RECOMENDACIONES A LOS LECTORES PARA UNA DIGNA PROCLAMACIÓN
DE LA PRIMERA, SEGUNDA LECTURA Y SALMO.
Primera y segunda lecturas
1. Para proclamar un texto bíblico en la celebración se debe utilizar el Leccionario.
Nunca se utilice una hoja. Esto por la dignidad de la Palabra de Dios en la
misma celebración: “Cristo está presente en su palabra, pues se lee en la Iglesia la
Sagrada Escritura, es Él quien habla” (SC 7).
2. Por respeto a la Palabra de Dios y a la Asamblea, nunca se llamará a último
momento, cualquier persona para “leer”. El lector debe ser designado con
anterioridad y debe preparar el texto que va a proclamar, por lo menos leyéndolo
previamente.
3. Después del Amen de la oración-colecta, el lector avanza pausadamente hacia el
ambón, saluda el altar con una inclinación (sin hacer la genuflexión ni la señal de
la cruz). Antes de llegar al ambón, puede trazar la señal de la cruz sobre sus
labios, diciendo en voz baja: “Señor, abre mis labios para que pueda proclamar
dignamente tu Palabra” o bien: “Señor, utiliza mi boca, para que Tú mismo
puedas hablar”.
4. No se debe iniciar la proclamación diciendo: “Primera lectura”, sino “Lectura
de… ”, sin dar la referencia bíblica de capítulo y versículo, ni tampoco leer el
versículo en cursivas que encabeza cada texto.
5. El lector estará atento a la diagramación y a los párrafos (pausa más larga entre
los párrafos).
6. Es importante, para la proclamación, saber distinguir:
o un relato histórico;
o una exhortación moral;
o una enseñanza doctrinal;
o un texto profético;
o un poema (con estrofas o dísticos);
o una oración o una doxología.
Cada género literario necesita una proclamación distinta; un texto poético tiene un
ritmo propio que hay que respetar.
7. Al final, se dice: “Palabra de Dios”, sin levantar ni besar el libro del
Leccionario.
Salmo responsorial
1. El salmista debe ser una persona distinta de la del lector de la primera
lectura, porque el salmo es de un género literario diferente de los otros textos del
Antiguo Testamento (o Hechos y Apocalipsis en tiempo pascual). Además
favorece una mayor participación de la asamblea al confiar este ministerio a otra
persona.
2. El salmo es parte integrante de la Palabra de Dios y es Palabra de Dios. Si no se
canta, se recita. Sustituirlo por un canto cualquiera o que no responde a la lectura,
es empobrecer la respuesta a la Palabra de Dios. Razones bíblicas y litúrgicas
aconsejan mantener el salmo señalado en el Leccionario.
3. Al iniciar, no se debe decir: “Salmo responsorial” ni tampoco: “Al salmo
respondamos con la antífona que dice…”. Después de una pausa, al finalizar la
primera lectura, el salmista inicia directamente el estribillo (cantado o rezado) que
la asamblea repite. Tampoco hay que decir “Todos”, para invitar a la respuesta.
4. El salmo requiere un tono de voz adecuado al tema del mismo: contemplación,
meditación, acción de gracias, súplica, invitación a la alabanza…