación quirúrgica reciente:
Son las seis y media de la mañana de un martes.
Aquí estoy, esperando.
Esperando que me lleven
a una sala de operaciones de la Clínica Mayo
del Hospital Metodista…
Espero a la misericordiosa anestesia,
después al cirujano, y entonces…
volver en mí en la habitación
donde mi querida Mary Lou,
mi esposa de treinta y dos inviernos
—y veranos— también espera.
O recobrar el conocimiento
en la presencia de mi Señor Jesucristo.
Una década después, en el verano de 1986. Joe Bayly se encontraba de nuevo en la Clínica Mayo
en Rochester. Esta vez, después de otros diez inviernos y veranos con su querida esposa y familia,
se despertó en la presencia del Señor Jesucristo en la gloria —donde empezó la aventura de su
eterna recompensa. En un instante, todo lo que soñó su imaginación de poeta se hizo realidad.
En esta vida Joe Bayly tenía razón para pensar mucho en el cielo puesto que tres de sus hijos le
precedieron cuando aún eran jóvenes —Danny a la edad de cuatro años. Johnny en la niñez, y Joe
a los dieciocho. A causa de esto, sus escritos, ricos en experiencia y reflexión teológica, han sido
una gran ayuda para miles. En su largo ministerio a los afligidos, Joe se dio cuenta de que a
muchos les es difícil creer en el cielo o, al menos, imaginárselo. Así en su clásico The Last Thing We
Talk About (La última cosa de que hablamos) escribió esta exquisita parábola, que es ahora su
experiencia:
No puedo probar la existencia del cielo.
Acepto su realidad por fe, por la autoridad de Jesucristo:
“En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho;
voy, pues, a preparar lugar para vosotros.”
Por ello, si yo fuera un gemelo en el seno materno, dudo que pudiera probar la
existencia de la tierra a mi compañero. El podría tal vez objetar que la idea de una
tierra más allá del claustro materno era ridícula, que el seno materno era la única
tierra que conoceríamos jamás.
Si tratara de explicar que los terrestres viven en un ambiente muy amplio y respiran
aire, se limitaría a ser escéptico. Al fin y al cabo, un feto vive en agua; ¿quién podría
imaginar que sería capaz de vivir en un universo de aire? A él una transición
semejante le parecería imposible.
Sería necesario el nacimiento para probar la existencia de la tierra a un feto. Algo de
dolor, un túnel oscuro, una bocanada de aire — ¡Y, entonces, el mundo exterior!
Hierba verde, arroyos, lagos, el mar, caballos (¿podría un feto imaginarse un caballo?),
arco iris, andar, correr, patinar sobre hielo. Con espacio suficiente para no tener que
empujar, y un universo más allá.
En aquel momento sublime en que el mismo Joe Bayly surgió del oscuro túnel de su vida, la
metáfora se hizo realidad. El vio que la tierra es sin duda una matriz si la comparamos con los
límites de la vida en el más allá; y las implicaciones de su estar en Cristo rebosan sobre él con
abrumadora plenitud. Además de ver a Cristo, fue transformado instantáneamente a su semejanza,
tal como promete la Biblia: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que
hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos
tal como él es” (1 Jn. 3:2). Y no solamente vio a Cristo, sino que también vio las caras de sus hijos
que habían partido. En su libro Heaven (Cielo) hace esta pregunta:
“¿Puedo ver a mis hijos que murieron
hace pocos años? ¿Y a mis padres,
los padres de Mary Lou? ¿A mi hermano?”
“Desde luego podrás verlos.
Todos ellos confiaron en mí en la tierra”.
Ahora, disfrutando del gozo de la eternidad, se prepara para pasar el tiempo con sus hijos. Joe
Bayly conoce los brazos de Cristo, los brazos de su familia, y los brazos del cuerpo de Cristo —la
iglesia a la que tanto amó y sirvió. ¿Cómo debe ser? ¿Podemos imaginarnos su éxtasis? Solo
parcialmente, porque excede incluso a la excepcional imaginación de Joe Bayly.
¡Oh, oír lo que tiene que decir ahora! Desde luego sería descortés llamarle para que regresara de
su recompensa, ni siquiera por un momento. Pero supongamos que pudiéramos. Supongamos que
le fuera permitido materializarse por unos momentos con su estilográfica favorita en la mano (Joe
escribía siempre con una estilográfica), y si se le pudiera dar el espacio de estas páginas para
animar a los siervos de Cristo. ¿Qué diría él?

La realidad del cielo

Es muy probable que Joe empezara repitiendo lo que dijo una y otra vez en su vida y en sus
escritos —que ¡el cielo es real! Tal vez nos recordaría que la Biblia lo dice: “No mirando nosotros las
cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no
se ven son eternas” (2 Cor. 4:18), y que en esta línea de pensamiento, él es más real que tú y que
yo.
Joe, pese a sus envidiables dones de expresión, tendría dificultades para explicar la realidad de
su existencia. Una vez escribió: “¿Podéis imaginaron la dificultad de describir una piña americana a
un esquimal en la tundra del Ártico? Una grasa de ballena dulce y jugosa, es lo más cerca que
podríamos llegar. O ¿cómo podríamos describir el hielo a una tribu del desierto? ¿Cómo podrías hablar
del cielo a la gente de la tierra?” Sin duda Joe tendría dificultades. Emplearía algunas nuevas
metáforas y símiles. Nuestra inteligencia espiritual estaría velada, y perderíamos mucho, pero el
mensaje general estaría claro.
Nos diría que el cielo es un lugar, no sólo un estado espiritual. Nos recordaría que cuando Jesús
dijo: “Voy, pues, a preparar lugar para vosotros” (Juan 14:2), lo decía en serio. Afirmaría que él
entendió algo de ello en esta vida por medio de la obra del Espíritu Santo, tal como está escrito:
“Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha
preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu” (1 Cor. 2:9, 10).
Su mente creadora vio algo de ello por la revelación del Espíritu Santo, y esa es la razón de que
escribiera del cielo con tanto poder. Pero ahora él tiene literalmente nuevos ojos y nuevos oídos. En
el cielo él ve un espectro de colores imposible para el ojo humano y bellezas deslumbrantes más allá
de toda descripción. Sus oídos humanos oyen ahora sonidos y tonos que están más allá de la
capacidad de los limitados por la tierra. El cielo es una sinfonía de formas, colores, texturas y
sonidos creados y orquestados por la mano de Cristo. Aun más, el cuerpo de Joe está libre de las
limitaciones fatigosas de la tierra, y está en libertad de conversar, cantar y adorar sin molestias
físicas ni restricciones de tiempo. El cielo es real, su lugar es real, él es real —y la realidad es
estupenda. En comparación, las realidades de la tierra no son sino sombras.
La felicidad del cielo

Joe Bayly citó al salmista, asegurándonos que el cielo era un lugar de felicidad total: “En tu
presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre” (Sal. 16:11). ¡Cuánto más
insistiría sobre nosotros en esta realidad ahora!
Pese a que Joe era una persona animosa a quien le gustaba reír y hacer reír a otros, sabía más
de lo que contaba de penosas pérdidas en su vida. Tampoco fue extraño al dolor de corazón que
viene por preocuparse de otros. Pero cuando vio la cara de Cristo, el recuerdo de las dificultades dio
paso a una felicidad ininterrumpida y eterna, cuando toda lágrima fue enjugada por la mano de
Cristo. “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni
clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apoc. 21:4). La inmensa gloria del cielo disolvió
todo el dolor terrenal y lo sustituyó por un gozo interminable.
Esto nos lleva a la gran percepción de la verdad de 2 Corintios 4:17: “Porque esta leve tribulación
momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente peso de gloria.” (“en exceso y para
exceso”; “fuera de toda proporción”). Tan grande es la gloria que las dificultades de la vida, por
grandes y prolongadas que puedan ser, son en comparación “ligeras”.
Necesitamos creer esto. Debemos tener una certeza tal de la gloria y felicidad venideras que
podamos decir con Pablo: “tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son
comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Rom. 8:18). Tal convicción
de la felicidad del cielo sentida íntimamente no dejará de estimularnos a mantenernos firmes a las
duras y a las maduras de la vida pastoral.

La recompensa del cielo

Si la pluma de Joe estuviera escribiendo esto, continuaría diciendo que nosotros pastores
debemos tomar en serio la doctrina bíblica de las recompensas y que no debemos ser desviados por
quienes dicen que desear las recompensas celestiales es mercenario. El mismo Cristo usó
frecuentemente recompensas como incentivos para el servicio, y la Biblia aprueba la búsqueda de
“gloria y honra e inmortalidad” (Rom. 2:7). Es más, como dice tan acertadamente C. S. Lewis:
No debimos sentirnos turbados por los no creyentes cuando dicen que esta promesa
de recompensa hace de la vida cristiana un asunto mercenario. Hay diferentes clases
de recompensa. Existe la recompensa que no tiene conexión natural con las cosas que
uno hace para obtenerla, y es ajena a los deseos que deben acompañarla. El dinero no
es la recompensa natural del amor; por eso llamamos mercenario a un hombre si se
casa con una mujer por su dinero. Pero el matrimonio es la recompensa adecuada
para un auténtico enamorado, y no es mercenario por desearlo.
Dado que la iglesia es la novia de Cristo, es lo propio que ella anhele la celebración del
matrimonio y las recompensas de Cristo, que la ama. Cualquier cosa inferior es impropia. Sin duda,
no desear recompensa espiritual es una negación pecaminosa de la realidad espiritual.
La Biblia es clara en que los creyentes no serán juzgados por sus pecados porque eso es pasado
para siempre para quienes están en Cristo (Rom. 5:1), y la salvación es un don gratuito (Ef. 2:8, 9),
las obras de los creyentes, sin embargo, serán juzgadas: “Porque es necesario que todos nosotros
comparezcamos ante el tribunal de Cristo” (2 Cor. 5:10); “De manera que cada uno de nosotros dará
a Dios cuenta de sí” (Rom. 14:12). El cuadro que presenta la Biblia de este juicio es el de los
creyentes individuales presentando las obras de su vida para Cristo en la forma de un edificio. El
fundamento de todo edificio es Cristo, pero las estructuras varían. Algunas están hechas totalmente
de madera, heno, y hojarasca; otras son de oro, plata y piedras preciosas; aun otras son obras
compuestas por todos los elementos en proporciones individualizadas. Según se presenta la
estructura de cada vida se somete públicamente a la antorcha reveladora del juicio de Cristo, y con
las llamas viene la hora de la verdad: “Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras
preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno será manifiesta; porque el día la declarará,
pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. Si permaneciere
la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá
pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego” (1 Cor. 3:12-15).
Hay grados de recompensa para los hijos de Dios. Algunos apenas entran por la puerta, pero aun
así entrarán al cielo y a la gloria eterna porque su fe está fundamentada en Cristo, aunque sus
obras sean rechazables. Otros se encuentran con que la arquitectura de sus almas se ha convertido
en base de una mayor recompensa medida por la mano de Cristo.
Hoy, dado que Joe Bayly vive con la revelación plena de esta verdad, nos imploraría que
comprendiéramos que Dios no juzga como juzga el hombre. Puede asegurarse que muchos de los
cristianos destacados de la historia de la iglesia y del tiempo presente recibieron las mayores
recompensas. Pero también hubo omisiones sorprendentes. Algunos de aquellos a los que todos
miraban buscando dirección y cuyos nombres eran familiares en todas las bocas, fueron salvos “así
como por fuego”. Por otra parte, hubo un número desproporcionado de creyentes desconocidos que
recibieron recompensas eternas iguales, e incluso superiores, a las de los santos celebrados en los
registros humanos. El dicho del Señor de que “hay postreros que serán primeros, y primeros que
serán postreros” (Luc. 13:30) es eternamente verdadero. El tamaño y la fama del trabajo propio y el
prestigio e importancia personales no significan nada para Cristo. Los corazones que producen la
arquitectura son los que permanecen —oro, plata, y piedras preciosas.
Al ver que la Biblia enseña que hay grados de recompensas celestiales para los creyentes,
preguntamos de forma natural, ¿cómo? Dado que todos los hijos de Dios verán la faz de Cristo,
serán trasformados a su imagen, y experimentarán la gloria eterna, ¿Cómo puede haber grados de
recompensas? ¿Cómo se puede mejorar una recompensa perfecta? Aquí no lo podemos saber con
certeza ya que la Biblia sólo lo apunta. Pero quizá la capacidad propia para disfrutar del cielo forme
parte de la respuesta. Todos sabemos que el disfrute del arte o la música es proporcional al
conocimiento propio de la materia. Por ejemplo, dos individuos pueden recorrer las salas del Louvre
y tener experiencias totalmente contrarias; uno se aburre mortalmente mientras el otro queda
extasiado. ¿La razón? Uno ha desarrollado previamente un sentido estético y el otro no. Desde
luego, en el cielo ambos experimentarán el éxtasis, pero posiblemente aquel cuya vida fue oro, plata
y piedras preciosas experimentará un éxtasis mayor. Tal vez haya una arquitectura del alma
desarrollada en la tierra que haga el cielo aún más maravilloso. Pero cualquiera que sea el caso,
habrá ciertamente grados de recompensas si hemos de creer a la Biblia.
Allí espera a todos los creyentes un eterno “peso de gloria” más allá de toda posible comparación,
porque “cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados
con él en gloria” (Col. 14). Esa gloria consistirá en honor con él y de él. El pondrá coronas sobre las
cabezas de sus hijos para honrar sus servicios individuales. Se conmoverán ante la bendición
divina. “Bien, buen siervo y fiel” (Mat. 25:21). El recompensará su servicio con un servicio mayor.
Todos vivirán en la consciencia eterna de su aprobación —y esa gloria será suficiente recompensa
en sí misma.
Pero hay aun más, porque cuando sean manifestados con él en gloria, participarán también en
su esplendor glorioso. La Biblia dice que los creyentes resplandecerán como el sol (Mat. 13:43), y
que les será dada la estrella de la mañana (Apoc. 2:28; 22:16). Los creyentes participarán en el
esplendor, no serán simples testigos suyos. Así los siervos fieles de Cristo están destinados a
convertirse en seres de gloria rebosante.
¿Qué hemos de hacer con esta revelación maravillosa? Simplemente esto: No es malo desear la
recompensa del cielo, ni obrar con vistas a su esplendor. De hecho, cuanto más intensos sean el
deseo y el compromiso, mayor será la propia salud espiritual, porque ello Significa que uno no sólo
entiende, sino que cree lo que dice la Biblia sobre las recompensas eternas.
Dios no le debe al hombre nada. Los que le sirven de corazón recibirán recompensas que
excederán con mucho cualquier sacrificio que pueda ser requerido. Podéis estar trabajando en un
humilde anonimato o vuestro nombre ser conocido en todas partes; podéis pastorear a un puñado o
a miles de personas; podéis estar viendo escasos o grandes resultados en vuestro ministerio; podéis
estar en el valle de la prueba o en la cima de la montaña; pero cualquiera que sea vuestra situación
presente, Dios lo ve todo y os recompensará con generosa equidad. De hecho, si pudiéramos saber
por un momento qué está experimentando Joe Bayly ahora —la realidad, el hecho de Cristo, la
felicidad, el compañerismo, las recompensas, el “peso de gloria”— Nos sentiríamos contentos de
servir al Señor dondequiera que estemos y con todo lo que tengamos.
Las demandas del cielo
Estas realidades, las realidades de la eternidad, tienen importantes demandas para nosotros. Y
muy destacada entre ellas es que valoremos nuestro tiempo en la tierra para servir a Dios, tal como
Joe Bayly propone en su Psalm about the Shortness of Life (Salmo sobre la brevedad de la vida).
Yo dije
Oh, Señor,
permíteme terminar la obra
que me diste que hiciera.
Queda tanto
aun por hacer
antes de la noche,
queda
tan poco tiempo
antes de ir casa.
Tú eres eterno
Dios,
mil años para ti
es como el paso de un día.
Tú distribuyes las edades.
Yo junto las horas.
Por favor entiende
mi necesidad de tiempo
para hacer tu voluntad,
completar mi obra.
Yo entiendo,
dijo él,
yo lo hago,
yo tuve sólo
tres años
de días
y lo hice todo.
Las matemáticas espirituales son inevitables, porque comparadas con la eternidad nuestras
vidas son verdaderamente vapores (Stg. 4:14); aun así lo que aquí hacemos en los huidizos
momento de nuestra existencia tiene consecuencias interminables para el mundo y para nuestras
almas. Debemos beneficiarnos de las matemáticas mientras podamos, utilizando nuestros
momentos pasajeros para llevar vida eterna a las almas perdidas y glorificar a Dios. Debemos
acudir a Cristo, que supo de las restricciones del tiempo, para dar valor a nuestras vidas. Al hacerlo
nuestras almas empezarán de forma natural a asumir una arquitectura agradable a él.
La otra demanda que nos hace la realidad del cielo es la de que fijemos nuestras mentes en lo
eterno. Una vez más, la voz de Joe Bayly nos llamaría a esto. En el último sermón que predicó en su
iglesia, exhortó a un compromiso serio de vida santa centrada en la realidad eterna, exclamando:
“¡Señor, enciende la eternidad en nuestros ojos!” Esta visión es exactamente lo que la iglesia y sus
siervos necesitan hoy desesperadamente. El proverbio citado tan frecuentemente: “Tiene una cara
tan celestial que no es bueno para la tierra”, no es cierto. Uno puede ser tan piadoso, tan religioso, o
tan místico, que no sea idóneo para el uso terrenal. ¡Pero no con una mente celestial! De hecho es
exactamente lo opuesto —como atestiguan con tanto poder las vidas de Lutero, Wesley, Wilberforce
y Booth.
La prueba suprema es la vida luchadora y activista del apóstol Pablo, que estaba cargada y
alimentada de su visión singularmente grande del cielo. Las mismas palabras de Pablo nos dicen
que su visión del cielo era tan vívida que no estaba seguro de si estaba en su cuerpo o no, pero allí
“oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar” (2 Cor. 12:4). Y fue esta visión la que
le sostuvo mientras se encontraba ante príncipes judíos y magistrados romanos a través del Imperio
Romano y soportaba una sorprendente cantidad de abusos y dificultades, única en los anales de la
historia (2 Cor. 11:23-28). La mentalidad celestial de Pablo hizo de él un inmenso bien para la
tierra. Compañeros de ministerio, ocurre lo mismo con nosotros. Si queremos rendirnos a las
demandas de la realidad del cielo, y fijar nuestras mentes en lo eterno, seremos de gran utilidad
terrenal dondequiera que estemos.
Hemos de vivir en la realidad del cielo y en anticipación del día en que le veremos: “Mas nuestra
ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual
transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya,
por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Fil. 3:20, 21). Debemos
orar como hizo Joe Bayly en su Salmo de anticipación:
Señor Jesucristo,
tu siervo
Martín Lutero
dijo que tenía sólo
dos días
en su calendario
hoy
y aquel día,
y eso es
lo que yo también quiero.
Y yo quiero
vivir
hoy
para
aquel día.
Cuarta Parte

AYUDAS

16

Cómo puede ayudar la esposa del pastor


Kent y yo nos hemos preguntado qué hubiera sido de nosotros si la respuesta que le di en
aquella noche crucial no hubiera sido una respuesta de fe. ¿Qué si en vez de ofrecerle mi fe,
hubiera tornado el papel de la esposa de Job, hubiera considerado que el pastorado era una broma
cruel y le hubiera animado a abandonarlo? 0, como es más corriente, ¿qué si yo me hubiera
mostrado decaída, lamentándome de nuestra suerte en el pastorado? En cualquier caso él habría
encontrado una amarga justificación para abandonar. Y ninguna vuelta atrás por mi parte le habría
hecho volverse atrás de su decisión. Kent y yo estamos convencidos de que si mi respuesta no
hubiera sido de fe, probablemente no estaríamos hoy en el pastorado. Tal vez, como tantos,
estaríamos tratando de aislar nuestros corazones heridos con posesiones materiales y distracciones.
Lo que aprendí en este incidente ha estado presente en mí y me ha servido en mi papel de esposa
de pastor. Pero no he comprendido siempre lo que significa en realidad ser una esposa de pastor.

Una nueva identidad

Cuando mi esposo estaba en el seminario preparándose para el pastorado, yo no tenía idea de


dónde se iba a meter. No sabía dónde empezar, por lo tanto empecé por tratar de comprar la
mayonesa adecuada y cosas así.
La noche del tercer martes de cada mes, mientras Kent estudiaba y cuidaba del bebé, yo asistía
al seminario auxiliar de esposas. En una de las reuniones, una respetada esposa de pastor
recomendó la mayonesa Hellman y advirtió: “¡Mujeres, la mayonesa no es el método más adecuado
para limar asperezas!” Y tenía razón. Es una gran cosa. Pero el hecho de que yo retuviera los
consejos para el ama de casa, y que no captara sin embargo el consejo espiritual más amplio de
aquellas santas mujeres, refleja mi marco de referencia en aquel tiempo. Sencillamente, mi
experiencia era demasiado limitada para que yo pudiera apreciar su consejo en su plenitud y lo
aplicara. En el curso de mi matrimonio y ministerio, he aprendido que hay mucho más en el hecho
de ser una esposa de pastor que comprar la mayonesa adecuada.
Me ha llevado años entender la importancia de mi papel de esposa de pastor. Hay hoy mucha
confusión en esto porque la cultura popular ha invadido la iglesia, sugiriendo que la persona
íntegra debe establecer una identidad completamente separada de la de su cónyuge. Así, ser
identificada meramente como la esposa de tu marido indica que no has alcanzado plena
personalidad. La idea de que una mujer pueda sentirse verdaderamente llena viviendo en un papel
auxiliar se considera como inferioridad.
Aquí, sobre todo, descubrí que una esposa de pastor es exactamente eso, una esposa. Lejos de
ser un papel inferior, mi lugar en la vida de Kent es selecto. Nadie más en este mundo está en esta
posición ordenada por Dios. Me sorprendió y animó el darme cuenta de que Kent me necesitaba así.
El no me necesitaba como su compañero o su consejero, ni siquiera como su co-pastor. El
necesitaba exactamente lo que Dios había provisto para él —una esposa. Pablo habla de esta
relación mística en Efesios 5:31, 32: “Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá
a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de
Cristo y de la iglesia.”
Es un misterio de intimidad. El matrimonio es una unión tan profunda que Cristo la eligió por
encima de todas las demás relaciones terrenales para indicar su relación con la iglesia. Cuando
Kent compartió conmigo, su esposa, sus dudas y temores; los estaba compartiendo con su propia
carne. El intercambio era mucho más dinámico que si lo compartiera con su consejero profesional o
incluso con un padre amoroso o un amigo. Porque éramos uno, nuestro poder de comprensión,
conocimiento e influencia mutuos era maravillosamente enorme. Kent me necesitaba como esposa;
como tal, podía ayudarle en una forma exclusiva.
Antes de que la mujer fuera creada, fue definida claramente su función. Fue definida como
“ayuda idónea para él” (Gén. 2:18). El concepto de hembra como ayuda del varón es exaltado por
Dios.
El Hijo encarnado de Dios demostró de forma hermosa que todos debemos ser siervos de Dios
(Juan 13). Más tarde, cuando estaba consolando a sus discípulos con la promesa del Espíritu
Santo, se refirió a él como “otro consolador” (Juan 14:16). Al dirigirse a él (la tercera persona de la
Trinidad) como consolador ensalzó para siempre la posición de uno que ayuda. Cuando
consideramos los hechos del Espíritu Santo en todo el Nuevo Testamento, le encontramos de forma
repetida alentando, confortando, estando al lado, y ayudando. La obra del Espíritu Santo, el
Consolador, es hermosa. Y las mujeres nunca son tan encantadoras como cuando siguen su
ejemplo, amando su función de ayudadoras. No hay palabra mejor para describir el papel de esposa
de pastor que ésta —ayuda. No es minimizadora y no debemos desdeñarla. Es divina.

Mi esposo necesitaba mi ayuda

Años antes, cuando iniciamos el pastorado, nuestra meta era pura y simple: amar y servir a
Dios. Pero como descubrimos muy penosamente, no es una tarea simple. Nosotros nos llegamos a
dar cuenta personalmente de que el mundo, el demonio, y la carne luchan poderosamente contra
los que persiguen esta alta meta. Cuando Kent manifestó aquella noche, “Dios no es bueno”, cómo
debieron regocijarse las tinieblas. ¡Era una negación total de nuestra meta original! Todo mi ser se
puso en estado de alarma. Tenía que ayudar pero, ¿cómo?
Permitidme que os diga en primer lugar lo que no hice. No intenté ser una madre para Kent ni
mostrarle lástima. Tampoco intenté presentarle un plan para hacer crecer la iglesia y salvar así el
pastorado de Kent preservando la reputación de Dios. Desde luego fui tierna, me identifiqué con él y
participé en la solución de problemas y en el pensamiento creativo. Porque una esposa que permite
a su esposo revolcarse en la autocompasión o intenta hacerse cargo de la solución de los asuntos
contribuye frecuentemente a la pérdida del respeto propio de su esposo, e incluso produce una
pérdida de hombría.
Lo primero que hice fue orar —orar de verdad. Oré de corazón como recomienda Santiago (5:16,
17), con todo mi corazón y toda mi alma, para que Dios ayudara a mi esposo. Mis oraciones
estuvieron mezcladas con lágrimas. También oré en detalle, poniendo todo posible aspecto del
problema delante de Dios. Y oré constantemente —cuando lavaba los platos, cuando lavaba la ropa,
y cuando me iba a la cama. Oré con las palabras de la Biblia, personalizándolas al insertar el
nombre de Kent en muchos de los pasajes, especialmente en Efesios 1:18, 19:
Oro para que los ojos del corazón de Kent sean iluminados, para que sepa cuál es la
esperanza a que le has llamado, y las riquezas de la gloria de su herencia en los
santos, y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que
creemos.
Yo escuché. Escuché pacientemente lo que decía mi esposo en tanto quiso hablar. Más aún, traté
de escuchar de forma inteligente, leyendo entre líneas. Como todos sabemos, escuchar se considera
frecuentemente el aspecto más importante de la comunicación. Escuchar es uno de los puntos
fuertes de mi esposo, pero él mismo necesitaba ser escuchado. También escuché atentamente lo
que otros decían. Todo esto me hizo más consciente y directa en mi oración.
Hice preguntas. ¿Por qué es esto importante para nosotros? ¿Qué queremos de la vida? ¿Para qué
estamos aquí? No podía saber los motivos de Kent, pero podía pedirle que considerara lo que podría
ser. Lo principal de esto, desde luego, era hacerle volver a sus principios básicos.
Recordé. Cuando estaba a solas con mi esposo, trataba de recordar a propósito el cuidado de
Dios por nosotros en el pasado. Tenemos una tendencia natural a olvidar las grandes cosas que
Dios ha hecho por nosotros, como relatan tristemente setenta y dos versículos del Sal. 78. Por esto,
por ejemplo, Dios mandó a Josué colocar piedras, para memoria, en Gilgal después del cruce
milagroso del Jordán: “Cada uno de vosotros tome una piedra sobre su hombro, conforme al número
de las tribus de los hijos de Israel, para que esto sea señal entre vosotros; y cuando vuestros hijos
pregunten a sus padres mañana diciendo: ¿Qué significan estas piedras? les responderéis: Que las
aguas del Jordán fueron divididas delante del arca del pacto de Jehová… y estas piedras servirán de
monumento conmemorativo a los hijos de Israel para siempre” (Josué). Mientras recordaba el cuidado
de Dios por nosotros en el pasado, me sentía más capaz de confiar en él para el futuro, y lo mismo
hacía Kent.
Leí la Biblia. Cuando la vida está en desorden, uno puede sentirse tentado con facilidad a
descuidar esta disciplina. Es demasiado fácil estar demasiado ocupado poniendo las cosas en
orden. Además, es difícil a veces concentrarse en lo que dice la Biblia cuando la mente está
trastornada y distraída. Pero yo me mantuve en la Palabra, concentrándome en sus promesas.
David dijo: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Sal. 19:105) y: “Me acordé,
oh Jehová, de tus juicios antiguos, y me consolé” (Sal. 119:52). David está en lo cierto.
Mantuve el sentido del humor. Me gusta reír, como atestigua mi familia. De hecho, a menudo me
llamaban la atención por ello. Soy una entusiasta seguidora de Erma Bombeck, y por buenas
razones. Porque, como muestra Norman Cousins en su libro, Anatomía de Una Enfermedad, el
humor es esencial para nuestro bienestar. En realidad no es un asunto de risa. Fue importante que
mi esposo se riera, incluso de sí mismo. La risa produce liberación, y reírse de uno mismo significa
que, en ese momento, uno es capaz de dar un paso atrás y ver la situación en una perspectiva
diferente. Mi risa y la de nuestros hijos nos trajeron la salud a ambos. “El corazón alegre constituye
buen remedio; más el espíritu triste seca los huesos” (Prov. 17:22).
Alenté a mi esposo con palabras. La palabra para el consolador esencial, el Espíritu Santo, es
Paracleto. Esta palabra consta de dos partes, la primera significa venir al lado de o junto a, y la
segunda hablar o exhortar. Salomón dice: “Manzana de oro con figuras de plata es la palabra dicha
como conviene” (Prov. 25:11). Por eso busqué oportunidades para dar un ánimo sincero. Esto no fue
difícil, porque creo en Dios y en mi esposo.
Consideré prioritarios mi hogar y mi familia. Algunos dejan en suspenso las prioridades de la
familia en tiempos llenos de tensión. Esto es un gran error. Tal negligencia puede elevar
eventualmente la tensión. Mantener las cosas en marcha con suavidad en el hogar estando
pendiente de las necesidades de los niños, conservar la casa arreglada, preparar comidas
agradables, y organizar salidas con mi esposo a la playa, celebración de cumpleaños y asistir a
programas de la escuela; hizo que el hogar fuese para él un lugar de gozo y refugio, en vez de una
fuente más de tensión. No se puede exagerar lo importante que esto fue y sigue siendo.

Una nueva meta

Cuando pasó la crisis y estábamos en el camino de la recuperación, me senté un día y me hice


esta pregunta: ¿Qué quiero conseguir como esposa de pastor? Al escribir mi respuesta la tomé de la
misma hoja de papel en que la escribí hace dos años. Mi meta sigue siendo hoy la misma: Escuchar
un día a Dios decir a Kent: “Bien, buen siervo y fiel;… entra en el gozo de tu Señor.” Kent empezó
bien y quiero que termine bien.
Decidí hacer cuatro cosas para conseguir tal fin:
Primero, alentar su amor a Dios. Como ya hemos dicho en el capítulo cuatro, la prioridad número
uno de la vida es amar a Dios. La Biblia revela que entre los atributos morales están bondad,
misericordia, fidelidad, gracia, santidad y amor. Pero la naturaleza humana a veces empieza a
ponerlos en tela de juicio cuando está en una prueba, y el amor a Dios se tambalea. Espero que las
circunstancias difíciles no hagan nunca que la creencia de mi esposo y la mía misma en estos
atributos se desaliente, y con ello nuestro amor a Dios. Mi oración es que confiemos en el carácter
de Dios y le amemos siempre. Como escribió William Cowper:
Vosotros santos temerosos, cobrad ánimo;
Las nubes que tanto teméis
Están llenas de misericordia, y se desharán
En bendiciones sobre vuestras cabezas.
No juzguéis al Señor con débil sentido,
Sino confiad en él por su gracia
Tras una seria providencia
Esconde su faz sonriente.
La ciega incredulidad es error seguro,
Y busca su obra en vano;
Dios es su propio intérprete,
Y él lo hará sencillo.
Dios es bueno y merece nuestro amor. Amarle es lo más importante en la vida.
Segundo, animarle a amar la verdad. Considerando la importancia del pensamiento verdadero
respecto a los atributos de Dios, A. W. Tozer escribió:
Creo que podría demostrarse que casi todas las herejías que han afligido a la iglesia a
través de los años han surgido por creer cosas de Dios que no son ciertas, o de poner
un énfasis excesivo sobre ciertas cosas verdaderas hasta el punto de oscurecer otras
cosas igualmente verdaderas. Magnificar cualquier atributo a costa de la exclusión de
otro es ir de cabeza a una de las tristes ciénagas de la teología; y aun así estamos
constantemente tentados a hacer precisamente eso.
Lo que dice Tozer es cierto, y subraya la importancia de que el pastor piense con verdad en todas
las áreas. Un desvío de la verdad que pueda parecer pequeño puede tener grandes implicaciones en
el fondo. Es más, la Biblia no habla amablemente de quienes desvían al pueblo de Dios: “Y
cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se
colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mat.
18:6). Asumir la posición de un maestro de la verdad acarrea esta advertencia solemne: “Hermanos
míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación” (Stg.
11). La verdad y la integridad para enseñarla y vivirla son de la mayor importancia. En este tiempo
de gurús y teologías raras, debemos orar para que nuestros esposos sean hombres de la verdad.
Tercero, animarle a ser un hombre de principios. Esto significa más que tener principios —Quiere
decir atenerse a ellos. Mi esposo es un hombre de principios. Pero a modo de ilustración, ¿qué
hubiera pasado si, persiguiendo un mayor número, hubiera contradicho sus principios rifando un
Cadillac el domingo por la tarde para que viniera gente a la iglesia? ¡El centro comunal no hubiera
podido contener tanta gente! Pero con semejante “éxito” después de tan sólo una pequeña infracción
de sus principios, ¿quién sabe lo que vendría después? Debemos animar a nuestros esposos a no
comprometer nunca sus principios.
Finalmente, ayudarle a evaluar su éxito desde un punto de vista bíblico. Independientemente de
los mensajes que reciba Kent respecto a su trabajo, sean afirmativos o negativos, sean de alabanza
o de crítica, yo le animo a volver una y otra vez a los criterios de la Biblia para su autoevaluación.
Porque es solamente allí, en la Palabra de Dios, donde puede encontrar defensa para no sucumbir,
tanto al desánimo como a la arrogancia. El camino en que anduvo Jesús es estrecho. No es ni auto-
depresivo ni auto-exaltador —no está centrado en uno mismo, está centrado en Dios.
Cuando somos jóvenes e idealistas, la vida se extiende ante nosotros con posibilidades que
parecen infinitas. Al acercarse la media edad, y con ello la consciencia de la transitoriedad de la
vida, es esencial que continuemos pensando como cristianos, y evaluemos nuestro éxito desde un
punto de vista eterno. Si lo hacemos, cuando seamos ancianos y nuestro cabello se vuelva blanco
no estaremos llenos de pesar sino llenos de gracia. Nuestros ojos serán tiernos, amables y
anhelantes; sabiendo que no tardarán mucho en contemplar su recompensa, el mismo Señor Jesús.
Después de haber definido claramente mi meta, empecé a hacer una nueva oración. Es mi
oración del domingo por la mañana. Cada domingo, cuando mi esposo sube al púlpito, yo oro:
Querido Señor Jesús,
Te pido que cuando Kent suba al púlpito tenga un sentido claro de la gran
responsabilidad que tiene de guiar a estas personas. Que su deseo sea, por encima de
todo, comunicar lo que tú quieres que aprendamos de tu Palabra esta mañana.
Mantente en la verdad y que toda idea de perfección personal, o de aprobación de los
hombres, esté lejos de él. Amén.

Una nueva determinación

Nuestra experiencia es importante dado que llevó a mi esposo tan cerca de abandonar
trágicamente su llamamiento. Como ya ha expresado Kent, los hombres de hoy toman a veces a la
ligera tal llamamiento. No obstante, es divinamente real. Y yo respeto su llamamiento; creo en él.
Por ello he decidido que por la gracia de Dios no haré nada que pueda apartarle de su
cumplimiento. Esto no ha sido siempre fácil.
Cuando Eva fue tentada en el jardín del Edén, fue la lujuria de la carne, la lujuria de los ojos, y
el presuntuoso orgullo de la vida lo que la sedujo. Nada ha cambiado. A veces deseo una vida más
tranquila y más fácil. A veces deseo librarme de los problemas de otras personas. Hay veces en que
creo que sería más feliz teniendo más cosas. Y hay un constante bombardeo de voces que me dicen
que no debería estar contenta sin tener más poder y prestigio personales. Pero son pensamientos
engañosos. Una sabia mujer me dijo una vez que la mujer de hoy que busca la igualdad pasa
frecuentemente por alto lo que más necesita —una igualdad de, dedicación a conocer a Dios y
obedecer su Palabra. La verdad es que si ella comparte esta dedicación con su esposo, una esposa
de pastor tiene todo lo que necesita para vivir una vida plena y significativa.
Nuestra vida juntos siguiendo el llamamiento de Dios, aunque no ha estado libre de obstáculos,
ha sido en extremo gratificante.
Nuestra mutua dedicación al llamamiento divino nos ha capacitado para experimentar una
profunda unidad —algo raro y hermoso en este mundo quebrantado.
17

Cómo puede ayudar la congregación


La esposa de un pastor íntimo amigo nuestro disfruta contando cómo se despertó una noche y se
encontró con su esposo dormido apoyado sobre sus codos y rodillas al pie de la cama. Sus brazos
estaban colocados ante él como si estuviera abrazando la base de un árbol, y hablaba entre dientes.
— ¡George! ¿Se puede saber qué estás haciendo? —gritó ella.
—Shhh, —contestó él, todavía dormido —estoy sosteniendo una pirámide de canicas; si me
muevo se vendrá todo abajo...
¡Un sueño clásico de pastor! Primero, porque era la revelación subconsciente de un pastor
presionado. Segundo, porque la pirámide de canicas es una metáfora adecuada para el trabajo de
un pastor.
El conocimiento inevitable de un pastor de las fuerzas que obran entre los miembros de su
congregación —los pecados individuales de algunos, los problemas familiares ocultos, los conflictos
entre miembros, las insatisfacciones, las inconsecuencias del modo de vida, las diferentes
perspectivas de lo que debería ser una iglesia— pueden hacer sentir al pastor que cualquier
movimiento en falso podría echarlo todo por tierra. Este sentimiento no es un signo de debilidad, ni
es nuevo para la iglesia. Es típico de un corazón que se preocupa.
¿Qué es ser pastor? ¿Qué puede hacer una congregación para ayudar al pastor y estimular su
éxito?

Comprended a vuestro pastor

Cuando tratamos de comprender algo de lo que es ser pastor, debemos darnos cuenta de varias
cosas: Primero, lo siguiente son generalizaciones, y ningún pastor experimenta o siente todo lo que
se describe aquí. Segundo, lo que sigue describe a un pastor serio y trabajador que trata de hacer lo
mejor que puede. No estamos hablando aquí de ministros aficionados ni de holgazanes. Tercero, lo
que sigue es el lado “pesado” de la experiencia pastoral (cuando los brazos están sosteniendo la
pirámide), y ha de ser equilibrado por lo que ya se ha dicho sobre el gozo y el supremo privilegio del
llamamiento en el capítulo doce.
El llamamiento de vuestros pastores particularmente absorbente. El llamamiento de un pastor es
naturalmente absorbente precisamente porque es un llamamiento. El no escogió su vocación,
aunque la haya seguido voluntariamente. Más bien fue escogido para la vocación. Por lo tanto, no
considera su ministerio simplemente como un empleo.
Un colega pastor dijo una vez con sarcasmo cuando le preguntaron cómo le iba: “Podría ser peor;
¡podría estar haciendo esto para vivir!” haciendo así una alegre referencia al hecho de que no era un
empleo sino un llamamiento. Un pastor dedicado no puede ni intenta considerar su llamamiento
como una oferta de nueve a cinco, ni como una carrera. El llamamiento de Dios es sobre toda su
vida. Para él es imposible separar su llamamiento del resto de su vida, cosa posible en algunas
profesiones. Un llamamiento divino al pastorado requiere absorción.
El llamamiento es aun más absorbente porque el pastor trata con cuestiones de vida y muerte.
Otras profesiones pueden requerir que uno se centre en los resultados de una transacción
comercial, una competencia atlética, o incluso el diagnóstico de una enfermedad. Pero el resultado
de la predicación y consejo del pastor puede significar, hablando humanamente, vida y muerte para
almas eternas. Esta sola realidad requiere gran concentración. Y aun más, está compuesta por la
naturaleza intensamente personal del trabajo pastoral; mucho del cual es cara a cara y corazón a
corazón.
Además está el factor tiempo que contribuye aun más a la absorción. Un pastor dedicado,
independientemente del tamaño de su congregación, no puede hacer esta labor en una semana de
cuarenta horas. Para empezar, si toma su predicación en serio (¡cosa que debe!) requerirá cerca de
la mitad de ese tiempo. Mi propio plan requiere veinticinco horas de dedicación, pese a que llevo
años predicando. En una semana de cuarenta horas, eso deja quince horas para oración, consejo,
administración, reuniones, visitas y emergencias. ¡Una imposibilidad total! Por definición el tiempo
de un pastor no es suyo propio. Debe estar siempre disponible para lo inesperado. Aun más, la
mayoría de los pastores de iglesias más pequeñas no tienen suficiente ayuda de oficina, por lo que
tienen que tomar tiempo de sus responsabilidades pastorales principales.
El carácter consumidor de tiempo del llamamiento pastoral, unido al hecho de ser un
llamamiento divino que trata con asuntos de vida y muerte a un nivel íntimo y personal, hace al
pastorado particularmente absorbente. Esto a la vez presenta grandes peligros para el pastor.
El primero entre los peligros es que se tome a sí mismo demasiado en serio. Algunos
predicadores, aunque no tantos hoy afortunadamente, caen en este error. Spurgeon los describió
como teniendo sus sobrecuellos enrollados alrededor de sus almas.
Son los clérigos lúgubres que los novelistas se deleitan en caricaturizar. Un adecuado epigrama
pastoral es en este caso: Mientras que no podemos tomar nuestra trabajo lo suficientemente en serio,
o, nunca debemos tomarnos a nosotros demasiado en serio. Los siervos del Señor son, en el mejor de
los casos, vasos de barro.
Otro peligro similar es el de complejo de mesías. Esto se ve en el pastor que está tan embargado
en su trabajo que se imagina que nada se puede hacer bien sin él. Es el predicador ubicuo,
presente en todas las reuniones de comités, presidiendo toda función, siempre está hablando. 1 la
perdido contacto con la verdad liberadora de que es prescindible.
Un peligro aliado de la absorción pastoral es un alma preocupada. Una mente pastoral así está
siempre en cualquier otro lugar. Está frente a ti cuando hablas, pero siempre parece mirar más allá
de ti. Es un rasgo feo.
El síntoma clásico de la absorción pastoral es el exceso de trabajo. Lo pone todo en su trabajo y
piensa que se justifica al hacerlo. Y el resultado trágico de tal absorción es el descuido de la familia.
Decimos todo esto porque la congregación debe darse cuenta de que la absorción es endémica en
el llamamiento pastoral. No se puede ser un buen pastor sin ello, pero si no se controla puede
arruinarlo. La congregación que quiera comprender a su pastor y ayudarle a promover su éxito debe
entender esto y dar los pasos adecuados para ayudarle, como veremos más adelante.

La dificultad de tu llamamiento de pastor

En 1925, cuando a Karl Barth le ofrecieron la iglesia de Neumunster cerca de Zurich, Suiza,
recordó su anterior pastorado y objetó:
Estoy turbado por el recuerdo de lo tremendo que fue mi fracaso como pastor de
Safenwíl… La perspectiva de tener que enseñar de nuevo a niños, de tener que
hacerme cargo de toda clase de problemas prácticos… es realmente terrible para mí.
Karl Barth, a quien muchos (aunque puedan desechar su teología) consideran la mente teológica
más grande del siglo veinte, encontró que el pastorado era algo terriblemente difícil.
De igual manera, William Barclay, profesor de Nuevo Testamento en Glasgow y bien conocido
popularizados de la erudición bíblica, escribió de forma cándida en sus memorias:
Empecé siendo pastor de una congregación. Puedo decir honestamente que aquella
parte de mi trabajo fue la más difícil y agotadora que haya tenido que hacer nunca…
también fue la más humillante, por cuanto pudo haber sido hecha mucho mejor.
Así, dos hombres cuyos nombres son familiares entre pastores y estudiantes, testifican de la
dificultad del ministerio pastoral, afirmando públicamente lo que todos los pastores saben por
propia experiencia.
¿Por qué es tan desafiante y difícil el pastorado? Porque Satanás se opone a él. El diablo odia a
Cristo, a su iglesia, y a quienes la dirigen. Y por esto, los líderes de la iglesia son objetivos
especiales de la atención de sus huestes demoníacas. Esto es especialmente cierto si el pastorado
de uno muestra un progreso especial. Hay una sabiduría diabólica que coordina las fuerzas del mal
que convierten a los pastores en blanco inevitable para crearles dificultades. Toda congregación
debe entender esto y orar consecuentemente por sus pastores si desean que estos tengan éxito.
Pero aparte de esta razón fundamental y espiritual para las dificultades pastorales hay también
una razón natural, y es que el pastorado requiere que uno haga tantas cosas bien. El pastor es
llamado a ser un líder competente, administrador, consejero, y predicador; todo al mismo tiempo.
Esto puede no parecer tan aterrador desde fuera, pero desde dentro es formidable.
Para empezar, el pastor ejerce como director ejecutivo de una organización voluntaria. Nadie
excepto su secretario y su ayudante (si es que tiene alguno), está obligado a hacer cualquier cosa
que él diga. Su situación sería imposible para el director de un negocio del mundo, cuyos deseos
son órdenes para sus subordinados. El pastor no puede dirigir por mandato sino que debe hacerlo
por ejemplo e influencia. Y si en cualquier asunto, un miembro que está en desacuerdo puede decir
al director lo que piensa y marcharse u organizar un movimiento de oposición; este igualitarismo
funcional hace del liderazgo un arte de lo más delicado.
Esto se combina con el hecho de que la iglesia, tan simple para los no informados, es una
estructura inmensamente compleja. La iglesia, aunque los nombres de juntas y comités varíen,
tendrán normalmente juntas separadas de ancianos, diáconos, misiones, y educación; las que a su
vez tienen otras personas y comités adecuados. La estructura jerárquica puede parecer buena sobre
el papel, pero el funcionamiento diario puede revelar un entramado de confusión de
responsabilidades y fallas territoriales que hubieran requerido la diplomacia de Benjamín Franklin.
El pastor no sólo debe dirigir una compleja organización voluntaria, sino que debe ser, además,
un hábil consejero personal. En más de veinte años de consejo pastoral, he tratado con todo pecado
y problema imaginables. Ya no puedo sorprenderme. La idea de un pastor cándido es un mito como
para echarse a reír. Es dudoso que un psicólogo profesional se haya enfrentado a cosas más
complejas y raras que yo. Y como puede decir cualquier consejero, tal consejo es intensamente
agotador. Hay psicólogos que no admiten más de quince horas de consejo a la semana a causa de la
tensión emocional. La mayoría de los pastores tienen varias horas de consejo en sus planes
semanales. Y a causa de que los pecados afectan frecuentemente a otros miembros de la
congregación y la sociología del pecado puede remontarse a años atrás, el consejo pastoral puede
estar aún más lleno de tensión. El consejo es un elemento importante en la dificultad del pastorado.
Pero tal vez el mayor desafío del pastorado sea la predicación. Esto surge en primer lugar de la
enorme responsabilidad que uno tiene al predicar la Palabra de Dios. C. H. Spurgeon dio elocuente
testimonio de esto cuando dijo:
Puede ser una tarea ligera para vosotros hombres de genio y sabiduría; pero para mí
es tarea de vida o muerte. He pensado a menudo que preferiría antes ser azotado con
un gato de siete colas que volver a predicar. ¿Cómo podré responder a ello en el gran
día final a menos que sea fiel? ¿Quién es suficiente para estas cosas? Cuando he
sentido la terrible responsabilidad por las almas que se pueden perder o salvar por las
palabras que oigan… pensaba que me gustaría no haberme comprometido nunca a un
trabajo tan audaz para toda la vida. ¿Cómo podré rendir cuentas honradamente de mi
cometido al final?
Para Spurgeon y para cualquier otro que vea la grandeza de la responsabilidad, la predicación se
hace difícil porque nunca puede ser lo suficientemente buena.
En este aspecto, la predicación es difícil porque demanda lo mejor del predicador. Descubrir el
significado exegético de un texto y su contexto puede tomar horas de trabajo; dar forma de sermón
a la idea central del texto puede tomar aun más horas aplicarlo e ilustrarlo, aun más. Y entonces,
incluso si el predicador es San Agustín, el sermón puede no dar la talla. “Mi predicación”, dijo
Agustín, “casi siempre me disgusta”.
El hecho de que el pastor hable a las mismas personas semana tras semana no es el menor de
los retos de la predicación. Horrorizado por esto, el famoso hombre de estado y orador inglés John
Bright, dijo: “¡nada que yo pueda imaginar me induciría a hacerme cargo de hablar a la misma
audiencia una vez por semana durante un año!” No obstante, Dios llama a sus pastores a hacerlo
una, y frecuentemente dos o tres veces por semana. Cualquier congregación que se haya sentado
ante un pastor durante varios años ha escuchado casi todos sus recursos de elocuencia, historias
favoritas, anécdotas, e ilustraciones. ¡El desafío de predicar a las mismas personas crece con el
tiempo!
Finalmente, predicar es intrínsecamente difícil debido a la auto-exposición que entraña. El
formidable predicador del Boston, del cambio del siglo veinte al veintiuno, Phillips Brooks, dijo: “La
predicación es la verdad de Dios dada a través de la personalidad.” Brooks estaba haciendo
hincapié en la necesidad de que el predicador interiorice la verdad y entonces la presente a través
de su propia experiencia. Esto supone últimamente cierta exposición y sufrimiento. Bruce
Thieleman lo expresa así:
El púlpito llama a él a aquellos ungidos, como el mar llama a los marineros, bate y
pulveriza, y no da cuartel… Predicar, predicar de verdad, es morir desnudo un poco
cada vez y saber cada vez que debes hacerlo de nuevo.
Esto no significa que predicar sea una tarea onerosa. Lejos de ello — ¡es un llamamiento glorioso!
Es mas bien subrayar que predicar es una tarea única y difícil a causa de ser tan personal, que
consume mucho tiempo, y de una responsabilidad amplia.
Cualquier congregación que se preocupe por comprender a su pastor debe entender y creer que el
pastorado es difícil de forma peculiar; primero, porque el pastor es un blanco especial de la
oposición de Satanás y, segundo, porque se le pide que haga muchas cosas bien —dirigir una
organización de voluntarios, dar consejo prudente, y predicar la Santa Palabra de Dios. En relación
con esto, la congregación debe creer que el pastorado es un trabajo. Todo pastor ha oído una
variedad de expresiones como ésta, innumerables veces —“¿Qué tal es eso de trabajar un día a la
semana?” Casi siempre es una observación bien intencionada y debe ser tomada como tal. Pero
también expresa la creencia popular (sin duda merecida por algunos) de que el pastorado es una
tarea cómoda.
Una joven adolescente preguntó una vez a Bárbara:
— ¿Qué es lo que hace el señor Hughes?
—Ya sabes Suzi —contestó Bárbara— es pastor de la Iglesia College.
—Sí, pero ¿qué hace el resto de la semana?
Mi esposa le sugirió que preguntara a sus padres que eran misioneros.
En el fondo, en términos de entender a vuestro pastor, está la naturaleza de su trabajo que le
hace un candidato propicio al estrés. Es más, si no aprende a dominar las presiones de su trabajo,
su llamamiento divino puede trágicamente hacerle daño a él y a su congregación.
Pero, felizmente, hay cosas que él y su congregación pueden hacer para evitarlo, como veremos.

La vulnerabilidad de vuestro pastor

C. S. Lewis escribió en Los cuatro amores:


Amar es ser vulnerable. Ama algo, y tu corazón será desde luego atormentado y
posiblemente roto. Si quieres asegurarte de que permanezca intacto, no debes
entregar tu corazón a nadie, ni siquiera a un animal. Rodéalo de distracciones y
pequeños lujos: evita toda complicación; enciérralo a salvo en la urna o ataúd de tu
egoísmo. Pero en una urna —segura, oscura, inmóvil, sin aire— sufrirá cambios. No se
romperá; se convertirá en irrompible, impenetrable, irredimible. La alternativa a la
tragedia, o al menos al riesgo de tragedia, es la condenación. El único lugar fuera del
cielo donde estarás perfectamente a salvo de todos los peligros y perturbaciones del
amor es el infierno.
Desde luego Lewis está en lo cierto. Cuanto más grande es el amor más grande es la propia
vulnerabilidad. Y especialmente para el cristiano, una vida segura y aislada no es una opción, dado
que a un cristiano se le manda amar (Mar. 12:30, 31). Esto es especialmente verdad para el pastor,
al que se le impone oficialmente una relación de amor con su congregación. Al darse a sí mismo a
su congregación en servicio e involucrarse en sus vidas, multiplica su vulnerabilidad. Esto no es un
sacrificio porque normalmente el amor engendra amor (1 Jn. 4:19). Pero hace al corazón del pastor
vulnerable a un mar de tristezas de las que está libre un corazón que no ama. Cuando sufre uno de
su rebaño él sufre; cuando alguien está triste, él está triste; cuando uno se vuelve atrás, él agoniza.
Como dice Pablo: “¿Quién enferma y yo no enfermo? ¿A quién se le hace tropezar, y yo no me
indigno?” (2 Cor. 11:29). Es una vulnerabilidad privilegiada porque es una vulnerabilidad para gozo
tanto como para tristeza; porque, como dice también Pablo, sus amados hermanos son su gozo (Fil.
4:1). El pastor es profundamente vulnerable no solamente a causa de su relación con sus
miembros, sino también porque vive una vida pública.
Pese a que no es ni con mucho como lo era en décadas pasadas, el pastor y su familia todavía
llevan una vida pública. Casi todo lo que haga puede ser examinado por los miembros de la iglesia
—elección de casa y automóvil, gustos en el vestir, elección de distracciones y vacaciones— por
mencionar unas cuantas posibilidades. Este síndrome de vida pública ha dado lugar a la
circulación entre los pastores de un dicho paradójico humorístico sobre el pastor ideal:
El pastor ideal:
Va según la ocasión pero nunca mal vestido—
es amable y amistoso pero nunca demasiado familiar—
tiene sentido del humor pero no es chistoso—
visita a sus miembros pero no está nunca fuera de su despacho—
es un predicador expositivo pero siempre predica sobre la familia—
es profundo pero comprensible—
condena el pecado pero es siempre positivo—
tiene una familia de gente corriente que nunca peca—
tiene dos ojos, uno castaño y otro azul.
Esta parodia exagerada da expresión a la vulnerabilidad que todos han sentido una u otra vez.
Este factor puede tener un efecto debilitante en el pastor, especialmente si su familia siente que
está bajo el microscopio.
Otro riesgo de ser el foco de la atención pública es que puede llevarle a una hostilidad irracional.
Esto ocurre mediante transferencia. Alguien puede estar sufriendo una ansiedad intensa o enfado
por un problema personal, pero no hay salida segura para la ansiedad. Una transferencia segura
semejante se hace a la iglesia o al pastor. Esta puede ser emocional e incluso físicamente
destructiva.
Finalmente, debemos mencionar que el pastor es vulnerable simplemente porque es humano. A
pesar de su traje planchado, su camisa almidonada y su aire eclesiástico de perfección, es un
pecador que lucha con su temperamento y autodisciplina. El tiene sus sueños, sus debilidades y
sus puntos negros. Tiene inseguridades e irracionalidades.
Resumiendo, el pastorado aumenta la propia vulnerabilidad porque, pese a que es un
llamamiento divino, es intensamente humano y público. Pero sobre todo, aumenta la vulnerabilidad
porque es un llamamiento de Dios a amar a Dios y a los hombres —y amar es ser vulnerable.

El ataque del síndrome del éxito

El pastor Brown había pastoreado la Primera Iglesia durante quince maravillosos años. Durante
esos años la iglesia había experimentado un crecimiento lento pero constante, se había convertido
en una iglesia bastante grande, de más de mil miembros. El pastor estaba agradecido por el
crecimiento y esperaba uno mayor. Pero los números nunca habían sido la preocupación del pastor
Brown. A él le gustaba predicar, era un buen predicador y a veces era invitado a predicar en otros
lugares. No obstante, con lo que más disfrutaba era con estar con los suyos y compartir sus vidas.
Había celebrado tantas bodas que había perdido la cuenta, y ocurría lo mismo con los funerales.
Nunca había olvidado a las personas. Muchas en la iglesia debían la salud de sus matrimonios a
sus oraciones y consejos. Su gozo especial eran las misiones. La mayoría de los misioneros de la
Primera Iglesia habían salido bajo su ministerio. El pastor Brown era un hombre que amaba a su
congregación y era amado por ella.
No tenía razón para esperar lo que se le echaba encima. Empezó cuando varios ejecutivos de una
compañía grande llegaron a ser diáconos. Su energía e interés en el ministerio de la Primera Iglesia
se renovó, aunque el pastor Brown sentía su impaciencia compartida en ocasiones. La bomba
estalló en una comida de trabajo con uno de los hombres. “Pastor, varios de los diáconos y yo
hemos estado hablando de su futuro en la Primera Iglesia —y permítame ser franco— no creemos que
usted sea el hombre para guiarnos en la próxima década. En nuestros negocios se espera que
mostremos un determinado porcentaje de crecimiento por año. Hemos efectuado algunas
investigaciones y a la luz del crecimiento demográfico, la Primera Iglesia debería tener un crecimiento
del 10 por ciento anual. Bajo su dirección ha estado entre el 2 y el 4 por ciento. En nuestra opinión su
estilo es excelente para un pastor de ovejas, pero lo que la Primera Iglesia necesita es un ranchero.”
Y así empezó todo. Los miembros querían al pastor Brown, pero los líderes no. Fue demasiado
para el pastor. Las luchas internas no eran su estilo, y ya habían sucedido algunas cosas
desagradables de poca importancia. Después de dos años de lucha, el pastor Brown, un hombre fiel
y trabajador, que amaba y servía a Dios con un corazón de siervo, un hombre de oración y
santidad, una persona cuya actitud era entusiasta y positiva, dimitió. Los partidarios de los
números tuvieron su día. La Primera Iglesia no volvió a ser la misma.
Desgraciadamente, la experiencia del pastor Brown no es única, porque los ideales seculares de
éxito, que vienen del mundo de los negocios, se aplican cada vez más en la iglesia. Una iglesia debe
obtener un beneficio, por así decirlo. Así, cualquier otra cosa positiva que pueda ser dicha sobre la
iglesia, no tiene éxito a menos que crezca en número. Las iglesias grandes y crecientes son, por
definición, las de mayor éxito. En algunos casos, una competencia secularizada agarrota la iglesia.
Si la Segunda Iglesia sobrepasa a la Primera, tiene más éxito. Y en algunas, como la del pastor
Brown, un pragmatismo cuantitativo y frío ocupa el lugar del conductor.
¿Cómo afecta esto el pastor? Aunque pueda parecer increíble, se le trata de forma diferente
según el tamaño de su iglesia. Esto puede esperarse en el mundo de los negocios, pero no en la
iglesia. Recuerdo bien el cambio que tuvo lugar gar cuando me trasladé de una iglesia pequeña a
una grande: qué nueva luz de reconocimiento asomaba a los ojos de las personas cuando me
presentaban y qué convincentes e importantes resultaban mis opiniones. El respeto, al parecer, es
proporcional al tamaño del propio ministerio.
Esto significa que hay un número no expresado de pastores cuyo valor personal está afectado por
el tamaño de sus iglesias; lo que hace que muchos pastores de iglesias más pequeñas se sientan
desanimados e inseguros. En una palabra, esto significa presión.
La situación de vuestro pastor, su disposición, y su madurez determinan cuánta presión siente.
Pero ahí está. Creedlo si queréis comprenderlo. La desafortunada diosa del éxito secular está
cobrando sus impuestos a la iglesia.

Todas esas canicas

Todo pastor tiene momentos en que siente como si estuviera sosteniendo una montaña de
canicas porque el pastorado es una posición intrínsecamente difícil, absorbente, y vulnerable; y
porque a veces es asaltado por pensamientos equivocados sobre el éxito.
Un entendimiento congregacional de esto puede hacer mucho por animarle —y conservar todas
esas canicas en su lugar.
Hemos considerado largamente la comprensión de vuestro pastor porque eso de por sí servirá en
último caso para amarle. Una congregación que comprenda el pastorado lo apoyará de forma
inteligente y práctica. Pero fray formas más específicas en las que una congregación (especialmente
sus dirigentes) puede animar a su pastor.
Primero, podéis animar a vuestro pastor viviendo vidas bíblicamente triunfantes vosotros mismos.
Hay pocas cosas que eleven más el corazón de un pastor que las personas que tienen éxito ante
Dios (fieles, servidores, amorosos, creyentes, de oración, santos y positivos), porque esto significa
que la plenitud de Cristo está activa en la congregación y que la visión y la carga del pastorado
están siendo compartidas. Significa que el pastor tendrá alrededor de él algunas personas alegres,
trabajadoras, generosas y ayudadoras. El efecto alentador de esto no puede ser exagerado.
Pero es más que alentador, porque también anima al pastor a perseguir ideales y programas en
consonancia con el verdadero éxito. La presencia de tan solo unas cuantas personas, aunque no
sean líderes, que comprendan lo que significa el éxito y lo viven, será de una inmensa ayuda para el
pastor a fin de que conserve su visión.
Es un hecho que el carácter y los ideales se comunican con más poder, de vida a vida, que por
imposición.
Así, para animar a vuestro pastor, el lugar donde empezar es vuestro propio corazón. Como laico
y no profesional, tal vez hayas leído los capítulos precedentes con interés, pero sin pensar en una
aplicación personal —algo como leer la correspondencia de otro. Si es así, fiemos de hacer hincapié
en que las enseñanzas son transferibles y en principio no se aplican menos a ti. Y hemos de
preguntarte: ¿Estás dedicado a una vida cristiana de verdadero éxito? De no estarlo, te sugerimos
que vuelvas al final del capítulo diez donde se aplican los elementos del éxito, y confirmes tu
dedicación antes de seguir.
Segundo, anima a tu pastor con tu dedicación personal para ayudarle a tener éxito. Al hacer esto
no estamos animando a una presunción autosuficiente: “Ahora, pastor, estoy interesado en que
tenga éxito, por eso me he comprometido a ayudarle a practicar estas siete cosas.” —tanto si le gusta
como si no, no haga nunca una cosa así. Un enfoque semejante muestra un espíritu orgulloso de
condescendencia que ha juzgado al pastor y le ha hallado falto.
Recomendamos mejor que pongas en marcha tu compromiso de una forma práctica. Para
empezar, ayúdale a liberarse de un ministerio de números. Esto no quiere decir que los números no
sean importantes. Lo son. La Biblia señala que se convirtieron tres mil en Pentecostés (Hech. 2:41)
y que Jesús alimentó a cinco mil (Mar. 6:44). Las almas salvadas y alimentadas son importantes.
Son motivos concretos de regocijo, porque indican que el evangelio ha alcanzado a muchos. Pero
como hemos visto, los números no significan el éxito. De hecho, si sólo tres hubieran respondido en
Pentecostés y sólo cinco hubieran sido alimentados por Cristo, no hubiera sido menor el éxito.
Esto no libera al pastor de la importancia de la asistencia como un aspecto de la evaluación de la
efectividad del pastorado, pero le libera del engaño de que los números significan éxito. Tampoco
significa que el pastor esté libre de rendir cuentas en asuntos de hábitos de trabajo, administración,
creatividad, predicación, e incluso disciplina espiritual. Muchos pastores se beneficiarían que la
iglesia se preocupara lo suficiente para pedir más cuentas.
Positivamente esto significa que la iglesia debe comprometerse a sí misma a crear un ambiente
en el que los pastores se sientan animados a ser hombres de Dios y a perseguir el éxito conforme a
la Biblia. Y aquí, la congregación, aparte de ser personas que entiendan lo que es el éxito y lo vivan,
puedan hacer algo específico para crear y animar el ambiente, como mostrarán los puntos
siguientes.
Tercero, animad a vuestro pastor no esperando (o no permitiendo) que lo haga todo. Rechazad la
falacia del pastor ubicuo —que el buen pastor debe estar presente y presidir, si es posible, todo.
Algunas congregaciones piensan que para esto está el pastor y aparentemente, muchos pastores
están de acuerdo, o al menos lo parece. Tales clérigos sienten que su deber es asistir a todas las
reuniones de todas las comisiones de la iglesia, e incluso hacer un servicio de enlace divino entre
aquellos que se reúnen al mismo tiempo. Están presentes y revoloteando por todas las actividades
de la iglesia, ya sea voleibol o una subasta de pasteles. Toda decisión debe tener su imprimátur —
desde el color del lavabo de las señoras hasta el emblema de los uniformes de baloncesto. Tales
pastores son figuras sudorosas y en movimiento, los únicos que saben dónde están todas las cosas,
desde los registros hasta la cacerola grande de la iglesia.
Esta tendencia puede ser el resultado de la absorción pastoral producida por las intensas
demandas del pastorado, o posiblemente por una doctrina deficiente de la iglesia que ignora la
naturaleza cooperativa del ministerio pastoral (ved Hech. 6:1-6; 1 Cor. 12; Ef. 4:11, 12). En el peor
de los casos, tal comportamiento puede indicar una inseguridad personal (“mi trabajo me hace
indispensable”), o una desconfianza en las personas (una actitud terriblemente destructiva, que
frecuentemente está motivada por una experiencia pastoral desgraciada en el pasado).
¿Cómo pueden proceder los líderes de la congregación para ayudar al pastor omnipresente? De
nuevo el comportamiento no debe ser de mano dura sino amoroso y sacrificial —porque la
congregación debe estar dispuesta a asumir mucha de la carga. Siendo así, al pastor se le puede
recordar, si es necesario, lo que enseña la Biblia y el deseo de la iglesia de dejarle libre para que
pueda ocuparse “en la oración y en el ministerio de la palabra” (Hech. 6:4). Deben ayudarlo a
desprenderse de las cosas que hace y que pueden y deben ser hechas por otros. El pastor debería
entender a qué juntas y comisiones debe asistir con regularidad, y a cuáles debe hacerlo sólo
ocasionalmente como, por ejemplo, cuando lo requiera su presidente. Los líderes deben insistir en
que su pastor, al trazar las líneas generales de sus planes, incluya un tiempo amplio para su vida
devocional, de familia, preparación de sermones, ejercicio y ocio.
Seguramente, el pastor compulsivo puede no considerar a primera vista esa preocupación de los
líderes como encaminada a su propio bien, pero si reajusta su vida adecuadamente, llegará el día
en que él y su familia den gracias a Dios y a la iglesia.
Cuarto, animad a vuestro pastor mediante la provisión adecuada para él y su familia. Esto
comprende un salario adecuado, vacaciones, tiempo para estudio, y días libres.
Salario. Una regla excelente es que el salario del pastor y sus beneficios sean aproximadamente
los ingresos medios de la congregación, permitiendo así a su familia vivir al nivel de las personas a
las que pastorea. También hay ocasiones en que el salario debe superar la media. Por ejemplo, si el
pastor es casado y la iglesia está compuesta en gran parte por solteros jóvenes y estudiantes, como
es el caso en algunas iglesias urbanas; el pastor debe, no obstante, ser remunerado a un nivel en
que pueda mantener a su familia. Más aún, el nivel debe ser tal que su esposa no se vea obligada a
trabajar.
Las iglesias pequeñas, desde luego, encuentran mucho más difícil mantener a sus pastores y, a
veces, el pastor debe tomar un segundo empleo. En estos casos, no se debe esperar de él que sea
capaz de realizar tanto trabajo como un hombre que no tiene otras obligaciones.
Vacaciones. Nuestro consejo respecto a las vacaciones es que las iglesias empiecen otorgando
tres semanas en lugar de las dos tradicionales. Debido a que el ministerio es tan absorbente, y la
mayoría de los pastores tienen un solo día libre a la semana, pueden desarrollar una claustrofobia
profesional. La mejor cura para esto es pasar fuera un tiempo suficiente. La mayoría de los pastores
consideran que se necesita una semana sólo para liberarse —darse cuenta de que realmente están
de vacaciones. Tres semanas es bueno para empezar y debe ampliarse a cuatro después de unos
años de fiel servicio.
Tiempo para estudio. Muchas iglesias proporcionan también a sus pastores una o dos semanas
de estudio al año. Estas no son vacaciones y no pueden usarse para ampliar las vacaciones. Son
para renovación espiritual e intelectual. Para mantener su propósito y efectividad algunas iglesias
requieren que estas semanas de estudio no sean contiguas a las vacaciones y que el pastor indique
lo que va a estudiar.
Días libres. Aquí debemos subrayar la importancia de animar al pastor a tomarse un día libre. No
es infrecuente, a causa de emergencias y reuniones especiales, que un pastor pase dos o tres
semanas sin hacerlo. Ayudadle recordándole cortésmente que su llamamiento no anula su
humanidad. Animadle a salir y aspirar el aroma de las flores, o lavar el automóvil. ¡Ambas cosas
pueden ser restauradoras! Insistid en que pase un par de días fuera de vez en cuando.
El estar quemado se ha vuelto epidémico en el pastorado. Pero la iglesia puede ayudar a evitar
esto haciendo provisión para un salario adecuado y tiempo libre de trabajo.
Quinto, animad a vuestro pastor amando a su familia. Como notamos anteriormente, la vida
pública del ministerio pastoral puede cobrarse su precio —especialmente en la familia del pastor.
No pocos hijos de pastor han reaccionado contra el sentimiento de estar bajo el microscopio de la
congregación. A veces la reacción es infundada, e incluso irracional; otras veces tienen motivos.
¿Qué puede hacer una congregación para minimizar este efecto? Simplemente amar a la familia del
pastor. Por esto no queremos decir un despliegue público de compasión sino un tranquilo amor de
tipo familiar que reconozca que son personas en desarrollo al igual que los de la familia propia. Este
amor no requiere más de ellos que de otros niños; no dice: “Ya que eres hijo de pastor yo esperaba
que…” Este amor hace honor a su individualidad y les deja espacio para crecer; rechaza la
murmuración, piensa lo mejor, tiene una palabra amable, y ora por la familia del pastor.
La congregación hará bien en darse cuenta de que está igualmente bajo el escrutinio de la familia
del pastor. Los niños que se sienten amados más bien que juzgados por las personas a las que sirve
su padre tienen más probabilidades de convertirse en la clase de jóvenes que su familia y la
congregación esperan. Esto, desde luego, supone un gran estímulo para el pastor —y para la
congregación.
Sexto, animad a vuestro pastor tratándole con respeto. Un pastor debe ser tratado con respeto a
causa de la posición que Dios le ha dado. Lo que, desde luego, no sugiere que haya de ser tratado
con el obsequioso acatamiento con que lo eran algunos clérigos del siglo diecinueve —“Su honorable
Señoría el Reverendo Doctor Pangloss…” Ni tampoco una deferencia indebida— “Lo que usted diga,
pastor…” Lo que queremos decir es que dado que el pastorado es un oficio divino, un pastor no
debe necesitar nunca ganarse el respeto de su congregación a menos que haya hecho algo para
perderlo. Es más, debe ser respetado no importa el tamaño de su congregación ni lo grandioso o
humilde de su ministerio. La iglesia debe desechar el sistema de rangos y números con que el
mundo otorga sus respetos. Ciertamente, vuestro pastor debe dirigir siendo un siervo, pero ese
llamamiento es intrínsecamente honorable.
Este concepto debe hacerse extensivo a iglesias que tienen varios pastores y múltiples
ministerios. La tendencia en iglesias grandes es a que los miembros piensen en el pastor principal
como el pastor, y en todos los demás como “casi pastores”. Los pastores de la juventud son
especialmente víctimas, porque se les pregunta cuándo se van a hacer pastores. Un insulto enorme,
dado que la implicación es que son algo diferente —posiblemente guardas de zoológico.
Comprended que un pastor es un pastor independientemente del lugar que ocupe, el tamaño de su
ministerio, o posición pública; y debe ser tratado con el debido respeto. ¡Cómo necesitan este
estímulo hoy muchos pastores!
Cuando la congregación, y especialmente sus líderes hayan animado al pastor por (1) vivir vidas
bíblicamente triunfantes, (2) dedicarse a ayudarle a tener verdadero éxito, (3) relevarle de la
expectativa de que lo haga él todo, (4) hacer provisión adecuada para él y su familia, (5) amar a su
familia y, (6) tratarle con respeto; la iglesia lo habrá hecho casi todo para alentarle —excepto lo más
importante, que es orar.
Conclusión
Todo pastor sabe que la fuerza de su ministerio descansa en la oración, y que son esas almas
fieles que oran regularmente por él y por la iglesia quienes traen la bendición especial de Dios sobre
el pastorado. Este hecho invita a una planificación maravillosa pensando en “qué ocurriría si”. ¿Qué
si no sólo unos pocos sino todos los líderes y la congregación entera oraran cada día y en detalle
por el pastor y su iglesia? ¿Qué ocurriría con su corazón, su predicación, la adoración, la
evangelización, las misiones? ¿Puede caber la menor duda de que el pastor y los miembros tendrían
más poder que nunca antes en sus vidas?
La congregación debe empezar con oración toda esta tarea de aliento. ¿Quieres comprometerte
personalmente a animar a tu pastor orando cada día por él y su trabajo? Si es así, te sugerimos
este esquema, del que puedes sacar tu propia lista de oración.
Ora para que tenga un éxito verdadero: para que sea fiel a la Palabra de Dios y a su trabajo; para
que sea un siervo, siguiendo el ejemplo del Señor; para que ame a Dios con todo su corazón, alma,
mente y fuerzas; para que verdaderamente crea lo que cree de Cristo; para que lleve una vida santa,
y no sucumba a la sensualidad de nuestra cultura; para que lleve una vida de oración profunda a
semejanza de Jesús; para que tenga una actitud positiva libre de celos y envidias.
Ora por su ministerio —por su predicación, por tiempo para que se prepare, por entendimiento de
la Palabra de Dios, por su aplicación, por el poder del Espíritu Santo en sus predicaciones, por los
cultos del domingo, por su liderazgo, por los problemas inmediatos con que se esté enfrentando.
Ora por su matrimonio —por que tengan tiempo el uno para el otro, por su comunicación, por la
profundización de su amor, por su fidelidad.
Ora por sus hijos por nombre. Tal vez puedas preguntar al pastor o a su esposa cómo les gustaría
que oraras por sus hijos.
El resultado de tal oración diaria en detalle desarrolla una visión de obligación pero, al igual que
el éxito, no está fuera de nuestro alcance.
¡Oremos por el éxito en la iglesia!

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