Arte y Ciencia
de la
Gallística
Serie: Obras escogidas
Marco Aurelio Denegri
Arte y Ciencia
de la
Gallística
FICHA TÉCNICA
Título: Arte y Ciencia de la Gallística
Autor: Marco Aurelio Denegri
Serie: Obras escogidas
Código: HUM - 002 - 2015
Editorial: Fondo Editorial de la UIGV
Formato: 140 mm X 220 mm 248 pp.
Impresión: Offset y encuadernación, cosido y encolado
Soporte: Cubierta: folcote calibre 14
Interiores: Bond avena de 80 g
Tiraje: 2000 ejemplares
Primera edición: 1999
Segunda edición, corregida y aumentada: 2015
Universidad Inca Garcilaso de la Vega
Rector: Luis Cervantes Liñán
Vicerrector Académico: Jorge Lazo
Lazo Manrique
Vicerrector de Investigación y Posgrado:
Posgrado: Juan Carlos Córdova Palacios
Palacios
Jefe del Fondo Editorial: Fernando
Fernando Hurtado Ganoza
© Universidad Inca Garcilaso de la Vega
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Teléf.: 471-1919
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Fondo Editorial
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461-27 45 Anexo: 3712 - 3721
Correo electrónico: [email protected]
[email protected]
Prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio,
sin autorización escrita de los editores.
Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú Nº 2015-15317
ISBN: 978-612-4050-92-3
ÍNDICE
Presentación del Fondo Editorial 13
Prólogo 15
I. Investigaciones y estudios gallísticos:
la necesidad de ellos 17
II. Gallística 23
III. Principales partes del gallo 25
IV. La agresividad del gallo de pelea 29
V. La regresión hacia la media 33
VI. El valor de la gallina en la reproducción 37
VII. Bravura materna y cría 41
VIII. Valdelomar y la gallística 45
IX. Old English Game 69
X. Las enseñanzas de Narragansett 73
10.1. Cría 75
10.2. El nombre de las líneas 76
10.3. El término "puro" 77
10.4. La necesidad de ser ultraselectivo 78
10.5. La gallina de cría 78
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ARTE Y CIENCIA DE LA GALLÍSTICA
Debo poner ahora sobre el tapete otro hecho incontrastable, y
es la absoluta competitividad reinante en el mundo gallístico. En
efecto, de lo que se trata es de ganar como sea, aunque los gallos
ganadores disten muchísimo de la excelencia, o hayan ganado por
un golpe de suerte, o le hayan ganado a un gallo malo. Nada de eso
importa. Lo importante es ganar " a como dé lugar", y lo digo con
una expresión que suelen repetir mis connacionales y que equivale
aparentemente a la locución adverbial coloquial a lo que salga.
Siempre he sostenido, como sostenía el gran criador
norteamericano Frank Shy, alias Narragansett, que al reñidero
hay que llevar solamente gallos excelentes, porque si no las riñas
devienen en exhibiciones lamentables de lo que denomino " basura
emplumada".
Se me dirá que si sólo vamos a llevar excelencia al reñidero,
entonces habrá menos jugadas de gallos, habrá menos juego. Ah,
por supuesto; ergo, elijamos: o cada vez más juego y cada vez
menos calidad, o cada vez más calidad y cada vez menos juego.
Pero es muy dicil, si no imposible, que coexistan la excelencia
gallística y el juego extendido y considerable. No; o lo uno o lo otro.
Progreso de la investigación gallística
Hace alrededor de sesenta años (escribo esto en el 2012),
Juan Arres, en su libro Espolones en Combate, manifestó que
sobre gallos ya se había dicho todo lo que se tenía que decir, razón
por la cual él se había limitado a recopilar, traducir y ordenar los
escritos gallísticos publicados.
Que Juan Arres haya tenido la ocurrencia de proferir
semejante despropósito es indicativo de que por ver los árboles no
vio el bosque. La verdad es que en materia gallística hay mucho pan
que rebanar, mucho camino que recorrer y mucha investigación
que realizar. Ejemplicaré el punto.
¿Qué se sabía hace sesenta años de los mitos y símbolos del
gallo?
Se sabía, básicamente, que el gallo es símbolo solar y fálico,
símbolo del vigor físico, ave de la mañana y emblema de la
vigilancia y actividad.
Se inmolaba a Príapo y a Esculapio para obtener la curación
de los enfermos.
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MARCO AURELIO DENEGRI
Se tenía al gallo por ave de la fecundidad y desempeñaba como
tal un papel importante en los ritos matrimoniales de diversos
pueblos.
En la Edad Media, el gallo aparecía casi siempre en la veleta
más elevada, sobre las torres y cimborrios o cúpulas de las
catedrales.
Sabemos, además, que Pedro, antes que el gallo cante, negó
conocer a Jesús. Cuando Pedro exclamó, reriéndose a Jesús:
"¡Yo no conozco a ese hombre! ", inmediatamente cantó el gallo.
Finsterbusch, en su libro Cockghting all over the World,
dice que ese gallo de la negación de Pedro era un banquiva puro
y posiblemente un gallo de pelea descendiente de la estirpe persa
que importaron los fenicios o los árabes.
Es verosímil que haya sido un banquiva, pero lo otro, lo de la
estirpe persa importada por los fenicios o los árabes es totalmente
conjetural.
El gallo, en la simbología cristiana, no sólo evoca la
resurrección de Cristo, sino la nuestra y aparece como tal símbolo
en los sepulcros paleocristianos.
Por otra parte, en heráldica, el gallo simboliza, no sólo la
vigilancia, sino también la osadía y el orgullo, y se le representa
de perl, la cabeza levantada y la cola enhiesta con las plumas
cayendo en penacho.
Finalmente, el gallo es uno de los emblemas nacionales de
Francia y con cierta frecuencia se le denomina le coq gaulois
(el gallo galo).
Ahora bien: si todos estos conocimientos nos pareciesen
suficientes, entonces, claro está, juzgaríamos innecesario
profundizar e investigar más el asunto. Ése fue el sentir de Juan
Arres cuando declaró despropositadamente que ya no había nada
más que decir sobre gallos, porque todo estaba dicho.
Lo que hoy en general se sabe del simbolismo y la mitología
del gallo es insuciente y está disperso. Por eso los amantes del
saber debemos alegramos por la publicación del libro de Paul de
Saint-Hilaire, Le Coq, Mythes & Symboles (París, Dedale Editions,
1990, 159 pp., il.).
El libro tiene 12 capítulos, 1 apéndice, 2 anexos, bibliografía,
notas e ilustraciones. El autor ha sido tan minucioso, que se ha
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ARTE Y CIENCIA DE LA GALLÍSTICA
dado el trabajo de hacer la lista de todas las familias que tienen al
gallo como gura heráldica principal en sus respectivos escudos
de armas.
Éste es un solo ejemplo de los frutos que puede rendir y rinde
la investigación gallística rectamente entendida y desenvuelta con
fundamento.
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MARCO AURELIO DENEGRI
Discrepo del recordado opinante. Entre nosotros, la gallística
no es ciencia, o casi no lo es (hay ciertamente excepciones), sino
mezcla de folclor y empirismo.
24 UIGV
III
PRINCIPALES PARTES DEL GALLO
Se necesitarían por lo menos dos dibujos para indicar las
partes más importantes del gallo. En uno solo, como el que
mostramos aquí, entresacado de la obra Poultry Colour Guide, del
doctor J. Batty y Charles Francis, hay ciertas omisiones inevitables
y no atribuibles a ignorancia o negligencia, sino a la difcultad y
a veces imposibilidad del señalamiento.
Me sorprende, empero, que se indiquen los caireles de la silla,
pero no la silla, o sea la parte posterior del dorso, adyacente a la
cola; y era muy fácil indicarla. No me sorprende, en cambio, que
no se hayan señalado la capa o manto ni los hombros, porque en
el dibujo no se ven. Tampoco el plumón es mostrable, por hallarse
debajo del plumaje exterior. Por otro lado, hay partes mostrables
pero no importantes; verbigracia, el borde frontal del ala a la
altura del dorso (frente del ala) y la extremidad de las primarias
(punta del ala).
He prescindido de algunos términos que ya no tienen vigencia
o que la tienen muy reducida; por ejemplo, esclavina y muceta,
vocablos con que antes se designaba la golilla. Antes se decía
también llorón para referirse a los caireles de la silla, esto es, al
conjunto de ellos, o más precisamente, al conjunto de lloronas
o lancetas. Otro término que ha caído en desuso es plastrón ,
término de origen francés designativo del plumaje que cubre la
región comprendida entre el buche, la punta de los hombros y que
termina a mitad del esternón.
Estas voces y otras más, como rémiges, tectrices y rectrices,
eran usuales en la época de don Carlos Voitellier y don Salvador
Castelló Carreras, grandes y cultísimos avicultores de antaño.
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MARCO AURELIO DENEGRI
Principales partes del gallo
1 Cresta 14 Remeras primarias
2 Ojo 15 Quilla
3 Cara 16 Muslo
4 Pico 17 Caireles de la silla
5 Barbas 18 Abdomen
6 Oído 19 Articulación tibiotarsiana
7 Orejilla 20 Tarso
8 Golilla 21 Espolón
9 Pecho 22 Dedos
10 Dorso o espalda 23 Cobijas de la cola
11 Arco del ala 24 Timoneras
12 Barra del ala 25 Hoces o caudales mayores
13 Remeras secundarias (*) 26 Hoces o caudales menores
(*) Cuando el ala, como en este caso, está plegada, lo que se ve de las
secundarias es una sección triangular que se llama, justamente, triángulo del
ala.
26 UIGV
VI
EL VALOR DE LA GALLINA
EN LA REPRODUCCIÓN
Una creencia difundidísima asegura que la gallina tiene, en
cuanto a la reproducción, más valor, mucho más valor que el
gallo. Esto signicaría, si fuese cierto, que el aporte genético de la
gallina es mayor que el del gallo, lo cual, desde el punto de vista
de la genética clásica, es una aberración.
He conversado sobre este asunto con el doctor Juan Chávez
Cossío, catedrático de Mejoramiento Genético de la Universidad
Nacional Agraria de La Molina, y a continuación resumo sus
declaraciones.
"Sabido es que el núcleo de la célula es el portador del material
genético, y que un gallo será negro, por ejemplo, o tendrá
cualquier otro color, debido a la clase particular de gene que el
animal reciba de sus padres (cincuenta por ciento de cada uno).
"Sin embargo, en plantas y animales inferiores se ha
observado que los genes localizados en el núcleo pueden ser
modicados en su función por el material genético del citoplasma,
que es la substancia que rodea al núcleo.
"Es posible que el elemento responsable de dichos efectos sea
la 'mitocondria', un organelo que se encuentra en el citoplasma
de células tanto animales como vegetales y cuya función básica
atañe a la respiración celular y a la producción de energía para
la célula.
"Lo interesante de dicho organelo es que tiene material
genético y produce proteínas; y aunque las que se conocen
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MARCO AURELIO DENEGRI
pasan a formar su propia estructura, es posible que algunas de
las que se producen puedan también interaccionar, ya sea con
el material genético nuclear o con proteínas producidas a partir
de éste, y ejercer cierta acción que se traduciría en una inuencia
extranuclear, vale decir, extracromosómica, y que comúnmente
se conoce como herencia citoplasmática.
"Lo peculiar de todo esto es que la herencia citoplasmática
(transferencia de mitocondrias) 'sólo se debe a la madre'.
"En el momento de la fertilización, cuando el espermatozoide
penetra en el óvulo para que luego el material nuclear aportado
por el padre y la madre se unan y formen el embrión, 'el óvulo es
el único que aporta las mitocondrias', pero no el espermatozoide.
"Existiría, pues, en cuanto a la herencia, una 'adición' a lo que
es aportado por el material nuclear, y esta adición hereditaria
es 'materna'.
"Las hembras aportarían, pues, a su descendencia un
material genético 'mayor' que el que aportan los machos, y
en consecuencia la gallina podría tener mucha más inuencia
genética sobre su progenie que el gallo.
"Conviene no olvidar, sin embargo, que siendo la gallina,
aparentemente, más inuyente que el gallo, el criador debiera
tener mucho cuidado en seleccionarla, porque una gallina mala
haría un daño mucho mayor en el criadero que un gallo malo.
Además, como no son las gallinas las que pelean en el ruedo, su
selección es de por sí difícil."
Lo que maniesta el doctor Chávez Cossío es muy interesante,
pero no como verdad demostrada, sino como presunción
fundada. O lo que es igual: actualmente hay buenas razones
para presumir que la gallina tiene mayor inujo genético que el
gallo, pero aún no disponemos de pruebas incontrovertibles que
lo demuestren.
Muchos criadores concuerdan en que la descendencia de un
gallo bueno y una gallina inferior será invariablemente mala;
pero la descendencia de una gallina buena y un gallo inferior será
regular, pero rara vez mala. Incluso puede ser, ocasionalmente,
muy buena, según arma don Rafael Mañas Perdomo en su libro
El Gallo de Riña. Dice:
"No olvidar nunca que la gallina debe ser mejor que el gallo
en clase, pelea, color, en una palabra, en todo. En la India no
se vende una buena gallina, así se pague todo el oro del mundo
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ARTE Y CIENCIA DE LA GALLÍSTICA
por ella. Tuve una gallina Asil, muy pequeña, durante siete
años. Con cualquier cholo [en el norte argentino, gallo cobarde]
lograba excelentes gallos, extraordinarios combatientes, pero no
de buen aspecto. Luego de morir ésta de vejez, me costó mucho
encontrar otra."
Sin embargo, es un hecho comprobado —Mañas insiste
sobre el particular en su libro El Gallo Fino Combatiente — que
los descendientes de una gallina buena y un gallo inferior son
proclives a huir. El porcentaje de gallos huidos en esta clase de
animales es muy alto.
Y un dato más, que entresaco de la obra de Narragansett,
Modern Breeding of Game Fowl (Cría Moderna de Aves de Riña):
"La empresa subastadora Fasig-Tipton, que ha organizado
en los Estados Unidos durante muchas décadas las principales
subastas de caballos de pura raza, estima que de diez caballos de
gran actuación en las competencias, solamente uno demuestra
ser buen semental, mientras que de diez yeguas de gran
actuación, seis demuestran ser buenas reproductoras. Lo cual
es indicativo de la relativa importancia que tienen las gallinas
en la reproducción. A mí me interesa mucho más identicar a
la madre de un gallo de notable actuación en los reñideros, que
al padre de ese gallo."
Diré, nalmente, que desde hace un par de décadas, poco más o
menos, se nota en el mundo gallístico, de parte de los criadores más
responsables, un gran interés en la genética. Los mejores criadores
son hoy los que saben de genética o los que se hacen asesorar por
genetistas de primera. Hoy no se concibe una buena gallística
sin una buena genética. Aún más: donde esté la mejor genética,
estará la mejor gallística. En la actualidad, la mejor genética está
en los Estados Unidos. La mejor gallística, consiguientemente,
está también en los Estados Unidos.
Aprecie el lector la importancia de la genética y la percatación
que tienen los gringos de esa importancia, enterándose de la
siguiente noticia, no precisamente gallística, sino extragallística,
pero interesantísima y hasta sensacional:
¿Se imaginan ustedes un cerdo sin grasa, un chancho magro?
Parece un contrasentido y sin embargo se trata de una realidad,
puesto que ya existen chanchos así, chanchos desgrasados. Los
hay en Norteamérica y véase por qué.
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MARCO AURELIO DENEGRI
colores. ("¡Jergo!", exclamó un día mi madre, señalando un gallo
que tenía efectivamente ese plumaje. Esto me lo dijo ya cargada
de años y fue para mí preciosa manifestación de un saber avícola,
provinciano y limitado, pero indudable, adquirido en su juventud
cuando criaba gallinas con sus hermanas en Huaraz. Siempre he
sido y soy por cierto admirador del saber. Por eso me encantó esa
exclamación gallística de mi madre: "¡Jergo!")
Por indicación que se lee en las líneas nales del relato,
sabemos que las alas del Carmelo eran áureas. Debieron, si
carmélicas, haber sido distintas; pero tuvieron que ser áureas, por
juzgarIas el autor más elegantes y prestigiosas que las genuinas,
que tal vez ni conocía. El travieso iqueño nos endilgó, pues, las
doradas alas que había forjado su imaginación, no exentas de
gracia, reconozcámoslo, cuanto más si iluminadas por " la luz
sangrienta del crepúsculo".
En n, ante tanta imprecisión cromática, sólo me resta llegar
a la conclusión de que el carmelo del cuento, más que serlo,
estrictamente, era un remedo, un gallo de varios colores mal
combinados, vale decir, un gallo de plumaje abigarrado; pero
como posiblemente lucía plumas carmelitas, al punto se le llamó
carmelo, sin parar mientes en la distribución de éstas (distribución
importantísima), ni en la presencia (absolutamente necesaria) de
plumas blancas, que por cierto deben estar también puntualmente
distribuidas. (Ni en el ginger breasted yellow pile —el carmelo
amarillo de Albión— dejan de estar presentes las plumas blancas.)
Las estacas del paladín, según el Conde de Lemos, eran
"musulmanas". Zubizarreta se apresura a decirnos que el autor
no usa tal adjetivo por exotismo, sino para acentuar la idea de
curvatura. ([43], 70.) Doble error. En primer lugar, porque se
trata, evidentemente, de un exotismo modernista. En otros textos
de Valdelomar hallamos expresiones como " asiria desolación"
([37], xviii,) "ánfora etrusca y argentina" ([38], 723; [39], 11, 270),
"asiática crueldad" ([38], 619; [39], II, 94). En segundo lugar,
Valdelomar no quería dar a entender que las estacas eran curvas
como las espadas musulmanas; no; sino que eran guerreras; y
esto es lógico si se tiene en cuenta que los musulmanes, por la
jihad o guerra santa, deben guerrear siempre contra los ineles; el
Corán lo prescribe y la historia lo testimonia. ([20], s.v. "Jihad".)
El adjetivo musulmán, en el uso valdelomariano, es pues
sinónimo de guerrero, como se aprecia en el siguiente ejemplo
que consta en La Mariscala: "nuestra historia gubernativa, tan
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ARTE Y CIENCIA DE LA GALLÍSTICA
llena de desfallecimientos musulmanes y de violencias bárbaras".
([38], [473]; [39], II, 12.)
Ajena por todo extremo era para Valdelomar la gallística.
Confunde por eso la cabeza con la cara y dice que aquélla era
roja, "alada cabeza roja ", supuesto acierto de expresión que
el autor repite unos párrafos después. Confunde también, y
muy lastimosamente, las piernas con los tarsos. Dice, además,
que los ojos del carmelo eran " redondos" (como si pudiesen ser
cuadrados) y que el paladín tenía " agallas" (como si fuese un
pez). Detengámonos en esto último. Realmente, ¿a qué se refería
Valdelomar? Agalla signica, entre otras cosas, "cada uno de los
costados de la cabeza del ave, que corresponden a las sienes ".
([1] , I, s.v. "Agalla".) Acepción perfectamente desconocida en el
Perú y en muchas otras partes (yo diría que en todas partes). Tal
vez Valdelomar aludía a las barbas; sólo que a los gallos de pelea
los desbarban, y supongo que al Carmelo ya lo habían desbarbado.
Claro que de repente supongo mal, porque con este gallo singular
puede ocurrir cualquier cosa. También es posible que Valdelomar
llamase "agallas" a las orejillas. Bueno, todo es posible cuando
Valdelomar incursiona en la gallística.
Sabemos que la cresta era " delgada", y hemos de suponer
fundadamente que el Carmelo peleó con ella, puesto que
Valdelomar no aclara en ningún momento que lo descrestaron,
ni que lo semidescrestaron, dejándole machete, que por lo demás
nunca es delgado, de manera que si lo tuvo —y no fue así— se
patentizaría la incongruencia de referirse a la delgadez crestal.
Tampoco nos dice el Conde de Lemos si al gallo le despuntaron
las "agudas" estacas. Omisiones importantes, porque un gallo con
cresta y espolones cabales no está en condiciones de enfrentarse
armado en una jugada de desafío. Pero el Carmelo, que antes de
la jugada del 28 de julio, ya había resultado vencedor " en muchas
lides singulares", peleó en ellas, y naturalmente en la del cuento,
con cresta y estacas íntegras. Un absurdo.
Desconoce Valdelomar, por otra parte, el significado de
topar. Dice que en la jugada de San Andrés, el Carmelo " toparía"
con el Ajiseco. Topar signica entre nosotros echar a pelear los
gallos por vía de ensayo durante cuarenta o sesenta segundos,
aproximadamente, sin armarlos, por supuesto. El Carmelo no
iba, pues, a topar con el Ajiseco, sino a pelear con él, armados
ambos contrincantes con sendas navajas. ¡Elemental, estimado
señor don Pedro Abraham Valdelomar y Pinto!
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MARCO AURELIO DENEGRI
Repare el lector en que no acabo de declarar una estimación
ngida. Al contrario, estimo de veras a Valdelomar. Fue prosista
galano y desconcertador admirable de burgueses (4); pero
en materia gallística confió únicamente en la imaginación,
exclusivamente en ella, y la imaginación, como decía Santa Teresa,
es la loca de la casa.
Y ahora dos palabras sobre la edad. Sabido es que a partir
de los tres años —y a veces antes— el gallo de pelea comienza
a perder reejos y se va volviendo tardo. Pues bien: el singular
Carmelo, que desde que lo trajo el hijo mayor Roberto, " hacía
ya tres años que estaba en casa ", debía de tener unos dos, por
lo menos, cuando llegó. Este gallo de cinco años, y quizá de seis,
"viejo y achacoso", como reconoce el propio Valdelomar, no podía,
ni siquiera remotamente, tener actuación tan estupenda como
la descrita por el cuentista iqueño. A un gallo viejo y achacoso
lo fulminan en dos patadas y de dos patadas. Por más que tenga
"todo el coraje de los gallos de Caucato". (5)
Enfrentado al enemigo, el Carmelo " empezó a picotear, agitó
las alas y cantó estentóreamente ". ¿Qué empezó a picotear el
Carmelo? ¿El suelo? ¿O empezó a picotearse la pata armada, por
la apretadura del amarre? Esto último suele verse cuando el gallo
tiene aún puesta la funda o vaina de la navaja, pero no después ,
cuando se la quitan y lo echan a la arena para el combate. Y si
fue el suelo lo que picoteó el Carmelo, entonces debió decirlo
Valdelomar, porque no se sobreentiende; amén de que acción tal
es inconcebible en un gallo canchero como el Carmelo, vencedor
"en muchas lides singulares" y "cuyo prestigio era mayor que
el del Alcalde". Eso lo hacen, cuando lo hacen, gallos novatos y
hambrientos, deseosos de encontrar un maicito que les calme
la gazuza. O gallos como los que imagina Diez-Canseco, que
"picotean en la arena conados e imprudentes". ([10], 124.)
Véanse ahora estas dos pias seguidas: "y alargaron sus
erizados cuellos —dice Valdelomar—, tocándose los picos sin
perder terreno". Cualquier gallero, cualquier acionado a la
gallística sabe que el cuello no se eriza, sino la golilla, y que antes
de la primera embestida, con las golillas erizadas ambos rivales,
jamás llegan a tocarse los picos. Sólo quien no ha visto riñas de
gallos, o quien habiéndolas visto tiene escasísima o nula capacidad
de observación, puede aseverar lo contrario.
Si Valdelomar hubiese sabido un poquitín siquiera de
gallística, entonces no habría dicho que el Carmelo " jamás picaba
52 UIGV
ARTE Y CIENCIA DE LA GALLÍSTICA
a su adversario, que tal cosa es cobardía". No picaría por zonzo,
o por falta de muela, o por su misma decreptitud; pero no es
demérito el picar, sino virtud. No picar es redonda deciencia; y
al revés, picar es gran cosa, no cobardía.
Esta guración vana de la inteligencia, sin ningún fundamento,
que es el Caballero Carmelo, gallo harto de días, como Job, y
encima achacoso, tuvo la ocurrencia de cantar en plena lid. ¡Pero
cuándo se ha visto que los gallos canten en tal circunstancia? ¡Y
menos si están heridos, y el Carmelo lo estaba! (6) A veces cantan
antes de la primera acometida, mientras estudian y miden al
rival; cantan desaantes y provocativos; pero no bien arremeten
contra el enemigo, o no bien éste se les abalanza, ya no vuelven
a cantar durante el trámite afanoso de liquidar al contrincante.
Que el Carmelo haya cantado en ese trance es sencillamente
despropositado. Y que a los dos días de celebrado el combate,
y ya moribundo, haya vuelto a cantar, es otro despropósito. (7)
Excepcional y rarísimo es el caso del gallo El Pimienta, que
cantó inmediatamente después de haber empatado una pelea, su
última pelea. Cuando su careador lo recogía de la arena, cantó este
ajiseco prieto llamado El Pimienta y murió luego. ([7], 50.) Ese
canto fue la manifestación postrera de su bravura y arrogancia.
Recién terminada la pelea, el gallo estaba enardecido aún; pero
el otro, el valdelomariano del cuento, malherido y a punto de
morirse, estaba tranquilito y melancólico, contemplando el cielo,
y estando así, cantó también. ¡Habernos endilgado Valdelomar
semejante inverosimilitud!
Quiso Valdelomar, al describir la muerte del Carmelo,
conmover; y la verdad es que lo consiguió. Sí, porque los más
de los lectores, que poco o nada saben de gallística, ven en la
descripción algo tan humano, tan tierno, que inevitablemente se
guran asistentes al tránsito de un ser querido. iAh, si supiesen
que los gallos de pelea mueren muy distintamente!
Gravemente herido y a un paso del acabamiento, el Carmelo
hizo lo que sigue:
"Acercóse a la ventana, miró la luz, agitó débilmente las alas
y estuvo largo rato en la contemplación del cielo. Luego abrió
nerviosamente las alas de oro, enseñoreóse y cantó. Retrocedió
unos pasos, inclinó el tornasolado cuello sobre el pecho, tembló,
desplomóse, estiró sus débiles patitas, y mirándonos, mirándonos
amoroso, expiró apaciblemente."
UIGV 53
MARCO AURELIO DENEGRI
En primer lugar, ¡qué tal retahíla de pretéritos indenidos!
iTrece! Caramba, ni que estuviésemos leyendo a Bryce, que
también deslustra su prosa con similares y fatigosísimas
reiteraciones.
En segundo lugar, y esto es lo importante: ni mueren así los
gallos, ni antes de morir se ponen a contemplar el rmamento,
ni mucho menos se enseñorean y cantan, porque apenas pueden
con su alma. La escena, por fantástica, resulta divertida, no
conmovedora. Realmente, la antropomorzación es tan neta y
dulcísona, que al punto se evidencia que sólo pudo habérsele
ocurrido a un ignorante de la gallística.
Palma, con el gracejo que solía, nos ha dejado la descripción de
la jornada gallística del domingo 15 de septiembre de 1874 ([27], V,
[242] - 249.) Pero advierte: " Conste que no reincidí en el pecado."
Y nos dice además su complacencia por la falta de eco que tuvo
entonces la propuesta de crear la Revista Gallística. Y se complace
también de que la afción gallística decaiga. " Afortunadamente
—dice—, la ación empieza a decaer, y ya no se codean en el circo
generales y magistrados con zapateros y ruanes, como sucedía
hasta los años de 1860." ([27], II, [139].) (8)
Desamorado para con la riña de gallos y naturalmente incapaz
de vivenciarla (al revés de su padre, gallero insigne) ([24], 19),
Palma compuso acerca de ella un discurso supercial y meramente
informativo. Pero al menos no fue la suya calidad de imaginante.
Valdelomar, en cambio, fue cabal imaginante en materia gallística.
No sólo desconocía el asunto; tampoco quiso conocerlo. Tuvo,
pues, que fabularlo. Creía, como tantísima gente, que el saber
gallístico es lo de menos y que a un artista como él le bastaba
con el sentir y le sobraba con la imaginación. Lo curioso es que
en otras cosas, menesteroso el Conde de noticias, no se atrevía a
fabularlas; antes bien, buscábalas con avidez.
"Quiero saber, por ejemplo —dice a su madre en una carta—,
cómo se llaman esas hojas redondas que hay en las acequias sobre
el agua, en Pisco, verdes, que sirven para curar paperas, y esa
yerbecita verde que crece en las sangraderas, que había mucho
en Ica; dime cómo se llama la iglesia que está tapiada en Pisco,
como quien va a un pepinal, pasando la iglesia de la Compañía y
ya en las afueras; si fue iglesia y convento o simplemente iglesia;
y si acaso te acuerdas de algunas de esas coplas que cantaban los
payasos en las esquinas cuando salían a convidar por las tardes
en Pisco; también dime si recuerdan ustedes que un circo Nelson
y Vidal que hubo en Pisco, no tenía una chiquilla que trabajaba
54 UIGV
ARTE Y CIENCIA DE LA GALLÍSTICA
en el circo y que se cayó una noche haciendo una prueba y casi
se mata o se mató." ([38], 839; [39], II, 640.)
El mundo de los gallos no conoció jamás a este Valdelomar
pesquisante. Conoció, sí, a un talentoso poseur que fantaseaba
la gallística pintándola sentimentalmente, y que indiestro para
transmitírnosla con delidad, nos la entregó dulcicada. Pero
la gallística es reciedumbre y violencia, y la violencia gallística
es radical. Geertz dice con razón que la pelea de gallos es una
exhibición de furia animal tan pura, tan absoluta y, a su modo,
tan bella, que resulta casi abstracta, un concepto platónico del
odio. ([16], 48.)
El auténtico gallo de riña, furioso, sañudo y pertinaz, casi
hematólatra, no deja en ningún momento de batirse, soportando
con admirable entereza la laceración y creciéndose ante el castigo
cuando el dolor lo aprieta brutalmente. No hay golpe que lo
acobarde, ni herida que lo haga cejar, ni entrañas salientes que
lo apremien a la huida. (9)
El juego de gallos es, por consecuencia, manifestación
sobresaliente de coraje. Deporte áspero y fragoso, tensa los
ánimos y los exalta; es armación de la virilidad y abultamiento
de la hombría. No nos sorprende, pues, que a una virago como
doña Francisca de Zubiaga y Bernales de Gamarra, más conocida
como La Mariscala, le haya gustado tanto el espectáculo gallístico.
"Asiste —dice Valdelomar— a los espectáculos más varoniles; se
apasiona por las riñas de gallos, apuesta; le place el trato de
varones; le interesa poco el de las damas, y comienza a ser el
brazo director de los destinos de su marido ." ([38], 483; [39],
II, 20.) (10)
Pues bien: "El Caballero Carmelo" desgura de cabo a rabo la
gallística, no sólo porque noticia equivocadamente de ella, sino
porque le exprime toda la savia, le quita vigor, fuerza y substancia,
la deja sin testosterona y la priva así de bronquedad y machez.
"Sin duda Valdelomar —escribe Sánchez—, por educación,
temperamento o causas hormonales, no era un adicto a Venus;
se mantuvo siempre en posición 'reluctante' frente al 'machismo'
ostentoso y supercial de los 'criollos' de su tiempo y creó, en
cambio, otro tipo de criollismo en el cual la contribución regional
se acompasaba con la ternura, y en él se daban la mano, en íntimo
consorcio, el primitivismo de la escenografía y de los personajes
con un delicado sentido estético y de amorosa concesión a la
belleza pura." ([34], 434.)
UIGV 55
MARCO AURELIO DENEGRI
De acuerdo; pero reconozcamos también que la gallística
no era compatible con ese criollismo valdelomariano; y aunque
supuestamente lo fue en "El Caballero Carmelo", verdaderamente
perdió entonces su esencia.
56 UIGV