Urbanismo Parcial 1
Urbanismo Parcial 1
“Un concepto de paisaje para la gestión sostenible del territorio” (Rafael Mata Olmo)
El paisaje atraviesa hoy una situación crítica y paradójica. Esto se debe a los deterioros de conjuntos paisajísticos
valiosos, la pérdida de tramas construidas del pasado, sin integración con el espacio heredado, o la difusión en los
medios de comunicación de soberbios escenarios sin nombre y sin lugar, imágenes de consumo de una
globalización des territorializada, que coinciden con una demanda social creciente de paisajes de calidad y con la
reivindicación cada vez más extendida del derecho a vivir en entornos paisajísticamente dignos. De esta manera, el
paisaje ha pasado así a formar parte del interés general como un elemento significativo del marco de vida cotidiano
y del bienestar de la población.
La crisis del paisaje no es más que uno de los síntomas más perceptible para la gente de la crisis contemporánea
que sufre la relación entre sociedad y naturaleza, a la forma insostenible que tiene la especie humana de usar el
territorio en áreas cada vez más extensas de la Tierra. Ciertamente, la relevancia que la cuestión del paisaje está
alcanzando en los últimos tiempos tiene mucho que ver con el protagonismo adquirido por los problemas del
territorio, no sólo porque la destrucción del paisaje va estrechamente unida a la destrucción del territorio, sino
porque es evidente –con palabras de Roberto Gabinoque “no se salva el paisaje si no se salva el “país”.
La territorialización del paisaje, es decir, el reconocimiento de que cada territorio se manifiesta paisajísticamente en
una fisonomía singular y dinámica y en imágenes sociales, hace del paisaje un aspecto importante de la calidad de
vida de la población; porque el paisaje es, ante todo, resultado de la relación sensible de la gente con su entorno
percibido, cotidiano o visitado. Por eso mismo, el paisaje es también elemento de afinidad y de identidad territorial,
y manifestación de la diversidad del espacio geográfico que se hace explícita en la materialidad de cada paisaje y
en sus representaciones sociales. Se trata de una diversidad que resulta de la articulación de lo físico, lo biológico y
lo cultural en cada lugar, un patrimonio valioso y difícilmente renovable.
La Estrategia Territorial Europea (ETE), constituye un paso importante en el proceso de apertura del interés social y
político por el paisaje a espacios cada vez más extensos.
La Convención Europea del Paisaje (CEP) asume la idea de que todo territorio es paisaje, de que cada territorio se
manifiesta en la especificidad de su paisaje, independientemente de su calidad y del aprecio que merezca.
Sobre el asunto “una teoría del paisaje que sustente la acción” se viene hablando insistentemente en los últimos
años, desde el momento en el que los estudios de paisaje salen del ámbito estrictamente académico y se implican
en las tareas de proyectar el territorio con criterios y objetivos paisajísticos. Según el autor, son los requerimientos
de la gestión territorial del paisaje los que en la práctica están favoreciendo la aproximación de enfoques y métodos,
en la línea interdisciplinar que el paisaje precisa, y la integración interpretativa y propositiva de las dimensiones
ecológica, socioeconómica, histórico-cultural y estética que todo paisaje alberga.
La dificultad para una teoría del paisaje radica en su propia polisemia (multiplicidad de significados), en los plurales
sentidos y escalas del paisaje, y, sobre todo, de las dos dimensiones –objetiva y subjetiva- que la concepción
moderna del paisaje encierra y que todas las aproximaciones disciplinares asumen, al menos en las declaraciones
de principio.
La articulación de lo objetivo y de lo subjetivo en la especificidad de cada paisaje se perfila hoy, según Rafael Olmo,
como punto central de encuentro de las disciplinas interesadas por la cuestión paisajística, y como una fortaleza del
propio concepto. Porque la convergencia en el paisaje de objeto y sujeto, de significantes y significados, es una de
sus potencialidades mayores para la planificación territorial, para implicar a la población, a través de la relación vivida
y sensible con el territorio que la experiencia paisajística supone, en la tarea de elaborar modelos territoriales
democráticos.
Desde una concepción “funcional” y a la vista de la crisis de los paisajes, el geógrafo Eduardo Martínez de Pisón ha
afirmado que “no hay problemas exclusivamente paisajísticos”, porque “en cuanto percepción externa del medio, el
paisaje es la resultante formal de los elementos y procesos subyacentes”. Frente a ello, hay quienes defienden la
necesidad de una acción específicamente paisajística y la convicción de que existe un abanico de herramientas
disponibles para modular la apariencia del paisaje sin alterar su base funcional”.
Por la experiencia que vamos adquiriendo en proyectos de ordenación paisajística, las dos aproximaciones
mencionadas pueden y deben complementarse en la práctica.
El aumento del interés social que el paisaje despierta y la necesidad de convertirlo en objeto de derecho y de acción
política, demanda, un concepto de paisaje expresivo de su territorialidad y de su especificidad con respecto a otros
elementos constitutivos del territorio. Un concepto de esa naturaleza debería poner el acento, en la interacción entre
la estructura formal y los procesos ecológicos y socioeconómicos que organizan los paisajes, y en su interpretación
semiológica, es decir, en las relaciones entre la fisonomía de cada territorio y sus significados y representaciones
sociales. En esa perspectiva se sitúa la definición de paisaje de la Convención de Florencia: “cualquier parte del
territorio, tal y como es percibida por las poblaciones, cuyo carácter resulta de la acción de los factores naturales y
humanos y de sus interrelaciones”.
Se trata de una definición basada en preocupaciones a la vez ambientales y culturales, con una motivación social y
que, plantea la necesidad de superar los desencuentros disciplinares inherentes a la polisemia del paisaje, de
aprovechar todas las potencialidades de una noción abierta e integradora, y de avanzar desde un instrumento
jurídico hacia la construcción de un proyecto transdisciplinar que responda al derecho al paisaje de la gente y al
compromiso político con la acción paisajística.
La definición se refiere en primer lugar al territorio, a “cualquier parte del territorio”. El paisaje tiene, una base
material concreta, referidas al espacio geográfico entendido como marco de vida, como espacio contextual de los
grupos sociales. Así mismo, como hecho territorial el paisaje tiene también escalas diferentes, que afectan tanto a
su estudio, como al sentido y alcance de las determinaciones de ordenación y de proyecto paisajístico. La política
de paisaje sobre la cual la Convención hace hincapié, incumbe además a todo el territorio, a “cualquier parte” del
mismo. Por eso mismo la Convención no define lo que es bello o feo, y no asocia, como ha escrito Ricardo Priore
(2002), paisaje a una experiencia estética necesariamente positiva.
• “Paisajes naturales de relevancia nacional, que se caracterizan por la armoniosa interacción entre población
y territorio, al tiempo que proporcionan oportunidades para el disfrute público a través de la recreación y
el turismo, dentro de las formas de vida tradicionales y las actividades económicas de estas áreas” (Unión
Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN-ONU)
• “Aquellos lugares concretos del medio natural que por sus valores estéticos y culturales sean merecedores
de una protección especial” (Ley 4/89 de Conservación de los espacios naturales, la fauna y la flora silvestre,
del Estado español)
• “Aquellos lugares concretos del medio natural que por sus valores estéticos y culturales sean merecedores
de una protección especial. Se encontrarán incluidos en este supuesto los paisajes agrarios tradicionales y
extensivos de dehesa, prados de diente, prados de siega y estepas cerealistas que, adicionalmente a su
valoración estética y cultural, contribuyan a la conservación de una importante parte de la biodiversidad de
la Región”. (Ley 9/99 de Conservación de la naturaleza, de Castilla-La Mancha)
• “Los paisajes claramente definidos, diseñados y credos por el hombre (parques y jardines)”
• “Los paisajes evolutivos u orgánicamente desarrollados”
• “Los paisajes rurales asociativos de los aspectos religiosos, artísticos o culturales”
• “Cualquier parte del territorio tal y como es percibida por las poblaciones y cuyo carácter resulta de la acción
de factores naturales y/o humanos y de sus interrelaciones”
El territorio del paisaje es la relación sensible, la percepción sensorial, principalmente visual del territorio observado
por el ser humano.
Esa noción de paisaje como territorio percibido, que la Convención de Florencia asume, constituye un ámbito
conceptual de convergencia para diferentes enfoques disciplinares de estudio del paisaje e implica, además,
compromisos muy importantes para la política paisajística. El paisaje como territorio percibido constituye un punto
fundamental de encuentro entre objeto y sujeto, entre el ser y su visibilidad.
Las cargas culturales de los paisajes son, en palabras de Nicolás Ortega “imágenes que permiten conocer cómo ha
sido y cómo se ha expresado en cada momento el sentimiento de la naturaleza y del paisaje, y permiten al tiempo
adentrarse en los modelos de relación que han mantenido los seres humanos con el mundo que tienen alrededor”.
Fernando Gonzalez Bernaldez radica la diferencia esencial y al mismo tiempo, la proximidad entre territorio objetivo
y paisaje. Considerando que el paisaje es el territorio percibido con toda la complejidad psicológica y social, que
implica la percepción desde aspectos visuales, estéticos, reflexivos, etc.
La última parte de la definición de paisaje propuesta por la Convención de Florencia señala que el carácter de cada
paisaje es resultado de la acción de factores naturales y humanos y de sus interrelaciones y es, al mismo tiempo, un
indicador y un objetivo de sostenibilidad; indicador por cuanto constituye la manifestación visible y sensible de los
procesos territoriales que actúan sobre los recursos naturales y culturales.
Esa concepción, que supone también la síntesis de distintas tradiciones, tiene consecuencias importantes también
para las tareas de identificación y caracterización, y reclama al mismo tiempo la unión de saberes y técnicas de
conocimiento paisajístico.
La palabra “carácter”, como la de territorio, es significativa en la definición de la CEP. El sentido de carácter como
seña o marca que se imprime en algo, en este caso en el territorio, está muy próximo a la idea de “huella” que Jean-
Marc Besse ha destacado en su ensayo: El paisaje es, en su configuración formal, la huella de la sociedad sobre la
naturaleza y sobre paisajes anteriores, la marca o señal que imprime “carácter” a cada territorio. De aquí arranca
justamente el entendimiento del paisaje como patrimonio, un hecho que tanto aproxima hoy a las políticas
paisajísticas y de patrimonio cultural.
Marc Antrop (1999), supone que el todo paisajístico es algo distinto que la mera suma de las partes. Por eso el que
la Convención no distingue tipos de paisajes (naturales, agrarios, rurales, industriales, etc.); ni siquiera diferencie
entre paisajes naturales y culturales. La Convención entiende acertadamente que el paisaje constituye una realidad
y una percepción global del territorio, en la que no cabe contraponer, sino fundir, lo natural y lo humano, sin negar
por ello el distinto peso que en cada paisaje tienen los elementos naturales, rurales, urbanos o de cualquier otro
tipo. Y por eso también la potencialidad del paisaje para la política de ordenación del territorio, una política que
encuentra su sentido y su razón de ser como acción pública que aborda el territorio en su integridad, y no como
mero escenario de políticas sectoriales.
Las relaciones entre lo natural y lo humano en el carácter de cada paisaje incorpora en el carácter de cada paisaje
un aspecto esencial: el carácter dinámico del paisaje (paisaje cambiante).
El tiempo histórico es, un componente fundamental que se introduce en la mayor parte de los paisajes,
contribuyendo a su interpretación y atribuyéndoles valor patrimonial por todo lo que el paisaje tiene de documento,
de libro abierto de historia del territorio.
Asumir la visión patrimonial del paisaje implica ciertamente abrir el interés paisajístico a todo el territorio y no sólo
a los entornos pintorescos, pero supone al mismo tiempo superar un concepto sectorial y atomizado de los llamados
bienes culturales, ampliando el campo de actuación desde los objetos singulares a las tramas complejas de las
relaciones que estructuran y dan forma visible al territorio.
El contenido histórico del paisaje, es decir, “el espacio donde contemplar nuestra historia”, tiene además
implicaciones estéticas relevantes. Como ha señalado Venturi Ferraiolo (1999) y recuerda Lionella Scasozzi, los
valores estéticos que reconocemos hoy en cada territorio están estrechamente ligados a la posibilidad de
contemplar y leer en sus paisajes la complejidad de la historia del mundo que se expresa estéticamente en el sentido
de cada lugar.
El enfoque ecológico del estudio del paisaje, se ocupa ciertamente de la estructura del paisaje, de la configuración,
variabilidad y disposición en el espacio de sus unidades constitutivas. La visión sistémica que la Ecología tiene del
paisaje se “interesa más por la relación entre estructuras y procesos que por la clasificación”.
La concepción patrimonial del paisaje, implica al mismo tiempo su entendimiento como recurso, como elemento
“valorizable” en las estrategias de desarrollo territorial. La Estrategia destaca que los paisajes culturales contribuyen
“a través de su singularidad, a la identidad local y regional”, pero seguidamente se señala su interés como elemento
de atracción turística, hasta el punto de que “la conservación de estos paisajes es importante, pero no puede
obstaculizar en exceso o incluso hacer imposible su explotación económica”.
De acuerdo con el concepto de paisaje definido hasta aquí, un principio general debería inspirar las tareas de
valoración: la evaluación paisajística ha de ser planteada en su contexto territorial y atendiendo, por tanto, a la
identidad de cada paisaje. Hay criterios y elementos generales de valoración. La territorialidad del paisaje y su
carácter de relación humana sensible con el entorno supone, que los valores han de atribuirse atendiendo a la
realidad de cada lugar, en función de sus específicas condiciones materiales de uso, de integridad y de aprecio
social. En este aspecto, la comunicación y la opinión de la población a través de los procesos de participación
pública, da resultados positivos.
Desde una posición conceptual, no se trata de diferenciar buenos y malos paisajes, paisajes bellos y feos, sino poner
de manifiesto el carácter y la diversidad paisajística de cada contexto territorial, y de plantear actuaciones
diferenciadaatendiendo siempre al mantenimiento y realce de la identidad paisajística de los lugares.
En cualquier caso, hay toda una tarea previa y fundamental de caracterización e interpretación dinámica de la
diversidad paisajística que debe iluminar la evaluación. En el carácter y en la diversidad del paisaje dentro de cada
contexto territorial radican justamente su interés y sus valores. Pero como cualidad de todo el territorio, ningún suelo
tendría que resultar ajeno a la acción paisajística; por eso mismo la atribución de valores no debería entenderse sólo
como base para diferenciar niveles de restricción de uso, sino para señalar distintas formas de intervención
paisajística. Esa es, según el autor, la potencialidad mayor para la gestión sostenible del territorio de un concepto
de paisaje territorial, integrador, dinámico y participativo; el poner de manifiesto que todo el territorio precisa
gobierno, superando la sacralizada separación entre lo protegido (ya sea natural o urbano) y el resto, donde todo
cabe.
“Desarrollo urbano sostenible en argentina” (Guillermo Tella – Alejandra Potocko)
INTRODUCCIÓN
Las ciudades, donde se concentra la mayor cantidad de población argentina (92%), los servicios y las transacciones
económicas, la producción de conocimiento, la innovación productiva y donde se genera una importante
proporción del PBI nacional, son el motor de desarrollo del país. Sin embargo, también son donde se concentran
los mayores problemas de segregación socio espacial, de inseguridad y riesgo ambiental, entre otros.
hacia el año 2030, el Gobierno Nacional impulsó la iniciativa argentina 2030, que consiste en la creación de un
espacio plural y multidisciplinario de diálogo entre los organismos del Estado y la sociedad para elaborar una visión
compartida del futuro del país hacia el año 2030 en torno a cuatro áreas temáticas: el desarrollo sostenible, la
educación y el trabajo, la sociedad del conocimiento y el desarrollo humano.
El Desarrollo sostenible es aquel que promueve el mejoramiento a largo plazo de las condiciones sociales,
económicas y ambientales de la población.
Según (Artaraz, 2002) las políticas y acciones para lograr el crecimiento económico “deberán respetar el medio
ambiente y además ser socialmente equitativas”.
Habitualmente, “sostenible” y “sustentable” son palabras utilizadas como sinónimos. Pero son conceptos diferentes.
Lo “sostenible” refiere a algo que puede sostenerse por sí mismo gracias a que las condiciones económicas, sociales
y ambientales lo permiten, sin afectar los recursos para el presente ni para el futuro. En tanto, lo “sustentable” implica
que algo puede sustentarse por sí mismo con razones propias, también sin afectar los recursos para el presente ni
para el futuro. No obstante, aplicados al campo del desarrollo urbano, pueden considerarse sinónimos.
En definitiva, están aludiendo a un desarrollo que pretende cubrir las necesidades actuales que puede ser
perdurable en el tiempo- sin afectar las posibilidades de desarrollo, los recursos ni la calidad de vida de las
generaciones presentes ni futuras. El enfoque del desarrollo sostenible es sistémico al articular tres dimensiones
que actúan como único sistema: la dimensión social, la económica y la ambiental. Un desarrollo social en equilibrio
con el económico es un desarrollo “justo”; mientras que un desarrollo social en equilibrio con el medio ambiente es
“responsable” y un desarrollo económico en equilibrio con el medio ambiente es un desarrollo “viable”. En ese
esquema, en cuanto una de esas dimensiones falla, se ve afectado todo el sistema de sostenibilidad.
El desarrollo sostenible no es un estado de inmutabilidad. Si no, por el contrario, es un proceso de cambio. Tal como
afirma Gallopín (2003), “no es una propiedad sino un proceso de cambio direccional, mediante el cual el sistema
mejora de manera sostenible a través del tiempo”.
La noción de “desarrollo sostenible” cobró visibilidad y entró en las agendas públicas a partir del informe de la
Comisión Mundial del Medio Ambiente y Desarrollo de Naciones Unidas. El informe se conoce comúnmente con el
nombre de “Informe Bruntland” o por su título: “Nuestro Futuro Común”. El documento abordó de forma
problemática el futuro del planeta en relación con el medio ambiente y el desarrollo. Consideró que ese futuro
dependía del compromiso de los gobiernos y de la puesta en marcha de una serie de políticas públicas que
tendieran a su concreción.
La Comisión se propuso tres objetivos principales. Primero, examinar los temas críticos del desarrollo y del medio
ambiente para formular propuestas realistas al respecto. Segundo, proponer nuevas formas de cooperación
internacional capaces de influir en la formulación de políticas sobre temas de desarrollo y medio ambiente a fin de
alcanzar las transformaciones requeridas. Y tercero, promover los niveles de comprensión y el compromiso de
individuos, organizaciones, empresas, institutos y gobiernos de diferentes niveles.
A pedido del Club de Roma, un grupo de investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) elaboró
un estudio titulado “Los límites del crecimiento”. El mismo partió de una preocupación por la “problemática mundial”,
y concluyó que si las tendencias de crecimiento poblacional, industrialización, producción, contaminación y
consumo de recursos naturales no renovables se mantenían, el planeta llegaría a su límite de crecimiento en cien
años.
Posteriormente, la Declaración de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano definió los
“principios de sustentabilidad”. Desde la Cumbre de Río de Janeiro en 1992, o “Segunda Cumbre de la Tierra”, el
concepto de “desarrollo sostenible” entró definitivamente en las agendas públicas.
• El Principio 1 estableció que el ser humano es la prioridad, el medio y el fin del desarrollo sostenible.
• El Principio 2 asumió una definición de “desarrollo sostenible”: El derecho al desarrollo debe ejercerse en
forma tal que responda equitativamente a las necesidades de desarrollo y ambientales de las generaciones
presentes y futuras.
En primer lugar, se debe contar con disponibilidad de recursos. Estos pueden ser de muy diversa naturaleza y son
clave para el cambio en la medida en que sin ningún tipo de recursos no se pueden iniciar procesos de
transformación hacia la sostenibilidad. En segundo lugar, se debe contar con capacidad de adaptación y flexibilidad.
El sistema debe ser capaz de detectar los cambios y reacomodarse. Este atributo es esencial. En tercer lugar, el
sistema debe tener capacidad para alcanzar la homeostasis general. En cuarto lugar, el sistema debe tener
capacidad de respuesta, es decir de hacer frente al cambio. Este atributo se basa en dos atributos anteriores: la
adaptabilidad y la homeostasis. En quinto lugar, se encuentra la auto dependencia, es decir la capacidad de un
sistema de regular sus interacciones con el medio que lo rodea. Un último atributo refiere al empoderamiento, es
necesario para que se pueda innovar a inducir el cambio en otros sistemas a fin de cumplir con sus propias metas.
El Programa 21, también conocido como “Agenda 21”, “Agenda Local” o “Agenda Verde”, es un acuerdo de los
Estados miembros de las Naciones Unidas para promover el desarrollo sostenible del planeta. Fue aprobado en la
Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo.
A fin de monitorear el avance en la ejecución de la agenda 21, en el año 2001 la Organización de las Naciones
Unidas creó la División de Desarrollo Sostenible, que elaboró una serie de indicadores de desarrollo sostenible.
Estos permiten evaluar cómo y en qué medida se están cumpliendo los objetivos para establecer parámetros de
base y pautas de políticas públicas a seguir.
En ese marco, una agenda complementaria a la Agenda 21 constituye la de los Objetivos de Desarrollo Sostenible
(ODS). El mismo define 17 ODS y 169 metas de aplicación universal. Los mismos conjugan las tres dimensiones de
la sostenibilidad: la económica, la social y la ambiental.}
Sintéticamente, los ODS apuntan a erradicar el hambre y lograr la seguridad alimentaria; garantizar una vida sana y
una educación de calidad; lograr la igualdad de género; asegurar el acceso al agua y la energía sustentable;
promover el crecimiento económico sostenido; adoptar medidas urgentes contra el cambio climático; promover la
paz; facilitar el acceso a la justicia y fortalecer una alianza mundial para el desarrollo sostenible.
El ODS 11, referido a la construcción de ciudades y comunidades sostenibles se asocia a diversos objetivos del
Gobierno Nacional, como el de garantizar el acceso a la vivienda, la integración social y urbana, el cuidado del medio
ambiente, el ordenamiento ambiental del territorio, el ahorro y la eficiencia energética, la movilidad sustentable,
entre otros.
El Consejo Nacional de Coordinación de Políticas Sociales es el órgano rector de la iniciativa ODS en Argentina. A
fin de asistir a los gobiernos municipales, desarrolló el “Manual para la adaptación local de los Objetivos de
Desarrollo Sostenible”. Propone, por un lado, que los Gobiernos Locales desarrollen “Planes de Localización”, que
son los documentos consensuados que establecen cómo cumplimentar los ODS desde acciones y estrategias
locales; y, por otro que los Gobiernos Locales diseñen indicadores que les permitan evaluar el estado de situación
y monitorear las acciones encaminadas en pos del desarrollo sostenible.
Las “buenas prácticas” dan cuenta de experiencias que se han mostrado eficaces en responder a sus propios
objetivos. Tuvieron resultados positivos y por este motivo son experiencias que se pueden tomar como ejemplos
exitosos.
Las temáticas consideradas son: planificación urbana y uso del suelo, transporte y movilidad, gestión de residuos
sólidos urbanos, energía sustentable y espacios verdes.
• Planificación urbana y del uso del suelo: Un desarrollo urbano sostenible debe tender a densidades de
ocupación razonables y hacia la mixtura de usos urbanos. Según las Naciones Unidas, una expansión urbana
con mayores niveles de calidad y sostenibilidad es posible si los gobiernos locales se anticipan con políticas
de planificación, diseño y regulación que permitan, no solamente orientar la inversión, sino también
potenciarla y captar los beneficios de las plusvalías derivadas de la urbanización para el financiamiento de
las infraestructuras y servicios.
• Transporte y movilidad sustentable: Las estrategias de transporte y movilidad para lograr una ciudad más
sostenible incluyen políticas de promoción del transporte público, de fomento del uso de medios no
motorizados, de penalización al uso del automóvil, de promoción de fuentes de energía alternativas. Varias
medidas son implementadas en las ciudades latinoamericanas para mejorar la movilidad urbana y tender a
su sustentabilidad. se utiliza la tecnología para manejar los flujos de tránsito, se implementan sistemas de
“pico y placa” para reducir el uso del automóvil en horarios pico y/o en áreas críticas, se implementaron
sistemas de bus rápido por carriles exclusivos, sistemas de bicicletas públicas y otras medidas para
promover los medios de movilidad no motorizada. El desafío consiste en promover formas de urbanización
más compactas y mixtas. Finalmente, se presenta como desafío el mejorar la seguridad vial y reducir la
siniestralidad.
• Gestión integrada de residuos sólidos urbanos: La gestión integral de los residuos sólidos urbanos (GIRSU)
es un sistema de manejo sostenible de la basura cuyo objetivo principal es la reducción del volumen de
residuos que se depositan en rellenos sanitarios o basurales. El abordaje implica la consideración de todas
y cada una de las etapas que involucran a los residuos sólidos urbanos, desde su generación, su recolección
y transporte, hasta su post tratamiento y disposición final. Se identifican varios componentes del proceso de
gestión de los residuos urbanos: reducción, recolección, compostaje, separación, reciclaje, reúso y
disposición final. La problemática de los residuos se agudizó a partir de la década de 1960, con la
instauración de la sociedad de consumo.
• Energía sustentable: Las estrategias de energía sustentable incluyen tanto la producción a partir de fuentes
renovables como las políticas de reducción del consumo energético. Las posibilidades de una determinada
de ciudad de utilizar fuentes renovables dependen de su emplazamiento. El aprovechamiento de la energía
solar puede realizarse a macro o microescala y se ha difundido ampliamente en décadas recientes. Según
datos de la Agencia Internacional de Energía, el 29% del suministro total de la energía primaria en los países
de América Latina corresponde a energías renovables.
• Áreas verdes: Las áreas verdes urbanas tienen múltiples beneficios: oxigenan la ciudad y reducen los efectos
de la contaminación atmosférica, absorben, regulan las temperaturas, son clave en procesos biológicos, en
la reproducción de la fauna y flora, en la salud de la población, como áreas de esparcimiento y recreación.
Por todo lo anterior, la promoción de más y mejores áreas verdes es importante para conseguir un desarrollo
urbano más sostenible.
2.2 EXPERIENCIAS DE SOSTENIBILIDAD URBANA EN CIUDADES ARGENTINAS.
En ese marco, el Programa “Ciudades emergentes y sostenibles” es una iniciativa del Banco Interamericano de
Desarrollo que provee asistencia técnica a los Municipios de América Latina a fin de desarrollar e implementar
planes de sostenibilidad urbana. En Argentina, el mismo se implementó con diferentes grados de desarrollo
diferentes ciudades. El Programa permitió construir las herramientas necesarias para cuantificar el estado de las
ciudades participantes, a partir de la aplicación de una serie de indicadores de sustentabilidad que permitió
establecer un ranking que permite comparar la performance de las ciudades que componen la Red de Ciudades
ICES. Sin embargo, la existencia de un plan de sustentabilidad no garantiza que ocurra un desarrollo urbano
sostenible. Éste dependerá de la calidad del plan en sí, su implementación y eficacia. En efecto, muchas de las
ciudades en el ranking tienen desempeños potencialmente críticos en cuanto a la sostenibilidad (color amarillo
en el semáforo).
Las ciudades que parecen presentar las condiciones más favorables para la puesta en marcha de diversas y
novedosas acciones de desarrollo urbano sostenible son las ciudades de tamaño medio. Al revisar las cinco
temáticas abordadas en el anterior capítulo, podemos destacar que:
✓ La tendencia mundial y de Argentina es al crecimiento de las áreas urbanas. Las ciudades mayores
tienden a afrontar desafíos propios de modelos de crecimiento expansivos, mientras que ciudades más
chicas se enfrentan a los problemas de la compleja articulación entre el medio urbano y el rural.
✓ Las acciones de movilidad sustentable suelen ser más requeridas en ciudades más grandes que ya
comienzan a evidenciar problemas de congestión vehicular, mala calidad de los servicios,
contaminación sonora y atmosférica. En las ciudades más pequeñas se debe evitar que se llegué a los
problemas de las grandes ciudades tratando el mismo de sus inicios.
✓ La gestión de los residuos sólidos urbanos tiende a ser un desafío mayor en ciudades grandes, donde
la producción de residuos es muy superior a la capacidad de reciclaje; En ese sentido, las ciudades más
pequeñas ofrecen oportunidades únicas para comenzar tempranamente con procesos de gestión
integral de residuos que tiendan a la sostenibilidad.
✓ Las prácticas de energía sustentable son aún muy incipientes en el país. Éstas se pueden abordar desde
estrategias y políticas de gran escala, como la construcción de parques eólicos que incorporen energía
limpia a los sistemas de distribución de energía eléctrica o desde acciones puntuales de pequeña escala,
como la promoción del uso de energía solar en el ámbito residencial.
✓ La demanda de áreas verdes habitualmente se mide en relación a la densidad de población en una
determinada ciudad o área urbana. Acciones de sustentabilidad orientadas a proveer áreas verdes se
articulan con las de planificación urbana y del uso del suelo, ya que los planes y sus normativas definen
dónde se ubican, qué tipo de áreas verdes son, qué objetivos se busca que cumplan, etc.
Las estrategias que se implementen hacia el desarrollo urbano sostenible deben de poder traducir el objetivo global
de la sostenibilidad, que propone alcanzar el equilibrio de los objetivos ambientales, sociales, culturales y
económicos, en metas alcanzables. La Real Academia Española define “estrategia” como un conjunto de reglas que,
en un proceso regulable, aseguran una decisión óptima en cada momento”.
Según la Declaración de Sustentabilidad Local de Dunkerque, la principal estrategia es orientar las ciudades hacia
economías verdes e inclusivas: “la transición hacia la sostenibilidad pasa por una economía verde e inclusiva (...) es
la única manera de combinar la calidad de vida, el desarrollo económico y el bienestar social”. Se trata, así, de tender
hacia una economía “que resulta en un mejor bienestar humano y equidad social, reduciendo significativamente los
riesgos ambientales y las escaseces ecológicas”.
” El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente”, establece que la economía verde puede ser
considerada como una que es baja en carbono, eficiente en recursos y socialmente inclusiva. El documento aclara
que la noción de “economía verde” no sustituye a la de “desarrollo sostenible” sino que “es una ruta a tomar para
alcanzarlo” y que el camino concreto no es universal, sino que depende de la situación y perspectivas de cada país
y región.
La Carta de Leipzig sobre Ciudades Europeas Sostenibles (Leipzig, 2007) plantea dos recomendaciones para las
cuales propone estrategias de acción:
Hacer un mayor uso de los enfoques relacionados con la política integrada de desarrollo urbano.
Implica coordinar aspectos espaciales, sectoriales y temporales de las temáticas clave de política urbana. La Carta
de Leipzig también propone aplicar el principio de cohesión territorial, entendiendo que las ciudades no se
encuentran aisladas unas de otras, sino que forman parte de una red o sistema que debe actuar de forma articulada.
Estrategias:
a) Creación y consolidación de espacios públicos de alta calidad.
b) Modernización de las redes de infraestructura y mejora de la eficiencia energética
c) Innovación proactiva y políticas educativas.
Prestar especial atención a los barrios menos favorecidos dentro del contexto global de la ciudad.
Estrategias:
a) Búsqueda de estrategias para la mejora del medio ambiente físico.
b) Fortalecimiento a nivel local de la economía y la política del mercado laboral.
c) Educación proactiva y políticas de formación para niños y jóvenes.
d) Fomento de un transporte urbano eficiente y asequible
Otros documentos ponderan la investigación, el desarrollo y la innovación (I+D+I), como una estrategia para lograr
tecnologías de desarrollo económico socialmente inclusivas y respetuosas del medio ambiente; o el fortalecimiento
de la gobernanza integrada que permita una gestión pública más eficiente.
Se pueden mencionar tres criterios que deben cumplir los instrumentos: uno, el de la pertinencia de su diseño “a
medida”; dos, el de la necesidad de articular diferentes instrumentos para lograr mayor eficiencia en el cumplimiento
de objetivos; y tres, el de la conveniencia de que sean flexibles.
Gallopin sugiere que para que una acción hacia el desarrollo sostenible sea exitosa, debe contar con recursos
suficientes, capacidad de adaptación, flexibilidad y de dar una respuesta rápida frente a los cambios. Pero al mismo
tiempo, debe contar con estabilidad, resistencia, robustez, autodependencia y empoderamiento.
Basualdo propuso cuatro preguntas básicas en el proceso de diseño de un instrumento para evaluar la aplicación
de los mismos en el territorio:
− ¿Para qué? Intenta establecer claramente el objetivo del instrumento y debería de poder dar cuenta de
cómo se inserta en estrategias territoriales más generales.
− ¿Quiénes quieren qué? Se orienta a identificar los actores involucrados y a reconocer sus lógicas iniciales,
que pueda retratar a los diferentes actores, sus objetivos y recursos.
− ¿Es viable? Se refiere tanto al marco jurídico institucional, como al social, al político y al económico.
− ¿Cómo y cuándo? Se trata, por un lado, de la viabilidad para ponerlo en marcha e instrumentarlo; y por
otro, de la capacidad del aparato burocrático estatal para aplicarlo con continuidad, controlarlo y reajustarlo.
El Programa 21 avanzó en la proposición de seis “principios básicos hacia la mejora sostenible al cual hace referencia
Gallopin (2003):
− Compromiso politico.
− Participación multi actoral.
− Diagnóstico.
− Planificación y diseño de acciones.
− Ejecución de acciones.
− Evaluación.
El proceso se inicia con una etapa en la cual es clave el compromiso político. Habitualmente, éste se plasma en
cartas, actas, convenios o acuerdos institucionales en los cuales es posible plantear instancias de cooperación que
permiten ampliar y transferir conocimientos e innovación. Tal es el caso, por ejemplo, de la Campaña de las Ciudades
Europeas Sostenibles, que cuenta con el apoyo de las principales redes europeas de autoridades locales. Dicha
campaña cuenta con diferentes instrumentos que buscan plasmar los compromisos políticos y proponer alternativas
para orientarlos hacia la acción.
Participación multi actoral: Son claves para garantizar la democracia participativa, contar con diversas
miradas sobre los asuntos que trata el proceso y para contar con el apoyo y compromiso de aquellos
involucrados. Una participación correctamente instrumentada fomenta la eficacia y la eficiencia de los
servicios y políticas, además de promover la transparencia en la gestión pública y el fortalecimiento de la
democracia. Según la estrategia aplicada, que puede servir de guía para el diseño de instrumentos de
participación en cualquier contexto, se siguieron los siguientes criterios.
− Correcta comunicación y difusión. Es indispensable que todo el proceso participativo,
independientemente del tipo de actores involucrados en él, sea correctamente difundido y comunicado.
Se deben emplear todos los medios de difusión posibles que cuenten con credibilidad y seriedad (radio,
tv, periódicos, redes sociales oficiales); brindar datos factibles y llamar la atención con mensajes que
capten su interés; e incluir, en las convocatorias, acciones o actividades complementarias que potencien
el poder de convocatoria.
− Motivación y corresponsabilidad.
− Creación de un órgano de participación multi actoral. Deben ser órganos de tamaño medio o pequeño,
para favorecer la participación de todos los actores implicados, y ser de conformación heterogénea,
para sumar diferentes miradas al proceso. Es deseable que sea reconocido por y aprobado por el
Gobierno Local y que tenga un reglamento de organización y funcionamiento propio.
− Dinamización de las sesiones de trabajo.
Diagnósticos: La elaboración de un diagnóstico permite analizar críticamente las condiciones actuales, las
oportunidades y las debilidades hacia el desarrollo sostenible. Se trata de analizar qué problemas
relacionados con el desarrollo social, el económico y el medio ambiente, afectan a una determinada ciudad,
tanto desde lo que la comunidad percibe como desde la valoración de especialistas. Luego de ese análisis
inicial, se pueden aplicar indicadores de sostenibilidad que permitan hacer una valoración de los problemas
de acuerdo a estándares prefijados y en comparación a otros casos, además de que permiten trazar una
línea de base o punto de partida para diagramar estrategias de acción, plantear metas a alcanzar y hacer
una predicción hacia el futuro. Los Indicadores de Desarrollo Sostenible (IDS) propuestos por la ONU, los
Objetivos de Desarrollo del Milenio (OMS) y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), se han
implementado para diagnosticar el estado de las ciudades respecto del desarrollo urbano sostenible. Un
indicador es una expresión construida a partir de variables cuantitativas o cualitativas que proporcionan un
medio sencillo, confiable y replicable para medir una situación de la realidad. También permiten medir
logros, reflejar los cambios ocurridos, monitorear y evaluar resultados. Los semáforos de calidad son otro
instrumento muy útil que permite realizar una valoración cualitativa de un determinado tema de análisis.
Admite tres categorías o niveles: alto, medio y bajo, que se relacionan con los tres colores de los semáforos
tradicionales.
Planificación y diseño de acciones: La etapa de planificación y diseño debe desprenderse del diagnóstico
y guiar las medidas a tomar a fin de alcanzar el desarrollo urbano sostenible, en todos, uno o varios ejes
temáticos. El programa 21 propone la elaboración de Planes de Acción Local Agenda 21 como un
instrumento de gestión y planificación estratégica de escala municipal. Las propuestas del plan de
acciones deben definir qué se debe hacer, para qué, quién lo debe hacer, cómo, cuándo y con qué
recursos. Como recomendaciones para la elaboración de los planes de acción se pueden mencionar: -
Que exista estabilidad y apoyo político. - Que el plan de acción se diseñe contemplando una financiación
adecuada. - Que se genere una colaboración y participación ciudadana activa.
Ejecución de acciones: Es la más importante del proceso. Son la materialización de lo que se debe realizar
para cumplir con los Proyectos que remiten a Programas y a Líneas Estratégicas. Para cada acción se
deberá especificar: -Su nombre o título concreto. - Su descripción (o memoria descriptiva). - Los objetivos
que se propone cumplir. - El plazo en que será ejecutada. - Los actores responsables de su ejecución. - Los
costos de su ejecución y las fuentes de financiamiento. - Los parámetros (o indicadores) que permitirán
evaluar el grado de cumplimiento de los objetivos propuestos. Habitualmente, la no-definición de algunas
de esas variables lleva a la no-ejecución de las acciones y el fracaso global del Plan de Acción.
Evaluación: El camino hacia la sostenibilidad en el desarrollo urbano requiere, como todo proceso la
actuación estratégica, de una etapa de evaluación que permita retroalimentar el mismo proceso. La
información obtenida a partir de las distintas instancias de evaluación y monitoreo son el insumo necesario
para poder obtener resultados y realizar una evaluación.
Los indicadores de sostenibilidad se presentan, nuevamente, como una herramienta clave, estos sirven para
monitorear los cambios producidos respecto de un momento anterior. Para que el desempeño de los mismos sea
efectivo se deben cumplir algunos criterios básicos:
Adicionalmente, los indicadores deben nombrar de manera clara el aspecto que pretenden evaluar o medir,
definir los parámetros que utilizan y especificar claramente su forma de cálculo.
“Expansión, su urbanización, y dispersión en la región metropolitana de rosario” (Bragos y otros)
INTRODUCCIÓN
Los modos de la expansión urbana son, y han sido, un tema en constante debate desde hace ya varias décadas
dentro del campo disciplinar del urbanismo y del ordenamiento y gestión de las ciudades. Además, la cuestión de
la sostenibilidad del desarrollo urbano viene siendo expresada con preocupación por distintos organismos
internacionales.
La incorporación de nuevo suelo urbanizado en las últimas dos décadas en la región metropolitana de Rosario tuvo
lugar en un contexto de recuperación y crecimiento de la economía del país. De esta manera, se aceleró velozmente
un proceso que se venía insinuando más lentamente durante la última década del siglo XX.
En el proceso de su urbanización con relación a la ciudad de Rosario se reconoce un primer momento que se inicia
en torno de la década de los años sesenta en las localidades de Funes y Roldán (cordón oeste de expansión
metropolitana); Se trata de un proceso expansivo que se va a distinguir particularmente por:
La aparición de otros tipos de emprendimientos inmobiliarios para la promoción de una nueva forma de
vida en el suburbio: los barrios cerrados y los clubes de campo, nuevas modalidades de urbanización que
se difunden como garantía de una mayor disponibilidad de “verde”, servicios infraestructurales completos,
mantenimiento permanente de los espacios públicos y, particularmente, seguridad urbana.
La adopción de nuevas figuras en la regulación urbanística que permiten dar lugar al desarrollo de este
nuevo tipo de emprendimientos inmobiliarios.
La clausura del período de los simples loteos con escasa disponibilidad de servicios
La continuidad de un modelo de urbanización expansivo y de baja densidad, independientemente de las
nuevas formas que el modelo adopta.
La ausencia de un proyecto que oriente / ordene la aparición de las nuevas áreas urbanizadas
El último momento, el que preocupa en este artículo, tiene lugar a partir de la reactivación económica del país luego
de la crisis del 2001 – 2002. Un período de intensa actividad en la industria de la construcción y en el mercado
inmobiliario. Un intenso período de expansión urbana y de construcción de nuevas unidades habitacionales como
nunca se había visto antes en la región, de la cual Rosario es el epicentro, y que se distinguió por:
La expansión de las áreas urbanas es un tema que está aún en debate; un tema que está instalado desde hace ya
varias décadas y que podemos remontarlo al colectivo de arquitectos de los CIAM para indagar acerca de los temas
entonces en discusión.
En base a esto, el CIAM decía que: “El crecimiento de la ciudad devora progresivamente las superficies verdes,
limítrofes de sus sucesivas periferias. Este alejamiento cada vez mayor de los elementos naturales aumenta en igual
medida el desorden de la higiene”.
La expansión suburbana es presentada como un mal distintivo de las ciudades y las soluciones expuestas hasta ese
entonces (la ciudad jardín, en particular) como un error, como una vana ilusión. Un “error urbanístico” que, el IV
CIAM, va a encontrar particularmente en las ciudades norteamericanas como, por ejemplo, el suburbio, consideraba
que devenía de la expresión de tal irracional modelo urbano.
F. Indovina y J. Monclús, van a poner nuevamente el tema en debate, alertando acerca de los efectos negativos que
tiene la expansión suburbana en la ciudad contemporánea. Surge así, la Ciudad compacta versus ciudad extendida,
conflicto que se mantiene hasta nuestros días. A esta visión del desarrollo de la ciudad, se le agrega la perspectiva
latinoamericana, incorporando con mayor énfasis los temas de la fragmentación social del espacio urbano. Además,
se suma también el tema de la sostenibilidad del desarrollo urbano.
Las investigaciones se orientaron entonces hacia la descripción y explicación de la configuración de nuevos modelos
de ciudad a partir del concepto de la ciudad difusa. Para Indovina (1990), este proceso se trata de un modelo de
ciudad que no se explica en la concentración sino en la baja densidad, sin por ello dejar de ser ciudad. Idea que no
comparte Oriol Nello, para quien la dispersión de la ciudad es precisamente la “no ciudad”: “ciudad y difusa son dos
palabras que no casan en un principio”.
El “Informe Brundtland” preparado en 1987 se plantea la necesidad de asegurar la satisfacción de las necesidades
del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las suyas. El concepto de
desarrollo sostenible implica límites: no se trata de límites absolutos, sino de aquellos que, por un lado, el desarrollo
tecnológico y la organización social establecen sobre los recursos ambientales, y, por otro, los vinculados a la
capacidad del medioambiente de absorber los efectos de las actividades humanas.
Salvador Rueda es quien va a asociar el concepto de ciudad difusa con el de sostenibilidad. Para el autor, la ciudad
difusa se asienta en unos pilares falsos, e insostenibles; donde los trabajos vinculados con tal idea, realizan un uso
masivo de medios de locomoción motorizados, en especial el automóvil. En palabras de él: “En la ciudad difusa
aumenta necesariamente la emisión de gases a la atmosfera, la superficie expuesta al ruido inadmisibles, el número
de accidentes, el número de horas laborables perdidas, la desestructuración de los sistemas rurales y naturales
periféricos”.
El proceso de formación de áreas metropolitanas ha sido estudiado por Oriol Nel.lo, identificando distintas fases:
El Banco Interamericano de Desarrollo viene promoviendo desde hace tiempo su programa de “Ciudades
emergentes y sostenibles” que, en su primera etapa de puesta en marcha, se propone poner en evidencia los
desafíos que deben enfrentar las ciudades al momento de definir políticas y estrategias para orientar el desarrollo
urbano. El programa se sustenta en promover la sostenibilidad en tres dimensiones: la sostenibilidad ambiental, el
desarrollo urbano sostenible, la sostenibilidad física y la buena gobernabilidad.
La Nueva Agenda Urbana es un documento que reafirma genéricamente el compromiso de lograr que las ciudades
sean ámbitos inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles. En el cual se afirma que las ciudades deben:
• Cumplir su función social, garantizando el derecho a una vivienda digna y al acceso a todos los servicios
públicos;
• Alentar la distribución equitativa de espacios públicos seguros, inclusivos, accesibles y de calidad;
• Eliminar toda forma de discriminación y violencia de género;
• Actuar como centros impulsores de un desarrollo urbano y territorial equilibrado, sostenible e integrado;
• Alentar el desarrollo de sistemas de transporte público de pasajeros facilitando el vínculo entre personas,
lugares, bienes servicios y oportunidades económicas;
• Poner en práctica políticas de mitigación de riesgos ambientales y fomenten la adaptación al cambio
climático
Está íntimamente relacionada con el tema de la vivienda. En particular, se vincula a quienes demandan suelo para la
construcción de nuevas unidades habitacionales. En Rosario y la región, podemos encontrar tres grandes
demandantes de suelo urbanizado para la construcción:
1. Un primer grupo estará compuesto por los inversores, grandes y pequeños, que entienden a la vivienda
como un activo financiero: están asociados con el edificio de departamentos entre medianeras (en el área
central y el primer anillo), con las torres y tiras de vivienda, bajo la modalidad de enclave, en las áreas de
reconversión, y con la vivienda individual en los barrios cerrados.
2. El segundo grupo está conformado por aquellos que, entienden a la vivienda como un bien de uso. Son los
sectores de la población que, teniendo cierta capacidad de ahorro, necesitan de un lote para comenzar con
la construcción de la vivienda familiar.
3. El tercer grupo está constituido por el estado, el nacional, el provincial y el municipal, que demanda suelo
urbanizado para la puesta en marcha de sus respectivas políticas habitacionales: asociados con la vivienda
colectiva e individual.
4. A si mismo, se puede agregar un cuarto grupo, que es el que conforman los sectores de la población de
muy bajos ingresos. Este grupo, en general, encuentra su solución habitacional en los asentamientos
irregulares.
El proceso expansivo de las áreas urbanizadas en la región metropolitana de Rosario se distingue por:
Para el análisis del proceso expansivo reciente de las áreas urbanas en las localidades que forman parte del extenso
territorio metropolitano se tiene en cuenta
Poco más de la mitad de la nueva superficie urbanizada se dispone como extensión de las plantas urbanas existentes.
No obstante, se registra un porcentaje elevado de nueva superficie urbanizada que se va a ubicar en forma no
contigua a la planta urbanizada de las localidades; esto quiere decir que, no hubo un proyecto ni una clara
orientación locacional, por parte de las autoridades locales respecto de la nueva superficie que se va incorporando
como suelo urbano. A sí mismo, más de las dos terceras partes de la nueva superficie urbanizada se encuentra
distribuida en emprendimientos inmobiliarios que se encuentran en un estado inicial o intermedio de desarrollo.
La ocupación de la nueva superficie urbanizada que se incorpora en la región metropolitana es, y está prevista que
sea, de baja densidad. Dispersión, baja densidad, escasa ocupación, ausencia de proyecto y ausencia de un plan
son entonces los rasgos más significativos de esta ciudad extensa que se ha ido configurando en la región
metropolitana, al menos hasta el 2015.
CONCLUSIÓN
Programar la creación de nuevo suelo urbano es, en cierta medida, programar el futuro de la ciudad. Programar el
futuro de la ciudad implica pensar en el modelo de ciudad que se pretende.
Si queremos plantear en términos de procesos el futuro de la ciudad, podemos detectar tres procesos, que afectan,
respectivamente, la forma, la función y la cohesión social urbana. Son tres procesos interconectados que nos ponen
delante de tres dilemas: el relativo a la forma de la ciudad y que se plantea entre compacidad de la forma urbana y
dispersión, el relativo a la función entre especialización o complejidad de las funciones, y el relativo a la cohesión
social, entre integración y segregación de grupos sociales urbanos. Éstos son los tres dilemas de la ciudad futura.
(Nello, 2001).
Estos tres dilemas se fueron resolviendo en la región metropolitana de Rosario siempre en una misma dirección: -
1. INTRODUCCIÓN
La urbanización es un fenómeno globalizado que se da a escala planetaria y que conduce a una misma realidad
compleja y diversa: la conformación de una especie de ciudad planetaria o global. No obstante, los procesos de
urbanización no se desarrollan de forma equilibrada y eficiente, sino que tienden a concentrarse en determinados
puntos de los mismos, a cm del otro.
En los países más desarrollados se detuvo el crecimiento de las grandes megaciudades. Algunas de las razones las
podemos encontrar en la aparición de procesos de contra urbanización o urbanización difusa y extensiva; que
acrecientan la población de asentamientos de menos tamaño.
Los ritmos de crecimiento desmedido y localizado generan graves problemas ambientales, económicos, culturales
y sociales. Además, anulan cualquier posibilidad de conseguir un equilibrio sobre territorial para el desarrollo
urbano.
El térmico contra urbanización, introducido por Berry en 1976, se refiere a la tendencia de crecimiento demográfico
de las áreas próximas a las ciudades norteamericanas antiguas, con la consecuente disminución poblacional en los
centros urbanos principales en la ciudad.
Según Champion (1988), se usa para aludir a un cambio en los patrones de distribución de la población. En
contraposición a las anteriores tendencias, en nuestros días se produce el asentamiento en muchas áreas rurales,
principal zona de atracción de las migraciones poblacionales.
El término “Ciudad desconcentrada”, introducida por varios autores, se caracteriza por la dispersión en el espacio
de la población urbana, entendiendo que no se encuentra fundamentalmente vinculada a las actividades propias
de áreas rurales. Algunos consideran que puede ser considerada como la continuación de la surburbanización,
mientras que otros lo consideran como un fenómeno totalmente nuevo.
Las diferentes formas de ver y de llamar a la contraurbanización es una tendencia que se hizo cada vez más fuerte y
que llevó al desdibujo de la separación formal entre el campo y la ciudad. A la vez que las transformaciones
económicas y tecnológicas provocaron una integración funcional y física del espacio junto con la forma de vida
urbana. Esto derivó a que las periferias citadinas o áreas periurbanas tiendan a aumentar su extensión produciendo
límites indefinidos.
Dentro de estas, la uno, dos y tres, pueden ser consideras como periurbanas o en proceso. Se manifiestan como
zonas en transición entre el campo y la ciudad. Se mezclan las actividades urbanas y comparten el mismo suelo. En
dicho caso no se considera válida la dicotomía campo-ciudad. Frente a esto, apuntan las actuales políticas con
criterios orientados. En dicho contexto, los espacios rurales dejan de ser destinados a la producción agrícola y se
convierten en espacios paraque los habitantes puedan hacer sus actividades necesarias de ocio.
Lopez, Crecente, Fra (2001), dicen que las peculiaridades históricas y culturales de los espacios periurbanos deben
ser preservados, protegidos y promovidos.
Las Áreas periurbanas experimentan presión urbana, lo que trae como consecuencia la reducción de la
disponibilidad de tierras y el aumento del precio de las mismas. Asimismo, el crecimiento del tejido urbano causa la
retirada de la agricultura y favorece la aparición de las tierras abandonadas; lo que lleva a que los espacios rurales
cercanos a las ciudades sean cada vez más deseados como lugares para vivir, lo que propicia una progresiva
perirubanización y vinculación funcional.
Según Antonio Font (1997) las nuevas tendencias dan lugar a procesos de descentralización de las actividades y de
la población: la contraurbanización. A si mismo, considera que la constitución dl espacio urbano está produciendo
un tránsito, el cual se traduce en procesos de ocupación del suelo en carácter disperso y difuso: “Ciudad Difusa” o
“Campo Urbanizado” (nuevo tipo).
Dicho autor, además, llevó a cabo un intento de clasificación de los territorios metropolitanos y de los procesos de
periubanización que afectaron Barcelona.
En contraposición Giuseppe Dematties (1998), señala que la periferia urbana ha sido frecuentemente vista como un
espacio cuyas cualidades nunca pueden alcanzar a las del centro, siendo concebidos como espacios de segregación
física y social, marginalidad, exclusión y desviación.
Desde el punto de vista espacial, el modelo de ciudad dispersa o difusa puede, en algunos casos, ser ser el factor
decisivo a la hora de tener de determinar el grado de presión urbana de tales áreas o de decidir el desarrollo de las
mismas.
La ciudad central sigue teniendo algunos efectos decisivos en el desarrollo de sus áreas periurbanas, próximas unas
de las otras, una de cuyas principales características es su naturaleza difusa.
En palabras de Manuel Castells: “se trata de áreas que se diluyen en las distancias tradicionales entre ciudad y
campo, ciudad y periferia.
Según Procedo Ledo (1996), en las áreas periurbanas es posible observar una vinculación de los límites de la región
urbana con los espacios predominantemente rurales donde viven personas que trabajan. Además, según él, una
región urbana o urbanizada es una estructura interurbana, formada por una malla o una red de sentamientos
urbanos dispersos, que posee características sociales, económicas urbanas u que funcionalmente está constituido
como espacio unitario.
Con la expresión: “naturaleza difusa de las áreas periurbanas”, hace alusión a que los límites de lo periurbano son
imprecisos, sus características sociales y económicas suelen encontrarse en procesos de cambio.
Corter (1987), utiliza el concepto “franja rural-urbana” para hacer referencia a las áreas intermedias. Se trata de una
forma de ocupación del suelo que no es propiamente rural ni tampoco urbana.
Además de la existencia de las áreas periurbanas de suelos de uso rural, existen otras también incluidas:
Zárate, conceptúa a las áreas metropolitanas como áreas rururbanas. La formación de tales áreas se ha desarrollado
de acuerdo a uno varios de los siguientes modelos:
Desarrollo discontinuo: han surgido en torno a la ciudad central de manera regular, dando origen a un área
de densidad poblacional
Desarrollo Radial: el crecimiento que tuvo lugar a lo largo de las principales vías de acceso y de forma
segmentada
Desarrollo a saltos: se compone de núcleos de usos del suelo urbano en medio de suelos de uso rural.
Según Pellicer (1998), a las áreas metropolitanas se le yuxtaponen 3 tipos de espacios periurbanos: el espacio
natural, el rural y el urbano. Además, considera al espacio periurbano como de conflicto que se encuentra en la
frontera entre los subsistemas antes mencionados. Como consecuencia de la dinámica urbana, los espacios
periurbanos continúan en crisis debiendo responder a numerosas funciones.
Ante el creciente deterioro que están sufriendo dichos espacios, Pellicer, plantea restablecer las relaciones
equilibradas entre la ciudad y su entorno, para esto se necesita de una planificación urbana, respetuosa de su
entorno natural.
Antonio Font, sitúa el fenómeno de periurbanización en el contexto de las nuevas formas de desarrollo urbano.
Considera que los cambios ocurridos a escala global en el proceso de mundialización suponen nuevas modalidades
del uso del territorio.
Dematties (1998), señala la importancia de las nuevas periferias urbanas. En 1980 y 1990, estas sugieren la idea de
una especie de “ciudad sin centro”: modelo de ciudad que parte de la interconexión físico funcional de unos lugares
y sistemas urbanos que tratan de conservar y potenciar su propia identidad; por lo que la imagen de la nueva
periferia va a ser compleja.
Todos estos cambios se dan en el tránsito del modelo económico conocido como el fordismo a la fase postfordista.
Esto tiene consecuencias notables en el modo de concebir políticas urbanas y la propia planificación urbana. Dicho
tránsito ha vuelto ineficaz el control territorial directo por parte de la administración pública.
En este contexto de cambios, se hacen necesarios forma de programación y regulación de los asentamientos
urbanos; basados en lógicas contractuales, capaces de conectar actores sociales entre sí. Objetivo: crear
condiciones adecuadas para la realización de proyectos comunes a escala territorial local.
1970 en Europa:
El concepto de áreas periurbanas solo es aplicable a países altamente industrializados y no a los que se encuentran
en condición de desarrollo, motivo por el cual quienes pueden acceder a ella, son aquellas personas que disponen
de una situación socioeconómica adecuada para sostener dicho nivel de vida.
Causas:
Dematties: “las nuevas periferias periurbanas son el resultado de cambios en las estructuras territoriales urbanas, en
las tecnologías de la comunicación y en la regulación social que han transformado los países industrializados a partir
de fines de la década de 1960”.
✓ Los choques que surgen entre los usos urbanos y rurales del suelo
✓ Las fuertes transformaciones del paisaje y los perjudiciales impactos ambientales
✓ La necesidad de dotar de servicios públicos
✓ Las dificultades de tipo administrativo y discal que plantea la gestión de esos territorios
✓ El aumento del costo de las infraestructuras.
Efectos positivos:
Efectos sobresalientes: empezaron en Europa occidental con la revolución francesa, lo que produjo la transgresión
de los límites como consecuencia de la falta de espacio, del hacinamiento y de las malas condiciones de vida. Todo
esto contribuyó a que las ciudades comiencen a crecer en un principio de manera centrada y posteriormente
continuar con procesos de dispersión urbana.
Moonclús (1998): existe una fuerte correlación entre las pautas de urbanización y los niveles de motorización.
El Centro de las ciudades ha sido ocupado por comercios especializados, oficinas de seguro, de banco, de inversión,
inmobiliarias, etc. Actividades que se mezclan con una ciudad envejecida o grupos marginados, dando como
consecuencia una ciudad difusa.
En la ciudad difusa ya no pueden considerarse las definiciones viejas basadas en umbrales y en la densidad relativa
de la población: quedan obsoletos.
Frente a los espacios urbanos, ineficientes, segregados e insostenibles, se precisa de un diseño, un planteamiento y
una estrategia colectiva. Deben ser tanto sociales y económicas como ambientales y urbanísticas. Carentes de esto,
los espacios urbanos no serán ciudades, serán más bien mosaicos de parcelas sociales, sin otro principio ordenador
que el de renta urbana y privilegio social.
En tiempos de preponderancia de la ciudad difusa, las administraciones públicas tiene como objetivo primordial
tratar de gestionar espacios urbanos centrífugos.
“Territorios en la globalización cambio global y estrategias de desarrollo territorial” (Federico Bervejillo)
1. INTRODUCCIÓN
Partimos de constatar que la globalización tiene una doble faz: por un lado, supone la creación de un único espacio
mundial de interdependencias, flujos y movilidades, que constituye el ámbito de la nueva economía y cultura global;
y por otro comporta la reestructuración de los territorios preexistentes, una nueva división del trabajo internacional
e interregional, y una nueva geografía del desarrollo con regiones ganadoras y perdedoras. Además, pide una
renovación en los métodos y herramientas de las estrategias territoriales.
I. Dimensiones de la globalización
La globalización es una de las macrotendencias que están redefiniendo el contexto mundial. Se manifiesta en la
emergencia de un único espacio global de interdependencias, flujos y movilidades que se superpone al viejo
territorio estructurado como un mosaico de continentes, países y regiones. En este espacio se despliega un conjunto
de sistemas globales, cuyos componentes funcionan altamente integrados. Como consecuencia, aumenta la
complejidad de cada territorio, y crece la incertidumbre en relación a su futuro desarrollo.
• la construcción de la infraestructura del nuevo espacio apoyada en las nuevas tecnologías de informática,
telecomunicaciones y transportes;
• la constitución de sistemas globales de acción en las dimensiones económica, cultural y política, incluyendo
la constitución de nuevos actores globales, la creación de códigos y reglas, y la definición de ámbitos y
mercados.
• la progresiva integración de componentes territoriales preexistentes en los nuevos sistemas globales
• la progresiva incidencia de las dinámicas globales sobre cada territorio local, integrado o no, y la progresiva
interdependencia de los territorios.
✓ Tecnológica
✓ Económica
✓ Cultural
✓ Político institucional
✓ Físico ambiental
Los desarrollos de la informática, las telecomunicaciones y los transportes, constituye la infraestructura y el código
del nuevo espacio global. Además de comunicación, las nuevas tecnologías permiten la acción a distancia y el
control centralizado, en tiempo real, de procesos altamente complejos y geográficamente dispersos.
Las redes telemáticas no sólo aportan la base material de los sistemas globalizados: también proveen la versión más
neta del nuevo paradigma organizativo basado en la idea de flexibilidad y descentralización integrada.
La flexibilidad se vincula con la necesidad de competir en mercados globales y segmentados tanto espacial como
temporalmente. Las nuevas tecnologías posibilitan una producción funcionalmente flexible y espacialmente
dispersa, a la vez que altamente coordinada e integrada.
Como efecto combinado de la globalización y del nuevo paradigma tecno-económico, está emergiendo una nueva
geografía económica. En ella coexisten regiones y sistemas urbanos de tipo tradicional con nuevas estructuras
espaciales discontinuas organizadas en redes y en cadenas, dando lugar a una lectura más compleja de los
fenómenos territoriales.
Lipietz y Leborgne (1992) fundamentan en forma consistente una prospectiva de diversificación de los territorios,
antes que de uniformización. El argumento central es que un nuevo paradigma tecnológico no constituye de por sí
un nuevo modo de desarrollo, y que la configuración espacial depende más del segundo, con toda su complejidad
y posible diversidad, que del primero.
Para el desarrollo de los territorios singulares, resulta decisivo el tipo de trayectoria empresarial que se produce
en respuesta al nuevo paradigma tecno-económico y a la globalización, tanto a nivel de la empresa individual, como
a nivel de las relaciones Inter empresas. Estas trayectorias están pautadas por el grado y calidad de integración local
del tejido de empresas, y por el tipo de relación con los sistemas productivos transnacionales. El modo de desarrollo
territorial se sitúa así en la encrucijada de los mega procesos y las historias y estrategias locales.
La nueva geografía cultural se caracteriza por una tensión compleja entre uniformización y diferenciación. Por un
lado, emergen sistemas globales de producción, valorización y consumo de bienes culturales, fuertemente
apoyados en medios masivos de comunicación. Por otro, se fortalecen los particularismos, algunos con fuerte
inscripción territorial. Esta reemergencia de particularismos territoriales aparece en mayor o menor medida asociada
a un debilitamiento de las unidades culturales nacionales.
De allí que la nueva complejidad y tensión de la geografía cultural emergente lleve a replantearse el propio
concepto de identidad: factor clave en la movilización de energías colectivas en favor del desarrollo local o regional.
Plantea serios desafíos al diseño de estrategias regionales y a la propia construcción del sentido social y político de
dichas estrategias.
El desarrollo territorial, en consecuencia, se ve obligado a hacerse cargo de los desafíos de la diversidad cultural y
de la mayor complejidad de las identidades sociales, acentuadas ambas por los procesos de globalización.
En síntesis, la globalización es un cambio sistémico que abarca todas las dimensiones de la sociedad: económica,
sociocultural, política. Los efectos directos de la globalización se perciben en la emergencia de un conjunto de
sistemas globales, que operan en un espacio mundial de flujos y comunicación, bajo la lógica de la descentralización
integrada.
La reestructuración es la resultante compleja del impacto de los sistemas globales sobre los territorios, del ascenso
de los sistemas de producción y regulación flexible y de la expansión de la condición cultural postmoderna. Este
conjunto de impactos se superpone, mezclan y/o sustituyen a las estructuras territoriales preexistentes, dando como
resultado un nuevo espacio de geometría variable.
Para los territorios singulares la globalización representa una fuerte pérdida de autonomía, un desvanecimiento de
las fronteras, la irrupción o el abandono por parte de actores globales, el pasaje a una interdependencia
generalizada con otros territorios cercanos o lejanos.
De allí que pueda hablarse de la globalización como una desterritorialización, como un paso de lo concreto (los
territorios vividos, apropiados por sociedades singulares) a lo abstracto (el espacio global de los flujos, de la
simultaneidad de lo discontinuo).
La globalización puede, en suma, leerse como una amenaza para el desarrollo de los territorios concretos. Existen
cuatro manifestaciones posibles de la globalización como amenaza a los territorios:
Amenaza de marginación o exclusión, para aquellas áreas del planeta que dejan de ser —o no llegan a ser—
necesarias o relevantes para la economía global.
Amenaza de integración subordinada, dependiente de actores globales externos, que no sólo carecen de
arraigo territorial, sino que resultan inaccesibles e irresponsables frente a la sociedad local. Es frágilmente
reversible de un momento a otro.
Amenaza a las viejas unidades territoriales, países, regiones o ciudades, con inducir la fragmentación, el
desmembramiento, la desintegración económica y social.
Amenaza de una crisis ambiental, consecuencia en parte de las anteriores, o de la imposición de un modelo
de desarrollo no sustentable.
En principio, la fragmentación/ desestructuración territorial puede alcanzar 3 dimensiones: económica, socio cultural
y espacial. Además, este análisis de fragmentación-globalización puede referirse a distintas unidades territoriales:
países, regiones, ciudades.
Por otra parte, aún en los países desarrollados se generan territorios de marginación socio-económica más o menos
irreversibles durante los procesos de globalización / reestructuración. Las regiones mono funcionales de vieja
industria, o las localidades de mono industria, ante crisis globales o de estrategias de reconversión y relocalización
en el espacio global, se enfrentan a una total carencia de respuestas alternativas. Pero en las regiones o localidades
de persistente crisis económica, la amenaza de crisis y fragmentación social siempre está presente, como una
posible involución y achicamiento del sistema local.
Los territorios tradicionales se fragmentan obedeciendo a su diferenciación histórica, sumada con su inscripción en
las lógicas globales. Esto produce: pérdida del sentido de conjunto de la sociedad urbana; y reinserción pasiva y
atomizada en el espacio virtual, que se combinan así en la megalópolis postmoderna y globalizada.
Las restricciones que el proceso de globalización supone para los territorios, nacionales y regionales, pone en
cuestión las posibilidades y prioridades de una planificación territorial del desarrollo. El nuevo punto de partida
es la constatación de una contraposición de lógicas: global espacial-transnacional versus socio-territorial. Frente a
los efectos desestructuradores de la globalización, la planificación regional debería asumir una cierta vocación de
resistencia desde los territorios.
Desde nuestro punto de vista, no puede negarse que ciertas modalidades de la planificación territorial están
cuestionadas, en su consistencia teórica y en su factibilidad en el nuevo contexto. Por lo pronto, está claro que ningún
territorio puede desarrollarse a espaldas de la globalización, y que ésta supone lógicas espaciales y transnacionales.
La globalización, asociada con el tránsito entre paradigmas tecno-productivos, puede también ser vista como una
oportunidad para el desarrollo de los territorios. Por un lado, la globalización permite a ciertos territorios un acceso
más abierto a recursos y oportunidades globales; por otro, la globalización y la transición en los modos de desarrollo
supone una valorización o revalorización de recursos de fuerte inscripción territorial, y les permite reposicionarse en
el espacio global.
Como contrapartida, la idea de la globalización como oportunidad tiene una pertinencia selectiva: solamente los
territorios que han alcanzado ciertos niveles previos de desarrollo, pueden acceder a utilizar las nuevas
oportunidades para su beneficio. En otras palabras, la globalización sería una oportunidad especialmente para
territorios en niveles medios de desarrollo y dotados de capacidades estratégicas relevantes.
La hipótesis de la “ventana de oportunidad” plantea que durante el cambio del paradigma (tecno-económico y de
contexto internacional) es posible para un territorio dar un salto cualitativo y reposicionarse en el nuevo escenario
(Pérez, 1989).
Los territorios periféricos que logran obtener e incorporar estos conocimientos a su práctica productiva generan un
salto de desarrollo y logran acceso al nuevo esquema de competitividad mundial.
Hay entonces una tensión entre, por un lado, la desterritorialización del capital, que parecería confirmar una visión
del territorio como soporte, y la por otro la territorialidad confirmada de ciertas capacidades empresariales e
institucionales imprescindibles en varias de las formas que hoy están adoptando las dinámicas de desarrollo. En esta
tensión encuentran su espacio las nuevas estrategias de desarrollo territorial.
En primer lugar, se pone en evidencia que se trata de una temática nueva, en la cual las transformaciones del
mundo real preceden e interpelan a la teoría.
La globalización es un cambio sistémico que abarca todas las dimensiones de la sociedad: económica,
sociocultural, política. Los efectos directos de la globalización se perciben en la emergencia de un conjunto de
sistemas globales, que operan en un espacio mundial de flujos y comunicación, bajo la lógica de la
descentralización integrada.
La reestructuración es la resultante compleja del impacto de los sistemas globales sobre los territorios, del ascenso
de los sistemas de producción y regulación flexible y de la expansión de la condición cultural postmoderna. Este
conjunto de impactos se superpone, dando como resultado un nuevo espacio de geometría variable.
El modo de desarrollo territorial se sitúa así en la encrucijada de los mega procesos y las historias y estrategias
locales. El diseño de estrategias en la fase de transición asume un alto valor político, en la medida en que está en
juego un abanico de opciones, y no un mero determinismo tecnológico.
La globalización puede leerse como una amenaza para el desarrollo de los territorios concretos. En particular, la
globalización amenaza a las viejas unidades territoriales, países, regiones o ciudades, con inducir la fragmentación,
el desmembramiento, la desintegración económica y social.
Pero la globalización, asociada con el tránsito entre paradigmas tecno-productivos, puede también ser vista como
una oportunidad para el desarrollo de los territorios: por un lado, la globalización permite a ciertos territorios un
acceso más abierto a recursos y oportunidades globales, supone para ciertos territorios una valorización o
revalorización de recursos endógenos latentes de fuerte inscripción territorial, y les permite reposicionarse en el
espacio global; y finalmente la globalización abre nuevas posibilidades para la formación o acceso a redes
interterritorial.
El mesonivel socioterritorial se concibe precisamente como una trama de relaciones localizada y socialmente
construida, mediante procesos cuyo éxito no está garantizado de antemano para cualquier tiempo y lugar.
Las redes de ciudades y las regiones virtuales constituyen dispositivos privilegiados de la nueva geografía
económica en el espacio globalizado, verdaderos «territorios discontinuos» en los que predominan las relaciones
de cooperación en beneficio de la inserción global de cada componente.
La competitividad tiene una base territorial específica, y se construye socialmente mediante la articulación de los
niveles local y global dentro de cada país, lo que requiere de las políticas una atención específica a las estructuras
y dinámicas interinstitucionales en el nivel meso.
El impulso dado a la planificación y gestión estratégica, como método capaz de sustentar el diseño de estrategias
en un entorno crecientemente complejo e incierto, apoyado en la prospectiva y en la concertación público-
privada, surge como uno de los rasgos más característicos del planeamiento territorial más reciente.
La práctica de la planificación estratégica, conduce a la identificación de los desafíos clave para el diseño de
estrategias.
La planificación y gestión estratégica suponen también un proceso de definición y construcción del sujeto
territorial, a partir de procesos de concertación y negociación.
“Ciudades latinoamericanas: la necesidad de ser capaces de gestionar una nueva agenda urbana” (Rita María
Grandinetti y Patricia Olga Nari)
El artículo propone avanzar en la caracterización de la agenda urbana emergente en América Latina a raíz de las
vicisitudes generadas por la pandemia de COVID-19, y de las capacidades públicas para llevarlas adelante. Plantea
el estado de situación de los temas de agenda y las capacidades locales en la región e infiere lineamientos para su
fortalecimiento.
1. Introducción
El presente artículo se plantea las siguientes preguntas: ¿se han modificado efectivamente las agendas públicas de
las ciudades latinoamericanas? Y, si esto es así, ¿en qué sentido? ¿Cuáles son las capacidades necesarias para llevar
adelante estas nuevas agendas? La perspectiva vincular entre las agendas públicas y las capacidades necesarias es
un aporte de este artículo. En este análisis, se entiende que las capacidades públicas necesarias están vinculadas al
tipo de políticas o las agendas a gestionar. Hay elementos comunes, pero también aspectos diferentes, para tener
en cuenta según la agenda de políticas. Por otra parte, aporta un estado de situación de las agendas y las
capacidades públicas locales en la región, a modo preliminar, postpandemia.
Hasta comienzos del año 2020 se denominaba Nueva Agenda Urbana (NAU) a aquella surgida de las discusiones y
acuerdos alcanzados en la Tercera Conferencia de las Naciones Unidas sobre Vivienda y Desarrollo Urbano
Sostenible, Hábitat III. La NAU, es un documento que sufrió fuertes críticas, fundamentalmente de organizaciones no
gubernamentales y gobiernos locales.
El mundo académico de expertos y gestores de planificación y políticas urbanas reconocía, previo a la pandemia,
una agenda urbana de siglo XXI construida desde un marco epistemológico y con bases de evidencia estructuradas
en categorías tales como: alta densidad, proximidad, sustentabilidad ambiental, transporte público, bienestar y
cuidados de cercanía, como valores positivos y proactivos para la vida urbana democrática. En tanto, los debates y
reflexiones surgidos de manera temprana en plena pandemia giraron en torno a la validez de esa agenda y a los
niveles de afectación que sufrían sus postulados a partir de la crisis del COVID-19.
No obstante, los especialistas acuerdan en que la pandemia produjo en las ciudades la agudización y visibilización
de situaciones estructurales preexistentes y la aceleración de procesos incipientes o aletargados sobre los cuales
los gobiernos locales, más temprano que tarde, deberán desarrollar alguna estrategia.
Por otra parte, la centralidad que adquirió la tecnología en los hogares modificó la cotidianidad de las personas y
las ciudades, evidenciando la crisis de numerosas interfaces: la COVID-19 ha mostrado los agotamientos y límites
de las interfaces educativas y de las políticas sanitarias instituidas durante la modernidad (Scolari, 2020).
Más recientemente, algunos autores han enfatizado en la necesidad de modelos de gobernanza inteligente,
basados en el sustrato de los diversos cambios que se dan a nivel social, tecnológico, ambiental y productivo en la
sociedad red. La gobernanza inteligente aborda los desafíos de las nuevas agendas de políticas en estos momentos
de aceleradas transformaciones que desdibujan los tiempos y los marcos de actuación de políticas. Las capacidades
públicas son entendidas como el factor facilitador que permite construir valor público y alcanzar las metas de gestión
en contextos de alta incertidumbre. Se basan en la capitalización y a su vez la construcción de inteligencia.
Esta noción de capacidades posee un doble sentido: por un lado, las capacidades permiten a los gobiernos
adaptarse a los cambios sociales, y así dar respuesta a las necesidades, y, por otra parte, posibilitan construir
direccionalidad compartida e influir en el contexto a través de la producción de valor público. La noción de
capacidades así entendida vincula las tres dimensiones de actuación gubernamental: la política, la relacional y la
administrativa.
Una característica de la agenda postpandemia es que está integrada fundamentalmente por los denominados
wicked problems, problemas malditos o perversos según las traducciones en español. Estos problemas se definen
por su complejidad técnica inserta en un entramado de opciones políticas, que hace que tengan múltiples y disímiles
definiciones por parte de los numerosos actores involucrados.
La nueva agenda local, requiere capacidades de gestión de políticas particulares, ya que no se acomoda a los
criterios exclusivamente técnicos.
El Estado presenta serias limitaciones para abordar los problemas malditos y dar respuestas significativas a la
ciudadanía. Por ende, las ciudades capaces son aquellas que pueden construir colaborativamente una agenda
pública postpandemia que sea socialmente relevante y llevarla a cabo capitalizando la inteligencia territorial en
ecosistemas públicos ágiles.
2. Las agendas de las ciudades latinoamericanas
La literatura de distintas tradiciones disciplinares sobre políticas urbanas de los últimos años ajusta en un menú
relativamente acotado los principales tópicos que integran las preocupaciones de los gobiernos locales, a la vez
que despliega un conjunto de orientaciones para su desarrollo; un nuevo policy frame, que se vislumbra como
“desarrollo urbano sostenible”.
Respecto a la desigualdad socioespacial, algunos autores hablan de injusticias espaciales que se manifiestan en la
presencia de asentamientos irregulares, villas y barrios populares, desequilibrios territoriales e inequidades en la
prestación de bienes y servicios. En cuanto a la precariedad e informalidad laboral, contribuye al crecimiento de la
pobreza y la vulnerabilidad. La expansión desordenada resulta segregadora e insostenible. Otros desafíos son las
violencias y la penetración de las economías delictivas; el desarrollo y cuidado del espacio público urbano; la
movilidad en las grandes ciudades, nula atención a la relación con el campo, periurbanos y entornos y al consumo
racional de recursos naturales; y, por último, los gobiernos de las ciudades, como actores protagónicos de la
gobernanza urbana, son generalmente débiles para promover procesos de transformación. Por el lado de la
planificación urbana en América Latina, el siglo XXI marca cambios importantes en sus características: el Estado inicia
un proceso de recuperación de centralidad en la planificación y gestión de los territorios; se manifiesta una visión
más integral del problema habitacional, superadora del mero viviendismo; el territorio se introduce como factor
fundante de las singularidades proyectuales; se incorpora la participación ciudadana y de las organizaciones
sociales como elemento clave de empoderamiento social y sostenibilidad de un proceso de construcción (no un
plan acabado) de carácter técnico-político y comunitario; se integra la dimensión ambiental y la importancia de la
coordinación y coherencia de las redes de relaciones públicas y comunitarias.
No obstante, estudios recientes indican que existen escasas y débiles políticas que favorezcan el desarrollo de
iniciativas locales de desarrollo urbano integral y sostenible, y que las políticas y planes de desarrollo urbano no
suelen lograr sus objetivos. Se considera, además, un nivel bajo de capacidades y recursos técnicos municipales
para ello, fundamentalmente por no contar con suficiente autonomía política y financiera para formular sus propias
políticas de desarrollo urbano.
Hasta el momento, a un año de declarada la pandemia por COVID-19, las discusiones de expertos y gestores en
torno a los cambios que la pandemia produjo en la agenda urbana, o se señalan algunas cuestiones que la ponen
en tensión.
La idea que fue tomando más cuerpo y que implica cambios sustantivos en la vida urbana y en el diseño de las
ciudades es la ciudad de los de los 15 minutos, desarrollada por el urbanista Carlos Moreno y adoptada por Anne
Hidalgo. Esta propuesta resulta adecuada en situaciones como las de pandemia: promueve y alienta las relaciones
de proximidad para el desarrollo de la vida urbana, y, al reducir las distancias, se evita el uso del transporte
automotor y las ciudades se tornan más caminables y pedaleables.
En la historia de las ciudades, las pestes siempre fueron un punto de inflexión de grandes innovaciones que
transformaron la ciudad y la vida de los citadinos.
Esta visión, optimista al fin, encuentra una relación entre los desarrollos tecnológicos para resolver situaciones
puntuales (sanitarias en este caso) y los impactos y transformaciones en la estructura, la vida y la estética de las
ciudades. Si esto es así, estamos en un momento para construir y facilitar ecosistemas de innovación en torno a
temas y sectores que puedan desencadenar nuevos caminos para el desarrollo urbano.
3. Ciudades capaces.
Ciudades capaces son aquellas que pueden construir colaborativamente una agenda pública postpandemia que
sea socialmente relevante y llevarla a cabo capitalizando la inteligencia territorial en ecosistemas públicos ágiles.
Por lo tanto, la pandemia de COVID-19 resulta oportuna para reconocer qué tipo de estrategias y características
organizacionales pueden ser valiosas para construir estas capacidades.
De modo preliminar, y en forma concomitante aún con el desarrollo de la pandemia, pueden señalarse algunos
aspectos que se destacan a continuación.
En tercer lugar, las TIC han revelado todo su potencial, de modo acelerado, en la pandemia. Albert Meijer estudió
los usos y sus principales impactos en este período, a partir de referentes de 21 países de los 5 continentes. Las TIC
fueron la base que estructuró el accionar.
En relación con las redes interjurisdiccionales, el estudio de Mendoza Ruiz et al. (2020) señala que los arreglos de
las relaciones intergubernamentales han mostrado diversos grados de efectividad. Esto ha sido influenciado por el
tipo de régimen, federal o unitario, y por el diseño institucional de las políticas públicas.
En el caso argentino, las relaciones están marcadas por las vinculaciones directas entre el gobierno nacional y los
subnacionales, por sobre las relaciones intergubernamentales entre jurisdicciones. Sin embargo, durante la
pandemia se han desarrollado múltiples experiencias de cooperación interjurisdiccional de tipo vertical y horizontal.
En salud, por ejemplo, se constituyó una red nacional, con el Estado nacional como organismo rector de políticas,
los Estados provinciales como responsables del sistema de salud y la adecuación de la normativa en su territorio, y
los municipios, a cargo de la implementación de las diversas políticas de comunicación, prevención y control.
En pandemia, los gobiernos locales se enfrentaron como nunca a los límites de estos modelos organizacionales
preexistentes y a los niveles dispares de innovación de sus gestiones. La prestación de servicios básicos a la
población, las nuevas exigencias de protocolización de acciones y control del espacio público, en un contexto de
aislamiento social, pusieron a prueba la resiliencia de las organizaciones públicas.
En cuanto a las TIC y su utilización intensiva en la gestión, América Latina y el Caribe se ubican en una posición
intermedia, en comparación al desarrollo de los ecosistemas digitales de otras ubicaciones del mundo.
La conectividad a la red y entre dispositivos es el servicio priorizado por los municipios, seguido muy de cerca por
los sistemas de seguridad, las herramientas de colaboración y los servicios de consultoría y asesoramiento externo.
Los municipios aún parecen necesitar resolver deudas previas en torno al desarrollo digital, con cuestiones básicas
como la conectividad y la seguridad siendo los elementos identificados como prioritarios.
4. Líneas de cierre
Se reafirma la necesidad del enfoque del derecho a la ciudad y dotación de infraestructura y servicios públicos para
las poblaciones más desfavorecidas y se demanda la creación de un sistema público de cuidados, que reconozca el
trabajo realizado por las mujeres en las tareas vitales para el sostenimiento de la vida y la comunidad.
Toma fuerza el enfoque de la ciudad de proximidad o de los 15 minutos. Se insiste en el enfoque sistémico del
cuidado del ambiente natural y construido. Se profundiza el enfoque de gobernanza horizontal y multinivel como
gestión de los territorios. Se fortalecen los gobiernos locales en el marco de un programa federal. Las capacidades
locales cobran particular relevancia para gestionar la agenda postpandemia.
Sin embargo, esto requiere del desarrollo de nuevas capacidades que fortalezcan tres aspectos críticos, ya que han
demostrado ser significativos para lidiar con la incertidumbre y vertiginosidad: el fortalecimiento y dinamización de
redes de cooperación interjurisdiccionales y público-privadas; el avance en la construcción de organizaciones de
tipo polifónicas y el uso intensivo de las TIC, sobre todo los sistemas basados en la nube.
Es necesario quizás pensar en programas integrales de escala nacional o regional que faciliten el desarrollo de
capacidades críticas sin caer en los modelos estándar y la transferencia tecnológica situada que tan malos resultados
ha dado en la década de 1990.
Finalmente, estamos convencidas de que el futuro, por incierto que sea, se va construyendo en el presente. Resultan
clave las decisiones que se tomen durante la pandemia, ya que estarán marcando el sentido de la nueva normalidad.
Ahora se está disputando ese sentido: si el futuro será mejor o si la humanidad no aprendió la lección.
Ciudad Hojaldre. Visiones urbanas del siglo XXI (Carlos García Vázquez)
Sus orígenes se remontan a mediados del siglo xix, con los escritos de Karl Marx y Friedrich Engels. Si bien en un
principio la teoría marxista se centró en el conflicto campo-ciudad, pronto se reorientó hacia las consecuencias que
el proceso productivo capitalista tenía en la vida cotidiana del proletariado urbano. La ciudad se convirtió en el
escenario de la lucha de clases. En este encuadre, la ciudad fue denunciada como una "superestructura", es decir
como una interpretación Ideológica del mundo que tendía a justificar el orden social capitalista y ocultar la realidad
que imponían por sus condiciones de producción.
Tras la Crisis del Petróleo de I 973 se puso en marcha un proceso de reestructuración económica que puso fin a tres
décadas de Estado del Bienestar. De este período, Manuel Castells ha destacado dos características: la retirada del
Estado de la economía y la expansión geográfica del sistema hacía una globalización. Lo que denominamos "tardo
capitalismo" es fruto de la confluencia e interacción del proceso de reestructuración económica y el modo de
desarrollo Informacional.
De esta síntesis histórica ha surgido una nueva espacialidad que se ha dado en llamar "el espacio de los flujos".
Es decir, un sistema integrado de producción y consumo, fuerza de trabajo y capital, cuya base son las redes de
Información. Esto, afectó a tres sectores: la industria, el trabajo de oficinas y el sector financiero.
Joel Kotkin, defiende que hoy en día el emplazamiento es más importante que nunca, es decir, que la decisión acerca
de dónde instalar una empresa depende cada vez más de las características específicas de un determinado lugar.
Lo cual ha generado que la calidad de vida se convierta en el parámetro más sustancial, por delante de los sistemas
impositivos, las regulaciones urbanísticas o el coste del suelo.
En efecto, cuanto más se globaliza la economía, más se concentran las funciones centrales en unas cuantas áreas
metropolitanas. Uno de los principales factores en la selección de las ciudades globales es la red de
telecomunicaciones, una red que no es isótropa. Para rentabilizar las enormes inversiones que requiere su
construcción es necesario garantizar que circulen por ella una gran cantidad de flujos.
Este factor ha reactualizado el sistema urbano heredado del siglo xix como red de ciudades globales. Manuel
Castells5 reduce su número a tres:
Londres por ser el primer mercado financiero del mundo; Nueva York por ser el principal receptor de flujos de
capital y exportador de servicios; Tokio por ser el mayor prestamista de capital y sede de los bancos más
Importantes. Para otros autores, sin embargo, esta selección es demasiado reductiva e indican un mayor número
de ciudades globales.
El primer sector productivo en abandonar la ciudad global fue la industria dejó atrás multitud de áreas urbanas
abandonadas.
Alien J. Scott se opone a que se aplique el término "posindustrial" a la ciudad global, pues está convencido de
que la Industria sigue siendo el motor de desarrollo. Scott prefiere hablar de procesos de "desindustrialización" y
"reindustrialización”.
Los argumentos de Alien j, Scott se ven confirmados por la presencia en las ciudades globales de industrias tan
dinámicas como las del sector de la alta tecnología, estrechamente vinculadas con centros de investigación y
desarrollo. Estas "fábricas" se concentran en los denominados "parques tecnológicos", impecables centros de
producción e Investigación. Pero posindustrial o no, es evidente que los servicios han sustituido a la Industrial.
Una de las actividades que se desarrollan en las ciudades globales es la que se es la que se deriva de los servicios
avanzados a la producción: asesoramiento legal y financiero, innovación, desarrollo, diseño, marketíng estudios de
mercado, etc. Otra actividad, las empresas que satisfacen los nuevos hábitos de consumo de la sociedad
contemporánea; empresas que hacen especial hincapié en la moda, el ocio y la cultura.
Esta lógica productiva ha inducido una profunda reorganización del espacio urbano. El binomio centralización-
descentralización que caracteriza al espacio de los flujos vuelve a reproducirse aquí, en este caso con el fenómeno
del coprotagonismo del centro y la periferia.
La componente de descentralización, por su parte, se pone de manifiesto en el esplendor de las periferias de las
ciudades globales.
El exponencial crecimiento periférico de las ciudades globales ha situado las cuestiones de la escala y las
infraestructuras en el centro del debate de la visión sociológica. Tal como argumenta Edward W. Soja, vocablos tan
expansivos como "megalópolis" o "megaciudad" se han quedado cortos para definir estos inmensos territorios
urbanos. Por ello, Francois Ascher, ha propuesto un nuevo término:"metápolis".
Su reflexión partió de la constatación de que las grandes ciudades contemporáneas crecían por la integración en su
funcionamiento de zonas alejadas, no contiguas y no metropolitanas. Este fenómeno está indudablemente
vinculado al uso del automóvil, pero también, y muy especialmente, a la aparición de los transportes colectivos de
alta velocidad.
Ello ha favorecido la discontinuidad de la urbanización y la Odiie Jacob, París, 1995. irrupción del denominado
"efecto túnel", es decir; de enormes vacíos metropolitanos que separan densos núcleos de actividad urbana. El
resultado es la metápolis, un espacio geográfico cuyos habitantes y actividades económicas están integrados en el
funcionamiento cotidiano de una gran ciudad, cuyos principios organizativos derivan de los sistemas de transporte
de alta velocidad. La metápolis pone de manifiesto la importancia que las infraestructuras territoriales tienen en la
articulación de la ciudad global.
Uno de los lugares donde ¡a ciudad dual muestra más radicalmente su condición bipolar es en los centros urbanos
norteamericanos. Comenzó cuando la clase media los abandonó en la posguerra dio lugar a que tan sólo estuvieran
habitados por sectores sociales de bajo poder adquisitivo, fundamentalmente proletarios, inmigrantes y
marginados.
Jane Jacobs defiende los valores de la ciudad tradicional. Los centros urbanos empezaron entonces a renacer a
percibirse como áreas renovadas y atractivas que, en muchos aspectos, ofrecían una calidad de vida superior a la de
los lejanos suburbios.
Los pioneros en volver a residir en los cascos históricos fueron los Yuppies: jóvenes profesionales que trabajaban
en distritos financieros cercanos. Estos, encontraron en sus viejos edificios originales residencias que les
diferenciaban del resto de los mortales. Su llegada desató una imparable espiral de crecimiento del precio de las
viviendas que, paradójicamente, acabó convirtiendo al centro urbano en un espacio residencial de lujo, inaccesible
para las clases obreras. Este proceso de expulsión de la población originaria y posterior suplantación por otra de un
poder adquisitivo mayor ha sido denominado como "gentrificación”.
La gentrificación ha provocado una reducción del entorno espacial, hizo que convivan los dos extremos sociales
contemporáneos: profesionales cualificados y las minorías marginadas. Produciendo una lucha por el territorio.
Esto, trae a colación otro problema: seguridad y control.
La iniciativa partió de las Home Owners Associations de Estados Unidos, asociaciones de propietarios que querían
defender la paz. Su principal reivindicación era conseguir que las declararan community, un estatuto que les permite
autogestionarse. ¡Surgieron así las “comunidades cerradas”, enclaves cuyos servicios y espacios públicos están
consagrados a! uso exclusivo de sus acomodados residentes.
Las communities son entidades jurídicas privadas que cuentan con todos los servicios de una ciudad convencional.
Las desigualdades económicas no son las únicas que alimentan la ciudad dual. Tan importantes como aquéllas son
las diferencias de raza y nacionalidad. Esta realidad está íntimamente vinculada al fenómeno de la inmigración, que
cada año afecta entre dos y tres millones de personas en todo el mundo. Esta corriente migratoria obedece a la
demanda de mano de obra no cualificada por parte de los sectores industriales poco tecnificados y los escalafones
inferiores del sector servicios.
El atrincheramiento de los inmigrantes en guetos raciales, un fenómeno que ya aquejó a las grandes ciudades
norteamericanas, se ha reproducido en las pasadas décadas.
En 1970, Richard Sennet comenzó a investigar la cuestión de la segregación urbana, y aportó luz a un discurso
enormemente novedoso para el momento: el del reclamo de la conflictividad y el desorden. Para esto o, era
necesario perder el miedo al conflicto, conseguir que los ciudadanos olvidaran su obsesión por las experiencias
controladas y purificadas, y se vieran obligados a tolerar ¡as ambigüedades, las certidumbres.
Ello requería del apoyo de una muy determinada espacialidad urbana. Sennet entendía que el planeamiento debía
olvidar su tradicional fijación por el orden funcional y la coherencia formal e interesarse por espacios
multifuncionales, desordenados, descontrolados y densos. El ciudadano se transformaba en un ser activo que debía
lidiar con las diferencias para sobrevivir.
Según Jean Baudrillard, las esencias de los hechos humanos han desaparecido de las ciudades. La vida en ellas está
cada vez más exenta de experiencias auténticas y cada vez más plagada de hábitos precodificados. Cuando este
fenómeno se expande por el espacio urbano nace la ciudad del espectáculo, donde lo real ha dejado paso a lo
hiperreal.
Fredric Jameson, denomina a la ciudad como “euforia postmoderna”. En ella todo es táctil y visible. Se deja de lado
todo lo malo, la segregación, la injusticia, etc. El habitante de ¡a ciudad del espectáculo tan sólo está interesado en
absorber por los sentidos, sin cuestionarse críticamente su situación en el mundo.
En la década de 1980 se puso de manifiesto el Imparable crecimiento que la industria del ocio estaba
experimentando en las ciudades. La denominada "generación X".
En 1990, presentaron a Disneylandia como paradigma del imperio de simulación que domina la cultura
posmoderna. Disneylandia se convirtió en una referencia ineludible, todos comenzaron un pro disneylandización.
La disneylandización afecta igualmente al espacio público de esta ciudad, que ha comenzado a ser invadido por
sofisticados espectáculos. Por último, dentro de las actividades de ocio cabría destacar el papel que el turismo está
desempeñando en la disneylandización de la ciudad del espectáculo. El turismo, la cultura y el consumo son 3 de
las actividades desarrolladas.
Una de las estrategias más habituales en la competencia entre ciudades es la especializaclón, es decir, la explotación
de elementos y circunstancias que las diferencian de las demás.
Surge cuando la sociedad contemporánea empezó a tomar conciencia de que las ciudades se estaban convirtiendo
en máquinas depredadoras del medio ambiente, lo cual legitimó y propagó el mensaje de la ciudad sostenible,
séptima capa de la ciudad hojaldre.
Entiende a la ciudad como un ecosistema que consume recursos y genera residuos, un organismo vivo
estrechamente interrelacionado con el territorio que lo rodea tanto a escala regional como global.
El informe de la ON U "Nuestro futuro en común" propuso el término "desarrollo sostenido" como un concepto a
aplicar a la economía. Para los defensores de la ciudad sostenible, la sostenibilidad debe convertirse, también, en el
principio rector del urbanismo. Tal como lo define el arquitecto e historiador catalán Albert García Espuche, un
desarrollo urbano sostenible es el que establece un acuerdo entre ciudad y medio ambiente según el cual algunos
de los privilegios de los que goza la población urbana son sacrificados en favor de opciones que puedan ser
sustentadas indefinidamente por los sistemas naturales. En otras palabras, ¡consistiría en alcanzar un equilibrio
ciudad-entorno natura!, donde la presión de la primera sobre el segundo no sobrepase determinados límites.
Parajaume Terradas pretendía un urbanismo sustentable a partir de contemplar aspectos como:
Michael Hough plantea que también se debe contribuir a la mejora del medioambiente mediante la integración
ciudad – naturaleza.
La ciudad sostenible se opone a la ciudad global y a la ciudad del espectáculo y aspira a convertirse en una
alternativa de ciudad dual.